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Amor es más laberinto
[Teatro. Texto Completo. Acto Primero.]

Sor Juana Inés de la Cruz

Personas que hablan en ella:
  • MINOS, Rey de Creta
  • ARIADNA, Infanta, su hija
  • FEDRA, Infanta, su hija
  • TESEO, Príncipe de Atenas
  • ATÚN, su criado gracioso
  • BACO, Príncipe de Tebas
  • RACIMO, su criado
  • LIDORO, Príncipe de Epiro
  • LICAS, embajador de Atenas
  • TEBANDRO, Capitán de la guarda
  • LAURA, criada de Fedra
  • CINTIA, criada de Ariadna
  • Dos SOLDADOS
  • MÚSICA
  • ACOMPAÑAMIENTO

ACTO PRIMERO

 
Cantan dentro la siguiente copla, y salen ARIADNA y FEDRA, 
Infantas, y LAURA y CINTIA, criadas
CORO 1:           "En la hermosura de Fedra,
               y en la beldad de Arïadna,
               muestra Amor que hay mayorías
               donde no caben ventajas;
               porque de Amor conozcan en las hazañas,
               que sin dejar despojos, consigue palmas."

ARIADNA:       ¿Quién esta música ordena, 
               Cintia?
CINTIA:                ¿Quién puede ordenarla, 
               sino el Príncipe de Epiro 
               y el de Tebas, que con tantas 
               demostraciones os sirven, 
               y en cuestiones cortesanas 
               apurando los discursos, 
               por dar a entender sus ansias, 
               lo que por sí mismos lloran, 
               por ajenas voces cantan?
               Y como sois Fedra y tú, 
               aun más que en la sangre, hermanas 
               en la belleza, os festejan
               con iguales alabanzas, 
               y no como algunos necios, 
               cuya adoración cansada, 
               sólo piensa que a una sirve 
               con lo que a todas agravia.
FEDRA:         Cortesana es la atención;
               mas oye, que otra vez cantan.

CORO 2:        "En el Príncipe Teseo,
               muestra la Fortuna varia
               que puede haber vencimientos,
               sin precederles batalla;
               porque Fortuna ordena que, en sus hazañas,
               haber pueda despojos, sin lograr palmas."

ARIADNA:       ¿Qué es esto? ¿Qué tristes voces, 
               con cláusulas concertadas, 
               parece que contradicen 
               lo que las otras cantaban?

CORO 1:        "Pues cuando forman sus luces 
               competencias soberanas, 
               sin quedar una vencida, 
               quedan victoriosas ambas."

FEDRA:         ¡Oh, qué distintos afectos 
               explican sus consonancias; 
               que aquí cantan lo que penan, 
               y allí penan lo que cantan!

CORO 2:        "Tan infelizmente muere,
               que aun no merecen sus ansias 
               que otro logre por trofeos 
               el fruto de sus desgracias."

ARIADNA:       ¡Qué altivo sentir! ¡Qué bien 
               muestra en tan noble arrogancia, 
               que no merece ser pena, 
               una pena tan hidalga!

CORO 1:        "Porque cuando es el exceso 
               imposible en beldad tanta, 
               recíprocamente vencen
               todo aquello en que se igualan."

FEDRA:         Buena letra; y el estudio 
               es imposible que hallara 
               proposición más atenta 
               ni prueba más ajustada.

CORO 2:        "No siente el héroe la muerte; 
               la afrenta sí, que es infamia 
               que tan bajamente muera 
               quien nació a vida tan alta."

ARIADNA:       Bien dice, porque sin duda 
               que suelen ser, en el alma, 
               más sensibles que el morir, 
               del morir las circunstancias.
ARIADNA Y 
MÚSICA:        "¡Porque Fortuna ordena que en sus hazañas,
               haber pueda despojos, sin lograr palmas!"

FEDRA Y 
MÚSICA:        "Porque de Amor conozcan en las hazañas,
               que sin dejar despojos, consigue palmas!"

ARIADNA:       ¿Cúyas serán estas voces?
LAURA:         Sin duda, como este alcázar, 
               empezando en un palacio, 
               en un laberinto acaba 
               de tan intrincadas vueltas 
               y entretejidas lazadas 
               que el discurso las ignora 
               aunque las toque la planta, 
               pues jamás ha entrado a verlas 
               atención tan desvelada
               a quien no turben las señas 
               de sus indistintas cuadras, 
               porque con tal artificio 
               las dispuso aquella sabia 
               industria de su arquitecto, 
               que, unas con otras trabadas, 
               son unas, y otras parecen; 
               son iguales, y son varias 
               --prueba de esta verdad sea 
               el que, sirviendo su estancia 
               de triste prisión, adonde 
               de tu padre la venganza 
               a los atenienses pone, 
               para que de sangre humana 
               se alimente el Minotauro, 
               monstruo de formas contrarias, 
               no tiene más puerta que 
               su dificultad, por guarda-- 
               y como aqueste año estuvo 
               la Fortuna tan airada 
               contra Atenas, que dispuso 
               que cayese la inhumana 
               suerte en su Príncipe mismo, 
               Teseo; por cuya causa 
               su dolorosa familia, 
               viendo que tu padre trata 
               de entregarlo al fiero monstruo, 
               y que un joven que de tantas 
               prerrogativas el Cielo 
               adornó--y cuando esperaban 
               que a sus bélicos alientos, 
               a sus ínclitas hazañas, 
               cuando no dichosa vida, 
               alta muerte coronara-- 
               hoy es tan triste despojo 
               de la ignominiosa Parca, 
               que el que ayer mandaba un reino 
               sirve a un bruto de vïanda; 
               y execrando la injusticia 
               con que Fortuna le trata, 
               dicen que es, en sus desdichas, 
               sólo de su muerte causa.
LAURA y 
MÚSiCA:        "¡Porque Fortuna ordena que, en sus hazañas,
               haber pueda despojos, sin lograr palmas!"

