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DICCIONARIO FIOSÓFICO

VOLTAIRE

 

 

A

 

ABAD (abate, sacerdote). ¿A dónde vais, señor abad?, etc. ¿Sabéis que abad significa padre? Si llegáis a serlo, rendiréis un servicio al Estado, haréis sin duda la mejor obra que puede hacer un hombre, y daréis vida a un ser pensante. Hay en esta acción algo de divino.

 

Pero si sólo sois abad por haber sido tonsurado, por vestir hábito y por lograr un beneficio, no merecéis el nombre de abad.

 

Los antiguos monjes dieron el nombre de abad al superior que ellos elegían. Era su padre espiritual. ¡De qué manera el tiempo ha cambiado el significado de este nombre! El abad espiritual era un pobre a la cabeza de otros pobres. Pero los pobres padres espirituales tuvieron luego doscientas, cuatrocientas libras de renta, y en Alemania algunos pobres padres espirituales tienen hoy un regimiento de guardias.

 

¡Un pobre que ha hecho voto de pobreza y que, en consecuencia, es como un soberano! Y aunque esto ya se ha dicho, hay que repetirlo sin cesar porque no se puede tolerar más. Las leyes rechazan este abuso, la religión se indigna de ello y los pobres desnudos y famélicos claman al cielo ante la puerta del señor abad.

 

Sin embargo, los señores abades de Italia, de Alemania, de Flandes y de Borgoña me objetarán: «¿Por qué no hemos de acumular bienes y honores?, ¿por qué no debemos ser príncipes? ¿No lo son acaso los obispos? Al igual que nosotros, ellos eran en principio pobres, pero se han enriquecido y elevado. Uno de ellos ha llegado a ser superior a los reyes, dejadnos imitarle tanto como podamos».

 

Tenéis razón, señores, invadid la Tierra, ésta pertenece al fuerte o al astuto que se adueña de ella; os habéis aprovechado de tiempos de ignorancia, superstición y demencia, para despojarnos de nuestros bienes y pisotearnos, para engordar con la sustancia de los desvalidos: ¡ay, cuando llegue el día de la razón!

 

ABEJAS. La especie de las abejas es superior a la raza humana en cuanto extrae de su cuerpo una sustancia útil, mientras que todas nuestras secreciones son despreciables y no hay una sola que no haga desagradable al género humano.

 

Me admira que los enjambres que escapan de la colmena sean más pacíficos que los chiquillos al salir del colegio, pues en esas circunstancias las jóvenes abejas no pican a nadie, o lo hacen raras veces y en casos excepcionales. Se dejan atrapar y con la mano se les puede llevar a una colmena preparada para ello. Pero cuando en su nueva morada conocen sus verdaderos intereses, se tornan semejantes a nosotros y nos declaran la guerra. En cierta ocasión presencié cómo iban pacíficamente, durante seis meses, las abejas a libar el néctar en un prado cercano cuajado de flores. Pero en cuanto comenzaron a segar el prado, salieron furiosas de la colmena y acometiendo a los segadores que querían privarlas de su alimento les obligaron a huir.

 

No sé quién fue el primero que dijo que las abejas se regían por un sistema monárquico. Indudablemente, esta idea no la emitió ningún republicano. Tampoco sé quién descubrió que se trataba de una reina en vez de un rey, y supuso que dicha reina era una Mesalina que disponía de un serrallo fabuloso y se pasaba la vida ayuntándose y procreando, poniendo y cobijando unos cuarenta mil huevos cada año. Y en las suposiciones se ha ido más allá. Se ha pretendido que pone huevos de tres especies diferentes: de reinas, de esclavos, que se llaman zánganos, y de sirvientas, que se llaman obreras. Pero esta suposición no concuerda con las leyes ordinarias de la Naturaleza.

 

Un eminente sabio, sagaz observador de la naturaleza, inventó hace unos años la incubadora de pollos, que conocieron ya los egipcios cuatro mil años atrás, sin importarle un ardid la enorme diferencia que media entre nuestro clima y el de Egipto. Y también este sabio (1) afirma que la reina de las abejas es la madre de esas tres especies de ellas.

 

(1) Reaumur: Tratado de las singularidades de la Naturaleza.

 

Ciertos naturalistas tuvieron por buenas esas teorías, hasta que apareció un hombre que, dueño de seiscientas colmenas, creyó conocer mejor esta materia que los que sin poseer ninguna han escrito volúmenes enteros sobre esta república industriosa, tan desconocida como la de las hormigas. Ese hombre se llama Simón. Sin ínfulas de literato, escribe llanamente, pero consigue recoger miel y cera. Es buen observador y sabe más sobre esta materia que el prior de Jouval y que el autor del Espectáculo de la naturaleza. Estudió la vida de las abejas durante veinte años y afirma que es falso cuanto se ha dicho de ellas, y que los libros escritos sobre esta materia se han burlado de nosotros. Dice que hay efectivamente en cada colmena un rey y una reina que perpetúan el linaje real y dirigen el laboreo de sus súbditos, que ha visto dichos reyes y los ha dibujado. Asegura también que en las colmenas existe la grey de los zánganos y la numerosa familia de las abejas obreras, machos y hembras, y que éstas depositan sus huevos en las celdillas que han construido.

 

¿Cómo sería posible que sólo la reina pudiera poner y cobijar cuarenta mil huevos uno tras otro? El sistema más sencillo de averiguarlo suele ser el más verdadero. Sin embargo, yo he buscado muchas veces al rey y a la reina y nunca he llegado a verlos. Algunos observadores afirman que han visto a la reina rodeada de su corte, y han sacado de su colmena a ella y a su servidumbre, poniéndolas a todas en el brazo. No he verificado este experimento, pero sí he tomado con la mano las abejas de un enjambre que salía de la colmena sin que me picaran. Hay personas tan convencidas de que las abejas no causan daño alguno que se ponen enjambres de ellas en la cara y en el pecho.

 

Virgilio escribió sobre las abejas incurriendo en los errores de su época. Yo más bien me inclinaría a creer que el rey y la reina sólo son dos abejas normales que por casualidad vuelan al frente de las demás, y que cuando todas juntas van a libar el néctar de las flores hay algunas más rápidas que van delante, pero colegir de ello que en las colmenas hay rey, reina y corte, resulta muy dudoso.

 

Muchas especies de animales se agrupan y viven juntos. Se han comparado los corderos y los toros con los reyes, porque entre ellos frecuentemente hay uno que va delante y esta circunstancia ha llamado siempre la atención. El animal que muestra mayor apariencia de ser rey y de poseer su corte es el gallo: llama de continuo a las gallinas y deja caer de su pico el grano para que ellas lo coman, las dirige y las defiende, no tolera que otro aspirante a rey participe con él del dominio de su pequeño estado, y no se aleja nunca de su serrallo. Esta es la auténtica imagen de la monarquía, mejor representada en un gallinero que en una colmena.

 

En el libro de los Proverbios, atribuido a Salomón, se dice «que cuatro cosas hay entre las más pequeñas de la tierra, con más sabiduría que los mismos sabios: las hormigas, pueblo débil que en verano almacena su comida; los conejos, pueblo pacífico que construye su casa en la piedra; las langostas, que no tienen rey y salen todas en cuadrillas, y la araña, que teje con las manos y está en palacios de reyes». Ignoro por qué Salomón se olvidó hablar de las abejas, dotadas de instinto superior al de los conejos, aunque no ponen su casa en la piedra, y de instinto superior al de la araña, cuyo ingenio desconozco. Yo siempre preferiré la abeja a las langostas.

 

ABRAHÁN. No vamos a tratar ahora de la parte divina que se atribuye a Abrahán, porque la Biblia ya dice de esto todo lo que debe decir. Sólo nos vamos a ocupar con el mayor respeto de su aspecto profano, relacionado con la geografía, con el orden de los tiempos y con los usos y las costumbres, cosas todas ellas que por estar íntimamente unidas con la Historia Sagrada son arroyos que deben conservar algo de la divinidad de su origen.

 

Abrahán, aunque nacido en las orillas del Éufrates, es un personaje importante para los occidentales, pero no para los orientales, que, sin embargo, le respetan. Los mahometanos sólo poseen cronología cierta desde su hégira. La historiografía, perdida de forma absoluta en los sitios donde acaecieron los grandes sucesos, llegó al fin a nuestras latitudes donde se desconocían esos hechos. Discutimos, sobre todo, lo que sucedió en el Éufrates, el Jordán y el Nilo, ya que los actuales poseedores de esos ríos disfrutan de esos países tranquilamente sin enzarzarse en controversias y disputas.

 

A pesar de ser la época de Abrahán el comienzo de la nuestra, disentimos respecto a su nacimiento en sesenta años. Porque he aquí lo que consta en la Escritura:

 

«Y vivió Thare setenta años, y engendró a Abrahán, y a Nachor, y a Harán. Y fueron los días de Thare doscientos y cinco años, y murió Thare en Harán» (Génesis, 11, 26‑32).

 

«Empero Jehová había dicho a Abrahán: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre a la tierra que te mostraré; y haré de ti una nación grande» (Génesis, 12, 1‑2).

 

Se ve, pues, claro en el texto que Thare tuvo a Abrahán a los setenta años, y que murió a los doscientos cinco, y que Abrahán al salir inmediatamente de Caldea al morir su padre debía tener justamente ciento treinta y cinco años cuando salió de su país. Esta es también la opinión de san Esteban, manifestada en el discurso que dirigió a los judíos; sin embargo, el Génesis dice que «Abrahán tenía setenta y cinco años» cuando salió de Harán (12, 4).

 

Este es el principal motivo de la disputa sobre la edad de Abrahán pero hay algunos más. ¿Cómo podía tener Abrahán al mismo tiempo ciento treinta y cinco años y setenta y cinco? San Jerónimo y san Agustín dicen que esa dificultad es inexplicable. Pero dom Calmet, aun confesando que ambos padres no pudieron solucionar el problema, cree que lo resuelve diciendo que Abrahán era el hijo menor de los hijos de Thare, pese a que el Génesis dice que era el primogénito. Ya hemos visto que el Génesis dice que nació Abrahán teniendo su padre setenta años, y Calmet le hace nacer cuando aquél contaba ciento treinta. Esta conciliación dio pie a una nueva disputa. En la incertidumbre que nos dejan el texto y el comentario, lo mejor que podemos hacer es adorar al patriarca y no discutir más.

 

No hay ninguna época de tiempos remotos que no haya suscitado multitud de opiniones encontradas. Según Moseri, poseemos setenta sistemas de cronología de la Historia Sagrada pese a que ésta la dictó Dios mismo. A éstas, después de Moseri, se añadieron cinco nuevas formas de conciliar los textos de la Escritura, de modo que ha habido tantas polémicas sobre Abrahán como años se le atribuyen en el texto cuando salió de Harán. Entre esos setenta y cinco sistemas no hay uno solo que nos diga cómo era la ciudad o la localidad de Harán, y dónde estaba situada. ¿Qué hilo es capaz de guiarnos en el laberinto de las controversias entabladas desde el primero al último versículo del Génesis? Ninguno. Debemos, pues, resignarnos, dado que el Espíritu Santo no quiso enseñarnos la cronología, la física y la lógica. Sólo deseó que fuéramos hombres temerosos de Dios y que no pudiendo comprenderle nos sometiéramos a él.

 

También es difícil explicarnos cómo Sara, siendo mujer de Abrahán, fue al mismo tiempo su hermana. Abrahán dijo al rey Abimelech, quien raptó a Sara prendado de su hermosura a la edad de noventa años y estando embarazada de Isaac: «Es verdaderamente mi hermana; es hija de mi padre, pero no de mi madre, y la hice mi esposa» (Génesis, 20, 12).

 

El Antiguo Testamento no nos explica que Sara fuese hermana de su marido. Dom Calmet, cuyo recto criterio y sagacidad son famosos, dice que podía ser su sobrina. Enmaridar con una hermana probablemente no sería cometer un incesto en Caldea, ni puede que tampoco en Persia. Las costumbres cambian con los tiempos y los lugares. Cabe suponer que Abrahán, hijo del idólatra Thare, seguía siendo idólatra cuando desposó a Sara, fuera su hermana o sobrina.

 

Varios padres de la Iglesia disculpan menos a Abrahán por haber dicho a Sara al entrar en Egipto: «Ahora conozco que eres mujer hermosa a la vista, y ocurrirá que cuando te vean los egipcios, dirán: su mujer es, y me matarán a mí, y a ti te guardarán la vida. Ahora, pues, di que eres mi hermana, para que yo haya bien por causa tuya y viva mi alma por amor de ti». Sara sólo tenía entonces sesenta y cinco años, pero teniendo como tuvo veinticinco años después un rey por amante, bien pudo veinticinco años antes inspirar amor al faraón de Egipto. En efecto, el faraón se prendó de ella, como después la raptó Abimelech y la llevó al desierto.

 

Abrahán recibió como regalos del faraón «ovejas y vacas, y asnos y siervos, y criadas y asnas y camellos». Tan considerables regalos prueban que los faraones eran ya entonces reyes poderosos y hacían las cosas en grande. Egipto debió de estar ya muy poblado. Mas para que fuera habitable aquel territorio y se edificaran ciudades, fue preciso que transcurrieran muchos años dedicados a hercúleos trabajos, que se construyeran multitud de canales para recoger las aguas del Nilo que inundaban Egipto todos los años durante cuatro o cinco meses, y que en seguida encenegaban la tierra; fue preciso emplazar esas ciudades veinte pies lo menos por encima de los canales. Para realizar tales obras fue indispensable el transcurso de muchos siglos.

 

Ahora bien, según la Biblia, resulta que sólo habían mediado cuatrocientos años entre el Diluvio y la época del viaje de Abrahán a Egipto. Debió de ser extraordinariamente ingenioso y trabajador infatigable el pueblo egipcio para conseguir en tan poco tiempo inventar artes y ciencias, domeñar el Nilo y cambiar el aspecto del país. Probablemente, estaban ya levantadas muchas de las grandes pirámides, porque poco tiempo después perfeccionaron el arte de embalsamar los cadáveres; sabido es que las pirámides fueron los sepulcros donde moraban los restos mortales de los príncipes tras celebrar augustas ceremonias.

 

La remota antigüedad que se atribuye a las pirámides es tan creíble que trescientos años antes, o sea cien años después del diluvio universal los asiáticos levantaron en las llanuras de Sennaar una torre que debía llegar hasta el cielo. En su exégesis de Isaías, san Jerónimo dice que esa torre tenía ya cuatro mil pasos de altura cuando Dios decidió descender para destruirla.

 

Suponiendo que cada paso comprende dos pies y medio, la torre tendría la altura de diez mil pies; por lo tanto, la torre de Babel era veinte veces más alta que las pirámides de Egipto, la más alta de las cuales mide unos quinientos pies. Prodigiosa sería la cantidad de instrumentos que necesitaron para elevar semejante fábrica, en cuya construcción debían participar todas las artes. Los exégetas afirman que los hombres de aquella época eran incomparablemente más altos, más fuertes y más industriosos que los de ahora. Esto es lo que debemos tener en cuenta al tratar de Abrahán, respecto de las artes y las ciencias.

 

En cuanto a su persona, es verosímil que fuera un personaje importantísimo. Persas y caldeos se disputaron su nacimiento. La antigua religión de los magos se conoce desde tiempo inmemorial por Rish Ibrahim, y hemos convenido en que la palabra Ibrahim significa Abrahán, siendo común entre los asiáticos, que usaban rara vez las vocales, cambiar en la pronunciación la i en a o la a en i. Se ha supuesto asimismo que Abrahán fue el Brahma de los hindúes, cuya nación mantuvo relaciones hasta con los pueblos del Éufrates, que desde tiempo inmemorial comerciaban en la India.

 

Los árabes le tienen como fundador de la Meca. Mahoma le reconoce en el Corán como el más insigne de sus antecesores. Esto dice hablando de él: «Abrahán no era judío ni cristiano; era un musulmán ortodoxo y no pertenecía al número de los que dan compañeros a Dios».

 

La audacia del espíritu humano llegó al extremo de imaginar que los judíos no se dijeron descendientes de Abrahán hasta épocas más posteriores, hasta que lograron afincarse en Palestina. Como eran extranjeros, malquistos y despreciados de los pueblos limítrofes, para que se tuviera mejor opinión de ellos idearon ser descendientes de Abrahán, reverenciado en buena parte de Asia. La fe que debemos a los libros sagrados de los judíos allana todas esas dificultades.

 

Críticos no menos audaces añaden difusas objeciones respecto al comercio inmediato que Abrahán tuvo con Dios, a sus combates y a sus victorias.

 

El Señor se le apareció después de salir de Egipto y le dijo: «Eleva ahora tus ojos y mira desde el lugar donde estás hacia el Aquilón, y al Mediodía, al Oriente y al Occidente, porque toda la tierra que ves la daré a ti y a tu posteridad para siempre» (Génesis, 13, 14‑15). Con lo que el Señor le promete todo el terreno que media desde el Nilo hasta el Éufrates.

 

Estos críticos preguntan cómo Dios pudo prometer el país inmenso que los hebreos nunca poseyeron, y cómo pudo darles para siempre, in sempiternum, la pequeña parte de Palestina de la que hace muchísimos años los expulsaron.

 

El Señor añade a esas promesas que la posteridad de Abrahán será tan numerosa como el polvo de la tierra. «Y haré tu simiente como el polvo de la tierra: que si alguno podrá contar el polvo de la tierra, también tu simiente será contada (Génesis, 13, 16).

 

Insisten en sus objeciones y dicen que en la actualidad apenas existen en la superficie de la tierra cuatrocientos mil judíos, pese a que han considerado siempre el matrimonio como un deber sagrado y a pesar de que siempre ha sido su principal objetivo aumentar la población. A estas objeciones se replica que la Iglesia ha sustituido a la Sinagoga y que la Iglesia constituye la verdadera raza de Abrahán, que de este modo resulta numerosísima. Y aunque es cierto que no posee Palestina, no se excluye que pueda poseerla algún día, como la conquistó en tiempos del papa Urbano II durante la primera cruzada. En una palabra, contemplando con ojos de fe el Antiguo Testamento, todas las promesas se han cumplido... se cumplirán, y la débil raza humana debe reducirse al silencio.

 

Los quisquillosos críticos ponen también en duda la victoria que obtuvo Abrahán en Sodoma. Dicen que es inconcebible que un extranjero, llegado a Sodoma para apacentar sus ganados, derrotara con ciento diez pastores de bueyes y corderos a un rey de Persia, a un rey del Ponto y a otro de Babilonia, y que los persiguiera hasta Damasco, ciudad distante de Sodoma más de cien millas. Semejante victoria no es, sin embargo, imposible; existen dos ejemplos semejantes en aquellos tiempos heroicos testigos de que no ha disminuido la fuerza del brazo de Dios. Gedeón con los trescientos escogidos y el truco de los cántaros, las teas y las bocinas, destruyó un ejército entero, y Sansón, él solo, con una quijada de asno mató mil filisteos. Las historias profanas nos refieren ejemplos parecidos: trescientos espartanos detienen durante un tiempo el ejército de Jerjes en las Termópilas; verdad es que, excepto uno solo que huyó, todos murieron con su rey Leónidas, y que Jerjes cometió la felonía de mandar que le ahorcaran, en vez de erigirle la estatua que merecía. Verdad es también que esos trescientos lacedemonios, apostados en un paraje escarpado, por el que no podían pasar dos hombres a la vez, se hallaban respaldados por un ejército de diez mil griegos distribuidos en puntos fortificados, amén de que contaban con cuatro mil hombres más en las mismas Termópilas, que perecieron después de defenderse largo tiempo. Puede asegurarse que si hubieran ocupado un sitio menos inexpugnable que el que defendían esos trescientos espartanos, hubieran conquistado todavía más gloria luchando a campo abierto contra el ejército persa, que los aniquiló. En el monumento que se erigió después en el campo de batalla, se mencionan esas cuatro mil víctimas, pero sólo ha llegado a la posteridad el recuerdo de los trescientos.

 

Otra acción no menos memorable, aunque no tan conocida, fue la de los trescientos soldados suizos que derrotaron en Morgarten al ejército del archiduque Leopoldo de Austria formado por veinte mil hombres. Aquellos trescientos soldados helvéticos pusieron en fuga a la totalidad de la caballería apedreándola desde lo alto de las rocas y ganando tiempo para que acudieran mil cuatrocientos soldados de Helvecia que remacharon la derrota del ejército enemigo. La batalla de Morgarten es más famosa que la de las Termópilas, porque siempre es más notable vencer que ser vencido. Y basta de digresión, pues si las digresiones agradan a quien las hace, no siempre son del gusto del que las lee, aunque a la generalidad de los lectores les complazca siempre saber la derrota de grandes ejércitos a manos de unos pocos.

 

Decíamos que Abrahán fue uno de los hombres célebres en Asia Menor y Arabia, como Tesant lo fue en Egipto, el primer Zoroastro en Persia, Hércules en Grecia, Orfeo en Tracia, Odin en las naciones septentrionales, y otros conocidos por su celebridad más que por sus verídicas historias. Sólo me refiero aquí a la historia profana, porque respecto a la historia de los judíos, nuestros antecesores y nuestros enemigos (cuya historia creemos y detestamos, a pesar de que dicen que fue escrita por el Espíritu Santo), tenemos de ella la opinión que debemos tener. En esta! ocasión nos referimos a los árabes, que se vanaglorian de descender de Abrahán por la rama de Ismael, y creen que nuestro patriarca edificó la Meca y murió allí. Pero lo cierto es que la raza de Ismael se vio mucho más favorecida por Dios que la raza de Jacob. Una y otra produjeron ladrones, indudablemente, pero los ladrones árabes fueron más rapaces que los ladrones judíos. Los descendientes de Jacob sólo conquistaron un pequeño territorio, que perdieron, y los descendientes de Ismael conquistaron parte del Asia, de Europa y del Africa, establecieron un imperio más vasto que el de los romanos, y expulsaron a los judíos de sus cavernas, que ellos llamaban la tierra de Promisión.

 

A la vista de los ejemplos que ofrecen las historias modernas, es difícil convencerse de que Abrahán fuera el padre de dos naciones tan distintas. Se asegura que nació en Caldea y que era hijo de un pobre alfarero que se ganaba el sustento fabricando pequeños ídolos de barro; lo que ya no resulta tan verosímil es que el hijo de un alfarero marchara a fundar la Meca a cuatrocientas leguas del hogar paterno, bajo el Trópico, tras salvar desiertos impracticables. De haber sido un conquistador indudablemente se hubiera dirigido al inmenso territorio de Siria, y si no fue más que un hombre pobre, como nos lo describen, no hubiera sido capaz de fundar reinos lejos de su pueblo natal.

 

Ya hemos visto que el Génesis refiere que habían pasado setenta y cinco años cuando salió de Harán tras la muerte de su padre Thare, el alfarero. Pero también el Génesis dice que Thare engendró a Abrahán a los setenta años, que Thare vivió doscientos cinco, y que cuando murió Abrahán salió de Harán. O el autor no sabe lo que dice en esa narración, o resulta muy claro en el Génesis que Abrahán tenía ciento treinta y cinco años cuando abandonó Mesopotamia. Salió de un país idólatra para ir a otro país también idólatra que se llamaba Sichem, situado en Palestina. ¿Para qué fue allí? ¿Por qué abandonó las fértiles riberas del Éufrates para ir a tan lejana y estéril región como la de Sichem? La lengua caldea debió de ser muy diferente de la que se hablaba en Sichem, y además. aquel territorio no era comercial. Sichem dista de Caldea más de cien leguas y es preciso salvar muchos desiertos para llegar allí. Pero tal vez Dios quiso que hiciera ese viaje para ver la tierra que habían de habitar sus descendientes muchos siglos después. El espíritu humano no alcanza a comprender el motivo de ese viaje.

 

Apenas hubo llegado al país montañoso de Sichem, el hambre le obligó a abandonarlo y marchó a Egipto con su mujer en busca de alimentos para vivir. Hay cien leguas desde Sichem a Memfis. ¿Es lógico ir tan lejos a buscar trigo, a un país cuya lengua se desconoce? Extraños son esos viajes emprendidos a la edad de ciento cuarenta años.

 

Lleva a Memfis a su mujer Sara, que era muy joven, casi una niña comparada con él, pues no tenía más que sesenta y cinco años, y como era muy hermosa resolvió sacar partido de su belleza: «Finge que eres mi hermana para que por tu bella cara me traten bien a mí». Debía haberle dicho: «Finge que eres mi hija». Pero en fin... sigamos. El rey se enamoró de la joven Sara y regaló a su fingido hermano corderos, bueyes, asnos, camellos, siervos y criadas. Esto prueba que Egipto era entonces ya un reino poderoso y civilizado, y consecuentemente muy antiguo, y además que recompensaban allí rumbosamente a los hermanos que ofrecían sus hermanas a los reyes de Memfis.

 

La joven Sara tenía noventa años cuando Dios le prometió que Abrahán, que había cumplido ciento sesenta, sería padre de un hijo suyo dentro de un año. Abrahán, que era muy aficionado a viajar, se fue al horrible desierto de Cades llevándose a su mujer embarazada, siempre joven y hermosa. Un rey del desierto se enamoró también de Sara, como se había enamorado un rey de Egipto. El padre de los creyentes contó allí la misma mentira que en Egipto. Hizo pasar a su mujer por hermana y la mentira le valió también corderos, bueyes, siervos y criadas. Puede decirse que Abrahán llegó a ser muy rico por el físico de su mujer. Los exégetas han escrito un abrumador número de volúmenes para justificar la conducta de Abrahán y ponerse de acuerdo con la cronología. Aconsejamos a los lectores que lean esas exégesis, escritas por autores finos y delicados, excelentes metafísicos, hombres sin preocupaciones y algo pedantes.

 

Por otro lado, los nombres de Bram y Abram eran famosos en India y Persia. Hay incluso varios autores que se empeñan en que fue el mismo legislador que los griegos llamaron Zoroastro. Otros dicen que fue el Brahma de los hindúes, pero no está demostrado. Lo que resulta probable para muchos científicos es que Abrahán fue caldeo o persa. Los judíos, con el tiempo, se vanagloriaron de ser sus descendientes, como los francos de Héctor y los bretones de Tubal. Es opinión admitida que la nación judía fue un pueblo relativamente moderno que sólo muy tarde se afincó en Fenicia, que se hallaba rodeado de pueblos antiguos cuyo idioma adoptó, y que incluso tomó de ellos el nombre de Israel, que es caldeo, según la opinión del judío Flavio Josefo. Se sabe que tomó de los babilonios los nombres de sus ángeles y que sólo conoció la palabra Dios a través de los fenicios. Probablemente, tomó de los babilonios el nombre de Abrahán o Ibraim, pues la antigua religión de todas aquellas regiones, desde el Éufrates al Oxus, se llamaba Kishibrahim, Milafibrahim. Esta opinión viene confirmada por los estudios que hizo en aquellos días el sabio Hide.

 

Sin lugar a dudas, los judíos hicieron con la historia y la fábula antigua lo que hacen los ropavejeros con los trajes usados: los reforman y los venden como nuevos al mayor precio que pueden. Ha sido un ejemplo singular de la estupidez humana creer durante mucho tiempo que los judíos constituyeron una nación que había enseñado a todas las demás, cuando su mismo historiador Josefo confiesa que fue todo lo contrario.

 

Es muy difícil penetrar en los arcanos de la Antigüedad, pero es evidente que estaban ya florecientes todos los reinos de Asia antes que la horda vagabunda de árabes, que llamamos judíos, poseyera un pequeño espacio de tierra propia, antes que fuera dueña de una sola ciudad, antes de dictar sus leyes y de tener su propia religión. Cuando hallamos un antiguo rito, una primitiva doctrina establecida en Egipto o en Asia antes de los judíos, es lógico suponer que el reducido pueblo recién formado, ignorante y grosero, copió como pudo a la nación antigua, industriosa y floreciente, y es menester ser un ignorantón o un pícaro para asegurar que los hebreos enseñaron a los griegos.

 

Abrahán no sólo fue popular entre los judíos sino que le reverenciaron en toda Asia y hasta los últimos confines de la India. Esa denominación, que significa padre de un pueblo en algunas lenguas orientales, se la dieron a un habitante de Caldea del que muchas naciones se vanagloriaron de descender. El interés que tuvieron árabes y judíos por probar que descendían de dicho patriarca no permite, ni aun a los filósofos pirrónicos, la duda de que haya existido un Abrahán.

 

Los libros hebreos dicen que es hijo de Thare, y los islámicos nieto, que Azar fue su padre, creencia que mantienen muchos cristianos. Los exégetas expresan cuarenta y dos opiniones respecto al año que nació Abrahán y no me atrevo a aventurar la cuarenta y tres, pero a la vista de las fechas parece que el patriarca debió vivir sesenta años más de los que el texto le atribuye. Estos errores de cronología no invalidan la verdad de un hecho, y aunque el libro que se ocupa de Abrahán no fuera sagrado, no por eso dejaría de existir nuestro patriarca. Los judíos distinguían entre los libros escritos por los hombres y los inspirados a algún hombre particular. Su historia, aunque ligada a su ley divina, no constituía la misma ley. ¿Cómo hemos de creer, pues, que Dios dictara fechas falsas?

 

Filón, el filósofo judío, y Suidas refieren que Thare, padre o abuelo de Abrahán, que vivía en Ur, localidad de Caldea, era un hombre pobre que se ganaba el sustento fabricando pequeños ídolos y era idólatra. Si esto es verdad, la antigua religión del Sabeísmo, que no adoraba ídolos, sino al cielo y al sol, no debía hallarse establecida aún en Caldea, o si se conocía en alguna pequeña parte del país, la idolatría debía prevalecer en la mayor parte de él. En aquella época primitiva cada pequeño pueblo tenía su religión. Todas las religiones se permitían y se confundían tranquilamente, amén de que cada familia mantenía en el seno de sus hogares diferentes hábitos y costumbres. Labán, suegro de Jacob adoraba ídolos. Cada pequeño pueblo creía lo más natural que la población vecina tuviera sus dioses, limitándose a creer que el suyo era el mejor.

 

La Biblia dice que el Dios de los judíos, que les asignó el territorio de Canaán, ordenó a Abrahán que abandonara la fértil tierra de Caldea y fuera a Palestina, prometiéndole que en su progenie bendeciría a todas las naciones del mundo. Corresponde explicar a los teólogos el sentido místico de esa alegoría, por el que se bendice a todas las naciones en una simiente de la que ellas no descienden. Pero ese sentido místico no constituye el objeto de mis estudios histórico‑críticos. Algún tiempo después de esa promesa, la familia del patriarca, acosada por el hambre, fue a Egipto en busca de trigo. Es del todo singular la suerte de los hebreos que siempre fueron a Egipto empujados por el hambre, pues más tarde Jacob, por el mismo motivo, envió allí a sus hijos.

