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Este último
libro del poeta y académico Ángel González, fallecido en los primeros días
del 2008, resultó ser la despedida poética del autor; sobre todo, la parte
IV y última, “Otras luces”, en la que se halla este poema. Ya su título
anuncia que estamos ante un “poema de adiós o despedida” de un día de
largo atardecer que, como se infiere del paralelismo metafórico entre esta
tarde a punto de morir y la llegada de la vejez -cuando el dorado ayer se
transforma en el hoy de pálido rostro y cabello blanco- también puede
considerarse un “adiós a la vida”. El sintagma “un largo adiós” es uno de
los diversos tópicos elocutivos que, como fórmula fática de despedida,
aparecen con reiteración en este subgénero elegíaco; y, en este caso, nos
trae a la memoria los también “largos adioses” del romántico inglés Lord
Byron (1788-1824) que se hallan en sus dos más celebrados poemas
narrativos, The Childe Harold’s Pilgrimage (1812-1818) y Don
Juan (1818-1824): “Adieu, fair Cadiz!, yea, a long adieu!”
(st. 85) o “Farewell, my Spain!, a long farewell!” (II, st.
18).
Poeta
existencial o “del transcurso”, la mayor parte de los poemas de Ángel
González están formados por versos de diferentes medidas, largos y breves,
que se alternan y combinan con ritmo irregular y sincopado como el fluir
de un río, como el temblor de una llama, como la línea ondulatoria del
vivir. Así, el “paso del tiempo” es, quizá, el principal asunto lírico, y
recurrente, de la obra poética de este autor. El transcurrir del tiempo se
concreta, unas veces, en el de la tarde o, como en este poema, en el
atardecer o puesta de sol; pero, en otros casos, el poeta sigue el devenir
de los días de la semana, de los meses o el ciclo completo de las
estaciones del año; aunque quizá los mejores poemas suyos sean aquéllos en
los que rememora el tiempo ya ido y, sobre todo, en los que revive,
anudándolos a su vivir del momento, ciertos sucesos trágicos de la Guerra
Civil, cuando él era aún un niño.
Pero este poema
no sólo glosa el anochecer, sino, sobre todo, la mágica permanencia de la
luz tras la puesta del sol. En este día perezoso, de atardecer lento y
remiso a desaparecer a la hora que le corresponde, la luz, aunque el sol
tire de ella, reclamándola, permanece en las ramas más altas de los
árboles, enredada en ellas por el canto de los pájaros y también por la
brisa que desde el oeste mantiene aún en el aire el polvo dorado. “Sale la
luna”, pero el día se resiste a morir y aquella luz que un poco antes era
“de oro, ahora es de plata.” Pero, en esto, se equivocó Ángel González,
porque la Poesía -con mayúscula- y su ritmo fluyente permanecían en él,
aunque ya anciano, y nos hizo el favor a nosotros, sus lectores, de no
trocar por plata el oro de sus versos. |