ARIADNA:       ¡Oh, qué dolor en mi pecho 
               han causado tus palabras!  
               Que le falta la nobleza 
               a quien la piedad le falta.  
               No sé qué atractivo tiene
               lo infeliz para las almas 
               altivas, que sólo el serlo 
               por recomendación basta. 
               ¿Qué mucho, si perfecciona 
               la miseria a la gallarda 
               potencia de la piedad, 
               haciendo que al acto salga?  
               Pues en el más noble pecho, 
               en la condición más blanda, 
               fuera inútil la piedad 
               si faltara la desgracia.
               ¿Y cuándo, Laura, llegó 
               el Príncipe?
LAURA:                      Ayer, con tanta
               majestad, como pudiera 
               quien a coronarse entrara; 
               pero aún no le ha visto el rey, 
               y así es forzoso que haga 
               el Embajador de Atenas 
               la entrega.
FEDRA:                     ¡Suerte inhumana!
CINTIA:        Pero ya tu padre, a quien 
               los Príncipes acompañan, 
               a recibir al cautivo sale aquí.
FEDRA:         Pues, Ariadna, si tú gustas, 
               esperemos a ver una tan extraña 
               maravilla.
ARIADNA:                   Ya obedezco
               tu gusto, no por la causa 
               de ver al preso ateniense 
               a quien los hados maltratan, 
               sino por hablar a Baco, 
               cuya presencia gallarda 
               va en mi pecho a sus finezas 
               asegurando la paga.
FEDRA:         No diré yo de Lidoro
               eso, pues sus tiernas ansias 
               tanto más me desobligan,
               cuanto obligarme más tratan.  
               Y tengo en esto razón, 
               pues demás de ser cansadas, 
               finezas que hace el abuso 
               deberlas sin aceptarlas, 
               con tan grande improporción 
               como querer que en las damas 
               sea preciso el deberlas 
               y voluntario el pagarlas, 
               se ofende mi vanidad, 
               de que quiera su ignorancia, 
               forzándose a ser querida 
               obligarme a ser ingrata.

Salen el rey MINOS, BACO y LIDORO, príncipes, RACIMO, lacayo, y TEBANDRO,
capitán
MINOS:         ¡Hijas!
LIDORO Y
BACO:                    ¡Beldades divinas!
MINOS:         El cariño con que os ama 
               mi amor, no me ha permitido 
               que pueda tener el alma 
               contento, sin que vosotras 
               lo gocéis.
ARIADNA Y
FEDRA:                   Tus reales plantas
               besamos por tal favor.
ARIADNA:       Y después de darte gracias, 
               ¿cuál es el gusto, Señor, 
               a que, con novedad tanta, 
               nos convida tu cariño, 
               y tu prevención nos llama?  
               Pues es cierto que después 
               que mi hermano, en quien estaban 
               de tu reino y de tu amor 
               fundadas las esperanzas, 
               murió de los atenienses 
               a las cautelosas armas, 
               nunca oímos en tu voz, 
               nunca vimos en tu cara
               el semblante sin tristezas, 
               ni sin quejas las palabras.
MINOS:         De lo mismo que refieres, 
               pudieras bien, Arïadna, 
               claramente inferir cuál     
               es de mi gusto la causa; 
               pues el ofendido, sólo 
               cuando se venga descansa.
               Murió en Atenas mi hijo 
               --¡ay, infeliz prenda amada, 
               no el referir me avergüence 
               tu muerte, que no desaira 
               su queja el que la pronuncia 
               a vista de la venganza-- 
               y aunque mi valor pudiera 
               haberle dado a mi saña 
               bastante satisfacción; 
               pues ha tres años que airada, 
               mi justa cólera tuvo 
               a Atenas tan apretada, 
               que después de otros partidos 
               la forcé a que me entregara 
               todos los años por feudo 
               siete doncellas gallardas 
               y siete nobles mancebos, 
               aquellos a quien tocara 
               la suerte entre todo el reino, 
               sin que de entrar en la infausta 
               suerte tuviese ninguno 
               excepción, ni reservada 
               aun la persona estuviese 
               del Príncipe y las Infantas; 
               para cuya ejecución, 
               ministros de confïanza 
               cada año a Atenas envío 
               que echen suertes, y al que salga, 
               fuercen a venir a Creta, 
               donde tengo en las entrañas 
               del Minotauro el sepulcro 
               que mi enojo le señala; 
               y aunque pudieran templar 
               en parte, mi enojo, tantas 
               malogradas juventudes, 
               cuyas vidas desdichadas 
               más que alimento a la fiera, 
               se lo han dado a mi venganza, 
               he quedado satisfecho 
               nunca, que no se restaura 
               con muchas que no lo son, 
               una frente coronada; 
               hasta que hoy, que la Fortuna, 
               para Atenas tan contraria
               cuanto favorable a Creta, 
               hizo que la suerte airada 
               en el Príncipe cayese; 
               porque en iguales balanzas, 
               si fue Príncipe el difunto, 
               lo sea el que satisfaga 
               también por su infeliz muerte, 
               y no quede Atenas vana 
               de tener Príncipe, cuando 
               por su causa, en Creta falta.
               Muera Teseo, y con él 
               mueran de su infame patria 
               las que en su valor tenían 
               bien fundadas esperanzas; 
               que no poco lisonjeo 
               mi enojo, al pensar que acaba 
               toda la vida de un reino 
               reducido a una garganta.
ARIADNA:       Felices edades vivas
               porque vean que no empaña 
               en ti el ardor del acero, 
               la prudencia de las canas.
FEDRA:         Y porque conozca el mundo 
               que vio tu sangre agraviada, 
               que el clamor de aquella sangre, 
               con otra sangre se aplaca.
BACO:          Yo, Señor, quedo corrido, 
               pues con victorias tan altas, 
               le dejáis a mi valor
               que os pueda servir en nada.
LIDORO:        Yo no, pues antes, señor, 
               me dará vuestra enseñanza, 
               para facultad de triunfos 
               tantas lecciones de hazañas.
MINOS:         Cuánto, Príncipes invictos,
               esa voluntad, el alma 
               os estima, no encarezco, 
               hasta que la satisfaga 
               con debida recompensa; 
               que queda muy desairada 
               la deuda que no se dice 
               con las voces de la paga.
BACO:          Gran señor, vuestra promesa 
               por satisfacción me basta; 
               pues quien promete, ya da 
               de contado la esperanza.
MINOS:         Escucha, Tebandro, a solas.
TEBANDRO:      ¿Qué me ordenas?

