He reunido con cautela todo lo que he podido
acerca del sufrido Werther y aquí se los ofrezco, pues sé que me lo
agradecerán; no podrán negar su admiración y simpatía por su espíritu y su
carácter, ni dejarán de liberar algunas lágrimas por su triste suerte.
¡Y tú, alma sensible y piadosa, oprimida y
afligida por iguales quebrantos, aprende a consolarte en sus padecimientos! Si
el destino o tus errores no te permiten tener cerca a un amigo, que este libro
pueda suplir su ausencia.
Libro Primero
4 de mayo de 1771
¡Cuánto me alegro de haber marchado! ¿Qué es, amigo
mío, el corazón del hombre? ¡Dejarte, cuando tanto te amaba, cuando era tu
inseparable, y hallarme bien! Sé que me perdonas. ¿No estaban preparadas por el
destino esas otras amistades para atormentar mi corazón? ¡Pobre Leonor! Pero no
fue mi culpa. ¿Podía pensar que mientras las graciosas travesuras de su hermana
me divertían, se encendía en su pecho tan terrible pasión? Sin embargo, ¿soy
inocente del todo? ¿No fomenté y entretuve sus sentimientos? ¿No me complacía en
sus naturalísimos arranques que nos hacían reír a menudo por poco dignos de risa
que fueran? ¿No he sido…?
¿Pero qué es el hombre para quejarse de sí? Quiero y te
lo prometo, amigo mío, enmendar mi falta; no volveré, como hasta ahora, a
exprimir las heces de las amarguras del destino; voy a gozar de lo actual y lo
pasado como si no existiera. En verdad tienes mucha razón, querido amigo; los
hombres sentirían menos sus trastornos (Dios sabrá por qué lo hizo así) de no
ocupar su imaginación con tanta frecuencia y con tal esmero en recordar los
males pasados, en vez de en hacer soportable lo presente.
Te ruego digas a mi madre que no olvido sus encargos y
que en breve te hablaré de ellos. He visto a mi tía, esa mujer que goza de tan
mala reputación en casa, y está muy lejos de merecerme mal concepto: es
vivaracha y apasionada, tal vez, pero de estupendo corazón. Le expliqué todo lo
relacionado con la retención de la parte de herencia de mi madre y ella me
externó las razones que tenía para actuar así, me dijo las condiciones por las
que estaba dispuesta a entregarme no sólo lo que se le pide, sino más. En fin,
por hoy no me extenderé en este tema; dile a mi madre que todo estará bien.
Estoy convencido de que la negligencia y las discusiones producen en este mundo
más daños y trastornos que la malicia y la maldad. Por lo menos, éstas no
abundan tanto.
Estoy aquí en la gloria. La soledad en este país
encantador es el bálsamo perfecto para mi corazón, tan dado a las emociones
fuertes; y la estación del momento, en la que todo se renueva y rejuvenece,
derrama sobre él un suave calor. Cada árbol, cada seto, es un ramillete de
flores; le dan a uno ganas de volverse abejorro o mariposa para sumergirse en el
mar de perfume y respirar el aromático alimento.
La ciudad en sí es desagradable, pero en sus cercanías,
en cambio, la naturaleza hace gala y ostentación de bellezas inefables. Esto fue
lo que movió al difunto conde de M*** a plantar un jardín en uno de estos oteros
que con gran variedad forman los valles más deliciosos. El jardín es muy
sencillo y en cuanto se entra en él, se nota que no se trazó por una mano de
hábil jardinero, sino por un corazón sensible que quería deleitarse. Mucho he
llorado al recordarle en las ruinas de un pabellón que era su retiro predilecto
y que también se ha hecho el mío. Pronto será el dueño del jardín; estoy aquí
desde hace pocos días y el jardinero siempre se muestra muy atento y afectuoso
conmigo. No lo perderá.
10 de mayo
Semejante a una de esas suaves mañanas de primavera que
dilatan mi corazón, priva en mi espíritu una gran serenidad. Estoy solo y gozo y
me regocijo de vivir en estos sitios, creados para almas como yo.
Me siento tan feliz, amigo mío, estoy tan absorto en el
sentimiento de una plácida vida, que hasta mi talento resiente su efecto. Mi
pincel y mi lápiz no podrían trazar hoy la menor línea, dibujar el menor rasgo,
y no obstante, jamás me he sentido tan gran pintor como hoy.
Cuando los vapores de mi querido valle suben hasta mí y
me rodean, y el sol en la cima lanza sus abrasadores rayos sobre las puntas del
bosque oscuro e impenetrable, y tan sólo algún dardo de fuego puede penetrar en
el santuario, tendido cerca de la cascada del arroyo, sobre el menudo y espeso
césped, descubro otras mil hierbas desconocidas; cuando mi corazón siente más
cerca ese numeroso y diminuto mundo que vive y se desliza entre las plantas, ese
hormigueo de seres, de gusanos e insectos de especies tan diversas de formas y
colores, siento la presencia del todopoderoso que nos creó a su imagen, y el
hálito del amor divino que nos sostiene, flotando en un océano de eternas
delicias.
¡Oh, amigo! Cuando ante mis ojos aparece lo infinito
sintiendo el mundo reposar a mi alrededor, y tengo en mi corazón el cielo, como
la imagen de una mujer querida, dando un gran suspiro, exclamo: “¡Ah, si
pudieras expresar, estampar con un soplo sobre el papel lo que vive en ti con
vida tan poderosa y tan ardiente; si tu obra pudiera reflejar tu alma, como ésta
es el espejo de un Dios infinito…”Pero, ¡ay, querido amigo! Me pierdo, me
extravío y sucumbo bajo la imponente majestuosidad de esta visión.
12 de mayo
No sé si por estos lugares se pasean hechiceros
espíritus o si un delirio del cielo llena mi pecho, porque todo lo que me rodea
me parece un paraíso. A la entrada de la ciudad hay una fuente… una fuente a la
que me encuentro adherido, como por encanto, igual que Melusina y sus hermanas.
A la falda de una pequeña colina, se puede ver una bóveda; se bajan 20 escalones
y se ve saltar el agua más pura y transparente de los peñascos de mármol. La
pequeña pared que forma su recinto, los árboles, que techan con su sombra la
frescura del lugar, todo esto tiene un no sé qué atractivo y desconsolador al
mismo tiempo; y no pasa un día que deje de descansar ahí una hora. Las mozas
vienen a buscar agua; ocupación inocente y pacífica, que no desdeñaban en otros
tiempos las hijas de los reyes. Cuando ahí estoy sentado recuerdo una vida
patriarcal; rememoro que nuestros antepasados a la vera de la fuente creaban sus
relaciones; que ahí era adonde iban a hablarles de amor; que alrededor de las
claras fuentes revoloteaban y jugueteaban incesantes mil genios bienhechores.
¡Oh! Si hay alguien incapaz de sentir aquí lo que yo
siento, es que no ha probado el placer de la suave frescura de una fuente,
después de una larga jornada por un camino árido y vacío, bajo los ardientes
rayos de un sol que quema.
13 de mayo
Preguntas si debes mandarme los libros. ¡En nombre del
cielo, mi buen amigo, te suplico que no permitas que se acerquen a mí! No quiero
ya ser guiado, animado, inflamado; este corazón arde ya bastante por sí mismo;
lo que más necesito son cantos que me adormezcan, que me arrullen y en mi Homero
rebosan.
¡Cuántas veces he tenido que calmar mi sangre, lista a
enardecerse e inflamarse! No es posible que hayas visto algo tan desigual, tan
inquieto como este corazón; ¿pero tengo necesidad de decírtelo, a ti, mi amigo,
que has sufrido tantas veces al verme pasar, a menudo, de una negra preocupación
a una loca extravagancia; de una dulce melancolía al ardor de una pasión? Así
gobierno a mi pobre corazón como trataría un niño; le dejo pasar todos sus
caprichos. No vayas a repetirlo, que hay quienes harían un crimen de esto.
15 de mayo
Las buenas gentes de la localidad me van conociendo y
me quieren, sobre todo los niños. Al principio, cuando me acercaba a ellos y les
hacía algunas preguntas con cariño, imaginaban que quería burlarme y me
contestaban con brusquedad, casi brutalmente.
No me enojaba por eso, pero no dejé de sentir vivamente
la verdad de una observación que antes había hecho: que ciertas personas de alta
sociedad se apartaban de sus inferiores, como si el acercarse a ellos o dejar
que se les acercaran debiera robarles la dignidad; y algunos casquivanos o
majaderos se divierten y complacen en fingir familiaridad con el vulgo para
hacerle sentir después su desprecio de manera asertiva.
