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La Celestina
[Teatro: Actos V-X]

Fernando de Rojas

Acto V

ARGUMENTO DEL QUINTO ACTO

Despedida Celestina de Melibea, va por la calle hablando consigo misma entre dientes. Llegada a su casa, halló a Sempronio, que la aguardaba. Ambos van hablando hasta llegar a casa de Calisto y, vistos por Pármeno, cuéntalo a Calisto, su amo, el cual le mandó abrir la puerta.
 

CALISTO, PÁRMENO, SEMPRONIO, CELESTINA.

CELESTINA.- ¡Oh rigurosos trances! ¡Oh cruda osadía! ¡Oh gran sufrimiento! ¡Y qué tan cercana estuve de la muerte, si mi mucha astucia no rigiera con el tiempo las velas de la petición! ¡Oh amenazas de doncella brava! ¡Oh airada doncella! ¡Oh diablo a quien yo conjuro, cómo cumpliste tu palabra en todo lo que te pedí! En cargo te soy. Así amansaste la cruel hembra con tu poder y diste tan oportuno lugar a mi habla cuanto quise con la ausencia de su madre. ¡Oh vieja Celestina! ¿Vas alegre? Sábete que la mitad está hecha cuando tienen buen principio las cosas. ¡Oh serpentino aceite! ¡Oh blanco hilado! ¡Cómo os aparejasteis todos en mi favor! ¡O yo rompiera todos mis atamientos, hechos y por hacer, ni creyera en hierbas ni piedras ni en palabras! Pues alégrate, vieja, que más sacarás de este pleito que de quince virgos que renovaras. ¡Oh malditas haldas, prolijas y largas, cómo me estorbáis de allegar adonde han de reposar mis nuevas! ¡Oh buena fortuna, cómo ayudas a los osados y a los tímidos eres contraria! Nunca huyendo huye la muerte al cobarde. ¡Oh cuántas errarán en lo que yo he acertado! ¿Qué hicieran en tan fuerte estrecho estas nuevas maestras de mi oficio, sino responder algo a Melibea, por donde se perdiera, cuanto yo con buen callar he ganado? Por esto dicen «quien las sabe las tañe», y «que es más cierto médico el experimentado que el letrado» y «la experiencia y escarmiento hace los hombres arteros» y la vieja, como yo, que alce sus haldas al pasar del vado, como maestra. ¡Ay cordón, cordón! Yo te haré traer por fuerza, si vivo, a la que no quiso darme su buena habla de grado.

SEMPRONIO.- O yo no veo bien, o aquélla es Celestina. ¡Válgala el diablo, haldear que trae! Parlando viene entre dientes.

CELESTINA.- ¿De qué te fatigas, Sempronio? Creo que en verme.

SEMPRONIO.- Yo te lo diré: la raleza de las cosas es madre de la admiración; la admiración concebida en los ojos desciende al ánimo por ellos; el ánimo es forzado descubrirlo por estas exteriores señales. ¿Quién jamás te vio por la calle abajada la cabeza, puestos los ojos en el suelo, y no mirar a ninguno como ahora? ¿Quién te vio hablar entre dientes por las calles y venir aguijando como quien va a ganar beneficio? Cata que todo esto novedad es para se maravillar quien te conoce. Pero esto dejado, dime, por Dios, con qué vienes. Dime si tenemos hijo o hija, que desde que dio la una te espero aquí y no he sentido mejor señal que tu tardanza.

CELESTINA.- Hijo, esa regla de bobos no es siempre cierta, que otra hora me pudiera más tardar y dejar allá las narices; y otras dos, y narices y lengua; y así que, mientras más tardase, más caro me costase.

SEMPRONIO.- Por amor mío, madre, no pases de aquí sin me lo contar.

CELESTINA.- Sempronio, amigo, ni yo me podría parar ni el lugar es aparejado. Vente conmigo delante Calisto; oirás maravillas, que será desflorar mi embajada comunicándola con muchos. De mi boca quiero que sepa lo que se ha hecho, que, aunque hayas de haber alguna partecilla del provecho, quiero yo todas las gracias del trabajo.

SEMPRONIO.- ¿Partecilla, Celestina? Mal me parece eso que dices.

CELESTINA.- Calla, loquillo, que parte o partecilla, cuanto tú quisieres, te daré. Todo lo mío es tuyo. Gocémonos y aprovechémonos, que sobre el partir nunca reñiremos. Y también sabes tú cuánta más necesidad tienen los viejos que los mozos, mayormente tú que vas a mesa puesta.

SEMPRONIO.- Otras cosas he menester más que de comer.

CELESTINA.- ¿Qué, hijo? ¿Una docena de agujetas, y un torce para el bonete, y un arco para andarte de casa en casa tirando a pájaros y aojando pájaras a las ventanas? Muchachas digo, bobo, de las que no saben volar, que bien me entiendes. Que no hay mejor alcahuete para ellas que un arco, que se puede entrar cada uno hecho mostrenco, como dicen: «En achaque de trama, etc.». ¡Mas ay, Sempronio, de quien tiene de mantener honra y se va haciendo vieja como yo!

SEMPRONIO.- ¡Oh lisonjera vieja! ¡Oh vieja llena de mal! ¡Oh codiciosa y avarienta garganta! También quiere a mí engañar como a mi amo, por ser rica. Pues mala medra tiene. No le arriendo la ganancia, que quien con modo torpe sube en alto, más presto cae que sube. ¡Oh qué mala cosa es de conocer el hombre! Y bien dicen que ninguna mercadería ni animal es tan difícil. ¡Mala vieja falsa es ésta! ¡El diablo me metió con ella! Más seguro me fuera huir de esta venenosa víbora que tomarla. Mía fue la culpa. Pero gane harto, que por bien o mal no negará la promesa.

CELESTINA.- ¿Qué dices, Sempronio? ¿Con quién hablas? ¿Viénesme royendo las haldas? ¿Por qué no aguijas?

SEMPRONIO.- Lo que vengo diciendo, madre Celestina, es que no me maravillo que seas mudable, que sigas el camino de las muchas. Dicho me habías que diferirías este negocio. Ahora vas sin seso por decir a Calisto cuanto pasa. ¿No sabes que aquello es en algo tenido que es por tiempo deseado, y que cada día que él penase era doblarnos el provecho?

CELESTINA.- El propósito muda el sabio; el necio persevera. A nuevo negocio, nuevo consejo se requiere. No pensé yo, hijo Sempronio, que así me respondiera mi buena fortuna. De los discretos mensajeros es hacer lo que el tiempo quiere. Así que la cualidad de lo hecho no puede encubrir tiempo disimulado. Y más que yo sé que tu amo, según lo que de él sentí, es liberal y algo antojadizo. Más dará en un día de buenas nuevas que en ciento que ande penado y yo yendo y viniendo. Que los acelerados y súpitos placeres crían alteración; la mucha alteración estorba el deliberar. Pues, ¿en qué podrá parar el bien, sino en bien, y el alto linaje, sino en luengas albricias? ¡Calla, bobo, deja hacer a tu vieja!

SEMPRONIO.- Pues, dime lo que pasó con aquella gentil doncella. Dime alguna palabra de su boca, que, por Dios, así peno por saberla como mi amo penaría.

CELESTINA.- ¡Calla, loco! Altérasete la complexión. Ya lo veo en ti, que querrías más estar al sabor que al olor de este negocio. Andemos presto, que estará loco tu amo con mi mucha tardanza.

SEMPRONIO.- Y aun sin ella se lo está.

PÁRMENO.- ¡Señor, señor!

CALISTO.- ¿Qué quieres, loco?

PÁRMENO.- A Sempronio y a Celestina veo venir cerca de casa, haciendo paradillas de rato en rato y, cuando están quedos, hacen rayas en el suelo con el espada. No sé qué sea.

CALISTO.- ¡Oh desvariado, negligente! Veslos venir, ¿no puedes bajar corriendo a abrir la puerta? ¡Oh alto Dios! ¡Oh soberana deidad! ¿Con qué viene? ¿Qué nuevas traen? Que tan grande ha sido su tardanza que ya más esperaba su venida que el fin de mi remedio. ¡Oh tristes oídos!, aparejaos a lo que os viniere, que en su boca de Celestina está ahora aposentado el alivio o pena de mi corazón. ¡Oh, si en sueños se pasase este poco tiempo hasta ver el principio y fin de su habla! Ahora tengo por cierto que es más penoso al delincuente esperar la cruda y capital sentencia que el acto de la ya sabida muerte. ¡Oh espacioso Pármeno, manos de muerto, quita ya esa enojosa aldaba! Entrará esa honrada dueña en cuya lengua está mi vida.

CELESTINA.- ¿Oyes, Sempronio? De otro temple anda nuestro amo. Bien difieren estas razones a las que oímos a Pármeno y a él la primera venida. De mal en bien me parece que va. No hay palabra de las que dice que no vale a la vieja Celestina más que una saya.

SEMPRONIO.- Pues mira que, entrando, hagas que no ves a Calisto y hables algo bueno.

CELESTINA.- Calla, Sempronio, que aunque haya aventurado mi vida, más merece Calisto, y su ruego y tuyo, y más mercedes espero yo de él.
 

Acto VI

ARGUMENTO DEL SEXTO ACTO

Entrada Celestina en casa de Calisto con grande afición y deseo, Calisto le pregunta de lo que le ha acontecido con Melibea. Mientras ellos están hablando, Pármeno, oyendo hablar a Celestina de su parte contra Sempronio, a cada razón le pone un mote, reprehendiéndolo Sempronio. En fin, la vieja Celestina le descubre todo lo negociado y un cordón de Melibea. Y, despedida de Calisto, vase para su casa y con ella Pármeno.
 

CALISTO, CELESTINA, PÁRMENO, SEMPRONIO.

CALISTO.- ¿Qué dices, señora y madre mía?

CELESTINA.- ¡Oh mi señor Calisto! ¿Y aquí estás? ¡Oh mi nuevo amador de la muy hermosa Melibea y con mucha razón! ¿Con qué pagarás a la vieja que hoy ha puesto su vida al tablero por tu servicio? ¿Cuál mujer jamás se vio en tan estrecha afrenta como yo? Que en tornarlo a pensar se me menguan y vacían todas las venas de mi cuerpo de sangre. Mi vida diera por menor precio que ahora daría este manto raído y viejo.

PÁRMENO.- Tú dirás lo tuyo. Entre col y col, lechuga. Subido has un escalón; más adelante te espero a la saya. Todo para ti y no nada de que puedas dar parte. Pelechar quiere la vieja. Tú me sacarás a mí verdadero y a mi amo loco. No le pierdas palabra, Sempronio, y verás cómo no quiere pedir dinero porque es divisible.

SEMPRONIO.- Calla, hombre desesperado, que te matará Calisto si te oye.

CALISTO.- ¡Madre mía, o abrevia tu razón o toma esta espada y mátame!

PÁRMENO.- Temblando está el diablo como azogado. No se puede tener en sus pies, su lengua le querría prestar para que hablase presto. No es mucha su vida, luto habremos de medrar de estos amores.

CELESTINA.- ¿Espada, señor, o qué? ¡Espada mala mate a tus enemigos y a quien mal te quiere!, que yo la vida te quiero dar con buena esperanza que traigo de aquella que tú amas.

CALISTO.- ¿Buena esperanza, señora?

CELESTINA.- Buena se puede decir, pues queda abierta puerta para mi tornada y antes me recibirá a mí con esta saya rota que a otra con seda y brocado.

PÁRMENO.- Sempronio, cóseme esta boca, que no lo puedo sufrir. ¡Encajado ha la saya!

SEMPRONIO.- ¿Callarás, por Dios, o te echaré de aquí con el diablo? Que si anda rodeando su vestido, hace bien, pues tiene de ello necesidad, que el abad, de do canta, de allí viste.

PÁRMENO.- Y aun viste como canta. Y esta puta vieja querría en un día, por tres pasos, desechar todo el pelo malo cuanto cincuenta años no ha podido medrar.

SEMPRONIO.- ¿Todo eso es lo que te castigó, y el conocimiento que os teníais y lo que te crió?

PÁRMENO.- Bien sufriré yo más que pida y pele, pero no todo para su provecho.

SEMPRONIO.- No tiene otra tacha sino ser codiciosa, pero dejarla barde sus paredes, que después bardará las nuestras o en mal punto nos conoció.

CALISTO.- Dime, por Dios, señora, ¿qué hacía? ¿Cómo entraste? ¿Qué tenía vestido? ¿A qué parte de casa estaba? ¿Qué cara te mostró al principio?

CELESTINA.- Aquella cara, señor, que suelen los bravos toros mostrar contra los que lanzan las agudas flechas en el coso, la que los monteses puercos contra los sabuesos que mucho los aquejan.

CALISTO.- ¿Y a ésas llamas señales de salud? Pues, ¿cuáles serían mortales? No por cierto la misma muerte, que aquélla alivio sería en tal caso de este mi tormento, que es mayor y duele más.

SEMPRONIO.- ¿Éstos son los fuegos pasados de mi amo? ¿Qué es esto? ¿No tendría este hombre sufrimiento para oír lo que siempre ha deseado?

PÁRMENO.- ¿Y que calle yo, Sempronio? Pues si nuestro amo te oye, tan bien te castigará a ti como a mí.

SEMPRONIO.- ¡Oh mal fuego te abrase! Que tú hablas en daño de todos y yo a ninguno ofendo. ¡Oh intolerable pestilencia y mortal te consuma, rijoso, envidioso, maldito! ¿Toda ésta es la amistad que con Celestina y conmigo habías concertado? ¡Vete de aquí a la mala ventura!

CALISTO.- Si no quieres, reina y señora mía, que desespere y vaya mi ánima condenada a perpetua pena oyendo esas cosas, certifícame brevemente si no hubo buen fin tu demanda gloriosa y la cruda y rigurosa muestra de aquel gesto angélico y matador, pues todo eso más es señal de odio que de amor.

CELESTINA.- La mayor gloria que al secreto oficio del abeja se da, a la cual los discretos deben imitar, es que todas las cosas por ella tocadas convierte en mejor de lo que son. De esta manera me he habido con las zahareñas razones y esquivas de Melibea. Todo su rigor traigo convertido en miel, su ira en mansedumbre, su aceleramiento en sosiego. Pues, ¿a qué piensas que iba allá la vieja Celestina, a quien tú, demás de su merecimiento, magníficamente galardonaste, sino a ablandar su saña, a sufrir su accidente, a ser escudo de tu ausencia, a recibir en mi manto los golpes, los desvíos, los menosprecios, desdenes, que muestran aquéllas en los principios de sus requerimientos de amor, para que sea después en más tenida su dádiva? Que, a quien más quieren, peor hablan. Y si así no fuese, ninguna diferencia habría entre las públicas que aman a las escondidas doncellas. Si todas dijesen «sí» a la entrada de su primer requerimiento, en viendo que de alguno eran amadas, las cuales, aunque están abrasadas y encendidas de vivos fuegos de amor, por su honestidad muestran un frío exterior, un sosegado vulto, un aplacible desvío, un constante ánimo y casto propósito, unas palabras agras que la propia lengua se maravilla del gran sufrimiento suyo, que la hace forzosamente confesar el contrario de lo que siente. Así que para que tú descanses y tengas reposo mientras te contare por extenso el proceso de mi habla y la causa que tuve para entrar, sabe que el fin de tu razón fue muy bueno.

CALISTO.- Ahora, señora, que me has dado seguro para que ose esperar todos los rigores de la respuesta, di cuanto mandares y como quisieres, que yo estaré atento. Ya me reposa el corazón, ya descansa mi pensamiento, ya reciben las venas y recobran su perdida sangre, ya he perdido temor, ya tengo alegría. Subamos, si mandas, arriba. En mi cámara me dirás por extenso lo que aquí he sabido en suma.

CELESTINA.- Subamos, señor.

PÁRMENO.- ¡Oh Santa María, y qué rodeos busca este loco por huir de nosotros, para poder llorar a su placer con Celestina de gozo y por descubrirle mil secretos de su liviano y desvariado apetito, por preguntar y responder seis veces cada cosa sin que esté presente quien le pueda decir que es prolijo! Pues mándote yo, desatinado, que tras ti vamos.

