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Tragicomedia de
Calisto y Melibea
Nuevamente revisada y enmendada con adición
de los argumentos de cada un acto en principio, la cual contiene,
demás de su agradable estilo, muchas sentencias filosofales y
avisos muy necesarios para mancebos, mostrándoles los engaños que
están encerrados en sirvientes y alcahuetas.
El autor a un su amigo
Suelen los que de sus tierras ausentes se hallan considerar de
qué cosa aquel lugar de donde parten mayor inopia o falta padezca,
para con la tal servir a los conterráneos de quien en algún tiempo
beneficio recibido tienen; y, viendo que legítima obligación a
investigar lo semejante me compelía para pagar las muchas mercedes
de vuestra libre liberalidad recibidas, asaz veces retraído en mi
cámara, acostado sobre mi propia mano, echando mis sentidos por
ventores y mi juicio a volar, me venía a la memoria, no sólo la
necesidad que nuestra común patria tiene de la presente obra, por
la muchedumbre de galanes y enamorados mancebos que posee, pero
aun en particular vuestra misma persona, cuya juventud de amor ser
presa se me representa haber visto y de él cruelmente lastimada, a
causa de le faltar defensivas armas para resistir sus fuegos, las
cuales hallé esculpidas en estos papeles, no fabricadas en las
grandes herrerías de Milán, mas en los claros ingenios de doctos
varones castellanos formadas. Y como mirase su primor, sutil
artificio, su fuerte y claro metal, su modo y manera de labor, su
estilo elegante, jamás en nuestra castellana lengua visto ni oído,
leilo tres o cuatro veces. Y tantas cuantas más lo leía, tanta más
necesidad me ponía de releerlo, y tanto más me agradaba, y en su
proceso nuevas sentencias sentía. Vi no sólo ser dulce en su
principal historia o ficción toda junta, pero aun de algunas de
sus particularidades salían deleitables fontecicas de filosofía,
de otras agradables donaires, de otras avisos y consejos contra
lisonjeros y malos sirvientes y falsas mujeres hechiceras. Vi que
no tenía su firma del autor, el cual, según algunos dicen, fue
Juan de Mena, y, según otros, Rodrigo Cota; pero, quienquiera que
fuese, es digno de recordable memoria por la sutil invención, por
la gran copia de sentencias entregeridas, que so color de donaires
tiene. ¡Gran filósofo era! Y, pues él, con temor de detractores y
nocibles lenguas, más aparejadas a reprehender que a saber
inventar, quiso celar y encubrir su nombre, no me culpéis, si en
el fin bajo que lo pongo, no expresare el mío. Mayormente que
siendo jurista yo, aunque obra discreta, es ajena de mi facultad y
quien lo supiese diría que no por recreación de mi principal
estudio, del cual yo más me precio, como es la verdad, lo hiciese,
antes distraído de los derechos, en esta nueva labor me
entremetiese. Pero aunque no acierten, sería pago de mi osadía.
Asimismo, pensarían que no quince días de unas vacaciones,
mientras mis socios en sus tierras, en acabarlo me detuviese, como
es lo cierto; pero aun más tiempo y menos acepto. Para disculpa de
lo cual todo, no sólo a vos, pero a cuantos lo leyeren, ofrezco
los siguientes metros. Y por que conozcáis dónde comienzan mis mal
doladas razones, acordé que todo lo del antiguo autor fuese sin
división en un acto o escena incluso, hasta el segundo acto, donde
dice «Hermanos míos, etc.». Vale.
El autor, excusándose de su yerro en esta obra
que escribió, contra sí arguye y compara
- El silencio escuda y suele encubrir
- la falta de ingenio y torpeza de lenguas;
- blasón que es contrario, publica sus menguas
- a quien mucho habla sin mucho sentir,
- como hormiga que deja de ir
- holgando por tierra, con la provisión,
- jactose con alas de su perdición;
- lleváronla en alto, no sabe dónde ir.
Prosigue
- El aire gozando ajeno y extraño,
- rapiña es ya hecha de aves que vuelan,
- fuertes más que ella, por cebo la llevan;
- en las nuevas alas estaba su daño.
- Razón es que aplique a mi pluma este engaño,
- no despreciando a los que me arguyen,
- así, que a mí mismo mis alas destruyen,
- nublosas y flacas, nacidas de hogaño.
Prosigue
- Donde ésta gozar pensaba volando,
- o yo de escribir cobrar más honor,
- del uno y del otro nació disfavor:
- ella es comida y a mí están cortando;
- reproches, revistas y tachas callando
- obstara, y los daños de envidia y murmuros;
- insisto remando, y los puertos seguros
- atrás quedan todos ya cuanto más ando.
Prosigue
- Si bien queréis ver mi limpio motivo,
- a cuál se endereza de aquestos extremos,
- con cuál participa, quién rige sus remos,
- Apolo, Diana o Cupido altivo,
- buscad bien el fin de aquesto que escribo,
- o del principio leed su argumento:
- leedlo, veréis que, aunque dulce cuento,
- amantes, que os muestra salir de cautivo.
Comparación
- Como el doliente que píldora amarga
- o la recela, o no puede tragar,
- métela dentro del dulce manjar;
- engáñase el gusto, la salud se alarga.
- De esta manera mi pluma se embarga,
- imponiendo dichos lascivos, rientes,
- atrae los oídos de penadas gentes,
- de grado escarmientan y arrojan su carga.
Vuelve a su propósito
- Estando cercado de dudas y antojos,
- compuse tal fin que el principio desata;
- acordé dorar con oro de lata
- lo más fino tíbar que vi con mis ojos
- y encima de rosas sembrar mil abrojos.
- Suplico, pues, suplan discretos mi falta.
- Teman groseros y en obra tan alta
- o vean y callen, o no den enojos.
Prosigue dando razones por que se movió a acabar
esta obra
- Yo vi en Salamanca la obra presente;
- movime a acabarla por estas razones:
- es la primera, que estoy en vacaciones,
- la otra, inventarla persona prudente,
- y es la final ver ya la más gente
- vuelta y mezclada en vicios de amor.
- Estos amantes les pondrán temor
- a fiar de alcahueta ni falso sirviente.
-
- Y así que esta obra en el proceder
- fue tanto breve cuanto muy sutil,
- vi que portaba sentencias dos mil,
- en horro de gracias, labor de placer.
- No hizo Dédalo cierto a mi ver
- alguna más prima entretalladura,
- si fin diera en esta su propia escritura
- Cota o Mena con su gran saber.
-
- Jamás yo no vi en lengua romana,
- después que me acuerdo, ni nadie la vio,
- obra de estilo tan alto y subido
- en tusca ni griega ni en castellana.
- No trae sentencia de donde no mana
- loable a su autor y eterna memoria,
- al cual Jesucristo reciba en su gloria
- por su Pasión santa, que a todos nos sana.
Amonesta a los que aman que sirvan a Dios y
dejen las vanas cogitaciones y vicios de amor
- Vos, los que amáis, tomad este ejemplo,
- este fino arnés con que os defendáis;
- volved ya las riendas por que no os perdáis,
- load siempre a Dios visitando su templo.
- Andad sobre aviso; no seáis de ejemplo
- de muertos y vivos y propios culpados.
- Estando en el mundo yacéis sepultados,
- muy gran dolor siento cuando esto contemplo.
Fin
- Oh damas, matronas, mancebos, casados,
- notad bien la vida que aquestos hicieron,
- tened por espejo su fin cual hubieron,
- a otro que amores dad vuestros cuidados.
- Limpiad ya los ojos, los ciegos errados,
- virtudes sembrando con casto vivir,
- a todo correr debéis de huir,
- no os lance Cupido sus tiros dorados.
Prólogo
Todas las cosas ser criadas a manera de contienda o batalla,
dice aquel gran sabio Heráclito en este modo: «Omnia secundum
litem fiunt», sentencia a mi ver digna de perpetua y recordable
memoria. Y como sea cierto que toda palabra del hombre esciente
esté preñada, de ésta se puede decir que de muy hinchada y llena
quiere reventar, echando de sí tan crecidos ramos y hojas que del
menor pimpollo se sacaría harto fruto entre personas discretas.
Pero como mi pobre saber no baste a más de roer sus secas cortezas
de los dichos de aquellos que por claror de sus ingenios
merecieron ser aprobados, con lo poco que de allí alcanzare
satisfaré al propósito de este breve prólogo. Hallé esta sentencia
corroborada por aquel gran orador y poeta laureado, Francisco
Petrarca, diciendo: «Sine lite atque offensione nihil genuit
natura parens», «Sin lid y ofensión ninguna cosa engendró la
natura, madre de todo». Dice más adelante: «Sic est enim, et sic
propemodum universa testantur: rapido stellae obviant firmamento;
contraria invicem elementa confligunt; terrae tremunt; maria
fluctuant; aer quatitur; crepant flammae; bellum immortale venti
gerunt; tempora temporibus concertant; secum singula nobiscum
omnia». Que quiere decir: «En verdad así es, y así todas las cosas
de esto dan testimonio: las estrellas se encuentran en el
arrebatado firmamento del cielo; los adversos elementos unos con
otros rompen pelea; tremen las tierras; ondean los mares; el aire
se sacude; suenan las llamas; los vientos entre sí traen perpetua
guerra; los tiempos con tiempos contienden y litigan entre sí, uno
a uno y todos contra nosotros». El verano vemos que nos aqueja con
calor demasiado, el invierno con frío y aspereza. Así que esto nos
parece revolución temporal, esto con que nos sostenemos, esto con
que nos criamos y vivimos, si comienza a ensoberbecerse más de lo
acostumbrado, no es sino guerra. Y cuánto se ha de temer,
manifiéstase por los grandes terremotos y torbellinos, por los
naufragios e incendios, así celestiales como terrenales; por la
fuerza de los aguaduchos, por aquel bramar de truenos, por aquel
temeroso ímpetu de rayos, aquellos cursos y recursos de las nubes,
de cuyos abiertos movimientos, para saber la secreta causa de que
proceden, no es menor la disensión de los filósofos en las
escuelas que de las ondas en la mar. Pues entre los animales
ningún género carece de guerra: peces, fieras, aves, serpientes;
de lo cual todo, una especie a otra persigue. El león al lobo, el
lobo la cabra, el perro la liebre y, si no pareciese conseja de
tras el fuego, yo llegaría más al cabo esta cuenta. El elefante,
animal tan poderoso y fuerte, se espanta y huye de la vista de un
suciuelo ratón, y aun de sólo oírle, toma gran temor. Entre las
serpientes, el bajarisco crió la natura tan ponzoñoso y
conquistador de todas las otras, que con su silbo las asombra y
con su venida las ahuyenta y disparce, con su vista las mata. La
víbora, reptilia o serpiente enconada, al tiempo del concebir, por
boca de la hembra metida la cabeza del macho y ella con el gran
dulzor apriétale tanto que le mata y, quedando preñada, el primer
hijo rompe las ijares de la madre, por do todos salen y ella
muerta queda y él cuasi como vengador de la paterna muerte. ¿Qué
mayor lid, qué mayor conquista ni guerra que engendrar en su
cuerpo quien coma sus entrañas? Pues no menos disensiones
naturales creemos haber en los pescados, pues es cosa cierta gozar
la mar de tantas formas de peces cuantas la tierra y el aire cría
de aves y animalias, y muchas más. Aristóteles y Plinio cuentan
maravillas de un pequeño pez llamado echeneis, cuánto sea apta su
propiedad para diversos géneros de lides. Especialmente tiene una,
que, si llega a una nao o carraca, la detiene, que no se puede
