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Tragicomedia de
Calisto y Melibea
Nuevamente revisada y enmendada con adición
de los argumentos de cada un acto en principio, la cual contiene,
demás de su agradable estilo, muchas sentencias filosofales y
avisos muy necesarios para mancebos, mostrándoles los engaños que
están encerrados en sirvientes y alcahuetas.
El autor a un su amigo
Suelen los que de sus tierras ausentes se hallan considerar de
qué cosa aquel lugar de donde parten mayor inopia o falta padezca,
para con la tal servir a los conterráneos de quien en algún tiempo
beneficio recibido tienen; y, viendo que legítima obligación a
investigar lo semejante me compelía para pagar las muchas mercedes
de vuestra libre liberalidad recibidas, asaz veces retraído en mi
cámara, acostado sobre mi propia mano, echando mis sentidos por
ventores y mi juicio a volar, me venía a la memoria, no sólo la
necesidad que nuestra común patria tiene de la presente obra, por
la muchedumbre de galanes y enamorados mancebos que posee, pero
aun en particular vuestra misma persona, cuya juventud de amor ser
presa se me representa haber visto y de él cruelmente lastimada, a
causa de le faltar defensivas armas para resistir sus fuegos, las
cuales hallé esculpidas en estos papeles, no fabricadas en las
grandes herrerías de Milán, mas en los claros ingenios de doctos
varones castellanos formadas. Y como mirase su primor, sutil
artificio, su fuerte y claro metal, su modo y manera de labor, su
estilo elegante, jamás en nuestra castellana lengua visto ni oído,
leilo tres o cuatro veces. Y tantas cuantas más lo leía, tanta más
necesidad me ponía de releerlo, y tanto más me agradaba, y en su
proceso nuevas sentencias sentía. Vi no sólo ser dulce en su
principal historia o ficción toda junta, pero aun de algunas de
sus particularidades salían deleitables fontecicas de filosofía,
de otras agradables donaires, de otras avisos y consejos contra
lisonjeros y malos sirvientes y falsas mujeres hechiceras. Vi que
no tenía su firma del autor, el cual, según algunos dicen, fue
Juan de Mena, y, según otros, Rodrigo Cota; pero, quienquiera que
fuese, es digno de recordable memoria por la sutil invención, por
la gran copia de sentencias entregeridas, que so color de donaires
tiene. ¡Gran filósofo era! Y, pues él, con temor de detractores y
nocibles lenguas, más aparejadas a reprehender que a saber
inventar, quiso celar y encubrir su nombre, no me culpéis, si en
el fin bajo que lo pongo, no expresare el mío. Mayormente que
siendo jurista yo, aunque obra discreta, es ajena de mi facultad y
quien lo supiese diría que no por recreación de mi principal
estudio, del cual yo más me precio, como es la verdad, lo hiciese,
antes distraído de los derechos, en esta nueva labor me
entremetiese. Pero aunque no acierten, sería pago de mi osadía.
Asimismo, pensarían que no quince días de unas vacaciones,
mientras mis socios en sus tierras, en acabarlo me detuviese, como
es lo cierto; pero aun más tiempo y menos acepto. Para disculpa de
lo cual todo, no sólo a vos, pero a cuantos lo leyeren, ofrezco
los siguientes metros. Y por que conozcáis dónde comienzan mis mal
doladas razones, acordé que todo lo del antiguo autor fuese sin
división en un acto o escena incluso, hasta el segundo acto, donde
dice «Hermanos míos, etc.». Vale.
El autor, excusándose de su yerro en esta obra
que escribió, contra sí arguye y compara
- El silencio escuda y suele encubrir
- la falta de ingenio y torpeza de lenguas;
- blasón que es contrario, publica sus menguas
- a quien mucho habla sin mucho sentir,
- como hormiga que deja de ir
- holgando por tierra, con la provisión,
- jactose con alas de su perdición;
- lleváronla en alto, no sabe dónde ir.
Prosigue
- El aire gozando ajeno y extraño,
- rapiña es ya hecha de aves que vuelan,
- fuertes más que ella, por cebo la llevan;
- en las nuevas alas estaba su daño.
- Razón es que aplique a mi pluma este engaño,
- no despreciando a los que me arguyen,
- así, que a mí mismo mis alas destruyen,
- nublosas y flacas, nacidas de hogaño.
Prosigue
- Donde ésta gozar pensaba volando,
- o yo de escribir cobrar más honor,
- del uno y del otro nació disfavor:
- ella es comida y a mí están cortando;
- reproches, revistas y tachas callando
- obstara, y los daños de envidia y murmuros;
- insisto remando, y los puertos seguros
- atrás quedan todos ya cuanto más ando.
Prosigue
- Si bien queréis ver mi limpio motivo,
- a cuál se endereza de aquestos extremos,
- con cuál participa, quién rige sus remos,
- Apolo, Diana o Cupido altivo,
- buscad bien el fin de aquesto que escribo,
- o del principio leed su argumento:
- leedlo, veréis que, aunque dulce cuento,
- amantes, que os muestra salir de cautivo.
Comparación
- Como el doliente que píldora amarga
- o la recela, o no puede tragar,
- métela dentro del dulce manjar;
- engáñase el gusto, la salud se alarga.
- De esta manera mi pluma se embarga,
- imponiendo dichos lascivos, rientes,
- atrae los oídos de penadas gentes,
- de grado escarmientan y arrojan su carga.
Vuelve a su propósito
- Estando cercado de dudas y antojos,
- compuse tal fin que el principio desata;
- acordé dorar con oro de lata
- lo más fino tíbar que vi con mis ojos
- y encima de rosas sembrar mil abrojos.
- Suplico, pues, suplan discretos mi falta.
- Teman groseros y en obra tan alta
- o vean y callen, o no den enojos.
Prosigue dando razones por que se movió a acabar
esta obra
- Yo vi en Salamanca la obra presente;
- movime a acabarla por estas razones:
- es la primera, que estoy en vacaciones,
- la otra, inventarla persona prudente,
- y es la final ver ya la más gente
- vuelta y mezclada en vicios de amor.
- Estos amantes les pondrán temor
- a fiar de alcahueta ni falso sirviente.
-
- Y así que esta obra en el proceder
- fue tanto breve cuanto muy sutil,
- vi que portaba sentencias dos mil,
- en horro de gracias, labor de placer.
- No hizo Dédalo cierto a mi ver
- alguna más prima entretalladura,
- si fin diera en esta su propia escritura
- Cota o Mena con su gran saber.
-
- Jamás yo no vi en lengua romana,
- después que me acuerdo, ni nadie la vio,
- obra de estilo tan alto y subido
- en tusca ni griega ni en castellana.
- No trae sentencia de donde no mana
- loable a su autor y eterna memoria,
- al cual Jesucristo reciba en su gloria
- por su Pasión santa, que a todos nos sana.
Amonesta a los que aman que sirvan a Dios y
dejen las vanas cogitaciones y vicios de amor
- Vos, los que amáis, tomad este ejemplo,
- este fino arnés con que os defendáis;
- volved ya las riendas por que no os perdáis,
- load siempre a Dios visitando su templo.
- Andad sobre aviso; no seáis de ejemplo
- de muertos y vivos y propios culpados.
- Estando en el mundo yacéis sepultados,
- muy gran dolor siento cuando esto contemplo.
Fin
- Oh damas, matronas, mancebos, casados,
- notad bien la vida que aquestos hicieron,
- tened por espejo su fin cual hubieron,
- a otro que amores dad vuestros cuidados.
- Limpiad ya los ojos, los ciegos errados,
- virtudes sembrando con casto vivir,
- a todo correr debéis de huir,
- no os lance Cupido sus tiros dorados.
Prólogo
Todas las cosas ser criadas a manera de contienda o batalla,
dice aquel gran sabio Heráclito en este modo: «Omnia secundum
litem fiunt», sentencia a mi ver digna de perpetua y recordable
memoria. Y como sea cierto que toda palabra del hombre esciente
esté preñada, de ésta se puede decir que de muy hinchada y llena
quiere reventar, echando de sí tan crecidos ramos y hojas que del
menor pimpollo se sacaría harto fruto entre personas discretas.
Pero como mi pobre saber no baste a más de roer sus secas cortezas
de los dichos de aquellos que por claror de sus ingenios
merecieron ser aprobados, con lo poco que de allí alcanzare
satisfaré al propósito de este breve prólogo. Hallé esta sentencia
corroborada por aquel gran orador y poeta laureado, Francisco
Petrarca, diciendo: «Sine lite atque offensione nihil genuit
natura parens», «Sin lid y ofensión ninguna cosa engendró la
natura, madre de todo». Dice más adelante: «Sic est enim, et sic
propemodum universa testantur: rapido stellae obviant firmamento;
contraria invicem elementa confligunt; terrae tremunt; maria
fluctuant; aer quatitur; crepant flammae; bellum immortale venti
gerunt; tempora temporibus concertant; secum singula nobiscum
omnia». Que quiere decir: «En verdad así es, y así todas las cosas
de esto dan testimonio: las estrellas se encuentran en el
arrebatado firmamento del cielo; los adversos elementos unos con
otros rompen pelea; tremen las tierras; ondean los mares; el aire
se sacude; suenan las llamas; los vientos entre sí traen perpetua
guerra; los tiempos con tiempos contienden y litigan entre sí, uno
a uno y todos contra nosotros». El verano vemos que nos aqueja con
calor demasiado, el invierno con frío y aspereza. Así que esto nos
parece revolución temporal, esto con que nos sostenemos, esto con
que nos criamos y vivimos, si comienza a ensoberbecerse más de lo
acostumbrado, no es sino guerra. Y cuánto se ha de temer,
manifiéstase por los grandes terremotos y torbellinos, por los
naufragios e incendios, así celestiales como terrenales; por la
fuerza de los aguaduchos, por aquel bramar de truenos, por aquel
temeroso ímpetu de rayos, aquellos cursos y recursos de las nubes,
de cuyos abiertos movimientos, para saber la secreta causa de que
proceden, no es menor la disensión de los filósofos en las
escuelas que de las ondas en la mar. Pues entre los animales
ningún género carece de guerra: peces, fieras, aves, serpientes;
de lo cual todo, una especie a otra persigue. El león al lobo, el
lobo la cabra, el perro la liebre y, si no pareciese conseja de
tras el fuego, yo llegaría más al cabo esta cuenta. El elefante,
animal tan poderoso y fuerte, se espanta y huye de la vista de un
suciuelo ratón, y aun de sólo oírle, toma gran temor. Entre las
serpientes, el bajarisco crió la natura tan ponzoñoso y
conquistador de todas las otras, que con su silbo las asombra y
con su venida las ahuyenta y disparce, con su vista las mata. La
víbora, reptilia o serpiente enconada, al tiempo del concebir, por
boca de la hembra metida la cabeza del macho y ella con el gran
dulzor apriétale tanto que le mata y, quedando preñada, el primer
hijo rompe las ijares de la madre, por do todos salen y ella
muerta queda y él cuasi como vengador de la paterna muerte. ¿Qué
mayor lid, qué mayor conquista ni guerra que engendrar en su
cuerpo quien coma sus entrañas? Pues no menos disensiones
naturales creemos haber en los pescados, pues es cosa cierta gozar
la mar de tantas formas de peces cuantas la tierra y el aire cría
de aves y animalias, y muchas más. Aristóteles y Plinio cuentan
maravillas de un pequeño pez llamado echeneis, cuánto sea apta su
propiedad para diversos géneros de lides. Especialmente tiene una,
que, si llega a una nao o carraca, la detiene, que no se puede
menear, aunque vaya muy recio por las aguas; de lo cual hace
Lucano mención, diciendo: «Non puppim retinens, Euro tendente
rudentes, in mediis echeneis aquis», «No falta allí el pez dicho
echeneis, que detiene las fustas cuando el viento Euro extiende
las cuerdas en medio de la mar». ¡Oh natural contienda, digna de
admiración, poder más un pequeño pez que un gran navío con toda la
fuerza de los vientos! Pues si discurrimos por las aves y por sus
menudas enemistades, bien afirmaremos ser todas las cosas criadas
a manera de contienda. Las más viven de rapiña, como halcones y
águilas y gavilanes. Hasta los groseros milanos insultan dentro en
nuestras moradas los domésticos pollos y de bajo las alas de sus
madres los vienen a cazar. De una ave llamadarocho, que nace en el
Índico mar de Oriente, se dice ser de grandeza jamás oída y que
lleva sobre su pico, hasta las nubes, no sólo un hombre o diez,
pero un navío cargado de todas sus jarcias y gente. Y como los
míseros navegantes estén así suspensos en el aire, con el meneo de
su vuelo caen y reciben crueles muertes. Pues, ¿qué diremos entre
los hombres a quien todo lo sobredicho es sujeto? ¿Quién explanará
sus guerras, sus enemistades, sus envidias, sus aceleramientos y
movimientos y descontentamientos? ¿Aquel mudar de trajes, aquel
derribar y renovar edificios, y otros muchos afectos diversos y
variedades que de esta nuestra flaca humanidad nos provienen? Y
pues es antigua querella y visitada de largos tiempos, no quiero
maravillarme si esta presente obra ha sido instrumento de lid o
contienda a sus lectores para ponerlos en diferencias, dando cada
uno sentencia sobre ella a sabor de su voluntad. Unos decían que
era prolija, otros breve, otros agradable, otros oscura; de manera
que cortarla a medida de tantas y tan diferentes condiciones a
solo Dios pertenece. Mayormente, pues ella, con todas las otras
cosas que al mundo son, van debajo de la bandera de esta notable
sentencia; que aun la misma vida de los hombres, si bien lo
miramos, desde la primera edad hasta que blanquean las canas, es
batalla. Los niños con los juegos, los mozos con las letras, los
mancebos con los deleites, los viejos con mil especies de
enfermedades pelean, y estos papeles con todas las edades. La
primera los borra y rompe, la segunda no los sabe bien leer, la
tercera, que es la alegre juventud y mancebía, discorda. Unos les
roen los huesos, que no tienen virtud, que es la historia toda
junta, no aprovechándose de las particularidades, haciéndola
cuenta de camino; otros pican los donaires y refranes comunes,
loándolos con toda atención, dejando pasar por alto lo que hace
más al caso y utilidad suya. Pero aquellos para cuyo verdadero
placer es todo desechan el cuento de la historia para contar,
coligen la suma para su provecho, ríen lo donoso, las sentencias y
dichos de filósofos guardan en su memoria para trasponer en
lugares convenibles a sus actos y propósitos. Así que cuando diez
personas se juntaren a oír esta Comedia, en quien quepa esta
diferencia de condiciones, como suele acaecer, ¿quién negará que
haya contienda en cosa que de tantas maneras se entienda? Que aun
los impresores han dado sus punturas poniendo rúbricas o sumarios
al principio de cada acto, narrando en breve lo que dentro
contenía: una cosa bien excusada, según lo que los antiguos
escritores usaron. Otros han litigado sobre el nombre, diciendo
que no se había de llamar Comedia, pues acababa en tristeza, sino
que se llamase Tragedia. El primer autor quiso darle denominación
del principio, que fue placer, y llamola Comedia. Yo, viendo estas
discordias entre estos extremos, partí ahora por medio la porfía,
y llamela Tragicomedia. Así que, viendo estas contiendas, estos
dísonos y varios juicios, miré adonde la mayor parte acostaba y
hallé que querían que se alargase en el proceso de su deleite de
estos amantes, sobre lo cual fui muy importunado, de manera que
acordé, aunque contra mi voluntad, meter segunda vez la pluma en
tan extraña labor y tan ajena de mi facultad, hurtando algunos
ratos a mi principal estudio con otras horas destinadas para
recreación, puesto que no han de faltar nuevos detractores a la
nueva adición.
Síguese la comedia o tragicomedia de Calisto y
Melibea, compuesta en reprehensión de los locos enamorados, que,
vencidos en su desordenado apetito, a sus amigas llaman y dicen
ser su Dios. Asimismo hecho en aviso de los engaños de las
alcahuetas y malos y lisonjeros sirvientes.
Argumento
Calisto fue de noble linaje, de claro ingenio, de gentil
disposición, de linda crianza, dotado de muchas gracias, de estado
mediano. Fue preso en el amor de Melibea, mujer moza, muy
generosa, de alta y serenísima sangre, sublimada en próspero
estado, una sola heredera a su padre Pleberio, y de su madre Alisa
muy amada. Por solicitud del pungido Calisto, vencido el casto
propósito de ella, entreviniendo Celestina, mala y astuta mujer,
con dos sirvientes del vencido Calisto, engañados y por ésta
tornados desleales, presa su fidelidad con anzuelo de codicia y de
deleite, vinieron los amantes y los que les ministraron en amargo
y desastrado fin. Para comienzo de lo cual dispuso el adversa
fortuna lugar oportuno donde a la presencia de Calisto se presentó
la deseada Melibea.
Acto I
ARGUMENTO DEL PRIMER ACTO DE ESTA COMEDIA
Entrando Calisto en una huerta en pos de un halcón suyo, halló
ahí a Melibea, de cuyo amor preso, comenzole de hablar. De la cual
rigurosamente despedido, fue para su casa muy angustiado. Habló
con un criado suyo llamado Sempronio, el cual, después de muchas
razones, le enderezó a una vieja llamada Celestina, en cuya casa
tenía el mismo criado una enamorada llamada Elicia, la cual,
viniendo Sempronio a casa de Celestina con el negocio de su amo,
tenía a otro consigo, llamado Crito, al cual escondieron.
Entretanto que Sempronio está negociando con Celestina, Calisto
está razonando con otro criado suyo, por nombre Pármeno, el cual
razonamiento dura hasta que llega Sempronio y Celestina a casa de
Calisto. Pármeno fue conocido de Celestina, la cual mucho le dice
de los hechos y conocimiento de su madre, induciéndole a amor y
concordia de Sempronio.
PÁRMENO, CALISTO, MELIBEA, SEMPRONIO,
CELESTINA,ELICIA, CRITO.
CALISTO.- En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.
MELIBEA.- ¿En qué, Calisto?
CALISTO.- En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura
te dotase, y hacer a mí, inmérito, tanta merced que verte
alcanzase, y en tan conveniente lugar, que mi secreto dolor
manifestarte pudiese. Sin duda, incomparablemente es mayor tal
galardón que el servicio, sacrificio, devoción y obras pías que
por este lugar alcanzar tengo yo a Dios ofrecido. ¿Quién vio en
esta vida cuerpo glorificado de ningún hombre como ahora el mío?
Por cierto, los gloriosos santos que se deleitan en la visión
divina no gozan más que yo ahora en el acatamiento tuyo. Mas, ¡oh
triste!, que en esto diferimos: que ellos puramente se glorifican
sin temor de caer de tal bienaventuranza y yo, mixto, me alegro
con recelo del esquivo tormento que tu ausencia me ha de causar.
MELIBEA.- ¿Por gran premio tienes éste, Calisto?
CALISTO.- Téngolo por tanto, en verdad, que si Dios me diese en
el cielo silla sobre sus santos, no lo tendría por tanta
felicidad.
MELIBEA.- Pues aun más igual galardón te daré yo si perseveras.
CALISTO.- ¡Oh bienaventuradas orejas mías, que indignamente tan
gran palabra habéis oído!
MELIBEA.- Más desaventuradas de que me acabes de oír, porque la
paga será tan fiera cual merece tu loco atrevimiento y el intento
de tus palabras ha sido. ¿Cómo de ingenio de tal hombre como tú
haber de salir para se perder en la virtud de tal mujer como yo?
¡Vete, vete de ahí, torpe!, que no puede mi paciencia tolerar que
haya subido en corazón humano conmigo en ilícito amor comunicar su
deleite.
CALISTO.- Iré como aquel contra quien solamente la adversa
fortuna pone su estudio con odio cruel.
CALISTO.- ¡Sempronio, Sempronio, Sempronio! ¿Dónde está este
maldito?
SEMPRONIO.- Aquí soy, señor, curando de estos caballos.
CALISTO.- Pues, ¿cómo sales de la sala?
SEMPRONIO.- Abatiose el gerifalte y vínele a enderezar en el
alcándara.
CALISTO.- ¡Así los diablos te ganen! ¡Así por infortunio
arrebatado perezcas o perpetuo intolerable tormento consigas, el
cual en grado incomparablemente a la penosa y desastrada muerte
que espero traspasa! ¡Anda, anda, malvado!, abre la cámara y
endereza la cama.
SEMPRONIO.- Señor, luego hecho es.
CALISTO.- Cierra la ventana y deja la tiniebla acompañar al
triste y al desdichado la ceguedad. Mis pensamientos tristes no
son dignos de luz. ¡Oh bienaventurada muerte aquella que, deseada
a los afligidos, viene! ¡Oh, si vinieseis ahora, Crato y Galieno
médicos, sentiríais mi mal! ¡Oh, piedad de Seleuco, inspira en el
plebérico corazón, por que, sin esperanza de salud, no envíe el
espíritu perdido con el del desastrado Píramo y de la desdichada
Tisbe!
SEMPRONIO.- ¿Qué cosa es?
CALISTO.- ¡Vete de ahí! No me hables, si no, quizá, antes del
tiempo de rabiosa muerte, mis manos causarán tu arrebatado fin.
SEMPRONIO.- Iré, pues solo quieres padecer tu mal.
CALISTO.- ¡Ve con el diablo!
SEMPRONIO.- No creo, según pienso, ir conmigo el que contigo
queda. ¡Oh desventura! ¡Oh súpito mal! ¿Cuál fue tan contrario
acontecimiento que así tan presto robó el alegría de este hombre
y, lo que peor es, junto con ella el seso? ¿Dejarle he solo o
entraré allá? Si le dejo, matarse ha, si entro allá, matarme ha.
Quédese, no me curo, más vale que muera aquel a quien es enojosa
la vida que no yo, que huelgo con ella. Aunque por ál no desease
vivir sino por ver mi Elicia, me debería guardar de peligros.
Pero, si se mata sin otro testigo, yo quedo obligado a dar cuenta
de su vida. Quiero entrar. Mas, puesto que entre, no quiere
consolación ni consejo. Asaz es señal mortal no querer sanar. Con
todo, quiérole dejar un poco desbrave, madure, que oído he decir
que es peligro abrir o apremiar las postemas duras, porque más se
enconan. Esté un poco, dejemos llorar al que dolor tiene, que las
lágrimas y suspiros mucho desenconan el corazón dolorido. Y aun,
si delante me tiene, más conmigo se encenderá, que el sol más arde
donde puede reverberar. La vista, a quien objeto no se antepone,
cansa, y, cuando aquél es cerca, agúzase. Por eso quiérome sufrir
un poco. Si entretanto se matare, muera; quizá con algo me quedaré
que otro no sabe, con que mude el pelo malo. Aunque malo es
esperar salud en muerte ajena, y quizá me engaña el diablo y, si
muere, matarme han e irán allá la soga y el calderón. Por otra
parte, dicen los sabios que es grande descanso a los afligidos
tener con quien puedan sus cuitas llorar y que la llaga interior
más empece. Pues, en estos extremos en que estoy perplejo, lo más
sano es entrar y sufrirle y consolarle, porque, si posible es
sanar sin arte ni aparejo, más ligero es guarecer por arte y por
cura.
CALISTO.- Sempronio.
SEMPRONIO.- Señor.
CALISTO.- Dame acá el laúd.
SEMPRONIO.- Señor, vesle aquí.
CALISTO
¿Cuál dolor puede ser tal
que se iguale con mi mal?
SEMPRONIO.- Destemplado está ese laúd.
CALISTO.- ¿Cómo templará el destemplado? ¿Cómo sentirá el
armonía aquel que consigo está tan discorde, aquel en quien la
voluntad a la razón no obedece? ¿Quién tiene dentro del pecho
aguijones, paz, guerra, tregua, amor, enemistad, injurias,
pecados, sospechas, todo a una causa? Pero tañe y canta la más
triste canción que sepas.
SEMPRONIO
Mira Nero de Tarpeya
a Roma cómo se ardía;
gritos dan niños y viejos
y él de nada se dolía.
CALISTO.- Mayor es mi fuego y menor la piedad de quien yo ahora
digo.
SEMPRONIO.- No me engaño yo, que loco está este mi amo.
CALISTO.- ¿Qué estás murmurando, Sempronio?
SEMPRONIO.- No digo nada.
CALISTO.- Di lo que dices, no temas.
SEMPRONIO.- Digo que ¿cómo puede ser mayor el fuego que
atormenta un vivo que el que quemó tal ciudad y tanta multitud de
gente?
CALISTO.- ¿Cómo? Yo te lo diré. Mayor es la llama que dura
ochenta años que la que en un día pasa, y mayor la que mata un
ánima que la que quemó cien mil cuerpos. Como de la aparencia a la
existencia, como de lo vivo a lo pintado, como de la sombra a lo
real, tanta diferencia hay del fuego que dices al que me quema.
Por cierto, si el de purgatorio es tal, más querría que mi
espíritu fuese con los de los brutos animales que por medio de
aquél ir a la gloria de los santos.
SEMPRONIO.- ¡Algo es lo que digo! ¡A más ha de ir este hecho!
No basta loco, sino hereje.
CALISTO.- ¿No te digo que hables alto cuando hablares? ¿Qué
dices?
SEMPRONIO.- Digo que nunca Dios quiera tal, que es especie de
herejía lo que ahora dijiste.
CALISTO.- ¿Por qué?
SEMPRONIO.- Porque lo que dices contradice la cristiana
religión.
CALISTO.- ¿Qué a mí?
SEMPRONIO.- ¿Tú no eres cristiano?
CALISTO.- ¿Yo? Melibeo soy y a Melibea adoro, y en Melibea creo
y a Melibea amo.
SEMPRONIO.- Tú te lo dirás. Como Melibea es grande, no cabe en
el corazón de mi amo, que por la boca le sale a borbollones. No es
más menester. Bien sé de qué pie coxqueas. Yo te sanaré.
CALISTO.- Increíble cosa prometes.
SEMPRONIO.- Antes fácil, que el comienzo de la salud es conocer
hombre la dolencia del enfermo.
CALISTO.- ¿Cuál consejo puede regir lo que en sí no tiene orden
ni consejo?
SEMPRONIO.- ¡Ja, ja, ja! ¿Éste es el fuego de Calisto? ¿Éstas
son sus congojas? ¡Como si solamente el amor contra él asestara
sus tiros! ¡Oh soberano Dios, cuán altos son tus misterios!
¡Cuánta premia pusiste en el amor, que es necesaria turbación en
el amante! Su límite pusiste por maravilla. Parece al amante que
atrás queda. Todos pasan, todos rompen, pungidos y esgarrochados
como ligeros toros, sin freno saltan por las barreras. Mandaste al
hombre por la mujer dejar el padre y la madre. Ahora no sólo
aquello, mas a Ti y a tu ley desamparan, como ahora Calisto, del
cual no me maravillo, pues los sabios, los santos, los profetas,
por él te olvidaron.
CALISTO.- Sempronio.
SEMPRONIO.- Señor.
CALISTO.- No me dejes.
SEMPRONIO.- De otro temple está esta gaita.
CALISTO.- ¿Qué te parece de mi mal?
SEMPRONIO.- Que amas a Melibea.
CALISTO.- ¿Y no otra cosa?
SEMPRONIO.- Harto mal es tener la voluntad en un solo lugar
cautiva.
CALISTO.- Poco sabes de firmeza.
SEMPRONIO.- La perseverancia en el mal no es constancia, mas
dureza, o pertinacia la llaman en mi tierra. Vosotros los
filósofos de Cupido llamadla como queráis.
CALISTO.- Torpe cosa es mentir el que enseña a otro, pues que
tú precias de loar a tu amiga Elicia.
SEMPRONIO.- Haz tú lo que bien digo y no lo que mal hago.
CALISTO.- ¿Qué me repruebas?
SEMPRONIO.- Que sometes la dignidad del hombre a la
imperfección de la flaca mujer.
CALISTO.- ¿Mujer? ¡Oh grosero! ¡Dios, Dios!
SEMPRONIO.- ¿Y así lo crees, o burlas?
CALISTO.- ¿Que burlo? Por Dios la creo, por Dios la confieso y
no creo que hay otro soberano en el cielo aunque entre nosotros
mora.
SEMPRONIO.- ¡Ja, ja, ja! ¿Oíste qué blasfemia? ¿Viste qué
ceguedad?
CALISTO.- ¿De qué te ríes?
SEMPRONIO.- Ríome, que no pensaba que había peor invención de
pecado que en Sodoma.
CALISTO.- ¿Cómo?
SEMPRONIO.- Porque aquellos procuraron abominable uso con los
ángeles no conocidos y tú con el que confiesas ser Dios.
CALISTO.- ¡Maldito seas!, que hecho me has reír, lo que no
pensé hogaño.
SEMPRONIO.- ¿Pues qué?, ¿toda tu vida habías de llorar?
CALISTO.- Sí.
SEMPRONIO.- ¿Por qué?
CALISTO.- Porque amo a aquella ante quien tan indigno me hallo
que no la espero alcanzar.
SEMPRONIO.- ¡Oh pusilánime! ¡Oh hideputa! ¡Qué Nembrot, qué
Magno Alejandro, los cuales no sólo del señorío del mundo, mas del
cielo se juzgaron ser dignos!
CALISTO.- No te oí bien eso que dijiste. Torna, dilo, no
procedas.
SEMPRONIO.- Dije que tú, que tienes más corazón que Nembrot ni
Alejandro, desesperas de alcanzar una mujer, muchas de las cuales
en grandes estados constituidas se sometieron a los pechos y
resuellos de viles acemileros y otras a brutos animales. ¿No has
leído de Pasífae con el toro, de Minerva con el can?
CALISTO.- No lo creo; hablillas son.
SEMPRONIO.- Lo de tu abuela con el jimio, ¿hablilla fue?
Testigo es el cuchillo de tu abuelo.
CALISTO.- ¡Maldito sea este necio! ¡Y qué porradas dice!
SEMPRONIO.- ¿Escociote? Lee los historiales, estudia los
filósofos, mira los poetas. Llenos están los libros de sus viles y
malos ejemplos, y de las caídas que llevaron los que en algo, como
tú, las reputaron. Oye a Salomón do dice que las mujeres y el vino
hacen a los hombres renegar. Conséjate con Séneca y verás en qué
las tiene. Escucha al Aristóteles, mira a Bernardo. Gentiles,
judíos, cristianos y moros, todos en esta concordia están. Pero lo
dicho y lo que de ellas dijere no te contezca error de tomarlo en
común, que muchas hubo y hay santas y virtuosas y notables, cuya
resplandeciente corona quita el general vituperio. Pero de estas
otras, ¿quién te contaría sus mentiras, sus tráfagos, sus cambios,
su liviandad, sus lagrimillas, sus alteraciones, sus osadías? Que
todo lo que piensan, osan sin deliberar: sus disimulaciones, su
lengua, su engaño, su olvido, su desamor, su ingratitud, su
inconstancia, su testimoniar, su negar, su revolver, su
presunción, su vanagloria, su abatimiento, su locura, su desdén,
su soberbia, su sujeción, su parlería, su golosina, su lujuria y
suciedad, su miedo, su atrevimiento, sus hechicerías, sus
embaimientos, sus escarnios, su deslenguamiento, su desvergüenza,
su alcahuetería. Considera qué sesito está debajo de aquellas
grandes y delgadas tocas, qué pensamientos so aquellas gorgueras,
so aquel fausto, so aquellas largas y autorizantes ropas. ¡Qué
imperfección, qué albañales debajo de templos pintados! Por ellas
es dicho «arma del diablo, cabeza de pecado, destrucción de
paraíso». ¿No has rezado en la festividad de San Juan, do dice:
«Ésta es la mujer, antigua malicia que a Adán echó de los deleites
de paraíso; ésta el linaje humano metió en el infierno; a ésta
menospreció Elías profeta, etc.»?
CALISTO.- Di, pues ese Adán, ese Salomón, ese David, ese
Aristóteles, ese Virgilio, esos que dices, como se sometieron a
ellas, ¿soy más que ellos?
SEMPRONIO.- A los que las vencieron querría que remedases, que
no a los que de ellas fueron vencidos. Huye de sus engaños. ¿Sabes
qué hacen? Cosas que es difícil entenderlas. No tienen modo, no
razón, no intención; por rigor encomienzan el ofrecimiento que de
sí quieren hacer. A los que meten por los agujeros denuestan en la
calle, convidan, despiden, llaman, niegan, señalan amor,
pronuncian enemiga, ensáñanse presto, apacíguanse luego. Quieren
que adivinen lo que quieren. ¡Oh, qué plaga! ¡Oh, qué enojo! ¡Oh,
qué hastío es conferir con ellas más de aquel breve tiempo que
aparejadas son a deleite!
CALISTO.- ¿Ves? Mientras más me dices y más inconvenientes me
pones, más la quiero. No sé qué es.
SEMPRONIO.- No es este juicio para mozos, según veo, que no se
saben a razón someter, no se saben administrar. Miserable cosa es
pensar ser maestro el que nunca fue discípulo.
CALISTO.- Y tú, ¿qué sabes? ¿Quién te mostró esto?
SEMPRONIO.- ¿Quién? Ellas, que, desde que se descubren, así
pierden la vergüenza, que todo esto y aun más a los hombres
manifiestan. Ponte, pues, en la medida de honra, piensa ser más
digno de lo que te reputas. Que, cierto, peor extremo es dejarse
hombre caer de su merecimiento que ponerse en más alto lugar que
debe.
CALISTO.- Pues, ¿quién yo para eso?
SEMPRONIO.- ¿Quién? Lo primero eres hombre y de claro ingenio;
y más, a quien la natura dotó de los mejores bienes que tuvo.
Conviene a saber, hermosura, gracia, grandeza de miembros, fuerza,
ligereza, y, allende de esto, fortuna medianamente partió contigo
lo suyo en tal cantidad, que los bienes que tienes de dentro con
los de fuera resplandecen. Porque sin los bienes de fuera, de los
cuales la fortuna es señora, a ninguno acaece en esta vida ser
bienaventurado. Y más, a constelación de todos eres amado.
CALISTO.- Pero no de Melibea, y en todo lo que me has gloriado,
Sempronio, sin proporción ni comparación se aventaja Melibea.
¿Miras la nobleza y antigüedad de su linaje, el grandísimo
patrimonio, el excelentísimo ingenio, las resplandecientes
virtudes, la altitud e inefable gracia, la soberana hermosura, de
la cual te ruego me dejes hablar un poco, por que haya algún
refrigerio? Y lo que te dijere será de lo descubierto, que, si de
lo oculto yo hablarte supiera, no nos fuera necesario altercar tan
miserablemente estas razones.
SEMPRONIO.- ¿Qué mentiras y qué locuras dirá ahora este cautivo
de mi amo?
CALISTO.- ¿Cómo es eso?
SEMPRONIO.- Dije que digas, que muy gran placer habré de lo
oír. ¡Así te medre Dios como me será agradable ese sermón!
CALISTO.- ¿Qué?
SEMPRONIO.- ¡Que así me medre Dios como me será gracioso de
oír!
CALISTO.- Pues, por que hayas placer, yo lo figuraré por partes
mucho por extenso.
SEMPRONIO.- ¡Duelos tenemos! Esto es tras lo que yo andaba. De
pasarse habrá ya esta importunidad.
CALISTO.- Comienzo por los cabellos. ¿Ves tú las madejas del
oro delgado que hilan en Arabia? Más lindos son y no resplandecen
menos. Su longura hasta el postrero asiento de sus pies, después
crinados y atados con la delgada cuerda, como ella se los pone, no
ha más menester para convertir los hombres en piedras.
SEMPRONIO.- Más en asnos.
CALISTO.- ¿Qué dices?
SEMPRONIO.- Dije que esos tales no serían cerdas de asno.
CALISTO.- ¡Ved qué torpe y qué comparación!
SEMPRONIO.- ¿Tú cuerdo?
CALISTO.- Los ojos verdes rasgados, las pestañas luengas, las
cejas delgadas y alzadas, la nariz mediana, la boca pequeña, los
dientes menudos y blancos, los labios colorados y grosezuelos, el
torno del rostro poco más luengo que redondo, el pecho alto, la
redondez y forma de las pequeñas tetas, ¿quién te la podría
figurar? ¡Que se despereza el hombre cuando las mira! La tez lisa,
lustrosa, el cuero suyo oscurece la nieve, la color mezclada, cual
ella la escogió para sí.
SEMPRONIO.- ¡En sus trece está este necio!
CALISTO.- Las manos pequeñas en mediana manera, de dulce carne
acompañadas; los dedos luengos; las uñas en ellos largas y
coloradas, que parecen rubíes entre perlas. Aquella proporción,
que ver yo no pude, no sin duda, por el bulto de fuera juzgo
incomparablemente ser mejor que la que Paris juzgó entre las tres
deesas.
SEMPRONIO.- ¿Has dicho?
CALISTO.- Cuan brevemente pude.
SEMPRONIO.- Puesto que sea todo eso verdad, por ser tú hombre
eres más digno.
CALISTO.- ¿En qué?
SEMPRONIO.- ¿En qué? Ella es imperfecta, por el cual defecto
desea y apetece a ti y a otro menor que tú. ¿No has leído el
filósofo do dice «así como la materia apetece a la forma, así la
mujer al varón»?
CALISTO.- ¡Oh triste!, y ¿cuándo veré yo eso entre mí y
Melibea?
SEMPRONIO.- Posible es, y aunque la aborrezcas cuanto ahora la
amas, podrá ser alcanzándola y viéndola con otros ojos libres del
engaño en que ahora estás.
CALISTO.- ¿Con qué ojos?
SEMPRONIO.- Con ojos claros.
CALISTO.- Y ahora, ¿con qué la veo?
SEMPRONIO.- Con ojos de alinde, con que lo poco parece mucho y
lo pequeño grande. Y por que no te desesperes, yo quiero tomar
esta empresa de cumplir tu deseo.
CALISTO.- ¡Oh, Dios te dé lo que deseas, que glorioso me es
oírte aunque no espero que lo has de hacer!
SEMPRONIO.- Antes lo haré cierto.
CALISTO.- Dios te consuele. El jubón de brocado que ayer vestí,
Sempronio, vístelo tú.
SEMPRONIO.- Prospérete Dios por éste y por muchos más que me
darás. De la burla yo me llevo lo mejor. Con todo, si de estos
aguijones me da, traérsela he hasta la cama. ¡Bueno ando! Hácelo
esto que me dio mi amo, que sin merced imposible es obrarse bien
ninguna cosa.
CALISTO.- No seas ahora negligente.
SEMPRONIO.- No lo seas tú, que imposible es hacer siervo
diligente el amo perezoso.
CALISTO.- ¿Cómo has pensado de hacer esta piedad?
SEMPRONIO.- Yo te lo diré. Días ha grandes que conozco en fin
de esta vecindad una vieja barbuda que se dice Celestina,
hechicera, astuta, sagaz en cuantas maldades hay. Entiendo que
pasan de cinco mil virgos los que se han hecho y deshecho por su
autoridad en esta ciudad. A las duras peñas promoverá y provocará
a lujuria si quiere.
CALISTO.- ¿Podríala yo hablar?
SEMPRONIO.- Yo te la traeré hasta acá. Por eso, aparéjate, sele
gracioso, sele franco, estudia, mientras voy yo a le decir tu pena
tan bien como ella te dará el remedio.
CALISTO.- ¿Y tardas?
SEMPRONIO.- Ya voy; quede Dios contigo.
CALISTO.- Y contigo vaya. ¡Oh todopoderoso, perdurable Dios!,
Tú que guías los perdidos y los reyes orientales por el estrella
precedente a Belén trajiste y en su patria los redujiste,
humilmente te ruego que guíes a mi Sempronio, en manera que
convierta mi pena y tristeza en gozo, y yo, indigno, merezca venir
en el deseado fin.
CELESTINA.- ¡Albricias, albricias, Elicia! ¡Sempronio,
Sempronio!
ELICIA.- ¡Ce, ce, ce!
CELESTINA.- ¿Por qué?
ELICIA.- Porque está aquí Crito.
CELESTINA.- ¡Mételo en la camarilla de las escobas! ¡Presto!
Dile que viene tu primo y mi familiar.
ELICIA.- ¡Crito, retráete ahí; mi primo viene, perdida soy!
CRITO.- Pláceme. No te congojes.
SEMPRONIO.- ¡Madre bendita, qué deseo traigo! ¡Gracias a Dios
que te me dejó ver!
CELESTINA.- ¡Hijo mío!, ¡rey mío!, turbado me has. No te puedo
hablar; torna y dame otro abrazo. ¿Y tres días pudiste estar sin
vernos? ¡Elicia, Elicia, cátale aquí!
ELICIA.- ¿A quién, madre?
CELESTINA.- A Sempronio.
ELICIA.- ¡Ay, triste, qué saltos me da el corazón! ¿Y qué es de
él?
CELESTINA.- Vele aquí, vele. Yo me le abrazaré, que no tú.
ELICIA.- ¡Ay, maldito seas, traidor! Postema y landre te mate y
a manos de tus enemigos mueras, y por crímenes dignos de cruel
muerte en poder de rigurosa justicia te veas. ¡Ay, ay!
SEMPRONIO.- ¡Ji, ji, ji! ¿Qué es, mi Elicia?, ¿de qué te
congojas?
ELICIA.- Tres días ha que no me ves. ¡Nunca Dios te vea, nunca
Dios te consuele ni visite! ¡Guay de la triste que en ti tiene su
esperanza y el fin de todo su bien!
SEMPRONIO.- ¡Calla, señora mía! ¿Tú piensas que la distancia
del lugar es poderosa de apartar el entrañable amor, el fuego que
está en mi corazón? Do yo voy, conmigo vas, conmigo estás. No te
aflijas ni me atormentes más de lo que yo he padecido; mas di,
¿qué pasos suenan arriba?
ELICIA.- ¿Quién? Un mi enamorado.
SEMPRONIO.- Pues créolo.
ELICIA.- ¡Alahé, verdad es! Sube allá y verlo has.
SEMPRONIO.- Voy.
CELESTINA.- ¡Anda acá! Deja esa loca, que es liviana y turbada
de tu ausencia. Sácasla ahora de seso; dirá mil locuras. Ven y
hablemos; no dejemos pasar el tiempo en balde.
SEMPRONIO.- Pues, ¿quién está arriba?
CELESTINA.- ¿Quiéreslo saber?
SEMPRONIO.- Quiero.
CELESTINA.- Una moza que me encomendó un fraile.
SEMPRONIO.- ¿Qué fraile?
CELESTINA.- No lo procures.
SEMPRONIO.- Por mi vida, madre, ¿qué fraile?
CELESTINA.- ¿Porfías? El ministro, el gordo.
SEMPRONIO.- ¡Oh, desaventurada, y qué carga espera!
CELESTINA.- Todo lo llevamos. Pocas mataduras has tú visto en
la barriga.
SEMPRONIO.- Mataduras no; mas petreras sí.
CELESTINA.- ¡Ay, burlador!
SEMPRONIO.- Deja; si soy burlador, muéstramela.
ELICIA.- ¡Ah, don malvado! ¿Verla quieres? ¡Los ojos se te
salten, que no basta a ti una ni otra! ¡Anda, vela y deja a mí
para siempre!
SEMPRONIO.- ¡Calla, Dios mío! ¿Y enójaste? Que ni quiero ver a
ella ni a mujer nacida. A mi madre quiero hablar, y quédate a
Dios.
ELICIA.- ¡Anda, anda, vete, desconocido, y está otros tres años
que no me vuelvas a ver!
SEMPRONIO.- Madre mía, bien tendrás confianza y creerás que no
te burlo. Toma el manto y vamos, que por el camino sabrás lo que,
si aquí me tardase en decirte, impediría tu provecho y el mío.
CELESTINA.- Vamos. Elicia, quédate a Dios, cierra la puerta. ¡A
Dios, paredes!
SEMPRONIO.- ¡Oh madre mía! Todas cosas dejadas aparte,
solamente sé atenta e imagina en lo que te dijere. Y no derrames
tu pensamiento en muchas partes, que quien junto en diversos
lugares le pone, en ninguno lo tiene, si no por caso determina lo
cierto. Quiero que sepas de mí lo que no has oído, y es que jamás
pude, después que mi fe contigo puse, desear bien de que no te
cupiese parte.
CELESTINA.- Parta Dios, hijo, de lo suyo contigo, que no sin
causa lo hará, siquiera porque has piedad de esta pecadora de
vieja. Pero di, no te detengas, que la amistad que entre ti y mí
se afirma no ha menester preámbulos, ni correlarios, ni aparejos
para ganar voluntad. Abrevia y ven al hecho, que vanamente se dice
por muchas palabras lo que por pocas se puede entender.
SEMPRONIO.- Así es. Calisto arde en amores de Melibea. De ti y
de mí tiene necesidad. Pues juntos nos ha menester, juntos nos
aprovechemos, que conocer el tiempo y usar el hombre de la
oportunidad hace los hombres prósperos.
CELESTINA.- Bien has dicho, al cabo estoy. Basta para mí mecer
el ojo. Digo que me alegro de estas nuevas como los cirujanos de
los descalabrados. Y como aquellos dañan en los principios las
llagas y encarecen el prometimiento de la salud, así entiendo yo
hacer a Calisto: alargarle he la certinidad del remedio, porque,
como dicen, «el esperanza luenga aflige el corazón» y, cuanto él
la perdiere, tanto se la promete. ¡Bien me entiendes!
SEMPRONIO.- Callemos, que a la puerta estamos y, como dicen,
las paredes han oídos.
CELESTINA.- Llama.
SEMPRONIO.- Ta, ta, ta.
CALISTO.- Pármeno.
PÁRMENO.- Señor.
CALISTO.- ¿No oyes, maldito sordo?
PÁRMENO.- ¿Qué es, señor?
CALISTO.- A la puerta llaman. ¡Corre!
PÁRMENO.- ¿Quién es?
SEMPRONIO.- Abre a mí y a esta dueña.
PÁRMENO.- Señor, Sempronio y una puta vieja alcoholada daban
aquellas porradas.
CALISTO.- ¡Calla, calla, malvado, que es mi tía! ¡Corre, corre,
abre! Siempre lo vi, que por huir hombre de un peligro, cae en
otro mayor. Por encubrir yo este hecho de Pármeno, a quien amor o
fidelidad o temor pusieran freno, caí en indignación de ésta, que
no tiene menor poderío en mi vida que Dios.
PÁRMENO.- ¿Por qué, señor, te matas? ¿Por qué, señor, te
congojas? ¿Y tú piensas que es vituperio en las orejas de ésta el
nombre que la llamé? No lo creas, que así se glorifica en le oír,
como tú cuando dicen «diestro caballero es Calisto». Y demás de
esto es nombrada y por tal título conocida. Si entre cien mujeres
va y alguno dice «¡puta vieja!», sin ningún empacho luego vuelve
la cabeza y responde con alegre cara. En los convites, en las
fiestas, en las bodas, en las cofradías, en los mortuorios, en
todos los ayuntamientos de gentes, con ella pasan tiempo. Si pasa
por los perros, aquello suena su ladrido; si está cerca las aves,
otra cosa no cantan; si cerca los ganados, balando lo pregonan; si
cerca las bestias, rebuznando dicen «¡puta vieja!». Las ranas de
los charcos otra cosa no suelen mentar. Si va entre los herreros,
aquello dicen sus martillos. Carpinteros y armeros, herradores,
caldereros, arcadores, todo oficio de instrumento forma en el aire
su nombre. Cantan los carpinteros, péinanla los peinadores,
tejedores, labradores en las huertas, en las aradas, en las viñas,
en las segadas con ella pasan el afán cotidiano. Al perder en los
tableros, luego suenan sus loores. Todas cosas que son hacen, a
doquiera que ella está, el tal nombre representan. ¡Oh, qué
comedor de huevos asados era su marido! ¡Qué quieres más, sino que
si una piedra topa con otra luego suena «¡puta vieja!»!
CALISTO.- Y tú, ¿cómo lo sabes y la conoces?
PÁRMENO.- Saberlo has. Días grandes son pasados que mi madre,
mujer pobre, moraba en su vecindad, la cual, rogada por esta
Celestina, me dio a ella por sirviente; aunque ella no me conoce
por lo poco que la serví y por la mudanza que la edad ha hecho.
CALISTO.- ¿De qué la servías?
PÁRMENO.- Señor, iba a la plaza y traíale de comer, y
acompañábala, suplía en aquellos menesteres que mi tierna fuerza
bastaba. Pero de aquel poco tiempo que la serví, recogía la nueva
memoria lo que la vieja no ha podido quitar. Tiene esta buena
dueña al cabo de la ciudad, allá cerca de las tenerías, en la
cuesta del río, una casa apartada, medio caída, poco compuesta y
menos abastada. Ella tenía seis oficios; conviene saber:
labrandera, perfumera, maestra de hacer afeites y de hacer virgos,
alcahueta y un poquito hechicera. Era el primero oficio cobertura
de los otros, so color del cual muchas mozas de estas sirvientes
entraban en su casa a labrarse y a labrar camisas y gorgueras, y
otras muchas cosas. Ninguna venía sin torrezno, trigo, harina o
jarro de vino, y de las otras provisiones que podían a sus amas
hurtar; y aun otros hurtillos de más cualidad allí se encubrían.
Asaz era amiga de estudiantes y despenseros y mozos de abades. A
éstos vendía ella aquella sangre inocente de las cuitadillas, la
cual ligeramente aventuraban en esfuerzo de la restitución que
ella les prometía. Subió su hecho a más, que por medio de aquéllas
comunicaba con las más encerradas hasta traer a ejecución su
propósito. Y aquéstas, en tiempo honesto, como estaciones,
procesiones de noche, misas del gallo, misas del alba y otras
secretas devociones, muchas encubiertas vi entrar en su casa. Tras
ellas hombres descalzos, contritos y rebozados, desatacados, que
entraban allí a llorar sus pecados. ¡Qué tráfagos, si piensas,
traía! Hacíase física de niños, tomaba estambre de unas casas,
dábalo a hilar en otras, por achaque de entrar en todas. Las unas,
«¡Madre acá!», las otras, «¡Madre acullá!», «¡Cata la vieja!»,
«¡Ya viene el ama!»; de todos muy conocida. Con todos esos afanes
nunca pasaba sin misa ni vísperas, ni dejaba monasterios de
frailes ni de monjas; esto porque allí hacía ella sus aleluyas y
conciertos. Y en su casa hacía perfumes, falsaba estoraques,
menjuí, animes, ámbar, algalia, polvillos, almizcles, mosquetes.
