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I
Ya Otto Ludwig indicaba según la función de la narración, la
diferencia entre dos formas de relato: "el relato propiamente dicho"
(die eigentliche Erzaählung) y "el relato escénico" (die
szenische Erzählung). En el primer caso, el autor o el narrador
imaginario se dirige al público: la narración es uno de los
elementos que determina la forma de la obra, a veces el elemento
principal; en el segundo caso el diálogo de los personajes está en
primer plano y la parte narrativa se reduce a un comentario que
envuelve y explica el diálogo, es decir que se atiene a las
indicaciones escénicas. Este género de relato recuerda la forma
dramática, no sólo por el acento puesto en el diálogo sino también
por la. preferencia dada a la presentación de los hechos y no a la
narración: percibimos las acciones no como contadas (poesía épica)
sino como si se produjeran frente a nosotros, en la escena.
Mientras la teoría de la prosa se limite al problema de la
composición de la obra, esta diferencia parecerá insignificante.
Pero adquiere una importancia fundamental desde que se tocan ciertos
problemas primarios que están naturalmente ligados a la teoría de la
prosa literaria. Ésta se encuentra por el momento en estado
embrionario a causa de que no se han estudiado los elementos que
determinan la forma de un relato. La teoría de las formas y de los
géneros poéticos, fundada sobre el ritmo, posee principios teóricos
estables que faltan en la teoría de la prosa.
El relato compuesto no está suficientemente ligado a la palabra
como para servir de punto de partida para el análisis de todos los
tipos de prosa literaria. Ese punto de partida me parece que sólo
puede proveerlo la forma del relato.
La relación entre la narración literaria y el relato oral
adquiere importancia fundamental. La prosa literaria ha utilizado
extensamente las posibilidades de la tradición escrita y ha creado
formas, impensables fuera del marco de esta tradición. La poesía
está siempre más o menos destinada a ser hablada; puede vivir fuera
del manuscrito, del libro, mientras que la mayor parte de las formas
de los géneros prosaicos se encuentran completamente aislados del
habla y tienen un estilo propio del lenguaje escrito. El relato del
autor se orienta hacia la forma epistolar, hacia las memorias o las
notas, hacia los estudios descriptivos, el folletín, etc. Todas
estas formas del discurso se atienen expresamente al lenguaje
escrito, se dirigen al lector y no al oyente, se construyen a partir
de los signos escritos y no de la voz. Por otra parte, en los casos
en que los diálogos están construidos siguiendo los principios de la
conversación oral y se colorean con el tinte sintáctico y lexical
correspondiente, introducen en la prosa elementos hablados y relatos
orales: en general, el narrador no se limita a un relato sino que
repite también las palabras1.
Si en tal tipo de diálogo se deja amplio lugar a uno de los
interlocutores, se establece una aproximación mayor al relato oral.
A veces la novela roza el habla; entonces se introduce un narrador
cuya presencia es o no explicada por el autor.
Obtenemos así una imagen global de la variedad de formas en la
prosa literaria; este punto de vista arroja una luz enteramente
nueva sobre los problemas de la novela. La novella italiana
de los siglos XIII y XIV se desarrolla a partir del cuento y de la
anécdota, sin perder el vínculo con estas formas primitivas de
narración. Sin imitar intencionalmente el discurso oral, se conforma
al estilo del narrador y trata de darnos a conocer una historia
recurriendo sólo a palabras simples. Este tipo de relato no contiene
ni descripciones exhaustivas de la naturaleza, ni características
detalladas de los personajes, ni digresiones líricas o filosóficas.
No encontramos allí diálogo, al menos bajo las formas que el cuento
y la novela contemporáneas nos han habituado. En la antigua novela
de aventuras la unión de los episodios que la trama yuxtapone unos a
otros, se hacía mediante un héroe siempre presente. Esta novela se
desarrolló a partir de una colección de cuentos, por ejemplo el
Decamerón, en donde se daba importancia al encuadre del relato y a los
procedimientos de motivación (V. Shklovski). El principio de
narración oral no se ha destruido todavía, el vínculo con el cuento
y la anécdota no está todavía roto.