menear, aunque vaya muy recio por las aguas; de lo cual hace
Lucano mención, diciendo: «Non puppim retinens, Euro tendente
rudentes, in mediis echeneis aquis», «No falta allí el pez dicho
echeneis, que detiene las fustas cuando el viento Euro extiende
las cuerdas en medio de la mar». ¡Oh natural contienda, digna de
admiración, poder más un pequeño pez que un gran navío con toda la
fuerza de los vientos! Pues si discurrimos por las aves y por sus
menudas enemistades, bien afirmaremos ser todas las cosas criadas
a manera de contienda. Las más viven de rapiña, como halcones y
águilas y gavilanes. Hasta los groseros milanos insultan dentro en
nuestras moradas los domésticos pollos y de bajo las alas de sus
madres los vienen a cazar. De una ave llamadarocho, que nace en el
Índico mar de Oriente, se dice ser de grandeza jamás oída y que
lleva sobre su pico, hasta las nubes, no sólo un hombre o diez,
pero un navío cargado de todas sus jarcias y gente. Y como los
míseros navegantes estén así suspensos en el aire, con el meneo de
su vuelo caen y reciben crueles muertes. Pues, ¿qué diremos entre
los hombres a quien todo lo sobredicho es sujeto? ¿Quién explanará
sus guerras, sus enemistades, sus envidias, sus aceleramientos y
movimientos y descontentamientos? ¿Aquel mudar de trajes, aquel
derribar y renovar edificios, y otros muchos afectos diversos y
variedades que de esta nuestra flaca humanidad nos provienen? Y
pues es antigua querella y visitada de largos tiempos, no quiero
maravillarme si esta presente obra ha sido instrumento de lid o
contienda a sus lectores para ponerlos en diferencias, dando cada
uno sentencia sobre ella a sabor de su voluntad. Unos decían que
era prolija, otros breve, otros agradable, otros oscura; de manera
que cortarla a medida de tantas y tan diferentes condiciones a
solo Dios pertenece. Mayormente, pues ella, con todas las otras
cosas que al mundo son, van debajo de la bandera de esta notable
sentencia; que aun la misma vida de los hombres, si bien lo
miramos, desde la primera edad hasta que blanquean las canas, es
batalla. Los niños con los juegos, los mozos con las letras, los
mancebos con los deleites, los viejos con mil especies de
enfermedades pelean, y estos papeles con todas las edades. La
primera los borra y rompe, la segunda no los sabe bien leer, la
tercera, que es la alegre juventud y mancebía, discorda. Unos les
roen los huesos, que no tienen virtud, que es la historia toda
junta, no aprovechándose de las particularidades, haciéndola
cuenta de camino; otros pican los donaires y refranes comunes,
loándolos con toda atención, dejando pasar por alto lo que hace
más al caso y utilidad suya. Pero aquellos para cuyo verdadero
placer es todo desechan el cuento de la historia para contar,
coligen la suma para su provecho, ríen lo donoso, las sentencias y
dichos de filósofos guardan en su memoria para trasponer en
lugares convenibles a sus actos y propósitos. Así que cuando diez
personas se juntaren a oír esta Comedia, en quien quepa esta
diferencia de condiciones, como suele acaecer, ¿quién negará que
haya contienda en cosa que de tantas maneras se entienda? Que aun
los impresores han dado sus punturas poniendo rúbricas o sumarios
al principio de cada acto, narrando en breve lo que dentro
contenía: una cosa bien excusada, según lo que los antiguos
escritores usaron. Otros han litigado sobre el nombre, diciendo
que no se había de llamar Comedia, pues acababa en tristeza, sino
que se llamase Tragedia. El primer autor quiso darle denominación
del principio, que fue placer, y llamola Comedia. Yo, viendo estas
discordias entre estos extremos, partí ahora por medio la porfía,
y llamela Tragicomedia. Así que, viendo estas contiendas, estos
dísonos y varios juicios, miré adonde la mayor parte acostaba y
hallé que querían que se alargase en el proceso de su deleite de
estos amantes, sobre lo cual fui muy importunado, de manera que
acordé, aunque contra mi voluntad, meter segunda vez la pluma en
tan extraña labor y tan ajena de mi facultad, hurtando algunos
ratos a mi principal estudio con otras horas destinadas para
recreación, puesto que no han de faltar nuevos detractores a la
nueva adición.
Síguese la comedia o tragicomedia de Calisto y
Melibea, compuesta en reprehensión de los locos enamorados, que,
vencidos en su desordenado apetito, a sus amigas llaman y dicen
ser su Dios. Asimismo hecho en aviso de los engaños de las
alcahuetas y malos y lisonjeros sirvientes.
Argumento
Calisto fue de noble linaje, de claro ingenio, de gentil
disposición, de linda crianza, dotado de muchas gracias, de estado
mediano. Fue preso en el amor de Melibea, mujer moza, muy
generosa, de alta y serenísima sangre, sublimada en próspero
estado, una sola heredera a su padre Pleberio, y de su madre Alisa
muy amada. Por solicitud del pungido Calisto, vencido el casto
propósito de ella, entreviniendo Celestina, mala y astuta mujer,
con dos sirvientes del vencido Calisto, engañados y por ésta
tornados desleales, presa su fidelidad con anzuelo de codicia y de
deleite, vinieron los amantes y los que les ministraron en amargo
y desastrado fin. Para comienzo de lo cual dispuso el adversa
fortuna lugar oportuno donde a la presencia de Calisto se presentó
la deseada Melibea.
Acto I
ARGUMENTO DEL PRIMER ACTO DE ESTA COMEDIA
Entrando Calisto en una huerta en pos de un halcón suyo, halló
ahí a Melibea, de cuyo amor preso, comenzole de hablar. De la cual
rigurosamente despedido, fue para su casa muy angustiado. Habló
con un criado suyo llamado Sempronio, el cual, después de muchas
razones, le enderezó a una vieja llamada Celestina, en cuya casa
tenía el mismo criado una enamorada llamada Elicia, la cual,
viniendo Sempronio a casa de Celestina con el negocio de su amo,
tenía a otro consigo, llamado Crito, al cual escondieron.
Entretanto que Sempronio está negociando con Celestina, Calisto
está razonando con otro criado suyo, por nombre Pármeno, el cual
razonamiento dura hasta que llega Sempronio y Celestina a casa de
Calisto. Pármeno fue conocido de Celestina, la cual mucho le dice
de los hechos y conocimiento de su madre, induciéndole a amor y
concordia de Sempronio.
PÁRMENO, CALISTO, MELIBEA, SEMPRONIO,
CELESTINA,ELICIA, CRITO.
CALISTO.- En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.
MELIBEA.- ¿En qué, Calisto?
CALISTO.- En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura
te dotase, y hacer a mí, inmérito, tanta merced que verte
alcanzase, y en tan conveniente lugar, que mi secreto dolor
manifestarte pudiese. Sin duda, incomparablemente es mayor tal
galardón que el servicio, sacrificio, devoción y obras pías que
por este lugar alcanzar tengo yo a Dios ofrecido. ¿Quién vio en
esta vida cuerpo glorificado de ningún hombre como ahora el mío?
Por cierto, los gloriosos santos que se deleitan en la visión
divina no gozan más que yo ahora en el acatamiento tuyo. Mas, ¡oh
triste!, que en esto diferimos: que ellos puramente se glorifican
sin temor de caer de tal bienaventuranza y yo, mixto, me alegro
con recelo del esquivo tormento que tu ausencia me ha de causar.
MELIBEA.- ¿Por gran premio tienes éste, Calisto?
CALISTO.- Téngolo por tanto, en verdad, que si Dios me diese en
el cielo silla sobre sus santos, no lo tendría por tanta
felicidad.
MELIBEA.- Pues aun más igual galardón te daré yo si perseveras.
CALISTO.- ¡Oh bienaventuradas orejas mías, que indignamente tan
gran palabra habéis oído!
MELIBEA.- Más desaventuradas de que me acabes de oír, porque la
paga será tan fiera cual merece tu loco atrevimiento y el intento
de tus palabras ha sido. ¿Cómo de ingenio de tal hombre como tú
haber de salir para se perder en la virtud de tal mujer como yo?
¡Vete, vete de ahí, torpe!, que no puede mi paciencia tolerar que
haya subido en corazón humano conmigo en ilícito amor comunicar su
deleite.
CALISTO.- Iré como aquel contra quien solamente la adversa
fortuna pone su estudio con odio cruel.
CALISTO.- ¡Sempronio, Sempronio, Sempronio! ¿Dónde está este
maldito?
SEMPRONIO.- Aquí soy, señor, curando de estos caballos.
CALISTO.- Pues, ¿cómo sales de la sala?
SEMPRONIO.- Abatiose el gerifalte y vínele a enderezar en el
alcándara.
CALISTO.- ¡Así los diablos te ganen! ¡Así por infortunio
arrebatado perezcas o perpetuo intolerable tormento consigas, el
cual en grado incomparablemente a la penosa y desastrada muerte
que espero traspasa! ¡Anda, anda, malvado!, abre la cámara y
endereza la cama.
SEMPRONIO.- Señor, luego hecho es.
CALISTO.- Cierra la ventana y deja la tiniebla acompañar al
triste y al desdichado la ceguedad. Mis pensamientos tristes no
son dignos de luz. ¡Oh bienaventurada muerte aquella que, deseada
a los afligidos, viene! ¡Oh, si vinieseis ahora, Crato y Galieno
médicos, sentiríais mi mal! ¡Oh, piedad de Seleuco, inspira en el
plebérico corazón, por que, sin esperanza de salud, no envíe el
espíritu perdido con el del desastrado Píramo y de la desdichada
Tisbe!
SEMPRONIO.- ¿Qué cosa es?
CALISTO.- ¡Vete de ahí! No me hables, si no, quizá, antes del
tiempo de rabiosa muerte, mis manos causarán tu arrebatado fin.
SEMPRONIO.- Iré, pues solo quieres padecer tu mal.
CALISTO.- ¡Ve con el diablo!
SEMPRONIO.- No creo, según pienso, ir conmigo el que contigo
queda. ¡Oh desventura! ¡Oh súpito mal! ¿Cuál fue tan contrario
acontecimiento que así tan presto robó el alegría de este hombre
y, lo que peor es, junto con ella el seso? ¿Dejarle he solo o
entraré allá? Si le dejo, matarse ha, si entro allá, matarme ha.
Quédese, no me curo, más vale que muera aquel a quien es enojosa
la vida que no yo, que huelgo con ella. Aunque por ál no desease
vivir sino por ver mi Elicia, me debería guardar de peligros.
Pero, si se mata sin otro testigo, yo quedo obligado a dar cuenta
de su vida. Quiero entrar. Mas, puesto que entre, no quiere
consolación ni consejo. Asaz es señal mortal no querer sanar. Con
todo, quiérole dejar un poco desbrave, madure, que oído he decir
que es peligro abrir o apremiar las postemas duras, porque más se
enconan. Esté un poco, dejemos llorar al que dolor tiene, que las
lágrimas y suspiros mucho desenconan el corazón dolorido. Y aun,
si delante me tiene, más conmigo se encenderá, que el sol más arde
donde puede reverberar. La vista, a quien objeto no se antepone,
cansa, y, cuando aquél es cerca, agúzase. Por eso quiérome sufrir
un poco. Si entretanto se matare, muera; quizá con algo me quedaré
que otro no sabe, con que mude el pelo malo. Aunque malo es
esperar salud en muerte ajena, y quizá me engaña el diablo y, si
muere, matarme han e irán allá la soga y el calderón. Por otra
parte, dicen los sabios que es grande descanso a los afligidos
tener con quien puedan sus cuitas llorar y que la llaga interior
más empece. Pues, en estos extremos en que estoy perplejo, lo más
sano es entrar y sufrirle y consolarle, porque, si posible es
sanar sin arte ni aparejo, más ligero es guarecer por arte y por
cura.
CALISTO.- Sempronio.
