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INTRODUCCIÓN
La brevedad en la escritura siempre ha
ejercido un gran poder de seducción. Entre las formas de escritura
radicalmente breve con valor literario podrían mencionarse el haiku,
el epigrama y la poesía fractal.
En lo que sigue propongo un modelo para el
estudio de los cuentos cuya extensión es menor a la convencional,
así como algunos ejemplos de su presencia en la literatura mexicana
contemporánea. Aquí llamaré, en general, cuento breve a esta clase
de narrativa literaria.
En la segunda parte de estas notas dirijo
mi atención a la existencia de una gran diversidad de formas de
hibridación genérica, gracias a la cual el cuento brevísimo se
entremezcla, y en ocasiones se confunde, con formas de la escritura
como la crónica, el ensayo, el poema en prosa y la viñeta, y con
varios géneros extraliterarios.
DEL CUENTO CONVENCIONAL AL ULTRACORTO: ALGO MÁS QUE LA ESCALA
El interés que ha resurgido en los últimos
años por el cuento en general, y por el cuento breve en particular,
se observa en la reciente publicación de numerosas antologías en
diversas lenguas y tradiciones literarias.
También es posible reconocer la vitalidad
que tiene el cuento en México al observar la historia editorial de
algunos libros que contienen cuentos de extensión convencional y
cuentos breves. Tan sólo en la Ciudad de México, El llano en
llamas, de Juan
Rulfo,
originalmente publicado en 1953, llegó en 1994 a las 34
reimpresiones, las últimas de las cuales han tenido un tiraje de 40
000 ejemplares.
Para estudiar el cuento breve podemos
partir del acuerdo que existe entre escritores y críticos al señalar
que la extensión de un cuento convencional oscila entre las 2000 y
las 30 000 palabras. Al estudiar las antologías y las
investigaciones que se han realizado hasta ahora sobre cuentos cuya
extensión es menor a las 2000 palabras, en lo que sigue propongo
reconocer la existencia de tres tipos de cuentos breves. Las
diferencias genéricas que existen entre cada uno de estos tipos de
cuentos dependen de la extensión respectiva. Aquí propongo llamar a
cada uno de estos tipos de relatos, respectivamente, cuento corto,
muy corto y ultracorto.
Debido a su proximidad genérica con otras
formas de la escritura, al tratar de ofrecer una definición del
cuento breve nos enfrentamos a varios problemas simultáneos: un
problema genérico (¿son cuentos?), un problema estéico (¿son
literatura?), un problema de extensión (¿qué tan breve puede ser un
cuento muy breve?), un problema nominal (¿cómo llamarlos?), un
problema tipológico (¿cuántos tipos de cuentos muy breves existen?)
y un problema de naturaleza textual (¿por qué son tan breves?).
Empezaré por responder a la pregunta:
¿cuántos tipos de cuentos breves existen?, pues es la que lleva a la
respuesta de las demás preguntas.
Por debajo del límite de las 2000 palabras
parece haber tres tipos de cuento distintos entre sí.
CUENTOS CORTOS : DE 1 000 A 2 000 PALABRAS
Estos cuentos han sido reunidos en diversas
antologías de carácter internacional bajo el nombre de sudden
fiction o ficción súbita, y también han sido llamados cuentos
microcósmicos (en el caso de la ciencia ficción) o simplemente short
shorts (cortos cortos).
Para Irving Howe, quien es autor,
coleccionista y estudioso de esta clase de cuentos breves, “en estas
obras maestras de la miniatura, la circunstancia eclipsa al
personaje, el destino se impone sobre la individualidad, y una
situación extrema sirve como emblema de lo universal (...)
produciendo una fuerte impresión de estar fuera del tiempo” (I. Howe,
x).
A partir de estas observaciones, el mismo
investigador propone una tipología de los cuentos cortos. Un cuento
corto puede narrar un incidente o condensar una vida, o bien puede
adoptar un tono lírico o alegórico. Estas son las posibilidades:
i) Un incidente repentino, lo cual produce
epifanías surgidas en un periodo extremadamente corto en la vida de
un personaje. Estas epifanías suelen estar despojadas de sus
respectivos contextos, condición que obliga al lector a proyectar
sobre la situación un contexto imaginado por él mismo. Ejemplos: “El
ramo azul” de Octavio Paz; “El eclipse” de Augusto Monterroso.
ii) Condensación de toda una vida, lograda
gracias a la capacidad de comprimirla en una imagen paradigmática.
