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La minificción es la narrativa que
cabe en el espacio de una página. A partir de esta sencilla
definición encontramos numerosas variantes, diversos nombres y
múltiples razones para que sea tan breve.
En estas notas presento un breve
panorama sobre el estado actual de la escritura de minificción y
sobre las discusiones acerca de este género proteico, ubicuo y
sugerente, que a la vez se encuentra en los márgenes y en el centro
de la escritura contemporánea. Aquí conviene señalar que aunque el
estudio sistemático de la minificción es muy reciente, pues se
remonta a los últimos diez años, su existencia en la literatura
hispanoamericana se inicia en las primeras décadas del siglo XX. Por
esta razón, la mayor parte de las reflexiones y observaciones
presentadas a continuación se derivan del estudio de las antologías
y los concursos de minificción, en cuya tradición los escritores y
editores hispanoamericanos se han adelantado en varias décadas a
otros muchos lugares del mundo. La tesis central de estas notas
consiste en sostener que la minificción es la escritura del próximo
milenio, pues es muy próxima a la fragmentariedad paratáctica de la
escritura hipertextual, propia de los medios electrónicos.
Los problemas que enfrenta la
minificción en relación con la teoría, la lectura, la publicación,
el estudio y la escritura son al menos los relativos a seis áreas:
brevedad, diversidad, complicidad, fractalidad, fugacidad y
virtualidad. A continuación me detengo en cada uno de estos
problemas señalando algunas de las conclusiones a las que se ha
llegado durante los últimos años y algunas de las áreas que podrán
ser exploradas con mayor profundidad en el futuro inmediato.
Brevedad
En su introducción a una antología
de narrativa experimental publicada en 1971 con el título Anti-Story
(El anti-cuento) Philip Stevick incluye como una de las formas más
arriesgadas de experimentación la escritura de narrativa
extremadamente breve, aquella que no excede el espacio convencional
de una cuartilla o una página impresa. Durante los últimos veinte
años esta forma de escritura ha dejado de ser algo marginal en el
trabajo de cualquier escritor reconocido o un mero ejercicio de
estilo. En su lugar, la minificción es cada vez con mayor intensidad
un género practicado con entusiasmo y con diversas clases de fortuna
por toda clase de lectores. En el momento en el que está agonizando
el concepto mismo de escritores monstruosos o sagrados, surgen en su
lugar múltiples voces que dan forma a las necesidades estéticas y
narrativas de lectores con necesidades igualmente múltiples,
difícilmente reducibles a un canon que señale lo que es o puede
llegar a ser la escritura literaria.
En otras palabras, el espacio de
una página puede ser suficiente, paradójicamente, para lograr la
mayor complejidad literaria, la mayor capacidad de evocación y la
disolución del proyecto romántico de la cultura, según el cual sólo
algunos textos con determinadas características (necesariamente a
partir de una extensión mínima) son dignos de acceder al espacio
privilegiado de la literatura.
La utilización de textos literarios
muy breves, por otra parte, se encuentra entre las estrategias más
productivas de la enseñanza, lo cual tiene una clara raíz de
tradición oral. El cuento muy breve está siendo revalorado por su
valor didáctico en los cursos elementales y avanzados para la
enseñanza de lenguas extranjeras, y en los cursos elementales y
avanzados de teoría y análisis literario (L. Zavala et al., en
prensa). En una hora de clase se puede explorar un texto muy breve
con mayor profundidad que una novela o una serie de cuentos.
En general, los textos
extremadamente breves han sido los más convincentes en términos
pedagógicos en la historia de la cultura. Este es el caso de las
parábolas (bíblicas o de otra naturaleza), los aforismos (M. Satz
1997), las definiciones (L. Deneb 1998), las adivinanzas (M. Mejía
Valera 1988) y los relatos míticos. Su propia diversidad y su poder
de sugerencia pueden ser probadas al estudiar la multiplicación de
antologías y estudios de estos géneros de la brevedad. Tan sólo en
el caso de los mitos, recientemente se ha llegado a comprobar la
universalidad del mito de la Cenicienta, cuya estructura narrativa
es más persistente aún que la del mito de Edipo, pues constituye un
relato breve característico de casi toda estructura familiar (A. Dundes
1993).
También en los años recientes hay
un resurgimiento del ensayo muy breve, para el cual se utiliza
simplemente la palabra Short (Corto) (J. Kitchen 1996). Y otro tanto
ocurre en el caso del cortometraje, los videoclips y la caricatura
periodística. Los textos ensayísticos de brevedad extrema de
escritores como Jorge Luis Borges, Virginia Woolf y Octavio Paz son
una lección de poesía, precisión y brillantez que compiten con los
textos más extensos de los mismos autores. Tal vez esto explique
también el resurgimiento de otros géneros de brevedad extrema, como
el Hai Ku (W. Higginson 1985) y los cuentos alegóricos de las
distintas tradiciones religiosas (derviches, budistas, taoístas,
etc.).
