He reunido con cautela todo lo que he podido
acerca del sufrido Werther y aquí se los ofrezco, pues sé que me lo
agradecerán; no podrán negar su admiración y simpatía por su espíritu y su
carácter, ni dejarán de liberar algunas lágrimas por su triste suerte.
¡Y tú, alma sensible y piadosa, oprimida y
afligida por iguales quebrantos, aprende a consolarte en sus padecimientos! Si
el destino o tus errores no te permiten tener cerca a un amigo, que este libro
pueda suplir su ausencia.
Libro Primero
4 de mayo de 1771
¡Cuánto me alegro de haber marchado! ¿Qué es, amigo
mío, el corazón del hombre? ¡Dejarte, cuando tanto te amaba, cuando era tu
inseparable, y hallarme bien! Sé que me perdonas. ¿No estaban preparadas por el
destino esas otras amistades para atormentar mi corazón? ¡Pobre Leonor! Pero no
fue mi culpa. ¿Podía pensar que mientras las graciosas travesuras de su hermana
me divertían, se encendía en su pecho tan terrible pasión? Sin embargo, ¿soy
inocente del todo? ¿No fomenté y entretuve sus sentimientos? ¿No me complacía en
sus naturalísimos arranques que nos hacían reír a menudo por poco dignos de risa
que fueran? ¿No he sido…?
¿Pero qué es el hombre para quejarse de sí? Quiero y te
lo prometo, amigo mío, enmendar mi falta; no volveré, como hasta ahora, a
exprimir las heces de las amarguras del destino; voy a gozar de lo actual y lo
pasado como si no existiera. En verdad tienes mucha razón, querido amigo; los
hombres sentirían menos sus trastornos (Dios sabrá por qué lo hizo así) de no
ocupar su imaginación con tanta frecuencia y con tal esmero en recordar los
males pasados, en vez de en hacer soportable lo presente.
Te ruego digas a mi madre que no olvido sus encargos y
que en breve te hablaré de ellos. He visto a mi tía, esa mujer que goza de tan
mala reputación en casa, y está muy lejos de merecerme mal concepto: es
vivaracha y apasionada, tal vez, pero de estupendo corazón. Le expliqué todo lo
relacionado con la retención de la parte de herencia de mi madre y ella me
externó las razones que tenía para actuar así, me dijo las condiciones por las
que estaba dispuesta a entregarme no sólo lo que se le pide, sino más. En fin,
por hoy no me extenderé en este tema; dile a mi madre que todo estará bien.
Estoy convencido de que la negligencia y las discusiones producen en este mundo
más daños y trastornos que la malicia y la maldad. Por lo menos, éstas no
abundan tanto.
Estoy aquí en la gloria. La soledad en este país
encantador es el bálsamo perfecto para mi corazón, tan dado a las emociones
fuertes; y la estación del momento, en la que todo se renueva y rejuvenece,
derrama sobre él un suave calor. Cada árbol, cada seto, es un ramillete de
flores; le dan a uno ganas de volverse abejorro o mariposa para sumergirse en el
mar de perfume y respirar el aromático alimento.
La ciudad en sí es desagradable, pero en sus cercanías,
en cambio, la naturaleza hace gala y ostentación de bellezas inefables. Esto fue
lo que movió al difunto conde de M*** a plantar un jardín en uno de estos oteros
que con gran variedad forman los valles más deliciosos. El jardín es muy
sencillo y en cuanto se entra en él, se nota que no se trazó por una mano de
hábil jardinero, sino por un corazón sensible que quería deleitarse. Mucho he
llorado al recordarle en las ruinas de un pabellón que era su retiro predilecto
y que también se ha hecho el mío. Pronto será el dueño del jardín; estoy aquí
desde hace pocos días y el jardinero siempre se muestra muy atento y afectuoso
conmigo. No lo perderá.
10 de mayo
Semejante a una de esas suaves mañanas de primavera que
dilatan mi corazón, priva en mi espíritu una gran serenidad. Estoy solo y gozo y
me regocijo de vivir en estos sitios, creados para almas como yo.
Me siento tan feliz, amigo mío, estoy tan absorto en el
sentimiento de una plácida vida, que hasta mi talento resiente su efecto. Mi
pincel y mi lápiz no podrían trazar hoy la menor línea, dibujar el menor rasgo,
y no obstante, jamás me he sentido tan gran pintor como hoy.
Cuando los vapores de mi querido valle suben hasta mí y
me rodean, y el sol en la cima lanza sus abrasadores rayos sobre las puntas del
bosque oscuro e impenetrable, y tan sólo algún dardo de fuego puede penetrar en
el santuario, tendido cerca de la cascada del arroyo, sobre el menudo y espeso
césped, descubro otras mil hierbas desconocidas; cuando mi corazón siente más
cerca ese numeroso y diminuto mundo que vive y se desliza entre las plantas, ese
hormigueo de seres, de gusanos e insectos de especies tan diversas de formas y
colores, siento la presencia del todopoderoso que nos creó a su imagen, y el
hálito del amor divino que nos sostiene, flotando en un océano de eternas
delicias.
¡Oh, amigo! Cuando ante mis ojos aparece lo infinito
sintiendo el mundo reposar a mi alrededor, y tengo en mi corazón el cielo, como
la imagen de una mujer querida, dando un gran suspiro, exclamo: “¡Ah, si
pudieras expresar, estampar con un soplo sobre el papel lo que vive en ti con
vida tan poderosa y tan ardiente; si tu obra pudiera reflejar tu alma, como ésta
es el espejo de un Dios infinito…”Pero, ¡ay, querido amigo! Me pierdo, me
extravío y sucumbo bajo la imponente majestuosidad de esta visión.
12 de mayo
No sé si por estos lugares se pasean hechiceros
espíritus o si un delirio del cielo llena mi pecho, porque todo lo que me rodea
me parece un paraíso. A la entrada de la ciudad hay una fuente… una fuente a la
que me encuentro adherido, como por encanto, igual que Melusina y sus hermanas.
A la falda de una pequeña colina, se puede ver una bóveda; se bajan 20 escalones
y se ve saltar el agua más pura y transparente de los peñascos de mármol. La
pequeña pared que forma su recinto, los árboles, que techan con su sombra la
frescura del lugar, todo esto tiene un no sé qué atractivo y desconsolador al
mismo tiempo; y no pasa un día que deje de descansar ahí una hora. Las mozas
vienen a buscar agua; ocupación inocente y pacífica, que no desdeñaban en otros
tiempos las hijas de los reyes. Cuando ahí estoy sentado recuerdo una vida
patriarcal; rememoro que nuestros antepasados a la vera de la fuente creaban sus
relaciones; que ahí era adonde iban a hablarles de amor; que alrededor de las
claras fuentes revoloteaban y jugueteaban incesantes mil genios bienhechores.
¡Oh! Si hay alguien incapaz de sentir aquí lo que yo
siento, es que no ha probado el placer de la suave frescura de una fuente,
después de una larga jornada por un camino árido y vacío, bajo los ardientes
rayos de un sol que quema.
13 de mayo
Preguntas si debes mandarme los libros. ¡En nombre del
cielo, mi buen amigo, te suplico que no permitas que se acerquen a mí! No quiero
ya ser guiado, animado, inflamado; este corazón arde ya bastante por sí mismo;
lo que más necesito son cantos que me adormezcan, que me arrullen y en mi Homero
rebosan.
¡Cuántas veces he tenido que calmar mi sangre, lista a
enardecerse e inflamarse! No es posible que hayas visto algo tan desigual, tan
inquieto como este corazón; ¿pero tengo necesidad de decírtelo, a ti, mi amigo,
que has sufrido tantas veces al verme pasar, a menudo, de una negra preocupación
a una loca extravagancia; de una dulce melancolía al ardor de una pasión? Así
gobierno a mi pobre corazón como trataría un niño; le dejo pasar todos sus
caprichos. No vayas a repetirlo, que hay quienes harían un crimen de esto.
15 de mayo
Las buenas gentes de la localidad me van conociendo y
me quieren, sobre todo los niños. Al principio, cuando me acercaba a ellos y les
hacía algunas preguntas con cariño, imaginaban que quería burlarme y me
contestaban con brusquedad, casi brutalmente.
No me enojaba por eso, pero no dejé de sentir vivamente
la verdad de una observación que antes había hecho: que ciertas personas de alta
sociedad se apartaban de sus inferiores, como si el acercarse a ellos o dejar
que se les acercaran debiera robarles la dignidad; y algunos casquivanos o
majaderos se divierten y complacen en fingir familiaridad con el vulgo para
hacerle sentir después su desprecio de manera asertiva.
Sé que no todos somos iguales ni podemos serlo; pero
sostengo que quien se crea obligado a alejarse de lo que se llama el pueblo para
mantenerlo respetado, no vale más que el cobarde que se oculta del enemigo, por
miedo a que se le venza. Al venir uno de estos días a la fuente, encontré ahí a
una jovencita que, luego de haber llenado su cántaro, lo había puesto en la
escalera y veía hacia todos lados para ver si encontraba a alguna compañera que
le ayudara a subirlo a su cabeza. Bajé las escaleras y le dije a los ojos.
-¿Quiere ayuda, señorita?
Se puso más encarnada que la grana y sólo atinó a
decir:
-¡Oh, señor…!
-¡Vamos, vamos dejémonos de cumplidos! -repliqué.
La chica arregló su rodete sobre la cabeza, le puse el
recipiente y muy agradecida subió las escaleras de la fuente.
17 de mayo
Conozco mucha gente, pero no tengo compañeros. No sé
qué atractivo pueda haber en mi trato con los hombres; muchos me muestran afecto
y hasta se complacen con mi amistad, pero veo siempre con pena que nuestros
caminos difieren y no tardo en alejarme.
Si me preguntas cómo son las personas de este país,
diré que iguales a todas. ¡El género humano es una cosa tan monótona! Casi todos
trabajan la mayor parte del tiempo para vivir y su poco tiempo libre les pesa de
tal modo, que buscan con ahínco el medio de usarlo en algo. ¡Oh, destino del
hombre!
Sin embargo, estas personas son bienintencionadas. A
veces, me olvido de mí y acudo a gozar con ellos los extraños placeres que a los
mortales se conceden. Ya me siente en una mesa bien provista, en la que reinan
cordialidad y alegría; ya demos un paseo en coche o improvisemos algún baile,
cuando se presenta la ocasión propicia, sin preparativos de ningún tipo, esto me
produce los mejores efectos; sólo que entonces es necesario olvidar y no
recordar que hay en mí una gran cantidad de facultades latentes, que me veo
obligado a ocultar con el mayor cuidado. ¡Ah, esto me oprime el corazón en alto
grado! ¡Y sin embargo… no tener comprensión es nuestro destino!
¡Ah! ¿Por qué no existe ya la amiga de mis años mozos o
por qué llegué a conocerla? Debería decirme “estás loco; buscas lo que no
hallarás nunca”. Pero la verdad es que he tenido esta amiga, que ha sentido
latir ese corazón; que he conocido esa alma grande en cuya presencia me parecía
ser más de lo que era, porque era todo lo que podía ser. ¡Santo Dios!
¿Había entonces una sola facultad de mi alma que
estuviera ociosa? ¿No podía desentrañar con ella esa grande sensibilidad con que
mi corazón abraza la naturaleza entera? ¿No era nuestro trato un cambio continuo
de las sensaciones más delicadas, de los rasgos más expresivos, del espíritu más
refinado, cuyas modificaciones todas, hasta en la impertinencia, llevaban
marcado el sello del genio? Y ahora… ¡Ah! ¡Era mayor que yo y se me anticipó al
sepulcro! Jamás la olvidaré; jamás olvidaré su juicio recto y firme, y menos aún
su divina indulgencia.
Hace algunos días encontré al joven V***. Sus facciones
son francas y simpáticas. Precisamente recién salió de la universidad y si no se
cree un sabio, está convencido, al menos, de que destaca su conocimiento del de
los demás. Le he probado en diferentes materias y contesta bien; en una palabra,
no carece de instrucción. Cuando supo que dibujaba mucho y que conocía el griego
(fenómeno en este lugar), no me dejó un momento; me dio a conocer toda su
erudición, desde Batteux hasta Wood, desde Piles hasta Winkelman. Me aseguró que
había leído toda la primera parte de la teoría de Sulzer y que tenía un
manuscrito de Heyne sobre el estudio del arte antiguo. Lo felicité por ello y
seguí adelante.
Otro buen hombre que conozco es el mayordomo del
príncipe, sujeto franco y honesto. Se dice que es una gloria verle en medio de
sus nueve hijos. Parece que su hija mayor llama la atención más particularmente.
Me ha dicho que vaya a verlo y pienso ir un día de estos. Vive en un pabellón o
lugar de caza del príncipe a legua y media de aquí. Tras la muerte de su mujer
obtuvo permiso para ir a vivir allá, pues el bullicio y la vida citadina, y
sobre todo la vista de su hogar, sólo aumentaban su dolor. En cambio, en mis
excursiones he hallado algunas caricaturas, entes muy empalagosos, cuyo trato y
sus agasajos no soporto. Adiós. Ésta es una carta escrita exclusivamente para
ti; no es más que una historia.
22 de mayo
La vida humana se reduce a un sueño, esto es lo que
muchos han creído, y tal idea no deja de perseguirme. Cuando me detengo a pensar
en los estrechos límites en que están circunscritas las facultades activas e
intelectuales del hombre; cuando veo acabarse todos sus esfuerzos por satisfacer
algunas necesidades que no tienen más intención que prolongar la desgraciada
vida; que toda nuestra confianza o tranquilidad sobre ciertos puntos de la
ciencia, es sólo una resignación fundada sobre quimeras y ensueños, y producida
por esta ilusión que cubre las paredes de nuestra prisión con pinturas diversas
y perspectivas de luz; todo esto me deja mudo, amigo Guillermo. Me reconcentro y
encuentro en mi ser todo un mundo; pero un mundo fantástico, creado por
presentimientos, por deseos sombríos, en el que no se halla ninguna acción viva.
Todo nada, todo flota ante mí, cubierto de una espesa nube y yo me adentro en
ese caos de ensueños con una sonrisa en la cara. Pedagogos, maestros, todos
acuerdan que los niños no saben lo que quieren; pero que también nosotros, niños
grandes, damos traspiés por este mundo sin saber de dónde procedemos o adónde
nos dirigimos; lo mismo que los pequeños, obramos sin intención; igual que los
niños nos dejamos llevar por golosinas de diferentes tipos o por el castigo;
esto es lo que nadie quiere creer, ni convenir en ello; y según yo es, sin
embargo, una cosa evidente.
En fin, concedo gustoso (porque sé lo que vas a
contestar) que los venturosos sean aquellos que, como niños, viven al día,
llevan su muñeca de un lugar a otro, la visten, le quitan la ropa, pasan y
repasan respetuosos delante del cajón donde mamá tiene las golosinas y que
cuando saborean alguna lo hacen ansiosos y a gritos piden más.
Pues bien, sí, ¡he ahí criaturas afortunadas!
¡Venturosos también los que bautizan con un nombre pomposo o un título imponente
sus fútiles ocupaciones e incluso sus mismas pasiones, para presentarlas al
género humano como obras gigantescas, emprendidas para traerle mayor prosperidad
o para salvarle!
Por mi parte, repito: buen provecho tengan, tanto ellos
como los que quieran o puedan creer como ellos. Pero el que en su humildad
reconoce lo inútil de todas esas vanidades; el que ve al hombre acomodado
arreglar su jardín como un paraíso, y al mismo tiempo ve pasar a un desgraciado
jornalero encorvado bajo el peso de una carga abrumadora, sin desanimarse, y que
ambos en fin muestran el mismo interés en contemplar siquiera un minuto más la
luz del sol; ése está tranquilo, crea su universo en sí mismo y se considera
feliz sólo por ser hombre. Por limitado que sea su poder, abriga siempre en su
corazón el sentimiento y sabe que puede dejar esta cárcel cuando así lo
disponga.
26 de mayo
Tú conoces, hace mucho tiempo, mi modo de arreglarme;
sabes cómo me gusta alistar una cabaña en un sitio aislado donde pueda vivir con
gran simplicidad. ¡Pues bien! Sabrás que he encontrado en este lugar un
rinconcito seductor. Como a una legua de la ciudad, se tiende una campiña
llamada Wahlheim. Situado en la cima de una colina, la vista del pueblo es muy
pintoresca. Al subir el camino que lleva a él, se ve todo el valle con una sola
mirada. Una mujer buena y servicial, ágil para su edad, tiene ahí una taberna o
expendio de bebidas y se sirve café, vino y cerveza. Lo que llama la atención
son dos tilos soberbios de ramas abundantes, que dan sombra a la plazuela de la
igual, cuyo recinto lo cierran casas, pajares y corrales. Con dificultad se
encontraría en otra parte un sitio más propicio para mis gustos: me hago traer
una mesita y una silla; tomo mi café y leo mi Homero. La primera vez que la
casualidad me llevó a este sitio era una tarde magnífica; encontré el lugar solo
porque todo el vecindario estaba en el campo y sólo vi a un niño, como de cuatro
años, que sentado en el suelo sostenía en sus piernas a otro niño de meses,
sentado también, al que pegaba a su pecho con los brazos. A pesar de la
vivacidad que brillaba en sus ojos negros, estaba muy quieto. Esta vista me
encantó; me senté sobre un arado frente a ellos, tomé mis lápices y empecé a
dibujar este cuadro fraternal con indescriptible placer; agregué un seto, la
puerta de una granja, una rueda rota de carro y algunos otros aperos de labranza
mezclados entre sí con poca claridad.
Después de una hora encontré que había hecho un dibujo
bien entendido, un cuadro muy interesante, sin haberlo pensado ni haber puesto
nada de mi parte. Esto me confirmó en mi propósito de no atenerme más que a la
naturaleza misma, porque ella sola es la que tiene riquezas inagotables y la que
forma los verdaderos y grandes artistas. Mucho puede decirse a favor de las
reglas y preceptos del arte, y más o menos lo mismo que puede decirse para
alabar las leyes sociales. Un hombre que se conforma y atiene a ellas con rigor
no produce nunca nada carente de sentido o positivamente malo, lo mismo que
aquel que se conduce con arreglo a las leyes y a lo que exigen las conveniencias
sociales no será nunca un mal vecino ni un insigne malvado; pero tampoco
producirá nada notable, porque sin importar lo que se diga, toda regla, todo
precepto, es una especie de traba que sofocará el sentimiento real de la
naturaleza, hará estéril el verdadero genio y le quitará su verdadera expresión.
Me dirás que tiene esto mucha fuerza. Pues bien, yo te diré que lo que hace la
regla es podar las ramas chuponas, impedir que crezcan y se expandan. Escucha
una comparación; sucede con esto como con el amor: un joven con el corazón
virgen y sensible se apasiona por una joven amable y bonita; pasa todo el tiempo
junto a ella; prodiga su fortuna; hace uso de todas sus capacidades para
probarle en todo momento que es suyo del todo sin la menor reserva, y he aquí
que se cruza un inoportuno revestido con el carácter de un ministerio público
con su traje oficial y le dice “caballerito, amar es de hombres; ama, pues, pero
ama como un hombre; arregla tus horas del día; consagra unas al estudio, al
trabajo, y otras a tu ídolo; haz un cálculo preciso de tus rentas, de cuánto
será lo superfluo que te quede después de haber cubierto todo lo necesario. No
te prohibo le hagas algunos regalos, pero raras veces y en épocas mismas, como
el día de su santo”.
Si nuestro joven se conforma con seguir las
indicaciones del entrometido, llegará a ser personaje muy útil y yo sería el
primero en aconsejar a todo príncipe que lo colocara en algún ministerio; pero
en lo que respecta a su amor, pronto habría huido, ¡y no digo menos de su
talento si era artista! ¡Oh, amigos míos! ¿Por qué desbordan tan rara vez sus
olas impetuosas sus almas deslumbradas? Esto se debe a que en las dos orillas
habita gente grave y reflexiva, cuyas quintas y casas de descanso, sus cuadros
de tulipanes y sus huertos, se veían inundados, arruinados, destruidos; y éstos
producen personajes con un gran cuidado de construir diques y presas, de hacer
sangrías al torrente, para que el peligro constante desaparezca.
27 de mayo
Como acabas de ver, me he dejado llevar por el
entusiasmo, por la declamación, por las comparaciones y he olvidado
completamente el concluir lo que había empezado a decir de los niños. Absorto en
esta meditación sentimental sobre la pintura, de la que en mi carta de ayer no
he dado sino algunas partes, sin orden ni ilación, te diré que estuve más de dos
horas sentado sobre el arado. Al atardecer llegó una mujer joven con una cesta
en el brazo; se dirige presurosa a los dos niños, que no se habían movido de
aquel lugar, y grita desde lejos.
-Felipe, eres buen muchacho.
Al pasar me saluda y yo correspondo. Me levanto, me
acerco y le pregunto si es la madre de los niños: me responde que sí y da al
grande la mitad de un bollo; levanta al pequeño en brazos y lo acaricia y besa
como sólo una madre puede hacerlo.
-Confié a Felipe esta criatura -me dice-, y he ido a la
ciudad con el mayor a comprar pan, azúcar y una tartera de barro.
Vi en efecto todas esas cosas en la cesta, cuya tapa se
había caído.
-Quiero hacer esta noche una papilla para mi Juanito,
el pequeño; mi hijo mayor, que es muy travieso, rompió ayer la tartera mientras
peleaba con Felipe por rebanar lo que había quedado pegado a ella.
Le dije que tendría gusto de ver al mayor y apenas
terminó de responder que se había quedado atrás y andaba corriendo por el valle
juntando los gansos, cuando el chicuelo se presentó brincando y con una ramita
de avellano en la mano que dio a su hermano. Yo seguí hablando con la mujer y me
enteré que era hija del maestro de escuela y que su esposo estaba en Suiza,
lugar al que había ido a recoger la herencia de un primo.
-Han querido engañarle -me dijo-, y no contestaban a
sus cartas; de modo que ha ido allá a ver por sí mismo qué sucede. ¡Con tal que
no haya sucedido una desgracia! Porque ya hace tiempo que no sé de él.
Tuve pena en separarme de esta mujer, le di unos
céntimos a cada uno de sus hijos y algunos más a ella para que comprara un bollo
al más pequeño cuando fuera a la ciudad, y nos separamos.
Te lo repito, amigo, cuando siento agitarse mi espíritu
con violencia, la vista de una criatura basta para calmar su malestar: recorre
el círculo estrecho de su pacífica vida en un feliz abandono; vive sin ocuparse
más que en allegar lo necesario para vivir en el día; ve caer las hojas y no
deduce nada más que el invierno se acerca.
Desde ese día voy a menudo a casa de esta buena mujer;
los niños se han acostumbrado a verme y nunca tomo el café sin que deje de
darles su terrón de azúcar, y al anochecer parto con ellos mis tostadas y mi
leche cuajada. El domingo les doy unas monedas y si no estoy a la hora del
oficio divino, la tabernera tiene la orden de dárselas.
Son muy confiados, me cuentan mil historias y nada me
gusta más que ver sus pequeñas pasiones y la simplicidad de sus celos y
envidias, cuando se reúnen alrededor de mí otros niños del pueblo.
Me ha costado trabajo tranquilizar a la madre, que
temía mucho “incomodaran al señor”, según sus palabras.
30 de mayo
Lo que te contaba sobre la pintura puede decirse
también de la poesía. Sólo se trata de reconocer primero lo que es bello en
verdad y después atreverse a expresarlo con franqueza. Esto en efecto es decir
mucho en pocas palabras. Yo he sido hoy testigo de una escena que bien contada
daría materia para romper el idilio más hermoso del mundo; ¿pero qué hacen aquí
poesía, escena e idilio? ¿Es necesario trabajar siempre según las reglas del
arte, sin violarlas ni romper sus trabas para participar de un efecto natural?
Si detrás de esta introducción esperas algo grandioso y
sublime, te equivocas un poco; el que ha producido en mí una emoción tan viva es
tan sólo un mozo de la aldea. Según mi costumbre, lo diré con torpeza y según la
tuya, creerás que exagero. Es todavía Wahlheim y siempre Wahlheim que produce
estas maravillas.
Bajo los tilos se habían congregado muchas personas
para tomar café: y como la concurrencia no era de mi completo agrado, me alejé
con un pretexto.
Salió un joven aldeano de una casa contigua y se puso a
componer el arado que yo había dibujado por aquellos días; me acerqué a él y le
hice algunas preguntas sobre su situación; nos conocimos y como me pasa a veces
con los de su clase, pronto llegamos a las confidencias. Me contó que servía en
casa de una viuda que se portaba muy bien con él. Me habló tanto de ella, tantos
elogios tuvo para ella, que pronto descubrí que sentía una gran pasión.
-Ya no es joven -me dijo-; su primer marido le dio muy
mala vida y no quiere volver a casarse.
Todo lo que me decía descubría el atractivo y belleza
que conserva para él y con qué ardor deseaba se dignara a elegirlo, para reparar
con su cariño los atropellos padecidos con su primer marido. Sería necesario
repetirte su conversación para dar idea de la inclinación pura, de amor y la
alegría de este hombre. Sí, sería preciso tener el talento de los mayores poetas
para representar lo vivo, lo expresivo de sus ademanes, lo armonioso de su voz,
el fuego concentrado y la ternura que se veía en sus ojos. No, no hay palabras
capaces de transmitir el tierno y delicado cariño que embargaba todo su ser y
que daban a conocer cada una de sus expresiones; y si tratara de hacerlo, no
produciría más que cosas torpes y frías.
Me llamó la atención sobre todo y me conmovió al
extremo su temor de que interpretara mal las relaciones con su ama y que
sospechara de su buena conducta. Sentí un delicioso encanto al oírle hablar de
ella, de su gracia, que a pesar de haber perdido ya los hechizos de la juventud,
le atraía y le apasionaba de tal modo. Este placer, no obstante, no lo siento
sino en lo hondo del corazón. Nunca había visto deseos más ardientes, más
apasionados y vehementes, acompañados al mismo tiempo de tanta pureza; y podría
incluso decir que ni siquiera había imaginado, ni en sueño, que pudiera existir
tal pureza. No vayas a regañarme si te confieso que al acordarme de esta simple
inocencia, se exalta mi alma; que me persigue por todas partes la imagen de esta
ternura tan real, tan delicada y vehemente, y que como si estuviera poseído de
los mismos fuegos, me abraso, languidezco y me siento morir devorado.
Trataré de ver lo más pronto posible a esa mujer. Pero
no; si estoy en mi juicio, no he de hacerlo. La veo por los ojos de su amante y
esto vale más, porque tal vez no se presentará a los míos tal como a él se
apetece. ¿Y con qué fin desfigurar su imagen?
16 de junio
¿Por qué no te escribo? ¡Y puedes preguntarlo, tú, uno
de los mayores sabios de la tierra! Debías adivinar que me encuentro bien, muy
bien; en un palabra, que he hecho un conocimiento que toca a mi corazón muy de
cerca. Tengo… tengo… No sé qué. Contarte por orden y detalladamente cómo he
llegado a conocer a una de las criaturas más amables del universo sería tarea
apoteósica. Estoy contento y soy dichoso; por ende, soy mal historiógrafo.
¡Un ángel ¡Ay! Todos dicen otro tanto del dueño de su
alma. ¿No es verdad? ¡Y sin embargo, como decirte lo perfecta que es, porque lo
es. Basta; ella abarca todos mis sentidos, los domina. ¡Tanta ingenuidad unida a
tanto ingenio!, ¡tanta bondad con tanta fuerza de carácter! ¡Y la tranquilidad
del alma en medio de la vida más agitada!
Todo lo que digo de ella no es más que una plática
incoherente, lastimosas abstracciones que no dan a conocer ni un ángulo de su
personalidad. Otro día… no, ahora mismo, te lo voy a decir. Si no lo hago ahora,
no lo haré nunca; porque debo decir que desde que empecé a escribir, he estado a
punto tres veces de tirar la pluma, hacer alistar mi caballo e irme a recorrer
el país, aunque me hubiera propuesto esta mañana quedarme aquí. Me asomo a la
ventana todo el tiempo para ver si el sol sigue muy alto.
No he podido resistir. He tenido que ir a su casa y ya
he regresado, mi querido Guillermo. Cenaré mi manteca mientras te escribo. ¡Qué
delicia para mí contemplarla rodeada de sus ocho alegres y traviesos hermanitos!
Si siguiera escribiéndote de este modo, quedarías tan
enterado al principio que al final. Pon atención, que voy a violentarme para
entrar en detalles.
Ya te escribí en fechas recientes cómo había conocido
al mayordomo S*** y cómo me había invitado a ir a verle en su retiro o más bien
en su pequeño reino. Hice poco caso de esta invitación y quizá no habría vuelto
a recordarlo. Si la casualidad no me muestra el tesoro oculto en su retiro.
Los mozos del pueblo daban un baile campestre y asistí.
Ofrecí la mano a una agraciada señorita, amable pero insulsa. Se acordó que yo
conduciría a mi pareja y a su prima, en coche, al lugar de la fiesta y que
recogeríamos a Carlota S***.
-Va usted a conocer a una mujer muy hermosa -dijo mi
pareja al llegar a la soberbia calle o más bien paseo bordado de árboles
generosos que conduce a la quinta. Cuidado con enamorarse.
-¿Y por qué? -le pregunté.
-Porque está comprometida con un hombre honrado
-contestó-, ausente en este momento arreglando negocios por el deceso de su
padre y al mismo tiempo para conseguir un empleo ventajoso. Estos datos, te
diré, los oí con total indiferencia.
El sol iba a esconderse detrás de las montañas cuando
llegamos a la puerta de entrada. El aire era pesado y difícil era respirar, se
veían arremolinarse en el horizonte ingentes y numerosos nubarrones de un color
oscuro. Las jóvenes manifestaban sus temores de una tormenta próxima y aun
cuando yo mismo estaba convencido de ello y adelantaba que la fiesta fracasaría,
traté de calmarlas con mis fingidos conocimientos meteorológicos.
Me bajé del coche y al mismo tiempo se presentó una
criada y nos pidió esperar un momento a la señorita Carlota, que iba a bajar
enseguida. Atravesé el patio, subí la escalinata que llevaba a la entrada de la
linda casa y cuando pasé por el vestíbulo, presencié el espectáculo más
encantador que hubiera visto. Seis niños, entre dos y 11 años, estaban agrupados
en torno a una joven de estatura media, pero bien formada, cuyo traje era un
simple vestido blanco adornado con lazos de color de rosa en marchas y pechera.
Tenía un pan casero en la mano y a cada niño le daba un pedazo según su edad y
apetito. Los niños levantaban sus manitas y luego de recibir la merienda, los
más vivos se fueron con ella muy alegres y los más calmados se dirigieron con
prudencia a la puerta para ver a los forasteros y el coche donde debía subir su
querida Carlota.
-Pido a usted mil perdones -me dijo-, por haberle dado
la molestia de llegar hasta este lugar y por hacer esperar a esas señoras; pero
ocupada primero en vestirme y después en arreglar lo que ha de hacerse en casa
en mi ausencia, me olvidé de dar de comer a mis pequeños, y no hay quien les
haga tomar el pan si yo no lo parto.