Tenía una cámara llena de alambiques, de redomillas, de barrilejos
de barro, de vidrio, de arambre, de estaño, hechos de mil
facciones. Hacía solimán, afeite cocido, argentadas, bujeladas,
cerillas, lanillas, unturillas, lustres, lucentores, clarimientes,
albalinos y otras aguas de rostro, de rasuras de gamones, de
corteza de espantalobos, de dragontea, de hieles, de agraz, de
mosto, destiladas y azucaradas. Adelgazaba los cueros con zumos de
limones, con turbino, con tuétano de corzo y de garza y otras
confecciones. Sacaba agua para oler, de rosas, de azahar, de
jazmín, de trébol, de madreselva y clavellinas, mosquetadas y
almizcladas, polvorizadas con vino. Hacía lejías para enrubiar, de
sarmientos, de carrasca, de centeno, de marrubios, con salitre,
con alumbre y milifolia y otras diversas cosas. Y los untos y
mantecas que tenía es hastío de decir: de vaca, de oso, de
caballos y de camellos, de culebra y de conejo, de ballena, de
garza, de alcaraván, de gamo y de gato montés, y de tejón, de
arda, de erizo, de nutria. Aparejos para baños, esto es una
maravilla: de las hierbas y raíces que tenía en el techo de su
casa colgadas, manzanilla y romero, malvaviscos, culantrillo,
coronillas, flor de saúco y de mostaza, espliego y laurel blanco,
tortarosa y gramonilla, flor salvaje e higueruela, pico de oro y
hojatinta. Los aceites que sacaba para el rostro no es cosa de
creer: de estoraque y de jazmín, de limón, de pepitas, de
violetas, de menjuí, de alfócigos, de piñones, de granillo, de
azufaifas, de neguilla, de altramuces, de arvejas y de carillas, y
de hierba pajarera, y un poquillo de bálsamo tenía ella en una
redomilla que guardaba para aquel rascuño que tenía por las
narices. Esto de los virgos, unos hacía de vejiga y otros curaba
de punto. Tenía en un tabladillo, en una cajuela pintada, unas
agujas delgadas de pellejeros e hilos de seda encerados, y
colgadas allí raíces de hojaplasma y fuste sanguino, cebolla
albarrana y cepacaballo. Hacía con esto maravillas que, cuando
vino por aquí el embajador francés, tres veces vendió por virgen
una criada que tenía.
CALISTO.- ¡Así pudiera ciento!
PÁRMENO.- ¡Sí, santo Dios! Y remediaba por caridad muchas
huérfanas y erradas que se encomendaban a ella. Y en otro apartado
tenía para remediar amores y para se querer bien. Tenía huesos de
corazón de ciervo, lengua de víbora, cabezas de codornices, sesos
de asno, tela de caballo, mantillo de niño, haba morisca, guija
marina, soga de ahorcado, flor de hiedra, espina de erizo, pie de
tejón, granos de helecho, la piedra del nido del águila y otras
mil cosas. Venían a ella muchos hombres y mujeres, y a unos
demandaba el pan do mordían; a otros, de su ropa; a otros, de sus
cabellos; a otros, pintaba en la palma letras con azafrán; a
otros, con bermellón; a otros daba unos corazones de cera llenos
de agujas quebradas, y otras cosas en barro y en plomo hechas, muy
espantables al ver. Pintaba figuras, decía palabras en tierra.
¿Quién te podrá decir lo que esta vieja hacía? Y todo era burla y
mentira.
CALISTO.- Bien está, Pármeno, déjalo para más oportunidad. Asaz
soy de ti avisado, téngotelo en gracia. No nos detengamos, que la
necesidad desecha la tardanza. Oye. Aquélla viene rogada, espera
más que debe. Vamos, no se indigne. Yo temo y el temor reduce la
memoria y a la providencia despierta. ¡Sus! Vamos, proveamos. Pero
ruégote, Pármeno, la envidia de Sempronio, que en esto me sirve y
complace, no ponga impedimento en el remedio de mi vida, que si
para él hubo jubón, para ti no faltará sayo. Ni pienses que tengo
en menos tu consejo y aviso que su trabajo y obra, como lo
espiritual sepa yo que precede a lo corporal. Y puesto que las
bestias corporalmente trabajen más que los hombres, por eso son
pensadas y curadas, pero no amigas de ellos. En tal diferencia
serás conmigo en respeto de Sempronio, y so secreto sello,
pospuesto el dominio, por tal amigo a ti me concedo.
PÁRMENO.- Quéjome, señor, de la duda de mi fidelidad y
servicio, por los prometimientos y amonestaciones tuyas. ¿Cuándo
me viste, señor, envidiar, o por ningún interés ni resabio tu
provecho estorcer?
CALISTO.- No te escandalices, que sin duda tus costumbres y
gentil crianza en mis ojos, ante todos los que me sirven, están.
Mas, como en caso tan arduo, do todo mi bien y vida pende, es
necesario proveer, proveo a los acontecimientos, como quiera que
creo que tus buenas costumbres sobre buen natural florecen, como
el buen natural sea principio del artificio. Y no más, si no vamos
a ver la salud.
CELESTINA.- Pasos oigo. Acá desciende. Haz, Sempronio, que no
lo oyes. Escucha y déjame hablar lo que a ti y a mí me conviene.
SEMPRONIO.- Habla.
CELESTINA.- No me congojes ni me importunes, que sobrecargar el
cuidado es aguijar el animal congojoso. Así sientes la pena de tu
amo Calisto que parece que tú eres él y él tú, y que los tormentos
son en un mismo sujeto. Pues cree que yo no vine acá por dejar
este pleito indeciso o morir en la demanda.
CALISTO.- Pármeno, detente. ¡Ce!, escucha qué hablan éstos.
Veamos en qué vivimos. ¡Oh, notable mujer! ¡Oh, bienes mundanos
indignos de ser poseídos de tan alto corazón! ¡Oh, fiel y
verdadero Sempronio! ¿Has visto, mi Pármeno?¿Oíste? ¿Tengo razón?
¿Qué me dices, rincón de mi secreto y consejo y alma mía?
PÁRMENO.- Protestando mi inocencia en la primera sospecha, y
cumpliendo con la fidelidad, porque me concediste, hablaré. Óyeme,
y el afecto no te ensorde ni la esperanza del deleite te ciegue.
Tiémplate y no te apresures, que muchos, con codicia de dar en el
fiel, yerran el blanco. Aunque soy mozo, cosas he visto asaz y el
seso y la vista de las muchas cosas demuestran la experiencia. De
verte o de oírte descender por la escalera parlan lo que éstos
fingidamente han dicho, en cuyas falsas palabras pones el fin de
tu deseo.
SEMPRONIO.- Celestina, ruinmente suena lo que Pármeno dice.
CELESTINA.- Calla, que, para mi santiguada, do vino el asno
vendrá el albarda. Déjame tú a Pármeno, que yo te le haré uno de
nos, y de lo que hubiéremos, démosle parte, que los bienes, si no
son comunicados, no son bienes. Ganemos todos, partamos todos,
holguemos todos. Yo le traeré manso y benigno a picar el pan en el
puño. Y seremos dos a dos y, como dicen, tres al mohíno.
CALISTO.- ¡Sempronio!
SEMPRONIO.- ¿Señor?
CALISTO.- ¿Qué haces, llave de mi vida? Abre. ¡Oh, Pármeno, ya
la veo, sano soy, vivo soy! ¿Miras qué reverenda persona, qué
acatamiento? Por la mayor parte por la fisonomía es conocida la
virtud interior. ¡Oh vejez virtuosa, oh virtud envejecida! ¡Oh
gloriosa esperanza de mi deseado fin! ¡Oh fin de mi deleitosa
esperanza! ¡Oh salud de mi pasión, reparo de mi tormento,
regeneración mía, vivificación de mi vida, resurrección de mi
muerte! Deseo llegar a ti. Codicio besar esas manos llenas de
remedio. La indignidad de mi persona lo embarga. Desde aquí adoro
la tierra que huellas y en reverencia tuya beso.
CELESTINA.- Sempronio, ¡de aquéllas vivo yo! ¡Los huesos que yo
roí piensa este necio de tu amo de darme a comer! Pues ál le
sueño; al freír lo verá. Dile que cierre la boca y comience abrir
la bolsa. De las obras dudo, cuánto más de las palabras. ¡So, que
te estriego, asna coja! ¡Más habías de madrugar!
PÁRMENO.- ¡Guay de orejas que tal oyen! Perdido es quien tras
perdido anda. ¡Oh Calisto, desaventurado, abatido, ciego, y en
tierra está adorando a la más antigua puta tierra, que fregaron
sus espaldas en todos los burdeles! Deshecho es, vencido es, caído
es; no es capaz de ninguna redención, ni consejo, ni esfuerzo.
CALISTO.- ¿Qué decía la madre? ¡Paréceme que pensaba que le
ofrecía palabras por excusar galardón!
SEMPRONIO.- Así lo sentí.
CALISTO.- Pues ven conmigo. Trae las llaves, que yo sanaré su
duda.
SEMPRONIO.- Bien harás. Y luego vamos, que no se debe dejar
crecer la hierba entre los panes ni la sospecha en los corazones
de los amigos, sino limpiarla luego con el escardilla de las
buenas obras.
CALISTO.- Astuto hablas. Vamos y no tardemos.
CELESTINA.- Pláceme, Pármeno, que habemos habido oportunidad
para que conozcas el amor mío contigo y la parte que en mí,
inmérito, tienes. Y digo inmérito por lo que te he oído decir, de
que no hago caso, porque virtud nos amonesta sufrir las
tentaciones y no dar mal por mal. Y especial cuando somos tentados
por mozos y no bien instrutos en lo mundano, en que con necia
lealtad pierdan a sí y a sus amos, como ahora tú a Calisto. Bien
te oí, y no pienses que el oír con los otros exteriores sesos mi
vejez haya perdido, que no sólo lo que veo oigo y conozco, mas aun
lo intrínseco con los intelectuales ojos penetro. Has de saber,
Pármeno, que Calisto anda de amor quejoso. Y no lo juzgues por eso
por flaco, que el amor impervio todas las cosas vence, y sabe, si
no sabes, que dos conclusiones son verdaderas. La primera, que es
forzoso el hombre amar a la mujer, y la mujer al hombre. La
segunda, que el que verdaderamente ama es necesario que se turbe
con la dulzura del soberano deleite, que por el Hacedor de las
cosas fue puesto por que el linaje de los hombres se perpetuase,
sin lo cual perecería. Y no sólo en la humana especie, mas en los
peces, en las bestias, en las aves, en las reptilias. Y en lo
vegetativo, algunas plantas han este respecto, si sin
interposición de otra cosa en poca distancia de tierra están
puestas, en que hay determinación de herbolarios y agricultores
ser machos y hembras. ¿Qué dirás a esto, Pármeno? ¡Neciuelo,
loquito, angelico, perlica, simplecico! ¿Lobitos en tal gesto?
Llégate acá, putico, que no sabes nada del mundo ni de sus
deleites. ¡Más rabia mala me mate si te llego a mí, aunque vieja!
Que la voz tienes ronca, las barbas te apuntan; mal sosegadilla
debes tener la punta de la barriga.
PÁRMENO.- ¡Como cola de alacrán!
CELESTINA.- ¡Y aun peor, que la otra muerde sin hinchar y la
tuya hincha por nueve meses!
PÁRMENO.- ¡Ji, ji, ji!
CELESTINA.- ¿Ríeste, landrecilla, hijo?
PÁRMENO.- Calla, madre, no me culpes, ni me tengas, aunque
mozo, por insipiente. Amo a Calisto porque le debo fidelidad, por
crianza, por beneficios, por ser de él honrado y bien tratado, que
es la mayor cadena que el amor del servidor al servicio del señor
prende, cuanto lo contrario aparta. Véole perdido, y no hay cosa
peor que ir tras deseo sin esperanza de buen fin, y especial
pensando remediar su hecho tan arduo y difícil con vanos consejos
y necias razones de aquel bruto Sempronio, que es pensar sacar
aradores a pala de azadón. No lo puedo sufrir. ¡Dígolo y lloro!
CELESTINA.- Pármeno, ¿tú no ves que es necedad o simpleza
llorar por lo que con llorar no se puede remediar?
PÁRMENO.- Por eso lloro, que, si con llorar fuese posible traer
a mi amo el remedio, tan grande sería el placer de la esperanza
que de gozo no podría llorar; pero así, perdida ya toda la
esperanza, pierdo el alegría y lloro.
CELESTINA.- Lloras sin provecho por lo que llorando estorbar no
podrás ni sanarlo presumas. ¿A otros no ha acontecido esto,
Pármeno?
PÁRMENO.- Sí, pero a mi amo no le querría doliente.
CELESTINA.- No lo es; mas, aunque fuese doliente, podría sanar.
PÁRMENO.- No curo de lo que dices, porque en los bienes mejor
es el acto que la potencia, y en los males mejor la potencia que
el acto. Así que mejor es ser sano que poderlo ser, y mejor es
poder ser doliente que ser enfermo por acto, y, por tanto, es
mejor tener la potencia en el mal que el acto.
CELESTINA.- ¡Oh malvado, como que no se te entiende! ¡Tú no
sientes su enfermedad! ¿Qué has dicho hasta ahora? ¿De qué te
quejas? Pues burla, o di por verdad lo falso y cree lo que
quisieres, que él es enfermo por acto y el poder ser sano es en
mano de esta flaca vieja.
PÁRMENO.- Más de esta flaca puta vieja.
CELESTINA.- ¡Putos días vivas, bellaquillo! Y, ¿cómo te
atreves?
PÁRMENO.- Como te conozco.
CELESTINA.- ¿Quién eres tú?
PÁRMENO.- ¿Quién? Pármeno, hijo de Alberto, tu compadre, que
estuve contigo un poco tiempo, que te me dio mi madre cuando
morabas a la cuesta del río, cerca de las tenerías.
CELESTINA.- ¡Jesú, Jesú, Jesú! ¿Y tú eres Pármeno, hijo de la
Claudina?
PÁRMENO.- ¡Alahé, yo!
CELESTINA.- Pues fuego malo te queme, que tan puta vieja era tu
madre como yo. ¿Por qué me persigues, Pármeno? ¡Él es, él es, por
los santos de Dios! Allégate a mí, ven acá, que mil azotes y
puñadas te dí en este mundo y otros tantos besos. ¿Acuérdaste
cuando dormías a mis pies, loquito?
PÁRMENO.- Sí, en buena fe. Y algunas veces, aunque era niño, me
subías a la cabecera y me apretabas contigo, y porque olías a
vieja, me huía de ti.
CELESTINA.- ¡Mala landre te mate! ¡Y cómo lo dice el
desvergonzado! Dejadas burlas y pasatiempos, oye ahora, mi hijo, y
escucha. Que, aunque a un fin soy llamada, a otro soy venida, y
maguer que contigo me haya hecho de nuevas, tú eres la causa.
Hijo, bien sabes cómo tu madre, que Dios haya, te me dio viviendo
tu padre, el cual, como de mí te fuiste, con otra ansia no murió
sino con la incertidumbre de tu vida y persona, por la cual
ausencia algunos años de su vejez sufrió angustiosa y cuidadosa
vida. Y al tiempo que de ella pasó, envió por mí y en su secreto
te me encargó y me dijo, sin otro testigo sino aquel que es
testigo de todas las obras y pensamientos, y los corazones y
entrañas escudriña, al cual puso entre él y mí, que te buscase y
llegase y abrigase y, cuando de cumplida edad fueses, tal que en
tu vivir supieses tener manera y forma, te descubriese a dónde
dejó encerrada tal copia de oro y plata que basta más que la renta
de tu amo Calisto. Y porque se lo prometí, y con mi promesa llevó
descanso, y la fe es de guardar, más que a los vivos, a los
muertos, que no pueden hacer por sí, en pesquisa y seguimiento
tuyo yo he gastado asaz tiempo y cuantías hasta ahora, que ha
placido a aquel que todos los cuidados tiene y remedia las justas
peticiones y las piadosas obras endereza, que te hallase aquí,
donde solos ha tres días que sé que moras. Sin duda dolor he
sentido porque has por tantas partes vagado y peregrinado, que ni
has habido provecho ni ganado deudo ni amistad. Que, como Séneca
dice, «los peregrinos tienen muchas posadas y pocas amistades»,
porque en breve tiempo con ninguno pueden firmar amistad. Y el que
está en muchos cabos está en ninguno, ni puede aprovechar el
manjar a los cuerpos que en comiendo se lanza, ni hay cosa que más
la sanidad impida que la diversidad y mudanza y variación de los
manjares. Y nunca la llaga viene a cicatrizar en la cual muchas
melecinas se tientan. Ni convalece la planta que muchas veces es
traspuesta. Y no hay cosa tan provechosa, que en llegando
aproveche. Por tanto, mi hijo, deja los ímpetus de la juventud y
tórnate con la doctrina de tus mayores a la razón. Reposa en
alguna parte, y ¿dónde mejor que en mi voluntad, en mi ánimo, en
mi consejo, a quien tus padres te remetieron? Y yo así, como
verdadera madre tuya, te digo, so las maldiciones que tus padres
te pusieron si me fueses inobediente, que por el presente sufras y
sirvas a este tu amo que procuraste, hasta en ello haber otro
consejo mío. Pero no con necia lealtad, proponiendo firmeza sobre
lo movible, como son estos señores de este tiempo. Y tú gana
amigos, que es cosa durable, ten con ellos constancia, no vivas en
flores, deja los vanos prometimientos de los señores, los cuales
desechan la sustancia de sus sirvientes con huecos y vanos
prometimientos. Como la sanguijuela saca la sangre, desagradecen,
injurian, olvidan servicios, niegan galardón. ¡Guay de quien en
palacio envejece! Como se escribe de la probática piscina, que de
ciento que entraban sanaba uno. Estos señores de este tiempo más
aman a sí que a los suyos, y no yerran; los suyos igualmente lo
deben hacer. Perdidas son las mercedes, las magnificencias, los
actos nobles; cada uno de éstos cautiva y mezquinamente procura su
interés con los suyos. Pues aquéllos no deben menos hacer, como
sean en facultades menores, sino vivir a su ley. Dígolo, hijo
Pármeno, porque este tu amo, como dicen, me parece rompenecios: de
todos se quiere servir sin merced. Mira bien, créeme, en su casa
cobra amigos, que es el mayor precio mundano, que con él no
pienses tener amistad, como por la diferencia de los estados o
condiciones pocas veces contezca. Caso es ofrecido, como sabes, en
que todos medremos y tú por el presente te remedies. Que lo ál que
te he dicho, guardado te está a su tiempo. Y mucho te aprovecharás
siendo amigo de Sempronio.
PÁRMENO.- Celestina, todo tremo en oírte. No sé qué haga,
perplejo estoy. Por una parte, téngote por madre; por otra, a
Calisto por amo. Riqueza deseo, pero quien torpemente sube a lo
alto, más aína cae que subió. No querría bienes mal ganados.
CELESTINA.- Yo sí. A tuerto o a derecho, nuestra casa hasta el
techo.
PÁRMENO.- Pues yo con ellos no viviría contento y tengo por
honesta cosa la pobreza alegre. Y aun más te digo, que no los que
poco tienen son pobres, mas los que mucho desean. Y por esto,
aunque más digas, no te creo en esta parte. Querría pasar la vida
sin envidia, los yermos y aspereza sin temor, el sueño sin
sobresalto, las injurias con respuesta, las fuerzas sin denuesto,
las premias con resistencia.
CELESTINA.- ¡Oh, hijo!, bien dicen que la prudencia no puede
ser sino en los viejos, y tú mucho mozo eres.
PÁRMENO.- Mucho segura es la mansa pobreza.
CELESTINA.- Mas di, como mayor, que la fortuna ayuda a los
osados. Y demás de esto, ¿quién es, que tenga bienes en la
república, que escoja vivir sin amigos? Pues, loado Dios, ¿bienes
tienes y no sabes que has menester amigos para los conservar? Y no
pienses que tu privanza con este señor te hace seguro, que cuanto
mayor es la fortuna, tanto es menos segura. Y tanto en los
infortunios el remedio es a los amigos. Y, ¿a dónde puedes ganar
mejor este deudo que donde las tres maneras de amistad concurren?
Conviene a saber, por bien, y provecho, y deleite. Por bien, mira
la voluntad de Sempronio conforme a la tuya y la gran similitud
que tú y él en la virtud tenéis. Por provecho, en la mano está si
sois concordes. Por deleite, semejable es, como seáis en edad
dispuestos para todo linaje de placer, en que más los mozos que
los viejos se juntan, así como para jugar, para vestir, para
burlar, para comer y beber, para negociar amores juntos de
compañía. ¡Oh, si quisieses, Pármeno, qué vida gozaríamos!
Sempronio ama a Elicia, prima de Areúsa.
PÁRMENO.- ¿De Areúsa?
CELESTINA.- De Areúsa.
PÁRMENO.- ¿De Areúsa, hija de Eliso?
CELESTINA.- De Areúsa, hija de Eliso.
PÁRMENO.- ¿Cierto?
CELESTINA.- Cierto.
PÁRMENO.- Maravillosa cosa es.
CELESTINA.- Pero, ¿bien te parece?
PÁRMENO.- No cosa mejor.
CELESTINA.- Pues tu buena dicha quiere, aquí está quien te la
dará.
PÁRMENO.- Mi fe, madre, no creo a nadie.
CELESTINA.- Extremo es creer a todos y yerro no creer a
ninguno.
PÁRMENO.- Digo que te creo, pero no me atrevo. Déjame.
CELESTINA.- ¡Oh mezquino! De enfermo corazón es no poder sufrir
el bien. Da Dios habas a quien no tiene quijadas. ¡Oh simple!,
dirás que adonde hay mayor entendimiento hay menor fortuna. Y
donde más discreción, allí es menor la fortuna. Dichas son.
PÁRMENO.- ¡Oh Celestina!, oído he a mis mayores que un ejemplo
de lujuria o avaricia mucho mal hace, y que con aquéllos debe
hombre conversar que le hagan mejor, y aquéllos dejar a quien él
mejores piensa hacer. Y Sempronio en su ejemplo no me hará mejor,
ni yo a él sanaré su vicio. Y puesto que yo a lo que dices me
incline, sólo yo querría saberlo, porque a lo menos por el ejemplo
fuese oculto el pecado. Y si hombre vencido del deleite va contra
la virtud, no se atreve a la honestad.
CELESTINA.- Sin prudencia hablas, que de ninguna cosa es alegre
posesión sin compañía. No te retraigas ni amargues, que la natura
huye lo triste y apetece lo delectable. El deleite es con los
amigos en las cosas sensuales, y especial en recontar las cosas de
amores y comunicarlas: «Esto hice, esto otro me dijo, tal donaire
pasamos, de tal manera la tomé, así la besé, así me mordió, así la
abracé, así se allegó. ¡Oh qué habla, qué gracia!, ¡oh qué
juegos!, ¡oh qué besos! Vamos allá, volvamos acá, ande la música,
pintemos los motes, cante canciones, invenciones y justemos. ¿Qué
cimera sacaremos, o qué letra? Ya va a la misa, mañana saldrá,
rondemos su calle, mira su carta, vamos de noche, tenme el escala,
aguarda a la puerta. ¿Cómo te fue? Cata el cornudo, sola la deja.
Dale otra vuelta. Tornemos allá». Y para esto, Pármeno, ¿hay
deleite sin compañía? ¡Alahé, alahé! La que las sabe las tañe,
éste es el deleite; que lo ál, mejor lo hacen los asnos en el
prado.
PÁRMENO.- No querría, madre, me convidases a consejo con
amonestación de deleite, como hicieron los que, careciendo de
razonable fundamento, opinando hicieron sectas envueltas en dulce
veneno para captar y tomar las voluntades de los flacos, y con
polvos de sabroso afecto cegaron los ojos de la razón.
CELESTINA.- ¿Qué es razón, loco? ¿Qué es afecto, asnillo? La
discreción que no tienes lo determina; y de la discreción mayor es
la prudencia; y la prudencia no puede ser sin experimento; y la
experiencia no puede ser más que en los viejos; y los ancianos
somos llamados padres; y los buenos padres bien aconsejan a sus
hijos, y especial yo a ti, cuya vida y honra más que la mía deseo.
Y, ¿cuándo me pagarás tú esto? Nunca, pues a los padres y a los
maestros no puede ser hecho servicio igualmente.
PÁRMENO.- Todo me recelo, madre, de recibir dudoso consejo.
CELESTINA.- ¿No quieres? Pues decirte he lo que dice el sabio:
«Al varón que con dura cerviz al que le castiga menosprecia,
arrebatado quebrantamiento le vendrá y sanidad ninguna le
conseguirá». Y así, Pármeno, me despido de ti y de este negocio.
PÁRMENO.- Ensañada está mi madre. Duda tengo en su consejo:
yerro es no creer y culpa creerlo todo. Mas humano es confiar,
mayormente en ésta que interés promete, a do provecho no puede
allende de amor conseguir. Oído he que debe hombre a sus mayores
creer. Ésta, ¿qué me aconseja? Paz con Sempronio; la paz no se
debe negar, que bienaventurados son los pacíficos, que hijos de
Dios serán llamados. Amor no se debe rehuir. Caridad a los
hermanos, interés pocos le apartan, pues quiérola complacer y oír.
Madre, no se debe ensañar el maestro de la ignorancia del
discípulo; si no raras veces, por la ciencia, que es de su natural
comunicable y en pocos lugares, se podría infundir. Por eso,
perdóname, háblame, que no sólo quiero oírte y creerte, mas en
singular merced recibir tu consejo. Y no me lo agradezcas, pues el
loor y las gracias de la acción, más al dante que no al recibiente
se deben dar. Por eso, manda, que a tu mandado mi consentimiento
se humilla.
CELESTINA.- De los hombres es errar y bestial es la porfía. Por
ende, gózome, Pármeno, que hayas limpiado las turbias telas de tus
ojos y respondido al reconocimiento, discreción e ingenio sutil de
tu padre, cuya persona, ahora representada en mi memoria,
enternece los ojos piadosos por do tan abundantes lágrimas ves
derramar. Algunas veces duros propósitos, como tú, defendía, pero
luego tornaba a lo cierto. En Dios y en mi ánima, que en ver ahora
lo que has porfiado y cómo a la verdad eres reducido, no parece
sino que vivo le tengo delante. ¡Oh qué persona! ¡Oh qué hartura!
¡Oh qué cara tan venerable! Pero callemos, que se acerca Calisto y
tu nuevo amigo Sempronio, con quien tu conformidad para más
oportunidad dejo, que dos en un corazón viviendo son más poderosos
de hacer y de entender.
CALISTO.- Duda traigo, madre, según mis infortunios, de
hallarte viva. Pero más es maravilla, según el deseo, de cómo
llego vivo. Recibe la dádiva pobre de aquel que con ella la vida
te ofrece.
CELESTINA.- Como en el oro muy fino labrado por la mano del
sutil artífice la obra sobrepuja a la materia, así se aventaja a
tu magnífico dar la gracia y forma de tu dulce liberalidad. Y, sin
duda, la presta dádiva su efecto ha doblado, porque la que tarda
el prometimiento muestra negar y arrepentirse del don prometido.
PÁRMENO.- ¿Qué le dio, Sempronio?
SEMPRONIO.- Cien monedas en oro.
PÁRMENO.- ¡Ji, ji, ji!
SEMPRONIO.- ¿Habló contigo la madre?
PÁRMENO.- Calla, que sí.
SEMPRONIO.- Pues, ¿cómo estamos?
PÁRMENO.- Como quisieres, aunque estoy espantado.
SEMPRONIO.- Pues calla, que yo te haré espantar dos tanto.
PÁRMENO.- ¡Oh Dios! No hay pestilencia más eficaz que el
enemigo de casa para empecer.
CALISTO.- Ve ahora, madre, y consuela tu casa; y después ven,
consuela la mía; y luego.
CELESTINA.- Quede Dios contigo.
CALISTO.- Y Él te me guarde.
Acto II
ARGUMENTO DEL SEGUNDO ACTO
Partida Celestina de Calisto para su casa, queda Calisto
hablando con Sempronio, criado suyo; al cual, como quien en alguna
esperanza puesto está, todo aguijar le parece tardanza. Envía de
sí a Sempronio a solicitar a Celestina para el concebido negocio.
Quedan entretanto Calisto y Pármeno juntos razonando.
CALISTO, PÁRMENO, SEMPRONIO.
CALISTO.- Hermanos míos, cien monedas dí a la madre. ¿Hice
bien?
SEMPRONIO.- ¡Ay, sí hiciste bien! Allende de remediar tu vida,
ganaste muy gran honra. ¿Y para qué es la fortuna favorable y
próspera, sino para servir a la honra, que es el mayor de los
mundanos bienes? Que esto es premio y galardón de la virtud, y por
eso la damos a Dios, porque no tenemos mayor cosa que le dar, la
mayor parte de la cual consiste en la liberalidad y franqueza. A
ésta los duros tesoros comunicables la oscurecen y pierden, y la
magnificencia y liberalidad la ganan y subliman. ¿Qué aprovecha
tener lo que se niega aprovechar? Sin duda te digo que mejor es el
uso de las riquezas que la posesión de ellas. ¡Oh qué glorioso es
el dar! ¡Oh qué miserable es el recibir! Cuanto es mejor el acto
que la posesión, tanto es más noble el dante que el recibiente.
Entre los elementos, el fuego, por ser más activo, es más noble, y
en las esferas puesto en más noble lugar. Y dicen algunos que la
nobleza es una alabanza que proviene de los merecimientos y
antigüedad de los padres. Yo digo que la ajena luz nunca te hará
claro si la propia no tienes. Y, por tanto, no te estimes en la
claridad de tu padre, que tan magnífico fue, sino en la tuya. Y
así se gana la honra, que es el mayor bien de los que son fuera de
hombre. De lo cual no el malo, mas el bueno, como tú, es digno que
tenga perfecta virtud. Y aun te digo que la virtud perfecta no
pone que sea hecho condigno honor. Por ende, goza de haber sido
así magnífico y liberal, y de mi consejo tórnate a la cámara y
reposa, pues que tu negocio en tales manos está depositado. De
donde ten por cierto, pues el comienzo llevó bueno, el fin será
muy mejor. Y vamos luego, porque sobre este negocio quiero hablar
contigo más largo.
CALISTO.- Sempronio, no me parece buen consejo quedar yo
acompañado y que váyase aquella que busca el remedio de mi mal.
Mejor será que vayas con ella y la aquejes, pues sabes que de su
diligencia pende mi salud, de su tardanza mi pena, de su olvido mi
desesperanza. Sabido eres, fiel te siento, por buen criado te
tengo. Haz de manera que en sólo verte ella a ti juzgue la pena
que a mí queda y fuego que me atormenta, cuyo ardor me causó no
poder mostrarle la tercia parte de esta mi secreta enfermedad,
según tiene mi lengua y sentido ocupados y consumidos. Tú, como
hombre libre de tal pasión, hablarla has a rienda suelta.
SEMPRONIO.- Señor, querría ir por cumplir tu mandado, querría
quedar por aliviar tu cuidado. Tu temor me aqueja, tu soledad me
detiene. Quiero tomar consejo con la obediencia, que es ir y dar
prisa a la vieja. Mas, ¿cómo iré? Que, en viéndote solo, dices
desvaríos de hombre sin seso, suspirando, gimiendo, maltrovando,
holgando con lo oscuro, deseando soledad, buscando nuevos modos de
pensativo tormento, donde, si perseveras, o de muerto o loco no
podrás escapar, si siempre no te acompaña quien te allegue
placeres, diga donaires, tanga canciones alegres, cante romances,
cuente historias, pinte motes, finja cuentos, juegue a naipes,
arme mates, finalmente, que sepa buscar todo género de dulce
pasatiempo para no dejar trasponer tu pensamiento en aquellos
crueles desvíos que recibiste de aquella señora en el primer
trance de tus amores.
CALISTO.- ¿Cómo, simple? ¿No sabes que alivia la pena llorar la
causa? ¡Cuánto es dulce a los tristes quejar su pasión! ¡Cuánto
descanso traen consigo los quebrantados suspiros! ¡Cuánto relevan
y disminuyen los lagrimosos gemidos el dolor! Cuantos escribieron
consuelos no dicen otra cosa.
SEMPRONIO.- Lee más adelante, vuelve la hoja. Hallarás que
dicen que fiar en lo temporal y buscar materia de tristeza, que es
igual género de locura. Y aquel Macías, ídolo de los amantes, del
olvido porque le olvidaba se queja. En el contemplar ésta es la
pena de amor, en el olvidar el descanso. Huye de tirar coces al
aguijón, finge alegría y consuelo y serlo ha. Que muchas veces la
opinión trae las cosas donde quiere, no para que mude la verdad,
pero para moderar nuestro sentido y regir nuestro juicio.
CALISTO.- Sempronio, amigo, pues tanto sientes mi soledad,
llama a Pármeno y quedará conmigo. Y de aquí adelante sé, como
sueles, leal, que en servicio del criado está el galardón del
señor.
PÁRMENO.- Aquí estoy, señor.
CALISTO.- Yo no, pues no te veía. No te partas de ella,
Sempronio, ni me olvides a mí, y ve con Dios. Tú, Pármeno, ¿qué te
parece de lo que hoy ha pasado? Mi pena es grande, Melibea alta,
Celestina sabia y buena maestra de estos negocios. No podemos
errar. Tú me la has aprobado con toda tu enemistad. Yo te creo,
que tanta es la fuerza de la verdad que las lenguas de los
enemigos trae a su mandar. Así que, pues ella es tal, más quiero
dar a ésta cien monedas que a otra cinco.
PÁRMENO.- ¿Ya lloras? ¡Duelos tenemos! En casa se habrán de
ayunar estas franquezas.
CALISTO.- Pues pido tu parecer, seme agradable, Pármeno. No
abajes la cabeza al responder. Mas como la envidia es triste, la
tristeza sin lengua, puede más contigo su voluntad que mi temor.
¿Qué dijiste, enojoso?
PÁRMENO.- Digo, señor, que irían mejor empleadas tus franquezas
en presentes y servicios a Melibea, que no dar dineros a aquella
que yo me conozco y, lo que peor es, hacerte su cautivo.
CALISTO.- ¿Cómo, loco, su cautivo?
PÁRMENO.- Porque a quien dices el secreto das tu libertad.
CALISTO.- Algo dice el necio, pero quiero que sepas que, cuando
hay mucha distancia del que ruega al rogado, o por gravedad de
obediencia, o por señorío de estado, o esquividad de género, como
entre esta mi señora y mí, es necesario intercesor o medianero que
suba de mano en mano mi mensaje hasta los oídos de aquella a quien
yo segunda vez hablar tengo por imposible. Y pues que así es, dime
si lo hecho apruebas.
PÁRMENO.- ¡Apruébelo el diablo!
CALISTO.- ¿Qué dices?
PÁRMENO.- Digo, señor, que nunca yerro vino desacompañado y que
un inconveniente es causa y puerta de muchos.
CALISTO.- El dicho yo le apruebo; el propósito no entiendo.
PÁRMENO.- Señor, porque perderse el otro día el neblí fue causa
de tu entrada en la huerta de Melibea a le buscar, la entrada
causa de la ver y hablar; la habla engendró amor; el amor parió tu
pena; la pena causará perder tu cuerpo y alma y hacienda. Y lo que
más de ello siento es venir a manos de aquella trotaconventos,
después de tres veces emplumada.
CALISTO.- ¡Así, Pármeno, di más de eso, que me agrada! Pues
mejor me parece cuanto más la desalabas. Cumpla conmigo y
emplúmenla la cuarta. Desentido eres, sin pena hablas; no te duele
donde a mí, Pármeno.
PÁRMENO.- Señor, más quiero que airado me reprehendas porque te
doy enojo, que arrepentido me condenes porque no te dí consejo,
pues perdiste el nombre de libre cuando cautivaste tu voluntad.
CALISTO.- ¡Palos querrá este bellaco! Di, mal criado, ¿por qué
dices mal de lo que yo adoro? Y tú, ¿qué sabes de honra? Dime,
¿qué es amor?, ¿en qué consiste buena crianza, que te me vendes
por discreto? ¿No sabes que el primer escalón de locura es creer
ser esciente? Si tú sintieses mi dolor, con otra agua rociarías
aquella ardiente llaga que la cruel flecha de Cupido me ha
causado. Cuanto remedio Sempronio acarrea con sus pies, tanto
apartas tú con tu lengua, con tus vanas palabras, fingiéndote
fiel. Eres un terrón de lisonja, bote de malicias, el mismo mesón
y aposentamiento de la envidia, que, por difamar la vieja, a
tuerto o a derecho pones en mis amores desconfianza, sabiendo que
esta mi pena y fluctuoso dolor no se rige por razón, no quiere
avisos, carece de consejo y, si alguno se le diere, tal que no
aparte ni desgozne lo que sin las entrañas no podrá despegarse.
Sempronio temió su ida y tu quedada. Yo quíselo todo y así me
padezco el trabajo de su ausencia y tu presencia. Valiera más solo
que mal acompañado.
PÁRMENO.- Señor, flaca es la fidelidad que temor de pena la
convierte en lisonja, mayormente con señor a quien dolor y afición
priva y tiene ajeno de su natural juicio. Quitarse ha el velo de
la ceguedad; pasarán estos momentáneos fuegos; conocerás mis agras
palabras ser mejores para matar este fuerte cáncer que las blandas
de Sempronio, que lo ceban, atizan tu fuego, avivan tu amor,
encienden tu llama, añaden astillas que tenga que gastar, hasta
ponerte en la sepultura.
CALISTO.- ¡Calla, calla, perdido! Estoy yo penando y tú
filosofando. No te espero más. Saquen un caballo, límpienle mucho,
aprieten bien la cincha, porque si pasare por casa de mi señora y
mi Dios...
PÁRMENO.- ¡Mozos! ¿No hay mozo en casa? Yo me lo habré de
hacer, que a peor vendremos de esta vez que ser mozos de espuelas.
¡Andar!, ¡pase! Mal me quieren mis comadres, etc. ¿Relincháis, don
caballo? ¿No basta un celoso en casa o barruntáis a Melibea?
CALISTO.- ¿Viene ese caballo? ¿Qué haces, Pármeno?
PÁRMENO.- Señor, vesle aquí, que no está Sosia en casa.
CALISTO.- Pues ten ese estribo, abre más esa puerta y, si
viniere Sempronio con aquella señora, di que esperen, que presto
será mi vuelta.
PÁRMENO.- ¡Mas nunca sea! ¡Allá irás con el diablo! A estos
locos decidles lo que les cumple, no os podrán ver. ¡Por mi ánima,
que si ahora le diese una lanzada en el calcañar, que saliesen más
sesos que de la cabeza! Pues anda, que a mi cargo ¡que Celestina y
Sempronio te espulguen! ¡Oh desdichado de mí! Por ser leal padezco
mal. Otros se ganan por malos; yo me pierdo por bueno: ¡El mundo
es tal! Quiero irme al hilo de la gente, pues a los traidores
llaman discretos, a los fieles necios. Si creyera a Celestina con
sus seis docenas de años a cuestas, no me maltratara Calisto. Mas
esto me pondrá escarmiento de aquí adelante con él. Que si dijere
«comamos», yo también; si quisiere derrocar la casa, aprobarlo; si
quemar su hacienda,ir por fuego. ¡Destruya, rompa, quiebre, dañe,
dé a alcahuetas lo suyo, que mi parte me cabrá, pues dicen «a río
vuelto ganancia de pescadores»! ¡Nunca más perro a molino!
Acto III
ARGUMENTO DEL TERCER ACTO
Sempronio vase a casa de Celestina, a la cual reprehende por la
tardanza. Pónense a buscar qué manera tomen en el negocio de
Calisto con Melibea. En fin sobreviene Elicia. Vase Celestina a
casa de Pleberio. Queda Sempronio y Elicia en casa.
SEMPRONIO, CELESTINA, ELICIA.
SEMPRONIO.- ¡Qué espacio lleva la barbuda! ¡Menos sosiego
traían sus pies a la venida! A dineros pagados, brazos quebrados.
¡Ce, señora Celestina, poco has aguijado!
CELESTINA.- ¿A qué vienes, hijo?
SEMPRONIO.- Este nuestro enfermo no sabe qué pedir. De sus
manos no se contenta, no se le cuece el pan, teme tu negligencia,
maldice su avaricia y cortedad porque te dio tan poco dinero.
CELESTINA.- No es cosa más propia del que ama que la
impaciencia. Toda tardanza les es tormento, ninguna dilación les
agrada. En un momento querrían poner en efecto sus cogitaciones.
Antes las querrían ver concluidas que empezadas. Mayormente estos
novicios amantes que contra cualquier señuelo vuelan sin
deliberación, sin pensar el daño que el cebo de su deseo trae
mezclado en su ejercicio y negociación para sus personas y
sirvientes.
SEMPRONIO.- ¿Qué dices de sirvientes? ¿Parece por tu razón que
nos puede venir a nosotros daño de este negocio y quemarnos con
las centellas que resultan de este fuego de Calisto? ¡Aun al
diablo daría yo sus amores! Al primer desconcierto que vea en este
negocio, no como más su pan. Más vale perder lo servido que la
vida por cobrarlo. El tiempo me dirá qué haga, que, primero que
caiga del todo, dará señal como casa que se acuesta. Si te parece,
madre, guardemos nuestras personas de peligro. Hágase lo que se
hiciere; si la hubiere, hogaño; si no, a otro; si no, nunca, que
no hay cosa tan difícil de sufrir en sus principios que el tiempo
no la ablande y haga comportable. Ninguna llaga tanto se sintió
que por luengo tiempo no aflojase su tormento, ni placer tan
alegre fue que no le amengüe su antigüedad. El mal y el bien, la
prosperidad y adversidad, la gloria y pena, todo pierde con el
tiempo la fuerza de su acelerado principio. Pues los casos de
admiración y venidos con gran deseo, tan presto como pasados,
olvidados. Cada día vemos novedades y las oímos, y las pasamos y
dejamos atrás. Disminúyelas el tiempo, hácelas contingibles. ¿Qué
tanto te maravillarías si dijesen «la tierra tembló» u otra
semejante cosa que no olvidases luego, así como «helado está el
río», «el ciego ve ya», «muerto es tu padre», «un rayo cayó»,
«ganada es Granada», «el Rey entra hoy», «el Turco es vencido»,
«eclipse hay mañana», «la puente es llevada», «aquél es ya
obispo», «a Pedro robaron», «Inés se ahorcó»...? ¿Qué me dirás,
sino que, a tres días pasados o a la segunda vista, no hay quien
de ello se maraville? Todo es así, todo pasa de esta manera, todo
se olvida, todo queda atrás. Pues así será este amor de mi amo;
cuanto más fuere andando, tanto más disminuyendo, que la costumbre
luenga amansa los dolores, afloja y deshace los deleites,
desmengua las maravillas. Procuremos provecho mientras pendiente
la contienda. Y si a pie enjuto le pudiéremos remediar lo mejor,
mejor es. Y si no, poco a poco le soldaremos el reproche o
menosprecio de Melibea contra él. Donde no, más vale que pene el
amo que no que peligre el mozo.
CELESTINA.- Bien has dicho. Contigo estoy, agradado me has. No
podemos errar, pero todavía, hijo, es necesario que el buen
procurador ponga de su casa algún trabajo, algunas fingidas
razones, algunos sofísticos actos: ir y venir a juicio, aunque
reciba malas palabras del juez. Siquiera por los presentes que lo
vieren, no digan que se gana holgando el salario. Y así vendrá
cada uno a él con pleito y a Celestina con sus amores.
SEMPRONIO.- Haz a tu voluntad, que no será éste el primero
negocio que has tomado a cargo.
CELESTINA.- ¿El primero, hijo?, pocas vírgenes, a Dios gracias,
has tú visto en esta ciudad que hayan abierto tienda a vender de
quien yo no haya sido corredora de su primer hilado. En naciendo
la muchacha, la hago escribir en mi registro, y esto para saber
cuántas se me salen de la red. ¿Qué pensabas, Sempronio? ¿Habíame
de mantener del viento? ¿Heredé otra herencia? ¿Tengo otra casa o
viña? ¿Conócesme otra hacienda más de este oficio de que como y
bebo, de que visto y calzo? En esta ciudad nacida, en ella criada,
manteniendo honra, como todo el mundo sabe, ¿conocida, pues, no
soy? Quien no supiere mi nombre y mi casa, tenle por extranjero.
SEMPRONIO.- Dime, madre, ¿qué pasaste con mi compañero Pármeno
cuando subí con Calisto por el dinero?
CELESTINA.- Díjele el sueño y la soltura, y cómo ganaría más
con nuestra compañía que con las lisonjas que dice a su amo; cómo
viviría siempre pobre y baldonado si no mudaba el consejo; que no
se hiciese santo a tal perra como yo. Acordele quién era su madre,
por que no menospreciase mi oficio; porque queriendo de mí decir
mal, tropezase primero en ella.
SEMPRONIO.- ¿Tantos días ha que le conoces, madre?
CELESTINA.- Aquí está Celestina, que le vio nacer y le ayudó a
criar. Su madre y yo, uña y carne; de ella aprendí todo lo mejor
que sé de mi oficio. Juntas comíamos, juntas dormíamos, juntas
habíamos nuestros solaces, nuestros placeres, nuestros consejos y
conciertos. En casa y fuera, como dos hermanas; nunca blanca gané
en que no tuviese su mitad. Pero no vivía yo engañada, si mi
fortuna quisiera que ella me durara. ¡Oh muerte, muerte! ¡A
cuántos privas de agradable compañía! ¡A cuántos desconsuela tu
enojosa visitación! Por uno que comes con tiempo, cortas mil en
agraz. Que siendo ella viva, no fueran estos mis pasos
desacompañados. ¡Buen siglo haya, que leal amiga y buena compañera
me fue! Que jamás me dejó hacer cosa en mi cabo estando ella
presente. Si yo traía el pan, ella la carne. Si yo ponía la mesa,
ella los manteles. No loca, no fantástica ni presuntuosa, como las
de ahora. En mi ánima, descubierta se iba hasta el cabo de la
ciudad con su jarro en la mano, que en todo el camino no oía peor
de «señora Claudina». Y a osadas que otra conocía peor el vino y
cualquier mercaduría. Cuando pensaba que no era llegada, era de
vuelta. Allá la convidaban, según el amor todos le tenían, que
jamás volvía sin ocho o diez gustaduras, un azumbre en el jarro y
otro en el cuerpo. Así le fiaban dos o tres arrobas en veces, como
sobre una taza de plata. Su palabra era prenda de oro en cuantos
bodegones había. Si íbamos por la calle, dondequiera que
hubiésemos sed, entrábamos en la primera taberna; luego mandaba
echar medio azumbre para mojar la boca, mas a mi cargo que no le
quitaron la toca por ello, sino cuanto la rayaban en su taja, y
andar adelante. Si tal fuese ahora su hijo, a mi cargo que tu amo
quedase sin pluma y nosotros sin queja. Pero yo lo haré de mi
fierro si vivo; yo le contaré en el número de los míos.
SEMPRONIO.- ¿Cómo has pensado hacerlo, que es un traidor?
CELESTINA.- A ese tal, dos alevosos. Harele haber a Areúsa.
Será de los nuestros. Darnos ha lugar a tender las redes sin
embarazo por aquellas doblas de Calisto.
SEMPRONIO.- Pues, ¿crees que podrás alcanzar algo de Melibea?
¿Hay algún buen ramo?
CELESTINA.- No hay cirujano que a la primera cura juzgue la
herida. Lo que yo al presente veo te diré. Melibea es hermosa,
Calisto loco y franco. Ni a él penará gastar ni a mí andar. ¡Bulla
moneda y dure el pleito lo que durare! Todo lo puede el dinero:
las peñas quebranta, los ríos pasa en seco. No hay lugar tan alto
que un asno cargado de oro no lo suba. Su desatino y ardor basta
para perder a sí y ganar a nosotros. Esto he sentido, esto he
calado, esto sé de él y de ella, esto es lo que nos ha de
aprovechar. A casa voy de Pleberio. Quédate. Adiós. Que, aunque
esté brava Melibea, no es ésta, si a Dios ha placido, la primera a
quien yo he hecho perder el cacarear. Cosquillosicas son todas;
mas, después que una vez consienten la silla en el envés del lomo,
nunca querrían holgar. Por ellas queda el campo. Muertas, sí;
cansadas, no. Si de noche caminan, nunca querrían que amaneciese.
Maldicen los gallos porque anuncian el día y el reloj porque da
tan aprisa. Requieren las Cabrillas y el Norte, haciéndose
estrelleras. Ya, cuando ven salir el lucero del alba, quiéreseles
salir el alma: su claridad les oscurece el corazón. Camino es,
hijo, que nunca me harté de andar. Nunca me vi cansada. Y aun así,
vieja como soy, sabe Dios mi buen deseo; cuánto más éstas que
hierven sin fuego. Cautívanse del primer abrazo, ruegan a quien
rogó, penan por el penado, hácense siervas de quien eran señoras,
dejan el mando y son mandadas, rompen paredes, abren ventanas,
fingen enfermedades, a los chirriadores quicios de las puertas
hacen con aceites usar su oficio sin ruido. No te sabré decir lo
mucho que obra en ellas aquel dulzor que les queda de los primeros
besos de quien aman. Son enemigas del medio; contino están posadas
en los extremos.
SEMPRONIO.- No te entiendo esos términos, madre.
CELESTINA.- Digo que la mujer o ama mucho a aquel de quien es
requerida o le tiene grande odio. Así que, si al querer, despiden,
no pueden tener las riendas al desamor. Y con esto, que sé cierto,
voy más consolada a casa de Melibea que si en la mano la tuviese.
Porque sé que, aunque al presente la ruegue, al fin me ha de
rogar. Aunque al principio me amenace, al cabo me ha de halagar.
