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El avaro
[Teatro: Texto completo. Acto Primero.]

Molière

PERSONAJES

 
HARPAGÓN, padre de Cleanto y de Elisa y enamorado de Mariana
CLEANTO, hijo de Harpagón, amante de Mariana
ELISA, hija de Harpagón, amante de Valerio
VALERIO, hijo de Anselmo y amante de Elisa
MARIANA, amante de Cleanto y amada por Harpagón
ANSELMO, padre de Valerio y de Mariana
FROSINA, mujer intrigante
MAESE SIMÓN, corredor
MAESE SANTIAGO, cocinero y cochero de Harpagón
FLECHA, criado de Cleanto
DOÑA CLAUDIA, sirvienta de Harpagón
MIAJAVENA y MERLUZA,  lacayos de Harpagón
EL COMISARIO y su ESCRIBIENTE

La escena en París, en casa de Harpagón

ACTO PRIMERO

ESCENA PRIMERA

VALERIO y ELISA

VALERIO. ¡Cómo, encantadora Elisa, os sentís melancólica después de las amables seguridades que habéis tenido la bondad de darme sobre vuestra felicidad! Os veo suspirar, ¡ay!, en medio de mi alegría. ¿Es que acaso lamentáis, decidme, haberme hecho dichoso? ¿Y os arrepentís de esta promesa, a la que mi pasión ha podido obligaros?

ELISA. No, Valerio; no puedo arrepentirme de todo cuanto hago por vos. Me siento movida a ello por un poder demasiado dulce, y no tengo siquiera fuerza para desear que las cosas no sucedieran así. Mas, a deciros verdad, el buen fin me causa inquietud, y temo grandemente amaros algo más de lo que debiera.

VALERIO. ¡Eh! ¿Qué podéis temer, Elisa, de las bondades que habéis tenido conmigo?

ELISA. ¡Ah! Cien cosas a la vez; el arrebato de un padre, los reproches de una familia, las censuras del mundo; pero más que nada, Valerio, la mudanza de vuestro corazón y esa frialdad criminal con la que los de vuestro sexo pagan las más de las veces los testimonios demasiado ardientes de un amor inocente.

VALERIO. ¡Ah, no me hagáis el agravio de juzgarme por los demás! Creedme capaz de todo, Elisa, menos de faltar a lo que os debo. Os amo en demasía para eso, y mi amor por vos durará tanto como mi vida.

ELISA. ¡AH, Valerio! ¡Todos dicen lo mismo! Todos los hombres son semejantes por sus palabras; y son tan sólo sus acciones las que los muestran diferentes.

VALERIO. Puesto que únicamente las acciones revelan lo que somos, esperad entonces, al menos, a juzgar de mi corazón por ellas, y no queráis buscar crímenes en los injustos temores de una enojosa previsión. No me asesinéis, os lo ruego, con las sensibles acometidas de una sospecha ultrajante, y dadme tiempo para convenceros, con mil y mil pruebas, de la honradez de mi pasión.

ELISA. ¡Ay! ¡Con qué facilidad se deja una persuadir por las personas a quienes ama! Sí, Valerio; juzgo a vuestro corazón incapaz de engañarme. Creo que me amáis con verdadero amor y que me seréis fiel; no quiero dudar de ello en modo alguno, y limito mi pesar al temor de las censuras que puedan hacerme.

VALERIO. Mas ¿por qué esa inquietud?

ELISA. No tendría nada que temer si todo el mundo os viera con los ojos con que os miro; y encuentro en vuestra persona motivos para hacer las cosas que por vos hago. Mi corazón tiene en su defensa todo vuestro mérito, fortalecido por la gratitud a que el Cielo me empeña con vos. Me represento en todo momento ese peligro extraño que comenzó por enfrentarnos a nuestras mutuas miradas; esa generosidad sorprendente que os hizo arriesgar la vida para salvar la mía del furor de las ondas; esos tiernos cuidados que me prodigasteis después de haberme sacado del agua, y los homenajes asiduos de este ardiente amor que ni el tiempo ni las dificultades han entibiado y que, haciéndoos olvidar padres y patria, detiene vuestros pasos en estos lugares, mantiene aquí, en favor mío, vuestra fortuna encubierta, y os obliga, para verme, a ocupar el puesto de criado de mi padre. Todo esto produce en mí, sin duda, un efecto maravilloso, y ello basta a mis ojos para justificar la promesa a que he consentido; mas no es suficiente, tal vez, para justificarla ante los demás, y no estoy segura de que no intervengan en mis sentimientos.