Ejemplos: “Paper Pills”, “The Untold Lie” y otros cuentos breves de
la serie escrita por Sherwood Anderson en Winesburg, Ohio.
iii) Imagen instantánea en la que no hay
epifanía, tan sólo un monólogo interior o un flujo de memoria.
Ejemplo: “Amargura para tres sonámbulos” de Gabriel
García Márquez.
iv) Estructura alegórica, cuya belleza
superficial nos puede llevar a resistirnos al placer de su
interpretación. Ejemplos: “Un lugar limpio y bien iluminado” de
Ernest
Hemingway o
“Chacales y árabes” de Franz
Kafka.
Al reflexionar sobre esta clase de cuentos,
Charles Baxter observa que mientras en las novelas encontramos
individuos en el largo y complejo proceso de madurar importantes
decisiones morales, en los cuentos de extensión convencional
asistimos al momento de la decisión (o a la ilusión de poder tomar
una decisión). En ambos casos participamos en algún tipo de acción
moral. En cambio en el cuento corto, dice Baxter, lo que observamos
es la reacción de un personaje o de una comunidad ante un momento de
tensión súbita. En este caso, concluye, no hay (o no parece haber)
posibilidad de tomar ninguna decisión. De hecho, esta posibilidad es
sustituida por algún tipo de ritual, que se ubica a medio camino
entre lo personal y lo colectivo (C. Baxter, 21).
Al leer cuentos breves que no pertenecen a
la tradición occidental (parábolas budistas, jasídicas o derviches)
o que están cercanos al poema en prosa (como el cuento lírico) y a
diversos géneros extraliterarios, algunas de las características
mencionadas desaparecen, y en su lugar encontramos rastros formales
propios del género hibridizado o parodiado. Al ser el cuento breve
un género proteico, es riesgoso reducir su diversidad a normas
estables.
Entre los cuentos cortos más conocidos
encontramos la colección de Pequeños cuentos misóginos (1975)
de Patricia Highsmith, la abundante producción cuentística de Mario
Benedetti o a las
difícilmente clasificables narraciones breves de Felisberto
Hernández, Oliverio
Girondo y Macedonio Fernández.
En México encontramos, entre los libros de
más reciente publicación (y que podrían poner en duda cualquier
clasificación genérica tradicional) los textos de Tiempo
transcurrido (1986) de Juan Villoro, La lenta furia
(1989) de Fabio Morábito y Lugares en el abismo (1993) de
Agustín Monsreal.
CUENTOS MUY CORTOS : DE 200 A 1 000
PALABRAS
Esta categoría está constituida por los
textos reunidos bajo el nombre de flash fiction, las compilaciones
de microhistorias y las narraciones instantáneas y urgentes escritas
por mujeres.
Dice Irene Zahava sobre los cuentos muy
cortos: son las historias que alguien puede relatar en lo que sorbe
apresuradamente una taza de café, en lo que dura una moneda en una
caseta telefónica, o en el espacio que alguien tiene al escribir una
tarjeta postal desde un lugar remoto y con muchas cosas por contar
(I. Zahava, vii).
En su teoría sobre el impresionismo y la
forma en el cuento, Suzanne C. Ferguson señala que en la estructura
clásica decimonónica se puede romper la linealidad de la secuencia
narrativa, utilizando estrategias que generan, respectivamente, dos
clases de cuentos: elípticos (cuando se omiten fragmentos del
relato) o metafóricos (cuando algunos fragmentos del relato no son
omitidos, sino sustituidos por elementos disonantes e inesperados)
(S. C. Ferguson, 221).
El primer tipo (historias elípticas)
corresponde a las primeras dos categorías señaladas anteriormente
para el cuento corto (incidente repentino o condensación de una
vida, es decir, en ambos casos, intensificación del tiempo). El
segundo caso (historias metafóricas) corresponde al monólogo
interior o la estructura alegórica. En todas las formas del cuento
muy corto se condensan las estrategias que hemos visto utilizadas en
el cuento corto.
