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Introducción
Abrid un periódico
cualquiera: no dejaréis de encontrar en él una o dos columnas
consagradas al teatro y a la música. Encontraréis también, la
mayoría de las veces, un suelto relativo a alguna exposición
artística, a la descripción de un cuadro, de una estatua, y sin duda
alguna, el análisis de novelas, cuentos y poemas nuevos.
Con gran premura y con
mucho riqueza de detalles, os dirá ese diario de qué modo tal o cual
actriz representa tal o cual papel en tal o cual pieza; y; sabréis
al propio tiempo lo que vale esa pieza, drama, comedia u ópera, así
como el desempeño que cupo a su representación. Tampoco ignoraréis
lo que ocurrió en los conciertos: se os dirá de qué modo tal o cual
artista representó o cantó una pieza determinada. Por otra parte, no
existe hoy DIA ninguna gran ciudad en que no esté abierta cuando
menos, una, y a menudo dos o tres exposiciones de cuadros, cuyos
méritos y defectos proporcionan a los críticos de arte materia para
minuciosos estudios. Por lo que toca a las novelas y poemas, se
suceden con gran rapidez; apenas pasa un DIA sin que aparezcan
algunos nuevos, y la prensa se considera en el deber de hacer
estudios concienzudos relativos a ellos.
Para el sostenimiento del
arte en Rusia (donde apenas si se gasta en la educación del pueblo
la centésima parte de lo que se debiera), el gobierno concede
millones de rublos en forma de subvenciones a las academias, teatros
y conservatorios. En Francia cuesta el arte al Estado veinte
millones de francos; igual suma pagan los contribuyentes ingleses y
alemanes.
En todas las grandes
ciudades hay enormes edificios que sirven de museos, academias,
conservatorios, salas de espectáculos y de conciertos. Centenares de
miles de obreros -carpinteros, albañiles, pintores, tapiceros,
sastres, peluqueros, joyeros, impresores- consumen su vida entera en
pesados trabajos para satisfacer la necesidad de arte del público,
hasta el punto de que no hay ninguna otra rama de actividad tan
grande de fuerza nacional.
No solamente se consume
trabajo para satisfacer esta necesidad de arte, sino que cada día se
sacrifican innumerables existencias humanas en favor suyo.
Centenares de millares de personas emplean su vida desde la infancia
para saber mover rápidamente los pies y piernas, para tocar con
rapidez las teclas de un piano o las cuerdas de un violín, para
reproducir el aspecto y el color de los objetos, o para subvertir el
orden natural de las frases, y juntar a cada palabra otra palabra
que rime con ella. Y todas esas personas, que la mayoría de las
veces son honradas y tienen capacidad natural para entregarse a todo
linaje de ocupaciones especiales y embrutecedoras, se convierten en
lo que se llama especialistas, seres de inteligencia mezquina
e hinchados de vanidad, incapaces de apreciar las manifestaciones
serias de la vida, e incapaces de otra aptitud que la que implica
agitar rápidamente las piernas, las manos o la lengua.
Esta degradación de la vida
humana no es aún la peor consecuencia de nuestra civilización
artística. Recuerdo que un día asistí al ensayo general de una
ópera, de una de esas nuevas, groseras y vulgares obras que todos
los teatros de Europa y América se apresuran a poner en escena,
aunque después caigan para siempre en el olvido.
Cuando llegué al teatro,
había empezado el primer acto. Para penetrar hasta el sitio que me
estaba destinado, tuve que pasar entre bastidores. A través de
obscuros corredores, se me introdujo en un vasto local donde había
diversas máquinas que servían para la mutación de escenas y de luz.
Allí, entre tinieblas y polvo, vi multitud de obreros que
trabajaban, sin descanso. Uno de ellos, pálido, desencajado, vestido
con una blusa sucia y con las manos sucias también y encallecidas
por el trabajo, con todo el aspecto de un desdichado rendido y
agriado por la fatiga, reñía colérico con uno de sus compañeros, en
el momento que yo pasaba. Luego, me hicieron subir por una escalera
en un estrecho espacio que rodeaba la escena. Entre una masa de
cuerdas, de argollas, de maderos, de cortinas y decoraciones, vi
agitarse en torno mío docenas o quizá centenares de hombres
embadurnados y disfrazados con trajes extraños, sin contar con gran
número de mujeres que, naturalmente, llevaban la menor cantidad
posible de traje. Todas aquellas gentes eran cantantes, coristas,
bailarines y bailarinas que esperaban su turno. Mi guía me hizo
atravesar entonces la escena y llegué, por fin, al sillón que debía
ocupar, pasando por un puente de madera tendido sobre la orquesta,
donde había gran número de músicos, sentados junto a sus
instrumentos, violinistas, flautistas, arpistas, cornetines y demás.
En un sillón más alto, en
el centro de ellos, entre dos lámparas con reflectores, y con un
atril delante, estaba sentado el director de la orquesta, batuta en
mano, dirigiendo no sólo a los músicos, sino también a los
cantantes.
En la escena, apareció una
procesión de indios que acompañaban a la desposada. Había allí gran
número de hombres y mujeres con trajes exóticos y, además, dos
hombres vestidos con traje usual, que se agitaban y corrían de un
extremo a otro de las tablas. Uno de ellos era el director de
escena; el otro, que calzaba escarpines, corría con agilidad
prodigiosa, y era el maestro de baile. Después supe que cobraba cada
mes más dinero que diez obreros ganan en un año.
Aquellos tres directores
arreglaban el orden de la procesión. Esta, como de costumbre,
aparecía por parejas. Los hombres, empuñando partesanas de estaño,
poníanse en movimiento y se detenían después. Costó gran trabajo el
arreglo de la procesión; la primera vez, los indios, con sus
partesanas de estaño pusiéronse en marcha demasiado tarde; la
segunda, antes de tiempo, y la tercera moviéronse en el instante
deseado, pero embrollaron el orden de la marcha; otra vez, no
supieron detenerse en el punto deseado, y cada vez la ceremonia
entera tenia que volver a empezar desde el principio. Consistía éste
en un recitado que pronunciaba un hombre vestido de turco, el cual,
abriendo la boca de un modo singular, cantaba: ¡Traigo la no-o-via!
Cantaba y agitaba los brazos que, como de rigor, estaban desnudos.
Luego comenzaba la procesión; pero de repente, en la orquesta, el
cornetín de pistón daba una nota falsa; al oír aquello, el director
de orquesta, estremeciéndose y erizándosele el bigote como si
presenciara una catástrofe, golpeaba el atril con la batuta. Todos
se detenían de nuevo, y el director, volviéndose hacia los músicos,
la emprendía con el cornetín de pistón, increpándole por el moro
que soltara, en términos que los carreteros no quisieran emplear
disputando entre si. De nuevo empezaba todo: los indios con sus
partesanas se ponían en movimiento y el cantante abría la boca para
cantar: ¡Traigo la no-o-via! Pero aquella vez las parejas
caminaban unas demasiado cerca de otras. Nuevos golpes de batuta en
el atril y vuelta a empezar. Los hombres caminaban con sus
partesanas al hombro. Algunos tenían los rostros serios y tristes,
otros sonreían y hablaban entre sí. Luego se detenían formando coro
y se ponían a cantar. Pero de súbito la batuta golpeaba de nuevo el
atril y el director de escena, con acento desolado y furioso,
vomitaba injurias contra los desgraciados indios.
Parece que los pobres
habían olvidado que de vez en cuando tenían que levantar los brazos
para patentizar su animación. ¿Estáis enfermos, atajo de
animales? ¿Acaso sois de madera para permanecer así como unos
testaferros? Y muchas veces todavía empezó de nuevo la
procesión, y oí golpes de batuta y una serie de injurias de las que
las mejores palabras eran: "Asnos, brutos, idiotas, cerdos.
Más de cuarenta veces oí repetir tales palabras dirigidas a
cantantes y músicos.
Estos, deprimidos física y
moralmente, aceptaban el ultraje sin protestar jamás. Y el director
de orquesta y el de escena harto sabían que aquellos infelices
estaban demasiado embrutecidos para hacer otra cosa que soplar en
una trompeta, o andar por la escena calzando zapatos amarillos y con
partezanas de estaño; sabían que estaban acostumbrados a una vida
regalona y dispuestos a sufrir cualquier ultraje, antes que
renunciar a su lujo; de modo que no vacilaban en dar rienda suelta a
su grosería nativa, sin contar con que habían visto hacer lo mismo
en París o en Viena, y pensaban seguir así la tradición de los
grandes teatros.
No creo, en verdad, que
pueda haber en el mundo espectáculo más repugnante. He visto cómo un
obrero injuriaba a otro porque no podía con el peso de la carga que
llevaba. He visto, al terminar la siega, un capataz que insultaba a
un obrero por una torpeza cometida; y vi también cómo los hombres
insultados de aquel modo se sometían en silencio. Pero aunque me
causara repugnancia asistir a tales escenas, mi repulsión se
atenuaba al pensar que se trataba de trabajos importantes y
necesarios, en los que la menor falta podía producir consecuencias
deplorables. Pero, en el teatro, ¿qué es lo que se hacia? ¿Para
quién y por qué se trabajaba? Me daba cuenta de que el director de
orquesta no era ya dueño de sus nervios como el obrero encontrado
entre bastidores; pero, ¿en provecho de qué se enfadaba? La ópera
que hacia ensayar era de las más vulgares; debo añadir que era lo
más profundamente absurda que se puede imaginar. Un Rey indio
deseaba casarse; le traían una novia, y se disfrazaba de trovador;
ella se enamoraba del trovador, desesperábase, pero acababa por
descubrir que el trovador era su novio; y ambos manifestaban una
alegría delirante. No han existido ni existirán jamás indios de tal
jaez. Era cierto también que lo que hacían y decían, no sólo no
tenía nada que ver con las costumbres indias, sino que no se parecía
a ninguna costumbre humana, exceptuando las de las óperas. Porque no
cabe dudarlo; en la vida común, los hombres no hablan por medio de
recitados, ni se colocan a distancias regulares, ni agitan los
brazos en cadencia para demostrar sus emociones.
Nunca andan aparejados, ni
llevan zapatillas, a la vez que partesanas, de estaño; y nadie se
enfada, ni se desconsuela, ni ríe ni llora, como ocurría en aquella
obra. Y es indudable, además, que nadie puede sentirse conmovido al
presenciar la representación de una ópera como aquélla. Así, era
natural que uno se preguntase: ¿A cuenta de qué se hacía todo
aquello? ¿A quién podía gustar? Si por milagro hubiese habido en
aquella ópera buenos trozos de música, ¿no podía tocarse ésta,
prescindiendo de aquellos trajes grotescos, de aquellas procesiones,
de aquellos movimientos de brazos? ¿A qué causa se debe el que
tonterías parecidas se representen en todas las ciudades del mundo
civilizado?
A un hombre de gusto le
asquean esos espectáculos; un obrero no puede comprender ni una jota
de ellos. Si por ventura placen, será, a no dudarlo, a algún lacayo
joven o a algún obrero pervertido qué ha contraído las necesidades
de las clases superiores, sin poder elevarse hasta su gusto natural.
Nos dicen, sin embargo, que
todo esto se hace en provecho del arte, y que el arte es una cosa
muy importante. ¿Será cierto que el arte tiene importancia bastante
para cohonestar tales sacrificios? Tanto más urgente es resolver
esto cuanto que el arte, en provecho del cual se sacrifica el
trabajo de millones de hombres, y por el que se pierden millares de
vidas, aparece a la inteligencia de un modo cada vez más vago y más
incierto. Sucede, en efecto, que los críticos en quienes los
aficionados estaban acostumbrados a encontrar un sostén en sus
opiniones, se han contradicho durante estos últimos tiempos de un
modo tan evidente que, si se excluye del dominio del arte cuanto han
excluido los críticos de distintas escuelas, queda muy poco o casi
nada para constituir ese famoso dominio. Las diversas sectas de
artistas, como las diversas sectas de teólogos, se excluyen y se
niegan unas a otras. Estudiadlas, y las veréis constantemente
ocupadas en desprestigiar a las sectas rivales. En poesía, por
ejemplo, los antiguos románticos niegan a los parnasianos y
decadentes; los parnasianos deprimen a decadentes y románticos, y
los decadentes dicen pestes de todos sus predecesores, y, además de
los magos; y los magos no hallan nada bueno fuera de su escuela.
Entre los novelistas, los naturalistas, los psicólogos y los
naturistas pretenden ser los únicos artistas que merecen tal nombre.
Lo propio ocurre entre escritores dramáticos, pintores y músicos. De
ahí resulta que este arte que exige de los hombres tan terribles
fatigas, que degrada tantas vidas humanas, que fuerza a los hombres
a pegar contra la caridad, no es una cosa clara y precisamente
definida, sino algo que los mismos fieles, los iniciados, entienden
de diversos modos, tan contradictorios entre si, que resulta punto
menos que imposible saber lo que debe entenderse por arte, y
particularmente, cuál es el arte útil, bueno y precioso, el arte,
que merece ser honrado, con inmensos sacrificios.
Capítulo primero
El problema del arte
Para la producción del más
sencillo baile, ópera, opereta, cuadro, concierto o novela, millares
de hombres se ven obligados a entregarse a un trabajo que muy a
menudo resulta humillante y penoso. Menos mal si los artistas
cumplieran por si mismos la suma de trabajo que requieren sus obras;
pero no ocurre así, porque necesitan el auxilio de numerosos
obreros. Este auxilio lo obtienen de distintos modos, ya en forma de
dinero dado por los ricos, ya en forma de subvenciones otorgadas por
el Estado; en este caso, el dinero que reciben proviene del pueblo,
que, en su mayoría, tiene que privarse de lo necesario para pagar la
contribución y no goza jamás de lo que llaman esplendores del
arte. Podría comprenderse esto en rigor para un artista griego o
romano, o hasta para un ruso de la primera edad del siglo XIX,
cuando habla aún esclavos, pues esos artistas podían considerarse
con derecho a ser servidos por el pueblo. Pero ahora, cuando todos
los hombres tienen un vago sentimiento de la igualdad y de sus
derechos, no es posible admitir que el pueblo continúe trabajando, a
su pesar, en favor del arte, sin decir antes, de un modo
indubitable, si el arte es bastante bueno e importante para
cohonestar todos los daños que engendra.
Es necesario, pues, en una
sociedad civilizada en que se cultiva el arte, preguntarse si todo
lo que pretende ser un arte lo es verdaderamente, y si (como se
presupone en nuestra sociedad) todo la que es arte resulta bueno por
serlo y digno de los sacrificios que entraña. El problema es tan
interesante para los artistas como para el público, pues se trata de
saber si lo que aquellos hacen tiene la importancia que se cree, o
si simplemente los prejuicios del medio en que viven, les hacen
creer que su labor es meritoria. También debe averiguarse si lo que
toman a los otros hombres, así para las necesidades de su arte, como
para las de su vida personal, se halla compensado por el valor de lo
que producen. ¿Qué es ese arte considerado como cosa tan preciosa e
indispensable para la humanidad?
¿Preguntáis lo que es el
arte? ¡Grave pregunta! ¡El arte es la arquitectura, la escultura,
la pintura, la música y la poesía bajo todas sus formas! Esto es
lo que no dejan de contestar el hombre vulgar y el aficionado, y
hasta el artista mismo, en la seguridad de que no se equivocan y que
se trata de cosas perfectamente claras. Podríamos, sin embargo,
preguntaréis: ¿No hay en arquitectura edificios que no son obras de
arte y otros que, con pretensiones artísticas, son feos y
desagradables a la vista, y que por lo tanto no pueden ser
considerados como obras de arte? ¿No ocurre lo mismo en escultura,
en música y en poesía? ¿Dónde reside entonces la señal
característica de las obras de arte? El arte, en todas sus formas,
hállase limitado, de un lado, por la utilidad práctica, del otro por
la fealdad y la impotencia para producir arte. ¿Cómo se distinguirán
esas dos cosas que le limitan? A tal pregunta, el hombre vulgar de
nuestra sociedad que se llama cultivada, y hasta el artista, si no
ha cuidado mucho de la estética, tienen respuesta preparada. Os
dirán que esa respuesta se formuló hace mucho tiempo, y que nadie
debe ignorarla. El arte, afirmarán, es una actividad que
produce la belleza.
Pero -les objetaréis- si en
esto consiste el arte, ¿son obras de arte un baile o una ópera bufa?
El hombre instruido y el artista os contestarán aún, pero ya con
cierta vacilación: SI; un buen baile y una linda ópera bufa
también son arte, pues equivalen a manifestaciones de la belleza.
SI preguntáis en seguida a
vuestros interlocutores cómo distinguen un buen baile y una
linda ópera bufa de las malas, mucho les costará responder. Y
al preguntarles en seguida si la actividad de atrecistas y
peluqueros, si la actividad de costureras y sastres, de perfumistas
y cocineros también es arte, os contestarán probablemente negándolo.
Se engañarán en ello, porque son hombres vulgares y no especialistas
y no se ocuparon en asuntos estéticos. Si les preocuparan tales
asuntos, habríanse apresurado a leer en la obra del gran Renán,
Marco Aurelio, una disertación que prueba que la labor del
sastre es obra de arte, y que los hombres que no ven en los adornos
de una mujer la más alta manifestación artística, son seres sin
inteligencia, espíritus estrechos. Este es el gran arte, dijo
Renán. Deberían saber también vuestros interlocutores que, en la
mayoría de los sistemas estéticos modernos, el traje, los perfumes y
hasta la cocina están considerados como artes especiales. Tal es en
particular el parecer del sabio profesor Králik en su Belleza
Universal, ensayo de estética general, así como el de Guyau, en
sus Problemas de la estética contemporánea.
Existe un pentáculo de las
artes, fundado en los cinco sentidos del hombre,
dice Králik, y puntualiza, en consecuencia, las artes del gusto,
del olfato, el tacto, el oído y la vista.
De las primeras, las del
gusto, dice: Se ha generalizado demasiado la costumbre de admitir
sólo dos o tres sentidos como dignos de proporcionar materia para un
conjunto artístico. No se negará, sin embargo, que sea una
producción estética la que el cocinero consigue hacer, cuando
convierte el cuerpo de un animal muerto en objeto de placer para el
hombre.
Igual opinión campea en la
obra citada del francés Guyau, muy estimado por gran número de
escritores contemporáneos. Habla muy seriamente del tacto, del gusto
y del olfato como capaces de producirnos impresiones estéticas:
Si el color falta al tacto, nos produce en cambio una noción que la
vista sola no puede darnos, y que tiene un valor estético
considerable, la de lo suave, lo liso, lo aterciopelado. Lo
que caracteriza la belleza del terciopelo es la suavidad al tacto,
cualidad que agrada tanto por lo menos como su brillantez. Al
formarnos idea de la belleza de una mujer, lo satinado de su piel es
un elemento esencial. Fijándonos algo, recordaremos los goces del
gusto, que son verdaderos goces estéticos. Y Guyau cuenta, a
guisa de ejemplo, que un vaso de leche que bebió le produjo un goce
estético.
De todo ello resulta que la
concepción del arte, consistente en manifestar la belleza, no es tan
sencilla como parece. Pero el hombre, vulgar o refinado, no conoce
esto o no quiere conocerlo, y está firmemente convencido de que
todos los problemas del arte pueden resolverse claramente con sólo
reconocer la belleza como única materia del arte. Le parece
comprensible y evidente que el arte consiste en manifestar la
belleza. La belleza le parece que basta para resolver cuanto al arte
concierne.
¿Qué es, pues, esa belleza,
qué forma la materia del arte? ¿Cómo se la define? ¿En qué consiste?
Como sucede siempre, cuanto
más confusas y nebulosas son las ideas sugeridas por la palabra, con
más aplomo y seguridad se emplea esta palabra y se sostiene que su
sentido es demasiado claro, para que valga la pena de definirlo.
Esto es lo que ocurre de
ordinario en los problemas religiosos, y también ocurre con esta
concepción de la belleza. Se admite como fuera de duda que todos
saben y comprenden lo que significa la palabra belleza. Y sin
embargo, la verdad es que no sólo no todos lo saben, sino que, a
pesar de que se han escrito montañas de libros acerca de tal asunto,
desde hace ciento cincuenta años (desde que Baumgarten fundó la
estética en 1750), la cuestión de saber lo que es la belleza no ha
podido ser resuelta todavía, y cada nueva obra de estética da a tal
pregunta una respuesta nueva. Una de las últimas obras que he leído
acerca de tal materia, es un librito alemán de Julio Mithalter,
titulado el Enigma de lo Bello. Este título expresa el
verdadero estado del problema. A pesar de que millares de sabios lo
han discutido durante ciento cincuenta años, el sentido de la
palabra belleza es aún un enigma. Los alemanes lo definen a
su guisa de cien modos diferentes. La escuela fisiológica, la de los
ingleses Spencer, Grant Allen y otros, contesta a su manera; lo
propio ocurre con los eclécticos franceses, y con Taine y Guyau, y
sus sucesores; y todos estos escritores conocen y hallan deficientes
todas las definiciones dadas antes por Baumgarten, Kant, Schiller,
Winckelmann, Lessing, Hégel, Schopenhauer, Hartmann, Cousín, y otros
mil.
¿Cuál es, pues, esa extraña
expresión de la belleza, que tan sencilla parece a los que de ella
hablan sin conocimiento de causa, pero que nadie llega a definir,
desde hace ciento cincuenta años, lo cual no impide que todos los
estéticos funden en ella todas sus doctrinas de arte?
En nuestra lengua rusa, la
palabra krasota (belleza) significa simplemente lo que gusta
a la vista. Y aun cuando, desde hace algún tiempo, se habla de una
acción fea, de una música bella, eso no es buen ruso.
Un ruso del pueblo, que
ignore las lenguas extranjeras, no os comprenderá si le decís que un
hombre que da cuanto tiene hace una bella acción, o que una
canción tiene una música bella. En nuestra lengua rusa, puede
ser una canción caritativa, o buena, o mala, o execrable. Una música
puede ser agradable y buena, o desagradable y mala. Pero no hay ni
una acción bella ni una música bella. La palabra
bello únicamente puede aplicarse a un hombre, a un caballo, a
una casa, a un sitio, a un movimiento. De modo que la palabra y la
noción de lo bueno implican para nosotros, en determinado
orden de asuntos, la noción de lo bello; pero la noción de
lo bello, por el contrario, no implica necesariamente la noción
de lo bueno.
Cuando decimos de un objeto
que apreciamos por su apariencia visible que es bueno,
entendemos que este objeto es bello, pero si decimos que es
bello no supone esto, necesariamente, que lo creamos bueno.
En las otras lenguas
europeas, es decir, en las lenguas de las naciones entre las cuales
se ha esparcido la doctrina que hace de la belleza la condición
esencial del arte, las palabras bello, schoen,
beautiful, beau, etc., guardando su sentido primitivo,
expresan la bondad hasta el punto de convertirse en substitutos de
la palabra bueno. Frecuentemente en esas lenguas se emplean
expresiones como éstas: Un alma bella, un pensamiento
bello, o una bella acción. Estas lenguas han acabado por
no tener palabra propia para designar la belleza de la forma, y se
ven obligadas a recurrir a combinaciones de palabras tales como:
De bellas formas, de bella apariencia, etc.
¿Qué es, pues, esa belleza
que de continuo cambia de sentido según los países y las épocas?
Para contestar a tal
pregunta, para definir lo que las naciones europeas entienden hoy
por belleza, me veré obligado a citar algunas definiciones de
la belleza, admitidas en los sistemas estéticos actuales. Ruego al
lector que no se aburra mucho al leer tales citas, y que se resigne,
a pesar de su aburrimiento, a leerlas, o por mejor decir, a leer
algunos de los autores que voy a citar en extracto. Para no hablar
más que de obras muy sencillas y sumarias, tómese por ejemplo la
alemana de Králik, la inglesa de Knikht, la francesa de Lévêque. Es
indispensable haber leído una obra de estética para formarse idea de
la divergencia de opiniones y de la oscuridad que reina en esa
región de la ciencia filosófica.
He aquí, por ejemplo, lo
que dice el tratadista de estética, el alemán Schásler, en el
prefacio de su famosa, voluminosa y minuciosa obra de estética:
En ninguna parte, en el dominio de la filosofía, es tan grande la
disparidad de opiniones como en estética. Tampoco en ninguna parte
se halla tanta palabrería hueca, un empleo tan constante de
tecnicismos vacíos de sentido o mal definidos, una erudición más
pedantesca y al propio tiempo más superficial. Y, en efecto,
basta leer la propia obra de Schásler para convencerse de la
acertado de esta observación.
Sobre el mismo asunto ha
escrito Verón, en el prefacio de su notable obra de estética, lo
siguiente: No hay ciencia que, como la estética, se haya prestado
a las lucubraciones de los metafísicos. Desde Platón hasta las
doctrinas oficiales de nuestros días, se ha hecho del arte una
informe amalgama de misterios trascendentales y de teorías llevadas
a la quintaesencia, que hallan su expresión suprema en la concepción
absoluta de lo bello ideal, prototipo inmutable y divino de las
cosas reales.
Tómese el lector la
molestia de pasar la vista por las definiciones siguientes de la
belleza, expresadas por los tratadistas de estética de gran
renombre; y podrá juzgar por sí mismo cuán verdadera es la crítica
de Verón.
No citaré, como se
acostumbra, las definiciones de la belleza atribuidas a los
antiguos, Sócrates, Platón, Aristóteles y los otros hasta Plotino,
pues en realidad, como explicaré después, los antiguos tenían del
arte una concepción distinta a la que forma la base y el objeto de
nuestra estética moderna. Aplicando a nuestra concepción presente de
la belleza los juicios que acerca de ella formaron, se da a sus
palabras un sentido que no es el suyo propio.
Capítulo 2
La belleza
Empecemos por el fundador
de la estética, Baumgarten (1714 - 1762).
Según él, el conocimiento
lógico tiene por objeto la belleza. Esta es lo perfecto o lo
absoluto reconocido por los sentidos. Y la bondad, por otra
parte, es lo perfecto alcanzado por la voluntad moral.
Define la belleza como una
correspondencia, es decir, un orden entre ambas partes, en
sus relaciones mutuas y en su relación con el conjunto. En cuanto al
fin de la belleza, es gustar y excitar el deseo. Haré notar,
de paso, que es todo lo contrario de la definición de Kant.
Por lo que toca a las
manifestaciones de la belleza, Baumgarten estima que la encarnación
suprema de la belleza nos aparece en la naturaleza, y deduce de ahí
que el ideal supremo del arte sea copiar a la naturaleza: esta
conclusión se contradice de todo en todo con las que formularon los
tratadistas de estética posteriores.
Si se nos permite,
dejaremos de mentar a los sucesores inmediatos de Baumgarten, Maier,
Eschenburg y Eberchard, que sólo modificaron ligeramente la doctrina
de su maestro distinguiendo lo agradable de lo bello. Pero conviene
citar las definiciones dadas por otros contemporáneos de Baumgarten,
tales como Sulzer, Moisés Mendelsshon y Móritz, que están ya en
contradicción con él y dicen que el arte ha de tender a la bondad y
no a la belleza. Súlzer (1720-1777) sólo considera bello lo que
contiene una parte de bondad; la belleza es lo que evoca y
desarrolla el sentimiento moral. Mendelsshon (1729-1786) cree que el
único fin del arte es la perfección moral. Estos tres estadistas
destruyen por completo la distinción establecida por Baumgarten
entre las tres formas de lo perfecto: lo verdadero, lo bello y lo
bueno, y suman lo bello y lo verdadero a lo bueno.
Tampoco esta concepción la
aceptan los tratadistas del período siguiente; la refuta por
completo el famoso Winckelmann (1717-1768) , que niega que el arte
deba tender a ningún fin moral, y le asigna como meta la belleza
exterior, que limita a la belleza visible. Según Winckelmann, hay
tres especies de belleza: primero, la belleza de la forma; segundo,
la belleza de la idea, que se expresa por la posición de las
figuras; y tercero, la belleza de expresión, que resulta del acuerdo
de las dos anteriores bellezas. Esta belleza de la expresión, es el
fin supremo del arte; realizóla el arte antiguo; por consiguiente.
El arte moderno debe tender a imitar el arte antiguo.
Hállase una concepción
análoga de la belleza en Léssing, Héder, Goethe y la mayoría de los
tratadistas de estética, hasta que Kant la destruye y sugiere otra
diametralmente opuesta.
Multitud de teorías
estéticas aparecen durante el mismo período, en Inglaterra, Francia,
Italia y Holanda; y aun cuando esas teorías no tienen nada de común
con la de los alemanes, son como ella confusas y oscuras.
Según Shaftesbury
(1690-1713), lo que es bello es armonioso y bien proporcionado,
lo que es armonioso y bien proporcionado es verdadero; y lo que es a
la vez bello y verdadero es naturalmente agradable y bueno. Dios
es la suma de toda belleza; de él procede la belleza y la bondad;
así, a juicio de ese inglés, la belleza es distinta a la bondad, y,
sin embargo, se confunde con ella.
Según Hutcheson (1694 -
1747), el fin del arte es la belleza, cuya esencia consiste en
evocar en nosotros la perfección de uniformidad en la variedad.
Tenemos dentro de nosotros un sentido interno, que nos
permite reconocer lo que es arte, pero que puede estar en
contradicción con el sentido estético. En fin, según Hutcheson, la
belleza no corresponde siempre a la bondad, sino que a veces se
aparta de ella y hasta es su rival.
Según Home (1696-1782), la
belleza es lo que gusta. Únicamente el gusto define. El ideal del
gusto es que el máximo de riqueza, de plenitud, de fuerza y de
variedad de impresiones, esté contenido en los más estrechos
límites. Tal es también el ideal de una obra perfecta de arte.
Dice Burke (1729-1797) que
lo sublime y lo bello son los fines del arte, tienen su origen en
nuestro instinto de conservación y de sociabilidad. La defensa del
individuo, y la guerra, que es su consecuencia, son las fuentes de
lo sublime; la sociabilidad y el instinto sexual que de ella
dimanan, son la fuente de lo bello.
Mientras los pensadores
ingleses se contradecían así, tratando de definir la belleza y el
arte, lo propio les ocurría a los franceses.
Según el padre André (Ensayo
sobre lo Bello, 1741), hay tres especies de belleza; la divina,
la natural y la artificial. Según Batteux (1713-1780), el arte
consiste en imitar la belleza de la naturaleza y su objeto debe
consistir en agradar. Tal es también la definición de Diderot.
Voltaire y d' Alembert estiman que las leyes del gusto deciden en
materia de belleza, pero que esas leyes no pueden definirse.
Según un autor italiano del
mismo periodo, Pagano, consiste el arte en reunir las bellezas
dispersas en el seno de la naturaleza. A juicio suyo, la belleza se
confunde con la bondad: la belleza es la bondad hecha visible y la
bondad es la belleza interna. En opinión de otros italianos,
Muratori (1762-1790); y Spalletti (Saggio sopra la belleza,
1755), el arte se asemeja a una sensación egoísta nacida a impulsos
de la sociabilidad.
De entre los holandeses, el
más notable es Harmterbuis (1770-1790), que ejerció Influencia real
sobre los tratadistas alemanes y sobre Goethe. Según él, la belleza
es lo que procura más placer, y lo que nos procura más placer es lo
que nos da mayor número de ideas en el menor espacio de tiempo. Así
el goce de lo bello es, para él, el mayor de todos porque nos da
mayor cantidad de ideas en menos espacio de tiempo.
Tales eran en Europa las
diversas teorías estéticas cuando Kant (1724-1804) propuso la suya,
que ha sido luego una de las más célebres.
La teoría estética de Kant
puede resumirse así: El hombre
conoce la naturaleza fuera de él, y se conoce a sí mismo en la
naturaleza. En la naturaleza busca la verdad, en sí mismo busca la
bondad. La primera de esas investigaciones pertenece al dominio de
la razón pura, la segunda, al de la razón práctica. Pero, además, de
estos dos medios de percepción, existe también la capacidad de
juzgar, que puede producir juicios sin conceptos y placeres sin
deseos. Esta capacidad es la base del sentimiento estético. La
belleza, según Kant, es, desde el punto de vista subjetivo, lo que
gusta de una manera general y necesaria, sin concepto y sin utilidad
práctica. Desde el punto de vista objetivo, es la forma de un objeto
que agrada, con tal de que este objeto nos agrade, sin cuidarnos
para nada de su utilidad.
Definiciones análogas se
dieron de la belleza por los sucesores de Kant, entre los cuales
figura Schiller (1759-1805). Muy distinta es la definición de Fichte
(1762-1814). Este sostiene que el mundo tiene dos aspectos,
existiendo en una parte la suma de nuestras limitaciones, y en la
otra la suma de nuestra libre actividad ideal. Por el primer
aspecto, todo resulta desfigurado, comprimido, mutilado y vemos su
fealdad; por el segundo, percibimos los objetos en su plenitud y
vidas íntimas, viendo así la belleza. Según Fichte, ésta no reside
en el mundo, sino es el alma bella. Tiene el arte por fin la
educación no sólo de la inteligencia y del corazón, sino del hombre
entero. De ahí resulta que los caracteres de la belleza no provienen
de las sensaciones exteriores, sino de la presencia de un alma bella
en el artista.
Dejemos las teorías de
Federico Schlegel (1772-1829) y de Adam Múller (1779-1829), para
llegar a las del célebre Schelling (1775-1854). Según este filósofo,
el arte es el resultado de una concepción de las cosas en la cual el
sujeto es la percepción de lo infinito en lo finito. El arte es la
unión de lo subjetivo y de lo objetivo, de la naturaleza y la razón,
de lo consciente y de lo inconsciente. Y la belleza es también la
contemplación de las cosas en sí, tales como existen en sus
prototipos. Ni la ciencia ni la destreza del artista producen la
belleza, sino de la idea de la belleza que está en él.
