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Etimológicamente, cuento proviene
del vocablo latino computum, cuenta o cálculo, que, por un
fenómeno de traslación y deslizamiento semántico, pasó de la
enumeración de objetos a la de hechos sucedidos, sucesos o
acontecimientos fingidos; como dice E. Ánderson Ímbert, el
cómputo se hizo cuento. De una manera muy sencilla y general, el
cuento podría definirse como la narración de
una acción ficticia, de carácter sencillo y breve extensión, hecha
con fines morales o recreativos, de muy variadas tendencias a través
de una rica tradición popular y literaria.
La
palabra cuento se ha empleado en la literatura
española con distintos significados que resumimos muy por encima,
sin demasiadas precisiones. Las antiguas narraciones breves
castellanas se denominaban fábulas, enxiemplos,
apólogos, proverbios, etc. El término cuento
aparece en el Renacimiento junto con la palabra novela,
diminutivo del latín nova, en italiano nuova y
novella, con el significado de breve noticia, pequeña historia.
Novela llegará a designar las narraciones
“escritas” cortas y se empezará a emplear cuento para
las narraciones cortas de tono popular y carácter “oral”, y también
para los chistes, anécdotas, refranes, etc. En épocas ya
posteriores, la palabra novela se reservará definitivamente
para las narraciones literarias extensas. En el Romanticismo, la
denominación cuento se emplea para las
narraciones, versificadas o en prosa, de carácter popular,
legendario o fantásticas, aun cuando para estas últimas también se
utilizan los términos leyenda, balada, etc. La
situación actual es la siguiente: la narración corta se designa con
dos términos diferenciados, cuento popular y
cuento literario, y se reserva la denominación novela
corta para la narración intermedia en cuanto a
extensión entre cuento literario y novela
La
diferencia entre el cuento popular y el
literario es fácil de establecer. Frente a la tradición y
transmisión oral, la anonimia, el carácter de bien de todos, la
universalidad, las variantes, la simplicidad, esquematización y
uniformidad del cuento popular, el cuento
literario presenta una marcada
voluntad de estilo, o sea, una forma literaria cuidada y específica,
esa y no otra -sin ninguna posibilidad de variantes o cambios-,
creada por un autor con nombre y apellidos, enmarcado en un “aquí” y
“ahora” concretos, que, mediante esa narración tan breve y en
apariencia tan frágil, intenta transmitir lo que, con libre
imaginación y consciente de su originalidad, ha querido fabular o
ficcionar; es decir, las vivencias, los sentimiento y las ideas, la
alegría y el dolor -“los gozos y las sombras”- del complejo mundo
que habita.
Un narrador es
alguien que mira el mundo y a los hombres, y carga con toda la
memoria de ellos, para que nada del hombre se pierda. […] una
especie de sabueso, que se recorre infierno, tierra y cielo para
dar con un rastro de hombre, una historia de hombre, pero quizás
es sobre todo alguien que recoge las confidencias de voces y
personajes, y las cuenta (1).
Las
diferencias entre cuento y novela -el
género mayor de la narrativa moderna, el más complejo y el más
importante- estriban en que aquel, como se explicará profusamente
más adelante, actúa con rapidez, concentración e intensidad para
expresar una instantánea de la realidad; al contrario que la novela
que lo hace por acumulación y extensión al implicar la creación de
un mundo completo. Como se verá en un texto posterior, Juan Bosch
decía que la novela es extensa, el cuento intenso y Julio
Cortázar opinaba que la novela y el cuento se
dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía
(2). En el cine aparecen multitud de escenarios, acciones,
personajes, con variedad de planos, como en la novela. En cambio, la
fotografía eterniza el instante de unos personajes en un escenario y
tiempo únicos; y su belleza radica en la intensidad y en el acierto
con que se capte ese instante. Pero hay que precisar que el cuento,
esa instantánea de la realidad, a diferencia de la fotografía,
siempre posee transcurso temporal, aunque resulte apenas
perceptible. Y, desde luego, el cuento deberá presentar una marcada
densidad significativa y una extremada concentración en su economía
de hechos, personajes y palabras que impidan que el lector “se
distraiga”. La acción de la novela se complica, al contrario, con
mayor número de episodios y personajes, con mayor complejidad
psicológica y de planos temporales, además de detalladas
descripciones de ambientes, objetos y personas.
Una novela –cuanto más si
es extensa- admite cualquier planteamiento, cualquier objetivo que
se le ocurra al novelista. Tal es su amplitud, su diversidad, su
“cosmopolitismo literario” podríamos decir. Debido a estas
razones, en una novela es imposible esa perfección que puede
lograrse en un cuento. Por su pequeñez espacio-temporal, este no
sólo admite sino que exige precisión, armonía y exactitud. Lo
principal en él es el suceso y adónde nos conduce.
Suceso único y hermético, sin ningún intersticio que permita
penetrar la menor partícula del mundo real o que no sea del
presentado por el cuentista y que, simultáneamente, no permita la
menor distracción del lector. Este se halla, de pronto, prisionero
en una estrecha celda completamente oscura y tan desmantelada que
no puede prestar atención más que a las mágicas palabras que a sus
oídos o a su corazón le dicta o le sugiere ese mago invisible que
se ha apoderado de él. ¡Y pobre del cuentista que tolere que la
más insignificante ventana o mirilla o agujero en la pared
distraiga a su prisionero, o que este se fugue de la celda! (3).
La
diferencia principal, pues, entre narración larga y narración corta
radica probablemente en que, en el género breve, el lector u oyente
tiene la posibilidad de controlar con la memoria, de forma total o
casi total, los elementos narrativos presentados -un cuento se
recuerda entero o no se recuerda-, mientras que eso no puede
producirse ni por asomo en el caso de la novela, que puede incluir
vastas digresiones, elementos accesorios y redundantes, etc. Pero
también se da una diferencia en la modalidad de la recepción: es
posible -y diríamos que necesario, según se ha indicado- leer un
cuento de una tirada; en cambio, leer una novela normalmente
requiere, por su extensión, efectuar pausas (4).
Ahora bien,
la diferencia del cuento y la novela no
solamente se encuentra en sus dimensiones y en la eliminación de
todo lo que se tenga por accesorio, sino también en el carácter de
sus argumentos. En este sentido, y en contra de lo que a veces se
dice, no es elogioso para un buen cuento afirmar de él que pueda
convertirse en una buena novela, simplemente ampliándolo. En este
caso, como se ha afirmado, es muy probable que estemos no ante un
buen cuento, sino ante una novela frustrada.
Sin
embargo, sí es verdad que el relato contemporáneo admite elementos
procedentes de la literatura fantástica, de la ciencia-ficción, de
la novela policial, y puede provocar de una manera tan satisfactoria
como la novela variados sentimientos de admiración, suspense, miedo,
angustia, comicidad, etc. Además los recursos de tratamiento del
narrador, de los personajes, del tiempo, los modos de focalización,
el uso de técnicas literarias: descripción, diálogo, monólogo,
narración pura y simple, epístola, collage de textos ajenos,
etc. hacen del género breve una materia narrativa tan elaborada como
la novela, siempre que se conjugue con la tan insistida brevedad y
siempre que -requisito indispensable- exista una historia de tal
manera sustentada que el lector pueda captarla y contarla fácilmente
en su totalidad sin los vericuetos y complejidades propios de la
novela. Sólo queda, pues, como rasgo diferenciador entre ambos
géneros, como venimos repitiendo, la menor extensión del cuento
frente a la novela, su esencial unidad de impresión y, en
definitiva, esa intensidad que le otorga la condensación que a veces
acerca el relato al poema
(5).
Se dice
a menudo que el cuento es una novela en síntesis y que la novela
requiere más aliento en el que la escribe. En realidad los dos
géneros son dos cosas distintas; y es más difícil lograr un buen
libro de cuentos que una novela buena. Comparar diez páginas de
cuento con las doscientas cincuenta de una novela es una ligereza.
Una novela de esa dimensión puede escribirse en dos meses; un
libro de cuentos que sea bueno y que tenga doscientas cincuenta
páginas, no se logra en tan corto tiempo. La diferencia
fundamental entre un género y el otro está en la dirección: la
novela es extensa; el cuento es intenso. El novelista crea
caracteres y a menudo sucede que esos caracteres se le rebelan al
autor y actúan conforme a sus propias naturalezas, de manera que
con frecuencia una novela no termina como el novelista lo había
planeado, sino como los personajes de la obra lo determinan con
sus hechos. En el cuento, la situación es diferente; el cuento
tiene que ser obra exclusiva del cuentista. Él es el padre y el
dictador de sus Criaturas; no puede dejarlas libres ni tolerarles
rebeliones (6).
Para
terminar estas reflexiones sobre las relaciones entre cuento
y novela, recordemos las irónicas palabras de William
Faulkner: Todo novelista quiere escribir poesía, descubre que no
puede y a continuación intenta el cuento, y al volver a fracasar, y
sólo entonces, se pone a escribir novelas.
Existen otras narraciones que sin llegar a ser
novelas tampoco son cuentos debido a su mayor extensión, a la
inclusión de más detalles, más descripciones, más incidentes que
diluyen un tanto la unidad e intensidad, la reducción y
concentración, al no centrarse tan absorbentemente en un único
momento. Y, sin embargo, sí se trata de relatos que desarrollan una
historia muy definida, desarrollada mediante un único hilo
narrativo, de estructura nada compleja, centrada en muy pocos
personajes y, generalmente, en un espacio y tiempo reducidos. Este
tipo de narración actúa intensiva y no extensivamente, no se
dispersa y mantiene tal unidad de efecto e impresión que golpea la
sensibilidad del lector con la fuerza de una sola vibración
emocional, aunque más prolongada que en el cuento. Este género
narrativo se denomina nouvelle en francés; en inglés, long
short story y, entre nosotros, recibe la denominación de
novela corta. (7) El profesor Baquero Goyanes afirma que
es lástima que para este tipo de narración no haya prevalecido el
nombre de cuento largo al estar este género más vinculado al
cuento que a la novela extensa. El cuento largo es un
relato cuyo tema, cuyo desarrollo, ha exigido más páginas que las
normales de un cuento (8).
