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«Dios inventó
al hombre para oírle contar cuentos»
-Dicho popular
«Una tonada es
más perdurable que el canto de los pájaros
y un cuento es más perdurable que toda la riqueza del mundo.»
-Proverbio irlandés |
Contar historias, sin más, por el puro
placer de narrar, es una pasión tan antigua y universal como el goce
de oírlas. Y al ser el hombre, por naturaleza, contador y receptor
de historias, podemos imaginar que los primeros cuentos nacieron en
las largas noches de los tiempos primigenios en que, alrededor del
fuego de una caverna, los primitivos cazadores contaban oral y
gestualmente algún suceso real o fantástico: el riesgo de una
peligrosa aventura de caza, el espanto sobrecogedor ante la luz del
relámpago y el estruendo del trueno o la fascinación por la
inmensidad insondable y desconocida del mar. Los relatos eran
dirigidos a los miembros de la tribu, encandilados oyentes de
aquellas historias que, en las cavernas y alrededor del fuego,
amenizaban sus precarias vidas y las medrosas horas de las noches
interminables. Porque, como decía una vieja narradora quechua: «los
cuentos se contaban -sobre todo- para dormir el miedo».
La imaginación, la fantasía, la curiosidad,
la atracción y el temor por lo maravilloso y misterioso son
capacidades propias del hombre en todo tiempo y lugar, como también
lo son la necesidad de distracción, de evasión y de expresar las
emociones. Pues bien, los relatos orales, los viejos cuentos, han
servido para dar salida y colmar en parte dichas capacidades y
necesidades, de las que surge imperiosamente la facultad de narrar y
también de escuchar.
Todavía hoy, en un mundo tan tecnificado,
mediático y unificado, convertido en «aldea global» por las
autopistas de la información y prosternado -como ferviente adorador-
ante cualquier clase de imagen, podemos contemplar al narrador de
cuentos sentado en el zoco de un mercado oriental; en el espacio tan
anchoroso, vivo y colorista, de la plaza “Jemaa’ El Fna” de
Marrakech; delante de la choza de un poblado africano; bajo «el
árbol de la memoria» de la selva amazónica o convertido en «cuentacuentos»
de nuestras modernas ciudades, ante personas muy distintas que, con
la misma avidez que aquel público de las cuevas prehistóricas, le
miran fijamente, y oyen y escuchan atentamente antiguas historias
sin fecha o renovadas ficciones.
El cuento popular pertenece al folclore, es
decir, al «saber tradicional del pueblo», y en esto es semejante a
los usos y costumbres, ceremonias, fiestas, juegos, bailes, etc.; y
en la literatura denominada popular y tradicional, se sitúa al lado
de los mitos, las leyendas, los romances y baladas. Nacen los
cuentos populares en una tradición cultural determinada y se
transmiten oralmente, en voz alta, en las plazas públicas o en torno
al fuego del hogar.
El cuento popular es anónimo. Por supuesto
que tuvo que haber, y hay, un autor inicial, pero cuando la
comunidad se reconoce en el relato y lo hace suyo, el autor se
olvida y, desde ese momento, el cuento se convierte en un bien
mostrenco, patrimonio colectivo de todo un pueblo. Precisamente por
dicha anonimia, los cuentos están abiertos en su proceso de creación
y recreación, y se actualizan y acomodan continuamente a la
diversidad del público y de las circunstancias, incluso en el mismo
acto narrativo. Las variantes y modificaciones pueden deberse a la
adaptación, a la modernización o a la eliminación de elementos
arcaicos, a la alteración en el orden de los episodios, a la adición
de algún pasaje, a la fusión y contaminación con otros cuentos y,
por supuesto, al olvido de ciertos rasgos y detalles.
