- I -
- Yo soy aquel que ayer no más decía
- el verso azul y la canción profana,
- en cuya noche un ruiseñor había
- que era alondra de luz por la mañana.
-
- El dueño fui de mi jardín de sueño,
- lleno de rosas y de cisnes vagos;
- el dueño de las tórtolas, el dueño
- de góndolas y liras en los lagos;
-
- y muy siglo diez y ocho y muy antiguo
- y muy moderno; audaz, cosmopolita;
- con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo,
- y una sed de ilusiones infinita.
-
- Yo supe del dolor desde mi infancia,
- mi Juventud... ¿fue juventud la mía?
- Sus rosas aún me dejan su fragancia,
- una fragancia de melancolía...
-
- Potro sin freno se lanzó mi instinto,
- mi juventud montó potro sin freno;
- iba embriagada y con puñal al cinto;
- si no cayó, fue porque Dios es bueno.
-
- En mi jardín se vio una estatua bella;
- se juzgó mármol y era carne viva;
- un alma joven habitaba en ella,
- sentimental, sensible, sensitiva.
-
- Y tímida ante el mundo, de manera
- que encerrada en silencio no salía,
- sino cuando en la dulce primavera
- era la hora de la melodía...
-
- Hora de ocaso y de discreto beso;
- hora crepuscular y de retiro;
- hora de madrigal y de embeleso,
- de «te adoro», de «¡ay!» y de suspiro.
-
- Y entonces era en la dulzaina un juego
- de misteriosas gamas cristalinas,
- un renovar de notas del Pan griego
- y un desgranar de músicas latinas,
-
- con aire tal y con ardor tan vivo,
- que a la estatua nacían de repente
- en el muslo viril patas de chivo
- y dos cuernos de sátiro en la frente.
-
- Como la Galatea gongorina
- me encantó la marquesa verleniana,
- y así juntaba a la pasión divina
- una sensual hiperestesia humana;
-
- todo ansia, todo ardor, sensación pura
- y vigor natural; y sin falsía,
- y sin comedia y sin literatura...
- si hay un alma sincera, esa es la mía.
-
- La torre de marfil tentó mi anhelo;
- quise encerrarme dentro de mí mismo,
- y tuve hambre de espacio y sed de cielo
- desde las sombras de mi propio abismo.
-
- Como la esponja que la sal satura
- en el jugo del mar, fue el dulce y tierno
- corazón mío, henchido de amargura
- por el mundo, la carne y el infierno.
-
- Mas, por gracia de Dios, en mi conciencia
- el Bien supo elegir la mejor parte;
- y si hubo áspera hiel en mi existencia,
- melificó toda acritud el Arte.
-
- Mi intelecto libré de pensar bajo,
- bañó el agua castalia el alma mía,
- peregrinó mi corazón y trajo
- de la sagrada selva la armonía.
-
- ¡Oh, la selva sagrada! ¡Oh, la profunda
- emanación del corazón divino
- de la sagrada selva! ¡Oh, la fecunda
- fuente cuya virtud vence al destino!
-
- Bosque ideal que lo real complica,
- allí el cuerpo arde y vive y Psiquis vuela;
- mientras abajo el sátiro fornica,
- ebria de azul deslíe Filomela.
-
- Perla de ensueño y música amorosa
- en la cúpula en flor del laurel verde,
- Hipsipila sutil liba en la rosa,
- y la boca del fauno el pezón muerde.
-
- Allí va el dios en celo tras la hembra,
- y la caña de Pan se alza del lodo;
- la eterna Vida sus semillas siembra,
- y brota la armonía del gran Todo.
-
- El alma que entra allí debe ir desnuda,
- temblando de deseo y de fiebre santa,
- sobre cardo heridor y espina aguda:
- así sueña, así vibra y así canta.
-
- Vida, luz y verdad, tal triple llama
- produce la interior llama infinita;
- El Arte puro como Cristo exclama:
- Ego sum lux et veritas et vita!
-
- Y la vida es misterio; la luz ciega
- y la verdad inaccesible asombra;
- la adusta perfección jamás se entrega,
- Y el secreto Ideal duerme en la sombra.
-
- Por eso ser sincero es ser potente.
- De desnuda que está, brilla la estrella;
- el agua dice el alma de la fuente
- en la voz de cristal que fluye d'ella.
-
- Tal fue mi intento, hacer del alma pura
- mía, una estrella, una fuente sonora,
- con el horror de la literatura
- y loco de crepúsculo y de aurora.
-
- Del crepúsculo azul que da la pauta
- que los celestes éxtasis inspira,
- bruma y tono menor -¡toda la flauta!,
- y Aurora, hija del Sol -¡toda la ira!
-
- Pasó una piedra que lanzó una honda;
- pasó una flecha que aguzó un violento.
- La piedra de la honda fue a la onda,
- y la flecha del odio fuese al viento.
-
- La virtud está en ser tranquilo y fuerte;
- con el fuego interior todo se abrasa;
- se triunfa del rencor y de la muerte,
- y hacia Belén... ¡la caravana pasa!
- - II -
- Salutación del optimista
- Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania
fecunda,
- espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!
- Porque llega el momento en que habrán de
cantar nuevos himnos
- lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los
ámbitos;
- mágicas ondas de vida van renaciendo de
pronto;
- retrocede el olvido, retrocede engañada la
muerte;
- se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña
- y en la caja pandórica de que tantas
desgracias surgieron
- encontramos de súbito, talismática, pura,
riente,
- cual pudiera decirla en su verso Virgilio
divino,
- la divina reina de luz, ¡la celeste Esperanza!
-
- Pálidas indolencias, desconfianzas fatales que
a tumba
- o a perpetuo presidio, condenasteis al noble
entusiasmo,
- ya veréis el salir del sol en un triunfo de
liras,
- mientras dos continentes, abonados de huesos
gloriosos,
- del Hércules antiguo la gran sombra soberbia
evocando,
- digan al orbe: la alta virtud resucita,
- que a la hispana progenie hizo dueña de los
siglos.
-
- Abominad la boca que predice desgracias
eternas,
- abominad los ojos que ven sólo zodiacos
funestos,
- abominad las manos que apedrean las ruinas
ilustres,
- o que la tea empuñan o la daga suicida.
- Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del
mundo,
- la inminencia de algo fatal hoy conmueve la
Tierra;
- fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas
águilas,
- y algo se inicia como vasto social cataclismo
- sobre la faz del orbe. ¿Quién dirá que las
savias dormidas
- no despierten entonces en el tronco del roble
gigante
- bajo el cual se exprimió la ubre de la loba
romana?
- ¿Quién será el pusilánime que al vigor español
niegue músculos
- y que al alma española juzgase áptera y ciega
y tullida?
- No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido
y en polvo,
- ni entre momias y piedras que habita el
sepulcro,
- la nación generosa, coronada de orgullo
inmarchito,
- que hacia el lado del alba fija las miradas
ansiosas,
- ni la que tras los mares en que yace sepulta
la Atlántida,
- tiene su coro de vástagos, altos, robustos y
fuertes.
