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Voltaire
Tratado
sobre la tolerancia
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Tratado sobre la tolerancia Con ocasión de la
muerte de Jean Calas (1763) CAPÍTULO PRIMERO Historia resumida de la muerte
de Jean Calas El
asesinato de Calas, cometido en Toulouse con
la espada de la justicia, el 9 de marzo de 1762, es uno de los acontecimientos
más singulares que merecen la atención de nuestra época y de la posteridad.
Se olvida con facilidad aquella multitud de muertos que perecieron en
batallas sin cuento, no sólo porque es fatalidad inevitable de la guerra,
sino porque los que mueren por la suerte de las armas podían también dar
muerte a sus enemigos y no caían sin defenderse. Allí donde el peligro y la
ventaja son iguales, cesa el asombro e incluso la misma compasión se
debilita; pero si un padre de familia inocente es puesto en manos del error,
o de la pasión, o del fanatismo; si el acusado no tiene más defensa que su
virtud; si los árbitros de su vida no corren otro riesgo al degollarlo que el
de equivocarse; si pueden matar impunemente con una sentencia, entonces se
levanta el clamor público, cada uno teme por sí mismo, se ve que nadie tiene
seguridad de su vida ante un tribunal creado para velar por la vida de los
ciudadanos y todas las voces se unen para pedir venganza. Se
trataba, en este extraño caso, de religión, de suicidio, de parricidio; se
trataba de saber si un padre y una madre habían estrangulado a su hijo para
agradar a Dios, si un hermano había estrangulado a su hermano, si un amigo
había estrangulado a su amigo, y si los jueces tenían que reprocharse haber
hecho morir por el suplicio de la rueda a un padre inocente, o haber perdonado
a una madre, a un hermano, o a un amigo culpables. Jean
Calas, de sesenta y ocho años de edad, ejercía la profesión de comerciante
en Toulouse desde hacía más de cuarenta
años y era considerado por todos los que vivieron con él como un buen padre.
Era protestante, lo mismo que su mujer y todos sus hijos, excepto uno, que
había abjurado de la herejía y al que el padre pasaba una pequeña pensión.
Parecía tan alejado de ese
absurdo fanatismo que rompe con todos los lazos de la sociedad, que había
aprobado la conversión de su hijo Louis Calas y tenía además desde hacía
treinta años en su casa una sirviente católica
ferviente que había criado a todos sus hijos. Uno de los hijos de Jean Calas, llamado Marc-Antoine, era hombre de
letras: estaba considerado como espíritu inquieto, sombrío y violento. Dicho
joven, al no poder triunfar ni entrar en el negocio, para lo que no estaba
dotado, ni obtener el título de abogado, porque se necesitaban certificados
de catolicidad que no pudo conseguir, decidió poner fin a su vida y dejó
entender que tenía este propósito a uno de sus amigos; se confirmó en esta
resolución por la lectura de todo lo que se ha escrito en el mundo sobre el
suicidio. Finalmente, un día en que había perdido su
dinero al juego, lo escogió para realizar su propósito. Un amigo de su
familia y también suyo, llamado Lavaisse, joven de diecinueve
años, conocido por el candor y la dulzura de sus costumbres, hijo de un
abogado célebre de Toulouse, había llegado de Burdeos la víspera [el 12 de
octubre de 1761j: cenó por casualidad en casa de los Calas. El padre, la
madre, Marc-Antoine su hijo
mayor, Pierre, el segundo, comieron juntos. Después de la cena se retiraron
a una pequeña sala: Marc-Antoine
desapareció; finalmente, cuando el joven Lavaisse
quiso marcharse, bajaron Pierre Calas y él y encontraron abajo, junto al
almacén, a Marc-Antoine
en cam Pasamos aquí por alto todos los detalles de que
los abogados han dado cuenta: no describiremos el dolor y la desesperación
del padre y la madre: sus gritos fueron oídos por los vecinos. Lavaisse y Pierre Calas, fuera de sí, corrieron en busca
de los cirujanos y la justicia. Mientras cumplían con este deber, mientras el
padre y la madre sollozaban y derramaban lágrimas, el pueblo de Toulouse se
agolpó ante la casa. Este pueblo es supersticioso y violento; considera como
monstruos a sus hermanos si no son de su misma religión. Fue en Toulouse
donde se dieron gracias solemnemente a Dios por la muerte de Enrique III[RC1] y donde se hizo el juramento de
degollar al primero que hablase de reconocer al gran, al buen Enrique IV[RC2]. Esta ciudad celebra todavía todos los
años, con una procesión y fuegos artificiales, el día en que dio muerte a cuatro
mil ciudadanos heréticos, hace dos siglos. En vano seis disposiciones del
consejo han prohibido esta odiosa fiesta, los tolosanos la han celebrado
siempre, lo mismo que los juegos florales. Algún fanático de entre el populacho gritó que
Jean Calas había ahorcado a su propio hijo Marc-Antoine. Este grito, repetido, se hizo unánime en un
momento; otros añadieron que el muerto debía abjurar al día siguiente; que su
familia y el joven Lavaisse le habían estrangulado
por odio a la religión católica: un momento después ya nadie dudó de ello;
toda la ciudad estuvo persuadida de que es un punto de religión entre los protestantes
el que un padre y una madre deban asesinar a su hijo en cuanto éste quiera
convertirse. Una vez caldeados los ánimos, ya no se
contuvieron. Se imaginó que los protestantes del Languedoc
se habían reunido la víspera; que habían escogido, por mayoría de votos, un
verdugo de la secta; que la elección había recaído sobre el joven Lavaisse; que este joven, en veinticuatro horas, había
recibido la noticia de su elección y había llegado de Burdeos para ayudar a
Jean Calas, a su mujer y a su hijo Pierre, a estrangular a un amigo, a un
hijo, a un hermano. El señor David, magistrado de Toulouse, excitado
por estos rumores y queriendo hacerse valer por la rapidez de la ejecución,
empleó un procedimiento contrario a las reglas y ordenanzas. La familia
Calas, la sirviente católica, Lavaisse, fueron
encarcelados. Se publicó un monitorio no menos vicioso que el
procedimiento. Se llegó más lejos: Marc-Antoine Calas había muerto calvinista y, si había
atentado contra su propia vida, debía ser arrastrado por el lodo; fue
inhumado con la mayor pompa en la iglesia de San Esteban, a pesar del cura,
que protestaba contra esta profanación. Hay en el Languedoc[RC3] cuatro cofradías de penitentes, la
blanca, la azul, la gris y la negra. Los cofrades llevan un largo capuchón
con un antifaz de paño con dos agujeros para poder ver: quisieron obligar al
señor duque de Fitz-James, comandante de la
provincia, a entrar en su cofradía, pero él se negó. Los cofrades blancos
hicieron a Marc-Antoine
Calas un funeral solemne, como a un mártir. Jamás Iglesia alguna celebró la
fiesta de un mártir verdadero con más pompa; pero aquella pompa fue
terrible. Se había colgado sobre un magnífico catafalco un esqueleto al que
se imprimía movimiento y que representaba a Marc-Antoine Calas llevando en una mano una palma y en la otra
la pluma con que debía firmar la abjuración de la herejía y que escribía, en
realidad, la sentencia de muerte de su padre. Entonces
ya no le faltó al desgraciado que había atentado contra su vida más que la
canonización: todo el pueblo lo miraba como un santo; algunos le invocaban,
otros iban a rezar sobre su tumba, otros le pedían milagros, otros contaban los que había
hecho. Un fraile le arrancó algunos dientes para tener reliquias duraderas.
Una beata, algo sorda, dijo que había oído un repicar de campanas. Un cura apoplético fue curado después de haber tomado un emético.
Se levantó acta de aquellos prodigios. El que escribe este relato posee una
atestación de que un joven de Toulouse se
volvió loco después de haber rezado varias noches sobre la tumba del nuevo
santo sin obtener el milagro que imploraba. Algunos magistrados eran de la cofradía de
los penitentes blancos. Esta circunstancia hacía inevitable la muerte de Jean
Calas. Lo que sobre todo preparó su suplicio fue
la proximidad de esa fiesta que los tolosanos celebran todos los años en conmemoración
de una matanza de cuatro mil hugonotes[RC4]; el año 1762 era el año
centenario. Se levantaba en la ciudad el tinglado para esta solemnidad;
aquello inflamaba más aún la imaginación ya caldeada del pueblo; se decía
públicamente que el patíbulo en que Jean Calas sufriría el suplicio de la rueda
constituiría el mayor ornato de la fiesta; se decía que la Providencia traía
ella misma aquellas víctimas para ser sacrificadas a nuestra santa religión.
Veinte personas han oído este discurso y otros aún más violentos. ¡Y esto en
nuestros días! ¡Y en una época en que la filosofía ha hecho tantos progresos!
¡Y en un momento en que cien academias escriben para inspirar mansedumbre en
las costumbres! Parece que el fanatismo, indignado desde hace poco por los
éxitos de la razón, se debate bajo ella con más rabia. Trece jueces se reunieron diariamente para
sustanciar el proceso. No se tenía, no se podía tener prueba alguna contra la
familia; pero la religión engañada hacía veces de prueba. Seis jueces
persistieron mucho tiempo en condenar a Jean Calas, a su hijo y a Lavaisse al suplicio de la rueda, y a la mujer de Jean
Calas a la hoguera. Otros siete más moderados querían que por lo menos se
reflexionase. Uno de los jueces, convencido de la inocencia de los acusados y
de la imposibilidad del crimen, habló vivamente en su favor; opuso el celo
del humanitarismo al celo de la severidad; se convirtió en el abogado público
de los Calas en todos los hogares de Toulouse, donde
los gritos continuos de la religión equivocada reclamaban la sangre de
aquellos desgraciados. Otro juez, conocido por su violencia, hablaba en la
ciudad con tanto arrebato contra los Calas como el primero mostraba
entusiasmo en defenderlos. Finalmente el escándalo fue tan fuerte que uno y
otro tuvieron que declararse incompetentes; se
retiraron al campo. Pero por una extraña desgracia, el juez
favorable a los Calas tuvo la delicadeza de persistir en su recusación,
mientras que el otro regresó a la ciudad para dar su voto contra aquellos que
debía juzgar; fue este voto el que decidió la condena al suplicio de la
rueda, ya que sólo hubo ocho votos contra cinco, después de que uno de los
seis jueces opuestos a la sentencia se pasó finalmente, tras muchas
discusiones, al partido más implacable. Parece que, cuando se trata de un
parricidio y de condenar a un padre de familia al más espantoso suplicio, el
juicio debería ser unánime, porque las pruebas de un crimen tan inaudito
deberían ser una evidencia perceptible para todo el mundo: la menor duda en
un caso semejante debe bastar para hacer temblar la mano de un juez que se
dispone a firmar una sentencia de muerte. La debilidad de nuestra razón y la
insuficiencia de nuestras leyes se dejan notar todos los días, pero, ¿en qué
ocasión se descubre mejor su defectuosidad que cuando la preponderancia de
un solo voto hace morir en el suplicio de la rueda a un ciudadano? En
Parecía imposible que Jean Calas, anciano
de sesenta y ocho años, que tenía desde hacía tiempo las piernas hinchadas y
débiles, hubiese estrangulado y ahorcado él solo a un hijo de veintiocho
años, de una fuerza superior a la corriente; era absolutamente preciso que
hubiese sido ayudado en esta ejecución por su mujer, por su hijo Pierre Calas, por Lavaisse
y por la criada. No se habían separado un solo
momento la noche de aquella fatal aventura. Pero esta suposición era también
tan absurda como la otra: porque, ¿cómo una sirviente que era fervorosa
católica habría podido tolerar que unos hugonotes asesinasen a un joven
criado por ella para castigarle de amar la religión de aquella misma
sirviente? ¿Cómo Lavaisse habría venido expresamente
de Burdeos para estrangular a su amigo, de quien ignoraba la pretendida
conversión? ¿Cómo una madre amante habría puesto las manos sobre su hijo?
¿Cómo todos juntos habrían podido estrangular a un joven tan robusto como
todos ellos, sin un combate largo y violento, sin gritos espantosos que
habrían alertado a toda la vecindad, sin golpes repetidos, sin magulladuras,
sin ropas desgarradas? Era evidente que, si se había podido
cometer el parricidio, todos los acusados eran igualmente culpables, porque
no se habían separado ni un momento; era evidente
que no lo eran; era evidente que el padre solo no podía serlo; y,
sin embargo, la sentencia condenó sólo a este padre a expirar en la rueda. El
motivo de la sentencia era tan inconcebible como todo lo demás. Los jueces
que estaban decididos a condenar al suplicio a Jean Calas persuadieron a los
otros de que aquel débil anciano no podría resistir el tormento y que, bajo
los golpes de sus verdugos, confesaría su crimen y el de sus cómplices. Quedaron
confundidos cuando aquel anciano, al morir en la rueda, tomó a Dios por
testigo de su inocencia y le conjuró a que perdonase a sus jueces. Se
vieron obligados a dictar una segunda sentencia, que se contradecía con la
primera, poniendo en libertad a la madre, a su hijo Pierre,
al joven Lavaisse y a la
criada; pero al hacerles notar uno de los consejeros que aquella sentencia
desmentía a la otra, que se condenaban ellos mismos, que habiendo estado
siempre juntos todos los acusados en el momento en que se suponía haberse
cometido el parricidio, la liberación de todos los sobrevivientes demostraba
indefectiblemente la inocencia del padre de familia ejecutado, tomaron
entonces el partido de desterrar a Pierre Calas,
su hijo. Este destierro parecía tan inconsecuente, tan absurdo como todo lo
demás: porque Pierre Calas era culpable o inocente
del parricidio; si era culpable había que condenarle a la rueda, como a su
padre; si era inocente, no debía ser desterrado. Pero los jueces, asustados
del suplicio del padre y de la enternecedora piedad con que había muerto,
pensaron salvar su honor haciendo creer que concedían la gracia al hijo, como
si el perdonarle no hubiese sido una nueva prevaricación; y creyeron que el
destierro de aquel joven, pobre y sin apoyo, al carecer de consecuencias, no
era una gran injusticia, después de la que habían tenido la desgracia de
cometer. Se
empezó por amenazar a Pierre Calas, en su celda, con
tratarle como a su padre si no abjuraba de su religión. Esto es lo que
atestigua este joven bajo juramento. Pierre Calas, al salir de la ciudad, encontró a un cura dedicado a hacer
conversiones que le hizo volver a Toulouse; fue encerrado en un convento de dominicos y allí se le obligó a
practicar todos los ritos del catolicismo: era en parte lo que se quería, era
el precio de la sangre de su padre; y la religión, a la que se había creído
vengar, parecía satisfecha. Le
fueron quitadas las hijas a la madre, encerrándolas en un convento. Esta
mujer, casi regada por la sangre de su marido, que había tenido a su hijo
mayor muerto entre los brazos, viendo al otro desterrado, privada de sus
hijas, despojada de todos sus bienes, se encontraba sola en el mundo, sin
pan, sin esperanza, muriendo de los excesos de su desgracia. Algunas personas,
después de un meditado examen de todas las circunstancias de aquella horrible
aventura, quedaron tan impresionados que presionaron
a la viuda Calas, retirada en su soledad, para que osase acudir en demanda de
justicia a los pies del trono. En aquellos momentos aquella mujer no podía
tenerse en pie, se extinguía; y además, habiendo nacido inglesa, trasplantada
a una provincia de Francia desde su juventud, el mero nombre de la ciudad de
París le espantaba. Imaginaba que la capital del reino debía ser aún más
bárbara que la del Languedoc. Finalmente, el deber de
vengar la memoria de su marido pudo más que su debilidad. Llegó a París a
punto de expirar. Quedó asombrada al verse acogida, al encontrar socorros y
lágrimas. En
París la razón puede más que el fanatismo, por grande que éste pueda ser,
mientras que en provincias el fanatismo domina siempre a la razón. El
señor de Beaumont, célebre abogado del parlamento
de París, tomó primero su defensa y redactó una consulta que fue firmada por
quince abogados. El señor Loiseau, no menos elocuente,
compuso un memorial en favor de la familia. El señor Mariette,
abogado del tribunal, escribió un recurso jurídico
que llevó la convicción a todas las mentes. Estos
tres generosos defensores de las leyes y la inocencia renunciaron en favor de
la viuda al beneficio de las ediciones de sus alegatos. París y Europa entera
se conmovieron y pidieron justicia juntamente con aquella mujer infortunada.
La sentencia fue pronunciada por todo el público mucho antes de que pudiera
ser dictada por el tribunal. La
compasión penetró hasta el ministerio, a pesar del ininterrumpido torrente
de los negocios, que a menudo excluye la piedad y, a pesar de la costumbre de
ver desgraciados, que puede endurecer aún más el corazón. Las hijas fueron
devueltas a la madre. Se vio a las tres, cubiertas de crespón y bañadas en
lágrimas, haciéndolas verter a sus jueces. Pero
esta familia tuvo todavía algunos enemigos, porque se trataba de religión.
Varias personas, que llaman en Francia devotas[RC5], dijeron con altivez que era preferible someter al tormento de la
rueda a un viejo calvinista inocente que exponer a ocho consejeros del Languedoc a reconocer que se habían equivocado: se utilizó
incluso esta expresión: «Hay más magistrados que Calas»; y se infería de esto
que la familia Calas debía ser inmolada en honor a la magistratura. No se
pensaba que el honor de los jueces consiste, como el de los demás hombres, en
reparar sus faltas. No se cree en Francia que el papa, asistido de sus
cardenales, sea infalible: se podría creer igualmente que ocho jueces de Toulouse tampoco lo son. Todo el resto de la gente sensata
y desinteresada decía que la sentencia de Toulouse
sería anulada en toda Europa aunque
consideraciones particulares impedirían la casación en el tribunal. Éste
era el estado de esta asombrosa aventura, cuando ha hecho nacer en la mente
de personas imparciales, pero sensibles, el designio de presentar al público
algunas reflexiones sobre la tolerancia, sobre la indulgencia, sobre la
conmiseración, que el padre Hauteville llama dogma
monstruoso, en su declamación ampulosa y errónea sobre estos
hechos, y que la razón llama atributo de la naturaleza. O
bien los jueces de Toulouse, arrastrados por el fanatismo
del populacho, han hecho morir en la rueda a un padre de familia inocente,
lo que es algo sin ejemplo; o bien este padre de familia y su mujer han
estrangulado a su hijo mayor, ayudados en este parricidio por otro hijo y un
amigo, cosa que no existe en la naturaleza. En uno u otro caso, el abuso de
la religión más santa ha producido un gran crimen. Interesa por lo tanto a la
humanidad examinar si la religión debe ser caritativa o bárbara. CAPÍTULO II Consecuencias del suplicio de Jean Calas Si
los penitentes blancos fueron la causa del suplicio de un inocente, de la
ruina de una familia, de su dispersión y del oprobio que sólo debería recaer
sobre la injusticia, pero que recae sobre el suplicio; si esta precipitación
de los penitentes blancos en festejar como a un santo a aquel que hubiera
debido ser arrastrado por el fango, según nuestras bárbaras costumbres, ha
hecho morir en la rueda a un padre de familia virtuoso; esta desgracia debe
indudablemente convertirlos en penitentes para el resto de sus vidas; ellos
y los jueces deben llorar, pero no revestidos de un largo hábito blanco y
con un antifaz en la cara que ocultaría sus lágrimas. Todas
las cofradías merecen respeto: son edificantes; pero por muy grande que sea
el bien que hagan al Estado, ¿iguala a ese mal que han causado? Parecían
instituidas por el celo que anima en el Languedoc
a los católicos contra aquellos a los que llamamos
hugonotes[RC6]. Se diría que hemos hecho voto de odiar a nuestros hermanos, ya que
no somos capaces de amar y socorrer. ¿Y qué sucedería si estas cofradías
estuviesen regidas por entusiastas, como lo han sido en otros tiempos algunas
congregaciones de artesanos y consejeros del parlamento, entre los cuales se
reducía a arte y sistema la costumbre de tener visiones, como dice uno de
nuestros más elocuentes y sabios magistrados? ¿Qué sería si se estableciesen
en las cofradías aquellas cá Ha
habido épocas, de sobra se sabe, en que las cofradías han sido peligrosas.
Los «hermanitos», los flagelantes, han originado disturbios. La Liga[RC7] empezó por esas asociaciones. ¿Por qué distinguirse así de los
demás ciudadanos? ¿Se consideraban más perfectos? Eso mismo constituye un
insulto al resto de la nación. ¿Se pretendía que todos los cristianos
entrasen en la cofradía? ¡Qué hermoso espectáculo ofrecería toda Europa con
capuchón y antifaz con dos pequeños agujeros redondos ante los ojos! ¿Se cree
de buena fe que Dios prefiere este indumento a una chupa? Aún hay más: este
hábito es un uniforme de controversistas que advierte a los adversarios que
preparen sus armas; puede provocar una especie de guerra civil en los
espíritus, la cual acabaría tal vez causando funestos excesos si el rey y
sus ministros no fuesen tan sensatos como insensatos son los fanáticos. De
sobra se sabe todo lo que ha costado desde que los cristianos disputan sobre
el dogma: ha corrido la sangre, ya sea en los patíbulos ya en los campos de
batalla, desde el siglo IV hasta
nuestros días. Limitémonos aquí a las guerras y a los horrores que las
querellas de la Reforma[RC8] han provocado y veamos cuál ha sido su fuente en Francia. Tal vez
un cuadro resumido y fiel de tantas calamidades abrirá los ojos a algunas
personas poco instruidas y conmoverá los corazones rectos. CAPÍTULO III Idea de la Reforma del siglo XVI Cuando
con el renacimiento de las letras las mentes empezaron a instruirse, se
produjeron generalmente quejas contra los abusos; todo el mundo reconoce que
esta queja era legítima. El
papa Alejandro VI había comprado públicamente la tiara y sus cinco bastardos
compartían sus beneficios. Su hijo, el cardenal duque de Borgia[RC9], hizo morir, de acuerdo con su padre el papa, a los Vitelli, los Urbino, los
Decían
que como Jesucristo jamás exigió anatas[RC10] ni reservas, ni vendió dispensas para este mundo ni indulgencias
para el otro, era posible dispensarse de pagar el precio de todas aquellas
cosas a un príncipe extranjero. Considerando que las anatas, los procesos
ante el tribunal de Roma y las dispensas que todavía subsisten hoy no nos
costasen más que quinientos mil francos al año, está claro que hemos pagado
desde Francisco I, en doscientos cincuenta años, ciento veinticinco millones;
y evaluando los diversos precios del marco de plata, esta suma equivale a
unos doscientos cincuenta millones de hoy. Se puede, por lo tanto, reconocer
sin blasfemia, que los heréticos, al proceder a la abolición de estos
singulares impuestos de que se asombrará la posteridad, no causaban con ello
un gran daño al reino y eran más bien buenos calculadores que malos súbditos.