SEMPRONIO.- Señor.
CALISTO.- Dame acá el laúd.
SEMPRONIO.- Señor, vesle aquí.
CALISTO
¿Cuál dolor puede ser tal
que se iguale con mi mal?
SEMPRONIO.- Destemplado está ese laúd.
CALISTO.- ¿Cómo templará el destemplado? ¿Cómo sentirá el
armonía aquel que consigo está tan discorde, aquel en quien la
voluntad a la razón no obedece? ¿Quién tiene dentro del pecho
aguijones, paz, guerra, tregua, amor, enemistad, injurias,
pecados, sospechas, todo a una causa? Pero tañe y canta la más
triste canción que sepas.
SEMPRONIO
Mira Nero de Tarpeya
a Roma cómo se ardía;
gritos dan niños y viejos
y él de nada se dolía.
CALISTO.- Mayor es mi fuego y menor la piedad de quien yo ahora
digo.
SEMPRONIO.- No me engaño yo, que loco está este mi amo.
CALISTO.- ¿Qué estás murmurando, Sempronio?
SEMPRONIO.- No digo nada.
CALISTO.- Di lo que dices, no temas.
SEMPRONIO.- Digo que ¿cómo puede ser mayor el fuego que
atormenta un vivo que el que quemó tal ciudad y tanta multitud de
gente?
CALISTO.- ¿Cómo? Yo te lo diré. Mayor es la llama que dura
ochenta años que la que en un día pasa, y mayor la que mata un
ánima que la que quemó cien mil cuerpos. Como de la aparencia a la
existencia, como de lo vivo a lo pintado, como de la sombra a lo
real, tanta diferencia hay del fuego que dices al que me quema.
Por cierto, si el de purgatorio es tal, más querría que mi
espíritu fuese con los de los brutos animales que por medio de
aquél ir a la gloria de los santos.
SEMPRONIO.- ¡Algo es lo que digo! ¡A más ha de ir este hecho!
No basta loco, sino hereje.
CALISTO.- ¿No te digo que hables alto cuando hablares? ¿Qué
dices?
SEMPRONIO.- Digo que nunca Dios quiera tal, que es especie de
herejía lo que ahora dijiste.
CALISTO.- ¿Por qué?
SEMPRONIO.- Porque lo que dices contradice la cristiana
religión.
CALISTO.- ¿Qué a mí?
SEMPRONIO.- ¿Tú no eres cristiano?
CALISTO.- ¿Yo? Melibeo soy y a Melibea adoro, y en Melibea creo
y a Melibea amo.
SEMPRONIO.- Tú te lo dirás. Como Melibea es grande, no cabe en
el corazón de mi amo, que por la boca le sale a borbollones. No es
más menester. Bien sé de qué pie coxqueas. Yo te sanaré.
CALISTO.- Increíble cosa prometes.
SEMPRONIO.- Antes fácil, que el comienzo de la salud es conocer
hombre la dolencia del enfermo.
CALISTO.- ¿Cuál consejo puede regir lo que en sí no tiene orden
ni consejo?
SEMPRONIO.- ¡Ja, ja, ja! ¿Éste es el fuego de Calisto? ¿Éstas
son sus congojas? ¡Como si solamente el amor contra él asestara
sus tiros! ¡Oh soberano Dios, cuán altos son tus misterios!
¡Cuánta premia pusiste en el amor, que es necesaria turbación en
el amante! Su límite pusiste por maravilla. Parece al amante que
atrás queda. Todos pasan, todos rompen, pungidos y esgarrochados
como ligeros toros, sin freno saltan por las barreras. Mandaste al
hombre por la mujer dejar el padre y la madre. Ahora no sólo
aquello, mas a Ti y a tu ley desamparan, como ahora Calisto, del
cual no me maravillo, pues los sabios, los santos, los profetas,
por él te olvidaron.
CALISTO.- Sempronio.
SEMPRONIO.- Señor.
CALISTO.- No me dejes.
SEMPRONIO.- De otro temple está esta gaita.
CALISTO.- ¿Qué te parece de mi mal?
SEMPRONIO.- Que amas a Melibea.
CALISTO.- ¿Y no otra cosa?
SEMPRONIO.- Harto mal es tener la voluntad en un solo lugar
cautiva.
CALISTO.- Poco sabes de firmeza.
SEMPRONIO.- La perseverancia en el mal no es constancia, mas
dureza, o pertinacia la llaman en mi tierra. Vosotros los
filósofos de Cupido llamadla como queráis.
CALISTO.- Torpe cosa es mentir el que enseña a otro, pues que
tú precias de loar a tu amiga Elicia.
SEMPRONIO.- Haz tú lo que bien digo y no lo que mal hago.
CALISTO.- ¿Qué me repruebas?
SEMPRONIO.- Que sometes la dignidad del hombre a la
imperfección de la flaca mujer.
CALISTO.- ¿Mujer? ¡Oh grosero! ¡Dios, Dios!
SEMPRONIO.- ¿Y así lo crees, o burlas?
CALISTO.- ¿Que burlo? Por Dios la creo, por Dios la confieso y
no creo que hay otro soberano en el cielo aunque entre nosotros
mora.
SEMPRONIO.- ¡Ja, ja, ja! ¿Oíste qué blasfemia? ¿Viste qué
ceguedad?
CALISTO.- ¿De qué te ríes?
SEMPRONIO.- Ríome, que no pensaba que había peor invención de
pecado que en Sodoma.
CALISTO.- ¿Cómo?
SEMPRONIO.- Porque aquellos procuraron abominable uso con los
ángeles no conocidos y tú con el que confiesas ser Dios.
CALISTO.- ¡Maldito seas!, que hecho me has reír, lo que no
pensé hogaño.
SEMPRONIO.- ¿Pues qué?, ¿toda tu vida habías de llorar?
CALISTO.- Sí.
SEMPRONIO.- ¿Por qué?
CALISTO.- Porque amo a aquella ante quien tan indigno me hallo
que no la espero alcanzar.
SEMPRONIO.- ¡Oh pusilánime! ¡Oh hideputa! ¡Qué Nembrot, qué
Magno Alejandro, los cuales no sólo del señorío del mundo, mas del
cielo se juzgaron ser dignos!
CALISTO.- No te oí bien eso que dijiste. Torna, dilo, no
procedas.
SEMPRONIO.- Dije que tú, que tienes más corazón que Nembrot ni
Alejandro, desesperas de alcanzar una mujer, muchas de las cuales
en grandes estados constituidas se sometieron a los pechos y
resuellos de viles acemileros y otras a brutos animales. ¿No has
leído de Pasífae con el toro, de Minerva con el can?
CALISTO.- No lo creo; hablillas son.
SEMPRONIO.- Lo de tu abuela con el jimio, ¿hablilla fue?
Testigo es el cuchillo de tu abuelo.
CALISTO.- ¡Maldito sea este necio! ¡Y qué porradas dice!
SEMPRONIO.- ¿Escociote? Lee los historiales, estudia los
filósofos, mira los poetas. Llenos están los libros de sus viles y
malos ejemplos, y de las caídas que llevaron los que en algo, como
tú, las reputaron. Oye a Salomón do dice que las mujeres y el vino
hacen a los hombres renegar. Conséjate con Séneca y verás en qué
las tiene. Escucha al Aristóteles, mira a Bernardo. Gentiles,
judíos, cristianos y moros, todos en esta concordia están. Pero lo
dicho y lo que de ellas dijere no te contezca error de tomarlo en
común, que muchas hubo y hay santas y virtuosas y notables, cuya
resplandeciente corona quita el general vituperio. Pero de estas
otras, ¿quién te contaría sus mentiras, sus tráfagos, sus cambios,
su liviandad, sus lagrimillas, sus alteraciones, sus osadías? Que
todo lo que piensan, osan sin deliberar: sus disimulaciones, su
lengua, su engaño, su olvido, su desamor, su ingratitud, su
inconstancia, su testimoniar, su negar, su revolver, su
presunción, su vanagloria, su abatimiento, su locura, su desdén,
su soberbia, su sujeción, su parlería, su golosina, su lujuria y
suciedad, su miedo, su atrevimiento, sus hechicerías, sus
embaimientos, sus escarnios, su deslenguamiento, su desvergüenza,
su alcahuetería. Considera qué sesito está debajo de aquellas
grandes y delgadas tocas, qué pensamientos so aquellas gorgueras,
so aquel fausto, so aquellas largas y autorizantes ropas. ¡Qué
imperfección, qué albañales debajo de templos pintados! Por ellas
es dicho «arma del diablo, cabeza de pecado, destrucción de
paraíso». ¿No has rezado en la festividad de San Juan, do dice:
«Ésta es la mujer, antigua malicia que a Adán echó de los deleites
de paraíso; ésta el linaje humano metió en el infierno; a ésta
menospreció Elías profeta, etc.»?
CALISTO.- Di, pues ese Adán, ese Salomón, ese David, ese
Aristóteles, ese Virgilio, esos que dices, como se sometieron a
ellas, ¿soy más que ellos?
SEMPRONIO.- A los que las vencieron querría que remedases, que
no a los que de ellas fueron vencidos. Huye de sus engaños. ¿Sabes
qué hacen? Cosas que es difícil entenderlas. No tienen modo, no
razón, no intención; por rigor encomienzan el ofrecimiento que de
sí quieren hacer. A los que meten por los agujeros denuestan en la
calle, convidan, despiden, llaman, niegan, señalan amor,
pronuncian enemiga, ensáñanse presto, apacíguanse luego. Quieren
que adivinen lo que quieren. ¡Oh, qué plaga! ¡Oh, qué enojo! ¡Oh,
qué hastío es conferir con ellas más de aquel breve tiempo que
aparejadas son a deleite!
CALISTO.- ¿Ves? Mientras más me dices y más inconvenientes me
pones, más la quiero. No sé qué es.
SEMPRONIO.- No es este juicio para mozos, según veo, que no se
saben a razón someter, no se saben administrar. Miserable cosa es
pensar ser maestro el que nunca fue discípulo.
CALISTO.- Y tú, ¿qué sabes? ¿Quién te mostró esto?
SEMPRONIO.- ¿Quién? Ellas, que, desde que se descubren, así
pierden la vergüenza, que todo esto y aun más a los hombres
manifiestan. Ponte, pues, en la medida de honra, piensa ser más
digno de lo que te reputas. Que, cierto, peor extremo es dejarse
hombre caer de su merecimiento que ponerse en más alto lugar que
debe.
CALISTO.- Pues, ¿quién yo para eso?
SEMPRONIO.- ¿Quién? Lo primero eres hombre y de claro ingenio;
y más, a quien la natura dotó de los mejores bienes que tuvo.
Conviene a saber, hermosura, gracia, grandeza de miembros, fuerza,
ligereza, y, allende de esto, fortuna medianamente partió contigo
lo suyo en tal cantidad, que los bienes que tienes de dentro con
los de fuera resplandecen. Porque sin los bienes de fuera, de los
cuales la fortuna es señora, a ninguno acaece en esta vida ser
bienaventurado. Y más, a constelación de todos eres amado.
CALISTO.- Pero no de Melibea, y en todo lo que me has gloriado,
Sempronio, sin proporción ni comparación se aventaja Melibea.
¿Miras la nobleza y antigüedad de su linaje, el grandísimo
patrimonio, el excelentísimo ingenio, las resplandecientes
virtudes, la altitud e inefable gracia, la soberana hermosura, de
la cual te ruego me dejes hablar un poco, por que haya algún
refrigerio? Y lo que te dijere será de lo descubierto, que, si de
lo oculto yo hablarte supiera, no nos fuera necesario altercar tan
miserablemente estas razones.
SEMPRONIO.- ¿Qué mentiras y qué locuras dirá ahora este cautivo
de mi amo?