Además, según pueblos y tradiciones, cada
cuento tiene su sello propio, y el narrador mismo le imprime su
talante y estilo. Porque el acierto y el éxito de estos relatos de
carácter oral y popular no radica sólo en la fábula o historia -en
el argumento-, sino, especialmente en el arte de narrar, tanto más
refinado y difícil que el de escribir. Las pausas, la entonación,
los énfasis, el gesto y los ademanes enriquecen -o empobrecen- el
cuento y lo desacreditan o refuerzan. Pero lo más importante son las
palabras. El escritor mexicano Alfonso Reyes evocaba a un narrador
popular de su niñez que, cuando se le pedía que contase un cuento,
se concentraba y decía: voy a recordar las palabras. El cuento,
añadía Reyes, era para él un poema en prosa. Era ese hombre el
legítimo narrador de historias o «Tusitala», como llamaban a Robert
L. Stevenson los isleños de Samoa1.
Sin entrar a fondo en la compleja cuestión
del origen del cuento popular y simplificando mucho, podríamos
hablar de la hipótesis de un origen común y un posterior proceso de
difusión y préstamo, según la llamada teoría monogenética. Pero otra
teoría, un tanto sorpresiva, la poligenética, defiende un origen
múltiple, es decir, diferentes nacimientos independientes en
diferentes lugares y tiempos, basándose en el principio de la
esencial unidad del pensamiento y sentimiento humanos.
Como muy bien dice Anderson Imbert, ambas
hipótesis -mono y poligenética- pueden ser sugerentes y aun útiles,
pero ninguna de ellas vale como explicación verdadera y única
aplicable a todos los cuentos. Tal cuento que aparece en
El conde Lucanor, sí deriva de uno que se difundió desde la
India por varias culturas hasta llegar a España; pero, en cambio,
tal otro cuento del mismo libro coincide con uno de la India, no
porque allí tuviera su remota fuente, sino porque hindúes y
españoles, por ser hombres, sintieron y pensaron lo mismo2.
Cuanto más se conocen los cuentos y leyendas populares de los países
del mundo, más evidente resulta la profunda unidad del espíritu
humano.
“El amor, la alegría y el dolor son
sentimientos humanos, que florecen por doquier, sentimientos que
originan en todas partes manifestaciones y efectos parecidos; y,
como aquellos, también la ambición, la envidia, el odio la bondad
y la maldad son cualidades que germinan en todas las almas y
producen así mismo reacciones semejantes. ¿Qué de extraño tiene
que se registren coincidencias, que parecen plagios en las ideas
en los pensamientos y en las producciones literarias?3
Supuesto lo anteriormente afirmado, lo que
sí sigue siendo más sobresaliente de la vida del cuento es su
difusión en el espacio; pues muchas veces y de manera imprevista, un
cuento nacido en una determinada comunidad, que frecuentemente nos
es desconocida, pasa a otra y luego a otra hasta llegar con
distintas formas a lugares muy apartados de su origen. Múltiples
versiones recogidas en diversas partes del mundo ofrecen curiosas
variante que enmascaran y confunden la forma original, pero que
mantienen el fondo esencial del relato.
Un ejemplo es una historia tan conocida y
extendida universalmente como la de «Cenicienta». ¿Cuándo surgió por
vez primera? Es imposible responder, pero, como ha informado
Bettelheim, sabemos que existe una versión china de este cuento
escrita hace más de mil años por un tal Tuan Ch’eng-shih, un precoz
recopilador de cuentos populares; y él mismo decía que se trataba de
una historia ya muy vieja en su tiempo y que no había dejado de
transmitirse de generación en generación.
“Viajeros del tiempo y de las culturas,
cambiantes pero fieles en el fondo a su sustancia íntima, los
cuentos acompañan al hombre y lo flanquean con una solicitud de
viejo perro que comparte sus faenas, sus horas de descanso, sus
luchas y sus largas migraciones a través de ríos, cordilleras y
desiertos”4.
Se puede afirmar que el cuento es la
sustancia primera o nutricia de la literatura narrativa, la
narración por excelencia; y, dada su variedad, en el cuento cabe
todo: lo real y lo maravilloso, la enseñanza y la diversión, lo
trágico y lo cómico, el mundo cotidiano y el sueño misterioso, el
mundo infantil y el del adulto, el amor y el odio, la crueldad y la
bondad, la venganza y la generosidad. «Todo es cuento en esta vida»,
ha escrito Rafael Conte, y lo mejor del hombre y en donde mejor se
expresa y se comprende es en su capacidad de contar y de oír
cuentos.