 

Abrahán, entrado ya en la decrepitud, se arriesgó a emprender este viaje con su mujer Sara, de sesenta y cinco años de edad. Siendo muy hermosa, temió su marido que los egipcios, cegados por su belleza, le matasen a él para gozar los encantos de su esposa y le propuso que se fingiera su hermana, etc. Cabe suponer que la naturaleza humana estaba dotada entonces de un extraordinario vigor que el tiempo y la molicie de las costumbres fueron debilitando después, como opinan también todos los autores antiguos, que aseguran que Elena tenía setenta años cuando la raptó Paris. Aconteció lo que Abrahán había previsto: la juventud egipcia quedó fascinada al ver a su esposa y el mismo faraón se enamoró de ella y la encerró en el serrallo aunque probablemente tendría allí mujeres mucho más jóvenes, pero el Señor castigó al faraón y a todo su serrallo enviándoles tres grandes plagas. El texto no dice cómo averiguó el faraón que aquella beldad era la esposa de Abrahán, pero lo cierto es que al enterarse la devolvió a su marido.

 

Era preciso que permaneciera inalterable la hermosura de Sara porque veinticinco años después, hallándose embarazada a los noventa años, viajando con su esposa por Fenicia, Abrahán abrigó el mismo temor y la hizo también pasar por hermana suya. El rey fenicio Abimelech se prendó de ella como el rey de Egipto, pero Dios se le apareció en sueños y le amenazó de muerte si se atrevía a tocar a su nueva amante. Preciso es confesar que la conducta de Sara fue tan extraña como la duración de sus encantos.

 

La singularidad de estas aventuras fue probablemente el motivo que impidió que los judíos tuvieran tanta fe en sus historias como en su Levítico. Creían a pie juntillas en su ley, pero no sentían tanto respeto por su historia. Por lo que respecta a sus antiguos libros, se encontraban en igual caso que los ingleses, que admiten las leyes de san Eduardo pero no creen en absoluto que san Eduardo curara los tumores malignos. Se hallaban en el mismo caso que los romanos, que prestaban obediencia a sus antiguas leyes, pero no se consideraban obligados a creer en el milagro de la criba llena de agua, ni en el del bajel que entró en el puerto arrastrado por el cinturón de una vestal, etc. Por eso el historiador Josefo, muy ferviente de su culto, deja a sus lectores en libertad de creer o no los antiguos prodigios que refiere.

 

La parte de la historia de Abrahán referente a sus viajes a Egipto y Fenicia prueba que existían ya grandes reinos cuando la nación judía no era más que una simple familia, que se habían promulgado multitud de leyes, porque sin leyes no puede subsistir ningún reino, y que por ende la ley de Moisés, que es posterior, no puede ser la primera ley que se promulgo. No es necesario empero que una ley sea la más antigua para que sea divina, porque es indudable que Dios es dueño absoluto de todas las épocas; no obstante, parece más natural a nuestra débil razón que si Dios quiso dar una ley la hubiera dictado al principio a todo el género humano.

 

El resto de la historia de Abrahán presenta flagrantes contradicciones. Dios, que se le aparecía con frecuencia y estableció con él no pocos pactos, le envió un día tres ángeles al valle de Mombre, y el patriarca les dio para que comieran pan, carne de ternera, mantequilla y leche. Los tres comieron y después hicieron que les presentase Sara, que había amasado el pan. Uno de esos ángeles, que el texto sagrado llama el Eterno, anuncia a Sara que dentro de un año tendrá un hijo. Sara, que ha cumplido noventa y cuatro años, al paso que su marido rondaba los cien años, se echó a reír al oír tal promesa. Esto prueba que confesaba su decrepitud y que la naturaleza humana no era diferente entonces de lo que es ahora. Lo cual no fue óbice para que esa decrépita quedara embarazada y enamorara al año siguiente al rey Abimelech, como acabamos de ver. Para que esas historias sean creíbles se precisa poseer una inteligencia muy distinta de la que tenemos hoy, o considerar cada episodio de la vida de Abrahán como un milagro, o creer que en su totalidad no es más que una alegoría. De todos modos, cualquiera que sea el partido que adoptemos nos resultará muy difícil comprenderla. Por ejemplo, ¿qué valor podemos dar a la promesa que hizo Dios a Abrahán de conceder a él y a su posteridad todo el territorio de Canaán que jamás poseyó ese caldeo? Es una de esas contradicciones que nos es imposible resolver.

 

Es asombroso y sorprendente que Dios, que hizo nacer a Isaac de una madre de noventa y cinco años y de un padre centenario, ordenara a éste degollar al hijo que le concedió, siendo así que no podía esperar ya nueva descendencia. Ese extraño mandato de Dios prueba que, en la época en que se escribió esa historia, era habitual en el pueblo judío el sacrificio de víctimas humanas, lo mismo que en otras naciones. Ahora bien, puede interpretarse la obediencia de Abrahán al referido mandato del Señor como una alegoría de la resignación con que el hombre debe aceptar las órdenes que dimanan del Ser Supremo.

 

Debemos hacer una observación importante respecto a la historia de dicho patriarca, considerado como el padre de judíos y árabes. Sus principales hijos fueron Isaac, que nació de su esposa por milagroso favor de la Providencia, e Ismael, que nació de su criada. En Isaac bendijo Dios la raza del patriarca y, sin embargo, Isaac es el padre de una nación desventurada y despreciable que permaneció mucho tiempo esclava y vivió dispersa un sinfín de años. Ismael, por el contrario, fue el padre de los árabes que fundaron el imperio de los califas, que es uno de los más extensos y más poderosos del Universo.

 

Los musulmanes profesan ferviente veneración a Abrahán, que ellos llaman Ibraim, piensan que está enterrado en Hebrón y allí van peregrinando; algunos creen que está enterrado en la Meca y allí acuden a reverenciarle.

 

Algunos persas antiguos opinaron que Abrahán era el mismo Zoroastro. Les sucedió lo mismo que a otros fundadores de las naciones orientales, a los que se atribuían diferentes nombres y diferentes aventuras, pero según se desprende del texto de la Sagrada Escritura debió de ser uno de esos árabes vagabundos que no tenían residencia fija. Le hemos visto nacer en Ur, localidad de Caldea, ir a Harán, después a Palestina, a Egipto, a Fenicia y al fin verse obligado a comprar su sepulcro en Hebrón.

 

Una de las más notables circunstancias de su vida fue que a la edad de noventa y nueve años, antes de engendrar a Isaac, ordenó que le circuncidaran a él, a su hijo Ismael y a todos sus siervos. Debió de adoptar esta costumbre de los egipcios. Es difícil desentrañar el origen de tal operación. Parece lo más probable que se inventara con el fin de precaver los abusos de la pubertad. Pero, ¿a qué conducía cortarse el prepucio a los cien años?

 

Por otro lado, hay autores que aseguran que sólo los sacerdotes de Egipto practicaban antiguamente esta costumbre para distinguirse de los demás hombres. En tiempos remotísimos, en Africa y en parte de Asia, los hombres en olor de santidad tenían por costumbre presentar el miembro viril a las mujeres que encontraban al paso para que lo besasen. En Egipto, llevaban en procesión el falo, que era un príapo descomunal. Los órganos de la generación eran considerados como objeto noble y sagrado como símbolo de poder divino. Les prestaban juramento y al hacerlo ponían la mano en los testículos, y puede que de esa antigua costumbre sacaron la palabra que significa testigo, porque antiguamente servían de testimonio y garantía. Cuando Abrahán envió un criado suyo a pedir a Rebeca para esposa de su hijo Isaac, el criado puso la mano en las partes genitales de Abrahán, que la Biblia traduce por la palabra muslo (Génesis, 24, 2).

 

De lo que acabamos de decir se infiere lo distintas que eran de las nuestras las costumbres de la remota Antigüedad. Al filósofo no debe sorprenderle que antiguamente se jurara por esta parte del cuerpo, como que se jurara por otra cualquiera. Tampoco debe extrañar que los sacerdotes, siempre en su manía de distinguirse de los demás hombres, se pusieran un signo en una parte del cuerpo tan reverenciada entonces.

 

Según el Génesis, la circuncisión fue adoptada mediante un pacto entre Dios y Abrahán, por el que se estipulaba que se debía quitar la vida al que no se circuncidara en la casa del mencionado patriarca. No se dice sin embargo, que Isaac lo estuviera, y en el referido libro no se vuelve a hablar de la circuncisión hasta los tiempos de Moisés.

 

Terminamos este artículo señalando que Abrahán, además de tener de Sara y de la criada Agar dos hijos, cada uno de los cuales fue padre de una gran nación, tuvo otros seis hijos de Cethura que se afincaron en Arabia, pero su posteridad no fue célebre.

 

ABUSO. Vicio inherente a todos los usos, a todas las leyes y a todas las instituciones humanas. El catálogo de los abusos no cabría en ninguna biblioteca. Los abusos dirigen los Estados. Si preguntáramos a los chinos a los japoneses o a los ingleses y les dijéramos: «Vuestro gobierno es todo un cúmulo de abusos que nunca subsanáis», los chinos nos responderían: «Subsistimos como nación hace más de cinco mil años y tal vez somos el pueblo menos desdichado del mundo, porque somos el más apacible»; los japoneses nos arguirían poco más o menos lo mismo, y los ingleses nos contestarían: «Somos muy poderosos en el mar y vivimos muy bien en la tierra; puede que dentro de diez mil años perfeccionemos nuestros hábitos. El gran secreto consiste en estar mejor que los demás pueblos cometiendo enormes abusos».

 

En este artículo sólo vamos a ocuparnos del recurso de alzada. Erraría quien creyera que Pierre de Cugnieres, hombre de leyes y abogado del rey en el Parlamento de París, interpuso un recurso de alzada en el año 1330, en la época de Felipe de Valois, ya que la fórmula de dicho recurso no se introdujo hasta finales del reinado de Luis XII. Pierre de Cugnieres hizo cuanto pudo para suprimir el abuso de las usurpaciones eclesiales, del cual se quejaban los jueces seculares, los señores que poseían jurisdicción y los Parlamentos, pero no lo consiguió. El clero, por su parte, se quejaba también de los señores, que no eran sino tiranos ignorantes que habían conculcado la justicia, y a los ojos de estos señores los eclesiásticos eran otros tiranos que sabían leer y escribir. Felipe VI se vio obligado a convocar a estos dos partidos, para que se reunieran en palacio ante él, no en el tribunal del Parlamento como dice Pasquier. El rey presidió en su trono rodeado de los pares, de los altos barones y de elevados dignatarios que componían su Consejo, al que asistieron veinte prelados. El arzobispo de Sens y el obispo de Autun hablaron en nombre del clero. No se dice quién fue el orador por el Parlamento, ni por los señores. Es verosímil, sin embargo, que el discurso del abogado del rey fuera un resumen de las alegaciones de las dos partes, que éste hablara en nombre del Parlamento y de los señores, y que el canciller resumiera las razones alegadas por ambas partes. Sea como fuere, vamos a reseñar las quejas que expusieron los barones y el Parlamento, redactadas por Pierre de Cugnieres:

 

1. Cuando un laico citaba ante un juez real o señorial a un clérigo que no estuviera tonsurado, que sólo hubiera recibido órdenes menores, el juez de la curia debía significar a los jueces que no podían juzgarle, bajo pena de excomunión y multa.

 

2. La jurisdicción eclesiástica obligaba a los laicos a comparecer ante ella en todos los litigios que tuvieran con los clérigos en materia civil, por sucesión y por préstamo.

 

3. Los obispos y abades establecerán notarios hasta en las mismas haciendas de los laicos.

 

4. Excomulgarán a los que no pagan sus deudas a los clérigos, y si el juez civil no les obliga a pagar excomulgarán también a dicho juez.

 

5. Cuando un ladrón pase a manos del juez civil, éste debe remitir al juez eclesiástico los objetos robados; si no lo hace, incurre en excomunión.

 

6. El excomulgado sólo podrá ser absuelto mediante pago de una multa.

 

7. Los jueces civiles denunciarán a los labradores y a los braceros que trabajen para algún excomulgado.

 

8. Dichos jueces tendrán la facultad de proceder a inventarios en los dominios del rey, prevalidos de que saben escribir.

 

9. Cobrarán ciertos derechos para conceder al recién casado autorización para acostarse con su mujer.

10. Se apoderarán de todos los testamentos.

 

11. Declaran condenado a todo aquel que muere sin testar, porque en ese caso la Iglesia nada hereda de él, y para concederle al menos los honores del entierro harán testamento en nombre suyo, en el que otorgaran mandas pías.

 

Parecidas a éstas, expusieron unas setenta quejas. Para defenderlas tomó la palabra Pierre Roger, arzobispo titular de Seás, que tenía fama de ser una notabilidad y había de ocupar la Santa Sede con el nombre de Clemente XVI. Empezó puntualizando que no hablaba para que le juzgaran, sino para juzgar a sus adversarios, y para aconsejar al rey que cumpliese con su deber. Dijo que Jesucristo, siendo Dios y hombre, era dueño del poder espiritual y del temporal y, por tanto, los ministros de la Iglesia, que eran sus sucesores, eran jueces de todos los hombres sin distinción.

 

Pierre Bertrandi, obispo titular de Autun, al entrar en los detalles de la cuestión, aseguró que sólo se incurría en excomunión por haber cometido algún pecado mortal, que el culpable debía hacer penitencia y que la mejor penitencia que podía hacer era dar dinero a la Iglesia. Trató de probar que los jueces eclesiásticos tenían más capacidad que los jueces reales o señoriales para administrar justicia, porque habían estudiado las Decretales, que los demás jueces desconocían. A esto podían haberle replicado que se debía obligar a los bailíos y a los prebostes del reino a leer las Decretales para no cumplirlas nunca.

 

La reunión de esta gran asamblea no sirvió para nada. El rey necesitaba contemporizar con el Papa, que había nacido en su reino, tenía la Santa Sede en Aviñón y era enemigo mortal del emperador Luis de Baviera. En toda época la política conserva los abusos que la justicia trata de evitar. De la mentada reunión tan sólo quedó en el Parlamento el recuerdo imborrable del discurso que pronunció Pierre de Cugnieres El Parlamento se opuso desde entonces sistemáticamente a las pretensiones de los clérigos y se apeló siempre a él contra las sentencias dictadas por los jueces eclesiásticos, cuyo procedimiento recibió la denominación de recurso de alzada. Finalmente, todos los Parlamentos de Francia acordaron que la Iglesia conociera únicamente en materia de ordenamiento eclesiástico y en juzgar a todos los hombres indistintamente, con arreglo a las leyes del Estado, conservando las normativas que prescriben las ordenanzas.

 

ABUSO DE LAS PALABRAS. Las conversaciones y los libros raras veces nos proporcionan ideas precisas. Se suele leer en demasía y conversar inútilmente. Es, pues, oportuno recordar lo que Locke recomienda: Definid los términos.

 

Una dama que come con exceso y no hace ejercicio cae enferma El médico le dice que domina en ella un humor pecante, impurezas, obstrucciones y vapores, y le prescribe un medicamento que le purificará la sangre. ¿Qué idea exacta puede tener de todas esas palabras? La paciente y la familia que las oyen no las comprenden; ni el médico tampoco. Antiguamente, el facultativo recetaba buenamente una infusión de hierbas caliente o fría.

Un jurisconsulto, en el ejercicio de su profesión, anuncia que por la inobservancia de las fiestas y los domingos se comete crimen de lesa majestad divina en la persona del Hijo, esto es, el segundo jefe. La expresión majestad divina nos da la idea del más enorme de los crímenes y, desde luego, del más horrendo de los castigos. Pero, ¿a propósito de qué la pronunció el jurisconsulto? Por no haber observado las fiestas de guardar, lo que puede suceder al hombre más honrado del mundo.

 

En todas las polémicas que se entablan acerca de la libertad, uno de los argumentadores entiende casi siempre una cosa y su adversario otra. Luego surge un tercero en discordia, que no entiende al primero ni al segundo, pero que tampoco lo entienden a él. En las disputas sobre la libertad, uno posee la potencia de pensamiento de imaginar, otro la de querer y el tercero el deseo de ejecutar; corren los tres, cada uno dentro de su círculo, y no se encuentran nunca. Igual sucede en las quejas sobre la gracia. ¿Quién puede comprender su naturaleza, sus operaciones, la suficiente que no basta y la eficaz a la que nos resistimos? Hace dos mil años que se viene pronunciando la frase «forma sustancial» sin tener la menor noción de ella; esta frase se ha sustituido ahora por la de «naturaleza plástica», sin ganar nada en el cambio.

 

Se detiene un viajero ante un torrente y pregunta a un labriego que ve al otro lado por dónde está el vado: «Id hacia la derecha», contesta el buen hombre. El viajero toma la derecha y se ahoga. El labriego va corriendo hacia él y le grita: «No os dije que avanzarais hacia vuestra mano derecha, sino hacia la mía». El mundo está lleno de estas equivocaciones.

 

Al leer un noruego esta fórmula que usa el papa: servidor de los servidores de Dios, ¿cómo ha de comprender que el que la dice es el obispo de los obispos y el rey de los reyes?

 

En la época en que los papeles fragmentarios de Petronio gozaban de fama en la literatura, Meibomins, sabio de Lubeck, leyó en una carta que imprimió otro sabio de Bolonia lo siguiente: «Aquí tenemos un Petronio completo, y lo he visto y lo he admirado». Ni corto ni perezoso, Meibomins emprende viaje a Italia, se dirige a Bolonia, busca al bibliotecario Capponi y le pregunta si es verdad que tiene allí el Petronio completo. Capponi le responde que es público y notorio, y acto seguido le conduce a la iglesia donde descansa el cuerpo de san Petronio. Meibomins toma la diligencia y huye.

 

Si el jesuíta Daniel tomó a un abad guerrero, martialem abbatem, por el abad Marcial, cien historiadores han incurrido en mayores errores. El jesuita Dorleans, en su obra Revoluciones de Inglaterra, habla indiferentemente de Northampton y de Southampton, no equivocándose más que de Norte a Sur.

 

Frases metafóricas tomadas en un sentido propio han decidido muchas veces la opinión de muchas naciones. Conocida es la metáfora de Isaías: «¿Cómo caíste del cielo, estrella brillante que apareces al rayar el alba?» Supusieron que en esa imagen aludían al diablo, y como la voz hebrea que corresponde a la estrella de Venus se tradujo en latín por la palabra Lucifer, desde entonces se ha llamado siempre Lucifer al diablo.

 

El ejemplo más singular del abuso de las palabras, de los equívocos voluntarios y de los errores que han producido más trastornos, nos lo ofrece la voz Kin‑Tien, de China. Varios misioneros de Europa disputaron acaloradamente sobre la significación de esa palabra y Roma envió un francés llamado Maigrot, nombrándolo obispo imaginario de una provincia de China, para que decidiera el sentido de tal palabra. Maigrot desconocía por completo el idioma chino. El emperador se dignó explicarle lo que en su lengua significaba Kin‑Tien, Maigrot no lo quiso creer y logró que Roma excomulgase al emperador de China.

 

No acabaríamos nunca si hubiéramos de referir todos los abusos de palabras que nos acuden a la mente.

 

ACADEMIA. Las academias son a las universidades lo que la edad madura es a la infancia, lo que el arte de hablar es a la Gramática, y lo que la cultura es a las primeras lecciones de la civilización. Las academias, no siendo mercenarias, deben ser absolutamente libres. Así son las academias de Italia, la Academia Francesa y la Sociedad Real de Londres.

 

La Academia Francesa, formada por su propio impulso, aunque constituida por cédula real de Luis XIII, no estaba subvencionada y, por lo mismo, no tenía que acomodarse a ninguna sujeción; esto fue precisamente lo que indujo a los primeros hombres del reino y hasta a los príncipes a solicitar que les admitieran en corporación tan ilustre. La Sociedad Real de Londres gozó de igual ventaja.

 

El célebre Colbert, siendo miembro de la Academia Francesa, comisionó a algunos colegas suyos para que compusieran las inscripciones y las divisas de los edificios públicos.

 

Esa comisión, a la que se incorporaron inmediatamente Racine y Boileau, se convirtió en seguida en una Academia aparte, denominada en el año 1663 Academia de las Inscripciones, hoy de Bellas Letras. La Academia de Ciencias se fundó en 1666. La instalación de estos dos establecimientos se debe al ministro Colbert, que contribuyó de varios modos a dar esplendor al siglo de Luis XIV.

 

Tras la muerte de Colbert y del marqués de Louvois, el conde de Pontchartrain, secretario de Estado, encargó a su sobrino el abate Bignour la dirección de las nuevas academias. Se crearon plazas de socios honorarios para las que no se exigía ciencia alguna y no eran retribuidas, plazas de pensionados que exigían ciertos trabajos, plazas de socios sin pensión, y plazas de discípulo, título desagradable que se suprimió después.

 

La Academia de Bellas Letras se organizó sobre la misma base y las dos quedaron sometidas a la dependencia inmediata del secretario de Estado.

 

El abate Bignon se atrevió a proponer el mismo reglamento para la Academia Francesa, de la que era miembro, pero lo recibieron con indignación unánime. Los menos favorecidos en la Academia fueron los primeros que rechazaron las ofertas y prefirieron la libertad y el honor a las pensiones.

 

El vocablo Academia llegó a ser tan célebre que cuando el compositor Lulli obtuvo licencia para establecer su Academia de Opera en 1672, hizo insertar en las sucursales en que se le concedía el permiso las siguientes palabras: «Academia Real de Música, en la que los caballeros y las damas nobles pueden ir a cantar sin desdoro de su clase».

 

La palabra academia, de origen griego, significaba antiguamente sociedad, escuela de filosofía en Atenas, que se reunía en un jardín legado para este objeto por el mecenas Academo. Los italianos fueron los primeros que instituyeron semejantes sociedades en la época del renacimiento de las letras. La Academia de la Crusca se fundó en el siglo XVI. En poco tiempo se fundaron otras en todas las ciudades de Italia dedicadas al cultivo de las ciencias.

 

El título de academia se prodigó tanto en Francia que durante algunos años se aplicó hasta a las reuniones de jugadores que antiguamente se llamaban garitos y se conocían por academias de juego. Los jóvenes que practicaban la equitación y la esgrima en los círculos destinados a ello se llamaron academistas, no académicos. El título de académico quedó reservado para los socios de las tres academias, la Francesa, la de Ciencias y la de Inscripciones.

 

La Academia Francesa ha prestado grandes servicios a la lengua. La de Ciencias ha sido muy útil, porque sin decantarse por ningún sistema publica los adelantos y los descubrimientos modernos. La de Inscripciones se ocupa de estudiar los monumentos de la Antigüedad y desde hace algunos años viene publicando Memorias sumamente instructivas.

 

La Sociedad Real de Londres no adoptó nunca, en cambio, el nombre de Academia.

 

Las academias de provincias han reportado grandes ventajas. Han excitado la emulación, han acostumbrado al trabajo, han hecho que los jóvenes se dediquen a lecturas útiles, han disminuido la ignorancia y las preocupaciones en algunas ciudades y han dado un golpe mortal a la pedantería.

 

ADÁN. Mucho se ha hablado y escrito sobre Adán y Eva. Los rabinos han divulgado multitud de historietas sobre Adán y resultaría tan vulgar repetir lo que otros dijeron, que vamos a aventurar respecto a Adán una idea que se nos antoja nueva o que al menos no se halla en los autores antiguos, en los Padres de la Iglesia, ni en ningún predicador teólogo conocido. Me refiero al total silencio que sobre Adán guardó toda la tierra habitable, excepto Palestina, hasta la época en que empezaron a conocerse en Alejandría los libros hebreos, cuando se tradujeron al griego en el reinado de los Tolomeos. Pero, aun entonces, fueron poco conocidos. Los libros de entonces eran escasos y caros. Además, los judíos de Jerusalén estaban tan enfadados con los de Alejandría, proferían tantas acusaciones por haber traducido la Biblia en lengua profana, les injuriaban tanto por ello, que los hebreos alejandrinos ocultaron esa traducción mientras les fue posible. Buena prueba de ello es que ningún autor griego ni romano la menciona hasta el reinado del emperador Aurelio.

 

El historiador Josefo, al responder a Apión (Historia antigua de los judíos, lib. I, capítulo IV), confiesa que los judíos estuvieron mucho tiempo sin tener trato alguno con las demás naciones. Son sus palabras: «Habitamos un territorio muy lejos del mar. No nos dedicamos al comercio y no nos comunicamos con los demás pueblos. No es, pues, de extrañar que nuestra nación, apartada del mar y sin haberse ocupado de escribir, sea tan poco conocida».

 

A nosotros sí que nos extraña que Josefo diga que su nación hacía alarde de no escribir cuando tenía publicados ya veintidós libros canónicos, sin contar el Targum de Onkelos. Aunque debemos considerar que veintidós volúmenes muy pequeños nada significaban comparados con el gran número de libros que componían la biblioteca de Alejandría, cuya mitad fue quemada en la guerra de César. De lo que no cabe duda es que los judíos habían escrito y leído muy poco, eran profundamente ignorantes en astronomía, geometría, geografía y física, no conocían la historia de los demás pueblos y que empezaron a instruirse en Alejandría. Su lengua era una mezcla bárbara del antiguo fenicio y de caldeo corrompido, y tan pobre que carecía de algunos de los modos en la conjugación de los verbos.

 

Por lo tanto, al no comunicar a ningún extranjero sus libros ni sus títulos, ningún habitante de la tierra a excepción de ellos había oído hablar de Adán, Eva, Abel, Caín y Noé. Sólo Abrahán, con el tiempo, llegó a ser conocido en los pueblos orientales, pero ningún pueblo antiguo creía que Abrahán o Ibraim fueran el tronco del pueblo hebreo

 

Tan insondables son los designios de la Providencia que el género humano ignoró a su padre y a su madre hasta tal punto que los nombres de Adán y Eva no se encuentran en ningún autor griego, en Grecia, Roma, Persia, Siria, ni en la misma Arabia, hasta la época de Mahoma. Dios permitió que los títulos de la gran familia humana los conservara la más pequeña y desventurada parte de la misma.

 

¿Cómo es posible que a Adán y Eva los desconocieran todos sus hijos? ¿A qué se debe que no hallemos en Egipto ni en Babilonia ningún rastro, ninguna tradición de nuestros primeros padres? ¿Por qué Orfeo, Limus y Tamaris no se ocupan de ellos? De haber sido citados nos lo hubieran dicho Hesiodo y Homero, que se ocupan de todo excepto de estos protoautores de la raza humana.

 

Clemente de Alejandría, que nos ha legado tan valiosos testimonios de la Antigüedad, hubiera mencionado en algún pasaje a Adán y Eva. Eusebio, en su Historia Universal, que nos ofrece las pruebas más remotas de esa misma Antigüedad hubiera podido siquiera aludir a nuestros primeros padres. Está probado, pues, que fueron por completo desconocidos de las naciones antiguas.

 

En el libro de los brahmanes titulado el Ezour‑Veidam se encuentran el nombre de Adimo y el de Procriti, su mujer. Si Adimo tiene algún parecido con Adán, los hindúes contestan a esto: «Fuimos una gran nación establecida en las riberas del Indo y en las del Ganges, muchos siglos antes que la horda hebrea se estableciera en las orillas del Jordán. Los egipcios los persas y los árabes venían a aprender de nuestro pueblo y a comerciar con él cuando los judíos eran todavía desconocidos para el resto de los hombres; es obvio, pues, que no pudimos copiar nuestro Adimo de su Adán. Nuestra Procriti en nada se parece a su Eva, y por otro lado su historia es completamente distinta. Es más, el Vedas, cuyo comentario es el Ezour‑Veidam, pasa entre nosotros por ser más antiguo que los libros judíos, y el Vedas es una nueva ley dictada a los brahmanes mil quinientos años después de la primera, llamada Shasta».

 

Esas son, poco más o menos, las objeciones que los brahmanes suelen oponer, aún hoy, a los comerciantes de nuestros países que van a la India y les hablan de Adán y Eva, Abel y Caín.

 

El fenicio Sanchoniathon, que vivía indudablemente antes de la época en que situamos a Moisés, y que Eusebio cita como autor auténtico, atribuye diez generaciones a la raza humana, al igual que Moisés, hasta la época de Noé. Pues bien, al reseñar esas diez generaciones no habla de Adán y Eva, de ninguno de sus descendientes y ni siquiera de Noé. Pero aún hay más, los nombres de los primeros hombres, sacados de la traducción griega que hizo Filón de Biblos, son: Kou, Genos, Fox, Libau, Uson, Halieus, Chrisor, Tecnites, Agrove y Anime. Ellos constituyen las diez primeras generaciones. En ninguna de las antiguas dinastías de Caldea, ni en las de Egipto, encontramos el nombre de Adán ni el de Noé. En resumen, todo el mundo antiguo calla su existencia.

 

Preciso es confesar que no ha habido ejemplo alguno de semejante olvido. Todos los pueblos se han atribuido orígenes legendarios, creyendo raras veces en su origen verdadero. Es incomprensible que el padre de todas las naciones de la tierra fuera desconocido durante muchísimo tiempo; su nombre debía haber corrido de boca en boca de un extremo a otro del mundo, siguiendo el curso natural de las cosas humanas. Humillémonos ante los decretos de la Providencia que permitió tan asombroso olvido.

 

Todo fue misterioso y recóndito en la nación que dirigía Dios, en la nación que abrió el camino del cristianismo, y que fue el olivo borde en el que se injertó el olivo cultivado. Los nombres de los progenitores del género humano, desconocidos para los hombres, deben ocupar la categoría de los grandes misterios.

 

Me atrevo a afirmar que fue necesario un verdadero milagro para cerrar los ojos y oídos de todos los pueblos, y destruir en ellos la memoria y hasta el vestigio de su primer padre. ¿Qué hubieran respondido César, Antonio, Craso, Pompeyo Cicerón, Marcelo y Metelo al infeliz judío que, al venderles un bálsamo, les hubiera dicho: «Todos nosotros descendemos del padre común llamado Adán»? El Senado romano en pleno le hubiera contestado: «Enseñadnos nuestro árbol genealógico». Entonces el judío hubiera aducido las diez generaciones hasta Noé, hasta la inundación de todo el Globo por el diluvio, que también fue otro secreto. El Senado le hubiera objetado preguntándole cuántas personas había dentro del arca para alimentar a todos los animales en diez meses y todo el año siguiente, durante el cual no se podrían procurar ninguna clase de alimento. El judío les contestaría: «Había en el arca ocho personas, Noé y su mujer, sus tres hijos Sem, Cam y Jafet, y las esposas de éstos. Toda esa familia descendía de Adán por línea directa».

 

Cicerón se habría enterado a no dudar de los monumentos y testimonios irrefutables que Noé y sus hijos hubieran dejado en el mundo de nuestro padre común. Después del diluvio, en toda la tierra hubieran resonado los nombres de Adán y de Noé, el uno como padre y el otro como restaurador de las razas humanas, sus nombres hubieran salido de todas las bocas en cuanto hablaran, figurarían en todos los pergaminos que se escribieran y en las puertas de los templos que se edificaran, en las estatuas que se les erigieran. «Conocíais tan trascendental secreto y nos lo habéis ocultado», exclamaría el Senado, y el judío replicaría: «Es que los hombres de mi nación somos puros y vosotros sois impuros». El senado romano se echaría a reír o mandaría que azotaran al judío. ¡Tan aferrados están los hombres a sus prejuicios!

