|
Acto XI
ARGUMENTO DEL UNDÉCIMO ACTO
Despedida Celestina de Melibea, va por la calle sola hablando.
Ve a Sempronio y a Pármeno que van a la Magdalena por su señor.
Sempronio habla con Calisto. Sobreviene Celestina. Van a casa de
Calisto. Declárale Celestina su mensaje y negocio recaudado con
Melibea. Mientras ellos en estas razones están, Pármeno y
Sempronio entre sí hablan. Despídese Celestina de Calisto, va para
su casa, llama a la puerta. Elicia le viene a abrir. Cenan y vanse
a dormir.
CALISTO, CELESTINA, PÁRMENO, SEMPRONIO,ELICIA.
CELESTINA.- ¡Ay, Dios, si llegase a mi casa con mi mucha
alegría a cuestas! A Pármeno y a Sempronio veo ir a la Magdalena.
Tras ellos me voy y, si ahí no estuviere Calisto, pasaremos a su
casa a pedirle albricias de su gran gozo.
SEMPRONIO.- Señor, mira que tu estada es dar a todo el mundo
qué decir. Por Dios, que huyas de ser traído en lenguas, que al
muy devoto llaman hipócrita. ¿Qué dirán sino que andas royendo los
santos? Si pasión tienes, súfrela en tu casa; no te sienta la
tierra, no descubras tu pena a los extraños. Pues está en manos el
pandero que lo sabrá bien tañer.
CALISTO.- ¿En qué manos?
SEMPRONIO.- De Celestina.
CELESTINA.- ¿Qué nombráis a Celestina? ¿Qué decís de esta
esclava de Calisto? Toda la calle del Arcediano vengo a más andar
tras vosotros por alcanzaros y jamás he podido con mis luengas
haldas.
CALISTO.- ¡Oh joya del mundo, acorro de mis pasiones, espejo de
mi vista! El corazón se me alegra en ver esa honrada presencia,
esa noble senectud. Dime, ¿con qué vienes? ¿Qué nuevas traes? ¡Que
te veo alegre y no sé en qué está mi vida!
CELESTINA.- En mi lengua.
CALISTO.- ¿Qué dices, gloria y descanso mío? Declárame más lo
dicho.
CELESTINA.- Salgamos, señor, de la iglesia, y de aquí a la casa
te contaré algo con que te alegres de verdad.
PÁRMENO.- Buena viene la vieja, hermano; recaudado debe de
haber.
SEMPRONIO.- Escucha.
CELESTINA.- Todo este día, señor, he trabajado en tu negocio y
he dejado perder otros en que harto me iba. Muchos tengo quejosos
por tenerte a ti contento. Más he dejado de ganar que piensas,
pero todo vaya en buena hora, pues tan buen recaudo traigo. Y
óyeme, que en pocas palabras te lo diré, que soy corta de razón. A
Melibea dejo a tu servicio.
CALISTO.- ¿Qué es esto que oigo?
CELESTINA.- Que es más tuya que de sí misma, más está a tu
mandado y querer que de su padre Pleberio.
CALISTO.- Habla cortés, madre, no digas tal cosa, que dirán
estos mozos que estás loca. Melibea es mi señora, Melibea es mi
Dios, Melibea es mi vida; yo su cautivo, yo su siervo.
SEMPRONIO.- Con tu desconfianza, señor, con tu poco preciarte,
con tenerte en poco, hablas esas cosas con que atajas su razón. A
todo el mundo turbas diciendo desconciertos. ¿De qué te santiguas?
Dale algo por su trabajo, harás mejor, que eso esperan esas
palabras.
CALISTO.- Bien has dicho. Madre mía, yo sé cierto que jamás
igualará tu trabajo y mi liviano galardón. En lugar de manto y
saya, por que no se dé parte a oficiales, toma esta cadenilla,
ponla al cuello y procede en tu razón y mi alegría.
PÁRMENO.- ¿Cadenilla la llama? ¿No lo oyes, Sempronio? No
estima el gasto. Pues yo te certifico no diese mi parte por medio
marco de oro, por mal que la vieja la reparta.
SEMPRONIO.- Oírte ha nuestro amo. Tendremos en él qué amansar y
en ti qué sanar, según está hinchado de tu mucho murmurar. Por mi
amor, hermano, que oigas y calles, que por eso te dio Dios dos
oídos y una lengua sola.
PÁRMENO.- ¡Oirá el diablo! Está colgado de la boca de la vieja,
sordo, y mudo, y ciego, hecho personaje sin son, que, aunque le
diésemos higas, diría que alzábamos las manos a Dios rogando por
buen fin de sus amores.
SEMPRONIO.- Calla, oye, escucha bien a Celestina. En mi alma
todo lo merece, y más que le diese. Mucho dice.
CELESTINA.- Señor Calisto, para tan flaca vieja como yo de
mucha franqueza usaste, pero como todo don o dádiva se juzgue
grande o chica respecto del que lo da, no quiero traer a
consecuencia mi poco merecer ante quien sobra en cualidad y en
cuantidad, mas medirse ha con tu magnificencia, ante quien no es
nada. En pago de la cual te restituyo tu salud, que iba perdida;
tu corazón, que te faltaba; tu seso, que se alteraba. Melibea pena
por ti más que tú por ella, Melibea te ama y desea ver, Melibea
piensa más horas en tu persona que en la suya, Melibea se llama
tuya y esto tiene por título de libertad. Y con esto amansa el
fuego, que más que a ti la quema.
CALISTO.- ¿Mozos, estoy yo aquí? ¿Mozos, oigo yo esto? Mozos,
mirad si estoy despierto. ¿Es de día o de noche? ¡Oh señor Dios,
padre celestial, ruégote que esto no sea sueño! ¡Despierto, pues,
estoy! Si burlas, señora, de mí por me pagar en palabras, no
temas, di verdad, que para lo que tú de mí has recibido más
merecen tus pasos.
CELESTINA.- Nunca el corazón lastimado de deseo toma la buena
nueva por cierta ni la mala por dudosa. Pero, si burlo o si no,
verlo has yendo esta noche, según el concierto dejo con ella, a su
casa, en dando el reloj doce, a la hablar por entre las puertas,
de cuya boca sabrás más por entero mi solicitud y su deseo, y el
amor que te tiene y quién lo ha causado.
CALISTO.- Ya, ya, ¿tal cosa espero? ¿Tal cosa es posible haber
de pasar por mí? Muerto soy de aquí allá, no soy capaz de tanta
gloria, no merecedor de tan gran merced, no digno de hablar con
tal señora de su voluntad y grado.
CELESTINA.- Siempre lo oí decir, que es más difícil de sufrir
la próspera fortuna que la adversa, que la una no tiene sosiego y
la otra tiene consuelo. ¿Cómo, señor Calisto, y no mirarías quién
tú eres? ¿Y no mirarías el tiempo que has gastado en su servicio?
¿Y no mirarías a quien has puesto entremedias? Y, asimismo, que
hasta ahora siempre has estado dudoso de la alcanzar y tenías
sufrimiento, ahora que te certifico el fin de tu penar, ¿quieres
poner fin a tu vida? Mira, mira que está Celestina de tu parte y
que, aunque todo te faltase lo que en un enamorado se requiere, te
vendería por el más acabado galán del mundo. Que te haría llanas
las peñas para andar, que te haría las más crecidas aguas
corrientes pasar sin mojarte. Mal conoces a quien tú das dinero.
CALISTO.- ¡Cata, señora! ¿Qué me dices? ¿Que vendrá de su
grado?
CELESTINA.- Y aun de rodillas.
SEMPRONIO.- No sea ruido hechizo, que nos quieren tomar a manos
a todos. Cata, madre, que así se suelen dar las zarazas en pan
envueltas, por que no las sienta el gusto.
PÁRMENO.- Nunca te oí decir mejor cosa. Mucha sospecha me pone
el presto conceder de aquella señora y venir tan aína en todo su
querer de Celestina, engañando nuestra voluntad con sus palabras
dulces y prestas por hurtar por otra parte, como hacen los de
Egipto cuando el signo nos catan en la mano. Pues alahé, madre,
con dulces palabras están muchas injurias vengadas. El falso
bueyezuelo con su blando cencerrar trae las perdices a la red; el
canto de la sirena engaña los simples marineros con su dulzor. Así
ésta, con su mansedumbre y concesión presta, querrá tomar una
manada de nosotros a su salvo. Purgará su inocencia con la honra
de Calisto y con nuestra muerte, así como corderica mansa que mama
su madre y la ajena. Ella, con su segurar, tomará la venganza de
Calisto en todos nosotros, de manera, que, con la mucha gente que
tiene, podrá cazar a padres e hijos en una nidada y tú estarte has
rascando a tu fuego, diciendo «a salvo está el que repica».
CALISTO.- ¡Callad, locos, bellacos, sospechosos! Parece que
dais a entender que los ángeles sepan hacer mal. Sí, que Melibea
ángel disimulado es que vive entre nosotros.
SEMPRONIO.- ¿Todavía vuelves a tus herejías? Escúchale,
Pármeno, no te pene nada, que si fuere trato doble, él lo pagará,
que nosotros buenos pies tenemos.
CELESTINA.- Señor, tú estás en lo cierto; vosotros, cargados de
sospechas vanas. Yo he hecho todo lo que a mí era a cargo. Alegre
te dejo, Dios te libre y aderece. Pártome muy contenta. Si fuere
menester para esto o para más, allí estoy muy aparejada a tu
servicio.
PÁRMENO.- ¡Ji, ji, ji!
SEMPRONIO.- ¿De qué te ríes, por tu vida?
PÁRMENO.- De la prisa que la vieja tiene por irse. No ve la
hora que haber despegado la cadena de casa. No puede creer que la
tenga en su poder ni que se la han dado de verdad. No se halla
digna de tal don, tan poco como Calisto de Melibea.
SEMPRONIO.- ¿Qué quieres que haga una puta vieja alcahueta, que
sabe y entiende lo que nosotros callamos, y suele hacer siete
virgos por dos monedas, después de verse cargada de oro, sino
ponerse en salvo con la posesión, con temor no se la tornen a
tomar después que ha cumplido de su parte aquello para que era
menester? ¡Pues guárdese del diablo que sobre el partir no le
saquemos el alma!
CALISTO.- Dios vaya contigo, madre. Yo quiero dormir y reposar
un rato para satisfacer a las pasadas noches y cumplir con la por
venir.
CELESTINA.- ¡Ta, ta, ta, ta!
ELICIA.- ¿Quién llama?
CELESTINA.- Abre, hija Elicia.
ELICIA.- ¿Cómo vienes tan tarde? No lo debes hacer, que eres
vieja. Tropezarás donde caigas y mueras.
CELESTINA.- No temo eso, que de día me aviso por donde venga de
noche, que jamás me subo por poyo ni calzada, sino por medio de la
calle. Porque, como dicen, «no da paso seguro quien corre por el
muro», y que «aquel va más sano que anda por llano». Más quiero
ensuciar mis zapatos con el lodo que ensangrentar las tocas y los
cantos. Pero no te duele a ti en ese lugar.
ELICIA.- Pues, ¿qué me ha de doler?
CELESTINA.- Que se fue la compañía, que te dejé y quedaste
sola.
ELICIA.- Son pasadas cuatro horas después y ¿habíaseme de
acordar de eso?
CELESTINA.- Cuanto más presto te dejaron más con razón lo
sentiste. Pero dejemos su ida y mi tardanza. Entendamos en cenar y
dormir.
Acto XII
ARGUMENTO DEL DUODÉCIMO ACTO
Llegando la media noche, Calisto, Sempronio y Pármeno, armados,
van para casa de Melibea. Lucrecia y Melibea están cabe la puerta,
aguardando a Calisto. Viene Calisto. Háblale primero Lucrecia.
Llama a Melibea. Apártase Lucrecia. Háblanse por entre las puertas
Melibea y Calisto. Pármeno y Sempronio en su cabo departen. Oyen
gentes por la calle. Apercíbense para huir. Despídese Calisto de
Melibea, dejando concertada la tornada para la noche siguiente.
Pleberio, al son del ruido que había en la calle, despierta. Llama
a su mujer, Alisa. Preguntan a Melibea quién da patadas en su
cámara. Responde Melibea a su padre fingiendo que tenía sed.
Calisto, con sus criados, va para su casa hablando. Échase a
dormir. Pármeno y Sempronio van a casa de Celestina, demandan su
parte de la ganancia. Disimula Celestina. Vienen a reñir. Échanle
mano a Celestina; mátanla. Da voces Elicia. Viene la justicia y
prende a ambos.
CALISTO, LUCRECIA, MELIBEA, SEMPRONIO, PÁRMENO,
PLEBERIO, ALISA, CELESTINA, ELICIA.
