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Habéis visto ya que los cuáqueros se remontan al tiempo de
Jesucristo, que según ellos fue el primer cuáquero. Según
ellos, la religión fue corrompida después de su muerte y quedó
en esa corrupción alrededor de mil seiscientos años; pero hubo
siempre algunos cuáqueros escondidos por el mundo que tenían a
su cuidado conservar el fuego sagrado, apagado en el resto de
la tierra, hasta que finalmente esa luz se propagó en
Inglaterra en el año 1642.
En la época en que Gran Bretaña se desgarraba por las
guerras civiles emprendidas por tres o cuatro sectas en nombre
de Dios, un hombre llamado Georges Fox, del condado de
Leicester, hijo de un obrero sedero, emprendió su predicación
de verdadero apóstol tal como él la entendía, es decir , sin
saber leer ni escribir. Era un joven de veinticinco años, de
costumbres irreprochables y santamente loco. Vestía de cuero
de pies a cabeza e iba de pueblo en pueblo vociferan- do
contra las guerras y contra tos clérigos. Si hubiera predicado
solamente contra las gentes de armas no hubiera tenido nada
que temer; pero atacaba a las gentes de iglesia y lo metieron
enseguida en la cárcel. Lo llevaron al juzgado de paz de
Derby. Fox se presentó ante el juez con su gorro de cuero
puesto. Un sargento le dio un golpe, diciéndole:
-Bribón, ¿no sabes que tienes que descubrirte delante del
juez?
Fox, presentándole la otra mejilla, le rogó que le diera
otra bofetada. Antes de interrogarlo, el juez quiso que
prestara juramento.
-Amigo mío -dijo Fox-, has de saber que nunca tomo el
nombre de Dios en vano.
El juez, al verse tutear por aquel hombre, ordenó que fuera
llevado al hospicio de Derby y que se le azotara.
Georges Fox se dirigió al hospicio entonando alabanzas a
Dios y allí fue cumplida rigurosamente la sentencia del juez.
Los encargados de cumplir la sentencia se quedaron muy
sorprendidos cuando Fox les rogó que, por el bien de sus
almas, le propinaran algunos azotes más. Aquellos caballeros
no se hicieron rogar y Fox recibió doble ración, de lo cual
quedó muy agradecido. Luego les predicó. Al principio se
rieron de él, luego le escucharon, y como el entusiasmo es
contagioso muchos se convencieron y los que le habían azotado
fueron sus primeros discípulos.
Cuando salió de la cárcel recorrió los campos acompañado de
una docena de prosélitos, predicando siempre contra el clero y
siendo azotado de cuando en cuando. Un día, cuando estaba en
la picota, arengó al pueblo con tal entusiasmo que convirtió a
una cincuentena, mientras que los demás se interesaron por él,
por lo cual, mediante un gran tumulto, lo sacaron del lugar
donde estaba, fueron en busca del pastor anglicano responsable
de la condena y lo pusieron en la picota.
Su temeridad llegó a tal punto que convirtió a varios
soldados de Cromwell, que dejaron las armas y se negaron a
prestar juramento. Cromwell no quería ni oír hablar de una
secta enemiga de la guerra, de la misma manera que Sixto
Quinto opinaba mal de una secta «dove non se chiavava».
Cromwell utilizó su poder para perseguir a los recién
llegados, con los cuales llenó las prisiones. Pero las
persecuciones sólo sirven para aumentar el número de
prosélitos; salían de la cárcel con sus creencias robustecidas
y seguidos por sus guardianes, a los que habían convertido.
Pero he aquí lo que contribuyó más a ampliar la secta. Fox
se creía inspirado. Por lo tanto, se sintió obligado a hablar
de una manera distinta que los otros hombres y comenzó a
temblar, a contorsionárse ya hacer muecas; retenía el aliento
y lo expelía luego violentamente. Ni la sacerdotisa de Delfos
lo hubiera hecho mejor. Poco tiempo tardó en acostumbrarse a
la inspiración y enseguida se le hizo imposible hablar de otra
manera. Fue ése el primer don que comunicó a sus discípulos,
los cuales imitaron de buena fe todas las muecas del maestro;
cuando estaban inspirados temblaban con todas sus fuerzas. De
ahí les viene el hombre de «quakers» (cuáqueros), que quiere
decir temblorosos. La gente baja se divertía imitándolos.
Temblaban, hablaban nasalmente, se convulsionaban y se creían
inspirados por el Espíritu Santo. Como les hacía falta algunos
milagros, los hicieron.
El patriarca Fox dijo a un juez de paz, delante de una gran
asamblea:
-Amigo, ten cuidado. Dios te castigará muy pronto por
perseguir a los santos.
Aquel juez era un borracho que bebía diariamente una
cantidad excesiva de mala cerveza y de aguardiente. Dos días
después murió de apoplejía, justamente tras haber firma- do la
orden de prisión de algunos cuáqueros. Esta muerte repentina
no fue atribuida a la intemperancia del juez, sino que todo el
mundo vio en ella el resultado de las predicciones del santo
varón. Este hecho hizo más cuáqueros de los que hubieren
podido obtener mil sermones y otras tantas convulsiones.
Cromwell, viendo aumentar su número día a día, trató de
atraerlos a su partido; hizo ofrecerles dinero, pero se
mostraron incorruptibles. Por cierto que Cromwell dijo en una
ocasión que era la primera religión a la que no había podido
convencer por dinero.
Fueron varias veces perseguidos durante el reinado de
Carlos II, no por su religión, sino por negarse a pagar sus
diezmos al clero, por tratar de tú a los magistrados y no
querer prestar el juramento exigido por las leyes.
Por último, Robert Barclay, escocés, presentó al rey su
Apología de los cuáqueros, obra tan buena como podía serlo. La
epístola de dedicatoria a Carlos II no contiene bajas
adulaciones, sino audaces verdades y justos consejos.
«Has gustado -le dice a Carlos al final de la epístola- de
la dulzura y de la amargura, de la prosperidad y de las
mayores desgracias; has sido expulsado de los países donde
habías reinado; has sentido sobre ti el peso de la opresión y
sabes cuán despreciable es el opresor ante Dios y ante los
hombres. Si después de tantas pruebas y bendiciones tu corazón
se endureciera y olvidara al Dios que te recordó en tus
desgracias, tu crimen sería mayor y más dura tu condena. Por
tanto, en vez de oír a los aduladores de tu corte, escucha la
voz de tu conciencia, que jamás te adulará. Tu fiel amigo y
súbdito.- Barclay.»
Lo curioso es que esta carta, escrita a un rey por un
oscuro desconocido, dio resultado y la persecución cesó.
FIN
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