|
Libros ¦ El Autor ¦ Obra Literaria ¦ Otros Escritos ¦ Secciones y Enlaces ¦ Calle Seva ¦ ¿Quiénes Somos? ¦ Novedades |
CANTO I
Por surcar mejor agua alza las velas
ahora la navecilla de mi ingenio,
que un mar tan cruel detrás de sí abandona; 3
y cantaré de aquel segundo reino
donde el humano espíritu se purga
y de subir al cielo se hace digno. 6
Mas renazca la muerta poesía,
oh, santas musas, pues que vuestro soy; .
y Calíope un poco se levante, 9[L400]
mi canto acompañando con las voces
que a las urracas míseras tal golpe 11[L401]
dieron, que del perdón desesperaron. 12
Dulce color de un oriental zafiro,
que se expandía en el sereno aspecto
del aire, puro hasta la prima esfera, 15
reapareció a mi vista deleitoso,
en cuanto que salí del aire muerto,
que vista y pecho contristado había. 18
El astro bello que al amor invita 19[L402]
hacía sonreir todo el oriente,
y los Peces velados lo escoltaban. 21
Me volví a la derecha atentamente,
y vi en el otro polo cuatro estrellas 23[L403]
que sólo vieron las primeras gentes. 24[L404]
Parecía que el cielo se gozara
con sus luces: ¡Oh viudo septentrión,
ya que de su visión estás privado! 27
Cuando por fin dejé de contemplarlos
dirigiéndome un poco al otro polo,
por donde el Carro desapareciera, 30[L405]
vi junto a mí a un anciano solitario, 31[L406]
digno al verle de tanta reverencia,
que más no debe a un padre su criatura. 33
Larga la barba y blancos mechones 34[L407]
llevaba, semejante a sus cabellos,
que al pecho en dos mechones le caían. 36
Los rayos de las cuatro luces santas
llenaban tanto su rostro de luz,
que le veía como al Sol de frente. 39
¿Quién sois vosotros que del ciego río
habéis huido la prisión eterna?
‑dijo moviendo sus honradas plumas. 42
¿Quién os condujo, o quién os alumbraba,
al salir de esa noche tan profunda,
que ennegrece los valles del infierno? 45
¿Se han quebrado las leyes del abismo?
¿o el designio del cielo se ha mudado
y venís, condenados, a mis grutas?» 48
Entonces mi maestro me empujó,
y con palabras, señales y manos
piernas y rostro me hizo reverentes. 51[L408]
Después le respondió: «Por mí no vengo.
Bajó del cielo una mujer rogando
que, acompañando a éste, le ayudara. 54
Mas como tu deseo es que te explique
más ampliamente nuestra condición,
no puede ser el mío el ocultarlo. 57
Éste no ha visto aún la última noche;
mas estuvo tan cerca en su locura,
que le quedaba ya muy poco tiempo. 60
Y a él, como te he dicho, fui enviado
para salvarle; y no había otra ruta
más que esta por la cual le estoy llevando. 63
Le he mostrado la gente condenada;
y ahora pretendo las almas mostrarle
que están purgando bajo tu mandato. 66
Es largo de contar cómo lo traje;
bajó del Alto virtud que me ayuda
a conducirlo a que te escuche y vea. 69
Dignate agradecer que haya venido:
busca la libertad, que es tan preciada,
cual sabe quien a cambio da la vida. 72
Lo sabes, pues por ella no fue amarga
en Utica tu muerte; allí dejaste
la veste que radiante será un día. 75
No hemos quebrado las eternas leyes,
pues éste vive y Minos no me ata;
soy de la zona de los castos ojos 78[L409]
de tu Marcia, que sigue suplicando
que la tengas por tuya, oh santo pecho:
en nombre de su amor, senos benigno. 81
Deja que andemos por tus siete reinos;
le mostraré nuestro agradecimiento,
si quieres que te nombre allí debajo.» 84
«Tan placentera Marcia fue a mis ojos
mientras que estuve allí ‑dijo él entonces-
que cuanto me pidió le concedía. 87
Ahora que vive tras el río amargo, 88[L410]
no puede ya moverme, por la ley
que cuando me sacaron fue dispuesta. 90
Mas si te manda una mujer del cielo,
como has dicho, lisonjas no precisas:
basta en su nombre pedir lo que quieras. 93
Puedes marchar, mas haz que éste se ciña
con un delgado junco y lave el rostro, 95[L411]
y que se limpie toda la inmundicia; 96
porque no es conveniente que cubierto
de niebla alguna, vaya hasta el primero 98[L412]
de los ministros ya del Paraíso. 99
En todo el derredor de aquella islita,
allí donde las olas la combaten,
crecen los juncos sobre el blanco limo: 102
ninguna planta que tuviera fronda
o que dura se hiciera, viviría,
pues no soportaría sus embates. 105
Luego no regreséis por este sitio;
el sol os mostrará, que surge ahora,
del monte la subida más sencilla.» 108
Él desapareció; y me levanté
sin hablar, acercándome a mi guía,
dirigiéndole entonces la mirada. 111
Él comenzó: «Sigue mis pasos, hijo:
volvamos hacia atrás, que esta llanura
va declinando hasta su último margen.» 114
Vencía el alba ya a la madrugada
que escapaba delante, y a lo lejos
divisé el tremolar de la marina. 117
Por la llanura sola caminábamos
como quien vuelve a la perdida senda,
y hasta encontrarla piensa que anda en vano. 120
Cuando llegamos ya donde el rocío
resiste al sol, por estar en un sitio
donde, a la sombra, poco se evapora, 123
ambas manos abiertas en la hierba
suavemente puso mi maestro:
y yo, que de su intento me di cuenta, 126
volví hacia él mi rostro enlagrimado;
y aquí me descubrió completamente
aquel color que me escondió el infierno. 129[L413]
Llegamos luego a la desierta playa,
que nadie ha visto navegar sus aguas,
que conserve experiencias del regreso. 132[L414]
Me ciñó como el otro había dicho:
¡oh maravilla! pues cuando él cortó
la humilde planta, volvió a nacer otra 135
de donde la arrancó, súbitamente.
CANTO II
Ya había el sol llegado al horizonte
que cubre con su cerco meridiano
Jerusalén en su más alto punto; 3
y la noche, que a él opuesta gira,
del Ganges se salía con aquellas
balanzas, que le caen cuando ha triunfado; 6[L415]
tal que la blanca y sonrosada cara,
donde yo estaba, de la bella Aurora
mientras crecía se tornaba de oro. 9
A la orilla del mar nos encontrábamos,
como aquel que pensara su camino,
que va en corazón y en cuerpo se queda. 12
Y entonces, cual del alba sorprendido,
por el denso vapor Marte enrojece
sobre el lecho del mar por el poniente, 15
tal se me apareció, y así aún la viera,
una luz que en el mar tan rauda iba,
que al suyo ningún vuelo se parece. 18
Y separando de ella unos instantes
los ojos, a mi guía preguntando,
la vi de nuevo más luciente y grande. 21
Apareció después a cada lado
un no sabía qué blanco, y debajo
poco a poco otra cosa también blanca. 24
Nada el maestro aún había dicho,
cuando vi que eran alas lo primero;
y cuando supo quién era el piloto, 27
me gritó: « Dobla, dobla las rodillas.
Mira el ángel de Dios: junta las manos,
verás a muchos de estos oficiales. 30
Ve que desdeña los humanos medios,
y no quiere más remo ni más velas
entre orillas remotas, que sus alas. 33
Mira cómo las alza hacia los cielos
moviendo el aire con eternas plumas,
que cual mortal cabello no se mudan.» 36
Después al acercarse más y más
el pájaro divino, era más claro:
y pues de cerca no lo soportaban 39
los ojos, me incliné, y llegó a la orilla
con una barca tan ligera y ágil,
que parecía no cortar el.agua. 42
A popa estaba el celestial barquero,
cual si la beatitud llevara escrita;
y dentro había más de cien espíritus. 45
«In exitu Israel de Aegipto» 46[L416]
cantaban todos juntos a una voz,
y todo lo que sigue de aquel salmo. 48
Después les hizo el signo de la cruz;
y todos se lanzaron a la playa:
y él se marchó tan veloz como vino. 51
La turba que quedó, muy sorprendida
pareció del lugar, mirando en torno
como aquel que contempla cosas nuevas. 54
De todas partes asaeteaba al día
el sol, que había echado con sus flechas
de la mitad del cielo a Capricornio, 57
cuando la nueva gente alzó la cara
a nosotros, diciendo: «Si sabéis,
mostradnos el camino que va al monte.» 60
Y respondió Virgilio: « Estáis pensando
que este sitio nosotros conocemos;
mas peregrinos somos de igual forma. 63
Llegamos poco antes que vosotros,
por camino tan áspero y tan fuerte,
que ahora el subir parece un simple juego.» 66
Las almas que se dieron cuenta entonces
por mi respiración, de que vivía,
maravilladas, empalidecieron. 69
Y como al mensajero que el olivo
trae, va la gente para oír noticias,
y de apretarse esquivos no se muestran, 72
así a mi vista se agolparon todas
aquellas almas apesadumbradas,
casi olvidando el ir a hacerse bellas. 75[L417]
Y yo vi que una de ellas se acercaba 76[L418]
para abrazarme, con tan grande afecto,
que me movió a que hiciese yo lo mismo. 78
¡Ah vanas sombras, salvo la apariencia!
