DICCIONARIO
FIOSÓFICO
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A
ABAD (abate, sacerdote). ¿A dónde vais, señor abad?, etc. ¿Sabéis que
abad significa padre? Si llegáis a serlo, rendiréis un servicio al Estado,
haréis sin duda la mejor obra que puede hacer un hombre, y daréis vida a un ser
pensante. Hay en esta acción algo de divino.
Pero si sólo sois abad por
haber sido tonsurado, por vestir hábito y por lograr un beneficio, no merecéis
el nombre de abad.
Los antiguos monjes dieron el
nombre de abad al superior que ellos elegían. Era su padre espiritual. ¡De qué
manera el tiempo ha cambiado el significado de este nombre! El abad espiritual
era un pobre a la cabeza de otros pobres. Pero los pobres padres espirituales
tuvieron luego doscientas, cuatrocientas libras de renta, y en Alemania algunos
pobres padres espirituales tienen hoy un regimiento de guardias.
¡Un pobre que ha hecho voto de
pobreza y que, en consecuencia, es como un soberano! Y aunque esto ya se ha
dicho, hay que repetirlo sin cesar porque no se puede tolerar más. Las leyes
rechazan este abuso, la religión se indigna de ello y los pobres desnudos y
famélicos claman al cielo ante la puerta del señor abad.
Sin embargo, los señores
abades de Italia, de Alemania, de Flandes y de Borgoña me objetarán: «¿Por qué
no hemos de acumular bienes y honores?, ¿por qué no debemos ser príncipes? ¿No
lo son acaso los obispos? Al igual que nosotros, ellos eran en principio
pobres, pero se han enriquecido y elevado. Uno de ellos ha llegado a ser
superior a los reyes, dejadnos imitarle tanto como podamos».
Tenéis razón, señores, invadid
la Tierra, ésta pertenece al fuerte o al astuto que se adueña de ella; os
habéis aprovechado de tiempos de ignorancia, superstición y demencia, para
despojarnos de nuestros bienes y pisotearnos, para engordar con la sustancia de
los desvalidos: ¡ay, cuando llegue el día de la razón!
ABEJAS.
La especie de las abejas es superior a la raza humana en cuanto extrae de su
cuerpo una sustancia útil, mientras que todas nuestras secreciones son
despreciables y no hay una sola que no haga desagradable al género humano.
Me admira que los enjambres
que escapan de la colmena sean más pacíficos que los chiquillos al salir del
colegio, pues en esas circunstancias las jóvenes abejas no pican a nadie, o lo
hacen raras veces y en casos excepcionales. Se dejan atrapar y con la mano se
les puede llevar a una colmena preparada para ello. Pero cuando en su nueva
morada conocen sus verdaderos intereses, se tornan semejantes a nosotros y nos
declaran la guerra. En cierta ocasión presencié cómo iban pacíficamente,
durante seis meses, las abejas a libar el néctar en un prado cercano cuajado de
flores. Pero en cuanto comenzaron a segar el prado, salieron furiosas de la
colmena y acometiendo a los segadores que querían privarlas de su alimento les
obligaron a huir.
No sé quién fue el primero que
dijo que las abejas se regían por un sistema monárquico. Indudablemente, esta
idea no la emitió ningún republicano. Tampoco sé quién descubrió que se trataba
de una reina en vez de un rey, y supuso que dicha reina era una Mesalina que
disponía de un serrallo fabuloso y se pasaba la vida ayuntándose y procreando,
poniendo y cobijando unos cuarenta mil huevos cada año. Y en las suposiciones
se ha ido más allá. Se ha pretendido que pone huevos de tres especies
diferentes: de reinas, de esclavos, que se llaman zánganos, y de sirvientas,
que se llaman obreras. Pero esta suposición no concuerda con las leyes
ordinarias de la Naturaleza.
Un eminente sabio, sagaz
observador de la naturaleza, inventó hace unos años la incubadora de pollos,
que conocieron ya los egipcios cuatro mil años atrás, sin importarle un ardid
la enorme diferencia que media entre nuestro clima y el de Egipto. Y también
este sabio (1) afirma que la reina de las abejas es la madre de esas tres
especies de ellas.
(1) Reaumur: Tratado de las
singularidades de la Naturaleza.
Ciertos naturalistas tuvieron
por buenas esas teorías, hasta que apareció un hombre que, dueño de seiscientas
colmenas, creyó conocer mejor esta materia que los que sin poseer ninguna han
escrito volúmenes enteros sobre esta república industriosa, tan desconocida
como la de las hormigas. Ese hombre se llama Simón. Sin ínfulas de literato,
escribe llanamente, pero consigue recoger miel y cera. Es buen observador y sabe
más sobre esta materia que el prior de Jouval y que el autor del Espectáculo de
la naturaleza. Estudió la vida de las abejas durante veinte años y afirma que
es falso cuanto se ha dicho de ellas, y que los libros escritos sobre esta
materia se han burlado de nosotros. Dice que hay efectivamente en cada colmena
un rey y una reina que perpetúan el linaje real y dirigen el laboreo de sus
súbditos, que ha visto dichos reyes y los ha dibujado. Asegura también que en
las colmenas existe la grey de los zánganos y la numerosa familia de las abejas
obreras, machos y hembras, y que éstas depositan sus huevos en las celdillas
que han construido.
¿Cómo sería posible que sólo
la reina pudiera poner y cobijar cuarenta mil huevos uno tras otro? El sistema
más sencillo de averiguarlo suele ser el más verdadero. Sin embargo, yo he
buscado muchas veces al rey y a la reina y nunca he llegado a verlos. Algunos
observadores afirman que han visto a la reina rodeada de su corte, y han sacado
de su colmena a ella y a su servidumbre, poniéndolas a todas en el brazo. No he
verificado este experimento, pero sí he tomado con la mano las abejas de un
enjambre que salía de la colmena sin que me picaran. Hay personas tan
convencidas de que las abejas no causan daño alguno que se ponen enjambres de
ellas en la cara y en el pecho.
Virgilio escribió sobre las
abejas incurriendo en los errores de su época. Yo más bien me inclinaría a
creer que el rey y la reina sólo son dos abejas normales que por casualidad
vuelan al frente de las demás, y que cuando todas juntas van a libar el néctar
de las flores hay algunas más rápidas que van delante, pero colegir de ello que
en las colmenas hay rey, reina y corte, resulta muy dudoso.
Muchas especies de animales se
agrupan y viven juntos. Se han comparado los corderos y los toros con los
reyes, porque entre ellos frecuentemente hay uno que va delante y esta
circunstancia ha llamado siempre la atención. El animal que muestra mayor
apariencia de ser rey y de poseer su corte es el gallo: llama de continuo a las
gallinas y deja caer de su pico el grano para que ellas lo coman, las dirige y
las defiende, no tolera que otro aspirante a rey participe con él del dominio
de su pequeño estado, y no se aleja nunca de su serrallo. Esta es la auténtica
imagen de la monarquía, mejor representada en un gallinero que en una colmena.