Sé que no todos somos iguales ni podemos serlo; pero
sostengo que quien se crea obligado a alejarse de lo que se llama el pueblo para
mantenerlo respetado, no vale más que el cobarde que se oculta del enemigo, por
miedo a que se le venza. Al venir uno de estos días a la fuente, encontré ahí a
una jovencita que, luego de haber llenado su cántaro, lo había puesto en la
escalera y veía hacia todos lados para ver si encontraba a alguna compañera que
le ayudara a subirlo a su cabeza. Bajé las escaleras y le dije a los ojos.
-¿Quiere ayuda, señorita?
Se puso más encarnada que la grana y sólo atinó a
decir:
-¡Oh, señor…!
-¡Vamos, vamos dejémonos de cumplidos! -repliqué.
La chica arregló su rodete sobre la cabeza, le puse el
recipiente y muy agradecida subió las escaleras de la fuente.
17 de mayo
Conozco mucha gente, pero no tengo compañeros. No sé
qué atractivo pueda haber en mi trato con los hombres; muchos me muestran afecto
y hasta se complacen con mi amistad, pero veo siempre con pena que nuestros
caminos difieren y no tardo en alejarme.
Si me preguntas cómo son las personas de este país,
diré que iguales a todas. ¡El género humano es una cosa tan monótona! Casi todos
trabajan la mayor parte del tiempo para vivir y su poco tiempo libre les pesa de
tal modo, que buscan con ahínco el medio de usarlo en algo. ¡Oh, destino del
hombre!
Sin embargo, estas personas son bienintencionadas. A
veces, me olvido de mí y acudo a gozar con ellos los extraños placeres que a los
mortales se conceden. Ya me siente en una mesa bien provista, en la que reinan
cordialidad y alegría; ya demos un paseo en coche o improvisemos algún baile,
cuando se presenta la ocasión propicia, sin preparativos de ningún tipo, esto me
produce los mejores efectos; sólo que entonces es necesario olvidar y no
recordar que hay en mí una gran cantidad de facultades latentes, que me veo
obligado a ocultar con el mayor cuidado. ¡Ah, esto me oprime el corazón en alto
grado! ¡Y sin embargo… no tener comprensión es nuestro destino!
¡Ah! ¿Por qué no existe ya la amiga de mis años mozos o
por qué llegué a conocerla? Debería decirme “estás loco; buscas lo que no
hallarás nunca”. Pero la verdad es que he tenido esta amiga, que ha sentido
latir ese corazón; que he conocido esa alma grande en cuya presencia me parecía
ser más de lo que era, porque era todo lo que podía ser. ¡Santo Dios!
¿Había entonces una sola facultad de mi alma que
estuviera ociosa? ¿No podía desentrañar con ella esa grande sensibilidad con que
mi corazón abraza la naturaleza entera? ¿No era nuestro trato un cambio continuo
de las sensaciones más delicadas, de los rasgos más expresivos, del espíritu más
refinado, cuyas modificaciones todas, hasta en la impertinencia, llevaban
marcado el sello del genio? Y ahora… ¡Ah! ¡Era mayor que yo y se me anticipó al
sepulcro! Jamás la olvidaré; jamás olvidaré su juicio recto y firme, y menos aún
su divina indulgencia.
Hace algunos días encontré al joven V***. Sus facciones
son francas y simpáticas. Precisamente recién salió de la universidad y si no se
cree un sabio, está convencido, al menos, de que destaca su conocimiento del de
los demás. Le he probado en diferentes materias y contesta bien; en una palabra,
no carece de instrucción. Cuando supo que dibujaba mucho y que conocía el griego
(fenómeno en este lugar), no me dejó un momento; me dio a conocer toda su
erudición, desde Batteux hasta Wood, desde Piles hasta Winkelman. Me aseguró que
había leído toda la primera parte de la teoría de Sulzer y que tenía un
manuscrito de Heyne sobre el estudio del arte antiguo. Lo felicité por ello y
seguí adelante.
Otro buen hombre que conozco es el mayordomo del
príncipe, sujeto franco y honesto. Se dice que es una gloria verle en medio de
sus nueve hijos. Parece que su hija mayor llama la atención más particularmente.
Me ha dicho que vaya a verlo y pienso ir un día de estos. Vive en un pabellón o
lugar de caza del príncipe a legua y media de aquí. Tras la muerte de su mujer
obtuvo permiso para ir a vivir allá, pues el bullicio y la vida citadina, y
sobre todo la vista de su hogar, sólo aumentaban su dolor. En cambio, en mis
excursiones he hallado algunas caricaturas, entes muy empalagosos, cuyo trato y
sus agasajos no soporto. Adiós. Ésta es una carta escrita exclusivamente para
ti; no es más que una historia.
22 de mayo
La vida humana se reduce a un sueño, esto es lo que
muchos han creído, y tal idea no deja de perseguirme. Cuando me detengo a pensar
en los estrechos límites en que están circunscritas las facultades activas e
intelectuales del hombre; cuando veo acabarse todos sus esfuerzos por satisfacer
algunas necesidades que no tienen más intención que prolongar la desgraciada
vida; que toda nuestra confianza o tranquilidad sobre ciertos puntos de la
ciencia, es sólo una resignación fundada sobre quimeras y ensueños, y producida
por esta ilusión que cubre las paredes de nuestra prisión con pinturas diversas
y perspectivas de luz; todo esto me deja mudo, amigo Guillermo. Me reconcentro y
encuentro en mi ser todo un mundo; pero un mundo fantástico, creado por
presentimientos, por deseos sombríos, en el que no se halla ninguna acción viva.
Todo nada, todo flota ante mí, cubierto de una espesa nube y yo me adentro en
ese caos de ensueños con una sonrisa en la cara. Pedagogos, maestros, todos
acuerdan que los niños no saben lo que quieren; pero que también nosotros, niños
grandes, damos traspiés por este mundo sin saber de dónde procedemos o adónde
nos dirigimos; lo mismo que los pequeños, obramos sin intención; igual que los
niños nos dejamos llevar por golosinas de diferentes tipos o por el castigo;
esto es lo que nadie quiere creer, ni convenir en ello; y según yo es, sin
embargo, una cosa evidente.
En fin, concedo gustoso (porque sé lo que vas a
contestar) que los venturosos sean aquellos que, como niños, viven al día,
llevan su muñeca de un lugar a otro, la visten, le quitan la ropa, pasan y
repasan respetuosos delante del cajón donde mamá tiene las golosinas y que
cuando saborean alguna lo hacen ansiosos y a gritos piden más.
Pues bien, sí, ¡he ahí criaturas afortunadas!
¡Venturosos también los que bautizan con un nombre pomposo o un título imponente
sus fútiles ocupaciones e incluso sus mismas pasiones, para presentarlas al
género humano como obras gigantescas, emprendidas para traerle mayor prosperidad
o para salvarle!
Por mi parte, repito: buen provecho tengan, tanto ellos
como los que quieran o puedan creer como ellos. Pero el que en su humildad
reconoce lo inútil de todas esas vanidades; el que ve al hombre acomodado
arreglar su jardín como un paraíso, y al mismo tiempo ve pasar a un desgraciado
jornalero encorvado bajo el peso de una carga abrumadora, sin desanimarse, y que
ambos en fin muestran el mismo interés en contemplar siquiera un minuto más la
luz del sol; ése está tranquilo, crea su universo en sí mismo y se considera
feliz sólo por ser hombre. Por limitado que sea su poder, abriga siempre en su
corazón el sentimiento y sabe que puede dejar esta cárcel cuando así lo
disponga.
26 de mayo
Tú conoces, hace mucho tiempo, mi modo de arreglarme;
sabes cómo me gusta alistar una cabaña en un sitio aislado donde pueda vivir con
gran simplicidad. ¡Pues bien! Sabrás que he encontrado en este lugar un
rinconcito seductor. Como a una legua de la ciudad, se tiende una campiña
llamada Wahlheim. Situado en la cima de una colina, la vista del pueblo es muy
pintoresca. Al subir el camino que lleva a él, se ve todo el valle con una sola
mirada. Una mujer buena y servicial, ágil para su edad, tiene ahí una taberna o
expendio de bebidas y se sirve café, vino y cerveza. Lo que llama la atención
son dos tilos soberbios de ramas abundantes, que dan sombra a la plazuela de la
igual, cuyo recinto lo cierran casas, pajares y corrales. Con dificultad se
encontraría en otra parte un sitio más propicio para mis gustos: me hago traer
una mesita y una silla; tomo mi café y leo mi Homero. La primera vez que la
casualidad me llevó a este sitio era una tarde magnífica; encontré el lugar solo
porque todo el vecindario estaba en el campo y sólo vi a un niño, como de cuatro
años, que sentado en el suelo sostenía en sus piernas a otro niño de meses,
sentado también, al que pegaba a su pecho con los brazos. A pesar de la
vivacidad que brillaba en sus ojos negros, estaba muy quieto. Esta vista me
encantó; me senté sobre un arado frente a ellos, tomé mis lápices y empecé a
dibujar este cuadro fraternal con indescriptible placer; agregué un seto, la
puerta de una granja, una rueda rota de carro y algunos otros aperos de labranza
mezclados entre sí con poca claridad.
