Voltaire
Tratado
sobre la tolerancia
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Tratado sobre la tolerancia Con ocasión de la
muerte de Jean Calas (1763) CAPÍTULO PRIMERO Historia resumida de la muerte
de Jean Calas El
asesinato de Calas, cometido en Toulouse con
la espada de la justicia, el 9 de marzo de 1762, es uno de los acontecimientos
más singulares que merecen la atención de nuestra época y de la posteridad.
Se olvida con facilidad aquella multitud de muertos que perecieron en
batallas sin cuento, no sólo porque es fatalidad inevitable de la guerra,
sino porque los que mueren por la suerte de las armas podían también dar
muerte a sus enemigos y no caían sin defenderse. Allí donde el peligro y la
ventaja son iguales, cesa el asombro e incluso la misma compasión se
debilita; pero si un padre de familia inocente es puesto en manos del error,
o de la pasión, o del fanatismo; si el acusado no tiene más defensa que su
virtud; si los árbitros de su vida no corren otro riesgo al degollarlo que el
de equivocarse; si pueden matar impunemente con una sentencia, entonces se
levanta el clamor público, cada uno teme por sí mismo, se ve que nadie tiene
seguridad de su vida ante un tribunal creado para velar por la vida de los
ciudadanos y todas las voces se unen para pedir venganza. Se
trataba, en este extraño caso, de religión, de suicidio, de parricidio; se
trataba de saber si un padre y una madre habían estrangulado a su hijo para
agradar a Dios, si un hermano había estrangulado a su hermano, si un amigo
había estrangulado a su amigo, y si los jueces tenían que reprocharse haber
hecho morir por el suplicio de la rueda a un padre inocente, o haber perdonado
a una madre, a un hermano, o a un amigo culpables. Jean
Calas, de sesenta y ocho años de edad, ejercía la profesión de comerciante
en Toulouse desde hacía más de cuarenta
años y era considerado por todos los que vivieron con él como un buen padre.
Era protestante, lo mismo que su mujer y todos sus hijos, excepto uno, que
había abjurado de la herejía y al que el padre pasaba una pequeña pensión.
Parecía tan alejado de ese
absurdo fanatismo que rompe con todos los lazos de la sociedad, que había
aprobado la conversión de su hijo Louis Calas y tenía además desde hacía
treinta años en su casa una sirviente católica
ferviente que había criado a todos sus hijos. Uno de los hijos de Jean Calas, llamado Marc-Antoine, era hombre de
letras: estaba considerado como espíritu inquieto, sombrío y violento. Dicho
joven, al no poder triunfar ni entrar en el negocio, para lo que no estaba
dotado, ni obtener el título de abogado, porque se necesitaban certificados
de catolicidad que no pudo conseguir, decidió poner fin a su vida y dejó
entender que tenía este propósito a uno de sus amigos; se confirmó en esta
resolución por la lectura de todo lo que se ha escrito en el mundo sobre el
suicidio. Finalmente, un día en que había perdido su
dinero al juego, lo escogió para realizar su propósito. Un amigo de su
familia y también suyo, llamado Lavaisse, joven de diecinueve
años, conocido por el candor y la dulzura de sus costumbres, hijo de un
abogado célebre de Toulouse, había llegado de Burdeos la víspera [el 12 de
octubre de 1761j: cenó por casualidad en casa de los Calas. El padre, la
madre, Marc-Antoine su hijo
mayor, Pierre, el segundo, comieron juntos. Después de la cena se retiraron
a una pequeña sala: Marc-Antoine
desapareció; finalmente, cuando el joven Lavaisse
quiso marcharse, bajaron Pierre Calas y él y encontraron abajo, junto al
almacén, a Marc-Antoine
en cam Pasamos aquí por alto todos los detalles de que
los abogados han dado cuenta: no describiremos el dolor y la desesperación
del padre y la madre: sus gritos fueron oídos por los vecinos. Lavaisse y Pierre Calas, fuera de sí, corrieron en busca
de los cirujanos y la justicia. Mientras cumplían con este deber, mientras el
padre y la madre sollozaban y derramaban lágrimas, el pueblo de Toulouse se
agolpó ante la casa. Este pueblo es supersticioso y violento; considera como
monstruos a sus hermanos si no son de su misma religión. Fue en Toulouse
donde se dieron gracias solemnemente a Dios por la muerte de Enrique III[RC1] y donde se hizo el juramento de
degollar al primero que hablase de reconocer al gran, al buen Enrique IV[RC2]. Esta ciudad celebra todavía todos los
años, con una procesión y fuegos artificiales, el día en que dio muerte a cuatro
mil ciudadanos heréticos, hace dos siglos. En vano seis disposiciones del
consejo han prohibido esta odiosa fiesta, los tolosanos la han celebrado
siempre, lo mismo que los juegos florales. Algún fanático de entre el populacho gritó que
Jean Calas había ahorcado a su propio hijo Marc-Antoine. Este grito, repetido, se hizo unánime en un
momento; otros añadieron que el muerto debía abjurar al día siguiente; que su
familia y el joven Lavaisse le habían estrangulado
por odio a la religión católica: un momento después ya nadie dudó de ello;
toda la ciudad estuvo persuadida de que es un punto de religión entre los protestantes
el que un padre y una madre deban asesinar a su hijo en cuanto éste quiera
convertirse. Una vez caldeados los ánimos, ya no se
contuvieron. Se imaginó que los protestantes del Languedoc
se habían reunido la víspera; que habían escogido, por mayoría de votos, un
verdugo de la secta; que la elección había recaído sobre el joven Lavaisse; que este joven, en veinticuatro horas, había
recibido la noticia de su elección y había llegado de Burdeos para ayudar a
Jean Calas, a su mujer y a su hijo Pierre, a estrangular a un amigo, a un
hijo, a un hermano. El señor David, magistrado de Toulouse, excitado
por estos rumores y queriendo hacerse valer por la rapidez de la ejecución,
empleó un procedimiento contrario a las reglas y ordenanzas. La familia
Calas, la sirviente católica, Lavaisse, fueron
