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París, a 17 de febrero de 1903
Muy distinguido señor:
Hace sólo pocos días que me alcanzó su carta, por cuya grande y
afectuosa confianza quiero darle las gracias. Sabré apenas hacer
algo más. No puedo entrar en minuciosas consideraciones sobre la
índole de sus versos, porque me es del todo ajena cualquier
intención de crítica. Y es que, para tomar contacto con una obra de
arte, nada, en efecto, resulta menos acertado que el lenguaje
crítico, en el cual todo se reduce siempre a unos equívocos más o
menos felices.
Las cosas no son todas tan comprensibles ni tan fáciles de
expresar como generalmente se nos quisiera hacer creer. La mayor
parte de los acontecimientos son inexpresables; suceden dentro de un
recinto que nunca holló palabra alguna. Y más inexpresables que
cualquier otra cosa son las obras de arte: seres llenos de misterio,
cuya vida, junto a la nuestra que pasa y muere, perdura.
Dicho esto, sólo queda por añadir que sus versos no tienen aún
carácter propio, pero sí unos brotes quedos y recatados que
despuntan ya, iniciando algo personal. Donde más claramente lo
percibo es en el último poema: "Mi alma". Ahí hay algo propio que
ansía manifestarse; anhelando cobrar voz y forma y melodía. Y en los
bellos versos "A Leopardi" parece brotar cierta afinidad con ese
hombre tan grande, tan solitario. Aun así, sus poemas no son todavía
nada original, nada independiente. No lo es tampoco el último, ni el
que dedica a Leopardi. La bondadosa carta que los acompaña no deja
de explicarme algunas deficiencias que percibí al leer sus versos,
sin que, con todo, pudiera señalarlas, dando a cada una el nombre
que le corresponda.
Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí,
como antes lo preguntó a otras personas. Envía sus versos a las
revistas literarias, los compara con otros versos, y siente
inquietud cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos poéticos.
Pues bien -ya que me permite darle consejo- he de rogarle que
renuncie a todo eso. Está usted mirando hacia fuera, y precisamente
esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni
ayudar. Nadie... No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí
mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir.
Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su
alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si
tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir.
Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche:
"¿Debo yo escribir?" Vaya cavando y ahondando, en busca de una
respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al
encuentro de tan seria pregunta con un "Si debo" firme y sencillo, entonces,
conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta
en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a
ser signo y testimonio de ese apremiante impulso. Acérquese a la
naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que
ve y siente y ama y pierde. No escriba versos de amor. Rehuya, al
principio, formas y temas demasiado corrientes: son los más
difíciles. Pues se necesita una fuerza muy grande y muy madura para
poder dar de sí algo propio ahí donde existe ya multitud de buenos
y, en parte, brillantes legados. Por esto, líbrese de los motivos de
índole general. Recurra a los que cada día le ofrece su propia vida.
Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su
fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde
sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que lo rodean.
De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el
recuerdo.
Si su diario vivir le parece pobre, no lo culpe a él. Acúsese a
sí mismo de no ser bastante poeta para lograr descubrir y atraerse
sus riquezas. Pues, para un espíritu creador, no hay pobreza. Ni hay
tampoco lugar alguno que le parezca pobre o le sea indiferente. Y
aun cuando usted se hallara en una cárcel, cuyas paredes no dejasen
trascender hasta sus sentidos ninguno de los ruidos del mundo, ¿no
le quedaría todavía su infancia, esa riqueza preciosa y regia, ese
camarín que guarda los tesoros del recuerdo? Vuelva su atención
hacia ella. Intente hacer resurgir las inmersas sensaciones de ese
vasto pasado. Así verá cómo su personalidad se afirma, cómo se
ensancha su soledad convirtiéndose en penumbrosa morada, mientras
discurre muy lejos el estrépito de los demás. Y si de este volverse
hacia dentro, si de este sumergirse en su propio mundo, brotan luego
unos versos, entonces ya no se le ocurrirá preguntar a nadie si son
buenos. Tampoco procurará que las revistas se interesen por sus trabajos. Pues verá en ellos su más preciada y natural
riqueza: trozo y voz de su propia vida.
Una obra de arte es buena si ha nacido al impulso de una íntima
necesidad. Precisamente en este su modo de engendrarse radica y
estriba el único criterio válido para su enjuiciamiento: no hay
ningún otro. Por eso, muy estimado señor, no he sabido darle otro
consejo que éste: adentrarse en sí mismo y explorar las
profundidades de donde mana su vida. En su venero hallará la
respuesta cuando se pregunte si debe crear. Acéptela tal como suene.
Sin tratar de buscarle varias y sutiles interpretaciones. Acaso
resulte cierto que está llamado a ser poeta. Entonces cargue con
este su destino; llévelo con su peso y su grandeza, sin preguntar
nunca por el premio que pueda venir de fuera. Pues el hombre creador
debe ser un mundo aparte, independiente, y hallarlo todo dentro de
sí y en la naturaleza, a la que va unido.
Pero tal vez, aun después de haberse sumergido en sí mismo y en
su soledad, tenga usted que renunciar a ser poeta. (Basta, como ya
queda dicho, sentir que se podría seguir viviendo sin escribir, para
no permitirse el intentarlo siquiera.) Mas, aun así, este
recogimiento que yo le pido no habrá sido inútil : en todo caso, su
vida encontrará de ahí en adelante caminos propios. Que éstos sean
buenos, ricos, amplios, es lo que yo le deseo más de cuanto puedan
expresar mis palabras.
¿Qué más he de decirle? Me parece que ya todo queda debidamente
recalcado. Al fin y al cabo, yo sólo he querido aconsejarle que se
desenvuelva y se forme al impulso de su propio desarrollo. Al cual,
por cierto, no podría causarle perturbación más violenta que la que
sufriría si usted se empeñase en mirar hacia fuera, esperando que
del exterior llegue la respuesta a unas preguntas que sólo su más
íntimo sentir, en la más callada de sus horas, acierte quizás a
contestar.
Fue para mí una gran alegría el hallar en su carta el nombre del
profesor Horacek. Sigo guardando a este amable sabio una profunda
veneración y una gratitud que perdurará por muchos años. Hágame el
favor de expresarle estos sentimientos míos. Es prueba de gran
bondad el que aun se acuerde de mí, y yo lo sé apreciar.
Le devuelvo los adjuntos versos, que usted me confió tan
amablemente. Una vez más le doy las gracias por la magnitud y la
cordialidad de su confianza. Mediante esta respuesta sincera y
concienzuda, he intentado hacerme digno de ella: al menos un poco
más digno de cuanto, como extraño, lo soy en realidad.
Con todo afecto y simpatía,
Rainer Maria Rilke
II
Viareggio, cerca de Pisa (Italia), a 5 de abril de
1903
Ha de perdonarme, distinguido y estimado señor, que haya tardado
hasta hoy para recordar con gratitud su carta del 24 de febrero.
Durante todo este tiempo me encontré bastante mal. No precisamente
enfermo, pero sí abatido y presa de una postración de carácter
gripal, que me inhabilitaba para todo. Finalmente, al ver que ni por
asomo llegaba a operarse ningún cambio en mi estado, acabé por
acudir a orillas de este mar meridional, cuya acción bienhechora ya
me fue de algún alivio en otra ocasión. Pero aun no estoy
restablecido. Todavía me cuesta escribir. Así, pues, tendrá usted
que acoger estas pocas líneas en lugar de muchas más.
Sepa, desde luego, que me causará siempre alegría con cada una de
sus cartas. Sólo habrá de ser indulgente con mis respuestas, que
quizás lo dejen a menudo sin nada entre las manos. Y es que en
realidad, sobre todo ante las cosas más hondas y más importantes,
nos hallamos en medio de una soledad sin nombre. Para poder
aconsejar y, más aun, para poder ayudar a otro ser, deben ocurrir y
lograrse muchas cosas. Y para que se llegue a acertar una sola vez,
debe darse toda una constelación de circunstancias propicias.
Sólo dos cosas más querría decirle hoy:
En primer lugar, algo acerca de la ironía. No se deje dominar por
ella, y menos que en cualquier otra ocasión, en los momentos de
esterilidad. En los que sean fecundos, procure aprovecharla como un
medio más para comprender la vida. Empleada con pureza, también la
ironía es pura, y no hay por qué avergonzarse de ella. Pero si usted
siente que le es ya demasiado familiar y teme su creciente
intimidad, vuélvase entonces hacia grandes y serios asuntos, ante
los cuales ella quedará siempre pequeña y desamparada. Busque la
profundidad de las cosas: hasta allí nunca logra descender la
ironía... Y cuando la haya llevado así al borde de lo sublime,
averigüe al mismo tiempo si ese modo de entender la vida brota de
una necesidad propia y esencial. Pues entonces, bajo el influjo de
las cosas serias, acabará por desprenderse de usted -si es algo
meramente accidental-; o bien -si es que realmente le pertenece como
algo innato- cobrará fuerza, y se convertirá en un instrumento serio
para incluirse entre los medios con que usted habrá de plasmar su
arte.
Lo otro que yo quería decirle es esto: De todos mis libros, muy
pocos me son imprescindibles. En rigor, sólo dos están siempre entre
mis cosas, dondequiera que yo me halle. También aquí los tengo
conmigo: la Biblia y las obras del poeta danés Jens Peter Jacobsen.