Después de una hora encontré que había hecho un dibujo
bien entendido, un cuadro muy interesante, sin haberlo pensado ni haber puesto
nada de mi parte. Esto me confirmó en mi propósito de no atenerme más que a la
naturaleza misma, porque ella sola es la que tiene riquezas inagotables y la que
forma los verdaderos y grandes artistas. Mucho puede decirse a favor de las
reglas y preceptos del arte, y más o menos lo mismo que puede decirse para
alabar las leyes sociales. Un hombre que se conforma y atiene a ellas con rigor
no produce nunca nada carente de sentido o positivamente malo, lo mismo que
aquel que se conduce con arreglo a las leyes y a lo que exigen las conveniencias
sociales no será nunca un mal vecino ni un insigne malvado; pero tampoco
producirá nada notable, porque sin importar lo que se diga, toda regla, todo
precepto, es una especie de traba que sofocará el sentimiento real de la
naturaleza, hará estéril el verdadero genio y le quitará su verdadera expresión.
Me dirás que tiene esto mucha fuerza. Pues bien, yo te diré que lo que hace la
regla es podar las ramas chuponas, impedir que crezcan y se expandan. Escucha
una comparación; sucede con esto como con el amor: un joven con el corazón
virgen y sensible se apasiona por una joven amable y bonita; pasa todo el tiempo
junto a ella; prodiga su fortuna; hace uso de todas sus capacidades para
probarle en todo momento que es suyo del todo sin la menor reserva, y he aquí
que se cruza un inoportuno revestido con el carácter de un ministerio público
con su traje oficial y le dice “caballerito, amar es de hombres; ama, pues, pero
ama como un hombre; arregla tus horas del día; consagra unas al estudio, al
trabajo, y otras a tu ídolo; haz un cálculo preciso de tus rentas, de cuánto
será lo superfluo que te quede después de haber cubierto todo lo necesario. No
te prohibo le hagas algunos regalos, pero raras veces y en épocas mismas, como
el día de su santo”.
Si nuestro joven se conforma con seguir las
indicaciones del entrometido, llegará a ser personaje muy útil y yo sería el
primero en aconsejar a todo príncipe que lo colocara en algún ministerio; pero
en lo que respecta a su amor, pronto habría huido, ¡y no digo menos de su
talento si era artista! ¡Oh, amigos míos! ¿Por qué desbordan tan rara vez sus
olas impetuosas sus almas deslumbradas? Esto se debe a que en las dos orillas
habita gente grave y reflexiva, cuyas quintas y casas de descanso, sus cuadros
de tulipanes y sus huertos, se veían inundados, arruinados, destruidos; y éstos
producen personajes con un gran cuidado de construir diques y presas, de hacer
sangrías al torrente, para que el peligro constante desaparezca.
27 de mayo
Como acabas de ver, me he dejado llevar por el
entusiasmo, por la declamación, por las comparaciones y he olvidado
completamente el concluir lo que había empezado a decir de los niños. Absorto en
esta meditación sentimental sobre la pintura, de la que en mi carta de ayer no
he dado sino algunas partes, sin orden ni ilación, te diré que estuve más de dos
horas sentado sobre el arado. Al atardecer llegó una mujer joven con una cesta
en el brazo; se dirige presurosa a los dos niños, que no se habían movido de
aquel lugar, y grita desde lejos.
-Felipe, eres buen muchacho.
Al pasar me saluda y yo correspondo. Me levanto, me
acerco y le pregunto si es la madre de los niños: me responde que sí y da al
grande la mitad de un bollo; levanta al pequeño en brazos y lo acaricia y besa
como sólo una madre puede hacerlo.
-Confié a Felipe esta criatura -me dice-, y he ido a la
ciudad con el mayor a comprar pan, azúcar y una tartera de barro.
Vi en efecto todas esas cosas en la cesta, cuya tapa se
había caído.
-Quiero hacer esta noche una papilla para mi Juanito,
el pequeño; mi hijo mayor, que es muy travieso, rompió ayer la tartera mientras
peleaba con Felipe por rebanar lo que había quedado pegado a ella.
Le dije que tendría gusto de ver al mayor y apenas
terminó de responder que se había quedado atrás y andaba corriendo por el valle
juntando los gansos, cuando el chicuelo se presentó brincando y con una ramita
de avellano en la mano que dio a su hermano. Yo seguí hablando con la mujer y me
enteré que era hija del maestro de escuela y que su esposo estaba en Suiza,
lugar al que había ido a recoger la herencia de un primo.
-Han querido engañarle -me dijo-, y no contestaban a
sus cartas; de modo que ha ido allá a ver por sí mismo qué sucede. ¡Con tal que
no haya sucedido una desgracia! Porque ya hace tiempo que no sé de él.
Tuve pena en separarme de esta mujer, le di unos
céntimos a cada uno de sus hijos y algunos más a ella para que comprara un bollo
al más pequeño cuando fuera a la ciudad, y nos separamos.
Te lo repito, amigo, cuando siento agitarse mi espíritu
con violencia, la vista de una criatura basta para calmar su malestar: recorre
el círculo estrecho de su pacífica vida en un feliz abandono; vive sin ocuparse
más que en allegar lo necesario para vivir en el día; ve caer las hojas y no
deduce nada más que el invierno se acerca.
Desde ese día voy a menudo a casa de esta buena mujer;
los niños se han acostumbrado a verme y nunca tomo el café sin que deje de
darles su terrón de azúcar, y al anochecer parto con ellos mis tostadas y mi
leche cuajada. El domingo les doy unas monedas y si no estoy a la hora del
oficio divino, la tabernera tiene la orden de dárselas.
Son muy confiados, me cuentan mil historias y nada me
gusta más que ver sus pequeñas pasiones y la simplicidad de sus celos y
envidias, cuando se reúnen alrededor de mí otros niños del pueblo.
Me ha costado trabajo tranquilizar a la madre, que
temía mucho “incomodaran al señor”, según sus palabras.
30 de mayo
Lo que te contaba sobre la pintura puede decirse
también de la poesía. Sólo se trata de reconocer primero lo que es bello en
verdad y después atreverse a expresarlo con franqueza. Esto en efecto es decir
mucho en pocas palabras. Yo he sido hoy testigo de una escena que bien contada
daría materia para romper el idilio más hermoso del mundo; ¿pero qué hacen aquí
poesía, escena e idilio? ¿Es necesario trabajar siempre según las reglas del
arte, sin violarlas ni romper sus trabas para participar de un efecto natural?
Si detrás de esta introducción esperas algo grandioso y
sublime, te equivocas un poco; el que ha producido en mí una emoción tan viva es
tan sólo un mozo de la aldea. Según mi costumbre, lo diré con torpeza y según la
tuya, creerás que exagero. Es todavía Wahlheim y siempre Wahlheim que produce
estas maravillas.
Bajo los tilos se habían congregado muchas personas
para tomar café: y como la concurrencia no era de mi completo agrado, me alejé
con un pretexto.
Salió un joven aldeano de una casa contigua y se puso a
componer el arado que yo había dibujado por aquellos días; me acerqué a él y le
hice algunas preguntas sobre su situación; nos conocimos y como me pasa a veces
con los de su clase, pronto llegamos a las confidencias. Me contó que servía en
casa de una viuda que se portaba muy bien con él. Me habló tanto de ella, tantos
elogios tuvo para ella, que pronto descubrí que sentía una gran pasión.
-Ya no es joven -me dijo-; su primer marido le dio muy
mala vida y no quiere volver a casarse.
Todo lo que me decía descubría el atractivo y belleza
que conserva para él y con qué ardor deseaba se dignara a elegirlo, para reparar
con su cariño los atropellos padecidos con su primer marido. Sería necesario
repetirte su conversación para dar idea de la inclinación pura, de amor y la
alegría de este hombre. Sí, sería preciso tener el talento de los mayores poetas
para representar lo vivo, lo expresivo de sus ademanes, lo armonioso de su voz,
el fuego concentrado y la ternura que se veía en sus ojos. No, no hay palabras
capaces de transmitir el tierno y delicado cariño que embargaba todo su ser y
que daban a conocer cada una de sus expresiones; y si tratara de hacerlo, no
produciría más que cosas torpes y frías.