Por su denominación, parece que los
llamados «cuentos de hadas» tuvieran que presentar siempre estos
fantásticos personajes femeninos; sin embargo, no es así en la
mayoría de los casos. A partir de los estudios del ruso Vladímir
Propp (1895-1970), el concepto de «cuento de hadas» se trasforma y
se convierte en el de «cuento maravilloso», propio de todas las
culturas y de todos los pueblos. Entre los variados tipos de relatos
breves populares, ellos son los verdaderos cuentos; o, como dice
Propp, «cuentos en el sentido propio de esta palabra».
Van Gennep propone la siguiente y muy
escueta definición de este tipo de cuentos: «Una maravillosa y
novelesca narración, sin localizar el lugar de la acción ni
individualizar sus personajes, que responde a una concepción
infantil del universo y que es de una indiferencia moral absoluta»5.
Hablamos, pues, de relatos imaginativos y
fantásticos por la abundancia de elementos maravillosos -seres
sobrenaturales como hadas, brujas, gigantes, sucesos
extraordinarios...-, de origen popular y transmisión oral,
generalmente en prosa, sin ninguna pretensión moral, de pura
diversión o entretenimiento para el oyente que, además, nunca
reclamará su credibilidad. Un clima de gracia primitiva, de ingenua
frescura envuelve este mundo atemporal y de ensueño.
Los personajes no poseen un carácter
definido, sino que son estereotipos carentes de profundidad y
desarrollo psicológico, que actúan y se agotan en función de la
trama. La acción se desarrolla en un tiempo ucrónico y en un lugar
utópico, y el héroe -el protagonista-, encarna todo tipo de
virtudes: valor, bondad, generosidad... y, sobre todo, astucia. Es
esencialmente viajero y errante, se encuentra con sucesivos
obstáculos y enemigos a los que al final siempre vence con el apoyo
de ayudantes, ya sean animales o seres sobrenaturales, que utilizan
sus cualidades no humanas para socorrerlo, aunque se comportan como
humanos en todo lo demás. Por el contrario, los antagonistas son
malvados, crueles, envidiosos y egoístas. El final es siempre -o
casi siempre- feliz: la boda como recompensa, el generoso perdón de
los enemigos, etc; y, por supuesto, los malvados -los antagonistas-
son cruelmente castigados, particularmente las brujas.
Según Bettelheim, los comienzos de los
cuentos maravillosos sugieren que lo que se va a contar no pertenece
al aquí ni al ahora que conocemos: «Érase una vez...», «En un lejano
país...», «Érase una vez un viejo castillo en medio de un enorme y
frondoso bosque..»; [Stith Thompson cita esta curiosa fórmula
introductoria de un cuento ruso, mucho más elaborada: «En los
tiempos pasados, cuando el mundo de Dios estaba todavía lleno de
espíritus, brujas y ninfas, cuando todavía corrían ríos de leche,
cuando las orillas de los arroyos estaban hechas de gachas y
perdices asadas volando sobre los campos... »]. La deliberada
vaguedad de los comienzos de estos cuentos simboliza el abandono del
mundo concreto, de la realidad cotidiana. Mientras que el «hace
mucho tiempo» supone que vamos a aprender cosas de tiempos remotos;
son las oscuras cuevas, los viejos castillos, los bosques
impenetrables o las habitaciones cerradas en las que está prohibida
la entrada, los que nos sugieren que algo oculto va a sernos
revelado6.
De acuerdo con este carácter irrealista, el cuento maravilloso
carece de descripciones detalladas de ambientes y paisajes, pues,
como afirma Tolkien, este tipo de cuentos se refieren a «las
aventuras de los hombres en un reino peligroso de límites sombríos».