Respondí con un trivial cumplido, porque mi alma entera
estaba fija en sus labios, absorta de oír el timbre de su voz y de contemplar su
gallardía. Corrió a su habitación por los guantes y el abanico, y mientras pude
reponerme de mi trastorno. Los niños no se atrevían a acercárseme y me miraban
de reojo; fui hacia el más pequeño, que era una criatura preciosa. El chiquillo
huyó, pero en ese momento Carlota entró y dijo:
-Luis, ven a dar la mano a tu primo. El muchacho dejó
la timidez y obedeció; yo no pude menos que besarle efusivo, a pesar de que su
cara estaba llena del dulce de la merienda.
-¡Primo!, repetí yo, mientras estiré la mano a
Carlota-. ¿Me considera en verdad digno de la dicha de ser familiar suyo?
-¡Oh! -contestó ella con maliciosa sonrisa-. ¡Tenemos
tantos primos! Lo que sentiría es que fuera usted el peor de todos.
Al marchar recomendó a Sofía, la mayor de las
hermanitas, de unos 11 años, que tuviera mucho cuidado de los pequeños y que no
olvidara dar las buenas noches a su papá cuando volviera a casa; a los niños
dijo:
-Ustedes obedezcan a su hermana Sofía como si fuera yo
misma.
Algunos prometieron hacerlo, pero una rubita muy viva,
de a lo mucho seis años, le dijo con aire de importancia:
-Sofía no es lo mismo que tú, a ti todos te queremos
más.
Los dos chicos mayores se habían encaramado al coche y
ante mis ruegos, Carlota les permitió que fueran con nosotros hasta el bosque,
con tal que prometieran no hacer ninguna travesura.
Poco después de instalarnos en el coche y luego de
saludarse las señoras e intercambiar algunas observaciones sobre los trajes, y
sobre todo de los sombreros, con su poco de murmuración, inevitable en estos
casos, dirigida contra las personas que habríamos de ver, Carlota hizo detener
el carro y pidió a los niños que se bajaran; éstos obedecieron en el acto,
rogando a Carlota que les diera a besar su mano; el mayor lo hizo con la tierna
efusividad de los 15 años y el menor con mucha viveza. Carlota les encargó que
dieran mil caricias de su parte a los otros hermanitos. Seguimos nuestro camino.
La primera le preguntó si había acabado de leer el
libro que ella le había enviado.
-No -dijo Carlota-, no me gusta y puedes llevártelo; el
anterior no era mucho mejor.
Yo quise saber de qué libros se trataba y quedé
admirado al conocer que eran las obras de X. Encontraba tan buen juicio en sus
apreciaciones, tanto sentido en todo lo que decía; descubría encantos nuevos en
todas sus palabras y veía brillar rayos de inteligencia en su cara, que la
iluminaban, que poco a poco se llegaba a distinguir en su semblante la alegría
que sentía de que la comprendiera.
Cuando era más joven, dijo, nada me gustaba como leer
novelas. Dios sabe qué placer me causaba pasar el domingo entero en un rincón
solitario, participando de la dicha o de las desgracias de una miss Jenny. No
niego que este género no tenga todavía para mí algunos atractivos; pero como en
el día son muy escasos los momentos libres que me quedan para coger un libro, es
preciso por lo menos que sea de mi agrado. El autor que prefiero es aquel que me
pone en contacto con los de mi clase y sabe animar todo lo que me rodea; aquel
cuyas historias son tan caras a mi corazón como a mi vida interior, que sin ser
un paraíso, es para mí un manantial de inexpresable felicidad.
Hice esfuerzos para ocultar la emoción que me producían
sus palabras; pero no mucho tiempo, porque al oírla hablar del Vicario de
Wakefield y de X, con precisión y verdad conmovedoras, no me pude contener y me
empecé a disertar entusiasta, como transportado y fuera de mí.
Hasta que Carlota se dirigió a sus dos compañeras, me
percaté de que estaban ahí, con los ojos abiertos al extremo, pero como si no
estuvieran. La prima me miró con aire malicioso y socarrón, pero fingí no verla.
Enseguida se habló del placer del baile.
-¿Será un defecto esa pasión? -dijo Carlota-. He de
decir que no conozco nada superior al baile. Cuando alguna pena me embarga y
quiero mitigarla, me siento al clave, toco una contradanza y de inmediato todo
se me pasa.
¡Con avidez miraba sus bellos ojos negros! ¡Con qué
ardor contemplaba sus labios rosados, sus frescas mejillas tan animadas,
sintiéndome como encantado mientras hablaba! Sumido como en un éxtasis de
admiración por lo sublime y exquisito que ella decía, me sucedía con frecuencia
no oír las palabras que pronunciaba, ni concentrarme en los términos que
utilizaba. ¡Ah! Tú que me conoces entenderás lo que me pasaba. En una palabra,
bajé del carruaje como sonámbulo y seguí caminando como un hombre perdido,
inmerso en un mar de ensueños, y cuando llegamos a la puerta de la casa donde
era la reunión, no sabía dónde me encontraba.
Tan absorta estaba mi imaginación, que no sentí el
ruido de la música que oía en la sala de baile, con iluminación brillante. Los
dos caballeros, Audrán y un tal N. N. (¿cómo es posible retener en la memoria
todos esos nombres?), que eran las parejas de baile de la prima y de Carlota,
nos recibieron al bajarnos del coche y se apoderaron de sus damas, yo conduje a
la mía a la sala de baile. Se empezó a bailar un minué, en el que entrelazábamos
unos con otros; yo saqué a bailar a una señorita, luego a otra y me impacientaba
ver que eran justo las más feas las que no podían decidirse a darme la mano para
terminar. Carlota y su acompañante empezaron a bailar una contradanza. ¡Qué
grande fue mi gozo, como debes imaginar, cuando le tocó venir a hacer figura
delante de mí! ¡Verla bailar es admirarla! Su corazón, su alma completa, todo su
cuerpo tienen perfecta armonía; son tan libres, tan sueltos sus movimientos, que
parece que en esos momentos no ve, ni siente, ni piensa en otra cosa; y se diría
que por instantes todo se desvanece y desaparece ante sus ojos.
Yo la comprometí para la segunda contradanza, pero ella
me prometió la tercera, al decirme con total confianza que le encantaba bailar
las alemanadas.
-Aquí se acostumbra y es moda -me dijo-, que para las
alemanadas, cada uno conserve su pareja; pero mi caballero valsea mal y me
dispensará, con gusto, si yo le dejo y le excuso de ello. Su pareja está poco al
corriente de ese baile y tampoco procura aprenderlo. En cambio, he notado en la
contradanza que usted lo hacía muy bien; propongo a mi caballero que le ceda su
turno de vals y yo haré la misma solicitud a su pareja.
Yo le di la mano en señal de aceptación del convenio y
de inmediato quedó arreglado que su caballero entretendría durante la pieza a mi
pareja.
El baile dio inicio; al principio nos entretuvimos en
hacer varias figuras con los brazos. ¡Qué gracia, qué soltura en todos sus
pasos! Cuando llegó el vals y empezamos a dar vueltas unos alrededor de otros,
aunque en un inicio nos explayamos con desahogo, como había pocos bailarines que
estuvieran al corriente, se dio una confusión extraordinaria. Nosotros tuvimos
la prudencia de dejarlos desenredarse poco a poco y los más torpes abandonaron
el lugar; entonces nos adueñamos nosotros del salón y empezamos a bailar con
nuevo ardor.
Audrán y su pareja fueron los únicos que siguieron con
nosotros. Jamás me había sentido tan ágil, ya no era un hombre. ¡Tener entre sus
brazos a la más amable de las criaturas! ¡Volar con ella como torbellino que
anuncia la tempestad! ¡Ver pasar todo, eclipsarse todo ante mis ojos y a mi
alrededor! ¡Sentir! ¡Oh, amigo mío! Si he de ser franco, diré que entonces hice
el juramento de no permitir nunca que una joven que yo amara y sobre la cual
tuviera algún derecho, bailare con ningún otro hombre, aunque para impedirlo,
corriera el riesgo de perecer. Creo que me comprendes.
Para recuperar el aliento y descansar un poco, dimos
algunas vueltas por la sala, paseando, y ella se sentó enseguida. Yo le ofrecí
dos naranjas que había reservado, porque ya no había ninguna en el aparador, y
fueron recibidas a la perfección en aquel calor; yo estaba enajenado, pero una
indiscreta vecina que se encontraba al lado de Carlota, me daba una puñalada al
corazón cada vez que aceptaba un gajo de naranja que se le ofrecía.
En la tercera contradanza inglesa formábamos la segunda
pareja. Al recorrer toda la columna, Dios sabe con qué delirio seguía yo sus
pasos, cómo me embriagaba con sus ojos negros, en los que veía brillar el placer
en su pureza completa. Nos tocó hacer figura delante de una mujer que sin ser
muy joven, me había llamado la atención por su grata fisonomía; esta mujer miró
a Carlota, sonriendo y amenazándola con un dedo pronunció dos veces, al pasar,
el nombre de Alberto con un tono significativo.
-¿Quién es Alberto -le dije a Carlota-, si no es
indiscreción preguntar?
Iba a contestar, pero nos tuvimos que separar para
formar la gran cadena de ocho y me pareció ver ensombrecida su frente cuando
volví a pasar frente a ella.
-¿Por qué se lo iba a ocultar? -me dijo al darme la
mano para el paseo-. Alberto es un hombre honrado con quien estoy comprometida.
Ésta no era noticia para mí, pues sus amigas me lo
habían advertido durante el camino: pero ahora, después de que habían bastado
algunos instantes para tomarle tanto cariño y aprecio, estas palabras me
perturbaron como si hubiera recibido un golpe inesperado. Esta noticia me
trastornó por completo y su recuerdo me dejo atontado y en términos que ni sabía
lo que hacía, ni dónde estaba, y este olvido de mí mismo fue tan grande que no
supe ni puede hacer a tiempo la figura que seguía, y de tal modo confundí el
baile, por lo que fue necesario que con toda su presencia de espíritu, Carlota
me tomara de la mano, como a un niño, y me sacara de aquel caos, para poder
restablecer el orden.
Los relámpagos que brillaban en el horizonte y que yo
calificaba de simples exhalaciones de calor, empezaron a ser cada vez más
frecuentes y el estampido del trueno llegó a esconder los acordes de la
orquesta. Tres señoritas dejaron en el acto de bailar y sus parejas las
siguieron. Se generalizó la desbandada y enmudeció la música. Cuando una
desgracia nos sorprende en medio del placer, parece natural que suframos una
impresión más viva que cuando se produce en otras condiciones, bien porque el
contraste se deje de sentir con mayor viveza o porque nuestra impresionabilidad
sea mayor. A una de estas razones debo atribuir las singulares actitudes que
noté en algunas señoras. Una de ellas se metió en un rincón, de espalda a la
ventana, y cubrió sus oídos. Otra se arrodilló delante de la primera y oculta la
cabeza entre las piernas de ella. Una tercera se acercó y las estrechó en sus
brazos derramando un copioso torrente de lágrimas.
Algunas querían volver a casa; otras, todavía más fuera
de control, ni siquiera conservaban la entereza para rechazar las travesuras de
nuestros perillanes, muy solícitos y presurosos en robar de los labios de las
bellas atemorizadas, los fervientes ruegos que dirigían al cielo.
Parte de los hombres habían salido de la sala de baile
y bajado al patio para fumar sus pipas con tranquilidad. El resto de la
concurrencia siguió a la dueña de la casa que tuvo la gran idea de hacernos
pasar a otra sala cerrada con contraventanas y cortinas. Apenas llegamos ahí,
Carlota hizo un círculo con las sillas, tocó a todos sentarse y propuso un juego
de prendas. Al oír esta proposición vi a muchos fruncir alegremente los labios
con esperanza, sin duda, de conseguir un beso para desempeñar la prenda.
Cuando todos se sentaron:
-Vamos a jugar -dijo-, el juego de la Cuenta. Escuchen
y pongan atención. Yo daré vueltas en el círculo de derecha a izquierda y
mientras ustedes contarán; cada uno tiene que decir el número correspondiente y
todas estas cifras deben sucederse como un fuego graneado: el que se pare o se
equivoque recibirá una cachetada; y así debemos contar hasta mil.
¡Oh, qué hermosa lucía en aquellos momentos! Empezó a
dar vueltas con los brazos estirados, contando el primero uno; dos, el
siguiente; tres, el tercero, y así sucesivamente. Poco a poco la joven aceleró
el paso. Uno se equivocó y ¡pum!, recibió una cachetada; el siguiente se rió y
perdió la cuenta, y para este momento Carlota iba más aprisa. A mí me tocaron
dos bofetones y creí notar con honda satisfacción que fueron más fuertes que las
de mis compañeros. La risa y algarabía general terminaron el juego, antes de que
alcanzáramos el mil. Algunas parejas formaron grupos separados; había pasado ya
la tormenta y acompañé a Carlota a la sala donde habíamos bailado.
En el camino me dijo:
-Los golpes les han hecho olvidar la tormenta y todo lo
demás.
No atiné a responder.
-Yo era una de las más medrosas, pero haciéndome la
valiente para animar a las demás, he logrado en verdad no tener miedo.
Enseguida nos asomamos a la ventana. Aún se oía a lo
lejos el rugido del trueno; la lluvia refrescante caía con un murmullo y los más
deliciosos aromas llegaban a nosotros; un aire puro y fresco nos traía los
balsámicos perfumes que se desprendían de todas la plantas. Recargada en su
codo, con aspecto pensativo, sus miradas recorrían toda la campiña; fijó sus
ojos en el cielo, luego en mí y noté en ese momento anegados sus ojos de
lágrimas; puso su mano en la mía y dijo:
-¡Klopstock!
Recordé la magnífica oda a que se refería (aquélla en
la que el poeta celebra la belleza de la naturaleza después de una tempestad) y
el nombre de Klopstock me produjo gran cantidad de impetuosas sensaciones, a las
que me abandoné con toda mi alma. No pude resistir los impulsos de mi corazón;
estaba conmovido en lo más hondo; lloraba de felicidad e inclinándome hacia
Carlota, besé sus manos y luego levanté la mirada en busca de los suyos.
¡Klopstock, noble poeta! ¡Genio sublime! ¿Por qué no
has podido ver tu apoteosis en estas miradas? Ojalá no oyera a nadie profanar ya
tu augusto nombre!
¿Adónde llegaba con mi relación? Te aseguro que yo lo
ignoro; todo lo que sé y lo que recuerdo es que cuando me fui a dormir eran las
dos de la mañana. ¡Ah! Si hubiera estado junto a ella, en lugar de escribir, te
habría hablado quizá hasta la mañana.
No te he contado aún lo que me sucedió cuando
regresamos del baile y hoy no tengo tiempo para hacerte una relación detallada.
El sol salía con toda su majestad e iluminaba el bosque. Se veían brillar en las
extremidades de la ramas y en las hojas de los árboles las gotas de la lluvia o
del rocío, y el verdor de los campos era más fresco y vivo. Nuestras dos
acompañantes dormían y ella me preguntó si no haría lo mismo.
-Si tiene sueño -me dijo-, no gaste cumplidos.
-¿Dormir, dormir yo mientras vea esos ojos abiertos?
-le respondí con mi mirada fija en la suya. Me sería imposible cerrarlos.
Y en efecto ambos seguimos despiertos hasta llegar a su
puerta. Una criada la abrió sin ruido y después de interrogarla, le respondió
que sus padres y los niños dormían profundamente. Yo me separé de ella tras
haberle pedido permiso para visitarla aquel mismo día; ella aceptó y estoy de
regreso.
Desde entonces el sol, la luna y las estrellas pueden
salir y ocultarse cuando y como quieran, yo no sé ya cuándo es de día ni cuándo
es de noche, cuándo hace sol o cuándo hace luna; para mí ha desaparecido el
universo en su totalidad.
21 de junio
Mis días son tan felices como los que Dios reserva y
hace gozar a los elegidos; pase lo que pase, en adelante no podré decir que no
he conocido el gozo y la alegría; el gozo y la alegría más puros de esta vida.
Tú conoces mi Wahlheim; en él me he instalado en definitiva. Desde aquí sólo
tengo que caminar media legua para ir a casa de Carlota, en la cual gozo de mí
mismo; disfruto de toda la felicidad que puede gozar el hombre. ¿Cómo hubiera
podido imaginar, cuando escogí Wahlheim para mis paseos, que se hallaba tan
cerca del paraíso? ¡Cuántas veces al vagar sin objeto por esos lugares, bien
fuera por la cumbre de la montaña o por la llanura, o más bien, más allá del
río, he dirigido la mirada a ese pabellón que encierra hoy el objeto de todos
mis deseos.
Mil veces he reflexionado, querido Guillermo, sobre ese
deseo natural que tiene el hombre de ampliarse, de hacer descubrimientos, de
abarcar y dominar todo lo que le rodea; y después, por otro lado, sobre ese
segundo pensamiento interior que le asalta, de enterrarse a voluntad en ciertos
límites, de no salir del surco trazado por la costumbre, sin ocuparse de lo que
sucede y pasa a diestra y siniestra.
¡Qué extraña sensación! Cuando yo vine aquí y
recorriendo por vez primera estas colinas descubrí un valle muy risueño, sentí
de inmediato atracción por estos sitios, como por un efecto mágico. ¡Allá, a lo
lejos, el bosque! “Ah, pensaba yo de mí, si pudieras pasearte por sus sombras”.
Más alto, la cima de los montes. ¡Ah, si pudieras pasear la mirada desde ahí por
este extenso y exquisito paisaje… sobre esta cadena de colinas… sobre esos
pacíficos valles… “¡Oh, qué placer de perderme… de extraviarme en esos
lugares…!” Yo iba, venía, lo recorría todo sin encontrar lo buscado. Hay cosas
distantes que vemos como un confuso futuro y nuestra alma llega a entrever, como
por un velo, un extenso universo; todos nuestros sentidos aspiran a encontrarse
en él y a él se dirigen; y en esos momentos nos gustaría despojarnos de todo
nuestro ser, para penetrar en él y gozar por completo de la sensación deliciosa
y única, y entonces corremos… volamos… Pero, ¡ah!, cuando hemos llegado al
término del recorrido, estamos en el mismo punto; nos encontramos con nuestra
pobreza en estrecho límites y agobiada el alma por el peso de ese fantasma que
la oprime, suspira sin consuelo y ansía probar el bálsamo refrigerante que ha
desaparecido frente a ella.
Así suspira el hombre errante, en medio de su
existencia accidentada e inquieta, por su patria. En su cabaña, en los brazos de
su mujer, rodeado de sus hijos, y en los deberes que le imponen y en las
preocupaciones que le traen los deberes que exige su conservación, encuentra el
verdadero gozo, la satisfacción real que buscaba de manera vana e inútil en
todos los rincones de este enorme mundo.
Con mucha frecuencia, al despuntar el alba, salgo
corriendo y voy a mi querido Wahlheim; voy a buscar yo mismo mis guisantes al
huerto de mi huéspeda y me distraigo en mondarlos mientras leo a Homero; después
me voy a la cocina a elegir una vasija, a cortar mi mantequilla y poner los
guisantes en la lumbre; me siento al pie del hogar y los meneo de vez en vez. En
esos momentos me represento a los fieros amantes de Penélope, degollando,
despedazando y haciendo asar los bueyes y los cerdos. No hay nada en el mundo
que me dé más placer que el considerar estos rasgos característicos de la vida,
patriarcal, con los que gracias al cielo puedo sin daño entrelazar el tejido de
mi vida.
¡Qué dichoso me siento de poder sentir la inocente y
sencilla felicidad del moral que me ve sobre su mesa figurar la berza que él ha
plantado! No disfruta sólo el placer de saborearla, sino del recuerdo de la
hermosa mañana en que la plantó, de las apacibles tardes en que la regó y del
gusto que le traía verla crecer y redondearse cada día. Todos estos placeres y
fruiciones las saborea él en aquel solo momento.
29 de junio
Anteayer vino el médico de la ciudad a visitar al
mayordomo y me halló sentado en el suelo, en medio de los niños de Carlota. Unos
saltaban alrededor de mí o se subían en mis rodillas; otros me hacían gestos; yo
les hacía cosquillas y la algazara era grande y la alegría, muy ruidosa. El
doctor es un arlequín pedante que al hablar, cuida más de estirarse los puños de
la camisa, de arreglarse las chorreras, que de lo que dice. Al verme en esta
posición, jugando con los niños, le pareció que yo me rebajaba en mi dignidad de
hombre sensato y juicioso; pero a pesar de que yo me di cuenta de ello, por sus
modos, no cambié de postura por eso y seguí divirtiéndome. Le dejé decir todas
las cosas razonables y justas que se le ocurrieron y me ocupé de volver a
levantar el castillo de naipes que los niños habían derribado.
En cuanto volvió a la ciudad, lo primero que hizo fue
contar a las personas que encontraba y querían oírle: “Los niños del magistrado
estaban ya muy mal educados, pero ese Werther los acaba de echar a perder por
completo”. Sí, querido Guillermo, los niños son lo que conmueve más mi corazón
en la tierra. Cuando me detengo a mirarlos y veo en esos pequeños el germen de
todas las facultades que necesitarán practicar algún día; cuando descubro en sus
caprichos o terquedades la futura constancia y firmeza de carácter, o en sus
travesuras y en su malicia el humor fácil y alegre que hace olvidar las penas y
los contratiempos de la vida, y todo esto de una manera franca y total, no dejo
de repetirme siempre estas palabras divinas del maestro. Mientras no llegues a
ser como éstos… Pues bien, mi amigo, a estos niños, estas amables criaturas que
deberíamos considerar modelos, los tratamos como esclavos. ¿Por qué no han de
tener ellos también una voluntad personal? ¿No tenemos nosotros la nuestra? ¿En
qué se basa o está fundada esta prerrogativa? ¿Es porque nosotros tenemos más
edad y somos más serios? ¡Dios piadoso! Desde la inmensidad de tu gloria, ves a
los niños grandes y a los pequeños, y nada más, y hace mucho tiempo que has
declarado por boca de tu hijo, quiénes son con los que más te complaces. Los
hombres creen en él, pero no lo escuchan, y nunca han obrado de otra manera.
Forman a sus hijos semejantes a ellos y… Adiós; prefiero callar que seguir con
este desvarío.
1 de julio
¿Quién puede saber mejor lo que debe ser Carlota para
un enfermo sino mi propio corazón, más adolorido que el desgraciado paciente
acostado en su lecho? Algunos días va a visitar a una señora respetable de la
ciudad que, según dictamen de los facultativos, le queda poco tiempo de vida y
desea tener a Carlota a su lado en los últimos instantes. Le acompañé la semana
pasada a hacer una visita al pastor de San***, a una legua de aquí, en la
montaña; llegamos cerca de las cuatro de la tarde, acompañados de la segunda
hermanita de Carlota. Al entrar en el patio de la casa, sombreado por dos
grandes nogales, vimos al buen anciano sentado en un escaño en la puerta de su
casa. Tan pronto vio a Carlota, se sintió reanimado con vigor juvenil y sin
recoger su báculo nudoso, se aventuró a levantarse para acudir a su encuentro.
Carlota corrió hacia él y lo hizo volver a su lugar, se
sentó a su lado; le dio los afectuosos recuerdos de su padre y acarició y besó a
un pequeño que era el niño mimado del anciano, a pesar de lo feo que era y de lo
sucio que estaba. Necesario fuera que hubieras visto las atenciones delicadas
que tenía con el anciano pastor; cómo elevaba la voz para alcanzar a los débiles
y medio cerrados oídos, cómo le hablaba de las personas jóvenes y robustas que
habían muerto de manera súbita, de la excelencia de las aguas de Carlsbad y de
su acertada decisión de tomarlas el verano próximo, sin omitir al mismo tiempo
que le hallaba muy mejorado con relación a la última vez que le había visitado.
Mientras, yo saludé y presenté mis cumplidos a la esposa. El buen anciano se
mostraba alegre al extremo y no pude menos que expresar la admiración que me
provocaban la hermosura y abundancia de los dos nogales en cuya sombra nos
cubríamos. De inmediato, aunque de una manera un poco pesada, empezó a contarnos
la historia de estos árboles.
-El más viejo -dijo-, no se sabe quién lo plantó: tal
pastor, dicen éstos; tal otro, dicen aquéllos; sobre el más joven (precisamente
es de la edad de mi mujer, que cumplirá 50 años en octubre), su padre lo plantó
en la madrugada del día en que nació por la tarde. Su padre fue mi antecesor y
no puede decirse con justicia hasta qué punto quería él este árbol, aunque
seguro no mucho más que yo. La primera vez que vine aquí, siendo entonces un
pobre estudiante, mi mujer estaba sentada en un madero, haciendo media, al pie
de este árbol, en este mismo patio. Hará de esto como… como… unos 37 años… Sí…
37 años.
Carlota le dijo que tendría gusto de ver a su hija
Federica, pero ésta había bajado a la pradera con Schmidt para ver a los
trabajadores, y el buen hombre prosiguió con su historia. Nos dijo que su
predecesor le había tomado afecto, así como también su hija; cómo llegó a ser su
vicario y por último su sucesor. Apenas acababa de terminar la historia, cuando
entró la joven al patio acompañada de Schmidt y dio a Carlota una bienvenida
amistosa. Debo confesar que no me desagradó: es una joven trigueña, vivaracha,
bien formada y su trato haría pasar algunas horas muy gratas en el campo a su
lado. Su pretendiente, pues por supuesto juzgué que lo era Schmidt, es un hombre
bien educado, pero frío, y no despegó los labios ni participó en la
conversación, por más que trató Carlota para invitarle. Lo que más me desagradó
fue observar en su fisonomía que obraba así más bien por capricho y mal humor,
que por falta de ingenio o de instrucción. Esta suposición se confirmó con lo
que ocurrió después en el paseo, porque hallándose Federica separada, por
casualidad, de Carlota unos cuantos pasos, y a mi lado, vi enfadarse el
semblante de nuestro enamorado, y su rostro, bastante encapotado ya sin esto,
tomó un aspecto sombrío de mal género. Felizmente, Carlota después de notarlo,
me jaló de la manga, dándome a entender con señas que yo me mostraba demasiado
amable con Federica. Nada me desconsuela más que ver a los hombres atormentarse
unos a otros; y, sobre todo, me irrito cuando veo a jóvenes en la flor de la
juventud, cuyo corazón debería estar más abierto y accesible a todos los goces,
sembrar en él la perturbación y la desconfianza, y arruinar de ese modo los
cortos instantes de dicha que se les concede, muy escasos, dicho sea de paso;
momentos que una vez idos no regresan nunca y que no dejan en su lugar sino
pesares estériles. Yo me sentí picado, casi ofendido. Al ver caer la tarde
volvimos al patio a tomar leche y se orientó la conversación hacia las penas y
los goces de este mundo: aprovechando la ocasión, tomé la palabra y me puse a
atacar con viveza el mal humor.
-Nos quejamos muchas veces -dije-, de lo raros que son
los días felices y lo muy abundantes y frecuentes que son los días malos; y a mi
parecer, nos quejamos sin motivo. Si tuviéramos listo el corazón en todo momento
para gozar del bien que Dios nos envía, tendríamos de igual forma la fuerza de
soportar el mal cuando sobreviene.
-Pero nuestro humor no está en nuestro poder, no somos
dueños de él -expresó la mujer del pastor-; con mucha frecuencia depende de
nuestra condición física, la menor indisposición nos hace mirarlo todo con
colores sombríos. Ante lo cual estuve de acuerdo.
-Vamos a considerarlo entonces una enfermedad,
-continué- y descubramos si tiene remedio o no.
-Admitido -dijo Carlota-; pero yo creo que depende de
nosotros en gran medida y esto lo sé por experiencia. Cuando me molesta o me
apena algo, no tengo más que dar unas cuantas vueltas por el jardín, tarareando
alguna contradanza, y en el acto se me quita el mal humor.
-Es eso lo que quería decir -agregué-. Sucede con el
mal humor lo mismo que con la pereza, a la que nuestra naturaleza es muy
propensa; y sin embargo, tenemos bastante fuerza para sacudirla y alejarla, el
trabajo sale sin esfuerzo de nuestras manos y sentimos un verdadero goce con
nuestra actividad.
Federica escuchaba atenta y el joven me presentó la
objeción de que algunas veces no se es dueño de sí mismo o que al menos no se
puede controlar los sentimientos.
-Aquí se trata -repuse-, de un sentimiento poco grato
del que todos se podrían deshacer con gusto y nadie sabe hasta dónde puede
llegar su fuerza mientras la haya probado. De seguro que el que se siente
enfermo recurrirá a los facultativos y no se negará a respetar el régimen que le
impongan, por rígido que sea, ni a tomar las medicinas que se le prescriban por
amargas que resulten, con el interés de recobrar la salud, que nos es tan
preciada.
Advertí que el buen anciano oía con atención para tomar
parte en nuestra charla y alzando la voz y dirigiéndole la palabra, agregué:
-Se predica contra muchos vicios, pero nunca he oído a
alguien decir que se predicara desde el púlpito contra el mal humor.
-Eso corresponde a los predicadores de la ciudad
-respondió el anciano-, porque los aldeanos no conocen ni el mal humor ni el
capricho. No dañaría a nadie, sin embargo, tocar de vez en cuando ese punto;
sería una lección para la esposa del pastor, por lo menos, y para el señor
magistrado.
Todos soltamos la risa y él con nosotros, de muy buen
ánimo, hasta que le sobrevino la tos, que interrumpió por un momento la plática.
El joven tomó la palabra de inmediato:
-Ustedes califican el mal humor de vicio y eso me
parece extremoso.
-¿Extremoso? Todo lo que perjudica al hombre y al
prójimo merece ese calificativo. ¿No basta no poder hacernos mutuamente
dichosos? ¿Es necesario también privarnos unos a otros del placer que cada uno
puede proporcionarse en el fondo de su corazón? A ver, ¿quién es el mortal que
de mal humor tenga el valor de ocultarlo, de tolerarlo solo, para no trastornar
la alegría de los que le rodean? ¿No es esto en el fondo el sentimiento interior
de nuestra insuficiencia, un descontento de nosotros mismos, mezclado siempre
con la envidia, hija de una loca vanidad? Vemos hombres felices y alegres que no
nos deben su dicha y no podemos tolerar su presencia.
Carlota sonreía viendo el calor y la emoción con que yo
hablaba y una lágrima que vi brotar de los ojos de Federica me hizo seguir.
-¡Desgraciados -exclamé-, quienes usan del control que
tienen sobre un corazón para negarle los placeres puros y simples que surgen y
brotan de él de manera espontánea! Todos los regalos, todas las complacencias
del mundo, no sustituyen ni compensan un solo instante de verdadero placer
contaminado por las envidiosas vejaciones de un tirano.
En aquel momento, mi corazón se desbordaba. El recuerdo
de muchos sucesos del pasado oprimía mi alma y mis ojos se humedecían.
-¡Ah! -dije-. Si cada uno se dijera a sí mismo todos
los días: tu primera obligación con tus amigos es respetar sus placeres,
aumentar su dicha al participar en ella; la más dulce de tus obligaciones es la
de derramar un gota de bálsamo en su alma cuando está agitada por una pasión
violenta o angustiada por la tristeza. ¡Ah! ¡Cómo te acusará la conciencia
cuando la víctima que tus bárbaros caprichos han sacrificado en la flor de la
edad, devorada por la fatal enfermedad que va a cortar el curso de su vida, se
halle tendida ante ti, desfalleciente y moribunda! Sus ojos, inertes y apagados,
tratan de dirigir hacia el cielo, en vano, una débil mirada por última vez; el
sudor frío de la muerte baña su rostro pálido y demacrado. Acércate, te digo
entonces, y que el infierno tome tu corazón. Sientes que ya es muy tarde y que
todos sus tesoros son inútiles; la angustia se apodera de tu alma; quisieras
desprenderte de todo lo que tienes para dar a la pobre criatura moribunda un
momento de consuelo, un soplo de vida; ¡reanimarla, en fin!