Diversidad
En todos los estudios sobre
minificción hay coincidencia en el reconocimiento de que su
característica más evidente es su naturaleza híbrida. La minificción
es un género híbrido no sólo en su estructura interna, sino también
en la diversidad de géneros a los que se aproxima. En este último
caso, es evidente la reciente tradición de antologar cuentos muy
breves de carácter policiaco o de ciencia ficción, con títulos
ligados a su naturaleza genérica y breve, como Microcosmic Tales (Microhistorias
cósmicas) (I. Asimov, M. Greenberg & J. Olander 1992) o 100 Dastardly
Little Detective Stories (100 relatos policiacos cobardemente
pequeños) (R. Weinberg, S. Dziemianowicz & M. Greenberg 1993). Como ya
ha sido señalado en diversas ocasiones, resulta difícil distinguir
la escritura de poemas en prosa de la narrativa más breve, razón por
la cual un mismo texto, especialmente en el ámbito hispanoamericano,
es incluido con mucha frecuencia simultáneamente en antologías de
cuento, en antologías de ensayo y en antologías de poema en prosa (cf.
L. Zavala 1996).
También la diversidad genérica de
la minificción permite incluir en su interior un tipo de narrativa
ilustrada de naturaleza artística y didáctica, generalmente de corte
irónico, conocido como mini-historieta. Se trata de viñetas en
secuencia que en conjunto no rebasan el espacio de una página y que
narran una historia unida a las demás del mismo libro por un tema
común, dirigido a un público especializado (C. Sifax 1997).
Un caso particular de hibridación
en la escritura contemporánea son los bestiarios y las fábulas. Está
ampliamente documentada la rica tradición de la escritura
fabulística en Hispanoamérica, en particular la escritura de fábulas
con intención política en el interior de las comunidades indígenas
durante el periodo colonial y hasta las últimas décadas del siglo
XIX (M. Camurati 1978).
La tradición fantástica que produce
un numeroso contingente de bestias mágicas y seres sobrenaturales es
genuinamente universal, y ha producido sus propios diccionarios
especializados, que constituyen acervos de relatos breves con
diversos subtextos en espera de ser explorados. Así, además de los
diccionarios de monstruos, hadas, dragones, ángeles, gárgolas y
otros seres imaginarios surgidos en el contexto europeo, en Hispanoamérica contamos también con una gran riqueza de bestiarios
fantásticos. Este recuento de bestiarios hispanoamericanos debe
incluir, por lo menos, a tres trabajos imprescindibles. En primer
lugar el Manual de zoología fantástica (1954) de Jorge Luis Borges y
Margarita Guerrero; el Bestiario (1959) de Juan José Arreola y
Los
animales prodigiosos (1989) de René Avilés Fabila. En el terreno de
la fábula es ampliamente conocido el trabajo paródico de Augusto
Monterroso, La oveja negra y demás fábulas (1969), recientemente
traducido al latín (1988).
El Bestiario de Indias del Muy
Reverendo Fray Rodrigo de Macuspana (UAEM, 1995), compilado por
Miguel Angel de Urdapilleta, reúne materiales de muy diversas
fuentes y en los cuales reconocemos a la vez subtextos alegóricos y
un compendio de conocimientos empíricos de diversa naturaleza. Como
complemento de esta antología acaba de ser publicado el primer
Diccionario de bestias mágicas y seres sobrenaturales de América (UdeG,
1995) compilado por Raúl Aceves. Conviene señalar que estos trabajos
han sido publicados muy recientemente, en el año 1995, por las
universidades del Estado de México y de Guadalajara,
respectivamente. Cada uno de estos volúmenes forma parte de
proyectos de investigación de mayor alcance sobre estas formas de
narrativa muy breve.