Cuando se trata de un tema tan sugerente como
el de las relaciones entre cuento y poesía
lírica, nunca se pretende mezclar dos géneros literarios bien
distintos o pensar que el cuento sea un tipo especial de lírica. Lo
que se intenta es mostrar cómo el cuento literario se
acerca al campo de la creación poética por su propia génesis, por el
tono y, especialmente, por los efectos que su lectura puede provocar
en el lector. La concentración e intensidad, la tensión y unidad de
efecto de las que trataremos profusamente más adelante y a las que
habría que añadir la iluminación o el deslumbramiento (9),
son características propias del buen relato moderno que lo
relacionan, como tantas veces se ha afirmado, con el poema lírico.
Si en el buen poema se encuentra el grado límite de la expresión
lírica, en el buen cuento se halla el de la expresión narrativa,
incluso se ha llegado a definir el cuento como la lírica de la
prosa. Tanto uno como otro exigen al autor una cuidadosa
elección de cada palabra, una purificación llevada al límite, y los
dos se concibe súbitamente, como un intenso fogonazo, ya que gracias
a su brevedad pueden provocar, como también decía Poe, una
exaltación del alma imposible de sostenerse por mucho tiempo, porque
los momentos de alta excitación son necesariamente fugaces. Las
emociones y sentimientos que un cuento despierta algunas veces en el
lector pueden ser muy parecidos a los de la lectura de ciertos
poemas; en palabras de Baquero Goyanes: un efecto entre
deslumbrador y quemante. O, más explícitamente y según Raúl
H.Castagnino:
Un cuento equivale a un poema. Se constituye por un acto de
creación semejante, fundado en la palabra, en el arte verbal.
Requiere también una motivación, profunda intención poética, tensión
unitaria. Reclama, en el acto creador, la misma inmediatez del
poema, intensidad y concentración. Extenderlo es diluirlo, es
denunciar su andamiaje. Es transferirlo a otra especie: novela corta
o novela (10).
Como observó Baquero Goyanes, antes del siglo
XIX el cuento se manejaba sin plena consciencia de su importancia
como género literario con personalidad propia. Era un género menor
del que no se sospechaban las posibilidades de belleza y emoción que
podía contener su brevedad. Hubo buenos cuentistas, individualmente
considerados, con sello personal, pero fueron muy pocos, casos
aislados que sorprendían como fugaces destellos. Lo que no había,
desde luego, era una tradición cuentística, cuajada, en ebullición
permanente, como la que comienza a existir en el siglo XIX. En
palabras de Germán Bleiberg:
Es a partir de las postrimerías del
Romanticismo cuando el cuento se destaca como individualidad
literaria perfectamente encuadrada, dibujando, con pinceladas
externas, ambientes, caracteres, episodios menos extensos en
peripecias que intensos en emoción penetrante y aguda.(11).
Es, pues, en ese momento cuando el cuento se
convirtió en narración literaria autónoma, con carácter propio y de
extensión breve. Lo cual no deja de ser curioso, pues siendo el más
antiguo género narrativo fue el que, de manera definitiva, tomó
forma literaria más tardíamente, como señalaba Juan Valera:
Habiendo sido todo cuento al empezar las literaturas, y empezando el
ingenio por componer cuentos, bien puede afirmarse que el cuento fue
el último género literario que vino a escribirse
(12).
Los grandes autores del siglo XIX,
principalmente los que Horacio Quiroga mencionaba en el primer
mandamiento de su “Decálogo del perfecto cuentista” (1927) (Cree
en un maestro –Poe, Maupassant, Kipling ,Chéjov- como en Dios
mismo) fueron quienes, con empeño artístico, crearon un
subgénero narrativo, denominado cuento literario y lo
convirtieron en expresión de intensos y personales mundos narrativos
sobre temas muy diversos, pero henchido de insospechadas
posibilidades de belleza, emoción y grandeza. Lejos de este nuevo
cuento quedan los apólogos y fábulas, los relatos tradicionales y
los anónimos cuentos maravillosos con su ingenua y, en ocasiones,
fantástica frescura infantil.
Además, los cuentos literarios funcionan
independientemente y con plena autonomía, desligados de los bloques
narrativos de las viejas colecciones tradicionales o los extensos
compendios narrativos medievales y renacentistas engarzados mediante
un hilo conductor, como sucede con las tres famosas colecciones del
siglo XIV en las que los
diversos relatos no funcionan individualmente, sino que están
"rígidamente" trenzados por un hilo conductor que en El Conde
Lucanor (1335) de don Juan Manuel es la conversación
entre el conde y su ayo-consejero Patronio; en El Decamerón (Decamerone,
1350-1365) de Giovanni Boccaccio la situación de aislamiento
de los jóvenes florentinos debido a la peste que asola la ciudad y
en Los cuentos de Canterbury (The Canterbury Tales,
1386) de Geoffrey Chaucer la peregrinación al famoso
monasterio inglés.
Quizás uno de los rasgos más característicos de
estas últimas colecciones aludidas sea la despreocupación por la
originalidad, ya que sus autores no eran creadores de historias en
el sentido moderno, sino que se limitaban a dar nueva forma a
narraciones recogidas en repertorios anteriores o bien a relatos de
raigambre folklórica. Pero de ninguna manera se debe olvidar en
muchos casos el acierto en el libre tratamiento de la materia
narrativa, en el saber situar cada peripecia en el preciso instante
que le corresponde, en la decidida voluntad de estilo y,
especialmente, en el placer del puro contar. Los propósitos eran
moralizantes, con una marcada intencionalidad didáctica teñida de
entretenimiento, respondiendo así al viejo precepto latino del
prodesse delectare, “enseñar deleitando”, pero sin desdeñar la
intención satírica, desenfadada e incluso procaz.
La ampliación, el enriquecimiento y, sobre
todo, la originalidad temática y el sello personal artístico, la
diferencia entre el cuento concebido dentro de una colección y la
posibilidad y pleno sentido del cuento autónomo distancian el relato
moderno de aquellas viejas y entrañables historias a las que
acabamos de referirnos. Además, el cuento literario
se sacudirá enérgicamente la servidumbre de los referidos
propósitos didáctico-moralizantes, satíricos o de pura diversión
desenfadada, para dar paso a la omnímoda libertad creadora del autor
moderno.
El cuento
literario es un texto en prosa,
narrativo y de ficción, alejado de todo propósito didáctico o
moralizante, tan breve que puede ser leído de un sentada en el
decurso de no muchos minutos, centrado en un único tema, sin ninguna
dispersión ni elementos accesorios, autónomo semántica y
formalmente, y elaborado con la intención muy específica por parte
del autor de conseguir, con concentrada intensidad, un efecto o
impresión momentánea, impactante, indivisa y satisfactoria en el
destinatario que es el lector.
La
limitación del cuento literario a un extensión corta,
la necesidad de que provoque, con esa forma breve, esa señalada
impresión indivisa sobre el lector, explican y exigen la primera
característica esencial de este género narrativo:
la síntesis o concentración, porque un
buen cuento es el resultado de un minucioso trabajo de reducción,
eliminación y depuración llevados al límite, hasta dejar la
narración despojada de todo aquello que no sea rigurosamente
necesario; proceso de síntesis, pues, desde el tema claramente
delimitado y el núcleo argumental bien definido, para que sea
fácilmente recordado y susceptible de ser “contado”.
Los cuentos –dice José
María Merino- no toleran elementos accesorios. Todos los
materiales del cuento tienen una función principal: de ahí la
difícil concisión a que obligan, que no está sólo en el empleo de
las palabras, sino, sobre todo, en la previa selección de los
motivos.
El cuentista trabaja en profundidad,
verticalmente, sin digresiones ni amplificaciones, en lucha
constante contra el tiempo y el espacio para ofrecernos, en una
depuración estricta, aquellos elementos que sean realmente
significativos. Lo importante es el argumento, el trozo de vida que
va a desfilar ante nosotros sin dilaciones ni preámbulos (13).
Nos referimos, pues, a relatos de una gran
economía lingüística, eliminada toda retórica o excesiva abundancia
verbal; desnudos de descripciones prolijas, de diálogos extensos, de
repeticiones innecesarias, de toda clase de "rellenos", exordios,
circunloquios, digresiones, ideas intermedias, personajes
secundarios, etc., de tal manera que quede lo absolutamente
necesario e insustituible y se cumpla así la afirmación de uno de
los más importantes autores de cuentos del siglo XX y máximo
exponente del “minimalismo” norteamericano, Raymond Carver: Todo
tiene que ser importante y necesario en un relato, cada palabra,
incluso cada signo de puntuación.
Y, por otra parte, la concentración exige la
fijación en un conflicto preciso y determinado y la detención
temporal en un solo momento, porque lo que se pretende es atrapar al
lector desde el comienzo y llevarlo irremisiblemente al meollo
narrativo, sin escapatoria posible.