CALISTO.- Mira, señora, qué hablar trae Pármeno, cómo se viene santiguando de oír lo que has hecho de tu gran diligencia. Espantado está, por mi fe, señora Celestina. Otra vez se santigua. Sube, sube, sube y asiéntate, señora, que de rodillas quiero escuchar tu suave respuesta, y dime luego la causa de tu entrada, qué fue.

CELESTINA.- Vender un poco de hilado, con que tengo cazadas más de treinta de su estado, si a Dios ha placido, en este mundo y algunas mayores.

CALISTO.- Eso será de cuerpo, madre, pero no de gentileza, no de estado, no de gracia y discreción, no de linaje, no de presunción con merecimiento, no en virtud, no en habla.

PÁRMENO.- Ya escurre eslabones el perdido, ya se desconciertan sus badajadas. Nunca da menos de doce, siempre está hecho reloj de mediodía. Cuenta, cuenta, Sempronio, que está desbabado oyéndole a él locuras y a ella mentiras.

SEMPRONIO.- ¡Oh maldiciente venenoso! ¿Por qué cierras las orejas a lo que todos los del mundo las aguzan, hecho serpiente, que huye la voz del encantador? Que sólo por ser de amores estas razones, aunque mentiras, las habías de escuchar con gana.

CELESTINA.- Oye, señor Calisto, y verás tu dicha y mi solicitud qué obraron, que en comenzando yo a vender y poner en precio mi hilado, fue su madre de Melibea llamada para que fuese a visitar una hermana suya enferma. Y como le fuese necesario ausentarse, dejó en su lugar a Melibea para...

CALISTO.- ¡Oh gozo sin par! ¡Oh singular oportunidad! ¡Oh oportuno tiempo! ¡Oh quién estuviera allí debajo de tu manto, escuchando qué hablaría sola aquella en quien Dios tan extremadas gracias puso!

CELESTINA.- ¿Debajo de mi manto, dices? ¡Ay mezquina!, que fueras visto por treinta agujeros que tiene, si Dios no le mejora.

PÁRMENO.- Sálgome fuera, Sempronio. Ya no digo nada; escúchatelo tú todo. Si este perdido de mi amo no midiese con el pensamiento cuántos pasos hay de aquí a casa de Melibea y contemplase en su gesto y considerase cómo estaría aviniendo el hilado, todo el sentido puesto y ocupado en ella, él vería que mis consejos le eran más saludables que estos engaños de Celestina.

CALISTO.- ¿Qué es esto, mozos? Estoy yo escuchando atento, que me va la vida, ¿vosotros susurráis, como soléis, por hacerme mala obra y enojo? Por mi amor, que calléis; moriréis de placer con esta señora, según su buena diligencia. Di, señora, ¿qué hiciste cuando te viste sola?

CELESTINA.- Recibí, señor, tanta alteración de placer que cualquiera que me viera me lo conociera en el rostro.

CALISTO.- Ahora la recibo yo; cuánto más quien ante sí contemplaba tal imagen. Enmudecerías con la novedad incogitada.

CELESTINA.- Antes me dio más osadía a hablar lo que quise verme sola con ella. Abrí mis entrañas, díjele mi embajada, cómo penabas tanto, por una palabra de su boca salida en favor tuyo, para sanar un gran dolor. Y como ella estuviese suspensa, mirándome, espantada del nuevo mensaje, escuchando hasta ver quién podía ser el que así por necesidad de su palabra penaba o a quién pudiese sanar su lengua, en nombrando tu nombre, atajó mis palabras, diose en la frente una gran palmada, como quien cosa de grande espanto hubiese oído, diciendo que cesase mi habla y me quitase delante, si no quería hacer a sus servidores verdugos de mi postrimería, agravando mi osadía, llamándome hechicera, alcahueta, vieja falsa barbuda, malhechora y otros muchos ignominiosos nombres, con cuyos títulos asombran a los niños de cuna. Y en pos de esto mil amortecimientos y desmayos, mil milagros y espantos, turbado el sentido, bullendo fuertemente los miembros todos, a una parte y a otra, herida de aquella dorada flecha que del sonido de tu nombre le tocó, retorciendo el cuerpo, las manos enclavijadas, como quien se despereza, que parecía que las despedazaba, mirando con los ojos a todas partes, acoceando con los pies el suelo duro. Y yo a todo esto arrinconada, encogida, callando, muy gozosa con su ferocidad. Mientras más basqueaba, más yo me alegraba, porque más cerca estaba el rendirse y su caída. Pero entretanto que gastaba aquel espumajoso almacén su ira, yo no dejaba mis pensamientos estar vagos ni ociosos, de manera que tuve tiempo para salvar lo dicho.

CALISTO.- Eso me di, señora madre, que yo he revuelto en mi juicio mientras te escucho y no he hallado disculpa que buena fuese ni conveniente, con que lo dicho se cubriese ni colorase, sin quedar terrible sospecha de tu demanda. Porque conozca tu mucho saber, que en todo me pareces más que mujer, que como su respuesta tú pronosticaste, proveíste con tiempo tu réplica. ¿Qué más hacía aquella Tusca Adeleta, cuya fama, siendo tú viva, se perdiera? La cual tres días antes su fin prenunció la muerte de su viejo marido y de dos hijos que tenía. Ya creo lo que se dice, que el género flaco de las hembras es más apto para las prestas cautelas que el de los varones.

CELESTINA.- ¿Qué, señor? Dije que tu pena era mal de muelas y que la palabra que de ella quería era una oración que ella sabía, muy devota, para ellas.

CALISTO.- ¡Oh maravillosa astucia! ¡Oh singular mujer en su oficio! ¡Oh cautelosa hembra! ¡Oh melecina presta! ¡Oh discreta en mensajes! ¿Cuál humano seso bastara a pensar tan alta manera de remedio? De cierto creo, si nuestra edad alcanzara aquellos pasados Eneas y Dido, no trabajara tanto Venus para atraer a su hijo el amor de Elisa, haciendo tomar a Cupido ascánica forma para la engañar; antes, por evitar prolijidad, pusiera a ti por medianera. Ahora doy por bien empleada mi muerte, puesta en tales manos, y creeré que si mi deseo no hubiere efecto, cual querría, que no se pudo obrar más, según natura, en mi salud. ¿Qué os parece, mozos?¿Qué mas se pudiera pensar? ¿Hay tal mujer nacida en el mundo?

CELESTINA.- Señor, no atajes mis razones; déjame decir, que se va haciendo noche. Ya sabes que quien mal hace aborrece la claridad y, yendo a mi casa, podré haber algún mal encuentro.

CALISTO.- ¿Qué, qué? Sí, que hachas y pajes hay que te acompañen.

PÁRMENO.- ¡Sí, sí, por que no fuercen a la niña, tú irás con ella, Sempronio, que ha temor de los grillos que cantan con lo escuro!

CALISTO.- ¿Dices algo, hijo Pármeno?

PÁRMENO.- Señor, que yo y Sempronio será bueno que la acompañemos hasta su casa, que hace mucho oscuro.

CALISTO.- Bien dicho es. Después será. Procede en tu habla y dime qué más pasaste, qué respondió a la demanda de la oración.

CELESTINA.- Que la daría de su grado.

CALISTO.- ¿De su grado? ¡Dios mío, qué alto don!

CELESTINA.- Pues más le pedí.

CALISTO.- ¿Qué, mi vieja honrada?

CELESTINA.- ¡Un cordón que ella trae contino ceñido, diciendo que era provechoso para tu mal porque había tocado muchas reliquias!

CALISTO.- Pues, ¿qué dijo?

CELESTINA.- ¡Dame albricias! Decírtelo he.

CALISTO.- ¡Oh!, por Dios, toma toda esta casa y cuanto en ella hay y dímelo; o pide lo que quieras.

CELESTINA.- Por un manto que des a la vieja, te dará en tus manos el mismo que en su cuerpo ella traía.

CALISTO.- ¿Qué dices de manto? Manto y saya y cuanto yo tengo.

CELESTINA.- Manto he menester y éste tendré yo en harto. No te alargues más, no pongas sospechosa duda en mi pedir, que dicen que ofrecer mucho al que poco pide es especie de negar.

CALISTO.- ¡Corre, Pármeno!, llama a mi sastre y corte luego un manto y una saya de aquel contray que se sacó para frisado.

PÁRMENO.- ¡Así, así, a la vieja todo por que venga cargada de mentiras como abeja, y a mí que me arrastren! Tras esto anda ella hoy todo el día con sus rodeos.

CALISTO.- ¡De qué gana va el diablo! No hay cierto tan mal servido hombre como yo, manteniendo mozos adivinos, rezongadores, enemigos de mi bien. ¿Qué vas, bellaco, rezando? Envidioso, ¿qué dices, que no te entiendo? Ve donde te mando presto y no me enojes, que harto basta mi pena para me acabar, que también habrá para ti sayo en aquella pieza.

PÁRMENO.- No digo, señor, otra cosa, sino que es tarde para que venga el sastre.

CALISTO.- ¿No digo yo que adivinas? Pues quédese para mañana. Y tú, señora, por amor mío te sufras, que no se pierde lo que se dilata. Y mándame mostrar aquel santo cordón que tales miembros fue digno de ceñir. ¡Gozarán mis ojos con todos los otros sentidos, pues juntos han sido apasionados! ¡Gozará mi lastimado corazón, aquel que nunca recibió momento de placer después que aquella señora conoció! Todos los sentidos le llagaron, todos acorrieron a él con sus esportillas de trabajo. Cada uno le lastimó cuanto más pudo: los ojos en verla, los oídos en oírla, las manos en tocarla.

CELESTINA.- ¿Que la has tocado dices? Mucho me espantas.

CALISTO.- Entre sueños, digo.

CELESTINA.- ¿Entre sueños?

CALISTO.- En sueños la veo tantas noches que temo me acontezca como a Alcibíades, que soñó que se veía envuelto en el manto de su amiga y otro día matáronle, y no hubo quien le alzase de la calle ni cubriese, sino ella con su manto. Pero en vida o en muerte, alegre me sería vestir su vestidura.

CELESTINA.- Asaz tienes pena, pues cuando los otros reposan en sus camas, preparas tú el trabajo para sufrir otro día. Esfuérzate, señor, que no hizo Dios a quien desamparase. Da espacio a tu deseo, toma este cordón, que si yo no me muero, yo te daré a su ama.

CALISTO.- ¡Oh nuevo huésped! ¡Oh bienaventurado cordón, que tanto poder y merecimiento tuviste de ceñir aquel cuerpo que yo no soy digno de servir! ¡Oh nudos de mi pasión, vosotros enlazasteis mis deseos! ¡Decidme si os hallasteis presentes en la desconsolada respuesta de aquella a quien vosotros servís y yo adoro y, por más que trabajo noches y días, no me vale ni aprovecha!

CELESTINA.- Refrán viejo es, «quien menos procura, alcanza más bien». Pero yo te haré procurando conseguir lo que siendo negligente no habrías. Consuélate, señor, que en una hora no se ganó Zamora, pero no por eso desconfiaron los combatientes.

CALISTO.- ¡Oh desdichado!, que las ciudades están con piedras cercadas, y a piedras, piedras las vencen; pero esta mi señora tiene el corazón de acero. No hay metal que con él pueda, no hay tiro que lo melle. Pues poned escalas en su muro, unos ojos tiene con que echa saetas, una lengua de reproches y desvíos, el asiento tiene en parte que a media legua no le pueden poner cerco.

CELESTINA.- ¡Calla, señor, que el buen atrevimiento de un solo hombre ganó a Troya! No desconfíes, que una mujer puede ganar a otra. Poco has tratado mi casa; no sabes bien lo que yo puedo.

CALISTO.- Cuanto dijeres, señora, te quiero creer, pues tal joya como ésta me trajiste. ¡Oh mi gloria y ceñidero de aquella angélica cintura! Yo te veo y no lo creo. ¡Oh cordón, cordón! ¿Fuísteme tú enemigo? Di lo cierto. Si lo fuiste, yo te perdono, que de los buenos es propio las culpas perdonar. No lo creo, que, si fueras contrario, no vinieras tan presto a mi poder, salvo si vienes a disculparte. Conjúrote me respondas por la virtud del gran poder que aquella señora sobre mí tiene.

CELESTINA.- Cesa ya, señor, ese devanear, que me tienes cansada de escucharte y al cordón roto de tratarlo.

CALISTO.- ¡Oh mezquino de mí!, que asaz bien me fuera del cielo otorgado que de mis brazos fueras hecho y tejido, y no de seda como eres, porque ellos gozaran cada día de rodear y ceñir con debida reverencia aquellos miembros que tú, sin sentir ni gozar de la gloria, siempre tienes abrazados. ¡Oh qué secretos habrás visto de aquella excelente imagen!

CELESTINA.- ¡Más verás tú y con más sentido, si no lo pierdes hablando lo que hablas!

CALISTO.- Calla, señora, que él y yo nos entendemos. ¡Oh mis ojos!, acordaos cómo fuisteis causa y puerta por donde fue mi corazón llagado, y que aquél es visto hacer el daño que da la causa. Acordaos que sois deudores de la salud. Remirad la melecina que os viene hasta casa.

SEMPRONIO.- Señor, por holgar con el cordón no querrás gozar de Melibea.

CALISTO.- ¡Qué loco desvariado, atajasolaces! ¿Cómo es eso?

SEMPRONIO.- Que mucho hablando matas a ti y a los que te oyen. Y así que perderás la vida o el seso. Cualquier que falte basta para quedarte a oscuras. Abrevia tus razones; darás lugar a las de Celestina.

CALISTO.- ¿Enójote, madre, con mi luenga razón, o está borracho este mozo?

CELESTINA.- Aunque no lo esté, debes, señor, cesar tu razón, dar fin a tus luengas querellas, tratar al cordón como cordón, porque sepas hacer diferencia de habla cuando con Melibea te veas. No haga tu lengua iguales la persona y el vestido.

CALISTO.- ¡Oh mi señora, mi madre, mi consoladora, déjame gozar en este mensajero de mi gloria! ¡Oh lengua mía!, ¿por qué te impides en otras razones, dejando de adorar presente la excelencia de quien por ventura jamás verás en tu poder? ¡Oh mis manos, con qué atrevimiento, con cuán poco acatamiento tenéis y tratáis la triaca de mi llaga! Ya no podrán empecer las hierbas que aquel crudo casquillo traía envueltas en su aguda punta. Seguro soy, pues quien dio la herida la cura. ¡Oh tú, señora, alegría de las viejas mujeres, gozo de las mozas, descanso de los fatigados como yo, no me hagas más penado con tu temor, que me hace mi vergüenza! Suelta la rienda a mi contemplación, déjame salir por las calles con esta joya, por que los que me vieren sepan que no hay más bienandante hombre que yo.

SEMPRONIO.- No afistoles tu llaga cargándola de más deseo. No es, señor, el solo cordón del que pende tu remedio.

CALISTO.- Bien lo conozco, pero no tengo sufrimiento para me abstener de adorar tan alta empresa.

CELESTINA.- ¿Empresa? Aquélla es empresa que de grado es dada, pero ya sabes que lo hizo por amor de Dios para guarecer tus muelas, no por el tuyo para cerrar tus llagas. Pero, si yo vivo, ella volverá la hoja.

CALISTO.- ¿Y la oración?

CELESTINA.- No se me dio por ahora.

CALISTO.- ¿Qué fue la causa?

CELESTINA.- La brevedad del tiempo, pero quedó que si tu pena no aflojase, que tornase mañana por ella.

CALISTO.- ¿Aflojar? Entonces aflojará mi pena cuando su crueldad.

CELESTINA.- Asaz, señor, basta lo dicho y hecho. Obligada queda, según lo que mostró, a todo lo que para esta enfermedad yo quisiere pedir, según su poder. Mira, señor, si esto basta para la primera vista. Yo me voy. Cumple, señor, que si salieres mañana, lleves rebozado un paño, porque si de ella fueres visto, no acuse de falsa mi petición.

CALISTO.- Y aun cuatro por tu servicio. Pero, dime, por Dios, ¿pasó más?, que muero por oír palabras de aquella dulce boca. ¿Cómo fuiste tan osada que sin la conocer te mostraste tan familiar en tu entrada y demanda?