-
- Únanse, brillen, secúndense, tantos vigores
dispersos;
- formen todos un solo haz de energía ecuménica.
- Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas
razas,
- muestren los dones pretéritos que fueron
antaño su triunfo.
- Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el
espíritu ardiente
- que regará lenguas de fuego en esa epifanía.
- Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos
lauros
- y las cabezas jóvenes que la alta Minerva
decora,
- así los manes heroicos de los primitivos
abuelos,
- de los egregios padres que abrieron el surco
prístino,
- sientan los soplos agrarios de primaverales
retornos
- y el rumor de espigas que inició la labor
triptolémica.
-
- Un continente y otro renovando las viejas
prosapias,
- en espíritu unidos, en espíritu y ansias y
lengua,
- ven llegar el momento en que habrán de cantar
nuevos himnos.
-
- La latina estirpe verá la gran alba futura,
- en un trueno de música gloriosa, millones de
labios
- saludarán la espléndida luz que vendrá del
Oriente,
- Oriente augusto en donde todo lo cambia y
renueva
- la eternidad de Dios, la actividad infinita.
- Y así sea Esperanza la visión permanente en
nosotros,
- ¡Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania
fecunda!
- - III -
-
-
Al rey Óscar
-
Le Roi de Suède et de
Norvège, après avoir visité Saint-Jean-de Luz, s'est rendu à Hendaye
et à Fonterrabie. En arrivant sur le sol espagnol, il a crié: «Vive
l'Espagne!»
Le Fígaro, mars 1899.
-
- Así, Sire, en el aire de Francia nos llega
- la paloma de plata de Suecia y de Noruega,
- que trae en vez de olivo una rosa de fuego.
-
- Un búcaro latino, un noble vaso griego
- recibirá el regalo del país de la nieve.
- Que a los reinos boreales el patrio viento
lleve
- otra rosa de sangre y de luz españolas;
- pues sobre la sublime hermandad de las olas,
- al brotar tu palabra, un saludo le envía
- al sol de media noche el sol del Mediodía.
-
- Si Segismundo siente pesar, Hamlet se
inquieta.
- El Norte ama las palmas; y se junta el poeta
- del fjord con el del carmen, porque el mismo
oriflama
- es de azur. Su divina cornucopia derrama
- sobre el polo y el trópico, la Paz; y el orbe
gira
- en un ritmo uniforme por la propia lira:
- el amor. Allá surge Sigurd que al Cid se aúna.
- Cerca de Dulcinea brilla el rayo de luna,
- y la musa de Bécquer del ensueño es esclava
- bajo un celeste palio de la luz escandinava.
-
- Sire de ojos azules, gracias: por los laureles
- de cien bravos vestidos de honor; por los
claveles
- de la tierra andaluza y de la Alhambra del
moro;
- por la sangre solar de una raza de oro;
- por la armadura antigua y el yelmo de la
gesta;
- por las lanzas que fueron una vasta floresta
- de gloria y que pasaron Pirineos y Andes;
- por Lepanto y Otumba; por el Perú, por
Flandes;
- por Isabel que cree, por Cristóbal que sueña
- y Velázquez que pinta y Cortés que domeña;
- por el país sagrado en que Heraldes afianza
- sus macizas columnas de fuerza y esperanza,
- mientras Pan trae el ritmo con la egregia
siringa
- que no hay trueno que apague ni tempestad que
extinga;
- por el león simbólico y la Cruz, gracias, Sire.
-
- ¡Mientras el mundo aliente, mientras la esfera
gire,
- mientras la onda cordial alimente un ensueño,
- mientras haya una viva pasión, un noble
empeño,
- un buscado imposible, una imposible hazaña,
- una América oculta que hallar, vivirá España!
-
- ¡Y pues tras la tormenta vienes de peregrino
- real, a la morada que entristeció el destino,
- la morada que viste luto sus puertas abra
- al purpúreo y ardiente vibrar de tu palabra;
- y que sonría, ¡oh rey Óscar!, por un instante;
- y tiemble en la flor áurea el más puro
brillante
- para quien sobre brillos de corona y de
nombre,
- con los labios de monarca lanza un grito de
hombre!
- - IV -
-
-
Los tres reyes magos
-
- -Yo soy Gaspar. Aquí traigo el incienso.
- Vengo a decir: La vida es pura y bella.
- Existe Dios. El amor es inmenso.
- ¡Todo lo sé por la divina Estrella!
-
- -Yo soy Melchor. Mi mirra aroma todo.
- Existe Dios. Él es la luz del día.
- La blanca flor tiene sus pies en lodo.
- ¡Y en el placer hay la melancolía!
-
- -Soy Baltasar. Traigo el oro. Aseguro
- que existe Dios. Él es el grande y fuerte.
- Todo lo sé por el lucero puro
- que brilla en la diadema de la Muerte.
-
- -Gaspar, Melchor y Baltasar, callaos.
- Triunfa el amor y a su fiesta os convida.
- ¡Cristo resurge, hace la luz del caos
- y tiene la corona de la Vida!
- - V -
-
-
Cyrano en España
-
- He aquí que Cyrano de Bergerac traspasa
- de un salto el Pirineo. Cyrano está en su
casa.
- ¿No es en España, acaso, la sangre vino y
fuego?
- Al gran gascón saluda y abraza el gran
manchego.
- ¿No se hacen en España los más bellos
castillos?
- Roxanas encarnaron con rosas los Murillos,
- y la hoja toledana que aquí Quevedo empuña
- conócenla los bravos cadetes de Gascuña.
- Cyrano hizo su viaje a la luna; mas, antes,
- ya el divino lunático de don Miguel de
Cervantes
- pasaba entre las dulces estrellas de su sueño
- jinete en el sublime pegaso Clavileño.
- Y Cyrano ha leído la maravilla escrita
- y al pronunciar el nombre del Quijote, se
quita
- Bergerac el sombrero: Cyrano Balazote
- siente que es lengua suya la lengua del
Quijote.
- Y la nariz heroica del gran gascón se diría
- que husmea los dorados vinos de Andalucía.
- Y la espada francesa, por él desenvainada,
- brilla bien en la tierra de la capa y la
espada.
- ¡Bienvenido, Cyrano de Bergerac! Castilla
- te da su idioma, y tu alma como tu espada
brilla
- al sol que allá en tus tiempos no se ocultó en
España.
- Tu nariz y penacho no están en tierra extraña,
- pues vienes a la tierra de la Caballería.
- Eres el noble huésped de Calderón. María
- Roxana te demuestra que lucha la fragancia
- de las rosas de España con las rosas de
Francia,
- y sus supremas gracias, y sus sonrisas únicas
- y sus miradas, astros que visten negras
túnicas,
- y la lira que vibra en su lengua sonora
- te dan una Roxana de España, encantadora.