Añadamos que eran los únicos que sabían la lengua griega y conocían la
antigüedad. No disimulemos tampoco que, a pesar de sus errores, les debemos
el desarrollo del espíritu humano, largo tiempo enterrado bajo la más densa
barbarie. Pero
como negaban el purgatorio, del que no se debe dudar y que además producía
mucho a los frailes; como no veneraban las reliquias que se deben venerar,
pero que producían todavía más; finalmente, como atacaban dogmas muy respetados,
no se les respondió al principio más que haciéndolos quemar. El rey, que los
protegía y pagaba en Alemania, fue en París a la cabeza de una procesión, al
final de la cual fueron ejecutados varios de aquellos desgraciados; y he
aquí en qué consistía aquella ejecución. Se les colgaba al extremo de una
larga viga colocada haciendo báscula en lo alto de un árbol en pie; se
encendía un gran fuego bajo ellos en el que se les metía y sacaba
alternativamente; experimentaban así gradualmente los tormentos de la
muerte, hasta que expiraban en el más largo y horrible suplicio que jamás
haya inventado la barbarie. Poco
tiempo antes de la muerte de Francisco I, algunos miembros del parlamento de
Provenza, animados por ciertos eclesiásticos contra los habitantes de Merindol y Cabrières, pidieron
al rey tropas para apoyar la ejecución de diecinueve personas de aquella
religión condenados por ellos; hicieron degollar a seis mil, sin perdonar
sexo, edad, ni infancia; redujeron a cenizas treinta pueblos. Aquellos
pueblos, hasta entonces desconocidos, eran culpables, sin duda, de haber
nacido valdenses[RC11], ésta era su única iniquidad. Estaban establecidos desde hacía
trescientos años en desiertos y montañas que habían hecho fértiles con un
trabajo increíble. Su vida pastoral y tranquila restituía la inocencia
atribuida a las primeras edades del mundo. Las ciudades vecinas no eran
conocidas por ellos más que por el comercio de los frutos que iban a
venderles, e ignoraban los pleitos y la guerra; no se defendieron: fueron
degollados como animales fugitivos a los que se da muerte en una empalizada. Después
de la muerte de Francisco I, príncipe más conocido, sin embargo, por sus
galanterías y sus desgracias que por sus crueldades[RC12], el suplicio de mil heréticos, sobre todo el del consejero del
parlamento Dubourg y, finalmente, la matanza de Vassy, sublevaron a los perseguidos, cuya secta se había
multiplicado al resplandor de las hogueras y bajo los hierros de los
verdugos; la rabia sucedió a la paciencia; imitaron las crueldades de sus
enemigos: nueve guerras civiles llenaron a Francia de matanzas; una paz más
funesta que la guerra produjo la noche de San Bartolomé, de la que no existía
ningún ejemplo en los anales de los crímenes. La
Liga asesinó a Enrique III y a Enrique IV, a manos de un
dominico y de un monstruo que había sido monje bernardo. Hay gentes que
pretenden que el humanitarismo, la indulgencia y la libertad de conciencia
son cosas horribles; pero, de buena fe, ¿habrían producido dichas cosas
calamidades comparables? CAPITULO IV De si la tolerancia es peligrosa y en qué
pueblos está permitida Algunos
han dicho que si se tratase con una indulgencia paternal a nuestros hermanos
errados, que rezan a Dios en mal francés, sería como ponerles las armas en la
mano; que veríamos nuevas
batallas de Jarnac, de Moncontour,
de Coutras, de Dreux, de Saint-Denis, etc.; es cosa que ignoro porque no soy
profeta; pero me parece que no es razonar de manera consecuente decir: «Esos
hombres se sublevaron cuando se les trataba mal; por lo tanto, se sublevarán
cuando se les trate bien.» Me atrevería a tomarme la libertad de
invitar a los que se encuentran al frente del gobierno y a aquellos que están
destinados a ocupar puestos elevados a que se dignasen considerar tras meditado
examen si se debe temer, en efecto, que la dulzura produzca las mismas
sublevaciones que hace nacer la crueldad; si aquello que ha sucedido en
determinadas circunstancias debe suceder en otras; si las épocas, la opinión,
las costumbres, son siempre las mismas. Los hugonotes, sin duda, se han embriagado
de fanatismo y se han manchado de sangre como nosotros; pero la generación
presente ¿es tan bárbara como sus padres? El tiempo, la razón que hace tantos
progresos, los buenos libros, la dulzura de la sociedad ¿no han penetrado en
aquellos que dirigen el espíritu de esos pueblos? ¿Y no nos apercibimos de que casi toda Europa ha cambiado de cara desde hace
unos cincuenta años? El gobierno se ha fortalecido en todas
partes, mientras que las costumbres se han suavizado. La policía general,
apoyada por ejércitos numerosos y permanentes, no permite además temer el
retorno de aquellos tiempos anárquicos en que unos campesinos calvinistas
luchaban contra unos campesinos católicos, reclutados a toda pr A otros tiempos otros cuidados. Sería
absurdo diezmar hoy día la Sorbona porque en otros
tiempos presentó un recurso para hacer quemar a la Doncella de Orléans; porque declaró a Enrique III depuesto del derecho de reinar; porque lo
excomulgó; porque proscribió al gran Enrique IV. No buscaremos, sin duda, los
demás estamentos del reino que cometieron idénticos excesos en aquellos
tiempos frenéticos: eso sería no solamente injusto, sino que supondría una
locura semejante a purgar a todos los habitantes de Marsella porque tuvieron
la peste en 1720. ¿Iremos a saquear Roma, como hicieron las
tropas de Carlos V, porque Sixto V, en 1585, concedió nueve años de indulgencias
a todos los franceses que tomasen las armas contra su soberano? ¿Y no es ya
bastante impedir que Roma vuelva a cometer jamás excesos semejantes? El furor que inspiran el espíritu dogmático
y el abuso de la religión cristiana mal entendida ha derramado tanta sangre,
ha producido tantos desastres en Alemania, en Inglaterra, e incluso en
Holanda, como en Francia: sin embargo, hoy día, la diferencia de religión no
causa ningún disturbio en aquellos Estados; el judío, el católico, el
griego, el luterano, el calvinista, el anabaptista, el sociniano, el
menonita, el moravo, y tantos otros, viven fraternalmente en aquellos países
y contribuyen por igual al bienestar de la sociedad. Ya no se teme en Holanda que las disputas
de un Gomar sobre la predestinación motiven la
degollación del También nosotros tenemos en Francia una
provincia opulenta en la que el luteranismo supera al catolicismo. La universidad de Alsacia
se halla en manos de luteranos; ocupan una parte de los cargos municipales:
jamás la menor disputa religiosa ha turbado el reposo de esa provincia desde
que pertenece a nuestros reyes. ¿Por qué? Porque no se persigue en ella a
nadie[RC14]. No tratéis de forzar los
corazones y todos los corazones estarán con vosotros. Yo no digo que todos aquellos que no siguen
la religión del príncipe deban compartir los puestos y los honores de los que
pertenecen a la religión dominante. En Inglaterra, los católicos, considerados
seguidores del partido del pretendiente, no pueden acceder a los empleos
públicos: incluso pagan un impuesto doble; pero gozan por lo demás de todos
los derechos de los ciudadanos. De algunos obispos franceses se ha
sospechado que creían que ni por su honor ni por su interés les convenía
tener calvinistas en sus diócesis y que éste es el mayor obstáculo a la tolerancia: no puedo creerlo. El cuerpo de los obispos, en Francia, está
compuesto por gentes de calidad que piensan y obran con una nobleza digna de
su nacimiento; son caritativos y generosos, cosa que hay que reconocerles en
justicia; deben creer ciertamente que sus diocesanos fugitivos no se
convertirán en los países extranjeros y que, cuando vuelvan con sus pastores,
podrán ser instruidos por sus lecciones y conmovidos por sus ejemplos: su
honor ganaría al convertirlos, lo temporal no saldría perdiendo y cuantos
más ciudadanos hubiese más rentarían las tierras de los prelados. Un
obispo de Varnie, en Polonia, tenía un anabaptista
de granjero y un sociniano de recaudador; le propusieron que despidiese y
persiguiese al uno porque no creía en la consustancialidad y al otro porque
no bautizaba a su hijo hasta los quince años: respondió que serían condenados
para toda la eternidad en el otro mundo, pero que en éste le eran muy
necesarios. Salgamos
de nuestra pequeña esfera y examinemos el resto de nuestro globo. El
Id a la India, a Persia, a Tartaria,
veréis en todos esos países la misma tolerancia y la misma tranquilidad.
Pedro el El
gobierno de China no ha adoptado jamás, desde los cuatro mil años que es
conocido, más que el culto de los noaquidas, la
adoración simple de un solo Dios; tolera, sin embargo, las supersticiones de Fo y una multitud de bonzos que sería peligrosa si
la prudencia de los tribunales no los hubiera mantenido siempre a raya. Es
cierto que el gran emperador Yung-Chêng, el más sabio y el más magnánimo que tal vez haya
tenido China, ha expulsado a los jesuitas; pero esto no lo hizo por ser
intolerante; fue, al contrario, porque lo eran los jesuitas. Ellos mismos
citan, en sus Cartas curiosas, las palabras que les dijo aquel buen
príncipe: «Sé que vuestra religión es intolerante; sé lo que habéis hecho en
Manila y en el Japón; habéis engañado a mi padre; no esperéis engañarme a
mí.» Léanse todos los razonamientos que se dignó hacerles, se le encontrará
el más sabio y el más clemente de los hombres. ¿Podría, en efecto, permitir
la permanencia en sus Estados de unos físicos de Europa que, con el pretexto
de mostrar unos termómetros y unas eolipilas a la
corte, habían sublevado ya contra él a uno de los príncipes de la sangre? ¿Y
qué habría dicho ese emperador si hubiese leído nuestras historias, si
hubiese conocido nuestros tiempos de la Liga y de la conspiración de las
pólvoras? Le
bastaba con estar informado de las indecentes querellas de los jesuitas, de
los dominicos, de los capuchinos, del clero secular, enviados desde el fin
del mundo a sus Estados: venían a predicar la verdad y se anatematizaban unos
a otros. El emperador no hizo, por tanto, más que expulsar a unos perturbadores
extranjeros: ¡pero con qué bondad los despidió! ¡Qué cuidados paternales
tuvo con ellos para su viaje y para impedir que les molestasen en el
trayecto! Su propio destierro fue un ejemplo de tolerancia y humanidad. Los
japoneses eran los más tolerantes de todos los hombres: doce religiones
pacíficas estaban establecidas en su imperio; los jesuitas vinieron a ser la
decimotercera, pero pronto, al no querer ellos tolerar ninguna otra, ya
sabemos lo que sucedió: una guerra civil, no menos horrible que la de la
Liga, asoló el país. La religión cristiana fue ahogada en ríos de sangre; los
japoneses cerraron su imperio al resto del mundo y nos consideraron como
bestias feroces, semejantes a aquellas de que los ingleses han limpiado su
isla. En vano el ministro Colbert, comprendiendo la
necesidad que tenemos de los japoneses, que para nada nos necesitan a
nosotros, intentó establecer un comercio con su imperio: los halló
inflexibles. Así pues, nuestro continente
entero demuestra que no se debe ni predicar ni ejercer la intolerancia. Volved
los ojos hacia el otro hemisferio; ved la Carolina, de la que el prudente Locke[RC15] fue legislador: bastan siete padres de familia para establecer un
culto público aprobado por la ley; tal libertad no ha hecho surgir ningún
desorden. ¡Dios nos libre de mencionar este ejemplo para incitar a Francia a
imitarlo! Sólo se cita para hacer ver que el mayor exceso a que pueda llegar
la tolerancia no ha sido seguido de la más leve disensión; pero aquello que
es muy útil y bueno en una colonia naciente no es conveniente en un viejo
reino. ¿Qué
diremos de los primitivos que han sido apodados cuáqueros[RC16] por burla y que, con costumbres tal vez ridículas, han sido tan virtuosos y han
enseñado inútilmente la paz al resto de la humanidad? Alcanzan el número de
cien mil en Pensilvania; la discordia, la
controversia, son ignoradas en la feliz patria que ellos se han creado y el
mero nombre de su ciudad de Filadelfia[RC17], que les recuerda en todo
momento que los hombres son hermanos, es el ejemplo y la vergüenza de los
pueblos que todavía no conocen la tolerancia. En fin, esta tolerancia no ha provocado
jamás una guerra civil; la intolerancia ha cubierto la tierra de matanzas.
¡Júzguese ahora, entre esas dos rivales, entre la madre que quiere que se
degüelle a su hijo y la que lo entrega con tal de que viva![RC18] No hablaré aquí más que del interés de las
naciones; y respetando, como debo, la teología, no considero en este
artículo más que el bien físico y moral de la sociedad. Suplico a todo lector
imparcial que sopese estas verdades, que las certifique, que las extienda.
Los lectores atentos, que se comunican sus pensamientos, van siempre más
lejos que el autor. CAPÍTULO
V De cómo la tolerancia puede
ser admitida Me atrevo a suponer que un ministro culto y
magnánimo, un prelado humanitario y sabio, un príncipe que sabe que su
interés consiste en el gran número de sus súbditos y su gloria en la
felicidad de éstos, se digna pasar los ojos por este escrito informe y
defectuoso; suple su imperfección con sus propias luces; se dice a sí mismo:
¿qué arriesgaría con ver la tierra cultivada y ornada por un mayor número de
manos laboriosas, aumentados los tributos, el Estado más floreciente? Alemania sería un desierto cubierto por los
huesos de los católicos, de los evangelistas, de los reformados, de los anabaptistas,
que se habrían degollado unos a otros, si la paz de Westfalia[RC19] no hubiese procurado, por
fin, la libertad de conciencia. Tenemos judíos en Burdeos, en Metz, en Alsacia;
tenemos luteranos, molinistas, jansenistas: ¿no podemos soportar y aceptar la
presencia de calvinistas poco más o menos en las mismas condiciones en que
los católicos son tolerados en Londres? Cuantas más sectas hay, menos
peligrosa es cada una de ellas; la multiplicidad las debilita, todas son
reprimidas por leyes justas que prohíben las asambleas tumultuosas, las injurias,
las sediciones, y que siempre están en vigor por la fuerza coactiva. Sabemos que varios cabezas de familia, que
han creado grandes fortunas en los países extranjeros, están dispuestos a
regresar a su patria; sólo piden la protección de la ley natural, la validez
de sus matrimonios, la certeza de la legitimidad de sus hijos, el derecho a
heredar de sus padres, la franquicia de sus personas; no piden templos
públicos, ni el derecho a ejercer cargos municipales, ni a obtener
dignidades: los católicos no los tienen en Londres ni en algunos otros
países. Ya no se trata de conceder privilegios inmensos, plazas de seguridad
a una facción, sino de dejar vivir a un pueblo pacífico, de suavizar edictos
tal vez en otros tiempos necesarios, pero que ya no lo son. No nos
corresponde a nosotros indicar al ministerio lo que puede hacer; basta con
implorarle en favor de los infortunados. ¡Cuántos medios de hacerlos útiles, de
impedir que jamás lleguen a ser peligrosos! La prudencia del ministerio y del
consejo, apoyada por la fuerza, encontrará muy fácilmente esos medios, que
otras naciones emplean con tanta fortuna. Existen todavía fanáticos entre el
populacho calvinista; pero es sabido que hay aún más entre el populacho
convulsionario[RC20]. La hez de los insensatos de
Saint-Médard está considerada como algo sin
importancia en la nación, la de los profetas calvinistas ha sido destruida.
El gran medio de disminuir el número de maniáticos, si quedan, es someter
esta enfermedad del espíritu al régimen de la razón, que lenta, pero
infaliblemente, ilumina a los hombres. Esta razón es dulce, es humana,
inspira indulgencia, ahoga la discordia, fortalece la virtud, hace amable la
obediencia o las leyes, mucho más de lo que la fuerza las impone. ¿Y
consideraremos como cosa baladí el ridículo que se atribuye hoy día al
entusiasmo por la mayoría de las gentes honorables? Dicho ridículo constituye
una poderosa barrera contra las extravagancias de todos los sectarios. Los
tiempos pasados son como si nunca hubieran existido. Hay que partir siempre
del punto en que se está y de aquel a que han llegado las naciones. Hubo un tiempo en que se creyó obligatorio
promulgar decretos contra los que enseñaban una doctrina contraria a las
categorías de Aristóteles[RC21], al horror al vacío, a las
quintaesencias y al universal de la parte de la cosa. Tenemos en Europa más
de cien volúmenes de jurisprudencia sobre la brujería, y sobre la manera de
distinguir los falsos brujos de los verdaderos.
La excomunión de los saltamontes y de los insectos nocivos para las cosechas
ha sido empleada profusamente y todavía subsiste en algunos rituales. La
costumbre ha caducado; se deja en paz a Aristóteles, a los brujos y a los
saltamontes. Los ejemplos de esas graves locuras, en otros tiempos tan
importantes, son incontables: se producen otras de vez en cuando; pero cuando
han producido su efecto, cuando se está harto de ellas, mueren por sí
mismas. Si a alguien se le ocurriese hoy día ser carpocrático,
o eutiquiano, o monotelita, o monofisita, o nestoriano, o maniqueo, etc., ¿qué sucedería? Se reirían de él,
como de un hombre vestido a la antigua, con gola y jubón. La
nación empezaba a entreabrir los ojos cuando los jesuitas Le Tellier y Doucin fabricaron
la bula Unigenitus que enviaron a Roma: creyeron estar todavía en
aquellos tiempos de ignorancia en que los pueblos aceptaban sin examen las
aserciones más absurdas. Se atrevieron a proscribir esta proposición que es
de una verdad universal en todos los casos y en todos los tiempos: «El temor
a una excomunión injusta no debe impedir el cumplimiento del deber.» Era
proscribir la razón, las libertades de la Iglesia galicana y el fundamento de
la moral; era decir a los hombres: Dios os ordena que no hagáis nunca vuestro
deber, si ello os hace temer la injusticia. Jamás se ha atacado al sentido
común más descaradamente. Los consultores de Roma no se dieron cuenta de
ello. Se persuadió a la corte de Roma de que aquella bula era necesaria y que
la nación la deseaba; fue firmada, sellada y enviada: conocemos las
consecuencias; seguramente, si se hubieran previsto, se habría suavizado la
bula. Las disputas han sido vivas; la prudencia y la bondad del rey las han
apaciguado finalmente. Lo
mismo sucede con una gran parte de los puntos que nos dividen de los
protestantes; hay algunos que carecen de importancia; hay otros más graves,
pero sobre los cuales la furia de la disputa se ha amortiguado tanto que los
propios protestantes no predican hoy día la controversia en ninguna de sus
iglesias. Por
lo tanto, estos tiempos de desgana, de saciedad, o más bien de razón, son los
que podemos aprovechar como época y garantía de tranquilidad pública. La
controversia es una enfermedad epidémica que se halla en sus finales, y esa
peste, de la que estamos curados, no pide más que un régimen suave.
Finalmente, el interés del Estado consiste en que los hijos expatriados
vuelvan con modestia a la casa de su padre: el humanitarismo lo pide, la
razón lo aconseja y la política no lo puede temer. CAPÍTULO VI De si la intolerancia es de derecho natural
y de derecho humano El
derecho natural es el que la naturaleza indica a todos los hombres. Habéis
criado a vuestro hijo, os debe respeto como padre y gratitud como bienhechor.