VALERIO. De todo cuanto habéis dicho, tan sólo por mi amor pretendo, con vos, merecer algo; y en cuanto a los escrúpulos que sentís, vuestro propio padre os justifica sobradamente ante todo el mundo; su excesiva avaricia y el modo austero de vivir con sus hijos podrían autorizar cosas más extrañas. Perdonadme, encantadora Elisa, si hablo así ante vos. Ya sabéis que a ese respecto no se puede decir nada bueno. Mas, en fin, si puedo, como espero, encontrar a mis padres, no nos costará mucho trabajo hacérnosle propicio. Espero noticias de ellos con impaciencia, y yo mismo iré a buscarlas si tardan en llegar.

ELISA. ¡Ah, Valerio! No os mováis de aquí, os lo ruego, y pensad tan sólo en situaros favorablemente en el ánimo de mi padre.

VALERIO. Ya veis cómo me las compongo y las hábiles complacencias que he debido emplear para introducirme en su servidumbre; bajo qué máscara de simpatía y de sentimientos adecuados me disfrazo para agradarle, y qué personaje represento a diario con él a fin de lograr su afecto. Hago en ello progresos admirables, y veo que, para conquistar a los hombres, no hay mejor camino que adornarse, a sus ojos, con sus inclinaciones, convenir en sus máximas, ensalzar sus defectos y aplaudir cuanto hacen. Por mucho que se exagere la complacencia y por visible que sea la manera de engañarlos, los más ladinos son grandes incautos ante el halago, y no hay nada tan impertinente y tan ridículo que no se haga tragar cuando se lo sazona con alabanzas. La sinceridad padece un poco con el oficio que realizo; mas cuando necesita uno a los hombres, hay que adaptarse a ellos, y ya que no puede conquistárselos más que por ese medio, no es culpa de los que adulan, sino de los que quieren ser adulados.

ELISA. Mas ¿por qué intentáis conseguir también el apoyo de mi hermano, en caso de que a la sirvienta se le ocurriera revelar nuestro secreto?

VALERIO. No se puede contentar a uno y a otro; y el espíritu del padre y del hijo son tan opuestos, que es difícil concertar esas dos confianzas. Mas vos, por vuestra parte, influid sobre vuestro hermano y servíos de la amistad que hay entre vosotros dos para ponerle de nuestra parte. Aquí viene. Me retiro. Emplead este tiempo en hablarle, y no le reveléis nuestro negocio sino lo que os parezca oportuno.

ELISA. No sé si tendré fuerzas para hacerle esa confesión.


ESCENA II

CLEANTO y ELISA

CLEANTO. Me complace mucho encontraros sola, hermana mía, y ardía en deseos de hablaros para descubriros un secreto.

ELISA. Heme dispuesta a escucharos, hermano. ¿Qué tenéis que decirme?

CLEANTO. Muchas cosas, hermana mía, envueltas en una palabra: amo.

ELISA. ¿Amáis?

CLEANTO. Sí, amo. Mas, antes de seguir, ya sé que dependo de un padre y que el nombre de hijo me somete a sus voluntades; que no debemos empeñar nuestra palabra sin el consentimiento de los que nos dieron la vida; que el Cielo les ha hecho dueños de nuestros deseos, y que nos está ordenado no disponer de ellos sino por su gobierno; que, al no hallarse influidos por ningún loco ardor, están en disposición de errar bastante menos que nosotros y de ver mucho mejor lo que nos conviene; que debe prestarse más crédito a las luces de su prudencia que a la ceguera de nuestra pasión, y que el arrebato de la juventud nos arrastra, con frecuencia, a enojosos precipicios. Os digo todo esto, hermana mía, para que no os toméis el trabajo de decírmelo, ya que, en fin, mi amor no quiere oír nada, y os ruego que no me reprendáis.

ELISA. ¿Os habéis comprometido, hermano mío, con la que amáis?

CLEANTO. No; mas estoy decidido a hacerlo, y os emplazo, una vez más, a que no aleguéis razones para disuadirme de ello.

ELISA. ¿Soy, hermano, una persona tan rara?

CLEANTO. No, hermana mía; mas no amáis. Desconocéis la dulce violencia que ejerce un tierno amor sobre nuestros corazones, y temo a vuestra cordura.

ELISA. ¡Ah, hermano mío! No hablemos de mi cordura; no hay nadie que no la tenga, por lo menos, una vez en su vida; y si os abro mi corazón, quizá sea a vuestros ojos mucho menos cuerda que vos.

CLEANTO. ¡Ah! Pluguiese al Cielo que vuestra alma, como la mía...

ELISA. Terminemos antes vuestro negocio y decidme quién es la que amáis.