Hablan en secreto
LIDORO:                        Soberana 
               Fedra, miradme siquiera; 
               y no penséis que mis ansias 
               os lo piden por alivio; 
               que es tan poco interesada 
               mi fineza, que aun tan leve 
               alivio escrupulizara, 
               a no saber que tenéis 
               gusto en mis penas; y para 
               que logréis el gusto, quiero 
               que lo tengáis con mirarlas.
FEDRA:         La intención de darme gusto 
               os estimo, mas se engaña 
               vuestro discurso, si piensa 
               que el veros penar me agrada; 
               que bien puede una mujer 
               que al mor no se avasalla 
               hacer alarde de altiva, 
               sin hacer gala de ingrata.
LIDORO:        Según eso, yo, Señora, 
               podré tener confïanza, 
               no de merecer, que aquesto 
               fuera presunción bastarda, 
               sino de saber que puedo 
               servir, sin que en esto haga 
               ofensa a vuestro decoro; 
               que es alivio para un alma 
               el saber que los servicios, 
               si no merecen, no cansan.
FEDRA:         Valerme, Príncipe, quiero
               de vuestras mismas palabras,
               pues con ellas me excusáis 
               la vergüenza de formarlas; 
               de donde sacar podréis 
               la consecuencia bien clara 
               de que, quien no ofende 
               amando en amar no desagrada.
LIDORO:        Según aqueso, Señora,
               bien pudiera mi esperanza.
FEDRA:         ¿Qué?
LIDORO:           Alentarse a vuestras luces
               feliz...
FEDRA:                No prosigáis, basta; 
               que una cosa es permitirla, 
               y otra cosa es alentarla.
LIDORO:        Grosero anduve; perdón
               os pide mi voz, que errada, 
               esperanza dijo, donde aun 
               no es lícito nombrarla; 
               pero advertid que si tengo 
               alguna, no es tan villana, 
               que atenta a sus conveniencias 
               sólo siga lo que alcanza, 
               sino otra que, negativa, 
               alcanzar espera nada; 
               que hay esperanza que vive 
               de no tener esperanza.
MINOS:         Tebandro, haz que venga luego 
               el Príncipe.

Llégase TEBANDRO al paño y salen TESEO, LICAS,
embajador, y ATÚN, criado de Teseo
LICAS:                      Ya a tus plantas
               tienes al embajador
               de Atenas, cuya desgracia 
               le dio tan infausto cargo 
               y comisión tan extraña, 
               como que por feudo tuyo 
               su mismo Príncipe traiga; 
               acción de tanto dolor,      
               que a haber sido voluntaria, 
               hubiera antes escogido 
               la muerte, que la embajada.
MINOS:         Alza del suelo, que quiero 
               guardarte en todo las sacras 
               exenciones que se deben 
               a embajador.
LICAS:                        Excusadas 
               son tus mercedes, Señor, 
               con quien no puede aceptarlas; 
               que estando el Príncipe aquí, 
               no era razón que gozara 
               honores en su presencia 
               un vasallo; y más con tanta 
               desgracia, como estar él 
               en una suerte tan baja, 
               como la de prisionero, 
               y yo gozando las altas 
               preeminencias de mi cargo.
MINOS:         Discretamente reparas;
               mas haz que llegue Teseo, 
               que aunque de verle la cara 
               tuve nunca la intención, 
               porque es en los reyes gracia 
               dejarse ver, y los reos 
               no es bien lleguen a lograrla, 
               con todo quiero esta vez, 
               incitado de su fama, 
               ver al Príncipe, y saber 
               de su boca sus hazanas, 
               para que mejor se temple 
               lo ardiente de mi venganza, 
               viendo cuán grande es la ofrenda 
               que sacrifico a sus aras.
 
ATÚN:          Por cierto que es el favor, 
               como de su buena cara.
LICAS:         Llegue, Señor, Vuestra Alteza, 
               que el Rey espera.
TESEO:                           ¡Ah, tirana
               Fortuna!  Aquí está, Señor, 
               tu prisionero.
MINOS:                        Repara
               que aunque vienes como reo, 
               mi benignidad te trata 
               este rato como a libre.
ATÚN:          Y también besa tus patas 
               un Atún, que a ser comido 
               viene por concomitancia, 
               si no mandas otra cosa.
ARIADNA:       (¡Qué presencia tan gallarda!     Aparte
               ¡Ay, infeliz! ¡Quién pudiera     
               darle libertad!)
FEDRA:                          (El alma          Aparte
               se me ha enternecido al verle. 
               ¡Quién su libertad comprara, 
               aunque costara mi vida!
MINOS:         Haz, Teseo, de las altas 
               proezas tuyas la suma.
TESEO:         La suma de mis desgracias 
               pudieras decir más bien; 
               mas, pues gustas de escucharlas, 
               atiende.
MINOS:                 Prosigue.
FEDRA:                           (¡El Cielo        Aparte
               te libre!)
ARIADNA:                 (¡El Cielo te valga!)     Aparte
TESEO:         Atiende para que sepas, 
               en dos acciones contrarias 
               en lo vario de una suerte, 
               lo que pierdo y lo que ganas.
 