Se me ocurre pensar si usted las conoce. Puede adquirirlas
fácilmente, ya que algunas de ellas han sido publicadas -muy bien
traducidas por cierto- en la "Biblioteca Universal" de las
"Ediciones Reclam". Procúrese los Seis cuentos de J. P. Jacobsen
así como su novela Niels Lyhne, y empiece por leer, en el primer
librito, el primer cuento, que lleva por título "Mogens": Le
sobrecogerá un mundo; la dicha, la riqueza, la inconcebible
grandiosidad de todo un mundo. Permanezca y viva por algún tiempo en
estos libros, y aprenda de ellos cuanto le parezca digno de ser
aprendido. Ante todo, ámelos: su cariño le será pagado miles y miles
de veces. Y, cualquiera que pueda llegar a ser más adelante el rumbo
de su vida, estoy seguro de que ese amor cruzará siempre la urdimbre de su
existencia, como uno de los hilos más importantes en la trama de sus
experiencias, de sus desengaños y de sus alegrías.
Si yo he de decirle quien me enseñó algo acerca del crear, de su
esencia, de su profundidad y de cuanto en él hay de eterno, sólo
puedo citar dos nombres: el del grande, muy grande Jacobsen
2 y el
de Auguste Rodin 3, el escultor sin par entre todos los artistas
que viven en la actualidad.
¡Que siempre le salga todo bien en sus caminos!
Su
Rainer Maria Rilke
III
Viareggio, cerca de Pisa (Italia), a 23 de abril de
1903
Me ha causado gran alegría, estimado y distinguido señor, con su
carta de Pascua, que me revela lo mucho de bueno que tiene usted. La
forma en que me habla del grande y dilecto arte de Jacobsen me
demuestra que no estuve desacertado al querer encaminar su vida, con
sus múltiples problemas, hacia esa fuente de riqueza y plenitud.
Ante usted abrirase ahora Niels Lyhne, libro lleno de maravillas
y de honduras. Cuanto más se lee, más parece que todo está contenido
en él: desde el perfume más sutil de la vida, hasta el rico e
intenso sabor de sus frutos más grávidos. Ahí no hay nada que no
haya sido captado, comprendido, sentido. Nada que no haya sido
descubierto y reconocido entre las trémulas resonancias del
recuerdo. Ningún suceso vivido, por insignificante que parezca, es
tenido en poco. El más pequeño lance, el episodio más nimio, se
desarrolla cual si fuese todo un destino. Y hasta el destino mismo
es como un tejido amplio y maravilloso, en cuya trama cada hilo es
guiado con infinita ternura por una mano cariñosa, y colocado a la
vera de otro hilo, para ser sostenido y conllevado por otros mil.
Usted sentirá la dicha de leer este libro por primera vez, e irá
adelantándose por entre sus innumerables sorpresas como en un sueño
jamás soñado antes. Mas yo puedo asegurarle que siempre se vuelve a
pasar con igual asombro a través de tales libros, sin que nunca
lleguen a desprenderse de su poder prodigioso, ni pierdan nada del
mágico encanto en que por primera vez envolvieron al lector. Es cada
vez más intenso el deleite que nos brindan y más honda nuestra
gratitud hacia ellos. De algún modo nos volvemos mejores y más
sencillos en el mirar; se hace también más profunda nuestra fe en la
vida, y en la vida misma llegamos a ser más venturosos, más nobles.
Luego debe leer usted el admirable libro que nos cuenta el
destino y los anhelos de María Grubbe, así como las cartas de Jacobsen, las hojas de su diario, los fragmentos. Y, por último, sus
versos, que aunque no muy bien traducidos, viven y vibran con
resonancias infinitas. Le aconsejaría que cuando usted tuviera
alguna oportunidad para ello, comprara la bella edición de las obras
completas de Jacobsen, que contiene todo eso. Ha sido publicada una
buena traducción en tres tomos por el editor Eugen Diederichs de
Leipzig; creo que su precio es de cinco o seis marcos por cada tomo.
Desde luego, con su parecer acerca de Aquí deben florecer
rosas, esa obra de incomparable finura y forma, tiene usted sin
duda toda la razón contra quien escribió el prólogo. Deseo que desde
ahora y aquí mismo quede formulado este ruego: lea lo menos posible
trabajos de carácter estético-crítico: o son dictámenes de
bandería, que por su rigidez y su falta de vida han llegado a
petrificarse y a perder todo sentido, o bien tan sólo hábiles juegos
de palabras, en que prevalece hoy una opinión y mañana la contraria.
Las obras de arte viven en medio de una soledad infinita, y a nada
son menos accesibles como a la crítica. Sólo el amor alcanza a
comprenderlas y hacerlas suyas: sólo él puede ser justo para con
ellas. Dese siempre la razón a sí mismo y a su propio sentir, frente
a todas esas discusiones, glosas o introducciones. Si luego resulta
que no está en lo cierto, ya se encargará el natural desarrollo de
su vida interna de llevarle paulatinamente y con el tiempo hacia otros criterios. Deje que sus juicios tengan quedamente y sin
estorbo alguno su propio desenvolvimiento. Como todo progreso, éste
ha de surgir desde dentro, desde lo más profundo, sin ser apremiado
ni acelerado por nada. Todo está en llevar algo dentro hasta su
conclusión, y luego darlo a luz; dejar que cualquier impresión,
cualquier sentimiento en germen, madure por entero en sí mismo, en
la oscuridad, en lo indecible, inconsciente e inaccesible al propio
entendimiento: hasta quedar perfectamente acabado, esperando con
paciencia y profunda humildad la hora del alumbramiento, en que
nazca una nueva claridad. Este y no otro es el vivir del artista: lo
mismo en el entender que en el crear.
Ahí no cabe medir por el tiempo. Un año no tiene valor y diez
años nada son. Ser artista es: no calcular, no contar, sino madurar
como el árbol que no apremia su savia, mas permanece tranquilo y
confiado bajo las tormentas de la primavera, sin temor a que tras
ella tal vez nunca pueda llegar otro verano. A pesar de todo, el
verano llega. Pero sólo para quienes sepan tener paciencia, y vivir
con ánimo tan tranquilo, sereno, anchuroso, como si ante ellos se
extendiera la eternidad. Esto lo aprendo yo cada día. Lo aprendo
entre sufrimientos, a los que, por ello, quedo agradecido. ¡La
paciencia lo es todo!
Richard Dehmel
4: Con sus libros -dicho sea de paso, también
con el hombre- me ocurre esto: En cuanto doy con una de sus bellas
páginas, siento siempre temor ante la próxima, que tal vez pueda
destruirlo todo y trastrocar lo que es digno de aprecio en algo
indigno. Lo ha caracterizado usted muy bien con las palabras "vivir
y crear como en celo". Así es: el vivir las cosas como las vive el
artista se halla tan increíblemente cerca del mundo sexual, del
sufrimiento y del goce que éste entraña, que ambos fenómenos no son,
bien mirados, sino distintas formas de un mismo anhelo, de una misma
bienandanza. Y si en lugar de celo se pudiera decir "sexo", en el
sentido elevado, amplio y puro de este concepto, libre y por encima
de todas las sospechas con que haya podido enturbiarlo algún error o
prejuicio dogmático, entonces el arte de Dehmel sería grandioso y de
infinito valor. Grande es su fuerza poética y tan impetuosa como un
impulso instintivo. Lleva en sí ritmos propios, libres de prejuicios
y miramientos, y sale brotando de él cual de montañas en erupción.
Sin embargo, no parece que esta fuerza sea siempre del todo
sincera, ni esté desprendida de toda afectación. (Pero en ello, por
cierto, está una de las pruebas más duras, impuestas al genio
creador, que debe permanecer siempre inconsciente de su propia
valía, sin sospechar siquiera sus mejores virtudes, so pena de
hacerles perder su candor y su pureza). Además, cuando esa fuerza
del poeta, atravesando tumultuosamente todo su ser, alcanza los
dominios del sexo, ya no encuentra al hombre tan puro como ella lo
necesitaría. Pues ahí no hay un mundo sexual del todo maduro, puro,
sino un mundo que no es bastante humano, que solo es masculino; que
es celo, ebriedad, juicios y orgullos, con que el hombre ha
desfigurado y gravado el amor. Por amar meramente como hombre y no
como humano, hay en su modo de sentir el sexo algo estrecho, salvaje
en apariencia, lleno de rencor y malquerer; algo meramente
transitorio y falto de contenido eterno, que rebaja su arte,
volviéndolo ambiguo y dudoso. De este arte, que no está sin mácula y
lleva marcado el estigma del tiempo y de la pasión, poca cosa podrá
subsistir y perdurar. (Esto mismo ocurre con casi todo arte). No
obstante, podemos complacernos hondamente en cuanto ahí hay de
grande. Sólo hay que procurar no perderse ni volverse partidario de
ese mundo dehmeliano, tan lleno de angustias infinitas, confusión y
desorden, que dista mucho de los destinos verdaderos. Estos hacen
sufrir más que esas tribulaciones pasajeras; en cambio, dan mayor
oportunidad para llegar a lo sublime y más valor para alcanzar lo
eterno.
En cuanto a mis propios libros, mi mayor gusto sería enviarle
todos los que pudieran causarle alguna alegría. Pero soy muy pobre,
y mis libros, una vez publicados, ya no me pertenecen. Ni siquiera
los puedo comprar para darlos, como a menudo sería mi deseo, a
quienes sabrían acogerlos con amor. Por esto le indico en una
cuartilla los títulos y los editores de mis libros últimamente
publicados -de los más recientes, se entiende, pues entre todos son
ya unos doce o trece los que he dado a la imprenta-, y debo,
estimado señor, dejar a su voluntad el encargar alguno de ellos,
cuando se le presente la ocasión.