Después de Schelling y su
escuela, aparece la famosa doctrina de Hégel. Esta es la que, aun
hoy día, adviértase o no, forma la base de las opiniones conscientes
acerca del arte y de la belleza. No es, por otra parte, ni más clara
ni más precisa que las doctrinas precedentes, sino que, por el
contrario, es aún más abstrusa y nebulosa, si cabe. Según Hégel
(1770-1831), Dios se manifiesta en
la naturaleza y en el arte bajo la forma de la belleza: La belleza
es el reflejo de la idea de la materia. Únicamente el alma es bella;
pero la inteligencia se muestra a nosotros bajo la forma sensible, y
esta apariencia sensible del espíritu es la única realidad de la
belleza. La belleza y la verdad en tal sistema son una sola y única
cosa: la belleza es la expresión sensible de la verdad.
Esta doctrina la adoptaron
y desarrollaron y enriquecieron los discípulos de Hégel, los
tratadistas Weisse, Ruge, Rosenkrantz, Víscher y otros. No se crea,
sin embargo, que el hegelianismo, monopolizó las teorías estéticas
en Alemania. Junto a ése aparecieron otros sistemas que no sólo
admitían, como Hégel, que la belleza fuera el reflejo de la idea,
sino que contradecían formalmente la definición, la refutaban y la
ridiculizaban. Limitémonos a citar dos de estas teorías: la de
Herbart y la de Schopenhauer.
A juicio de Herbart
(1776-1841), no hay ni puede haber una belleza que exista en sí
misma. Nada existe fuera de nuestra opinión, y ésta se basa en
nuestras impresiones personales. Hay ciertas relaciones que llamamos
bellas; y el arte consiste en describirlas, así en la pintura como
en la música y la poesía.
Según Schopenhauer
(1788-1866), la voluntad se objetiva en el mundo en diversos planos;
cada uno de ellos tiene su belleza propia, y el más alto de todos es
el más bello. El renunciamiento de nuestra individualidad,
permitiéndonos contemplar esas manifestaciones de la voluntad, nos
da una percepción de la belleza. Todos los hombres poseen la
capacidad de objetivar la idea en diferentes planos; pero el genio
del artista tiene tal capacidad en más alto grado y puede así
producir una belleza superior.
Después de esos escritores
famosos, hubo otros en Alemania, de una originalidad e influencia
menores, pero cada uno de los cuales parecía tener a gala destruir
las doctrinas de sus cofrades pasados y presentes. Tales fueron
Hartmann, Kirkmann, Schnaase, el físico Helmholtz, Bergmann,
Jungmann, etc.
Según Hartrnann (nacido en
1842), la belleza no reside ni en el mundo exterior, ni en la
cosa en sí, ni en el alma, sino en la apariencia
producida por el artista. La cosa en sí no es bella, pero nos
parece bella cuando el artista la transforma.
Schnaase (1798-1875), dice
que no hay en el mundo belleza perfecta. La naturaleza se aproxima a
ella; el arte nos da lo que no puede darnos la naturaleza.
Estima Kirkmann
(1802-1884), que hay seis grandes divisiones en la historia: de la
ciencia, de la riqueza, de la moral, de la fe, de la política y de
la belleza. El arte es la actividad ejerciéndose en el dominio de
esta última división.
Juzga Helmholtz
(1821-1896), que sólo se ocupó de estética musical, que la belleza
en la música sólo se obtiene mediante la observación de ciertas
leyes invariables: leyes que el artista no conoce, pero a las cuales
obedece de un modo inconsciente.
Bergmann (Ueber das
Schoene, 1887), asegura que es imposible definir la belleza de
un modo objetivo. La belleza no puede ser percibida sino de un modo
subjetivo, y por consiguiente, el problema de la estética consiste
en definir lo que gusta a cada cual. Según Jungmann (muerto en
1885), 1º la belleza es una cualidad suprasensible de las cosas; 2º
el placer artístico se produce en nosotros por la simple
contemplación de la belleza; 3º la belleza es el fundamento del
amor.
¿Hay necesidad de decir que
mientras Alemania producía estas doctrinas, no descansaba la
estética en Francia y en Inglaterra?
En Francia trabajaba Cousín
(1792-1867), un ecléctico que se inspira en las doctrinas de los
idealistas alemanes. A juicio suyo, la belleza descansa siempre
sobre una base moral. Afirmaba que podía ser definida objetivamente,
y que era, por esencia, la variedad en la unidad. Su discípulo
Jouffroy (1796-1842), veía en la belleza una expresión de lo
invisible. El metafísico Ravaissón consideraba la belleza como el
objeto y fin supremo del universo. El metafísico Renouvier decía a
su vez: No dudemos en afirmar que
una verdad que fuese bella no seria más que un juego lógico de
nuestro espíritu, y que la única verdad sólida y digna de este
nombre es la belleza.
Todos estos pensadores
partían de las teorías alemanas; otros querían ser más originales:
Taine, Guyau, Cherbuliez, Verón, etc. Según Taine (1828-1893), hay
belleza cuando el carácter esencial de una idea importante se
manifiesta más completamente que en la realidad. Según Guyau
(1854-1888), la belleza no es una cosa exterior al objeto, sino la
quintaesencia del objeto. El arte es la expresión de una vida
razonable y consciente, que evoca en nosotros a la vez la conciencia
más profunda de nuestra existencia y los más altos sentimientos y
los pensamientos más nobles. A su parecer, el arte transporta al
hombre desde la vida personal a la vida universal por medio de una
participación de los mismos sentimientos y de las mismas ideas.
Según Cherbuliez, el arte es una actividad que: 1º satisface nuestro
amor innato por las apariencias; 2º encarna, en esas mismas
apariencias, ideas; y 3º da al mismo tiempo placer a nuestros
sentidos, a nuestro corazón y a nuestra razón.
He aquí, para completar
esta relación, los juicios de algunos autores franceses más
recientes. La Psychologie du beau et de l'art, por Mario Pilo
(1895), dice que la belleza es producto de nuestras impresiones
físicas. El fin del arte es el placer: pero el autor estima que este
placer debe ser eminentemente moral. El Essai sur l'art
contemporain, por Fierens-Geváert (1897), dice que el arte
consiste en el equilibrio entre el mantenimiento de las tradiciones
de lo pasado y la expresión del ideal de lo presente. El Sár Peladán
afirma que la belleza es una de las manifestaciones de Dios.
No hay más realidad que Dios, no hay más
verdad que Dios, no hay más belleza que Dios.
La Esthétique, de
Verón (1878) se distingue de las demás obras del mismo género, por
su claridad y por lo comprensible que es.
Sin dar una definición
exacta del arte, el autor tiene el mérito de desembarazar la
estética de todas las vagas nociones de la belleza absoluta. EI
arte, según Verón, es la manifestación de una emoción exteriorizada
por una combinación de líneas, formas, colores, o por una sucesión
de movimientos, de ritmos y de sonidos.
Los ingleses, por su parte,
convienen casi todos en definir la belleza, no por sus cualidades
propias, sino por la impresión y el gusto personales, Así pensaban
ya Reid (1704-1796) Alison y Erasmo Darwin (1781-1802); pero más
notables son las teorías de sus sucesores.
Dice Carlos Darwin
(1805-1882) que la belleza es un sentimiento natural, no sólo en los
hombres, sino en los animales. Los pájaros adornan sus nidos y se
fijan en la belleza, en sus relaciones sexuales. La belleza, por
otra parte, es un conjunto de nociones y de sentimientos diversos.
El origen de la música debe buscarse en el llamamiento dirigido
por los machos a las hembras. Siguiendo a Herberto Spencer
(nacido en 1820), el origen del arte debe buscarse en los juegos. En
los animales inferiores toda la energía vital se emplea en asegurar
la vida individual y la de la raza; pero en el hombre, cuando sus
instintos están satisfechos, queda un exceso de fuerza que se
consume en los juegos y luego en el arte.
Grant Allen en su
Physiological Esthetics, (1877), dice que la belleza tiene un
origen físico. Los placeres estéticos provienen de la contemplación
de la belleza, pero la concepción de la belleza es el resultado de
un proceso fisiológico. Lo bello, es lo que procura un máximo de
estímulo con un mínimo de gasto.
Las diversas opiniones
sobre el arte y la belleza que acabo de mencionar, añadiendo por lo
que toca a Inglaterra las de Todhunter, Mozeley, Ker, Knight,
etcétera, están lejos de constituir todo cuanto se ha escrito acerca
de tal materia. No pasa un día sin que surjan nuevos tratadistas en
cuyas doctrinas campean igual vaguedad y parecidas contradicciones.
Algunos, por inercia, se limitan a reproducir con ligeras variantes,
la estética mística de los Baumgarten y los Hégel; otros plantean el
problema en la región de la subjetividad y hacen depender del gusto
la belleza; otros, los de las últimas generaciones, buscan el origen
de la naturaleza en las leyes de la fisiología, y otros, en fin,
plantean el problema del arte fuera de toda concepción de belleza.
Sully, en su Sensation and Intuition, elimina en absoluto la
noción de belleza. El arte, en su definición, es sencillamente un
producto capaz de procurar a su productor un goce activo y hacer
nacer una impresión agradable en cierto número de espectadores o de
oyentes, con independencia de toda consideración de utilidad
práctica.
Capítulo 3
Distinción entre el arte y la belleza
¿Qué resulta de todas esas
definiciones de la belleza? Prescindiendo de las que, por inexactas,
no responden a la concepción del arte y colocan la belleza en la
simetría, en el orden, en la armonía de las partes o en la unidad
dentro de la variedad, o en las diversas combinaciones de estos
distintos elementos, dejando aparte los ensayos infructuosos de una
definición objetiva, todas las definiciones de la belleza propuestas
por los tratadistas de estética conducen a dos principios opuestos.
El primero es que la
belleza existe por sí misma, que es una manifestación de lo
Absoluto, de lo Perfecto, de la Idea, de la Voluntad, de Dios. Por
el segundo, la belleza es solamente un placer especial que sentimos
en ocasiones, sin tener para nada en cuenta el sentimiento de las
ventajas que puede producirnos.
El primero de estos
principios ha sido admitido por Fichte, Schelling, Hégel,
Schopenhauer y los metafísicos franceses. Aun hoy acentúan las
clases instruidas, sobre todo los amantes de la tradición.
El segundo principio, aquel
que dice que la belleza es una impresión de gusto personal, lo
aceptan los tratadistas ingleses y está en auge entre las modernas
generaciones.
Así es que sólo existen
(cosa inevitable) dos definiciones de la belleza: una objetiva,
mística, confundiendo la noción de lo bello con la de lo perfecto o
Dios, definición sin fundamento real; y otra, por lo contrario,
sencilla e inteligible, pero subjetiva, y que considera la belleza
como siendo todo lo que gusta. Por una parte la belleza parece como
algo sublime y sobrenatural, pero indefinido; por otra parte, se
muestra como una especie de placer desinteresado, que
experimentamos. Esta segunda concepción de la belleza es en efecto,
muy clara, pero desgraciadamente es también inexacta, pues a su vez
se extiende en demasía, implicando la belleza de los placeres que se
refiere a la alimentación, la bebida, los vestidos, etcétera.
Es verdad que si seguimos
las fases sucesivas de desarrollo de la estética, vemos que las
doctrinas metafísicas e idealistas pierden terreno, hasta el punto
de que Verón y Sully se esfuerzan en eliminar la noción de la
belleza. Pero los tratadistas de estética de esta escuela no
predominan y la gran mayoría del público, así como los artistas y
los sabios, prefieren una de las dos definiciones clásicas del arte
que basan éste sobre la belleza, viendo en la misma o una entidad
mística, o una forma especial de placer.
Procuremos examinar a
nuestra vez esta famosa concepción de la belleza artística.
Desde el punto de vista
subjetivo, lo que llamamos belleza es incontestablemente todo lo que
nos produce un placer de determinada especie. Mirándolo desde el
punto de vista objetivo, damos el nombre de belleza a cierta
perfección; pero claro es que lo hacemos, porque esa perfección nos
produce cierto placer, de modo que nuestra definición objetiva no es
más que una nueva forma de la definición subjetiva. En realidad,
toda noción de belleza se reduce para nosotros a la recepción de
determinada dosis de placer.
Teniendo esto en cuenta,
seria natural que la estética renunciara a la definición del arte
fundado sobre la belleza, y que buscara otra más general, pudiendo
aplicarse a todas las producciones artísticas y permitiendo
distinguir lo que depende o no del dominio de las artes. Pero
ninguna definición parecida se ha formulado aún, conforme puede
haber visto el lector. Todas las tentativas hechas para definir la
belleza absoluta, o no definen nada o sólo definen algunos rasgos de
ciertas producciones artísticas, y no se extienden a todo cuanto se
considera y se ha considerado como formando parte del dominio
artístico.
No hay una sola definición
objetiva de la belleza. Las que existen, así metafísicas como
experimentales, llegan todas a la misma definición subjetiva, que
quiere que el arte sea lo que exterioriza la belleza, y que ésta sea
lo que gusta, sin excitar el deseo. Muchos tratadistas de estética
comprenden la insuficiencia de tal definición, y para darle una base
sólida, han estudiado los orígenes del placer artístico. Han
convertido así la cuestión de la belleza en cuestión de gusto. Pero
esto les resulta tan difícil de definir como la belleza, pues no hay
ni puede haber explicación completa y seria de lo que hace que una
cosa guste a un hombre y disguste a otro, o viceversa. De esta
manera la estética, desde su fundación hasta nuestros días, no ha
conseguido definir ni las cualidades ni las leyes del arte, ni lo
bello, ni la naturaleza del gusto. Toda la famosa ciencia estética
consiste en no reconocer como artísticas sino cierto número de
obras, por la sencilla razón de que nos gustan, y en combinar luego
toda una teoría de arte que puede adaptarse a todas esas obras. Se
da por bueno un canon de arte, según el cual se reputan obras
artísticas aquellas que tienen la dicha de gustar a ciertas clases
sociales, la de Fidias, Rafael, Ticiano, Bach, Beethoven, y a
consecuencia de ello, las leyes de la estética deben componérselas
de tal modo, que abracen la totalidad de esas obras.
Un tratadista alemán de
estética, de quien leí hace poco un libro, Folgeldt, discutiendo los
problemas de arte y de moral, afirmaba que era locura querer buscar
moral en el arte. ¿Sabéis en qué fundaba su argumentación? En que si
el arte debía ser moral, ni Romeo y Julieta, de Shakespeare,
ni el Wilhem Meister, de Goethe, serían obras de arte, y no
pudiendo dejar de ser estos libros obras de arte, toda la teoría de
la moralidad en el arte, se derrumbaba. Folgeldt buscaba una
definición de arte que pudiera comprender esas dos obras y esto le
conducía a proponer, como fundamento del arte, la significación.
Sobre este plan están
edificadas todas las estéticas existentes. En vez de dar una
definición del arte verdadero y decidir luego lo que es o no buen
arte, se citan a priori, como obras de arte, cierto número de
obras que, por determinadas razones, gustan a una parte del público,
y después se inventa una definición de arte que pueda comprender
todas estas obras. Así el estético alemán Muther, en su Historia
del arte del siglo XIX, no sólo no condena las tendencias de los
prerrafaelistas, decadentes y simbolistas. Sino que trabaja para
ensanchar su definición del arte, de modo que pueda comprender estas
nuevas tendencias. Sea cual fuere la nueva insanía que aparezca en
arte, en cuanto la adoptan las clases superiores de nuestra
sociedad, se inventa una teoría para explicarla y sancionarla, como
si nunca algunos grupos sociales hubieran tomado por arte verdadero
lo que era falso arte, deforme, vacío de sentido, y que no dejó
huellas ni discípulos en pos de sí.
La teoría del arte fundado
sobre la belleza, tal como nos la expone la estética, no es, en
suma, otra cosa que la inclusión en la categoría de cosas buenas
de una cosa que nos agradó o nos agrada aún.
Para definir una forma
particular de la actividad humana, se necesita antes comprender el
sentido y el alcance de ella. Para conseguirlo, es necesario
examinar tal actividad en si misma, luego en sus relaciones con sus
causas y efectos, y no sólo desde el punto de vista del placer
personal que pueda hacernos sentir.
Si decimos que el fin de
cierta forma de actividad consiste en nuestro placer y definimos
esta actividad por el placer que nos proporciona, tal definición
será forzosamente inexacta. Esto es lo que ha ocurrido cada vez que
se trató de definir el arte. Por lo que hace a la alimentación, a
nadie se le ocurriría afirmar que su importancia se mide por la suma
de placer que nos procura. Todos comprendemos y estimamos que no
puede admitirse eso, y que no tenemos, por lo tanto, el derecho de
decir que la pimienta de la Guyana, el queso de Limburg, el alcohol,
etc., a los que estamos acostumbrados, y que nos gustan, forman la
mejor de las alimentaciones.
Así ocurre en el arte. La
belleza, o lo que nos gusta, no puede servirnos de base para una
definición del arte, ni los muchos objetos que nos producen placer
han de considerarse como modelo de lo que debe ser el arte. Buscar
el objeto y el fin del arte en el placer que nos producen, es
imaginar, como los salvajes, que el objeto y el fin de la
alimentación están en el placer que nos causan.
El placer, en ambos casos,
sólo es un elemento accesorio. Así como no se llega a conocer el
verdadero objeto de la alimentación, que es el mantenimiento del
cuerpo, si no se deja de buscar ese objeto en el placer de la
comida, de igual modo no se comprende la verdadera significación del
arte hasta que se deja de buscar su objeto en la belleza, es decir,
en el placer. Y así como averiguar por qué un hombre prefiere los
frutos y otro la carne no nos ayuda a descubrir lo que es útil y
esencial en la alimentación, tampoco el estudio de las cuestiones de
gusto en arte, no sólo no nos hace comprender la forma particular de
la actividad humana, que llamamos arte, sino que nos hace, por el
contrario, de todo punto imposible dicha comprensión.
A la pregunta: ¿Qué es
el arte?, hemos dado contestaciones múltiples, sacadas de
diversas obras de estética. Todas estas contestaciones, o casi
todas, que se contradicen en los demás puntos, están de acuerdo para
proclamar que el fin del arte es la belleza, que ésta se conoce por
el placer que proporciona, y que el placer, a su vez, es una cosa
importante por el solo hecho de ser un placer. Resulta de esto que
las innumerables definiciones del arte no son tales definiciones,
sino simples tentativas para justificar el arte existente. Por
extraño que pueda parecer, a pesar de las montañas de libros
escritos acerca del arte, no se ha dado de éste ninguna definición
verdadera. Estriba la razón de esto en que siempre se ha fundado la
concepción del arte sobre la de la belleza.
Capítulo 4
Cometido propio del arte
¿Qué es, pues, el arte,
considerado fuera de esa concepción de la belleza que sólo sirve
para embrollar inútilmente el problema? Las únicas definiciones del
arte que demuestran un esfuerzo para substraerse a esa concepción de
la belleza, son las siguientes:
1º, según Schiller, Darwin
y Spencer, el arte es una actividad que tienen hasta los animales y
que resulta del instinto sexual y del instinto de los juegos;
2º, según Verón, el arte es
la manifestación externa de emociones internas, producida por medio
de líneas, de colores, de movimientos, de sonidos o de palabras;
3º, según Sully, el arte es
la producción de un objeto permanente o de una acción pasajera,
propias para procurar a su productor un goce activo y hacer nacer
una impresión agradable en cierto número de espectadores o de
oyentes, dejando aparte toda consideración de utilidad práctica.
Aunque superiores a las
definiciones metafísicas que fundan el arte sobre la belleza, estas
tres definiciones tampoco son exactas.
La primera es inexacta
porque, en vez de ocuparse de la actividad artística propiamente
dicha, sólo trata de los orígenes de esta actividad. La adición
propuesta por Grant Allen también es inexacta, porque la excitación
nerviosa que cita se manifiesta en otras formas de actividad humana,
además de la actividad artística, y esto es lo que ha producido el
error de las nuevas teorías estéticas, elevando al linaje de arte la
confección de hermosos vestidos, de suaves perfumes o de guisos
agradables.
La definición de Verón,
según la cual el arte expresa las emociones, es inexacta, porque un
hombre puede expresar sus emociones por medio de líneas, de sonidos,
de colores o de palabras, sin que su expresión obre sobre otros; y
en tal caso, no sería nunca una expresión artística.
La de Sully es inexacta,
porque se extiende desde los ejercicios acrobáticos al arte,
mientras hay, por el contrario, productos que pueden ser arte sin
dar sensaciones agradables a su productor ni al público; así ocurre
con las escenas patéticas o dolorosas de un poema o de un drama.
La inexactitud de todas
estas afirmaciones procede de que todas, sin excepción, lo mismo que
las metafísicas, cuidan sólo del placer que el arte puede producir,
y no del papel que puede y debe desempeñar en la vida del hombre y
de la humanidad.
Para dar la definición
correcta del arte, es pues, innecesario ante todo, cesar de ver en
él un manantial de placer, y considerarle como una de las
condiciones de la vida humana. Si se considera así, se advierte que
el arte es uno de los medios de comunicación entre los hombres.
Toda obra de arte, pone en
relación el hombre a quien se dirige con el que la produjo, y con
todos los hombres que simultánea, anterior o posteriormente, reciben
impresión de ella. La palabra que transmite los pensamientos de los
hombres, es un lazo de unión entre ellos; lo mismo le ocurre al
arte. Lo que le distingue de la palabra es que ésta le sirve al
hombre para transmitir a otros sus pensamientos, mientras que, por
medio del arte, solo le transmite sus sentimientos y emociones. La
transmisión se opera del modo siguiente:
Un hombre cualquiera es
capaz de experimentar todos los sentimientos humanos, aunque no sea
capaz de expresarlos todos. Pero basta que otro hombre los exprese
ante él, para que enseguida los experimente él mismo, aun cuando no
los haya experimentado jamás.
Para tomar el ejemplo más
sencillo, si un hombre ríe, el hombre que le escucha reír, se siente
alegre; si un hombre llora, el que lo ve llorar, se entristece. Si
un hombre se irrita o excita, otro hombre, el que lo ve, cae en un
estado análogo. Por sus movimientos o por el sonido de su voz
expresa un hombre su valor, su resignación, su tristeza; y estos
sentimientos se transmiten a los que le ven o le oyen. Un hombre
expresa su padecimiento por medio de suspiros y sonidos, y su dolor
se transmite a los que la escuchan. Lo propio ocurre con otros mil
sentimientos.
Sobre esta aptitud del
hombre para experimentar los sentimientos que experimenta otro, está
fundada la forma de actividad que se llama arte. Pero el arte
propiamente dicho no empieza hasta que aquél experimenta una
emoción, y queriendo comunicarla a otros, recurre para ello a signos
exteriores. Tomamos un ejemplo bien sencillo. Un niño ha tenido
miedo de encontrarse con un lobo y explica su encuentro; y para
evocar en sus oyentes la emoción que ha experimentado, les describe
los objetos que le rodeaban, la selva, el estado de descuido en que
se hallaba su espíritu, luego la aparición del lobo, sus
movimientos, la distancia que les separaba, etcétera. Todo esto es
arte, si el niño, contando su aventura, pasa de nuevo por los
sentimientos que experimentó, y si sus oyentes, subyugados por el
sonido de su voz, sus ademanes y sus imágenes, experimentan
sensación análoga. Hasta si el niño no ha visto jamás un lobo, pero
tiene miedo de encontrarlo, y deseando comunicar a otros el miedo
que ha sentido, inventa el encuentro con un lobo, y lo cuenta de
modo que comunique a sus oyentes el miedo que siente, todo esto será
también arte. Arte hay en que un hombre, habiendo experimentado
miedo o deseo, en realidad o imaginativamente, exponga sus
sentimientos en la tela o en el mármol, de modo que los haga
experimentar por otros. Arte hay si un hombre siente o cree sentir
emociones de alegría, de tristeza, desesperación, valor o
abatimiento, así como la transmisión de una de esas emociones a
otros, si expresa todo esto por medio de sonidos que permitan a
otros sentir lo que sintió.
Los sentimientos que el
artista comunica a otros pueden ser de distinta especie, fuertes o
débiles, importantes o insignificantes, buenos o malos; pueden ser
de patriotismo, de resignación, de piedad; pueden expresarse por
medio de un drama, de una novela, de una pintura, de un baile, de un
paisaje, de una fábula. Toda obra que los expresa así es obra de
arte.
Desde que los espectadores
o los oyentes experimentan los sentimientos que el autor expresa,
hay obra de arte.
Evocar en sí mismo un
sentimiento ya experimentado y comunicarlo a otros por medio de
líneas, colores, imágenes verbales, tal es el objeto propio del
arte. Esta es una forma de la actividad humana, que consiste en
transmitir a otro los sentimientos de un hombre, consciente y
voluntariamente por medio de ciertos signos exteriores. Los
metafísicos se engañan viendo en el arte la manifestación de una
idea misteriosa de la Belleza o de Dios; el arte tampoco es, como
pretenden los tratadistas de estética fisiólogos, un juego en el que
el hombre gasta su exceso de energía; tampoco es la expresión de las
emociones humanas por signos exteriores; no es tampoco una
producción de objetos agradables; menos aún es un placer: es un
medio de fraternidad entre los hombres que les une en un mismo
sentimiento, y por lo tanto, es indispensable para la vida de la
humanidad y para su progreso en el camino de la dicha.
Así como merced a nuestra
facultad de expresar los pensamientos por palabras, cada hombre
puede saber lo que antes de él ocurrió en el dominio del
pensamiento, y puede también en el tiempo presente participar de la
actividad de los otros hombres y transmitir a sus contemporáneos y
descendientes los pensamientos que recogió y los que él mismo ha
producido, así también, merced a nuestra facultad de poder
transmitir nuestros sentimientos a los demás por medio del arte,
todos los sentimientos experimentados junto a nosotros pueden sernos
asequibles, así como los sentimientos experimentados mil años antes
que nosotros.
Si no tuviéramos la
capacidad de conocer los pensamientos concebidos por hombres que nos
precedieron y de trasmitir a otros nuestros propios pensamientos,
seríamos como animales salvajes o como Gaspar Hauser, el huérfano de
Nuremberg, que, criado en la soledad, tenía a los dieciséis años la
inteligencia de un niño. Si no tuviéramos la capacidad de
conmovernos con los sentimientos ajenos por medio del arte, seríamos
casi más salvajes aún, estaríamos separados uno de otro, nos
mostraríamos hostiles a nuestros semejantes. De ahí resulta que el
arte es una cosa de las más importantes, tan importante como el
mismo lenguaje.
Se nos ha acostumbrado a no
comprender bajo el nombre de arte más que lo que oímos y vemos en
teatros, conciertos y exposiciones, o lo que leemos en los poemas y
novelas. Pero esto no es más que una parte ínfima del arte
verdadero, por medio del cual transmitimos a otros nuestra vida
interna, o recogemos la vida interna de otros. Toda la existencia
humana está llena de obras de arte, desde las canciones que se canta
a los niños para dormirlos, hasta las ceremonias religiosas y
públicas. Todo es Igualmente arte.
Así como la palabra no obra
solamente sobre nosotros en los discursos y los libros, sino también
en las conversaciones familiares, así también el arte en el amplio
sentido de la palabra impregna nuestra vida entera, y lo que se
llama arte en sentido restringido está lejos de ser el conjunto del
arte verdadero.
Durante largos siglos, la
humanidad sólo se fijó en una porción de esa enorme y diversa
actividad artística: en la porción de obras de arte que tenían por
objeto la transmisión de sentimientos religiosos. Los hombres
negaron importancia a todas las formas del arte que no eran
religiosas, a las canciones, bailes, cuentos de hadas, etc.; y
únicamente por azar los grandes maestros de la humanidad censuraron
ciertas manifestaciones de este arte profano, cuando se les
antojaban opuestas a las concepciones religiosas de su tiempo. Así
los sabios antiguos, Sócrates, Platón, Aristóteles, entendieron el
arte, y así lo entendieron los profetas hebreos y los primeros
cristianos, así lo entienden todavía los islamitas, así lo entiende
el pueblo en nuestras campiñas rusas. Recuérdese que maestros de la
humanidad, Platón, por ejemplo, y naciones enteras como los
mahometanos y budistas, han negado a las artes el derecho de
existir.
Sin duda esos hombres y
esas naciones tenían culpa condenando las artes, que era querer
suprimir una cosa que no puede suprimirse, uno de los medios de
comunicación más indispensable entre los hombres. Su error era, sin
embargo, menor que el que cometen ahora los europeos civilizados
favoreciendo las artes con tal que produzcan la belleza, es decir,
con tal que procuren placer. Antes se temía que entre las diversas
obras de arte hubiera algunas que pudiesen corromper a los hombres,
y por impedir su acción deletérea se condenaba el arte; pero hoy el
temor de privarse de un placer nimio basta para hacernos favorecer
todas las artes, a riesgo de admitir algunas extremadamente
peligrosas. Error mucho más grosero que el otro y que produce
consecuencias mucho más desastrosas.
Capítulo 5
El arte verdadero
¿Cómo sucede que ese mismo
arte no religioso que en los tiempos antiguos apenas se toleraba,
haya llegado a pasar por cosa excelente, con tal de que procure un
placer?
He aquí, en resumen, la
causa de ello. La estimación del valor del arte (es decir, del valor
de los sentimientos que transmite) depende de la idea que se forma
del sentido de la vida y de lo que se considera como bueno o malo en
esta vida. La ciencia que distingue lo bueno de lo malo lleva el
nombre de religión.
La humanidad hállase, por
naturaleza, inclinada a ir sin cesar de una concepción más baja,
parcial y obscura de la vida a otra más alta, general y clara. En
este movimiento de progreso, como en todos los movimientos, la
humanidad obedece a jefes, a hombres que comprenden el sentido de la
vida con más claridad que los otros; y entre esos hombres que viven
en una esfera superior a su tiempo, hay siempre alguno que ha
expresado su concepción personal con más claridad que los otros, en
sus palabras o en su conducta. La expresión que da este hombre al
sentido de la vida, unida a las supersticiones, tradiciones y
ceremonias que rodean la memoria de los grandes hombres, formó en
todas las épocas las religiones. Estas son el enunciado de la
concepción que forman de la vida los mejores hombres de cierta
época, y hacia esa concepción marcha luego, inevitable e
irresistiblemente, el resto de la humanidad. Así se explica que, en
todo tiempo, sólo las religiones hayan servido de base para valuar
los sentimientos humanos. Estos, que acercan al hombre hacia el
ideal que les indica su religión, y están en armonía con él, se
reputan buenos; los sentimientos que alejan al hombre del ideal de
su religión, se califican de malos.
Si ahora, como ocurría
entre los judíos antiguos, la religión hace consistir el sentido de
la vida en la adoración de un Dios y en el cumplimiento de su
voluntad, los sentimientos de sumisión a la ley divina se reputan
buenos; así son los que constituyen el buen arte expresados por las
profecías, los salmos y los poemas épicos del Génesis. Todo lo
opuesto a este ideal, como por ejemplo la expresión de sentimientos
de piedad hacia dioses extraños, o bien otros sentimientos
incompatibles con la ley de Dios, todo eso se considera como arte
pecaminoso. Si, por el contrario, como sucedía entre los griegos, la
religión hace consistir el sentido de la vida en la dicha terrestre,
la fuerza y la belleza, será buen arte aquel que exprese la alegría
y la energía de la vida, y arte pecaminoso aquel que exprese
sentimientos de cansancio o depresión.
Si, como ocurría entre los
romanos, el sentido de la vida consiste en colaborar en la grandeza
de un Estado, o como entre los chinos en los honores prodigados a
los antepasados y en la continuación de su método de vida, se dice
entonces que es buen arte el que expresa la alegría del sacrificio
del bienestar personal en provecho del bien de la nación, o el que
expresa el respeto de los antepasados y el deseo de imitarlos; y
todo arte que exprese sentimientos opuestos será tenido por malo. Si
el sentido de la vida consiste en libertarse del yugo de la
animalidad, como ocurre entre los budistas, se reputa arte bueno
aquel que eleva el alma y rebaja la carne, y por malo aquel que
expresa sentimientos que tienden a favorecer las pasiones
corporales. En todas las épocas y en toda sociedad humana, hay un
sentido religioso de lo que es bueno y de lo que es malo, común a la
humanidad entera; y es este sentido religioso el que decide el valor
de los sentimientos expresados por el arte. Así sucedió entre los
judíos, griegos, romanos, chinos, egipcios e indios, y así también
entre los primeros cristianos.
El cristianismo de los
primeros siglos no reconocía como arte bueno más que las leyendas,
las vidas de santos, los sermones, las oraciones y los himnos; todo
lo que expresaba el amor de Jesucristo, la admiración de su vida, el
deseo de seguir su ejemplo, la renuncia de los placeres del mundo,
la humildad, la caridad y todas las obras de arte expresando
sentimientos de goce corporal, todo era considerado como malo y
condenable: las representaciones plásticas sólo se admitían cuando
representaban símbolos, y todo el arte pagano estaba condenado. Así
ocurría entre los primeros cristianos que concebían la doctrina de
Jesucristo, si no en su forma verdadera, por lo menos en otra
distinta de la pervertida y paganizada que esta doctrina revistió
más tarde.
Al lado de este
cristianismo se formó otro, un paganismo de Iglesia más parecido al
paganismo que a la doctrina de Jesucristo. Y este cristianismo de
Iglesia, consecuente con sus doctrinas, estimó de otro modo las
obras de arte. Habiendo substituido a los principios esenciales del
verdadero cristianismo una jerarquía celeste parecida a la mitología
pagana, habiendo introducido en la religión el culto de Jesucristo,
de la Virgen, de los Ángeles, de los Apóstoles, de los Santos, y
hasta de sus imágenes, creó un arte que expresase del mejor modo
posible este nuevo ideal.
