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A los miembros del Parlamento de Inglaterra les gusta, en
lo posible, compararse con los antiguos romanos.
No hace mucho tiempo que Mr. Shipping, en la Cámara de los
Comunes, inició un discurso, con las siguientes palabras: «La
majestad del pueblo inglés se sentiría herida, etc.» La
singularidad de la expresión provocó una gran carcajada, pero
él, sin inmutarse, la repitió con tono decidido, y las risas
se apagaron. Confieso que no encuentro semejanza entre la
majestad del pueblo inglés y la del pueblo romano; menos
parecido existe entre sus gobiernos. En Londres existe un
Senado cuyos miembros son a veces acusados, segura- mente con
injusticia, de vender sus votos, como sucedía en Roma: hasta
ahí la semejanza. Por otra parte, creo que las dos naciones
son completamente distintas, tanto en lo bueno como en lo
malo. Los romanos no conocieron nunca la horrible locura de
las guerras religiosas; semejante abominación estaba reservada
a los devotos predicadores de la humildad y de la paciencia.
Mario y Sila, Pompeyo y César, Antonio y Augusto, no se batían
para decidir si el «F1amen» debía llevar la camisa sobre el
traje o el traje sobre la camisa, y si los pollos sagrados
debían comer y beber, o solamente comer, para formular sus
augurios. Los ingleses se han degollado mutuamente y se han
destruido en grandes batallas por querellas de esa especie. La
secta de los episcopalianos y la de los presbiterianos han
hecho serias a esas cabezas. Imagino que estupideces como
aquéllas no volverán a suceder, pues me parece que se están
volviendo juiciosos y no desean matarse por unos silogismos.
Pero hay otra diferencia más notable aún entre Roma e
Inglaterra, diferencia que honra a esta última: el resultado
de las guerras civiles en Roma fue la esclavitud, y el de las
luchas en Inglaterra, la libertad. La nación inglesa es la
única en el mundo que, ofreciendo resistencia sus reyes,
consiguió reglamentar el poder de los mismos y que mediante
esfuerzo tras esfuerzo pudo establecer ese sabio gobierno en
que el príncipe es todopoderoso para realizar el bien, pero
tiene atadas las manos para hacer el mal; ese gobierno en que
los señores son grandes sin insolencias y sin tener vasallos,
y en el que el pueblo participa en el gobierno sin confusión.
La Cámara de los Pares y la de los Comunes son los árbitros
de la nación; el reyes el súper árbitro. Los romanos carecían
de un equilibrio semejante; en Roma los señores y el pueblo se
encontraban siempre frente a frente, sin que existiera un
poder intermedio que los conciliara. El Senado de Roma, que
tenía el injusto y castigable orgullo de no querer compartir
nada con los plebeyos, no encontraba mejor solución, para
alejarlos del gobierno, que enviarlos a luchar a países
extranjeros. Miraban al pueblo como a una bestia feroz que
convenía lanzar sobre los vecinos antes de que devorara a sus
propios amos; así fue cómo el mayor defecto del gobierno de
los romanos hizo de ellos grandes conquista- dores. Eran
desdichados en su tierra y por ese motivo se hicieron dueños
del mundo, hasta que las divisiones surgidas entre ellos los
transformaron en esclavos.
El gobierno de Inglaterra no ha sido hecho para alcanzar
tanto brillo ni para tener un fin tan desgraciado; su fin no
es conquistar, sino evitar que sus vecinos lo hagan. Este
pueblo es tan celoso de su libertad como de la de los otros.
Los ingleses detestaban a Luis XIV porque lo tenían por un
ambicioso. Le hicieron la guerra seguramente sin interés
alguno, tan sólo por bondad cordial.
A Inglaterra le costó mucho, indudablemente, conseguir su
libertad; el ídolo del poder despótico fue ahogado en mares de
sangre, pero los ingleses no creen haber pagado demasiado
caras sus buenas leyes.
Otras naciones soportaron las mismas luchas y derramaron
una cantidad igual de sangre, pero la sangre derramada no hizo
más que cimentar la esclavitud.
Lo que en Inglaterra es una revolución no es más que una
sedición en otros países. Cuando una ciudad toma las armas
para defender sus privilegios, sea en España, en Berería o en
Turquía, inmediatamente los mercenarios la dominan, verdugos
la castigan y la nación entera tiene que besar sus cadenas.
Los franceses piensan, con razón, que el gobierno de esta isla
es más tormentoso que el mar que la rodea, pero es que el rey
desencadena la tormenta cuando quiere adueñarse del barco, del
cual es solo el primer piloto. Las guerras civiles de Francia
han sido más largas, más crueles y más plagadas de crímenes
que las de Inglaterra, pero con ninguna de ellas se ha logrado
establecer una prudente libertad.
En los tiempos detestables de Carlos IX y de Enrique II, se
trataba solamente de saber si se terminaría siendo esclavo de
los Guisas. La última guerra de París no merece más que
silbidos; me parece ver a escolares amotinados contra el
prefecto de un Colegio y que terminan por ser azotados. El
cardenal de Retz, con mucho espíritu y coraje mal emplea- dos,
rebelde sin objeto, sedicioso sin planes, jefe de partido sin
ejército, conspiraba por conspirar y parecía organizar las
guerras civiles solamente por darse el gusto. El Parlamento no
sabía qué quería ni qué no quería; reunía tropas y las
licenciaba, amenazaba y pedía perdón, ponía a precio la cabeza
del cardenal Mazarino y luego iba a homenajearlo. Nuestras
guerras en la época de Carlos VI habían sido crueles, las de
Liga fueron abominables, las de Fronda, ridículas.
Lo que más se reprocha a los ingleses es el suplicio que
infligieron a Carlos I, que fue tratado por sus vencedores
como él los hubiera tratado si hubiera vencido.
A fin de cuentas, mirad a Carlos I, por una parte, vencido
en lucha encarnizada, prisionero, juzgado, condenado en
Westminster, y por otra, mirad a Enrique VII, envenenado por
su capellán mientras comulgaba; a Enrique III, asesinado por
un monje, legado del odio de todo un partido; pensad en los
treinta asesinatos planeados contra Enrique IV, varios
intentados y el último que privó a Francia de un gran rey.
Reflexionad sobre esos atentados y después juzgad.
FIN
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