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Calidad y talento son condiciones que
caracterizan las obras de Víctor Montoya, escritor boliviano
residente en Suecia desde 1977.
Montoya es autor de varios libros y ha
tenido la audacia de incursionar en diferentes géneros literarios.
Afronta la aventura de escribir, desentraña la forma narrativa más
precisa y descubre nuevas realidades a medida que se interna en lo
que cuenta. Uno avanza por el interior de sus relatos descubriendo,
más allá del posible mensaje, hechos que atañan a los humanos.
Precisamente, este punto de encuentro ocurre en sus novelas y
cuentos.
Montoya acaba de publicar el libro:
Cuentos de la mina, en el que podemos observar, con lenguaje
coloquial e interferencias del idioma quechua y aymará, la vida
cotidiana, mitos y leyendas de los trabajadores del subsuelo
boliviano. Se tratan de cuentos que, una vez más, demuestran la
capacidad narrativa de su autor y la realidad fantástica del tema
abordado.
Esta entrevista es un modesto intento de
conocer la opinión de Montoya sobre el arte de la escritura y la
necesidad de expresarse por medio de la literatura. Nos referimos,
en concreto, a ese momento de la vida, entre lo material e
intangible, que permite descubrir dimensiones profundas. Creo que
fundar un mundo narrativo y escribir un relato, como lo hace
Montoya, implica trabajar con el lenguaje de un modo personal.
Certero o titubeante, no lo sé; pero de lo que sí estoy seguro, es
que cada persona que se dedica a la palabra escrita ha encontrado,
de una u otra manera, un estilo particular que lo diferencia de los
demás, y, bueno, no queda otra cosa que potenciarlo.
El lenguaje es una de las herramientas que
tenemos para movilizar y educar el espíritu humano, pero también
sirve para comunicarnos y crear modelos sentimentales. La inversa se
hace presente en un lenguaje violento y peyorativo que bien puede
ser utilizado por cualquier comunidad hablante.
La escritura es un universo independiente
del mundo real, y está llena de incógnitas, ansiedades, sugerencias,
contradicciones y dislocaciones. En consecuencia, el arte de la
escritura tiende a romper los patrones de una lengua mediante la
ficción y el proceso creativo. Así, por ejemplo, podríamos decir que
el lenguaje poético, es una especie de álgebra fracturada que atrapa
a su interlocutor en un mundo por el cual siente fascinación: el de
las palabras.
Dejemos, entonces, que Víctor Montoya nos
refiera su experiencia sobre el arte de hilvanar frases, con la
única intención de contar, de manera global y concisa, una historia
que rescata la memoria personal y colectiva.
Víctor, se suele decir que en la vida no
podemos volver atrás. Sin embargo, el universo escrito nos
proporciona la placentera facultad de rehacer lo hecho. En tal
sentido, me gustaría saber:
¿Cómo transformas los recuerdos en
material narrativo?
Los recuerdos, vaciados en palabras, son un
excelente material literario, sobre todo si son de interés general.
El escritor casi siempre escribe sobre cosas que le han impresionado
en la infancia o en la vida; son temas que salen a flote del
subconsciente y exigen ser narrados. No olvidemos que la memoria es
un instrumento poderoso que, con el impulso de la imaginación, nos
ayuda a rescatar y condensar los recuerdos del pasado.
Yo mismo cuando escribo un cuento, un
artículo o una novela, obedezco a un impulso interior, a una
necesidad de expresar, por medio de la palabra escrita, lo que
pienso y siento, pues el arte de escribir es una suerte de terapia
que se desata desde el fondo del alma, con la esperanza de hacer eco
en el corazón de los lectores. Casi siempre realizo un viaje hacia
mí mismo, hacia mi propio yo, intentando zambullirme en mis
adentros, en mis recuerdos. Tengo la necesidad de contar lo que he
visto y oído, lo que he sufrido y vivido; se tratan de situaciones
inverosímiles que experimenté cuando era niño y que, además de
determinar mi conducta personal, permanecen latentes en mi mundo
subconsciente. Por ejemplo, Todavía guardo en la memoria el primer
estampido de bala que oí en mi vida; era en la madrugada del 24 de
junio de 1967, cuando las tropas del ejército ejecutaron la masacre
de San Juan en Siglo XX; un suceso impactante que despertó mi
curiosidad por las luchas sociales y un panorama desolador que no me
dejaría ya vivir en paz por el resto de mis días. Lo que quiero
explicarte es que los recuerdos, como cualquier otro material de
interés general, constituyen un excelente material literario. Todo
depende de la destreza del narrador para convertir los sueños y las
pesadillas, pero también las ilusiones y las esperanzas, en obras
literarias cuyos valores éticos y estéticos respondan al nivel de
exigencias del lector.