encarcelados. Se publicó un monitorio no menos vicioso que el
procedimiento. Se llegó más lejos: Marc-Antoine Calas había muerto calvinista y, si había
atentado contra su propia vida, debía ser arrastrado por el lodo; fue
inhumado con la mayor pompa en la iglesia de San Esteban, a pesar del cura,
que protestaba contra esta profanación. Hay en el Languedoc[RC3] cuatro cofradías de penitentes, la
blanca, la azul, la gris y la negra. Los cofrades llevan un largo capuchón
con un antifaz de paño con dos agujeros para poder ver: quisieron obligar al
señor duque de Fitz-James, comandante de la
provincia, a entrar en su cofradía, pero él se negó. Los cofrades blancos
hicieron a Marc-Antoine
Calas un funeral solemne, como a un mártir. Jamás Iglesia alguna celebró la
fiesta de un mártir verdadero con más pompa; pero aquella pompa fue
terrible. Se había colgado sobre un magnífico catafalco un esqueleto al que
se imprimía movimiento y que representaba a Marc-Antoine Calas llevando en una mano una palma y en la otra
la pluma con que debía firmar la abjuración de la herejía y que escribía, en
realidad, la sentencia de muerte de su padre. Entonces
ya no le faltó al desgraciado que había atentado contra su vida más que la
canonización: todo el pueblo lo miraba como un santo; algunos le invocaban,
otros iban a rezar sobre su tumba, otros le pedían milagros, otros contaban los que había
hecho. Un fraile le arrancó algunos dientes para tener reliquias duraderas.
Una beata, algo sorda, dijo que había oído un repicar de campanas. Un cura apoplético fue curado después de haber tomado un emético.
Se levantó acta de aquellos prodigios. El que escribe este relato posee una
atestación de que un joven de Toulouse se
volvió loco después de haber rezado varias noches sobre la tumba del nuevo
santo sin obtener el milagro que imploraba. Algunos magistrados eran de la cofradía de
los penitentes blancos. Esta circunstancia hacía inevitable la muerte de Jean
Calas. Lo que sobre todo preparó su suplicio fue
la proximidad de esa fiesta que los tolosanos celebran todos los años en conmemoración
de una matanza de cuatro mil hugonotes[RC4]; el año 1762 era el año
centenario. Se levantaba en la ciudad el tinglado para esta solemnidad;
aquello inflamaba más aún la imaginación ya caldeada del pueblo; se decía
públicamente que el patíbulo en que Jean Calas sufriría el suplicio de la rueda
constituiría el mayor ornato de la fiesta; se decía que la Providencia traía
ella misma aquellas víctimas para ser sacrificadas a nuestra santa religión.
Veinte personas han oído este discurso y otros aún más violentos. ¡Y esto en
nuestros días! ¡Y en una época en que la filosofía ha hecho tantos progresos!
¡Y en un momento en que cien academias escriben para inspirar mansedumbre en
las costumbres! Parece que el fanatismo, indignado desde hace poco por los
éxitos de la razón, se debate bajo ella con más rabia. Trece jueces se reunieron diariamente para
sustanciar el proceso. No se tenía, no se podía tener prueba alguna contra la
familia; pero la religión engañada hacía veces de prueba. Seis jueces
persistieron mucho tiempo en condenar a Jean Calas, a su hijo y a Lavaisse al suplicio de la rueda, y a la mujer de Jean
Calas a la hoguera. Otros siete más moderados querían que por lo menos se
reflexionase. Uno de los jueces, convencido de la inocencia de los acusados y
de la imposibilidad del crimen, habló vivamente en su favor; opuso el celo
del humanitarismo al celo de la severidad; se convirtió en el abogado público
de los Calas en todos los hogares de Toulouse, donde
los gritos continuos de la religión equivocada reclamaban la sangre de
aquellos desgraciados. Otro juez, conocido por su violencia, hablaba en la
ciudad con tanto arrebato contra los Calas como el primero mostraba
entusiasmo en defenderlos. Finalmente el escándalo fue tan fuerte que uno y
otro tuvieron que declararse incompetentes; se
retiraron al campo. Pero por una extraña desgracia, el juez
favorable a los Calas tuvo la delicadeza de persistir en su recusación,
mientras que el otro regresó a la ciudad para dar su voto contra aquellos que
debía juzgar; fue este voto el que decidió la condena al suplicio de la
rueda, ya que sólo hubo ocho votos contra cinco, después de que uno de los
seis jueces opuestos a la sentencia se pasó finalmente, tras muchas
discusiones, al partido más implacable. Parece que, cuando se trata de un
parricidio y de condenar a un padre de familia al más espantoso suplicio, el
juicio debería ser unánime, porque las pruebas de un crimen tan inaudito
deberían ser una evidencia perceptible para todo el mundo: la menor duda en
un caso semejante debe bastar para hacer temblar la mano de un juez que se
dispone a firmar una sentencia de muerte. La debilidad de nuestra razón y la
insuficiencia de nuestras leyes se dejan notar todos los días, pero, ¿en qué
ocasión se descubre mejor su defectuosidad que cuando la preponderancia de
un solo voto hace morir en el suplicio de la rueda a un ciudadano? En Parecía imposible que Jean Calas, anciano
de sesenta y ocho años, que tenía desde hacía tiempo las piernas hinchadas y
débiles, hubiese estrangulado y ahorcado él solo a un hijo de veintiocho
años, de una fuerza superior a la corriente; era absolutamente preciso que
hubiese sido ayudado en esta ejecución por su mujer, por su hijo Pierre Calas, por Lavaisse
y por la criada. No se habían separado un solo
momento la noche de aquella fatal aventura. Pero esta suposición era también
tan absurda como la otra: porque, ¿cómo una sirviente que era fervorosa
católica habría podido tolerar que unos hugonotes asesinasen a un joven
criado por ella para castigarle de amar la religión de aquella misma
sirviente? ¿Cómo Lavaisse habría venido expresamente
de Burdeos para estrangular a su amigo, de quien ignoraba la pretendida
conversión? ¿Cómo una madre amante habría puesto las manos sobre su hijo?