Me llamó la atención sobre todo y me conmovió al
extremo su temor de que interpretara mal las relaciones con su ama y que
sospechara de su buena conducta. Sentí un delicioso encanto al oírle hablar de
ella, de su gracia, que a pesar de haber perdido ya los hechizos de la juventud,
le atraía y le apasionaba de tal modo. Este placer, no obstante, no lo siento
sino en lo hondo del corazón. Nunca había visto deseos más ardientes, más
apasionados y vehementes, acompañados al mismo tiempo de tanta pureza; y podría
incluso decir que ni siquiera había imaginado, ni en sueño, que pudiera existir
tal pureza. No vayas a regañarme si te confieso que al acordarme de esta simple
inocencia, se exalta mi alma; que me persigue por todas partes la imagen de esta
ternura tan real, tan delicada y vehemente, y que como si estuviera poseído de
los mismos fuegos, me abraso, languidezco y me siento morir devorado.
Trataré de ver lo más pronto posible a esa mujer. Pero
no; si estoy en mi juicio, no he de hacerlo. La veo por los ojos de su amante y
esto vale más, porque tal vez no se presentará a los míos tal como a él se
apetece. ¿Y con qué fin desfigurar su imagen?
16 de junio
¿Por qué no te escribo? ¡Y puedes preguntarlo, tú, uno
de los mayores sabios de la tierra! Debías adivinar que me encuentro bien, muy
bien; en un palabra, que he hecho un conocimiento que toca a mi corazón muy de
cerca. Tengo… tengo… No sé qué. Contarte por orden y detalladamente cómo he
llegado a conocer a una de las criaturas más amables del universo sería tarea
apoteósica. Estoy contento y soy dichoso; por ende, soy mal historiógrafo.
¡Un ángel ¡Ay! Todos dicen otro tanto del dueño de su
alma. ¿No es verdad? ¡Y sin embargo, como decirte lo perfecta que es, porque lo
es. Basta; ella abarca todos mis sentidos, los domina. ¡Tanta ingenuidad unida a
tanto ingenio!, ¡tanta bondad con tanta fuerza de carácter! ¡Y la tranquilidad
del alma en medio de la vida más agitada!
Todo lo que digo de ella no es más que una plática
incoherente, lastimosas abstracciones que no dan a conocer ni un ángulo de su
personalidad. Otro día… no, ahora mismo, te lo voy a decir. Si no lo hago ahora,
no lo haré nunca; porque debo decir que desde que empecé a escribir, he estado a
punto tres veces de tirar la pluma, hacer alistar mi caballo e irme a recorrer
el país, aunque me hubiera propuesto esta mañana quedarme aquí. Me asomo a la
ventana todo el tiempo para ver si el sol sigue muy alto.
No he podido resistir. He tenido que ir a su casa y ya
he regresado, mi querido Guillermo. Cenaré mi manteca mientras te escribo. ¡Qué
delicia para mí contemplarla rodeada de sus ocho alegres y traviesos hermanitos!
Si siguiera escribiéndote de este modo, quedarías tan
enterado al principio que al final. Pon atención, que voy a violentarme para
entrar en detalles.
Ya te escribí en fechas recientes cómo había conocido
al mayordomo S*** y cómo me había invitado a ir a verle en su retiro o más bien
en su pequeño reino. Hice poco caso de esta invitación y quizá no habría vuelto
a recordarlo. Si la casualidad no me muestra el tesoro oculto en su retiro.
Los mozos del pueblo daban un baile campestre y asistí.
Ofrecí la mano a una agraciada señorita, amable pero insulsa. Se acordó que yo
conduciría a mi pareja y a su prima, en coche, al lugar de la fiesta y que
recogeríamos a Carlota S***.
-Va usted a conocer a una mujer muy hermosa -dijo mi
pareja al llegar a la soberbia calle o más bien paseo bordado de árboles
generosos que conduce a la quinta. Cuidado con enamorarse.
-¿Y por qué? -le pregunté.
-Porque está comprometida con un hombre honrado
-contestó-, ausente en este momento arreglando negocios por el deceso de su
padre y al mismo tiempo para conseguir un empleo ventajoso. Estos datos, te
diré, los oí con total indiferencia.
El sol iba a esconderse detrás de las montañas cuando
llegamos a la puerta de entrada. El aire era pesado y difícil era respirar, se
veían arremolinarse en el horizonte ingentes y numerosos nubarrones de un color
oscuro. Las jóvenes manifestaban sus temores de una tormenta próxima y aun
cuando yo mismo estaba convencido de ello y adelantaba que la fiesta fracasaría,
traté de calmarlas con mis fingidos conocimientos meteorológicos.
Me bajé del coche y al mismo tiempo se presentó una
criada y nos pidió esperar un momento a la señorita Carlota, que iba a bajar
enseguida. Atravesé el patio, subí la escalinata que llevaba a la entrada de la
linda casa y cuando pasé por el vestíbulo, presencié el espectáculo más
encantador que hubiera visto. Seis niños, entre dos y 11 años, estaban agrupados
en torno a una joven de estatura media, pero bien formada, cuyo traje era un
simple vestido blanco adornado con lazos de color de rosa en marchas y pechera.
Tenía un pan casero en la mano y a cada niño le daba un pedazo según su edad y
apetito. Los niños levantaban sus manitas y luego de recibir la merienda, los
más vivos se fueron con ella muy alegres y los más calmados se dirigieron con
prudencia a la puerta para ver a los forasteros y el coche donde debía subir su
querida Carlota.
-Pido a usted mil perdones -me dijo-, por haberle dado
la molestia de llegar hasta este lugar y por hacer esperar a esas señoras; pero
ocupada primero en vestirme y después en arreglar lo que ha de hacerse en casa
en mi ausencia, me olvidé de dar de comer a mis pequeños, y no hay quien les
haga tomar el pan si yo no lo parto.
Respondí con un trivial cumplido, porque mi alma entera
estaba fija en sus labios, absorta de oír el timbre de su voz y de contemplar su
gallardía. Corrió a su habitación por los guantes y el abanico, y mientras pude
reponerme de mi trastorno. Los niños no se atrevían a acercárseme y me miraban
de reojo; fui hacia el más pequeño, que era una criatura preciosa. El chiquillo
huyó, pero en ese momento Carlota entró y dijo:
-Luis, ven a dar la mano a tu primo. El muchacho dejó
la timidez y obedeció; yo no pude menos que besarle efusivo, a pesar de que su
cara estaba llena del dulce de la merienda.
-¡Primo!, repetí yo, mientras estiré la mano a
Carlota-. ¿Me considera en verdad digno de la dicha de ser familiar suyo?
-¡Oh! -contestó ella con maliciosa sonrisa-. ¡Tenemos
tantos primos! Lo que sentiría es que fuera usted el peor de todos.
Al marchar recomendó a Sofía, la mayor de las
hermanitas, de unos 11 años, que tuviera mucho cuidado de los pequeños y que no
olvidara dar las buenas noches a su papá cuando volviera a casa; a los niños
dijo:
-Ustedes obedezcan a su hermana Sofía como si fuera yo
misma.
Algunos prometieron hacerlo, pero una rubita muy viva,
de a lo mucho seis años, le dijo con aire de importancia:
-Sofía no es lo mismo que tú, a ti todos te queremos
más.
Los dos chicos mayores se habían encaramado al coche y
ante mis ruegos, Carlota les permitió que fueran con nosotros hasta el bosque,
con tal que prometieran no hacer ninguna travesura.
Poco después de instalarnos en el coche y luego de
saludarse las señoras e intercambiar algunas observaciones sobre los trajes, y
sobre todo de los sombreros, con su poco de murmuración, inevitable en estos
casos, dirigida contra las personas que habríamos de ver, Carlota hizo detener
el carro y pidió a los niños que se bajaran; éstos obedecieron en el acto,
rogando a Carlota que les diera a besar su mano; el mayor lo hizo con la tierna
efusividad de los 15 años y el menor con mucha viveza. Carlota les encargó que
dieran mil caricias de su parte a los otros hermanitos. Seguimos nuestro camino.
La primera le preguntó si había acabado de leer el
libro que ella le había enviado.
-No -dijo Carlota-, no me gusta y puedes llevártelo; el
anterior no era mucho mejor.
