|
En alguna
parte, Ernest Hemingway cuenta que, en sus comienzos literarios, se
le ocurrió de pronto, en una historia que estaba escribiendo,
suprimir el hecho principal: que su protagonista se ahorcaba. Y dice
que, de este modo, descubrió un recurso narrativo que utilizaría con
frecuencia en sus futuros cuentos y novelas. En efecto, no sería
exagerado decir que las mejores historias de Hemingway están llenas
de silencios significativos, datos escamoteados por un astuto
narrador que se las arregla para que las informaciones que calla
sean sin embargo locuaces y azucen la imaginación del lector, de
modo que éste tenga que llenar aquellos blancos de la historia con
hipótesis y conjeturas de su propia cosecha. Llamemos a este
procedimiento ‘el dato escondido’ y digamos rápidamente que, aunque
Hemingway le dio un uso personal y múltiple (algunas veces,
magistral), estuvo lejos de inventarlo, pues es una técnica vieja
como la novela y que aparece en todas las historias clásicas.
Pero, es
verdad que pocos autores modernos se sirvieron de él con la audacia
con que lo hizo el autor de El viejo y el mar. ¿Recuerda
usted ese cuento magistral, acaso el más célebre de Hemingway,
llamado "Los asesinos"? Lo
más importante de la historia es un gran signo de interrogación:
¿por qué quieren matar al sueco Ele Andreson ese par de forajidos
que entran con fusiles de cañones recortados al pequeño restaurante
Henry’s de esa localidad innominada? ¿Y por qué ese misterioso Ole
Andreson, cuando el joven Nick Adams le previene que hay un par de
asesinos buscándolo para acabar con él, rehúsa huir o dar parte a la
policía y se resigna con fatalismo a su suerte? Nunca lo sabremos.
Si queremos una respuesta para estas dos preguntas cruciales de la
historia, tenemos que inventárnosla nosotros, los lectores, a partir
de los escasos datos que el narrador omnisciente e impersonal nos
proporciona: que, antes de avecindarse en el lugar, el sueco Ole
Andreson parece haber sido boxeador, en Chicago, donde algo hizo
(algo errado, dice él) que selló su suerte.
El ‘dato
escondido’ o narrar por omisión no puede ser gratuito y arbitrario.
Es preciso que el silencio del narrador sea significativo, que
ejerza una influencia inequívoca sobre la parte explícita de la
historia, que esa ausencia se haga sentir y active la curiosidad, la
expectativa y la fantasía del lector.
Hemingway
fue un eximio maestro en el uso de esta técnica narrativa, como se
advierte en "Los asesinos", ejemplo de economía narrativa, texto que
es como la punta de un iceberg, una pequeña prominencia visible que
deja entrever en su brillantez relampagueante toda la compleja masa
anecdótica sobre la que reposa y que ha sido birlada al lector.
Narrar callando, mediante alusiones que convierten el escamoteo en
expectativa y fuerzan al lector a intervenir activamente en la
elaboración de la historia con conjeturas y suposiciones, es una de
las más frecuentes maneras que tienen los narradores para hacer
brotar vivencias en sus historias, es decir, dotarlas de poder de
persuasión.
¿Recuerda
usted el gran ‘dato escondido’ de la (a mi juicio) mejor novela de
Hemingway, The sun also rises? Sí, esa misma: la importancia
de Jake Barnes, el narrador de la novela. No está nunca
explícitamente referida; ella va surgiendo -casi me atrevería a
decir que el lector, espoleado por lo que lee, la va imponiendo al
personaje- de un silencio comunicativo, esa extraña distancia
física, la casta relación corporal que lo une a la bella Brett,
mujer a la que transparentemente y que sin duda también lo ama y
podría haberlo amado si no fuera por algún obstáculo o impedimento
del que nunca tenemos información precisa. La impotencia de Jake
Barnes es un silencio extraordinariamente explícito, una ausencia
que se va haciendo muy llamativa a medida que el lector se sorprende
con el comportamiento inusitado y contradictorio de Jake Barnes para
con Brett, hasta que la única manera de explicárselo es descubriendo
(¿inventando?) su importancia. Aunque silenciado, o, tal vez,
precisamente por la manera en que lo está, ese ‘dato escondido’ baña
la historia de The sun also rises con una luz muy particular.