Aquí llevo un poco de hilado en esta mi faltriquera, con otros
aparejos que conmigo siempre traigo, para tener causa de entrar,
donde mucho no soy conocida, la primera vez; así como gorgueras,
garvines, franjas, rodeos, tenazuelas, alcohol, albayalde y
solimán, agujas y alfileres; que tal hay, que tal quiere, porque
donde me tomare la voz, me halle apercibida para les echar cebo o
requerir de la primera vista.
SEMPRONIO.- Madre, mira bien lo que haces, porque, cuando el
principio se yerra, no puede seguirse buen fin. Piensa en su
padre, que es noble y esforzado, su madre, celosa y brava, tú, la
misma sospecha. Melibea es única a ellos: faltándoles ella,
fáltales todo el bien. En pensarlo tiemblo, no vayas por lana y
vengas sin pluma.
CELESTINA.- ¿Sin pluma, hijo?
SEMPRONIO.- O emplumada, madre, que es peor.
CELESTINA.- ¡Alahé!, en mal hora a ti he yo menester para
compañero, aun si quisieses avisar a Celestina en su oficio, pues
cuando tú naciste ya comía yo pan con corteza. ¡Para adalid eres
tú bueno, cargado de agüeros y recelo!
SEMPRONIO.- No te maravilles, madre, de mi temor, pues es común
condición humana que lo que mucho se desea jamás se piensa ver
concluido, mayormente que en este caso temo tu pena y mía. Deseo
provecho, querría que este negocio hubiese buen fin, no porque
saliese mi amo de pena, mas por salir yo de laceria. Y así miro
más inconvenientes con mi poca experiencia que no tú como maestra
vieja.
ELICIA.- ¡Santiguarme quiero, Sempronio! ¡Quiero hacer una raya
en el agua! ¿Qué novedad es ésta, venir hoy acá dos veces?
CELESTINA.- Calla, boba, déjale, que otro pensamiento traemos
en que más nos va. Dime, ¿está desocupada la casa? ¿Fuese la moza
que esperaba al ministro?
ELICIA.- Y aun después vino otra y se fue.
CELESTINA.- ¿Sí que no en balde?
ELICIA.- No, en buena fe, ni Dios lo quiera, que, aunque vino
tarde, «más vale a quien Dios ayuda, etc».
CELESTINA.- Pues sube presto al sobrado alto de la solana y
baja acá el bote del aceite serpentino que hallarás colgado del
pedazo de la soga que traje del campo la otra noche, cuando llovía
y hacía oscuro. Y abre el arca de los lizos, y hacia la mano
derecha hallarás un papel escrito con sangre de murciélago, debajo
de aquel ala de drago a que sacamos ayer las uñas. Mira no
derrames el agua de mayo que me trajeron a confeccionar.
ELICIA.- Madre, no está donde dices; jamás te acuerdas a cosa
que guardas.
CELESTINA.- No me castigues, por Dios, a mi vejez. No me
maltrates, Elicia. No enfinjas porque está aquí Sempronio ni te
ensoberbezcas, que más me quiere a mí por consejera que a ti por
amiga, aunque tú le ames mucho. Entra en la cámara de los
ungüentos, y en la pelleja del gato negro, donde te mandé meter
los ojos de la loba, le hallarás, y baja la sangre del cabrón y
unas poquitas de las barbas que tú le cortaste.
ELICIA.- Toma, madre, veslo aquí; yo me subo, y Sempronio,
arriba.
CELESTINA.- Conjúrote, triste Plutón, señor de la profundidad
infernal, emperador de la Corte dañada, capitán soberbio de los
condenados ángeles, señor de los sulfúreos fuegos, que los
hirvientes étnicos montes manan, gobernador y veedor de los
tormentos y atormentadores de las pecadoras ánimas, regidor de las
tres Furias, Tesífone, Megera y Aleto, administrador de todas las
cosas negras del reino de Estigia y Dite, con todas sus lagunas y
sombras infernales, y litigioso Caos, mantenedor de las volantes
harpías, con toda la otra compañía de espantables y pavorosas
hidras. Yo, Celestina, tu más conocida cliéntula, te conjuro por
la virtud y fuerza de estas bermejas letras; por la sangre de
aquella nocturna ave con que están escritas; por la gravedad de
aquestos nombres y signos que en este papel se contienen; por la
áspera ponzoña de las víboras de que este aceite fue hecho, con el
cual unto este hilado. Vengas sin tardanza a obedecer mi voluntad
y en ello te envuelvas y con ello estés sin un momento te partir,
hasta que Melibea, con aparejada oportunidad que haya, lo compre,
y con ello de tal manera quede enredada que, cuanto más lo mirare,
tanto más su corazón se ablande a conceder mi petición. Y se le
abras, y lastimes del crudo y fuerte amor de Calisto, tanto que,
despedida toda honestidad, se descubra a mí y me galardone mis
pasos y mensaje. Y esto hecho, pide y demanda de mí a tu voluntad.
Si no lo haces con presto movimiento, tendrasme por capital
enemiga; heriré con luz tus cárceles tristes y oscuras; acusaré
cruelmente tus continuas mentiras; apremiaré con mis ásperas
palabras tu horrible nombre. Y otra y otra vez te conjuro. Así
confiando en mi mucho poder, me parto para allá con mi hilado,
donde creo te llevo ya envuelto.
Acto IV
ARGUMENTO DEL CUARTO ACTO
Celestina, andando por el camino, habla consigo misma hasta
llegar a la puerta de Pleberio, donde halló a Lucrecia, criada de
Pleberio. Pónese con ella en razones. Sentidas por Alisa, madre de
Melibea, y sabido que es Celestina, hácela entrar en casa. Viene
un mensajero a llamar a Alisa. Vase. Queda Celestina en casa con
Melibea y le descubre la causa de su venida.
LUCRECIA, CELESTINA, ALISA, MELIBEA.
CELESTINA.- Ahora que voy sola quiero mirar bien lo que
Sempronio ha temido de este mi camino. Porque aquellas cosas que
bien no son pensadas, aunque algunas veces hayan buen fin,
comúnmente crían desvariados efectos. Así que la mucha
especulación nunca carece de buen fruto, que, aunque yo he
disimulado con él, podría ser que, si me sintiesen en estos pasos
de parte de Melibea, que no pagase con pena que menor fuese que la
vida, o muy amenguada quedase, cuando matar no me quisiesen,
manteándome o azotándome cruelmente. ¡Pues amargas cien monedas
serían éstas! ¡Ay, cuitada de mí, en qué lazo me he metido, que
por me mostrar solícita y esforzada pongo mi persona al tablero!
¿Qué haré, cuitada, mezquina de mí, que ni el salir afuera es
provechoso ni la perseverancia carece de peligro? Pues, ¿iré o
tornarme he? ¡Oh dudosa y dura perplejidad! ¡No sé cuál escoja por
más sano! ¡En el osar, manifiesto peligro; en la cobardía,
denostada, perdida! ¿A dónde irá el buey que no are? Cada camino
descubre sus dañosos y hondos barrancos. Si con el hurto soy
tomada, nunca de muerta o encorozada falto, a bien librar. Si no
voy, ¿qué dirá Sempronio? Que todas éstas eran mis fuerzas, saber
y esfuerzo, ardid y ofrecimiento, astucia y solicitud. Y su amo
Calisto, ¿qué dirá?, ¿qué hará?, ¿qué pensará, sino que hay nuevo
engaño en mis pisadas y que yo he descubierto la celada por haber
más provecho de estotra parte, como sofística prevaricadora? O si
no se le ofrece pensamiento tan odioso, dará voces como loco,
dirame en mi cara denuestos rabiosos. Propondrá mil inconvenientes
que mi deliberación presta le puso, diciendo: «Tú, puta vieja,
¿por qué acrecentaste mis pasiones con tus promesas? Alcahueta
falsa, para todo el mundo tienes pies, para mí lengua; para todos
obra, para mí palabras; para todos remedio, para mí pena; para
todos esfuerzo, para mí faltó; para todos luz, para mí tiniebla.
Pues, vieja traidora, ¿por qué te me ofreciste? Que tu
ofrecimiento me puso esperanza; la esperanza dilató mi muerte,
sostuvo mi vivir, púsome título de hombre alegre. Pues no habiendo
efecto, ni tú carecerás de pena ni yo de triste desesperación».
¡Pues triste yo! ¡Mal acá, mal acullá, pena en ambas partes!
Cuando a los extremos falta el medio, arrimarse el hombre al más
sano es discreción. Más quiero ofender a Pleberio que enojar a
Calisto. Ir quiero, que mayor es la vergüenza de quedar por
cobarde que la pena, cumpliendo como osada lo que prometí, pues
jamás al esfuerzo desayuda la fortuna. Ya veo su puerta. En
mayores afrentas me he visto. ¡Esfuerza, esfuerza, Celestina! No
desmayes, que nunca faltan rogadores para mitigar las penas. Todos
los agüeros se aderezan favorables o yo no sé nada de esta arte.
Cuatro hombres que he topado, a los tres llaman Juanes y los dos
son cornudos. La primera palabra que oí por la calle fue de
achaque de amores. Nunca he tropezado como otras veces. Las
piedras parece que se apartan y me hacen lugar que pase. Ni me
estorban las haldas ni siento cansancio en andar. Todos me
saludan. Ni perro me ha ladrado ni ave negra he visto, tordo ni
cuervo ni otras nocturnas. Y lo mejor de todo es que veo a
Lucrecia a la puerta de Melibea. Prima es de Elicia, no me será
contraria.
LUCRECIA.- ¿Quién es esta vieja que viene haldeando?
CELESTINA.- Paz sea en esta casa.
LUCRECIA.- Celestina, madre, seas bienvenida. ¿Cuál Dios te
trajo por estos barrios no acostumbrados?
CELESTINA.- Hija, mi amor, deseo de todos vosotros, traerte
encomiendas de Elicia y aun ver a tus señoras, vieja y moza, que,
después que me mudé al otro barrio, no han sido de mí visitadas.
LUCRECIA.- ¿A eso sólo saliste de tu casa? Maravíllome de ti,
que no es esa tu costumbre ni sueles dar paso sin provecho.
CELESTINA.- ¿Más provecho quieres, boba, que cumplir hombre tus
deseos? Y también, como a las viejas nunca nos fallecen
necesidades, mayormente a mí que tengo de mantener hijas ajenas,
ando a vender un poco de hilado.
LUCRECIA.- ¡Algo es lo que yo digo! En mi seso estoy que nunca
metes aguja sin sacar reja. Pero mi señora la vieja urdió una
tela; tiene necesidad de ello, tú de venderlo. Entra y espera
aquí, que no os desavendréis.
ALISA.- ¿Con quién hablas, Lucrecia?
LUCRECIA.- Señora, con aquella vieja de la cuchillada que solía
vivir en las tenerías, a la cuesta del río.
ALISA.- Ahora la conozco menos. Si tú me das a entender lo
incógnito por lo menos conocido, es coger agua en cesto.
LUCRECIA.- ¡Jesú, señora!, más conocida es esta vieja que la
ruda. No sé cómo no tienes memoria de la que empicotaron por
hechicera, que vendía las mozas a los abades y descasaba mil
casados.
ALISA.- ¿Qué oficio tiene?, quizá por aquí la conoceré mejor.
LUCRECIA.- Señora, perfuma tocas, hace solimán y otros treinta
oficios. Conoce mucho en hierbas, cura niños y aun algunos la
llaman la vieja lapidaria.
ALISA.- Todo eso dicho no me la da a conocer. ¡Dime su nombre,
si le sabes!
LUCRECIA.- ¿Si lo sé, señora? No hay niño ni viejo en toda la
ciudad que no le sepa, ¿habíale yo de ignorar?
ALISA.- Pues, ¿por qué no le dices?
LUCRECIA.- ¡He vergüenza!
ALISA.- ¡Anda, boba, dile! No me indignes con tu tardanza.
LUCRECIA.- Celestina, hablando con reverencia, es su nombre.
ALISA.- ¡Ji, ji, ji! ¡Mala landre te mate! Si de risa puedo
estar viendo el desamor que debes de tener a esa vieja, que su
nombre has vergüenza nombrar. Ya me voy recordando de ella. ¡Una
buena pieza! No me digas más. Algo me vendrá a pedir. Di que suba.
LUCRECIA.- Sube, tía.
CELESTINA.- Señora buena, la gracia de Dios sea contigo y con
la noble hija. Mis pasiones y enfermedades han impedido mi visitar
tu casa, como era razón, mas Dios conoce mis limpias entrañas, mi
verdadero amor, que la distancia de las moradas no despega el amor
de los corazones. Así que lo que mucho deseé, la necesidad me lo
ha hecho cumplir. Con mis fortunas adversas otras, me sobrevino
mengua de dinero. No supe mejor remedio que vender un poco de
hilado que para unas toquillas tenía allegado. Supe de tu criada
que tenías de ello necesidad. Aunque pobre y no de la merced de
Dios, vesle aquí, si de ello y de mí te quieres servir.
ALISA.- Vecina honrada, tu razón y ofrecimiento me mueven a
compasión, y tanto, que quisiera cierto más hallarme en tiempo de
poder cumplir tu falta que menguar tu tela. Lo dicho te agradezco.
Si el hilado es tal, serte ha bien pagado.
CELESTINA.- ¿Tal, señora? Tal sea mi vida y mi vejez y la de
quien parte quisiere de mi jura. Delgado como el pelo de la
cabeza, igual, recio como cuerdas de vihuela, blanco como el copo
de la nieve, hilado todo por estos pulgares, aspado y aderezado.
Veslo aquí en madejitas. Tres monedas me daban ayer por la onza,
así goce de esta alma pecadora.
ALISA.- Hija Melibea, quédese esta mujer honrada contigo, que
ya me parece que es tarde para ir a visitar a mi hermana, su mujer
de Cremes, que desde ayer no la he visto, y también que viene su
paje a llamarme, que se le arreció desde un rato acá el mal.
CELESTINA.- Por aquí anda el diablo aparejando oportunidad,
arreciando el mal a la otra. ¡Ea!, buen amigo, ¡tener recio! Ahora
es mi tiempo o nunca. No la dejes, llévamela de aquí a quien digo.
ALISA.- ¿Qué dices, amiga?
CELESTINA.- Señora, que maldito sea el diablo y mi pecado,
porque en tal tiempo hubo de crecer el mal de tu hermana que no
habrá para nuestro negocio oportunidad. ¿Y qué mal es el suyo?
ALISA.- Dolor de costado, y tal que, según del mozo supe que
quedaba, temo no sea mortal. Ruega tú, vecina, por amor mío, en
tus devociones, por su salud a Dios.
CELESTINA.- Yo te prometo, señora, en yendo de aquí, me vaya
por estos monasterios donde tengo frailes devotos míos, y les dé
el mismo cargo que tú me das. Y demás de esto, antes que me
desayune, dé cuatro vueltas a mis cuentas.
ALISA.- Pues, Melibea, contenta a la vecina en todo lo que
razón fuere darle por el hilado. Y tú, madre, perdóname, que otro
día se vendrá en que más nos veamos.
CELESTINA.- Señora, el perdón sobraría donde el yerro falta. De
Dios seas perdonada, que buena compañía me queda. Dios la deje
gozar su noble juventud y florida mocedad, que es tiempo en que
más placeres y mayores deleites se alcanzarán. Que, a la mi fe, la
vejez no es sino mesón de enfermedades, posada de pensamientos,
amiga de rencillas, congoja continua, llaga incurable, mancilla de
lo pasado, pena de lo presente, cuidado triste de lo por venir,
vecina de la muerte, choza sin rama que se llueve por cada parte,
cayado de mimbre que con poca carga se doblega.
MELIBEA.- ¿Por qué dices, madre, tanto mal de lo que todo el
mundo con tanta eficacia gozar y ver desea?
CELESTINA.- Desean harto mal para sí, desean harto trabajo.
Desean llegar allá porque llegando viven y el vivir es dulce y
viviendo envejecen. Así que el niño desea ser mozo y el mozo viejo
y el viejo, más; aunque con dolor. Todo por vivir, porque dicen
«viva la gallina con su pepita». Pero, ¿quién te podría contar,
señora, sus daños, sus inconvenientes, sus fatigas, sus cuidados,
sus enfermedades, su frío, su calor, su descontentamiento, su
rencilla, su pesadumbre, aquel arrugar de cara, aquel mudar de
cabellos su primera y fresca color, aquel poco oír, aquel
debilitado ver, puestos los ojos a la sombra, aquel hundimiento de
boca, aquel caer de dientes, aquel carecer de fuerza, aquel flaco
andar, aquel espacioso comer? Pues ¡ay, ay, señora!, si lo dicho
viene acompañado de pobreza, allí verás callar todos los otros
trabajos, cuando sobra la gana y falta la provisión, que jamás
sentí peor ahíto que de hambre.
MELIBEA.- Bien conozco que hablas de la feria según te va en
ella. Así que otra canción dirán los ricos.
CELESTINA.- Señora hija, a cada cabo hay tres leguas de mal
quebranto. A los ricos se les va la gloria y descanso por otros
albañales de asechanzas que no se parecen ladrillados por encima
con lisonjas. Aquel es rico que está bien con Dios; más segura
cosa es ser menospreciado que temido. Mejor sueño duerme el pobre
que no el que tiene de guardar con solicitud lo que con trabajo
ganó y con dolor ha de dejar. Mi amigo no será simulado, y el del
rico sí. Yo soy querida por mi persona, el rico por su hacienda.
Nunca oye verdad, todos le hablan lisonjas a sabor de su paladar,
todos le han envidia. Apenas hallarás un rico que no confiese que
le sería mejor estar en mediano estado o en honesta pobreza. Las
riquezas no hacen rico, mas ocupado; no hacen señor, mas
mayordomo. Más son los poseídos de las riquezas que no los que las
poseen. A muchos trajo la muerte, a todos quita el placer, y a las
buenas costumbres ninguna cosa es más contraria. ¿No oíste decir
«durmieron su sueño los varones de las riquezas y ninguna cosa
hallaron en sus manos»? Cada rico tiene una docena de hijos y
nietos que no rezan otra oración, no otra petición, sino rogar a
Dios que le saque de medio de ellos. No ven la hora que tener a él
so la tierra y lo suyo entre sus manos y darle a poca costa su
morada para siempre.
MELIBEA.- Madre, gran pena tendrás por la edad que perdiste.
¿Querrías volver a la primera?
CELESTINA.- Loco es, señora, el caminante que, enojado del
trabajo del día, quisiese volver de comienzo la jornada para
tornar otra vez a aquel lugar, que todas aquellas cosas cuya
posesión no es agradable, más vale poseerlas que esperarlas,
porque más cerca está el fin de ellas cuanto más andado del
comienzo. No hay cosa más dulce ni graciosa al muy cansado que el
mesón. Así que, aunque la mocedad sea alegre, el verdadero viejo
no la desea, porque el que de razón y seso carece, cuasi otra cosa
no ama sino lo que perdió.
MELIBEA.- Siquiera por vivir más, es bueno desear lo que digo.
CELESTINA.- Tan presto, señora, se va el cordero como el
carnero. Ninguno es tan viejo que no pueda vivir un año, ni tan
mozo que hoy no pudiese morir. Así que en esto poca ventaja nos
lleváis.
MELIBEA.- Espantada me tienes con lo que has hablado. Indicio
me dan tus razones que te haya visto en otro tiempo. Dime, madre,
¿eres tú Celestina, la que solía morar a las tenerías cabe el río?
CELESTINA.- Hasta que Dios quiera.
MELIBEA.- Vieja te has parado. Bien dicen que los días no van
en balde. Así goce de mí, no te conociera, sino por esa señaleja
de la cara. Figúraseme que eras hermosa. Otra pareces, muy mudada
estás.
LUCRECIA.- ¡Ji, ji, ji! ¡Mudada está el diablo! ¡Hermosa era
con aquel su «Dios os salve» que traviesa la media cara!
MELIBEA.- ¿Qué hablas, loca? ¿Qué es lo que dices? ¿De qué te
ríes?
LUCRECIA.- De cómo no conocías a la madre.
CELESTINA.- Señora, ten tú el tiempo que no ande, tendré yo mi
forma que no se mude. ¿No has leído que dicen «vendrá el día que
en el espejo no te conozcas»? Pero también yo encanecí temprano y
parezco de doblada edad. Que así goce de esta alma pecadora y tú
de ese cuerpo gracioso, que de cuatro hijas que parió mi madre, yo
fui la menor. Mira cómo no soy vieja como me juzgan.
MELIBEA.- Celestina, amiga, yo he holgado mucho en verte y
conocerte. También hasme dado placer con tus razones. Toma tu
dinero y vete con Dios, que me parece que no debes haber comido.
CELESTINA.- ¡Oh angélica imagen! ¡Oh perla preciosa, y cómo te
lo dices! Gozo me toma en verte hablar. ¿Y no sabes que por la
divina boca fue dicho contra aquel infernal tentador que no de
solo pan viviremos? Pues así es, que no el solo comer mantiene,
mayormente a mí, que me suelo estar uno y dos días negociando
encomiendas ajenas ayuna, salvo hacer por los buenos, morir por
ellos. Esto tuve siempre, querer más trabajar sirviendo a otros
que holgar contentando a mí. Pues, si tú me das licencia, direte
la necesitada causa de mi venida, que es otra que la que hasta
ahora has oído, y tal, que todos perderíamos en me tornar en balde
sin que la sepas.
MELIBEA.- Di, madre, todas tus necesidades, que si yo las
pudiere remediar, de muy buen grado lo haré, por el pasado
conocimiento y vecindad que pone obligación a los buenos.
CELESTINA.- ¿Mías, señora? Antes ajenas, como tengo dicho, que
las mías de mi puerta adentro me las paso sin que las sienta la
tierra, comiendo cuando puedo, bebiendo cuando lo tengo. Que con
mi pobreza jamás me faltó, a Dios gracias, una blanca para pan y
un cuarto para vino, después que enviudé, que antes no tenía yo
cuidado de lo buscar, que sobrado estaba en un cuero en mi casa, y
uno lleno y otro vacío. Jamás me acosté sin comer una tostada en
vino y dos docenas de sorbos, por amor de la madre, tras cada
sopa. Ahora, como todo cuelga de mí, en un jarrillo mal pecado me
lo traen, que no caben dos azumbres. Seis veces al día tengo de
salir por mi pecado, con mis canas a cuestas, a le henchir a la
taberna. Mas no muera yo de muerte hasta que me vea con un cuero o
tinajica de mis puertas adentro, que en mi ánima no hay otra
provisión, que, como dicen, «pan y vino anda camino, que no mozo
garrido». Así que, donde no hay varón, todo bien fallece. Con mal
está el huso cuando la barba no anda de suso. Ha venido esto,
señora, por lo que decía de las ajenas necesidades y no mías.
MELIBEA.- Pide lo que querrás, sea para quien fuere.
CELESTINA.- Doncella graciosa y de alto linaje, tu suave habla
y alegre gesto, junto con el aparejo de liberalidad que muestras
con esta pobre vieja, me dan osadía a te lo decir. Yo dejo un
enfermo a la muerte, que con sola palabra de tu noble boca salida
que le lleve metida en mi seno, tiene por fe que sanará, según la
mucha devoción tiene en tu gentileza.
MELIBEA.- Vieja honrada, no te entiendo, si más no declaras tu
demanda. Por una parte, me alteras y provocas a enojo; por otra,
me mueves a compasión. No te sabría volver respuesta conveniente,
según lo poco que he sentido de tu habla. Que yo soy dichosa si de
mi palabra hay necesidad para salud de algún cristiano, porque
hacer beneficio es semejar a Dios, y más que el que beneficio lo
recibe cuando es a persona que le merece. Y el que puede sanar al
que padece, no lo haciendo, le mata. Así que no ceses tu petición
por empacho ni temor.
CELESTINA.- El temor perdí mirando, señora, tu beldad, que no
puedo creer que en balde pintase Dios unos gestos más perfectos
que otros, más dotados de gracias, más hermosas facciones, sino
para hacerlos almacén de virtudes, de misericordia, de compasión,
ministros de sus mercedes y dádivas, como a ti. Pues como todos
seamos humanos, nacidos para morir, y sea cierto que no se puede
decir nacido el que para sí solo nació. Porque sería semejante a
los brutos animales, en los cuales aun hay algunos piadosos, como
se dice del unicornio, que se humilla a cualquiera doncella. El
perro, con todo su ímpetu y braveza, cuando viene a morder, si se
echan en el suelo, no hace mal: esto de piedad. Pues, ¿las aves?
Ninguna cosa el gallo come que no participe y llame las gallinas a
comer de ello. El pelícano rompe el pecho por dar a sus hijos a
comer de sus entrañas. Las cigüeñas mantienen otro tanto tiempo a
sus padres viejos en el nido, cuanto ellos le dieron cebo siendo
pollitos. Pues tal conocimiento dio la natura a los animales y
aves, ¿por qué los hombres habemos de ser más crueles? ¿Por qué no
daremos parte de nuestras gracias y personas a los prójimos,
mayormente cuando están envueltos en secretas enfermedades y tales
que, donde está la melecina, salió la causa de la enfermedad?
MELIBEA.- Por Dios, sin más dilatar, me digas quién es ese
doliente, que de mal tan perplejo se siente que su pasión y
remedio salen de una misma fuente.
CELESTINA.- Bien tendrás, señora, noticia en esta ciudad de un
caballero mancebo, gentilhombre de clara sangre, que llaman
Calisto.
MELIBEA.- ¡Ya, ya, ya! Buena vieja, no me digas más, no pases
adelante. ¿Ése es el doliente por quien has hecho tantas premisas
en tu demanda?, ¿por quien has venido a buscar la muerte para ti?,
¿por quien has dado tan dañosos pasos, desvergonzada barbuda? ¿Qué
siente ese perdido, que con tanta pasión vienes? De locura será su
mal. ¿Qué te parece? Si me hallaras sin sospecha de ese loco, ¿con
qué palabras me entrabas? No se dice en vano que el más empecible
miembro del mal hombre o mujer es la lengua. ¡Quemada seas,
alcahueta, falsa, hechicera, enemiga de honestad, causadora de
secretos yerros! ¡Jesú, Jesú! ¡Quítamela, Lucrecia, de delante,
que me fino, que no me ha dejado gota de sangre en el cuerpo! Bien
se lo merece, esto y más, quien a estas tales da oídos. Por
cierto, si no mirase a mi honestidad, y por no publicar su osadía
de ese atrevido, yo te hiciera, malvada, que tu razón y vida
acabaran en un tiempo.
CELESTINA.- ¡En hora mala acá vine, si me falta mi conjuro! ¡Ea,
pues, bien sé a quién digo! ¡Ce, hermano, que se va todo a perder!
MELIBEA.- ¿Aun hablas entre dientes delante mí para acrecentar
mi enojo y doblar tu pena? ¿Querrías condenar mi honestidad por
dar vida a un loco? ¿Dejar a mí triste por alegrar a él y llevar
tú el provecho de mi perdición, el galardón de mi yerro? ¿Perder y
destruir la casa y la honra de mi padre por ganar la de una vieja
maldita como tú? ¿Piensas que no tengo sentidas tus pisadas y
entendido tu dañado mensaje? Pues yo te certifico que las
albricias que de aquí saques no sean sino estorbarte de más
ofender a Dios, dando fin a tus días. Respóndeme, traidora, ¿cómo
osaste tanto hacer?
CELESTINA.- Tu temor, señora, tiene ocupada mi disculpa. Mi
inocencia me da osadía, tu presencia me turba en verla irada y lo
que más siento y me pena es recibir enojo sin razón ninguna. Por
Dios, señora, que me dejes concluir mi dicho, que ni él quedará
culpado ni yo condenada, y verás cómo es todo más servicio de Dios
que pasos deshonestos; más para dar salud al enfermo que para
dañar la fama al médico. Si pensara, señora, que tan de ligero
habías de conjeturar de lo pasado nocibles sospechas, no bastara
tu licencia para me dar osadía a hablar en cosa que a Calisto ni a
otro hombre tocase.
MELIBEA.- ¡Jesú! No oiga yo mentar más ese loco, saltaparedes,
fantasma de noche, luengo como cigüeña, figura de paramento mal
pintado; si no, aquí me caeré muerta. ¡Éste es el que el otro día
me vio y comenzó a desvariar conmigo en razones haciendo mucho del
galán! Dirasle, buena vieja, que si pensó que ya era todo suyo y
quedaba por él el campo, porque holgué más de consentir sus
necedades que castigar su yerro, quise más dejarle por loco que
publicar su atrevimiento. Pues avísale que se aparte de este
propósito y serle ha sano; si no, podrá ser que no haya comprado
tan cara habla en su vida. Pues sabe que no es vencido sino el que
se cree serlo, y yo quedé bien segura y él ufano. De los locos es
estimar a todos los otros de su calidad, y tú, tórnate con su
misma razón, que respuesta de mí otra no habrás ni la esperes, que
por demás es ruego a quien no puede haber misericordia, y da
gracias a Dios, pues tan libre vas de esta feria. Bien me habían
dicho quién tú eras y avisado de tus propiedades, aunque ahora no
te conocía.
CELESTINA.- ¡Más fuerte estaba Troya, y aun otras más bravas he
yo amansado! Ninguna tempestad mucho dura.
MELIBEA.- ¿Qué dices, enemiga? Habla, que te pueda oír. ¿Tienes
disculpa alguna para satisfacer mi enojo y excusar tu yerro y
osadía?
CELESTINA.- Mientras viviere tu ira, más dañará mi descargo,
que estás muy rigurosa y no me maravillo, que la sangre nueva poca
calor ha menester para hervir.
MELIBEA.- ¿Poca calor? Poca la puedes llamar, pues quedaste tú
viva y yo quejosa sobre tan gran atrevimiento. ¿Qué palabra podías
tú querer para ese tal hombre que a mí bien me estuviese?
Responde, pues dices que no has concluido, y quizá pagarás lo
pasado.
CELESTINA.- Una oración, señora, que le dijeron que sabías de
Santa Polonia para el dolor de las muelas. Asimismo tu cordón, que
es fama que ha tocado todas las reliquias que hay en Roma y
Jerusalén. Aquel caballero que dije pena y muere de ellas. Ésta
fue mi venida. Pero, pues en mi dicha estaba tu airada respuesta,
padézcase él su dolor en pago de buscar tan desdichada mensajera,
que, pues en tu mucha virtud me faltó piedad, también me faltará
agua si a la mar me enviara. Pero ya sabes que el deleite de la
venganza dura un momento, y el de la misericordia para siempre.
MELIBEA.- Si eso querías, ¿por qué luego no me lo expresaste?
¿Por qué me lo dijiste por tales palabras?
CELESTINA.- Señora, porque mi limpio motivo me hizo creer que,
aunque en otras cualesquier lo propusiera, no se había de
sospechar mal. Que si faltó el debido preámbulo fue porque la
verdad no es necesario abundar de muchas colores. Compasión de su
dolor, confianza de tu magnificencia, ahogaron en mi boca al
principio la expresión de la causa. Y pues conoces, señora,que el
dolor turba, la turbación desmanda y altera la lengua, la cual
había de estar siempre atada con el seso; por Dios que no me
culpes. Y si el otro yerro ha hecho, no redunde en mi daño, pues
no tengo otra culpa sino ser mensajera del culpado. No quiebre la
soga por lo más delgado. No semejes la telaraña, que no muestra su
fuerza sino contra los flacos animales. No paguen justos por
pecadores. Imita la divina justicia, que dijo: «El ánima que
pecare, aquella misma muera»; a la humana, que jamás condena al
padre por el delito del hijo ni al hijo por el del padre. Ni es,
señora, razón que su atrevimiento acarree mi perdición, aunque,
según su merecimiento, no tendría en mucho que fuese él el
delincuente y yo la condenada, que no es otro mi oficio sino
servir a los semejantes. De esto vivo y de esto me arreo. Nunca
fue mi voluntad enojar a unos por agradar a otros, aunque hayan
dicho a tu merced en mi ausencia otra cosa. Al fin, señora, a la
firme verdad el viento del vulgo no la empece. Una sola soy en
este limpio trato. En toda la ciudad pocos tengo descontentos. Con
todos cumplo, los que algo me mandan, como si tuviese veinte pies
y otras tantas manos.
MELIBEA.- No me maravillo, que un solo maestro de vicios dicen
que basta para corromper un gran pueblo. Por cierto, tantos y
tales loores me han dicho de tus falsas mañas que no sé si crea
que pedías oración.
CELESTINA.- Nunca yo la rece, y si la rezare no sea oída, si
otra cosa de mí se saque, aunque mil tormentos me diesen.
MELIBEA.- Mi pasada alteración me impide a reír de tu disculpa,
que bien sé que ni juramento ni tormento te hará decir verdad, que
no es en tu mano.
CELESTINA.- Eres mi señora. Téngote de callar, hete yo de
servir, hasme tú de mandar. Tu mala palabra será víspera de una
saya.
MELIBEA.- Bien lo has merecido.
CELESTINA.- Si no la he ganado con la lengua, no la he perdido
con la intención.
MELIBEA.- Tanto afirmas tu ignorancia que me haces creerlo que
puede ser. Quiero, pues, en tu dudosa disculpa tener la sentencia
en peso y no disponer de tu demanda al sabor de ligera
interpretación. No tengas en mucho ni te maravilles de mi pasado
sentimiento, porque concurrieron dos cosas en tu habla, que
cualquiera de ellas era bastante para me sacar de seso: nombrarme
ese tu caballero que conmigo se atrevió a hablar, y también
pedirme palabra sin más causa, que no se podía sospechar sino daño
para mi honra. Pero, pues todo viene de buena parte, de lo pasado
haya perdón, que en alguna manera es aliviado mi corazón viendo
que es obra pía y santa sanar los apasionados y enfermos.
CELESTINA.- ¡Y tal enfermo, señora! Por Dios, si bien le
conocieses, no le juzgases por el que has dicho y mostrado con tu
ira. En Dios y en mi alma, no tiene hiel; gracias, dos mil; en
franqueza, Alejandro; en esfuerzo, Héctor; gesto de un rey;
gracioso, alegre, jamás reina en él tristeza. De noble sangre,
como sabes, gran justador, pues verlo armado, un San Jorge. Fuerza
y esfuerzo no tuvo Hércules tanta. La presencia y facciones,
disposición, desenvoltura, otra lengua había menester para las
contar. Todo junto semeja ángel del cielo. Por fe tengo que no era
tan hermoso aquel gentil Narciso que se enamoró de su propia
figura cuando se vio en las aguas de la fuente. Ahora, señora,
tiénele derribado una sola muela que jamás cesa de quejar.
MELIBEA.- ¿Y qué tanto tiempo ha?
CELESTINA.- Podrá ser, señora, de veintitrés años, que aquí
está Celestina, que le vio nacer y le tomó a los pies de su madre.
MELIBEA.- Ni te pregunto eso ni tengo necesidad de saber su
edad; sino qué tanto ha que tiene el mal.
CELESTINA.- Señora, ocho días, que parece que ha un año en su
flaqueza. Y el mayor remedio que tiene es tomar una vihuela, y
tañe tantas canciones y tan lastimeras que no creo que fueron
otras las que compuso aquel Emperador y gran músico Adriano de la
partida del ánima, por sufrir sin desmayo la ya vecina muerte.
Que, aunque yo sé poco de música, parece que hace aquella vihuela
hablar. Pues, si acaso canta, de mejor gana se paran las aves a le
oír que no a aquel Anfión, de quien se dice que movía los árboles
y piedras con su canto. Siendo éste nacido, no alabaran a Orfeo.
Mira, señora, si una pobre vieja como yo, si se hallará dichosa en
dar la vida a quien tales gracias tiene. Ninguna mujer lo ve que
no alabe a Dios, que así lo pintó, pues, si le habla acaso, no es
más señora de sí de lo que él ordena. Y pues tanta razón tengo,
juzga, señora, por bueno mi propósito, mis pasos saludables y
vacíos de sospecha.
MELIBEA.- ¡Oh cuánto me pesa con la falta de mi paciencia,
porque, siendo él ignorante y tú inocente, habéis padecido las
alteraciones de mi airada lengua! Pero la mucha razón me releva de
culpa, la cual tu habla sospechosa causó. En pago de tu buen
sufrimiento, quiero cumplir tu demanda y darte luego mi cordón. Y,
porque para escribir la oración no habrá tiempo sin que venga mi
madre, si esto no bastare, ven mañana por ella muy secretamente.
LUCRECIA.- ¡Ya, ya, perdida es mi ama! Secretamente quiere que
venga Celestina. Fraude hay; más le querrá dar que lo dicho.
MELIBEA.- ¿Qué dices, Lucrecia?
LUCRECIA.- Señora, que baste lo dicho, que es tarde.
MELIBEA.- Pues, madre, no le des parte de lo que pasó a ese
caballero, por que no me tenga por cruel o arrebatada o
deshonesta.
LUCRECIA.- No miento yo, que mal va este hecho.
CELESTINA.- Mucho me maravillo, señora Melibea, de la duda que
tienes de mi secreto. No temas, que todo lo sé sufrir y encubrir,
que bien veo que tu mucha sospecha echó, como suele, mis razones a
la más triste parte. Yo voy con tu cordón tan alegre que se me
figura que está diciéndole allá el corazón la merced que nos
hiciste y que lo tengo de hallar aliviado.
MELIBEA.- Más haré por tu doliente, si menester fuere, en pago
de lo sufrido.
CELESTINA.- Más será menester y más harás, y aunque no se te
agradezca.
MELIBEA.- ¿Qué dices, madre, de agradecer?
CELESTINA.- Digo, señora, que todos lo agradecemos y
serviremos, y todos obligados. Que la paga más cierta es cuando
más la tienen de cumplir.
LUCRECIA.- ¡Trastócame esas palabras!
CELESTINA.- ¡Hija Lucrecia! ¡Ce! Irás a casa y darte he una
lejía con que pares esos cabellos más que el oro. No lo digas a tu
señora, y aun darte he unos polvos para quitarte ese olor de la
boca, que te huele un poco, que en el reino no lo sabe hacer otra
sino yo, y no hay cosa que peor en la mujer parezca.
LUCRECIA.- Oh, Dios te dé buena vejez, que más necesidad tenía
de todo eso que de comer.
CELESTINA.- Pues, ¿por qué murmuras contra mí, loquilla? Calla,
que no sabes si me habrás menester en cosa de más importancia. No
provoques a ira a tu señora más de lo que ella ha estado. Déjame
ir en paz.
MELIBEA.- ¿Qué le dices, madre?
CELESTINA.- Señora, acá nos entendemos.
MELIBEA.- Dímelo, que me enojo cuando yo presente se habla cosa
de que no haya parte.
CELESTINA.- Señora, que te acuerde la oración, para que la
mandes escribir. Y que aprenda de mí a tener mesura en el tiempo
de tu ira, en la cual yo usé lo que se dice que del airado es de
apartar por poco tiempo, del enemigo por mucho. Pues tú, señora,
tenías ira con lo que sospechaste de mis palabras, no enemistad.
Porque, aunque fueran las que tú pensabas, en sí no eran malas,
que cada día hay hombres penados por mujeres y mujeres por
hombres, y esto obra la natura. Y la natura ordenola Dios, y Dios
no hizo cosa mala. Y así quedaba mi demanda, comoquiera que fuese,
en sí loable, pues de tal tronco procede, y yo libre de pena. Más
razones de éstas te diría, sino porque la prolijidad es enojosa al
que oye y dañosa al que habla.
MELIBEA.- En todo has tenido buen tiento, así en el poco hablar
en mi enojo como con el mucho sufrir.
CELESTINA.- Señora, sufrite con temor, porque te airaste con
razón. Porque con la ira morando, poder no es sino rayo. Y por
esto pasé tu rigurosa habla hasta que su almacén hubiese gastado.
MELIBEA.- En cargo te es ese caballero.
CELESTINA.- Señora, más merece, y si algo con mi ruego para él
he alcanzado, con la tardanza lo he dañado. Yo me parto para él,
si licencia me das.
MELIBEA.- Mientras más aína la hubieras pedido, más de grado la
hubieras recaudado. Ve con Dios, que ni tu mensaje me ha traído
provecho ni de tu ida me puede venir daño.
Acto V
ARGUMENTO DEL QUINTO ACTO
Despedida Celestina de Melibea, va por la calle hablando
consigo misma entre dientes. Llegada a su casa, halló a Sempronio,
que la aguardaba. Ambos van hablando hasta llegar a casa de
Calisto y, vistos por Pármeno, cuéntalo a Calisto, su amo, el cual
le mandó abrir la puerta.
CALISTO, PÁRMENO,SEMPRONIO, CELESTINA.
CELESTINA.- ¡Oh rigurosos trances! ¡Oh cruda osadía! ¡Oh gran
sufrimiento! ¡Y qué tan cercana estuve de la muerte, si mi mucha
astucia no rigiera con el tiempo las velas de la petición! ¡Oh
amenazas de doncella brava! ¡Oh airada doncella! ¡Oh diablo a
quien yo conjuro, cómo cumpliste tu palabra en todo lo que te
pedí! En cargo te soy. Así amansaste la cruel hembra con tu poder
y diste tan oportuno lugar a mi habla cuanto quise con la ausencia
de su madre. ¡Oh vieja Celestina! ¿Vas alegre? Sábete que la mitad
está hecha cuando tienen buen principio las cosas. ¡Oh serpentino
aceite! ¡Oh blanco hilado! ¡Cómo os aparejasteis todos en mi
favor! ¡O yo rompiera todos mis atamientos, hechos y por hacer, ni
creyera en hierbas ni piedras ni en palabras! Pues alégrate,
vieja, que más sacarás de este pleito que de quince virgos que
renovaras. ¡Oh malditas haldas, prolijas y largas, cómo me
estorbáis de allegar adonde han de reposar mis nuevas! ¡Oh buena
fortuna, cómo ayudas a los osados y a los tímidos eres contraria!
Nunca huyendo huye la muerte al cobarde. ¡Oh cuántas errarán en lo
que yo he acertado! ¿Qué hicieran en tan fuerte estrecho estas
nuevas maestras de mi oficio, sino responder algo a Melibea, por
donde se perdiera, cuanto yo con buen callar he ganado? Por esto
dicen «quien las sabe las tañe», y «que es más cierto médico el
experimentado que el letrado» y «la experiencia y escarmiento hace
los hombres arteros» y la vieja, como yo, que alce sus haldas al
pasar del vado, como maestra. ¡Ay cordón, cordón! Yo te haré traer
por fuerza, si vivo, a la que no quiso darme su buena habla de
grado.
SEMPRONIO.- O yo no veo bien, o aquélla es Celestina. ¡Válgala
el diablo, haldear que trae! Parlando viene entre dientes.
CELESTINA.- ¿De qué te fatigas, Sempronio? Creo que en verme.
SEMPRONIO.- Yo te lo diré: la raleza de las cosas es madre de
la admiración; la admiración concebida en los ojos desciende al
ánimo por ellos; el ánimo es forzado descubrirlo por estas
exteriores señales. ¿Quién jamás te vio por la calle abajada la
cabeza, puestos los ojos en el suelo, y no mirar a ninguno como
ahora? ¿Quién te vio hablar entre dientes por las calles y venir
aguijando como quien va a ganar beneficio? Cata que todo esto
novedad es para se maravillar quien te conoce. Pero esto dejado,
dime, por Dios, con qué vienes. Dime si tenemos hijo o hija, que
desde que dio la una te espero aquí y no he sentido mejor señal
que tu tardanza.
CELESTINA.- Hijo, esa regla de bobos no es siempre cierta, que
otra hora me pudiera más tardar y dejar allá las narices; y otras
dos, y narices y lengua; y así que, mientras más tardase, más caro
me costase.
SEMPRONIO.- Por amor mío, madre, no pases de aquí sin me lo
contar.
CELESTINA.- Sempronio, amigo, ni yo me podría parar ni el lugar
es aparejado. Vente conmigo delante Calisto; oirás maravillas, que
será desflorar mi embajada comunicándola con muchos. De mi boca
quiero que sepa lo que se ha hecho, que, aunque hayas de haber
alguna partecilla del provecho, quiero yo todas las gracias del
trabajo.
SEMPRONIO.- ¿Partecilla, Celestina? Mal me parece eso que
dices.
CELESTINA.- Calla, loquillo, que parte o partecilla, cuanto tú
quisieres, te daré. Todo lo mío es tuyo. Gocémonos y
aprovechémonos, que sobre el partir nunca reñiremos. Y también
sabes tú cuánta más necesidad tienen los viejos que los mozos,
mayormente tú que vas a mesa puesta.
SEMPRONIO.- Otras cosas he menester más que de comer.
CELESTINA.- ¿Qué, hijo? ¿Una docena de agujetas, y un torce
para el bonete, y un arco para andarte de casa en casa tirando a
pájaros y aojando pájaras a las ventanas? Muchachas digo, bobo, de
las que no saben volar, que bien me entiendes. Que no hay mejor
alcahuete para ellas que un arco, que se puede entrar cada uno
hecho mostrenco, como dicen: «En achaque de trama, etc.». ¡Mas ay,
Sempronio, de quien tiene de mantener honra y se va haciendo vieja
como yo!
SEMPRONIO.- ¡Oh lisonjera vieja! ¡Oh vieja llena de mal! ¡Oh
codiciosa y avarienta garganta! También quiere a mí engañar como a
mi amo, por ser rica. Pues mala medra tiene. No le arriendo la
ganancia, que quien con modo torpe sube en alto, más presto cae
que sube. ¡Oh qué mala cosa es de conocer el hombre! Y bien dicen
que ninguna mercadería ni animal es tan difícil. ¡Mala vieja falsa
es ésta! ¡El diablo me metió con ella! Más seguro me fuera huir de
esta venenosa víbora que tomarla. Mía fue la culpa. Pero gane
harto, que por bien o mal no negará la promesa.
CELESTINA.- ¿Qué dices, Sempronio? ¿Con quién hablas? ¿Viénesme
royendo las haldas? ¿Por qué no aguijas?
SEMPRONIO.- Lo que vengo diciendo, madre Celestina, es que no
me maravillo que seas mudable, que sigas el camino de las muchas.
Dicho me habías que diferirías este negocio. Ahora vas sin seso
por decir a Calisto cuanto pasa. ¿No sabes que aquello es en algo
tenido que es por tiempo deseado, y que cada día que él penase era
doblarnos el provecho?
CELESTINA.- El propósito muda el sabio; el necio persevera. A
nuevo negocio, nuevo consejo se requiere. No pensé yo, hijo
Sempronio, que así me respondiera mi buena fortuna. De los
discretos mensajeros es hacer lo que el tiempo quiere. Así que la
cualidad de lo hecho no puede encubrir tiempo disimulado. Y más
que yo sé que tu amo, según lo que de él sentí, es liberal y algo
antojadizo. Más dará en un día de buenas nuevas que en ciento que
ande penado y yo yendo y viniendo. Que los acelerados y súpitos
placeres crían alteración; la mucha alteración estorba el
deliberar. Pues, ¿en qué podrá parar el bien, sino en bien, y el
alto linaje, sino en luengas albricias? ¡Calla, bobo, deja hacer a
tu vieja!
SEMPRONIO.- Pues, dime lo que pasó con aquella gentil doncella.
Dime alguna palabra de su boca, que, por Dios, así peno por
saberla como mi amo penaría.
CELESTINA.- ¡Calla, loco! Altérasete la complexión. Ya lo veo
en ti, que querrías más estar al sabor que al olor de este
negocio. Andemos presto, que estará loco tu amo con mi mucha
tardanza.
SEMPRONIO.- Y aun sin ella se lo está.
PÁRMENO.- ¡Señor, señor!
CALISTO.- ¿Qué quieres, loco?
PÁRMENO.- A Sempronio y a Celestina veo venir cerca de casa,
haciendo paradillas de rato en rato y, cuando están quedos, hacen
rayas en el suelo con el espada. No sé qué sea.
CALISTO.- ¡Oh desvariado, negligente! Veslos venir, ¿no puedes
bajar corriendo a abrir la puerta? ¡Oh alto Dios! ¡Oh soberana
deidad! ¿Con qué viene? ¿Qué nuevas traen? Que tan grande ha sido
su tardanza que ya más esperaba su venida que el fin de mi
remedio. ¡Oh tristes oídos!, aparejaos a lo que os viniere, que en
su boca de Celestina está ahora aposentado el alivio o pena de mi
corazón. ¡Oh, si en sueños se pasase este poco tiempo hasta ver el
principio y fin de su habla! Ahora tengo por cierto que es más
penoso al delincuente esperar la cruda y capital sentencia que el
acto de la ya sabida muerte. ¡Oh espacioso Pármeno, manos de
muerto, quita ya esa enojosa aldaba! Entrará esa honrada dueña en
cuya lengua está mi vida.
CELESTINA.- ¿Oyes, Sempronio? De otro temple anda nuestro amo.
Bien difieren estas razones a las que oímos a Pármeno y a él la
primera venida. De mal en bien me parece que va. No hay palabra de
las que dice que no vale a la vieja Celestina más que una saya.
SEMPRONIO.- Pues mira que, entrando, hagas que no ves a Calisto
y hables algo bueno.
CELESTINA.- Calla, Sempronio, que aunque haya aventurado mi
vida, más merece Calisto, y su ruego y tuyo, y más mercedes espero
yo de él.
Acto VI
ARGUMENTO DEL SEXTO ACTO
Entrada Celestina en casa de Calisto con grande afición y
deseo, Calisto le pregunta de lo que le ha acontecido con Melibea.
Mientras ellos están hablando, Pármeno, oyendo hablar a Celestina
de su parte contra Sempronio, a cada razón le pone un mote,
reprehendiéndolo Sempronio. En fin, la vieja Celestina le descubre
todo lo negociado y un cordón de Melibea. Y, despedida de Calisto,
vase para su casa y con ella Pármeno.
CALISTO, CELESTINA, PÁRMENO, SEMPRONIO.
CALISTO.- ¿Qué dices, señora y madre mía?
CELESTINA.- ¡Oh mi señor Calisto! ¿Y aquí estás? ¡Oh mi nuevo
amador de la muy hermosa Melibea y con mucha razón! ¿Con qué
pagarás a la vieja que hoy ha puesto su vida al tablero por tu
servicio? ¿Cuál mujer jamás se vio en tan estrecha afrenta como
yo? Que en tornarlo a pensar se me menguan y vacían todas las
venas de mi cuerpo de sangre. Mi vida diera por menor precio que
ahora daría este manto raído y viejo.