Relacionado con lo anteriormente dicho, existe
otra característica insoslayable del buen cuento, la tensión,
que consiste en la imposibilidad de sustraerse a la atmósfera
narrativa creada, sin que se le conceda al lector un momento de
tregua o reposo. El buen cuento capta, desde la primera línea, la
atención del lector y la mantiene sin decaimiento hasta el final,
porque consigue construir un pequeño mundo en el que el lector se
sumerge de tal modo que se olvida de todo cuanto le rodea. Baquero
Goyanes afirmaba que en la creación de un cuento sólo hay tensión
y no tregua. Ahí radica precisamente el secreto de su poder de
atracción sobre el lector (12); y Julio Cortázar,
que definía el cuento
como un relato en el que lo que interesa es una cierta tensión,
una cierta capacidad de atrapar al lector y llevarlo de una manera
que podemos calificar casi de fatal hacia una desembocadura, hacia
un final, y que también decía que el cuento es una máquina
literaria de crear interés, explicaba magistralmente esta
característica a la que estamos refiriéndonos:
Quizá el rasgo diferencial más penetrante del cuento sea la
tensión interna de la trama narrativa. De una manera que ninguna
técnica podrá enseñar a proveer, el gran cuento breve condensa la
obsesión de la alimaña, es una presencia alucinante que se instala
desde las primeras frases para fascinar al lector, hacerle perder
contacto con la desvaída realidad que le rodea, arrasarlo a una
sumersión más intensa y avasalladora. De un cuento así se sale como
de un acto de amor, agotado y fuera del mundo circundante, al que se
vuelve poco a poco con una mirada de sorpresa, de lento
reconocimiento, muchas veces de alivio y tantas de resignación (14).
Según el dominicano Juan Bosch:
El cuento debe comenzar interesando al lector. Una vez cogido en
ese interés el lector está en manos del cuentista y éste no debe
soltarlo más. A partir del principio, el cuentista debe ser
implacable con el sujeto de su obra; lo conducirá sin piedad hacia
el destino que previamente le ha trazado; no le permitirá el menor
desvío (15).
Y el uruguayo
Horacio Quiroga confiesa:
Luché porque
el cuento tuviera una sola línea, trazada por una mano sin temblor
desde el principio al fin. Ningún obstáculo, ningún adorno o
digresión debía acudir a aflojar la tensión de su hilo. El cuento
era, para el fin que le es intrínseco, una flecha que,
cuidadosamente apuntada, parte del arco para ir a dar directamente
en el blanco. Cuantas mariposas trataran de posarse sobre ella para
adornar su vuelo, no conseguirían sino entorpecerlo (16).
Para el norteamericano E. Allan Poe, un buen cuento es una obra de
ficción que trata de un solo incidente -del tipo que sea, material o
espiritual-, que puede leerse sin interrupción, en una única sesión
de lectura. Ha de ser original y llamativo, ha de excitar o
impresionar al lector, dejando en él, cuando acaba el relato, un
sentimiento de plena satisfacción. Porque la verdadera originalidad
literaria se mide por ese efecto o impresión que la obra logra crear
en el lector, más que por lo novedoso de la trama o por la expresión
de ideas originales. Lo único que tiene que conseguir el autor es la
unidad de efecto -el célebre efecto único- y para ello deberá
moverse en una sola dirección desde la primera línea hasta el final
y subordinar todos los aspectos del relato a la consecución de dicho
efecto para producir en el lector la más plena satisfacción:
Un hábil artista literario ha construido un relato. Si es prudente,
no habrá elaborado su pensamiento para ubicar los incidentes, sino
que, después de concebir cierto efecto único y singular, inventará
los incidentes, combinándolos de la manera que mejor le ayude a
lograr el efecto preconcebido. Si su primera frase no tiende ya a la
producción de dicho efecto, quiere decir que ha fracasado en el
primer paso. No deberá haber una sola palabra en toda la composición
cuya tendencia, directa o indirecta, no se aplique al designo
preestablecido. Y con estos medios, con este cuidado y habilidad, se
logra por fin una pintura que deja en la mente del contemplador un
sentimiento de plena satisfacción (17).
En
la estructura narrativa del cuento es muy importante el comienzo y
el final de la breve historia. Las primeras palabras ya deben
determinar el ritmo y la tensión del texto. No empieces a
escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento
bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la misma
importancia que las tres últimas (Horacio Quiroga) y como
dice Juan Bosch:
Saber comenzar un cuento es tan importante como
saber terminarlo. El cuentista serio estudia y practica sin descanso
la entrada del cuento. Es en la primera frase donde está el hechizo
de un buen cuento; ella determina el ritmo y la tensión de la pieza.
Un cuento que comienza bien, casi siempre termina bien. El autor
queda comprometido consigo mismo a mantener el nivel de su creación
a la altura en que la inició. Hay una sola manera de empezar un
cuento con acierto: despertando de golpe el interés del lector. […]
Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión,
sin una debilidad, sin un desvío; he ahí en pocas palabras el núcleo
de la técnica del cuento
(18).
En
cuanto al final del cuento, Alba Omil y Raúl A. Piérola dicen que
el final debe cerrar herméticamente la estructura narrativa sin
dejar resquicio para nuevas aperturas, para ninguna explicación
posterior, so pena de destruirla (19) y
Julio Ramón Ribeyro, en el décimo mandamiento
de su "Decálogo para escribir un cuento", afirma que el cuento
debe conducir necesaria, inexorablemente, a un solo desenlace, por
sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace, es que el
cuento ha fallado. Carlos Mastrángelo corrobora
contundentemente las anteriores opiniones:
“Hubiera deseado seguir leyendo”. Esta
expresión de un lector, al finalizar una novela suele ser un elogio
–y a veces grande- para el novelista. Pero esta misma expresión, al
concluir un cuento es generalmente todo lo contrario para el
cuentista. No tiene razón de ser. Significa que la narración carece
de esa clausura hermética tan cara de la forma que nos ocupa. El
momento culminante de un cuento coincide con su propia muerte, es
decir, su terminación. Su punto final ha de ser precisamente eso:
su punto final (20).
Generalmente, de los inolvidables relatos
breves se dice que son “redondos” -Ana María Matute decía que
redondos y jugosos como una naranja, y hondos y profundos como una
navaja- cuando un final sorprendente y contundente corona la
breve historia narrada como un resplandor cegador que deja al lector
sin resuello, anonadado o como un escalofrío o un vértigo que nace
de la sorpresa y de la tensión. El escritor gallego Rafael Dieste,
en uno de los “aforismos” en los que concentra su teoría sobre el
cuento, afirma: O remate é unha imaxen que fai estoupalo conto
nas verbas derradeiras, dempóis de inzalo poderosamente (21).
Es esta indudablemente una de las características que, con las
anteriormente citadas, resplandecen en ese número de cuentos que
todo buen lector atesora en su memoria. Tal es el caso de “El
corazón delator” de Poe, “La pata de mono” de Jacobs, “El Horla” de
Maupassant, “El suceso en el puente sobre el río Owl” de Bierce, “La
Nochebuena de Encarnación Mendoza” de Bosch, “Continuidad de los
parques” de Cortázar o “La tercera expedición” (Crónicas
marcianas) de Bradbury… Son cuentos que atrapan poderosamente al
lector, que le dejan sin resuello y de los que sale, tras el golpe
final, confuso y anonadado, como si despertara de un sueño
milagroso.
Y, sin embargo, es conveniente hacer dos
precisiones:
Esta estructura, tan meticulosamente cerrada
que no permite una palabra de más, no se contradice con la apertura
en cuanto a la significación, no tiene nada que ver con el poder
expansivo del cuento; por el contrario, ambas están en estrecha
relación. Como decía María Luisa Rosenblat, el cuento es una
forma cerrada que recoge un infinito, porque un cuento es bueno
cuando el lector puede seguir imaginando más y más cosas en él,
cuando, escurridizo, siempre se escabulle y no permite ser
constreñido a una única lectura totalizadora.
La segunda precisión es que el final cerrado
hermética y sorprendentemente, que parece ser el objetivo supremo de
la narración corta y que en verdad corona muchos de los mejores
relatos, como los arriba citados, no es una condición imprescindible
para que haya un buen cuento. Existen finales que dejan el cuento
inconcluso, ambiguo o indefinido, como una suave línea recta que se
interrumpe sin aviso, alejada del efecto final inesperado o
espectacular, pero que se llena de las posibilidades sugerentes de
lo que, a propósito, se deja abierto. El final queda en estos casos
sustituido por muchas puertas abiertas a la fantasía y sugestión del
lector, convertido así en recreador, al tener que completar el texto
no acabado.
El final sorprendente no es una condición
imprescindible en el buen cuento. Hay grandes cuentistas, como Antón
Chejov, que apenas lo usaron. "A la deriva", de Horacio Quiroga, no
lo tiene, y es una pieza magistral. Un final sorprendente impuesto a
la fuerza destruye otras buenas condiciones en un cuento. Ahora
bien, el cuento debe tener su final natural como debe tener su
principio (22).
A los ejemplos aducidos por Juan Bosch, podemos
añadir el relato titulado “La siesta del martes” de Gabriel García
Márquez. Se trata de un cuento de situación, de ambiente, de
atmósfera más que de acción; en el que, aparentemente, apenas sucede
nada y que, desde luego, es uno de los ejemplos más evidentes de
final abierto o inconcluso. Y, sin embargo, este cuento tan
aparentemente simple y fragmentado ha sido unánimemente valorado
como uno de los mejores de su autor, y es que, gracias a un
artificio literario apenas perceptible, el nobel colombiano ha
conseguido que esa mujer y esa niña, ese pueblo, ese sacerdote y esa
siesta; en fin, todo ese “pequeño” mundo evocado, permanezcan y
vivan eternamente en la memoria del buen lector, a pesar o tal vez
precisamente por ese final abierto que seguramente tenía que ser “su
final natural”.
Pero se puede dar un paso más. Existen incluso
cuentos que, además de no tener final específico, parecen comenzar
en cualquier punto, es decir, se presentan abiertos en ambos
extremos. Es frecuente en la narrativa breve actual romper el patrón
clásico que, según la vieja preceptiva aristotélica, diferenciaba
claramente principio, medio y fin en la historia contada. En
palabras de Horacio Quiroga: No es indispensable que el
tema a contar constituya una historia con principio, medio y fin.
Una situación trunca, un incidente, un simple momento sentimental,
moral o espiritual, poseen elementos de sobra para realizar con
ellos un cuento (23).