CLEANTO. Una joven que habita desde hace poco en estos arrabales, y que parece haber sido creada para enamorar a todos cuantos la ven. La Naturaleza, hermana mía, no ha hecho nada más adorable, y me sentí embelesado desde el momento en que la vi. Llámase Mariana y vive bajo el gobierno de una buena madre, que está casi siempre enferma y por quien esta amable joven experimenta unos sentimientos de cariño inimaginables. La sirve, la compadece y la consuela con una ternura que conmovería vuestra alma. Se dedica con el aire más encantador del mundo a las cosas que hace, y se ven brillar mil gracias en todas sus acciones, una dulzura llena de hechizos, una bondad muy atrayente, una honestidad adorable, una... ¡Ah, hermana mía, quisiera que la hubierais visto!

ELISA. Mucho veo ya, hermano mío, en las cosas que me decís; y para comprender lo que es, me basta con que la améis.

CLEANTO. He descubierto secretamente que no están en muy buena posición, y que a su discreta manera de vivir le es difícil atender a todas las necesidades con el peculio que puedan tener. Figuraos, hermana mía, la dicha que puede existir en rehacer la fortuna del ser amado, en aportar hábilmente algún pequeño socorro a las modestas necesidades de una virtuosa familia, e imaginad el disgusto que para mí representa ver que, por la avaricia de un padre, estoy en la imposibilidad de gozar esa dicha y de dar a esta beldad alguna prueba de mi amor.

ELISA. Sí; me imagino con bastante claridad cuál debe ser vuestro pesar.

CLEANTO. ¡Ah, hermana mía! Es mayor de lo que pudiera creerse, ya que..., en fin, ¿cabe nada más cruel que ese riguroso ahorro que se realiza a costa nuestra, que esta extraña sequedad en que se nos hace languidecer? ¡Eh! ¿De qué nos servirá tener un caudal si no ha de llegar a nosotros hasta en la época en que no estemos ya en edad de gozar de él, y si hasta para mantenerme tengo ahora que entramparme por todos lados, si me veo obligado, lo mismo que vos, a recurrir diariamente a los mercaderes para poder llevar unas ropas decentes? En fin, he querido hablaros para que me ayudéis a sondear a mi padre sobre esos sentimientos que me embargan, y si le encuentro opuesto a ellos, he decidido marchar a otros lugares con esa amable persona a gozar de la suerte que el Cielo quiera ofrecernos. Y con tal propósito hago buscar por todas partes dinero a préstamo; y si vuestros negocios, hermana mía, son parecidos a los míos y ha de oponerse nuestro padre a nuestros deseos, le abandonaremos ambos sin dilación y nos libertaremos de esta tiranía en que nos tiene desde hace tanto tiempo su avaricia insoportable.

ELISA. Verdad es que todos los días nos da más y más motivos para deplorar la muerte de nuestra madre, y que...

CLEANTO. Oigo su voz; alejémonos un poco para terminar nuestra confidencia, y uniremos después nuestras fuerzas para venir a atacar la crueldad de su ánimo.


ESCENA III

HARPAGÓN y FLECHA

HARPAGÓN. ¡Fuera de aquí al momento y que no se me replique! Vamos, toma el pendingue de mi casa, gran maese fullero, verdadera carne de horca.

FLECHA. (Aparte.) No he visto nunca nada tan perverso como este maldito viejo; y creo, con perdón, que tiene el demonio en el cuerpo.

HARPAGÓN. ¿Refunfuñas entre dientes?

FLECHA. ¿Por qué me echáis?

HARPAGÓN. ¿Vas a pedirme explicaciones tú, so bigardo? Sal de prisa, antes que te acogote.

FLECHA. ¿Qué os he hecho?

HARPAGÓN. Pues me has hecho... desear que te marches.

FLECHA. Mi amo, vuestro hijo me ha ordenado esperarle.

HARPAGÓN. Vete a esperarle a la calle y no permanezcas en mi casa, plantado como un poste, observando lo que pasa y aprovechándote de todo. No quiero tener delante sin cesar un espía de mis negocios, un traidor cuyos condenados ojos asedian todos mis actos, devoran lo que poseo y huronean por todos lados para ver si hay algo que robar.

FLECHA. ¿Cómo diantre queréis que se las compongan para robaros? ¿Sois un hombre robable cuando todo lo encerráis y estáis de centinela día y noche?

HARPAGÓN. Quiero encerrar lo que se me antoja y estar de centinela como me plazca. ¿No hay soplones que se preocupan de lo que uno hace? (Bajo, aparte.) Tiemblo por si habrá sospechado algo de mi dinero. (Alto.) ¿No eres tú de esos hombres que corren el rumor de que tengo dinero en mi casa?

