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Acto XI
ARGUMENTO DEL UNDÉCIMO ACTO
Despedida Celestina de Melibea, va por la calle sola hablando.
Ve a Sempronio y a Pármeno que van a la Magdalena por su señor.
Sempronio habla con Calisto. Sobreviene Celestina. Van a casa de
Calisto. Declárale Celestina su mensaje y negocio recaudado con
Melibea. Mientras ellos en estas razones están, Pármeno y
Sempronio entre sí hablan. Despídese Celestina de Calisto, va para
su casa, llama a la puerta. Elicia le viene a abrir. Cenan y vanse
a dormir.
CALISTO, CELESTINA, PÁRMENO, SEMPRONIO,ELICIA.
CELESTINA.- ¡Ay, Dios, si llegase a mi casa con mi mucha
alegría a cuestas! A Pármeno y a Sempronio veo ir a la Magdalena.
Tras ellos me voy y, si ahí no estuviere Calisto, pasaremos a su
casa a pedirle albricias de su gran gozo.
SEMPRONIO.- Señor, mira que tu estada es dar a todo el mundo
qué decir. Por Dios, que huyas de ser traído en lenguas, que al
muy devoto llaman hipócrita. ¿Qué dirán sino que andas royendo los
santos? Si pasión tienes, súfrela en tu casa; no te sienta la
tierra, no descubras tu pena a los extraños. Pues está en manos el
pandero que lo sabrá bien tañer.
CALISTO.- ¿En qué manos?
SEMPRONIO.- De Celestina.
CELESTINA.- ¿Qué nombráis a Celestina? ¿Qué decís de esta
esclava de Calisto? Toda la calle del Arcediano vengo a más andar
tras vosotros por alcanzaros y jamás he podido con mis luengas
haldas.
CALISTO.- ¡Oh joya del mundo, acorro de mis pasiones, espejo de
mi vista! El corazón se me alegra en ver esa honrada presencia,
esa noble senectud. Dime, ¿con qué vienes? ¿Qué nuevas traes? ¡Que
te veo alegre y no sé en qué está mi vida!
CELESTINA.- En mi lengua.
CALISTO.- ¿Qué dices, gloria y descanso mío? Declárame más lo
dicho.
CELESTINA.- Salgamos, señor, de la iglesia, y de aquí a la casa
te contaré algo con que te alegres de verdad.
PÁRMENO.- Buena viene la vieja, hermano; recaudado debe de
haber.
SEMPRONIO.- Escucha.
CELESTINA.- Todo este día, señor, he trabajado en tu negocio y
he dejado perder otros en que harto me iba. Muchos tengo quejosos
por tenerte a ti contento. Más he dejado de ganar que piensas,
pero todo vaya en buena hora, pues tan buen recaudo traigo. Y
óyeme, que en pocas palabras te lo diré, que soy corta de razón. A
Melibea dejo a tu servicio.
CALISTO.- ¿Qué es esto que oigo?
CELESTINA.- Que es más tuya que de sí misma, más está a tu
mandado y querer que de su padre Pleberio.
CALISTO.- Habla cortés, madre, no digas tal cosa, que dirán
estos mozos que estás loca. Melibea es mi señora, Melibea es mi
Dios, Melibea es mi vida; yo su cautivo, yo su siervo.
SEMPRONIO.- Con tu desconfianza, señor, con tu poco preciarte,
con tenerte en poco, hablas esas cosas con que atajas su razón. A
todo el mundo turbas diciendo desconciertos. ¿De qué te santiguas?
Dale algo por su trabajo, harás mejor, que eso esperan esas
palabras.
CALISTO.- Bien has dicho. Madre mía, yo sé cierto que jamás
igualará tu trabajo y mi liviano galardón. En lugar de manto y
saya, por que no se dé parte a oficiales, toma esta cadenilla,
ponla al cuello y procede en tu razón y mi alegría.
PÁRMENO.- ¿Cadenilla la llama? ¿No lo oyes, Sempronio? No
estima el gasto. Pues yo te certifico no diese mi parte por medio
marco de oro, por mal que la vieja la reparta.
SEMPRONIO.- Oírte ha nuestro amo. Tendremos en él qué amansar y
en ti qué sanar, según está hinchado de tu mucho murmurar. Por mi
amor, hermano, que oigas y calles, que por eso te dio Dios dos
oídos y una lengua sola.
PÁRMENO.- ¡Oirá el diablo! Está colgado de la boca de la vieja,
sordo, y mudo, y ciego, hecho personaje sin son, que, aunque le
diésemos higas, diría que alzábamos las manos a Dios rogando por
buen fin de sus amores.
SEMPRONIO.- Calla, oye, escucha bien a Celestina. En mi alma
todo lo merece, y más que le diese. Mucho dice.
CELESTINA.- Señor Calisto, para tan flaca vieja como yo de
mucha franqueza usaste, pero como todo don o dádiva se juzgue
grande o chica respecto del que lo da, no quiero traer a
consecuencia mi poco merecer ante quien sobra en cualidad y en
cuantidad, mas medirse ha con tu magnificencia, ante quien no es
nada. En pago de la cual te restituyo tu salud, que iba perdida;
tu corazón, que te faltaba; tu seso, que se alteraba. Melibea pena
por ti más que tú por ella, Melibea te ama y desea ver, Melibea
piensa más horas en tu persona que en la suya, Melibea se llama
tuya y esto tiene por título de libertad. Y con esto amansa el
fuego, que más que a ti la quema.
CALISTO.- ¿Mozos, estoy yo aquí? ¿Mozos, oigo yo esto? Mozos,
mirad si estoy despierto. ¿Es de día o de noche? ¡Oh señor Dios,
padre celestial, ruégote que esto no sea sueño! ¡Despierto, pues,
estoy! Si burlas, señora, de mí por me pagar en palabras, no
temas, di verdad, que para lo que tú de mí has recibido más
merecen tus pasos.
CELESTINA.- Nunca el corazón lastimado de deseo toma la buena
nueva por cierta ni la mala por dudosa. Pero, si burlo o si no,
verlo has yendo esta noche, según el concierto dejo con ella, a su
casa, en dando el reloj doce, a la hablar por entre las puertas,
de cuya boca sabrás más por entero mi solicitud y su deseo, y el
amor que te tiene y quién lo ha causado.
CALISTO.- Ya, ya, ¿tal cosa espero? ¿Tal cosa es posible haber
de pasar por mí? Muerto soy de aquí allá, no soy capaz de tanta
gloria, no merecedor de tan gran merced, no digno de hablar con
tal señora de su voluntad y grado.
CELESTINA.- Siempre lo oí decir, que es más difícil de sufrir
la próspera fortuna que la adversa, que la una no tiene sosiego y
la otra tiene consuelo. ¿Cómo, señor Calisto, y no mirarías quién
tú eres? ¿Y no mirarías el tiempo que has gastado en su servicio?
¿Y no mirarías a quien has puesto entremedias? Y, asimismo, que
hasta ahora siempre has estado dudoso de la alcanzar y tenías
sufrimiento, ahora que te certifico el fin de tu penar, ¿quieres
poner fin a tu vida? Mira, mira que está Celestina de tu parte y
que, aunque todo te faltase lo que en un enamorado se requiere, te
vendería por el más acabado galán del mundo. Que te haría llanas
las peñas para andar, que te haría las más crecidas aguas
corrientes pasar sin mojarte. Mal conoces a quien tú das dinero.
CALISTO.- ¡Cata, señora! ¿Qué me dices? ¿Que vendrá de su
grado?
CELESTINA.- Y aun de rodillas.
SEMPRONIO.- No sea ruido hechizo, que nos quieren tomar a manos
a todos. Cata, madre, que así se suelen dar las zarazas en pan
envueltas, por que no las sienta el gusto.
PÁRMENO.- Nunca te oí decir mejor cosa. Mucha sospecha me pone
el presto conceder de aquella señora y venir tan aína en todo su
querer de Celestina, engañando nuestra voluntad con sus palabras
dulces y prestas por hurtar por otra parte, como hacen los de
Egipto cuando el signo nos catan en la mano. Pues alahé, madre,
con dulces palabras están muchas injurias vengadas. El falso
bueyezuelo con su blando cencerrar trae las perdices a la red; el
canto de la sirena engaña los simples marineros con su dulzor. Así
ésta, con su mansedumbre y concesión presta, querrá tomar una
manada de nosotros a su salvo. Purgará su inocencia con la honra
de Calisto y con nuestra muerte, así como corderica mansa que mama
su madre y la ajena. Ella, con su segurar, tomará la venganza de
Calisto en todos nosotros, de manera, que, con la mucha gente que
tiene, podrá cazar a padres e hijos en una nidada y tú estarte has
rascando a tu fuego, diciendo «a salvo está el que repica».
CALISTO.- ¡Callad, locos, bellacos, sospechosos! Parece que
dais a entender que los ángeles sepan hacer mal. Sí, que Melibea
ángel disimulado es que vive entre nosotros.
SEMPRONIO.- ¿Todavía vuelves a tus herejías? Escúchale,
Pármeno, no te pene nada, que si fuere trato doble, él lo pagará,
que nosotros buenos pies tenemos.
CELESTINA.- Señor, tú estás en lo cierto; vosotros, cargados de
sospechas vanas. Yo he hecho todo lo que a mí era a cargo. Alegre
te dejo, Dios te libre y aderece. Pártome muy contenta. Si fuere
menester para esto o para más, allí estoy muy aparejada a tu
servicio.
PÁRMENO.- ¡Ji, ji, ji!
SEMPRONIO.- ¿De qué te ríes, por tu vida?
PÁRMENO.- De la prisa que la vieja tiene por irse. No ve la
hora que haber despegado la cadena de casa. No puede creer que la
tenga en su poder ni que se la han dado de verdad. No se halla
digna de tal don, tan poco como Calisto de Melibea.
SEMPRONIO.- ¿Qué quieres que haga una puta vieja alcahueta, que
sabe y entiende lo que nosotros callamos, y suele hacer siete
virgos por dos monedas, después de verse cargada de oro, sino
ponerse en salvo con la posesión, con temor no se la tornen a
tomar después que ha cumplido de su parte aquello para que era
menester? ¡Pues guárdese del diablo que sobre el partir no le
saquemos el alma!
CALISTO.- Dios vaya contigo, madre. Yo quiero dormir y reposar
un rato para satisfacer a las pasadas noches y cumplir con la por
venir.
CELESTINA.- ¡Ta, ta, ta, ta!
ELICIA.- ¿Quién llama?
CELESTINA.- Abre, hija Elicia.
ELICIA.- ¿Cómo vienes tan tarde? No lo debes hacer, que eres
vieja. Tropezarás donde caigas y mueras.
CELESTINA.- No temo eso, que de día me aviso por donde venga de
noche, que jamás me subo por poyo ni calzada, sino por medio de la
calle. Porque, como dicen, «no da paso seguro quien corre por el
muro», y que «aquel va más sano que anda por llano». Más quiero
ensuciar mis zapatos con el lodo que ensangrentar las tocas y los
cantos. Pero no te duele a ti en ese lugar.
ELICIA.- Pues, ¿qué me ha de doler?
CELESTINA.- Que se fue la compañía, que te dejé y quedaste
sola.
ELICIA.- Son pasadas cuatro horas después y ¿habíaseme de
acordar de eso?
CELESTINA.- Cuanto más presto te dejaron más con razón lo
sentiste. Pero dejemos su ida y mi tardanza. Entendamos en cenar y
dormir.
Acto XII
ARGUMENTO DEL DUODÉCIMO ACTO
Llegando la media noche, Calisto, Sempronio y Pármeno, armados,
van para casa de Melibea. Lucrecia y Melibea están cabe la puerta,
aguardando a Calisto. Viene Calisto. Háblale primero Lucrecia.
Llama a Melibea. Apártase Lucrecia. Háblanse por entre las puertas
Melibea y Calisto. Pármeno y Sempronio en su cabo departen. Oyen
gentes por la calle. Apercíbense para huir. Despídese Calisto de
Melibea, dejando concertada la tornada para la noche siguiente.
Pleberio, al son del ruido que había en la calle, despierta. Llama
a su mujer, Alisa. Preguntan a Melibea quién da patadas en su
cámara. Responde Melibea a su padre fingiendo que tenía sed.
Calisto, con sus criados, va para su casa hablando. Échase a
dormir. Pármeno y Sempronio van a casa de Celestina, demandan su
parte de la ganancia. Disimula Celestina. Vienen a reñir. Échanle
mano a Celestina; mátanla. Da voces Elicia. Viene la justicia y
prende a ambos.
CALISTO, LUCRECIA, MELIBEA, SEMPRONIO, PÁRMENO,
PLEBERIO, ALISA, CELESTINA, ELICIA.
CALISTO.- Mozos, ¿qué hora da el reloj?
SEMPRONIO.- Las diez...
CALISTO.- ¡Oh cómo me descontenta el olvido en los mozos! De mi
mucho acuerdo en esta noche y tu descuidar y olvido se haría una
razonable memoria y cuidado. ¿Cómo, desatinado, sabiendo cuánto me
va en ser diez u once, me respondías a tiento lo que más aína se
te vino a la boca? ¡Oh cuitado de mí! Si por caso me hubiera
dormido y colgara mi pregunta de la respuesta de Sempronio para
hacer de once diez, y así de doce once, saliera Melibea, yo no
fuera ido, tornárase de manera que ni mi mal hubiera fin ni mi
deseo ejecución. No se dice en balde que «mal ajeno de pelo
cuelga».
SEMPRONIO.- Tanto yerro me parece sabiendo, preguntar, como
ignorando, responder. Mejor sería, señor, que se gastase esta hora
que queda en aderezar armas que en buscar cuestiones.
CALISTO.- Bien me dice este necio. No quiero en tal tiempo
recibir enojo; no quiero pensar en lo que pudiera venir sino en lo
que fue; no en el daño que resultara de su negligencia sino en el
provecho que vendrá de mi solicitud. Quiero dar espacio a la ira,
que, o se me quitará o se me ablandará. Descuelga, Pármeno, mis
corazas y armaos vosotros, y así iremos a buen recaudo, porque,
como dicen, «el hombre apercibido, medio combatido».
PÁRMENO.- Helas aquí, señor.
CALISTO.- Ayúdame aquí a vestirlas. Mira tú, Sempronio, si
parece alguno por la calle.
SEMPRONIO.- Señor, ninguna gente parece y, aunque la hubiese,
la mucha oscuridad privaría el viso y conocimiento a los que nos
encontrasen.
CALISTO.- Pues andemos por esta calle, aunque se rodee alguna
cosa, porque más encubiertos vamos. Las doce da ya; buena hora es.
PÁRMENO.- Cerca estamos.
CALISTO.- A buen tiempo llegamos. Párate tú, Pármeno, a ver si
es venida aquella señora por entre las puertas.
PÁRMENO.- ¿Yo, señor? Nunca Dios mande que sea en dañar lo que
no concerté. Mejor será que tu presencia sea su primer encuentro,
por que, viéndome a mí, no se turbe de ver que de tantos es sabido
lo que tan ocultamente quería hacer y con tanto temor hace. O
porque quizá pensará que la burlaste.
CALISTO.- ¡Oh qué bien has dicho! La vida me has dado con tu
sutil aviso, pues no era más menester para me llevar muerto a casa
que volverse ella por mi mala providencia. Yo me llego allá;
quedaos vosotros en ese lugar.
PÁRMENO.- ¿Qué te parece, Sempronio, cómo el necio de nuestro
amo pensaba tomarme por broquel para el encuentro del primer
peligro? ¿Qué sé yo quién está tras las puertas cerradas? ¿Qué sé
yo si hay alguna traición? ¿Qué sé yo si Melibea anda, por que le
pague nuestro amo su mucho atrevimiento, de esta manera? Y, más
aún, no somos muy ciertos decir verdad la vieja. No sepas hablar,
Pármeno, sacarte han el alma sin saber quién. No seas lisonjero,
como tu amo quiere, y jamás llorarás duelos ajenos. No tomes en lo
que te cumple el consejo de Celestina y hallarte has a oscuras.
Ándate ahí con tus consejos y amonestaciones fieles: ¡darte han de
palos! No vuelvas la hoja y quedarte has a buenas noches. Quiero
hacer cuenta que hoy me nací, pues de tal peligro me escapé.
SEMPRONIO.- Paso, paso. Pármeno, no saltes ni hagas ese
bollicio de placer, que darás causa que seas sentido.
PÁRMENO.- Calla, hermano, que no me hallo de alegría cómo le
hice creer que por lo que a él cumplía dejaba de ir, ¡y era por mi
seguridad! ¿Quién supiera así rodear su provecho como yo? Muchas
cosas me verás hacer, si estás de aquí adelante atento, que no las
sientan todas personas, así con Calisto como con cuantos en este
negocio suyo se entremetieren. Porque soy cierto que esta doncella
ha de ser para él cebo de anzuelo o carne de buitrera, que suelen
pagar bien el escote los que a comerla vienen.
SEMPRONIO.- Anda, no te penen a ti esas sospechas, aunque
salgan verdaderas. Apercíbete: a la primera voz que oyeres, tomar
calzas de Villadiego.
PÁRMENO.- Leído has donde yo; en un corazón estamos. Calzas
traigo y aun borceguíes de esos ligeros que tú dices, para mejor
huir que otro. Pláceme que me has, hermano, avisado de lo que yo
no hiciera de vergüenza de ti, que nuestro amo, si es sentido, no
temo que escapará de manos de esta gente de Pleberio, para
podernos después demandar cómo lo hicimos e incusarnos el huir.
SEMPRONIO.- ¡Oh Pármeno amigo, cuán alegre y provechosa es la
conformidad en los compañeros! Aunque por otra cosa no nos fuera
buena Celestina, era harta la utilidad que por su causa nos ha
venido.
PÁRMENO.- Ninguno podrá negar lo que por sí se muestra.
Manifiesto es que con vergüenza el uno del otro, por no ser
odiosamente acusado de cobarde, esperaremos aquí la muerte con
nuestro amo, no siendo más de él merecedor de ella.
SEMPRONIO.- Salido debe haber Melibea. Escucha, que hablan
quedito.
PÁRMENO.- ¡Cómo temo que no sea ella, sino alguna que finja su
voz!
SEMPRONIO.- ¡Dios nos libre de traidores!, no nos hayan tomado
la calle por do tenemos de huir, que de otra cosa no tengo temor.
CALISTO.- Ese bullicio más de una persona lo hace. Quiero
hablar, sea quien fuere. ¡Ce, señora mía!
LUCRECIA.- La voz de Calisto es ésta. Quiero llegar. ¿Quién
habla? ¿Quién está fuera?
CALISTO.- Aquel que viene a cumplir tu mandado.
LUCRECIA.- ¿Por qué no llegas, señora? Llega sin temor acá, que
aquel caballero está aquí.
MELIBEA.- ¡Loca, habla paso! Mira bien si es él.
LUCRECIA.- Allégate, señora, que sí es, que yo lo conozco en la
voz.
CALISTO.- Cierto soy burlado. No era Melibea la que me habló.
¡Bullicio oigo, perdido soy! Pues, viva o muera, que no he de ir
de aquí.
MELIBEA.- Vete, Lucrecia, a acostar un poco. ¡Ce, señor! ¿Cómo
es tu nombre? ¿Quién es el que te mandó ahí venir?
CALISTO.- Es la que tiene merecimiento de mandar a todo el
mundo, la que dignamente servir yo no merezco. No tema tu merced
de se descubrir a este cautivo de tu gentileza, que el dulce
sonido de tu habla, jamás de mis oídos se cae, me certifica ser tú
mi señora Melibea. Yo soy tu siervo Calisto.
MELIBEA.- La sobrada osadía de tus mensajes me ha forzado a
haberte de hablar, señor Calisto, que habiendo habido de mí la
pasada respuesta a tus razones, no sé qué piensas más sacar de mi
amor de lo que entonces te mostré. Desvía estos vanos y locos
pensamientos de ti por que mi honra y persona estén, sin
detrimento de mala sospecha, seguras. A esto fue aquí mi venida, a
dar concierto en tu despedida y mi reposo. No quieras poner mi
fama en la balanza de las lenguas maldicientes.