CELESTINA.- ¿Sin la conocer? Cuatro años fueron mis vecinas. Trataba con ellas, hablaba y reía de día y de noche. Mejor me conoce su madre que a sus mismas manos; aunque Melibea se ha hecho grande mujer, discreta, gentil.

PÁRMENO.- ¡Ea, mira, Sempronio, qué te digo al oído!

SEMPRONIO.- Dime, ¿qué dices?

PÁRMENO.- Aquel atento escuchar de Celestina da materia de alargar en su razón a nuestro amo. Llégate a ella, dale del pie, hagámosle de señas que no espere más, sino que se vaya, que no hay tan loco hombre nacido que solo mucho hable.

CALISTO.- ¿Gentil dices, señora, que es Melibea? Parece que lo dices burlando. ¿Hay nacida su par en el mundo? ¿Crió Dios otro mejor cuerpo? ¿Puédense pintar tales facciones, dechado de hermosura? Si hoy fuera viva Helena, por quien tanta muerte hubo de griegos y troyanos, o la hermosa Policena, todas obedecerían a esta señora por quien yo peno. Si ella se hallara presente en aquel debate de la manzana con las tres diosas, nunca sobrenombre de discordia le pusieran, porque sin contrariar ninguna, todas concedieran y vinieran conformes en que la llevara Melibea. Así se llamara manzana de concordia. Pues cuantas hoy son nacidas, que de ella tengan noticia, se maldicen, querellan a Dios porque no se acordó de ellas cuando a ésta mi señora hizo. Consumen sus vidas, comen sus carnes con envidia, danles siempre crudos martirios, pensando con artificio igualar con la perfección que sin trabajo dotó a ella natura. De ellas, pelan sus cejas con tenacicas y pegones y a cordelejos; de ellas, buscan las doradas hierbas, raíces, ramas y flores para hacer lejías con que sus cabellos semejasen a los de ella. Las caras martillando, envistiéndolas en diversos matices con ungüentos y unturas, aguas fuertes, posturas blancas y coloradas, que por evitar prolijidad no las cuento. Pues la que todo esto halló hecho, mira si merece de un triste hombre como yo ser servida...

CELESTINA.- Bien te entiendo, Sempronio. Déjale, que él caerá de su asno y acabará.

CALISTO.- ... en la que toda la natura se remiró por la hacer perfecta, que las gracias que en todas repartió las juntó en ella. Allí hicieron alarde cuanto más acabadas pudieron allegarse, por que conociesen los que la viesen cuánta era la grandeza de su pintor. Sola una poca de agua clara con un ebúrneo peine basta para exceder a las nacidas en gentileza. Éstas son sus armas, con éstas mata y vence, con éstas me cautivó, con éstas me tiene ligado y puesto en dura cadena.

CELESTINA.- Calla y no te fatigues, que más aguda es la lima que yo tengo que fuerte esa cadena que te atormenta. Yo la cortaré con ella por que tú quedes suelto. Por ende, dame licencia, que es muy tarde, y déjame llevar el cordón, porque, como sabes, tengo de él necesidad.

CALISTO.- ¡Oh desconsolado de mí! La fortuna adversa me sigue junta, que contigo o con el cordón o con entrambos quisiera yo estar acompañado esta noche luenga y oscura. Pero, pues no hay bien cumplido en esta penosa vida, venga entera la soledad. ¡Mozos, mozos!

PÁRMENO.- Señor.

CALISTO.- Acompaña a esta señora hasta su casa y vaya con ella tanto placer y alegría cuanta conmigo queda tristeza y soledad.

CELESTINA.- Quede, señor, Dios contigo. Mañana será mi vuelta, donde mi manto y la respuesta vendrán a un punto, pues hoy no hubo tiempo. Y súfrete, señor, y piensa en otras cosas.

CALISTO.- Eso no, que es herejía olvidar aquella por quien la vida me aplace.
 

Acto VII

ARGUMENTO DEL SÉPTIMO ACTO

Celestina habla con Pármeno, induciéndole a concordia y amistad de Sempronio. Tráele Pármeno a memoria la promesa que le hiciera de le hacer haber a Areúsa, que él mucho amaba. Vanse a casa de Areúsa. Queda ahí la noche Pármeno. Celestina va para su casa; llama a la puerta. Elicia le viene a abrir, increpándole su tardanza.
 

PÁRMENO, CELESTINA, AREÚSA, ELICIA.

CELESTINA.- Pármeno, hijo, después de las pasadas razones, no he habido oportuno tiempo para te decir y mostrar el mucho amor que te tengo, y, asimismo, cómo de mi boca todo el mundo ha oído hasta ahora en ausencia bien de ti. La razón no es menester repetirla, porque yo te tenía por hijo, a lo menos cuasi adoptivo, y así que tú imitaras a natural; y tú dasme el pago en mi presencia, pareciéndote mal cuanto digo, susurrando y murmurando contra mí en presencia de Calisto. Bien pensaba yo que, después que concediste en mi buen consejo, que no habías de tornarte atrás. Todavía me parece que te quedan reliquias vanas, hablando por antojo más que por razón. Desechas el provecho por contentar la lengua. Óyeme, si no me has oído, y mira que soy vieja y el buen consejo mora en los viejos y de los mancebos es propio el deleite. Bien creo que de tu yerro sola la edad tiene culpa. Espero en Dios que serás mejor para mí de aquí adelante, y mudarás el ruin propósito con la tierna edad, que, como dicen, «múdanse costumbres con la mudanza del cabello y variación», digo, hijo, creciendo y viendo cosas nuevas cada día, porque la mocedad en solo lo presente se impide y ocupa a mirar; mas la madura edad no deja presente ni pasado ni por venir. Si tú tuvieras memoria, hijo Pármeno, del pasado amor que te tuve, la primera posada que tomaste venido nuevamente en esta ciudad había de ser la mía. Pero los mozos curáis poco de los viejos, regisvos a sabor de paladar. Nunca pensáis que tenéis ni habéis de tener necesidad de ellos. Nunca pensáis en enfermedades. Nunca pensáis que os puede esta florecilla de juventud faltar. Pues mira, amigo, que para tales necesidades como éstas, buen acorro es una vieja conocida, amiga, madre y más que madre, buen mesón para descansar sano, buen hospital para sanar enfermo, buena bolsa para necesidad, buena arca para guardar dinero en prosperidad, buen fuego de invierno rodeado de asadores, buena sombra de verano, buena taberna para comer y beber. ¿Qué dirás, loquillo, a todo esto? Bien sé que estás confuso por lo que hoy has hablado. Pues no quiero más de ti, que Dios no pide más del pecador de arrepentirse y enmendarse. Mira a Sempronio. Yo le hice hombre, de Dios en ayuso. Querría que fueseis como hermanos, porque, estando bien con él, con tu amo y con todo el mundo lo estarías. Mira que es bienquisto, diligente, palanciano, servidor, gracioso. Quiere tu amistad. Crecería vuestro provecho dándoos el uno al otro la mano. Y pues sabe que es menester que ames si quieres ser amado, que «no se toman truchas, etc». Ni te lo debe Sempronio de fuero. Simpleza es no querer amar y esperar de ser amado; locura es pagar el amistad con odio.

PÁRMENO.- Madre, mi segundo yerro te confieso y, con perdón de lo pasado, quiero que ordenes lo por venir. Pero con Sempronio me parece que es imposible sostenerse mi amistad. Él es desvariado; yo, malsufrido. Conciértame esos amigos.

CELESTINA.- Pues no era esa tu condición.

PÁRMENO.- A la mi fe, mientras más fui creciendo, más la primera paciencia me olvidaba. No soy el que solía, y asimismo Sempronio no hay ni tiene en qué me aproveche.

CELESTINA.- El cierto amigo en la cosa incierta se conoce, en las adversidades se prueba. Entonces se allega y con más deseo visita la casa que la fortuna próspera desamparó. ¿Qué te diré, hijo, de las virtudes del buen amigo? No hay cosa más amada ni más rara. Ninguna carga rehúsa. Vosotros sois iguales, la paridad de las costumbres y la semejanza de los corazones es la que más la sostiene. Cata, hijo mío, que si algo tienes, guardado se te está. Sabe tú ganar más, que aquello ganado lo hallaste. Buen siglo haya aquel padre que lo trabajó. No se te puede dar hasta que vivas más reposado y vengas en edad cumplida.

PÁRMENO.- ¿A qué llamas reposado, tía?

CELESTINA.- Hijo, a vivir por ti, a no andar por casas ajenas, lo cual siempre andarás mientras no te supieres aprovechar de tu servicio. Que de lástima que hube de verte roto, pedí hoy manto, como viste, a Calisto. No por mi manto; pero porque, estando el sastre en casa, y tú delante sin sayo, te le diese. Así que no por mi provecho, como yo sentí que dijiste, mas por el tuyo. Que si esperas al ordinario galardón de estos galanes, es tal, que lo que en diez años sacarás atarás en la manga. Goza tu mocedad, el buen día, la buena noche, el buen comer y beber. Cuando pudieres haberlo, no lo dejes. Piérdase lo que se perdiere. No llores tú la hacienda que tu amo heredó, que esto te llevarás de este mundo, pues no le tenemos más de por nuestra vida. ¡Oh hijo mío Pármeno, que bien te puedo decir hijo, pues tanto tiempo te crié! Toma mi consejo, pues sale con limpio deseo de verte en alguna honra. ¡Oh cuán dichosa me hallaría en que tú y Sempronio estuvieseis muy conformes, muy amigos, hermanos en todo, viéndoos venir a mi pobre casa a holgar, a verme y aun a desenojaros con sendas muchachas!

PÁRMENO.- ¿Muchachas, madre mía?

CELESTINA.- ¡Alahé!, muchachas digo, que viejas, harto me soy yo. Cual se la tiene Sempronio, y aun sin haber tanta razón ni tenerle tanta afición como a ti, que de las entrañas me sale cuanto te digo.

PÁRMENO.- Señora, no vivas engañada.

CELESTINA.- Y aunque lo viva, no me pena mucho, que también lo hago por amor de Dios y por verte solo en tierra ajena, y más por aquellos huesos de quien te me encomendó. Que tú serás hombre y vendrás en conocimiento verdadero y dirás: «la vieja Celestina bien me consejaba».

PÁRMENO.- Y aun ahora lo siento, aunque soy mozo, que, aunque hoy veías que aquello decía, no era porque me pareciese mal lo que tú hacías, pero porque veía que le consejaba yo lo cierto y me daba malas gracias. Pero de aquí adelante demos tras él. Haz de las tuyas, que yo callaré, que ya tropecé en no te creer cerca de este negocio con él.

CELESTINA.- Cerca de éste y de otros tropezarás y caerás mientras no tomares mis consejos, que son de amiga verdadera.

PÁRMENO.- Ahora doy por bien empleado el tiempo que siendo niño te serví, pues tanto fruto trae para la mayor edad. Y rogaré a Dios por el ánima de mi padre, que tal tutriz me dejó, y de mi madre, que a tal mujer me encomendó.

CELESTINA.- No me la nombres, hijo, por Dios, que se me hinchen los ojos de agua. ¿Y tuve yo en este mundo otra tal amiga? ¿Otra tal compañera? ¿Tal aliviadora de mis trabajos y fatigas? ¿Quién suplía mis faltas? ¿Quién sabía mis secretos? ¿A quién descubría mi corazón? ¿Quién era todo mi bien y descanso, sino tu madre, más que mi hermana y comadre? ¡Oh qué graciosa era! ¡Oh qué desenvuelta, limpia, varonil! Tan sin pena ni temor se andaba a media noche de cimenterio en cimenterio, buscando aparejos para nuestro oficio, como de día. Ni dejaba cristianos ni moros ni judíos, cuyos enterramientos no visitaba. De día los acechaba, de noche los desenterraba. Así se holgaba con la noche oscura como tú con el día claro; decía que aquélla era capa de pecadores. Pues veas qué maña no tenía con todas las otras gracias. Una cosa te diré, por que veas qué madre perdiste, aunque era para callar. Pero contigo todo pasa. Siete dientes quitó a un ahorcado con unas tenacicas de pelar cejas, mientras yo le descalcé los zapatos. Pues entraba en un cerco mejor que yo y con más esfuerzo, aunque yo tenía harta buena fama, más que ahora, que por mis pecados todo se olvidó con su muerte. ¿Qué más quieres,sino que los mismos diablos le habían miedo? Atemorizados y espantados los tenía con las crudas voces que les daba. Así era de ellos conocida como tú en tu casa. Tumbando venían unos sobre otros a su llamado. No le osaban decir mentira, según la fuerza con que los apremiaba. Después que la perdí, jamás les oí verdad.

PÁRMENO.- No la medre Dios más a esta vieja, que ella me da placer con estos loores de sus palabras.

CELESTINA.- ¿Qué dices, mi honrado Pármeno, mi hijo y más que hijo?

PÁRMENO.- Digo que, ¿cómo tenía esa ventaja mi madre, pues las palabras que ella y tú decíais eran todas unas?

CELESTINA.- ¿Cómo? ¿Y de eso te maravillas? ¿No sabes que dice el refrán «que mucho va de Pedro a Pedro»? Aquella gracia de mi comadre no la alcanzábamos todas. ¿No has visto en los oficios unos buenos y otros mejores? Así era tu madre, que Dios haya, la prima de nuestro oficio y por tal era de todo el mundo conocida y querida, así de caballeros como clérigos, casados, viejos, mozos y niños. Pues mozas y doncellas así rogaban a Dios por su vida, como de sus mismos padres. Con todos tenía que hacer, con todos hablaba. Si salíamos por la calle, cuantos topábamos eran sus ahijados, que fue su principal oficio partera dieciséis años. Así que, aunque tú no sabías sus secretos por la tierna edad que habías, ahora es razón que los sepas, pues ella es finada y tú hombre.

PÁRMENO.- Dime, señora, cuando la justicia te mandó prender, estando yo en tu casa, ¿teníais mucho conocimiento?

CELESTINA.- ¿Si teníamos me dices? Como por burla juntas lo hicimos, juntas nos sintieron, juntas nos prendieron y acusaron, juntas nos dieron la pena esa vez, que creo fue la primera. Pero muy pequeño eras tú. Yo me espanto cómo te acuerdas, que es cosa que más olvidada está en la ciudad. Cosas son que pasan por el mundo. Cada día verás quien peque y pague si sales a ese mercado.

PÁRMENO.- Verdad es, pero del pecado lo peor es la perseverancia, que así como el primer movimiento no es mano del hombre, así el primero yerro, do dicen que «quien yerra se enmienda, etc.».

CELESTINA.- Lastimásteme, don loquillo. ¿A las verdades nos andamos? Pues espera, que yo te tocaré donde te duela.

PÁRMENO.- ¿Qué dices, madre?

CELESTINA.- Hijo, digo que sin aquélla prendieron cuatro veces a tu madre, que Dios haya, sola. Y aun la una le levantaron que era bruja, porque la hallaron de noche con unas candelillas cogiendo tierra de una encrucijada, y la tuvieron medio día en una escalera en la plaza, puesto uno como rocadero pintado en la cabeza. Pero no fue nada. Algo han de sufrir los hombres en este triste mundo para sustentar sus vidas y honras. Y mira en cuán poco lo tuvo con su buen seso, que ni por eso dejó de aquí en adelante de usar mejor su oficio. Esto ha venido por lo que decías del perseverar en lo que una vez se yerra. En todo tenía gracia, que en Dios y en mi conciencia, aun en aquella escalera estaba y parecía que a todos los de bajo no tenía en una blanca, según su meneo y presencia. Así que los que algo son como ella, y saben, y valen, son los que más presto yerran. Verás quién fue Virgilio y qué tanto supo, mas ya habrás oído cómo estuvo en un cesto colgado de una torre, mirándolo toda Roma. Pero por eso no dejó de ser honrado ni perdió el nombre de Virgilio.

PÁRMENO.- Verdad es lo que dices, pero eso no fue por justicia.