 

La piadosa Madame de Bourignon afirma que Adán fue hermafrodita como todos los primeros hombres del divino Platón. Dios reveló ese gran secreto a la devota dama, pero como no me lo ha revelado a mí, no me ocuparé de él. Los rabinos judíos que leyeron los libros de Adán conocen el nombre de su preceptor y el de su segunda mujer, pero como tampoco he leído los libros de nuestro primer padre tampoco trataré de ellos. Algunos espíritus hueros, aunque muy instruidos, se asombran al leer en el Veda de los antiguos brahmanes que el primer hombre fue creado en la India, que se llamaba Adimo, que significa engendrador, y que su mujer se llamaba Procriti, que significa vida. Aseguran que la secta de los brahmanes es más antigua que la de los judíos y que éstos sólo pudieron escribir bastante más tarde en lengua cananea, puesto que ellos se establecieron muy tarde en el pequeño país de Canaán. Añaden que los hindúes siempre fueron inventores, que los judíos siempre imitaron; que aquéllos fueron ingeniosos y éstos zafios; que no se comprende que Adán, que era rubio y de pelo largo, fuera el padre de los negros, que son del color de la tinta y tienen por pelo lana negra y encrespada. Y no sé cuántas cosas más. Yo nada digo sobre esto. Dejo estas indagaciones al reverendo padre Berruyer, de la Compañía de Jesús, que es el autor más inocente que he conocido. Quemaron su obra porque juzgaron que quiso poner la Biblia en ridículo. Pero yo no puedo creer que tuviera ingenio para ello.

 

No vivimos ya en un siglo en que pueda examinarse seriamente si Adán poseyó o no la ciencia infusa. Los que promovieron durante mucho tiempo esta cuestión era porque carecían por igual de ciencia infusa y de ciencia adquirida.

 

Resulta tan difícil saber en qué época se escribió el libro del Génesis que habla de Adán, como conocer la fecha de los Vedas y de otros antiguos libros asiáticos. Pero es importante notar que no permitían a los judíos leer el primer capítulo del Génesis antes de cumplir los veinticinco años. Muchos rabinos dicen que la creación de Adán y Eva y su historia sólo es una alegoría. Todas las naciones antiguas conocidas han ideado alegorías semejantes, y como por un acuerdo singular, que denota la debilidad de nuestra naturaleza, todas han explicado el origen del mal moral y del mal físico de forma muy parecida. Los caldeos, los indios, los persas y los egipcios se han explicado casi de igual modo la mezcla del bien y del mal inherente a la naturaleza humana. Los judíos que salieron de Egipto conocían la filosofía alegórica de los egipcios; más tarde mezclaron sus vagos conocimientos adquiridos con los que aprendieron de los fenicios y de los babilonios durante su larga esclavitud. Ahora bien, como es natural y lógico que el pueblo grosero imite groseramente las ideas de un pueblo civilizado, no debe extrañar que los judíos inventaran que la primera mujer fue formada de la costilla del primer hombre, que soplase Dios en el rostro de Adán el espíritu de la vida, que prohibiera Dios comer el fruto de cierto árbol y que el quebranto de esta prohibición produjera la muerte, el mal físico y el mal moral. Imbuídos en la idea que adquirieron en pueblos más antiguos de que la serpiente es un ser muy astuto, le atribuyeron fácilmente el don de la inteligencia y el don de la palabra.

 

Este pueblo, que por estar arraigado en un rincón de la tierra la creía larga, estrecha y plana, pensó también que todos los hombres descendían de Adán sin suponer siquiera que pudieran existir los negros, cuyo aspecto es muy distinto del nuestro, y sin imaginar que éstos ocupaban vastas regiones. Como tampoco podían imaginar la existencia de América.

 

Es sumamente extraño que se permitiera al pueblo judío leer el Exodo, pródigo en milagros, y no les dejaran leer antes de los veinticinco años el primer capítulo del Génesis, en el que todo es milagroso porque trata de la creación. Debió ser, por el modo singular de expresarse el autor en el primer versículo: «En el principio hicieron los dioses el cielo y la tierra» (1). Temían, sin duda, dar ocasión a los judíos jóvenes para que adorasen múltiples dioses. Esto pudo ser también porque Dios, que creó al hombre y a la mujer en el primer capítulo, los rehace en el segundo, y no querían que la juventud se enterase de esta apariencia de contradicción. O porque se dice en este capítulo que los dioses hicieron al hombre a su imagen y semejanza y esta frase presentaba a los ojos de los judíos un Dios demasiado corporal. O porque diciéndose en el susodicho capítulo que Dios sacó una costilla a Adán para formar a la mujer, los muchachos que no se chuparan el dedo se palparían las costillas y verían que no les faltaba ninguna. O acaso también porque Dios, que acostumbraba a pasearse al mediodía por el jardín del Edén, se burló de Adán después de su caída y su tono satírico pudiera inspirar a la juventud afición a las burlas. Cada línea del capítulo en cuestión proporciona razones plausibles para prohibir su lectura, pero si nos fundamos en dichas razones no se comprende cómo se permitió la lectura de los demás capítulos. A pesar de todo, siempre resulta sorprendente que los judíos no

 

(1) Los dioses esta es la exacta traducción de la palabra elohim. Con frecuencia se cita esa palabra para demostrar que la lengua hebrea fue hablada en época muy antigua por algún pueblo politeísta. pudieran leer el referido capítulo hasta los veinticinco años.

 

No nos ocuparemos aquí de la segunda mujer de Adán, llamada Lilith, que los rabinos le atribuyen, porque reconocemos que sabemos muy pocas anécdotas de su familia.

 

ADORAR (Culto de latria, Canción atribuida a Jesús, Danza sagrada, Ceremonias). Es grave defecto de las lenguas modernas dedicar la misma palabra al Ser Supremo y a una mujer hermosa. Lo mismo se sirve el predicador en una homilía de la expresión adorar a Dios, que el amante en un baile cuando se dirige a la mujer amada y adora sus encantos.

 

Los griegos y los romanos no cayeron en esa extravagante profanación. Horacio no dice que adora a Lalage, ni Tíbulo a Delia. Si hay algún pretexto que disculpe nuestra indecencia, éste consiste en que en nuestras óperas y canciones se acostumbra mencionar los dioses mitológicos. Los poetas han dicho muchas veces que su Filis era más digna de adoración que las falsas divinidades, y nadie pudo vituperarlos porque lo dijeran. Pero poco a poco nos hemos ido acostumbrando a dicha expresión hasta el punto de que hemos llegado a tratar de la misma forma al Dios del Universo que a una tiple de ópera, sin percatarnos del ridículo en que hemos incurrido. Volvamos los ojos a otro lugar y fijemos nuestra vista en la importancia esencial del asunto.

 

No hay nación civilizada que no rinda culto público de adoración a Dios. En Asia y en Africa no se obliga a nadie a ir al templo o a la mezquita. La libre asistencia a los cultos pudo servir para hermanar a los pobres y hacerles más humanos en la sociedad; lo malo es que algunas veces se han enfrentado entre sí dentro del recinto que debía ser remanso de paz. Los feligreses fanáticos inundaron de sangre el templo de Jerusalén degollando en él a sus hermanos. Nosotros también hemos profanado algunas veces nuestras iglesias haciendo en ellas víctimas humanas.

 

En el artículo dedicado a China veremos que el emperador es allí el primer pontífice, y describiremos el culto sencillo y augusto que se practica. En otras partes es sencillo, pero no es majestuoso, como por ejemplo el de los reformistas en Europa y el de la América inglesa.

 

En nuestros países católicos se encienden cirios en los altares al mediodía, práctica considerada como una abominación en tiempos antiguos. Existen conventos de monjas que si se les redujera la cantidad de cirios creerían que se había extinguido la luz de la fe y que se aproximaba el fin del mundo. La Iglesia anglicana conserva un término medio entre las pomposas ceremonias romanas y la parquedad de los cultos calvinistas.

 

El canto, la danza y los hachones encendidos constituían ceremonias esenciales en las fiestas sagradas de Oriente. Por la historia antigua sabemos que los primitivos egipcios daban la vuelta a sus templos cantando y bailando. No había ninguna institución sacerdotal en Grecia que no utilizara cantos y danzas. Los hebreos adquirieron esa costumbre de los pueblos cercanos. David cantaba y bailaba delante del Arca.

 

San Mateo habla de un cántico entonado por el mismo Jesús y por los apóstoles después de celebrar las pascuas (1).

(1) Hymno dicto, San Mateo, 26, 39.

 

Ese cántico, que ha llegado hasta nuestros días, no está incluido en los libros canónicos, pero hallamos fragmentos del mismo en una de las cartas de san Agustín dirigidas al obispo Ceretius. San Agustín no dice que no se cantara ese himno ni rechaza sus palabras, sólo condena a los priscilianistas, (2) que aun admitiendo este himno en su evangelio le daban una interpretación errónea, que a él se le antojaba impía. He aquí el cántico tal como se encuentra dividido en partículas en el mismo san Agustín:

 

Quiero absolver y ser absuelto.

 

Quiero salvar y salvarme.

 

Quiero engendrar y ser engendrado.

 

Quiero cantar y que bailen todos de alegría.

 

Quiero llorar y que todos participen de mi dolor.

 

Quiero ataviarme y ser ataviado.

 

Soy lámpara para todos los que me veis.

 

Soy puerta para todos los que llaméis a ella.

 

Lo que veáis que haga, no lo digáis.

 

Cumplid todo lo que os digo y aún tengo más que deciros.

 

(2) Priscilianismo, herejía de Prisciliano, que fue un obispo español del siglo IV.

 

Aunque se haya puesto en duda el cántico citado, lo cierto es que el himno se entonaba en todas las ceremonias religiosas antiguas. Mahoma lo encontró instituido en Arabia, y lo estaba también en la India. Parece que no lo usaron los letrados de China. Las ceremonias tienen en todas partes semejanzas y diferencias, pero se adora a Dios en todo el mundo.

 

Es un consuelo para nosotros que los mahometanos, los indios, los chinos y los tártaros, adoren un Dios único, ya que en esto son hermanos nuestros. Existiendo un Dios único adorado en todo el mundo, ¿por qué los que le reconocen por padre le ofrecen el continuo espectáculo de ser. hijos que se detestan, que se anatematizan, se persiguen y se matan por necias disputas?

 

No es fácil explicar de manera satisfactoria lo que griegos y romanos entendían por la palabra adorar, ni si adoraban a los faunos, a los silvanos, a las dríadas y a las náyades, como adoraban a sus dioses mayores. No es verosímil que Antínoo fuese adorado por los nuevos egipcios con el mismo culto que Serapis. Lo indudable es que los antiguos egipcios no adoraban las cebollas y los cocodrilos del mismo modo que a Isis y a Osiris.

 

Respecto a si Simón, llamado el Mago, fue adorado por los romanos nosotros creemos que fue absolutamente desconocido de ellos. San Justino en su Apología, tan desconocida en Roma como el tal Simón, dice que dedicaron a dicho personaje una estatua en el Tíber, entre los dos puentes, con esta inscripción: Simoni deo santo. Ireneo y Tertuliano también lo afirman, pero ¿a quién? A gentes que no habían estado nunca en Roma, a africanos, a sirios y a algunos habitantes de Sichem. Ciertamente, no vieron la estatua a que se refieren y que contiene esta inscripción: Semo sanco deofidio, y no la que ellos dicen y hemos transcrito.

 

Debieron al menos consultar a Dionisio de Helicarnaso, que en su cuarto libro inserta la inscripción Semo sanco, que significa en sabino mitad hombre y mitad dios. Tito Livio, en el libro VIII, capítulo XX, dice: «Bona Semoni sanco censuerunt consecranda». Este dios fue uno de los más antiguos que se reverenciaron en Roma. Lo consagró Tarquinio el Soberbio y era el dios de las alianzas de buena fe. Le sacrificaban un buey y en la piel de éste escribían el tratado concertado con los pueblos limítrofes. Le erigieron un templo cerca de Tirimus y le presentaban ofrendas, bien invocándole con el nombre de padre Semo, bien con el de Sancus lidius. Esta es la deidad romana que durante muchos siglos tomaron por Simón el Mago. San Cirilo lo creyó así, y san Agustín dice en el primer libro de las Herejías, que Simón el Mago hizo erigir dicha estatua por orden del emperador y del Senado.

 

Esa increíble fábula, cuya falsedad es fácil de descubrir, se enlazó durante mucho tiempo con otra fábula, la de que san Pedro y el citado Simón comparecieron ante Nerón y en presencia de éste se desafiaron a ver quién resucitaría más pronto a un muerto que fuera pariente cercano de Nerón y quién se elevaría más alto en el aire. Simón hizo que varios diablos le elevaran en un carro de fuego, y san Pedro y san Pablo, por medio de oraciones, lo hicieron caer en tierra desde gran altura y se rompió las piernas y murió. Irritado Nerón por esto, mandó ejecutar a san Pablo y san Pedro (1).

 

(1) Véase el artículo Pedro (san).

 

Abdías, Marcelo y Hegesipo nos refieren esa historieta con diferentes detalles; Arnobo, san Cirilo, Severo Sulpicio, Filastro, san Epifanio, Isidoro, Dedamiete, Máximo de Turín y otros autores han transmitido sucesivamente este error, que fue generalmente aceptado hasta que se encontró en Roma la estatua de Semos sancus deus fidius, y hasta que el sabio Mabillos desenterró uno de los monumentos antiguos que contenía la inscripción Semoni sanco deo fidio.

 

No obstante, es cierto que existió un Simón que los judíos tuvieron por mago, y no es menos cierto que dicho Simón, hijo de Samaria, reunió y se puso al frente de algunos infelices a los que persuadió de que era el representante de la virtud en la tierra, enviado por Dios. Bautizaba como los apóstoles y erigía altares enfrente de los de éstos.

 

Los judíos de Samaria, que siempre fueron enemigos de sus hermanos de Jerusalén, se atrevieron a poner a Simón enfrente de Jesucristo, que tenía por apóstoles y discípulos a gentes de la tribu de Benjamín o de la de Judá. Simón bautizaba cual los apóstoles, pero añadía el fuego al agua del bautismo y decía que había profetizado su venida al mundo san Juan Bautista, fundándose en estas palabras: «El que debe venir detrás de mí será más poderoso que yo y os bautizará con el Espíritu Santo y con el fuego» (2).

 

(2) San Mateo, 3, 11.

 

Simón encendía encima de la pila bautismal una ligera llama con petróleo sacado del lago Asfaltide. Su secta llegó a ser bastante numerosa pero no es creíble que sus discípulos le adoraran. San Justino es el único que lo cree.

 

Menandro (3), al igual que Simón, se presentó como enviado de Dios y salvador de los hombres. Todos los falsos Mesías se daban a sí mismos el título de enviados de Dios, pero no exigían que les adorasen. Antiguamente no se divinizó en vida a ningún hombre si exceptuamos a Alejandro o a los emperadores romanos, que despóticamente lo ordenaban así a los pueblos esclavos. Con todo, no fue una adoración propiamente dicha sino veneración extraordinaria, apoteosis prematura, adulación tan ridícula como la que Virgilio y Horacio prodigaron al emperador Octavio.

 

(3) Este Menandro no es el poeta cómico, sino un discípulo de Simón el Mago, tan charlatán como su maestro.

 

ADULACIÓN. En la más remota Antigüedad no se encuentran rastros de adulación. No la usaban Hesíodo ni Homero; tampoco dirigían sus cantos a ningún griego que ostentara altas dignidades, ni a su esposa, así como Thomson dedica cada canto de su poema las Estaciones a alguna persona adinerada, ni como muchos autores de epístolas en verso, que hoy yacen en el olvido, dedicaron sus obras a personas influyentes, colmándolas de elogios. Tampoco se encuentran adulaciones en Demóstenes. La forma de mendigar dádivas en armoniosos versos empieza con Píndaro, si no me equivoco. No cabe una forma más aduladora de tender la mano.

 

Entre los romanos, el sistema de adular data de la época de Augusto. Julio César apenas tuvo tiempo para que le adularan. No conocemos ningún poema dedicado a Sila, a Mario, ni a sus esposas y amantes. Pero sí debieron dedicar versos malos a Lúculo y a Pompeyo, pero, a Dios gracias, no han llegado hasta nosotros.

 

Resulta un espectáculo poco edificante ver que Cicerón, que era igual en dignidad a César, hable delante de él defendiendo como abogado a un rey de la Bitinia y Armenia, llamado Geyotar, acusado de conspirar y hasta de pretender el asesinato de César. Dice Cicerón que se siente cohibido en presencia de tan ilustre personaje y le llama vencedor del mundo, victorem orbis terrarum, pero la adulación no llega hasta la bajeza sino que conserva cierto pudor. En la época de Augusto, lo pierde por completo y llega el famoso orador a los últimos extremos.

 

El Senado acuerda otorgar a dicho emperador la apoteosis en vida. Esta adulación se transformó en una especie de tributo que los romanos tuvieron que pagar a los emperadores siguientes y que llegó a convertirse en una especie de costumbre. Pero a nadie puede halagar una adulación que se generaliza.

En Europa no tenemos grandes ejemplos de adulación hasta Luis XIV. Su padre, Luis XIII, fue muy agasajado, pero sólo se le tributan alabanzas en algunas de las odas de Malherbe, quien siguiendo la costumbre le llama el rey más grande de los reyes, como los poetas españoles llaman al rey de Inglaterra. Pero casi todos sus elogios los dedica al cardenal Richelieu. Sobre Luis XIV cayó todo un diluvio de adulaciones, pero no le perjudicaron como al héroe de la anécdota que quedó sofocado bajo los montones de pétalos de rosa que arrojaron sobre él; las adulaciones le incitaron a portarse mejor. Cuando la adulación se funda en motivo plausible no es perniciosa, estimula a acometer grandes empresas; pero sus excesos son nocivos al igual que los excesos de la sátira.

 

Es necedad bastante frecuente que los oradores se empeñen en elogiar al príncipe incapaz de hacer nada bueno. Resulta vergonzoso que Ovidio tribute elogios a Augusto desde el lugar de su destierro.

 

ADULTERIO. No debemos esta palabra a los griegos, sino a los romanos. Adulterio significa en latín alteración, adulteración; una cosa puesta en lugar de otra; llaves falsas, contratos y signos falsos, adulterio. Por eso al que se metía en lecho ajeno se le llamó adúltero, como una llave falsa que abre la casa de otro. Por eso llamaron por antífrasis coccix cuclillo al pobre marido en cuya casa y cama pone los huevos un hombre extraño. El naturalista Plinio, dice: «Coccixova subdit in nidis alienis, ita plerique alienas uxores faciunt matres» (El cuclillo deposita sus huevos en el nido de otros pájaros; de este modo muchos romanos hacen madres a las mujeres de sus amigos). La comparación no es muy exacta porque aunque se compara al cuclillo con el cornudo, siguiendo las reglas gramaticales el cornudo debía ser el amante y no el esposo.

 

Algunos doctos sostienen que debemos a los griegos el emblema de los cuernos, porque los griegos designan con la denominación de macho cabrío al esposo de la mujer que es lasciva como una cabra. En efecto, los griegos llaman a los bastardos hijos de cabra.

 

La gente fina, que no usa nunca términos malsonantes, no pronuncia jamás la palabra adulterio. Nunca dicen la duquesa de tal comete adulterio con fulano de cual, sino la marquesa A tiene trato ilícito con el conde de B. Cuando las señoras confiesan a sus amigos o a sus amigas sus adulterios, sólo dicen: «Reconozco que le tengo afición». Antiguamente, declaraban que le apreciaban mucho, pero desde que una mujer del pueblo declaró a su confesor que apreciaba a un consejero y el confesor le preguntó: «¿Cuántas veces le habéis apreciado?», las damas de elevada condición no aprecian a nadie... ni van a confesarse.

 

Las mujeres de Lacedemonia no conocieron la confesión, ni el adulterio. Y aunque el caso de Menelao demuestra lo que Elena era capaz de hacer, Licurgo puso orden consiguiendo que las mujeres fueran comunes por acuerdo entre marido y mujer. Cada uno podía disponer de lo que le pertenecía. En tales casos, el marido no podía temer el peligro de estar alimentando en su casa a un hijo de otro, pues todos los hijos pertenecían al Estado y no a una familia determinada. De este modo no se perjudicaba a nadie. El adulterio es condenable porque es un robo, pero no puede decirse que se roba lo que nos dan. Un marido lacedemonio rogaba con frecuencia a un hombre joven, de excelente complexión y robusto, que cohabitara con su mujer. Plutarco nos ha dejado constancia de la canción que cantaban los lacedemonios cuando Acrotatus iba a acostarse con la mujer de su amigo.

 

Id, gentil Acrotatus, satisfaced bien a Kelidonida. Dad bravos ciudadanos a Esparta.

 

Los lacedemonios tenían, pues, razón para decir que el adulterio era imposible entre ellos. No acontece lo mismo en las naciones modernas, en las que todas las leyes están fundadas sobre lo tuyo y lo mío.

 

Una de las cosas más desagradables del adulterio entre nosotros es que la mujer suele burlarse con su amante del marido. En la clase baja no es raro que la mujer robe al marido para darlo al amante y que las querellas matrimoniales suscitadas por este motivo empujen a los cónyuges a cometer crueles excesos.

 

La mayor injusticia y el mayor daño del adulterio consiste en dar un hombre de bien hijos de otros, con lo que les carga con un peso que no debían llevar. Por este medio, estirpes de héroes han llegado a ser bastardas. Las mujeres de los Astolfos y de los Jocondas, por la depravación del gusto y la debilidad de un momento, han tenido hijos de un enano contrahecho o de un lacayo sin talento, y de esto se resienten los hijos en cuerpo y alma. Insignificantes mequetrefes han heredado los más famosos nombres en algunos países de Europa y conservan en el salón de su palacio los retratos de sus falsos antepasados, de seis pies de estatura, hermosos y bien formados, llevando un espadón que un hombre moderno apenas si podría sostener con las dos manos.

 

En algunos pueblos de Europa las jóvenes solteras se entregan a los mozos de su agrado, pero cuando se casan se tornan esposas prudentes y modosas. En Francia sucede todo lo contrario: encierran en conventos a las jóvenes, donde se les da una educación ridícula. Para consolarlas; sus madres les imbuyen la idea de que serán libres cuando se casen. Y en efecto, apenas viven un año con su esposo ya están deseando conocer a fondo sus propios atractivos. La joven casada pasea y va a los espectáculos con otras mujeres para que le enseñen lo que desea saber. Si no tiene amante como sus amigas se halla como avergonzada y no se atreve a presentarse en público.

 

Los orientales tienen costumbres muy contrarias a las nuestras. Les presentan jóvenes garantizando que son doncellas, se casan con ellas y las tienen siempre encerradas por precaución. Y aunque nos dan lástima las mujeres de Turquía, Persia y la India, son mucho más felices en sus serrallos que las jóvenes francesas en sus conventos.

 

Entre nosotros suele ocurrir que un marido, engañado por su mujer, no queriendo formarle proceso criminal por adulterio, se contenta con una separación de cuerpo y bienes. A propósito de esto insertaremos una Memoria escrita por un hombre honrado que se encontró en situación semejante. Los lectores decidirán de la justicia o injusticia de sus quejas.

 

Memoria de un magistrado (escrita en el año 1765). Un magistrado de una ciudad de Francia tuvo la desgracia de casarse con una mujer a quien sedujo un sacerdote antes de su boda y que después dio varios escándalos públicos. Tuvo la consideración de separarse de ella amistosamente. El magistrado era un hombre de cuarenta años, vigoroso y de rostro agraciado; necesitaba mujer, pero era demasiado escrupuloso para seducir a la esposa de otro hombre y le repugnaba recurrir a las meretrices o liarse con una viuda. Entonces, dirigió a la iglesia de su culto las siguientes quejas:

 

«Mi esposa es culpable, pero el castigado soy yo. Una mujer es necesaria para el consuelo de mi vida y para que persevere en la virtud, y la Iglesia a la que pertenezco me la niega prohibiéndome volver a contraer matrimonio con una mujer honrada. Las leyes civiles actuales, basadas por desgracia en el Derecho canónico, me privan de los derechos inherentes a la persona humana. La Iglesia me pone en la alternativa de procurarme deleites que ella reprueba o de resarcimientos vergonzosos que condena. Me impulsa a ser criminal.

 

»Examino todos los pueblos del mundo y no encuentro uno solo, salvo el pueblo católico romano, en que el divorcio y segundas nupcias no sean de derecho natural. ¿Qué arbitrario orden hace, pues, que en los países católicos sea una virtud consentir el adulterio, y un deber carecer de mujer cuando la propia nos ultrajó indignamente? ¿Por qué una coyunda indigna es indisoluble, a pesar de que dice la ley de nuestro código: «quidquid ligatur dissoluble est», lo que se liga es disoluble? Se me permite la separación de cuerpo y de bienes y no se me permite el divorcio. La ley puede quitarme mi mujer y, sin embargo, me deja una cosa llamada sacramento: no gozo ya del matrimonio y, sin embargo, estoy casado. ¡Qué contradicción y qué esclavitud!

 

»Lo más extraño es que esa ley de la Iglesia católica romana contradice directamente las palabras que esa misma Iglesia cree que pronunció Jesucristo: «Todo el que despida a su mujer, excepto por adulterio, peca si toma otra» (Mateo, 19‑9).

 

»No me detendré en examinar si los pontífices de Roma han tenido derecho para violar a su capricho la ley de su Señor, ni del hecho de que cuando un Estado necesita tener un heredero es lícito repudiar a la que no puede darlo. Tampoco trataré de averiguar si una mujer turbulenta, demente, homicida o envenenadora debe repudiarse al igual que una adúltera. Únicamente me ocuparé del triste estado en que me encuentro sumido Dios permite que me vuelva a casar y el obispo de Roma no me lo permite.

 

»El divorcio estuvo en vigor en los pueblos católicos durante el reinado de todos los emperadores, así como en todos los Estados que se desgajaron del Imperio romano. Casi todos los primeros reyes de Francia repudiaron a sus mujeres para tomar otras, hasta que ascendió al solio pontificio Gregorio IX, enemigo de los emperadores y de los reyes, y por medio de un decreto mandó que el yugo matrimonial fuera insacudible. Este decreto fue ley para toda Europa, y cuando los reyes quisieron repudiar a una mujer adúltera, pudiendo hacerlo según la ley de Jesucristo para conseguirlo tuvieron que valerse de pretextos ridículos. Luis el Joven se vio obligado, para divorciarse de Eleonora de Crineume, a alegar un parentesco que no existía. Enrique IV, para repudiar a Margarita de Valois, pretextó un motivo más falso todavía: la falta de consentimiento. Era preciso mentir para divorciarse legalmente.

 

»Un soberano puede abdicar la corona, ¿y sin licencia del Papa no podrá abdicar su mujer? ¿Es comprensible que hombres ilustrados consientan esclavitud tan absurda?

 

»Convengo en que los sacerdotes y los monjes renuncien a las mujeres. Cometen un atentado contra la población y es una desgracia para ellos, pero merecen esa desgracia porque ellos mismos se la proporcionan. Son víctimas de los papas, que los han convertido en esclavos, en soldados sin familia y sin patria, que viven únicamente para la Iglesia, pero yo, que soy magistrado, que sirvo al Estado todo el día, necesito una mujer por la noche y la Iglesia no está facultada para privarme de un bien que Dios me concede. Los apóstoles estaban casados, san José también y yo quiero estarlo. Soy alsaciano y, no obstante, dependo de un sacerdote que vive en Roma. Si ese sacerdote posee el bárbaro poder de privarme de una mujer, que me convierta en eunuco y cantaré el miserere en su capilla con voz de tiple».

 

Memoria para las mujeres. La equidad exige que, habiendo insertado la anterior Memoria en favor de los maridos, aboguemos ahora en favor de las mujeres casadas transcribiendo las quejas que presentó a la Junta de Portugal la condesa de Alcira. He aquí lo esencial de ellas:

 

«El Evangelio prohíbe el adulterio lo mismo a mi marido que a mí, y por tanto debe ser condenado como yo. Cuando cometió conmigo veinte infidelidades, cuando dio mi collar a una de mis rivales y mis pendientes a otra, no pedí que le cortaran el pelo al rape, le encerraran en un convento, ni que me entregaran sus bienes. Y yo, por haberle imitado una sola vez, por haber hecho con el barbián más majo de Lisboa lo que él hace impunemente todos los días con las casquivanas de más baja estofa de la corte y de la ciudad, tengo que sentarme en el banquillo de los acusados ante jueces que se hincarían de rodillas a mis pies si estuvieran conmigo dentro de mi alcoba. Y es preciso también que me corten el pelo, que llama la atención de todo el mundo; que luego me encierren en un convento de monjas, que carecen de sentido común; que me priven de mi dote y de mi contrato matrimonial y que entreguen todos mis bienes a mi fatuo marido para que le ayuden a seducir a otras mujeres y cometer otros adulterios. Díganme si esto es justo y si no parece que sean los cornudos los que han promulgado las leyes.

 

»Me quejo con razón, pero responden a mis quejas que debo considerarme afortunada, porque no me han lapidado en las puertas de la ciudad los canónigos, los feligreses de la parroquia y todo el pueblo, pues eso es lo que se hacía en la primera nación del mundo, en la nación predilecta y querida de Dios, la única que tuvo razón cuando las demás se equivocaban.

 

»Pero yo contesto a esos bárbaros que cuando presentaron la mujer adúltera ante el que promulgó la antigua y la nueva ley, éste no consintió que la apedrearan. Bien al contrario, les echó en cara su injusticia y les espetó este antiguo proverbio hebraico: «El que de vosotros esté sin pecado, que arroje la primera piedra». Entonces se retiraron todos y los viejos más aprisa, porque como tenían más arios habían cometido más adulterios.

 

»Los doctores en Derecho canónico me arguyen que la historia de la mujer adúltera sólo se refiere en el Evangelio de san Juan. Leontins y Maldonat aseguran que esa historia no se encuentra en ninguno de los antiguos ejemplares griegos y que no habla de ella ninguno de los veintitrés primeros apologistas. Orígenes, san Jerónimo, san Juan Crisóstomo Teofilacto y Nonuns no la conocen, ni se encuentra en la Biblia siríaca ni en la versión Ulfilas. Esto dicen los abogados de mi marido, que a más de cortarme el pelo quisieran que me lapidaran.

 

»Pero los abogados que me defienden aseguran que Amnonio, autor del siglo III, reconoce por verdadera esta historia, y que si san Jerónimo la rechaza en algunas partes, la acepta en otras; en suma, que se tiene por auténtica en la actualidad. Salgo del tribunal, busco a mi marido y le digo: «Si estáis limpio de pecado, cortadme el pelo, encerradme en un convento y apoderaos de mis bienes, pero si habéis cometido más pecados que yo, a mí me toca encerraros en un convento y apoderarme de vuestra fortuna». La Justicia debe ser igual para los dos. Mi marido me replica que es mi superior, mi dueño, que tiene una pulgada más de estatura, que es velludo como un oso y que, consecuentemente, se lo debo todo y él no me debe nada.