PÁRMENO.- Tú dirás lo tuyo. Entre col y col, lechuga. Subido
has un escalón; más adelante te espero a la saya. Todo para ti y
no nada de que puedas dar parte. Pelechar quiere la vieja. Tú me
sacarás a mí verdadero y a mi amo loco. No le pierdas palabra,
Sempronio, y verás cómo no quiere pedir dinero porque es
divisible.
SEMPRONIO.- Calla, hombre desesperado, que te matará Calisto si
te oye.
CALISTO.- ¡Madre mía, o abrevia tu razón o toma esta espada y
mátame!
PÁRMENO.- Temblando está el diablo como azogado. No se puede
tener en sus pies, su lengua le querría prestar para que hablase
presto. No es mucha su vida, luto habremos de medrar de estos
amores.
CELESTINA.- ¿Espada, señor, o qué? ¡Espada mala mate a tus
enemigos y a quien mal te quiere!, que yo la vida te quiero dar
con buena esperanza que traigo de aquella que tú amas.
CALISTO.- ¿Buena esperanza, señora?
CELESTINA.- Buena se puede decir, pues queda abierta puerta
para mi tornada y antes me recibirá a mí con esta saya rota que a
otra con seda y brocado.
PÁRMENO.- Sempronio, cóseme esta boca, que no lo puedo sufrir.
¡Encajado ha la saya!
SEMPRONIO.- ¿Callarás, por Dios, o te echaré de aquí con el
diablo? Que si anda rodeando su vestido, hace bien, pues tiene de
ello necesidad, que el abad, de do canta, de allí viste.
PÁRMENO.- Y aun viste como canta. Y esta puta vieja querría en
un día, por tres pasos, desechar todo el pelo malo cuanto
cincuenta años no ha podido medrar.
SEMPRONIO.- ¿Todo eso es lo que te castigó, y el conocimiento
que os teníais y lo que te crió?
PÁRMENO.- Bien sufriré yo más que pida y pele, pero no todo
para su provecho.
SEMPRONIO.- No tiene otra tacha sino ser codiciosa, pero
dejarla barde sus paredes, que después bardará las nuestras o en
mal punto nos conoció.
CALISTO.- Dime, por Dios, señora, ¿qué hacía? ¿Cómo entraste?
¿Qué tenía vestido? ¿A qué parte de casa estaba? ¿Qué cara te
mostró al principio?
CELESTINA.- Aquella cara, señor, que suelen los bravos toros
mostrar contra los que lanzan las agudas flechas en el coso, la
que los monteses puercos contra los sabuesos que mucho los
aquejan.
CALISTO.- ¿Y a ésas llamas señales de salud? Pues, ¿cuáles
serían mortales? No por cierto la misma muerte, que aquélla alivio
sería en tal caso de este mi tormento, que es mayor y duele más.
SEMPRONIO.- ¿Éstos son los fuegos pasados de mi amo? ¿Qué es
esto? ¿No tendría este hombre sufrimiento para oír lo que siempre
ha deseado?
PÁRMENO.- ¿Y que calle yo, Sempronio? Pues si nuestro amo te
oye, tan bien te castigará a ti como a mí.
SEMPRONIO.- ¡Oh mal fuego te abrase! Que tú hablas en daño de
todos y yo a ninguno ofendo. ¡Oh intolerable pestilencia y mortal
te consuma, rijoso, envidioso, maldito! ¿Toda ésta es la amistad
que con Celestina y conmigo habías concertado? ¡Vete de aquí a la
mala ventura!
CALISTO.- Si no quieres, reina y señora mía, que desespere y
vaya mi ánima condenada a perpetua pena oyendo esas cosas,
certifícame brevemente si no hubo buen fin tu demanda gloriosa y
la cruda y rigurosa muestra de aquel gesto angélico y matador,
pues todo eso más es señal de odio que de amor.
CELESTINA.- La mayor gloria que al secreto oficio del abeja se
da, a la cual los discretos deben imitar, es que todas las cosas
por ella tocadas convierte en mejor de lo que son. De esta manera
me he habido con las zahareñas razones y esquivas de Melibea. Todo
su rigor traigo convertido en miel, su ira en mansedumbre, su
aceleramiento en sosiego. Pues, ¿a qué piensas que iba allá la
vieja Celestina, a quien tú, demás de su merecimiento,
magníficamente galardonaste, sino a ablandar su saña, a sufrir su
accidente, a ser escudo de tu ausencia, a recibir en mi manto los
golpes, los desvíos, los menosprecios, desdenes, que muestran
aquéllas en los principios de sus requerimientos de amor, para que
sea después en más tenida su dádiva? Que, a quien más quieren,
peor hablan. Y si así no fuese, ninguna diferencia habría entre
las públicas que aman a las escondidas doncellas. Si todas dijesen
«sí» a la entrada de su primer requerimiento, en viendo que de
alguno eran amadas, las cuales, aunque están abrasadas y
encendidas de vivos fuegos de amor, por su honestidad muestran un
frío exterior, un sosegado vulto, un aplacible desvío, un
constante ánimo y casto propósito, unas palabras agras que la
propia lengua se maravilla del gran sufrimiento suyo, que la hace
forzosamente confesar el contrario de lo que siente. Así que para
que tú descanses y tengas reposo mientras te contare por extenso
el proceso de mi habla y la causa que tuve para entrar, sabe que
el fin de tu razón fue muy bueno.
CALISTO.- Ahora, señora, que me has dado seguro para que ose
esperar todos los rigores de la respuesta, di cuanto mandares y
como quisieres, que yo estaré atento. Ya me reposa el corazón, ya
descansa mi pensamiento, ya reciben las venas y recobran su
perdida sangre, ya he perdido temor, ya tengo alegría. Subamos, si
mandas, arriba. En mi cámara me dirás por extenso lo que aquí he
sabido en suma.
CELESTINA.- Subamos, señor.
PÁRMENO.- ¡Oh Santa María, y qué rodeos busca este loco por
huir de nosotros, para poder llorar a su placer con Celestina de
gozo y por descubrirle mil secretos de su liviano y desvariado
apetito, por preguntar y responder seis veces cada cosa sin que
esté presente quien le pueda decir que es prolijo! Pues mándote
yo, desatinado, que tras ti vamos.
CALISTO.- Mira, señora, qué hablar trae Pármeno, cómo se viene
santiguando de oír lo que has hecho de tu gran diligencia.
Espantado está, por mi fe, señora Celestina. Otra vez se santigua.
Sube, sube, sube y asiéntate, señora, que de rodillas quiero
escuchar tu suave respuesta, y dime luego la causa de tu entrada,
qué fue.
CELESTINA.- Vender un poco de hilado, con que tengo cazadas más
de treinta de su estado, si a Dios ha placido, en este mundo y
algunas mayores.
CALISTO.- Eso será de cuerpo, madre, pero no de gentileza, no
de estado, no de gracia y discreción, no de linaje, no de
presunción con merecimiento, no en virtud, no en habla.
PÁRMENO.- Ya escurre eslabones el perdido, ya se desconciertan
sus badajadas. Nunca da menos de doce, siempre está hecho reloj de
mediodía. Cuenta, cuenta, Sempronio, que está desbabado oyéndole a
él locuras y a ella mentiras.
SEMPRONIO.- ¡Oh maldiciente venenoso! ¿Por qué cierras las
orejas a lo que todos los del mundo las aguzan, hecho serpiente,
que huye la voz del encantador? Que sólo por ser de amores estas
razones, aunque mentiras, las habías de escuchar con gana.
CELESTINA.- Oye, señor Calisto, y verás tu dicha y mi solicitud
qué obraron, que en comenzando yo a vender y poner en precio mi
hilado, fue su madre de Melibea llamada para que fuese a visitar
una hermana suya enferma. Y como le fuese necesario ausentarse,
dejó en su lugar a Melibea para...
CALISTO.- ¡Oh gozo sin par! ¡Oh singular oportunidad! ¡Oh
oportuno tiempo! ¡Oh quién estuviera allí debajo de tu manto,
escuchando qué hablaría sola aquella en quien Dios tan extremadas
gracias puso!
CELESTINA.- ¿Debajo de mi manto, dices? ¡Ay mezquina!, que
fueras visto por treinta agujeros que tiene, si Dios no le mejora.
PÁRMENO.- Sálgome fuera, Sempronio. Ya no digo nada;
escúchatelo tú todo. Si este perdido de mi amo no midiese con el
pensamiento cuántos pasos hay de aquí a casa de Melibea y
contemplase en su gesto y considerase cómo estaría aviniendo el
hilado, todo el sentido puesto y ocupado en ella, él vería que mis
consejos le eran más saludables que estos engaños de Celestina.
CALISTO.- ¿Qué es esto, mozos? Estoy yo escuchando atento, que
me va la vida, ¿vosotros susurráis, como soléis, por hacerme mala
obra y enojo? Por mi amor, que calléis; moriréis de placer con
esta señora, según su buena diligencia. Di, señora, ¿qué hiciste
cuando te viste sola?
CELESTINA.- Recibí, señor, tanta alteración de placer que
cualquiera que me viera me lo conociera en el rostro.
CALISTO.- Ahora la recibo yo; cuánto más quien ante sí
contemplaba tal imagen. Enmudecerías con la novedad incogitada.
CELESTINA.- Antes me dio más osadía a hablar lo que quise verme
sola con ella. Abrí mis entrañas, díjele mi embajada, cómo penabas
tanto, por una palabra de su boca salida en favor tuyo, para sanar
un gran dolor. Y como ella estuviese suspensa, mirándome,
espantada del nuevo mensaje, escuchando hasta ver quién podía ser
el que así por necesidad de su palabra penaba o a quién pudiese
sanar su lengua, en nombrando tu nombre, atajó mis palabras, diose
en la frente una gran palmada, como quien cosa de grande espanto
hubiese oído, diciendo que cesase mi habla y me quitase delante,
si no quería hacer a sus servidores verdugos de mi postrimería,
agravando mi osadía, llamándome hechicera, alcahueta, vieja falsa
barbuda, malhechora y otros muchos ignominiosos nombres, con cuyos
títulos asombran a los niños de cuna. Y en pos de esto mil
amortecimientos y desmayos, mil milagros y espantos, turbado el
sentido, bullendo fuertemente los miembros todos, a una parte y a
otra, herida de aquella dorada flecha que del sonido de tu nombre
le tocó, retorciendo el cuerpo, las manos enclavijadas, como quien
se despereza, que parecía que las despedazaba, mirando con los
ojos a todas partes, acoceando con los pies el suelo duro. Y yo a
todo esto arrinconada, encogida, callando, muy gozosa con su
ferocidad. Mientras más basqueaba, más yo me alegraba, porque más
cerca estaba el rendirse y su caída. Pero entretanto que gastaba
aquel espumajoso almacén su ira, yo no dejaba mis pensamientos
estar vagos ni ociosos, de manera que tuve tiempo para salvar lo
dicho.
CALISTO.- Eso me di, señora madre, que yo he revuelto en mi
juicio mientras te escucho y no he hallado disculpa que buena
fuese ni conveniente, con que lo dicho se cubriese ni colorase,
sin quedar terrible sospecha de tu demanda. Porque conozca tu
mucho saber, que en todo me pareces más que mujer, que como su
respuesta tú pronosticaste, proveíste con tiempo tu réplica. ¿Qué
más hacía aquella Tusca Adeleta, cuya fama, siendo tú viva, se
perdiera? La cual tres días antes su fin prenunció la muerte de su
viejo marido y de dos hijos que tenía. Ya creo lo que se dice, que
el género flaco de las hembras es más apto para las prestas
cautelas que el de los varones.
CELESTINA.- ¿Qué, señor? Dije que tu pena era mal de muelas y
que la palabra que de ella quería era una oración que ella sabía,
muy devota, para ellas.
CALISTO.- ¡Oh maravillosa astucia! ¡Oh singular mujer en su
oficio! ¡Oh cautelosa hembra! ¡Oh melecina presta! ¡Oh discreta en
mensajes! ¿Cuál humano seso bastara a pensar tan alta manera de
remedio? De cierto creo, si nuestra edad alcanzara aquellos
pasados Eneas y Dido, no trabajara tanto Venus para atraer a su
hijo el amor de Elisa, haciendo tomar a Cupido ascánica forma para
la engañar; antes, por evitar prolijidad, pusiera a ti por
medianera. Ahora doy por bien empleada mi muerte, puesta en tales
manos, y creeré que si mi deseo no hubiere efecto, cual querría,
que no se pudo obrar más, según natura, en mi salud. ¿Qué os
parece, mozos?¿Qué mas se pudiera pensar? ¿Hay tal mujer nacida en
el mundo?
CELESTINA.- Señor, no atajes mis razones; déjame decir, que se
va haciendo noche. Ya sabes que quien mal hace aborrece la
claridad y, yendo a mi casa, podré haber algún mal encuentro.
CALISTO.- ¿Qué, qué? Sí, que hachas y pajes hay que te
acompañen.
PÁRMENO.- ¡Sí, sí, por que no fuercen a la niña, tú irás con
ella, Sempronio, que ha temor de los grillos que cantan con lo
escuro!
CALISTO.- ¿Dices algo, hijo Pármeno?
PÁRMENO.- Señor, que yo y Sempronio será bueno que la
acompañemos hasta su casa, que hace mucho oscuro.
CALISTO.- Bien dicho es. Después será. Procede en tu habla y
dime qué más pasaste, qué respondió a la demanda de la oración.
CELESTINA.- Que la daría de su grado.
CALISTO.- ¿De su grado? ¡Dios mío, qué alto don!
CELESTINA.- Pues más le pedí.
CALISTO.- ¿Qué, mi vieja honrada?
CELESTINA.- ¡Un cordón que ella trae contino ceñido, diciendo
que era provechoso para tu mal porque había tocado muchas
reliquias!
CALISTO.- Pues, ¿qué dijo?
CELESTINA.- ¡Dame albricias! Decírtelo he.
CALISTO.- ¡Oh!, por Dios, toma toda esta casa y cuanto en ella
hay y dímelo; o pide lo que quieras.
CELESTINA.- Por un manto que des a la vieja, te dará en tus
manos el mismo que en su cuerpo ella traía.
CALISTO.- ¿Qué dices de manto? Manto y saya y cuanto yo tengo.
CELESTINA.- Manto he menester y éste tendré yo en harto. No te
alargues más, no pongas sospechosa duda en mi pedir, que dicen que
ofrecer mucho al que poco pide es especie de negar.
CALISTO.- ¡Corre, Pármeno!, llama a mi sastre y corte luego un
manto y una saya de aquel contray que se sacó para frisado.
PÁRMENO.- ¡Así, así, a la vieja todo por que venga cargada de
mentiras como abeja, y a mí que me arrastren! Tras esto anda ella
hoy todo el día con sus rodeos.
CALISTO.- ¡De qué gana va el diablo! No hay cierto tan mal
servido hombre como yo, manteniendo mozos adivinos, rezongadores,
enemigos de mi bien. ¿Qué vas, bellaco, rezando? Envidioso, ¿qué
dices, que no te entiendo? Ve donde te mando presto y no me
enojes, que harto basta mi pena para me acabar, que también habrá
para ti sayo en aquella pieza.
PÁRMENO.- No digo, señor, otra cosa, sino que es tarde para que
venga el sastre.
CALISTO.- ¿No digo yo que adivinas? Pues quédese para mañana. Y
tú, señora, por amor mío te sufras, que no se pierde lo que se
dilata. Y mándame mostrar aquel santo cordón que tales miembros
fue digno de ceñir. ¡Gozarán mis ojos con todos los otros
sentidos, pues juntos han sido apasionados! ¡Gozará mi lastimado
corazón, aquel que nunca recibió momento de placer después que
aquella señora conoció! Todos los sentidos le llagaron, todos
acorrieron a él con sus esportillas de trabajo. Cada uno le
lastimó cuanto más pudo: los ojos en verla, los oídos en oírla,
las manos en tocarla.
CELESTINA.- ¿Que la has tocado dices? Mucho me espantas.
CALISTO.- Entre sueños, digo.
CELESTINA.- ¿Entre sueños?
CALISTO.- En sueños la veo tantas noches que temo me acontezca
como a Alcibíades, que soñó que se veía envuelto en el manto de su
amiga y otro día matáronle, y no hubo quien le alzase de la calle
ni cubriese, sino ella con su manto. Pero en vida o en muerte,
alegre me sería vestir su vestidura.
CELESTINA.- Asaz tienes pena, pues cuando los otros reposan en
sus camas, preparas tú el trabajo para sufrir otro día.
Esfuérzate, señor, que no hizo Dios a quien desamparase. Da
espacio a tu deseo, toma este cordón, que si yo no me muero, yo te
daré a su ama.
CALISTO.- ¡Oh nuevo huésped! ¡Oh bienaventurado cordón, que
tanto poder y merecimiento tuviste de ceñir aquel cuerpo que yo no
soy digno de servir! ¡Oh nudos de mi pasión, vosotros enlazasteis
mis deseos! ¡Decidme si os hallasteis presentes en la desconsolada
respuesta de aquella a quien vosotros servís y yo adoro y, por más
que trabajo noches y días, no me vale ni aprovecha!
CELESTINA.- Refrán viejo es, «quien menos procura, alcanza más
bien». Pero yo te haré procurando conseguir lo que siendo
negligente no habrías. Consuélate, señor, que en una hora no se
ganó Zamora, pero no por eso desconfiaron los combatientes.
CALISTO.- ¡Oh desdichado!, que las ciudades están con piedras
cercadas, y a piedras, piedras las vencen; pero esta mi señora
tiene el corazón de acero. No hay metal que con él pueda, no hay
tiro que lo melle. Pues poned escalas en su muro, unos ojos tiene
con que echa saetas, una lengua de reproches y desvíos, el asiento
tiene en parte que a media legua no le pueden poner cerco.
CELESTINA.- ¡Calla, señor, que el buen atrevimiento de un solo
hombre ganó a Troya! No desconfíes, que una mujer puede ganar a
otra. Poco has tratado mi casa; no sabes bien lo que yo puedo.
CALISTO.- Cuanto dijeres, señora, te quiero creer, pues tal
joya como ésta me trajiste. ¡Oh mi gloria y ceñidero de aquella
angélica cintura! Yo te veo y no lo creo. ¡Oh cordón, cordón! ¿Fuísteme
tú enemigo? Di lo cierto. Si lo fuiste, yo te perdono, que de los
buenos es propio las culpas perdonar. No lo creo, que, si fueras
contrario, no vinieras tan presto a mi poder, salvo si vienes a
disculparte. Conjúrote me respondas por la virtud del gran poder
que aquella señora sobre mí tiene.
CELESTINA.- Cesa ya, señor, ese devanear, que me tienes cansada
de escucharte y al cordón roto de tratarlo.
CALISTO.- ¡Oh mezquino de mí!, que asaz bien me fuera del cielo
otorgado que de mis brazos fueras hecho y tejido, y no de seda
como eres, porque ellos gozaran cada día de rodear y ceñir con
debida reverencia aquellos miembros que tú, sin sentir ni gozar de
la gloria, siempre tienes abrazados. ¡Oh qué secretos habrás visto
de aquella excelente imagen!
CELESTINA.- ¡Más verás tú y con más sentido, si no lo pierdes
hablando lo que hablas!
CALISTO.- Calla, señora, que él y yo nos entendemos. ¡Oh mis
ojos!, acordaos cómo fuisteis causa y puerta por donde fue mi
corazón llagado, y que aquél es visto hacer el daño que da la
causa. Acordaos que sois deudores de la salud. Remirad la melecina
que os viene hasta casa.
SEMPRONIO.- Señor, por holgar con el cordón no querrás gozar de
Melibea.
CALISTO.- ¡Qué loco desvariado, atajasolaces! ¿Cómo es eso?
SEMPRONIO.- Que mucho hablando matas a ti y a los que te oyen.
Y así que perderás la vida o el seso. Cualquier que falte basta
para quedarte a oscuras. Abrevia tus razones; darás lugar a las de
Celestina.
CALISTO.- ¿Enójote, madre, con mi luenga razón, o está borracho
este mozo?
CELESTINA.- Aunque no lo esté, debes, señor, cesar tu razón,
dar fin a tus luengas querellas, tratar al cordón como cordón,
porque sepas hacer diferencia de habla cuando con Melibea te veas.
No haga tu lengua iguales la persona y el vestido.
CALISTO.- ¡Oh mi señora, mi madre, mi consoladora, déjame gozar
en este mensajero de mi gloria! ¡Oh lengua mía!, ¿por qué te
impides en otras razones, dejando de adorar presente la excelencia
de quien por ventura jamás verás en tu poder? ¡Oh mis manos, con
qué atrevimiento, con cuán poco acatamiento tenéis y tratáis la
triaca de mi llaga! Ya no podrán empecer las hierbas que aquel
crudo casquillo traía envueltas en su aguda punta. Seguro soy,
pues quien dio la herida la cura. ¡Oh tú, señora, alegría de las
viejas mujeres, gozo de las mozas, descanso de los fatigados como
yo, no me hagas más penado con tu temor, que me hace mi vergüenza!
Suelta la rienda a mi contemplación, déjame salir por las calles
con esta joya, por que los que me vieren sepan que no hay más
bienandante hombre que yo.
SEMPRONIO.- No afistoles tu llaga cargándola de más deseo. No
es, señor, el solo cordón del que pende tu remedio.
CALISTO.- Bien lo conozco, pero no tengo sufrimiento para me
abstener de adorar tan alta empresa.
CELESTINA.- ¿Empresa? Aquélla es empresa que de grado es dada,
pero ya sabes que lo hizo por amor de Dios para guarecer tus
muelas, no por el tuyo para cerrar tus llagas. Pero, si yo vivo,
ella volverá la hoja.
CALISTO.- ¿Y la oración?
CELESTINA.- No se me dio por ahora.
CALISTO.- ¿Qué fue la causa?
CELESTINA.- La brevedad del tiempo, pero quedó que si tu pena
no aflojase, que tornase mañana por ella.
CALISTO.- ¿Aflojar? Entonces aflojará mi pena cuando su
crueldad.
CELESTINA.- Asaz, señor, basta lo dicho y hecho. Obligada
queda, según lo que mostró, a todo lo que para esta enfermedad yo
quisiere pedir, según su poder. Mira, señor, si esto basta para la
primera vista. Yo me voy. Cumple, señor, que si salieres mañana,
lleves rebozado un paño, porque si de ella fueres visto, no acuse
de falsa mi petición.
CALISTO.- Y aun cuatro por tu servicio. Pero, dime, por Dios,
¿pasó más?, que muero por oír palabras de aquella dulce boca.
¿Cómo fuiste tan osada que sin la conocer te mostraste tan
familiar en tu entrada y demanda?
CELESTINA.- ¿Sin la conocer? Cuatro años fueron mis vecinas.
Trataba con ellas, hablaba y reía de día y de noche. Mejor me
conoce su madre que a sus mismas manos; aunque Melibea se ha hecho
grande mujer, discreta, gentil.
PÁRMENO.- ¡Ea, mira, Sempronio, qué te digo al oído!
SEMPRONIO.- Dime, ¿qué dices?
PÁRMENO.- Aquel atento escuchar de Celestina da materia de
alargar en su razón a nuestro amo. Llégate a ella, dale del pie,
hagámosle de señas que no espere más, sino que se vaya, que no hay
tan loco hombre nacido que solo mucho hable.
CALISTO.- ¿Gentil dices, señora, que es Melibea? Parece que lo
dices burlando. ¿Hay nacida su par en el mundo? ¿Crió Dios otro
mejor cuerpo? ¿Puédense pintar tales facciones, dechado de
hermosura? Si hoy fuera viva Helena, por quien tanta muerte hubo
de griegos y troyanos, o la hermosa Policena, todas obedecerían a
esta señora por quien yo peno. Si ella se hallara presente en
aquel debate de la manzana con las tres diosas, nunca sobrenombre
de discordia le pusieran, porque sin contrariar ninguna, todas
concedieran y vinieran conformes en que la llevara Melibea. Así se
llamara manzana de concordia. Pues cuantas hoy son nacidas, que de
ella tengan noticia, se maldicen, querellan a Dios porque no se
acordó de ellas cuando a ésta mi señora hizo. Consumen sus vidas,
comen sus carnes con envidia, danles siempre crudos martirios,
pensando con artificio igualar con la perfección que sin trabajo
dotó a ella natura. De ellas, pelan sus cejas con tenacicas y
pegones y a cordelejos; de ellas, buscan las doradas hierbas,
raíces, ramas y flores para hacer lejías con que sus cabellos
semejasen a los de ella. Las caras martillando, envistiéndolas en
diversos matices con ungüentos y unturas, aguas fuertes, posturas
blancas y coloradas, que por evitar prolijidad no las cuento. Pues
la que todo esto halló hecho, mira si merece de un triste hombre
como yo ser servida...
CELESTINA.- Bien te entiendo, Sempronio. Déjale, que él caerá
de su asno y acabará.
CALISTO.- ... en la que toda la natura se remiró por la hacer
perfecta, que las gracias que en todas repartió las juntó en ella.
Allí hicieron alarde cuanto más acabadas pudieron allegarse, por
que conociesen los que la viesen cuánta era la grandeza de su
pintor. Sola una poca de agua clara con un ebúrneo peine basta
para exceder a las nacidas en gentileza. Éstas son sus armas, con
éstas mata y vence, con éstas me cautivó, con éstas me tiene
ligado y puesto en dura cadena.
CELESTINA.- Calla y no te fatigues, que más aguda es la lima
que yo tengo que fuerte esa cadena que te atormenta. Yo la cortaré
con ella por que tú quedes suelto. Por ende, dame licencia, que es
muy tarde, y déjame llevar el cordón, porque, como sabes, tengo de
él necesidad.
CALISTO.- ¡Oh desconsolado de mí! La fortuna adversa me sigue
junta, que contigo o con el cordón o con entrambos quisiera yo
estar acompañado esta noche luenga y oscura. Pero, pues no hay
bien cumplido en esta penosa vida, venga entera la soledad.
¡Mozos, mozos!
PÁRMENO.- Señor.
CALISTO.- Acompaña a esta señora hasta su casa y vaya con ella
tanto placer y alegría cuanta conmigo queda tristeza y soledad.
CELESTINA.- Quede, señor, Dios contigo. Mañana será mi vuelta,
donde mi manto y la respuesta vendrán a un punto, pues hoy no hubo
tiempo. Y súfrete, señor, y piensa en otras cosas.
CALISTO.- Eso no, que es herejía olvidar aquella por quien la
vida me aplace.
Acto VII
ARGUMENTO DEL SÉPTIMO ACTO
Celestina habla con Pármeno, induciéndole a concordia y amistad
de Sempronio. Tráele Pármeno a memoria la promesa que le hiciera
de le hacer haber a Areúsa, que él mucho amaba. Vanse a casa de
Areúsa. Queda ahí la noche Pármeno. Celestina va para su casa;
llama a la puerta. Elicia le viene a abrir, increpándole su
tardanza.
PÁRMENO, CELESTINA, AREÚSA, ELICIA.
CELESTINA.- Pármeno, hijo, después de las pasadas razones, no
he habido oportuno tiempo para te decir y mostrar el mucho amor
que te tengo, y, asimismo, cómo de mi boca todo el mundo ha oído
hasta ahora en ausencia bien de ti. La razón no es menester
repetirla, porque yo te tenía por hijo, a lo menos cuasi adoptivo,
y así que tú imitaras a natural; y tú dasme el pago en mi
presencia, pareciéndote mal cuanto digo, susurrando y murmurando
contra mí en presencia de Calisto. Bien pensaba yo que, después
que concediste en mi buen consejo, que no habías de tornarte
atrás. Todavía me parece que te quedan reliquias vanas, hablando
por antojo más que por razón. Desechas el provecho por contentar
la lengua. Óyeme, si no me has oído, y mira que soy vieja y el
buen consejo mora en los viejos y de los mancebos es propio el
deleite. Bien creo que de tu yerro sola la edad tiene culpa.
Espero en Dios que serás mejor para mí de aquí adelante, y mudarás
el ruin propósito con la tierna edad, que, como dicen, «múdanse
costumbres con la mudanza del cabello y variación», digo, hijo,
creciendo y viendo cosas nuevas cada día, porque la mocedad en
solo lo presente se impide y ocupa a mirar; mas la madura edad no
deja presente ni pasado ni por venir. Si tú tuvieras memoria, hijo
Pármeno, del pasado amor que te tuve, la primera posada que
tomaste venido nuevamente en esta ciudad había de ser la mía. Pero
los mozos curáis poco de los viejos, regisvos a sabor de paladar.
Nunca pensáis que tenéis ni habéis de tener necesidad de ellos.
Nunca pensáis en enfermedades. Nunca pensáis que os puede esta
florecilla de juventud faltar. Pues mira, amigo, que para tales
necesidades como éstas, buen acorro es una vieja conocida, amiga,
madre y más que madre, buen mesón para descansar sano, buen
hospital para sanar enfermo, buena bolsa para necesidad, buena
arca para guardar dinero en prosperidad, buen fuego de invierno
rodeado de asadores, buena sombra de verano, buena taberna para
comer y beber. ¿Qué dirás, loquillo, a todo esto? Bien sé que
estás confuso por lo que hoy has hablado. Pues no quiero más de
ti, que Dios no pide más del pecador de arrepentirse y enmendarse.
Mira a Sempronio. Yo le hice hombre, de Dios en ayuso. Querría que
fueseis como hermanos, porque, estando bien con él, con tu amo y
con todo el mundo lo estarías. Mira que es bienquisto, diligente,
palanciano, servidor, gracioso. Quiere tu amistad. Crecería
vuestro provecho dándoos el uno al otro la mano. Y pues sabe que
es menester que ames si quieres ser amado, que «no se toman
truchas, etc». Ni te lo debe Sempronio de fuero. Simpleza es no
querer amar y esperar de ser amado; locura es pagar el amistad con
odio.
PÁRMENO.- Madre, mi segundo yerro te confieso y, con perdón de
lo pasado, quiero que ordenes lo por venir. Pero con Sempronio me
parece que es imposible sostenerse mi amistad. Él es desvariado;
yo, malsufrido. Conciértame esos amigos.
CELESTINA.- Pues no era esa tu condición.
PÁRMENO.- A la mi fe, mientras más fui creciendo, más la
primera paciencia me olvidaba. No soy el que solía, y asimismo
Sempronio no hay ni tiene en qué me aproveche.
CELESTINA.- El cierto amigo en la cosa incierta se conoce, en
las adversidades se prueba. Entonces se allega y con más deseo
visita la casa que la fortuna próspera desamparó. ¿Qué te diré,
hijo, de las virtudes del buen amigo? No hay cosa más amada ni más
rara. Ninguna carga rehúsa. Vosotros sois iguales, la paridad de
las costumbres y la semejanza de los corazones es la que más la
sostiene. Cata, hijo mío, que si algo tienes, guardado se te está.
Sabe tú ganar más, que aquello ganado lo hallaste. Buen siglo haya
aquel padre que lo trabajó. No se te puede dar hasta que vivas más
reposado y vengas en edad cumplida.
PÁRMENO.- ¿A qué llamas reposado, tía?
CELESTINA.- Hijo, a vivir por ti, a no andar por casas ajenas,
lo cual siempre andarás mientras no te supieres aprovechar de tu
servicio. Que de lástima que hube de verte roto, pedí hoy manto,
como viste, a Calisto. No por mi manto; pero porque, estando el
sastre en casa, y tú delante sin sayo, te le diese. Así que no por
mi provecho, como yo sentí que dijiste, mas por el tuyo. Que si
esperas al ordinario galardón de estos galanes, es tal, que lo que
en diez años sacarás atarás en la manga. Goza tu mocedad, el buen
día, la buena noche, el buen comer y beber. Cuando pudieres
haberlo, no lo dejes. Piérdase lo que se perdiere. No llores tú la
hacienda que tu amo heredó, que esto te llevarás de este mundo,
pues no le tenemos más de por nuestra vida. ¡Oh hijo mío Pármeno,
que bien te puedo decir hijo, pues tanto tiempo te crié! Toma mi
consejo, pues sale con limpio deseo de verte en alguna honra. ¡Oh
cuán dichosa me hallaría en que tú y Sempronio estuvieseis muy
conformes, muy amigos, hermanos en todo, viéndoos venir a mi pobre
casa a holgar, a verme y aun a desenojaros con sendas muchachas!
PÁRMENO.- ¿Muchachas, madre mía?
CELESTINA.- ¡Alahé!, muchachas digo, que viejas, harto me soy
yo. Cual se la tiene Sempronio, y aun sin haber tanta razón ni
tenerle tanta afición como a ti, que de las entrañas me sale
cuanto te digo.
PÁRMENO.- Señora, no vivas engañada.
CELESTINA.- Y aunque lo viva, no me pena mucho, que también lo
hago por amor de Dios y por verte solo en tierra ajena, y más por
aquellos huesos de quien te me encomendó. Que tú serás hombre y
vendrás en conocimiento verdadero y dirás: «la vieja Celestina
bien me consejaba».
PÁRMENO.- Y aun ahora lo siento, aunque soy mozo, que, aunque
hoy veías que aquello decía, no era porque me pareciese mal lo que
tú hacías, pero porque veía que le consejaba yo lo cierto y me
daba malas gracias. Pero de aquí adelante demos tras él. Haz de
las tuyas, que yo callaré, que ya tropecé en no te creer cerca de
este negocio con él.
CELESTINA.- Cerca de éste y de otros tropezarás y caerás
mientras no tomares mis consejos, que son de amiga verdadera.
PÁRMENO.- Ahora doy por bien empleado el tiempo que siendo niño
te serví, pues tanto fruto trae para la mayor edad. Y rogaré a
Dios por el ánima de mi padre, que tal tutriz me dejó, y de mi
madre, que a tal mujer me encomendó.
CELESTINA.- No me la nombres, hijo, por Dios, que se me hinchen
los ojos de agua. ¿Y tuve yo en este mundo otra tal amiga? ¿Otra
tal compañera? ¿Tal aliviadora de mis trabajos y fatigas? ¿Quién
suplía mis faltas? ¿Quién sabía mis secretos? ¿A quién descubría
mi corazón? ¿Quién era todo mi bien y descanso, sino tu madre, más
que mi hermana y comadre? ¡Oh qué graciosa era! ¡Oh qué
desenvuelta, limpia, varonil! Tan sin pena ni temor se andaba a
media noche de cimenterio en cimenterio, buscando aparejos para
nuestro oficio, como de día. Ni dejaba cristianos ni moros ni
judíos, cuyos enterramientos no visitaba. De día los acechaba, de
noche los desenterraba. Así se holgaba con la noche oscura como tú
con el día claro; decía que aquélla era capa de pecadores. Pues
veas qué maña no tenía con todas las otras gracias. Una cosa te
diré, por que veas qué madre perdiste, aunque era para callar.
Pero contigo todo pasa. Siete dientes quitó a un ahorcado con unas
tenacicas de pelar cejas, mientras yo le descalcé los zapatos.
Pues entraba en un cerco mejor que yo y con más esfuerzo, aunque
yo tenía harta buena fama, más que ahora, que por mis pecados todo
se olvidó con su muerte. ¿Qué más quieres,sino que los mismos
diablos le habían miedo? Atemorizados y espantados los tenía con
las crudas voces que les daba. Así era de ellos conocida como tú
en tu casa. Tumbando venían unos sobre otros a su llamado. No le
osaban decir mentira, según la fuerza con que los apremiaba.
Después que la perdí, jamás les oí verdad.
PÁRMENO.- No la medre Dios más a esta vieja, que ella me da
placer con estos loores de sus palabras.
CELESTINA.- ¿Qué dices, mi honrado Pármeno, mi hijo y más que
hijo?
PÁRMENO.- Digo que, ¿cómo tenía esa ventaja mi madre, pues las
palabras que ella y tú decíais eran todas unas?
CELESTINA.- ¿Cómo? ¿Y de eso te maravillas? ¿No sabes que dice
el refrán «que mucho va de Pedro a Pedro»? Aquella gracia de mi
comadre no la alcanzábamos todas. ¿No has visto en los oficios
unos buenos y otros mejores? Así era tu madre, que Dios haya, la
prima de nuestro oficio y por tal era de todo el mundo conocida y
querida, así de caballeros como clérigos, casados, viejos, mozos y
niños. Pues mozas y doncellas así rogaban a Dios por su vida, como
de sus mismos padres. Con todos tenía que hacer, con todos
hablaba. Si salíamos por la calle, cuantos topábamos eran sus
ahijados, que fue su principal oficio partera dieciséis años. Así
que, aunque tú no sabías sus secretos por la tierna edad que
habías, ahora es razón que los sepas, pues ella es finada y tú
hombre.
PÁRMENO.- Dime, señora, cuando la justicia te mandó prender,
estando yo en tu casa, ¿teníais mucho conocimiento?
CELESTINA.- ¿Si teníamos me dices? Como por burla juntas lo
hicimos, juntas nos sintieron, juntas nos prendieron y acusaron,
juntas nos dieron la pena esa vez, que creo fue la primera. Pero
muy pequeño eras tú. Yo me espanto cómo te acuerdas, que es cosa
que más olvidada está en la ciudad. Cosas son que pasan por el
mundo. Cada día verás quien peque y pague si sales a ese mercado.
PÁRMENO.- Verdad es, pero del pecado lo peor es la
perseverancia, que así como el primer movimiento no es mano del
hombre, así el primero yerro, do dicen que «quien yerra se
enmienda, etc.».
CELESTINA.- Lastimásteme, don loquillo. ¿A las verdades nos
andamos? Pues espera, que yo te tocaré donde te duela.
PÁRMENO.- ¿Qué dices, madre?
CELESTINA.- Hijo, digo que sin aquélla prendieron cuatro veces
a tu madre, que Dios haya, sola. Y aun la una le levantaron que
era bruja, porque la hallaron de noche con unas candelillas
cogiendo tierra de una encrucijada, y la tuvieron medio día en una
escalera en la plaza, puesto uno como rocadero pintado en la
cabeza. Pero no fue nada. Algo han de sufrir los hombres en este
triste mundo para sustentar sus vidas y honras. Y mira en cuán
poco lo tuvo con su buen seso, que ni por eso dejó de aquí en
adelante de usar mejor su oficio. Esto ha venido por lo que decías
del perseverar en lo que una vez se yerra. En todo tenía gracia,
que en Dios y en mi conciencia, aun en aquella escalera estaba y
parecía que a todos los de bajo no tenía en una blanca, según su
meneo y presencia. Así que los que algo son como ella, y saben, y
valen, son los que más presto yerran. Verás quién fue Virgilio y
qué tanto supo, mas ya habrás oído cómo estuvo en un cesto colgado
de una torre, mirándolo toda Roma. Pero por eso no dejó de ser
honrado ni perdió el nombre de Virgilio.
PÁRMENO.- Verdad es lo que dices, pero eso no fue por justicia.
CELESTINA.- ¡Calla, bobo! Poco sabes de achaque de iglesia y
cuánto es mejor por mano de justicia que de otra manera. Sabíalo
mejor el cura, que Dios haya, que, viniéndola a consolar, dijo que
la Santa Escritura tenía que bienaventurados eran los que padecían
persecución por la justicia, y que aquéllos poseerían el reino de
los cielos. Mira si es mucho pasar algo en este mundo por gozar de
la gloria del otro. Y más que, según todos decían, a tuerto y sin
razón y con falsos testigos y recios tormentos la hicieron aquella
vez confesar lo que no era. Pero con su buen esfuerzo, y como el
corazón avezado a sufrir hace las cosas más leves de lo que son,
todo lo tuvo en nada, que mil veces le oía decir: «si me quebré el
pie, fue por mi bien, porque soy más conocida que antes». Así que
todo esto pasó tu buena madre acá, debemos creer que le daría Dios
buen pago allá, si es verdad lo que nuestro cura nos dijo, y con
esto me consuelo. Pues seme tú, como ella, amigo verdadero y
trabaja por ser bueno, pues tienes a quien parezcas, que lo que tu
padre te dejó a buen seguro lo tienes.
PÁRMENO.- Ahora dejemos los muertos y las herencias. Hablemos
en los presentes negocios, que nos va más que en traer los pasados
a la memoria. Bien se te acordará no ha mucho que me prometiste
que me harías haber a Areúsa cuando en mi casa te dije cómo moría
por sus amores.
CELESTINA.- Sí te lo prometí. No lo he olvidado ni creas que he
perdido con los años la memoria, que más de tres jaques he
recibido de mí sobre ello en tu ausencia. Ya creo que estará bien
madura. Vamos de camino por casa, que no se podrá escapar de mate,
que esto es lo menos que yo por ti tengo de hacer.
PÁRMENO.- Yo ya desconfiaba de la poder alcanzar, porque jamás
podía acabar con ella que me esperase a poderle decir una palabra.
Y, como dicen, «mala señal es de amor huir y volver la cara».
Sentía en mí gran desfucia de esto.
CELESTINA.- No tengo en mucho tu desconfianza, no me conociendo
ni sabiendo, como ahora, que tienes tan de tu mano la maestra de
estas labores. Pues ahora verás cuánto por mi causa vales, cuánto
con las tales puedo, cuánto sé en casos de amor. Anda paso. ¿Ves
aquí su puerta? Entremos quedo, no nos sientan sus vecinas.
Atiende y espera debajo de esta escalera. Subiré yo a ver qué se
podrá hacer sobre lo hablado, y por ventura haremos más que tú ni
yo traemos pensado.
AREÚSA.- ¿Quién anda ahí? ¿Quién sube a tal hora en mi cámara?
CELESTINA.- Quien no te quiere mal, por cierto; quien nunca da
paso que no piense en tu provecho; quien tiene más memoria de ti
que de sí misma: una enamorada tuya, aunque vieja.
AREÚSA.- ¡Válgala el diablo a esta vieja, con qué viene como
estantigua a tal hora! Tía, señora, ¿qué buena venida es ésta tan
tarde? Ya me desnudaba para acostar.
CELESTINA.- ¿Con las gallinas, hija? Así se hará la hacienda.
¡Andar, pase! Otro es el que ha de llorar las necesidades, que no
tú. Hierba pace quien lo cumple. Tal vida quienquiera se la
querría.
AREÚSA.- ¡Jesú! Quiérome tornar a vestir, que he frío.
CELESTINA.- No harás, por mi vida, sino éntrate en la cama, que
desde allí hablaremos.
AREÚSA.- Así goce de mí, pues que lo he bien menester, que me
siento mala hoy todo el día. Así que necesidad, más que vicio, me
hizo tomar con tiempo las sábanas por faldetas.
CELESTINA.- Pues no estés asentada, acuéstate y métete debajo
de la ropa, que pareces serena. ¡Ay, cómo huele toda la ropa en
bulléndote! A osadas, que está todo a punto. Siempre me pagué de
tus cosas y hechos, de tu limpieza y atavío. ¡Fresca que estás! ¡Bendígate
Dios! ¡Qué sábanas y colcha! ¡Qué almohadas! ¡Y qué blancura! Tal
sea mi vejez, cual todo me parece. Perla de oro, verás si te
quiere bien quien te visita a tales horas. Déjame mirarte toda a
mi voluntad, que me huelgo.
AREÚSA.- Paso, madre. No llegues a mí, que me haces cosquillas
y provócasme a reír, y la risa acreciéntame el dolor.
CELESTINA.- ¿Qué dolor, mis amores? ¿Búrlaste, por mi vida,
conmigo?
AREÚSA.- Mal gozo vea de mí si burlo, sino que ha cuatro horas
que muero de la madre, que la tengo subida en los pechos, que me
quiere sacar de este mundo. Que no soy tan vieja como piensas.
CELESTINA.- Pues dame lugar, tentaré, que aun algo sé yo de
este mal por mi pecado, que cada una se tiene su madre y zozobras
de ella.
AREÚSA.- Más arriba la siento, sobre el estómago.
CELESTINA.- ¡Bendígate Dios y señor San Miguel Ángel! ¡Y qué
gorda y fresca que estás! ¡Qué pechos y qué gentileza! Por hermosa
te tenía hasta ahora, viendo lo que todos podían ver, pero ahora
te digo que no hay en la ciudad tres cuerpos tales como el tuyo,
en cuanto yo conozco. No parece que hayas quince años. ¡Oh quién
fuera hombre y tanta parte alcanzara de ti para gozar tal vista!
Por Dios, pecado ganas en no dar parte de estas gracias a todos
los que bien te quieren, que no te las dio Dios para que posasen
en balde por el frescor de tu juventud debajo de seis dobleces de
paño y lienzo. Cata que no seas avarienta de lo que poco te costó.
No atesores tu gentileza, pues es de su natura tan comunicable
como el dinero. No seas el perro del hortelano, y pues tú no
puedes de ti propia gozar, goce quien puede. Que no creas que en
balde fuiste criada, que, cuando nace ella, nace él, y, cuando él,
ella. Ninguna cosa hay criada al mundo superflua ni que con
acordada razón no proveyese de ella natura. Mira que es pecado
fatigar y dar pena a los hombres pudiéndolos remediar.
AREÚSA.- Alábame ahora, madre, y no me quiere ninguno. Dame
algún remedio para mi mal y no estés burlando de mí.
CELESTINA.- De este tan común dolor todas somos, ¡mal pecado!,
maestras. Lo que he visto a muchas hacer y lo que a mí siempre
aprovecha te diré. Porque, como las calidades de las personas son
diversas, así las melecinas hacen diversas sus operaciones y
diferentes. Todo olor fuerte es bueno, así como poleo, ruda,
ajenjos, humo de plumas de perdiz, de romero, de mosquete, de
incienso. Recibida con mucha diligencia, aprovecha y afloja el
dolor y vuelve poco a poco la madre a su lugar. Pero otra cosa
hallaba yo siempre mejor que todas, y ésta no te quiero decir,
pues tan santa te me haces.
AREÚSA.- ¿Qué, por mi vida, madre? ¿Vesme penada y encúbresme
la salud?
CELESTINA.- ¡Anda, que bien me entiendes! No te hagas boba.
AREÚSA.- ¡Ya, ya! Mala landre me mate si te entendía. Pero,
¿qué quieres que haga? Sabes que se partió ayer aquel mi amigo con
su capitán a la guerra. ¿Había de hacerle ruindad?
CELESTINA.- ¡Verás y qué daño y qué gran ruindad!
AREÚSA.- Por cierto, sí sería, que me da todo lo que he
menester, tiéneme honrada, favoréceme y trátame como si fuese su
señora.
CELESTINA.- Pero, aunque todo eso sea, mientras no parieres,
nunca te faltará este mal de ahora, de lo cual él debe ser causa.
Y si no crees en dolor, cree en color, y verás lo que viene de su
sola compañía.
AREÚSA.- No es sino mi mala dicha, maldición mala que mis
padres me echaron. ¿Qué, no está ya por probar todo eso? Pero
dejemos eso, que es tarde, y dime a qué fue tu buena venida.
CELESTINA.- Ya sabes lo que de Pármeno te hube dicho. Quéjaseme
que aun verle no le quieres. No sé por qué, sino porque sabes que
le quiero yo bien y le tengo por hijo. Pues por cierto, de otra
manera miro yo tus cosas, que hasta tus vecinas me parecen bien, y
se me alegra el corazón cada vez que las veo, porque sé que hablan
contigo.
AREÚSA.- ¿No vives, tía señora, engañada?
CELESTINA.- No lo sé. A las obras creo, que las palabras de
balde las venden dondequiera. Pero el amor nunca se paga sino con
puro amor, y las obras con las obras. Ya sabes el deudo que hay
entre ti y Elicia, la cual tiene Sempronio en mi casa. Pármeno y
él son compañeros, sirven a este señor que tú conoces y por quien
tanto favor podrás tener. No niegues lo que tan poco hacer te
cuesta. Vosotras, parientas; ellos, compañeros: mira cómo viene
mejor medido que lo queremos. Aquí viene conmigo, verás si quieres
que suba.
AREÚSA.- ¡Amarga de mí! ¿Si nos ha oído?
CELESTINA.- No, que abajo queda. Quiérole hacer subir. Reciba
tanta gracia que lo conozcas, y hables, y muestres buena cara. Y
si tal te pareciere, goce él de ti y tú de él, que, aunque él gane
mucho, tú no pierdes nada.
AREÚSA.- Bien tengo, señora, conocimiento cómo todas tus
razones, éstas y las pasadas, se enderezan en mi provecho. Pero,
¿cómo quieres que haga tal cosa? Que tengo a quien dar cuenta,
como has oído, y, si soy sentida, matarme ha. Tengo vecinas
envidiosas. Luego lo dirán. Así que, aunque no haya más mal de
perderlo, será más que ganaré en agradar al que me mandas.
CELESTINA.- Eso que temes yo lo proveí primero, que muy paso
entramos.
AREÚSA.- No lo digo por esta noche, sino por otras muchas.
CELESTINA.- ¿Cómo? ¿Y de ésas eres? ¿De esa manera te tratas?
Nunca tú harás casa con sobrado. Ausente le has miedo; ¿qué harías
si estuviese en la ciudad? En dicha me cabe que jamás ceso de dar
consejos a bobos, - [D VIIIv] - y todavía hay quien yerre. Pero no
me maravillo, que es grande el mundo y pocos los experimentados.
¡Ay, ay!, hija, si vieses el saber de tu prima y qué tanto le ha
aprovechado mi crianza y consejos, y qué gran maestra está. Y aun
que no se halla ella mal con mis castigos, que uno en la cama y
otro en la puerta, y otro que suspira por ella en su casa, se
precia de tener. Y con todos cumple y a todos muestra buena cara,
y todos piensan que son muy queridos. Y cada uno piensa que no hay
otro, y que él solo es privado, y él solo es el que le da lo que
ha menester. Y tú temes que, con dos que tengas, las tablas de la
cama lo han de descubrir. ¿De una sola gotera te mantienes? ¡No te
sobrarán muchos manjares! ¡No quiero arrendar tus escamochos!