Esta escena inspirada en un cuadro similar que había
presenciado llenó mis ojos de lágrimas; me sentí muy conmovido y mientras cubría
mi cara con el pañuelo para ocultar la emoción, me alejé del grupo.
No me calmé ni me repuse hasta oír la voz de Carlota,
que me llamaba:
-¡Vamos, vamos, que es tiempo de irnos!
¡Qué cariñosos comentarios me hizo después, en el
camino, por la parte apasionada al extremo que tomaba en todo!
-De ese modo llegará a matarse -decía-; debe ser más
razonable y no dejase impresionar de ese modo.
¡Oh, sí, mujer angélical…! ¡Quiero vivir… vivir para
ti!
6 de julio
Carlota está siempre al lado de su amiga moribunda y
siempre es la misma: siempre la criatura afable y benéfica, cuya mirada,
dondequiera que va, dulcifica el dolor y hace felices a las personas. Ayer por
la tarde fue a pasear con Mariana y la pequeña Amelia. Yo lo sabía: me reuní con
ellas y caminamos juntos. Después de caminar como legua y media, regresamos a la
ciudad y llegamos a la fuente, que ya me gustaba mucho y ahora me gusta mil
veces más. Carlota se sentó sobre el pequeño muro; los demás estábamos frente a
ella. Miré al alrededor y recordé el tiempo en que mi corazón estaba solitario.
-¡Fuente querida! -me dije-. ¡Cuánto tiempo hace que no
gozo de tu frescura y al pasar de prisa junto a ti, ni siquiera te he mirado!
Bajé los ojos y vi que subía la pequeña Amelia con su
vaso; Mariana trató de quitárselo.
-¡No! -dijo la niña-, con la más dulce expresión. ¡No!,
tú has de beber antes que todos.
La verdad, la bondad con que aquella niña pronunciaba
estas palabras me arrebataron hasta el punto de expresar mis sentimientos, no
supe hacer otra cosa que tomarla en brazos y besarla con tal efusividad, que
empezó a gritar y a llorar.
-Eso no está bien hecho -me dijo Carlota.
Me quedé confundido.
-Ven, Amelia -continuó y la tomó de la mano para bajar
los escalones-. Lávate enseguida con agua fresca; eso no es nada.
Fijé mi atención en la niña, que con esmero se frotaba
las mejillas con las manos mojadas, convencida de que la fuente milagrosa le
quitaría toda mancha y retiraría la afrenta de que una barba impura la hubiera
tocado. Carlota decía “¡basta ya!” y ella seguía frotándose con nuevo ánimo,
como si mientras más lo hiciera fuera mejor.
Guillermo, te aseguro que no he asistido a ninguna
ceremonia con más respeto; y cuando Carlota subió, con gusto me hubiera postrado
a sus pies, como ante los de un profeta redentor de los pecados de un pueblo. No
pude resistir al deseo de contar por la noche lo sucedido, con toda la alegría
de mi corazón, a alguien que yo creía sensible, porque tiene agudeza. ¡Cómo me
equivocaba! Censuró la conducta de Carlota; dijo que no se debía hacer creer
nada a los niños; que estos abusos eran origen de errores y supersticiones
innumerables, que hay necesidad de evitar desde la infancia… Entonces recordé
que ocho días antes había hecho este charlatán bautizar a un niño; por lo cual,
oyéndole como el que oye la lluvia, prevalecí fiel con todo mi corazón a esta
verdad: “Es preciso actuar con los niños como actúa con nosotros el Señor, que
nunca nos hace más felices que cuando nos deja embriagarnos con una agradable
ilusión”.
8 de julio
¡Qué niños somos, verdaderamente, y qué valor tan
elevado damos a una mirada! ¡Qué niño es el hombre! Habíamos ido a Wahlheim; las
señoras iban en coche y durante el paseo, creí ver en los ojos negros de
Carlota… ¡Estoy loco… perdona! ¡Sería preciso haber visto aquellos ojos! En fin,
para terminar (porque estoy cayéndome de sueño), te diré que las señoras iban en
una carroza y el joven W***, Selstadt, Audrán y yo seguíamos a pie. Estos
caballeros, siempre vivos, turbulentos y ligeros, no dejaban de dar vueltas
alrededor del carruaje, yendo de un lado a otro y charlando. Las señoras seguían
la plática y contestaban. Yo buscaba los ojos de Carlota y vi, ¡ay!, que se
fijaban o más bien que erraban de un lugar a otro, pero que nunca, ni una sola
vez, se detenían en mí, yo que no veía más que a ella! ¡Mi corazón la saludaba
mil veces y ella no me miraba! El carruaje nos adelantó y una lágrima humedeció
mis ojos. Yo la seguí con la vista y vi el tocado de su cabeza fuera de la
puerta, inclinándose para buscar, para ver… ¿A quién? ¿A mí? ¡Oh, amigo! Estoy
flotando en esta incertidumbre, misma que es mi consuelo. Quizá era a mí a quien
buscaba… a mí a quien quería ver… ¡Tal vez! Buenas noches. ¡Qué niño soy!
10 de julio
Quisiera que vieras la estúpida cara que pongo cuando
la gente habla de Carlota y sobre todo cuando me preguntan si me gusta…
¡Gustarme! Odio de muerte esta palabra. ¿A qué hombre no le gustará, no le
robará el pensamiento y todo el corazón? ¡Gustar! El otro día me preguntaron si
Ossian me gustaba.
11 de julio
La señora M., está muy enferma. Ruego a Dios por su
vida, porque sufro viendo que Carlota sufre. No la veo sino a veces en casa de
una de sus amigas, donde hoy me ha contado una historia singular. El señor M. es
un viejo avaro, perverso y repugnante, que ha tenido atormentada y muy sujeta a
su mujer toda la vida; ella, sin embargo, ha sabido sacar fruto de la situación.
Habiéndola desahuciado el médico hace algunos días, mandó llamar a su marido y
en presencia de Carlota, le habló en estos términos:
“Debo confesarte algo que después de mi muerte podría
ser motivo de inquietud y pesar. Hasta hoy he gobernado la casa con todo el
orden y la mejor economía posible; pero debo pedirte perdón, porque te he
engañado durante 30 años. Desde nuestro matrimonio fijaste una cantidad muy
pequeña para los gastos de comida y demás de la casa. Cuando ésta ha prosperado
y nuestros negocios han mejorado no he podido lograr que aumentes la suma
destinada cada semana; tú sabes que en el tiempo de nuestros mayores gastos me
obligabas a atender a todo con un florín diario. He obedecido sin reprochar y
cada semana he tomado del cofre del dinero lo indispensable para cubrir mis
atenciones, segura de que jamás se sospecharía que una mujer robara a su marido.
Nada he malgastado e incluso sin hacer esta confesión hubiera entrado sin
preocupación en la eternidad; pero sé que la que me suceda en el gobierno de la
casa no podrá manejarse con lo poco que tú das y no quiero que llegues a echarle
en cara que tu primera mujer se contentaba con ello”.
He hablado con Carlota sobre la increíble ceguera que
hace que un hombre no sospeche manejo alguno en una mujer que con siete florines
cubre, de domingo a domingo, todos los gastos, cuando se ve que éstos pasan del
doble. Sin embargo, conozco gente que hubiera recibido en su casa, sin
asombrarse, el inagotable cántaro de aceite del profeta.
13 de julio
No, no me engaño; leo en sus ojos negros el verdadero
interés que le inspiran mi persona y mi suerte. Conozco y en esto debo confiar
en mi corazón, que ella... ¡Oh! ¿Podré y me atreveré a manifestar con estas
palabras la dicha celestial que me embarga? Sé que me ama.
¡Soy amado! ¡Si vieras cómo me quiere ahora; si vieras…
Te lo diré, porque tú sabrás comprender: si vieras lo mucho más que valgo a mis
propio ojos desde que soy dueño de su amor! ¿Es esto presunción o sentimiento de
nuestra relación verdadera? No conozco hombre alguno capaz de robarme el corazón
de Carlota y no obstante, cuando ella habla de su futuro esposo, con todo el
calor, con todo el amor posible, me encuentro como el desgraciado a quien
despojan de todos sus títulos y honores, y le fuerzan a entregar su espada.
16 de julio
¡Ah! ¡Qué sensación tan agradable inunda todas mis
venas, cuando por casualidad mis dedos tocan los suyos o nuestros pies se
encuentran debajo de la mesa! Los aparto como un rayo y una fuerza secreta me
acerca de nuevo en contra de mi voluntad. El vértigo se apodera de todos mis
sentidos y su inocencia, su alma cándida, no le permiten siquiera imaginar
cuánto me hacen sufrir estas insignificancias. Si pone su mano sobre la mía
mientras hablamos y si en el calor de la conversación se aproxima tanto a mí que
su divino aliento se confunde con el mío, creo morir, como herido por el rayo,
Guillermo, y este cielo, esta confianza, si llego a atreverme.. Tú me entiendes.
No, mi corazón no está tan corrompido, Es débil, demasiado… ¿Pero en esto no hay
corrupción?
Carlota es sagrada para mí. Todos los deseos
desaparecen en su presencia. Nunca sé lo que siento cuando estoy con ella: creo
que mi alma se dilata por todos mis nervios.
Hay una sonata que ella ejecuta en el clave con la
expresión de un ángel: ¡tiene tal sencillez y tal encanto! Es su música favorita
y le basta tocar su primera nota para alejar de mí zozobras, preocupaciones y
aflicciones.
No me parece inverosímil nada de lo que se cuenta sobre
la antigua magia de la música. ¡Cómo me esclaviza este sencillo canto! ¡Y cómo
sabe ella ejecutarlo en aquellos momentos en que yo colocaría contento una bala
en mi cabeza! Entonces disipándose la turbación y las tinieblas de mi alma,
respiro más libremente.
18 de julio
Guillermo, ¿qué es el mundo para nuestros corazones
cuando no hay amor? Una linterna mágica sin luz. Pero en cuanto empieza a
brillar en su interior la llama, se ven aparecer en sus paredes todo tipo de
figuras, formas y colores. Aun cuando todo lo que se presenta a la vista no
fuera más que eso, aun cuando todas esas apariciones no fueran más que fantasmas
pasajeros, ¿no es una gran fortuna tomar parte en este espectáculo de ilusiones,
la alegría, el gozo de los niños y los transportes de su entusiasmo inocente y
simple?
No podía ir hoy a ver a Carlota, estaba como prisionero
entre mis amigos y conocidos, de cuya compañía no podía deshacerme. ¿Qué hacer
en esta situación? Mandé a mi sirviente para verla, con el fin de tener a mi
lado a alguien por lo menos, que hubiera estado cerca de ella en el día, y
esperaba que volviera con gran impaciencia, sólo comparable a la alegría que
sentí viéndole regresar. Hubo un momento en que me hubiera aventado hacia él,
que lo hubiera abrazado. ¡Tal era mi felicidad! Pero me refrené.
Se dice de la piedra de Bolonia que al exponerse al sol
atrae sus rayos, los capta y alumbra y resplandece por la noche durante algún
tiempo; pues bien, otro tanto era para mí este sirviente. La idea de que los
ojos de Carlota se habían fijado en él, sobre su cara, sobre sus botones, sobre
el cuello de su camisa, hacía para mí todos esos objetos de tanto interés, tan
preciados. No, en ese momento yo no hubiera cedido este mancebo aunque me
hubieran ofrecido 500 talegos. Su sola vista me producía un placer infinito…
Procura no reír de esto. Dime, Guillermo, ¿no es en realidad una ilusión lo que
nos brinda tanta dicha?
19 de julio
¡La veré!, exclamo con júbilo por la mañana cuando, al
despertarme lleno de alegría, dirijo mi mirada hacia el sol que sale; ¡la veré!,
y no tengo otro deseo en todo el día. Lo demás desaparece ante esta esperanza.
20 de julio
Tu idea de que me vaya con el embajador de… no es la
mía todavía. No me gusta depender de nadie y además, sabemos que ese hombre es
repulsivo. Dices que mi madre se alegrará de verme ocupado. Deja que ría. ¿No
tengo ya suficiente quehacer? Y en el fondo, ¿no es lo mismo contar guisantes
que lentejas? Todas las cosas del mundo vienen a terminar en bagatelas y el que
por complacer a los demás contra su gusto y sin necesidad, se fatiga
persiguiendo la fortuna, los honores o cualquier otra cosa, es siempre un loco.
24 de julio
Dado el interés que manifiestas en que no descuide el
dibujo, casi prefería callar a decirte que desde hace mucho apenas y lo he
atendido.
Jamás he sido tan feliz; nunca me ha impresionado la
naturaleza de manera tan honda: hasta un piedra, un tallo de hierba… y, sin
embargo, no puedo expresarme. ¡Mi imaginación está tan débil! Todo vaga y oscila
de forma que ni siquiera puedo captar un contorno. A pesar de ello, me figuro
que si tuviera barro o cera, modelaría a la perfección todo lo que concibo. Si
esto dura, me entretendré con barro común, aunque sólo haga bolitas.
Tres veces he comenzado el retrato de Carlota y las
tres me ha salido mal. Esto me es tanto más sensible, cuanto que hace poco tenía
gran facilidad para sacar el parecido. En fechas recientes he hecho su retrato
de perfil; tendré que contentarme con él.
25 de julio
Sí, amada Carlota, todo se encargará y todo se
ejecutará; vengan encargos con más frecuencia, vengan en todo momento. ¡Ah! Sólo
pido un favor, que no haya arenilla en los billetes que recibo. Mi primer
movimiento fue llevar a mis labios el de esta mañana y he sentido la arenilla
hacer ruido en mis dientes.
26 de julio
¡Cuántas veces me he prometido no verla tanto! ¡Ah!
¿Quién puede resistir y cumplir este objetivo? Todos los días caigo en la
tentación y al regresar de verla, me digo, como por excusa o consuelo: “¡Mañana
no irás!” Llega ese mañana y con él, sin explicación, un motivo inexcusable para
visitarla; y antes de que haya tenido tiempo para reflexionar sobre ello, me
hallo en su casa.
Una vez, porque me dice al despedirnos “¿vendrá usted
mañana?” ¿Es posible no aceptar semejante oferta? A veces me da un encargo y yo
pienso que sería una falta de atención no llevarle yo mismo la contestación; y
otras veces, en fin, haciendo un tiempo tan magnífico, es imposible no salir del
cuarto y disfrutarlo. Entonces salgo y camino hasta Wahlheim, y al llegar, como
no es más que media legua hasta su casa… me siento como atrapado en su misma
atmósfera y sin saber cómo, llego a su lado.
Mi abuela nos contaba la historia de la montaña Imán;
todos los barcos que pasaban cerca de ella perdían su herraje; los clavos, como
si tuvieran alas, volaban hacia la montaña, se desunían de la madera y los
pobres marineros quedaban perdidos y sin más remedio que tomarse de los tablones
flotantes.
30 de julio
Alberto ha llegado y yo me marcharé. Aunque él fuera el
mejor y más noble de los hombres, y yo reconociera mi inferioridad bajo todo
concepto, no soportaría que a mi vista tuviera tantas perfecciones. ¡Tener!
Basta, Guillermo; el novio está aquí. Es un joven bueno y honrado que inspira
cariño. Por suerte no he presenciado su llegada; me hubiera desgarrado el
corazón.
Es tan generoso que ni una vez se ha atrevido a abrazar
a Carlota delante de mí. ¡Dios se lo pague! La respeta tanto, que debo
apreciarle. Se muestra muy afectuoso conmigo y supongo que esto es más obra de
Carlota que efecto de su propia inclinación; las mujeres son muy mañosas en este
sentido y son firmes: cuando pueden hacer que dos de sus adorados vivan en buena
inteligencia, lo que sucede pocas veces, lo logran, y el beneficio es sin duda
para ellas. Sin embargo, no puedo negar mi estima a Alberto.
Su exterior tranquilo hace un contraste muy marcado con
mi carácter turbulento, que en vano me gustaría ocultar. Es sensible y no
desconoce el tesoro que tiene en Carlota. Parece poco dado al mal humor que,
como sabes, es el vicio que más detesto.
Me considera un hombre talentoso y mi amistad con
Carlota, unida al vivo interés que tomo en todas sus cosas, da más valor a su
triunfo y la quiere cada vez más. No averiguaré si suele atormentarla a solas
con algún arranque de celos; pero confieso que si yo estuviera en su lugar los
sentiría.
Sea lo que sea, la alegría que sentía al lado de
Carlota se ha ido. ¿Diré que esto es locura o ceguera? ¿Pero qué importa el
nombre? El asunto no puede ser más claro. No sé hoy nada que no supiera antes de
que llegara Alberto; sabía que no debía formar ninguna pretensión con Carlota y
yo la había formado… quiero decir: únicamente sentía lo que no se puede evitar
al contemplar tantos hechizos; y con todo, no sé qué me pasa al ver que el otro
llega y se queda con la dama.
Estoy que bramo y me burlo de mi miseria, y más aún,
lanzaría mis sarcasmos sobre quien diga que debo resignarme, y que como esto no
podía suceder de otro modo; ¡vayan al diablo los razonadores! Vago por los
bosques y cuando llego a casa de Carlota y veo a Alberto sentado a su lado,
entre el follaje del jardín, y tengo que controlarme, me vuelvo loco y hago mil
necedades.
-En nombre del cielo -me ha dicho ella hoy-, te ruego
que no repitas la escena de anoche; eres espantoso cuando te pones tan contento.
Te diré, entre nosotros, que acecho todos los momentos
en que él tiene que hacer; de un salto, me meto en la casa y me vuelvo loco de
gozo siempre que está sola.
8 de agosto
Te suplico, querido amigo, que no vayas a creer que
hablaba de ti, al tratar de insoportables a los hombres que exigen resignación
total ante los inevitables golpes del destino. No me imaginaba que pudiera tener
semejantes opiniones. Sin embargo, en el fondo tienes razón; pero permíteme
hacer un comentario. Sucede rara vez en este mundo que los eventos se encuentran
sometidos a la ley absoluta del sí o del no. Hay tantos grados, tan diversos
tonos en los sentimientos y en los procedimientos, como líneas distintas en una
nariz chata o aguileña; y tú no extrañarás ni estarás incómodo si yo, sin dejar
de aceptar tu principio, trato de escurrirme entre el sí y el no.
Aquí está tu argumento: “o tienes esperanza de ver
hechos realidad tus deseos con Carlota o no la tienes. En el primer caso trabaja
sin cejar para lograr tu fin; en el segundo, trata de ser hombre y refrena y
doma una pasión condenable que debe consumir toda tu fuerza”. Amigo mío, todo
está bien dicho y es fácil decirlo.
¿Ves a ese desgraciado que empeora, que se extingue,
devorado por una lenta pero continua enfermedad? ¿Puedes tú acaso exigirle
terminar sus tormentos con una puñalada? El mal mismo que lo extermina, que lo
mina, ¿no le quita la fuerza y el valor para liberarse de él de manera violenta?
Podrías, tienes razón, responder con otra comparación semejante: ¡quién no se
dejaría cortar un brazo con gangrena antes arriesgar la vida! Yo no, lo sé. Y
además no nos gusta lastimarnos con comparaciones. Sí, Guillermo, algunas veces
tengo raptos del valor más determinado y del más aventurado, y en esos momentos…
¡Si supiera adónde ir, lo haría en el acto!
Por la noche
Mi diario, que estaba abandonado desde hace unos días,
ha llegado hoy a mis manos y me he confundido al ver señalados en él todos mis
pasos. ¿Es con entero detalle cómo he llegado tan lejos? ¿No es sorprendente que
haya visto con tal claridad mi estado y me haya comportado como un muchacho? Hoy
lo veo todo muy claro; y, sin embargo, no hay indicios de que me corrija.
10 de agosto
Si no fuera un loco, podría pasar la vida con más
felicidad y sosiego. Pocas veces se reúnen para alegrar un alma circunstancias
tan favorables como las que tengo hoy. Esto afirma mi creencia de que nuestra
felicidad depende del corazón. Formar parte de esta amable familia, ser querido
del padre, como un hijo, de los niños como un padre, y de Carlota… Y este
excelente Alberto, que no turba mi dicha con celos ni mal humor, que me profesa
verdadera amistad y que ve en mí a la persona que más estima en el mundo después
de Carlota… Guillermo, es un placer oírnos cuando vamos de paseo y hablamos de
ella; nunca se ha imaginado nada tan ridículo como nuestra situación y, sin
embargo, las lágrimas algunas veces humedecen mis ojos.
Cuando me habla de la virtuosa madre de Carlota y me
cuenta que poco antes de morir dejó al cuidado de ella la casa y los niños, y al
de él a Carlota; que desde entonces la joven ha revelado dotes inusitadas; que
se ha vuelto una verdadera madre con la dirección de los asuntos domésticos; que
todos los momentos de su vida están esmaltados por la ternura y el trabajo, sin
que jamás hayan sufrido alteración su buen humor y su alegría. Yo camino junto a
él, tomando las flores que encuentro a mi paso, con las que hago un bonito
ramillete y lo arrojo al río, siguiéndole con la mirada mientras se aleja en las
ondas mansamente. No sé si te he dicho que Alberto estará en esta ciudad
permanentemente y que espera de la corte, donde goza de aprecio, un buen empleo,
con buen salario. Conozco pocas personas que le igualen en el orden y el celo
por los negocios.
12 de agosto
Alberto es, sin duda, el mejor de los hombres que
existen; ayer me pasó con él un lance peregrino. Había ido a su casa a
despedirme, pues se me antojó dar un paseo a caballo por las montañas, desde
donde te escribo en este momento. Yendo y viniendo por su cuarto, vi sus
pistolas.
-Préstamelas para el viaje -le dije-.
-Con mucho gusto -respondió-, si quieres tomarte el
tiempo de cargarlas; aquí sólo están como un mueble de adorno.
Tomé una; él continuó:
-Desde el chasco que me he ocurrido por mi exceso de
precaución, no quiero tener que ver con esas armas.
Tuve curiosidad de saber esa historia y él dijo:
-Habiendo ido a pasar tres meses en el campo con un
amigo, llevé un par de pistolas; estaban descargadas y yo dormía tranquilo. Una
tarde lluviosa, en que no tenía nada que hacer, tuve la idea, no sé por qué, de
que podían sorprendernos, hacer falta las pistolas y… tú sabes lo que son las
apreciaciones. Di mis armas para que las limpiara y las cargara. Jugando éste
con las criadas, quiso asustarlas y al tirar del gatillo, la chimenea, Dios sabe
cómo, se encendió y despidiendo la baqueta que estaba en el cañón, hirió en un
dedo a una pobre muchacha. Para consolarla tuve que pagar la cura y desde
entonces dejo siempre las pistolas vacías. ¿De qué sirve la previsión, mi buen
amigo? El peligro no se deja ver por completo. Sin embargo…
Ya sabes cuánto quiero a este hombre; pero me molestan
sus sin embargo. ¿Qué regla general no tiene excepción? Este Alberto es tan
meticuloso, que cuando cree haber dicho algo atrevido, absoluto, casi un axioma,
no deja de limitar, modificar, quitar y agregar hasta que desaparece todo lo que
ha dicho. No fue esta vez infiel a su costumbre; yo acabé por no escuchar y
zambulléndome en un mar de sueños, con repentino movimiento apoyé el cañón de
una pistola sobre mi frente, arriba del ojo derecho.
-Quita eso -dijo Alberto-, mientras tomaba la pistola.
¿Qué quieres hacer?
-No está cargada -repuse.
-¿Y qué importa? ¿Qué quieres hacer? -repitió
impaciente-. No comprendo que haya alguien que pueda volarse la tapa de los
sesos. Sólo pensarlo me da horror.
-¡Oh, hombres! -exclamé-; ¿no sabrás hablar de nada sin
decir: esto es una locura, esto es razonable, eso es bueno, eso otro es malo?
¿Qué significan todos esos juicios? Para emitirlos, ¿habrás profundizado los
resortes secretos de un acto? ¿Sabes acaso distinguir con seguridad sus causas
lógicas? Si tal cosa sucediera, no juzgarías con tanta ligereza.
-Estarás de acuerdo -dijo Alberto-, que ciertas cosas
siempre serán crímenes, sin relevar el motivo.
-Concedido -respondí-, encogiéndome de hombros. Sin
embargo, considera mi amigo que ni eso es verdad absoluta. Sin duda, el robo es
un crimen; pero si un hombre está a punto de morir de hambre y con él su
familia, y ese hombre, por salvarla y salvarse, se atreve a robar, ¿merece
compasión o castigo? ¿Quién puede acusar a la sensible doncella que en un
momento de gran éxtasis se deja llevar por las irresistibles delicias del amor?
Hasta nuestras leyes, que son pedantes e insensibles, se dejan conmover y
detienen la espada de la justicia.
-Eso es distinto -dijo Alberto-; el que sigue los
impulsos de una pasión pierde la facultad de reflexionar y se le mira como a un
borracho o un loco.
-¡Oh, hombres juiciosos! -dije con una sonrisa-.
¡Pasión! ¡Embriaguez! ¡Demencia! ¡Todo esta es letra muerta para ustedes,
impasibles moralistas! Condenan al ebrio y detestan al demente con la frialdad
del sacerdote que sacrifica y dan gracias a Dios, como el fariseo, porque son ni
locos ni borrachos. Más de una vez me he embriagado; más de una vez me han
puesto mis pasiones al borde de la locura, y no lo siento; porque he aprendido
que siempre se ha dado el nombre de beodo o insensato a todos los hombres fuera
de serie que han hecho algo grande, algo que lucía imposible. Hasta en la vida
privada es insoportable ver que de quien piensa lograr cualquier acción noble,
generosa, inesperada, se dice a menudo: “¡Está borracho! ¡Está loco!” ¡Vergüenza
para ustedes, los sobrios; vergüenza para ustedes los sabios!
-¡Siempre extravagante! -dijo Alberto-. Todo lo
aumentas y esta vez llevas el humor al extremo de comparar con las grandes
acciones el suicidio, que es de lo que se trata, y que sólo debe mirarse como
una debilidad humana; porque con toda certeza es más fácil morir que soportar
sin descanso una vida llena de amargura.
Estuve a punto de cortar la charla; no hay nada que me
exaspere más que el razonar con quien sólo responde cosas sin importancia,
cuando hablo con todo el corazón. No obstante, me contuve porque no era la
primera vez que escuchaba tales vulgaridades que me sacan de quicio. Le respondí
con alguna viveza:
-¿A eso llamas debilidad? Te ruego que no te dejes
llevar por las apariencias. ¿Te atreverías a llamar débil a un pueblo que gime
bajo el insoportable yugo de un tirano, si al fin estalla y rompe sus cadenas?
Un hombre que al ver con espanto arder su casa siente que se multiplican sus
fuerzas y carga fácilmente con un peso que sin la excitación apenas podría
levantar del piso; un hombre que iracundo por sentirse insultado, acomete a sus
contrarios y los vence; a estos dos hombres, ¿se les puede llamar débiles?
Créeme, si los esfuerzos son la medida de la fuerza, ¿por qué un esfuerzo
magnífico debe ser algo más?
Alberto me miró y dijo:
-No te enojes, pero esos ejemplos no tienen verdadera
aplicación.
-Puede ser -le dije-; no es la primera vez que
califican mi lógica de palabrería. Veamos si podemos representar de otra forma
lo que debe sentir el hombre que se decide a deshacerse del peso, tan ligero
para otros, de la vida. Pues sólo esmerándome por sentir lo que él siente
podremos hablar del tema con honestidad. La naturaleza del hombre -continué-,
tiene sus límites; puede tolerar hasta cierto grado la alegría, la pena, el
dolor; si sigue más allá, sucumbe. No se trata entonces de saber si un hombre es
débil o fuerte, sino de si puede soportar la extensión de su desgracia, sea
moral o física; y me parece tan ridículo decir que un hombre que se suicida es
cobarde, como absurdo sería dar el mismo nombre al que muere de una fiebre.
-¡Paradoja! ¡Extraña paradoja! -exclamó Alberto.
-No tanto como piensas -repliqué-. Acordarás en que
llamamos enfermedad mortal a la que ataca a la naturaleza de tal modo que su
fuerza, mermada en forma parcial, paralizada, se incapacita para reponerse y
restaurar por una revolución favorable el curso normal de la vida. Pues bien,
amigo mío, apliquemos esto al espíritu. Mira al hombre en su limitada esfera y
verás cómo le aturden ciertas impresiones, cómo le esclavizan ciertas ideas,
hasta que al arrebatarle una pasión todo su juicio y toda su fuerza de voluntad,
le arrastra a su perdición. En vano un hombre razonable y de sangre fría verá
clara la situación del desdichado; en vano la exhortará: es semejante al hombre
sano que está junto a lecho de un enfermo, sin poder darle la más pequeña parte
de sus fuerzas.
Estas ideas parecieron poco concretas a Alberto. Le
hice recordar a una joven que habían hallado ahogada poco tiempo atrás y le
conté su historia.
Era una dama bondadosa, encerrada desde la infancia en
el estrecho círculo de las ocupaciones domésticas, de un trabajo monótono; que
no conocía otros placeres que los de ir algunas veces a pasear los domingos por
los límites de la ciudad con sus compañeras, engalanada con la ropa que poco a
poco había podido conseguir, o bailar una sola vez en las grandes celebraciones,
y charlar algunas horas con una vecina, con toda la entrega del más sincero
interés, sobre tal chisme o cual disputa.
El ardor de su edad le hace sentir deseos desconocidos
que aumentan con las lisonjas de los hombres; sus placeres del pasado llegan
poco a poco a carecer de sabor; al final encuentra a un hombre hacia el cual le
empuja con incontrolable fuerza un sentimiento nuevo para ella, y pone en él
todas sus esperanzas; se olvida de todo el mundo; nada oye, nada ve, nada ama,
sólo a él.
No suspira más que por él, sólo por él. No está
corrompida por los frívolos placeres de una inconstante vanidad y su deseo se
dirige a su objeto; quiere ser de él, quiere en una unión eterna encontrar toda
la felicidad que le falta, disfrutar de todas las alegrías juntas al lado de su
amado. Promesas continuas ponen el sello a todas sus esperanzas; atrevidas
caricias aumentan sus deseos y sojuzgan su alma por completo; flota en un
sentimiento vago, en una idea anticipada de todas las alegrías; ha llegado al
colmo de la exaltación.
En fin, tiende los brazos para abarcar todos sus
deseos… y su amante la abandona. Se encuentra ante un abismo, inmóvil, demente;
una noche profunda la rodea; no hay horizonte, no hay consuelo, no hay
esperanza: la abandona quien era su vida. No ve el inmenso mundo que tiene
delante, ni los muchos amigos que podrían hacerla olvidar lo que ha perdido; se
siente separada, abandonada de todo el universo y ciega, triste por el horrible
martirio de su corazón, para huir de sus angustias, se entrega a la muerte, que
todo lo devora. Alberto, ésta es la historia de muchos. ¡Ah! ¿No es éste el
mismo caso de una enfermedad? La naturaleza no encuentra ningún medio para salir
del laberinto de fuerzas encontradas que la agitan y es necesaria la muerte.