CALISTO.- A los corazones aparejados con apercibimiento recio
contra las adversidades, ninguna puede venir que pase de claro en
claro la fuerza de su muro. Pero el triste que, desarmado y sin
proveer los engaños y celadas, se vino a meter por las puertas de
tu seguridad, cualquiera cosa que en contrario vea es razón que me
atormente y pase, rompiendo todos los almacenes en que la dulce
nueva estaba aposentada. ¡Oh malaventurado Calisto! ¡Oh cuán
burlado has sido de tus sirvientes! ¡Oh engañosa mujer Celestina!
¡Dejárasme acabar de morir y no tornaras a vivificar mi esperanza
para que tuviese más que gastar el fuego que ya me aqueja! ¿Por
qué falsaste la palabra de esta mi señora? ¿Por qué has así dado
con tu lengua causa a mi desesperación? ¿A qué me mandaste aquí
venir, para que me fuese mostrado el disfavor, el entredicho, la
desconfianza, el odio, por la misma boca de esta que tiene las
llaves de mi perdición y gloria? ¡Oh enemiga! ¿Y tú no me dijiste
que esta mi señora me era favorable? ¿No me dijiste que de su
grado mandaba venir este su cautivo al presente lugar, no para me
desterrar nuevamente de su presencia, pero para alzar el destierro
ya por otro su mandamiento, puesto antes de ahora? ¿En quién
hallaré yo fe? ¿A dónde hay verdad? ¿Quién carece de engaño? ¿A
dónde no moran falsarios? ¿Quién es claro enemigo? ¿Quién es
verdadero amigo? ¿Dónde no se fabrican traiciones? ¿Quién osó
darme tan cruda esperanza de perdición?
MELIBEA.- Cesen, señor mío, tus verdaderas querellas, que ni mi
corazón basta para las sufrir ni mis ojos para lo disimular. Tú
lloras de tristeza, juzgándome cruel; yo lloro de placer, viéndote
tan fiel. ¡Oh mi señor y mi bien todo, cuánto más alegre me fuera
poder ver tu faz que oír tu voz! Pero, pues no se puede al
presente más hacer, toma la firma y sello de las razones que te
envié escritas en la lengua de aquella solícita mensajera. Todo lo
que te dijo confirmo, todo lo he por bueno. Limpia, señor, tus
ojos, ordena de mí a tu voluntad.
CALISTO.- ¡Oh señora mía, esperanza de mi gloria, descanso y
alivio de mi pena, alegría de mi corazón! ¿Qué lengua será
bastante para te dar iguales gracias a la sobrada e incomparable
merced que, en este punto de tanta congoja para mí, me has querido
hacer en querer que un tan flaco e indigno hombre pueda gozar de
tu suavísimo amor? Del cual, aunque muy deseoso, siempre me
juzgaba indigno, mirando tu grandeza, considerando tu estado,
remirando tu perfección, contemplando tu gentileza, acatando mi
poco merecer y tu alto merecimiento, tus extremadas gracias, tus
loadas y manifiestas virtudes. Pues, ¡oh alto Dios!, ¿cómo te
podré ser ingrato, que tan milagrosamente has obrado conmigo tus
singulares maravillas? ¡Oh cuántos días antes de ahora pasados me
fue venido ese pensamiento a mi corazón! Por imposible lo
rechazaba de mi memoria, hasta que ya los rayos ilustrantes de tu
muy claro gesto dieron luz en mis ojos, encendieron mi corazón,
despertaron mi lengua, extendieron mi merecer, acortaron mi
cobardía, destorcieron mi encogimiento, doblaron mis fuerzas,
desadormecieron mis pies y manos, finalmente, me dieron tal osadía
que me han traído con su mucho poder a este sublimado estado en
que ahora me veo. Oyendo de grado tu suave voz, la cual, si antes
de ahora no conociese y no sintiese tus saludables olores, no
podría creer que careciesen de engaño tus palabras. Pero, como soy
cierto de tu limpieza de sangre y hechos, me estoy remirando si
soy yo Calisto, a quien tanto bien se hace.
MELIBEA.- Señor Calisto, tu mucho merecer, tus extremadas
gracias, tu alto nacimiento, han obrado que, después que de ti
hube entera noticia, ningún momento de mi corazón te partieses, y,
aunque muchos días he pugnado por lo disimular, no he podido tanto
que, en tornándome aquella mujer tu dulce nombre a la memoria, no
descubriese mi deseo. Y viniese a este lugar y tiempo, donde te
suplico ordenes y dispongas de mi persona según quieras. Las
puertas impiden nuestro gozo, las cuales yo maldigo y sus fuertes
cerrojos, y mis flacas fuerzas, que ni tú estarías quejoso ni yo
descontenta.
CALISTO.- ¿Cómo, señora mía? ¿Y mandas que consienta a un palo
impedir nuestro gozo? Nunca yo pensé que, demás de tu voluntad, lo
pudiera cosa estorbar. ¡Oh molestas y enojosas puertas!, ruego a
Dios que tal fuego os abrase como a mí da guerra, que con la
tercia parte seríais en un punto quemadas. Pues, por Dios, señora
mía, permite que llame a mis criados para que las quiebren.
PÁRMENO.- ¿No oyes, no oyes, Sempronio? A buscarnos quiere
venir para que nos den mal año. No me agrada cosa esta venida. ¡En
mal punto creo que se empezaron estos amores! Yo no espero más
aquí.
SEMPRONIO.- Calla, calla, escucha, que ella no consiente que
vamos allá.
MELIBEA.- ¿Quieres, amor mío, perderme a mí y dañar mi fama? No
sueltes las riendas a la voluntad. La esperanza es cierta, el
tiempo breve cuanto tú ordenares. Y pues tú sientes tu pena
sencilla y yo la de entrambos, tú solo dolor, yo el tuyo y el mío,
conténtate con venir mañana a esta hora por las paredes de mi
huerto. Que si ahora quebrases las crueles puertas, aunque al
presente no fuésemos sentidos, amanecería en casa de mi padre
terrible sospecha de mi yerro. Y, pues sabes que tanto mayor es el
yerro cuanto mayor es el que yerra, en un punto será por la ciudad
publicado.
SEMPRONIO.- ¡En hora mala acá esta noche venimos! Aquí nos ha
de amanecer, según del espacio que nuestro amo lo toma. Que,
aunque más la dicha nos ayude, nos han en tanto tiempo de sentir
de su casa o vecinos.
PÁRMENO.- Ya ha dos horas que te requiero que nos vamos, que no
faltará un achaque.
CALISTO.- ¡Oh mi señora y mi bien todo! ¿Por qué llamas yerro a
aquello que por los santos de Dios me fue concedido? Rezando hoy
ante el altar de la Magdalena me vino con tu mensaje alegre
aquella solícita mujer.
PÁRMENO.- ¡Desvariar, Calisto, desvariar! Por fe tengo,
hermano, que no es cristiano lo que la vieja traidora con sus
pestíferos hechizos ha rodeado y hecho. Dice que los santos de
Dios se lo han concedido e impetrado. Y con esta confianza quiere
quebrar las puertas, y no habrá dado el primer golpe cuando sea
sentido y tomado por los criados de su padre, que duermen cerca.
SEMPRONIO.- Ya no temas, Pármeno, que harto desviados estamos.
En sintiendo el bollicio, el buen huir nos ha de valer. Déjale
hacer, que, si mal hiciere, él lo pagará.
PÁRMENO.- Bien hablas, en mi corazón estás. Así se haga.
Huyamos la muerte, que somos mozos. Que no querer morir ni matar
no es cobardía, sino buen natural. Estos escuderos de Pleberio son
locos, no desean tanto comer ni dormir como cuestiones y ruidos.
Pues más locura sería esperar pelea con enemigo que no ama tanto
la victoria y vencimiento como la contina guerra y contienda. ¡Oh,
si me vieses, hermano, cómo estoy, placer habrías! A medio lado,
abiertas las piernas, el pie izquierdo adelante, puesto en huida,
las faldas en la cinta, la adarga arrollada, y so el sobaco, por
que no me empache. ¡Que, por Dios, que creo huyese como un gamo,
según el temor que tengo de estar aquí!
SEMPRONIO.- Mejor estoy yo, que tengo liado el broquel y el
espada con las correas, por que no se me caigan al correr, y el
casquete en la capilla.
PÁRMENO.- ¿Y las piedras que traías en ella?
SEMPRONIO.- Todas las vertí por ir más liviano, que harto tengo
que llevar en estas corazas que me hiciste vestir por
importunidad, que bien las rehusaba de traer porque me parecían
para huir muy pesadas. ¡Escucha, escucha! ¿Oyes, Pármeno? ¡A malas
andan! ¡Muertos somos! Bota presto, echa hacia casa de Celestina,
no nos atajen por nuestra casa.
PÁRMENO.- ¡Huye, huye, que corres poco! ¡Oh pecador de mí, si
nos han de, deja broquel y todo!
SEMPRONIO.- ¿Si han muerto ya a nuestro amo?
PÁRMENO.- No sé, no me digas nada; corre y calla, que el menor
cuidado mío es ése.
SEMPRONIO.- ¡Ce, ce, Pármeno! Torna, torna callando, que no es
sino la gente del alguacil, que pasaba haciendo estruendo por la
otra calle.
PÁRMENO.- Míralo bien. No te fíes en los ojos, que se antoja
muchas veces uno por otro. No me habían dejado gota de sangre.
Tragada tenía ya la muerte, que me parecía que me iban dando en
estas espaldas golpes. En mi vida me acuerdo haber tan gran temor
ni verme en tal afrenta, aunque he andado por casas ajenas harto
tiempo y en lugares de harto trabajo, que nueve años serví a los
frailes de Guadalupe, que mil veces nos apuñeábamos yo y otros.
Pero nunca, como esta vez, hube miedo de morir.
SEMPRONIO.- Y yo, ¿no serví al cura de San Miguel, y al
mesonero de la plaza, y a Mollejas el hortelano? Y también yo
tenía mis cuestiones con los que tiraban piedras a los pájaros que
asentaban en un álamo grande que tenía, porque dañaban la
hortaliza. Pero guárdete Dios de verte con armas, que aquél es el
verdadero temor. No en balde dicen «cargado de hierro y cargado de
miedo». ¡Vuelve, vuelve, que el alguacil es, cierto!
MELIBEA.- Señor Calisto, ¿qué es esto que en la calle suena?
Parecen voces de gente que van en huida. ¡Por Dios, mírate, que
estás a peligro!
CALISTO.- Señora, no temas, que a buen seguro vengo. Los míos
deben de ser, que son unos locos y desarman a cuantos pasan, y
huiríales alguno.
MELIBEA.- ¿Son muchos los que traéis?
CALISTO.- No, sino dos, pero, aunque sean seis sus contrarios,
no recibirán mucha pena para les quitar sus armas y hacerlos huir
según su esfuerzo. Escogidos son, señora, que no vengo a lumbre de
pajas. Si no fuese por lo que a tu honra toca, pedazos harían
estas puertas. Y si sentidos fuésemos, a ti y a mí librarían de
toda la gente de tu padre.
MELIBEA.- ¡Oh, por Dios, no se cometa tal cosa! Pero mucho
placer tengo que de tan fiel gente andes acompañado, bien empleado
es el pan que tan esforzados sirvientes comen. Por mi amor, señor,
pues tal gracia la natura les quiso dar, sean de ti bien tratados
y galardonados, por que en todo te guarden secreto. Y cuando sus
osadías y atrevimientos les corrigieres, a vueltas del castigo
mezcla favor, por que los ánimos esforzados no sean con
encogimiento diminutos e irritados en el osar a sus tiempos.
PÁRMENO.- ¡Ce, ce, señor! Quítate presto de aquí, que viene
mucha gente con hachas y serás visto y conocido, que no hay donde
te metas.
CALISTO.- ¡Oh mezquino yo, y cómo es forzado, señora, partirme
de ti! Por cierto, temor de la muerte no obrara tanto como el de
tu honra. Pues que así es, los ángeles queden con tu presencia. Mi
venida será, como ordenaste, por el huerto.
MELIBEA.- Así sea, y vaya Dios contigo.
PLEBERIO.- Señora mujer, ¿duermes?
ALISA.- Señor, no.
PLEBERIO.- ¿No oyes bullicio en el retraimiento de tu hija?
ALISA.- Sí oigo. ¡Melibea, Melibea!
PLEBERIO.- No te oye. Yo la llamaré más recio. ¡Hija mía
Melibea!
MELIBEA.- ¿Señor?
PLEBERIO.- ¿Quién da patadas y hace bullicio en tu cámara?
MELIBEA.- Señor, Lucrecia es, que salió por un jarro de agua
para mí, que había sed.
PLEBERIO.- Duerme, hija, que pensé que era otra cosa.
LUCRECIA.- Poco estruendo los despertó; con pavor hablaban.
MELIBEA.- No hay tan manso animal que con amor o temor de sus
hijos no asperee. Pues, ¿qué harían si mi cierta salida supiesen?
CALISTO.- Cerrad esa puerta, hijos. Y tú, Pármeno, sube una
vela arriba.
SEMPRONIO.- Debes, señor, reposar y dormir eso que queda de
aquí al día.
CALISTO.- Pláceme, que bien lo he menester. ¿Qué te parece,
Pármeno, de la vieja que tú me desalababas? ¿Qué obra ha salido de
sus manos? ¿Qué fuera hecho sin ella?
PÁRMENO.- Ni yo sentía tu gran pena ni conocía la gentileza y
merecimiento de Melibea, y así no tengo culpa. Conocía a Celestina
y sus mañas. Avisábate como a señor, pero ya me parece que es
otra. Todas las ha mudado.
CALISTO.- ¿Y cómo mudado?
PÁRMENO.- Tanto que, si no lo hubiese visto, no lo creería.
¡Mas así vivas tú como es verdad!
CALISTO.- Pues, ¿habéis oído lo que con aquella mi señora he
pasado? ¿Qué hacíais? ¿Teníais temor?
SEMPRONIO.- ¿Temor, señor, o qué? Por cierto, todo el mundo no
nos le hiciera tener. ¡Hallado habías los temerosos! Allí
estuvimos esperándote muy aparejados y nuestras armas muy a mano.
CALISTO.- ¿Habéis dormido algún rato?
SEMPRONIO.- ¿Dormir, señor? ¡Dormilones son los mozos! Nunca me
asenté ni aun junté, por Dios, los pies, mirando a todas partes
para, en sintiendo, poder saltar presto y hacer todo lo que mis
fuerzas me ayudaran. Pues Pármeno, aunque parecía que no te servía
hasta aquí de buena gana, así se holgó cuando vio los de las
hachas como lobo cuando siente polvo de ganado, pensando poder
quitárselas hasta que vio que eran muchos.
CALISTO.- No te maravilles, que procede de su natural ser osado
y, aunque no fuese por mí, hacíalo porque no pueden los tales
venir contra su uso, que, aunque muda el pelo la raposa, su
natural no despoja. Por cierto, yo dije a mi señora Melibea lo que
en vosotros hay y cuán seguras tenía mis espaldas con vuestra
ayuda y guarda. Hijos, en mucho cargo os soy. Rogad a Dios por
salud, que yo os galardonaré más cumplidamente vuestro buen
servicio. Id con Dios a reposar.
PÁRMENO.- ¿A dónde iremos, Sempronio? ¿A la cama a dormir o a
la cocina a almorzar?
SEMPRONIO.- Ve tú donde quisieres, que, antes que venga el día,
quiero yo ir a Celestina a cobrar mi parte de la cadena. Que es
una puta vieja, no le quiero dar tiempo en que fabrique alguna
ruindad con que nos excluya.
PÁRMENO.- Bien dices. Olvidádolo había. Vamos entrambos y, si
en eso se pone, espantémosla de manera que le pese, que sobre
dinero no hay amistad.
SEMPRONIO.- ¡Ce, ce, calla!, que duerme cabe esta ventanilla.
Ta, ta, señora Celestina, ábrenos.
CELESTINA.- ¿Quién llama?
SEMPRONIO.- Abre, que son tus hijos.
CELESTINA.- No tengo yo hijos que anden a tal hora.
SEMPRONIO.- Ábrenos a Pármeno y Sempronio, que nos venimos acá
almorzar contigo.
CELESTINA.- ¡Oh locos traviesos! Entrad, entrad. ¿Cómo venís a
tal hora, que ya amanece? ¿Qué habéis hecho? ¿Qué os ha pasado? ¿Despidiose
la esperanza de Calisto o vive todavía con ella, o cómo queda?
SEMPRONIO.- ¿Cómo, madre? Si por nosotros no fuera ya anduviera
su alma buscando posada para siempre. Que, si estimarse pudiese a
lo que de allí nos queda obligado, no sería su hacienda bastante a
cumplir la deuda, si verdad es lo que dicen que la vida y persona
es más digna y de más valor que otra cosa ninguna.
CELESTINA.- ¡Jesú! ¿Que en tanta afrenta os habéis visto?
Cuéntamelo, por Dios.
SEMPRONIO.- Mira qué tanta que, por mi vida, la sangre me
hierve en el cuerpo en tornarlo a pensar.
CELESTINA.- Reposa, por Dios, y dímelo.
PÁRMENO.- Cosa larga le pides, según venimos alterados y
cansados del enojo que habemos habido. Harías mejor en aparejarnos
a él y a mí de almorzar; quizá nos amansaría algo la alteración
que traemos. Que cierto te digo que no querría ya topar hombre que
paz quisiese. Mi gloria sería ahora hallar en quién vengar la ira
que no pude en los que nos la causaron, por su mucho huir.
CELESTINA.- ¡Landre me mate si no me espanto en verte tan
fiero! Creo que burlas. Dímelo ahora, Sempronio, tú, por mi vida:
¿qué os ha pasado?
SEMPRONIO.- Por Dios, sin seso vengo, desesperado; aunque para
contigo por demás es no templar la ira y todo enojo, y mostrar
otro semblante que con los hombres. Jamás me mostré poder mucho
con los que poco pueden. Traigo, señora, todas las armas
despedazadas, el broquel sin aro, la espada como sierra, el
casquete abollado en la capilla. Que no tengo con que salir un
paso con mi amo cuando menester me haya, que quedó concertado de
ir esta noche que viene a verse por el huerto. Pues, ¿comprarlo de
nuevo? ¡No mandó un maravedí en que caiga muerto!
CELESTINA.- Pídelo, hijo, a tu amo, pues en su servicio se
gastó y quebró. Pues sabes que es persona que luego lo cumplirá,
que no es de los que dicen «vive conmigo y busca quien te
mantenga». Él es tan franco que te dará para eso y para más.
SEMPRONIO.- ¡Ja! Trae también Pármeno perdidas las suyas; a
este cuento en armas se le irá su hacienda. ¿Cómo quieres que le
sea tan importuno en pedirle más de lo que él de su propio grado
hace, pues es harto? No digan por mí que, dándome un palmo, pido
cuatro. Dionos las cien monedas, dionos después la cadena. A tres
tales aguijones no tendrá cera en el oído. Caro le costaría este
negocio. Contentémonos con lo razonable, no lo perdamos todo por
querer más de la razón, que quien mucho abarca poco suele apretar.
CELESTINA.- ¡Gracioso es el asno! Por mi vejez, que, si sobre
comer fuera, que dijera que habíamos todos cargado demasiado.
¿Estás en tu seso, Sempronio? ¿Qué tiene que hacer tu galardón con
mi salario, tu soldada con mis mercedes? ¿Soy yo obligada a soldar
vuestras armas, a cumplir vuestras faltas? A osadas, que me maten
si no te has asido a una palabrilla que te dije el otro día
viniendo por la calle, que cuanto yo tenía era tuyo y que, en
cuanto pudiese con mis pocas fuerzas, jamás te faltaría. Y que, si
Dios me diese buena manderecha con tu amo, que tú no perderías
nada. Pues ya sabes, Sempronio, que estos ofrecimientos, estas
palabras de buen amor, no obligan. No ha de ser oro cuanto reluce,
si no, más barato valdría. Dime, ¿estoy en tu corazón, Sempronio?