               ¡Generoso Rey de Creta, 
               a cuyos gloriosos hechos 
               sirven de cortos archivos 
               las bibliotecas del tiempo; 
               glorioso legislador, 
               cuyo acertado gobierno, 
               como da leyes al orbe, 
               dará al abismo preceptos, 
               porque podrá tu justicia, 
               valor, rectitud y celo, 
               introducir la concordia 
               en el mismo desconcierto;     
               cuyas veneradas leyes 
               tendrán padrón tan eterno 
               que estés en su ejecución 
               reinando después de muerto!  
               Yo--aunque ya sabes quién soy-- 
               referir de nuevo quiero 
               mi nombre, por si el olvido 
               le sepulta, que es muy cierto 
               que nadie conoce al que 
               ve en baja fortuna puesto.  
               Yo, pues, el Príncipe soy, 
               que de Atenas heredero, 
               antes pago sus pensiones 
               que gozo de sus imperios.  
               Poco te he dicho en decir 
               que soy príncipe, pues pienso 
               que es más que decir monarca 
               decirte que soy Teseo.
               Y con razón, pues haber 
               nacido príncipe excelso, 
               se lo deberá a la sangre 
               y no a mis merecimientos. 
               Y no he de estimar yo más 
               --aun siendo mi padre mesmo-- 
               aquello que debo a otro, 
               que no lo que a mí me debo.
               Que entre ser príncipe y ser 
               soldado, aunque a todos menos 
               les parezca lo segundo, 
               a lo segundo me atengo; 
               que de un valiente soldado 
               puede hacerse un rey supremo, 
               y de un rey--por serlo--no 
               hacerse un soldado bueno.  
               Lo cual consiste, Señor, 
               si a buena luz lo atendemos, 
               en que no puede adquiriese 
               el valor, como los reinos.  
               Pruébase aquesta verdad, 
               con decir que los primeros 
               que impusieron en el mundo 
               dominio, fueron los hechos, 
               pues, siendo todos los hombres 
               iguales, no hubiera medio
               que pudiera introducir
               la desigualdad que vemos,
               como entre rey y vasallo, 
               como entre noble y plebeyo.  
               Porque pensar que por sí 
               los hombres se sometieron 
               a llevar ajeno yugo 
               y a sufrir extraño freno, 
               si hay causas para pensarlo, 
               no hay razón para creerlo; 
               porque como nació el hombre 
               naturalmente propenso 
               a mandar, sólo forzado 
               se reduce a estar sujeto; 
               y haber de vivir en un 
               voluntario cautiverio, 
               ni el cuerdo lo necesita 
               ni quiere sufrirlo el necio. 
               Aquél, porque en su cordura 
               halla de vivir preceptos, 
               y aquéste, porque le tiene 
               su necedad satisfecho; 
               pues no verás ignorante, 
               en quien el humor soberbio 
               no llene de presunción 
               los vacíos del talento.
               De donde infiero, que sólo 
               fue poderoso el esfuerzo 
               a diferenciar los hombres, 
               que tan iguales nacieron, 
               con tan grande distinción 
               como hacer, siendo unos mesmos, 
               que unos sirvan como esclavos 
               y otros manden como dueños.  
               Luego no será altivez 
               que cuando le debo al Cielo, 
               de nacimiento y valor 
               tan conformes privilegios,
               me precie de mi valor
               más que de mi nacimiento.
               Y porque veas con cuánto 
               fundamento hacerlo puedo, 
               escucha.  Apenas había 
               en mi rostro el primer vello 
               dado las honrosas señas 
               del corazón y del seso, 
               cuando en vez de acompañarme 
               de los pulidos mancebos 
               que en la juventud de Atenas 
               eran de la gala espejos, 
               de Hércules me acompañé; 
               que más quiso mi ardimiento, 
               que preceptores de galas, 
               tener de hazañas maestros.  
               Alcancé en su compañía, 
               entre otros muchos trofeos, 
               el vencer las Amazonas; 
               y no sin causa el primero 
               de todos mis triunfos llamo 
               éste, Señor, porque creo 
               que el vencer a una mujer
               es el mayor vencimiento; 
               porque ¿cómo vencer a 
               un enemigo que a un tiempo 
               aprisiona con la vista 
               y lidia con el acero?
               Y cuando hermosa no sea, 
               basta ser mujer, que el serlo 
               es suficiente ventaja; 
               pues demás de sus alientos, 
               pelean de parte suya, 
               mi lástima y mi respeto.  
               Demás de que es muy difícil, 
               alcanzado ya el trofeo, 
               saber lograrlo con aire, 
               porque es menester un pecho, 
               para conseguir, altivo, 
               y para gozar, modesto; 
               que desluce la victoria 
               el que quiere, desatento, 
               que lo que costó un peligro 
               se logre con un desprecio.  
               Yo en Epidauro privé 
               de la vida al hijo fiero 
               de Vulcano, a quien el vulgo 
               apellidó Corineto.
               Yo di muerte en Maratón 
               al toro, que de tu reino 
               siendo destrucción, pasó 
               a ser de Atenas incendio.  
               A la gran Tebas libré 
               de la opresión de aquel fiero 
               Creonte, cuya impiedad,
               opuesta a todos los fueros 
               humanos, no consentía 
               dar sepultura a los muertos.  
               Maté también a Escirón 
               y a Procusto, bandoleros 
               tan sin piedad, que el segundo 
               en un inhumano lecho, 
               en que astuto recibía 
               los incautos pasajeros, 
               el que era lecho de alivio, 
               hizo potro de tormento; 
               pues, al que grande venía, 
               cortar mandaba al momento 
               toda la cantidad que 
               le sobraba, y al pequeño, 
               con no menor tiranía, 
               mandaba extender los miembros, 
               hasta que los nervios rotos, 
               o descompuestos los huesos, 
               ajustaban la medida 
               que aquel tirano había hecho 
               determinada mensura 
               al tamaño de los cuerpos.  
               No era de Sinis menor 
               la crueldad, con que sangriento 
               bárbaramente abusando 
               de las fuerzas de que el Cielo 
               liberal quiso dotarle, 
               hizo de ellas instrumento 
               para su ofensa mayor 
               --¡oh, humano discurso ciego, 
               qué no intentará tu error!-- 
               pues obligando violento 
               a dos árboles distantes, 
               a que besasen el suelo 
               con las superiores ramas, 
               y atando después en ellos 
               al peregrino, soltaba 
               los árboles; y ellos luego, 
               por cobrar su rectitud, 
               se apartaban con tan presto 
               movimiento que quedando 
               dividido por el medio 
               el cuerpo, ignoraba el alma 
               por algún rato el suceso.
               Mas diole el Cielo el castigo 
               en mi brazo, para ejemplo 
               de que Él que sufre remiso, 
               también castiga severo.
               De las victorias y triunfos 
               que alcancé en el casamiento 
               de mi amigo Piritoo, 
               cuando los centauros fieros, 
               o pervertidos del vino 
               o incitados del deseo,
               quisieron robar su esposa, 
               no me alabo; porque siendo 
               el que es verdadero amigo 
               "yo"--y no "otro yo," porque temo 
               que es llegar a decir "otro," 
               suponer otro sujeto-- 
               y siendo suyo el agravio,     
               es evidente argumento 
               de que también era mío, 
               y que yo reñí con ellos 
               como ofendido y celoso; 
               luego la acción de vencerlos 
               no fue prueba del valor 
               tanto, como del despecho 
               celoso, que no hay alguno 
               cobarde, si tiene celos.
               Por darle gusto a este mismo 
               amigo, que con imperio 
               gobernaba mis acciones 
               tanto como mis afectos, 
               bajando al abismo, quise, 
               a pesar del Cancerbero, 
               robar a Plutón su esposa, 
               que, aunque no logré el intento, 
               no perdí por eso el lauro; 
               que en los casos tan inciertos, 
               conseguir, toca a la dicha, 
               pero intentar, al esfuerzo.
               Pero la mayor victoria
               fue, Señor, que amante tierno 
               de la belleza de Elena, 
               la robé.  No estuvo en esto 
               el valor--aunque el robarla 
               me costó infinitos riesgos-- 
               sino en que, cuando ya estaban 
               a mi voluntad sujetos 
               el premio de su hermosura 
               y el logro de mis deseos 
               de sus lágrimas movido 
               y obligado de sus ruegos 
               la volví a restituir 
               a su Patria y a sus deudos, 
               dejando a mi amor llorando 
               y a mi valor consiguiendo 
               la más difícil victoria, 
               que fue vencerme a mí mesmo.
               Aquéstos, Señor, han sido 
               los prodigios, los portentos 
               que de mí canta la Fama, 
               sin otros que no refiero 
               o porque son muy sabidos 
               o porque yo no me acuerdo; 
               porque como no pensé 
               jamás hacer lista de ellos,
               nunca tuve de contarlos 
               cuidado, sino de hacerlos. 
               Éste he sido, gran Señor; 
               pero ya a tu saña expuesto, 
               sólo me acuerdo de que 
               no soy más de un prisionero.  
               Sirva mi altivez, mi sangre, 
               mis blasones, mis trofeos, 
               de que quedes de tu enojo 
               dignamente satisfecho, 
               y quede libre mi patria 
               de tan doloroso peso 
               como este infeliz tributo; 
               que yo moriré contento, 
               si con mi muerte la libro 
               de tan inhumano feudo.
 