Infeliz del que lo sepa y diga “¡insensata! Si hubiera
esperado, si hubiera dejado actuar al tiempo, la desesperación trocada en calma
hubiera encontrado otro hombre que la consolara”. Esto es lo mismo que decir:
“¡Loca! ¡Morir de una fiebre! Si hubiera esperado a recuperar las fuerzas, a que
se purificaran los malos humores, a que cediera el arrebato de su sangre, todo
se hubiera arreglado y aún estaría viva”.
Como Alberto no juzgó muy exacta esta comparación, hizo
nuevas objeciones; entre otros puntos, dijo que yo no había hablado más que de
una joven inocente y que no debe juzgarse del mismo modo a un hombre de talento,
cuya inteligencia menos limitada le permite ver el reverso de las situaciones.
-Amigo mío -dije-, el hombre siempre es hombre y la
chispa del entendimiento que tengan éste o el otro, es de poca o nula utilidad,
cuando al fermentar una pasión la naturaleza se arroja a los límites de sus
fuerzas. Más aún... Ya volveremos a hablar de esto, dije, al tomar mi sombrero.
Mi corazón estaba a punto de estallar y nos separamos
sin haber llegado a entendernos. Es verdad que en este mundo pocas veces sucede
de otro modo.
15 de agosto
Es muy cierto que sólo el amor hace que el hombre
necesite de sus semejantes. Sé que Carlota sentiría perderme y los niños sólo
piensan, cada día más, en volver a verme el día siguiente. Hoy fui a contemplar
el monocordio de Carlota; estas angelicales criaturas insistieron en que les
contara algún cuento y la propia Carlota me suplicó que los complaciera. Les
corté su pan y lo tomaron de mi mano, con el mismo gusto que si viniera de mano
de Carlota; luego les conté la famosa historia de la princesa que era servida
por manos encantadas. Te aseguro que yo mismo saco algún provecho de contar
estas historias y me admiro de la impresión que crean en los niños. Viéndome a
veces obligado a inventar algún incidente, me pasa que a la segunda vez lo
olvido y de inmediato me gritan que la de antes no era así; de modo que ahora
tengo mucha cautela de repetir siempre lo mismo, de contarlo con el mismo tono
de voz y sin cambiar nada. Esto me ha enseñado y hecho conocer que un autor daña
su obra al hacer una segunda versión, si introduce en ella cambio alguno, cuando
la obra es de pura imaginación, aunque en verdad fuera mejor y más poética con
dichos cambios. La primera impresión nos encuentra dispuestos a recibirla y el
hombre está hecho de tal modo, que puede hacérsele creer hasta lo imposible;
pero una vez admitidas en su imaginación estas ideas, se fijan de tal modo y con
tal profundidad que gran trabajo será borrarlas o quitarlas.
18 de agosto
¿Es preciso que lo que constituye la felicidad del
hombre sea de igual forma el origen de su miseria? Aquel sentimiento cálido y
pleno de mi corazón ante la vivaz naturaleza, que inundaba mi alma con torrentes
de delicias y convertía en un paraíso el mundo que me rodea, ha llegado a ser un
insoportable verdugo, un espíritu que me atormenta y me persigue por todas
partes. Cuando miraba otras veces desde las crestas de las rocas, más allá del
río, hasta las lejanas colinas, el fértil valle y veía que todo germinaba con
lozanía a mi alrededor; cuando veía estas montañas bordadas, desde la falda
hasta la cima, de espesos y corpulentos árboles; estos valles salpicados de
risueña floresta en todos sus contornos; el arroyo apacible que deslizaba,
adormecido por leve ruido de los cañaverales, reflejando las matizadas nubes,
que la brisa suave de la tarde se balanceaba en el cielo; cuando oía a los
pájaros, animando con su voz la enramada, mientras copiosísimo enjambre de
insectos jugueteaba alegre en los últimos rayos del sol, a cuyo destello el
escarabajo, oculto antes debajo de la hierba, abandonaba, zumbando, su prisión;
cuando el ruido y la vida llamaban mi atención hacia la tierra y el musgo que
arranca su alimento a la dura roca y las retamas que crecen en la pendiente de
la seca colina, me descubría la íntima, ardiente y santa existencia de la
naturaleza, ¡con qué júbilo tomaba todos estos objetos mi corazón emocionado! Yo
estaba como un dios en este mar de riqueza, en este enorme universo, cuyas
formas sublimes parecían moverse, animando toda mi creación en lo más profundo
de mí. Me rodeaban enormes montañas; tenía delante de mi desfiladeros de gran
hondura, donde se precipitaban torrentes de tempestad; los ríos se deslizaban
bajo mis pies; oía un rugido en los bosques y los montes, agitándose y
confundiéndose todas estas fuerza enigmáticas en las profundidades terrestres,
mientras sobre ella, y bajo el cielo, revoloteaban las razas infinitas de los
seres que lo pueblan todo de mil maneras diferentes. Y los hombres se consideran
reyes de este vasto universo, acurrucándose juntos en el nido de sus pequeñas
moradas. ¡Pobre loco, a quien todo debe parecer mezquino, porque eres muy
pequeño! Desde la inaccesible montaña y el desierto que ningún pie ha pisado a
la fecha, hasta la última orilla de los océanos desconocidos, lo anima todo el
espíritu del creador, gozándose en estos átomos de polvo, que viven y lo
entienden. ¡Ah!, cuántas veces deseaba entonces, con las alas de la garza que
pasaba sobre mi cabeza, trasladarme a las costas de ese inmenso mar, para beber
en la espumosa copa de lo infinito esas dulces delicias y sentir, aunque sólo
fuera por un instante, en el corazón, una gota de felicidad del ser que todo lo
engendra en él y por él. Hermano mío, el recuerdo de tales momentos es
suficiente para darme fuerza. Más aún, los esfuerzos que hago para recordar
estos sentimientos inexpresables, para alcanzar a entenderlos, elevan mi alma
sobre sí misma y me obligan a sentir la doble angustia de mi estado actual.
Parece que se ha levantado un velo delante de mi alma y
el escenario de la vida interminable no se convierte ante mis ojos en el abismo
de la tumba, siempre abierta. ¿Puedes decir “esto existe” cuando todo pasa,
cuando todo se precipita con la rapidez del rayo, sin conservar casi nunca sus
fuerza, y se ve, ¡ay!, encadenado, tragado por el torrente y despedazado contra
las rocas? No hay momento que no te consuma, que no acabe con los tuyos; no hay
instante en que no seas, en que no debas ser destructor; tu paseo más inocente
cuesta la vida a millares de pobres insectos; uno solo de tus pasos destruye los
dedicados edificios de las hormigas y sumerge todo un pequeño mundo en una
tumba.
¡Ah!, no son las enormes y escasas catástrofes del
mundo, no son las inundaciones, los temblores de tierra, que acaban con nuestras
ciudades, lo que me conmueve, no. Lo que me lastima el corazón es la fuerza
devoradora que se oculta en la naturaleza, que no ha producido nada que no
destruya a su prójimo y a sí mismo.
De este modo, avanzo yo con angustia por mi camino de
poca seguridad, cubierto por el cielo, la tierra y sus fuerzas activas; y sólo
veo un monstruo dedicado noche y día a devorar y destruir.
Al agitar por las mañanas el yugo de una pesadilla, es
en vano que extienda los brazos hacia ella; en vano que la busque por la noche
en mi lecho, cuando un sueño alegre y simple me hace creer que estoy en el
campo, sentado a su lado, tomado de su mano y colmándole de besos. ¡Ah!, cuando
todavía embriagado por el sueño busco esa mano y me despierto, un raudal de
lágrimas brota de mi apretado corazón y lloro sin remedio, pensando en las
tinieblas del futuro.
22 de agosto
Es algo fatal, Guillermo. Mi actividad se consume en
una inquieta indolencia; no puedo estar sin hacer nada y sin embargo nada hay
que pueda hacer. Mi imaginación y mi sensibilidad no se conmueven ante la
naturaleza y los libros me causan aburrición. Cuando el hombre no se encuentra a
sí, no halla nada. Te juro que muchas veces me encantaría ser un jornalero para
tener, por lo menos, al despertar, la perspectiva de un día ocupado, un móvil,
una ilusión. Envidio a menudo a Alberto, cuando lo veo lleno de papeles hasta
los ojos y creo que sería feliz en esa posición. Más de una vez he estado
tentado a escribirte y de escribir al mismo tiempo solicitando ese empleo en la
embajada que, por lo que me dices, me concederían en el acto. Así lo creo. Hace
tiempo que me estima el ministro y antes me ha insistido para que acepte un
empleo. Suele preocuparme esto durante una hora; pero cuando lo pienso y
recuerdo la fábula del caballo que harto de su libertad, se deja poner la silla
y la brida, para estar poco después rendido de cansancio… no sé lo que debo
hacer. Por otro lado, querido Guillermo, este deseo de cambiar de estado que me
subyuga, ¿no será una oculta e intolerable impaciencia que me seguiría a todo
lugar?
28 de agosto
Sin duda si mi enfermedad tuviera cura, esta gente lo
curaría. Es mi cumpleaños hoy y muy temprano he recibido un paquete de Alberto.
Lo primero que ha herido mis ojos al abrirlo ha sido un lazo color rosa que
llevaba Carlota la primera vez que la vi, mismo que más tarde, le pedí en
repetida ocasiones; lo segundo, dos tomitos del Homero, de Wetstein, edición que
tanto he deseado para no ir de paseo cargando la de Ernesti. Ya ves cómo
previenen mis deseos; cómo buscan formas para darme estas pequeñas pruebas de
amistad, mil veces más preciosas que los presentes magníficos con que nos
humilla la vanidad del que nos obsequia. Beso el lazo muchas veces al día y en
cada respiro saboreo el recuerdo de las felicidades con que me embriagaron esos
pocos días de dicha, que se han ido para no volver. Guillermo, así debe ser y no
me quejo: las flores de la vida no son sino vanas vivencias. ¡Cuántas se
marchitan sin dejar el más pequeño rastro! ¡Cuán pocas fructifican y qué pocos
de estos frutos llegan a madurar! Y sin embargo, hartos quedan… ¡oh, mi hermano!
¿podemos no hacer caso de los frutos maduros, despreciarlos y dejarlos podrir,
sin disfrutarlos?
Adiós. El verano es magnífico. Trepo algunas veces a
los árboles del jardín de Carlota y con una percha larga tomo las peras de las
ramas más altas. Carlota está abajo y levanta los frutos que yo dejo caer.
30 de agosto
Desgraciado, ¿no estás loco? ¿No te engañas a ti mismo?
¿Adónde te llevará esa pasión indómita y sin propósito? No hago más oración que
la que le dirijo a ella; ya no cabe en mi imaginación otra figura que la suya y
todo lo que me rodea no lo veo sino con relación a ella.
Esto me da algunas horas de felicidad, que han de irse
tan pronto como tengamos que separarnos. ¡Ah, Guillermo, adónde me lleva con
frecuencia mi corazón! Siempre que paso dos o tres horas con ella, en la
contemplación de su figura, de sus movimientos, de la maravillosa expresión que
da a sus palabras, todos mis sentidos se exaltan sin sensibilidad, una sombra se
extiende ante mí y mis oídos pierden la percepción; siento que aprieta mi
garganta una mano asesina; mi corazón, en sus latidos precipitados, busca
consuelo a mis sentidos oprimidos y no hace más que aumentar el desorden.
Guillermo, muchas veces no sé si estoy en el mundo. Y
cuando me ataca la tristeza y Carlota me concede el consuelo de aliviar mi
martirio, dejándome bañar su mano con mis lágrimas, necesito salir, necesito
huir y corro a esconderme en la lejanía de los campos. Entonces disfruto
subiendo una montaña escarpada, abriéndome paso entre un bosque espeso, por
entre las breñas que me hieren y los zarzales que me despedazan. Entonces me
hallo un poco mejor, ¡un poco!, y cuando muerto de sed y cansancio, sucumbo y
hago una pausa; cuando en la noche profunda, con la Luna llena sobre mi cabeza,
me siento en el bosque sobre un tronco torcido, para descansar los pies
desgarrados, o me entrego a un sueño tranquilo durante la claridad del
crepúsculo… ¡Oh, Guillermo! El silencioso albergue de una celda, un sayal y el
cilicio son los únicos consuelos que mi alma espera.
Adiós. No veo para esta miserable vida más fin que la
muerte.
3 de septiembre
Tengo que partir, Guillermo; te agradezco que hayas
fijado mi decisión dudosa. Desde hace 15 días he pensado en la posibilidad de
dejarla. Tengo que irme. Está de nuevo en la ciudad, en casa de una amiga; y
Alberto… y… Tengo que irme.
10 de septiembre
¡Qué noche; que noche tan horrible he tenido! Ahora
tengo valor para tolerar todo. No la veré más. ¡Oh! ¡Que no pueda ir volando a
arrojarme a sus brazos; que no pueda, mi hermano, decirte con un torrente de
lágrimas los sentimientos que oprimen mi corazón! Estoy aquí delante de la mesa,
casi sin aliento, tratando de calmarme y esperando que amanezca, pues los
caballos estarán ensillados al despuntar el alba.
Carlota duerme tranquila sin sospechar que nunca me
verá de nuevo. He tenido el valor suficiente para separarme de ella sin revelar
mi secreto después de una conversación de dos horas. ¡Y qué conversación, Dios
mío!
Alberto me había ofrecido que iría al jardín con ella,
después de cenar. Yo estaba en la explanada, bajo los corpulentos castaños,
viendo por última vez el sol que se oculta más allá del valle y el río que se
desliza con calma. ¡Había estado tantas veces con ella en aquel sitio! ¡Había
contemplado tantas veces el mismo magnífico espectáculo! Y ahora… Comencé a ir y
venir por aquella alameda, tan querida, donde un secreto y simpático atractivo
me había retenido a menudo antes de conocer a Carlota. ¡Con qué placer, al
iniciar nuestra amistad, nos dimos cuenta juntos de la preferencia que nos
inspiraba este lugar, que sin duda es uno de los más románticos que conozco de
las creaciones artísticas!
A través de los castaños se descubre una enorme vista…
¡Ah! Recuerdo que te he hablado en mis cartas de estos altos muros de hayas y de
la alameda en que sin sensibilidad va desapareciendo la luz cuanto más cerca
está un pequeño bosque donde termina y donde todo se confunde en un lugar que
parece impregnado con toda la melancolía de la soledad. Aún me dura la inefable
sensación que tuve cuando estuve ahí la primera vez, en el momento en que el sol
se hallaba en lo más alto de su camino; ya entonces tuve un presentimiento
ligero de que el paraje sería para mí escenario de infinito dolor y grandes
alegrías.
Hacía media hora que estaba absorto en los dulces y
crueles pensamientos de la partida y del regreso, cuando la vi subir por la
explanada. Corrí hacia ella, tomé su mano con la mayor emoción y se la besé.
Llegábamos a lo más alto cuando apareció la Luna por detrás de las zarzales y
cubrían la colina. Hablábamos de cosas diferentes y nos acercamos a la sombría
plazoleta. Carlota entró y se sentó; Alberto se puso a un lado de ella y yo al
otro; pero mi inquietud no me permitía estar sentado mucho tiempo.
Me levanté, me coloqué delante de ella; di algunos
pasos y volví a sentarme. Sentía algo parecido a la agonía. Carlota nos hizo ver
el bello efecto de la Luna, que desde la punta de las hayas alumbraba toda la
explanada. La escena era soberbia y tanto más sublime para nosotros pues nos
rodeaba una oscuridad casi total. Después de un breve rato, en que todos
estuvimos callados, Carlota tomó la palabra.
-Nunca -dijo-, nunca me paseo a la claridad de la Luna
sin recordar a mis queridos difuntos, sin sentirme conmovida por la idea de la
muerte y del futuro.
-¡Subsistiremos! -añadió con un acento que revelaba la
sensación más viva-. Pero, Werther, ¿volveremos a encontrarnos? ¿Nos
reconoceremos? ¿Qué piensas? ¿Cuál es tu opinión?
-Carlota -exclamé-, dándole la mano y con los ojos
llenos de lágrimas; ¡sí, volveremos a vernos! ¡En esta vida y en la otra!
No atiné a decir más, Guillermo. ¿Era necesario que
ella me hiciera alguna pregunta, cuando todo mi ser estaba lleno con la idea de
esta cruel separación?
-Y nuestros queridos muertos -siguió ella-, ¿saben algo
de nosotros? ¿Tienen alguna idea de que los llevamos en la memoria, con inefable
cariño, en nuestros momentos de felicidad? ¡Oh! La imagen de mi madre vaga
siempre a mi alrededor, cuando estoy sentada en la noche en medio de sus hijos,
de mis hijos, que se agrupan a mi alrededor como lo hacían al suyo. Si entonces
dirijo al cielo mis ojos, bañados por una lágrima de deseo, anhelando que vea
cómo cumplo la palabra que le entregué en su lecho de muerte de ser la madre de
sus hijos, exclamo, llena de emoción: ¡Perdóname, madre amada, si no soy para
ellos lo que tú fuiste. ¡Ah! Hago todo lo que puedo; están vestidos y
alimentados, y sobre todo, los cuido y los amo; si pudieras ver nuestra unión,
¡oh, alma queridísima!, elevarías las más vivas acciones de gracias a ese Dios a
quien pedías con amargo llanto, el último que brotó de tus ojos, que hiciera
felices a tus hijos…
Esto decía Carlota. ¡Oh, Guillermo!, ¿quién puede
repetir su dicho? ¿Cómo la letra, fría e insensible, podría reproducir su
palabra, que era flor celestial de su alma?
Alberto, la interrumpió y le dijo dulcemente:
-Carlota, eso te afecta demasiado. Comprendo que esas
ideas te son queridísimas, pero te ruego…
-Alberto -dijo Carlota-, ya sé que no has olvidado
aquellas noches en que nos sentábamos alrededor del velador, cuando papá no
estaba y habíamos acostado a los niños. Tú tenías casi siempre un buen libro y
casi nunca nos leías en él. La conversación de aquella criatura sublime, ¿no era
preferible a todo? ¡Qué mujer! Amable, bella, siempre alegre y siempre
trabajadora… ¡Dios sabe las veces que arrodillada sobre mi lecho y llorando, le
había pedido que me hiciera semejante a mi madre!
-Carlota -dije-, arrojándome a sus pies y estrechando
su mano, que bañaba con mis lágrimas-; Carlota, que siempre te acompañen la
bendición de Dios y el espíritu de tu madre.
-¡Si la hubieras conocido! -dijo-, apretándome la mano.
Era digna de que la conocieras.
Creía que me anonadaba: nunca se había pronunciado en
mi elogio palabra más grande, más gloriosa.
Carlota prosiguió:
-¡Y esta mujer ha muerto en la flor de la edad, cuando
su último hijo no tenía seis meses de vida! Su enfermedad no fue larga; estaba
resignada y tranquila; su única pena era abandonar a sus hijos, sobre todo al
más pequeño. Cuando entraba en la agonía, me dijo: “Tráemelos!” Yo los llevé;
los menores no comprendían su desgracia; los más grandes estaban muy afectados.
Cuando rodearon su lecho, levantó las manos al cielo y rogó por ellos; luego,
uno tras otro, los besó; después les dio el último adiós y me dijo: “Tú serás la
madre”. Como respuesta estreché su mano. “Mucho me prometes, hija mía, me dijo.
A menudo he visto en tus lágrimas de reconocimiento que entiendes lo que hay en
las miradas y el corazón de una madre. Ten ambas cosas para tus hermanos y para
tu padre, la fidelidad y obediencia de una esposa. Serás su consuelo”.
Pidió que entrara mi padre, que había salido para
esconder el inmenso dolor que le abrumaba; tenía el corazón hecho pedazos. Tú,
Alberto, estabas en la alcoba. Oyó que alguien se paseaba; preguntó quién era y
dijo que te acercaras. Nos miró fijamente y su mirada tranquila mostraba la idea
de que juntos seríamos felices.
Alberto se arrojó en sus brazos y dijo:
-¡Lo somos! ¡Lo seremos!
El flemático Alberto estaba fuera de sí; yo no me
conocía a mí mismo.
-Werther -siguió ella-, ¿y esta mujer debía morir? ¡Oh,
Dios! Cuando algunas veces pienso cómo nos dejamos robar lo que más amamos en el
mundo… Y nadie lo siente con tanta fuerza como los niños; los míos, mucho
después, se quejaban de que los hombre negros se habían llevado a mamá.
Carlota se levantó; yo, temblando, pero dejando el
letargo que me dominaba, seguí sentado y estrechando con mis manos una de las
suyas.
-Debemos volver a casa -dijo-; ya es hora. Quiso
retirar su mano y la retuve con brío. ¡Volveremos a vernos!, exclamé.
¡Volveremos a encontrarnos! Sea la que sea nuestra forma, nos reconoceremos. Me
voy, continué, me voy por voluntad propia; pero si creyera que nuestra
separación sería eterna, no podría soportarlo. ¡Adiós, Carlota; adiós, Alberto!
Nos volveremos a ver.
-Creo que mañana -dijo ella en tono de broma.
Este mañana atravesó mi corazón. ¡Ah! Ella no sabía,
cuando separó su mano de la mía…
Se fueron alejando. Yo me quedé inmóvil, siguiéndolos
con la mirada, a la luz de la Luna. Me arrodillé, lloré sin reserva, me levanté
de repente, corrí a la explanada y todavía, a lo lejos, bajo la sombra de los
altos tilos, cerca de la puerta del jardín, vi brillar su blanco vestido.
Extendí los brazos hacia ella y desapareció.
Libro Segundo
20 de octubre
Llegamos ayer. El embajador está indispuesto y estará
en cama algunos días. Si cuando menos fuera un hombre de buen trato, todo
marcharía bien. Lo veo, lo veo: la suerte me ha deparado pruebas difíciles.
Pero, ¡ánimo! Un carácter ligero lo soporta todo. ¡Un carácter ligero! Risa me
da ver que esta frase ha escapado de mi pluma. ¡Ah! Si fuera más superficial,
sería el hombre más feliz del mundo. Otros, pobres de fuerza y de talento se
pavonean delante de mí con aire de suficiencia y yo me desespero de mis energías
y de mis dotes. Tú, Señor, que me has dado todos estos bienes, ¿por qué no me
negaste la mitad, para concederme la confianza y la satisfacción de mí mismo?
¡Paciencia, paciencia! Todo mejorará. Sí, amigo mío,
confieso que tienes razón; desde que paso todos los días entre la multitud y veo
lo que son los demás y cómo se conducen, estoy mucho más alegre de ser como soy.
Sin duda, pues nos han hecho de modo que todo lo que comparamos con nosotros
mismos y a nosotros mismos con todo, el bien o el mal está en los objetos que
nos sirven para el paralelo y por lo tanto nada me parece más dañino que la
soledad.
Nuestra imaginación, tendiente por naturaleza a
exaltarse, alimentada por imágenes fantásticas de la poesía, se forja una serie
de seres, entre los que ocupamos el último lugar y todo nos parece más grande
fuera de nosotros y todas las personas mejores que la nuestra. Sin duda, esto es
natural; a cada paso notamos que nos faltan muchas cosas y precisamente creemos
que otro posee lo que nos falta; le atribuimos todo cuanto tenemos y le
encontramos, además, cierto atractivo ideal. Entonces este hombre feliz es
perfecto; es la creación de nuestra fantasía.
Al contrario, cuando con toda nuestra debilidad y
nuestro esmero continuamos nuestro trabajo sin distracción, vemos a menudo que
caminando lentamente y bordeando, avanzamos más que otros a fuerza de velas y
remos… Y, sin embargo, siempre está contento de sí el que marcha al lado de los
demás o logra adelantarlos.
26 de noviembre
A decir verdad, empiezo a estar muy bien aquí. Lo mejor
es que no me falta trabajo y que esta gente y estas fisonomías de todas clases,
nuevas para mí, me divierten. He hecho conocimiento con el conde de C., a quien
estimo más día con día. Persona de superior inteligencia, no es, sin embargo, un
corazón frío, aun cuando sus luces abarquen amplias extensiones. Su trato
muestra un alma formada para la amistad y la ternura. Se ha encariñado conmigo
por un negocio cuyo arreglo se me encomendó. Desde las primeras frases vio que
nos entendíamos y que podía hablarme de modo distinto que a los demás. No
encuentro palabras para alabar la franqueza con que me honra, ni hay nada en el
mundo que produzca alegría tan grande y real como hallar una alma privilegiada
que nos abre su corazón.
24 de diciembre
El embajador me hace pasar muy malos ratos, lo que yo
ya preveía. Es el tonto más puntilloso de la tierra; camina paso a paso y es
meticuloso co-mo una solterona; nunca está contento consigo mismo, ni hay forma
de contentarle. Me gusta trabajar de prisa y no retocar lo que escribo: él es
capaz de devolverme una minuta y decir: “Está bien, pero repásala; siempre se
encuentra una expresión mejor o un término más adecuado”. Cuando así sucede, me
daría a todos los demonios. No ha de faltar una conjunción; es enemigo mortal de
las inversiones gramaticales que a veces se me van; no entiende más periodo que
el que se escribe con la cadencia tradicional. Es un suplicio entenderse con
hombre así.
Lo único que me consuela es la amistad del conde C.
Hace unos días me mostró con la mayor franqueza que le fastidian la lentitud y
la nimiedad características del embajador. “Esta gente es una polilla para sí
misma y para los demás”, decía; “pero hay que padecerla, como cualquier viajero
enfrenta el estorbo de una montaña. Si ésta no estuviera, el camino sin duda
sería más sencillo y más corto; pero la montaña existe y hay que superarla”.
El viejo conoce bien la preferencia que sobre él me
tiene el conde; esto lo quema y usa las oportunidades que se le dan para hablar
mal de él en presencia mía. Desde luego lo contradigo y ya tenemos altercado.
Ayer, por ejemplo, me tomó por su cuenta y me sacó de mis casillas. Decía “el
conde conoce bien los negocios del mundo, tiene facilidad para el trabajo y
escribe bien; pero como casi todo literato, carece de conocimientos profundos”.
Después hizo una mueca que podría entenderse como “¿te llega a ti ese dardo?”
Pero no tuvo efecto en mí. Desprecio a quien piensa y se conduce de este modo y
le respondí con viveza, que el conde merece mayor respeto, tanto por su carácter
como por su instrucción. Agregué: “No conozco a nadie que haya desarrollado
mejor su talento y haya podido aplicarlo a gran cantidad de objetos, sin perder
toda la actividad necesaria para la vida cotidiana”. Hablar así a este imbécil
era hablarle en griego y me despedí de él para evitar que me agitara más la
bilis con sus majaderías. Y toda la culpa es de los que me han amarrado a este
yugo con todas las maravillas sobre la actividad. ¡Actividad! Remaría por propia
voluntad 10 años más en la galera donde ahora estoy, si el que no tiene otra
ocupación que la de plantar patatas y vender su grano a la ciudad no hace más
que yo. ¿Y la miseria brillante que veo, el tedio que priva entre esta gente,
esta manía de clases que les hace acechar y buscar la oportunidad de levantarse
unos sobre otros, fútiles y mermadas pasiones que se presentan al desnudo? Aquí,
por ejemplo, hay una mujer que no habla a nadie más que de su nobleza y sus
fincas, de tal modo que los forasteros dirán para sí: “Esta es una sandía, a
quien un poco de nobleza y cuatro terrones le han devuelto el juicio”. Pero esto
no es lo peor: la susodicha es tan sólo hija de un escribano de estos lugares.
No puedo comprender a la especie humana, que tiene tan poco juicio, que se
prostituye con mezquindad. Guillermo, cada día me convenzo más de lo estúpido
que es querer juzgar a los demás. ¡Tengo tanto que hacer conmigo mismo y con mi
corazón, tan turbulento! ¡Ah! Dejaría gustoso seguir a todos su camino, si ellos
también me dejaran caminar el mío.
Lo que más me irrita son las miserables distinciones
sociales. Sé como cualquiera lo necesaria que es la diferencia de clases y
conozco sus puntos favorables, de los que yo mismo tomo ventaja; pero no
quisiera que vinieran a estorbarme el paso justo cuando podría tener aún alguna
leve alegría, algún indicio de felicidad. He hecho conocimiento en el paseo con
la señorita B., criatura amable que en medio del mundo infatuado en que vive,
conserva naturalidad. Nuestra plática nos fue grata a los dos y al separarnos le
pedí permiso para visitarla. Me lo concedió con tal franqueza que apenas pude
esperar la hora de acudir a su encuentro. No es de aquí y vive con una tía. La
fisonomía de la vieja me desagradó; yo me mostré atento con ella, le dirigí casi
siempre la palabra y en menos de 30 minutos adiviné lo que la sobrina me
confesaría más tarde; resulta que su tía a su edad carece de todo: de fortuna y
de talento. No tiene más recursos que una larga lista de abuelos, en la que se
protege como detrás de un muro, ni más diversión que la de mirar altanera a la
gente que pasa bajo su balcón.
Debe haber sido hermosa cuando joven y ha pasado la
vida en cosas sin importancia; ha sido por capricho el tormento de algunos
jóvenes infelices y después, en la madurez aceptó con humildad el yugo de un
oficial, de edad avanzada, que por un mediano pasar sufrió con ella su últimos
días y murió; pero ahora ella se ve sola y nadie la miraría si su sobrina no
fuera tan amable.
8 de enero de 1772
¡Qué pobres hombres son los que entregan su alma a los
cumplimientos y cuya única ambición es ocupar la silla más visible de la mesa!
Se entregan con tal vehemencia a estas tonterías, que no tienen tiempo de pensar
en los asuntos de importancia verdadera. Una de tantas sandeces nos aguó toda
una fiesta la última semana.
¡Necios! No ven que el lugar no tiene importancia y que
el que ocupa el primer puesto juega muy pocas veces el primer papel. ¡Cuántos
reyes están gobernados por sus ministros! ¡Cuántos ministros, por sus
secretarios! ¿Y quién es el primero? Yo creo que aquél cuyo ingenio controla al
de los demás y por su carácter y destreza transforma las fuerzas y pasiones
ajenas en artífices de sus deseos.
20 de enero
Necesito escribirte, mi querida Carlota, aquí en un
rincón de una posada de aldea, donde me refugié para escapar de una tempestad.
Desde que estoy en este triste albergue de D., entre personas raras, ajenas por
completo a mi corazón, ni un instante siquiera he sentido la necesidad imperiosa
de escribirte. Pero en esta cabaña, en la soledad, en esta cárcel, mientras que
la nieve y el granizo golpean mi ventana, ha sido tuyo mi primer pensamiento.
Desde que llegué, ¡oh, Carlota!, tu imagen y recuerdo, recuerdo tan vivo y
santo, se han apoderado de mí y creo, ¡Dios mío!, sentir todas la alegrías de
nuestro primer encuentro.
¡Si pudieras verme, querida, en medio del torrente de
distracciones que me asedia! Todas mis sensaciones se enervan y pierden
sensibilidad. Ni un solo instante de gozo para mi corazón, ni el más
insignificante descanso para mi alma. Nada, nada; estoy aquí como si asistiera a
una función de sombras chinescas. Veo pasar y repasar delante de mí hombrecitos
y caballitos, y me pregunto muchas veces si no es una ilusión. Yo formo parte de
los personajes y desempeño también mi papel; más bien, se me obliga a hacerlo,
se me hace actuar como un autómata. Si tomo la mano de quien está más cerca,
retrocedo con espanto, pensando que es de madera.
Por la noche hago proyecto de ir a ver la alborada del
día siguiente: amanece y me quedo en la cama. De día juego con la idea de ver
después la Luna y cuando oscurece, me olvido del tema en mi alcoba. Apenas me
explico por qué me levanto y por qué me acuesto.
