CAPÍTULO II
-Usted comenzó a escribir y estuvo largos años, como diez, sin
publicar. ¿Por qué?
-Por severidad; una autocrítica tremenda. Había publicado Los reyes
de manera un poco clandestina y privada, y sólo tres años después apareció
Bestiario.
Debo haber pecado de vanidad porque me había fijado una especie de
techo, de nivel muy alto para empezar a publicar, y tenía suficiente
sentido autocrítico como para leer lo que iba escribiendo y darme cuenta
que estaba por debajo.
Yo quemé una novela de seiscientas páginas, por ejemplo. Que hoy
lamento haber quemado porque sé que había cosas lindas en esa novela y me
gustaría haberla conservado como documento personal, autobiográfico. Era
una novela muy sentimental pero en las que había situaciones dramáticas y
extremas, largas discusiones, que hoy quisiera saber cómo había
solucionado. No me queda sino una idea muy general.
Que un muchacho joven, en las condiciones de los argentinos de esa
época que se apresuraban demasiado a publicar, se niegue a hacerlo, es
prueba o bien de una gran vanidad o de un gran rigor. Verdaderamente
prefiero haber pecado de vanidad que de facilidad.
El día que consideré que había tocado ese plafond que yo mismo
me había marcado, entregué los cuentos de Bestiario. Antes de
Bestiario podría haber publicado dos libros de cuentos que se quedaron
por ahí (cuentos que había escrito cuando era profesor en el campo, en
Bolívar y en Chivilcoy), aquella novela inmensa, dos novelitas cortas,
algunos ensayos, un montón de textos -y muchísimos poemas, pero ese es
otro capítulo- y todo eso me negué a publicarlo.
-¿Qué le reprochaba a aquellos cuentos?
-Sus defectos de estructura; me quedaban flecos que no conseguía
eliminar; había allí un romanticismo latente del que no podía librarme y
del que no me libraré nunca, aunque hoy lo tenga más controlado y en mi
juventud desbordara demasiado. Pero sigo siendo un sentimental y un
romántico.
-Como creo que lo es el Oliveira de su Rayuela. Algo
frecuente en América Latina, esto de ser romántico. No es algo malo en sí
mismo, ¿qué cree usted?
-Le contestaría por la negativa: creo que el hecho de no ser romántico
limita mucho una creación literaria; lo deja a uno frente a un mundo mucho
más seco, mucho más esquemático. No ser romántico puede ser utilísimo para
un ensayista, para un satírico, para un investigador de problemas
literarios, no para un creador.
-Pero la frontera es muy sutil entre sentimiento y sensiblería.
-Y eso es lo que un joven que no tiene suficiente autocrítica,
información, un olfato que le pueda indicar que algo no anda bien, puede
pasarse por alto.
Yo sentía, sin saber muy bien por qué, que mis primeros cuentos no
funcionaban y en vez de quedarme lamentándolo me parecía más lógico
meterlos en un cajón o tirarlos.
Hasta que un buen día apareció un cuento que en mi opinión andaba, ese
trajo otros -algunos que andaban, otros que no- y otros que en su mayoría
comenzaron a andar. Fue cuando los di a la publicación.
-¿Cómo se le presenta hoy la idea de un cuento?
-Igual que hace cuarenta años; en eso no he cambiado un ápice. De
pronto a mí me invade eso que yo llamo una "situación", es decir que yo sé
que algo me va a dar un cuento.
Hace poco, en julio de este año, vi en Londres unos posters de Glenda
Jackson -una actriz que amo mucho- y bruscamente tuve el título de un
cuento: "Queremos tanto a Glenda Jackson". No tenía más que el título y al
mismo tiempo el cuento ya estaba, yo sabía en líneas generales lo que iba
a pasar y lo escribí inmediatamente después.
Cuando eso me cae encima y yo sé que voy a escribir un cuento tengo
hoy, como tenía hace cuarenta años, el mismo temblor de alegría, como una
especie de amor; la idea de que va a nacer una cosa que yo espero que va a
estar bien.
-¿Qué concepto tiene del cuento?
-Muy severo: alguna vez lo he comparado con una esfera; es algo que
tiene un ciclo perfecto e implacable; algo que empieza y termina
satisfactoriamente como la esfera en que ninguna molécula puede estar
fuera de sus límites precisos.
Un cuento puede mostrar una situación y tener un interés anecdótico
pero para mí no es suficiente; la esfera tiene que cerrarse. Lo que no
quiere decir que niegue la posibilidad de cuentos admirables -como algunos
de Katherine Mansfield- que no responden a mi noción del cuento pero que
me gustan mucho; simplemente yo no los hubiera escrito así.