Verás, si aunque soy vieja, si acierto lo que tú puedes pensar.
Tengo, hijo, en buena fe, más pesar, que se me quiere salir esta
alma de enojo. Di a esta loca de Elicia, como vine de tu casa, la
cadenilla que traje para que se holgase con ella, y no se puede
acordar dónde la puso, que en toda esta noche ella ni yo no
habemos dormido sueño de pesar. No por su valor de la cadena, que
no era mucho, pero por su mal cobro de ella y de mi mala dicha.
Entraron unos conocidos y familiares míos en aquella sazón aquí.
Temo no la hayan llevado diciendo «si te vi, burleme, etc.». Así
que, hijos, ahora que quiero hablar con entrambos, si algo vuestro
amo a mí me dio, debéis mirar que es mío; que de tu jubón de
brocado no te pedí yo parte ni la quiero. Sirvamos todos, que a
todos dará según viere que lo merecen. Que si me ha dado algo, dos
veces he puesto por él mi vida al tablero. Más herramienta se me
ha embotado en su servicio que a vosotros. Más materiales he
gastado, pues habéis de pensar, hijos, que todo me cuesta dinero,
aun mi saber, que no lo he alcanzado holgando, de lo cual fuera
buen testigo su madre de Pármeno, Dios haya su alma. Esto trabajé
yo; a vosotros se os debe esotro. Esto tengo yo por oficio y
trabajo; vosotros, por recreación y deleite. Pues así, no habéis
vosotros de haber igual galardón de holgar que yo de penar. Pero,
aun con todo lo que he dicho, no os despidáis, si mi cadena
parece, de sendos pares de calzas de grana, que es el hábito que
mejor en los mancebos parece. Y si no, recibid la voluntad, que yo
me callaré con mi pérdida. Y todo esto de buen amor, porque
holgasteis que hubiese yo antes el provecho de estos pasos que no
otra. Y si no os contentarais, de vuestro daño haréis.
SEMPRONIO.- No es ésta la primera vez que yo he dicho cuánto en
los viejos reina este vicio de codicia. Cuando pobre, franca;
cuando rica, avarienta. Así que adquiriendo crece la codicia y la
pobreza codiciando, y ninguna cosa hace pobre al avariento sino la
riqueza. ¡Oh Dios, y cómo crece la necesidad con la abundancia!
¿Quién la oyó esta vieja decir que me llevase yo todo el provecho,
si quisiese, de este negocio, pensando que sería poco? Ahora que
lo ve crecido no quiere dar nada, por cumplir el refrán de los
niños, que dicen «de lo poco, poco; de lo mucho, nada».
PÁRMENO.- Dete lo que prometió o tomémosselo todo. Harto te
decía yo quién era esta vieja, si tú me creyeras.
CELESTINA.- Si mucho enojo traéis con vosotros, o con vuestro
amo o armas, no lo quebréis en mí, que bien sé dónde nace esto.
Bien sé y barrunto de qué pie coxqueáis; no cierto de la necesidad
que tenéis de lo que pedís, ni aun por la mucha codicia que lo
tenéis, sino pensando que os he de tener toda vuestra vida atados
y cautivos con Elicia y Areúsa, sin quereros buscar otras.
Movéisme estas amenazas de dinero, ponéisme estos temores de la
partición. Pues callad, que quien éstas os supo acarrear, os dará
otras diez ahora que hay más conocimiento, y más razón, y más
merecido de vuestra parte. Y si sé cumplir lo que se promete en
este caso, dígalo Pármeno. ¡Dilo, di, no hayas empacho de contar
cómo nos pasó cuando a la otra dolía la madre!
SEMPRONIO.- Yo dígole que se vaya y abájase las bragas; no ando
por lo que piensas. No entremetas burlas a nuestra demanda, que
con ese galgo no tomarás, si yo puedo, más liebres. Déjate conmigo
de razones. A perro viejo, no cuz cuz. Danos las dos partes por
cuenta de cuanto de Calisto has recibido; no quieras que se
descubra quién tú eres. ¡A los otros, a los otros con esos
halagos, vieja!
CELESTINA.- ¿Quién soy yo, Sempronio? ¿Quitásteme de la putería?
Calla tu lengua, no amengües mis canas, que soy una vieja cual
Dios me hizo, no peor que todas. Vivo de mi oficio, como cada cual
oficial del suyo, muy limpiamente. A quien no me quiere no lo
busco; de mi casa me vienen a sacar, en mi casa me ruegan. Si bien
o mal vivo, Dios es el testigo de mi corazón. Y no pienses con tu
ira maltratarme, que justicia hay para todos y a todos es igual.
Tan bien seré oída, aunque mujer, como vosotros muy peinados.
Déjame en mi casa con mi fortuna. Y tú, Pármeno, no pienses que
soy tu cautiva por saber mis secretos y mi vida pasada, y los
casos que nos acaecieron a mí y a la desdichada de tu madre. Aun
así me trataba ella cuando Dios quería.
PÁRMENO.- ¡No me hinches las narices con esas memorias; si no,
enviarte he con nuevas a ella, donde mejor te puedas quejar!
CELESTINA.- ¡Elicia, Elicia, levántate de esa cama! ¡Daca mi
manto, presto!, que, por los santos de Dios, para aquella justicia
me vaya bramando como una loca. ¿Qué es esto? ¿Qué quieren decir
tales amenazas en mi casa? ¡Con una oveja mansa tenéis vosotros
manos y braveza, con una gallina atada, con una vieja de sesenta
años! ¡Allá, allá con los hombres como vosotros! ¡Contra los que
ciñen espada mostrad vuestras iras, no contra mi flaca rueca!
Señal es de gran cobardía acometer a los menores y a los que poco
pueden. Las sucias moscas nunca pican sino los bueyes magros y
flacos. Los gozques ladradores a los pobres peregrinos aquejan con
mayor ímpetu. Si aquella que allí está en aquella cama me hubiese
a mí creído, jamás quedaría esta casa de noche sin varón, ni
dormiríamos a lumbre de pajas; pero, por aguardarte, por serte
fiel, padecemos esta soledad. Y como nos veis mujeres, habláis y
pedís demasías, lo cual, si hombre sintieseis en la posada, no
haríais, que, como dicen, «el duro adversario entibia las iras y
sañas».
SEMPRONIO.- ¡Oh vieja avarienta, muerta de sed por dinero!, ¿no
serás contenta con la tercia parte de lo ganado?
CELESTINA.- ¿Qué tercia parte? Vete con Dios de mi casa tú. Y
esotro no dé voces, no allegue la vecindad. No me hagáis salir de
seso, no queráis que salgan a plaza las cosas de Calisto y
vuestras.
SEMPRONIO.- Da voces o gritos, que tú cumplirás lo que
prometiste o cumplirás hoy tus días.
ELICIA.- Mete, por Dios, el espada. Tenlo, Pármeno, tenlo, no
la mate ese desvariado.
CELESTINA.- ¡Justicia, justicia, señores vecinos! ¡Justicia,
que me matan en mi casa estos rufianes!
SEMPRONIO.- ¿Rufianes o qué? Espera, doña hechicera, que yo te
haré ir al infierno con cartas.
CELESTINA.- ¡Ay, que me ha muerto! ¡Ay, ay, confesión,
confesión!
PÁRMENO.- Dale, dale. Acábala, pues comenzaste, que nos
sentirán. ¡Muera, muera! De los enemigos, los menos.
CELESTINA.- ¡Confesión!
ELICIA.- ¡Oh crueles enemigos! ¡En mal poder os veáis! ¿Y para
quién tuvisteis manos? Muerta es mi madre y mi bien todo.
SEMPRONIO.- ¡Huye, huye, Pármeno, que carga mucha gente! ¡Guarte,
guarte, que viene el alguacil!
PÁRMENO.- ¡Oh pecador de mí, que no hay por dó nos vamos, que
está tomada la puerta!
SEMPRONIO.- ¡Saltemos de estas ventanas; no muramos en poder de
justicia!
PÁRMENO.- ¡Salta, que yo tras ti voy!
Acto XIII
ARGUMENTO DEL DECIMOTERCER ACTO
Despertado Calisto de dormir, está hablando consigo mismo. De
aquí a un poco está llamando a Tristán y a otros sus criados.
Torna a dormir Calisto. Pónese Tristán a la puerta. Viene Sosia
llorando. Preguntado de Tristán, Sosia cuéntale la muerte de
Sempronio y Pármeno. Van a decir las nuevas a Calisto, el cual,
sabiendo la verdad, hace gran lamentación.
CALISTO, TRISTÁN, SOSIA.
CALISTO.- ¡Oh cómo he dormido tan a mi placer después de aquel
azucarado rato, después de aquel angélico razonamiento! Gran
reposo he tenido. El sosiego y descanso, ¿procede de mi alegría, o
lo causó el trabajo corporal mi mucho dormir, o la gloria y placer
del ánimo? Y no me maravillo que lo uno y lo otro se juntasen a
cerrar los candados de mis ojos, pues trabajé con el cuerpo y
persona y holgué con el espíritu y sentido la pasada noche. Muy
cierto es que la tristeza acarrea pensamiento, y el mucho pensar
impide el sueño, como a mí estos días es acaecido con la
desconfianza que tenía de la mayor gloria, que ya poseo. ¡Oh
señora y amor mío, Melibea! ¿Qué piensas ahora? ¿Si duermes o
estás despierta? ¿Si piensas en mí o en otro? ¿Si estás levantada
o acostada? ¡Oh dichoso y bienandante Calisto, si verdad es que no
ha sido sueño lo pasado! ¿Soñelo o no? ¿Fue fantaseado o pasó en
verdad? Pues no estuve solo; mis criados me acompañaron. Dos eran.
Si ellos dicen que pasó, en verdad creerlo he, según derecho.
Quiero mandarlos llamar para más confirmar mi gozo. ¡Tristanico,
mozos! ¡Tristanico, levántate de ahí!
TRISTÁN.- Señor, levantado estoy.
CALISTO.- Corre, llámame a Sempronio y a Pármeno.
TRISTÁN.- Ya voy, señor.
CALISTO
Duerme y descansa, penado,
desde ahora,
pues te ama tu señora
de su grado.
Venza placer al cuidado
y no le vea,
pues te ha hecho su privado
Melibea.
TRISTÁN.- Señor, no hay ningún mozo en casa.
CALISTO.- Pues abre esas ventanas; verás qué hora es.
TRISTÁN.- Señor, bien de día.
CALISTO.- Pues tórnalas a cerrar y déjame dormir hasta que sea
hora de comer.
TRISTÁN.- Quiero bajarme a la puerta por que duerma mi amo sin
que ninguno le impida, y a cuantos le buscaren se le negaré. ¡Oh
qué grita suena en el mercado! ¿Qué es esto? Alguna justicia se
hace o madrugaron a correr toros. No sé qué me diga de tan grandes
voces como se dan. De allá viene Sosia, el mozo de espuelas; él me
dirá qué es esto. Desgreñado viene el bellaco; en alguna taberna
se debe haber revolcado. Y si mi amo le cae en el rastro, mandarle
ha dar dos mil palos, que, aunque es algo loco, la pena le hará
cuerdo. Parece que viene llorando. ¿Qué es esto, Sosia? ¿Por qué
lloras? ¿De dó vienes?
SOSIA.- ¡Oh malaventurado yo! ¡Oh qué pérdida tan grande! ¡Oh
deshonra de la casa de mi amo! ¡Oh qué mal día amaneció éste! ¡Oh
desdichados mancebos!
TRISTÁN.- ¿Qué es? ¿Qué has? ¿Por qué te matas? ¿Qué mal es
éste?
SOSIA.- Sempronio y Pármeno...
TRISTÁN.- ¿Qué dices, Sempronio y Pármeno? ¿Qué es esto, loco?
¡Aclárate más, que me turbas!
SOSIA.- Nuestros compañeros, nuestros hermanos...
TRISTÁN.- O tú estás borracho, o has perdido el seso, o traes
alguna mala nueva. ¿No me dices qué es eso que dices de esos
mozos?
SOSIA.- Que quedan degollados en la plaza.
TRISTÁN.- ¡Oh mala fortuna la nuestra si es verdad! ¿Vístelos
cierto o habláronte?
SOSIA.- Ya sin sentido iban, pero el uno, con harta dificultad,
como me sintió que con lloro le miraba, hincó los ojos en mí,
alzando las manos al cielo, cuasi dando gracias a Dios y como
preguntando si me sentía de su morir. Y en señal de triste
despedida abajó su cabeza con lágrimas en los ojos, dando bien a
entender que no me había de ver más hasta el día del gran Juicio.
TRISTÁN.- No sentiste bien, que sería preguntarte si estaba
presente Calisto. Y pues tan claras señas traes de este cruel
dolor, vamos presto con las tristes nuevas a nuestro amo.
SOSIA.- ¡Señor, señor!
CALISTO.- ¿Qué es eso, locos? ¿No os mandé que no me
recordaseis?
SOSIA.- Recuerda y levanta, que si tú no vuelves por los tuyos,
de caída vamos. Sempronio y Pármeno quedan descabezados en la
plaza como públicos malhechores, con pregones que manifestaban su
delito.
CALISTO.- ¡Oh válgame Dios! ¿Y qué es esto que me dices? No sé
si te crea tan acelerada y triste nueva. ¿Vístelos tú?
SOSIA.- Yo los vi.
CALISTO.- Cata, mira qué dices, que esta noche han estado
conmigo.
SOSIA.- Pues madrugaron a morir.
CALISTO.- ¡Oh mis leales criados! ¡Oh mis grandes servidores!
¡Oh mis fieles secretarios y consejeros! ¿Puede ser tal cosa
verdad? ¡Oh amenguado Calisto, deshonrado quedas para toda tu
vida! ¿Qué será de ti, muertos tal par de criados? Dime, por Dios,
Sosia, ¿qué fue la causa? ¿Qué decía el pregón? ¿Dónde los
tomaron? ¿Qué justicia lo hizo?
SOSIA.- Señor, la causa de su muerte publicaba el cruel verdugo
a voces, diciendo: «Manda la justicia mueran los violentos
matadores».
CALISTO.- ¿A quién mataron tan presto? ¿Qué puede ser esto? No
ha cuatro horas que de mí se despidieron. ¿Cómo se llamaba el
muerto?
SOSIA.- Señor, una mujer que se llamaba Celestina.
CALISTO.- ¿Qué me dices?
SOSIA.- Esto que oyes.
CALISTO.- Pues si eso es verdad, mata tú a mí, yo te perdono,
que más mal hay que viste ni puedes pensar si Celestina, la de la
cuchillada, es la muerta.
SOSIA.- Ella misma es. De más de treinta estocadas la vi
llagada, tendida en su casa, llorándola una su criada.
CALISTO.- ¡Oh tristes mozos! ¿Cómo iban? ¿Viéronte? ¿Habláronte?
SOSIA.- ¡Oh señor, que si los vieras, quebraras el corazón de
dolor! El uno llevaba todos los sesos de la cabeza fuera, sin
ningún sentido. El otro, quebrados entrambos brazos y la cara
magullada. Todos llenos de sangre, que saltaron de unas ventanas
muy altas por huir del alguacil. Y así, cuasi muertos, les
cortaron las cabezas, que creo que ya no sintieron nada.
CALISTO.- Pues yo bien siento mi honra. Pluguiera a Dios que
fuera yo ellos y perdiera la vida y no la honra, y no la esperanza
de conseguir mi comenzado propósito, que es lo que más, en este
caso desastrado, siento.¡Oh mi triste nombre y fama, cómo andas al
tablero de boca en boca! ¡Oh mis secretos más secretos, cuán
públicos andaréis por las plazas y mercados! ¿Qué será de mí? ¿A
dónde iré? Que salga allá, a los muertos no puedo ya remediar. Que
me esté aquí, parecerá cobardía. ¿Qué consejo tomaré? Dime, Sosia,
¿qué era la causa por que la mataron?
SOSIA.- Señor, aquella su criada, dando voces, llorando su
muerte la publicaba a cuantos la querían oír, diciendo que porque
no quiso partir con ellos una cadena de oro que tú le diste.
CALISTO.- ¡Oh día de congoja, oh fuerte tribulación, y en que
anda mi hacienda de mano en mano y mi nombre de lengua en lengua!
Todo será público cuanto con ella y con ellos hablaba, cuanto de
mí sabían, el negocio en que andaban. No osaré salir ante gentes.
¡Oh pecadores de mancebos, padecer por tan súbito desastre! ¡Oh mi
gozo, cómo te vas disminuyendo! Proverbio es antiguo que de muy
alto grandes caídas se dan. Mucho había anoche alcanzado; mucho
tengo hoy perdido. Rara es la bonanza en el piélago. Yo estaba en
título de alegre si mi ventura quisiera tener quedos los ondosos
vientos de mi perdición. ¡Oh fortuna, cuánto y por cuántas partes
me has combatido! Pues, por más que sigas mi morada y seas
contraria a mi persona, las adversidades con igual ánimo se han de
sufrir, y en ellas se prueba el corazón recio o flaco. No hay
mejor toque para conocer qué quilates de virtud o esfuerzo tiene
el hombre, pues por más mal y daño que me venga, no dejaré de
cumplir el mandado de aquella por quien todo esto se ha causado,
que más me va en conseguir la ganancia de la gloria que espero que
en la pérdida de morir los que murieron. Ellos eran sobrados y
esforzados, ahora o en otro tiempo de pagar habían. La vieja era
mala y falsa, según parece, que hacía trato con ellos, y así que
riñeron sobre la capa del justo. Permisión fue divina que así
acabase en pago de muchos adulterios que por su intercesión o
causa son cometidos. Quiero hacer aderezar a Sosia y a Tristanico.
Irán conmigo este tan esperado camino; llevarán escalas, que son
altas las paredes. Mañana haré que vengo de fuera, si pudiere
vengar estas muertes; si no, pagaré mi inocencia con mi fingida
ausencia o me fingiré loco, por mejor gozar de este sabroso
deleite de mis amores, como hizo aquel gran capitán Ulises por
evitar la batalla troyana y holgar con Penélope, su mujer.
Acto XIV
ARGUMENTO DEL DECIMOCUARTO ACTO
Está Melibea muy afligida hablando con Lucrecia sobre la
tardanza de Calisto, el cual le había hecho voto de venir en
aquella noche a visitarla, lo cual cumplió, y con él vinieron
Sosia y Tristán. Y después que cumplió su voluntad, volvieron
todos a la posada. Y Calisto se retrae en su palacio y quéjase por
haber estado tan poca cuantidad de tiempo con Melibea. Y ruega a
Febo que cierre sus rayos, para haber de restaurar su deseo.
MELIBEA, LUCRECIA,SOSIA, TRISTÁN, CALISTO.
MELIBEA.- Mucho se tarda aquel caballero que esperamos. ¿Qué
crees tú o sospechas de su estada, Lucrecia?
LUCRECIA.- Señora, que tiene justo impedimento y que no es en
su mano venir más presto.
MELIBEA.- Los ángeles sean en su guarda, su persona esté sin
peligro, que su tardanza no me da pena. Mas, cuitada, pienso
muchas cosas que desde su casa acá le podrían acaecer. ¿Quién sabe
si él, con voluntad de venir al prometido plazo en la forma que
los tales mancebos a las tales horas suelen andar, fue topado de
los alguaciles nocturnos y, sin le conocer, le han acometido, el
cual por se defender los ofendió o es de ellos ofendido? ¿O si,
por caso, los ladradores perros con sus crueles dientes, que
ninguna diferencia saben hacer ni acatamiento de personas, le
hayan mordido? ¿O si ha caído en alguna calzada u hoyo, donde
algún daño le viniese? Mas, ¡oh mezquina de mí!, ¿qué son estos
inconvenientes que el concebido amor me pone delante y los
atribulados imaginamientos me acarrean? No plega a Dios que
ninguna de estas cosas sea, antes esté cuanto le placerá sin
verme. Mas oye, oye, que pasos suenan en la calle y aun parece que
hablan de esta otra parte del huerto.