El resorte que daba movilidad a mi existencia se ha
roto; el encanto que me tenía despierto en las tinieblas de la noche y me
desvelaba en la mañana se ha ido. Sólo una criatura he visto acá digna del
nombre de mujer: la señorita B. Se parece a mi querida Carlota, si es que algo
puede parecérsete. ¿Y qué?, dirás, ¿ahora me vienes con galanterías? Si, no es
esto de total falsedad; desde hace algún tiempo soy muy adulador… porque no
puedo ser otra cosa. Me doy aires de ingenio y dicen las damas que nadie puede
hacer un elogio más delicado que yo. Añade: ni mentir, porque lo uno va siempre
con lo otro. Creo que te decía de la señorita B. En el fuego de sus ojos azules
se adivina naturalmente la energía de su alma. Su posición la mortifica, pues no
alcanza a satisfacer ninguno de los deseos de su corazón. Aspira a alejarse del
torbellino social y soñamos horas enteras con una felicidad pura, en medio del
campo. ¡Ah! ¡Cuántas veces, Carlota, la he forzado a admirarte! ¿Forzado? No: su
admiración es auténtica. ¡Tiene tanto gusto en oír de Carlota! ¡La quiere tanto!
¡Oh, si yo estuviera sentado a tus pies, en aquel gabinete seductor y apacible,
con los niños corriendo alrededor nuestro! Cuando te molestara el ruido, les
reuniría y los haría guardar silencio contándoles algún cuento pavoroso. El sol
desciende con majestuosidad detrás de las colinas llenas de nieve; la tempestad
ha terminado, y yo… debo regresar a mi jaula. ¡Adiós! ¿Está Alberto a tu lado?
¿Qué digo? Dios perdone mi pregunta.
8 de febrero
Hace una semana que el tiempo no puede ser peor y me
alegro, pues desde que estoy acá no he logrado ver un buen día, sin que algún
inoportuno me lo arruine o me lo robe. Al menos, cuando llueve con fuerza,
cuando nieva, cuando hiela o deshiela, me digo: “Mejor me quedo en casa”; pero
si amanece soleado, si todo augura un buen día, nunca dejo de decir: “Éste es un
favor del cielo que podemos usurpar unos a otros”. No hay nada que el hombre no
se quite sin escrúpulos: salud, reputación, alegría, descanso.
Desde luego, casi siempre por necedad, estrechez y
egoísmo; y según ellos, con la mejor intención. Algunas veces quisiera rogarles
que no se desgarraran las entrañas de forma tan encarnizada.
17 de febrero
Temo que el embajador y yo no tengamos muchos acuerdos.
Es completamente insoportable. Su manera de llevar los negocios y de trabajar es
tan ridícula, que no puedo dejar de oponerme a él y hasta de actuar algunas
veces según mi opinión, lo cual desde luego le disgusta; hasta ha elevado una
queja sobre mí a la corte, por lo que he recibido una reconvención del ministro,
muy suave, pero al fin una reconvención.
Iba a solicitar una licencia temporal, cuando recibí de
él una carta personal, en vista de la cual he bajado la cabeza y alabo el buen
sentido, el juicio recto, noble y elevado que le ha dictado. ¡Con qué delicadeza
hace justicia a mis capacidades (incluso exageradas) de actividad, de influencia
sobre otros, de penetración en los asuntos; aptitudes que tiene la amabilidad de
calificar de noble ardor juvenil! ¡Cómo modera y reprime el exceso de mi
sensibilidad! No trata de oprimir mis ideas, sino de moderarlas, suavizarlas y
dirigirlas hacia un objeto sobre el que puedan actuar con toda amplitud y
ventaja. Esto me ha reconfortado para ocho días y me ha reencontrado conmigo
mismo. Esta paz es un tesoro, es la verdadera felicidad. ¡Ay, amigo mío! ¿Por
qué una alhaja tal es tan frágil, tan extraña y a la vez tan preciosa?
20 de febrero
¡Que Dios lleve su bendición a ustedes, amigos míos, y
les dé cada día la felicidad que a mí me niega! Gracias, Alberto, por haberme
engañado. Esperaba recibir noticias de su boda y ese día me había propuesto
quitar de la pared el retrato de Carlota, guardándolo con otros papeles. ¡Ya
están unidos y su imagen se halla en el mismo sitio! Pues bien, que se quede en
su lugar. ¿Y por qué no habría de quedarse? Sin dañarte en forma alguna, ¿no
tengo también yo un lugar en el corazón de Carlota? Sí, lo sé; sé que ocupo el
segundo lugar y quiero y debo conservarla por esa razón. Si llegara a saber que
podía olvidarme, me volvería loco de furia… Esta sola idea, Alberto, es un
infierno. ¡Adiós, Alberto! ¡Adiós, Carlota, ángel del cielo, adiós!
15 de marzo
He sufrido una mortificación que me llevará de aquí.
Estoy furioso. Lo dicho, esto es hecho y ustedes son los únicos culpables;
ustedes, que me han excitado, atormentado, forzado a tomar un destino que no
deseaba. Nos hemos lucido. Y para que no me digas que lo estropeo todo con mis
ideas exageradas, voy, querido amigo, a decirte lo sucedido, con la sencillez y
exactitud del cronista.
El conde de C. me aprecia y me distingue: ya lo sabes,
porque lo he dicho muchas veces. Ayer comí en su casa. Justo era uno de los días
en que por las tardes tiene tertulia, a la que asisten las damas y caballeros
más distinguidos. Yo no había pensado en semejante cosa y jamás pude imaginar
que nosotros, los menos encopetados, estábamos de más. Comí y después estuve
paseando y charlando con el conde en el gran salón. Llegó el coronel B., que se
unió a la conversación, y por fin sonó la hora de la tertulia. ¡Bien sabe Dios
que no pensaba en ello! Entra la nobilísima señora de S., con su marido y la
pava de su hija, que tiene el pecho como una tabla y un talle que no es talle.
Pasaron delante de mí con el aire de desdén común en ellos. Como no me inspira
la gente de esta clase más que una honda antipatía, opté por retirarme, y
esperaba sólo a que el conde estuviera libre de la fastidiosa palabrería, cuando
entró la señorita B. Como siempre que la veo se impresiona un poco mi corazón,
me quedé y me coloqué detrás de su asiento. Llegué a observar que me hablaba con
menos franqueza de la habitual y con alguna tensión. Esto me sorprendió. “¿Es
ella como todas estas personas?”, me pregunté. Estaba picado y quería irme; sin
embargo, me quedaba, esperando que con alguna frase que me dirigiera llegara a
convencerme de que mi pregunta carecía de justicia y… qué se yo. Mientras tanto,
el salón se llenó. El barón F., que llevaba todo un guardarropa del tiempo en
que se coronó Francisco I; el consejero áulico R., que se anuncia haciéndose
llamar su excelencia, con su mujer, que es sorda, etcétera. No debo omitir a J.,
el desaliñado, que tapa los hoyos de su traje gótico con retales del día. Estas
y otras personas entraron, mientras yo hablaba con otras conocidas mías, que me
parecieron muy lacónicas. Pensando y atendiendo únicamente a B., no noté que las
señoras cuchicheaban en un rincón del salón y que algo extraordinario sucedía
entre los caballeros; no observé que la señora de S. hablaba aparte con el
conde. (Todo esto me lo dijo después la señorita B.). Por último, el conde vino
hacia mí y me llevo al hueco de la ventana.
-Ya conoces -me dijo-, nuestras costumbres. He
observado que la gente en general está descontenta de verte aquí y aunque yo no
querría, por nada del mundo…
-Perdóneme, señor -dije interrumpiéndolo-. Debí darme
cuenta, lo sé, y se también que perdonará esta irreflexión.
Haciendo una cortesía y riendo, añadí:
-Ya había pensado retirarme y no sé qué maligno
espíritu me detuvo.
El conde apretó mi mano de un modo que expresaba cuánto
podía decir. Me escurrí despacio y fuera ya de la reunión, subí a mi birlocho y
fui a M. para ver desde la colina el atardecer, leyendo el magnífico canto en
que habla Homero de cómo Ulises fue alojado por uno que guardaba puercos. Hasta
ahí, todo iba bien.
Por la noche regresé a mi posada a cenar. Sólo encontré
a algunas personas, que jugaban dados en el comedor, en un ángulo de la mesa,
para lo cual habían alzado un poco los manteles. Entró el apreciable Adelín,
dejó su sombrero, mientras me dirigía la mirada, vino hacia mí y dijo en voz
baja.
-¿Con que has tenido un disgusto?
-¿Yo?
-El conde te ha corrido de su tertulia.
-Cargue el diablo con ella. Salí para respirar un aire
más puro.
-Me alegro de que no des importancia a lo que carece de
ella; sólo siento que el caso se haya hecho público.
Esto hizo que se despertara mi enojo. Conforme llegaba
la gente para sentarse a la mesa, me miraban y yo decía para mis adentros: “Te
miran por lo de la reunión”. Y esto me quemaba la sangre.
Y como ahora, adondequiera que vaya, oigo decir que los
que me envidian baten palmas; que me citan como un ejemplo de lo que sucede a
los presuntuosos que creen tener la facultad de prescindir de todas las
consideraciones porque están dotados de algún ingenio; y oigo además otras
majaderías semejantes, de buen grado me acuchillaría el corazón. Digan lo que
digan los caracteres despreocupados, yo querría saber quién es el que puede
soportar que tanto bellaco murmure de él en esta forma. Sólo cuando la
murmuración carece de bases es fácil despreciar a los murmuradores.
16 de marzo
Todo conspira en mi contra. Hoy hallé en el paseo a la
señorita B. Me vi forzado a acercarme y apenas nos alejamos un poco del resto,
le di mil quejas por lo que anteayer sucedió con ella.
-¡Oh, Werther! -me dijo con la mayor ternura-, ¿cómo
interpreta tan mal aquel trastorno mío, usted que me conoce tan bien. ¡Cuánto he
sufrido por usted desde que lo vi en el salón! Todo lo adiviné; 100 veces estuve
a punto de decírselo. Sabía que las señoras de S. y de T. se marcharían con sus
maridos si no se iba; sabía que el conde no se atrevería a romper con ellos… ¡y
ahora me pide cuentas!
-¡Cómo, señorita! -dije-, cubriendo mi trastorno y
sintiendo agua hirviendo correr por mis venas, al tiempo que recordaba todo lo
que me había dicho Adelín.
-¡Cuánto me ha costado todo esto! -dijo aquella
belleza, con los ojos llenos de llanto.
Dejé de ser dueño de mí y poco faltó para que me
lanzara a sus pies.
-¡Explíquese! -le dije.
Sus lágrimas rodaron; yo estaba fuera de mí. Se enjugó
el llanto, sin tratar de ocultarlo.
-Mi tía -continuó-, a quien ya conoce, estaba presente.
¡Gusto le dio verle conmigo! Werther, ayer por la noche y esta mañana he tenido
que sufrir un sermón por ser su amiga y me he visto forzada a oír que lo
insultaban, que lo humillaban, sin poder defenderlo, sin atreverme a hacerlo más
que a medias.
Cada palabra que decía era una espada que cruzaba mi
corazón. Sin entender el bien que me hubiera hecho al ocultar todas estas cosas,
siguió diciendo lo que de mí se había dicho y quiénes se enorgullecieron del
triunfo, celebrando que se había castigado mi orgullo y mi desprecio hacia los
demás, cosas que hace tiempo me reprochan.
¡Y oírlo todo de ella, Guillermo; oírlo de ella, cuyo
afecto para mí es verdadero y hondo! Quedé anonadado y todavía crece la ira en
mi pecho. Quisiera que alguno de ellos tuviera el valor de pronunciar una
palabra delante de mí, para atravesarle parte por parte con mi espada. Me
calmaría si viera correr la sangre. ¡Ah!, más de cien veces he tomado un
cuchillo para acabar con mi asfixia. Dicen que hay una noble raza de caballos
que enardecidos y cansados al extremo, se muerden por instinto una vena para
respirar con más facilidad. Muchas veces estoy en este caso; querría abrirme una
vena que me diera la libertad infinita.
24 de marzo
He pedido mi cesantía con esperanza de conseguirla y de
que me perdonarás el que lo haya hecho sin consultarte. Necesito salir de aquí y
sé todo lo que pudieras decir para evitarlo; di a mi madre lo que sucede, de
modo que no se moleste. Es preciso que lleve con paciencia el que no la
satisfaga quien ni a sí mismo puede satisfacerse. No dudo que esto le dará mucha
pena. ¡Ver que su hijo se detiene de pronto en la brillante carrera que le
llevaba a los puestos de consejero y embajador! ¡Ver que se desvía del camino!
Haz todas las objeciones que se te ocurran y cuantas combinaciones conduzcan a
demostrar en que casos podía y debía seguir aquí; he decidido irme y me voy.
Para que sepas adónde, te diré que mi compañía es muy grata al príncipe de Z., y
que cuando supo de mi decisión, me pidió que le acompañe a sus estados para
pasar la primavera. Me ha prometido libertad absoluta y como estamos de acuerdo
en casi todo, voy a correr el riesgo y me iré con él.
Post-Scriptum
19 de abril
Te agradezco tus dos cartas. No he contestado porque
para enviarte ésta, esperaba recibir el cese de la corte; temía que mi madre
influyera con el ministro y acabara con mis planes; pero ya está todo arreglado,
pues mi renuncia ha sido aceptada. No te diré la repugnancia con que han
accedido a mis deseos, no lo que me escribe el ministro, porque aumentarían tus
lamentaciones. El príncipe heredero me ha dado una gran suma de despedida; 25
ducados, escribiéndome palabras que me han enternecido hasta las lágrimas. No
necesito entonces el dinero que últimamente había solicitado a mi madre.
5 de mayo
Salgo mañana y como sólo son seis millas de camino al
lugar donde nací, quiero volver a verle y recordar los días de mi infancia, que
fueron como un sueño.
Quiero entrar por la misma puerta por donde salí con mi
madre cuando, después de morir mi padre, abandonó esta querida y tranquila aldea
para encerrarse en esa espantosa ciudad. Adiós, Guillermo; ya sabrás de mi
viaje.
9 de mayo
He visitado el pueblo que me vio nacer, con la devoción
de un peregrino, impresionándome una parte de sentimientos que no esperaba. Hice
detener el coche cerca del gran tilo que hay a un cuarto de legua de la
población, al sur; me bajé y mandé al cochero que fuera adelante, para seguir yo
a pie y saborear todos los recuerdos con la viveza y plenitud de la novedad. Me
detuve bajo el tilo que en mi infancia fue objeto y final de mis paseos. ¡Qué
diferencia! Entonces, con dichosa ignorancia, me lanzaba con ímpetu hacia ese
mundo desconocido en que esperaba encontrar mi corazón todo el alimento, todas
las venturas que debían colmar y satisfacer la efervescencia de mis deseos.
Ahora vuelvo ya de ese vasto mundo y ¡oh, amigo!, ¡cuántas esperanzas perdidas!,
¡cuántos planes destruidos! Aquí tengo frente a mí las montañas que mil veces
contemplé como el objeto de mi deseo.
En aquella época podía quedarme en estos sitios durante
horas, pensando escalar esas alturas, llevando mi pensamiento al fondo de los
valles y de las alamedas que veía entre las tintas suaves del crepúsculo; y
cuando llegaba el momento de regresar a casa, abandonaba este paraje querido con
inefable pena. Al acercarme al pueblo he saludado todos los viejos pabellones de
los jardines, mis antiguos conocidos. Las nuevas casas no me gustan, como todos
los cambios que he visto. Pasé la puerta de entrada a la población y sí que me
hallé dentro de mis recuerdos. Amigo mío, no quiero abundar en detalles; la
relación sería tan pesada como grande ha sido el placer que he tenido. Pensaba
quedarme en la plaza, justo al lado de nuestra antigua morada. Vi al pasar que
la escuela, donde una buena vieja nos reunía cuando chicos, se había convertido
en una especiería. Recordé la inquietud, los temores, los apuros y las
aflicciones que había sufrido en aquella especie de agujero. No daba un paso que
no me produjera emoción. No encuentra un peregrino en Tierra Santa tantos
lugares consagrados por recuerdos religiosos y dudo que su ser sienta emociones
tan puras. Ahí va una entre mil: bajé por la orilla del río adelante hasta una
alquería, adonde iba yo con mucha frecuencia: es un paraje pequeño, donde los
muchachos nos divertíamos en lanzar piedras a la superficie del agua para ver
quién las hacía rebotar mejor.
Recordé vívidamente que me detenía a veces a ver correr
el agua, formándome las ideas más hermosas de su curso; recordé las caprichosas
pinturas que hacía de los paisajes donde aquella corriente debía ir a parar;
recordé que pronto hallaba mi imaginación los límites de esos países y que, no
obstante, yo iba más lejos, siempre, y acaba perdido en la contemplación de un
paisaje lejano y vaporoso. Amigo: así, con esta felicidad, vivieron los
venerables padres del género humano: tan infantiles fueron sus impresiones y su
poesía. Cuando Ulises habla del mar inmenso y de la tierra ilimitada, su
lenguaje es real, humano, íntimo, sorprendente y misterioso. ¿De qué me sirve
repetir con todos los colegiales que la Tierra es redonda? ¡La Tierra! Sólo
necesita el hombre algunas paletadas para su goce y aún menos para su descanso
eterno.
Estoy ahora en la casa de campo del príncipe. Se vive
muy bien con él; es la verdad y la sencillez en persona; pero está rodeado de
gente singular que no acabo de entender. Sin tener el aspecto de unos bribones,
tampoco tienen el de los hombres de bien. Algunas veces los considero
respetables y, sin embargo, no alcanzo a confiar en ellos.
Me molesta que el príncipe hable a menudo de cosas que
ha oído decir o que ha leído, copiando siempre servil lo que lee y lo que oye.
Añade a esto que tiene en más mi talento que mi corazón, este corazón, única
cosa que me enorgullece, única fuente de fuerza, de felicidad y de infortunio.
¡Ah! Lo que yo sé cualquiera lo puede saber; pero mi corazón sólo lo tengo yo.
25 de mayo
Me rondaba una idea en la cabeza de la que no quería
hablar sino después de llevarla a cabo; ahora que no sucederá puedo hablar de
ella. Quería ir a la guerra y este deseo ha ocupado mi corazón mucho tiempo;
motivo primordial que me llevó a acompañar al príncipe, que es general al
servicio de Prusia. Un día que paseábamos, le revelé mi intención y el se
esforzó en disuadirme; si no hubiera escuchado sus razones, hubiera habido en mí
más pasión que capricho.
11 de junio
Di lo que quieras, no puedo permanecer más tiempo. ¿Qué
haría aquí? El príncipe me trata muy bien, como puede tratarse a un hombre y,
sin embargo, no estoy a gusto; el tiempo se me hace eterno. En el fondo, no
tenemos nada en común. Es hombre de talento, pero adocenado. Su plática no tiene
para mí mayor atractivo que la lectura de un libro bien escrito. En ocho días
volveré a ir a vagar de un lado a otro. Lo mejor que he hecho han sido mis
dibujos. El príncipe es aficionado al arte y hasta llegaría a ser inteligente si
no estuviera tan atado al principio pedantesco de las reglas y la terminología.
Me molesta a veces y me impacienta cuando enardecido por la inspiración, le hago
recorrer los campos de la naturaleza y del arte, y él cree actuar de maravilla
intercalando una palabra teórica o un término de ciencia.
16 de julio
No soy más que un peregrino que vaga por el mundo.
¿Eres tú diferente?
18 de julio
¿Adónde deseo ir? Te lo diré con confianza. Estaré aquí
unos 15 días y luego haré creer que deseo visitar las ruinas de ***, aunque en
realidad no hay nada de ello; sólo quiero acercarme a Carlota, ésa es la verdad.
Me río de mi propio corazón y al fin concluyo por hacer lo que él quiere.
29 de julio
No, ¡todo está en orden! ¡Todo está de maravilla! ¡Yo,
su marido! ¡Oh, Dios mío, si me hubieras destinado tanta dicha, mi vida sólo
habría sido una adoración continua! No quiero discutir. Perdóname las lágrimas;
perdóname los deseos ilusorios. ¡Ella mi esposa! ¡Estrechar en mis brazos a la
criatura más peregrina que vive bajo el Sol! Un temblor mortal se apodera de mí,
Guillermo, cuando Alberto se permite ceñir con su brazo su cintura pequeña.
¿Y me atreveré a decirlo? ¿Por qué no? Sí, amigo mío,
ella había sido más feliz conmigo de lo que es con él. ¡Oh! No es hombre
propicio para satisfacer todos los anhelos de un corazón como el de ella. Carece
de cierta sensibilidad, no tiene… ¡Tómalo como quieras! Su corazón no simpatiza
con los nuestros al leer el pasaje de un libro querido, en que el mío y el de
Carlota se unen y laten al mismo tiempo juntos, ni en otros cien casos en que
llegamos a decir nuestros sentimientos sobre la acción de un tercero. Pero,
Guillermo, ¿es verdad que él la ama con toda el alma y que no merece semejante
amor? Un hombre insoportable ha venido a interrumpir. Mi llanto se ha agotado.
Estoy trastornado. Adiós, amigo.
4 de agosto
No es sólo a mí a quien sucede esto. Todos los hombres
se ven frustrados en sus esperanzas, engañados en lo que esperan. Visité a la
buena campesina bajo los tilos; el mayor de sus hijos corrió hacia mí; los
alegres gritos que daba atrajeron a la madre, que pasaba triste, abatida.
-Mi buen señor! -fue su primera frase al verme. ¡El
pobre Juanito se me murió!
Juan era el menor de sus hijos.
Yo guardé silencio.
-Mi marido -siguió-, ha vuelto a Suiza y no ha traído
nada; sin las buenas almas, se habría visto reducido a mendigar para volver y en
el camino ha tenido fiebres.
No atiné a decir nada. Le di alguna cosa al niño y ella
me rogó que aceptara unas manzanas. Las tomé y me alejé de un lugar con tan
tristes recuerdos.
21 de agosto
En un abrir y cerrar de ojos, todo cambia para mí. A
veces, un agradable rayo de la vida arroja una vislumbre, una media claridad en
la oscuridad de mi alma y desaparece al momento. Si me pierdo en mis sueños, no
puedo sino detenerme en este pensamiento: “Si se muriera Alberto… tú serías…
ella sería… Y yo…” Entonces me echo a correr, persigo a un fantasma, hasta que
me conduce al borde del abismo cuya vista me estremece.
Si salgo de la ciudad y me encuentro en ese camino que
seguí la primera vez para ir a buscar a Carlota y llevarla al baile, ¡cuán
cambiado luce todo a la vista! ¡Todo se ha desvanecido! Ya no queda ni un rasgo
de ese mundo que ha pasado, ni una emoción de los sentimientos que entonces me
agitaron. Soy semejante a la sombra de un príncipe con poder, que al salir de la
tumba para ver de nuevo el lujoso palacio que para su amado hijo construyó y
alhajó con todo el esplendor y magnificencia, no encuentra más que escombros,
tristes ruinas llenas de polvo y sepultadas bajo cenizas.
3 de septiembre
Muchas veces no alcanzo a comprender cómo puede amarla
otro, cómo se atreve a hacerlo, ¡siendo mi amor por ella tan inmenso, profundo y
único! ¡No conozco, no siento, no veo más que a ella!
4 de septiembre
Sí, así es. Al mismo tiempo que la naturaleza anuncia
la cercanía del otoño, siento el otoño dentro de mí y a mi alrededor. Mi hojas
amarillean y las de los árboles vecinos se han caído ya. ¿He vuelto a hablarte
de aquel joven de la aldea que conocí cuando vine por primera vez a este lugar?
He pedido en Wahlheim noticias tuyas y me han dicho que después de echarle de la
casa donde servía, nadie ha vuelto a saber de él. Ayer le encontré casualmente,
camino a otra aldea; le hablé y me contó su historia, que me ha causado gran
impresión, como comprenderás fácilmente cuando te la transmita. ¿Pero a qué
llevan estos detalles? ¿No debía yo guardar para mí lo que me aflige y angustia?
¿Por qué he de entristecerte también? ¿Por qué he de darte sin parar ocasión
para que me compadezcas y regañes? ¡Bah! Acaso no es mía la culpa, sino de mi
estrella.
Este hombre contestó a mis primeras preguntas con
sombría tristeza, en la que me pareció ver alguna confusión; pero en breve, como
si entendiera con quién hablaba y me reconociera, me confesó con franqueza sus
errores y deploró su infelicidad. ¡Que no pueda yo, amigo, recordar una a una
sus palabras! Confesaba (sintiendo al hacer memoria de ello un tipo de alegría y
placer) que su amor hacia su ama fue aumentando cada vez más, al grado de no
saber lo que hacía ni, hablándote en su lenguaje, dónde tenía la cabeza. No
podía beber, comer ni dormir; esto lo martirizaba y hacía lo que no debía hacer,
y olvidaba lo que le habían ordenado; parecía que tuviera un demonio en el
cuerpo y, por último, un día que ella estaba en una habitación de un piso alto,
la siguió o, más bien, se sintió arrastrado en su busca. Rogó sin resultado y
pretendió usar la fuerza. Ignoraba cómo pudo llegar a tal extremo y ponía a Dios
como testigo de que siempre había pensado en ella con total pureza y de que su
más vehemente deseo había sido casarse para pasar la vida entera con ella.
Después de platicar un rato, titubeó, como al que le falta algo que decir y no
se atreve a seguir. Al final, me confesó tímido que ella le solía tolerar
ciertas confianzas y le había concedido algunos favores ligeros. Interrumpió dos
o tres veces el relato para repetirme que no decía esto “por ponerla en mal”,
que la quería tanto como antes; que jamás había hablado con nadie de estas cosas
y que sólo me las decía para que me convenciera de que él no era un malvado ni
un insensato.
Y ahora, amigo mío, vuelvo a mi eterna frase: ¡si
pudiera pintarte a este muchacho tal como estaba, tal como lo veían mis ojos!
¡Si pudiera decirte todo a la perfección, para que comprendieras cómo me
interesa, cómo debo interesarme por él! Basta; sabes lo que me pasa, sabes cómo
soy y sabes demasiado bien cuánto me atraen los desdichados y, sobre todo, éste
de quien te hablo.
Al releer lo escrito observo que se me olvidaba
mencionar el fin de la historia, que se adivina con facilidad. La viuda se
defendió; llegó su hermano, que hacía mucho odiaba al sirviente y deseaba
sacarle de la casa por temor de que un nuevo matrimonio de la hermana dejara a
sus hijos sin una herencia que esperaban con vehemencia, pues aquélla no tenía
sucesión directa; este hermano puso al criado en la calle y armó tal escándalo
sobre lo sucedido, que aunque la viuda hubiera deseado recibir de nuevo al
joven, no se hubiera atrevido. Dicen que también ahora está que trina el hermano
con otro criado que tiene la susodicha, respecto al cual aseguran que se casará
con ella, cosa que el antiguo está decidido a no sufrir mientras viva.
No he exagerado ni retocado esta historia; hasta puedo
decir que la he contado tenue, muy tenuemente, y que ha perdido mucho de su
sencillez, porque la he encerrado en el modelo de nuestro lenguaje usual y muy
circunspecto.
Esta pasión, que encarna tanto amor y fidelidad, no es
una ficción de poeta; vive, centellea en toda su pureza en estos hombre que
apellidamos incultos y groseros; nosotros, gente civilizada hasta el punto de no
ser ya nada.
Lee esta historia con recogimiento; te lo ruego. Yo,
escribiéndote hoy estas cosas, estoy calmado, ya lo ves; ni me precipito ni me
confundo como suelo hacer. Lee, querido Guillermo, y piensa bien que ésta es
además la historia de tu amigo. Si, esto es lo que ha pasado; esto es lo que me
ocurrirá a mí, que no tengo la mitad del valor y de la resolución de este pobre
diablo, con el que apenas me atrevo a compararme.
5 de septiembre
Carlota escribió una carta a su marido, que estaba en
el campo, donde lo detenían los negocios. La carta comenzaba así: “Querido,
queridísimo: vuelve lo más pronto que puedas; te espero con impaciencia…” Uno
que llegó trajo la noticia de que algunas ocupaciones impedirían a Alberto
volver pronto. La carta quedó sin concluir sobre la mesa y por la noche vino a
dar a mis manos. La leí y sonreí. Carlota me preguntó qué me causaba hilaridad.
“La imaginación es una cosa divina”, dije; “por un momento me he imaginado que
este texto es para mí”. No contestó; creo que le molestó mi ocurrencia. Yo
permanecí callado.
6 de septiembre
Mucho trabajo me ha costado decidirme a dejar el frac
azul que llevaba cuando bailé con Carlota por primera vez; pero ya estaba
inservible.
Me he encargado otro idéntico, con cuello y vuelos
iguales, y una chupa y unos calzones amarillos, como los que tenía. Bien sé que
no es lo mismo llevar uno que otro; sin embargo… ¿quién sabe? Imagino que con el
tiempo, le tocará al nuevo su turno y será el favorito.
12 de septiembre
Como Carlota fue a ver a Alberto, ha estado ausente
algunos días. Hoy, al entrar en su habitación, salió a mi encuentro y le besé la
mano con gran júbilo.
Sobre un espejo había un canario que voló a sus
hombros. Tomándole entre los dedos, me dijo:
-Es un nuevo amigo que destino a mis niños. Es muy
bonito, míralo. Cuando le doy pan, entretiene ver cómo agita la alas y picotea.
También me besa; velo.
Acercó su boca al pajarito y éste se plegó con tanto
amor contra sus dulces labios, como si entendiera la felicidad que gozaba.
-Quiero también que te dé un beso -dijo ella-,
acercando el pájaro a mi boca.
Éste trasladó su piquito desde los labios de Carlota
hasta los míos y sus picotazos eran como un soplo de felicidad inefable.
-Sus besos -dije-, no son del todo desinteresados;
busca comida y cuando no la encuentra en las caricias que le hacen, se retira
triste.
-También como en mi boca -exclamó Carlota-, dándole
algunas migajas de pan en sus labios entreabiertos, sobre los que sonreía con
voluptuosidad el placer de un inocente amor correspondido.
Volví la cabeza. Ella no debía hacer lo que hacía; ella
no debía inflamar mi imaginación con estos transportes candorosos de alegría
pura, ni despertar mi corazón del sueño en que lo arrulla a veces la
indiferencia de la vida. ¿Y por qué no? Es que confía en mí, es que sabe de qué
modo la amo.
15 de septiembre
En verdad, Guillermo, que hay para darse al diablo
cuando se ven personas tan desprovistas de razón y de sentimiento que desconocen
lo poco que de valioso tiene este mundo. Tú recordarás aquellos nogales del
presbiterio a cuya sombra me sentaba con Carlota. ¡Cuánto me alegraba el corazón
la vista de estos magníficos árboles y cuánto embellecían el patio! ¡Cuánta
frescura había en su sombra y cuánta majestad en su follaje! Eran recuerdos
vivos de los respetables párrocos que en un tiempo ya lejano, los habían
plantado.
El maestro de escuela nos ha citado muchas veces el
nombre de uno de ellos, nombre que había oído a su abuela, y parece que era una
persona dignísima. Por eso, cuando me sentaba debajo de estos árboles, en este
recuerdo había algo querido y sagrado para mí.
Ayer deplorábamos que los hayan cortado; el maestro de
escuela lloraba. ¡Cortado! Tengo tal indignación, que sería capaz de matar al
miserable que les dio el primer hachazo.