A partir de la mitad del siglo XVIII y sobre todo en el XIX, la
novela adquiere otro carácter. La cultura libresca desarrolla las
formas literarias: estudios, artículos, relatos de viajes,
recuerdos, etc. La forma epistolar permite las descripciones
detalladas de la vida mental, del paisaje observado, de los
personajes, etc. (por ejemplo, en Richardson). Notas y recuerdos
dan libre curso a descripciones aún más detalladas de las
costumbres, de la naturaleza, de los hábitos, etc. Al comienzo del
siglo XIX se produce una gran expansión de los estudios de
costumbres y del folletín, que adoptan más tarde la forma de
estudios llamados “fisiológicos”; estudios privados de todo carácter
moralizante y centrados en la descripción de la vida ciudadana, con
toda la variedad de sus clases, sus jergas, etc. La novela del siglo
XIX (Dickens, Balzac, Tolstoi, Dostoievski) deriva de esos estudios
descriptivos y psicológicos: los estudios ingleses del tipo de La
vida en Londres (P. Egan), las descripciones francesas de París (El
diablo en París, Los franceses pintados por ellos mismos, etc.), los
estudios fisiológicos rusos. Existe, sin embargo, una novela que
remonta al viejo tipo de novela de aventuras y que adopta forma
histórica (W. Scott), o utiliza las formas del discurso oratorio, o
se vuelve una especie de narración lírica o poética (V. Hugo). Se
mantiene el vínculo con el habla, pero se aproxima a la declamación
y no a la narración; las novelas de tipo descriptivo o psicológico,
de carácter puramente libresco, pierden incluso este tenue vínculo
con el habla.
La novela del siglo XIX se caracteriza por el generoso empleo de
descripciones, retratos psicológicos y diálogos. A veces estos
diálogos se presentan como una simple conversación que dibuja el
retrato de los personajes a través de sus réplicas (Tolstoi), o que
constituye una forma velada de narración y, por lo tanto, sin
carácter “escénico”. Pero a veces esos diálogos adoptan una forma
puramente dramática y tienen como función hacer avanzar la acción
más que caracterizar los personajes por sus réplicas. Se convierten,
de esta manera, en el elemento fundamental de la construcción. La
novela rompe con la forma narrativa y llega a ser una combinación de
diálogos escénicos y de indicaciones detalladas que comentan el
decorado, los gestos, la entonación, etc. Las conversaciones ocupan
páginas y capítulos enteros; el narrador se limita a notas
explicativas del tipo: “él dijo” - “ella respondió”. Se sabe que los
lectores buscan en este tipo de novela la ilusión de la acción
escénica y que a menudo leen solamente estas conversaciones,
omitiendo todas las descripciones o considerándolas únicamente como
indicaciones técnicas. Algunos escritores, conscientes del hecho,
remplazan las descripciones por una forma dramática. Zagoskin
escribe: “Cuando todo el mundo habla, el relato se desubica. Las
palabras explicativas: ‘tal dice, tal interrumpe, otro objeta, otro
continúa’, no hacen más que embrollar y desconcertar al lector;
permítaseme recurrir a la forma dramática ordinaria: Es más claro y
más simple” (Moscú y los moscovitas). O en otra parte: “Al
reproducir una conversación particular, sobre todo cuando una
sociedad entera participa en ella, estamos obligados, en contra de
nuestra voluntad, a nombrar muy a menudo a los interlocutores, y
además, a repetir sin cesar: ‘tal dice, tal responde...‘; para
evitar estas repeticiones completamente inútiles, es mejor, excepto
en ciertos relatos, utilizar una forma dramática”.
La novela europea del siglo XIX es pues una forma sincrética que
contiene sólo algunos elementos de narración y que, a veces, se
aparta de ellos completamente2.
El desarrollo de esta novela llega a su apogeo hacia los años
setenta del siglo XIX; desde entonces no nos hemos liberado de la
impresión de cosa definitiva, creyendo que no existe forma o género
nuevo en la prosa literaria. Sin embargo, la novela de este tipo se
disgrega ante nosotros y se diferencia. Por una parte se cultivan
las formas próximas a la simple narración, por otra, encontramos
memorias, relatos de viaje, estudios de costumbres; al mismo tiempo,
los elementos que correspondían a la estructuración de la novela
pasan cada vez más a los libretos cinematográficos: hecho muy
significativo que prueba la posibilidad de traducir una obra verbal
de este género en una lengua “muda”. Se puede observar el hecho de
que después de Ana Karenina, L. Tolstoi escribió piezas de teatro y
relatos populares”. La prosa rusa del siglo XIX nos muestra un
fenómeno aún más significativo y notable, la existencia de
escritores como Dal, Gogol, Leskov, los escritores etnógrafos como
A. Melnicov-Pecherskí, P. Yakushkin, S. Maximov, etc. Estos fenómenos, ocultos por el desarrollo de la novela y la inercia que
ha provocado, reaparecen ahora como una nueva tradición: la prosa
contemporánea ha actualizado el problema de la forma y en consecuencia el de la narración. Poseemos un testimonio en los cuentos y
novelas breves de Remizov, de Zamiatin, en las últimas obras Gorki,
en los estudios de Prishvin, las novelas breves de Zoshchenk Vs.