Ciertamente que este
cristianismo no tenía nada que ver con el de Jesucristo; cierto que
era inferior, no sólo al verdadero cristianismo, sino hasta a la
concepción que de la vida tenían los estoicos romanos o el emperador
Juliano; pero, a pesar de todo eso, para los bárbaros que lo
adoptaban, resultaba una doctrina superior a su antigua adoración de
dioses y héroes, de buenos y malos espíritus. El arte que derivó de
esta religión, expresaba el amor hacia la Virgen, hacia Jesús y los
Santos y los Ángeles, la sumisión ciega a los decretos de la
Iglesia, el miedo a los tormentos del infierno y la esperanza en los
placeres del Cielo; y todo arte opuesto a éste, era considerado como
malo.
Y este arte, aunque
reposaba sobre una perversión de la doctrina de Jesucristo, no
dejaba de ser un arte verdadero, ya que respondía a la concepción
religiosa de los hombres, entre los cuales nació. Los artistas de la
Edad Media, inspirándose en el mismo manantial de sentimientos que
la masa del pueblo y expresando esos sentimientos por la
arquitectura, la pintura, la música, la poesía o el drama, eran
verdaderos artistas; y sus obras, como conviene a las obras de arte,
transmitían sus sentimientos a toda la comunidad que les rodeaba.
Tal fue el estado de la
sociedad hasta el día en que, entre las clases nobles y ricas de la
sociedad europea se elevaron algunas dudas acerca de la verdad de
tal concepción de la vida, expresada por el cristianismo de Iglesia.
Cuando después de las Cruzadas estaba en todo su apogeo el poder
papal, las clases superiores empezaron a comprender la sabiduría de
los autores clásicos y cuando vieron el buen sentido y la claridad
de enseñanza de los griegos y la incompatibilidad de la doctrina de
la Iglesia con la enseñanza de Jesucristo, les fue imposible seguir
creyendo en la doctrina de la Iglesia. Sin embargo continuaban
sumisas en apariencia a los formulismos de su Iglesia, pero no era
más que por inercia o por conservar su influencia sobre las masas,
cuya fe y sumisión subsistían. De hecho el cristianismo de la
Iglesia había dejado de ser la doctrina religiosa común a todos los
cristianos. Las clases superiores hallábanse en igual situación que
los romanos instruidos antes del cristianismo; no admitían la
religión de la masa, pero carecían de creencias que pudieran
reemplazar la doctrina de la Iglesia, de la cual se alejaron.
La única diferencia
consistía en que los romanos, que habían perdido su fe en los
emperadores-dioses, no podían pensar en aprovechar nada de las
mitologías complicadas que precedían a la suya, y se veían obligados
a formarse una concepción de la vida enteramente nueva, mientras que
los hombres del Renacimiento, que habían dudado de la verdad del
cristianismo de Iglesia no tenían que ir muy lejos para hallar mejor
doctrina. Con sólo librarse de las perversiones introducidas por la
Iglesia en la verdadera doctrina de Jesucristo, estaban al cabo de
la calle. Esto es lo que hicieron no sólo los reformadores Wiclef,
Huss, Lutero, Calvino, sino también los adeptos del cristianismo no
eclesiástico, los paulinianos, los bogomils, los valdenses y otros.
Pero aquella vuelta al cristianismo primitivo, sólo la realizaron
pobres gentes sin poder temporal. Hubo algunos ricos, como Francisco
de Asís, que admiraron la doctrina de Cristo y le sacrificaron sus
privilegios sociales, pero la mayoría de los hombres de las clases
superiores, aunque hubiesen perdido toda su fe en la doctrina de la
Iglesia, no quisieron ni pudieron seguir su ejemplo, porque la
esencia del verdadero cristianismo consistía en admitir la
fraternidad y la igualdad entre todos los hombres, lo cual anulaba
los privilegios de que gozaban. Esos hombres de las clases
superiores, Papas, Reyes, duques, y todos los grandes de la tierra
permanecieron sin religión, no guardando de ella más que las formas
exteriores, por la cuenta que les tenía no renunciar a los
privilegios de que gozaban. Eran precisamente estos hombres los que,
teniendo poder y riqueza, pagaban y dirigían a los artistas. Notemos
que precisamente estos hombres crearon un arte nuevo, un arte que se
estimaba no en la medida de la expresión de los sentimientos
religiosos de su tiempo, sino en la medida de su belleza, es decir,
del placer que podían procurar. Incapaces desde entonces de creer en
una religión de la cual descubrieran la falsedad, pero incapaces
también de aceptar el verdadero cristianismo que condenaba su manera
de vivir, esos ricos y esos poderosos tenían que volver a la
concepción pagana que hacía consistir el sentido de la vida en el
placer personal. Entonces se produjo entre las clases superiores lo
que se llama el Renacimiento de las ciencias y de las artes. La
época del Renacimiento fue un período de escepticismo completo para
las clases superiores. No teniendo fe alguna religiosa, los hombres
de las clases superiores adoptaron por regla el placer personal. Y
habiendo admitido como criterio de buen arte el placer, o en otros
términos, la belleza, sintiéronse dichosos al poder aceptar la
concepción artística -muy grosera, por otra parte- de los antiguos
griegos. Su nueva teoría del arte fue el resultado directo de su
nueva manera de comprender la vida.
Capítulo 6
Falso arte
Desde el momento en que las
clases superiores de la sociedad perdieron su fe en el cristianismo
de Iglesia, la belleza, es decir, el placer artístico, les dio la
forma del bueno y del mal arte. En conformidad con esta noción, se
formó una nueva teoría estética entre las clases superiores, a fin
de justificarla; una teoría según la cual el arte no tiene otro
objeto que producir la belleza. Los partidarios de esta teoría
estética, para darle mayor apariencia de verdad, afirmaron que no
era de su inventiva, sino que derivaba directamente de la naturaleza
de las cosas y que fue ya formulada por los griegos. Eran éstas
afirmaciones arbitrarias y además inexactas; verdad es que los
griegos no distinguían muy bien lo bueno de lo bello; pero esto
dependía de su concepción moral de la vida. No tenían idea alguna de
la perfección superior de la belleza moral, que no sólo es distinta
a la belleza artística, sino muchas veces contraria a ella, y que,
presentida ya por algunos profetas judíos, fue plenamente expresada
en la doctrina de Jesucristo. Suponían que lo bello debe ser
necesariamente bueno. Sócrates subordinaba la bondad a la belleza;
Platón, para unir ambas nociones, hablaba de una belleza espiritual;
Aristóteles quería que el arte tuviera una influencia moral. Pero, a
excepción de estos sabios, todos admitían la concordancia perfecta
entre la belleza y la bondad; y así se explica que en el lenguaje de
los antiguos griegos, una palabra compuesta, kalokagathon,
sirviera para designar esa concordancia.
Ese era el resultado de una
cultura insuficiente, una simple confusión de dos nociones muy
distintas. Fue precisamente la que los artistas del Renacimiento
trataron de elevar a la categoría de ley. Intentaron probar que la
unión de la belleza y de la bondad era inherente a la naturaleza de
las cosas, que la belleza coincidía necesariamente con la bondad, y
que el sentido de la palabra kalokagathon (que tenia un
sentido para los griegos, pero no podía tener ninguno para los
cristianos) representaba el más alto ideal de la humanidad. Sobre
tal confusión se ha edificado toda la estética moderna. Y nada es en
verdad menos legítimo que su pretensión de ser la continuación de la
estética de los griegos.
Para quien quiera estudiar
el caso con atención, dice Bénard
en su libro sobre la estética de Aristóteles, la teoría de lo
bello y la del arte están separadas en Aristóteles como en Platón y
en todos sus sucesores. Los griegos consideraban únicamente el
arte como bueno cuando estaba al servicio de lo que entendían por
bondad. Pero el sentido moral estaba tan poco desarrollado en ellos,
que la bondad y la belleza les parecían coincidir. Por lo que hace a
una doctrina estética parecida a la que se les atribuye, nunca la
sospecharon siquiera. La estética se inventó sólo en los tiempos
modernos, y sólo desde Baumgarten ha tomado una forma científica.
A fuer de alemán, ese
pedante combinó y expuso su extraordinaria teoría con gran cuidado
de la exactitud exterior, pero con desdén absoluto de la observación
de los hechos. A pesar de lo absurdo de sus nociones, está teoría se
esparció en seguida entre la gente instruida, hasta el punto de que,
todavía hoy la repiten sabios e ignorantes, como un principio
indubitable y de una evidencia absoluta.
Habent sua fata libelli pro
capite lectoris, pero más
justamente todavía las teorías habent sua fata, según el
grado de error en que está sumida la sociedad donde se inventan esas
teorías. Si una teoría justifica la falsa posición en que vive
cierta parte de una sociedad, por más que le falte fundamento o sea
falsa de un modo manifiesto, se admite como un artículo de fe por
esta parte de la sociedad. Esto es lo que ha sucedido, por ejemplo,
con la teoría célebre y absurda de Malthus, que sostiene que la
población del mundo crece en proporción geométrica, mientras que los
medios de subsistencia lo hacen en progresión aritmética, lo cual
debía producir como consecuencia un exceso de población. Lo propio
ocurrió con la teoría derivada de la anterior que veía en la
selección y la lucha por la vida la base del progreso humano. Es
también lo que ha ocurrido con la teoría de Marx, que pretende
representarnos como fatal e inevitable la destrucción gradual de la
pequeña industria privada por la gran industria capitalista. Aunque
estas teorías carecen de fundamento y contradicen todas las
certidumbres y creencias humanas, aun cuando sean de una inmoralidad
estúpida y repugnante, se admiten dócilmente y sin examen, a veces
durante siglos, hasta que han desaparecido las condiciones sociales
que querían justificar. A tal pertenece la extraordinaria teoría de
Baumgarten, que quiere que la bondad, la verdad y la belleza sean
tres manifestaciones de un Ser único y perfecto.
Se buscará en vano la
sombra de un argumento para apoyar la teoría. La bondad es la
concepción fundamental que forma la esencia de nuestra conciencia,
concepción que la razón no puede definir, pero que sirve para
definir todo lo demás; es el fin supremo, eterno, de nuestra vida.
La bondad es lo mismo que nosotros llamamos Dios.
Baumgarten tiene razón en
esto. Pero la belleza, si queremos hablar de lo que entendemos, la
belleza es sólo lo que nos gusta, y por consecuencia, la noción de
la belleza, no sólo no coincide con la de bondad, sino que antes
difiere de ella, pues la bondad coincide a menudo con una victoria
sobre nuestras pasiones, mientras que la belleza está en la raíz de
todas ellas. Bien sé que se habla siempre de una belleza moral o
espiritual; pero esto es un simple juego de palabras, ya que esta
belleza moral o espiritual no designa otra cosa que la bondad.
En cuanto a lo que llamamos
la verdad, es sencillamente la concordancia de la definición de un
objeto, o de su explicación, ya con la realidad, ya con una
concepción de este objeto, común a todas las inteligencias; y, por
consiguiente, puede decirse que la verdad es uno de los medios de
producir la bondad; pero lejos de confundirse con la belleza no
coincide a menudo con ella. Sócrates y Pascal, y otros sabios,
además, estimaban que conocer la verdad acerca de objetos inútiles
no estaba en modo alguno de acuerdo con la bondad, y hasta que había
verdades nocivas, es decir, malas.
Con la belleza, por otra
parte, no tiene la verdad la menor relación, y muy a menudo está en
contradicción con ella, pues la verdad produce generalmente la
decepción y destruye la ilusión, que es una de las condiciones
principales de la belleza. ¿No es raro que la reunión arbitraria, en
un solo conjunto, de tres nociones tan extrañas una a otra haya
podido servir de base a la teoría en nombre de la cual una de las
manifestaciones más bajas del arte ha podido pasar por el arte más
sublime: la manifestación del arte que tiene por único objeto el
placer, aquella contra la cual todos los maestros de la humanidad
han puesto en guardia a los hombres? Y nadie protesta contra tales
absurdos. Los sabios escriben largas obras incomprensibles en que
hacen de la belleza uno de los términos de una trinidad estética.
¡Estas palabras, lo Bello, lo Verdadero, lo Bueno, se repiten, con
mayúsculas, por filósofos y artistas, por poetas y críticos que
imaginan, pronunciándolas, decir algo sólido y definido, que puede
servir de base a sus opiniones! Y la verdad es que no solamente
estas palabras no tienen sentido definido, sino que impiden dar un
sentido definido a ningún arte, pues sólo fueron creadas para
justificar la falsa importancia atribuida a la forma más odiosa del
arte: a la que tiene por único objeto producirnos placer.
Capítulo 7
El arte de los escogidos
Pero si el arte es una
actividad que tiene por objeto transmitir de un hombre a otro los
sentimientos mejores y más elevados del alma humana, ¿cómo explicar
que la humanidad, durante todo el período moderno, haya prescindido
de tal actividad y la haya sustituido por una actividad artística
inferior, sin otro fin que el placer?
Para contestar a tal
pregunta necesita destruir previamente el error que se comete, por
lo común, atribuyendo a nuestro arte la categoría de arte universal.
Estamos tan acostumbrados a considerar la raza de que formamos parte
como la mejor de todas, que, al hablar de nuestro arte, tenemos la
absoluta convicción no sólo de que es verdadero, sino que es el
mejor de todos. En realidad sucede lo contrario; lejos de ser
nuestro arte el único, sólo se dirige a una ínfima parte de las
razas civilizadas. Se puede hablar de un arte nacional judío,
griego, egipcio, chino, e indio. Tal arte, común a una nación
entera, también existió en Rusia hasta Pedro el Grande, y en
el resto de Europa hasta el siglo XIII y XIV. Pero desde que las
clases superiores, habiendo perdido la fe en las doctrinas de la
Iglesia, quedaron sin fe ninguna, no hay duda de que puede llamarse
arte europeo o nacional. Desde entonces, el arte de esas clases
superiores se divorció del que profesaba el pueblo y hubo dos artes:
el del pueblo y el de los delicados. Resulta de ahí, que no ha
vivido la humanidad sin arte en los tiempos modernos, sino que
solamente han vivido sin arte las clases superiores de nuestra
sociedad europea y cristiana.
La consecuencia de esta
falta de arte verdadero se ha patentizado por la corrupción de las
clases que padecen esa falta. Todas las teorías confusas e
incomprensibles sobre las obras de arte, y en particular la
persistencia con que nuestro arte se enloda y atasca en el camino;
todo esto es consecuencia de esta afirmación tan repetida, a pesar
de lo absurda que es: que el arte de nuestras clases superiores es
el arte entero, el verdadero, el universal, el único. Aseguramos que
el arte que poseemos es él solo, arte real. Y sin embargo, los dos
tercios de la raza humana viven y mueren sin tener noticia siquiera
de este arte único y supremo. Hasta en nuestra sociedad cristiana,
apenas si un hombre entre cien se cuida de él; los otros noventa y
nueve viven y mueren, de generación en generación, aplastados por el
trabajo, sin gustar nuestro arte, que es, por otra parte, de tal
especie, que aun cuando cuidaran de él, no lo comprenderían. Se
objetará que si todos no participan del arte actual, no puede
achacarse la culpa al arte, sino a la falsa organización de nuestra
sociedad, y que puede preverse para lo porvenir un estado social en
que el trabajo físico lo harán en gran parte las máquinas y estará
aliviado por una distribución más general y equitativa. Entonces no
habrá hombres que estén obligados a pasarse la vida entera entre
bastidores para hacer los cambios de decorados, o a tocar el
cornetín en la orquesta, o a imprimir libros; los hombres que harán
tales trabajos sólo emplearán en ellos algunas horas, y podrán gozar
de las delicias del arte el resto del día.
Esto es lo que dicen los
defensores del arte actual. Seguro estoy de que ni ellos mismos
creen lo que dicen. No pueden ignorar que el arte, tal como lo
entienden, tiene por condición necesaria la opresión de las masas y
sólo perdura gracias a esta opresión. Es indispensable que masas
obreras se consuman trabajando para que nuestros artistas,
escritores, músicos, bailarines y pintores, alcancen el grado de
perfección que les permite producirnos placer. Emancipad a los
esclavos del Capital y será tan imposible producir ese arte, como
imposible es, hoy por hoy, hacer gozar de él a esos mismos esclavos.
Suponiendo que esta
imposibilidad desapareciera y que se hallara un medio para poner el
arte, tal como ahora se entiende, a disposición del pueblo, otra
consideración aparece para probar que este arte no puede ser
universal: la de que es absolutamente incomprensible para el pueblo.
Antes los poetas escribían en latín; ahora las producciones
artísticas son tan ininteligibles para la mayoría de los hombres
como si estuvieran escritas en sánscrito.
¿Se contestará, acaso, que
la culpa de ello debe echarse a la falta de cultura, y que el día en
que todos hayan recibido igual educación, todos podrán comprender
nuestro arte? También ésta es una respuesta insensata, pues vemos
que el arte de las clases superiores ha sido siempre un mero
pasatiempo para ellas, sin que los demás hombres hayan llegado a
comprenderlo. Aun cuando las clases inferiores se hayan civilizado,
el arte que no engendran ellas siempre les ha sido extraño. Les es y
les será extraño siempre porque expresa y transmite sentimientos
propios de una clase ajenos al resto de los hombres.
Así es que, por ejemplo,
sentimos cómo el honor, el patriotismo, la galantería y la
sensualidad, que informan el arte actual, sólo provocan en el hombre
del pueblo indignación, desprecio o asombro. Si las clases
trabajadoras pudieran oír, ver y leer lo que forma la esencia del
arte contemporáneo (lo que es posible en las ciudades por medio de
museos, conciertos populares y bibliotecas), el hombre de esas
clases, si no estuviese pervertido y conservase el espíritu de su
condición, nada podría comprender de nuestro arte, o si, por
casualidad comprendiese algo, ese algo no elevaría su alma, sino que
antes bien la pervertiría.
Aquel que reflexiona
sinceramente, ve que el arte de las clases superiores no podrá ser
nunca el arte de una nación entera. Sin embargo, si el arte es una
cosa importante, si tiene la importancia que se le atribuye, si es
tan importante como la religión, debe ser en tal caso accesible a
todos. Y como el arte actual no lo es, se deduce de ahí que, o no
tiene la importancia que se le atribuye, o se llama arte a lo que no
lo es.
El dilema es fatal; los
hombres inteligentes e inmorales lo esquivan negando que la masa del
pueblo tenga derecho al arte. Estos hombres, proclaman, con perfecta
imprudencia, que sólo deben gozar del arte los escogidos,
los intelectuales o los súper-hombres para emplear la
expresión de Nietzsche; y que el resto de los hombres, vil rebaño
incapaz de saborear tales goces, debe limitarse a conseguir que los
otros los saboreen. Por lo menos esta afirmación tiene la ventaja de
no tratar de conciliar lo irreconciliable y de confesar que nuestro
arte sólo sirve para una clase privilegiada. Así es, en efecto, y
así lo comprenden los que lo practican; pero esto no impide que
aseguren que el arte de las clases privilegiadas es el único que la
humanidad debe reconocer.
Capítulo 8
Consecuencias de la perversión del arte: empobrecimiento del campo
artístico
La falta de fe de las
clases superiores ha hecho que en vez de un arte que tendiera a
transmitir los más altos sentimientos de la humanidad, es decir,
aquellos, que dimanan de una concepción religiosa de la vida,
tengamos un arte que sólo tiende a producir mayor suma de placeres a
una clase determinada de la sociedad. De todo el inmenso dominio del
arte, sólo ha sido cultivada la parte que produce placer a dicha
clase.
Hecha abstracción de los
efectos morales que ha producido en la sociedad europea tal
perversión de la noción del arte, esta perversión ha debilitado el
arte mismo, y casi lo ha destruido. Como primer resultado, ha hecho
que el arte, tomando por objeto el placer, se haya privado de
asuntos infinitamente variados que podrían darle las concepciones
religiosas de la vida. Luego, dirigiéndose sólo a un pequeño
círculo, ha perdido el arte la belleza de la forma, y se ha
convertido en afectado y oscuro. Su tercero y principal resultado,
ha sido que el arte ha dejado de ser espontáneo y sincero para
convertirse en artificioso y falso.
El primero de estos tres
resultados surgió tan pronto como el arte se apoderó de las nociones
religiosas. El mérito de los asuntos, en toda obra de arte, depende
de su novedad. Una obra de arte no vale nada si no trasmite a la
humanidad nuevos sentimientos. Así como en el orden de los
pensamientos, no tiene valor aquel que no es nuevo y se limita a
repetir lo que ya se sabe; así una obra de arte no tiene valor sino
cuando lleva al torrente de la vida humana un sentimiento nuevo,
grande o pequeño. El arte se privó del manantial que podían producir
esos sentimientos nuevos el día en que empezó a estimar los
sentimientos, no por la concepción religiosa que expresaban, sino
por el grado de placer que producían. Nada hay, en efecto, más
invariable y constante que los sentimientos que derivan de la
conciencia religiosa en distintas épocas.
No podría suceder de otro
modo: el placer del hombre tiene sus límites fijados por la
naturaleza, el movimiento progresivo de la humanidad no tiene
límites. Cada paso que la humanidad da hacia adelante hace que los
hombres experimenten sentimientos nuevos, entendiendo aquí por
progreso cada nuevo desarrollo de la conciencia religiosa. Sólo de
esta conciencia pueden brotar emociones frescas y nunca sentidas. De
la conciencia religiosa de los griegos surgieron los sentimientos
tan nuevos, importantes y varios hasta lo infinito que expresan
Homero y los grandes trágicos. Lo mismo ocurre con los judíos, que
llegaron a la concepción de un Dios único: de tal concepción
dimanaron nuevas e importantes, las emociones expresadas por los
profetas. Así sucedió con los poetas de la Edad Media: igual
sucedería entre los hombres actuales que volvieran a la concepción
religiosa del verdadero cristianismo.
Infinita es la variedad de
sentimientos nuevos que tienen su raíz en las concepciones
religiosas, y esos sentimientos serán siempre nuevos, porque las
concepciones religiosas son siempre la primera indicación de lo que
va a realizarse, es decir, de una nueva relación del hombre con el
ambiente que le rodea. Pero los sentimientos que dimanan del afán de
buscar el placer, no sólo son limitados, sino que han sido
comprobados y expresados y repetidos hace mucho tiempo. De esto
resulta que la falta de las clases superiores ha condenado al arte
de ellas a nutrirse con un alimento asaz mezquino y el más pobre de
todos.
Este empobrecimiento de las
fuentes de inspiración artística se ha acentuado porque al dejar de
ser religioso cesó también de ser popular el arte, restringiendo así
la serie de sentimientos que podía transmitir. La serie de
sentimientos experimentados por los poderosos y los ricos que no
tienen siquiera noción del papel que desempeña el trabajo de la
vida, es mucho más pobre, limitada e insignificante que la serie de
sentimientos naturales del hombre que trabaja. Ya sé que en nuestros
círculos intelectuales predomina la opinión contraria. Recuerdo que
Gontcharof, el novelista, hombre instruido e Inteligente, pero
ciudadano hasta el tuétano, me explicaba un día que nada podía
decirse ya de la vida de las clases bajas, después de lo escrito por
Turgenef. Según él, no había lugar a duda. La vida de los obreros le
parecía una cosa tan miserable, que los relatos de la vida del
campo, de Turgenef, habían agotado la materia. Por lo contrario, la
vida de los ricos, con su galantería y su eterno descontento, le
parecían una fuente inagotable. Un hombre de mundo besaba la mano a
su querida, otro le besaba el hombro, otro la nuca. Algunos
sentíanse descontentos a fuerza de holganza, otros porque
comprendían que no inspiraban amor. Gontcharof tenía la convicción
de que esta esfera ofrecía al artista una variedad infinita de
asuntos. ¡Cuántas gentes son de su opinión! ¡Cuántos, como él,
piensan que la vida de los obreros no tiene interés para el artista,
y que nuestra vida de holganza ha de despertar en cambio mucho
interés! La vida del obrero, con la infinita variedad de formas de
trabajo y de los peligros que lo acompañan, las emigraciones de ese
obrero, sus relaciones con patronos, capataces y compañeros, con los
hombres de otras religiones y otras nacionalidades, sus luchas
contra la naturaleza y el mundo animal, sus ocupaciones en el bosque
y en la estepa, el campo y los jardines, sus relaciones con su mujer
y sus hijos, sus placeres y sus trabajos, todo esto, para nosotros
que ignoramos esas diversas emociones y que carecemos de concepción
religiosa, debe ser monótono en comparación de los mezquinos
cuidados y alegrías de nuestra vida, vida que no es de trabajo y
producción, sino de consumo y de destrucción de lo que los otros
produjeron en beneficio nuestro. Imaginamos que los sentimientos
experimentados por las personas de nuestro tiempo y de nuestra clase
son muy importantes y variados, pero en realidad no es así, y puede
asegurarse que todos los sentimientos de nuestra clase se reducen a
tres, muy sencillos y de mediana importancia:
1º, el sentimiento de la
variedad, al que se unen la ambición y el desprecio de los demás;
2º, el sentimiento del
deseo sexual, que se manifiesta en formas diversas, desde la
galantería divinizada por los poetas hasta la sensualidad más
grosera e innoble;
3º, el sentimiento de asco
hacia la vida. Estos tres sentimientos, con sus derivados, forman
casi la única materia de arte de las clases ricas.
Primeramente, al comienzo
de la separación de este arte nuevo, (consagrado al placer), del
arte del pueblo, vemos predominar en aquél el sentimiento de la
vanidad, de la ambición y del desprecio de los demás. En la época
del Renacimiento y mucho tiempo después el objeto principal de las
obras de arte es el elogio de los poderosos, Papas, Reyes y duques;
en su honor se escriben odas y madrigales, se les exalta en cantatas
e himnos, se pinta su retrato o se esculpe su estatua. Más tarde, el
elemento del deseo sexual penetra más y más en el arte; se convierte
casi en un elemento esencial de todos los productos artísticos de
las clases ricas y en particular de las novelas, cuentos y poemas.
Desde Bocaccio a Marcelo Prévost, todos los cuentos, poemas y
novelas expresan el sentimiento del amor sexual en sus diversas
formas. El adulterio es el tema favorito, por no decir el único tema
de todas las novelas. En una representación teatral, es condición
indispensable que, bajo un pretexto cualquiera, muchas mujeres
aparezcan en escena con el busto y los miembros desnudos. Óperas y
canciones, todo está consagrado a la idealización de la lujuria. La
gran mayoría de los cuadros de pintores franceses representan el
desnudo femenino. En la nueva literatura francesa apenas si hay una
página en que no aparezca la palabra desnudo.
Cierto autor, Remy de
Gourmont, consigue que le impriman sus obras y pasa por tener
talento. Para formarme idea de los nuevos escritores, he leído su
novela, Les Chevaux de Dioméde. Es una relación detallada de
las relaciones sexuales entre algunos señores y algunas señoras. Lo
mismo puede decirse de la novela de Pedro Louys, Aphrodite,
que ha alcanzado un éxito enorme. Estos autores están eminentemente
convencidos de que así como su vida entera se consume imaginando
diversas abominaciones sexuales, así debe transcurrir la vida del
mundo entero. Y esos autores hallan imitadores sin número entre
todos los artistas de Europa y América.
El tercero de los grandes
sentimientos que expresa el arte de los ricos, el del descontento
universal, ha hecho su aparición aún más tarde que los otros dos.
Creció en importancia al empezar nuestro siglo y fueron sus
representantes más famosos Byron y Leopardi, y luego Heine. Hoy es
general; se le halla en las distintas obras de arte y
particularmente en los poemas. Viven los hombres una vida estúpida y
perversa, y achacan la culpa a la organización del universo. He aquí
cómo el critico francés Doumic caracteriza, con gran acierto, las
obras de los nuevos escritores: Personifican el cansancio de
vivir, el desprecio de la época presente, la nostalgia de otro
tiempo visto a través de la ilusión del arte, la afición a la
paradoja, la necesidad de singularizarse, la aspiración de los
refinados hacia la sencillez, la adoración infantil de lo
maravilloso, la seducción enfermiza del ensueño, el desequilibrio de
los nervios, el llamamiento exasperado de la sensualidad. Así,
la falta de fe de las clases ricas y la extraña vida que llevan, han
hecho que se empobreciera el arte de esas mismas clases, rebajado
hasta el punto de expresar tan sólo los sentimientos de vanidad,
lujuria y cansancio de la vida.
Capítulo 9
Consecuencias de la perversión del arte: se busca la oscuridad
El primer resultado de
haber perdido la fe las clases superiores, fue el empequeñecimiento
del campo artístico. Como segundo resultado, se vio que el arte iba
siendo cada vez más artificial, más extraño, más oscuro.
Cuando un artista, en las
épocas en que el arte era universal, componía una obra, como por
ejemplo un escultor griego o un profeta judío, se esforzaban por
decir lo que querían, de modo que su obra la comprendieran todos.
Pero cuando el artista sólo ha trabajado para un pequeño círculo de
gentes que ocupan posiciones excepcionales, para los Papas,
cardenales, Reyes, duques, o para la querida de un príncipe, no ha
procurado hacerse comprender más que de esas gentes de quienes
conocía bien las costumbres y los gustos. Era ésta una tarea mucho
más fácil; y así el artista se expresaba por alusiones que entendían
los iniciados, pero que eran oscuras para el resto de los mortales.
Podía de este modo decir más cosas, y además el iniciado sentía
cierto placer y encanto en lo vago y nebuloso de tal forma de
expresión. Esta tendencia, que se traducía por alusiones mitológicas
e históricas, y también por lo que se ha llamado eufemismo, ha ido
adquiriendo prestigio de día en día; hasta alcanzar sus límites
extremos en el arte de nuestros modernos decadentes, No sólo la
afectación, la confusión, la oscuridad han sido elevadas a la
categoría de cualidades, y aún de condiciones de toda poesía, sino
que lo incorrecto, lo indefinido, lo no elocuente, están a punto de
sentar plaza de virtudes artísticas.
Teófilo Gautier, en su
prefacio de las famosas Fleurs du mal, de Baudelaire, dice
que éste rechazaba como antipoéticas la elocuencia, la pasión y
la verdad harto exactamente copiada. El poeta Verlaine, que
escribió después de Baudelaire y al que también se reputa grande, ha
dejado un Arte poética, en la que recomienda escribir así:
- De la musique avant toute chose,
- Et, pour cela, préfère l'lmpair,
- Plus vague et plus soluble dans l'air,
- Sans rien en lui qui pèse ou qui pose.
-
- II faut aussi que tu n'ailles point
- Choisir tes mots sans quelque méprise,
- Rien de plus cher que la chanson grise,
- Où l'Indécis au Précis se joint.
Y más lejos:
- De la musique encore et toujours!
- Que ton vers soit la chose envolée
- Qu'on sent qui fuit d'une âme en allée
- Vers d'autres cieux à d'autres amours!
-
- Que ton vers soit la bonne aventure
- Éparse au vent crispé du matin,
- Qui va fleurant la menthe et le thym
...
- Et tout le reste est littérature.
"La música ante todo: y
para esto debe preferirse el Impar, que es vago y soluble en el
aire, sin nada de afectación o vaguedad.
Tampoco debes buscar las
palabras sin exponerte a error. Nada más delicioso que la
canción gris, en la que se une a lo Preciso lo Indeciso.
¡La música sin cesar! ¡Que
tus versos sean la cosa alada que se siente huir del alma a otro
cielo y a otro amor!
Que tus versos sean como la
buena aventura esparcida al viento crispado de la mañana, que
huele a tomillo y menta ... y lo demás es literatura."
El poeta que, después de
los dos citados, estiman más los jóvenes, Mallarmé, declara
abiertamente que el encanto de la poesía consiste en adivinar su
sentido, pues todo poema debe contener un enigma.
Pienso que sólo es
necesaria una alusión. La contemplación de los objetos, la imagen
que surge de los ensueños suscitados por ellos son el canto. Los
parnasianos examinan y enseñan el objeto: fáltales así el misterio;
no dejan que los espíritus gusten la alegría deliciosa de pensar que
crean. Nombrar un objeto es suprimir las tres cuartas partes del
goce del poema, que consiste en adivinar, poco a poco, sugerir el
objeto; tal es el ideal. El perfecto uso de ese misterio constituye
el símbolo: evocar poco a poco un objeto para patentizar un estado
de alma o, por lo contrario, escoger un objeto de adivinaciones ...
Si un ser de una inteligencia mediana y de una cultura literaria
insuficiente, abre por casualidad un libro así escrito, y pretende
gozar en su lectura, no consigue su objeto. Debe haber siempre
enigma en la poesía; y el fin de la literatura es evocar los
objetos, y no otro.
(Contestación
de Mallarmé a J. Huret, en l' Enquête sur l'évolution littéraire).
Esto es, como se ve, la
oscuridad erigida en dogma artístico. Doumic, que no ha admitido
todavía este dogma, dice con razón que es ya tiempo de acabar con
esta famosa teoría de la oscuridad, que la nueva escuela ha elevado,
en efecto, a la categoría de dogma.
Los autores jóvenes
franceses no son los únicos que piensan así. En todos los demás
países los poetas piensan y obran de igual modo: en Alemania, en
Suecia y Noruega, en Italia, en Rusia, en Inglaterra. Se hallan
iguales principios entre los artistas de otras ramas del arte, entre
los pintores, escultores, músicos. Apoyándose en las teorías de
Nietzsche y en el ejemplo de Wagner, los artistas de las nuevas
generaciones creen que es inútil hacerse comprender de las
multitudes: bástales evocar la emoción poética entre unos cuantos
escogidos. Para que no se crea que lo que digo es una afirmación
gratuita, voy a citar algunos trozos de los poetas franceses que
dirigieron el movimiento decadente. El número de estos poetas es
legión. Y si sólo cito los franceses, es porque ellos están a la
cabeza del nuevo movimiento artístico, mientras que el resto de
Europa se limita a imitarlos. Además de los que ya se consideran
célebres, tales como Baudelaire y Verlaine, he aquí los nombres de
algunos otros: Juan Moréas, Carlos Morice, Enrique de Régnier,
Carlos Vignier, Adriano Remacle, Renato Ghil, Mauricio Maeterlinck,
Remigio de Gourmont, Saint-Pol-Roux-le Magnifique, Jorge Rodenbach,
el conde Roberto de Montesquieu-Fezenzac. Estos son los simbolistas
y los decadentes; pero también los magos; el Sar Peladán, Pablo Adam,
Julio Bois, Papus y otros. Además de esto, podéis leer aún el nombre
de ciento cuarenta y un otros, que Doumic menciona en su libro
Les Jeunes.