CALISTO.- Mozos, ¿qué hora da el reloj?
SEMPRONIO.- Las diez...
CALISTO.- ¡Oh cómo me descontenta el olvido en los mozos! De mi
mucho acuerdo en esta noche y tu descuidar y olvido se haría una
razonable memoria y cuidado. ¿Cómo, desatinado, sabiendo cuánto me
va en ser diez u once, me respondías a tiento lo que más aína se
te vino a la boca? ¡Oh cuitado de mí! Si por caso me hubiera
dormido y colgara mi pregunta de la respuesta de Sempronio para
hacer de once diez, y así de doce once, saliera Melibea, yo no
fuera ido, tornárase de manera que ni mi mal hubiera fin ni mi
deseo ejecución. No se dice en balde que «mal ajeno de pelo
cuelga».
SEMPRONIO.- Tanto yerro me parece sabiendo, preguntar, como
ignorando, responder. Mejor sería, señor, que se gastase esta hora
que queda en aderezar armas que en buscar cuestiones.
CALISTO.- Bien me dice este necio. No quiero en tal tiempo
recibir enojo; no quiero pensar en lo que pudiera venir sino en lo
que fue; no en el daño que resultara de su negligencia sino en el
provecho que vendrá de mi solicitud. Quiero dar espacio a la ira,
que, o se me quitará o se me ablandará. Descuelga, Pármeno, mis
corazas y armaos vosotros, y así iremos a buen recaudo, porque,
como dicen, «el hombre apercibido, medio combatido».
PÁRMENO.- Helas aquí, señor.
CALISTO.- Ayúdame aquí a vestirlas. Mira tú, Sempronio, si
parece alguno por la calle.
SEMPRONIO.- Señor, ninguna gente parece y, aunque la hubiese,
la mucha oscuridad privaría el viso y conocimiento a los que nos
encontrasen.
CALISTO.- Pues andemos por esta calle, aunque se rodee alguna
cosa, porque más encubiertos vamos. Las doce da ya; buena hora es.
PÁRMENO.- Cerca estamos.
CALISTO.- A buen tiempo llegamos. Párate tú, Pármeno, a ver si
es venida aquella señora por entre las puertas.
PÁRMENO.- ¿Yo, señor? Nunca Dios mande que sea en dañar lo que
no concerté. Mejor será que tu presencia sea su primer encuentro,
por que, viéndome a mí, no se turbe de ver que de tantos es sabido
lo que tan ocultamente quería hacer y con tanto temor hace. O
porque quizá pensará que la burlaste.
CALISTO.- ¡Oh qué bien has dicho! La vida me has dado con tu
sutil aviso, pues no era más menester para me llevar muerto a casa
que volverse ella por mi mala providencia. Yo me llego allá;
quedaos vosotros en ese lugar.
PÁRMENO.- ¿Qué te parece, Sempronio, cómo el necio de nuestro
amo pensaba tomarme por broquel para el encuentro del primer
peligro? ¿Qué sé yo quién está tras las puertas cerradas? ¿Qué sé
yo si hay alguna traición? ¿Qué sé yo si Melibea anda, por que le
pague nuestro amo su mucho atrevimiento, de esta manera? Y, más
aún, no somos muy ciertos decir verdad la vieja. No sepas hablar,
Pármeno, sacarte han el alma sin saber quién. No seas lisonjero,
como tu amo quiere, y jamás llorarás duelos ajenos. No tomes en lo
que te cumple el consejo de Celestina y hallarte has a oscuras.
Ándate ahí con tus consejos y amonestaciones fieles: ¡darte han de
palos! No vuelvas la hoja y quedarte has a buenas noches. Quiero
hacer cuenta que hoy me nací, pues de tal peligro me escapé.
SEMPRONIO.- Paso, paso. Pármeno, no saltes ni hagas ese
bollicio de placer, que darás causa que seas sentido.
PÁRMENO.- Calla, hermano, que no me hallo de alegría cómo le
hice creer que por lo que a él cumplía dejaba de ir, ¡y era por mi
seguridad! ¿Quién supiera así rodear su provecho como yo? Muchas
cosas me verás hacer, si estás de aquí adelante atento, que no las
sientan todas personas, así con Calisto como con cuantos en este
negocio suyo se entremetieren. Porque soy cierto que esta doncella
ha de ser para él cebo de anzuelo o carne de buitrera, que suelen
pagar bien el escote los que a comerla vienen.
SEMPRONIO.- Anda, no te penen a ti esas sospechas, aunque
salgan verdaderas. Apercíbete: a la primera voz que oyeres, tomar
calzas de Villadiego.
PÁRMENO.- Leído has donde yo; en un corazón estamos. Calzas
traigo y aun borceguíes de esos ligeros que tú dices, para mejor
huir que otro. Pláceme que me has, hermano, avisado de lo que yo
no hiciera de vergüenza de ti, que nuestro amo, si es sentido, no
temo que escapará de manos de esta gente de Pleberio, para
podernos después demandar cómo lo hicimos e incusarnos el huir.
SEMPRONIO.- ¡Oh Pármeno amigo, cuán alegre y provechosa es la
conformidad en los compañeros! Aunque por otra cosa no nos fuera
buena Celestina, era harta la utilidad que por su causa nos ha
venido.
PÁRMENO.- Ninguno podrá negar lo que por sí se muestra.
Manifiesto es que con vergüenza el uno del otro, por no ser
odiosamente acusado de cobarde, esperaremos aquí la muerte con
nuestro amo, no siendo más de él merecedor de ella.
SEMPRONIO.- Salido debe haber Melibea. Escucha, que hablan
quedito.
PÁRMENO.- ¡Cómo temo que no sea ella, sino alguna que finja su
voz!
SEMPRONIO.- ¡Dios nos libre de traidores!, no nos hayan tomado
la calle por do tenemos de huir, que de otra cosa no tengo temor.
CALISTO.- Ese bullicio más de una persona lo hace. Quiero
hablar, sea quien fuere. ¡Ce, señora mía!
LUCRECIA.- La voz de Calisto es ésta. Quiero llegar. ¿Quién
habla? ¿Quién está fuera?
CALISTO.- Aquel que viene a cumplir tu mandado.
LUCRECIA.- ¿Por qué no llegas, señora? Llega sin temor acá, que
aquel caballero está aquí.
MELIBEA.- ¡Loca, habla paso! Mira bien si es él.
LUCRECIA.- Allégate, señora, que sí es, que yo lo conozco en la
voz.
CALISTO.- Cierto soy burlado. No era Melibea la que me habló.
¡Bullicio oigo, perdido soy! Pues, viva o muera, que no he de ir
de aquí.
MELIBEA.- Vete, Lucrecia, a acostar un poco. ¡Ce, señor! ¿Cómo
es tu nombre? ¿Quién es el que te mandó ahí venir?
CALISTO.- Es la que tiene merecimiento de mandar a todo el
mundo, la que dignamente servir yo no merezco. No tema tu merced
de se descubrir a este cautivo de tu gentileza, que el dulce
sonido de tu habla, jamás de mis oídos se cae, me certifica ser tú
mi señora Melibea. Yo soy tu siervo Calisto.
MELIBEA.- La sobrada osadía de tus mensajes me ha forzado a
haberte de hablar, señor Calisto, que habiendo habido de mí la
pasada respuesta a tus razones, no sé qué piensas más sacar de mi
amor de lo que entonces te mostré. Desvía estos vanos y locos
pensamientos de ti por que mi honra y persona estén, sin
detrimento de mala sospecha, seguras. A esto fue aquí mi venida, a
dar concierto en tu despedida y mi reposo. No quieras poner mi
fama en la balanza de las lenguas maldicientes.
CALISTO.- A los corazones aparejados con apercibimiento recio
contra las adversidades, ninguna puede venir que pase de claro en
claro la fuerza de su muro. Pero el triste que, desarmado y sin
proveer los engaños y celadas, se vino a meter por las puertas de
tu seguridad, cualquiera cosa que en contrario vea es razón que me
atormente y pase, rompiendo todos los almacenes en que la dulce
nueva estaba aposentada. ¡Oh malaventurado Calisto! ¡Oh cuán
burlado has sido de tus sirvientes! ¡Oh engañosa mujer Celestina!
¡Dejárasme acabar de morir y no tornaras a vivificar mi esperanza
para que tuviese más que gastar el fuego que ya me aqueja! ¿Por
qué falsaste la palabra de esta mi señora? ¿Por qué has así dado
con tu lengua causa a mi desesperación? ¿A qué me mandaste aquí
venir, para que me fuese mostrado el disfavor, el entredicho, la
desconfianza, el odio, por la misma boca de esta que tiene las
llaves de mi perdición y gloria? ¡Oh enemiga! ¿Y tú no me dijiste
que esta mi señora me era favorable? ¿No me dijiste que de su
grado mandaba venir este su cautivo al presente lugar, no para me
desterrar nuevamente de su presencia, pero para alzar el destierro
ya por otro su mandamiento, puesto antes de ahora? ¿En quién
hallaré yo fe? ¿A dónde hay verdad? ¿Quién carece de engaño? ¿A
dónde no moran falsarios? ¿Quién es claro enemigo? ¿Quién es
verdadero amigo? ¿Dónde no se fabrican traiciones? ¿Quién osó
darme tan cruda esperanza de perdición?
MELIBEA.- Cesen, señor mío, tus verdaderas querellas, que ni mi
corazón basta para las sufrir ni mis ojos para lo disimular. Tú
lloras de tristeza, juzgándome cruel; yo lloro de placer, viéndote
tan fiel. ¡Oh mi señor y mi bien todo, cuánto más alegre me fuera
poder ver tu faz que oír tu voz! Pero, pues no se puede al
presente más hacer, toma la firma y sello de las razones que te
envié escritas en la lengua de aquella solícita mensajera. Todo lo
que te dijo confirmo, todo lo he por bueno. Limpia, señor, tus
ojos, ordena de mí a tu voluntad.
CALISTO.- ¡Oh señora mía, esperanza de mi gloria, descanso y
alivio de mi pena, alegría de mi corazón! ¿Qué lengua será
bastante para te dar iguales gracias a la sobrada e incomparable
merced que, en este punto de tanta congoja para mí, me has querido
hacer en querer que un tan flaco e indigno hombre pueda gozar de
tu suavísimo amor? Del cual, aunque muy deseoso, siempre me
juzgaba indigno, mirando tu grandeza, considerando tu estado,
remirando tu perfección, contemplando tu gentileza, acatando mi
poco merecer y tu alto merecimiento, tus extremadas gracias, tus
loadas y manifiestas virtudes. Pues, ¡oh alto Dios!, ¿cómo te
podré ser ingrato, que tan milagrosamente has obrado conmigo tus
singulares maravillas? ¡Oh cuántos días antes de ahora pasados me
fue venido ese pensamiento a mi corazón! Por imposible lo
rechazaba de mi memoria, hasta que ya los rayos ilustrantes de tu
muy claro gesto dieron luz en mis ojos, encendieron mi corazón,
despertaron mi lengua, extendieron mi merecer, acortaron mi
cobardía, destorcieron mi encogimiento, doblaron mis fuerzas,
desadormecieron mis pies y manos, finalmente, me dieron tal osadía
que me han traído con su mucho poder a este sublimado estado en
que ahora me veo. Oyendo de grado tu suave voz, la cual, si antes
de ahora no conociese y no sintiese tus saludables olores, no
podría creer que careciesen de engaño tus palabras. Pero, como soy
cierto de tu limpieza de sangre y hechos, me estoy remirando si
soy yo Calisto, a quien tanto bien se hace.
MELIBEA.- Señor Calisto, tu mucho merecer, tus extremadas
gracias, tu alto nacimiento, han obrado que, después que de ti
hube entera noticia, ningún momento de mi corazón te partieses, y,
aunque muchos días he pugnado por lo disimular, no he podido tanto
que, en tornándome aquella mujer tu dulce nombre a la memoria, no
descubriese mi deseo. Y viniese a este lugar y tiempo, donde te
suplico ordenes y dispongas de mi persona según quieras. Las
puertas impiden nuestro gozo, las cuales yo maldigo y sus fuertes
cerrojos, y mis flacas fuerzas, que ni tú estarías quejoso ni yo
descontenta.
CALISTO.- ¿Cómo, señora mía? ¿Y mandas que consienta a un palo
impedir nuestro gozo? Nunca yo pensé que, demás de tu voluntad, lo
pudiera cosa estorbar. ¡Oh molestas y enojosas puertas!, ruego a
Dios que tal fuego os abrase como a mí da guerra, que con la
tercia parte seríais en un punto quemadas. Pues, por Dios, señora
mía, permite que llame a mis criados para que las quiebren.
