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DEMOCRACIA. Cinna, dirigiéndose a Augusto en la tragedia de
Corneille, dice: «El peor de los Estados es el Estado
popular»; pero, en cambio, Máximo sostiene que «el peor de los
Estados es la monarquía». Bayle, después de sostener algunas
veces el pro y el contra en su Diccionario, al ocuparse de
Pericles hace un retrato disforme de la democracia, sobre todo
de la democracia de Atenas. Un republicano apasionado de la
democracia, que es uno de nuestros grandes cuestionadores, nos
remite la refutación que hace de Bayle y la apología de
Atenas. Expondremos las razones que alega; todo el que escribe
goza del privilegio de juzgar a los vivos ya los muertos, pero
también le juzgan los demás, que a su vez serán juzgados; y de
siglo en siglo se forman todas las sentencias.
Bayle, después de ocuparse de lugares comunes, dice: «Que
recorriendo la historia de Macedonia no encontraremos en ella
tanta tiranía como nos ofrece la historia de Atenas». Quizá
Bayle estaba descontento de Holanda cuando escribió de ese
modo, y probablemente el republicano aludido que le refuta
está satisfecho de su pequeña ciudad democrática, en cuanto al
presente.
Es difícil pesar en una balanza exacta las iniquidades de
la república de Atenas y las de la corte de Macedonia.
Reprochamos todavía hoya los atenienses el destierro de Cimón,
de Arístides, de Ternístocles y de Alcibíades, las sentencias
de muerte que dictaron contra Foción y Sócrates, sentencias
parecidas a las de algunos de nuestros tribunales, absurdas y
crueles. No podemos perdonar a los atenienses la muerte de sus
seis generales victoriosos sentenciados por no haber tenido
tiempo para enterrar sus muertos después de alcanzar la
victoria, por impedírselo una tempestad. Ese decreto fue tan
ridículo como bárbaro, y demuestran tanta superstición y tanta
ingratitud como las sentencias que dictó la Inquisición contra
Urbano Grandier, contra la mariscal de Ancre y otros reos
acusados de brujería. En vano se dice para justificar a los
atenienses que creían como Hornero que las almas de los
muertos vagaban errantes hasta que recibían los honores de la
sepultura o de la hoguera, porque una necedad no justifica una
barbarie. A nadie perjudica que las almas de algunos griegos
se paseen una o dos semanas por las orillas del mar; pero sí
que perjudica a la justicia entregar hombres vivos a los
verdugos, y hombres vivos que acaban de ganar una batalla. He
aquí, pues, los atenienses, si los juzgamos por ese hecho,
considerados como los jueces más necios y bárbaros del mundo.
Pero para ser justos es preciso poner ahora en la balanza
los crímenes de la corte de Macedonia; y enumerándolos, nos
convenceremos de que exceden prodigiosamente a los de Atenas,
sobre todo en la tiranía y en la maldad. Ordinariamente no
pueden compararse los crímenes de los grandes, que nacen
siempre de la ambición, con los crímenes del pueblo, que
quiere la libertad y la igualdad. Los sentimientos de libertad
y de igualdad no conducen por su camino recto a la calumnia, a
la rapiña, asesinato, ni a la devastación de los campos; pero
la sed de ambición y la rabia del poder precipitan a los
hombres en esos crímenes en todas las épocas y en todos los
lugares.
En Macedonia, cuya virtud opone Bayle a la virtud de
Atenas, sólo se encuentra un tejido de crímenes espantosos
durante doscientos años. Ptolomeo, tío de Alejandro el Grande,
asesina a su hermano Alejandro para usurparle el reino. Su
hermano Filipo pasa, engañando y cometiendo violaciones, una
vida que termina Pausanias matándole a puñaladas. Olimpias
manda arrojar a la reina Cleopatra ya su hijo en una cuba de
cobre fundido; y además asesina a Aridea. Antígono mata a
Eumenes. Antígono Gonatar, su hijo, envenena al gobernador de
la ciudadela de Corinto, se casa con su viuda, la expulsa de
allí y se apodera de la ciudadela. Filipo, su nieto, envenena
a Demetrio y con sus asesinatos mancha de sangre toda la
Macedonia. Perseo asesina a su mujer con su propia mano y
envenena a su hermano. Estas barbaries son famosas en la
historia.
Así, pues, durante dos siglos, el furor del despotismo con-
vierte la Macedonia en teatro de todos los crímenes; y en ese
mismo espacio de tiempo sólo se mancha el gobierno popular de
Atenas con cinco o seis iniquidades judiciales, con cinco o
seis sentencias atroces de las que el pueblo se arrepiente más
tarde y enmienda honrosamente. Después de matar a Sócrates le
pide perdón y le erige el pequeño templo Socrateon; pide
perdón también a Foción, le levanta una estatua; pide perdón a
los seis generales que ridículamente sentenció y condenó a
muerte, cargando de cadenas a su principal acusador, que
milagrosamente pudo escapar de la venganza pública. El pueblo
ateniense fue, pues, tan bueno como ligero, mientras que
ningún gobierno despótico lloró ni se arrepintió nunca de
haber dictado sentencias injustas. Bayle se equivocó esta vez,
y el republicano que le refuta tiene razón.