Tenéis derecho a los productos de la tierra que habéis cultivado con
vuestras manos. Habéis hecho y habéis recibido una promesa, debe ser
cumplida. El
derecho humano no puede estar basado en ningún caso más que sobre este
derecho natural; y el gran principio, el principio universal de uno y otro
es, en toda la tierra: «No hagas lo que no quisieras que te hagan.» No se
comprende, por lo tanto, según tal principio, que un hombre pueda decir a
otro: «Cree lo que yo creo y lo que no puedes creer, o perecerás.» Esto es lo
que se dice en Portugal, en España, en Goa. En
otros países se contentan con decir efectivamente: «Cree o te aborrezco; cree
o te haré todo el daño que pueda; monstruo, no tienes mi religión, por lo
tanto no tienes religión: debes inspirar horror a tus vecinos, a tu ciudad,
a tu provincia.» Si
conducirse así fuese de derecho humano, sería preciso que el japonés
detestase al chino, el cual execraría al siamés; éste perseguiría a los gangaridas que se abatirían sobre los habitantes del Indo;
un mogol arrancaría el corazón al primer malabar que encontrase; el malabar
podría degollar al persa, que podría asesinar al turco; y todos juntos se
arrojarían sobre los cristianos que durante tanto tiempo se han devorado unos
a otros. El
derecho de la intolerancia es, por lo tanto, absurdo y bárbaro: es el derecho
de los tigres, y es mucho más horrible, porque los tigres sólo matan para
comer, y nosotros nos hemos exterminado por unos párrafos. CAPÍTULO VII De si la intolerancia ha sido conocida de
los griegos Los
pueblos de los que la historia nos ha dejado algunos débiles conocimientos
han considerado, todos, sus diferentes religiones como nudos que los unían:
era una asociación, tanto entre los dioses como entre los hombres. Cuando un extranjero
llegaba a una ciudad, empezaba por adorar a los dioses del país. Jamás se
dejó de venerar a los dioses, incluso a los de los enemigos. Los troyanos
elevaban sus plegarias a los dioses que luchaban en favor de los griegos. Alejandro fue a consultar en los desiertos
de Libia al dios Ammon, a quien los
griegos dieron el nombre de Zeus y
los latinos
el de Júpiter[RC22], aunque tanto unos como otros
tuviesen su Júpiter y su Zeus en
sus respectivos países. Cuando se sitiaba una ciudad se oraba y se hacía un
sacrificio a sus dioses para tenerlos propicios. De esta suerte, aun incluso
en la guerra, la religión unía a los hombres y suavizaba a veces sus furores,
aunque otras les ordenase cometer actos inhumanos y terribles. Tal vez me equivoque; pero me parece que de
todos los antiguos pueblos civilizados, ninguno ha puesto trabas a la
libertad de pensar. Todos tenían una religión; pero me parece que la usaban
con los hombres del mismo modo que con sus dioses: todos reconocían un dios
supremo, pero le asociaban una cantidad prodigiosa de divinidades inferiores;
sólo tenían un culto, pero permitían una multitud de sistemas particulares. A los griegos, por ejemplo, por muy
religiosos que fuesen, les parecía bien que los epicúreos negasen la
Providencia y la existencia del alma[RC23]. No menciono las otras sectas, todas las
cuales ofendían las ideas sanas que se deben tener del Ser Creador y que,
todas, eran toleradas. Sócrates[RC24], que fue el que más se
aproximó al conocimiento del Creador, padeció, según se dice, la pena de haber
alcanzado este conocimiento y murió mártir de la Divinidad; es el único
hombre al que los griegos hayan hecho morir por sus opiniones. Si ésta fue,
en efecto, la causa de su condena, ello no hace honor a la intolerancia,
puesto que sólo se castigó al único que glorificaba a Dios y se honró a todos los que daban las más indignas nociones de
la Divinidad. Los enemigos de la tolerancia no deben, en mi opinión,
ampararse en el ejemplo odioso de los jueces de Sócrates. Es evidente, por otra parte, que fue
víctima de un partido furioso animado contra él. Se había creado enemigos
irreconciliables entre los sofistas, los oradores, los poetas, que enseñaban
en las escuelas e incluso entre los preceptores que tenían a su cargo a los
hijos de las familias distinguidas. Él mismo confiesa en su discurso, que
nos ha sido transmitido por Platón[RC25], que iba de casa en casa
demostrando a aquellos preceptores que no eran más que unos ignorantes. Esta
conducta no es digna de aquel al que un oráculo había declarado ser el más
sabio de los hombres. Se azuzó contra él a un sacerdote y a un consejero de
los quinientos, que le acusaron; reconozco que no sé exactamente de qué,
sólo veo vaguedades en su Apología; se le hace decir en general que se
le imputaba inspirar a los jóvenes máximas contra la religión y el gobierno.
Así es como proceden siempre los calumniadores en el mundo; pero en un
tribunal se prec Un hombre honrado, que no es enemigo ni de
la razón ni de la literatura, ni de la probidad, ni de la patria, al
justificar hace poco la matanza de la noche de San Bartolomé[RC26], cita la guerra de los
focenses, llamada guerra sagrada, como si esta guerra hubiese sido
encendida en favor del culto, del dogma, de los argumentos de la teología; se
trataba de saber a quién debía pertenecer un campo: es el motivo de todas las
guerras. Unos haces de trigo no son un símbolo de creencia; jamás ciudad
griega alguna luchó por opiniones. Por otra parte, ¿qué pretende ese hombre
modesto y dulce? ¿Quiere que hagamos una guerra sagrada? CAPÍTULO
VIII De si los romanos han sido tolerantes Entre los antiguos romanos, desde Rómulo
hasta los tiempos en que los cristianos se disputaron con los sacerdotes del
imperio, no veréis un solo hombre perseguido por sus sentímientos. Cicerón[RC27] dudó de todo, Lucrecio[RC28] lo negó todo; y no se les hizo el más ligero reproche. La licencia
llegó tan lejos que Plinio[RC29] el naturalista empieza su libro negando a Dios y diciendo que hay
uno, que es el sol. Cicerón dice, hablando de los infiernos: «Non est anus tam excors quae
credat; no
hay ni una vieja imbécil que crea en ellos.» Juvenal dice: «Nec pueri credunt
(sátira II, verso 152); los niños no creen en tal
cosa.» Se cantaba en el teatro de Roma: Post mortem nihil est, ipsaque mors nihil. «No
hay nada después de la muerte, la misma muerte no es nada.» (Séneca[RC30], Tróade; coro al final del segundo acto.) Aborrezcamos
estas máximas y, todo lo más, perdonémoselas a un pueblo al que el Evangelio
no iluminó; son falsas, son impías; pero saquemos la conclusión de que los
romanos eran muy tolerantes, ya que éstas no provocaron jamás la menor protesta. El
gran principio del senado y del pueblo romanos era: «Deorum
offensae düs curae; sólo a los dioses corresponde ocuparse de las ofensas hechas a los
dioses.» Aquel pueblo rey sólo pensaba en conquistar, en gobernar y civilizar
al universo. Han sido nuestros legisladores y nuestros vencedores; y César,
que nos dio cadenas, leyes y juegos, jamás quiso obligarnos a trocar nuestros
druidas por él, por muy gran pontífice que fuese de una nación que nos
dominaba. Los
romanos no profesaban todos los cultos, no daban a todos la sanción pública;
pero los permitieron todos. No tuvieron ningún objeto material de culto bajo
el reinado de Numa, ni simulacros, ni estatuas; no tardaron en erigirlas a
los dioses majorum gentium, que
les dieron a conocer los griegos. La ley de las doce tablas, Deos peregrinos ne colunto, se reducía a no conceder culto público más que a las divinidades
superiores aprobadas por el senado. Isis tuvo un templo en Roma, hasta que Tiberio lo mandó
derribar cuando los sacerdotes del mismo, corrompidos por el dinero de Mundo,
le hicieron acostarse en el templo, bajo el nombre del dios Anubis, con una mujer llamada Paulina. Bien es verdad
que Pero
sea verdadera o falsa esta anécdota, lo que hay de cierto es que la
superstición egipcia había erigido un templo en Roma con el consentimiento
público. Los judíos comerciaban en ella desde los tiempos de las guerras
púnicas; tenían en la ciudad sinagogas desde los tiempos de Augusto y las
conservaron casi siempre, lo mismo que en la Roma moderna. ¿Existe un mayor
ejemplo de que la tolerancia estaba considerada por los romanos como la ley
más sagrada de todo el derecho de gentes? Se
nos dice que tan pronto como aparecieron los cristianos fueron perseguidos
por aquellos mismos romanos que a nadie perseguían. Me parece evidente que
este hecho es completamente falso; no quiero otra prueba que la del propio
san Estas
palabras resultan tanto más notables en aquel magistrado romano cuanto que
parece no haber sentido la menor consideración hacia san
He
aquí que el propio Espíritu Santo declara que los romanos no perseguían y
que eran justos. No fueron los romanos los que se alzaron contra san
Los
primeros cristianos no tenían, sin duda, nada que dirimir con los romanos;
no tenían más enemigos que los judíos, de los que empezaban a separarse.
Sabido es el odio implacable que sienten todos los sectarios hacia aquellos
que abandonan su secta. Hubo indudablemente tumultos en las sinagogas de Roma.
Suetonio dice en la Vida de Claudio (cap. XXV): Judaeos, impulsare Christo assidue tumultuantes, Roma expulit
(Roma arrojó con frecuencia a los sediciosos
hebreos, siendo Cristo el instigador). Se engañaba al decir que era a
instigación de Cristo: no podía conocer los detalles de un pueblo tan
despreciado en Roma como era el pueblo judío; pero no se equivocaba sobre el
motivo de aquellas disputas. Suetonio escribía en
tiempos de Adriano, en el siglo II; los cristianos
no se distinguían entonces de los judíos a los ojos de los romanos. El pasaje
de Suetonio hace ver que los romanos, lejos de
oprimir a los primeros cristianos, reprimían entonces a los judíos que los
perseguían. Querían que la sinagoga de Roma tuviese para con aquellos hermanos
separados la misma indulgencia que el Senado tenía para con ella, y los
judíos expulsados no tardaron en volver; alcanzaron incluso honores, a pesar
de las leyes que los excluían de ellos; nos lo cuentan Dion
Casio y Ulpiano. ¿Es posible que después de la
ruina de Jerusalén los emperadores prodigasen dignidades a los judíos y que,
en cambio, persiguiesen, entregasen a los verdugos y arrojasen a las fieras a
unos cristianos que estaban considerados como una secta de los judíos? Se
dice que Nerón los persiguió. Tácito nos cuenta que fueron acusados del
incendio de Roma y abandonados al furor del pueblo. ¿Se trataba de su
creencia en tal acusación? No, sin duda. ¿Diríamos que los chinos, a los que
los holandeses degollaron hace algunos años, en los suburbios de Batavia, fueron inmolados a la religión? Por mucho que
deseemos equivocarnos, es imposible atribuir a la intolerancia el desastre
ocurrido en el reinado de Nerón a unos cuantos desgraciados semijudíos y semicristianos. CAPÍTULO IX Sobre los mártires Hubo
después de ello mártires cristianos. Es difícil saber con exactitud por qué
razones fueron condenados aquellos mártires; pero me atrevo a creer que
ninguno lo fue, bajo los primeros césares, solamente por su religión; todas
eran toleradas: ¿cómo se hubiera podido buscar y perseguir a unos hombres
oscuros, que practicaban un culto particular, en una época en que se
permitían todos los otros? Los
Titos, los Trajanos, los Antoninos,
los Decios no eran unos bárbaros: ¿es posible
imaginar que hubiesen privado únicamente a los cristianos de una libertad de
que gozaba la tierra entera? Se les habría acusado solamente a ellos de
celebrar misterios secretos, mientras que los misterios de Isis, de
Mitra, los de la diosa de Siria, todos ellos extraños al culto romano, eran
permitidos sin contradicción? Es preciso que la
persecución haya tenido otras causas y que los odios particulares, apoyados
por la razón de Estado, hayan derramado la sangre de los cristianos. Por
ejemplo, cuando san Lorenzo niega al prefecto de Roma, Cornelio
Seculario, el dinero de los cristianos que tenía en custodia, es natural que
el prefecto y el emperador se irritasen: no sabían que san Lorenzo había
distribuido aquel dinero entre los pobres y que había realizado una obra
caritativa y santa; le consideraron como un refractario y le condenaron a
muerte. Consideremos
el martirio de san Poliuto. ¿Fue condenado
solamente por su religión? Va al templo, en el que se rinden a los dioses
acciones de gracias por la victoria del emperador Decio;
insulta en el propio templo a los sacrificadores, derriba y rompe los altares
y las estatuas: ¿en qué país del mundo se perdonaría semejante atentado? El
cristiano que rompió en público el edicto del emperador Diocleciano
y que atrajo hacia sus hermanos la gran persecución en los dos últimos años
del reinado de este príncipe, no realizaba un acto de celo según la ciencia y
tenía la desgracia de ser la causa del desastre de su partido. Aquel celo
desmesurado, que estalló a menudo y que incluso fue condenado por varios
Padres de la Iglesia, ha sido probablemente el origen de todas las
persecuciones. No
comparo, sin duda, a los primeros sacramentarios con los primeros cristianos:
no pongo el error al lado de la verdad; pero Farel,
predecesor de Juan Calvino, hizo en Arles la
misma cosa que san Poliuto había hecho en Armenia.
Llevaban en procesión por las calles la estatua de san Antonio el ermitaño; Farel se arroja con algunos de los suyos sobre los
frailes que llevan en andas a san Antonio, los zurra, los dispersa y arroja
el santo al río. Merecía la muerte, que no recibió por haber tenido tiempo de
huir. Si se hubiese contentado con gritar a aquellos frailes que no creía que
un cuervo hubiese llevado medio pan a san Antonio el ermitaño, ni que san
Antonio hubiese tenido conversaciones con centauros y sátiros, habría
merecido una fuerte reprimenda por perturbar el orden; pero si por la noche,
después de la procesión, hubiese examinado tranquilamente la historia del
cuervo, de los centauros y de los sátiros, nada hubiera habido que
reprocharle. ¡Cómo!
¡Los romanos habrían tolerado que el infame Antinoo
fuese colocado en el rango de los dioses secundarios y habrían descuartizado,
arrojado a las fieras a todos aquellos a los que se hubiese reprochado haber
adorado pacíficamente a un justo! ¡Cómo! ¡Los romanos habrían reconocido a un
Dios supremo, a un Dios soberano, señor de todos los dioses secundarios,
atestiguado por esta fórmula: Deus optimus maximus; y habrían
perseguido a los que adoraban a un Dios único! No
es creíble que haya existido jamás una inquisición contra los cristianos
bajo los emperadores, es decir, que se haya ido a buscarles a sus casas para
interrogarles sobre sus creencias. Jamás se molestó sobre este punto ni a un
judío, ni a un sirio, ni a un egipcio, ni a los bardos, ni a los druidas, ni
a los filósofos. Los mártires fueron, por lo tanto, aquellos que se alzaron
contra los falsos dioses. No creer en ellos era cosa muy buena y piadosa;
pero, en fin, si no contentos con adorar a un Dios en espíritu y en verdad,
se sublevaron violentamente contra el culto establecido, por muy absurdo que
pudiese ser, es forzoso confesar que ellos mismos eran intolerantes. Tertuliano,
en su Apologética,
confiesa que se miraba a los cristianos como
facciosos: la acusación era injusta, pero demostraba que no era la sola
religión de los cristianos lo que excitaba el celo de los magistrados.
Reconoce que los cristianos se negaban a adornar sus puertas con ramas de
laurel en los regocijos públicos por las victorias de los emperadores: era
fácil tomar esta actitud reprochable por un crimen de lesa majestad. La
primera severidad jurídica ejercida contra los cristianos fue la de Domiciano: pero se limitó a un destierro que llegó a
durar un año: Facile coeptum repressit,
restitutis etiam quos relegaverat (lo conseguido fácilmente se perdió, siendo restablecidos
nuevamente los que habían abandonado), dice Tertuliano (cap. V). Lactancio,
cuyo estilo es tan violento, reconoce que desde Domiciano
hasta Decio la Iglesia vivió tranquila y floreciente.
Esta larga paz, dice, fue interrumpida cuando aquel execrable animal llamado
Decio oprimió a la Iglesia: Exstitit
enim post annos plurimos execrabile animal Decius, qui vexaret Ecclesiam
(Apol., cap. IV). No
se pretende discutir aquí la opinión del sabio Dodwell
sobre la pequeña cantidad de mártires; pero si los romanos hubiesen
perseguido tanto la religión cristiana, si el senado hubiese hecho morir a
tantos inocentes por medio de suplicios inusitados, si hubiese metido a los
cristianos en aceite hirviendo, si hubiese arrojado a doncellas desnudas a
las fieras en el circo, ¿cómo habrían dejado en paz a todos los obispos de Roma?
San Ireneo no cuenta como mártir entre aquellos
obispos más que a Telésforo, en año el 139 de la
era vulgar, y no se tiene ninguna prueba de que el tal Telésforo
hubiese sido condenado a muerte. Ceferino gobernó
el rebaño de Roma durante dieciocho años y murió apaciblemente en el año
219. Es cierto que se incluye a casi todos los primeros papas en los antiguos
martirologios; pero la palabra martirio sólo era tomada entonces en su
verdadero significado: martirio quería decir testimonio y no suplicio. Es
difícil poner de acuerdo esta furia de persecución con la libertad que
tuvieron los cristianos de convocar cincuenta y seis concilios que los
escritores eclesiásticos cuentan en los tres primeros siglos. Hubo
persecuciones; pero si hubiesen sido tan violentas como se dice, es de
suponer que Tertuliano, que escribió con tanta energía contra el culto
establecido, no habría muerto en la cama. Sabido es que los emperadores no
leyeron su Apologética;
que un escrito oscuro, compuesto en África, no
llega a los que tienen a su cargo el gobierno del mundo; pero debía ser
conocido de aquellos que formaban el círculo del procónsul de África: debía
atraer mucho odio hacia su autor; sin embargo, no padeció ningún martirio. Orígenes
enseñó públicamente en Alejandría y tampoco fue ejecutado. El mismo Orígenes,
que hablaba con tanta libertad a los paganos y a los cristianos, que
anunciaba Jesús a los unos, que negaba un Dios en tres personas a los otros,
que reconoce expresamente, en su tercer libro contra Celso, «que ha habido
muy pocos mártires e incluso de tarde en tarde. Sin embargo, dice, los
cristianos no descuidan nada para hacer abrazar su religión a todo el mundo;
corren por las ciudades, los pueblos, las aldeas». En
verdad que estas continuas carreras podían ser fácilmente denunciadas como
sediciosas por los sacerdotes enemigos; y, sin embargo, tales misiones son
toleradas, a pesar del pueblo egipcio, siempre turbulento, sedicioso y
cobarde: pueblo que había descuartizado a un romano por haber matado a un
gato, pueblo en todo tiempo despreciable, digan lo que digan los admiradores
de las pirámides. ¿Quién
podía soliviantar más contra él a los sacerdotes y al gobierno que san
Gregorio Taumaturgo, discípulo de Orígenes? Gregorio había visto durante la
noche a un anciano enviado de Dios, acompañado de una mujer resplandeciente
de luz: esta mujer era la Santísima Virgen y aquel anciano san Juan Evangelista.
