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No hace mucho que se hablaba, en una amable reunión, sobre
el tema gastado y frívolo de saber quién era el más grande
hombre: César, Tamerlán, Alejandro, Cromwell, etc.
Alguien respondió que, sin lugar a dudas, era Newton. Ese
hombre tenía razón, pues si la grandeza verdadera radica en
recibir del cielo el don de una gran inteligencia y haberse
servido de ella para instruirse a sí mismo ya los demás, un
hombre como Newton, de los que nace uno cada diez siglos, es
en verdad el gran hombre. Los políticos y los conquistadores,
que no han faltado en ninguna época, suelen ser ilustres
malvados. El respeto se debe a los que dominan los espíritus
por la fuerza de la verdad, no a los que los convierten en
esclavos mediante la violencia; a los que comprenden el
universo, no a los que la desfiguran.
Puesto que me pedís que hable de los hombres célebres de
Inglaterra, empezaré por los Bacon, Locke, Newton, etc.
Generales y ministros vendrán más tarde.
Debo empezar por Bacon de Verulam, conocido en Europa por
Bacon, su apellido. Era hijo de un guardasellos y durante el
reinado de Jacobo I fue durante mucho tiempo canciller. Sin
embargo, en medio de las intrigas cortesanas y de las
preocupaciones de su cargo, que requerían todos sus esfuerzos,
tuvo tiempo para ser un gran filósofo, un buen historiador y
un elegante escritor, cualidades tanto más sorprendentes
cuando pensamos que vivió en un siglo en que se desconocía el
arte de escribir y, todavía más, el de la buena filosofía.
Como suele ocurrir, fue más apreciado después de muerto que
mientras vivía. Sus enemigos estaban en la corte de Londres y
sus admiradores en Europa entera.
Cuando el marqués de Effiat fue a Inglaterra acompañando a
la princesa María, hija de Enrique el Grande, que iba a
contraer matrimonio con el príncipe de Gales. fue a visitar a
Bacon. Este se encontraba enfermo y lo recibió con las
cortinas de su lecho echadas. «Os parecéis a los ángeles -le
dijo Effiat-. Escuchamos hablar continuamente de ellos.
creemos que son superiores a los hombres, pero nunca tenemos
el consuelo de verlos.»
Vos sabéis. señor. que Bacon fue acusado de un crimen que
no es el de un filósofo: haberse dejado corromper por dinero.
Sabéis cómo fue condenado por la Cámara de los Pares a pagar
una multa de cuatrocientas mil libras ya perder su dignidad de
canciller y de par .
Hoy en día los ingleses veneran de tal manera su memoria,
que no quieren admitir su culpabilidad. Si me preguntarais mi
opinión os contestaría repitiendo una frase que escuché a Lord
Bolingbroke. Se estaba hablando en su presencia de la avaricia
del duque de Marlborough. Se citaban varios ejemplos apelando
al testimonio de Lord Bolingbroke, el cual. como había sido su
enemigo declarado. podía decir tranquila- mente su opinión.
«Era tan gran hombre -respondió-. que me he olvidado de sus
vicios.»
Me limitaré. pues. a hablaros de las cualidades que
hicieron a Bacon admirado en toda Europa.
La más singular y la mejor de sus obras es la que oyes la
menos conocida y la más inútil: hablo del Novum scientiarium
organum. En el andamiaje sobre el que se construyó la nueva
filosofía y cuando el edificio estuvo concluido. por lo menos
en parte. el andamiaje quedó en desuso.
El canciller Bacon no conocía aún la naturaleza. pero sabía
e indicaba los caminos que conducen a ella. Tempranamente
comenzó a despreciar todo lo que las universidades llaman
filosofía e hizo cuanto estuvo en su mano para que esas
instituciones. creadas para el perfeccionamiento de la razón
humana. no continuaran corrompiéndola con sus «quid». su
«horror al vacío». sus «formas sustanciales» y todas las
impertinentes palabras que la ignorancia hacía respetables y
que su extraña mixtura con la religión hacía casi sagradas.
Es el padre de la filosofía experimental. Es verdad que
antes de él se habían realizado descubrimientos sorprendentes:
se había inventado la brújula. la imprenta. el grabado de
estampas, la pintura al óleo. los espejos. el arte de devolver
parcialmente la vista a los ancianos mediante cristales que se
llaman lentes, la pólvora de cañón, etc. Se había buscado,
encontrado y conquistado un nuevo mundo.