CALISTO.- ¿Cómo es eso?
SEMPRONIO.- Dije que digas, que muy gran placer habré de lo
oír. ¡Así te medre Dios como me será agradable ese sermón!
CALISTO.- ¿Qué?
SEMPRONIO.- ¡Que así me medre Dios como me será gracioso de
oír!
CALISTO.- Pues, por que hayas placer, yo lo figuraré por partes
mucho por extenso.
SEMPRONIO.- ¡Duelos tenemos! Esto es tras lo que yo andaba. De
pasarse habrá ya esta importunidad.
CALISTO.- Comienzo por los cabellos. ¿Ves tú las madejas del
oro delgado que hilan en Arabia? Más lindos son y no resplandecen
menos. Su longura hasta el postrero asiento de sus pies, después
crinados y atados con la delgada cuerda, como ella se los pone, no
ha más menester para convertir los hombres en piedras.
SEMPRONIO.- Más en asnos.
CALISTO.- ¿Qué dices?
SEMPRONIO.- Dije que esos tales no serían cerdas de asno.
CALISTO.- ¡Ved qué torpe y qué comparación!
SEMPRONIO.- ¿Tú cuerdo?
CALISTO.- Los ojos verdes rasgados, las pestañas luengas, las
cejas delgadas y alzadas, la nariz mediana, la boca pequeña, los
dientes menudos y blancos, los labios colorados y grosezuelos, el
torno del rostro poco más luengo que redondo, el pecho alto, la
redondez y forma de las pequeñas tetas, ¿quién te la podría
figurar? ¡Que se despereza el hombre cuando las mira! La tez lisa,
lustrosa, el cuero suyo oscurece la nieve, la color mezclada, cual
ella la escogió para sí.
SEMPRONIO.- ¡En sus trece está este necio!
CALISTO.- Las manos pequeñas en mediana manera, de dulce carne
acompañadas; los dedos luengos; las uñas en ellos largas y
coloradas, que parecen rubíes entre perlas. Aquella proporción,
que ver yo no pude, no sin duda, por el bulto de fuera juzgo
incomparablemente ser mejor que la que Paris juzgó entre las tres
deesas.
SEMPRONIO.- ¿Has dicho?
CALISTO.- Cuan brevemente pude.
SEMPRONIO.- Puesto que sea todo eso verdad, por ser tú hombre
eres más digno.
CALISTO.- ¿En qué?
SEMPRONIO.- ¿En qué? Ella es imperfecta, por el cual defecto
desea y apetece a ti y a otro menor que tú. ¿No has leído el
filósofo do dice «así como la materia apetece a la forma, así la
mujer al varón»?
CALISTO.- ¡Oh triste!, y ¿cuándo veré yo eso entre mí y
Melibea?
SEMPRONIO.- Posible es, y aunque la aborrezcas cuanto ahora la
amas, podrá ser alcanzándola y viéndola con otros ojos libres del
engaño en que ahora estás.
CALISTO.- ¿Con qué ojos?
SEMPRONIO.- Con ojos claros.
CALISTO.- Y ahora, ¿con qué la veo?
SEMPRONIO.- Con ojos de alinde, con que lo poco parece mucho y
lo pequeño grande. Y por que no te desesperes, yo quiero tomar
esta empresa de cumplir tu deseo.
CALISTO.- ¡Oh, Dios te dé lo que deseas, que glorioso me es
oírte aunque no espero que lo has de hacer!
SEMPRONIO.- Antes lo haré cierto.
CALISTO.- Dios te consuele. El jubón de brocado que ayer vestí,
Sempronio, vístelo tú.
SEMPRONIO.- Prospérete Dios por éste y por muchos más que me
darás. De la burla yo me llevo lo mejor. Con todo, si de estos
aguijones me da, traérsela he hasta la cama. ¡Bueno ando! Hácelo
esto que me dio mi amo, que sin merced imposible es obrarse bien
ninguna cosa.
CALISTO.- No seas ahora negligente.
SEMPRONIO.- No lo seas tú, que imposible es hacer siervo
diligente el amo perezoso.
CALISTO.- ¿Cómo has pensado de hacer esta piedad?
SEMPRONIO.- Yo te lo diré. Días ha grandes que conozco en fin
de esta vecindad una vieja barbuda que se dice Celestina,
hechicera, astuta, sagaz en cuantas maldades hay. Entiendo que
pasan de cinco mil virgos los que se han hecho y deshecho por su
autoridad en esta ciudad. A las duras peñas promoverá y provocará
a lujuria si quiere.
CALISTO.- ¿Podríala yo hablar?
SEMPRONIO.- Yo te la traeré hasta acá. Por eso, aparéjate, sele
gracioso, sele franco, estudia, mientras voy yo a le decir tu pena
tan bien como ella te dará el remedio.
CALISTO.- ¿Y tardas?
SEMPRONIO.- Ya voy; quede Dios contigo.
CALISTO.- Y contigo vaya. ¡Oh todopoderoso, perdurable Dios!,
Tú que guías los perdidos y los reyes orientales por el estrella
precedente a Belén trajiste y en su patria los redujiste,
humilmente te ruego que guíes a mi Sempronio, en manera que
convierta mi pena y tristeza en gozo, y yo, indigno, merezca venir
en el deseado fin.
CELESTINA.- ¡Albricias, albricias, Elicia! ¡Sempronio,
Sempronio!
ELICIA.- ¡Ce, ce, ce!
CELESTINA.- ¿Por qué?
ELICIA.- Porque está aquí Crito.
CELESTINA.- ¡Mételo en la camarilla de las escobas! ¡Presto!
Dile que viene tu primo y mi familiar.
ELICIA.- ¡Crito, retráete ahí; mi primo viene, perdida soy!
CRITO.- Pláceme. No te congojes.
SEMPRONIO.- ¡Madre bendita, qué deseo traigo! ¡Gracias a Dios
que te me dejó ver!
CELESTINA.- ¡Hijo mío!, ¡rey mío!, turbado me has. No te puedo
hablar; torna y dame otro abrazo. ¿Y tres días pudiste estar sin
vernos? ¡Elicia, Elicia, cátale aquí!
ELICIA.- ¿A quién, madre?
CELESTINA.- A Sempronio.
ELICIA.- ¡Ay, triste, qué saltos me da el corazón! ¿Y qué es de
él?
CELESTINA.- Vele aquí, vele. Yo me le abrazaré, que no tú.
ELICIA.- ¡Ay, maldito seas, traidor! Postema y landre te mate y
a manos de tus enemigos mueras, y por crímenes dignos de cruel
muerte en poder de rigurosa justicia te veas. ¡Ay, ay!
SEMPRONIO.- ¡Ji, ji, ji! ¿Qué es, mi Elicia?, ¿de qué te
congojas?
ELICIA.- Tres días ha que no me ves. ¡Nunca Dios te vea, nunca
Dios te consuele ni visite! ¡Guay de la triste que en ti tiene su
esperanza y el fin de todo su bien!
SEMPRONIO.- ¡Calla, señora mía! ¿Tú piensas que la distancia
del lugar es poderosa de apartar el entrañable amor, el fuego que
está en mi corazón? Do yo voy, conmigo vas, conmigo estás. No te
aflijas ni me atormentes más de lo que yo he padecido; mas di,
¿qué pasos suenan arriba?
ELICIA.- ¿Quién? Un mi enamorado.
SEMPRONIO.- Pues créolo.
ELICIA.- ¡Alahé, verdad es! Sube allá y verlo has.
SEMPRONIO.- Voy.
CELESTINA.- ¡Anda acá! Deja esa loca, que es liviana y turbada
de tu ausencia. Sácasla ahora de seso; dirá mil locuras. Ven y
hablemos; no dejemos pasar el tiempo en balde.
SEMPRONIO.- Pues, ¿quién está arriba?
CELESTINA.- ¿Quiéreslo saber?
SEMPRONIO.- Quiero.
CELESTINA.- Una moza que me encomendó un fraile.
SEMPRONIO.- ¿Qué fraile?
CELESTINA.- No lo procures.
SEMPRONIO.- Por mi vida, madre, ¿qué fraile?
CELESTINA.- ¿Porfías? El ministro, el gordo.
SEMPRONIO.- ¡Oh, desaventurada, y qué carga espera!
CELESTINA.- Todo lo llevamos. Pocas mataduras has tú visto en
la barriga.
SEMPRONIO.- Mataduras no; mas petreras sí.
CELESTINA.- ¡Ay, burlador!
SEMPRONIO.- Deja; si soy burlador, muéstramela.
ELICIA.- ¡Ah, don malvado! ¿Verla quieres? ¡Los ojos se te
salten, que no basta a ti una ni otra! ¡Anda, vela y deja a mí
para siempre!
SEMPRONIO.- ¡Calla, Dios mío! ¿Y enójaste? Que ni quiero ver a
ella ni a mujer nacida. A mi madre quiero hablar, y quédate a
Dios.
ELICIA.- ¡Anda, anda, vete, desconocido, y está otros tres años
que no me vuelvas a ver!
SEMPRONIO.- Madre mía, bien tendrás confianza y creerás que no
te burlo. Toma el manto y vamos, que por el camino sabrás lo que,
si aquí me tardase en decirte, impediría tu provecho y el mío.
CELESTINA.- Vamos. Elicia, quédate a Dios, cierra la puerta. ¡A
Dios, paredes!
SEMPRONIO.- ¡Oh madre mía! Todas cosas dejadas aparte,
solamente sé atenta e imagina en lo que te dijere. Y no derrames
tu pensamiento en muchas partes, que quien junto en diversos
lugares le pone, en ninguno lo tiene, si no por caso determina lo
cierto. Quiero que sepas de mí lo que no has oído, y es que jamás
pude, después que mi fe contigo puse, desear bien de que no te
cupiese parte.
CELESTINA.- Parta Dios, hijo, de lo suyo contigo, que no sin
causa lo hará, siquiera porque has piedad de esta pecadora de
vieja. Pero di, no te detengas, que la amistad que entre ti y mí
se afirma no ha menester preámbulos, ni correlarios, ni aparejos
para ganar voluntad. Abrevia y ven al hecho, que vanamente se dice
por muchas palabras lo que por pocas se puede entender.
SEMPRONIO.- Así es. Calisto arde en amores de Melibea. De ti y
de mí tiene necesidad. Pues juntos nos ha menester, juntos nos
aprovechemos, que conocer el tiempo y usar el hombre de la
oportunidad hace los hombres prósperos.
CELESTINA.- Bien has dicho, al cabo estoy. Basta para mí mecer
el ojo. Digo que me alegro de estas nuevas como los cirujanos de
los descalabrados. Y como aquellos dañan en los principios las
llagas y encarecen el prometimiento de la salud, así entiendo yo
hacer a Calisto: alargarle he la certinidad del remedio, porque,
como dicen, «el esperanza luenga aflige el corazón» y, cuanto él
la perdiere, tanto se la promete. ¡Bien me entiendes!
SEMPRONIO.- Callemos, que a la puerta estamos y, como dicen,
las paredes han oídos.
CELESTINA.- Llama.
SEMPRONIO.- Ta, ta, ta.
CALISTO.- Pármeno.
PÁRMENO.- Señor.
CALISTO.- ¿No oyes, maldito sordo?
PÁRMENO.- ¿Qué es, señor?
CALISTO.- A la puerta llaman. ¡Corre!
PÁRMENO.- ¿Quién es?
SEMPRONIO.- Abre a mí y a esta dueña.
PÁRMENO.- Señor, Sempronio y una puta vieja alcoholada daban
aquellas porradas.
CALISTO.- ¡Calla, calla, malvado, que es mi tía! ¡Corre, corre,
abre! Siempre lo vi, que por huir hombre de un peligro, cae en
otro mayor. Por encubrir yo este hecho de Pármeno, a quien amor o
fidelidad o temor pusieran freno, caí en indignación de ésta, que
no tiene menor poderío en mi vida que Dios.