El final de la historia se marca mediante
alguna fórmula que cierra y sella el cauce narrativo: «Y vivieron
felices y comieron perdices y a mí me dieron con los huesos en las
narices», «Y colorín colorado este cuento se ha acabado». [A
propósito de la deliberada vaguedad de los comienzos de estos
cuentos y de esta última fórmula final, el escritor venezolano José
Antonio Martín recordaba el cuento que le había contado cierto día
su hija Adriana, cansada de que siempre le estuviese pidiendo un
cuento: «Había una vez un colorín colorado». Se trata del cuento más
breve y el más largo y caudaloso que se pueda imaginar, pues esas
tres primeras palabras y las tres últimas encierran todos los
cuentos del mundo]
Pero lo que realmente distingue a gran
parte de los cuentos maravillosos de otras narraciones, es su
organización, o sea, su composición interna, pues la sucesión de
episodios y motivos presenta «una estructura y otras características
bastante estables a lo largo de los siglos y muy semejantes en todas
las culturas en las que se pueden recoger, lo que no ha impedido su
aclimatación a cada una de ellas en aspectos, por lo general, no
estructurales, y aún con intenso sabor local»7.
Sobre un corpus de cien cuentos
populares maravillosos del rico folclores ruso, recogidos por
Afanásiev, el ya citado estudioso ruso Vladimir Propp (1895-1970),
en su conocido trabajo Morfología del cuento (1928), -uno de
los libros de mayor influjo en los estudios sobre el cuento popular-
fue el primero que descubrió, en la aparente diversidad de estos
cuentos tradicionales, una estructura formal muy definida,
demostrando que la elaboración de este tipo de narraciones era mucho
menos espontánea o casual de lo que en principio se podría pensar.
Los estudios de Propp han traspasado los límites del folclore de la
Madre Rusia y han servido de fecundo modelo de análisis para otros
muchos cuentos maravillosos de todo el mundo.
En síntesis, y según el citado autor, lo
más importante del cuento maravilloso son las funciones o acciones
diversas de cada tipo de personajes, definidas desde el punto de
vista de su significación en el desarrollo de la trama y que, por
tanto, son las partes constitutivas y fundamentales de la historia,
que culminan con el desenlace final. Pues bien, el estudioso ruso
redujo a treinta y una las funciones de los cuentos maravillosos
estudiados por él. Aunque, naturalmente, no en todos los cuentos
aparecen todas las funciones, lo verdaderamente sorprendente es que
el orden de sucesión en que aparecen sí es siempre el mismo. Si las
funciones son limitadas, los personajes -aunque es verdad que son
siete fundamentales-, y los ambientes son muy numerosos. Esto
explica, sigue diciendo Propp, el doble aspecto del cuento
maravilloso: por una parte, su extraordinaria diversidad y su
abigarrado pintoresquismo, pero, por otra, su uniformidad no menos
extraordinaria, que llega incluso a la monotonía8.
Esta estructura de los cuentos
maravillosos, tan detenida y exhaustivamente analizada por Propp, se
pude reducir, de un manera elemental y para un número importante de
tales cuentos, a la siguiente sucesión de acontecimientos: «El héroe
padece una carencia o, alternativamente, sufre una agresión; se
aleja del hogar familiar; en el camino encontrará a un donante que
le hará entrega de un objeto maravilloso, o a un ayudante mágico que
le auxiliará, o a un informante que le instruirá en el
comportamiento correcto que deberá observar para poder triunfar y,
gracias a alguna de estas ayudas, logrará superar las pruebas
prematrimoniales y casarse con la princesa, con lo que la carencia
inicial quedará solucionada; o también, alternativamente, vencer a
un dragón, gigante o similar, y reparar la fechoría9»
En fin, dejando aparte las sugestivas
teorías de Vladimir Propp, y ya para terminar, podemos completar lo
anteriormente dicho, analizando someramente, la lengua empleada en
los cuentos tradicionales. Lo que más destaca es su sencillez: una
lengua directa, fluida y sin ningún tipo de artificios, aunque con
frecuencia muy expresiva. Además, el uso de palabras y giros
arcaizantes, el gusto por las onomatopeyas y jitanjáforas -como en
el lenguaje infantil-, los refranes y proverbios, las comparaciones
y el estilo directo, son características estilísticas propias de las
narraciones populares de transmisión oral, que los recopiladores de
cuentos han conservado e, incluso, intensificado en sus retoques
literarios; sin olvidar los diversos tipos de recurrencia fácilmente
observables, como, por ejemplo, la repetición de fórmulas para
indicar situaciones semejantes o paralelas, una misma cancioncilla a
lo largo del relato, ciertos números mágicos -tres, siete, doce-,
etc.