SOSIA.- Arrima esa escalera, Tristán, que éste es el mejor
lugar, aunque alto.
TRISTÁN.- Sube, señor. Yo iré contigo, porque no sabemos quién
está dentro. Hablando están.
CALISTO.- Quedaos, locos, que yo entraré solo, que a mi señora
oigo.
MELIBEA.- Es tu sierva, es tu cautiva, es la que más tu vida
que la suya estima. ¡Oh mi señor!, no saltes de tan alto, que me
moriré en verlo; baja, baja poco a poco por el escala; no vengas
con tanta presura.
CALISTO.- ¡Oh angélica imagen! ¡Oh preciosa perla ante quien el
mundo es feo! ¡Oh mi señora y mi gloria! En mis brazos te tengo y
no lo creo. Mora en mi persona tanta turbación de placer que me
hace no sentir todo el gozo que poseo.
MELIBEA.- Señor mío, pues me fié en tus manos, pues quise
cumplir tu voluntad, no sea de peor condición por ser piadosa que
si fuera esquiva y sin misericordia. No quieras perderme por tan
breve deleite y en tan poco espacio, que las mal hechas cosas,
después de cometidas, más presto se pueden reprehender que
enmendar. Goza de lo que yo gozo, que es ver y llegar a tu
persona; no pidas ni tomes aquello que, tomado, no será en tu mano
volver. Guarte, señor, de dañar lo que con todos tesoros del mundo
no se restaura.
CALISTO.- Señora, pues por conseguir esta merced toda mi vida
he gastado, ¿qué sería, cuando me la diesen, desecharla? Ni tú,
señora, me lo mandaras, ni yo lo podría acabar conmigo. No me
pidas tal cobardía. No es hacer tal cosa de ninguno que hombre
sea, mayormente amando como yo. Nadando por este fuego de tu deseo
toda mi vida, ¿no quieres que me arrime al dulce puerto a
descansar de mis pasados trabajos?
MELIBEA.- Por mi vida, que aunque hable tu lengua cuanto
quisiere, no obren las manos cuanto pueden. Está quedo, señor mío.
Bástete, pues ya soy tuya, gozar de lo exterior, de esto que es
propio fruto de amadores; no me quieras robar el mayor don que la
natura me ha dado. Cata que del buen pastor es propio tresquilar
sus ovejas y ganado, pero no destruirlo y estragarlo.
CALISTO.- ¿Para qué, señora? ¿Para que no esté queda mi pasión?
¿Para penar de nuevo? ¿Para tornar el juego de comienzo? Perdona,
señora, a mis desvergonzadas manos, que jamás pensaron de tocar tu
ropa con su indignidad y poco merecer. Ahora gozan de llegar a tu
gentil cuerpo y lindas y delicadas carnes.
MELIBEA.- Apártate allá, Lucrecia.
CALISTO.- ¿Por qué, mi señora? Bien me huelgo que estén
semejantes testigos de mi gloria.
MELIBEA.- Yo no los quiero de mi yerro. Si pensara que tan
desmesuradamente te habías de haber conmigo, no fiara mi persona
de tu cruel conversación.
SOSIA.- Tristán, bien oyes lo que pasa. ¿En qué términos anda
el negocio?
TRISTÁN.- Oigo tanto que juzgo a mi amo por el más
bienaventurado hombre que nació, y por mi vida que, aunque soy
muchacho, que diese tan buena cuenta como mi amo.
SOSIA.- Para con tal joya quienquiera se tendría manos, pero
con su pan se la coma, que bien caro le cuesta: dos mozos entraron
en la salsa de estos amores.
TRISTÁN.- Ya los tiene olvidados. ¡Dejaos morir sirviendo a
ruines, haced locuras en confianza de su defensión! Viviendo con
el Conde que no matase al hombre, me daba mi madre por consejo.
Veslos a ellos alegres y abrazados, y sus servidores con harta
mengua degollados.
MELIBEA.- ¡Oh mi vida y mi señor! ¿Cómo has querido que pierda
el nombre y corona de virgen por tan breve deleite? ¡Oh pecadora
de ti! Mi madre, si de tal cosa fueses sabedora, ¡cómo tomarías de
grado tu muerte y me la darías a mí por fuerza! ¡Cómo serías cruel
verdugo de tu propia sangre! ¡Cómo sería yo fin quejosa de tus
días! ¡Oh mi padre honrado, cómo he dañado tu fama y dado causa y
lugar a quebrantar tu casa! ¡Oh traidora de mí, cómo no miré
primero el gran yerro que se seguía de tu entrada, el gran peligro
que esperaba!
SOSIA.- ¡Antes quisiera yo oírte esos milagros! Todas sabéis
esa oración después que no puede dejar de ser hecho. ¡Y el bobo de
Calisto que se lo escucha!
CALISTO.- Ya quiere amanecer. ¿Qué es esto? No parece que ha
una hora que estamos aquí y da el reloj las tres.
MELIBEA.- Señor, por Dios, pues ya todo queda por ti, pues soy
tu dueña, pues ya no puedes negar mi amor, no me niegues tu vista,
mas, las noches que ordenares sea tu venida por este secreto
lugar, a la misma hora, por que siempre te espere apercibida del
gozo con que quedo, esperando las venideras noches. Y por el
presente, vete con Dios, que no serás visto, que hace muy oscuro,
ni yo en casa sentida, que aún no amanece.
CALISTO.- Mozos, poned el escala.
SOSIA.- Señor, vesla aquí. Baja.
MELIBEA.- Lucrecia, vente acá, que estoy sola. Aquel señor mío
es ido. Conmigo deja su corazón; consigo lleva el mío. ¿Hasnos
oído?
LUCRECIA.- No, señora, que durmiendo he estado.
SOSIA.- Tristán, debemos ir muy callando, porque suelen
levantarse a esta hora los ricos, los codiciosos de temporales
bienes, los devotos de templos, monasterios e iglesias, los
enamorados como nuestro amo, los trabajadores de los campos y
labranzas, y los pastores, que en este tiempo traen las ovejas a
estos apriscos a ordeñar, y podría ser que cogiesen de pasada
alguna razón por do toda su honra y la de Melibea se turbase.
TRISTÁN.- ¡Oh simple rascacaballos, dices que callemos y
nombras su nombre de ella! ¡Bueno eres para adalid o para regir
gente en tierra de moros de noche! Así que, prohibiendo, permites;
encubriendo, descubres; asegurando, ofendes; callando, voceas y
pregonas; preguntando, respondes. Pues tan sutil y discreto eres,
¿no me dirás en qué mes cae Santa María de agosto, por que sepamos
si hay harta paja en casa que comas hogaño?
CALISTO.- Mis cuidados y los de vosotros no son todos unos.
Entrad callando, no nos sientan en casa. Cerrad esa puerta y vamos
a reposar, que yo me quiero subir solo a mi cámara. Yo me
desarmaré. Id vosotros a vuestras camas.
CALISTO.- ¡Oh mezquino yo, cuánto me es agradable de mi natural
la solicitud y silencio y oscuridad! No sé si lo causa que me vino
a la memoria la traición que hice en me despartir de aquella
señora que tanto amo hasta que más fuera de día, o el dolor de mi
deshonra. ¡Ay, ay!, que esto es, esta herida es la que siento,
ahora que se ha resfriado, ahora que está helada la sangre que
ayer hervía, ahora que veo la mengua de mi casa, la falta de mi
servicio, la perdición de mi patrimonio, la infamia que tiene mi
persona, de la muerte de mis criados se ha seguido. ¿Qué hice? ¿En
qué me detuve? ¿Cómo me pude sufrir que no me mostré luego
presente como hombre injuriado, vengador, soberbio y acelerado de
la manifiesta injusticia que me fue hecha? ¡Oh mísera suavidad de
esta brevísima vida!, ¿quién es de ti tan codicioso que no quiera
más morir luego que gozar un año de vida denostado y prorrogarle
con deshonra, corrompiendo la buena fama de los pasados?
Mayormente que no hay hora cierta ni limitada, ni aun un solo
momento. Deudores somos sin tiempo, contino estamos obligados a
pagar luego. ¿Por qué no salí a inquirir siquiera la verdad de la
secreta causa de mi manifiesta perdición? ¡Oh breve deleite
mundano, cómo duran poco y cuestan mucho tus dulzores! No se
compra tan caro el arrepentir. ¡Oh triste yo!, ¿cuándo se
restaurará tan grande pérdida? ¿Qué haré? ¿Qué consejo tomaré? ¿A
quién descubriré mi mengua? ¿Por qué lo celo a los otros mis
servidores y parientes? Tresquílanme en consejo y no lo saben en
mi casa. Salir quiero, pero, si salgo para decir que he estado
presente, es tarde; si ausente, es temprano. Y para proveer amigos
y criados antiguos, parientes y allegados, es menester tiempo, y
para buscar armas y otros aparejos de venganza. ¡Oh cruel juez, y
qué mal pago me has dado del pan que de mi padre comiste! Yo
pensaba que pudiera con tu favor matar mil hombres sin temor de
castigo, ¡inicuo falsario, perseguidor de verdad, hombre de bajo
suelo! Bien dirán por ti que te hizo alcalde mengua de hombres
buenos. Miraras que tú y los que mataste en servir a mis pasados y
a mí erais compañeros. Mas, cuando el vil está rico, no tiene
pariente ni amigo. ¡Quién pensara que tú me habías de destruir! No
hay, cierto, cosa más empecible que el incogitado enemigo. ¿Por
qué quisiste que dijesen «del monte sale con que se arde» y «que
crié cuervo que me sacase el ojo»? Tú eres público delincuente y
mataste a los que son privados. Y pues sabe que menor delito es el
privado que el público, menor su utilidad, según las leyes de
Atenas disponen, las cuales no son escritas con sangre; antes
muestran que es menor yerro no condenar los malhechores que punir
los inocentes. ¡Oh cuán peligroso es seguir justa causa delante
injusto juez! Cuánto más este exceso de mis criados, que no
carecía de culpa. Pues mira, si mal has hecho, que hay sindicado
en el cielo y en la tierra. Así que a Dios y al rey serás reo, y a
mí capital enemigo. ¿Que pecó el uno por lo que hizo el otro? ¿Que
por sólo ser su compañero los mataste a entrambos? Pero, ¿qué
digo? ¿Con quién hablo? ¿Estoy en mi seso? ¿Qué es esto, Calisto?
¿Soñabas, duermes o velas? ¿Estás en pie o acostado? Cata que
estás en tu cámara. ¿No ves que el ofendedor no está presente?
¿Con quién lo has? Torna en ti. Mira que nunca los ausentes se
hallaron justos, oye entrambas partes para sentenciar. ¿No ves que
por ejecutar la justicia no había de mirar amistad ni deudo ni
crianza? ¿No miras que la ley tiene de ser igual a todos? Mira que
Rómulo, el primer cimentador de Roma, mató a su propio hermano
porque la ordenada ley traspasó. Mira a Torcuato romano cómo mató
a su hijo porque excedió la tribunicia constitución. Otros muchos
hicieron lo mismo. Considera que, si aquí presente él estuviese,
respondería que hacientes y consintientes merecen igual pena,
aunque a entrambos matase por lo que el uno pecó. Y que, si
aceleró en su muerte, que era crimen notorio y no eran necesarias
muchas pruebas, y que fueron tomados en el acto del matar, que ya
estaba el uno muerto de la caída que dio. Y también se debe creer
que aquella lloradera moza que Celestina tenía en su casa le dio
recia prisa con su triste llanto. Y él, por no hacer bullicio, por
no me difamar, por no esperar a que la gente se levantase y oyesen
el pregón, del cual gran infamia se me seguía, los mandó justiciar
tan de mañana. Pues era forzoso el verdugo voceador para la
ejecución y su descargo, lo cual todo, así como creo es hecho,
antes le quedo deudor y obligado para cuanto viva, no como a
criado de mi padre, pero como a verdadero hermano. Y puesto caso
que así no fuese, puesto caso que no echase lo pasado a la mejor
parte, acuérdate, Calisto, del gran gozo pasado. Acuérdate de tu
señora y tu bien todo. Y pues tu vida no tienes en nada por su
servicio, no has de tener las muertes de otros, pues ningún dolor
igualará con el recibido placer. ¡Oh mi señora y mi vida!, que
jamás pensé en ausencia ofenderte, que parece que tengo en poca
estima la merced que me has hecho. No quiero pensar en enojo, no
quiero tener ya con la tristeza amistad. ¡Oh bien sin comparación!
¡Oh insaciable contentamiento! ¿Y cuándo pidiera yo más a Dios por
premio de mis méritos, si algunos son en esta vida de lo que
alcanzado tengo? ¿Por qué no estoy contento? Pues no es razón ser
ingrato a quien tanto bien me ha dado. Quiérolo conocer, no quiero
con enojo perder mi seso, por que perdido no caiga de tan alta
posesión. No quiero otra honra, otra gloria, no otras riquezas, no
otro padre ni madre, no otros deudos ni parientes. De día estaré
en mi cámara; de noche, en aquel paraíso dulce, en aquel alegre
vergel, entre aquellas suaves plantas y fresca verdura. ¡Oh noche
de mi descanso, si fueses ya tornada! ¡Oh luciente Febo, date
prisa a tu acostumbrado camino! ¡Oh deleitosas estrellas,
apareceos antes de la continua orden! ¡Oh espacioso reloj, aún te
vea yo arder en vivo fuego de amor!, que si tú esperases lo que
yo, cuando des doce, jamás estarías arrendado a la voluntad del
maestro que te compuso. Pues vosotros, invernales meses que ahora
estáis escondidos, vinieseis con vuestras muy cumplidas noches a
trocarlas por estos prolijos días. Ya me parece haber un año que
no he visto aquel suave descanso, aquel deleitoso refrigerio de
mis trabajos. Pero, ¿qué es lo que demando? ¿Qué pido, loco, sin
sufrimiento? Lo que jamás fue ni puede ser. No aprenden los cursos
naturales a rodearse sin orden, que a todos es un igual curso, a
todos un mismo espacio para muerte y vida, un limitado término a
los secretos movimientos del alto firmamento celestial de los
planetas y Norte, de los crecimientos y mengua de la menstrua
luna. Todo se rige con un freno igual, todo se mueve con igual
espuela: cielo, tierra, mar, fuego, viento, calor, frío. ¿Qué me
aprovecha a mí que dé doce horas el reloj de hierro si no las ha
dado el del cielo? Pues por mucho que madrugue, no amanece más
aína. Pero tú, dulce imaginación, tú que puedes, me acorre. Trae a
mi fantasía la presencia angélica de aquella imagen luciente,
vuelve a mis oídos el suave son de sus palabras, aquellos desvíos
sin gana, aquel «apártate allá, señor, no llegues a mí», aquel «no
seas descortés» que con sus rubicundos labios veía sonar, aquel
«no quieras mi perdición» que de rato en rato proponía, aquellos
amorosos abrazos entre palabra y palabra, aquel soltarme y
prenderme, aquel huir y llegarse, aquellos azucarados besos,
aquella final salutación con que se me despidió. ¡Con cuánta pena
salió por su boca! ¡Con cuántos desperezos! ¡Con cuántas lágrimas,
que parecían granos de aljófar, que sin sentir se le caían de
aquellos claros y resplandecientes ojos!
SOSIA.- Tristán, ¿qué te parece de Calisto, qué dormir ha hecho
que son ya las cuatro de la tarde y no nos ha llamado ni ha
comido?
TRISTÁN.- Calla, que el dormir no quiere prisa. Demás de esto,
aquéjale por una parte la tristeza de aquellos mozos, por otra le
alegra el muy gran placer de lo que con su Melibea ha alcanzado.
Así que dos tan recios contrarios verás qué tal pararán un flaco
sujeto donde estuvieren aposentados.
SOSIA.- ¿Piénsaste tú que le penan a él mucho los muertos? Si
no le penase más aquella que desde esta ventana veo yo ir por la
calle, no llevaría las tocas de tal color.
TRISTÁN.- ¿Quién es, hermano?
SOSIA.- Llégate acá y verla has antes que trasponga. Mira
aquella lutosa que se limpia ahora las lágrimas de los ojos.
Aquélla es Elicia, criada de Celestina y amiga de Sempronio, una
muy bonita moza, aunque queda ahora perdida la pecadora, porque
tenía a Celestina por madre y a Sempronio por el principal de sus
amigos. Y aquella casa donde entra, allí mora una hermosa mujer,
muy graciosa y fresca, enamorada, medio ramera, pero no se tiene
por poco dichoso quien la alcanza tener por amiga sin grande
escote, y llámase Areúsa. Por la cual sé yo que hubo el triste de
Pármeno más de tres noches malas, y aun que no le place a ella con
su muerte.
Acto XV
ARGUMENTO DEL DECIMOQUINTO ACTO
Areúsa dice palabras injuriosas a un rufián llamado Centurio,
el cual se despide de ella por la venida de Elicia, la cual cuenta
a Areúsa las muertes que sobre los amores de Calisto y Melibea se
habían ordenado. Y conciertan Areúsa y Elicia que Centurio haya de
vengar las muertes de los tres en los dos enamorados. En fin,
despídese Elicia de Areúsa, no consintiendo en lo que le ruega,
por no perder el buen tiempo que se daba estando en su asueta
casa.
AREÚSA, CENTURIO, ELICIA.
ELICIA.- ¿Qué vocear es éste de mi prima? Si ha sabido las
tristes nuevas que yo le traigo, no habré yo las albricias de
dolor que por tal mensaje se ganan. Llore, llore, vierta lágrimas,
pues no se hallan tales hombres a cada rincón. Pláceme que así lo
siente. Mese aquellos cabellos como yo, triste, he hecho, sepa que
es perder buena vida más trabajo que la misma muerte. ¡Oh cuánto
más la quiero que hasta aquí por el gran sentimiento que muestra!
AREÚSA.- Vete de mi casa, rufián, bellaco, mentiroso, burlador,
que me traes engañada, boba. Con tus ofertas vanas, con tus ronces
y halagos, hasme robado cuanto tengo. Yo te dí, bellaco, sayo y
capa, espada y broquel, camisas de dos en dos a las mil maravillas
labradas. Yo te dí armas y caballo, púsete con señor que no le
merecías descalzar. Ahora, una cosa que te pido que por mí hagas,
pones mil achaques.
CENTURIO.- Hermana mía, mándame tú matar con diez hombres por
tu servicio y no que ande una legua de camino a pie.
AREÚSA.- ¿Por qué jugaste tú el caballo, tahúr, bellaco? Que si
por mí no hubiese sido, estarías tú ya ahorcado. Tres veces te he
librado de la justicia, cuatro veces desempeñado en los tableros.
¿Por qué lo hago? ¿Por qué soy loca? ¿Por qué tengo fe con este
cobarde? ¿Por qué creo sus mentiras? ¿Por qué le consiento entrar
por mis puertas? ¿Qué tiene bueno? Los cabellos crespos, la cara
acuchillada, dos veces azotado, manco de la mano del espada,
treinta mujeres en la putería. Salte luego de ahí, no te vea yo
más, no me hables ni digas que me conoces; si no, por los huesos
del padre que me hizo y de la madre que me parió, yo te haga dar
mil palos en esas espaldas de molinero, que ya sabes que tengo
quien lo sepa hacer, y, hecho, salirse con ello.
CENTURIO.- ¡Loquear, bobilla!, pues, si yo me ensaño, alguna
llorará; mas quiero irme y sufrirte, que no sé quién entra. No nos
oigan.
ELICIA.- Quiero entrar, que no es son de buen llanto donde hay
amenazas y denuestos.
AREÚSA.- ¡Ay, triste yo! ¿Eres tú, mi Elicia? ¡Jesú, Jesú!, no
lo puedo creer. ¿Qué es esto? ¿Quién te me cubrió de dolor? ¿Qué
manto de tristeza es éste? Cata, que me espantas, hermana mía.
Dime, presto, qué cosa es, que estoy sin tiento, ninguna gota de
sangre has dejado en mi cuerpo.
