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CLERO. Quizá quede algo que decir sobre el clero, después
de lo mucho que se ha dicho en el Diccionario de Ducanje y en
el de la Enciclopedia. Por ejemplo, podemos notar que en los
siglos X y XI se introdujo la costumbre, que tuvo fuerza de
ley en Francia, Alemania e Inglaterra, de perdonar de la horca
a los criminales que sabían leer . ¡Tan útil creyeron que era
para el Estado tener erudición! Guillermo el Bastardo,
conquistador de Inglaterra, introdujo en esa nación tal
costumbre, que se llamó beneficio de clerecía. Dijimos en la
Historia del Parlamento que viejos usos, perdidos en todas
partes, se vuelven a encontrar en Inglaterra, como, por
ejemplo, se encontraron en la isla de Samotracia los antiguos
misterios de Orfeo. Aun en la actualidad el beneficio de
clerecía subsiste en la nación inglesa con toda su fuerza en
los casos de cometer una muerte sin deseo de causarla, y de
robar por primera vez, con tal que el hurto no exceda de
quinientas libras esterlinas. No se puede negar el beneficio
de clerecía al criminal que sabiendo leer lo pierde. El juez,
que las antiguas leyes consideraban que tampoco sabía leer, se
vale todavía del capellán de la cárcel para que presente un
libro al acusado. En seguida pregunta al capellán: «¿Legit?»
«¿Sabes leer?» Si el capellán le contesta: «Legit ut clericus».
«Lee como un clérigo», el juez se satisface con marcar la
palma de la mano del criminal con un hierro candente, pero se
tiene cuidado de cubrirlo con grasa endurecida. El hierro
humea y lanza un silbido sin hacer daño al paciente, que es
considerado como clérigo.
Del celibato de los clérigos. Hablemos de los primeros
siglos de la Iglesia, en los que se permitió el matrimonio a
los clérigos, y digamos en qué época se les prohibió.
Está probado que los clérigos, en vez de ser empujados al
celibato por la religión judía, eran inducidos por ésta a con
traer matrimonio, no sólo por seguir el ejemplo que les dieron
los patriarcas, sino también porque era vergonzoso no tener
posteridad. A pesar de esto, en los tiempos que precedieron a
las últimas desgracias de los judíos pululaban en dicha nación
las sectas de los rigoristas, esenios, terapeutas y herodinos;
y en algunas de éstas, como la de los esenios y los
terapeutas, los más devotos no se casaban. Guardaban
continencia, queriendo imitar la castidad de las vestales, que
instituyó Numa Pompilio; el ejemplo de la hija de Pitágoras,
que fundó un convento de sacerdotisas de Diana; el de la
pitonisa de Delfos, y la castidad más antigua de Casandra y de
Criseida, sacerdotisas de Apolo.
Los sacerdotes de la diosa Cibeles no sólo hacían voto de
castidad, sino que se castraban, por miedo a violar el voto.
Plutarco dice que había congregaciones de sacerdotes en Egipto
que renunciaban al matrimonio.
Los primitivos cristianos, aunque observaban una vida tan
pura como los esenios y los terapeutas, no consideraron el
celibato como una virtud. Ya vimos en otra parte que casi
todos los apóstoles y sus discípulos fueron casados. San
Pablo, en su Epístola dirigida a Tito, dice: «Elegid por
sacerdote al que sólo tenga una mujer e hijos fieles y que no
sean acusados de lujuria". Lo mismo dice a Timoteo: «El
sacerdote vigilante debe ser marido de una sola mujer". San
Pablo da tanta importancia al matrimonio, que en la misma
Epístola, dirigida a Timoteo, dice: «Si la mujer prevarica, se
salvará teniendo hijos".