-¿Qué distancias, qué diferencias hay entre aquellos primeros
cuentos publicados y los últimos, este último sobre Glenda Jackson que
acaba de escribir?
-Tengo la impresión de no haber avanzado un solo centímetro en materia
de cuentos. Incluso este cuento sobre Glenda Jackson creo que responde al
mecanismo de algunos cuentos muy tempranos míos. Más, le diría de un
cuento inédito que nunca quise publicar porque me pareció demasiado
mecánico. Y entre ese primer cuento y éste que he escrito ahora en Londres
hay treinta y cinco años de distancia.
Esta es una afirmación que puede parecer vanidosa. Cualquiera puede
deducir de ella que ya mis primeros cuentos eran los mejores que podía
hacer.
No es exactamente eso: en algunos planos creo que que he ganado
terreno. Como le decía, a partir de "El perseguidor" hay un avance en la
persecución de lo humano, los personajes no son utilizados como marionetas
con fines exclusivos de mecánica fantástica sino que viven una vida
independiente y cuando hay un elemento fantástico ese elemento no se
cumple a expensas de la humanidad de los personajes sino que incluso
incide y entra en su humanidad.
Pero desde un punto de vista absoluto de ejecución de un cuento y de su
mecanismo, creo que los primeros cuentos no son inferiores ni superiores
al último que escribí.
-De todas maneras hay una evolución bastante evidente.
-Sí, pero si se quiere buscar una evolución a lo largo de la
cincuentena de cuentos que llevo escritos, habría que buscarla en otro
lado y no en la estructura global del cuento.
-¿Dónde?
-Quizás los cuentos posteriores tienen un contenido sicológico, una
proyección humana, una complejidad más grande que los primeros.
En la primera serie de cuentos de Bestiario la complejidad es
casi siempre de orden patológico. Son aberraciones, son excepciones a las
reglas. Piense en "Circe", en "Bestiario", en "Cefalea", son cuentos donde
lo fantástico se da en situaciones marginales de vida que sólo le pueden
ocurrir a una persona en un millón.
En cambio en este último libro que acabo de publicar -Alguien que
anda por ahí- creo que los personajes viven situaciones que, con
algunas variantes lógicas, podrían ser vividas por mucha gente. Es decir,
que la relación entre personajes y lectores -como eventuales
protagonistas- es mayor ahora que al comienzo.
Y mis cuentos llamaron la atención al comienzo porque trataban casos
marginales, un tanto aberrantes.
-Bueno, es una vena que usted no ha abandonado del todo...
-Es verdad. Hay un lado morboso en mi imaginación como cuentista. Eso
lo sé. Es una cuestión que habría que estudiar sicoanalíticamente y que a
mí, personalmente, se me escapa.
-Alguna vez me habló del efecto sicoterapéutico de alguno de sus
cuentos; que, escribirlos le ayudó a curarse de ciertas fobias.
-Claro, es el caso de "Circe", por ejemplo. Yo tenía una pequeña
neurosis, muy desagradable, que consistía en el temor de encontrar bichos
en la comida y tenía que mirar cuidadosamente cada bocado antes de
llevármelo a la boca, lo que le estropea a cualquiera un buen almuerzo y
que además crea problemas de incomodidad personal muy grandes.
Escribí el cuento -y en eso soy formal: el cuento no fue escrito con la
conciencia del problema- lo terminé, sin que se me cruzara por la cabeza
que ese era un problema personal paralelo al mío. Me di cuenta del
resultado porque después de escrito el cuento un buen día me encontré
comiendo un puchero a la española sin mirar lo que comía y muy contento y
entonces asocié las dos cosas y me di cuenta que había hecho una especie
de autoterapia al volcar en el personaje más que morboso del cuento todo
el asco, toda la mecánica de la presencia de los insectos en la comida.
-Se han hecho investigaciones sicoanalíticas sobre sus cuentos; hay
una bibliografía abrumadora sobre el tema, ¿qué piensa usted?
-No conozco más que una parte de esa bibliografía y la parte que
conozco creo que contiene investigaciones que a veces han sido hechas con
mucho talento y mucha inteligencia.
Ha habido indagaciones sicoanalíticas de mis cuentos, tanto en la línea
freudiana como en la línea jungiana y las dos son igualmente fascinantes.
Sobre todo en la línea jungiana que me parece que se adapta mucho más al
universo de la creación literaria.
Esos autores de tesis o de monografías han visto lo que al principio yo
no veía; es decir, la repetición, la recurrencia de ciertos temas, la
presencia de ciertas constantes.