Los títulos de los cuentos muy cortos
suelen ser enigmáticos, y en ellos puede haber ambigüedad temática y
formal, hasta el grado de alterar las marcas de puntuación. Los
finales suelen ser también enigmáticos o abruptos (A. Bell, 30).
Pero siempre se requiere que el lector participe activamente para
completar la historia.
En este grupo de cuentos se encuentran “El
silencio de las sirenas” incluido en el Bestiario (c. 1924) de Franz
Kafka, y libros como la Centuria (Cien breves novelas-río)
(1979) de Giorgio Manganelli, el Manual de zoología fantástica
(1957) de Jorge Luis
Borges,
las Historias de cronopios y de famas (1962) de Julio
Cortázar y Rajapalabra
(1993) de Luis Britto García.
En México encontramos esta clase de
narraciones en la sección Arenas Movedizas del libro ¿Aguila o
sol? (1949) de Octavio Paz, la Enciclopedia de
latinoamericana omnisciencia (1977) de Federico Arana, Gente
de la ciudad (1986) de Guillermo Samperio, Castillos en la
letra (1986) de Lazlo Moussong (1986), Las vocales malditas
(1988) de Oscar de la Borbolla, Amores enormes (1991) de
Pedro Angel Palou, La musa y el garabato (1992) de Felipe
Garrido, Léérere (1992) de Dante Medina, los Cuadernos
patafísicos (1992) de Hugo Enrique Sáez y La casa en Mango
Street (1994) de Sandra Cisneros.
CUENTOS ULTRACORTOS : DE 1 A 200 PALABRAS
Estos textos constituyen el conjunto más
complejo de materiales de la narrativa literaria. Está formado por
los fragmentos narrativos seleccionados por Jorge Luis Borges y
Adolfo
Bioy Casares en su
libro Cuentos breves y extraordinarios (1953), y por Edmundo
Valadés en El libro de la imaginación (1976). También a esta
categoría pertenecen los minicuentos del concurso creado por la
revista El Cuento, los microcuentos de la compilación hecha por Juan
Armando Epple en América Latina, los casos de Enrique Anderson
Imbert y los llamados textículos de Julio Cortázar (especialmente
los incluidos en su Último Round y en La vuelta al día en
ochenta mundos).
Esta clase de microficciones tienden a
estar más próximas al epigrama que a la narración genuina. El
crítico alemán Rüdiger Imhof señala en su estudio sobre las
metaficciones mínimas que para su comprensión cabal es necesario
desviar la atención de las consideraciones genéricas acerca de lo
que es un cuento, y dirigirla hacia el asunto más fundamental, que
es la escala, es decir, la extensión de estos textos.
La fuerza de evocación que tienen los
minitextos está ligada a su naturaleza propiamente artística,
apoyada a su vez en dos elementos esenciales: la ambigüedad
semántica y la intertextualidad literaria o extraliteraria.
La naturaleza del hipotexto, es decir, del
material que está siendo aludido, parodiado o citado, determina a su
vez la naturaleza moderna o posmoderna del cuento. Esto significa
que cuando el hipotexto es una regla genérica (por ejemplo, si se
parodia el estilo de un instructivo cualquiera, en general) nos
encontramos ante un caso de intertextualidad posmoderna, es decir,
ante un caso de recuperación de la historia. Por otra parte, cuando
lo que se recicla es un texto particular (por ejemplo, el mito de
las sirenas o un refrán popular) nos encontramos ante un caso de
intertextualidad moderna, es decir, ante un rechazo de la historia.
Esta diferencia implica relaciones distintas con la tradición
literaria (P. Pavlicic, 174).
La consecuencia de todo lo anterior es que
en los microcuentos la presencia de la epifanía es casi
exclusivamente textual (o intertextual), es decir, de naturaleza
estructural, pues esta epifanía ya no puede recaer en algún
personaje y su respectiva situación específica. Esto es así debido a
que en estos textos el concepto mismo de personaje ha desaparecido
bajo el peso de la intertextualidad o de la ambigüedad semántica.
Como ocurre también en la escritura hipertextual (en ciertos
programas de computadora), es el lector quien tiene la opción de
construir un sentido que luego es conferido al texto, gracias a la
superposición de contextos.