Complicidad
Todo acto nominativo es un acto
fundacional. La responsabilidad de fijar un nombre a un género
proteico ha generado una enorme diversidad de términos y diversas
formas de complicidad entre lectores y textos. Pero tal vez es
necesario señalar que los términos técnicos más precisos se apegan a
distinguir los textos en función de su extensión relativa. Veamos
algunos ejemplos. Alfonso Reyes llamó apuntes, cartones y opúsculos
a sus trabajos más breves. Otros autores, especialmente los que han
escrito poemas en prosa, han llamado a sus textos más breves,
respectivamente, detalles, instantáneas y miniaturas. Otros más se
refieren a sus cuentos muy cortos como cuadros, situaciones y
relaciones de sucesos (A. Reyes; Genaro Estrada y Carlos Díaz Dufoo,
cit. en L. H. Helguera, 31, 27, 19). En todos estos casos se trata de
textos cuya extensión efectivamente es menor a una página, y que la
crítica no ha dudado en incluir, indistintamente, en las antologías
de cuento, de ensayo y de poema en prosa, pues su naturaleza híbrida
los ubica en estos terrenos a la vez. Estos textos, como ya ha sido
señalado, son más breves que la llamada ficción súbita o incluso que
la llamada ficción de taza de café o de tarjeta postal (I. Zahava).
Se trata, en suma, de lo que Cortázar llamó textículos o minicuentos,
y que aquí llamamos cuentos ultracortos o, simplemente, minificción.
¿Por qué el nombre es tan importante? El nombre genera expectativas
específicas en los lectores, quienes esperan algo muy distinto al
leer títulos como Textos extraños (Guillermo Samperio, 1981) o
Cuentecillos y otras alteraciones (Jorge Timossi, 1995), aunado al
hecho de que el primero está ilustrado con dibujos experimentales y
autoreferenciales, mientras el segundo está ilustrado por las
caricaturas de Quino. Todavía, sin duda, hay espacio para la
creación de otros títulos a la vez imaginativos y precisos. Un
título neutral como Quince líneas, seguido del subtítulo Relatos hiperbreves (Círculo Cultural Faraoni, 1996) es menos literario que
el sencillo Cuentos vertiginosos (Beatriz Valdivieso 1994).
El arte de titular los textos y sus
respectivas colecciones no es sólo responsabilidad del autor y el
editor, pues los lectores también intervienen al hacer de una
expresión literaria parte del habla cotidiana. Sin embargo, es muy
improbable que se lleguen a adoptar los nombres nuevos presentados
por los escritores William Peden (que propuso el término ficción
escuálida), Philip O'Connor (quien propone llamar cue a los textos
más breves que un cuento) o Russell Banks (quien propone llamarlos
poe, en homenaje a Edgar Allan Poe). Dice Russel Banks: "Yo escribo
poes". Pero difícilmente alguien escribirá en su pasaporte:
Profesión: Escritor de cue (R. Shapard & J. Thomas 1989; 248, 258,
259).
Fractalidad
El concepto de unidad es uno de los
fundamentos de la modernidad. Así, considerar a un texto como
fragmentario, o bien considerar que un texto puede ser leído de
manera independiente de la unidad que lo contiene (como fractal de
un universo autónomo) es uno de los elementos penalizados por la
lógica racionalista surgida en la Ilustración. Sin embargo, ésta es
la forma real de leer que practicamos al final del siglo XX. Entre
los Derechos Imprescriptibles del Lector, incluye Daniel Pennac el
derecho inalienable a saltarse páginas, el derecho a leer cualquier
cosa y el derecho a picotear. Sobre este último, dice el mismo
Pennac en su libro Como una novela: Yo picoteo, tú picoteas,
dejémoslos picotear.
Es la autorización que nos
concedemos para tomar cualquier volumen de nuestra biblioteca,
abrirlo en cualquier parte y meternos en él por un momento porque
sólo disponemos de ese momento. (…) Cuando no se tiene el tiempo ni
los medios para pasarse una semana en Venecia, ¿por qué rehusarse el
derecho a pasar allí cinco minutos? (…) Dicho esto, puede abrirse a
Proust, a Shakespeare o la Correspondencia de Raymond Chandler por
cualquier parte y picotear aquí y allá sin correr el menor riesgo de resultar
decepcionados (Pennac 1997, 162). En otras palabras, la fragmentariedad no es sólo una forma de escribir, sino también y
sobre todo una forma de leer. Veamos entonces algunos testimonios de
estas lecturas fragmentarias, en las que se toman muy en serio
textos que en otro momento habrían sido pasados por alto o estudiados como parte de una unidad mayor. Uno de los casos más
interesantes es el del capítulo 68 de Rayuela, que hasta ahora ha
sido objeto de diversos estudios lingüísticos y literarios, como un
texto con autonomía en relación con el resto de la novela. Pero como
complemento de lo anterior también encontramos los libros de varia
invención, como género omniscio propuesto en su momento por Juan
José Arreola, y en general las minificciones que resulta conveniente
leer como parte de una serie. Este es el caso de cada una de las
Historias de cronopios y de famas de Julio Cortázar; los Ejercicios
de estilo de Raymond Queneau; las Nuevas formas de locura de Luis Britto García o la serie de
Las vocales malditas de Oscar de la
Borbolla.