Cualquier hecho, suceso o momento puede convertirse en un
buen cuento gracias al talento, la sensibilidad y el dominio del
lenguaje y de las técnicas narrativas del escritor, incluso una
trama elemental puede resultar efectiva si el tratamiento es el
adecuado. Nunca debe olvidarse la afirmación incontestable de
Cortázar de que en literatura no hay temas buenos ni malos, hay
solamente un buen o mal tratamiento del tema.
En definitiva,
lo que estas consideraciones sugieren es que el cuento literario
evoluciona en formas nuevas y cambiantes que muestran una rica
pluralidad. Por una parte, encontramos, en la historia del género,
esos títulos geniales y sobrecogedores a los que antes nos hemos
referido; y, por otra, hay relatos breves, en apariencia más
distendidos y menos efectistas, como pequeños trozos de vida
corriente y mediocre, insignificantes crónicas de ambiciones
frustradas, en situaciones amables o risueñas, levemente irónicas, o
tristes y patéticas. Narraciones a primera vista sencillas que no
alborotan nuestro interior como descargas eléctricas y de los que
no salimos agotados como afirmaba Cortázar, pero sí con una
pequeña sonrisa o una leve tristeza apenas esbozadas, y, en
definitiva, con una sensación agridulce de humanidad compartida que
va mucho más allá de la mínima anécdota reseñada, que nos perturba
levemente y sí nos hace salir momentáneamente de nuestro pequeña
vida cotidiana. Y esto es lo que sucede con muchos de los admirables
relatos de Anton Chéjov, de Katherine Mansfield o de Raymond Carver,
de quien recordamos la siguiente reflexión:
Tanto en la poesía como en la narración breve, es
posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con
un lenguaje claro, y dotar a esos objetos -una silla, la cortina de
una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer- con los
atributos de lo inmenso, con un poder renovado.
Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin
embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector, como
bien lo demuestran las delicias debidas a Nabokov. Esa es de entre
los escritores, la clase que más me interesa. Odio, por el
contrario, la escritura sucia o coyuntural que se disfraza con los
hábitos de la experimentación o con la supuesta zafiedad que se
atribuye a un supuesto realismo (24).
Como tampoco se deben olvidar las acertadas palabras de Borges:
Si una persona lee un cuento, lo lee de un modo
distinto de su modo de leer cuando busca un artículo en una
enciclopedia o cuando lee una novela, o cuando lee un poema. Los
textos pueden no ser distintos pero cambian según el lector, según
la expectativa. Quien lee un cuento sabe o espera leer algo que lo
distraiga de su vida cotidiana, que lo haga entrar en un mundo, no
diré fantástico —muy ambiciosa es la palabra— pero sí ligeramente
distinto del mundo de las experiencias comunes
(25).
Con
todas las salvedades o precisiones que se quiera, la brevedad
es la característica más importante del cuento, la verdaderamente
esencial, porque es ella, en definitiva, la que determina, explica y
procede de todas las demás. La situación narrativa única, es decir,
la limitación en el relato a un solo hecho, el número restringido de
personajes y situaciones, la concentración e intensidad (sólo lo
breve puede ser intenso), la tensión, la unidad de impresión, el
mismo efecto de deslumbramiento propio de todo buen cuento, el uso
de las palabras justas, sin excesos retóricos y con una sintaxis
directa, etc., guardan relación directa con la brevedad y ella es,
en definitiva, la que diferencia el cuento literario de las otras
formas narrativas más extensas. Como decía el escritor mexicano
Edmundo Valadés, el cuento escapa a prefiguraciones teóricas: si
acaso, se sabe que su única inmutable característica es la brevedad
(26).
Pero, ¿cuáles son los límites de la brevedad
del cuento? Dejando aparte la afición desmedida de los anglosajones
a cuantificar y calcular la extensión de la novela o el cuento
"regular” o canónico (short story) por el número de palabras
(27) o el tiempo consumido en su lectura, parece más acertado
aludir –sin mayor concreción- a un texto cuya lectura se realice sin
interrupción y en muy poco tiempo; es decir, que pueda leerse de
una sentada (James Cooper Lawrence),
en una sesión (Edgar Allan Poe) o de un tirón (Ánderson
Ímbert). A este respecto, Luis Barrera
Linares afirma:
El tiempo de lectura ideal de un cuento es aquel
que, siendo siempre breve, nos permite captar el efecto que se haya
propuesto su autor [...] Si la finalidad del cuento está realmente
dirigida a producir un efecto de intensidad, cuestión en la que
coinciden casi todos los autores, entonces un cuento no debería
extenderse demasiado, puesto que dejaría espacio para el desvío de
tal objetivo en el receptor (28).
Al hilo de la brevedad de la que estamos
hablando, permítasenos unas reflexiónes –seguramente “no
políticamente correctas”- sobre un subgénero narrativo mínimo, muy
de actualidad y muy extendido en el mundo hispánico.
Desde mediados del siglo XX, y siguiendo una
dirección proveniente del Modernismo, las Vanguardias y la sociedad
post-moderna -que, literariamente, se caracteriza por la voluntad
transgresora de códigos discursivos, los juegos de transferencias
genéricas, la irrupción de lo fragmentario, etc.- han ido
apareciendo textos de una manifiesta brevedad que, para nosotros,
con evidente indiscriminación, se refugian todos ellos bajo las alas
protectoras y, tal vez, excesivamente generosas, de lo que se ha
denominado cuento. Son textos tan breves que todo su cuerpo
se extiende desde una sola línea hasta una página o página y media
impresa (de composición tipográfica normal), máxima extensión
concedida por la mayoría de los estudiosos y entusiastas de esta
clase de textos.
En cuanto a su denominación genérica o
subgenérica, no se ha llegado en español al consenso de un único
término. A los sustantivos relatos, historias, narraciones,
ficciones y, sobre todo, cuentos, se les suelen anteponer
los prefijos mini o micro; y, según preferencias de
antólogos, estudiosos, etc., se les añaden los adjetivos
ultracortos; mínimos, minúsculos, diminutos, rápidos,
instantáneos; microcósmicos; súbitos, el
complemento en miniatura o bien se les aplican los
diminutivos cuentitos, cuentículos o cuentines.
Aparte de su corta extensión, uno de los principales rasgos de este
tipo de textos -hasta el punto de ser considerado esencial- es su
naturaleza proteica y transgenérica, es decir, el carácter de
hibridación, mestizaje o ambigüedad genérica, pues admiten tal
variedad temática y de formas y estilos que se sitúan en una especie
de “tierra de nadie” entre la narración y la lírica, entre el cuento
propiamente dicho y la historia, entre la anécdota y el microensayo;
y, en según que casos, próximos al poema en prosa, la estampa lírica
o a la costumbrista, el diálogo dramático, la ocurrencia o el
chiste, la noticia periodística, la frase ingeniosa o lapidaria, el
aforismo, la sentencia, la paradoja, el epigrama o la alegoría. Es
decir, se ha llegado a crear una especie de "cajón de sastre” en el
que, en mezcla confusa y heterogénea, cabe cualquier modalidad, sin
distinguir entre formas textuales diversas; y, sólo porque prevalece
como rasgo más evidente la extremada brevedad, reciben el nombre de
minicuentos o microrrelatos, las denominaciones más
frecuentes entre las arriba apuntadas.
Estamos, pues, ante un ejemplo más de una de las características de
la postmodernidad, la que tiende a borrar de un plumazo los géneros
y mezclar las variadas formas de escritura en una literatura
híbrida, trasgresora de los cánones de género -a veces, es verdad,
demasiado rígidos y estrechos- establecidos por la tradición; cosa
que, por otra parte, aunque parezca muy moderno, no lo es tanto,
porque los libros de varia lección y las misceláneas
tienen casi cinco siglos y el afán de difuminar y hasta borrar las
fronteras genéricas es de inconfundible origen romántico.
Pues bien, nos parece necesario -“sin ninguna acritud”- poner un
poco de claridad en esta situación comúnmente aceptada, pero que
juzgamos confusa, y deslindar las fronteras entre los verdaderos
cuentos y los tan diversos parientes próximos o advenedizos.
Para que un texto pueda denominarse cuento, han de darse unas
características distintivas ineludibles. La primera es que, en él,
haya narración, es decir, la forma elocutiva que
coloquialmente denominamos “contar”; ello supone la enumeración
libremente secuenciada de hechos que alguien ha realizado -o que a
alguien le han sucedido- en un ámbito determinado, durante un tiempo
y en un espacio (algo que alguien hace o a él le ocurre en un
tiempo y en un lugar). Dicho de otra manera, el cuento es el
desarrollo verbal de una historia argumentada -es decir, con
inferencias de causa y efecto-, cuya trama, aunque muy comprimida,
esté constituida por una acción, peripecia o incidente, porque no
hay cuento ni verdadera narración si no hay suceso, y así, por
ejemplo, un retrato estático de una persona o una descripción de un
paisaje no es un cuento, como categóricamente se formula en el
primer mandamiento del "Decálogo para escribir un cuento" de Julio
Ramón Ribeyro: El cuento debe contar una historia. No hay cuento
sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector pueda a su
vez contarlo.
Dicha historia ha de tener un protagonista o personaje principal no
necesariamente humano ni individual e, incluso, a veces, no
explícito o ni siquiera nombrado, pero siempre en relación con un
medio determinado y con otros personajes, actantes o elementos
activos, ya explícitos, ya implícitos en la propia textualidad. La
historia, desde luego, puede estar contada en primera, tercera e,
incluso, segunda persona. En los cuentos muy breves, todo ha de
estar concentrado en un solo episodio narrativo, un solo ambiente,
breve lapso de tiempo explícito, muy pocos personajes y,
frecuentemente, la epifanía de un final sorprendente.