¿Qué es lo más importante en el cuento,
según tu opinión?
La autenticidad del tema, la originalidad
del estilo y la intensidad narrativa. Una de las características
fundamentales del cuento, que se distingue entre otros de la novela,
es su brevedad, que consiste precisamente en narrar una historia
completa en pocas páginas y en poco tiempo. En esto consiste su
ventaja sobre otros géneros, en que puede ser leído rápidamente y,
además, es capaz de sostener la atención del lector de principio a
fin, así como ocurre en los cuentos de Chéjov, Maupassant, Borges,
Cortázar o Leopoldo Alas, quienes están considerados como maestros
tradicionales del cuento, porque sabían hilvanar una historia, irse
al grano y llegar enseguida al punto de destino, al desenlace. Es
decir, la poca extensión del cuento no permite que se malgasten
palabras. El narrador está consciente de que un cuento breve, bien
concebido, es similar a una obra de orfebrería; más todavía, el
cuento, tanto por su perfección como por su brevedad, creo que está
llamado a sobrevivir a la novela, pues el hombre moderno, apremiado
por la prisa y el estrés, tendrá más inclinación por una narración
corta que por una novela de largo aliento.
¿Qué relación sueles darles al principio
y final de un cuento?
El principio y el final de un cuento, cuyo
tema sigue un hilo argumental, están enlazados a la trama, a la
disposición interna, que nos conduce al desenlace. Por lo tanto,
todo escritor que incursiona en el arte de narrar sabe, de alguna
manera, que su cuento debe tener un principio que atrape la atención
del lector y un final que, sin ser necesariamente explícito, sea
sorpresivo y eficaz. Guy de Maupassant, entre otros, demuestra su
maestría a través del desenlace inesperado que le sorprende al
lector, sus cuentos están llenos de efectos y precisiones en el
manejo del hilo argumental. Algunos de sus cuentos tienen un final
inesperado, un signo de exclamación; algo que dice ya mucho del
cuentista y de su calidad literaria.
En mi caso, cada vez que me dispongo a
escribir un cuento, pienso muchas veces cómo debo de empezar y
terminar el cuento, de manera que el tema que voy a abordar tenga
una coherencia lógica y sea accesible para el lector. El cuento, aun
siendo experimental, no tiene por qué ser un rompecabezas ni un
laberinto sin salida. Mientras más depurado sea el lenguaje y más
transparente sea el argumento del cuento, siempre tiene la ventaja
de ser mejor. Además, yo no creo en los cuentos cuyo principio y
final no tienen relación alguna ni en los cuentos que contienen
trampas para despistar la atención del lector.
¿Qué elementos trabajas más cuando
escribes?
Si se parte del criterio de que el
principio y el final de un cuento son elementos importantes,
entonces se entiende que tanto la forma como el contenido son otros
elementos esenciales que nos proporcionan la sensación de que cada
una de las partes de un cuento están integradas en una totalidad. En
realidad, ninguno de sus componentes esenciales puede ser omitido;
por el contrario, todos sus elementos requieren ser trabajados con
la debida atención durante el acto creativo. Por eso mismo, la
invención y elaboración de un cuento me implica estar consciente de
que cada uno de los elementos que lo constituyen son iguales de
importantes a la hora de escribir, sin que por esto se desmienta el
hecho de que durante el proceso narrativo intervengan otros
elementos subconscientes que no están previstos racionalmente desde
el instante en que se concibe el cuento. A veces suele ocurrir que
el protagonista o las acciones surgen de manera espontánea, que
hacen que el escritor se dirija en una dirección u otra, más como
una expresión de eso que se llama inspiración, que de una
planificación premeditada.
De todos modos, pienso que un cuento bien
planificado tiene mejores posibilidades de ser un buen cuento, que
otro que surgió de manera espontánea, sobre todo, si se considera
que un buen cuento es como un pan bien horneado, que requiere una
temperatura adecuada y una cocción que está en su punto. No siempre
es fácil de lograrlo, pero tampoco es imposible si se trabaja con
paciencia y rigor, haciendo hincapié en la importancia semántica de
cada palabra y en los otros elementos técnicos que intervienen en la
elaboración del cuento.