- ¡Oh poeta! ¡Oh celeste poeta de la facha
- grotesca! Bravo y noble y sin miedo y sin
tacha,
- príncipe de locuras, de sueños y de rimas:
- tu penacho es hermano de las más altas cimas,
- del nido de tu pecho una alondra se lanza,
- un hada es tu madrina, y es la Desesperanza;
- y en medio de la selva del duelo y del olvido
- las nueve musas vendan tu corazón herido.
- ¿Allá en la luna hallaste algún mágico prado
- donde vaga el espíritu de Pierrot desolado?
- ¿Viste el palacio blanco de los locos del
Arte?
- ¿Fue acaso la gran sombra de Píndaro a
encontrarte?
- ¿Contemplaste la mancha roja que entre las
rocas
- albas forma el castillo de las Vírgenes locas?
- ¿Y en un jardín fantástico de misteriosas
flores
- no oíste al melodioso rey de los ruiseñores?
- No juzgues mi curiosa demanda inoportuna,
- pues todas esas cosas existen en la luna.
- ¡Bienvenido, Cyrano de Bergerac! Cyrano
- de Bergerac, cadete y amante, y castellano
- que trae los recuerdos que Durandal abona
- al país en que aún brillan las luces de
Tizona.
- El Arte es el glorioso vencedor. Es el Arte
- el que vence el espacio y el tiempo; su
estandarte,
- pueblos, es del espíritu el azul oriflama.
- ¿Qué elegido no corre si su trompeta llama?
- Y a través de los siglos se contestan, oíd:
- la Canción de Rolando y la Gesta del Cid.
- Cyrano va marchando, poeta y caballero,
- al redoblar sonoro del grave Romancero.
- Su penacho soberbio tiene nuestra aureola.
- Son sus espuelas finas de fábrica española.
- Y cuando en su balada Rostand teje el envío,
- creeríase a Quevedo rimando un desafío.
- ¡Bienvenido, Cyrano de Bergerac! No seca
- el tiempo el lauro; el viejo corral de la
Pacheca
- recibe al generoso embajador del fuerte
- Molière. En copa gala Tirso su vino vierte.
- Nosotros exprimimos las uvas de Champaña
- para beber por Francia y en un cristal de
España.
- - VI -
-
-
Salutación a Leonardo
-
- Maestro, Pomona levanta su cesto. Tu estirpe
- saluda la Aurora. ¡Tu aurora! Que extirpe
- de la indiferencia la mancha; que gaste
- la dura cadena de siglos; que aplaste
- al sapo la piedra de su honda.
-
- Sonrisa más dulce no sabe Gioconda.
- El verso su ala y el ritmo su onda
- hermanan en una
- dulzura de luna
- que suave resbala
- (el ritmo de la onda y el verso del ala
- del mágico cisne sobre la laguna)
- sobre la laguna.
-
- Y así, soberano maestro
- del estro,
- las vagas figuras
- del sueño, se encarnan en líneas tan puras
- que el sueño
- recibe la sangre del mundo mortal,
- y Psiquis consigue su empeño
- de ser advertida a través del terrestre
cristal.
- (Los bufones
- que hacen sonreír a Monna Lisa
- saben canciones
- que ha tiempo en los bosques de Grecia
decía la risa
- de la brisa.)
-
- Pasa su Eminencia.
- Como flor o pecado es su traje
- Rojo;
- como flor o pecado, o conciencia
- de sutil monseñor que a su paje
- mira con vago recelo o enojo.
- Nápoles deja a la abeja de oro
- hacer su miel
- en su fiesta de azul; y el sonoro
- bandolín y el laurel
- nos anuncian Florencia.
-
- Maestro, si allá en Roma
- quema el sol de Segor y Sodoma
- la amarga ciencia
- de purpúreas banderas, tu gesto
- las palmas nos da redimidas,
- bajo los arcos
- de tu genio: San Marcos
- y Partenón de luces y líneas y vidas.
-
- (Tus bufones
- que hacen la risa
- de Monna Lisa
- saben tan antiguas canciones.)
-
- Los leones de Asuero
- junto al trono para recibirte,
- mientras sonríe el divino Monarca.
- Pero
- hallarás la sirte,
- la sirte para tu barca,
- si partís en la lírica barca
- con tu Gioconda...
- La onda
- y el viento
- saben la tempestad para tu cargamento.
-
- ¡Maestro!
- Pero tú en cabalgar y domar fuiste diestro,
- pasiones e ilusiones:
- a unas con el freno, a otras con el cabestro
- las domaste, cebras o leones.
- Y en la selva del Sol, prisionera
- tuviste la fiera
- de la luz: y esa loca fue casta
- cuando dijiste: «Basta».
- Seis meses maceraste tu Ester en tus aromas.
- De tus techos reales volaron las palomas.
-
- Por tu cetro y tu gracia sensitiva,
- por tu copa de oro en que sueñan las rosas,
- en mi ciudad, que es tu cautiva,
- tengo un jardín de mármol y de piedras
preciosas
- que custodia una esfinge viva.
- - VII -
-
-
Pegaso
-
- Cuando iba yo a montar ese caballo rudo
- y tembloroso, dije: «La vida es pura y bella».
- Entre sus cejas vivas vi brillar una estrella.
- El cielo estaba azul y yo estaba desnudo.
-
- Sobre mi frente Apolo hizo brillar su escudo
- y de Belerofonte logré seguir la huella.
- Toda cima es ilustre si Pegaso la sella,
- y yo, fuerte, he subido donde Pegaso pudo.
-
- ¡Yo soy el caballero de la humana energía,
- yo soy el que presenta su cabeza triunfante
- coronada con el laurel del Rey del día;
-
- domador del corcel de cascos de diamante,
- voy en un gran volar, con la aurora por guía,
- adelante en el vasto azur, siempre adelante!
- - VIII -
-
-
A Roosevelt
-
- ¡Es con voz de Biblia, o verso de Walt Whitman,
- que habría que llegar hasta ti, Cazador!
- ¡Primitivo y moderno, sencillo y complicado,
- con un algo de Washington y cuatro de Nemrod!
- Eres los Estados Unidos,
- eres el futuro invasor
- de la América ingenua que tiene sangre
indígena,
- que aún reza a Jesucristo y aún habla en
español.
-
- Eres soberbio y fuerte ejemplar de tu raza;
- eres culto, eres hábil; te opones a Tolstoy.
- Y domando caballos o asesinando tigres,
- eres un Alejandro- Nabucodonosor.
- (Eres un profesor de energía
- como dicen los locos de hoy.)
-
- Crees que la vida es incendio
- que el progreso es erupción;
- en donde pones la bala
- el porvenir pones.
-
No.
-
- Los Estados Unidos son potentes y grandes.
- Cuando ellos se estremecen hay un hondo
temblor
- que pasa por las vértebras enormes de los
Andes.
- Si clamáis se oye como el rugir del león.
- Ya Hugo a Grant le dijo: Las estrellas son
vuestras.
- (Apenas brilla, alzándose, el argentino sol
- y la estrella chilena se levanta...) Sois
ricos.