Pero este carácter narrativo, esencial en todo cuento, ha de ser
precisado, puesto que también es propio de otros muchos textos o
manifestaciones discursivas, como algunas anécdotas, noticias,
crónicas, etc. Es necesario introducir otra categoría que, aplicada
al cuento, reduzca y ajuste más el concepto de narración. Este nuevo
ingrediente es la ficción: lo que se narra ha de ser
invención del autor, concebida por él, original suya. Recordemos las
palabras de Juan Rulfo:
Uno de los principios de la creación literaria es
la invención, la imaginación. Somos mentirosos; todo escritor que
crea es un mentiroso, la literatura es mentira; pero de esa mentira
sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues,
uno de los principios fundamentales de la creación (29).
Esta ficción o invención "ficticia" se basa frecuentemente, como
dice Rulfo, en un hecho real recreado, porque la creación
literaria nunca opera ex nihilo, al estar el autor, como todo
ser humano, condicionado por la memoria de sus experiencias,
conocimientos, lecturas, tradición literario-cultural, formación,
gustos, vivencias, etc. Todo un complejo mundo interiorizado se
desborda en la obra que el autor crea sin que, a veces, ni él mismo
se dé cuenta, aunque sí es verdad que, en ocasiones, parece que el
artista se sustentara únicamente en su imaginación, partiendo
de cero, y la invención fuera absoluta, como sucede en las
creaciones artísticas fantásticas, maravillosas u oníricas, pero,
incluso en estos casos, la imaginación parte, en uno u otro grado y
de una u otra manera, de la experiencia vital acumulada. Así lo
corrobora Mario Vargas Llosa en uno de sus “Consejos a un joven
novelista”:
En toda ficción, aun en la de la imaginación
más libérrima, es posible rastrear un punto de partida, una semilla
íntima, visceralmente ligada a una suma de vivencias de quien la
fraguó. Me atrevo a sostener que no hay excepciones a esta regla y
que, por lo tanto, la invención químicamente pura no existe en el
dominio literario (30).
Lo que parece evidente, como ya se ha señalado,
es que en la mayoría de las situaciones
narrativas el autor sí se apoya en algún hecho real, en una
experiencia propia o ajena o en un recuerdo que él filtra a través
de sus palabras -lo literaturiza- y de esta manera se da siempre "un
elemento añadido" que supone una modificación, transformación o
adulteración de aquella realidad de la que partía. Así es como
funciona el proceso normal de la creación artística literaria;
proceso muy complejo en el que intervienen las vivencias, el
conocimiento, la memoria, la sensibilidad, y, sobre todo, la
imaginación, para crear una historia cuyo resultado final es el
texto escrito. Y esa "mentira literaria" que el narrador ha creado,
cuando es excelente, tiene la capacidad de encandilar de tal manera
al lector que la vive intensamente mientras lee, aceptando las
imaginaciones literarias como si fueran verdad y creyendo lo que se
cuenta mientras dure la lectura.
En
definitiva, el lector de un cuento siempre ha de ser consciente de
que, por muy parecido que sea a la realidad, e incluso apoyado en un
hecho vivido, oído, o leído, lo que está leyendo es algo que se ha
fraguado y recreado en la imaginación del autor y que como tal hecho
imaginario quiere transmitirlo. Esto no obsta para que todo cuento
tenga que ser verdadero, pero no en el sentido de que la
historia que en él se cuenta haya sucedido o corresponda a una
realidad exterior (verdad histórica), sino, mejor, verosímil
en cuanto que logrado, conseguido, plausible, creíble o, dicho de
otra manera, coherente y satisfactorio para el lector, dadas la
cohesión interna y la armonización de los elementos que lo integran,
al conseguir el autor que los sucesos relatados sean “reales”, es
decir, funcionen con total plenitud dentro de ese mundo real que es
el creado por el texto. Ha de ser una invención, un supuesto que se
lee -y, por tanto, se vive- como si fuera verdad. En caso contrario,
resultaría falso en cuanto que fracasado, narrativamente
considerado; y, desde luego, dicha falsedad se daría también si lo
contado fuera un suceso real, una "verdad verdadera", valga el juego
de palabras.
La verdad de la novela depende de su propia
capacidad de persuasión, de la fuerza comunicativa de su fantasía,
de la habilidad de su magia. Toda buena novela dice la verdad, y
toda mala novela miente. Porque "decir la verdad" para una novela
significa hacer vivir al lector una ilusión, y "mentir" ser incapaz
de lograr esa superchería (31).
El autor no
tiene límite o tope en la creación del cuento. Como un pequeño dios,
puede crear, imaginar, inventar y escribir las historias más
maravillosas, fantásticas, terroríficas o, por el contrario,
realistas, sencillas y cotidianas; puede situarlas en pasado,
presente o futuro y en cualquier lugar; con personajes de todo
tiempo, condición o edad; y, en fin, con la historia contada debe
entretener, conmover, intrigar o sorprender, y, si todo ello junto,
mejor.
A la
narración y a la ficción es necesario añadir aún otra
característica que delimite todavía más el concepto de cuento,
porque todos sabemos que existe multitud de textos narrativos y de
ficción tan vulgares, insignificantes y pedestres que no merecen, ni
de lejos, el nombre literario de cuento. Esta nueva y
última característica es que ha de ser un texto artístico, lo
cual dimana, en principio, de la voluntad y conciencia del autor de
estar escribiendo un texto literario y, en definitiva, de su talento
creador, de que sea o no un auténtico artista de la palabra escrita.
Además de
la invención de una historia original y de la disposición o trama de
sus elementos constituyentes, una obra literaria ha de poseer una
expresión adecuada a la ficción imaginada. En principio o como punto
de partida, dicha expresión es necesariamente distinta -aunque no
siempre distante- del uso común de la lengua.
El uso del
amplio espectro de juegos lingüísticos como han sido siempre los
clásicos recursos literarios - imágenes, símbolos, metáforas,
símiles, metonimias, etc.- o, también, de un estilo directo,
sencillo, poco ornamental pero efectivo, confiere, en su estructura
superficial, el carácter artístico a la historia narrada y la
convierten en un buen cuento. Sin olvidar nunca que la técnica
literaria más brillante es la más transparente, la que se disfruta
sin que apenas se sienta, la que hace olvidar al lector que está
leyendo. Es la llamada “difícil sencillez o facilidad”-como la
música de Mozart- que supone, además de una ardua preparación
previa, un trabajo estilístico meticuloso y concienzudo, porque, en
palabras de Carlos Mastrángelo al referirse a la prosa literaria
narrativa, una nota desafinada puede pasar desapercibida en una
orquesta (la novela), pero una simple disonancia suele resultar un
desastre en un solista (el cuento).
Un
texto escrito comienza a ser literario cuando, más allá del puro
relato de sucesos o de la transmisión de datos, pretende una
expresividad de carácter estético, para dar a la supuesta realidad
referente una condición distinta, marcada por lo simbólico. En tal
sentido, lo sustantivo en la creación literaria es el estilo, el
modo de expresar por escrito lo que se pretende, a través del
lenguaje. El lenguaje es materia esencial para elaborar la ficción
literaria, sostenedor de sus capacidades expresivas y de su tono
general
(32).
Por todo lo
dicho y para resumir, distinguimos, pues, el cuento de
cualquier otro texto mínimo como
anécdotas, aforismos, chistes, ingeniosidades, transcripciones de
diálogos, noticias, breves ensayos con elementos narrativos, poemas
en prosa, estampas líricas o cualquier variante escrita, que, por
muy interesante, sorprendente o graciosa que sea, no puede
confundirse u homologarse con el cuento. Esta es la
acertada distinción que establecen algunos estudiosos entre los
textos denominados con los términos hiperónimos de microtextos
o también minificción en general y los llamados
microrrelatos o minicuentos (33), diferencia que existe,
pues, entre una categoría transgenérica, verdaderamente mixta y
proteica -abarcadora de un área mucho más amplia e indeterminada,
pues trasciende las restricciones genéricas-, y, por otra parte, la
forma literaria del cuento muy breve, o
como dice Jaramillo Levi, "un cuento en chiquito", que alude a un
tipo de texto narrativo y de ficción en el que se narra -de la
manera más breve, intensa y bella posibles y con las normas mínimas
básicas del género clásico- una historia contada mediante cierta
secuencia narrativa y determinados recursos estéticos afines,
historia que recibe la aquiescencia del buen lector.
Más
aún. A las condiciones imprescindibles -y anteriormente comentadas-
para que haya verdadero cuento, habría que añadir otra. Muchos de
los minicuentos
o microrrelatos
recogidos en profusas antologías, aunque no se les pueda negar el
carácter de ficción narrativa e incluso el acierto literario,
manifiestan una tan extrema brevedad que solamente ocupan una frase
de una, dos o tres líneas, e incluso una sola palabra. Sinceramente
nos parece excesivo y desproporcionado considerarlos auténticos
cuentos, por muy mínimos que se les califique, dado el, a
todas luces, insuficiente desarrollo narrativo.
Este es el caso del famoso Dinosaurio de Augusto Monterroso -Cuando
despertó, el dinosaurio todavía estaba allí- que ha sido
considerado frecuentemente como ejemplo paradigmático de
minicuento o microrrelato hispanoamericano, recogido en
multitud de antologías e incluso objeto de numerosos ensayos
(34). De él se ha llegado a afirmar que es "una obra maestra de
la literatura", "el relato más breve de la literatura universal" o,
en palabras de Lauro Zavala, "uno de los textos más estudiados,
citados, glosados y parodiados en la historia de la palabra escrita,
a pesar de tener una extensión de exactamente siete palabras."
Podríamos traer a colación otros pequeños textos tanto o más
acertados que el famoso y tan citado de Monterroso y también, como
el suyo, recogidos como minicuentos:
- Mientras subía y subía, el globo lloraba al
ver que se le escapaba el niño. (Miguel Saiz Álvarez)
- Le escribió tantos versos, cuentos,
canciones y hasta novelas que una noche, al buscar con ardor su
cuerpo tibio, no encontró más que una hoja de papel entre las
sábanas. (Mónica Lavín)
Pero no debe olvidarse que, ya en 1910, Ramón Gómez de la Serna
acuñó la denominación de greguerías para un tipo de textos
del que él es el más acertado y prolífico creador, como los dos
siguientes:
- Al agonizar el viejo marino, pidió que le
acercasen un espejo para ver el mar por última vez.