San Juan le dictó un símbolo que san Gregorio se fue a predicar. Pasó, al
dirigirse a Neocesárea, cerca de un templo en que
se emitían oráculos y en el que la lluvia le obligó a pasar la noche; hizo
varios signos de la cruz. Al día siguiente, el gran sacrificador del templo
se quedó asombrado de que los demonios, que antes le respondían, no
quisieran emitir más oráculos; los llamó: los demonios acudieron para decirle
que ya no volverían más: le explicaron que ya no podían habitar más aquel
templo porque Gregorio había pasado la noche en él y había trazado signos
de la cruz. El
sacrificador interrogó a Gregorio, que le respondió: «Puedo arrojar a los
demonios de donde quiera y hacerlos entrar donde me plazca.» «Hazlos, pues,
entrar en mi templo», dijo el sacrificador. Entonces Gregorio arrancó un
pedacito de una hoja del volumen que tenía en la mano y escribió en él estas
palabras: «Gregorio a Satán: te ordeno que entres en este templo.» Se puso
el billete sobre el altar: los demonios obedecieron y emitieron sus oráculos
como de costumbre; después de lo cual dejaron de hacerlo, como es sabido. Es
san Gregorio Niceno quien relata estos hechos en la vida de san Gregorio
Taumaturgo. Los sacerdotes de los ídolos debían sin duda sentir animadversión
hacia Gregorio y, cegados por ella, llevarlo ante los tribunales: no
obstante, su mayor enemigo no sufrió ninguna persecución. Se
dice en la historia de san Cipriano, que fue el primer obispo de Cartago
condenado a muerte. El martirio de san Cipriano data del año 258 de nuestra
era: durante mucho tiempo, por lo tanto, ningún obispo de Cartago fue
inmolado por su religión. La historia no nos dice qué calumnias se elevaron
contra san Cipriano, qué enemigos tenía, por qué el procónsul de África se
irritó contra él. San Cipriano escribe a Cornelio,
obispo de Roma: «Se produjo poco después una
manifestación popular en Cartago y se gritó por dos veces que se me debía
arrojar a los leones.» Es muy verosímil que la excitación del pueblo
enfurecido de Cartago fuese finalmente causa de la muerte de Cipriano; y es
muy seguro que no fue el emperador Galo quien le condenó desde tan lejos por
su religión, puesto que dejaba en paz a Cornelio,
al que tenía tan cerca. Tantas
causas secretas se mezclan con frecuencia a la causa aparente, tantos
resortes desconocidos contribuyen a la persecución de un hombre, que se hace
imposible discernir en los siglos posteriores el origen oculto de las
desgracias de los hombres más considerables, y con mayor razón el del
suplicio de un particular que sólo podía ser conocido de aquellos que pertenecían
a su partido. Obsérvese
que san Gregorio Taumaturgo y san Dionisio, bispo
de Alejandría, que no sufrieron martirio, vivían en la misma época que san
Cipriano. ¿Por qué, si eran tan conocidos por lo menos como este obispo de
Cartago, pudieron vivir sin ser molestados? ¿Y por qué san Cipriano fue
sometido a suplicio? ¿No existe cierta apariencia de que este último
sucumbió al ataque de enemigos personales y poderosos, a las calumnias, al
pretexto de la razón de Estado, que se junta con tanta frecuencia a la
religión, mientras que los otros dos tuvieron la suerte de librarse de la
maldad de los hombres? No
parece muy probable que la sola acusación de cristianismo hiciese perecer a
san Ignacio bajo el clemente y justo Trajano, puesto que se permitió a los
cristianos acompañarle y consolarle cuando era llevado a Roma. Se habían
producido con frecuencia sediciones en Antioquía, ciudad que siempre fue turbulenta,
en la que Ignacio era obispo secreto de los cristianos: tal vez aquellas
sediciones, malignamente imputadas a los cristianos inocentes, excitaron la
atención del gobierno, que fue engañado, como ha sucedido con harta
frecuencia. San
Simeón, por ejemplo, fue acusado ante Sapor de ser
espía de los romanos. La historia de su martirio nos dice que el rey Sapor le propuso que adorase al sol; pero sabido es que
los persas no rendían culto al sol: lo consideraban como un emblema del buen
principio de Ahura Mazda
u Ormuz, el
dios creador que ellos reconocían. Por
muy tolerante que se pueda ser, no se puede dejar de sentir cierta
indignación contra esos exaltados que acusan a Diocleciano
de haber perseguido a los cristianos desde su subida al trono; veamos lo que
dice Eusebio de Cesarea:
su testimonio no puede ser recusado; el favorito,
el panegirista de Constantino, el enemigo
violento de los emperadores precedentes, debe ser creído cuando los
justifica. He aquí sus palabras: «Los emperadores dieron durante mucho
tiempo a los cristianos grandes muestras de benevolencia; les confiaron
provincias; varios cristianos vivieron en palacio; incluso se casaron con
cristianas. Diocleciano tomó por esposa a Prisca, cuya hija fue mujer de Aprendamos
por lo tanto de este testimonio decisivo a no calumniar; júzguese si la
persecución excitada por Galeno, después de diecinueve años de un reinado de
clemencia y bondades, debe haber sido originada más bien por alguna intriga
que nosotros desconocemos. Considérese
hasta qué punto la fábula de la legión tebana, asesinada toda ella, dícese, a causa de la religión, es absurda. Es ridículo
que se hiciese venir a esta legión de Asia a través del
CAPÍTULO X Del peligro de las falsas leyendas y de la
persecución La
mentira ha embaucado demasiadas veces a los hom ¿Cómo
se puede creer, por ejemplo, que los romanos, ese El
santo tabernero y sus compañeros fueron por la noche a la orilla del lago,
guardada por soldados; una antorcha celeste caminó todo el tiempo delante de
ellos y cuando llegaron al lugar en que estaba la guardia,
un jinete celeste, armado de pies a cabeza, persiguió a los soldados
lanza en ristre. San Teodoto sacó del lago los
cuerpos de las vírgenes: fue llevado ante el gobernador; y el jinete celeste
no impidió que se le cortase la cabeza. No cesamos de repetir que veneramos
a los verdaderos mártires, pero que es difícil creer esta historia de Bolland y Ruinart. ¿Hay
que relatar aquí el cuento del joven san Romano? Se le arrojó al fuego, dice Eusebio, y los judíos que se hallaban presentes insultaron
a Jesucristo por permitir que fuese quemado uno de sus confesores, cuando
Dios había sacado del horno ardiente a Sidrach, M Se
nos cuenta el martirio de santa Felicidad y sus siete hijos, enviados a la
muerte, se dice, por el sabio y viejo Antonino, sin nombrar al autor del relato. Es
muy verosímil que algún autor con más celo que veracidad haya querido imitar
la historia de los Macabeos. El relato empieza de
esta suerte: «Santa Felicidad era romana, vivía bajo el reinado de Antonino»; queda claro, con estas palabras, que el autor no
era contemporáneo de santa Felicidad. Dice que el pretor los juzgó en su
tribunal del Campo de Marte; pero el prefecto de Roma tenía su tribunal en
el Capitolio y no en el Campo de Marte, que, después de haber servido para
celebrar los comicios, se utilizaba entonces para la revista de los
soldados, las carreras y los juegos militares: sólo esto demuestra la
falsedad. Se
dice también que después del juicio el emperador encomendó a varios jueces
la misión de ejecutar la sentencia: lo cual es totalmente contrario a las
formalidades de aquellos tiempos y a las de todas las épocas. Hay
igualmente un san Hipólito al que se supone arrastrado por caballos, como
Hipólito, el hijo de Teseo. Este suplicio no fue conocido
jamás de los antiguos romanos y la mera similitud del nombre ha hecho
inventar la fábula. Obsérvese
también que en los relatos de los mártires, compuestos únicamente por los
mismos cristianos, vemos casi siempre una multitud de cristianos que acuden
con toda libertad a la cárcel del condenado, le acompañan al suplicio,
recogen su sangre, entierran su cuerpo, y hacen milagros con las reliquias.
Si sólo se hubiese perseguido a la religión, ¿no se habría inmolado a
aquellos cristianos que asistían a sus hermanos condenados y a los que se
acusaba de hacer encantamientos con los restos de los cadáveres martirizados?
¿No se les habría tratado como nosotros hemos tratado a los valdenses, a los
albigenses, a los husitas, a las diversas sectas de
los protestantes? Los hemos degollado, quemado en masa, sin distinción de
edad ni sexo. ¿Existe, en las relaciones comprobadas de las antiguas persecuciones,
un solo rasgo que se aproxime a la noche de San Bartolomé y a las matanzas
de Irlanda? ¿Existe uno sólo que se parezca a la fiesta anual que se celebra
todavía en Toulouse, fiesta cruel, fiesta que para
siempre debería ser suprimida, en la que todo un pueblo da gracias a Dios en
procesión y se congratula de haber degollado, hace doscientos años, a cuatro
mil de sus conciudadanos? Lo
digo con horror, pero con sinceridad; ¡somos nosotros, cristianos, los que
hemos sido perseguidores, verdugos, asesinos! ¿Y de quién? De nuestros
hermanos. Somos nosotros los que hemos destruido cien ciudades, con el
crucifijo o la Biblia
en la mano y que no hemos cesado de derramar
sangre y encender hogueras, desde el reinado de Constantino hasta los furores
de los caníbales que habitaban los Cevennes:
furores que, gracias al Cielo, ya no existen hoy. Todavía
enviamos al cadalso a pobres gentes del Poitou, del Vivarais, de Valence, de
Montauban. Hemos ahorcado, desde 1745, a ocho
individuos de esos que llaman predicantes o ministros del Evangelio, que no habían cometido más crimen que haber rezado a Dios en
dialecto y haber dado un sorbo de vino y un pedazo de pan con levadura a
algunos campesinos pobres de espíritu. Nada se sabe de esto en París, donde
el placer es la única cosa importante, donde se ignora todo lo que sucede en
provincias y en el extranjero. Estos procesos se juzgan en una hora y con más
rapidez que se sentencia a un desertor. Si el rey estuviera enterado
aplicaría su gracia. No
se trata así a los sacerdotes católicos en ningún país protestante. Hay más
de cien sacerdotes católicos en Inglaterra e Irlanda; se les conoce, se les
ha dejado vivir tranquilamente durante la última guerra. ¿Seremos
siempre los últimos en adoptar las sanas opiniones de las demás naciones?
Ellas se han corregido, ¿cuándo nos corregiremos nosotros? Se ha necesitado
sesenta años para hacernos adoptar lo que Newton[RC31] había demostrado; apenas empezamos a osar salvar la vida de nuestros
hijos por la inoculación[RC32]; sólo practicamos desde hace poco tiempo los verdaderos principios
de la agricultura: ¿cuándo empezaremos a practicar los verdaderos principios
del humanitarismo? ¿Y con qué cara podemos reprochar a los
paganos haber hecho tantos mártires cuando nosotros hemos sido
culpables de la misma crueldad y en las mismas circunstancias? Concedamos
que los romanos han hecho perecer a una multitud de cristianos sólo por su
religión; en este caso los romanos han sido muy condenables. ¿Querríamos
nosotros cometer la misma injusticia? Y cuando les reprochamos sus persecuciones,
¿querríamos ser también nosotros perseguidores? Si
existiese alguien lo bastante carente de buena fe o lo bastante fanático
para decir aquí: ¿por qué venir a poner en evidencia nuestros errores y
nuestras faltas? ¿Por qué destruir nuestros falsos milagros y nuestras falsas
leyendas? Son el alimento de la piedad de muchas personas; hay errores
necesarios; no extirpemos del cuerpo una úlcera inveterada que arrastraría
con ella la destrucción del cuerpo, he aquí lo que le contestaría: Todos
esos falsos milagros con los que hacéis tambalearse la fe que se debe a los
verdaderos, todas esas leyendas absurdas que añadís a las verdades del
Evangelio, extinguen la religión en las almas; demasiadas personas que
quieren instruirse y que no tienen tiempo de hacerlo lo suficiente, dicen:
«Los maestros de mi religión me han engañado: no hay por lo tanto religión;
es preferible echarse en brazos de la naturaleza que en los del error;
prefiero depender de la ley natural que de las invenciones de los hombres.»
Otros tienen la desgracia de ir aún más lejos: ven que la impostura les ha
puesto un freno y no quieren ni siquiera el freno de la verdad, inclinándose
hacia el ateísmo; nos volvemos depravados porque otros han sido trapaceros y
crueles. He
aquí ciertamente las consecuencias de todos los fraudes piadosos y de todas
las supersticiones. Por lo general, los hombres sólo razonan a medias: es un
argumento muy malo decir: Voragine, el autor de La leyenda dorada, y el jesuita Ribadeneyra, compilador de Flos
Sanctorum, no han dicho más que tonterías: por lo tanto, no hay Dios; los
católicos han degollado una cierta cantidad de hugonotes y los hugonotes, a
su vez, han asesinado a cierta cantidad de católicos: por lo tanto, no hay
Dios; se ha utilizado la confesión, la comunión y todos los sacramentos para
cometer los crímenes más horribles: por lo tanto, no hay Dios. Yo llegaría a
una conclusión distinta: por lo tanto, hay un Dios que, después de esta vida
pasajera, en la que tanto le hemos desconocido y tantos crímenes hemos
cometido en su nombre, se dignará consolarnos de tan horribles desgracias:
porque si consideramos las guerras de religión, los cuarenta cismas de los
papas, que casi todos han sido sangrientos; las imposturas, que casi todas
han sido funestas; los odios irreconciliables encendidos por las
divergencias de opiniones; si vemos todos los males que ha producido el falso
celo, los hombres han tenido mucho tiempo su infierno en esta vida. CAPÍTULO XI Abusos de la intolerancia ¡Pero
cómo! ¿Le será permitido a cada ciudadano no creer más que a su razón y
pensar lo que esta razón, acertada o equivocada, le dictará? Es preciso[RC33], con tal de que no perturben el orden: porque no depende del hombre
creer o no creer, pero sí depende de él respetar las costumbres de su patria;
y si dijeseis que es un crimen no creer en la religión dominante, acusaríais
por lo tanto a los primeros cristianos, vuestros padres, y justificaríais a
aquellos que acusáis de haberlos sometido a suplicio. Me
respondéis que la diferencia es grande, que todas las religiones son obra de
los hombres y que sólo la Iglesia católica, apostólica y romana es obra de
Dios. Pero, hablando con sinceridad, porque nuestra religión es divina ¿debe
reinar por medio del odio, de la furia, de los destierros, del despojo de
bienes, de las cárceles, de las torturas, de los asesinatos y de las acciones
de gracias dadas a Dios por tales asesinatos? Cuanto más divina es la
religión cristiana, menos le corresponde al hombre imponerla; si Dios la ha
hecho, Dios la sostendrá sin vosotros. Sabéis que la intolerancia sólo
produce hipócritas o rebeldes: ¡qué funesta alternativa! Finalmente,
¿querríais sostener por medio de verdugos la religión de un Dios al que unos
verdugos hicieron perecer y que sólo predicó dulzura y paciencia? Mirad,
os lo ruego, las espantosas consecuencias del derecho de la intolerancia. Si
estuviese permitido despojar de sus bienes, de arrojar a mazmorras, de dar
muerte a un ciudadano que en tal grado de latitud no profesase la religión
admitida en dicho grado, ¿qué excepción eximiría a los primeros del Estado de
las mismas penas? La religión obliga por igual al monarca y a los mendigos:
por eso más de cincuenta doctores o monjes han hecho esta afirmación
monstruosa de que estaba permitido deponer, matar a los soberanos que no
pensasen como la Iglesia dominante; y los parlamentos del reino no han cesado
de proscribir esas abominables decisiones de unos abominables teólogos. Todavía
estaba caliente la sangre de Enrique el Seguro
que no, señor cardenal. No tenemos inconveniente en adoptar vuestra quimérica
suposición de que uno de nuestros reyes, habiendo leído las historias de los
concilios y de los santos padres, impresionado además por estas palabras: Mi padre es más grande que yo[RC35], tomándolas demasiado al pie de la letra y dudando entre el concilio
de Nicea y el de Constantinopla, se declarase en
favor de Eusebio de Nicomedia:
no obedecería por ello menos a mi rey, y no me creería menos ligado por el
juramento que le he hecho; y si osaseis alzaros contra él y yo fuese uno de
vuestros jueces, os declararía criminal de lesa majestad. Duperron llevó más lejos la discusión
y yo la resumo. Éste no es el lugar para profundizar esas quimeras indignantes; me limitaré a decir, con todos los ciudadanos, que
no es porque Enrique IV fuese coronado en Chartres
por lo que se le debía obediencia, sino porque el
derecho indiscutible del nacimiento daba la corona a aquel príncipe, que la
merecía por su valor y su bondad. Sea
por lo tanto permitido decir que todo ciudadano debe heredar, por el mismo
derecho, los bienes de su padre, y que no se ve que merezca ser privado de
ellos y ser llevado al cadalso por compartir la opinión de Ratram contra Pascasio Tarberto
y la de Bérenger contra Duns Escoto. Sabido
es que todos nuestros dogmas no han sido siempre claramente explicados y
universalmente aceptados en nuestra Iglesia. Al no habernos dicho Jesucristo
de quién procedía el Espíritu Santo, la Iglesia latina creyó mucho tiempo con
la griega que sólo procedía del Padre: finalmente añadió al símbolo que
procedía también del Hijo. Me pregunto si, al día siguiente de esta decisión,
un ciudadano que se hubiera atenido al símbolo de la víspera habría sido
merecedor de la muerte. ¿La crueldad, la injusticia, serían menos grandes
castigando hoy día al que pensase como se pensaba en otros tiempos? ¿Se era
culpable, en tiempo de Honorio I, por creer que Jesús no tenía más que dos
voluntades? No
hace mucho tiempo que se ha establecido el dogma de la inmaculada concepción:
los dominicos todavía no creen en él. ¿En qué tiempos los dominicos empezarán
a merecer penas en este mundo y en el otro? Si
debemos aprender de alguien a comportarnos en nuestras interminables
disputas, es ciertamente de los apóstoles y de los evangelistas. Había
motivos para provocar un cisma violento entre san Era
éste un tema de violenta disputa. Se trataba de saber si los nuevos
cristianos judaizarían o no. San Si
los evangelistas se hubiesen parecido a los escritores modernos, tendrían un
campo muy vasto para luchar unos contra otros. San Mateo cuenta veintiocho
generaciones desde David hasta Jesús; san Lucas cuenta cuarenta y una y
dichas generaciones son totalmente distintas. No se observa, sin embargo, que
surja ninguna disensión entre los discípulos por estas contradicciones
aparentes, muy bien conciliadas por varios Padres de la Iglesia. La caridad
no fue ofendida, la paz se conservó. ¡Qué mayor lección para que nos
toleremos en nuestras disputas y nos humillemos en todo aquello que no entendemos! San
Si
la persecución contra aquellos con los que disputamos fuese una acción santa,
hay que confesar que aquel que hubiese hecho matar más herejes sería el mayor
santo del paraíso. ¿Qué papel haría en él un hombre que se hubiese contentado
con despojar a sus hermanos y arrojarlos en mazmorras, ante un individuo
lleno de celo que hubiese dado muerte a centenares de ellos la noche de San
Bartolomé? He aquí la prueba. El
sucesor de san Pedro y su consistorio no pueden equivocarse; aprobaron,
celebraron, consagraron la acción de San Bartolomé; por lo tanto, aquella
acción era santa; por lo tanto, de dos asesinos iguales en piedad, aquel que
hubiese despanzurrado a veinticuatro mujeres preñadas hugonotas debe ser
elevado en gloria el doble que aquel que sólo hubiese despanzurrado a doce.
Por la misma razón, los fanáticos de los Cevennes
debían creer que serían elevados en gloria en proporción con el número de
sacerdotes, religiosos y mujeres católicas que hubiesen degollado. Extraños
títulos son éstos para merecer la gloria eterna. CAPÍTULO XII De si la intolerancia fue de derecho divino en el judaísmo, y si siempre fue puesta en
práctica Se
llama, creo, derecho
divino a los preceptos que Dios ha dado por sí mismo.
Quiso que los judíos comiesen un cordero gu Instituyó
las fiestas, las ceremonias. Todas aquellas cosas que parecían arbitrarias a
las demás naciones y que sometidas al derecho positivo, al uso, eran
condenadas por el mismo Dios, se convertían en un derecho divino para los
judíos, como todo lo que Jesucristo, hijo de Guardémonos
de buscar aquí por qué Dios ha sustituido por una ley nueva la que había dado
a Moisés y por qué ordenó a Moisés más cosas que al patriarca Abraham, y más a Abraham que
a Noé. Parece que se digne adaptarse a los tiempos y la población del género
humano: es una gradación paternal; pero esos abismos son demasiado profundos
para nuestra débil vista. Mantengámonos en los límites de nuestro tema;
veamos en primer lugar en qué consistía la intolerancia entre los judíos. Es
cierto que en el Éxodo,
en los Números, en
el Levítico, en el Deuteronomio
hay leyes muy severas sobre el culto y castigos
aún más severos. A varios comentaristas les ha costado mucho trabajo
conciliar los relatos de Moisés con los pasajes de jeremías y de Amós y con
el célebre discurso de san Esteban, transcrito en
los Hechos de
los Apóstoles. Amós dice que los judíos
adoraron siempre en el desierto a Moloch, Rempham y Kium.
Jeremías dice expresamente que Dios no pidió ningún sacrificio a sus padres
cuando salieron de Egipto [Jeremías, VII, 221. San Esteban en su
discurso a los judíos se expresa así: «Adoraron al ejército del cielo; no
ofrecieron ni sacrificios ni hostias en el desierto durante cuarenta años;
llevaron el tabernáculo del dios Moloch y
el astro de su dios Rempham» [Hechos, VII, 42-43]. Otros
críticos infieren del culto a tantos dioses extranjeros que tales dioses
fueron tolerados por Moisés y citan como prueba estas palabras del Deuteronomio: «Cuando estéis en la tierra de Canaán no
haréis como hacemos hoy en que cada uno hace lo que le parece» [Deuteronomio, XII, 8]. Apoyan
su opinión en el hecho de que no se hable de ningún acto religioso del
pueblo en el desierto: ninguna celebración de Pascua, ninguna de Pentecostés,
ninguna mención de que se haya celebrado la fiesta de los tabernáculos,
ninguna plegaria pública establecida; en fin, la circuncisión, aquel sello de
la alianza de Dios con Abraham, no fue practicada en absoluto. También
se prevalen de la historia de Josué. Aquel conquistador dijo a los judíos:
«Se os da la opción: escoged el partido que os plazca, o adorar a los dioses
a los que habéis servido en la tierra de los amorreos, o a aquellos que
habéis reconocido en Mesopotamia.» El pueblo responde: «No será así, serviremos a
Adonai.» Josué les replicó: «Habéis escogido vosotros mismos; quitad de entre
vosotros a los dioses extranjeros» [Josué, XXIV,
15 y ss.]. Habían pues
tenido indiscutiblemente otros dioses en tiempos de Moisés además de Adonai. Es
completamente inútil refutar aquí a los críticos que creen que el Pentateuco no fue escrito por Moisés; todo ha sido dicho desde hace mucho
tiempo sobre esta materia; y aunque alguna pequeña parte de los libros de
Moisés hubiese sido escrita en tiempos de los jueces o de los pontífices, no
serían menos inspirados ni menos divinos. Es
suficiente, me parece, que sea demostrado por las Sagradas Escrituras que, a
pesar del castigo extraordinario que atrajo sobre los judíos el culto a Apis, conservaron durante mucho tiempo una libertad
completa e incluso tal vez la matanza que hizo Moisés de veintitrés mil
hombres a causa del becerro erigido por su hermano le hizo comprender que
nada se gana con el rigor y se vio obligado a cerrar los ojos sobre la inclinación
del pueblo hacia los dioses extranjeros. Él
mismo parece transgredir muy pronto la ley que ha dictado. Ha prohibido todo
simulacro y sin embargo erige una serpiente de bronce. La misma excepción a
la ley se encuentra más tarde en el templo de Salomón: aquel príncipe hace
esculpir doce bueyes que sostienen el gran estanque del templo; se colocan
unos querubines en el arca; tienen una cabeza de águila y una de becerro; es,
probablemente, esta cabeza de becerro mal hecha, encontrada en el templo por
los soldados romanos, lo que hizo creer durante mucho tiempo que los judíos
adoraban a un burro. En
vano se prohibe el culto a los dioses extranjeros;
Salomón es tranquilamente idólatra. Jeroboam, a
quien Dios dio diez partes del reino, manda erigir dos becerros de oro, y
reina veintidós años acumulando las dignidades de monarca y pontífice. El
pequeño reino de Judá levanta bajo Roboam altares extranjeros y estatuas. El santo rey Asa
no destruye aquellos altares. El gran sacerdote Urías erige en el templo, en
el lugar del altar de los holocaustos, un altar al rey de Siria. No se ve, en
una palabra, ninguna obligación respecto a religión. Sé que la mayor parte de
los reyes judíos se exterminaron, se asesinaron unos a otros; pero siempre
fue por sus intereses, no por sus creencias. Es
verdad que entre los profetas hubo algunos que hicieron intervenir al cielo
en su venganza: Elías hizo bajar el fuego celeste para consumir a los
sacerdotes de Baal; Eliseo hizo
surgir unos osos para devorar a cuarenta y dos niños que le habían llamado cabeza
calva; pero son milagros raros y hechos que sería un poco
duro pretender imitar. Se
nos objeta también que el pueblo judío fue muy ignorante y muy bárbaro. Se
dice que en la guerra que hizo a los madianitas, Moisés ordenó matar a todos
los niños varones y a todas las madres y repartir el botín. Los vencedores
encontraron en el campo seiscientas setenta y cinco mil ovejas, setenta y dos
mil bueyes, setenta y un mil asnos y treinta y dos mil muchachas; se
repartieron ese botín y mataron el resto. Varios comentaristas pretenden
incluso que treinta y dos muchachas fueron inmoladas al Señor: «Cesserunt in partem Domini triginta duae animae» [Números, XXXI,
40]. En
efecto, los judíos inmolaban hombres a la Divinidad, como lo demuestra el
sacrificio de Jefté y el rey Agag
despedazado por el sacerdote Samuel. El propio Ezequiel les promete, para
animarles, que comerán carne humana. «Comeréis -dice- caballo y caballero;
beberéis la sangre de los príncipes» [Ezequiel,
XXXIX, 20,18]. Varios comentaristas aplican
dos versículos de esta profecía a los mismos judíos y los otros a los animales
carniceros. No se encuentra en toda la historia de este pueblo ningún rasgo
de generosidad, de magnanimidad, de bondad; pero siempre, de la nube de esa barbarie,
se escapan destellos de una tolerancia universal. Jefté, inspirado de Dios y a quien
inmoló su hija, dice a los amonitas: «Aquello que vuestro dios Chamos os ha dado ¿no os pertenece de derecho? Aceptad
por lo tanto que nosotros tomemos la tierra que nuestro Dios nos ha
prometido.» Esta declaración es concreta: puede llevar muy lejos; pero al
menos es una prueba evidente de que Dios toleraba a Chamos.