¿Y qué me dices de la estructura de un
cuento bien trabajado?
La buena estructura de un cuento depende,
en gran medida, del profesionalismo del narrador, quien, además de
dominar los complejos recursos del arte literario, debe aprender a
domar el lenguaje. La construcción de un cuento, por decir de alguna
manera, es similar a la construcción de un edificio, que requiere
una planificación desde los cimientos hasta el techo. Es la única
manera de evitar que se nos desmorone a media construcción.
Ahora bien, en prosa, y ésta es mi opinión
particular, no hay género literario más perfecto que el cuento, que
se concibe como un vaciado total. No como la novela que, por su
propia estructura, es el resultado de la composición de varios temas
y personajes yuxtapuestos. Al cuento primero se lo concibe y después
se lo escribe; no como la novela, que se la va inventando y
estructurando conforme se la escribe, tropezando, cayendo y
desviándose a veces de la idea central.
El cuento exige una estructura trabajada
con precisión de joyero. No admite, por ejemplo, descripciones
extensas o temas entreverados que obstaculicen la agilidad del
relato. El autor, sin redundancias ni explicaciones didácticas, debe
contar una historia completa con brevedad, tratando de satisfacer
con rapidez la curiosidad del lector. Es decir, al tener que narrar
una historia con principio, nudo y desenlace, con personajes,
acción, ambiente e ideas precisas, con identidad propia, el narrador
se ve obligado a concentrar el relato, o sea, a referir y precisar
solamente lo fundamental. Por lo tanto, el cuento bien estructurado
es aquel que nos deslumbra como un fogonazo, porque, a diferencia de
la novela, es tiempo concentrado, quizás por eso García Márquez dice
que el esfuerzo de escribir un cuento corto es tan intenso como el
de empezar una novela, una apreciación que nos da la pauta de lo que
más o menos es el cuento, cuya estructura es bastante completa por
su brevedad como por la economía del lenguaje.
Por último, ¿qué te sugiere la palabra
"futuro"?
De entrada, me sugiere el desarrollo
galopante y estremecedor de la informática, pues nos encontramos,
como en los libros de ciencia-ficción, atrapados por los tentáculos
de una sociedad sin escrúpulos, donde las técnicas de la cibernética
han superado a la fantasía más remota de autores como Julio Verne o
Asimov. En la actualidad, cualquier muchacho, que dispone de una
computadora en su casa o en la escuela, puede navegar con soltura en
la red de Internet y procurarse la información que necesita, con la
falsa creencias de que los libros y las bibliotecas han sido
superados por las páginas electrónicas. Si bien es cierto que
Internet ha eliminado las distancias y acercado a los hombres de
todas las naciones, es cierto también que el libro impreso jamás
será sustituido por la edición digital, pues no es lo mismo la
sensación de tener un libro en las manos que leerlo en la pantalla
de una computadora. El hombre moderno, que cada día piensa más en
los bienes materiales que espirituales, parece haberse escapado de
la realidad por la tangente de este mundo cada vez más globalizado,
manoseado y contaminado.
De modo que la palabra futuro, lejos
de toda consideración científica y tecnológica, me causa angustia
porque sé que nos vamos acercando al borde de un desastre ecológico
del que probablemente no se salvará nadie. Sin embargo, mientras no
se precipite este desenlace fatal, sabemos que en el futuro
muchas cosas seguirán siendo igual que antes. Por ejemplo, el amor,
el odio, los celos, la envidia y los instintos de competencia y
supervivencia. Otra cosa que permanecerá en el futuro, de no
darse cambios radicales, será la lucha de clases, la pobreza en los
países en vías de desarrollo y las amenazas bélicas de las grandes
potencias. Los personajes célebres de la historia de la humanidad
serán también célebres en el futuro. De los clásicos de la
literatura ni siquiera hablar, puesto que seguirán siendo tan
actuales como siempre. Es probable que en el futuro se
respeten más los derechos de los niños y las mujeres lleguen a
ocupar el 50% de los poderes del Estado, pero lo que no se
modificará nunca es que el niño siga siendo el vástago de sus padres
y que la mujer siga pariendo como antes. En síntesis, aunque creo en
la dialéctica del materialismo histórico, tengo las esperanzas en
que nuestro amor por el arte de la palabra escrita no se acabará
mientras existan hombres sobre la faz de la Tierra.
FIN |