Yo quise saber de qué libros se trataba y quedé
admirado al conocer que eran las obras de X. Encontraba tan buen juicio en sus
apreciaciones, tanto sentido en todo lo que decía; descubría encantos nuevos en
todas sus palabras y veía brillar rayos de inteligencia en su cara, que la
iluminaban, que poco a poco se llegaba a distinguir en su semblante la alegría
que sentía de que la comprendiera.
Cuando era más joven, dijo, nada me gustaba como leer
novelas. Dios sabe qué placer me causaba pasar el domingo entero en un rincón
solitario, participando de la dicha o de las desgracias de una miss Jenny. No
niego que este género no tenga todavía para mí algunos atractivos; pero como en
el día son muy escasos los momentos libres que me quedan para coger un libro, es
preciso por lo menos que sea de mi agrado. El autor que prefiero es aquel que me
pone en contacto con los de mi clase y sabe animar todo lo que me rodea; aquel
cuyas historias son tan caras a mi corazón como a mi vida interior, que sin ser
un paraíso, es para mí un manantial de inexpresable felicidad.
Hice esfuerzos para ocultar la emoción que me producían
sus palabras; pero no mucho tiempo, porque al oírla hablar del Vicario de
Wakefield y de X, con precisión y verdad conmovedoras, no me pude contener y me
empecé a disertar entusiasta, como transportado y fuera de mí.
Hasta que Carlota se dirigió a sus dos compañeras, me
percaté de que estaban ahí, con los ojos abiertos al extremo, pero como si no
estuvieran. La prima me miró con aire malicioso y socarrón, pero fingí no verla.
Enseguida se habló del placer del baile.
-¿Será un defecto esa pasión? -dijo Carlota-. He de
decir que no conozco nada superior al baile. Cuando alguna pena me embarga y
quiero mitigarla, me siento al clave, toco una contradanza y de inmediato todo
se me pasa.
¡Con avidez miraba sus bellos ojos negros! ¡Con qué
ardor contemplaba sus labios rosados, sus frescas mejillas tan animadas,
sintiéndome como encantado mientras hablaba! Sumido como en un éxtasis de
admiración por lo sublime y exquisito que ella decía, me sucedía con frecuencia
no oír las palabras que pronunciaba, ni concentrarme en los términos que
utilizaba. ¡Ah! Tú que me conoces entenderás lo que me pasaba. En una palabra,
bajé del carruaje como sonámbulo y seguí caminando como un hombre perdido,
inmerso en un mar de ensueños, y cuando llegamos a la puerta de la casa donde
era la reunión, no sabía dónde me encontraba.
Tan absorta estaba mi imaginación, que no sentí el
ruido de la música que oía en la sala de baile, con iluminación brillante. Los
dos caballeros, Audrán y un tal N. N. (¿cómo es posible retener en la memoria
todos esos nombres?), que eran las parejas de baile de la prima y de Carlota,
nos recibieron al bajarnos del coche y se apoderaron de sus damas, yo conduje a
la mía a la sala de baile. Se empezó a bailar un minué, en el que entrelazábamos
unos con otros; yo saqué a bailar a una señorita, luego a otra y me impacientaba
ver que eran justo las más feas las que no podían decidirse a darme la mano para
terminar. Carlota y su acompañante empezaron a bailar una contradanza. ¡Qué
grande fue mi gozo, como debes imaginar, cuando le tocó venir a hacer figura
delante de mí! ¡Verla bailar es admirarla! Su corazón, su alma completa, todo su
cuerpo tienen perfecta armonía; son tan libres, tan sueltos sus movimientos, que
parece que en esos momentos no ve, ni siente, ni piensa en otra cosa; y se diría
que por instantes todo se desvanece y desaparece ante sus ojos.
Yo la comprometí para la segunda contradanza, pero ella
me prometió la tercera, al decirme con total confianza que le encantaba bailar
las alemanadas.
-Aquí se acostumbra y es moda -me dijo-, que para las
alemanadas, cada uno conserve su pareja; pero mi caballero valsea mal y me
dispensará, con gusto, si yo le dejo y le excuso de ello. Su pareja está poco al
corriente de ese baile y tampoco procura aprenderlo. En cambio, he notado en la
contradanza que usted lo hacía muy bien; propongo a mi caballero que le ceda su
turno de vals y yo haré la misma solicitud a su pareja.
Yo le di la mano en señal de aceptación del convenio y
de inmediato quedó arreglado que su caballero entretendría durante la pieza a mi
pareja.
El baile dio inicio; al principio nos entretuvimos en
hacer varias figuras con los brazos. ¡Qué gracia, qué soltura en todos sus
pasos! Cuando llegó el vals y empezamos a dar vueltas unos alrededor de otros,
aunque en un inicio nos explayamos con desahogo, como había pocos bailarines que
estuvieran al corriente, se dio una confusión extraordinaria. Nosotros tuvimos
la prudencia de dejarlos desenredarse poco a poco y los más torpes abandonaron
el lugar; entonces nos adueñamos nosotros del salón y empezamos a bailar con
nuevo ardor.
Audrán y su pareja fueron los únicos que siguieron con
nosotros. Jamás me había sentido tan ágil, ya no era un hombre. ¡Tener entre sus
brazos a la más amable de las criaturas! ¡Volar con ella como torbellino que
anuncia la tempestad! ¡Ver pasar todo, eclipsarse todo ante mis ojos y a mi
alrededor! ¡Sentir! ¡Oh, amigo mío! Si he de ser franco, diré que entonces hice
el juramento de no permitir nunca que una joven que yo amara y sobre la cual
tuviera algún derecho, bailare con ningún otro hombre, aunque para impedirlo,
corriera el riesgo de perecer. Creo que me comprendes.
Para recuperar el aliento y descansar un poco, dimos
algunas vueltas por la sala, paseando, y ella se sentó enseguida. Yo le ofrecí
dos naranjas que había reservado, porque ya no había ninguna en el aparador, y
fueron recibidas a la perfección en aquel calor; yo estaba enajenado, pero una
indiscreta vecina que se encontraba al lado de Carlota, me daba una puñalada al
corazón cada vez que aceptaba un gajo de naranja que se le ofrecía.
En la tercera contradanza inglesa formábamos la segunda
pareja. Al recorrer toda la columna, Dios sabe con qué delirio seguía yo sus
pasos, cómo me embriagaba con sus ojos negros, en los que veía brillar el placer
en su pureza completa. Nos tocó hacer figura delante de una mujer que sin ser
muy joven, me había llamado la atención por su grata fisonomía; esta mujer miró
a Carlota, sonriendo y amenazándola con un dedo pronunció dos veces, al pasar,
el nombre de Alberto con un tono significativo.
-¿Quién es Alberto -le dije a Carlota-, si no es
indiscreción preguntar?
Iba a contestar, pero nos tuvimos que separar para
formar la gran cadena de ocho y me pareció ver ensombrecida su frente cuando
volví a pasar frente a ella.
-¿Por qué se lo iba a ocultar? -me dijo al darme la
mano para el paseo-. Alberto es un hombre honrado con quien estoy comprometida.
Ésta no era noticia para mí, pues sus amigas me lo
habían advertido durante el camino: pero ahora, después de que habían bastado
algunos instantes para tomarle tanto cariño y aprecio, estas palabras me
perturbaron como si hubiera recibido un golpe inesperado. Esta noticia me
trastornó por completo y su recuerdo me dejo atontado y en términos que ni sabía
lo que hacía, ni dónde estaba, y este olvido de mí mismo fue tan grande que no
supe ni puede hacer a tiempo la figura que seguía, y de tal modo confundí el
baile, por lo que fue necesario que con toda su presencia de espíritu, Carlota
me tomara de la mano, como a un niño, y me sacara de aquel caos, para poder
restablecer el orden.
Los relámpagos que brillaban en el horizonte y que yo
calificaba de simples exhalaciones de calor, empezaron a ser cada vez más
frecuentes y el estampido del trueno llegó a esconder los acordes de la
orquesta. Tres señoritas dejaron en el acto de bailar y sus parejas las
siguieron. Se generalizó la desbandada y enmudeció la música. Cuando una
desgracia nos sorprende en medio del placer, parece natural que suframos una
impresión más viva que cuando se produce en otras condiciones, bien porque el
contraste se deje de sentir con mayor viveza o porque nuestra impresionabilidad
sea mayor. A una de estas razones debo atribuir las singulares actitudes que
noté en algunas señoras. Una de ellas se metió en un rincón, de espalda a la
ventana, y cubrió sus oídos. Otra se arrodilló delante de la primera y oculta la
cabeza entre las piernas de ella. Una tercera se acercó y las estrechó en sus
brazos derramando un copioso torrente de lágrimas.