¿Cómo todos juntos habrían podido estrangular a un joven tan robusto como
todos ellos, sin un combate largo y violento, sin gritos espantosos que
habrían alertado a toda la vecindad, sin golpes repetidos, sin magulladuras,
sin ropas desgarradas? Era evidente que, si se había podido
cometer el parricidio, todos los acusados eran igualmente culpables, porque
no se habían separado ni un momento; era evidente
que no lo eran; era evidente que el padre solo no podía serlo; y,
sin embargo, la sentencia condenó sólo a este padre a expirar en la rueda. El
motivo de la sentencia era tan inconcebible como todo lo demás. Los jueces
que estaban decididos a condenar al suplicio a Jean Calas persuadieron a los
otros de que aquel débil anciano no podría resistir el tormento y que, bajo
los golpes de sus verdugos, confesaría su crimen y el de sus cómplices. Quedaron
confundidos cuando aquel anciano, al morir en la rueda, tomó a Dios por
testigo de su inocencia y le conjuró a que perdonase a sus jueces. Se
vieron obligados a dictar una segunda sentencia, que se contradecía con la
primera, poniendo en libertad a la madre, a su hijo Pierre,
al joven Lavaisse y a la
criada; pero al hacerles notar uno de los consejeros que aquella sentencia
desmentía a la otra, que se condenaban ellos mismos, que habiendo estado
siempre juntos todos los acusados en el momento en que se suponía haberse
cometido el parricidio, la liberación de todos los sobrevivientes demostraba
indefectiblemente la inocencia del padre de familia ejecutado, tomaron
entonces el partido de desterrar a Pierre Calas,
su hijo. Este destierro parecía tan inconsecuente, tan absurdo como todo lo
demás: porque Pierre Calas era culpable o inocente
del parricidio; si era culpable había que condenarle a la rueda, como a su
padre; si era inocente, no debía ser desterrado. Pero los jueces, asustados
del suplicio del padre y de la enternecedora piedad con que había muerto,
pensaron salvar su honor haciendo creer que concedían la gracia al hijo, como
si el perdonarle no hubiese sido una nueva prevaricación; y creyeron que el
destierro de aquel joven, pobre y sin apoyo, al carecer de consecuencias, no
era una gran injusticia, después de la que habían tenido la desgracia de
cometer. Se
empezó por amenazar a Pierre Calas, en su celda, con
tratarle como a su padre si no abjuraba de su religión. Esto es lo que
atestigua este joven bajo juramento. Pierre Calas, al salir de la ciudad, encontró a un cura dedicado a hacer
conversiones que le hizo volver a Toulouse; fue encerrado en un convento de dominicos y allí se le obligó a
practicar todos los ritos del catolicismo: era en parte lo que se quería, era
el precio de la sangre de su padre; y la religión, a la que se había creído
vengar, parecía satisfecha. Le
fueron quitadas las hijas a la madre, encerrándolas en un convento. Esta
mujer, casi regada por la sangre de su marido, que había tenido a su hijo
mayor muerto entre los brazos, viendo al otro desterrado, privada de sus
hijas, despojada de todos sus bienes, se encontraba sola en el mundo, sin
pan, sin esperanza, muriendo de los excesos de su desgracia. Algunas personas,
después de un meditado examen de todas las circunstancias de aquella horrible
aventura, quedaron tan impresionados que presionaron
a la viuda Calas, retirada en su soledad, para que osase acudir en demanda de
justicia a los pies del trono. En aquellos momentos aquella mujer no podía
tenerse en pie, se extinguía; y además, habiendo nacido inglesa, trasplantada
a una provincia de Francia desde su juventud, el mero nombre de la ciudad de
París le espantaba. Imaginaba que la capital del reino debía ser aún más
bárbara que la del Languedoc. Finalmente, el deber de
vengar la memoria de su marido pudo más que su debilidad. Llegó a París a
punto de expirar. Quedó asombrada al verse acogida, al encontrar socorros y
lágrimas. En
París la razón puede más que el fanatismo, por grande que éste pueda ser,
mientras que en provincias el fanatismo domina siempre a la razón. El
señor de Beaumont, célebre abogado del parlamento
de París, tomó primero su defensa y redactó una consulta que fue firmada por
quince abogados. El señor Loiseau, no menos elocuente,
compuso un memorial en favor de la familia. El señor Mariette,
abogado del tribunal, escribió un recurso jurídico
que llevó la convicción a todas las mentes. Estos
tres generosos defensores de las leyes y la inocencia renunciaron en favor de
la viuda al beneficio de las ediciones de sus alegatos. París y Europa entera
se conmovieron y pidieron justicia juntamente con aquella mujer infortunada.
La sentencia fue pronunciada por todo el público mucho antes de que pudiera
ser dictada por el tribunal. La
compasión penetró hasta el ministerio, a pesar del ininterrumpido torrente
de los negocios, que a menudo excluye la piedad y, a pesar de la costumbre de
ver desgraciados, que puede endurecer aún más el corazón. Las hijas fueron
devueltas a la madre. Se vio a las tres, cubiertas de crespón y bañadas en
lágrimas, haciéndolas verter a sus jueces. Pero
esta familia tuvo todavía algunos enemigos, porque se trataba de religión.