Nunca uno me agradó, nunca en uno puse toda mi afición. Más pueden
dos, y más cuatro, y más dan y más tienen, y más hay en qué
escoger. No hay cosa más perdida, hija, que el mur que no sabe
sino un horado. Si aquél le tapan, no habrá donde se esconda del
gato. Quien no tiene sino un ojo, mira a cuánto peligro anda. Una
ánima sola, ni canta ni llora. Un solo acto no hace hábito. Un
fraile solo pocas veces lo encontrarás por la calle. Una perdiz
sola por maravilla vuela. Un manjar solo continuo, presto pone
hastío. Una golondrina no hace verano. Un testigo solo no es
entera fe. Quien sola una ropa tiene, presto la envejece. ¿Qué
quieres, hija, de este número uno? Más inconvenientes te diré de
él que años tengo a cuestas. Ten siquiera dos, que es compañía
loable, como tienes dos orejas, dos pies y dos manos, dos sábanas
en la cama, como dos camisas para remudar. Y si más quisieres,
mejor te irá, que, mientras más moros, más ganancia; que honra sin
provecho no es sino como anillo en el dedo. Y pues entrambos no
caben en un saco, acoge la ganancia. Sube, hijo Pármeno.
AREÚSA.- ¡No suba! ¡Landre me mate!, que me fino de empacho,
que no le conozco, siempre hube vergüenza de él.
CELESTINA.- Aquí estoy yo, que te la quitaré y cubriré y
hablaré por entrambos, que otro tan empachado es él.
PÁRMENO.- Señora, Dios salve tu graciosa presencia.
AREÚSA.- Gentilhombre, buena sea tu venida.
CELESTINA.- Llégate acá, asno. ¡A dónde te vas allá a asentar
al rincón! No seas empachado, que al hombre vergonzoso el diablo
le trajo a palacio. Oídme entrambos lo que digo. Ya sabes tú,
Pármeno amigo, lo que te prometí, y tú, hija mía, lo que te tengo
rogado, dejada aparte la dificultad con que me lo has concedido.
Pocas razones son necesidades, porque el tiempo no lo padece. Él
ha siempre vivido penado por ti; pues, viendo su pena, sé que no
le querrás matar y aun conozco que él te parece tal que no será
malo para quedarse acá esta noche en casa.
AREÚSA.- Por mi vida, madre, que tal no se haga. ¡Jesú!, no me
lo mandes.
PÁRMENO.- Madre mía, por amor de Dios, que no salga yo de aquí
sin buen concierto, que me ha muerto de amores su vista. Ofrécele
cuanto mi padre te dejó para mí. Dile que le daré cuanto tengo. -E
[Ir]- ¡Ea!, díselo, que me parece que no me quiere mirar.
AREÚSA.- ¿Qué te dice ese señor a la oreja? ¿Piensa que tengo
de hacer nada de lo que pides?
CELESTINA.- No dice, hija, sino que se huelga mucho con tu
amistad, porque eres persona tan honrada en quien cualquier
beneficio cabrá bien. Llégate acá, negligente, vergonzoso, que
quiero ver para cuánto eres antes que me vaya. Retózala en esta
cama.
AREÚSA.- No será él tan descortés que entre en lo vedado sin
licencia.
CELESTINA.- ¿En cortesías y licencias estás? No espero más aquí
yo, fiadora que tú amanezcas sin dolor y él sin color. Mas como es
un putillo gallillo barbiponiente, entiendo que en tres noches no
se le demude la cresta. De éstos me mandaban a mí comer en mi
tiempo los médicos de mi tierra, cuando tenía mejores dientes.
AREÚSA.- ¡Ay, señor mío, no me trates de tal manera! Ten
mesura, por cortesía, mira las canas de aquella vieja honrada, que
están presentes. Quítate allá, que no soy de aquellas que piensas.
No soy de las que públicamente están a vender sus cuerpos por
dinero. Así goce de mí, de casa me salga, si hasta que Celestina
mi tía sea ida a mi ropa tocas.
CELESTINA.- ¿Qué es esto, Areúsa? ¿Qué son estas extrañezas y
esquivedad, estas novedades y retraimiento? Parece, hija, que no
sé yo qué cosa es esto, que nunca vi estar un hombre con una mujer
juntos, y que jamás pasé por ello ni gocé de lo que gozas, y que
no sé lo que pasan y lo que dicen y hacen. ¡Guay de quien tal oye
como yo! Pues avísote, de tanto, que fui errada como tú y tuve
amigos, pero nunca el viejo ni la vieja echaba de mi lado, ni su
consejo en público ni en mis secretos. Para la muerte que a Dios
debo, más quisiera una gran bofetada en mitad de mi cara. Parece
que ayer nací, según tu encubrimiento. Por hacerte a ti honesta,
me haces a mí necia y vergonzosa, y de poco secreto y sin
experiencia. Y me amenguas en mi oficio por alzar a ti en el tuyo.
Pues, de cosario a cosario, no se pierden sino los barriles. Más
te alabo yo detrás que tú te estimas delante.
AREÚSA.- Madre, si erré, haya perdón, y llégate más acá, y él
haga lo que quisiere, que más quiero tener a ti contenta que no a
mí; antes me quebraré un ojo que enojarte.
CELESTINA.- No tengo ya enojo, pero dígotelo para adelante.
Quedaos a Dios, que voyme sólo porque me hacéis dentera con
vuestro besar y retozar, que aún el sabor en las encías me quedó,
no lo perdí con las muelas.
AREÚSA.- Dios vaya contigo.
PÁRMENO.- Madre, ¿mandas que te acompañe?
CELESTINA.- Sería quitar a un santo por poner en otro.
Acompáñeos Dios, que yo vieja soy, no he temor que me fuercen en
la calle.
ELICIA.- El perro ladra. ¿Si viene este diablo de vieja?
CELESTINA.- Ta, ta, ta.
ELICIA.- ¿Quién es? ¿Quién llama?
CELESTINA.- Bájame a abrir, hija.
ELICIA.- Éstas son tus venidas. Andar de noche es tu placer.
¿Por qué lo haces? ¿Qué larga estada fue ésta, madre? Nunca sales
para volver a casa, por costumbre lo tienes. Cumpliendo -E [Iv]-
con uno, dejas ciento descontentos. Que has sido hoy buscada del
padre de la desposada que llevaste el día de Pascua al racionero;
que la quiere casar de aquí a tres días y es menester que la
remedies, pues que se lo prometiste, para que no sienta su marido
la falta de la virginidad.
CELESTINA.- No me acuerdo, hija, por quién dices.
ELICIA.- ¿Cómo no te acuerdas? Desacordada eres, cierto. ¡Oh
cómo caduca la memoria! Pues, por cierto, tú me dijiste, cuando la
llevabas, que la habías renovado siete veces.
CELESTINA.- No te maravilles, hija, que quien en muchas partes
derrama su memoria, en ninguna la puede tener. Pero dime si
tornará.
ELICIA.- ¡Mira si tornará! Tiénete dado una manilla de oro en
prendas de tu trabajo, ¿y no había de venir?
CELESTINA.- ¿La de la manilla es? Ya sé por quién dices. ¿Por
qué tú no tomabas el aparejo y comenzabas a hacer algo? Pues en
aquellas tales te habías de avezar y de probar, de cuantas veces
me lo has visto hacer. Si no, ¡ay!, te estarás toda tu vida hecha
bestia sin oficio ni renta. Y cuando seas de mi edad, llorarás la
holgura de ahora, que la mocedad ociosa acarrea la vejez
arrepentida y trabajosa. Hacíalo yo mejor cuando tu abuela, que
Dios haya, me mostraba este oficio, que, a cabo de un año, sabía
más que ella.
ELICIA.- No me maravillo, que muchas veces, como dicen, al
maestro sobrepuja el buen discípulo. Y no va esto sino en la gana
con que se aprende. Ninguna esciencia es bien empleada en el que
no le tiene afición. Yo le tengo a este oficio odio, tú mueres
tras ello.
CELESTINA.- Tú te lo dirás todo. Pobre vejez quieres. ¿Piensas
que nunca has de salir de mi lado?
ELICIA.- Por Dios, dejemos enojo y al tiempo el consejo.
Hayamos mucho placer. Mientras hoy tuviéremos de comer no pensemos
en mañana. También se muere el que mucho allega como el que
pobremente vive, y el doctor como el pastor, y el Papa como el
sacristán, y el señor como el siervo, y el de alto linaje como el
bajo. Y tú con oficio, como yo sin ninguno, no habemos de vivir
para siempre. Gocemos y holguemos, que la vejez pocos la ven, y de
los que la ven, ninguno murió de hambre. No quiero en este mundo
sino día y victo y parte en paraíso. Aunque los ricos tienen mejor
aparejo para ganar la gloria que quien poco tiene, no hay ninguno
contento, no hay quien diga harto tengo, no hay ninguno que no
trocase mi placer por sus dineros. Dejemos cuidados ajenos y
acostémonos, que es hora, que más me engordará un buen sueño sin
temor que cuanto tesoro hay en Venecia.
Acto VIII
ARGUMENTO DEL OCTAVO ACTO
La mañana viene. Despierta Pármeno. Despedido de Areúsa, va
para casa de Calisto, su señor. Halló a la puerta a Sempronio.
Conciertan su amistad. Van juntos a la cámara de Calisto. Hállanle
hablando consigo mismo. Levantado, va a la iglesia.
SEMPRONIO, PÁRMENO, AREÚSA, CALISTO.
PÁRMENO.- ¿Amanece o qué es esto, que tanta claridad está en
esta cámara?
AREÚSA.- ¡Qué amanecer! Duerme, señor, que aún ahora nos
acostamos. No he yo pegado bien los ojos, ¿ya había de ser de día?
Abre, por Dios, esa ventana de tu cabecera y verlo has.
PÁRMENO.- En mi seso estoy yo, señora, que es de día claro, en
ver entrar luz entre las puertas. ¡Oh, traidor de mí, en qué gran
falta he caído con mi amo! De mucha pena soy digno. ¡Oh, qué tarde
que es!
AREÚSA.- ¿Tarde?
PÁRMENO.- ¡Y muy tarde!
AREÚSA.- Pues, así gocé de mi alma, no se me ha quitado el mal
de la madre. No sé cómo pueda ser.
PÁRMENO.- Pues, ¿qué quieres, mi vida?
AREÚSA.- Que hablemos en mi mal.
PÁRMENO.- Señora mía, si lo hablado no basta, lo que más es
necesario me perdona, porque es ya mediodía. Si voy más tarde, no
seré bien recibido de mi amo. Yo vendré mañana y cuantas veces
después mandares, que por eso hizo Dios un día tras otro, por que
lo que el uno no bastase, se cumpliese en otro. Y aun por que más
nos veamos, reciba de ti esta gracia: que te vayas hoy a las doce
del día a comer con nosotros a su casa de Celestina.
AREÚSA.- Que me place de buen grado. Ve con Dios, junta tras ti
la puerta.
PÁRMENO.- A Dios te quedes.
PÁRMENO.- ¡Oh placer singular! ¡Oh singular alegría! ¿Cuál
hombre es ni ha sido más bienaventurado que yo? ¿Cuál más dichoso
y bienandante? ¡Que un tan excelente don sea por mí poseído, y,
cuan presto pedido, tan presto alcanzado! Por cierto, si las
traiciones de esta vieja con mi corazón yo pudiese sufrir, de
rodillas había de andar a la complacer. ¿Con qué pagaré yo esto?
¡Oh alto Dios! ¿A quién contaría yo este gozo? ¿A quién
descubriría tan gran secreto? ¿A quién daré parte de mi gloria?
Bien me decía la vieja que de ninguna prosperidad es buena la
posesión sin compañía. El placer no comunicado no es placer.
¿Quién sentiría esta mi dicha como yo la siento? A Sempronio veo a
la puerta de casa. -E IIv- Mucho ha madrugado. Trabajo tengo con
mi amo, si es salido fuera. No será, que no es acostumbrado, pero
como ahora no anda en su seso, no me maravillo que haya pervertido
su costumbre.
SEMPRONIO.- Pármeno, hermano, si yo supiese aquella tierra
donde se gana el sueldo durmiendo, mucho haría por ir allá, que no
daría ventaja a ninguno. Tanto ganaría como otro cualquiera. Y,
¿cómo, holgazán, descuidado, fuiste para no tornar? No sé qué crea
de tu tardanza, sino que te quedaste a escalentar la vieja esta
noche o a rascarle los pies, como cuando chiquito.
PÁRMENO.- ¡Oh Sempronio, amigo y más que hermano! Por Dios, no
corrompas mi placer, no mezcles tu ira con mi sufrimiento, no
revuelvas tu descontentamiento con mi descanso, no agües con tan
turbia agua el claro licor del pensamiento que traigo, no
enturbies con tus envidiosos castigos y odiosas reprehensiones mi
placer. Recíbeme con alegría y contarte he maravillas de mi buena
andanza pasada.
SEMPRONIO.- Dilo, dilo. ¿Es algo de Melibea? ¿Hasla visto?
PÁRMENO.- ¡Qué de Melibea! Es de otra que yo más quiero, y aun
tal que, si no estoy engañado, puede vivir con ella en gracia y
hermosura. Sí, que no se encerró el mundo y todas sus gracias en
ella.
SEMPRONIO.- ¿Qué es esto, desvariado? Reírme querría, sino que
no puedo. ¿Ya todos amamos? El mundo se va a perder. Calisto a
Melibea, yo a Elicia, tú, de envidia has buscado con quien perder
ese poco de seso que tienes.
PÁRMENO.- ¿Luego locura es amar y yo soy loco y sin seso? Pues
si la locura fuese dolores, en cada casa habría voces.
SEMPRONIO.- Según tu opinión, sí eres, que yo te he oído dar
consejos vanos a Calisto y contradecir a Celestina en cuanto
habla. Y, por impedir mi provecho y el suyo, huelgas de no gozar
tu parte. Pues a las manos me has venido donde te podré dañar, y
lo haré.
PÁRMENO.- No es, Sempronio, verdadera fuerza ni poderío dañar y
empecer, mas aprovechar y guarecer, y muy mayor quererlo hacer. Yo
siempre te tuve por hermano. No se cumpla, por Dios, en ti lo que
se dice, que pequeña causa desparte conformes amigos. Muy mal me
tratas. No sé dónde nazca este rencor. No me indignes, Sempronio,
con tan lastimeras razones. Cata que es muy rara la paciencia que
agudo baldón no penetre y traspase.
SEMPRONIO.- No digo mal en esto, sino que se eche otra sardina
para el mozo de caballos, pues tú tienes amiga.
PÁRMENO.- Estás enojado. Quiérote sufrir, aunque más mal me
trates, pues dicen que ninguna humana pasión es perpetua ni
durable.
SEMPRONIO.- Más maltratas tú a Calisto, aconsejando a él lo que
para ti huyes, diciendo que se aparte de amar a Melibea, hecho
tablilla de mesón, que para sí no tiene abrigo y dale a todos. ¡Oh
Pármeno! Ahora podrás ver cuán fácil cosa es reprehender vida
ajena y cuán duro guardar cada cual la suya. No digo más, pues tú
eres testigo, y de aquí adelante veremos cómo te has, pues ya
tienes tu escudilla como cada cual. Si tú mi amigo fueras, en la
necesidad que de ti tuve me habías de favorecer, y ayudar a
Celestina en mi provecho, que no hincar un clavo de malicia a cada
palabra. Sabe que, como la hez de la taberna despide a los
borrachos, así la adversidad o necesidad al fingido amigo. Luego
se descubre el falso metal, dorado por encima.
PÁRMENO.- Oído lo había decir y por experiencia lo veo: nunca
venir placer sin contraria zozobra en esta triste vida. A los
alegres, serenos y claros soles, nublados oscuros y pluvias vemos
suceder; a los solaces y placeres, dolores y muertes los ocupan; a
las risas y deleites, llantos y lloros y pasiones mortales los
siguen; finalmente, a mucho descanso y sosiego, mucho pesar y
tristeza. ¿Quién podrá tan alegre venir como yo ahora? ¿Quién tan
triste recibimiento padecer? ¿Quién verse, como yo me vi, con
tanta gloria alcanzada con mi querida Areúsa? ¿Quién caer de ella
siendo tan mal tratado tan presto, como yo de ti? Que no me has
dado lugar a poderte decir cuánto soy tuyo, cuánto te he de
favorecer en todo, cuánto soy arrepiso de lo pasado, cuántos
consejos y castigos buenos he recibido de Celestina en tu favor y
provecho y de todos; cómo, pues este juego de nuestro amo y
Melibea está entre las manos, podemos ahora medrar o nunca.
SEMPRONIO.- Bien me agradan tus palabras, si tales tuvieses las
obras, a las cuales espero para haberte de creer. Pero, por Dios,
me digas qué es eso que dijiste de Areúsa. Parece que conoces tú a
Areúsa, su prima de Elicia.
PÁRMENO.- Pues, ¿qué es todo el placer que traigo, sino haberla
alcanzado?
SEMPRONIO.- ¡Cómo se lo dice el bobo, de risa no puede hablar!
¿A qué llamas haberla alcanzado? ¿Estaba a alguna ventana o qué es
eso?
PÁRMENO.- A ponerla en duda si queda preñada o no.
SEMPRONIO.- Espantado me tienes. Mucho puede el continuo
trabajo; una continua gotera horada una piedra.
PÁRMENO.- Verás qué tan continuo, que ayer lo pensé, ya la
tengo por mía.
SEMPRONIO.- ¡La vieja anda por ahí!
PÁRMENO.- ¿En qué lo ves?
SEMPRONIO.- Que ella me había dicho que te quería mucho y que
te la haría haber. Dichoso fuiste, no hiciste sino llegar y
recaudar. Por esto dicen más vale a quien Dios ayuda, que quien
mucho madruga. Pero tal padrino tuviste...
PÁRMENO.- Di madrina, que es más cierto. Así que quien a buen
árbol se arrima... Tarde fui, pero temprano recaudé. ¡Oh hermano!,
¿qué te contaría de sus gracias de aquella mujer, de su habla y
hermosura de cuerpo? Pero quede para más oportunidad.
SEMPRONIO.- ¿Puede ser sino prima de Elicia? No me dirás tanto,
cuanto estotra no tenga más. Todo te creo. Pero, ¿qué te cuesta? ¿Hasle
dado algo?
PÁRMENO.- No, cierto. Mas, aunque hubiera, era bien empleado.
De todo bien es capaz. En tanto son las tales tenidas cuanto caras
son compradas; tanto valen cuanto cuestan. Nunca mucho costó poco,
sino a mí esta señora. A comer la convidé para casa de Celestina
y, si te place, vamos todos allá.
SEMPRONIO.- ¿Quién, hermano?
PÁRMENO.- Tú y ella, y allá está la vieja, y Elicia. Habremos
placer.
SEMPRONIO.- ¡Oh Dios, y cómo me has alegrado! Franco eres,
nunca te faltaré. Como te tengo por hombre, como creo que Dios te
ha de hacer bien, todo el enojo que de tus pasadas -E IIIv- hablas
tenía, se me ha tornado en amor. No dudo ya tu confederación con
nosotros ser la que debe. Abrazarte quiero. Seamos como hermanos.
¡Vaya el diablo para ruin...! Sea lo pasado cuestión de San Juan,
y así paz para todo el año, que las iras de los amigos siempre
suelen ser reintegración del amor. Comamos y holguemos, que
nuestro amo ayunará por todos.
PÁRMENO.- ¿Y qué hace el desesperado?
SEMPRONIO.- Allí está tendido en el estrado cabe la cama, donde
le dejaste anoche, que ni ha dormido ni está despierto. Si allá
entro, ronca; si me salgo, canta o devanea. No le tomo tiento si
con aquello pena o descansa.
PÁRMENO.- ¿Qué dices? ¿Y nunca me ha llamado ni ha tenido
memoria de mí?
SEMPRONIO.- No se acuerda de sí, ¿acordarse ha de ti?
PÁRMENO.- Aun hasta en esto me ha corrido buen tiempo. Pues así
es, mientras recuerda, quiero enviar la comida, que la aderecen.
SEMPRONIO.- ¿Qué has pensado enviar para que aquellas loquillas
te tengan por hombre cumplido, bien criado y franco?
PÁRMENO.- En casa llena, presto se adereza cena. De lo que hay
en la despensa basta para no caer en falta: pan blanco, vino de
Monviedro, un pernil de tocino; y más seis pares de pollos que
trajeron estotro día los renteros de nuestro amo, que si los
pidiere, harele creer que los ha comido; y las tórtolas que mandó
para hoy guardar diré que hedían. Tú serás testigo. Tendremos
manera como a él no haga mal lo que de ellas comiere, y nuestra
mesa esté como es razón. Y allá hablaremos más largamente en su
daño y nuestro provecho con la vieja cerca de estos amores.
SEMPRONIO.- ¡Más dolores!, que por fe tengo que de muerto o
loco no escapa esta vez. Pues que así es, despacha. Subamos a ver
qué hace.
CALISTO
En gran peligro me veo:
en mi muerte no hay tardanza,
pues que me pide el deseo
lo que me niega esperanza.
PÁRMENO.- Escucha, escucha, Sempronio. Trovando está nuestro
amo.
SEMPRONIO.- ¡Oh hideputa, él trovador! El gran Antípater
Sidonio, el gran poeta Ovidio, los cuales de improviso se les
venían las razones metrificadas a la boca. ¡Sí, sí, de ésos es!
¡Trovará el diablo! Está devaneando entre sueños.
CALISTO
Corazón, bien se te emplea
que penes y vivas triste,
pues tan presto te venciste
del amor de Melibea.
PÁRMENO.- ¿No digo yo que trova?
CALISTO.- ¿Quién habla en la sala? ¡Mozos!
PÁRMENO.- Señor.
CALISTO.- ¿Es muy noche? ¿Es hora de acostar?
PÁRMENO.- ¡Mas ya es, señor, tarde para levantar!
CALISTO.- ¿Qué dices, loco? ¿Toda la noche es pasada?
PÁRMENO.- Y aun harta parte del día.
CALISTO.- Di, Sempronio, ¿miente ese desvariado que me hace
creer que es de día?
SEMPRONIO.- Olvida, señor, un poco a Melibea y verás la
claridad, que con la mucha que en su gesto contemplas, no puedes
ver de encandilado, como perdiz con la calderuela.
CALISTO.- Ahora lo creo, que tañen a misa. Daca mis ropas, iré
a la Magdalena, rogaré a Dios aderece a Celestina y ponga en
corazón a Melibea mi remedio o dé fin en breve a mis tristes días.
SEMPRONIO.- No te fatigues tanto. No lo quieras todo en una
hora, que no es de discretos desear con grande eficacia lo que se
puede tristemente acabar. Si tú pides que se concluya en un día lo
que en un año sería harto, no es mucha tu vida.
CALISTO.- ¿Quieres decir que soy como el mozo del escudero
gallego?
SEMPRONIO.- No mande Dios que tal cosa yo diga, que eres mi
señor. Y demás de esto, sé que, como me galardonas el buen
consejo, me castigarías lo mal hablado, aunque dicen que no es
igual la alabanza del servicio o buena habla con la reprehensión y
pena de lo mal hecho o hablado.
CALISTO.- No sé quién te avezó tanta filosofía, Sempronio.
SEMPRONIO.- Señor, no es todo blanco aquello que de negro no
tiene semejanza; ni es todo oro cuanto amarillo reluce. Tus
acelerados deseos, no medidos por razón, hacen parecer claros mis
consejos. Quisieras tú ayer que te trajeran a la primera habla
amanojada y envuelta en su cordón a Melibea, como si hubieras
enviado por otra cualquiera mercaduría a la plaza, en que no
hubiera más trabajo de llegar y pagarla. Da, señor, alivio al
corazón, que en poco espacio de tiempo no cabe gran
bienaventuranza. Un solo golpe no derriba un roble. Apercíbete con
sufrimiento, porque la prudencia es cosa loable y el
apercibimiento resiste el fuerte combate.
CALISTO.- Bien has dicho, si la cualidad de mi mal lo
consintiese.
SEMPRONIO.- ¿Para qué, señor, es el seso, si la voluntad priva
a la razón?
CALISTO.- ¡Oh loco, loco! Dice el sano al doliente, «Dios te dé
salud». No quiero consejo ni esperarte más razones, que más avivas
y enciendes las llamas que me consumen. Yo me voy solo a misa y no
tornaré a casa hasta que me llaméis, pidiéndome albricias de mi
gozo con la buena venida de Celestina. Ni comeré hasta entonces,
aunque primero sean los caballos de Febo apacentados en aquellos
verdes prados que suelen, cuando han dado fin a su jornada.
SEMPRONIO.- Deja, señor, esos rodeos, deja esas poesías, que no
es habla conveniente la que a todos no es común, la que todos no
participan, la que pocos entienden. Di «aunque se ponga el sol» y
sabrán todos lo que dices, y come alguna conserva con que tanto
espacio de tiempo te sostengas.
CALISTO.- Sempronio, mi fiel criado, mi buen consejero, mi leal
servidor, sea como a ti te parece, porque cierto tengo, según tu
limpieza de servicio, quieres tanto mi vida como la tuya.
SEMPRONIO.- ¿Créeslo tú, Pármeno? Bien sé que no lo jurarías.
Acuérdate, si fueres por conserva, apañes un bote para aquella
gentecilla que nos va más y a buen entendedor... En la bragueta
cabrá.
CALISTO.- ¿Qué dices, Sempronio?
SEMPRONIO.- Dije, señor, a Pármeno que fuese por una tajada de
diacitrón.
PÁRMENO.- Hela aquí, señor.
CALISTO.- Daca.
SEMPRONIO.- Verás qué engullir hace el diablo. Entero lo quiere
tragar por más aprisa hacer.
CALISTO.- El alma me ha tornado. Quedaos con Dios, hijos.
Esperad la vieja e id por buenas albricias.
PÁRMENO.- ¡Allá irás con el diablo, tú y malos años, y en tal
hora comieses el diacitrón como Apuleyo el veneno que lo convirtió
en asno!
Acto IX
ARGUMENTO DEL NOVENO ACTO
Sempronio y Pármeno van a casa de Celestina, entre sí hablando.
Llegados allá, hallan a Elicia y Areúsa. Pónense a comer, y entre
comer riñe Elicia con Sempronio. Levántase de la mesa. Tórnanla
apaciguar. Estando ellos todos entre sí razonando, viene Lucrecia,
criada de Melibea, a llamar a Celestina que vaya a estar con
Melibea.
SEMPRONIO,PÁRMENO, ELICIA, CELESTINA, AREÚSA,
LUCRECIA.
SEMPRONIO.- Baja, Pármeno, nuestras capas y espadas, si te
parece que es hora que vamos a comer.
PÁRMENO.- Vamos presto. Ya creo que se quejarán de nuestra
tardanza. No por esta calle, sino por estotra, por que nos
entremos por la iglesia y veremos si hubiere acabado Celestina sus
devociones. Llevarla hemos de camino.
SEMPRONIO.- ¡A donosa hora ha de estar rezando!
PÁRMENO.- No se puede decir sin tiempo hecho lo que en todo
tiempo se puede hacer.
SEMPRONIO.- Verdad es, pero mal conoces a Celestina. Cuando
ella tiene que hacer, no se acuerda de Dios ni cura de santidades.
Cuando hay qué roer en casa, sanos están los santos; cuando va a
la iglesia con sus cuentas en la mano, no sobra el comer en casa.
Aunque ella te crió, mejor conozco yo sus propiedades que tú. Lo
que en sus cuentas reza es los virgos que tiene a cargo y cuántos
enamorados hay en la ciudad, y cuántas mozas tiene encomendadas, y
qué despenseros le dan ración, y cuál mejor, y cómo les llaman por
nombre, por que cuando los encontrare no hable como extraña; y qué
canónigo es más mozo y franco. Cuando menea los labios es fingir
mentiras, ordenar cautelas para haber dinero: «Por aquí le
entraré, esto me responderá, esto replicaré». Así vive esta que
nosotros mucho honramos.
PÁRMENO.- Más que eso sé yo; sino porque te enojaste esotro día
no quiero hablar, cuando lo dije a Calisto.
SEMPRONIO.- Aunque lo sepamos para nuestro provecho, no lo
publiquemos para nuestro daño. Saberlo nuestro amo es echarla por
quien es y no curar de ella. Dejándola, vendrá forzado otra, de
cuyo trabajo no esperemos parte, como de ésta, que de grado o por
fuerza nos dará de lo que le diere.
PÁRMENO.- Bien has dicho. Calla, que está abierta la puerta. En
casa está. Llama antes que entres, que por ventura están revueltas
y no querrán ser así vistas.
SEMPRONIO.- Entra, no cures, que todos somos de casa. Ya ponen
la mesa.
CELESTINA.- ¡Oh mis enamorados, mis perlas de oro! Tal me venga
el año cual me parece vuestra venida.
PÁRMENO.- ¡Qué palabras tiene la noble! Bien ves, hermano,
estos halagos fingidos.
SEMPRONIO.- Déjala, que de eso vive, que no sé quién diablos le
mostró tanta ruindad.
PÁRMENO.- La necesidad y pobreza, la hambre, que no hay mejor
maestra en el mundo, no hay mejor despertadora y avivadora de
ingenios. ¿Quién mostró a las picazas y papagayos imitar nuestra
propia habla con sus arpadas lenguas, nuestro órgano y voz, sino
ésta?
CELESTINA.- ¡Muchachas, muchachas! ¡Bobas! Andad acá abajo,
¡presto, presto!, que están aquí dos hombres que me quieren
forzar.
ELICIA.- ¡Mas nunca acá vinieran! ¡Y mucho convidar con tiempo,
que ha tres horas que está aquí mi prima! Este perezoso de
Sempronio habrá sido causa de la tardanza, que no ha ojos por do
verme.
SEMPRONIO.- Calla, mi señora, mi vida, mis amores, que quien a
otro sirve no es libre. Así que sujeción me releva de culpa. No
hayamos enojo, asentémonos a comer.
ELICIA.- ¡Así, para asentar a comer, muy diligente! ¡A mesa
puesta con tus manos lavadas y poca vergüenza!
SEMPRONIO.- Después reñiremos; comamos ahora. Asiéntate, madre
Celestina, tú primero.
CELESTINA.- Asentaos vosotros, mis hijos, que harto lugar hay
para todos, a Dios gracias. Tanto nos diesen del paraíso cuando
allá vamos. Poneos en orden, cada uno cabe la suya; yo, que estoy
sola, pondré cabe mí este jarro y taza, que no es más mi vida de
cuanto con ello hablo. Después que me fui haciendo vieja, no sé
mejor oficio a la mesa que escanciar, porque quien la miel trata
siempre se le pega de ella. Pues de noche, en invierno, no hay tal
escalentador de cama. Que con dos jarrillos de éstos que beba,
cuando me quiero acostar, no siento frío en toda la noche. De esto
ahorro todos mis vestidos cuando viene la Navidad; esto me
calienta la sangre; esto me sostiene contino en un ser; esto me
hace andar siempre alegre; esto me para fresca; de esto vea yo
sobrado en casa, que nunca temeré el mal año, que un cortezón de
pan ratonado me basta para tres días. Esto quita la tristeza del
corazón más que el oro ni el coral; esto da esfuerzo al mozo y al
viejo fuerza; pone color al descolorido; coraje al cobarde; al
flojo diligencia; conforta los celebros; saca el frío del
estómago; quita el hedor del anhélito; hace potentes los fríos;
hace sufrir los afanes de las labranzas; a los cansados segadores
hace sudar toda agua mala; sana el romadizo y las muelas; sostiene
sin heder en la mar, lo cual no hace el agua. Más propiedades te
diría de ello que todos tenéis cabellos. Así que no sé quién no se
goce en mentarlo. No tiene sino -E Vv- una tacha, que lo bueno
vale caro y lo malo hace daño. Así que, con lo que sana el hígado,
enferma la bolsa. Pero todavía con mi fatiga busco lo mejor para
eso poco que bebo, una sola docena de veces a cada comida. No me
harán pasar de allí salvo si no soy convidada como ahora.
PÁRMENO.- Madre, pues tres veces dicen que es bueno y honesto
todos los que escribieron.
CELESTINA.- Hijo, estará corrupta la letra, por «trece»,
«tres».
SEMPRONIO.- Tía señora, a todos nos sabe bien, comiendo y
hablando, porque después no habrá tiempo para entender en los
amores de este perdido de nuestro amo y de aquella graciosa y
gentil Melibea.
ELICIA.- ¡Apártateme allá, desabrido, enojoso! ¡Mal provecho te
haga lo que comes, tal comida me has dado! Por mi alma, revesar
quiero cuanto tengo en el cuerpo, de asco de oírte llamar a
aquélla «gentil». ¡Mirad quién «gentil»! ¡Jesú, Jesú, y qué hastío
y enojo es ver tu poca vergüenza! ¿A quién «gentil»? ¡Mal me haga
Dios si ella lo es ni tiene parte de ello, sino que hay ojos que
de lagañas se agradan! Santiguarme quiero de tu necedad y poco
conocimiento. ¡Oh quién estuviese de gana para disputar contigo su
hermosura y gentileza! ¿Gentil es Melibea? Entonces lo es,
entonces acertarán cuando andan a pares los diez mandamientos.
Aquella hermosura, por una moneda se compra de la tienda. Por
cierto, que conozco yo en la calle donde ella vive cuatro
doncellas en quien Dios más repartió su gracia que no en Melibea,
que si algo tiene de hermosura es por buenos atavíos que trae.
Ponedlos a un palo, ¿también diréis que es «gentil»? Por mi vida,
que no lo digo por alabarme, mas creo que soy tan hermosa como
vuestra Melibea.
AREÚSA.- Pues no la has tú visto como yo, hermana mía. Dios me
lo demande, si en ayunas la topases, si aquel día pudieses comer
de asco. Todo el año se está encerrada con mudas de mil
suciedades. Por una vez que haya de salir donde pueda ser vista,
enviste su cara con hiel y miel, con uvas tostadas e higos
pasados, y con otras cosas que por reverencia de la mesa dejo de
decir. Las riquezas las hace a éstas hermosas y ser alabadas, que
no las gracias de su cuerpo. Que así goce de mí, unas tetas tiene,
para ser doncella, como si tres veces hubiese parido. No parecen
sino dos grandes calabazas. El vientre no se le he visto, pero,
juzgando por lo otro, creo que le tiene tan flojo como vieja de
cincuenta años. No sé qué se ha visto Calisto, porque deja de amar
a otras que más ligeramente podría haber y con quien más él
holgase, sino que el gusto dañado muchas veces juzga por dulce lo
amargo.
SEMPRONIO.- Hermana, paréceme aquí que cada buhonero alaba sus
agujas, que el contrario de eso se suena por la ciudad.
AREÚSA.- Ninguna cosa es más lejos de la verdad que la vulgar
opinión. Nunca alegre vivirás si por voluntad de muchos te riges.
Porque éstas son conclusiones verdaderas, que cualquier cosa que
el vulgo piensa es vanidad; lo que habla, falsedad; lo que
reprueba es bondad; lo que aprueba, maldad. Y pues éste es su más
cierto uso y costumbre, no juzgues la bondad y hermosura de
Melibea por eso ser la que afirmas.
SEMPRONIO.- Señora, el vulgo parlero no perdona las tachas de
sus señores y así yo creo que, si alguna tuviese Melibea, ya sería
descubierta de los que con ella más que nosotros tratan. Y aunque
lo que dices concediese, Calisto es caballero, Melibea hijadalgo,
así que los nacidos por linaje escogidos búscanse unos a otros.
Por ende, no es de maravillar que ame antes a ésta que a otra.
AREÚSA.- Ruin sea quien por ruin se tiene. Las obras hacen
linaje, que al fin todos somos hijos de Adán y Eva. Procure de ser
cada uno bueno por sí y no vaya a buscar en la nobleza de sus
pasados la virtud.
CELESTINA.- Hijos, por mi vida, que cesen esas razones de
enojo. Y tú, Elicia, que te tornes a la mesa y dejes esos enojos.
ELICIA.- ¡Con tal que mala pro me hiciese, con tal que
reventase en comiéndolo! ¿Había yo de comer con ese malvado, que
en mi cara me ha porfiado que es más gentil su andrajo de Melibea
que yo?
SEMPRONIO.- Calla, mi vida, que tú la comparaste. Toda
comparación es odiosa; tú tienes la culpa y no yo.
AREÚSA.- Ven, hermana, a comer, no hagas ahora ese placer a
estos locos porfiados, Si no, levantarme he yo de la mesa.
ELICIA.- Necesidad de complacerte me hace contentar a ese
enemigo mío y usar de virtudes con todos.
SEMPRONIO.- ¡Je, je, je!
ELICIA.- ¿De qué te ríes? ¡De mal cáncer sea comida esa boca
desgraciada y enojosa!
CELESTINA.- No le respondas, hijo; si no, nunca acabaremos.
Entendamos en lo que hace a nuestro caso. Decidme, ¿cómo quedó
Calisto? ¿Cómo lo dejasteis? ¿Cómo os pudisteis entrambos
descabullir de él?
PÁRMENO.- Allá fue a la maldición, echando fuego, desesperado,
perdido, medio loco, a misa a la Magdalena, a rogar a Dios que te
dé gracia que puedas bien roer los huesos de estos pollos y
protestando no volver a casa hasta oír que eres venida con Melibea
en tu arremango. Tu saya y manto, y aun mi sayo, cierto está. Lo
otro vaya y venga; el cuándo lo dará, no lo sé.
CELESTINA.- Sea cuando fuere. Buenas son mangas pasada la
Pascua. Todo aquello alegra, que con poco trabajo se gana,
mayormente viniendo de parte donde tan poca mella hace, de hombre
tan rico que con los salvados de su casa podría yo salir de
laceria, según lo mucho le sobra. No les duele a los tales lo que
gastan, y según la causa por que lo dan, no lo sienten con el
embebecimiento del amor. No les pena, no ven, no oyen, lo cual yo
juzgo por otros que he conocido menos apasionados y metidos en
este fuego de amor que a Calisto veo, que ni comen ni beben, ni
ríen ni lloran, ni duermen ni velan, ni hablan ni callan, ni penan
ni descansan, ni están contentos ni se quejan, según la
perplejidad de aquella dulce y fiera llaga de sus corazones. Y si
alguna cosa de éstas la natural necesidad les fuerza a hacer,
están en el acto tan olvidados que comiendo se olvida la mano de
llevar la vianda a la boca. Pues si con ellos hablan, jamás
conveniente respuesta vuelven. Allí tienen los cuerpos; con sus
amigas los corazones y sentidos. Mucha fuerza tiene el amor: no
sólo la tierra, mas aun las mares traspasa, según su poder. Igual
mando tiene en todo género de hombres. Todas las dificultades
quiebra. Ansiosa cosa es, temerosa y solícita. Todas las cosas
mira en derredor. Así que si vosotros buenos enamorados habéis
sido, juzgaréis yo decir verdad.
SEMPRONIO.- Señora, en todo concedo con tu razón, que aquí está
quien me causó algún tiempo andar hecho otro Calisto, perdido el
sentido, cansado el cuerpo, la cabeza vana, los días mal
durmiendo, las noches todas velando, dando alboradas, haciendo
momos, saltando paredes, poniendo cada día la vida al tablero,
esperando toros, corriendo caballos, tirando barra, echando lanza,
cansando amigos, quebrando espadas, haciendo escalas, vistiendo
armas y otros mil actos de enamorado, haciendo coplas, pintando
motes, sacando invenciones. Pero todo lo doy por bien empleado,
pues tal joya gané.
ELICIA.- ¡Mucho piensas que me tienes ganada! Pues hágote
cierto que no has vuelto la cabeza cuando está en casa otro que
más quiero, más gracioso que tú, y aun que no ande buscando cómo
me dar enojo, a cabo de un año que me vienes a ver, tarde y con
mal.
CELESTINA.- Hijo, déjala decir, que devanea. Mientras más de
eso la oyeres, más se confirma en su amor. Todo es porque habéis
aquí alabado a Melibea. No sabe en otra cosa en que os lo pagar
sino en decir eso, y creo que no ve la hora que haber comido para
lo que yo me sé. Pues esotra su prima yo la conozco. Gozad
vuestras frescas mocedades, que quien tiempo tiene y mejor le
espera, tiempo viene que se arrepiente, como yo hago ahora por
algunas horas que dejé perder, cuando moza, cuando me preciaba,
cuando me querían. Que ya, ¡mal pecado!, caducado he, nadie no me
quiere. ¡Que sabe Dios mi buen deseo! Besaos y abrazaos, que a mí
no me queda otra cosa sino gozarme de verlo. Mientras a la mesa
estáis, de la cinta arriba todo se perdona; cuando seáis aparte no
quiero poner tasa, pues que el rey no la pone. Que yo sé por las
muchachas que nunca de importunos os acusen, y la vieja Celestina
mascará de dentera con sus botas encías las migajas de los
manteles. Bendígaos Dios, ¡cómo lo reís y holgáis, putillos,
loquillos, traviesos! ¡En esto había de parar el nublado de las
cuestioncillas que habéis tenido! ¡Mirad no derribéis la mesa!
ELICIA.- Madre, a la puerta llaman; el solaz es derramado.
CELESTINA.- Mira, hija, quién es. Por ventura será quien lo
acreciente y allegue.
ELICIA.- O la voz me engaña o es mi prima Lucrecia.
CELESTINA.- Ábrele y entre ella y buenos años, que aun a ella
algo se le entiende de esto que aquí hablamos, aunque su mucho
encerramiento le impide el gozo de su mocedad.
AREÚSA.- Así goce de mí, que es verdad que estas que sirven a
señoras ni gozan deleite ni conocen los dulces premios de amor.
Nunca tratan con parientes, con iguales a quien puedan hablar tú
por tú, con quien digan: «¿qué cenaste?», «¿estás preñada?»,
«¿cuántas gallinas crías?», «llévame a merendar a tu casa»;
«muéstrame tu enamorado»; «¿cuánto ha que no te vio?», «¿cómo te
va con él?», «¿quién son tus vecinas?» y otras cosas de igualdad
semejantes. ¡Oh tía, y qué duro nombre y qué grave y soberbio es
«señora» contino en la boca! Por esto me vivo sobre mí desde que
me sé conocer, que jamás me precié de llamarme de otra sino mía,
mayormente de estas señoras que ahora se usan. Gástaste con ellas
lo mejor del tiempo y con una saya rota de las que ellas desechan
pagan servicio de diez años. Denostadas, maltratadas las traen,
contino sojuzgadas, que hablar delante ellas no osan. Y cuando ven
cerca el tiempo de la obligación de casarlas, levántanles un
caramillo: que se echan con el mozo o con el hijo, o pídenles
celos del marido, o que meten hombres en casa, o que hurtó la taza
o perdió el anillo; danles un ciento de azotes y échanlas la
puerta fuera, las haldas en la cabeza, diciendo: «¡allá irás,
ladrona, puta, no destruirás mi casa y honra!». Así que esperan
galardón, sacan baldón; esperan salir casadas, salen amenguadas;
esperan vestidos y joyas de boda, salen desnudas y denostadas.
Éstos son sus premios, éstos son sus beneficios y pagos. Oblíganse
a darles marido, quítanles el vestido. La mejor honra que en sus
casas tienen es andar hechas callejeras, de dueña en dueña, con
sus mensajes a cuestas. Nunca oyen su nombre propio de la boca de
ellas, sino «puta acá», «puta acullá», «¿a dó vas, tiñosa?», «¿qué
hiciste, bellaca?», «¿por qué comiste esto, golosa?», «¿cómo
fregaste la sartén, puerca?», «¿por qué no limpiaste el manto,
sucia?», «¿cómo dijiste esto, necia?», «¿quién perdió el plato,
desaliñada?», «¿cómo faltó el paño de manos, ladrona? A tu rufián
le habrás dado», «ven acá, mala mujer, ¿la gallina habada no
parece?, pues búscala presto, si no, en la primera blanca de tu
soldada la contaré». Y tras esto mil chapinazos y pellizcos, palos
y azotes. No hay quien las sepa contentar, no quien pueda
sufrirlas. Su placer es dar voces, su gloria es reñir. De lo mejor
hecho menos contentamiento muestran. Por esto, madre, he querido
más vivir en mi pequeña casa, exenta y señora, que no en sus ricos
palacios, sojuzgada y cautiva.
CELESTINA.- En tu seso has estado. Bien sabes lo que haces, que
los sabios dicen «que vale más una migaja de pan con paz que toda
la casa llena de viandas con rencilla». Mas ahora cese esta razón,
que entra Lucrecia.
LUCRECIA.- Buena pro os haga, tía y la compañía. Dios bendiga
tanta gente y tan honrada.
CELESTINA.- ¿Tanta, hija? ¿Por mucha has ésta? Bien parece que
no me conociste en mi prosperidad, hoy ha veinte años. ¡Ay, quién
me vio y quién me ve ahora, no sé cómo no quiebra su corazón de
dolor! Yo vi, mi amor, esta mesa donde ahora están tus primas
asentadas, nueve mozas de tus días, que la mayor no pasaba de
dieciocho años y ninguna había menor de catorce. Mundo es, pase,
ande su rueda, rodee sus arcaduces, unos llenos, otros vacíos. Ley
es de fortuna que ninguna cosa en un ser mucho tiempo permanece;
su orden es mudanzas. No puedo decir sin lágrimas la mucha honra
que entonces tenía, aunque por mis pecados y mala dicha, poco a
poco, ha venido en disminución. Como declinaban ya mis días, así
se disminuía y menguaba mi provecho. Proverbio es antiguo que
«cuanto al mundo es o crece o decrece». Todo tiene sus límites.
Todo tiene sus grados. Mi honra llegó a la cumbre según quien yo
era. De necesidad es que desmengüe y abaje. Cerca ando de mi fin.
En esto veo que me queda poca vida. Pero bien sé que subí para
descender, florecí para secarme, gocé para entristecerme, nací
para vivir, viví para crecer, crecí para envejecer, envejecí para
morirme. Y pues esto antes de ahora me consta, sufriré con menos
pena mi mal, aunque del todo no pueda despedir el sentimiento,
como sea de carne sentible formada.
LUCRECIA.- Trabajo tenías, madre, con tantas mozas, que es
ganado muy penoso de guardar.
CELESTINA.- ¿Trabajo, mi amor? Antes descanso y alivio. Todas
me obedecían, todas me honraban, de todas era acatada, ninguna
salía de mi querer, lo que decía era lo bueno, a cada cual daba
cobro, no escogían más de lo que yo les mandaba: cojo, o tuerto, o
manco, aquel habían por sano quien más dinero me daba. Mío era el
provecho, suyo el afán. Pues ¿servidores no tenía por su causa de
ellas? Caballeros, viejos, mozos, abades de todas dignidades,
desde obispos hasta sacristanes. En entrando por la iglesia, veía
derrocar bonetes en mi honor, como si yo fuera una duquesa. El que
menos había de negociar conmigo, por más ruin se tenía. De media
legua que me viesen, dejaban las Horas. Uno a uno, dos a dos,
venían adonde yo estaba a ver si mandaba algo, a preguntarme cada
uno por la suya. En viéndome entrar, se turbaban, que no hacían ni
decían cosa a derechas. Unos me llamaban «señora», otros «tía»,
otros «enamorada», otros «vieja honrada». Allí se concertaban sus
venidas a mi casa, allí las idas a la suya; allí se me ofrecían
dineros, allí promesas, allí otras dádivas besando el cabo de mi
manto y aun algunos en la cara, por me tener más contenta. Ahora
hame traído la fortuna a tal estado que me digas «buena pro hagan
las zapatas».
SEMPRONIO.- Espantados nos tienes con tales cosas como nos
cuentas de esa religiosa gente y benditas coronas. ¡Sí, que no
serían todos!
CELESTINA.- No, hijo, ni Dios lo mande que yo tal cosa levante.
Que muchos viejos devotos había con quien yo poco medraba y aun
que no me podían ver, pero creo que de envidia de los otros que me
hablaban. Como la clerecía era grande, había de todos: unos muy
castos, otros que tenían cargo de mantener a las de mi oficio, y
aun todavía creo que no faltan; y enviaban sus escuderos y mozos a
que me acompañasen. Y apenas era llegada a mi casa, cuando
entraban por mi puerta muchos pollos y gallinas, ansarones,
anadones, perdices, tórtolas, perniles de tocino, tortas de trigo,
lechones. Cada cual como recibía de aquellos diezmos de Dios, así
lo venía luego a registrar, para que comiese yo y aquellas sus
devotas. Pues, vino, ¿no me sobraba de lo mejor que se bebía en la
ciudad? Venido de diversas partes, de Monviedro, de Luque, de
Toro, de Madrigal, de San Martín y de otros muchos lugares; y
tantos, que, aunque tengo la diferencia de los gustos y sabor en
la boca, no tengo la diversidad de sus tierras en la memoria, que
harto es que una vieja como yo, en oliendo cualquiera vino, diga
de dónde es. Pues otros curas sin renta, no era ofrecido el bodigo,
cuando, en besando el feligrés la estola, era del primero voleo en
mi casa. Espesos como piedras a tablado entraban muchachos
cargados de provisiones por mi puerta. No sé cómo puedo vivir
cayendo de tal estado.
AREÚSA.- Por Dios, pues somos venidas a haber placer, no
llores, madre, ni te fatigues, que Dios lo remediará todo.
CELESTINA.- Harto tengo, hija, que llorar, acordándome de tan
alegre tiempo y tal vida como yo tenía, y cuán servida era de todo
el mundo, que jamás hubo fruta nueva de que yo primero no gozase
que otros supiesen si era nacida. En mi casa se había de hallar si
para alguna preñada se buscase.
SEMPRONIO.- Madre, ningún provecho trae la memoria del buen
tiempo, si cobrar no se puede, antes tristeza. Como a ti ahora,
que nos has sacado el placer de entre las manos. Álcese la mesa.
Irnos hemos a holgar, y tú darás respuesta a esta doncella que
aquí es venida.
CELESTINA.- Hija Lucrecia, dejadas esas razones, querría que me
dijeses a qué fue ahora tu buena venida.
LUCRECIA.- Por cierto, ya se me había olvidado mi principal
demanda y mensaje con la memoria de ese tan alegre tiempo. Como
has contado, y así me estuviera un año sin comer escuchándote, y
pensando en aquella vida buena que aquellas mozas gozarían, que me
parece y semeja que estoy yo ahora en ella. Mi venida, señora, es
lo que tú sabrás: pedirte el ceñidero y, demás de esto, te ruega
mi señora sea de ti visitada, y muy presto, porque se siente muy
fatigada de desmayos y de dolor del corazón.