Me es grato saber que mis libros están con usted. Adiós.
Su
Rainer Maria Rilke
IV
Worpswede5, cerca de Bremen,
a 16 de julio de 1903
He abandonado París hace unos días, por cierto bastante enfermo y
cansado, para acogerme a esta gran llanura norteña, que con su
amplitud, su calma y su cielo, ha de devolverme la salud. Pero aquí
he venido a caer bajo una lluvia persistente hasta hoy, que es
cuando empieza a escampar un poco sobre esta comarca, sin sosiego
azotada por los vientos. Aprovecho, estimado señor, este primer
momento de claridad, para saludarle.
Mi querido señor Kappus: he dejado mucho tiempo sin respuesta una
carta suya. No porque la hubiese olvidado. Al contrario: es una de
esas cartas que nos agrada releer cuando volvemos a encontrarlas
entre otras, y en ella le reconocí a usted como desde muy cerca. Me
refiero a su carta del 2 de mayo, que seguramente recordará. Cuando
la leo, como ahora, en medio del gran silencio de estas lejanías, su
bella inquietud por la vida me causa una emoción aun más intensa que
la que sentí ya en París, donde todo suena de otro modo y acaba por
perderse, desvaneciéndose entre el enorme estruendo que allí hace
retemblar todas las cosas. Aquí, rodeado de un imponente paisaje
batido por los vientos que los mares le envían, siento que a esas
preguntas e inquietudes, que por sí mismas y allá en sus
profundidades tienen vida propia, nadie puede contestarle. Pues aún
los mejores yerran con sus palabras, cuando éstas han de expresar
algo en extremo sutil y casi inefable.
Creo, sin embargo, que usted no ha de quedar sin solución si sabe
atenerse a unas cosas que se parezcan a éstas en que ahora se
recrean mis ojos. Si se atiene a la naturaleza, a lo que hay de
sencillo en ella; a lo pequeño que apenas se ve y que tan
improvisadamente puede llegar a ser grande, inmenso; si siente este
cariño hacia las cosas ínfimas y, con toda sencillez, como quien
presta un servicio, trata de ganar la confianza de lo que parece
pobre, entonces todo se tornará más fácil, más armonioso, de algún
modo más avenible. Tal vez no en el ámbito de la razón, que,
asombrada, se queda atrás, pero sí en lo más hondo de su
conocimiento, en el constante velar de su alma, en su más íntimo
saber.
Por ser usted tan joven, estimado señor, y por hallarse tan lejos
aún de todo comienzo, yo querría rogarle, como mejor sepa hacerlo,
que tenga paciencia frente a todo cuanto en su corazón no esté
todavía resuelto. Y procure encariñarse con las preguntas mismas,
como si fuesen habitaciones cerradas o libros escritos en un idioma
muy extraño. No busque de momento las respuestas que necesita. No le
pueden ser dadas, porque usted no sabría vivirlas aún -y se trata
precisamente de vivirlo todo. Viva usted ahora sus preguntas.
6
Tal vez, sin advertirlo siquiera, llegue así a internarse poco a
poco en la respuesta anhelada y, en algún día lejano, se encuentre
con que ya la está viviendo también. Quizás lleve usted en sí la
facultad de crear y de plasmar, que es un modo de vivir
privilegiadamente feliz y puro. Edúquese a sí mismo para esto, pero
acoja cuanto venga luego, con suma confianza. Y siempre que ello
proceda de su propia voluntad o de algún hondo menester, écheselo a
cuestas sin renegar de nada.
El sexo es una dura y difícil carga, sí, pero es precisamente
duro y difícil 7 cuanto nos ha sido encomendado. Casi todo lo que
es serio es también arduo, y todo es serio... Con tal que usted
reconozca esto y, por sí mismo, conforme a su peculiar modo de ser y
a sus aptitudes, merced a su infancia, a su experiencia y a sus
propias fuerzas, llegue a conseguir y a mantener con el sexo una
relación del todo propia y personal, libre de la influencia que por
lo común ejercen convencionalismos y costumbres, ya no debe temer
entonces ni el perderse a sí mismo, ni el hacerse indigno de su más
preciado bien.
El goce propio del sexo es una emoción sensual como el simple
mirar. O como la mera sensación que colma la lengua mientras saborea
una hermosa fruta. Es una experiencia grande, infinita, que nos es
regalada. Un conocer del mundo, la plenitud y el esplendor de todo
saber... Y lo malo no está en vivir esta experiencia, sino en que
casi todos abusen de ella y la malgasten. Empleándola como incentivo
y esparcimiento en los momentos de mayor lasitud, en vez de vivirla
con recogimiento para alcanzar sublimes culminaciones. También del
comer, por cierto, han hecho los hombres otra cosa. Por un lado la
miseria, por otro la opulencia excesiva, han empañado la nitidez de
este menester. De modo parecido se enturbiaron también los profundos
y sencillos menesteres. en virtud de los cuales la vida se renueva.
Pero cada individuo, para sí mismo, puede tratar de devolverles su
pureza, viviéndolos con límpida sencillez. Si esto no está al
alcance de cualquier individuo -porque cada cual depende demasiado
de otros-, sí está al alcance del hombre solitario. Puede éste
recordar que tanto en las plantas como en los animales, toda belleza
es una callada y persistente forma de amor y anhelo. Puede también
ver a los animales como ve a las plantas: uniéndose, multiplicándose
y creciendo, no por ningún placer ni por ningún sufrimiento físico,
sino doblegándose ante necesidades más grandes que el goce y el
dolor, más poderosas que toda voluntad y que toda resistencia. ¡Oh,
si el hombre pudiese acoger con ánimo más humilde y llevar con mayor
seriedad este misterio, del que está llena la tierra hasta en sus
cosas más pequeñas! ¡Y lo soportara, sintiendo cuán terrible y
agobiante es su peso, en vez de tomarlo a la ligera! ¡Y se inclinara
con profunda veneración ante su propia fecundidad, que es una sola!
¡Tanto si parece espiritual como si parece material! Pues también el
crear del espíritu arranca del mundo físico. Es de su misma esencia
y como una reproducción más sutil, más arrobadora y más perenne del
goce carnal.
"La idea de ser creador, de engendrar, de dar forma y vida" nada
es sin su amplia, perpetua confirmación y realización en el
universo. Nada sin el ascenso que, de mil modos repetido, emana de
los animales y de las cosas. Y si su disfrute resulta indeciblemente
bello y rico, es sólo porque está pleno de recuerdos heredados de
los engendramientos y partos de millones de seres que nos
precedieron... En un pensamiento creador reviven miles y miles de
noches de amor olvidadas, que lo llenan de nobleza y celsitud. Y los
que en las noches se juntan, entrelazados y voluptuosamente mecidos
en su amor, llevan a cabo una empresa muy seria, y atesoran
dulzuras, hondura y fuerza para el himno de algún poeta venidero,
que un día se alzará para cantar inefables delicias. Así llaman al
porvenir. Y aun cuando yerren, aun cuando sean ciegos sus abrazos,
el porvenir llega. Surge un nuevo ser, y en el ámbito del acaso que
ahí parece haberse consumado, despierta la ley en virtud de la cual
un germen de vida vigoroso y resistente irrumpe con ímpetu,
haciéndose paso hacia el óvulo que, abierto, sale a su encuentro. No
se deje engañar por lo que aparezca en la superficie. En las
profundidades es donde todo se vuelve ley. Y aquellos que vivan
falsa y torpemente ese misterio -son muchísimos-, sólo para sí
mismos lo pierden. Pues, con todo, lo retransmiten como un mensaje
cerrado, sin llegar a conocerlo. Tampoco debe desconcertarse ante la
multiplicidad de los nombres, ni ante la complejidad de las cosas.
Quizás haya por encima de todo una gran maternidad como anhelo
común... La hermosura de una virgen, es decir, de un ser que -como
usted lo define con tan bellas palabras- "no ha dado aún nada de
sí", es maternidad que se presiente a sí misma, y se prepara
temerosa y anhelante: Y la belleza de la madre es maternidad
empeñada en su servidumbre: Y en la mujer anciana perdura una gran
remembranza.
Yo creo que también en el hombre hay maternidad. Tanto en su
espíritu como en su cuerpo. Pues su modo de engendrar es así mismo
una especie de parto. También es parto cuando crea al impulso de una
íntima plenitud. Acaso haya entre los sexos mayor grado de
parentesco y afinidad que el que se supone comúnmente. Y la gran
Renovación del mundo consistirá quizás en que el hombre y la mujer,
una vez libres de todo falso sentir y de todo hastío, ya no se
buscarán mutuamente como seres opuestos y contrarios, sino como
hermanos y allegados. Uniéndose como humanos, para sobrellevar
juntos, con seriedad, sencillez y paciencia, el arduo sexo que les
ha sido impuesto.
Pero todo cuanto tal vez algún día llegue a ser asequible para
muchos, lo puede aprestar ya desde ahora el hombre solitario,
edificándolo con sus manos que yerran menos. Por eso, estimado
señor, ame su soledad y soporte el sufrimiento que le causa,
profiriendo su queja con acentos armoniosos. Si, como dice, siente
que están lejos de usted los seres más allegados, es señal de que ya
comienza a ensancharse el ámbito en derredor suyo. Y si lo cercano
se halla tan lejos, es que la amplitud de su vida ha crecido mucho y
alcanza ya las estrellas. Alégrese de su propio crecimiento, en el
cual, por cierto, a nadie puede llevarse consigo. Y sea bueno con
cuantos se queden rezagados, permaneciendo seguro y tranquilo ante
ellos, sin atormentarlos con sus dudas ni asombrarles con su firme
confianza en sí mismo, o con su alegría, que ellos no sabrían
comprender. Trate de conseguir algún modo de convivencia con ellos.