ELICIA.- ¡Gran dolor, gran pérdida! Poco es lo que muestro con
lo que siento y encubro; más negro traigo el corazón que el manto,
las entrañas que las tocas. ¡Ay, hermana, hermana, que no puedo
hablar! No puedo, de ronca, sacar la voz del pecho.
AREÚSA.- ¡Ay, triste, que me tienes suspensa! Dímelo, no te
meses, no te rasguñes ni maltrates. ¿Es común de entrambas este
mal? ¿Tócame a mí?
ELICIA.- ¡Ay, prima mía y mi amor! Sempronio y Pármeno ya no
viven, ya no son en el mundo. Sus ánimas ya están purgando su
yerro, ya son libres de esta triste vida.
AREÚSA.- ¿Qué me cuentas? No me lo digas. Calla, por Dios, que
me caeré muerta.
ELICIA.- Pues más mal hay que suena. Oye a la triste, que te
contará más quejas. Celestina, aquella que tú bien conociste,
aquella que yo tenía por madre, aquella que me regalaba, aquella
que me encubría, aquella con quien yo me honraba entre mis
iguales, aquella por quien yo era conocida en toda la ciudad y
arrabales, ya está dando cuenta de sus obras. Mil cuchilladas le
vi dar a mis ojos; en mi regazo me la mataron.
AREÚSA.- ¡Oh fuerte tribulación! ¡Oh dolorosas nuevas, dignas
de mortal lloro! ¡Oh acelerados desastres! ¡Oh pérdida incurable!
¿Cómo ha rodeado a tan presto la fortuna su rueda? ¿Quién los
mató? ¿Cómo murieron? Que estoy embelesada, sin tiento, como quien
cosa imposible oye. No ha ocho días que los vi vivos y ya podemos
decir «perdónelos Dios». Cuéntame, amiga mía, cómo es acaecido tan
cruel y desastrado caso.
ELICIA.- Tú lo sabrás. Ya oíste decir, hermana, los amores de
Calisto y la loca de Melibea. Bien verías cómo Celestina había
tomado el cargo, por intercesión de Sempronio, de ser medianera,
pagándole su trabajo, la cual puso tanta diligencia y solicitud
que a la segunda azadonada sacó agua. Pues, como Calisto tan
presto vio buen concierto en cosa que jamás lo esperaba, a vueltas
de otras cosas dio a la desdichada de mi tía una cadena de oro. Y
como sea de tal calidad aquel metal que mientras más bebemos de
ello más sed nos pone, con sacrílega hambre, cuando se vio tan
rica, alzose con su ganancia y no quiso dar parte a Sempronio ni a
Pármeno de ello, lo cual había quedado entre ellos que partiesen
lo que Calisto diese. Pues, como ellos viniesen cansados una
mañana de acompañar a su amo toda la noche, muy airados de no sé
qué cuestiones que dicen que habían habido, pidieron su parte a
Celestina de la cadena para remediarse. Ella púsose en negarles la
convención y promesa, y decir que todo era suyo lo ganado, y aun
descubriendo otras cosillas de secretos, que, como dicen, «riñen
las comadres, etc.». Así que ellos, muy enojados, por una parte
los aquejaba la necesidad, que priva todo amor; por otra, el enojo
grande y cansancio que traían, que acarrea alteración; por otra,
habían la fe quebrada de su mayor esperanza. No sabían qué hacer.
Estuvieron gran rato en palabras. Al fin, viéndola tan codiciosa,
perseverando en su negar, echaron mano a sus espadas y diéronle
mil cuchilladas.
AREÚSA.- ¡Oh desdichada de mujer, y en esto había su vejez de
fenecer! Y de ellos, ¿qué me dices? ¿En qué pararon?
ELICIA.- Ellos, como hubieron hecho el delito, por huir de la
justicia, que acaso pasaba por allí, saltaron de las ventanas y
cuasi muertos los prendieron, y sin más dilación los degollaron.
AREÚSA.- ¡Oh mi Pármeno y mi amor, y cuánto dolor me pone su
muerte! Pésame del grande amor que con él tan poco tiempo había
puesto, pues no me había más de durar. Pero, pues ya este mal
recaudo es hecho, pues ya esta desdicha es acaecida, pues ya no se
pueden por lágrimas comprar ni restaurar sus vidas, no te fatigues
tú tanto, que cegarás llorando, que creo que poca ventaja me
llevas en sentimiento y verás con cuánta paciencia lo sufro y
paso.
ELICIA.- ¡Ay, que rabio! ¡Ay, mezquina, que salgo de seso! ¡Ay,
que no hallo quien lo sienta como yo! No hay quien pierda lo que
yo pierdo. ¡Oh cuánto mejores y más honestas fueran mis lágrimas
en pasión ajena que en la propia mía! ¿A dónde iré, que pierdo
madre, manto y abrigo; pierdo amigo, y tal, que nunca faltaba de
mi marido? ¡Oh Celestina sabia, honrada y autorizada, cuántas
faltas me encubrías con tu buen saber! Tú trabajabas, yo holgaba;
tú salías fuera, yo estaba encerrada; tú rota, yo vestida; tú
entrabas contino como abeja por casa, yo destruía, que otra cosa
no sabía hacer. ¡Oh bien y gozo mundano, que, mientras eres
poseído, eres menospreciado, y jamás te consientes conocer hasta
que te perdemos! ¡Oh Calisto y Melibea, causadores de tantas
muertes, mal fin hayan vuestros amores! En mal sabor se conviertan
vuestros dulces placeres; tórnese lloro vuestra gloria, trabajo
vuestro descanso; las hierbas deleitosas donde tomáis los hurtados
solaces se conviertan en culebras; los cantares se os tornen
lloro; los sombrosos árboles del huerto se sequen con vuestra
vista; sus flores olorosas se tornen de negra color.
AREÚSA.- Calla, por Dios, hermana. Pon silencio a tus quejas,
ataja tus lágrimas, limpia tus ojos, torna sobre tu vida, que,
cuando una puerta se cierra, otra suele abrir la fortuna, y este
mal, aunque duro, se soldará. Y muchas cosas se pueden vengar que
es imposible remediar, y ésta tiene el remedio dudoso y la
venganza en la mano.
ELICIA.- ¿De quién se ha de haber enmienda, que la muerta y los
matadores me han acarreado esta cuita? No menos me fatiga la
punición de los delincuentes que el yerro cometido. ¿Qué mandas
que haga, que todo carga sobre mí? Pluguiera a Dios que fuera yo
con ellos y no quedara para llorar a todos. Y de lo que más dolor
siento es ver que por eso no deja aquel vil de poco sentimiento de
ver y visitar festejando cada noche a su estiércol de Melibea, y
ella muy ufana en ver sangre vertida por su servicio.
AREÚSA.- Si eso es verdad, ¿de quién mejor se puede tomar
venganza, de manera que quien lo comió, aquél lo escote? Déjame
tú, que si yo les caigo en el rastro, cuándo se ven y cómo, por
dónde y a qué hora, no me hayas tú por hija de la pastelera vieja,
que bien conociste, si no hago que les amarguen los amores. Y si
pongo en ello a aquel con quien me viste que reñía cuando
entrabas, ¡si no sea él peor verdugo para Calisto que Sempronio de
Celestina! Pues, qué gozo habría ahora él en que le pusiese yo en
algo por mi servicio, que se fue muy triste de verme que le traté
mal. Y vería él los cielos abiertos en tornarle yo a hablar y
mandar. Por ende, hermana, dime tú de quién pueda yo saber el
negocio cómo pasa, que yo le haré armar un lazo con que Melibea
llore cuanto ahora goza.
ELICIA.- Yo conozco, amiga, otro compañero de Pármeno, mozo de
caballos, que se llama Sosia, que le acompaña cada noche. Quiero
trabajar de se lo sacar todo el secreto, y éste será buen camino
para lo que dices.
AREÚSA.- Mas hazme este placer: que me envíes acá ese Sosia. Yo
le halagaré y diré mil lisonjas y ofrecimientos, hasta que no le
deje en el cuerpo cosa de lo hecho y por hacer. Después, a él y a
su amo haré revesar el placer comido. Y tú, Elicia, alma mía, no
recibas pena. Pasa a mi casa tu ropa y alhajas y vente a mi
compañía, que estarás muy sola y la tristeza es amiga de la
soledad. Con nuevo amor olvidarás los viejos. Un hijo que nace
restaura la falta de tres finados; con nuevo sucesor se pierde la
alegre memoria y placeres perdidos del pasado. De un pan que yo
tenga, tendrás tú la mitad. Más lástima tengo de tu fatiga que de
los que te la ponen. Verdad sea que cierto duele más la pérdida de
lo que hombre tiene, que da placer la esperanza de otro tal,
aunque sea cierta. Pero ya lo hecho es sin remedio y los muertos
irrecuperables, y, como dicen, «mueran y vivamos». A los vivos me
deja a cargo, que yo te les daré tan amargo jarope a beber cual
ellos a ti han dado. ¡Ay prima, prima, cómo sé yo, cuando me
ensaño, revolver estas tramas, aunque soy moza! Y de ál me vengue
Dios, que de Calisto Centurio me vengará.
ELICIA.- Cata, que creo que, aunque llame el que mandas, no
habrá efecto lo que quieres, porque la pena de los que murieron
por descubrir el secreto pondrá silencio al vivo para guardarle.
Lo que me dices de mi venida a tu casa te agradezco mucho, y Dios
te ampare y alegre en tus necesidades, que bien muestras el
parentesco y hermandad no servir de viento, antes en las
adversidades aprovechar. Pero, aunque lo quiera hacer, por gozar
de tu dulce compañía, no podrá ser, por el daño que me vendría. La
causa no es necesario decir, pues hablo con quien me entiende. Que
allí, hermana, soy conocida, allí estoy aperrochada. Jamás perderá
aquella casa el nombre de Celestina, que Dios haya. Siempre acuden
allí mozas conocidas y allegadas, medio parientas de las que ella
crió. Allí hacen sus conciertos, de donde se me seguirá algún
provecho. Y también esos pocos amigos que me quedan no me saben
otra morada. Pues ya sabes cuán duro es dejar lo usado y que mudar
costumbre es a par de muerte, y piedra movediza que nunca moho la
cobija. Allí quiero estar, siquiera porque el alquiler de la casa
está pagado por hogaño, no se vaya en balde. Así que, aunque cada
cosa no abastase por sí, juntas aprovechan y ayudan. Ya me parece
que es hora de irme. De lo dicho me llevo el cargo. Dios quede
contigo, que me voy.
Acto XVI
ARGUMENTO DEL DECIMOSEXTO ACTO
Pensando Pleberio y Alisa tener su hija Melibea el don de la
virginidad conservado, lo cual, según ha parecido, está en
contrario, están razonando sobre el casamiento de Melibea. Y en
tan gran cuantidad le dan pena las palabras que de sus padres oye,
que envía a Lucrecia para que sea causa de su silencio en aquel
propósito.
PLEBERIO, ALISA, LUCRECIA, MELIBEA.
PLEBERIO.- Alisa, amiga, el tiempo, según me parece, se nos va,
como dicen, entre las manos. Corren los días como agua de río. No
hay cosa tan ligera para huir como la vida. La muerte nos sigue y
rodea, de la cual somos vecinos y hacia su bandera nos acostamos,
según natura. Esto vemos muy claro si miramos nuestros iguales,
nuestros hermanos y parientes en derredor. Todos los come ya la
tierra, todos están en sus perpetuas moradas. Y pues somos
inciertos cuándo habemos de ser llamados, viendo tan ciertas
señales debemos echar nuestras barbas en remojo y aparejar
nuestros fardeles para andar este forzoso camino, no nos tome
improvisos ni de salto aquella cruel voz de la muerte. Ordenemos
nuestras ánimas con tiempo, que más vale prevenir que ser
prevenidos. Demos nuestra hacienda a dulce sucesor, acompañemos
nuestra única hija con marido, cual nuestro estado requiere, por
que vamos descansados y sin dolor de este mundo. Lo cual con mucha
diligencia debemos poner desde ahora por obra, y lo que otras
veces habemos principiado en este caso, ahora haya ejecución. No
quede por nuestra negligencia nuestra hija en manos de tutores,
pues parecerá ya mejor en su propia casa que en la nuestra.
Quitarla hemos de lenguas de vulgo, porque ninguna virtud hay tan
perfecta que no tenga vituperadores y maldicientes. No hay cosa
con que mejor se conserve la limpia fama en las vírgenes que con
temprano casamiento. ¿Quién rehuiría nuestro parentesco en toda la
ciudad? ¿Quién no se hallará gozoso de tomar tal joya en su
compañía, en quien caben las cuatro principales cosas que en los
casamientos se demandan? Conviene a saber: lo primero, discreción,
honestidad y virginidad; segundo, hermosura; lo tercero, el alto
origen y parientes; lo final, riqueza. De todo esto la dotó
natura. Cualquiera cosa que nos pidan hallarán bien cumplida.
ALISA.- Dios la conserve, mi señor Pleberio, por que nuestros
deseos veamos cumplidos en nuestra vida, que antes pienso que
faltará igual a nuestra hija, según tu virtud y tu noble sangre,
que no sobrarán muchos que la merezcan. Pero, como esto sea oficio
de los padres y muy ajeno a las mujeres, como tú lo ordenares,
seré yo alegre, y nuestra hija obedecerá, según su casto vivir y
honesta vida y humildad.
LUCRECIA.- ¡Aun si bien lo supieses, reventarías! ¡Ya, ya,
perdido es lo mejor! ¡Mal año se os apareja a la vejez! Lo mejor,
Calisto lo lleva. No hay quien ponga virgos, que ya es muerta
Celestina. Tarde acordáis, más habíais de madrugar.
LUCRECIA.- ¡Escucha, escucha, señora Melibea!
MELIBEA.- ¿Qué haces ahí escondida, loca?
LUCRECIA.- Llégate aquí, señora, oirás a tus padres la prisa
que traen por te casar.
MELIBEA.- Calla, por Dios, que te oirán. Déjalos parlar,
déjalos devaneen. Un mes ha que otra cosa no hacen ni en otra cosa
entienden. No parece sino que les dice el corazón el gran amor que
a Calisto tengo y todo lo que con él un mes ha he pasado. No sé si
me han sentido, no sé qué se sea aquejarles más ahora este cuidado
que nunca. Pues mándoles yo trabajar en vano, que por demás es la
cítola en el molino. ¿Quién es el que me ha de quitar mi gloria?
¿Quién apartarme mis placeres? Calisto es mi ánima, mi vida, mi
señor, en quien yo tengo toda mi esperanza. Conozco de él que no
vivo engañada, pues él me ama, ¿con qué otra cosa le puedo pagar?
Todas las deudas del mundo reciben compensación en diverso género;
el amor no admite sino solo amor por paga. En pensar en él me
alegro, en verlo me gozo, en oírlo me glorifico. Haga y ordene de
mí a su voluntad. Si pasar quisiere la mar, con él iré; si rodear
el mundo, lléveme consigo; si venderme en tierra de enemigos, no
rehuiré su querer. Déjenme mis padres gozar de él si ellos quieren
gozar de mí. No piensen en estas vanidades ni en estos
casamientos, que más vale ser buena amiga que mala casada. Déjenme
gozar mi mocedad alegre si quieren gozar su vejez cansada; si no,
presto podrán aparejar mi perdición y su sepultura. No tengo otra
lástima sino por el tiempo que perdí de no gozarlo, de no
conocerlo, después que a mí me sé conocer. No quiero marido, no
quiero ensuciar los nudos del matrimonio ni las maritales pisadas
de ajeno hombre repisar, como muchas hallo en los antiguos libros
que leí, o que hicieron, más discretas que yo, más subidas en
estado y linaje. Las cuales, algunas eran de la gentilidad tenidas
por diosas, así como Venus, madre de Eneas y de Cupido, el dios
del amor, que, siendo casada, corrompió la prometida fe marital. Y
aun otras, de mayores fuegos encendidas, cometieron nefarios e
incestuosos yerros, como Mirra con su padre, Semíramis con su
hijo, Cánasce con su hermano, y aun aquella forjada Tamar, hija
del rey David. Otras, aun más cruelmente, traspasaron las leyes de
natura, como Pasífae, mujer del rey Minos, con el toro. Pues
reinas eran y grandes señoras, debajo de cuyas culpas la razonable
mía podrá pasar sin denuesto. Mi amor fue con justa causa,
requerida y rogada, cautivada de su merecimiento, aquejada por tan
astuta maestra como Celestina, servida de muy peligrosas
visitaciones antes que concediese por entero en su amor. Y después
un mes ha, como has visto, que jamás noche ha faltado sin ser
nuestro huerto escalado, como fortaleza, y muchas haber venido en
balde, y por eso no me mostrar más pena ni trabajo. Muertos por mí
sus servidores, perdiéndose su hacienda, fingiendo ausencia con
todos los de la ciudad, todos los días encerrado en casa con
esperanza de verme a la noche. ¡Afuera, afuera la ingratitud,
afuera las lisonjas y el engaño con tan verdadero amador, que ni
quiero marido, ni quiero padre ni parientes! Faltándome Calisto,
me falte la vida, la cual, por que él de mí goce, me aplace.
LUCRECIA.- Calla, señora. Escucha, que todavía perseveran.
PLEBERIO.- Pues, ¿qué te parece, señora mujer? ¿Debemos
hablarlo a nuestra hija, debemos darle parte de tantos como me la
piden, para que de su voluntad venga, para que diga cuál le
agrada? Pues en esto las leyes dan libertad a los hombres y
mujeres, aunque estén so el paterno poder, para elegir.
ALISA.- ¿Qué dices? ¿En qué gastas tiempo? ¿Quién ha de irle
con tan grande novedad a nuestra Melibea, que no la espante?
¡Cómo! ¿Y piensas que sabe ella qué cosa sean hombres? ¿Si se
casan o qué es casar? ¿O que del ayuntamiento de marido y mujer se
procreen los hijos? ¿Piensas que su virginidad simple le acarrea
torpe deseo de lo que no conoce ni ha entendido jamás? ¿Piensas
que sabe errar, aun con el pensamiento? No lo creas, señor
Pleberio, que si alto o bajo de sangre, o feo o gentil de gesto le
mandáremos tomar, aquello será su placer, aquello habrá por bueno,
que yo sé bien lo que tengo criado en mi guardada hija.
MELIBEA.- Lucrecia, Lucrecia, corre presto, entra por el
postigo en la sala y estórbales su hablar, interrúmpeles sus
alabanzas con algún fingido mensaje, si no quieres que vaya yo
dando voces como loca, según estoy enojada, del concepto engañoso
que tienen de mi ignorancia.
LUCRECIA.- Ya voy, señora.
Acto XVII
ARGUMENTO DEL DECIMOSÉPTIMO ACTO
Elicia, careciendo de la castimonia de Penélope, determina de
despedir el pesar y luto que por causa de los muertos trae,
alabando el consejo de Areúsa en este propósito. La cual va a casa
de Areúsa, adonde viene Sosia, al cual Areúsa con palabras fictas
saca todo el secreto que está entre Calisto y Melibea.
ELICIA, AREÚSA, SOSIA.