También en estos microtextos la ironía está
presente, pero suele ser inestable, es decir, no puede ser
determinada por la intención de la voz narrativa. Esto se debe a que
la intención narrativa en general (y la intención irónica en
particular) es indecidible en estos casos, a falta del suficiente
contexto para ser interpretada de manera estable (W. Booth).
Afirma Juan Armando Epple, en la
introducción a su antología de microcuentos hispanoamericanos, que
este género híbrido y proteico es una “metáfora expresiva de los
dilemas que viven las sociedades latinoamericanas en sus niveles
sociales, ideológicos y de reformulación estética de sentidos” (J.
A. Epple, 18).
Son cuentos ultracortos cada uno de los
Ejercicios de estilo (1947) de Raymond Queneau; las parábolas
budistas incluidas en la compilación de José Vicente Anaya,
Largueza del cuento chino (1981) -en los que se puede estudiar
la tradición más antigua de cuentos ultracortos-; las paradójicas
parábolas sufis recopiladas or Idries Shah en Las ocurrencias del
increíble Mulá Nasrudin (1976), en la tradición derviche; los
textos de la sección Museo en El Hacedor (1960) de Jorge Luis
Borges, y las recreaciones narrativas que constituyen la
multitudinaria Memoria del fuego (1982-1986) de Eduardo
Galeano.
En alguna ocasión señaló Edmundo Valadés
que fue en 1917 cuando se publicó por primera vez un cuento
ultracorto en Latinoamérica (E. Valadés, 195). Se trata de “A Circe”
de Julio Torri, uno de los más importantes cuentos ultracortos de la
tradición literaria mexicana. A partir de ese texto seminal se han
producido otros como una respuesta intertextual a aquél: “Circe” de
Agustí Bartra, “Aviso” de Salvador Elizondo y algunos más en el
resto del continente.
En México se pueden encontrar al menos una
docena de libros en los que algún autor ha reunido sus cuentos
ultracortos: Varia invención (1955) y La feria (1962)
de Juan José Arreola; De fusilamientos y otras narraciones
(1964) de Julio Torri; Infundios ejemplares (1969) de Sergio
Golwarz; Fantasías en carrusel (1978) y Los oficios
perdidos (1983) de René Avilés Fabila; Sólo los sueños y los
deseos son inmortales, Palomita (1986) de Edmundo Valadés; La
oveja negra y demás fábulas (1969) de Augusto
Monterroso; El
grafógrafo (1972) de Salvador Elizondo; Cuaderno imaginario
(1990) de Guillermo Samperio; las secciones Mínima Expresión y Casos
de la Vida Real en La sangre de Medusa y otros cuentos marginales
(1990) de José Emilio Pacheco; La señora Rodríguez y otros mundos
(1990) de Martha Cerda, y Relámpagos (1995) de Ethel Krauze.
Los únicos de estos libros que están
constituidos casi exclusivamente por ultracortos son los de Samperio
y Krauze; algunos otros son considerados tradicionalmente como
novelas (La feria) o como novela con una serie de cuentos
breves intercalados (La señora Rodríguez).
Por su parte, el libro de Sergio Golwarz
tiene estructura infundibuliforme, es decir, en forma de embudo.
Empieza con un cuento muy corto (500 palabras), y cada uno de los 42
cuentos sucesivos es más corto que el anterior, hasta cerrar el
libro con el cuento más breve del mundo, que tiene el título de
“Dios”. El texto de este cuento ultracorto dice, simplemente:
“Dios”. Este cuento merece ser leído cuidadosamente, en particular
en un país mayoritariamente católico como México.
Una lectura literal de este cuento,
paradójicamente, puede llevar a reconocer lo que podría ser una de
las narraciones más extensas imaginables. De hecho, su
interpretación (y el hecho de ser considerado como cuento) está en
función directa del capital cultural y de la enciclopedia
intertextual que posea cada lector, a la vez que acepta que sobre él
se puedan efectuar simultáneamente lo que podríamos llamar una
lectura elíptica (resaltando sólo algunos episodios) o una lectura
parabólica (de carácter metafórico y con final sorpresivo,
necesariamente epifánico).
Sin duda, éste es uno de los cuentos
ultracortos con mayor densidad genérica y con mayor gradiente de
polisemia en la narrativa contemporánea.