- Juntáis al culto de Hércules el culto de
Mammón
- y alumbrando el camino de la fácil conquista,
- la Libertad levanta su antorcha en Nueva York.
-
- Mas la América nuestra, que tenía poetas
- desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl,
- que ha guardado las huellas de los pies del
gran Baco,
- que el alfabeto pánico aprendió;
- que consultó los astros, que conoció la
Atlántida
- cuyo nombre nos llega resonando en Platón,
- que desde los remotos momentos de su vida
- vive de luz, de fuego, de perfumes, de amor,
- la América del grande Moctezuma, del Inca,
- la América fragrante de Cristóbal Colón,
- la América católica, la América española,
- la América en que dijo el noble Guatemoc:
- «Yo no estoy en un lecho de rosas»; esa
América
- que tiembla de huracanes y que vive de amor;
- hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive.
- Y sueña. Y ama, y vibra; y es la hija del Sol.
- Tened cuidado. ¡Vive la América española!,
- hay mil cachorros sueltos del León Español.
- Se necesitaría, Roosevelt, ser por Dios mismo,
- el Riflero terrible y el fuerte Cazador,
- para poder tenernos en vuestras férreas
garras.
-
- Y, pues contáis con todo, falta una cosa:
¡Dios!
- - IX -
-
-
¡Torres de Dios! ¡Poetas!
-
- ¡Pararrayos celestes,
- que resistís las duras tempestades,
- como crestas escuetas,
- como picos agrestes,
- rompeolas de las eternidades!
-
- La mágica esperanza anuncia un día
- en que sobre la roca de armonía
- expirará la pérfida sirena.
- ¡Esperad, esperemos todavía!
-
- Esperad todavía.
- El bestial elemento se solaza
- en el odio a la sacra poesía
- y se arroja baldón de raza a raza.
-
- La insurrección de abajo
- tiende a los Excelentes.
- El caníbal codicia su tasajo
- con roja encía y afilados dientes.
-
- Torres, poned al pabellón sonrisa.
- Poned ante ese mal y ese recelo,
- una soberbia insinuación de brisa
- y una tranquilidad de mar y cielo...
- - X -
-
-
Canto de esperanza
-
- Un gran vuelo de cuervos mancha el azul
celeste.
- Un soplo milenario trae amagos de peste.
- Se asesinan los hombres en el extremo Este.
-
- ¿Ha nacido el apocalíptico Anticristo?
- Se han sabido presagios y prodigios se han
visto
- y parece inminente el retorno de Cristo.
-
- La tierra está preñada de dolor tan profundo
- que el soñador, imperial meditabundo,
- sufre con las angustias del corazón del mundo.
-
- Verdugos de ideales afligieron la tierra,
- en un pozo de sombra la humanidad se encierra
- con los rudos molosos del odio y de la guerra.
-
- ¡Oh, Señor Jesucristo! ¡Por qué tardas, qué
esperas
- para tender tu mano de luz sobre las fieras
- y hacer brillar al sol tus divinas banderas!
-
- Surge de pronto y vierte la esencia de la vida
- sobre tanta alma loca, triste o empedernida,
- que amante de tinieblas tu dulce aurora
olvida.
-
- Ven, Señor, para hacer la gloria de Ti mismo;
- ven con temblor de estrellas y horror de
cataclismo,
- ven a traer amor y paz sobre el abismo.
-
- Y tu caballo blanco, que miró el visionario,
- pase. Y suene el divino clarín extraordinario.
- Mi corazón será brasa de tu incensario.
- - XI -
-
- Mientras tenéis, ¡oh negros corazones!,
- conciliábulos de odio y de miseria,
- el órgano de amor niega sus sones.
- Cantad, oíd: «La vida es dulce y seria».
-
- Para ti, pensador meditabundo,
- pálido de sentirte tan divino,
- es más hostil la parte agria del mundo.
- Pero tu carne es pan, tu sangre es vino.
-
- Dejad pasar la noche de la cena
- -¡Oh Shakespeare pobre, y oh Cervantes manco!-
- y la pasión del vulgo que condena.
- Un gran Apocalipsis horas futuras llena.
- ¡Ya surgirá vuestro Pegaso blanco!
- - XII -
-
-
- ¡Oh ruido divino!,
- ¡oh ruido sonoro!
- Lanzó la alondra matinal el trino
- y sobre ese preludio cristalino,
- los caballos de oro
- de que el Hiperionida
- lleva la rienda asida,
- al trotar forman música armoniosa,
- un argentino trueno,
- y en el azul sereno
- con sus cascos de fuego dejan huellas de rosa.
- Adelante, ¡oh cochero Celeste!, sobre Osa;
- y Pelión, sobre Titania viva.
- Atrás se queda el trémulo matutino lucero,
- y el universo el verso de su música activa.
-
- ¡Pasa, oh dominador, oh conductor del carro
- de la mágica ciencia! ¡Pasa, pasa, oh bizarro
- manejador de la fatal cuadriga,
- que al pisar sobre el viento
- despierta el instrumento
- sacro! Tiemblan las cumbres
- de los montes más altos,
- que en sus rítmicos saltos
- tocó Pegaso. Giran muchedumbres
- de águilas bajo el vuelo
- de tu poder fecundo,
- y si hay algo que iguale la alegría del cielo,
- es el gozo que enciende las entrañas del
mundo.
-
- ¡Helios!, tu triunfo es ése,
- pese a las sombras, pese
- a la noche, y al miedo y a la lívida Envidia.
- Tú pasas, y la sombra, y el daño, y la
desidia,
- y la negra pereza, hermana de la muerte,
- y el alacrán del odio que su ponzoña vierte,
- y Satán todo, emperador de las tinieblas,
- se hunden, caen. Y haces el alba rosa, y
pueblas
- de amor y virtud las humanas conciencias,
- riegas todas las artes, brindas todas la
ciencias;
- los castillos de duelo de la maldad derrumbas,
- abres todos los nidos, cierras todas las
tumbas,
- y sobre los vapores del tenebroso Abismo,
- pintas la Aurora, el Oriflama de Dios mismo.
-
- ¡Helios! Portaestandarte
- de Dios, padre del Arte,
- la paz es imposible, mas el amor eterno.
- Danos siempre el anhelo de la vida,
- y una chispa sagrada de tu antorcha encendida
- con que esquivar podamos la entrada del
Infierno.
-
- Que sientan las naciones
- el volar de tu carro, que hallen los corazones
- humanos en el brillo de tu carro, esperanza;
- que del alma-Quijote y del cuerpo-Sancho Panza
- vuele una psique cierta a la verdad del sueño;
- que hallen las ansias grandes de este vivir
pequeño
- una realización invisible y suprema;
- ¡Helios! ¡Que no nos mate tu llama que nos
quema!