El gobierno popular es por su misma esencia menos inicuo y
abominable que el poder tiránico. El gran vicio de la
democracia no consiste en la tiranía ni en la crueldad; hubo
republicanos montañeses, salvajes y feroces; pero no les hizo
así el espíritu republicano, sino la naturaleza. La América
septentrional se dividía en una infinidad de repúblicas, pero
eran repúblicas de osos. El verdadero vicio de la república
civilizada es el de la fábula turca del dragón que tenía
muchas cabezas y del dragón que tenía muchas colas. Tener
multitud de cabezas es un perjuicio, y la multitud de colas
obedece sólo a una cabeza que desea devorarlo todo.
La democracia parece que no convenga más que a una nación
reducida y que esté colocada en sitio a propósito. Aun así
cometerá faltas, porque se compondrá de hombres; reinará en
ella la discordia como en un convento de frailes; pero nunca
conocerá esa nación noches como la de San Bartolomé, ni
matanzas como las de Irlanda, ni Vísperas Sicilianas, ni
Inquisición, ni será condenada a galeras por haber tomado agua
del mar sin pagarla, a no ser que supongamos que compongan esa
república diablos venidos del infierno.
Después de declararme partidario del republicanismo
defensor de la democracia y de oponerme a las teorías de Bayle,
añadiré que los atenienses fueron tan guerreros como los
suizos y estaban tan civilizados como los parisienses en el
tiempo de Luis XIV; que sobresalieron en todas las artes que
requieren habilidad de genio, como los florentinos de la época
de los Médicis; que fueron los maestros de los romanos en las
ciencias y en la elocuencia, hasta en la época del mismo
Cicerón. Ese pequeño pueblo, que apenas tenía territorio, y no
es hoy más que una banda de esclavos ignorantes, cien veces
menos numerosa que la de los judíos y ha perdido hasta su
nombre fue, sin embargo, superior al imperio romano por su
antigua reputación, que triunfó de los siglos y de la
esclavitud.
Europa conoció otra república, diez veces más pequeña aún
que Atenas, la de Ginebra, que atrajo durante cincuenta años
sus miradas y supo colocar su nombre al lado del de Roma, en
la época en que ésta dictaba leyes a los monarcas, sentenciaba
a Enrique, soberano de Francia, y absolvía y castigaba a otro
Enrique, que fue el primer hombre de su siglo: en la época
misma que Venecia conservaba su antiguo esplendor y la nueva
república de las siete Provincias Unidas asombra a Europa ya
'las Indias con su instalación y su comercio.
No pudo aplastar el hormigueo imperceptible de la república
ginebrina el demonio del Mediodía, Felipe II, el dominador de
dos mundos; ni pudieron tampoco aplastar las intrigas del
Vaticano, que hacían mover los resortes de media Europa. Esa
república se mantuvo fuerte, defendiéndose con sus escritos y
sus armas; y con la ayuda de Picard, que escribía, y de un
pequeño número de suizos que peleaba, consiguió afirmarse y
triunfar, pudiendo decir: Roma y yo.
En aquellos momentos se trataba cómo había de pensar Europa
en cuestiones que nadie comprendía, y empezó la guerra del
espíritu humano, que dio a luz a Calvino, Beze y Turretin,
para sustituir a Demóstenes, Platón y Aristóteles; y cuando al
fin se reconoció que eran absurdas la mayoría de las
cuestiones de controversia que llamaban la atención de Europa,
esa pequeña república se ocupó con asiduidad en algo más
sólido, en adquirir riquezas. Esos republicanos llegaron a ser
ricos, pero ya no fueron nada más.
Los españoles encontraron en América la república de
Tlaxcala bastante bien establecida. Todo lo que no fue
subyugado en aquella parte del mundo es todavía republicano.
Cuando se descubrió aquel continente, sólo había en él dos
monarquías; y esto podría muy bien probar que el gobierno
republicano es el más natural. Preciso es haber llegado al
refinamiento y haber pasado por muchas pruebas para Someterse
al gobierno de uno solo.
En África, los hotentotes, los cafres y otras muchas
colonias de negros viven en la democracia; y se asegura que
los países que venden mayor número de negros están gobernados
por reyes. Trípoli, Túnez y Argel son repúblicas de soldados y
de piratas. Semejantes a ellas las hay en la India: los
maratas y otras hordas salvajes no tienen reyes, eligen jefes
cuando van a entrar en guerra. Así son todavía algunos pueblos
de Tartaria. El mismo imperio turco fue mucho tiempo una
república de jenízaros, que Con frecuencia estrangulaban a su
sultán cuando éste no los diezmaba para extinguirlos.
Todos los días se cuestiona si el gobierno republicano es
preferible al gobierno monárquico, y la cuestión termina
siempre conviniendo en que es muy difícil gobernar a los
hombres. A los judíos, que tuvieron por Señor al mismo Dios,
ya sabemos lo que les sucedió. Casi siempre fueron vencidos y
esclavos, y aún hoy no desempeñan airoso papel.
FIN
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