Porque la Sagrada Escritura no dice: creéis tener derecho sobre las tierras
que decís que os fueron donadas por el dios Chamos;
dice efectivamente: «Tenéis derecho, tibi jure
debentur»; que
es el verdadero sentido de las palabras hebraicas Otho
thirasch [Jueces, XI, 241. La
historia de Michas y el levita, que se cuenta en
los capítulos XVII y XVIII del libro de los jueces, es también una prueba indiscutible de la tolerancia y de la libertad
más grande, admitida entonces entre los judíos. La madre de Michas, mujer muy rica de Efraim,
había perdido mil cien monedas de plata; su hijo se las devolvió; ella
ofreció aquel dinero al Señor e hizo hacer con él ídolos; construyó incluso
una pequeña capilla. Un levita se ocupó de aquella capilla por diez monedas
de plata, una túnica y un abrigo anuales y la comida; y Michas
exclamó: «Ahora es cuando Dios me concederá beneficios, puesto que tengo en
mi casa un sacerdote de la raza de Leví» [Jueces,
XVII, último versículo]. Pero
seiscientos hombres de la tribu de Dan, que pretendían apoderarse de algún
pueblo de la región para establecerse en él, que no tenían ningún sacerdote
levita y lo necesitaban para que Dios favoreciese su empresa, fueron a la
casa de Michas y se apoderaron de su túnica
sacerdotal, de sus ídolos y de su levita a pesar de las protestas de aquel
sacerdote y de los gritos de Michas y su madre.
Entonces fueron, confiados, a atacar al pueblo llamado Lais, que pasaron a sangre y fuego según su costumbre. Dieron a Lais el nombre de Dan, en conmemoración de su
victoria; colocaron el ídolo de Michas en un altar;
y, lo que es más notable, Jonatán, nieto de Moisés,
fue el gran sacerdote de aquel templo en el que se adoraba al Dios de Israel
y al ídolo de Michas. Después
de la muerte de Gedeón, los hebreos adoraron a
Baal-berit durante cerca de veinte años y
renunciaron al culto a Adonai, sin que ningún jefe, ningún juez, ningún
sacerdote clamase venganza. Su crimen era grande, lo confieso; pero si incluso
aquella idolatría fue tolerada, ¡hasta qué punto debieron serlo también
indudablemente las diferencias dentro del verdadero culto! Algunos
dan como prueba de intolerancia que el Mismo Señor, después de permitir que
los filisteos se apoderasen de su arca en un combate, no los castigó más que
dándoles una enfermedad secreta parecida a las hemorroides, derribando la
estatua de Dagón y enviando una multitud de ratas a sus campos; pero cuando
los filisteos, para apaciguar su cólera, devolvieron el arca tirada por dos
vacas que amamantaban a sus terneros y ofrecieron a Dios cinco ratas de oro y
cinco asnos de oro, el señor hizo morir a setenta ancianos de Israel y a
cincuenta mil hombres del pueblo por haber mirado el arca. A esto se responde
que el castigo del Señor no recae sobre una creencia, una diferencia en el
culto ni ninguna idolatría. Si
el Señor hubiese querido castigar la idolatría habría hecho perecer a todos
los filisteos que osaron apoderarse de su arca y que adoraban a Dagón; pero
hizo perecer a cincuenta mil setenta hombres de su pueblo por haber mirado el
arca que no debían mirar: a tal punto las leyes, las costumbres de aquel
tiempo, la economía judaica difieren de todo lo que conocemos; a tal punto
los caminos inescrutables de Dios se hallan por encima de los nuestros. «El
rigor ejercido -dice el juicioso dom Calmet-
contra esa gran cantidad de hombres no parece excesivo más que a aquellos que
no han comprendido hasta qué punto Dios quería ser temido y respetado por su
pueblo y que sólo juzgan las intenciones y los designios de Dios siguiendo
las débiles luces de su razón.» Dios
por lo tanto no castiga un culto extranjero, sino una profanación del suyo,
una curiosidad indiscreta, una desobediencia, tal vez incluso un espíritu
levantisco. Se comprende perfectamente que tales castigos sólo corresponden a
Dios en la teocracia judaica. No nos cansaremos de repetir que aquellos
tiempos y aquellas costumbres no tienen la menor relación con los nuestros. En
fin, cuando en los siglos posteriores, Naaman el
idólatra preguntó a Elíseo si le estaba permitido seguir a su rey al templo
de Remnon, y adorarle allí con él, aquel mismo Elíseo que había hecho devorar a unos niños por osos,
¿acaso no le contestó: Ve en paz? [IV, Reyes, V, 18
y 19]. Aún
hay más: el Señor ordenó a Jeremías que se pusiese unas cuerdas en el cuello,
collares, yugos y que se los enviase a los reyezuelos o melchim
de Moab, de Ammon, de Edom, de Tiro, de Sidón; y
Jeremías les dice de parte del Señor: «He dado todas vuestras tierras a Nabucodonosor, rey de Babilonia, mi servidor» [Jeremías, XXVII, 6]. He aquí un rey idólatra declarado servidor de Dios y su
favorito. El
mismo Jeremías al que el melk o
reyezuelo judío Sedecías había hecho encarcelar,
habiendo obtenido el perdón de Sedecías, le
aconseja, de parte de Dios, que se rinda al rey de Babilonia: «Si vas a
rendirte a sus oficiales -dice-, tu
alma vivirá.» Dios, por lo tanto, toma finalmente partido a favor de un rey
idólatra; le entrega el arca, cuya mera vista había costado la vida a
cincuenta mil setenta judíos; le entrega el Santo de los Santos y el resto
del templo cuya construcción había costado ciento ocho mil talentos de oro,
un millón diecisiete mil talentos de plata y diez mil dracmas de oro, dejados
por David y sus dignatarios para la construcción de la casa del Señor: lo
que, sin contar los denarios empleados por Salomón, asciende a la suma de
diecinueve mil millares de millones, o algo parecido, en la moneda de
nuestros días. Jamás la idolatría fue más recompensada. Sé que estas cuentas
son exageradas, que existe probablemente error del copista; pero reducid la
cantidad a la mitad, a la cuarta, incluso a la octava parte, aún os
asombrará. No se queda uno menos sorprendido de las riquezas que Herodoto
dice haber visto en el templo de Éfeso. En fin, los
tesoros no son nada a los ojos de Dios y el nombre de su servidor, dado a Nabucodonosor, es el verdadero tesoro inestimable. Dios
no favorece menos al Kir,
o Koresh, o Kosroes al que llamamos Ciro; le
llama su cristo, su ungido [Isaías, XLIV-XLV], aunque jamás fue ungido según el común significado de
esta palabra, y profesó la religión de Zoroastro; le llama su pastor, aunque fue usurpador ante los ojos de los hombres: no existe en
todas las Sagradas Escrituras una prueba más grande de predilección. Podemos
ver en Malaquías [Malaquías, I,
11] que «desde levante a poniente el nombre de Dios es
grande en las naciones y que en todas partes se le ofrecen oblaciones puras».
Dios cuida de los ninivitas idólatras lo mismo que
de los judíos; los amenaza, los perdona. Melquisedec,
que no era judío, era sacrificador de Dios. Balaam,
idólatra, era profeta. Las escrituras nos enseñan, pues, que no solamente
Dios toleraba a todos los otros pueblos, sino que tenía para ellos cuidados
paternales; ¡y osamos ser intolerantes! CAPÍTULO XIII De la extrema tolerancia de los judíos Así
pues, bajo Moisés, bajo los jueces, bajo los reyes, vemos siempre ejemplos de
tolerancia. Aún más: Moisés dice varias veces que «Dios castiga a los padres
en los hijos hasta la cuarta generación» [Éxodo, XX, 5]; esta amenaza era necesaria en un pueblo al que Dios no había
revelado ni la inmortalidad del alma, ni las penas, ni las recompensas en la
otra vida. Estas verdades no le fueron anunciadas ni en el Decálogo, ni en ninguna ley del Levítico ni del Deuteronomio. Eran dogmas de los persas, de los babilonios, de los egipcios, de
los griegos, de los cretenses; pero no constituían en modo alguno la
religión de los judíos. Moisés no dice: «Honra a tu padre y a tu madre si
quieres ir al cielo»; sino: «Honra a tu padre y a tu madre para que vivas
mucho tiempo en la tierra» [Deuteronomio, V, 16]. Sólo los amenaza con males corporales, con la
sarna seca, con la sarna purulenta, con úlceras malignas en las rodillas y en
las pantorrillas, con verse expuestos a la infidelidad de sus mujeres, con
tomar prestado con usura a los extranjeros y no poder prestar con usura; con
morir de hambre y verse obligados a comerse a sus propios hijos; pero en
ninguna parte les dice que sus almas inmortales sufrirán tormentos después de
la muerte o gozarán de la felicidad. Dios, que conducía él mismo a su pueblo,
le castigaba o le recompensaba inmediatamente después de sus buenas o malas
acciones. Todo era temporal y es ésta una verdad de la que abusa Warburton para demostrar que la ley de los judíos era
divina: porque siendo el mismo Dios su rey el que hacía justicia inmediatamente
después de la transgresión o la desobediencia, no
tenía necesidad de revelarles una doctrina que reservaba para los tiempos en
que ya no gobernaría a su pueblo. Aquellos que, por ignorancia, pretenden que
Moisés enseñaba la inmortalidad del alma, quitan al Nuevo Testamento una de sus mayores ventajas sobre el Antiguo. Consta
que la ley de Moisés sólo anunciaba castigos temporales hasta la cuarta
generación. Sin embargo, a pesar del enunciado exacto de esa ley, a pesar de
esa declaración expresa de Dios de que castigaría hasta la cuarta
generación, Ezequiel anuncia todo lo contrario a los judíos y les dice que el
hijo no llevará la iniquidad de su padre; llega incluso a hacer decir a Dios
que les había dado «preceptos que no eran buenos» [Ezequiel, XX, 25]. El
libro de Ezequiel no dejó por ello de ser incluido en el canon de los autores
inspirados por Dios: es cierto que la sinagoga no permitía su lectura hasta
la edad de treinta años, como nos dice san Jerónimo; pero era por temor a que
la juventud abusase de las pinturas demasiado al natural del libertinaje de
las dos hermanas Oolla y Ooliba
que se encuentran en los capítulos XVI y XXIII. En una palabra, su libro fue
siempre aceptado, a pesar de su formal contradicción con Moisés. Finalmente,
cuando la inmortalidad del alma fue un dogma aceptado, lo que probablemente
había empezado en los tiempos de la cautividad en Babilonia, la secta de los
saduceos persistió en creer que no había ni penas ni recompensas después de
la muerte y que la facultad de sentir y de pensar perecía con nosotros, como
la fuerza activa, el poder de andar y digerir. Negaban la existencia de los
ángeles. Diferían mucho más de los demás judíos de lo que difieren los
católicos de los protestantes; no por ello dejaron de permanecer en la
comunión de sus hermanos: incluso hubo sumos sacerdotes de su secta. Los
fariseos creían en la fatalidad[RC39] y en la metempsicosis[RC40]. Los esenios creían que las almas de los
justos iban a las islas afortunadas y las de los malos a una especie de
Tártaro. No hacían sacrificios; se reunían en una sinagoga particular. En una
palabra, si queremos examinar de cerca el judaísmo, nos asombrará encontrar
la mayor tolerancia en medio de los horrores más bárbaros. Es una
contradicción; es cierto; casi todos los pueblos se han gobernado por medio
de contradicciones. ¡Feliz aquella que aporta costumbres dulces cuando se
tienen leyes sangrientas! CAPÍTULO XIV De si la intolerancia ha sido enseñada por
Jesucristo Veamos
ahora si Jesucristo ha establecido leyes sanguinarias, si ha ordenado la
intolerancia, si hizo construir los calabozos de la Inquisición, si
instituyó los verdugos de los autos de fe. Sólo
hay, si no me equivoco, muy pocos pasajes en los Evangelios de los que el espíritu de persecución haya podido inferir que la
intolerancia, la coacción, son legítimas. Uno de ellos es la parábola en la
que el reino de los cielos es comparado a un rey que invita a unos comensales
a las bodas de su hijo; dicho monarca les manda decir por sus servidores: «He
matado mis bueyes y mis aves de corral; todo está listo, venid a las bodas» [Mateo, XXII, 4]. Unos, sin preocuparse de la invitación, se van a sus casas de campo,
otros a sus negocios; otros ultrajan a los criados del rey y los matan. El
rey manda sus ejércitos contra aquellos asesinos y destruye su ciudad; envía
a otros servidores a los caminos más transitados para que inviten a todo el
que encuentren: habiéndose sentado uno de ellos a la mesa sin haberse puesto
el traje nupcial es cargado de cadenas y arrojado a las tinieblas exteriores. Está
claro que al no referirse esta alegoría más que al reino de los cielos,
ningún hombre tiene naturalmente el derecho de encadenar o encerrar en un
calabozo al vecino que hubiese venido a cenar a su casa sin llevar un traje
nupcial decente y no conozco en la historia ningún príncipe que haya hecho
ahorcar a un cortesano por semejante cosa; no es tampoco de temer que cuando
el emperador, después de matar a sus aves de corral, envía a sus pajes a los
príncipes del imperio para invitarles a cenar, dichos príncipes maten a los
pajes. La invitación al festín significa la predicación de la salvación; la
matanza de los enviados del príncipe representa la persecución contra
aquellos que predican la cordura y la virtud. La
otra parábola es la de un particular que invita a sus amigos a una gran cena
y cuando está a punto de sentarse a la mesa envía a sus criados a av Es
cierto que no se dice expresamente que esta parábola sea una figuración del
reino de los cielos. Se ha abusado demasiado de esas palabras: Oblígales a entrar; salta a la vista que un solo criado no puede obligar por la fuerza a
toda la gente que encuentra a venir a cenar a casa de su amo; y además, unos
invitados obligados de esta suerte no harían que el banquete resultase muy
agradable. Oblígales
a entrar sólo quiere decir, según los comentaristas más
acreditados: suplicad, conjurad, insistid, obtener. ¿Qué relación, decidme,
hay entre esta súplica y esta cena con la persecución? Si
se toman las cosas al pie de la letra, ¿habrá que ser ciego, cojo, ser traído
a la fuerza, para estar en el seno de la Iglesia? Jesús dice en la misma
parábola: «No deis de cenar ni a vuestros amigos ni a vuestros parientes
ricos»; ¿se ha inferido jamás de ello que no se puede en efecto cenar con
nuestros parientes y amigos en cuanto éstos tengan alguna fortuna? Jesucristo,
después de la parábola del festín, dice: «Si alguien viene a mí y no odia a
su padre, a su madre, a sus hermanos, a sus hermanas e incluso a su propia
alma, no puede ser mi discípulo, etc. Porque, ¿quién de entre vosotros es el
que, queriendo construir una torre, no calcula antes el gasto?» ¿Hay alguien
en el mundo lo bastante desnaturalizado para llegar a la conclusión de que se
debe odiar al padre y a la madre? ¿No se comprende fácilmente que esas
palabras significan: no dudéis entre mí y vuestros seres más queridos? Se
cita el pasaje de san Mateo: «Aquel que no escucha a la Iglesia será
considerado como un pagano y un recaudador de la aduana» [Mateo, XVIII, 171; esto no quiere decir en modo alguno que se deba perseguir a los
paganos y a los arrendatarios de los derechos del rey: son maldecidos, es
cierto, pero no se les entrega al brazo secular. Lejos de despojar a esos
arrendatarios de ninguna prerrogativa de ciudadano, se les han concedido los
mayores privilegios; es la única profesión condenada en las Escrituras y es
la más favorecida por los gobiernos. ¿Por qué, entonces, no tendríamos para
nuestros hermanos caídos en el error tanta indulgencia como consideración
prodigamos a nuestros hermanos los arrendatarios de la recaudación de
contribuciones? Otro
pasaje de que se ha hecho un uso abusivo y equivocado es el de san Mateo
[XXI, 191 y san Se
dan diversas explicaciones de este milagro; ¿pero hay una sola que pueda
autorizar la persecución? Una higuera no ha podido dar higos a primeros de
marzo y ha sido secada: ¿es ésta una razón para hacer que nuestros hermanos
languidezcan de dolor en todas las estaciones del año?[RC41] Respetemos en las Escrituras todo aquello que puede hacer surgir
dificultades en nuestras mentes curiosas y vanas, pero no abusemos de ello
para ser duros e implacables. El
espíritu persecutor, que de todo abusa, busca
también su justificación en la expulsion de los mercaderes del templo y en la legión de
demonios enviada del cuerpo de un poseso a los cuerpos de dos mil animales
inmundos. ¿Pero quién no ve que esos dos ejemplos no son otra cosa que la
justicia que Dios se digna aplicar a una infracción de la ley? Era faltar al
respeto a la casa del Señor convertir su atrio en tienda de mercaderes. En
vano el sanedrín y los sacerdotes permitían aquel negocio para la comodidad
de los sacrificios: el Dios a quien se hacían sacrificios podía sin duda,
aunque oculto bajo apariencia humana, destruir aquella profanación; podía de
igual modo castigar a los que introducían en el país rebaños enteros
prohibidos por una ley que él mismo se dignaba observar. Tales ejemplos no
tienen la menor relación con las persecuciones sobre el dogma. Es preciso
que el espíritu de intolerancia se apoye en muy malas razones, ya que busca
por todas partes los más vanos pretextos. Casi
todo el resto de las palabras y los actos de Jesucristo predican la dulzura,
la paciencia, la indulgencia. Es el padre de familia que recibe al hijo
pródigo; es el obrero que llega a última hora y es pagado igual que los
otros; es el samaritano caritativo; él mismo justifica a sus discípulos por
no ayunar; perdona a la pecadora; se contenta con recomendar fidelidad a la
mujer adúltera; se digna incluso tomar parte en el inocente regocijo de los
invitados de Caná, que ya algo alegres por el vino,
piden más; se digna hacer un milagro en su favor cambiando para ellos el agua
en vino. Ni
siquiera se indigna contra Judas, que debe traicionarle; ordena a Pedro que
nunca use la espada; regaña a los hijos de Zebedeo
que, siguiendo el ejemplo de Elías, querían que hiciese descender el fuego
del cielo sobre una ciudad que no había querido darle alojamiento. En
fin, muere víctima de la envidia. Si osamos comparar lo sagrado con lo
profano y a un Dios con un hombre, su muerte, humanamente hablando, tiene
mucha relación con la de Sócrates. El filósofo griego murió a causa del odio
de los sofistas, los sacerdotes y los principales del pueblo: el legislador
de los cristianos sucumbió al odio de los escribas, de los fariseos y de los
sacerdotes. Sócrates pudo evitar la muerte y no quiso: Jesucristo se ofreció
voluntariamente. El filósofo griego no sólo perdonó a sus calumniadores y a
sus jueces inicuos, sino que les pidió que tratasen un día a sus propios
hijos como a él mismo, si éstos eran lo bastante afortunados para merecer su
odio, como él: el legislador de los cristianos, infinitamente superior, pidió
a su Padre que perdonase a sus enemigos. Si
Jesucristo pareció temer la muerte, si la angustia que sentía fue tan
extremada que le produjo un sudor mezclado con sangre, lo que constituye el
síntoma más violento y más raro, es porque se dignó rebajarse a todas las
debilidades del cuerpo humano que había revestido. Su cuerpo temblaba y su
alma era inquebrantable; nos enseñaba que la verdadera fuerza, la verdadera
grandeza consisten en soportar unos males bajo los que sucumbe nuestra
naturaleza. Hay un valor extremado en correr hacia la muerte temiéndola. Sócrates
había tratado a los sofistas de ignorantes y los había dejado convictos de
mala fe: Jesús, usando de sus derechos divinos, trató a los escribas y a los
fariseos de hipócritas, de insensatos, de ciegos, de malvados, de
serpientes, de raza de víboras. Sócrates
no fue acusado de querer fundar una secta nueva: no se acusó a Jesucristo de
haber querido introducir una. Está dicho que los príncipes de los sacerdotes
y todo el consejo buscaban un falso testimonio
contra Jesús para hacerle perecer. Ahora
bien, si buscaban un falso testimonio no le reprochaban por lo tanto haber
predicado públicamente contra la ley. En efecto, permaneció sumiso a la ley
de Moisés desde su infancia hasta su muerte. Fue circuncidado el octavo día,
como todos los demás niños. Si más tarde fue bautizado en el Jordán, se trataba
de una ceremonia consagrada entre los judíos, como entre todos los pueblos de
Oriente. Todas las manchas legales se lavaban con el bautismo; de esta
manera se consagraba a los sacerdotes: los fieles se introducían en el agua
en la fiesta de la expiación solemne, se bautizaba a los prosélitos. Jesús
observó todos los puntos de la ley: festejó todos los sábados; se abstuvo de
comer toda clase de manjares prohibidos: celebró todos las fiestas e
incluso, antes de su muerte, había celebrado la Pascua; no se le acusó de
exponer ninguna opinión nueva, ni de haber observado ningún rito extranjero.