Ivanov, Leonov, Fedin, Nikitin, Babel, etc.
II
La novela y el cuento no son formas homogéneas sino, por el contrario, formas completamente extrañas una a otra. Por esta causa no
se desarrollan simultáneamente ni con la misma intensidad en una
misma literatura. La novela es una forma sincrética (poco importa
que se haya desarrollado a partir de la colección de cuentos o que se
haya complicado integrando descripciones de costumbres) el cuento
es una forma fundamental, elemental (lo cual no quiere decir
primitiva). La novela viene de la historia, del relato de viajes; el
cuento viene de la anécdota. Se trata de una diferencia de principio
determinada por la longitud de la obra. Diferentes escritores y
diferentes literaturas cultivan o la novela o el cuento.
El cuento se construye sobre la base de una contradicción, de una
falta de coincidencia, de un error, de un contraste, etc. Pero esto
no es suficiente; en el cuento como en la anécdota, todo tiende
hacia la conclusión El cuento debe lanzarse con impetuosidad como
un proyectil lanzado desde un avión para golpear con su punta y
con todas las fuerzas el objetivo propuesto. Me refiero aquí al
cuento de intriga, dejando de lado el cuento-descripción que
caracteriza la literatura rusa, así como el “relato directo”. Short story es un término que implica siempre una historia y que debe
responder a dos condiciones: dimensiones reducidas y acento puesto
sobre la conclusión. Estas condiciones crean una forma enteramente
diferente a la novela, tanto en su finalidad como en sus
procedimientos
El papel primordial en la novela lo desempeñan otros factores: la
técnica utilizada para demorar la acción, para combinar y soldar los
elementos heterogéneos, la habilidad para desarrollar y ligar los
episodios, para crear centros de interés diferentes, para conducir
las intrigas paralelas, etc. Esta construcción exige que el final de
la novela sea un momento de debilitamiento y no de refuerzo; el
punto culminante de la acción principal debe encontrarse en alguna
parte antes del final. La novela se caracteriza por la presencia de
un epílogo: una falsa conclusión, un balance que abre una
perspectiva o que cuenta al lector la Nachgeschichte de los
personajes principales (Cf. Rudin de Turgueniev, Guerra y Paz). Es
natural, en consecuencia, que un final inesperado sea un fenómeno
muy raro en la novela (si se lo encuentra sólo revela la influencia
del cuento): las grandes dimensiones y la diversidad de episodios
impiden ese modo de construcción, mientras que el cuento tiende
precisamente a lo inesperado del final donde culmina lo que le
precede. En la novela al punto culminante, debe suceder una cierta
pendiente, mientras que en el cuento es más natural detenerse en la
cima que se alcanza. Se puede comparar la novela a un largo paseo
por lugares diferentes, que presupone un retorno tranquilo; el
cuento a la escalada de una colina, que tiene por finalidad
ofrecernos la vista que se descubre desde la altura.
Tolstoi no pudo terminar Ana Karenina con la muerte de
Ana: se vio obligado a escribir una parte suplementaria aunque esto
fuera muy difícil, ya que la novela estaba centrada sobre el destino
de Ana. La lógica de la forma novelesca requería una prolongación:
de otro modo la novela se habría asemejado a un cuento diluido que
comprendería personajes y episodios enteramente inútiles. Esta
construcción requirió gran esfuerzo: se mata al personaje principal
antes que sea decidida la suerte de otros personajes. No es un azar
que habitualmente los héroes lleguen al final, salvados después de
haber estado a un paso de la muerte (solamente perecen sus
compañeros). El paralelismo de la construcción ayudó a Tolstoi:
desde el comienzo Levin disputa a Ana el primer lugar. Por otra
parte en los Relatos de Bielkin, Pushkin busca precisamente hacer
coincidir la conclusión del cuento con el punto culminante de la
intriga a fin de obtener el efecto de un desenlace inesperado (cf.
"La tempestad", "El vendedor de ataúdes").