Esta relación entre la unidad y el
fragmento puede llegar a extremos de ambigüedad estructural, como en
el caso de las crónicas de viaje escritas en forma de viñetas
reflexivas (El imperio de los signos de Roland Barthes); el
autorretrato como serie de imágenes introspectivas (Roland Barthes
por Roland Barthes) o la creación de antologías cuya organización
invita a leer los textos incluidos en ella de manera sugerente. Así,
la compilación de tiny stories (historias pequeñas) elaborada por
Rosemary Sorensen en Nueva Zelandia reúne a escritores chinos y
australianos y les da una unidad inesperada, al dividir su
compilación en seis secciones lógicas y a la vez imaginativas. Las
secciones son las siguientes: ¿Quién? Historias de identidad
confusa. ¿Cuándo? Historias sobre la memoria y el sentido. ¿Cómo?
Historias sobre el arte de contar historias. ¿Por qué? Historias
acerca de por qué la gente hace lo que hace. ¿Dónde? Historias
acerca de otros lugares y otros tiempos. Y finalmente ¿Qué?
Historias de resistencia. En este caso, la misma organización es una
invitación a la relectura y una afortunada propuesta de
interpretación.
Estos y otros muchos síntomas de
las estrategias de lectura de textos muy breves nos llevan a pensar
que el fragmento ocupa un lugar central en la escritura
contemporánea. No sólo es la escritura fragmentaria sino también el
ejercicio de construir una totalidad a partir de fragmentos
dispersos. Esto es producto de lo que llamamos fractalidad, es
decir, la idea de que un fragmento no es un detalle, sino un
elemento que contiene una totalidad que merece ser descubierta y
explorada por su cuenta.
Tal vez la estética del fragmento
autónomo y recombinable a voluntad es la cifra estética del
presente, en oposición a la estética moderna del detalle. La
fractalidad ocupa el lugar de fragmento y del detalle ahí donde el
concepto mismo de totalidad es cada vez más inabarcable (O. Calabrese).
Fugacidad
La pregunta por la dimensión
estética de la minificción es una de las más complejas de esta
serie. Cuando encontramos minicuentos de naturaleza marcadamente
híbrida podemos preguntarnos, con razón: ¿son cuentos? (V. Rojo
1997). Algún estudioso de la minificción ha llegado a afirmar sin
ningún reparo que las mejores formas de minicuento son los chistes (J. Stern
1996). Pero aquí podemos preguntarnos: ¿son literatura? Una posible
respuesta a estas preguntas se encuentra en las lecturas más
especializadas que se están realizando sobre estos textos y que
contribuyen a crear, si no un canon (lo cual sería virtualmente
imposible) sí al menos un consenso acerca de la naturaleza de estos
materiales y acerca de lo que vale la pena de leer, escribir y
estudiar. Me refiero a las lecturas de minificción original que se
se hacen en los concursos de minicuentos; a la publicación de
antologías; a la edición de revistas dedicadas a la minificción, y a
la elaboración de estudios especializados. Los concursos se han
multiplicado durante la década final del milenio y siguen creciendo
a un ritmo vertiginoso. Tal vez el más antiguo es el Concurso del
Cuento Brevísimo de la revista El Cuento de México, creado hace ya
casi veinte años y cuyo límite son las 250 palabras.
También existe desde 1986 el
Florida State University's World's Best Short Story Contest
(Concurso del Mejor Cuento del Mundo convocado por la Universidad
del Estado de Florida), cuyo límite también se ubica en las 250
palabras, es decir, el espacio aproximado de una cuartilla. Los
organizadores de este último han publicado ya una antología de los
cuentos que han obtenido los primeros lugares durante estos doce
años (J. Stern 1996).
Más recientemente se han creado
otros concursos en América Latina, como el Concurso Anual de
Minicuentos de la Dirección de Cultura del Estado de Araguá
(Venezuela); el Concurso de Minificción de la revista Maniático
Textual (Argentina); el Concurso de Minicuentos y Minipoesía de la
revista Casa Grande (Comunidad de Colombia en México) y el Concurso
de la revista Zona (Colombia), donde se publicó en su momento un
original Manifiesto del Minicuento.
Por último, mencionemos la
existencia desde 1993 de la revista 100 Words, que publica The
International Writing Program, The University of Iowa (el programa
internacional de escritores de la Universidad de Iowa). Esta revista
es bimestral y publica cuentos y poemas con una extensión de 100
palabras, a partir de un tema propuesto de antemano por los
editores. La invitación para colaborar en esta revista está dirigida
a todos los escritores que alguna vez han sido parte del programa, y
en el cual han participado escritores de 72 países.