Nacido israelita, vivió constantemente como israelita. Dos
testigos que se presentaron le acusaron de haber dicho «que podrían destruir
el templo y reconstruirlo en tres días» [Mateo, XXVI, 61]. Tal afirmación era incomprensible para los judíos carnales;
pero no era una acusación de querer fundar una nueva secta. El
Sumo Sacerdote le interrogó y le dijo: «Te ordeno por el Dios vivo que nos
digas si eres Cristo hijo de Dios.» No se nos dice lo que el Sumo Sacerdote
entendía por hijo de Dios. Se utilizaba a veces aquella expresión para
designar a un justo, lo mismo que se empleaban las palabras hijo de Belial
para designar a un malvado. Los rudos judíos no
tenían la menor idea del misterio sagrado de un Hijo de Dios, Dios él mismo,
bajado a la tierra. Jesús
le respondió: «Tú lo has dicho, pero os digo que pronto veréis al Hijo del
Hombre sentado a la diestra de la virtud de Dios, descendiendo sobre las
nubes del cielo.» Esta
respuesta fue considerada por el sanedrín irritado como una blasfemia. El
sanedrín ya no gozaba del derecho de la espada; condujeron a Jesús ante el
gobernador romano de la provincia y le acusaron con calumnia de ser un
perturbador de la tranquilidad pública, que afirmaba que no se debía pagar
tributo al César y que además se decía rey de los judíos. Es, pues,
completamente evidente que fue acusado de un crimen contra el Estado. El
gobernador Pilatos, al saber que era galileo, lo
envió primero a Herodes, tetrarca de
Galilea. Herodes creyó ser imposible que Jesús pudiese pretender hacerse
jefe de un partido y aspirar a la realeza; le trató con desprecio y lo
devolvió a Pilatos, que cometió la indigna
flaqueza de condenarle para calmar el tumulto que se había producido contra
él, considerando además que ya había tenido que soportar anteriormente una
sublevación de judíos, según nos cuenta Ahora
pregunto yo si es la tolerancia o la intolerancia lo que es de derecho
divino. Si queréis pareceros a Jesucristo, sed mártires y no verdugos. CAPÍTULO XV Testimonios contra la intolerancia Es
impiedad quitar la libertad a los hombres en materia de religión, impedir que
escojan una divinidad: ningún hombre, ningún dios, querrían un culto forzado.
(Apologética, capítulo XXIV.) Si se emplease la violencia en
defensa de la fe, los obispos se opondrían a ello. (San Hilario, lib.1.°) La religión forzada ya no es
religión: hay que persuadir y no forzar. La religión no se ordena. (Lactancio, lib. III.) Es
una herejía execrable querer atraerse por la fuerza, por los golpes, por los
encarcelamientos a aquellos a los que no se ha podido convencer por la razón.
(San Atanasio, lib.1.°) No hay nada más contrario a la
religión que la fuerza. (San Justino, mártir, lib. V.) ¿Perseguiremos
a aquellos a los que Dios tolera?, dice san Agustín antes de que su disputa
con los donatistas le volviese demasiado severo. Que
no se haga ninguna violencia a los judíos. (Cuarto concilio de Toledo, canon cincuenta y seis.) Aconsejad,
no forcéis. (Carta
de san Bernardo.) No
pretendemos destruir los errores por la violencia. (Discurso
del clero de Francia a Luis XIII.) Siempre
hemos desaprobado los procedimientos rigurosos.
(Asamblea del clero, 11 agosto, 1560.) Sabemos
que la fe se persuade y no se ordena. (Fléchier, obispo
de Nimes, carta 19.) No
se deben emplear términos insultantes. (El obispo Du Bellay, en una Instrucción
pastoral.) Acordaos
de que las enfermedades del alma no se curan por la fuerza y la
violencia. (El cardenal Le Camus, Instrucción pastoral de 1688.) Conceded a todos la tolerancia
civil. (Fénelon, arzobispo de Cambrai,
al duque de
Borgoña.) La
imposición forzosa de una religión es prueba evidente de que el espíritu que
la guía es un espíritu enemigo de la verdad. (Dirois,
doctor de la Sorbona, libro VI, cap. IV.) La
violencia puede hacer hipócritas; no se persuade cuando se hacen resonar
amenazas por todas partes. (Tillemont, Historia eclesiástica, t. VI.) Nos
ha parecido conforme a la equidad y a la recta razón seguir las huellas de la
antigua Iglesia, que nunca empleó la violencia para establecer y difundir la
religión. (Amonestación
del parlamento de París a Enrique II.) La
experiencia nos enseña que la violencia es más capaz de irritar que de curar
un mal que tiene su raíz en el espíritu, etc. (De Thou,
Epístola dedicatoria
a Enrique IV.) La fe no se inspira a
cintarazos. (Cerisiers, Sobre los reinados de Enrique IV y Luis
XIII.) Es
un celo bárbaro aquel que pretende implantar la religión en los corazones,
como si la persuasión pudiese ser el efecto de la fuerza. (Boulainvilliers, Situación de Francia.) Pasa
con la religión como con el amor: el mandato nada puede, la fuerza aún menos:
no hay nada más independiente que amar y creer. (Amelot
de La Houssaie, sobre las Cartas del cardenal de Ossat.) Si
el cielo os ha amado lo bastante para haceros ver la verdad, os ha hecho una
gran gracia; ¿pero corresponde a los hijos que tienen la herencia de su padre
odiar a los que no la han tenido? (El espíritu de las leyes, lib. XXV.) Se
podría hacer un libro enorme compuesto todo él de pasajes semejantes.
Nuestras historias, nuestros discursos, nuestros sermones, nuestros libros
de moral, nuestros catecismos, todos respiran, todos enseñan hoy ese deber
sagrado de la indulgencia. ¿Por qué fatalidad, por qué inconsecuencia desmentiríamos
en la práctica una teoría que exponemos diariamente? Cuando nuestros actos
desmienten nuestra moral es porque creemos que hay alguna ventaja para
nosotros en hacer lo contrario de lo que enseñamos; pero ciertamente no hay
ninguna ventaja en perseguir a aquellos que no son de nuestra opinión y en
hacernos odiar de ellos. Hay, por lo tanto, repetimos, una absurdidad en la
intolerancia. Pero, se dirá, aquellos que tienen interés en turbar las
conciencias no son absurdos. A ellos se refiere el capítulo siguiente. CAPÍTULO
XVI Diálogo entre un moribundo y un hombre que
goza de buena salud Un ciudadano se hallaba en la agonía en una
ciudad de provincias; un hombre que gozaba de buena salud fue a provocarle
en sus últimos instantes y le dijo: ¡Miserable!, piensa lo mismo que yo ahora
mismo: firma este escrito, confiesa que hay cinco proposiciones en un libro[RC42] que ni tú ni yo hemos leído
nunca; comparte ahora mismo la opinión de Lanfranc
contra Bérenger, la de santo Tomás contra san
Buenaventura; abraza el segundo concilio de Nicea
contra el concilio de Francfort; explícame al momento cómo estas palabras:
«Mi padre es más grande que yo» significan de manera prec Dime de qué modo el Padre comunica todo al
Hijo, excepto la paternidad, o haré arrojar tu cuerpo al arroyo; tus hijos
no heredarán nada de ti, tu mujer será privada de su dote y tu familia
mendigará el pan que mis iguales le negarán. EL MORIBUNDO Apenas oigo lo que me decís; las amenazas
que me hacéis me llegan confusamente al oído, turban mi alma, hacen horrible
mi muerte. En nombre de Dios, tened piedad de mí. EL BÁRBARO ¡Piedad!
No puedo tenerla si no eres en todo de mi misma opinión. EL MORIBUNDO ¡Ay de mí! ¿Os dais cuenta de que en estos
últimos momentos todos mis sentidos están debilitados, se han cerrado todas
las puertas de mi entendimiento, mis ideas se evaporan, mi pensamiento se
extingue? ¿Estoy en estado de discutir? EL BÁRBARO Está
bien, si no puedes creer en lo que yo quiero, di que lo crees y eso me basta. EL MORIBUNDO ¿Cómo puedo perjurar para complaceros? Voy
a comparecer dentro de un momento ante el Dios que castiga el perjurio. EL BÁRBARO No importa; tendrás la satisfacción de ser
enterrado en un cementerio y tu mujer, tus hijos, tendrán de qué vivir. Muere
como hipócrita; la hipocresía es una buena cosa; es, como se dice, un homenaje
que el vicio hace a la virtud[RC43]. ¿Un poco de hipocresía,
amigo mío, qué es lo que cuesta? EL MORIBUNDO ¡Ay! Despreciáis a Dios, o no le
reconocéis, puesto que me pedís una mentira en el artículo de la muerte, vos
que debéis ser juzgado pronto por Él y que tendréis que responder de mi
mentira. EL BÁRBARO ¡Cómo,
insolente! ¡Que yo no reconozco a Dios! EL MORIBUNDO Perdón, hermano, temo que no conozcáis a
ningún Dios. El que yo adoro reanima en este momento mis fuerzas para deciros
con voz agonizante que, si creéis en Dios, debéis usar de caridad para
conmigo. Él me ha dado a mi mujer y a mis hijos, no los hagáis morir de
miseria. En cuanto a mi cuerpo, haced de él lo que queráis: os lo abandono,
pero os conjuro a que creáis en Dios. EL BÁRBARO Haz,
sin razonar, lo que te he dicho; lo quiero, te lo ordeno. EL MORIBUNDO ¿Y
qué interés tenéis en atormentarme tanto? EL BÁRBARO ¡Cómo!
¿Qué interés? Si obtengo tu firma me valdrá una buena canonjía. EL MORIBUNDO ¡Ah, hermano mío! Éste es mi
último instante; muerto, voy a pedir a Dios que os toque el corazón y os
convierta. EL BÁRBARO ¡Váyase al diablo el
impertinente que no ha firmado!, voy a firmar por él, imitando su letra. La carta siguiente es una
confirmación de la misma moral. CAPÍTULO XVII Carta escrita al jesuita Le Tellier[RC44], por un beneficiado, el 6 de mayo de 1714 REVERENDO PADRE, Obedezco
las órdenes que me ha dado Vuestra Reverencia de exponerle los medios más
adecuados de librar a Jesús y su Compañía de sus enemigos. Creo que no quedan
más de quinientos mil hugonotes en el reino, algunos dicen un millón, otros
ciento cincuenta mil; pero cualquiera que sea su número, he aquí mi opinión,
que someto con toda humildad a la vuestra, como es debido. 1.° Es fácil apoderarse en un día
de todos los predicadores protestantes y ahorcarlos a todos a la vez en la
misma plaza, no sólo para edificación pública, sino por la belleza del
espectáculo. 2.° Yo haría asesinar en su cama
a todos los padres y madres, porque si se les matase en las calles podría
originar algún tumulto; incluso muchos podrían salvarse, lo que hay que
evitar antes que nada. Esta ejecución es un corolario necesario de nuestros principios:
porque, si hay que matar a un herético, como lo demuestran tantos grandes
teólogos, es evidente que hay que matarlos a todos. 3.° Al día siguiente casaría a
todas sus hijas con buenos católicos, considerando que no hay que despoblar
demasiado el Estado después de la última guerra; pero con respecto a los
muchachos de catorce y quince años, ya imbuidos de malos principios, que no
se puede confiar en destruir, mi opinión es que hay que castrarlos a todos
para que esa ralea no se reproduzca más. En cuanto a los otros chiquillos,
serán educados en vuestros colegios y se les darán zurriagazos hasta que se
sepan de memoria las obras de Sánchez y de Molina[RC45]. 4.°
Opino, salvo mejor criterio por vuestra parte, que hay que hacer lo mismo a
todos los luteranos de Alsacia, teniendo en cuenta
que, en el año 1704, vi dos viejas de aquel país que se reían el día de la
batalla de Hochstedt. 5.° El artículo de los
jansenistas parecerá tal vez un poco más embarazoso: creo que son seis
millones por lo menos; pero una mente como la vuestra no debe asustarse por
ello. Incluyo entre los jansenistas a todos los parlamentos que apoyan tan
indignamente las libertades de la Iglesia galicana. Corresponde a Vuestra
Reverencia sopesar, con su prudencia habitual, los medios de someter a todos
esos espíritus reacios. La conspiración de las Pólvoras[RC46] no tuvo el éxito deseado porque uno de los conjurados cometió la
indiscreción de querer salvar la vida a su amigo; pero como vos no tenéis
ningún amigo, no es de temer tal inconveniente; os será excesivamente fácil
hacer saltar todos los parlamentos del reino con esa invención del monje Schwartz que llaman pulvis pyrus
(pólvora de cañón). Calculo que hace falta, uno
con otro, treinta y seis barriles de pólvora para cada parlamento y de esta
suerte, multiplicando doce parlamentos por treinta y seis barriles, sólo se
necesitan cuatrocientos treinta y dos barriles, que, a cien escudos pieza,
hacen la suma de ciento veintinueve mil seiscientas libras: una bagatela para
el reverendo padre general. Una vez volados los
parlamentos, daréis sus cargos a vuestros congregantes, que conocen
perfectamente las leyes del reino. 6.° Será cosa fácil envenenar al señor cardenal de Noailles,
que es hombre sencillo que no desconfía de nada. Vuestra
Reverencia empleará los mismos medios de conversión cerca de algunos obispos
recalcitrantes; sus obispados serán puestos en manos de los jesuitas,
mediante un breve del papa: entonces, al ser todos los obispos partidarios de
la buena causa y habiendo sido escogidos hábilmente todos los curas por los
obispos, he aquí lo que aconsejo, salvo el mejor parecer de Vuestra
Reverencia. 7.° Como se dice que los
jansenistas comulgan por lo menos en Pascua, no estaría mal espolvorear las
hostias con la droga que se utilizó para hacer justicia al emperador Enrique
VII. Algún crítico me dirá tal vez que se correría el peligro, con esta
operación, de dar también el raticida a los molinistas: esta objeción es
fuerte; pero no existe proyecto que no tenga inconvenientes, ni sistema que
no amenace ruina por algún lado. Si nos detuviéramos por estas pequeñas
dificultades, jamás se llegaría a hacer nada; y además, como se trata de
procurar el mayor bien que sea posible, no debemos escandalizarnos si dicho
gran bien acarrea algunas malas consecuencias, que son de poca consideración. No
tenemos nada que reprocharnos; está demostrado que todos los pretendidos
reformados, todos los jansenistas, están destinados al infierno; de esta
suerte no hacemos más que apresurar el momento en que deben entrar en
posesión de él. No
está menos claro que el paraíso pertenece por derecho propio a los
molinistas: por lo tanto, al hacerlos perecer por inadvertencia y sin ninguna
mala intención, aceleramos su goce: somos en uno y otro caso los ministros de
la Providencia. En
cuanto a aquellos que podrían escandalizarse un poco de la cantidad, Su
Paternidad podrá hacerles observar que desde los días florecientes de la
Iglesia hasta 1707, es decir, desde hace alrededor de mil cuatrocientos años,
la teología ha causado la matanza de más de cincuenta millones de hombres; y
que sólo propongo estrangular, o degollar, o envenenar unos seis millones
quinientos mil. Se
nos objetará también, tal vez, que mi cálculo no es exacto, y que violo la
regla de tres: porque, se dirá, si en mil cuatrocientos años sólo han
perecido cincuenta millones de hombres por distinciones, dilemas y antilemas teológicos, esto sólo hace por año treinta y
cinco mil setecientos catorce personas, con fracción, y que así yo mato seis
millones cuatrocientas sesenta y cuatro mil doscientas ochenta y cinco
personas más, con fracción, en el presente año. Pero
en verdad este regateo es muy pueril; incluso se puede decir que es impío;
porque, ¿no se ve que con mi procedimiento salvo la vida a todos los
católicos hasta el fin del mundo? Jamás se hubiera hecho nada si se hubiese
querido responder a todas las críticas. Soy, con un profundo respeto, de
Vuestra Paternidad, muy humilde, muy devoto y muy
dulce R[RC47]... nacido en Agulema, prefecto de la Congregación. Este
proyecto no pudo ser llevado a cabo porque el padre Le Tellier
encontró algunas dificultades y Su Paternidad fue desterrado
el año siguiente. Pero como conviene examinar el pro y el contra, parece que
es bueno buscar en qué caso se podría seguir legítimamente, en parte, las
opiniones del corresponsal del padre Le Tellier.
Parece que sería difícil ejecutar este proyecto en todos sus puntos; pero
conviene ver en qué ocasiones se debe aplicar el tormento de la rueda, o
ahorcar, o condenar a galeras a las personas que no son de nuestra opinión:
constituye esto el objeto del artículo siguiente. CAPÍTULO XVIII Únicos casos en que la intolerancia es de
derecho humano Para
que un gobierno no tenga derecho a castigar los errores de los hombres, es
necesario que tales errores no sean crímenes: sólo son crímenes cuando
perturban la sociedad: perturban la sociedad si inspiran fanatismo; es
preciso, por lo tanto, que los hombres empiecen por no ser fanáticos para
merecer la tolerancia. Si
algunos jóvenes jesuitas, sabiendo que la Iglesia aborrece a los réprobos,
que los jansenistas están condenados por una bula, que por lo tanto los
jansenistas son réprobos, se van a prender fuego a una casa de los Padres del
Oratorio porque Quesnel, el oratoriano, era
jansenista, está claro que no habrá más remedio que castigar a esos jesuitas. Del
mismo modo, si han difundido máximas culpables, si su instituto es contrario
a las leyes del reino, no hay más remedio que disolver su compañía y abolir
a los jesuitas para convertirlos en ciudadanos; lo cual, en el fondo, es un
mal imaginario y un bien real para ellos, porque ¿dónde está el mal de
llevar chupa en lugar de sotana, de ser libre en lugar de esclavo? Se
licencia en tiempos de paz a regimientos enteros, que no se quejan de ello:
¿por qué los jesuitas lanzan tales gritos cuando se los disuelve para tener
paz? Que los Se
dirá lo mismo de los luteranos y los calvinistas. Será inútil que afirmen:
seguimos los impulsos de nuestra conciencia, es preferible obedecer a Dios
que a los hombres [Hechos, V, 291; nosotros somos indudablemente el verdadero rebaño, debemos
exterminar a los lobos; es evidente que en tal caso ellos también son lobos. Uno
de los más asombrosos ejemplos de fanatismo lo ha dado una pequeña secta de
Dinamarca, cuyo principio era el mejor del mundo. Aquellas gentes querían
procurar la salvación eterna a sus hermanos; pero las consecuencias de ese
principio eran singulares. Sabían que todos los niños que mueren sin
bautismo se condenan y que los que tienen la suerte de morir inmediatamente
después de haber recibido el bautismo gozan de la gloria eterna: iban degollando
a todos los niños y niñas recién bautizados que podían encontrar; era
indudablemente hacerles el mayor bien que se les podía proporcionar; se les
preservaba a la vez del pecado, de las miserias de esta vida y del infierno;
se les enviaba infaliblemente al cielo. Pero aquellas gentes caritativas no
consideraban que no está permitido hacer un pequeño mal por un gran bien; que
no tenían ningún derecho sobre la vida de aquellos niños; que la mayor parte
de los padres y las madres son lo bastante carnales para preferir tener a su
lado a sus hijos e hijas que verlos degollar para ir al paraíso y que, en una
palabra, el magistrado debe castigar el homicidio, aunque se haga con buena
intención. Los
judíos parecerían tener más derecho que nadie a robarnos y matarnos: porque
aunque haya cien ejemplos de tolerancia en el Antiguo Testamento, hay sin embargo algunos ejemplos y algunas leyes rigurosas. Dios les
ordenó a veces que matasen a los idólatras, exceptuando únicamente a las
jóvenes núbiles: nos consideran idólatras y, aunque
los toleramos hoy día, podrían muy bien, si ellos fuesen los amos, no dejar
en el mundo más que a nuestras hijas. Tendrían
sobre todo la obligación indispensable de asesinar a todos los turcos, la
cosa no se presta a discusión: porque los turcos poseen el país de los etheos, de los jebuseos, de los amorreos, de los jersenios, de los hevenios, de
los araceos, de los cineos,
de los hamatenios, de los samarios: sobre todos
estos pueblos se lanzó el anatema: su país, que tenía más de veinticinco
leguas de largo, fue dado a los judíos por varios pactos consecutivos; deben
recuperar sus pertenencias; los mahometanos son sus usurpadores desde hace
más de mil años. Si los judíos razonasen así
hoy día, es evidente que no habría otra respuesta que condenarlos a todos a
galeras. Tales son, poco más o menos,
los únicos casos en que la intolerancia parece razonable. CAPÍTULO XIX Relato de una disputa de controversia en
China En
los primeros años del reinado del gran emperador Kang-hi,
un mandarín de la ciudad de Cantón oyó en su casa un gran ruido que hacían en
la casa vecina: preguntó si estaban matando a alguien; se le dijo que eran el
capellán de la compañía danesa, un sacerdote de Batavia,
y un jesuita que disputaban; los mandó llamar,
hizo que les sirvieran té y confituras, y les preguntó por qué se peleaban. El
jesuita le respondió que era muy penoso para él, que siempre tenía razón,
tener que habérselas con personas que siempre estaban equivocadas; que al
principio había argumentado con la mayor circunspección, pero que,
finalmente, se le había acabado la paciencia. El
mandarín les hizo observar, con toda la discreción posible, lo necesaria que
es la buena educación en las discusiones, les dijo que en China jamás se
discute y les preguntó de qué se trataba. El
jesuita le respondió: «Monseñor, juzgad vos mismo: estos dos caballeros se
niegan a someterse a las decisiones del concilio de Trento.» «Eso
me extraña», dijo el mandarín. Luego, volviéndose hacia los dos refractarios:
«Me parece -les dijo-, señores, que deberíais respetar las opiniones de una
gran asamblea; no sé lo que es el concilio de Trento;
pero varias personas saben siempre más que una
sola. Nadie debe creer que sabe más que los demás y que la razón sólo habita
en su cabeza; esto es lo que enseña nuestro gran Confucio[RC48]; y si queréis creerme, haréis muy bien en ateneros al concilio de Trento.» El danés tomó entonces la
palabra y dijo: «Monseñor
habla con la mayor cordura; nosotros respetamos las grandes asambleas como
es debido; por eso somos completamente de la misma opinión que varias
asambleas que se han celebrado con anterioridad a la de Trento.» «¡Ah! Si es así -dijo el mandarín-, os pido perdón,
bien podríais tener razón. ¿Así que sois los dos de la misma opinión, ese
holandés y vos, contra ese pobre jesuita?» «De
ningún modo -dijo el holandés-; este hombre tiene opiniones casi tan
extravagantes como las del jesuita que se hace el melifluo con vos; no hay
manera de aguantar esto.» «No
os comprendo -dijo el mandarín-; ¿no sois los tres cristianos? ¿No venís los
tres a enseñar el cristianismo en nuestro imperio? ¿Y no debéis, por
consiguiente, tener los mismos dogmas?» «Ya
lo veis, Monseñor -dijo el jesuita-; estas dos personas son enemigos mortales
entre sí y discuten ambas contra mí: es por lo tanto evidente que los dos
están equivocados y que la razón está de mi lado.» «La
cosa no es tan evidente -dijo el mandarín-; podría ser, a pesar de todo, que
estuvieseis equivocados los tres; tengo curiosidad de oíros a cada uno por
turno.» El jesuita pronunció entonces un discurso
bastante largo, durante el cual el danés y el holandés se encogían de
hombros; el mandarín no comprendió nada. El danés habló luego; sus dos
adversarios le miraron con conmiseración y el mandarín siguió sin comprender
nada. El holandés tuvo la misma suerte. Finalmente hablaron los tres a la
vez y se dijeron grandes insultos. Al buen mandarín le costó mucho trabajo
calmarlos, y les dijo: «Si queréis que se tolere aquí vuestra doctrina,
empezad por no ser vosotros ni intolerantes ni intolerables.» A la salida de la audiencia el jesuita
encontró a un misionero dominico; le dijo que había ganado su causa,
afirmándole que la verdad siempre triunfa. El dominico le dijo: «Si yo hubiese
estado allí, no la habríais ganado; os habría dejado convicto de mentira e
idolatría.» La discusión se acaloró, el dominico y el jesuita se agarraron de
los pelos. El mandarín, informado del escándalo, mandó a los dos a la cárcel.