Aunque los llamados cuentos maravillosos
hunden sus raíces en la misma mitología clásica y en otras
narraciones orientales de la antigüedad más lejana o en colecciones
tan importante como Las mil y una noches -por cierto no
conocida en Europa hasta el siglo XVIII-, fue, superado el
Renacimiento, cuando cobraron particular fama en Francia con Mme. D’
Aulnoy (1650-1705), Charles Perrault (1688-1703) y Mme. Le Prince de
Beaumont (1711-1780); y, ya en el Romanticismo, en Alemania, donde
reciben el nombre de Marchen, con los hermanos Grimm -Jacob Ludwign
(1785-1863) y Wilhelm Karl (1786-1859)-; En Dinamarca, con Hans
Cristian Andersen (1805-1875) y en Rusia, con el famoso recopilador
Alexander Afanásiev (1826-1871). Algunos de los cuentos populares
más famosos y perennes, patrimonio colectivo de toda la humanidad,
son los que estos autores recogieron de la tradición popular y
difundieron y perennizaron en acertadas versiones. Estos son los
casos de «La Cenicienta», «La Bella Durmiente», «Caperucita Roja», «Blancanieves
y los siete Enanitos», «El Gato con botas», «La Bella y la Bestia»,
«Hänsel Gretel», «El Patito feo», «Vasilisa la Bella», «La Princesa
Durmiente y los siete Gigantes», etc.
Pero no podemos reducirnos a estos ejemplos
tan conocidos de la vieja Europa porque se puede afirmar que todas
los continentes, todas las regiones y todos los países poseen
cuentos repetidos y enraizados en su tradición y, en ocasiones,
conocidos allende sus fronteras. Téngase presente, por poner un
ejemplo, el caso de Japón, con estos tres títulos tan
significativos: «Momotaro», «Urashima» y «El espejo de Matsuyama».
También las clásicas colecciones de relatos
han proporcionado cuentos que, difundidos aisladamente, se han
extendido por todas partes y se han convertido en parte de ese
patrimonio universal y colectivo al que nos hemos referido.
Recordemos la historia de «El Cíclope Polifemo» de la Odisea (siglo
VIII a. C.) o la de «Nala y Damayanti» de la epopeya nacional de la
India, Mahabharata (compuesta en el siglo IV d. C., pero que recoge
una tradición antiquísima). Sin olvidar algunos de los cuentos de
Las mil y una noches como «Alí Babá y los cuarenta ladrones» o «Aladino
y la lámpara maravillosa» -considerado uno de los cuentos
maravillosos más célebre del mundo- o, en fin algunos de los relatos
incluidos en El conde Lucanor (1335) de nuestro Don Juan
Manuel, el Decamerón (1350-1365) del italiano Boccaccio o
Los cuentos de Canterbury (h.1386) del inglés Chaucer.
Los viejos cuentos son hitos dispersos del
imaginario universal, de la memoria colectiva. Florecen en todas las
lenguas, se revisten de distintas formas, se relacionan y engarzan
misteriosamente e impregnan -sin que nos demos cuenta- el aire que
respiramos, los sonidos que oímos, las imágenes que vemos y las
vidas que vivimos.
Mantener viva la memoria de esos viejos
cuentos, conocerlos, leyéndolos o escuchándolos, son modos de
integrarnos en la comunidad humana, de zambullirnos en las aguas
profundas del mar del mundo y, sobre todo, un medio de vencer el
tiempo, porque como dijo Ramón del Valle-Inclán, «sólo la memoria
alcanza a encender un cirio en las tinieblas del tiempo»,
especialmente cuando esa memoria es la de las fantasías más hermosas
y maravillosas que la mente humana ha creado.
Como colofón, terminemos con el siguiente
texto del escritor francés Jean-Claude Carriére:
«Una anécdota persa muy antigua muestra
al narrador como un hombre aislado, de pie en una roca cara al
océano. Cuenta sin descanso una historia tras otra, deteniéndose
apenas un momento para beber, de vez en cuando, un vaso de agua.
El océano, fascinado, lo escucha en
calma.
Y el autor anónimo añade:
-Si un día el narrador callase, o si
alguien lo hiciese callar, nadie puede decir lo que haría el
océano».
FIN |