Algunas querían volver a casa; otras, todavía más fuera
de control, ni siquiera conservaban la entereza para rechazar las travesuras de
nuestros perillanes, muy solícitos y presurosos en robar de los labios de las
bellas atemorizadas, los fervientes ruegos que dirigían al cielo.
Parte de los hombres habían salido de la sala de baile
y bajado al patio para fumar sus pipas con tranquilidad. El resto de la
concurrencia siguió a la dueña de la casa que tuvo la gran idea de hacernos
pasar a otra sala cerrada con contraventanas y cortinas. Apenas llegamos ahí,
Carlota hizo un círculo con las sillas, tocó a todos sentarse y propuso un juego
de prendas. Al oír esta proposición vi a muchos fruncir alegremente los labios
con esperanza, sin duda, de conseguir un beso para desempeñar la prenda.
Cuando todos se sentaron:
-Vamos a jugar -dijo-, el juego de la Cuenta. Escuchen
y pongan atención. Yo daré vueltas en el círculo de derecha a izquierda y
mientras ustedes contarán; cada uno tiene que decir el número correspondiente y
todas estas cifras deben sucederse como un fuego graneado: el que se pare o se
equivoque recibirá una cachetada; y así debemos contar hasta mil.
¡Oh, qué hermosa lucía en aquellos momentos! Empezó a
dar vueltas con los brazos estirados, contando el primero uno; dos, el
siguiente; tres, el tercero, y así sucesivamente. Poco a poco la joven aceleró
el paso. Uno se equivocó y ¡pum!, recibió una cachetada; el siguiente se rió y
perdió la cuenta, y para este momento Carlota iba más aprisa. A mí me tocaron
dos bofetones y creí notar con honda satisfacción que fueron más fuertes que las
de mis compañeros. La risa y algarabía general terminaron el juego, antes de que
alcanzáramos el mil. Algunas parejas formaron grupos separados; había pasado ya
la tormenta y acompañé a Carlota a la sala donde habíamos bailado.
En el camino me dijo:
-Los golpes les han hecho olvidar la tormenta y todo lo
demás.
No atiné a responder.
-Yo era una de las más medrosas, pero haciéndome la
valiente para animar a las demás, he logrado en verdad no tener miedo.
Enseguida nos asomamos a la ventana. Aún se oía a lo
lejos el rugido del trueno; la lluvia refrescante caía con un murmullo y los más
deliciosos aromas llegaban a nosotros; un aire puro y fresco nos traía los
balsámicos perfumes que se desprendían de todas la plantas. Recargada en su
codo, con aspecto pensativo, sus miradas recorrían toda la campiña; fijó sus
ojos en el cielo, luego en mí y noté en ese momento anegados sus ojos de
lágrimas; puso su mano en la mía y dijo:
-¡Klopstock!
Recordé la magnífica oda a que se refería (aquélla en
la que el poeta celebra la belleza de la naturaleza después de una tempestad) y
el nombre de Klopstock me produjo gran cantidad de impetuosas sensaciones, a las
que me abandoné con toda mi alma. No pude resistir los impulsos de mi corazón;
estaba conmovido en lo más hondo; lloraba de felicidad e inclinándome hacia
Carlota, besé sus manos y luego levanté la mirada en busca de los suyos.
¡Klopstock, noble poeta! ¡Genio sublime! ¿Por qué no
has podido ver tu apoteosis en estas miradas? Ojalá no oyera a nadie profanar ya
tu augusto nombre!
¿Adónde llegaba con mi relación? Te aseguro que yo lo
ignoro; todo lo que sé y lo que recuerdo es que cuando me fui a dormir eran las
dos de la mañana. ¡Ah! Si hubiera estado junto a ella, en lugar de escribir, te
habría hablado quizá hasta la mañana.
No te he contado aún lo que me sucedió cuando
regresamos del baile y hoy no tengo tiempo para hacerte una relación detallada.
El sol salía con toda su majestad e iluminaba el bosque. Se veían brillar en las
extremidades de la ramas y en las hojas de los árboles las gotas de la lluvia o
del rocío, y el verdor de los campos era más fresco y vivo. Nuestras dos
acompañantes dormían y ella me preguntó si no haría lo mismo.
-Si tiene sueño -me dijo-, no gaste cumplidos.
-¿Dormir, dormir yo mientras vea esos ojos abiertos?
-le respondí con mi mirada fija en la suya. Me sería imposible cerrarlos.
Y en efecto ambos seguimos despiertos hasta llegar a su
puerta. Una criada la abrió sin ruido y después de interrogarla, le respondió
que sus padres y los niños dormían profundamente. Yo me separé de ella tras
haberle pedido permiso para visitarla aquel mismo día; ella aceptó y estoy de
regreso.
Desde entonces el sol, la luna y las estrellas pueden
salir y ocultarse cuando y como quieran, yo no sé ya cuándo es de día ni cuándo
es de noche, cuándo hace sol o cuándo hace luna; para mí ha desaparecido el
universo en su totalidad.
21 de junio
Mis días son tan felices como los que Dios reserva y
hace gozar a los elegidos; pase lo que pase, en adelante no podré decir que no
he conocido el gozo y la alegría; el gozo y la alegría más puros de esta vida.
Tú conoces mi Wahlheim; en él me he instalado en definitiva. Desde aquí sólo
tengo que caminar media legua para ir a casa de Carlota, en la cual gozo de mí
mismo; disfruto de toda la felicidad que puede gozar el hombre. ¿Cómo hubiera
podido imaginar, cuando escogí Wahlheim para mis paseos, que se hallaba tan
cerca del paraíso? ¡Cuántas veces al vagar sin objeto por esos lugares, bien
fuera por la cumbre de la montaña o por la llanura, o más bien, más allá del
río, he dirigido la mirada a ese pabellón que encierra hoy el objeto de todos
mis deseos.
Mil veces he reflexionado, querido Guillermo, sobre ese
deseo natural que tiene el hombre de ampliarse, de hacer descubrimientos, de
abarcar y dominar todo lo que le rodea; y después, por otro lado, sobre ese
segundo pensamiento interior que le asalta, de enterrarse a voluntad en ciertos
límites, de no salir del surco trazado por la costumbre, sin ocuparse de lo que
sucede y pasa a diestra y siniestra.
¡Qué extraña sensación! Cuando yo vine aquí y
recorriendo por vez primera estas colinas descubrí un valle muy risueño, sentí
de inmediato atracción por estos sitios, como por un efecto mágico. ¡Allá, a lo
lejos, el bosque! “Ah, pensaba yo de mí, si pudieras pasearte por sus sombras”.
Más alto, la cima de los montes. ¡Ah, si pudieras pasear la mirada desde ahí por
este extenso y exquisito paisaje… sobre esta cadena de colinas… sobre esos
pacíficos valles… “¡Oh, qué placer de perderme… de extraviarme en esos
lugares…!” Yo iba, venía, lo recorría todo sin encontrar lo buscado. Hay cosas
distantes que vemos como un confuso futuro y nuestra alma llega a entrever, como
por un velo, un extenso universo; todos nuestros sentidos aspiran a encontrarse
en él y a él se dirigen; y en esos momentos nos gustaría despojarnos de todo
nuestro ser, para penetrar en él y gozar por completo de la sensación deliciosa
y única, y entonces corremos… volamos… Pero, ¡ah!, cuando hemos llegado al
término del recorrido, estamos en el mismo punto; nos encontramos con nuestra
pobreza en estrecho límites y agobiada el alma por el peso de ese fantasma que
la oprime, suspira sin consuelo y ansía probar el bálsamo refrigerante que ha
desaparecido frente a ella.
Así suspira el hombre errante, en medio de su
existencia accidentada e inquieta, por su patria. En su cabaña, en los brazos de
su mujer, rodeado de sus hijos, y en los deberes que le imponen y en las
preocupaciones que le traen los deberes que exige su conservación, encuentra el
verdadero gozo, la satisfacción real que buscaba de manera vana e inútil en
todos los rincones de este enorme mundo.
Con mucha frecuencia, al despuntar el alba, salgo
corriendo y voy a mi querido Wahlheim; voy a buscar yo mismo mis guisantes al
huerto de mi huéspeda y me distraigo en mondarlos mientras leo a Homero; después
me voy a la cocina a elegir una vasija, a cortar mi mantequilla y poner los
guisantes en la lumbre; me siento al pie del hogar y los meneo de vez en vez. En
esos momentos me represento a los fieros amantes de Penélope, degollando,
despedazando y haciendo asar los bueyes y los cerdos. No hay nada en el mundo
que me dé más placer que el considerar estos rasgos característicos de la vida,
patriarcal, con los que gracias al cielo puedo sin daño entrelazar el tejido de
mi vida.