CELESTINA.- ¡Calla, bobo! Poco sabes de achaque de iglesia y cuánto es mejor por mano de justicia que de otra manera. Sabíalo mejor el cura, que Dios haya, que, viniéndola a consolar, dijo que la Santa Escritura tenía que bienaventurados eran los que padecían persecución por la justicia, y que aquéllos poseerían el reino de los cielos. Mira si es mucho pasar algo en este mundo por gozar de la gloria del otro. Y más que, según todos decían, a tuerto y sin razón y con falsos testigos y recios tormentos la hicieron aquella vez confesar lo que no era. Pero con su buen esfuerzo, y como el corazón avezado a sufrir hace las cosas más leves de lo que son, todo lo tuvo en nada, que mil veces le oía decir: «si me quebré el pie, fue por mi bien, porque soy más conocida que antes». Así que todo esto pasó tu buena madre acá, debemos creer que le daría Dios buen pago allá, si es verdad lo que nuestro cura nos dijo, y con esto me consuelo. Pues seme tú, como ella, amigo verdadero y trabaja por ser bueno, pues tienes a quien parezcas, que lo que tu padre te dejó a buen seguro lo tienes.

PÁRMENO.- Ahora dejemos los muertos y las herencias. Hablemos en los presentes negocios, que nos va más que en traer los pasados a la memoria. Bien se te acordará no ha mucho que me prometiste que me harías haber a Areúsa cuando en mi casa te dije cómo moría por sus amores.

CELESTINA.- Sí te lo prometí. No lo he olvidado ni creas que he perdido con los años la memoria, que más de tres jaques he recibido de mí sobre ello en tu ausencia. Ya creo que estará bien madura. Vamos de camino por casa, que no se podrá escapar de mate, que esto es lo menos que yo por ti tengo de hacer.

PÁRMENO.- Yo ya desconfiaba de la poder alcanzar, porque jamás podía acabar con ella que me esperase a poderle decir una palabra. Y, como dicen, «mala señal es de amor huir y volver la cara». Sentía en mí gran desfucia de esto.

CELESTINA.- No tengo en mucho tu desconfianza, no me conociendo ni sabiendo, como ahora, que tienes tan de tu mano la maestra de estas labores. Pues ahora verás cuánto por mi causa vales, cuánto con las tales puedo, cuánto sé en casos de amor. Anda paso. ¿Ves aquí su puerta? Entremos quedo, no nos sientan sus vecinas. Atiende y espera debajo de esta escalera. Subiré yo a ver qué se podrá hacer sobre lo hablado, y por ventura haremos más que tú ni yo traemos pensado.

AREÚSA.- ¿Quién anda ahí? ¿Quién sube a tal hora en mi cámara?

CELESTINA.- Quien no te quiere mal, por cierto; quien nunca da paso que no piense en tu provecho; quien tiene más memoria de ti que de sí misma: una enamorada tuya, aunque vieja.

AREÚSA.- ¡Válgala el diablo a esta vieja, con qué viene como estantigua a tal hora! Tía, señora, ¿qué buena venida es ésta tan tarde? Ya me desnudaba para acostar.

CELESTINA.- ¿Con las gallinas, hija? Así se hará la hacienda. ¡Andar, pase! Otro es el que ha de llorar las necesidades, que no tú. Hierba pace quien lo cumple. Tal vida quienquiera se la querría.

AREÚSA.- ¡Jesú! Quiérome tornar a vestir, que he frío.

CELESTINA.- No harás, por mi vida, sino éntrate en la cama, que desde allí hablaremos.

AREÚSA.- Así goce de mí, pues que lo he bien menester, que me siento mala hoy todo el día. Así que necesidad, más que vicio, me hizo tomar con tiempo las sábanas por faldetas.

CELESTINA.- Pues no estés asentada, acuéstate y métete debajo de la ropa, que pareces serena. ¡Ay, cómo huele toda la ropa en bulléndote! A osadas, que está todo a punto. Siempre me pagué de tus cosas y hechos, de tu limpieza y atavío. ¡Fresca que estás! ¡Bendígate Dios! ¡Qué sábanas y colcha! ¡Qué almohadas! ¡Y qué blancura! Tal sea mi vejez, cual todo me parece. Perla de oro, verás si te quiere bien quien te visita a tales horas. Déjame mirarte toda a mi voluntad, que me huelgo.

AREÚSA.- Paso, madre. No llegues a mí, que me haces cosquillas y provócasme a reír, y la risa acreciéntame el dolor.

CELESTINA.- ¿Qué dolor, mis amores? ¿Búrlaste, por mi vida, conmigo?

AREÚSA.- Mal gozo vea de mí si burlo, sino que ha cuatro horas que muero de la madre, que la tengo subida en los pechos, que me quiere sacar de este mundo. Que no soy tan vieja como piensas.

CELESTINA.- Pues dame lugar, tentaré, que aun algo sé yo de este mal por mi pecado, que cada una se tiene su madre y zozobras de ella.

AREÚSA.- Más arriba la siento, sobre el estómago.

CELESTINA.- ¡Bendígate Dios y señor San Miguel Ángel! ¡Y qué gorda y fresca que estás! ¡Qué pechos y qué gentileza! Por hermosa te tenía hasta ahora, viendo lo que todos podían ver, pero ahora te digo que no hay en la ciudad tres cuerpos tales como el tuyo, en cuanto yo conozco. No parece que hayas quince años. ¡Oh quién fuera hombre y tanta parte alcanzara de ti para gozar tal vista! Por Dios, pecado ganas en no dar parte de estas gracias a todos los que bien te quieren, que no te las dio Dios para que posasen en balde por el frescor de tu juventud debajo de seis dobleces de paño y lienzo. Cata que no seas avarienta de lo que poco te costó. No atesores tu gentileza, pues es de su natura tan comunicable como el dinero. No seas el perro del hortelano, y pues tú no puedes de ti propia gozar, goce quien puede. Que no creas que en balde fuiste criada, que, cuando nace ella, nace él, y, cuando él, ella. Ninguna cosa hay criada al mundo superflua ni que con acordada razón no proveyese de ella natura. Mira que es pecado fatigar y dar pena a los hombres pudiéndolos remediar.

AREÚSA.- Alábame ahora, madre, y no me quiere ninguno. Dame algún remedio para mi mal y no estés burlando de mí.

CELESTINA.- De este tan común dolor todas somos, ¡mal pecado!, maestras. Lo que he visto a muchas hacer y lo que a mí siempre aprovecha te diré. Porque, como las calidades de las personas son diversas, así las melecinas hacen diversas sus operaciones y diferentes. Todo olor fuerte es bueno, así como poleo, ruda, ajenjos, humo de plumas de perdiz, de romero, de mosquete, de incienso. Recibida con mucha diligencia, aprovecha y afloja el dolor y vuelve poco a poco la madre a su lugar. Pero otra cosa hallaba yo siempre mejor que todas, y ésta no te quiero decir, pues tan santa te me haces.

AREÚSA.- ¿Qué, por mi vida, madre? ¿Vesme penada y encúbresme la salud?

CELESTINA.- ¡Anda, que bien me entiendes! No te hagas boba.

AREÚSA.- ¡Ya, ya! Mala landre me mate si te entendía. Pero, ¿qué quieres que haga? Sabes que se partió ayer aquel mi amigo con su capitán a la guerra. ¿Había de hacerle ruindad?

CELESTINA.- ¡Verás y qué daño y qué gran ruindad!

AREÚSA.- Por cierto, sí sería, que me da todo lo que he menester, tiéneme honrada, favoréceme y trátame como si fuese su señora.

CELESTINA.- Pero, aunque todo eso sea, mientras no parieres, nunca te faltará este mal de ahora, de lo cual él debe ser causa. Y si no crees en dolor, cree en color, y verás lo que viene de su sola compañía.

AREÚSA.- No es sino mi mala dicha, maldición mala que mis padres me echaron. ¿Qué, no está ya por probar todo eso? Pero dejemos eso, que es tarde, y dime a qué fue tu buena venida.

CELESTINA.- Ya sabes lo que de Pármeno te hube dicho. Quéjaseme que aun verle no le quieres. No sé por qué, sino porque sabes que le quiero yo bien y le tengo por hijo. Pues por cierto, de otra manera miro yo tus cosas, que hasta tus vecinas me parecen bien, y se me alegra el corazón cada vez que las veo, porque sé que hablan contigo.

AREÚSA.- ¿No vives, tía señora, engañada?

CELESTINA.- No lo sé. A las obras creo, que las palabras de balde las venden dondequiera. Pero el amor nunca se paga sino con puro amor, y las obras con las obras. Ya sabes el deudo que hay entre ti y Elicia, la cual tiene Sempronio en mi casa. Pármeno y él son compañeros, sirven a este señor que tú conoces y por quien tanto favor podrás tener. No niegues lo que tan poco hacer te cuesta. Vosotras, parientas; ellos, compañeros: mira cómo viene mejor medido que lo queremos. Aquí viene conmigo, verás si quieres que suba.

AREÚSA.- ¡Amarga de mí! ¿Si nos ha oído?

CELESTINA.- No, que abajo queda. Quiérole hacer subir. Reciba tanta gracia que lo conozcas, y hables, y muestres buena cara. Y si tal te pareciere, goce él de ti y tú de él, que, aunque él gane mucho, tú no pierdes nada.

AREÚSA.- Bien tengo, señora, conocimiento cómo todas tus razones, éstas y las pasadas, se enderezan en mi provecho. Pero, ¿cómo quieres que haga tal cosa? Que tengo a quien dar cuenta, como has oído, y, si soy sentida, matarme ha. Tengo vecinas envidiosas. Luego lo dirán. Así que, aunque no haya más mal de perderlo, será más que ganaré en agradar al que me mandas.

CELESTINA.- Eso que temes yo lo proveí primero, que muy paso entramos.

AREÚSA.- No lo digo por esta noche, sino por otras muchas.

CELESTINA.- ¿Cómo? ¿Y de ésas eres? ¿De esa manera te tratas? Nunca tú harás casa con sobrado. Ausente le has miedo; ¿qué harías si estuviese en la ciudad? En dicha me cabe que jamás ceso de dar consejos a bobos, - [D VIIIv] - y todavía hay quien yerre. Pero no me maravillo, que es grande el mundo y pocos los experimentados. ¡Ay, ay!, hija, si vieses el saber de tu prima y qué tanto le ha aprovechado mi crianza y consejos, y qué gran maestra está. Y aun que no se halla ella mal con mis castigos, que uno en la cama y otro en la puerta, y otro que suspira por ella en su casa, se precia de tener. Y con todos cumple y a todos muestra buena cara, y todos piensan que son muy queridos. Y cada uno piensa que no hay otro, y que él solo es privado, y él solo es el que le da lo que ha menester. Y tú temes que, con dos que tengas, las tablas de la cama lo han de descubrir. ¿De una sola gotera te mantienes? ¡No te sobrarán muchos manjares! ¡No quiero arrendar tus escamochos! Nunca uno me agradó, nunca en uno puse toda mi afición. Más pueden dos, y más cuatro, y más dan y más tienen, y más hay en qué escoger. No hay cosa más perdida, hija, que el mur que no sabe sino un horado. Si aquél le tapan, no habrá donde se esconda del gato. Quien no tiene sino un ojo, mira a cuánto peligro anda. Una ánima sola, ni canta ni llora. Un solo acto no hace hábito. Un fraile solo pocas veces lo encontrarás por la calle. Una perdiz sola por maravilla vuela. Un manjar solo continuo, presto pone hastío. Una golondrina no hace verano. Un testigo solo no es entera fe. Quien sola una ropa tiene, presto la envejece. ¿Qué quieres, hija, de este número uno? Más inconvenientes te diré de él que años tengo a cuestas. Ten siquiera dos, que es compañía loable, como tienes dos orejas, dos pies y dos manos, dos sábanas en la cama, como dos camisas para remudar. Y si más quisieres, mejor te irá, que, mientras más moros, más ganancia; que honra sin provecho no es sino como anillo en el dedo. Y pues entrambos no caben en un saco, acoge la ganancia. Sube, hijo Pármeno.

AREÚSA.- ¡No suba! ¡Landre me mate!, que me fino de empacho, que no le conozco, siempre hube vergüenza de él.

CELESTINA.- Aquí estoy yo, que te la quitaré y cubriré y hablaré por entrambos, que otro tan empachado es él.

PÁRMENO.- Señora, Dios salve tu graciosa presencia.

AREÚSA.- Gentilhombre, buena sea tu venida.

CELESTINA.- Llégate acá, asno. ¡A dónde te vas allá a asentar al rincón! No seas empachado, que al hombre vergonzoso el diablo le trajo a palacio. Oídme entrambos lo que digo. Ya sabes tú, Pármeno amigo, lo que te prometí, y tú, hija mía, lo que te tengo rogado, dejada aparte la dificultad con que me lo has concedido. Pocas razones son necesidades, porque el tiempo no lo padece. Él ha siempre vivido penado por ti; pues, viendo su pena, sé que no le querrás matar y aun conozco que él te parece tal que no será malo para quedarse acá esta noche en casa.

AREÚSA.- Por mi vida, madre, que tal no se haga. ¡Jesú!, no me lo mandes.

PÁRMENO.- Madre mía, por amor de Dios, que no salga yo de aquí sin buen concierto, que me ha muerto de amores su vista. Ofrécele cuanto mi padre te dejó para mí. Dile que le daré cuanto tengo. -E [Ir]- ¡Ea!, díselo, que me parece que no me quiere mirar.

AREÚSA.- ¿Qué te dice ese señor a la oreja? ¿Piensa que tengo de hacer nada de lo que pides?

CELESTINA.- No dice, hija, sino que se huelga mucho con tu amistad, porque eres persona tan honrada en quien cualquier beneficio cabrá bien. Llégate acá, negligente, vergonzoso, que quiero ver para cuánto eres antes que me vaya. Retózala en esta cama.

AREÚSA.- No será él tan descortés que entre en lo vedado sin licencia.

CELESTINA.- ¿En cortesías y licencias estás? No espero más aquí yo, fiadora que tú amanezcas sin dolor y él sin color. Mas como es un putillo gallillo barbiponiente, entiendo que en tres noches no se le demude la cresta. De éstos me mandaban a mí comer en mi tiempo los médicos de mi tierra, cuando tenía mejores dientes.

AREÚSA.- ¡Ay, señor mío, no me trates de tal manera! Ten mesura, por cortesía, mira las canas de aquella vieja honrada, que están presentes. Quítate allá, que no soy de aquellas que piensas. No soy de las que públicamente están a vender sus cuerpos por dinero. Así goce de mí, de casa me salga, si hasta que Celestina mi tía sea ida a mi ropa tocas.

CELESTINA.- ¿Qué es esto, Areúsa? ¿Qué son estas extrañezas y esquivedad, estas novedades y retraimiento? Parece, hija, que no sé yo qué cosa es esto, que nunca vi estar un hombre con una mujer juntos, y que jamás pasé por ello ni gocé de lo que gozas, y que no sé lo que pasan y lo que dicen y hacen. ¡Guay de quien tal oye como yo! Pues avísote, de tanto, que fui errada como tú y tuve amigos, pero nunca el viejo ni la vieja echaba de mi lado, ni su consejo en público ni en mis secretos. Para la muerte que a Dios debo, más quisiera una gran bofetada en mitad de mi cara. Parece que ayer nací, según tu encubrimiento. Por hacerte a ti honesta, me haces a mí necia y vergonzosa, y de poco secreto y sin experiencia. Y me amenguas en mi oficio por alzar a ti en el tuyo. Pues, de cosario a cosario, no se pierden sino los barriles. Más te alabo yo detrás que tú te estimas delante.

AREÚSA.- Madre, si erré, haya perdón, y llégate más acá, y él haga lo que quisiere, que más quiero tener a ti contenta que no a mí; antes me quebraré un ojo que enojarte.

CELESTINA.- No tengo ya enojo, pero dígotelo para adelante. Quedaos a Dios, que voyme sólo porque me hacéis dentera con vuestro besar y retozar, que aún el sabor en las encías me quedó, no lo perdí con las muelas.

AREÚSA.- Dios vaya contigo.

PÁRMENO.- Madre, ¿mandas que te acompañe?

CELESTINA.- Sería quitar a un santo por poner en otro. Acompáñeos Dios, que yo vieja soy, no he temor que me fuercen en la calle.