CELESTINA.- Hija, de estos dolorcillos tales más es el ruido
que las nueces. ¡Maravillada estoy sentirse del corazón mujer tan
moza!
LUCRECIA.- ¡Así te arrastren, traidora! ¿Tú no sabes qué es?
Hace la vieja falsa sus hechizos y vase; después hácese de nuevas.
CELESTINA.- ¿Qué dices, hija?
LUCRECIA.- Madre, que vamos presto y me des el cordón.
CELESTINA.- Vamos, que yo le llevo.
Acto X
ARGUMENTO DEL DÉCIMO ACTO
Mientras andan Celestina y Lucrecia por el camino, está
hablando Melibea consigo misma. Llegan a la puerta. Entra Lucrecia
primero. Hace entrar a Celestina. Melibea, después de muchas
razones, descubre a Celestina arder en amor de Calisto. Ven venir
a Alisa, madre de Melibea. Despídense de en uno. Pregunta Alisa a
Melibea, su hija, de los negocios de Celestina. Defendiole su
mucha conversación.
MELIBEA, CELESTINA, LUCRECIA,ALISA.
MELIBEA.- ¡Oh lastimada de mí! ¡Oh mal proveída doncella! ¿Y no
me fuera mejor conceder su petición y demanda ayer a Celestina,
cuando de parte de aquel señor, cuya vista me cautivó, me fue
rogado, y contentarle a él y sanar a mí, que no venir por fuerza a
descubrir mi llaga, cuando no me sea agradecido, cuando ya
desconfiando de mi buena respuesta haya puesto sus ojos en amor de
otra? ¡Cuánta más ventaja tuviera mi prometimiento rogado que mi
ofrecimiento forzoso! ¡Oh mi fiel criada Lucrecia! ¿Qué dirás de
mí? ¿Qué pensarás de mi seso, cuando me veas publicar lo que a ti
jamás he querido descubrir? ¡Cómo te espantarás del rompimiento de
mi honestidad y vergüenza, que siempre, como encerrada doncella,
acostumbré tener! No sé si habrás barruntado de dónde proceda mi
dolor. ¡Oh, si ya vinieses con aquella medianera de mi salud! ¡Oh
soberano Dios! A ti, que todos los atribulados llaman, los
apasionados piden remedio, los llagados medicina. A ti, que los
cielos, mar, tierra con los infernales centros obedecen; a ti, el
cual todas las cosas a los hombres sojuzgaste, humilmente suplico
des a mi herido corazón sufrimiento y paciencia con que mi
terrible pasión pueda disimular. No se desdore aquella hoja de
castidad que tengo asentada sobre este amoroso deseo, publicando
ser otro mi dolor que no el que me atormenta. Pero, ¿cómo lo podré
hacer, lastimándome tan cruelmente el ponzoñoso bocado que la
vista de su presencia de aquel caballero me dio? ¡Oh género
femíneo, encogido y frágil! ¿Por qué no fue también a las hembras
concedido poder descubrir su congojoso y ardiente amor, como a los
varones? Que ni Calisto viviera quejoso ni yo penada.
LUCRECIA.- Tía, detente un poquito cabe esta puerta. Entraré a
ver con quién está hablando mi señora. Entra, entra, que consigo
lo ha.
MELIBEA.- Lucrecia, echa esa antepuerta. ¡Oh vieja sabia y
honrada, tú seas bienvenida! ¿Qué te parece cómo ha querido mi
dicha y la fortuna ha rodeado que yo tuviese de tu saber
necesidad, para que tan presto me hubieses de pagar en la misma
moneda el beneficio que por ti me fue demandado para ese
gentilhombre que curabas con la virtud de mi cordón?
CELESTINA.- ¿Qué es, señora, tu mal, que así muestra las señas
de su tormento en las coloradas colores de tu gesto?
MELIBEA.- Madre mía, que comen este corazón serpientes dentro
de mi cuerpo.
CELESTINA.- Bien está. Así lo quería yo. Tú me pagarás, doña
loca, la sobra de tu ira.
MELIBEA.- ¿Qué dices? ¿Has sentido en verme alguna causa donde
mi mal proceda?
CELESTINA.- No me has, señora, declarado la calidad del mal.
¿Quieres que adivine la causa? Lo que yo digo es que recibo mucha
pena de ver triste tu graciosa presencia.
MELIBEA.- Vieja honrada, alégramela tú, que grandes nuevas me
han dado de tu saber.
CELESTINA.- Señora, el sabidor sólo Dios es. Pero como para
salud y remedio de las enfermedades fueron reputadas las gracias
en las gentes de hallar las melecinas, de ellas por experiencia,
de ellas por arte, de ellas por natural instinto alguna partecilla
alcanzó a esta pobre vieja, de la cual al presente podrás ser
servida.
MELIBEA.- ¡Oh qué gracioso y agradable me es oírte! Saludable
es al enfermo la alegre cara del que le visita. Paréceme que veo
mi corazón entre tus manos hecho pedazos. El cual, si tú
quisieses, con muy poco trabajo juntarías con la virtud de tu
lengua, no de otra manera que cuando vio en sueños aquel grande
Alejandro, rey de Macedonia, en la boca del dragón la saludable
raíz con que sanó a su criado Tolomeo del bocado de la víbora.
Pues, por amor de Dios, te despojes para más diligente entender en
mi mal y me des algún remedio.
CELESTINA.- Gran parte de la salud es desearla, por lo cual
creo menos peligroso ser tu dolor. Pero para yo dar, mediante
Dios, congrua y saludable melecina, es necesario saber de ti tres
cosas. La primera, a qué parte de tu cuerpo más declina y aqueja
el sentimiento. Otra, si es nuevamente por ti sentido, porque más
presto se curan las tiernas enfermedades en sus principios que
cuando han hecho curso en la perseveración de su oficio. Mejor se
doman los animales en su primera edad que cuando es su cuero
endurecido para venir mansos a la melena. Mejor crecen las plantas
que tiernas y nuevas se trasponen que las que fructificando ya se
mudan. Muy mejor se despide el nuevo pecado que aquel que por
costumbre antigua cometemos cada día. La tercera, si procedió de
algún cruel pensamiento que asentó en aquel lugar. Y esto sabido,
verás obrar mi cura. Por ende cumple que al médico, como al
confesor, se hable toda verdad abiertamente.
MELIBEA.- Amiga Celestina, mujer bien sabia y maestra grande,
mucho has abierto el camino por donde mi mal te pueda especificar.
Por cierto, tú lo pides como mujer bien experta en curar tales
enfermedades. Mi mal es de corazón, la izquierda teta es su
aposentamiento, tiende sus rayos a todas partes. Lo segundo, es
nuevamente nacido en mi cuerpo, que no pensé jamás que podía dolor
privar el seso, como éste hace. Túrbame la cara, quítame el comer,
no puedo dormir, ningún género de risa querría ver. La causa o
pensamiento, que es la final cosa por ti preguntada de mi mal,
ésta no sabré decirte, porque ni muerte de deudo, ni pérdida de
temporales bienes, ni sobresalto de visión, ni sueño desvariado ni
otra cosa puedo sentir que fuese, salvo alteración que tú me
causaste con la demanda que sospeché de parte de aquel caballero
Calisto cuando me pediste la oración.
CELESTINA.- ¿Cómo, señora, tan mal hombre es aquél? ¿Tan mal
nombre es el suyo que en sólo ser nombrado trae consigo ponzoña su
sonido? No creas que sea ésa la causa de tu sentimiento, antes
otra que yo barrunto. Y pues que así es, si tú licencia me das,
yo, señora, te la diré.
MELIBEA.- ¿Cómo, Celestina, qué es ese nuevo salario que pides?
¿De licencia tienes tú necesidad para me dar la salud? ¿Cuál
médico jamás pidió tal seguro para curar al paciente? Di, di, que
siempre la tienes de mí, tal que mi honra no dañes con tus
palabras.
CELESTINA.- Véote, señora, por una parte quejar el dolor; por
otra, temer la melecina. Tu temor me pone miedo, el miedo
silencio, el silencio tregua entre tu llaga y mi melecina. Así que
será causa que ni tu dolor cese ni mi venida aproveche.
MELIBEA.- Cuanto más dilatas la cura tanto más me acrecientas y
multiplicas la pena y pasión. O tus melecinas son de polvos de
infamia y licor de corrupción, confeccionadas con otro más crudo
dolor que el que de parte del paciente se siente, o no es ninguno
tu saber. Porque si lo uno o lo otro no te impidiese, cualquiera
remedio otro darías sin temor, pues te pido le muestres quedando
libre mi honra.
CELESTINA.- Señora, no tengas por nuevo ser más fuerte de
sufrir al herido la ardiente trementina y los ásperos puntos, que
lastiman lo llagado y doblan la pasión, que no la primera lisión,
que dio sobre sano. Pues si tú quieres ser sana y que te descubra
la punta de mi sutil aguja sin temor, haz para tus manos y pies
una ligadura de sosiego, para tus ojos una cobertura de piedad,
para tu lengua un freno de silencio, para tus oídos unos algodones
de sufrimiento y paciencia. Y verás obrar a la antigua maestra de
estas llagas.
MELIBEA.- ¡Oh cómo me muero con tu dilatar! Di, por Dios, lo
que quisieres, haz lo que supieres, que no podrá ser tu remedio
tan áspero que iguale con mi pena y tormento. Ahora toque en mi
honra, ahora dañe mi fama, ahora lastime mi cuerpo, aunque sea
romper mis carnes para sacar mi dolorido corazón, te doy mi fe ser
segura y, si siento alivio, bien galardonada.
LUCRECIA.- El seso tiene perdido mi señora. Gran mal es éste.
Cautivádola ha esta hechicera.
CELESTINA.- Nunca me ha de faltar un diablo acá y acullá.
Escapome Dios de Pármeno, tópome con Lucrecia.
MELIBEA.- ¿Qué dices, amada maestra? ¿Qué te hablaba esa moza?
CELESTINA.- No le oí nada, pero diga lo que dijere. Sabe que no
hay cosa más contraria en las grandes curas delante los animosos
cirujanos que los flacos corazones, los cuales, con su gran
lástima, con sus doloriosas hablas, con tus sentibles meneos,
ponen temor al enfermo, hacen que desconfíe de la salud y al
médico enojan y turban. Y la turbación altera la mano, rige sin
orden la aguja. Por donde se puede conocer claro que es muy
necesario para tu salud que no esté persona delante, y así que la
debes mandar salir. Y tú, hija Lucrecia, perdona.
MELIBEA.- ¡Salte fuera presto!
LUCRECIA.- ¡Ya, ya! ¡Todo es perdido! Ya me salgo, señora.
CELESTINA.- Tan bien me da osadía tu gran pena como ver que con
tu sospecha has ya tragado alguna parte de mi cura. Pero todavía
es necesario traer más clara melecina y más saludable descanso de
casa de aquel caballero Calisto.
MELIBEA.- Calla, por Dios, madre. No traigas de su casa cosa
para mi provecho ni le nombres aquí.
CELESTINA.- Sufre, señora, con paciencia, que es el primer
punto y principal. No se quiebre, si no, todo nuestro trabajo es
perdido. Tu llaga es grande, tiene necesidad de áspera cura. Y lo
duro con duro se ablanda más eficazmente. Y dicen los sabios que
la cura del lastimero médico deja mayor señal, y que nunca peligro
sin peligro se vence. Ten paciencia, que pocas veces lo molesto
sin molestia se cura. Y un clavo con otro se expele, y un dolor
con otro. No concibas odio ni desamor, ni consientas a tu lengua
decir mal de persona tan virtuosa como Calisto, que si conocido
fuese...
MELIBEA.- ¡Oh, por Dios, que me matas! ¿Y no tengo dicho que no
me alabes ese hombre ni me le nombres en bueno ni en malo?
CELESTINA.- Señora, éste es otro y segundo punto, el cual si tú
con tu mal sufrimiento no consientes, poco aprovechará mi venida.
Y si, como prometiste, lo sufres, tú quedarás sana y sin deuda, y
Calisto sin queja y pagado. Primero te avisé de mi cura y de esta
invisible aguja que sin llegar a ti sientes en sólo mentarla en mi
boca.
MELIBEA.- Tantas veces me nombrarás ese tu caballero, que ni mi
promesa baste ni la fe que te dí a sufrir tus dichos. ¿De qué ha
de quedar pagado? ¿Qué le debo yo a él? ¿Qué le soy en cargo? ¿Qué
ha hecho por mí? ¿Qué necesario es él aquí para el propósito de mi
mal? Más agradable me sería que rasgases mis carnes y sacases mi
corazón que no traer esas palabras aquí.
CELESTINA.- Sin te romper las vestiduras se lanzó en tu pecho
el amor. No rasgaré yo tus carnes para le curar.
MELIBEA.- ¿Cómo dices que llaman a este mi dolor, que así se ha
enseñoreado en lo mejor de mi cuerpo?
CELESTINA.- Amor dulce.
MELIBEA.- Eso me declara qué es, que en sólo oírlo me alegro.
CELESTINA.- Es un fuego escondido, una agradable llaga, un
sabroso veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia, un
alegre tormento, una dulce y fiera herida, una blanda muerte.
MELIBEA.- ¡Ay, mezquina de mí!, que si verdad es tu relación,
dudosa será mi salud, porque, según la contrariedad que esos
nombres entre sí muestran, lo que al uno fuere provechoso
acarreará al otro más pasión.
CELESTINA.- No desconfíe, señora, tu noble juventud de salud.
Cuando el alto Dios da la llaga, tras ella envía el remedio.
Mayormente que sé yo al mundo nacida una flor que de todo esto te
delibre.
MELIBEA.- ¿Cómo se llama?
CELESTINA.- No te lo oso decir.
MELIBEA.- Di, no temas.
CELESTINA.- ¡Calisto! ¡Oh por Dios, señora Melibea!, ¿qué poco
esfuerzo es éste? ¿Qué descaecimiento? ¡Oh mezquina yo! ¡Alza la
cabeza! ¡Oh malaventurada vieja! ¡En esto han de parar mis pasos!
Si muere, matarme han; aunque viva, seré sentida, que ya no podrá
sufrir de no publicar su mal y mi cura. Señora mía Melibea, ángel
mío, ¿qué has sentido? ¿Qué es de tu habla graciosa? ¿Qué es de tu
color alegre? Abre tus claros ojos. ¡Lucrecia, Lucrecia, entra
presto acá!, verás amortecida a tu señora entre mis manos. ¡Baja
presto por un jarro de agua!
MELIBEA.- Paso, paso, que yo me esforzaré. No escandalices la
casa.
CELESTINA.- ¡Oh cuitada de mí! No te descaezcas, señora,
háblame como sueles.
MELIBEA.- Y muy mejor. Calla, no me fatigues.
CELESTINA.- Pues, ¿qué me mandas que haga, perla graciosa? ¿Qué
ha sido este tu sentimiento? Creo que se van quebrando mis puntos.
MELIBEA.- Quebrose mi honestidad, quebrose mi empacho, aflojó
mi mucha vergüenza. Y como muy naturales, como muy domésticos, no
pudieran tan livianamente despedirse de mi cara que no llevasen
consigo su color por algún poco de espacio, mi fuerza, mi lengua y
gran parte de mi sentido. ¡Oh!, pues ya, mi buena maestra, mi fiel
secretaria, lo que tú tan abiertamente conoces en vano trabajo por
te lo encubrir. Muchos y muchos días son pasados que ese noble
caballero me habló en amor, tanto me fue entonces su habla enojosa
cuanto, después que tú me le tornaste a nombrar, alegre. Cerrado
han tus puntos mi llaga, venida soy en tu querer. En mi cordón le
llevaste envuelta la posesión de mi libertad. Su dolor de muelas
era mi mayor tormento, su pena era la mayor mía. Alabo y loo tu
buen sufrimiento, tu cuerda osadía, tu liberal trabajo, tus
solícitos y fieles pasos, tu agradable habla, tu buen saber, tu
demasiada solicitud, tu provechosa importunidad. Mucho te debe ese
señor, y más yo, que jamás pudieron mis reproches aflacar tu
esfuerzo y perseverar, confiando en tu mucha astucia. Antes, como
fiel servidora, cuando más denostada, más diligente; cuando más
disfavor, más esfuerzo; cuando peor respuesta, mejor cara; cuando
yo más airada, tú más humilde. Pospuesto todo temor, has sacado de
mi pecho lo que jamás a ti ni a otro pensé descubrir.
CELESTINA.- Amiga y señora mía, no te maravilles, porque estos
fines con efecto me dan osadía a sufrir los ásperos y escrupulosos
desvíos de las encerradas doncellas como tú. Verdad es que antes
que me determinase, así por el camino como en tu casa, estuve en
grandes dudas si te descubriría mi petición. Visto el gran poder
de tu padre, temía; mirando la gentileza de Calisto, osaba. Vista
tu discreción, me recelaba; mirando tu virtud y humanidad, me
esforzaba. En lo uno hablaba el miedo, en lo otro la seguridad. Y
pues así, señora, has querido descubrir la gran merced que nos has
hecho, declara tu voluntad, echa tus secretos en mi regazo. Pon en
mis manos el concierto de este concierto. Yo daré forma cómo tu
deseo y el de Calisto sean en breve cumplidos.
MELIBEA.- ¡Oh mi Calisto y mi señor, mi dulce y suave alegría!
Si tu corazón siente lo que ahora el mío, maravillada estoy cómo
la ausencia te consiente vivir. ¡Oh mi madre y mi señora!, haz de
manera como luego le pueda ver, si mi vida quieres.
CELESTINA.- Ver y hablar.
MELIBEA.- ¿Hablar? Es imposible.
CELESTINA.- Ninguna cosa a los hombres que quieren hacerla es
imposible.
MELIBEA.- Dime cómo.
CELESTINA.- Yo lo tengo pensado, y te lo diré: por entre las
puertas de tu casa.
MELIBEA.- ¿Cuándo?
CELESTINA.- Esta noche.
MELIBEA.- Gloriosa me serás si lo ordenas. Di, ¿a qué hora?
CELESTINA.- A las doce.
MELIBEA.- Pues ve, mi señora, mi leal amiga, y habla con aquel
señor; y que venga muy paso y de allí se dará concierto según su
voluntad a la hora que has ordenado.
CELESTINA.- Adiós, que viene hacia acá tu madre.
MELIBEA.- Amiga Lucrecia, mi leal criada y fiel secretaria, ya
has visto como no ha sido más en mi mano. Cautivome el amor de
aquel caballero. Ruégote, por Dios, se cubra con secreto sello,
por que yo goce de tan suave amor. Tú serás de mí tenida en aquel
grado que merece tu fiel servicio.
LUCRECIA.- Señora, mucho antes de ahora tengo sentida tu llaga
y calado tu deseo. Hame fuertemente dolido tu perdición. Cuanto
más tú me querías encubrir y celar el fuego que te quemaba, tanto
más sus llamas se manifestaban en la color de tu cara, en el poco
sosiego del corazón, en el meneo de tus miembros, en comer sin
gana, en el no dormir. Así que contino se te caían, como de entre
las manos, señales muy claras de pena. Pero como en los tiempos
que la voluntad reina en los señores, o desmedido apetito, cumple
a los servidores obedecer con diligencia corporal y no con
artificiales consejos de lengua. Sufría con pena, callaba con
temor, encubría con fieldad, de manera que fuera mejor el áspero
consejo que la blanda lisonja. Pero, pues ya no tiene tu merced
otro medio sino morir o amar, mucha razón es que se escoja por
mejor aquello que en sí lo es.
ALISA.- ¿En qué andas acá, vecina, cada día?
CELESTINA.- Señora, faltó ayer un poco de hilado al peso y
vínelo a cumplir, porque dí mi palabra y, traído, voyme. Quede
Dios contigo.
ALISA.- Y contigo vaya. Hija Melibea, ¿qué quería la vieja?
MELIBEA.- Venderme un poquito de solimán.
ALISA.- Eso creo yo más que lo que la vieja ruin dijo. Pensó
que recibiría yo pena de ello y mintiome. Guárdate, hija, de ella,
que es gran traidora, que el sutil ladrón siempre rodea las ricas
moradas. Sabe ésta con sus traiciones, con sus falsas mercadurías,
mudar los propósitos castos. Daña la fama. A tres veces que entra
en una casa, engendra sospecha.
LUCRECIA.- Tarde acuerda nuestra ama.
ALISA.- Por amor mío, hija, que si acá tornare sin verla yo,
que no hayas por bien su venida ni la recibas con placer. Halle en
ti honestidad en tu respuesta, y jamás volverá, que la verdadera
virtud más se teme que espada.
MELIBEA.- ¿De ésas es? ¡Nunca más! Bien huelgo, señora, de ser
avisada, por saber de quién me tengo de guardar.
Acto XI
ARGUMENTO DEL UNDÉCIMO ACTO
Despedida Celestina de Melibea, va por la calle sola hablando.
Ve a Sempronio y a Pármeno que van a la Magdalena por su señor.
Sempronio habla con Calisto. Sobreviene Celestina. Van a casa de
Calisto. Declárale Celestina su mensaje y negocio recaudado con
Melibea. Mientras ellos en estas razones están, Pármeno y
Sempronio entre sí hablan. Despídese Celestina de Calisto, va para
su casa, llama a la puerta. Elicia le viene a abrir. Cenan y vanse
a dormir.
CALISTO, CELESTINA, PÁRMENO, SEMPRONIO,ELICIA.
CELESTINA.- ¡Ay, Dios, si llegase a mi casa con mi mucha
alegría a cuestas! A Pármeno y a Sempronio veo ir a la Magdalena.
Tras ellos me voy y, si ahí no estuviere Calisto, pasaremos a su
casa a pedirle albricias de su gran gozo.
SEMPRONIO.- Señor, mira que tu estada es dar a todo el mundo
qué decir. Por Dios, que huyas de ser traído en lenguas, que al
muy devoto llaman hipócrita. ¿Qué dirán sino que andas royendo los
santos? Si pasión tienes, súfrela en tu casa; no te sienta la
tierra, no descubras tu pena a los extraños. Pues está en manos el
pandero que lo sabrá bien tañer.
CALISTO.- ¿En qué manos?
SEMPRONIO.- De Celestina.
CELESTINA.- ¿Qué nombráis a Celestina? ¿Qué decís de esta
esclava de Calisto? Toda la calle del Arcediano vengo a más andar
tras vosotros por alcanzaros y jamás he podido con mis luengas
haldas.
CALISTO.- ¡Oh joya del mundo, acorro de mis pasiones, espejo de
mi vista! El corazón se me alegra en ver esa honrada presencia,
esa noble senectud. Dime, ¿con qué vienes? ¿Qué nuevas traes? ¡Que
te veo alegre y no sé en qué está mi vida!
CELESTINA.- En mi lengua.
CALISTO.- ¿Qué dices, gloria y descanso mío? Declárame más lo
dicho.
CELESTINA.- Salgamos, señor, de la iglesia, y de aquí a la casa
te contaré algo con que te alegres de verdad.
PÁRMENO.- Buena viene la vieja, hermano; recaudado debe de
haber.
SEMPRONIO.- Escucha.
CELESTINA.- Todo este día, señor, he trabajado en tu negocio y
he dejado perder otros en que harto me iba. Muchos tengo quejosos
por tenerte a ti contento. Más he dejado de ganar que piensas,
pero todo vaya en buena hora, pues tan buen recaudo traigo. Y
óyeme, que en pocas palabras te lo diré, que soy corta de razón. A
Melibea dejo a tu servicio.
CALISTO.- ¿Qué es esto que oigo?
CELESTINA.- Que es más tuya que de sí misma, más está a tu
mandado y querer que de su padre Pleberio.
CALISTO.- Habla cortés, madre, no digas tal cosa, que dirán
estos mozos que estás loca. Melibea es mi señora, Melibea es mi
Dios, Melibea es mi vida; yo su cautivo, yo su siervo.
SEMPRONIO.- Con tu desconfianza, señor, con tu poco preciarte,
con tenerte en poco, hablas esas cosas con que atajas su razón. A
todo el mundo turbas diciendo desconciertos. ¿De qué te santiguas?
Dale algo por su trabajo, harás mejor, que eso esperan esas
palabras.
CALISTO.- Bien has dicho. Madre mía, yo sé cierto que jamás
igualará tu trabajo y mi liviano galardón. En lugar de manto y
saya, por que no se dé parte a oficiales, toma esta cadenilla,
ponla al cuello y procede en tu razón y mi alegría.
PÁRMENO.- ¿Cadenilla la llama? ¿No lo oyes, Sempronio? No
estima el gasto. Pues yo te certifico no diese mi parte por medio
marco de oro, por mal que la vieja la reparta.
SEMPRONIO.- Oírte ha nuestro amo. Tendremos en él qué amansar y
en ti qué sanar, según está hinchado de tu mucho murmurar. Por mi
amor, hermano, que oigas y calles, que por eso te dio Dios dos
oídos y una lengua sola.
PÁRMENO.- ¡Oirá el diablo! Está colgado de la boca de la vieja,
sordo, y mudo, y ciego, hecho personaje sin son, que, aunque le
diésemos higas, diría que alzábamos las manos a Dios rogando por
buen fin de sus amores.
SEMPRONIO.- Calla, oye, escucha bien a Celestina. En mi alma
todo lo merece, y más que le diese. Mucho dice.
CELESTINA.- Señor Calisto, para tan flaca vieja como yo de
mucha franqueza usaste, pero como todo don o dádiva se juzgue
grande o chica respecto del que lo da, no quiero traer a
consecuencia mi poco merecer ante quien sobra en cualidad y en
cuantidad, mas medirse ha con tu magnificencia, ante quien no es
nada. En pago de la cual te restituyo tu salud, que iba perdida;
tu corazón, que te faltaba; tu seso, que se alteraba. Melibea pena
por ti más que tú por ella, Melibea te ama y desea ver, Melibea
piensa más horas en tu persona que en la suya, Melibea se llama
tuya y esto tiene por título de libertad. Y con esto amansa el
fuego, que más que a ti la quema.
CALISTO.- ¿Mozos, estoy yo aquí? ¿Mozos, oigo yo esto? Mozos,
mirad si estoy despierto. ¿Es de día o de noche? ¡Oh señor Dios,
padre celestial, ruégote que esto no sea sueño! ¡Despierto, pues,
estoy! Si burlas, señora, de mí por me pagar en palabras, no
temas, di verdad, que para lo que tú de mí has recibido más
merecen tus pasos.
CELESTINA.- Nunca el corazón lastimado de deseo toma la buena
nueva por cierta ni la mala por dudosa. Pero, si burlo o si no,
verlo has yendo esta noche, según el concierto dejo con ella, a su
casa, en dando el reloj doce, a la hablar por entre las puertas,
de cuya boca sabrás más por entero mi solicitud y su deseo, y el
amor que te tiene y quién lo ha causado.
CALISTO.- Ya, ya, ¿tal cosa espero? ¿Tal cosa es posible haber
de pasar por mí? Muerto soy de aquí allá, no soy capaz de tanta
gloria, no merecedor de tan gran merced, no digno de hablar con
tal señora de su voluntad y grado.
CELESTINA.- Siempre lo oí decir, que es más difícil de sufrir
la próspera fortuna que la adversa, que la una no tiene sosiego y
la otra tiene consuelo. ¿Cómo, señor Calisto, y no mirarías quién
tú eres? ¿Y no mirarías el tiempo que has gastado en su servicio?
¿Y no mirarías a quien has puesto entremedias? Y, asimismo, que
hasta ahora siempre has estado dudoso de la alcanzar y tenías
sufrimiento, ahora que te certifico el fin de tu penar, ¿quieres
poner fin a tu vida? Mira, mira que está Celestina de tu parte y
que, aunque todo te faltase lo que en un enamorado se requiere, te
vendería por el más acabado galán del mundo. Que te haría llanas
las peñas para andar, que te haría las más crecidas aguas
corrientes pasar sin mojarte. Mal conoces a quien tú das dinero.
CALISTO.- ¡Cata, señora! ¿Qué me dices? ¿Que vendrá de su
grado?
CELESTINA.- Y aun de rodillas.
SEMPRONIO.- No sea ruido hechizo, que nos quieren tomar a manos
a todos. Cata, madre, que así se suelen dar las zarazas en pan
envueltas, por que no las sienta el gusto.
PÁRMENO.- Nunca te oí decir mejor cosa. Mucha sospecha me pone
el presto conceder de aquella señora y venir tan aína en todo su
querer de Celestina, engañando nuestra voluntad con sus palabras
dulces y prestas por hurtar por otra parte, como hacen los de
Egipto cuando el signo nos catan en la mano. Pues alahé, madre,
con dulces palabras están muchas injurias vengadas. El falso
bueyezuelo con su blando cencerrar trae las perdices a la red; el
canto de la sirena engaña los simples marineros con su dulzor. Así
ésta, con su mansedumbre y concesión presta, querrá tomar una
manada de nosotros a su salvo. Purgará su inocencia con la honra
de Calisto y con nuestra muerte, así como corderica mansa que mama
su madre y la ajena. Ella, con su segurar, tomará la venganza de
Calisto en todos nosotros, de manera, que, con la mucha gente que
tiene, podrá cazar a padres e hijos en una nidada y tú estarte has
rascando a tu fuego, diciendo «a salvo está el que repica».
CALISTO.- ¡Callad, locos, bellacos, sospechosos! Parece que
dais a entender que los ángeles sepan hacer mal. Sí, que Melibea
ángel disimulado es que vive entre nosotros.
SEMPRONIO.- ¿Todavía vuelves a tus herejías? Escúchale,
Pármeno, no te pene nada, que si fuere trato doble, él lo pagará,
que nosotros buenos pies tenemos.
CELESTINA.- Señor, tú estás en lo cierto; vosotros, cargados de
sospechas vanas. Yo he hecho todo lo que a mí era a cargo. Alegre
te dejo, Dios te libre y aderece. Pártome muy contenta. Si fuere
menester para esto o para más, allí estoy muy aparejada a tu
servicio.
PÁRMENO.- ¡Ji, ji, ji!
SEMPRONIO.- ¿De qué te ríes, por tu vida?
PÁRMENO.- De la prisa que la vieja tiene por irse. No ve la
hora que haber despegado la cadena de casa. No puede creer que la
tenga en su poder ni que se la han dado de verdad. No se halla
digna de tal don, tan poco como Calisto de Melibea.
SEMPRONIO.- ¿Qué quieres que haga una puta vieja alcahueta, que
sabe y entiende lo que nosotros callamos, y suele hacer siete
virgos por dos monedas, después de verse cargada de oro, sino
ponerse en salvo con la posesión, con temor no se la tornen a
tomar después que ha cumplido de su parte aquello para que era
menester? ¡Pues guárdese del diablo que sobre el partir no le
saquemos el alma!
CALISTO.- Dios vaya contigo, madre. Yo quiero dormir y reposar
un rato para satisfacer a las pasadas noches y cumplir con la por
venir.
CELESTINA.- ¡Ta, ta, ta, ta!
ELICIA.- ¿Quién llama?
CELESTINA.- Abre, hija Elicia.
ELICIA.- ¿Cómo vienes tan tarde? No lo debes hacer, que eres
vieja. Tropezarás donde caigas y mueras.
CELESTINA.- No temo eso, que de día me aviso por donde venga de
noche, que jamás me subo por poyo ni calzada, sino por medio de la
calle. Porque, como dicen, «no da paso seguro quien corre por el
muro», y que «aquel va más sano que anda por llano». Más quiero
ensuciar mis zapatos con el lodo que ensangrentar las tocas y los
cantos. Pero no te duele a ti en ese lugar.
ELICIA.- Pues, ¿qué me ha de doler?
CELESTINA.- Que se fue la compañía, que te dejé y quedaste
sola.
ELICIA.- Son pasadas cuatro horas después y ¿habíaseme de
acordar de eso?
CELESTINA.- Cuanto más presto te dejaron más con razón lo
sentiste. Pero dejemos su ida y mi tardanza. Entendamos en cenar y
dormir.
Acto XII
ARGUMENTO DEL DUODÉCIMO ACTO
Llegando la media noche, Calisto, Sempronio y Pármeno, armados,
van para casa de Melibea. Lucrecia y Melibea están cabe la puerta,
aguardando a Calisto. Viene Calisto. Háblale primero Lucrecia.
Llama a Melibea. Apártase Lucrecia. Háblanse por entre las puertas
Melibea y Calisto. Pármeno y Sempronio en su cabo departen. Oyen
gentes por la calle. Apercíbense para huir. Despídese Calisto de
Melibea, dejando concertada la tornada para la noche siguiente.
Pleberio, al son del ruido que había en la calle, despierta. Llama
a su mujer, Alisa. Preguntan a Melibea quién da patadas en su
cámara. Responde Melibea a su padre fingiendo que tenía sed.
Calisto, con sus criados, va para su casa hablando. Échase a
dormir. Pármeno y Sempronio van a casa de Celestina, demandan su
parte de la ganancia. Disimula Celestina. Vienen a reñir. Échanle
mano a Celestina; mátanla. Da voces Elicia. Viene la justicia y
prende a ambos.
CALISTO, LUCRECIA, MELIBEA, SEMPRONIO, PÁRMENO,
PLEBERIO, ALISA, CELESTINA, ELICIA.
CALISTO.- Mozos, ¿qué hora da el reloj?
SEMPRONIO.- Las diez...
CALISTO.- ¡Oh cómo me descontenta el olvido en los mozos! De mi
mucho acuerdo en esta noche y tu descuidar y olvido se haría una
razonable memoria y cuidado. ¿Cómo, desatinado, sabiendo cuánto me
va en ser diez u once, me respondías a tiento lo que más aína se
te vino a la boca? ¡Oh cuitado de mí! Si por caso me hubiera
dormido y colgara mi pregunta de la respuesta de Sempronio para
hacer de once diez, y así de doce once, saliera Melibea, yo no
fuera ido, tornárase de manera que ni mi mal hubiera fin ni mi
deseo ejecución. No se dice en balde que «mal ajeno de pelo
cuelga».
SEMPRONIO.- Tanto yerro me parece sabiendo, preguntar, como
ignorando, responder. Mejor sería, señor, que se gastase esta hora
que queda en aderezar armas que en buscar cuestiones.
CALISTO.- Bien me dice este necio. No quiero en tal tiempo
recibir enojo; no quiero pensar en lo que pudiera venir sino en lo
que fue; no en el daño que resultara de su negligencia sino en el
provecho que vendrá de mi solicitud. Quiero dar espacio a la ira,
que, o se me quitará o se me ablandará. Descuelga, Pármeno, mis
corazas y armaos vosotros, y así iremos a buen recaudo, porque,
como dicen, «el hombre apercibido, medio combatido».
PÁRMENO.- Helas aquí, señor.
CALISTO.- Ayúdame aquí a vestirlas. Mira tú, Sempronio, si
parece alguno por la calle.
SEMPRONIO.- Señor, ninguna gente parece y, aunque la hubiese,
la mucha oscuridad privaría el viso y conocimiento a los que nos
encontrasen.
CALISTO.- Pues andemos por esta calle, aunque se rodee alguna
cosa, porque más encubiertos vamos. Las doce da ya; buena hora es.
PÁRMENO.- Cerca estamos.
CALISTO.- A buen tiempo llegamos. Párate tú, Pármeno, a ver si
es venida aquella señora por entre las puertas.
PÁRMENO.- ¿Yo, señor? Nunca Dios mande que sea en dañar lo que
no concerté. Mejor será que tu presencia sea su primer encuentro,
por que, viéndome a mí, no se turbe de ver que de tantos es sabido
lo que tan ocultamente quería hacer y con tanto temor hace. O
porque quizá pensará que la burlaste.
CALISTO.- ¡Oh qué bien has dicho! La vida me has dado con tu
sutil aviso, pues no era más menester para me llevar muerto a casa
que volverse ella por mi mala providencia. Yo me llego allá;
quedaos vosotros en ese lugar.
PÁRMENO.- ¿Qué te parece, Sempronio, cómo el necio de nuestro
amo pensaba tomarme por broquel para el encuentro del primer
peligro? ¿Qué sé yo quién está tras las puertas cerradas? ¿Qué sé
yo si hay alguna traición? ¿Qué sé yo si Melibea anda, por que le
pague nuestro amo su mucho atrevimiento, de esta manera? Y, más
aún, no somos muy ciertos decir verdad la vieja. No sepas hablar,
Pármeno, sacarte han el alma sin saber quién. No seas lisonjero,
como tu amo quiere, y jamás llorarás duelos ajenos. No tomes en lo
que te cumple el consejo de Celestina y hallarte has a oscuras.
Ándate ahí con tus consejos y amonestaciones fieles: ¡darte han de
palos! No vuelvas la hoja y quedarte has a buenas noches. Quiero
hacer cuenta que hoy me nací, pues de tal peligro me escapé.
SEMPRONIO.- Paso, paso. Pármeno, no saltes ni hagas ese
bollicio de placer, que darás causa que seas sentido.
PÁRMENO.- Calla, hermano, que no me hallo de alegría cómo le
hice creer que por lo que a él cumplía dejaba de ir, ¡y era por mi
seguridad! ¿Quién supiera así rodear su provecho como yo? Muchas
cosas me verás hacer, si estás de aquí adelante atento, que no las
sientan todas personas, así con Calisto como con cuantos en este
negocio suyo se entremetieren. Porque soy cierto que esta doncella
ha de ser para él cebo de anzuelo o carne de buitrera, que suelen
pagar bien el escote los que a comerla vienen.
SEMPRONIO.- Anda, no te penen a ti esas sospechas, aunque
salgan verdaderas. Apercíbete: a la primera voz que oyeres, tomar
calzas de Villadiego.
PÁRMENO.- Leído has donde yo; en un corazón estamos. Calzas
traigo y aun borceguíes de esos ligeros que tú dices, para mejor
huir que otro. Pláceme que me has, hermano, avisado de lo que yo
no hiciera de vergüenza de ti, que nuestro amo, si es sentido, no
temo que escapará de manos de esta gente de Pleberio, para
podernos después demandar cómo lo hicimos e incusarnos el huir.
SEMPRONIO.- ¡Oh Pármeno amigo, cuán alegre y provechosa es la
conformidad en los compañeros! Aunque por otra cosa no nos fuera
buena Celestina, era harta la utilidad que por su causa nos ha
venido.
PÁRMENO.- Ninguno podrá negar lo que por sí se muestra.
Manifiesto es que con vergüenza el uno del otro, por no ser
odiosamente acusado de cobarde, esperaremos aquí la muerte con
nuestro amo, no siendo más de él merecedor de ella.
SEMPRONIO.- Salido debe haber Melibea. Escucha, que hablan
quedito.
PÁRMENO.- ¡Cómo temo que no sea ella, sino alguna que finja su
voz!
SEMPRONIO.- ¡Dios nos libre de traidores!, no nos hayan tomado
la calle por do tenemos de huir, que de otra cosa no tengo temor.
CALISTO.- Ese bullicio más de una persona lo hace. Quiero
hablar, sea quien fuere. ¡Ce, señora mía!
LUCRECIA.- La voz de Calisto es ésta. Quiero llegar. ¿Quién
habla? ¿Quién está fuera?
CALISTO.- Aquel que viene a cumplir tu mandado.
LUCRECIA.- ¿Por qué no llegas, señora? Llega sin temor acá, que
aquel caballero está aquí.
MELIBEA.- ¡Loca, habla paso! Mira bien si es él.
LUCRECIA.- Allégate, señora, que sí es, que yo lo conozco en la
voz.
CALISTO.- Cierto soy burlado. No era Melibea la que me habló.
¡Bullicio oigo, perdido soy! Pues, viva o muera, que no he de ir
de aquí.
MELIBEA.- Vete, Lucrecia, a acostar un poco. ¡Ce, señor! ¿Cómo
es tu nombre? ¿Quién es el que te mandó ahí venir?
CALISTO.- Es la que tiene merecimiento de mandar a todo el
mundo, la que dignamente servir yo no merezco. No tema tu merced
de se descubrir a este cautivo de tu gentileza, que el dulce
sonido de tu habla, jamás de mis oídos se cae, me certifica ser tú
mi señora Melibea. Yo soy tu siervo Calisto.
MELIBEA.- La sobrada osadía de tus mensajes me ha forzado a
haberte de hablar, señor Calisto, que habiendo habido de mí la
pasada respuesta a tus razones, no sé qué piensas más sacar de mi
amor de lo que entonces te mostré. Desvía estos vanos y locos
pensamientos de ti por que mi honra y persona estén, sin
detrimento de mala sospecha, seguras. A esto fue aquí mi venida, a
dar concierto en tu despedida y mi reposo. No quieras poner mi
fama en la balanza de las lenguas maldicientes.
CALISTO.- A los corazones aparejados con apercibimiento recio
contra las adversidades, ninguna puede venir que pase de claro en
claro la fuerza de su muro. Pero el triste que, desarmado y sin
proveer los engaños y celadas, se vino a meter por las puertas de
tu seguridad, cualquiera cosa que en contrario vea es razón que me
atormente y pase, rompiendo todos los almacenes en que la dulce
nueva estaba aposentada. ¡Oh malaventurado Calisto! ¡Oh cuán
burlado has sido de tus sirvientes! ¡Oh engañosa mujer Celestina!
¡Dejárasme acabar de morir y no tornaras a vivificar mi esperanza
para que tuviese más que gastar el fuego que ya me aqueja! ¿Por
qué falsaste la palabra de esta mi señora? ¿Por qué has así dado
con tu lengua causa a mi desesperación? ¿A qué me mandaste aquí
venir, para que me fuese mostrado el disfavor, el entredicho, la
desconfianza, el odio, por la misma boca de esta que tiene las
llaves de mi perdición y gloria? ¡Oh enemiga! ¿Y tú no me dijiste
que esta mi señora me era favorable? ¿No me dijiste que de su
grado mandaba venir este su cautivo al presente lugar, no para me
desterrar nuevamente de su presencia, pero para alzar el destierro
ya por otro su mandamiento, puesto antes de ahora? ¿En quién
hallaré yo fe? ¿A dónde hay verdad? ¿Quién carece de engaño? ¿A
dónde no moran falsarios? ¿Quién es claro enemigo? ¿Quién es
verdadero amigo? ¿Dónde no se fabrican traiciones? ¿Quién osó
darme tan cruda esperanza de perdición?
MELIBEA.- Cesen, señor mío, tus verdaderas querellas, que ni mi
corazón basta para las sufrir ni mis ojos para lo disimular. Tú
lloras de tristeza, juzgándome cruel; yo lloro de placer, viéndote
tan fiel. ¡Oh mi señor y mi bien todo, cuánto más alegre me fuera
poder ver tu faz que oír tu voz! Pero, pues no se puede al
presente más hacer, toma la firma y sello de las razones que te
envié escritas en la lengua de aquella solícita mensajera. Todo lo
que te dijo confirmo, todo lo he por bueno. Limpia, señor, tus
ojos, ordena de mí a tu voluntad.
CALISTO.- ¡Oh señora mía, esperanza de mi gloria, descanso y
alivio de mi pena, alegría de mi corazón! ¿Qué lengua será
bastante para te dar iguales gracias a la sobrada e incomparable
merced que, en este punto de tanta congoja para mí, me has querido
hacer en querer que un tan flaco e indigno hombre pueda gozar de
tu suavísimo amor? Del cual, aunque muy deseoso, siempre me
juzgaba indigno, mirando tu grandeza, considerando tu estado,
remirando tu perfección, contemplando tu gentileza, acatando mi
poco merecer y tu alto merecimiento, tus extremadas gracias, tus
loadas y manifiestas virtudes. Pues, ¡oh alto Dios!, ¿cómo te
podré ser ingrato, que tan milagrosamente has obrado conmigo tus
singulares maravillas? ¡Oh cuántos días antes de ahora pasados me
fue venido ese pensamiento a mi corazón! Por imposible lo
rechazaba de mi memoria, hasta que ya los rayos ilustrantes de tu
muy claro gesto dieron luz en mis ojos, encendieron mi corazón,
despertaron mi lengua, extendieron mi merecer, acortaron mi
cobardía, destorcieron mi encogimiento, doblaron mis fuerzas,
desadormecieron mis pies y manos, finalmente, me dieron tal osadía
que me han traído con su mucho poder a este sublimado estado en
que ahora me veo. Oyendo de grado tu suave voz, la cual, si antes
de ahora no conociese y no sintiese tus saludables olores, no
podría creer que careciesen de engaño tus palabras. Pero, como soy
cierto de tu limpieza de sangre y hechos, me estoy remirando si
soy yo Calisto, a quien tanto bien se hace.
MELIBEA.- Señor Calisto, tu mucho merecer, tus extremadas
gracias, tu alto nacimiento, han obrado que, después que de ti
hube entera noticia, ningún momento de mi corazón te partieses, y,
aunque muchos días he pugnado por lo disimular, no he podido tanto
que, en tornándome aquella mujer tu dulce nombre a la memoria, no
descubriese mi deseo. Y viniese a este lugar y tiempo, donde te
suplico ordenes y dispongas de mi persona según quieras. Las
puertas impiden nuestro gozo, las cuales yo maldigo y sus fuertes
cerrojos, y mis flacas fuerzas, que ni tú estarías quejoso ni yo
descontenta.
CALISTO.- ¿Cómo, señora mía? ¿Y mandas que consienta a un palo
impedir nuestro gozo? Nunca yo pensé que, demás de tu voluntad, lo
pudiera cosa estorbar. ¡Oh molestas y enojosas puertas!, ruego a
Dios que tal fuego os abrase como a mí da guerra, que con la
tercia parte seríais en un punto quemadas. Pues, por Dios, señora
mía, permite que llame a mis criados para que las quiebren.
PÁRMENO.- ¿No oyes, no oyes, Sempronio? A buscarnos quiere
venir para que nos den mal año. No me agrada cosa esta venida. ¡En
mal punto creo que se empezaron estos amores! Yo no espero más
aquí.
SEMPRONIO.- Calla, calla, escucha, que ella no consiente que
vamos allá.
MELIBEA.- ¿Quieres, amor mío, perderme a mí y dañar mi fama? No
sueltes las riendas a la voluntad. La esperanza es cierta, el
tiempo breve cuanto tú ordenares. Y pues tú sientes tu pena
sencilla y yo la de entrambos, tú solo dolor, yo el tuyo y el mío,
conténtate con venir mañana a esta hora por las paredes de mi
huerto. Que si ahora quebrases las crueles puertas, aunque al
presente no fuésemos sentidos, amanecería en casa de mi padre
terrible sospecha de mi yerro. Y, pues sabes que tanto mayor es el
yerro cuanto mayor es el que yerra, en un punto será por la ciudad
publicado.
SEMPRONIO.- ¡En hora mala acá esta noche venimos! Aquí nos ha
de amanecer, según del espacio que nuestro amo lo toma. Que,
aunque más la dicha nos ayude, nos han en tanto tiempo de sentir
de su casa o vecinos.
PÁRMENO.- Ya ha dos horas que te requiero que nos vamos, que no
faltará un achaque.
CALISTO.- ¡Oh mi señora y mi bien todo! ¿Por qué llamas yerro a
aquello que por los santos de Dios me fue concedido? Rezando hoy
ante el altar de la Magdalena me vino con tu mensaje alegre
aquella solícita mujer.
PÁRMENO.- ¡Desvariar, Calisto, desvariar! Por fe tengo,
hermano, que no es cristiano lo que la vieja traidora con sus
pestíferos hechizos ha rodeado y hecho. Dice que los santos de
Dios se lo han concedido e impetrado. Y con esta confianza quiere
quebrar las puertas, y no habrá dado el primer golpe cuando sea
sentido y tomado por los criados de su padre, que duermen cerca.
SEMPRONIO.- Ya no temas, Pármeno, que harto desviados estamos.
En sintiendo el bollicio, el buen huir nos ha de valer. Déjale
hacer, que, si mal hiciere, él lo pagará.
PÁRMENO.- Bien hablas, en mi corazón estás. Así se haga.
Huyamos la muerte, que somos mozos. Que no querer morir ni matar
no es cobardía, sino buen natural. Estos escuderos de Pleberio son
locos, no desean tanto comer ni dormir como cuestiones y ruidos.
Pues más locura sería esperar pelea con enemigo que no ama tanto
la victoria y vencimiento como la contina guerra y contienda. ¡Oh,
si me vieses, hermano, cómo estoy, placer habrías! A medio lado,
abiertas las piernas, el pie izquierdo adelante, puesto en huida,
las faldas en la cinta, la adarga arrollada, y so el sobaco, por
que no me empache. ¡Que, por Dios, que creo huyese como un gamo,
según el temor que tengo de estar aquí!
SEMPRONIO.- Mejor estoy yo, que tengo liado el broquel y el
espada con las correas, por que no se me caigan al correr, y el
casquete en la capilla.
PÁRMENO.- ¿Y las piedras que traías en ella?
SEMPRONIO.- Todas las vertí por ir más liviano, que harto tengo
que llevar en estas corazas que me hiciste vestir por
importunidad, que bien las rehusaba de traer porque me parecían
para huir muy pesadas. ¡Escucha, escucha! ¿Oyes, Pármeno? ¡A malas
andan! ¡Muertos somos! Bota presto, echa hacia casa de Celestina,
no nos atajen por nuestra casa.
PÁRMENO.- ¡Huye, huye, que corres poco! ¡Oh pecador de mí, si
nos han de, deja broquel y todo!
SEMPRONIO.- ¿Si han muerto ya a nuestro amo?
PÁRMENO.- No sé, no me digas nada; corre y calla, que el menor
cuidado mío es ése.
SEMPRONIO.- ¡Ce, ce, Pármeno! Torna, torna callando, que no es
sino la gente del alguacil, que pasaba haciendo estruendo por la
otra calle.
PÁRMENO.- Míralo bien. No te fíes en los ojos, que se antoja
muchas veces uno por otro. No me habían dejado gota de sangre.
Tragada tenía ya la muerte, que me parecía que me iban dando en
estas espaldas golpes. En mi vida me acuerdo haber tan gran temor
ni verme en tal afrenta, aunque he andado por casas ajenas harto
tiempo y en lugares de harto trabajo, que nueve años serví a los
frailes de Guadalupe, que mil veces nos apuñeábamos yo y otros.