La
celosía, de Robbe-Grillet (La Jalousie, en francés) es
otra novela donde un ingrediente esencial de la historia –nada menos
que el personaje central – ha sido exiliado de la narración, pero de
tal modo que su ausencia se proyecta en ella de manera que se hace
sentir a cada instante. Como en casi todas las novelas de Robbe-Grillet,
en La Jalousie no hay propiamente una historia, no por lo
menos como se entendía a la manera tradicional –un argumento con
principio, desarrollo y conclusión-, sino, más bien, los indicios o
síntomas de una historia que desconocemos y que estamos obligados a
reconstruir como los arqueólogos reconstruyen los palacios
babilónicos a partir de un puñado de piedras enterradas por los
siglos, o los zoológicos reedifican a los dinosaurios y
pterodáctilos de la prehistoria valiéndose de una clavícula o un
metacarpo. De manera que podemos decir que las novelas de Robbe-Grillet
están todas concebidas a partir de ‘datos escondidos’.
Ahora
bien, en La Jalousie este procedimiento es particularmente
funcional, pues, para que lo que en ella se encuentra tenga sentido,
es imprescindible que esa ausencia, ese ser abolido, se haga
presente, tome forma en la conciencia del lector. ¿Quién es ese ser
invisible? Un marido celoso, como lo sugiere el título del libro con
su ambivalente significado (jalousie es celosía, una ventana
enrejada, pero también los celos), alguien que, poseído por el
demonio de la desconfianza, espía minuciosamente todos los
movimientos de la mujer a la que cela sin ser advertido por ella.
Esto no lo sabe con certeza el lector; lo deduce o inventa inducido
por la naturaleza de la descripción, que es la de una mirada
obsesiva, enfermiza, dedicada al escrutinio detallado, enloquecido,
de los más ínfimos desplazamientos, gestos e iniciativas de la
esposa. ¿Quién es el matemático observador? ¿Por qué somete a esa
mujer a este asedio visual? Esos ‘datos escondidos’ no tienen
respuesta dentro del discurso novelesco y el propio lector debe
esclarecerlos a partir de las pocas pistas que la novela le ofrece.
A esos ‘datos escondidos’ definitivos, abolidos para siempre de una
novela, podemos llamarlos elípticos, para diferenciarlos de los que
sólo han sido temporalmente ocultados al lector, desplazados en la
cronología novelesca para crear expectativa, suspenso, como ocurre
en las novelas policiales, donde sólo al final se descubre al
asesino. A esos ‘datos escondidos’ sólo momentáneos -descolocados-
podemos llamarlos ‘datos escondidos en hipérbaton’, figura poética
que, como usted recordará, consiste en descolocar una palabra en el
verso por razones de eufonía o rima ("Era del año la estación
florida..." en vez del orden regular: "Era la estación florida del
año...").
Quizás el
‘dato escondido’ más notable en una novela moderna sea el que tiene
lugar en la tremebunda Santuario (Sanctuary), de
Faulkner, donde el cráter de la historia -la desfloración de la
juvenil y frívola Temple Drake, por Popeye, un gángster impotente y
psicópata, valiéndose de una mazorca de maíz- está desplazado y
disuelto en hilachas de información que permiten al lector, poco a
poco y retroactivamente, tomar conciencia del horrendo suceso. De
este ominoso, abominable silencio, irradia la atmósfera en que
transcurre Santuario: una atmósfera de salvajismo, represión
sexual, miedo, prejuicio y primitivismo que da a Jefferson, Memphis
y los otros escenarios de la historia, un carácter simbólico, de
mundo del ‘mal’, de la perdición y caída del hombre, en el sentido
bíblico del término. Más que una transgresión de las leyes humanas,
la sensación que tenemos ante los horrores de esta novela -la
violación de Temple es apenas uno de ellos; hay, además, un
ahorcamiento, un linchamiento por fuego, varios asesinatos y un
variado abanico de degradaciones morales- es la de una victoria de
los poderes infernales, de una derrota del bien por un espíritu de
perdición, que ha logrado enseñorearse de la tierra. Todo Santuario
está armado con ‘datos escondidos’. Además de la violación de Temple
Drake, hechos tan importantes como el asesinato de Tommy y de Red o
la impotencia de Popeye son, primero, silencios, omisiones que sólo
retroactivamente se van revelando al lector, quien, de este modo,
gracias a esos ‘datos escondidos en hipérbaton’ va comprendiendo
cabalmente lo sucedido y estableciendo la cronología real de los
sucesos. No sólo en ésta, en todas sus historias, Faulkner fue
también consumado maestro en el uso del ‘dato escondido’.
Quisiera
ahora, para terminar con un último ejemplo de ‘dato escondido’, dar
un salto atrás de quinientos años, hasta una de las mejores novelas
de caballerías medievales, el Tirant lo Blanc, de Joanot
Martorell, una de mis novelas de cabecera. En ella el ‘dato
escondido’ -en sus dos modalidades: como hipérbaton o como elipsis-
es utilizado con la destreza de los mejores novelistas modernos.