-¿Por dónde empezamos?; ¿por el tema del doble? -aparece ya en un
cuento tan temprano como "Lejana", de Bestiario; la volvemos a
encontrar en "Los pasos en las huellas", de Octaedro.
-Sí, hay en mí una especie de obsesión del doble ¿Viene de la lectura
temprana de Doctor Jekyll and Mister Hyde, de Stevenson, de
"William Wilson", de Edgar Allan Poe, o toda la literatura alemana que
está habitada por el tema del doble?
No creo que se trate de una influencia literaria. Cuando yo escribí ese
cuento que usted cita, "Lejana", entre 1947 y 1950, estoy absolutamente
seguro -y en ese sentido tengo buena memoria- esa noción de doble no era,
en absoluto, una contaminación literaria. Era una vivencia.
El tema del doble aparece ya con toda su fuerza en ese cuento. Usted
recordará que se trata de una "pituca" de Buenos Aires que por momentos
tiene como una especie de visión de que ella no solamente está en Buenos
Aires sino también en otro país muy lejano donde es todo lo contrario: una
mujer pobre, una mendiga. Poco a poco se va trazando la idea de quién
puede ser esa mujer y finalmente va a buscarla, la encuentra en un puente
y se abrazan. Y es ahí que se produce el cambio en el interior del doble y
la mendiga se va en el maravilloso cuerpo cubierto de pieles, mientras la
"pituca" se queda en el puente como una mendiga harapienta.
El tema del doble es una de las constantes que se manifiesta en muchos
momentos de mi obra, separados por períodos de muchos años. Está en "Una
flor amarilla" -donde el personaje se encuentra con un niño que es él
mismo en otra etapa- un cuento escrito veinte años después de "Lejana",
está, como usted dice, en "Los pasos en las huellas" y, de alguna manera,
está también en "La noche boca arriba".
Y está también en Rayuela. Quizás los casos más ilustres de dobles
en su obra sean los de Oliveira/Traveler y La Maga/Talita.
-Aquí le voy a decir algo que no pretendo que nadie me crea porque al
decirlo, doy la impresión de ser un perfecto estúpido -cosa que no me
inquieta demasiado- y es que cuando terminé Rayuela no tenía la
menor idea de que esa vivencia del doble existía en la novela. Es verdad
que, hacia el final del libro, Oliveira lo llama doppelgänger a Traveler,
siente que hay una especie de repetición: eso lo acepto. Pero de lo que no
me di cuenta en absoluto -y después vinieron los lectores y los críticos a
decírmelo- es que en la figura de Talita yo repetía a La Maga.
Cuando Oliveira regresa de París busca a La Maga en Montevideo y no la
encuentra. Llega a Buenos Aires y encuentra a Traveler y a Talita y de
ninguna manera ve a La Maga en Talita, como no se ve a sí mismo en
Traveler. Pero en toda la larga serie de episodios del circo, de la vida
en común que llevan, la escena del tablón, etc., es evidente que el tema
está latiendo en el libro pero sin que yo me dé cuenta, sin ninguna
premeditación.
La evidencia estalla al final y ya entonces ni Oliveira ni yo mismo
podemos negarlo. Hay un momento dado en que esa otra pareja: Traveler/Talita
se vuelven por un momento Oliveira/La Maga, vistos desde Oliveira, sin que
lo sean en absoluto. Es decir que una vez más el tema del doble, con esos
matices especiales, se da nuevamente.
-Si no se trata de una "contaminación literaria" ¿cómo explicar esa
insistencia con que el doble se aparece en su obra?
-Jung podría hablar de una especie de arquetipo porque no se olvide que
los dobles -no sé si explícitamente en el sistema de Jung pero, en todo
caso en las cosmogonías, en las mitologías del mundo- el doble, los
personajes dobles, los mellizos ilustres: Rómulo y Remo, Cástor y Pólux,
los dioses dobles, son una de las constantes del espíritu humano como
proyección del inconsciente convertida en mito, en leyenda.
Parecía que el hombre no se acepta como una unidad sino que, de alguna
manera, tiene el sentimiento de que simultáneamente podría estar
proyectado en otra entidad que él conoce o no conoce pero existe. Me
pregunto -poniéndome a inventar un poco- si aquellas fantasías de Platón
sobre los sexos no tienen también un poco que ver con esto. Platón se
preguntaba por qué hay hombres y mujeres y sostenía que, originalmente
había uno solo que era el andrógino, que luego se dividió en dos. El amor
sería, simplemente, la nostalgia que tenemos todos de volver al andrógino.