Varias personas, que llaman en Francia devotas[RC5], dijeron con altivez que era preferible someter al tormento de la
rueda a un viejo calvinista inocente que exponer a ocho consejeros del Languedoc a reconocer que se habían equivocado: se utilizó
incluso esta expresión: «Hay más magistrados que Calas»; y se infería de esto
que la familia Calas debía ser inmolada en honor a la magistratura. No se
pensaba que el honor de los jueces consiste, como el de los demás hombres, en
reparar sus faltas. No se cree en Francia que el papa, asistido de sus
cardenales, sea infalible: se podría creer igualmente que ocho jueces de Toulouse tampoco lo son. Todo el resto de la gente sensata
y desinteresada decía que la sentencia de Toulouse
sería anulada en toda Europa aunque
consideraciones particulares impedirían la casación en el tribunal. Éste
era el estado de esta asombrosa aventura, cuando ha hecho nacer en la mente
de personas imparciales, pero sensibles, el designio de presentar al público
algunas reflexiones sobre la tolerancia, sobre la indulgencia, sobre la
conmiseración, que el padre Hauteville llama dogma
monstruoso, en su declamación ampulosa y errónea sobre estos
hechos, y que la razón llama atributo de la naturaleza. O
bien los jueces de Toulouse, arrastrados por el fanatismo
del populacho, han hecho morir en la rueda a un padre de familia inocente,
lo que es algo sin ejemplo; o bien este padre de familia y su mujer han
estrangulado a su hijo mayor, ayudados en este parricidio por otro hijo y un
amigo, cosa que no existe en la naturaleza. En uno u otro caso, el abuso de
la religión más santa ha producido un gran crimen. Interesa por lo tanto a la
humanidad examinar si la religión debe ser caritativa o bárbara. CAPÍTULO II Consecuencias del suplicio de Jean Calas Si
los penitentes blancos fueron la causa del suplicio de un inocente, de la
ruina de una familia, de su dispersión y del oprobio que sólo debería recaer
sobre la injusticia, pero que recae sobre el suplicio; si esta precipitación
de los penitentes blancos en festejar como a un santo a aquel que hubiera
debido ser arrastrado por el fango, según nuestras bárbaras costumbres, ha
hecho morir en la rueda a un padre de familia virtuoso; esta desgracia debe
indudablemente convertirlos en penitentes para el resto de sus vidas; ellos
y los jueces deben llorar, pero no revestidos de un largo hábito blanco y
con un antifaz en la cara que ocultaría sus lágrimas. Todas
las cofradías merecen respeto: son edificantes; pero por muy grande que sea
el bien que hagan al Estado, ¿iguala a ese mal que han causado? Parecían
instituidas por el celo que anima en el Languedoc
a los católicos contra aquellos a los que llamamos
hugonotes[RC6]. Se diría que hemos hecho voto de odiar a nuestros hermanos, ya que
no somos capaces de amar y socorrer. ¿Y qué sucedería si estas cofradías
estuviesen regidas por entusiastas, como lo han sido en otros tiempos algunas
congregaciones de artesanos y consejeros del parlamento, entre los cuales se
reducía a arte y sistema la costumbre de tener visiones, como dice uno de
nuestros más elocuentes y sabios magistrados? ¿Qué sería si se estableciesen
en las cofradías aquellas cá Ha
habido épocas, de sobra se sabe, en que las cofradías han sido peligrosas.
Los «hermanitos», los flagelantes, han originado disturbios. La Liga[RC7] empezó por esas asociaciones. ¿Por qué distinguirse así de los
demás ciudadanos? ¿Se consideraban más perfectos? Eso mismo constituye un
insulto al resto de la nación. ¿Se pretendía que todos los cristianos
entrasen en la cofradía? ¡Qué hermoso espectáculo ofrecería toda Europa con
capuchón y antifaz con dos pequeños agujeros redondos ante los ojos! ¿Se cree
de buena fe que Dios prefiere este indumento a una chupa? Aún hay más: este
hábito es un uniforme de controversistas que advierte a los adversarios que
preparen sus armas; puede provocar una especie de guerra civil en los
espíritus, la cual acabaría tal vez causando funestos excesos si el rey y
sus ministros no fuesen tan sensatos como insensatos son los fanáticos. De
sobra se sabe todo lo que ha costado desde que los cristianos disputan sobre
el dogma: ha corrido la sangre, ya sea en los patíbulos ya en los campos de
batalla, desde el siglo IV hasta
nuestros días. Limitémonos aquí a las guerras y a los horrores que las
querellas de la Reforma[RC8] han provocado y veamos cuál ha sido su fuente en Francia. Tal vez
un cuadro resumido y fiel de tantas calamidades abrirá los ojos a algunas
personas poco instruidas y conmoverá los corazones rectos. CAPÍTULO III Idea de la Reforma del siglo XVI Cuando
con el renacimiento de las letras las mentes empezaron a instruirse, se
produjeron generalmente quejas contra los abusos; todo el mundo reconoce que
esta queja era legítima. El
papa Alejandro VI había comprado públicamente la tiara y sus cinco bastardos
compartían sus beneficios. Su hijo, el cardenal duque de Borgia[RC9], hizo morir, de acuerdo con su padre el papa, a los Vitelli, los Urbino, los
Decían
que como Jesucristo jamás exigió anatas[RC10] ni reservas, ni vendió dispensas para este mundo ni indulgencias
para el otro, era posible dispensarse de pagar el precio de todas aquellas
cosas a un príncipe extranjero. Considerando que las anatas, los procesos
ante el tribunal de Roma y las dispensas que todavía subsisten hoy no nos
costasen más que quinientos mil francos al año, está claro que hemos pagado
desde Francisco I, en doscientos cincuenta años, ciento veinticinco millones;
y evaluando los diversos precios del marco de plata, esta suma equivale a
unos doscientos cincuenta millones de hoy. Se puede, por lo tanto, reconocer
sin blasfemia, que los heréticos, al proceder a la abolición de estos
singulares impuestos de que se asombrará la posteridad, no causaban con ello
un gran daño al reino y eran más bien buenos calculadores que malos súbditos.