Veamos cómo está estructurada la materia narrativa de uno de los
cráteres activos de la novela: las bodas sordas que celebran Tirant
y Carmesina y Diafebus y Estefanía (episodio que abarca desde
mediados del capítulo CLXII hasta mediados del CLXIII). Este es el
contenido del episodio. Carmesina y Estefanía introducen a Tirant y
Diafebus en una cámara del palacio. Allí, sin saber que
Plaerdemavida los espía por el ojo de la cerradura, las dos parejas
pasan la noche entregadas a juegos amorosos, benignos en el caso de
Tirant y Cermesina, radicales en el de Diafebus y Estefanía. Los
amantes se separan al alba y, horas más tarde, Plaerdemavida revela
a Estefanía y Carmesina que ha sido testigo ocular de las bodas
sordas.
En la
novela esta secuencia no aparece en el orden cronológico ‘real’,
sino de manera discontinua, mediante ‘mudas’ temporales y un ‘dato
escondido’ en hipérbaton, gracias a lo cual el episodio se enriquece
extraordinariamente de vivencias. El relato refiere los
preliminares, la decisión de Carmesina y Estefanía de introducir a
Tirant y Diafebus en la cámara y se explica cómo Carmesina,
maliciando que iba a haber "celebración de bodas sordas", simula
dormir. El narrador impersonal y omnisciente prosigue, dentro del
orden ‘real’ de la cronología, mostrando el deslumbramiento de
Tirant cuando ve a la bella princesa y cómo cae de rodillas y le
besa las manos. Aquí se produce la primera ‘muda temporal’ o ruptura
de la cronología: "Y cambiaron muchas amorosas razones. Cuando les
pareció que era hora de irse, se separaron uno del otro y regresaron
a su cuarto". El relato da un salto al futuro, dejando en ese hiato,
en ese abismo de silencio, una sabia interrogación: "¿Quién pudo
dormir esa noche, unos por amor, otros por dolor?" La narración
conduce luego al lector a la mañana siguiente.
Plaerdemavida se levanta, entra a la cámara de la princesa Carmesina
y encuentra a Estefanía "toda llena de déjame estar". ¿Qué ocurrió?
¿Por qué ese abandono voluptuoso de Estefanía? Las insinuaciones,
preguntas, burlas y picardías de la deliciosa Plaerdemavida van
dirigidas, en verdad, al lector, cuya curiosidad y malicia atizan.
Y, por fin, luego de este largo y astuto preámbulo, la bella
Plaerdemavida revela que la noche anterior ha tenido un sueño, en el
que vio a Estefanía introduciendo a Tirant y Diafebus en la cámara.
Aquí se produce la segunda ‘muda temporal’ o salto cronológico en el
episodio. Este retrocede a la víspera y, a través del supuesto sueño
de Plaerdemavida, el lector descubre lo ocurrido en el curso de las
bodas sordas. El dato escondido sale a la luz, restaurando la
integridad del episodio.
¿La
integridad cabal? No del todo. Pues, además de esta ‘muda temporal’,
como usted habrá observado, se ha producido también una 'muda
espacial’, un cambio de punto de vista espacial, pues quien narra lo
que sucede en las bodas sordas ya no es el narrador impersonal y
excéntrico del principio, sino Plaerdemavida, un narrador-personaje,
que no aspira a dar un testimonio objetivo sino cargado de
subjetividad (sus comentarios jocosos, desenfadados, no sólo
subjetivizan el episodio; sobre todo, lo descargan de la violencia
que tendría narrada de otro modo la desfloración de Estefanía por
Diafebus). Esta muda doble -temporal y espacial- introduce pues una
‘caja china’ en el episodio de las bodas sordas, es decir una
narración autónoma (la de Plaerdemavida) contenida dentro de la
narración general del narrador-omnisciente. (Entre paréntesis, diré
que Tirant lo Blanc utiliza muchas veces también el
procedimiento de las ‘cajas chinas’ o ‘muñecas rusas’. Las proezas
de Tirant a lo largo del año y un día que duran las fiestas en la
corte de Inglaterra no son reveladas al lector por el
narrador-omnisciente, sino a través del relato que hace Diafebus al
Conde de Varoic; la toma de Rodas por los genoveses transparece a
través de un relato que hacen a Tirant y al Duque de Bretaña dos
caballeros de la corte de Francia, y la aventura del mercader
Gaubedi surge de una historia que Tirant cuenta a la Viuda
Reposada.) De este modo, pues, con el examen de un solo episodio de
este libro clásico, comprobamos que los recursos y procedimientos
que muchas veces parecen invenciones modernas por el uso vistoso que
hacen de ellos los escritores contemporáneos, en verdad forman parte
del acervo novelesco, pues los usaban ya con desenvoltura los
narradores clásicos. Lo que los modernos han hecho, en la mayoría de
los casos, es pulir, refinar o experimentar con nuevas posibilidades
implícitas en unos sistemas de narrar que surgieron a menudo con las
más antiguas manifestaciones escritas de la ficción.