Pero nunca, como esta vez, hube miedo de morir.
SEMPRONIO.- Y yo, ¿no serví al cura de San Miguel, y al
mesonero de la plaza, y a Mollejas el hortelano? Y también yo
tenía mis cuestiones con los que tiraban piedras a los pájaros que
asentaban en un álamo grande que tenía, porque dañaban la
hortaliza. Pero guárdete Dios de verte con armas, que aquél es el
verdadero temor. No en balde dicen «cargado de hierro y cargado de
miedo». ¡Vuelve, vuelve, que el alguacil es, cierto!
MELIBEA.- Señor Calisto, ¿qué es esto que en la calle suena?
Parecen voces de gente que van en huida. ¡Por Dios, mírate, que
estás a peligro!
CALISTO.- Señora, no temas, que a buen seguro vengo. Los míos
deben de ser, que son unos locos y desarman a cuantos pasan, y
huiríales alguno.
MELIBEA.- ¿Son muchos los que traéis?
CALISTO.- No, sino dos, pero, aunque sean seis sus contrarios,
no recibirán mucha pena para les quitar sus armas y hacerlos huir
según su esfuerzo. Escogidos son, señora, que no vengo a lumbre de
pajas. Si no fuese por lo que a tu honra toca, pedazos harían
estas puertas. Y si sentidos fuésemos, a ti y a mí librarían de
toda la gente de tu padre.
MELIBEA.- ¡Oh, por Dios, no se cometa tal cosa! Pero mucho
placer tengo que de tan fiel gente andes acompañado, bien empleado
es el pan que tan esforzados sirvientes comen. Por mi amor, señor,
pues tal gracia la natura les quiso dar, sean de ti bien tratados
y galardonados, por que en todo te guarden secreto. Y cuando sus
osadías y atrevimientos les corrigieres, a vueltas del castigo
mezcla favor, por que los ánimos esforzados no sean con
encogimiento diminutos e irritados en el osar a sus tiempos.
PÁRMENO.- ¡Ce, ce, señor! Quítate presto de aquí, que viene
mucha gente con hachas y serás visto y conocido, que no hay donde
te metas.
CALISTO.- ¡Oh mezquino yo, y cómo es forzado, señora, partirme
de ti! Por cierto, temor de la muerte no obrara tanto como el de
tu honra. Pues que así es, los ángeles queden con tu presencia. Mi
venida será, como ordenaste, por el huerto.
MELIBEA.- Así sea, y vaya Dios contigo.
PLEBERIO.- Señora mujer, ¿duermes?
ALISA.- Señor, no.
PLEBERIO.- ¿No oyes bullicio en el retraimiento de tu hija?
ALISA.- Sí oigo. ¡Melibea, Melibea!
PLEBERIO.- No te oye. Yo la llamaré más recio. ¡Hija mía
Melibea!
MELIBEA.- ¿Señor?
PLEBERIO.- ¿Quién da patadas y hace bullicio en tu cámara?
MELIBEA.- Señor, Lucrecia es, que salió por un jarro de agua
para mí, que había sed.
PLEBERIO.- Duerme, hija, que pensé que era otra cosa.
LUCRECIA.- Poco estruendo los despertó; con pavor hablaban.
MELIBEA.- No hay tan manso animal que con amor o temor de sus
hijos no asperee. Pues, ¿qué harían si mi cierta salida supiesen?
CALISTO.- Cerrad esa puerta, hijos. Y tú, Pármeno, sube una
vela arriba.
SEMPRONIO.- Debes, señor, reposar y dormir eso que queda de
aquí al día.
CALISTO.- Pláceme, que bien lo he menester. ¿Qué te parece,
Pármeno, de la vieja que tú me desalababas? ¿Qué obra ha salido de
sus manos? ¿Qué fuera hecho sin ella?
PÁRMENO.- Ni yo sentía tu gran pena ni conocía la gentileza y
merecimiento de Melibea, y así no tengo culpa. Conocía a Celestina
y sus mañas. Avisábate como a señor, pero ya me parece que es
otra. Todas las ha mudado.
CALISTO.- ¿Y cómo mudado?
PÁRMENO.- Tanto que, si no lo hubiese visto, no lo creería.
¡Mas así vivas tú como es verdad!
CALISTO.- Pues, ¿habéis oído lo que con aquella mi señora he
pasado? ¿Qué hacíais? ¿Teníais temor?
SEMPRONIO.- ¿Temor, señor, o qué? Por cierto, todo el mundo no
nos le hiciera tener. ¡Hallado habías los temerosos! Allí
estuvimos esperándote muy aparejados y nuestras armas muy a mano.
CALISTO.- ¿Habéis dormido algún rato?
SEMPRONIO.- ¿Dormir, señor? ¡Dormilones son los mozos! Nunca me
asenté ni aun junté, por Dios, los pies, mirando a todas partes
para, en sintiendo, poder saltar presto y hacer todo lo que mis
fuerzas me ayudaran. Pues Pármeno, aunque parecía que no te servía
hasta aquí de buena gana, así se holgó cuando vio los de las
hachas como lobo cuando siente polvo de ganado, pensando poder
quitárselas hasta que vio que eran muchos.
CALISTO.- No te maravilles, que procede de su natural ser osado
y, aunque no fuese por mí, hacíalo porque no pueden los tales
venir contra su uso, que, aunque muda el pelo la raposa, su
natural no despoja. Por cierto, yo dije a mi señora Melibea lo que
en vosotros hay y cuán seguras tenía mis espaldas con vuestra
ayuda y guarda. Hijos, en mucho cargo os soy. Rogad a Dios por
salud, que yo os galardonaré más cumplidamente vuestro buen
servicio. Id con Dios a reposar.
PÁRMENO.- ¿A dónde iremos, Sempronio? ¿A la cama a dormir o a
la cocina a almorzar?
SEMPRONIO.- Ve tú donde quisieres, que, antes que venga el día,
quiero yo ir a Celestina a cobrar mi parte de la cadena. Que es
una puta vieja, no le quiero dar tiempo en que fabrique alguna
ruindad con que nos excluya.
PÁRMENO.- Bien dices. Olvidádolo había. Vamos entrambos y, si
en eso se pone, espantémosla de manera que le pese, que sobre
dinero no hay amistad.
SEMPRONIO.- ¡Ce, ce, calla!, que duerme cabe esta ventanilla.
Ta, ta, señora Celestina, ábrenos.
CELESTINA.- ¿Quién llama?
SEMPRONIO.- Abre, que son tus hijos.
CELESTINA.- No tengo yo hijos que anden a tal hora.
SEMPRONIO.- Ábrenos a Pármeno y Sempronio, que nos venimos acá
almorzar contigo.
CELESTINA.- ¡Oh locos traviesos! Entrad, entrad. ¿Cómo venís a
tal hora, que ya amanece? ¿Qué habéis hecho? ¿Qué os ha pasado? ¿Despidiose
la esperanza de Calisto o vive todavía con ella, o cómo queda?
SEMPRONIO.- ¿Cómo, madre? Si por nosotros no fuera ya anduviera
su alma buscando posada para siempre. Que, si estimarse pudiese a
lo que de allí nos queda obligado, no sería su hacienda bastante a
cumplir la deuda, si verdad es lo que dicen que la vida y persona
es más digna y de más valor que otra cosa ninguna.
CELESTINA.- ¡Jesú! ¿Que en tanta afrenta os habéis visto?
Cuéntamelo, por Dios.
SEMPRONIO.- Mira qué tanta que, por mi vida, la sangre me
hierve en el cuerpo en tornarlo a pensar.
CELESTINA.- Reposa, por Dios, y dímelo.
PÁRMENO.- Cosa larga le pides, según venimos alterados y
cansados del enojo que habemos habido. Harías mejor en aparejarnos
a él y a mí de almorzar; quizá nos amansaría algo la alteración
que traemos. Que cierto te digo que no querría ya topar hombre que
paz quisiese. Mi gloria sería ahora hallar en quién vengar la ira
que no pude en los que nos la causaron, por su mucho huir.
CELESTINA.- ¡Landre me mate si no me espanto en verte tan
fiero! Creo que burlas. Dímelo ahora, Sempronio, tú, por mi vida:
¿qué os ha pasado?
SEMPRONIO.- Por Dios, sin seso vengo, desesperado; aunque para
contigo por demás es no templar la ira y todo enojo, y mostrar
otro semblante que con los hombres. Jamás me mostré poder mucho
con los que poco pueden. Traigo, señora, todas las armas
despedazadas, el broquel sin aro, la espada como sierra, el
casquete abollado en la capilla. Que no tengo con que salir un
paso con mi amo cuando menester me haya, que quedó concertado de
ir esta noche que viene a verse por el huerto. Pues, ¿comprarlo de
nuevo? ¡No mandó un maravedí en que caiga muerto!
CELESTINA.- Pídelo, hijo, a tu amo, pues en su servicio se
gastó y quebró. Pues sabes que es persona que luego lo cumplirá,
que no es de los que dicen «vive conmigo y busca quien te
mantenga». Él es tan franco que te dará para eso y para más.
SEMPRONIO.- ¡Ja! Trae también Pármeno perdidas las suyas; a
este cuento en armas se le irá su hacienda. ¿Cómo quieres que le
sea tan importuno en pedirle más de lo que él de su propio grado
hace, pues es harto? No digan por mí que, dándome un palmo, pido
cuatro. Dionos las cien monedas, dionos después la cadena. A tres
tales aguijones no tendrá cera en el oído. Caro le costaría este
negocio. Contentémonos con lo razonable, no lo perdamos todo por
querer más de la razón, que quien mucho abarca poco suele apretar.
CELESTINA.- ¡Gracioso es el asno! Por mi vejez, que, si sobre
comer fuera, que dijera que habíamos todos cargado demasiado.
¿Estás en tu seso, Sempronio? ¿Qué tiene que hacer tu galardón con
mi salario, tu soldada con mis mercedes? ¿Soy yo obligada a soldar
vuestras armas, a cumplir vuestras faltas? A osadas, que me maten
si no te has asido a una palabrilla que te dije el otro día
viniendo por la calle, que cuanto yo tenía era tuyo y que, en
cuanto pudiese con mis pocas fuerzas, jamás te faltaría. Y que, si
Dios me diese buena manderecha con tu amo, que tú no perderías
nada. Pues ya sabes, Sempronio, que estos ofrecimientos, estas
palabras de buen amor, no obligan. No ha de ser oro cuanto reluce,
si no, más barato valdría. Dime, ¿estoy en tu corazón, Sempronio?
Verás, si aunque soy vieja, si acierto lo que tú puedes pensar.
Tengo, hijo, en buena fe, más pesar, que se me quiere salir esta
alma de enojo. Di a esta loca de Elicia, como vine de tu casa, la
cadenilla que traje para que se holgase con ella, y no se puede
acordar dónde la puso, que en toda esta noche ella ni yo no
habemos dormido sueño de pesar. No por su valor de la cadena, que
no era mucho, pero por su mal cobro de ella y de mi mala dicha.
Entraron unos conocidos y familiares míos en aquella sazón aquí.
Temo no la hayan llevado diciendo «si te vi, burleme, etc.». Así
que, hijos, ahora que quiero hablar con entrambos, si algo vuestro
amo a mí me dio, debéis mirar que es mío; que de tu jubón de
brocado no te pedí yo parte ni la quiero. Sirvamos todos, que a
todos dará según viere que lo merecen. Que si me ha dado algo, dos
veces he puesto por él mi vida al tablero. Más herramienta se me
ha embotado en su servicio que a vosotros. Más materiales he
gastado, pues habéis de pensar, hijos, que todo me cuesta dinero,
aun mi saber, que no lo he alcanzado holgando, de lo cual fuera
buen testigo su madre de Pármeno, Dios haya su alma. Esto trabajé
yo; a vosotros se os debe esotro. Esto tengo yo por oficio y
trabajo; vosotros, por recreación y deleite. Pues así, no habéis
vosotros de haber igual galardón de holgar que yo de penar. Pero,
aun con todo lo que he dicho, no os despidáis, si mi cadena
parece, de sendos pares de calzas de grana, que es el hábito que
mejor en los mancebos parece. Y si no, recibid la voluntad, que yo
me callaré con mi pérdida. Y todo esto de buen amor, porque
holgasteis que hubiese yo antes el provecho de estos pasos que no
otra. Y si no os contentarais, de vuestro daño haréis.
SEMPRONIO.- No es ésta la primera vez que yo he dicho cuánto en
los viejos reina este vicio de codicia. Cuando pobre, franca;
cuando rica, avarienta. Así que adquiriendo crece la codicia y la
pobreza codiciando, y ninguna cosa hace pobre al avariento sino la
riqueza. ¡Oh Dios, y cómo crece la necesidad con la abundancia!
¿Quién la oyó esta vieja decir que me llevase yo todo el provecho,
si quisiese, de este negocio, pensando que sería poco? Ahora que
lo ve crecido no quiere dar nada, por cumplir el refrán de los
niños, que dicen «de lo poco, poco; de lo mucho, nada».
PÁRMENO.- Dete lo que prometió o tomémosselo todo. Harto te
decía yo quién era esta vieja, si tú me creyeras.
CELESTINA.- Si mucho enojo traéis con vosotros, o con vuestro
amo o armas, no lo quebréis en mí, que bien sé dónde nace esto.
Bien sé y barrunto de qué pie coxqueáis; no cierto de la necesidad
que tenéis de lo que pedís, ni aun por la mucha codicia que lo
tenéis, sino pensando que os he de tener toda vuestra vida atados
y cautivos con Elicia y Areúsa, sin quereros buscar otras.
Movéisme estas amenazas de dinero, ponéisme estos temores de la
partición. Pues callad, que quien éstas os supo acarrear, os dará
otras diez ahora que hay más conocimiento, y más razón, y más
merecido de vuestra parte. Y si sé cumplir lo que se promete en
este caso, dígalo Pármeno. ¡Dilo, di, no hayas empacho de contar
cómo nos pasó cuando a la otra dolía la madre!
SEMPRONIO.- Yo dígole que se vaya y abájase las bragas; no ando
por lo que piensas. No entremetas burlas a nuestra demanda, que
con ese galgo no tomarás, si yo puedo, más liebres. Déjate conmigo
de razones. A perro viejo, no cuz cuz. Danos las dos partes por
cuenta de cuanto de Calisto has recibido; no quieras que se
descubra quién tú eres. ¡A los otros, a los otros con esos
halagos, vieja!
CELESTINA.- ¿Quién soy yo, Sempronio? ¿Quitásteme de la putería?
Calla tu lengua, no amengües mis canas, que soy una vieja cual
Dios me hizo, no peor que todas. Vivo de mi oficio, como cada cual
oficial del suyo, muy limpiamente. A quien no me quiere no lo
busco; de mi casa me vienen a sacar, en mi casa me ruegan. Si bien
o mal vivo, Dios es el testigo de mi corazón. Y no pienses con tu
ira maltratarme, que justicia hay para todos y a todos es igual.
Tan bien seré oída, aunque mujer, como vosotros muy peinados.
Déjame en mi casa con mi fortuna. Y tú, Pármeno, no pienses que
soy tu cautiva por saber mis secretos y mi vida pasada, y los
casos que nos acaecieron a mí y a la desdichada de tu madre. Aun
así me trataba ella cuando Dios quería.
PÁRMENO.- ¡No me hinches las narices con esas memorias; si no,
enviarte he con nuevas a ella, donde mejor te puedas quejar!
CELESTINA.- ¡Elicia, Elicia, levántate de esa cama! ¡Daca mi
manto, presto!, que, por los santos de Dios, para aquella justicia
me vaya bramando como una loca. ¿Qué es esto? ¿Qué quieren decir
tales amenazas en mi casa? ¡Con una oveja mansa tenéis vosotros
manos y braveza, con una gallina atada, con una vieja de sesenta
años! ¡Allá, allá con los hombres como vosotros! ¡Contra los que
ciñen espada mostrad vuestras iras, no contra mi flaca rueca!
Señal es de gran cobardía acometer a los menores y a los que poco
pueden. Las sucias moscas nunca pican sino los bueyes magros y
flacos. Los gozques ladradores a los pobres peregrinos aquejan con
mayor ímpetu. Si aquella que allí está en aquella cama me hubiese
a mí creído, jamás quedaría esta casa de noche sin varón, ni
dormiríamos a lumbre de pajas; pero, por aguardarte, por serte
fiel, padecemos esta soledad. Y como nos veis mujeres, habláis y
pedís demasías, lo cual, si hombre sintieseis en la posada, no
haríais, que, como dicen, «el duro adversario entibia las iras y
sañas».
SEMPRONIO.- ¡Oh vieja avarienta, muerta de sed por dinero!, ¿no
serás contenta con la tercia parte de lo ganado?
CELESTINA.- ¿Qué tercia parte? Vete con Dios de mi casa tú. Y
esotro no dé voces, no allegue la vecindad. No me hagáis salir de
seso, no queráis que salgan a plaza las cosas de Calisto y
vuestras.
SEMPRONIO.- Da voces o gritos, que tú cumplirás lo que
prometiste o cumplirás hoy tus días.
ELICIA.- Mete, por Dios, el espada. Tenlo, Pármeno, tenlo, no
la mate ese desvariado.
CELESTINA.- ¡Justicia, justicia, señores vecinos! ¡Justicia,
que me matan en mi casa estos rufianes!
SEMPRONIO.- ¿Rufianes o qué? Espera, doña hechicera, que yo te
haré ir al infierno con cartas.
CELESTINA.- ¡Ay, que me ha muerto! ¡Ay, ay, confesión,
confesión!
PÁRMENO.- Dale, dale. Acábala, pues comenzaste, que nos
sentirán. ¡Muera, muera! De los enemigos, los menos.
CELESTINA.- ¡Confesión!
ELICIA.- ¡Oh crueles enemigos! ¡En mal poder os veáis! ¿Y para
quién tuvisteis manos? Muerta es mi madre y mi bien todo.
SEMPRONIO.- ¡Huye, huye, Pármeno, que carga mucha gente! ¡Guarte,
guarte, que viene el alguacil!
PÁRMENO.- ¡Oh pecador de mí, que no hay por dó nos vamos, que
está tomada la puerta!
SEMPRONIO.- ¡Saltemos de estas ventanas; no muramos en poder de
justicia!
PÁRMENO.- ¡Salta, que yo tras ti voy!
Acto XIII
ARGUMENTO DEL DECIMOTERCER ACTO
Despertado Calisto de dormir, está hablando consigo mismo. De
aquí a un poco está llamando a Tristán y a otros sus criados.
Torna a dormir Calisto. Pónese Tristán a la puerta. Viene Sosia
llorando. Preguntado de Tristán, Sosia cuéntale la muerte de
Sempronio y Pármeno. Van a decir las nuevas a Calisto, el cual,
sabiendo la verdad, hace gran lamentación.
CALISTO, TRISTÁN, SOSIA.
CALISTO.- ¡Oh cómo he dormido tan a mi placer después de aquel
azucarado rato, después de aquel angélico razonamiento! Gran
reposo he tenido. El sosiego y descanso, ¿procede de mi alegría, o
lo causó el trabajo corporal mi mucho dormir, o la gloria y placer
del ánimo? Y no me maravillo que lo uno y lo otro se juntasen a
cerrar los candados de mis ojos, pues trabajé con el cuerpo y
persona y holgué con el espíritu y sentido la pasada noche. Muy
cierto es que la tristeza acarrea pensamiento, y el mucho pensar
impide el sueño, como a mí estos días es acaecido con la
desconfianza que tenía de la mayor gloria, que ya poseo. ¡Oh
señora y amor mío, Melibea! ¿Qué piensas ahora? ¿Si duermes o
estás despierta? ¿Si piensas en mí o en otro? ¿Si estás levantada
o acostada? ¡Oh dichoso y bienandante Calisto, si verdad es que no
ha sido sueño lo pasado! ¿Soñelo o no? ¿Fue fantaseado o pasó en
verdad? Pues no estuve solo; mis criados me acompañaron. Dos eran.
Si ellos dicen que pasó, en verdad creerlo he, según derecho.
Quiero mandarlos llamar para más confirmar mi gozo. ¡Tristanico,
mozos! ¡Tristanico, levántate de ahí!
TRISTÁN.- Señor, levantado estoy.
CALISTO.- Corre, llámame a Sempronio y a Pármeno.
TRISTÁN.- Ya voy, señor.
CALISTO
Duerme y descansa, penado,
desde ahora,
pues te ama tu señora
de su grado.
Venza placer al cuidado
y no le vea,
pues te ha hecho su privado
Melibea.
TRISTÁN.- Señor, no hay ningún mozo en casa.
CALISTO.- Pues abre esas ventanas; verás qué hora es.
TRISTÁN.- Señor, bien de día.
CALISTO.- Pues tórnalas a cerrar y déjame dormir hasta que sea
hora de comer.
TRISTÁN.- Quiero bajarme a la puerta por que duerma mi amo sin
que ninguno le impida, y a cuantos le buscaren se le negaré. ¡Oh
qué grita suena en el mercado! ¿Qué es esto? Alguna justicia se
hace o madrugaron a correr toros. No sé qué me diga de tan grandes
voces como se dan. De allá viene Sosia, el mozo de espuelas; él me
dirá qué es esto. Desgreñado viene el bellaco; en alguna taberna
se debe haber revolcado. Y si mi amo le cae en el rastro, mandarle
ha dar dos mil palos, que, aunque es algo loco, la pena le hará
cuerdo. Parece que viene llorando. ¿Qué es esto, Sosia? ¿Por qué
lloras? ¿De dó vienes?
SOSIA.- ¡Oh malaventurado yo! ¡Oh qué pérdida tan grande! ¡Oh
deshonra de la casa de mi amo! ¡Oh qué mal día amaneció éste! ¡Oh
desdichados mancebos!
TRISTÁN.- ¿Qué es? ¿Qué has? ¿Por qué te matas? ¿Qué mal es
éste?
SOSIA.- Sempronio y Pármeno...
TRISTÁN.- ¿Qué dices, Sempronio y Pármeno? ¿Qué es esto, loco?
¡Aclárate más, que me turbas!
SOSIA.- Nuestros compañeros, nuestros hermanos...
TRISTÁN.- O tú estás borracho, o has perdido el seso, o traes
alguna mala nueva. ¿No me dices qué es eso que dices de esos
mozos?
SOSIA.- Que quedan degollados en la plaza.
TRISTÁN.- ¡Oh mala fortuna la nuestra si es verdad! ¿Vístelos
cierto o habláronte?
SOSIA.- Ya sin sentido iban, pero el uno, con harta dificultad,
como me sintió que con lloro le miraba, hincó los ojos en mí,
alzando las manos al cielo, cuasi dando gracias a Dios y como
preguntando si me sentía de su morir. Y en señal de triste
despedida abajó su cabeza con lágrimas en los ojos, dando bien a
entender que no me había de ver más hasta el día del gran Juicio.
TRISTÁN.- No sentiste bien, que sería preguntarte si estaba
presente Calisto. Y pues tan claras señas traes de este cruel
dolor, vamos presto con las tristes nuevas a nuestro amo.
SOSIA.- ¡Señor, señor!
CALISTO.- ¿Qué es eso, locos? ¿No os mandé que no me
recordaseis?
SOSIA.- Recuerda y levanta, que si tú no vuelves por los tuyos,
de caída vamos. Sempronio y Pármeno quedan descabezados en la
plaza como públicos malhechores, con pregones que manifestaban su
delito.
CALISTO.- ¡Oh válgame Dios! ¿Y qué es esto que me dices? No sé
si te crea tan acelerada y triste nueva. ¿Vístelos tú?
SOSIA.- Yo los vi.
CALISTO.- Cata, mira qué dices, que esta noche han estado
conmigo.
SOSIA.- Pues madrugaron a morir.
CALISTO.- ¡Oh mis leales criados! ¡Oh mis grandes servidores!
¡Oh mis fieles secretarios y consejeros! ¿Puede ser tal cosa
verdad? ¡Oh amenguado Calisto, deshonrado quedas para toda tu
vida! ¿Qué será de ti, muertos tal par de criados? Dime, por Dios,
Sosia, ¿qué fue la causa? ¿Qué decía el pregón? ¿Dónde los
tomaron? ¿Qué justicia lo hizo?
SOSIA.- Señor, la causa de su muerte publicaba el cruel verdugo
a voces, diciendo: «Manda la justicia mueran los violentos
matadores».
CALISTO.- ¿A quién mataron tan presto? ¿Qué puede ser esto? No
ha cuatro horas que de mí se despidieron. ¿Cómo se llamaba el
muerto?
SOSIA.- Señor, una mujer que se llamaba Celestina.
CALISTO.- ¿Qué me dices?
SOSIA.- Esto que oyes.
CALISTO.- Pues si eso es verdad, mata tú a mí, yo te perdono,
que más mal hay que viste ni puedes pensar si Celestina, la de la
cuchillada, es la muerta.
SOSIA.- Ella misma es. De más de treinta estocadas la vi
llagada, tendida en su casa, llorándola una su criada.
CALISTO.- ¡Oh tristes mozos! ¿Cómo iban? ¿Viéronte? ¿Habláronte?
SOSIA.- ¡Oh señor, que si los vieras, quebraras el corazón de
dolor! El uno llevaba todos los sesos de la cabeza fuera, sin
ningún sentido. El otro, quebrados entrambos brazos y la cara
magullada. Todos llenos de sangre, que saltaron de unas ventanas
muy altas por huir del alguacil. Y así, cuasi muertos, les
cortaron las cabezas, que creo que ya no sintieron nada.
CALISTO.- Pues yo bien siento mi honra. Pluguiera a Dios que
fuera yo ellos y perdiera la vida y no la honra, y no la esperanza
de conseguir mi comenzado propósito, que es lo que más, en este
caso desastrado, siento.¡Oh mi triste nombre y fama, cómo andas al
tablero de boca en boca! ¡Oh mis secretos más secretos, cuán
públicos andaréis por las plazas y mercados! ¿Qué será de mí? ¿A
dónde iré? Que salga allá, a los muertos no puedo ya remediar. Que
me esté aquí, parecerá cobardía. ¿Qué consejo tomaré? Dime, Sosia,
¿qué era la causa por que la mataron?
SOSIA.- Señor, aquella su criada, dando voces, llorando su
muerte la publicaba a cuantos la querían oír, diciendo que porque
no quiso partir con ellos una cadena de oro que tú le diste.
CALISTO.- ¡Oh día de congoja, oh fuerte tribulación, y en que
anda mi hacienda de mano en mano y mi nombre de lengua en lengua!
Todo será público cuanto con ella y con ellos hablaba, cuanto de
mí sabían, el negocio en que andaban. No osaré salir ante gentes.
¡Oh pecadores de mancebos, padecer por tan súbito desastre! ¡Oh mi
gozo, cómo te vas disminuyendo! Proverbio es antiguo que de muy
alto grandes caídas se dan. Mucho había anoche alcanzado; mucho
tengo hoy perdido. Rara es la bonanza en el piélago. Yo estaba en
título de alegre si mi ventura quisiera tener quedos los ondosos
vientos de mi perdición. ¡Oh fortuna, cuánto y por cuántas partes
me has combatido! Pues, por más que sigas mi morada y seas
contraria a mi persona, las adversidades con igual ánimo se han de
sufrir, y en ellas se prueba el corazón recio o flaco. No hay
mejor toque para conocer qué quilates de virtud o esfuerzo tiene
el hombre, pues por más mal y daño que me venga, no dejaré de
cumplir el mandado de aquella por quien todo esto se ha causado,
que más me va en conseguir la ganancia de la gloria que espero que
en la pérdida de morir los que murieron. Ellos eran sobrados y
esforzados, ahora o en otro tiempo de pagar habían. La vieja era
mala y falsa, según parece, que hacía trato con ellos, y así que
riñeron sobre la capa del justo. Permisión fue divina que así
acabase en pago de muchos adulterios que por su intercesión o
causa son cometidos. Quiero hacer aderezar a Sosia y a Tristanico.
Irán conmigo este tan esperado camino; llevarán escalas, que son
altas las paredes. Mañana haré que vengo de fuera, si pudiere
vengar estas muertes; si no, pagaré mi inocencia con mi fingida
ausencia o me fingiré loco, por mejor gozar de este sabroso
deleite de mis amores, como hizo aquel gran capitán Ulises por
evitar la batalla troyana y holgar con Penélope, su mujer.
Acto XIV
ARGUMENTO DEL DECIMOCUARTO ACTO
Está Melibea muy afligida hablando con Lucrecia sobre la
tardanza de Calisto, el cual le había hecho voto de venir en
aquella noche a visitarla, lo cual cumplió, y con él vinieron
Sosia y Tristán. Y después que cumplió su voluntad, volvieron
todos a la posada. Y Calisto se retrae en su palacio y quéjase por
haber estado tan poca cuantidad de tiempo con Melibea. Y ruega a
Febo que cierre sus rayos, para haber de restaurar su deseo.
MELIBEA, LUCRECIA,SOSIA, TRISTÁN, CALISTO.
MELIBEA.- Mucho se tarda aquel caballero que esperamos. ¿Qué
crees tú o sospechas de su estada, Lucrecia?
LUCRECIA.- Señora, que tiene justo impedimento y que no es en
su mano venir más presto.
MELIBEA.- Los ángeles sean en su guarda, su persona esté sin
peligro, que su tardanza no me da pena. Mas, cuitada, pienso
muchas cosas que desde su casa acá le podrían acaecer. ¿Quién sabe
si él, con voluntad de venir al prometido plazo en la forma que
los tales mancebos a las tales horas suelen andar, fue topado de
los alguaciles nocturnos y, sin le conocer, le han acometido, el
cual por se defender los ofendió o es de ellos ofendido? ¿O si,
por caso, los ladradores perros con sus crueles dientes, que
ninguna diferencia saben hacer ni acatamiento de personas, le
hayan mordido? ¿O si ha caído en alguna calzada u hoyo, donde
algún daño le viniese? Mas, ¡oh mezquina de mí!, ¿qué son estos
inconvenientes que el concebido amor me pone delante y los
atribulados imaginamientos me acarrean? No plega a Dios que
ninguna de estas cosas sea, antes esté cuanto le placerá sin
verme. Mas oye, oye, que pasos suenan en la calle y aun parece que
hablan de esta otra parte del huerto.
SOSIA.- Arrima esa escalera, Tristán, que éste es el mejor
lugar, aunque alto.
TRISTÁN.- Sube, señor. Yo iré contigo, porque no sabemos quién
está dentro. Hablando están.
CALISTO.- Quedaos, locos, que yo entraré solo, que a mi señora
oigo.
MELIBEA.- Es tu sierva, es tu cautiva, es la que más tu vida
que la suya estima. ¡Oh mi señor!, no saltes de tan alto, que me
moriré en verlo; baja, baja poco a poco por el escala; no vengas
con tanta presura.
CALISTO.- ¡Oh angélica imagen! ¡Oh preciosa perla ante quien el
mundo es feo! ¡Oh mi señora y mi gloria! En mis brazos te tengo y
no lo creo. Mora en mi persona tanta turbación de placer que me
hace no sentir todo el gozo que poseo.
MELIBEA.- Señor mío, pues me fié en tus manos, pues quise
cumplir tu voluntad, no sea de peor condición por ser piadosa que
si fuera esquiva y sin misericordia. No quieras perderme por tan
breve deleite y en tan poco espacio, que las mal hechas cosas,
después de cometidas, más presto se pueden reprehender que
enmendar. Goza de lo que yo gozo, que es ver y llegar a tu
persona; no pidas ni tomes aquello que, tomado, no será en tu mano
volver. Guarte, señor, de dañar lo que con todos tesoros del mundo
no se restaura.
CALISTO.- Señora, pues por conseguir esta merced toda mi vida
he gastado, ¿qué sería, cuando me la diesen, desecharla? Ni tú,
señora, me lo mandaras, ni yo lo podría acabar conmigo. No me
pidas tal cobardía. No es hacer tal cosa de ninguno que hombre
sea, mayormente amando como yo. Nadando por este fuego de tu deseo
toda mi vida, ¿no quieres que me arrime al dulce puerto a
descansar de mis pasados trabajos?
MELIBEA.- Por mi vida, que aunque hable tu lengua cuanto
quisiere, no obren las manos cuanto pueden. Está quedo, señor mío.
Bástete, pues ya soy tuya, gozar de lo exterior, de esto que es
propio fruto de amadores; no me quieras robar el mayor don que la
natura me ha dado. Cata que del buen pastor es propio tresquilar
sus ovejas y ganado, pero no destruirlo y estragarlo.
CALISTO.- ¿Para qué, señora? ¿Para que no esté queda mi pasión?
¿Para penar de nuevo? ¿Para tornar el juego de comienzo? Perdona,
señora, a mis desvergonzadas manos, que jamás pensaron de tocar tu
ropa con su indignidad y poco merecer. Ahora gozan de llegar a tu
gentil cuerpo y lindas y delicadas carnes.
MELIBEA.- Apártate allá, Lucrecia.
CALISTO.- ¿Por qué, mi señora? Bien me huelgo que estén
semejantes testigos de mi gloria.
MELIBEA.- Yo no los quiero de mi yerro. Si pensara que tan
desmesuradamente te habías de haber conmigo, no fiara mi persona
de tu cruel conversación.
SOSIA.- Tristán, bien oyes lo que pasa. ¿En qué términos anda
el negocio?
TRISTÁN.- Oigo tanto que juzgo a mi amo por el más
bienaventurado hombre que nació, y por mi vida que, aunque soy
muchacho, que diese tan buena cuenta como mi amo.
SOSIA.- Para con tal joya quienquiera se tendría manos, pero
con su pan se la coma, que bien caro le cuesta: dos mozos entraron
en la salsa de estos amores.
TRISTÁN.- Ya los tiene olvidados. ¡Dejaos morir sirviendo a
ruines, haced locuras en confianza de su defensión! Viviendo con
el Conde que no matase al hombre, me daba mi madre por consejo.
Veslos a ellos alegres y abrazados, y sus servidores con harta
mengua degollados.
MELIBEA.- ¡Oh mi vida y mi señor! ¿Cómo has querido que pierda
el nombre y corona de virgen por tan breve deleite? ¡Oh pecadora
de ti! Mi madre, si de tal cosa fueses sabedora, ¡cómo tomarías de
grado tu muerte y me la darías a mí por fuerza! ¡Cómo serías cruel
verdugo de tu propia sangre! ¡Cómo sería yo fin quejosa de tus
días! ¡Oh mi padre honrado, cómo he dañado tu fama y dado causa y
lugar a quebrantar tu casa! ¡Oh traidora de mí, cómo no miré
primero el gran yerro que se seguía de tu entrada, el gran peligro
que esperaba!
SOSIA.- ¡Antes quisiera yo oírte esos milagros! Todas sabéis
esa oración después que no puede dejar de ser hecho. ¡Y el bobo de
Calisto que se lo escucha!
CALISTO.- Ya quiere amanecer. ¿Qué es esto? No parece que ha
una hora que estamos aquí y da el reloj las tres.
MELIBEA.- Señor, por Dios, pues ya todo queda por ti, pues soy
tu dueña, pues ya no puedes negar mi amor, no me niegues tu vista,
mas, las noches que ordenares sea tu venida por este secreto
lugar, a la misma hora, por que siempre te espere apercibida del
gozo con que quedo, esperando las venideras noches. Y por el
presente, vete con Dios, que no serás visto, que hace muy oscuro,
ni yo en casa sentida, que aún no amanece.
CALISTO.- Mozos, poned el escala.
SOSIA.- Señor, vesla aquí. Baja.
MELIBEA.- Lucrecia, vente acá, que estoy sola. Aquel señor mío
es ido. Conmigo deja su corazón; consigo lleva el mío. ¿Hasnos
oído?
LUCRECIA.- No, señora, que durmiendo he estado.
SOSIA.- Tristán, debemos ir muy callando, porque suelen
levantarse a esta hora los ricos, los codiciosos de temporales
bienes, los devotos de templos, monasterios e iglesias, los
enamorados como nuestro amo, los trabajadores de los campos y
labranzas, y los pastores, que en este tiempo traen las ovejas a
estos apriscos a ordeñar, y podría ser que cogiesen de pasada
alguna razón por do toda su honra y la de Melibea se turbase.
TRISTÁN.- ¡Oh simple rascacaballos, dices que callemos y
nombras su nombre de ella! ¡Bueno eres para adalid o para regir
gente en tierra de moros de noche! Así que, prohibiendo, permites;
encubriendo, descubres; asegurando, ofendes; callando, voceas y
pregonas; preguntando, respondes. Pues tan sutil y discreto eres,
¿no me dirás en qué mes cae Santa María de agosto, por que sepamos
si hay harta paja en casa que comas hogaño?
CALISTO.- Mis cuidados y los de vosotros no son todos unos.
Entrad callando, no nos sientan en casa. Cerrad esa puerta y vamos
a reposar, que yo me quiero subir solo a mi cámara. Yo me
desarmaré. Id vosotros a vuestras camas.
CALISTO.- ¡Oh mezquino yo, cuánto me es agradable de mi natural
la solicitud y silencio y oscuridad! No sé si lo causa que me vino
a la memoria la traición que hice en me despartir de aquella
señora que tanto amo hasta que más fuera de día, o el dolor de mi
deshonra. ¡Ay, ay!, que esto es, esta herida es la que siento,
ahora que se ha resfriado, ahora que está helada la sangre que
ayer hervía, ahora que veo la mengua de mi casa, la falta de mi
servicio, la perdición de mi patrimonio, la infamia que tiene mi
persona, de la muerte de mis criados se ha seguido. ¿Qué hice? ¿En
qué me detuve? ¿Cómo me pude sufrir que no me mostré luego
presente como hombre injuriado, vengador, soberbio y acelerado de
la manifiesta injusticia que me fue hecha? ¡Oh mísera suavidad de
esta brevísima vida!, ¿quién es de ti tan codicioso que no quiera
más morir luego que gozar un año de vida denostado y prorrogarle
con deshonra, corrompiendo la buena fama de los pasados?
Mayormente que no hay hora cierta ni limitada, ni aun un solo
momento. Deudores somos sin tiempo, contino estamos obligados a
pagar luego. ¿Por qué no salí a inquirir siquiera la verdad de la
secreta causa de mi manifiesta perdición? ¡Oh breve deleite
mundano, cómo duran poco y cuestan mucho tus dulzores! No se
compra tan caro el arrepentir. ¡Oh triste yo!, ¿cuándo se
restaurará tan grande pérdida? ¿Qué haré? ¿Qué consejo tomaré? ¿A
quién descubriré mi mengua? ¿Por qué lo celo a los otros mis
servidores y parientes? Tresquílanme en consejo y no lo saben en
mi casa. Salir quiero, pero, si salgo para decir que he estado
presente, es tarde; si ausente, es temprano. Y para proveer amigos
y criados antiguos, parientes y allegados, es menester tiempo, y
para buscar armas y otros aparejos de venganza. ¡Oh cruel juez, y
qué mal pago me has dado del pan que de mi padre comiste! Yo
pensaba que pudiera con tu favor matar mil hombres sin temor de
castigo, ¡inicuo falsario, perseguidor de verdad, hombre de bajo
suelo! Bien dirán por ti que te hizo alcalde mengua de hombres
buenos. Miraras que tú y los que mataste en servir a mis pasados y
a mí erais compañeros. Mas, cuando el vil está rico, no tiene
pariente ni amigo. ¡Quién pensara que tú me habías de destruir! No
hay, cierto, cosa más empecible que el incogitado enemigo. ¿Por
qué quisiste que dijesen «del monte sale con que se arde» y «que
crié cuervo que me sacase el ojo»? Tú eres público delincuente y
mataste a los que son privados. Y pues sabe que menor delito es el
privado que el público, menor su utilidad, según las leyes de
Atenas disponen, las cuales no son escritas con sangre; antes
muestran que es menor yerro no condenar los malhechores que punir
los inocentes. ¡Oh cuán peligroso es seguir justa causa delante
injusto juez! Cuánto más este exceso de mis criados, que no
carecía de culpa. Pues mira, si mal has hecho, que hay sindicado
en el cielo y en la tierra. Así que a Dios y al rey serás reo, y a
mí capital enemigo. ¿Que pecó el uno por lo que hizo el otro? ¿Que
por sólo ser su compañero los mataste a entrambos? Pero, ¿qué
digo? ¿Con quién hablo? ¿Estoy en mi seso? ¿Qué es esto, Calisto?
¿Soñabas, duermes o velas? ¿Estás en pie o acostado? Cata que
estás en tu cámara. ¿No ves que el ofendedor no está presente?
¿Con quién lo has? Torna en ti. Mira que nunca los ausentes se
hallaron justos, oye entrambas partes para sentenciar. ¿No ves que
por ejecutar la justicia no había de mirar amistad ni deudo ni
crianza? ¿No miras que la ley tiene de ser igual a todos? Mira que
Rómulo, el primer cimentador de Roma, mató a su propio hermano
porque la ordenada ley traspasó. Mira a Torcuato romano cómo mató
a su hijo porque excedió la tribunicia constitución. Otros muchos
hicieron lo mismo. Considera que, si aquí presente él estuviese,
respondería que hacientes y consintientes merecen igual pena,
aunque a entrambos matase por lo que el uno pecó. Y que, si
aceleró en su muerte, que era crimen notorio y no eran necesarias
muchas pruebas, y que fueron tomados en el acto del matar, que ya
estaba el uno muerto de la caída que dio. Y también se debe creer
que aquella lloradera moza que Celestina tenía en su casa le dio
recia prisa con su triste llanto. Y él, por no hacer bullicio, por
no me difamar, por no esperar a que la gente se levantase y oyesen
el pregón, del cual gran infamia se me seguía, los mandó justiciar
tan de mañana. Pues era forzoso el verdugo voceador para la
ejecución y su descargo, lo cual todo, así como creo es hecho,
antes le quedo deudor y obligado para cuanto viva, no como a
criado de mi padre, pero como a verdadero hermano. Y puesto caso
que así no fuese, puesto caso que no echase lo pasado a la mejor
parte, acuérdate, Calisto, del gran gozo pasado. Acuérdate de tu
señora y tu bien todo. Y pues tu vida no tienes en nada por su
servicio, no has de tener las muertes de otros, pues ningún dolor
igualará con el recibido placer. ¡Oh mi señora y mi vida!, que
jamás pensé en ausencia ofenderte, que parece que tengo en poca
estima la merced que me has hecho. No quiero pensar en enojo, no
quiero tener ya con la tristeza amistad. ¡Oh bien sin comparación!
¡Oh insaciable contentamiento! ¿Y cuándo pidiera yo más a Dios por
premio de mis méritos, si algunos son en esta vida de lo que
alcanzado tengo? ¿Por qué no estoy contento? Pues no es razón ser
ingrato a quien tanto bien me ha dado. Quiérolo conocer, no quiero
con enojo perder mi seso, por que perdido no caiga de tan alta
posesión. No quiero otra honra, otra gloria, no otras riquezas, no
otro padre ni madre, no otros deudos ni parientes. De día estaré
en mi cámara; de noche, en aquel paraíso dulce, en aquel alegre
vergel, entre aquellas suaves plantas y fresca verdura. ¡Oh noche
de mi descanso, si fueses ya tornada! ¡Oh luciente Febo, date
prisa a tu acostumbrado camino! ¡Oh deleitosas estrellas,
apareceos antes de la continua orden! ¡Oh espacioso reloj, aún te
vea yo arder en vivo fuego de amor!, que si tú esperases lo que
yo, cuando des doce, jamás estarías arrendado a la voluntad del
maestro que te compuso. Pues vosotros, invernales meses que ahora
estáis escondidos, vinieseis con vuestras muy cumplidas noches a
trocarlas por estos prolijos días. Ya me parece haber un año que
no he visto aquel suave descanso, aquel deleitoso refrigerio de
mis trabajos. Pero, ¿qué es lo que demando? ¿Qué pido, loco, sin
sufrimiento? Lo que jamás fue ni puede ser. No aprenden los cursos
naturales a rodearse sin orden, que a todos es un igual curso, a
todos un mismo espacio para muerte y vida, un limitado término a
los secretos movimientos del alto firmamento celestial de los
planetas y Norte, de los crecimientos y mengua de la menstrua
luna. Todo se rige con un freno igual, todo se mueve con igual
espuela: cielo, tierra, mar, fuego, viento, calor, frío. ¿Qué me
aprovecha a mí que dé doce horas el reloj de hierro si no las ha
dado el del cielo? Pues por mucho que madrugue, no amanece más
aína. Pero tú, dulce imaginación, tú que puedes, me acorre. Trae a
mi fantasía la presencia angélica de aquella imagen luciente,
vuelve a mis oídos el suave son de sus palabras, aquellos desvíos
sin gana, aquel «apártate allá, señor, no llegues a mí», aquel «no
seas descortés» que con sus rubicundos labios veía sonar, aquel
«no quieras mi perdición» que de rato en rato proponía, aquellos
amorosos abrazos entre palabra y palabra, aquel soltarme y
prenderme, aquel huir y llegarse, aquellos azucarados besos,
aquella final salutación con que se me despidió. ¡Con cuánta pena
salió por su boca! ¡Con cuántos desperezos! ¡Con cuántas lágrimas,
que parecían granos de aljófar, que sin sentir se le caían de
aquellos claros y resplandecientes ojos!
SOSIA.- Tristán, ¿qué te parece de Calisto, qué dormir ha hecho
que son ya las cuatro de la tarde y no nos ha llamado ni ha
comido?
TRISTÁN.- Calla, que el dormir no quiere prisa. Demás de esto,
aquéjale por una parte la tristeza de aquellos mozos, por otra le
alegra el muy gran placer de lo que con su Melibea ha alcanzado.
Así que dos tan recios contrarios verás qué tal pararán un flaco
sujeto donde estuvieren aposentados.
SOSIA.- ¿Piénsaste tú que le penan a él mucho los muertos? Si
no le penase más aquella que desde esta ventana veo yo ir por la
calle, no llevaría las tocas de tal color.
TRISTÁN.- ¿Quién es, hermano?
SOSIA.- Llégate acá y verla has antes que trasponga. Mira
aquella lutosa que se limpia ahora las lágrimas de los ojos.
Aquélla es Elicia, criada de Celestina y amiga de Sempronio, una
muy bonita moza, aunque queda ahora perdida la pecadora, porque
tenía a Celestina por madre y a Sempronio por el principal de sus
amigos. Y aquella casa donde entra, allí mora una hermosa mujer,
muy graciosa y fresca, enamorada, medio ramera, pero no se tiene
por poco dichoso quien la alcanza tener por amiga sin grande
escote, y llámase Areúsa. Por la cual sé yo que hubo el triste de
Pármeno más de tres noches malas, y aun que no le place a ella con
su muerte.
Acto XV
ARGUMENTO DEL DECIMOQUINTO ACTO
Areúsa dice palabras injuriosas a un rufián llamado Centurio,
el cual se despide de ella por la venida de Elicia, la cual cuenta
a Areúsa las muertes que sobre los amores de Calisto y Melibea se
habían ordenado. Y conciertan Areúsa y Elicia que Centurio haya de
vengar las muertes de los tres en los dos enamorados. En fin,
despídese Elicia de Areúsa, no consintiendo en lo que le ruega,
por no perder el buen tiempo que se daba estando en su asueta
casa.
AREÚSA, CENTURIO, ELICIA.
ELICIA.- ¿Qué vocear es éste de mi prima? Si ha sabido las
tristes nuevas que yo le traigo, no habré yo las albricias de
dolor que por tal mensaje se ganan. Llore, llore, vierta lágrimas,
pues no se hallan tales hombres a cada rincón. Pláceme que así lo
siente. Mese aquellos cabellos como yo, triste, he hecho, sepa que
es perder buena vida más trabajo que la misma muerte. ¡Oh cuánto
más la quiero que hasta aquí por el gran sentimiento que muestra!
AREÚSA.- Vete de mi casa, rufián, bellaco, mentiroso, burlador,
que me traes engañada, boba. Con tus ofertas vanas, con tus ronces
y halagos, hasme robado cuanto tengo. Yo te dí, bellaco, sayo y
capa, espada y broquel, camisas de dos en dos a las mil maravillas
labradas. Yo te dí armas y caballo, púsete con señor que no le
merecías descalzar. Ahora, una cosa que te pido que por mí hagas,
pones mil achaques.
CENTURIO.- Hermana mía, mándame tú matar con diez hombres por
tu servicio y no que ande una legua de camino a pie.
AREÚSA.- ¿Por qué jugaste tú el caballo, tahúr, bellaco? Que si
por mí no hubiese sido, estarías tú ya ahorcado. Tres veces te he
librado de la justicia, cuatro veces desempeñado en los tableros.
¿Por qué lo hago? ¿Por qué soy loca? ¿Por qué tengo fe con este
cobarde? ¿Por qué creo sus mentiras? ¿Por qué le consiento entrar
por mis puertas? ¿Qué tiene bueno? Los cabellos crespos, la cara
acuchillada, dos veces azotado, manco de la mano del espada,
treinta mujeres en la putería. Salte luego de ahí, no te vea yo
más, no me hables ni digas que me conoces; si no, por los huesos
del padre que me hizo y de la madre que me parió, yo te haga dar
mil palos en esas espaldas de molinero, que ya sabes que tengo
quien lo sepa hacer, y, hecho, salirse con ello.
CENTURIO.- ¡Loquear, bobilla!, pues, si yo me ensaño, alguna
llorará; mas quiero irme y sufrirte, que no sé quién entra. No nos
oigan.
ELICIA.- Quiero entrar, que no es son de buen llanto donde hay
amenazas y denuestos.
AREÚSA.- ¡Ay, triste yo! ¿Eres tú, mi Elicia? ¡Jesú, Jesú!, no
lo puedo creer. ¿Qué es esto? ¿Quién te me cubrió de dolor? ¿Qué
manto de tristeza es éste? Cata, que me espantas, hermana mía.
Dime, presto, qué cosa es, que estoy sin tiento, ninguna gota de
sangre has dejado en mi cuerpo.