Añadamos que eran los únicos que sabían la lengua griega y conocían la
antigüedad. No disimulemos tampoco que, a pesar de sus errores, les debemos
el desarrollo del espíritu humano, largo tiempo enterrado bajo la más densa
barbarie. Pero
como negaban el purgatorio, del que no se debe dudar y que además producía
mucho a los frailes; como no veneraban las reliquias que se deben venerar,
pero que producían todavía más; finalmente, como atacaban dogmas muy respetados,
no se les respondió al principio más que haciéndolos quemar. El rey, que los
protegía y pagaba en Alemania, fue en París a la cabeza de una procesión, al
final de la cual fueron ejecutados varios de aquellos desgraciados; y he
aquí en qué consistía aquella ejecución. Se les colgaba al extremo de una
larga viga colocada haciendo báscula en lo alto de un árbol en pie; se
encendía un gran fuego bajo ellos en el que se les metía y sacaba
alternativamente; experimentaban así gradualmente los tormentos de la
muerte, hasta que expiraban en el más largo y horrible suplicio que jamás
haya inventado la barbarie. Poco
tiempo antes de la muerte de Francisco I, algunos miembros del parlamento de
Provenza, animados por ciertos eclesiásticos contra los habitantes de Merindol y Cabrières, pidieron
al rey tropas para apoyar la ejecución de diecinueve personas de aquella
religión condenados por ellos; hicieron degollar a seis mil, sin perdonar
sexo, edad, ni infancia; redujeron a cenizas treinta pueblos. Aquellos
pueblos, hasta entonces desconocidos, eran culpables, sin duda, de haber
nacido valdenses[RC11], ésta era su única iniquidad. Estaban establecidos desde hacía
trescientos años en desiertos y montañas que habían hecho fértiles con un
trabajo increíble. Su vida pastoral y tranquila restituía la inocencia
atribuida a las primeras edades del mundo. Las ciudades vecinas no eran
conocidas por ellos más que por el comercio de los frutos que iban a
venderles, e ignoraban los pleitos y la guerra; no se defendieron: fueron
degollados como animales fugitivos a los que se da muerte en una empalizada. Después
de la muerte de Francisco I, príncipe más conocido, sin embargo, por sus
galanterías y sus desgracias que por sus crueldades[RC12], el suplicio de mil heréticos, sobre todo el del consejero del
parlamento Dubourg y, finalmente, la matanza de Vassy, sublevaron a los perseguidos, cuya secta se había
multiplicado al resplandor de las hogueras y bajo los hierros de los
verdugos; la rabia sucedió a la paciencia; imitaron las crueldades de sus
enemigos: nueve guerras civiles llenaron a Francia de matanzas; una paz más
funesta que la guerra produjo la noche de San Bartolomé, de la que no existía
ningún ejemplo en los anales de los crímenes. La
Liga asesinó a Enrique III y a Enrique IV, a manos de un
dominico y de un monstruo que había sido monje bernardo. Hay gentes que
pretenden que el humanitarismo, la indulgencia y la libertad de conciencia
son cosas horribles; pero, de buena fe, ¿habrían producido dichas cosas
calamidades comparables? CAPITULO IV De si la tolerancia es peligrosa y en qué
pueblos está permitida Algunos
han dicho que si se tratase con una indulgencia paternal a nuestros hermanos
errados, que rezan a Dios en mal francés, sería como ponerles las armas en la
mano; que veríamos nuevas
batallas de Jarnac, de Moncontour,
de Coutras, de Dreux, de Saint-Denis, etc.; es cosa que ignoro porque no soy
profeta; pero me parece que no es razonar de manera consecuente decir: «Esos
hombres se sublevaron cuando se les trataba mal; por lo tanto, se sublevarán
cuando se les trate bien.» Me atrevería a tomarme la libertad de
invitar a los que se encuentran al frente del gobierno y a aquellos que están
destinados a ocupar puestos elevados a que se dignasen considerar tras meditado
examen si se debe temer, en efecto, que la dulzura produzca las mismas
sublevaciones que hace nacer la crueldad; si aquello que ha sucedido en
determinadas circunstancias debe suceder en otras; si las épocas, la opinión,
las costumbres, son siempre las mismas. Los hugonotes, sin duda, se han embriagado
de fanatismo y se han manchado de sangre como nosotros; pero la generación
presente ¿es tan bárbara como sus padres? El tiempo, la razón que hace tantos
progresos, los buenos libros, la dulzura de la sociedad ¿no han penetrado en
aquellos que dirigen el espíritu de esos pueblos? ¿Y no nos apercibimos de que casi toda Europa ha cambiado de cara desde hace
unos cincuenta años? El gobierno se ha fortalecido en todas
partes, mientras que las costumbres se han suavizado. La policía general,
apoyada por ejércitos numerosos y permanentes, no permite además temer el
retorno de aquellos tiempos anárquicos en que unos campesinos calvinistas
luchaban contra unos campesinos católicos, reclutados a toda pr A otros tiempos otros cuidados. Sería
absurdo diezmar hoy día la Sorbona porque en otros
tiempos presentó un recurso para hacer quemar a la Doncella de Orléans; porque declaró a Enrique III depuesto del derecho de reinar; porque lo
excomulgó; porque proscribió al gran Enrique IV. No buscaremos, sin duda, los
