CANTO I
Por surcar mejor agua alza las velas
ahora la navecilla de mi ingenio,
que un mar tan cruel detrás de sí abandona; 3
y cantaré de aquel segundo reino
donde el humano espíritu se purga
y de subir al cielo se hace digno. 6
Mas renazca la muerta poesía,
oh, santas musas, pues que vuestro soy; .
y Calíope un poco se levante, 9[L400]
mi canto acompañando con las voces
que a las urracas míseras tal golpe 11[L401]
dieron, que del perdón desesperaron. 12
Dulce color de un oriental zafiro,
que se expandía en el sereno aspecto
del aire, puro hasta la prima esfera, 15
reapareció a mi vista deleitoso,
en cuanto que salí del aire muerto,
que vista y pecho contristado había. 18
El astro bello que al amor invita 19[L402]
hacía sonreir todo el oriente,
y los Peces velados lo escoltaban. 21
Me volví a la derecha atentamente,
y vi en el otro polo cuatro estrellas 23[L403]
que sólo vieron las primeras gentes. 24[L404]
Parecía que el cielo se gozara
con sus luces: ¡Oh viudo septentrión,
ya que de su visión estás privado! 27
Cuando por fin dejé de contemplarlos
dirigiéndome un poco al otro polo,
por donde el Carro desapareciera, 30[L405]
vi junto a mí a un anciano solitario, 31[L406]
digno al verle de tanta reverencia,
que más no debe a un padre su criatura. 33
Larga la barba y blancos mechones 34[L407]
llevaba, semejante a sus cabellos,
que al pecho en dos mechones le caían. 36
Los rayos de las cuatro luces santas
llenaban tanto su rostro de luz,
que le veía como al Sol de frente. 39
¿Quién sois vosotros que del ciego río
habéis huido la prisión eterna?
‑dijo moviendo sus honradas plumas. 42
¿Quién os condujo, o quién os alumbraba,
al salir de esa noche tan profunda,
que ennegrece los valles del infierno? 45
¿Se han quebrado las leyes del abismo?
¿o el designio del cielo se ha mudado
y venís, condenados, a mis grutas?» 48
Entonces mi maestro me empujó,
y con palabras, señales y manos
piernas y rostro me hizo reverentes. 51[L408]
Después le respondió: «Por mí no vengo.
Bajó del cielo una mujer rogando
que, acompañando a éste, le ayudara. 54
Mas como tu deseo es que te explique
más ampliamente nuestra condición,
no puede ser el mío el ocultarlo. 57
Éste no ha visto aún la última noche;
mas estuvo tan cerca en su locura,
que le quedaba ya muy poco tiempo. 60
Y a él, como te he dicho, fui enviado
para salvarle; y no había otra ruta
más que esta por la cual le estoy llevando. 63
Le he mostrado la gente condenada;
y ahora pretendo las almas mostrarle
que están purgando bajo tu mandato. 66
Es largo de contar cómo lo traje;
bajó del Alto virtud que me ayuda
a conducirlo a que te escuche y vea. 69
Dignate agradecer que haya venido:
busca la libertad, que es tan preciada,
cual sabe quien a cambio da la vida. 72
Lo sabes, pues por ella no fue amarga
en Utica tu muerte; allí dejaste
la veste que radiante será un día. 75
No hemos quebrado las eternas leyes,
pues éste vive y Minos no me ata;
soy de la zona de los castos ojos 78[L409]
de tu Marcia, que sigue suplicando
que la tengas por tuya, oh santo pecho:
en nombre de su amor, senos benigno. 81
Deja que andemos por tus siete reinos;
le mostraré nuestro agradecimiento,
si quieres que te nombre allí debajo.» 84
«Tan placentera Marcia fue a mis ojos
mientras que estuve allí ‑dijo él entonces-
que cuanto me pidió le concedía. 87
Ahora que vive tras el río amargo, 88[L410]
no puede ya moverme, por la ley
que cuando me sacaron fue dispuesta. 90
Mas si te manda una mujer del cielo,
como has dicho, lisonjas no precisas:
basta en su nombre pedir lo que quieras. 93
Puedes marchar, mas haz que éste se ciña
con un delgado junco y lave el rostro, 95[L411]
y que se limpie toda la inmundicia; 96
porque no es conveniente que cubierto
de niebla alguna, vaya hasta el primero 98[L412]
de los ministros ya del Paraíso. 99
En todo el derredor de aquella islita,
allí donde las olas la combaten,
crecen los juncos sobre el blanco limo: 102
ninguna planta que tuviera fronda
o que dura se hiciera, viviría,
pues no soportaría sus embates. 105
Luego no regreséis por este sitio;
el sol os mostrará, que surge ahora,