MINOS:            Admirado me ha dejado, 
               mas no me podrá ablandar; 
               haz, Tebandro, ejecutar 
               lo que te tengo mandado. 
                  Venid, Príncipes.
LICAS:                              Atienda,
               Señor, Vuestra Majestad,
               que no es bien que una crueldad 
               tan alto decoro ofenda;
                  y advierta, si de Androgeo 
               quiere la sangre vengar, 
               que no ha de resucitar 
               con la muerte de Teseo.
                  Cuando la condición fiera 
               admitió el reino al rendirse, 
               ¿quién pudiera persuadirse, 
               que en el Príncipe cayera?
                  Cayó en él, ¡fiero rigor!, 
               y él, sin hacer resistencia, 
               fió de vuestra clemencia 
               lo que pudo en su valor.
                  Pues si en armas se pusiera, 
               ¿quién dudará que constantes 
               muriéramos todos, antes 
               que el Príncipe se rindiera?
                  Pero si tan comedida
               su atención, quiso mostrar 
               que estima en más conservar 
               la palabra que la vida,
                  ¿por qué por una venganza, 
               quiere Vuestra Majestad
               pagar con una crueldad, 
               debiendo una confïanza?
                  Perdón os pido postrado, 
               Señor, pues si perdonáis, 
               con perdonarle, quedáis 
               más noblemente vengado;
                  y no sin satisfacción, 
               porque antes, la tendréis doble, 
               que no hay para un hombre noble 
               castigo, como el perdón.
                  Pues--de su error convencido-- 
               vive, siempre avergonzado 
               de verse beneficiado
               de aquel a quien ha ofendido.
                  Haced, pues, Señor, de modo 
               que vida al Príncipe deis, 
               que como a él le perdonéis, 
               disponed del reino todo.
FEDRA:            (Quizá le perdonará               Aparte
               mi padre con lo que ha oído.)
ARIADNA:       (Quizá escogerá un partido,          Aparte
               de los muchos que le da.)
ATÚN:             (¡Que este viejo, por capricho,            Aparte
               se muestre tan enemigo!)
MINOS:         Príncipes, venid conmigo.
               Tebandro, lo dicho, dicho.
BACO:             Ya yo voy. (¡Condición fiera!)      Aparte
LIDORO:        Ya te sigo. (¡Rigor grave!)                   Aparte

Vanse el rey MINO, BACO y LIDORO
ARIADNA:       (¡Oh! ¡Acabe yo, y él no acabe!)  Aparte
FEDRA:         (¡Oh! ¡Muera yo, y él no muera!)  Aparte
RACIMO:           Yo me voy a desquitar
               de lo mucho que he callado, 
               pues he salido al tablado 
               a solamente callar.

Vase RACIMO
TEBANDRO:         Príncipe, afuera a esperaros 
               voy, que querréis con suspiros, 
               de los vuestros despediros, 
               y no quiero embarazaros.

Vase
LICAS:            Esperad, Señor; apenas 
               puedo razones formar. 
               ¿Así se ha de despreciar 
               a un heredero de Atenas? 
                  ¿Con el Príncipe y conmigo 
               se ha de usar tal tiranía? 
               ¡Mal haya aquel que confía 
               en piedad del enemigo!
                  Mas ¿qué me quejo, si medio 
               no hay en penas tan atroces? 
               ¿Ni qué me canso en dar voces, 
               cuando no les doy remedio?  
                  Mas, ¡vive Dios!, Rey injusto, 
               que pues eres su homicida, 
               has de pagar con la vida 
               haber tenido este gusto.  
                  Pues a Atenas mi coraje 
               va, y mi venganza, a alistar 
               soldados, para vengar 
               de su príncipe el ultraje.  
                  Yo voy a que Atenas fuerte 
               castigue a Creta atrevida; 
               y pues no le doy la vida, 
               al menos vengue su muerte. 
                  Príncipe, si a dilatarse 
               llega del Rey la venganza,
               y os libro, la confïanza, 
               con vos ha de coronarse.

Vase
ATÚN:             Gentil alivio, Señor,
               te quiere aqueste hombre dar. 
               Déjese usted ahorcar, 
               que yo quedo por fiador.

Quedan TESEO, FEDRA y ATÚN, LAURA.  ARIADNA
y CINTIA, al paño
FEDRA:            Solo el Príncipe ha quedado.
TESEO:         ¡Ay infelice de mí!
FEDRA:         ¿Si podré hablarle?
TESEO:                             ¡Que aquí
               haya mi valor llegado!
FEDRA:            Yo llego, ¡pena mortal!
               Mas pues es fuerza que muera, 
               déle mi piedad, siquiera, 
               el pésame de su mal;
                  que cuando está desvalido, 
               y sujeto a una inclemencia, 
               no se opone a la decencia 
               consolar a un afligido.