EL CUENTO ULTRACORTO: UNA MIRADA BAJO EL MICROSCOPIO
Lo que aquí llamo cuento ultracorto, como
ya señalé, tiene una extensión que no rebasa las doscientas
palabras.
La investigadora venezolana Violeta Rojo
propone llamar minicuento a la narrativa que tiene las siguientes
características: a) brevedad extrema; b) economía de lenguaje y
juegos de palabras; c) representación de situaciones estereotipadas
que exigen la participación del lector, y d) carácter proteico. Esto
último puede presentarse en dos modalidades: ya sea la hibridación
de la narrativa con otros géneros literarios o extraliterarios, en
cuyo caso la dimensión narrativa es la dominante; o bien la
hibridación con géneros arcaicos o desaparecidos (fábula, aforismo,
alegoría, parábola, proverbios y mitos), con los cuales se establece
una relación paródica (V. Rojo, 566-7). El ejemplo paradigmático de
minicuento es “El dinosaurio” (1959) de Augusto Monterroso.
Por su parte, Andrea Bell, en su
investigación sobre lo que ella llama cuento breve incluye el muy
corto y el ultracorto, es decir, hasta un límite de 1000 palabras.
Retomando lo señalado en el apartado
anterior, en el estudio de estos minicuentos es necesario
considerar, además de la brevedad extrema, los siguientes elementos
característicos:
a) Diversas estrategias de intertextualidad
(hibridación genérica, silepsis, alusión, citación y parodia)
b) Diversas clases de metaficción (en el
plano narrativo: construcción en abismo, metalepsis, diálogo con el
lector) (en el plano lingüístico: juegos de lenguaje como lipogramas,
tautogramas o repeticiones lúdicas)
c) Diversas clases de ambigüedad semántica
(final sorpresivo o enigmático)
d) Diversas formas de humor (intertextual)
y de ironía (necesariamente inestable)
Todos los estudiosos del cuento ultracorto
señalan que el elemento básico y dominante debe ser la naturaleza
narrativa del relato. De otra manera, nos encontramos ante lo que
algunos autores han llamado un minitexto pero no ante un minicuento;
es decir un texto ultracorto, pero no un cuento ultracorto.
Sin embargo, el elemento propiamente
literario -tanto en los minitextos como en los minicuentos- es la
ambigüedad semántica, producida, fundamentalmente, por la presencia
de un final sorpresivo o enigmático, que exige la participación
activa del lector para completar el sentido del texto desde su
propio contexto de lectura.
La intensidad de la presencia de los
elementos estructurales indicados hacen del cuento ultracorto una
forma de narrativa mucho más exigente para su lectura que la novela
realista o el cuento de extensión convencional.
Antes de 1956, fecha de publicación de la
Breve historia del cuento mexicano de Luis Leal, entre los
principales cultivadores del cuento muy breve en México se
encontraban Carlos Díaz Dufoo II, Julio Torri, Alfonso Reyes,
Octavio Paz, Mariano Silva y Aceves, Genaro Estrada, Juan José
Arreola, Juan Rulfo y algunos otros, cuya tradición continúa hasta
hoy. Habría que añadir que de todos estos escritores sólo Paz y
Reyes llegaron a practicar directamente la escritura del haiku (T.
Hadman, 7; 20-21).
La actual popularidad del género se puede
deber, tal vez, al crecimiento editorial y al incremento de estudios
y talleres dedicados al cuento, a la crisis de la sociedad civil
(con la consiguiente multiplicación de voces públicas) y sin duda a
la creación del Concurso de Cuento Breve de la revista El Cuento.
CUENTO Y POEMA EN PROSA: INSTRUCCIONES PARA CRUZAR LA FRONTERA
Como he señalado anteriormente, la
consideración fundamental en el estudio de todas las formas de
textos breves es el problema de la escala. Sin embargo, un rasgo
común a todos estos tipos de textos es su tendencia lúdica hacia la
hibridación genérica, especialmente en relación con el poema en
prosa, el ensayo, la crónica y la viñeta, y con numerosos géneros no
literarios.