 

»Y yo me pregunto ahora: ¿Cómo la reina Ana de Inglaterra es superior a su marido?, ¿cómo su marido el prínciPe de Dinamarca le obedece siempre?, y ¿cómo, si no lo hiciera así le trataría el Tribunal de los Pares, caso de que cometiera con ella alguna infidelidad? Por tanto, es evidente que si las mujeres no hacen castigar a los hombres es porque son menos fuertes que ellos.»

 

Para juzgar con justicia un proceso de adulterio sería preciso que fueran jueces doce hombres y doce mujeres, y un hermafrodita con facultad decisoria en caso de empate.

 

Pero hay casos singulares en que no caben las dudas, ni nos es lícito juzgar. Uno de estos casos es la aventura que refiere san Agustín en su homilía sobre el sermón de la montaña de Jesucristo.

 

Séptimo Acindio, procónsul de Siria, mandó prender en Antioquía a un cristiano porque no pagó al fisco una libra de oro con que le multaron, y le amenazó con la muerte si no pagaba. Un hombre rico de aquel país prometió dar dos marcos de oro a la mujer del desventurado si consentía satisfacer sus deseos.

 

La mujer fue a contárselo a su marido y éste rogó que le salvara la vida, aun a costa de aquel mal trago. La mujer obedeció a su marido pero el hombre rico, en vez de entregarle los dos marcos de oro, la engañó dándole una bolsa llena de tierra. El marido no pudo pagar al fisco y no le quedó más remedio que morir. Enterado el procónsul de la infamia, pagó de su bolsillo la multa y ordenó que entregaran a los esposos cristianos el dominio del campo de donde se sacó la tierra para llenar la bolsa mencionada.

 

En este caso se ve que la mujer, en vez de ultrajar a su marido, fue dócil a su voluntad. No sólo le obedeció, sino que le salvó la vida. San Agustín no se atreve a decir si es culpable o virtuosa, teme condenarla sin razón. Lo singular es que Bayle, en este caso, pretenda ser más severo que san Agustín (1).

(1) Bayle Diccionario, artículo Acindimus. Condena resueltamente a la pobre mujer.

 

En lo tocante a la educación contradictoria que damos a nuestras hijas, añadamos una palabra. Las educamos infundiéndoles el deseo inmoderado de agradar, para lo cual les damos lecciones. La naturaleza por sí sola lo haría si no lo hiciéramos nosotros, pero al instinto de la naturaleza añadimos los refinamientos del arte. Y cuando están acostumbradas a nuestras enseñanzas las castigamos si practican el arte que de nosotros han aprendido. ¿Qué opinión nos merecería el maestro de baile que estuviera enseñando a un discípulo durante diez años y al cabo de ese tiempo quisiera romperle las piernas por encontrarle bailando con otro? ¿No podríamos añadir este artículo al de las contradicciones?

 

AFIRMACIÓN POR JURAMENTO. No nos ocuparemos aquí de la afirmación con que los sabios afirman con frecuencia. No se debe afirmar ni decidir más que en geometría. En todo lo demás imitemos al Marfurins de Moliere, que dice: «Puede... es fácil... no es imposible... es menester verlo». Adoptemos el quizá de Rabelais, el qué sé yo de Montaigne, el non liquet de los romanos y la duda de la Academia de Atenas. Ahora bien, esto lo decimos al tratar de cosas profanas, porque en lo que hace a las cosas sagradas ya es sabido que no es lícita la duda.

 

Al ocuparnos de este artículo en el Diccionario Enciclopédico, dijimos que los hombres llamados cuáqueros en Inglaterra hacían fe en el tribunal de justicia con una sola afirmación, y no los obligaban a prestar juramento. Los pares del reino gozan de iguales privilegios, los pares seculares afirman por su honor y los pares eclesiásticos poniendo la mano sobre el corazón. Los cuáqueros obtuvieron la misma prerrogativa en el reinado de Carlos II y es la única secta que en Europa disfruta de tal honor.

 

El canciller Cuwer quiso obligar a los cuáqueros a que prestaran juramento como los demás ciudadanos, pero el que estaba a la cabeza de ellos le contestó con gravedad:

 

— Amigo canciller, debes saber que Nuestro Señor Jesucristo nos prohíbe afirmar de otro modo, pues nos dijo expresamente: «Os prohíbo jurar por el cielo, porque es el trono de Dios, y por la tierra, porque es el escabel de mis pies; por Jerusalén, porque es la ciudad del gran rey, y por la cabeza, porque tú no puedes convertir un solo pelo en blanco ni en negro». Esto es irrefutable, amigo canciller, y no nos atrevemos a desobedecer a Dios por complacerte a ti y al Parlamento.

 

— No se puede hablar mejor —respondió el canciller—, pero voy a referiros una anécdota que acaso no sepáis. Un día, Júpiter ordenó que todas las bestias de carga se dejaran poner herraduras, y los caballos, los mulos y hasta los camellos obedecieron en seguida; sólo los asnos se resistieron a cumplir la orden alegando tantas razones y rebuznando tanto tiempo que Júpiter, que era bondadoso, les dijo por fin: «Señores asnos, os concedo lo que pedís, no os pondrán herraduras, pero a la primera falta que cometáis recibiréis cien palos».

Lo cierto es que hasta hoy los cuáqueros no han incurrido en falta.

 

AGAR. El que despide a su amante o a su concubina, si no le proporciona medios de vivir, pasa entre nosotros por hombre malvado.

 

Se nos ha dicho que Abrahán era muy rico en el desierto de Gerara, pese a que no tuvo una pulgada de tierra propia. Sabemos que derrotó a los ejércitos de cuatro poderosos reyes con trescientos dieciocho pastores de ganado. Debió regalar, pues, por lo menos, un rebaño a su concubina Agar cuando la despidió en el desierto. Hablo aquí sujetándome a las exigencias del mundo, pero reverencio las vías incomprensibles de Dios, que los demás mortales seguimos.

 

En el caso de Abrahán hubiera yo regalado algunos corderos, unas cuantas cabras y un macho cabrío a mi antigua concubina Agar, algunos trajes para ella y para mi hijo Ismael, una buena asna para la madre un borriquillo para el hijo, un camello para que les llevara el bagaje y uno o dos criados para que les acompañara y les defendiera, evitando el ser comidos por los lobos. El padre de los creyentes sólo dio un cántaro de agua y un pan a la pobre mujer y a su hijo cuando los abandonó en medio del desierto.

 

Algunos impíos sospechan que Abrahán fue un padre poco cariñoso que quería ver a su hijo bastardo muerto de hambre y cortar el cuello a su hijo legítimo. Pero eso son misterios impenetrables de los libros santos.

 

Se nos dice que la pobre Agar se fue al desierto de Bersabé. Lo único que cabe objetar es que entonces no existía semejante desierto. Sólo se conoció ese nombre muchos años después. Pero esto es una bagatela y no por ello pierde autenticidad el fondo de la historia.

 

Verdad es que la posteridad de Ismael, hijo de Agar se vengó cruelmente de la posteridad de Isaac, hijo de Sara, a favor del cual fue Ismael abandonado en el desierto. Los sarracenos, descendientes en línea recta de Ismael, se apoderaron de Jerusalén que por derecho de conquista pertenecía a la posteridad de Isaac. Yo hubiera preferido que descendieran de Sara los sarracenos, porque esta etimología estaría más justificada y sería más natural la genealogía. Supónese que la palabra sarraceno trae su origen de Sarac, que significa ladrón. No sé que ningún pueblo se haya llamado nunca ladrón. Aunque casi todos los pueblos lo han sido, ninguno ha adoptado este título.

 

AGRICULTURA. Apenas se concibe hoy que los antiguos, que cultivaban la tierra tan bien como nosotros, pudieran creer que los granos que sembraban debían necesariamente morir y pudrirse antes de nacer o de producir. Si hubieran sacado de la tierra el grano al cabo de dos o tres días, le hubieran visto muy sano, un poco hinchado, con la nariz hacia abajo y la cabeza hacia arriba. Pasado algún tiempo, si hubieran efectuado la misma operación, habrían distinguido el germen del grano del trigo, los hilillos blancos de las raíces, la materia lechosa que forma la harina, sus dos envolturas y sus hojas. Bastó que algún filósofo heleno o bárbaro les enseñara que toda generación nace de la corrupción, para que todo el mundo lo creyera; y este error, que es el mayor y el más estúpido de todos los errores, porque es opuesto a las leyes de la naturaleza, se difundió en los libros que se escribían para instrucción del género humano.

 

Los filósofos modernos, más audaces porque son más ilustrados, han abusado de su ilustración para reprochar duramente a Jesucristo, salvador del mundo, y a san Pablo, que fue su perseguidor y luego se tornó en su apóstol; han reprochado, repito, que muriera para renacer, diciendo que era el colmo del absurdo querer probar por segunda vez el nuevo dogma de la resurrección por medio de una comparación tan falsa y tan ridícula. Se han atrevido a decir en la Historia crítica de Jesucristo,l que tan grandes ignorantes no habían nacido para enseñar a los hombres, y que los libros que escribieron, desconocidos durante mucho tiempo, no debían haberse conocido nunca.

 

Los autores de esas blasfemias no pensaron que Jesucristo y san Pablo no se dignaban hablar la lengua admitida, que pudiendo enseñar las verdades de la física sólo enseñaban las del Génesis. Efectivamente, en el Génesis el Espíritu Santo está siempre de acuerdo con las ideas más groseras que aceptaba el más grosero populacho. La sabiduría eterna no descendía a la tierra para instruir las academias de la ciencia. Esto es lo que respondemos siempre a los que reprochan los errores físicos de todos los profetas, y sobre todo lo que escribieron los hebreos. Sabido es que un tratado de religión no es un tratado de filosofía.

 

Además, las tres cuartas partes de los habitantes de la tierra se desenvuelven bien sin conocer el trigo, en tanto que nosotros pretendemos que no se puede vivir sin él. Los que viven voluptuosamente en las ciudades se asombrarían si supieran el trabajo que cuesta proporcionarles el pan.

 

Del grande y pequeño cultivo. En uno de los artículos de la Enciclopedia se hace distinción entre el grande y el pequeño cultivo. El grande se practica con caballos y el pequeño con bueyes; este pequeño cultivo, que es el predominante en las tierras de Francia, se considera un trabajo casi baldío y un estéril esfuerzo de la indigencia.

 

La historia crítica de Jesucristo o Análisis razonado / de los Evangelios, atribuida al barón de Holbach. se imprimió en 1770.

 

Esta idea no me parece en absoluto verdadera. No labran la tierra los caballos mejor que los bueyes, pues estos dos métodos tienen compensaciones que los hacen perfectamente iguales. Parece que los antiguos nunca emplearon caballos para el cultivo de la tierra. Sólo se dedican bueyes a este trabajo en Hesíodo, en Jenofonte, en Virgilio y en Columela. Arar la tierra con bueyes sólo es perjudicial cuando los propietarios mal aconsejados proporcionan bueyes malos y mal alimentados a los braceros que no tienen recursos y trabajan mal la tierra. Como quiera que estos braceros nada arriesgan y nada proporcionan, no trabajan los campos como se necesita tarbajarlos, y sin enriquecerse empobrecen a sus dueños. Desgraciadamente, es el caso de muchos padres de familia.

 

El servicio que prestan los bueyes es tan provechoso como el que prestan los caballos, porque si aquéllos labran más despacio, pueden en cambio trabajar más días sin cansarse, cuestan menos de alimentar, no se les ponen herraduras y pueden sus dueños revenderlos o cebarlos para el matadero, lo cual no sucede con los caballos. No se pueden emplear éstos más que en los países donde la avena está muy barata y por esto es mucho menor el cultivo con caballos que con bueyes.

 

De la roturación. El artículo roturación de la Enciclopedia sólo se ocupa de la estimación de las hierbas inútiles y perjudiciales que se arrancan de los campos para dejarlos en condiciones de poderlos sembrar. Pero el arte de preparar la tierra no se limita a ese procedimiento necesario que siempre estuvo en uso; consiste también en hacer fértiles las tierras estériles que no han producido nunca cosecha, como los terrenos pantanosos, los que contienen greda o son pedregosos.

 

Las tierras arcillosas, de creta, o de arena, son rebeldes a todo cultivo. Únicamente pueden ser productivas llenándolas de tierra fértil durante años enteros. Pero sólo pueden beneficiarse de este recurso los hombres muy ricos, porque el gasto es superior al producto durante muchos años.

 

La piedra filosofal de la agricultura debe consistir en sembrar poco y recoger mucho. Ciertos tratados de agricultura enseñan doce secretos para conseguir la multiplicación del trigo, pero es preciso someterlos todos al método de hacer nacer abejas de la piel de un toro y a otros experimentos no menos ridículos.

 

La quimera de la agricultura consiste en creer que podemos obligar a que la naturaleza produzca más de lo que naturalmente puede producir. Empeñarse en esto es como si nos empeñáramos en tener el secreto de que una mujer diera a luz diez hijos, cuando no puede alumbrar más que dos. Lo más que podemos hacer es cuidarla mucho durante el embarazo.

 

El método más seguro para recoger una buena cosecha de cereales consiste en servirse de la sembradora. Esta máquina, por medio de la cual al tiempo que se siembra, rastrilla y tapa la semilla, evita las corrientes del viento, que muchas veces aventa los granos, y libra la simiente de los pájaros, que se la comen. No debe desaprovecharse esta ventaja.

 

Además, cuanto más regularmente esté desparramada en la tierra, tanta más libertad tiene para extenderse y produce tallos más fuertes y gruesos. Pero la sembradora no conviene a toda clase de terrenos ni a todos los labradores, pues para emplearla es indispensable que la tierra esté unida, no sea pedregosa y el labrador sea diestro. La sembradora es cara, hay que componerla cuando se estropea, y para usarla hay que emplear dos hombres y un caballo, y muchos agricultores sólo tienen bueyes. Los agricultores ricos deben usar esa máquina y prestarla a los agricultores pobres.

 

De la protección que debe prestarse a la agricultura. No sabemos por qué desventura, sólo en China la agricultura está verdaderamente protegida y honrada. Los ministros de Estado en Europa deberían fijar la atención en la siguiente Memoria, aunque la haya escrito un jesuita al que ningún otro misionero contradijo nunca. Está acorde por entero con los datos que poseemos del Celeste Imperio:

 

«Al inicio de la primavera china, esto es, en el mes de febrero, habiendo recibido la orden de decidir el tribunal de las matemáticas cuál era el día conveniente para acometer la ceremonia de la labranza, señaló el día 24 de la oncena luna, y el tribunal de los ritos se lo comunicó al emperador por medio de un memorial en el que este tribunal puntualizó a Su Majestad los preparativos que había de hacer para dicha fiesta.

 

»Según el memorial, el emperador debía nombrar doce personas ilustres que le acompañaran e hicieran la ceremonia de labrar después de él. Estas personas habían de ser tres príncipes y nueve presidentes de los tribunales superiores. Si alguno de esos presidentes era de edad muy avanzada o estaba enfermo, el emperador nombraba asesores que ocupasen su sitio.

 

»La ceremonia consistía en labrar la tierra para excitar la emulación a los ciudadanos por medio del ejemplo, y en ella el emperador, en calidad de gran pontífice, hacía su sacrificio que ofrecía a Chang‑ti pidiéndole abundante cosecha para que su pueblo disfrutara de bienestar. Para prepararse a ese sacrificio, el emperador debía ayunar y guardar continencia los tres días anteriores. Lo mismo debían hacer los doce personajes ilustres que nombraba Su Majestad para que le acompañasen.

 

»La víspera de la ceremonia el emperador escogía algunos caballeros de primera calidad y los enviaba a la sala de sus antecesores para que se arrodillaran delante de la tablilla y dijeran: «Nos portaremos con los muertos como si estuvieran en vida». Allí les comunicaban al día siguiente que el emperador realizaría un gran sacrificio.

 

»He aquí en pocas palabras lo que el memorial del tribunal de los ritos ordenaba respecto al emperador. Disponía los preparativos de que habían de encargarse los diversos tribunales. El primero debía disponer todo lo referente a los sacrificios, el segundo redactar las frases que el emperador recita cuando realiza el sacrificio, el tercero llevar y levantar las tiendas de campaña en las que el emperador come y el cuarto ha de reunir cuarenta o cincuenta ancianos, labradores de profesión, para que presencien cómo el emperador labra la tierra. También debe reunir cuarenta labradores de los más jóvenes para que preparen el arado, unzan los bueyes y lleven los granos que deben sembrarse. El emperador siembra cinco clases de granos que se cree son los más necesarios en China: trigo, arroz, mijo, habas y otra especie de mijo que llaman cacleang.

 

»Con esos preparativos, el día 24 de la luna Su Majestad se presentó con su corte en traje de ceremonia en el sitio destinado para ofrecer al Chang‑ti el sacrificio de la primavera, en el que le ruega que aumente y conserve los bienes de la tierra. Por esto ofrece sacrificios antes de poner la mano en el arado.

»El emperador hizo el sacrificio y luego se adelantó con los tres príncipes y los nueve presidentes que tenían que labrar con él. Varios personajes llevaban cofres preciosos que contenían los granos que debían sembrar. La corte en pleno presenciaba la ceremonia, guardando absoluto silencio. El emperador tomó el arado y abrió varios surcos en la tierra después se lo cedió a un príncipe de sangre real que realizó la misma operación, y así lo hicieron sucesivamente los personajes que acompañaban a Su Majestad.

 

Tras labrar en diferentes partes, el emperador sembró las cinco clases de granos. El año que yo lo presencié asistieron a la ceremonia cuarenta y cuatro labradores viejos y cuarenta y dos jóvenes, y al final el emperador les dio una recompensa.

 

A la relación de esta ceremonia, tan agradable como útil, debemos añadir el edicto que publicó el emperador Yong‑Teling, en el que concedía recompensas y honores al que roturara terrenos incultos desde quince arpentas hasta ochenta en Tartaria (no hay terrenos incultos en la China propiamente dicha), y el que roturara ochenta arpentas sería nombrado mandarín de octavo orden.

 

Semejantes medidas adoptadas en China deben sonrojar a nuestros soberanos de Europa, los cuales admirándolas deben copiarlas.

 

AGUSTÍN. No voy a estudiar en este artículo a san Agustín como obispo ni como doctor y padre de la Iglesia, sino como hombre. De entrada, voy a tratar de un punto de física referente al clima de Africa.

 

Parece ser que san Agustín contaba cerca de catorce años cuando su padre, que era pobre, lo llevó a los baños públicos. Dícese que era contra la costumbre de aquella época y que se oponía al decoro que el padre tomase el baño con su hijo. Así lo asegura Valerio Máximo y también lo dice Bayle. Es cierto que en Roma los patricios y los caballeros romanos no se bañaban con sus hijos en las termas públicas, pero, ¿creéis posible que los pobres que pagaban unos céntimos por tomar el baño observaran lo que los ricos consideraban prácticas poco decorosas?

 

El hombre ricachón se acostaba en una cama de marfil y de plata sobre tapices de púrpura con su concubina. Su esposa, en otro aposento perfumado, se acostaba con su amante. Los hijos, los preceptores y los criados, dormían en estancias separadas, pero el pueblo dormía amontonado en zahúrdas. No se andaban con cumplimientos en la localidad de Tagaste, que pertenece a Africa y donde nació san Agustín, por lo que podemos asegurar que iba con su padre al baño de los pobres.

 

Nuestro santo refiere que su padre, viéndole tan viril, sintió paternal regocijo y concibió la esperanza de tener pronto nietos, como efectivamente los tuvo. El buen hombre se apresuró a comunicar esta noticia a su esposa, la futura santa Mónica. ¿La prematura pubertad de san Agustín no puede atribuirse al uso anticipado del órgano de la generación? San Jerónimo nos dice que una mujer abusó de un niño de diez años y concibió de él un hijo (Epístola ad Vitalem, tomo III).

 

San Agustín, que fue un mozuelo muy libertino, era tan precoz de espíritu como de cuerpo, y nos dice que antes de cumplir los veinte años aprendió sin maestro la geometría, la aritmética y la música (Confesiones, lib. IV, cap. XVI). Esto prueba que en Africa, que nosotros llamamos bárbara, los hombres son más precoces que nosotros en todo.

 

Estos dones que de la naturaleza obtuvo san Agustín casi nos inducen a creer que Empédocles no se equivocó completamente al afirmar que el fuego es el principio de la naturaleza. Le ayudan los otros principios, pero como subsidiarios. Es un rey que pone en acción a todos sus vasallos, aunque suele inflamar demasiado las imaginaciones de su pueblo. No deja de tener razón Sifax para decir a Juba, en el Catón de Addison que el sol, que hace rodar su carro sobre cabezas africanas, da más color a sus mejillas, más fuego a sus corazones y que las damas de Zama son superiores a las pálidas bellezas de Europa, que la naturaleza no acabó de llenar de gracias. Ni en París, ni en Estrasburgo, ni en Ratisbona, ni en Viena, hay jóvenes que aprendan la aritmética, la geometría, ni la música sin maestro y sean padres a los catorce años.

 

Por lo tanto, no debe ser una fábula que Atlas, príncipe de Mauritania, a quien los griegos llamaron hijo del cielo, fuera un célebre astrónomo e hiciera construir un observatorio esférico como el que existe en China desde hace muchos siglos. Los antiguos que se expresan por medio de alegorías comparan ese hombre con la montaña que lleva su nombre porque esconde su cumbre en las nubes y las nubes se creyó en la Antigüedad que constituían el cielo.

 

Los mismos moros cultivaron ventajosamente las ciencias y las enseñaron en España y en Italia durante cinco siglos. La marcha del mundo es ahora muy diferente. La patria de san Agustín sólo es hoy un nido de piratas, e Inglaterra, Italia, España, Alemania y Francia, que entonces eran bárbaras, cultivan hoy las artes mejor que las cultivaron nunca los árabes.

 

En este artículo sólo nos proponemos hacer ver que el mundo ha experimentado cambios extraordinarios, lo mismo que durante el breve curso de su vida los experimentan los hombres. Agustín, antiguo libertino, es luego orador, filósofo y profesor de retórica. Primero se hace maniqueo y después cristiano, administra el sacramento del bautismo le nombran obispo y llega a ser padre de la Iglesia. Su doctrina sobre ia gracia inspira, durante mil cien años, tanto respeto como un artículo de fe, y hete aquí que al cabo de dicho tiempo los jesuitas encuentran el medio de anatematizarla, palabra por palabra, al anatematizar la exposición de la referida doctrina que hicieron Jansenio, Saint‑Cyran, Arnaul y Quesnel. Dígasenos si esta revolución religiosa no es tan grande como la de África y si ante ello podemos sostener que existe algo permanente en el mundo.

 

ALCORÁN O CORÁN. Este libro gobierna despóticamente el Africa septentrional, desde el Atlas hasta el desierto de Barca; todo Egipto, las costas del Océano Etiópico en el espacio de seiscientas leguas, Siria, Asia Menor, todos los países que rodean el mar Negro y el mar Caspio, excepto el reino de Astracán, todo el imperio del Indostán, Persia, buena parte de Tartaria, y en Europa, Tracia, Macedonia, Bulgaria, Servia, Bosnia, Grecia, Epiro y casi todas las islas hasta el estrecho de Otranto.

 

En esa inmensa extensión de terreno no hay un solo mahometano que haya tenido la dicha de leer nuestros libros sagrados, y entre los hombres de letras católicos hay muy pocos que conozcan el Corán, del que casi todos nos formamos una idea ridícula a pesar de los estudios que sobre él han hecho los verdaderos sabios.

 

Veamos las primeras líneas de dicho libro:

 

«Tributemos alabanzas a Dios, que es el Soberano de todos los mundos, al Dios misericordioso, al Soberano del día de la justicia; a Ti es a quien adoramos, sólo de Ti esperamos protección. Guíanos por caminos rectos, por los caminos que recorren los que Tú colmas de Gracia, no por los caminos que siguen los que dan motivo a tu cólera y andan extraviados.»

 

Esa es la introducción del libro, a la que siguen tres letras mayúsculas, A, L, M, que según el sabio Sale son incomprensibles, pues cada comentarista las explica a su manera. Pero es opinión general que significan: Alá, Latif, Magid, esto es, Dios, la Gracia y la Gloria.

 

Continúa escribiendo Mahoma, y Dios es el que habla. He aquí sus propias palabras:

 

»Este libro no permite que se dude de él, y sirve para dirigir a los justos que creen en los arcanos de la fe, que observan todas las horas de las oraciones, que reparten como limosnas lo que nos hemos dignado concederles, que están convencidos de que la revelación descendió hasta Tim y que envió profetas que te precedieran. Los fieles deben tener firme seguridad en la vida futura, y dirigidos por el Señor, serán dichosos.

 

»En cuanto a los incrédulos, les es igual que les aconsejes, como que no les aconsejes, nada creen; tienen grabado el sello de la infidelidad en el corazón y en los oídos; sus ojos ven tinieblas y les espera tremendo castigo.

 

»Algunos dicen: creemos en Dios y en el último día. Pero en el fondo no son creyentes. Creen engañar al Eterno y se engañan a sí mismos sin pensar que su flaqueza está en el corazón y Dios la aumenta, etc.»

 

Los eruditos dicen que las palabras anteriores tienen más energía en lengua árabe y, efectivamente, el Corán pasa todavía hoy por ser el libro más elegante y más sublime que se ha escrito en dicha lengua.

 

Le hemos atribuido un sinfín de necesidades que no ha dicho. Sobre todo, los frailes europeos escribieron varios libros contra los mahometanos cuando no se podía replicar de otro modo a los conquistadores de Constantinopla. A nuestros autores, más numerosos que los autores jenízaros, no les costó gran trabajo conseguir que las mujeres siguieran su partido; las persuadieron de que Mahoma no las consideró como seres inteligentes, que debían ser esclavas según las leyes del Corán, que no podían poseer ninguna clase de bienes en este mundo, y que en el otro no les correspondería ninguna parte del Paraíso. Todo esto es falso, pero lo hicieron creer a pie juntillas.

 

Para convencerse de ello, basta leer el segundo y cuarto suras, esto es capítulos del Corán, en los que se encuentran las siguientes leyes, traducidas por Ryer, que permaneció mucho tiempo en Constantinopla, por Moroci, que nunca fue a aquellos países, y por Sale, que vivió veinticinco años entre los árabes.

 

Reglamento de Mahoma sobre las mujeres

 

I. No os caséis con mujeres idólatras hasta que sean creyentes. Una criada musulmana vale más que una gran dama idólatra.

 

II. Los que quieran pronunciar votos de castidad teniendo mujeres se tomarán cuatro meses de tiempo para decidirse. Las mujeres se portarán con sus maridos como sus maridos se porten con ellas.

 

III. Podéis divorciaros dos veces de vuestra mujer, pero si os divorciáis la tercera la despedís para siempre; la retendréis con humanidad o la despediréis bondadosamente. No es lícito quedaros nada de lo que le dierais.

 

IV. Las mujeres honestas deben ser atentas y obedientes hasta cuando estén ausentes sus maridos. Si son prudentes, absteneos de moverles la menor cuestión; pero si tenéis alguna con ellas, escoged para que la dirima un árbitro de su familia y otro de la vuestra.

 

V. Podéis tomar una mujer, dos, tres y hasta cuatro, pero si creéis no poder obrar equitativamente con todas no toméis más que una. Dadles viudedad conveniente si creéis próximo vuestro fin; cuidadlas, tratadlas siempre con cariño.

 

VI. No se os permite heredar a vuestras mujeres contra su voluntad ni impedir que se casen con otros si os divorciáis, excepto cuando se las declare culpables de algún crimen.

 

VII. Os es permitido casaros con esclavas, pero es mejor que os abstengáis de semejantes casamientos.

 

VIII. La mujer divorciada tiene obligación de amamantar a su hijo durante dos años, y el padre está obligado durante ese tiempo a pasarle alimentos proporcionados a su posición. Para destetar al hijo antes de los dos años es preciso el consentimiento del padre y de la madre. Si aquél se ve obligado a entregarlo a una nodriza, le pagará razonablemente estos cuidados.

 

Lo transcrito basta para reconciliar a las mujeres con Mahoma, que no las trató con dureza como se ha querido suponer. No pretendemos justificarle, pero no podemos condenarle por su doctrina que proclama un solo Dios. En el versículo 122, dice: «Dios es único, eterno; ni engendró ni es engendrado, nada hay semejante a él». Estas palabras, más que su espada, sometieron el Oriente.

Aparte de esto, el Corán es un acopio de revelaciones ridículas y de predicaciones vagas e incoherentes, pero, eso sí, contiene leyes muy adecuadas para el país que fueron dictadas, leyes que se obedecen todavía sin que las hayan reformado ni enmendado los intérpretes mahometanos ni nuevos decretos.

 

Fueron enemigos de Mahoma los poetas y los doctores de la Meca... Estos últimos sublevaron contra él a los magistrados que publicaron un decreto para que le prendieran como reo convicto de haber afirmado que se debía adorar a Dios y no a las estrellas. Pero sabido es que bastó decir esto para que se iniciara su grandeza. Cuando vieron que de esta forma no podían perder y que sus escritos le atraían muchísimos prosélitos, propalaron por la ciudad que no era el autor de ellos, que le ayudaban a escribirlos unas veces un sabio judío y otras un sabio cristiano, suponiendo que existieran sabios en aquel entonces.

 

En Francia también se ha dicho de algunos prelados que hacían componer a frailes las homilías y las oraciones fúnebres que predicaban. Hubo un sacerdote llamado Hércules que escribía los sermones para cierto obispo, y los que tenían por costumbre ir a oírlos se decían unos a otros: «Vamos a oír los trabajos de Hércules».

 

A la antedicha imputación responde Mahoma en el capítulo XVI, con motivo de una majadería que se dijo en el púlpito y que chocó a los oyentes:

 

«Cuando leas el Corán, invoca a Dios para que te preserve de Satán, cuyo poder sólo alcanza a los que le toman por señor y pretenden que Dios tenga compañeros.

 

»Cuando en el Corán sustituyó un versículo por otro, algunos infieles dijeron: Tú has forjado esos versículos, pero no supieron distinguir lo verdadero de lo falso. Debían decir que el Espíritu Santo me trajo esos versículos de parte de Dios, inspirándome la verdad. Otros dicen con mala intención: Hay quien le ayuda a escribir el Corán. Pero, ¿cómo el hombre a quien imputan mis obras podría hacerlo no conociendo más que una lengua extranjera y estando escrito el Corán en puro árabe?»

 

El que decían que ayudaba a escribir a Mahoma era un judío llamado Bensalén o Bensalón, pero no es verosímil que un judío ayudase en la tarea a Mahoma contra los judíos, aunque no imposible. También creyeron que un fraile escribía con Mahoma el Corán. A este fraile, unos le llaman Bohaira y otros Sergino, pero es chocante que tal regioso tuviera nombre latino y no árabe.