Un algo común, que sea sencillo, modesto, sincero, que no tenga
necesidad de alterarse, aunque usted siga transformándose más y más
cada día. Ame la vida que en ellos se manifiesta en forma extraña a
la suya propia. Y sea indulgente con aquellos que van envejeciendo,
y temen la soledad en que usted tanto confía. Evite enconar con
nuevos motivos el drama siempre tenso entre padres e hijos, que en
los jóvenes consume muchas fuerzas, y en los ancianos corroe ese
cariño que siempre obra y da su calor, aun cuando no comprenda... No
les pida consejo, ni cuente con su comprensión. Pero tenga fe en un
amor que le queda reservado como una herencia, y abrigue la certeza
de que hay en este amor una fuerza y también una bendición, de cuyo
ámbito no necesita usted salirse para llegar muy lejos.
*
Está bien que, por de pronto, desemboque en una carrera que le
vuelva independiente y le confiera completa autonomía en todos los
sentidos. Aguarde con paciencia hasta poder averiguar si su vida
íntima se siente limitada y cohibida por las formas propias de esta
profesión. 8 Yo la tengo por muy difícil y llena de exigencias,
porque está gravada de muchos y grandes convencionalismos. Y porque
en ella hay apenas cabida para una concepción personal de sus
cometidos. Pero su soledad, aun en medio de circunstancias extrañas
a su modo de ser, le servirá de sostén y de hogar. Y desde ahí podrá
usted descubrir todos sus caminos.
Mis mejores votos se hallan prontos a acompañarle, y mi confianza
está con usted.
Su
Rainer María Rilke
V
Roma, 29 de octubre de 1903
Estimado señor :
Su carta del 29 de agosto la recibí ya en Florencia, y apenas
ahora, después de dos meses, le hablo de ella. Le ruego me perdone
esta demora, pero es que cuando estoy de viaje no me agrada escribir
cartas. Para ello necesito algo más que los avíos imprescindibles:
un poco de calma y de soledad, y también alguna hora que no sea
demasiado extraña a mi íntimo sentir.
Llegamos a Roma hace unas seis semanas, en época en que aun era
la Roma desierta, calurosa y malfamada por sus fiebres. Esta
circunstancia, junto con otras dificultades de orden práctico,
relativos a nuestra instalación, contribuyó a que nuestro
desasosiego pareciera no querer acabar nunca, y nos agobiara la
estancia en país extraño, haciéndonos sentir el peso del vivir sin
hogar, como en destierro. A esto hay que añadir que Roma, en los
primeros días -cuando no se conoce aún-, infunde en los ánimos una
melancolía que abruma por ese ambiente de museo, exánime y triste,
que aquí se respira. Por la profusión de glorias pasadas que se
sacan a relucir y a duras penas se mantienen en pie, mientras de
ellas se nutre un presente mezquino. Y también por esa desmedida
valoración -que fomentan eruditos y filólogos y remedan los
rutinarios visitantes de Italia- de tantas cosas desfiguradas y
gastadas, que, en realidad, no son sino restos casuales de otra
época y de una vida que ni es ni ha de ser la nuestra.
Por fin, tras varias semanas de brega diaria en actitud
defensiva, vuelve uno, si bien algo aturdido aún, a encontrarse a sí
mismo, y piensa: No, aquí no hay más belleza que en cualquier otro
sitio. Y todas estas cosas que generaciones tras generaciones han
seguido admirando, y que torpes manos de peones han ido rehaciendo y
completando, nada significan, nada son, no tienen alma ni valor
alguno. Sin embargo, hay aquí mucha belleza, porque en todas partes
la hay. Aguas rebosantes de vida infinita vienen afluyendo por los
antiguos acueductos a la gran urbe y, en múltiples plazas, saltan y
bailan en conchas de piedra blanca, para derramarse y esparcirse
luego en anchos y espaciosos estanques, musitando de día y alzando
su murmullo en la noche, que aquí es grandiosa y estrellada, y suave
por el hálito de los vientos que la orean.
"Aquí hay también jardines, inolvidables alamedas y escalinatas,
ideadas éstas por Miguel Ángel a semejanza de las aguas que se
deslizan y caen en cascadas de amplio declive, naciendo cada grada
de otra grada, como una onda nace de otra onda. Merced a tales
impresiones, logramos recogernos y recobrarnos, librándonos de lo
mucho que aquí hay de presuntuoso y hablador; ¡y cuánto había!...
De este modo aprendemos despacio a discernir las muy pocas cosas en
que perdura algo eterno, digno de nuestro amor, y alguna soledad, de
la cual podemos participar quedamente.
Aun habito en la ciudad, junto al Capitolio, no muy lejos de la
más bella estatua ecuestre que nos haya quedado bien conservada del
arte romano: la de Marco Aurelio. Pero dentro de pocas semanas me
alojaré en un cuarto silencioso y sencillo, antigua galería perdida
en lo más recóndito de un gran parque y oculta a la ciudad, a su
bullicio y a sus azares. Ahí permaneceré durante todo el invierno,
gozando de esa gran quietud, de la cual espero el regalo de algunas
horas buenas y fecundas.
Desde allí, donde me será ya más fácil sentirme como en mi propia
casa, le escribiré una carta más extensa, y en ella volveré aún a
hablarle de la suya. Hoy sólo he de decirle -y quizás sea un error
el no haberlo hecho antes- que no ha llegado aquí el libro anunciado
en su carta, en el cual habían de venir insertos algunos trabajos
suyos. ¿Le habrá sido devuelto desde Worpswede, ya que no está
permitido reexpedir paquetes al exterior? Esta probabilidad sería
sin duda la más favorable, y me agradaría saberla confirmada. ¡Ojalá
no se trate de una pérdida, que, desafortunadamente, lo sería por
cierto nada excepcional, dadas las condiciones que imperan en el
servicio de correos italiano!
También ese libro, como todo cuanto me dé alguna señal de usted,
lo habría recibido con agrado; y los versos que hayan surgido
entretanto, los leeré. siempre, si usted me los confía, y volveré a
leerlos, a sentirlos, a vivirlos, tan bien y tan entrañablemente
como yo sepa hacerlo.
Con mis mejores deseos y saludos,
Su
Rainer María Rilke
VI
Roma, 23 de diciembre de 1903
Estimado señor Kappus:
No ha de quedar sin mi saludo, ahora que llegan las Navidades, y
que en medio de tantas fiestas debe pesarle su soledad más aún que
de costumbre. Pero si siente que esta soledad es grande, alégrese.
Pues -así ha de preguntárselo a sí mismo- ¿que sería una soledad que
no tuviera su grandeza? Sólo hay una soledad. Es grande y difícil de
soportar. Y casi a todos nos llegan horas en que de buen grado la
cederíamos a trueque de cualquier convivencia. Por muy trivial y
mezquina que fuere. Hasta por la mera ilusión de una ínfima
coincidencia con cualquier otro ser. Con el primero que se presente,
aunque resulte tal vez el menos digno. Mas acaso sean éstas,
precisamente, las horas en que la soledad crece, pues su desarrollo
es doloroso como el crecimiento de los niños y triste como el
comienzo de la primavera. Ello, sin embargo, no debe desconcertarle,
pues lo único que por cierto hace falta es esto: Soledad, grande,
íntima soledad. Adentrarse en sí mismo, y, durante horas y horas, no encontrar a nadie... Esto es lo que importa saber conseguir.
Estar solos como estuvimos solos cuando niños, mientras en derredor
nuestro iban los mayores de un lado para otro, enredados en cosas
que parecían importantes y grandes, sólo porque ellos se mostraban
atareados, y porque nosotros nada entendíamos de sus quehaceres.
Ahora bien: si un día se acaba por descubrir cuán pobres son sus
ocupaciones, y se echa de ver que sus profesiones están yertas y
faltas ya de todo nexo con la vida, ¿por qué no seguir entonces
mirando todo eso con los ojos de la infancia, como si fuese algo
extraño? ¿Por qué no mirarlo todo desde la profundidad de nuestro
propio mundo, desde las extensas regiones de nuestra propia soledad,
que es también trabajo y dignidad y oficio? ¿Por qué empeñarse en
querer cambiar el sabio no-entender del niño por un espíritu
constantemente en guardia y lleno de desprecio frente a los demás,
ya que no comprender es estar solo, mientras defenderse y despreciar
equivale a tomar parte en aquello de lo cual uno quiere precisamente
desligarse por tales medios?
Piense, muy estimado señor, en el mundo que
lleva en sí mismo, y dé a este pensar el nombre que guste. Así sea
recuerdo de la propia infancia, o anhelo del propio porvenir. Sobre
todo, permanezca siempre atento a cuanto se alce en su alma, y
póngalo por encima de todo lo que perciba en torno suyo. Siempre ha
de merecer todo su amor cuanto acontezca en lo más íntimo de su ser.
En ello debe usted laborar de algún modo, y no perder demasiado
tiempo ni demasiado ánimo en esclarecer su posición frente a sus
semejantes. ¿Hay acaso quien pueda asegurarle que usted tiene
siquiera posición alguna?