En el libro de los Proverbios,
atribuido a Salomón, se dice «que cuatro cosas hay entre las más pequeñas de la
tierra, con más sabiduría que los mismos sabios: las hormigas, pueblo débil que
en verano almacena su comida; los conejos, pueblo pacífico que construye su
casa en la piedra; las langostas, que no tienen rey y salen todas en
cuadrillas, y la araña, que teje con las manos y está en palacios de reyes».
Ignoro por qué Salomón se olvidó hablar de las abejas, dotadas de instinto
superior al de los conejos, aunque no ponen su casa en la piedra, y de instinto
superior al de la araña, cuyo ingenio desconozco. Yo siempre preferiré la abeja
a las langostas.
ABRAHÁN.
No vamos a tratar ahora de la parte divina que se atribuye a Abrahán, porque la
Biblia ya dice de esto todo lo que debe decir. Sólo nos vamos a ocupar con el
mayor respeto de su aspecto profano, relacionado con la geografía, con el orden
de los tiempos y con los usos y las costumbres, cosas todas ellas que por estar
íntimamente unidas con la Historia Sagrada son arroyos que deben conservar algo
de la divinidad de su origen.
Abrahán, aunque nacido en las
orillas del Éufrates, es un personaje importante para los occidentales, pero no
para los orientales, que, sin embargo, le respetan. Los mahometanos sólo poseen
cronología cierta desde su hégira. La historiografía, perdida de forma absoluta
en los sitios donde acaecieron los grandes sucesos, llegó al fin a nuestras
latitudes donde se desconocían esos hechos. Discutimos, sobre todo, lo que
sucedió en el Éufrates, el Jordán y el Nilo, ya que los actuales poseedores de
esos ríos disfrutan de esos países tranquilamente sin enzarzarse en
controversias y disputas.
A pesar de ser la época de Abrahán
el comienzo de la nuestra, disentimos respecto a su nacimiento en sesenta años.
Porque he aquí lo que consta en la Escritura:
«Y vivió Thare setenta años, y
engendró a Abrahán, y a Nachor, y a Harán. Y fueron los días de Thare
doscientos y cinco años, y murió Thare en Harán» (Génesis, 11, 26‑32).
«Empero Jehová había dicho a
Abrahán: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre a la
tierra que te mostraré; y haré de ti una nación grande» (Génesis, 12, 1‑2).
Se ve, pues, claro en el texto
que Thare tuvo a Abrahán a los setenta años, y que murió a los doscientos
cinco, y que Abrahán al salir inmediatamente de Caldea al morir su padre debía
tener justamente ciento treinta y cinco años cuando salió de su país. Esta es
también la opinión de san Esteban, manifestada en el discurso que dirigió a los
judíos; sin embargo, el Génesis dice que «Abrahán tenía setenta y cinco años»
cuando salió de Harán (12, 4).
Este es el principal motivo de
la disputa sobre la edad de Abrahán pero hay algunos más. ¿Cómo podía tener
Abrahán al mismo tiempo ciento treinta y cinco años y setenta y cinco? San
Jerónimo y san Agustín dicen que esa dificultad es inexplicable. Pero dom
Calmet, aun confesando que ambos padres no pudieron solucionar el problema,
cree que lo resuelve diciendo que Abrahán era el hijo menor de los hijos de
Thare, pese a que el Génesis dice que era el primogénito. Ya hemos visto que el
Génesis dice que nació Abrahán teniendo su padre setenta años, y Calmet le hace
nacer cuando aquél contaba ciento treinta. Esta conciliación dio pie a una
nueva disputa. En la incertidumbre que nos dejan el texto y el comentario, lo
mejor que podemos hacer es adorar al patriarca y no discutir más.
No hay ninguna época de
tiempos remotos que no haya suscitado multitud de opiniones encontradas. Según
Moseri, poseemos setenta sistemas de cronología de la Historia Sagrada pese a
que ésta la dictó Dios mismo. A éstas, después de Moseri, se añadieron cinco
nuevas formas de conciliar los textos de la Escritura, de modo que ha habido
tantas polémicas sobre Abrahán como años se le atribuyen en el texto cuando
salió de Harán. Entre esos setenta y cinco sistemas no hay uno solo que nos
diga cómo era la ciudad o la localidad de Harán, y dónde estaba situada. ¿Qué
hilo es capaz de guiarnos en el laberinto de las controversias entabladas desde
el primero al último versículo del Génesis? Ninguno. Debemos, pues,
resignarnos, dado que el Espíritu Santo no quiso enseñarnos la cronología, la
física y la lógica. Sólo deseó que fuéramos hombres temerosos de Dios y que no
pudiendo comprenderle nos sometiéramos a él.
También es difícil explicarnos
cómo Sara, siendo mujer de Abrahán, fue al mismo tiempo su hermana. Abrahán
dijo al rey Abimelech, quien raptó a Sara prendado de su hermosura a la edad de
noventa años y estando embarazada de Isaac: «Es verdaderamente mi hermana; es
hija de mi padre, pero no de mi madre, y la hice mi esposa» (Génesis, 20, 12).
El Antiguo Testamento no nos
explica que Sara fuese hermana de su marido. Dom Calmet, cuyo recto criterio y
sagacidad son famosos, dice que podía ser su sobrina. Enmaridar con una hermana
probablemente no sería cometer un incesto en Caldea, ni puede que tampoco en
Persia. Las costumbres cambian con los tiempos y los lugares. Cabe suponer que
Abrahán, hijo del idólatra Thare, seguía siendo idólatra cuando desposó a Sara,
fuera su hermana o sobrina.
Varios padres de la Iglesia
disculpan menos a Abrahán por haber dicho a Sara al entrar en Egipto: «Ahora
conozco que eres mujer hermosa a la vista, y ocurrirá que cuando te vean los
egipcios, dirán: su mujer es, y me matarán a mí, y a ti te guardarán la vida.
Ahora, pues, di que eres mi hermana, para que yo haya bien por causa tuya y
viva mi alma por amor de ti». Sara sólo tenía entonces sesenta y cinco años,
pero teniendo como tuvo veinticinco años después un rey por amante, bien pudo
veinticinco años antes inspirar amor al faraón de Egipto. En efecto, el faraón
se prendó de ella, como después la raptó Abimelech y la llevó al desierto.
Abrahán recibió como regalos
del faraón «ovejas y vacas, y asnos y siervos, y criadas y asnas y camellos».
Tan considerables regalos prueban que los faraones eran ya entonces reyes
poderosos y hacían las cosas en grande. Egipto debió de estar ya muy poblado.
Mas para que fuera habitable aquel territorio y se edificaran ciudades, fue
preciso que transcurrieran muchos años dedicados a hercúleos trabajos, que se
construyeran multitud de canales para recoger las aguas del Nilo que inundaban
Egipto todos los años durante cuatro o cinco meses, y que en seguida
encenegaban la tierra; fue preciso emplazar esas ciudades veinte pies lo menos
por encima de los canales. Para realizar tales obras fue indispensable el
transcurso de muchos siglos.
Ahora bien, según la Biblia,
resulta que sólo habían mediado cuatrocientos años entre el Diluvio y la época
del viaje de Abrahán a Egipto. Debió de ser extraordinariamente ingenioso y
trabajador infatigable el pueblo egipcio para conseguir en tan poco tiempo
inventar artes y ciencias, domeñar el Nilo y cambiar el aspecto del país.
