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José de
Espronceda, el primero de la tríada de grandes líricos españoles del siglo
XIX -junto con Bécquer y Rosalía de Castro-, publicó sus Poesías en
1840, annus mirabilis del Romanticismo Español, según la conocida
denominación del hispanista Allison Peers. El poema que abre dicha edición
prínceps, y fuera de paginación -quizá porque hubiera sido incluido
al finalizar la impresión-, es este precioso soneto, uno de los más bellos
poemas de su autor.
Aparte de la
perfección formal, en métrica y estructura, que, como señaló Marrast, pone
de manifiesto la formación clásica de la que Alberto Lista dotó a su
discípulo Espronceda, dos rasgos principales lo caracterizan. En el primer
cuarteto, la doble falacia patética en la que el propio yo se
metaforiza: las ilusiones de su pasada juventud son ahora “flores” ya
marchitas y su esperanza del momento es un nublado sol; lo que confirma el
inconfundible narcisismo romántico, tan patente en Espronceda. Así, pues,
la vida se le ha convertido en un monótono recuento de las horas y en una
lucha -esto significa “agonía”- aumentada por el acrecentamiento de
ansiedad y dolor. Nótese el acierto poético del verbo “crecen” en plural,
sintácticamente discordante con el sujeto singular “agonía”, pero que
adelanta, anafóricamente, los otros dos sujetos postpuestos, “ansiedad” y
“dolores”.
En el segundo
cuarteto, la contraposición entre fantasía y realidad: si la primera
proyecta sobre “terso cristal” sus “ricos colores” -proyección que en
otros poemas denominará “óptica ilusoria”: imagen recurrente en la poesía
de su autor-, la cruda realidad se impone y “mancha y empaña” el cristal y
su brillante transparencia. Este “vivir sin estar viviendo” -como diría
Cernuda un siglo después-, más la continua defraudación de ilusiones y
esperanzas, conducen al yo poético esproncediano a participar de la
angustiosa soledad del yo romántico, que Espronceda expresa, en el primer
terceto, como una total enajenación o extrañamiento cósmico ante la
indiferencia del universo. La imagen no era totalmente suya -por más que
sea excelente su expresión-, sino de Ángel de Saavedra, III duque de
Rivas, en la IV de sus elegías “A Olimpia” (1820): “Y giro en derredor la
vista y solo / me encuentro en ciega y pavorosa noche / y en yerma
soledad…”.
Y el soneto
concluye haciendo explícito el “envío poético” a una desconocida “hermosa
sin ventura” sobre cuya identidad han especulado los estudiosos. Por la
fecha de publicación del soneto -se desconoce la de composición-, se ha
supuesto si esta “hermosa sin ventura” sería Carmen Osorio -una de las
amantes del poeta- o bien Bernarda de Beruete, a la sazón su prometida y
con quien no llegó a casarse. Pero, si a ambas mujeres pudiera
aplicárseles el epíteto, aunque sólo fuera por cortesía, ¿por qué habría
de achacárseles el complemento? Quizá el poeta alude a Teresa Mancha (†
1839), cuya imagen aún estaba muy viva en su mente, con quien mantuvo
larga y turbulenta relación, que fue madre de su hija Blanca y a cuya
memoria dedicó su magistral elegía “A Teresa”, que de manera extemporánea
introdujo como Canto II de El Diablo Mundo (1841), extenso poema
narrativo de asunto fáustico. Esta suposición podría sustentarse en la
similitud fónica del adjetivo “terso” -fem. “tersa”- con el nombre de
Teresa y en que dicho adjetivo se halla al comienzo del primer verso del
2.º cuarteto, mientras que, curiosamente, el que cierra dicha estrofa
comienza con la palabra “mancha”, apellido de la amada muerta. Lejos de
nosotros pensar que dicha coincidencia fuera consciente o intencionada,
pero los amantes de la poesía saben bien que coincidencias tales se les
escapan a los poetas como el aire entre los dedos cuando se cierra la
mano.
Todo ello, no
obstante, el último verso del soneto, con su verbo en presente, es el
epifonema que condensa no sólo el sentido del “envío poético” que el
soneto es, sino también el de todo el libro a cuyo frente se halla. Y
Blanca de Espronceda, aún una niña y ya huérfana de una madre de dudosa
reputación -muy pronto lo sería también de padre- parece ser la más firme
candidata a receptora del misterioso epíteto y de las quejas del “mal
profundo” que angustiaba a su padre. |