tres veces por detrás pasé mis brazos,
y tantas otras los volví a mi pecho. 81
Creo que enrojecí, maravillado,
y sonrió la sombra y se alejaba,
y yo me fui detrás para seguirla. 84
Suavemente me dijo que parase;
supe entonces quién era, y le rogué
que, para hablarme, allí se detuviera. 87
«Así ‑me respondió‑ como te amaba
en el cuerpo mortal, libre te amo:
por eso me detengo; y tú ¿qué haces?» 90[L419]
«Por volver otra vez, Cassella mío,
adonde estoy, viajo; mas ¿por qué
‑le dije‑ tantas horas te han quitado?» 93[L420]
Y él a mí: «No me hicieron injusticia, 94[L421]
si aquel que lleva cuándo y a quien quiere,
me ha negado el pasaje muchas veces; 96
de justa voluntad sale la suya:
mas desde hace tres meses ha traído
a quien quisiera entrar, sin oponerse. 99
Por lo que yo, que estaba en la marina
donde el agua del Tíber sal se hace,
benignamente fui por él llevado. 102
El vuelo a aquella desembocadura
dirigió, pues que siempre se congregan
allí los que a Aqueronte no descienden.» 105
Y yo: «Si no te quitan nuevas leyes
la memoria o el uso de los cantos
de amor, que mis deseos aquietaban, 108
con ellos té suplico que consueles
mi alma que, viniendo con mi cuerpo
a este lugar, se encuentra muy angustiada.» 111
El amor que en la mente me razona 112[L422]
entonces comenzó tan dulcemente,
que en mis adentros oigo aún la dulzura. 114
Mi maestro y yo y aquellas gentes
que estaban junto a él, tan complacidas
parecían, que en nada más pensaban. 117
Todos pendientes y fijos estábamos
de sus notas; y el viejo venerable 119[L423]
nos gritó: «¿Qué sucede, lentas almas? 120
¿qué negligencia, qué esperar es éste?
corred al monte a echar las impurezas
que no os permiten contemplar a Dios.» 123
Como cuando al coger avena o mijo,
las palomas rodean el sustento,
quietas y sin mostrar su usado orgullo, 126
si algo sucede que las amedrenta,
súbitamente dejan la comida,
pues un mayor cuidado las asalta; 129
yo vi a aquella mesnada recién hecha
dejar el canto y escapar al monte,
como quien va y no sabe dónde acabe: 132
no fue nuestra partida menos presta.
CANTO III
Por más que aquella huida repentina
por la llanura a todos dispersara,
hacia el monte en que aguija la justicia, 3
a mi fiel compañero me arrimé:
¿pues cómo habría yo sin él corrido?
¿Quién por el monte hubiérame llevado? 6[L424]
Le creí descontento de sí mismo:
¡Oh qué digna y qué pura concïencia
con qué amargor te muerde un leve fallo! 9
Cuando sus pies dejaron de ir aprisa, 10[L425]
que a cualquier acto quítale el decoro,
mi pensamiento, empecinado antes, 12[L426]
reanudó su discurso, deseoso,
y dirigí mis ojos hacia el monte
que al cielo más se eleva de las aguas. 15[L427]
El sol, que atrás en rojo flameaba,
se rompia delante de mi cuerpo,
pues sus rayos en mí se detenían. 18
Me volví hacia los lados temeroso
de estar abandonado, cuando vi
sólo ante mí la tierra oscurecida; 21
y: «¿Por qué desconfías? ‑mi consuelo
volviéndose hacia mí empezó a decirme-
¿no crees que te acompaño y que te guío? 24
Es ya la tarde donde sepultado 25[L428]
está aquel cuerpo en el que sombra hacía;
no en Brindis, sino en Nápoles se encuentra. 27[L429]
Por lo cual si ante mí nada se ensombra,
no debes extrañarte, igual que el cielo
no detiene el camino de los rayos. 30
Por sufrir penas, frías y calientes,
Dios ha dispuesto cuerpos semejantes,
de modo que no quiere revelarnos. 33
Loco es quien piense que nuestra razón 34[L430]
pueda seguir por la infinita senda
que sigue una sustancia en tres personas. 36
Os baste con el quía, humana prole;
pues, si hubierais podido verlo todo,
ocioso fuese el parto de María; 39
y tú has visto sin frutos desearlo 40[L431]
a tales que aquietaran su deseo,
que eternamente ahora les enluta: 42
de Aristóteles hablo y de Platón
y aun de otros más»; y aquí inclinó la frente,
y más no dijo y quedóse turbado. 45[L432]
Llegamos entretanto al pie del monte;
tan escarpadas estaban las rocas,
que en vano habrfa piernas bien dispuestas. 48
Entre Rurbia y Lerice el más desierto, 49[L433]
el más roto barranco, es escalera,
comparado con éste, abierta y fácil. 51
«¿Ahora quién sabe en donde la pendiente
‑deteniéndose, dijo mi maestro-
pueda subir aquel que va sin alas?» 54
Y mientras meditaba con la vista
baja, sobre la suerte del camino,
y yo miraba arriba del peñasco, 57
a mano izquierda apareció una turba 58[L434]
de almas que venía hacia nosotros,
mas tan lentos que no lo parecía. 60
«Alza ‑dije‑ maestro, la mirada:
hay aquí quien podrá darnos consejo,
si no puedes tenerlo por ti mismo.» 63
Entonces miró, y con el rostro sereno
me dijo: «Vamos pues, que vienen lentos;
y afirma la esperanza, dulce hijo.» 66
Tan lejos aún estaba aquella gente,
luego de haber mil pasos caminado,
como un buen lanzador alcanzaria, 69
cuando a las duras peñas se arrimaron
de la alta sima, quietos y apretados,
cual caminante que dudoso mira. 72
«Felices muertos, almas elegidas
‑Virgilio dijo‑ por la paz aquella
que todos esperáis, según bien creo, 75
decidnos dónde baja la montaña,
para poder subir; pues más disgusta
perder el tiempo a quien su precio sabe.» 78
Cual salen del redil las ovejillas
de una, de dos, de tres y temerosas
están las otras, vista y morro en tierra; 81
y lo que la primera hacen las otras,
acercándose a ella si se para,
simples y calmas, y el porqué no saben; 84
así vi que venía la cabeza
de aquella grey afortunada entonces,
con recatado andar y rostro honesto. 87
Al ver los de delante interrumpida
la luz en tierra a mi derecho flanco
desde mí hasta la roca haciendo sombra, 90
se detuvieron, y hacia atrás se echaron,
y todos esos que detrás venían,
no sabiendo por qué, lo mismo hicieron. 93
«Sin que lo preguntéis yo os comunico
que este cuerpo que veis es cuerpo humano;
por lo que el sol ha interceptado en tierra. 96
No os debéis asombrar, pero creedme
que no sin que lo quieran en el cielo
estas paredes escalar pretende.» 99
Así el maestro; y esas dignas gentes:
«Volved ‑dijeron‑ y seguid un poco»,
haciéndonos señales con la mano. 102
Y uno de aquéllos empezó: «Quien quiera 103[L435]
que seas, vuelve el rostro mientras andas:
recuerda si me viste en la otra vida.» 105
Volví la vista a él muy fijamente
rubio era y bello y de gentil aspecto,
mas un tajo una ceja le partía. 108
Cuando con humildad hube negado
haberle visto nunca, él dijo: «Mira»
y mostróme una llaga sobre el pecho. 111
Luego sonriendo dijo: «Soy Manfredo: 112[L436]
la emperatriz Constanza fue mi abuela;
y te suplico que, cuando regreses, 114
le digas a mi hermosa hija, madre 115[L437]
del honor de Aragón y de Sicilia,
la verdad, si es que cuentan de otro modo. 117
Después de ser mi cuerpo atravesado
por dos golpes mortales, me volví
llorando a quien perdona de buen grado. 120
Abominables mis pecados fueron
mas tan gran brazo tiene la bondad
infinita, que acoge a quien la implora. 123
Si el pastor de Cosenza, que a mi caza 124[L438]
entonces fue enviado por Clemente, 125[L439]