del monte la subida más sencilla.» 108
Él desapareció; y me levanté
sin hablar, acercándome a mi guía,
dirigiéndole entonces la mirada. 111
Él comenzó: «Sigue mis pasos, hijo:
volvamos hacia atrás, que esta llanura
va declinando hasta su último margen.» 114
Vencía el alba ya a la madrugada
que escapaba delante, y a lo lejos
divisé el tremolar de la marina. 117
Por la llanura sola caminábamos
como quien vuelve a la perdida senda,
y hasta encontrarla piensa que anda en vano. 120
Cuando llegamos ya donde el rocío
resiste al sol, por estar en un sitio
donde, a la sombra, poco se evapora, 123
ambas manos abiertas en la hierba
suavemente puso mi maestro:
y yo, que de su intento me di cuenta, 126
volví hacia él mi rostro enlagrimado;
y aquí me descubrió completamente
aquel color que me escondió el infierno. 129[L413]
Llegamos luego a la desierta playa,
que nadie ha visto navegar sus aguas,
que conserve experiencias del regreso. 132[L414]
Me ciñó como el otro había dicho:
¡oh maravilla! pues cuando él cortó
la humilde planta, volvió a nacer otra 135
de donde la arrancó, súbitamente.
CANTO II
Ya había el sol llegado al horizonte
que cubre con su cerco meridiano
Jerusalén en su más alto punto; 3
y la noche, que a él opuesta gira,
del Ganges se salía con aquellas
balanzas, que le caen cuando ha triunfado; 6[L415]
tal que la blanca y sonrosada cara,
donde yo estaba, de la bella Aurora
mientras crecía se tornaba de oro. 9
A la orilla del mar nos encontrábamos,
como aquel que pensara su camino,
que va en corazón y en cuerpo se queda. 12
Y entonces, cual del alba sorprendido,
por el denso vapor Marte enrojece
sobre el lecho del mar por el poniente, 15
tal se me apareció, y así aún la viera,
una luz que en el mar tan rauda iba,
que al suyo ningún vuelo se parece. 18
Y separando de ella unos instantes
los ojos, a mi guía preguntando,
la vi de nuevo más luciente y grande. 21
Apareció después a cada lado
un no sabía qué blanco, y debajo
poco a poco otra cosa también blanca. 24
Nada el maestro aún había dicho,
cuando vi que eran alas lo primero;
y cuando supo quién era el piloto, 27
me gritó: « Dobla, dobla las rodillas.
Mira el ángel de Dios: junta las manos,
verás a muchos de estos oficiales. 30
Ve que desdeña los humanos medios,
y no quiere más remo ni más velas
entre orillas remotas, que sus alas. 33
Mira cómo las alza hacia los cielos
moviendo el aire con eternas plumas,
que cual mortal cabello no se mudan.» 36
Después al acercarse más y más
el pájaro divino, era más claro:
y pues de cerca no lo soportaban 39
los ojos, me incliné, y llegó a la orilla
con una barca tan ligera y ágil,
que parecía no cortar el.agua. 42
A popa estaba el celestial barquero,
cual si la beatitud llevara escrita;
y dentro había más de cien espíritus. 45
«In exitu Israel de Aegipto» 46[L416]
cantaban todos juntos a una voz,
y todo lo que sigue de aquel salmo. 48
Después les hizo el signo de la cruz;
y todos se lanzaron a la playa:
y él se marchó tan veloz como vino. 51
La turba que quedó, muy sorprendida
pareció del lugar, mirando en torno
como aquel que contempla cosas nuevas. 54
De todas partes asaeteaba al día
el sol, que había echado con sus flechas
de la mitad del cielo a Capricornio, 57
cuando la nueva gente alzó la cara
a nosotros, diciendo: «Si sabéis,
mostradnos el camino que va al monte.» 60
Y respondió Virgilio: « Estáis pensando
que este sitio nosotros conocemos;
mas peregrinos somos de igual forma. 63
Llegamos poco antes que vosotros,
por camino tan áspero y tan fuerte,
que ahora el subir parece un simple juego.» 66
Las almas que se dieron cuenta entonces
por mi respiración, de que vivía,
maravilladas, empalidecieron. 69
Y como al mensajero que el olivo
trae, va la gente para oír noticias,
y de apretarse esquivos no se muestran, 72
así a mi vista se agolparon todas
aquellas almas apesadumbradas,
casi olvidando el ir a hacerse bellas. 75[L417]
Y yo vi que una de ellas se acercaba 76[L418]
para abrazarme, con tan grande afecto,
que me movió a que hiciese yo lo mismo. 78
¡Ah vanas sombras, salvo la apariencia!