PÁRMENO.- ¿No oyes, no oyes, Sempronio? A buscarnos quiere
venir para que nos den mal año. No me agrada cosa esta venida. ¡En
mal punto creo que se empezaron estos amores! Yo no espero más
aquí.
SEMPRONIO.- Calla, calla, escucha, que ella no consiente que
vamos allá.
MELIBEA.- ¿Quieres, amor mío, perderme a mí y dañar mi fama? No
sueltes las riendas a la voluntad. La esperanza es cierta, el
tiempo breve cuanto tú ordenares. Y pues tú sientes tu pena
sencilla y yo la de entrambos, tú solo dolor, yo el tuyo y el mío,
conténtate con venir mañana a esta hora por las paredes de mi
huerto. Que si ahora quebrases las crueles puertas, aunque al
presente no fuésemos sentidos, amanecería en casa de mi padre
terrible sospecha de mi yerro. Y, pues sabes que tanto mayor es el
yerro cuanto mayor es el que yerra, en un punto será por la ciudad
publicado.
SEMPRONIO.- ¡En hora mala acá esta noche venimos! Aquí nos ha
de amanecer, según del espacio que nuestro amo lo toma. Que,
aunque más la dicha nos ayude, nos han en tanto tiempo de sentir
de su casa o vecinos.
PÁRMENO.- Ya ha dos horas que te requiero que nos vamos, que no
faltará un achaque.
CALISTO.- ¡Oh mi señora y mi bien todo! ¿Por qué llamas yerro a
aquello que por los santos de Dios me fue concedido? Rezando hoy
ante el altar de la Magdalena me vino con tu mensaje alegre
aquella solícita mujer.
PÁRMENO.- ¡Desvariar, Calisto, desvariar! Por fe tengo,
hermano, que no es cristiano lo que la vieja traidora con sus
pestíferos hechizos ha rodeado y hecho. Dice que los santos de
Dios se lo han concedido e impetrado. Y con esta confianza quiere
quebrar las puertas, y no habrá dado el primer golpe cuando sea
sentido y tomado por los criados de su padre, que duermen cerca.
SEMPRONIO.- Ya no temas, Pármeno, que harto desviados estamos.
En sintiendo el bollicio, el buen huir nos ha de valer. Déjale
hacer, que, si mal hiciere, él lo pagará.
PÁRMENO.- Bien hablas, en mi corazón estás. Así se haga.
Huyamos la muerte, que somos mozos. Que no querer morir ni matar
no es cobardía, sino buen natural. Estos escuderos de Pleberio son
locos, no desean tanto comer ni dormir como cuestiones y ruidos.
Pues más locura sería esperar pelea con enemigo que no ama tanto
la victoria y vencimiento como la contina guerra y contienda. ¡Oh,
si me vieses, hermano, cómo estoy, placer habrías! A medio lado,
abiertas las piernas, el pie izquierdo adelante, puesto en huida,
las faldas en la cinta, la adarga arrollada, y so el sobaco, por
que no me empache. ¡Que, por Dios, que creo huyese como un gamo,
según el temor que tengo de estar aquí!
SEMPRONIO.- Mejor estoy yo, que tengo liado el broquel y el
espada con las correas, por que no se me caigan al correr, y el
casquete en la capilla.
PÁRMENO.- ¿Y las piedras que traías en ella?
SEMPRONIO.- Todas las vertí por ir más liviano, que harto tengo
que llevar en estas corazas que me hiciste vestir por
importunidad, que bien las rehusaba de traer porque me parecían
para huir muy pesadas. ¡Escucha, escucha! ¿Oyes, Pármeno? ¡A malas
andan! ¡Muertos somos! Bota presto, echa hacia casa de Celestina,
no nos atajen por nuestra casa.
PÁRMENO.- ¡Huye, huye, que corres poco! ¡Oh pecador de mí, si
nos han de, deja broquel y todo!
SEMPRONIO.- ¿Si han muerto ya a nuestro amo?
PÁRMENO.- No sé, no me digas nada; corre y calla, que el menor
cuidado mío es ése.
SEMPRONIO.- ¡Ce, ce, Pármeno! Torna, torna callando, que no es
sino la gente del alguacil, que pasaba haciendo estruendo por la
otra calle.
PÁRMENO.- Míralo bien. No te fíes en los ojos, que se antoja
muchas veces uno por otro. No me habían dejado gota de sangre.
Tragada tenía ya la muerte, que me parecía que me iban dando en
estas espaldas golpes. En mi vida me acuerdo haber tan gran temor
ni verme en tal afrenta, aunque he andado por casas ajenas harto
tiempo y en lugares de harto trabajo, que nueve años serví a los
frailes de Guadalupe, que mil veces nos apuñeábamos yo y otros.
Pero nunca, como esta vez, hube miedo de morir.
SEMPRONIO.- Y yo, ¿no serví al cura de San Miguel, y al
mesonero de la plaza, y a Mollejas el hortelano? Y también yo
tenía mis cuestiones con los que tiraban piedras a los pájaros que
asentaban en un álamo grande que tenía, porque dañaban la
hortaliza. Pero guárdete Dios de verte con armas, que aquél es el
verdadero temor. No en balde dicen «cargado de hierro y cargado de
miedo». ¡Vuelve, vuelve, que el alguacil es, cierto!
MELIBEA.- Señor Calisto, ¿qué es esto que en la calle suena?
Parecen voces de gente que van en huida. ¡Por Dios, mírate, que
estás a peligro!
CALISTO.- Señora, no temas, que a buen seguro vengo. Los míos
deben de ser, que son unos locos y desarman a cuantos pasan, y
huiríales alguno.
MELIBEA.- ¿Son muchos los que traéis?
CALISTO.- No, sino dos, pero, aunque sean seis sus contrarios,
no recibirán mucha pena para les quitar sus armas y hacerlos huir
según su esfuerzo. Escogidos son, señora, que no vengo a lumbre de
pajas. Si no fuese por lo que a tu honra toca, pedazos harían
estas puertas. Y si sentidos fuésemos, a ti y a mí librarían de
toda la gente de tu padre.
MELIBEA.- ¡Oh, por Dios, no se cometa tal cosa! Pero mucho
placer tengo que de tan fiel gente andes acompañado, bien empleado
es el pan que tan esforzados sirvientes comen. Por mi amor, señor,
pues tal gracia la natura les quiso dar, sean de ti bien tratados
y galardonados, por que en todo te guarden secreto. Y cuando sus
osadías y atrevimientos les corrigieres, a vueltas del castigo
mezcla favor, por que los ánimos esforzados no sean con
encogimiento diminutos e irritados en el osar a sus tiempos.
PÁRMENO.- ¡Ce, ce, señor! Quítate presto de aquí, que viene
mucha gente con hachas y serás visto y conocido, que no hay donde
te metas.
CALISTO.- ¡Oh mezquino yo, y cómo es forzado, señora, partirme
de ti! Por cierto, temor de la muerte no obrara tanto como el de
tu honra. Pues que así es, los ángeles queden con tu presencia. Mi
venida será, como ordenaste, por el huerto.
MELIBEA.- Así sea, y vaya Dios contigo.
PLEBERIO.- Señora mujer, ¿duermes?
ALISA.- Señor, no.
PLEBERIO.- ¿No oyes bullicio en el retraimiento de tu hija?
ALISA.- Sí oigo. ¡Melibea, Melibea!
PLEBERIO.- No te oye. Yo la llamaré más recio. ¡Hija mía
Melibea!
MELIBEA.- ¿Señor?
PLEBERIO.- ¿Quién da patadas y hace bullicio en tu cámara?
MELIBEA.- Señor, Lucrecia es, que salió por un jarro de agua
para mí, que había sed.
PLEBERIO.- Duerme, hija, que pensé que era otra cosa.
LUCRECIA.- Poco estruendo los despertó; con pavor hablaban.
MELIBEA.- No hay tan manso animal que con amor o temor de sus
hijos no asperee. Pues, ¿qué harían si mi cierta salida supiesen?
CALISTO.- Cerrad esa puerta, hijos. Y tú, Pármeno, sube una
vela arriba.
SEMPRONIO.- Debes, señor, reposar y dormir eso que queda de
aquí al día.
CALISTO.- Pláceme, que bien lo he menester. ¿Qué te parece,
Pármeno, de la vieja que tú me desalababas? ¿Qué obra ha salido de
sus manos? ¿Qué fuera hecho sin ella?
PÁRMENO.- Ni yo sentía tu gran pena ni conocía la gentileza y
merecimiento de Melibea, y así no tengo culpa. Conocía a Celestina
y sus mañas. Avisábate como a señor, pero ya me parece que es
otra. Todas las ha mudado.
CALISTO.- ¿Y cómo mudado?
PÁRMENO.- Tanto que, si no lo hubiese visto, no lo creería.
¡Mas así vivas tú como es verdad!
CALISTO.- Pues, ¿habéis oído lo que con aquella mi señora he
pasado? ¿Qué hacíais? ¿Teníais temor?
SEMPRONIO.- ¿Temor, señor, o qué? Por cierto, todo el mundo no
nos le hiciera tener. ¡Hallado habías los temerosos! Allí
estuvimos esperándote muy aparejados y nuestras armas muy a mano.
CALISTO.- ¿Habéis dormido algún rato?
SEMPRONIO.- ¿Dormir, señor? ¡Dormilones son los mozos! Nunca me
asenté ni aun junté, por Dios, los pies, mirando a todas partes
para, en sintiendo, poder saltar presto y hacer todo lo que mis
fuerzas me ayudaran. Pues Pármeno, aunque parecía que no te servía
hasta aquí de buena gana, así se holgó cuando vio los de las
hachas como lobo cuando siente polvo de ganado, pensando poder
quitárselas hasta que vio que eran muchos.
CALISTO.- No te maravilles, que procede de su natural ser osado
y, aunque no fuese por mí, hacíalo porque no pueden los tales
venir contra su uso, que, aunque muda el pelo la raposa, su
natural no despoja. Por cierto, yo dije a mi señora Melibea lo que
en vosotros hay y cuán seguras tenía mis espaldas con vuestra
ayuda y guarda. Hijos, en mucho cargo os soy. Rogad a Dios por
salud, que yo os galardonaré más cumplidamente vuestro buen
servicio. Id con Dios a reposar.
PÁRMENO.- ¿A dónde iremos, Sempronio? ¿A la cama a dormir o a
la cocina a almorzar?
SEMPRONIO.- Ve tú donde quisieres, que, antes que venga el día,
quiero yo ir a Celestina a cobrar mi parte de la cadena. Que es
una puta vieja, no le quiero dar tiempo en que fabrique alguna
ruindad con que nos excluya.
PÁRMENO.- Bien dices. Olvidádolo había. Vamos entrambos y, si
en eso se pone, espantémosla de manera que le pese, que sobre
dinero no hay amistad.
SEMPRONIO.- ¡Ce, ce, calla!, que duerme cabe esta ventanilla.
Ta, ta, señora Celestina, ábrenos.
CELESTINA.- ¿Quién llama?
SEMPRONIO.- Abre, que son tus hijos.
CELESTINA.- No tengo yo hijos que anden a tal hora.
SEMPRONIO.- Ábrenos a Pármeno y Sempronio, que nos venimos acá
almorzar contigo.
CELESTINA.- ¡Oh locos traviesos! Entrad, entrad. ¿Cómo venís a
tal hora, que ya amanece? ¿Qué habéis hecho? ¿Qué os ha pasado? ¿Despidiose
la esperanza de Calisto o vive todavía con ella, o cómo queda?
SEMPRONIO.- ¿Cómo, madre? Si por nosotros no fuera ya anduviera
su alma buscando posada para siempre. Que, si estimarse pudiese a
lo que de allí nos queda obligado, no sería su hacienda bastante a
cumplir la deuda, si verdad es lo que dicen que la vida y persona
es más digna y de más valor que otra cosa ninguna.
CELESTINA.- ¡Jesú! ¿Que en tanta afrenta os habéis visto?
Cuéntamelo, por Dios.
SEMPRONIO.- Mira qué tanta que, por mi vida, la sangre me
hierve en el cuerpo en tornarlo a pensar.
CELESTINA.- Reposa, por Dios, y dímelo.
PÁRMENO.- Cosa larga le pides, según venimos alterados y
cansados del enojo que habemos habido. Harías mejor en aparejarnos
a él y a mí de almorzar; quizá nos amansaría algo la alteración
que traemos. Que cierto te digo que no querría ya topar hombre que
paz quisiese. Mi gloria sería ahora hallar en quién vengar la ira
que no pude en los que nos la causaron, por su mucho huir.
CELESTINA.- ¡Landre me mate si no me espanto en verte tan
fiero! Creo que burlas. Dímelo ahora, Sempronio, tú, por mi vida:
¿qué os ha pasado?