He aquí algunos ejemplos
del estilo de aquellos que pasan por los mejores, empezando por este
famoso Baudelaire, que ha sido juzgado digno de que se le erigiera
una estatua. Escuchad este poema de sus Fleurs du Mal.
- Je t'adore à l'égal de la voûte
nocturne,
- Ô vase de tristesse, ô grande
taciturne,
- Et t'aime d'autant plus, belle que tu
me fuis,
- Et que tu me parais, ornement les
lieues
- Qui séparent mes bras des immensités
bleues.
- Je m'avance à l'attaque, et je grimpe
aux assauts,
- Comme après un cadavre un choeur de
vermisseaux
- Et je chéris, ô bête implacable et
cruelle,
- Jusqu'à cette froideur par où tu m'es
plus belle.
"Te adoro lo mismo que a la
nocturna bóveda, ¡oh vaso de tristeza, oh mujer taciturna!, y te amo
más cuanto más te apartas de mí y pareces, ornato de mis noches, con
mayor ironía acumular las horas que separan mis brazos de la
inmensidad azul.
Corro al ataque, trepo al
asalto, como por un cadáver un coro de gusanos, y amo, ¡oh bestia
implacable y cruel!, hasta esta frialdad por la que te juzgo más
bella."
He aquí un soneto del mismo
autor:
- Duellum
Deux guerriers ont couru l'un sur
l'autre; leurs armes
Ont éclaboussé l'air de lueurs et de
sang.
Ces jeux, ces cliquetis du fer sont
les vacarmes
D'une jeunesse en proie à l'amour
vagissant.
Les glaives sont brisées! Comme notre
jeunesse.
Ma chère! Mais les dents, les ongles
acerés
Vengent bientôt l'épée et la dague
traîtresse;
O fureur de coeurs mûrs par l'amour
ulcerés!
Dans le ravin hané des chats-pars et
des onces
Nos héros s'étreignant méchamment, ont
roulé,
Et leur peau fleurira l'aridité des
ronces,
Ce gouffre, c'est l'enfer de nos amis
peuplé!
Roulons-y sans remords, amazone
inhumaine,
Afin d'éterniser l'ardeur de notre
haine.
"Dos guerreros avanzan uno
contra otro; sus armas han manchado el aire de sangrientos
resplandores. Esos juegos, ese ruido de aceros, son el estruendo de
una juventud sometida al amor naciente.
¡Se han roto las espadas!
¡Lo mismo que nuestra juventud, querida mía! Pero los dientes, las
aceradas uñas vengan pronto a la espada y la traidora daga. ¡Oh
furia de los corazones ulcerados por el amor!, a la quebrada llena
de leopardos y panteras han caído, en un malvado abrazo, nuestros
dos héroes, y su piel florecerá en las áridas espinas.
¡Ese abismo es el infierno
donde están nuestros amigos! Volvamos a él sin pesar, amazona
inhumana, a fin de eternizar allí el odio que nos une."
Debo añadir, para ser
sincero, que en la colección de las Fleurs du Mal, se
contienen poemas menos oscuros y enrevesados; pero no hay uno sólo
bastante sencillo para que pueda comprenderse sin cierto esfuerzo, y
este esfuerzo no se ve recompensado por regla general, pues los
sentimientos expresados por el poeta no son bellos y pertenecen casi
siempre a un orden asaz vulgar.
Se ve, además, que el autor
se preocupa por aparecer excéntrico y oscuro. Este afán de oscuridad
se nota más aún en su prosa, en la cual podía hablar claramente, si
lo quisiera. He aquí, por ejemplo, el primero de sus Pequeños
poemas en prosa.
El extranjero
- ¿Qué prefieres, di, hombre enigmático?
¿Tu padre, tu madre, tu hermana o tu hermano?
- No tengo ni padre, ni madre, ni
hermana, ni hermano.
- ¿Tus amigos?
- Os servís de una palabra cuyo sentido
no conozco.
- ¿Tu patria?
- Ignoro en qué latitud está situada.
- ¿La belleza?
- De buena gana la amaría, diosa e
inmortal.
- ¿El oro?
- Lo aborrezco, como vosotros aborrecéis
a Dios.
- ¿Qué es lo que amas entonces,
extraordinario extranjero?
- ¡Amo las nubes ... las nubes que pasan
... allá a lo lejos ... las nubes maravillosas!
La composición titulada
La sopa y las nubes tiene, según parece, por objeto, demostrar
que el poeta es incomprensible hasta para la mujer amada. He aquí la
composición:
"Mi adorada locuela me
servía la comida, y por la abierta ventana del comedor contemplaba
yo las movientes arquitecturas que Dios construye con las brumas,
las maravillosas construcciones de lo impalpable, y decíame sin
abandonar mi contemplación: todas estas fantasmagorías son casi
tan hermosas como los ojos de mi bella adorada, la locuela
monstruosa de verdes ojos.
De repente recibí un
puñetazo en la espalda y oí una voz ronca y encantadora, una voz
histérica y como enronquecida por el aguardiente, la voz de mi
queridita adorada, que me decía: ¿Vas a comer pronto la sopa,
asqueroso b ... mercader de nubes?..."
Las producciones poéticas
del otro gran poeta, Verlaine, no son menos falsas e
incomprensibles. He aquí la primera poesía de la colección titulada:
Ariettes oubliées:
- C'est l'extase langoureuse,
- C' est la fatigue amoureuse
- C'est tous les frissons des bois
- Parmi l'étreinte des brises,
- C'est, vers les ramures grises.
- Le choeur des petites voix.
- O le frêle et frais murmure!
- Cela gazouille et susurre,
- Cela ressemble au cri doux
- Que l'herbe agitée expire ...
- Tu dirais, sous l'eau qui vire,
- Le roulis sourd des cailloux.
- Cette âme qui se lamente
- En cette plainte dormante
- C'est la nôtre, n'est-ce pas?
- La mienne, dis, et la tienne
- Dont s'exhale l'humble ancienne
- Par ce tiède soir, tout bas?
Lo que sea ese coro de
vocecitas y el suave grito que expira la hierba agitada,
y todo lo que este poema significa, confieso que no llegué a
entenderlo. Ved aún otra ariette:
- Dans l'interminable
- Ennui de la plaine,
- La neige incertaine
- Luit comme du sable.
-
- Le ciel est de cuivre
- Sans lueur aucune.
- On croirait voir vivre
- Et mourir la lune.
-
- Comme des nuées
- Flottent gris les chênes
- Des fôrets prochaines
- Parmi les buées.
-
- Le ciel est de cuivre
- Sans lueur aucune.
- On croirait voir vivre
- Et mourir la lune.
-
- Corneille poussive
- Et vous, les loups maigres,
- Par ces bises aigres
- Quoi donc vous arrive?
-
- Dans l'interminable
- Ennui de la plaine
- La neige incertaine
- Luit comme du sable.
- "Es el lánguido éxtasis, la amorosa
fatiga, con todos los estremecimientos del bosque al impulso de
la brisa, y el coro de vocecitas entre las ramas grises.
- ¡Oh, delicado y fresco murmullo, que
pía y susurra! Parécese al dulce grito lanzado por la hierba, y
es como el sordo rodar de los guijarros por el agua ondeante.
- Esa alma que se lamenta y esa queja
durmiente, es la nuestra, ¿no es cierto? La mía, ¿verdad?, y la
tuya, que en esta tibia tarde profieren, muy quedo, una humilde
antífona ...
- En el interminable fastidio de la
llanura, la incierta nieve resplandece como la arena.
- No brilla el cielo de cobre. Creeríase
ver vivir y morir la luna.
- Como nubes flotan las encinas grises
de los bosques contiguos, entre vapores matinales.
- No brilla el cielo, etc.
- Corneja asmática y vosotros, flacos
lobos, ¿qué os sucede con este agrio cierzo?
- En el interminable fastidio, etc."
¿Cómo la luna puede parecer
que vive y muere en un cielo de cobre sin claridad alguna?
¿Cómo la nieve puede lucir igual que arena? Todo esto no sólo
es incomprensible; a pretexto de sugerirnos una impresión, se nos da
una sarta de metáforas incorrectas y de palabras vacías de sentido.
Tanto Verlaine como
Baudelaire, tienen además de estos poemas conceptuosos e
incomprensibles, otros que se comprenden fácilmente. Pero, en
cambio, éstos me parecen tan miserables de forma como de fondo.
Tales son los poemas que constituyen la colección titulada
Sabiduría. Están consagrados a la expresión de los más vulgares
sentimientos católicos y patrióticos:
- Je ne veux plus penser qu'à ma mère
Marie,
- Siège de la sagesse et source de
pardons.
- Mère de France aussi, de qui nous
attendons
- lnébranlablement l'honneur de la
patrie.
"Sólo quiero pensar en mi
madre María, llena de prudencia y fuente de perdón, madre de los
franceses y de quien esperamos firmemente el honor de la patria."
Antes de citar ejemplos de
otros poetas, no puedo menos de insistir acerca de la gloria
extraordinaria de esos dos hombres, Baudelaire y Verlaine, que
Europa entera reconoce como los mayores genios de la poesía moderna.
¿ Cómo se comprende que los franceses, que poseyeron a Chenier,
Lamartine, Musset, y sobre todo a Hugo, que cuentan con Leconte de
LisIe, Sully-Prudhomme, etc., hayan podido otorgar tanta importancia
y gloria tan alta a esos dos poetas, tan imperfectos en la forma y
tan vulgares y bajos por el fondo de sus asuntos ? La concepción de
la vida que tenía el primero de ambos, Baudelaire, consistía en
erigir en teoría el más grosero egoísmo, y en reemplazar la moral
por un ideal harto nebuloso de la belleza, de una belleza puramente
artificial. Aseguraba preferir un rostro de mujer embadurnado, al
mismo rostro con su color natural, y los árboles de metal y la
imitación del agua en la escena agradábanle más que los árboles
verdaderos y el agua corriente. La filosofía del otro poeta,
Verlaine, consistía en la crápula más vil, en la confesión de su
impotencia moral, ya guisa de antídoto contra tal impotencia, la más
grosera idolatría católica. Ambos estaban faltos de candidez, de
sinceridad, de sencillez, y llenos de afectación, de satisfacción de
sí mismos; los dos buscan lo excéntrico; en sus mejores
composiciones, más fácilmente se hallan los señores Baudelaire y
Verlaine que el objeto de que quieren tratar. Estos dos malos poetas
han fundado una escuela y tienen centenares de imitadores. Es
extraño, en verdad; no hallo otra explicación que la siguiente: Es
que el arte de la sociedad en que se producen las obras de esos
poetas, no es nada serio ni importante para la vida, sino un simple
pasatiempo. Todo pasatiempo acaba por aburrir a fuerza de repetirse.
Para hacer soportable un entretenimiento, necesita encontrar algún
medio de variarlo. Cuando ya cansa el boston se imagina el whist;
cuando se juega al ecarté, etc. La ocupación es la misma en el
fondo; sólo varían las formas. Lo propio ocurre al arte
contemporáneo: su campo de acción, a fuerza de limitarse más y más,
se empequeñece hasta tal punto, que a los artistas de las clases
superiores se les antoja que todo ha sido dicho ya, y que no puede
decirse nada nuevo. De aquí proviene que, para renovar su arte,
busquen sin cesar nuevas formas.
Baudelaire y Verlaine han
inventado nuevas formas, las han sazonado además con detalles
pornográficos, de los que nadie, antes de ellos, se atreviera a
hacer uso: esto bastó para que les tuvieran como grandes escritores
los críticos y el público de las clases elevadas.
Esta es la única
explicación del éxito de Baudelaire y Verlaine y de toda la escuela
decadente. Hay, en particular, poemas de Mallarmé y de Maeterlinck
que no tienen sentido alguno, y que, a pesar de esto y quizá a causa
de esto, alcanzan docenas las ediciones y figuran en las antologías
de las mejores producciones de los poetas jóvenes. He aquí, por
ejemplo, un soneto de Mallarmé:
- A la nue accablante tu,
- Basse de basalte et de laves,
- A même les échos esclaves,
- Par une trompe sans vertu,
- Quel sepulcral naufrage (tu
- Le sais, écume, maïs y baves),
- Suprême une entre les épaves
- Abolit le mât dévêtu;
-
- Ou cela que furibond faute
- De quelque perdition haute,
- Tout l'abime vain éployé
- Dans le si blanc cheveu qui traîne
- Avarement aura noyé
- Le flanc enfant d'une sirène.
- "Domina la pesada nube, base de
basalto y de lavas, lo mismo que los ecos esclavos, por una
bocina sin virtud.
- Y en el sepulcral naufragio (bien lo
sabes, espuma, pero allí te derramas), suprema y única entre los
restos, derribas el mástil sin velas;
- Todo lo que se sumerge en una
perdición divina,
- en el vano abismo abierto,
- Y en el blanco cabello pendiente,
sumerge ansioso el muslo infantil de una sirena."
Y véase ahora una canción
de Maeterlinck, otro escritor célebre de nuestros días:
- Quand il est sorti
- (J'entendis la porte);
- Quand il est sorti
- Elle avait souri ...
-
- Mais quand il entra
- (J'entendis la lampe)
- Mais quand il entra
- Un autre, était là ...
-
- Et je vis la mort
- (J'entendis son âme);
- Et je vis la mort
- Qui l'attend encore ...
-
- On est venu dire
- (Mon enfant, j'ai peur)
- Ma lampe allumée
- Me suis approchée ...
-
- Ma lampe allumée
- (Mon enfant, j'ai peur)
- Ma lampe allumée
- Me suis approchée ...
-
- A la première porte
- (Mon enfant, j'ai peur).
- A la première porte
- la flamme a tremblé.
-
- A la seconde porte
- (Mon enfant, j'ai peur)
- A la seconde porte
- La flamme a parlé.
-
- A la troisième porte
- (Mon enfant, j'ai peur)
- A la troisième porte
- La lumière est morte ...
-
- Et s'il venait un jour
- Que faut-il lui dire?
- - Dites-lui qu'on l'attendit
- Jusqu'à s'en mourir ...
-
- Et s'il demande où vous êtes
- Que faut-il répondre?
- -Donnez-lui mon anneau d'or
- Sans rien lui répondre ...
-
- Et s'il m'interroge alors
- Sur la dernière heure?
- -Dites lui que j'ai souri
- De peur qu'il ne pleure ...
-
- Et s'il m'interroge encore
- Sans me reconnaître?
- -Parlez lui comme une soeur,
- Iil souffre peut-être ...
-
- Et s'il veut savoir pourquoi
- La salle est déserte?
- -Montrez-lui la lampe éteinte
- Et la porte ouverte ...
- "Al salir él (oí la puerta), al salir
él, ella sonrióse ...
- Pero cuando entró (apagué la lámpara),
pero cuando entró, otra estaba allí ...
- Y he visto la muerte (oí su alma), he
visto la muerte, que aun le aguarda ...
- Vinieron a decirme (niña, tengo
miedo), vinieron a decirme, que él se ha marchado ...
- Encendida mi lámpara (niña, tengo
miedo), en la segunda puerta, la llama habló ...
- En la primera puerta (niña, tengo
miedo), en la segunda puerta, la llama habló ...
- En la tercera puerta, (niña, tengo
miedo), en la tercera puerta, la llama murió ...
- Y si volviese un día, ¿qué se le debe
decir? - Decidle que se le esperó hasta la muerte ...
- -Y si pregunta dónde estáis ¿qué se le
debe decir? -Dadle mi anillo de oro, sin responderle ...
- -Y ¿si entonces me pregunta acerca del
último instante? -Decidle que he sonreído por miedo a que él
llorase ...
- -Y ¿si sigue preguntando, sin
reconocerme? - Habladle como una hermana; tal vez padece ...
- -Y ¿si quiere saber por qué está
desierta la sala? -Mostradle la lámpara apagada y la puerta
abierta ..."
Hay en Francia cientos de
poetas que producen obras de igual género. Obras de la misma especie
se imprimen en Alemania, Italia, Suecia y Rusia. Y de estas obras se
imprimen y publican miles de ejemplares. Y para la composición, la
compaginación, impresión y encuadernación de obras de ese género, se
consumen millones y millones de jornadas de trabajo; tantas por lo
menos como fueron precisas para levantar la gran Pirámide.
No es esto todo. Igual
sucede en las demás artes, en pintura, en música, en el teatro:
millones y millones de jornadas de trabajo son necesarias para
facilitar la producción de obras igualmente incomprensibles.
La pintura, por ejemplo, va
más lejos aún por tal camino que la poesía. He aquí algunas líneas
extraídas de las notas de un aficionado a la pintura, que se hallaba
en París en 1897:
He estado hoy en tres
exposiciones: la de los simbolistas, la de los impresionistas y la
de los llamados neoimpresionistas; he mirado todos los cuadros con
mucho cuidado y concienzudamente, pero todos me han producido igual
estupor. La más comprensible de las tres exposiciones me pareció la
de los impresionistas. Sin embargo; allí vi obras de cierto Camilo
Pizarro, cuyo dibujo era tan indeterminado, que no había modo de
saber hacia qué lado estaban vueltas una cabeza o una mano. Los
asuntos eran, generalmente, efectos: Efecto de niebla.
Efecto de tarde, Sol poniente. En el color dominaba el azul y el
verde intensos. Cada cuadro tenía su color especial del que estaba,
por decirlo así, inundado. En la Niña que guarda ocas, el
color especial era el verdín, y por todas partes había manchas de
ese color, en el rostro, en el pelo, en las manos, en los vestidos.
En la misma galería había otros cuadros de Puvis de Chavannes, Manet,
Monet, Renoir, Sísley, Redón, todos impresionistas. Uno de ellos
había pintado de perfil una cara toda azul. He visto también una
acuarela de Pizarro hecha con manchitas de diversos colores. Es
imposible distinguir el color general, ni acercándose ni alejándose
del cuadro.
Después vi a los
simbolistas. Traté primeramente de examinar sus obras sin pedir a
nadie explicaciones, deseando comprender por mí mismo lo que
significaban. Pero son obras incomprensibles. Una de las primeras
cosas que atrajeron mis miradas, fue un alto relieve en madera,
ejecutado con torpeza increíble y que representaba una mujer desnuda
que hace brotar con sus manos torrentes de sangre de su seno. Corre
la sangre y se convierte poco a poco en un líquido de color
violáceo. Los cabellos bajan primero, luego vuelven a subir y se
convierten en un árbol. La cara es toda amarilla, menos los
cabellos, que son negros.
Al lado hay una pintura: un
mar amarillo, en el cual sobrenada algo que parece un barco y un
corazón al mismo tiempo. Del horizonte surge un perfil con una
aureola y una cabellera amarilla que se pierde en el mar. Algunos de
los pintores ponen en su tela una capa tan espesa de color, que el
efecto de su obra oscila entre la pintura y la escultura. Veo otro
cuadro más raro aún: un perfil de hombre, que tiene ante él una
llama y rayos negros, que representan sanguijuelas, por lo que me
han dicho después, pues no tuve más remedio que preguntarlo a una
persona que estaba en el secreto de lo que aquello significaba. Me
explicó que el alto relieve era un símbolo de la Tierra. El
corazón que sobrenada en el mar amarillo es la Ilusión, y el
hombre de las sanguijuelas es el Mal.
Esto ocurría en 1894.
Después, se ha acentuado la misma tendencia. Hoy aceptamos por
grandes pintores a Boeckling, Stuck, Klínger, y otros parecidos.
Igualmente sucede con el
drama. Los autores de comedias nos presentan actualmente un
arquetipo que por algún motivo misterioso no realizó sus primeras
altas intenciones, y que en consecuencia se sube al tejado de una
casa que ha construido y se tira cabeza abajo tranquilamente.
Otra vez se trata de una
vieja enigmática, que tiene la noble misión de exterminar las ratas,
y que, sin que se adivine por qué, se lleva un muchachito hasta el
mar y le ahoga. O bien, aparecen unos ciegos, que sentados junto al
agua, repiten indefinidamente las mismas palabras. O bien aparece
una campana que se lanza a un lago y comienza a tocar.
Lo mismo ocurre en música,
en ese arte que pudiera creerse, más que otro ninguno, inteligible
para todos.
Un músico de renombre se
sienta ante vosotros al piano y toca algo que dice ser una nueva
composición de él mismo, o de uno de los músicos modernos. Le oís
producir sonidos extraños y fuertes, admiráis los ejercicios de
gimnasia realizados por sus dedos, y veis, además, que tiene la
intención de haceros creer que los sonidos que produce expresan
diversos sentimientos poéticos del alma. Su intención es evidente;
pero ningún sentimiento, como no sea el de una fatiga moral,
despierta en vosotros. La ejecución dura mucho rato, o por lo menos,
os lo parece, quizá porque no recibís ninguna impresión preciosa. Se
os ocurre, entonces, que quizá todo aquello es una broma, y que el
artista, para probaros, deja que corran al azar sus dedos por las
teclas, esperando que caeréis en el garlito, y podrá burlarse
después de vosotros. Nada más equivocado. Cuando por fin termina el
trozo, y el músico, agitado y sudoroso, se levanta del piano,
solicitando de un modo manifiesto vuestros elogios, tenéis que
reconocer que todo aquello está hecho en serio. Esto sucede en todos
los conciertos en que se tocan trozos de Listz, Berlioz, Brahms,
Ricardo Strauss, y los innumerables compositores de la nueva
escuela.
También sucede lo mismo en
el dominio de las novelas y cuentos. Leed Lâ-Ba's, de Huymans,
o algunos de los cuentos de Kipling, o I' Annonciateur de
Villiers de l'Isle-Adam; estas obras os parecerán no sólo
abstrusas, sino casi incomprensibles, así por la forma como por
el fondo. Lo mismo puede decirse de una novela de E. Morel, Terre
Promise, que apareció en la Revista Blanca, y de las
demás novelas modernas. El estilo es muy enfático, los sentimientos
parecen excesivamente fuertes; pero es imposible descubrir lo que
sucede, dónde sucede todo aquello.
Tal es todo el arte de la
juventud de nuestro tiempo.
Los hombres de la primera
mitad de nuestro siglo, admiradores de Goethe, de Schíller, de
Musset, de Hugo, de Dickens, de Beethoven, de Chopín, de Rafael, de
Leonardo de Vinci, de Miguel Angel, no comprendiendo nada de este
arte nuevo, se limitan a ver en él, y se alejan, encogiéndose de
hombros. Creo que tal actitud es injusta, porque este arte se halla
en camino de popularizarse más, y ha conquistado en el mundo tanto
espacio como el romanticismo de 1830, y es porque si condenamos las
nuevas obras de arte decadente, es porque no las comprendemos,
habiendo, en cambio, hasta en las clases elevadas, gran número de
hombres que tampoco comprenden las obras de arte que nosotros
consideramos como las mejores de todas, los poemas de Goethe, de
Schiller, de Hugo, las novelas de Dickens, la música de Beethoven y
de Chopín, los cuadros de Rafael y de Vinci, las estatuas de Miguel
Angel, etcétera.
Si tengo el derecho de
pensar que la gran mayoría de los hombres no comprenden estas obras
por insuficiencia de desarrollo intelectual, no tengo el de afirmar
que, si no comprendo ni gusto de las nuevas obras de arte, no
provenga esto de una insuficiencia parecida de mi desarrollo
intelectual. Si tengo derecho a decir que mi imposibilidad de
compréndese, podrá decírseme, en virtud de igual derecho, que todo
lo que se me antoja obras de arte son falso arte, e incomprensible,
ya que la enorme masa del pueblo tampoco puede comprenderlas.
Un día me di cuenta cabal
de cuán injusto era este modo de condenar el arte de las nuevas
escuelas. Oí aquel día que un poeta, autor de versos
incomprensibles, se burlaba de una incomprensible música; y poco
rato después, encontré mI músico, autor de sinfonías fementidas, que
no cesaba de hacer befa de los poetas incomprensibles. Condenar el
arte nuevo, fundándose en que nosotros, hombres de la primera mitad
del siglo, no lo comprendemos, es cosa que nada nos autoriza a
hacer. No tenemos derecho a decir sino que dicho arte es
incomprensible para nosotros. La única superioridad del arte que
admiramos, sobre el arte de los decadentes, consiste en que aquél es
accesible a mayor número de hombres que éste.
El hecho de que,
acostumbrado a un arte, resulte yo incapaz de comprender otro, no me
da derecho para afirmar que el que yo admiro es el único verdadero,
y que el que yo no comprendo es un arte falso y malo. La única
conclusión que puedo sacar de este hecho es que el arte es cada vez
menos accesible, y que, en su marcha gradual hacia la
incomprensibilidad, rebasa el punto en que yo me encuentro.
Desde el día en que el arte
de las clases superiores se separó del arte del pueblo, cupo afirmar
que el arte, sin dejar de serlo, podía, sin embargo, estar fuera del
alcance de las masas. Y desde que se admitió este principio podía
preverse que llegaría un momento en que el arte no sería accesible
sino a corto número de elegidos, y acabaría por no serlo nada más
que a dos o tres personas, o quizá, a una sola, el artista que lo
produciría. Ya llegamos a tal punto. Oiréis constantemente decir a
los artistas actuales: Creo obras y
las comprendo; si alguien no las comprende tanto peor para él ...
Pero la afirmación de que
el arte puede ser verdadero y ser sin embargo inaccesible para la
mayoría de las gentes, resulta un absurdo perfecto, y sus
consecuencias son desastrosas para el arte mismo. Es, no obstante,
tan común, y ha tomado entre nosotros tal incremento, que conviene
insistir en ello para demostrar su falsedad.
Decir que es buena una obra
de arte y que sin embargo no la comprenden la mayoría de los
hombres, es como si se dijera que un alimento es bueno, pero que no
deben comerlo sino algunos hombres. La mayoría puede no gustar del
queso podrido y de la caza manida, platos que gustan a los hombres
de paladar estragado; pero el pan y las frutas sólo son buenos
cuando gustan a la mayoría de los hombres. Lo mismo ocurre con el
arte. El arte pervertido puede no gustar a la mayoría de los
hombres, pero el buen arte debe gustar forzosamente a todo el mundo.
Se nos dice que las mejores
obras de arte no tienen necesidad de estudio para ser comprendidas.
Si el hombre no puede comprenderlas naturalmente, debe haber
conocimientos necesarios para poner al hombre en condición de
comprenderlas, y resulta que no existe conocimiento alguno de tal
género, y que nadie puede explicar el valor de las obras de arte. Se
nos dice que, para comprender estas obras, debemos verlas, leerlas y
oírlas muchas veces. Esto no puede llamarse explicarlas, sino
acostumbrarnos a ellas. Bien patente es que los hombres se
acostumbran a todo, hasta a lo peor. Se puede uno acostumbrar a la
mala alimentación, al aguardiente, al tabaco y al opio; de igual
modo puede uno acostumbrarse al arte malo. Esto es, precisamente, lo
que sucede.
No es cierto que la mayoría
de los hombres no tengan aptitud para apreciar las obras de arte de
gran vuelo. Esta mayoría ha comprendido siempre lo que reconocemos
nosotros como lo mejor; la epopeya del Génesis, las parábolas del
Evangelio, los cuentos de hadas, las leyendas y canciones populares.
¿Cómo se comprende que los hombres hayan perdido de repente esta
facultad moral y no sean capaces de comprender el arte
contemporáneo?
Del discurso más admirable
puede decirse que es incomprensible para aquellos que no conocen la
lengua en que se pronuncia. Un discurso pronunciado en chino puede
ser excelente; será incomprensible para mí, si no sé el chino.
Lo que distingue al arte de
las demás formas de actividad mental, es que su lenguaje lo
comprenden todos, y que todos pueden sentirse por él conmovidos. El
llanto y la risa de un chino me conmueven tanto como los de un ruso;
y lo propio sucede en pintura, escultura y música. Los cantos de un
habitante del Tibet o de un japonés, no me conmueven tanto como a un
tibetano o a un japonés, pero me conmueven. También me produce honda
emoción la pintura japonesa, la arquitectura india y los cuentos
árabes. Y si una canción japonesa o una novela china me conmueven
menos que a un chino o a un japonés, no es porque no comprenda tales
obras de arte, sino porque estoy acostumbrado a obras de arte más
refinadas. No es porque su arte esté fuera del alcance de mi
inteligencia. Las grandes obras de arte no son grandes sino porque
todos pueden comprenderlas perfectamente. La historia de Sakya-Muni,
nos conmueve. Si un arte no alcanza a conmover a los hombres, no es
porque esos hombres carezcan de gusto e inteligencia; es porque el
arte es malo o no es arte en absoluto.
El arte difiere de las
otras formas de la actividad mental, en que puede obrar sobre los
hombres sin tener para nada en cuenta su estado de desarrollo y de
educación. El objeto del arte es hacer comprender cosas que en forma
de un argumento intelectual no serían asequibles. El hombre que
recibe una verdadera impresión artística siente que ya conocía lo
que el arte revela, pero que no podrá expresarlo ...
Tal ha sido la naturaleza
del arte bueno y verdadero en todos los tiempos. La Liada, la
Odisea, las historias de Isaac, de Jacob y de José, los cantos de
los Profetas hebreos, los Salmos, las parábolas del Evangelio, la
historia de Sakya-Muni, los himnos védicos, todas esas obras
expresan sentimientos elevados, y sin embargo, nos son tan
comprensibles como lo fueron hace siglos a hombres menos instruidos,
a hombres menos civilizados aún que nuestros campesinos. Las
iglesias las imágenes que contienen han sido comprensibles siempre a
todos. El mayor obstáculo para comprender los sentimientos no es la
insuficiencia de nociones científicas, sino un falso desarrollo de
una falsa ciencia. Una obra de arte noble y buena, puede no ser
comprensible, pero la comprenderán los campesinos capaces de
comprender todo lo más alto; aquellos que no la comprenderán son los
hombres de inteligencia refinada, es decir, pervertida, incapaces de
toda concepción seria de la vida. Conozco, por ejemplo, hombres que
se creen muy civilizados, y que afirman no comprender la poesía de
la caridad, del sacrificio o de la castidad.
Si el arte de nuestro
tiempo es incomprensible para las masas, no es porque sea arte
bueno, sino porque es arte malo, o porque nada tiene de arte.
Siendo el fin de las obras
de arte expresar emociones, ¿cómo se puede decir que no se
comprende? Un hombre del pueblo lee un libro, ve una pintura, oye un
drama o una sinfonía, y no experimenta ninguna emoción. Se dice que
es porque no puede comprender. Se le promete enseñarle algo; mira, y
nada ve. Y entonces se le dice que es porque su vista no está
preparada para tal espectáculo. Pero ese hombre sabe que ve muy
bien, y si no ve lo que le han prometido que vería, deduce que la
culpa la tienen aquellos que habiéndole asegurado que vería algo,
nada le enseñan. Decir que si el arte no conmueve a ciertos
individuos se debe a que los hombres son harto estúpidos, esto,
además de ser un exceso de vanidad, es un absurdo, como lo sería que
un enfermo invitara a un hombre sano a guardar cama.
Voltaire decía: Todos
los géneros son buenos, menos el fastidioso. Con mayor acierto
se puede decir: Todos los géneros son buenos, menos aquel que no
se comprende, y que no produce, por lo tanto, ningún efecto. ¿Y
qué valor puede tener una cosa que no consigue producir el efecto
que se esperaba?
Fijaos en esto: Si admitís
que el arte puede serlo, y sin embargo no resulta asequible a
personas de clara inteligencia, no hay razón alguna que impida que
un grupito de hombres pervertidos compongan obras que expresen sus
sentimientos perversos, obras que no son comprensibles sino para
ellos, y a dar a esas obras el nombre de arte, como hoy hacen
los artistas decadentes.
La evolución del arte, en
estos tiempos, puede ser comparada con lo que sucede si sobre un
círculo se colocan otros más y más pequeños hasta que se consiga
formar un cono cuya cima ya no es un círculo. Esto es lo que ha
sucedido con el arte contemporáneo.
Capítulo 10
Consecuencias de la perversión del arte: falsificación del arte
Sin más que tener en cuenta
lo menguado del asunto y lo defectuoso de la forma, se ve que en el
arte de las clases superiores faltan hoy los caracteres elementales
de todo arte, y que no es más que una falsificación del arte. Podría
preverse tal consecuencia. El arte universal surge solamente cuando
un hombre, habiendo experimentado una emoción viva, siente la
necesidad de transmitirla a otros hombres. El arte profesional de
las clases superiores no dimana de un impulso intimo del artista;
nace porque en las clases superiores de la sociedad se pide alguna
diversión que pagan muy cara. No piden al arte otra cosa que
sensaciones de placer, y, esto es lo que el arte procura conseguir.
Pero esto resulta muy difícil, porque los hombres de las clases
ricas, que consumen su vida en la pereza y en el luto, necesitan sin
cesar nuevas diversiones, y el arte, aun el más trivial, no surge a
voluntad, sino que debe necesariamente brotar de un modo espontáneo
en el alma del artista. Así se ve que los artistas están obligados a
inventar métodos especiales para producir imitaciones,
falsificaciones de arte, a fin de satisfacer las exigencias de las
clases sociales que les dan trabajo.
Los métodos que han
imaginado para conseguirlo se reducen a cuatro:
1º las imitaciones;
2º los adornos,
3º los efectos de asombro,
y
4º la excitación de la
curiosidad.