PÁRMENO.- ¿Por qué, señor, te matas? ¿Por qué, señor, te
congojas? ¿Y tú piensas que es vituperio en las orejas de ésta el
nombre que la llamé? No lo creas, que así se glorifica en le oír,
como tú cuando dicen «diestro caballero es Calisto». Y demás de
esto es nombrada y por tal título conocida. Si entre cien mujeres
va y alguno dice «¡puta vieja!», sin ningún empacho luego vuelve
la cabeza y responde con alegre cara. En los convites, en las
fiestas, en las bodas, en las cofradías, en los mortuorios, en
todos los ayuntamientos de gentes, con ella pasan tiempo. Si pasa
por los perros, aquello suena su ladrido; si está cerca las aves,
otra cosa no cantan; si cerca los ganados, balando lo pregonan; si
cerca las bestias, rebuznando dicen «¡puta vieja!». Las ranas de
los charcos otra cosa no suelen mentar. Si va entre los herreros,
aquello dicen sus martillos. Carpinteros y armeros, herradores,
caldereros, arcadores, todo oficio de instrumento forma en el aire
su nombre. Cantan los carpinteros, péinanla los peinadores,
tejedores, labradores en las huertas, en las aradas, en las viñas,
en las segadas con ella pasan el afán cotidiano. Al perder en los
tableros, luego suenan sus loores. Todas cosas que son hacen, a
doquiera que ella está, el tal nombre representan. ¡Oh, qué
comedor de huevos asados era su marido! ¡Qué quieres más, sino que
si una piedra topa con otra luego suena «¡puta vieja!»!
CALISTO.- Y tú, ¿cómo lo sabes y la conoces?
PÁRMENO.- Saberlo has. Días grandes son pasados que mi madre,
mujer pobre, moraba en su vecindad, la cual, rogada por esta
Celestina, me dio a ella por sirviente; aunque ella no me conoce
por lo poco que la serví y por la mudanza que la edad ha hecho.
CALISTO.- ¿De qué la servías?
PÁRMENO.- Señor, iba a la plaza y traíale de comer, y
acompañábala, suplía en aquellos menesteres que mi tierna fuerza
bastaba. Pero de aquel poco tiempo que la serví, recogía la nueva
memoria lo que la vieja no ha podido quitar. Tiene esta buena
dueña al cabo de la ciudad, allá cerca de las tenerías, en la
cuesta del río, una casa apartada, medio caída, poco compuesta y
menos abastada. Ella tenía seis oficios; conviene saber:
labrandera, perfumera, maestra de hacer afeites y de hacer virgos,
alcahueta y un poquito hechicera. Era el primero oficio cobertura
de los otros, so color del cual muchas mozas de estas sirvientes
entraban en su casa a labrarse y a labrar camisas y gorgueras, y
otras muchas cosas. Ninguna venía sin torrezno, trigo, harina o
jarro de vino, y de las otras provisiones que podían a sus amas
hurtar; y aun otros hurtillos de más cualidad allí se encubrían.
Asaz era amiga de estudiantes y despenseros y mozos de abades. A
éstos vendía ella aquella sangre inocente de las cuitadillas, la
cual ligeramente aventuraban en esfuerzo de la restitución que
ella les prometía. Subió su hecho a más, que por medio de aquéllas
comunicaba con las más encerradas hasta traer a ejecución su
propósito. Y aquéstas, en tiempo honesto, como estaciones,
procesiones de noche, misas del gallo, misas del alba y otras
secretas devociones, muchas encubiertas vi entrar en su casa. Tras
ellas hombres descalzos, contritos y rebozados, desatacados, que
entraban allí a llorar sus pecados. ¡Qué tráfagos, si piensas,
traía! Hacíase física de niños, tomaba estambre de unas casas,
dábalo a hilar en otras, por achaque de entrar en todas. Las unas,
«¡Madre acá!», las otras, «¡Madre acullá!», «¡Cata la vieja!»,
«¡Ya viene el ama!»; de todos muy conocida. Con todos esos afanes
nunca pasaba sin misa ni vísperas, ni dejaba monasterios de
frailes ni de monjas; esto porque allí hacía ella sus aleluyas y
conciertos. Y en su casa hacía perfumes, falsaba estoraques,
menjuí, animes, ámbar, algalia, polvillos, almizcles, mosquetes.
Tenía una cámara llena de alambiques, de redomillas, de barrilejos
de barro, de vidrio, de arambre, de estaño, hechos de mil
facciones. Hacía solimán, afeite cocido, argentadas, bujeladas,
cerillas, lanillas, unturillas, lustres, lucentores, clarimientes,
albalinos y otras aguas de rostro, de rasuras de gamones, de
corteza de espantalobos, de dragontea, de hieles, de agraz, de
mosto, destiladas y azucaradas. Adelgazaba los cueros con zumos de
limones, con turbino, con tuétano de corzo y de garza y otras
confecciones. Sacaba agua para oler, de rosas, de azahar, de
jazmín, de trébol, de madreselva y clavellinas, mosquetadas y
almizcladas, polvorizadas con vino. Hacía lejías para enrubiar, de
sarmientos, de carrasca, de centeno, de marrubios, con salitre,
con alumbre y milifolia y otras diversas cosas. Y los untos y
mantecas que tenía es hastío de decir: de vaca, de oso, de
caballos y de camellos, de culebra y de conejo, de ballena, de
garza, de alcaraván, de gamo y de gato montés, y de tejón, de
arda, de erizo, de nutria. Aparejos para baños, esto es una
maravilla: de las hierbas y raíces que tenía en el techo de su
casa colgadas, manzanilla y romero, malvaviscos, culantrillo,
coronillas, flor de saúco y de mostaza, espliego y laurel blanco,
tortarosa y gramonilla, flor salvaje e higueruela, pico de oro y
hojatinta. Los aceites que sacaba para el rostro no es cosa de
creer: de estoraque y de jazmín, de limón, de pepitas, de
violetas, de menjuí, de alfócigos, de piñones, de granillo, de
azufaifas, de neguilla, de altramuces, de arvejas y de carillas, y
de hierba pajarera, y un poquillo de bálsamo tenía ella en una
redomilla que guardaba para aquel rascuño que tenía por las
narices. Esto de los virgos, unos hacía de vejiga y otros curaba
de punto. Tenía en un tabladillo, en una cajuela pintada, unas
agujas delgadas de pellejeros e hilos de seda encerados, y
colgadas allí raíces de hojaplasma y fuste sanguino, cebolla
albarrana y cepacaballo. Hacía con esto maravillas que, cuando
vino por aquí el embajador francés, tres veces vendió por virgen
una criada que tenía.
CALISTO.- ¡Así pudiera ciento!
PÁRMENO.- ¡Sí, santo Dios! Y remediaba por caridad muchas
huérfanas y erradas que se encomendaban a ella. Y en otro apartado
tenía para remediar amores y para se querer bien. Tenía huesos de
corazón de ciervo, lengua de víbora, cabezas de codornices, sesos
de asno, tela de caballo, mantillo de niño, haba morisca, guija
marina, soga de ahorcado, flor de hiedra, espina de erizo, pie de
tejón, granos de helecho, la piedra del nido del águila y otras
mil cosas. Venían a ella muchos hombres y mujeres, y a unos
demandaba el pan do mordían; a otros, de su ropa; a otros, de sus
cabellos; a otros, pintaba en la palma letras con azafrán; a
otros, con bermellón; a otros daba unos corazones de cera llenos
de agujas quebradas, y otras cosas en barro y en plomo hechas, muy
espantables al ver. Pintaba figuras, decía palabras en tierra.
¿Quién te podrá decir lo que esta vieja hacía? Y todo era burla y
mentira.
CALISTO.- Bien está, Pármeno, déjalo para más oportunidad. Asaz
soy de ti avisado, téngotelo en gracia. No nos detengamos, que la
necesidad desecha la tardanza. Oye. Aquélla viene rogada, espera
más que debe. Vamos, no se indigne. Yo temo y el temor reduce la
memoria y a la providencia despierta. ¡Sus! Vamos, proveamos. Pero
ruégote, Pármeno, la envidia de Sempronio, que en esto me sirve y
complace, no ponga impedimento en el remedio de mi vida, que si
para él hubo jubón, para ti no faltará sayo. Ni pienses que tengo
en menos tu consejo y aviso que su trabajo y obra, como lo
espiritual sepa yo que precede a lo corporal. Y puesto que las
bestias corporalmente trabajen más que los hombres, por eso son
pensadas y curadas, pero no amigas de ellos. En tal diferencia
serás conmigo en respeto de Sempronio, y so secreto sello,
pospuesto el dominio, por tal amigo a ti me concedo.
PÁRMENO.- Quéjome, señor, de la duda de mi fidelidad y
servicio, por los prometimientos y amonestaciones tuyas. ¿Cuándo
me viste, señor, envidiar, o por ningún interés ni resabio tu
provecho estorcer?
CALISTO.- No te escandalices, que sin duda tus costumbres y
gentil crianza en mis ojos, ante todos los que me sirven, están.
Mas, como en caso tan arduo, do todo mi bien y vida pende, es
necesario proveer, proveo a los acontecimientos, como quiera que
creo que tus buenas costumbres sobre buen natural florecen, como
el buen natural sea principio del artificio. Y no más, si no vamos
a ver la salud.
CELESTINA.- Pasos oigo. Acá desciende. Haz, Sempronio, que no
lo oyes. Escucha y déjame hablar lo que a ti y a mí me conviene.
SEMPRONIO.- Habla.
CELESTINA.- No me congojes ni me importunes, que sobrecargar el
cuidado es aguijar el animal congojoso. Así sientes la pena de tu
amo Calisto que parece que tú eres él y él tú, y que los tormentos
son en un mismo sujeto. Pues cree que yo no vine acá por dejar
este pleito indeciso o morir en la demanda.
CALISTO.- Pármeno, detente. ¡Ce!, escucha qué hablan éstos.
Veamos en qué vivimos. ¡Oh, notable mujer! ¡Oh, bienes mundanos
indignos de ser poseídos de tan alto corazón! ¡Oh, fiel y
verdadero Sempronio! ¿Has visto, mi Pármeno?¿Oíste? ¿Tengo razón?
¿Qué me dices, rincón de mi secreto y consejo y alma mía?
PÁRMENO.- Protestando mi inocencia en la primera sospecha, y
cumpliendo con la fidelidad, porque me concediste, hablaré. Óyeme,
y el afecto no te ensorde ni la esperanza del deleite te ciegue.
Tiémplate y no te apresures, que muchos, con codicia de dar en el
fiel, yerran el blanco. Aunque soy mozo, cosas he visto asaz y el
seso y la vista de las muchas cosas demuestran la experiencia. De
verte o de oírte descender por la escalera parlan lo que éstos
fingidamente han dicho, en cuyas falsas palabras pones el fin de
tu deseo.
SEMPRONIO.- Celestina, ruinmente suena lo que Pármeno dice.
CELESTINA.- Calla, que, para mi santiguada, do vino el asno
vendrá el albarda. Déjame tú a Pármeno, que yo te le haré uno de
nos, y de lo que hubiéremos, démosle parte, que los bienes, si no
son comunicados, no son bienes. Ganemos todos, partamos todos,
holguemos todos. Yo le traeré manso y benigno a picar el pan en el
puño. Y seremos dos a dos y, como dicen, tres al mohíno.
CALISTO.- ¡Sempronio!
SEMPRONIO.- ¿Señor?