SEMPRONIO.- Por Dios, sin seso vengo, desesperado; aunque para
contigo por demás es no templar la ira y todo enojo, y mostrar
otro semblante que con los hombres. Jamás me mostré poder mucho
con los que poco pueden. Traigo, señora, todas las armas
despedazadas, el broquel sin aro, la espada como sierra, el
casquete abollado en la capilla. Que no tengo con que salir un
paso con mi amo cuando menester me haya, que quedó concertado de
ir esta noche que viene a verse por el huerto. Pues, ¿comprarlo de
nuevo? ¡No mandó un maravedí en que caiga muerto!
CELESTINA.- Pídelo, hijo, a tu amo, pues en su servicio se
gastó y quebró. Pues sabes que es persona que luego lo cumplirá,
que no es de los que dicen «vive conmigo y busca quien te
mantenga». Él es tan franco que te dará para eso y para más.
SEMPRONIO.- ¡Ja! Trae también Pármeno perdidas las suyas; a
este cuento en armas se le irá su hacienda. ¿Cómo quieres que le
sea tan importuno en pedirle más de lo que él de su propio grado
hace, pues es harto? No digan por mí que, dándome un palmo, pido
cuatro. Dionos las cien monedas, dionos después la cadena. A tres
tales aguijones no tendrá cera en el oído. Caro le costaría este
negocio. Contentémonos con lo razonable, no lo perdamos todo por
querer más de la razón, que quien mucho abarca poco suele apretar.
CELESTINA.- ¡Gracioso es el asno! Por mi vejez, que, si sobre
comer fuera, que dijera que habíamos todos cargado demasiado.
¿Estás en tu seso, Sempronio? ¿Qué tiene que hacer tu galardón con
mi salario, tu soldada con mis mercedes? ¿Soy yo obligada a soldar
vuestras armas, a cumplir vuestras faltas? A osadas, que me maten
si no te has asido a una palabrilla que te dije el otro día
viniendo por la calle, que cuanto yo tenía era tuyo y que, en
cuanto pudiese con mis pocas fuerzas, jamás te faltaría. Y que, si
Dios me diese buena manderecha con tu amo, que tú no perderías
nada. Pues ya sabes, Sempronio, que estos ofrecimientos, estas
palabras de buen amor, no obligan. No ha de ser oro cuanto reluce,
si no, más barato valdría. Dime, ¿estoy en tu corazón, Sempronio?
Verás, si aunque soy vieja, si acierto lo que tú puedes pensar.
Tengo, hijo, en buena fe, más pesar, que se me quiere salir esta
alma de enojo. Di a esta loca de Elicia, como vine de tu casa, la
cadenilla que traje para que se holgase con ella, y no se puede
acordar dónde la puso, que en toda esta noche ella ni yo no
habemos dormido sueño de pesar. No por su valor de la cadena, que
no era mucho, pero por su mal cobro de ella y de mi mala dicha.
Entraron unos conocidos y familiares míos en aquella sazón aquí.
Temo no la hayan llevado diciendo «si te vi, burleme, etc.». Así
que, hijos, ahora que quiero hablar con entrambos, si algo vuestro
amo a mí me dio, debéis mirar que es mío; que de tu jubón de
brocado no te pedí yo parte ni la quiero. Sirvamos todos, que a
todos dará según viere que lo merecen. Que si me ha dado algo, dos
veces he puesto por él mi vida al tablero. Más herramienta se me
ha embotado en su servicio que a vosotros. Más materiales he
gastado, pues habéis de pensar, hijos, que todo me cuesta dinero,
aun mi saber, que no lo he alcanzado holgando, de lo cual fuera
buen testigo su madre de Pármeno, Dios haya su alma. Esto trabajé
yo; a vosotros se os debe esotro. Esto tengo yo por oficio y
trabajo; vosotros, por recreación y deleite. Pues así, no habéis
vosotros de haber igual galardón de holgar que yo de penar. Pero,
aun con todo lo que he dicho, no os despidáis, si mi cadena
parece, de sendos pares de calzas de grana, que es el hábito que
mejor en los mancebos parece. Y si no, recibid la voluntad, que yo
me callaré con mi pérdida. Y todo esto de buen amor, porque
holgasteis que hubiese yo antes el provecho de estos pasos que no
otra. Y si no os contentarais, de vuestro daño haréis.
SEMPRONIO.- No es ésta la primera vez que yo he dicho cuánto en
los viejos reina este vicio de codicia. Cuando pobre, franca;
cuando rica, avarienta. Así que adquiriendo crece la codicia y la
pobreza codiciando, y ninguna cosa hace pobre al avariento sino la
riqueza. ¡Oh Dios, y cómo crece la necesidad con la abundancia!
¿Quién la oyó esta vieja decir que me llevase yo todo el provecho,
si quisiese, de este negocio, pensando que sería poco? Ahora que
lo ve crecido no quiere dar nada, por cumplir el refrán de los
niños, que dicen «de lo poco, poco; de lo mucho, nada».
PÁRMENO.- Dete lo que prometió o tomémosselo todo. Harto te
decía yo quién era esta vieja, si tú me creyeras.
CELESTINA.- Si mucho enojo traéis con vosotros, o con vuestro
amo o armas, no lo quebréis en mí, que bien sé dónde nace esto.
Bien sé y barrunto de qué pie coxqueáis; no cierto de la necesidad
que tenéis de lo que pedís, ni aun por la mucha codicia que lo
tenéis, sino pensando que os he de tener toda vuestra vida atados
y cautivos con Elicia y Areúsa, sin quereros buscar otras.
Movéisme estas amenazas de dinero, ponéisme estos temores de la
partición. Pues callad, que quien éstas os supo acarrear, os dará
otras diez ahora que hay más conocimiento, y más razón, y más
merecido de vuestra parte. Y si sé cumplir lo que se promete en
este caso, dígalo Pármeno. ¡Dilo, di, no hayas empacho de contar
cómo nos pasó cuando a la otra dolía la madre!
SEMPRONIO.- Yo dígole que se vaya y abájase las bragas; no ando
por lo que piensas. No entremetas burlas a nuestra demanda, que
con ese galgo no tomarás, si yo puedo, más liebres. Déjate conmigo
de razones. A perro viejo, no cuz cuz. Danos las dos partes por
cuenta de cuanto de Calisto has recibido; no quieras que se
descubra quién tú eres. ¡A los otros, a los otros con esos
halagos, vieja!
CELESTINA.- ¿Quién soy yo, Sempronio? ¿Quitásteme de la putería?
Calla tu lengua, no amengües mis canas, que soy una vieja cual
Dios me hizo, no peor que todas. Vivo de mi oficio, como cada cual
oficial del suyo, muy limpiamente. A quien no me quiere no lo
busco; de mi casa me vienen a sacar, en mi casa me ruegan. Si bien
o mal vivo, Dios es el testigo de mi corazón. Y no pienses con tu
ira maltratarme, que justicia hay para todos y a todos es igual.
Tan bien seré oída, aunque mujer, como vosotros muy peinados.
Déjame en mi casa con mi fortuna. Y tú, Pármeno, no pienses que
soy tu cautiva por saber mis secretos y mi vida pasada, y los
casos que nos acaecieron a mí y a la desdichada de tu madre. Aun
así me trataba ella cuando Dios quería.
PÁRMENO.- ¡No me hinches las narices con esas memorias; si no,
enviarte he con nuevas a ella, donde mejor te puedas quejar!
CELESTINA.- ¡Elicia, Elicia, levántate de esa cama! ¡Daca mi
manto, presto!, que, por los santos de Dios, para aquella justicia
me vaya bramando como una loca. ¿Qué es esto? ¿Qué quieren decir
tales amenazas en mi casa? ¡Con una oveja mansa tenéis vosotros
manos y braveza, con una gallina atada, con una vieja de sesenta
años! ¡Allá, allá con los hombres como vosotros! ¡Contra los que
ciñen espada mostrad vuestras iras, no contra mi flaca rueca!
Señal es de gran cobardía acometer a los menores y a los que poco
pueden. Las sucias moscas nunca pican sino los bueyes magros y
flacos. Los gozques ladradores a los pobres peregrinos aquejan con
mayor ímpetu. Si aquella que allí está en aquella cama me hubiese
a mí creído, jamás quedaría esta casa de noche sin varón, ni
dormiríamos a lumbre de pajas; pero, por aguardarte, por serte
fiel, padecemos esta soledad. Y como nos veis mujeres, habláis y
pedís demasías, lo cual, si hombre sintieseis en la posada, no
haríais, que, como dicen, «el duro adversario entibia las iras y
sañas».
SEMPRONIO.- ¡Oh vieja avarienta, muerta de sed por dinero!, ¿no
serás contenta con la tercia parte de lo ganado?
CELESTINA.- ¿Qué tercia parte? Vete con Dios de mi casa tú. Y
esotro no dé voces, no allegue la vecindad. No me hagáis salir de
seso, no queráis que salgan a plaza las cosas de Calisto y
vuestras.
SEMPRONIO.- Da voces o gritos, que tú cumplirás lo que
prometiste o cumplirás hoy tus días.
ELICIA.- Mete, por Dios, el espada. Tenlo, Pármeno, tenlo, no
la mate ese desvariado.
CELESTINA.- ¡Justicia, justicia, señores vecinos! ¡Justicia,
que me matan en mi casa estos rufianes!
SEMPRONIO.- ¿Rufianes o qué? Espera, doña hechicera, que yo te
haré ir al infierno con cartas.
CELESTINA.- ¡Ay, que me ha muerto! ¡Ay, ay, confesión,
confesión!
PÁRMENO.- Dale, dale. Acábala, pues comenzaste, que nos
sentirán. ¡Muera, muera! De los enemigos, los menos.
CELESTINA.- ¡Confesión!
ELICIA.- ¡Oh crueles enemigos! ¡En mal poder os veáis! ¿Y para
quién tuvisteis manos? Muerta es mi madre y mi bien todo.
SEMPRONIO.- ¡Huye, huye, Pármeno, que carga mucha gente! ¡Guarte,
guarte, que viene el alguacil!
PÁRMENO.- ¡Oh pecador de mí, que no hay por dó nos vamos, que
está tomada la puerta!
SEMPRONIO.- ¡Saltemos de estas ventanas; no muramos en poder de
justicia!
PÁRMENO.- ¡Salta, que yo tras ti voy!
Acto XIII
ARGUMENTO DEL DECIMOTERCER ACTO
Despertado Calisto de dormir, está hablando consigo mismo. De
aquí a un poco está llamando a Tristán y a otros sus criados.
Torna a dormir Calisto. Pónese Tristán a la puerta. Viene Sosia
llorando. Preguntado de Tristán, Sosia cuéntale la muerte de
Sempronio y Pármeno. Van a decir las nuevas a Calisto, el cual,
sabiendo la verdad, hace gran lamentación.
CALISTO, TRISTÁN, SOSIA.
CALISTO.- ¡Oh cómo he dormido tan a mi placer después de aquel
azucarado rato, después de aquel angélico razonamiento! Gran
reposo he tenido. El sosiego y descanso, ¿procede de mi alegría, o
lo causó el trabajo corporal mi mucho dormir, o la gloria y placer
del ánimo? Y no me maravillo que lo uno y lo otro se juntasen a
cerrar los candados de mis ojos, pues trabajé con el cuerpo y
persona y holgué con el espíritu y sentido la pasada noche. Muy
cierto es que la tristeza acarrea pensamiento, y el mucho pensar
impide el sueño, como a mí estos días es acaecido con la
desconfianza que tenía de la mayor gloria, que ya poseo. ¡Oh
señora y amor mío, Melibea! ¿Qué piensas ahora? ¿Si duermes o
estás despierta? ¿Si piensas en mí o en otro? ¿Si estás levantada
o acostada? ¡Oh dichoso y bienandante Calisto, si verdad es que no
ha sido sueño lo pasado! ¿Soñelo o no? ¿Fue fantaseado o pasó en
verdad? Pues no estuve solo; mis criados me acompañaron. Dos eran.
Si ellos dicen que pasó, en verdad creerlo he, según derecho.
Quiero mandarlos llamar para más confirmar mi gozo. ¡Tristanico,
mozos! ¡Tristanico, levántate de ahí!
TRISTÁN.- Señor, levantado estoy.
CALISTO.- Corre, llámame a Sempronio y a Pármeno.
TRISTÁN.- Ya voy, señor.
CALISTO
Duerme y descansa, penado,
desde ahora,
pues te ama tu señora
de su grado.
Venza placer al cuidado
y no le vea,
pues te ha hecho su privado
Melibea.
TRISTÁN.- Señor, no hay ningún mozo en casa.
CALISTO.- Pues abre esas ventanas; verás qué hora es.
TRISTÁN.- Señor, bien de día.