- El portero no la vio
entrar, pero la vio salir. (Era la muerte).
Aunque estas pequeñas e ingeniosas piezas, como en los casos citados
y según hemos indicado, sean pequeños textos narrativos, incluso con
un acertado toque poético o pincelada lírica, es decir, ficciones
narrativas en síntesis, pensamos que carecen del necesario
desarrollo para que puedan considerarse cuentos.
Evitemos, pues, la palabra cuento o relato y dejémoslas en lo que
verdaderamente son, minificciones.
Si
nos centramos en el caso de los que sí consideramos “verdaderos”
minicuentos o microrrelatos –auténticos
cuentos en el mejor sentido del término, es decir, pequeñas y
acertadas muestras narrativas de fugaces pero intensas situaciones,
realistas unas, otras fantásticas, pero siempre con notable carga
simbólica-, hay quienes pretenden presentarlos como el gran hallazgo
literario de estos tiempos, como si en la larga historia de la
literatura no hubiera habido sorprendentes muestras de cuentos muy
breves.
Auténticas
miniaturas narrativas se encuentran intercaladas en textos sumerios
y egipcios; en libros sagrados e históricos orientales -en los
chinos, sobre todo- y, posteriormente, en las literaturas clásicas,
como en Heródoto (s. V a.C.), Petronio (s. I d.C.), Luciano de
Samosata (ca. 120-200 d.C.), etc. A esta sucinta enumeración habría
que añadir las fábulas o apólogos, procedentes en gran parte de
Esopo y de colecciones hindúes (p.ej., del Panchatantra, ss.
IV a.C.-IV d.C.), los recogidos en Las mil y una noches o en
recopilaciones de la cultura sufí, además de en los exempla
medievales europeos, en los cuentecillos tradicionales de nuestros
siglos áureos -recopilados por el hispanista francés Maxime
Chevalier- y en hermosos cuentos tradicionales de muchos países.
Entre ellos se hallan muchas narraciones diminutas con las que se
podría formar una sorprendente antología de textos de intención y
finalidad muy diversa, pero a los que se les podría denominar
cuentos muy breves y que, sin duda, además de evidenciar el acierto
de lo artísticamente logrado, manifestarían el largo y magnífico
devenir de un género narrativo brevísimo que, en absoluto, ha sido
una creación de la posmodernidad.
Permítasenos a este
respecto un breve excursus para probar con algunos ejemplos
lo anteriormente afirmado:
El primer texto propuesto es una fábula, es decir
una historia breve que transmite una enseñanza, explicitada
generalmente en la moraleja final, como sucede en “El canoso y las
dos amantes”, atribuida a Esopo. En torno a este personaje todo son
conjeturas. Se le sitúa en torno al año 550 a. C y se supone que fue
un esclavo frigio, trasladado a Grecia, en donde consiguió la
libertad. Se le ha llamado “el padre de la fábula” y a él se le
atribuyen cientos de relatos cortos muy divertidos que funcionaban,
según lo indicado, como alegorías morales y cuyos personajes eran
con frecuencia animales con personalidad humana. Más que autor,
Esopo pudo haber sido un recopilador, o incluso un cantor ambulante
de pequeñas historias populares en las que ya se cumplía la divisa
clásica del prodesse delectare (“enseñar deleitando”); pero
lo que sí es cierto es que su nombre ha pasado a la historia de la
literatura como el punto de partida de una larga, fecunda e
ininterrumpida tradición fabulística.
EL CANOSO Y LAS DOS AMANTES
Un hombre con canas tenía dos amantes, una joven
y otra vieja. La de más edad, avergonzada de tener trato con uno más
joven que ella, cuando estaba con él, no dejaba de arrancarle los
pelos negros. La más joven, tratando de disimular que tenía un
amante de mucha edad, le arrancaba los blancos. Y así, depilado por
turno a manos de una y otra, se quedó calvo.
Así que lo que anda desacompasado es perjudicial
Esopo (¿Grecia, S. VI a. C.?)
Cayo Petronio Arbiter es una figura de la Literatura latina sobre la
que se ha discutido apasionadamente desde hace largo tiempo. Lo que
sabemos de él se debe sobre todo al historiador romano Tácito que
le llamó arbiter elegantiae (“árbitro de la elegancia”) y
cuenta de él que fue un hombre dotado de grandes facultades y que su
sentido de la elegancia, del buen gusto y el lujo lo convirtieron en
organizador de muchos de los espectáculos que tenían lugar en la
corte de
Nerón.
Acusado de haber participado en una conjura contra el Emperador, se
suicidó abriéndose las venas, no sin antes remitirle una relación
detallada de todas y cada una de las tropelías que Nerón había
cometido desde su subida al poder. Se le atribuye una novela
satírica titulada el Satiricon de la que solamente se
conservan algunos fragmentos en los que con una extarordinaria
riqueza de léxico y un excelente dominio de la prosa latina se
narran costumbres romanas de la época, algunas declaradamente
obscenas.
El
“Epitafio de una perra de caza”, un texto atribuido a Petronio
aunque no perteneciente al Satiricón, es un hermoso y
conmovedor relato lírico-narrativo en primera persona, estructurado
en dos partes: en la primera, la perra de caza describe sus
cualidades y su vida gozosa en la compañía de sus amos. En la
segunda, con intensa y dramática brevedad, notifica su muerte al dar
a luz a sus hijos y, en contraste con la primera parte, su situación
actual bajo la tierra, cubierta con un estrecho mármol, cuyo
epitafio son sus propias palabras.
El
texto de la perra Conca grabado en el mármol de su tumba nos trae a
la memoria las palabras que el poeta inglés George Gordon,
Lord Byron
(1788-1824) puso como epitafio a su querido perro Boatswain de raza
Terranova, ,.: "Aquí reposan los restos de una criatura que
fue bella sin vanidad, fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad
y tuvo todas las virtudes del hombre y ninguno de sus defectos.
Estos elogios, que serían alabanzas inmerecidas de estar escritas
sobre cenizas humanas, son apenas un justo tributo a la memoria de
Boatswain, un perro nacido en Newfoundland [Canadá] en
mayo de 1803 y muerto en Newstead Abbey [ la mansión
familiar de Lord Byron, en Nottinghamshire, Inglaterra ] el 18
de noviembre de 1808”.
EPITAFIO DE UNA PERRA DE CAZA
La Galia me vio nacer, la Conca me dio el nombre de su fecundo
manantial, nombre que yo merecía por mi belleza. Sabía correr, sin
ningún temor, a través de los más espesos bosques, y perseguir por
las colinas al erizado jabalí. Nunca las sólidas ataduras cautivaron
mi libertad; nunca mi cuerpo, blanco como la nieve, fue marcado por
la huella de los golpes. Descansaba cómodamente en el regazo de mi
dueño o de mi dueña y mi cuerpo fatigado dormía en un lecho que me
habían preparado amorosamente. Aunque sin el don de la palabra,
sabía hacerme comprender mejor que ningún otro de mis semejantes; y,
sin embargo, ninguna persona temió mis ladridos.
¡Madre desdichada! La muerte me alcanzó al dar a luz a mis hijos. Y,
ahora, un estrecho mármol cubre la tierra en donde descanso.
Petronio (Escritor latino de principios del S. I,
muerto el año 66)
El tercer texto es un cuento brevísimo y muy antiguo en el que la
imaginación, la síntesis y eficacia narrativa, la concentración e
intensidad expresiva y el sorprendente final producen un fuerte
impacto que supera a muchos y buenos minicuentos modernos. Se trata
del viejo apólogo sobre la inexorabilidad de la muerte, hoy conocido
como “El gesto de la Muerte” -aunque también por otros títulos-,
muy difundido en el s. XX a partir de la famosa versión del francés
Jean Cocteau (en Le Grand Écart, 1923), pero cuyo origen se
remonta embrionariamente al Talmud de Babilonia (s. VI), y
posteriormente recreado en dos importantes versiones sufíes (ss. IX
y XIII):
EL GESTO DE LA MUERTE
Un joven jardinero persa dice a su príncipe:
-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me
hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en
Ispahán.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por
la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:
-Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero
un gesto de amenaza?
-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un
gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahán esta mañana y debo
tomarlo esta noche en Ispahán.
Las mil y un noches es una amplia colección de cuentos populares
árabes del Oriente Medio medieval, aunque muchos de ellos
originarios de la India, Persia y otros países. En su mayoría eran
relatados por narradores ambulantes y fueron recogidos en diversos
manuscritos desde el siglo IX hasta llegar a una recopilación, con
la estructura general que hoy se conoce, realizada en Egipto, tal
vez a mediados del siglo XIV o XV. Pero realmente este maravilloso
libro no fue conocido, valorado y difundido hasta el siglo XVIII,
gracias a la publicación realizada en doce volúmenes por el arabista
francés Antoine Galland y titulada Les mille et une nuits. Contes
árabes, traduits en français (1704-1717). Galland tradujo el
citado manuscrito egipcio, pero expurgó los pasajes más violentos y
eróticos y añadió relatos procedentes de otras fuentes escritas,
además de narraciones orales recogidas por él.
La
gama de cuentos es muy variada: fábulas de animales, historias de
magia y narraciones maravillosas, increíbles aventuras de
navegantes, cuentos de bandidos, etc. Entre ellos destacan breves
apólogos como el siguiente. Un relato casi todo él desarrollado
mediante un intenso y dramático diálogo y en el que, una vez más, se
muestra la inexorabilidad de la muerte, que no acepta dilación ni
vuelta atrás para rectificar los pecados cometidos.
