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Luis
Cernuda fue un hombre errante, siempre en camino, que no encontró nunca -o
no quiso encontrar- un lugar en donde quedarse y echar raíces. Desde
España, las sucesivas etapas del peregrinaje cernudiano fueron Gran
Bretaña, Estados Unidos y, finalmente, Ciudad de México, en donde murió,
cuando era huésped de su amiga la también poeta española y exiliada Concha
Méndez. Cernuda tuvo siempre la conciencia intensamente romántica de ser
un exiliado del mundo y la necesidad de no permanecer largo tiempo en
ningún sitio, de estar siempre dispuesto a la partida.
En la
primera edición de Antología de la Poesía Española (1932) de
Gerardo Diego, y como pórtico a la selección de sus poemas, escribió
Cernuda esta radical declaración: “No sé nada, no quiero nada, no espero
nada. Y si aún pudiera esperarlo, sólo sería morir allí donde no hubiese
penetrado aún esta grotesca civilización que envanece a los hombres”. Años
después, en el precioso poema en prosa “La casa” (Ocnos, 1942),
expresó de nuevo su renuncia a poseer un refugio propio e íntimo y su
voluntad de desarraigo:
“Desde siempre tuviste el deseo de
la casa, tu casa, envolviéndote para el ocio y la tarea en una atmósfera
amiga. Mas primero no supiste (porque eso lo aprenderías luego, a fuerza
de vivir entre extraños) que tras de tu deseo, mezclado con él, estaba
otro: el de un refugio con la amistad de las cosas. Afuera aguardaría lo
demás, pero adentro estarías tú y lo tuyo. / Un día, cuando ya habías
comenzado a rodar por el mundo, soñando tu casa, pero sin ella, un
acontecer inesperado te deparó al fin la ocasión de tenerla. Y la fuiste
levantando en torno de ti, sencilla, clara, propicia: la mesa, el diván,
los libros, la lámpara -atmósfera que llenaban con su olor algunas flores
de temporada. / Pero era demasiado ligera, y tu vida demasiado azarosa,
para durar mucho. Un día, otro día, desapareció tan inesperada como vino.
Y seguiste rodando por tantas tierras, alguna que ni hubieras querido
conocer. Cuántos proyectos de casa has tenido después, casi realizados en
otra ocasión para de nuevo perderlos más tarde. / Sólo cuatro paredes,
espacio reducido como la cabina de un barco, pero tuyo y con lo tuyo, aún
a sabiendas de que su abrigo pudiera resultar transitorio; ligera,
silenciosa, sola, sin la presencia y el ruido ofensivos de esos extraños
con los que tantas veces ha sido tu castigo compartir la vivienda y la
vida; alta, con sus ventanas abiertas al cielo y a las nubes, sobre las
copas de unos árboles. / Pero es un sueño al que ya por imposible
renuncias, aunque sea realidad de todos a la que no puedes aspirar.
Resistir es demasiado pobre y cambiante -te dices, escribiendo estas
líneas de pie, porque ni una mesa tienes; tus libros (los que has salvado)
por cualquier rincón, igual que tus papeles. Después de todo, el tiempo
que te queda es poco, y quién sabe si no vale más vivir así, desnudo de
toda posesión, dispuesto siempre para la partida.”
Y
sobre la misma cuestión escribió pocos años antes de morir: “Siempre
padecí del sentimiento de hallarme aislado y que la vida estaba más allá
de donde yo me encontrara; de ahí el afán constante de partir, de irme a
otras tierras...” (Historial de un libro, 1958). Parece, pues,
notorio que, antes de vivir la amargura del exilio, ya había en él un afán
de ocultamiento y de huida, y tanto que podría decirse que, en cierta
manera, Cernuda “se quería escondido”.
Escrito en los últimos años de su vida, el poema “Peregrino” es la
confirmación definitiva y desoladora de esa disposición al desarraigo y al
alejamiento a los que antes nos hemos referido; y, sobre todo, de esa
vocación de hombre errante, dispuesto a la búsqueda incesante de una
terra semper incognita. Todo el poema es un monólogo interior
desarrollado de forma dialógica entre un yo y un tú, que, como en otros
poemas de Cernuda, es un desdoblamiento del propio yo del poeta. El
infinitivo interrogativo que da comienzo al poema, “¿volver?”, parece ser
expresión del cuestionamiento de la posibilidad de su vuelta a España,
pues por aquel entonces algunos exiliados de la guerra 1936-1939 ya
empezaban a regresar.
Cada
una de las tres estrofas constituye, pues, una secuencia de una íntima
cavilación y, sin ambages, la firme respuesta del poeta. En la primera,
alude a los exiliados que quizá quieran y puedan volver a España, porque,
“tras un largo viaje” y “cansados del camino”, hay en ella algo o alguien
que les espera, ya sea tierra, casa, amigos o amor. Pero, en la segunda y
tras la intensificación de la pregunta que a sí mismo se dirige, “mas
¿tú? ¿volver?”, el poeta rechaza tajantemente el retorno y no sólo se
niega toda posibilidad de regreso, sino que se afirma en su afán de
libertad, en seguir viviendo sin ataduras, sin volver atrás la mirada y
siempre disponible… Destacan las referencias a los personajes principales
de La Odisea de Homero: Ulises, imagen clásica del mito del
retorno y figura del peregrino por antonomasia, que una vez cumplida su
tarea, retorna a su reino de Ítaca, al hogar en donde le esperan su fiel
esposa Penélope y su hijo Telémaco. Pero no todos pudieron -o no
quisieron- ser Ulises; así este “peregrino” cernudiano que no tenía, ni
dentro ni fuera de su corazón- hijo, mujer ni patria que le incitaran al
retorno. Y, en la última estrofa, la repetición del imperativo, “sigue,
sigue”, intensifica el carácter auto-comunicativo del poema y confirma la
valiente resolución del poeta de mantenerse fiel a su propio caminar en la
incierta senda que le marque su destino.
Precioso ejemplo, pues, de poesía pura, en cuanto carente de
retórica, apoyada en recursos de gran sencillez -preguntas y repuestas,
repeticiones, enumeraciones…- sin “fuegos de artificio” ni sonoridades
retumbantes y con una sola referencia libresca. Pero, en cambio, con gran
nitidez y concisión en la expresión de pensamiento y sentimiento.
Que
la vida es camino incierto y lo único importante es caminar es una gran
verdad que ha sido glosada poéticamente múltiples veces a lo largo de los
siglos. Así la condensó, ya en el siglo XIII, Gonzalo de Berceo en su
Introducción a Milagros de Nuestra Señora: “Todos somos romeros que
camino andamos” (estrofa XVII). Además, un proyecto vital semejante al de
Cernuda lo expresó León Felipe -otro poeta español exiliado en México- en
su poema “Romero sólo…”: “Ser en la vida / romero, / romero sólo que cruza
/ siempre por caminos nuevos; / ser en la vida / romero, / sin más oficio,
sin otro nombre / y sin pueblo…” (Versos y oraciones de caminante,
I, 1920). Pero, por el total despojamiento y desnudez al final de su
peregrinaje, el de Cernuda tiene cierto parecido con el de Antonio
Machado, que, premonitoriamente, lo expuso en la última estrofa de su
poema “Retrato”: “Y cuando llegue el día del último vïaje, / y esté al
partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo, ligero
de equipaje, / casi desnudo como los hijos de la mar” (Campos de
Castilla, 1912).
FIN |