Probablemente, estaban ya levantadas muchas de las grandes pirámides, porque
poco tiempo después perfeccionaron el arte de embalsamar los cadáveres; sabido
es que las pirámides fueron los sepulcros donde moraban los restos mortales de
los príncipes tras celebrar augustas ceremonias.
La remota antigüedad que se
atribuye a las pirámides es tan creíble que trescientos años antes, o sea cien
años después del diluvio universal los asiáticos levantaron en las llanuras de
Sennaar una torre que debía llegar hasta el cielo. En su exégesis de Isaías,
san Jerónimo dice que esa torre tenía ya cuatro mil pasos de altura cuando Dios
decidió descender para destruirla.
Suponiendo que cada paso
comprende dos pies y medio, la torre tendría la altura de diez mil pies; por lo
tanto, la torre de Babel era veinte veces más alta que las pirámides de Egipto,
la más alta de las cuales mide unos quinientos pies. Prodigiosa sería la
cantidad de instrumentos que necesitaron para elevar semejante fábrica, en cuya
construcción debían participar todas las artes. Los exégetas afirman que los
hombres de aquella época eran incomparablemente más altos, más fuertes y más
industriosos que los de ahora. Esto es lo que debemos tener en cuenta al tratar
de Abrahán, respecto de las artes y las ciencias.
En cuanto a su persona, es
verosímil que fuera un personaje importantísimo. Persas y caldeos se disputaron
su nacimiento. La antigua religión de los magos se conoce desde tiempo
inmemorial por Rish Ibrahim, y hemos convenido en que la palabra Ibrahim
significa Abrahán, siendo común entre los asiáticos, que usaban rara vez las
vocales, cambiar en la pronunciación la i en a o la a en i. Se ha supuesto
asimismo que Abrahán fue el Brahma de los hindúes, cuya nación mantuvo
relaciones hasta con los pueblos del Éufrates, que desde tiempo inmemorial
comerciaban en la India.
Los árabes le tienen como
fundador de la Meca. Mahoma le reconoce en el Corán como el más insigne de sus
antecesores. Esto dice hablando de él: «Abrahán no era judío ni cristiano; era
un musulmán ortodoxo y no pertenecía al número de los que dan compañeros a
Dios».
La audacia del espíritu humano
llegó al extremo de imaginar que los judíos no se dijeron descendientes de
Abrahán hasta épocas más posteriores, hasta que lograron afincarse en
Palestina. Como eran extranjeros, malquistos y despreciados de los pueblos
limítrofes, para que se tuviera mejor opinión de ellos idearon ser
descendientes de Abrahán, reverenciado en buena parte de Asia. La fe que
debemos a los libros sagrados de los judíos allana todas esas dificultades.
Críticos no menos audaces
añaden difusas objeciones respecto al comercio inmediato que Abrahán tuvo con
Dios, a sus combates y a sus victorias.
El Señor se le apareció después
de salir de Egipto y le dijo: «Eleva ahora tus ojos y mira desde el lugar donde
estás hacia el Aquilón, y al Mediodía, al Oriente y al Occidente, porque toda
la tierra que ves la daré a ti y a tu posteridad para siempre» (Génesis, 13, 14‑15).
Con lo que el Señor le promete todo el terreno que media desde el Nilo hasta el
Éufrates.
Estos críticos preguntan cómo
Dios pudo prometer el país inmenso que los hebreos nunca poseyeron, y cómo pudo
darles para siempre, in sempiternum, la pequeña parte de Palestina de la que
hace muchísimos años los expulsaron.
El Señor añade a esas promesas
que la posteridad de Abrahán será tan numerosa como el polvo de la tierra. «Y
haré tu simiente como el polvo de la tierra: que si alguno podrá contar el
polvo de la tierra, también tu simiente será contada (Génesis, 13, 16).
Insisten en sus objeciones y
dicen que en la actualidad apenas existen en la superficie de la tierra
cuatrocientos mil judíos, pese a que han considerado siempre el matrimonio como
un deber sagrado y a pesar de que siempre ha sido su principal objetivo
aumentar la población. A estas objeciones se replica que la Iglesia ha
sustituido a la Sinagoga y que la Iglesia constituye la verdadera raza de
Abrahán, que de este modo resulta numerosísima. Y aunque es cierto que no posee
Palestina, no se excluye que pueda poseerla algún día, como la conquistó en
tiempos del papa Urbano II durante la primera cruzada. En una palabra,
contemplando con ojos de fe el Antiguo Testamento, todas las promesas se han
cumplido... se cumplirán, y la débil raza humana debe reducirse al silencio.
Los quisquillosos críticos
ponen también en duda la victoria que obtuvo Abrahán en Sodoma. Dicen que es
inconcebible que un extranjero, llegado a Sodoma para apacentar sus ganados,
derrotara con ciento diez pastores de bueyes y corderos a un rey de Persia, a
un rey del Ponto y a otro de Babilonia, y que los persiguiera hasta Damasco,
ciudad distante de Sodoma más de cien millas. Semejante victoria no es, sin
embargo, imposible; existen dos ejemplos semejantes en aquellos tiempos
heroicos testigos de que no ha disminuido la fuerza del brazo de Dios. Gedeón
con los trescientos escogidos y el truco de los cántaros, las teas y las
bocinas, destruyó un ejército entero, y Sansón, él solo, con una quijada de
asno mató mil filisteos. Las historias profanas nos refieren ejemplos
parecidos: trescientos espartanos detienen durante un tiempo el ejército de
Jerjes en las Termópilas; verdad es que, excepto uno solo que huyó, todos
murieron con su rey Leónidas, y que Jerjes cometió la felonía de mandar que le
ahorcaran, en vez de erigirle la estatua que merecía. Verdad es también que
esos trescientos lacedemonios, apostados en un paraje escarpado, por el que no
podían pasar dos hombres a la vez, se hallaban respaldados por un ejército de
diez mil griegos distribuidos en puntos fortificados, amén de que contaban con
cuatro mil hombres más en las mismas Termópilas, que perecieron después de
defenderse largo tiempo. Puede asegurarse que si hubieran ocupado un sitio menos
inexpugnable que el que defendían esos trescientos espartanos, hubieran
conquistado todavía más gloria luchando a campo abierto contra el ejército
persa, que los aniquiló. En el monumento que se erigió después en el campo de
batalla, se mencionan esas cuatro mil víctimas, pero sólo ha llegado a la
posteridad el recuerdo de los trescientos.
Otra acción no menos
memorable, aunque no tan conocida, fue la de los trescientos soldados suizos
que derrotaron en Morgarten al ejército del archiduque Leopoldo de Austria
formado por veinte mil hombres. Aquellos trescientos soldados helvéticos
pusieron en fuga a la totalidad de la caballería apedreándola desde lo alto de
las rocas y ganando tiempo para que acudieran mil cuatrocientos soldados de
Helvecia que remacharon la derrota del ejército enemigo. La batalla de
Morgarten es más famosa que la de las Termópilas, porque siempre es más notable
vencer que ser vencido. Y basta de digresión, pues si las digresiones agradan a
quien las hace, no siempre son del gusto del que las lee, aunque a la
generalidad de los lectores les complazca siempre saber la derrota de grandes
ejércitos a manos de unos pocos.