Este fenómeno, el de la hibridación
genérica, ha sido estudiado por Linda Egan en el contexto de la
distinción entre crónica y cuento en la escritura de algunos
narradores mexicanos contemporáneos. Señala Linda Egan con agudeza
que “del llamado artículo de costumbres, inventado en México por
Guillermo Prieto, se distinguían (al menos) cuatro géneros: el
cuento, la crónica, el ensayo y la nota periodística. Nunca ha sido
fácil distinguir entre ellos en México” (L. Egan, 157).
Si esto ocurre en el cuento de extensión
convencional, en el caso del cuento muy breve encontramos, además,
una gran proximidad con el poema en prosa y, en algunos casos, una
apropiación paródica de las reglas genéricas de la parábola o la
fábula, o incluso del aforismo, la definición, el instructivo, la
viñeta y muchos otros géneros extraliterarios.
Para algunos autores (Bell, Imhof, Baxter),
la diferencia entre el cuento ultracorto y el poema en prosa es sólo
una cuestión de grado, e incluso puede depender de la manera de leer
el texto. Tal vez por esta razón algunos textos de Julio Torri (“De
fusilamientos”, “La humildad premiada” y “Mujeres”), que en base a
todo lo visto hasta aquí pueden ser considerados legítimamente como
cuentos ultracortos, han sido incluidos en sendas antologías del
ensayo (J.L. Martínez) y del poema en prosa (L.I. Helguera).
En la misma antología del poema en prosa en
México se incluyen varios de los más breves textos de La oveja
negra de Augusto Monterroso, del Bestiario de Juan José
Arreola, y de Gente de la ciudad de Guillermo Samperio, es
decir, textos que pueden ser considerados como cuentos muy cortos o
ultracortos. De cualquier manera, todos estos escritores son
conocidos principalmente por su trabajo como cuentistas.
En el cuento breve mexicano hay numerosos
casos de textos de naturaleza lírica, es decir (en la definición de
Ángeles Ezama), construidos a partir de un “yo” narrativo que
contempla el mundo de un modo particular, con orientación pictórica
o musical, fragmentación temporal y mayor atención al espacio (A.
Ezama Gil, 62). Esta escritura es muy evidente, por ejemplo, en una
tradición que va de los cuentos poéticos de Carlos Díaz Dufoo II
hasta la Caja de herramientas de Fabio Morábito. El libro
paradigmático es, sin duda, ¿Aguila o sol? de Octavio Paz.
Tal vez es necesario reconocer, como lo
hace Irving Howe, que el cuento es a otras formas de la ficción lo
que la lírica es a otras formas de la poesía, o, en palabras de
Azorín: “El cuento es a la prosa lo que el soneto al verso” (Azorín,
62).
CUENTO O VIÑETA: DISTINCIÓN PRECISA PERO IRRELEVANTE
En varios libros de cuento escritos en un
tono lírico se han incluido brevísimas viñetas, es decir, textos en
los que hay la descripción de una situación sin ofrecer el contexto
al que pertenece, como es el caso de algunos cuentos ultracortos
contenidos en De noche vienes de Elena Poniatowska y Sólo
los sueños.... de Edmundo Valadés.
A su vez, en algunos libros de ficción
novelesca se han incorporado textos muy breves, como en el ya
mencionado caso de La señora Rodríguez y otros mundos de
Martha Cerda y de Terra Nostra de Carlos
Fuentes, dos autores cuya
narrativa es marcadamente metaficcional.
En algunos otros libros no se establece
ninguna distinción tipográfica o estructural entre los textos
narrativos y la presencia de viñetas. Estos son libros propiamente
híbridos, como Gente de la ciudad, La rebelión de los enanos
calvos, Castillos en la letra y La musa y el garabato.
Por último, algunos libros contienen
viñetas con una narrativa condensada y elíptica, como es el caso
paradigmático de los Relámpagos de Ethel Krauze.
Todo lo anterior nos lleva a concluir que
la distinción entre cuento y viñeta puede ser de interés para
algunos críticos pero no lo es para los escritores, al menos en el
momento de organizar sus textos para ofrecerlos a la lectura.
ENSAYO NARRATIVO Y OTRAS FORMAS FRONTERIZAS
El referente imprescindible del
desplazamiento genérico entre cuento breve y ensayo en México es el
Manual del distraído (1978) de Alejandro Rossi. A partir de
este caso paradigmático tal vez podría hablarse de al menos cinco
estrategias de hibridación en el cuento breve contemporáneo en
México:
En primer lugar hay distintas formas de
ensayos narrativos, como los de carácter patafísico (Hugo Sáez en
Cuadernos...) o de carácter hiperbólico y paródico (Hugo Hiriart
en Disertación sobre las telarañas).