 

Por lo que se refiere a las controversias teológicas que han mediado entre los musulmanes, no me inmiscuyo ni me corresponde hablar de ellas. El muftí debe dictar su fallo.

 

Se ha puesto en duda si el Corán es eterno o es creado; lo cierto es que los mahometanos lo creen eterno. A continuación de la historia de Chalcondile, se imprimió el Triunfo de la Cruz, en el que se dice que el Corán es arriano, maniqueo, originiano, macedonio, etc.; sin embargo, Mahoma no pertenecía a ninguna de estas sectas. Más bien puede decirse que era jansenista, porque el fondo de su doctrina lo domina el decreto absoluto de la predestinación gratuita.

 

Mahoma, hijo de Abdalla, fue un charlatán audaz y sublime. En el capítulo X dice: «¿Quién, sino Dios, puede haber compuesto el Corán?» Como quiera que el público decía «Mahoma forjó ese libro», él replicó: «Probad a escribir un capítulo cualquiera que se parezca a los de ese libro, y aunque os ayude quien vosotros queráis, no lo consiguiréis». En el capítulo XVII exclama: «¡Loor al que transportó durante la noche a este su servidor desde el sagrado templo de la Meca hasta Jerusalén!» Fue un magnífico viaje, pero no tanto como el que hizo Mahoma aquella misma noche, de planeta en planeta, y las cosas sorprendentes que vio.

 

Supone que hizo quinientos años de camino y que cortó la luna en dos. Sus discípulos, que reunieron solemnemente los versículos del Corán tras la muerte de su autor, acortaron la duración del viaje al cielo temiendo que se les burlaran los filósofos. Fueron demasiado timoratos, pues debieron sujetarse a los apologistas, que lograron explicar el itinerario del viaje. Los amigos de Mahoma debían saber por experiencia que lo maravilloso es lo que más halaga al pueblo. Los sabios lo contradicen entre dientes, pero el pueblo los obliga a callar. Al establecer el itinerario del viaje de planeta en planeta, dejaron constancia de lo que le sucedió en la luna. No se puede estar en todo.

 

El Corán es una rapsodia sin trabazón, orden ni arte. Los árabes lo tienen por libro hermosísimo y aseguran que está escrito con una pureza y elegancia que ningún autor de esa nación ha podido alcanzar después. Es un poema, o mejor, una especie de prosa rimada, que consta de seis mil versículos. Ningún poeta en el mundo consiguió con su obra tanta fortuna. Se promovió entre los musulmanes la cuestión de averiguar si el Corán era eterno o si lo creó Dios para dictárselo a Mahoma. Los doctores decidieron que era eterno. Hicieron bien, pues lo que es eterno tiene más valor, y siempre, en cuestiones que atañen al vulgo, debe adoptarse lo más increíble.

 

Los frailes que desencadenaron contra Mahoma un sinfín de sandeces de cosecha propia opinaron que éste no sabía escribir. Pero, ¿cómo es posible creer que un hombre que fue negociante, poeta, legislador y soberano no supiera escribir? Si su libro es malo para nosotros y para nuestra época, era muy bueno para sus contemporáneos, como lo fue y lo es todavía su religión. No se puede negar que apartó a toda Asia del culto a la idolatría, que enseñó la unidad de Dios y que combatió con energía a los que le atribuyeron colegas para redactar el Corán. En el Islam prohibió ejercer la usura con los extranjeros y ordenó hacer limosnas. En su código doctrinal impone la oración como una necesidad absoluta y convierte en móvil de todo la sumisión a los decretos del Eterno. Se comprende, por tanto, que una religión tan sencilla y sabia a la vez, enseñada por un hombre que se alzaba con la victoria en todas partes, subyugara a gran parte del mundo. Los islámicos hicieron tantos prosélitos con la predicación como con la espada, convirtieron a su religión a los hindúes y hasta a los negros. Y los mismos turcos, que les vencieron, se sometieron luego al islamismo.

Mahoma convirtió en ley muchas de las prácticas que encontró establecidas en Arabia, como la circuncisión, el ayuno, la peregrinación a la Meca, que se realizaba cuatro mil años antes de su venida al mundo, las abluciones, necesarias para conservar la salud y el aseo en un país cálido, y la idea del juicio final, que acuñaron los magos y fue copiada por los árabes. Se cuenta que Mahoma anunció que los muertos resucitarían desnudos. Su mujer Aishca manifestó que esto le parecía indecente y él la tranquilizó diciendo: «No te sobresaltes por eso, que ese día nadie tendrá ganas de reír». Según el Corán, un ángel pesará en una gran balanza a los hombres y las mujeres. Esta idea también está tomada de los magos, así como la del puente etéreo que es preciso pasar tras la muerte, y su paraíso, donde los escogidos creyentes encontrarán baños, aposentos bien amueblados, camas mullidas y las famosas huríes de ojos inmensos y negros. Cierto que el Corán dice también que todos los deleites de los sentidos, que son necesarios para los que resucitan con ellos, son insignificantes comparados con el placer de la contemplación del Ser Supremo. Mahoma se manifiesta tan humilde que declara en el susodicho libro que él no irá al paraíso por propio mérito, sino por la voluntad de Dios. También por la voluntad divina ordena que la quinta parte de los pillajes sea siempre para el profeta.

 

Tampoco es verdad que excluyera las mujeres del paraíso, como se ha dicho. No es creíble que un hombre tan ladino quisiera tener en contra a esa mitad del género humano que dirige a la otra mitad. Abulfeda refiere que un día, importunándole, una vieja le preguntó qué debía hacer para ganarse el paraíso, y él le contestó: «Amiga mía, en el paraíso no hay viejas». La infeliz mujer rompió a llorar y el profeta, para consolarla, agregó: «No hay viejas en el paraíso porque en arribando allí se rejuvenecen». Doctrina tan consoladora figura confirmada en el capítulo LIV del Corán.

 

Mahoma prohibió beber vino porque un día unos adeptos se presentaron borrachos a hacer oración. Permitió tener varias mujeres ajustándose en esto a la costumbre tradicional de los orientales.

 

Las leyes civiles del Corán son buenas y su doctrina es admirable en cuanto se ahorma con la nuestra, pero los medios que emplea son horribles: se vale del engaño y del asesinato. El del engaño puede perdonársele porque se dice que los árabes tuvieron ciento veinticuatro mil profetas antes que él y no tenía nada de particular para ellos que naciera otro; además, hay quien dice que es necesario engañar a los hombres. Pero, ¿cómo es posible justificar al profeta cuando dice: «Cree que yo he hablado con el arcángel Gabriel, y si no lo crees, págame un tributo»?

 

Por eso prefiero Confucio a Mahoma. Confucio fue un sabio sin tener ninguna revelación, y para difundir su doctrina sólo se valió de la razón y no de la mentira, ni de la espada. Siendo virrey de una vasta provincia consiguió establecer la moral y las leyes; las enseñó y practicó lo mismo en su época de grandeza que cuando cayó en desgracia y en la pobreza, consiguiendo que su nación se encariñara con la virtud y fuera su discípulo el más antiguo y más prudente de los pueblos.

 

El conde de Boulainvilliers, cuyo entusiasmo por Mahoma es notorio se empeña en elogiar a los árabes, pero sus elogios no logran hacer olvidar que constituían un pueblo de bandidos. Cuando adoraban los astros, robaban antes de Mahoma y siguieron robando en tiempos del profeta, a pesar de que adoraban a Dios.

 

Hay autores que los disculpan diciendo que poseían la sencillez de los tiempos heroicos. ¿Y qué son los tiempos heroicos? Los siglos en que se degollaban los hombres unos a otros por poseer un pozo o una cisterna, como se han degollado luego por adueñarse de una provincia.

 

Mahoma enardeció a los primeros musulmanes con el ardor del entusiasmo, y nada hay tan terrible como el pueblo que nada tiene que perder y pelea al mismo tiempo por la codicia de la rapiña y por el fanatismo de la religión.

 

Tenían poca delicadeza en su forma de proceder. El contrato de primer matrimonio de Mahoma dice que en atención a que Kalidja está enamorada de él, y él enamorado de ella, es conveniente que se unan. Ahora bien, ¿se encuentra esa misma sencillez en haberle compuesto una genealogía para probar que descendía de Adán en línea directa, como hicieron descender más tarde del mismísimo Adán a algunas reales casas de España y de Escocia?

 

El gran profeta conoció también la desgracia común a muchos maridos. Sabiéndolo, nadie debe lamentarse de sufrirla. Se sabe el nombre del que gozó los favores de su segunda mujer, la hermosa Aishca: se llamaba Aassan. Mahoma se portó con ella con más altivez que César que repudió a su esposa diciendo que de la mujer de César nadie debía sospechar. El profeta, ni siquiera quiso sospechar de la suya. Hizo descender del cielo un capitulo del Corán para afirmar que su mujer le era fiel.

 

Mahoma es digno de admiración porque empezando por ser un tratante de camellos, consiguió elevarse a tal altura que fue legislador, pontífice y monarca, por haber sometido Arabia, que jamás pudo ser sometida, por haber dado las primeras sacudidas al imperio romano de Oriente y al de los persas, por haber cambiado la faz de una parte de Europa, de la mitad del Asia, de casi toda el Africa, y por faltar poco para que su religión subyugara al universo. Le admiro además por haber sabido conservar la paz en su casa teniendo varias mujeres.

 

Su yerno Alí asegura que cuando exhumaron el cadáver del profeta le encontraron como si estuviera recién enterrado, y que su viuda Aishca exclamó: «Si yo hubiera sabido que Dios tenía que conceder esa gracia al difunto le hubiera cuidado mejor».

 

Nunca se ha escrito la vida de ningún hombre con tantos pormenores como se escribió la suya. Sus menores particularidades fueron sagradas. Se conoce la clase y el número de objetos que le pertenecieron: nueve espadas, tres lanzas, tres arcos, siete corazas, tres escudos, doce mujeres un gallo blanco, siete caballos, dos mulos y cuatro camellos, sin contar la borrica Borac, con la que ascendió al cielo y tomó prestada porque era propiedad del arcángel Gabriel.

 

Todas las frases que pronunció fueron cuidadosamente recogidas. Una de las más notables que dijo fue esta: «El goce de las mujeres hace rezar con más fervor». Como consecuencia de esta máxima podía rezarse la acción de gracias al ir a la cama, lo mismo que se reza al sentarse a la mesa, pues una mujer vale tanto como una comida. Mahoma pasó también por ser un gran médico; así, pues, no careció de ninguna de las grandes condiciones que son necesarias para engañar a los hombres.

 

ALEGORÍAS. Un día, Júpiter, Neptuno y Mercurio, mientras viajaban por Francia, fueron invitados a comer por un rey llamado Hivilus. Al final de la comida, los tres dioses le dijeron que podía pedirles lo que quisiera y se lo concederían gustosamente. El hospitalario rey, que estaba ya en la edad de no tener hijos, les contestó que deseaba ser padre. Los tres dioses se orinaron en una piel de buey fresca, acabada de arrancar, y de ella nació Orión, que dio nombre a una antiquísima constelación. La constelación de Orión la conocieron los antiguos caldeos, y el libro de Job habla de ella en el capítulo IX. Ahora bien, lo incomprensible es que los orines de tres dioses puedan producir un joven. No comprendo que Dacier y Saumaise encuentren en esa historia una alegoría razonable, a no ser que deduzcan de ella que nada es imposible para los dioses.

 

Había en Grecia dos jóvenes granujas a los que un oráculo predijo que se debían guardar de melampige. Un día los cogió Hércules y los ató por los pies al extremo de su maza, llevándolos boca abajo como se lleva un par de conejos. Un día, vieron el culo a Hércules y exclamaron: «¡Ya se ha cumplido el oráculo, ya hemos visto un culo negro!» La palabra griega melampige significa culo negro. Hércules rompió a reír y los soltó.

 

Entre los que crearon la mitología hubo algunos que sólo tuvieron imaginación, pero la mayoría de ellos estaban dotados de gran ingenio. Ni nuestros académicos, ni los autores de lemas y leyendas, posiblemente no encontrarán nunca alegorías tan exactas, tan agradables y tan ingeniosas como las de las nueve Musas, la de Venus, la de las Gracias, la del Amor y tantas otras, que deleitan e instruyen en todos los siglos.

 

La Antigüedad era muy inclinada a expresarse por medio de alegorías. Los primeros padres de la Iglesia, casi todos platónicos, imitaron este método de su maestro Platón, pero hay que criticarles porque algunas veces abusan de las alegorías y alusiones.

 

San Justino, en su Apologético, dice que el signo de la cruz está marcado en los miembros del hombre, que cuando éste extiende los brazos forma una cruz perfecta, y que la nariz forma una cruz en la cara.

 

Según dice Orígenes en la explicación del Levítico, la grasa de los animales sacrificados significa iglesia, y el rabo el signo de la perseverancia.

 

San Agustín, en su homilía sobre la diferencia y la armonía de dos genealogías, explica a sus oyentes por qué san Mateo, al enumerar cuarenta y dos generaciones, no refiere más que cuarenta y una. Esto ocurre, según dice, porque es preciso contar dos veces a Jechonías, ya que éste fue de Jerusalén a Babilonia. Luego, ese viaje es la piedra angular, y si la piedra angular es la primera de la parte de una pared es también la primera de la otra parte y se puede contar dos veces esa misma piedra; por tanto, se puede contar dos veces a Jechonías. Añade que debemos pasarnos al contar el número cuarenta en las cuarenta y dos generaciones, porque el número cuarenta significa vida. El número diez representa la bienaventuranza, y diez multiplicado por cuatro, que representa los cuatro elementos y las cuatro estaciones, da cuarenta.

 

Las dimensiones de la materia (en su homilía 54) tienen sorprendentes propiedades. La latitud es la dilatación del corazón; la longitud, la longanimidad; la altura, la esperanza y la profundidad, la fe. Así, por no interrumpir la alegoría, para san Agustín las dimensiones de la materia son cuatro en vez de tres.

 

«Es claro e indudable —dice en su homilía sobre el salmo 6— que en el número cuatro figura el cuerpo humano por causa de los cuatro elementos y las cuatro cualidades: calor, frío, sequedad y humedad, y así como esas cuatro cualidades se refieren al cuerpo, tres hacen referencia al alma porque es preciso amar a Dios con un triple amor: con nuestro corazón, con nuestra alma y con nuestra inteligencia. Las cuatro cualidades se refieren al Antiguo Testamento, y las tres al Nuevo; cuatro más tres suman el número siete días, y el octavo es el día del juicio final.»

 

No puede negarse que sobresale en dichas alegorías una afectación que se opone a la verdadera elocuencia. Los Padres que empleaban tales figuras escribieron en unas épocas y en unos países en que todas las artes habían degenerado, y su genio y su erudición se sujetaban a las imperfecciones de su siglo.

 

Estos defectos no desfiguran en la actualidad las homilías de nuestros predicadores, y si bien es cierto que no son superiores a los santos padres, también es verdad que el siglo XVIII lo es a los siglos en que los padres de la Iglesia escribieron. La elocuencia, que día a día se corrompió más y más y no brilló hasta la época que acabamos de indicar llegó al mayor ridículo en todos los pueblos bárbaros hasta el siglo de Luis XIV. Todos los antiguos sermones están muy por debajo de las obras dramáticas sobre la Pasión que se representaron en el palacio de Borgoña. En todos ellos se encuentra el abuso de la alegoría. El famoso Menot, contemporáneo de Francisco I, en uno de sus sermones dijo que «los representantes de la justicia se parecen a un gato al que hubieran encargado la custodia de un queso por miedo a que los royeran los ratones; una sola dentellada del gato causaría más estropicio al queso que veinte ratones».

 

He aquí otros curiosos rasgos: «Los leñadores cortan en el bosque ramas grandes y pequeñas y con ellas forman haces; de igual manera nuestros eclesiásticos, con las dispensas de Roma, acumulan beneficios pequeños y grandes. El capelo del cardenal está lleno de obispados, los obispados están repletos de abadías y de prioratos, y todo ese conjunto está henchido de diablos. Es preciso que todos los bienes de la Iglesia pasen por los tres cordones del Ave María, porque el benedicta tú se refiere a las productivas abadías que poseen los benedictinos, in mulieribus, a caballero y a dama, y el fructus ventris a los banquetes y a las glotonerías».

 

Las homilías de Barlette y de Maillard están compuestas conforme a este mismo modelo y las pronunciaban la mitad en mal latín y la otra mitad en mal francés. Los sermones de Italia participaban de este gusto depravado, y los de Alemania aún eran peores. De esta mezcla monstruosa nació el estilo macarrónico, que fue la obra maestra de la barbarie. Semejante elocuencia, digna de los indios iroqueses, se mantuvo hasta la época de Luis XIII. El jesuita Garase fue uno de los hombres que más se distinguieron entre los enemigos del sentido común.

 

ALEJANDRÍA. Más de veinte ciudades llevaban el nombre de Alejandría y todas las fundaron Alejandro y sus capitanes, convertidos en otros tantos reyes. La fundación de estas ciudades son monumentos superiores a las estatuas que más tarde la esclavitud erigió al poderío. Pero la única de esas ciudades que llamó la atención de todo el mundo por su grandeza y sus riquezas fue la que se convirtió en capital de Egipto. Hoy no es más que un montón de ruinas. Se sabe que la mitad de dicha ciudad se reedificó en otra parte, cerca del mar. La torre del Faro, que fue una de las maravillas del mundo, ya no existe.

 

Esta ciudad floreció durante el reinado de los Tolomeos y la época de los romanos. Y no degeneró mientras la poseyeron los árabes. Los mamelucos y los turcos, que la conquistaron sucesivamente, no dejaron que decayera; sólo perdió su importancia cuando la navegación, doblando el cabo de Buena Esperanza, abrió la ruta de la India y se transformó el comercio del mundo, que Alejandro también cambió y había cambiado muchas veces antes de la época de Alejandro.

 

Lo más sobresaliente entre los habitantes de Alejandría, durante todas sus dominaciones, es la industria que poseyeron, unida a su actividad, su afición a los adelantos aplicables al comercio y a todos los trabajos que le hacen florecer, su espíritu turbulento y pendenciero, su superstición y su relajación de costumbres. En todo esto no cambiaron nunca.

 

La ciudad se pobló de egipcios, griegos y judíos que, siendo pobres en un principio, se enriquecieron con el comercio. La opulencia introdujo en Alejandría las bellas artes y la literatura. Los judíos levantaron un templo magnífico como el que tenían en Bubaste, y tradujeron sus libros al griego, que había pasado a ser la lengua del país. Los cristianos establecieron grandes escuelas. Reinó allí tan grande y tan viva animosidad entre los egipcios indígenas, los griegos, los judíos y los cristianos, que continuamente se acusaban unos a otros ante el gobernador y hubo frecuentes y sangrientas refriegas. En una de ellas, que estalló durante el imperio de Calígula, los judíos, que lo exageran todo, dicen que su celo por la religión y por el comercio les costó perder cincuenta mil hombres, degollados por los alejandrinos.

 

El cristianismo que Pantenes, Orígenes y Clemente habían establecido y que era admirable por sus buenas costumbres, degeneró hasta el punto de llegar a trocarse en partido político. Los cristianos copiaron las costumbres de los egipcios. La codicia de la ganancia dominó al espíritu religioso y los habitantes de Alejandría, enemistados unos con otros, sólo estaban acordes en profesar un amor sin límites al dinero.

 

Sobre este objeto versa la famosa carta que el emperador Adriano dirigió al cónsul Serviano, y que transcribe Vopiseo:

 

«He visitado Egipto que tanto me elogiáis y lo conozco perfectamente. Esa nación es ligera y voluble, pero va a cambiar muy pronto. Los adoradores de Serapis abrazan el cristianismo, y los que están al frente de la religión de Cristo se convierten en devotos de Serapis. Los archirrabinos judíos, los samaritanos y los sacerdotes cristianos, o son astrólogos o adivinos o alcahuetes. Cuando el patriarca griego se traslada a Egipto se apoderan de él unos para que adore a Serapis y otros a Cristo. Son sediciosos, vanos y pendencieros. La ciudad es comercial, opulenta y muy poblada, y sus habitantes nunca están ociosos: unos trabajan en la confección del vidrio, otros fabrican papel. Parece que conocen la generalidad de los oficios. Ni aún los enfermos dejan de trabajar, y el oro es un dios al que allí sirven igualmente los cristianos y los judíos.»

 

Esta carta que escribió un emperador conocido tanto por su talento como por su valor demuestra que en aquella ciudad, tanto los cristianos como los que no lo eran, se habían corrompido. Pero las costumbres de los primeros cristianos no habían degenerado en todas partes. Aunque tuvieron la desgracia de dividirse en diferentes sectas, que se detestaban entre sí y se acusaban mutuamente, los más tenaces enemigos del cristianismo tuvieron que confesar que en su seno se encontraban las almas más puras y más grandes, y lo mismo sucede en la actualidad en ciudades más desenfrenadas y más locas que Alejandría.

 

ALEJANDRO. Los historiadores sólo se deben ocupar hoy de Alejandro para decir algo nuevo de él, algo que contribuya a destruir las leyendas históricas, físicas y morales que desfiguran la historia del único grande hombre que hubo entre los conquistadores de Asia.

 

Cuando se reflexiona acerca de lo que llevó a cabo Alejandro, quien en la edad fogosa de los placeres y en la embriaguez que producen las conquistas fundó más ciudades que los demás conquistadores del Asia destruyeron; cuando se reflexiona que un joven de veintidós años cambió el comercio del mundo, nos sorprende y extraña que Boileau le trate de demente, de salteador de caminos, e incluso proponga al prefecto de policía La Reynié que le encierre en una cárcel unas veces, y otras que mande que le ahorquen. Semejante petición, si se presentara en el Palacio de Justicia, no debía admitirse porque se oponen a su admisión el derecho consuetudinario de París y el derecho de gentes. Alejandro estaba exceptuado porque fue elegido en Corinto capitán general de Grecia y por su cargo debía vengar a la patria de las invasiones de los persas, lo que cumplió destruyendo aquel imperio. Y uniendo siempre el más extraordinario valor a la magnanimidad, respetando siempre a la mujer y a las hijas de Darío, prisioneras suyas, no merecía de ningún modo ser encarcelado ni condenado a muerte, y si lo fuera tendría derecho a apelar ante el tribunal del mundo entero de la sentencia indigna y necia de La Reynié.

 

Rollin afirma que Alejandro se apoderó de la famosa ciudad de Tiro para favorecer a los hebreos, enemigos de los troyanos. Pese a esta afirmación, es probable que Alejandro tuviera otras razones, entre otras la de convenir a un caudillo prudente no dejar que dicha ciudad fuera dueña del mar mientras él se dirigía a atacar Egipto.

 

Está fuera de duda que Alejandro respetaba a Jerusalén, pero me parece que es impertinente decir que «los judíos ofrecieron un insólito ejemplo de fidelidad, digno del único pueblo que conocía entonces al verdadero Dios, negándose a entregar víveres a Alejandro porque habían jurado ser leales a Darío». Sabido es que los judíos se sublevaban contra sus soberanos en muchas ocasiones porque, según su ley, no debían servir a ningún rey pagano.

 

Si se negaron imprudentemente a pagar tributos a su vencedor, no lo hicieron por ser leales a Darío, sino porque su ley les ordenaba expresamente que miraran con horror a las naciones idólatras. En sus libros las execran continuamente y consta en ellos las reiteradas tentativas que hicieron para sacudir su yugo. Si al principio se negaban a pagar los tributos fue porque sus rivales, los samaritanos, los pagaron sin dificultad, y porque creyeron que Darío, aun vencido, era todavía bastante poderoso para sostener a Jerusalén contra Samaria.

 

Tampoco responde a la verdad que los judíos fueran entonces el único pueblo que reconoció al verdadero D¿os, como asegura Rollin. Los samaritanos adoraban a Dios, pero en otro templo; poseían el mismo Pentateuco que los judíos y con los mismos caracteres hebraicos, es decir, tirios, que los judíos habían perdido. El cisma que se promovió entre Samaria y Jerusalén fue, en pequeña escala, lo mismo que el cisma promovido entre los griegos y los latinos. El odio fue igual por ambas partes, impulsado por el mismo fondo de religión. Alejandro, así que se apoderó de Tiro con el apoyo del famoso dique que aún causa admiración a los inteligentes, fue a castigar Jerusalén, que estaba cerca del camino que pensaba seguir. Los judíos, con el sumo sacerdote al frente, se presentaron a él humildemente y le entregaron cuantiosa suma, porque es de todos sabido que el dinero apacigua a los conquistadores irritados. Alejandro se calmó y los hebreos continuaron siendo vasallos suyos y de sus sucesores. Esta es la historia verdadera y verosímil.

 

Rollin repite un extraño cuento tomándolo del exagerado historiador Flavio Josefo, que lo refirió unos cuatrocientos años después de la expedición de Alejandro. Pero en esto merece disculpa, pues trata de defender en todas las ocasiones a su desgraciada patria. Rollin dice, después de Josefo, que cuando el sumo sacerdote se prosternó ante Alejandro, éste vio el nombre de Jehová grabado en una lámina de oro que brillaba en el birrete de Jaddus, y como entendía perfectamente el hebreo se arrodilló a su vez y adoró a Jaddus. Como este exceso de cortesía asombrara a Parmenión, Alejandro le dijo que conocía a Jaddus hacía mucho tiempo pues se le apareció diez años antes con el mismo traje y el mismo birrete, mientras él estaba soñando en la conquista de Asia (conquista en la que no pensaba entonces), que el mismo Jaddus le alentó a pasar el Helesponto, asegurándole que Dios se pondría al frente de los griegos y le haría vencer a los persas. Este cuento de vieja encajaría perfectamente en la historia de los Cuatro hijos de Aymon y en la de Roberto el Diablo, pero no es digno de figurar en la vida de Alejandro.

 

Resultaría muy útil a la juventud que se publicara una historia antigua bien razonada, de la que se extirparan trolas y absurdos. La ficción de Jaddus merecería respeto si al menos se encontrara en los libros sagrados, pero como ni siquiera la mencionan nos está bien ponerla en el ridículo que merece.

 

No se puede dudar que Alejandro conquistó la parte de la India más acá del Ganges, tributaria de los persas. El señor Howell, que vivió treinta años entre los brahmanes de Benarés y aprendió su lengua moderna y su antigua lengua sagrada, nos asegura que en los anales de aquéllos está probada la invasión de Alejandro, al que llaman Mahadukoit Kunha, gran bandido y gran asesino. Esos pueblos pacíficos no podían llamarle de otro modo, y se concibe que pusieran semejantes epítetos a los reyes de Persia. Sus anales dicen que Alejandro entró en el país por la provincia llamada hoy Bandahar, y es probable que tuvieran fortalezas bien defendidas en aquella frontera.

 

Alejandro descendió luego por el río Zombodipo, que los griegos llamaron Sind. No se encuentra en la historia de Alejandro ni una sola palabra hindú. Los griegos nunca llamaron por su nombre a una sola ciudad ni a ningún príncipe asiático, e igual hicieron con los egipcios, como si temieran deshonrar la lengua griega sujetándola a una pronunciación que les parecía bárbara.

 

Si Flavio Josefo refirió una ficción ridícula protagonizada por Alejandro y un pontífice judío, Plutarco, que escribió mucho tiempo después de Josefo, también quiso adornar con alguna fábula la vida del héroe macedonio. Exageró todavía más lo que dice Quinto Curcio. Uno y otro afirman que Alejandro, al dirigirse hacia la India, ordenó que le adoraran, no sólo los persas, sino también los griegos. Es preciso, empero saber lo que Alejandro, los persas, los griegos, Quinto Curcio y Plutarco entendían por la palabra adorar.

 

Si entendemos por adorar invocar a un hombre como a una divinidad ofrecerle incienso y sacrificios, erigirle altares y templos, Alejandro no exigió nada de todo eso. Si siendo el vencedor y el dueño de los persas pretendió que le saludaran a la manera persa, que se prosternaran ante él en ciertas ocasiones y le trataran como un rey persa, no pretendió nada que no fuese para él natural y razonable.

 

Los miembros de los parlamentos de Francia hablan de rodillas a los reyes cuando presiden los tribunales de justicia. El tercer estamento habla de rodillas en los Estados Generales. Arrodillados sirven los vasos de vino al rey de Inglaterra, y de igual modo lo hacen a muchos reyes de Europa en su consagración. De rodillas hablan al Gran Mogol, al emperador de China y al emperador del Japón. Los consejeros de China de orden inferior doblan la rodilla ante los consejeros de categoría superior. Como pleitesía al Papa, le besan el pie derecho. Ninguna de tales ceremonias protocolarias se consideró nunca como una adoración en el sentido riguroso del vocablo. Por lo tanto, todo cuanto se ha dicho sobre la supuesta adoración que exigió Alejandro no responde a la verdad.

 

Sólo Octavio, que reinó con el nombre de Augusto, ordenó realmente que le adoraran, tomando la palabra en el sentido más estricto. Le erigieron templos y altares, y hubo sacerdotes de Augusto, lo cual constituyó un verdadero sacrilegio de adoración.

 

Las contradicciones respecto al carácter de Alejandro serían más difíciles de conciliar si no supiéramos que los hombres desmienten su propio carácter muchas veces, y que la vida y la muerte de los mejores ciudadanos y la suerte de una provincia han pendido con frecuencia de la buena o la mala digestión de un soberano, bien o mal aconsejado.

 

Pero, ¿cómo es posible conciliar hechos improbables referidos de manera contradictoria? Unos autores dicen que Calistenes fue sentenciado a muerte y crucificado por orden de Alejandro porque no le quiso reconocer como hijo de Zeus. A esto debemos objetar que los griegos no empleaban el suplicio de la cruz. Otros autores dicen que murió mucho tiempo después de un exceso de gordura. Ateneo asegura que le encerraron en una jaula de hierro como un pájaro y en ella se lo comieron los gusanos. No es posible deducir la verdad de hechos tan contradictorios.

 

En la historia de Alejandro figuran sucesos que Quinto Curcio supone sucedidos en una ciudad y Plutarco en otra, y las dos ciudades distan entre sí quinientas leguas. Alejandro, bien armado y solo, asalta una muralla y entra en una ciudad que estaban sitiando, ciudad que estaba cerca de Kandahar, si concedemos crédito a Quinto Curcio, y cerca de la embocadura del Indo, según Plutarco.

 

Cuando Alejandro arriba a las costas de Malabar o al Ganges (que distan unas de otro unas novecientas millas), manda que prendan a diez filósofos indios que los griegos llamaban gimosofitas e iban desnudos como los orangutanes. Les propone cuestiones dignas del Mercurio galante, de Visé, y les asegura con seriedad que primero ahorcará al que la resuelva peor y así sucesivamente mandará ahorcar a los otros.

 

Esa anécdota se parece a la de Nabucodonosor, que prometió matar a sus magos si no adivinaban uno de los sueños que había olvidado, y a la del califa de Las mil y una noches, que quería estrangular a su mujer en cuanto terminara de referirle el cuento. Plutarco es quien refiere esta tontería y es preciso respetarla: Plutarco era griego.