la página divina comprendiera, 126
los huesos de mi cuerpo aún estarían
al pie del puente junto a Benevento,
y por pesadas piedras custodiados. 129[L440]
Mas los baña la lluvia y mueve el viento,
fuera del reino, casi junto al Verde,
donde él los trasladó sin luz alguna. 132
Mas por su maldición, nunca se pierde, 133[L441]
sin que pueda volver, el infinito
amor, mientras florezca la esperanza. 135
Verdad es que quien muere contumaz,
con la Iglesia, aunque al fin arrepentido,
fuera debe de estar de esta montaña, 138
treinta veces el tiempo que viviera
en esa presunción, si tal decreto
no se acorta con buenas oraciones. 141[L442]
Piensa pues lo dichoso que me harías,
a mi buena Constanza revelando
cómo me has visto, y esta prohibición: 143[L443]
que aquí, por los de allá, mucho se avanza. 144
CANTO IV
Cuando algún sufrimiento o alegría
de alguna facultad nuestra se adueña,
toda en ella se centra nuestra alma, 3
y no atiende a ninguna otra potencia
y es esto contra aquel error que opina
que un alma sobre otra alma arda en nosotros. 6[L444]
Por eso, cuando se oye o se ve algo
que atraiga al alma fuertemente a ello,
el tiempo pasa y nada el hombre advierte; 9
porque es una potencia la que escucha,
y otra la que retiene al alma entera:
una está casi presa, y la otra libre. 12
Puede experimentar de veras esto,
escuchando a aquel alma y admirando;
pues bien cincuenta grados ya subido 15[L445]
había el sol, sin darme cuenta, cuando
llegamos donde, a una, aquellas almas
gritaron: «Aquí está lo que buscáis.» 18
Mayor portillo muchas veces cierra
con un manojo apenas de zarzales
el campesino al madurar la uva, 21
de lo que era la senda que subimos,
yo detrás de mi guía, los dos solos
al partir de nosotros aquel grupo. 24
Se va a Sanleo, a Noli se desciende, 25[L446]
se sube a Bismantova hasta la cumbre
a pie, pero volar aquí es preciso; 27
digo con leves alas y con plumas
del deseo, detrás de aquel llevado,
que me daba esperanza y me alumbraba. 30[L447]
Por un girón subimos de la roca,
cuyas paredes casi se juntaban,
y el suelo nos pedía pies y manos. 33
Cuando ya al borde superior llegamos
de la alta base, a un sitio descubierto
«Maestro ‑‑dije‑ ¿qué camino haremos?» 36
Y él me dijo: «No tuerzas ningún paso;
únicamente sígueme hacia el monte,
hasta que llegue alguna escolta sabia.» 39
La cima, de tan alta, era invisible
y aún más pina la cuesta que la raya
que une el medio cuadrante con el centro. 42[L448]
Estaba muy cansado y exclamé:
«Oh dulce padre, vuélvete y advierte
que solo quedaré, si no te paras.» 45
«Hijo ‑‑me contestó‑‑ sube hasta allí»,
un repliegue más alto señalando
que por allí giraba todo el monte. 48
Tanto me espolearon sus palabras,
que me esforcé trepando tras de él
hasta que puse pies en la cornisa. 51
Nos sentamos los dos vueltos a oriente, 52[L449]
donde estaba el camino que subimos,
que siempre de mirar es agradable. 54
La vista dirigí primero abajo;
luego arriba, hacia el sol, y me admiraba
que nos hería por el lado izquierdo. 57
Bien comprendió el poeta que yo estaba
por el carro solar estupefacto,
que entre nosotros y Aquilón nacía. 60[L450]
Por lo cual me explicó: «Si los Gemelos 61[L451]
fuesen en compañía de ese espejo
que lleva la luz arriba y abajo, 63
verías al Zodiaco enrojecido
girar aún más cercano de las Osas,
si no saliera del camino usado. 66
Cómo pueda ocurrir, pensarlo puedes
si atentamente observas que Sión
en la tierra se opone a esta montaña; 69
un horizonte mismo tienen ambas
y hemisferios diversos; y el camino
que mal supiera recorrer Faetonte, 72[L452]
podrás ver cómo en ésta va por uno,
y por aquella por el otro lado,
si lo ves claro con la inteligencia.» 75
«Cierto maestro ‑dije‑ que hasta ahora
no i claro, como lo discierno,
allí donde mi ingenio me faltaba, 78
que la mitad del cielo que alto gira,
que se llama Ecuador en algún arte, 80[L453]
y entre sol y entre invierno se halla siempre, 81
por la causa que dices, dista tanto
respecto al Septentrión, cuanto en Judea
lo contemplaban en la parte cálida. 84[L454]
Mas sabría gustoso, si quisieras,
cuánto habremos de andar; pues sube el monte
más de lo que subir pueden mis ojos.» 87
Y él me dijo: «Este monte es de tal modo,
que siempre pesa al comenzar abajo;
y cuando más se sube, menos daña. 90
Y así cuando le sientas tan suave,
que te haga caminar ya tan ligero
como nave que empuja la corriente, 93
habrás llegado al fin de este sendero:
reposar allí espera tu fatiga.
Más no respondo, y esto lo sé cierto.» 96
Y después de decir estas palabras,
oímos una voz cercana: «¡Acaso
necesites sentarte mucho antes!» 99[L455]
Los dos al escucharle nos volvimos,
y vimos a la izquierda un gran peñasco,
que antes ninguno habíamos notado. 102
Allí fuimos; y había allí personas
que estaban a la sombra de la piedra
como se pone el hombre por vagancia. 105
Y uno, que fatigado parecía, 106[L456]
se sentaba abrazando sus rodillas,
con el rostro inclinado puesto entre ellas. 108
«Oh mi dulce señor ‑dije‑ contempla
al que más negligente no verías
si la pereza fuese hermana suya.» 111
Entonces se volvió, mirando atento,
levantando su rostro de los muslos:
«¡Sube tú, puesto que eres tan valiente!» 114
Supe quién era entonces, y el cansancio
que aún el aliento un poco me cortaba,
no me impidió acercarme a él; y cuando 117
estuve al lado, alzó la vista apenas
diciendo: « ¿Has entendido cómo el sol
lleva su carro por el hombro izquierdo?» 120[L457]
Sus gestos perezosos y sus breves
palabras me causaron leve risa;
Después: «Belacqua ‑dije‑ no me duelo 123[L458]
ya de ti; pero di, ¿por qué te sientas
aquf precisamente? ¿escolta esperas,
o la antigua costumbre te domina?» 126
Y él: «De qué sirve, hermano, el ir a arriba,
pues no me dejaría ir al castigo
el ángel del Señor que está en la puerta. 129
Es necesario que antes gire el cielo
sobre mí tantas veces, cuanto en vida,
pues que dejé para el final el llanto; 132[L459]
si es que antes no me ayuda la oración
de un corazón surgida que esté en gracia:
porque la otra en el cielo no se escucha.» 135
Y ya delante de mí iba el poeta,
diciendo: «Vamos ven, mira que toca
el sol el meridiano, y en la orilla 138
cubre el pie de la noche ya Marruecos.» 139[L460]
CANTO V
De esa sombra me había separado,
y seguía los pasos de mi guía,
cuando detrás de mí, su dedo alzando, 3
una gritó: «iMirad, que no iluminan
los rayos a la izquierda del de abajo,
y cual vivo parece comportarse!» 6
Volví los ojos al oír aquello,
y los vi que miraban asombrados,
sólo a mí, y a la luz que interceptaba. 9
«¿Tú ánimo por qué se enreda tanto
‑dijo el maestro‑ que el andar retardas?
¿qué te importa lo que esos cuchichean? 12
Deja hablar a la gente y ven conmigo:
sé como aquella torre que no tiembla 14[L461]
nunca su cima aunque los vientos soplen; 15
pues aquel en quien bulle un pensamiento
sobre otro pensamiento, se extravía,
porque el fuego del uno ablanda al otro.» 18
¿Qué podía decir si no: « Ya voy»?