Ya sé, su carrera
9 es para usted dura y llena de cosas que se
hallan en contradicción con su modo de ser. Yo preveía su queja y
sabía que no dejaría de llegar. Ahora que ha llegado, no sé cómo
aquietarla. Sólo puedo aconsejarle que considere si todas las
profesiones no son también así: llenas de exigencias y de hostilidad
para cada individuo y, en cierto modo, saturadas del odio de cuantos
se han conformado, mudos y huraños en su sordo rencor, con el
cumplimiento de un deber insulso y gris, falto de toda ilusión...
10 La posición en que ha de vivir ahora no se halla más gravada de
convencionalismos, prejuicios y errores, que cualquier otro estado.
Si bien hay algunos que hacen alarde de mayor libertad, no existe de
veras ninguno que por dentro sea desahogado y amplio, y tenga
relación con las grandes cosas en que consiste la verdadera vida.
Únicamente el hombre solitario está sometido, cual una cosa, a las
leyes profundas de la naturaleza. Y cuando uno sale al encuentro de
la naciente mañana, o con su mirada penetra en la noche preñada de aconteceres, sintiendo cuanto ahí acaece, entonces despréndese de
él, cual de un muerto, toda condición, aunque él se halle en medio
del más puro vivir.
Lo que usted, muy estimado señor Kappus, ha de sentir ahora como
militar, lo habría sentido de modo parecido en cualquier otra
carrera. Y aun cuando, fuera de todo cargo y empleo, hubiese
procurado mantener con la sociedad tan sólo una tenue forma de
contacto, que dejase a salvo su independencia, no por eso le habría
sido ahorrado el sentirse cohibido. En todas partes ocurre lo mismo,
pero esto no ha de ser motivo para sentir angustia ni tristeza. Si
no hay nada de común entre usted y los hombres, procure vivir cerca
de las cosas. Ellas no le abandonarán. Aun hay noches y vientos que
van por entre los árboles y por encima de muchas tierras. Aun, en
cosas y animales, está todo lleno de acaeceres que usted puede
compartir. Y también los niños siguen siendo todavía como usted fue
de niño: tan tristes y tan felices. En cuanto usted piense en su
propia infancia, volverá a vivir entre ellos, entre los niños
solitarios. Y entonces las personas mayores ya no significarán nada,
ni tendrá valor alguno toda su dignidad.
Si le angustia y le tortura el pensar en la infancia, en la
sencillez y quietud que con ella van enlazadas -porque usted ya no
sabe creer en Dios, que está presente en todo ello-, pregúntese
entonces a sí mismo, querido amigo, si es que de veras ha perdido a
Dios. ¿No será más cierto que nunca lo ha poseído aún? Pues ¿cuándo
habría podido ser? ¿Cree usted que un niño pueda tenerle a Él, a
quien sólo con gran esfuerzo logran llevar los que ya son hombres, y
cuyo peso doblega a los ancianos? ¿Cree usted que si alguien lo
poseyera de verdad, podría jamás perderle como se pierde una piedrecita? ¿No le parece mas bien, como a mí, que quien lo
poseyese, ya sólo podría ser perdido por Él?... Ahora bien: si usted
reconoce que Él nunca se halló en su infancia, y que antes tampoco
fue; si llega a sospechar que Cristo fue deslumbrado por su inmenso
anhelo, y Mahoma engañado por su gran orgullo; si con espanto siente
que tampoco ahora está presente, en este mismo instante en que de Él
estamos hablando, ¿con qué derecho pretende entonces echarlo de
menos, a Él que nunca fue, como a un ser que hubiese pasado y
desaparecido? ¿Y qué le autoriza a buscarlo como si se hubiera
perdido? ¿Por qué no piensa más bien que Él es Aquél que aun ha de
venir, el que desde hace una eternidad está por llegar: El Venidero
11, fruto supremo de un árbol cuyas hojas somos nosotros? ¿Qué le
impide proyectar Su nacimiento hacia los tiempos por venir? Y ¿qué
le priva de vivir su propia vida, como se vive un día doloroso y
bello en la larga historia de una magna preñez? ¿No ve cómo todo
cuanto acontece es siempre un comienzo? Y ¿no podría ser esto el
principio de Él, ya que todo comenzar es en sí tan bello? Si Él es
El Más Perfecto, ¿no ha de precederle forzosamente algo menos
grande, para que Él pueda elegir su propio ser de entre la plenitud
y la abundancia? ¿No debe Él ser El Último, para poder abarcarlo
todo en sí mismo? ¿Qué sentido tendría nuestra existencia si Aquél a
quien anhelamos hubiera sido ya?...
Así como las abejas liban y juntan la miel también nosotros
extraemos de todo lo más dulce para edificarlo a Él. Podemos
iniciarlo también con lo ínfimo. Con lo que menos presencia tenga: siempre que suceda por amor. Con el trabajo y luego con el reposo.
Con un silencio. Con una pequeña y solitaria alegría. Con todo
cuanto realicemos solos, sin partícipes ni seguidores, iniciamos a
Aquél que no alcanzaremos a conocer, como tampoco nuestros
antepasados pudieron conocernos a nosotros. Sin embargo, esos que
hace tanto tiempo pasaron, están aún dentro de nosotros. Como
depósito, herencia y fundamento. Como carga que pesa sobre nuestro
destino. Como sangre que bulle, y como ademán que se alza desde las
profundidades del tiempo. ¿Hay algo que logre arrebatarle la
esperanza de llegar algún día a estar del mismo modo en Él, que es
El Más Lejano, El Supremo?...
Celebre, estimado señor Kappus, las Navidades con el piadoso
sentimiento de que Él, para poder empezar, necesite tal vez de esta
misma angustia que usted abriga frente a la vida. Precisamente estos
días de transición son quizás la época en que todo en usted labora
para moldearle a Él, como también antes, cuando niño, trabajó ya,
anhelante, en darle forma. Tenga paciencia y serenidad. Y piense que
lo menos que podemos hacer es no ponerle nosotros más trabas a su
desarrollo que la tierra a la primavera, cuando ésta quiere llegar.
¡Quede contento y confiado!
Su
Rainer Maria Rilke
VII
Roma, 14 de mayo de 1904
Muy estimado señor Kappus:
Ha pasado mucho tiempo desde que recibí su última carta. No me lo
tome a mal: primero el trabajo, luego los contratiempos, y por
último mis dolencias estuvieron retrayéndome una vez y otra de darle
esta respuesta, que -tal era mi deseo- había de llegarle como fruto
de unos días apacibles y buenos. Ahora vuelvo a encontrarme un tanto
mejor: también aquí se hizo sentir duramente el comienzo de la
primavera con sus malignas y caprichosas variaciones. Así llego por
fin a saludarle, estimado señor Kappus, y a decirle con sumo gusto,
de todo corazón y como yo mejor sepa, esto y aquello en contestación
a su carta. Ya ve: he copiado su soneto por hallarlo bello y
sencillo, y porque está compuesto con tan recatado primor. Son éstos
los mejores versos suyos que me ha sido dado leer. Ahora le entrego
la copia que de ellos hice, porque sé cuánta importancia tiene y qué
caudal de nuevas experiencias nos descubre el volver a encontrar un
trabajo propio, escrito con letra ajena. Lea estos versos como si
fueran de otro, y sentirá en lo más hondo del alma cuán suyos son.
12
Ha sido para mí una gran alegría el leer a menudo su soneto y su
carta. Por ambas cosas le doy las gracias. No debe dejarse desviar
en su soledad porque haya en usted algo que ansíe evadirse de ella.
Precisamente este deseo, si usted sabe aprovecharlo con serenidad y
dominio, sirviéndose de él como de un instrumento, le ayudará a
ensanchar su soledad en dilatado campo. La gente, valiéndose de
criterios convencionales, lo tiene todo resuelto, inclinándose
siempre hacia lo más fácil, y buscando aún el lado más fácil de lo
fácil. Pero está claro que nuestro deber es atenernos a lo que es
arduo y difícil. Todo cuanto vive se atiene a ello. Todo en la
naturaleza crece y lucha a su manera y constituye por sí mismo algo
propio, procurando serlo a toda costa y en contra de todo lo que se
le oponga. Poca cosa sabemos. Pero que siempre debemos atenernos a
lo difícil es una certeza que nunca nos abandonará. Es bueno estar
solo, porque también la soledad resulta difícil. Y el que algo sea
difícil debe ser para nosotros un motivo más para hacerlo.
También es bueno amar, pues el amor es cosa
difícil. El amor de un ser humano hacia otro: esto es quizás lo más
difícil que nos haya sido encomendado. Lo último, la prueba suprema,
la tarea final, ante la cual todas las demás tareas no son sino
preparación. Por eso no saben ni pueden amar aún los jóvenes, que en
todo son principiantes. Han de aprenderlo. Con todo su ser, con
todas sus fuerzas reunidas en torno a su corazón solitario y
angustiado, que palpita alborotadamente, deben aprender a amar. Pero
todo aprendizaje es siempre un largo período de retiro y clausura.
Así, el amor es por mucho tiempo y hasta muy lejos dentro de la
vida, soledad, aislamiento crecido y ahondado para el que ama. Amar
no es, en un principio, nada que pueda significar absorberse en otro
ser, ni entregarse y unirse a él. Pues, ¿qué sería una unión entre
seres inacabados, faltos de luz y de libertad? Amar es más bien una
oportunidad, un motivo sublime, que se ofrece a cada individuo para
madurar y llegar a ser algo en sí mismo; para volverse mundo, todo
un mundo, por amor a otro. Es una gran exigencia, un reto, una
demanda ambiciosa, que se le presenta y le requiere; algo que lo
elige y lo llama para cumplir con un amplio y trascendental
cometido. Sólo en este sentido, es decir, tomándolo como deber y
tarea para forjarse a sí mismo "escuchando y martilleando día y
noche", es como los jóvenes deberían valerse del amor que les es
dado. Ni el absorberse mutuamente, ni el entregarse, ni cualquier
otra forma de unión, son cosas hechas para ellos, que por mucho
tiempo aún, han de acopiar y ahorrar. Pues todo eso es la meta
final. Lo último que se pueda alcanzar. Es tal vez aquello para lo
cual, por ahora, resulta apenas suficiente la vida de los hombres.