 

Puede parangonarse ese cuento con el del envenenamiento de Alejandro por Aristóteles. Plutarco nos refiere que oyó decir a un tal Agnotemis, el cual lo había oído decir al rey Antígono, que Aristóteles envió una botella de agua de Nonacris, localidad de la Arcadia; dicha agua era tan fría que mataba de repente a los que la bebían. Antipatra envió dicha agua en un casco de pezuña de mulo y por esto llegó fresca a Babilonia, que Alejandro la bebió y murió al cabo de seis días, víctima de pertinaz fiebre.

 

Aunque Plutarco lo refiere, se duda de la veracidad de esa anécdota. De lo que no hay la menor duda en la historia de Alejandro es que a la edad de veinticuatro años conquistó Persia en tres batallas, que tuvo tanto genio como valor, que cambió la faz de Asia y de Egipto y la del comercio del mundo, y que Boileau no debía burlarse de él no siendo capaz de realizar tan ingentes empresas ni en doble número de años.

 

ALFABETO. Si todavía viviera el sabio Dumarais le preguntaríamos qué nombre tiene el alfabeto. Pero como este sabio murió, interrogaremos a los ilustrados redactores de la Enciclopedia para que nos digan por qué el alfabeto no tiene nombre en ninguna lengua europea. Alfabeto sólo significa A B, y A B carecen de significado, o mejor dicho, no indican más que sonidos sin relación el uno con el otro: beta no se forma de alfa, éste es el primer sonido y aquél el segundo, sin que sepamos por qué.

 

¿Por qué, pues, carecemos de términos para expresar las esencias? El conocer los números, esto es, el saber contar, no se llama uno‑dos, y los rudimentos del arte de manifestar nuestros pensamientos no tienen en Europa vocablo propio que lo designe.

 

El alfabeto es la primera parte de la gramática. Los que dominan el idioma árabe, del que no tengo la mínima noción, podrían decirme si dicho idioma, que según se dice dispone de ochenta voces para expresar la palabra caballo, tiene siquiera una para significar la palabra alfabeto.

 

Confieso que, al igual que el árabe, ignoro el chino, mas sin embargo he leído en un vocabulario de China que esa nación posee dos vocablos para expresar el catálogo o lista de los caracteres de su idioma: hotu y haipien. Nosotros no podemos vanagloriarnos de que nuestras lenguas occidentales posean ninguna de las dos palabras. A los griegos les sucedía lo mismo que a nosotros, no tenían ningún término para expresar su alfa‑beta, que los griegos copiaron de los fenicios, de la nación que llamaron los hebreos el pueblo ilustrado, lo que no les impidió apoderarse de su territorio.

 

Debemos suponer que los fenicios, al enseñar sus caracteres a los griegos, les prestaron el gran servicio de librarlos de las dificultades que ofrecía la escritura egipcia que Creops les llevó de Egipto. Los fenicios como eran comerciantes, trataban de entenderse con facilidad, pero los egipcios, que se creían intérpretes de los dioses querían que les entendieran difícilmente. Me imagino oír a un comerciante fenicio que acaba de arribar a Achaix, decir a su colega griego: Mis caracteres, no sólo son fáciles de escribir y reflejan el pensamiento como los sonidos sino que expresan nuestras deudas, activas y pasivas. El sonido fenicio aief, que en Grecia pronunciáis alfa, equivale a una onza de plata; beta, a dos; ro, a cien; sigma, a doscientas. Os debo un sigma, os pago un ro y os debo otro ro; de esta manera, con facilidad haremos nuestras cuentas.

 

Probablemente, los comerciantes fueron los que establecieron la sociabilidad entre los hombres satisfaciendo sus necesidades, porque para negociar es preciso entenderse. Los egipcios conocieron muy tarde el comercio por miedo a arrostrar los peligros del mar, que para ellos era Tyfón o dios del Mal. Desde tiempos inmemoriales, los tirios fueron navegantes y por medio del comercio unieron con vínculos estrechos los pueblos que la naturaleza había separado, reparando los cataclismos y revoluciones del globo terráqueo que ahogaron a parte del género humano. A su vez, los griegos comunicaron su alfabeto y su comercio a otros pueblos que lo modificaron, al igual que los griegos cambiaron el alfabeto de los tirios. Cuando los comerciantes —considerados después como dioses— establecieron en Colcos el comercio de peletería, llamado el toisón de oro, dieron también su alfabeto a los pueblos de dichas regiones, que lo conservaron con diversas modificaciones.

 

Es probable que ni Tiro, ni Egipto, ni ningún pueblo asiático de los que habitan cerca del Mediterráneo, comunicara su alfabeto a los pueblos del Asia oriental. Si los tirios y los caldeos que habitan las márgenes del Éufrates, por ejemplo, hubieran traspasado su alfabeto a los chinos, éstos conservarían algo de él, usando sus veintidós, veintitrés o veinticuatro letras; por el contrario, usan signos distintos para todas las letras que componen su idioma, disponiendo —dícese— de ochenta mil, del todo distintos de los que usaban en Tiro. A esta ingente cantidad de signos tan prodigiosamente diferentes, hay que añadir que escriben de arriba abajo, y los tirios y los caldeos lo hacían de derecha a izquierda. Los griegos y nosotros escribimos de izquierda a derecha.

 

Si estudiamos los caracteres tártaros, hindúes, siameses y japoneses, veremos que no tienen la menor analogía con el alfabeto griego ni con el fenicio. Sin embargo, todos esos pueblos, incluyendo a los hotentotes y a los cafres, pronuncian las vocales y las consonantes casi lo mismo que nosotros, porque casi poseen nuestra misma laringe, del mismo modo que el aldeano más rudo está dotado de una garganta igual a la de la primera tiple de la Opera de Nápoles. La diferencia que hace que el aldeano tenga una voz ruda y discordante de bajo y que la tiple semeje la voz de un ruiseñor, es tan imperceptible que ningún anatomista puede conocerla.

 

Al decir que los comerciantes de Tiro enseñaron el alfabeto a los griegos no hemos querido suponer que les enseñaran a hablar. Probablemente, los atenienses se expresaban mejor que los pueblos del sur de Siria porque su garganta era más flexible, las palabras de su idioma se componían de un suave conjunto de vocales, de consonantes y diptongos, y la lengua de los pueblos de Fenicia era ruda y tosca. Suponeos que los romanos de hoy hubieran conservado el antiguo alfabeto de Etruria y que los mercaderes holandeses pretendieran que adoptasen el que éstos usan en la actualidad. Los romanos admitirían quizá dichos caracteres, pero se abstendrían de hablar la lengua bátava. Esto es precisamente lo que el pueblo de Atenas hizo con los marineros de Cafthor, que arribaban de Tiro o de Besith: adoptaron su alfabeto porque era preferible al que copiaron de Egipto, pero rechazaron su idioma.

 

Filosóficamente hablando, y dejando de lado los libros sagrados de los que no nos ocupamos aquí, la lengua primera para nosotros es sólo una quimera. ¿Qué pensaríais del hombre que tratara de averiguar cuál fue el grito primitivo que lanzaron los animales, y cómo es que en el transcurso de muchos siglos los corderos se hayan concretado a balar, los palomos a arrullarse y las serpientes a silbar? Los animales se entienden, en su lenguaje, mucho mejor que nosotros. El gato comprende perfectamente los variados maullidos de la gata. Maravilla ver cómo una yegua endereza las orejas, patea el suelo y se agita al oír los relinchos ininteligibles de un caballo. Cada especie tiene su idioma, y el de los esquimales no es el mismo que el de los indígenas del Perú. No hubo lengua ni alfabeto primitivo, como no hubo encinas ni hierba primitivas.

 

Algunos rabinos opinan que la samaria fue la lengua madre; otros aseguran que lo fue el antiguo bretón. En la incertidumbre (y que no se enojen los habitantes de Bretaña o de Samaria), no vamos a admitir ninguna lengua madre. Sin ofender a nadie, ¿no podríamos suponer que el comienzo del alfabeto fuesen los gritos y las exclamaciones? Los niños, cuando ven un objeto que les choca, dicen, ha, he; cuando lloran, hi, hi; cuando se burlan, hu, hu, y cuando les pegan, ay, ay. Estas exclamaciones son tan naturales en los niños como el croar de las ranas y constituyen casi un alfabeto. Basta que la madre diga a su niño algo equivalente a ven, toma, dame, calla, acércate, vete, y aun cuando estas palabras nada representan y nada describen, se dan a comprender con el gesto. Desde esos rudimentos hay que andar un largo camino hasta llegar a la sintaxis. Me asombro cuando reflexiono que desde la voz ven hemos conseguido llegar a decir un día: «Hubiera venido, madre mía, con gran placer, obedeciendo vuestro mandato con el respeto de siempre, si al dirigirme hacia vos no me hubiera caído en tierra y no me hubiera clavado en la pierna un pincho de las plantas del jardín». Creo que ha sido preciso el transcurso de muchos siglos para juntar esas frases y el paso de otros tantos para crearlas.

 

Los caracteres alfabéticos representando al mismo tiempo los nombres de las cosas, su número, las fechas de los sucesos y las ideas, se convirtieron pronto en misterios para los mismos que inventaron dichos signos. Los caldeos, los sirios y los egipcios, atribuyeron algo divino a la combinación de las letras y al modo de pronunciarlas, creyeron que los nombres tenían significación por sí mismos, conteniendo una fuerza y una virtud secreta, y llegaron hasta imaginar que la palabra que significaba poder era poderosa por su misma naturaleza, que la que significaba ángel era angélica y que la que expresaba la idea de Dios era divina. Por eso la esencia de los caracteres se introdujo necesariamente en la magia, y no se verificaba ninguna operación mágica sin que intervinieran las letras del alfabeto.

 

Esa puerta que se abrió a todas las ciencias dio entrada a los errores. Los magos de todas partes se aprovecharon de ella para andar por el laberinto que construyeron y que no permitía entrar a los demás hombres. El modo de pronunciar las vocales y las consonantes se convirtió en el más profundo de los misterios, y con frecuencia en el más terrible. Había un modo de pronunciar Jahvé, nombre que daban a Dios los sirios y los egipcios, que forzaba al hombre a caer en tierra muerto. San Clemente de Alejandría refiere que Moisés causó la muerte repentina de Nechepe, rey de Egipto, diciéndole al oído esa palabra, y que en seguida le resucitó pronunciando la misma palabra.

 

Nada retrasó tanto el progreso del espíritu humano como esa ciencia profunda del error que nació en los pueblos asiáticos con el origen de las verdades. El orle se embruteció con el mismo arte que debía ilustrarle. De ello se encuentran claros ejemplos en Orígenes, en san Clemente de Alejandría y en Tertuliano. Orígenes dice sin el menor empacho: «Si al invocar a Dios le llamamos el dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, se conseguirán con la invocación de estos nombres resultados de naturaleza y fuerza tan grandes que los demonios se someterán a quienes los pronuncien. Pero si le invocamos con otro apelativo, como el de Dios del mar ruidoso, como Dios suplantador, esos adjetivos carecerán de virtud. El nombre de Israel traducido al griego no tendrá ningún poder, pero pronunciado en hebreo, con las demás palabras requeridas, verificará el conJuro».

 

El mismo Orígenes dice estas frases notables: «Existen nombres que por su propia naturaleza tienen virtud. Esos nombres son los que usan los sabios en Egipto, los magos en Persia y los brahmanes en la India. Lo que se llama magia no es un arte vano y quimérico, como suponen los estoicos y los epicúreos. El nombre de Sabaoth y el de Adonai no se han inventado para los cristianos, sino que pertenecen a una teoloda misteriosa que se relaciona con el Creador y de ello viene la virtud que tienen esos nombres cuando se usan como es debido y se pronuncian según las reglas....»

 

Pronunciando las letras según el método mágico se obligaba a la luna a descender a la tierra. Hemos de perdonar a Virgilio que creyera semejantes paparruchas y hablara seriamente de ellas en el verso 69 de su égloga octava: Carmina vel caello possunt deducere lunam (Con esas palabras se conseguía que la luna descendiera a la tierra).

 

En una palabra, el alfabeto fue el origen de todos los conocimientos del hombre y de sus absurdos.

 

ALMA. Es un término vago, indeterminado, que expresa un principio desconocido, de efectos sin embargo conocidos que sentimos en nosotros mismos. La palabra alma corresponde a la voz anima de los latinos, y es un vocablo que usan todas las naciones para expresar lo que no comprendemos más que nosotros.

 

En el sentido propio y literal del latín y de las lenguas derivadas, significa lo que anima. Por eso se dice: el alma de los hombres de los animales y de las plantas, para significar su principio de vegetación y de vida.

 

Al pronunciarla, esta palabra sólo nos da una idea confusa, como cuando se dice en el Génesis: «Dios insufló en el rostro del hombre un soplo de vida y se convirtió en alma viviente. El alma de los animales está en la sangre; no matéis, pues, su alma».

 

Así, pues, el alma —en sentido general— se toma por el origen y causa de la vida, por la vida misma. Por esto, durante muchísimo tiempo las naciones antiguas creyeron que todo moría al morir el cuerpo. Aunque es difícil desentrañar la verdad en el maremagnum de las historias remotas, tiene ciertos visos de probabilidad que los egipcios fueran los primeros que distinguieron la inteligencia y el alma, y los griegos aprendieron de ellos esta doctrina. Los latinos, siguiendo el ejemplo de los griegos, hicieron distinción entre ánimus y anima, y nosotros separamos también alma e inteligencia. Pero, ¿lo que constituye el principio de nuestra vida es también el principio de nuestros pensamientos? ¿Lo que nos hace digerir, lo que nos produce sensaciones y nos da memoria, se parece a lo que es causa en los animales de la digestión, de las sensaciones y de la memoria?

 

He aquí el eterno quid de las discusiones de los hombres. Digo eterno quid porque careciendo de la noción primitiva que nos guíe en este examen tendremos que permanecer siempre encerrados en un laberinto de dudas y conjeturas.

 

No tenemos un solo escalón en el que afirmar el pie para llegar siquiera a un vago conocimiento de lo que nos hace vivir y pensar. Para poseerlo sería preciso ver cómo la vida y el pensamiento entran en un cuerpo ¿Sabe un padre cómo produce a su hijo? ¿Sabe la madre cómo lo concibe? ¿Puede alguien adivinar cómo se agita, cómo se despierta y cómo duerme? ¿Sabe alguno cómo los miembros obedecen a su voluntad? ¿Puede alguien conjeturar por qué medio las ideas se forman en su cerebro y salen de él cuando lo desea? Débiles autómatas, colocados por la mano invisible que nos gobierna en el teatro del mundo, ¿quién de nosotros ha podido ver el hilo, principio y causa de nuestros movimientos?

 

No nos atrevemos a terciar en la discusión si el alma inteligente es espíritu o materia, si fue creada antes que nosotros, si sale de la nada cuando nacemos, y si después de habernos animado durante un día en el mundo, vive, cuando morimos, en la eternidad. Estas cuestiones que parecen sublimes, es como un ciego que pregunta a otro ciego sobre la luz.

 

Cuando tratamos de conocer los elementos que contiene un pedazo de metal lo sometemos al fuego en un crisol. ¿Poseemos un crisol para someter a prueba el alma? Unos dicen que es espíritu; pero, ¿qué es espíritu? Nadie lo sabe. Es una palabra tan vacía de sentido que nos vemos obligados a decir que el espíritu no se ve porque no sabemos decir lo que es. El alma es materia, dicen otros. Pero, ¿qué es materia? Sólo conocemos algunas de sus apariencias y algunas de sus propiedades, y ni éstas ni aquéllas parecen tener la menor relación con el pensamiento.

 

Y no faltan quienes opinan que el alma está formada de algo distinto de la materia. Y aunque no tenemos pruebas de ello, tal opinión se funda en que la materia es divisible y puede tomar diferentes formas, y el pensamiento no. Ahora bien, ¿quién os ha dicho que los primeros principios de la materia sean divisibles y figurables? Es muy verosímil que no lo sean; escuelas enteras de filósofos propugnan que los elementos de la materia no tienen figura ni extensión. Creéis apabullarnos replicando: «El pensamiento no es madera, ni piedra, ni metal; luego, el pensamiento no puede ser materia». Pero eso son débiles y azarosos razonamientos. La gravitación no es metal, ni arena, ni piedra, ni madera; el movimiento, la vegetación y la vida no son ninguna de esas cosas, y sin embargo, la vida, la vegetación, el movimiento y la gravitación son cualidades de la materia. Decir que Dios no puede conseguir que la materia piense es afirmar el absurdo más insolente que se haya proferido nunca en la escuela de la demencia. No estamos seguros que Dios haya obrado así, pero tenemos la seguridad de que puede obrar de tal forma. ¿Qué importa todo cuanto se ha dicho y se dirá del alma? ¿Qué importa que la hayan llamado entelequia, quinta esencia, llama o éter, que la hayan creído universal, increada, transmigrante, etc.? En cuestiones inaccesibles a la razón, ¿qué importan esas ficciones creadas por nuestras inciertas imaginaciones? ¿Qué importa que los padres de la Iglesia de los cuatro primeros siglos creyeran que el alma era corporal? ¿Qué importa que Tertuliano, contradiciéndose, dijera que el alma es corporal, figurada y simple al mismo tiempo? Tenemos un sinfín de testimonios de nuestra ignorancia, pero ni uno solo ofrece visos de verdad.

 

¿Cómo nos atrevemos a afirmar lo que es el alma? Sabemos con certeza que existimos, que sentimos y que pensamos. Deseamos ir más allá y caemos en un abismo de tinieblas. Inmersos en ese abismo, todavía nos acomete la loca temeridad de discutir si el alma, de la que no tenemos la menor idea, se creó antes que nosotros o al mismo tiempo que nosotros, y si es perecedera o inmortal.

 

La noción de alma y todas las especulaciones metafísicas deben empezar sometiéndose sinceramente a los dogmas de la Iglesia, porque, a no dudar, la revelación vale más que toda la filosofía. Los sistemas ejercitan el espíritu, pero la fe lo ilumina y lo guía.

 

Con frecuencia pronunciamos palabras que confusamente conocemos, y algunas veces ignoramos su significado. ¿No cabe decir esto de la palabra alma? Cuando la lengüeta o la válvula de un fuelle se halla descompuesta y el aire que entra en el vientre del fuelle sale por alguna de las fisuras que tiene la válvula, y éste no está comprimido por las dos paletas, ni sale con la fuerza necesaria para encender el fuego, las mujeres dicen: «Está descompuesta el alma del fuelle». No saben más, pero esa ignorancia no turba su tranquilidad. El jardinero habla del alma de las plantas y las cultiva con mimo, sin saber lo que significa esa palabra. En muchas de nuestras manufacturas los operarios denominan alma a sus máquinas, y nunca discuten sobre el significado de dicha palabra, pero no ocurre lo mismo a los filósofos.

 

Entre nosotros, el significado general de la palabra alma sirve para denotar lo que anima. Nuestros antepasados los celtas dieron al alma el nombre de seel, del que los ingleses formaron la palabra soul y los alemanes la palabra seel; probablemente, los antiguos bretones y teutones no discutirían sobre esa palabra.

 

Los griegos distinguían tres clases de alma: el alma sensible o alma de los sentidos (he aquí por qué el Amor, hijo de Afrodita, sintió tan vehemente pasión por Psique, y por qué Psique le amó tiernamente); el soplo que da vida y movimiento a toda máquina y que nosotros traducimos por espíritu, y la tercera, que como nosotros, llamaron inteligencia. Por tanto, poseemos tres almas sin tener la más ligera noción de ninguna de ellas. Santo Tomás de Aquino admite estas tres almas, como buen peripatético, y sitúa cada una en tres partes, una en el pecho, otra en todo el cuerpo y la tercera en la cabeza. En nuestras escuelas no se conoció otra filosofía hasta el siglo XVIII... ¡Y desgraciado el hombre que hubiera tomado una de esas tres almas por otra!

 

Hay, sin embargo, motivo para esta confusión de ideas. Los hombres conocieron que cuando les excitaban las pasiones del amor, de la ira o del miedo, sentían ciertos movimientos en las entrañas. El hígado y el corazón fueron asignados como asiento de las pasiones. Cuando se medita profundamente, sentimos cierta opresión en la cabeza; luego, el alma inteligente está en el cerebro. Sin respirar no es posible la vegetación y la vida; luego, el alma vegetativa está en el pecho, que recibe el soplo del aire.

 

Cuando los hombres vieron en sueños a sus padres o a sus amigos muertos se dedicaron a estudiar qué se les había aparecido. No era el cuerpo porque lo había consumido una hoguera o lo había tragado el mar y servido de pasto a los peces. Esto no basta para que sostuvieran que algo se les había aparecido, puesto que lo habían visto; el muerto les había hablado y el que estaba soñando le dirigía preguntas. ¿Con quién habían conversado durmiendo? Se imaginaron que era un fantasma, una figura aérea, una sombra, los manes, una pequeña alma de aire y fuego extremadamente delicada que vagaba por no sé dónde.

 

Con el transcurso de los años, cuando quisieron profundizar en este estudio, convinieron en que dicha alma era corporal, y esta es la idea que de ella tuvo la Antigüedad. Más tarde, Platón sutilizó esa alma de tal forma que se llegó a pensar que la habían separado casi completamente de la materia, pero ese problema no se resolvió hasta que la fe vino a iluminarnos.

 

En vano los materialistas aducen que algunos padres de la Iglesia no se expresaron con exactitud. San Ireneo asegura que el alma es el soplo de la vida, que sólo es incorporal si se compara con el cuerpo de los mortales, pero que conserva la figura de hombre con el fin de que se la reconozca.

 

Tertuliano se expresa así, gratuitamente: «La corporalidad del alma resalta en el Evangelio, porque si el alma no tuviera cuerpo la imagen del alma no tendría imagen corpórea». Inútilmente, ese mismo apologista refiere la visión de una mujer santa que vio un alma muy brillante y del color del aire.

 

En vano aducen que san Hilario dijo en tiempos posteriores: «No hay nada de lo creado que no sea corporal, ni en el cielo ni en la tierra, ni en lo visible ni lo invisible; todo está formado de elementos, y las almas ya habiten en un cuerpo, ya salgan de él, siempre tienen una sustancia corporal».

 

Asimismo, san Ambrosio, en el siglo VI, decía: «No conocemos nada que no sea material, a excepción de la Santísima Trinidad».

 

La Iglesia ha decidido por unanimidad que el alma es inmaterial. Los referidos santos incurrieron en un error que entonces era universal eran hombres. Pero no se equivocaron respecto a la inmortalidad porque los Evangelios la anuncian con claridad.

 

Es preciso, pues, conformarnos con la decisión de la Iglesia porque carecemos de la noción exacta de lo llamado espíritu puro y de lo que se llama materia. Espíritu puro es una expresión que no nos proporciona ninguna idea, y sólo conocemos la materia por alguno de sus fenómenos. La conocemos tan poco, que la llamamos sustancia y esta palabra significa lo que está debajo, pero este debajo está oculto eternamente para nosotros; es el secreto del Creador en todas partes. No sabemos cómo recibimos la vida, ni cómo la damos, ni cómo crecemos, ni cómo digerimos, ni cómo dormimos, ni cómo pensamos, ni cómo sentimos. Es una insoslayable dificultad conocer cómo el ser humano concibe sus pensamientos.

 

De las dudas de Locke sobre el alma. El autor del artículo Alma, que publicó la Enciclopedia, siguió concienzudamente las opiniones de Jaquelet. Pero Jaquelet no nos enseña nada. Ataca a Locke porque modestamente dijo: «Quizá no seremos nunca capaces de conocer si un ser material piensa o no por la razón de que nos es imposible descubrir, mediante la contemplación de nuestras ideas, si Dios ha concedido a cualquier amasijo de materia, preparado a propósito, el poder de conocerse y de pensar, o si unió a la materia así preparada una sustancia inmaterial que piensa. Con relación a nuestras nociones, no nos es difícil concebir que Dios puede, si le place, añadir a la idea que tenemos de la materia la facultad de pensar; ni nos es difícil comprender que pueda añadirle otra sustancia a la que el Ser todopoderoso pueda conceder ese poder, y que puede crear en virtud de la voluntad omnímoda de Creador. No encuentro contradicción en que Dios, ser pensante eterno y todopoderoso, dote, si quiere de algunos grados de sentimiento, de perfección y de pensamiento a ciertos amasijos de materia creada e insensible y los una a ella cuando lo crea conveniente».

 

Como acabamos de ver, Locke habla como hombre profundo, religioso y modesto (1).

 

(1) Puede decirse que Locke creó la metafísica, como Newton creó la física, para conocer el alma, sus ideas y sus afecciones. No estudió en los libros porque le hubieran dado una instrucción errónea, sino que se concretó a estudiarse a sí mismo; después de contemplarse mucho tiempo, en el Tratado del entendimiento humano presentó a los hombres el espejo donde se había contemplado. En una palabra, redujo la metafísica a lo que debe ser: la física experimental del alma.

 

Conocidos son los sinsabores que le acarreó manifestar esta opinión que en su tiempo pareció atrevida, pero que sólo era la consecuencia de la convicción que abrigaba de la omnipotencia de Dios y de la debilidad del hombre. No afirmó que la materia piensa, pero aseguró que no sabemos bastante para demostrar que es imposible que Dios añada el don del pensamiento al ser desconocido que llamamos materia, después de haberle concedido nosotros el don de la gravitación y el don del movimiento, que nos son igualmente incomprensibles.

 

Locke no fue el único que inició esta opinión, sin duda alguna la tuvo ya la Antigüedad, puesto que consideraba el alma como una materia muy sutil y consecuentemente aseguraba que la materia podía sentir y pensar.

 

Esta fue también la opinión de Gassendi, como se deduce de las objeciones que hizo a Descartes: «Es verdad —dice Gassendi— que conocéis, que pensáis, pero no sabéis qué especie de sustancia sois. Por lo tanto, aunque conozcáis la operación del pensamiento desconoceréis lo principal de vuestra esencia, ignorando cuál es la naturaleza de esa sustancia, de la que el acto de pensar es una de las operaciones. En esto os parecéis al ciego que, al sentir el calor de los rayos solares y sabiendo que lo causa el sol creyera que tenía la idea clara y distinta de lo que es ese astro, porque si le preguntaban qué es el sol, podía responder: «Es una cosa que calienta». El mismo Gassendi, en su libro titulado Filosofía de Epicuro, repite algunas veces que no hay evidencia matemática de la pura espiritualidad del alma.

 

Descartes, en una de las cartas que dirigió a la princesa palatina Isabel, le dijo: «Confieso que mediante la razón natural podemos hacer nuestras conjeturas respecto del alma y albergar halagüenas esperanzas, pero no podemos tener ninguna seguridad». En este caso, Descartes ataca en sus cartas lo que afirma en sus libros.

 

Ya hemos visto que los padres de la Iglesia de los primeros siglos, creyendo al alma inmortal, la creían material al mismo tiempo, suponiendo que a Dios le era tan fácil conservar como crear. Por eso decían: «Dios la hizo pensante y pensante la conservará».

 

Malebranche demostró bastante bien que nosotros no adquirimos ninguna idea por nosotros mismos, y que los obispos son incapaces de dárnoslas. De esto dedujo que provienen de Dios. Lo cual equivale a decir que Dios es el autor de todas nuestras ideas. Su sistema forma algo así como un laberinto en el que uno de los caminos conduce al sistema de Espinosa, otro al estoicismo y el tercero al caos.

 

Después de un sinfín de disputas sobre el espíritu y sobre la materia, acabamos siempre por no podernos entender. Ningún filósofo logró levantar con su sistema el velo con que la naturaleza cubre los primeros principios de las cosas. Mientras ellos discuten, la naturaleza obra.

 

Del alma de las bestias. Antes de admitir el extraño sistema que supone que los animales son unas máquinas incapaces de sensación, los hombres nunca creyeron que las bestias tuvieran alma inmaterial, ni nadie fue tan temerario que se atreviera a decir que la ostra estaba dotada de alma espiritual. La opinión unánime era que los animales habían recibido de Dios sentimiento, memoria e ideas, pero no espíritu. Nadie había abusado del don de raciocinar hasta el punto de decir que la naturaleza concedió a las bestias todos los órganos del sentimiento para que no tuvieran sentimiento. Nadie había dicho que gritan cuando se las hiere, que huyen cuando se las persigue, sin sentir dolor ni miedo. No se negaba entonces la omnipotencia de Dios; al reconocer que pudo comunicar a la materia orgánica de los animales el placer, el dolor, la memoria, y la combinación de algunas ideas, pudo dotar a varios de ellos, como al mono, al elefante, y al perro de caza, del talento para perfeccionarse en las artes que se les enseñan y dar a los animales carnívoros medios para hacer la guerra. No sólo pudo, sino que así lo hizo. Pero Pereira y Descartes sostuvieron que el mundo se equivocaba, que Dios había jugado con él a los cubiletes dotando con todos los órganos de la vida y de la sensación a los animales, con el propósito deliberado de que carecieran de sensación y de vida propiamente dicha. Y otros con ínfulas de filósofos, pretendiendo contradecir la idea de Descartes, concibieron la opuesta diciendo que los animales estaban dotados de espíritu y tenían alma los sapos y los insectos.

 

Entre estas dos ideas demenciales, la primera que niega el sentimiento a los órganos que lo producen, y la segunda que hace alojar un espíritu puro en el cuerpo de una pulga, hubo autores que se decidieron por un término medio, que llamaron instinto. ¿Y qué es el instinto? Es una forma sustancial, una forma plástica, es un no sé qué. Seré de vuestra opinión cuando llaméis a la mayoría de las cosas un no sé qué, cuando vuestra filosofía empiece y acabe por yo no sé nada.

 

El autor del artículo Alma, publicado en la Enciclopedia dice: «En mi opinión, el alma de las bestias la forma una sustancia inmaterial e inteligente. Pero, ¿de qué clase es ésta? Debe consistir en un principio activo capaz de sensaciones. Si reflexionamos sobre la naturaleza del alma de las bestias no nos proporciona ningún motivo para creer que su espiritualidad las salve del anonadamiento».

 

Es para mí incomprensible tener idea de una sustancia inmaterial. Representarse algún objeto es tener en la imaginación una imagen de él y hasta hoy nadie ha conseguido pintar el espíritu. Concedo que el autor que acabo de citar entienda concebir por la palabra representar. Pero confieso que tampoco la concibo, como no concibo la creación ni la nada porque ignoro por completo el principio de todas las cosas.

 

Si trato de probar que el alma es un ser real me contestan diciendo que es una facultad; si afirmo que es una facultad y posee la de pensar, responden que me equivoco, que Dios es dueño absoluto de la naturaleza, lo hace todo en mí y dirige todos mis actos y pensamientos; que si yo produjera mis pensamientos sabría los que produzco cada minuto y no lo sé; que sólo soy un autómata con sensaciones y con ideas, que dependo exclusivamente del Ser Supremo y estoy tan sometido a El como la arcilla a las manos del alfarero.

 

Confieso, pues, mi ignorancia, y que miles de tomos de metafísica son insuficientes para enseñarnos qué es el alma.