Un submandarín dijo al juez: «¿Cuánto
tiempo quiere Vuestra Excelencia que permanezcan encerrados?» «Hasta que se
pongan de acuerdo», dijo el juez. «¡Ah!», dijo
el submandarín, «entonces se quedarán en la cárcel
toda la vida». «Pues bien», dijo el juez, «hasta que se perdonen». «No se
perdonarán jamás», le replicó el submandarín; «los
conozco bien». «¡Bueno!», dijo el mandarín,
«entonces, hasta que finjan perdonarse». CAPÍTULO
XX De si es útil mantener al pueblo en la
superstición Es tal la debilidad del género humano, y
tal su perversidad, que sin duda vale más para él ser subyugado por todas
las supersticiones posibles, con tal de que no sean mortíferas, que vivir sin
religión. El hombre siempre ha tenido necesidad de un freno, y aunque fuese
ridículo hacer sacrificios a los faunos, a los silvanos, a las náyades, era
mucho más razonable y más útil adorar esas fantásticas imágenes de la
Divinidad que entregarse al ateísmo. Un ateo que fuese razonador, violento y
poderoso, sería un azote tan funesto como un supersticioso sanguinario. Cuando los hombres no tienen nociones
claras de la Divinidad, las ideas falsas la suplen, como en los malos
tiempos se trafica con moneda devaluada cuando no se tiene moneda buena. El
pagano no osaba cometer un crimen ante el temor de ser castigado por los
falsos dioses; el malabar teme ser castigado por su pagoda. En todos los sitios en que hay establecida
una sociedad es necesaria una religión; las leyes velan sobre los crímenes
conocidos y la religión sobre los crímenes secretos. Pero una vez que los hombres han llegado a
abrazar una religión pura y santa, la superstición se vuelve no sólo inútil,
sino muy peligrosa. No se debe tratar de alimentar con bellotas a aquellos a
los que Dios se digna alimentar con pan. La superstición es a la religión lo que la
astrología a la astronomía: la hija muy loca de una madre muy cuerda. Estas
dos hijas han subyugado mucho tiempo toda la tierra. Cuando, en nuestros siglos de barbarie,
había apenas dos señores feudales que tuviesen en sus castillos un Nuevo Testamento, podía ser disculpable ofrecer fábulas al vulgo, es decir a esos
señores feudales, a sus estúpidas mujeres y a los brutos de sus vasallos: se
les hacía creer que san Cristóbal había transportado al Niño Jesús de una a
otra orilla de un río; se les atiborraba de historias de brujas y posesos;
imaginaban sin dificultad que san Genol curaba la gota y santa Clara las
enfermedades de la vista. Los niños creían en los fantasmas y los padres en
el cordón de san Francisco. La cantidad de reliquias era innumerable. La herrumbre de tantas supersticiones ha
subsistido todavía algún tiempo en los pueblos, incluso después de que la
religión se depuró. Sabido es que cuando el Señor de Noailles,
obispo de Chálons, mandó quitar y arrojar al fuego
la pretendida reliquia del santo ombligo de Jesucristo, la ciudad entera de Châlons le hizo un proceso; pero el obispo tuvo tanto
valor como piedad y no tardó en convencer a los habitantes de la Champaña que
se podía adorar a Jesucristo en espíritu y en verdad sin tener su ombligo en
una iglesia. Los llamados jansenistas
contribuyeron
no poco a desarraigar insensiblemente en el alma de la nación la mayor parte
de las falsas ideas que deshonraban a la religión cristiana. Se dejó de creer
que bastaba recitar la oración de los treinta días a la Virgen
Por fin, la burguesía ha empezado a
sospechar que no era santa Genoveva la que daba o hacía cesar la lluvia, sino
que era el propio Dios el que disponía de los elementos. Los frailes se han
asombrado de que sus santos ya no hagan milagros; y si los autores de la Vida de san Lo
mismo ha sucedido con las excomuniones. Nuestros historiadores nos cuentan
que cuando el rey Roberto fue excomulgado por el papa Gregorio V por haberse
casado con la princesa Berta, su comadre, sus criados arrojaban por las
ventanas los manjares que se habían servido al rey, y que la reina Berta dio
a luz una oca en castigo de aquel matrimonio incestuoso. Se duda hoy día que
los maestresalas de un rey de Francia excomulgado arrojasen su cena por la
ventana y que la reina trajese al mundo un ansarón
en semejante oportunidad. Si
hay algunos convulsionarios en un rincón de un barrio, se trata de una
enfermedad pedicular[RC49] que sólo ataca al populacho más vil. La razón penetra día a día en
Francia, tanto en las tiendas de los comerciantes como en las mansiones de
los señores. Hay pues que cultivar los frutos de esta razón, tanto más
cuanto que es imposible impedirles que nazcan. No se puede gobernar a
Francia, después de haber recibido las luces de los
Pascal[RC50], los Nicole, los Arnaud, los Bossuet,
los Descartes[RC51], los Gassendi, los Bayle[RC52], los Fontenelle, etc., como se la gobernaba
en tiempos de los Garasse y los Menot. Si
los maestros de los errores, quiero decir los grandes maestros, tanto tiempo
pagados y cubiertos de honores por embrutecer al género humano, ordenasen hoy
día creer que el grano debe pudrirse para germinar; que la tierra está
inmóvil en sus cimientos, que no gira alrededor del sol; que las mareas no
son un efecto natural de la gravitación, que el arco iris no está formado por
la refracción y la reflexión de los rayos de la luz, etc., y si se basasen
para ello en pasajes mal comprendidos de las Sagradas Escrituras para
justificar sus órdenes, ¿cómo serían mirados por todos los hombres
instruidos? ¿La palabra bestias sería demasiado fuerte? ¿Y si
esos sabios maestros empleasen la fuerza y la persecución para hacer reinar
su insolente ignorancia, el término de bestias feroces sería inadecuado? Cuanto
más se desprecian las supersticiones de los monjes, más se respeta a los
obispos y más se considera a los sacerdotes; sólo hacen bien y las
supersticiones ultramontanas harían mucho mal. Pero de todas las
supersticiones, la más peligrosa ¿no es la de odiar al prójimo por sus
opiniones? ¿Y no es evidente que sería todavía más razonable adorar el santo
ombligo, el santo prepucio, la leche y el traje de la Virgen
CAPÍTULO XXI Virtud vale más que ciencia Cuanto menos dogmas,
menos disputas; y cuanto menos disputas, menos desgracias; si esto no es
verdad, estoy equivocado. La
religión ha sido instituida para hacernos felices en esta vida y en la otra.
¿Qué hace falta para ser feliz en la vida futura?: ser justo. Para ser feliz en ésta, todo
lo que permite la miseria de nuestra naturaleza, ¿qué hace falta?: ser
indulgente. Sería
el colmo de la locura pretender hacer que todos los hombres piensen de una
manera uniforme sobre la metafísica. Se podría mucho más fácilmente someter
el universo entero por las armas que subyugar todas las mentes de una sola
ciudad. Euclides consiguió fácilmente
persuadir a todos los hombres de las verdades de la geometría: ¿por qué?
Porque no hay uno que no sea un corolario evidente de este pequeño axioma: dos y dos son cuatro. No sucede exactamente lo mismo en la mezcla de la filosofía y la
teología. Cuando
el obispo Alejandro y el sacerdote Arrio, o Arius,
empezaron a disputar sobre la manera de cómo el Logos era una emanación del Padre, el emperador Constantino les escribió
primero estas palabras tomadas de Eusebio y
Sócrates: «Sois unos grandes locos por disputar sobre cosas que no podéis entender.» Si
ambos partidos hubiesen sido lo bastante cuerdos para reconocer que el
emperador tenía razón, el mundo cristiano no habría sido ensangrentado
durante trescientos años. ¿Qué
cosa hay en efecto más loca y más horrible que decir a los hombres: «Amigos
míos, no es suficiente ser fieles súbditos, hijos sumisos, padres cariñosos,
vecinos equitativos, practicar todas las virtudes, cultivar la amistad,
rehuir la ingratitud, adorar en paz a Jesucristo: es preciso también que
sepáis cómo se es engendrado desde la eternidad; y si no sabéis distinguir el
omousion en la hipóstasis, os anunciamos que seréis
quemados eternamente; y, mientras tanto, empezaremos por degollaros»? Si
se hubiese sometido tal decisión a un Arquímedes, a un Posidonio,
a un Varrón, a un Catón, a un Cicerón, ¿qué habrían
contestado? Constantino
no perseveró en su resolución de imponer silencio a los dos partidos: podía
hacer venir a los jefes del ergotismo a su palacio; podía preguntarles con
qué autoridad perturbaban el mundo: «¿Tenéis los
títulos de la familia divina? ¿Qué os importa que el Logos sea hecho o engendrado con tal de que se le sea fiel, con tal de que
se predique una buena moral y que se la practique si se puede? He cometido
muchas faltas en mi vida, y vosotros también; vosotros sois ambiciosos, y yo
también; el imperio me ha costado trapacerías y crueldades; he asesinado a
casi todos mis parientes; me arrepiento de ello: quiero expiar mis crímenes
dando tranquilidad al imperio romano, no me impidáis que haga el único bien
que puede hacer olvidar mis antiguas barbaries; ayudadme a terminar mis días
en paz.» Tal vez no habría obtenido nada de los contrincantes; tal vez le
halagó presidir un concilio con un largo traje talar rojo y la cabeza
cargada de pedrería. He
aquí, sin embargo, lo que abrió la puerta a todos esos azotes que,
procedentes de Asia, inundaron Occidente. Salió de cada versículo discutido
una furia armada de un sofisma y un puñal que volvió insensatos y crueles a
todos los hombres. Los hunos, los hérulos, los godos y los vándalos que
llegaron inmediatamente después, hicieron infinitamente menos mal, y el más
grande que hicieron fue el de prestarse finalmente ellos mismos a esas
fatales disputas. CAPÍTULO XXII De la tolerancia universal No
se necesita mucho arte, ni una elocuencia muy rebuscada para demostrar que
los cristianos deben tolerarse unos a otros. Voy más lejos: os digo que hay
que mirar a todos los hombres como hermanos nuestros. ¡Cómo! ¿El turco
hermano mío? ¿El chino mi hermano? ¿El judío? ¿El siamés? Sí, sin duda; ¿no
somos todos hijos del mismo Padre, criaturas del mismo Dios? ¡Pero
esos pueblos nos desprecian; nos tratan de idólatras! ¡Pues bien! Les diré
que hacen mal. Me parece que podría hacer vacilar por lo menos la orgullosa
testarudez de un imán o de un sacerdote budista si les hablase poco más o
menos así: «Este
pequeño globo, que no lo es, rueda en el espacio, lo mismo que tantos otros
globos; estamos perdidos en esa inmensidad. El hombre, de una estatura
aproximada de cinco pies, es seguramente poca cosa en la creación. Uno de
esos seres imperceptibles dice
a algunos de sus vecinos, en Arabia o en Cafrería:
"Escuchadme, porque el Dios de todos esos mundos me ha iluminado: hay
novecientos millones de pequeñas hormigas como nosotros en la tierra, pero
sólo mi hormiguero es grato a Dios; todos los otros le son odiosos desde la
eternidad; únicamente mi hormiguero será feliz, todos los demás serán
eternamente desgraciados."» Entonces
me interrumpirían y me preguntarían quién es el loco que ha dicho semejante
tontería. Me vería obligado a responderles: «Vosotros mismos.» Luego
trataría de aplacarlos; pero sería muy difícil. Hablaría
ahora a los cristianos y osaría decir, por ejemplo, a un dominico inquisidor
de la fe: «Hermano mío, sabéis que cada provincia de Italia tiene su propio
dialecto y que no se habla en Venecia o en Bérgamo
como en Florencia. La Academia de la Crusca ha
fijado la lengua; su diccionario es una regla de la que no hay que apartarse
y la El
inquisidor me responde: «Hay mucha diferencia; se trata aquí de la salvación
de vuestra alma; es por vuestro bien por lo que el directorio de la
Inquisición ordena que se os detenga por la declaración de una sola persona,
aunque sea infame y reincidente de la justicia; que no tengáis abogado que os
defienda; que el nombre de vuestro acusador ni siquiera os sea conocido;
que el inquisidor os prometa gracia y luego os condene; que os aplique cinco
torturas diferentes y que luego seáis azotado, condenado a galeras o quemado
solemnemente[RC53]. El padre Ivonet, el doctor Cuchalon, Zanchinus, Campegius, Roias, Felynus, Gomarus, Diabarus, Gemelinus son
terminantes y esta piadosa práctica no tolera contradicción.» Yo
me tomaría la libertad de contestarle: «Hermano mío, tal vez tengáis razón;
estoy convencido del bien que queréis hacerme; ¿pero no podría ser salvado
sin todo esto?» Es
cierto que esos absurdos horrores no manchan todos los días la faz de la
tierra; pero han sido frecuentes y se formaría fácilmente con ellos un
volumen mucho más grueso que los Evangelios que los reprueban. No sólo es muy
cruel perseguir en esta corta vida a aquellos que no piensan como nosotros,
pero no sé si es muy osado declarar tajantemente su condenación por toda la
eternidad. Me parece que no corresponde en absoluto a unos átomos de un
momento, como nosotros, anticiparnos a los juicios del Creador. Lejos de mí
la idea de contradecir esta sentencia: «Fuera de la Iglesia no hay
salvación»; la respeto, lo mismo que todo lo que
enseña, pero, en verdad, ¿conocemos todos los caminos de Dios y toda la
extensión de su misericordia? ¿No está permitido esperar en Él tanto como
temerle? ¿No es suficiente ser fieles a la Iglesia? ¿Será preciso que cada
individuo usurpe los derechos de la Divinidad y decida antes que ella sobre
la suerte eterna de los hombres? Cuando
llevamos luto por un rey de Suecia, o de Dinamarca, o de Inglaterra, o de
Prusia, ¿decimos que llevamos luto por un réprobo que arde eternamente en el
infierno? Hay en Europa cuarenta millones de habitantes que no pertenecen a
la Iglesia de Roma. ¿Diremos a cada uno de ellos: «Señor, considerando que
estáis infaliblemente condenado, no quiero comer, ni contratar, ni conversar
con vos»? ¿Quién
es el embajador de Francia que, al ser presentado en audiencia al
¡Oh
sectarios de un Dios clemente! Si tuviésemos un corazón cruel; si al adorar
a Aquel cuya única ley consistía en estas palabras: «Amad a Dios y a vuestro
prójimo» hubieseis recargado esta ley pura y santa con sofismas y disputas
incomprensibles; si hubieseis encendido la discordia, unas veces por una
palabra nueva, otras por una sola letra del alfabeto; si hubieseis atribuido
penas eternas a la omisión de algunas palabras, de algunas ceremonias que
otros pueblos no podrían conocer, os diría, derramando lágrimas sobre el
género humano: «Transportaos conmigo al día en que todos los hombres serán
juzgados y en que Dios dará a cada cual según sus obras.» «Veo
a todos los muertos de los siglos pasados y del nuestro comparecer ante su
presencia. ¿Estáis seguros de que nuestro Creador y
nuestro Padre dirá al sabio y virtuoso Confucio, al legislador Solón, a Pitágoras[RC54], a Zaleuco, a Sócrates, a Platón, a los
divinos Antoninos, al buen Trajano, a Tito, las
delicias del género humano, a Epicteto[RC55], a tantos otros hombres, modelos de los hombres: ¡id, monstruos, id a sufrir unos
castigos infinitos en intensidad y duración; que vuestro suplicio sea eterno
como yo! Y vosotros, mis bien amados Jean Chátel, Ravaillac, Damiens, Cartouche[RC56], etc., que habéis muerto dentro de las fórmulas prescritas,
compartid para siempre a mi derecha mi imperio y mi felicidad?» Retrocedéis horrorizados ante
estas palabras; y, después de habérseme escapado, no tengo nada más que
deciros. CAPÍTULO XXIII Oración a Dios Ya
no es por lo tanto a los hombres a los que me dirijo, es a ti, Dios de todos
los seres, de todos los mundos y de todos los tiempos: si está permitido a
unas débiles criaturas perdidas en la inmensidad e imperceptibles al resto
del universo osar pedirte algo, a ti que lo has dado todo, a ti cuyos
decretos son tan inmutables como eternos, dígnate mirar con piedad los
errores inherentes a nuestra naturaleza; que esos errores no sean causantes
de nuestras calamidades. Tú no nos has dado un corazón para que nos odiemos y
manos para que nos degollemos; haz que nos ayudemos mutuamente a soportar el
fardo de una vida penosa y pasajera; que las pequeñas diferencias entre los
vestidos que cubren nuestros débiles cuerpos, entre todos nuestros idiomas
insuficientes, entre todas nuestras costumbres ridículas, entre todas
nuestras leyes imperfectas, entre todas nuestras opiniones insensatas, entre
todas nuestras condiciones tan desproporcionadas a nuestros ojos y tan
semejantes ante ti; que todos esos pequeños matices que distinguen a los átomos
llamados hombres
no sean señales de odio y persecución; que los que
encienden cirios en pleno día para celebrarte soporten a los que se contentan
con la luz de tu sol; que aquellos que cubren su traje con una tela blanca
para decir que hay que amarte no detesten a los que dicen la misma cosa bajo
una capa de lana negra; que dé lo mismo adorarte en una jerga formada de una
antigua lengua o en una jerga más moderna; que aquellos cuyas vestiduras
están teñidas de rojo o violeta, que mandan en una pequeña parcela de un
pequeño montón de barro de este mundo y que poseen algunos fragmentos
redondeados de cierto metal, gocen sin orgullo de lo que llaman grandeza y riqueza
y que los demás los miren sin envidia: porque Tú
sabes que no hay en estas vanidades ni nada que envidiar ni nada de que
enorgullecerse. ¡Ojalá
todos los hombres se acuerden de que son hermanos! ¡Que odien la tiranía
ejercida sobre sus almas como odian el latrocinio que arrebata a la fuerza el
fruto del trabajo y de la industria pacífica! Si los azotes de la guerra son
inevitables, no nos odiemos, no nos destrocemos unos a otros en el seno de la
paz y empleemos el instante de nuestra existencia en bendecir por igual, en
mil lenguas diversas, desde Siam a California, tu bondad que nos ha concedido
ese instante. CAPÍTULO XXIV Post scriptum Mientras
trabajábamos en esta obra con el único objeto de hacer a los hombres más
compasivos y más dulces, otro hombre escribía con un objeto contrario: porque
cada cual tiene su opinión. Ese hombre hacía imprimir un pequeño código de
persecución, titulado Acuerdo de la religión y de la humanidad[RC57] (es una falta del impresor: léase de la inhumanidad). El
autor del santo libelo se apoya en san Agustín, quien, después de haber
predicado la dulzura, predicó finalmente la persecución, habida cuenta que
era entonces el más fuerte y que cambiaba a menudo de opinión. Cita también
al obispo de Meaux, Bossuet, que persiguió al
célebre Fénelon, arzobispo de Cambrai,
culpable de haber impreso que Dios vale bien la pena
de que se le ame por sí mismo. Bossuet era elocuente, lo confieso;
el obispo de Hipona, a veces inconsecuente, era más
diserto de lo que lo son los demás africanos, también lo reconozco; pero me
tomaré la libertad de decir al autor de ese santo libelo, con Armande, en Las mujeres sabias: Quand sur
une personne on pretend se régler, / C'est par les beaux cotés qu'il faut
ressembler (acto I, escena I) (Cuando a una persona pretendemos imitar, / es a
sus facetas buenas a las que debemos parecernos). Yo
diría al obispo de Hipona: Monseñor, habéis
cambiado de opinión, permitid que me atenga a vuestra primera opinión; en
verdad la creo mejor. Diría
al obispo de Meaux: Monseñor, sois un gran hombre: os encuentro tan sabio,
por lo menos, como san Agustín, y mucho más elocuente; pero ¿por qué
atormentar tanto a vuestro colega, que era tan elocuente como vos en otro
género, y que era más amable? El
autor del santo libelo sobre la inhumanidad no es un Bossuet
ni un Agustín; me parece muy propio para hacer un excelente inquisidor;
quisiera que estuviese en Goa al frente de ese
hermoso tribunal. Es, además, hombre de Estado y expone grandes principios de
política. «Si hay en vuestro país, dice, muchos heterodoxos, respetadlos,
persuadidlos; si sólo hay un pequeño número, utilizad el patíbulo y las
galeras y os irá muy bien»; esto es lo que aconseja en las páginas 89 y 90. A
Dios gracias, soy buen católico, no tengo por qué temer lo que los hugonotes
llaman el
martirio; pero si ese hombre llega alguna vez a ser primer ministro,
de lo que parece presumir en su libelo, le advierto que salgo para Inglaterra
el día que obtenga su cédula de nombramiento. Mientras
tanto no puedo por menos que dar las gracias a la Providencia por permitir
que las personas de su especie sean siempre malos razonadores. Llega al
extremo de citar a Bayle entre los partidarios de
la intolerancia: la cosa es sabia y hábil; y del hecho de que Bayle reconozca que hay que castigar a los facciosos y a
los pillos, nuestro hombre saca la consecuencia de que hay que perseguir a
sangre y fuego a las gentes de buena fe que son pacíficas. Casi
todo su libro es una imitación de la Apología de la jornada de San Bartolomé[RC58]. Es este apologista o su eco. En uno u otro caso hay que esperar que
ni el maestro ni el discípulo lleguen a gobernar el Estado. Pero
si sucede que sean los amos, les presento desde lejos esta demanda, referente
a dos líneas de la página 93 del santo libelo: «¿Hay que sacrificar a la felicidad de la vigésima parte de la nación
la felicidad de la nación entera?» Suponiendo
que, en efecto, haya veinte católicos romanos en Francia contra un hugonote,
no pretendo que el hugonote se coma a los veinte católicos; pero también ¿por
qué esos veinte católicos se comerían a aquel hugonote, y por qué impedir
casarse al mismo? ¿No hay obispos, curas, frailes, que poseen tierras en el Delfinado, hacia Agde, en el Gevaudan, por Carcasona? Esos
obispos, esos curas, esos monjes ¿no tienen granjeros que tienen la desgracia
de no creer en la transustanciación? ¿No interesa a los obispos, a los curas,
a los monjes y al público que esos granjeros tengan una abundante familia?