Pero en esto yerran los jóvenes tan a menudo y tan gravemente.
Ellos, en cuya naturaleza está el no tener paciencia, se arrojan y
se entregan, unos en brazos de otros, cuando les sobrecoge el amor.
Se prodigan y desparraman tal como son, aun sin desbrozar, con todo
su desorden y su confusión... Mas ¿qué ha de suceder luego? Qué ha
de hacer la vida con ese montón de afanes truncos, que ellos llaman
su convivir, su unión, y que, de ser posible, desearían poder llamar
su felicidad, y aún más: ¡su porvenir! Ahí se pierde cada cual a sí
mismo por amor al otro. Pierde igualmente al otro, y a muchos más
que aun habían de llegar. Pierde también un sin fin de horizontes y
de posibilidades, trocando el flujo y reflujo de posibilidades de
sutil presentimiento por un estéril desconcierto, del cual ya nada
puede brotar. Nada sino un poco de hastío, desencanto y miseria, y
el buscar tal vez la salvación en alguno de los múltiples
convencionalismos que, cual refugios abiertos a todo el mundo,
dispuestos están en gran número al borde de este peligrosísimo
camino. Ninguna región del humano sentir se halla tan provista de
convencionalismos como ésta. Ahí hay salvavidas de variadísima
invención: botes, vejigas, flotadores... Recursos y medios de escape
de toda laya supo crear la sociedad, ya que por hallarse
predispuesta a tomar la vida amorosa como mero placer, tuvo también
que hacerla fácil, barata, segura y sin riesgos, como suelen ser las
diversiones públicas.
Por cierto, muchos jóvenes que aman de un modo falso, es decir,
haciendo del amor una simple entrega y rehuyendo la soledad -nunca
llegará a más el promedio de los hombres-, sienten el peso de su
falta, y también a este trance en que han venido a encontrarse,
quieren infundirle vida y fecundidad de una manera propia y
personal. Pues su naturaleza les revela que las cuestiones de amor,
menos aun que cualquier otra cosa de importancia, jamás pueden ser
dirimidas por algún procedimiento de carácter público, de
conformidad con tal o cual convenio. Que son asuntos privativos de
cada cual y deben resolverse de modo individual, de ser a ser,
precisándose en cada caso de una solución exclusivamente personal.
Pero ¿cómo ha de ser posible que ellos, quienes al juntarse se han
despeñado y hundido en una misma confusión, dejando de deslindarse y
de distinguirse el uno del otro, y no poseyendo, por tanto, nada
propio ya, acierten a dar con alguna salida, por sí mismos, desde el
abismo de su derrumbada soledad?
Obran en virtud de un común desamparo y, cuando luego quieren,
con la mejor voluntad, rehuir algún convencionalismo notorio -por
ejemplo el matrimonio-, caen en las tenazas de otra solución
convencional, tal vez menos manifiesta, pero igualmente mortal. Pues
ahí -dentro de un amplio ámbito en derredor suyo- todo es
convención. Allí donde se obre al impulso de una confluencia
prematura y de un turbio convivir, cualquier lazo que derive de tal
desorden tiene su convencionalismo, por muy insólito que parezca; es
decir: aunque resulte "inmoral" en el sentido corriente de la
palabra. Hasta la separación viene a ser un paso convencional, una
decisión nacida del azar, impersonal y sin fuerza ni fruto.
Quien seriamente repare en ello, descubre que, como para la
muerte, que es cosa difícil, tampoco para el arduo cometido del amor
se han hallado aún ni luz ni solución, ni señal ni camino. Para esas
dos tareas -amor y muerte, que veladas y ocultas llevamos dentro, y
que retransmitimos a otros sin descorrer el velo que las recubre- no
se podrá dar con ninguna regla común que se funde en algún convenio.
Pero en la misma medida en que iniciemos nuestros intentos de vivir
cada cual como un ser independiente, esos magnos asuntos nos
encontrarán, a cada uno de nosotros, más próximos a ellos. Las
exigencias que la difícil tarea del amor presenta a nuestro
desarrollo, son de inmensa magnitud. Nosotros, como principiantes,
no estamos a su altura. Pero si a pesar de todo sabemos perseverar y
llevamos este amor a cuestas, como carga y aprendizaje, en lugar de
perdernos en ese juego fácil y frívolo, tras del cual los hombres se
han escondido para eludir cuanto hay de más serio y de más grave en
su existencia, entonces, un pequeño progreso y algún alivio serán
tal vez perceptibles para aquellos que lleguen largo tiempo después
de nosotros. Y esto ya sería mucho...
Es que apenas ahora empezamos a considerar las relaciones entre
un individuo y otro, sin prejuicios y de manera objetiva. Los
intentos que vamos realizando a fin de vivir tales relaciones nada
tienen ante sí que les pueda servir de ejemplo. Sin embargo, se dan
ya en el correr y mudar del tiempo muchas cosas que quieren acudir
en auxilio de nuestro tímido principiar.
La mujer, en su propio desenvolvimiento más reciente, sólo por
algún tiempo y de modo pasajero imitará los hábitos y modales
masculinos, buenos y malos, ejerciendo a su vez las profesiones
generalmente reservadas al hombre. Tras la incertidumbre de tales
etapas transitorias, quedará de manifiesto que si las mujeres han
pasado por la gran variedad y la continua mudanza de esos disfraces
a menudo risibles, fue tan sólo para poder depurar su modo de ser peculiarísimo, y limpiarlo de las influencias deformadoras del otro
sexo. Por cierto, las mujeres, en quienes la vida se detiene,
permanece y mora de una manera más inmediata, más fecunda, más
confiada, deben de haberse hecho seres más maduros y más humanos que
el hombre. Éste, además de liviano -por no obligarlo el peso de
ningún fruto de sus entrañas a descender bajo la superficie de la
vida- es también engreído, presuroso, atropellado, y menosprecia en
realidad lo que cree amar... Esta más honda humanidad de la mujer,
consumada entre sufrimientos y humillaciones, saldrá a la luz y
llegará a resplandecer cuando en las mudanzas y transformaciones de
su condición externa se haya desprendido y librado de los
convencionalismos añejos a lo meramente femenino. Los hombres, que
no presienten aún su advenimiento, quedarán sorprendidos y vencidos.
Llegará un día que indudables signos precursores anuncian ya de modo
elocuente y brillante, sobre todo en los países nórdicos, en que
aparecerá la mujer cuyo nombre ya no significará sólo algo opuesto
al hombre, sino algo propio, independiente. Nada que haga pensar en
complemento ni en límite, sino tan sólo en vida y en ser: el Humano
femenino...
Tal progreso -al principio muy en contra de la voluntad de los
hombres, que se verán rebasados y superados- transformará de modo
radical la vida amorosa, ahora llena de errores, y la convertirá en
una relación tal, que se entenderá de ser humano a ser humano y ya
no de varón a hembra. Este amor más humano, que se consumará con
delicadeza y dulzura infinitas -imperando luz y bondad, así en el
unirse como en el desligarse- se asemejará al que vamos preparando
entre luchas y penosos esfuerzos: el amor que consista en que dos
soledades se protejan, se deslinden y se saluden mutuamente...
Además, esto: no crea que se haya perdido aquel gran amor que le
fue encomendado antaño, cuando aun era niño. ¿Acaso puede afirmar
usted que no maduraron entonces en su corazón, grandes y buenos
anhelos, y propósitos de los que aun hoy sigue viviendo? Yo creo que
ese amor perdura tan fuerte y poderoso en su recuerdo, porque fue su
primer aislamiento profundo. Y también la primera labor que realizó
en aras de su vida. ¡Todos mis buenos deseos para usted, querido
señor Kappus!
Su
Rainer Maria Rilke
VIII
Borgeby Gard, Fladie (Suecia),
12 de agosto de 1904
Quiero volver a hablarle un rato, querido señor Kappus, aunque yo
casi nada sepa decirle que pueda procurarle algún alivio. Ni
siquiera algo que alcance a serle útil. Usted ha tenido muchas y
grandes tristezas, que ya pasaron, y me dice que incluso el paso de
esas tristezas fue para usted duro y motivo de desazón. Pero yo le
ruego que considere si ellas no han pasado más bien por en medio de
su vida misma. Si en usted no se transformaron muchas cosas. Y si,
mientras estaba triste, no cambió en alguna parte -en cualquier
parte- de su ser. Malas y peligrosas son tan sólo aquellas tristezas
que uno lleva entre la gente para sofocarlas. Cual enfermedades
tratadas de manera superficial y torpe suelen eclipsarse para
reaparecer tras breve pausa, y hacen erupción con mayor violencia.
Se acumulan dentro del alma y son vida. Pero vida no vivida,
despreciada, perdida, por cuya causa se puede llegar a morir.
Si nos fuese posible ver más allá de cuanto alcanza y abarca
nuestro saber, y hasta un poco más allá de las avanzadillas de
nuestro sentir, tal vez sobrellevaríamos entonces nuestras tristezas
más confiadamente que nuestras alegrías. Pues son ésos los momentos
en que algo nuevo, algo desconocido, entra en nosotros. Nuestros
sentidos enmudecen, encogidos, espantados. Todo en nosotros se
repliega. Surge una pausa llena de silencio, y lo nuevo, que nadie
conoce, se alza en medio de todo ello y calla...