ELICIA.- Mal me va con este luto. Poco se visita mi casa, poco
se pasea mi calle. Ya no veo las músicas de la alborada, ya no las
canciones de mis amigos, ya no las cuchilladas ni ruidos de noche
por mi causa y, lo que peor siento, que ni blanca ni presente veo
entrar por mi puerta. De todo esto me tengo yo la culpa, que si
tomara el consejo de aquella que bien me quiere, de aquella
verdadera hermana, cuando el otro día le llevé las nuevas de este
triste negocio que esta mi mengua ha acarreado, no me viera ahora
entre dos paredes sola, que de asco ya no hay quien me vea. El
diablo me da tener dolor por quien no sé si, yo muerta, lo
tuviera. A osadas, que me dijo ella a mí lo cierto: «nunca,
hermana, traigas ni muestres más pena por el mal ni muerte de otro
que él hiciera por ti». Sempronio holgara yo muerta, pues ¿por
qué, loca, me peno yo por el degollado? ¿Y qué sé si me matara a
mí, como era acelerado y loco, como hizo a aquella vieja que tenía
yo por madre? Quiero en todo seguir su consejo de Areúsa, que sabe
más del mundo que yo, y verla muchas veces, y traer materia cómo
viva. ¡Oh qué participación tan suave, qué conversación tan gozosa
y dulce! No en balde se dice que vale más un día del hombre
discreto que toda la vida del necio y simple. Quiero, pues,
deponer el luto, dejar tristeza, despedir las lágrimas, que tan
aparejadas han estado a salir. Pero, como sea el primer oficio que
en naciendo hacemos llorar, no me maravilla ser más ligero de
comenzar y de dejar más duro. Mas para esto es el buen seso,
viendo la pérdida al ojo, viendo que los atavíos hacen la mujer
hermosa aunque no lo sea, tornan de vieja moza y a la moza más. No
es otra cosa la color y albayalde, sino pegajosa liga en que se
traban los hombres. Ande, pues, mi espejo y alcohol, que tengo
dañados estos ojos; anden mis tocas blancas, mis gorgueras
labradas, mis ropas de placer. Quiero aderezar lejía para estos
cabellos, que perdían ya la rubia color. Y, esto hecho, contaré
mis gallinas, haré mi cama, porque la limpieza alegra el corazón,
barreré mi puerta y regaré la calle, por que los que pasaren vean
que es ya desterrado el dolor. Mas primero quiero ir a visitar mi
prima, por preguntarle si ha ido allá Sosia y lo que con él ha
pasado, que no lo he visto después que le dije cómo le querría
hablar Areúsa. Quiera Dios que la halle sola, que jamás está
desacompañada de galanes, como buena taberna de borrachos. Cerrada
está la puerta. No debe estar allá hombre. Quiero llamar. Ta, ta.
AREÚSA.- ¿Quién es?
ELICIA.- Abre, amiga, Elicia soy.
AREÚSA.- Entra, hermana mía. Véate Dios, que tanto placer me
haces en venir como vienes, mudado el hábito de tristeza. Ahora
nos gozaremos juntas, ahora te visitaré, vernos hemos en mi casa y
en la tuya. Quizá por bien fue para entrambas la muerte de
Celestina, que yo ya siento la mejoría más que antes. Por esto se
dice que los muertos abren los ojos de los que viven, a unos con
haciendas, a otros con libertad, como a ti.
ELICIA.- A tu puerta llaman. Poco espacio nos dan para hablar,
que te querría preguntar si había venido acá Sosia.
AREÚSA.- No ha venido; después hablaremos. ¡Qué porradas que
dan! Quiero ir abrir, que o es loco o privado quien llama.
SOSIA.- Ábreme, señora. Sosia soy, criado de Calisto.
AREÚSA.- Por los santos de Dios, el lobo es en la conseja.
Escóndete, hermana, tras ese paramento y verás cuál te lo paro
lleno de viento de lisonjas, que piense, cuando se parta de mí,
que es él y otro no. Y sacarle he lo suyo y lo ajeno del buche con
halagos, como él saca el polvo con la almohaza a los caballos.
AREÚSA.- ¿Es mi Sosia, mi secreto amigo? ¿El que yo me quiero
bien sin que él lo sepa? ¿El que deseo conocer por su buena fama,
el fiel a su amo, el buen amigo de sus compañeros? Abrazarte
quiero, amor, que ahora que te veo creo que hay más virtudes en ti
que todos me decían. Anda acá, entremos a asentarnos, que me gozo
en mirarte, que me representas la figura del desdichado de
Pármeno. Con esto, hace hoy tan claro día que habías tú de venir a
verme. Dime, señor, ¿conocíasme antes de ahora?
SOSIA.- Señora, la fama de tu gentileza, de tus gracias y saber
vuela tan alto por esta ciudad que no debes tener en mucho ser de
más conocida que conociente, porque ninguno habla en loor de
hermosas que primero no se acuerde de ti que de cuantas son.
ELICIA.- ¡Oh hideputa, el pelón! ¡Y cómo se desasna! ¡Quién le
ve ir al agua con sus caballos, en cerro, y sus piernas de fuera,
en sayo, y ahora, en verse medrado con calzas y capa, sálenle alas
y lengua!
AREÚSA.- Ya me correría con tu razón si alguno estuviese
delante, en oírte tanta burla como de mí haces. Pero, como todos
los hombres traigáis proveídas esas razones, esas engañosas
alabanzas tan comunes, para todas hechas de molde, no me quiero de
ti espantar, pero hágote cierto, Sosia, que no tienes de ellas
necesidad. Sin que me alabes, te amo, y, sin que me ganes de
nuevo, me tienes ganada. Para lo que te envié a rogar que me
vieses son dos cosas, las cuales, si más lisonja o engaño en ti
conozco, te dejaré de decir, aunque sean de tu provecho.
SOSIA.- Señora mía, no quiera Dios que yo te haga cautela. Muy
seguro venía de la gran merced que me piensas hacer y haces. No me
sentía digno para descalzarte. Guía tú mi lengua, responde por mí
a tus razones, que todo lo habré por rato y firme.
AREÚSA.- Amor mío, ya sabes cuánto quise a Pármeno, y, como
dicen, «quien bien quiere a Beltrán, a todas sus cosas ama». Todos
sus amigos me agradaban, el buen servicio de su amo, como a él
mismo, me placía. Donde veía su daño de Calisto, le apartaba. Pues
como esto así sea, acordé decirte, lo uno, que conozcas el amor
que te tengo y cuánto contigo y con tu visitación siempre me
alegrarás, y que en esto no perderás nada, si yo pudiere, antes te
vendrá provecho. Lo otro y segundo, que, pues yo pongo mis ojos en
ti, y mi amor y querer, avisarte que te guardes de peligros y más
de descubrir tu secreto a ninguno, pues ves cuánto daño vino a
Pármeno y a Sempronio de lo que supo Celestina, porque no querría
verte morir malogrado como a tu compañero. Harto me basta haber
llorado al uno, porque has de saber que vino a mí una persona y me
dijo que le habías tú descubierto los amores de Calisto y Melibea,
y cómo la había alcanzado, y cómo ibas cada noche a le acompañar,
y otras muchas cosas que no sabría relatar. Cata, amigo, que no
guardar secreto es propio de las mujeres, no de todas, sino de las
bajas, y de los niños. Cata que te puede venir gran daño, que para
esto te dio Dios dos oídos y dos ojos y no más de una lengua, por
que sea doblado lo que vieres y oyeres, que no el hablar. Cata, no
confíes que tu amigo te ha de tener secreto de lo que le dijeres,
pues tú no le sabes a ti mismo tener. Cuando hubieres de ir con tu
amo Calisto a casa de aquella señora, no hagas bullicio, no te
sienta la tierra, que otros me dijeron que ibas cada noche dando
voces, como loco de placer.
SOSIA.- ¡Oh cómo son sin tiento y personas desacordadas las que
tales nuevas, señora, te acarrean! Quien te dijo que de mi boca lo
había oído, no dice verdad. Los otros, de verme ir con la luna de
noche a dar agua a mis caballos, holgando y habiendo placer,
diciendo cantares por olvidar el trabajo y desechar enojo, y esto
antes de las diez, sospechan mal y de la sospecha hacen
certidumbre; afirman lo que barruntan. Sí, que no estaba Calisto
loco, que a tal hora había de ir a negocio de tanta afrenta sin
esperar que repose la gente, que descansen todos en el dulzor del
primer sueño. Ni menos había de ir cada noche, que aquel oficio no
sufre cotidiana visitación. Y si más clara quieres, señora, ver su
falsedad, como dicen que toman antes al mentiroso que al que
coxquea, en un mes no habemos ido ocho veces, ¡y dicen los
falsarios revolvedores que cada noche!
AREÚSA.- Pues, por mi vida, amor mío, por que yo los acuse y
tome en el lazo del falso testimonio, me dejes en la memoria los
días que habéis concertado de salir y, si yerran, estaré segura de
tu secreto y cierta de su levantar. Porque no siendo su mensaje
verdadero, será tu persona segura de peligro y yo sin sobresalto
de tu vida, pues tengo esperanza de gozarme contigo largo tiempo.
SOSIA.- Señora, no alarguemos los testigos. Para esta noche, en
dando el reloj las doce, está hecho el concierto de su visitación
por el huerto. Mañana preguntarás lo que han sabido, de lo cual,
si alguno te diere señas, que me tresquilen a mí a cruces.
AREÚSA.- ¿Y por qué parte, alma mía, por que mejor los pueda
contradecir si anduvieren errados vacilando?
SOSIA.- Por la calle del vicario gordo, a las espaldas de su
casa.
ELICIA.- ¡Tiénente, don andrajoso! ¡No es más menester!
¡Maldito sea el que en manos de tal acemilero se confía, que
desgoznarse hace el badajo!
AREÚSA.- Hermano Sosia, esto hablado basta para que tome cargo
de saber tu inocencia y la maldad de tus adversarios. Vete con
Dios, que estoy ocupada en otro negocio y me he detenido mucho
contigo.
ELICIA.- ¡Oh sabia mujer! ¡Oh despidiente propio cual le merece
el asno, que ha vaciado su secreto tan de ligero!
SOSIA.- Graciosa y suave señora, perdóname si te he enojado con
mi tardanza. Mientras holgares con mi servicio jamás hallarás
quien tan de grado aventure en él su vida. Y queden los ángeles
contigo.
AREÚSA.- Dios te guíe. ¡Allá irás, acemilero! ¡Muy ufano vas
por tu vida! Pues toma para tu ojo, bellaco, y perdona, que te la
doy de espaldas. ¿A quién digo? Hermana, sal acá. ¿Qué te parece
cuál le envío? ¡Así sé yo tratar los tales!, así salen de mis
manos los asnos, apaleados, como éste; y los locos, corridos; y
los discretos, espantados; y los devotos, alterados; y los castos,
encendidos. Pues, prima, aprende, que otra arte es ésta que la de
Celestina, aunque ella me tenía por boba porque me quería yo
serlo. Y, pues ya tenemos de este hecho sabido cuanto deseábamos,
debemos ir a casa de aquel otro cara de ahorcado que el jueves
eché delante de ti, baldonado, de mi casa. Y haz tú como que nos
quieres hacer amigos, y que rogaste que fuese a verlo.
Acto XVIII
ARGUMENTO DEL DECIMOOCTAVO ACTO
Elicia determina de hacer las amistades entre Areúsa y Centurio
por precepto de Areúsa y van a casa de Centurio, donde ellas le
ruegan que haya de vengar las muertes en Calisto y Melibea. El
cual lo prometió delante de ellas. Y como sea natural a éstos no
hacer lo que prometen, excúsase como en el proceso parece.
CENTURIO, ELICIA, AREÚSA.
ELICIA.- ¿Quién está en su casa?
CENTURIO.- Muchacho, corre, verás quién osa entrar sin llamar a
la puerta. Torna, torna acá, que ya he visto quién es. No te
cubras con el manto, señora, ya no te puedes esconder, que cuando
vi adelante entrar a Elicia, vi que no podía traer consigo mala
compañía ni nuevas que me pesasen, sino que me habían de dar
placer.
AREÚSA.- No entremos, por mi vida, más adentro, que se extiende
ya el bellaco pensando que le vengo a rogar, que más holgara con
la vista de otras como él que con la nuestra. Volvamos, por Dios,
que me fino de ver tan mal gesto. ¿Parécete, hermana, que me traes
por buenas estaciones y que es cosa justa venir de vísperas y
entrarnos a ver un desuellacaras que ahí está?
ELICIA.- Torna, por mi amor, no te vayas; si no, en mis manos
dejarás el medio manto.
CENTURIO.- Tenla, por Dios, señora, tenla. No se te suelte.
ELICIA.- Maravillada estoy, prima, de tu buen seso. ¿Cuál
hombre hay tan loco y fuera de razón que no huelgue de ser
visitado, mayormente de mujeres? Llégate acá, señor Centurio, que,
en cargo de mi alma, por fuerza haga que te abrace, que yo pagaré
la fruta.
AREÚSA.- Mejor lo vea yo en poder de justicia y morir a manos
de sus enemigos que yo tal gozo le dé. ¡Ya, ya hecho ha conmigo
para cuanto viva! ¿Y por cuál carga de agua le tengo de abrazar ni
ver a ese enemigo? ¡Porque le rogué esotro día que fuese una
jornada de aquí, en que me iba la vida, y dijo de no!
CENTURIO.- Mándame tú, señora, cosa que yo sepa hacer, cosa que
sea de mi oficio. Un desafío con tres juntos, y si más vinieren,
que no huya, por tu amor. Matar un hombre, cortar una pierna o
brazo, arpar el gesto de alguna que se haya igualado contigo:
estas tales cosas, antes serán hechas que encomendadas. No me
pidas que ande camino ni que te dé dinero, que bien sabes que no
dura conmigo, que tres saltos daré sin que me se caiga blanca.
Ninguno da lo que no tiene. En una casa vivo cual ves, que rodará
el majadero por toda ella sin que tropiece. Las alhajas que tengo
es el ajuar de la frontera: un jarro desbocado, un asador sin
punta. La cama en que me acuesto está armada sobre aros de
broqueles, un rimero de malla rota por colchones, una talega de
dados por almohada. Que, aunque quiero dar colación, no tengo qué
empeñar, sino esta capa arpada que traigo a cuestas.
ELICIA.- Así goce, que sus razones me contentan a maravilla.
Como un santo está obediente, como ángel te habla, a toda razón se
allega. ¿Qué más le pides? Por mi vida, que le hables y pierdas
enojo, pues tan de grado se te ofrece con su persona.
CENTURIO.- ¿Ofrecer dices, señora? Yo te juro, por el Santo
Martilogio de pe a pa, el brazo me tiembla de lo que por ella
entiendo hacer, que contino pienso cómo la tenga contenta y jamás
acierto. La noche pasada soñaba que hacía armas en un desafío por
su servicio con cuatro hombres que ella bien conoce, y maté al
uno, y de los otros que huyeron, el que más sano se libró me dejó
a los pies un brazo izquierdo. Pues muy mejor lo haré despierto de
día, cuando alguno tocare en su chapín.
AREÚSA.- Pues aquí te tengo, a tiempo somos. Yo te perdono con
condición que me vengues de un caballero, que se llama Calisto,
que nos ha enojado a mí y a mi prima.
CENTURIO.- ¡Oh, reniego de la condición! Dime luego si está
confesado.
AREÚSA.- No seas tú cura de su ánima.
CENTURIO.- Pues sea así. Enviémosle a comer al infierno sin
confesión.
AREÚSA.- Escucha, no atajes mi razón. Esta noche lo tomarás.
CENTURIO.- No me digas más, al cabo estoy. Todo el negocio de
sus amores sé y los que por su causa hay muertos, y lo que os
tocaba a vosotras, por dónde va y a qué hora y con quién es. Pero,
dime, ¿cuántos son los que le acompañan?
AREÚSA.- Dos mozos.
CENTURIO.- Pequeña presa es ésa, poco cebo tiene ahí mi espada.
Mejor cebara ella en otra parte esta noche, que estaba concertada.
AREÚSA.- Por excusarte lo haces. A otro perro con ese hueso. No
es para mí esa dilación. Aquí quiero ver si decir y hacer si comen
juntos a tu mesa.
CENTURIO.- Si mi espada dijese lo que hace, tiempo le faltaría
para hablar. ¿Quién sino ella puebla los más cimenterios? ¿Quién
hace ricos los cirujanos de esta tierra? ¿Quién da contino
quehacer a los armeros? ¿Quién destroza la malla muy fina? ¿Quién
hace riza de los broqueles de Barcelona? ¿Quién rebana los
capacetes de Calatayud, sino ella, que los casquetes de Almacén
así los corta como si fuesen hechos de melón? Veinte años ha que
me da de comer. Por ella soy temido de hombres y querido de
mujeres, sino de ti. Por ella le dieron Centurio por nombre a mi
abuelo, y Centurio se llamó mi padre, y Centurio me llamo yo.
ELICIA.- Pues, ¿qué hizo el espada por que ganó tu abuelo ese
nombre? Dime, ¿por ventura fue por ella capitán de cien hombres?
CENTURIO.- No, pero fue rufián de cien mujeres.
AREÚSA.- No curemos de linaje ni hazañas viejas. Si has de
hacer lo que te digo, sin dilación determina, porque nos queremos
ir.
CENTURIO.- Más deseo yo la noche por tenerte contenta que tú
por verte vengada. Y por que más se haga todo a tu voluntad,
escoge qué muerte quieres que le dé. Allí te mostraré un
reportorio en que hay setecientas y setenta especies de muertes.
Verás cuál más te agradare.
ELICIA.- Areúsa, por mi amor, que no se ponga este hecho en
manos de tan fiero hombre. Más vale que se quede por hacer que no
escandalizar la ciudad, por donde nos venga más daño de lo pasado.
AREÚSA.- Calla, hermana. Díganos alguna que no sea de mucho
bullicio.
CENTURIO.- Las que ahora estos días yo uso y más traigo entre
manos son espaldarazos sin sangre o porradas de pomo de espada, o
revés mañoso; a otros, agujereo como harnero a puñaladas, tajo
largo, estocada temerosa, tiro mortal. Algún día doy palos por
dejar holgar mi espada.
ELICIA.- No pase, por Dios, adelante. Dele palos, por que quede
castigado y no muerto.
CENTURIO.- Juro por el cuerpo santo de la letanía no es más en
mi brazo derecho dar palos sin matar que en el sol dejar de dar
vueltas al cielo.
AREÚSA.- Hermana, no seamos nosotras lastimeras. Haga lo que
quisiere, mátele como se le antojare. Llore Melibea como tú has
hecho. Dejémosle. Centurio, da buena cuenta de lo encomendado. De
cualquier muerte holgaremos. Mira que no se escape sin alguna paga
de su yerro.
CENTURIO.- Perdónele Dios, si por pies no se me va. Muy alegre
quedo, señora mía, que se ha ofrecido caso, aunque pequeño, en que
conozcas lo que yo sé hacer por tu amor.
AREÚSA.- Pues Dios te dé buena manderecha y a Él te encomiendo,
que nos vamos.
CENTURIO.- Él te guíe y te dé más paciencia con los tuyos.
CENTURIO.- Allá irán estas putas atestadas de razones. Ahora
quiero pensar cómo me excusaré de lo prometido de manera que
piensen que puse diligencia con ánimo de ejecutar lo dicho y no
negligencia por no me poner en peligro. Quiérome hacer doliente;
pero, ¿qué aprovecha?, que no se apartarán de la demanda cuando
sane. Pues, si digo que fui allá y que les hice huir, pedirme han
señas de quién eran, y cuántos iban, y en qué lugar los tomé, y
qué vestidos llevaban. Yo no las sabré dar. ¡Helo todo perdido!
Pues, ¿qué consejo tomaré, que cumpla con mi seguridad y su
demanda? Quiero enviar a llamar a Traso el cojo y a sus dos
compañeros, y decirles que, porque yo estoy ocupado esta noche en
otro negocio, vayan a dar un repiquete de broquel a manera de
levada para ojear unos garzones, que me fue encomendado, que todo
esto es pasos seguros y donde no conseguirán ningún daño más de
hacerlos huir y volverse a dormir.
Acto XIX
ARGUMENTO DEL DECIMONOVENO ACTO
Yendo Calisto con Sosia y Tristán al huerto de Pleberio a
visitar a Melibea, que lo estaba esperando, y con ella Lucrecia,
cuenta Sosia lo que le aconteció con Areúsa. Estando Calisto
dentro del huerto con Melibea, viene Traso y otros por mandado de
Centurio a cumplir lo que había prometido a Areúsa y a Elicia, a
los cuales sale Sosia. Y oyendo Calisto desde el huerto donde
estaba con Melibea el ruido que traían, quiso salir fuera, la cual
salida fue causa que sus días pereciesen, porque los tales este
don reciben por galardón, y por esto han de saber desamar los
amadores.
SOSIA, TRISTÁN, CALISTO, MELIBEA,
LUCRECIA.