En lo que respecta a los estudios
especializados, pocas novelas o cuentos de extensión convencional
han recibido la atención crítica que ha merecido "Continuidad de los
parques" de Julio Cortázar. Este cuento, con una extensión de dos
páginas, no sólo ha sido objeto de más de una docena de artículos
especializados y capítulos de libros (cf. L. Zavala, Cuentos sobre el
cuento, en prensa), sino que incluso ha sido objeto de tesis de
grado y posgrado (A. Cajero 1992). Otros textos de minificción han
recibido similar respuesta de los lectores especializados, como es
el caso del cuento de Oscar de la Borbolla "El hereje rebelde" (C.A.Quiroz
y V.Vargas 1994), incluido en su serie de cinco cuentos Las vocales
malditas.
En diversos libros de texto de
nivel elemental, de educación secundaria y de educación básica
superior se han incluido numerosas minificciones de autores tan
diversos como Julio Cortázar, Julio Torri, Guillermo Samperio, José
de la Colina, Jorge Luis Borges y un largo etcétera. Tal vez la
familiaridad que numerosos lectores tienen con este género de la
brevedad se debe en gran medida a estas formas de iniciación a la
fuerza que tiene la brevedad (Palou 1996).
El caso extremo de relación
paradójica entre la extensión de un minicuento y la respuesta
crítica que ha generado es "El dinosaurio" de Augusto Monterroso,
que ha sido objeto de numerosos artículos, capítulos de libros y
tesis. Entre los más conspicuos aquí recordamos el artículo de Juan
Villoro, "Monterroso, libretista de ópera" (J. Villoro 1995). Pero tal
vez un indicador aún más sorprendente que todos los anteriores del
lugar que ocupa la escritura de minificción en este momento es el
curso universitario diseñado con toda clase de ejercicios y
recomendaciones para escribir minificción, publicado en 1997 por
Roberta Allen con el título Fast Fiction. Creating Fiction in Five
Minutes (Ficción rápida. Cómo crear ficción en cinco minutos).
Virtualidad
La minificción es lo que distingue
a los cibertextos. Si los cibertextos son la escritura del futuro,
entonces la minificción es el género más característico del próximo
milenio.
¿Qué es un cibertexto? Un
cibertexto es el producto de utilizar un programa interactivo frente
al cual el lector ya no sólo elabora una interpretación, sino que
participa con una intervención sobre la estructura y el lenguaje del
texto mismo, convirtiéndose así en un coautor activo frente a la
forma y el sentido último del texto. Si lo que está en juego en la
lectura de los cibertextos no es sólo su interpretación, sino una
intervención directa en la naturaleza del texto, en esa medida lo
que está en juego en el cibertexto no es una representación de la
realidad, sino la presentación de una realidad textual que es
autónoma y no tiene referentes externos. El paso del texto al
cibertexto es similar al de la lectura sobre el papel a la
intervención en el hipertexto interactivo sobre la pantalla de la
computadora. La creación de estos nuevos medios lleva a la
producción de nuevos juegos literarios, así como a la creación de
talleres literarios de carácter interactivo y a la escritura de
cuentos virtuales de carácter multimedia.
Todo lo anterior, en el campo de la
literatura, genera lo que recibe el nombre de textos ergódicos ¿Qué
es la literatura ergódica? (E. Aarseth 1997). El término proviene de
ergon (trabajo) y hodos (camino). Lo que podríamos llamar cuentos
compactos o cuentos ergódicos es una escritura fragmentaria que
genera sus propios lectores virtuales, cada uno de los cuales se
concretiza en cada acto de lectura activa frente al texto. Y precisamente la minificción se encuentra en el centro de estas estrategias
de descentramiento de la escritura textual.
Podríamos concluir recordando que
en sus Seis propuestas para el próximo milenio Italo Calvino
construyó un horizonte estético, con mucho sentido común, a partir
de elementos como Levedad, Rapidez, Exactitud, Visibilidad,
Multiplicidad y Consistencia. Son todas ellas propuestas surgidas de
la experiencia de un escritor ejemplar.
Las propuestas presentadas aquí son
sólo otras tantas maneras de elaborar un homenaje al género de mayor
Brevedad, Diversidad y Fugacidad de la escritura contemporánea, y un
reconocimiento a su elevado potencial de Complicidad, Fractalidad y
Virtualidad. La minificción es la clave del futuro de la lectura,
pues en cada minitexto se están creando, tal vez, las estrategias de
lectura que nos esperan a la vuelta del milenio.
FIN
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