 

Un filósofo ortodoxo decía a un filósofo heterodoxo: «¿Cómo habéis conseguido llegar a creer que por su naturaleza el alma es mortal y que sólo es eterna para la voluntad de Dios?» «Porque lo he experimentado» contestó el otro filósofo. «¿Cómo lo habéis experimentado? ¿Acaso os habéis muerto?» «Si, algunas veces. Sufría ataques de epilepsia en mi juventud y os aseguro que me quedaba completamente muerto durante algunas horas. Después, no experimentaba ninguna sensación, ni recordaba lo sucedido. Ahora me sucede lo mismo casi todas las noches. Ignoro en qué momento me duermo y duermo sin soñar. Sólo por conjeturas puedo calcular el tiempo que he dormido. Estoy, pues, muerto ordinariamente seis horas cada veinticuatro; la cuarta parte de mi vida». El ortodoxo adujo que él pensaba siempre mientras dormía, pero sin saber lo que pensaba. El heterodoxo le replicó: «Creo por la revelación que pensaré siempre en la otra vida, pero os aseguro que rara vez pienso en ella».

 

El ortodoxo no erraba al afirmar la inmortalidad del alma, porque la fe y la razón demuestran esta verdad, pero podía equivocarse al asegurar que el hombre dormido piensa siempre. Locke confesaba francamente que no pensaba siempre que dormía, y otro filósofo dijo: «El hombre posee la facultad de pensar, pero ésta no es la esencia del hombre». Dejemos a cada cual la libertad y el consuelo de estudiarse a sí mismos y de perderse en el dédalo de sus ideas.

 

Es curioso, sin embargo, saber que en el año 1730 hubo un filósofo que fue perseguido por haber confesado lo mismo que Locke, esto es, que no ejercitaba su entendimiento todos los minutos del día y de la noche como no se servía en todos ellos de los brazos y las piernas. Y no sólo la ignorancia de la corte le persiguió, sino también la ignorancia malévola de algunos que se las daban de letrados. Lo que en Inglaterra sólo produjo algunas disputas filosóficas ocasionó en Francia cobardes atrocidades. Un francés fue víctima por seguir a Locke.

 

Siempre hubo en la ciénaga de nuestra literatura algunos miserables capaces de vender su pluma y atacar hasta sus mismos bienhechores. Esta observación parece un despropósito en un artículo en el que se trata del alma, pero no debemos perder ocasión de censurar la conducta de los que quieren deshonrar el glorioso título de hombres de letras, prostituyendo su escaso talento y su conciencia a un vil interés, a una política ilusa y que traicionan a sus amigos por halagar a los necios. En Roma nadie denunció a Lucrecio por haber puesto en verso el sistema de Epicuro, ni a Cicerón por decir repetidas veces que después de morir no se siente dolor alguno, ni a Plinio ni a Varrón por haber tenido ideas particulares sobre la Divinidad. La libertad de pensar fue ilimitada en Roma. Los hombres de cortos alcances y temerosos que, en Francia, se han esforzado en ahogar esa libertad, madre de nuestros conocimientos y aguijón del entendimiento humano, para conseguir sus fines han hablado de los peligros infundados que aquélla puede traer. No reflexionaron que los romanos, que gozaban de completa libertad de pensar, no por eso dejaron de ser nuestros vencedores y nuestros legisladores, y que las discusiones de escuela tienen tan poca relación con el gobierno como el tonel de Diógenes tuvo con las victorias de Alejandro. Esta lección equivale a otra lección respecto del alma. Quizá tendremos ocasión de insistir sobre ella.

 

Aunque adoremos a Dios con toda el alma debemos confesar nuestra profunda ignorancia respecto a ella, a esa facultad de sentir y de pensar que debemos a su bondad infinita. Confesemos que nuestros entecos raciocinios nada quitan y nada añaden, y deduzcamos de esto que debemos emplear la inteligencia, cuya naturaleza desconocemos, en perfeccionar las ciencias, como los relojeros emplean los resortes en los relojes sin saber lo que es un resorte.

 

Sobre el alma y nuestras ignorancias. Fundándonos en los conocimientos adquiridos, nos hemos atrevido a poner en tela de juicio si el alma se creó antes que nosotros, si llega de la nada a introducirse en nuestro cuerpo, a qué edad viene a colocarse entre una vejiga y el páncreas, si allí recibe o aporta algunas ideas, y qué ideas son éstas; si después de animarnos algunos momentos, su esencia, tras la muerte del cuerpo, vive en la eternidad; si siendo espíritu, lo mismo que Dios, es diferente a éste o semejante. Estas cuestiones que parecen sublimes, como dijimos, son como las discusiones que entablan los ciegos respecto de la luz.

 

¿Qué nos han enseñado los filósofos antiguos y modernos? Nos han enseñado que un niño es más sabio que ellos porque éste sólo piensa en lo que puede conseguir. Hasta ahora, la naturaleza de los primeros principios es un secreto del Creador. En qué consiste que los aires propaguen el sonido? ¿A qué se debe que nuestros miembros obedezcan constantemente nuestra voluntad? ¿Qué voluntad es la que coloca las ideas en la memoria, las conserva allí como en un registro y las saca cuando queremos y cuando no? Nuestra naturaleza, la del universo y la de las plantas, están escondidas en el abismo de las tinieblas. El hombre es un ser que obra, siente y piensa, esto es todo cuanto sabemos, pero ignoramos qué nos hace pensar, sentir y obrar. La facultad de obrar es tan incomprensible para nosotros como la facultad de pensar. Menos difícil es concebir que el cuerpo de barro tenga sentimientos e ideas que concebir que un ser tenga ideas y sentimientos.

 

Comparad el alma de Arquímedes con el alma de un imbécil: ¿son las dos de una misma naturaleza? Si es esencial en ellas el pensar, ¿pensarán siempre con independencia del cuerpo, que no podrá obrar sin ellas? Si piensan por su propia naturaleza, ¿será de la misma especie el alma que no puede comprender una regla de aritmética que el alma que midió los cielos? Si los órganos corporales hacen pensar a Arquímedes, ¿por qué un idiota, mejor constituido y más vigoroso que Arquímedes, digiriendo mejor y realizando con más perfección las funciones fisiológicas, no piensa? A esto se contesta que su cerebro no es tan bueno, pero eso es una suposición, porque los que así contestan no lo saben. Nunca se encontró diferencia alguna en los cerebros disecados, y es además verosímil que el cerebelo de un bobo se encuentre en mejor estado que el de Arquímedes, que lo usó y lo fatigó prodigiosamente.

 

Deduzcamos de esto, pues, lo que antes dedujimos, que somos ignorantes ante los primeros principios.

 

De la necesitad de la revelación. El mayor beneficio que debemos al Nuevo Testamento no es otro que el de habernos revelado la inmortalidad del alma. Inútil fue que el obispo Warburton tratara de oscurecer tan importante verdad, diciendo continuamente que a los antiguos judíos desconocieron ese dogma necesario y que los saduceos no lo admitían en tiempos de Jesucristo».

 

Interpreta a su modo las palabras que, según dicen, Jesucristo pronunció: a¿Ignoráis que Dios dijo: Yo soy el Dios de Abrahán, de Isaac y Jacob? Luego Dios no es el Dios de los muertos sino el Dios de los vivos. Atribuye a la parábola del rico malvado el sentido contrario que le otorgan todas las iglesias. Sherlock, obispo de Londres, y otros muchos sabios lo refutan; los filósofos ingleses le echan en cara que es escandaloso que un obispo anglicano tenga la opinión contraria a la Iglesia anglicana, y Warburton, al verse contradecido, tilda de impíos a dichos filósofos, remedando a Arlequín, personaje de la comedia El ladrón de la casa, que después de robar y arrojar los muebles por la ventana, viendo que en la calle un hombre se llevaba algunos, gritó con toda la fuerza de sus pulmones: «¡Atrapad al ladrón!»

 

Vale más bendecir la revelación de la inmortalidad del alma y las de las penas y recompensas después de la muerte, que la soberbia filosofía de hombres que siembran la duda. Julio César no creía y lo dijo muy claro en pleno Senado cuando, para impedir que condenaran a muerte a Catilina, afirmó que la muerte no dejaba en el hombre ningún sentimiento pues todo moría con él. Nadie le refutó esta opinión.

 

El Imperio romano estaba dividido en dos grandes sectas; Ia de Epicuro, que sostenía que la divinidad era inútil en el mundo y el alma perecía con el cuerpo, y la de los estoicos, que sostenía que el alma era una porción de la divinidad, la cual a la muerte del cuerpo volvía a su origen, esto es, al gran todo de donde provenía. Unas sectas creían que el alma era mortal y otras que era inmortal, pero todas estaban acordes en burlarse de las penas y recompensas futuras.

 

Nos restan todavía bastantes pruebas de que los romanos tuvieran tal creencia, y esta opinión, profundamente grabada en los corazones de los héroes y de los ciudadanos romanos, les inducía a matarse sin el menor escrúpulo, sin esperar que el tirano los entregara al verdugo.

 

Los hombres más virtuosos de entonces, que estaban convencidos de la existencia de un Dios, no esperaban en la otra vida ninguna recompensa, ni temían ningún castigo. En el artículo Apócrifos veremos que Clemente, que había de ser papa y santo, puso en duda que los primitivos cristianos creyeran en la segunda vida, y sobre esto consultó a san Pedro en Cesárea. No creemos que san Clemente escribiera la historia que se le atribuye, pero esa historia demuestra que el género humano necesitaba guiarse por la revelación. Lo que en este asunto nos sorprende es que en un dogma tan represivo y tan beneficioso haya consentido que cometan ostensibles crímenes los hombres que viven tan poco tiempo y se ven presionados entre dos eternidades.

 

Las almas de los tontos y de los monstruos. Nace un niño deforme y absolutamente imbécil; no concibe ideas y vive sin ellas ¿Cómo hemos de definir esta clase de criatura? Unos doctos dicen que es algo entre el hombre y la bestia; otros, que posee un alma sensitiva, pero no un alma inteligente. Come, bebe y duerme, tiene sensaciones, pero no piensa. ¿Existe para él la otra vida, o no existe? Se ha propuesto este caso pero hasta hoy no ha obtenido completa solución.

 

Algún filósofo ha dicho que la referida criatura debía tener alma porque su padre y su madre la tenían, pero guiándonos por ese razonamiento si hubiera nacido sin nariz debíamos suponer que la tenía porque su padre y su madre la tuvieron.

 

Una mujer da a luz un niño que carece de barbilla, con la frente aplastada y negra, la nariz afilada y puntiaguda y los ojos redondos, pero el resto del cuerpo tiene la misma estructura que los demás mortales. Los padres deciden que reciba el bautismo y todo el mundo cree que posee alma inmortal, pero si esa misma criatura tiene las uñas en forma de punta y la boca en forma de pico, le declaran monstruo, dicen que carece de alma y no lo bautizan.

 

Sabido es que en Londres, en 1726 hubo una mujer que paría cada ocho días un gazapillo. Sin ninguna dificultad bautizaban a la criatura. El médico que asistía a la referida mujer durante el parto juraba que ese fenómeno era verdadero, y le creían. Pero ¿qué motivo tenían los crédulos para negar que tuvieran alma las criaturas de dicha mujer? Si ella la tenía, sus críos debían también tenerla. El Ser Supremo, ¿no puede conceder el don del pensamiento y el de la sensación al ser que nazca de una mujer en forma de conejo, lo mismo que el que nazca en figura de hombre? El alma que se disponía a alojarse en el feto de esa madre, ¿sería capaz de volverse al vacío?

 

Locke dice, respecto a los monstruos, que no debe atribuirse la inmortalidad a la morfología del cuerpo, y pregunta: «¿Cuál es la justa medida de deformidad a la que sujetarse para conocer si un niño tiene alma o no? ¿Desde qué grado debe ser declarado monstruo?»

 

¿Qué hemos de pensar de un niño que tenga dos cabezas y, sin embargo, su cuerpo está bien constituido? Unos dicen que tiene dos almas porque está provisto de dos glándulas pineales, y otros aseguran que. no puede tener dos almas quien no tiene más que un pecho y un ombligo.

 

Ha habido tantas discusiones sobre el alma humana, que si ésta llegara a examinarlas todas, le produciría insoportable fastidio. Le pasaría lo que sucedió al cardenal De Polignac en un cónclave. Su intendente, cansado de no poderle enterar nunca de las cuentas de intendencia, emprendió viaje a Roma y se situó en la pequeña ventana de su celda cargado con un inmenso fardo de papeles. Estuvo allí leyendo las cuentas más de dos horas, y por fin, viendo que no obtenía ninguna contestación, metió la cabeza por la ventana. Hacía unas dos horas que el cardenal había salido de su celda. Nuestras almas nos abandonan antes de que sus intendentes las hubieran enterado de lo mucho que nos hemos ocupado de ellas. Pero seamos justos ante Dios, por más ignorantes que seamos, nosotros y nuestros intendentes.

 

Debo confesar que siempre que examino al infatigable Aristóteles, al doctor Angélico y al divino Platón, tomo por motes estos epítetos que les aplican. Todos los filósofos que se han ocupado del alma humana me parecen ciegos charlatanes que hacen temerarios esfuerzos por persuadirnos de que tienen vista de águila, y veo que hay otros amantes de la filosofía, curiosos y locos, que los creen bajo palabra, imaginándose que de ese modo ven algo.

 

No vacilo en colocar en la categoría de maestros de errores a Descartes y a Malebranche. Descartes nos asegura que el alma humana es una sustancia cuya esencia es pensar que piensa siempre, y que desde el vientre de la madre se ocupa de ideas metafísicas y de acciones generales que olvida en seguida. Malebranche está convencido de que todo lo vemos en Dios. Si encontró partidarios es porque las fábulas más atrevidas son las que mejor acepta la débil imaginación del hombre.

 

Muchos filósofos han escrito la novela del alma, pero un sabio es el único que ha escrito modestamente su historia. Resumiré esa historia según la concibo. Comprendo que todo el mundo no estará de acuerdo con las ideas de Locke; puede ser que tenga razón contra Descartes y Malebranche, y que yerre para la Sorbona, pero yo hablo desde el punto de vista de la filosofía, no desde el punto de las revelaciones de la fe.

 

Sólo me corresponde pensar humanamente. Los teólogos que decidan respecto a lo divino; la razón y la fe son de naturaleza antagónica. En suma, voy a insertar un extracto de Locke, a quien censuraría si fuera teólogo, a quien defiendo como hipótesis, como conjetura filosófica, humanamente hablando. Se trata de saber lo que es el alma.

 

1º Alma es una de esas palabras que pronunciamos sin entenderlas. Sólo comprendemos las cosas cuando tenemos idea de ellas; no tenemos idea del alma, luego no la comprendemos.

 

2º Hemos convenido en llamar alma a la facultad de sentir y de pensar, así como llamamos vida a la facultad de vivir y voluntad a la facultad de querer.

 

Algunos razonadores respondieron en seguida a esto: «El hombre es un compuesto de materia y de espíritu; la materia es extensa y divisible, y el espíritu no es una cosa ni otra; luego, es de naturaleza distinta. Es una reunión de dos seres que no han sido creados el uno para el otro y que Dios unió a pesar de su naturaleza. Apenas conocemos el cuerpo y absolutamente desconocemos el alma. Esta no tiene partes; luego es eterna, tiene ideas puras y espirituales; luego no las recibe de la materia: tampoco las recibe de sí misma; luego Dios se las da, luego ella aporta al nacer la idea de Dios y del infinito, y todas las ideas generales.

 

Humanamente hablando, contesto a dichos pensadores diciéndoles que son muy sabios. Empiezan por concedernos que existe el alma y luego nos explican lo que debe ser: pronuncian la palabra materia y afirman de plano lo que la materia es. Pero yo les replico: no conocéis el espíritu ni la materia. En cuanto al espíritu, sólo le concedéis la facultad de pensar; en cuanto a la materia, comprendéis que ésta no es más que una reunión de cualidades, de colores, de extensiones y de solideces; a esa reunión llamáis materia y marcáis los límites de ésta y los del alma antes de estar seguros de la existencia de una y de otro.

 

Enseñáis con toda gravedad que las propiedades de la materia son la extensión y la solidez, y yo os repito modestamente que la materia tiene múltiples propiedades que ni vosotros ni yo conocemos. Afirmáis que el alma es indivisible y eterna, dando por seguro lo que es cuestionable. Obráis casi lo mismo que el director de un colegio que, no habiendo visto un reloj en toda su vida, le pusieran en las manos de repente un reloj de repetición inglés. Ese director, como buen peripatético, quedaría sorprendido al ver la precisión con que las saetas dividen y marcan el tiempo, y se asombraría de que el resorte pulsado por el dedo hiciera sonar la hora que la saeta marca. El peripatético no duda un momento de que dicha máquina tenga un alma que la dirija y que se manifiesta por medio de los resortes. Demuestra científicamente su opinión, compara esa máquina con los ángeles, que imprimen movimiento a las esferas celestes, sosteniendo en clase una inefable tesis sobre el alma de los relojes. Uno de sus alumnos abre el reloj y no ve más que las ruedecillas y los muelles; sin embargo, sigue sosteniendo siempre el sistema del alma de los relojes, creyéndole demostrado. Yo soy el estudiante que abre el reloj, que se llama hombre, y en vez de definir con atrevimiento lo que no comprendemos trato de examinar por grados lo que deseamos conocer.

 

Tomemos un niño recién nacido y sigamos paso a paso el progreso de su entendimiento. Me habéis enseñado que Dios se tomó el trabajo de crear un alma para que se alojara en el cuerpo de dicho niño cuando éste tuviera unas seis semanas, y que cuando se introduce en su cuerpo está provista de ideas metafísicas, conoce el espíritu, las ideas abstractas y el infinito; en una palabra, es sabia. Pero, desgraciadamente, sale del útero con una completa ignorancia, pasa dieciocho meses sin conocer más que los senos de su nodriza, y cuando a la edad de veinte años se pretende que esa alma recuerde las ideas científicas que tuvo cuando se unió a su cuerpo, es con frecuencia tan obtusa que ni siquiera puede concebir ninguna de aquellas ideas. El día que la madre da a luz dicho niño con su alma, nacen en la casa un perro, un gato y un canario. Al cabo de dieciocho meses, el perro es ya un excelente cazador, al año el canario canta perfectamente, y al término de unas seis semanas el gato tiene lo que ha de tener. El niño, al cumplir cuatro años, no sabe nada. Supongamos que yo sea un hombre tosco, testigo de tan enorme diferencia y que nunca he visto ningún niño; pues bien, creeré que el gato, el perro y el canario son criaturas muy inteligentes, y que el niño es un autómata. Poco a poco me voy dando cuenta de que el niño posee ideas, memoria y las mismas pasiones que esos animales, y entonces comprendo que es una criatura razonable como ellos. Me comunica diversas ideas por medio de las palabras que aprendió, como el perro por sus distintos ladridos me hace conocer sus diversas necesidades. Me percato de que a los siete u ocho años el niño combina en su cerebro casi tantas ideas como el perro de caza en el suyo, y que por fin, andando los años, consigue adquirir gran número de conocimientos. Entonces, ¿qué debo pensar de él? ¿que es de una naturaleza completamente distinta? No puedo creerlo, porque vosotros veis un imbécil al lado de Newton y defendéis que uno y otro son de la misma naturaleza, con la única diferencia de grado. Para asegurarme de la probable verosimilitud de mi opinión, estudio al perro y al niño cuando están despiertos y cuando duermen. Hago que los sangren a uno y a otro, y sus ideas parece que salen de ellos con la sangre. Puestos en ese estado, los llamo y no me contestan, y si me esfuerzo en hablar con ellos no lo consigo. Luego los examino durante su sueño; me doy cuenta de que el perro, después de bien comer, sueña y grita como si estuviera cazando, y el niño sueña que habla con su novia y la enamora. Si uno y otro comen frugalmente, ni uno ni otro sueña; en suma, veo en ellos que la facultad de sentir, de apercibirse, de expresar las ideas, se desarrolla poco a poco y se debilita también por grados. Encuentro entre el niño y el perro más puntos afines que los que hallo entre el hombre de talento y el absolutamente imbécil. ¿Qué opinión tendré, pues, de esa naturaleza? La que todos los pueblos tuvieron antes que la ciencia egipcia ideara la espiritualidad, la inmortalidad del alma.

 

Hasta sospecharé, con visos de verdad, que Arquímedes y un topo son de la misma especie, aunque de diferente género, que la encina y el grano de mostaza están formados por los mismos principios, aunque aquélla sea un árbol grande y ésta una planta pequeña. Creeré que Dios concedió partes de inteligencia a las porciones de materia organizada para pensar, que la materia está dotada de sensaciones proporcionadas a la finura de sus sentidos, que éstos las otorgan según la medida de nuestras ideas. Creeré que la ostra tiene menos sensaciones y menos sentido porque al tener el alma dentro de la concha los cinco sentidos le resultan inútiles. Hay muchos animales que sólo están dotados de dos sentidos; nosotros tenemos cinco, y por cierto son escasos. Puede ser que en otros mundos existan otros animales que estén dotados de veinte o treinta sentidos y otras especies más perfectas que tengan muchos más.

 

Esta parece la forma más lógica de razonar, quiero decir, de sospechar y adivinar. Indudablemente, pasó mucho tiempo antes que los hombres fueran lo bastante ingeniosos para idear un ser ignoto que está en nosotros, que nos hace obrar, que no es completamente nosotros, y que vive después que nosotros morimos. De esa manera se llegó paulatinamente a concebir idea tan atrevida. En un principio, la palabra alma significó vida, y era común para nosotros y para los demás animales; luego, nuestro orgullo nos hizo sospechar que el alma sólo correspondía al hombre y entonces ideamos una forma sustancial para las demás criaturas. El orgullo humano pregunta en qué consiste la facultad de apercibirse y de sentir que se llama alma en el hombre e instinto en el animal. Dilucidaré esta cuestión cuando los físicos me enseñen qué es la luz, el sonido, el espacio, el cuerpo y el tiempo. Repetiré con el sabio Locke: «La filosofía consiste en detenerse cuando la antorcha de la física no nos ilumina».

 

Observo los efectos de la naturaleza, pero confieso que, como vosotros, tampoco conozco los primeros principios. Todo se reduce a que no debo atribuir a muchas causas, y menos a causas desconocidas, lo que puedo atribuir a una sola causa conocida. Puedo atribuir a mi cuerpo la facultad de pensar y de sentir; luego no debo buscar la facultad de sentir y de pensar en lo que se llama alma o espíritu, del que no tengo la menor idea. Os alzáis contra esa proposición, y creéis que es irreligiosidad atreverse a decir que el cuerpo pueda pensar. Ahora bien, ¿qué contestaríais —respondería Locke— si os dijera que vosotros incurrís también en irreligiosidad porque os atrevéis a limitar el poder de Dios? ¿Quién, sin ser impío puede asegurar que es imposible para Dios dotar a la materia de la facultad de pensar y de sentir? Sois a la par débiles y atrevidos: aseguráis que la materia no piensa solamente porque no concebís que la materia pueda pensar.

 

Sabios filósofos que decidís sobre el poder de Dios y al mismo tiempo concedéis que puede Dios convertir una piedra en un ángel, (1) ¿no comprendéis que, según vuestras mismas teorías, y en ese último caso, Dios otorgaría a la piedra la facultad de pensar? Si la materia de la piedra desapareciera ya no sería piedra, sería ángel. Sean cuales fueren vuestras argumentaciones, os veréis obligados a reconocer dos cosas: vuestra ignorancia y el poder omnímodo del Creador. Vuestra ignorancia niega que la materia pueda pensar, y la omnipotencia del Creador no demuestra que le sea imposible conseguir que la materia piense.

 

Sabiendo que la materia no perece, no debéis negar a Dios el poder de conservar en esa misma materia la mejor de las cualidades de que la dotó. La extensión subsiste sin cuerpo por sí misma, ya que hay filósofos que creen en el vacío; los accidentes subsisten independientes de la sustancia para los cristianos que creen en la transustanciación. Decís que Dios no puede hacer nada que implique, en sí mismo, contradicción, mas para encontrar ésta se precisa saber más de lo que sabemos, y en esta materia sólo sabemos que tenemos cuerpo y que pensamos. Algunos que aprendieron en la escuela a no dudar, y que toman por oráculos los silogismos que en ellas les enseñaron y las supersticiones que aprendieron por religión, tienen a Locke por impío peligroso. Debemos hacerles comprender el error en que incurren y enseñarles que las opiniones de los filósofos jamás perjudicaron a la religión. Es obvio que la luz proviene del sol y que los planetas giran alrededor de ese astro, mas no por ello se lee con menos fe en la Biblia que la luz se formó antes que el sol, y que el sol se paró sobre la aldea de Gabaón. Se sabe que el arco iris lo forma la lluvia y no por ello deja de respetarse el texto sagrado, que dice que Dios puso el arco iris en las nubes, después del diluvio, como signo de que no habría más inundaciones.

 

Los misterios de la Trinidad y de la Eucaristía, que contradicen las demostraciones de la razón, no dejan de ser reverenciados por los filósofos católicos aun a sabiendas de que la razón y la fe son de diferente naturaleza. La idea de los antípodas fue condenada por los papas y los concilios y luego otros papas reconocieron los antípodas, a donde llevaron la religión cristiana, cuya destrucción creyeron segura en el caso de poder encontrar un hombre que, como se decía entonces, tuviera la cabeza abajo y los pies arriba con relación a nosotros, y que, como dice san Agustín, hubiera caído del cielo.

 

(1) San Mateo, 3, 9.

 

Supongamos que hay en una isla una docena de excelente filósofos y que en ella sólo han visto vegetales. Esta isla, y sobre todo esos filósofos, son difíciles de encontrar, pero permitidme esta ficción. Admiran la vida que circula por las fibras de las plantas, que parece que se pierde y se renueva en seguida, y de no comprender bien cómo las plantas nacen se nutren y crecen, llaman a estas operaciones alma vegetativa. «¿Qué entendéis por alma vegetativa?» «Es una expresión —responden— que sirve para explicar el resorte desconocido que mueve la vida de las plantas». «¿Pero no comprendéis —les replica un mecanicista— que ésta la desarrolla un movimiento interno natural?» «No —objetarán dichos filósofos—, en su vegetación hay algo más que movimientos ordinarios; existe en todas las plantas el poder secreto de atraerse la savia que las nutre, y ese poder, que no puede explicar ningún mecanicista, es un don que Dios concedió a la materia, cuya naturaleza desconocemos».

 

Después de esa cuestión, los filósofos descubren los animales que hay en la isla, y luego de examinarlos detenidamente comprenden que existen otros seres organizados como los hombres. Indudablemente, esos seres tienen memoria, conocimiento y están dotados de idénticas pasiones que nosotros, y perpetúan su especie. Los filósofos disecan algunos animales les encuentran corazón y cerebro, y exclaman: «El autor de esas máquinas, que no crea nada inútil, ¿les hubiera concedido todos los órganos de la sensación con el propósito de que no sintieran? Sería absurdo creerlo así. Encierran algo que llamaremos también alma, a falta de otro término más adecuado, algo que experimenta sensaciones y que en cierta medida tiene ideas. Pero, ¿qué es ese principio? ¿Es diferente de la materia? ¿Es espíritu puro? ¿Es un ser intermedio entre la materia, cuyo mecanismo apenas conocemos, y el espíritu puro, que nos es completamente desconocido? ¿Es una propiedad que Dios concedió a la materia orgánica?»

 

Los filósofos, para estudiar esa materia, hacen experimentos con los insectos y los gusanos; los cortan, dividiéndolos en muchas partes, y quedan sorprendidos al ver que, pasado algún tiempo, nacen cabezas a las partes cortadas. El mismo animal se reproduce y en su propia fragmentación encuentra el medio de multiplicarse. Hay muchas almas que están esperando, para animar las partes reproducidas, que hayan cortado la cabeza al primer tronco. Se parecen a los árboles a los que se podan las ramas y plantándolas se reproducen. ¿Estos árboles tienen muchas almas? No parece esto posible; luego, es probable que el alma de las bestias sea de otra especie que lo que llamamos alma vegetativa en las plantas, que sea una facultad de orden superior que Dios concedió a ciertas porciones de materia para darnos prueba de su poder y de otro motivo para adorarle.

 

Si oyera ese razonamiento un hombre violento que argumentase más, les diría: «Sois unos malvados que mereceríais que os quemaran el cuerpo para salvar el alma, porque negáis la inmortalidad del alma del hombre». Los filósofos, al oír esto, se mirarían unos a otros con sorpresa y después, uno de ellos, contestaría con suavidad al hombre violento: «¿Por qué creéis que deberíamos arder en una hoguera y qué os indujo a suponer que abriguemos nosotros el convencimiento de que es mortal vuestra alma cruel?» «Porque abrigáis la creencia de que Dios concedió a los animales, que están organizados como nosotros, la facultad de tener ideas y sentimientos, y como el alma de los animales muere con sus cuerpos creéis también que lo mismo muere el alma de los hombres». Uno de los filósofos le replicaría:

 

«No tenemos la seguridad de que todo lo que llamamos alma en los animales perezca cuando éstos mueren; estamos persuadidos de que la materia es eterna y suponemos que Dios haya dotado los animales de algo que puede conservar, si ésta es la voluntad divina, la facultad de tener ideas. No aseguramos que esto suceda porque no es propio de hombres ser tan confiados, pero no nos atrevemos a poner límites al poder de Dios. Decimos sencillamente que es probable que los animales, que son materia, hayan recibido de El algo de inteligencia. Descubrimos todos los días propiedades de la materia que antes no teníamos idea de que existieran. Empezamos definiendo la materia diciendo que era una sustancia que tenía extensión, luego reconocimos que también tenía solidez más tarde tuvimos que admitir que la materia posee una energía que llamamos fuerza de inercia y, últimamente, nos sorprendió a nosotros mismos tener que confesar que la materia gravita. Avanzando en nuestros estudios, nos vimos obligados a reconocer seres que se parecen en algo a la materia y que, sin embargo, carecen de los atributos de que la materia está dotada. El fuego elemental, por ejemplo, obra sobre nuestros sentidos como los demás cuerpos, pero no tiende a un centro en líneas rectas por todas partes ni parece que obedezca a las leyes de atracción y de gravitación como los demás cuerpos. La óptica tiene misterios sólo explicables atreviéndonos a suponer que los rayos de luz se compenetran. Hay efectivamente, algo en la luz que la distingue de la materia común: parece que sea un ser intermediario entre los cuerpos, y que otras especies de seres sean el punto intermedio que conduzca otras criaturas, y que así sucesivamente exista una cadena de sustancias hasta el infinito.