Decíamos que Abrahán fue uno
de los hombres célebres en Asia Menor y Arabia, como Tesant lo fue en Egipto,
el primer Zoroastro en Persia, Hércules en Grecia, Orfeo en Tracia, Odin en las
naciones septentrionales, y otros conocidos por su celebridad más que por sus
verídicas historias. Sólo me refiero aquí a la historia profana, porque
respecto a la historia de los judíos, nuestros antecesores y nuestros enemigos
(cuya historia creemos y detestamos, a pesar de que dicen que fue escrita por
el Espíritu Santo), tenemos de ella la opinión que debemos tener. En esta!
ocasión nos referimos a los árabes, que se vanaglorian de descender de Abrahán
por la rama de Ismael, y creen que nuestro patriarca edificó la Meca y murió
allí. Pero lo cierto es que la raza de Ismael se vio mucho más favorecida por
Dios que la raza de Jacob. Una y otra produjeron ladrones, indudablemente, pero
los ladrones árabes fueron más rapaces que los ladrones judíos. Los
descendientes de Jacob sólo conquistaron un pequeño territorio, que perdieron,
y los descendientes de Ismael conquistaron parte del Asia, de Europa y del
Africa, establecieron un imperio más vasto que el de los romanos, y expulsaron
a los judíos de sus cavernas, que ellos llamaban la tierra de Promisión.
A la vista de los ejemplos que
ofrecen las historias modernas, es difícil convencerse de que Abrahán fuera el
padre de dos naciones tan distintas. Se asegura que nació en Caldea y que era
hijo de un pobre alfarero que se ganaba el sustento fabricando pequeños ídolos
de barro; lo que ya no resulta tan verosímil es que el hijo de un alfarero
marchara a fundar la Meca a cuatrocientas leguas del hogar paterno, bajo el
Trópico, tras salvar desiertos impracticables. De haber sido un conquistador
indudablemente se hubiera dirigido al inmenso territorio de Siria, y si no fue
más que un hombre pobre, como nos lo describen, no hubiera sido capaz de fundar
reinos lejos de su pueblo natal.
Ya hemos visto que el Génesis
refiere que habían pasado setenta y cinco años cuando salió de Harán tras la
muerte de su padre Thare, el alfarero. Pero también el Génesis dice que Thare
engendró a Abrahán a los setenta años, que Thare vivió doscientos cinco, y que
cuando murió Abrahán salió de Harán. O el autor no sabe lo que dice en esa
narración, o resulta muy claro en el Génesis que Abrahán tenía ciento treinta y
cinco años cuando abandonó Mesopotamia. Salió de un país idólatra para ir a
otro país también idólatra que se llamaba Sichem, situado en Palestina. ¿Para
qué fue allí? ¿Por qué abandonó las fértiles riberas del Éufrates para ir a tan
lejana y estéril región como la de Sichem? La lengua caldea debió de ser muy diferente
de la que se hablaba en Sichem, y además. aquel territorio no era comercial.
Sichem dista de Caldea más de cien leguas y es preciso salvar muchos desiertos
para llegar allí. Pero tal vez Dios quiso que hiciera ese viaje para ver la
tierra que habían de habitar sus descendientes muchos siglos después. El
espíritu humano no alcanza a comprender el motivo de ese viaje.
Apenas hubo llegado al país
montañoso de Sichem, el hambre le obligó a abandonarlo y marchó a Egipto con su
mujer en busca de alimentos para vivir. Hay cien leguas desde Sichem a Memfis.
¿Es lógico ir tan lejos a buscar trigo, a un país cuya lengua se desconoce?
Extraños son esos viajes emprendidos a la edad de ciento cuarenta años.
Lleva a Memfis a su mujer
Sara, que era muy joven, casi una niña comparada con él, pues no tenía más que
sesenta y cinco años, y como era muy hermosa resolvió sacar partido de su
belleza: «Finge que eres mi hermana para que por tu bella cara me traten bien a
mí». Debía haberle dicho: «Finge que eres mi hija». Pero en fin... sigamos. El
rey se enamoró de la joven Sara y regaló a su fingido hermano corderos, bueyes,
asnos, camellos, siervos y criadas. Esto prueba que Egipto era entonces ya un
reino poderoso y civilizado, y consecuentemente muy antiguo, y además que
recompensaban allí rumbosamente a los hermanos que ofrecían sus hermanas a los
reyes de Memfis.
La joven Sara tenía noventa
años cuando Dios le prometió que Abrahán, que había cumplido ciento sesenta,
sería padre de un hijo suyo dentro de un año. Abrahán, que era muy aficionado a
viajar, se fue al horrible desierto de Cades llevándose a su mujer embarazada,
siempre joven y hermosa. Un rey del desierto se enamoró también de Sara, como
se había enamorado un rey de Egipto. El padre de los creyentes contó allí la
misma mentira que en Egipto. Hizo pasar a su mujer por hermana y la mentira le
valió también corderos, bueyes, siervos y criadas. Puede decirse que Abrahán
llegó a ser muy rico por el físico de su mujer. Los exégetas han escrito un
abrumador número de volúmenes para justificar la conducta de Abrahán y ponerse
de acuerdo con la cronología. Aconsejamos a los lectores que lean esas
exégesis, escritas por autores finos y delicados, excelentes metafísicos,
hombres sin preocupaciones y algo pedantes.
Por otro lado, los nombres de
Bram y Abram eran famosos en India y Persia. Hay incluso varios autores que se
empeñan en que fue el mismo legislador que los griegos llamaron Zoroastro.
Otros dicen que fue el Brahma de los hindúes, pero no está demostrado. Lo que
resulta probable para muchos científicos es que Abrahán fue caldeo o persa. Los
judíos, con el tiempo, se vanagloriaron de ser sus descendientes, como los
francos de Héctor y los bretones de Tubal. Es opinión admitida que la nación
judía fue un pueblo relativamente moderno que sólo muy tarde se afincó en
Fenicia, que se hallaba rodeado de pueblos antiguos cuyo idioma adoptó, y que
incluso tomó de ellos el nombre de Israel, que es caldeo, según la opinión del
judío Flavio Josefo. Se sabe que tomó de los babilonios los nombres de sus
ángeles y que sólo conoció la palabra Dios a través de los fenicios.
Probablemente, tomó de los babilonios el nombre de Abrahán o Ibraim, pues la
antigua religión de todas aquellas regiones, desde el Éufrates al Oxus, se llamaba
Kishibrahim, Milafibrahim. Esta opinión viene confirmada por los estudios que
hizo en aquellos días el sabio Hide.
Sin lugar a dudas, los judíos
hicieron con la historia y la fábula antigua lo que hacen los ropavejeros con
los trajes usados: los reforman y los venden como nuevos al mayor precio que
pueden. Ha sido un ejemplo singular de la estupidez humana creer durante mucho
tiempo que los judíos constituyeron una nación que había enseñado a todas las
demás, cuando su mismo historiador Josefo confiesa que fue todo lo contrario.
