|
AMOR SOCRÁTICO. Si el amor que se llama socrático y
platónico fuera un sentimiento honesto, lo aplaudiríamos; pero
como fue relajación, debe sonrojarnos Grecia porque no lo
prohibió.
¿Cómo es posible que sea natural un vicio que destruiría al
género humano si hubiera sido general y que constituye un
atentado infame contra la naturaleza? Parece que debía ser el
último escalón de la corrupción reflexiva, y sin embargo lo
sienten ordinariamente los que aún no han tenido tiempo para
corromperse. Penetró en seres jóvenes antes de que conocieran
la ambición, el fraude y la sed de riqueza. La juventud, ciega
por un instinto no definido, se precipita en esos desórdenes
al salir de la infancia, lo mismo que se precipita en el
onanismo.
La inclinación que uno a otro se tienen los dos sexos, se
declara casi en la pubertad. Pero dígase lo que se quiera de
las africanas y de las mujeres del Asia meridional, esa
inclinación es generalmente mucho más fuerte en el hombre que
en la mujer; es una ley que la naturaleza infundió en todos
los animales; y siempre el macho ataca a la hembra.
Los jóvenes machos de nuestra especie, cuando se educan
juntos, sintiendo esa clase de fuerza que la naturaleza
empieza a desarrollar en ellos, y no encontrando el objeto
natural al que debe atraerlos su instinto, se arrojan sobre un
objeto parecido, con frecuencia algún mancebo. En la frescura
de la tez, en el brillo de sus colores y en la dulzura de sus
miradas se parece el mancebo durante dos o tres años a una
hermosa jovenzuela. Si el joven le ama, es porque la
naturaleza se equivoca. Rinde homenaje al sexo femenino,
creyendo verlo en el que posee la belleza de éste; pero cuando
la edad desvanece el parecido, el engaño cesa. Sabido es que
esa equivocación de la naturaleza es mucho más común en los
climas ardientes que en los helados, porque en aquellos la
sangre está más encendida y las ocasiones se encuentran con
más frecuencia. De modo que lo que es debilidad en el joven
Alcibíades, es una abominación que da asco en un marinero
alemán y en un cantinero ruso.
No puedo tolerar a los que quieren hacernos creer que los
griegos autorizaron esta licencia. Para probarlo se cita al
legislador Solón, porque dijo lo que en dos versos malos
tradujo al francés Aymot:
Tu chériras un beau garfon,
Tant qu'il n'aura barbe au mentan.
¿Pero creéis de buena fe que Solón era legislador cuando
pronunció las anteriores palabras? Entonces era un joven
disoluto, y cuando más tarde llegó a ser sabio, no puso
semejante infamia en ninguna de las leyes de su república.
También se ha abusado del texto de Plutarco, que entre las
charlatanerías del Diálogo de amor hace que uno de los
interlocutores diga que las mujeres no merecen el verdadero
amor; y otro interlocutor es partidario de las mujeres y las
defiende, pues también en ese diálogo han tomado la objeción
como máxima decisiva. Es seguro que el amor socrático no fue
un amor infame: la palabra amor hizo incurrir en esa
equivocación. Los que entonces se llamaban amantes de un
hombre joven eran precisamente lo que son entre nosotros los
gentiles hombres que sirven a los príncipes, que participan de
sus mismos trabajos militares. Institución guerrera y santa,
de la que se abusó, como se ha abusado de las fiestas
nocturnas y de las orgías.
La institución de los amantes que creó Lacus, era una
especie de ejército invencible de guerreros jóvenes, que se
comprometían por medio de juramento a perder la vida ,unos por
otros: no hubo nunca institución tan hermosa en la disciplina
antigua.
Inútilmente Sextus Empiricus y otros dicen que las leyes de
Persia recomendaban semejante vicio; que citen el texto de la
ley, que nos presenten el código de los persas, que si en él
se encontrara esa abominación, tampoco yo la creería; diría
que no es verdadera, por la poderosa razón de que no es
posible. No, no es posible que la naturaleza humana promulgue
una ley que contradiga y ultraje a su propia naturaleza, una
ley que destruiría al género humano si se cumpliera al pie de
la letra. Pero ya que no me enseñáis ese código, yo os
enseñaré la antigua ley de los persas, incluida en el Sadder,
que dice en el artículo que lleva el número 9 que no existe en
el mundo mayor pecado. Inútilmente un escritor moderno trató
de justificar a Sextus Empiricus y la sodomía; las leyes de
Zoroastro, que él no conoce, presentan la prueba irrecusable
de que los persas no recomendaron nunca ese vicio. Lo mismo
podían decir que estaba recomendado a los turcos, porque éstos
lo cometen, pero sus leyes lo castigan. Hay comentaristas que
han tomado costumbres vergonzosas y toleradas por verdaderas
leyes del país.
Sextus Empiricus, que dudaba de todo, podía muy bien haber
dudado de semejante jurisprudencia. Si hubiera vivido en
nuestros días, y hubiera sabido que dos o tres jesuitas habían
abusado de sus discípulos, ¿se hubiera creído con derecho para
sentar que les permitían esta infamia las Constituciones de
Ignacio de Loyola? Séame permitido hablar en este artículo del
amor socrático que se apoderó del reverendo padre Policarpo,
carmelita calzado de la pequeña ciudad de Gex, que el año 1771
enseñaba religión y latín a una docena de jóvenes casi niños.
Era al mismo tiempo su confesor y su maestro, y luego ejerció
con ellos voluntariamente otro empleo, dedicando todo su
tiempo a ocupaciones espirituales y corporales. Cuando se
descubrió todo, huyó a Suiza, país que está muy lejos de
Grecia. Esas diversiones son bastante comunes entre
preceptores y discípulos. Los frailes, encarga- dos de educar
a la juventud, siempre fueron aficionados a la sodomía, que es
la consecuencia necesaria del celibato a que se ven
condenados.
Los señores turcos y persas, según tenemos entendido,
nombran eunucos para que eduquen a sus hijos. ¡Extraña
alternativa para un maestro: ser castrado o sodomita!
Amarse los hombres unos a otros llegó a ser tan común en
Roma, que no se atrevieron a castigar esa infamia, porque la
cometía casi todo el mundo. Octavio Augusto, asesino relajado
y cobarde que se atrevió a desterrar a Ovidio, encontraba bien
que Virgilio cantase al mancebo Alexis y que Horacio
escribiera odas en metro menor a Ligurinus. Horacio, que
elogiaba a Augusto por haber reformado las costumbres,
proponía a ése en una de sus sátiras que amara indistintamente
a un muchacho ya una doncella. ¡Y a pesar de esto, la antigua
ley Seantinia, que prohíbe la sodomía, subsistió siempre en
Roma! El emperador Filipo la puso en vigor, y expulsó de Roma a los
jovenzuelos que se dedicaban a tan infame oficio. Si hubo allí
poetas espirituales y licenciosos al mismo tiempo, como
Petronio, también hubo profesores tan virtuosos como
Quintiliano. Para terminar, diré que no creo que ninguna
nación civilizada sea capaz de dictar leyes contrarias a las
buenas costumbres.
FIN
|