¡Qué dichoso me siento de poder sentir la inocente y
sencilla felicidad del moral que me ve sobre su mesa figurar la berza que él ha
plantado! No disfruta sólo el placer de saborearla, sino del recuerdo de la
hermosa mañana en que la plantó, de las apacibles tardes en que la regó y del
gusto que le traía verla crecer y redondearse cada día. Todos estos placeres y
fruiciones las saborea él en aquel solo momento.
29 de junio
Anteayer vino el médico de la ciudad a visitar al
mayordomo y me halló sentado en el suelo, en medio de los niños de Carlota. Unos
saltaban alrededor de mí o se subían en mis rodillas; otros me hacían gestos; yo
les hacía cosquillas y la algazara era grande y la alegría, muy ruidosa. El
doctor es un arlequín pedante que al hablar, cuida más de estirarse los puños de
la camisa, de arreglarse las chorreras, que de lo que dice. Al verme en esta
posición, jugando con los niños, le pareció que yo me rebajaba en mi dignidad de
hombre sensato y juicioso; pero a pesar de que yo me di cuenta de ello, por sus
modos, no cambié de postura por eso y seguí divirtiéndome. Le dejé decir todas
las cosas razonables y justas que se le ocurrieron y me ocupé de volver a
levantar el castillo de naipes que los niños habían derribado.
En cuanto volvió a la ciudad, lo primero que hizo fue
contar a las personas que encontraba y querían oírle: “Los niños del magistrado
estaban ya muy mal educados, pero ese Werther los acaba de echar a perder por
completo”. Sí, querido Guillermo, los niños son lo que conmueve más mi corazón
en la tierra. Cuando me detengo a mirarlos y veo en esos pequeños el germen de
todas las facultades que necesitarán practicar algún día; cuando descubro en sus
caprichos o terquedades la futura constancia y firmeza de carácter, o en sus
travesuras y en su malicia el humor fácil y alegre que hace olvidar las penas y
los contratiempos de la vida, y todo esto de una manera franca y total, no dejo
de repetirme siempre estas palabras divinas del maestro. Mientras no llegues a
ser como éstos… Pues bien, mi amigo, a estos niños, estas amables criaturas que
deberíamos considerar modelos, los tratamos como esclavos. ¿Por qué no han de
tener ellos también una voluntad personal? ¿No tenemos nosotros la nuestra? ¿En
qué se basa o está fundada esta prerrogativa? ¿Es porque nosotros tenemos más
edad y somos más serios? ¡Dios piadoso! Desde la inmensidad de tu gloria, ves a
los niños grandes y a los pequeños, y nada más, y hace mucho tiempo que has
declarado por boca de tu hijo, quiénes son con los que más te complaces. Los
hombres creen en él, pero no lo escuchan, y nunca han obrado de otra manera.
Forman a sus hijos semejantes a ellos y… Adiós; prefiero callar que seguir con
este desvarío.
1 de julio
¿Quién puede saber mejor lo que debe ser Carlota para
un enfermo sino mi propio corazón, más adolorido que el desgraciado paciente
acostado en su lecho? Algunos días va a visitar a una señora respetable de la
ciudad que, según dictamen de los facultativos, le queda poco tiempo de vida y
desea tener a Carlota a su lado en los últimos instantes. Le acompañé la semana
pasada a hacer una visita al pastor de San***, a una legua de aquí, en la
montaña; llegamos cerca de las cuatro de la tarde, acompañados de la segunda
hermanita de Carlota. Al entrar en el patio de la casa, sombreado por dos
grandes nogales, vimos al buen anciano sentado en un escaño en la puerta de su
casa. Tan pronto vio a Carlota, se sintió reanimado con vigor juvenil y sin
recoger su báculo nudoso, se aventuró a levantarse para acudir a su encuentro.
Carlota corrió hacia él y lo hizo volver a su lugar, se
sentó a su lado; le dio los afectuosos recuerdos de su padre y acarició y besó a
un pequeño que era el niño mimado del anciano, a pesar de lo feo que era y de lo
sucio que estaba. Necesario fuera que hubieras visto las atenciones delicadas
que tenía con el anciano pastor; cómo elevaba la voz para alcanzar a los débiles
y medio cerrados oídos, cómo le hablaba de las personas jóvenes y robustas que
habían muerto de manera súbita, de la excelencia de las aguas de Carlsbad y de
su acertada decisión de tomarlas el verano próximo, sin omitir al mismo tiempo
que le hallaba muy mejorado con relación a la última vez que le había visitado.
Mientras, yo saludé y presenté mis cumplidos a la esposa. El buen anciano se
mostraba alegre al extremo y no pude menos que expresar la admiración que me
provocaban la hermosura y abundancia de los dos nogales en cuya sombra nos
cubríamos. De inmediato, aunque de una manera un poco pesada, empezó a contarnos
la historia de estos árboles.
-El más viejo -dijo-, no se sabe quién lo plantó: tal
pastor, dicen éstos; tal otro, dicen aquéllos; sobre el más joven (precisamente
es de la edad de mi mujer, que cumplirá 50 años en octubre), su padre lo plantó
en la madrugada del día en que nació por la tarde. Su padre fue mi antecesor y
no puede decirse con justicia hasta qué punto quería él este árbol, aunque
seguro no mucho más que yo. La primera vez que vine aquí, siendo entonces un
pobre estudiante, mi mujer estaba sentada en un madero, haciendo media, al pie
de este árbol, en este mismo patio. Hará de esto como… como… unos 37 años… Sí…
37 años.
Carlota le dijo que tendría gusto de ver a su hija
Federica, pero ésta había bajado a la pradera con Schmidt para ver a los
trabajadores, y el buen hombre prosiguió con su historia. Nos dijo que su
predecesor le había tomado afecto, así como también su hija; cómo llegó a ser su
vicario y por último su sucesor. Apenas acababa de terminar la historia, cuando
entró la joven al patio acompañada de Schmidt y dio a Carlota una bienvenida
amistosa. Debo confesar que no me desagradó: es una joven trigueña, vivaracha,
bien formada y su trato haría pasar algunas horas muy gratas en el campo a su
lado. Su pretendiente, pues por supuesto juzgué que lo era Schmidt, es un hombre
bien educado, pero frío, y no despegó los labios ni participó en la
conversación, por más que trató Carlota para invitarle. Lo que más me desagradó
fue observar en su fisonomía que obraba así más bien por capricho y mal humor,
que por falta de ingenio o de instrucción. Esta suposición se confirmó con lo
que ocurrió después en el paseo, porque hallándose Federica separada, por
casualidad, de Carlota unos cuantos pasos, y a mi lado, vi enfadarse el
semblante de nuestro enamorado, y su rostro, bastante encapotado ya sin esto,
tomó un aspecto sombrío de mal género. Felizmente, Carlota después de notarlo,
me jaló de la manga, dándome a entender con señas que yo me mostraba demasiado
amable con Federica. Nada me desconsuela más que ver a los hombres atormentarse
unos a otros; y, sobre todo, me irrito cuando veo a jóvenes en la flor de la
juventud, cuyo corazón debería estar más abierto y accesible a todos los goces,
sembrar en él la perturbación y la desconfianza, y arruinar de ese modo los
cortos instantes de dicha que se les concede, muy escasos, dicho sea de paso;
momentos que una vez idos no regresan nunca y que no dejan en su lugar sino
pesares estériles. Yo me sentí picado, casi ofendido. Al ver caer la tarde
volvimos al patio a tomar leche y se orientó la conversación hacia las penas y
los goces de este mundo: aprovechando la ocasión, tomé la palabra y me puse a
atacar con viveza el mal humor.
-Nos quejamos muchas veces -dije-, de lo raros que son
los días felices y lo muy abundantes y frecuentes que son los días malos; y a mi
parecer, nos quejamos sin motivo. Si tuviéramos listo el corazón en todo momento
para gozar del bien que Dios nos envía, tendríamos de igual forma la fuerza de
soportar el mal cuando sobreviene.
-Pero nuestro humor no está en nuestro poder, no somos
dueños de él -expresó la mujer del pastor-; con mucha frecuencia depende de
nuestra condición física, la menor indisposición nos hace mirarlo todo con
colores sombríos. Ante lo cual estuve de acuerdo.
-Vamos a considerarlo entonces una enfermedad,
-continué- y descubramos si tiene remedio o no.