CALISTO.- ¿Qué haces, llave de mi vida? Abre. ¡Oh, Pármeno, ya
la veo, sano soy, vivo soy! ¿Miras qué reverenda persona, qué
acatamiento? Por la mayor parte por la fisonomía es conocida la
virtud interior. ¡Oh vejez virtuosa, oh virtud envejecida! ¡Oh
gloriosa esperanza de mi deseado fin! ¡Oh fin de mi deleitosa
esperanza! ¡Oh salud de mi pasión, reparo de mi tormento,
regeneración mía, vivificación de mi vida, resurrección de mi
muerte! Deseo llegar a ti. Codicio besar esas manos llenas de
remedio. La indignidad de mi persona lo embarga. Desde aquí adoro
la tierra que huellas y en reverencia tuya beso.
CELESTINA.- Sempronio, ¡de aquéllas vivo yo! ¡Los huesos que yo
roí piensa este necio de tu amo de darme a comer! Pues ál le
sueño; al freír lo verá. Dile que cierre la boca y comience abrir
la bolsa. De las obras dudo, cuánto más de las palabras. ¡So, que
te estriego, asna coja! ¡Más habías de madrugar!
PÁRMENO.- ¡Guay de orejas que tal oyen! Perdido es quien tras
perdido anda. ¡Oh Calisto, desaventurado, abatido, ciego, y en
tierra está adorando a la más antigua puta tierra, que fregaron
sus espaldas en todos los burdeles! Deshecho es, vencido es, caído
es; no es capaz de ninguna redención, ni consejo, ni esfuerzo.
CALISTO.- ¿Qué decía la madre? ¡Paréceme que pensaba que le
ofrecía palabras por excusar galardón!
SEMPRONIO.- Así lo sentí.
CALISTO.- Pues ven conmigo. Trae las llaves, que yo sanaré su
duda.
SEMPRONIO.- Bien harás. Y luego vamos, que no se debe dejar
crecer la hierba entre los panes ni la sospecha en los corazones
de los amigos, sino limpiarla luego con el escardilla de las
buenas obras.
CALISTO.- Astuto hablas. Vamos y no tardemos.
CELESTINA.- Pláceme, Pármeno, que habemos habido oportunidad
para que conozcas el amor mío contigo y la parte que en mí,
inmérito, tienes. Y digo inmérito por lo que te he oído decir, de
que no hago caso, porque virtud nos amonesta sufrir las
tentaciones y no dar mal por mal. Y especial cuando somos tentados
por mozos y no bien instrutos en lo mundano, en que con necia
lealtad pierdan a sí y a sus amos, como ahora tú a Calisto. Bien
te oí, y no pienses que el oír con los otros exteriores sesos mi
vejez haya perdido, que no sólo lo que veo oigo y conozco, mas aun
lo intrínseco con los intelectuales ojos penetro. Has de saber,
Pármeno, que Calisto anda de amor quejoso. Y no lo juzgues por eso
por flaco, que el amor impervio todas las cosas vence, y sabe, si
no sabes, que dos conclusiones son verdaderas. La primera, que es
forzoso el hombre amar a la mujer, y la mujer al hombre. La
segunda, que el que verdaderamente ama es necesario que se turbe
con la dulzura del soberano deleite, que por el Hacedor de las
cosas fue puesto por que el linaje de los hombres se perpetuase,
sin lo cual perecería. Y no sólo en la humana especie, mas en los
peces, en las bestias, en las aves, en las reptilias. Y en lo
vegetativo, algunas plantas han este respecto, si sin
interposición de otra cosa en poca distancia de tierra están
puestas, en que hay determinación de herbolarios y agricultores
ser machos y hembras. ¿Qué dirás a esto, Pármeno? ¡Neciuelo,
loquito, angelico, perlica, simplecico! ¿Lobitos en tal gesto?
Llégate acá, putico, que no sabes nada del mundo ni de sus
deleites. ¡Más rabia mala me mate si te llego a mí, aunque vieja!
Que la voz tienes ronca, las barbas te apuntan; mal sosegadilla
debes tener la punta de la barriga.
PÁRMENO.- ¡Como cola de alacrán!
CELESTINA.- ¡Y aun peor, que la otra muerde sin hinchar y la
tuya hincha por nueve meses!
PÁRMENO.- ¡Ji, ji, ji!
CELESTINA.- ¿Ríeste, landrecilla, hijo?
PÁRMENO.- Calla, madre, no me culpes, ni me tengas, aunque
mozo, por insipiente. Amo a Calisto porque le debo fidelidad, por
crianza, por beneficios, por ser de él honrado y bien tratado, que
es la mayor cadena que el amor del servidor al servicio del señor
prende, cuanto lo contrario aparta. Véole perdido, y no hay cosa
peor que ir tras deseo sin esperanza de buen fin, y especial
pensando remediar su hecho tan arduo y difícil con vanos consejos
y necias razones de aquel bruto Sempronio, que es pensar sacar
aradores a pala de azadón. No lo puedo sufrir. ¡Dígolo y lloro!
CELESTINA.- Pármeno, ¿tú no ves que es necedad o simpleza
llorar por lo que con llorar no se puede remediar?
PÁRMENO.- Por eso lloro, que, si con llorar fuese posible traer
a mi amo el remedio, tan grande sería el placer de la esperanza
que de gozo no podría llorar; pero así, perdida ya toda la
esperanza, pierdo el alegría y lloro.
CELESTINA.- Lloras sin provecho por lo que llorando estorbar no
podrás ni sanarlo presumas. ¿A otros no ha acontecido esto,
Pármeno?
PÁRMENO.- Sí, pero a mi amo no le querría doliente.
CELESTINA.- No lo es; mas, aunque fuese doliente, podría sanar.
PÁRMENO.- No curo de lo que dices, porque en los bienes mejor
es el acto que la potencia, y en los males mejor la potencia que
el acto. Así que mejor es ser sano que poderlo ser, y mejor es
poder ser doliente que ser enfermo por acto, y, por tanto, es
mejor tener la potencia en el mal que el acto.
CELESTINA.- ¡Oh malvado, como que no se te entiende! ¡Tú no
sientes su enfermedad! ¿Qué has dicho hasta ahora? ¿De qué te
quejas? Pues burla, o di por verdad lo falso y cree lo que
quisieres, que él es enfermo por acto y el poder ser sano es en
mano de esta flaca vieja.
PÁRMENO.- Más de esta flaca puta vieja.
CELESTINA.- ¡Putos días vivas, bellaquillo! Y, ¿cómo te
atreves?
PÁRMENO.- Como te conozco.
CELESTINA.- ¿Quién eres tú?
PÁRMENO.- ¿Quién? Pármeno, hijo de Alberto, tu compadre, que
estuve contigo un poco tiempo, que te me dio mi madre cuando
morabas a la cuesta del río, cerca de las tenerías.
CELESTINA.- ¡Jesú, Jesú, Jesú! ¿Y tú eres Pármeno, hijo de la
Claudina?
PÁRMENO.- ¡Alahé, yo!
CELESTINA.- Pues fuego malo te queme, que tan puta vieja era tu
madre como yo. ¿Por qué me persigues, Pármeno? ¡Él es, él es, por
los santos de Dios! Allégate a mí, ven acá, que mil azotes y
puñadas te dí en este mundo y otros tantos besos. ¿Acuérdaste
cuando dormías a mis pies, loquito?
PÁRMENO.- Sí, en buena fe. Y algunas veces, aunque era niño, me
subías a la cabecera y me apretabas contigo, y porque olías a
vieja, me huía de ti.
CELESTINA.- ¡Mala landre te mate! ¡Y cómo lo dice el
desvergonzado! Dejadas burlas y pasatiempos, oye ahora, mi hijo, y
escucha. Que, aunque a un fin soy llamada, a otro soy venida, y
maguer que contigo me haya hecho de nuevas, tú eres la causa.
Hijo, bien sabes cómo tu madre, que Dios haya, te me dio viviendo
tu padre, el cual, como de mí te fuiste, con otra ansia no murió
sino con la incertidumbre de tu vida y persona, por la cual
ausencia algunos años de su vejez sufrió angustiosa y cuidadosa
vida. Y al tiempo que de ella pasó, envió por mí y en su secreto
te me encargó y me dijo, sin otro testigo sino aquel que es
testigo de todas las obras y pensamientos, y los corazones y
entrañas escudriña, al cual puso entre él y mí, que te buscase y
llegase y abrigase y, cuando de cumplida edad fueses, tal que en
tu vivir supieses tener manera y forma, te descubriese a dónde
dejó encerrada tal copia de oro y plata que basta más que la renta
de tu amo Calisto. Y porque se lo prometí, y con mi promesa llevó
descanso, y la fe es de guardar, más que a los vivos, a los
muertos, que no pueden hacer por sí, en pesquisa y seguimiento
tuyo yo he gastado asaz tiempo y cuantías hasta ahora, que ha
placido a aquel que todos los cuidados tiene y remedia las justas
peticiones y las piadosas obras endereza, que te hallase aquí,
donde solos ha tres días que sé que moras. Sin duda dolor he
sentido porque has por tantas partes vagado y peregrinado, que ni
has habido provecho ni ganado deudo ni amistad. Que, como Séneca
dice, «los peregrinos tienen muchas posadas y pocas amistades»,
porque en breve tiempo con ninguno pueden firmar amistad. Y el que
está en muchos cabos está en ninguno, ni puede aprovechar el
manjar a los cuerpos que en comiendo se lanza, ni hay cosa que más
la sanidad impida que la diversidad y mudanza y variación de los
manjares. Y nunca la llaga viene a cicatrizar en la cual muchas
melecinas se tientan. Ni convalece la planta que muchas veces es
traspuesta. Y no hay cosa tan provechosa, que en llegando
aproveche. Por tanto, mi hijo, deja los ímpetus de la juventud y
tórnate con la doctrina de tus mayores a la razón. Reposa en
alguna parte, y ¿dónde mejor que en mi voluntad, en mi ánimo, en
mi consejo, a quien tus padres te remetieron? Y yo así, como
verdadera madre tuya, te digo, so las maldiciones que tus padres
te pusieron si me fueses inobediente, que por el presente sufras y
sirvas a este tu amo que procuraste, hasta en ello haber otro
consejo mío. Pero no con necia lealtad, proponiendo firmeza sobre
lo movible, como son estos señores de este tiempo. Y tú gana
amigos, que es cosa durable, ten con ellos constancia, no vivas en
flores, deja los vanos prometimientos de los señores, los cuales
desechan la sustancia de sus sirvientes con huecos y vanos
prometimientos. Como la sanguijuela saca la sangre, desagradecen,
injurian, olvidan servicios, niegan galardón. ¡Guay de quien en
palacio envejece! Como se escribe de la probática piscina, que de
ciento que entraban sanaba uno. Estos señores de este tiempo más
aman a sí que a los suyos, y no yerran; los suyos igualmente lo
deben hacer. Perdidas son las mercedes, las magnificencias, los
actos nobles; cada uno de éstos cautiva y mezquinamente procura su
interés con los suyos. Pues aquéllos no deben menos hacer, como
sean en facultades menores, sino vivir a su ley. Dígolo, hijo
Pármeno, porque este tu amo, como dicen, me parece rompenecios: de
todos se quiere servir sin merced. Mira bien, créeme, en su casa
cobra amigos, que es el mayor precio mundano, que con él no
pienses tener amistad, como por la diferencia de los estados o
condiciones pocas veces contezca. Caso es ofrecido, como sabes, en
que todos medremos y tú por el presente te remedies. Que lo ál que
te he dicho, guardado te está a su tiempo. Y mucho te aprovecharás
siendo amigo de Sempronio.
PÁRMENO.- Celestina, todo tremo en oírte. No sé qué haga,
perplejo estoy. Por una parte, téngote por madre; por otra, a
Calisto por amo. Riqueza deseo, pero quien torpemente sube a lo
alto, más aína cae que subió. No querría bienes mal ganados.