Si yo fuera dueño de dos árboles parecidos, sería
suficiente ver a uno secarse de viejo para desesperarme. Juzga por esto lo que
me afecta el sacrilegio cometido. ¿De qué sirve la conciencia a los hombres?
Todo el pueblo murmura y la mujer del cura actual comprenderá la herida que ha
abierto en los instintos de los buenos aldeanos, cuando recoja la manteca, los
huevos y los demás tributos. Porque ella, esposa del nuevo párroco (el que
conocí también falleció), es la autora; ella, criatura flacucha y enclenque, que
hace muy bien en no interesarse por nadie en el mundo, porque nadie comete la
sandez de preocuparse por ella; marisabidilla que se atreve a disertar sobre los
cánones de la iglesia y a trabajar para la reforma crítico-moral del
cristianismo, encogiéndose de hombros antes las ideas de Lavater; mujer, en fin,
cuya salud débil no resiste la más inocente diversión. Sólo un bicho así hubiera
podido cortar los nogales. ¿Entiendes?
Parece que las hojas que se caían, además de ensuciar
el patio de esta señora, lo llenaban de humedad. Además, las ramas quitaban la
luz y cuando maduraban las nueces, los niños se entretenían en tirarlas a
pedradas, lo cual alborotaba los nervios de la pobre, robándole la tranquilidad
en sus profundas meditaciones, cuando examinaba y comparaba las opiniones de
Kennicot, Semler y Michaelis. Al avistar con la gente de la aldea, después de
tan lindo descubrimiento, le pregunté, sobre todo a los ancianos, por qué lo
habían permitido.
-¿Y qué quieres? -me respondieron-; cuando el alcalde
manda una cosa, ¿quién puede oponerse?
Hay, sin embargo, en este negocio un lado cómico. El
alcalde y el cura (porque éste pensaba sacar algún provecho del disparate
cometido por su mujer, que a menudo le quema la sangre) pensaban repartirse el
producto de los árboles cortados; pero el administrador de rentas lo supo y tiro
el plan, haciendo valer antiguos derechos sobre el patio del presbiterio donde
estaban los nogales, que fueron vendidos en subasta pública.
En resumen, ya no hay nogales… ¡Oh, si fuera príncipe!
Diría a la mujer del cura, al alcalde y al administrador… ¡Príncipe! ¡Bah! Si yo
fuera príncipe, ¿qué me importarían los árboles de mi país?
10 de octubre
Me es suficiente ver sus ojos negros para ser feliz. Lo
que me apena es que Alberto no parece tan feliz como él esperaba y como él mismo
creía. ¡Ah! Si yo… No me gusta emplear reticencias; pero aquí no puedo
expresarme en otra forma… y creo que me hago entender con completa claridad.
12 de octubre
Ossian ha desbancado a Homero en mi espíritu. ¡A qué
mundo nos transportan los sublimes cantos de aquel poeta! ¡Vagar por los
matorrales, aspirar el viento de tormenta, que columpia en las nubes las sombras
de los antepasados a los pálidos rayos de luna; oír quejarse en la montaña la
voz del torrente de la selva y el gemido sordo de los espíritus en sus cavernas
y los lamentos de la joven agonizante al pie de cuatro piedras cubiertas de
musgo, bajos la cuales descansa el héroe glorioso que fue su amante! ¡Oh!,
cuando en aquel desierto contemplo el bardo encanecido por los años, que busca
las huellas de sus padres y sólo halla sus sepulcros y sollozante voltea hacia
la estrella de la tarde, medio escondida entre el oleaje de una mar intranquila;
cuando veo que renace el pasado en el alma del héroe, como en los tiempos en que
la misma estrella brillaba sobre los bravos guerreros o la Luna contribuía con
su propia luz al regreso de sus naves victoriosas; cuando leo en su frente su
hondo pesar y le veo solo en el mundo andando trémulo hacia la tumba, saboreando
una suprema y dolorosa alegría en la aparición de los fantasmas inmóviles de sus
padres; cuando le oigo gritar, absorto en la tierra seca y la hierba doblada por
el viento: “El viajero vendrá; vendrá quien me ha conocido en mi esplendor y
preguntará por el hijo de Fingal. Y su pie hundirá en mi tumba mientras su voz
llamará en vano…” Entonces, amigo mío, quisiera, como un leal escudero, sacar la
espada y librar a mi príncipe de las penas de una vida que es una muerte lenta,
hiriéndome después a mí mismo, para enviar mi ser en pos del alma del héroe
liberado.
19 de octubre
¡Ay de mí! ¡Este vacío, horrible vacío que siente mi
alma! Muchas veces me digo: “Si pudiera tan sólo un momento estrecharla contra
mi pecho, todo este vacío quedaría cubierto”.
26 de octubre
Sí, mi amigo; cada día estoy más convencido de que la
vida de una criatura vale muy poco. Ayer fue Carlota a ver a una amiga suya.
Entré a una pieza inmediata y tomé un libro para distraerme; pero no tenía la
cabeza tan despejada como para atender la lectura. Tomé la pluma para escribir.
Oí que hablaban en voz baja. Platicaron de cosas irrelevantes, de las novedades
que se daban en el pueblo, de que tal persona se había casado y otra había caído
muy enferma.
-Tiene una tos seca -dijo la amiga-; las mejillas
hundidas, la cara más larga. A veces, pierde el conocimiento. No daría yo mucho
por su vida.
-M. N. -dijo Carlota-, está también muy echado a
perder.
-Es verdad -repuso la otra-, tiene el cuerpo hinchado
de un modo que preocupa.
Así hablaban con tranquilidad, mientras yo me
transportaba con la imaginación al lado de éstos y veía con qué ansiedad sentían
que se les iba la vida y cómo se aferraban a la esperanza más tenue. Después de
todo, estas jóvenes hablaban del asunto como habla todo el mundo cuando se trata
de la muerte de una persona ajena. Yo, mirando alrededor de mí, viendo colocados
acá y allá los vestidos de Carlota y los papeles de Alberto sobre los muebles,
que han llegado a serme conocidos, hasta el punto de notar el menor cambio; me
decía a mí mismo: “Puede asegurarse que en esta casa eres todo para todos; tus
amigos te honran, tú ayudas a su alegría, y parece que no podrían vivir los unos
sin los otros. Sin embargo, si tú te alejaras de ellos, sentirían… ¿cuánto
tiempo sentirían el vacío que tu pérdida daría a sus vidas? ¡Ah!, el hombre es
tan versátil por naturaleza, que aun donde tenga seguridad de ser querido, aun
ahí donde pueda dejar un recuerdo hondo de su vida o de su paso en la memoria y
en el espíritu de los que quiere, aun ahí debe apagarse y desaparecer; y esto,
¡ay!, demasiado rápido”.
27 de octubre
Es cosas de rasgarse el pecho y romperse la cabeza el
considerar lo poco que valemos unos para otros. ¡Ay de mí! Nadie me dará el
amor, la alegría, el placer de las felicidades que no siento dentro de mí. Y
aunque yo tuviera el alma llena de las más dulces sensaciones, no sabría hacer
feliz a quien en la suya no tuviera nada.
27 de octubre, por la noche
¡Siento tantas cosas… y mi pasión por ella devora todo!
¡Tantas cosas! Y sin ella, todo se reduce a nada.
30 de octubre
Más de cien veces he estado cerca de arrojarme a su
cuello. Sólo Dios sabe lo que me cuesta mirar y remirar tantos encantos, sin
atreverme a extender mis brazos hacia ella. Apoderarse de lo que se ofrece a
nuestra mirada y nos impresiona, ¿no es un instinto natural del hombre? ¿No echa
mano el niño a todo cuanto le agrada? ¡Y yo!
3 de noviembre
Sólo Dios sabe cuántas veces he dormido con el deseo y
la esperanza de no despertar. Y al siguiente día, abro los ojos, vuelvo a ver la
luz solar y siento de nuevo el peso de la miseria.
¡Ah! Si yo fuera un caprichoso, podría descargar en el
mal tiempo, en una tercera persona, en una empresa fracasada, la culpa de mi
disgusto y el insoportable fondo de mi desolación sólo pasaría sobre mí a
medias. Por desgracia, comprendo que la culpa es sólo mía. ¡La culpa! No.
Bastante es ya que lleve en mí la fuente de todos los dolores, como hace poco
llevaba el manantial de todos los goces. ¿No soy siempre aquel que antes se
deleitaba con los más puros goces de una exquisita sensibilidad, que a cada paso
creía descubrir un paraíso, y cuyo corazón, abierto a un amor ilimitado, era
capaz de abrazar al mundo entero? Este corazón está muerto ahora, cerrado a
todas las sensaciones; mis ojos están secos y mis acerbos dolores, que no tienen
salida, llenan de prematuras arrugas mi frente. ¡Cuánto sufro! He perdido ese
don del cielo que, por sí solo, embellecía mi vida, esa fuerza vivificante que
me hacía crear mundos alrededor de mí. Cuando desde mi ventana contemplo el
horizonte y tras la cumbre de las colinas el sol disipa las brumas matinales y
desliza sus primero rayos hasta el fondo de los valles, mientras el sosegado río
corre mansamente hacía mi, serpenteando entre los viejos troncos de los sauces
desnudos; este admirable cuadro, ahora inanimado y frío como una estampa de
color; este espléndido espectáculo, que otras veces ha hecho desbordarse a mi
corazón, no vierte ahora en él una sola gota de entusiasmo o conformidad. Ahí
esta el hombre inmóvil; árido, frente a su Dios, siendo un pozo vacío, una
cisterna, cuyas piedras se han roto con la sequía. Muchas veces me he
arrodillado para pedir lágrimas al Señor, como el labrador implora la lluvia
cuando ve sobre su cabeza un cielo rojo y a sus pies, la tierra que muere de
sed. Pero, ¡ay!, Dios no concede la lluvia ni el sol a nuestros ruegos
importunos. ¿Por qué aquel tiempo, cuyo recuerdo me mata, era para mí tan feliz?
Porque entonces yo esperaba confiado que el cielo no me olvidaría y recogería
las delicias con que me embriagaba, en un corazón lleno de reconocimiento.
8 de noviembre
Carlota ha reprobado mis excesos… ¡Pero con qué tierno
interés! ¡Mis excesos! Porque después de tomar un vaso de vino, sigo algunas
veces bebiendo hasta terminar con una botella…
-No vuelvas a hacerlo -me dijo-; piensa en Carlota.
-¡Pensar! -exclamé-. ¿Qué necesidad tienes de
recordármelo, pues piense o no, siempre estás presente en mi alma? Hoy me senté
en el mismo lugar donde en otro momento bajaste del coche…
Cambió el tema para impedirme hablar del asunto. Amigo
mío, aquí me tienes en un estado en que esta mujer hace de mí lo que quiere.
15 de noviembre
Te agradezco, Guillermo, por el interés que manifiestas
y por los buenos consejos que me das; pero te ruego que no te alarmes, que me
dejes encarar la crisis. A pesar de mi abatimiento, me siento aún con fuerza
para llegar al final. Respeto la religión, lo sabes bien: para el que desmaya,
es un apoyo; para quien se siente devorado por la sed, es un bálsamo de vida.
¿Pero puede serlo para nosotros? ¿Para cuántos no lo ha sido y para cuántos no
lo será nunca, la conozcan o no? Y a mí, ¿me salvará? ¿No ha dicho el mismo hijo
de Dios que sólo estarán con él los que su padre decida? ¿Y si su padre quiere
reservarme para sí, como presiente mi corazón?
No malinterpretes mis palabras, ni veas en una idea
sencilla la menor intención de burla; te lo suplico. Te hablo con el corazón en
la mano. De no ser así, mejor callaría, porque no me gusta perder el tiempo
diciendo palabras vanas sobre materias que los demás entienden tan poco como yo.
¿Qué otro destino le cabe al hombre sino el de llenar todo el camino con sus
dolores y apurar su cáliz por completo? Y como éste fue amargo al mismo Dios del
cielo, cuando lo acercó a sus labios de hombre, ¿por qué he de fingir yo una
fuerza sobrehumana, haciendo creer que me parece dulce y grato?
¿Por qué no he de confesar mi angustia en este momento
en que mi ser tiembla y fluctúa entre ser y no ser; en que el pasado se muestra
como un relámpago en el sombrío abismo del futuro; en que todo cuanto me rodea
se desploma y el mundo parece acabarse al mismo tiempo que yo? ¿No reconoces la
voz de la criatura extenuada, desfallecida, que se hunde sin remedio, sin
importar la inútil lucha, gritando amargamente: “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué
me has abandonado?” ¿Y debe avergonzarme esta exclamación y debo temer que
llegue el momento en que se escape de mi boca, como se escapó de la de aquel
que, hijo de los cielos, se envolvió en ellos como en un sudario?
21 de noviembre
Carlota no ve ni sabe que prepara ella misma un veneno
mortal para los dos y yo apuro con fuerza la copa fatal que me ofrece. ¿Qué
significa el aire de bondad con que a menudo me mira? A menudo, ¡no!; algunas
veces. ¿Por qué se muestra complacida al notar el efecto que su vista me provoca
a pesar mío? ¿Qué causa reconoce la compasión que revela con los ojos?
Ayer, cuando me iba, me alargó la mano y dijo:
-Buenas noches, querido Werther.
¡Querido Werther! Es la primera vez que me llama así y
hasta en lo más profundo de mi ser he sentido una dicha indecible. Más de cien
veces he repetido estas palabras y por la noche, al ir a la cama, hablando a mí
mismo, exclamé sin percatarme de ello: “¡Buenas noches, querido Werther!” No he
podido sino reírme de mí.
22 de noviembre
Al dirigir mis ruegos a Dios, no puedo decir:
“¡Consérvamela!” Y, sin embargo, hay momentos en que creo que es de mi posesión.
Tampoco puedo decir: “¡Dámela!”, porque es de otro. Así es como me agito sin
cesar sobre mi lecho de dolor. Si me dejara llevar por el impulso, ensartaría
una serie infinita de antítesis.
24 de noviembre
No desconoce Carlota cuánto sufro. Su mirada ha llegado
hoy hasta lo más hondo de mi corazón. La encontré sola; yo no despegaba mis
labios y ella me miraba fijamente. Absorto ante aquella mirada sublime, llena de
afectuoso interés y dulce piedad, no veía su seductora hermosura ni la aureola
de inteligencia que ilumina su frente. ¿Por qué no me tiré a sus pies o la tomé
entre mis brazos, cubriéndola de besos? Se sentó en el piano; a sus armoniosos
acordes unió su dulce y cantarina voz. No he encontrado nunca más adorables sus
labios; parecía que se entreabrían lánguidos para aspirar los dulces sonidos del
instrumento y exhalarlos de nuevo, con la suavidad de su hálito. ¡ah! ¡Si yo
pudiera hacer que compartieras conmigo lo que sentí en ese momento! Incliné la
cabeza desfallecido y me juré no atreverme nunca a imprimir un beso en su boca,
en aquella boca donde revoloteaban los serafines del cielo. Y, sin embargo, yo
quiero… No. Hay una barrera imposible de cruzar que la separa de mi alma.
¡Destruir esta pureza! Y después el castigo que sigue al pecado. ¿Pecado?
26 de noviembre
Suelo decirme a mí mismo: “Tu destino es único;
comparados contigo, los demás hombres son felices; porque jamás un mortal se vio
atormentado como tú”. Entonces, leo cualquier poeta antiguo y me parece que es
el libro mismo de mi alma. ¿Qué? ¿Aún me falta tanto por sufrir? ¿Y antes que yo
ha habido ya hombres tan desdichados?
30 de noviembre
Nunca podrá tranquilizarse mi espíritu. En todas partes
encuentro algo que me pone fuera de mí. Hoy mismo, ¡oh, destino! ¡Oh, pobre
humanidad! Me había ido a pasear a la orilla del río, a la hora de comer, porque
no tenía nada de hambre. No había nadie. Un viento frío y húmedo soplaba de la
montaña; algunas nubes grises rodeaban el valle. A lo lejos distinguí a un
hombre mal vestido, que andaba agachado entre las rocas, como buscando algo. Me
acerqué y volteó por el ruido de mis pasos. Tenía una interesante fisonomía, con
cierta expresión de tristeza, que mostraba un corazón honrado. Sus negros
cabellos estaban sujetos en dos rodetes por horquillas y los de atrás bajaban
por la espalda, con lo que formaban una trenza ajustada. Ya que su traje
mostraba que era un hombre del pueblo, creí que no se molestaría porque me
interesara en él y le pregunté qué hacía.
-Busco flores y las hallo -contestó-, después de
suspirar profundamente.
-Ya lo creo -repliqué con una sonrisa-; ahora no es
época de flores.
-Hay muchas -agregó-, mientras se acercaba a mí. En mi
jardín tengo rosas y dos tipos de madreselvas. Una me la regaló mi padre; ésta
crece con la misma rapidez que los hierbajos y, no obstante, hace dos días que
busco una y no doy con ella. También aquí hay flores durante todo el año; las
hay amarillas, azules, rojas… y hay centauras, que son una flores pequeñas muy
lindas. Pues en vano las busco; una sola no encuentro.
Yo notaba en sus palabras y en su tono un no se qué
feroz y con calma le pregunté para qué buscaba las flores. Una sonrisa extraña y
compulsiva contrajo su aspecto.
-Si me prometes no traicionarme -dijo mientras se ponía
un dedo en la boca-, te diré que he ofrecido un ramo a mi novia.
-¡Bien, muy bien! -le dije
-¡Oh! Ella tiene muchas cosas buenas… es rica.
-Y, sin embargo, pone atención a tu ramo.
-Tiene diamantes… y una corona.
-¿Pues quién es? ¿Cuál es su nombre?
Sin responder, añadió:
-Si el gobierno quisiera pagarme, sería otro hombre.
Sí, hubo un tiempo en que estaba bien yo, pero hoy, hoy todo ha terminado. No
soy ya sino…
Sus ojos, llenos de lágrimas, se fijaron en el cielo
con viveza.
-¿Estás feliz entonces? -pregunté.
-¡Ah! Ojalá lo fuera ahora igual. Sí, vivía contento,
feliz, ligero como pez en el agua.
-¡Enrique! -exclamó en aquel instante una anciana que
se acercaba-. ¿Dónde te metes? Te ando buscando por todas partes. Vamos, ven a
comer.
-¿Es su hijo? -pregunté mientras avancé hacia ella.
-Sí, señor, es mi pobre hijo. Dios me ha dado una cruz
muy pesada.
-¿Hace mucho tiempo que está así?
-A Dios gracias, hace ya seis meses que recobró la
tranquilidad. Pero antes, todo un año, estuvo furioso y hubo que encerrarlo en
una casa de locos. Ahora no hace mal a nadie; pero siempre sueña con reyes y
emperadores. ¡Era tan bueno y cariñoso! Me ayudaba a vivir con el fruto de su
trabajo, porque tenía una letra preciosa… De repente perdió la cordura; cayó
enfermo de una fiebre tremenda y ahora… ya ve el estado en que está. Si el señor
quiere que le cuente…
Interrumpí su comunicación para preguntarle a qué época
se refería su hijo, cuando decía que había sido muy feliz.
-¡Ah, señor! El pobre alude al tiempo en que estaba
completamente loco; al que paso en el hospital, cuando no tenía conciencia de
sí. No deja de recordar esos días…
Estas palabras me hirieron como un rayo. Puse una
moneda de plata en la mano de la anciana y me alejé a pasos apresurados.
¡Entonces eras feliz!, pensaba mientras caminaba rápido
hacia el pueblo. ¡Entonces vivías ligero como el pez en el agua! Pero, Señor,
¿estará escrito en el destino del hombre que sólo pueda ser feliz antes de tener
razón o después de perderla? ¡Pobre insensato! Envidio tu locura; envidio el
laberinto mental en que te extravías. Sales lleno de esperanza a recolectar
flores para tu amada, en medio del invierno y desesperas porque no las
encuentras, sin comprender la causa de que no se hallen a tu paso… Pero yo…
salgo sin esperanza, sin propósito, y vuelvo a entrar a casa igual. Tú sueñas
con lo que serías si el gobierno te pagara; ¡feliz criatura que sólo en un
obstáculo material hallas tu desgracia, que no sabes que en el extravío de tu
mente, en el desorden de tu alma estriba tu daño, del que todos los reyes de la
Tierra no podrían liberarte! ¡Muera sin sosiego el que ríe de los enfermos, que
en su opinión agravan sus enfermedades y aceleran su final al ir lejos en busca
de la salud en aguas maravillosas! ¡Muera sin sosiego el que insulta a la pobre
criatura, cuya alma oprimida hace voto de visitar el santo sepulcro para
librarse de sus remordimientos y calmar sus escrúpulos y desventuras! Cada paso
que el peregrino da sobre la tierra, dura e inculta, por ásperos senderos que
desgarran sus pies, es una gota de bálsamo echado sobre la herida de su alma y,
después de la jornada diaria, se acuesta con el corazón aliviado de una parte
del peso que le embarga. ¿Y se atreven a llamar a esto necia preocupación,
ustedes, charlatanes infelices? ¡Preocupación! Dios mío, ni ves mis lágrimas.
¿Cómo, al crear al hombre tan pequeño, le das hermanos que hasta lo privan en
sus amarguras, robándole la confianza que ha puesto en ti, en ti que nos
profesas amor sin fronteras? Porque la fe en la virtud de una planta medicinal o
en el agua que destila la vida después de cortada, ¿qué es sino fe en ti, que al
lado del mal has puesto el remedio y el consuelo que tanto necesitamos?
¡Oh, padre, que desconozco! Padre, que otras veces has
llenado todo mi corazón y que ahora te apartas de mí; llámame pronto a tu
compañía. No guardes silencio más tiempo, porque éste no detendrá la impaciencia
de mi alma. Y si entre los hombres no podría enojarse un padre porque su hijo
volviera a su lado antes de la hora marcada y se arrojara a sus brazos diciendo:
“Aquí estoy de regreso, padre mío; no te incomodes porque haya interrumpido el
viaje que me has encomendado terminar; el mundo es igual por todas partes; tras
el dolor y el trabajo, la recompensa y el placer…
Pero a mí, ¿qué me importa? Yo no estaré bien más que
en tu presencia; en dónde tú estés quiero gozar y padecer…” Tú, padre celestial
y piadoso, ¿podrás rechazarme?
1 de diciembre
¡Oh, Guillermo! Ese hombre de que te he hablado, ese
desdichado feliz, tenía un empleo en casa del padre de Carlota y una desgraciada
pasión que concibió por ella, ¡por ella!, pasión que ocultó mucho tiempo y que
al fin descubrió, lo hizo perder el juicio. Éste ha sido el origen de su locura.
Estas pocas palabras, llenas de sequedad, pueden hacer que entiendas lo que esta
historia me habrá trastornado, cuando Alberto me la contó con la frialdad con
que quizá tú la leerás.
4 de diciembre
Te imploro piedad de mí, porque esto es hecho; ya no
podré soportar más tiempo la situación. Hoy estaba sentado cerca de ella, que
tocaba diferentes melodías en su clave, con un semblante… ¡Con un semblante!
¿Cómo podría describirla para ti? La más pequeña de sus hermanas jugaba con sus
muñecas sobre mis rodillas. De pronto, se me salieron las lágrimas y bajé la
cabeza; vi entonces en su dedo el anillo de boda y mi llanto fue más abundante.
En aquel mismo instante comenzó a tocar la antigua melodía que tanta impresión
me provocaba y mi corazón sintió una especie de consuelo, recordando el tiempo
en que aquella música había herido mis oídos con placer; tiempo de felicidad en
que las penas no abundaban; horas de esperanza que pronto huyeron. Me levanté y
comencé a pasearme por la habitación sin orden. Me ahogaba.
-¡Basta -dije-; basta por Dios!
Carlota se detuvo y me miró interrogante.
-Werther -dijo con una sonrisa que me traspasó el
corazón-, muy malo debes estar cuando tu música predilecta te desgarra así.
Retírate, te lo suplico, y trata de recuperar la calma.
Me separé de ella y… ¡Dios mío! Tú que ves mi
sufrimiento, tú debes terminarlo.
6 de diciembre
Su imagen me persigue: que duerma o que vele, ella sola
llena toda mi alma. Cuando cierro los ojos, en el cerebro, donde se halla la
potencia de la vista, distingo con claridad sus ojos negros. No puedo explicarme
esto. Me duermo y los veo también: siempre están ahí, fascinantes como el
abismo. Todo mi ser, todo, no puede separarse de ellos.
¿Qué es el hombre, ese semidiós ensalzado? ¿No le falta
la fuerza cuando más la necesita? Y cuando abre las alas en el cielo de los
placeres, lo mismo que cuando se sumerge en la desesperación, ¿no se ve siempre
detenido y condenado a convencerse de que es débil y pequeño, él, que esperaba
perderse en el infinito?
Del editor al lector
¡Cuánto hubiera deseado tener, respecto a los
últimos días de nuestro desdichado amigo, bastantes detalles escritos por su
propia mano, para no tener la necesidad de intercalar relaciones en la
continuación de las cartas que él nos dejó!
Me he esmerado en recopilar los más exactos
pormenores con las personas que debían estar mejor informadas, los cuales todos
resultan uniformes. Las narraciones coinciden hasta en las menores situaciones.
Sólo en la manera de juzgar los sentimientos de los personajes difieren un poco
los puntos de vista.
Sólo nos resta entonces hablar con fidelidad de lo
que nuestras investigaciones nos han hecho conocer, sin omitir en ello las
cartas o fragmentos de carta que dejó aquel que ya no está más con nosotros.
No se debe despreciar al menor documento auténtico,
en consideración de lo difícil que resulta profundizar y conocer los verdaderos
motivos, los móviles ocultos de una acción, por intrascendente que ésta sea,
cuando proviene de un individuo que sale de la esfera común.
El desaliento y pesar habían echado raíces sólidas
en Werther y poco a poco se habían apoderado de todo su ser. La armonía de sus
facultades se había destruido en su totalidad. El ciego y febril arrebato que
las trastornaba tuvo en él los más fuertes estragos y acabó por sumirle en un
triste abatimiento, más difícil de tolerar que los males con que se había
enfrentado hasta entonces.
Las angustias de su corazón agotaron las pocas
fuerzas que le quedaban. Su viveza y sagacidad se apagaron. Cada vez se mostraba
más sombrío e insociable, y conforme iba siendo más desgraciado se volvía más
injusto. Así, al menos, lo constatan los amigos de Alberto, quienes dicen que
Werther no había valorado a aquel hombre de corazón recto que, gozando de una
dicha deseada por mucho tiempo, sólo pensaba en afianzar su felicidad futura.
¿Cómo había de comprender semejante anhelo quien disipaba y entregaba al azar
los tesoros de su alma, sin reservarse para lo sucesivo más que privación y
sufrimiento?
Afirman también que Alberto no había podido cambiar
en tan poco tiempo y que era siempre el mismo hombre, tan ponderado y apreciado
por Werther cuando se conocieron. Amaba a Carlota sobre todas las cosas; estaba
orgulloso de ella y deseaba verla admirada por cuantos se le acercaban como la
más perfecta criatura. ¿Podía reprobársele por tratar de alejar de ella la
sombra de una sospecha o porque rehusara ceder, ni aun en el más inocente trato,
la posesión de tan preciado objeto? Confiesan, es cierto, que Alberto abandonaba
a menudo la habitación de su mujer cuando Werther se presentaba ahí; pero no
era, según su dicho, ni por odio ni por indiferencia hacia su amigo, sino tan
sólo porque había observado el pesar secreto que su presencia creaba en Werther.
Un día, en que estaba enfermo el padre de Carlota y
por su necesidad de guardar cama, mandó el coche en busca de su hija. Era una
hermosa mañana de invierno. Las primeras nieves habían caído abundantes y el
campo estaba cubierto de una alfombra blanca.
Werther emprendió el camino al día siguiente, para
ir a reunirse con Carlota y acompañarla a su casa, si Alberto no iba por ella.
El aire fresco y puro de la mañana no cambió su
ánimo. Un peso enorme oprimía su pecho; su espíritu estaba atormentado por las
más tristes imágenes y el movimiento de sus ideas le hacía vagar por crueles
reflexiones. Como vivía en un eterno hartazgo de sí mismo, la situación de los
demás la creía tan violenta y agitada como la suya. Imaginaba haber dañado la
armonía de Alberto y Carlota, y se dirigía con este motivo los más ocultos
reproches, mezclados de sorda indignación contra el marido. Durante el camino
sus pensamientos tomaron este sentido: “¡Ah!”, se decía, apretando los dientes;
“he ahí rota esa unión, tan íntima, tan cordial, tan auténtica. ¿Qué ha pasado
con aquel tierno interés, con aquella confianza tranquila que se antojaba
inalterable? Hoy es sólo hastío e indiferencia. El más pequeño asunto interesa a
ese hombre más que su mujer. ¡Una mujer tan adorable! ¿Pero sabe él apreciarla?
¿Sospecha remotamente lo que vale? ¡Y ella le pertenece, es de su propiedad!
¡Oh!, lo sé de sobra. Debía haberme acostumbrado ya a esta idea y, no obstante,
me desespera y acabará por darme muerte. Y la amistad que Alberto me había
prometido, ¿qué ha sido de ella? ¿No ve en mi apego a Carlota un ataque a sus
derechos, y en mis atenciones y cuidados, una censura de su falta de cuidado? Lo
sé y lo siento: me ve con disgusto; quisiera me fuera muy lejos de aquí. Mi
presencia es un peso para él”.
Hablando así, tan pronto aceleraba su paso como lo
detenía. Algunas veces parecía querer volverse atrás, pero continuaba, sumido
siempre en sombrías reflexiones que sólo se adivinaban por algunas palabras
entrecortadas que salían de su boca. Así llegó a la casa sin notarlo. Entró
preguntando por el anciano y por Carlota y encontró a toda la gente en
conmoción. El mayor de los hermanos de Carlota le informó que había sido una
desgracia en Wahlheim: que un aldeano había sido asesinado. Esta noticia no hizo
mella en él y se dirigió a la sala contigua, donde encontró a Carlota
esforzándose por retener a su padre que, enfermo y todo, quería marchar de
inmediato al lugar del crimen, para instruir las primeras diligencias sobre
aquel suceso, cuyo autor era una interrogante. Se había encontrado el cadáver
muy temprano por la mañana, frente a la puerta de un cortijo y ya se sospechaba
de alguien. La víctima había estado al servicio de una viuda, que poco antes
había despedido a otro criado por un fuerte disgusto.
Cuando Werther supo esta información, se levantó de
repente y exclamó:
-¿Es posible? Debo ir sin perder un instante.
Se dirigió a Wahlheim, convencido, luego que reunió
todos sus recuerdos, de que el autor del asesinato era aquel joven a quien había
hablado tantas veces y que le había producido gran simpatía. Como era
indispensable pasar por los tilos para llegar al figón donde habían depositado
el cadáver, no pudo menos que experimentar cierta turbación al ver aquellos
lugares que en otra época había querido tanto. El umbral de la puerta donde los
chicos iban con frecuencia estaba ensangrentado. Así el amor y la fidelidad, los
más hermosos sentimientos humanos, habían degenerado en violencia y crimen. Los
corpulentos árboles, sin follaje, se habían cubierto de escarcha; el seto vivo
que rodeaba las tapias del cementerio había perdido su hermoso verde y dejaba
ver, por los anchos agujeros, las piedras de los sepulcros llenas de nieve.
Al aparecer Werther en el lugar al que había acudido
todo el pueblo, se dejó oír un grave murmullo.
