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BREVÍSIMA RELACIÓN DE LA DESTRUICIÓN DE LAS INDIAS
Descubriéronse las Indias en el año
de mil y cuatrocientos y noventa y dos. Fuéronse a poblar el año siguiente de
cristianos españoles, por manera que ha cuarenta e nueve años que fueron a ellas
cantidad de españoles; e la primera tierra donde entraron para hecho de poblar
fué la grande y felicísima isla Española, que tiene seiscientas leguas en torno.
Hay otras muy grandes e infinitas islas alrededor, por todas las partes della,
que todas estaban e las vimos las más pobladas e llenas de naturales gentes,
indios dellas, que puede ser tierra poblada en el mundo. La tierra firme, que
está de esta isla por lo más cercano docientas e cincuenta leguas, pocas más,
tiene de costa de mar más de diez mil leguas descubiertas, e cada día se
descubren más, todas llenas como una colmena de gentes en lo que hasta el año de
cuarenta e uno se ha descubierto, que parece que puso Dios en aquellas tierras
todo el golpe o la mayor cantidad de todo el linaje humano.
Todas estas universas e infinitas
gentes a todo género crió Dios los más simples, sin maldades ni dobleces,
obedientísimas y fidelísimas a sus señores naturales e a los cristianos a quien
sirven; más humildes, más pacientes, más pacíficas e quietas, sin rencillas ni
bullicios, no rijosos, no querulosos, sin rencores, sin odios, sin desear
venganzas, que hay en el mundo. Son asimismo las gentes más delicadas, flacas y
tiernas en complisión6 e que menos pueden sufrir trabajos y que más fácilmente
mueren de cualquiera enfermedad, que ni hijos de príncipes e señores entre
nosotros, criados en regalos e delicada vida, no son más delicados que ellos,
aunque sean de los que entre ellos son de linaje de labradores.
Son también gentes paupérrimas y
que menos poseen ni quieren poseer de bienes temporales; e por esto no
soberbias, no ambiciosas, no codiciosas. Su comida es tal, que la de los
sanctos padres en el desierto no parece haber sido más estrecha ni menos
deleitosa ni pobre. Sus vestidos, comúnmente, son en cueros, cubiertas sus
vergüenzas, e cuando mucho cúbrense con una manta de algodón, que será como vara
y media o dos varas de lienzo en cuadra. Sus camas son encima de una estera, e
cuando mucho, duermen en unas como redes colgadas, que en lengua de la isla
Española llamaban hamacas.
Son eso mesmo de limpios e
desocupados e vivos entendimientos, muy capaces e dóciles para toda buena
doctrina; aptísimos para recebir nuestra sancta fee católica e ser dotados de
virtuosas costumbres, e las que menos impedimientos tienen para esto, que Dios
crió en el mundo. Y son tan importunas desque una vez comienzan a tener noticia
de las cosas de la fee, para saberlas, y en ejercitar los sacramentos de la
Iglesia y el culto divino, que digo verdad que han menester los religiosos, para sufrillos, ser dotados por Dios de don muy señalado de paciencia; e, finalmente,
yo he oído decir a muchos seglares españoles de muchos años acá e muchas veces,
no pudiendo negar la bondad que en ellos veen: «Cierto estas gentes eran las más
bienaventuradas del mundo si solamente conocieran a Dios.»
En estas ovejas mansas, y de las
calidades susodichas por su Hacedor y Criador así dotadas, entraron los
españoles, desde luego que las conocieron, como lobos e tigres y leones
cruelísimos de muchos días hambrientos. Y otra cosa no han hecho de cuarenta
años a esta parte, hasta hoy, e hoy en este día lo hacen, sino despedazarlas,
matarlas, angustiarlas, afligirlas, atormentarlas y destruirlas por las extrañas
y nuevas e varias e nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas maneras de
crueldad, de las cuales algunas pocas abajo se dirán, en tanto grado, que
habiendo en la isla Española sobre tres cuentos de ánimas que vimos, no hay hoy
de los naturales de ella docientas personas. La isla de Cuba es cuasi tan luenga
como desde Valladolid a Roma; está hoy cuasi toda despoblada. La isla de Sant
Juan e la de Jamaica, islas muy grandes e muy felices e graciosas, ambas están
asoladas. Las islas de los Lucayos, que están comarcanas a la Española y a Cuba
por la parte del Norte, que son más de sesenta con las que llamaban de Gigantes
e otras islas grandes e chicas, e que la peor dellas es más fértil e graciosa
que la huerta del rey de Sevilla, e la más sana tierra del mundo, en las cuales
había más de quinientas mil ánimas, no hay hoy una sola criatura. Todas las
mataron trayéndolas e por traellas a la isla Española, después que veían que se
les acababan los naturales della. Andando en navío tres años a rebuscar por
ellas la gente que había, después de haber sido vendimiadas, porque un buen
cristiano se movió por piedad para los que se hallasen convertirlos e ganarlos a
Cristo, no se hallaron sino once personas, las cuales yo vide. Otras más de
treinta islas, que están en comarca de la isla de Sant Juan, por la misma causa
están despobladas e perdidas. Serán todas estas islas, de tierra, más de dos mil
leguas, que todas están despobladas e desiertas de gente.
De la gran tierra firme somos
ciertos que nuestros españoles por sus crueldades y nefandas obras han
despoblado y asolado y que están hoy desiertas, estando llenas de hombres
racionales, más de diez reinos mayores que toda España, aunque entre Aragón y
Portugal en ellos, y más tierra que hay de Sevilla a Jerusalén dos veces, que
son más de dos mil leguas.
Daremos por cuenta muy cierta y
verdadera que son muertas en los dichos cuarenta años por las dichas tiranías e
infernales obras de los cristianos, injusta y tiránicamente, más de doce cuentos
de ánimas, hombres y mujeres y niños; y en verdad que creo, sin pensar
engañarme, que son más de quince cuentos.
Dos maneras generales y principales
han tenido los que allá han pasado, que se llaman cristianos, en estirpar y raer de
la haz de la tierra a aquellas miserandas naciones. La una, por injustas,
crueles, sangrientas y tiránicas guerras. La otra, después que han muerto todos
los que podrían anhelar o sospirar o pensar en libertad, o en salir de los
tormentos que padecen, como son todos los señores naturales y los hombres
varones (porque comúnmente no dejan en las guerras a vida sino los mozos y
mujeres), oprimiéndolos con la más dura, horrible y áspera servidumbre en que
jamás hombres ni bestias pudieron ser puestas. A estas dos maneras de tiranía
infernal se reducen e ser resuelven o subalternan como a géneros todas las otras
diversas y varias de asolar aquellas gentes, que son infinitas.
La causa por que han muerto y
destruído tantas y tales e tan infinito número de ánimas los cristianos ha sido
solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy
breves días e subir a estados muy altos e sin proporción de sus personas (conviene a saber): por la insaciable codicia e ambición que han tenido, que ha
sido mayor que en el mundo ser pudo, por ser aquellas tierras tan felices e tan
ricas, e las gentes tan humildes, tan pacientes y tan fáciles a sujetarlas; a
las cuales no han tenido más respecto ni dellas han hecho más cuenta ni estima
(hablo con verdad por lo que sé y he visto todo el dicho tiempo), no digo que de
bestias (porque pluguiera a Dios que como a bestias las hubieran tractado y
estimado), pero como y menos que estiércol de las plazas. Y así han curado de
sus vidas y de sus ánimas, e por esto todos los números e cuentos dichos han
muerto sin fee, sin sacramentos. Y esta es una muy notoria y averiguada verdad,
que todos, aunque sean los tiranos y matadores, la saben e la confiesan: que
nunca los indios de todas las Indias hicieron mal alguno a cristianos, antes los
tuvieron por venidos del cielo, hasta que, primero, muchas veces hubieron
recebido ellos o sus vecinos muchos males, robos, muertes, violencias y
vejaciones dellos mesmos.
DE LA ISLA ESPAÑOLA
En la isla Española, que fué la
primera, como dijimos, donde entraron cristianos e comenzaron los grandes
estragos e perdiciones destas gentes e que primero destruyeron y despoblaron,
comenzando los cristianos a tomar las mujeres e hijos a los indios para servirse
e para usar mal dellos e comerles sus comidas que de sus sudores e trabajos
salían, no contentándose con lo que los indios les daban de su grado, conforme a
la facultad que cada uno tenía (que siempre es poca, porque no suelen tener más
de lo que ordinariamente han menester e hacen con poco trabajo e lo que basta
para tres casas de a diez personas cada una para un mes, come un cristiano e
destruye en un día) e otras muchas fuerzas e violencias e vejaciones que les
hacían, comenzaron a entender los indios que aquellos hombres no debían de haber
venido del cielo; y algunos escondían sus comidas; otros sus mujeres e hijos;
otros huíanse a los montes por apartarse de gente de tan dura y terrible
conversación. Los cristianos dábanles de bofetadas e puñadas y de palos, hasta
poner las manos en los señores de los pueblos. E llegó esto a tanta temeridad y
desvergüenza, que al mayor rey, señor de toda la isla, un capitán cristiano le
violó por fuerza su propia mujer.
De aquí comenzaron los indios a
buscar maneras para echar los cristianos de sus tierras: pusiéronse en armas,
que son harto flacas e de poca ofensión e resistencia y menos defensa (por lo
cual todas sus guerras son poco más que acá juegos de cañas e aun de niños); los
cristianos con sus caballos y espadas e lanzas comienzan a hacer matanzas e
crueldades extrañas en ellos. Entraban en los pueblos, ni dejaban niños y viejos,
ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban e hacían pedazos, como si
dieran en unos corderos metidos en sus apriscos. Hacían apuestas sobre quién de
una cuchillada abría el hombre por medio, o le cortaba la cabeza de un piquete o
le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres, por
las piernas, y daban de cabeza con ellas en las peñas. Otros, daban con ellas en
ríos por las espaldas, riendo e burlando, e cayendo en el agua decían: bullís,
cuerpo de tal; otras criaturas metían a espada con las madres juntamente, e
todos cuantos delante de sí hallaban. Hacían unas horcas largas, que juntasen
casi los pies a la tierra, e de trece en trece, a honor y reverencia de Nuestro
Redemptor e de los doce apóstoles, poniéndoles leña e fuego, los quemaban vivos.
Otros, ataban o liaban todo el cuerpo de paja seca pegándoles fuego, así los
quemaban. Otros, y todos los que querían tomar a vida, cortábanles ambas manos y
dellas llevaban colgando, y decíanles: "Andad con cartas." Conviene a saber,
lleva las nuevas a las gentes que estaban huídas por los montes. Comúnmente
mataban a los señores y nobles desta manera: que hacían unas parrillas de varas
sobre horquetas y atábanlos en ellas y poníanles por debajo fuego manso, para
que poco a poco, dando alaridos en aquellos tormentos, desesperados, se les
salían las ánimas.
Una vez vide que, teniendo en las
parrillas quemándose cuatro o cinco principales y señores (y aun pienso que
había dos o tres pares de parrillas donde quemaban otros), y porque daban muy
grandes gritos y daban pena al capitán o le impedían el sueño, mandó que los
ahogasen, y el alguacil, que era peor que el verdugo que los quemaba (y sé cómo se
llamaba y aun sus parientes conocí en Sevilla), no quiso ahogarlos, antes les
metió con sus manos palos en las bocas para que no sonasen y atizoles el fuego
hasta que se asaron de despacio como él quería. Yo vide todas las cosas arriba
dichas y muchas otras infinitas. Y porque toda la gente que huir podía se
encerraba en los montes y subía a las sierras huyendo de hombres tan inhumanos,
tan sin piedad y tan feroces bestias, extirpadores y capitales enemigos del
linaje humano, enseñaron y amaestraron lebreles, perros bravísimos que en viendo
un indio lo hacían pedazos en un credo, y mejor arremetían a él y lo comían que
si fuera un puerco. Estos perros hicieron grandes estragos y carnecerías. Y
porque algunas veces, raras y pocas, mataban los indios algunos cristianos con
justa razón y santa justicia, hicieron ley entre sí, que por un cristiano que
los indios matasen, habían los cristianos de matar cien indios.
LOS REINOS QUE HABÍA EN LA ISLA ESPAÑOLA
Había en esta isla Española cinco
reinos muy grandes principales y cinco reyes muy poderosos, a los cuales cuasi
obedecían todos los otros señores, que eran sin número, puesto que algunos
señores de algunas apartadas provincias no reconocían superior dellos alguno. El
un reino se llamaba Maguá, la última sílaba aguda, que quiere decir el reino de
la vega. Esta vega es de las más insignes y admirables cosas del mundo, porque
dura ochenta leguas de la mar del Sur a la del Norte. Tiene de ancho cinco
leguas y ocho hasta diez y tierras altísimas de una parte y de otra. Entran en
ella sobre treinta mil ríos y arroyos, entre los cuales son los doce tan grandes
como Ebro y Duero y Guadalquivir; y todos los ríos que vienen de la una sierra
que está al Poniente, que son los veinte y veinte y cinco mil, son riquísimos de
oro. En la cual sierra o sierras se contiene la provincia de Cibao, donde se
dicen las minas de Cibao, donde sale aquel señalado y subido en quilates oro que
por acá tiene gran fama. El rey y señor deste reino se llamaba Guarionex; tenía
señores tan grandes por vasallos, que juntaba uno dellos dieciséis mil hombre de
pelea para servir a Guarionex, e yo conocí a algunos dellos. Este rey Guarionex
era muy obediente y virtuoso, y naturalmente pacífico, y devoto a los reyes de
Castilla, y dió ciertos años su gente, por su mandado, cada persona que tenía
casa, lo hueco de un cascabel lleno de oro, y después, no pudiendo henchirlo, se
lo cortaron por medio e dió llena mitad, porque los indios de aquella isla
tenían muy poca o ninguna industria de coger o sacar el oro de las minas. Decía
y ofrescíase este cacique a servir al rey de Castilla con hacer una labranza que
llegase desde la Isabela, que fué la primera población de los cristianos, hasta
la ciudad de Sancto Domingo, que son grandes cincuenta leguas, porque no le
pidiesen oro, porque decía, y con verdad, que no lo sabían coger sus vasallos.