El primer método consiste
en tomar prestados de las obras de arte anteriores, bien asuntos
completos, bien detalles, y arreglarlos de nuevo a fin de que
parezcan una novedad. Las producciones de esta especie, evocando en
el alma algunas clases sociales, el recuerdo de sentimientos
artísticos ya experimentados, causan una impresión parecida a la del
arte, y por poco que estén conformes con otras condiciones
importantes, pueden pasar por arte a los ojos de los que en el arte
sólo buscan placer. Los asuntos tomados de obras de arte anteriores,
se llaman en general asuntos poéticos. Los personajes o cosas
tomadas de igual manera, se llaman personas o cosas poéticas. Así es
que en nuestra sociedad se consideran como asuntos poéticos todas
las leyendas, sagas y tradiciones antiguas. En la categoría
de personas y cosas poéticas, admitamos a los jóvenes, a los
guerreros, pastores, eremitas, ángeles, demonios, la luz de la luna,
el trueno, las montañas, el mar, los precipicios, los ríos, el pelo
largo, los leones, los corderos, las palomas y los ruiseñores. De un
modo general, se reputa poético cuanto trataron a menudo los
artistas de las generaciones anteriores. Recuerdo que, hace unos
cuarenta años, una señora, que era tonta de capirote. pero muy
instruida, me rogó que oyera la lectura de una novela que acababa de
escribir. La novela comenzaba por la descripción de una heroína, que
poéticamente vestida de blanco, con los cabellos poéticamente
flotantes, leía poesías junto a una fuente, en un bosque poético.
Esto ocurría en Rusia, y, de repente, entre unas matas, surgía el
héroe, con un sombrero de plumas, a lo Guillermo Tell (así
estaba especificado en el libro), acompañado de dos perros blancos
no menos poéticos. La señora creía haber hecho una obra poética en
alto grado, y, en efecto, su obra habría podido pasar por modelo en
tal género sí el héroe no se hubiese visto obligado a trabar
conversación con la heroína. Pero tan pronto como el joven del
sombrero a lo Guillermo Tell empezó a hablar con la joven del
vestido blanco, advertí que la autora no sabía de qué hacerle
hablar, y que, conmovida por el recuerdo poético de otras obras,
imaginó que con sólo zurcir distintos trozos de esas obras
conseguiría despertar en el lector una impresión artística. Sucede
que una impresión artística sólo la sentimos cuando el autor la ha
sentido, y no cuando se limita a transmitir los sentimientos de
otros hombres, tales como éstos se los transmitieron. Un método
parecido no puede conmovernos como una verdadera obra de arte: puede
imitarla, pero sólo para gentes de gusto artístico pervertido. La
señora en cuestión era tonta y estaba desprovista de talento, y por
lo tanto se descubría en seguida la burda trama de su obra; pero
cuando el mismo método lo practican artistas instruidos, que conocen
a fondo la técnica del arte, vemos entonces esas imitaciones de lo
griego, de lo antiguo, del cristianismo, de la mitología, que tan
numerosas son ahora, y que el público ingenuo acepta como obras de
arte. Un ejemplo bien típico de estas falsificaciones de arte en
poesía, es la Princesa Lejana, de Rostand, una obra compuesta
de trozos ajenos, en la que no hay un solo átomo de arte ni de
poesía, lo cual no obsta para que la crean muy poética casi todos
sus lectores, y probablemente su mismo autor.
Otro método para dar a las
obras de arte que no lo son una apariencia de arte, es lo que me
permitiré llamar ornamento. El objeto de este método es producir a
los sentidos del lector, espectador u oyente, las impresiones más
agradables, de modo que tome por arte lo que no lo es. En literatura
consiste tal método, si se trata de poesía, en emplear los ritmos
más cadenciosos, las rimas más sonoras, las palabras más elegantes;
si se trata de prosa, consiste en acentuar el brillo y la gracia de
las descripciones. En el teatro se ciñe a excitar los sentidos de
los espectadores mostrándoles lindas actrices, vestidas con ricos
trajes, entre suntuosas decoraciones. En pintura consiste en escoger
modelos que exciten los sentidos y en exagerar los efectos del
color. Estriba en música, en multiplicar los pasajes y los
floreos, así como las modulaciones, y en introducir en la
orquesta instrumentos nuevos, etc. Estos adornos han alcanzado en
nuestros días tal grado de perfección, que las clases superiores de
nuestra sociedad han llegado a tomarlos por obras de arte, error
tanto más natural cuanto que la teoría en uso considera la belleza
como objeto de arte.
El tercer método consiste
en obrar de un modo a veces físico sobre nuestra sensibilidad. Se
dice entonces que las obras son efectistas. Los efectos que producen
están casi únicamente en los contrastes; juntan lo terrible y lo
tierno, lo asqueroso y lo bello, lo suave y lo fuerte, lo claro y lo
sombrío, lo vulgar y lo extraordinario. En literatura, a los efectos
del contraste, se unen otros efectos que consisten en la descripción
de cosas que nunca fueron descritas. Estas cosas son, habitualmente,
detalles pornográficos que evocan el deseo sexual, o detalles de
padecimiento y de muerte, que despierten el horror; así, al
describirnos un asesinato, se nos da una relación médica de los
tejidos lacerados, del olor, de la cantidad y el color de la sangre.
En pintura y en escultura, un efecto de contraste que se usa mucho,
consiste en tratar un detalle con gran cuidado, mientras que se deja
el resto de la obra poco menos que abocetado. En el teatro todo se
vuelven escenas de asesinato, de locura, de muerte, y no muere nadie
sin que se nos haga asistir a todas las fases de su agonía. En
música, los efectos más comunes son un crescendo brusco,
pasando de los sonidos más tenues a los más violentos; una
repetición de los mismos sonidos, con arpegios en todas las escalas
y por todos los Instrumentos; o una serie de armonías, tonalidades y
ritmos diferentes de los que naturalmente nacerían del pensamiento
musical, de modo que nos asombren por lo poco previstos. Añadiré que
toda la música contemporánea abusa del efecto puramente físico, que
consiste en hacer más ruido del necesario.
Hay, además, otro efecto de
esta categoría que hoy es común a todas las artes: consiste en hacer
expresar por un arte lo que sería natural que expresara otro, y por
ejemplo, se encarga a la música que nos describa acciones o paisajes
(esto es propio de la música de programa de Wagner y de sus
sucesores). O bien, como los decadentes, se pretende obligar a la
pintura, al drama o a la poesía a sugerir ciertos pensamientos.
El último método consiste
en provocar la curiosidad, de modo que absorba la inteligencia y le
impida sentir la falta de arte verdadero. Antes se provocaba la
curiosidad complicando las intrigas, y hoy este procedimiento se ha
cambiado por el de la autenticidad, es decir, por la pintura
detallada de un período histórico o de una rama de la vida
contemporánea. Así, para absorber el espíritu del lector, los
novelistas le describen a menudo la vida de los egipcios o romanos,
la de los obreros de una mina o la de los dependientes de un gran
almacén. La curiosidad puede provocarse también por la elección de
las expresiones. Este es un artificio muy en boga. Versos y prosa,
comedias, cuadros, sinfonías, todo está combinado de modo que se
deba adivinar su sentido como en las charadas: despiértase la
curiosidad, se trata de adivinar, se distrae uno, y se hace la
ilusión de haber experimentado una emoción artística.
Se oye decir muy a menudo
que una obra de arte es excelente porque es poética, o bella, o
efectista, o interesante; cuando en realidad: el mejor de esos
cuatro atributos, no sólo no puede servir para demostrar la
excelencia de una obra de arte, sino que nada tiene que ver con el
arte verdadero.
Poético significa,
simplemente, tomado de otra parte. Todas las imitaciones recuerdan
al espectador o al oyente vagas memorias de impresiones artísticas
producidas por obras anteriores; pero jamás pueden transmitirnos los
sentimientos mismos del artista. Una obra fundada en otras
anteriores, por ejemplo, el Fausto, de Goethe, puede estar
bien ejecutada y ser muy bella; pero jamás producirá una verdadera
impresión artística, porque le falta el carácter principal, la
unidad, el conjunto, esa alianza profunda de la forma y el fondo que
expresa los sentimientos experimentados por el artista. Este,
empleando tal método, consigue transmitirnos sentimientos que le
fueron transmitidos a su vez, y su obra es un reflejo de arte, no
arte. Decir de tal composición que es buena porque es poética, es
decir, porque se parece a otra obra de arte, es lo mismo que si se
dijera de una moneda de plomo que es buena porque se parece a una
moneda de plata.
El ornato artístico, que
tanto alaban nuestros tratadistas de estética con el nombre de
belleza, tampoco puede servir para dar la norma de la calidad de una
obra artística. El carácter esencial del arte consiste en transmitir
a otros hombres las emociones experimentadas por el artista; y la
emoción artística no sólo no coincide siempre, con la belleza, sino
que a veces es contraria a ella. La vista de los padecimientos más
horribles puede movernos a conmiseración, a simpatía, puede
despertar nuestra admiración por la grandeza de alma de aquel que
padece, y en cambio, la vista de una figura de cera aun cuando sea
muy bella, puede no producirnos emoción alguna. Valuar una obra de
arte según su grado de belleza, como si se juzgara la fertilidad de
un terreno por lo magnífico de su situación.
El tercer método de
falsificación del arte, el que consiste en multiplicar los efectos
de brocha gorda, nada tiene de común tampoco con el arte verdadero,
pues el efecto, ya sea de novedad o de contraste, o de horror, no
será nunca la expresión de un sentimiento; sólo producirá una acción
sobre nuestros nervios. Cuando un pintor representa con exactitud
perfecta una herida que sangra, la vista de tal herida me asombra;
pero esto no es arte. Una nota sostenida durante mucho rato por un
órgano nos produce también asombro, puede hasta hacernos llorar;
pero aquello no es música, porque no hay sentimiento expresado. Sin
embargo, tales efectos fisiológicos los toman por arte personas de
nuestra sociedad, no sólo en música, sino en poesía, en pintura, en
el teatro. No hay en verdad burla más amarga que la que consiste en
decir que el arte contemporáneo se refina. Nunca, por lo
contrario, el arte persiguió, como ahora, los efectos de brocha
gorda, nunca fue tan grosero. Europa entera admira una comedia
nueva, Hannele, de Hauptmann, en la que el autor quiere
enternecernos hablando de una joven perseguida. Para provocar tal
sentimiento por medio del arte, podía encargar a uno de sus
personajes que expresara su piedad por la joven de un modo que nos
conmoviera, o de escribir con sinceridad los tormentos de la joven.
Pero no pudiendo o no queriendo emplear tales medios, ha escogido
otra más difícil para el director de escena, pero infinitamente más
fácil para él. Nos muestra a la joven muriendo en escena; y para
acentuar el efecto fisiológico de esta agonía sobre nuestros
nervios, hace extinguir todas las luces de la sala, quedando el
espectador a oscuras. A los sonidos de una música siniestra nos hace
ver cómo el borracho de su padre persigue a la joven y le pega. La
joven se desploma, gime, suplica, y muere. Unos ángeles, que
aparecen a la sazón, se la llevan.
Y los oyentes, que no
pudieron dejar de experimentar cierta excitación, se van convencidos
de haber experimentado un verdadero sentimiento artístico. El caso
es que no hay nada artístico en una excitación de tal especie, sino
una mezcla de vaga piedad por los otros y del placer de pensar que
uno mismo queda indemne de tales penas. El efecto que nos producen
las obras de este género es de igual naturaleza que el que nos
produce la vista de una ejecución capital o el que producían a los
romanos los suplicios del circo.
La subordinación del
efecto a los sentimientos artísticos se advierte hoy de un modo
particular en la música, porque este arte tiene por su naturaleza
una acción fisiológica inmediata sobre los nervios. En vez de
expresar, por medio de una melodía revestida de armonías apropiadas,
los sentimientos que experimentó, el compositor de la nueva escuela
acumula y complica las sonoridades; tan pronto acentuándolas como
atenuándolas de nuevo, produce en el auditorio un efecto particular
de excitación nerviosa. Y el público toma este defecto fisiológico
por un efecto artístico.
El cuarto método, el de la
curiosidad, se confunde frecuentemente con el arte. ¿Cuántas veces
no oímos decir que un poema, una novela, un cuadro, y hasta una obra
musical son interesantes? Decir que una obra de arte es
interesante, equivale o a decir que nos enseña algo nuevo o que
adivinamos sólo poco a poco su sentido y que nos divierte
entregarnos a tal adivinación. Ni en uno ni en otro caso tiene nada
que ver el interés con la impresión artística.
El objeto del arte es
hacernos experimentar los sentimientos que experimentó el artista;
pero el esfuerzo de inteligencia que necesitamos para asimilarnos la
nueva información que nos trae una obra o para adivinar los enigmas
que contiene, este esfuerzo, decimos, distrayendo nuestro espíritu
de la emoción expresada, nos impide sentirla: de modo que no sólo el
hecho de ser interesante no contribuye en nada al valor
artístico de una obra de arte, sino que antes bien es un obstáculo
para la verdadera impresión artística.
Muchas condiciones debe
reunir un hombre para poder producir una verdadera obra de arte.
Este hombre debe hallarse al nivel de las más altas concepciones
religiosas de su tiempo; debe experimentar sentimientos y tener el
deseo y la capacidad de transmitirlos a otros; debe tener, por fin,
para una de las diversas formas del arte, esa capacidad especial que
se llama talento. Es muy raro que un hombre reúna tales condiciones.
Pero para producir sin cesar esas falsificaciones de arte, que hoy
pasan por arte verdadero, que hoy pagan tan bien, sólo hay que tener
talento, cosa corriente y sin valor ninguno. Entiendo por talento
la habilidad: en literatura, la habilidad que sirve para expresar
fácilmente los pensamientos y sensaciones, para notar y recordar los
detalles típicos; en pintura, para discernir y recordar las líneas,
formas y colores; en música, para distinguir los intervalos;
comprender y recordar la sucesión de sonidos. Basta que un hombre
tenga hoy día ese talento, y que sepa elegir una especialidad, para
que, con el auxilio de los métodos de falsificación de que di
cuenta, pueda fabricar indefinidamente obras destinadas a satisfacer
la necesidad de nuestras clases superiores. En todas las ramas del
arte existen reglas y recetas precisas que permiten engendrar obras
de tal especie sin experimentar ningún sentimiento. Así el hombre de
talento que sepa las reglas de su oficio puede producir en frío
obras que pasarán por artísticas.
Hoy se produce una cantidad
tan inmensa de esas obras que hay hombres que conocen centenares y
millares de obras pseudoartísticas, y que no han visto jamás una
sola de arte verdadero, ni saben siquiera a qué se reconoce el
verdadero arte.
Capítulo 11
El arte profesional, la crítica, la enseñanza artística:
su influencia en la falsificación del arte
Esta enorme y creciente
difusión de las falsificaciones del arte en nuestra sociedad, se
debe al concurso de tres factores, a saber: 1º el provecho material
que las falsificaciones reportan a los artistas; 2º la critica; y,
3º la enseñanza artística.
Cuando el arte era aún
universal, y sólo el arte religioso era apreciado y recompensado, no
había falsificaciones, o, si las había, no tardaban en desaparecer,
estando expuestas a la critica de la nación entera. Pero tan pronto
como se produjo la distinción entre el arte de los escogidos y el
arte popular, tan pronto como las clases superiores dieron en
aclamar cualquier forma artística, con tal que les aportase algún
placer, tan pronto, en fin, como esas clases comenzaron a remunerar
su pretendido arte, más aún que otra cualquiera actividad social, un
gran número de hombres se empleó en este género de actividad, y el
arte tomó un carácter nuevo y se convirtió en profesión.
Y tan pronto como ocurrió
esto, la principal y más preciosa cualidad del arte, la sinceridad,
debilitóse en grado sumo, condenada de antemano a una pronta
desaparición. El arte, el arte verdadero fue substituido por la
falsificación del arte.
El artista de profesión, en
efecto, está obligado a vivir de su arte, y esto le fuerza a
inventar indefinidamente para sus obras innumerables motivos. Ved,
por ejemplo, qué diferencia existe entre las obras producidas, de
una parte, por hombres como los profetas hebraicos, los autores de
Salmos, Francisco de Asís, Fray Angélico, los autores de la
Ilíada, y de la Odisea, los de leyendas y canciones
populares, todos aquellos hombres de otros tiempos, que, no
solamente no eran recompensados por sus obras, sino que ni aun se
cuidaban de unir a ellas sus nombres; y, de otra parte, las obras
producidas por los poetas cortesanos, por los pintores y músicos,
colmados de honores y de dinero ... Pero es aún mayor la diferencia
entre la obra de los verdaderos artistas y la de los profesionales
del arte, que al presente llenan el mundo, viviendo todos de su
comercio, es decir, del dinero que reciben de los directores de
periódicos, editores, empresarios y otros intermediarios, encargados
de poner a los artistas en relación con los consumidores del arte.
El profesionalismo es la
causa primera de la difusión entre nosotros de las falsificaciones
del arte.
La segunda causa es el
nacimiento, aún muy reciente, y el desenvolvimiento de la crítica,
es decir, de la valuación del arte, no para todo el mundo, no en
modo alguno para los hombres sencillos y sinceros, sino para los
eruditos, seres de inteligencia pervertida, y repletos al mismo
tiempo de confianza en sí mismos.
Hablando de la relación
entre críticos y artistas uno de mis amigos decía, medio en broma:
Críticos son los tontos que discuten a los sabios. Es ésta
una definición inexacta, injusta y de una dureza excesiva; pero no
deja de contener una parte de verdad; y, en todo caso, es
incomparablemente más justa que la que considera a los críticos en
posesión de derechos y de medios para explicar las obras de arte.
¡Explicar! ¿Qué es lo que
ellos explican? El artista, si lo es verdadero, ha transmitido, por
medio de su obra, a los demás hombres los sentimientos que
experimentaba. Y en estas condiciones, ¿qué queda por explicar?
Si una obra de arte es
buena, el sentimiento moral o inmoral, expresado por el artista, se
transmite de él a los demás hombres. Si se transmite a ellos y ellos
lo sienten, todas las explicaciones son superfluas. Si no se
transmite, ninguna explicación será bastante a remediarlo. La obra
del artista no puede ser explicada. Si el artista hubiera podido
explicar con palabras lo que desea transmitirnos, con palabras
habríase expresado. Si se valió del conducto del arte para
expresarse, es sin duda, porque las emociones no podían sernos
transmitidas por medio de otro conducto. ¿Qué puede decirse de la
risa o de las lágrimas que nos ayudan si es posible, a emocionarnos?
Cuando un hombre intenta interpretar con palabras, las obras de
arte, prueba su incapacidad para sentir la emoción artística. Y,
efectivamente, así sucede. Por extraño que ello pueda parecer, los
críticos han sido siempre hombres menos accesibles que los demás al
contagio del arte. Son, por lo común, hábiles escritores, instruidos
e inteligentes, pero cuya capacidad para ser emocionados por el arte
está por completo pervertida o atrofiada. Y de esto viene que sus
escritos han contribuido siempre y contribuyen poderosamente a
pervertir el gusto del público que los lee y que se fía de ellos.
La crítica no existía, no
podía existir en sociedades en las que el arte se dirigía a todos,
donde, por consiguiente, expresaba una concepción religiosa de la
vida, común a un pueblo entero. No se produjo, no podía ser
producida más que sobre el arte de las clases superiores, que no
tenía por base la conciencia religiosa de su tiempo.
El arte universal tiene un
criterio eterno definido e indudable: la conciencia religiosa. El
arte de las clases superiores carece de este criterio, y esto sucede
porque los que quieren apreciar este arte, se ven obligados a
valerse de un criterio externo. Y este criterio lo encuentran en los
juicios de l'élite, es decir, en la autoridad de hombres
considerados como superiores a los otros, y no solamente en su
autoridad, sino en la tradición formada por un conjunto de
autoridades de igual jaez. Pero esta tradición es extremadamente
falsa, tanto porque l'élite se engaña con demasiada
frecuencia, como porque los juicios que han tenido valor en su
tiempo, dejan de tenerlo cuando éste ha pasado. Por esto los
críticos, faltos de base sólida para sus juicios, se aferran
obstinadamente a sus tradiciones. Las tragedias clásicas han sido en
otro tiempo consideradas como buenas; la crítica continúa
considerándolas como tales. Dante ha sido tenido por un gran poeta,
Rafael por un gran pintor, Bach por un gran músico, y nuestros
críticos, faltos de medios para distinguir el buen arte del malo,
continúan, no solamente teniendo a aquellos artistas por grandes,
sino que tienen todas sus obras por admirables y dignas de ser
imitadas. Nada ha contribuido ni contribuye a la perversión del
público en tal grado, como las autoridades que la crítica pone por
delante. Un hombre produce una obra de arte en la que expresa a su
manera un sentimiento, que él mismo ha experimentado. Su sentimiento
se transmite a los demás hombres, y su obra atrae la atención. Pero
entonces la crítica, defendiéndose, declara que, sin ser mala, no es
sin embargo la obra de un Dante, ni de un Shakespeare, ni de un
Goethe, ni de un Rafael, ni de un Beethoven. Y el joven artista
vuelve al trabajo para copiar a los maestros que le aconsejan que
imite, y produce obras, no sólo raquíticas, sino falsas,
falsificaciones del arte.
Así, por ejemplo, nuestro
Puchkine escribe poemitas, su Oneguin, su Tsigane,
obras de un valor muy desigual, pero que son todas, no obstante,
obras de un arte verdadero. Pero he aquí que bajo la influencia de
la crítica mentirosa que exalta a Shakespeare, el mismo Puchkine
escribe sus Boris Godunof, una obra amanerada y fría; y he
aquí que los críticos exaltan esta obra y la proponen como modelo, y
he aquí que, en efecto, todo el mundo la imita, Ostrowsky en su
Mínine, Alejo Tolstoy en su Czar Borís, etc. Estas
imitaciones han atestado todas las literaturas de obras mediocres y
absolutamente inútiles. Y aquí está el peor mal que causan los
críticos: careciendo de la facultad de ser emocionados por el arte
(y les falta forzosamente, pues sin ello no tentarían lo imposible,
pretendiendo interpretar las obras de arte), ni saben conceder
importancia, ni tributar elogios más que a las obras amaneradas y
producidas a sangre fría. Por eso es por lo que ensalzan con tanta
seguridad, en literatura, a los trágicos griegos, a Dante, a Tasso,
a Milton, a Goethe y entre los autores más recientes, Zola e Ibsen,
en música, a Beethoven en su última manera y a Wagner. Para
justificar el elogio entusiástico que hacen de estos grandes
hombres, construyen infatigablemente vastas teorías; y vemos a
hombres de talento ocuparse en componer obras en conformidad con
aquellas teorías, y frecuentemente, hasta artistas verdaderos hacen
violencia a su género, y se someten a ellas.
Toda obra de falso arte
ensalzada por los críticos constituye como una puerta, a través de
la cual se cuelan las medianías.
Si los Ibsen, los
Maeterlinck, los Verlaine, los Mallarmé, los Puvis de Chavannes, los
Klinger, los Boecklin, los Stuck, los Liszt, los Berlioz, los Wagner,
los Brahms, los Ricardo Strauss, etc., son posibles en nuestro
tiempo, así como la masa inmensa de mediocres imitadores, se lo
debemos a los críticos, que continúan, aún hoy, elogiando ciegamente
las obras rudimentarias y frecuentemente hueras de sentido de los
antiguos griegos, Sófocles, Eurípides y Aristófanes, así como
también la obra de Dante, de Tasso, de Milton, de Shakespeare, la
obra entera de Miguel Angel, comprendiendo en ella su absurdo
Juicio Final, toda la obra de Bach, toda la obra de Beethoven
sin exceptuar su último periodo.
Nada más típico, desde este
punto de vista, que el caso de Beethoven. Entre sus numerosas
producciones se encuentran, a despecho de una forma siempre
artificiosa, obras de arte verdadero. Pero se vuelve sordo, no puede
oír nada, y comienza a escribir obras extrañas, enfermizas, cuya
significación permanece con frecuencia oscura. Sé que los músicos
pueden imaginar los sonidos, y que les es casi posible oír lo que
leen en el pentagrama; pero sus sonidos imaginarios jamás podrán
reemplazar a los sonidos reales, y un músico debe oír materialmente
sus obras para poder darles una forma perfecta. Puesto que Beethoven
nada podía oír, esta condición le imposibilitaba para perfeccionar
sus obras. Pero la crítica, habiendo reconocido en él a un gran
compositor, ha echado mano precisamente de sus obras imperfectas, y
a veces anormales, para rebuscar en ellas a toda costa bellezas
extraordinarias. Y para justificar estos elogios, pervirtiendo el
sentido mismo del arte musical, ha atribuido a la música la
propiedad de pintar precisamente lo que no puede pintar. Y bien
pronto aparecieron los imitadores, una muchedumbre innumerable de
imitadores, que se entregaron a la tarea de copiar esas obras
enfermizas e incompletas, esas obras que Beethoven no pudo
perfeccionar suficientemente para darles un pleno valor artístico.
Y apareció entre ellos
Wagner. Comenzó por amalgamar, en sus artículos de crítica, las
últimas obras de Beethoven con la teoría mística de Schopenhauer,
que hacia de la música la expresión de la esencia misma de la
Voluntad. Después de lo cual, se puso a componer una música más
extraña aún, fundándose en aquella teoría y en su sistema de unión
de todas las artes, y de Wagner salió una nueva multitud de
imitadores, separándose cada vez más del arte verdadero.
Tales son los resultados de
la crítica. Y no menos desastrosa es la verdadera causa que
contribuye a la perversión del arte de nuestro tiempo: me refiero a
la enseñanza artística.
Desde el día en que el
arte, dejando de dirigirse a un pueblo entero, no se dirigió más que
a una clase de ricos, convirtióse en profesión: desde el día en que
se convirtió en profesión, fueron inventados métodos para su
enseñanza; las personas que escogieron tal profesión, se pusieron a
estudiar aquellos métodos; y así se formaron las escuelas
profesionales, clases de retórica o de literatura en las escuelas
públicas, academias de pintura, conservatorios de música y de arte
dramático. Semejantes escuelas tienen por objeto la enseñanza del
arte. Pero el arte es la transmisión a otros hombres de un
sentimiento experimentado por el artista. ¿Cómo, pues, puede ser
enseñado esto en las escuelas?
No hay escuela alguna que
pueda excitar en un hombre el sentimiento, y menos aún que pueda
enseñarle cómo podrá expresar ese sentimiento de la manera especial
que le es peculiar. ¡Y, sin embargo, es en ambas cosas donde reside
la esencia del arte!
Todo lo que en las escuelas
pueden enseñar es el medio de expresar los sentimientos
experimentados por otros artistas, de la manera que esos otros
artistas los han expresado. Y esto es precisamente lo que enseñan
las escuelas profesionales; y sus enseñanzas, lejos de contribuir a
extender el arte verdadero, contribuyen a extender las
falsificaciones del arte, haciendo así más que los otros factores
por destruir en los hombres la comprensión artística.
En literatura, aprenden los
jóvenes, cómo, sin decir nada, se puede escribir una composición de
más o menos páginas sobre un motivo cualquiera, y escribirla de tal
manera, que se parezca a los escritos de autores de celebridad
reconocida.
En pintura, aprenden a
dibujar y a pintar como han pintado y dibujado los maestros
anteriores, y a representar el desnudo, es decir, lo que menos se ve
en la realidad, y lo que el hombre ocupado en la realidad tiene
menos ocasiones de pintar.
En composición, se enseña a
los jóvenes presentándoles motivos parecidos a los que han sido
tratados ya por los grandes maestros.
De la misma manera, en las
escuelas de arte dramático, los alumnos aprenden a recitar monólogos
exactamente lo mismo que los recitan los actores célebres.
Y lo mismo en música. Toda
la teoría de la música es una repetición de los métodos de que se
han servido los músicos célebres. En cuanto a la ejecución musical,
se convierte cada vez más en mecánica y semejante a la de un
autómata.
Corrigiendo un día un
estudio de uno de sus discípulos, el pintor ruso Brulof, hizo en él
uno o dos retoques, y bien pronto el mediocre estudio adquirió
vitalidad. ¡Oh, apenas ha dado usted una pincelada, y he ahí que
está todo cambiado!, dijo el discípulo. ¡Eso significa que el
arte comienza donde comienza esa pincelada!, respondió Brulof.
Ningún arte como el de la
ejecución musical para poner de relieve la justicia de este
pensamiento. Para que esta ejecución sea artística, es decir, que
nos transmita la emoción del autor, son necesarias tres condiciones
principales, para no decir nada de otras. La ejecución musical sólo
es artística cuando la nota es justa, cuando dura exactamente el
tiempo debido, y cuando es emitida con la misma intensidad de sonido
que se ha querido. La más pequeña alteración de la nota, el más
pequeño cambio de ritmo, el más pequeño esfuerzo o debilidad del
sonido destruyen la perfección de la obra, y, por consiguiente, su
capacidad de emocionarnos. La transmisión de la emoción musical, que
parece cosa tan sencilla y tan fácil de obtener, es en realidad una
cosa que sólo se obtiene cuando el ejecutante encuentra el matiz
infinitamente pequeño, necesario a la perfección. Es lo mismo en
todas las artes. Y un hombre no puede descubrir esos matices sino
cuando siente la obra, cuando se deleita directamente en contacto
con ella. Ninguna máquina sabría hacer lo que hace un bailarín, que
acomoda sus movimientos al ritmo de la música, ningún órgano de
vapor podría hacer lo que hace un pastor que canta bien, ningún
fotógrafo lo que hace un pintor; ningún retórico encontrará la
palabra o encadenamiento de palabras que encuentra sin esfuerzo el
hombre que expresa lo que siente. Por eso las escuelas podrán
enseñar, cuanto sea necesario para producir algo análogo al arte,
pero jamás lo que se necesita para producir el arte mismo.
La enseñanza de las
escuelas termina donde comienza la pincelada, es decir, donde
empieza el arte.
Y acostumbrar a los hombres
a un algo análogo al arte, equivale a quitarles la costumbre de la
comprensión del arte verdadero. Así se explica que no haya peores
artistas que los que han pasado por las escuelas y han tenido éxito
en ellas. Las escuelas profesionales producen una hipocresía del
arte, exactamente del mismo género que la hipocresía de la religión
que producen los seminarios, escuelas de teología, etc. Y por lo
mismo que es imposible en una escuela hacer de un hombre un educador
religioso, así también es imposible enseñarle a convertirse en
artista.
Las escuelas de arte tienen
una influencia doblemente funesta. Destruyen, desde luego, la
capacidad para producir el arte verdadero en todos aquellos que han
tenido la desdicha de entrar en ellas y de perder allí siete, ocho o
diez años de su vida. Y, en segundo lugar, producen enormes
cantidades de esos falsificadores del arte, que pervierten el gusto
de las masas que están en camino de invadir el mundo.
No pretendo que los jóvenes
dotados de talento no deban conocer los métodos de las diferentes
artes tal como, antes que ellos, los han elaborado los grandes
artistas. Pero bastaba, para enseñárselos, que se crease en todas
las escuelas elementales, clases de dibujo y de música, al salir de
las cuales los jóvenes bien dotados podrían perfeccionarse con toda
independencia en la práctica de su arte.
Queda, pues, demostrado que
estas tres cosas: la profesionalización de los artistas, la crítica
y la enseñanza de las artes han dado por resultado convertir a la
mayoría de los hombres en seres incapaces de comprender lo que es el
arte, preparándolos así para aceptar como arte las más groseras
falsificaciones.
Capítulo 12
La obra de Wagner, modelo perfecto de falsificación del arte
Si se quiere ver hasta qué
grado han perdido los hombres de nuestro tiempo y de nuestra
sociedad la facultad de sentir el arte verdadero, y tomado el hábito
de aceptar como arte cosas que con el arte nada tienen de común,
ningún ejemplo podrá servirnos mejor que la obra de Ricardo Wagner,
en la que, no sólo Alemania, sino también Francia e Inglaterra,
pretenden descubrir el arte más elevado y el más rico en horizontes
nuevos.
El pensamiento fundamental
de Wagner ha sido, como ya se sabe, que la música debía formar
cuerpo con la poesía, expresar todos los matices de una obra
poética. Es éste un pensamiento que él no ha hecho más que
exteriorizar, pero que es, aunque antiguo, enteramente falso, pues
cada una de las artes tiene su dominio definido, distinto al dominio
de las artes; y si la manifestación de dos de ellas se encuentran un
instante reunidas en una sola obra, como sucede en la ópera, una de
las dos debe, necesariamente estar sacrificada a la otra.
La unión del drama y de la
música inventada en el siglo XVI por los italianos, que se
imaginaban resucitar así el antiguo drama griego, no ha podido
encontrar éxito más que entre las clases superiores, y esto sólo
cuando un músico de talento (Mozart, Wéber, Rossini), inspirándose
en un motivo dramático, se abandonaba, sin embargo, a su
inspiración, y supeditaba el texto a la música. En las óperas de
estos maestros, la única cosa importante es la música compuesta
sobre cierto texto; pero en modo alguno el texto mismo; de esta
manera se podría llegar al absurdo, como por ejemplo en La flauta
encantada, sin dejar por eso la música de producir una impresión
artística.
Esto es lo que Wagner ha
soñado en corregir, uniendo de una manera más íntima la música y la
poesía. Pero el arte de la música no podía someterse al arte
dramático sin perder su propia significación, pues toda obra de
arte, si es buena, es la expresión de un sentimiento íntimo del
artista, de un sentimiento por completo excepcional, y que sólo
encuentra su expresión en una forma especial; de tal suerte, que
pretender que una producción de cierto arte haga cuerpo con una
producción de otro arte distinto, es pedir lo imposible. En efecto,
pedir que dos obras de diferentes dominios artísticos sean, de una
parte, excepcionales, sin ninguna semejanza, y que, sin embargo,
coincidan y puedan formar un todo.