¿Sólo a aquellos que comulguen en una sola especie les será permitido engendrar
hijos? En verdad tal cosa no es ni justa ni honrada. «La revocación del edicto de Nantes no ha producido tantos inconvenientes como se le
atribuyen», dice el autor. Si,
en efecto, se le atribuyen más de los que ha producido, se exagera y lo malo
de todos los historiadores es la exageración; pero es también el inconveniente
de todos los controversistas reducir a nada el mal que se les reprocha. No
creamos ni a los doctores de París ni a los predicadores de Amsterdam. Tomemos
por juez al señor conde de Avaux, embajador en
Holanda desde 1685 a 1688. Dice en la página 181 del tomo V[RC59], que un solo hombre había ofrecido descubrir más de veinte millones
que los perseguidos hacían salir de Francia. Luis XIV responde al señor de Avaux: «Las noticias que recibo todos los días de una
infinita cantidad de conversiones ya no me permiten dudar de que los más
reacios seguirán el ejemplo de los otros.» Vemos,
por esta carta de Luis XIV, que era de muy buena fe sobre la extensión de su
poder. Le decían todas las mañanas: «Sire, sois el rey más grande del universo; todo el universo se gloriará de
pensar como vos tan pronto como hayáis hablado.» Pellisson,
que se había enriquecido en el puesto de secretario de Hacienda; Pellisson, que había estado tres años en la Bastilla como
cómplice de Fouquet; Pellisson,
que de calvinista se había hecho diácono y beneficiado, que hacía imprimir
oraciones para la m Sin
embargo, el mismo señor de Avaux hace saber al rey
que un tal Vincent protege a más de quinientos obreros cerca de Angulema y que su
salida originará perjuicios: tomo V, página 192. El
mismo señor de Avaux habla de dos regimientos que
el príncipe de Orange está reclutando por los
oficiales franceses refugiados; habla de marineros que desertarán de tres
buques para servir en los del príncipe de Orange.
Además de esos regimientos, el príncipe de Orange reúne también una compañía de cadetes refugiados,
mandados por dos capitanes, página 240. Este embajador escribe además, el 9
de mayo de 1686, al señor de Seignelai, «que no
puede ocultarle la pena que tiene de ver establecerse las manufacturas de
Francia en Holanda, de donde no saldrán más». Unid
a esos testimonios los de todos los intendentes del reino en 1699 y juzgad si
la revocación del edicto de Nantes ha
producido más mal que bien, a pesar de la opinión del respetable autor de Acuerdo
de la religión y la inhumanidad. Un
mariscal de Francia, conocido por su inteligencia superior, decía hace
algunos años: «No sé si la dragonada[RC60] ha sido necesaria, pero es necesario no volverla a hacer.» Confieso
que he creído ir un poco lejos cuando he hecho pública la carta del
corresponsal del padre Le Tellier, en la que ese congreganista propone barriles de pólvora. Me decía para
mis adentros: no me creerán, considerarán esta carta como una falsificación.
Mis escrúpulos, afortunadamente, se han disipado cuando he leído en el Acuerdo
de la religión y la inhumanidad, página 149, estas dulces palabras: «La
extinción total de los protestantes en Francia no debilitará más a Francia
de lo que una sangría debilita a un enfermo bien constituido.» Ese
cristiano que ha dicho ahora mismo que los protestantes constituyen la
vigésima parte de la nación, quiere pues que se derrame la sangre de esa
vigésima parte, y considera esa operación como una sangría de una
sangradera. ¡Dios nos libre con él de las tres vigésimas partes! Si
por lo tanto este hombre honorable propone matar a la vigésima parte de la
nación, ¿por qué el amigo del padre Le Tellier no
habría de proponer hacer saltar por el aire, degollar y envenenar a la
tercera parte? Es por lo tanto muy verosímil que la carta al padre Le Tellier haya sido realmente escrita. El
santo autor termina finalmente concluyendo que la intolerancia es una cosa
excelente, «porque no ha sido -dice- condenada expresamente por Jesucristo».
Pero Jesucristo tampoco ha condenado a los que prendiesen fuego a París por
los cuatro costados; ¿es ésta una razón para canonizar a los incendiarios? Así
pues, cuando la naturaleza deja oír por un lado su voz dulce y bienhechora,
el fanatismo, ese enemigo de la naturaleza, pone el grito en el cielo; y
cuando la paz se presenta a los hombres, la intolerancia forja sus armas.
¡Oh vos, árbitro de las naciones, que habéis dado la paz a Europa, decidid
entre el espíritu pacífico y el espíritu homicida! CAPITULO XXV Continuación y conclusión Nos
enteramos de que el 7 de marzo de 1763, reunido todo el consejo de Estado en Versalles, con asistencia de los ministros de Estado, y
bajo la presidencia del canciller, el relator señor de Crosne dio lectura a su informe sobre el caso Calas con la imparcialidad
de un juez, la exactitud de un hombre perfectamente enterado, la elocuencia
sencilla y verdadera de un orador hombre de Estado, la única que conviene
ante semejante asamblea. Una prodigiosa multitud de personas de todo rango
esperaba en la galería del palacio la decisión del consejo. Pronto se informó
al rey de que todos los votos, sin exceptuar ninguno, habían dispuesto que el
parlamento de Toulouse enviase al consejo las piezas
del proceso y los motivos de su sentencia que había hecho expirar a Jean
Calas en la rueda. Su Majestad aprobó el fallo del consejo. Hay
por lo tanto humanidad y justicia en los hombres, y principalmente en el consejo
de un rey amado y digno de serlo. El caso de una desgraciada familia de
ciudadanos oscuros ha ocupado a Su Majestad, a sus ministros, al canciller y
a todo el consejo y ha sido discutido con un examen tan meditado como pueden
serlo los más grandes temas de la guerra y de la paz. El amor a la equidad,
el interés del género humano han guiado a todos los jueces. ¡Demos gracias a
ese Dios de clemencia, el único que inspira la equidad y todas las virtudes! Ese
Dios sabe que solamente nos ha animado un espíritu de justicia, de verdad y
de paz cuando hemos escrito lo que pensamos de la tolerancia, con motivo de
Jean Calas, a quien el espíritu de intolerancia ha hecho morir. No
hemos creído ofender a los ocho jueces de Toulouse
al decir que se han equivocado, como ha supuesto
todo el consejo: al contrario, les hemos abierto el camino para justificarse
ante Europa entera. Este camino consiste en confesar que unos indicios
equívocos y los gritos de una multitud insensata han sorprendido su justicia;
pedir perdón a la viuda y reparar, en lo que esté a su alcance, la ruina
entera de una familia inocente, uniéndose a los que la socorren en su
aflicción. Han hecho morir al padre injustamente: les corresponde hacer las
veces de padre para con sus hijos, suponiendo que esos huérfanos quieran
recibir de ellos una débil muestra de un justo arrepentimiento. Será hermoso
para los jueces ofrecerla y para la familia rechazarla. Corresponde
sobre todo al llamado David, capitoul de Toulouse, si ha sido el primer persecutor de la inocencia, dar ejemplo de remordimiento.
Insulta a un padre de familia que agoniza en el patíbulo. Semejante crueldad
es algo inaudito; pero puesto que Dios perdona, también los hombres deben
perdonar a quien repara sus injusticias. Me han escrito del Languedoc esta carta del 20 de febrero de 1763: [...j «Vuestra
obra sobre la tolerancia me parece llena de humanidad y verdad, pero temo
que haga más daño que bien a la familia de los Calas. Puede ulcerar a los
ocho jueces que votaron por el suplicio de la rueda; pedirán al parlamento
que sea quemado vuestro libro, y los fanáticos (porque siempre los hay)
contestarán con gritos de furia a la voz de la razón, etc.» He aquí mi respuesta: «Los
ocho jueces de Toulouse pueden hacer quemar mi libro,
si es bueno; no hay nada más fácil: también se quemaron las Cartas provinciales[RC61], que valían sin duda mucho más: todo el mundo puede quemar en su casa
los libros y papeles que no le gustan. »Mi
obra no puede hacer ni bien ni mal a los Calas, a los que no conozco. El
consejo del rey, imparcial y firme, juzga según las leyes, según la equidad,
de acuerdo con las pruebas, de acuerdo con los autos, y no basándose en un
escrito que no es jurídico, y cuyo fondo no tiene nada que ver en el fondo
con el caso que juzga. »De
nada serviría imprimir varios volúmenes en pro o en contra de los ocho jueces
de Toulouse y en pro o en contra de la
tolerancia; ni el consejo, ni ningún tribunal consideraría esos libros como
piezas del proceso. »Este
escrito sobre la tolerancia es una súplica que la humanidad presenta
humildemente al poder y a la prudencia. Siembra un grano que podrá un día dar
una cosecha. Esperémoslo todo del tiempo, de la bondad del rey, de la
sabiduría de sus ministros y del espíritu de razón que empieza a difundir su
luz por todas partes. »La
naturaleza dice a todos los hombres: os he hecho nacer a todos débiles e
ignorantes, para vegetar unos minutos sobre la tierra y abonarla con vuestros
cadáveres. Puesto que sois débiles, socorreos mutuamente; puesto que sois
ignorantes, ilustraos y ayudaos mutuamente. Aunque fueseis todos de la misma
opinión, lo que seguramente jamás sucederá, aunque no hubiese más que un
solo hombre de distinta opinión, deberíais perdonarle:
porque soy yo la que le hace pensar como piensa. Os he dado brazos para
cultivar la tierra y un pequeño resplandor de razón para guiaros; he puesto
en vuestros corazones un germen de compasión para que os ayudéis los unos a
los otros a soportar la vida. No ahoguéis ese germen, no lo corrompáis,
sabed que es divino, y no sustituyáis la voz de la naturaleza por los
miserables furores de escuela. »Soy
yo sola la que os une a pesar vuestro por vuestras mutuas necesidades,
incluso en medio de vuestras crueles guerras con tanta ligereza emprendidas,
eterno teatro de los errores, de los azares y de las desgracias. Soy yo sola
la que, en una nación, detiene las consecuencias funestas de la división
interminable entre la nobleza y la magistratura, entre esos dos estamentos
y el clero, incluso entre los burgueses y los campesinos. Ignoran todos los
límites de sus derechos; pero todos escuchan a pesar suyo, a la larga, mi voz
que habla a su corazón. Yo sola conservo la equidad en los tribunales, en
donde todo sería entregado sin mí a la indecisión y al capricho, en medio de
un montón confuso de leyes hechas a menudo al azar y para unas necesidades
pasajeras, diferentes entre ellas de provincia en provincia, de ciudad en
ciudad, y casi siempre contradictorias entre sí en el mismo lugar. Yo sola
puedo inspirar la justicia, mientras que las leyes sólo inspiran los
embrollos. El que me escucha juzga siempre bien; y el que sólo busca
conciliar opiniones que se contradicen es el que se extravía. »Hay
un edificio inmenso cuyos cimientos he puesto con mis manos: era sólido y
sencillo, todos los hombres podían entrar en él con seguridad; han querido
añadirle los ornamentos más extraños, más toscos, más inútiles; el edificio
cae en ruinas por los cuatro costados; los hombres recogen las piedras y se
las tiran a la cabeza; les grito: Deteneos, apartad esos escombros funestos
que son obra vuestra y habitad conmigo en paz en mi edificio inconmovible.» Artículo nuevamente añadido, en el que se da cuenta de la última
sentencia pronunciada en favor de la familia Calas Después
del 7 de marzo de 1763 y hasta el juicio definitivo todavía transcurrieron
dos años: a tal punto es fácil al fanatismo arrancar la vida a la inocencia y
difícil a la razón obligarle a hacer justicia. Hubo que soportar demoras
inevitables, necesariamente inherentes a las formalidades. Cuanto menos
habían sido observadas dichas formalidades en la condena de Calas tanto más
debían serlo rigurosamente por el consejo de Estado. No bastó un año entero
para forzar al parlamento de Toulouse a
hacer llegar al consejo todo el sumario, para examinarlo, para informar
sobre él. El señor de Crosne se vio nuevamente agobiado por
un penoso trabajo. Una asamblea de cerca de ochenta jueces casó la sentencia
de Toulouse y ordenó la total revisión del
proceso. Otros
casos importantes ocupaban entonces a casi todos los tribunales del reino. Se
expulsaba a los jesuitas; se abolía su sociedad en Francia: habían sido
intolerantes y persecutores: fueron perseguidos a su vez. La
extravagancia de los billetes de confesión[RC62] de los que se les creyó autores secretos y de los que se habían
declarado partidarios públicamente, había reanimado ya contra ellos el odio
de la nación. Una inmensa bancarrota de uno de sus misioneros[RC63], bancarrota que se creyó en parte fraudulenta, acabó de perderlos.
Las meras palabras de misioneros y quebrados, tan
poco hechas para verse reunidas, llevaron a todas las mentes la decisión de
su condena. Finalmente, las ruinas de Port-Royal[RC64] y las osamentas de tantos hombres célebres denigrados en sus sepulturas,
y exhumados a principios de siglo por órdenes que sólo los jesuitas habían
dictado, se alzaron contra su crédito agonizante. Se puede ver la historia
de su proscripción en el excelente libro titulado Sobre la destrucción de los
jesuitas en Francia, obra imparcial por ser de un
filósofo[RC65], escrita con la finura y elocuencia de Pascal,
y sobre todo con una superioridad de luces que no
está ofuscada, como en Pascal, por los prejuicios que algunas
veces han seducido a los grandes hombres. Este
gran proceso, en el cual algunos partidarios de los jesuitas decían que la
religión era ultrajada, y en el que la mayoría la creía vengada, hizo
durante muchos meses perder de vista al público el caso de los Calas; pero
habiendo asignado el rey al tribunal que llaman de casación el juicio
definitivo, el mismo público, que gusta pasar de una escena a otra, se olvidó
de los jesuitas y los Calas retuvieron toda su atención. La
cá Fue entonces cuando apareció una nueva
memoria debida a la elocuencia del señor de Beaumont
y otra redactada por el joven Lavaisse, tan
injustamente implicado en este procedimiento criminal por los jueces de Toulouse, quienes, para colmo de contradicción, no le
habían declarado absuelto. Dicho joven escribió una declaración de hechos que
fue considerada por todo el mundo como digna de figurar al lado de la del
señor de Beaumont. Tenía la doble ventaja de hablar
en nombre propio y en el de una familia con la que había compartido las
cadenas. Únicamente habría dependido de él romper las suyas y salir de los
calabozos de Toulouse si hubiese querido decir tan
sólo que se había separado un momento de los Calas durante el tiempo en que
se pretendía que el padre y la madre habían asesinado a su hijo. Se le había
amenazado con el suplicio; la tortura y la muerte habían sido presentadas
ante sus ojos; una palabra habría podido darle la libertad: prefirió
exponerse al suplicio que pronunciar aquella palabra que habría sido una mentira.
Expuso todos estos detalles en su declaración con una franqueza tan noble,
tan sencilla, tan alejada de toda ostentación, que conmovió a todos aquellos
a los que sólo pretendía convencer y se hizo admirar sin aspirar a la
admiración. Su padre, famoso abogado, no tuvo la menor
participación en esta obra: se vio súbitamente igualado por su hijo, que
jamás había estudiado derecho. Mientras tanto, personas de la mayor
importancia iban en Llegó el día (9 de marzo de 1765) en que
triunfó completa Hubo en París una desbordante alegría: la
gente se agolpaba en las plazas, en los paseos; corría a ver a aquella
familia tan desgraciada y tan bien defendida; se aplaudía al ver pasar a sus
jueces y se les colmaba de bendiciones. Lo que hizo aún más emocionante el
espectáculo fue que aquel día, noveno de marzo, era el mismo en que Calas
había perecido bajo el suplicio más cruel (tres años antes). Los señores relatores habían hecho justicia
completa a la familia Calas, con lo que se habían limitado a cumplir con su
deber. Existe otro deber, el de la beneficencia, más raramente cumplido por
los tribunales, que parecen creer que han sido hechos para no ser más que
equitativos. Los relatores resolvieron escribir corporativamente a Su
Majestad suplicándole que reparase con sus dones la ruina de aquella familia.
Se escribió la carta. El rey la contestó ordenando entregar treinta y seis
mil libras a la madre y a los hijos; y de aquellas treinta y seis mil libras
se destinaron tres mil a la sirviente virtuosa que
había defendido constantemente la verdad al defender a sus amos. El rey mereció por esta generosidad, como
por tantos otros actos, el sobrenombre que el amor de la nación le ha dado[RC66]. ¡Ojalá este ejemplo pueda
servir para inspirar a los hombres la tolerancia, sin la que el fanatismo
desolaría la tierra o, por lo menos, la entristecería para siempre! Sabemos
que no se trata aquí más que de una familia y que la rabia de las sectas ha
hecho morir a millares de ellas; pero hoy, cuando una sombra de paz deja
reposar a todas las sociedades cristianas después de siglos de matanzas, es
en este tiempo de tranquilidad cuando la desgracia de los Calas debe causar
una mayor impresión, poco más o menos como el trueno que estalla en la
serenidad de un hermoso día. Tales casos son raros, pero suceden, y son el
efecto de esa sombría superstición que inclina a las almas débiles a imputar
crímenes a todo el que no piensa como ellas. |