demás estamentos del reino que cometieron idénticos excesos en aquellos
tiempos frenéticos: eso sería no solamente injusto, sino que supondría una
locura semejante a purgar a todos los habitantes de Marsella porque tuvieron
la peste en 1720. ¿Iremos a saquear Roma, como hicieron las
tropas de Carlos V, porque Sixto V, en 1585, concedió nueve años de indulgencias
a todos los franceses que tomasen las armas contra su soberano? ¿Y no es ya
bastante impedir que Roma vuelva a cometer jamás excesos semejantes? El furor que inspiran el espíritu dogmático
y el abuso de la religión cristiana mal entendida ha derramado tanta sangre,
ha producido tantos desastres en Alemania, en Inglaterra, e incluso en
Holanda, como en Francia: sin embargo, hoy día, la diferencia de religión no
causa ningún disturbio en aquellos Estados; el judío, el católico, el
griego, el luterano, el calvinista, el anabaptista, el sociniano, el
menonita, el moravo, y tantos otros, viven fraternalmente en aquellos países
y contribuyen por igual al bienestar de la sociedad. Ya no se teme en Holanda que las disputas
de un Gomar sobre la predestinación motiven la
degollación del También nosotros tenemos en Francia una
provincia opulenta en la que el luteranismo supera al catolicismo. La universidad de Alsacia
se halla en manos de luteranos; ocupan una parte de los cargos municipales:
jamás la menor disputa religiosa ha turbado el reposo de esa provincia desde
que pertenece a nuestros reyes. ¿Por qué? Porque no se persigue en ella a
nadie[RC14]. No tratéis de forzar los
corazones y todos los corazones estarán con vosotros. Yo no digo que todos aquellos que no siguen
la religión del príncipe deban compartir los puestos y los honores de los que
pertenecen a la religión dominante. En Inglaterra, los católicos, considerados
seguidores del partido del pretendiente, no pueden acceder a los empleos
públicos: incluso pagan un impuesto doble; pero gozan por lo demás de todos
los derechos de los ciudadanos. De algunos obispos franceses se ha
sospechado que creían que ni por su honor ni por su interés les convenía
tener calvinistas en sus diócesis y que éste es el mayor obstáculo a la tolerancia: no puedo creerlo. El cuerpo de los obispos, en Francia, está
compuesto por gentes de calidad que piensan y obran con una nobleza digna de
su nacimiento; son caritativos y generosos, cosa que hay que reconocerles en
justicia; deben creer ciertamente que sus diocesanos fugitivos no se
convertirán en los países extranjeros y que, cuando vuelvan con sus pastores,
podrán ser instruidos por sus lecciones y conmovidos por sus ejemplos: su
honor ganaría al convertirlos, lo temporal no saldría perdiendo y cuantos
más ciudadanos hubiese más rentarían las tierras de los prelados. Un
obispo de Varnie, en Polonia, tenía un anabaptista
de granjero y un sociniano de recaudador; le propusieron que despidiese y
persiguiese al uno porque no creía en la consustancialidad y al otro porque
no bautizaba a su hijo hasta los quince años: respondió que serían condenados
para toda la eternidad en el otro mundo, pero que en éste le eran muy
necesarios. Salgamos
de nuestra pequeña esfera y examinemos el resto de nuestro globo. El Id a la India, a Persia, a Tartaria,
veréis en todos esos países la misma tolerancia y la misma tranquilidad.
Pedro el El
gobierno de China no ha adoptado jamás, desde los cuatro mil años que es
conocido, más que el culto de los noaquidas, la
adoración simple de un solo Dios; tolera, sin embargo, las supersticiones de Fo y una multitud de bonzos que sería peligrosa si
la prudencia de los tribunales no los hubiera mantenido siempre a raya. Es
cierto que el gran emperador Yung-Chêng, el más sabio y el más magnánimo que tal vez haya
tenido China, ha expulsado a los jesuitas; pero esto no lo hizo por ser
intolerante; fue, al contrario, porque lo eran los jesuitas. Ellos mismos
citan, en sus Cartas curiosas, las palabras que les dijo aquel buen
príncipe: «Sé que vuestra religión es intolerante; sé lo que habéis hecho en
Manila y en el Japón; habéis engañado a mi padre; no esperéis engañarme a
mí.» Léanse todos los razonamientos que se dignó hacerles, se le encontrará
el más sabio y el más clemente de los hombres. ¿Podría, en efecto, permitir
la permanencia en sus Estados de unos físicos de Europa que, con el pretexto
de mostrar unos termómetros y unas eolipilas a la
corte, habían sublevado ya contra él a uno de los príncipes de la sangre? ¿Y
qué habría dicho ese emperador si hubiese leído nuestras historias, si
hubiese conocido nuestros tiempos de la Liga y de la conspiración de las
pólvoras? Le
bastaba con estar informado de las indecentes querellas de los jesuitas, de
los dominicos, de los capuchinos, del clero secular, enviados desde el fin
del mundo a sus Estados: venían a predicar la verdad y se anatematizaban unos
a otros. El emperador no hizo, por tanto, más que expulsar a unos perturbadores
extranjeros: ¡pero con qué bondad los despidió! ¡Qué cuidados paternales
tuvo con ellos para su viaje y para impedir que les molestasen en el
trayecto! Su propio destierro fue un ejemplo de tolerancia y humanidad. Los
