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CIELO DE LOS ANTIGUOS. Si el gusano de seda diera el nombre
de cielo a la pelusilla que forma su capullo, razonaría igual
que razonaron los antiguos, dando a la atmósfera el nombre de
cielo, que es, como dice Fontenelle, la seda de nuestro
capullo. Creyeron los antiguos que los vapores que exhalan los
mares y la tierra y que forman las nubes, los meteoros y los
truenos eran la morada de los dioses. Los dioses descienden
siempre de nubes de oro en las obras de Romero; y por eso
todavía hoy los pintores los representan sentados en una nube.
Podían sentarse sobre el agua; pero era justo que el primero
de los dioses, Júpiter, estuviera sentado con más comodidad
que los otros, y le concedieron un águila por cabalgadura,
porque el águila vuela más alto que las demás aves.
Los primitivos griegos, al ver que los señores de las
ciudades vivían en ciudadelas, en la cumbre de las montañas,
juzgaron que los dioses debían ocupar también alguna ciudadela
y le colocaron en la Tesalia, en lo alto del monte Olimpo,
cuya cima es tan alta que muchas veces la cubren las nubes, de
modo que desde el palacio de los dioses se podía pasar
fácilmente al cielo. .
Las estrellas y planetas, que parece que estén asidos a la
bóveda azul de nuestra atmósfera, se convirtieron en morada de
los dioses; siete de éstos tuvieron para vivir cada uno su
planeta, y los otros se alojaron donde pudieron. Los dioses
celebraban consejo general en una espaciosa sala, a la que
iban por la Vía Láctea, puesto que los dioses necesitaban
tener una sala en el aire, ya que los hombres tenían casas de
reunión en la tierra.
Cuando los titanes, una especie intermedia de animales
entre los hombres y los dioses, declararon a éstos una guerra
casi justa reclamando parte de la herencia paterna, puesto que
eran hijos del cielo y de la tierra, pusieron dos o tres
montañas, una sobre otra, creyendo que eso bastaba para
escalar el cielo y la ciudadela del Olimpo. Sin embargo,
median seiscientos millones de leguas desde la tierra a esos
astros, lo que no es un obstáculo para que Virgilio diga:
Sub pelibusque videl nubes el sidera Daphnis. «Dafne ve
bajo sus pies los astros y las nubes». ¿Dónde estaba, pues,
Dafne?
En el teatro y en otras partes más serias se hace descender
a los dioses entre nubes y truenos; o lo que es lo mismo,
pasean a Dios en los vapores de nuestro globo. Tales ideas son
tan proporcionadas a nuestra debilidad, que nos parecen
grandes.
Esa física de niños y viejas arranca de la más remota
antigüedad. Créese, sin embargo, que los caldeos tenían ideas
casi tan exactas como nosotros de lo que se llama cielo.
Colocaban al Sol en el centro del mundo planetario, casi a la
distancia que hemos reconocido que existe de nuestro globo, y
hacían girar a la Tierra y algunos planetas alrededor de ese
astro. Esto es lo que nos dice Aristarco de Samos; y es, con
escasa diferencia, el sistema del mundo que Copérnico
perfeccionó después. Pero los filósofos se guardan el secreto
para ellos, con la idea de ser más respeta- dos por los reyes
y el pueblo, o quizá para no ser perseguidos.
El lenguaje del error es tan familiar para los hombres que
todavía llamamos a los vapores y al espacio de la Tierra a la
Luna, cielo. Decimos subir al cielo, como decimos que el Sol
gira, aunque sabemos que éste está fijo y no se mueve.
Probablemente la Tierra será cielo para los habitantes de la
Luna, y cada planeta colocará su cielo en el planeta más
próximo.
Si hubieran preguntado a Hornero en qué cielo estaba el
alma de Sarpedón y dónde estaba la de Hércules, Hornero no
habría sabido qué contestar, y hubiera salido del paso
escribiendo versos armoniosos. ¿Qué seguridad podían tener de
que el alma de Hércules se hubiera encontrado mejor en Venus,
en Saturno, que en nuestro globo? ¿Se encontraría acaso en el
Sol? No parece que debía estar en ese horno. ¿Qué entendían,
en fin, por cielo los antiguos? No lo sabían. Decían siempre
el cielo y la tierra, como si dijeran el infinito y un átomo.