A lo lejos se divisaba un pelotón de hombres armados
y todos comprendieron que traían al asesino.
No bien dirigió Werther una mirada sobre el preso,
se disiparon las dudas.
Sí, era él; aquel criado tan enamorado de su ama, a
quien pocos días antes había visto víctima de una melancolía y luchando contra
una secreta desesperación.
-¿Qué has hecho, desdichado? -le preguntó al
acercarse.
El preso lo miró sin abrir la boca; luego dijo con
frialdad.
-Ella no será de nadie, ni nadie será de ella.
Llevaron al asesino ante la presencia de su víctima
y Werther se alejó precipitado. La extraña y violenta emoción que acababa de
experimentar había confundido su mente: se sintió arrancado de su melancólica
apatía por el irresistible interés que le despertaba aquel joven y por un deseo
de salvarlo. Comprendía tan bien la desesperación que le había orillado al
crimen; le encontraba tantas excusas y comprendía con tal profundidad la
situación de aquel desafortunado, que se creía capaz de participar sus
sentimientos a todo el mundo.
Ardía ya en deseos de defender a gritos al acusado;
el discurso más elocuente pugnaba ya por brotar de sus labios. Corrió a casa del
padre de Carlota, ordenando mentalmente los apasionados argumentos con que había
de inclinar su ánimo a favor del prisionero.
Al entrar en el salón halló a Alberto, cuya
presencia lo desconcertó por un momento, pero pronto se recuperó y manifestó al
anciano su opinión sobre el trágico evento, con la convicción y calor que lo
animaban.
El administrador movió varias veces la cabeza
mientras hablaba; y aunque Werther empleó toda la energía, todo el arte de
persuasión que se puede usar en defensa de un semejante, el magistrado, como era
de esperarse, no dio signos de sensibilidad ni vacilación. Sin dejar terminar a
nuestro amigo, rechazó brioso sus argumentos y le censuró por defender a un
criminal con tanta decisión. Le demostró que con tal sistema, todas las leyes
quedaban anuladas y la seguridad pública se vería comprometida en forma
consistente. Añadió que en un asunto tan grave, no podía interceder sin incurrir
en una responsabilidad enorme, y que era necesario que el proceso siguiera
conforme a lo habitual.
Werther, sin embargo, no perdió el ánimo y suplicó
al administrador que aceptara no poner atención a la evasión del prisionero;
pero también en esto el magistrado no mostró flexibilidad alguna.
Alberto, que hasta entonces no había emitido juicio
alguno, se incorporó a la discusión para apoyar al anciano. Werther, en vista de
ellos, guardó silencio y se alejó con el corazón traspasado de amargura,
mientras el administrador repetía:
-No, no; nada puede salvarlo.
No es difícil calcular la impresión que estas
palabras tuvieron en el ánimo de Werther, conociendo alguna frases que escritas
sin duda ese mismo día, hemos encontrado entre sus pertenencias.
-¡No es posible salvarte, desgraciado! Yo bien veo
que nada puede salvarnos.
Lo que Alberto había dicho sobre el criminal ante el
administrador causó a Werther una extrañeza mayor. Creyó descubrir en sus
palabras una alusión a él y a sus sentimientos, y por más que algunas serias
reflexiones le hicieron entender que aquellos tres hombres podían estar en lo
correcto, se resistía a abandonar su intención y sus ideas, como si abandonarlas
fuera renunciar a su propia y más íntima vida.
Entre sus papeles hemos hallado otra nota que habla
de esta situación y que expresa quizá sus verdaderos sentimientos hacia Alberto.
-¿De qué sirve decirme y repetirme: es bueno y
honrado? ¡Ah! Cuando así me desgarra el corazón, ¿puedo ser justo?
La tarde era apacible y el tiempo ayudaba al
deshielo. Carlota y Alberto regresaron a pie. De vez en cuando volteaba ella la
cabeza, como extrañando la compañía de Werther. Alberto dirigió la conversación
a su amigo y le reprobó, haciéndole justicia. Habló de su desgraciada pasión y
dijo que deseaba, si se pudiera, alejarlo por su propio bien.
-Lo deseo también por nosotros -agregó-; y te ruego,
Carlota, que procures dar otra dirección a sus ideas y a sus relaciones contigo,
decidiéndole a que limite sus visitas. La gente empieza ya a ocuparse de esto y
yo sé que se ha hablado del tema varias veces.
Carlota guardó silencio y Alberto creyó entender el
motivo de esta reserva. Desde ese momento no habló más de Werther: si ella, por
casualidad o con intención, pronunciaba su nombre, él cambiaba o interrumpía la
conversación. La vana tentativa de Werther para salvar al infeliz aldeano, fue
como el último resplandor de una flama agonizante.
Cayó en un abatimiento más y más profundo y una
desesperación mansa se apoderó de él cuando supo que tal vez lo llamarían para
testificar en contra del asesino, que intentaba defenderse al negar su
participación en el asesinato. Todo lo que había sufrido hasta entonces durante
su vida activa, sus disgustos en la embajada, sus proyectos fallidos, todo lo
que le había herido o contrariado, acudía a su memoria y le agitaba en forma
terrible.
Creyéndose condenado a la inacción por tan
consistentes contrariedades, todo lo veía cerrado a su paso y sentía incapacidad
de soportar la vida. Así es que, encerrado para siempre en sí mismo, consagrado
a la idea fija de una sola pasión, perdido en un laberinto sin salida por sus
relaciones diarias con la mujer adorada cuyo descanso trastornaba, agotando
inútilmente sus fuerzas y debilitándose sin esperanza, se iba acercando cada vez
a su triste final.
Colocaremos aquí algunas cartas que dejó y que dan
una idea precisa de su confusión, de su delirio, de sus crueles angustias, de
sus luchas supremas y del desprecio que sentía por la vida.
12 de diciembre
Querido Guillermo: me encuentro en un estado que debe
asemejarse al de los desgraciados que en la antigüedad se creían poseídos del
espíritu maligno. No es el pesar; no es tampoco un deseo vehemente, sino una
rabia sorda y sin nombre que me desgarra el pecho, me hace un nudo en la
garganta y me sofoca. Sufro, me gustaría escapar de mí y paso las noches vagando
por los parajes desiertos y sombríos en que abunda esta estación enemiga.
Anoche salí. Sobrevino de repente el deshielo y supe
que el río había salido de madre, que todos los arroyos de Wahlheim corrían
desbordados y que la inundación era completa en mi valle. Me dirigí a él cuando
llegaba la medianoche y presencié un espectáculo aterrador. Desde la cima de una
roca, con la claridad de la Luna, vi revolverse los torrentes por los campos,
por las praderas y entre los vallados, devorando y sumergiendo todo; vi
desvanecerse el valle; vi en su lugar un mar rugiente y espumoso, azotado por el
soplo de los huracanes. Después, profundas tinieblas; más tarde, la Luna, que
aparecía de nuevo para arrojar una siniestra claridad sobre aquel imponente
cuadro. Las olas rodaban estrepitosas… se estrellaban a mis pies con gran
fuerza. Un extraño temblor y una tentación inexplicable se apoderaron de mí. Me
hallaba con los brazos estirados hacia el abismo, acariciando la idea de
lanzarme a él. Sí, lanzarme y sepultar conmigo los dolores y sufrimientos. ¡Pero
ay!, ¡qué desgraciado! No tuve fuerza para terminar de una vez por todas con mi
pesar; mi hora no ha llegado aún, lo sé. ¡Ah, Guillermo! ¡Con qué gozo hubiera
dado esta pobre vida para confundirme con el huracán, rasgar con él los mares y
agitar sus olas! ¡Ah!, ¿no alcanzaremos nunca esta dicha los que nos consumimos
en nuestra prisión? ¡Qué tristeza se apoderó de mí cuando mis ojos pasaron por
el sitio donde había descansado con Carlota, bajo un sauce, después de un largo
paseo! También había llegado ahí la inundación y a duras penas pude distinguir
la copa del sauce.
Pensé entonces en la casa de Carlota, en sus jardines…
El torrente debía haber arrancado también nuestros pabellones y destruido todos
nuestros lechos de pasto. Un luminoso rayo del pasado brilló frente a mi alma,
como brilla en los sueños de un cautivo una ola de luz que le crea praderas,
ganados o grandezas de la vida. Yo estaba ahí, parado… ¡ah!, ¿es que no tengo
valor para morir? Yo debía… Y sin embargo, aquí estoy como una pobre vieja que
recoge del suelo sus andrajos y va, de puerta en puerta, pidiendo pan para
sostener y prolongar un instante más su vida de miseria.
14 de diciembre
¿Qué es esto, mi amigo? Estoy asustado de mí. El amor
que ella me inspira, ¿no es el más puro, el más santo y el más fraternal de los
amores? ¿He cobijado en lo más hondo de mi alma un deseo culpable? ¡Ah! No me
atrevería a asegurarlo. ¡Cuánta razón tienen quienes dicen que somos juguetes de
fuerzas misteriosas y contrarias!
Anoche, temo decirlo, la tenía entre mis brazos,
fuertemente estrechada contra mi corazón; sus labios expresaban palabras de
cariño, interrumpidas por un millón de besos, y mis ojos se embriagaban con la
dicha que brotaba de los suyos. ¿Soy culpable, Dios mío, por recordar tan
dichoso y por desear soñar lo mismo? ¡Carlota! ¡Carlota! Hace una semana que mis
sentidos se han trastornado; ya no tengo fuerzas ni para pensar; mis ojos se
llenan de lágrimas. No estoy bien en ningún lugar y, no obstante, estoy en todas
partes. No espero nada, nada deseo. ¿No sería mejor que partiera?
La decisión de abandonar este mundo había ido
tomando fuerza en la mente de Werther. Desde su regreso al lado de Carlota,
había contemplado la muerte como el fin de sus males y como una opción extrema a
la cual recurrir. Se había propuesto, sin embargo, no acudir a ella con
brusquedad y violencia. No quería dar este último paso más que con toda calma y
animado por un total convencimiento. Sus incertidumbres, sus luchas se reflejan
en algunas líneas que aparentan ser el principio de una carta a su amigo. El
papel no está fechado.
“Su presencia…, su situación…, el interés que mi suerte
le despierta, arrancan las últimas lágrimas de mi cerebro petrificado.
“Levantar el velo y seguir adelante; es todo… ¿Por qué
tener miedo?, ¿por qué dudar? ¿Tal vez porque no se conozca lo que hay más allá,
porque no se regresa o más bien porque es propio de nuestra naturaleza suponer
que todo es confusión y oscuridad en lo desconocido?”
Cada vez se habituaba más a estos funestos
pensamientos, que llegaron a ser familiares al extremo. Su proyecto fue al fin
determinado de forma irrevocable. La prueba se halla en la siguiente carta, de
doble sentido, que dirigió a su amigo.
20 de diciembre
Agradezco, querido Guillermo, que tu amistad haya
entendido tan bien lo que yo quería decir. Tienes razón; lo mejor que puedo
hacer es irme. Pero la invitación que me haces para que regrese a tu lado no
corresponde mucho a mi pensamiento. Antes haré una breve excursión a la que
convidan el frío continuado que es de esperar y los caminos que estarán en buen
estado. Tu deseo de venir a verme me agrada mucho; pero te ruego que me concedas
un plazo de 15 días y que esperes a recibir otra carta en la que te participe
mis últimas noticias. Di a mi madre que pida a Dios por su hijo; dile también
que le ofrezco disculpas por todos las angustias a las que la he sometido. Sin
duda era mi destino apesadumbrar a las personas a quienes hubiera querido hacer
felices. Adiós, mi queridísimo amigo; el cielo ponga en ti sus bendiciones.
Adiós.
No intentamos revelar ahora lo que pasaba en el
corazón de Carlota y los sentimientos que en él producían su esposo y su
desdichado amigo, por más que el conocimiento que tenemos de su carácter nos
permita formar una idea cercana.
Es seguro por lo menos que estaba decidida a hacer
todo lo posible por alejar a Werther y si algo la hacía dudar, era sólo cierta
consideración compasiva dictada por la amistad, sabiendo lo caro que le sería al
desgraciado joven esta separación, pues un esfuerzo semejante era superior a su
fuerza. No obstante, las circunstancias se hacían cada vez más críticas y
aquella necesidad, más urgente. Su marido guardaba el más hondo silencio sobre
el asunto, así como lo había guardado siempre ella misma, que sólo deseaba
probar sinceramente con sus actos cuán dignos de los suyos eran sus
sentimientos.
El mismo día que Werther escribió a su amigo la
carta que recién copiamos, el domingo antes de Navidad, fue por la tarde a casa
de Carlota y la encontró sola, arreglando los juguetes para sus hermanos y
hermanas. Habló de la alegría que tendrían los niños y de los tiempos en que la
aparición de una mesa cargada de manzanas y turrones eran también para ella las
delicias del paraíso.
-Pues bien -le dijo Carlota-, ocultando su
ofuscación con una cordial sonrisa, también tendrías regalos de Navidad si
tuvieras juicio: una barra de turrón y algún otro detalle.
-¿Y qué entiende por tener juicio? -exclamó
Werther-. ¿Cómo debo ser juicioso? ¿Cómo puedo serlo, querida Carlota?
-El jueves por la noche -repuso ella-, es
Nochebuena; vendrán los niños, mi padre los acompañará y todos recibirán su
regalito. Ven tú también, pero no antes.
Werther se sentía cohibido.
-Te lo ruego -agregó-; es necesario… porque esto no
puede continuar así.
Al oír estas palabras, Werther apartó su vista de
Carlota, se puso a caminar a grandes pasos por el cuarto, repitiendo entre
dientes: “Esto no puede seguir”.
Percibiendo Carlota el estado de agitación que le
habían causado sus palabras, trató de calmarlo y distraerle con algunas
preguntas y diferentes temas de charla; nada dio resultado.
-No, Carlota; ya no volveré a verte.
-¿Y por qué no, Werther? Puedes y debes visitarnos
si te moderas. ¿Por qué tienes ese carácter tan ardiente, esa pasión indomable
que fuego devorador abrasa todo a su paso? Por Dios te suplico que te controles.
¡Qué de distracciones y de goces ofrecen tu talento, conocimientos e
imaginación! ¡Sé un hombre! Aléjate de ese cariño fatal, de esa pasión por una
criatura que no puede más que compadecerte.
Werther rechinó los dientes y la miró con un aire
sombrío. Carlota sostenía en las manos la de su amigo.
-Ten calma -le dijo-. ¿No ves que corres por
voluntad a tu perdición? ¿Por qué he de ser yo, justo yo, que soy de otro? ¡Ah!
Temo que la imposibilidad de obtener mi amor sea lo que exalte tu pasión.
Werther quitó la mano y miró a Carlota disgustado.
-Está bien -dijo-; esa sabia observación la ha
originado Alberto, sin duda. Es política, ¡muy política!
-Cualquiera puede hacerla -dijo ella-. ¿No habrá en
todo el mundo una joven capaz de llenar los deseos de tu corazón? Búscala; te
garantizo que la encontrarás. Hace mucho tiempo que deploro, por ti y por
nosotros, el aislamiento al que te has condenado. Vamos, haz un esfuerzo; un
viaje puede distraerte; si buscas bien, encontrarás una mujer digno de tu cariño
y entonces podrás regresar para que disfrutemos todos esa tranquila felicidad
que da la amistad sincera.
-Podrían imprimirse tus palabras -repuso Werther con
una sonrisa amarga-, y recomendarlas a todos los que se dedican a la enseñanza.
¡Ah, querida Carlota!, dame un plazo corto y todo estará bien.
-Concedido; pero no vuelvas hasta la víspera de
Navidad.
Werther iba contestar cuando llegó Alberto. Se
saludaron con tono seco y ambos se pusieron a caminar, uno al lado del otro, con
una carga evidente. Werther habló de cosas sin importancia que dejaba a medias;
Alberto, después de hacer lo propio, preguntó a su mujer por algunos encargos
que le había dado.
Al saber que no los había terminado, le dijo algunas
cosas que parecieron a Werther no sólo frías, sino duras. Éste quiso marcharse y
le faltaron fuerzas. Permaneció ahí hasta las ocho, su mal humor creció; cuando
vio que alistaban la mesa, tomó su bastón y su sombrero. Alberto le invitó a
quedarse; pero consideró él la invitación como una acto de cortesía forzada y se
retiró, no sin antes agradecer con frialdad. Cuando llegó a su casa, tomó la luz
de manos de su sirviente, que quería alumbrarle y subió solo a su cuarto. Una
vez ahí, se puso a recorrerla con pasos grandes, sollozando y hablando solo pero
en voz alta y con ardor; acabó por arrojarse vestido sobre la cama, donde el
criado le encontró tendido a las 11, cuando fue a preguntar si quería que le
quitara las botas. Werther aceptó y le prohibió que entrara a su habitación al
día siguientes antes de que le llamará.
El lunes por la mañana, 21 de diciembre, escribió a
Carlota la siguiente carta, que se encontró cerrada sobre su mesa y fue
entregada a su amada.
La incluimos aquí por fragmentos, como parece que la
escribió:
“Está decidido, Carlota: quiero morir y te lo informo
sin ninguna intención romántica, con la cabeza tranquila, el mismo día en que te
veré por última vez.
“Cuando leas estas líneas, amada Carlota, yacerán en la
tumba los despojos del desdichado que en los últimos momentos de su vida, no
encuentra placer más dulce que el de hablar contigo en la mente. He pasado una
noche terrible; con todo, ha sido benéfica, porque me ha ayudado a resolverme.
¡Quiero morir!
“Al separarnos ayer, un frío inexplicable se apoderó de
todo mi ser; volvía la sangre a mi corazón y respirando con angustiosa
dificultad pensaba en mi vida, que se consume cerca de ti, sin alegría, sin
esperanza. ¡Ah!, estaba helado de miedo. Apenas pude llegar a mi alcoba, donde
caí arrodillado, loco por completo. ¡Oh, Dios mío! Tú me concediste por última
vez el consuelo del llanto. ¡Pero qué lágrimas tan amargas! Mil ideas, mil
proyectos agitaron mi espíritu, fundiéndose, al fin, todos en uno solo; pero
firme, inquebrantable: ¡morir! Con esta decisión me acosté; con esta resolución,
firme y terminante como ayer, he despertado: ¡quiero morir! No es desesperación,
es convicción, mi carrera está terminada y me sacrifico por ti. Sí, Carlota,
¿por qué te lo debería ocultar? Es necesario que uno de los tres muera y deseo
ser yo. ¡Oh, vida de mi vida! Más de una vez en mi alma desgarrada se ha
introducido un horrible pensamiento: matar a tu esposo… a ti… a mí. Debo ser yo;
así será.
“Cuando al anochecer de un día hermoso de verano, subas
a la montaña, piensa en mí y recuerda que he recorrido el valle muchas veces;
mira después hacia el cementerio y a los últimos rayos del sol poniente, ve cómo
el viento azota la hierba de mi tumba. Estaba tranquilo al comenzar esta misiva
y ahora lloro como niño. ¡Tanto martirizan estas ideas a mi pobre corazón!
Werther llamó a su criado cerca de las 10; mientras
lo vestía le dijo que iba a hacer un viaje de algunos días y que debía por lo
tanto arreglar la ropa y alistar maletas; también le ordenó arreglar las
cuentas, recoger muchos libros prestados y dar a algunos pobres, a quienes
socorría una vez a la semana, la donación de dos meses adelantados.
Pidió el almuerzo en su habitación y después de
comer, se enfiló a casa del administrador, a quien no halló. Paseó por el jardín
pensativo, lo que parecía indicar el deseo de fundir en una sola todas las ideas
capaces de enardecer sus amarguras. Los niños no lo dejaron solo mucho tiempo:
salieron en su busca saltando de gusto y le dijeron que los días siguientes
Carlota les daría los regalos de Navidad; al respecto le dijeron todas las
maravillas que la imaginación les ofrecía. “¡Mañana!”, dijo Werther, “¡y pasado
mañana…, y el día siguiente!”
Los abrazó con cariño y se disponía a alejarse
cuando el más pequeño mostró querer susurrarle algo. El secreto se redujo a
informarle que sus hermanos mayores habían escrito felicitaciones para año
nuevo: una para el papá, otra para Alberto y Carlota, y otra para el señor
Werther. Todas las entregarían por la mañana temprano el 1 de enero. Estas
palabras lo llenaron de ternura; hizo algunos regalos a todos y luego de
encargarles que dieran memorias a su papá, montó su caballo y se marcho con
lágrimas en los ojos.
A las cinco regresó a casa; recomendó a la criada
que cuidara el fuego de la chimenea hasta la noche y pidió al sirviente que
empacara los libros y la ropa blanca, y metiera los trajes a la maleta. Puede
pensarse que después de esto fue cuando escribió el siguiente fragmento de su
última carta a Carlota:
“Tú no esperas; crees que voy a obedecerte y a no
volver a tu casa hasta nochebuena. ¡Oh, Carlota! Hoy o nunca. En la víspera de
Navidad tendrás este papel en tus temblorosas manos y le humedecerás con tu
precioso llanto. Lo quiero, es necesario. ¡Oh, qué contento estoy con mi
decisión!”
Mientras tanto, Carlota estaba de un ánimo muy
extraño. En su última entrevista con Werther había entendido lo difícil que
sería instarlo a alejarse y había adivinado mejor que nunca los tormentos que él
sufriría lejos de ella.
Después de informar a su marido, incidentalmente,
que Werther no volvería hasta la nochebuena, Alberto se fue a ver a un
funcionario de un distrito colindante para tratar un asunto que debía tomarle
hasta el siguiente día.
Carlota estaba sola; ninguna de sus hermanas la
acompañaba. Tomando ventaja de esta circunstancia, se perdió en sus ideas y dejó
vagar su espíritu entre los afectos de su pasado y su presente.
Se miraba unida para siempre a un hombre cuyo amor y
lealtad conocía bien y por el que sentía un gran cariño; a un hombre que por su
carácter, tan íntegro como apacible, parecía formado para garantizar la
felicidad de una mujer honrada. Entendía lo que este hombre era y debía ser
siempre para ella y para su familia.
Por otro lado, le había simpatizado tanto Werther
desde el momento de conocerlo y llegó a quererlo tanto; era tan auténtico el
afecto que los unía y había creado tal intimidad el largo trato que hubo entre
ellos, que el corazón de Carlota conservaba de ello impresiones imborrables. Se
había habituado a contarle todo lo que sucedía, todo lo que sentía.
Su partida por lo tanto produciría en la vida de
Carlota un vacío que nada llenaría. ¡Ah! Si ella hubiera podido hacerle su
hermano, ¡qué feliz hubiera sido! ¡Si hubiera podido casarlo con una de sus
amigas! ¡Si hubiera podido restablecer la buena inteligencia que antes hubo
entre Alberto y él! Revisó en la mente a todas sus amigas y en todas hallaba
defectos… ninguna le pareció digna del amor de Werther. Después de mucha
reflexión, concluyó por sentir confusamente, sin atreverse a confesárselo, que
el secreto deseo de su corazón era reservárselo para ella, por más que se decía
que ni podía ni debía hacerlo. Su alma, tan pura y hermosa, y hasta ese momento
tan inaccesible a la tristeza, recibió en aquel momento una herida cruel. Sintió
su corazón saltar y una nube negra dilatarse ante ella.
A las 6:30 oyó a Werther, que subía la escalera y
preguntaba por ella. En el acto reconoció sus pasos y su voz, y su corazón latió
con viveza por primera vez, podemos decir, al acercarse el joven. De buena gana
hubiera ordenado que le dijeran que no estaba en casa, y cuando lo vio entrar no
pudo menos que exclamar, con visible carga y muy emocionada.
-¡Ah! Has faltado a tu palabra.
-Yo no hice promesa alguna -respondió.
-Pero debiste cuando menos escuchar mis ruegos, en
consideración a que fueron para bien de los dos.
No se daba cuenta de lo que hacía ni de lo que
decía, y envió por dos amigas suyas para no encontrarse sola con Werther. Éste
dejo algunos libros que se había llevado y pidió otros. Carlota esperaba con
ansia la llegada de sus amigas; pero un instante después deseaba lo contrario.
Volvió la sirvienta y dijo que ninguna de las dos podía acudir.
Entonces se le ocurrió ordenar a la criada que se
quedará en el cuarto contiguo, en su quehacer; pero de inmediato cambió de idea.
Werther caminaba por la sala visiblemente agitado.
Carlota se sentó al clave y quiso tocar un minué; sus dedos se resistían a
cooperar. Abandonó el clave y fue a sentarse al lado de Werther, que ocupaba en
el sofá el sitio habitual.
-¿No traes nada que leer? -preguntó ella.
-Nada -le contestó Werther.
-Ahí, en mi cómoda, tengo la traducción que hiciste
de unos cuentos de Ossian. Aún no la he visto, pues esperaba que me la leyeras;
pero hasta ahora no se había dado la oportunidad.
Werther sonrió y fue por el manuscrito. Al tomarlo
un estremecimiento involuntario lo abordó; al hojearlo se le llenaron los ojos
de lágrimas. Luego, con esfuerzo, leyó lo siguiente:
“¡Estrella del crepúsculo que brillas soberbia en
occidente, que asomas tu radiante faz entre las nubes y paseas majestuosa sobre
la colina! ¿Qué miras a través del follaje? Los indómitos vientos se han
apaciguado; se oye a lo lejos el ruido del torrente; las espumosas olas se
rompen al pie de las rocas y el confuso rumor de los insectos nocturnos se
cierne en los aires. ¿Qué miras, luz hermosa? Sonríes y sigues tu camino. Las
ondas se elevan con gozo hasta ti, bañando tu brillante cabello. ¡Adiós, rayo de
luz, dulce y tranquilo! ¡Y tú, sublime luz del alma de Ossian, brilla, aparece
ante mis ojos!
“Vela; ahí asoma todo su esplendor. Ya distingo a mis
amigos muertos; se reúnen en Lora como en mejores días… Fingal avanza como una
húmeda bruma; a su alrededor están sus valientes. Ve los dulcísimos bardos:
Ulino, con su cabellos gris; el majestuoso Ryno; Alpino, el celestial cantor; y
tú, quejumbrosa minona. ‘Cuánto han cambiado, amigos, desde las fiestas de Selma,
donde nos peleábamos el honor de cantar, como los céfiros de primavera columpia,
unos tras otros, las lozanas hierbas de la montaña!’
“Se adelantó Minona con toda su belleza, con la vista
baja y los ojos con lágrimas. Flotaba su cabellera con el viento de la colina.
El alma de los héroes entristeció al escuchar su dulce canto, porque habían
visto en múltiples veces la tumba de Salgar, y muchas también la agreste morada
de la blanca Colma… de Colma, abandonada en la montaña sin más compañía que el
eco de su cantarina voz. Salgar había prometido asistir; pero antes de llegar la
noche envolvió en la oscuridad a Colma. Escuchen su voz; oigan lo que cantaba al
vagar por la montaña:
COLMA
“Es de noche, estoy sola, pérdida en las tempestuosos
cimas de los montes. El viento sopla en la montaña. El torrente se precipita con
estruendo desde lo alto de las rocas. No tengo ni una cabaña para defenderme de
la lluvia y estoy a la merced de estos peñascos bañados por la tormenta. Rompe,
¡oh, Luna!, tu prisión de nubes. ¡Surjan, luceros nocturnos! Que un rayo de luz
me lleve al sitio donde el dueño de mi amor descansa de las fatigas de la casa,
con el arco a sus pies, con los perros jadeando a su alrededor. ¿Es necesario
que permanezca aquí, sola y sentada sobre la roca, encima de la cóncava cascada?
Rugen el torrente y el huracán, pero, ¡ay!, no llega a mis oídos la voz del
amado.
“¿Por qué demora tanto mi Salgar? ¿Habrá olvidado su
palabra? Éstos son la roca y el árbol; éstas, las espumosas hondas. Tú me
ofreciste venir al anochecer… ¡Ah! ¿Dónde estás, mi Salgar? Yo quería escapar
contigo; quería abandonar por ti a mi orgulloso padre y a mi orgulloso hermano.
Hace mucho tiempo que son enemigos nuestras familias; pero nosotros no somos
enemigos, Salgar.
“¡Cálmate por un momento, huracán! ¡Enmudece por un
momento, potente catarata! Deja que mi voz resuene por todo el valle y que la
escuche mi viajero. Salgar, yo soy quien llama. Aquí está el árbol y la roca.
Salgar, dueño de mí, aquí me tienes; ven… ¿por qué tardas?
“La Luna sale; las olas, en el valle, reflejan sus
rayos; las rocas se esclarecen, las cumbres se alumbran; pero no veo a mi amado.
Sus perros, que siempre se le adelantan, no me anuncian su llegada. ¡Ah! Salgar,
¿por qué me dejas sola?
“¿Pero quiénes son aquellos que se divisan abajo entre
los arbustos? ¿Mi amado? ¿Mi hermano? Hablen, amigos míos… ¡Ah!, no responden…
¡Qué ansiedad la de mi alma! ¡Están muertos! Sus cuchillas están enrojecidas con
la sangre del combate. ¡Oh, hermano, hermano mío! ¿Por qué has matado a mi
Salgar? Y tú, mi querido Salgar, ¿por qué has matado a mi hermano? ¡Los quería
tanto a ambos! ¡Estabas tú tan bello entre mil guerreros de la montaña! ¡Y él
era tan bravo en la pelea! Escuchen mi voz y respondan, mis amados. ¡Pero ay de
mí!, están mudos, mudos para siempre. Sus corazones están helados como la
tierra.
“¡Oh! Desde las altas rocas, desde las cumbres en que
se forman las tempestades, háblenme, espíritus de los muertos. Yo les atenderé
sin miedo. ¿Adónde han ido a descansar? ¿En qué gruta del monte podré hallarles?
Ninguna voz suspira en el viento; ningún gemido solloza entre la tempestad.
Aquí, abismada en mi dolor, anegada en llanto, espero el nuevo día. Caven su
sepulcro, amigos de los muertos; pero no lo cierren hasta que yo baje.
“Mi vida se desvanece como un sueño. ¿Puedo vivir sin
ustedes? Aquí, cerca del torrente que salta entre peñascos, donde quiero
permanecer con ellos. Cuando la noche caiga sobre la montaña y sople el viento
en el páramo, mi espíritu se lanzará al espacio y lamentará la muerte de mis
amigos. El cazador oirá desde su cabaña de follaje; mi voz le dará miedo y a
pesar de ello, me amará, porque será dulce mientras llore por ellos. ¡Los quería
tanto! Así cantabas, ¡oh, Minona, bella y pálida hija de Torman! Nuestro llanto
corre por Colma y nuestra alma se oscurece como la noche.
“Ulino apareció con el arpa y nos hizo oír el cantar de
Alpino. Alpino fue un cantor melodioso y el alma de Ryno era un rayo de lumbre.
Pero uno y otro yacían en la estrecha mansión de los muertos y sus voces no
llegaban a Selma.
“Un día, al volver Ulino de cazar, antes que los dos
héroes hubieran muerto, les oyó cantar en la colina. Su canto era dulce, pero
triste. Lamentaban la muerte de Morar, mayor de los héroes. El alma de Morar era
gemela de la de Fingal; su espada, similar a la espada de Oscar. Murió, dijo su
padre, y los ojos de su hermana Minona dejaron escapar las lágrimas al oír el
canto de Ulino. Minona se retiró, como la Luna oculta la cabeza detrás de las
nubes cuando presiente la tempestad. Yo acompañaba con el arpa el canto de las
lamentaciones.