FLECHA. ¿Tenéis dinero escondido?

HARPAGÓN. No, pillo, no; no digo eso. (Aparte.) Me sofoca la rabia. (Alto.) Pregunto si no vas por ahí haciendo correr maliciosamente el rumor de que lo tengo.

FLECHA. ¡Eh! ¿Qué nos importa que lo tengáis o que no lo tengáis, si para nosotros es lo mismo?

HARPAGÓN. (Levantando la mano para dar un bofetón a Flecha.) ¡Te las echas de razonador! Ya te daré yo razonamiento en las orejas. Sal de aquí, repito.

FLECHA. ¡Bueno! Me marcharé.

HARPAGÓN. Espera. ¿No te llevas nada?

FLECHA. ¿Qué voy a llevarme?

HARPAGÓN. Anda, ven aquí que lo vea. Enséñame las manos.

FLECHA. Aquí están.

HARPAGÓN. Las otras.

FLECHA. ¿Las otras?

HARPAGÓN. Sí.

FLECHA. Aquí están.

HARPAGÓN. (Señalando las calzas de Flecha.) ¿No has metido nada ahí dentro?

FLECHA. Vedlo vos mismo.

HARPAGÓN. (Palpando las calzas de Flecha.) Estas anchas calzas son apropiadas para convertirse en ocultadoras de las cosas robadas, y quisiera yo que hubieran ahorcado a alguien por eso.

FLECHA. (Aparte.) ¡Ah, cómo se merecía un hombre así lo que teme! ¡Y qué gozo tendría yo en robarle!

HARPAGÓN. ¿Eh?

FLECHA. ¿Cómo?

HARPAGÓN. ¿Qué hablas de robar?

FLECHA. Os decía que registraseis bien por todas partes para ver si os he robado.

HARPAGÓN. Eso es lo que quiero hacer. (Harpagón registra los bolsillos de Flecha.)

FLECHA. (Aparte.) ¡Mal haya la avaricia y los avarientos!

HARPAGÓN. ¿Cómo? ¿Qué dices?

FLECHA. ¿Qué digo?

HARPAGÓN. Sí. ¿Qué dices de avaricia y de avarientos?

FLECHA. Digo que mal haya la avaricia y los avarientos.

HARPAGÓN. ¿A quién te refieres?

FLECHA. A los avarientos.

HARPAGÓN. ¿Y quiénes son esos avarientos?

FLECHA. Unos ruines y unos miserables.

HARPAGÓN. Mas, ¿a quién te refieres?

FLECHA. ¿Por qué os preocupáis de ellos?

HARPAGÓN. Me preocupo de lo que debo.

FLECHA. ¿Creéis, acaso, que me refiero a vos?

HARPAGÓN. Creo lo que creo; mas quiero que me digas a quién hablas al decir eso.

FLECHA. Pues hablo..., hablo para mi capote.

HARPAGÓN. Y yo podría hablar para tu gorro.

FLECHA. ¿Vais a impedir que maldiga a los avarientos?

HARPAGÓN. No; mas te impediré cotorrear y ser insolente. Cállate.

FLECHA. Yo no nombro a nadie.

HARPAGÓN. Te apalearé si hablas.

FLECHA. A quien le pique, que se rasque.

HARPAGÓN. ¿Te callarás?

FLECHA. Sí, aunque me pese.

HARPAGÓN. ¡Ja, ja!

FLECHA. (Mostrando a Harpagón uno de los bolsillos de su ropilla.) Mirad: aquí hay otro bolsillo. ¿Estáis satisfecho?

HARPAGÓN. Vamos, devuélvemelo sin registrarte.

FLECHA. ¿El qué?

HARPAGÓN. Lo que me has quitado.

FLECHA. Yo no os he quitado nada absolutamente.

HARPAGÓN. ¿De veras?

FLECHA. De veras.

HARPAGÓN. Adiós. Vete al diablo.

FLECHA. (Aparte.) Buena despedida.

HARPAGÓN. ¡A tu conciencia lo dejo cuando menos!


ESCENA IV

HARPAGÓN, solo

HARPAGÓN. Este bigardo de criado me molesta mucho; no me gusta nada ver a este condenado cojitranco. En verdad, no es poco trabajo el de guardar en casa una gran suma de dinero, y bienaventurados aquellos que tienen su caudal bien colocado ¡y no conservan más que lo necesario para su gasto! Bastante trastorno es éste de tener que inventar, en toda una casa, un escondite fiel; pues, por mi parte, las cajas fuertes me resultan sospechosas, y no quiero nunca fiarme de ellas. Me parece realmente un claro cebo para los ladrones, y es siempre lo primero que éstos van a atacar.
 