Rigurosamente hablando, no existe el cielo; existe una
cantidad prodigiosa de globos que rueda en el espacio, y
nuestro globo rueda como los demás.
Los antiguos creyeron que ir a los cielos era ascender;
pero no se asciende de un globo a otro, porque los globos
celestes unas veces están encima y otras debajo de nuestro
horizonte. Por ejemplo, supongamos que Venus, habiendo venido
de Pafos, regresara a su planeta cuando este planeta se
hubiera puesto. La diosa Venus no ascendería, pues, con
relación a nuestro horizonte, sino que descendería; en este
caso debíamos decir descendió al cielo. Pero los antiguos no
estaban tan civilizados, sólo tenían nociones vagas,
inciertas, contradictorias sobre todo lo que se relaciona con
la física. Se han escrito inmensos volúmenes para saber lo que
pensaban sobre cuestiones de esta clase, y dos palabras
hubieran bastado para decir que no pensaban sobre ellas. De
esa regla general debe exceptuarse un corto número de sabios,
que llegaron tarde, que explicaron sus pensamientos, y cuando
se atrevieron a explicarlos, los charlatanes del mundo los
enviaron al cielo por el camino más corto.
Un escritor que se llamaba Pluche pretende probar que
Moisés era un gran físico; otro antes que él, llamado Juan
Amerpoel, quiere conciliar a Moisés con Descartes, asegurando
que Moisés fue el inventor de los torbellinos y de la materia
sutil, pero lo asegura inútilmente, porque todos sabemos que
Dios hizo de Moisés un legislador y un profeta, pero no
pretendió que fuera un profesor de física. Dictó a los judíos
sus deberes, pero no les enseñó una palabra de filosofía.
Calmet, que ha compilado mucho, pero que no razona nunca, se
ocupa del sistema de los hebreos; pero ese pueblo grosero
estaba muy lejos de tener un sistema, ni siquiera tuvo escuela
de geometría; hasta desconocía ese nombre. Su única ciencia
consistía en ser corredor de cambios y usurero.
En sus libros se encuentran algunas ideas oscuras,
incoherentes y dignas de un pueblo bárbaro, respecto a la
estructura del cielo. Su primer cielo era el aire, el segundo
el firmamento, en el que están prendidas las estrellas. Ese
firmamento era sólido y de hielo y contenía las aguas
superiores, que se escaparon de su recipiente por puertas, por
esclusas y por cataratas en la época del diluvio.
Encima de dicho firmamento o de las citadas aguas
superiores existía el tercer cielo, que llamaban empíreo,
adonde fue arrebatado San Pablo. Ese firmamento era una
especie de semibóveda que abarcaba la Tierra. El Sol no podía
dar la vuelta a un globo que ellos no conocieron. En cuanto
llegaba al Occidente, se volvía al Oriente por un camino
desconocido, y no se le veía volver, porque, como dice el
barón de Toeneste, volvía de noche.
Estas ideas las habían adquirido los hebreos de otras
naciones. La mayoría de ellas, exceptuando la escuela de los
caldeos, creían que el cielo era sólido, que la Tierra, fija e
inmóvil, era más larga desde Oriente hasta Occidente que desde
el Mediodía al Norte; y de esto provienen las palabras
longitud y latitud que hemos adoptado. Profesando esas ideas
era imposible que existieran los antípodas. Por eso San
Agustín dice que es un absurdo creer que existan; y Lactancio
dice terminantemente que hay gentes bastante locas que creen
que existan hombres cuya cabeza esté más baja que sus pies. En
el libro III de sus Instituciones añade: «Puedo probaros con
muchos argumentos que es imposible que el cielo rodee a la
Tierra». San Crisóstomo afirma que yerran los que creen que
los cielos son movibles y que tienen forma circular .
Inútilmente, el autor del Espectáculo de la Naturaleza
quiere dar la patente de filósofo a Lactancio ya Crisóstomo,
porque cualquiera podrá contestarle que los dos fueron santos,
pero que no es preciso para ser santos ser buenos astrónomos.
FIN
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