Cuando buscamos a una mujer estamos buscando a nuestro doble, queremos
completar la figura original. Estos temas reaparecen en múltiples
cosmogonías y mitologías, y siguen habitando en nosotros.
-Usted me decía que el doble, para usted, es una vivencia antes que
nada. ¿Puede ponerme un caso?
-Una vez yo me desdoblé. Fue el horror más grande que he tenido en mi
vida, y por suerte duró sólo algunos segundos. Un médico me había dado una
droga experimental para las jaquecas -sufro jaquecas crónicas- derivada
del ácido lisérgico, uno de los alucinógenos más fuertes. Comencé a tomar
las pastillas y me sentí extraño pero pensé: "me tengo que habituar".
Un día de sol como el de hoy -lo fantástico sucede en condiciones muy
comunes y normales- yo estaba caminando por la rue de Rennes y en un
momento dado supe -sin animarme a mirar- que yo mismo estaba caminando a
mi lado; algo de mi ojo debía ver alguna cosa porque yo, con una sensación
de horror espantoso, sentía mi desdoblamiento físico. Al mismo tiempo
razonaba muy lúcidamente: me metí en un bar, pedí un café doble amargo y
me lo bebí de un golpe. Me quedé esperando y de pronto comprendí que ya
podía mirar, que yo ya no estaba a mi lado.
El doble -al margen de esta anécdota- es una evidencia que he aceptado
desde niño. Quizás a usted le va a divertir pero yo creo muy seriamente
que Charles Baudelaire era el doble de Edgar Allan Poe. Y le puedo dar
algunas pruebas, en la medida en que se puede dar pruebas de este tipo de
cosas.
Primero hay una correspondencia temporal muy próxima, lo que no es muy
importante pero de todas maneras tiene su sentido: porque no tiene mucha
gracia imaginar que su doble haya sido un ateniense del Siglo IV, ¿verdad?
Lo que le da calidad dramática a la a situación es que su doble esté ahora
en Londres o en Río de Janeiro.
Baudelaire se obsesionó bruscamente con los cuentos de Poe a tal punto
que la famosa traducción que hizo fue un tour de force
extraordinario, ya que no era nada fuerte en inglés y en la época no había
diccionarios con modismos norteamericanos.
Sin embargo Baudelaire, con una intuición maravillosa, jamás falla.
Incluso cuando se equivoca en el sentido literal, acierta en el sentido
intuitivo; hay como un contacto telepático por encima y por debajo del
idioma. Y todo esto lo he podido comprobar porque cuando traduje a Poe al
español siempre tuve a mano la traducción de Baudelaire.
Pero hay más: si usted toma las fotos más conocidas de Poe y de
Baudelaire y las pone juntas, notará el increíble parecido físico que
tienen; si elimina el bigote de Poe, los dos tenían, además, los ojos
asimétricos, uno más alto que otro.
Y además: una coincidencia sicológica acentuadísima, el mismo culto
necrofílico, los mismos problemas sexuales, la misma actitud ante la vida,
la misma inmensa calidad de poeta.
Es inquietante y fascinante pero yo creo -y muy seriamente, le repito-
que Poe y Baudelaire eran un mismo escritor desdoblado en dos personas.
-Además de éste del doble, los investigadores ven otros temas,
recurrentes en su obra: por ejemplo, el del incesto. Aparece en
"Bestiario", el cuento que le da titulo al libro.
-Sí, y otro ejemplo sería "Casa tomada" donde está bastante
explícitamente dicho. Se trata de dos hermanos pero en alguna parte se
dice "ese simple matrimonio de hermanos", imagen que tiene bastante que
ver con la relación que viven.
-Irene, la hermana, ha cortado toda relación con sus pretendientes.
-Los dos se han encerrado en la casa y viven dos vidas de solterones.
No es un incesto consumado ni mucho menos pero existe una relación ambigua
entre los dos hermanos; eso es evidente.
En el curso de la escritura salió esa noción de "matrimonio de
hermanos" que me sorprendió al releerla pero que dejé porque me pareció
perfectamente lógica dentro de la estructura del cuento.
La recurrencia del tema del incesto -otro arquetipo, digamos-, se nota
sobre todo en la primera serie de mis cuentos. Otra vez aquí he sido
totalmente inconsciente de lo que escribía. Después, cuando alguien hizo
la reseña, la comparación de una serie de cuentos, vi aparecer la noción
de lo incestuoso de manera más o menos explícita.
Eso me permitió, me obligó a mirar más de cerca en mí mismo, y me hizo
ver hasta qué punto tengo personalmente un complejo incestuoso que
encontró su camino, en forma de exorcismo, en muchos de esos cuentos.