SOSIA.- Muy quedo, para que no seamos sentidos, desde aquí al
huerto de Pleberio te contaré, hermano Tristán, lo que con Areúsa
me ha pasado hoy, que estoy el más alegre hombre del mundo. Sabrás
que ella, por las buenas nuevas que de mí había oído, estaba presa
de amor y enviome a Elicia rogándome que la visitase. Y dejando
aparte otras razones de buen consejo que pasamos, mostró al
presente ser tanto mía cuanto algún tiempo fue de Pármeno. Rogome
que la visitase siempre, que ella pensaba gozar de mi amor por
tiempo. Pero yo te juro, por el peligroso camino en que vamos,
hermano, y así goce de mí, que estuve dos o tres veces por me
arremeter a ella, sino que me empachaba la vergüenza de verla tan
hermosa y arreada, y a mí con una capa vieja ratonada. Echaba de
sí en bullendo un olor de almizque; yo hedía al estiércol que
llevaba dentro en los zapatos. Tenía unas manos como la nieve,
que, cuando las sacaba de rato en rato de un guante, parecía que
se derramaba azahar por casa. Así por esto, como porque tenía un
poco ella de hacer, se quedó mi atrever para otro día, y aun
porque a la primera vista de todas las cosas no son bien
tratables, y cuanto más se comunican mejor se entienden en su
participación.
TRISTÁN.- Sosia, amigo, otro seso más maduro y experimentado
que no el mío era necesario para darte consejo en este negocio,
pero lo que con mi tierna edad y mediano natural alcanzo al
presente te diré. Esta mujer es marcada ramera, según tú me
dijiste, cuanto con ella te pasó has de creer que no carece de
engaño. Sus ofrecimientos fueron falsos y no sé yo a qué fin.
Porque, amarte por gentilhombre, ¿cuántos más tendrá ella
desechados? Si por rico, bien sabe que no tienes más del polvo que
se te pega del almohaza. Si por hombre de linaje, ya sabrá que te
llaman Sosia y a tu padre llamaron Sosia, nacido y criado en una
aldea quebrando terrones con un arado, para lo cual eres tú más
dispuesto que para enamorado. Mira, Sosia, y acuérdate bien si te
quería sacar algún punto del secreto de este camino que ahora
vamos, para con lo que supiese revolver a Calisto y Pleberio, de
envidia del placer de Melibea. Cata que la envidia es una
incurable enfermedad donde asienta, huésped que fatiga la posada,
en lugar de galardón; siempre goza del mal ajeno. Pues si esto es
así, ¡oh cómo te quiere aquella malvada hembra engañar con su alto
nombre, del cual todas se arrean! Con su vicio ponzoñoso quería
condenar el ánima por cumplir su apetito, revolver tales casas
para contentar su dañada voluntad. ¡Oh arrufianada mujer, y con
qué blanco pan te daba zarazas! Querría vender su cuerpo a trueco
de contienda. Óyeme y, si así presumes que sea, ármale trato doble
cual yo te diré, que quien engaña al engañador... ya me entiendes.
Y si sabe mucho la raposa, más el que la toma. Contramínale sus
malos pensamientos, escala sus ruindades cuando más segura la
tengas, y cantarás después en tu establo «uno piensa el bayo y
otro el que lo ensilla».
SOSIA.- ¡Oh Tristán, discreto mancebo, mucho más has dicho que
tu edad demanda! Astuta sospecha has remontado y creo que
verdadera. Pero, porque ya llegamos al huerto y nuestro amo se nos
acerca, dejemos este cuento, que es muy largo, para otro día.
CALISTO.- Poned, mozos, la escala y callad, que me parece que
está hablando mi señora de dentro. Subiré encima de la pared y en
ella estaré escuchando por ver si oiré alguna buena señal de mi
amor en ausencia.
MELIBEA.- Canta más, por mi vida, Lucrecia, que me huelgo en
oírte mientras viene aquel señor, y muy paso entre estas
verduricas, que no nos oirán los que pasaren.
LUCRECIA
- ¡Oh quién fuese la hortelana
- de aquestas viciosas flores,
- por prender cada mañana
- al partir a tus amores!
-
- Vístanse nuevas colores
- los lirios y el azucena;
- derramen frescos olores
- cuando entre por estrena.
MELIBEA.- ¡Oh cuán dulce me es oírte! De gozo me deshago. No
ceses, por mi amor.
LUCRECIA
- Alegre es la fuente clara
- a quien con gran sed la vea;
- mas muy más dulce es la cara
- de Calisto a Melibea,
-
- pues, aunque más noche sea,
- con su vista gozará.
- ¡Oh cuando saltar le vea,
- qué de abrazos le dará!
-
- Saltos de gozo infinitos
- da el lobo viendo ganado;
- con las tetas los cabritos,
- Melibea con su amado.
-
- Nunca fue más deseado
- amado de su amiga,
- ni huerto más visitado,
- ni noche más sin fatiga.
MELIBEA.- Cuanto dices, amiga Lucrecia, se me representa
delante. Todo me parece que lo veo con mis ojos. Procede, que a
muy buen son lo dices, y ayudarte he yo.
LUCRECIA y MELIBEA
- Dulces árboles sombrosos,
- humillaos cuando veáis
- aquellos ojos graciosos
- del que tanto deseáis.
-
- Estrellas que relumbráis,
- Norte y Lucero del día,
- ¿por qué no le despertáis
- si duerme mi alegría?
MELIBEA.- Óyeme tú, por mi vida, que yo quiero cantar sola.
- Papagayos, ruiseñores,
- que cantáis al alborada,
- llevad nueva a mis amores
- como espero aquí asentada.
-
- La media noche es pasada
- y no viene;
- sabedme si hay otra amada
- que lo detiene.
CALISTO.- Vencido me tiene el dulzor de tu suave canto; no
puedo más sufrir tu penado esperar. ¡Oh mi señora y mi bien todo!
¿Cuál mujer podía haber nacida, que desprivase tu gran
merecimiento? ¡Oh salteada melodía! ¡Oh gozoso rato! ¡Oh corazón
mío! ¿Y cómo no pudiste más tiempo sufrir sin interrumpir tu gozo
y cumplir el deseo de entrambos?
MELIBEA.- ¡Oh sabrosa traición! ¡Oh dulce sobresalto! ¿Es mi
señor de mi alma, es él? No lo puedo creer. ¿Dónde estabas,
luciente sol? ¿Dónde me tenías tu claridad escondida? ¿Había rato
que escuchabas? ¿Por qué me dejabas echar palabras sin seso al
aire con mi ronca voz de cisne? Todo se goza este huerto con tu
venida. Mira la luna cuán clara se nos muestra, mira las nubes
cómo huyen, oye la corriente agua de esta fontecica, ¡cuánto más
suave murmurio zurrío lleva por entre las frescas hierbas! Escucha
los altos cipreses cómo se dan paz unos ramos con otros por
intercesión de un templadico viento que los menea. Mira sus
quietas sombras cuán oscuras están y aparejadas para encubrir
nuestro deleite. Lucrecia, ¿qué sientes, amiga? ¿Tórnaste loca de
placer? Déjamele, no me le despedaces, no le trabajes sus miembros
con tus pesados abrazos. Déjame gozar lo que es mío, no me ocupes
mi placer.
CALISTO.- Pues señora y gloria mía, si mi vida quieres, no cese
tu suave canto. No sea de peor condición mi presencia, con que te
alegras, que mi ausencia, que te fatiga.
MELIBEA.- ¿Qué quieres que cante, amor mío? ¿Cómo cantaré, que
tu deseo era el que regía mi son y hacía sonar mi canto? Pues,
conseguida tu venida, desapareciose el deseo, destemplose el tono
de mi voz. Y pues tú, señor, eres el dechado de cortesía y buena
crianza, ¿cómo mandas a mi lengua hablar y no a tus manos que
estén quedas? ¿Por qué no olvidas estas mañas? Mándalas estar
sosegadas y dejar su enojoso uso y conversación incomportable.
Cata, ángel mío, que así como me es agradable tu vista sosegada,
me es enojoso tu riguroso trato. Tus honestas burlas me dan
placer, tus deshonestas manos me fatigan cuando pasan de la razón.
Deja estar mis ropas en su lugar y, si quieres ver si es el hábito
de encima de seda o de paño, ¿para qué me tocas en la camisa, pues
cierto es de lienzo? Holguemos y burlemos de otros mil modos que
yo te mostraré, no me destroces ni maltrates como sueles. ¿Qué
provecho te trae dañar mis vestiduras?
CALISTO.- Señora, el que quiere comer el ave quita primero las
plumas.
LUCRECIA.- Mala landre me mate si más los escucho. ¿Vida es
ésta? ¡Que me esté yo deshaciendo de dentera y ella esquivándose
por que la rueguen! Ya, ya, apaciguado es el ruido, no hubieron
menester despartidores. Pero también me lo haría yo si estos
necios de sus criados me hablasen entre día; ¡pero esperan que los
tengo de ir a buscar!
MELIBEA.- ¿Señor mío, quieres que mande a Lucrecia traer alguna
colación?
CALISTO.- No hay otra colación para mí sino tener tu cuerpo y
belleza en mi poder. Comer y beber, dondequiera se da por dinero,
en cada tiempo se puede haber y cualquiera lo puede alcanzar. Pero
lo no vendible, lo que en toda la tierra no hay igual que en este
huerto, ¿cómo mandas que se me pase ningún momento que no goce?
LUCRECIA.- Ya me duele a mí la cabeza de escuchar, y no a ellos
de hablar ni los brazos de retozar ni las bocas de besar. ¡Andar!,
ya callan, a tres me parece que va la vencida.
CALISTO.- Jamás querría, señora, que amaneciese, según la
gloria y descanso que mi sentido recibe de la noble conversación
de tus delicados miembros.
MELIBEA.- Señor, yo soy la que gozo, yo la que gano; tú, señor,
el que me haces con tu visitación incomparable merced.
SOSIA.- ¿Así, bellacos, rufianes, veníais a asombrar a los que
no os temen? ¡Pues yo juro que si esperarais, que yo os hiciera ir
como merecíais!
CALISTO.- Señora, Sosia es aquel que da voces. Déjame ir a
valerle, no le maten, que no está sino un pajecico con él. Dame
presto mi capa, que está debajo de ti.
MELIBEA.- ¡Oh triste de mi ventura! No vayas allá sin tus
corazas; tórnate a armar.
CALISTO.- Señora, lo que no hace espada y capa y corazón, no lo
hacen corazas y capacete y cobardía.
SOSIA.- ¿Aún tornáis? Esperadme, quizá venís por lana.
CALISTO.- Déjame, por Dios, señora, que puesta está el escala.
MELIBEA.- ¡Oh desdichada yo!, y, ¿cómo vas tan recio y con
tanta prisa y desarmado a meterte entre quien no conoces?
¡Lucrecia, ven presto acá, que es ido Calisto a un ruido!
Echémosle sus corazas por la pared, que se quedan acá.
TRISTÁN.- Tente, señor, no bajes, que idos son; que no era sino
Traso el cojo y otros bellacos que pasaban voceando, que se torna
Sosia. Tente, tente, señor, con las manos al escala.
CALISTO.- ¡Oh, válgame Santa María! ¡Muerto soy! ¡Confesión!
TRISTÁN.- Llégate presto, Sosia, que el triste de nuestro amo
es caído del escala y no habla ni se bulle.
SOSIA.- ¡Señor, señor! ¡A esotra puerta! ¡Tan muerto es como mi
abuelo! ¡Oh gran desventura!
LUCRECIA.- ¡Escucha, escucha! ¡Gran mal es éste!
MELIBEA.- ¿Qué es esto? ¿Qué oigo? ¡Amarga de mí!
TRISTÁN.- ¡Oh mi señor y mi bien muerto! ¡Oh mi señor
despeñado! ¡Oh triste muerte sin confesión! Coge, Sosia, esos
sesos de esos cantos, júntalos con la cabeza del desdichado amo
nuestro. ¡Oh día de aciago! ¡Oh arrebatado fin!
MELIBEA.- ¡Oh desconsolada de mí! ¿Qué es esto? ¿Qué puede ser
tan áspero acontecimiento como oigo? Ayúdame a subir, Lucrecia,
por estas paredes. Veré mi dolor, si no, hundiré con alaridos la
casa de mi padre. ¡Mi bien y placer, todo es ido en humo, mi
alegría es perdida, consumiose mi gloria!
LUCRECIA.- Tristán, ¿qué dices, mi amor? ¿Qué es eso que lloras
tan sin mesura?
TRISTÁN.- ¡Lloro mi gran mal, lloro mis muchos dolores! Cayó mi
señor Calisto del escala y es muerto. Su cabeza está en tres
partes. Sin confesión pereció. Díselo a la triste y nueva amiga
que no espere más su penado amador. Toma tú, Sosia, de esos pies;
llevemos el cuerpo de nuestro querido amo donde no padezca su
honra detrimento, aunque sea muerto en este lugar. ¡Vaya con
nosotros llanto, acompáñenos soledad, síganos desconsuelo,
visítenos tristeza, cúbranos luto y dolorosa jerga!
MELIBEA.- ¡Oh la más de las tristes triste! ¡Tan poco tiempo
poseído el placer, tan presto venido el dolor!
LUCRECIA.- Señora, no rasgues tu cara ni meses tus cabellos.
Ahora en placer, ahora en tristeza, ¿qué planeta hubo que tan
presto contrarió su operación? ¿Qué poco corazón es éste? Levanta,
por Dios, no seas hallada de tu padre en tan sospechoso lugar, que
serás sentida. Señora, señora, ¿no me oyes? No te amortezcas, por
Dios, ten esfuerzo para sufrir la pena, pues tuviste osadía para
el placer.
MELIBEA.- ¿Oyes lo que aquellos mozos van hablando? ¿Oyes sus
tristes cantares? Rezando llevan con responso mi bien todo, muerta
llevan mi alegría. No es tiempo de yo vivir. ¿Cómo no gocé más del
gozo, cómo tuve en tan poco la gloria que entre mis manos tuve?
¡Oh ingratos mortales, jamás conocéis vuestros bienes sino cuando
de ellos carecéis!
LUCRECIA.- ¡Avívate, aviva!, que mayor mengua será hallarte en
el huerto que placer sentiste con la venida ni pena con ver que es
muerto. Entremos en la cámara. Acostarte has. Llamaré a tu padre y
fingiremos otro mal, pues éste no es para se poder encubrir.
Acto XX
ARGUMENTO DEL VIGÉSIMO ACTO
Lucrecia llama a la puerta de la cámara de Pleberio. Pregúntale
Pleberio lo que quiere. Lucrecia le da prisa que vaya a ver a su
hija Melibea. Levantado Pleberio, va a la cámara de Melibea.
Consuélala, preguntándole qué mal tiene. Finge Melibea dolor de
corazón. Envía Melibea a su padre por algunos instrumentos
músicos. Sube ella y Lucrecia en una torre. Envía de sí a
Lucrecia. Cierra tras ella la puerta. Llégase su padre al pie de
la torre. Descúbrele Melibea todo el negocio que había pasado. En
fin déjase caer de la torre abajo.
PLEBERIO, LUCRECIA, MELIBEA.
PLEBERIO.- ¿Qué quieres, Lucrecia? ¿Qué quieres tan presurosa?
¿Qué pides con tanta importunidad y poco sosiego? ¿Qué es lo que
mi hija ha sentido? ¿Qué mal tan arrebatado puede ser que no haya
yo tiempo de me vestir ni me des aun espacio a me levantar?
LUCRECIA.- Señor, apresúrate mucho si la quieres ver viva, que
ni su mal conozco, de fuerte, ni a ella ya, de desfigurada.
PLEBERIO.- ¡Vamos presto! ¡Anda allá! Entra adelante, alza esa
antepuerta y abre bien esa ventana, por que le pueda ver el gesto
con claridad. ¿Qué es esto, hija mía? ¿Qué dolor y sentimiento es
el tuyo? ¿Qué novedad es ésta? ¿Qué poco esfuerzo es éste? Mírame,
que soy tu padre. Háblame, por Dios; dime la razón de tu dolor,
por que presto sea remediado. No quieras enviarme con triste
postrimería al sepulcro. Ya sabes que no tengo otro bien sino a
ti. Abre esos alegres ojos y mírame.
MELIBEA.- ¡Ay dolor!
PLEBERIO.- ¿Qué dolor puede ser que iguale con ver yo el tuyo?
Tu madre está sin seso en oír tu mal. No pudo venir a verte de
turbada. Esfuerza tu fuerza, aviva tu corazón, arréciate de manera
que puedas tú conmigo ir a visitar a ella. ¡Dime, ánima mía, la
causa de tu sentimiento!
MELIBEA.- ¡Pereció mi remedio!
PLEBERIO.- Hija, mi bienamada y querida del viejo padre, por
Dios, no te ponga desesperación el cruel tormento de esta tu
enfermedad y pasión, que a los flacos corazones el dolor los
arguye. Si tú me cuentas tu mal, luego será remediado, que ni
faltarán medicinas ni médicos ni sirvientes para buscar tu salud,
ahora consista en hierbas o en piedras o palabras, o esté secreta
en cuerpos de animales. Pues no me fatigues más, no me atormentes,
no me hagas salir de mi seso y dime qué sientes.
MELIBEA.- Una mortal llaga en medio del corazón que no me
consiente hablar. No es igual a los otros males, menester es
sacarle para ser curada, que está en lo más secreto de él.
PLEBERIO.- Temprano cobraste los sentimientos de la vejez. La
mocedad toda suele ser placer y alegría, y enemiga de enojo.
Levántate de ahí, vamos a ver los frescos aires de la ribera.
Alegrarte has con tu madre, descansará tu pena. Cata, si huyes de
placer, no hay cosa más contraria a tu mal.
MELIBEA.- Vamos donde mandares. Subamos, señor, al azotea alta,
por que desde allí goce de la deleitosa vista de los navíos. Por
ventura aflojará algo mi congoja.
PLEBERIO.- Subamos, y Lucrecia con nosotros.
MELIBEA.- Mas, si a ti placerá, padre mío, mandar traer algún
instrumento de cuerdas con que se sufra mi dolor o tañendo o
cantando, de manera que, aunque aqueje por una parte la fuerza de
su accidente, mitigarlo han, por otra, los dulces sones y alegre
armonía.
PLEBERIO.- Eso, hija mía, luego es hecho. Yo lo voy a mandar
aparejar.
MELIBEA.- Lucrecia, amiga mía, muy alto es esto. Ya me pesa por
dejar la compañía de mi padre. Baja a él y dile que se pare al pie
de esta torre, que le quiero decir una palabra que se me olvidó
que hablase a mi madre.
LUCRECIA.- Ya voy, señora.
MELIBEA.- De todos soy dejada, bien se ha aderezado la manera
de mi morir. Algún alivio siento en ver que tan presto seremos
juntos yo y aquel mi querido amado Calisto. Quiero cerrar la
puerta por que ninguno suba a me estorbar mi muerte. No me impidan
la partida, no me atajen el camino por el cual, en breve tiempo,
podré visitar en este día al que me visitó la pasada noche. Todo
se ha hecho a mi voluntad. Buen tiempo tendré para contar a
Pleberio mi señor la causa de mi ya acordado fin. Gran sinrazón
hago a sus canas, gran ofensa a su vejez, gran fatiga le acarreo
con mi falta, en gran soledad le dejo. Y caso que por mi morir a
mis queridos padres sus días se disminuyesen, ¿quién duda que no
haya habido otros más crueles contra sus padres? Bursia, rey de
Bitinia, sin ninguna razón, no aquejándole pena como a mí, mató su
propio padre. Tolomeo, rey de Egipto, a su padre y madre y
hermanos y mujer, por gozar de una manceba. Orestes a su madre
Clitemnestra. El cruel emperador Nerón a su madre Agripina, por
solo su placer, hizo matar. Éstos son dignos de culpa, éstos son
verdaderos parricidas, que no yo que, con mi pena, con mi muerte,
purgo la culpa que de su dolor se me puede poner. Otros muchos
crueles hubo que mataron hijos y hermanos, debajo de cuyos yerros
el mío no parecerá grande. Filipo, rey de Macedonia; Herodes, rey
de Judea; Constantino, emperador de Roma; Laodice, reina de
Capadocia; y Medea, la nigromantesa. Todos éstos mataron hijos
queridos y amados sin ninguna razón, quedando sus personas a
salvo. Finalmente me ocurre aquella gran crueldad de Frates, rey
de los partos, que, por que no quedase sucesor después de él, mató
a Orode, su viejo padre, y a su único hijo y treinta hermanos
suyos. Éstos fueron delitos dignos de culpable culpa, que,
guardando sus personas de peligro, mataban sus mayores y
descendientes y hermanos. Verdad es que, aunque todo esto así sea,
no había de remedarlos en lo que mal hicieron. Pero no es más en
mi mano. Tú, Señor, que de mi habla eres testigo, ves mi poco
poder, ves cuán cautiva tengo mi libertad, cuán presos mis
sentidos de tan poderoso amor del muerto caballero, que priva al
que tengo con los vivos padres.