La labranza que decía que haría sé yo que la podía hacer y con grande alegría, y
que valiera más al rey cada año de tres cuentos de castellanos, y aun fuera tal
que causara esta labranza haber en la isla hoy más de cincuenta ciudades tan
grandes como Sevilla.
El pago que dieron a este rey y
señor, tan bueno y tan grande, fué deshonrarlo por la mujer, violándosela un
capitán mal cristiano: él, que pudiera aguardar tiempo y juntar de su gente para
vengarse, acordó de irse y esconderse sola su persona y morir desterrado de su
reino y estado a una provincia que se decía de los Ciguayos, donde era un gran
señor su vasallo. Desde que lo hallaron menos los cristianos no se les pudo
encubrir: van y hacen guerra al señor que lo tenía, donde hicieron grandes
matanzas, hasta que en fin lo hobieron de hallar y prender, y preso con cadenas
y grillos lo metieron en una nao para traerlo a Castilla. La cual se perdió en
la mar y con él se ahogaron muchos cristianos y gran cantidad de oro, entre lo
cual pereció el grano grande, que era como una hogaza y pesaba tres mil y
seiscientos castellanos, por hacer Dios venganza de tan grandes injusticias.
El otro reino se decía del Marién,
donde agora es el Puerto Real, al cabo de la Vega, hacia el Norte, y más grande
que el reino de Portugal, aunque cierto harto más felice y digno de ser poblado,
y de muchas y grandes sierras y minas de oro y cobre muy rico, cuyo rey se
llamaba Guacanagarí (última aguda), debajo del cual había muchos y muy grandes
señores, de los cuales yo vide y conocí muchos, y a la tierra deste fué primero
a parar el Almirante viejo que descubrió las Indias; al cual recibió la primera
vez el dicho Guacanagarí, cuando descubrió la isla, con tanta humanidad y
caridad, y a todos los cristianos que con él iban, y les hizo tan suave y
gracioso recibimiento y socorro y aviamiento7 (perdiéndosele allí aun la nao en
que iba el Almirante), que en su misma patria y de sus mismos padres no lo
pudiera recibir mejor. Esto sé por relación y palabras del mismo Almirante.
Este rey murió huyendo de las matanzas y crueldades de los cristianos, destruído
y privado de su estado, por los montes perdido. Todos los otros señores súbditos
suyos murieron en la tiranía y servidumbre que abajo será dicha.
El tercero reino y señorío fué la
Maguana, tierra también admirable, sanísima y fertilísima, donde agora se hace
la mejor azúcar de aquella isla. El rey del se llamó Caonabó. Éste en esfuerzo
y estado y gravedad y cerimonias de su servicio, excedió a todos los otros. A
éste prendieron con una gran sutileza y maldad, estando seguro en su casa.
Metiéronlo después en un navío para traello a Castilla, y estando en el puerto
seis navíos para se partir, quiso Dios mostrar ser aquella con las otras grande
iniquidad y injusticia y envió aquella noche una tormenta que hundió todos los
navíos y ahogó todos los cristianos que en ellos estaban, donde murió el dicho
Caonabó cargado de cadenas y grillos. Tenía este señor tres o cuatro hermanos
muy varoniles y esforzados como él; vista la prisión tan injusta de su hermano y
señor y las destruiciones y matanzas que los cristianos en los otros reinos
hacían, especialmente desde que supieron que el rey su hermano era muerto,
pusiéronse en armas para ir a cometer y vengarse de los cristianos; van los
cristianos a ellos con ciertos de caballo (que es la más perniciosa arma que
puede ser para entre indios) y hacen tanto estragos y matanzas que asolaron y
despoblaron la mitad de todo aquel reino.
El cuarto reino es el que se
llamó de Xaraguá; éste era como el meollo o médula o como la corte de toda
aquella isla; excedía a la lengua y habla ser más polida; en la policía y
crianza más ordenada y compuesta; en la muchedumbre de la nobleza y generosidad,
porque había muchos y en gran cantidad señores y nobles; y en la lindeza y
hermosura de toda la gente, a todos los otros. El rey y señor dél se llamaba
Behechio; tenía una hermana que se llamaba Anacaona. Estos dos hermanos hicieron
grandes servicios a los reyes de Castilla e inmensos beneficios a los
cristianos, librándolos de muchos peligros de muerte, y después de muerto el rey
Behechio quedó en el reino por señora Anacaona. Aquí llegó una vez el gobernador
que gobernaba esta isla con sesenta de caballo y más trecientos peones, que los
de caballos solos bastaban para asolar a toda la isla y la tierra firme, y
llegáronse más de trescientos señores a su llamado seguros, de los cuales hizo
meter dentro de una casa de paja muy grande los más señores por engaño, e
metidos les mandó poner fuego y los quemaron vivos. A todos los otros alancearon
e metieron a espada con infinita gente, e a la señora Anacaona, por hacerle
honra, ahorcaron. Y acaescía algunos cristianos, o por piedad o por codicia,
tomar algunos niños para ampararlos no los matasen, e poníanlos a las ancas de
los caballos: venía otro español por detrás e pasábalo con su lanza. Otrosí,
estaba el niño en el suelo, le cortaban las piernas con el espada. Alguna gente
que pudo huir desta tan inhumana crueldad, pasáronse a una isla pequeña que está
cerca de allí ocho leguas en la mar, y el dicho gobernador condenó a todos estos
que allí se pasaron que fuesen esclavos, porque huyeron de la carnicería.
El quinto reino se llamaba Higüey e
señoreábalo una reina vieja que se llamó Higuanamá. A ésta ahorcaron; e fueron
infinitas las gentes que yo vide quemar vivas y despedazar e atormentar por
diversas y nuevas maneras de muertes e tormentos y hacer esclavos todos los que
a vida tomaron. Y porque son tantas las particularidades que en estas matanzas e
perdiciones de aquellas gentes ha habido, que en mucha escritura no podrían
caber (porque en verdad que creo que por mucho que dijese no pueda explicar de
mil partes una), sólo quiero en lo de las guerras susodichas concluir con decir
e afirmar que en Dios y en mi conciencia que tengo por cierto que para hacer
todas las injusticias y maldades dichas e las otras que dejo e podría decir, no
dieron más causa los indios ni tuvieron más culpa que podrían dar o tener un
convento de buenos e concertados religiosos para robarlos e matarlos y los que
de la muerte quedasen vivos, ponerlos en perpetuo cautiverio e servidumbre de
esclavos. Y más afirmo, que hasta que todas las muchedumbres de gentes de
aquella isla fueron muertas e asoladas, que pueda yo creer y conjecturar, no
cometieron contra los cristianos un solo pecado mortal que fuese punible por
hombres; y los que solamente son reservados a Dios, como son los deseos de
venganza, odio y rancor que podían tener aquellas gentes contra tan capitales
enemigos como les fueron los cristianos, éstos creo que cayeron en muy pocas
personas de los indios, y eran poco más impetuosos e rigurosos, por la mucha
experiencia que dellos tengo, que de niños o muchachos de diez o doce años. Y sé
por cierta e infalible sciencia que los indios tuvieron siempre justísima guerra
contra los cristianos, e los cristianos una ni ninguna nunca tuvieron justa
contra los indios, antes fueron todas diabólicas e injustísimas e mucho más que
de ningún tirano se puede decir del mundo; e lo mismo afirmo de cuantas han
hecho en todas las Indias.
Después de acabadas las guerras e
muertes en ellas, todos los hombres, quedando comúnmente los mancebos y mujeres
y niños, repartiéronlos entre sí, dando a uno treinta, a otro cuarenta, a otro
ciento y docientos (según la gracia que cada uno alcanzaba con el tirano mayor,
que decían gobernador). Y así repartidos a cada cristiano dábanselos con esta
color: que los enseñase en las cosas de la fe católica, siendo comúnmente todos
ellos idiotas y hombres crueles, avarísimos e viciosos, haciéndoles curas de
ánimas. Y la cura o cuidado que dellos tuvieron fué enviar los hombres a las
minas a sacar oro, que es trabajo intolerable, e las mujeres ponían en las
estancias, que son granjas, a cavar las labranzas y cultivar la tierra, trabajo
para hombres muy fuertes y recios. No daban a los unos ni a las otras de comer
sino yerbas y cosas que no tenían sustancia; secábaseles la leche de las tetas a
las mujeres paridas, e así murieron en breve todas las criaturas. Y por estar
los maridos apartados, que nunca vían a las mujeres, cesó entre ellos la
generación; murieron ellos en las minas, de trabajos y hambre, y ellas en las
estancias o granjas, de lo mesmo, e así se acabaron tanta e tales multitudes de
gentes de aquella isla; e así se pudiera haber acabado todas las del mundo.
Decir las cargas que les echaban de tres y cuatro arrobas, e los llevaban ciento
y doscientas leguas (y los mismos cristianos se hacían llevar en hamacas, que
son como redes, acuestas de los indios), porque siempre usaron dellos como de
bestias para cargar. Tenían mataduras en los hombros y espaldas, de las cargas,
como muy matadas bestias; decir asimismo los azotes, palos, bofetadas, puñadas,
maldiciones e otros mil géneros de tormentos que en los trabajos les daban, en
verdad que en mucho tiempo ni papel no se pudiese decir e que fuese para
espantar los hombres.
Y es de notar que la perdición
destas islas y tierras se comenzaron a perder y destruir desde que allá se supo
la muerte de la serenísima reina doña Isabel, que fué el año de mil e quinientos
e cuatro, porque hasta entonces sólo en esta isla se habían destruído algunas
provincias por guerras injustas, pero no de todo, y éstas por la mayor parte y
cuasi todas se le encubrieron a la Reina. Porque la Reina, que haya santa
gloria, tenía grandísimo cuidado e admirable celo a la salvación y prosperidad
de aquellas gentes, como sabemos los que lo vimos y palpamos con nuestros ojos e
manos los ejemplos desto.
Débese de notar otra regla en esto:
que en todas las partes de las Indias donde han ido y pasado cristianos, siempre
hicieron en los indios todas las crueldades susodichas, e matanzas, e tiranías,
e opresiones abominables en aquellas inocentes gentes; e añadían muchas más e
mayores y más nuevas maneras de tormentos, e más crueles siempre fueron porque
los dejaba Dios más de golpe caer y derrocarse en reprobado juicio o
sentimiento.
DE LAS DOS ISLAS DE SANT JUAN Y JAMAICA
Pasaron a la isla de Sant Juan y a
la de Jamaica (que eran unas huertas y unas colmenas) el año de mil e quinientos
y nueve los españoles, con el fin e propósito que fueron a la Española. Los
cuales hicieron e cometieron los grandes insultos e pecados susodichos, y
añadieron muchas señaladas e grandísimas crueldades más, matando y quemando y
asando y echando a perros bravos, e después oprimiendo y atormentando y vejando
en las minas y en los otros trabajos, hasta consumir y acabar todos aquellos
infelices inocentes: que había en las dichas dos islas más de seiscientas mil
ánimas, y creo que más de un cuento, e no hay hoy en cada una doscientas
personas, todas perecidas sin fe e sin sacramentos.
DE LA ISLA DE CUBA
El año de mil e quinientos y once
pasaron a 1a isla de Cuba, que es como dije tan luenga como de Valladolid a Roma
(donde había grandes provincias de gentes), comenzaron y acabaron de las maneras
susodichas e mucho más y más cruelmente. Aquí acaescieron cosas muy señaladas.
Un cacique e señor muy principal, que por nombre tenia Hatuey, que se había
pasado de la isla Española a Cuba con mucha gente por huir de las calamidades e
inhumanas obras de los cristianos, y estando en aquella isla de Cuba, e dándole
nuevas ciertos indios, que pasaban a ella los cristianos, ayuntó mucha de toda
su gente e díjoles: "Ya sabéis cómo se dice que los cristianos pasan acá, e
tenéis experiencia cuáles han parado a los señores fulano y fulano y fulano; y
aquellas gentes de Haití (que es la Española) lo mesmo vienen a hacer acá. ¿Sabéis quizá por qué lo hacen?" Dijeron: "No; sino porque son de su natura
crueles e malos." Dice él: "No lo hacen por sólo eso, sino porque tienen un dios
a quien ellos adoran e quieren mucho y por haberlo de nosotros para lo adorar,
nos trabajan de sojuzgar e nos matan." Tenía cabe sí una cestilla llena de oro
en joyas y dijo: "Veis aquí el dios de los cristianos; hagámosle si os parece
areítos (que son bailes y danzas) e quizá le agradaremos y les mandará que no
nos hagan mal." Dijeron todos a voces: "¡Bien es, bien es!" Bailáronle delante
hasta que todos se cansaron. Y después dice el señor Hatuey: "Mira, como quiera
que sea, si lo guardamos, para sacárnoslo, al fin nos han de matar; echémoslo en
este río." Todos votaron que así se hiciese, e así lo echaron en un río grande
que allí estaba.