Es muy difícil penetrar en los
arcanos de la Antigüedad, pero es evidente que estaban ya florecientes todos
los reinos de Asia antes que la horda vagabunda de árabes, que llamamos judíos,
poseyera un pequeño espacio de tierra propia, antes que fuera dueña de una sola
ciudad, antes de dictar sus leyes y de tener su propia religión. Cuando
hallamos un antiguo rito, una primitiva doctrina establecida en Egipto o en
Asia antes de los judíos, es lógico suponer que el reducido pueblo recién
formado, ignorante y grosero, copió como pudo a la nación antigua, industriosa
y floreciente, y es menester ser un ignorantón o un pícaro para asegurar que
los hebreos enseñaron a los griegos.
Abrahán no sólo fue popular
entre los judíos sino que le reverenciaron en toda Asia y hasta los últimos
confines de la India. Esa denominación, que significa padre de un pueblo en
algunas lenguas orientales, se la dieron a un habitante de Caldea del que
muchas naciones se vanagloriaron de descender. El interés que tuvieron árabes y
judíos por probar que descendían de dicho patriarca no permite, ni aun a los
filósofos pirrónicos, la duda de que haya existido un Abrahán.
Los libros hebreos dicen que
es hijo de Thare, y los islámicos nieto, que Azar fue su padre, creencia que
mantienen muchos cristianos. Los exégetas expresan cuarenta y dos opiniones
respecto al año que nació Abrahán y no me atrevo a aventurar la cuarenta y
tres, pero a la vista de las fechas parece que el patriarca debió vivir sesenta
años más de los que el texto le atribuye. Estos errores de cronología no
invalidan la verdad de un hecho, y aunque el libro que se ocupa de Abrahán no
fuera sagrado, no por eso dejaría de existir nuestro patriarca. Los judíos
distinguían entre los libros escritos por los hombres y los inspirados a algún
hombre particular. Su historia, aunque ligada a su ley divina, no constituía la
misma ley. ¿Cómo hemos de creer, pues, que Dios dictara fechas falsas?
Filón, el filósofo judío, y
Suidas refieren que Thare, padre o abuelo de Abrahán, que vivía en Ur,
localidad de Caldea, era un hombre pobre que se ganaba el sustento fabricando
pequeños ídolos y era idólatra. Si esto es verdad, la antigua religión del
Sabeísmo, que no adoraba ídolos, sino al cielo y al sol, no debía hallarse
establecida aún en Caldea, o si se conocía en alguna pequeña parte del país, la
idolatría debía prevalecer en la mayor parte de él. En aquella época primitiva
cada pequeño pueblo tenía su religión. Todas las religiones se permitían y se
confundían tranquilamente, amén de que cada familia mantenía en el seno de sus
hogares diferentes hábitos y costumbres. Labán, suegro de Jacob adoraba ídolos.
Cada pequeño pueblo creía lo más natural que la población vecina tuviera sus
dioses, limitándose a creer que el suyo era el mejor.
La Biblia dice que el Dios de
los judíos, que les asignó el territorio de Canaán, ordenó a Abrahán que
abandonara la fértil tierra de Caldea y fuera a Palestina, prometiéndole que en
su progenie bendeciría a todas las naciones del mundo. Corresponde explicar a
los teólogos el sentido místico de esa alegoría, por el que se bendice a todas
las naciones en una simiente de la que ellas no descienden. Pero ese sentido
místico no constituye el objeto de mis estudios histórico‑críticos. Algún
tiempo después de esa promesa, la familia del patriarca, acosada por el hambre,
fue a Egipto en busca de trigo. Es del todo singular la suerte de los hebreos
que siempre fueron a Egipto empujados por el hambre, pues más tarde Jacob, por
el mismo motivo, envió allí a sus hijos.
Abrahán, entrado ya en la
decrepitud, se arriesgó a emprender este viaje con su mujer Sara, de sesenta y
cinco años de edad. Siendo muy hermosa, temió su marido que los egipcios,
cegados por su belleza, le matasen a él para gozar los encantos de su esposa y
le propuso que se fingiera su hermana, etc. Cabe suponer que la naturaleza
humana estaba dotada entonces de un extraordinario vigor que el tiempo y la
molicie de las costumbres fueron debilitando después, como opinan también todos
los autores antiguos, que aseguran que Elena tenía setenta años cuando la raptó
Paris. Aconteció lo que Abrahán había previsto: la juventud egipcia quedó
fascinada al ver a su esposa y el mismo faraón se enamoró de ella y la encerró
en el serrallo aunque probablemente tendría allí mujeres mucho más jóvenes,
pero el Señor castigó al faraón y a todo su serrallo enviándoles tres grandes
plagas. El texto no dice cómo averiguó el faraón que aquella beldad era la
esposa de Abrahán, pero lo cierto es que al enterarse la devolvió a su marido.
Era preciso que permaneciera
inalterable la hermosura de Sara porque veinticinco años después, hallándose
embarazada a los noventa años, viajando con su esposa por Fenicia, Abrahán
abrigó el mismo temor y la hizo también pasar por hermana suya. El rey fenicio
Abimelech se prendó de ella como el rey de Egipto, pero Dios se le apareció en
sueños y le amenazó de muerte si se atrevía a tocar a su nueva amante. Preciso
es confesar que la conducta de Sara fue tan extraña como la duración de sus
encantos.
La singularidad de estas
aventuras fue probablemente el motivo que impidió que los judíos tuvieran tanta
fe en sus historias como en su Levítico. Creían a pie juntillas en su ley, pero
no sentían tanto respeto por su historia. Por lo que respecta a sus antiguos
libros, se encontraban en igual caso que los ingleses, que admiten las leyes de
san Eduardo pero no creen en absoluto que san Eduardo curara los tumores
malignos. Se hallaban en el mismo caso que los romanos, que prestaban obediencia
a sus antiguas leyes, pero no se consideraban obligados a creer en el milagro
de la criba llena de agua, ni en el del bajel que entró en el puerto arrastrado
por el cinturón de una vestal, etc. Por eso el historiador Josefo, muy
ferviente de su culto, deja a sus lectores en libertad de creer o no los
antiguos prodigios que refiere.
La parte de la historia de
Abrahán referente a sus viajes a Egipto y Fenicia prueba que existían ya
grandes reinos cuando la nación judía no era más que una simple familia, que se
habían promulgado multitud de leyes, porque sin leyes no puede subsistir ningún
reino, y que por ende la ley de Moisés, que es posterior, no puede ser la
primera ley que se promulgo. No es necesario empero que una ley sea la más
antigua para que sea divina, porque es indudable que Dios es dueño absoluto de
todas las épocas; no obstante, parece más natural a nuestra débil razón que si
Dios quiso dar una ley la hubiera dictado al principio a todo el género humano.
El resto de la historia de
Abrahán presenta flagrantes contradicciones. Dios, que se le aparecía con
frecuencia y estableció con él no pocos pactos, le envió un día tres ángeles al
valle de Mombre, y el patriarca les dio para que comieran pan, carne de
ternera, mantequilla y leche. Los tres comieron y después hicieron que les
presentase Sara, que había amasado el pan. Uno de esos ángeles, que el texto
sagrado llama el Eterno, anuncia a Sara que dentro de un año tendrá un hijo.