Es esto tan imposible corno
encontrar dos hombres o dos hojas de un árbol, que se parezcan
exactamente. Y si dos obras de este arte coinciden, o es que la una
es una obra de arte verdadera y la otra una falsificación, o que
ambas son falsificaciones. Dos hojas naturales no pueden ser
exactamente iguales, pero dos hojas artificiales pueden serlo. Lo
mismo puede decirse de las obras de arte.
Si la poesía y la música
pueden ser apareadas, como sucede en los himnos y en los cantos, su
acoplamiento jamás es una verdadera unión, y siempre el centro de
gravedad se encuentra en una de las dos, de suerte que es una sola
la que produce la impresión artística.
Pero aun hay más. Una de
las condiciones principales de la producción artística es la
libertad absoluta del artista en absoluta abstracción de toda
exigencia exterior. Y la necesidad de ajustar una obra de música a
una obra de otro arte, constituye una exigencia exterior de ese
género, suficiente para destruir toda posibilidad de producción
artística.
Esto es, en efecto, la que
sucede con la música de Wagner. Y la prueba está en el hecho de que
la música de Wagner carece del carácter esencial de toda obra de
arte verdadero, a saber, de esa unidad, y de esa integridad que
hacen que el más pequeño cambio de forma sea suficiente para alterar
la significación del conjunto. En una obra de arte verdadero, poema,
cuadro, canto o sinfonía, es imposible cambiar de sitio una línea,
una figura, un compás, sin que se comprometa el sentido de toda la
obra, de la misma manera que es imposible, sin comprometer la vida
de un ser orgánico, cambiar de sitio uno solo de sus órganos. En las
últimas obras de Wagner, a excepción de aquellas partes menos
importantes que tienen significación musical independiente, es
posible hacer toda clase de transposiciones, poniendo delante lo que
estaba detrás, o viceversa, sin que se modifique la significación
musical. Y la razón de esto estriba en que la significación en la
música de Wagner reside en las palabras y no en la música.
La parte musical de esos
dramas de Wagner me hace pensar en el caso de uno de esos
versificadores hábiles y hueros, de los que hoy forman legión, que
conciben el proyecto de ilustrar con sus versos una sinfonía o una
sonata de Beethoven, o una balada de Chopín. Sobre los primeros
compases de un carácter especial, escribía los versos,
correspondiendo al carácter de aquellos compases. Sobre los compases
siguientes, de carácter diferente, escribiría otros versos. Y esta
nueva tirada de versos no tendría ninguna relación íntima con la
primera, y, además, los versos no tendrían ritmo ni rima. Suponeos
ahora que ese poeta recitara, sin la música, los versos compuestos
de tal manera; tendréis una imagen exacta de lo que es la música de
las óperas de Wagner, cuando se la escucha sin las palabras.
Pero Wagner no es solamente
un músico, es también un poeta. Es preciso, pues, para juzgarle
conocer también su poesía, esa poesía a la que él pretende
subordinar la música. La principal de sus obras poéticas es El
anillo de los Nibelungos. He leído con la mayor atención los
cuatro libretos que contiene este poema, y no sabré persuadir
suficientemente al lector de que los lea, para poder darse idea de
una obra, en efecto, bien extraordinaria. Es un modelo de
falsificación artística.
Pero se dice que es
imposible juzgar las obras de Wagner sin verlas en la escena. La
segunda Jornada de la Trilogía acaba precisamente de ser
representada en Moscú, el invierno pasado. Es, según me han dicho,
la parte mejor de toda la obra. Fui a verla representar, y he aquí
lo que he visto:
Cuando llegué, la enorme
sala estaba ya llena de arriba abajo. Estaban allí los grandes
duques y toda la flor de la aristocracia, del comercio, de la
ciencia, de la administración y de la burguesía media. La mayor
parte del auditorio tenía en las manos un libreto, y se esforzaba en
desentrañar su sentido. Vi también muchos músicos -algunos de edad
madura, hombres con los cabellos grises- que seguían la música con
una partitura ante los ojos. Evidentemente, se trataba de una
representación de las más importantes.
Llegué un poco retrasado;
pero se me aseguró que el corto preludio que precede a la obra, no
tenía apenas importancia, y que no había perdido mucho con faltar.
Cuando entré, estaba en escena un actor, dentro de una decoración
destinada a representar una cueva, y que, como siempre sucede,
producía cualquier cosa, menos la ilusión de que fuese auténtica. El
actor llevaba calzón de punto de mallas, una capa de piel, una
peluca y una barba postiza, y, con sus manos blancas y finas, que
delataban al comediante, forjaba una espada inverosímil con ayuda de
un martillo imposible, de una manera con la que jamás ha manejado
nadie un martillo; y; al mismo tiempo, abriendo la boca, de una
manera no menos extraña, cantaba una cosa incomprensible. Toda la
orquesta, durante aquel tiempo, se esforzaba en acompañar los
extravagantes sonidos que salían de su boca.
El libreto me hizo saber
que aquel actor representaba un poderoso gnomo que vivía en la
cueva; y forjaba una espada para Sigfrido, el muchacho que él había
educado. Y en efecto, yo había adivinado que representaba un gnomo,
pues jamás dejaba, al andar, de doblar la rodilla para achicarse. El
gnomo, abriendo siempre la boca de la misma extraña manera, continuó
mucho tiempo cantando o gritando. La música, entretanto, seguía un
curso singular: hacia la impresión de principios que no continuaban,
ni se acababan. El libreto me enseñó que el gnomo se contaba a sí
mismo la historia de un anillo que un gigante se había apropiado, y
que el gnomo deseaba procurarse con la ayuda de Sigfrido; y he aquí
por qué forjaba una espada.
Después de este monólogo,
que duró muy largo tiempo, oí a la orquesta otros sonidos,
completamente diferentes de los primeros, y que también me
produjeron la impresión de principios que no se acababan nunca. Y,
en efecto, no tardó en aparecer otro actor, llevando un cuerno al
hombro, y yendo acompañado de un hombre que corría en cuatro patas,
disfrazado de oso. Este hombre se arrojó sobre el gnomo, que hurtaba
el cuerpo, doblando siempre las rodillas. El actor del cuerno
representaba el héroe del drama, Sigfrido. Los sonidos emitidos por
la orquesta, antes de su aparición, estaban destinados a presentar
su carácter. Se les llama el leit-motiv de Sigfrido. Estos
sonidos se repiten cuantas veces aparece Sigfrido. Hay también una
combinación fija de sonidos, un leit-motiv para cada uno de
los personajes, y, siempre que el personaje que representa aparece
en escena, la orquesta repite su leit-motiv, y por cada
alusión que se hace a los personajes, la orquesta repite el leit-motiv
del personaje. Todos los objetos tienen asimismo su leit-motiv.
Hay motivo del anillo, del casco, del fuego, de la lanza, de
la espada, del agua, etc.; y la orquesta repite los tales motivos
cada una de las veces que se hace mención de aquellos diversos
objetos.
Pero vuelvo al relato de la
representación.
El actor del cuerno abre la
boca, en forma tan poco natural como el gnomo, y continúa largo
tiempo gritando palabras, y de igual manera le responde Mim, el
gnomo. El sentido de esta conversación no puede ser adivinado sin
auxilio del libreto; por él se sabe que Sigfrido ha sido educado por
el gnomo lo que hace que le deteste, y busque siempre ocasión de
matarlo. El gnomo ha forjado una espada para Sigfrido, pero éste no
está contento. La conversación dura media hora larga y ocupa diez
páginas del libreto. Ella nos revela que la madre de Sigfrido le ha
parido en un bosque, que su padre tenía una espada, la misma cuyos
pedazos trata Mim de forjar, y que Mim quiere impedir que el joven
salga del bosque. Añadiré que, durante esta conversación, a la más
ligera mención del padre, de la espada, etc., la orquesta no deja
jamás de hacer oír el leit-motiv de aquellos personajes y de
aquellas cosas.
Al fin, cesa la
conversación; se escucha una música completamente distinta -el
leit-motiv del dios Wotan. Llevando también peluca y calzón de
punto, el dios, enderezado en una postura estúpida, con una lanza en
la mano, comienza a referir toda una historia, que Mim no puede
dejar de conocer a fondo, desde hace tiempo, pero que el autor ha
juzgado preciso hacer conocer a sus oyentes. Y aun no refiere la
historia de un modo sencillo, sino bajo la forma de enigmas, que él
se hace plantear, obligándose a sacrificar la cabeza si no averigua
la respuesta. Y cuantas veces golpea el suelo con la lanza, se ve
salir fuego, y se escuchan en la orquesta los leit-motiv de
la lanza y el fuego. La orquesta, además, acompaña la conversación
con una música, en la que se escuchan, hábilmente entremezclados los
leit-motiv de los personajes de que se habla.
Estos enigmas tienen por
único objeto hacernos comprender lo que son los gnomos, lo que son
los gigantes, lo que son los dioses, y lo que ha sucedido en las
obras anteriores. Para completar la explicación, Wotan propone a su
vez tres enigmas, y después se va, y reaparece Sigfrido, y se
entretiene con Mim, durante trece páginas del libreto. No se
escucha, durante todo este tiempo, una sola melodía desarrollada; no
se escucha más que un perpetuo entrelazamiento de los leit-motiv
de las cosas y de los personajes mencionados. Mim quiere enseñar a
Sigfrido el miedo, y Sigfrido responde que él no conoce el miedo.
Terminadas por fin las trece páginas, Sigfrido coge uno de los
pedazos que pretenden representar la bigornia, y lo forja, y canta:
¡Heaho, heaho, hoho! ¡Hoho, hoho, hoho, hoho! ¡Hoheó, haho, haheo,
hoh!. Y así termina el primer acto.
Era tan fastidioso todo
esto para mí, que permanecía a disgusto en mi asiento, y, tan pronto
como terminó el acto primero, quise irme. Pero los amigos que me
acompañaban solicitaron que me quedase. Me dijeron que era imposible
juzgar una obra por el primer acto, y que el segundo, sin duda, me
gustaría más.
No tenía, sin embargo, nada
que aprender, respecto a la cuestión que me había llevado al teatro.
De un autor capaz de componer escenas como aquéllas, hiriendo todos
los sentimientos estéticos, nada había que esperar; se podía estar
cierto, sin esperarse más tiempo, de que todo lo que aquel autor
había escrito sería harto malo, pues que evidentemente no sabía lo
que era una obra de arte verdadero. Pero en torno mío se veía una
admiración y un éxtasis generales, y para descubrir las causas de
aquel éxtasis resolví esperar aún el acto segundo.
Acto II. - Noche. Después
del crepúsculo. Además, todo el acto exornado con fulgores, nubes,
claros de luna, tinieblas, fuegos mágicos, truenos, etc.
La escena representa un
bosque, y en el fondo se percibe una cueva. A la entrada de la cueva
un nuevo actor representa un nuevo gnomo. Entra el dios Wotan,
siempre con su lanza, y en traje de viajero. De nuevo la orquesta
hace oír su motivo unido esta vez a otro motivo en el
tono más bajo posible. Este motivo de bajo, designa al
dragón; los mismos sonidos de bajo se repiten aún más profundos. El
dragón comienza por decir que quiere dormir; pero después se decide
a mostrarse sobre el suelo de la cueva. El dragón está representado
por dos hombres. Va vestido con una piel verde, escamosa; de un lado
agita una cola de serpiente, y del otro agita una bocaza de
cocodrilo, por la que se ven aparecer llamas. Y el tal dragón -que
sin duda ha querido dárselas de terrible, y que podría, en efecto,
asustar a los niños de cinco años- dispone, para hablar, de una voz
de profundidad terrible. Todo esto es tan estúpido, tan parecido a
lo que se exhibe en las barracas de feria, que se pregunta uno cómo
las personas de más de cinco años pueden presenciarlo seriamente; y,
no obstante, millares de personas, al parecer ilustradas, asisten al
espectáculo, y ven y escuchan todo aquello con éxtasis, con atención
religiosa, enajenadas de placer.
Se ve aparecer a Sigfrido,
con su cuerno, y a Mim también. La orquesta hace naturalmente oír
los leit-motiv que les corresponden, y ellos se enzarzan en
la discusión de si Sigfrido sabe o no sabe lo que es el miedo.
Después se va Mim, y comienza una escena, que tiene la intención de
ser eminentemente poética. Sigfrido, vestido como en el acto
anterior, se tiende en una postura destinada a parecernos bella, y
unas veces se calla, y otras veces habla consigo mismo. Sueña,
escucha el canto ce los pájaros, desea imitarles. Con esta
intención, corta una rama con su espada, y se hace una flauta. El
crepúsculo se hace más claro, los pájaros cantan: Sigfrido intenta
imitar a los pájaros, sin dejar, no obstante, los leit-motiv
de las personas y de los objetos de que he hablado. Y Sigfrido, no
pudiendo conseguir que su flauta toque bien, se decide a tocar su
cuerno.
Toda esta escena es
insoportable. De música, es decir, de un arte que nos transmita un
sentimiento experimentado por el autor, no hay en ella ni trazas. Y
añado que nunca pude imaginarme nada más antimusical. Es algo así
como si se sintiera, indefinidamente, una esperanza de música,
seguida al punto de una decepción. Centenares de veces comienza algo
musical, pero estos comienzos son tan cortos, están tan atestados de
combinaciones de armonías, tan cargados de efectos de contraste, tan
oscuros, terminan tan pronto, y lo que sucede en escena es de una
falsedad tan inverosímil, que cuesta trabajo percibir aquellos
embriones musicales, y mucho más llegar a emocionarse. Y, por encima
de todo, desde el principio hasta el fin, la intención del autor es
tan sensible, que no se ve ni se escucha a Sigfrido y los pájaros,
sino un alemán de ideas estrechas, un alemán desnudo de gusto y de
estilo, y que, habiéndose formado una concepción grosera de la
poesía, trabaja para transmitirnos su concepción por los medios más
groseros y más primitivos.
Ya se sabe que el
sentimiento de desconfianza y de resistencia ante una obra nace
siempre de una predeterminación demasiado evidente del autor. Es
suficiente que se nos diga por adelantado: Preparaos a llorar o a
reír, para que estemos seguros de no reír ni llorar. Pero cuando
vemos que un autor nos manda emocionarnos con algo que no es
emocionante, antes bien, es ridículo o chocante, y cuando vemos
luego que este autor tiene la íntima convicción de habernos
conquistado, experimentamos un sentimiento penoso, parecido al que
nos inspiraría una vieja, vestida con traje de baile y coqueteando
con nosotros. Tal fue la impresión que sentí durante aquella escena,
mientras que en torno mío veía una muchedumbre de tres mil personas,
que, no solamente presenciaban sin pena aquellos absurdos, sino que
creían deber suyo estar enajenados.
Me resigné, sin embargo, a
escuchar la escena siguiente, en la que aparecía el monstruo con el
consabido acompañamiento de notas de bajo, entremezcladas con el
leit-motiv de Sigfrido; pero después del combate con el
monstruo, de los rugidos, los fuegos, las estocadas, etc., me fue
imposible aguantar más tiempo, y me fui del teatro con un
sentimiento de repulsión, que hoy día aun no he podido olvidar.
Y pensaba involuntariamente
en un campesino prudente, instruido, respetable, uno de esos hombres
verdaderamente religiosos que yo conozco entre nuestros aldeanos. Me
figuraba la terrible perplejidad que hubiera experimentado un hombre
así presenciando lo que yo acababa de ver. ¿Qué pensaría al calcular
cuánto trabajo se había malgastado para aquella representación,
viendo aquel auditorio, viendo aquellos grandes de la tierra
-hombres maduros, calvos, con la barba gris, hombres que él estaba
acostumbrado a respetar- viéndoles sentados, inmóviles, para mirar y
oír seis horas seguidas, semejante amasijo de absurdos?
Y, sin embargo, un
auditorio enorme, la flor de las clases ilustradas, presencia,
durante seis horas aquella absurda representación; y todo el mundo
sale de allí con la convicción de que, pagando tributo a aquellas
extravagancias, ha adquirido un nuevo derecho a tenerse por
esclarecido y por avanzado.
Hablo ahora del público de
Moscú, pero este público no es más que una parte infinitamente
pequeña del que, considerándose como lo selecto entre los
intelectuales del mundo, se forja un mérito en el hecho de haber
perdido en absoluto la facultad de la emoción artística, para poder,
no sólo asistir sin repugnancia a aquella farsa estúpida, sino
experimentar ante ella un placer extremo.
En Bayreuth, donde fue por
vez primera representada la obra, las personas que se consideraban
como la flor del mundo acudieron de los cuatro puntos cardinales,
desparramaron millares de rublos para ver en escena cosas
semejantes; y cuatro días seguidos miraron y escucharon, durante
seis horas, aquella farsa estúpida.
Pero, ¿por qué esas
personas han ido a Bayreuth, por qué continúan yendo a ver aquella
obra, y por qué se la admira? Es ésta una pregunta que fatalmente se
presenta. ¿Cómo explicar el éxito de las obras de Wagner?
La explicación es muy
sencilla. Gracias a una situación excepcional, teniendo a mano los
recursos de un rey, se encontró Wagner en estado de reunir cuantos
métodos se habrían inventado, antes de él, para la falsificación del
arte. He hablado tan extensamente de su obra, porque ninguna otra,
que yo conozca, me hace ver tan claramente todos los métodos que
sirven para falsificar el arte, tales como las trampas, el decorado,
los efectos y el llamamiento a la curiosidad.
Desde el asunto, tomado de
viejas leyendas, hasta las nubes, las salidas del sol y de la luna,
Wagner ha empleado cuanto está considerado como poético. Encontramos
en su obra el hada, la bella que duerme en el bosque, las ninfas,
los fuegos subterráneos, los gnomos, las batallas, las espadas, el
amor, el incesto, un monstruo, pájaros que cantan; hay allí un bien
repleto arsenal de poética.
Añadid que todo allí es
bonito. Son bonitos los trajes, y las decoraciones, y las ninfas y
la walkyria. Son bonitos hasta los mismos sonidos. Porque Wagner,
que estaba lejos de carecer de talento, ha inventado -verdaderamente
inventado- para acompañar su texto, combinaciones de sonidos, tan
bellos de armonía como de timbre. Toda esta belleza es de un orden
asaz bajo y de un gusto grotesco, como las mujeres hermosas que se
ven pintadas en los carteles, o como los peripuestos oficiales de
una gran parada; pero todo ello es indudablemente bonito.
En tercer lugar, todo es en
el más alto grado atrayente y efectista: los monstruos, los fuegos
mágicos, las escenas en el agua, la oscuridad en la sala, la
invisibilidad de la orquesta, y, después, las combinaciones
armónicas nuevas, y por esta razón, sorprendentes.
En fin todo es
interesante. El interés no reside solamente en la cuestión de
saber quién matará y quién será muerto, quién se casará y quién
saldrá a continuación, el interés reside además en la relación de la
música con el texto. El movimiento de las olas del Rhin: ¿cómo
expresará esto la música? Aparece en escena un gnomo sensual: ¿cómo
podrá la música expresar un gnomo? ¿Cómo expresará su sensualidad?
¿Cómo pueden ser expresadas por la música, la bravura, o el fuego, o
un anillo? ¿Cómo podrá entremezclar el autor el leit-motiv de
las personas que hablan con el leit-motiv de las personas y
de las cosas, cuando es él quien habla? Y el interés de las obras de
Wagner no termina aquí. La música por si misma, es también un
requerimiento constante de nuestra curiosidad. Se separa de todas
las leyes anteriores a ella, y produce las modulaciones por completo
nuevas (cosa, no solamente posible, sino hasta fácil para una música
que rompe con toda ley orgánica). Las disonancias son nuevas, y
están resueltas de una manera nueva. Todo esto es también muy
interesante.
Son, pues, el aparato
poético, la belleza, el efectismo y el interés, los elementos que,
merced a las particularidades del talento de Wagner y a las de su
situación, se encuentran en sus obras llevados al más alto grado de
perfección; de tal suerte que hipnotizan al espectador, como
cualquiera quedaría hipnotizado escuchando durante muchas horas las
divagaciones de un loco, declamadas con gran pujanza retórica.
Se me dirá: Usted no
puede juzgar de todo eso sin haber visto las obras de Wagner
representadas en Bayreuth, con la sala obscura, la orquesta por
completo oculta, y la ejecución impecable. Quiero admitir esto;
pero ello prueba precisamente, que no se trata aquí de arte, sino de
hipnotismo. Es exactamente lo mismo que dicen los espiritistas. Para
convencernos de la verdad de las apariciones, no dejan nunca de
decir: Usted no puede juzgar desde su casa; venga a nuestras
sesiones. Es decir: Venga, y permanezca sentado varias horas
seguidas, en la oscuridad, entre personas medio locas, renueve usted
la experiencia una docena de veces, y verá lo que nosotros vemos.
¿Y cómo no verlo? Colocaos
en esas mismas condiciones y veréis cuanto queráis, y aun llegaréis
más pronto a ese resultado, embriagándoos con vino o con opio. Igual
efecto se produce por la audición de las óperas de Wagner.
Permaneced cuatro días seguidos en la oscuridad, en compañía de
personas cuyo estado de ánimo es anormal, y por intermedio de los
nervios auditivos, someted vuestro cerebro a la acción poderosa de
comidas hechas a propósito para excitarle: no tardaréis en
encontraros en condiciones anormales, hasta el punto de que los
peores absurdos os causarán placer. Para llegar a este resultado, ni
aun tendréis necesidad de los cuatro días: las seis horas que dura
la representación de cada una de las jornadas son
suficientes. ¿Qué digo? una sola. hora basta para las personas que
no poseen ninguna concepción clara de la que el arte debiera ser, y
que han decidido de antemano que lo que van a ver es excelente, y
que saben que permanecer indiferentes o descontentos ante aquella
obra será considerado como una prueba de inferioridad o de falta de
instrucción.
Yo he observado en Moscú al
auditorio de Sigfrido. Había allí gentes que dirigían a las otras, y
daban el tono: eran gentes que habían sufrido con anterioridad la
acción hipnótica de Wagner, y que se dejaban llevar allí de nuevo,
arrastradas por la costumbre. Estas gentes se encontraban en una
condición de espíritu anormal, experimentaban un arrobamiento
perfecto. A su lado estaban algunos críticos de arte, hombres en
absoluto desposeídos de la facultad de ser emocionados por el arte,
y que, por consiguiente, se encuentran siempre dispuestos a elogiar
obras como las de Wagner, en las que todo es trabajo de
inteligencia. A continuación de estos dos grupos, estaba la gran
muchedumbre de ciudadanos, hombres indiferentes al arte, en los
cuales la facultad de ser emocionados se encontraba pervertida y en
parte atrofiada; y éstos se acogían servilmente a la opinión. de los
príncipes, financieros y otros aficionados, que, a su vez, se
acogían al dictamen de los que expresaban su opinión más alto o en
tono más seguro. -¡Oh, qué poesía! ¡Qué maravilloso es esto! ...
¡Sobre todo los pájaros! ... ¡0h, sí, sí ... estoy convencido! -así
exclamaba toda aquella muchedumbre, repitiendo a tontas y a locas lo
que acababa de oír afirmar a los hombres cuya opinión les parecía
autorizada.
A pesar de esto, acaso
había allí personas que se sentían molestas por lo absurdo y lo
vulgar del pretendido arte nuevo; pero se callaban tímidamente, lo
mismo que un hombre en ayunas permanece silencioso y tímido cuando
se ve rodeado de borrachos.
Así es cómo, merced a la
prodigiosa maestría con que falsifica el arte, sin nada de común con
él, una obra grosera, baja y vacía de sentido, es admitida por el
mundo entero, cuesta representarla millones de rublos y contribuye
progresivamente a pervertir el gusto de las clases superiores,
alejándolas cada vez más del arte verdadero.
Capítulo 13
Dificultad de distinguir el arte verdadero de su falsificación
De sobra sé que la mayoría de los hombres,
hasta los más inteligentes, con dificultad reconocen una verdad, aun
la más sencilla y evidente, si esta verdad les obliga a tener por
falsas ideas a las que están aferrados, que han enseñado a otros y
sobre las cuales han formado su vida. Así es que abrigo poca
esperanza de que lo que digo de la perversión del gusto en nuestra
sociedad, sea admitido por mis lectores, o siquiera tomado
seriamente en consideración. Y, sin embargo, no puedo menos de
plantear la conclusión a que fatalmente me conducen mis escarceos
sobre el problema del arte. Esta conclusión es que lo que la mayor
parte de nuestra sociedad mira como arte, como arte bueno, como el
colmo del arte, lejos de ser eso, no es otra cosa que una
falsificación del arte verdadero. Esta conclusión parecerá, ya lo
sé, extraña y paradójica; pero si solamente admitimos que el arte es
una actividad humana, por medio de la cual ciertos hombres
transmiten a otros sus sentimientos y no un culto de la belleza, ni
una manifestación de la idea, ni nada parecido , nos veremos
forzados a admitir aquella conclusión como está empleada. Si el arte
es una actividad por la que el hombre transmite a otros
sentimientos, fuerza nos será confesar que todo lo que llamamos arte
en nuestra sociedad, de todos esos dramas, cuentos, novelas,
cuadros, bailes, etc., apenas si la cienmilésima parte procede de
una impresión sentida por el autor, no siendo el resto mas que
falsificaciones de arte, en donde el gusto, el ornato, los efectos y
el interés reemplazan al contagio del sentimiento. He leído en
alguna parte que sólo en Paris el número de pintores pasa de veinte
mil; probablemente, habrá otros tantos en Inglaterra, otros tantos
en Alemania, otros tantos en el resto de los países de Europa.
Resulta, pues, que existen en Europa cien mil pintores;
aproximadamente ; y sin duda se encontrarán también cien mil músicos
y cien mil literatos. Si estos trescientos mil individuos producen
cada uno tres obras por año, se puede contar anualmente con cerca de
un millón de pretendidas obras de arte. Y ahora, ¿cuántos
inteligentes en arte son impresionados por ese millón de obra? Sin
hablar de las clases trabajadoras, que no tienen idea alguna de esas
producciones, apenas si los hombres de las clases superiores conocen
un millar de ese millón, y si pueden acordarse de una por cada diez
mil. Consiste esto en que las tales obras son sólo simulacros de
arte, no producen más que la impresión de un pasatiempo para la
muchedumbre de los ricos, y están destinadas a desaparecer tan
pronto como son producidas.
La situación de un hombre
de nuestra sociedad que pretendiese descubrir una obra de arte
verdadero entre la masa de obras que quieren pasar por artísticas,
se asemeja a la de uno a quien condujesen, durante dos leguas, a lo
largo de una calle, cuyo pavimento fuese de mosaico de pedrería
artificial, y quien quisiera reconocer el único diamante, rubí o
topacio verdadero que él suponga poderse encontrar entre aquel
millón de falsificaciones.
Aun más: la dificultad de
distinguir las obras de arte verdadero está en nuestros días
acrecentada por el hecho de que la calidad exterior del trabajo en
las obras falsas, no sólo no es peor, sino que frecuentemente es
mejor que en las verdaderas; pues la falsificación produce más
efecto que el arte verdadero y sus asuntos son siempre más
interesantes. ¿Cómo, pues, distinguir el arte verdadero del falso?
¿Cómo distinguir entre un millón de obras de similar, una cuya forma
externa no se diferencia de las otras?
Para un hombre cuyo gusto
no estuviese pervertido sería esto tan fácil como fácil es para un
animal que no tiene el olfato pervertido seguir un rastro en una
selva, aunque se entrecruce con otros cien. El animal encuentra
indefectiblemente ese rastro. Y lo mismo haría el hombre, si sus
cualidades naturales no estuviesen pervertidas. Encontraría
infaliblemente, entre millares de objetos, la única obra de arte
verdadero, es decir, que le comunica sentimientos particulares y
nuevos. Pero no puede esto suceder con aquellos cuyo gusto ha sido
pervertido por su educación o su manera de vivir. En ellos la
facultad natural de ser impresionados por el arte se encuentra
atrofiada, y al valuar las obras de arte se ven forzados a dejarse
guiar por la discusión y el estudio, que contribuyen aún más a
descaminarlos. Y tanto es así, que la mayor parte de los hombres en
nuestra sociedad son absolutamente incapaces de distinguir una obra
de arte de su más grosera falsificación. Estos hombres se condenan a
permanecer horas enteras en el teatro, para escuchar obras de Ibsen,
de Maeterlinck, de Hauptmann o de Wagner; creen obligatorio el leer
las novelas de Zola, Huysmans, Bourget o Kipling, mirar los cuadros
que representan, o bien cosas incomprensibles, o bien otras que
pueden ver mejor en la vida real; y consideran como una necesidad
para ellos estar enamorados de todo eso, imaginándose que es arte,
mientras que las obras de arte verdadero les inspiran profundo
desprecio, sencillamente porque, en su círculo, aquellas obras no
están catalogadas entre las obras de arte.
Y así, por extraño que esto
pueda parecer, afirmo que entre los hombres de nuestra sociedad, de
los cuales algunos componen versos, novelas, óperas y sinfonías,
pintan cuadros y esculpen estatuas, y discuten y condenan, y exaltan
mutuamente sus producciones, afirmo que; entre todos esos hombres,
hay apenas un centenar que conocen el sentimiento producido por una
obra de arte, y distinguen ese sentimiento de las diferentes formas
de diversión y de excitación nerviosa que pasan, en nuestros días,
por obras de arte.
Capítulo 14
El contagio artístico, criterio del
arte verdadero.
Y, sin embargo, hay un
signo cierto e infalible para distinguir el arte verdadero de sus
falsificaciones: es lo que llamaré contagio artístico. Si un hombre,
sin esfuerzo alguno de su parte, recibe, en presencia de la obra de
otro hombre, una emoción que le une a él, y otros han recibido al
mismo tiempo igual impresión, es que la obra, en presencia de la
cual se encuentra, es una obra de arte. Y una obra que puede ser
bella, poética, rica en efectos e interesante, no es obra de arte si
no despierta en nosotros aquella emoción particular, la alegría de
sentirnos en comunión artística con el autor y con los hombres en
compañía de quienes leemos, vemos o escuchamos la obra en cuestión.
Sin duda, éste es un signo
por completo interno, y sin duda las personas que jamás han
experimentado la impresión producida por una obra de arte, pueden
imaginarse que el entretenimiento y la excitación nerviosa que
provocan las falsificaciones constituyen impresiones artísticas.
Pero tales personas no son como los daltonistas, a los cuales nadie
puede convencer de que el color rojo no es el color verde. Fuera de
ellas, para todo hombre de gusto no pervertido o atrofiado, el signo
que dejo dicho conserva todo su valor, permitiéndole distinguir
claramente la impresión artística de todas las demás. La
particularidad principal de esta impresión consiste en esto: en que
el hombre que la recibe, encuéntrase, por decirlo así, confundido
con el artista. Le parece que los sentimientos que le transmiten no
provienen de otra persona, sino de sí mismo, y que cuanto el artista
expresa, él mismo pensaba, hacia tiempo, expresarlo. La obra de arte
verdadero suprime la distinción entre el hombre a quien se dirige y
el artista, como asimismo entre aquel hombre y todos los demás a
quien se dirige la obra. Y en esta supresión de toda separación
entre los hombres, en esta unión entre el público y el artista,
consiste la principal virtud del arte.
¿Experimentamos este
sentimiento en presencia de una obra? Es que se trata de una obra de
arte. ¿No lo experimentamos, no nos sentimos unidos al autor y a los
hombres a quienes la obra está dedicada? Es que no hay arte en la
obra. Y no solamente el poder del contagio es el signo infalible del
arte, sino que el grado de ese contagio es la única medida de la
excelencia del arte.
Cuanto más fuerte es el
contagio, tanto más verdadero es el arte, como tal arte,
independientemente de su contenido, es decir, del valor de los
sentimientos que nos transmite.
Y el grado del contagio
artístico depende de tres condiciones: 1° de la mayor o menor
singularidad, originalidad, novedad de los sentimientos expresados;
2°, de la mayor o menor claridad en la expresión de esos
sentimientos; 3°, de la sinceridad del artista, o de la intensidad
mayor o menor con que experimenta él mismo los sentimientos que
expresa.
Cuanto más singulares y
nuevos son los sentimientos, más se aferran al individuo a quien se
transmiten. Este recibe una impresión tanto más viva, en cuanto es
más singular y más nuevo el estado de alma a que se encuentra
transportado.
La claridad con que son
expresados los sentimientos determina en segundo lugar el contagio,
porque, dada nuestra impresión de estar unidos con el autor, es
mucho más grande nuestra satisfacción, si se encuentran claramente
expresados aquellos sentimientos que, desde hace tiempo, nos parece
experimentar y que acabamos de expresar felizmente.
Pero, sobre todo, el grado
del contagio artístico se determina por el grado de sinceridad del
artista. Desde que el espectador, el oyente, el lector, adivinan que
el artista está emocionado por su propia obra, se asimilan todos sus
sentimientos; y por lo contrario, cuando adivinan que el autor no
produce su obra para sí mismo, que no siente lo que expresa nace en
ellos un deseo de resistencia, y ni la novedad del sentimiento, ni
la claridad de la expresión les lleva a la emoción deseada.
Hablo de las tres
condiciones del contagio artístico; pero, en realidad, las tres se
reducen a la última, que exige al artista que experimente por cuenta
propia, los sentimientos que expresa. Esta condición implica, en
efecto, la primera, pues si el artista es sincero expresará el
sentimiento tal como lo ha experimentado; y, como cada hombre
difiere de los demás, los sentimientos del artista serán tanto más
nuevos para los demás hombres, cuanto más profundamente los haya él
experimentado. Y, de la misma manera, cuanto más sincero es el
artista, con mayor claridad expresará el sentimiento nacido en su
corazón.
La sinceridad es también la
condición esencial del arte. Esta condición está siempre presente en
el arte popular, y falta casi siempre en el arte de las clases
superiores, en el que el artista tiene siempre en cuenta las
circunstancias de provecho, de conveniencia o de amor propio
profesional.