Llégase
Príncipe, si en un extraño 
               pecho, piedad puede haber, 
               bien podéis de mí creer, 
               que me duele vuestra daño.
                  Infanta de Creta soy,
               y aunque mi sangre ofendéis, 
               más a mi piedad debéis 
               aun de las señas que os doy.
                  Y me holgara hallar un medio 
               para poderos librar, 
               que yo no os quisiera dar 
               pésame, sino remedio.
ARIADNA:          Con Teseo--¡qué dolor!-- 
               allí, Cintia, Fedra está; 
               escuchemos, que quizá 
               será piedad y no amor.
TESEO:            Yo Señora, la piedad 
               os estimo del consuelo,
               que mal pudiera en un cielo 
               faltar la benignidad;
                  y de modo, Infanta bella, 
               mi fe os queda agradecida, 
               que quisiera tener vida 
               para serviros con ella.
                  Mas pues no tengo, al deberos 
               para tanta recompensa, 
               recibid vos la vergüenza 
               de no tener qué ofreceros.
 
FEDRA:            No os quite la confïanza, 
               Príncipe, esta desventura, 
               que mientras la vida dura, 
               tiene lugar la esperanza.
                  Nunca la Fortuna queda
               se está, y si abatido os veis, 
               antes que vos acabéis 
               podrá volverse la rueda.
                  Y así, pensad que habrá medio 
               de remediar pena tanta, 
               que entre el hierro y la garganta, 
               puede caber el remedio.
ARIADNA:          Que quiere librarlo infiero, 
               mas yo se lo estorbaré.
CINTIA:        ¿Por qué, Señora?
ARIADNA:                         Porqué 
               lo libraré yo primero.
TESEO:            ¿Con qué pagaré el cuidado 
               de favor tan desmedido, 
               sí aun queda lo agradecido, 
               por lo corto, desairado? 
                  ¡Oh! ¡Quién con vida se hallara 
               y a vuestros pies la pusiera, 
               que yo por vos me muriera 
               aunque nadie me matara!
                  Mas siempre os lleváis la palma 
               de ser mi dulce homicida; 
               pues ha de quitar la vida 
               por fuerza, quien roba el alma.
ARIADNA:          ¿Ves, Cintia, cómo rendido 
               enamorándola está?
CINTIA:        Calla, Señora, que hará 
               aquello de agradecido.
ATÚN:             Una muerte muy galana 
               es la que escoges, Señor, 
               que por las muertes de amor 
               nunca se dobló campana.
                  Y digo, si permitir
               quieres tan dichosa suerte, 
               que de ésa que llamas muerte, 
               también me quiero morir,
                  y aun quiero que se dé prisa 
               ese inhumano rigor; 
               porque es morirse de amor, 
               como morirse de risa.

Vuelto a LAURA
Y más cuandó en vos he hallado 
               quien la muerte me dará.
LAURA:         El toro le quitará
               a vuested de ese cuidado,
                  y verá cómo le saca
               el alma con gran decoro.
ATÚN:          ¿Para qué quiero yo toro,
               si tú puedes estar vaca?
LAURA:            ¿Y el nombre?
ATÚN:                          Atún me han llamado.
LAURA:         El toro dará de él cuenta, 
               que de carne se sustenta.
ATÚN:          A bien que yo soy pescado.
LAURA:            En ser carnicero emplea 
               todo su conato fiero.
ATÚN:          Más que sea carnicero, 
               como pescador no sea.
 
FEDRA:            Príncipe, puesto que vos 
               el postrero habéis de ser 
               de los siete del tributo, 
               que a aqueste monstruo crüel, 
               por mandado de mi padre 
               se dan, no desconfiéis, 
               que en este tiempo se puede 
               algún camino ofrecer 
               para salvar vuestra vida, 
               y yo lo procuraré 
               por cuantos caminos haya 
               de conseguirlo, y creed 
               que me importa que viváis, 
               más de lo que vos podéis 
               pensar.
TESEO:                 Pues ¿por qué, Señora?
FEDRA:         No me preguntéis por qué, 
               que lo que yo no declaro,
               no es bien que vos procuréis 
               descifrarlo; y si allá a solas, 
               de las premisas que veis, 
               sacáis alguna ilación 
               que juzguéis que os está bien, 
               sacadla allá en hora buena, 
               mas no me la consultéis.

TESEO y ATÚN hablan aparte
ATÚN:          Enamórala, Señor,
               pues tan rendida la ves, 
               que podrá ser que te saque 
               de peligro tan crüel.
TESEO:         ¡Ay, Atún, que no me atrevo!
ATÚN:          ¿Melindres gastas también?  
               No pensé que eras tan dama; 
               pero déjate querer 
               al menos, y hazte de cuenta 
               que ella el Príncipe Fedro es 
               y tú la Infanta Tesea.
TESEO:         ¿Quieres dejarme?
ATÚN:                            Sí haré, 
               que no soy la Infanta yo 
               para quererte tener.
TESEO:         Según aqueso, Señora,
               lícitamente podré 
               soltar a mi pensamiento 
               las riendas.
FEDRA:                      Eso no sé;
               porque ya eso es consultar,
               y fue lo que os ordené 
               no hacer conmigo.
TESEO:                            Pues yo
               el secreto guardaré 
               de los discursos que hiciere, 
               con tanto cuidado, que 
               lo sienta el corazón, sin que 
               lo llegue el labio a saber.
FEDRA:         Pues en aquesto quedamos; 
               y adiós, porque sentiré 
               mucho que hablando con vos, 
               alguno me llegue a ver.
TESEO:         Pues adiós, Señora.
FEDRA:                             Adiós.
TESEO:         Pero escuchad.
FEDRA:                        ¿Qué queréis?
TESEO:         Que, pues me habéis dado 
               vos licencia para que dé 
               libertad al pensamiento, 
               también al vuestro soltéis 
               las riendas, para que ya 
               que yo, por obedecer, 
               no os puedo decir mi pena, 
               de vos misma la escuchéis.
FEDRA:         Príncipe, adiós.
TESEO:                        Pues, Señora, 
               ¿por qué no me respondéis?
FEDRA:         Porque os está bien a vos.
TESEO:         ¿No responder, me está bien?
FEDRA:         Sí, porque si yo respondo, 
               precisamente ha de ser 
               que no, y sólo con callar 
               os excuso este desdén; 
               porque es el no repugnar, 
               un tácito conceder.
TESEO:         Pues adiós, Señora.
FEDRA:                           Adiós.
TESEO:         (¡Qué divina!)                         Aparte
FEDRA:                        (¡Qué cortés!)           Aparte