Sara, que ha cumplido noventa y cuatro años, al paso que su marido rondaba los
cien años, se echó a reír al oír tal promesa. Esto prueba que confesaba su
decrepitud y que la naturaleza humana no era diferente entonces de lo que es
ahora. Lo cual no fue óbice para que esa decrépita quedara embarazada y
enamorara al año siguiente al rey Abimelech, como acabamos de ver. Para que
esas historias sean creíbles se precisa poseer una inteligencia muy distinta de
la que tenemos hoy, o considerar cada episodio de la vida de Abrahán como un
milagro, o creer que en su totalidad no es más que una alegoría. De todos
modos, cualquiera que sea el partido que adoptemos nos resultará muy difícil
comprenderla. Por ejemplo, ¿qué valor podemos dar a la promesa que hizo Dios a
Abrahán de conceder a él y a su posteridad todo el territorio de Canaán que
jamás poseyó ese caldeo? Es una de esas contradicciones que nos es imposible
resolver.
Es asombroso y sorprendente
que Dios, que hizo nacer a Isaac de una madre de noventa y cinco años y de un
padre centenario, ordenara a éste degollar al hijo que le concedió, siendo así
que no podía esperar ya nueva descendencia. Ese extraño mandato de Dios prueba
que, en la época en que se escribió esa historia, era habitual en el pueblo
judío el sacrificio de víctimas humanas, lo mismo que en otras naciones. Ahora
bien, puede interpretarse la obediencia de Abrahán al referido mandato del
Señor como una alegoría de la resignación con que el hombre debe aceptar las
órdenes que dimanan del Ser Supremo.
Debemos hacer una observación
importante respecto a la historia de dicho patriarca, considerado como el padre
de judíos y árabes. Sus principales hijos fueron Isaac, que nació de su esposa
por milagroso favor de la Providencia, e Ismael, que nació de su criada. En
Isaac bendijo Dios la raza del patriarca y, sin embargo, Isaac es el padre de
una nación desventurada y despreciable que permaneció mucho tiempo esclava y
vivió dispersa un sinfín de años. Ismael, por el contrario, fue el padre de los
árabes que fundaron el imperio de los califas, que es uno de los más extensos y
más poderosos del Universo.
Los musulmanes profesan
ferviente veneración a Abrahán, que ellos llaman Ibraim, piensan que está
enterrado en Hebrón y allí van peregrinando; algunos creen que está enterrado
en la Meca y allí acuden a reverenciarle.
Algunos persas antiguos
opinaron que Abrahán era el mismo Zoroastro. Les sucedió lo mismo que a otros
fundadores de las naciones orientales, a los que se atribuían diferentes
nombres y diferentes aventuras, pero según se desprende del texto de la Sagrada
Escritura debió de ser uno de esos árabes vagabundos que no tenían residencia
fija. Le hemos visto nacer en Ur, localidad de Caldea, ir a Harán, después a
Palestina, a Egipto, a Fenicia y al fin verse obligado a comprar su sepulcro en
Hebrón.
Una de las más notables
circunstancias de su vida fue que a la edad de noventa y nueve años, antes de
engendrar a Isaac, ordenó que le circuncidaran a él, a su hijo Ismael y a todos
sus siervos. Debió de adoptar esta costumbre de los egipcios. Es difícil
desentrañar el origen de tal operación. Parece lo más probable que se inventara
con el fin de precaver los abusos de la pubertad. Pero, ¿a qué conducía
cortarse el prepucio a los cien años?
Por otro lado, hay autores que
aseguran que sólo los sacerdotes de Egipto practicaban antiguamente esta
costumbre para distinguirse de los demás hombres. En tiempos remotísimos, en
Africa y en parte de Asia, los hombres en olor de santidad tenían por costumbre
presentar el miembro viril a las mujeres que encontraban al paso para que lo besasen.
En Egipto, llevaban en procesión el falo, que era un príapo descomunal. Los
órganos de la generación eran considerados como objeto noble y sagrado como
símbolo de poder divino. Les prestaban juramento y al hacerlo ponían la mano en
los testículos, y puede que de esa antigua costumbre sacaron la palabra que
significa testigo, porque antiguamente servían de testimonio y garantía. Cuando
Abrahán envió un criado suyo a pedir a Rebeca para esposa de su hijo Isaac, el
criado puso la mano en las partes genitales de Abrahán, que la Biblia traduce
por la palabra muslo (Génesis, 24, 2).
De lo que acabamos de decir se
infiere lo distintas que eran de las nuestras las costumbres de la remota
Antigüedad. Al filósofo no debe sorprenderle que antiguamente se jurara por
esta parte del cuerpo, como que se jurara por otra cualquiera. Tampoco debe
extrañar que los sacerdotes, siempre en su manía de distinguirse de los demás
hombres, se pusieran un signo en una parte del cuerpo tan reverenciada
entonces.
Según el Génesis, la
circuncisión fue adoptada mediante un pacto entre Dios y Abrahán, por el que se
estipulaba que se debía quitar la vida al que no se circuncidara en la casa del
mencionado patriarca. No se dice sin embargo, que Isaac lo estuviera, y en el
referido libro no se vuelve a hablar de la circuncisión hasta los tiempos de
Moisés.
Terminamos este artículo
señalando que Abrahán, además de tener de Sara y de la criada Agar dos hijos,
cada uno de los cuales fue padre de una gran nación, tuvo otros seis hijos de
Cethura que se afincaron en Arabia, pero su posteridad no fue célebre.
ABUSO.
Vicio inherente a todos los usos, a todas las leyes y a todas las instituciones
humanas. El catálogo de los abusos no cabría en ninguna biblioteca. Los abusos
dirigen los Estados. Si preguntáramos a los chinos a los japoneses o a los
ingleses y les dijéramos: «Vuestro gobierno es todo un cúmulo de abusos que
nunca subsanáis», los chinos nos responderían: «Subsistimos como nación hace
más de cinco mil años y tal vez somos el pueblo menos desdichado del mundo,
porque somos el más apacible»; los japoneses nos arguirían poco más o menos lo
mismo, y los ingleses nos contestarían: «Somos muy poderosos en el mar y
vivimos muy bien en la tierra; puede que dentro de diez mil años perfeccionemos
nuestros hábitos. El gran secreto consiste en estar mejor que los demás pueblos
cometiendo enormes abusos».
En este artículo sólo vamos a
ocuparnos del recurso de alzada. Erraría quien creyera que Pierre de Cugnieres,
hombre de leyes y abogado del rey en el Parlamento de París, interpuso un
recurso de alzada en el año 1330, en la época de Felipe de Valois, ya que la
fórmula de dicho recurso no se introdujo hasta finales del reinado de Luis XII.