CALISTO.- Pues tórnalas a cerrar y déjame dormir hasta que sea
hora de comer.
TRISTÁN.- Quiero bajarme a la puerta por que duerma mi amo sin
que ninguno le impida, y a cuantos le buscaren se le negaré. ¡Oh
qué grita suena en el mercado! ¿Qué es esto? Alguna justicia se
hace o madrugaron a correr toros. No sé qué me diga de tan grandes
voces como se dan. De allá viene Sosia, el mozo de espuelas; él me
dirá qué es esto. Desgreñado viene el bellaco; en alguna taberna
se debe haber revolcado. Y si mi amo le cae en el rastro, mandarle
ha dar dos mil palos, que, aunque es algo loco, la pena le hará
cuerdo. Parece que viene llorando. ¿Qué es esto, Sosia? ¿Por qué
lloras? ¿De dó vienes?
SOSIA.- ¡Oh malaventurado yo! ¡Oh qué pérdida tan grande! ¡Oh
deshonra de la casa de mi amo! ¡Oh qué mal día amaneció éste! ¡Oh
desdichados mancebos!
TRISTÁN.- ¿Qué es? ¿Qué has? ¿Por qué te matas? ¿Qué mal es
éste?
SOSIA.- Sempronio y Pármeno...
TRISTÁN.- ¿Qué dices, Sempronio y Pármeno? ¿Qué es esto, loco?
¡Aclárate más, que me turbas!
SOSIA.- Nuestros compañeros, nuestros hermanos...
TRISTÁN.- O tú estás borracho, o has perdido el seso, o traes
alguna mala nueva. ¿No me dices qué es eso que dices de esos
mozos?
SOSIA.- Que quedan degollados en la plaza.
TRISTÁN.- ¡Oh mala fortuna la nuestra si es verdad! ¿Vístelos
cierto o habláronte?
SOSIA.- Ya sin sentido iban, pero el uno, con harta dificultad,
como me sintió que con lloro le miraba, hincó los ojos en mí,
alzando las manos al cielo, cuasi dando gracias a Dios y como
preguntando si me sentía de su morir. Y en señal de triste
despedida abajó su cabeza con lágrimas en los ojos, dando bien a
entender que no me había de ver más hasta el día del gran Juicio.
TRISTÁN.- No sentiste bien, que sería preguntarte si estaba
presente Calisto. Y pues tan claras señas traes de este cruel
dolor, vamos presto con las tristes nuevas a nuestro amo.
SOSIA.- ¡Señor, señor!
CALISTO.- ¿Qué es eso, locos? ¿No os mandé que no me
recordaseis?
SOSIA.- Recuerda y levanta, que si tú no vuelves por los tuyos,
de caída vamos. Sempronio y Pármeno quedan descabezados en la
plaza como públicos malhechores, con pregones que manifestaban su
delito.
CALISTO.- ¡Oh válgame Dios! ¿Y qué es esto que me dices? No sé
si te crea tan acelerada y triste nueva. ¿Vístelos tú?
SOSIA.- Yo los vi.
CALISTO.- Cata, mira qué dices, que esta noche han estado
conmigo.
SOSIA.- Pues madrugaron a morir.
CALISTO.- ¡Oh mis leales criados! ¡Oh mis grandes servidores!
¡Oh mis fieles secretarios y consejeros! ¿Puede ser tal cosa
verdad? ¡Oh amenguado Calisto, deshonrado quedas para toda tu
vida! ¿Qué será de ti, muertos tal par de criados? Dime, por Dios,
Sosia, ¿qué fue la causa? ¿Qué decía el pregón? ¿Dónde los
tomaron? ¿Qué justicia lo hizo?
SOSIA.- Señor, la causa de su muerte publicaba el cruel verdugo
a voces, diciendo: «Manda la justicia mueran los violentos
matadores».
CALISTO.- ¿A quién mataron tan presto? ¿Qué puede ser esto? No
ha cuatro horas que de mí se despidieron. ¿Cómo se llamaba el
muerto?
SOSIA.- Señor, una mujer que se llamaba Celestina.
CALISTO.- ¿Qué me dices?
SOSIA.- Esto que oyes.
CALISTO.- Pues si eso es verdad, mata tú a mí, yo te perdono,
que más mal hay que viste ni puedes pensar si Celestina, la de la
cuchillada, es la muerta.
SOSIA.- Ella misma es. De más de treinta estocadas la vi
llagada, tendida en su casa, llorándola una su criada.
CALISTO.- ¡Oh tristes mozos! ¿Cómo iban? ¿Viéronte? ¿Habláronte?
SOSIA.- ¡Oh señor, que si los vieras, quebraras el corazón de
dolor! El uno llevaba todos los sesos de la cabeza fuera, sin
ningún sentido. El otro, quebrados entrambos brazos y la cara
magullada. Todos llenos de sangre, que saltaron de unas ventanas
muy altas por huir del alguacil. Y así, cuasi muertos, les
cortaron las cabezas, que creo que ya no sintieron nada.
CALISTO.- Pues yo bien siento mi honra. Pluguiera a Dios que
fuera yo ellos y perdiera la vida y no la honra, y no la esperanza
de conseguir mi comenzado propósito, que es lo que más, en este
caso desastrado, siento.¡Oh mi triste nombre y fama, cómo andas al
tablero de boca en boca! ¡Oh mis secretos más secretos, cuán
públicos andaréis por las plazas y mercados! ¿Qué será de mí? ¿A
dónde iré? Que salga allá, a los muertos no puedo ya remediar. Que
me esté aquí, parecerá cobardía. ¿Qué consejo tomaré? Dime, Sosia,
¿qué era la causa por que la mataron?
SOSIA.- Señor, aquella su criada, dando voces, llorando su
muerte la publicaba a cuantos la querían oír, diciendo que porque
no quiso partir con ellos una cadena de oro que tú le diste.
CALISTO.- ¡Oh día de congoja, oh fuerte tribulación, y en que
anda mi hacienda de mano en mano y mi nombre de lengua en lengua!
Todo será público cuanto con ella y con ellos hablaba, cuanto de
mí sabían, el negocio en que andaban. No osaré salir ante gentes.
¡Oh pecadores de mancebos, padecer por tan súbito desastre! ¡Oh mi
gozo, cómo te vas disminuyendo! Proverbio es antiguo que de muy
alto grandes caídas se dan. Mucho había anoche alcanzado; mucho
tengo hoy perdido. Rara es la bonanza en el piélago. Yo estaba en
título de alegre si mi ventura quisiera tener quedos los ondosos
vientos de mi perdición. ¡Oh fortuna, cuánto y por cuántas partes
me has combatido! Pues, por más que sigas mi morada y seas
contraria a mi persona, las adversidades con igual ánimo se han de
sufrir, y en ellas se prueba el corazón recio o flaco. No hay
mejor toque para conocer qué quilates de virtud o esfuerzo tiene
el hombre, pues por más mal y daño que me venga, no dejaré de
cumplir el mandado de aquella por quien todo esto se ha causado,
que más me va en conseguir la ganancia de la gloria que espero que
en la pérdida de morir los que murieron. Ellos eran sobrados y
esforzados, ahora o en otro tiempo de pagar habían. La vieja era
mala y falsa, según parece, que hacía trato con ellos, y así que
riñeron sobre la capa del justo. Permisión fue divina que así
acabase en pago de muchos adulterios que por su intercesión o
causa son cometidos. Quiero hacer aderezar a Sosia y a Tristanico.
Irán conmigo este tan esperado camino; llevarán escalas, que son
altas las paredes. Mañana haré que vengo de fuera, si pudiere
vengar estas muertes; si no, pagaré mi inocencia con mi fingida
ausencia o me fingiré loco, por mejor gozar de este sabroso
deleite de mis amores, como hizo aquel gran capitán Ulises por
evitar la batalla troyana y holgar con Penélope, su mujer.
Acto XIV
ARGUMENTO DEL DECIMOCUARTO ACTO
Está Melibea muy afligida hablando con Lucrecia sobre la
tardanza de Calisto, el cual le había hecho voto de venir en
aquella noche a visitarla, lo cual cumplió, y con él vinieron
Sosia y Tristán. Y después que cumplió su voluntad, volvieron
todos a la posada. Y Calisto se retrae en su palacio y quéjase por
haber estado tan poca cuantidad de tiempo con Melibea. Y ruega a
Febo que cierre sus rayos, para haber de restaurar su deseo.
MELIBEA, LUCRECIA,SOSIA, TRISTÁN, CALISTO.
MELIBEA.- Mucho se tarda aquel caballero que esperamos. ¿Qué
crees tú o sospechas de su estada, Lucrecia?
LUCRECIA.- Señora, que tiene justo impedimento y que no es en
su mano venir más presto.
MELIBEA.- Los ángeles sean en su guarda, su persona esté sin
peligro, que su tardanza no me da pena. Mas, cuitada, pienso
muchas cosas que desde su casa acá le podrían acaecer. ¿Quién sabe
si él, con voluntad de venir al prometido plazo en la forma que
los tales mancebos a las tales horas suelen andar, fue topado de
los alguaciles nocturnos y, sin le conocer, le han acometido, el
cual por se defender los ofendió o es de ellos ofendido? ¿O si,
por caso, los ladradores perros con sus crueles dientes, que
ninguna diferencia saben hacer ni acatamiento de personas, le
hayan mordido? ¿O si ha caído en alguna calzada u hoyo, donde
algún daño le viniese? Mas, ¡oh mezquina de mí!, ¿qué son estos
inconvenientes que el concebido amor me pone delante y los
atribulados imaginamientos me acarrean? No plega a Dios que
ninguna de estas cosas sea, antes esté cuanto le placerá sin
verme. Mas oye, oye, que pasos suenan en la calle y aun parece que
hablan de esta otra parte del huerto.
SOSIA.- Arrima esa escalera, Tristán, que éste es el mejor
lugar, aunque alto.
TRISTÁN.- Sube, señor. Yo iré contigo, porque no sabemos quién
está dentro. Hablando están.
CALISTO.- Quedaos, locos, que yo entraré solo, que a mi señora
oigo.
MELIBEA.- Es tu sierva, es tu cautiva, es la que más tu vida
que la suya estima. ¡Oh mi señor!, no saltes de tan alto, que me
moriré en verlo; baja, baja poco a poco por el escala; no vengas
con tanta presura.
CALISTO.- ¡Oh angélica imagen! ¡Oh preciosa perla ante quien el
mundo es feo! ¡Oh mi señora y mi gloria! En mis brazos te tengo y
no lo creo. Mora en mi persona tanta turbación de placer que me
hace no sentir todo el gozo que poseo.
MELIBEA.- Señor mío, pues me fié en tus manos, pues quise
cumplir tu voluntad, no sea de peor condición por ser piadosa que
si fuera esquiva y sin misericordia. No quieras perderme por tan
breve deleite y en tan poco espacio, que las mal hechas cosas,
después de cometidas, más presto se pueden reprehender que
enmendar. Goza de lo que yo gozo, que es ver y llegar a tu
persona; no pidas ni tomes aquello que, tomado, no será en tu mano
volver. Guarte, señor, de dañar lo que con todos tesoros del mundo
no se restaura.
CALISTO.- Señora, pues por conseguir esta merced toda mi vida
he gastado, ¿qué sería, cuando me la diesen, desecharla? Ni tú,
señora, me lo mandaras, ni yo lo podría acabar conmigo. No me
pidas tal cobardía. No es hacer tal cosa de ninguno que hombre
sea, mayormente amando como yo. Nadando por este fuego de tu deseo
toda mi vida, ¿no quieres que me arrime al dulce puerto a
descansar de mis pasados trabajos?
MELIBEA.- Por mi vida, que aunque hable tu lengua cuanto
quisiere, no obren las manos cuanto pueden. Está quedo, señor mío.
Bástete, pues ya soy tuya, gozar de lo exterior, de esto que es
propio fruto de amadores; no me quieras robar el mayor don que la
natura me ha dado. Cata que del buen pastor es propio tresquilar
sus ovejas y ganado, pero no destruirlo y estragarlo.
CALISTO.- ¿Para qué, señora? ¿Para que no esté queda mi pasión?
¿Para penar de nuevo? ¿Para tornar el juego de comienzo? Perdona,
señora, a mis desvergonzadas manos, que jamás pensaron de tocar tu
ropa con su indignidad y poco merecer. Ahora gozan de llegar a tu
gentil cuerpo y lindas y delicadas carnes.
MELIBEA.- Apártate allá, Lucrecia.
CALISTO.- ¿Por qué, mi señora? Bien me huelgo que estén
semejantes testigos de mi gloria.
MELIBEA.- Yo no los quiero de mi yerro. Si pensara que tan
desmesuradamente te habías de haber conmigo, no fiara mi persona
de tu cruel conversación.