- Gloria hacia ti del corazón de las manzanas,
- de los cálices blancos de los lirios,
- y del amor que manas
- hecho de dulces fuegos y divinos martirios,
- y del volcán inmenso
- y del hueso minúsculo,
- y del ritmo que pienso,
- y del ritmo que vibra en el corpúsculo,
- y del Oriente intenso
- y de la melodía del crepúsculo.
-
- ¡Oh, ruido divino!
- Pasa sobre la cruz del palacio que duerme,
- y sobre el alma inerme
- de quien no sabe nada. No turbes el Destino,
- ¡oh ruido sonoro!
- El hombre, la nación, el continente, el mundo,
- aguardan la virtud de tu carro fecundo,
- ¡cochero azul que riges los caballos de oro!
- - XIII -
-
-
Spes
-
- Jesús, incomparable perdonador de injurias,
- óyeme; Sembrador de trigo, dame el tierno
- pan de tus hostias; dame, contra el sañudo
infierno
- una gracia lustral de iras y lujurias.
-
- Dime que este espantoso horror de la agonía
- que me obsede, es no más de mi culpa nefanda,
- que al morir hallaré la luz de un nuevo día
- y que entonces oiré mi «¡Levántate y anda!»
- - XIV -
-
-
Marcha triunfal
-
- ¡Ya viene el cortejo!
- ¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros
clarines.
- La espada se anuncia con vivo reflejo;
- ya viene, oro y hierro, el cortejo de los
paladines.
-
- Ya pasa debajo los arcos ornados de blancas
Minervas y Martes,
- los arcos triunfales en donde las Famas erigen
sus largas trompetas,
- La gloria solemne de los estandartes
- llevados por manos robustas de heroicos
atletas.
- Se escucha el ruido que forman las armas de
los caballeros,
- los frenos que mascan los fuertes caballos de
guerra,
- los cascos que hieren la tierra.
- Y los timbaleros,
- que el paso acompasan con ritmos marciales.
- ¡Tal pasan los fieros guerreros
- debajo los arcos triunfales!
-
- Los claros clarines de pronto levantan sus
sones,
- su canto sonoro,
- su cálido coro,
- que envuelve en un trueno de oro
- la augusta soberbia de los pabellones.
- Él dice la lucha, la herida venganza,
- las ásperas crines,
- los rudos penachos, la pica, la lanza,
- la sangre que niega los heroicos carmines,
- la tierra;
- los negros mastines
- que azuza la muerte, que rige la guerra.
-
- Los áureos sonidos
- anuncian el advenimiento
- triunfal de la Gloria;
- dejando el picacho que guarda sus nidos,
- tendiendo sus alas enormes al viento,
- los cóndores llegan. ¡Llegó la victoria!
-
- Ya pasa el cortejo.
- Señala el abuelo los héroes al niño:
- ved como la barba del viejo
- los bucles de oro circundan de armiño.
- Las bellas mujeres aprestan coronas de flores
- y bajo los pórticos vense sus rostros de rosa;
- y la más hermosa
- sonríe al más fiero de los vencedores.
- ¡Honor al que trae cautiva la extraña bandera;
- honor al herido y honor a los fieles
- soldados que muerte encontraron por mano
extranjera!
- ¡Clarines! ¡Laureles!
-
- Las nobles espadas de tiempos gloriosos,
- desde sus panoplias saludan las nuevas coronas
y lauros:
- -las viejas espadas de los granaderos más
fuertes que osos,
- hermanos de aquellos lanceros que fueron
centauros-.
- Las trompas guerreras resuenan;
- de voces los aires se llenan...
- -A aquellas antiguas espadas,
- a aquellos ilustres aceros,
- que encarnan las glorias pasadas-;
- Y al sol que hoy alumbra las nuevas victorias
ganadas,
- y al héroe que guía su grupo de jóvenes
fieros;
- al que ama la insignia del sueño materno,
- al que ha desafiado, ceñido el acero y el arma
en la mano,
- los soles del rojo verano,
- las nieves y vientos del gélido invierno,
- la noche, la escarcha
- y el odio y la muerte, por ser por la patria
inmortal,
- ¡saludan con voces de bronce las trompas de
guerra que tocan la marcha
- triunfal!...
- Los cisnes
- A Juan R. Jiménez
-
- I -
-
- ¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu encorvado
cuello
- al paso de los tristes y errantes soñadores?
- ¿Por qué tan silencioso de ser blanco y ser
bello,
- tiránico a las aguas e impasible a las flores?
-
- Yo te saludo ahora como en versos latinos
- te saludara antaño Publio Ovidio Nasón.
- Los mismos ruiseñores cantan los mismos
trinos,
- y en diferentes lenguas la misma canción.
-
- A vosotros mi lengua no debe ser extraña.
- A Garcilaso visteis, acaso, alguna vez...
- Soy un hijo de América, soy un nieto de
España...
- Quevedo pudo hablaros en verso en Aranjuez...
-
- Cisnes, los abanicos de vuestras alas frescas
- den a las frentes pálidas sus caricias más
puras
- y alejen vuestras blancas figuras pintorescas
- de nuestras mentes tristes las ideas oscuras.
-
- Brumas septentrionales nos llenan de
tristezas,
- se mueren nuestras rosas, se agotan nuestras
palmas,
- casi no hay ilusiones para nuestras cabezas,
- y somos mendigos de nuestras pobres almas.
-
- Nos predican la guerra con águilas feroces,
- gerifaltes de antaño revienen a los puños,
- mas no brillan las glorias de las antiguas
hoces,
- ni hay Rodrigos, ni Jaimes, ni hay Alfonsos ni
Nuños.
-
- Faltos de los alientos que dan las grandes
cosas,
- ¿qué haremos los poetas sino buscar tus lagos?
- A falta de laureles son muy dulces las rosas,
- y a falta de victorias busquemos los halagos.
-
- La América española como la España entera
- fija está en el Oriente de su fatal destino;
- yo interrogo a la Esfinge que el porvenir
espera
- con la interrogación de tu cuello divino.
-
- ¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
- ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
- ¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos
caballeros?
- ¿Callaremos ahora para llorar después?
-
- He lanzado mi grito, Cisnes, entre vosotros
- que habéis sido los fieles en la desilusión,
- mientras siento una fuga de americanos potros
- y el estertor postrero de un caduco león...
-
- ...Y un Cisne negro dijo: «La noche anuncia el
día».
- Y uno blanco: «¡La aurora es inmortal, la
aurora
- es inmortal!». ¡Oh, tierras de sol y armonía,
- aún guarda la Esperanza la caja de Pandora!
- - II -
-
-
En la muerte de Rafael Núñez
-
- El pensador llegó a la barca negra;
- y le vieron hundirse
- en las brumas del lago del Misterio,
- los ojos de los Cisnes.
-
- Su manto de poeta
- reconocieron los ilustres lises
- y el laurel y la espina entremezclados
- sobre la frente triste.
-
- A lo lejos alzábanse los muros
- de la ciudad teológica, en que vive
- la sempiterna Paz. La negra barca
- llegó a la ansiada costa, y el sublime
- espíritu gozó la suma gracia;
- y ¡oh Montaigne! Núñez vio la cruz erguirse,
- y halló al pie de la sacra Vencedora
- el cadáver helado de la Esfinge.