ELICIA.- El perro ladra. ¿Si viene este diablo de vieja?

CELESTINA.- Ta, ta, ta.

ELICIA.- ¿Quién es? ¿Quién llama?

CELESTINA.- Bájame a abrir, hija.

ELICIA.- Éstas son tus venidas. Andar de noche es tu placer. ¿Por qué lo haces? ¿Qué larga estada fue ésta, madre? Nunca sales para volver a casa, por costumbre lo tienes. Cumpliendo -E [Iv]- con uno, dejas ciento descontentos. Que has sido hoy buscada del padre de la desposada que llevaste el día de Pascua al racionero; que la quiere casar de aquí a tres días y es menester que la remedies, pues que se lo prometiste, para que no sienta su marido la falta de la virginidad.

CELESTINA.- No me acuerdo, hija, por quién dices.

ELICIA.- ¿Cómo no te acuerdas? Desacordada eres, cierto. ¡Oh cómo caduca la memoria! Pues, por cierto, tú me dijiste, cuando la llevabas, que la habías renovado siete veces.

CELESTINA.- No te maravilles, hija, que quien en muchas partes derrama su memoria, en ninguna la puede tener. Pero dime si tornará.

ELICIA.- ¡Mira si tornará! Tiénete dado una manilla de oro en prendas de tu trabajo, ¿y no había de venir?

CELESTINA.- ¿La de la manilla es? Ya sé por quién dices. ¿Por qué tú no tomabas el aparejo y comenzabas a hacer algo? Pues en aquellas tales te habías de avezar y de probar, de cuantas veces me lo has visto hacer. Si no, ¡ay!, te estarás toda tu vida hecha bestia sin oficio ni renta. Y cuando seas de mi edad, llorarás la holgura de ahora, que la mocedad ociosa acarrea la vejez arrepentida y trabajosa. Hacíalo yo mejor cuando tu abuela, que Dios haya, me mostraba este oficio, que, a cabo de un año, sabía más que ella.

ELICIA.- No me maravillo, que muchas veces, como dicen, al maestro sobrepuja el buen discípulo. Y no va esto sino en la gana con que se aprende. Ninguna esciencia es bien empleada en el que no le tiene afición. Yo le tengo a este oficio odio, tú mueres tras ello.

CELESTINA.- Tú te lo dirás todo. Pobre vejez quieres. ¿Piensas que nunca has de salir de mi lado?

ELICIA.- Por Dios, dejemos enojo y al tiempo el consejo. Hayamos mucho placer. Mientras hoy tuviéremos de comer no pensemos en mañana. También se muere el que mucho allega como el que pobremente vive, y el doctor como el pastor, y el Papa como el sacristán, y el señor como el siervo, y el de alto linaje como el bajo. Y tú con oficio, como yo sin ninguno, no habemos de vivir para siempre. Gocemos y holguemos, que la vejez pocos la ven, y de los que la ven, ninguno murió de hambre. No quiero en este mundo sino día y victo y parte en paraíso. Aunque los ricos tienen mejor aparejo para ganar la gloria que quien poco tiene, no hay ninguno contento, no hay quien diga harto tengo, no hay ninguno que no trocase mi placer por sus dineros. Dejemos cuidados ajenos y acostémonos, que es hora, que más me engordará un buen sueño sin temor que cuanto tesoro hay en Venecia.
 

Acto VIII

ARGUMENTO DEL OCTAVO ACTO

La mañana viene. Despierta Pármeno. Despedido de Areúsa, va para casa de Calisto, su señor. Halló a la puerta a Sempronio. Conciertan su amistad. Van juntos a la cámara de Calisto. Hállanle hablando consigo mismo. Levantado, va a la iglesia.
 

SEMPRONIO, PÁRMENO, AREÚSA, CALISTO.

PÁRMENO.- ¿Amanece o qué es esto, que tanta claridad está en esta cámara?

AREÚSA.- ¡Qué amanecer! Duerme, señor, que aún ahora nos acostamos. No he yo pegado bien los ojos, ¿ya había de ser de día? Abre, por Dios, esa ventana de tu cabecera y verlo has.

PÁRMENO.- En mi seso estoy yo, señora, que es de día claro, en ver entrar luz entre las puertas. ¡Oh, traidor de mí, en qué gran falta he caído con mi amo! De mucha pena soy digno. ¡Oh, qué tarde que es!

AREÚSA.- ¿Tarde?

PÁRMENO.- ¡Y muy tarde!

AREÚSA.- Pues, así gocé de mi alma, no se me ha quitado el mal de la madre. No sé cómo pueda ser.

PÁRMENO.- Pues, ¿qué quieres, mi vida?

AREÚSA.- Que hablemos en mi mal.

PÁRMENO.- Señora mía, si lo hablado no basta, lo que más es necesario me perdona, porque es ya mediodía. Si voy más tarde, no seré bien recibido de mi amo. Yo vendré mañana y cuantas veces después mandares, que por eso hizo Dios un día tras otro, por que lo que el uno no bastase, se cumpliese en otro. Y aun por que más nos veamos, reciba de ti esta gracia: que te vayas hoy a las doce del día a comer con nosotros a su casa de Celestina.

AREÚSA.- Que me place de buen grado. Ve con Dios, junta tras ti la puerta.

PÁRMENO.- A Dios te quedes.

PÁRMENO.- ¡Oh placer singular! ¡Oh singular alegría! ¿Cuál hombre es ni ha sido más bienaventurado que yo? ¿Cuál más dichoso y bienandante? ¡Que un tan excelente don sea por mí poseído, y, cuan presto pedido, tan presto alcanzado! Por cierto, si las traiciones de esta vieja con mi corazón yo pudiese sufrir, de rodillas había de andar a la complacer. ¿Con qué pagaré yo esto? ¡Oh alto Dios! ¿A quién contaría yo este gozo? ¿A quién descubriría tan gran secreto? ¿A quién daré parte de mi gloria? Bien me decía la vieja que de ninguna prosperidad es buena la posesión sin compañía. El placer no comunicado no es placer. ¿Quién sentiría esta mi dicha como yo la siento? A Sempronio veo a la puerta de casa. -E IIv- Mucho ha madrugado. Trabajo tengo con mi amo, si es salido fuera. No será, que no es acostumbrado, pero como ahora no anda en su seso, no me maravillo que haya pervertido su costumbre.

SEMPRONIO.- Pármeno, hermano, si yo supiese aquella tierra donde se gana el sueldo durmiendo, mucho haría por ir allá, que no daría ventaja a ninguno. Tanto ganaría como otro cualquiera. Y, ¿cómo, holgazán, descuidado, fuiste para no tornar? No sé qué crea de tu tardanza, sino que te quedaste a escalentar la vieja esta noche o a rascarle los pies, como cuando chiquito.

PÁRMENO.- ¡Oh Sempronio, amigo y más que hermano! Por Dios, no corrompas mi placer, no mezcles tu ira con mi sufrimiento, no revuelvas tu descontentamiento con mi descanso, no agües con tan turbia agua el claro licor del pensamiento que traigo, no enturbies con tus envidiosos castigos y odiosas reprehensiones mi placer. Recíbeme con alegría y contarte he maravillas de mi buena andanza pasada.

SEMPRONIO.- Dilo, dilo. ¿Es algo de Melibea? ¿Hasla visto?

PÁRMENO.- ¡Qué de Melibea! Es de otra que yo más quiero, y aun tal que, si no estoy engañado, puede vivir con ella en gracia y hermosura. Sí, que no se encerró el mundo y todas sus gracias en ella.

SEMPRONIO.- ¿Qué es esto, desvariado? Reírme querría, sino que no puedo. ¿Ya todos amamos? El mundo se va a perder. Calisto a Melibea, yo a Elicia, tú, de envidia has buscado con quien perder ese poco de seso que tienes.

PÁRMENO.- ¿Luego locura es amar y yo soy loco y sin seso? Pues si la locura fuese dolores, en cada casa habría voces.

SEMPRONIO.- Según tu opinión, sí eres, que yo te he oído dar consejos vanos a Calisto y contradecir a Celestina en cuanto habla. Y, por impedir mi provecho y el suyo, huelgas de no gozar tu parte. Pues a las manos me has venido donde te podré dañar, y lo haré.

PÁRMENO.- No es, Sempronio, verdadera fuerza ni poderío dañar y empecer, mas aprovechar y guarecer, y muy mayor quererlo hacer. Yo siempre te tuve por hermano. No se cumpla, por Dios, en ti lo que se dice, que pequeña causa desparte conformes amigos. Muy mal me tratas. No sé dónde nazca este rencor. No me indignes, Sempronio, con tan lastimeras razones. Cata que es muy rara la paciencia que agudo baldón no penetre y traspase.

SEMPRONIO.- No digo mal en esto, sino que se eche otra sardina para el mozo de caballos, pues tú tienes amiga.

PÁRMENO.- Estás enojado. Quiérote sufrir, aunque más mal me trates, pues dicen que ninguna humana pasión es perpetua ni durable.

SEMPRONIO.- Más maltratas tú a Calisto, aconsejando a él lo que para ti huyes, diciendo que se aparte de amar a Melibea, hecho tablilla de mesón, que para sí no tiene abrigo y dale a todos. ¡Oh Pármeno! Ahora podrás ver cuán fácil cosa es reprehender vida ajena y cuán duro guardar cada cual la suya. No digo más, pues tú eres testigo, y de aquí adelante veremos cómo te has, pues ya tienes tu escudilla como cada cual. Si tú mi amigo fueras, en la necesidad que de ti tuve me habías de favorecer, y ayudar a Celestina en mi provecho, que no hincar un clavo de malicia a cada palabra. Sabe que, como la hez de la taberna despide a los borrachos, así la adversidad o necesidad al fingido amigo. Luego se descubre el falso metal, dorado por encima.

PÁRMENO.- Oído lo había decir y por experiencia lo veo: nunca venir placer sin contraria zozobra en esta triste vida. A los alegres, serenos y claros soles, nublados oscuros y pluvias vemos suceder; a los solaces y placeres, dolores y muertes los ocupan; a las risas y deleites, llantos y lloros y pasiones mortales los siguen; finalmente, a mucho descanso y sosiego, mucho pesar y tristeza. ¿Quién podrá tan alegre venir como yo ahora? ¿Quién tan triste recibimiento padecer? ¿Quién verse, como yo me vi, con tanta gloria alcanzada con mi querida Areúsa? ¿Quién caer de ella siendo tan mal tratado tan presto, como yo de ti? Que no me has dado lugar a poderte decir cuánto soy tuyo, cuánto te he de favorecer en todo, cuánto soy arrepiso de lo pasado, cuántos consejos y castigos buenos he recibido de Celestina en tu favor y provecho y de todos; cómo, pues este juego de nuestro amo y Melibea está entre las manos, podemos ahora medrar o nunca.

SEMPRONIO.- Bien me agradan tus palabras, si tales tuvieses las obras, a las cuales espero para haberte de creer. Pero, por Dios, me digas qué es eso que dijiste de Areúsa. Parece que conoces tú a Areúsa, su prima de Elicia.

PÁRMENO.- Pues, ¿qué es todo el placer que traigo, sino haberla alcanzado?

SEMPRONIO.- ¡Cómo se lo dice el bobo, de risa no puede hablar! ¿A qué llamas haberla alcanzado? ¿Estaba a alguna ventana o qué es eso?

PÁRMENO.- A ponerla en duda si queda preñada o no.

SEMPRONIO.- Espantado me tienes. Mucho puede el continuo trabajo; una continua gotera horada una piedra.

PÁRMENO.- Verás qué tan continuo, que ayer lo pensé, ya la tengo por mía.

SEMPRONIO.- ¡La vieja anda por ahí!

PÁRMENO.- ¿En qué lo ves?

SEMPRONIO.- Que ella me había dicho que te quería mucho y que te la haría haber. Dichoso fuiste, no hiciste sino llegar y recaudar. Por esto dicen más vale a quien Dios ayuda, que quien mucho madruga. Pero tal padrino tuviste...

PÁRMENO.- Di madrina, que es más cierto. Así que quien a buen árbol se arrima... Tarde fui, pero temprano recaudé. ¡Oh hermano!, ¿qué te contaría de sus gracias de aquella mujer, de su habla y hermosura de cuerpo? Pero quede para más oportunidad.

SEMPRONIO.- ¿Puede ser sino prima de Elicia? No me dirás tanto, cuanto estotra no tenga más. Todo te creo. Pero, ¿qué te cuesta? ¿Hasle dado algo?

PÁRMENO.- No, cierto. Mas, aunque hubiera, era bien empleado. De todo bien es capaz. En tanto son las tales tenidas cuanto caras son compradas; tanto valen cuanto cuestan. Nunca mucho costó poco, sino a mí esta señora. A comer la convidé para casa de Celestina y, si te place, vamos todos allá.

SEMPRONIO.- ¿Quién, hermano?

PÁRMENO.- Tú y ella, y allá está la vieja, y Elicia. Habremos placer.

SEMPRONIO.- ¡Oh Dios, y cómo me has alegrado! Franco eres, nunca te faltaré. Como te tengo por hombre, como creo que Dios te ha de hacer bien, todo el enojo que de tus pasadas -E IIIv- hablas tenía, se me ha tornado en amor. No dudo ya tu confederación con nosotros ser la que debe. Abrazarte quiero. Seamos como hermanos. ¡Vaya el diablo para ruin...! Sea lo pasado cuestión de San Juan, y así paz para todo el año, que las iras de los amigos siempre suelen ser reintegración del amor. Comamos y holguemos, que nuestro amo ayunará por todos.

PÁRMENO.- ¿Y qué hace el desesperado?

SEMPRONIO.- Allí está tendido en el estrado cabe la cama, donde le dejaste anoche, que ni ha dormido ni está despierto. Si allá entro, ronca; si me salgo, canta o devanea. No le tomo tiento si con aquello pena o descansa.

PÁRMENO.- ¿Qué dices? ¿Y nunca me ha llamado ni ha tenido memoria de mí?

SEMPRONIO.- No se acuerda de sí, ¿acordarse ha de ti?

PÁRMENO.- Aun hasta en esto me ha corrido buen tiempo. Pues así es, mientras recuerda, quiero enviar la comida, que la aderecen.

SEMPRONIO.- ¿Qué has pensado enviar para que aquellas loquillas te tengan por hombre cumplido, bien criado y franco?

PÁRMENO.- En casa llena, presto se adereza cena. De lo que hay en la despensa basta para no caer en falta: pan blanco, vino de Monviedro, un pernil de tocino; y más seis pares de pollos que trajeron estotro día los renteros de nuestro amo, que si los pidiere, harele creer que los ha comido; y las tórtolas que mandó para hoy guardar diré que hedían. Tú serás testigo. Tendremos manera como a él no haga mal lo que de ellas comiere, y nuestra mesa esté como es razón. Y allá hablaremos más largamente en su daño y nuestro provecho con la vieja cerca de estos amores.

SEMPRONIO.- ¡Más dolores!, que por fe tengo que de muerto o loco no escapa esta vez. Pues que así es, despacha. Subamos a ver qué hace.

CALISTO

En gran peligro me veo:
en mi muerte no hay tardanza,
pues que me pide el deseo
lo que me niega esperanza.

PÁRMENO.- Escucha, escucha, Sempronio. Trovando está nuestro amo.

SEMPRONIO.- ¡Oh hideputa, él trovador! El gran Antípater Sidonio, el gran poeta Ovidio, los cuales de improviso se les venían las razones metrificadas a la boca. ¡Sí, sí, de ésos es! ¡Trovará el diablo! Está devaneando entre sueños.

CALISTO

Corazón, bien se te emplea
que penes y vivas triste,
pues tan presto te venciste
del amor de Melibea.

PÁRMENO.- ¿No digo yo que trova?

CALISTO.- ¿Quién habla en la sala? ¡Mozos!

PÁRMENO.- Señor.

CALISTO.- ¿Es muy noche? ¿Es hora de acostar?

PÁRMENO.- ¡Mas ya es, señor, tarde para levantar!

CALISTO.- ¿Qué dices, loco? ¿Toda la noche es pasada?