Vanse TESEO y FEDRA
ATÚN:          ¿Oyes, Laura?
LAURA:                        ¿Qué querrá 
               el señor Atún?
ATÚN:                         Querré
               que este escabeche de atún 
               lo aderece tu laurel.
LAURA:         Nos veremos más despacio. 
ATÚN:          Pues, ¿por qué no puede ser 
               luego?
LAURA:               ¿Por qué me pregunta? 
               ¿No sabe que es menester 
               mil años de rendimiento 
               para obligar mi altivez?
ATÚN:          ¿Mil años menester son?  
               Pues perdóneme vuested, 
               porque no puedo ser yo 
               amante Matusalén.
LAURA:         ¿Luego quieres desistirte 
               de mi amor?
ATÚN:                      Sí.
LAURA:                         ¿Pues no ves,
               que todo aqueste rigor 
               no ha sido más que querer 
               probar la fe de un lacayo, 
               si es que en lacayos hay fe?
ATÚN:          Está muy bien; pero mira 
               no te acontezca otra vez 
               quererte fingir señora, 
               porque no se avienen bien 
               la tizne del estropajo 
               y el humo de la altivez.
LAURA:         Pues adiós, picaril brío.
ATÚN:          Adiós, fregatriz desdén.

Vanse, y salen ARIADNA y CINTIA
ARIADNA:          ¿Qué es aquesto, cielo injusto? 
               ¿Qué es lo que pasa por mí, 
               que lo acierto a padecer 
               y no lo sé definir? 
               ¡Ay de mí,
               que mal sabe hablar, quien sabe sentir!
                  Apenas, Amor tirano,
               de tus flechas conocí 
               que las hace más agudas 
               quien las quiere resistir, 
               cuando vi
               que sabes hacer más daño que herir.
                  No siento, no, que pasaras 
               mi corazón varonil, 
               ni que del alado arpón 
               que vibra tu aljaba vil 
               el sutil
               oro, de mi sangre esmalte el carmín,
                  Ni que pudiese tu engaño 
               a mi altivez persuadir 
               que consistía el vencer 
               en dejarse antes rendir; 
               que el servil,
               fuera sin celos estado feliz.
                  Lo que sí siento, es que, cuando 
               al ateniense gentil, 
               del reino de mi albedrío 
               la investidura le di, 
               hallo aquí
               que muero por quien no muere por mí.
CINTIA:           ¿Qué es lo que dices, Señora?  
               Recóbrate y vuelve en ti, 
               que se niega al remediar 
               quien se da toda al sentir.
ARIADNA:       Yo he de librarlo, pues tengo 
               para que se libre, ardid; 
               que aunque de Fedra sea amante, 
               mi amor no ha de permitir 
               que para mí,
               si le adoro, sea amante infeliz.
CINTIA:           ¿Cuál es el medio que tienes 
               para librarlo?
ARIADNA:                      Es sutil, 
               porque con un hilo sólo, 
               ha de triunfar y vivir;
               pues en la líd,
               sabrá al fiero monstruo soberbio rendir.

Sale BACO y quédase al
paño
BACO:             Si no me miente el deseo, 
               la voz de Arïadna oí, 
               que triste se lamentaba.  
               Quiero escuchar desde aquí, 
               puesto que no me ha sentido, 
               que quizá podré inferir 
               de sus voces su dolor.
CINTIA:        Señora, no estés así, 
               que aunque sea de tu hermana 
               amante, al que tú a rendir 
               has llegado tu albedrío, 
               no faltará algún ardid 
               para que atento a tu amor 
               la deje, y te quiera a ti.
BACO:          ¡Al amante de su hermana! 
               ¿Qué es esto? ¡Triste de mí!  
               Que lo quisiera saber 
               y no lo quisiera oír.
CINTIA:        Mas di, ¿no quieres a Baco?
ARIADNA:       ¿Tal llegas a proferir, 
               cuando me ves abrasar, 
               cuando me miras morir, 
               y cuando al galán de Fedra 
               de manera me rendí,
               que aun libre no me quedó 
               la parte de discurrir?  
               Y así, deja los consejos, 
               si es darme gusto tu fin 
               --que en un amor obstinado, 
               es ofender, advertir-- 
               y ve que quiero buscar 
               medios para conseguir 
               mi intento.
CINTIA:                    Vamos, Señora,
               que razón es preferir 
               al que tú tienes amor, 
               al que te le tiene a ti.

Vanse, y salen BACO y RACIMO
BACO:             ¿Tal agravio llego a ver 
               y persevero en vivir?  
               Sin duda es por carecer, 
               o de alma con que sentir, 
               o de vida que perder.
                  Cuando a esta injusta tirana 
               con mayor fineza adoro, 
               hallo que quiere, liviana, 
               al amante de su hermana, 
               que claro está que es Lidoro.
                  ¿Que este ultraje sufra aquí 
               mi dolor? ¡Ah, ingrata fiera!, 
               ya que me dejas así, 
               ¿no me dejaras, siquiera, 
               por quien te quisiera a ti?
                  Que aunque tan ingrata estás, 
               es tan noble mi despecho, 
               que juzgo que siento más 
               que los celos que me das, 
               la ofensa que a ti te has hecho.
RACIMO:           Bien lo has gritado, Señor; 
               sosiegate y ten cordura, 
               mas no es culpable el furor, 
               que si Amor solo es locura, 
               ¿qué serán vino y amor?
                  Y aunque es tan grande insolencia, 
               si la consecuencia saco 
               no te ofendo, que en conciencia
               no es mucha la diferencia 
               entre ser toro y ser Baco.
                  Aunque también te confieso 
               que es cosa muy enfadosa 
               que te carguen con exceso, 
               en la cabeza otra cosa, 
               sobre su ordinario peso.
BACO:             ¡Loco, atrevido, villano!
               ¿Cómo mis ansias reprimo?
RACIMO:        Detente, Señor, que es llano 
               que si tú aprietas la mano, 
               corre peligro el Racimo.
                  Mas un remedio he pensado, 
               con que tendrá linda medra 
               tu amor.
BACO:                    Pues di, ¿qué has hallado?
RACIMO:        Que tú enamores a Fedra, 
               con que quedarás vengado.
BACO:             Como tuya es la locura.
RACIMO:        Pues qué, ¿te parece malo?  
               Requiebra tú su hermosura 
               y taparás la rotura 
               con cuña del mismo palo.
BACO:             Hacerlo quiero al instante; 
               que aunque tus locuras toco, 
               no es razón que a nadie espante 
               el ver que apetezca un loco 
               consejos de un ignorante.
                  Ven, pues, para que advertido, 
               si mi dicha a Fedra topa 
               le diga mi amor fingido.
RACIMO:        Ella viene allí, que ha sido 
               caer en la miel la sopa.