SOSIA.- Tristán, bien oyes lo que pasa. ¿En qué términos anda
el negocio?
TRISTÁN.- Oigo tanto que juzgo a mi amo por el más
bienaventurado hombre que nació, y por mi vida que, aunque soy
muchacho, que diese tan buena cuenta como mi amo.
SOSIA.- Para con tal joya quienquiera se tendría manos, pero
con su pan se la coma, que bien caro le cuesta: dos mozos entraron
en la salsa de estos amores.
TRISTÁN.- Ya los tiene olvidados. ¡Dejaos morir sirviendo a
ruines, haced locuras en confianza de su defensión! Viviendo con
el Conde que no matase al hombre, me daba mi madre por consejo.
Veslos a ellos alegres y abrazados, y sus servidores con harta
mengua degollados.
MELIBEA.- ¡Oh mi vida y mi señor! ¿Cómo has querido que pierda
el nombre y corona de virgen por tan breve deleite? ¡Oh pecadora
de ti! Mi madre, si de tal cosa fueses sabedora, ¡cómo tomarías de
grado tu muerte y me la darías a mí por fuerza! ¡Cómo serías cruel
verdugo de tu propia sangre! ¡Cómo sería yo fin quejosa de tus
días! ¡Oh mi padre honrado, cómo he dañado tu fama y dado causa y
lugar a quebrantar tu casa! ¡Oh traidora de mí, cómo no miré
primero el gran yerro que se seguía de tu entrada, el gran peligro
que esperaba!
SOSIA.- ¡Antes quisiera yo oírte esos milagros! Todas sabéis
esa oración después que no puede dejar de ser hecho. ¡Y el bobo de
Calisto que se lo escucha!
CALISTO.- Ya quiere amanecer. ¿Qué es esto? No parece que ha
una hora que estamos aquí y da el reloj las tres.
MELIBEA.- Señor, por Dios, pues ya todo queda por ti, pues soy
tu dueña, pues ya no puedes negar mi amor, no me niegues tu vista,
mas, las noches que ordenares sea tu venida por este secreto
lugar, a la misma hora, por que siempre te espere apercibida del
gozo con que quedo, esperando las venideras noches. Y por el
presente, vete con Dios, que no serás visto, que hace muy oscuro,
ni yo en casa sentida, que aún no amanece.
CALISTO.- Mozos, poned el escala.
SOSIA.- Señor, vesla aquí. Baja.
MELIBEA.- Lucrecia, vente acá, que estoy sola. Aquel señor mío
es ido. Conmigo deja su corazón; consigo lleva el mío. ¿Hasnos
oído?
LUCRECIA.- No, señora, que durmiendo he estado.
SOSIA.- Tristán, debemos ir muy callando, porque suelen
levantarse a esta hora los ricos, los codiciosos de temporales
bienes, los devotos de templos, monasterios e iglesias, los
enamorados como nuestro amo, los trabajadores de los campos y
labranzas, y los pastores, que en este tiempo traen las ovejas a
estos apriscos a ordeñar, y podría ser que cogiesen de pasada
alguna razón por do toda su honra y la de Melibea se turbase.
TRISTÁN.- ¡Oh simple rascacaballos, dices que callemos y
nombras su nombre de ella! ¡Bueno eres para adalid o para regir
gente en tierra de moros de noche! Así que, prohibiendo, permites;
encubriendo, descubres; asegurando, ofendes; callando, voceas y
pregonas; preguntando, respondes. Pues tan sutil y discreto eres,
¿no me dirás en qué mes cae Santa María de agosto, por que sepamos
si hay harta paja en casa que comas hogaño?
CALISTO.- Mis cuidados y los de vosotros no son todos unos.
Entrad callando, no nos sientan en casa. Cerrad esa puerta y vamos
a reposar, que yo me quiero subir solo a mi cámara. Yo me
desarmaré. Id vosotros a vuestras camas.
CALISTO.- ¡Oh mezquino yo, cuánto me es agradable de mi natural
la solicitud y silencio y oscuridad! No sé si lo causa que me vino
a la memoria la traición que hice en me despartir de aquella
señora que tanto amo hasta que más fuera de día, o el dolor de mi
deshonra. ¡Ay, ay!, que esto es, esta herida es la que siento,
ahora que se ha resfriado, ahora que está helada la sangre que
ayer hervía, ahora que veo la mengua de mi casa, la falta de mi
servicio, la perdición de mi patrimonio, la infamia que tiene mi
persona, de la muerte de mis criados se ha seguido. ¿Qué hice? ¿En
qué me detuve? ¿Cómo me pude sufrir que no me mostré luego
presente como hombre injuriado, vengador, soberbio y acelerado de
la manifiesta injusticia que me fue hecha? ¡Oh mísera suavidad de
esta brevísima vida!, ¿quién es de ti tan codicioso que no quiera
más morir luego que gozar un año de vida denostado y prorrogarle
con deshonra, corrompiendo la buena fama de los pasados?
Mayormente que no hay hora cierta ni limitada, ni aun un solo
momento. Deudores somos sin tiempo, contino estamos obligados a
pagar luego. ¿Por qué no salí a inquirir siquiera la verdad de la
secreta causa de mi manifiesta perdición? ¡Oh breve deleite
mundano, cómo duran poco y cuestan mucho tus dulzores! No se
compra tan caro el arrepentir. ¡Oh triste yo!, ¿cuándo se
restaurará tan grande pérdida? ¿Qué haré? ¿Qué consejo tomaré? ¿A
quién descubriré mi mengua? ¿Por qué lo celo a los otros mis
servidores y parientes? Tresquílanme en consejo y no lo saben en
mi casa. Salir quiero, pero, si salgo para decir que he estado
presente, es tarde; si ausente, es temprano. Y para proveer amigos
y criados antiguos, parientes y allegados, es menester tiempo, y
para buscar armas y otros aparejos de venganza. ¡Oh cruel juez, y
qué mal pago me has dado del pan que de mi padre comiste! Yo
pensaba que pudiera con tu favor matar mil hombres sin temor de
castigo, ¡inicuo falsario, perseguidor de verdad, hombre de bajo
suelo! Bien dirán por ti que te hizo alcalde mengua de hombres
buenos. Miraras que tú y los que mataste en servir a mis pasados y
a mí erais compañeros. Mas, cuando el vil está rico, no tiene
pariente ni amigo. ¡Quién pensara que tú me habías de destruir! No
hay, cierto, cosa más empecible que el incogitado enemigo. ¿Por
qué quisiste que dijesen «del monte sale con que se arde» y «que
crié cuervo que me sacase el ojo»? Tú eres público delincuente y
mataste a los que son privados. Y pues sabe que menor delito es el
privado que el público, menor su utilidad, según las leyes de
Atenas disponen, las cuales no son escritas con sangre; antes
muestran que es menor yerro no condenar los malhechores que punir
los inocentes. ¡Oh cuán peligroso es seguir justa causa delante
injusto juez! Cuánto más este exceso de mis criados, que no
carecía de culpa. Pues mira, si mal has hecho, que hay sindicado
en el cielo y en la tierra. Así que a Dios y al rey serás reo, y a
mí capital enemigo. ¿Que pecó el uno por lo que hizo el otro? ¿Que
por sólo ser su compañero los mataste a entrambos? Pero, ¿qué
digo? ¿Con quién hablo? ¿Estoy en mi seso? ¿Qué es esto, Calisto?
¿Soñabas, duermes o velas? ¿Estás en pie o acostado? Cata que
estás en tu cámara. ¿No ves que el ofendedor no está presente?
¿Con quién lo has? Torna en ti. Mira que nunca los ausentes se
hallaron justos, oye entrambas partes para sentenciar. ¿No ves que
por ejecutar la justicia no había de mirar amistad ni deudo ni
crianza? ¿No miras que la ley tiene de ser igual a todos? Mira que
Rómulo, el primer cimentador de Roma, mató a su propio hermano
porque la ordenada ley traspasó. Mira a Torcuato romano cómo mató
a su hijo porque excedió la tribunicia constitución. Otros muchos
hicieron lo mismo. Considera que, si aquí presente él estuviese,
respondería que hacientes y consintientes merecen igual pena,
aunque a entrambos matase por lo que el uno pecó. Y que, si
aceleró en su muerte, que era crimen notorio y no eran necesarias
muchas pruebas, y que fueron tomados en el acto del matar, que ya
estaba el uno muerto de la caída que dio. Y también se debe creer
que aquella lloradera moza que Celestina tenía en su casa le dio
recia prisa con su triste llanto. Y él, por no hacer bullicio, por
no me difamar, por no esperar a que la gente se levantase y oyesen
el pregón, del cual gran infamia se me seguía, los mandó justiciar
tan de mañana. Pues era forzoso el verdugo voceador para la
ejecución y su descargo, lo cual todo, así como creo es hecho,
antes le quedo deudor y obligado para cuanto viva, no como a
criado de mi padre, pero como a verdadero hermano. Y puesto caso
que así no fuese, puesto caso que no echase lo pasado a la mejor
parte, acuérdate, Calisto, del gran gozo pasado. Acuérdate de tu
señora y tu bien todo. Y pues tu vida no tienes en nada por su
servicio, no has de tener las muertes de otros, pues ningún dolor
igualará con el recibido placer. ¡Oh mi señora y mi vida!, que
jamás pensé en ausencia ofenderte, que parece que tengo en poca
estima la merced que me has hecho. No quiero pensar en enojo, no
quiero tener ya con la tristeza amistad. ¡Oh bien sin comparación!
¡Oh insaciable contentamiento! ¿Y cuándo pidiera yo más a Dios por
premio de mis méritos, si algunos son en esta vida de lo que
alcanzado tengo? ¿Por qué no estoy contento? Pues no es razón ser
ingrato a quien tanto bien me ha dado. Quiérolo conocer, no quiero
con enojo perder mi seso, por que perdido no caiga de tan alta
posesión. No quiero otra honra, otra gloria, no otras riquezas, no
otro padre ni madre, no otros deudos ni parientes. De día estaré
en mi cámara; de noche, en aquel paraíso dulce, en aquel alegre
vergel, entre aquellas suaves plantas y fresca verdura. ¡Oh noche
de mi descanso, si fueses ya tornada! ¡Oh luciente Febo, date
prisa a tu acostumbrado camino! ¡Oh deleitosas estrellas,
apareceos antes de la continua orden! ¡Oh espacioso reloj, aún te
vea yo arder en vivo fuego de amor!, que si tú esperases lo que
yo, cuando des doce, jamás estarías arrendado a la voluntad del
maestro que te compuso. Pues vosotros, invernales meses que ahora
estáis escondidos, vinieseis con vuestras muy cumplidas noches a
trocarlas por estos prolijos días. Ya me parece haber un año que
no he visto aquel suave descanso, aquel deleitoso refrigerio de
mis trabajos. Pero, ¿qué es lo que demando? ¿Qué pido, loco, sin
sufrimiento? Lo que jamás fue ni puede ser. No aprenden los cursos
naturales a rodearse sin orden, que a todos es un igual curso, a
todos un mismo espacio para muerte y vida, un limitado término a
los secretos movimientos del alto firmamento celestial de los
planetas y Norte, de los crecimientos y mengua de la menstrua
luna. Todo se rige con un freno igual, todo se mueve con igual
espuela: cielo, tierra, mar, fuego, viento, calor, frío. ¿Qué me
aprovecha a mí que dé doce horas el reloj de hierro si no las ha
dado el del cielo? Pues por mucho que madrugue, no amanece más
aína. Pero tú, dulce imaginación, tú que puedes, me acorre. Trae a
mi fantasía la presencia angélica de aquella imagen luciente,
vuelve a mis oídos el suave son de sus palabras, aquellos desvíos
sin gana, aquel «apártate allá, señor, no llegues a mí», aquel «no
seas descortés» que con sus rubicundos labios veía sonar, aquel
«no quieras mi perdición» que de rato en rato proponía, aquellos
amorosos abrazos entre palabra y palabra, aquel soltarme y
prenderme, aquel huir y llegarse, aquellos azucarados besos,
aquella final salutación con que se me despidió. ¡Con cuánta pena
salió por su boca! ¡Con cuántos desperezos! ¡Con cuántas lágrimas,
que parecían granos de aljófar, que sin sentir se le caían de
aquellos claros y resplandecientes ojos!
SOSIA.- Tristán, ¿qué te parece de Calisto, qué dormir ha hecho
que son ya las cuatro de la tarde y no nos ha llamado ni ha
comido?
TRISTÁN.- Calla, que el dormir no quiere prisa. Demás de esto,
aquéjale por una parte la tristeza de aquellos mozos, por otra le
alegra el muy gran placer de lo que con su Melibea ha alcanzado.