RYNO
“El viento y la lluvia pararon; el día es caluroso; las
nubes de apartan; el Sol, hacia el ocaso, dora con sus últimos rayos las crestas
de los montes. El torrente, con un color rojo, rueda por el valle. Dulce es tu
murmullo, ¡oh, río Pero más dulce la voz de Alpino, cuyo canto escucho para los
muertos. Su cabeza está inclinada por el peso de los años y sus ojos, escaldados
por el llanto. Alpino, ¿por qué vas a solas por la montaña silenciosa? ¿Por qué
gimes como el viento en el bosque y como la ola que se rompe en la lejana playa?
ALPINO
“Mi llanto, Ryno, proviene de los muertos. Mi voz se
eleva por los habitantes del sepulcro. Tú eres ágil y delgado, Ryno; eres bello
entre los hijos de la montaña; pero caerás como Morar y la aflicción irá también
a sentarse sobre tu ataúd. La montaña se olvidará de ti y tu arco abandonado
colgará de la muralla. ¡Oh, Morar!, tú eres ligero como el corzo en la colina,
temible como el fuego del cielo en la oscuridad de la noche; tu cólera era una
tempestad, tu espada, un rayo en el combate, tu voz era el rugir del torrente
después de la lluvia, el del trueno rodando sobre las montañas. Muchos han
sucumbido ante el golpe de tu brazo; la llama de tu cólera los ha consumido…
Pero cuando volvías de la guerra, ¡tu frente era tan
dulce y apacible! Tu rostro parecía el Sol después de la tormenta; parecía la
Luna al alumbrar una noche serena. Tu pecho era tranquilo como el mar cuando se
calma y el viento que lo agita. ¡Qué estrecha y sombría es ahora tu morada! Con
tres pasos se mide la sepultura del que no hace mucho fue tan grande. Cuatro
piedras, cubiertas de musgo, son tu único monumento. Un árbol sin hojas, altas
hierbas que mece la brisa. Esto es todo lo que muestra al experto cazador el
lugar donde yace el poderoso Morar. Tú no tienes madre ni amante que te lloren:
murió la que te engendró; murió también la hija de Morglan. ¿Quién es el hombre
que se apoya en un bastón? ¿Quién es aquel hombre cuya cabeza blanquea por la
edad y cuyos ojos se enrojecen por llorar? Es tu padre, ¡oh, Morar!, tu padre,
que no tenía otro hijo. Muchas veces oyó hablar de tu valor, de los enemigos que
cayeron ante tu espada; muchas veces oyó hablar de la gloria de Morar. ¡Ay! ¿Por
qué le contaron también tu muerte?
“Llora, padre de Morar, llora, que tu hijo no oirá. El
sueño de los muertos es muy profundo; su almohada está muy honda. No se
levantará tu hijo al escuchar tu voz; no se despertará con tu grito. ¡Ah!
¿Cuándo penetrará la luz en el sepulcro? ¿Cuándo se podrá decir al que duerme
él: ‘despierta’? ¡Adiós, noble joven; adiós, valiente guerrero! Ya no volverán a
verte los campos de batalla; ya el bosque oscuro no se iluminará con el
centelleo de tu espada. No has dejado hijos; pero el canto de los trovadores
conservará y transmitirá tu nombre a la posteridad. Las generaciones futuras
conocerán tus logros y sabrán de Morar.
“La aflicción de los guerreros era honda; pero el
sollozo de Armino la controlaba. Este canto le recordaba la pérdida de un hijo,
muerto en plena juventud. Carmor estaba junto al héroe: Carmor, el príncipe de
Galmal.
“¿Por qué suspiras así?, le dijo. ¿Es en este sitio
donde se debe llorar? La música y el canto que se dejan oír, ¿no son para
reanimar el espíritu, lejos de abatirle? Son como el leve vapor que escapa del
lago, invade el bosque y humedece las flores; el Sol luce fulguroso y los
vapores se esparcen. ¿Por qué estás triste, ¡oh, Armino!, tú que reinas en
Gorma, ceñida de las olas?
ARMINO
“Estoy triste y tengo motivos para estarlo. Carmor, tú
no has perdido un hijo ni tienes que llorar la muerte de una hija de gran
hermosura. Colgar, el intrépido joven, vive aún, así como la bella Annira. Los
retoños de tu raza florecen, Carmor; pero Armino es el último del linaje.
Sombrío es tu lecho, Daura; como tu sueño en el sepulcro. ¿Cuándo despertarás?
¿Cuándo volverá a surgir tu voz? Levántense vientos del otoño…, embistan la
oscura maleza. Torrentes de la selva, desbórdense. Huracanes, rujan en las
encinas… Y tú, Luna, enseña y oculta tu pálido rostro entre las rasgadas nubes.
Recuérdame la terrible noche en que murieron mis hijos, mi valiente Arindal y mi
querida Daura.
“Daura, hija; eras hermosa como el astro de plata que
blanquea las colinas de Fura; eras blanca como la nieve y dulce como la brisa
embalsamada matutina.
“Arindal, tu arco era invencible, rápido tu dardo en el
campo de batalla, poderosa tu mirada, como la nube que va sobre las olas; tu
escudo parecía un meteoro dentro de una tempestad.
“Armar, célebre en los combates, solicitó el amor de
Daura y rápido lo consiguió. Hermosas eran las esperanzas de sus amigos. Pero
Erath, hijo de Odgall, temblaba de rabia porque su hermano había sido asesinado
por Armar. Vino disfrazado de batelero; su barca se columpiaba gallardamente
sobre las ondas. Traía el pelo blanco; su aspecto era serio y tranquilo. ‘¡Oh,
tú, la más bella de las jóvenes, amable hija de Armino, dijo; allá abajo, en una
roca, cerca de la orilla, espera Armar a su amada Daura’. Ella le siguió y llamó
a Armar; pero sólo el eco respondió a su llamado. Armar, dueño de mi alma, mi
bien, ¿por qué me apenas de este modo? Escucha, hijo de Arnath, atiende mis
súplicas… Es tu Daura quien te invoca.
“El traidor Erath la dejó sobre la roca y regresó a
tierra con risa. Daura se deshizo en gritos, llamando a su padre y a su hermano:
‘Arindal, Armino, ¿no vendrán ninguno a salvar a su Daura?’ Su voz surcó los
mares. Arindal, hijo, bajó de la montaña cargado con el botín de la caza, con
las flechas suspendidas del costado, el arco en la mano y rodeado de cinco
perros negros. Distinguió en la orilla al audaz Erath; se apoderó de él y le ató
a un roble con fuertes ligaduras. Mientras Erath llenaba el espacio de gemidos,
Arindal, tomando su barca, se enfiló a la roca donde estaba Daura. En esto llega
Armar, prepara con furia una flecha, silba el dardo y tú, hijo mío, mueres por
el golpe destinado a Erath, el pérfido. En el momento en que la barca llegó a la
roca, Arindal dio el último suspiro. ¡Oh, Daura! La sangre de tu hermano corrió
a tus pies. ¡Cuán grande habría sido tu desesperación! La barca, deshecha contra
la roca, se hundió en el abismo. Armar se lanzó al agua para salvar a Daura o
perecer. Una corriente de viento de la montaña agita el oleaje y Armar
desaparece para siempre. Mi desgraciada hija quedaba desamparada, sola, sobre un
peñasco atacado por las olas. Yo, su padre, escuchaba sus lamentos y nada podía
hacer para socorrerla. Toda la noche estuve en la orilla, contemplándola ante
los tenues rayos de la Luna. Toda la noche oí sus clamores. El viento soplaba,
el agua caía a torrentes, y la voz de Daura se debilitaba conforme se acercaba
el día. Pronto se apagó en su totalidad, como se va la brisa de las tardes entre
las hierbas de la montaña. Consumida en desesperación, expiró, dejando a Armino
solo en el mundo. Mi valor, mi fuerza y mi orgullo murieron con ella.
“Cuando las tormentas bajan de la montaña; cuando el
viento alborota el oleaje, me postro en la ribera y miro la funesta roca. Muchas
veces, cuando la Luna aparece en el cielo, veo flotar en la oscuridad iluminada
las almas de mis hijos, que vagan por el espacio, unidos fraternalmente en un
abrazo”.
Un raudal de lágrimas, que brotó de los ojos de
Carlota, desahogando su corazón, interrumpió la lectura de Werther. Éste hizo a
un lado el manuscrito y tomando una de las manos de la joven, soltó también el
amargo llanto. Carlota, apoyando la cabeza en la otra mano, se cubrió el rostro
con un pañuelo. Víctimas ambos de una terrible agitación, veían su propia
desdicha en la suerte de los héroes de Ossian y juntos lloraban. Sus lágrimas se
confundieron. Los ardientes labios de Werther tocaron el brazo de Carlota; ella
se estremeció y quiso retirarse; pero el dolor y la compasión la tenían atada a
su silla como si un plomo pesara sobre su cabeza. Ahogándose y queriendo
dominarse, suplicó con sollozos a Werther que siguiera la lectura; su voz rogaba
con un acento del cielo.
Werther, cuyo corazón latía con la violencia de
querer salir del pecho, temblaba como un azogado. Tomó el libro y leyó inseguro:
“¿Por qué me despiertas, soplo embalsamado de
primavera? Tú me acaricias y me dices: ‘traigo conmigo el rocío del cielo; pero
pronto estaré marchito, porque pronto vendrá la tempestad, arrancará mis hojas.
Mañana llegará el viajero; vendrá el que me ha conocido en todo mi esplendor; su
vista me buscará a su alrededor y no me hallará”.
Estas palabras causaron a Werther un gran
abatimiento. Se arrojó a los pies de Carlota con una desesperación completa y
espantosa, y tomándole las manos las oprimió contra sus ojos, contra la frente.
Carlota sintió el vago presentimiento de un
siniestro propósito. Trastornado su juicio, tomó también las manos de Werther y
las colocó sobre su corazón. Se inclinó con ternura hacia él y sus mejillas se
tocaron. El mundo desapareció para los dos; la estrechó entre sus brazos, la
apretó contra el pecho y cubrió con besos los temblorosos labios de su amada, de
los que salían palabras entrecortadas.
-¡Werther! -murmuraba con voz ahogada y
desviándose-. ¡Werther!, insistía, y con suave movimiento trataba de retirarse.
-¡Werther! -dijo por tercera vez-, ahora con acento
digno e imponente.
Él se sintió dominado; la soltó y se tiró al suelo
como un loco. Carlota se levantó y en un trastorno total, confundida entre el
amor y la ira, dijo:
-Es la última vez, Werther; no volverás a verme.
Y entregándole una mirada llena de amor a aquel
desdichado, corrió a la habitación contigua y ahí se encerró.
Werther extendió las manos sin atreverse a
detenerla. En el suelo y con la cabeza en el sofá, permaneció más de una hora
sin dar señales de vida.
Al cabo de ese tiempo oyó ruido y despertó. Era la
criada que venía a poner la mesa. Se levantó y se puso a caminar por el cuarto.
Cuando volvió a quedarse solo, se acercó a la puerta por donde había entrado
Carlota y dijo en voz baja:
-¡Carlota! ¡Carlota! Una palabra al menos, un adiós
siquiera…
Ella guardó silencio. Esperó, suplicó, esperó una
vez más... Por último se alejó de la puerta gritando:
-¡Adiós, Carlota… adiós para siempre!
Llegó a las puertas de la ciudad; los guardias, que
acostumbraban verlo, lo dejaron pasar. Caían menudos copos de nieve; él, no
obstante, no volvió a la población sino una hora antes de la medianoche.
Cuando llegó a su casa, el criado observó que no
traía su sombrero, pero no se aventuró a decirle nada. Le ayudó a desvestirse:
toda la ropa estaba calada. Más tarde, encontraron el sombrero en un peñasco que
destacaba sobre todos los de la montaña y que parece desgajarse sobre el valle.
No se sabe cómo en una noche lluviosa y oscura pudo llegar a ese punto sin caer.
Se acostó y durmió mucho tiempo; cuando el criado entró al cuarto al día
siguiente para despertarlo, lo encontró escribiendo. Werther le pidió café,
mismo que enseguida la sirvió.
Werther entonces agregó estos párrafos a la carta
que había iniciado para Carlota:
“Esta vez es la última que abro los ojos; la última,
¡ay de mí! Ya no volverán a ver la luz del día. Estarán cubiertos por una niebla
densa y oscura. ¡Sí, viste de luto, naturaleza! Tu hijo, tu amigo, tu amante se
acerca a su término. ¡Ah, Carlota!, es una cosa que no se parece a nada y que
sólo puede compararse con las percepciones confusas de un sueño, el decirse;
‘¡Esta mañana es la última!’ Carlota, apenas puedo entender el sentido de estas
palabras: ‘¡La última!’ Yo, que ahora tengo la plenitud de mis fuerzas, mañana
rígido e inerte estaré sobre la tierra. ¡Morir! ¿Qué es eso? Ya lo ves: los
hombres soñamos siempre que hablamos de la muerte. He visto morir a mucha gente;
pero somos tan pobres de mente que no sabemos nada del principio ni del fin de
la vida. En este momento todavía soy mío... todavía soy tuyo, sí, tuyo, querida
mía; y dentro de poco... ¡separados, aislados, quizá para siempre! ¡No, Carlota,
no! ¿Cómo puedo dejar de ser? Existimos, sí. ¡Dejar de ser! ¿Qué significa esto?
Es una frase más, un ruido que mi corazón no entiende. ¡Muerto, Carlota!
¡Cubierto en la tierra fría, en un rincón angosto y oscuro! Tuve yo cuando
adolescente una amiga que era apoyo y consuelo de mi abandonada juventud. Murió
y estuve con ella hasta la fosa, donde vi cuando bajaron el ataúd; oí el crujir
de las cuerdas cuando las soltaron y cuando las recogieron. Luego arrojaron la
primera palada y la fúnebre caja hizo un ruido sordo; después, más sordo; y
después, aún más, hasta que quedó cubierta de tierra por completo. Caí al lado
de la fosa, delirante, oprimido y con las entrañas despedazadas. Pero no supe
nada de lo que me sucedió, de lo que me sucederá. ¡Muerte! ¡Tumba! No entiendo
estos conceptos.
“¡Oh! ¡Perdóname, perdóname! Ayer… aquel debió ser el
último momento de mi vida. ¡Oh, ángel! Fue la primera vez, sí, que una alegría
pura e infinita llenó mi ser.
“Me ama, me ama… Aún quema mis labios el fuego sagrado
que emanaba de los suyos; todavía colman mi corazón estas delicias abrasadoras.
¡Perdóname, perdóname! Sabía que me amabas; lo sabía desde tus primeras miradas,
aquellas miradas llenas de ti; lo sabía desde la primera vez que me diste la
mano. Y, sin embargo, cuando me separaba de ti o veía a Alberto contigo, me
atacaban las dudas.
“¿Recuerdas de las flores que me enviaste el día de esa
enojosa reunión en que ni pudiste darme la mano ni decirme palabra alguna? Pasé
de rodillas media noche frente a las flores, porque eran para mí el sello de tu
amor; pero ¡ay!, estas impresiones se borraron como se borra paso a paso en el
corazón del creyente el sentimiento de la gracia de que Dios le prodiga por
medio de símbolos visibles. Todo perece, todo: pero ni la misma eternidad puede
acabar con la candente vida que ayer tomé de tus labios y que siento en mi
interior. ¡Me ama! Mis brazos la han estrechado; mi boca ha temblado, ha
murmurado palabras de amor sobre la suya. ¡Es mía! ¡Eres mía! Sí, Carlota; mía
para siempre. ¿Qué importa que Alberto sea tu esposo? No lo es más que para el
mundo; para ese mundo que dice que amarte y querer arrancarte de los brazos de
tu marido para cobijarte en los míos es pecado. ¡Pecado!, sea. Si lo es, ya lo
expío. He saboreado ese pecado en sus delicias, en su éxtasis inconmensurable.
He aspirado el bálsamo de la vida y con él he fortalecido mi alma. Desde este
momento eres mía, ¡mía, Carlota! Voy delante de ti; voy a reunirme con mi padre,
que también lo es de ti, Carlota; me quejaré y me consolará hasta que tú
aparezcas. Entonces volaré a tu encuentro, te recibiré en mis brazos y nos
uniremos en presencia del eterno, con un abrazo que no tendrá fin. No sueño ni
deliro. Al borde del sepulcro brilla para mí la verdadera luz. ¡Volveremos a
estar juntos! ¡Veremos a tu madre y le diremos todas las penas de mi corazón!
¡Tu madre! ¡Imagen tuya perfecta!”
A las 11 llamó Werther a su criado y le preguntó si
había regresado Alberto; el criado dijo haberlo visto pasar en su caballo.
Entonces le mandó una carta abierta que sólo contenía estas palabras:
“¿Me harías el favor de prestarme tu pistola: para un
viaje que he planeado? Que estés bien. Adiós”.
La pobre Carlota apenas había dormido la noche
anterior. Su sangre pura, que hasta entonces había corrido por su venas en
calma, se agitaba febril. Mil sensaciones distintas conmovían su noble corazón.
¿Era que le consumía el corazón el calor de las caricias de Werther o que estaba
indignada de su atrevimiento? ¿Era que le mortificaba el comparar su situación
con su vida pasada, con sus días de inocencia, sosiego y confianza? ¿Cómo
presentarse ante su esposo? ¿Cómo confesarle una escena que ella misma no quería
aceptar, por más que no tuviera nada de qué avergonzarse? Mucho tiempo hacía que
marido y mujer no hablaban de Werther y justo ella debía romper el silencio para
hacerle una confesión igual de penosa como inesperada. Temía que el solo anuncio
de la visita de Werther fuera para Alberto motivo de mortificación. ¿Qué
sucedería al saber todo lo ocurrido? ¿Podría esperar que juzgara las cosas sin
pasión y las viera tal como se habían presentado? ¿Podría desear que leyera
claramente en el fondo de su alma? Y, por otra parte, ¿cómo disimular ante un
hombre para quien su pecho había sido siempre un transparente cristal y a quien
ni había ocultado ni quería ocultar nunca el menor pensamiento? Estas
reflexiones la abrumaban y la ponían en una cruel incertidumbre; siempre su
pensamiento se dirigía a Werther, que la adoraba; hacia Werther, a quien no
podía abandonar y a quien necesario era dejar. ¡Ah! ¡Qué vacío para ella!
Aunque la agitación de su espíritu no le permitiera
ver con claridad la verdad de las cosas, comprendió que pesaba sobre ella la
fatal desavenencia que apartaba a su marido y a Werther; dos hombres tan buenos
y tan inteligentes que, iniciando por ligeras divergencias de sentimientos,
había llegado a una mutua reserva y a una indiferencia glacial. Cada uno se
encerraba en el círculo de su propio derecho y de los errores del otro. La
tensión había aumentado por ambas partes, llegando a ser tal la situación que ya
no podía resolverse sin violencia. Si una dichosa confianza los hubiera unido
más en los primeros momentos; si la amistad y la indulgencia hubieran abierto
sus almas a dulces expansiones, quizá se hubiera podido salvar el desgraciado
joven. Una circunstancia particular aumentaba la perplejidad de Carlota.
Werther, como leemos en sus cartas, no ocultó nunca su deseo de dejar el mundo.
Alberto había combatido la idea muchas veces y a menudo había platicado sobre
ella con su mujer. Impulsado por una instintiva repugnancia hacia el suicidio,
Alberto había dado a entender a menudo, con una especie de ligereza de carácter,
y hasta se había permitido una que otra burla sobre el asunto, haciendo así que
su incredulidad se reflejara un tanto en Carlota. Esto la tranquilizaba un poco
cuando en su ser aparecían siniestras imágenes; pero de la misma forma le
impedía manifestar sus temores a su marido.
No tardó Alberto en llegar y ella salió a recibirlo
con una solicitud no libre de vergüenza. Alberto parecía disgustado. No había
podido terminar sus negocios por algunos problemas, relacionadas con el carácter
intratable y minucioso del funcionario. El mal estado de los caminos había
acabado de ponerle de mal humor. Preguntó lo que había sucedido en su ausencia y
su mujer se apresuró a decirle que Werther había estado ahí la tarde del día
anterior. Informado después de que en su cuarto tenía algunas cartas y paquetes
que habían llevado para él, dejó sola a Carlota. La presencia del hombre por
quien sentía tanto cariño y tanto respeto hizo una nueva revolución en su
espíritu. El recuerdo de su generosidad, de su amor y de sus bondades, le
regresó la calma. Sintió un secreto deseo de seguirle y con decisión hizo lo que
muchas veces: ir a buscarlo a su cuarto. Le encontró abriendo y leyendo cartas;
algunas parecían llenas de noticias desagradables. Le hizo varias preguntas al
respecto y él contestó con excesiva brevedad, para después empezar a escribir.
Durante una hora estuvieron callados, uno frente al otro. El humor de Carlota se
oscurecía por momentos. Comprendía que aunque su marido estuviera del mejor
ánimo, iba a verse apurada para explicar lo que sentía su corazón y cayó en un
abatimiento que se profundizaba a medida que se esforzaba por ocultar y devorar
sus lágrimas.
La llegado del criado de Werther aumentó su
preocupación. Aquél entregó la carta de su amo y Alberto, después de leerla, se
dio la vuelta, indiferente, hacia su mujer, diciéndole:
-Dale las pistolas.
Luego hacia el criado agregó:
-Di a tu amo que le deseo buen viaje.
Estas palabras tuvieron en Carlota el efecto de un
rayo. Apenas pudo levantarse. Se dirigió lento a la pared, descolgó las armas y
las limpió temblorosa. Estaba indecisa y hubiera tardado mucho en entregarlas al
criado, si Alberto, con mirada inquisidora, no la hubiera forzado a obedecer.
Carlota entregó las pistolas sin poder decir una
sola palabra. Cuando éste se retiró, Carlota volvió a tomar su labor y se fue a
su habitación, presa de una gran turbación y con el corazón agitado por los
presentimientos.
Tan pronto quería ir y arrojarse a los pies de su
esposo y confesarle lo sucedido, la turbación de su conciencia y sus terribles
temores, como desistía de hacerlo, preguntándose de qué serviría el acto. ¿Podía
esperar que su marido, en atención a sus súplicas, corriera de inmediato a casa
de Werther?
La comida estaba en la mesa. Llegó una amiga de
Carlota que sin otra cosa que la intención de verla y con temor a importunar,
decidió retirarse. Carlota la hizo quedarse. Esto dio pie a una conversación que
animó la comida y aunque esforzándose, se habló y se dio todo al olvido.
El criado de Werther llegó a casa con las pistolas y
se las dios a su amo, quien las tomó con un tipo de placer cuando supo que
venían de las manos de Carlota.
Ordenó que le llevaran pan y vino, y después de
decir a su criado que fuera a comer, se puso a escribir:
“Han pasado por tus manos; tú misma las has
desempolvado; tú las has tocado… y yo las beso ahora una y mil veces. ¡Ángel del
cielo, tú apoyas mi decisión! Tú, Carlota, eres quien me entregas esta arma
destructora; así recibiré la muerte de quien quería recibirla yo. Me he enterado
por el criado de los pormenores! Temblabas al darle estas pistolas…, pero ni un
‘adiós’ me haces llegar. ¡Ay de mí!, ni un ‘adiós’. ¿Quizá el odio me ha cerrado
tu corazón por aquel instante de embriaguez que me unió a ti para siempre? ¡Ah,
Carlota!, el transcurso de los siglos no borrará aquella impresión; y tú, estoy
seguro, no podrás aborrecer nunca a quien tanto te ha idolatrado”.
Después de comer envió al criado que acabara de
empacar todo. Rompió muchos papeles. Salió a pagar algunas cuentas pendientes y
regresó a casa. Más tarde, a pesar de la lluvia, salió de nuevo y fue al jardín
del difunto conde de M., fuera del pueblo. Paseó mucho tiempo por los
alrededores y regresó a su casa al anochecer. Entonces escribió:
“Guillermo: por última vez he visto los campos, el
cielo y los bosques. También a ti doy el último adiós. Tú, madre, perdóname.
Consuélala, Guillermo. Que Dios los llene de bendiciones. Todos mis asuntos
quedan saldados. Adiós; nos volveremos a ver y entonces seremos más felices.
“Mal he pagado tu amistad, Alberto; pero sé que me
perdonas. He turbado la paz de tu hogar; he introducido la desconfianza entre
ustedes… Adiós, quiera el cielo que mi muerte te devuelva la felicidad.
¡Alberto!, haz feliz a ese ángel, para que la bendición de Dios descienda sobre
ti”.
Por la noche estuvo revolviendo sus papeles; rompió
muchos, que lanzó al fuego, y cerró algunos pliegos dirigidos a Guillermo. El
contenido de estos se reducía a breves disertaciones y pensamientos inconexos,
de los cuales no conozco más que una parte. A eso de las 10 ordenó echar más
leña al fuego y que le llevaran una botella de vino; después mandó a dormir a su
criado. El cuarto de éste, como los de todos los que vivían en la casa, estaba
muy lejos del de Werther.
El criado se acostó vestido para estar listo muy
temprano, pues su amo le había dicho que los caballos de posta llegarían antes
de las seis de la mañana.
Después de las 11
“Todo duerme a mi alrededor y mi alma está tranquila.
Te doy las gracias, Dios, por haberme concedido en momento tan supremo
resignación tan mayúscula. Me asomo a la ventana, amada mía, y distingo a través
de las tempestuosas nubes unos luceros esparcidos en la inmensidad del cielo.
¡Ustedes no desaparecerán, astros inmortales! El eterno los lleva, lo mismo que
a mí. Veo las estrellas de la Osa, que es mi constelación predilecta, porque de
noche, cuando salía de tu casa, la tenía siempre enfrente. ¡Con qué delicia la
he visto tantas veces! ¡Cuántas veces he levantado mis manos hacia ella para
tomarla por testigo de la felicidad que entonces disfrutaba! ¡Oh, Carlota! ¿Qué
hay en el mundo que no traiga tu recuerdo a mi mente? ¿No estás en todo lo que
me rodea? ¿No te he robado, con la codicia de un niño, mil objetos sin
importancia que habías santificado con tu toque?
“Tu retrato, muy querido para mí, te lo doy con la
súplica de que lo conserves. He impreso en él mil millones de besos y lo he
saludado mil veces al entrar en mi habitación y al salir de ella. Dejo una carta
escrita para tu padre, en la que ruego proteja mi cadáver. Al final del
cementerio, en la parte que da al campo, hay dos tilos, en cuya sombra deseo
descansar. Esto puede hacer tu padre por su amigo y tengo la seguridad de que lo
hará. Pídeselo tú también, Carlota. No pretendo que los piadosos cristianos
dejen depositar el cuerpo de un desgraciado cerca de los suyos. Quisiera que mi
sepultura estuviera a orillas de un camino o en un valle solitario, para que
cuando el sacerdote o el levita pasen junto a ella, elevaran sus brazos al
cielo, con una bendición, y para que el samaritano la regara con sus lágrimas.
Carlota: no tiemblo al tomar el cáliz terrible y frío que me dará la embriaguez
de la muerte. Me lo has entregado y no dudo. Así van a cumplirse todas las
esperanzas y todos los deseos de mi vida, todos, sí, todos.
“Sereno y tranquilo tocaré la puerta de bronce del
sepulcro. ¡Ah! ¡Si hubiera tenido la suerte de morir como sacrificio por ti! Con
alegría y entusiasmo hubiera dejado este mundo, seguro de que mi muerte
afianzaba tu descanso y la felicidad de toda tu vida. Pero, ¡ay!, sólo algunos
seres con privilegios logran dar su vida por los que aman y ofrecerse en
holocausto para centuplicar los goces de sus existencias amadas. Carlota: deseo
que me entierren con el vestido que tengo puesto, pues tu lo has bendecido al
tocarlo. La misma petición hago a tu padre. Mi alma se cierne sobre el féretro.
Prohíbo que me registren los bolsillos. Llevo en uno aquel lazo de cinta rosa
que tenías en el pecho el primer día que te vi, rodeada por tus niños… ¡Oh!,
abrázalos mil veces y cuéntales la desgracia de su amigo. ¡Cómo los quiero! Aún
los veo agitarse a mi alrededor. ¡Ay! ¡Cuánto te he amado, desde el momento
primero de verte! Desde ese momento comprendí que llenarías vida… Haz que
entierren el lazo conmigo... Me lo diste el día de mi cumpleaños y lo he
guardado como una reliquia santa. ¡Ah! Nunca sospeché que aquel principio
llevaría a este final. Ten calma, te lo suplico, no desesperes... Están
cargadas… Oigo las 12… ¡Que sea lo que tenga que ser! Carlota… Carlota… ¡Adiós!
¡Adiós!
Un vecino vio el fogonazo y oyó la detonación; pero,
como todo permaneció en calma, no averiguó qué había sucedido.
A las seis de la mañana del siguiente día entró el
criado en la alcoba con una luz y vio a su amo tendido, bañado en sangre y con
una pistola. Le llamó y no consiguió respuesta. Quiso levantarle y vio que
todavía respiraba. Corrió a avisar al médico y a Alberto. Cuando Carlota oyó la
puerta, un temblor convulsivo se apoderó de su cuerpo. Despertó a su marido y se
levantaron. El criado, entre llantos y sollozos, les dio la fatal noticia;
Carlota cayó desmayada a los pies de su esposo.
Cuando el médico llegó al lado del infeliz Werther,
lo encontró en el suelo y sin salvación posible. El pulso latía, pero todas sus
partes estaban paralizadas. La bala había entrado por arriba del ojo derecho,
haciendo saltar los sesos. Le sangraron de un brazo; la sangre corrió. Todavía
respiraba. Unas manchas de sangre que se veían en el respaldo de su silla
demostraban que consumó el acto sentado frente a la mesa en que escribía y que
en las convulsiones de la agonía había caído al suelo. Se encontraba boca
arriba, cerca de la ventana, vestido y con zapatos, con frac azul y chaleco
amarillo.
La gente de la casa de la vecindad y poco después
todo el pueblo se movieron. Llegó Alberto. Habían colocado a Werther en su
lecho, con la cabeza vendada. Su rostro tenía ya el sello de la muerte. No se
movía, pero sus pulmones funcionaban aún de un modo espantoso. Unas veces, casi
de forma imperceptible; otras, con ruidosa violencia. Se esperaba que en
cualquier momento exhalara el último suspiro.
No había bebido más que un vaso de vino de la
botella sobre la mesa. El libro de Emilia Galotti estaba abierto sobre el
pupitre. La consternación de Alberto y la desesperación de Carlota eran
inefables.
El anciano administrador llegó, alterado y
conmovido. Abrazó al moribundo, bañándole el rostro con su llanto. Sus hijos
mayores no tardaron en unírsele y se arrodillaron junto al lecho, besando las
manos y la boca del herido y demostrando estar poseídos del más intenso dolor.
El de más edad, que había sido siempre el favorito de Werther, se colgó del
cuello de su amigo y permaneció abrazado hasta que expiró. Hubo que quitarlo a
la fuerza. A las 12 del día Werther falleció.
La presencia del administrador y las medidas que
tomó evitaron todo desorden. Hizo enterrar el cadáver por la noche, a las 11, en
el sitio que había pedido Werther. El anciano y sus hijos fueron formando parte
del cortejo fúnebre; Alberto no tuvo tanto valor.
Durante algún tiempo se temió por la vida de
Carlota. Los jornaleros condujeron a Werther al lugar de su sepultura; no le
acompañó sacerdote alguno.
FIN |