Díjelo, más cubriéndome el color
que digno de perdón al hombre vuelve. 21[L462]
Mientras tanto a través de la ladera
una gente venía hacia nosotros,
cantando el «Miserere», verso a verso. 24[L463]
Cuando notaron que ocasión no daba
de atravesar los rayos con mi cuerpo,
por un gran «Oh» cambiaron su cantiga; 27
y dos de ellos, en forma de emisarios,
corrieron hacia mí y me preguntaron:
«Haznos saber de vuestra condición» 30
Y mi maestro: «Bien podéis marcharos
y a aquellos que os mandaron referirles
que el cuerpo de éste es carne verdadera. 33
Si al contemplar su sombra se pararon,
como yo creo, baste la respuesta:
hacedle honor, que acaso os aproveche.» 36
Tan rápidos vapores encendidos
no vi rasgar el cielo en plena noche,
ni las nubes de agosto en el ocaso, 39
como aquellos a lo alto se volvieron,
y junto a los demás dieron la vuelta,
como un tropel sin freno hacia nosotros. 42
«Mucha es la gente que a nosotros viene,
y te quieren rogar ‑‑dijo el poeta‑:
mas sigue andando, y caminando escucha.» 45[L464]
«Oh alma que caminas con aquellos
miembros con que naciste, a ser dichoso,
‑se acercaban gritando‑ aquieta el paso. 48
Mira si a alguno de nosotros viste,
para que de él allí noticias lleves:
¡Ah!, ¿por qué sigues? ¡Ah!, ¿por qué no paras? 51
Todos muertos violentamente fuimos,
y hasta el último instante pecadores;
la luz del cielo entonces nos dio juicio 54
y, arrepentidos, perdonando, fuera 55[L465]
salimos de la vida en paz con Dios,
y el deseo de verle nos aflige.» 57
Y yo: «Por más que mire vuestros rostros
no os reconozco: mas si deseáis
algo que pueda hacer, buenos espíritus, 60
decidmelo y lo haré, por esa paz
que, detrás de los pasos de mi guía,
de mundo en mundo buscar se me hace.» 63
Y uno repuso: «Todos nos fiamos 64[L466]
de tus bondades sin que nos lo jures,
si es que tu voluntad no es impedida. 66
Por lo que yo que hablé antes que los otros,
te ruego, que si ves esa comarca
que está entre la Romaña y la de Carlos, 69[L467]
que de tus ruegos me hagas cortesía
en Fano, y que por mi bien se suplique,
y las graves ofensas purgar pueda. 72
Allí nací, mas los profundos huecos
por los que huyó la sangre en que vivía,
en tierras de Antenor me fueron hechos, 75[L468]
donde estar confiaba más seguro:
que lo mandó el de Este, pues me odiaba 77[L469]
más de lo que el derecho lo permite. 78
Pero si hacia la Mira hubiese huido, 79[L470]
cuando fui sorprendido en Oriaco,
aun estaría donde se respira. 81
Corrí al pantano, donde cieno y cañas
estorbaron mi paso y me caí;
y vi mi sangre en tierra hacer un lago.» 84
Luego otro dijo: «¡Ay, así el deseo 85[L471]
se cumpla que te trae a esta montaña,
con piedad bondadosa ayuda al mío! 87
Yo nací en Montefeltro, soy Bonconte;
Giovanna y los demás no me recuerdan, 89[L472]
y sigo a estos con la frente gacha.» 90
Y le dije: «¿qué fuerza o qué aventura
de Campaldino te llevó tan lejos
que tu sepulcro nunca se ha encontrado?» 93
«Oh ‑me repuso‑, al pie del Casentino 94[L473]
un agua corre que se llama Arquiano,
nace en los Apeninos, sobre el Ermo. 96
Donde su nombre ya no necesita, 97[L474]
llegué con una herida en la garganta,
huyendo a pie y ensangrentando el llano. 99
Allí perdí la vista, y mi palabra
terminó con el nombre de María,
y allí al caer mi carne quedó sola. 102
Te diré la verdad y tú a los vivos:
un ángel me cogió, y el del Infierno
gritaba: «Oh tú, el del Cielo, ¿por qué quieres 105
privarme de él, llevándote lo eterno,
porque una lagrimilla me lo quita?
mas yo tendré el gobierno de lo otro.» 108[L475]
«Bien sabes que en el aire se recoge
el húmedo vapor que se hace agua,
en cuanto sube donde encuentra el frío. 111
Llegó aquel mal querer, que males busca 112[L476]
con su sabiduría, y humo y viento
movió con el poder de que es dotado. 114
El valle entonces, cuando cayó el día,
se cubrió desde el monte a Protomagno 116[L477]
de niebla; y todo el cielo se nubló, 117
y el aire denso convirtióse en agua;
cayó la lluvia, y vino a los barrancos
toda la que la tierra no absorbía; 120
y como se juntara en torrenteras,
tan veloz en el rfo principal
cayó, que nada pudo retenerla. 123
Mi cuerpo helado, en donde desemboca
halló al soberbio Arquiano: y éste al Arno
lo arrastró, deshaciendo de mi pecho 126
la cruz que hiciera del dolor vencido;
me volteó en la orilla y en el fondo,
y me cubrió y ciñó con sus botines.» 129[L478]
«Ay, cuando al mundo regresado hayas,
y descansado de la larga ruta
‑siguió un tercer espíritu al segundo‑ 132[L479]
recuerdame, soy Pía, me hizo Siena,
Maremma me deshizo: bien lo sabe
aquel que, luego de poner su anillo, 135
con su gema me había desposado.» 136[L480]
CANTO VI
Cuando se acaba el juego de la zara,
el perdedor se queda algo mohino
y triste aprende, repitiendo lances; 3[L481]
con el otro se va toda la gente;
cuál va delante, cuál detrás le agarra,
cuál a su lado quiere darle coba; 6
él no se para y los escucha a todos;
a quien tiende la mano, al fin le suelta;
y así de aquel gentío se ve libre. 9
Tal entre aquella turba me encontraba,
de aquí y de allá volviéndoles el rostro,
y prometiendo me soltaba de ellos. 12
Estaba el Aretino, quien del brazo
fiero de Ghin de Tacco halló la muerte, 14[L482]
y el otro que se ahogó yendo de caza. 15[L483]
Suplicaba, tendiéndome las manos,
Federico Novello, y el de Pisa 17[L484]
que hiciera parecer fuerte a Marzucco. 18
Vi al conde Orso y su alma separada 19[L485]
de su cuerpo por odio y por envidia,
como decia, y no por culpa alguna. 21
Pier de la Broccia digo; y que provea, 22[L486]
mientras que aún está aquí, la de Brabante
si con peor rebaño andar no quiere. 24[L487]
Cuando ya me libré de todas esas
sombras que suplicaban otras súplicas,
porque su salvación les llegue antes, 27
yo comencé: « Parece que me niegas 28[L488]
expresamente, oh luz, en algún texto
que aplaque la oración leyes del cielo; 30
y esta gente por ello sólo ruega:
¿es que vanas son pues sus esperanzas,
o es que no he comprendido bien tu texto?» 33
Y él me dijo: «Es sencilla mi escritura;
y en esperar ninguno se equivoca,
si con la mente clara bien se mira; 36
pues la cima del juicio no se allana
porque el fuego de amor cumpla en un punto
lo que satisfacer aquí se espera; 39
y allí donde hice tal afirmación,
no se enmendaba, por rezar, la culpa,
pues la oración de Dios estaba lejos. 42[L489]
No te fijes en dudas tan profundas
sino tan sólo en lo que diga aquella
que entre mente y la verdad alumbre. 45
No sé si entiendes: de Beatriz te hablo;
arriba la verás, sobre la cima
de este monte, dichosa y sonriendo.» 48
Y yo: «Señor, vayamos más aprisa,
que ya no estoy cansado como antes,
y ya veo que el monte arroja sombra.» 51
« Caminaremos mientras dure el día
‑él me repuso‑ el tiempo que podamos;
mas no es la cosa como la imaginas. 54
Antes de estar arriba, volverás
a ver aquel que oculta la ladera,
de modo que sus rayos ya no rompes. 57
Pero mira aquel alma que allá inmóvil,
completamente sola, nos contempla:
el camino más corto ha de mostrarnos. 60[L490]
Nos acercamos: ¡oh ánima lombarda
qué altiva y desdeñosa aparecías,
qué noble y lenta en el mover los ojos! 63
Ella no nos decía una palabra,
mas nos dejaba andar, sólo mirando
a guisa de león cuando reposa. 66
Mas Virgilio acercóse a él, pidiendo
que nos mostrase la mejor subida;
pero a su ruego nada respondió, 69
mas de nuestro país y nuestra vida
nos preguntó; y mi guía comenzaba
«Mantua...» y la sombra, toda en ella absorta, 72[L491]
vino hacia él del sitio en que se hallaba
diciendo: «¡Oh mantuano, soy Sordello,
soy de tu misma tierra!», y se abrazaron. 75
¡Ah esclava Italia, albergue de dolores, 76[L492]
nave sin timonel en la borrasca,
burdel, no soberana de provincias! 78
Aquel alma gentil tan prestamente,
sólo al oír el nombre de su tierra,
comenzó a festejar a su paisano, 81
y en ti ahora sin guerras no se hallan
tus vivos, y se muerden unos a otros,
los que un foso y un muro mismo encierran. 84[L493]
Busca, mísera, en torno de tus costas
tus playas, y después mira en el centro,
si alguna parte en ti de paz disfruta. 87
¿De qué vale que el freno te pusiera, 88[L494]
Justiniano, si nadie hay en la silla?