EL ÁNGEL DE LA MUERTE Y EL REY DE ISRAEL
Se cuenta de un rey de Israel que fue un tirano. Cierto día,
mientras estaba sentado en el trono de su reino, vio que entraba un
hombre por la puerta de palacio; tenía la pinta de un pordiosero y
un semblante aterrador. Indignado por su aparición, asustado por el
aspecto, el Rey se puso en pie de un salto y preguntó:
-¿Quién eres? ¿Quién te ha permitido entrar? ¿Quién te ha mandado
venir a mi casa?
-Me lo ha mandado el Dueño de la casa. A mí no me anuncian los
chambelanes ni necesito permiso para presentarme ante reyes ni me
asusta la autoridad de los sultanes ni sus numerosos soldados. Yo
soy aquel que no respeta a los tiranos. Nadie puede escapar a mi
abrazo; soy el destructor de las dulzuras, el separador de los
amigos.
El rey cayó por el suelo al oír estas palabras y un estremecimiento
recorrió todo su cuerpo, quedándose sin sentido. Al volver en sí,
dijo:
-¡Tú eres el Ángel de la Muerte!
-Sí.
-¡Te ruego, por Dios, que me concedas el aplazamiento de un día tan
sólo para que pueda pedir perdón por mis culpas, buscar la
absolución de mi Señor y devolver a sus legítimos dueños las
riquezas que encierra mi tesoro; así no tendré que pasar las
angustias del juicio ni el dolor del castigo!
-¡Ay! ¡Ay! No tienes medio de hacerlo. ¿Cómo te he de conceder un
día si los días de tu vida están contados, si tus respiros están
inventariados, si tu plazo de vida está predeterminado y registrado?
-¡Concédeme una hora!
-La hora también está en la cuenta. Ha transcurrido mientras tú te
mantenías en la ignorancia y no te dabas cuenta. Has terminado ya
con tus respiros: sólo te queda uno.
-¿Quién estará conmigo mientras sea llevado a la tumba?
-Únicamente tus obras.
-¡No tengo buenas obras!
-Pues entonces, no cabe duda de que tu morada estará en el fuego, de
que en el porvenir te espera la cólera del Todopoderoso.
A continuación le arrebató el alma y el rey se cayó del trono al
suelo.
Los clamores de sus súbditos se oyeron; se elevaron voces, gritos y
llantos; si hubieran sabido lo que le preparaba la ira de su Señor,
los lamentos y sollozos aún hubieran sido mayores y más y más
fuertes los llantos.
Cuento anónimo de Las mil y una noches.
Terminamos con dos ejemplos de cuentos anónimos,
cuya extensión apenas cubre la media página. El primero es un cuento
chino; una sencilla y sabia historia, perteneciente a una de las
más fecundas y ricas tradiciones del cuento popular. El segundo es
un relato-apólogo japonés, perteneciente a la rama Zen del budismo,
que rezuma una sutil ironía contra el puritanismo o la hipocresía
religiosa.
EL ESPEJO
Un campesino chino se fue a la ciudad para vender
su arroz. Su joven mujer le dijo:
-Por favor, tráeme un peine.
En la ciudad, el campesino vendió el arroz y bebió con unos
compañeros. En el momento de regresar se acordó de su mujer. Le
había pedido algo, pero ¿qué era? No podía recordarlo. Así que
compró un espejo en una tienda para mujeres y regresó al pueblo.
Entregó el espejo a su mujer y marchó a trabajar sus campos. Ella se
miró en el espejo y se echó a llorar. Su madre que la vio llorando,
le preguntó la razón de aquellas lágrimas. La joven mujer le dio el
espejo diciéndole:
-Mi marido ha traído a otra mujer.
La madre cogió el espejo, lo miró y le dijo a su hija:
-No tienes de qué preocuparte, es muy vieja.
Cuento anónimo chino
LOS DOS MONJES Y LA HERMOSA MUCHACHA
Dos monjes, Tanzán y Ekido, viajaban juntos por un camino embarrado.
Llovía a cántaros y sin parar. Al llegar a un cruce se encontraron
con una preciosa muchacha vestida con un kimono y un ceñidor de
seda, incapaz de vadear el camino.
-Vamos, muchacha -dijo Tanzán sin más. Y, levantándola en sus brazos
sobre el barro, la pasó al otro lado.
Ekido no dijo ni una sola palabra, hasta que, ya de noche, llegaron
al monasterio. Entonces no pudo resistir más.
-Los monjes como nosotros -le dijo a Tanzán- no deben acercarse a
las mujeres, sobre todo si son bellas jovencitas. Es peligroso. ¿Por
qué lo hiciste?
-Yo la dejé allí -contestó Tanzán-. ¿Es que tú todavía la llevas?
Cuento anónimo japonés
¿Cuál es entonces la extensión mínima de un texto narrativo para
estar seguros de que nos hallamos ante un cuento? Es
muy difícil precisarla o cuantificarla. Es el lector inteligente y
avezado quien sabrá distinguir, gracias a su competencia literaria,
entre una narración breve y condensada que es un cuento y otros
textos que deben quedar en lo que verdaderamente son, acertadas e
ingeniosas frases pero que nunca pueden enmarcarse en la categoría
de un subgénero narrativo de muy antigua raigambre y dotado de una
forma genérica y estética definida y uniforme dentro de su variedad.
Pero sí pensamos que, como en el caso de los viejos textos
anteriormente aducidos, en media o una página, más o menos, puede
haber un verdadero y hermoso cuento, lo que corroboramos con los
siguientes ejemplos modernos, tras cuya lectura ningún lector
avisado dudará de su categoría de verdaderos cuentos y de su acierto
literario:
LA MONTAÑA
El niño empezó a trepar por el corpachón de su padre, que estaba
amodorrado en la butaca, en medio de la gran siesta, en medio del
gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sonriéndose,
se puso todo duro para ofrecer al juego del niño una solidez de
montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones
de las piernas, en el talud del pecho, en los hombros, inmóviles
como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no
vio a nadie.
-¡Papá, papá! -llamó a punto de llorar.
Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la
nieve, quería caminar y no podía.
-¡Papá, papá!
El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña.
Enrique ANDERSON IMBERT (Argentina, 1910-2000)
GÉNESIS
Con la última guerra atómica, la humanidad y la
civilización desaparecieron. Toda la tierra fue como un desierto
calcinado. En cierta región de Oriente sobrevivió un niño, hijo del
piloto de una nave espacial. El niño se alimentaba de hierbas y
dormía en una caverna. Durante mucho tiempo, aturdido por el horror
del desastre, sólo sabía llorar y clamar por su padre. Después sus
recuerdos se oscurecieron, se disgregaron, se volvieron arbitrarios
y cambiantes como un sueño; su horror se transformó en un vago
miedo. A ratos recordaba la figura de su padre, que le sonreía o lo
amonestaba, o ascendía a su nave espacial, envuelta en fuego y en
ruido, y se perdía entre las nubes. Entonces, loco de soledad, caía
de rodillas y le rogaba que volviese.
Entretanto la tierra se cubrió nuevamente de
vegetación; las plantas se cargaron de flores; los árboles, de
frutos. El niño, convertido en un muchacho, comenzó a explorar el
país. Un día, vio un ave. Otro día vio un lobo. Otro día,
inesperadamente, se halló frente a una joven de su edad que, lo
mismo que él, había sobrevivido a los estragos de la guerra atómica.
-¿Cómo te llamas? -le preguntó.
-Eva -contestó la joven-. ¿Y tú?
-Adán.
Marco DENEVI, (Argentina, 1922-1998)
LA TRISTEZA
El profe me ha dado una nota para mi madre. La
he leído. Dice que necesita hablar con ella porque yo estoy mal. Se
la he puesto en la mesilla, debajo del tazón lleno de leche que le
dejé por la mañana. He metido en el microondas la tortilla congelada
que compré en el supermercado y me he comido la mitad. La otra mitad
la puse en un plato en la mesilla, al lado del tazón de leche. Mi
madre sigue igual, con los ojos rojos que miran sin ver y el pelo,
que ya no brilla, desparramado sobre la almohada. Huele a sudor la
habitación, pero cuando abrí la persiana ella me gritó. Dice que si
no se ve el sol es como si no corriesen los días, pero eso no es
cierto. Yo sé que los días corren porque la lavadora está llena de
ropa sucia y en el lavavajillas no cabe nada más, pero sobre todo lo
sé por la tristeza que está encima de los muebles. La tristeza es un
polvo blanco que lo llena todo. Al principio es divertida. Se puede
escribir sobre ella, “tonto el que lo lea”, pero, al día siguiente,
las palabras no se ven porque hay más tristeza sobre ellas. El
profesor dice que estoy mal porque en clase me distraigo y es que no
puedo dejar de pensar que un día ese polvo blanco cubrirá del todo a
mi madre y lo hará conmigo. Y cuando mi padre vuelva, la tristeza
habrá borrado el “te quiero” que le escribo cada noche sobre la mesa
del comedor.
Rosario BARROS PEÑA (España, 1935)
AMORES
Cuando Amparo me dijo que
no me quería, después de seis meses de tenaz noviazgo, me recluí en
casa de mi tía Eredia por espacio de tres meses.
El amor de Luisina, un año
más tarde, vino a curar aquella herida que seguía sin cerrarse. Fue
un tiempo corto, eso sí, de felicidad e ilusiones. Entender la
decisión de Luisina de abandonar el mundo para profesar en las
Esclavas me costó una úlcera de duodeno. A mi natural melancolía se
unió esa tristeza sin fondo que ni los auxilios espirituales logran
paliar.
Irene llegó a mi vida en un
baile de verano al que mi amigo Aurelio me llevó como quien dice a
punta de pistola. Que dos años más tarde aquella tierna seductora se
fuese precisamente con Aurelio, yugulando a un tiempo amor y
amistad, fue lo que provocó, en el abismo de la desgracia
sentimental, mi hospitalización.