PÁRMENO.- Y aun harta parte del día.

CALISTO.- Di, Sempronio, ¿miente ese desvariado que me hace creer que es de día?

SEMPRONIO.- Olvida, señor, un poco a Melibea y verás la claridad, que con la mucha que en su gesto contemplas, no puedes ver de encandilado, como perdiz con la calderuela.

CALISTO.- Ahora lo creo, que tañen a misa. Daca mis ropas, iré a la Magdalena, rogaré a Dios aderece a Celestina y ponga en corazón a Melibea mi remedio o dé fin en breve a mis tristes días.

SEMPRONIO.- No te fatigues tanto. No lo quieras todo en una hora, que no es de discretos desear con grande eficacia lo que se puede tristemente acabar. Si tú pides que se concluya en un día lo que en un año sería harto, no es mucha tu vida.

CALISTO.- ¿Quieres decir que soy como el mozo del escudero gallego?

SEMPRONIO.- No mande Dios que tal cosa yo diga, que eres mi señor. Y demás de esto, sé que, como me galardonas el buen consejo, me castigarías lo mal hablado, aunque dicen que no es igual la alabanza del servicio o buena habla con la reprehensión y pena de lo mal hecho o hablado.

CALISTO.- No sé quién te avezó tanta filosofía, Sempronio.

SEMPRONIO.- Señor, no es todo blanco aquello que de negro no tiene semejanza; ni es todo oro cuanto amarillo reluce. Tus acelerados deseos, no medidos por razón, hacen parecer claros mis consejos. Quisieras tú ayer que te trajeran a la primera habla amanojada y envuelta en su cordón a Melibea, como si hubieras enviado por otra cualquiera mercaduría a la plaza, en que no hubiera más trabajo de llegar y pagarla. Da, señor, alivio al corazón, que en poco espacio de tiempo no cabe gran bienaventuranza. Un solo golpe no derriba un roble. Apercíbete con sufrimiento, porque la prudencia es cosa loable y el apercibimiento resiste el fuerte combate.

CALISTO.- Bien has dicho, si la cualidad de mi mal lo consintiese.

SEMPRONIO.- ¿Para qué, señor, es el seso, si la voluntad priva a la razón?

CALISTO.- ¡Oh loco, loco! Dice el sano al doliente, «Dios te dé salud». No quiero consejo ni esperarte más razones, que más avivas y enciendes las llamas que me consumen. Yo me voy solo a misa y no tornaré a casa hasta que me llaméis, pidiéndome albricias de mi gozo con la buena venida de Celestina. Ni comeré hasta entonces, aunque primero sean los caballos de Febo apacentados en aquellos verdes prados que suelen, cuando han dado fin a su jornada.

SEMPRONIO.- Deja, señor, esos rodeos, deja esas poesías, que no es habla conveniente la que a todos no es común, la que todos no participan, la que pocos entienden. Di «aunque se ponga el sol» y sabrán todos lo que dices, y come alguna conserva con que tanto espacio de tiempo te sostengas.

CALISTO.- Sempronio, mi fiel criado, mi buen consejero, mi leal servidor, sea como a ti te parece, porque cierto tengo, según tu limpieza de servicio, quieres tanto mi vida como la tuya.

SEMPRONIO.- ¿Créeslo tú, Pármeno? Bien sé que no lo jurarías. Acuérdate, si fueres por conserva, apañes un bote para aquella gentecilla que nos va más y a buen entendedor... En la bragueta cabrá.

CALISTO.- ¿Qué dices, Sempronio?

SEMPRONIO.- Dije, señor, a Pármeno que fuese por una tajada de diacitrón.

PÁRMENO.- Hela aquí, señor.

CALISTO.- Daca.

SEMPRONIO.- Verás qué engullir hace el diablo. Entero lo quiere tragar por más aprisa hacer.

CALISTO.- El alma me ha tornado. Quedaos con Dios, hijos. Esperad la vieja e id por buenas albricias.

PÁRMENO.- ¡Allá irás con el diablo, tú y malos años, y en tal hora comieses el diacitrón como Apuleyo el veneno que lo convirtió en asno!
 

Acto IX

ARGUMENTO DEL NOVENO ACTO

Sempronio y Pármeno van a casa de Celestina, entre sí hablando. Llegados allá, hallan a Elicia y Areúsa. Pónense a comer, y entre comer riñe Elicia con Sempronio. Levántase de la mesa. Tórnanla apaciguar. Estando ellos todos entre sí razonando, viene Lucrecia, criada de Melibea, a llamar a Celestina que vaya a estar con Melibea.
 

SEMPRONIO,PÁRMENO, ELICIA, CELESTINA, AREÚSA, LUCRECIA.

SEMPRONIO.- Baja, Pármeno, nuestras capas y espadas, si te parece que es hora que vamos a comer.

PÁRMENO.- Vamos presto. Ya creo que se quejarán de nuestra tardanza. No por esta calle, sino por estotra, por que nos entremos por la iglesia y veremos si hubiere acabado Celestina sus devociones. Llevarla hemos de camino.

SEMPRONIO.- ¡A donosa hora ha de estar rezando!

PÁRMENO.- No se puede decir sin tiempo hecho lo que en todo tiempo se puede hacer.

SEMPRONIO.- Verdad es, pero mal conoces a Celestina. Cuando ella tiene que hacer, no se acuerda de Dios ni cura de santidades. Cuando hay qué roer en casa, sanos están los santos; cuando va a la iglesia con sus cuentas en la mano, no sobra el comer en casa. Aunque ella te crió, mejor conozco yo sus propiedades que tú. Lo que en sus cuentas reza es los virgos que tiene a cargo y cuántos enamorados hay en la ciudad, y cuántas mozas tiene encomendadas, y qué despenseros le dan ración, y cuál mejor, y cómo les llaman por nombre, por que cuando los encontrare no hable como extraña; y qué canónigo es más mozo y franco. Cuando menea los labios es fingir mentiras, ordenar cautelas para haber dinero: «Por aquí le entraré, esto me responderá, esto replicaré». Así vive esta que nosotros mucho honramos.

PÁRMENO.- Más que eso sé yo; sino porque te enojaste esotro día no quiero hablar, cuando lo dije a Calisto.

SEMPRONIO.- Aunque lo sepamos para nuestro provecho, no lo publiquemos para nuestro daño. Saberlo nuestro amo es echarla por quien es y no curar de ella. Dejándola, vendrá forzado otra, de cuyo trabajo no esperemos parte, como de ésta, que de grado o por fuerza nos dará de lo que le diere.

PÁRMENO.- Bien has dicho. Calla, que está abierta la puerta. En casa está. Llama antes que entres, que por ventura están revueltas y no querrán ser así vistas.

SEMPRONIO.- Entra, no cures, que todos somos de casa. Ya ponen la mesa.

CELESTINA.- ¡Oh mis enamorados, mis perlas de oro! Tal me venga el año cual me parece vuestra venida.

PÁRMENO.- ¡Qué palabras tiene la noble! Bien ves, hermano, estos halagos fingidos.

SEMPRONIO.- Déjala, que de eso vive, que no sé quién diablos le mostró tanta ruindad.

PÁRMENO.- La necesidad y pobreza, la hambre, que no hay mejor maestra en el mundo, no hay mejor despertadora y avivadora de ingenios. ¿Quién mostró a las picazas y papagayos imitar nuestra propia habla con sus arpadas lenguas, nuestro órgano y voz, sino ésta?

CELESTINA.- ¡Muchachas, muchachas! ¡Bobas! Andad acá abajo, ¡presto, presto!, que están aquí dos hombres que me quieren forzar.

ELICIA.- ¡Mas nunca acá vinieran! ¡Y mucho convidar con tiempo, que ha tres horas que está aquí mi prima! Este perezoso de Sempronio habrá sido causa de la tardanza, que no ha ojos por do verme.

SEMPRONIO.- Calla, mi señora, mi vida, mis amores, que quien a otro sirve no es libre. Así que sujeción me releva de culpa. No hayamos enojo, asentémonos a comer.

ELICIA.- ¡Así, para asentar a comer, muy diligente! ¡A mesa puesta con tus manos lavadas y poca vergüenza!

SEMPRONIO.- Después reñiremos; comamos ahora. Asiéntate, madre Celestina, tú primero.

CELESTINA.- Asentaos vosotros, mis hijos, que harto lugar hay para todos, a Dios gracias. Tanto nos diesen del paraíso cuando allá vamos. Poneos en orden, cada uno cabe la suya; yo, que estoy sola, pondré cabe mí este jarro y taza, que no es más mi vida de cuanto con ello hablo. Después que me fui haciendo vieja, no sé mejor oficio a la mesa que escanciar, porque quien la miel trata siempre se le pega de ella. Pues de noche, en invierno, no hay tal escalentador de cama. Que con dos jarrillos de éstos que beba, cuando me quiero acostar, no siento frío en toda la noche. De esto ahorro todos mis vestidos cuando viene la Navidad; esto me calienta la sangre; esto me sostiene contino en un ser; esto me hace andar siempre alegre; esto me para fresca; de esto vea yo sobrado en casa, que nunca temeré el mal año, que un cortezón de pan ratonado me basta para tres días. Esto quita la tristeza del corazón más que el oro ni el coral; esto da esfuerzo al mozo y al viejo fuerza; pone color al descolorido; coraje al cobarde; al flojo diligencia; conforta los celebros; saca el frío del estómago; quita el hedor del anhélito; hace potentes los fríos; hace sufrir los afanes de las labranzas; a los cansados segadores hace sudar toda agua mala; sana el romadizo y las muelas; sostiene sin heder en la mar, lo cual no hace el agua. Más propiedades te diría de ello que todos tenéis cabellos. Así que no sé quién no se goce en mentarlo. No tiene sino -E Vv- una tacha, que lo bueno vale caro y lo malo hace daño. Así que, con lo que sana el hígado, enferma la bolsa. Pero todavía con mi fatiga busco lo mejor para eso poco que bebo, una sola docena de veces a cada comida. No me harán pasar de allí salvo si no soy convidada como ahora.

PÁRMENO.- Madre, pues tres veces dicen que es bueno y honesto todos los que escribieron.

CELESTINA.- Hijo, estará corrupta la letra, por «trece», «tres».

SEMPRONIO.- Tía señora, a todos nos sabe bien, comiendo y hablando, porque después no habrá tiempo para entender en los amores de este perdido de nuestro amo y de aquella graciosa y gentil Melibea.

ELICIA.- ¡Apártateme allá, desabrido, enojoso! ¡Mal provecho te haga lo que comes, tal comida me has dado! Por mi alma, revesar quiero cuanto tengo en el cuerpo, de asco de oírte llamar a aquélla «gentil». ¡Mirad quién «gentil»! ¡Jesú, Jesú, y qué hastío y enojo es ver tu poca vergüenza! ¿A quién «gentil»? ¡Mal me haga Dios si ella lo es ni tiene parte de ello, sino que hay ojos que de lagañas se agradan! Santiguarme quiero de tu necedad y poco conocimiento. ¡Oh quién estuviese de gana para disputar contigo su hermosura y gentileza! ¿Gentil es Melibea? Entonces lo es, entonces acertarán cuando andan a pares los diez mandamientos. Aquella hermosura, por una moneda se compra de la tienda. Por cierto, que conozco yo en la calle donde ella vive cuatro doncellas en quien Dios más repartió su gracia que no en Melibea, que si algo tiene de hermosura es por buenos atavíos que trae. Ponedlos a un palo, ¿también diréis que es «gentil»? Por mi vida, que no lo digo por alabarme, mas creo que soy tan hermosa como vuestra Melibea.

AREÚSA.- Pues no la has tú visto como yo, hermana mía. Dios me lo demande, si en ayunas la topases, si aquel día pudieses comer de asco. Todo el año se está encerrada con mudas de mil suciedades. Por una vez que haya de salir donde pueda ser vista, enviste su cara con hiel y miel, con uvas tostadas e higos pasados, y con otras cosas que por reverencia de la mesa dejo de decir. Las riquezas las hace a éstas hermosas y ser alabadas, que no las gracias de su cuerpo. Que así goce de mí, unas tetas tiene, para ser doncella, como si tres veces hubiese parido. No parecen sino dos grandes calabazas. El vientre no se le he visto, pero, juzgando por lo otro, creo que le tiene tan flojo como vieja de cincuenta años. No sé qué se ha visto Calisto, porque deja de amar a otras que más ligeramente podría haber y con quien más él holgase, sino que el gusto dañado muchas veces juzga por dulce lo amargo.

SEMPRONIO.- Hermana, paréceme aquí que cada buhonero alaba sus agujas, que el contrario de eso se suena por la ciudad.

AREÚSA.- Ninguna cosa es más lejos de la verdad que la vulgar opinión. Nunca alegre vivirás si por voluntad de muchos te riges. Porque éstas son conclusiones verdaderas, que cualquier cosa que el vulgo piensa es vanidad; lo que habla, falsedad; lo que reprueba es bondad; lo que aprueba, maldad. Y pues éste es su más cierto uso y costumbre, no juzgues la bondad y hermosura de Melibea por eso ser la que afirmas.

SEMPRONIO.- Señora, el vulgo parlero no perdona las tachas de sus señores y así yo creo que, si alguna tuviese Melibea, ya sería descubierta de los que con ella más que nosotros tratan. Y aunque lo que dices concediese, Calisto es caballero, Melibea hijadalgo, así que los nacidos por linaje escogidos búscanse unos a otros. Por ende, no es de maravillar que ame antes a ésta que a otra.

AREÚSA.- Ruin sea quien por ruin se tiene. Las obras hacen linaje, que al fin todos somos hijos de Adán y Eva. Procure de ser cada uno bueno por sí y no vaya a buscar en la nobleza de sus pasados la virtud.

CELESTINA.- Hijos, por mi vida, que cesen esas razones de enojo. Y tú, Elicia, que te tornes a la mesa y dejes esos enojos.

ELICIA.- ¡Con tal que mala pro me hiciese, con tal que reventase en comiéndolo! ¿Había yo de comer con ese malvado, que en mi cara me ha porfiado que es más gentil su andrajo de Melibea que yo?

SEMPRONIO.- Calla, mi vida, que tú la comparaste. Toda comparación es odiosa; tú tienes la culpa y no yo.

AREÚSA.- Ven, hermana, a comer, no hagas ahora ese placer a estos locos porfiados, Si no, levantarme he yo de la mesa.

ELICIA.- Necesidad de complacerte me hace contentar a ese enemigo mío y usar de virtudes con todos.

SEMPRONIO.- ¡Je, je, je!

ELICIA.- ¿De qué te ríes? ¡De mal cáncer sea comida esa boca desgraciada y enojosa!

CELESTINA.- No le respondas, hijo; si no, nunca acabaremos. Entendamos en lo que hace a nuestro caso. Decidme, ¿cómo quedó Calisto? ¿Cómo lo dejasteis? ¿Cómo os pudisteis entrambos descabullir de él?

PÁRMENO.- Allá fue a la maldición, echando fuego, desesperado, perdido, medio loco, a misa a la Magdalena, a rogar a Dios que te dé gracia que puedas bien roer los huesos de estos pollos y protestando no volver a casa hasta oír que eres venida con Melibea en tu arremango. Tu saya y manto, y aun mi sayo, cierto está. Lo otro vaya y venga; el cuándo lo dará, no lo sé.

CELESTINA.- Sea cuando fuere. Buenas son mangas pasada la Pascua. Todo aquello alegra, que con poco trabajo se gana, mayormente viniendo de parte donde tan poca mella hace, de hombre tan rico que con los salvados de su casa podría yo salir de laceria, según lo mucho le sobra. No les duele a los tales lo que gastan, y según la causa por que lo dan, no lo sienten con el embebecimiento del amor. No les pena, no ven, no oyen, lo cual yo juzgo por otros que he conocido menos apasionados y metidos en este fuego de amor que a Calisto veo, que ni comen ni beben, ni ríen ni lloran, ni duermen ni velan, ni hablan ni callan, ni penan ni descansan, ni están contentos ni se quejan, según la perplejidad de aquella dulce y fiera llaga de sus corazones. Y si alguna cosa de éstas la natural necesidad les fuerza a hacer, están en el acto tan olvidados que comiendo se olvida la mano de llevar la vianda a la boca. Pues si con ellos hablan, jamás conveniente respuesta vuelven. Allí tienen los cuerpos; con sus amigas los corazones y sentidos. Mucha fuerza tiene el amor: no sólo la tierra, mas aun las mares traspasa, según su poder. Igual mando tiene en todo género de hombres. Todas las dificultades quiebra. Ansiosa cosa es, temerosa y solícita. Todas las cosas mira en derredor. Así que si vosotros buenos enamorados habéis sido, juzgaréis yo decir verdad.