Este cacique y señor anduvo siempre
huyendo de los cristianos desque llegaron a aquella isla de Cuba, como quien los
conoscía, e defendíase cuando los topaba, y al fin lo prendieron. Y sólo porque
huía de gente tan inicua e cruel y se defendía de quien lo quería matar e
oprimir hasta la muerte a sí e toda su gente y generación, lo hubieron vivo de
quemar. Atado a un palo decíale un religioso de San Francisco, sancto varón que
allí estaba, algunas cosas de Dios y de nuestra fee, (el cual nunca las había
jamás oído), lo que podía bastar aquel poquillo tiempo que los verdugos le
daban, y que si quería creer aquello que le decía iría al cielo, donde había
gloria y eterno descanso, e si no, que había de ir al infierno a padecer
perpetuos tormentos y penas. Él, pensando un poco, preguntó al religioso si iban
cristianos al cielo. El religioso le respondió que sí, pero que iban los que
eran buenos. Dijo luego el cacique, sin más pensar, que no quería él ir allá,
sino al infierno, por no estar donde estuviesen y por no ver tan cruel gente.
Esta es la fama y honra que Dios e nuestra fee ha ganado con los cristianos que
han ido a las Indias.
Una vez, saliéndonos a recebir con
mantenimientos y regalos diez leguas de un gran pueblo, y llegados allá, nos
dieron gran cantidad de pescado y pan y comida con todo lo que más pudieron;
súbitamente se les revistió el diablo a los cristianos e meten a cuchillo en mi
presencia (sin motivo ni causa que tuviesen) más de tres mil ánimas que estaban
sentados delante de nosotros, hombres y mujeres e niños. Allí vide tan grandes
crueldades que nunca los vivos tal vieron ni pensaron ver.
Otra vez, desde a pocos días, envié
yo mensajeros, asegurando que no temiesen, a todos los señores de la provincia
de la Habana, porque tenían por oídas de mi crédito, que no se ausentasen, sino
que nos saliesen a recibir, que no se les haría mal ninguno (porque de las
matanzas pasadas estaba toda la tierra asombrada), y esto hice con parecer del
capitán; e llegados a la provincia saliéronnos a recebir veinte e un señores y
caciques, e luego los prendió el capitán, quebrantando el seguro que yo les
había dado, e los quería quemar vivos otro día diciendo que era bien, porque
aquellos señores algún tiempo habían de hacer algún mal. Vídeme en muy gran
trabajo quitarlos de la hoguera, pero al fin se escaparon.
Después de que todos los indios de
la tierra desta isla fueron puestos en la servidumbre e calamidad de los de la
Española, viéndose morir y perecer sin remedio, todos comenzaron a huir a los
montes; otros, a ahorcarse de desesperados, y ahorcábanse maridos e mujeres, e
consigo ahorcaban los hijos; y por las crueldades de un español muy tirano (que
yo conocí) se ahorcaron más de doscientos indios. Pereció desta manera infinita
gente.
Oficial del rey hobo en esta isla
que le dieron de repartimiento trescientos indios e a cabo de tres meses había
muerto en los trabajos de las minas los docientos e setenta, que no le quedaron
de todos sino treinta, que fue el diezmo. Después le dieron otros tantos y más,
e también los mató, e dábanle más y más mataba, hasta que se murió y el diablo
le llevó el alma.
En tres o cuatro meses, estando yo
presente, murieron de hambre, por llevarles los padres y las madres a las minas,
más de siete mil niños. Otras cosas vide espantables.
Después acordaron de ir a montear
los indios que estaban por los montes, donde hicieron estragos admirables, e así
asolaron e despoblaron toda aquella isla, la cual vimos agora poco ha y es una
gran lástima e compasión verla yermada y hecha toda una soledad.
DE LA TIERRA FIRME
El año de mil e quinientos e
catorce pasó a la tierra firme un infelice gobernador, crudelísimo tirano, sin
alguna piedad ni aun prudencia, como un instrumento del furor divino, muy de
propósito para poblar en aquella tierra con mucha gente de españoles. Y aunque
algunos tiranos habían ido a la tierra firme e habían robado y matado y
escandalizado mucha gente, pero había sido a la costa de la mar, salteando y
robando lo que podían; mas éste excedió a todos los otros que antes dél habían
ido, y a los de todas las islas, e sus hechos nefarios a todas las abominaciones
pasadas, no sólo a la costa de la mar, pero grandes tierras y reinos despobló y
mató, echando inmensas gentes que en ellos había a los infiernos. Éste despobló
desde muchas leguas arriba del Darién hasta el reino e provincias de Nicaragua,
inclusive, que son más de quinientas leguas y la mejor y más felice e poblada
tierra que se cree haber en el mundo. Donde había muy muchos grandes señores,
infinitas y grandes poblaciones, grandísimas riquezas de oro; porque hasta aquel
tiempo en ninguna parte había perecido sobre tierra tanto; porque aunque de la
isla Española se había henchido casi España de oro, e de más fino oro, pero
había sido sacado con los indios de las entrañas de la tierra, de las minas
dichas, donde, como se dijo, murieron.
Este gobernador y su gente inventó
nuevas maneras de crueldades y de dar tormentos a los indios, porque
descubriesen y les diesen oro. Capitán hubo suyo que en una entrada que hizo por
mandado dél para robar y extirpar gentes, mató sobre cuarenta mil ánimas, que
vido por sus ojos un religioso de Sanct Francisco, que con él iba, que se llamaba
fray Francisco de San Román, metiéndolos a espada, quemándolos vivos, y
echándolos a perros bravos, y atormentándolos con diversos tormentos.
Y porque la ceguedad perniciosísima
que siempre han tenido hasta hoy los que han regido las Indias en disponer y
ordenar la conversión y salvación de aquellas gentes, la cual siempre han
pospuesto (con verdad se dice esto) en la obra y efecto, puesto que por palabra
hayan mostrado y colorado o disimulado otra cosa, ha llegado a tanta profundidad
que haya imaginado e practicado e mandado que se le hagan a los indios
requerimientos que vengan a la fee, a dar la obediencia a los reyes de Castilla,
si no, que les harán guerra a fuego y a sangre, e los matarán y captivarán, etc.
Como si el hijo de Dios, que murió por cada uno dellos, hobiera en su ley
mandado cuando dijo: Euntes docete omnes gentes, que se hiciesen requerimientos
a los infieles pacíficos e quietos e que tienen sus tierras propias, e si no la
recibiesen luego, sin otra predicación y doctrina, e si no se diesen a sí mesmos
al señorío del rey que nunca oyeron ni vieron, especialmente cuya gente y
mensajeros son tan crueles, tan desapiadados e tan horribles tiranos, perdiesen
por el mesmo caso la hacienda y las tierras, la libertad, las mujeres y hijos
con todas sus vidas, que es cosa absurda y estulta e digna de todo vituperio y
escarnio e infierno.
Así que, como llevase aquel triste
y malaventurado gobernador instrucción que hiciese los dichos requerimientos,
para más justificarlos, siendo ellos de sí mesmos absurdos, irracionables e
injustísimos, mandaba, o los ladrones que enviaba lo hacían cuando acordaban de
ir a saltear e robar algún pueblo de que tenían noticia tener oro, estando los
indios en sus pueblos e casas seguros, íbanse de noche los tristes españoles
salteadores hasta media legua del pueblo, e allí aquella noche entre sí mesmos
apregonaban o leían el dicho requerimiento, deciendo: "Caciques e indios desta
tierra firme de tal pueblo, hacemos os saber que hay un Dios y un Papa y un rey
de Castilla que es señor de estas tierras; venid luego a le dar la obediencia,
etc. Y si no, sabed que os haremos guerra, e mataremos e captivaremos, etc." Y
al cuarto del alba, estando los inocentes durmiendo con sus mujeres e hijos,
daban en el pueblo, poniendo fuego a las casas, que comúnmente eran de paja, e
quemaban vivos los niños e mujeres y muchos de los demás, antes que acordasen;
mataban los que querían, e los que tomaban a vida mataban a tormentos porque
dijesen de otros pueblos de oro, o de más oro de lo que allí hallaban, e los que
restaban herrábanlos por esclavos; iban después, acabado o apagado el fuego, a
buscar el oro que había en las casas. Desta manera y en estas obras se ocupó
aquel hombre perdido, con todos los malos cristianos que llevó, desde el año de
catorce hasta el año de veinte y uno o veinte y dos, enviando en aquellas
entradas cinco e seis y más criados, por los cuales le daban tantas partes
(allende de la que le cabía por capitán general) de todo el oro y perlas e joyas
que robaban e de los esclavos que hacían. Lo mesmo hacían los oficiales del rey,
enviando cada uno los más mozos o criados que podía, y el obispo primero de
aquel reino enviaba también sus criados, por tener su parte en aquella
granjería. Más oro robaron en aquel tiempo que aquel reino (a lo que yo puedo
juzgar), de un millón de castellanos, y creo que me acorto, e no se hallará que
enviaron al rey sino tres mil castellanos de todo aquello robado; y más gentes
destruyeron de ochocientas mil ánimas. Los otros tiranos gobernadores que allí
sucedieron hasta el año de treinta y tres, mataron e consintieron matar, con la
tiránica servidumbre que a las guerras sucedió los que restaban.
Entre infinitas maldades que éste
hizo e consintió hacer el tiempo que gobernó fué que, dándole un cacique o
señor, de su voluntad o por miedo (como más es verdad), nueve mil castellanos,
no contentos con esto prendieron al dicho señor e átanlo a un palo sentado en el
suelo, y extendidos los pies pónenle fuego a ellos porque diese más oro, y él
envió a su casa e trajeron otros tres mil castellanos; tórnanle a dar tormentos,
y él, no dando más oro porque no lo tenía, o porque no lo quería dar, tuviéronle
de aquella manera hasta que los tuétanos le saltaron por las plantas e así
murió. Y destos fueron infinitas veces las que a señores mataron y atormentaron
por sacarles oro.
Otra vez, yendo a saltear cierta
capitanía de españoles, llegaron a un monte donde estaba recogida y escondida,
por huir de tan pestilenciales e horribles obras de los cristianos, mucha gente,
y dando de súbito sobre ella tomaron setenta o ochenta doncellas e mujeres,
muertos muchos que pudieron matar. Otro día juntáronse muchos indios e iban tras
los cristianos peleando por el ansia de sus mujeres e hijas; e viéndose los
cristianos apretados, no quisieron soltar la cabalgada, sino meten las espadas
por las barrigas de las muchachas e mujeres y no dejaron, de todas ochenta, una
viva. Los indios, que se les rasgaban las entrañas del dolor, daban gritos y
decían: "¡Oh, malos hombres, crueles cristianos!, ¿a las iras matáis?" Ira
llaman en aquella tierra a las mujeres, cuasi diciendo: matar las mujeres señal
es de abominables e crueles hombres bestiales.
A diez o quince leguas de Panamá
estaba un gran señor que se llamaba Paris, e muy rico en oro; fueron allá los
cristianos e rescibiólos como si fueran hermanos suyos e presentó al capitán
cincuenta mil castellanos de su voluntad. El capitán y los cristianos
parescióles que quien daba aquella cantidad de su gracia que debía tener mucho
tesoro (que era el fin e consuelo de sus trabajos); disimularon e dicen que
quieren partir; e tornan al cuarto de alba e dan sobre seguro en el pueblo,
quémanlo con fuego que pusieron, mataron y quemaron mucha gente, e robaron
cincuenta o sesenta mil castellanos otros; y el cacique o señor escapóse, que no
le mataron o prendieron. Juntó presto la más gente que pudo e a cabo de dos o
tres días alcanzó los cristianos que llevaban sus ciento y treinta o cuarenta
mil castellanos, e da en ellos varonilmente, e mata cincuenta cristianos, e
tómales todo el oro, escapándose los otros huyendo e bien heridos. Después
tornan muchos cristianos sobre el dicho cacique y asoláronlo a él y a infinita
de su gente, e los demás pusieron e mataron en la ordinaria servidumbre. Por
manera que no hay hoy vestigio ni señal de que haya habido allí pueblo ni hombre
nacido, teniendo treinta leguas llenas de gente de señorío. Destas no tienen
cuento las matanzas y perdiciones que aquel mísero hombre con su compañía en
aquellos reinos (que despobló) hizo.