ELICIA.- ¡Gran dolor, gran pérdida! Poco es lo que muestro con
lo que siento y encubro; más negro traigo el corazón que el manto,
las entrañas que las tocas. ¡Ay, hermana, hermana, que no puedo
hablar! No puedo, de ronca, sacar la voz del pecho.
AREÚSA.- ¡Ay, triste, que me tienes suspensa! Dímelo, no te
meses, no te rasguñes ni maltrates. ¿Es común de entrambas este
mal? ¿Tócame a mí?
ELICIA.- ¡Ay, prima mía y mi amor! Sempronio y Pármeno ya no
viven, ya no son en el mundo. Sus ánimas ya están purgando su
yerro, ya son libres de esta triste vida.
AREÚSA.- ¿Qué me cuentas? No me lo digas. Calla, por Dios, que
me caeré muerta.
ELICIA.- Pues más mal hay que suena. Oye a la triste, que te
contará más quejas. Celestina, aquella que tú bien conociste,
aquella que yo tenía por madre, aquella que me regalaba, aquella
que me encubría, aquella con quien yo me honraba entre mis
iguales, aquella por quien yo era conocida en toda la ciudad y
arrabales, ya está dando cuenta de sus obras. Mil cuchilladas le
vi dar a mis ojos; en mi regazo me la mataron.
AREÚSA.- ¡Oh fuerte tribulación! ¡Oh dolorosas nuevas, dignas
de mortal lloro! ¡Oh acelerados desastres! ¡Oh pérdida incurable!
¿Cómo ha rodeado a tan presto la fortuna su rueda? ¿Quién los
mató? ¿Cómo murieron? Que estoy embelesada, sin tiento, como quien
cosa imposible oye. No ha ocho días que los vi vivos y ya podemos
decir «perdónelos Dios». Cuéntame, amiga mía, cómo es acaecido tan
cruel y desastrado caso.
ELICIA.- Tú lo sabrás. Ya oíste decir, hermana, los amores de
Calisto y la loca de Melibea. Bien verías cómo Celestina había
tomado el cargo, por intercesión de Sempronio, de ser medianera,
pagándole su trabajo, la cual puso tanta diligencia y solicitud
que a la segunda azadonada sacó agua. Pues, como Calisto tan
presto vio buen concierto en cosa que jamás lo esperaba, a vueltas
de otras cosas dio a la desdichada de mi tía una cadena de oro. Y
como sea de tal calidad aquel metal que mientras más bebemos de
ello más sed nos pone, con sacrílega hambre, cuando se vio tan
rica, alzose con su ganancia y no quiso dar parte a Sempronio ni a
Pármeno de ello, lo cual había quedado entre ellos que partiesen
lo que Calisto diese. Pues, como ellos viniesen cansados una
mañana de acompañar a su amo toda la noche, muy airados de no sé
qué cuestiones que dicen que habían habido, pidieron su parte a
Celestina de la cadena para remediarse. Ella púsose en negarles la
convención y promesa, y decir que todo era suyo lo ganado, y aun
descubriendo otras cosillas de secretos, que, como dicen, «riñen
las comadres, etc.». Así que ellos, muy enojados, por una parte
los aquejaba la necesidad, que priva todo amor; por otra, el enojo
grande y cansancio que traían, que acarrea alteración; por otra,
habían la fe quebrada de su mayor esperanza. No sabían qué hacer.
Estuvieron gran rato en palabras. Al fin, viéndola tan codiciosa,
perseverando en su negar, echaron mano a sus espadas y diéronle
mil cuchilladas.
AREÚSA.- ¡Oh desdichada de mujer, y en esto había su vejez de
fenecer! Y de ellos, ¿qué me dices? ¿En qué pararon?
ELICIA.- Ellos, como hubieron hecho el delito, por huir de la
justicia, que acaso pasaba por allí, saltaron de las ventanas y
cuasi muertos los prendieron, y sin más dilación los degollaron.
AREÚSA.- ¡Oh mi Pármeno y mi amor, y cuánto dolor me pone su
muerte! Pésame del grande amor que con él tan poco tiempo había
puesto, pues no me había más de durar. Pero, pues ya este mal
recaudo es hecho, pues ya esta desdicha es acaecida, pues ya no se
pueden por lágrimas comprar ni restaurar sus vidas, no te fatigues
tú tanto, que cegarás llorando, que creo que poca ventaja me
llevas en sentimiento y verás con cuánta paciencia lo sufro y
paso.
ELICIA.- ¡Ay, que rabio! ¡Ay, mezquina, que salgo de seso! ¡Ay,
que no hallo quien lo sienta como yo! No hay quien pierda lo que
yo pierdo. ¡Oh cuánto mejores y más honestas fueran mis lágrimas
en pasión ajena que en la propia mía! ¿A dónde iré, que pierdo
madre, manto y abrigo; pierdo amigo, y tal, que nunca faltaba de
mi marido? ¡Oh Celestina sabia, honrada y autorizada, cuántas
faltas me encubrías con tu buen saber! Tú trabajabas, yo holgaba;
tú salías fuera, yo estaba encerrada; tú rota, yo vestida; tú
entrabas contino como abeja por casa, yo destruía, que otra cosa
no sabía hacer. ¡Oh bien y gozo mundano, que, mientras eres
poseído, eres menospreciado, y jamás te consientes conocer hasta
que te perdemos! ¡Oh Calisto y Melibea, causadores de tantas
muertes, mal fin hayan vuestros amores! En mal sabor se conviertan
vuestros dulces placeres; tórnese lloro vuestra gloria, trabajo
vuestro descanso; las hierbas deleitosas donde tomáis los hurtados
solaces se conviertan en culebras; los cantares se os tornen
lloro; los sombrosos árboles del huerto se sequen con vuestra
vista; sus flores olorosas se tornen de negra color.
AREÚSA.- Calla, por Dios, hermana. Pon silencio a tus quejas,
ataja tus lágrimas, limpia tus ojos, torna sobre tu vida, que,
cuando una puerta se cierra, otra suele abrir la fortuna, y este
mal, aunque duro, se soldará. Y muchas cosas se pueden vengar que
es imposible remediar, y ésta tiene el remedio dudoso y la
venganza en la mano.
ELICIA.- ¿De quién se ha de haber enmienda, que la muerta y los
matadores me han acarreado esta cuita? No menos me fatiga la
punición de los delincuentes que el yerro cometido. ¿Qué mandas
que haga, que todo carga sobre mí? Pluguiera a Dios que fuera yo
con ellos y no quedara para llorar a todos. Y de lo que más dolor
siento es ver que por eso no deja aquel vil de poco sentimiento de
ver y visitar festejando cada noche a su estiércol de Melibea, y
ella muy ufana en ver sangre vertida por su servicio.
AREÚSA.- Si eso es verdad, ¿de quién mejor se puede tomar
venganza, de manera que quien lo comió, aquél lo escote? Déjame
tú, que si yo les caigo en el rastro, cuándo se ven y cómo, por
dónde y a qué hora, no me hayas tú por hija de la pastelera vieja,
que bien conociste, si no hago que les amarguen los amores. Y si
pongo en ello a aquel con quien me viste que reñía cuando
entrabas, ¡si no sea él peor verdugo para Calisto que Sempronio de
Celestina! Pues, qué gozo habría ahora él en que le pusiese yo en
algo por mi servicio, que se fue muy triste de verme que le traté
mal. Y vería él los cielos abiertos en tornarle yo a hablar y
mandar. Por ende, hermana, dime tú de quién pueda yo saber el
negocio cómo pasa, que yo le haré armar un lazo con que Melibea
llore cuanto ahora goza.
ELICIA.- Yo conozco, amiga, otro compañero de Pármeno, mozo de
caballos, que se llama Sosia, que le acompaña cada noche. Quiero
trabajar de se lo sacar todo el secreto, y éste será buen camino
para lo que dices.
AREÚSA.- Mas hazme este placer: que me envíes acá ese Sosia. Yo
le halagaré y diré mil lisonjas y ofrecimientos, hasta que no le
deje en el cuerpo cosa de lo hecho y por hacer. Después, a él y a
su amo haré revesar el placer comido. Y tú, Elicia, alma mía, no
recibas pena. Pasa a mi casa tu ropa y alhajas y vente a mi
compañía, que estarás muy sola y la tristeza es amiga de la
soledad. Con nuevo amor olvidarás los viejos. Un hijo que nace
restaura la falta de tres finados; con nuevo sucesor se pierde la
alegre memoria y placeres perdidos del pasado. De un pan que yo
tenga, tendrás tú la mitad. Más lástima tengo de tu fatiga que de
los que te la ponen. Verdad sea que cierto duele más la pérdida de
lo que hombre tiene, que da placer la esperanza de otro tal,
aunque sea cierta. Pero ya lo hecho es sin remedio y los muertos
irrecuperables, y, como dicen, «mueran y vivamos». A los vivos me
deja a cargo, que yo te les daré tan amargo jarope a beber cual
ellos a ti han dado. ¡Ay prima, prima, cómo sé yo, cuando me
ensaño, revolver estas tramas, aunque soy moza! Y de ál me vengue
Dios, que de Calisto Centurio me vengará.
ELICIA.- Cata, que creo que, aunque llame el que mandas, no
habrá efecto lo que quieres, porque la pena de los que murieron
por descubrir el secreto pondrá silencio al vivo para guardarle.
Lo que me dices de mi venida a tu casa te agradezco mucho, y Dios
te ampare y alegre en tus necesidades, que bien muestras el
parentesco y hermandad no servir de viento, antes en las
adversidades aprovechar. Pero, aunque lo quiera hacer, por gozar
de tu dulce compañía, no podrá ser, por el daño que me vendría. La
causa no es necesario decir, pues hablo con quien me entiende. Que
allí, hermana, soy conocida, allí estoy aperrochada. Jamás perderá
aquella casa el nombre de Celestina, que Dios haya. Siempre acuden
allí mozas conocidas y allegadas, medio parientas de las que ella
crió. Allí hacen sus conciertos, de donde se me seguirá algún
provecho. Y también esos pocos amigos que me quedan no me saben
otra morada. Pues ya sabes cuán duro es dejar lo usado y que mudar
costumbre es a par de muerte, y piedra movediza que nunca moho la
cobija. Allí quiero estar, siquiera porque el alquiler de la casa
está pagado por hogaño, no se vaya en balde. Así que, aunque cada
cosa no abastase por sí, juntas aprovechan y ayudan. Ya me parece
que es hora de irme. De lo dicho me llevo el cargo. Dios quede
contigo, que me voy.
Acto XVI
ARGUMENTO DEL DECIMOSEXTO ACTO
Pensando Pleberio y Alisa tener su hija Melibea el don de la
virginidad conservado, lo cual, según ha parecido, está en
contrario, están razonando sobre el casamiento de Melibea. Y en
tan gran cuantidad le dan pena las palabras que de sus padres oye,
que envía a Lucrecia para que sea causa de su silencio en aquel
propósito.
PLEBERIO, ALISA, LUCRECIA, MELIBEA.
PLEBERIO.- Alisa, amiga, el tiempo, según me parece, se nos va,
como dicen, entre las manos. Corren los días como agua de río. No
hay cosa tan ligera para huir como la vida. La muerte nos sigue y
rodea, de la cual somos vecinos y hacia su bandera nos acostamos,
según natura. Esto vemos muy claro si miramos nuestros iguales,
nuestros hermanos y parientes en derredor. Todos los come ya la
tierra, todos están en sus perpetuas moradas. Y pues somos
inciertos cuándo habemos de ser llamados, viendo tan ciertas
señales debemos echar nuestras barbas en remojo y aparejar
nuestros fardeles para andar este forzoso camino, no nos tome
improvisos ni de salto aquella cruel voz de la muerte. Ordenemos
nuestras ánimas con tiempo, que más vale prevenir que ser
prevenidos. Demos nuestra hacienda a dulce sucesor, acompañemos
nuestra única hija con marido, cual nuestro estado requiere, por
que vamos descansados y sin dolor de este mundo. Lo cual con mucha
diligencia debemos poner desde ahora por obra, y lo que otras
veces habemos principiado en este caso, ahora haya ejecución. No
quede por nuestra negligencia nuestra hija en manos de tutores,
pues parecerá ya mejor en su propia casa que en la nuestra.
Quitarla hemos de lenguas de vulgo, porque ninguna virtud hay tan
perfecta que no tenga vituperadores y maldicientes. No hay cosa
con que mejor se conserve la limpia fama en las vírgenes que con
temprano casamiento. ¿Quién rehuiría nuestro parentesco en toda la
ciudad? ¿Quién no se hallará gozoso de tomar tal joya en su
compañía, en quien caben las cuatro principales cosas que en los
casamientos se demandan? Conviene a saber: lo primero, discreción,
honestidad y virginidad; segundo, hermosura; lo tercero, el alto
origen y parientes; lo final, riqueza. De todo esto la dotó
natura. Cualquiera cosa que nos pidan hallarán bien cumplida.
ALISA.- Dios la conserve, mi señor Pleberio, por que nuestros
deseos veamos cumplidos en nuestra vida, que antes pienso que
faltará igual a nuestra hija, según tu virtud y tu noble sangre,
que no sobrarán muchos que la merezcan. Pero, como esto sea oficio
de los padres y muy ajeno a las mujeres, como tú lo ordenares,
seré yo alegre, y nuestra hija obedecerá, según su casto vivir y
honesta vida y humildad.
LUCRECIA.- ¡Aun si bien lo supieses, reventarías! ¡Ya, ya,
perdido es lo mejor! ¡Mal año se os apareja a la vejez! Lo mejor,
Calisto lo lleva. No hay quien ponga virgos, que ya es muerta
Celestina. Tarde acordáis, más habíais de madrugar.
LUCRECIA.- ¡Escucha, escucha, señora Melibea!
MELIBEA.- ¿Qué haces ahí escondida, loca?
LUCRECIA.- Llégate aquí, señora, oirás a tus padres la prisa
que traen por te casar.
MELIBEA.- Calla, por Dios, que te oirán. Déjalos parlar,
déjalos devaneen. Un mes ha que otra cosa no hacen ni en otra cosa
entienden. No parece sino que les dice el corazón el gran amor que
a Calisto tengo y todo lo que con él un mes ha he pasado. No sé si
me han sentido, no sé qué se sea aquejarles más ahora este cuidado
que nunca. Pues mándoles yo trabajar en vano, que por demás es la
cítola en el molino. ¿Quién es el que me ha de quitar mi gloria?
¿Quién apartarme mis placeres? Calisto es mi ánima, mi vida, mi
señor, en quien yo tengo toda mi esperanza. Conozco de él que no
vivo engañada, pues él me ama, ¿con qué otra cosa le puedo pagar?
Todas las deudas del mundo reciben compensación en diverso género;
el amor no admite sino solo amor por paga. En pensar en él me
alegro, en verlo me gozo, en oírlo me glorifico. Haga y ordene de
mí a su voluntad. Si pasar quisiere la mar, con él iré; si rodear
el mundo, lléveme consigo; si venderme en tierra de enemigos, no
rehuiré su querer. Déjenme mis padres gozar de él si ellos quieren
gozar de mí. No piensen en estas vanidades ni en estos
casamientos, que más vale ser buena amiga que mala casada. Déjenme
gozar mi mocedad alegre si quieren gozar su vejez cansada; si no,
presto podrán aparejar mi perdición y su sepultura. No tengo otra
lástima sino por el tiempo que perdí de no gozarlo, de no
conocerlo, después que a mí me sé conocer. No quiero marido, no
quiero ensuciar los nudos del matrimonio ni las maritales pisadas
de ajeno hombre repisar, como muchas hallo en los antiguos libros
que leí, o que hicieron, más discretas que yo, más subidas en
estado y linaje. Las cuales, algunas eran de la gentilidad tenidas
por diosas, así como Venus, madre de Eneas y de Cupido, el dios
del amor, que, siendo casada, corrompió la prometida fe marital. Y
aun otras, de mayores fuegos encendidas, cometieron nefarios e
incestuosos yerros, como Mirra con su padre, Semíramis con su
hijo, Cánasce con su hermano, y aun aquella forjada Tamar, hija
del rey David. Otras, aun más cruelmente, traspasaron las leyes de
natura, como Pasífae, mujer del rey Minos, con el toro. Pues
reinas eran y grandes señoras, debajo de cuyas culpas la razonable
mía podrá pasar sin denuesto. Mi amor fue con justa causa,
requerida y rogada, cautivada de su merecimiento, aquejada por tan
astuta maestra como Celestina, servida de muy peligrosas
visitaciones antes que concediese por entero en su amor. Y después
un mes ha, como has visto, que jamás noche ha faltado sin ser
nuestro huerto escalado, como fortaleza, y muchas haber venido en
balde, y por eso no me mostrar más pena ni trabajo. Muertos por mí
sus servidores, perdiéndose su hacienda, fingiendo ausencia con
todos los de la ciudad, todos los días encerrado en casa con
esperanza de verme a la noche. ¡Afuera, afuera la ingratitud,
afuera las lisonjas y el engaño con tan verdadero amador, que ni
quiero marido, ni quiero padre ni parientes! Faltándome Calisto,
me falte la vida, la cual, por que él de mí goce, me aplace.
LUCRECIA.- Calla, señora. Escucha, que todavía perseveran.
PLEBERIO.- Pues, ¿qué te parece, señora mujer? ¿Debemos
hablarlo a nuestra hija, debemos darle parte de tantos como me la
piden, para que de su voluntad venga, para que diga cuál le
agrada? Pues en esto las leyes dan libertad a los hombres y
mujeres, aunque estén so el paterno poder, para elegir.
ALISA.- ¿Qué dices? ¿En qué gastas tiempo? ¿Quién ha de irle
con tan grande novedad a nuestra Melibea, que no la espante?
¡Cómo! ¿Y piensas que sabe ella qué cosa sean hombres? ¿Si se
casan o qué es casar? ¿O que del ayuntamiento de marido y mujer se
procreen los hijos? ¿Piensas que su virginidad simple le acarrea
torpe deseo de lo que no conoce ni ha entendido jamás? ¿Piensas
que sabe errar, aun con el pensamiento? No lo creas, señor
Pleberio, que si alto o bajo de sangre, o feo o gentil de gesto le
mandáremos tomar, aquello será su placer, aquello habrá por bueno,
que yo sé bien lo que tengo criado en mi guardada hija.
MELIBEA.- Lucrecia, Lucrecia, corre presto, entra por el
postigo en la sala y estórbales su hablar, interrúmpeles sus
alabanzas con algún fingido mensaje, si no quieres que vaya yo
dando voces como loca, según estoy enojada, del concepto engañoso
que tienen de mi ignorancia.
LUCRECIA.- Ya voy, señora.
Acto XVII
ARGUMENTO DEL DECIMOSÉPTIMO ACTO
Elicia, careciendo de la castimonia de Penélope, determina de
despedir el pesar y luto que por causa de los muertos trae,
alabando el consejo de Areúsa en este propósito. La cual va a casa
de Areúsa, adonde viene Sosia, al cual Areúsa con palabras fictas
saca todo el secreto que está entre Calisto y Melibea.
ELICIA, AREÚSA, SOSIA.
ELICIA.- Mal me va con este luto. Poco se visita mi casa, poco
se pasea mi calle. Ya no veo las músicas de la alborada, ya no las
canciones de mis amigos, ya no las cuchilladas ni ruidos de noche
por mi causa y, lo que peor siento, que ni blanca ni presente veo
entrar por mi puerta. De todo esto me tengo yo la culpa, que si
tomara el consejo de aquella que bien me quiere, de aquella
verdadera hermana, cuando el otro día le llevé las nuevas de este
triste negocio que esta mi mengua ha acarreado, no me viera ahora
entre dos paredes sola, que de asco ya no hay quien me vea. El
diablo me da tener dolor por quien no sé si, yo muerta, lo
tuviera. A osadas, que me dijo ella a mí lo cierto: «nunca,
hermana, traigas ni muestres más pena por el mal ni muerte de otro
que él hiciera por ti». Sempronio holgara yo muerta, pues ¿por
qué, loca, me peno yo por el degollado? ¿Y qué sé si me matara a
mí, como era acelerado y loco, como hizo a aquella vieja que tenía
yo por madre? Quiero en todo seguir su consejo de Areúsa, que sabe
más del mundo que yo, y verla muchas veces, y traer materia cómo
viva. ¡Oh qué participación tan suave, qué conversación tan gozosa
y dulce! No en balde se dice que vale más un día del hombre
discreto que toda la vida del necio y simple. Quiero, pues,
deponer el luto, dejar tristeza, despedir las lágrimas, que tan
aparejadas han estado a salir. Pero, como sea el primer oficio que
en naciendo hacemos llorar, no me maravilla ser más ligero de
comenzar y de dejar más duro. Mas para esto es el buen seso,
viendo la pérdida al ojo, viendo que los atavíos hacen la mujer
hermosa aunque no lo sea, tornan de vieja moza y a la moza más. No
es otra cosa la color y albayalde, sino pegajosa liga en que se
traban los hombres. Ande, pues, mi espejo y alcohol, que tengo
dañados estos ojos; anden mis tocas blancas, mis gorgueras
labradas, mis ropas de placer. Quiero aderezar lejía para estos
cabellos, que perdían ya la rubia color. Y, esto hecho, contaré
mis gallinas, haré mi cama, porque la limpieza alegra el corazón,
barreré mi puerta y regaré la calle, por que los que pasaren vean
que es ya desterrado el dolor. Mas primero quiero ir a visitar mi
prima, por preguntarle si ha ido allá Sosia y lo que con él ha
pasado, que no lo he visto después que le dije cómo le querría
hablar Areúsa. Quiera Dios que la halle sola, que jamás está
desacompañada de galanes, como buena taberna de borrachos. Cerrada
está la puerta. No debe estar allá hombre. Quiero llamar. Ta, ta.
AREÚSA.- ¿Quién es?
ELICIA.- Abre, amiga, Elicia soy.
AREÚSA.- Entra, hermana mía. Véate Dios, que tanto placer me
haces en venir como vienes, mudado el hábito de tristeza. Ahora
nos gozaremos juntas, ahora te visitaré, vernos hemos en mi casa y
en la tuya. Quizá por bien fue para entrambas la muerte de
Celestina, que yo ya siento la mejoría más que antes. Por esto se
dice que los muertos abren los ojos de los que viven, a unos con
haciendas, a otros con libertad, como a ti.
ELICIA.- A tu puerta llaman. Poco espacio nos dan para hablar,
que te querría preguntar si había venido acá Sosia.
AREÚSA.- No ha venido; después hablaremos. ¡Qué porradas que
dan! Quiero ir abrir, que o es loco o privado quien llama.
SOSIA.- Ábreme, señora. Sosia soy, criado de Calisto.
AREÚSA.- Por los santos de Dios, el lobo es en la conseja.
Escóndete, hermana, tras ese paramento y verás cuál te lo paro
lleno de viento de lisonjas, que piense, cuando se parta de mí,
que es él y otro no. Y sacarle he lo suyo y lo ajeno del buche con
halagos, como él saca el polvo con la almohaza a los caballos.
AREÚSA.- ¿Es mi Sosia, mi secreto amigo? ¿El que yo me quiero
bien sin que él lo sepa? ¿El que deseo conocer por su buena fama,
el fiel a su amo, el buen amigo de sus compañeros? Abrazarte
quiero, amor, que ahora que te veo creo que hay más virtudes en ti
que todos me decían. Anda acá, entremos a asentarnos, que me gozo
en mirarte, que me representas la figura del desdichado de
Pármeno. Con esto, hace hoy tan claro día que habías tú de venir a
verme. Dime, señor, ¿conocíasme antes de ahora?
SOSIA.- Señora, la fama de tu gentileza, de tus gracias y saber
vuela tan alto por esta ciudad que no debes tener en mucho ser de
más conocida que conociente, porque ninguno habla en loor de
hermosas que primero no se acuerde de ti que de cuantas son.
ELICIA.- ¡Oh hideputa, el pelón! ¡Y cómo se desasna! ¡Quién le
ve ir al agua con sus caballos, en cerro, y sus piernas de fuera,
en sayo, y ahora, en verse medrado con calzas y capa, sálenle alas
y lengua!
AREÚSA.- Ya me correría con tu razón si alguno estuviese
delante, en oírte tanta burla como de mí haces. Pero, como todos
los hombres traigáis proveídas esas razones, esas engañosas
alabanzas tan comunes, para todas hechas de molde, no me quiero de
ti espantar, pero hágote cierto, Sosia, que no tienes de ellas
necesidad. Sin que me alabes, te amo, y, sin que me ganes de
nuevo, me tienes ganada. Para lo que te envié a rogar que me
vieses son dos cosas, las cuales, si más lisonja o engaño en ti
conozco, te dejaré de decir, aunque sean de tu provecho.
SOSIA.- Señora mía, no quiera Dios que yo te haga cautela. Muy
seguro venía de la gran merced que me piensas hacer y haces. No me
sentía digno para descalzarte. Guía tú mi lengua, responde por mí
a tus razones, que todo lo habré por rato y firme.
AREÚSA.- Amor mío, ya sabes cuánto quise a Pármeno, y, como
dicen, «quien bien quiere a Beltrán, a todas sus cosas ama». Todos
sus amigos me agradaban, el buen servicio de su amo, como a él
mismo, me placía. Donde veía su daño de Calisto, le apartaba. Pues
como esto así sea, acordé decirte, lo uno, que conozcas el amor
que te tengo y cuánto contigo y con tu visitación siempre me
alegrarás, y que en esto no perderás nada, si yo pudiere, antes te
vendrá provecho. Lo otro y segundo, que, pues yo pongo mis ojos en
ti, y mi amor y querer, avisarte que te guardes de peligros y más
de descubrir tu secreto a ninguno, pues ves cuánto daño vino a
Pármeno y a Sempronio de lo que supo Celestina, porque no querría
verte morir malogrado como a tu compañero. Harto me basta haber
llorado al uno, porque has de saber que vino a mí una persona y me
dijo que le habías tú descubierto los amores de Calisto y Melibea,
y cómo la había alcanzado, y cómo ibas cada noche a le acompañar,
y otras muchas cosas que no sabría relatar. Cata, amigo, que no
guardar secreto es propio de las mujeres, no de todas, sino de las
bajas, y de los niños. Cata que te puede venir gran daño, que para
esto te dio Dios dos oídos y dos ojos y no más de una lengua, por
que sea doblado lo que vieres y oyeres, que no el hablar. Cata, no
confíes que tu amigo te ha de tener secreto de lo que le dijeres,
pues tú no le sabes a ti mismo tener. Cuando hubieres de ir con tu
amo Calisto a casa de aquella señora, no hagas bullicio, no te
sienta la tierra, que otros me dijeron que ibas cada noche dando
voces, como loco de placer.
SOSIA.- ¡Oh cómo son sin tiento y personas desacordadas las que
tales nuevas, señora, te acarrean! Quien te dijo que de mi boca lo
había oído, no dice verdad. Los otros, de verme ir con la luna de
noche a dar agua a mis caballos, holgando y habiendo placer,
diciendo cantares por olvidar el trabajo y desechar enojo, y esto
antes de las diez, sospechan mal y de la sospecha hacen
certidumbre; afirman lo que barruntan. Sí, que no estaba Calisto
loco, que a tal hora había de ir a negocio de tanta afrenta sin
esperar que repose la gente, que descansen todos en el dulzor del
primer sueño. Ni menos había de ir cada noche, que aquel oficio no
sufre cotidiana visitación. Y si más clara quieres, señora, ver su
falsedad, como dicen que toman antes al mentiroso que al que
coxquea, en un mes no habemos ido ocho veces, ¡y dicen los
falsarios revolvedores que cada noche!
AREÚSA.- Pues, por mi vida, amor mío, por que yo los acuse y
tome en el lazo del falso testimonio, me dejes en la memoria los
días que habéis concertado de salir y, si yerran, estaré segura de
tu secreto y cierta de su levantar. Porque no siendo su mensaje
verdadero, será tu persona segura de peligro y yo sin sobresalto
de tu vida, pues tengo esperanza de gozarme contigo largo tiempo.
SOSIA.- Señora, no alarguemos los testigos. Para esta noche, en
dando el reloj las doce, está hecho el concierto de su visitación
por el huerto. Mañana preguntarás lo que han sabido, de lo cual,
si alguno te diere señas, que me tresquilen a mí a cruces.
AREÚSA.- ¿Y por qué parte, alma mía, por que mejor los pueda
contradecir si anduvieren errados vacilando?
SOSIA.- Por la calle del vicario gordo, a las espaldas de su
casa.
ELICIA.- ¡Tiénente, don andrajoso! ¡No es más menester!
¡Maldito sea el que en manos de tal acemilero se confía, que
desgoznarse hace el badajo!
AREÚSA.- Hermano Sosia, esto hablado basta para que tome cargo
de saber tu inocencia y la maldad de tus adversarios. Vete con
Dios, que estoy ocupada en otro negocio y me he detenido mucho
contigo.
ELICIA.- ¡Oh sabia mujer! ¡Oh despidiente propio cual le merece
el asno, que ha vaciado su secreto tan de ligero!
SOSIA.- Graciosa y suave señora, perdóname si te he enojado con
mi tardanza. Mientras holgares con mi servicio jamás hallarás
quien tan de grado aventure en él su vida. Y queden los ángeles
contigo.
AREÚSA.- Dios te guíe. ¡Allá irás, acemilero! ¡Muy ufano vas
por tu vida! Pues toma para tu ojo, bellaco, y perdona, que te la
doy de espaldas. ¿A quién digo? Hermana, sal acá. ¿Qué te parece
cuál le envío? ¡Así sé yo tratar los tales!, así salen de mis
manos los asnos, apaleados, como éste; y los locos, corridos; y
los discretos, espantados; y los devotos, alterados; y los castos,
encendidos. Pues, prima, aprende, que otra arte es ésta que la de
Celestina, aunque ella me tenía por boba porque me quería yo
serlo. Y, pues ya tenemos de este hecho sabido cuanto deseábamos,
debemos ir a casa de aquel otro cara de ahorcado que el jueves
eché delante de ti, baldonado, de mi casa. Y haz tú como que nos
quieres hacer amigos, y que rogaste que fuese a verlo.
Acto XVIII
ARGUMENTO DEL DECIMOOCTAVO ACTO
Elicia determina de hacer las amistades entre Areúsa y Centurio
por precepto de Areúsa y van a casa de Centurio, donde ellas le
ruegan que haya de vengar las muertes en Calisto y Melibea. El
cual lo prometió delante de ellas. Y como sea natural a éstos no
hacer lo que prometen, excúsase como en el proceso parece.
CENTURIO, ELICIA, AREÚSA.
ELICIA.- ¿Quién está en su casa?
CENTURIO.- Muchacho, corre, verás quién osa entrar sin llamar a
la puerta. Torna, torna acá, que ya he visto quién es. No te
cubras con el manto, señora, ya no te puedes esconder, que cuando
vi adelante entrar a Elicia, vi que no podía traer consigo mala
compañía ni nuevas que me pesasen, sino que me habían de dar
placer.
AREÚSA.- No entremos, por mi vida, más adentro, que se extiende
ya el bellaco pensando que le vengo a rogar, que más holgara con
la vista de otras como él que con la nuestra. Volvamos, por Dios,
que me fino de ver tan mal gesto. ¿Parécete, hermana, que me traes
por buenas estaciones y que es cosa justa venir de vísperas y
entrarnos a ver un desuellacaras que ahí está?
ELICIA.- Torna, por mi amor, no te vayas; si no, en mis manos
dejarás el medio manto.
CENTURIO.- Tenla, por Dios, señora, tenla. No se te suelte.
ELICIA.- Maravillada estoy, prima, de tu buen seso. ¿Cuál
hombre hay tan loco y fuera de razón que no huelgue de ser
visitado, mayormente de mujeres? Llégate acá, señor Centurio, que,
en cargo de mi alma, por fuerza haga que te abrace, que yo pagaré
la fruta.
AREÚSA.- Mejor lo vea yo en poder de justicia y morir a manos
de sus enemigos que yo tal gozo le dé. ¡Ya, ya hecho ha conmigo
para cuanto viva! ¿Y por cuál carga de agua le tengo de abrazar ni
ver a ese enemigo? ¡Porque le rogué esotro día que fuese una
jornada de aquí, en que me iba la vida, y dijo de no!
CENTURIO.- Mándame tú, señora, cosa que yo sepa hacer, cosa que
sea de mi oficio. Un desafío con tres juntos, y si más vinieren,
que no huya, por tu amor. Matar un hombre, cortar una pierna o
brazo, arpar el gesto de alguna que se haya igualado contigo:
estas tales cosas, antes serán hechas que encomendadas. No me
pidas que ande camino ni que te dé dinero, que bien sabes que no
dura conmigo, que tres saltos daré sin que me se caiga blanca.
Ninguno da lo que no tiene. En una casa vivo cual ves, que rodará
el majadero por toda ella sin que tropiece. Las alhajas que tengo
es el ajuar de la frontera: un jarro desbocado, un asador sin
punta. La cama en que me acuesto está armada sobre aros de
broqueles, un rimero de malla rota por colchones, una talega de
dados por almohada. Que, aunque quiero dar colación, no tengo qué
empeñar, sino esta capa arpada que traigo a cuestas.
ELICIA.- Así goce, que sus razones me contentan a maravilla.
Como un santo está obediente, como ángel te habla, a toda razón se
allega. ¿Qué más le pides? Por mi vida, que le hables y pierdas
enojo, pues tan de grado se te ofrece con su persona.
CENTURIO.- ¿Ofrecer dices, señora? Yo te juro, por el Santo
Martilogio de pe a pa, el brazo me tiembla de lo que por ella
entiendo hacer, que contino pienso cómo la tenga contenta y jamás
acierto. La noche pasada soñaba que hacía armas en un desafío por
su servicio con cuatro hombres que ella bien conoce, y maté al
uno, y de los otros que huyeron, el que más sano se libró me dejó
a los pies un brazo izquierdo. Pues muy mejor lo haré despierto de
día, cuando alguno tocare en su chapín.
AREÚSA.- Pues aquí te tengo, a tiempo somos. Yo te perdono con
condición que me vengues de un caballero, que se llama Calisto,
que nos ha enojado a mí y a mi prima.
CENTURIO.- ¡Oh, reniego de la condición! Dime luego si está
confesado.
AREÚSA.- No seas tú cura de su ánima.
CENTURIO.- Pues sea así. Enviémosle a comer al infierno sin
confesión.
AREÚSA.- Escucha, no atajes mi razón. Esta noche lo tomarás.
CENTURIO.- No me digas más, al cabo estoy. Todo el negocio de
sus amores sé y los que por su causa hay muertos, y lo que os
tocaba a vosotras, por dónde va y a qué hora y con quién es. Pero,
dime, ¿cuántos son los que le acompañan?
AREÚSA.- Dos mozos.
CENTURIO.- Pequeña presa es ésa, poco cebo tiene ahí mi espada.
Mejor cebara ella en otra parte esta noche, que estaba concertada.
AREÚSA.- Por excusarte lo haces. A otro perro con ese hueso. No
es para mí esa dilación. Aquí quiero ver si decir y hacer si comen
juntos a tu mesa.
CENTURIO.- Si mi espada dijese lo que hace, tiempo le faltaría
para hablar. ¿Quién sino ella puebla los más cimenterios? ¿Quién
hace ricos los cirujanos de esta tierra? ¿Quién da contino
quehacer a los armeros? ¿Quién destroza la malla muy fina? ¿Quién
hace riza de los broqueles de Barcelona? ¿Quién rebana los
capacetes de Calatayud, sino ella, que los casquetes de Almacén
así los corta como si fuesen hechos de melón? Veinte años ha que
me da de comer. Por ella soy temido de hombres y querido de
mujeres, sino de ti. Por ella le dieron Centurio por nombre a mi
abuelo, y Centurio se llamó mi padre, y Centurio me llamo yo.
ELICIA.- Pues, ¿qué hizo el espada por que ganó tu abuelo ese
nombre? Dime, ¿por ventura fue por ella capitán de cien hombres?
CENTURIO.- No, pero fue rufián de cien mujeres.
AREÚSA.- No curemos de linaje ni hazañas viejas. Si has de
hacer lo que te digo, sin dilación determina, porque nos queremos
ir.
CENTURIO.- Más deseo yo la noche por tenerte contenta que tú
por verte vengada. Y por que más se haga todo a tu voluntad,
escoge qué muerte quieres que le dé. Allí te mostraré un
reportorio en que hay setecientas y setenta especies de muertes.
Verás cuál más te agradare.
ELICIA.- Areúsa, por mi amor, que no se ponga este hecho en
manos de tan fiero hombre. Más vale que se quede por hacer que no
escandalizar la ciudad, por donde nos venga más daño de lo pasado.
AREÚSA.- Calla, hermana. Díganos alguna que no sea de mucho
bullicio.
CENTURIO.- Las que ahora estos días yo uso y más traigo entre
manos son espaldarazos sin sangre o porradas de pomo de espada, o
revés mañoso; a otros, agujereo como harnero a puñaladas, tajo
largo, estocada temerosa, tiro mortal. Algún día doy palos por
dejar holgar mi espada.
ELICIA.- No pase, por Dios, adelante. Dele palos, por que quede
castigado y no muerto.
CENTURIO.- Juro por el cuerpo santo de la letanía no es más en
mi brazo derecho dar palos sin matar que en el sol dejar de dar
vueltas al cielo.
AREÚSA.- Hermana, no seamos nosotras lastimeras. Haga lo que
quisiere, mátele como se le antojare. Llore Melibea como tú has
hecho. Dejémosle. Centurio, da buena cuenta de lo encomendado. De
cualquier muerte holgaremos. Mira que no se escape sin alguna paga
de su yerro.
CENTURIO.- Perdónele Dios, si por pies no se me va. Muy alegre
quedo, señora mía, que se ha ofrecido caso, aunque pequeño, en que
conozcas lo que yo sé hacer por tu amor.
AREÚSA.- Pues Dios te dé buena manderecha y a Él te encomiendo,
que nos vamos.
CENTURIO.- Él te guíe y te dé más paciencia con los tuyos.
CENTURIO.- Allá irán estas putas atestadas de razones. Ahora
quiero pensar cómo me excusaré de lo prometido de manera que
piensen que puse diligencia con ánimo de ejecutar lo dicho y no
negligencia por no me poner en peligro. Quiérome hacer doliente;
pero, ¿qué aprovecha?, que no se apartarán de la demanda cuando
sane. Pues, si digo que fui allá y que les hice huir, pedirme han
señas de quién eran, y cuántos iban, y en qué lugar los tomé, y
qué vestidos llevaban. Yo no las sabré dar. ¡Helo todo perdido!
Pues, ¿qué consejo tomaré, que cumpla con mi seguridad y su
demanda? Quiero enviar a llamar a Traso el cojo y a sus dos
compañeros, y decirles que, porque yo estoy ocupado esta noche en
otro negocio, vayan a dar un repiquete de broquel a manera de
levada para ojear unos garzones, que me fue encomendado, que todo
esto es pasos seguros y donde no conseguirán ningún daño más de
hacerlos huir y volverse a dormir.
Acto XIX
ARGUMENTO DEL DECIMONOVENO ACTO
Yendo Calisto con Sosia y Tristán al huerto de Pleberio a
visitar a Melibea, que lo estaba esperando, y con ella Lucrecia,
cuenta Sosia lo que le aconteció con Areúsa. Estando Calisto
dentro del huerto con Melibea, viene Traso y otros por mandado de
Centurio a cumplir lo que había prometido a Areúsa y a Elicia, a
los cuales sale Sosia. Y oyendo Calisto desde el huerto donde
estaba con Melibea el ruido que traían, quiso salir fuera, la cual
salida fue causa que sus días pereciesen, porque los tales este
don reciben por galardón, y por esto han de saber desamar los
amadores.
SOSIA, TRISTÁN, CALISTO, MELIBEA,
LUCRECIA.
SOSIA.- Muy quedo, para que no seamos sentidos, desde aquí al
huerto de Pleberio te contaré, hermano Tristán, lo que con Areúsa
me ha pasado hoy, que estoy el más alegre hombre del mundo. Sabrás
que ella, por las buenas nuevas que de mí había oído, estaba presa
de amor y enviome a Elicia rogándome que la visitase. Y dejando
aparte otras razones de buen consejo que pasamos, mostró al
presente ser tanto mía cuanto algún tiempo fue de Pármeno. Rogome
que la visitase siempre, que ella pensaba gozar de mi amor por
tiempo. Pero yo te juro, por el peligroso camino en que vamos,
hermano, y así goce de mí, que estuve dos o tres veces por me
arremeter a ella, sino que me empachaba la vergüenza de verla tan
hermosa y arreada, y a mí con una capa vieja ratonada. Echaba de
sí en bullendo un olor de almizque; yo hedía al estiércol que
llevaba dentro en los zapatos. Tenía unas manos como la nieve,
que, cuando las sacaba de rato en rato de un guante, parecía que
se derramaba azahar por casa. Así por esto, como porque tenía un
poco ella de hacer, se quedó mi atrever para otro día, y aun
porque a la primera vista de todas las cosas no son bien
tratables, y cuanto más se comunican mejor se entienden en su
participación.
TRISTÁN.- Sosia, amigo, otro seso más maduro y experimentado
que no el mío era necesario para darte consejo en este negocio,
pero lo que con mi tierna edad y mediano natural alcanzo al
presente te diré. Esta mujer es marcada ramera, según tú me
dijiste, cuanto con ella te pasó has de creer que no carece de
engaño. Sus ofrecimientos fueron falsos y no sé yo a qué fin.
Porque, amarte por gentilhombre, ¿cuántos más tendrá ella
desechados? Si por rico, bien sabe que no tienes más del polvo que
se te pega del almohaza. Si por hombre de linaje, ya sabrá que te
llaman Sosia y a tu padre llamaron Sosia, nacido y criado en una
aldea quebrando terrones con un arado, para lo cual eres tú más
dispuesto que para enamorado. Mira, Sosia, y acuérdate bien si te
quería sacar algún punto del secreto de este camino que ahora
vamos, para con lo que supiese revolver a Calisto y Pleberio, de
envidia del placer de Melibea. Cata que la envidia es una
incurable enfermedad donde asienta, huésped que fatiga la posada,
en lugar de galardón; siempre goza del mal ajeno. Pues si esto es
así, ¡oh cómo te quiere aquella malvada hembra engañar con su alto
nombre, del cual todas se arrean! Con su vicio ponzoñoso quería
condenar el ánima por cumplir su apetito, revolver tales casas
para contentar su dañada voluntad. ¡Oh arrufianada mujer, y con
qué blanco pan te daba zarazas! Querría vender su cuerpo a trueco
de contienda. Óyeme y, si así presumes que sea, ármale trato doble
cual yo te diré, que quien engaña al engañador... ya me entiendes.
Y si sabe mucho la raposa, más el que la toma. Contramínale sus
malos pensamientos, escala sus ruindades cuando más segura la
tengas, y cantarás después en tu establo «uno piensa el bayo y
otro el que lo ensilla».
SOSIA.- ¡Oh Tristán, discreto mancebo, mucho más has dicho que
tu edad demanda! Astuta sospecha has remontado y creo que
verdadera. Pero, porque ya llegamos al huerto y nuestro amo se nos
acerca, dejemos este cuento, que es muy largo, para otro día.
CALISTO.- Poned, mozos, la escala y callad, que me parece que
está hablando mi señora de dentro. Subiré encima de la pared y en
ella estaré escuchando por ver si oiré alguna buena señal de mi
amor en ausencia.
MELIBEA.- Canta más, por mi vida, Lucrecia, que me huelgo en
oírte mientras viene aquel señor, y muy paso entre estas
verduricas, que no nos oirán los que pasaren.
LUCRECIA
- ¡Oh quién fuese la hortelana
- de aquestas viciosas flores,
- por prender cada mañana
- al partir a tus amores!
-
- Vístanse nuevas colores
- los lirios y el azucena;
- derramen frescos olores
- cuando entre por estrena.
MELIBEA.- ¡Oh cuán dulce me es oírte! De gozo me deshago. No
ceses, por mi amor.
LUCRECIA
- Alegre es la fuente clara
- a quien con gran sed la vea;
- mas muy más dulce es la cara
- de Calisto a Melibea,
-
- pues, aunque más noche sea,
- con su vista gozará.
- ¡Oh cuando saltar le vea,
- qué de abrazos le dará!
-
- Saltos de gozo infinitos
- da el lobo viendo ganado;
- con las tetas los cabritos,
- Melibea con su amado.
-
- Nunca fue más deseado
- amado de su amiga,
- ni huerto más visitado,
- ni noche más sin fatiga.
MELIBEA.- Cuanto dices, amiga Lucrecia, se me representa
delante. Todo me parece que lo veo con mis ojos. Procede, que a
muy buen son lo dices, y ayudarte he yo.
LUCRECIA y MELIBEA
- Dulces árboles sombrosos,
- humillaos cuando veáis
- aquellos ojos graciosos
- del que tanto deseáis.
-
- Estrellas que relumbráis,
- Norte y Lucero del día,
- ¿por qué no le despertáis
- si duerme mi alegría?
MELIBEA.- Óyeme tú, por mi vida, que yo quiero cantar sola.
- Papagayos, ruiseñores,
- que cantáis al alborada,
- llevad nueva a mis amores
- como espero aquí asentada.
-
- La media noche es pasada
- y no viene;
- sabedme si hay otra amada
- que lo detiene.
CALISTO.- Vencido me tiene el dulzor de tu suave canto; no
puedo más sufrir tu penado esperar. ¡Oh mi señora y mi bien todo!
¿Cuál mujer podía haber nacida, que desprivase tu gran
merecimiento? ¡Oh salteada melodía! ¡Oh gozoso rato! ¡Oh corazón
mío! ¿Y cómo no pudiste más tiempo sufrir sin interrumpir tu gozo
y cumplir el deseo de entrambos?
MELIBEA.- ¡Oh sabrosa traición! ¡Oh dulce sobresalto! ¿Es mi
señor de mi alma, es él? No lo puedo creer. ¿Dónde estabas,
luciente sol? ¿Dónde me tenías tu claridad escondida? ¿Había rato
que escuchabas? ¿Por qué me dejabas echar palabras sin seso al
aire con mi ronca voz de cisne? Todo se goza este huerto con tu
venida. Mira la luna cuán clara se nos muestra, mira las nubes
cómo huyen, oye la corriente agua de esta fontecica, ¡cuánto más
suave murmurio zurrío lleva por entre las frescas hierbas! Escucha
los altos cipreses cómo se dan paz unos ramos con otros por
intercesión de un templadico viento que los menea. Mira sus
quietas sombras cuán oscuras están y aparejadas para encubrir
nuestro deleite. Lucrecia, ¿qué sientes, amiga? ¿Tórnaste loca de
placer? Déjamele, no me le despedaces, no le trabajes sus miembros
con tus pesados abrazos. Déjame gozar lo que es mío, no me ocupes
mi placer.
CALISTO.- Pues señora y gloria mía, si mi vida quieres, no cese
tu suave canto. No sea de peor condición mi presencia, con que te
alegras, que mi ausencia, que te fatiga.
MELIBEA.- ¿Qué quieres que cante, amor mío? ¿Cómo cantaré, que
tu deseo era el que regía mi son y hacía sonar mi canto? Pues,
conseguida tu venida, desapareciose el deseo, destemplose el tono
de mi voz. Y pues tú, señor, eres el dechado de cortesía y buena
crianza, ¿cómo mandas a mi lengua hablar y no a tus manos que
estén quedas? ¿Por qué no olvidas estas mañas? Mándalas estar
sosegadas y dejar su enojoso uso y conversación incomportable.
Cata, ángel mío, que así como me es agradable tu vista sosegada,
me es enojoso tu riguroso trato. Tus honestas burlas me dan
placer, tus deshonestas manos me fatigan cuando pasan de la razón.
Deja estar mis ropas en su lugar y, si quieres ver si es el hábito
de encima de seda o de paño, ¿para qué me tocas en la camisa, pues
cierto es de lienzo? Holguemos y burlemos de otros mil modos que
yo te mostraré, no me destroces ni maltrates como sueles. ¿Qué
provecho te trae dañar mis vestiduras?
CALISTO.- Señora, el que quiere comer el ave quita primero las
plumas.
LUCRECIA.- Mala landre me mate si más los escucho. ¿Vida es
ésta? ¡Que me esté yo deshaciendo de dentera y ella esquivándose
por que la rueguen! Ya, ya, apaciguado es el ruido, no hubieron
menester despartidores. Pero también me lo haría yo si estos
necios de sus criados me hablasen entre día; ¡pero esperan que los
tengo de ir a buscar!
MELIBEA.- ¿Señor mío, quieres que mande a Lucrecia traer alguna
colación?
CALISTO.- No hay otra colación para mí sino tener tu cuerpo y
belleza en mi poder. Comer y beber, dondequiera se da por dinero,
en cada tiempo se puede haber y cualquiera lo puede alcanzar. Pero
lo no vendible, lo que en toda la tierra no hay igual que en este
huerto, ¿cómo mandas que se me pase ningún momento que no goce?
LUCRECIA.- Ya me duele a mí la cabeza de escuchar, y no a ellos
de hablar ni los brazos de retozar ni las bocas de besar. ¡Andar!,
ya callan, a tres me parece que va la vencida.
CALISTO.- Jamás querría, señora, que amaneciese, según la
gloria y descanso que mi sentido recibe de la noble conversación
de tus delicados miembros.
MELIBEA.- Señor, yo soy la que gozo, yo la que gano; tú, señor,
el que me haces con tu visitación incomparable merced.
SOSIA.- ¿Así, bellacos, rufianes, veníais a asombrar a los que
no os temen? ¡Pues yo juro que si esperarais, que yo os hiciera ir
como merecíais!
CALISTO.- Señora, Sosia es aquel que da voces. Déjame ir a
valerle, no le maten, que no está sino un pajecico con él. Dame
presto mi capa, que está debajo de ti.
MELIBEA.- ¡Oh triste de mi ventura! No vayas allá sin tus
corazas; tórnate a armar.
CALISTO.- Señora, lo que no hace espada y capa y corazón, no lo
hacen corazas y capacete y cobardía.
SOSIA.- ¿Aún tornáis? Esperadme, quizá venís por lana.
CALISTO.- Déjame, por Dios, señora, que puesta está el escala.
MELIBEA.- ¡Oh desdichada yo!,
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