Antonia era una enfermera
compadecida que me sacó a flote usando todos los atributos que una
mujer puede poseer. El amor del enfermo es un amor sudoroso y lleno
de pesares, más frágil que ninguno. Cuando una tarde vi a Antonia y
al doctor Simarro besándose en el jardín me metí para el cuerpo un
tubo de aspirinas. Gracias como siempre a mi tía Eredia, culminé
tras la crisis la desolada convalecencia y, cuando definitivamente
me sentí repuesto, comencé a considerar la posibilidad de retirarme
del mundo, habida cuenta de que mis convicciones religiosas se
habían fortalecido.
Fue entonces cuando me
escribió Amparo reclamando mi perdón y reconociendo la
interpretación errónea que había hecho de su amor por mí. Nos
casamos en seguida y todo iba bien hasta que Luisina, que colgó los
hábitos, volvió para recuperar mi amor e Irene y Antonia, bastante
desgraciadas en sus respectivos derroteros sentimentales, regresaron
para restablecer aquella fidelidad herida, convencidas, cada una por
razones distintas, de que el único amor verdadero era el mío.
Mi tía Eredia anda la mujer
muy preocupada, y yo, como dice mi amigo Gonzalo, sobrellevo con
astucia y aplomo desconocidos mi destino, trabajando en tantos
frentes a la vez. Y me voy convenciendo de que existe una rara
justicia amorosa que nos hace cobrar los abandonos, aunque su
aplicación puede acabar resultando perjudicial para la salud.
Luis Mateo Díez (España, 1942)
VENGANZA
Empezó con un ligero y tal
vez accidental roce de dedos en los senos de ella. Luego un abrazo y
el mirarse sorprendidos. ¿Por qué ellos? ¿Qué oscuro designio los
obligaba a reconocerse de pronto? Después largas noches y soleados
días en inacabable y frenética fiebre.
Cuando a ella se le notaron
los síntomas del embarazo, el padre enfurecido gritó: “Venganza”.
Buscó la escopeta, llamó a su hijo y se la entregó diciéndole:
-Lavarás con sangre la
afrenta al honor de tu hermana.
Él ensilló el caballo moro
y se marchó del pueblo, escopeta al hombro. En sus ojos no brillaba
la sed de venganza, pero sí la tristeza del nunca regresar.
Ednodio QUINTERO (Venezuela, 1947)
PATERNIDAD RESPONSABLE
Era tu padre. Estaba igual, más joven
incluso que antes de su muerte, y te miraba sonriente, parado al
otro lado de la calle, con ese gesto que solía poner cuando eras
niño y te iba a recoger a la salida del colegio cada tarde.
Lógicamente, te quedaste perplejo, incapaz de entender qué sucedía,
y no reparaste ni en que el disco se ponía rojo de repente ni en que
derrapaba en la curva un autobús y se iba contra ti incontrolado.
Fue tremendo. Ya en el suelo, inmóvil y medio atragantado de sangre,
volviste de nuevo los ojos hacia él y comprendiste. Era, siempre lo
había sido, un buen padre, y te alegró ver que había venido una vez
más a recogerte.
Carlos
ALFARO GUTIÉRREZ (España ,1947)
INSTANTÁNEA, HARVEY CEDARS: 1948
Mi madre se toca la frente
y deja en sombra sus ojos verdes. La boca es rosada, el pelo rubio
como el trigo. Está bronceada. Es la mujer más bonita de la playa,
aunque es la única que no lo reconoce nunca. Se envuelve el esbelto
cuerpo con un albornoz y hace una mueca, porque cree que sus caderas
son como una campana. Aún ahora está calculando y esperando oír el
chasquido del cierre de la máquina de fotos.
Los brazos de mi padre la
sujetan fuertemente por los hombros. Es musculoso y con el estómago
plano como una sartén. Mira hacia adelante y aparenta estar con mi
madre, pero está ya en Florida, edificando nuevas ciudades, drenando
manglares muertos llenos de arena. Se imagina construyendo,
construyendo. Estará sano. Tendrá buena suerte. Y, en años futuros,
como sus compañeros del ejército, se habrá vuelto blando y
afeminado, todo se le volverá duro trabajo, pero la gente recordará
su nombre.
Los hombros se tocan. La
postura dice: así es como se supone que deben ser las parejas
jóvenes. Observénlos, son felices. Pero la cabeza de mi madre está
ladeada. ¿Qué está mirando? ¿Mira al jugador de tenis que está junto
a la ducha, al aire libre, el de las manos suaves, el que le enseñó
a olvidar las cosas?, ¿o quizá ya oye el disparo del revólver que mi
padre apretará contra su sien veinte años después?
Paul LISICKY (Estados Unidos, 1959)
Traducción de Mª Teresa Díez Taboada
EL PROYECTO
El niño se inclinó sobre su
proyecto escolar, una pequeña bola de arcilla que había modelado
cuidadosamente. Encerrado en su habitación durante días, la sometió
al calor, rodeándola de móviles luminarias, le aplicó descargas
eléctricas, separó la materia sólida de la líquida, hizo llover
sobre ella esporas sementíferas y la envolvió en una gasa verdemar
de humedad. El niño, con orgullo de artífice, contempló a un mismo
tiempo la perfección del conjunto y la armonía de cada uno de sus
pormenores, las innumerables especies, los distintos frutos, la
frescura de las frondas y la tibieza de los manglares, el oro y el
viento, los corales y los truenos, los efímeros juegos de luz y
sombra, la conjunción de sonidos, colores y aromas que aleteaban
sobre la superficie de la bola de arcilla. Contra toda lógica,
procesos azarosos comenzaron por escindir átomos imprevistos y el
hálito de la vida, desbocado, se extendió desmesuradamente. Primero
fue un prurito irregular, luego una llaga, después un manchón denso
y repulsivo sobre los carpelos de tierra. El hormigueo de seres
vivientes bullía como el torrente sanguíneo de un embrión, hedía
como la secreción de una pústula que nadie consigue cerrar. Se
multiplicaron la confusión y el ruido, y diminutas columnas de humo
se elevaban desde su corteza. Todo era demasiado prolijo y sin
sentido. Al niño le había llevado seis días crear aquel mundo y
ahora, una vez más en este curso, se exponía al descrédito ante su
Maestro y sus Compañeros. Y vio que esto no era bueno. Decidió
entonces aplastarlo entre las manos, haciéndolo desaparecer con
manifiesto desprecio en el vacío del cosmos: descansaría el séptimo
día y comenzaría de nuevo.
Ángel Olgoso (España, 1961)
Para terminar, una reflexión final nos lleva a detenernos brevemente
en la necesaria interconexión entre el autor y el lector del
cuento, porque el destino de un
cuento, como si fuera una flecha, es producir un impacto en el
lector. Cuando más cerca del corazón del lector se clave, mejor será
el cuento. Para ese efecto, el texto debe ser sensible: debe tener
la capacidad de mostrar un mundo, de ser un espejo en el que el
lector vea y se vea.
(Mempo Giardinelli).
Para que se produzca este impacto es también necesaria, por parte
del lector, una concentración y participación especialmente activa.
El cuento perfecto, afirma Carlos Mastrángelo,
es concluido simultáneamente por el lector y el autor. Si acontece
lo contrario es porque algo fracasa, como sucede cuando el autor
apresura o dilata excesivamente el final, rompiendo el ritmo del
lector y del cuento mismo. Este ajuste entre el escritor y su lector
ha de comenzar en la primera línea y terminar en la última, porque
deben marchar unidos durante todo el camino, a un ritmo cada vez más
acelerado y hacia una meta a la que deben llegar al mismo tiempo.
Cuando no se produce este sincronismo, el fallo suele estar en el
autor que es quien debe guiar y servir al lector y no a la inversa,
porque no se puede olvidar que esta suerte de identificación entre
creador y lector es el resultado de un tema original y de una forma,
un estilo también original que atrapan al lector en una especie tal
de encantamiento que incluso le hacen olvidar que está leyendo,
lográndose así el grado máximo de sincronismo entre el emisor y el
receptor (35).
Como
conclusión, puede afirmarse que todos los buenos cuentos que en el
mundo han sido y serán, los viejos y los nuevos, los populares y los
literarios, responden en su insoslayable brevedad a una misma e
innata necesidad humana de contar y de oír historias. La
imaginación, la fantasía, la curiosidad, la atracción y el temor por
lo maravilloso y misterioso son capacidades del hombre en todo
tiempo y lugar, como también la necesidad de distracción, de
evasión, de soñar despiertos y de poder evadirse de la propia vida y
adueñarse de otras que la imaginación y la memoria del autor crea
con absoluta libertad. Todos los cuentos sirven para dar salida y
colmar en parte dichas capacidades y necesidades; y por eso todos
los grandes cuentos del mundo vienen a ser formas de un solo y único
cuento:
Desde las remotas edades del hombre, y a través de
las más hondas convulsiones literarias, el concepto de cuento no ha
variado. Cuando el de los otros géneros sufría según las modas del
momento, el cuento permaneció firme en su esencia integral. Y
mientras la lengua humana sea nuestro preferido vehículo de
expresión, el hombre contará siempre, por ser el cuento la forma
natural, normal e irreemplazable de contar. Constreñido en su
enérgica brevedad, el cuento es y no puede ser otra cosa que lo que
todos, cultos e ignorantes, entendemos por tal.
Los cuentos chinos y persas, los grecolatinos, los
árabes de Las Mil y una Noches, los del Renacimiento italiano, los
de Perrault, de Hoffmann, de Poe, de Merimée, de Bret Harte, de
Verga, de Chéjov, de Kipling, todos ellos son una sola y misma cosa
en su realización. Pueden diferenciarse unos de otros como el sol y
la luna, pero el concepto, el coraje para contar, la intensidad, la
brevedad, son los mismos en todos los cuentistas de todas las
edades. (36)
FIN
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