DE LA PROVINCIA DE NICARAGUA
El año de mil e quinientos y veinte
y dos o veinte y tres pasó este tirano a sojuzgar la felicísima provincia de
Nicaragua, el cual entró en ella en triste hora. Desta provincia ¿quién podrá
encarecer la felicidad, sanidad, amenidad y prosperidad e frecuencia y
población de gente suya? Era cosa verdaderamente de admiración ver cuán poblada
de pueblos, que cuasi duraban tres y cuatro leguas en luengo, llenos de
admirables frutales que causaba ser inmensa la gente. A estas gentes (porque era
la tierra llana y rasa, que no podían esconderse en los montes, y deleitosa, que
con mucha angustia e dificultad, osaban dejarla, por lo cual sufrían e sufrieron
grandes persecuciones, y cuanto les era posible toleraban las tiranías y
servidumbre de los cristianos, e porque de su natura era gente muy mansa e
pacífica) hízoles aquel tirano, con sus tiranos compañeros que fueron con él
(todos los que a todo el otro reino le habían ayudado a destruir), tantos daños,
tantas matanzas, tantas crueldades, tantos captiverios e sinjusticias, que no
podría lengua humana decirlo. Enviaba cincuenta de caballo e hacía alancear toda
una provincia mayor que el condado de Rusellón, que no dejaba hombre, ni mujer,
ni viejo, ni niño a vida, por muy liviana cosa: así como porque no venían tan
presto a su llamada o no le traían tantas cargas de maíz, que es el trigo de
allá, o tantos indios para que sirviesen a él o a otro de los de su compañía;
porque como era la tierra llana no podía huir de los caballos ninguno, ni de su
ira infernal.
Enviaba españoles a hacer entradas,
que es ir a saltear indios a otras provincias, e dejaba llevar a los salteadores
cuantos indios querían de los pueblos pacíficos e que les servían. Los cuales
echaban en cadenas porque no les dejasen las cargas de tres arrobas que les
echaban a cuestas. Y acaesció vez, de muchas que esto hizo, que de cuatro mil
indios no volvieron seis vivos a sus casas, que todos los dejaban muertos por
los caminos. E cuando algunos cansaban y se despeaban de las grandes cargas y
enfermaban de hambre e trabajo y flaqueza, por no desensartarlos de las cadenas
les cortaban por la collera la cabeza e caía la cabeza a un cabo y el cuerpo a
otro. Véase qué sentirían los otros. E así, cuando se ordenaban semejantes
romerías, como tenían experiencia los indios de que ninguno volvía, cuando
salían iban llorando e suspirando los indios y diciendo: "Aquellos son los
caminos por donde íbamos a servir a los cristianos y, aunque trabajábamos mucho,
en fin volvíamonos a cabo de algún tiempo a nuestras casas e a nuestras mujeres
e hijos; pero agora vamos sin esperanza de nunca jamás volver ni verlos ni de
tener más vida."
Una vez, porque quiso hacer nuevo
repartimiento de los indios, porque se le antojó (e aun dicen que por quitar los
indios a quien no quería bien e dallos a quien le parescía) fue causa que los
indios no sembrasen una sementera, e como no hubo para los cristianos, tomaron a
los indios cuanto maíz tenían para mantener a sí e a sus hijos, por lo cual
murieron de hambre más de veinte o treinta mil ánimas e acaesció mujer matar su
hijo para comerlo de hambre.
Como los pueblos que tenían eran
todos una muy graciosa huerta cada uno, como se dijo, aposentáronse en ellos los
cristianos, cada uno en el pueblo que le repartían (o, como dicen ellos, le
encomendaban), y hacía en él sus labranzas, manteniéndose de las comidas pobres
de los indios, e así les tomaron sus particulares tierras y heredades de que se
mantenían. Por manera que tenían los españoles dentro de sus mesmas casas todos
los indios señores viejos, mujeres e niños, e a todos hacen que les sirvan
noches y días, sin holganza; hasta los niños, cuan presto pueden tenerse en los
pies, los ocupaban en lo que cada uno puede hacer e más de lo que puede, y así
los han consumido y consumen hoy los pocos que han restado, no teniendo ni
dejándoles tener casa ni cosa propia; en lo cual aun exceden a las injusticias
en este género que en la Española se hacían.
Han fatigado, e opreso, e sido
causa de su acelerada muerte de muchas gentes en esta provincia, haciéndoles
llevar la tablazón e madera, de treinta leguas al puerto, para hacer navíos, y
enviarlos a buscar miel y cera por los montes, donde los comen los tigres; y han
cargado e cargan hoy las mujeres preñadas y paridas como a bestias.
La pestilencia más horrible que
principalmente ha asolado aquella provincia, ha sido la licencia que aquel
gobernador dio a los españoles para pedir esclavos a los caciques y señores de
los pueblos. Pedía cuatro o cinco meses, o cada vez que cada uno alcanzaba la
gracia o licencia del dicho gobernador, al cacique, cincuenta esclavos, con
amenazas que si no los daban lo habían de quemar vivo o echar a los perros
bravos. Como los indios comúnmente no tienen esclavos, cuando mucho un cacique
tiene dos, o tres, o cuatro, iban los señores por su pueblo e tomaban lo primero
todos los huérfanos, e después pedía a quien tenía dos hijos uno, e a quien
tres, dos; e desta manera cumplía el cacique el número que el tirano le pedía,
con grandes alaridos y llantos del pueblo, porque son las gentes que más parece
que aman a sus hijos. Como esto se hacía tantas veces, asolaron desde el año de
veinte y tres hasta el año de treinta y tres todo aquel reino, porque anduvieron
seis o siete años de cinco o seis navíos al tracto, llevando todas aquellas
muchedumbres de indios a vender por esclavos a Panamá e al Perú, donde todos son
muertos, porque es averiguado y experimentado millares de veces que, sacando los
indios de sus tierras naturales, luego mueren más fácilmente. Porque siempre no
les dan de comer e no les quitan nada de los trabajos, como no los vendan ni los
otros los compren sino para trabajar. Desta manera han sacado de aquella
provincia indios hechos esclavos, siendo tan libres como yo, más de quinientas
mil ánimas. Por las guerras infernales que los españoles les han hecho e por el
captiverio horrible en que los pusieron, más han muerto de otras quinientas y
seiscientas mil personas hasta hoy, e hoy los matan. En obra de catorce años
todos estos estragos se han hecho. Habrá hoy en toda la dicha provincia de
Nicaragua obra de cuatro mil o cinco mil personas, las cuales matan cada día con
los servicios y opresiones cotidianas e personales, siendo (como se dijo) una de
las más pobladas del mundo.
DE LA NUEVA ESPAÑA
En el año de mil e quinientos y
diez y siete se descubrió la Nueva España8, y en el descubrimiento se hicieron
grandes escándalos en los indios y algunas muertes por los que la descubrieron.
En el año de mil e quinientos e diez y ocho la fueron a robar e a matar los que
se llaman cristianos, aunque ellos dicen que van a poblar. Y desde este año de
diez y ocho hasta el día de hoy, que estamos en el año de mil e quinientos y
cuarenta e dos, ha rebosado y llegado a su colmo toda la iniquidad, toda la
injusticia, toda la violencia y tiranía que los cristianos han hecho en las
Indias, porque del todo han perdido todo temor a Dios y al rey e se han olvidado
de sí mesmos. Porque son tantos y tales los estragos e crueldades, matanzas e
destruiciones, despoblaciones, robos, violencias e tiranías, y en tantos y tales
reinos de la gran tierra firme, que todas las cosas que hemos dicho son nada en
comparación de las que se hicieron; pero aunque las dijéramos todas, que son
infinitas las que dejamos de decir, no son comparables ni en número ni en
gravedad a las que desde el dicho año de mil e quinientos y cuarenta y dos, e
hoy, en este día del mes de septiembre, se hacen e cometen las más graves e
abominables. Porque sea verdad la regla que arriba pusimos, que siempre desde el
principio han ido cresciendo en mayores desafueros y obras infernales.
Así que, desde la entrada de la
Nueva España, que fué a dieciocho de abril del dicho año de dieciocho, hasta el
año de treinta, que fueron doce años enteros, duraron las matanzas y estragos
que las sangrientas e crueles manos y espadas de los españoles hicieron
continuamente en cuatrocientas e cincuenta leguas en torno cuasi de la ciudad de
Méjico e a su alrededor, donde cabían cuatro y cinco grandes reinos, tan grandes
e harto más felices que España. Estas tierras todas eran las más pobladas e
llenas de gentes que Toledo e Sevilla, y Valladolid, y Zaragoza juntamente con
Barcelona, porque no hay ni hubo jamás tanta población en estas ciudades, cuando
más pobladas estuvieron, que Dios puso e que había en todas las dichas leguas,
que para andarlas en torno se han de andar más de mil e ochocientas leguas. Más
han muerto los españoles dentro de los doce años dichos en las dichas
cuatrocientas y cincuenta leguas, a cuchillo y a lanzadas y quemándolos vivos,
mujeres e niños, y mozos, y viejos, de cuatro cuentos de ánimas, mientras que
duraron (como dicho es) lo que ellos llaman conquistas, siendo invasiones
violentas de crueles tiranos, condenadas no sólo por la ley de Dios, pero por
todas las leyes humanas, como lo son e muy peores que las que hace el turco para
destruir la iglesia cristiana. Y esto sin los que han muerto e matan cada día en
la susodicha tiránica servidumbre, vejaciones y opresiones cotidianas.
Particularmente, no podrá bastar
lengua ni noticia e industria humana a referir los hechos espantables que en
distintas parte, e juntos en un tiempo en unas, e varios en varias, por aquellos
huestes públicos y capitales enemigos del linaje humano, se han hecho dentro de
aquel dicho circuito, e aun algunos hechos según las circunstancias e calidades
que los agravian, en verdad que cumplidamente apenas con mucha diligencia e
tiempo y escriptura no se pueda explicar. Pero alguna cosa de algunas partes
diré con protestación e juramento de que no pienso que explicaré una de mil
partes.
Entre otras matanzas hicieron ésta
en una ciudad grande, de más de treinta mil vecinos, que se llama Cholula: que
saliendo a recibir todos los señores de la tierra e comarca, e primero todos los
sacerdotes con el sacerdote mayor a los cristianos en procesión y con grande
acatamiento e reverencia, y llevándolos en medio a aposentar a la ciudad, y a
las casas de aposentos del señor o señores della principales, acordaron los
españoles de hacer allí una matanza o castigo (como ellos dicen) para poner y
sembrar su temor e braveza en todos los rincones de aquellas tierras. Porque
siempre fué esta su determinación en todas las tierras que los españoles han
entrado, conviene a saber: hacer una cruel e señalada matanza porque tiemblen
dellos aquellas ovejas mansas.
Así que enviaron para esto primero
a llamar todos los señores e nobles de la ciudad e de todos los lugares a ella
subjectos, con el señor principal, e así como venían y entraban a hablar al
capitán de los españoles, luego eran presos sin que nadie los sintiese, que
pudiese llevar las nuevas. Habíanles pedido cinco o seis mil indios que les
llevasen las cargas; vinieron todos luego e métenlos en el patio de las casas.
Ver a estos indios cuando se aparejan para llevar las cargas de los españoles es
haber dellos una gran compasión y lástima, porque vienen desnudos, en cueros,
solamente cubiertas sus vergüenzas e con unas redecillas en el hombro con su
pobre comida; pónense todos en cuclillas, como unos corderos muy mansos. Todos
ayuntados e juntos en el patio con otras gentes que a vueltas estaban, pónense a
las puertas del patio españoles armados que guardasen y todos los demás echan
mano a sus espadas y meten a espada y a lanzadas todas aquellas ovejas, que uno
ni ninguno pudo escaparse que no fuese trucidado9. A cabo de dos o tres días
saltan muchos indios vivos, llenos de sangre, que se habían escondido e amparado
debajo de los muertos (como eran tantos); iban llorando ante los españoles
pidiendo misericordia, que no los matasen. De los cuales ninguna misericordia ni
compasión hubieron, antes así como salían los hacían pedazos.
A todos los señores, que eran más
de ciento y que tenían atados, mandó el capitán quemar e sacar vivos en palos
hincados en la sierra. Pero un señor, e quizá era el principal y rey de aquella
tierra, pudo soltarse e recogióse con otros veinte o treinta o cuarenta hombres
al templo grande que allí tenían, el cual era como fortaleza que llamaban Duu, e
allí se defendió gran rato del día. Pero los españoles, a quien no se les ampara
nada, mayormente en estas gentes desarmadas, pusieron fuego al templo e allí los
quemaron dando voces: "¡Oh, malos hombres! ¿Qué os hemos hecho?, ¿porqué nos
matáis? ¡Andad, que a Méjico iréis, donde nuestro universal señor Motenzuma de
vosotros nos hará venganza!" Dícese que estando metiendo a espada los cinco o
seis mil hombres en el patio, estaba cantando el capitán de los españoles: "Mira
Nero de Tarpeya a Roma cómo se ardía; gritos dan niños y viejos, y él de nada se
dolía."
Otra gran matanza hicieron en la
ciudad de Tepeaca, que era mucho mayor e de más vecinos y gente que la dicha,
donde mataron a espada infinita gente, con grandes particularidades de crueldad.
De Cholula caminaron hacia Méjico,
y enviándoles el gran rey Motenzuma millares de presentes, e señores y gentes, e
fiestas al camino, e a la entrada de la calzada de Méjico, que es a dos leguas,
envióles a su mesmo hermano acompañado de muchos grandes señores e grandes
presentes de oro y plata e ropas; y a la entrada de la ciudad, saliendo él mesmo
en persona en unas andas de oro con toda su gran corte a recebirlos, y
acompañándolos hasta los palacios en que los había mandado aposentar, aquel
mismo día, según me dijeron algunos de los que allí se hallaron, con cierta
disimulación, estando seguro, prendieron al gran rey Motenzuma y pusieron
ochenta hombres que le guardasen, e después echáronlo en grillos.