 

»Esa idea nos parece digna de la grandeza de Dios, si hay alguna idea humana digna de ella. Entre esas sustancias pudo Dios escoger una para alojarla en nuestros cuerpos, que es la que llamamos alma humana. Las Sagradas Escrituras nos enseñan que esa alma es inmortal y la razón concuerda en esto con la revelación: ninguna sustancia perece y las formas se destruyen, pero el ser permanece. No podemos concebir la creación de una sustancia, ni podemos concebir el aniquilamiento, pero sí nos atrevemos a afirmar que el Señor absoluto de todos los seres puede dotar de sentimientos, de percepciones, al ser que se llama materia. Estáis seguros de que pensar es la esencia de vuestra alma y nosotros no lo estamos porque cuando examinamos un feto nos cuesta trabajo creer que su alma haya tenido muchas ideas en su envoltura materna, y dudamos que en su sueño profundo, en su completo letargo haya podido dedicarse a la meditación. Por todo ello nos parece que el pensamiento pudiera ser no la esencia del ser pensante, sino el don que Dios hiciera a esos seres que denominamos pensadores; todo ello nos hace sospechar que si Dios quisiera podría otorgar ese don a un átomo, conservarlo o destruirlo, según fuera su voluntad. La dificultad reside menos en adivinar cómo la materia puede pensar que en descifrar cómo piensa una sustancia cualquiera. Sólo concebimos ideas porque Dios quiso dárnoslas. ¿Por qué os empeñáis en oponeros a que las conceda a las demás especies? ¿Os atrevéis a creer que vuestra alma sea de la misma clase que las sustancias que están más cerca de la divinidad? Hay motivo para sospechar que éstas sean de orden superior y, por lo mismo, Dios les haya concedido una manera de pensar infinitamente más hermosa, como concedió cantidad muy limitada de ideas a los animales, que son de un orden inferior a los hombres. Ni sé cómo vivo, ni cómo doy la vida, ¿y queréis que sepa cómo concibo ideas? El alma es un reloj que Dios nos concedió para dirigirnos, pero no nos ha explicado la maquinaria de que se compone el reloj.

 

»De todo ello no es posible deducir que el alma humana sea mortal. En resumen, pensamos lo mismo que vos sobre la inmortalidad que la fe nos anuncia, pero somos demasiado ignorantes para afirmar que Dios no tenga poder para conceder la facultad de pensar al ser que él quiera. Limitáis el poder del Creador, que es ilimitado, y nosotros lo extendemos hasta donde alcanza su existencia. Perdonadnos que le creamos omnipotente y nosotros os perdonaremos que restrinjáis su poder. Sin duda sabéis todo lo que puede hacer y nosotros lo ignoramos. Vivamos como hermanos, adorando tranquilamente al Padre común. Sólo hemos de vivir un día y vivámoslo en paz, sin enzarzarnos en cuestiones que se decidirán en la vida inmortal que empezará mañana».

 

El hombre violento, no encontrando nada que oponer a los filósofos enfadándose, habló y dijo muchas vaciedades. Los filósofos se dedicaron durante algunas semanas a leer historia y, después de ese estudio, he aquí lo que dijeron a aquel bárbaro, indigno de estar dotado de alma inmortal:

 

«Hemos leído que en la Antigüedad había tanta tolerancia como en nuestra época, que en ello se encuentran grandes virtudes y que por sus opiniones no perseguían a los filósofos. ¿Por qué, pues, pretendéis que nos condenen a la hoguera por las opiniones que profesamos? En la Antigüedad creyeron que la materia era eterna pero los que suponían que era creada no persiguieron a quienes no lo creían. Se dijo entonces que Pitágoras, en una vida anterior, había sido gallo y sus padres habían sido cerdos, y no obstante su secta fue querida y respetada en todo el mundo, menos por los pasteleros y por quienes tenían habas que vender. Los estoicos reconocían a un Dios más o menos semejante al que admitió después temerariamente Espinosa; el estoicismo fue, sin embargo, la secta más acreditada y la más fecunda en virtudes heroicas. Para los epicureistas, los dioses eran semejantes a nuestros canónigos, que con su indolente gordura sostenían su divinidad; aquéllos tomaban en paz el néctar y la ambrosía sin inmiscuirse en nada, y enseñaban la materialidad y la inmortalidad del alma, pero no por eso dejaron de tenerles consideración y eran admitidos a desempeñar todos los empleos.

 

»Los platónicos no creían que Dios se hubiera dignado crear al hombre por sí mismo; decían que había confiado este encargo a los genios que al realizar su tarea cometieron muchas tonterías. El Dios de los platónicos era un artífice inmejorable, pero que empleó para crear al hombre discípulos muy mediocres. No por eso la Antigüedad dejó de apreciar la escuela de Platón. En suma cuantas sectas conocieron los griegos y los romanos, si bien tenían distintos modos de opinar sobre Dios, sobre el alma, sobre el pasado y sobre el futuro, ninguna de ellas fue perseguida. Todas ellas se equivocaban, pero vivieron en amistosa paz y esto es lo que no alcanzamos a comprender, porque hoy vemos que la mayor parte de los que discuten son energúmenos y los de la Antigüedad eran verdaderos hombres.

 

»Si desde los griegos y los romanos queremos remontarnos a las naciones más antiguas, podemos fijar la atención en los judíos. Ese pueblo supersticioso, cruel, ignorante y miserable, sabía sin embargo honrar a los fariseos, que creían en la fatalidad del destino y en la metempsicosis. Respetaba también a los saduceos, que negaban la inmortalidad del alma y la existencia de los espíritus, fundándose en la ley de Moisés, que nunca habló de castigos ni de recompensas después de la muerte. Los esenios, que creían también en la fatalidad y nunca sacrificaban víctimas en el templo, eran más respetados todavía que los fariseos y saduceos. Ninguna de esas opiniones perturbó nunca el gobierno del Estado, y quizá hubieran tenido motivo para degollarse y exterminarse mutuamente unos a otros, si se hubieran empeñado en tenerlo. Debemos, pues, imitar esos loables ejemplos, debemos pensar en voz alta y dejar que piensen lo que quieran los demás. Seréis capaces de recibir cortésmente a un turco que crea que Mahoma viajó por la luna, ¿y deseáis descuartizar a un hermano vuestro porque cree que Dios puede dotar de inteligencia a todas las criaturas?» Así habló uno de los filósofos, y otro añadió:

 

«Creedme, no ha habido ejemplo de que ninguna opinión filosófica perjudique la religión de ningún pueblo. Y si los misterios pueden contradecir las demostraciones científicas, no por ello dejan de respetarlos los filósofos cristianos, que saben que la razón y la fe son asuntos de diferente naturaleza. ¿Sabéis por qué los filósofos no lograrán nunca formar una secta religiosa? Porque carecen de entusiasmo. Si dividimos el género humano en veinte partes, componen diecinueve los hombres que se dedican a trabajos manuales, y quizá éstos ignorarán siempre que existió Locke. En la otra vigésima parte se hallan unos pocos hombres que sepan leer, y entre los que leen hay veinte que sólo leen novelas por cada uno que estudia filosofía. Es muy exiguo el número de los que piensan, y éstos no se ocupan en perturbar el mundo. No encendieron en su patria la tea de la discordia Montaigne, Descartes, Gassendi, Bayle, Espinosa, Hobbes, Pascal, Montesquieu, ni ninguno de los hombres que han honrado la filosofía y la literatura. Buena parte de los que perturbaron a su país fueron teólogos, que ambicionaron ser jefes de secta o de partido. Todos los libros de filosofía juntos no han armado en el mundo tanto revuelo como produjo en otro tiempo la disputa entablada por los franciscanos respecto a la forma que debía darse a sus mangas y a sus capuchones».

 

Antigüedad del dogma de la inmortalidad del alma. El dogma de la inmortalidad del alma es la idea más consoladora y al mismo tiempo más represiva que el espíritu humano ha podido concebir. Esta consoladora doctrina era tan antigua en Egipto como sus pirámides, y antes que los egipcios la conocieron los persas. He referido ya en alguna parte la alegoría del primer Zoroastro, citada en el Sadder, en la que Dios enseña a Zoroastro el lugar para recibir el castigo que se llamaba Dardarot en Egipto, Haces y Tártaro en Grecia, y nosotros hemos traducido imperfectamente en nuestras lenguas modernas por la palabra infierno. Dios mostró a Zoroastro, en el sitio destinado a los castigos, a todos los malos reyes, a uno de los cuales le faltaba un pie, y Zoroastro preguntó por qué razón. Dios le contestó que ese rey había hecho una buena acción en toda su vida, cuya acción consistía en haber acercado con el pie la ceba da que no estaba al alcance de un pobre asno que se moría de hambre. Dios llevó al cielo el pie del rey malvado y dejó en el infierno el resto de su cuerpo.

 

Esta fábula, que nunca se repetirá bastante, demuestra la remota antigüedad de la doctrina sobre la segunda vida. Los hindúes también poseían esta doctrina y lo prueba su metempsicosis. Los chinos rendían culto a las almas de sus antepasados. Y esos pueblos fundaron poderosos imperios mucho antes que los egipcios.

Aunque el imperio de Egipto es muy antiguo, no lo es tanto como los imperios de Asia; en aquél y en éstos, el alma subsistía tras la muerte del cuerpo. Cierto es que todos esos pueblos, sin excepción, supusieron que el alma tenía forma etérea, sutil, y era imagen del cuerpo. La palabra soplo la inventaron después los griegos, pero no hay duda que creyeron que era inmortal una parte de nosotros mismos. Los castigos y recompensas en la otra vida echaron los cimientos de la antigua teología.

 

Ferecides fue el primer griego que creyó que las almas vivían una eternidad, pero no fue el primero que dijo que las almas sobrevivían a los cuerpos. Ulises, que vivió mucho tiempo antes que Ferecides, había ya visto las almas de los héroes en los infiernos, pero que las almas fueran tan antiguas como el mundo fue una doctrina que nació en Oriente y Ferecides difundió por Occidente. No creo que exista una sola doctrina moderna que no se encuentre en los pueblos antiguos. Los edificios actuales los hemos construido con los escombros de la Antigüedad.

 

Sería un magnífico espectáculo ver el alma. La máxima «Conócete a ti mismo» es un excelente precepto que sólo Dios puede practicar; porque, ¿qué mortal puede comprender su propia esencia?

 

Denominamos alma a lo que anima, pero no podemos saber más de ella porque nuestra inteligencia es limitada. Las tres cuartas partes del género humano no se ocupan de esto, y la cuarta busca, inquiere, pero ni ha encontrado ni encontrará.

 

El hombre ve una planta que vegeta y dice que tiene alma vegetativa, observa que los cuerpos tienen y dan movimiento y a esto llama fuerza ve que su perro de caza aprende el oficio y supone que tiene alma sensitiva, instinto; tiene ideas combinadas y a esta combinación llama espíritu. Pero, ¿qué entiendes tú en esas palabras? Indudablemente, la flor vegeta, pero, ¿existe realmente un ser que se llame vegetación? Un cuerpo rechaza a otro, pero, ¿posee dentro de sí un ser distinto que se llama fuerza? El perro te trae una perdiz, pero, ¿vive en él un ser que se llama instinto? ¿No te burlarías de un polemista que te dijera: «todos los animales viven; luego encierran dentro de ellos un ser, una forma sustancial, que es la vida»? Si un tulipán pudiera hablar y te dijera: «Mi vegetación y yo somos dos seres que formamos un conjunto», ¿no te burlarías del tulipán?

 

Vamos a ver qué sabes y de lo que estás seguro: sabes que andas con los pies, que digieres con el estómago, que sientes en todo el cuerpo y que piensas con la cabeza. Veamos si la única ayuda de la razón ha podido aportarte suficientes datos para deducir, sin auxilio sobrenatural, que tienes alma.

 

Los primeros filósofos, igual caldeos que egipcios, dijeron que es indispensable que haya dentro de nosotros algo que produzca los pensamientos; ese algo debe ser muy sutil, debe ser un soplo, debe ser un éter una quintaesencia, una entelequia, un nombre, una armonía... Según el divino Platón, es un compuesto del mismo y del otro. «Lo constituyen dos átomos que piensan en nosotros», dijo Epicuro después de Demócrito. Pero, ¿cómo un átomo pudo pensar? Confesad que no lo sabéis.

La opinión más aceptable es, indudablemente, que el alma es un ser inmaterial. Pero, ¿conciben los sabios lo que es un ser inmaterial? «No —contestan éstos—, pero sabemos que por naturaleza piensa». «¿Y por dónde lo sabéis?» «Lo sabemos porque piensa». «Me parece que sois tan ignorantes como Epicuro. Es natural que una piedra caiga porque cae; pero, yo os pregunto, ¿quién la hace caer?» «Sabemos que la piedra no tiene alma, sabemos que una negación y una afirmación no son divisibles porque no son partes de la materia». «Soy de vuestra opinión, pero la materia posee cualidades que no son materiales, ni divisibles, como la gravitación; la gravitación no tiene partes, no es, pues, divisible. La fuerza motriz de los cuerpos tampoco es un ser compuesto de partes. La vegetación de los cuerpos orgánicos, su vida, su instinto, no constituyen seres a partes, seres divisibles; no podéis dividir en dos la vegetación de una rosa, la vida de un caballo, el instinto de un perro, así como no podéis dividir en dos una sensación, una negación o una afirmación. El argumento que sacáis de la indivisibilidad del pensamiento no prueba nada».

 

¿Qué idea tenéis del alma? Sin revelación, sólo podéis saber que existe en vuestro interior un poder desconocido que os hace pensar y sentir.Pero, ¿ese poder de sentir y de pensar es el mismo que os hace digerir y andar? Tenéis que confesarme que no, porque aunque el entendimiento diga al estómago digiere, el estómago no digerirá si está enfermo, y si el ser inmaterial manda a los pies que anden, éstos no andarán si padecen de gota. Los griegos comprendieron que el pensamiento no tiene relación muchas veces con la función de los órganos; atribuyeron a los órganos alma animal y al pensamiento un alma más fina. Pero el alma del pensamiento, en muchas ocasiones, depende del alma animal. El alma pensante ordena a las manos que tomen y toman, pero no dice al corazón que lata, ni a la sangre que circule, ni a los jugos gástricos que se formen, y todos esos actos se realizan sin su intervención. He aquí dos almas que son muy poco dueñas de su casa.

 

De esto debe colegirse que el alma animal no existe, o que consiste en el movimiento de los órganos, amén de que al hombre su débil razón no le aporta ninguna prueba de que la otra alma exista.

 

En cuanto a las varias opiniones filosóficas que se han establecido respecto al alma, una de ellas sostiene que el alma del hombre es parte de la sustancia del mismo Dios; otra, que es parte del Gran Todo; otra asegura que el alma está creada para toda la eternidad; otra sostiene que el alma fue hecha y no creada. Varios filósofos aseguran que Dios forma las almas a medida que las necesita y llegan en el momento de la copulación; otros añaden que se alojan en el cuerpo con los animáculos seminales, etc. Filósofo hubo que dijo que se equivocaban todos los que le habían precedido, asegurando que el alma espera seis semanas para que esté formado el feto y entonces toma posesión de la glándula pineal. Pero si encuentra algún germen falso, sale del cuerpo y espera mejor ocasión. La última opinión consiste en dar al alma por morada el cuerpo calloso; éste es el sitio que le asigna Le Peyronie.

 

Santo Tomás, en su cuestión 75 y siguientes, dice «que el alma es una forma que subsiste per se, que está toda en todo, que su esencia difiere de su poder, que existen tres almas vegetativas: la nutritiva, la aumentativa y la generativa, que la memoria de las cosas espirituales es espiritual y la memoria de las corporales, corporal, que el alma raciocinadora es una forma inmaterial en lo tocante a las operaciones y material en cuanto al ser». ¿Has entendido algo? Pues santo Tomás escribió dos mil páginas tan claras como ésta. Por esto, sin duda, le llaman el Doctor Angélico. No se han inventado menos sistemas para el cuerpo, para explicar cómo oirá sin tener oídos, cómo olerá sin tener nariz y cómo tocará sin tener manos; en qué cuerpo se alojará en seguida, de qué forma el yo, la identidad de la misma persona, ha de subsistir; cómo el alma del hombre que se tornó imbécil a la edad de quince años, y murió imbécil a los setenta, volverá a reemprender el hilo de las ideas que tuvo en la pubertad y por qué medio un alma, a cuyo cuerpo se le amputó una pierna en Europa y perdió un brazo en América, podrá encontrar la pierna y el brazo, que quizá se habrán transformado en legumbres y habrán pasado a formar parte integrante de la sangre de cualquier otro animal. No terminaría nunca si detallara todas las extravagancias que acerca del alma humana se ha publicado.

 

Es sorprendente que las leyes del pueblo escogido de Dios no digan una sola palabra acerca de la espiritualidad y la inmortalidad del alma, ni hablen tampoco de esto el Deuteronomio, ni el Decálogo, ni el Levítico. En ninguna parte propone Moisés a los judíos recompensas y castigos en otra vida. No les habla nunca de la inmortalidad de sus almas, ni les hace saber que esperen ir al cielo, ni les amenaza con el infierno. En la ley de Moisés todo es temporal. En el Deuteronomio habla a los judíos en los siguientes términos:

 

«Si tras haber tenido hijos y nietos prevaricáis, seréis exterminados del país y reducidos a ínfimo número en las naciones.

 

»Yo soy un Dios celoso que castiga la iniquidad de los padres hasta la tercera y la cuarta generaciones.

 

»Honrad padre y madre a fin de que viváis mucho tiempo.

 

»Tendréis de qué comer sin que nunca os falte.

 

»Guardáos de dioses extranjeros, seréis aniquilados...

 

»Si obedecierais yo os daré la lluvia en vuestra tierra y en su tiempo, la temprana y la tardía, y cogerás tu aceite, tu grano y tu vino. Daré también hierba en tu campo para tus bestias, y comerás y te hartarás.

 

»Pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis por señal en vuestra mano... y las escribiréis en los postes de tu casa y en tus portadas, para que sean acrecentados vuestros días....

 

»Cuando se levantare en medio de ti profeta y te diere señal de prodigio, y acaeciere la señal o prodigio que él te dijo, diciendo: Vamos en pos de dioses ajenos... el tal profeta ha de ser muerto, tu mano caerá primero sobre él para matarle y después la mano de todo el pueblo.

 

»Empero de las ciudades de estos pueblos que Jehová tu Dios te da por heredad, ninguna persona dejarás con vida; luego que Jehová tu Dios la entregare en tu mano, herirás a todo varón suyo a filo de espada.

 

»No comeréis aves impuras: el águila, el azor, el esmejerón, etc.

 

»No comeréis animales que rumian o tienen uña hendida: camello, liebre y conejo, ni puerco, etc.

 

»Si, empero, escucharas fielmente la voz de Jehová, tu Dios, para guardar y cumplir todos estos mandamientos... bendito serás tú en la ciudad, bendito tú en el campo... Bendito el fruto de tu vientre, y el fruto de tu bestia, la cría de tus vacas...

 

»Y si no oyeres la voz de Jehová, tu Dios, para cuidar de poner por obra todos sus mandamientos... maldito serás tú en la ciudad y maldito en el campo; maldito tu canastillo, y tus sobras... Jehová te herirá de tisis, y de fiebre, y de ardor, y de calor, y de cuchillo, y de almorranas, y de sarna...

 

»El extranjero te prestará a ti y tú no prestarás a él... por cuanto no habrás atendido la voz de Jehová, tu Dios, para guardar sus mandamientos.

 

»Y comerás el fruto de tu vientre, la carne de tus hijos y de tus hijas, etc.»

 

En todas estas promesas y amenazas es evidente que se trata de lo temporal y no se encuentra una sola palabra sobre la inmortalidad del alma, ni sobre la vida futura. Algunos comentaristas ilustres creen que Moisés conocía perfectamente esos dos grandes dogmas y prueban su opinión apoyándose en lo que dijo Jacob, quien creyendo que su hijo José había sido devorado por bestias feroces decía en su dolor: «Descenderé con mi hijo al infernum»; esto es, moriré, ya que mi hijo ha muerto. Prueban también su creencia citando pasajes de Isaías y Ezequiel, pero los hebreos a quienes habló Moisés no pudieron haber leído a los citados profetas porque escribieron muchos siglos después.

 

Es ocioso discutir sobre lo que secretamente opinaba Moisés, puesto que es irrefutable que en sus leyes no habló nunca de la vida futura, y que limita los castigos y las recompensas al tiempo presente. Si conoció la vida futura, ¿por qué no proclamó este dogma? Y si no lo conocía ¿cuál era el objeto de su misión? A esta cuestión contestan varios comentaristas diciendo que el Señor de Moisés y de todos los hombres se reservó el derecho de explicar a su debido tiempo a los judíos una doctrina que no eran capaces de comprender cuando vivían en el desierto.

 

Si Moisés hubiera anunciado la inmortalidad del alma le habría combatido una importante escuela de los judíos, la de los saduceos, autorizada por el Estado, que les permitía desempeñar los primeros cargos de la nación y nombrar pontífices máximos a sus sectarios.

 

Hasta después de la fundación de Alejandría no se dividieron los hebreos en tres sectas: fariseos, saduceos y esenios. El historiador Flavio Josefo, que era fariseo, nos refiere en el libro XIII de sus Antigüedades que los fariseos creían en la metempsicosis, los saduceos opinaban que el alma perecía con el cuerpo, y los esenios que el alma era inmortal. Según éstos, las almas, en forma aérea, descendían de la más alta región de los aires para introducirse en los cuerpos por la violenta atracción que ejercían sobre ellas, y cuando morían los cuerpos, las almas que habían pertenecido a los buenos iban a morar más allá del Océano, en un país donde no se sentía calor ni frío, ni hacía viento ni llovía. Las almas de los malos iban a morar en un clima hostil. Esta era la teología de los judíos.

 

El que debía enseñar a todos los hombres condenó estas tres sectas. Sin su enseñanza no hubiéramos llegado nunca a comprender nuestra alma, y Moisés, único legislador del mundo antiguo, que habló con Dios frente a frente, dejó a la humanidad sumida en la más profunda ignorancia respecto a este punto tan capital. Sólo al cabo de mil setecientos años tenemos la certidumbre de la existencia e inmortalidad del alma.

 

Cicerón tenía sus dudas. Su nieto y nieta le sacaron de ellas revelándole la verdad de los primeros galileos que fueron a Roma. Pero antes de esa época, y después de ella, en todo el resto del mundo donde los apóstoles no penetraron, cada cual debía preguntar a su alma: ¿Qué eres?, ¿de dónde vienes?, ¿qué haces?, ¿dónde vas? Eres un no sé qué, que piensas y sientes, pero aunque pensaras y sintieras más de cien mil millones de años no conseguirás saber más sin el auxilio de Dios, que te concedió el entendimiento para que te sirviera de guía, pero no para penetrar en la esencia de lo que creó. Así pensó Locke, y antes que Locke, Gassendi, y antes que Gassendi, multitud de sabios, pero hoy los bachilleres saben lo que esos grandes hombres ignoraban.

 

Enemigos encarnizados de la razón se han atrevido a oponerse a esas verdades reconocidas por los sabios, llevando su mala fe y su imprudencia hasta el punto de imputar al autor de esta obra la opinión de que cada alma es materia. Perseguidores de la inocencia, bien sabéis que hemos dicho lo contrario, y que dirigiéndonos a Epicuro, a Demócrito y a Lucrecio, les preguntamos: «¿Cómo podéis creer que un átomo piense? Confesad que no sabéis nada». Luego sois unos calumniadores los que me perseguís.

 

Nadie sabe lo que es el ser que llamamos espíritu, al que vosotros mismos dais un nombre material haciéndole sinónimo de aire. Los primeros padres de la Iglesia creían que el alma era corporal. Es imposible que nosotros, que somos seres limitados, sepamos si nuestra inteligencia es sustancia o facultad; no podemos conocer a fondo el ser extenso ni el ser pensante, esto es, el mecanismo del pensamiento. Apoyados en la opinión de Gassendi y de Locke, afirmamos que por nosotros mismos no podemos conocer los secretos del Creador. ¿Sois dioses que lo sabéis todo? Os repetimos que sólo podemos conocer por la revelación la naturaleza y el destino del alma, y esa revelación no os basta. Debéis ser enemigos de la revelación, porque perseguís a los que la creen y de ella lo esperan todo.

 

Nos referimos a la palabra de Dios y vosotros, que fingiendo religiosidad sois enemigos de Dios y de la razón, blasfemáis unos de otros, tratáis la humilde sumisión del filósofo como el lobo trata al cordero en las fábulas de Esopo, y le decís: «Murmuraste de mí el año pasado; debo beberme tu sangre». Pero la filosofía no se venga, más bien se ríe de esos vagos esfuerzos y enseña tranquilamente a los hombres que queréis embrutecer para que sea iguales a vosotros.

 

ALMANAQUE. Interesa poco saber si el almanaque proviene de los antiguos sajones, que no sabían leer, o de los árabes, que eran astrónomos y tenían algunos conocimientos de los astros en la época que los pueblos de Occidente estaban inmersos en una ignorancia igual a su barbarie. Me limitaré a hacer una pequeña observación.

 

Supongamos que un filósofo hindú embarca en Meliapoor y llega a Bayona. Supongamos que tiene sentido común, cosa rara entre sabios, y que se ha librado de las preocupaciones de la escuela y no cree en la influencia de los astros, cosa rara también. Y supongamos además que encuentre un tonto en nuestras latitudes, lo que ya no sería tan raro.

 

El tonto, para ponerle al corriente de nuestras artes y nuestra ciencias, le regala un ejemplar del Almanaque de Lieja, compuesto por Mateo Laensberg, y otro ejemplar del Mensajero cojo, de Antonio Souci, astrólogo e historiador, que lo imprime todos los años en Baden y del que vende veinte mil ejemplares en ocho días. En ese almanaque figura una cabeza de hombre rodeada de los signos del Zodíaco con indicaciones que demuestran que la Balanza preside a las nalgas, Aries a la cabeza, Piscis a los pies, y así sucesivamente.

 

Cada día de luna os indicará cuándo debéis tomar el bálsamo de la vida de Le Lievre, las píldoras de Keiser, colgaros al cuello una bolsita del apotecario Arnoult, sangraros, cortaros las uñas, plantar, sembrar, ir de viaje o estrenar zapatos nuevos. El hindú, así que leyera todas esas sandeces, haría muy bien en decir al que se las quisiera proporcionar que no quería sus almanaques. Y en cuanto el guía del filósofo hindú le hiciera ver algunas de nuestras ceremonias (reprobadas por todos los sabios y toleradas por halagar al vulgo), nos tendría lástima y nos tomaría por alegres insensatos. Se dirigiría al presidente del Gran Colegio de Benarés diciéndole que carecemos de sentido común, pero que si el guía deseaba que vinieran a su país personas ilustradas y discretas podrían hacer algo con el apoyo y la gracia de Dios.

 

Eso es casi, casi, lo que nuestros primeros misioneros y sobre todo san Francisco Javier, hicieron con los pueblos de la península de la India. Todavía se equivocaron más respecto a las costumbres, a las ciencias, a las opiniones y al culto de los indios. Curioso es leer las relaciones que acerca de dicho país escribieron. Para ellos toda estatua es un diablo, cada asamblea un sabat, cada figura simbólica un fetiche, cada brahmán un hechicero, y llenan de lamentaciones sus relatos. Abrigan en éstos la esperanza de recoger allí cosecha abundante, añadiendo que trabajarán eficazmente en la «viña del Señor» en un país donde jamás se conoció el vino. De manera parecida a ésta suele cada nación juzgar a los pueblos lejanos y a veces a los cercanos.

 

Al parecer, los chinos fueron los primeros que conocieron los almanaques. Uno de los derechos del emperador de China consiste en enviar el almanaque a sus vasallos y a los pueblos inmediatos. Si éstos no lo aceptaran, por semejante desaire el emperador les declararía la guerra, como los reyes hacían en Europa a los señores que se negaban a rendirles pleitesía.

 

Nosotros sólo contamos doce constelaciones y los chinos cuentan veintiocho, cuyos nombres no tienen relación con los de las nuestras, prueba de ello es que no han copiado el Zodíaco caldeo que nosotros hemos adoptado. No obstante, tienen una astronomía completa hace más de cuatro mil años y se parecen a Mateo Laensberg y a Antonio Souci en las predicciones y en los secretos que dan para conservar la salud y que llenan el almanaque imperial. Dividen el día en diez mil minutos y saben a punto fijo qué minuto es favorable o funesto. Cuando el emperador Kang‑hi encargó a los misioneros jesuitas de Francia la confección del almanaque, éstos declinaron el encargo diciendo que no podían admitirlo porque habían de llenarlo de supersticiones extravagantes. «Creo menos que vosotros en las supersticiones —les contestó el emperador—. Escribidme únicamente un buen calendario, que después los sabios de mi reino ya lo llenarán de simplezas.»

 

El sabio Fontanelle, ingenioso autor de la Pluralidad de los mundos, se chancea de los chinos que, según dice, ven caer en el mar mil estrellas a un mismo tiempo. Es verosímil que el emperador Kang‑hi se burlara también de Fontanelle. Tal vez algún Mensajero cojo de China se haya divertido haciendo creer al pueblo de dicho país que eran estrellas los fuegos fatuos. Cada país tiene sus tonterías. La Antigüedad hizo que el sol se acostara en el mar, al que nosotros enviamos las estrellas durante mucho tiempo. También creíamos que las nubes tocaban en el firmamento, y que éste era de materia dura y contenía un recipiente de agua. No hace mucho tiempo se sabe en las ciudades que el hilo que se creía de la Virgen y con frecuencia se ve en el campo, es un hilo de tela de araña. No nos burlemos de nadie. Tengamos presente que los chinos conocieron los astrolabios y las esferas antes que nosotros supiéramos leer, y que si no han adelantado en astronomía es por tener tanto respeto a sus antepasados como nosotros lo tuvimos por Aristóteles.

 

Consuela saber que el pueblo romano, el pueblo rey, estuvo en esta materia por debajo de Mateo Laensberg, del Mensajero cojo y de los astrólogos de China, hasta la época de Julio César, que reformó el año romano que nosotros hemos copiado y conocemos todavía con su antiguo nombre de Calendario Juliano, aunque no contemos ya por calendas, y su autor se viera obligado a reformarlo.

 

Los primitivos romanos calculaban el año de diez meses y de trescientos cuatro días. Este cómputo no era solar ni lunar, era bárbaro; luego arreglaron el año romano de trescientos cincuenta y cinco días, otro yerro tan mal enmendado que en la época de César las fiestas del verano se celebraban en invierno. Los generales romanos triunfaban por doquier, pero ignoraban el día que conseguían las victorias.

 

César lo reformó todo como si gobernara el cielo y la tierra. No sé por qué condescendencia con las costumbres romanas comenzó el año en el tiempo en que no empieza, ocho días después del solsticio de invierno. Todas las naciones del Imperio romano se sometieron a semejante innovación. Hasta los egipcios, que podían dictar la ley en materia de almanaques, la adoptaron, pero los diferentes pueblos no cambiaron la distribución de sus fiestas. Los judíos celebraron sus nuevas lunas, su fase, el día catorce de la luna de marzo, que llaman la luna roja, época que llegaba con frecuencia en el mes de abril; su Pascua de Pentecostés, cincuenta días después de la fase; la fiesta de las Trompetas, el primer día de julio; la de los Tabernáculos, el 15 del mismo mes, y la del Gran Sábado siete días más tarde.