ESCENA V

HARPAGÓN, ELISA y CLEANTO. Hablando juntos,
permanecen en el fondo de la escena

HARPAGÓN. (Creyéndose solo.) Sin embargo, no sé si habré hecho bien enterrando en mi jardín los diez mil escudos que me devolvieron ayer. Diez mil escudos de oro en casa de uno son una suma bastante... (Aparte, al ver a Elisa y a Cleanto.) ¡Oh, cielos! ¿Me habré traicionado a mí mismo? ¡ Arrebatado por el furor, creo que he hablado en voz alta al razonar a solas! (A Cleanto y a Elisa.) ¿Qué pasa?

CLEANTO. Nada, padre.

HARPAGÓN. ¿Hace mucho que estáis ahí?

ELISA. Acabamos de llegar.

HARPAGÓN. ¿Habéis oído?

CLEANTO. ¿El qué, padre mío?

HARPAGÓN. Eso...

ELISA. ¿Qué?

HARPAGÓN. Lo que acabo de decir.

CLEANTO. No.

HARPAGÓN. Sí tal.

ELISA. Perdonadme.

HARPAGÓN. Ya veo que habéis oído algunas palabras. Es que pensaba, en mi interior, lo difícil que es hoy día encontrar dinero, y decía que dichoso el que puede tener diez mil escudos en su casa.

CLEANTO. Vacilábamos en abordaros, temiendo interrumpiros.

HARPAGÓN. Me satisface deciros esto, para que no vayáis a tomar las cosas al revés y a imaginaros que decía yo que tengo diez mil escudos.

CLEANTO. No nos metemos en vuestros negocios.

HARPAGÓN. ¡Pluguiera al Cielo que tuviese yo esos diez mil escudos!

CLEANTO. No creo.

HARPAGÓN. Sería un buen negocio para mí...

ELISA. Son cosas...

HARPAGÓN. Buena falta me harían.

CLEANTO. Yo creo que...

HARPAGÓN. Eso me arreglaría, en verdad.

ELISA. Sois...

HARPAGÓN. Y no me quejaría, como ahora, de que los tiempos son míseros.

CLEANTO. ¡Dios mío! ¡Padre, no tenéis motivos para quejaros, y ya se sabe que poseéis bastante caudal!

HARPAGÓN. ¡Cómo! ¿Que tengo bastante caudal? Quienes lo digan mienten. No hay nada más falso, y son unos bribones los que hacen correr todos esos rumores.

ELISA. No os encolericéis.

HARPAGÓN. Es singular que mis propios hijos me traicionen y se conviertan en enemigos míos.

CLEANTO. ¿Es ser enemigo vuestro el decir que tenéis caudal?

HARPAGÓN. Sí. Tales discursos y los gastos que hacéis serán la causa de que uno de estos días vengan a mi casa a cortarme el cuello, con la idea de que estoy forrado de doblones.

CLEANTO. ¿Qué gran gasto hago yo?

HARPAGÓN. ¿Cuál? ¿Hay nada más escandaloso que ese suntuoso boato que paseáis por la ciudad? Reñía ayer a vuestra hermana; mas hay algo peor. Esto sí que clama al Cielo; y si se os despojase desde los pies a la cabeza, habría con ello para constituir una buena renta. Ya os he dicho veinte veces, hijo mío, que todas vuestras maneras me desagradan grandemente; sentís una afición desmedida a echároslas de marqués, y para ir vestido así, preciso es que me robéis.

CLEANTO. ¡Eh! ¿Y cómo robaros?

HARPAGÓN. ¡Y qué sé yo! ¿De dónde sacáis para sostener el vestuario que lleváis?

CLEANTO. ¿Yo, padre mío? Es que juego, y, como soy muy afortunado, gasto en mí todo el dinero que gano.

HARPAGÓN. Muy mal hecho. Si sois afortunado en el juego, deberíais sacar provecho de ello y colocar a un interés decente el dinero que ganáis, a fin de encontrároslo algún día. Quisiera yo saber, para no referirme a lo demás, de qué sirven todas esas cintas con que vais cubierto de pies a cabeza y si media docena de agujetas no bastan para sostener unas calzas. ¿Es muy necesario gastar dinero en pelucas cuando pueden llevarse cabellos propios que no cuestan nada? Apostaría a que en pelucas y cintas hay, por lo menos, veinte pistolas, y veinte pistolas rentan al año dieciocho libras, seis sueldos y ocho denarios con sólo colocarlas al doce por ciento.