PLEBERIO.- Hija mía Melibea, ¿qué haces sola? ¿Qué es tu
voluntad decirme? ¿Quieres que suba allá?
MELIBEA.- Padre mío, no pugnes ni trabajes por venir adonde yo
estoy, que estorbarás la presente habla que te quiero hacer.
Lastimado serás brevemente con la muerte de tu única hija. Mi fin
es llegado, llegado es mi descanso y tu pasión, llegado es mi
alivio y tu pena, llegada es mi acompañada hora y tu tiempo de
soledad. No habrás, honrado padre, menester instrumentos para
aplacar mi dolor, sino campanas para sepultar mi cuerpo. Si me
escuchas sin lágrimas oirás la causa desesperada de mi forzada y
alegre partida. No la interrumpas con lloro ni palabras, si no,
quedarás más quejoso en no saber por qué me mato que doloroso por
verme muerta. Ninguna cosa me preguntes ni respondas más de lo que
de mi grado decirte quisiere. Porque, cuando el corazón está
embargado de pasión, están cerrados los oídos al consejo y, en tal
tiempo, las fructuosas palabras, en lugar de amansar, acrecientan
la saña. Oye, padre mío, mis últimas palabras y si, como yo
espero, las recibes, no culparás mi yerro. Bien ves y oyes este
triste y doloroso sentimiento que toda la ciudad hace. ¿Bien oyes
este clamor de campanas, este alarido de gentes, este aullido de
canes, este estrépito de armas? De todo esto fui yo causa. Yo
cubrí de luto y jergas en este día cuasi la mayor parte de la
ciudadana caballería; yo dejé muchos sirvientes descubiertos de
señor; yo quité muchas raciones y limosnas a pobres y
envergonzantes. Yo fui ocasión que los muertos tuviesen compañía
del más acabado hombre que en gracia nació. Yo quité a los vivos
el dechado de gentileza, de invenciones galanas, de atavíos y
bordaduras, de habla, de andar, de cortesía, de virtud. Yo fui
causa que la tierra goce sin tiempo el más noble cuerpo y más
fresca juventud que al mundo era en nuestra edad criada. Y porque
estarás espantado con el son de mis no acostumbrados delitos, te
quiero más aclarar el hecho. Muchos días son pasados, padre mío,
que penaba por mi amor un caballero que se llamaba Calisto, el
cual tú bien conociste. Conociste asimismo sus padres y claro
linaje. Sus virtudes y bondad a todos eran manifiestas. Era tanta
su pena de amor y tan poco el lugar para hablarme que descubrió su
pasión a una astuta y sagaz mujer que llamaban Celestina. La cual,
de su parte venida a mí, sacó mi secreto amor de mi pecho.
Descubrí a ella lo que a mi querida madre encubría. Tuvo manera
como ganó mi querer. Ordenó cómo su deseo y el mío hubiesen
efecto. Si él mucho me amaba, no vivía engañado. Concertó el
triste concierto de la dulce y desdichada ejecución de su
voluntad. Vencida de su amor, dile entrada en tu casa. Quebrantó
con escalas las paredes de tu huerto, quebrantó mi propósito,
perdí mi virginidad. Del cual deleitoso yerro de amor gozamos
cuasi un mes, y como esta pasada noche viniese, según era
acostumbrado, a la vuelta de su venida, como de la fortuna mudable
estuviese dispuesto y ordenado, según su desordenada costumbre,
como las paredes eran altas, la noche oscura, la escala delgada,
los sirvientes que traía no diestros en aquel género de servicio y
él bajaba presuroso a ver un ruido que con sus criados sonaba en
la calle, con el gran ímpetu que llevaba, no vio bien los pasos,
puso el pie en vacío y cayó. Y de la triste caída sus más
escondidos sesos quedaron repartidos por las piedras y paredes.
Cortaron las hadas sus hilos, cortáronle sin confesión su vida,
cortaron mi esperanza, cortaron mi gloria, cortaron mi compañía.
Pues, ¿qué crueldad sería, padre mío, muriendo él despeñado, que
viviese yo penada? Su muerte convida a la mía. Convídame y fuerza
que sea presto, sin dilación, muéstrame que ha de ser despeñada,
por seguirle en todo. No digan por mí «a muertos y a idos...» Y
así contentarle he en la muerte, pues no tuve tiempo en la vida.
¡Oh mi amor y señor Calisto! Espérame, ya voy. Detente. Si me
esperas, no me incuses la tardanza que hago, dando esta última
cuenta a mi viejo padre, pues le debo mucho más. ¡Oh padre mío muy
amado! Ruégote, si amor en esta pasada y penosa vida me has
tenido, que sean juntas nuestras sepulturas, juntas nos hagan
nuestras obsequias. Algunas consolatorias palabras te diría antes
de mi agradable fin, colegidas y sacadas de aquellos antiguos
libros que tú, por más aclarar mi ingenio, me mandabas leer; sino
que ya la dañada memoria, con la gran turbación, me las ha
perdido, y aun porque veo tus lágrimas malsufridas decir por tu
arrugada faz. Salúdame a mi cara y amada madre. Sepa de ti
largamente la triste razón por que muero. ¡Gran placer llevo de no
la ver presente! Toma, padre viejo, los dones de tu vejez, que en
largos días largas se sufren tristezas. Recibe las arras de tu
senectud antigua, recibe allá tu amada hija. Gran dolor llevo de
mí, mayor de ti, muy mayor de mi vieja madre. Dios quede contigo y
con ella. A Él ofrezco mi ánima. Pon tú en cobro este cuerpo que
allá baja.
Acto XXI
ARGUMENTO DEL VIGESIMOPRIMER ACTO
Pleberio, tornado a su cámara con grandísimo llanto, pregúntale
Alisa, su mujer, la causa de tan súpito mal. Cuéntale la muerte de
su hija Melibea, mostrándole el cuerpo de ella todo hecho pedazos.
Y haciendo su planto, concluye.
PLEBERIO, ALISA.
ALISA.- ¿Qué es esto, señor Pleberio? ¿Por qué son tus fuertes
alaridos? Sin seso estaba adormida del pesar que hube cuando oí
decir que sentía dolor nuestra hija. Ahora, oyendo tus gemidos,
tus voces tan altas, tus quejas no acostumbradas, tu llanto y
congoja de tanto sentimiento, en tal manera penetraron mis
entrañas, en tal manera traspasaron mi corazón, así avivaron mis
turbados sentidos, que el ya recibido pesar alancé de mí. Un dolor
sacó otro, un sentimiento otro. Dime la causa de tus quejas. ¿Por
qué maldices tu honrada vejez? ¿Por qué pides la muerte? ¿Por qué
arrancas tus blancos cabellos? ¿Por qué hieres tu honrada cara?
¿Es algún mal de Melibea? Por Dios, que me lo digas, porque si
ella pena no quiero yo vivir.
PLEBERIO.- ¡Ay, ay, noble mujer! Nuestro gozo en el pozo,
nuestro bien todo es perdido. ¡No queramos más vivir! Y por que el
incogitado dolor te dé más pena, todo junto sin pensarle, por que
más presto vayas al sepulcro, por que no llore yo solo la pérdida
dolorida de entrambos, ves allí a la que tú pariste y yo engendré
hecha pedazos. La causa supe de ella; más la he sabido por extenso
de esta su triste sirvienta. Ayúdame a llorar nuestra llagada
postrimería. ¡Oh gentes que venís a mi dolor! ¡Oh amigos y
señores, ayudadme a sentir mi pena! ¡Oh mi hija y mi bien todo!
Crueldad sería que viva yo sobre ti. Más dignos eran mis sesenta
años de la sepultura que tus veinte. Turbose la orden del morir
con la tristeza que te aquejaba. ¡Oh mis canas, salidas para haber
pesar, mejor gozara de vosotras la tierra que de aquellos rubios
cabellos, que presentes veo! Fuertes días me sobran para vivir,
quejarme he de la muerte, incusarle he su dilación cuanto tiempo
me dejare solo después de ti. Fálteme la vida, pues me faltó tu
agradable compañía. ¡Oh mujer mía! Levántate de sobre ella y, si
alguna vida te queda, gástala conmigo en tristes gemidos, en
quebrantamiento y suspirar. Y si por caso tu espíritu reposa con
el suyo, si ya has dejado esta vida de dolor, ¿por qué quisiste
que lo pase yo todo? En esto tenéis ventaja las hembras a los
varones, que puede un gran dolor sacaros del mundo sin lo sentir,
o a lo menos perdéis el sentido, que es parte de descanso. ¡Oh
duro corazón de padre! ¿Cómo no te quiebras de dolor, que ya
quedas sin tu amada heredera? ¿Para quién edifiqué torres? ¿Para
quién adquirí honras? ¿Para quién planté árboles? ¿Para quién
fabriqué navíos? ¡Oh tierra dura!, ¿cómo me sostienes? ¿A dónde
hallará abrigo mi desconsolada vejez? ¡Oh fortuna variable,
ministra y mayordoma de los temporales bienes!, ¿por qué no
ejecutaste tu cruel ira, tus mudables ondas, en aquello que a ti
es sujeto? ¿Por qué no destruiste mi patrimonio? ¿Por qué no
quemaste mi morada? ¿Por qué no asolaste mis grandes heredamientos?
Dejárasme aquella florida planta, en quien tú poder no tenías;
diérasme, fortuna fluctuosa, triste la mocedad con vejez alegre,
no pervirtieras la orden. Mejor sufriera persecuciones de tus
engaños en la recia y robusta edad que no en la flaca postrimería.
¡Oh vida de congojas llena, de miserias acompañada! ¡Oh mundo,
mundo! Muchos mucho de ti dijeron, muchos en tus cualidades
metieron la mano, a diversas cosas por oídas te compararon. Yo por
triste experiencia lo contaré como a quien las ventas y compras de
tu engañosa feria no prósperamente sucedieron, como aquel que
mucho ha hasta ahora callado tus falsas propiedades por no
encender con odio tu ira, por que no me secases sin tiempo esta
flor, que este día echaste de tu poder. Pues ahora, sin temor,
como quien no tiene qué perder, como aquel a quien tu compañía es
ya enojosa, como caminante pobre que, sin temor de los crueles
salteadores, va cantando en alta voz. Yo pensaba en mi más tierna
edad que eras y eran tus hechos regidos por alguna orden. Ahora,
visto el pro y la contra de tus bienandanzas, me pareces un
laberinto de errores, un desierto espantable, una morada de
fieras, juego de hombres que andan en corro, laguna llena de
cieno, región llena de espinas, monte alto, campo pedregoso, prado
lleno de serpientes, huerto florido y sin fruto, fuente de
cuidados, río de lágrimas, mar de miserias, trabajo sin provecho,
dulce ponzoña, vana esperanza, falsa alegría, verdadero dolor.
Cébasnos, mundo falso, con el manjar de tus deleites; al mejor
sabor nos descubres el anzuelo; no lo podemos huir, que nos tiene
ya cazadas las voluntades. Prometes mucho, nada no cumples;
échasnos de ti por que no te podamos pedir que mantengas tus vanos
prometimientos. Corremos por los prados de tus viciosos vicios,
muy descuidados, a rienda suelta; descúbresnos la celada cuando ya
no hay lugar de volver. Muchos te dejaron con temor de tu
arrebatado dejar; bienaventurados se llamarán cuando vean el
galardón que a este triste viejo has dado en pago de tan largo
servicio. Quiébrasnos el ojo y úntasnos con consuelo el casco.
Haces mal a todos, por que ningún triste se halle solo en ninguna
adversidad, diciendo que es alivio a los míseros, como yo, tener
compañeros en la pena. Pues desconsolado, viejo, ¡qué solo estoy!
Yo fui lastimado sin haber igual compañero de semejante dolor,
aunque más en mi fatigada memoria revuelvo presentes y pasados.
Que si aquella severidad y paciencia de Paulo Emilio me viniere a
consolar con pérdida de dos hijos muertos en siete días, diciendo
que su animosidad obró que consolase él al pueblo romano y no el
pueblo a él, no me satisface, que otros dos le quedaban dados en
adopción. ¿Qué compañía me tendrán en mi dolor aquel Pericles,
capitán ateniense, ni el fuerte Jenofón, pues sus pérdidas fueron
de hijos ausentes de sus tierras? Ni fue mucho no mudar su frente
y tenerla serena, y el otro responder al mensajero, que las
tristes albricias de la muerte de su hijo le venía a pedir, que no
recibiese él pena, que él no sentía pesar. Que todo esto bien
diferente es a mi mal. Pues menos podrás decir, mundo lleno de
males, que fuimos semejantes en pérdida aquel Anaxágoras y yo, que
seamos iguales en sentir, y que responda yo, muerta mi amada hija,
lo que él a su único hijo, que dijo: «como yo fuese mortal, sabía
que había de morir el que yo engendraba». Porque mi Melibea mató a
sí misma de su voluntad a mis ojos con la gran fatiga de amor que
la aquejaba; el otro matáronle en muy lícita batalla. ¡Oh
incomparable pérdida! ¡Oh lastimado viejo! Que cuanto más busco
consuelos, menos razón hallo para me consolar. Que si el profeta y
rey David al hijo que enfermo lloraba, muerto no quiso llorar,
diciendo que era cuasi locura llorar lo irrecuperable, quedábanle
otros muchos con que soldase su llaga. Y yo no lloro, triste, a
ella muerta, pero la causa desastrada de su morir. Ahora perderé
contigo, mi desdichada hija, los miedos y temores que cada día me
espavorecían. Sola tu muerte es la que a mí me hace seguro de
sospecha. ¿Qué haré cuando entre en tu cámara y retraimiento y la
halle sola? ¿Qué haré de que no me respondas si te llamo? ¿Quién
me podrá cubrir la gran falta que tú me haces? Ninguno perdió lo
que yo el día de hoy, aunque algo conforme parecía la fuerte
animosidad de Lambas de Auria, duque de los atenienses, que a su
hijo herido con sus brazos desde la nao echó en la mar. Porque
todas éstas son muertes que, si roban la vida, es forzado de
cumplir con la fama. Pero, ¿quién forzó a mi hija a morir, sino la
fuerte fuerza de amor? Pues, mundo halaguero, ¿qué remedio das a
mi fatigada vejez? ¿Cómo me mandas quedar en ti conociendo tus
falacias, tus lazos, tus cadenas y redes, con que pescas nuestras
flacas voluntades? ¿A dó me pones mi hija? ¿Quién acompañará mi
desacompañada morada? ¿Quién tendrá en regalos mis años, que
caducan? ¡Oh amor, amor!, que no pensé que tenías fuerza ni poder
de matar a tus sujetos. Herida fue de ti mi juventud, por medio de
tus brasas pasé, ¿cómo me soltaste para me dar la paga de la huida
en mi vejez? Bien pensé que de tus lazos me había librado los
cuarenta años toqué, cuando fui contento con mi conyugal
compañera, cuando me vi con el fruto que me cortaste el día de
hoy. No pensé que tomabas en los hijos la venganza de los padres.
Ni sé si hieres con hierro ni si quemas con fuego. Sana dejas la
ropa, lastimas el corazón. Haces que feo amen y hermoso les
parezca. ¿Quién te dio tanto poder? ¿Quién te puso nombre que no
te conviene? Si amor fueses, amarías a tus sirvientes. Si los
amases, no les darías pena. Si alegres viviesen, no se matarían
como ahora mi amada hija. ¿En qué pararon tus sirvientes y sus
ministros? La falsa alcahueta Celestina murió a manos de los más
fieles compañeros que ella para tu servicio emponzoñado jamás
halló. Ellos murieron degollados. Calisto, despeñado. Mi triste
hija quiso tomar la misma muerte por seguirle. Esto todo causas.
Dulce nombre te dieron; amargos hechos haces. No das iguales
galardones; inicua es la ley que a todos igual no es. Alegra tu
sonido; entristece tu trato. Bienaventurados los que no conociste
o de los que no te curaste. Dios te llamaron otros, no sé con qué
error de su sentido traídos. Cata que Dios mata los que crió; tú
matas los que te siguen. Enemigo de toda razón, a los que menos te
sirven das mayores dones, hasta tenerlos metidos en tu congojosa
danza. Enemigo de amigos, amigo de enemigos, ¿por qué te riges sin
orden ni concierto? Ciego te pintan, pobre y mozo. Pónente un arco
en la mano con que tires a tiento; más ciegos son tus ministros,
que jamás sienten ni ven el desabrido galardón que se saca de tu
servicio. Tu fuego es de ardiente rayo, que jamás hace señal do
llega. La leña que gasta tu llama son almas y vidas de humanas
criaturas, las cuales son tantas, que de quien comenzar pueda
apenas me ocurre, no sólo de cristianos, mas de gentiles y judíos,
y todo en pago de buenos servicios. ¿Qué me dirás de aquel Macías
de nuestro tiempo, cómo acabó amando, cuyo triste fin tú fuiste la
causa? ¿Qué hizo por ti Paris? ¿Qué Helena? ¿Qué hizo Hipermestra?
¿Qué Egisto? Todo el mundo lo sabe. Pues a Safo, Ariadna, Leandro,
¿qué pago les diste? Hasta David y Salomón no quisiste dejar sin
pena. Por tu amistad Sansón pagó lo que mereció, por creerse de
quien tú le forzaste a darle fe. Otros muchos que callo porque
tengo harto que contar en mi mal. Del mundo me quejo porque en sí
me crió; porque, no me dando vida, no engendrara en él a Melibea;
no nacida, no amara; no amando, cesara mi quejosa y desconsolada
postrimería. ¡Oh mi compañera buena! ¡Oh mi hija despedazada! ¿Por
qué no quisiste que estorbase tu muerte? ¿Por qué no hubiste
lástima de tu querida y amada madre? ¿Por qué te mostraste tan
cruel con tu viejo padre? ¿Por qué me dejaste cuando yo te había
de dejar? ¿Por qué me dejaste penado? ¿Por qué me dejaste triste y
solo in hac lachrymarum valle?
Concluye el autor, aplicando la
obra al propósito por que la acabó
- Pues aquí vemos cuán mal fenecieron
- aquestos amantes, huyamos su danza,
- amemos a Aquel que espinas y lanza,
- azotes y clavos su sangre vertieron.
- Los falsos judíos su faz escupieron,
- vinagre con hiel fue su potación;
- por que nos lleve con el buen ladrón
- de dos que a sus santos lados pusieron.
-
- No dudes ni hayas vergüenza, lector,
- narrar lo lascivo que aquí se te muestra,
- que, siendo discreto, verás que es la muestra
- por donde se vende la honesta labor.
- De nuestra vil masa con tal lamedor
- consiente cosquillas de alto consejo,
- con motes y trufas del tiempo más viejo
- escritas a vueltas le ponen sabor.
-
- Y así, no me juzgues por eso liviano,
- mas antes celoso de limpio vivir,
- celoso de amar, temer y servir
- al alto Señor y Dios soberano.
- Por ende, si vieres turbada mi mano,
- turbias con claras mezclando razones,
- deja las burlas, que es paja y granzones,
- sacando muy limpio de entre ellas el grano.
FIN |