SEMPRONIO.- Señora, en todo concedo con tu razón, que aquí está quien me causó algún tiempo andar hecho otro Calisto, perdido el sentido, cansado el cuerpo, la cabeza vana, los días mal durmiendo, las noches todas velando, dando alboradas, haciendo momos, saltando paredes, poniendo cada día la vida al tablero, esperando toros, corriendo caballos, tirando barra, echando lanza, cansando amigos, quebrando espadas, haciendo escalas, vistiendo armas y otros mil actos de enamorado, haciendo coplas, pintando motes, sacando invenciones. Pero todo lo doy por bien empleado, pues tal joya gané.

ELICIA.- ¡Mucho piensas que me tienes ganada! Pues hágote cierto que no has vuelto la cabeza cuando está en casa otro que más quiero, más gracioso que tú, y aun que no ande buscando cómo me dar enojo, a cabo de un año que me vienes a ver, tarde y con mal.

CELESTINA.- Hijo, déjala decir, que devanea. Mientras más de eso la oyeres, más se confirma en su amor. Todo es porque habéis aquí alabado a Melibea. No sabe en otra cosa en que os lo pagar sino en decir eso, y creo que no ve la hora que haber comido para lo que yo me sé. Pues esotra su prima yo la conozco. Gozad vuestras frescas mocedades, que quien tiempo tiene y mejor le espera, tiempo viene que se arrepiente, como yo hago ahora por algunas horas que dejé perder, cuando moza, cuando me preciaba, cuando me querían. Que ya, ¡mal pecado!, caducado he, nadie no me quiere. ¡Que sabe Dios mi buen deseo! Besaos y abrazaos, que a mí no me queda otra cosa sino gozarme de verlo. Mientras a la mesa estáis, de la cinta arriba todo se perdona; cuando seáis aparte no quiero poner tasa, pues que el rey no la pone. Que yo sé por las muchachas que nunca de importunos os acusen, y la vieja Celestina mascará de dentera con sus botas encías las migajas de los manteles. Bendígaos Dios, ¡cómo lo reís y holgáis, putillos, loquillos, traviesos! ¡En esto había de parar el nublado de las cuestioncillas que habéis tenido! ¡Mirad no derribéis la mesa!

ELICIA.- Madre, a la puerta llaman; el solaz es derramado.

CELESTINA.- Mira, hija, quién es. Por ventura será quien lo acreciente y allegue.

ELICIA.- O la voz me engaña o es mi prima Lucrecia.

CELESTINA.- Ábrele y entre ella y buenos años, que aun a ella algo se le entiende de esto que aquí hablamos, aunque su mucho encerramiento le impide el gozo de su mocedad.

AREÚSA.- Así goce de mí, que es verdad que estas que sirven a señoras ni gozan deleite ni conocen los dulces premios de amor. Nunca tratan con parientes, con iguales a quien puedan hablar tú por tú, con quien digan: «¿qué cenaste?», «¿estás preñada?», «¿cuántas gallinas crías?», «llévame a merendar a tu casa»; «muéstrame tu enamorado»; «¿cuánto ha que no te vio?», «¿cómo te va con él?», «¿quién son tus vecinas?» y otras cosas de igualdad semejantes. ¡Oh tía, y qué duro nombre y qué grave y soberbio es «señora» contino en la boca! Por esto me vivo sobre mí desde que me sé conocer, que jamás me precié de llamarme de otra sino mía, mayormente de estas señoras que ahora se usan. Gástaste con ellas lo mejor del tiempo y con una saya rota de las que ellas desechan pagan servicio de diez años. Denostadas, maltratadas las traen, contino sojuzgadas, que hablar delante ellas no osan. Y cuando ven cerca el tiempo de la obligación de casarlas, levántanles un caramillo: que se echan con el mozo o con el hijo, o pídenles celos del marido, o que meten hombres en casa, o que hurtó la taza o perdió el anillo; danles un ciento de azotes y échanlas la puerta fuera, las haldas en la cabeza, diciendo: «¡allá irás, ladrona, puta, no destruirás mi casa y honra!». Así que esperan galardón, sacan baldón; esperan salir casadas, salen amenguadas; esperan vestidos y joyas de boda, salen desnudas y denostadas. Éstos son sus premios, éstos son sus beneficios y pagos. Oblíganse a darles marido, quítanles el vestido. La mejor honra que en sus casas tienen es andar hechas callejeras, de dueña en dueña, con sus mensajes a cuestas. Nunca oyen su nombre propio de la boca de ellas, sino «puta acá», «puta acullá», «¿a dó vas, tiñosa?», «¿qué hiciste, bellaca?», «¿por qué comiste esto, golosa?», «¿cómo fregaste la sartén, puerca?», «¿por qué no limpiaste el manto, sucia?», «¿cómo dijiste esto, necia?», «¿quién perdió el plato, desaliñada?», «¿cómo faltó el paño de manos, ladrona? A tu rufián le habrás dado», «ven acá, mala mujer, ¿la gallina habada no parece?, pues búscala presto, si no, en la primera blanca de tu soldada la contaré». Y tras esto mil chapinazos y pellizcos, palos y azotes. No hay quien las sepa contentar, no quien pueda sufrirlas. Su placer es dar voces, su gloria es reñir. De lo mejor hecho menos contentamiento muestran. Por esto, madre, he querido más vivir en mi pequeña casa, exenta y señora, que no en sus ricos palacios, sojuzgada y cautiva.

CELESTINA.- En tu seso has estado. Bien sabes lo que haces, que los sabios dicen «que vale más una migaja de pan con paz que toda la casa llena de viandas con rencilla». Mas ahora cese esta razón, que entra Lucrecia.

LUCRECIA.- Buena pro os haga, tía y la compañía. Dios bendiga tanta gente y tan honrada.

CELESTINA.- ¿Tanta, hija? ¿Por mucha has ésta? Bien parece que no me conociste en mi prosperidad, hoy ha veinte años. ¡Ay, quién me vio y quién me ve ahora, no sé cómo no quiebra su corazón de dolor! Yo vi, mi amor, esta mesa donde ahora están tus primas asentadas, nueve mozas de tus días, que la mayor no pasaba de dieciocho años y ninguna había menor de catorce. Mundo es, pase, ande su rueda, rodee sus arcaduces, unos llenos, otros vacíos. Ley es de fortuna que ninguna cosa en un ser mucho tiempo permanece; su orden es mudanzas. No puedo decir sin lágrimas la mucha honra que entonces tenía, aunque por mis pecados y mala dicha, poco a poco, ha venido en disminución. Como declinaban ya mis días, así se disminuía y menguaba mi provecho. Proverbio es antiguo que «cuanto al mundo es o crece o decrece». Todo tiene sus límites. Todo tiene sus grados. Mi honra llegó a la cumbre según quien yo era. De necesidad es que desmengüe y abaje. Cerca ando de mi fin. En esto veo que me queda poca vida. Pero bien sé que subí para descender, florecí para secarme, gocé para entristecerme, nací para vivir, viví para crecer, crecí para envejecer, envejecí para morirme. Y pues esto antes de ahora me consta, sufriré con menos pena mi mal, aunque del todo no pueda despedir el sentimiento, como sea de carne sentible formada.

LUCRECIA.- Trabajo tenías, madre, con tantas mozas, que es ganado muy penoso de guardar.

CELESTINA.- ¿Trabajo, mi amor? Antes descanso y alivio. Todas me obedecían, todas me honraban, de todas era acatada, ninguna salía de mi querer, lo que decía era lo bueno, a cada cual daba cobro, no escogían más de lo que yo les mandaba: cojo, o tuerto, o manco, aquel habían por sano quien más dinero me daba. Mío era el provecho, suyo el afán. Pues ¿servidores no tenía por su causa de ellas? Caballeros, viejos, mozos, abades de todas dignidades, desde obispos hasta sacristanes. En entrando por la iglesia, veía derrocar bonetes en mi honor, como si yo fuera una duquesa. El que menos había de negociar conmigo, por más ruin se tenía. De media legua que me viesen, dejaban las Horas. Uno a uno, dos a dos, venían adonde yo estaba a ver si mandaba algo, a preguntarme cada uno por la suya. En viéndome entrar, se turbaban, que no hacían ni decían cosa a derechas. Unos me llamaban «señora», otros «tía», otros «enamorada», otros «vieja honrada». Allí se concertaban sus venidas a mi casa, allí las idas a la suya; allí se me ofrecían dineros, allí promesas, allí otras dádivas besando el cabo de mi manto y aun algunos en la cara, por me tener más contenta. Ahora hame traído la fortuna a tal estado que me digas «buena pro hagan las zapatas».

SEMPRONIO.- Espantados nos tienes con tales cosas como nos cuentas de esa religiosa gente y benditas coronas. ¡Sí, que no serían todos!

CELESTINA.- No, hijo, ni Dios lo mande que yo tal cosa levante. Que muchos viejos devotos había con quien yo poco medraba y aun que no me podían ver, pero creo que de envidia de los otros que me hablaban. Como la clerecía era grande, había de todos: unos muy castos, otros que tenían cargo de mantener a las de mi oficio, y aun todavía creo que no faltan; y enviaban sus escuderos y mozos a que me acompañasen. Y apenas era llegada a mi casa, cuando entraban por mi puerta muchos pollos y gallinas, ansarones, anadones, perdices, tórtolas, perniles de tocino, tortas de trigo, lechones. Cada cual como recibía de aquellos diezmos de Dios, así lo venía luego a registrar, para que comiese yo y aquellas sus devotas. Pues, vino, ¿no me sobraba de lo mejor que se bebía en la ciudad? Venido de diversas partes, de Monviedro, de Luque, de Toro, de Madrigal, de San Martín y de otros muchos lugares; y tantos, que, aunque tengo la diferencia de los gustos y sabor en la boca, no tengo la diversidad de sus tierras en la memoria, que harto es que una vieja como yo, en oliendo cualquiera vino, diga de dónde es. Pues otros curas sin renta, no era ofrecido el bodigo, cuando, en besando el feligrés la estola, era del primero voleo en mi casa. Espesos como piedras a tablado entraban muchachos cargados de provisiones por mi puerta. No sé cómo puedo vivir cayendo de tal estado.

AREÚSA.- Por Dios, pues somos venidas a haber placer, no llores, madre, ni te fatigues, que Dios lo remediará todo.

CELESTINA.- Harto tengo, hija, que llorar, acordándome de tan alegre tiempo y tal vida como yo tenía, y cuán servida era de todo el mundo, que jamás hubo fruta nueva de que yo primero no gozase que otros supiesen si era nacida. En mi casa se había de hallar si para alguna preñada se buscase.

SEMPRONIO.- Madre, ningún provecho trae la memoria del buen tiempo, si cobrar no se puede, antes tristeza. Como a ti ahora, que nos has sacado el placer de entre las manos. Álcese la mesa. Irnos hemos a holgar, y tú darás respuesta a esta doncella que aquí es venida.

CELESTINA.- Hija Lucrecia, dejadas esas razones, querría que me dijeses a qué fue ahora tu buena venida.

LUCRECIA.- Por cierto, ya se me había olvidado mi principal demanda y mensaje con la memoria de ese tan alegre tiempo. Como has contado, y así me estuviera un año sin comer escuchándote, y pensando en aquella vida buena que aquellas mozas gozarían, que me parece y semeja que estoy yo ahora en ella. Mi venida, señora, es lo que tú sabrás: pedirte el ceñidero y, demás de esto, te ruega mi señora sea de ti visitada, y muy presto, porque se siente muy fatigada de desmayos y de dolor del corazón.

CELESTINA.- Hija, de estos dolorcillos tales más es el ruido que las nueces. ¡Maravillada estoy sentirse del corazón mujer tan moza!

LUCRECIA.- ¡Así te arrastren, traidora! ¿Tú no sabes qué es? Hace la vieja falsa sus hechizos y vase; después hácese de nuevas.

CELESTINA.- ¿Qué dices, hija?

LUCRECIA.- Madre, que vamos presto y me des el cordón.

CELESTINA.- Vamos, que yo le llevo.
 

Acto X

ARGUMENTO DEL DÉCIMO ACTO

Mientras andan Celestina y Lucrecia por el camino, está hablando Melibea consigo misma. Llegan a la puerta. Entra Lucrecia primero. Hace entrar a Celestina. Melibea, después de muchas razones, descubre a Celestina arder en amor de Calisto. Ven venir a Alisa, madre de Melibea. Despídense de en uno. Pregunta Alisa a Melibea, su hija, de los negocios de Celestina. Defendiole su mucha conversación.
 

MELIBEA, CELESTINA, LUCRECIA,ALISA.

MELIBEA.- ¡Oh lastimada de mí! ¡Oh mal proveída doncella! ¿Y no me fuera mejor conceder su petición y demanda ayer a Celestina, cuando de parte de aquel señor, cuya vista me cautivó, me fue rogado, y contentarle a él y sanar a mí, que no venir por fuerza a descubrir mi llaga, cuando no me sea agradecido, cuando ya desconfiando de mi buena respuesta haya puesto sus ojos en amor de otra? ¡Cuánta más ventaja tuviera mi prometimiento rogado que mi ofrecimiento forzoso! ¡Oh mi fiel criada Lucrecia! ¿Qué dirás de mí? ¿Qué pensarás de mi seso, cuando me veas publicar lo que a ti jamás he querido descubrir? ¡Cómo te espantarás del rompimiento de mi honestidad y vergüenza, que siempre, como encerrada doncella, acostumbré tener! No sé si habrás barruntado de dónde proceda mi dolor. ¡Oh, si ya vinieses con aquella medianera de mi salud! ¡Oh soberano Dios! A ti, que todos los atribulados llaman, los apasionados piden remedio, los llagados medicina. A ti, que los cielos, mar, tierra con los infernales centros obedecen; a ti, el cual todas las cosas a los hombres sojuzgaste, humilmente suplico des a mi herido corazón sufrimiento y paciencia con que mi terrible pasión pueda disimular. No se desdore aquella hoja de castidad que tengo asentada sobre este amoroso deseo, publicando ser otro mi dolor que no el que me atormenta. Pero, ¿cómo lo podré hacer, lastimándome tan cruelmente el ponzoñoso bocado que la vista de su presencia de aquel caballero me dio? ¡Oh género femíneo, encogido y frágil! ¿Por qué no fue también a las hembras concedido poder descubrir su congojoso y ardiente amor, como a los varones? Que ni Calisto viviera quejoso ni yo penada.

LUCRECIA.- Tía, detente un poquito cabe esta puerta. Entraré a ver con quién está hablando mi señora. Entra, entra, que consigo lo ha.

MELIBEA.- Lucrecia, echa esa antepuerta. ¡Oh vieja sabia y honrada, tú seas bienvenida! ¿Qué te parece cómo ha querido mi dicha y la fortuna ha rodeado que yo tuviese de tu saber necesidad, para que tan presto me hubieses de pagar en la misma moneda el beneficio que por ti me fue demandado para ese gentilhombre que curabas con la virtud de mi cordón?

CELESTINA.- ¿Qué es, señora, tu mal, que así muestra las señas de su tormento en las coloradas colores de tu gesto?

MELIBEA.- Madre mía, que comen este corazón serpientes dentro de mi cuerpo.

CELESTINA.- Bien está. Así lo quería yo. Tú me pagarás, doña loca, la sobra de tu ira.

MELIBEA.- ¿Qué dices? ¿Has sentido en verme alguna causa donde mi mal proceda?

CELESTINA.- No me has, señora, declarado la calidad del mal. ¿Quieres que adivine la causa? Lo que yo digo es que recibo mucha pena de ver triste tu graciosa presencia.