tres veces por detrás pasé mis brazos,
y tantas otras los volví a mi pecho. 81
Creo que enrojecí, maravillado,
y sonrió la sombra y se alejaba,
y yo me fui detrás para seguirla. 84
Suavemente me dijo que parase;
supe entonces quién era, y le rogué
que, para hablarme, allí se detuviera. 87
«Así ‑me respondió‑ como te amaba
en el cuerpo mortal, libre te amo:
por eso me detengo; y tú ¿qué haces?» 90[L419]
«Por volver otra vez, Cassella mío,
adonde estoy, viajo; mas ¿por qué
‑le dije‑ tantas horas te han quitado?» 93[L420]
Y él a mí: «No me hicieron injusticia, 94[L421]
si aquel que lleva cuándo y a quien quiere,
me ha negado el pasaje muchas veces; 96
de justa voluntad sale la suya:
mas desde hace tres meses ha traído
a quien quisiera entrar, sin oponerse. 99
Por lo que yo, que estaba en la marina
donde el agua del Tíber sal se hace,
benignamente fui por él llevado. 102
El vuelo a aquella desembocadura
dirigió, pues que siempre se congregan
allí los que a Aqueronte no descienden.» 105
Y yo: «Si no te quitan nuevas leyes
la memoria o el uso de los cantos
de amor, que mis deseos aquietaban, 108
con ellos té suplico que consueles
mi alma que, viniendo con mi cuerpo
a este lugar, se encuentra muy angustiada.» 111
El amor que en la mente me razona 112[L422]
entonces comenzó tan dulcemente,
que en mis adentros oigo aún la dulzura. 114
Mi maestro y yo y aquellas gentes
que estaban junto a él, tan complacidas
parecían, que en nada más pensaban. 117
Todos pendientes y fijos estábamos
de sus notas; y el viejo venerable 119[L423]
nos gritó: «¿Qué sucede, lentas almas? 120
¿qué negligencia, qué esperar es éste?
corred al monte a echar las impurezas
que no os permiten contemplar a Dios.» 123
Como cuando al coger avena o mijo,
las palomas rodean el sustento,
quietas y sin mostrar su usado orgullo, 126
si algo sucede que las amedrenta,
súbitamente dejan la comida,
pues un mayor cuidado las asalta; 129
yo vi a aquella mesnada recién hecha
dejar el canto y escapar al monte,
como quien va y no sabe dónde acabe: 132
no fue nuestra partida menos presta.
CANTO III
Por más que aquella huida repentina
por la llanura a todos dispersara,
hacia el monte en que aguija la justicia, 3
a mi fiel compañero me arrimé:
¿pues cómo habría yo sin él corrido?