Pierre de Cugnieres hizo cuanto pudo para suprimir el abuso de las usurpaciones
eclesiales, del cual se quejaban los jueces seculares, los señores que poseían
jurisdicción y los Parlamentos, pero no lo consiguió. El clero, por su parte,
se quejaba también de los señores, que no eran sino tiranos ignorantes que
habían conculcado la justicia, y a los ojos de estos señores los eclesiásticos
eran otros tiranos que sabían leer y escribir. Felipe VI se vio obligado a
convocar a estos dos partidos, para que se reunieran en palacio ante él, no en
el tribunal del Parlamento como dice Pasquier. El rey presidió en su trono
rodeado de los pares, de los altos barones y de elevados dignatarios que
componían su Consejo, al que asistieron veinte prelados. El arzobispo de Sens y
el obispo de Autun hablaron en nombre del clero. No se dice quién fue el orador
por el Parlamento, ni por los señores. Es verosímil, sin embargo, que el
discurso del abogado del rey fuera un resumen de las alegaciones de las dos
partes, que éste hablara en nombre del Parlamento y de los señores, y que el canciller
resumiera las razones alegadas por ambas partes. Sea como fuere, vamos a
reseñar las quejas que expusieron los barones y el Parlamento, redactadas por
Pierre de Cugnieres:
1. Cuando un laico citaba ante
un juez real o señorial a un clérigo que no estuviera tonsurado, que sólo
hubiera recibido órdenes menores, el juez de la curia debía significar a los
jueces que no podían juzgarle, bajo pena de excomunión y multa.
2. La jurisdicción
eclesiástica obligaba a los laicos a comparecer ante ella en todos los litigios
que tuvieran con los clérigos en materia civil, por sucesión y por préstamo.
3. Los obispos y abades
establecerán notarios hasta en las mismas haciendas de los laicos.
4. Excomulgarán a los que no
pagan sus deudas a los clérigos, y si el juez civil no les obliga a pagar
excomulgarán también a dicho juez.
5. Cuando un ladrón pase a
manos del juez civil, éste debe remitir al juez eclesiástico los objetos
robados; si no lo hace, incurre en excomunión.
6. El excomulgado sólo podrá
ser absuelto mediante pago de una multa.
7. Los jueces civiles
denunciarán a los labradores y a los braceros que trabajen para algún
excomulgado.
8. Dichos jueces tendrán la
facultad de proceder a inventarios en los dominios del rey, prevalidos de que
saben escribir.
9. Cobrarán ciertos derechos
para conceder al recién casado autorización para acostarse con su mujer.
10. Se apoderarán de todos los
testamentos.
11. Declaran condenado a todo
aquel que muere sin testar, porque en ese caso la Iglesia nada hereda de él, y
para concederle al menos los honores del entierro harán testamento en nombre
suyo, en el que otorgaran mandas pías.
Parecidas a éstas, expusieron
unas setenta quejas. Para defenderlas tomó la palabra Pierre Roger, arzobispo
titular de Seás, que tenía fama de ser una notabilidad y había de ocupar la
Santa Sede con el nombre de Clemente XVI. Empezó puntualizando que no hablaba
para que le juzgaran, sino para juzgar a sus adversarios, y para aconsejar al
rey que cumpliese con su deber. Dijo que Jesucristo, siendo Dios y hombre, era
dueño del poder espiritual y del temporal y, por tanto, los ministros de la
Iglesia, que eran sus sucesores, eran jueces de todos los hombres sin
distinción.
Pierre Bertrandi, obispo
titular de Autun, al entrar en los detalles de la cuestión, aseguró que sólo se
incurría en excomunión por haber cometido algún pecado mortal, que el culpable
debía hacer penitencia y que la mejor penitencia que podía hacer era dar dinero
a la Iglesia. Trató de probar que los jueces eclesiásticos tenían más capacidad
que los jueces reales o señoriales para administrar justicia, porque habían
estudiado las Decretales, que los demás jueces desconocían. A esto podían
haberle replicado que se debía obligar a los bailíos y a los prebostes del
reino a leer las Decretales para no cumplirlas nunca.
La reunión de esta gran
asamblea no sirvió para nada. El rey necesitaba contemporizar con el Papa, que
había nacido en su reino, tenía la Santa Sede en Aviñón y era enemigo mortal
del emperador Luis de Baviera. En toda época la política conserva los abusos
que la justicia trata de evitar. De la mentada reunión tan sólo quedó en el
Parlamento el recuerdo imborrable del discurso que pronunció Pierre de
Cugnieres El Parlamento se opuso desde entonces sistemáticamente a las
pretensiones de los clérigos y se apeló siempre a él contra las sentencias
dictadas por los jueces eclesiásticos, cuyo procedimiento recibió la
denominación de recurso de alzada. Finalmente, todos los Parlamentos de Francia
acordaron que la Iglesia conociera únicamente en materia de ordenamiento
eclesiástico y en juzgar a todos los hombres indistintamente, con arreglo a las
leyes del Estado, conservando las normativas que prescriben las ordenanzas.
ABUSO DE LAS PALABRAS. Las conversaciones y los libros raras veces nos proporcionan ideas
precisas. Se suele leer en demasía y conversar inútilmente. Es, pues, oportuno
recordar lo que Locke recomienda: Definid los términos.
Una dama que come con exceso y
no hace ejercicio cae enferma El médico le dice que domina en ella un humor
pecante, impurezas, obstrucciones y vapores, y le prescribe un medicamento que
le purificará la sangre. ¿Qué idea exacta puede tener de todas esas palabras?
La paciente y la familia que las oyen no las comprenden; ni el médico tampoco.
Antiguamente, el facultativo recetaba buenamente una infusión de hierbas
caliente o fría.
Un jurisconsulto, en el
ejercicio de su profesión, anuncia que por la inobservancia de las fiestas y
los domingos se comete crimen de lesa majestad divina en la persona del Hijo,
esto es, el segundo jefe. La expresión majestad divina nos da la idea del más
enorme de los crímenes y, desde luego, del más horrendo de los castigos. Pero,
¿a propósito de qué la pronunció el jurisconsulto? Por no haber observado las fiestas
de guardar, lo que puede suceder al hombre más honrado del mundo.
En todas las polémicas que se
entablan acerca de la libertad, uno de los argumentadores entiende casi siempre
una cosa y su adversario otra. Luego surge un tercero en discordia, que no
entiende al primero ni al segundo, pero que tampoco lo entienden a él. En las
disputas sobre la libertad, uno posee la potencia de pensamiento de imaginar,
otro la de querer y el tercero el deseo de ejecutar; corren los tres, cada uno
dentro de su círculo, y no se encuentran nunca. Igual sucede en las quejas
sobre la gracia. ¿Quién puede comprender su naturaleza, sus operaciones, la
suficiente que no basta y la eficaz a la que nos resistimos? Hace dos mil años
que se viene pronunciando la frase «forma sustancial» sin tener la menor noción
de ella; esta frase se ha sustituido ahora por la de «naturaleza plástica», sin
ganar nada en el cambio.
Se detiene un viajero ante un
torrente y pregunta a un labriego que ve al otro lado por dónde está el vado:
«Id hacia la derecha», contesta el buen hombre. El viajero toma la derecha y se
ahoga. El labriego va corriendo hacia él y le grita: «No os dije que avanzarais
hacia vuestra mano derecha, sino hacia la mía». El mundo está lleno de estas
equivocaciones.
Al leer un noruego esta
fórmula que usa el papa: servidor de los servidores de Dios, ¿cómo ha de
comprender que el que la dice es el obispo de los obispos y el rey de los
reyes?