CELESTINA.- Yo sí. A tuerto o a derecho, nuestra casa hasta el
techo.
PÁRMENO.- Pues yo con ellos no viviría contento y tengo por
honesta cosa la pobreza alegre. Y aun más te digo, que no los que
poco tienen son pobres, mas los que mucho desean. Y por esto,
aunque más digas, no te creo en esta parte. Querría pasar la vida
sin envidia, los yermos y aspereza sin temor, el sueño sin
sobresalto, las injurias con respuesta, las fuerzas sin denuesto,
las premias con resistencia.
CELESTINA.- ¡Oh, hijo!, bien dicen que la prudencia no puede
ser sino en los viejos, y tú mucho mozo eres.
PÁRMENO.- Mucho segura es la mansa pobreza.
CELESTINA.- Mas di, como mayor, que la fortuna ayuda a los
osados. Y demás de esto, ¿quién es, que tenga bienes en la
república, que escoja vivir sin amigos? Pues, loado Dios, ¿bienes
tienes y no sabes que has menester amigos para los conservar? Y no
pienses que tu privanza con este señor te hace seguro, que cuanto
mayor es la fortuna, tanto es menos segura. Y tanto en los
infortunios el remedio es a los amigos. Y, ¿a dónde puedes ganar
mejor este deudo que donde las tres maneras de amistad concurren?
Conviene a saber, por bien, y provecho, y deleite. Por bien, mira
la voluntad de Sempronio conforme a la tuya y la gran similitud
que tú y él en la virtud tenéis. Por provecho, en la mano está si
sois concordes. Por deleite, semejable es, como seáis en edad
dispuestos para todo linaje de placer, en que más los mozos que
los viejos se juntan, así como para jugar, para vestir, para
burlar, para comer y beber, para negociar amores juntos de
compañía. ¡Oh, si quisieses, Pármeno, qué vida gozaríamos!
Sempronio ama a Elicia, prima de Areúsa.
PÁRMENO.- ¿De Areúsa?
CELESTINA.- De Areúsa.
PÁRMENO.- ¿De Areúsa, hija de Eliso?
CELESTINA.- De Areúsa, hija de Eliso.
PÁRMENO.- ¿Cierto?
CELESTINA.- Cierto.
PÁRMENO.- Maravillosa cosa es.
CELESTINA.- Pero, ¿bien te parece?
PÁRMENO.- No cosa mejor.
CELESTINA.- Pues tu buena dicha quiere, aquí está quien te la
dará.
PÁRMENO.- Mi fe, madre, no creo a nadie.
CELESTINA.- Extremo es creer a todos y yerro no creer a
ninguno.
PÁRMENO.- Digo que te creo, pero no me atrevo. Déjame.
CELESTINA.- ¡Oh mezquino! De enfermo corazón es no poder sufrir
el bien. Da Dios habas a quien no tiene quijadas. ¡Oh simple!,
dirás que adonde hay mayor entendimiento hay menor fortuna. Y
donde más discreción, allí es menor la fortuna. Dichas son.
PÁRMENO.- ¡Oh Celestina!, oído he a mis mayores que un ejemplo
de lujuria o avaricia mucho mal hace, y que con aquéllos debe
hombre conversar que le hagan mejor, y aquéllos dejar a quien él
mejores piensa hacer. Y Sempronio en su ejemplo no me hará mejor,
ni yo a él sanaré su vicio. Y puesto que yo a lo que dices me
incline, sólo yo querría saberlo, porque a lo menos por el ejemplo
fuese oculto el pecado. Y si hombre vencido del deleite va contra
la virtud, no se atreve a la honestad.
CELESTINA.- Sin prudencia hablas, que de ninguna cosa es alegre
posesión sin compañía. No te retraigas ni amargues, que la natura
huye lo triste y apetece lo delectable. El deleite es con los
amigos en las cosas sensuales, y especial en recontar las cosas de
amores y comunicarlas: «Esto hice, esto otro me dijo, tal donaire
pasamos, de tal manera la tomé, así la besé, así me mordió, así la
abracé, así se allegó. ¡Oh qué habla, qué gracia!, ¡oh qué
juegos!, ¡oh qué besos! Vamos allá, volvamos acá, ande la música,
pintemos los motes, cante canciones, invenciones y justemos. ¿Qué
cimera sacaremos, o qué letra? Ya va a la misa, mañana saldrá,
rondemos su calle, mira su carta, vamos de noche, tenme el escala,
aguarda a la puerta. ¿Cómo te fue? Cata el cornudo, sola la deja.
Dale otra vuelta. Tornemos allá». Y para esto, Pármeno, ¿hay
deleite sin compañía? ¡Alahé, alahé! La que las sabe las tañe,
éste es el deleite; que lo ál, mejor lo hacen los asnos en el
prado.
PÁRMENO.- No querría, madre, me convidases a consejo con
amonestación de deleite, como hicieron los que, careciendo de
razonable fundamento, opinando hicieron sectas envueltas en dulce
veneno para captar y tomar las voluntades de los flacos, y con
polvos de sabroso afecto cegaron los ojos de la razón.
CELESTINA.- ¿Qué es razón, loco? ¿Qué es afecto, asnillo? La
discreción que no tienes lo determina; y de la discreción mayor es
la prudencia; y la prudencia no puede ser sin experimento; y la
experiencia no puede ser más que en los viejos; y los ancianos
somos llamados padres; y los buenos padres bien aconsejan a sus
hijos, y especial yo a ti, cuya vida y honra más que la mía deseo.
Y, ¿cuándo me pagarás tú esto? Nunca, pues a los padres y a los
maestros no puede ser hecho servicio igualmente.
PÁRMENO.- Todo me recelo, madre, de recibir dudoso consejo.
CELESTINA.- ¿No quieres? Pues decirte he lo que dice el sabio:
«Al varón que con dura cerviz al que le castiga menosprecia,
arrebatado quebrantamiento le vendrá y sanidad ninguna le
conseguirá». Y así, Pármeno, me despido de ti y de este negocio.
PÁRMENO.- Ensañada está mi madre. Duda tengo en su consejo:
yerro es no creer y culpa creerlo todo. Mas humano es confiar,
mayormente en ésta que interés promete, a do provecho no puede
allende de amor conseguir. Oído he que debe hombre a sus mayores
creer. Ésta, ¿qué me aconseja? Paz con Sempronio; la paz no se
debe negar, que bienaventurados son los pacíficos, que hijos de
Dios serán llamados. Amor no se debe rehuir. Caridad a los
hermanos, interés pocos le apartan, pues quiérola complacer y oír.
Madre, no se debe ensañar el maestro de la ignorancia del
discípulo; si no raras veces, por la ciencia, que es de su natural
comunicable y en pocos lugares, se podría infundir. Por eso,
perdóname, háblame, que no sólo quiero oírte y creerte, mas en
singular merced recibir tu consejo. Y no me lo agradezcas, pues el
loor y las gracias de la acción, más al dante que no al recibiente
se deben dar. Por eso, manda, que a tu mandado mi consentimiento
se humilla.
CELESTINA.- De los hombres es errar y bestial es la porfía. Por
ende, gózome, Pármeno, que hayas limpiado las turbias telas de tus
ojos y respondido al reconocimiento, discreción e ingenio sutil de
tu padre, cuya persona, ahora representada en mi memoria,
enternece los ojos piadosos por do tan abundantes lágrimas ves
derramar. Algunas veces duros propósitos, como tú, defendía, pero
luego tornaba a lo cierto. En Dios y en mi ánima, que en ver ahora
lo que has porfiado y cómo a la verdad eres reducido, no parece
sino que vivo le tengo delante. ¡Oh qué persona! ¡Oh qué hartura!
¡Oh qué cara tan venerable! Pero callemos, que se acerca Calisto y
tu nuevo amigo Sempronio, con quien tu conformidad para más
oportunidad dejo, que dos en un corazón viviendo son más poderosos
de hacer y de entender.
CALISTO.- Duda traigo, madre, según mis infortunios, de
hallarte viva. Pero más es maravilla, según el deseo, de cómo
llego vivo. Recibe la dádiva pobre de aquel que con ella la vida
te ofrece.
CELESTINA.- Como en el oro muy fino labrado por la mano del
sutil artífice la obra sobrepuja a la materia, así se aventaja a
tu magnífico dar la gracia y forma de tu dulce liberalidad. Y, sin
duda, la presta dádiva su efecto ha doblado, porque la que tarda
el prometimiento muestra negar y arrepentirse del don prometido.
PÁRMENO.- ¿Qué le dio, Sempronio?
SEMPRONIO.- Cien monedas en oro.
PÁRMENO.- ¡Ji, ji, ji!
SEMPRONIO.- ¿Habló contigo la madre?
PÁRMENO.- Calla, que sí.
SEMPRONIO.- Pues, ¿cómo estamos?
PÁRMENO.- Como quisieres, aunque estoy espantado.
SEMPRONIO.- Pues calla, que yo te haré espantar dos tanto.
PÁRMENO.- ¡Oh Dios! No hay pestilencia más eficaz que el
enemigo de casa para empecer.
CALISTO.- Ve ahora, madre, y consuela tu casa; y después ven,
consuela la mía; y luego.
CELESTINA.- Quede Dios contigo.
CALISTO.- Y Él te me guarde.
Acto II
ARGUMENTO DEL SEGUNDO ACTO
Partida Celestina de Calisto para su casa, queda Calisto
hablando con Sempronio, criado suyo; al cual, como quien en alguna
esperanza puesto está, todo aguijar le parece tardanza. Envía de
sí a Sempronio a solicitar a Celestina para el concebido negocio.
Quedan entretanto Calisto y Pármeno juntos razonando.
CALISTO, PÁRMENO, SEMPRONIO.
CALISTO.- Hermanos míos, cien monedas dí a la madre. ¿Hice
bien?
SEMPRONIO.- ¡Ay, sí hiciste bien! Allende de remediar tu vida,
ganaste muy gran honra. ¿Y para qué es la fortuna favorable y
próspera, sino para servir a la honra, que es el mayor de los
mundanos bienes? Que esto es premio y galardón de la virtud, y por
eso la damos a Dios, porque no tenemos mayor cosa que le dar, la
mayor parte de la cual consiste en la liberalidad y franqueza. A
ésta los duros tesoros comunicables la oscurecen y pierden, y la
magnificencia y liberalidad la ganan y subliman. ¿Qué aprovecha
tener lo que se niega aprovechar? Sin duda te digo que mejor es el
uso de las riquezas que la posesión de ellas. ¡Oh qué glorioso es
el dar! ¡Oh qué miserable es el recibir! Cuanto es mejor el acto
que la posesión, tanto es más noble el dante que el recibiente.
Entre los elementos, el fuego, por ser más activo, es más noble, y
en las esferas puesto en más noble lugar. Y dicen algunos que la
nobleza es una alabanza que proviene de los merecimientos y
antigüedad de los padres. Yo digo que la ajena luz nunca te hará
claro si la propia no tienes. Y, por tanto, no te estimes en la
claridad de tu padre, que tan magnífico fue, sino en la tuya. Y
así se gana la honra, que es el mayor bien de los que son fuera de
hombre. De lo cual no el malo, mas el bueno, como tú, es digno que
tenga perfecta virtud. Y aun te digo que la virtud perfecta no
pone que sea hecho condigno honor. Por ende, goza de haber sido
así magnífico y liberal, y de mi consejo tórnate a la cámara y
reposa, pues que tu negocio en tales manos está depositado. De
donde ten por cierto, pues el comienzo llevó bueno, el fin será
muy mejor. Y vamos luego, porque sobre este negocio quiero hablar
contigo más largo.
CALISTO.- Sempronio, no me parece buen consejo quedar yo
acompañado y que váyase aquella que busca el remedio de mi mal.