¿Quién por el monte hubiérame llevado? 6[L424]
Le creí descontento de sí mismo:
¡Oh qué digna y qué pura concïencia
con qué amargor te muerde un leve fallo! 9
Cuando sus pies dejaron de ir aprisa, 10[L425]
que a cualquier acto quítale el decoro,
mi pensamiento, empecinado antes, 12[L426]
reanudó su discurso, deseoso,
y dirigí mis ojos hacia el monte
que al cielo más se eleva de las aguas. 15[L427]
El sol, que atrás en rojo flameaba,
se rompia delante de mi cuerpo,
pues sus rayos en mí se detenían. 18
Me volví hacia los lados temeroso
de estar abandonado, cuando vi
sólo ante mí la tierra oscurecida; 21
y: «¿Por qué desconfías? ‑mi consuelo
volviéndose hacia mí empezó a decirme-
¿no crees que te acompaño y que te guío? 24
Es ya la tarde donde sepultado 25[L428]
está aquel cuerpo en el que sombra hacía;
no en Brindis, sino en Nápoles se encuentra. 27[L429]
Por lo cual si ante mí nada se ensombra,
no debes extrañarte, igual que el cielo
no detiene el camino de los rayos. 30
Por sufrir penas, frías y calientes,
Dios ha dispuesto cuerpos semejantes,
de modo que no quiere revelarnos. 33
Loco es quien piense que nuestra razón 34[L430]
pueda seguir por la infinita senda
que sigue una sustancia en tres personas. 36
Os baste con el quía, humana prole;
pues, si hubierais podido verlo todo,
ocioso fuese el parto de María; 39
y tú has visto sin frutos desearlo 40[L431]
a tales que aquietaran su deseo,
que eternamente ahora les enluta: 42
de Aristóteles hablo y de Platón
y aun de otros más»; y aquí inclinó la frente,
y más no dijo y quedóse turbado. 45[L432]
Llegamos entretanto al pie del monte;
tan escarpadas estaban las rocas,
que en vano habrfa piernas bien dispuestas. 48
Entre Rurbia y Lerice el más desierto, 49[L433]
el más roto barranco, es escalera,
comparado con éste, abierta y fácil. 51
«¿Ahora quién sabe en donde la pendiente
‑deteniéndose, dijo mi maestro-
pueda subir aquel que va sin alas?» 54
Y mientras meditaba con la vista
baja, sobre la suerte del camino,
y yo miraba arriba del peñasco, 57
a mano izquierda apareció una turba 58[L434]
de almas que venía hacia nosotros,
mas tan lentos que no lo parecía. 60
«Alza ‑dije‑ maestro, la mirada:
hay aquí quien podrá darnos consejo,
si no puedes tenerlo por ti mismo.» 63
Entonces miró, y con el rostro sereno
me dijo: «Vamos pues, que vienen lentos;
y afirma la esperanza, dulce hijo.» 66
Tan lejos aún estaba aquella gente,
luego de haber mil pasos caminado,
como un buen lanzador alcanzaria, 69
cuando a las duras peñas se arrimaron
de la alta sima, quietos y apretados,
cual caminante que dudoso mira. 72
«Felices muertos, almas elegidas
‑Virgilio dijo‑ por la paz aquella
que todos esperáis, según bien creo, 75
decidnos dónde baja la montaña,
para poder subir; pues más disgusta
perder el tiempo a quien su precio sabe.» 78
Cual salen del redil las ovejillas
de una, de dos, de tres y temerosas
están las otras, vista y morro en tierra; 81
y lo que la primera hacen las otras,
acercándose a ella si se para,
simples y calmas, y el porqué no saben; 84
así vi que venía la cabeza
de aquella grey afortunada entonces,
con recatado andar y rostro honesto. 87
Al ver los de delante interrumpida
la luz en tierra a mi derecho flanco
desde mí hasta la roca haciendo sombra, 90
se detuvieron, y hacia atrás se echaron,
y todos esos que detrás venían,
no sabiendo por qué, lo mismo hicieron. 93
«Sin que lo preguntéis yo os comunico
que este cuerpo que veis es cuerpo humano;
por lo que el sol ha interceptado en tierra. 96
No os debéis asombrar, pero creedme
que no sin que lo quieran en el cielo
estas paredes escalar pretende.» 99
Así el maestro; y esas dignas gentes:
«Volved ‑dijeron‑ y seguid un poco»,
haciéndonos señales con la mano. 102
Y uno de aquéllos empezó: «Quien quiera 103[L435]
que seas, vuelve el rostro mientras andas:
recuerda si me viste en la otra vida.» 105
Volví la vista a él muy fijamente
rubio era y bello y de gentil aspecto,
mas un tajo una ceja le partía. 108
Cuando con humildad hube negado
haberle visto nunca, él dijo: «Mira»
y mostróme una llaga sobre el pecho. 111
Luego sonriendo dijo: «Soy Manfredo: 112[L436]
la emperatriz Constanza fue mi abuela;
y te suplico que, cuando regreses, 114
le digas a mi hermosa hija, madre 115[L437]
del honor de Aragón y de Sicilia,
la verdad, si es que cuentan de otro modo. 117
&nbs