He aquí, pues, por qué
signo cierto se puede diferenciar el arte verdadero de su
falsificación, y cómo es posible medir el grado de excelencia del
arte, como arte en sí, independientemente de su contenido. Pero se
presenta ahora otro problema: ¿por qué signo se distinguirá, en el
contenido del arte, cuál es bueno y cuál es malo?
Capítulo 15
El arte bueno y el malo
El arte es, como la
palabra, uno de los instrumentos de unión entre los hombres, y, por
consiguiente, de progreso, es decir, la marcha progresiva de la
humanidad hacia la dicha. La palabra permite a las generaciones
nuevas conocer cuánto han aprendido, por la experiencia y la
reflexión, las generaciones precedentes y los más sabios de sus
contemporáneos; el arte permite a las generaciones nuevas
experimentar los mismos sentimientos que han experimentado las
precedentes, y los mejores de sus contemporáneos. Y de la misma
manera que se verifica la evolución de los conocimientos, cuando los
conocimientos reales y útiles substituyen a los caducos, igual se
genera la evolución de los sentimientos por medio del arte. Los
sentimientos inferiores, menos buenos o menos útiles para la dicha
del hombre, son substituidos sin cesar por mejores sentimientos, más
útiles para aquella dicha. Tal es el destino del arte. Y, por
consiguiente, el arte, en cuanto a su contenido, es mejor cuando
mejor cumple aquel destino, y es menos bueno, cuando lo cumple menos
bien.
Luego, la valuación de los
sentimientos, o sea la distinción entre los que son buenos y los que
son malos para la dicha del hombre, es obra de la conciencia
religiosa de una época.
En todas las épocas
históricas y en todas las sociedades, existe una concepción superior
-propia de cada época- del sentido de la vida, y ella es la que
determina el ideal de felicidad, hacia el cual tienden cada época y
cada sociedad. Esta concepción
constituye la conciencia religiosa. Y esta conciencia se encuentra
siempre expresada con claridad por algunos hombres escogidos,
mientras que el resto de sus contemporáneos la sienten con mayor o
menor intensidad. Nos parece, a veces, que esta conciencia falta en
ciertas sociedades; pero, en realidad, no es que falte, es que no
queremos verla, porque no está de acuerdo con nuestra peculiar
manera de vivir.
La conciencia religiosa es
a la sociedad lo que la corriente a un río. Si el río corre, es que
hay corriente que le hace correr. Y si la sociedad vive, es que
existe una conciencia religiosa que determina la corriente que
siguen todos los hombres de esa sociedad.
Por esto, en toda sociedad
ha habido y habrá siempre conciencia religiosa. Y en conformidad con
esta conciencia religiosa, han sido valuados siempre los
sentimientos expresados por el arte. Y solamente sobre la base de la
conciencia religiosa de todos los tiempos, es como han podido
discernir los hombres en la variedad infinita del dominio del arte,
los asuntos capaces de producir sentimientos conformes con el ideal
religioso de su tiempo. Y el arte que expresaba aquellos
sentimientos era altamente apreciado mientras que el que expresaba
sentimientos derivados de la conciencia religiosa de épocas
anteriores, sentimientos gastados, rancios, ha sido siempre
desdeñado y abandonado. Y, en cuanto a ese arte que expresaba la
variedad infinita de otros sentimientos de todas clases, no era
admitido y avalorado, sino en el caso de que los sentimientos
expresados no fuesen contrarios a la conciencia religiosa. Así, por
ejemplo, entre los griegos, se separaba el resto, se apreciaba y se
avaloraba el que expresaba los sentimientos de la belleza, de la
fuerza, de la virilidad (Hesíodo, Hornero, Fidias), mientras que era
condenado y desdeñado el que traducía los sentimientos de
sensualidad grosera, de rebajamiento, de tristeza. Entre los judíos
era admitido y apreciado el arte que expresaba los sentimientos de
sumisión a Jehová, mientras que se condenaba y desdeñaba el que
denotaba sentimientos idolátricos; y lo restante del arte -cantos,
adornos de viviendas, vasos, vestidos- siempre que no fuese
contrario a la conciencia religiosa, ni estaba condenado, ni
avalorado. Siempre y en todas partes, fue el arte valuado según su
contenido, y así debiera seguir siéndolo siempre, en atención a que
esta manera de considerar el arte proviene de la esencia misma de la
naturaleza humana, y ésta es invariable.
No ignoro que, siguiendo
una opinión extendida en nuestro tiempo, la religión es un
prejuicio, del que la humanidad está ya libre, y resultará de esto
que no existe en nuestro tiempo conciencia religiosa común a todos
los hombres y que pueda servir de base a una valuación del arte. Sé
también, que esta opinión pasa por ser la de las clases más
ilustradas de nuestra sociedad. Los hombres que no quieren reconocer
el verdadero sentimiento del cristianismo, inventando toda suerte de
doctrinas filosóficas y estéticas para ocultar a sus propios ojos la
sinrazón de su vida, no pueden ser de otra opinión. Sinceramente o
no, confunden la idea de un culto religioso con la de la conciencia
religiosa, y rechazando el culto, se imaginan rechazar con el mismo
golpe a la conciencia religiosa. Pero todos esos ataques contra la
religión, todas esas tentativas de establecer una filosofía
contraria a la conciencia religiosa de nuestro tiempo, todo eso
prueba bastante claramente la existencia de aquella conciencia, y
que ella prueba la vida de los hombres que la tocan y la
contradicen.
Si se determina en la
humanidad, un progreso, es decir, un paso hacia adelante, forzoso es
necesariamente que algo designe a los hombres la dirección que deben
seguir en la marcha. Pues tal ha sido siempre el papel de las
religiones. Toda la historia nos demuestra que el progreso de la
humanidad se ha verificado siempre bajo la guía de una religión. Y
como el progreso no se detiene, como su marcha ha de continuar
durante nuestro tiempo, nuestro tiempo necesita también una religión
propia. Y si nuestro tiempo, como todos los demás, tiene su
religión, sobre esta base debe el arte ser valuado, y sólo deben ser
apreciadas las obras que provengan de la religión de nuestro tiempo,
y todas las obras contrarias a esta religión deben ser condenadas, y
todo lo restante en materia de arte, tratado con indiferencia.
Desde luego, la conciencia
religiosa de nuestro tiempo consiste, de una manera general, en
reconocer que nuestra dicha material y espiritual, individual y
colectiva, actual y permanente, reside en la fraternidad de todos
los hombres, en nuestra unión para una vida común. Esta conciencia,
no sólo se encuentra afirmada, bajo las formas más diversas por los
hombres de nuestro tiempo, sino que es la que sirve de hilo
conductor a todo el trabajo de la humanidad, trabajo que tiene por
objeto, de una parte la supresión de todas las barreras físicas y
morales que se oponen a la unión de los hombres, y de otra, el
establecimiento de principios comunes a todos los hombres, en
nuestra unión para una vida común. Es fraternidad universal.
Sobre el fundamento de esta
conciencia religiosa es, pues, que debemos evaluar todas las
manifestaciones de nuestra vida, y, entre ellas, nuestro arte:
separando del resto, en los productos de ese arte, a todos los que
expresen sentimientos acordes con la conciencia religiosa, y
rechazando y condenando todos los que sean contrarios a ella.
La falta principal que han
cometido las clases directoras de la sociedad en tiempos del mal
llamado Renacimiento, y que nosotros continuamos cometiéndola, no
consiste tanto en que el hombre haya dejado de apreciar la
significación del arte religioso, como en que ocupando el sitio del
desaparecido arte religioso, ha establecido un arte indiferente, que
no tiene otro objeto que el entretenimiento, y que no merecía ser
apreciado ni avalorado.
Decía uno de los Padres de
la Iglesia que el peor mal para los hombres no estriba en que
ignoren a Dios, sino en que han colocado al diablo en el sitio de
Dios. Lo mismo sucede con el arte. El peor mal de las clases
superiores de nuestro tiempo, no consiste en que carecen de un arte
religioso, sino en que han elevado al puesto superior, en el que
sólo merece ser admitido aquel arte, a un arte indiferente, funesto
a veces, cuyo objeto es divertir a determinados hombres, siendo por
lo tanto contrario al principio cristiano de la unión universal, que
constituye el fondo de la conciencia religiosa de nuestro tiempo.
Sin duda el arte que
satisfaría las aspiraciones religiosas de nuestro tiempo, no puede
tener nada de común con las artes de épocas anteriores; pero esto no
impide que el ideal del arte religioso de nuestro tiempo esté
perfectamente claro y definido para todo hombre que reflexione, y
que no se separe al propio intento de la verdad. En las épocas
anteriores, en que la conciencia religiosa unía a un solo grupo de
hombres -los ciudadanos judíos, atenienses y romanos-, los
sentimientos expresados por el arte provenían del deseo de poderío,
de grandeza, de gloria, de estos grupos particulares, y el arte
podía hasta tomar por héroes a hombres que ponían al servicio de su
grupo la violencia o la astucia (Ulises, Hércules, y, en general,
los héroes antiguos). La conciencia religiosa de nuestra época no
admite, por lo contrario, grupos separados entre los hombres, pues
exige la unión de todos sin excepción, y por encima de todas las
virtudes, coloca el amor fraternal de la humanidad entera, y, por
consiguiente, los sentimientos que debe expresar el arte de nuestro
tiempo no solamente no deben coincidir con los de las artes
anteriores, sino que por fuerza han de ser opuestos a ellos.
Y si jamás hasta el
presente se ha podido constituir un arte cristiano, verdaderamente
cristiano, consiste esto en que la concepción religiosa cristiana no
es uno de esos pequeños avances que la humanidad realiza sin cesar,
sino una evolución enorme, destinada a modificar por completo, tarde
o temprano, la manera de vivir de los hombres y sus sentimientos
interiores. La concepción cristiana ha dado una dirección diferente
y nueva a todos los sentimientos de la humanidad, y, por
consiguiente, no podía dejar de modificar por entero la materia y
significación del arte. Fue posible a los griegos sacar provecho del
arte de los persas, y a los romanos del de los griegos, y a los
judíos del de los egipcios, porque la base de sus ideales era la
misma. El ideal de los persas era, en efecto, la grandeza y
prosperidad de los persas, como el de los griegos era la grandeza y
prosperidad de los griegos. Un solo y único arte podía así
modificarse en condiciones nuevas, y convenir a nuevas naciones.
Pero el ideal cristiano, por lo contrario, ha modificado, derribado
a todos los demás, de tal suerte que, como dice el Evangelio, lo
que era grande ante los hombres, se ha vuelto pequeño ante Dios.
Este ideal no consiste en el poderío, como el de los egipcios, ni en
la riqueza, como la de los fenicios, ni en la belleza, como la de
los griegos, sino en la humildad, en la resignación, en el amor. El
héroe no es el rico: es Lázaro, el mendigo. María Egipciaca es
admirada, no por su belleza, sino por su penitencia. La acumulación
de riquezas no es celebrada como virtud; celébrase la renuncia de
ellas. Y el objeto supremo del arte no es la glorificación del
éxito, sino la representación de un alma humana tan penetrada de
amor, que permite al mártir compadecer y amar a sus perseguidores.
Y así se explica que el
mundo cristiano haya abandonado con tanta pena el arte pagano, al
que estaba habituado. El contenido del arte religioso cristiano es
para los hombres cosa tan nueva, tan diferente del contenido de
artes anteriores, que aquellos se hacen, de propio intento, la
impresión de que el arte cristiano es una negación del arte, y se
aferran desesperadamente a la antigua concepción artística. Y he
aquí que, por otra parte, esta concepción antigua, no teniendo su
origen en nuestra conciencia religiosa, ha perdido para nosotros
toda significación, de suerte que, de buen o mal grado, nos vemos
precisados a separarnos de ella.
La esencia de la conciencia
cristiana consiste en que todo hombre reconozca su filiación divina,
y, como consecuencia de esta filiación, la unión de todos los
hombres con Dios y entre sí mismos siguiendo lo que dice el
Evangelio (San Juan, XVII, 21); y de esto resulta que la única
materia de arte cristiano debe ser la formada por todos los
sentimientos que realizan la unión de los hombres con Dios y entre
sí mismos.
Estas palabras de unión
de los hombres con Dios y entre sí mismos, por oscuras que
puedan parecer a los espíritus suspicaces, tienen, sin embargo, un
sentido perfectamente claro. Significan que la unión cristiana, al
contrario de las uniones parciales y exclusivas de algunos hombres,
une entre sí a todos los hombres sin excepción.
Es, desde luego, propiedad
esencial del arte, de todo arte, unir a los hombres entre sí. Todo
arte da como resultado que los hombres que reciben el sentimiento
transmitido por el artista se encuentren mediante él unidos, en
primer lugar con el artista mismo, y, en segundo, con todos los que
reciben igual impresión. Pero el arte no cristiano, al unir a unos
cuantos hombres, los separa por este hecho del resto de la
humanidad, de tal modo que esta misión parcial es frecuentemente
causa de alejamiento entre los hombres, sin excepción, bien evocando
entro los hombres un mismo sentimiento, por sencillo que sea,
siempre que no contradiga al cristianismo, y pueda ser extendido a
todos los hombres sin excepción. Sólo estos dos órdenes de
sentimientos pueden formar, en nuestro tiempo, la materia del arte
bueno en cuanto al contenido.
Así, pues, pueden existir
hoy dos clases de arte cristiano: primero, el arte que expresa los
sentimientos dimanados de nuestra concepción religiosa, es decir, de
la concepción de nuestro parentesco con Dios y con todos los
hombres; y segundo, el arte que expresa los sentimientos accesibles
a todos los hombres del mundo entero. La primera de estas dos formas
da lugar al arte religioso en el sentido limitado de la
palabra; la segunda al arte universal.
El mismo arte religioso
puede dividirse en dos partes: un arte superior y otro inferior; el
arte superior es el que expresa directa e inmediatamente los
sentimientos emanados del amor de Dios y del amor del prójimo; el
arte religioso inferior es el que expresa los sentimientos de
descontento, decepción y desprecio por todo lo que es contrario al
amor de Dios y del prójimo.
Y el arte universal puede
también dividirse de la misma manera en arte superior, asequible a
todos los hombres en todas partes, y arte inferior, asequible tan
sólo a todos los hombres de cierta nación y de cierta época.
La primera de las dos
grandes formas del arte, la del arte religioso, superior o inferior,
se manifiesta especialmente en literatura, y a veces también en la
pintura y la escultura; la segunda forma, la del arte universal, que
expresa sentimientos asequibles a todo el mundo, puede expresarse en
la literatura, la pintura, la escultura, el baile y la arquitectura,
y, particularmente, en la música.
Si se me pidiera designar,
en el arte moderno, modelos de cada una de esas formas del arte, y
en primer término modelos de arte religioso, así superior como
inferior, indicaría, entre los contemporáneos, a Víctor Hugo con sus
Miserables, y también todas las novelas de Dickens: Las
Dos Ciudades; la Noche Buena, etc. Indicaría la Cabaña
del tío Tom y las obras de Dostoievski, en especial su Casa
de los Muertos, y el Adam Bebe, de Jorge Eliot.
En la pintura
contemporánea, ¡cosa singular! apenas si existen obras de arte de
esta especie que expresen el sentimiento cristiano del amor a Dios y
al prójimo; y aun lo que existe debemos buscarlo en medianos
artistas. Son muchos los cuadros evangélicos; pero todos ellos se
refieren a asuntos históricos, reconstituidos con más o menos
detalles; ninguno de ellos expresa sentimientos personales de
ciertos pintores. Pero no sé de cuadros que exalten la abnegación
personal o la caridad cristiana. Cuando más, a veces se encuentra,
en humilde pintor, una obra que expresa sentimientos de bondad y
compasión. Otros cuadros, de género semejante, representan con
simpatía y respeto la vida de las gentes que trabajan. Tales son el
Angelus, de Millet o su Cavador, y también algunos
lienzos de Julio Bretón, de Lhermitte, de Defregger, etc. Puedo
además citar algunos cuadros referentes a lo que he llamado el arte
religioso inferior, es decir, cuadros que despiertan el odio a lo
que es contrario al amor de Dios y del prójimo: verbigracia, el
Tribunal, del pintor Gay. Pero también estos cuadros son muy
raros. El cuidado de la técnica y la belleza borra a menudo el
sentimiento religioso de los pintores. El célebre cuadro de Géróme,
Pollice verso, no denota el horror del asunto que en él se
representa, sino más el placer del artista que disfruta de un
hermoso espectáculo.
Pero mayor trabajo me
costaría designar en el arte contemporáneo modelos de la segunda
forma del arte, la que expresa sentimientos accesibles a todos los
hombres, o tan sólo a un pueblo entero. Hay muchas obras que por la
naturaleza del asunto, podrían incluirse en esta clase: tales como
Don Quijote, las comedias de Moliere, el Pickwick Club,
de Dickens, las narraciones de Gogol, de Puchkine, algunas de
Maupassant, y aun las novelas de Dumas padre; pero todas estas obras
denotan sentimientos tan particulares de tiempo y lugar y tienen tan
menguado argumento, que sólo son accesibles a los hombres de una
época limitada, y no podrían sostener la comparación con las obras
maestras del arte universal de otro tiempo. Ved, por ejemplo, la
historia de José, hijo de Jacob. Los hermanos de José vendiéndolo a
unos mercaderes, por celos del favor que le dispensa su padre; la
mujer de Putifar queriendo seducir a José; éste perdonando a sus
hermanos y todo lo demás: he ahí sentimientos que el labriego ruso
puede compartir con el chino y el africano, el viejo con el niño y
el sabio con el ignorante; y todo eso está descrito con sobriedad,
sin particularidades inútiles, de tal manera, que podéis trasladar
la historia al sitio que os plazca, sin que pierda nada de su
claridad y su fuerza dramática. ¡Cuán diferentes son los
sentimientos de Don Quijote o de los héroes de Moliere, aun
cuando Moliere sea el más universal, y por lo tanto el más grande de
los artistas modernos! ¡Y más diferentes todavía los sentimientos de
Pickwick o de los héroes de Gogol! Estos sentimientos son tan
particulares que para hacerlos más intensos, los autores han debido
adornarlos con detalles de tiempo y de lugar. Y esta superabundancia
de detalles los hace inaccesibles a todo hombre que vivía en un
medio distinto al que describe el autor.
El autor de la historia de
José no ha juzgado necesario describirnos minuciosamente como
haríamos hoy la túnica ensangrentada de José ni el vestido de Jacob
o la casa en que éste vivía ni los atavíos de la mujer de Putifar.
Los sentimientos expresados en la historia son tan reales que
cualquier detalle parecería superfluo y debilitaría la expresión de
tales sentimientos. El autor no emplea más que los datos
indispensables, y nos dice, por ejemplo, que José, al encontrar a
sus hermanos, se va a llorar a un cuarto contiguo. Merced a esta
omisión de inútiles detalles, su relato es accesible a todos los
hombres, conmueve a los hombres de todas las naciones, de todas las
edades, de todas las clases, y ha llegado hasta nosotros a través de
los siglos, y nos sobrevivirá millares de años. ¡Probad, por el
contrario a limpiar de detalles accesorios las mejores novelas de
nuestro tiempo, y veréis lo que de ellas queda!
Así, pues, no es fácil
encontrar en la literatura moderna una obra que reúna todas las
condiciones de la universalidad. Y las pocas obras que, por su
contenido, podrían llenar esa condición, quedan deslucidas, las más
de las veces, por lo que se llama realismo y que mejor
debiera llamarse provincialismo del arte.
Lo mismo ocurre con la
música y por idénticos motivos. A causa de la pobreza del asunto, es
decir, de los sentimientos, las melodías de los músicos modernos son
de una trivialidad desesperante. Con objeto de disimular la variedad
de estas melodías, los músicos se esfuerzan por llenarlas con
infinidad de armonías y modulaciones complicadas, que no son
inteligibles más que para un reducido circulo de afiliados a
determinada escuela musical. Toda melodía puede ser comprendida por
todos; pero en cuanto se enlaza con determinada armonía ya no puede
ser comprendida más que por los hombres familiarizados con esa
armonía, y resulta ajena no sólo a los hombres de las demás
naciones, sino también a todos los que, aún siendo compatriotas del
autor, no están como él, acostumbrados a ciertas formas del
desarrollo musical.
Si exceptuamos las marchas
y los bailes que expresan sentimientos inferiores, pero comunes a la
generalidad de los hombres, es muy pequeño el número de las obras
que responden a nuestra definición del arte universal.
Citaré, como ejemplos, la
célebre Aria, de Bach, el Nocturno en mi bemol mayor,
de Chopín y una docena de pasajes escogidos entre las obras de Haydn,
Mózart, Wéber, Beethoven y Chopin.
El propio fenómeno se
produce en la pintura, pues a imitación de literatos y músicos, los
pintores ocultan la carencia de sentimiento con la profusión de
adornos, limitando así el alcance de sus obras. Y no obstante, en
pintura es mucho mayor el número de obras que reúnen condiciones de
universalidad, es decir, que expresan sentimientos accesibles a
todos los hombres. Retratos, paisajes, pintura de género, etc.
Podría citar aquí una infinidad de obras de los pintores modernos
que expresan sentimientos de fácil comprensión para todos los
hombres.
En resolución, no hay más
que dos clases de arte cristiano, es decir, de arte que debe
considerarse hoy como bueno; y todo lo demás, todas las obras no
comprendidas en esas dos categorías, deben ser consideradas como
productos de un arte malo, que no sólo no merece ser aplaudido, sino
que, por el contrario, debe ser condenado y despreciado, ya que en
vez de unir a los hombres, los separa. Esto es lo que ocurre en
literatura con los dramas, novelas y poemas que expresan
sentimientos exclusivos, propios tan sólo de la clase de los ricos y
los ociosos, sentimientos de honor aristocrático, de pesimismo,
corrupción y perversión del alma, resultado del amor, sexual. En
pintura, se deberían tener por malas todas las obras que representan
los placeres y diversiones de la vida rica y ociosa, y también todas
las obras de asunto voluptuoso, todos esos desnudos escandalosos que
llenan hoy los museos y exposiciones. A la misma categoría de
nuestro tiempo, esta música que sólo expresa sentimientos egoístas,
propios de hombres de gusto depravado. Toda nuestra música de ópera
y de cámara, empezando por Beethoven, la música de Schumann, Berlioz,
Liszt y Wagner, consagrada por entero a la expresión de sentimientos
que sólo pueden comprender aquellos que le han dedicado su
sensibilidad nerviosa y enfermiza, toda esa música, salvo raras
excepciones, depende del arte que debemos tener por malo.
-¡Cómo!, se objetará; ¿la
Novena Sinfonía incluida entre las producciones de arte malo? ...
-¡Sin duda!, afirmaré yo.
Todo lo que he escrito y se acaba de leer, lo escribí tan sólo para
llegar a establecer un criterio claro y razonable que permita juzgar
el valor de las obras de arte. Y ahora ese criterio me prueba de un
modo evidente que la Novena Sinfonía de Beethoven no es una buena
obra de arte. Comprendo que esto parecerá extraño y sorprendente a
hombres educados en la adoración de ciertas obras y de sus autores;
pero, ¿puedo dejar de inclinarme ante la verdad tal como yo la
conciba con arreglo a los dictados de mi razón?
La Novena Sinfonía de
Beethoven pasa por una de las mejores obras de arte. A fin de
comprenderlo bien, me pregunto ante todo: ¿expresa esta obra un
sentimiento religioso de orden superior? Y me doy una contestación
negativa, porque la música no puede expresar sentimientos tales. Me
pregunto en seguida; esta obra, que no pertenece a la categoría
superior del arte religioso, ¿posee al menos la segunda cualidad del
arte verdadero de nuestro tiempo, a saber, la de unir a todos los
hombres en un mismo sentimiento? Y también esta vez me doy una
respuesta negativa, porque no veo que los sentimientos expresados
por esa sinfonía puedan unir a los hombres que no han sido educados
ni están preparados para sufrir esa hipnotización artificial, y
además no alcanzo a concebir una multitud de hombres normalmente
constituidos que puedan comprender algo de esa obra enorme y
complicada, salvo cortos fragmentos que flotan en un océano de
confusión. Y así me veo obligado a sostener que esa obra depende de
lo que yo tengo por arte malo. Por un curioso fenómeno, el poema de
Schiller, introducido en la última parte de una sinfonía, enuncia,
si no de un modo claro, al menos expresamente esta idea: el
sentimiento (cierto que Schiller sólo se refiere al sentimiento del
gozo) une a todos los hombres y hace nacer en ellos el amor. Pero,
además de que este poema se canta al término de la sinfonía, la
música de la sinfonía entera no responde en modo alguno al
pensamiento de Schiller, pues se trata de una música particular que
no une a los hombres, sino tan sólo a algunos de ellos, aislándolos
del resto de la humanidad.
Tal es a mi inicio el modo
de proceder para averiguar si una obra que pasa por obra de arte es
verdaderamente una obra de arte o un simple remedo; y para saber en
seguida si una obra de arte verdadera es buena o mala, en cuanto a
su contenido, es decir, si merece ser alentada o quizá despreciada.
Sólo por este procedimiento tendremos la facultad de discernir entre
las innumerables obras de arte de nuestro tiempo, las contadas obras
que constituyen para el alma un alimento real, importante,
necesario, en tanto que las demás forman el arte inútil o nocivo, o
bien constituyen un simple remedo del arte. Sólo procediendo de este
modo podremos substraernos a las consecuencias perniciosas del arte
malo, y gozar de esas benéficas consecuencias, indispensables para
nuestra vida espiritual, que resultan del arte bueno y verdadero y
constituyen su objeto.
Capítulo 16
Consecuencias del mal funcionamiento del arte
El arte es uno de los dos
órganos del progreso de la humanidad. Por medio de la palabra, el
hombre comunica sus sentimientos a todos los hombres, no sólo de su
época, sino también de las generaciones presentes y futuras. Y está
en la naturaleza del hombre servirse de esos dos órganos, de tal
suerte que la perversión de uno de ellos no puede dejar de marcar
consecuencias funestas para la sociedad en que se produce.
Las consecuencias de esta
perversión pueden ser de dos clases: tenemos en primer lugar la
ineptitud de la sociedad para realizar los actos que deben ser
realizados por el órgano pervertido; y en segundo lugar un mal
funcionamiento del órgano pervertido. Ahora bien; estas dos clases
de consecuencias se han producido en nuestra sociedad. Como quiera
que el órgano del arte está pervertido, la sociedad de las clases
superiores se ve privada de todas las acciones que ese órgano podía
realizar. Y propagándose entre nosotros de un modo increíble remedos
del arte destinados únicamente a divertir y distraer a los hombres,
y al lado de estas falsificaciones, obras más artísticas, pero de un
arte particular, egoísta, exclusivo, inútil y perjudicial, se ha
atrofiado o desnaturalizado en la mayor parte de los hombres de
nuestra sociedad la facultad de sentir la impresión de las
verdaderas obras de arte; razón por la cual nuestra sociedad no
puede penetrarse de esos sentimientos superiores hacia lo que
propende la humanidad y que sólo el arte logra transmitir a los
hombres.
Todo lo que se ha realizado
de bueno en el arte, todo eso permanece ignorado de una sociedad
privada de los medios de conmover por el arte; y en vez de eso, la
sociedad admira remedos mentirosos o un arte inútil y vano que ella
persiste en considerar importantísimo. Los hombres de nuestro tiempo
y de nuestra sociedad admiran en poesía a los Baudelaire, los
Verlaine, los Moréas, los Ibsen y los Maeterlinck; en pintura a los
Manet, los Monet, los Puvis de Chavannes, los Burne-Jones, los
Boecklin y los Stuk; en música los Wagner, los Liszt y los Strauss;
pero son incapaces de comprender el arte verdadero, no diré el más
elevado, sino hasta el más sencillo.
De aquí resulta que en
nuestras clases superiores, así privadas de la facultad de sufrir el
contagio de las obras de arte, los hombres crecen y se educan sin
recibir la acción benigna y mejoradora del arte, y de aquí procede
otro resultado fatal: el de que no sólo dejan de caminar hacia el
bien y la perfección, sino que por lo contrario, y a pesar del
desarrollo de su pretendida civilización, son sin cesar más
groseros, más salvajes y menos compasivos.
Tal es el resultado de la
falta, en nuestra sociedad, de la función que debe realizar el
órgano indispensable del arte. Pero las consecuencias que se derivan
del mal funcionamiento de este órgano son aún más.
La primera de estas
consecuencias salta a la vista. Es el gasto enorme del trabajo
humano para obras no sólo inútiles, sino a menudo nocivas: un gasto
de trabajo y de vida que nunca vemos compensado. Se estremece uno al
pensar en todas las fatigas y las privaciones que padecen millones
de hombres con el sólo objeto de imprimir durante doce o catorce
horas al día libros que se llaman artísticos y que no tienen más
mira que la de extender esta misma depravación mediante los teatros,
los conciertos y las exposiciones. Pero asusta aún más pensar que
niños hermosos, llenos de vida, dotados para el bien, pasan al salir
de la cuna, los unos a teclear un piano durante seis, ocho o diez
horas diarias, los otros a bailar de puntillas y otros a estudiar
solfeo, algunos a dibujar del antiguo o del natural o bien a
escribir frases sin sentido sometidas a las reglas de cierta
retórica. De año en año los desdichados van perdiendo en estos
ejercicios mortíferos todas sus fuerzas físicas e intelectuales,
toda su aptitud para comprender la vida. Se habla mucho del
vergonzoso y lamentable espectáculo ofrecido por diminutos acróbatas
que se descoyuntan en público: pero aun constituye un espectáculo
más siniestro ver a niños de diez años que dan conciertos, y ver
colegiales de la misma edad que saben de memoria las excepciones de
la gramática latina. Pierden así sus fuerzas físicas e
intelectuales; al propio tiempo que se depravan moralmente, y
resultan incapaces e inútiles para la humanidad. Representando en la
sociedad el papel de juglares de los ricos, pierden todo sentimiento
de dignidad humana. La necesidad de elogios se desarrolla en ellos
hasta un punto tan monstruoso, que padecen toda su vida a
consecuencia de ese desarrollo, y gastan toda su energía moral
tratando de satisfacer una necesidad insaciable.
Hay una cosa más trágica, y
es que esos hombres que sacrifican toda su vida al arte, y que se
pierden para la vida por amor al arte, no sólo no producen provecho
alguno al arte, sino que le causan daño inmenso. Pues en las
academias, en los colegios, en los conservatorios, aprenden los
medios de falsificar el arte, y conocidos ya, son incapaces de
concebir el arte verdadero, y en cambio contribuyen a difundir el
falso arte de que está lleno el mundo.
Otra consecuencia no menos
funesta del mal funcionamiento del arte es que, produciendo en
condiciones tan horribles el ejército de artistas profesionales, da
a la gente rica la posibilidad de vivir, como vive, una vida que no
sólo no es buena, sino que hasta es contraria a los principios que
profesa. Vivir como viven las personas ricas y ociosas de nuestro
tiempo, y sobre todo las mujeres, lejos de la naturaleza y de la
vida, en condiciones artificiales, con los músculos atrofiados o
deformadas por la gimnasia, con la energía vital incurablemente
debilitada, no sería posible sin eso que se llama arte. Únicamente
este seudo-arte produce la distracción, las diversiones que apartan
nuestros ojos de lo absurdo de nuestra vida, y les evitan el
aburrimiento que resulta de tal vida. Quitad a las personas ociosas
y ricas los teatros y conciertos, exposiciones y pianos, novelas y
poemas que les entretienen, creyendo que son esas ocupaciones
refinadas y estéticas. Quitad a los aficionados que compran cuadros,
que dan ánimo a los músicos, que invitan a los literatos, quitadles
la posibilidad de proteger este arte que creen tan importante; y no
se sentirán ya capaces de proseguir su vida, y perecerán de tristeza
y fastidio, y reconocerán lo absurdo y la inmoralidad de su modo de
vivir.
Una tercera consecuencia
del mal funcionamiento se produce en la inteligencia de los niños y
de las gentes del pueblo. En los hombres que no están pervertidos
por las falsas teorías de nuestra sociedad, en los artesanos y los
niños la naturaleza ha puesto una concepción bien definida de lo que
merece ser aplaudido o vituperado. Según el instinto de las gentes
del pueblo y de los niños, los aplausos sólo se deben a la fuerza
física (Hércules, los héroes, los conquistadores), o a la fuerza
moral (Sakya-Muni, renunciando a la belleza y al poder por salvar a
los hombres, Cristo muriendo en la cruz para redimirnos, los santos
mártires, etc.). Estas son nociones de una claridad perfecta. Las
almas sencillas y rectas comprenden que no es posible dejar de
respetar la fuerza física ya que ella misma se hace respetar, y la
fuerza moral del hombre que trabaja para el bien también debe
respetarse, pues les arrastra hacia ella toda su energía interior.
He aquí que estas almas sencillas ven de pronto que además de los
hombres respetados por su fuerza física o moral, hay otros más
respetados, admirados y recompensados que todos los héroes de la
fuerza y de la bondad, simplemente porque saben cantar, bailar o
hacer versos. Ven que los cantores, bailarines, pintores, literatos,
ganan millones, que se les rinde más homenajes que a los santos, y
las gentes sencillas, niños y hombres del pueblo, se sienten cada
vez más confusos.
Cuando cincuenta años
después de la muerte de Puchkine sus obras se esparcieron entre el
pueblo y se le levantó un monumento en Moscú, recibí más de cien
cartas de campesinos preguntándome por qué se exaltaba así a ese
Puchkine. Hace pocos días que un menestral de Saratof, hombre
instruido, vino a Moscú para reprochar al clero la aprobación del
monumento al señor Puchkine.