japoneses eran los más tolerantes de todos los hombres: doce religiones
pacíficas estaban establecidas en su imperio; los jesuitas vinieron a ser la
decimotercera, pero pronto, al no querer ellos tolerar ninguna otra, ya
sabemos lo que sucedió: una guerra civil, no menos horrible que la de la
Liga, asoló el país. La religión cristiana fue ahogada en ríos de sangre; los
japoneses cerraron su imperio al resto del mundo y nos consideraron como
bestias feroces, semejantes a aquellas de que los ingleses han limpiado su
isla. En vano el ministro Colbert, comprendiendo la
necesidad que tenemos de los japoneses, que para nada nos necesitan a
nosotros, intentó establecer un comercio con su imperio: los halló
inflexibles. Así pues, nuestro continente
entero demuestra que no se debe ni predicar ni ejercer la intolerancia. Volved
los ojos hacia el otro hemisferio; ved la Carolina, de la que el prudente Locke[RC15] fue legislador: bastan siete padres de familia para establecer un
culto público aprobado por la ley; tal libertad no ha hecho surgir ningún
desorden. ¡Dios nos libre de mencionar este ejemplo para incitar a Francia a
imitarlo! Sólo se cita para hacer ver que el mayor exceso a que pueda llegar
la tolerancia no ha sido seguido de la más leve disensión; pero aquello que
es muy útil y bueno en una colonia naciente no es conveniente en un viejo
reino. ¿Qué
diremos de los primitivos que han sido apodados cuáqueros[RC16] por burla y que, con costumbres tal vez ridículas, han sido tan virtuosos y han
enseñado inútilmente la paz al resto de la humanidad? Alcanzan el número de
cien mil en Pensilvania; la discordia, la
controversia, son ignoradas en la feliz patria que ellos se han creado y el
mero nombre de su ciudad de Filadelfia[RC17], que les recuerda en todo
momento que los hombres son hermanos, es el ejemplo y la vergüenza de los
pueblos que todavía no conocen la tolerancia. En fin, esta tolerancia no ha provocado
jamás una guerra civil; la intolerancia ha cubierto la tierra de matanzas.
¡Júzguese ahora, entre esas dos rivales, entre la madre que quiere que se
degüelle a su hijo y la que lo entrega con tal de que viva![RC18] No hablaré aquí más que del interés de las
naciones; y respetando, como debo, la teología, no considero en este
artículo más que el bien físico y moral de la sociedad. Suplico a todo lector
imparcial que sopese estas verdades, que las certifique, que las extienda.
Los lectores atentos, que se comunican sus pensamientos, van siempre más
lejos que el autor. CAPÍTULO
V De cómo la tolerancia puede
ser admitida Me atrevo a suponer que un ministro culto y
magnánimo, un prelado humanitario y sabio, un príncipe que sabe que su
interés consiste en el gran número de sus súbditos y su gloria en la
felicidad de éstos, se digna pasar los ojos por este escrito informe y
defectuoso; suple su imperfección con sus propias luces; se dice a sí mismo:
¿qué arriesgaría con ver la tierra cultivada y ornada por un mayor número de
manos laboriosas, aumentados los tributos, el Estado más floreciente? Alemania sería un desierto cubierto por los
huesos de los católicos, de los evangelistas, de los reformados, de los anabaptistas,
que se habrían degollado unos a otros, si la paz de Westfalia[RC19] no hubiese procurado, por
fin, la libertad de conciencia. Tenemos judíos en Burdeos, en Metz, en Alsacia;
tenemos luteranos, molinistas, jansenistas: ¿no podemos soportar y aceptar la
presencia de calvinistas poco más o menos en las mismas condiciones en que
los católicos son tolerados en Londres? Cuantas más sectas hay, menos
peligrosa es cada una de ellas; la multiplicidad las debilita, todas son
reprimidas por leyes justas que prohíben las asambleas tumultuosas, las injurias,
las sediciones, y que siempre están en vigor por la fuerza coactiva. Sabemos que varios cabezas de familia, que
han creado grandes fortunas en los países extranjeros, están dispuestos a
regresar a su patria; sólo piden la protección de la ley natural, la validez
de sus matrimonios, la certeza de la legitimidad de sus hijos, el derecho a
heredar de sus padres, la franquicia de sus personas; no piden templos
públicos, ni el derecho a ejercer cargos municipales, ni a obtener
dignidades: los católicos no los tienen en Londres ni en algunos otros
países. Ya no se trata de conceder privilegios inmensos, plazas de seguridad
a una facción, sino de dejar vivir a un pueblo pacífico, de suavizar edictos
tal vez en otros tiempos necesarios, pero que ya no lo son. No nos
corresponde a nosotros indicar al ministerio lo que puede hacer; basta con
implorarle en favor de los infortunados. ¡Cuántos medios de hacerlos útiles, de
impedir que jamás lleguen a ser peligrosos! La prudencia del ministerio y del
consejo, apoyada por la fuerza, encontrará muy fácilmente esos medios, que
otras naciones emplean con tanta fortuna. Existen todavía fanáticos entre el
populacho calvinista; pero es sabido que hay aún más entre el populacho
convulsionario[RC20]. La hez de los insensatos de
Saint-Médard está considerada como algo sin
importancia en la nación, la de los profetas calvinistas ha sido destruida.
