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i.m. Augusto
Monterroso
La significación más aceptada para el
novedoso concepto de la microficción, engloba dos ámbitos
complementarios: uno se refiere a las expresiones literarias cuyo
orden remite a la concisión, ya sean viñetas, aforismos, leyendas,
fábulas, estampas, adivinanzas o el mismo cuento brevísimo, entre
otros; el segundo se encarga solamente de las expresiones del
microrrelato, ese nuevo género lilliputense que empieza a ser
evaluado por la historia literaria, la academia y favorecido por las
editoriales.
En México tal modalidad genérica goza de
una tradición cuyos antecedentes más remotos se pueden ubicar en la
cultura literaria del siglo XIX, en las plumas de las eminencias que
lo practicaron pero también en los redactores anónimos del
periodismo decimonónico, quienes constituyen los basamentos
protoliterarios sobre los cuales se asentó el dicho género a inicios
de la centuria pasada.
Quien indudablemente se ha convertido en un
pionero en la sistematización y estudio en la cátedra universitaria,
la divulgación periodística y el ensayo, sin desdeñar los medios que
ofrecen las nuevas tecnologías como internet, así como la
recopilación ordenada de una práctica ignorada, pero fervorosamente
ejercitada por los autores nacionales, como se infiere por su docena
de repertorios publicados, es Lauro Zavala, investigador
universitario a quien debemos la publicación de -hasta ahora- la más
ambiciosa antología del género. Ambiciosa por el marco temporal que
encierra -un siglo- y por la geografía regional que ciñe: nuestro
país. El microrrelato mexicano del siglo XX. Éstos son los dos
pilares del arco espacio temporal que abarca su más reciente
florilegio, Minificción mexicana (México, UNAM, 2003), pero
antes de comentarlo, conviene detenernos, por dos razones, en su
antecedente más inmediato. Primero por el lugar donde fue editado y
desde donde -quiero pensarlo así- se está distribuyendo al resto del
mundo: Colombia. Segundo, porque por vez primera el microrrelato
mexicano es objeto de una antología sistemática, que a su vez forma
parte de una serie (La Avellana) que tiene por objeto compendiar las
expresiones nacionales del cuento jíbaro en Latinoamérica. El
propósito de la serie, afirman sus editores, “es constituirse en una
respuesta positiva a la dispersa producción minicuentística
hispanoamericana, difundiendo en forma de antologías los minicuentos
más representativos de cada uno de los países que constituyen esa
gran franja marcada por lo hispanoamericano”.
Las antologías disponibles no se habían
detenido en las modalidades particulares de cada nación americana,
pues se diseñaban habitualmente conforme a insostenibles criterios
supranacionales; es decir, ponían el acento en la expresión
continental latinoamericana, o bien abarcaban toda la región
hispanoamericana, los cuales eran los marcos geopolíticos que
acotaban dichos repertorios. Sin embargo, a pesar de tales
delimitaciones, no existe hasta el momento una antología general del
microrrelato latinoamericano, o una ceñida estrictamente al orbe
español, peninsular, que den cuenta de la evolución del género, sus
autores, obras y circunstancias. Menos aún, por regiones,
verbigracia, de Centroamérica o el Cono Sur.
De este modo, La minificción en México,
50 textos breves (Bogotá, Universidad Pedagógica
Nacional-Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco, 2002), en
presentación y selección de Lauro, va acotando en tiempo y espacio
una institución literaria cuyos fundadores nos remiten a la
asociación intelectual que animó el Ateneo de la Juventud (Alfonso
Reyes, Genaro Estrada, Mariano Silva y Aceves), aunque Lauro olvida
incluir en su repertorio a Francisco Monterde, fabulador de
microcosmos premodernos, pero en cambio está presente la escritura
indianista de Andrés Henestrosa, pluma sin grupo identificado o
pertenencia generacional evidente. Asimismo incluye a algunos de los
autores nacidos en la década de los años cincuenta, quienes
conforman las generaciones literarias surgidas entre los años
sesenta y ochenta. En esta antología se representa a las
generaciones de los ateneístas, del Medio Siglo e intermedias entre
la transición, la continuidad y el presente de la narrativa breve
mexicana. Ese medio centenar de autores convocados permite un
diagnóstico de la microficción mexicana del siglo XX.