Pero dejado todo esto, en que había
grandes y muchas cosas que contar, sólo quiero decir una señalada que allí
aquellos tiranos hicieron. Yéndose el capitán de los españoles al puerto de la
mar a prender a otro cierto capitán que venía contra él, y dejado cierto
capitán, creo que con ciento pocos más hombres que guardasen al rey Motenzuma,
acordaron aquellos españoles de cometer otra cosa señalada, para acrecentar su
miedo en toda la tierra; industria (como dije) de que muchas veces han usado.
Los indios y gente e señores de toda la ciudad y corte de Motenzuma no se
ocupaban en otra cosa sino en dar placer a su señor preso. Y entre otras fiestas
que le hacían era en las tardes hacer por todos los barrios e plazas de la
ciudad los bailes y danzas que acostumbran y que llaman ellos mitotes, como en
las islas llaman areítos, donde sacan todas sus galas e riquezas, y con ellas se
emplean todos, porque es la principal manera de regocijo y fiestas; y los más
nobles y caballeros y de sangre real, según sus grados, hacían sus bailes e
fiestas más cercanas a las casas donde estaba preso su señor. En la más
propincua parte a los dichos palacios estaban sobre dos mil hijos de señores,
que era toda la flor y nata de la nobleza de todo el imperio de Motenzuma. A
éstos fue el capitán de los españoles con una cuadrilla dellos, y envió otras
cuadrillas a todas las otras partes de la ciudad donde hacían las dichas
fiestas, disimulados como que iban a verlas, e mandó que a cierta hora todos
diesen en ellos. Fué él, y estado embebidos y seguros en sus bailes, dicen
"¡Santiago y a ellos!" e comienzan con las espadas desnudas a abrir aquellos
cuerpos desnudos y delicados e a derramar aquella generosa sangre, que uno no
dejaron a vida; lo mesmo hicieron los otros en las otras plazas.
Fué una cosa esta que a todos
aquellos reinos y gentes puso en pasmo y angustia y luto, e hinchó de amargura y
dolor, y de aquí a que se acabe el mundo, o ellos del todo se acaben, no dejarán
de lamentar y cantar en sus areítos y bailes, como en romances (que acá
decimos), aquella calamidad e pérdida de la sucesión de toda su nobleza, de que
se preciaban de tantos años atrás.
Vista por los indios cosa tan
injusta e crueldad tan nunca vista, en tantos inocentes sin culpa perpetrada,
los que habían sufrido con tolerancia la prisión no menos injusta de su
universal señor, porque él mesmo se lo mandaba que no acometiesen ni guerreasen
a los cristianos, entonces pónense en armas toda la ciudad y vienen sobre ellos,
y heridos muchos de los españoles apenas se pudieron escapar. Ponen un puñal a
los pechos al preso Motenzuma que se pusiese a los corredores y mandase que los
indios no combatiesen la casa, sino que se pusiesen en paz. Ellos no curaron
entonces de obedecerle en nada, antes platicaban de elegir otro señor y capitán
que guiase sus batallas; y porque ya volvía el capitán, que había ido al puerto,
con victoria, y traía muchos más cristianos y venía cerca, cesaron el combate
obra de tres o cuatro días, hasta que entró en la ciudad. Él entrado, ayuntaba
infinita gente de toda la tierra, combaten a todos juntos de tal manera y tantos
días, que temiendo todos morir acordaron una noche salir de la ciudad10. Sabido
por los indios mataron gran cantidad de cristianos en los puentes de la laguna,
con justísima y sancta guerra, por las causas justísimas que tuvieron, como
dicho es. Las cuales, cualquiera que fuere hombre razonable y justo, las
justificara. Suscedió después el combate de la ciudad, reformados los
cristianos, donde hicieron estragos en los indios admirables y extraños, matando
infinitas gentes y quemando vivos muchos y grandes señores.
Después de las tiranías grandísimas
y abominables que éstos hicieron en la ciudad de Méjico y en las ciudades y
tierra mucha (que por aquellos alrededores diez y quince y veinte leguas de
Méjico, donde fueron muertas infinitas gentes), pasó adelante esta su tiránica
pestilencia y fué a cundir e inficionar y asolar a la provincia de Pánuco, que
era una cosa admirable la multitud de las gentes que tenía y los estragos y
matanzas que allí hicieron. Después destruyeron por la mesma manera la provincia
de Tututepeque y después la provincia de Ipilcingo, y después la de Colima, que
cada una es más tierra que el reino de León y que el de Castilla. Contar los
estragos y muertes y crueldades que en cada una hicieron sería sin duda cosa
dificilísima y imposible de decir, e trabajosa de escuchar.
Es aquí de notar que el título con
que entraban e por el cual comenzaban a destruir todos aquellos inocentes y
despoblar aquellas tierras que tanta alegría y gozo debieran de causar a los que
fueran verdaderos cristianos, con su tan grande e infinita población, era decir
que viniesen a subjectarse e obedecer al rey de España, donde no, que los había
de matar e hacer esclavos. Y los que no venían tan presto a cumplir tan
irracionables y estultos mensajes e a ponerse en las manos de tan inicuos e
crueles y bestiales hombres, llamábanles rebeldes y alzados contra el servicio
de Su Majestad. Y así lo escrebían acá al rey nuestro señor e la ceguedad de los
que regían las Indias no alcanzaba ni entendía aquello que en sus leyes está
expreso e más claro que otro de sus primeros principios, conviene a saber: que
ninguno es ni puede ser llamado rebelde si primero no es súbdito.
Considérese por los cristianos e
que saben algo de Dios e de razón, e aun de las leyes humanas, qué tales pueden
parar los corazones de cualquiera gente que vive en sus tierras segura e no sabe
que deba nada a nadie, e que tiene sus naturales señores, las nuevas que les
dijesen así de súpito: daos a obedescer a un rey estraño, que nunca vistes ni
oístes, e si no, sabed que luego os hemos de hacer pedazos; especialmente viendo
por experiencia que así luego lo hacen. Y lo que más espantable es, que a los
que de hecho obedecen ponen en aspérrima servidumbre, donde son increíbles
trabajos e tormentos más largos y que duran más que los que les dan metiéndolos
a espada, al cabo perecen ellos e sus mujeres y hijos e toda su generación. E ya
que con los dichos temores y amenazas aquellas gentes o otras cualesquiera en el
mundo vengan a obedecer e reconoscer el señorío de rey extraño, no veen los
ciegos e turbados de ambición e diabólica cudicia que no por eso adquieren una
punta de derecho como verdaderamente sean temores y miedos, aquellos cadentes
inconstantísimos viros, que de derecho natural e humano y divino es todo aire
cuanto se hace para que valga, si no es el reatu e obligación que les queda a
los fuegos infernales, e aun a las ofensas y daños que hacen a los reyes de
Castilla destruyéndoles aquellos sus reinos e aniquilándole (en cuanto en ellos
es) todo el derecho que tienen a todas las Indias; y estos son e no otros los
servicios que los españoles han hecho a los dichos señores reyes en aquellas
tierras, e hoy hacen.
Con este tan justo y aprobado
título envió aqueste capitán tirano otros dos tiranos capitanes muy más crueles
e feroces, peores e de menos piedad e misericordia que él, a los grandes y
florentísimos e felicísimos reinos, de gentes plenísimamente llenos e poblados,
conviene a saber, el reino de Guatimala, que está a la mar del Sur, y el otro de
Naco y Honduras o Guaimura, que está a la mar del Norte, frontero el uno del
otro e que confinaban e partían términos ambos a dos, trecientas leguas de
Méjico. El uno despachó por la tierra y el otro en navíos por la mar, con mucha
gente de caballo y de pie cada uno.
Digo verdad que de lo que ambos
hicieron en mal, y señaladamente del que fué al reino de Guatimala, porque el
otro presto mala muerte murió, que podría expresar e collegir tantas maldades,
tantos estragos, tantas muertes, tantas despoblaciones, tantas y tan fieras
injusticias que espantasen los siglos presentes y venideros e hinchese dellas un
gran libro. Porque éste excedió a todos los pasados y presentes, así en la
cantidad e número de las abominaciones que hizo, como de las gentes que destruyó
e tierras que hizo desiertas, porque todas fueron infinitas.
El que fué por la mar y en navíos
hizo grandes robos y escándalos y aventamientos de gentes en los pueblos de la
costa, saliéndole a rescibir algunos con presentes en el reino de Yucatán, que
está en el camino del reino susodicho de Naco y Guaimura, donde iba. Después de
llegado a ellos envió capitanes y mucha gente por toda aquella tierra que
robaban y mataban y destruían cuantos pueblos y gentes había. Y especialmente
uno que se alzó con trecientos hombres y se metió la tierra adentro hacia
Guatimala, fué destruyendo y quemando cuantos pueblos hallaba y robando y
matando las gentes dellos. Y fué haciendo esto de industria más de ciento y
veinte leguas, porque si enviasen tras él hallasen los que fuesen la tierra
despoblada y alzada y los matasen los indios en venganza de los daños y
destruiciones que dejaban fechos. Desde a pocos días mataron al capitán
principal que le envió y a quien éste se alzó, y después suscedieron otros
muchos tiranos crudelísimos que con matanzas e crueldades espantosas y con hacer
esclavos e venderlos a los navíos que les traían vino e vestidos y otras cosas;
e con la tiránica servidumbre ordinaria, desde el año de mil y quinientos e
veinte y cuatro hasta el año de mil e quinientos e treinta y cinco asolaron
aquellas provincias e reino de Naco y Honduras, que verdaderamente parescían un
paraíso de deleites y estaban más pobladas que la más frecuentada y poblada
tierra que puede ser en el mundo; y agora pasamos e venimos por ellas y las
vimos tan despobladas y destruídas que cualquiera persona, por dura que fuera,
se le abrieran las entrañas de dolor. Más han muerto, en estos once años, de dos
cuentos de ánimas y no han dejado, en más de cient leguas en cuadra, dos mil
personas, y éstas cada día las matan en la dicha servidumbre.
Volviendo la péndola11 a hablar del
grande tirano capitán que fué a los reinos de Guatimala, el cual, como está
dicho, excedió a todos los pasados e iguala con todos los que hoy hay, desde las
provincias comarcanas a Méjico, que por el camino que él fué (según él mesmo
escribió en una carta al principal que le envió) están del reino de Guatimala
cuatrocientas leguas, fué haciendo matanzas y robos, quemando y robando e
destruyendo donde llegaba toda la tierra con el título susodicho, conviene a
saber, diciéndoles que se sujetasen a ellos, hombres tan inhumanos, injustos y
crueles, en nombre del rey de España, incógnito e nunca jamás dellos oído. El
cual estimaban ser muy más injusto e cruel que ellos; e aun sin dejarlos
deliberar, cuasi tan presto como el mensaje, llegaban matando y quemando sobre
ellos.
DE LA PROVINCIA E REINO DE GUATIMALA
Llegado al dicho reino hizo en la
entrada dél mucha matanza de gente; y no obstante esto, salióle a rescebir en
unas andas e con trompetas y atabales e muchas fiestas el señor principal con
otros muchos señores de la ciudad de Altatlán, cabeza de todo el reino, donde le
sirvieron de todo lo que tenían, en especial dándoles de comer cumplidamente e
todo lo que más pudieron. Aposentáronse fuera de la ciudad los españoles aquella
noche, porque les paresció que era fuerte y que dentro pudieran tener peligro. Y
otro día llama al señor principal e otros muchos señores, e venidos como mansas
ovejas, préndelos todos e dice que le den tantas cargas de oro. Responden que no
lo tienen, porque aquella tierra no es de oro. Mándalos luego quemar vivos, sin
otra culpa ni otro proceso ni sentencia.
Desque vieron los señores de todas
aquellas provincias que habían quemado aquellos señor y señores supremos, no más
de porque no daban oro, huyeron todos de sus pueblos metiéndose en los montes, e
mandaron a toda su gente que fuesen a los españoles y les sirviesen como a
señores, pero que no les descubriesen diciéndoles dónde estaban. Viénense toda
la gente de la tierra a decir que querían ser suyos e servirles como a señores.
Respondía este piadoso capitán que no los querían rescebir, antes los habían de
matar a todos si no descubrían dónde estaban los señores. Decían los indios que
ellos no sabían dellos, que se sirviesen dellos y de sus mujeres e hijos y que
en sus casas los hallarían; allí los podían matar o hacer dellos lo que
quisiesen; y esto dijeron y ofrescieron e hicieron los indios muchas veces. Y
cosa fué esta maravillosa, que iban los españoles a los pueblos donde hallaban
las pobres gentes trabajando en sus oficios con sus mujeres y hijos seguros e
allí los alanceaban e hacían pedazos. Y a pueblo muy grande e poderoso vinieron
(que estaban descuidados más que otros e seguros con su inocencia) y entraron
los españoles y en obra de dos horas casi lo asolaron, metiendo a espada los
niños e mujeres e viejos con cuantos matar pudieron que huyendo no se escaparon.