¿Quién puede dudar que descubrimientos semejantes los
realizaron los más grandes filósofos y en tiempos más
esclarecidos que los nuestros? Empero, esos grandes cambios se
realizaron en la Tierra en época de la estúpida barbarie. Casi
todos esos inventos son obra del azar y casi es evidente que
el descubrimiento de América también se debió al azar. Al
menos, siempre se ha creído que Cristóbal Colón emprendió su
viaje fiado en la palabra de un capitán de navío al que la
tempestad había arrojado a la altura de las islas Caribes.
Sea como sea, los hombres sabían llegar hasta el fin del
mundo, sabían destruir ciudades con un rayo artificial más
mortífero que el rayo natural, pero desconocían la circulación
de la sangre, la densidad del aire, las leyes del movimiento,
la luz, el número de planetas, etc. Cualquiera que sostuviera
una tesis sobre las categorías de Aristóteles, sobre lo
universal a parte rei o sobre cualquier tontería era
considerado un prodigio.
Las invenciones más sorprendentes y más útiles no son las
que más honran al espíritu humano.
Todas las artes tienen su origen en un instinto mecánico
común a los hombres, pero no a la sana filosofía.
El descubrimiento del fuego, el arte de la panadería, de
fundir y preparar los metales, de construir casas, el invento
de la lanzadera, que son cosas más necesarias que la imprenta
y la brújula, se deben a hombres todavía salvajes.
¿No hicieron griegos y romanos un uso maravilloso de la
mecánica? Y, sin embargo, en aquellos tiempos se creía que
había cielos de cristal, que las estrellas eran lamparitas que
en ocasiones caían al mar; uno de los grandes filósofos de la
época, después de muchas investigaciones, afirmó que los
astros eran guijarros que se habían desprendido de la Tierra.
En una palabra, nadie antes que Bacon conoció la filosofía
experimental y casi todos los experimentos físicos realizados
posteriormente están descritos en su libro. El mismo realizó
muchas experiencias: construyó máquinas neumáticas mediante
las que intuyó la elasticidad del aire; anduvo cerca de
descubrir la presión atmosférica, que descubrió más tarde
Torricelli. En casi toda Europa empezó a practicarse la física
experimental, poco tiempo después; Bacon había sospechado la
existencia de ese tesoro oculto y todos los filósofos, anima-
dos por su promesa, intentaron descubrirlo.
Lo que más me sorprendió fue comprobar cómo en su libro
habla en términos exactos de esa nueva atracción, cuyo
descubrimiento se atribuye a Newton.
«Hay que buscar -dice Bacon- si no habrá una fuerza
magnética entre la Tierra y los objetos pesados, entre la Luna
y el océano, entre los planetas, etc.»
En otro lugar, dice: «O bien los cuerpos pesados son
atraídos hacia el centro de la Tierra, o bien se atraen
mutuamente; en este último caso es evidente que cuanto más se
acerquen a la Tierra los cuerpos al caer, mayor será su
atracción. Hay que continuar investigando para saber si un
reloj de pesas irá más ligero sobre la cumbre de una montaña o
en el fondo de una mina; si la fuerza de las pesas disminuye
en lo alto de la montaña y aumenta en la mina, es evidente que
la Tierra ejerce una verdadera atracción».
Este precursor de la filosofía fue a la vez un elegante
escritor, historiador y un espíritu selecto:
Sus Ensayos de moral son muy apreciados, pero han sido
escritos con el fin de enseñar, no para agradar; no siendo una
sátira de la naturaleza humana como las Máximas, de La
Rochefoucauld, ni una escuela de escepticismo como las obras
de Montaigne, son menos leídas que esas dos obras llenas de
ingenio.
Su Historia de Enrique VII es considerada como una obra
maestra, pero no creo que se pueda comparar a la de nuestro
ilustre De Thou. He aquí cómo habla el canciller Bacon del
impostor Perkins, judío de nacimiento, que instigado por la
duquesa de Borgoña tuvo la osadía de tomar el nombre de
Ricardo IV, rey de Inglaterra, y disputó la corona a Enrique
VII.
«En esa época la duquesa de Borgoña, por arte de magia,
evocó de los infiernos la sombra de Eduardo IV para atormentar
al rey Enrique, el cual se obsesionó por los espíritus
malignos. Cuando la duquesa de Borgoña hubo aleccionado a
Perkins, se puso a estudiar por qué región del cielo haría
aparecer el cometa, y decidió que éste debía aparecer
primeramente en el horizonte de Irlanda.»
Creo que nuestro sabio De Thou no emplea este estilo
pomposo, que antes fuera considerado sublime, pero que
actualmente es juzgado, justamente, como un galimatías.
FIN
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