Menor fuera sin ése la vergüenza. 90
Ah gentes que debíais ser devotas,
y consentir al César en su trono, 92[L495]
si aquello que Dios manda comprendieseis, 93[L496]
esa fiera mirad cuán indomable, 94[L497]
por no ser corregida por la espuela,
al poner en las riendas vuestras manos. 96
¡Oh tú, tedesco Alberto, que la dejas 97[L498]
al verla tan salvaje y tan indómita,
y debiste apretarle los ijares, 99
caiga de las estrellas justo juicio
sobre tu sangre, y sea nuevo y claro,
tal que tu sucesor le tenga miedo! 102
Pues habéis consentido tú y tu padre,
por la codicia de eso distraídos,
que el jardín del imperio esté desierto. 105[L499]
Ven y vé a Capuletos y Montescos, 106[L500]
Filipeschos, Monaldos, ah, indolente,
esos ya tristes, y estos con recelos! 108
¡Ven, cruel, ven y vé la tirania
de tus nobles, y cura sus desmanes;
verás a Santaflora tan oscura! 111[L501]
Ven y contempla tu Roma llorando
viuda y sola, llamando noche y día:
« Oh mi César, por qué no me acompañas?» 114[L502]
¡Verás lo mucho que se quieren todos!
y si a piedad ninguna te movemos,
ven y tendrás vergüenza de tu fama. 117
Y si me es permitido, oh sumo Jove 118[L503]
que por nosotros en cruz te pusieron,
¿es que has vuelto los ojos a otra parte? 120
¿o te estás preparando, en el abismo
de tus designios, para hacer un bien
que se escapa del todo a nuestra mente? 123
Pues llenas de tiranos las ciudades
están de Italia toda, y un Marcelo 125[L504]
se vuelve cualquier ruin que entra en un bando. 126
Puedes estar contenta, ah, mi Florencia,
por esta digresión que no te alcanza,
pues se las sabe solventar tu pueblo. 129
La justicia en su pecho muchos guardan,
y, prudentes, disparan tarde el arco;
mas tu pueblo la tiene en plena boca. 132
Muchos rechazan cargos oficiales,
mas tu pueblo solícito responde
sin ser llamado, y grita: «iYo lo acepto!» 135
¡Alégrate, porque motivos tienes:
tú rica, tú con paz, y tú prudente!
De si digo verdad, están las muestras. 138
Las Atenas y Espartas, que inventaron
las viejas leyes tan civilizadas
del bien vivir, hicieron débil prueba 141
comparadas contigo, pues que haces
tan sutiles decretos, que a noviembre
los que hiciste en octubre nunca llegan. 144
Hasta donde recuerdo, ¿cuántas veces
leyes, monedas, hábitos y oficios,
has mudado, y cambiado de habitantes? 147[L505]
Y si te acuerdas bien y lo ves claro,
te verás semejante a aquella enferma
que no encuentra reposo sobre plumas, 150
mas dando vueltas calma sus dolores.
CANTO VII
Los saludos corteses y dichosos
por tres y cuatro veces reiterados,
Sordello se apartó y dijo: «¿Quién sois?» 3
«Antes de que llegaran a este monte
las almas dignas de subir a Dios,
Octavio dio a mis huesos sepultura. 6
Yo soy Virgilio; y por culpa ninguna,
salvo el no tener fe, perdí los cielos.»
Así repuso entonces mi maestro. 9
Como queda quien ve súbitamente
algo maravilloso frente a él,
que cree y que no, diciendo «Es..., o no es...», 12
aquel así; después bajó los ojos, 13[L506]
y se volvió hacia él humildemente,
y le abrazó donde el menor se agarra. 15
«Gloria de los latinos, por el cual
mostró cuánto podia nuestra lengua,
oh prez eterna, del pueblo natal, 18
qué mérito o qué gracia a mí te muestra?
Si de escuchar soy digno tus palabras,
dime si acaso vienes del infierno.» 21
«Por los recintos todos de aquel reino
doliente, aquí he llegado ‑respondió-
y, enviado del cielo, con él vengo. 24
Perdí, no por hacer, mas por no hacer, 25[L507]
el ver el alto sol que tú deseas,
pues que fue tarde por mí conocido. 27
No entristecen martirios aquel sitio
sino tinieblas sólo; y los lamentos
no suenan como ayes, son suspiros. 30
Allí estoy con los niños inocentes
del diente de la muerte antes mordidos
que de la humana culpa fueran libres. 33
Con aquellos estoy que las tres santas
virtudes no vistieron, mas sin vicio
supieron y siguieron las restantes. 36
Mas si sabes y puedes, un indicio
danos, con que poder llegar más pronto
a donde el purgatorio da comienzo.» 39
Respondió: «Un lugar fijo no me han puesto; 40[L508]
y me es licito andar por todos lados;
te acompaño cual gu(a mientras pueda. 42
Pero contempla cómo cae el día,
y subir por la noche no se puede;
será bueno pensar en un refugio. 45
A la derecha hay almas retiradas;
si lo permites, a ellas te conduzco,
y te dará placer el conocerlas. 48[L509]
«¿Cómo es eso? ‑repuso‑ ¿quien quisiese
subir de noche, se lo impediría
alguno, o es que él mismo no pudiera? 51
Y el buen Sordello en tierra pasó el dedo
diciendo: «¿Ves?, ni siquiera esta raya
pasarías después de que anochezca: 54
no porque haya otra cosa que te impida
subir, sino las sombras de la noche;
que, de impotencia, quitan los deseos. 57
Con ellas bien podrías descender
y caminar en torno de la cuestra,
mientras que al día encierra el horizonte.» 60[L510]
Entonces mi señor, casi admirado, 61[L511]
«llévanos ‑dijo‑ donde nos contaste,
pues podrá ser gozosa la demora». 63
De allí poco alejados estuvimos,
cuando noté que el monte estaba hendido,
del modo como un valle aquí los hiende. 66
«Allí ‑dijo la sombra‑, marcharemos
donde la cuesta hace de sí un regazo;
y esperaremos allí el nuevo día.» 69
Entre llano y pendiente, un tortuoso
camino nos condujo hasta la parte
del valle de laderas menos altas. 72
Oro, albayalde, grana y plata fina,
indigo, leño lúcido y sereno,
fresca esmeralda al punto en que se quiebra, 75
por las hierbas y flores de aquel valle,
sus colores serían derrotados,
como el mayor derrota al más pequeño. 78
No pintó solamente alll natura,
mas con la suavidad de mil olores,
incógnito, indistinto, uno creaba. 81
Salve Regina, sobre hierba y flores 82[L512]
sentadas, vi a unas almas que cantaban,
que no vimos por fuera de aquel valle. 84
«Antes que el poco sol vuelva a su nido
‑comenzó nuestro guta el Mantuano-
no pretendáis que entre esos os conduzca. 87
Mejor desde esta loma las acciones
y los rostros veréis de cada uno,
que mezclados con ellos allá abajo. 90[L513]
Quien más alto se sienta y que parece 91[L514]
desatender aquello que debiera,
y no mueve la boca con los otros, 93
Rodolfo fue, que pudo, con su imperio,
sanar las plagas que han matado a Italia,
y así tarde el remedio de otros llega. 96[L515]
Aquel que le consuela con la vista, 97[L516]
rigió la tierra donde el agua nace
que al Albia el Molda, el Albia al mar se lleva. 99
Otocar se llamó, y desde la infancia
fue mejor que el barbudo Wenceslao,
su hijo que lujuria y ocio pace. 102[L517]
Y aquel chatito que charla muy junto 103[L518]
con aquel de un aspecto tan benigno, 104[L519]
murió escapando y desflorando el lirio: 105
¡Ved allí cómo el pecho se golpea!
Mirad al otro que ha hecho a su mano
de su mejilla, suspirando, lecho. 108
Del mal de Francia son el padre y suegro: 109[L520]
saben su villa sucia y enviciada;
de esto viene el dolor que les lancea. 111
Aquel tan corpulento que acompasa 112[L521]
su canto con aquel tan narigudo, 113[L522]
de toda las virtudes ciñó cuerda; 114
y si rey después de él hubiera sido
el jovencito sentado detrás, 116[L523]
iría la virtud de vaso en vaso. 117
No es lo mismo los otros herederos; 118[L524]
tienen el trono Jaime y Federico;
mas el lote mejor ninguno tiene. 120
Raras veces renace por las ramas
la probidad humana; y esto quiere
quien la otorga, para que la pidamos. 123[L525]
También esto concierne al narigudo 124[L526]
y no menos que a Pedro, con quien canta,
de quien Pulla y Provenza se lamentan. 126
Tan inferior la planta es a su grano, 127[L527]
cuanto, más que Beatriz y Margarita,
Constanza del marido se envanece. 129
Mirad al rey de la vida sencilla 130[L528]
sentado aparte, Enrique de Inglaterra:
el vástago mejor tiene en sus ramas. 132
Aquel que está más bajo echado en tierra, 133[L529]
mirando arriba, es Guillermo el marqués,
por quien a Alejandría y sus batallas 135
lloran el Canavés y Monferrato.