-
-
- III -
-
- Por un momento, ¡oh Cisne!, juntaré mis
anhelos
- a los de tus dos alas que abrazaron a Leda,
- y a mi maduro ensueño, aún vestido de seda,
- dirás, por los Dioscuros, la gloria de los
cielos.
-
- Es el otoño. Ruedan de la flauta consuelos.
- Por un instante, ¡oh Cisne!, en la oscura
alameda
- sorberé entre dos labios lo que el Pudor me
veda,
- y dejaré mordidos Escrúpulos y Celos.
-
- Cisne, tendré tus alas blancas por un
instante,
- y el corazón de rosa que hay en tu dulce pecho
- palpitará en el mío con su sangre constante.
-
- Amor será dichoso, pues estará vibrante
- el júbilo que pone al gran Pan en acecho
- mientras su ritmo esconde la fuente de
diamante.
- - IV -
-
- Antes de todo, ¡gloria a ti, Leda!
- tu dulce vientre cubrió de seda
- el Dios. ¡Miel y oro sobre la brisa!
- Sonaban alternativamente
- flauta y cristales, Pan y la fuente.
- ¡Tierra era canto, Cielo sonrisa!
-
- Ante el celeste, supremo acto,
- dioses y bestias hicieron pacto.
- Se dio a la alondra la luz del día,
- se dio a los búhos sabiduría
- y melodía al ruiseñor.
- A los leones fue la victoria,
- para las águilas toda la gloria
- y a las palomas todo el amor.
-
- Pero vosotros sois los divinos
- príncipes. Vagos como las naves,
- inmaculados como los linos,
- maravillosos como las aves.
-
- En vuestros picos tenéis las prendas
- que manifiestan corales puros.
- Con vuestros pechos abrís las sendas
- que arriba indican los Dioscuros.
-
- Las dignidades de vuestros actos,
- eternizadas en lo infinito,
- hacen que sean ritmos exactos,
- voces de ensueño, luces de mito.
-
- De orgullo olímpico sois el resumen,
- ¡oh, blancas urnas de la armonía!
- Ebúrneas joyas que anima un numen
- con su celeste melancolía.
-
- ¡Melancolía de haber amado,
- junto a la fuente de la arboleda,
- el luminoso cuello estirado
- entre los blancos muslos de Leda!
- Otros poemas
- Al doctor Adolfo Altamirano
-
-
-
-
I
- Don Gil, Don Juan, Don Lope, Don Carlos, Don
Rodrigo,
- ¿cúya es esta cabeza soberbia? ¿Esa faz
fuerte?
- ¿Esos ojos de jaspe? ¿Esa barba de trigo?
- Este fue un caballero que persiguió a la
Muerte.
-
- Cien veces hizo cosas tan sonoras y grandes
- que de águilas poblaron el campo de su escudo;
- y ante su rudo tercio de América o de Flandes
- quedó el asombro ciego, quedó el espanto mudo.
-
- La coraza revela fina labor; la espada
- tiene la cruz que erige sobre su tumba el
miedo;
- y bajo el puño firme que da su luz dorada,
- se afianza el rayo sólido del yunque de
Toledo.
-
- Tiene labios de Borgia, sangrientos labios
dignos
- de exquisitas calumnias, de rezar oraciones
- y de decir blasfemias; rojos labios malignos
- florecidos de anécdotas en cien Decamerones.
-
- Y con todo, este hidalgo de un tiempo
indefinido
- fue el abad solitario de un ignoto convento,
- y dedicó en la muerte sus hechos: «¡AL
OLVIDO!».
- Y el grito de su vida luciferina: «¡AL
VIENTO!».
-
II
- En la forma cordial de la boca, la fresa
- solemniza su púrpura; y en el sutil dibujo
- del óvalo del rostro de la blanca abadesa
- la pura frente es ángel y el ojo negro es
brujo.
-
- Al marfil monacal de esa faz misteriosa
- brota una dulce luz de un resplandor interno,
- que enciende en las mejillas una celeste rosa
- en que su pincelada fatal puso el Infierno.
-
- ¡Oh, Sor María! ¡Oh, Sor María! ¡Oh, Sor
María!
- La mágica mirada y el continente regio,
- ¿no hicieron en un alma pecaminosa un día,
- brotar el encendido clavel del sacrilegio?
-
- Y parece que el hondo mirar cosas dijera,
- especiosas y ungidas de miel y de veneno.
- (Sor María murió condenada a la hoguera:
- dos abejas volaron de las rosas del seno.)
- - II -
-
-
Por el influjo de la primavera
-
- Sobre el jarrón de cristal
- hay flores nuevas. Anoche
- hubo una lluvia de besos.
- Despertó un fauno bicorne
- tras un alma sensitiva.
- Dieron su olor muchas flores.
- En la pasional siringa
- brotaron las siete voces
- que en siete carrizos puso
- Pan.
-
- Antiguos ritos paganos
- se renovaron. La estrella
- de Venus brilló más límpida
- y diamantina. Las fresas
- del bosque dieron su sangre.
- El nido estuvo de fiesta.
- Un ensueño florentino
- se enfloró de primavera,
- de modo que en carne viva
- renacieron ansias muertas.
- Imaginaos un roble
- que diera una rosa fresca;
- un buen egipán latino
- con una bacante griega
- y parisiense. Una música
- magnífica. Una suprema
- inspiración primitiva,
- llena de cosas modernas.
- Un vasto orgullo viril
- que aroma el odor di femina;
- un trono de roca en donde
- descansa un lirio.
-
- ¡Divina Estación! ¡Divina
- Estación! Sonríe el alba
- más dulcemente. La cola
- del pavo real exalta
- su prestigio. El sol aumenta
- su íntima influencia; y el arpa
- de los nervios vibra sola.
- ¡Oh, Primavera sagrada!
- ¡Oh, gozo del don sagrado
- de la vida! ¡Oh, bella palma
- sobre nuestras frentes! ¡Cuello
- del cisne! ¡Paloma blanca!
- ¡Rosa roja! ¡Palio azul!
- Y todo por ti, ¡oh alma!
- Y por ti, cuerpo, y por ti,
- idea, que los enlazas.
- ¡Y por Ti, lo que buscamos
- y no encontraremos nunca,
- jamás!
-
-
-
-
La dulzura del ángelus...
-
- La dulzura del ángelus matinal y divino
- que diluyen ingenuas campanas provinciales
- en un aire inocente a fuerza de rosales,
- de plegaria, de ensueño de virgen y de trino
-
- de ruiseñor, opuesto todo al rudo destino
- que no cree en Dios... El áureo ovillo
vespertino
- que la tarde devana tras opacos cristales
- por tejer la inconsútil tela de nuestros
males,
-
- todos hechos de carne y aromados de vino...