Desque los indios vieron que con
tanta humildad, ofertas, paciencia y sufrimiento no podían quebrantar ni
ablandar corazones tan inhumanos e bestiales, e que tan sin apariencia ni color
de razón, e tan contra ella los hacían pedazos; viendo que así como así habían
de morir, acordaron de convocarse e juntarse todos y morir en la guerra,
vengándose como pudiesen de tan crueles e infernales enemigos, puesto que bien
sabían que siendo no sólo inermes, pero desnudos, a pie y flacos, contra gente
tan feroz a caballo e tan armada, no podían prevalecer, sino a1 cabo ser
destruídos. Entonces inventaron unos hoyos en medio de los caminos donde cayesen
los caballos y se hincasen por las tripas unas estacas agudas y tostadas de que
estaban los hoyos llenos, cubiertos por encima de céspedes e yerbas que no
parecía que hubiese nada. Una o dos veces cayeron caballos en ellos no más,
porque los españoles se supieron dellos guardar, pero para vengarse hicieron ley
los españoles que todos cuantos indios de todo género y edad tomasen a vida,
echasen dentro en los hoyos. Y así las mujeres preñadas e paridas e niños y
viejos e cuantos podían tomar echaban en los hoyos hasta que los henchían,
traspasados por las estacas, que era una gran lástima ver, especialmente las
mujeres con sus niños. Todos los demás mataban a lanzadas y a cuchilladas,
echábanlos a perros bravos que los despedazaban e comían, e cuando algún señor
topaban, por honra quemábanlo en vivas llamas. Estuvieron en estas carnicerías
tan inhumanas cerca de siete años, desde el año de veinte y cuatro hasta el año
de treinta o treinta y uno: júzguese aquí cuánto sería el número de la gente que
consumirían.
De infinitas obras horribles que en
este reino hizo este infelice malaventurado tirano e sus hermanos (porque eran
sus capitanes no menos infelices e insensibles que él, con los demás que le
ayudaban) fué una harto notable: que fué a la provincia de Cuzcatán, donde agora
o cerca de allí es la villa de Sant Salvador, que es una tierra felicísima con
toda la costa de la mar del Sur, que dura cuarenta y cincuenta leguas, y en la
ciudad de Cuzcatán, que era la cabeza de la provincia, le hicieron grandísimo
rescebimiento sobre veinte o treinta mil indios le estaban esperando cargados de
gallinas e comida. Llegado y rescebido el presente mandó que cada español tomase
de aquel gran número de gente todos los indios que quisiese, para los días que
allí estuviesen servirse dellos e que tuviesen cargo de traerles lo que hubiesen
menester. Cada uno tomó ciento o cincuenta o los que le parescía que bastaban
para ser muy bien servido, y los inocentes corderos sufrieron la división e
servían con todas sus fuerzas, que no faltaba sino adorarlos.
Entre tanto este capitán pidió a
los señores que le trujesen mucho oro, porque a aquello principalmente venían.
Los indios responden que les place darles todo el oro que tienen, e ayuntan muy
gran cantidad de hachas de cobre (que tienen, con que se sirven), dorado, que
parece oro porque tiene alguno. Mándales poner el toque, y desque vido que eran
cobre dijo a los españoles: “Dad al diablo tal tierra; vámonos, pues que no
hay oro; e cada uno los indios que tiene que le sirven échelos en cadena e
mandaré herrárselos por esclavos”. Hácenlo así e hiérranlos con el hierro del
rey por esclavos a todos los que pudieron atar, e yo vide el hijo del señor
principal de aquella ciudad herrado.
Vista por los indios que se
soltaron y los demás de toda la tierra tan gran maldad, comienzan a juntarse e a
ponerse en armas. Los españoles hacen en ellos grandes estragos y matanzas e
tórnanse a Guatimala, donde edificaron una ciudad que agora con justo juicio,
con tres diluvios juntamente, uno de agua e otro de tierra e otro de piedras más
gruesas que diez y veinte bueyes, destruyó la justicia divinal. Donde muertos
todos los señores e los hombres que podían hacer guerra, pusieron todos los
demás en la sobredicha infernal servidumbre, e con pedirles esclavos de tributo
y dándoles los hijos e hijas, porque otros esclavos no los tienen, y ellos
enviando navíos cargados dellos a vender al Perú, e con otras matanzas y
estragos que sin los dichos hicieron, han destruído y asolado un reino de cient
leguas en cuadra y más, de los más felices en fertilidad e población que puede
ser en el mundo. Y este tirano mesmo escribió que era más poblado que el reino
de Méjico e dijo verdad: más ha muerto él y sus hermanos, con los demás, de
cuatro y de cinco cuentos de ánimas en quince o dieciséis años, desde el año de
veinte y cuatro hasta el de cuarenta, e hoy matan y destruyen los que quedan, e
así matarán los demás.
Tenía éste esta costumbre: que
cuando iba a hacer guerra a algunos pueblos o provincias, llevaba de los ya
sojuzgados indios cuantos podía que hiciesen guerra a los otros; e como no les
daba de comer a diez y a veinte mil hombres que llevaba, consentíales que
comiesen a los indios que tomaban. Y así había en su real solemnísima carnecería
de carne humana, donde en su presencia se mataban los niños y se asaban, y
mataban el hombre por solas las manos y pies, que tenían por los mejores
bocados. Y con estas inhumanidades, oyéndolas todas las otras gentes de las otras
tierras, no sabían dónde se meter de espanto.
Mató infinitas gentes con hacer
navíos; llevaba de la mar del Norte a la del Sur, ciento y treinta leguas, los
indios cargados con anclas de tres y cuatro quintales, que se les metían las
uñas dellas por las espaldas y lomos; y llevó desta manera mucha artillería en
los hombros de los tristres desnudos: e yo vide muchos cargados de artillería
por los caminos, angustiados. Descasaba y robaba los casados, tomándoles las
mujeres y las hijas, y dábalas a los marineros y soldados por tenerlos contentos
para llevarlos en sus armadas; henchía los navíos de indios, donde todos
perecían de sed y hambre. Y es verdad que si hobiese de decir, en particular,
sus crueldades, hiciesen un gran libro que al mundo espantase.
Dos armadas hizo de muchos navíos
cada una con las cuales abrasó, como si fuera fuego del cielo, todas aquellas
tierras. ¡Oh, cuántos huérfanos hizo, cuántos robó de sus hijos, cuántos privó
de sus mujeres, cuántas mujeres dejó sin maridos, de cuántos adulterios y
estupros e violencias fué causa! ¡Cuántos privó de su libertad, cuántas
angustias e calamidades padecieron muchas gentes por él! ¡Cuántas lágrimas hizo
derramar, cuántos sospiros, cuántos gemidos, cuántas soledades en esta vida e de
cuántos damnación eterna en la otra causó, no sólo de indios, que fueron
infinitos, pero de los infelices cristianos de cuyo consorcio se favoreció en
tan grandes insultos, gravísimos pecados e abominaciones tan execrables! Y plega
a Dios que dél haya habido misericordia e se contente con tan mala fin como al
cabo le dió.
DE LA NUEVA ESPAÑA Y PÁNUCO Y JALISCO
Hechas las grandes crueldades y
matanzas dichas y las que se dejaron de decir en las provincias de la Nueva
España y en las de Pánuco, sucedió en la de Pánuco otro tirano insensible,
cruel, el año de mil e quinientos e veinte y cinco, que haciendo muchas
crueldades y herrando muchos y gran número de esclavos de las maneras
susodichas, siendo todos hombres libres, y enviando cargados muchos navíos a las
islas Cuba y Española, donde mejor venderlos podía, acabó de asolar toda aquella
provincia; e acaesció allí dar por una yegua ochenta indios, ánimas racionales.
De aquí fué proveído para gobernar la ciudad de Méjico y toda la Nueva España
con otros grandes tiranos por oidores y él por presidente. El cual con ellos
cometieron tan grandes males, tantos pecados, tantas crueldades, robos e
abominaciones que no se podrían creer. Con las cuales pusieron toda aquella
tierra en tan última despoblación, que si Dios no les atajara con la resistencia
de los religiosos de Sant Francisco e luego con la nueva provisión de una
Audiencia Real buena y amiga de toda virtud, en dos años dejaran la Nueva España
como está la isla Española. Hobo hombre de aquellos, de la compañía deste, que
para cercar de pared una gran huerta suya traía ocho mil indios, trabajando sin
pagarles nada ni darles de comer, que de hambre se caían muertos súpitamente, y
él no se daba por ello nada.
Desque tuvo nueva el principal
desto, que dije que acabó de asolar a Pánuco, que venía la dicha buena Real
Audiencia, inventó de ir la tierra adentro a descubrir dónde tiranizase, y sacó
por fuerza de la provincia de Méjico quince o veinte mil hombres para que le
llevasen, e a los españoles que con él iban, las cargas, de los cuales no
volvieron doscientos, que todos fué causa que muriesen por allá. Llegó a la
provincia de Mechuacam, que es cuarenta leguas de Méjico, otra tal y tan felice
e tan llena de gente como la de Méjico, saliéndole a recebir el rey e señor
della con procesión de infinita gente e haciéndole mil servicios y regalos;
prendió luego al dicho rey, porque tenía fama de muy rico de oro y plata, e
porque le diese muchos tesoros comienza a dalle estos tormentos el tirano:
pónelo en un cepo por los pies y el cuerpo estendido, e atado por las manos a un
madero; puesto un brasero junto a los pies, e un muchacho, con un hisopillo
mojado en aceite, de cuando en cuando se los rociaba para tostarle bien los
cueros; de una parte estaba un hombre cruel, que con una ballesta armada
apuntábale al corazón; de otra, otro con un muy terrible perro bravo
echándoselo, que en un credo lo despedazara, e así lo atormentaron porque
descubriese los tesoros que pretendía, hasta que, avisado cierto religioso de Sant Francisco, se lo quitó de las manos; de los cuales tormentos al fin murió.
Y desta manera atormentaron e mataron a muchos señores e caciques en aquellas
provincias, porque diesen oro y plata.
Cierto tirano en este tiempo, yendo
por visitador más de las bolsas y haciendas para robarlas de los indios que no
de las ánimas o personas, halló que ciertos indios tenían escondidos sus ídolos,
como nunca los hobiesen enseñado los tristes españoles otro mejor Dios: prendió
los señores hasta que le dieron los ídolos creyendo que eran de oro o de plata,
por lo cual cruel e injustamente los castigó. Y porque no quedase defraudado de
su fin, que era robar, constriñó a los dichos caciques que le comprasen los
ídolos, y se los compraron por el oro o plata que pudieron hallar, para
adorarlos como solían por Dios. Estas son las obras y ejemplos que hacen y honra
que procuran a Dios en las Indias los malaventurados españoles.
Pasó este gran tirano capitán, de
la de Mechuacam a la provincia de Jalisco, que estaba entera e llena como una
colmena de gente poblatísima e felicísima, porque es de las fértiles y
admirables de las Indias; pueblo tenía que casi duraba siete leguas su
población. Entrando en ella salen los señores y gente con presentes y alegría,
como suelen todos los indios, a rescibir. Comenzó a hacer las crueldades y
maldades que solía, e que todos allá tienen de costumbre, e muchas más, por
conseguir el fin que tienen por dios, que es el oro. Quemaba los pueblos,
prendía los caciques, dábales tormentos, hacía cuantos tomaba esclavos. Llevaba
infinitos atados en cadenas; las mujeres paridas, yendo cargadas con cargas que
de los malos cristianos llevaban, no pudiendo llevar las criaturas por el
trabajo e flaqueza de hambre, arrojábanlas por los caminos, donde infinitas
perecieron.
Un mal cristiano, tomando por
fuerza una doncella para pecar con ella, arremetió la madre para se la quitar,
saca un puñal o espada y córtala una mano a la madre, y a la doncella, porque no
quiso consentir, matóla a puñaladas.
Entre otros muchos hizo herrar por
esclavos injustamente, siendo libres (como todos lo son), cuatro mil e
quinientos hombres e mujeres y niños de un año, a las tetas de las madres, y de
dos, y tres, e cuatro e cinco años, aun saliéndole a rescibir de paz, sin otros
infinitos que no se contaron.
Acabadas infinitas guerras inicuas
e infernales y matanzas en ellas que hizo, puso toda aquella tierra en la
ordinaria e pestilencial servidumbre tiránica que todos los tiranos cristianos
de las Indias suelen y pretenden poner aquellas gentes. En la cual consintió
hacer a sus mesmos mayordomos e a todos los demás crueldades y tormentos nunca
oídos, por sacar a los indios oro y tributos. Mayordomo suyo mató muchos indios
ahorcándolos y quemándolos vivos, y echándolos a perros bravos, e cortándoles
pies y manos y cabezas e lenguas, estando los indios de paz, sin otra causa
alguna más de por amedrentarlos para que le sirviesen e diesen oro y tributos,
viéndolo e sabiéndolo el mesmo egregio tirano, sin muchos azotes y palos y
bofetadas y otras especies de crueldades que en ellos hacían cada día y cada
hora ejercitaban.