El gran medio de disminuir el número de maniáticos, si quedan, es someter
esta enfermedad del espíritu al régimen de la razón, que lenta, pero
infaliblemente, ilumina a los hombres. Esta razón es dulce, es humana,
inspira indulgencia, ahoga la discordia, fortalece la virtud, hace amable la
obediencia o las leyes, mucho más de lo que la fuerza las impone. ¿Y
consideraremos como cosa baladí el ridículo que se atribuye hoy día al
entusiasmo por la mayoría de las gentes honorables? Dicho ridículo constituye
una poderosa barrera contra las extravagancias de todos los sectarios. Los
tiempos pasados son como si nunca hubieran existido. Hay que partir siempre
del punto en que se está y de aquel a que han llegado las naciones. Hubo un tiempo en que se creyó obligatorio
promulgar decretos contra los que enseñaban una doctrina contraria a las
categorías de Aristóteles[RC21], al horror al vacío, a las
quintaesencias y al universal de la parte de la cosa. Tenemos en Europa más
de cien volúmenes de jurisprudencia sobre la brujería, y sobre la manera de
distinguir los falsos brujos de los verdaderos.
La excomunión de los saltamontes y de los insectos nocivos para las cosechas
ha sido empleada profusamente y todavía subsiste en algunos rituales. La
costumbre ha caducado; se deja en paz a Aristóteles, a los brujos y a los
saltamontes. Los ejemplos de esas graves locuras, en otros tiempos tan
importantes, son incontables: se producen otras de vez en cuando; pero cuando
han producido su efecto, cuando se está harto de ellas, mueren por sí
mismas. Si a alguien se le ocurriese hoy día ser carpocrático,
o eutiquiano, o monotelita, o monofisita, o nestoriano, o maniqueo, etc., ¿qué sucedería? Se reirían de él,
como de un hombre vestido a la antigua, con gola y jubón. La
nación empezaba a entreabrir los ojos cuando los jesuitas Le Tellier y Doucin fabricaron
la bula Unigenitus que enviaron a Roma: creyeron estar todavía en
aquellos tiempos de ignorancia en que los pueblos aceptaban sin examen las
aserciones más absurdas. Se atrevieron a proscribir esta proposición que es
de una verdad universal en todos los casos y en todos los tiempos: «El temor
a una excomunión injusta no debe impedir el cumplimiento del deber.» Era
proscribir la razón, las libertades de la Iglesia galicana y el fundamento de
la moral; era decir a los hombres: Dios os ordena que no hagáis nunca vuestro
deber, si ello os hace temer la injusticia. Jamás se ha atacado al sentido
común más descaradamente. Los consultores de Roma no se dieron cuenta de
ello. Se persuadió a la corte de Roma de que aquella bula era necesaria y que
la nación la deseaba; fue firmada, sellada y enviada: conocemos las
consecuencias; seguramente, si se hubieran previsto, se habría suavizado la
bula. Las disputas han sido vivas; la prudencia y la bondad del rey las han
apaciguado finalmente. Lo
mismo sucede con una gran parte de los puntos que nos dividen de los
protestantes; hay algunos que carecen de importancia; hay otros más graves,
pero sobre los cuales la furia de la disputa se ha amortiguado tanto que los
propios protestantes no predican hoy día la controversia en ninguna de sus
iglesias. Por
lo tanto, estos tiempos de desgana, de saciedad, o más bien de razón, son los
que podemos aprovechar como época y garantía de tranquilidad pública. La
controversia es una enfermedad epidémica que se halla en sus finales, y esa
peste, de la que estamos curados, no pide más que un régimen suave.
Finalmente, el interés del Estado consiste en que los hijos expatriados
vuelvan con modestia a la casa de su padre: el humanitarismo lo pide, la
razón lo aconseja y la política no lo puede temer. CAPÍTULO VI De si la intolerancia es de derecho natural
y de derecho humano El
derecho natural es el que la naturaleza indica a todos los hombres. Habéis
criado a vuestro hijo, os debe respeto como padre y gratitud como bienhechor.
Tenéis derecho a los productos de la tierra que habéis cultivado con
vuestras manos. Habéis hecho y habéis recibido una promesa, debe ser
cumplida. El
derecho humano no puede estar basado en ningún caso más que sobre este
derecho natural; y el gran principio, el principio universal de uno y otro
es, en toda la tierra: «No hagas lo que no quisieras que te hagan.» No se
comprende, por lo tanto, según tal principio, que un hombre pueda decir a
otro: «Cree lo que yo creo y lo que no puedes creer, o perecerás.» Esto es lo
que se dice en Portugal, en España, en Goa. En
otros países se contentan con decir efectivamente: «Cree o te aborrezco; cree
o te haré todo el daño que pueda; monstruo, no tienes mi religión, por lo
tanto no tienes religión: debes inspirar horror a tus vecinos, a tu ciudad,
a tu provincia.» Si
conducirse así fuese de derecho humano, sería preciso que el japonés
detestase al chino, el cual execraría al siamés; éste perseguiría a los gangaridas que se abatirían sobre los habitantes del Indo;
un mogol arrancaría el corazón al primer malabar que encontrase; el malabar
podría degollar al persa, que podría asesinar al turco; y todos juntos se
arrojarían sobre los cristianos que durante tanto tiempo se han devorado unos
a otros. El
derecho de la intolerancia es, por lo tanto, absurdo y bárbaro: es el derecho
de los tigres, y es mucho más horrible, porque los tigres sólo matan para
comer, y nosotros nos hemos exterminado por unos párrafos. CAPÍTULO VII De si la intolerancia ha sido conocida de
los griegos Los
pueblos de los que la historia nos ha dejado algunos débiles conocimientos
han considerado, todos, sus diferentes religiones como nudos que los unían:
era una asociación, tanto entre los dioses como entre los hombres. Cuando un extranjero
llegaba a una ciudad, empezaba por adorar a los dioses del país. Jamás se
dejó de venerar a los dioses, incluso a los de los enemigos. Los troyanos
elevaban sus plegarias a los dioses que luchaban en favor de los griegos. Alejandro fue a consultar en los desiertos de Libia al dios Ammon, a quien los griegos dieron el nombre de Zeus y los latinos el de Júpiter |