|
AMOR PROPIO. Nicole, en sus Ensayos de moral, escritos
después que se habían publicado dos o tres mil volúmenes de la
misma materia, dice que «por medio de ruedas y de patíbulos
establecidos en común, deben reprimirse los pensamientos y los
designios tiránicos del amor propio de cada particular».
No examinaré si se pueden tener patíbulos en común, como se
tienen prados y bosques, ni si con ruedas se pueden reprimir
los pensamientos; pero sí diré que es muy extraño que Nicole
tome por cosa equivalente el robo hecho en camino real y el
asesinato por amor propio. Es preciso distinguir mejor unas
cosas de otras. El que dijera que Nerón hizo asesinar a su
madre por amor propio y que el ladrón Cartouche estaba dotado
de amor propio excesivo, se expresaría incorrectamente. El
amor propio no es una maldad; es un sentimiento natural en
todos los hombres, y está más cerca de la vanidad que del
crimen.
Un pordiosero que se situaba en los alrededores de Madrid
pedía limosna con altivez. Un transeúnte le preguntó: «¿No os
da vergüenza ser un vago, pudiendo, como podéis, trabajar?».
«Señor, le respondió el mendigo, os pido dinero y no
consejos»; y dicho esto, le volvió la espalda, conservando
toda la dignidad castellana. Era un mendigo más orgulloso que
el señor, cuya vanidad se ofendió sin motivo. Pedía limosna
por amor a sí mismo, y no consentía que le reprimiera otro
amor propio.
Un misionero que viajaba por la India se encontró con un
faquir que estaba cargado de cadenas, desnudo como un mono,
acostado boca abajo, recibiendo latigazos por los pecados que
cometieron sus compatriotas los hindúes, y a cambio de éstos
le daban algunos ochavos. «¡Qué manera de renunciar a su amor
propio!»; exclamó uno de los espectadores. «No renuncio a mi
amor propio -replicó el faquir-; sabed que si me dejo azotar
en este mundo es para devolveros los azotes en el otro, cuando
vosotros seáis caballos y yo jinete.»
Los que creen que el amor propio es la base de los
sentimientos y de las acciones de los hombres, tienen razón en
España, en la India y en todo el mundo habitable. Y así como
nadie escribe para probar que tiene rostro, tampoco se
necesita escribir para probar que se tiene amor propio,
instrumento de la propia conservación, y semejante al
instrumento de la perpetuidad de la especie. Como éste nos es
necesario, nos es querido, nos causa placer y por esto lo
ocultamos.
FIN
|