CLEANTO. Tenéis razón.

HARPAGÓN. Dejemos eso y hablemos de otra cosa. (Sorprendiendo a Cleanto y a Elisa, que se hacen señas.) ¡Eh! (Bajo, aparte.) Me parece que se hacen señas uno a otro para robarme mi bolsa. (Alto.) ¿Qué quieren decir esos gestos?

ELISA. Dudamos mi hermano y yo en quién hablará primero; los dos tenemos algo que deciros.

HARPAGÓN. Yo también tengo que deciros algo a los dos.

CLEANTO. Deseamos hablaros de matrimonio, padre.

HARPAGÓN. Y yo también quiero hablaros de matrimonio.

ELISA. ¡Ah, padre mío!

HARPAGÓN. ¿Por qué ese grito? ¿Es la palabra o la cosa lo que os atemoriza, hija mía?

CLEANTO. El matrimonio puede atemorizarnos a los dos, de la manera que podéis entenderlo, y tememos que nuestros sentimientos no estén de acuerdo con vuestra elección.

HARPAGÓN. Un poco de paciencia; no os alarméis. Sé lo que os es necesario a los dos, y no tendréis, ni uno ni otra, motivo de queja con lo que pretendo hacer; y para empezar por este lado (a Cleanto), ¿habéis visto, decidme, una joven llamada Mariana, que habita no lejos de aquí?

CLEANTO. Sí, padre mío.

HARPAGÓN. ¿Y vos?

ELISA. He oído hablar de ella.

HARPAGÓN. ¿Cómo encontráis a esa joven, hijo mío?

CLEANTO. La encuentro encantadora.

HARPAGÓN. ¿Y su fisonomía?

CLEANTO. Muy honesta y llena de talento.

HARPAGÓN. ¿Su aspecto y sus maneras?

CLEANTO. Admirables, sin duda.

HARPAGÓN. ¿No creéis que una joven así merecería que se pensase en ella?

CLEANTO. Sí, padre mío.

HARPAGÓN. ¿Y que sería un partido deseable?

CLEANTO. Muy deseable.

HARPAGÓN. ¿Que tiene aspecto de ser una buena esposa?

CLEANTO. Sin duda.

HARPAGÓN. ¿Y que se hallaría satisfecho con ella un marido?

CLEANTO. Seguramente.

HARPAGÓN. Hay una pequeña dificultad, y es que tengo miedo de que no se consiga con ella todo el caudal que podría pretenderse.

CLEANTO. ¡Ah, padre mío! ¡No debe considerarse el caudal cuando se trata de casarse con una persona honrada!

HARPAGÓN. Perdonadme, perdonadme. Mas lo que hay que decir es que si no se encuentra con ella todo el caudal que se desea, puede uno intentar resarcirse en otra cosa.

CLEANTO. Se comprende.

HARPAGÓN. En fin, me satisface ver que compartís mi opinión, pues su honesta apostura y su bondad han conquistado mi alma, y estoy resuelto a casarme con ella, con tal que posea algún caudal.

CLEANTO. ¿Eh?

HARPAGÓN. ¿Cómo?

CLEANTO. ¿Estáis resuelto, decís, a...?

HARPAGÓN. A casarme con Mariana.

CLEANTO. ¿Quién? ¿Vos, vos?

HARPAGÓN. ¡Sí, yo, yo, yo! ¿Qué quiere decir esto?

CLEANTO. Me acomete de pronto un vahído, y me retiro de aquí..

HARPAGÓN. No será nada; id pronto a beber un vaso de agua clara a la cocina.
 

ESCENA VI

HARPAGÓN y ELISA

HARPAGÓN. Ved estos donceles alfeñiques, que tienen el vigor de unas gallinas. Esto es lo que he resuelto, hija mía, por mi parte. Respecto a tu hermano, le destino cierta viuda de la que han venido a hablarme esta mañana, y en cuanto a ti, te destino al señor Anselmo.

ELISA. ¿Al señor Anselmo?

HARPAGÓN. Sí; un hombre maduro, cuerdo y prudente, que no tiene más de cincuenta años y cuyo caudal es muy alabado.

ELISA. (Haciendo una reverencia.) No quiero casarme, padre mío, si os place.

HARPAGÓN. (Imitando a Elisa.) Y yo, hijita mía querida, quiero que os caséis, si os place.

ELISA. (Haciendo una reverencia.) Os pido perdón, padre mío.

HARPAGÓN. (Imitando a Elisa.) Os pido perdón, hija mía.