Quizás
valdría la pena, antes de terminar esta carta, hacer una reflexión
general, válida para todas las novelas, respecto a una
característica innata del género de la cual se deriva el
procedimiento del ‘dato escondido’, la parte escrita de toda novela
es sólo una sección o fragmento de la historia que cuenta: ésta,
desarrollada a cabalidad, con la acumulación de todos sus
ingredientes sin excepción -pensamientos, gestos, objetos,
coordenadas culturales, materiales históricos, psicológicos,
ideológicos, etcétera, que presupone y contiene la historia total-
abarca un material infinitamente más amplio que el explícito en el
texto y que novelista alguno, ni aun el más profuso y caudaloso y
con menos sentido de la economía narrativa, estaría en condiciones
de explayar en su texto.
Para
subrayar este carácter inevitablemente parcial de todo discurso
narrativo, el novelista Claude Simon -quien de este modo quería
ridiculizar las pretensiones de la literatura ‘realista’ de
reproducir la realidad- se valía de un ejemplo: la descripción de
una cajetilla de cigarrillos Gitanes. ¿Qué elementos debía incluir
aquella descripción para ser realista?, se preguntaba. El tamaño,
color, contenido, inscripciones, materiales de que esa envoltura
consta, desde luego. ¿Sería eso suficiente? En un sentido
totalizador, de ninguna manera. Había falta, también, para no dejar
ningún dato importante fuera, que la descripción incluyera asimismo
un minucioso informe sobre los procesos industriales que están
detrás de la confección de ese paquete y de los cigarrillos que
contiene, y, por qué no, de los sistemas de distribución y
comercialización que los trasladan de productor hasta el consumidor.
¿Se habría agotado de este modo la descripción total de la cajetilla
de Gitanes? Por supuesto que no. El consumo de cigarrillos no es un
hecho aislado, resulta de la evolución de las costumbres y la
implantación de las modas, está entrañablemente conectado con la
historia social, las mitologías, las políticas, los modos de vida de
la sociedad; y, de otro lado, se trata de una práctica -hábito o
vicio- sobre la que la publicidad y la vida económica ejercen una
influencia decisiva, y que tiene unos efectos determinados sobre la
salud del fumador.
De donde
no es difícil concluir, por este camino de la demostración llevada a
extremos absurdos, que la descripción de cualquier objeto, aun el
más insignificante, alargada con un sentido totalizador, conduce
pura y simplemente a esa pretensión utópica: la descripción del
universo.
De las
ficciones, podría decirse, sin duda, una cosa parecida. Que si un
novelista a la hora de contar una historia, no se impone ciertos
límites (es decir, si no se resigna a esconder ciertos datos), la
historia que cuenta no tendría principio ni fin, de alguna manera
llegaría a conectarse con todas las historias, ser aquella quimérica
totalidad, el infinito universo imaginario donde coexisten
visceralmente emparentadas todas las ficciones.
Ahora
bien. Si se acepta este supuesto, que una novela -o, mejor, una
ficción escrita- es sólo un segmento de la historia total, de la que
el novelista se ve fatalmente obligado a eliminar innumerables datos
por ser superfluos, prescindibles y por estar implicados en los que
sí hace explícitos, hay de todas maneras que diferenciar aquellos
datos excluidos por obvios o inútiles, de los ‘datos escondidos’ a
que me refiero en esta carta. En efecto, mis ‘datos escondidos’ no
son obvios ni inútiles. Por el contrario, tienen funcionalidad,
desempeñan un papel en la trama narrativa, y es por eso que su
abolición o desplazamiento tienen efectos en la historia, provocando
reverberaciones en la anécdota o los puntos de vista.
Finalmente, me gustaría repetirle una comparación que hice alguna
vez comentando Santuario de Faulkner. Digamos que la historia
completa de una novela (aquella hecha de datos consignados y
omitidos) es un cubo. Y que, cada novela particular, una vez
eliminados de ella los datos superfluos y los omitidos
deliberadamente para obtener un determinado efecto, desprendida de
ese cubo adopta una forma determinada: ese objeto, esa escultura,
reflejan la originalidad del novelista. Su forma ha sido esculpida
gracias a la ayuda de distintos instrumentos, pero no hay duda de
que uno de los más usados y valiosos para esta tarea de eliminar
ingredientes hasta que se delinea la bella y persuasiva figura que
queremos, es la del ‘dato escondido’ (si no tiene usted un nombre
más bonito que darle a este procedimiento). |