Lo que sucedió en el famoso Concilio de Nicea respecto a
los sacerdotes casados merece fijar nuestra atención. Algunos
obispos, apoyándose en Sazomenes y en Sócrates, propusieron la
aprobación de una ley que prohibiera a los obispos y
sacerdotes tocar a sus mujeres desde allí en adelante; pero
San Pafuncio, mártir, obispo de Tebas en Egipto, se opuso con
todas sus fuerzas a que se aprobara semejante ley, diciendo
«que es castidad acostarse con su mujer,,; y su opinión dominó
en el Concilio. Así lo refieren Suidas, Gelasio, Cyziceno,
Casiodoro y Nicéforo Calixto.
Dicho Concilio únicamente prohibió a los eclesiásticos
tener en sus casas agapetas (1), y otras mujeres. Sólo podían
tener sus esposas, madres, hermanas, tías y ancianas que no
fueran sospechosas.
Desde esa época la Iglesia recomendó el celibato, pero no
mandó que se observara. San Jerónimo, que se consagró a la
soledad, fue entre todos los padres el que hizo el mayor
elogio del celibato de los sacerdotes, y sin embargo siguió
luego el partido de Carterius, obispo de España, que se casó
dos veces: «Si me empeñara en nombrar -dice- a todos los
obispos que contrajeron segundas nupcias, contaría muchos más
que obispos asistieron al Concilio de Rímini».
Son innumerables los clérigos casados que vivieron con sus
mujeres. Sidonio, obispo de Clermont en la Auvemia, en el
siglo V, se casó con Papianilla, hija del emperador Avilas
Simplicius, obispo de Bourges, tuvo dos hijos de su mujer,
Palladia. San Gregorio Nacianceno fue hijo de otro Gregorio,
obispo de Naciancena y de Nonna. Este tuvo tres hijos:
Cesarius, Gorgonia y el santo citado.
En la recopilación de los antiguos cánones está inserta una
lista muy larga de obispos que fueron hijos de sacerdotes. El
Papa Ozius era hijo del subdiácono Esteban, y el Papa
Bonifacio I, hijo del sacerdote Jocondo. El Papa Félix III era
hijo del sacerdote Félix, y llegó a ser uno de los abuelos de
Gregorio el Grande. El sacerdote Proyectus fue padre de Juan
II. El Papa Silvestre era hijo del Papa Hormidas. Teodoro I
nació del matrimonio de Teodoro, patriarca de Jerusalén, lo
que hizo reconciliar a las dos iglesias.
Después de algunos concilios celebrados inútilmente para
que los clérigos adoptasen el celibato, el Papa Gregorio VIl
excomulgó a todos los sacerdotes casados, ya porque tuviese la
Iglesia disciplina más rigurosa, ya por ligar con más fuerza a
Roma los obispos y los sacerdotes de otros países, para que de
este modo no tuvieran más familia que la de la Iglesia. Esa
ley no se estableció sin provocar grandes oposiciones.
Es notable que habiendo depuesto, al menos de palabra, al
Papa Eugenio IV el Concilio de Bale y elegido Papa a Amadeo de
Saboya, se opusieron muchos obispos porque ese príncipe había
sido casado. Pero Eneas Silvius, que después fue Papa y se
llamó Pío II, sostuvo que era válida la elección de Amadeo de
Saboya, afirmando «que no sólo el que haya sido casado, sino
el que lo sea actualmente, puede ser elegido Papa». Obrando de
ese modo, Pío II era consecuente.
Leed en la colección de sus obras las cartas que dirigió a
su querida y os convenceréis de que está persuadido que es una
demencia querer engañar a la naturaleza, añadiendo que debemos
guiarla, pero no destruirla.
De todos modos, desde el Concilio de Trento ya no pudo
haber disputas sobre el celibato de los clérigos en la Iglesia
católica romana. Esta decisión hizo separar de la Iglesia de
Roma a todas las comuniones protestantes.
En la Iglesia griega, que hoy se extiende desde las
fronteras de la China hasta el cabo de Matapán, los sacerdotes
se casan una vez. En todas partes varían los usos y cambia la
disciplina según los tiempos y lugares.
FIN
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