Dícese de él que ochocientos
pueblos destruyó y abrasó en aquel reino de Jalisco, por lo cual fué causa que
de desesperados (viéndose todos los demás tan cruelmente perecer) se alzasen y
fuesen a los montes y matasen muy justa y dignamente algunos españoles. Y
después, con las injusticias y agravios de otros modernos tiranos que por allí
pasaron para destruir otras provincias, que ellos llaman descubrir, se juntaron
muchos indios, haciéndose fuertes en ciertos peñones, en los cuales agora de
nuevo han hecho en ellos tan grandes crueldades que cuasi han acabado de
despoblar e asolar toda aquella gran tierra, matando infinitas gentes. Y los
tristes ciegos, dejados de Dios venir a reprobado sentido, no viendo la
justísima causa, y causas muchas llenas de toda justicia, que los indios tienen
por ley natural, divina y humana de los hacer pedazos, si fuerzas e armas
tuviesen, y echarlos de sus tierras, e la injustísima e llena de toda iniquidad,
condenada por todas las leyes, que ellos tienen para, sobre tantos insultos y
tiranías e grandes e inexpiables pecados que han cometido en ellos, moverles de
nuevo guerra, piensan y dicen y escriben que las victorias que han de los
inocentes indios asolándolos, todas se las da Dios, porque sus guerras inicuas
tienen justicia, como se gocen y glorien y hagan gracias a Dios de sus tiranías
como lo hacían aquellos tiranos ladrones de quien dice el profeta Zacharías,
capítulo 11: Pasce pecora ocisionis, quoe qui occidebant non dolebant sed
dicebant, benedictus deus quod divites facti sumus.
DEL REINO DE YUCATÁN
El año de mil e quinientos y veinte
y seis fué otro infelice hombre proveído por gobernador del reino de Yucatán,
por las mentiras y falsedades que dijo y ofrescimientos que hizo al rey, como
los otros tiranos han hecho hasta agora, porque les den oficios y cargos con que
puedan robar. Este reino de Yucatán estaba lleno de infinitas gentes, porque es
la tierra de gran manera sana y abundante de comidas e frutas mucho (aún más que
la de la de Méjico), e señaladamente abunda de miel y cera más que ninguna parte
de las Indias de lo que hasta agora se ha visto. Tiene cerca de trecientas
leguas de boja o en torno el dicho reino. La gente dél era señalada entre todas
las de las Indias, así en prudencia y policía como en carecer de vicios y
pecados más que otra, e muy aparejada e digna de ser traída al conoscimiento de
su Dios, y donde se pudieran hacer grandes ciudades de españoles y vivieran como
en un paraíso terrenal (si fueran dignos della); pero no lo fueron por su gran
codicia e insensibilidad e grandes pecados, como no han sido dignos de las otras
partes que Dios les había en aquellas Indias demostrado.
Comenzó este tirano con trecientos
hombres, que llevó consigo a hacer crueles guerras a aquellas gentes buenas,
inocentes, que estaban en sus casas sin ofender a nadie, donde mató y destruyó
infinitas gentes. Y porque la tierra no tiene oro, porque si lo tuviera, por
sacarlo en las minas los acabara; pero por hacer oro de los cuerpos y de las
ánimas de aquellos por quien Jesucristo murió, hace abarrisco12 todos los que no
mataba, esclavos, e a muchos navíos que venían al olor y fama de los esclavos
enviaba llenos de gentes, vendidas por vino, y aceite, y vinagre, y por
tocino, e por vestidos, y por caballos e por lo que él y ellos habían menester,
según su juicio y estima.
Daba a escoger entre cincuenta y
cien doncellas, una de mejor parecer que otra, cada uno la que escogese, por una
arroba de vino, o de aceite, o vinagre, o por un tocino, e lo mesmo un muchacho
bien dispuesto, entre ciento o doscientos escogido, por otro tanto. Y acaesció
dar un muchacho, que parescía hijo de un príncipe, por un queso, e cient
personas por un caballo. En estas obras estuvo desde el año de veinte y seis
hasta el año de treinta y tres, que fueron siete, asolando y despoblando
aquellas tierras e matando sin piedad aquellas gentes, hasta que oyeron allí las
nuevas de las riquezas del Perú, que se le fué la gente española que tenía y
cesó por algunos días aquel infierno; pero después tornaron sus ministros a
hacer otras grandes maldades, robos y captiverios y ofensas grandes de Dios, e
hoy no cesan de hacerlas e cuasi tienen despobladas todas aquellas trecientas
leguas, que estaban (como se dijo) tan llenas y pobladas.
No bastaría a creer nadie ni
tampoco a decirse los particulares casos de crueldades que allí se han hecho.
Sólo diré dos o tres que me ocurrieron. Como andaban los tristes españoles con
perros bravos buscando e aperreando los indios, mujeres y hombres, una india
enferma, viendo que no podía huir de los perros, que no la hiciesen pedazos como
hacían a los otros, tomó una soga y atose al pie un niño que tenía de un año y
ahorcóse de una viga, e no lo hizo tan presto que no llegaran los perros y
despedazaron el niño, aunque antes que acabase de morir lo bautizó un fraile.
Cuando se salían los españoles de
aquel reino dijo uno a un hijo de un señor de cierto pueblo o provincia que se
fuese con él; dijo el niño que no quería dejar su tierra. Responde el español:
"Vete conmigo; si no, cortarte he las orejas." Dice el muchacho que no. Saca un
puñal e córtale una oreja y después la otra. Y diciéndole el muchacho que no
quería dejar su tierra, córtale las narices, riendo y como si le diera un
repelón no más.
Este hombre perdido se loó e jactó
delante de un venerable religioso, desvergonzadamente, diciendo que trabajaba
cuanto podía por empreñar muchas mujeres indias, para que, viéndolas preñadas,
por esclavas le diesen más precio de dinero por ellas.
En este reino o en una provincia de
la Nueva España, yendo cierto español con sus perros a caza de venados o de
conejos, un día, no hallando qué cazar, parescióle que tenían hambre los perros,
y toma un muchacho chiquito a su madre e con un puñal córtale a tarazones los
brazos y las piernas, dando a cada perro su parte; y después de comidos aquellos
tarazones échales todo el corpecito en el suelo a todos juntos. Véase aquí
cuánta es la insensibilidad de los españoles en aquellas tierras e cómo los ha
traído Dios in reprobus sensus, y en qué estima tienen a aquellas gentes,
criadas a la imagen de Dios e redimidas por su sangre. Pues peores cosas veremos
abajo.
Dejadas infinitas e inauditas
crueldades que hicieron los que se llaman cristianos en este reino, que no basta
juicio a pensarlas, sólo con esto quiero concluirlo: que salidos todos los
tiranos infernales dél con el ansia, que los tiene ciegos, de las riquezas del
Perú, movióse el padre fray Jacobo con cuatro religiosos de su orden de Sanct
Francisco a ir aquel reino a apaciguar y predicar e traer a Jesucristo el
rebusco de aquellas gentes que restaban de la vendimia infernal y matanzas
tiránicas que los españoles en siete años habían perpetrado; e creo que fueron
estos religiosos el año de treinta y cuatro, enviándoles delante ciertos indios
de la provincia de Méjico por mensajeros, si tenían por bien que entrasen los
dichos religiosos en sus tierras a darles noticia de un solo Dios, que era Dios
y Señor verdadero de todo el mundo. Entraron en consejo e hicieron muchos
ayuntamientos, tomadas primero muchas informaciones, qué hombres eran aquellos
que se decían padres e frailes, y qué era lo que pretendían y en qué diferían de
los cristianos, de quien tantos agravios e injusticias habían recebido.
Finalmente, acordaron de rescibirlos con que solos ellos y no españoles allá
entrasen. Los religiosos se lo prometieron, porque así lo llevaban concedido por
el visorrey de la Nueva España e cometido que les prometiesen que no entrarían
más allí españoles, sino religiosos, ni les sería hecho por los cristianos algún
agravio.
Predicáronles el evangelio de
Cristo como suelen, y la intención sancta de los reyes de España para con ellos;
e tanto amor y sabor tomaron con la doctrina y ejemplo de los frailes e tanto se
holgaron de las nuevas de los reyes de Castilla (de los cuales en todos los
siete años pasados nunca los españoles les dieron noticia que había otro rey,
sino aquél que allí los tiranizaba y destruía), que a cabo de cuarenta días que
los frailes habían entrado e predicado, los señores de la tierra les trujeron y
entregaron todos sus ídolos que los quemasen, y después desto sus hijos para que
los enseñasen, que los quieren más que las lumbres de sus ojos, e les hicieron
iglesias y templos e casas, e los convidaban de otras provincias a que fuesen a
predicarles e darles noticia de Dios y de aquel que decían que era gran rey de
Castilla. Y persuadidos de los frailes hicieron una cosa que nunca en las Indias
hasta hoy se hizo, y todas las que fingen por algunos de los tiranos que allá
han destruído aquellos reinos y grandes tierras son falsedad y mentira. Doce o
quince señores de muchos vasallos y tierras, cada uno por sí, juntando sus
pueblos, e tomando sus votos e consentimiento, se subjectaron de su propia
voluntad al señorío de los reyes de Castilla, rescibiendo al Emperador, como rey
de España, por señor supremo e universal; e hicieron ciertas señales como
firmas, las cuales tengo en mi poder con el testimonio de los dichos frailes.
Estando en este aprovechamiento de
la fee, e con grandísima alegría y esperanza los frailes de traer a Jesucristo
todas las gentes de aquel reino que de las muertes y guerras injustas pasadas
habían quedado, que aún no eran pocas, entraron por cierta parte dieciocho
españoles tiranos, de caballo, e doce de pie, que eran treinta, e traen muchas
cargas de ídolos tomados de otras provincias a los indios; y el capitán de los
dichos treinta españoles llama a un señor de la tierra por donde entraban e
dícele que tomase de aquellas cargas de ídolos y los repartiese por toda su
tierra, vendiendo cada ídolo por un indio o india para hacerlo esclavo,
amenazándolo que si no lo hacía que le había de hacer guerra. El dicho señor,
por temor forzado, destribuyó los ídolos por toda su tierra e mandó a todos sus
vasallos que los tomasen para adorarlos, e le diesen indios e indias para dar a
los españoles para hacer esclavos. Los indios, de miedo, quien tenía dos hijos
daba uno, e quien tenía tres daba dos, e por esta manera complían con aquel tan
sacrílego comercio, y el señor o cacique contentaba los españoles si fueran
cristianos.
Uno destos ladrones impíos
infernales llamado Juan García, estando enfermo y propinco a la muerte, tenía
debajo de su cama dos cargas de ídolos, y mandaba a una india que le servía que
mirasen bien que aquellos ídolos que allí estaban no los diese a trueque de
gallinas, porque eran muy buenos, sino cada uno por un esclavo; y, finalmente,
con este testamento y en este cuidado ocupado murió el desdichado; ¿y quién duda
que no esté en los infiernos sepultado?
Véase y considérese agora aquí cuál
es el aprovechamiento y religión y ejemplos de cristiandad de los españoles que
van a las Indias; qué honra procuran a Dios; cómo trabajan que sea conoscido y
adorado de aquellas gentes; qué cuidado tienen de que por aquellas ánimas se
siembre y crezca e dilate su sancta fee, e júzguese si fué menor pecado este que
el de Jeroboán: qui peccare fecit Israel, haciendo los dos becerros de
oro para que el pueblo adorase, o si fué igual al de Judas, o que más escándalo
causase. Estas, pues, son las obras de los españoles que van a las Indias, que
verdaderamente muchas e infinitas veces, por la codicia que tienen de oro, han
vendido y venden hoy en este día e niegan y reniegan a Jesucristo.
Visto por los indios que no había
salido verdad lo que los religiosos les habían prometido (que no habían de
entrar españoles en aquellas provincias, e que los mesmos españoles les traían
ídolos de otras tierras a vender, habiendo ellos entregado todos sus dioses a
los frailes para que los quemasen por adorar un verdadero Dios), alborótase e
indígnase toda la tierra contra los frailes e vanse a ellos diciendo: "¿Por qué
nos habéis mentido, engañándonos que no habían de entrar en esta tierra
cristianos? ¿Y por qué nos habéis quemado nuestros dioses, pues nos traen a
vender otros dioses de otras provincias vuestros cristianos? ¿Por ventura no
eran mejores nuestros dioses que los de las otras naciones?"
Los religiosos los aplacaron lo
mejor que pudieron, no teniendo qué responder. Vanse a buscar los treinta
españoles e dícenles los daños que habían hecho; requiérenles que se vayan: no
quisieron, antes hicieron entender a los indios que los mesmos frailes los
habían hecho venir aquí, que fue malicia consumada. Finalmente, acuerdan
matar los indios a los frailes; huyen los frailes una noche, por ciertos indios
que los avisaron, y después de idos, cayendo los indios en la inocencia e virtud
de los frailes e maldad de los españoles, enviaron mensajeros cincuenta leguas
tras ellos rogándoles que se tornasen e pidiéndoles perdón de la alteración que
les causaron. Los religiosos, como siervos de Dios y celosos de aquellas ánimas,
creyéndoles, tornáronse a la tierra e fueron rescebidos como ángeles,
haciéndoles los indios mil servicios y estuvieron cuatro o cinco meses después.
Y porque nunca aquellos cristianos quisieron irse de la tierra, ni pudo el
visorrey con cuanto hizo sacarlos, porque está lejos de la Nueva España (aunque
los hizo apregonar por traidores), e porque no cesaban de hacer sus
acostumbrados insultos y agravios a los indios, paresciendo a los religiosos que
tarde que temprano con tan malas obras los indios se resabiarían e que quizá
caerían sobre ellos, especialmente que no podían predicar a los indios con
quietud dellos e suya, e sin continuos sobresaltos por las obras malas de los
españoles, acordaron de desmamparar aquel reino, e así quedó sin lumbre y
socorro de doctrina, y aquellas ánimas en la oscuridad de ignorancia e miseria
que estaban, quitándoles al mejor tiempo el remedio y regadío de la noticia e
conoscimiento de Dios que iban ya tomando avidísimamente, como si quitásemos el
agua a las plantas recién puestas de pocos días; y esto por la inexpiable culpa
e maldad consumada de aquellos españoles.