En la época en que los papeles
fragmentarios de Petronio gozaban de fama en la literatura, Meibomins, sabio de
Lubeck, leyó en una carta que imprimió otro sabio de Bolonia lo siguiente:
«Aquí tenemos un Petronio completo, y lo he visto y lo he admirado». Ni corto
ni perezoso, Meibomins emprende viaje a Italia, se dirige a Bolonia, busca al
bibliotecario Capponi y le pregunta si es verdad que tiene allí el Petronio
completo. Capponi le responde que es público y notorio, y acto seguido le
conduce a la iglesia donde descansa el cuerpo de san Petronio. Meibomins toma
la diligencia y huye.
Si el jesuíta Daniel tomó a un
abad guerrero, martialem abbatem, por el abad Marcial, cien historiadores han
incurrido en mayores errores. El jesuita Dorleans, en su obra Revoluciones de
Inglaterra, habla indiferentemente de Northampton y de Southampton, no equivocándose
más que de Norte a Sur.
Frases metafóricas tomadas en
un sentido propio han decidido muchas veces la opinión de muchas naciones.
Conocida es la metáfora de Isaías: «¿Cómo caíste del cielo, estrella brillante
que apareces al rayar el alba?» Supusieron que en esa imagen aludían al diablo,
y como la voz hebrea que corresponde a la estrella de Venus se tradujo en latín
por la palabra Lucifer, desde entonces se ha llamado siempre Lucifer al diablo.
El ejemplo más singular del
abuso de las palabras, de los equívocos voluntarios y de los errores que han
producido más trastornos, nos lo ofrece la voz Kin‑Tien, de China. Varios
misioneros de Europa disputaron acaloradamente sobre la significación de esa
palabra y Roma envió un francés llamado Maigrot, nombrándolo obispo imaginario
de una provincia de China, para que decidiera el sentido de tal palabra.
Maigrot desconocía por completo el idioma chino. El emperador se dignó
explicarle lo que en su lengua significaba Kin‑Tien, Maigrot no lo quiso
creer y logró que Roma excomulgase al emperador de China.
No acabaríamos nunca si
hubiéramos de referir todos los abusos de palabras que nos acuden a la mente.
ACADEMIA. Las academias son a las universidades lo que la edad madura es a la
infancia, lo que el arte de hablar es a la Gramática, y lo que la cultura es a
las primeras lecciones de la civilización. Las academias, no siendo
mercenarias, deben ser absolutamente libres. Así son las academias de Italia,
la Academia Francesa y la Sociedad Real de Londres.
La Academia Francesa, formada
por su propio impulso, aunque constituida por cédula real de Luis XIII, no
estaba subvencionada y, por lo mismo, no tenía que acomodarse a ninguna
sujeción; esto fue precisamente lo que indujo a los primeros hombres del reino
y hasta a los príncipes a solicitar que les admitieran en corporación tan
ilustre. La Sociedad Real de Londres gozó de igual ventaja.
El célebre Colbert, siendo
miembro de la Academia Francesa, comisionó a algunos colegas suyos para que
compusieran las inscripciones y las divisas de los edificios públicos.
Esa comisión, a la que se
incorporaron inmediatamente Racine y Boileau, se convirtió en seguida en una
Academia aparte, denominada en el año 1663 Academia de las Inscripciones, hoy
de Bellas Letras. La Academia de Ciencias se fundó en 1666. La instalación de
estos dos establecimientos se debe al ministro Colbert, que contribuyó de
varios modos a dar esplendor al siglo de Luis XIV.
Tras la muerte de Colbert y
del marqués de Louvois, el conde de Pontchartrain, secretario de Estado,
encargó a su sobrino el abate Bignour la dirección de las nuevas academias. Se
crearon plazas de socios honorarios para las que no se exigía ciencia alguna y
no eran retribuidas, plazas de pensionados que exigían ciertos trabajos, plazas
de socios sin pensión, y plazas de discípulo, título desagradable que se
suprimió después.
La Academia de Bellas Letras
se organizó sobre la misma base y las dos quedaron sometidas a la dependencia
inmediata del secretario de Estado.
El abate Bignon se atrevió a
proponer el mismo reglamento para la Academia Francesa, de la que era miembro,
pero lo recibieron con indignación unánime. Los menos favorecidos en la
Academia fueron los primeros que rechazaron las ofertas y prefirieron la
libertad y el honor a las pensiones.
El vocablo Academia llegó a
ser tan célebre que cuando el compositor Lulli obtuvo licencia para establecer
su Academia de Opera en 1672, hizo insertar en las sucursales en que se le
concedía el permiso las siguientes palabras: «Academia Real de Música, en la
que los caballeros y las damas nobles pueden ir a cantar sin desdoro de su
clase».
La palabra academia, de origen
griego, significaba antiguamente sociedad, escuela de filosofía en Atenas, que
se reunía en un jardín legado para este objeto por el mecenas Academo. Los
italianos fueron los primeros que instituyeron semejantes sociedades en la
época del renacimiento de las letras. La Academia de la Crusca se fundó en el
siglo XVI. En poco tiempo se fundaron otras en todas las ciudades de Italia
dedicadas al cultivo de las ciencias.
El título de academia se
prodigó tanto en Francia que durante algunos años se aplicó hasta a las
reuniones de jugadores que antiguamente se llamaban garitos y se conocían por
academias de juego. Los jóvenes que practicaban la equitación y la esgrima en
los círculos destinados a ello se llamaron academistas, no académicos. El
título de académico quedó reservado para los socios de las tres academias, la
Francesa, la de Ciencias y la de Inscripciones.
La Academia Francesa ha
prestado grandes servicios a la lengua. La de Ciencias ha sido muy útil, porque
sin decantarse por ningún sistema publica los adelantos y los descubrimientos
modernos. La de Inscripciones se ocupa de estudiar los monumentos de la
Antigüedad y desde hace algunos años viene publicando Memorias sumamente
instructivas.
La Sociedad Real de Londres no
adoptó nunca, en cambio, el nombre de Academia.
Las academias de provincias
han reportado grandes ventajas. Han excitado la emulación, han acostumbrado al
trabajo, han hecho que los jóvenes se dediquen a lecturas útiles, han
disminuido la ignorancia y las preocupaciones en algunas ciudades y han dado un
golpe mortal a la pedantería.
ADÁN. Mucho se ha hablado y escrito sobre Adán y Eva. Los rabinos han divulgado multitud de historietas sobre Adán y resultaría tan vulgar repetir lo que otros dijeron, que vamos a aventurar respecto a Adán una idea que se nos antoja nueva o que al menos no se halla en los autores antiguos, en los Padres de la Iglesia, ni en ningún predicador teólogo conocido. Me refiero al total silencio que sobre Adán guardó toda la tierra habitable, excepto Palestina, hasta la época en que empezaron a conocerse en Alejandría los libros hebreos, cuando se tradujeron al griego en el reinado de los Tolomeos. Pero, aun entonces, fueron poco conocidos. Los libros de entonces eran escasos y caros. Además, los judíos de Jerusalén estaban tan enfadados con los de Alejandría, proferían tantas acusaciones por haber traducido la Biblia en lengua profana, les injuriaban tanto por ello, que los hebreos alejandrinos ocultaron esa traducción mientras les fue posible. Buena prueba de ello es que ningún autor grieg