- Y esta atroz amargura de no gustar de nada,
- de no saber adónde dirigir nuestra proa
-
- mientras el pobre esquife en la noche cerrada
- va en las hostiles olas huérfano de la
aurora...
- (¡Oh, suaves campanas entre la madrugada!)
-
-
-
-
- Es la tarde gris y triste.
- Viste el mar de terciopelo
- y el cielo profundo viste
- de duelo.
-
- Del abismo se levanta
- la queja amarga y sonora.
- La onda, cuando el viento canta,
- llora.
-
- Los violines de la bruma
- saludan al sol que muere.
- Salmodia la blanca espuma:
- miserere.
-
- La armonía del cielo inunda,
- y la brisa va a llevar
- la canción triste y profunda
- del mar.
-
- Del clarín del horizonte
- brota sinfonía rara,
- como si la voz del monte
- vibrara.
-
- Cual si fuese lo invisible...
- cual si fuese el rudo son
- que diese al viento un terrible
- león.
-
- V -
Nocturno
-
- Quiero expresar mi angustia en versos que
abolida
- dirán mi juventud de rosas y de ensueños,
- y la desfloración amarga de mi vida
- por un vasto dolor y cuidados pequeños.
-
- Y el viaje a un vago Oriente por entrevistos
barcos,
- y el grano de oraciones que floreció en
blasfemia,
- y los azoramientos del cisne entre los charcos
- y el falso azul de inquerida bohemia.
-
- Lejano clavicordio que en silencio y olvido
- no diste nunca al sueño la sublime sonata,
- huérfano esquife, árbol insigne, oscuro nido
- que suavizó la noche de dulzura de plata...
-
- Esperanza olorosa a hierbas frescas, trino
- del ruiseñor primaveral y matinal,
- azucena tronchada por un fatal destino,
- rebusca de la dicha, persecución del mal...
-
- El ánfora funesta del divino veneno
- que ha de hacer por la vida la tortura
interior,
- la conciencia espantable de nuestro humano
cieno
- y el horror de sentirse pasajero, el horror
-
- de ir a tientas, en intermitentes espantos,
- hacia lo inevitable desconocido y la
- pesadilla brutal de este dormir de llantos
- ¡de la cual no hay más que Ella que nos
despertará!
-
- VI -
Canción de otoño en primavera
A Martínez Sierra
-
- Juventud, divino tesoro,
- ¡ya te vas para no volver!
- Cuando quiero llorar, no lloro...
- y a veces lloro sin querer...
-
- Plural ha sido la celeste
- historia de mi corazón.
- Era una dulce niña, en este
- mundo de duelo y de aflicción.
-
- Miraba como el alba pura;
- sonreía como una flor.
- Era su cabellera oscura
- hecha de noche y de dolor.
-
- Yo era tímido como un niño.
- Ella, naturalmente, fue,
- para mi amor hecho de armiño,
- Herodías y Salomé...
-
- Juventud, divino tesoro,
- ¡ya te vas para no volver!
- Cuando quiero llorar, no lloro...
- y a veces lloro sin querer...
-
- La otra fue más sensitiva,
- y más consoladora y más
- halagadora y expresiva,
- cual no pensé encontrar jamás.
-
- Pues a su continua ternura
- una pasión violenta unía.
- En un peplo de gasa pura
- una bacante se envolvía...
-
- En sus brazos tomó mi ensueño
- y lo arrulló como a un bebé...
- y le mató triste y pequeño,
- falto de luz, falto de fe...
-
- Juventud, divino tesoro,
- ¡te fuiste para no volver!
- Cuando quiero llorar, no lloro...
- y a veces lloro sin querer...
-
- Otra juzgó que era mi boca
- el estuche de su pasión;
- y que me roería, loca,
- con sus dientes el corazón.
-
- Poniendo en un amor de exceso
- la mira de su voluntad,
- mientras eran abrazo y beso
- síntesis de eternidad;
-
- y de nuestra carne ligera
- imaginar siempre un Edén,
- sin pensar que la Primavera
- y la carne acaban también...
-
- Juventud, divino tesoro,
- ¡ya te vas para no volver!
- cuando quiero llorar, no lloro...
- y a veces lloro sin querer.
-
- ¡Y las demás! En tantos climas,
- en tantas tierras, siempre son,
- si no pretextos de mis rimas,
- fantasmas de mi corazón.
-
- En vano busqué a la princesa
- que estaba triste de esperar.
- La vida es dura. Amarga y pesa.
- ¡Ya no hay princesa que cantar!
-
- Mas a pesar del tiempo terco,
- mi sed de amor no tiene fin;
- con el cabello gris me acerco
- a los rosales del jardín...
-
- Juventud, divino tesoro,
- ¡ya te vas para no volver!
- Cuando quiero llorar, no lloro...
- y a veces lloro sin querer...
-
- ¡Mas es mía el Alba de oro!
-
-
-
-
-
De don Luis de Góngora y Argote
-
a don Diego de Silva y Velázquez
- Mientras el brillo de tu gloria augura
- ser en la eternidad sol sin poniente,
- fénix de viva luz, fénix ardiente,
- diamante parangón de la pintura,
-
- de España está sobre la veste oscura
- tu nombre, como joya reluciente;
- rompe la Envidia el fatigado diente,
- y el Olvido lamenta su amargura.
-
- Yo en equívoco altar, tú en sacro fuego,
- miro a través de mi penumbra el día
- en que al calor de tu amistad, Don Diego,
-
- jugando de la luz con la armonía,
- con la alma luz, de tu pincel el juego
- el alma duplicó de la faz mía.
-
-
-
De don Diego de Silva Velázquez
-
a don Luis de Góngora y Argote
-
- Alma de oro, fina voz de oro,
- al venir hacia mí, ¿por qué suspiras?
- Ya empieza el noble coro de las liras
- a preludiar el himno a tu decoro;
-
- ya al misterioso son del noble coro
- calma el Centauro sus grotescas iras,
- y con nueva pasión que les inspiras,
- tornan a amarse Angélica y Medoro.
-
- A Teócrito y Poussin la Fama dote
- con la corona de laurel supremo;
- que donde da Cervantes el Quijote
-
- y yo las telas con mis luces gemo,
- para Don Luis de Góngora y Argote
- traerá una nueva palma Polifemo.
-
III
-
- En tanto «pasce estrellas» el Pegaso divino
- y vela tu hipogrifo, Velázquez, la Fortuna,
- en los celestes parques al Cisne gongorino
- deshoja sus sutiles margaritas la Luna.
-
- Tu castillo, Velázquez, se eleva en el camino
- del Arte como torre que de águilas es cuna,
- y tu castillo, Góngora, se alza al azul cual
una
- jaula de ruiseñores labrada de oro fino.
-
- Gloriosa la península que abriga tal colonia.
- ¡Aquí bronce corintio y allá mármol de Jonia!
- Las rosas a Velázquez, y a Góngora claveles.
-
- De ruiseñores y águilas se pueblen las
encinas,
- y mientras pasa Angélica sonriendo a las
Meninas,
- salen las nueve musas de un bosque de
laureles.