CANTO VIII
Era la hora en que quiere el deseo
enternecer el pecho al navegante,
cuando de sus amigos se despide; 3
y que de amor el nuevo peregrino
sufre, si escucha lejos una esquila,
que parece llorar el día muerto; 6
cuando yo comencé a dejar de oír,
y a mirar hacia un alma que se alzaba
pidiendo con la mano que la oyeran. 9
Juntó y alzó las palmas, dirigiendo
los ojos hacia oriente, de igual modo
que si dijese a Dios: «Sólo en ti pienso.» 12
Con tanta devoción Te lucis ante 13[L530]
le salió de la boca en dulces notas,
que le hizo a mi mente enajenarse; 15
y las otras después dulces y pías
seguir tras ella, completando el himno,
puestos los ojos en la extrema esfera. 18
A la verdad aguza bien los ojos, 19[L531]
lector, que el velo ahora es tan sutil,
que es fácil traspasarlo ciertamente. 21
Yo aquel gentil ejército veía
callado luego contemplar el suelo,
como esperando pálido y humilde; 24
y vi salir de lo alto y descender
dos ángeles con dos ardientes gladios 26[L532]
truncos y de la punta desprovistos. 27
Verdes como las hojas más tempranas
sus ropas eran, y las verdes plumas
por detrás las batfan y aventaban. 30
Uno se puso encima de nosotros,
y bajó el otro por el lado opuesto,
tal que en medio las gentes se quedaron. 33
Bien distinguía su cabeza rubia;
mas su rostro la vista me turbaba,
cual facultad que a demasiado aspira. 36
«Vinieron del regazo de María
‑dijo Sordello‑ a vigilar el valle,
por la serpiente que vendrá muy pronto.» 39
Y yo, que no sabía por qué sitio,
me volví alrededor y me estreché
a las fieles espaldas, todo helado. 42
«Ahora bajemos ‑añadió Sordello-
entre las grandes sombras para hablarles;
pues el veros muy grato habrá de serles.» 45
Sólo tres pasos creo que había dado
y abajo estuve; y vi a uno que miraba 47[L533]
hacia mí, pareciendo conocerme. 48
Tiempo era ya que el aire oscureciera,
mas no tal que sus ojos y los míos
lo que antes se ocultaba no advirtiesen. 51
Hacia mí vino, y yo me fui hacia él:
cuánto me complació, gentil juez Nino,
cuando vi que no estabas con los reos. 54
Ningún bello saludo nos callamos
luego me preguntó: « ¿Cuándo llegaste
al pie del monte por lejanas aguas?» 57
«Oh ‑dije‑ vine por los tristes reinos
esta mañana, en mi primera vida,
aunque la otra, andando así, pretendo.» 60
Y cuando fue escuchada mi respuesta,
Sordello y él se echaron hacia atrás
como gente de súbito turbada. 63[L534]
Volvióse uno a Virgilio, el otro a alguien 64[L535]
sentado allí y gritó: «¡Mira, Conrado!
ven a ver lo que Dios por gracia quiere.» 66
Y vuelto a mí: « Por esa rara gracia
que debes al que de ese modo esconde
sus primeros porqués, que no se entienden, 69
cuando hayas vuelto a atravesar las ondas
di a mi Giovanna que en mi nombre implore, 71[L536]
en donde se responde a la inocencia. 72
No creo que su madre ya me ame 73[L537]
luego que se cambió las blancas tocas,
que conviene que, aún, ¡pobre!, las quisiera. 75
Por ella fácilmente se comprende
cuánto en mujer el fuego de amor dura,
si la vista o el tacto no lo encienden. 78
Tan bella sepultura no alzaría 79[L538]
la sierpe del emblema de Milán,
como lo haría el gallo de Gallura.» 81
Así dijo, y mostraba señalado
su aspecto por aquel amor honesto
que en el pecho se enciende con mesura. 84
Yo alzaba ansioso al cielo la mirada,
adonde son más tardas las estrellas,
como la rueda más cercana al eje. 87
Y mi guía: « ¿Qué miras, hijo, en lo alto?»
Y yo le dije: «Aquellas tres antorchas
por las que el polo todo hasta aquí arde.» 90[L539]
Y él respondió: « Las cuatro estrellas claras
que esta mañana vimos, han bajado
y éstas en su lugar han ascendido» 93
Mientras hablaba cogióle Sordello
diciendo: «Ved allá a nuestro adversario»;
y para que mirase alzó su dedo. 96
De aquella parte donde se abre el valle
había una serpiente, acaso aquella
que le dio a Eva el alimento amargo. 99
Entre flores y hierba iba el reptil,
volviendo la cabeza, y sus espaldas
lamiendo como bestia que se limpia. 102
Yo no lo vi, y por eso no lo cuento,
qué hicieron los azores celestiales;
pero bien vi moverse a uno y a otro. 105
Al escuchar hendir las verdes alas,
escapó la serpiente, y regresaron
a su lugar los ángeles a un tiempo. 108
La sombra que acercado al juez se había 109[L540]
cuando este la llamó, mientras la lucha
no dejó ni un momento de mirarme. 111
« Así la luz que a lo alto te conduce
encuentre en tu servicio tanta cera,
cuanta hasta el sumo esmalte necesites, 114
‑comenzó‑ si noticia verdadera
de Val de Magra o de parte vecina
conoces, dímela, que allí fui grande. 117
Me llamaba Corrado Malaspina;
no el antiguo, sino su descendiente; 119[L541]
a mis deudos amé, y he de purgarlo. 120[L542]
«Oh ‑yo le dije‑ por vuestras comarcas 121[L543]
no estuve nunca; pero no hay un sitio
en toda Europa que las desconozca. 123
La fama con que se honra vuestra casa, 124[L544]
celebra a los señores y a sus tierras,
tal que sin verlas todos las conocen. 126
Y yo os juro que, así vuelva yo arriba,
vuestra estirpe honorable no desdora
el precio de la bolsa y de la espada. 129
Uso y natura así la privilegian, 130[L545]
que aunque el malvado jefe tuerza el mundo, 131[L546]
derecha va y desprecia el mal camino.» 132
y él: «Marcha pues, que el sol no ha de ocupar 133[L547]
siete veces el lecho que el Carnero
cubre y abarca con sus cuatro patas, 135
sin que esta opinión tuya tan cortés
claven en tu cabeza con mayores
clavos que las palabras de los otros, 138
si el transcurrir dispuesto no se para.»
CANTO IX
Del anciano Titón la concubina
emblanquecía en el balcón de oriente,
fuera ya de los brazos de su amigo; 3[L548]
en su frente las gemas relucían
puestas en forma del frío animal
que con la cola a la gente golpea; 6
la noche, de los pasos con que asciende,
dos llevaba en el sitio en donde estábamos,
y el tercero inclinaba ya las alas; 9[L549]
cuando yo, que de Adán algo conservo,
adormecido me tumbé en la hierba
donde los cinco estábamos sentados. 12[L550]
Cuando a sus tristes layes da comienzo
la golondrina al tiempo de alborada,
acaso recordando el primer llanto, 15[L551]
y nuestra mente, menos del pensar
presa, y más de la carne separada,
casi divina se hace a sus visiones, 18
creí ver, en un sueño, suspendida
un águila en el cielo, de áureas plumas,
con las alas abiertas y dispuesta 21
a descender, allí donde a los suyos
dejara abandonados Ganimedes,
arrebatado al sumo consistorio. 24[L552]
¡Acaso caza ésta por costumbre
aquí –pensé-, y acaso de otro sitio
desdeña arrebatar ninguna presa! 27
Luego me pareció que, tras dar vueltas,
terrible como el rayo descendía,
y que arriba hasta el fuego me llevaba. 30[L553]
Allí me pareció que ambos ardíamos;
y el incendio soñado me quemaba
tanto, que el sueño tuvo que romperse. 33
No de otro modo se inquietara Aquiles,
volviendo en torno los despiertos ojos
y no sabiendo dónde se encontraba, 36
cuando su madre de Quirón a Squira
en sus brazos dormido le condujo,
donde después los griegos lo sacaron; 39[L554]
cual yo me sorprendí, cuando del rostro 40[L555]
el sueño se me fue, y me puse pálido,
como hace el hombre al que el espanto hiela. 42
Sólo estaba a mi lado mi consuelo,
y el sol estaba ya dos horas alto, 44[L556]
y yo la cara al mar tenía vuelta. 45
«No tengas miedo ‑mi señor me dijo‑;
cálmate, que a buen puerto hemos llegado;
no mengües, mas alarga tu entereza. 48
Acabas de llegar al Purgatorio:
ve la pendiente que en redor le cierra;
y ve la entrada en donde se interrumpe. 51
Antes, al alba que precede al día,
cuando tu alma durmiendo se encontraba,
sobre las flores que aquel sitio adornan, 54[L557]
vino una dama, y dijo: «Soy Lucía;
deja que tome a éste que ahora duerme;
así le haré más fácil el camino.» 57
Sordello se quedó, y las otras formas;
Te cogió y cuando el día clareaba,
vino hacia arriba y yo tras de tus pasos. 60
Te dejó aquí, mas me mostraron antes
sus bellos ojos esa entrada; y luego
ella y tu sueño a una se marcharon.» 63
Como un hombre que sale de sus dudas
y que cambia en sosiego sus temores,
después que la verdad ha descubierto, 66
cambié yo; y como sin preocupaciones
me vio mi guía, por la escarpadura
anduvo, y yo tras él hacia lo alto. 69
Lector, observarás cómo realzo
mis argumentos, y aún con más arte
si los refuerzo, no te maravilles. 72
Nos acercamos hasta el mismo sitio
que antes me había parecido roto,
como una brecha que un muro partiera, 75
vi una puerta, y tres gradas por debajo
para alcanzarla, de colores varios,
y un portero que aún nada había dicho. 78[L558]
Y como yo aún los ojos más abriera,
le vi sentado en la grada más alta,
con tal rostro que no pude mirarlo; 81
y una espada tenía entre las manos,
que los rayos así nos reflejaba,
que en vano a ella dirigí mi vista. 84
«Decidme desde allí: ¿Qué deseáis
‑él comenzó a decir‑ ¿y vuestra escolta?