El cuento recuerda el problema que consiste en plantear una
ecuación con una sola incógnita; la novela es un problema complejo
que se resuelve mediante un sistema de ecuaciones con muchas
incógnitas cuyas construcciones intermediarias son más importantes
que la respuesta final. El cuento es un enigma; la novela
corresponde a la charada o al jeroglífico.
En Norteamérica, más que en otra parte, se
ha cultivado el cuento (short story). Hasta mediados del
siglo XIX la literatura norteamericana se confunde con la literatura
inglesa en la conciencia de los escritores y lectores y, considerada
como una literatura provincial, es absorbida en gran medida por esta
última. Wáshington Irving escribe con amargura en el prefacio a sus
estudios sobre la vida inglesa: “Ha sorprendido que un hombre
salido de los desiertos de América se expresara en inglés
pasablemente. Fui mirado como un fenómeno extraño en literatura,
como una especie de semisalvaje, que tenía la pluma en la mano en
lugar de llevarla en la cabeza, y se tuvo curiosidad por saber qué
podía decir un ser de ese tipo sobre la sociedad civilizada”3.
Irving se reconoce sin embargo educado en el espíritu de la
cultura y la literatura inglesas, y sus estudios se relacionan
estrechamente con la tradición de estudios de costumbres inglesas:
“Nacido en un país nuevo, pero familiarizado desde mi infancia con
la literatura de un viejo país, mi espíritu ha estado desde temprano
lleno de ideas históricas y poéticas vinculadas a los lugares, a las
costumbres y a los usos europeos, pero que difícilmente podían
aplicarse a los de mi patria... Inglaterra es para un norteamericano
una tierra tan clásica como lo es Italia para un inglés, y el viejo
Londres le inspira tantas ideas históricas como la Roma antigua”. Es
verdad que en su primer libro de estudios (El libro de los bocetos,
1819) trata de utilizar un material norteamericano, por ejemplo en
Rip
Van Winkle, Philip of Pakanoket (esta última obra comienza por un
lamentación: “Los autores antiguos que describían el descubrimiento
y la colonización de América no nos han dejado descripciones
suficientemente detalladas y objetivas sobre las notables costumbres
que florecían entre los salvajes”), pero el tipo de estos estudios
permanece tradicional en su manera y en su estilo: no encontramos
allí nada de “norteamericano” en el sentido actual de esta palabra.
Los años treinta y cuarenta del siglo XIX mostraron claramente la
tendencia de la prosa norteamericana a desarrollar el género del
cuento (short story), mientras la literatura inglesa cultiva
la novela. Los diferentes periódicos (magazines) se
multiplican y comienzan a desempeñar un papel diferente en
Inglaterra y Norteamérica, pero es necesario señalar que los
periódicos ingleses acogen preferentemente las grandes novelas de
Bulwer, Dickens, Thakeray, en tanto que los periódicos
norteamericanos dan el lugar central a las short stories. Esta es,
por otra parte, una buena ilustración del hecho de que no se puede
considerar el desarrollo del cuento en Norteamérica como una simple
consecuencia de la aparición de los periódicos: en este caso, como
en otros, no existe causalidad simple. La extensión de los
periódicos está ligada al afianzamiento del género short story,
pero no lo engendra.
Es natural que en este época aparezca un
interés por el cuento en la crítica norteamericana que está además vinculada a una
aparente mala voluntad con respecto a la novela. En este sentido los
razonamientos de Edgar Poe, cuyos cuentos testimonian la afirmación
del género, son particularmente interesantes e indicativos. Su
artículo sobre los cuentos de Nathaniel Hawthorne es una especie de
tratado sobre las particularidades constructivas de los mismos.
“Durante largo tiempo ha habido un infundado y fatal prejuicio
literario -escribe Poe- que nuestra época tendrá a su cargo eliminar: la idea de que el mero volumen de una obra debe pesar
considerablemente en nuestra estimación de sus méritos. El más
mentecato de los autores de reseñas de las revistas trimestrales no
lo será al punto de sostener que en el tamaño o el volumen de un
libro, abstractamente considerados, haya nada que pueda despertar
especialmente nuestra admiración. Es cierto que una montaña, a
través de la sensación de magnitud física que provoca, nos afecta
con un sentimiento de sublimidad, pero no podemos admitir influencia
semejante en la contemplación de un libro, ni aunque se trate de La
colombiada”. Poe desarrolla a continuación su teoría original sobre
el poema, que para él es superior a todos los demás géneros desde
el punto de vista estético (se trata del poema rimado cuya duración
no exceda de una hora de lectura. "...el punto de mayor importancia es la unidad de efecto o impresión”4. Un poema extenso constituye para él una
paradoja). “Las epopeyas fueron productos de un sentido imperfecto
del arte, y su reino ha terminado”. El cuento es lo que más se
aproxima al tipo ideal que es el poema: desempeña el mismo papel que
el poema pero en su propio campo, el de la prosa. Poe cree posible
establecer el límite de extensión hasta dos horas de lectura en alta
voz (en otros términos, hasta dos pliegos de imprenta); considera a
la novela como un género “inconveniente” en razón de su extensión:
“Como no puede ser leída de una sola vez, se ve privada de la
inmensa fuerza que se deriva de la totalidad”.