Yo creo que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión
que experimentamos como si se tratara de una parálisis. Porque ya no
percibimos el vivir de nuestros sentidos enajenados, y nos
encontramos solos con lo extraño que ha penetrado en nosotros.
Porque se nos arrebata por un instante todo cuanto nos es familiar,
habitual. Y porque nos hallamos en medio de una transición, en la
cual no podemos detenernos.
Por eso pasa la tristeza. Lo nuevo que está en nosotros, lo
recién llegado, se nos entra en el corazón, se desliza en su cámara
más recóndita, y ya tampoco está allí: está en la sangre. Y no
alcanzamos a saber lo que fue... Sería fácil hacernos creer que no
sucedió nada. Sin embargo nos transformamos como se transforma una
casa en la que ha entrado un huésped. No podemos decir quién ha
llegado. Quizás nunca logremos saberlo. Pero muchos indicios nos
revelan que el porvenir entra de ese modo en nuestra vida para
transformarse en nosotros mucho antes de acontecer. Por esto es tan
importante permanecer solitario y alerta cuando se está triste. Pues
el instante aparentemente yerto y sin suceso en que el porvenir nos
penetra, se halla mucho más cerca de la vida que aquel otro momento,
ruidoso y accidental, en que el futuro nos acaece como si proviniese
de fuera.
Cuanto más callados, cuanto más pacientes y sinceros sepamos ser
en nuestras tristezas, tanto más profunda y resueltamente se adentra
lo nuevo en nosotros. Tanto mejor lo hacemos nuestro, y con tanto
mayor intensidad se convierte en nuestro propio destino. Así, cuando
más tarde surge el día en que lo futuro "acontece" -es decir: cuando
al brotar de dentro de nosotros pasa a los demás-, nos sentimos
íntimamente más afines, más allegados a él. ¡Esto es lo que hace
falta! Hace falta -y a eso ha de tender paulatinamente nuestro
desarrollo- que no nos suceda nada extraño, sino tan sólo aquello
que desde mucho tiempo atrás nos pertenezca. ¡Se ha tenido que
revisar y rectificar ya tantos antiguos conceptos acerca de las
leyes que rigen el movimiento! Se aprenderá también a reconocer poco
a poco que lo que llamamos destino pasa de dentro de los hombres a
fuera, y no desde fuera hacia dentro. Sólo porque tantos hombres no
supieron asimilar y transformar en su interior, cada cual su propio
destino, mientras éste vivía en ellos, no alcanzaron tampoco a
conocer lo que de ellos salía. Les era tan ajeno, tan extraño, que
ellos, llenos de pavor y de confusión, creían que debía de
habérseles entrado en aquel mismo instante en que se percataban de
su presencia. Pues hasta juraban que jamás antes habían descubierto
nada parecido en sí mismos. Así como durante mucho tiempo hubo error
acerca del movimiento del sol, sigue aún el engaño sobre el
movimiento de lo venidero. El porvenir está ya fijo, querido señor
Kappus, mas nosotros nos movemos en el espacio infinito. ¡Cómo no
habría de resultarnos todo muy difícil...!
Volviendo a hablar de la soledad, aparece cada vez más claramente
que ella no es en rigor, nada que se pueda tomar o dejar. Y es que
somos solitarios. Uno puede querer engañarse a este respecto y obrar
como si no fuese así; esto es todo. ¡Pero cuánto más vale reconocer
que somos efectivamente solitarios, y hasta partir de esta base!
Así, por cierto, ocurrirá que sintamos vértigo, pues nos vemos
privados de todos los puntos de referencia en que solía descansar
nuestra vista. Ya no hay nada cercano. Y todo lo que es lejano está
infinitamente lejos. Quien fuera llevado, casi sin preparación ni
transición alguna, desde su aposento a la cúspide de una gran
montaña, tendría que experimentar algo semejante. Se sentiría casi
anonadado por una inseguridad sin igual y por el verse abandonado al
capricho de algo que no tiene nombre. Le parecería estar cayendo, o
se creería lanzado al espacio, o bien estallando en mil pedazos.
¡Qué enorme mentira debería inventar entonces su cerebro para
alcanzar a recuperar el anterior estado de sus sentidos y
devolverles su serenidad! Así se transforman, para quien se vuelva
solitario, todas las distancias, todas las medidas. Muchos de estos
cambios se producen de un modo repentino, brusco. Y, al igual que en
aquel hombre transportado a la cima de una montaña, surgen entonces
aprensiones insólitas, sensaciones extrañas, que parecen rebasar
todo lo humanamente soportable. Pero es necesario que también esto
lo vivamos. Debemos aceptar y asumir nuestra existencia del modo más
amplio posible. Todo, incluso lo inaudito, ha de ser viable en ella.
Este es, en realidad, el único valor que se nos pide y exige: tener
ánimo ante las cosas más extrañas, más portentosas y más
inexplicables, que nos puedan acaecer.
El que los hombres hayan sido cobardes en este terreno ha causado
infinito daño a la vida. Los sucesos a los que se da el nombre de
"fenómenos" o de "apariciones", el llamado "mundo espectral"
13,
la muerte, todas esas cosas que nos son tan afines, han sido de tal
modo desalojadas de la vida por el diario afán de defenderse de
ellas, que los sentidos con que podríamos aprehenderlas se han
atrofiado -¡y de Dios, ni hablar! Mas el miedo ante lo inexplicable
no sólo ha empobrecido la existencia del individuo. También las
relaciones de ser a ser han quedado cercenadas por él. Valga el
símil, han sido descuajadas del cauce de un río caudaloso en
posibilidades infinitas, para ser llevadas a un lugar yermo de la
ribera, donde nada sucede. Pues no sólo por desidia se repiten las
relaciones humanas con tan indecible monotonía y sin renovación
alguna de un caso a otro, sino también por temor y recelo ante
cualquier vivencia nueva y de imprevisible trascendencia, que uno
cree superior a sus fuerzas. Pero sólo quien esté apercibido para
todo, sólo quien no excluya nada de su existencia -ni siquiera lo
que sea enigmático y misterioso- logrará sentir hondamente sus
relaciones con otro ser como algo vivo. Sólo él estará en
condiciones de apurar por sí mismo su propia vida. Pues en cuanto
consideramos la existencia de cada individuo como una habitación
mayor o menor, queda de manifiesto que los más sólo llegan a conocer
apenas un rincón de su aposento. Un sitio junto a la ventana. O bien
alguna estrecha faja del entarimado, que van y vienen recorriendo de
un lado para otro. Así disfrutan de alguna seguridad...
Sin embargo, ¡cuánto más humana es aquella inseguridad llena de
peligros, que, en los cuentos de Poe, impulsa a los cautivos a
palpar las formas de sus horribles mazmorras y a familiarizarse con
los indecibles terrores de su estancia! Pero nosotros no somos
presos. Ni trampas, ni redes, ni lazos, se hallan aparejados en
torno nuestro. Ni hay nada que deba causarnos angustia o darnos
tormento. Si hemos sido puestos en medio de la vida, es por ser éste
el elemento al que mejor correspondemos, al que somos más adecuados.
Además, por obra de una adaptación milenaria, nos hemos vuelto tan
semejantes a esa vida, que cuando permanecemos inmóviles, apenas si
-merced a un feliz mimetismo- se nos puede distinguir de cuanto nos
rodea. Ninguna razón tenemos para recelar y desconfiar del mundo en
que vivimos. Si entraña terrores, son nuestros terrores. Si contiene
abismos, estos abismos nos pertenecen. Y si en él hay peligros,
debemos procurar amarlos. Con tal que cuidemos de ordenar y ajustar
nuestra vida conforme a ese principio que nos aconseja atenernos
siempre a lo difícil, cuanto ahora nos parece ser lo más extraño
acabara por sernos lo más familiar, lo mas fiel. ¿Cómo podríamos
olvidarnos de aquellos mitos antiguos que presiden el origen de
todos los pueblos, esos mitos de los dragones que en el momento
supremo se transforman en princesas? Quizá sean todos los dragones
de nuestra vida, princesas que sólo esperan vernos alguna vez
resplandecientes de belleza y valor. Quizá todo lo terrible no sea,
en realidad, nada sino algo indefenso y desvalido, que nos pide
auxilio y amparo...
No debe, pues, azorarse, querido señor Kappus, cuando una
tristeza se alce ante usted, tan grande como nunca vista. Ni cuando
alguna inquietud pase cual reflejo de luz, o como sombra de nubes
sobre sus manos y por sobre todo su proceder. Ha de pensar más bien
que algo acontece en usted. Que la vida no le ha olvidado. Que ella
le tiene entre sus manos y no lo dejará caer. ¿Por qué quiere
excluir de su vida toda inquietud, toda pena, toda tristeza,
ignorando -como lo ignora- cuánto laboran y obtan en usted tales
estados de ánimo? ¿Por qué quiere perseguirse a sí mismo,
preguntándose de dónde podrá venir todo eso y a dónde irá a parar?
¡Bien sabe usted que se halla en continua transición y que nada
desearía tanto como transformarse! Si algo de lo que en usted sucede
es enfermizo, tenga en cuenta que la enfermedad es el medio por el
cual un organismo se libra de algo extraño. En tal caso, no hay más
que ayudarle a estar enfermo. A poseer y dominar toda su enfermedad,
facilitando su erupción, pues en ello consiste su progreso. ¡En
usted, querido señor Kappus, suceden ahora tantas cosas!... Debe
tener paciencia como un enfermo y confianza como un convaleciente.