-
-
- A Vicente de Paúl, nuestro Rey Cristo
- con dulce lengua dice:
- -Hijo mío, tus labios
- dignos son de imprimirse
- en la herida que el ciego
- en mi costado abrió. Tu amor sublime
- tiene sublime premio: asciende y goza
- del alto galardón que conseguiste.
-
- El alma de Vicente llega al coro
- de los alados Ángeles que al triste
- mortal custodian: eran más brillantes
- que los celestes astros. Cristo: -Sigue
- -dijo al amado espíritu del Santo-.
-
- Ve entonces la región en donde existen
- los augustos Arcángeles, zodíaco
- de diamantina nieve, indestructibles
- ejércitos de luz y mensajeras
- castas palomas o águilas insignes.
-
- Luego la majestad esplendorosa
- del coro de los Príncipes,
- que las divinas órdenes realizan
- y en el humano espíritu presiden;
- el coro de las altas Potestades
- que al torrente infernal levantan diques;
- el coro de las místicas Virtudes,
- las huellas de los mártires
- y las intactas manos de las vírgenes;
- el coro prestigioso
- de las Dominaciones que dirigen
- nuestras almas al bien, y el coro excelso
- de los Tronos insignes,
- que del Eterno el solio,
- cariátides de luz indefinible,
- sostienen por los siglos de los siglos;
- y el coro de Querubes que compite
- con la antorcha del sol.
-
Por fin, la gloria
- de teológico fuego en que se erigen
- las llamas vivas de inmortal esencia.
-
- Cristo al Santo bendice
- y así penetra el Serafín de Francia
- al coro de los ígneos Serafines.
-
- IX -
- ¡Oh, terremoto mental!
- Yo sentí un día en mi cráneo
- como el caer subitáneo
- de una Babel de cristal.
-
- De Pascal miré el abismo,
- y vi lo que pudo ver
- cuando sintió Baudelaire
- «el ala del idiotismo».
-
- Hay, no obstante, que ser fuerte;
- pasar todo precipicio
- y ser vencedor del Vicio
- de la Locura y la Muerte.
-
-
-
- X -
-
- El verso sutil que pasa o se posa
- sobre la mujer o sobre la rosa,
- beso puede ser, o ser mariposa.
-
- En la fresca flor el verso sutil;
- el triunfo de Amor en el mes de abril:
- Amor, verso y flor, la niña gentil.
-
- Amor y dolor. Halagos y enojos.
- Herodías ríe en los labios rojos.
- Dos verdugos hay que están en los ojos.
-
- ¡Oh, saber amar es saber sufrir!
- Amar y sufrir, sufrir y sentir,
- y el hacha besar que nos ha de herir...
-
- ¡Rosa de dolor, gracia femenina;
- inocencia y luz, corola divina!,
- y aroma fatal y cruel espina...
-
- Líbranos, Señor, de abril y la flor
- y del cielo azul y del ruiseñor,
- de dolor y amor, líbranos, Señor.
-
- XI -
Filosofía
-
- Saluda al sol, araña, no seas rencorosa.
- Da tus gracias a Dios, ¡oh, sapo!, pues que
eres.
- El peludo cangrejo tiene espinas de rosa
- y los moluscos reminiscencias de mujeres.
- Sabed ser lo que sois, enigmas siendo formas;
- dejad la responsabilidad a las Normas,
- que a su vez la enviarán al Todopoderoso...
- (Toca, grillo, a la luz de la luna, y dance el
oso.)
-
- XII -
Leda
-
- El cisne en la sombra parece de nieve;
- su pico es de ámbar, del alba al trasluz;
- el suave crepúsculo que pasa tan breve,
- las cándidas alas sonrosa de luz.
-
- Y luego, en las ondas del lago azulado,
- después que la aurora perdió su arrebol,
- las alas tendidas y el cuello enarcado,
- el cisne es de plata, bañado de sol.
-
- Tal es, cuando esponja las plumas de seda,
- olímpico pájaro herido de amor,
- y viola en las linfas sonoras a Leda,
- buscando su pico los labios en flor.
-
- Suspira la bella desnuda y vencida,
- y en tanto que al aire sus quejas se van,
- del fondo verdoso de fronda tupida
- chispean turbados los ojos de Pan.
-
-
-
- XIII -
-
- ¡Divina Psiquis, dulce Mariposa invisible
- que desde los abismos has venido a ser todo
- lo que en mi ser nervioso y en mi cuerpo
sensible
- forma la chispa sacra de la estatua de lodo!
-
- Te asomas por mis ojos a la luz de la tierra
- y prisionera vives en mí de extraño dueño:
- te reducen a esclava mis sentidos en guerra
- y apenas vagas libre por el jardín del sueño.
-
- Sabia de la Lujuria que sabe antiguas
ciencias,
- te sacudes a veces entre imposibles muros,
- y más allá de todas las vulgares conciencias
- exploras los recodos más terribles y oscuros.
-
- Y encuentras sombra y duelo. Que sombra y
duelo encuentres
- bajo la viña donde nace el vino del Diablo.
- Te posas en los senos, te posas en los
vientres
- que hicieron a Juan loco e hicieron cuerdo a
Pablo.
-
- A Juan virgen y a Pablo militar y violento,
- A Juan que nunca supo del supremo contacto;
- a Pablo el tempestuoso que halló a Cristo en
el viento,
- y a Juan ante quien Hugo se queda estupefacto.
-
- Entre la catedral y las ruinas paganas
- vuelas, ¡oh, Psiquis, oh, alma mía!
- -como decía
- aquel celeste Edgardo
- que entró en el paraíso entre un son de
campanas
- y un perfume de nardo-,
- entre la catedral
- y las paganas ruinas
- repartes tus dos alas de cristal,
- tus dos alas divinas.
- Y de la flor
- que el ruiseñor
- canta en su griego antiguo, de la rosa,
- vuelas, ¡oh, Mariposa!,
- ¡a posarte en un clavo de Nuestro Señor!
-
-
-
- XIV -
-
- El soneto de trece versos
- ¡De una juvenil inocencia
- qué conservar sino el sutil
- perfume, esencia de su Abril,
- la más maravillosa esencia!
-
- Por lamentar a mi conciencia
- quedó de un sonoro marfil
- un cuento que fue de las Mil
- y Una Noches de mi existencia...
-
- Scherezada se entredurmió...
- El Visir quedó meditando...
- Dinarzarda el día olvidó...
-
- Mas el pájaro azul volvió...
- Pero...
-
No obstante...
-
Siempre...
-
Cuando...
-
-
- XV -
-
- ¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!
- Es como el ala de la mariposa
- nuestro brazo que deja el pensamiento escrito.
- Nuestra infancia vale la rosa,
- el relámpago nuestro mirar,
- y el ritmo que en el pecho
- nuestro corazón mueve,
- es un ritmo de onda de mar,
- o un caer de copo de nieve,
- o el del cantar
- del ruiseñor,
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