Mejor será que vayas con ella y la aquejes, pues sabes que de su
diligencia pende mi salud, de su tardanza mi pena, de su olvido mi
desesperanza. Sabido eres, fiel te siento, por buen criado te
tengo. Haz de manera que en sólo verte ella a ti juzgue la pena
que a mí queda y fuego que me atormenta, cuyo ardor me causó no
poder mostrarle la tercia parte de esta mi secreta enfermedad,
según tiene mi lengua y sentido ocupados y consumidos. Tú, como
hombre libre de tal pasión, hablarla has a rienda suelta.
SEMPRONIO.- Señor, querría ir por cumplir tu mandado, querría
quedar por aliviar tu cuidado. Tu temor me aqueja, tu soledad me
detiene. Quiero tomar consejo con la obediencia, que es ir y dar
prisa a la vieja. Mas, ¿cómo iré? Que, en viéndote solo, dices
desvaríos de hombre sin seso, suspirando, gimiendo, maltrovando,
holgando con lo oscuro, deseando soledad, buscando nuevos modos de
pensativo tormento, donde, si perseveras, o de muerto o loco no
podrás escapar, si siempre no te acompaña quien te allegue
placeres, diga donaires, tanga canciones alegres, cante romances,
cuente historias, pinte motes, finja cuentos, juegue a naipes,
arme mates, finalmente, que sepa buscar todo género de dulce
pasatiempo para no dejar trasponer tu pensamiento en aquellos
crueles desvíos que recibiste de aquella señora en el primer
trance de tus amores.
CALISTO.- ¿Cómo, simple? ¿No sabes que alivia la pena llorar la
causa? ¡Cuánto es dulce a los tristes quejar su pasión! ¡Cuánto
descanso traen consigo los quebrantados suspiros! ¡Cuánto relevan
y disminuyen los lagrimosos gemidos el dolor! Cuantos escribieron
consuelos no dicen otra cosa.
SEMPRONIO.- Lee más adelante, vuelve la hoja. Hallarás que
dicen que fiar en lo temporal y buscar materia de tristeza, que es
igual género de locura. Y aquel Macías, ídolo de los amantes, del
olvido porque le olvidaba se queja. En el contemplar ésta es la
pena de amor, en el olvidar el descanso. Huye de tirar coces al
aguijón, finge alegría y consuelo y serlo ha. Que muchas veces la
opinión trae las cosas donde quiere, no para que mude la verdad,
pero para moderar nuestro sentido y regir nuestro juicio.
CALISTO.- Sempronio, amigo, pues tanto sientes mi soledad,
llama a Pármeno y quedará conmigo. Y de aquí adelante sé, como
sueles, leal, que en servicio del criado está el galardón del
señor.
PÁRMENO.- Aquí estoy, señor.
CALISTO.- Yo no, pues no te veía. No te partas de ella,
Sempronio, ni me olvides a mí, y ve con Dios. Tú, Pármeno, ¿qué te
parece de lo que hoy ha pasado? Mi pena es grande, Melibea alta,
Celestina sabia y buena maestra de estos negocios. No podemos
errar. Tú me la has aprobado con toda tu enemistad. Yo te creo,
que tanta es la fuerza de la verdad que las lenguas de los
enemigos trae a su mandar. Así que, pues ella es tal, más quiero
dar a ésta cien monedas que a otra cinco.
PÁRMENO.- ¿Ya lloras? ¡Duelos tenemos! En casa se habrán de
ayunar estas franquezas.
CALISTO.- Pues pido tu parecer, seme agradable, Pármeno. No
abajes la cabeza al responder. Mas como la envidia es triste, la
tristeza sin lengua, puede más contigo su voluntad que mi temor.
¿Qué dijiste, enojoso?
PÁRMENO.- Digo, señor, que irían mejor empleadas tus franquezas
en presentes y servicios a Melibea, que no dar dineros a aquella
que yo me conozco y, lo que peor es, hacerte su cautivo.
CALISTO.- ¿Cómo, loco, su cautivo?
PÁRMENO.- Porque a quien dices el secreto das tu libertad.
CALISTO.- Algo dice el necio, pero quiero que sepas que, cuando
hay mucha distancia del que ruega al rogado, o por gravedad de
obediencia, o por señorío de estado, o esquividad de género, como
entre esta mi señora y mí, es necesario intercesor o medianero que
suba de mano en mano mi mensaje hasta los oídos de aquella a quien
yo segunda vez hablar tengo por imposible. Y pues que así es, dime
si lo hecho apruebas.
PÁRMENO.- ¡Apruébelo el diablo!
CALISTO.- ¿Qué dices?
PÁRMENO.- Digo, señor, que nunca yerro vino desacompañado y que
un inconveniente es causa y puerta de muchos.
CALISTO.- El dicho yo le apruebo; el propósito no entiendo.
PÁRMENO.- Señor, porque perderse el otro día el neblí fue causa
de tu entrada en la huerta de Melibea a le buscar, la entrada
causa de la ver y hablar; la habla engendró amor; el amor parió tu
pena; la pena causará perder tu cuerpo y alma y hacienda. Y lo que
más de ello siento es venir a manos de aquella trotaconventos,
después de tres veces emplumada.
CALISTO.- ¡Así, Pármeno, di más de eso, que me agrada! Pues
mejor me parece cuanto más la desalabas. Cumpla conmigo y
emplúmenla la cuarta. Desentido eres, sin pena hablas; no te duele
donde a mí, Pármeno.
PÁRMENO.- Señor, más quiero que airado me reprehendas porque te
doy enojo, que arrepentido me condenes porque no te dí consejo,
pues perdiste el nombre de libre cuando cautivaste tu voluntad.
CALISTO.- ¡Palos querrá este bellaco! Di, mal criado, ¿por qué
dices mal de lo que yo adoro? Y tú, ¿qué sabes de honra? Dime,
¿qué es amor?, ¿en qué consiste buena crianza, que te me vendes
por discreto? ¿No sabes que el primer escalón de locura es creer
ser esciente? Si tú sintieses mi dolor, con otra agua rociarías
aquella ardiente llaga que la cruel flecha de Cupido me ha
causado. Cuanto remedio Sempronio acarrea con sus pies, tanto
apartas tú con tu lengua, con tus vanas palabras, fingiéndote
fiel. Eres un terrón de lisonja, bote de malicias, el mismo mesón
y aposentamiento de la envidia, que, por difamar la vieja, a
tuerto o a derecho pones en mis amores desconfianza, sabiendo que
esta mi pena y fluctuoso dolor no se rige por razón, no quiere
avisos, carece de consejo y, si alguno se le diere, tal que no
aparte ni desgozne lo que sin las entrañas no podrá despegarse.
Sempronio temió su ida y tu quedada. Yo quíselo todo y así me
padezco el trabajo de su ausencia y tu presencia. Valiera más solo
que mal acompañado.
PÁRMENO.- Señor, flaca es la fidelidad que temor de pena la
convierte en lisonja, mayormente con señor a quien dolor y afición
priva y tiene ajeno de su natural juicio. Quitarse ha el velo de
la ceguedad; pasarán estos momentáneos fuegos; conocerás mis agras
palabras ser mejores para matar este fuerte cáncer que las blandas
de Sempronio, que lo ceban, atizan tu fuego, avivan tu amor,
encienden tu llama, añaden astillas que tenga que gastar, hasta
ponerte en la sepultura.
CALISTO.- ¡Calla, calla, perdido! Estoy yo penando y tú
filosofando. No te espero más. Saquen un caballo, límpienle mucho,
aprieten bien la cincha, porque si pasare por casa de mi señora y
mi Dios...
PÁRMENO.- ¡Mozos! ¿No hay mozo en casa? Yo me lo habré de
hacer, que a peor vendremos de esta vez que ser mozos de espuelas.
¡Andar!, ¡pase! Mal me quieren mis comadres, etc. ¿Relincháis, don
caballo? ¿No basta un celoso en casa o barruntáis a Melibea?
CALISTO.- ¿Viene ese caballo? ¿Qué haces, Pármeno?
PÁRMENO.- Señor, vesle aquí, que no está Sosia en casa.
CALISTO.- Pues ten ese estribo, abre más esa puerta y, si
viniere Sempronio con aquella señora, di que esperen, que presto
será mi vuelta.
PÁRMENO.- ¡Mas nunca sea! ¡Allá irás con el diablo! A estos
locos decidles lo que les cumple, no os podrán ver. ¡Por mi ánima,
que si ahora le diese una lanzada en el calcañar, que saliesen más
sesos que de la cabeza! Pues anda, que a mi cargo ¡que Celestina y
Sempronio te espulguen! ¡Oh desdichado de mí! Por ser leal padezco
mal. Otros se ganan por malos; yo me pierdo por bueno: ¡El mundo
es tal! Quiero irme al hilo de la gente, pues a los traidores
llaman discretos, a los fieles necios. Si creyera a Celestina con
sus seis docenas de años a cuestas, no me maltratara Calisto. Mas
esto me pondrá escarmiento de aquí adelante con él. Que si dijere
«comamos», yo también; si quisiere derrocar la casa, aprobarlo; si
quemar su hacienda,ir por fuego. ¡Destruya, rompa, quiebre, dañe,
dé a alcahuetas lo suyo, que mi parte me cabrá, pues dicen «a río
vuelto ganancia de pescadores»! ¡Nunca más perro a molino!
Acto III
ARGUMENTO DEL TERCER ACTO
Sempronio vase a casa de Celestina, a la cual reprehende por la
tardanza. Pónense a buscar qué manera tomen en el negocio de
Calisto con Melibea. En fin sobreviene Elicia. Vase Celestina a
casa de Pleberio. Queda Sempronio y Elicia en casa.
SEMPRONIO, CELESTINA, ELICIA.
SEMPRONIO.- ¡Qué espacio lleva la barbuda! ¡Menos sosiego
traían sus pies a la venida! A dineros pagados, brazos quebrados.
¡Ce, señora Celestina, poco has aguijado!
CELESTINA.- ¿A qué vienes, hijo?
SEMPRONIO.- Este nuestro enfermo no sabe qué pedir. De sus
manos no se contenta, no se le cuece el pan, teme tu negligencia,
maldice su avaricia y cortedad porque te dio tan poco dinero.
CELESTINA.- No es cosa más propia del que ama que la
impaciencia. Toda tardanza les es tormento, ninguna dilación les
agrada. En un momento querrían poner en efecto sus cogitaciones.
Antes las querrían ver concluidas que empezadas. Mayormente estos
novicios amantes que contra cualquier señuelo vuelan sin
deliberación, sin pensar el daño que el cebo de su deseo trae
mezclado en su ejercicio y negociación para sus personas y
sirvientes.
SEMPRONIO.- ¿Qué dices de sirvientes? ¿Parece por tu razón que
nos puede venir a nosotros daño de este negocio y quemarnos con
las centellas que resultan de este fuego de Calisto? ¡Aun al
diablo daría yo sus amores! Al primer desconcierto que vea en este
negocio, no como más su pan. Más vale perder lo servido que la
vida por cobrarlo. El tiempo me dirá qué haga, que, primero que
caiga del todo, dará señal como casa que se acuesta. Si te parece,
madre, guardemos nuestras personas de peligro. Hágase lo que se
hiciere; si la hubiere, hogaño; si no, a otro; si no, nunca, que
no hay cosa tan difícil de sufrir en sus principios que el tiempo
no la ablande y haga comportable. Ninguna llaga tanto se sintió
que por luengo tiempo no aflojase su tormento, ni placer tan
alegre fue que no le amengüe su antigüedad. El mal y el bien, la
prosperidad y adversidad, la gloria y pena, todo pierde con el
tiempo la fuerza de su acelerado principio. Pues los casos de
admiración y v |