Al final, Poe caracteriza el género del cuento: “Un hábil artista
literario ha construido un relato, Si es prudente, no habrá
elaborado sus pensamientos para ubicar los incidentes, sino que,
después de concebir cuidadosamente cierto efecto único y singular,
inventará los incidentes, combinándolos de la manera que mejor lo
ayude a lograr el efecto preconcebido. Si su primera fase no tiende
ya a la producción de dicho efecto, quiere decir que ha fracasado en
el primer paso. No debería haber una sola palabra en toda la
composición cuya tendencia, directa o indirecta, no se aplicara al
designio preestablecido. Y con esos medios, con ese cuidado y
habilidad, se logra por fin una pintura que deja en la mente del
contemplador un sentimiento de plena satisfacción. La idea del
cuento ha sido presentada sin mácula, pues no ha sufrido ninguna
perturbación: y es algo que la novela no puede conseguir jamás”. Poe
decía tener el hábito de escribir sus cuentos comenzándolos por el
final, como los chinos escriben sus libros.
Por consiguiente, Poe asigna importancia particular a un efecto
principal al que contribuyen todos los detalles, así como a la parte
final que debe aclarar cuanto la precede.
La importancia particular que es necesario otorgar al acento
final, se encuentra en todo cuento norteamericano, mientras para la
novela (y sobre todo las del tipo de Dickens y Thakeray) la parte
final desempeña más bien el papel de un epílogo que de un desenlace.
Stevenson escribía en 1891 a un amigo, a propósito de uno de sus
cuentos: "¿Qué hacer?... ¿Inventar una nueva conclusión? Sí;
seguramente. Pero yo no escribo así; esta conclusión está
sobrentendida a lo largo del relato; yo no utilizo jamás un efecto
si puedo guardarlo para cuando me sirva a fin de introducir efectos
ulteriores: en esto consiste la esencia del cuento. Crear otro final
significa cambiar el comienzo. El desenlace de una novela no
significa nada: se trata sólo de una conclusión (coda), que
no es un elemento esencial de su ritmo; pero el contenido y el fin de
un cuento son mutuamente carne de la carne y sangre de la sangre desde su
comienzo".
Tal es la imagen general de las particularidades del cuento en la
literatura norteamericana; todos, empezando por los de Edgar Allan
Poe, están construidos más o menos sobre estos principios. Esto
conduce a cuidar particularmente los finales sorprendentes y a
construir el cuento en base a un enigma o un error que conserva el
papel motor de la intriga hasta el final. En un comienzo, el método
se tomó tan en serio que algunos escritores debilitan el efecto de
sorpresa por tendencias moralizadoras o sentimentales, pero
mantienen siempre este principio de construcción. En Bret Harte, por
ejemplo, la proposición del enigma es generalmente más interesante
que su solución. El cuento "La heredera" está fundado sobre dos
enigmas: ¿por qué el viejo legó su dinero precisamente a esta mujer
fea y tonta y por qué ella lo dispone tan parsimoniosamente? La
solución decepciona: el primer enigma queda sin solución, mientras
el segundo recibe una explicación insuficiente y opaca (el viejo ha
ordenado no dar dinero a los que ella ama) . Las soluciones
moralizantes y sentimentales de relatos como "El tonto", "Miggles",
"El
hombre del pesado fardo", dejan la misma impresión. Podría decirse
que Bret Harte teme intensificar la parte final para no apartarse de
esa ingenuidad sentimental que caracteriza el tono del narrador.