La minificción en México merece tres
cuestionamiento y un elogio: la singular organización cronológica,
que no persigue estrictamente un criterio evolutivo; algunos de los
autores presentes no han recogido en forma sistemática sus
incursiones por el cuento brevísimo, el cual ha sido un criterio de
selección antológica básico; la falta de un repertorio bibliográfico
final que lo complemente, considerando que se trata de un volumen
universitario cuyo objetivo inmediato es difundir la expresión
microficcional mexicana en Sudamérica. Y cumplidamente, registra los
tonos, modos y formas en que ha incursionado, experimentado y
consolidado el género durante el siglo pasado. Motiva que Lauro se
haya puesto como límite formal las arquitecturas narrativas
arraigadas del cuento brevísimo, a saber: “minicuentos (clásicos),
microrrelatos (modernos) y minificciones (posmodernas)”, conceptos
que sostienen una taxonomía, una propuesta de estudio y, en ciernes,
los prolegómenos de una teoría de la microficción.
A su vez, en Minificción mexicana
esas arquitecturas narrativas se ven levemente opacadas por la
inclusión intrusa de sonetos, palindromas, fragmentos de crónicas
novohispanas o retazos escogidos de novelas (Cartucho, Terra
Nostra, La feria), ausentes por cierto de La minificción en
México, cuerpos extraños y ajenos que deben descartarse de los
estudios de la microficción por tener espacios propios de estudio y
divulgación, por ser acogidos por un público perfectamente delineado
y, sobre todo, por pertenecer a expresiones opuestas a la
microficción, dicho sea en aras de la delimitación de las marcas de
frontera que distinguen al nuevo género, ya de por sí escurridizo,
todavía carente de una teoría estética que lo sustente, huérfano de
una historia literaria y de un razonamiento deontológico que lo
apuntale.
Aún así, la selección global es el
muestrario más representativo del microrrelato en México, pues están
presentes las figuras axiales, que Lauro bautiza como “los
precursores”, las figuras tutelares representadas por el “canon A.
T. M.”: Arreola, Torri y Monterroso, así como por el nuevo paradigma
de la escritura microficcional (José de la Colina, Felipe Garrido y
Guillermo Samperio), que en palabras del compilador representan al
“nuevo canon”, aunque sus poéticas difícilmente se emparentan por la
generación, procedencia regional, voluntad de estilo o la elección
del microcosmos que se empeñan en recrear. En su afán
clasificatorio, Lauro se detiene en ellos como si después de ese
singular trío el tiempo creativo del microrrelato se hubiese
detenido. Hay otras plumas que continúan la tradición, ya que con
sus invenciones están renovando al género.
Por las exigencias del derecho autoral, la
profesionalización del editor a cargo del volumen y la seria labor
de compilación, en esta antología sí se da noticia bibliográfica de
los textos seleccionados. No podría ser de otra manera, tratándose
de un libro pensado, amasado y horneado en una estación de trabajo
de la UNAM. Merece también un comentario positivo la pulcra edición
-a diferencia del libro colombiano, en el que abundan las erratas y
pifias tipográficas-, el cálido diseño gráfico de la portada y la
limpia formación de las páginas interiores que contienen este
florilegio.
Los padres fundadores del microrrelato
mexicano forman un cuarteto (Reyes, Estrada, Silva y Aceves,
Monterde), que llamaré por el momento la Primera Ola, la época
inicial del cuento breve en el siglo pasado. La Segunda la
integrarían lo que he llamado en otro lugar el canon Torremonte
(Julio Torri, Juan José Arreola y Augusto Monterroso), que fueron
los maestros del tercer reflujo de escritores de brevedades: Raúl
Renán, José de la Colina, René Avilés Fabila, Salvador Elizondo,
José Emilio Pacheco, entre sus principales cultivadores. Los
Protagonistas del Medio Siglo.
En la cuarta época predominan Felipe
Garrido y Guillermo Samperio, pero coinciden en ella Martha Cerda,
Ethel Krauze, Mónica Lavín y Rosa Nissán, las imprescindibles voces
por las que se incluyó el mundo de la mujer contemporánea en la
microficción vigesímica. Una nómina de escritoras proclives al
microrrelato, la cual distingue a nuestra tradición del cuento breve
del resto de las latinoamericanas, donde más bien escasean.
Rosa Beltrán, Luis Humberto Crosthwaite,
Marcial Fernández y Javier García-Galiano, son la cresta más
reciente de narradores, miembros prominentes de la generación de las
Décadas Perdidas -pues hizo su aparición justo cuando el desarrollo
económico de México creció en términos de bajo cero, aumentó la
emigración de manera apabullante y la calidad de vida descendió a
niveles vergonzantes, entre otras condiciones todavía
prevalecientes-, promoción que considera el cuento brevísimo como
una práctica legítima del ejercicio literario, legitimada por sus
antecesores ilustres, las promociones editoriales, la difusión
periodística y las exigencias del ciberespacio.
La minificción en México y
Minificción mexicana son dos recuentos que servirán para la
elaboración de la necesaria historia del cuento brevísimo, y
apoyarán sustantivamente en la formulación de las poéticas de la
microficción vigentes en el siglo XX.
FIN |