Así que dos tan recios contrarios verás qué tal pararán un flaco
sujeto donde estuvieren aposentados.
SOSIA.- ¿Piénsaste tú que le penan a él mucho los muertos? Si
no le penase más aquella que desde esta ventana veo yo ir por la
calle, no llevaría las tocas de tal color.
TRISTÁN.- ¿Quién es, hermano?
SOSIA.- Llégate acá y verla has antes que trasponga. Mira
aquella lutosa que se limpia ahora las lágrimas de los ojos.
Aquélla es Elicia, criada de Celestina y amiga de Sempronio, una
muy bonita moza, aunque queda ahora perdida la pecadora, porque
tenía a Celestina por madre y a Sempronio por el principal de sus
amigos. Y aquella casa donde entra, allí mora una hermosa mujer,
muy graciosa y fresca, enamorada, medio ramera, pero no se tiene
por poco dichoso quien la alcanza tener por amiga sin grande
escote, y llámase Areúsa. Por la cual sé yo que hubo el triste de
Pármeno más de tres noches malas, y aun que no le place a ella con
su muerte.
Acto XV
ARGUMENTO DEL DECIMOQUINTO ACTO
Areúsa dice palabras injuriosas a un rufián llamado Centurio,
el cual se despide de ella por la venida de Elicia, la cual cuenta
a Areúsa las muertes que sobre los amores de Calisto y Melibea se
habían ordenado. Y conciertan Areúsa y Elicia que Centurio haya de
vengar las muertes de los tres en los dos enamorados. En fin,
despídese Elicia de Areúsa, no consintiendo en lo que le ruega,
por no perder el buen tiempo que se daba estando en su asueta
casa.
AREÚSA, CENTURIO, ELICIA.
ELICIA.- ¿Qué vocear es éste de mi prima? Si ha sabido las
tristes nuevas que yo le traigo, no habré yo las albricias de
dolor que por tal mensaje se ganan. Llore, llore, vierta lágrimas,
pues no se hallan tales hombres a cada rincón. Pláceme que así lo
siente. Mese aquellos cabellos como yo, triste, he hecho, sepa que
es perder buena vida más trabajo que la misma muerte. ¡Oh cuánto
más la quiero que hasta aquí por el gran sentimiento que muestra!
AREÚSA.- Vete de mi casa, rufián, bellaco, mentiroso, burlador,
que me traes engañada, boba. Con tus ofertas vanas, con tus ronces
y halagos, hasme robado cuanto tengo. Yo te dí, bellaco, sayo y
capa, espada y broquel, camisas de dos en dos a las mil maravillas
labradas. Yo te dí armas y caballo, púsete con señor que no le
merecías descalzar. Ahora, una cosa que te pido que por mí hagas,
pones mil achaques.
CENTURIO.- Hermana mía, mándame tú matar con diez hombres por
tu servicio y no que ande una legua de camino a pie.
AREÚSA.- ¿Por qué jugaste tú el caballo, tahúr, bellaco? Que si
por mí no hubiese sido, estarías tú ya ahorcado. Tres veces te he
librado de la justicia, cuatro veces desempeñado en los tableros.
¿Por qué lo hago? ¿Por qué soy loca? ¿Por qué tengo fe con este
cobarde? ¿Por qué creo sus mentiras? ¿Por qué le consiento entrar
por mis puertas? ¿Qué tiene bueno? Los cabellos crespos, la cara
acuchillada, dos veces azotado, manco de la mano del espada,
treinta mujeres en la putería. Salte luego de ahí, no te vea yo
más, no me hables ni digas que me conoces; si no, por los huesos
del padre que me hizo y de la madre que me parió, yo te haga dar
mil palos en esas espaldas de molinero, que ya sabes que tengo
quien lo sepa hacer, y, hecho, salirse con ello.
CENTURIO.- ¡Loquear, bobilla!, pues, si yo me ensaño, alguna
llorará; mas quiero irme y sufrirte, que no sé quién entra. No nos
oigan.
ELICIA.- Quiero entrar, que no es son de buen llanto donde hay
amenazas y denuestos.
AREÚSA.- ¡Ay, triste yo! ¿Eres tú, mi Elicia? ¡Jesú, Jesú!, no
lo puedo creer. ¿Qué es esto? ¿Quién te me cubrió de dolor? ¿Qué
manto de tristeza es éste? Cata, que me espantas, hermana mía.
Dime, presto, qué cosa es, que estoy sin tiento, ninguna gota de
sangre has dejado en mi cuerpo.
ELICIA.- ¡Gran dolor, gran pérdida! Poco es lo que muestro con
lo que siento y encubro; más negro traigo el corazón que el manto,
las entrañas que las tocas. ¡Ay, hermana, hermana, que no puedo
hablar! No puedo, de ronca, sacar la voz del pecho.
AREÚSA.- ¡Ay, triste, que me tienes suspensa! Dímelo, no te
meses, no te rasguñes ni maltrates. ¿Es común de entrambas este
mal? ¿Tócame a mí?
ELICIA.- ¡Ay, prima mía y mi amor! Sempronio y Pármeno ya no
viven, ya no son en el mundo. Sus ánimas ya están purgando su
yerro, ya son libres de esta triste vida.
AREÚSA.- ¿Qué me cuentas? No me lo digas. Calla, por Dios, que
me caeré muerta.
ELICIA.- Pues más mal hay que suena. Oye a la triste, que te
contará más quejas. Celestina, aquella que tú bien conociste,
aquella que yo tenía por madre, aquella que me regalaba, aquella
que me encubría, aquella con quien yo me honraba entre mis
iguales, aquella por quien yo era conocida en toda la ciudad y
arrabales, ya está dando cuenta de sus obras. Mil cuchilladas le
vi dar a mis ojos; en mi regazo me la mataron.
AREÚSA.- ¡Oh fuerte tribulación! ¡Oh dolorosas nuevas, dignas
de mortal lloro! ¡Oh acelerados desastres! ¡Oh pérdida incurable!
¿Cómo ha rodeado a tan presto la fortuna su rueda? ¿Quién los
mató? ¿Cómo murieron? Que estoy embelesada, sin tiento, como quien
cosa imposible oye. No ha ocho días que los vi vivos y ya podemos
decir «perdónelos Dios». Cuéntame, amiga mía, cómo es acaecido tan
cruel y desastrado caso.
ELICIA.- Tú lo sabrás. Ya oíste decir, hermana, los amores de
Calisto y la loca de Melibea. Bien verías cómo Celestina había
tomado el cargo, por intercesión de Sempronio, de ser medianera,
pagándole su trabajo, la cual puso tanta diligencia y solicitud
que a la segunda azadonada sacó agua. Pues, como Calisto tan
presto vio buen concierto en cosa que jamás lo esperaba, a vueltas
de otras cosas dio a la desdichada de mi tía una cadena de oro. Y
como sea de tal calidad aquel metal que mientras más bebemos de
ello más sed nos pone, con sacrílega hambre, cuando se vio tan
rica, alzose con su ganancia y no quiso dar parte a Sempronio ni a
Pármeno de ello, lo cual había quedado entre ellos que partiesen
lo que Calisto diese. Pues, como ellos viniesen cansados una
mañana de acompañar a su amo toda la noche, muy airados de no sé
qué cuestiones que dicen que habían habido, pidieron su parte a
Celestina de la cadena para remediarse. Ella púsose en negarles la
convención y promesa, y decir que todo era suyo lo ganado, y aun
descubriendo otras cosillas de secretos, que, como dicen, «riñen
las comadres, etc.». Así que ellos, muy enojados, por una parte
los aquejaba la necesidad, que priva todo amor; por otra, el enojo
grande y cansancio que traían, que acarrea alteración; por otra,
habían la fe quebrada de su mayor esperanza. No sabían qué hacer.
Estuvieron gran rato en palabras. Al fin, viéndola tan codiciosa,
perseverando en su negar, echaron mano a sus espadas y diéronle
mil cuchilladas.
AREÚSA.- ¡Oh desdichada de mujer, y en esto había su vejez de
fenecer! Y de ellos, ¿qué me dices? ¿En qué pararon?
ELICIA.- Ellos, como hubieron hecho el delito, por huir de la
justicia, que acaso pasaba por allí, saltaron de las ventanas y
cuasi muertos los prendieron, y sin más dilación los degollaron.
AREÚSA.- ¡Oh mi Pármeno y mi amor, y cuánto dolor me pone su
muerte! Pésame del grande amor que con él tan poco tiempo había
puesto, pues no me había más de durar. Pero, pues ya este mal
recaudo es hecho, pues ya esta desdicha es acaecida, pues ya no se
pueden por lágrimas comprar ni restaurar sus vidas, no te fatigues
tú tanto, que cegarás llorando, que creo que poca ventaja me
llevas en sentimiento y verás con cuánta paciencia lo sufro y
paso.
ELICIA.- ¡Ay, que rabio! ¡Ay, mezquina, que salgo de seso! ¡Ay,
que no hallo quien lo sienta como yo! No hay quien pierda lo que
yo pierdo. ¡Oh cuánto mejores y más honestas fueran mis lágrimas
en pasión ajena que en la propia mía! ¿A dónde iré, que pierdo
madre, manto y abrigo; pierdo amigo, y tal, que nunca faltaba de
mi marido? ¡Oh Celestina sabia, honrada y autorizada, cuántas
faltas me encubrías con tu buen saber! Tú trabajabas, yo holgaba;
tú salías fuera, yo estaba encerrada; tú rota, yo vestida; tú
entrabas contino como abeja por casa, yo destruía, que otra cosa
no sabía hacer. ¡Oh bien y gozo mundano, que, mientras eres
poseído, eres menospreciado, y jamás te consientes conocer hasta
que te perdemos! ¡Oh Calisto y Melibea, causadores de tantas
muertes, mal fin hayan vuestros amores! En mal sabor se conviertan
vuestros dulces placeres; tórnese lloro vuestra gloria, trabajo
vuestro descanso; las hierbas deleitosas donde tomáis los hurtados
solaces se conviertan en culebras; los cantares se os tornen
lloro; los sombrosos árboles del huerto se sequen con vuestra
vista; sus flores olorosas se tornen de negra color.
AREÚSA.- Calla, por Dios, hermana. Pon silencio a tus quejas,
ataja tus lágrimas, limpia tus ojos, torna sobre tu vida, que,
cuando una puerta se cierra, otra suele abrir la fortuna, y este
mal, aunque duro, se soldará. Y muchas cosas se pueden vengar que
es imposible remediar, y ésta tiene el remedio dudoso y la
venganza en la mano.
ELICIA.- ¿De quién se ha de haber enmienda, que la muerta y los
matadores me han acarreado esta cuita? No menos me fatiga la
punición de los delincuentes que el yerro cometido. ¿Qué mandas
que haga, que todo carga sobre mí? Pluguiera a Dios que fuera yo
con ellos y no quedara para llorar a todos. Y de lo que más dolor
siento es ver que por eso no deja aquel vil de poco sentimiento de
ver y visitar festejando cada noche a su estiércol de Melibea, y
ella muy ufana en ver sangre vertida por su servicio.
AREÚSA.- Si eso es verdad, ¿de quién mejor se puede tomar
venganza, de manera que quien lo comió, aquél lo escote? Déjame
tú, que si yo les caigo en el rastro, cuándo se ven y cómo, por
dónde y a qué hora, no me hayas tú por hija de la pastelera vieja,
que bien conociste, si no hago que les amarguen los amores. Y si
pongo en ello a aquel con quien me viste que reñía cuando
entrabas, ¡si no sea él peor verdugo para Calisto que Sempronio de
Celestina! Pues, qué gozo habría ahora él en que le pusiese yo en
algo por mi servicio, que se fue muy triste de verme que le traté
mal. Y vería él los cielos abiertos en tornarle yo a hablar y
mandar. Por ende, hermana, dime tú de quién pueda yo saber el
negocio cómo pasa, que yo le haré armar un lazo con que Melibea
llore cuanto ahora goza.
ELICIA.- Yo conozco, amiga, otro compañero de Pármeno, mozo de
caballos, que se llama Sosia, que le acompaña cada noche. Quiero
trabajar de se lo sacar todo el secreto, y éste será buen camino
para lo que dices.