No os vaya a ser dañosa la venida.» 87
«Una mujer del cielo, que esto sabe,
‑le respondió el maestro‑ nos ha dicho
antes, id por allí, que está la puerta.» 90
«Y ella bien ha guiado vuestros pasos
‑cortésmente el portero nos repuso‑:
venid pues y subid los escalones. 93
Allí subimos; y el primer peldaño 94[L559]
era de mármol blanco y tan pulido,
que en él me espejeé tal como era. 96
Era el segundo oscuro más que el perso
hecho de piedra áspera y reseca,
agrietado a lo largo y a lo ancho. 99
El tercero que encima descansaba,
me pareció tan llameante pórfido,
cual la sangre que escapa de las venas. 102
Encima de éste colocaba el ángel
de Dios, sus plantas, al umbral sentado,
que piedra de diamante parecía. 105[L560]
Por los tres escalones, de buen grado,
el guía me llevó, diciendo: «Pide
humildemente que abran el cerrojo.» 108
A los pies santos me arrojé devoto;
y pedí que me abrieran compasivos,
mas antes di tres golpes en mi pecho. 111
Siete P, con la punta de la espada, 112[L561]
en mi frente escribió: «Lavar procura
estas manchas ‑me dijo‑ cuando entres.» 114
La ceniza o la tierra seca eran 115[L562]
del color mismo de sus vestiduras;
y de debajo se sacó dos llaves. 117[L563]
Era de plata una y la otra de oro;
con la blanca y después con la amarilla
algo que me alegró le hizo a la puerta. 120
«Cuando cualquiera de estas llaves falla,
y no da vueltas en la cerradura
‑dijo él‑ esta entrada no se abre. 123
Más rica es una; pero la otra, antes
de abrir, requiera más ingenio y arte,
porque es aquella que el nudo desata. 126
Me las dio Pedro; y díjome que errase
antes en el abrirla que en cerrarla,
mientras la gente en tierra se prosterne.» 129[L564]
Después empujó la puerta sagrada,
diciéndonos: «Entrad, pero os advierto
que vuelve afuera aquel que atrás mirase.» 132[L565]
Y al girar en sus goznes las esquinas
de aquellas sacras puertas, que de fuertes
y sonoros metales están hechas, 135
no rechinó ni se mostró tan dura
Tarpeya, cuando al bueno de Metelo
la arrebataron, y quedó arruinada. 138[L566]
Yo me volví con el sonar primero,
y Te Deum Laudamus parecía 140[L567]
escucharse en la voz y en dulces sones. 141
Tal imagen al punto me venía
de lo que oía, como la que suele
cuando cantar con órgano se escucha; 144
que ahora no, que ahora sí, se entiende el texto.
CANTO X
Y al cruzar el umbral de aquella puerta
que el mal amor del alma hace tan rara,
pues que finge derecho el mal camino, 3
resonando sentí que la cerraban;
y si la vista hubiese vuelto a ella,
¿con qué excusara falta semejante? 6[L568]
Ascendimos por una piedra hendida,
que se movía de uno y de otro lado
como la ola que huye y se aleja. 9
«Aquí es preciso usar de la destreza
‑dijo mi guía‑ y que nos acerquemos
aquí y allá del lado que se aparta.» 12[L569]
Y esto nos hizo retardar el paso,
tanto que antes el resto de la luna
volvió a su lecho para cobijarse, 15
que aquel desfiladero abandonásemos; 16[L570]
mas al estar ya libres y a lo abierto,
donde el monte hacia atrás se replegaba, 18
cansado yo, y los dos sobre la ruta
inciertos, nos paramos en un sitio
más solo que un camino en el desierto. 21
Desde el borde que cae sobre el vacío,
al pie del alto farallón que asciende,
tres veces mediría el cuerpo humano; 24
y hasta donde alcanzaba con los ojos,
por el derecho y el izquierdo lado,
esa cornisa igual me parecía. 27
Nuestros pies no se habían aún movido
cuando noté que la pared aquella,
que no daba derecho de subida, 30[L571]
era de mármol blanco y adornado
con relieves, que no ya a Policleto, 32[L572]
a la naturaleza vencerían. 33
El ángel que a la tierra trajo anuncio
de aquella paz llorada tantos años,
que abrió los cielos tras veto tan largo, 36
tan verdadero se nos presentaba
aquí esculpido en gesto tan suave,
que imagen muda no nos parecía. 39
Jurado habria que él decía: «¡Ave!»
porque representada estaba aquella
que tiene llave del amor supremo; 42
e impresas en su gesto estas palabras
“Ecce ancilla Dei”, del modo
con que en cera se imprime una figura. 45
«En un lugar tan sólo no te fijes
‑dijo el dulce maestro, que en el lado
donde se tiene el corazón me puso. 48
Por lo que yo volví la vista, y vi
tras de María, por aquella parte
donde se hallaba quien me dirigía, 51
otra historia en la roca figurada;
y me acerqué, cruzando ante Virgilio,
para verla mejor ante mis ojos. 54
Allí en el mismo mármol esculpido 55[L573]
estaban carro y bueyes con el arca
que hace temible el no mandado oficio. 57
Delante había gente; y toda ella
en siete coros, que mis dos sentidos
uno decía: «No», y otro: «Sí canta.» 60[L574]
Y al igual con el humo del incienso
representado, la nariz y el ojo
entre el no y entre el sí tuvieron pugna. 63
Ante el bendito vaso daba brincos
el humilde salmista arremangado,
más y menos que rey en ese instante. 66
Frente a él, figurada en la azotea,
de un gran palacio, Micol se asombraba
como mujer despreciativa y triste. 69
Moví los pies del sitio en donde estaba,
para ver otra historia más de cerca,
que detrás de Micol resplandecía. 72
Aquí estaba historiada la alta gloria 73[L575]
del principe romano, a quien Gregorio
hizo por sus virtudes victorioso; 75[L576]
hablo de aquel emperador Trajano;
y de una viuda que cogióle el freno,
de dolor traspasada y de sollozos. 78
Había en torno a él gran muchedumbre
de caballeros, y las águilas áureas
sobre ellos se movían con el viento. 81
La pobrecilla entre todos aquellos
parecía decir: «Dame venganza,
señor, de mi hijo muerto, que me aflige.» 84
Y él que le contestaba: «Aguarda ahora
a mi regreso»; y ella: « Señor mío
‑como alguien del dolor impacientado‑, 87
¿y si no vuelves?» y él: «Quien en mi puesto
esté, lo hará»; y ella: « El bien que otro haga
¿qué te importa si el tuyo has olvidado?» 90
Por lo cual él: «Consuélate; es preciso
que cumpla mi deber antes de irme:
la piedad y justicia me retienen.» 93[L577]
Aquel que nunca ha visto cosas nuevas 94[L578]
fue quien produjo aquel hablar visible,
nuevo a nosotros pues que aquí no se halla. 96
Mientras yo me gozaba contemplando
los simulacros de humildad tan grande,
más gratos aún de ver por su artesano, 99
«Por acá vienen, mas con lentos pasos
‑murmuraba el poeta‑ muchas gentes:
éstas podrán llevamos más arriba.» 102[L579]
Mis ojos, que en mirar se complacían
por ver lá novedad que deseaban,
en volverse hacia él no fueron lentos. 105
Mas no quiero lector desanimarte
de tus buenos propósitos si escuchas
cómo desea Dios cobrar las deudas. 108
No atiendas a la forma del martirio:
piensa en lo que vendrá; y que en el peor caso, 110[L580]
no irá más lejos de la gran sentencia. 111[L581]
Yo comencé: «Maestro, lo que veo
venir aquí, personas no parecen,
y no sé qué es: turbada está mi vista.» 114
Y aquel: «La condición abrumadora
de su martirio a tierra les inclina,
y aun mis ojos dudaron al principio. 117
Mas mira fijamente, y desentraña
quiénes vienen debajo de esas peñas:
podrás verlos a todos doblegados.» 120[L582]
Oh soberbios cristianos, infelices,
que enfermos de la vista de la mente,
la fe ponéis en pasos que atrás vuelven, 123
¿no comprendéis que somos los gusanos
de quien saldrá la mariposa angélica
que a la justicia sin reparos vuela? 126
¿de qué se ensorberbecen vuestras almas,
si cual insectos sois defectuosos,
gusanos que no llegan a formarse? 129
Como por sustentar suelo o tejado,
por ménsulas a veces hay figuras
cuyas rodillas llegan hasta el pecho, 132
que sin ser de verdad causan angustia
verdadera en aquellos que las miran;
así los vi al mirarles más atento. 135
Cierto que más o menos contraídas,
según el peso que portando estaban;
y aún aquel más paciente parecía 138
decir llorando: «Ya no lo resisto.»