Pues quizá sea usted lo uno y lo otro a la vez. Aun más: es usted
también el médico que ha de vigilarse a sí mismo. Pero hay en toda
enfermedad muchos días en que el médico nada puede hacer sino
esperar. Esto, sobre todo, es lo que usted debe hacer ahora,
mientras actúe como su propio médico.
No se observe demasiado a sí mismo. Ni saque prematuras
conclusiones de cuanto le suceda. Deje simplemente que todo
acontezca como quiera. De otra suerte, harto fácilmente incurriría
en considerar con ánimo lleno de reproches a su propio pasado; que,
desde luego, tiene su parte en todo cuanto ahora le ocurra. Pero lo
que sigue obrando en usted como herencia de los errores y anhelos de
su mocedad, no es lo que ahora recuerda y condena. Las
circunstancias anormales de una infancia solitaria y desamparada son
tan difíciles, tan complejas, se hallan expuestas y abandonadas a
tantas influencias y, al mismo tiempo, tan desprendidas de todos los
verdaderos vínculos vitales, que cuando en tales condiciones se
desliza un vicio, no se le debe llamar vicio sin más ni más.
13
¡Hay que ser de todos modos tan cauto, tan prudente, con los
nombres! ¡Es tan frecuente que toda una vida se quiebre y quede rota
por el mero nombre de un crimen! No por la acción misma, personal y
sin nombre, que acaso respondiere a un determinado menester de esa
vida, y hubiera podido ser admitida y absorbida por ella sin
esfuerzo alguno. Si el consumir tantas energías le parece grande a
usted, es sólo porque exagera el valor de la victoria. No está en
ella lo grande que usted cree haber realizado, si bien tiene razón
en su sentir. Lo grande está en que ahí ya existió algo que usted
pudo poner en lugar de aquel artificioso fraude, algo real y
verdadero. Sin esto, su victoria sólo habría resultado ser una
reacción moral, sin importancia ni sentido, mientras que así ha
llegado a formar parte de su vida. (De una vida, querido señor Kappus, a la que yo dedico tantos pensamientos y buenos deseos).
¿Recuerda usted cómo esta vida, ya desde la misma infancia, suspiró
por los "grandes"? Yo veo cómo ahora, partiendo de los grandes,
anhela poder alcanzar a los más grandes. Precisamente por eso no
cesa su vida de ser difícil. Pero por esta misma razón no cesará de
crecer.
Si he de decirle algo más, es esto: no crea que quien ahora está
tratando de aliviarlo viva descansado, sin trabajo ni pena, entre
las palabras llanas y calmosas que a veces lo confortan a usted.
También él tiene una vida llena de fatigas y de tristezas, que se
queda muy por debajo de esas palabras. De no ser así, no habría
podido hallarlas nunca...
Su
Rainer Maria Rilke
IX
Furugorg Jonsered, en Suecia,
a 4 de noviembre de 1904
Mi querido señor Kappus:
Durante todo este tiempo que ha transcurrido sin que usted
recibiera ninguna carta mía estuve unas veces de viaje, y otras tan
atareado, que no pude escribir. También hoy me cuesta hacerlo,
porque he tenido que escribir ya varias cartas, y mi mano está
cansada. Si yo pudiese dictar, le diría muchas cosas, pero así le
ruego que reciba tan sólo unas pocas palabras a cambio de su extensa
carta.
En usted, querido señor Kappus, pienso a menudo, y con votos tan
densos, que ello habría de ayudarle de algún modo. Con frecuencia
dudo que mis cartas puedan ser realmente un auxilio. No diga usted:
Sí, lo son". Acójalas con serenidad, sin prodigar su gratitud, y
aguardemos lo que quiera venir.
Tal vez no resulte nada provechoso el que ahora me ponga a
considerar con toda minucia cuanto usted me refiere. Pues lo que yo
pueda decirle acerca de su propensión a la duda, o sobre su
impotencia para armonizar la vida externa con la vida interna, o
respecto de todas las demás cosas que le agobian... , siempre será
lo mismo que ya le tengo dicho: siempre el deseo de que usted halle
en sí bastante paciencia para sufrir, bastante sencillez y candor
para creer, llegando a intimar y a familiarizarse cada vez más con
lo que es difícil. Y también con su soledad en medio de los otros.
En cuanto a lo demás deje que la vida obre a su antojo. Créame:
tiene razón la vida. Siempre y en cualquier caso.
Con respecto a los sentimientos, esto: son puros todos los
sentimientos que le abarquen totalmente y le eleven. Es impuro aquel
sentimiento que prenda en un solo lado de su ser, y llegue por ello
a torcerlo, a deformarlo. Todo cuanto pueda pensar de cara a su
infancia, es bueno. Todo cuanto le eleve aun por encima de lo que
hasta aquí haya logrado ser en sus horas mejores, está bien.
Cualquier superación es buena si está en toda su sangre, siempre que
no sea tan sólo un momento de ebriedad. Ni algún turbio afán, sino
alegría clara, gozo diáfano, que se deja calar y trasver hasta el
fondo. ¿Comprende usted lo que yo quiero decir?
Su duda puede tornarse una virtud, si usted la educa. Debe
convertirse en saber y en crítica. Pregúntele, cada vez que ella
quiera echarle algo por tierra, por qué ese algo está mal. Exíjale
pruebas. Sométala a un examen. Acaso la encuentre entonces perpleja,
confundida. O quizás rebelde, levantisca. Pero no ceda usted. Exija
argumentos y obre así, alerta y consecuente, siempre y cada vez que
sea preciso. Ya vendrá luego el día en que el dudar deje de ser
destructor, para convertirse en uno de sus mejores obreros, el más
inteligente, tal vez, entre todos los que van edificando la vida de
usted.
Esto, querido señor Kappus, es todo cuanto yo pueda decirle hoy.
Pero al mismo tiempo le envío un ejemplar, en tirada aparte, de un
pequeño poema que acaba de ser publicado en la revista "Deutsche
Arbeit", de Praga. Ahí sigo hablándole a usted de la vida, de la
muerte, y de lo grandes y magníficas que ambas son.
Su
Rainer Maria Rilke
X
París, al día siguiente de
Navidad de 1908
Ha de saber usted, querido señor Kappus, cuánto me alegra tener
esa hermosa carta suya. Las noticias que me da, reales y francas,
como ahora vuelven a serlo, me parecen buenas. Y cuanto más lo
pienso, más se afianza en mí la sensación de que son buenas de
verdad. Esto, por cierto, quería yo decírselo en ocasión de
Nochebuena. Pero por causa del múltiple y continuo trabajo en que
vivo envuelto este invierno, me sorprendió la antigua fiesta,
llegando tan pronto que apenas tuve tiempo para los recados más
urgentes y mucho menos para escribirle. Pero a menudo he pensado en
usted durante estos días festivos, imaginando cuán tranquilo debe de
estar en su solitario fortín, perdido entre esas montañas desiertas,
sobre las que se precipitan los poderosos vientos del sur, como si
quisieran engullirlas a grandes trozos.
Debe de ser inmenso el silencio en que hay cabida para tales
ruidos y movimientos. Cuando se piensa que por añadidura se agrega a
todo eso la presencia del mar lejano, con su propio sonido,
constituyendo tal vez el tono más íntimo y entrañable en esa armonía
de prehistórica magnitud, entonces ya sólo resta por desearle a
usted que, lleno de confianza y de paciencia, deje obrar en su ánimo
la grandiosa soledad, que ya nunca podrá ser borrada de su vida, y
que en todo cuanto le queda por vivir y hacer, actuará cual anónimo
influjo, de un modo continuo y decisivo. Algo así como en nosotros
fluye sin cesar la sangre de nuestros antepasados, mezclándose con
nuestra propia sangre para formar el ser único, singular e
irreproducible que somos, cada cual de nosotros, en cada recodo de
nuestra vida.
Sí: me alegro de que usted cuente ahora en su haber esa
existencia firme y determinada. Ese título. Ese uniforme. Ese
servicio. Todo ese conjunto de cosas tangibles y concretas, que en
tales parajes, como los que ahí le rodean, con una guarnición poco
numerosa e igualmente aislada, no deja de adquirir un sello de
gravedad y urgencia, y que, por encima de cuanto en la carrera
militar hay de juego frívolo y pasatiempo, significa servicio
siempre alerta, y no sólo admite la observación individual y
autónoma, sino que hasta la fomenta y educa precisamente. El
hallarnos en circunstancias que nos formen y labren, colocándonos de
vez en cuando ante cosas grandes y naturales, es todo cuanto nos
hace falta.
También el arte es sólo un modo de vivir. Aun viviendo de
cualquier manera, puede uno prepararse para el arte, sin saberlo. En
cualquier realidad se está más cerca de él que en las carreras
irreales, artísticas a medias, que, aparentando cierto allegamiento
al arte, en la práctica niegan y socavan la existencia de todo arte.
Como lo hacen, por ejemplo, el periodismo en su totalidad, casi toda
la crítica profesional, y las tres cuartas partes de lo que se llama
y quiere llamarse literatura.
En pocas palabras: me alegro de que usted se haya salvado del
peligro que representa el caer en todo ello
14 y ahora viva, en un
lugar cualquiera, solitario y valiente en medio de una ruda
realidad. ¡Ojalá pueda el año que está por llegar, mantener y
afirmarlo en ella!
Siempre,
Su
Rainer Maria Rilke
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