DE LA PROVINCIA DE SANCTA MARTA
La provincia de Sancta Marta era
tierra donde los indios tenían muy mucho oro, porque la tierra es rica y las
comarcas, e tenían industria de cogerlo. Y por esta causa, desde el año de mil y
cuatrocientos y noventa y ocho hasta hoy, año de mil e quinientos e cuarenta y
dos, otra cosa no han hecho infinitos tiranos españoles sino ir a ella con
navíos y saltear e matar y robar aquellas gentes por robarles el oro que tenían
y tornábanse en los navíos que iban en diversas e muchas veces, en las cuales
hicieron grandes estragos y matanzas e señaladas crueldades, y esto comúnmente a
la costa de la mar e algunas leguas la tierra dentro, hasta el año de mil e
quinientos e veinte y tres. El año de mil e quinientos e veinte y tres fueron
tiranos españoles a estar de asiento allá; y porque la tierra, como dicho es,
era rica, suscedieron diversos capitanes, unos más crueles que otros, que cada
uno parecía que tenía hecha profesión de hacer más exorbitantes crueldades y
maldades que el otro, porque saliese verdad la regla que arriba pusimos.
El año de mil e quinientos e veinte
y nueve, fué un gran tirano muy de propósito y con mucha gente, sin temor alguno
de Dios ni compasión de humano linaje, el cual hizo con ella tan grandes
estragos, matanzas e impiedades, que a todos los pasados excedió: robó él y
ellos muchos tesoros en obra de seis o siete años que vivió. Después de muerto
sin confesión, y aun huyendo de la residencia que tenía, suscedieron otros
tiranos matadores y robadores, que fueron a consumir las gentes que de las manos
y cruel cuchillo de los pasados restaban. Extendiéronse tanto por la tierra
dentro, vastando y asolando grandes e muchas provincias, matando y captivando
las gentes dellas, por las maneras susodichas de las otras, dando grandes
tormentos a señores y a vasallos, porque descubriesen el oro y los pueblos que
lo tenían, excediendo como es dicho en las obras y número e calidad a todos los
pasados; tanto que desde el año dicho, de mil e quinientos y veinte y nueve
hasta hoy, han despoblado por aquella parte más de cuatrocientas leguas de
tierra que estaba así poblada como las otras.
Verdaderamente afirmo que si en
particular hobiera de referir las maldades, matanzas, despoblaciones,
injusticias, violencias, estragos y grandes pecados que los españoles en estos
reinos de Sancta Marta han hecho y cometido contra Dios, e contra el rey, e
aquellas innocentes naciones, yo haría una muy larga historia; pero esto
quedarse ha para su tiempo si Dios diere la vida. Sólo quiero aquí decir unas
pocas de palabras de las que escribe agora al Rey nuestro señor el obispo de
aquella provincia, y es la hecha de la carta a veinte de mayo del año de mil e
quinientos e cuarenta y uno, el cual entre otras palabras dice así:
"Digo, sagrado César, que el medio
para remediar esta tierra es que vuestra Majestad la saque ya de poder de
padrastros y le dé marido que la tracte como es razón y ella merece; y éste, con
toda brevedad, porque de otra manera, según la aquejan e fatigan estos tiranos
que tienen encargamiento della, tengo por cierto que muy aína dejará de ser,
etcétera." Y más abajo dice: "Donde conoscerá vuestra Majestad claramente cómo
los que gobiernan por estas partes merescen ser desgobernados para que las
repúblicas se aliviasen. Y si esto no se hace, a mi ver, no tienen cura sus
enfermedades. Y conoscerá también cómo en estas partes no hay cristianos, sino
demonios; ni hay servidores de Dios ni de rey, sino traidores a su ley y a su
rey. Porque en verdad quel mayor inconveniente que yo hallo para traer los
indios de guerra y hacerlos de paz, y a los de paz al conoscimiento de nuestra
fee, es el áspero e cruel tractamiento que los de paz resciben de los
cristianos. Por lo cual están tan escabrosos e tan avispados que ninguna cosa
les puede ser más odiosa ni aborrecible que el nombre de cristianos. A los
cuales ellos en toda esta tierra llaman en su lengua yares, que quiere decir
demonios: e sin duda ellos tienen razón, porque las obras que acá obran ni son
de cristianos ni de hombres que tienen uso de razón, sino de demonios, de donde
nace que como los indios veen este obrar mal e tan sin piedad generalmente, así
en las cabezas como en los miembros, piensan que los cristianos lo tiene por ley
y es autor dello su Dios y su rey. Y trabajar de persuadirles otra cosa es
querer agotar la mar y darles materia de reír y hacer burla y escarnio de
Jesucristo y su ley. Y como los indios de guerra vean este tratamiento que se
hace a los de paz, tienen por mejor morir de una vez que no de muchas en poder
de españoles. Sélo esto, invictísimo César, por experiencia etcétera." Dice más
abajo, en un capítulo: "Vuestra Majestad tiene más servidores por acá de los que
piensa, porque no hay soldados de cuantos acá están que no osen decir
públicamente que si saltea o roba, o destruye, o mata, o quema los vasallos de
vuestra Majestad porque le den oro, sirve a vuestra Majestad, a título que dice
que de allí le viene su parte a vuestra Majestad. Y, por tanto, sería bien,
cristianísimo César, que vuestra Majestad diese a entender, castigando algunos
rigurosamente, que no rescibe servicio en cosa que Dios es deservido."
Todas las susodichas son formales
palabras del dicho obispo de Sancta Marta, por las cuales se verá claramente lo
que hoy se hace en todas aquellas desdichadas tierras y contra aquellas
inocentes gentes. Llama indios de guerra los que están y se han podido salvar,
huyendo de las matanzas de los infelices españoles, por los montes. Y los de paz
llama los que, después de muertas infinitas gentes, ponen en la tiránica y
horrible servidumbre arriba dicha, donde al cabo los acaban de asolar y matar,
como parece por las dichas palabras del obispo; y en verdad que explica harto
poco lo que aquéllos padecen.
Suelen decir los indios de aquella
tierra, cuando los fatigan llevándolos con cargas por las sierras, si caen y
desmayan de flaqueza e trabajo, porque allí les dan de coces y palos e les
quiebran los dientes con los pomos de las espadas porque se levanten y anden sin
resollar: "Andá, que sois malos; no puedo más; mátame aquí, que aquí quiero
quedar muerto." Y esto dícenlo con grandes sospiros y apretamiento del pecho
mostrando grande angustia y dolor. ¡Oh, quién pudiese dar a entender de cient
partes una de las afliciones e calamidades que aquellas innocentes gentes por
los infelices españoles padecen! Dios sea, aquel que lo dé a entender a los que
lo puedan y deben remediar.
DE LA PROVINCIA DE CARTAGENA
Esta provincia de Cartagena está
más abajo cincuenta leguas de la de Sancta Marta, hacia el Poniente, e junto con
ella la del Cenú hasta el golfo de Urabá, que ternán sus cient leguas de costa
de mar, e mucha tierra la tierra dentro, hacia el Mediodía. Estas provincias han
sido tractadas, angustiadas, muertas, despobladas y asoladas, desde el año de
mil e cuatrocientos y noventa y ocho o nueve hasta hoy, como las de Sancta
Marta, y hechas en ellas muy señadas crueldades y muertes y robos por los
españoles, que por acabar presto esta breve suma no quiero decir en particular,
y por referir las maldades que en otras agora se hacen.
DE LA
COSTA DE LAS PERLAS Y DE PARIA
Y LA ISLA DE LA TRINIDAD
Desde la costa de Paria hasta el
golfo de Venezuela, exclusive, que habrá docientas leguas, han sido grandes e
señaladas las destruiciones que los españoles han hecho en aquellas gentes,
salteándolos y tomándolos los más que podían a vida para venderlos por esclavos.
Muchas veces, tomándolos sobre seguro y amistad que los españoles habían con
ellos tratado, no guardándoles fee ni verdad, rescibiéndolos en sus casas como a
padres y a hijos, dándoles y sirviéndoles con cuanto tenían y podían. No se
podrían, cierto, fácilmente decir ni encarecer, particularizadamente, cuáles y
cuántas han sido las injusticias, injurias, agravios y desafueros que las gentes
de aquella costa de los españoles han recebido desde el año de mil e quinientos
y diez hasta hoy. Dos o tres quiero decir solamente, por las cuales se juzguen
otras innumerables en número y fealdad que fueron dignas de todo tormento y
fuego.
En la isla de la Trinidad, que es
mucho mayor que Sicilia e más felice, questá pegada con la tierra firme por la
parte de Paria, e que la gente della es de la buena y virtuosa en su género que
hay en todas las Indias, yendo a ella un salteador el año de mil e quinientos e
dieciséis con otros sesenta o setenta acostumbrados ladrones, publicaron a los
indios que se venían a morar y vivir a aquella isla con ellos. Los indios
rescibiéronlos como si fueran sus entrañas e sus hijos, sirviéndoles señores e
súbditos con grandísima afección y alegría, trayéndoles cada día de comer tanto
que les sobraba para que comieran otros tantos; porque esta es común condición e
liberalidad de todos los indios de aquel Nuevo Mundo: dar excesivamente lo que
han menester los españoles e cuanto tienen. Hácenles una gran casa de madera en
que morasen todos, porque así la quisieron los españoles, que fuese una no más,
para hacer lo que pretendía hacer e hicieron.
Al tiempo que ponían la paja sobre
las varas o madera e habían cobrido obra de dos estados, porque los de dentro no
viesen a los de fuera, so color de dar priesa a que se acabase la casa, metieron
mucha gente dentro della, e repartiéronse los españoles, algunos fuera,
alrededor de la casa con sus armas, para los que se saliesen, y otros dentro.
Los cuales echan mano a las espadas e comienzan a amenazar a los indios desnudos que
no se moviesen, si no, que los matarían, e comenzaron a atar, y otros que
saltaron para huir, hicieron pedazos con las espadas. Algunos que salieron
heridos y sanos e otros del pueblo que no habían entrado, tomaron sus arcos e
flechas e recógense a otra casa del pueblo para se defender, donde entraron
ciento o doscientos dellos e defendiendo la puerta; pegan los españoles fuego a
la casa e quémanlos todos vivos. Y con su presa, que sería de ciento y ochenta o
docientos hombres que pudieron atar, vanse a su navío y alzan las velas e van a
la isla de San Juan, donde venden la mitad por esclavos, e después a la
Española, donde vendieron la otra.
Reprendiendo yo al capitán desta tan
insigne traición e maldad, a la sazón en la mesma isla de Sant Juan, me
respondió: "Andá señor, que así me lo mandaron e me lo dieron por instrucción
los que me enviaron, que cuando no pudiese tomarlos por guerra que los tomase
por paz." Y en verdad que me dijo que en toda su vida había hallado padre ni
madre, sino en la isla de la Trinidad, según las buenas obras que los indios le
habían hecho esto dijo para mayor confusión suya e agravamiento de su pecados. Destas han hecho en aquella tierra firme infinitas, tomándolos e captivándolos
sobre seguro. Véase qué obras son estas y si aquellos indios ansí tomados si
serán justamente hechos esclavos.
Otra vez acordando los frailes de Sancto Domingo, nuestra orden, de ir a predicar e convertir aquellas gentes que carescían de remedio e lumbre de doctrina para salvar sus ánimas, como lo están
hoy las Indias, enviaron un religioso presentado en teología de gran virtud y
sanctidad, con un fraile lego su compañero, para que viese la tierra y tractase
la gente e buscase lugar apto para hacer monasterios. Llegados los religiosos,
recibiéronlos los indios como ángeles del cielo y óyenlos con gran afección y
atención e alegría las palabras que pudieron entonces darles a entender, más por
señas que por habla, porque no sabían la lengua. Acaesció venir por allí un
navío, después de ido el que allí los dejó; y los españoles dél, usando de su
infernal costumbre, traen por engaño, sin saberlo los religiosos, al señor de
aquella tierra, que se llamaba don Alonso, o que los frailes le habían puesto
este nombre, o otros españoles, porque los indios son amigos e codiciosos de
tener nombre de cristiano e luego lo piden que se lo den, aun antes que sepan
nada para ser bautizados. Así que engañan al dicho don Alonso para que entrase
en el navío con su mujer e otras ciertas personas, y que les harían allá fiesta.
Finalmente, que entraron diez y siete personas con el señor y su mujer, con
confianza que los religiosos estaban en su tierra y que los españoles por ellos
no harían alguna maldad, porque de otra manera no se fiaran dellos. Entrados los
indios en el navío, alzan las velas los traidores e viénense a la isla Española
y véndenlos por esclavos.
Toda la tierra, como veen su señor y
señora llevados, vienen a los frailes e quiérenlos matar. Los frailes, viendo
tan gran maldad, queríanse morir de angustia, y es de creer que dieran antes sus
vidas que fuera tal injusticia hecha, especialmente porque era poner impedimento
a que nunca aquellas ánimas pudiesen oír ni creer la palabra de Dios.
Apaciguáronlos lo mejor que pudieron y dijéronles que con el primer navío que |