CANTO XI
«Oh padre nuestro, que estás en los cielos, 1[L583]
no circunscrito, sino por más grande 2[L584]
amor que a tus primeras obras tienes, 3
alabados tu nombre y tu potencia
sean de cualquier hombre, como es justo
darle gracias a tu dulce vapor. 6[L585]
De tu reino la paz venga a nosotros,
que nosotros a ella no alcanzarnos,
si no viene, con todo nuestro esfuerzo. 9
Como por gusto suyo hacen los ángeles,
cantando osanna, a ti los sacrificios,
hagan así gustosos los humanos. 12
El maná cotidiano danos hoy,
sin el cual por este áspero desierto
quien más quiere avanzar más retrocede. 15
Y al igual que nosotros las ofensas
perdonamos a todos, sin que mires
el mérito, perdónanos, benigno. 18
Nuestra virtud que cae tan prontamente
no ponga a prueba el antiguo enemigo,
mas líbranos de aquel que así la hostiga. 21
Esta última plegaria, amado Dueño.
no se hace por nosotros, ni hace falta,
mas por aquellos que detrás quedaron.» 24[L586]
Para ellas y nosotros buen camino
pidiendo andaban esas sombras, bajo
un peso igual al que a veces se sueña, 27
angustiadas en formas desiguales
y en la primera cornisa cansadas,
purgando las calígines del mundo. 30[L587]
Si allí bien piden siempre por nosotros,
¿aquí qué hacer y qué pedir podrían
los que en Dios han echado sus raíces? 33
Debemos ayudarles a lavarse
las manchas, tal que puros y ligeros
puedan ganar las estrelladas ruedas. 36
«Ah, la justicia y la Piedad os libren
pronto, tal que podáis mover las alas,
que os conduzcan según vuestros deseos: 39
mostradnos por qué parte a la escalera
más rápido se va; y, si hay más caminos,
enseñadnos aquel menos pendiente; 42
pues a quien me acompaña, por la carga
de la carne de Adán con que se viste,
contra su voluntad, subir le cuesta.» 45
Las palabras que respondieron a éstas
que había dicho aquel que yo seguía, 47[L588]
de quién vinieran no lo supe; pero 48
dijeron: «Por la orilla a la derecha
veniros, y hallaremos algún paso
que lo pueda subir un hombre vivo. 51
Y si no fuese un estorbo la piedra
que mi cerviz soberbia doma, y tengo
por esto que llevar el rostro gacho, 54
a aquel que vive aún y no se nombra,
miraría por ver si lo conozco,
para hacer que este peso compadezca. 57
Latino fui, de un gran toscano hijo: 58[L589]
Giuglielrno Aldobrandeschi fue mi padre;
no sé si conocéis el nombre suyo. 60
La sangre antigua y las gloriosas obras
de mis mayores, arrogancia tanta
me dieron, que ignorando a nuestra madre 63
común, todos los hombres despreciaba
y por ello morí; sábenlo en Siena,
y en Campagnático todos los niños. 66
Soy Omberto; y no sólo la soberbia
me dañó a mí‑, que a todos mis parientes
ha arrastrado consigo a la desgracia. 69
Y aquí es preciso que este peso lleve
por ella, hasta que Dios se satisfaga:
Pues no lo hice de vivo, lo hago muerto.» 72
Incliné al escucharle la cabeza; 73[L590]
y uno de ellos, no aquel que había hablado,
se volvió bajo el peso que llevaba, 75[L591]
y me llamó al mirarme y conocerme,
con los ojos fijados con gran pena,
pues andaba inclinado junto a ellos. 78
«Oh ‑yo le dije‑‑ ¿No eres Oderisi,
honra de Gubbio, y honra de aquel arte
que se llama en París iluminar?» 81
«Hermano ‑‑dijo‑‑‑ ríen más las cartas
que ahora ilumina Franco, el de Bolonia; 83[L592]
suyo es todo el honor, y en parte, mío. 84
No hubiera sido yo tan generoso
mientras vivía, por el gran deseo
de superar a todos que albergaba. 87
De tal soberbia pago aquí la pena;
y aun no estaría aquí de no haber sido
que, pudiendo pecar, volvíme a Dios. 90[L593]
¡Oh, vana gloria del poder humano!
¡qué poco dura el verde de la cumbre,
si no le sigue un tiempo decadente! 93[L594]
Creisteis que en pintura Cimabue 94[L595]
tuviese el campo, y es de Giotto ahora,
y la fama de aquel ha oscurecido. 96
Igual un Guido al otro le arrebata
la gloria de la lengua; y nació acaso
el que arroje del nido a uno y a otro. 99
No es el ruido mundano más que un soplo
de viento, ahora de un lado, ahora del otro,
y muda el nombre como cambia el rumbo. 102
¿Qué fama has de tener, si viejo apartas
de ti la carne, como si murieras
antes de abandonar el sonajero, 105[L596]
cuando pasen mil años? Pues es corto
ese espacio en lo eterno, más que un guiño
en el más tardo giro de los cielos. 108[L597]
Aquel que va delante tan despacio 109[L598]
de mí, en Toscana entera era famoso;
y de él en Siena apenas cuchichean, 111
en donde era señor cuando abatieron
la rabia florentina, que soberbia
fue en aquel tiempo tal como ahora es puta. 114[L599]
Color de hierba es vuestra nombradía,
que viene y va, y el mismo la marchita
que la hace brotar verde de la tierra.» 117[L600]
Y yo le dije: «Tu verdad me empuja
a la humildad, y abate mi soberbia;
pero quién es aquel de quien hablabas?» 120
«Es ‑respondió‑‑ Provenzano Salviati:
y está aquí porque tuvo pretensiones
de llevar Siena entera entre sus manos. 123
Anduvo así y aún anda, sin descanso,
desde su muerte: tal moneda paga
aquel que en vida a demasiado aspira.» 126
Y yo: «Si aquel espíritu que deja
arrepentirse al fin de su existencia,
queda abajo y no sube sin la ayuda 129
de una buena oración, antes que pase
un tiempo semejante al que ha vivido,
¿Cómo le consintieron que viniese?» 132
«Cuando vivía más glorioso –dijo-, 133[L601]
en la plaza de Siena libremente
vencida su vergüenza, se plantó 135
y allí para salvar a cierto amigo,
en la prisión de Carlos condenado,
de tal modo actuó que tembló entero. 138
Más no diré y oscuro sé que hablo;
pero dentro de poco, tus vecinos 140[L602]
harán de modo que glosarlo puedas. 141
Esta acción le sacó de esos confines.»
CANTO XII
A la par, como bueyes en la yunta,
con el alma cargada caminaba,
mientras lo consintió mi pedagogo. 3
Mas cuando dijo: «Déjale y avanza;
que es menester que con alas y remos
empuje su navío cada uno», 6
enderecé, cual para andar conviene
el cuerpo todo, mas los pensamientos
se me quedaron sencillos y humildes. 9
Me puse a andar, y seguía con gusto
los pasos del maestro, y ambos dos
de ligereza hacíamos alarde; 12