MELIBEA.- Vieja honrada, alégramela tú, que grandes nuevas me han dado de tu saber.

CELESTINA.- Señora, el sabidor sólo Dios es. Pero como para salud y remedio de las enfermedades fueron reputadas las gracias en las gentes de hallar las melecinas, de ellas por experiencia, de ellas por arte, de ellas por natural instinto alguna partecilla alcanzó a esta pobre vieja, de la cual al presente podrás ser servida.

MELIBEA.- ¡Oh qué gracioso y agradable me es oírte! Saludable es al enfermo la alegre cara del que le visita. Paréceme que veo mi corazón entre tus manos hecho pedazos. El cual, si tú quisieses, con muy poco trabajo juntarías con la virtud de tu lengua, no de otra manera que cuando vio en sueños aquel grande Alejandro, rey de Macedonia, en la boca del dragón la saludable raíz con que sanó a su criado Tolomeo del bocado de la víbora. Pues, por amor de Dios, te despojes para más diligente entender en mi mal y me des algún remedio.

CELESTINA.- Gran parte de la salud es desearla, por lo cual creo menos peligroso ser tu dolor. Pero para yo dar, mediante Dios, congrua y saludable melecina, es necesario saber de ti tres cosas. La primera, a qué parte de tu cuerpo más declina y aqueja el sentimiento. Otra, si es nuevamente por ti sentido, porque más presto se curan las tiernas enfermedades en sus principios que cuando han hecho curso en la perseveración de su oficio. Mejor se doman los animales en su primera edad que cuando es su cuero endurecido para venir mansos a la melena. Mejor crecen las plantas que tiernas y nuevas se trasponen que las que fructificando ya se mudan. Muy mejor se despide el nuevo pecado que aquel que por costumbre antigua cometemos cada día. La tercera, si procedió de algún cruel pensamiento que asentó en aquel lugar. Y esto sabido, verás obrar mi cura. Por ende cumple que al médico, como al confesor, se hable toda verdad abiertamente.

MELIBEA.- Amiga Celestina, mujer bien sabia y maestra grande, mucho has abierto el camino por donde mi mal te pueda especificar. Por cierto, tú lo pides como mujer bien experta en curar tales enfermedades. Mi mal es de corazón, la izquierda teta es su aposentamiento, tiende sus rayos a todas partes. Lo segundo, es nuevamente nacido en mi cuerpo, que no pensé jamás que podía dolor privar el seso, como éste hace. Túrbame la cara, quítame el comer, no puedo dormir, ningún género de risa querría ver. La causa o pensamiento, que es la final cosa por ti preguntada de mi mal, ésta no sabré decirte, porque ni muerte de deudo, ni pérdida de temporales bienes, ni sobresalto de visión, ni sueño desvariado ni otra cosa puedo sentir que fuese, salvo alteración que tú me causaste con la demanda que sospeché de parte de aquel caballero Calisto cuando me pediste la oración.

CELESTINA.- ¿Cómo, señora, tan mal hombre es aquél? ¿Tan mal nombre es el suyo que en sólo ser nombrado trae consigo ponzoña su sonido? No creas que sea ésa la causa de tu sentimiento, antes otra que yo barrunto. Y pues que así es, si tú licencia me das, yo, señora, te la diré.

MELIBEA.- ¿Cómo, Celestina, qué es ese nuevo salario que pides? ¿De licencia tienes tú necesidad para me dar la salud? ¿Cuál médico jamás pidió tal seguro para curar al paciente? Di, di, que siempre la tienes de mí, tal que mi honra no dañes con tus palabras.

CELESTINA.- Véote, señora, por una parte quejar el dolor; por otra, temer la melecina. Tu temor me pone miedo, el miedo silencio, el silencio tregua entre tu llaga y mi melecina. Así que será causa que ni tu dolor cese ni mi venida aproveche.

MELIBEA.- Cuanto más dilatas la cura tanto más me acrecientas y multiplicas la pena y pasión. O tus melecinas son de polvos de infamia y licor de corrupción, confeccionadas con otro más crudo dolor que el que de parte del paciente se siente, o no es ninguno tu saber. Porque si lo uno o lo otro no te impidiese, cualquiera remedio otro darías sin temor, pues te pido le muestres quedando libre mi honra.

CELESTINA.- Señora, no tengas por nuevo ser más fuerte de sufrir al herido la ardiente trementina y los ásperos puntos, que lastiman lo llagado y doblan la pasión, que no la primera lisión, que dio sobre sano. Pues si tú quieres ser sana y que te descubra la punta de mi sutil aguja sin temor, haz para tus manos y pies una ligadura de sosiego, para tus ojos una cobertura de piedad, para tu lengua un freno de silencio, para tus oídos unos algodones de sufrimiento y paciencia. Y verás obrar a la antigua maestra de estas llagas.

MELIBEA.- ¡Oh cómo me muero con tu dilatar! Di, por Dios, lo que quisieres, haz lo que supieres, que no podrá ser tu remedio tan áspero que iguale con mi pena y tormento. Ahora toque en mi honra, ahora dañe mi fama, ahora lastime mi cuerpo, aunque sea romper mis carnes para sacar mi dolorido corazón, te doy mi fe ser segura y, si siento alivio, bien galardonada.

LUCRECIA.- El seso tiene perdido mi señora. Gran mal es éste. Cautivádola ha esta hechicera.

CELESTINA.- Nunca me ha de faltar un diablo acá y acullá. Escapome Dios de Pármeno, tópome con Lucrecia.

MELIBEA.- ¿Qué dices, amada maestra? ¿Qué te hablaba esa moza?

CELESTINA.- No le oí nada, pero diga lo que dijere. Sabe que no hay cosa más contraria en las grandes curas delante los animosos cirujanos que los flacos corazones, los cuales, con su gran lástima, con sus doloriosas hablas, con tus sentibles meneos, ponen temor al enfermo, hacen que desconfíe de la salud y al médico enojan y turban. Y la turbación altera la mano, rige sin orden la aguja. Por donde se puede conocer claro que es muy necesario para tu salud que no esté persona delante, y así que la debes mandar salir. Y tú, hija Lucrecia, perdona.

MELIBEA.- ¡Salte fuera presto!

LUCRECIA.- ¡Ya, ya! ¡Todo es perdido! Ya me salgo, señora.

CELESTINA.- Tan bien me da osadía tu gran pena como ver que con tu sospecha has ya tragado alguna parte de mi cura. Pero todavía es necesario traer más clara melecina y más saludable descanso de casa de aquel caballero Calisto.

MELIBEA.- Calla, por Dios, madre. No traigas de su casa cosa para mi provecho ni le nombres aquí.

CELESTINA.- Sufre, señora, con paciencia, que es el primer punto y principal. No se quiebre, si no, todo nuestro trabajo es perdido. Tu llaga es grande, tiene necesidad de áspera cura. Y lo duro con duro se ablanda más eficazmente. Y dicen los sabios que la cura del lastimero médico deja mayor señal, y que nunca peligro sin peligro se vence. Ten paciencia, que pocas veces lo molesto sin molestia se cura. Y un clavo con otro se expele, y un dolor con otro. No concibas odio ni desamor, ni consientas a tu lengua decir mal de persona tan virtuosa como Calisto, que si conocido fuese...

MELIBEA.- ¡Oh, por Dios, que me matas! ¿Y no tengo dicho que no me alabes ese hombre ni me le nombres en bueno ni en malo?

CELESTINA.- Señora, éste es otro y segundo punto, el cual si tú con tu mal sufrimiento no consientes, poco aprovechará mi venida. Y si, como prometiste, lo sufres, tú quedarás sana y sin deuda, y Calisto sin queja y pagado. Primero te avisé de mi cura y de esta invisible aguja que sin llegar a ti sientes en sólo mentarla en mi boca.

MELIBEA.- Tantas veces me nombrarás ese tu caballero, que ni mi promesa baste ni la fe que te dí a sufrir tus dichos. ¿De qué ha de quedar pagado? ¿Qué le debo yo a él? ¿Qué le soy en cargo? ¿Qué ha hecho por mí? ¿Qué necesario es él aquí para el propósito de mi mal? Más agradable me sería que rasgases mis carnes y sacases mi corazón que no traer esas palabras aquí.

CELESTINA.- Sin te romper las vestiduras se lanzó en tu pecho el amor. No rasgaré yo tus carnes para le curar.

MELIBEA.- ¿Cómo dices que llaman a este mi dolor, que así se ha enseñoreado en lo mejor de mi cuerpo?

CELESTINA.- Amor dulce.

MELIBEA.- Eso me declara qué es, que en sólo oírlo me alegro.

CELESTINA.- Es un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia, un alegre tormento, una dulce y fiera herida, una blanda muerte.

MELIBEA.- ¡Ay, mezquina de mí!, que si verdad es tu relación, dudosa será mi salud, porque, según la contrariedad que esos nombres entre sí muestran, lo que al uno fuere provechoso acarreará al otro más pasión.

CELESTINA.- No desconfíe, señora, tu noble juventud de salud. Cuando el alto Dios da la llaga, tras ella envía el remedio. Mayormente que sé yo al mundo nacida una flor que de todo esto te delibre.

MELIBEA.- ¿Cómo se llama?

CELESTINA.- No te lo oso decir.

MELIBEA.- Di, no temas.

CELESTINA.- ¡Calisto! ¡Oh por Dios, señora Melibea!, ¿qué poco esfuerzo es éste? ¿Qué descaecimiento? ¡Oh mezquina yo! ¡Alza la cabeza! ¡Oh malaventurada vieja! ¡En esto han de parar mis pasos! Si muere, matarme han; aunque viva, seré sentida, que ya no podrá sufrir de no publicar su mal y mi cura. Señora mía Melibea, ángel mío, ¿qué has sentido? ¿Qué es de tu habla graciosa? ¿Qué es de tu color alegre? Abre tus claros ojos. ¡Lucrecia, Lucrecia, entra presto acá!, verás amortecida a tu señora entre mis manos. ¡Baja presto por un jarro de agua!

MELIBEA.- Paso, paso, que yo me esforzaré. No escandalices la casa.

CELESTINA.- ¡Oh cuitada de mí! No te descaezcas, señora, háblame como sueles.

MELIBEA.- Y muy mejor. Calla, no me fatigues.

CELESTINA.- Pues, ¿qué me mandas que haga, perla graciosa? ¿Qué ha sido este tu sentimiento? Creo que se van quebrando mis puntos.

MELIBEA.- Quebrose mi honestidad, quebrose mi empacho, aflojó mi mucha vergüenza. Y como muy naturales, como muy domésticos, no pudieran tan livianamente despedirse de mi cara que no llevasen consigo su color por algún poco de espacio, mi fuerza, mi lengua y gran parte de mi sentido. ¡Oh!, pues ya, mi buena maestra, mi fiel secretaria, lo que tú tan abiertamente conoces en vano trabajo por te lo encubrir. Muchos y muchos días son pasados que ese noble caballero me habló en amor, tanto me fue entonces su habla enojosa cuanto, después que tú me le tornaste a nombrar, alegre. Cerrado han tus puntos mi llaga, venida soy en tu querer. En mi cordón le llevaste envuelta la posesión de mi libertad. Su dolor de muelas era mi mayor tormento, su pena era la mayor mía. Alabo y loo tu buen sufrimiento, tu cuerda osadía, tu liberal trabajo, tus solícitos y fieles pasos, tu agradable habla, tu buen saber, tu demasiada solicitud, tu provechosa importunidad. Mucho te debe ese señor, y más yo, que jamás pudieron mis reproches aflacar tu esfuerzo y perseverar, confiando en tu mucha astucia. Antes, como fiel servidora, cuando más denostada, más diligente; cuando más disfavor, más esfuerzo; cuando peor respuesta, mejor cara; cuando yo más airada, tú más humilde. Pospuesto todo temor, has sacado de mi pecho lo que jamás a ti ni a otro pensé descubrir.

CELESTINA.- Amiga y señora mía, no te maravilles, porque estos fines con efecto me dan osadía a sufrir los ásperos y escrupulosos desvíos de las encerradas doncellas como tú. Verdad es que antes que me determinase, así por el camino como en tu casa, estuve en grandes dudas si te descubriría mi petición. Visto el gran poder de tu padre, temía; mirando la gentileza de Calisto, osaba. Vista tu discreción, me recelaba; mirando tu virtud y humanidad, me esforzaba. En lo uno hablaba el miedo, en lo otro la seguridad. Y pues así, señora, has querido descubrir la gran merced que nos has hecho, declara tu voluntad, echa tus secretos en mi regazo. Pon en mis manos el concierto de este concierto. Yo daré forma cómo tu deseo y el de Calisto sean en breve cumplidos.

MELIBEA.- ¡Oh mi Calisto y mi señor, mi dulce y suave alegría! Si tu corazón siente lo que ahora el mío, maravillada estoy cómo la ausencia te consiente vivir. ¡Oh mi madre y mi señora!, haz de manera como luego le pueda ver, si mi vida quieres.

CELESTINA.- Ver y hablar.

MELIBEA.- ¿Hablar? Es imposible.

CELESTINA.- Ninguna cosa a los hombres que quieren hacerla es imposible.

MELIBEA.- Dime cómo.

CELESTINA.- Yo lo tengo pensado, y te lo diré: por entre las puertas de tu casa.

MELIBEA.- ¿Cuándo?

CELESTINA.- Esta noche.

MELIBEA.- Gloriosa me serás si lo ordenas. Di, ¿a qué hora?

CELESTINA.- A las doce.

MELIBEA.- Pues ve, mi señora, mi leal amiga, y habla con aquel señor; y que venga muy paso y de allí se dará concierto según su voluntad a la hora que has ordenado.

CELESTINA.- Adiós, que viene hacia acá tu madre.

MELIBEA.- Amiga Lucrecia, mi leal criada y fiel secretaria, ya has visto como no ha sido más en mi mano. Cautivome el amor de aquel caballero. Ruégote, por Dios, se cubra con secreto sello, por que yo goce de tan suave amor. Tú serás de mí tenida en aquel grado que merece tu fiel servicio.

LUCRECIA.- Señora, mucho antes de ahora tengo sentida tu llaga y calado tu deseo. Hame fuertemente dolido tu perdición. Cuanto más tú me querías encubrir y celar el fuego que te quemaba, tanto más sus llamas se manifestaban en la color de tu cara, en el poco sosiego del corazón, en el meneo de tus miembros, en comer sin gana, en el no dormir. Así que contino se te caían, como de entre las manos, señales muy claras de pena. Pero como en los tiempos que la voluntad reina en los señores, o desmedido apetito, cumple a los servidores obedecer con diligencia corporal y no con artificiales consejos de lengua. Sufría con pena, callaba con temor, encubría con fieldad, de manera que fuera mejor el áspero consejo que la blanda lisonja. Pero, pues ya no tiene tu merced otro medio sino morir o amar, mucha razón es que se escoja por mejor aquello que en sí lo es.

ALISA.- ¿En qué andas acá, vecina, cada día?

CELESTINA.- Señora, faltó ayer un poco de hilado al peso y vínelo a cumplir, porque dí mi palabra y, traído, voyme. Quede Dios contigo.

ALISA.- Y contigo vaya. Hija Melibea, ¿qué quería la vieja?

MELIBEA.- Venderme un poquito de solimán.

ALISA.- Eso creo yo más que lo que la vieja ruin dijo. Pensó que recibiría yo pena de ello y mintiome. Guárdate, hija, de ella, que es gran traidora, que el sutil ladrón siempre rodea las ricas moradas. Sabe ésta con sus traiciones, con sus falsas mercadurías, mudar los propósitos castos. Daña la fama. A tres veces que entra en una casa, engendra sospecha.

LUCRECIA.- Tarde acuerda nuestra ama.

ALISA.- Por amor mío, hija, que si acá tornare sin verla yo, que no hayas por bien su venida ni la recibas con placer. Halle en ti honestidad en tu respuesta, y jamás volverá, que la verdadera virtud más se teme que espada.

MELIBEA.- ¿De ésas es? ¡Nunca más! Bien huelgo, señora, de ser avisada, por saber de quién me tengo de guardar.

10 Nov 2010

Novela de
Luis López Nieves

El silencio de Galileo


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