En la evolución de cada género llega un momento en que después
de haber sido utilizado con objetivos enteramente serios o
“elevados”, degenera y adopta una forma cómica o paródica. El mismo
fenómeno se produjo con el poema épico, la novela de aventuras, la
novela biográfica, etc. Las condiciones locales o históricas crean,
por supuesto, diferentes variaciones, pero el proceso conserva esta
acción como ley evolutiva: la interpretación seria de una
fabulación motivada cuidadosa y detalladamente, cede lugar a la
ironía, a la broma, a la imitación; los vínculos que sirven para
motivar la presencia de una escena se vuelven más débiles y
perceptibles al ser puramente convencionales; el autor pasa al
primer plano y destruye a menudo la ilusión de autenticidad y
seriedad; la construcción del argumento se convierte en un juego que
transforma la trama en adivinanza o en anécdota. Así se produce la
regeneración del género: se hallan nuevas posibilidades y nuevas
formas.
La primera etapa del cuento norteamericano la cumplen Irving,
Edgar Poe, Bret Harte, Henry James, etc.: el cuento cambia de
construcción, pero se mantiene siempre como género “culto”, serio.
Por este motivo la aparición de los divertidos relatos de Mark Twain
en los años ochenta es completamente natural y legítima: aproximan
el cuento a la anécdota y refuerzan el papel del narrador humorista.
A veces el propio autor muestra este parentesco con la anécdota; por
ejemplo en About Magnanimous-Incident Literature, M. Twain dice:
“Durante toda mi vida he conservado la costumbre, adquirida en mi
tierna infancia, de leer anécdotas. Yo deseaba que esas encantadoras
anécdotas no se detuvieran en su final feliz, sino que continuaran
la alegre historia de los diferentes benefactores y sus protegidos.
Esta posibilidad me tentaba de tal modo que finalmente decidí
realizarla creando yo mismo las prolongaciones de estas anécdotas”.
De esta forma, presenta continuaciones (sequel) de tres anécdotas.
La novela pasa a segundo plano y continúa su existencia
fundamentalmente bajo la forma de novela policial; se instaura la
moda de las imitaciones. En Bret Harte, al lado de sus novelas
fracasadas, se encuentra una serie de imitaciones de novelas de
otros autores; se trata de esbozos condensados (Condensed novels)
que ilustran el estilo de diferentes escritores: Cooper, Miss
Braddon, Dumas, Brontë, Hugo, Bulwer, Dickens, etc. No es por azar
que Edgar Poe ataca la novela; el principio de la unidad de
construcción en el que se apoya, desacredita la forma de grandes
dimensiones donde se encuentran inevitablemente muchos centros de
interés, líneas paralelas, descripciones, etc. En ese sentido, el
artículo crítico de Poe sobre la novela de Dickens Barnabay Rudge,
es muy significativo. Entre otras cosas, Poe reprocha a Dickens las
contradicciones y los errores técnicos de la novela y encuentra la
causa en “la absurda costumbre actual que consiste en escribir
novelas para los periódicos, y que hace que el autor no sepa aún
todos los detalles del plan cuando comienza la publicación de su
novela”.
Aparecen paralelamente novelas que tienden
visiblemente hacia el cuento: tienen una cantidad limitada de
personajes, un misterio como efecto central, etc. Este es el caso de
la novela de Hawthorne, La
letra escarlata, que los teóricos e historiadores de la literatura
americana citan constantemente como ejemplo de construcción notable.
Esta novela no tiene nada más que tres personajes ligados entre
ellos por un secreto que se descubre en el último capitulo (Revelation); no hay intrigas paralelas, ni digresión, ni episodio marginal:
estamos frente a una unidad total de tiempo, lugar y acción. Se
trata de un fenómeno radicalmente diferente al de las novelas de
Balzac o de Dickens que no encuentran su origen en el cuento sino en
los estudios de costumbres o en los estudios llamados fisiológicos.
La literatura norteamericana se caracteriza por el desarrollo del
cuento, fundado en los siguientes principios: unidad de
construcción, efecto principal hacia la mitad del relato y fuerte
acento final. Hasta los años ochenta esta forma varía, acercándose o
alejándose del reportaje, pero manteniendo siempre su carácter
serio: moralizador o sentimental, psicológico o filosófico. A partir
de esta época (Mark Twain), el cuento norteamericano da un gran paso
en el sentido de la anécdota, subrayando el papel del narrador
humorista o bien introduciendo elementos de imitación y de ironía
literaria. Inclusive la sorpresa final está sometida al juego de la
intriga y expectativa del lector. Los procedimientos de construcción
son revelados intencionalmente y no tienen más que una significación
formal; la motivación se simplifica, el análisis psicológico
desaparece. En esta época aparecen los cuentos de O. Henry donde se
manifiesta en su más alto grado la tendencia anecdótica.
FIN
1925 |