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CIELO MATERIAL. Las leyes de la óptica, fundadas en la
naturaleza de las cosas, disponen que desde nuestro pequeño
globo veamos siempre como una bóveda rebajada, aunque no
exista más bóveda que nuestra atmósfera, que no está rebajada;
que veamos siempre rodar los astros por esa bóveda, y como en
un mismo círculo, aunque no existan más que cinco planetas
principales, diez lunas y un anillo que caminan como nosotros
por el espacio; que nuestro sol y nuestra luna nos parezcan
siempre un tercio mayores en el horizonte que en el cenit,
aunque estén más cerca del observador en el cenit que en el
horizonte.
Así es como vemos el cielo material. Por estas reglas
invariables de la óptica vemos los planetas tan pronto
retrógrados, tan pronto estacionarios, y no son ni una cosa ni
otra. Si estuviéramos en el Sol, veríamos todos los planetas y
los cometas girar con regularidad a su alrededor en las
elipses que Dios les asigna; pero estamos en el planeta que se
llama Tierra, esto es, en un rincón desde el que no podemos
gozar de todos los espectáculos. No acusemos, pues, con
Malebranche de error a nuestros sentidos, porque las leyes
constantes de la naturaleza, emanadas de la voluntad inmutable
del Todopoderoso y proporcionadas a la constitución de
nuestros órganos, no pueden ser errores.
Sólo podemos ver la apariencia de las cosas, pero no su
realidad. Lo mismo nos engañamos cuando el Sol, ese astro que
es un millón de veces más grande que la Tierra, nos parece
liso y de dos pies de anchura, que cuando en un espejo convexo
vemos un hombre en la dimensión de algunas pulgadas.
Si los magos caldeos fueron los primeros que se aprovecha-
ron de la inteligencia que Dios les concedió para medir y
colocar en su sitio los globos celestes, otros pueblos más
groseros no les imitaron. Esos pueblos, infantiles y salvajes,
supusieron que la Tierra era llana, que estaba sostenida en el
aire, no sé cómo, quizá por su propio peso; de que el Sol, la
Luna y las estrellas caminaban continuamente por un arco de
bóveda sólido que llamaron firmamento; que ese arco conducía
las aguas, y teniendo puertas de espacio en espacio, las aguas
salían por ellas para humedecer la Tierra. Pero ¿cómo
reaparecían el Sol, la Luna y los demás astros después de
haberse puesto? No lo sabían. El cielo tocaba con la tierra
llana; no había, pues, medio de que el Sol, la Luna y las
estrellas girasen por debajo de la Tierra y fuesen a aparecer
en el Oriente después de haberse puesto en el Occidente.
Verdad es que esos ignorantes tenían razón por casualidad, no
concibiendo que el Sol y las estrellas fijas girasen alrededor
de la Tierra; pero estaban muy lejos de sospechar que el Sol
estuviera inmóvil, y que la Tierra, con su satélite, girara
alrededor de él con los demás planetas. Había más distancia
desde sus fábulas hasta el verdadero sistema del mundo, que la
que hay desde las tinieblas a la luz.
Creían que el Sol y las estrellas volvían por caminos
desconocidos, después de haber descansado de su carrera, en el
mar Mediterráneo, sin saber precisamente en qué sitio. No
conocían otra astronomía hasta el tiempo de Hornero, que es
más reciente, pues los caldeos guardaban en secreto su ciencia
con la idea de que el pueblo los respetara. Hornero dice más
de una vez que el Sol se sumerge en el Océano, donde repara
sus fuerzas con la frescura de las aguas durante la noche, y
pasada ésta se dirige al sitio por donde ha de salir siguiendo
caminos que desconocen los mortales.
Como entonces la mayor parte de los pueblos de la Siria y
los griegos conocían algo el Asia y una pequeña parte de
Europa, pero no tenían noción alguna de los países que están
al norte del Ponto-Euxino y al mediodía del Nilo, se figuraron
que la Tierra era un tercio más larga que ancha, y que por
consecuencia el cielo, que estaba tocando con la Tierra y la
abarcaba, era también más largo que ancho. De esto provinieron
los grados de longitud y de latitud cuyos nombres conservamos,
aunque han sufrido reforma dichos grados.
El libro de Job, que compuso un antiguo árabe, el cual
tenía algún conocimiento de astronomía, puesto que se ocupa de
las constelaciones, se expresa, sin embargo, de este modo:
«¿Dónde estabais cuando yo abrí los cimientos de la Tierra?
¿Quién tomó de ellos las dimensiones y sobre qué base? ¿Quién
puso la piedra angular?» El estudiante menos aprovechado le
hubiera contestado hoy. La Tierra no tiene piedra angular, ni
base, ni cimientos; y respecto a sus dimensiones, las
conocemos perfectamente, porque desde Magallanes hasta
Bougainville varios navegantes han dado la vuelta al mundo. El
mismo estudiante le taparía la boca al declamador Lactancio ya
todos los que antes y después de él han dicho que la Tierra
está fundada en el agua y que el cielo no puede estar debajo
de la Tierra, y que, por lo tanto, es ridículo e impío suponer
que existan los antípodas.
Es curioso leer el desdén y la compasión que inspiran a
Lactancio los filósofos que, desde hace cuatrocientos años,
empezaron a conocer la carrera aparente del Sol y de los
planetas, la redondez de la Tierra, la diafanidad de los
cielos, cuyo espacio recorren los planetas dentro de sus
órbitas, etcétera, lo que hace exclamar a dicho escritor: «Es
incomprensible por qué gradación los filósofos han llegado al
extremo de la locura de creer que la Tierra era una bola y de
rodear a ésta de cielo». El mismo estudiante replicaría a los
doctores que se expresan de ese modo, dándoles la siguiente
lección: «Sabed que no existen cielos sólidos colocados unos
sobre otros, como habéis supuesto; que no existen círculos
reales en los que los astros giren dentro de un supuesto
disco; sabed que el Sol ocupa el centro del mundo planetario,
que la Tierra y los demás planetas giran a su alrededor en el
espacio, y no trazando círculos, sino elipses. Sabed que no
hay arriba ni abajo, porque los planetas y los cometas tienden
todos hacia el Sol, que es su centro, y el Sol tiende hacia
ellos por la ley de la gravitación eterna».
Lactancio y los demás charlatanes que han opinado como él
se quedarían asombrados si vieran cómo es en realidad el
sistema del mundo.
FIN
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