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El microrrelato es un género literario con una
tradición robusta cuyos antecedentes en Hispanoamérica se remontan
al modernismo, aunque su apreciación por el gran público apenas
empieza a reconocerse.
Las teorías sobre su germinación van de las
hipótesis de Castañón -surge en la colonia para compensar una
necesidad social-, y de Zavala -son una característica de la
posmodernidad-, al deslumbramiento de De la Borbolla -la literatura
lapidaria, el epitafio, es la cuna del minicuento.
En México, la revista El Cuento, desde su
fundación, fue su principal promotor y divulgador, tareas que
ejercía con benevolencia, generosidad y magisterio su director, don
Edmundo Valadés.
Este añejo y novísimo género ha recibido
múltiples denominaciones, indeterminación grave, ya que en su nombre
recae su seriedad y valor artístico; por ejemplo, en sus
infatigables “Inventarios” José Emilio Pacheco lo nombró
“microrrelato”, y Valadés lo bautizó “minicuento” en los talleres de
composición literaria que impartía en las instalaciones del Museo
Carrillo Gil. A su vez, su principal estudioso y divulgador
contemporáneo, Lauro Zavala, lo denomina “cuento mínimo'' y
“minificción''; además, para integrar la antología de marras
estableció como criterio taxonómico elemental la extensión de los
relatos; es decir, los que la conforman son textos con no más de 400
palabras.
Sin embargo, este florilegio permite
inferir los rasgos de identidad del microrrelato, útiles para
entender su naturaleza, aunque esta reseña no se pretende manual
jíbaro para reconocer minicuentos: así, descartando los que son
meros ejercicios de estilo, estampas, fábulas y adivinanzas -porque
pretenden fines didácticos incompatibles con la naturaleza del
género-, el resto admite los tres elementos clásicos del cuento:
principio, desarrollo y final, además de la neoliberal economía
léxica que los individualiza -si en el cuento sin adjetivos esta
máxima es regla de oro, en el microrrelato es ley-, aparte de
ceñirse vicariamente a las otras normas de composición que le son
connaturales: unidad temporal, acteal y espacial. Pueden, a su vez,
inferirse otros rasgos distintivos, vale decir, un solo incidente,
un personaje, una atmósfera; incluso los microcuentistas, los nuevos
cazadores de géneros, han logrado la maestría del arranque in media
res o, aun más, trasplantar exitosamente al género las técnicas
literarias de las últimas vanguardias, como el metacuento: el cuento
sobre el cuento, una reflexión sherezadeana sobre el arte del
microrrelato.
Relatos vertiginosos es una prolongación
natural de las vastas y documentadas Teorías del cuento que Zavala
compiló y publicó en la UNAM entre 1993 y 1998. Por ellos se percata
el lector del extendido fervor que ha causado la frecuentación de
este género entre los escritores modernos y contemporáneos de
Latinoamérica, aunque en esta muestra se encuentran
sobrerrepresentados los mexicanos, pero compulsados con rigor
argentinos, uruguayos y guatemaltecos, los artífices más tenaces de
este arte pigmeo.
Un comentario final sobre la arquitectura
interior de la antología: como está dividida en dos partes (autores
y temáticas), el índice no las asienta claramente; la primera inicia
con los autores, luego, sin transición o continuidad alguna, da
comienzo la segunda. Acaso sea un tropiezo editorial, pero aun así
las estancias y pasillos se dejan habitar y transitar apaciblemente.
FIN |