ELISA. Soy la humildísima servidora del señor Anselmo; pero (haciendo otra reverencia), con vuestro permiso, no me casaré con él.

HARPAGÓN. Soy vuestro humildísimo servidor; pero (imitando a Elisa), os casaréis con él esta noche.

ELISA. ¿Esta noche?

HARPAGÓN. Esta noche.

ELISA. (Haciendo otra reverencia.) No sucederá tal, padre mío.

HARPAGÓN. (Imitando a Elisa.) Sí sucederá tal, hija mía.

ELISA. No.

HARPAGÓN. Sí.

ELISA. Os digo que no.

HARPAGÓN. Os digo que sí.

ELISA. Es una cosa a la que no me obligaréis.

Harpagón. Es una cosa a la que te obligaré.

ELISA. Me mataré antes que casarme con semejante marido.

HARPAGÓN. No te matarás y será tu marido. ¡Qué osadía! ¿Se ha visto nunca a una hija hablar así a su padre?

ELISA. ¿Y se ha visto nunca a un padre casar así a su hija?

HARPAGÓN. Es un partido del que no hay nada que decir, y apuesto a que todo el mundo aprobará mi elección.

ELISA. Y yo apuesto a que no puede aprobarlo ninguna persona razonable.

HARPAGÓN. (Viendo a Valerio, desde lejos.) Aquí está Valerio. ¿Quieres que le hagamos juez de este negocio?

ELISA. Accedo a ello.

HARPAGÓN. ¿Te atendrás a su juicio?

ELISA. Sí; pasaré por lo que él diga.

HARPAGÓN. Pues hecho.
 

ESCENA VII

VALERIO, HARPAGÓN y ELISA

HARPAGÓN. Ven aquí, Valerio. Te hemos elegido para que nos digas quién tiene razón, si mi hija o yo.

VALERIO. Vos, señor, sin disputa.

HARPAGÓN. ¿Sabes de lo que hablamos?

VALERIO. No. Mas no podéis equivocaros, y toda la razón será vuestra.

HARPAGÓN. Quiero esta noche darle por esposo un hombre tan rico como probo, y la pícara me dice en mis narices que no lo acepta. ¿Qué te parece?

VALERIO. ¿Qué me parece?

HARPAGÓN. Sí.

VALERIO. ¡Vaya, vaya!

HARPAGÓN. ¿Cómo?

VALERIO. Digo que, en el fondo, soy de vuestro parecer, y es imposible que no tengáis razón. Aunque también no es ella culpable del todo y...

HARPAGÓN. ¿Cómo? El señor Anselmo es un partido notable; es un caballero noble, tierno, sentado, probo, muy rico y a quien no le queda ningún hijo de su primer matrimonio. ¿Qué mejor podría ella encontrar?

VALERIO. Eso es cierto. Mas ella podría deciros que es precipitar un poco las cosas y que sería necesario cierto tiempo, al menos, para ver si su inclinación puede avenirse con...

HARPAGÓN. Es una ocasión que hay que coger por los pelos. Encuentro en esto unas ventajas que no encontraría por otra parte; y se compromete a tomarla sin dote1...

VALERIO. ¿Sin dote?

HARPAGÓN. Sí.

VALERIO. ¡Ah! Entonces no digo nada. ¿Veis? Ésa es una razón absolutamente convincente; hay que inclinarse ante ello.

HARPAGÓN. Es para mí un ahorro considerable.

VALERIO. Seguramente; es innegable. Verdad es que vuestra hija puede alegar que el matrimonio es un negocio mucho más importante de lo que puede creerse; que va en él la felicidad o la desdicha para toda la vida, y que un compromiso que ha de durar hasta la muerte no debe efectuarse nunca sino con grandes precauciones.

HARPAGÓN. ¡Sin dote!

VALERIO. Tenéis razón. Eso lo decide todo, ya se comprende. Hay gentes que podrían deciros que, en tales ocasiones, el amor de una joven es cosa que debe tenerse en cuenta y que esa gran diferencia de edad, de carácter y de sentimientos hace un matrimonio propenso a incidentes muy enojosos.

HARPAGÓN. ¡Sin dote!

VALERIO. ¡Ah! Bien sabemos que eso no admite réplica. ¿Quién diantres puede oponerse a ello? No quiero decir que no existan muchos padres que prefieran atender a la satisfacción de sus hijas más que al dinero que pudieran entregar; que no quieren sacrificarlas al interés, y que procuran, más que nada, crear en un matrimonio esa tierna conformidad que mantiene en él sin cesar el honor, la tranquilidad y la alegría, y que...

HARPAGÓN. ¡Sin dote!