AREÚSA.- Mas hazme este placer: que me envíes acá ese Sosia. Yo
le halagaré y diré mil lisonjas y ofrecimientos, hasta que no le
deje en el cuerpo cosa de lo hecho y por hacer. Después, a él y a
su amo haré revesar el placer comido. Y tú, Elicia, alma mía, no
recibas pena. Pasa a mi casa tu ropa y alhajas y vente a mi
compañía, que estarás muy sola y la tristeza es amiga de la
soledad. Con nuevo amor olvidarás los viejos. Un hijo que nace
restaura la falta de tres finados; con nuevo sucesor se pierde la
alegre memoria y placeres perdidos del pasado. De un pan que yo
tenga, tendrás tú la mitad. Más lástima tengo de tu fatiga que de
los que te la ponen. Verdad sea que cierto duele más la pérdida de
lo que hombre tiene, que da placer la esperanza de otro tal,
aunque sea cierta. Pero ya lo hecho es sin remedio y los muertos
irrecuperables, y, como dicen, «mueran y vivamos». A los vivos me
deja a cargo, que yo te les daré tan amargo jarope a beber cual
ellos a ti han dado. ¡Ay prima, prima, cómo sé yo, cuando me
ensaño, revolver estas tramas, aunque soy moza! Y de ál me vengue
Dios, que de Calisto Centurio me vengará.
ELICIA.- Cata, que creo que, aunque llame el que mandas, no
habrá efecto lo que quieres, porque la pena de los que murieron
por descubrir el secreto pondrá silencio al vivo para guardarle.
Lo que me dices de mi venida a tu casa te agradezco mucho, y Dios
te ampare y alegre en tus necesidades, que bien muestras el
parentesco y hermandad no servir de viento, antes en las
adversidades aprovechar. Pero, aunque lo quiera hacer, por gozar
de tu dulce compañía, no podrá ser, por el daño que me vendría. La
causa no es necesario decir, pues hablo con quien me entiende. Que
allí, hermana, soy conocida, allí estoy aperrochada. Jamás perderá
aquella casa el nombre de Celestina, que Dios haya. Siempre acuden
allí mozas conocidas y allegadas, medio parientas de las que ella
crió. Allí hacen sus conciertos, de donde se me seguirá algún
provecho. Y también esos pocos amigos que me quedan no me saben
otra morada. Pues ya sabes cuán duro es dejar lo usado y que mudar
costumbre es a par de muerte, y piedra movediza que nunca moho la
cobija. Allí quiero estar, siquiera porque el alquiler de la casa
está pagado por hogaño, no se vaya en balde. Así que, aunque cada
cosa no abastase por sí, juntas aprovechan y ayudan. Ya me parece
que es hora de irme. De lo dicho me llevo el cargo. Dios quede
contigo, que me voy.
Acto XVI
ARGUMENTO DEL DECIMOSEXTO ACTO
Pensando Pleberio y Alisa tener su hija Melibea el don de la
virginidad conservado, lo cual, según ha parecido, está en
contrario, están razonando sobre el casamiento de Melibea. Y en
tan gran cuantidad le dan pena las palabras que de sus padres oye,
que envía a Lucrecia para que sea causa de su silencio en aquel
propósito.
PLEBERIO, ALISA, LUCRECIA, MELIBEA.
PLEBERIO.- Alisa, amiga, el tiempo, según me parece, se nos va,
como dicen, entre las manos. Corren los días como agua de río. No
hay cosa tan ligera para huir como la vida. La muerte nos sigue y
rodea, de la cual somos vecinos y hacia su bandera nos acostamos,
según natura. Esto vemos muy claro si miramos nuestros iguales,
nuestros hermanos y parientes en derredor. Todos los come ya la
tierra, todos están en sus perpetuas moradas. Y pues somos
inciertos cuándo habemos de ser llamados, viendo tan ciertas
señales debemos echar nuestras barbas en remojo y aparejar
nuestros fardeles para andar este forzoso camino, no nos tome
improvisos ni de salto aquella cruel voz de la muerte. Ordenemos
nuestras ánimas con tiempo, que más vale prevenir que ser
prevenidos. Demos nuestra hacienda a dulce sucesor, acompañemos
nuestra única hija con marido, cual nuestro estado requiere, por
que vamos descansados y sin dolor de este mundo. Lo cual con mucha
diligencia debemos poner desde ahora por obra, y lo que otras
veces habemos principiado en este caso, ahora haya ejecución. No
quede por nuestra negligencia nuestra hija en manos de tutores,
pues parecerá ya mejor en su propia casa que en la nuestra.
Quitarla hemos de lenguas de vulgo, porque ninguna virtud hay tan
perfecta que no tenga vituperadores y maldicientes. No hay cosa
con que mejor se conserve la limpia fama en las vírgenes que con
temprano casamiento. ¿Quién rehuiría nuestro parentesco en toda la
ciudad? ¿Quién no se hallará gozoso de tomar tal joya en su
compañía, en quien caben las cuatro principales cosas que en los
casamientos se demandan? Conviene a saber: lo primero, discreción,
honestidad y virginidad; segundo, hermosura; lo tercero, el alto
origen y parientes; lo final, riqueza. De todo esto la dotó
natura. Cualquiera cosa que nos pidan hallarán bien cumplida.
ALISA.- Dios la conserve, mi señor Pleberio, por que nuestros
deseos veamos cumplidos en nuestra vida, que antes pienso que
faltará igual a nuestra hija, según tu virtud y tu noble sangre,
que no sobrarán muchos que la merezcan. Pero, como esto sea oficio
de los padres y muy ajeno a las mujeres, como tú lo ordenares,
seré yo alegre, y nuestra hija obedecerá, según su casto vivir y
honesta vida y humildad.
LUCRECIA.- ¡Aun si bien lo supieses, reventarías! ¡Ya, ya,
perdido es lo mejor! ¡Mal año se os apareja a la vejez! Lo mejor,
Calisto lo lleva. No hay quien ponga virgos, que ya es muerta
Celestina. Tarde acordáis, más habíais de madrugar.
LUCRECIA.- ¡Escucha, escucha, señora Melibea!
MELIBEA.- ¿Qué haces ahí escondida, loca?
LUCRECIA.- Llégate aquí, señora, oirás a tus padres la prisa
que traen por te casar.
MELIBEA.- Calla, por Dios, que te oirán. Déjalos parlar,
déjalos devaneen. Un mes ha que otra cosa no hacen ni en otra cosa
entienden. No parece sino que les dice el corazón el gran amor que
a Calisto tengo y todo lo que con él un mes ha he pasado. No sé si
me han sentido, no sé qué se sea aquejarles más ahora este cuidado
que nunca. Pues mándoles yo trabajar en vano, que por demás es la
cítola en el molino. ¿Quién es el que me ha de quitar mi gloria?
¿Quién apartarme mis placeres? Calisto es mi ánima, mi vida, mi
señor, en quien yo tengo toda mi esperanza. Conozco de él que no
vivo engañada, pues él me ama, ¿con qué otra cosa le puedo pagar?
Todas las deudas del mundo reciben compensación en diverso género;
el amor no admite sino solo amor por paga. En pensar en él me
alegro, en verlo me gozo, en oírlo me glorifico. Haga y ordene de
mí a su voluntad. Si pasar quisiere la mar, con él iré; si rodear
el mundo, lléveme consigo; si venderme en tierra de enemigos, no
rehuiré su querer. Déjenme mis padres gozar de él si ellos quieren
gozar de mí. No piensen en estas vanidades ni en estos
casamientos, que más vale ser buena amiga que mala casada. Déjenme
gozar mi mocedad alegre si quieren gozar su vejez cansada; si no,
presto podrán aparejar mi perdición y su sepultura. No tengo otra
lástima sino por el tiempo que perdí de no gozarlo, de no
conocerlo, después que a mí me sé conocer. No quiero marido, no
quiero ensuciar los nudos del matrimonio ni las maritales pisadas
de ajeno hombre repisar, como muchas hallo en los antiguos libros
que leí, o que hicieron, más discretas que yo, más subidas en
estado y linaje. Las cuales, algunas eran de la gentilidad tenidas
por diosas, así como Venus, madre de Eneas y de Cupido, el dios
del amor, que, siendo casada, corrompió la prometida fe marital. Y
aun otras, de mayores fuegos encendidas, cometieron nefarios e
incestuosos yerros, como Mirra con su padre, Semíramis con su
hijo, Cánasce con su hermano, y aun aquella forjada Tamar, hija
del rey David. Otras, aun más cruelmente, traspasaron las leyes de
natura, como Pasífae, mujer del rey Minos, con el toro. Pues
reinas eran y grandes señoras, debajo de cuyas culpas la razonable
mía podrá pasar sin denuesto. Mi amor fue con justa causa,
requerida y rogada, cautivada de su merecimiento, aquejada por tan
astuta maestra como Celestina, servida de muy peligrosas
visitaciones antes que concediese por entero en su amor. Y después
un mes ha, como has visto, que jamás noche ha faltado sin ser
nuestro huerto escalado, como fortaleza, y muchas haber venido en
balde, y por eso no me mostrar más pena ni trabajo. Muertos por mí
sus servidores, perdiéndose su hacienda, fingiendo ausencia con
todos los de la ciudad, todos los días encerrado en casa con
esperanza de verme a la noche. ¡Afuera, afuera la ingratitud,
afuera las lisonjas y el engaño con tan verdadero amador, que ni
quiero marido, ni quiero padre ni parientes! Faltándome Calisto,
me falte la vida, la cual, por que él de mí goce, me aplace.
LUCRECIA.- Calla, señora. Escucha, que todavía perseveran.
PLEBERIO.- Pues, ¿qué te parece, señora mujer? ¿Debemos
hablarlo a nuestra hija, debemos darle parte de tantos como me la
piden, para que de su voluntad venga, para que diga cuál le
agrada? Pues en esto las leyes dan libertad a los hombres y
mujeres, aunque estén so el paterno poder, para elegir.
ALISA.- ¿Qué dices? ¿En qué gastas tiempo? ¿Quién ha de irle
con tan grande novedad a nuestra Melibea, que no la espante?
¡Cómo! ¿Y piensas que sabe ella qué cosa sean hombres? ¿Si se
casan o qué es casar? ¿O que del ayuntamiento de marido y mujer se
procreen los hijos? ¿Piensas que su virginidad simple le acarrea
torpe deseo de lo que no conoce ni ha entendido jamás? ¿Piensas
que sabe errar, aun con el pensamiento? No lo creas, señor
Pleberio, que si alto o bajo de sangre, o feo o gentil de gesto le
mandáremos tomar, aquello será su placer, aquello habrá por bueno,
que yo sé bien lo que tengo criado en mi guardada hija.
MELIBEA.- Lucrecia, Lucrecia, corre presto, entra por el
postigo en la sala y estórbales su hablar, interrúmpeles sus
alabanzas con algún fingido mensaje, si no quieres que vaya yo
dando voces como loca, según estoy enojada, del concepto engañoso
que tienen de mi ignorancia.
LUCRECIA.- Ya voy, señora.
Acto XVII
ARGUMENTO DEL DECIMOSÉPTIMO ACTO
Elicia, careciendo de la castimonia de Penélope, determina de
despedir el pesar y luto que por causa de los muertos trae,
alabando el consejo de Areúsa en este propósito. La cual va a casa
de Areúsa, adonde viene Sosia, al cual Areúsa con palabras fictas
saca todo el secreto que está entre Calisto y Melibea.
ELICIA, AREÚSA, SOSIA.
ELICIA.- Mal me va con este luto. Poco se visita mi casa, poco
se pasea mi calle. Ya no veo las músicas de la alborada, ya no las
canciones de mis amigos, ya no las cuchilladas ni ruidos de noche
por mi causa y, lo que peor siento, que ni blanca ni presente veo
entrar por mi puerta. De todo esto me tengo yo la culpa, que si
tomara el consejo de aquella que bien me quiere, de aquella
verdadera hermana, cuando el otro día le llevé las nuevas de este
triste negocio que esta mi mengua ha acarreado, no me viera ahora
entre dos paredes sola, que de asco ya no hay quien me vea. El
diablo me da tener dolor por quien no sé si, yo muerta, lo
tuviera. A osadas, que me dijo ella a mí lo cierto: «nunca,
hermana, traigas ni muestres más pena por el mal ni muerte de otro
que él hiciera por ti». Sempronio holgara yo muerta, pues ¿por
qué, loca, me peno yo por el degollado? ¿Y qué sé si me matara a
mí, como era acelerado y loco, como hizo a aquella vieja que tenía
yo por madre? Quiero en todo seguir su consejo de Areúsa, que sabe
más del mundo que yo, y verla muchas veces, y traer materia cómo
viva. ¡Oh qué participación tan suave, qué conversación tan gozosa
y dulce! No en balde se dice que vale más un día del hombre
discreto que toda la vida del necio y simple. Quiero, pues,
deponer el luto, dejar tristeza, despedir las lágrimas, que tan
aparejadas han estado a salir. Pero, como sea el primer oficio que
en naciendo hacemos llorar, no me maravilla ser más ligero de
comenzar y de dejar más duro. Mas para esto es el buen seso,
viendo la pérdida al ojo, viendo que los atavíos hacen la mujer
hermosa aunque no lo sea, tornan de vieja moza y a la moza más. No
|