Sale FEDRA
FEDRA:            Por si acaso se quedó 
               de Teseo algún crïado 
               en esta cuadra, de quien 
               tenga noticia... Mas Baco 
               está aquí, volverme quiero.
RACIMO:        Señor, acude al reclamo, 
               y mira no se te vuele 
               el pájaro de la mano.
BACO:          Temo no acertar, Racimo.
RACIMO:        ¿Qué importa?  Llégate errando,
               que repite para amante, 
               quien cursa de mentecato.  
               Haz cuenta que eres poeta 
               y que te hallas en un paso 
               de comedia, donde es fuerza, 
               sin estar tú enamorado, 
               fingir otro que lo esté, 
               y díle soles y rayos, 
               ansias, desvelos, respetos, 
               temor, silencio y cuidado, 
               y atención sin esperanza, 
               que es lo que corre en palacio, 
               y verás cómo lo aciertas.
BACO:          Yo llego.  Hermoso milagro, 
               en cuyas aras divinas 
               sirve el mismo Amor postrado 
               de víctima a vuestro culto, 
               porque fuera desacato 
               que ardiera a incendio tan puro 
               menos divino holocausto.
FEDRA:         Agradecida a la sangre 
               estoy, Príncipe, pues hallo, 
               que por serlo de Arïadna 
               merezco favores tantos.

Sale LIDORO y quedase al paño
LIDORO:        Buscando el desdén de Fedra 
               vengo siguiendo sus pasos, 
               que siempre son los desdenes 
               imán de los desdichados.  
               Mas con el Príncipe allí 
               de Tebas, la miro hablando; 
               no quiero salir tan presto, 
               que es exponerme a que airado 
               me desprecie su desdén, 
               y a mí me basta el trabajo 
               de sentirlo, sin que sepa 
               otro, que estoy desairado.
BACO:          No dudéis de la fineza
               con que os adoro, si acaso 
               por estimar a Lidoro 
               me desdeñáis.
FEDRA:                      ¿Desde cuándo
               he querido yo a Lidoro?
LIDORO:        ¿Qué es esto? ¡Celos, a espacio. 
               No deis crédito al veneno, 
               hasta que apuréis el vaso!
FEDRA:         Pues vos, Príncipe, ¿a Arïadna 
               no servís?
BACO:                     No vuestro labio 
               la nombre, porque es hacer, 
               contra las leyes de urbano, 
               que yo quebrante grosero 
               los términos cortesanos.
               Verdad es que, a los principios, 
               por congruencias de estado, 
               publiqué su galanteo; 
               pero después de miraros 
               (¡Ay Cielos, qué mal me animo!)   Aparte
               ¿quién es de juicio tan falto 
               (¡Que así ofenda lo que adoro!)   Aparte
               que no se os rinda?

Sale LIDORO y saca la espada
LIDORO:                            A un agravio
               tan grande, sólo el acero 
               reconviene.
BACO:                      De mi brazo 
               tendrás el justo castigo.
FEDRA:         ¡Qué empeño tan apretado!
               ¡Ah de la guarda! ¿Qué es esto?
RACIMO:        ¡Por Dios que tienen entrambos 
               lindos filos de reñir!
               Mas si rompen a mi amo 
               la cabeza, será bueno 
               ver, una vez en el año, 
               que tenga los cascos rotos 
               quien tiene tan buenos cascos.

Sale el rey MINOS y envainan las espadas
MINOS:         ¿Qué es esto?
LOS DOS:                      Nada, Señor.
MINOS:         ¿Qué fue, Fedra?
FEDRA:                         Que indignados
               (Aquí es forzoso fingir)          Aparte
               por una cuestión que acaso 
               se excitó, sin intención, 
               estando los dos hablando 
               cada uno de las grandezas 
               y blasones de su estado, 
               paró en porfía, porque 
               cada uno intentaba el lauro 
               para su patria, lo cual 
               ocasionó que, empeñados 
               de argumento en argumento, 
               se encolerizasen tanto 
               que... pero ya tú los viste.
MINOS:         Puesto que no ha habido agravio 
               de por medio, yo os suplico 
               depongáis el temerario 
               ímpetu que aquí os incita.
LIDORO:        Por mí, Señor, acabado 
               está, pues vos lo mandáis.
BACO:          Yo en obedecer no os hago 
               servicio, Señor, alguno, 
               pues que no estoy enojado 
               con Lídoro, ni ofendido.
MINOS:         Pues vamos, Príncipes.
BACO:                                Vamos.
FEDRA:         (Mucho llevo que temer.)           Aparte
MINOS:         (Mucha sospecha me han dado.)      Aparte
LIDORO:        (De celos y agravios muero.)       Aparte
BACO:          (De cólera y celos rabio.)         Aparte
RACIMO:        (Y yo me muero de risa,            Aparte
               de ver tan grandes menguados.)
LIDORO:        (Mucho temo que reviente           Aparte
               el volcán en que me abraso.)
BACO:          (Mucho temo que se asome           Aparte
               esta pasión a los labios.)
MINOS:         (Mucho sentiré que pase            Aparte
               el empeño a mayor daño.)
FEDRA:         (Mucho sentiré que sirva           Aparte
               Baco a mi amor de embarazo.)
RACIMO:        (Mucho temo que de sed             Aparte
               he de beberme a mi amo.)
 

FIN DEL ACTO PRIMERO

El silencio de Galileo

  • Genial. Universidad de Georgetown, Estados Unidos
  • Pone patas arriba las concepciones actuales. Punto de Libro, España
  • Fascinante. El Comercio, Ecuador
  • Sobresaltante. El Nacional, República Dominicana
  • Arrincona la verdad. Prensa, Panamá
  • Fascinante. El Nuevo Día, Puerto Rico
  • Narración ágil que atrapa. Veintitrés, Argentina

 

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Luis López Nieves

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