Otro grupo de autores escribe libros de
crónicas-ensayo de naturaleza narrativa: Carlos Monsiváis, Armando
Ramírez, Ignacio Trejo, Emiliano Pérez Cruz, Hermann Bellinghausen,
Guillermo Sheridan, José Joaquín Blanco y un largo etcétera.
También hay un nutrido grupo de textos en
los que se proponen otras formas híbridas y paródicas. Entre estas
formas, difícilmente repetibles, están las siguientes: relato como
ensayo epistolar (Bárbara Jacobs en Escrito en el tiempo);
parábolas paródicas (Augusto Monterroso en La oveja negra y demás
fábulas); banquete platónico (Moreno-Morábito-Castañón en
Macrocefalia); crónicas imaginarias (Juan Villoro en Tiempo
transcurrido); metaforización narrativa (Fabio Morábito en
Caja de herramientas); ucronías oulipianas (Oscar de la Borbolla
en Ucrónicas y Las vocales malditas); adivinanzas como
cuentos como poemas en prosa (Manuel Mejía Valera en Adivinanzas);
reseñas apócrifas (Ilán Stavans en el Manual del perfecto
reseñista); parodias parabólicas (René Avilés Fabila en
Fantasías en carrusel y varios otros títulos), y crónicas
ficcionalizadas (Cristina Pacheco en Sopita de fideo y varios
otros títulos).
Además de los géneros mencionados hasta
aquí (poema en prosa, ensayo, crónica y viñeta), hay numerosos
géneros de la escritura breve que son hibridizados o parodiados en
la narrativa ultracorta. Entre estas formas de escritura breve
podrían ser mencionadas las siguientes: escritura oracular,
aforismo, mito, definición, instructivo, fábula, palíndromo, solapa,
reseña bibliográfica, parábola, confesión, alegoría y grafito. En
México hay al menos un grupo de textos escritos en cada uno de estos
géneros híbridos. En todos los casos la tónica dominante suele ser
la narrativa o los elementos propios del cuento breve o los
señalados anteriormente para el cuento ultracorto.
Por último, algunos autores practican una
escritura fronteriza de carácter dialógico, es decir, una narrativa
breve escrita desde fuera de la literatura, como es el caso de los
cuentos cortos y muy cortos del Subcomandante Marcos y de los textos
antropológicos de Roger Bartra. El primero es autor de parábolas
civiles con una amplia difusión nacional, escritas en la selva
lacandona sobre una computadora portátil, y cuyas raíces pertenecen
simultáneamente a la cultura indígena y al canon de la tradición
occidental. El segundo ha intercalado una serie de parodias
parabólicas en su estudio sobre los mitos de la identidad del
mexicano, La jaula de la melancolía (1987), al estilo de las
Mitologías (1957) de Roland Barthes.
En conjunto, esta abundancia es suficiente
para pensar en la formación paulatina de un nuevo canon de lectura.
CONCLUSIÓN
Tal vez el auge reciente de las formas de
escritura itinerante propias del cuento brevísimo, y en particular
las del cuento ultracorto, son una consecuencia de nuestra falta de
espacio y de tiempo en la vida cotidiana contemporánea, en
comparación con otros periodos históricos. Y seguramente también
este auge tiene alguna relación con la paulatina difusión de las
nuevas formas de la escritura, propiciadas por el empleo de las
computadoras.
La última palabra, necesariamente breve, la
tiene otro escritor, Irving Howe: “Los escritores que hacen cuentos
breves tienen que ser especialmente audaces. Lo apuestan todo a un
golpe de inventiva” (I. Howe, xiii).
Pero lo que se apuesta, a fin de cuentas,
es el placer cómplice de cada lectura, un placer que tal vez se
prolongue más allá de ese momento, y que tal vez afecte la identidad
del lector. Esa posibilidad, entre otras, provoca que autor y lector
compartan la creencia de que vale la pena seguir apostando todo “a
un golpe de inventiva” en cada lectura.
FIN |