VALERIO. Es cierto; eso cierra la boca en absoluto. ¡Sin dote! ¡No hay modo de resistir a tal razón!

HARPAGÓN. (Mirando hacia el jardín y aparte.) ¡Hola! Paréceme oír el ladrido de un perro. ¿No estará amenazado mi dinero? (A Valerio.) No os mováis; vuelvo al instante. (Vase.)
 

ESCENA VIII

ELISA y VALERIO

ELISA. ¿ Queréis chancearos2, Valerio, hablándole así?

VALERIO. Era para no enojarle y por lograr mejor éxito. Chocar de frente con su criterio sería el medio de echarlo todo a perder, y existen ciertos espíritus que sólo deben atacarse con rodeos; temperamentos enemigos de toda resistencia; caracteres reacios a los que encocora la verdad, que se rebelan siempre contra el camino recto de la razón y a los que sólo se puede llevar con rodeos a donde quiere uno conducirlos. Fingid que accedéis a lo que él quiere; conseguiréis mejor vuestro fin, y...

ELISA. Pero ¿y ese casamiento, Valerio?

VALERIO. Ya buscaremos medios para desbaratarlo.

ELISA. Mas ¿qué inventaremos, si ha de efectuarse esta noche?

VALERIO. Hay que solicitar un aplazamiento y fingir alguna enfermedad.

ELISA. Pero descubrirán el engaño si llaman a los médicos.

VALERIO. ¿Os chanceáis? ¿Es que los galenos saben algo? Vamos, vamos; con ellos podéis tener la dolencia que os plazca; encontrarán razones para deciros de qué proviene.
 

ESCENA IX

HARPAGÓN, ELISA y VALERIO

HARPAGÓN. (Aparte, al fondo de la escena.) No era nada, a Dios gracias.

VALERIO. (Sin ver a Harpagón.) En fin, nuestro último recurso es que la fuga puede ponernos a cubierto de todo; y si vuestro amor, bella Elisa, es capaz de tener entereza... (Viendo a Harpagón.) Sí; una hija tiene que obedecer a su padre. No debe mirar cómo está hecho un marido; y cuando la gran razón de sin dote coincide en ello, debe estar dispuesta a aceptar cuanto le den.

HARPAGÓN. ¡Bueno! ¡Eso es hablar bien!

VALERIO. Señor, os pido perdón si me acaloro un poco y tengo la osadía de hablarle así.

HARPAGÓN. ¡Cómo! ¡Si eso me encanta y deseo que adquieras un influjo absoluto sobre ella! (A Elisa.) Sí; aunque intentes huir, le concedo la autoridad que el Cielo me da sobre ti y quiero que hagas todo cuanto él te diga.

VALERIO. (A Elisa.) Después de esto, ¡resistíos a mis amonestaciones!


ESCENA X

HARPAGÓN y VALERIO

VALERIO. Señor, voy a seguirla, para continuar con ella las lecciones que le estaba dando.

HARPAGÓN. Sí; te quedaré agradecido. Realmente...

VALERIO. Es conveniente tirarle un poco de la brida.

HARPAGÓN. Ciertamente. Es preciso...

VALERIO. Nos os preocupéis. Creo que conseguiré dominarla.

HARPAGÓN. Hazlo, hazlo. Voy a dar una vueltecita por la ciudad y vuelvo en seguida.

VALERIO. (Dirigiéndose a Elisa y marchándose por donde ella salió.) Sí; el dinero es lo más preciado del mundo, y debéis dar gracias al Cielo por el digno padre que os ha concedido. Él sabe lo que es vivir. Cuando se ofrece uno a tomar a una joven sin dote, no se debe mirar más allá. Todo se encierra en eso; y sin dote equivale a belleza, juventud, alcurnia, honor, sapiencia y probidad.

HARPAGÓN. ¡Ah, qué buen mozo! Eso es hablar como un oráculo. ¡Dichoso aquel que puede tener un criado de este género!

 

FIN DEL ACTO PRIMERO

Notas

1. Dote: Bienes que aporta la mujer al matrimonio o que dan a los esposos sus padres o terceras personas, en vista de su matrimonio.
2. Chanza:  Broma, burla.

El silencio de Galileo

  • Genial. Universidad de Georgetown, Estados Unidos
  • Pone patas arriba las concepciones actuales. Punto de Libro, España
  • Fascinante. El Comercio, Ecuador
  • Sobresaltante. El Nacional, República Dominicana
  • Arrincona la verdad. Prensa, Panamá
  • Fascinante. El Nuevo Día, Puerto Rico
  • Narración ágil que atrapa. Veintitrés, Argentina

 

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Luis López Nieves

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