En efecto, representémonos
sólo la situación de un hombre del pueblo que lee en su periódico,
que oye decir que el clero, el gobierno, y todos los hombres mejores
de Rusia elevan con entusiasmo un monumento a un gran hombre, a un
bienhechor, a una gloria nacional, Puchkine, de quien jamás oyera
hablar hasta entonces. En todas partes le hablan de Puchkine;
supone, pues, que para que se le rindan tantos homenajes, debe haber
hecho algo extraordinario, muy grande o muy bueno. Trata, pues, de
averiguar quién era Puchkine, y sabiendo que éste no era ni un
héroe, ni siquiera un General, sino un simple escritor, imagina que
ciertamente Puchkine fue un hombre de costumbres más que ligeras,
que murió en desafío, es decir, mientras trataba de matar a otro
hombre, y que todo su mérito consiste en haber escrito unos versos
de amor...
Que los héroes, que
Alejandro el Grande, Gengis-Khan o Napoleón fueron grandes hombres,
lo comprende muy bien, porque esos hombres hubieran podido
aniquilarle a él y a millares de sus semejantes. Comprende también
que Buda, Sócrates y Jesucristo hayan sido grandes, porque siente y
sabe que él y todos sus semejantes debieran parecerse a aquellos.
Pero que un hombre sea grande porque haya escrito versos hablando
del amor de las mujeres, eso es lo que no puede comprender de ningún
modo.
Igual estupor debe sentir
un campesino bretón o provenzal cuando sabe que se va a elevar un
monumento o una estatua a Baudelaire, autor de las Fleurs du Mal,
o a Verlaine, un borrachín que escribió versos incomprensibles. Las
gentes del pueblo deben asombrarse también cuando saben que la Patti
o la Taglioni reciben cien mil francos por una temporada, que hay
pintores que cobran igual suma por un solo cuadro, y novelistas que
ganan la misma cantidad porque saben describir escenas de amor.
Lo propio ocurre en el
cerebro de los niños. Recuerdo que yo también experimenté tal
estupor y tal asombro.
Es una consecuencia fatal
del mal funcionamiento del arte en nuestra sociedad.
La cuarta consecuencia de
ese mal funcionamiento consiste en que los hombres de las clases
superiores, viendo reproducirse más y más a menudo la oposición
entre la belleza y la bondad, llegan a considerar el ideal de
aquélla como el más alto de los dos, zafándose así de las exigencias
de la moral. Trastocando los papeles, esos hombres, en vez de
reconocer que el arte que admiran es una cosa inferior, pretenden
que esto es lo que le ocurre a la moral, de la que dicen que no
tiene significación para seres llegados a un grado de desarrollo
como el que ellos creen alcanzar.
Esta consecuencia de la
perversión del arte sentíase hace tiempo, pero ha tomado un
desarrollo extraordinario, gracias a los escritos de Nietzsche y a
las paradojas de estetas inglesas que, siguiendo las huellas de
Oscar Wilde, preconizan la destrucción de toda moral y la apoteosis
de la perversidad.
Esta concepción del arte
repercute en la enseñanza física. Acabo de recibir de América un
libro titulado la Survivence du plus apte; ou la Philosophie de
la Force, por Ragnar Redbeard (Chicago, 1897). La idea principal
de este libro expresa la creencia de que es absurdo continuar
avalorando lo bueno por las máximas de la falsa filosofía de los
profetas judíos y de los Mesías lacrimosos. El derecho, según
el autor, se funda en la fuerza. Todas las leyes, todos los
preceptos que nos dicen que no debemos hacer a los demás lo que no
quisiéramos que nos hicieran a nosotros, carecen de sentido y sólo
sirven para dirigir a los hombres cuando van acompañados de los
vapuleos, los sablazos y la cárcel. El hombre verdaderamente libre
no debe obedecer a ninguna ley humana ni divina. Toda obligación es
señal de degeneración; la ausencia de las obligaciones es el sello
de los héroes. Los hombres deben cesar de creerse obligados a
respetar errores que se imaginaron para dañarles. El universo entero
no es más que un campo de batalla. Los vencidos deben ser
explotados, atormentados y despreciados. El hombre osado puede
conquistar el mundo. Y como consecuencia, los hombres deben estar
eternamente en guerra. luchando por la vida, por la tierra, por el
amor, por la mujer, por el poder, por el oro. La tierra y sus frutos
son la presa del más audaz.
Viéndolas así expuestas en
forma científica escandalizan tales ideas. En realidad están
contenidas en toda concepción que sitúe a la belleza como fin del
arte. Este es el que ha producido y desarrollado entre ciertos
hombres el ideal del superhombre, aun cuando este ideal fuera
el de Nerón, el de Gengis-Khan, el de Stenka-Rasine, el de Napoleón
y de todos semejantes aventureros y advenedizos. Asusta pensar lo
que sucedería si la masa del pueblo adoptara tal idea. Creo que
empieza a adoptarla.
El mal funcionamiento del
arte produce aún una quinta consecuencia, y es que el mal arte que
florece en nuestras clases superiores las pervierte y acentúa en
ellas los sentimientos más notables para la dicha de los hombres,
los de la superstición, los del patriotismo, los del sensualismo.
El arte contribuye en
nuestro tiempo a pervertir a los hombres en lo que concierne a las
relaciones sexuales. Sabemos todos a qué terribles padecimientos
morales y físicos y a qué inútil gasto de fuerzas se exponen los
hombres, entregándose al instinto sexual. Desde que el mundo es
mundo, desde Troya arruinada por la pasión sexual hasta los
suicidios y crímenes de que van llenos los periódicos a diario, todo
atestigua la acción nefasta de esta pasión, que es la fuente
principal de la desdicha de los hombres.
Y, sin embargo, ¿qué es lo
que vemos? Vemos que todo el arte, el falsificado y el verdadero,
está dedicado a describir y provocar las diversas formas del amor
sexual. Bástenos recordar esas novelas lujuriosas de que está llena
nuestra literatura, todos los cuadros y estatuas en que se muestra
desnudo el cuerpo de la mujer, y todas las imágenes obscenas que se
pegan en las esquinas a guisa de anuncios, y las óperas, operetas,
canciones y romanzas que nos rodean ... El arte contemporáneo no
tiene más que un sólo objeto: excitar y esparcir la depravación.
Tales son las más graves
consecuencias de la perversión artística de nuestra sociedad. Lo que
hoy llamamos arte no sólo no contribuye al progreso de la humanidad,
sino que tiende a destruir la posibilidad del bien en nuestra vida.
La pregunta que hice al
principio de este libro, la de saber si es justo sacrificar a lo que
se llama arte el trabajo y la vida de millares de hombres, requiere
la respuesta siguiente: no, no es justo, ni debe ser. Tal es a la
vez la respuesta de la sana razón y del sentido moral no pervertido.
Si se preguntara si vale más para nuestro mundo cristiano, perder lo
que hoy se llama arte, falso o verdadero, o perder lo bueno que
existe en este mundo, creo que el hombre razonable y moral debería
contestar lo que Platón en su República, lo que todos los
maestros religiosos de la humanidad, cristianos, e islamitas: que es
preferible renunciar a todas las artes, que sostener el arte que
existe hoy día, y que deprava a los hombres. Por fortuna, no hay que
hacer tal pregunta, porque el arte verdadero nada tiene que ver con
el seudo-arte contemporáneo. Lo que podemos y debemos hacer
nosotros, que nos alabamos de ser hombres civilizados, y a quienes
nuestra situación permite que comprendamos el sentido de las
diversas manifestaciones de la vida, es reconocer el error en que
nos encontramos, y no someternos a él, sino, por el contrario,
buscar el medio de escapar de sus garras.
Capítulo 17
Posibilidad de una renovación artística
El ambiente de falsedad en
que se mueve el arte contemporáneo proviene de que los hombres de
las clases superiores viven sin ninguna fe y tratan de sustituir la
fe ausente por la hipocresía, declarando que creen todavía en las
fórmulas de la religión; pero son la incredulidad, un escepticismo
refinado, y la vuelta a la adoración de la belleza de los antiguos
griegos, lo que realmente existe. Sin embargo, sean cuales fueren
los medios con que los hombres procuran mantener y justificar sus
privilegios, en sí se ven forzados de buena o mala gana a reconocer
que, en torno suyo surge la verdad, esa verdad cristiana que
consiste tan sólo en concebir la dicha de los hombres en la unión y
la fraternidad. Esta verdad surge inconscientemente por el
establecimiento de nuevas vías de comunicación, el teléfono, el
telégrafo, la prensa y todas las invenciones que tienden a estrechar
los lazos entre todos los hombres; se manifiesta conscientemente por
la desaparición de las supersticiones que separaban a los hombres,
por la expresión de la fraternidad ideal y por algunas obras de arte
de nuestro tiempo, que son buenas y verdaderas.
El arte es un órgano moral
de la vida humana, y como tal, no puede destruirse por completo.
Así, a pesar de todos los esfuerzos de los hombres de las clases
superiores para ocultarnos el ideal religioso por el cual vive la
humanidad, este ideal aparece más y más claro, y halla más a menudo
ocasión de manifestarse en el seno de nuestra sociedad pervertida,
así en el campo de la ciencia como en el del arte. Este empieza ya a
distinguir el verdadero ideal de nuestro tiempo y a dirigirse hacia
él. Por una parte, las mejores obras de los artistas contemporáneos
expresan sentimientos de unión y de fraternidad entre los hombres
(así los escritos de Dickens, de Hugo, de Dostoievski, los cuadros
de Millet, Bastién-Lepage, Julio Bretón y otros); por otra parte,
existen hoy artistas que tratan de expresar los sentimientos más
generales y universales. El número de estos artistas es aún muy
restringido, pero se empieza ya a comprender su utilidad. Debo
añadir que en estos últimos tiempos se han multiplicado las
tentativas de empresas artísticas populares, ediciones de libros,
conciertos, teatros, museos, etc. Todo esto está lejos de lo que
debería ser; pero ya se puede ver la dirección que tomará el arte
para volver al fin al camino que le es propio.
La conciencia religiosa de
nuestro tiempo se ha aclarado; bastaría que los hombres rechazaran
la falsa teoría de la belleza, que hace del placer el único objeto
del arte, para que esta conciencia religiosa guiara los pasos del
arte.
El día en que la conciencia
religiosa, que empieza ya a dirigir inconscientemente la vida de los
hombres, sea por ellos reconocida a conciencia, veráse desaparecer
espontáneamente la división que existe entre el arte de las clases
inferiores y el de las superiores. Entonces sólo habrá un arte
fraternal, universal. El día en que el arte sea universal, dejando
de ser un medio de embrutecimiento y depravación para todos los
hombres, volverá a ser lo que era al principio, lo que debiera ser
siempre: un medio de perfeccionamiento para la humanidad, para
realizar en el mundo el amor, la unión, la dicha.
Capítulo 18
Lo que debiera ser el arte del porvenir
Se habla del arte del
porvenir imaginándolo un arte nuevo, refinado con exceso y derivado
del arte contemporáneo de las clases superiores de nuestra sociedad.
Pero un arte así no nacerá jamás, ni puede nacer. El arte de
nuestras clases superiores hállase ya ahora en un callejón sin
salida. No puede dar un paso más este arte, desde que se separó del
principal fundamento del arte verdadero, se pervirtió más y más;
ahora está de todo punto aniquilado.
El arte del porvenir, el
verdadero, el que surgirá, no ha de ser la prolongación de nuestro
arte, sino que emanará de otros principios sin comunidad alguna con
los que informan el arte actual de las clases directoras.
El arte del porvenir,
destinado a ser sentido por todos los hombres, no tendrá ya por
objeto expresar sentimientos que sólo puedan comprender algunos
ricos, sino manifestar la más alta conciencia religiosa a las
generaciones futuras. En lo porvenir, no se considerará arte sino lo
que exprese sentimientos bastante universales para que los sientan
todos los hombres. Tan sólo este arte será admitido, propagado. El
resto del arte, el que sólo sea accesible a algunos hombres, quedará
arrinconado. Y el arte no será apreciado solamente, como hoy, por un
reducido número de personas, sino que lo apreciarán todos los
hombres.
Los artistas del porvenir
no pertenecerán, como ahora, a una determinada clase del pueblo;
todos los que sean capaces de creación artística, serán artistas.
Todos podrán entonces ser artistas; no se pedirá al arte una táctica
complicada y artificial que exige gran pérdida de tiempo, se le
pedirá tan sólo claridad, sencillez y sobriedad, cosas que no se
adquieren por una preparación mecánica, sino por la educación del
gusto. Todos podrán ser artistas, porque en vez de nuestras escuelas
profesionales, todo el mundo podrá aprender en la escuela primaria
música y dibujo, de modo que todos los que se sientan con
disposición para un arte puedan practicarlo y expresar por medio de
él sus sentimientos personales.
Se me objetará que si se
suprimen las escuelas artísticas especiales, se debilitará la
técnica del arte. Sí, se debilitará, si se entiende por técnica el
conjunto de varios artificios que hoy se designa con tal nombre.
Pero si por técnica se entienden la claridad, la sencillez y la
sobriedad, no tan sólo se conservará esa técnica, sino que se
elevará a un grado superior. Todos los artistas de genio que ahora
quedan ocultos en el seno de los pueblos podrán entonces participar
del arte y ofrecer modelos de perfección, que serán la mejor escuela
técnica para los artistas de su tiempo y del tiempo venidero. Hoy
mismo, no es en la escuela donde se instruye el verdadero artista,
sino en la vida, estudiando el ejemplo de los grandes maestros; pero
entonces, cuando participen del arte los hombres mejor dotados del
mundo entero, entonces el número de modelos será mayor, y estos
modelos más asequibles; y la ausencia de una enseñanza profesional
se encontrará compensada cien veces, para el verdadero artista, con
la justa concepción que se formará del fin y de los métodos del
arte.
Tal será una de las
diferencias entre el arte del porvenir y el contemporáneo. Otra será
que aquél no lo practicarán artistas profesionales pagando por su
arte, y que sólo se cuidan de él, sino que lo practicarán todos los
hombres que sientan deseo de ello, y sólo cuidarán de él cuando se
les antoje.
Se dice en nuestra sociedad
que trabaja mejor el artista cuanto más segura es su situación
material. Esta opinión bastaría para probar que lo que se toma por
arte sólo es vil remedo de él. Es cierto que para hacer zapatos y
panes la división del trabajo ofrece grandes ventajas: el zapatero o
el panadero que no se ve obligado a hacerse la comida ni a partir
leña, puede hacer así mayor número de zapatos o de panes. Pero el
arte no es un oficio, sino la transmisión del sentimiento que
experimenta el artista. Este sentimiento no puede nacer en un hombre
si no vive la vida natural y verdadera de los hombres. De modo que
asegurar al artista la satisfacción de todas sus necesidades
materiales es dañar a su capacidad artística, pues librándole de las
condiciones de la lucha contra la naturaleza por la conservación de
su propia vida y la de los otros, se le priva de conocer los
sentimientos más importantes y naturales de los hombres. No hay
posición más detestable para la facultad creadora de un artista que
esta seguridad absoluta y este lujo que hoy nos aparecen como
condición indispensable del buen funcionamiento del arte.
El artista del porvenir
vivirá la vida ordinaria de los hombres, ganando el pan con un
oficio cualquiera. Y conociendo así
el lado serio de la vida, se esforzará en transmitir al mayor número
posible de hombres los frutos del don superior que la naturaleza le
habrá concedido: esta transmisión será su alegría y su recompensa.
Hasta que se haya arrojado
a tos mercaderes del templo, el del arte no será templo. Pero el
primer cuidado del arte del porvenir será arrojar a aquellos.
Tengo para mí que la
materia artística de lo porvenir será distinta a nuestro arte
contemporáneo. Consistirá en la expresión de los sentimientos
experimentados por el hombre que vive la vida común de los hombres,
fundados en la conciencia religiosa de nuestro tiempo, sentimientos
asequibles a todos los hombres sin excepción.
Se me objetará que ésta es
materia bien restringida. ¿Qué se puede expresar que sea nuevo en el
dominio de los sentimientos cristianos de amor al prójimo? ¿Hay algo
más vulgar y monótono que los sentimientos que experimentamos todos
los hombres?
Sin embargo, no por ello es
menos cierto que los únicos sentimientos nuevos que pueden
experimentarse hoy, son sentimientos religiosos, cristianos y
asequibles a todos. Los sentimientos que emanen de la conciencia
religiosa contemporánea son infinitamente nuevos y variados, pero
estos sentimientos no consisten únicamente, como se cree a veces, en
representar a Jesucristo en los diversos episodios del Evangelio, o
en repetir bajo una forma nueva las verdades cristianas de unión de
la fraternidad y del amor. Los sentimientos cristianos son
infinitamente nuevos y variados, porque desde que el hombre mira las
cosas desde el punto de vista cristiano, los asuntos más viejos y
ordinarios, de suyo bastante manoseados, despiertan en él los
sentimientos más nuevos, imprevistos y patéticos.
¿Qué hay más viejo que las
relaciones entre marido y mujer, los hijos y los padres, las
relaciones de los hombres de un país con los del otro? Pues bien,
basta que un hombre considere estas relaciones desde un punto de
vista cristiano, para que en seguida nazcan en él sentimientos
infinitamente variados, nuevos, profundos, patéticos.
La verdad es que el arte
del porvenir abrazará mayor extensión que el actual, pues tendrá por
objeto transmitir los sentimientos vitales de los más generosos,
sencillos y universales. En nuestro arte sólo se consideran dignos
de ser expresados los sentimientos de una categoría determinada de
hombres, y aún de un modo muy refinado y oscuro para la mayoría. Se
cree bochornoso aprovechar el inmenso dominio de lo popular e
infantil: proverbios, canciones, juegos, imitaciones, etc. No será
así en lo porvenir. El artista comprenderá que producir una fábula,
con tal que divierta, o una canción, o una farsa, con tal que
distraiga, o una pintura, con tal que guste a millares de gentes, es
más importante que componer una novela, un drama o un cuadro que
durante algún tiempo divertirán a corto número de ricos y serán
olvidados después. El dominio del arte de los sentimientos sencillos
es inmenso y puede decirse que no ha sido explorado aún.
Así el arte del porvenir no
será más pobre que el nuestro, sino más rico. La forma será superior
a la actual, no como técnica refinada, sino como expresión breve,
clara, precisa, libre de caros adornos.
Recuerdo que un día,
después de haber oído una referencia de un astrónomo eminente acerca
del análisis espectral de las estrellas de la vía láctea, pregunté a
dicho astrónomo si consentiría en dar una conferencia acerca del
movimiento de la Tierra, pues entre sus oyentes había muchos que
ignoraban la causa del día y de la noche y de las distintas
estaciones del año. Sí, me respondió, es un bello tema,
pero muy difícil. Me es mucho más fácil hablar del análisis
espectral de la vía láctea.
Lo mismo sucede en arte.
Escribir un poema sobre un asunto del tiempo de Cleopatra, pintar a
Nerón incendiando a Roma, componer una sinfonía a manera de Brahms o
de Ricardo Strauss o una opera como las de Wagner, es mucho más
fácil que contar un cuento que no tenga nada de maravilloso y hacer
que la persona lo sienta; o dibujar con lápiz una figura que
conmueva o alegre al espectador, o escribir cuatro compases de una
melodía sin acompañamiento, pero que traduzca determinado estado de
alma.
¡Pero es imposible volver a
las formas primitivas, dada nuestra civilización! -dirán los
artistas-. Hoy nos es imposible escribir historias como las de
José vendido por sus hermanos o como la Odisea, componer
música como la de las canciones populares ...
Es imposible a nuestros
artistas profesionales de hoy día, pero no lo será a los que no
tengan llena la cabeza de tecnicismos, y que no siendo profesionales
del arte ni que cobren por sus actividades artísticas, sólo
producirán arte cuando les impulse una irresistible fuerza interior.
La diferencia será
completa, en el fondo y en la forma, entre el arte de lo porvenir y
el contemporáneo. En el fondo aquél tendrá por objeto unir a los
hombres; en la forma será asequible a todos. Y el ideal de la
perfección de lo porvenir no será el particularismo de los
sentimientos, sino su grado de generalidad. El artista no buscará,
como hoy, ser oscuro, complicado, enfático, sino breve, claro,
sencillo. Y sólo cuando el arte haya tomado tales derroteros será
cuando no servirá sólo para distraer a una clase de gente ociosa,
como ahora ocurre, sino que empezará por fin a realizar su fin
verdadero, es decir, a trasportar una concepción religiosa desde el
dominio de la razón al del sentimiento, a conducir de tal manera a
los hombres hacia la dicha, hacia la vida, hacia esa unión y
perfección que les recomienda su conciencia religiosa.
Conclusiones
He hecho cuanto he podido
para reunir, en las páginas que acaban de leerse, mis pensamientos
acerca de un asunto que desde hace quince años me preocupa. No
quiero decir que hace quince años empecé a escribir este estudio,
pero los hace que empecé a escribir un estudio sobre el arte,
pensando que, una vez acometida la tarea, no me detendría hasta el
fin. Sin embargo, mis ideas acerca del asunto eran entonces tan
obscuras, que no pude expresarlas de un modo satisfactorio. Jamás
desde entonces dejé de reflexionar acerca de tal asunto, y seis o
siete veces me sentí incapaz de acabar mi trabajo. Hoy lo acabo, y
por muy malo que sea, creo que por lo menos no equivoqué el
pensamiento que forma su base, y que consiste en considerar el arte
contemporáneo como desviado. ¡Ojalá de fruto mi trabajo! Pero para
que el arte vuelva a entrar en la recta vía, necesita que la
ciencia, que siempre esta estrechamente unida con el arte, salga del
camino que sigue.
El arte y la ciencia tienen
relación tan estrecha como los pulmones y el corazón; se estropea
uno de ellos y el otro no puede funcionar. La ciencia verdadera
enseña a los hombres los conocimientos que deben tener más
importancia para ellos y dirigir su vida. El arte transporta estos
conocimientos desde el dominio de la razón al del sentimiento. Si el
camino que sigue la ciencia es malo, malo será el camino que sigue
el arte. Arte y ciencia son como esos buques que van acoplados por
los ríos, remolcado uno, remolcador el otro. Si el primero sigue una
falsa dirección, el segundo ha de seguirla forzosamente.
Y así como el arte
significa el modo de transmisión de todos los sentimientos posibles,
y sólo es arte serio aquel que transmite a los hombres sentimientos
que les importa conocer; así la ciencia, de un modo general, es la
expresión. de todos los conocimientos posibles, pero sólo es para
nosotros verdadera ciencia la que nos da conocimientos útiles.
Lo que determina el grado
de importancia y utilidad, tanto para los sentimientos como para los
conocimientos, es la conciencia religiosa de una sociedad y una
época determinada; es decir, la concepción común que del sentido de
la vida se forman los hombres. Lo que más contribuye a formar este
ideal de la vida, es lo que con mayor fe debe enseñarse. Y lo que no
tiene importancia alguna para nosotros, no debe enseñarse o por lo
menos no debe ser considerado como importante. Así ocurrió en otro
tiempo con la ciencia; así debía ser, porque así lo requiere la
naturaleza misma del pensamiento y de la vida del hombre. Sin
embargo, la ciencia de las clases superiores no sólo no reconoce
ninguna religión como base, sino que reputa de supersticiones todas
las religiones.
Consecuencia de ello es que
todos los hombres contemporáneos dicen que lo comprenden todo;
pero como todo es demasiado, resulta esto una afirmación
puramente teórica. En realidad los hombres no lo aprenden todo,
y por lo tanto, no es indiferente lo que aprenden o lo que no
aprenden. Los hombres sólo aprenden lo que es útil o agradable a los
hombres que cultivan la ciencia. Y como estos hombres pertenecen a
las clases sociales superiores de la sociedad, lo más útil para
ellos es mantener el orden social que les permite gozar de sus
privilegios, y lo más agradable es satisfacer las curiosidades vanas
que no exigen de ellos una gran tensión de inteligencia.
De aquí proviene que una de
las partes de la ciencia es la historia y la economía política,
porque tratan de demostrar que el orden actual de la vida social es
el que siempre ha existido y el que siempre debe existir, de modo
que toda tentativa para modificarlo nos parece ilegítima y vana. La
física y la química y la botánica, que forman la sección de las
ciencias experimentales, se ocupan de lo que no tiene relación
directa con la vida, de lo que puede estudiarse por mera curiosidad,
o contribuir a hacer más cómoda la existencia de las clases
superiores. Para justificar la preferencia que se otorga a esas dos
ramas de la ciencia, han inventado nuestros sabios una denominación
que corresponde a la del arte por el arte, es decir, la
ciencia por la ciencia.
La teoría del arte por el
arte asegura que éste consiste en tratar todos los asuntos que
gustan. La teoría de la ciencia por la ciencia sostiene que ésta
consiste en enseñar todo aquello que tiene algún interés.
Así ocurre que de las dos
partes de la ciencia que se enseña a los hombres, una, en vez de
enseñar cuál debiera ser la vida de los hombres para realizar su
destino, legitima la inmutabilidad de una existencia falsa y
mentida, mientras que la otra, la fe en las ciencias experimentales,
cuida de las cuestiones de puro pasatiempo o de fútiles invenciones
prácticas.
La primera es mala, no sólo
porque perturba las ideas de los hombres y les sugiere obras falsas,
sino porque ocupa el sitio que debiera ocupar la ciencia verdadera.
La segunda es mala porque fija la atención de los hombres en asuntos
inútiles y porque la mayoría de las invenciones técnicas de la
ciencia experimental sirven, no para la dicha, sino para la desdicha
de los hombres.
Únicamente los que han
sacrificado su vida a esos estudios inútiles pueden continuar
creyendo que esos descubrimientos e invenciones son verdaderos,
importantes y aprovechables. Si la gente lo cree, es por falta de
fijarse en lo que es verdaderamente importante. Les bastaría
levantar la cabeza del microscopio que les sirve para sus estudios y
tender la mirada en derredor de ellos, para ver cuán vanos son todos
esos conocimientos de que se envanecen, en comparación de otros a
que hemos renunciado al ponernos en manos de los profesores de
jurisprudencia, de hacienda, de economía política, etc. Bastaríales
echar una mirada en torno suyo, para ver que el objeto importante y
propio de la ciencia humana es saber en qué sentido debe dirigirse
la vida del hombre, conocer las verdades religiosas, morales,
sociales, sin las cuales todo conocimiento de la naturaleza resulta
inútil o funesto.
Nos sentimos dichosos y
orgullosos de que nuestra ciencia nos dé la posibilidad de utilizar
en provecho de la industria la fuerza de vapor, o que nos permita
abrir túneles en las montañas, ¿pero, cómo no pensamos que esta
fuerza del vapor se emplea en favor de grandes capitalistas, y no
para el bienestar de los hombres en general? ¿Cómo no pensamos en
que esa dinamita que abre túneles, sirve para la destrucción de
vidas humanas, y es un terrible instrumento de guerra que nos
obstinamos en considerar como indispensable y para la cual nos
preparamos?
Si es verdad que la ciencia
ha llegado hoy a impedir la difteria, a suprimir las jorobas, a
curar la sífilis y a realizar operaciones admirables, tampoco
podemos enorgullecernos de ello, por poco que pensemos en el
verdadero destino de la ciencia. Si la décima parte de las ciencias
que se gastan hoy en el estudio de asuntos de mera curiosidad, se
empleara en hacer adelantar la verdadera ciencia, veríamos
desaparecer la mitad, por lo menos, de las enfermedades que llenan
de enfermos los hospitales, y no veríamos que la mortalidad de los
niños, condenados al régimen de las fábricas, fuera, como hoy, mayor
del cincuenta por ciento de la general; no veríamos generaciones
enteras destinadas a la tisis, a la prostitución, a la sífilis; no
veríamos esas guerras que causan el asesinato de millares de
hombres, ni las monstruosidades de tontería y padecimientos que la
ciencia contemporánea se atreve a decir que son condiciones
indispensables de la vida de los hombres.
Pero nuestra concepción de
la ciencia está pervertida hasta tal punto, que nuestros
contemporáneos extrañan que se mencionen ciencias capaces de
destruir los gérmenes morbosos que hemos citado. Hemos llegado a
imaginar que no hay otra ciencia que aquella que consiste en
imaginar a un hombre en un laboratorio vertiendo un líquido de un
vaso a otro, midiendo a través de un prisma, atormentando ranas y
conejillos de Indias, o pronunciando, en una cátedra, una sarta de
frases sonoras y estúpidas que ni él mismo comprende, acerca de las
vulgaridades de la filosofía, de la historia y del derecho, sin otro
objeto que demostrar que lo que existe ahora debe existir siempre.
Sin embargo, la ciencia, la
verdadera ciencia, consistiría en reconocer lo que debemos creer y
lo que no, en cómo debemos conducirnos en la vida, en la manera que
conviene que eduquemos a nuestros hijos, y cómo podemos aprovechar
los bienes de la Tierra sin aplastar, para conseguirlo, otras vidas
humanas, así como cuál debe ser nuestra conducta para con los
animales, además de otros asuntos sumamente importantes para la vida
de los hombres.
Tal ha sido siempre la
verdadera ciencia. Sólo ella responde a la conciencia religiosa de
nuestro tiempo; pero por una parte la niegan y combaten los sabios
que trabajan para el mantenimiento del actual estado de cosas, y por
otra parte, la reportan vana, estéril y anticientífica los
desdichados, cuya inteligencia atrofió el estudio de las ciencias
experimentales.
Estando la ciencia
extendida como lo está hoy día, ¿qué sentimientos puede provocar que
a su vez pueda transmitirnos el arte? La primera sección de esta
ciencia provoca sentimientos atrasados, fuera de uso y perniciosos
para nuestro tiempo. La otra sección, consagrada al estudio de
asuntos que no tienen ninguna relación con la vida de los hombres,
no se halla en estado de dar materia alguna al arte, y así sucede
que el arte contemporáneo, para ser verdadero, tiene que abrirse
camino por su cuenta, a pesar de la ciencia. A esto se ha reducido
el arte cuando ha querido cuidar de realizar su destino.
Se debe esperar que un
trabajo igual que el que he emprendido yo para el arte, se haga por
lo que toca a la ciencia. Un trabajo que pruebe a los hombres la
falsedad de la teoría de la ciencia por la ciencia, que les
demuestre la necesidad de reconocer la doctrina cristiana en su
verdadero sentido, y que afianzándose en tal doctrina, les enseñe a
valorar de un modo nuevo la importancia de esos conocimientos
experimentales, así como cuán esenciales y de alta importancia son
los conocimientos morales, sociales y religiosos Ojalá comprendan
que estos conocimientos primordiales no deben ser abandonados, como
sucede actualmente, a la tutela y discreción de las clases ricas,
sino que, por lo contrario, deben ser entregados en manos de todos
los hombres libres y amantes de la verdad, que buscan el destino
real de la vida. Ojalá las ciencias matemáticas, físicas, químicas y
biológicas, como también la ciencia aplicada y la medicina, no sean
enseñadas sino en la medida en que puedan contribuir a liberar a los
hombres de los errores religiosos, jurídicos y sociales, y en la
medida en que puedan servir para el bien de todos los hombres y no
de una sola clase privilegiada.
Entonces la ciencia cesará
de ser lo que es actualmente, es decir, un sistema de sofismas
destinados a sostener a una organización social envejecida, la mayor
parte de ellos de poca utilidad o absolutamente inútiles. Solamente
entonces llegará a ser lo que debe ser: un todo orgánico con un
destino definido y comprensible para todos los hombres,
introduciendo en la conciencia humana las verdades que provienen de
la concepción religiosa de una época.
Solamente entonces el arte,
dependiendo siempre de la ciencia, llegará a ser lo que puede y debe
ser: un órgano semejante al de la ciencia, igualmente importante
para la vida y el progreso de los hombres.
El arte no es una alegría,
ni un placer, ni una diversión; el arte es una gran cosa. Se trata
de un órgano vital de la humanidad que transporta al dominio del
sentimiento las concepciones de la razón. En nuestro tiempo, la
concepción religiosa de los hombres tiene por centro la fraternidad
universal y la dicha en la unión. La ciencia verdadera debe
enseñarnos las diversas aplicaciones de esta concepción al dominio
de nuestros sentimientos. El arte tiene ante sí una tarea inmensa:
con la ayuda de la ciencia y bajo la guía de la religión, debe hacer
que esa unión pacifique a los hombres, cosa que no se obtiene hoy
por los tribunales, la policía, etc., y sin embargo puede ser
realizada por el libre y plácido sentimiento de todos.
El arte debe destruir en el mundo el reinado
de la violencia y de las vejaciones.
Es esta una tarea que sólo
él puede cumplir.
El sólo puede hacer que los
sentimientos de amor y fraternidad asequibles hoy a los mejores
hombres de nuestra sociedad, se conviertan en sentimientos
constantes, universales, instintivos en todos los hombres.
Provocando en nosotros, con la ayuda de sentimientos imaginarios,
los sentimientos de la fraternidad y del amor, acostumbrándonos a
experimentar esos sentimientos en la realidad. Puede disponer en el
alma humana canales sobre los cuales discurra en adelante la vida,
conducida por la ciencia y la religión. Y uniendo a los hombres más
diferentes en sentimientos comunes, suprimiendo entre ellos las
distinciones, el arte universal puede preparar a los hombres para la
unión definitiva, puede hacer ver, no por el razonamiento, sino por
la misma vida, la alegría de la unión universal, libre de las
barreras impuestas por la vida.
El destino del arte en
nuestro tiempo es transportar, del dominio de la razón al del
sentimiento, esta verdad: que la dicha de los hombres consiste en su
unión. El arte es el único que
podrá fundar, sobre las ruinas de nuestro régimen presente de
miseria y vejaciones, ese reinado de Dios que se nos aparece a todos
como el objeto más alto de la vida humana.
Y es muy posible que en lo
porvenir, la ciencia suministre al arte otro ideal, y que éste tenga
entonces por objeto realizarlo; pero en nuestro tiempo el destino
del arte es claro y preciso. La labor del arte cristiano consiste
hoy en realizar la unión fraternal de los hombres. |