-Admitido -dijo Carlota-; pero yo creo que depende de
nosotros en gran medida y esto lo sé por experiencia. Cuando me molesta o me
apena algo, no tengo más que dar unas cuantas vueltas por el jardín, tarareando
alguna contradanza, y en el acto se me quita el mal humor.
-Es eso lo que quería decir -agregué-. Sucede con el
mal humor lo mismo que con la pereza, a la que nuestra naturaleza es muy
propensa; y sin embargo, tenemos bastante fuerza para sacudirla y alejarla, el
trabajo sale sin esfuerzo de nuestras manos y sentimos un verdadero goce con
nuestra actividad.
Federica escuchaba atenta y el joven me presentó la
objeción de que algunas veces no se es dueño de sí mismo o que al menos no se
puede controlar los sentimientos.
-Aquí se trata -repuse-, de un sentimiento poco grato
del que todos se podrían deshacer con gusto y nadie sabe hasta dónde puede
llegar su fuerza mientras la haya probado. De seguro que el que se siente
enfermo recurrirá a los facultativos y no se negará a respetar el régimen que le
impongan, por rígido que sea, ni a tomar las medicinas que se le prescriban por
amargas que resulten, con el interés de recobrar la salud, que nos es tan
preciada.
Advertí que el buen anciano oía con atención para tomar
parte en nuestra charla y alzando la voz y dirigiéndole la palabra, agregué:
-Se predica contra muchos vicios, pero nunca he oído a
alguien decir que se predicara desde el púlpito contra el mal humor.
-Eso corresponde a los predicadores de la ciudad
-respondió el anciano-, porque los aldeanos no conocen ni el mal humor ni el
capricho. No dañaría a nadie, sin embargo, tocar de vez en cuando ese punto;
sería una lección para la esposa del pastor, por lo menos, y para el señor
magistrado.
Todos soltamos la risa y él con nosotros, de muy buen
ánimo, hasta que le sobrevino la tos, que interrumpió por un momento la plática.
El joven tomó la palabra de inmediato:
-Ustedes califican el mal humor de vicio y eso me
parece extremoso.
-¿Extremoso? Todo lo que perjudica al hombre y al
prójimo merece ese calificativo. ¿No basta no poder hacernos mutuamente
dichosos? ¿Es necesario también privarnos unos a otros del placer que cada uno
puede proporcionarse en el fondo de su corazón? A ver, ¿quién es el mortal que
de mal humor tenga el valor de ocultarlo, de tolerarlo solo, para no trastornar
la alegría de los que le rodean? ¿No es esto en el fondo el sentimiento interior
de nuestra insuficiencia, un descontento de nosotros mismos, mezclado siempre
con la envidia, hija de una loca vanidad? Vemos hombres felices y alegres que no
nos deben su dicha y no podemos tolerar su presencia.
Carlota sonreía viendo el calor y la emoción con que yo
hablaba y una lágrima que vi brotar de los ojos de Federica me hizo seguir.
-¡Desgraciados -exclamé-, quienes usan del control que
tienen sobre un corazón para negarle los placeres puros y simples que surgen y
brotan de él de manera espontánea! Todos los regalos, todas las complacencias
del mundo, no sustituyen ni compensan un solo instante de verdadero placer
contaminado por las envidiosas vejaciones de un tirano.
En aquel momento, mi corazón se desbordaba. El recuerdo
de muchos sucesos del pasado oprimía mi alma y mis ojos se humedecían.
-¡Ah! -dije-. Si cada uno se dijera a sí mismo todos
los días: tu primera obligación con tus amigos es respetar sus placeres,
aumentar su dicha al participar en ella; la más dulce de tus obligaciones es la
de derramar un gota de bálsamo en su alma cuando está agitada por una pasión
violenta o angustiada por la tristeza. ¡Ah! ¡Cómo te acusará la conciencia
cuando la víctima que tus bárbaros caprichos han sacrificado en la flor de la
edad, devorada por la fatal enfermedad que va a cortar el curso de su vida, se
halle tendida ante ti, desfalleciente y moribunda! Sus ojos, inertes y apagados,
tratan de dirigir hacia el cielo, en vano, una débil mirada por última vez; el
sudor frío de la muerte baña su rostro pálido y demacrado. Acércate, te digo
entonces, y que el infierno tome tu corazón. Sientes que ya es muy tarde y que
todos sus tesoros son inútiles; la angustia se apodera de tu alma; quisieras
desprenderte de todo lo que tienes para dar a la pobre criatura moribunda un
momento de consuelo, un soplo de vida; ¡reanimarla, en fin!
Esta escena inspirada en un cuadro similar que había
presenciado llenó mis ojos de lágrimas; me sentí muy conmovido y mientras cubría
mi cara con el pañuelo para ocultar la emoción, me alejé del grupo.
No me calmé ni me repuse hasta oír la voz de Carlota,
que me llamaba:
-¡Vamos, vamos, que es tiempo de irnos!
¡Qué cariñosos comentarios me hizo después, en el
camino, por la parte apasionada al extremo que tomaba en todo!
-De ese modo llegará a matarse -decía-; debe ser más
razonable y no dejase impresionar de ese modo.
¡Oh, sí, mujer angélical…! ¡Quiero vivir… vivir para
ti!
6 de julio
Carlota está siempre al lado de su amiga moribunda y
siempre es la misma: siempre la criatura afable y benéfica, cuya mirada,
dondequiera que va, dulcifica el dolor y hace felices a las personas. Ayer por
la tarde fue a pasear con Mariana y la pequeña Amelia. Yo lo sabía: me reuní con
ellas y caminamos juntos. Después de caminar como legua y media, regresamos a la
ciudad y llegamos a la fuente, que ya me gustaba mucho y ahora me gusta mil
veces más. Carlota se sentó sobre el pequeño muro; los demás estábamos frente a
ella. Miré al alrededor y recordé el tiempo en que mi corazón estaba solitario.
-¡Fuente querida! -me dije-. ¡Cuánto tiempo hace que no
gozo de tu frescura y al pasar de prisa junto a ti, ni siquiera te he mirado!
Bajé los ojos y vi que subía la pequeña Amelia con su
vaso; Mariana trató de quitárselo.
-¡No! -dijo la niña-, con la más dulce expresión. ¡No!,
tú has de beber antes que todos.
La verdad, la bondad con que aquella niña pronunciaba
estas palabras me arrebataron hasta el punto de expresar mis sentimientos, no
supe hacer otra cosa que tomarla en brazos y besarla con tal efusividad, que
empezó a gritar y a llorar.
-Eso no está bien hecho -me dijo Carlota.
Me quedé confundido.
-Ven, Amelia -continuó y la tomó de la mano para bajar
los escalones-. Lávate enseguida con agua fresca; eso no es nada.
Fijé mi atención en la niña, que con esmero se frotaba
las mejillas con las manos mojadas, convencida de que la fuente milagrosa le
quitaría toda mancha y retiraría la afrenta de que una barba impura la hubiera
tocado. Carlota decía “¡basta ya!” y ella seguía frotándose con nuevo ánimo,
como si mientras más lo hiciera fuera mejor.
Guillermo, te aseguro que no he asistido a ninguna
ceremonia con más respeto; y cuando Carlota subió, con gusto me hubiera postrado
a sus pies, como ante los de un profeta redentor de los pecados de un pueblo. No
pude resistir al deseo de contar por la noche lo sucedido, con toda la alegría
de mi corazón, a alguien que yo creía sensible, porque tiene agudeza. ¡Cómo me
equivocaba! Censuró la conducta de Carlota; dijo que no se debía hacer creer
nada a los niños; que estos abusos eran origen de errores y supersticiones
innumerables, que hay necesidad de evitar desde la infancia… Entonces recordé
que ocho días antes había hecho este charlatán bautizar a un niño; por lo cual,
oyéndole como el que oye la lluvia, prevalecí fiel con todo mi corazón a esta
verdad: “Es preciso actuar con los niños como actúa con nosotros el Señor, que
nunca nos hace más felices que cuando nos deja embriagarnos con una agradable
ilusión”.
8 de julio
¡Qué niños somos, verdaderamente, y qué valor tan
elevado damos a una mirada! ¡Qué niño es el hombre! Habíamos ido a Wahlheim; las
señoras iban en coche y durante el paseo, creí ver en los ojos negros de
Carlota… ¡Estoy loco… perdona! ¡Sería preciso haber visto aquellos ojos! En fin,
para terminar (porque estoy cayéndome de sueño), te diré que las señoras iban en
una carroza y el joven W***, Selstadt, Audrán y yo seguíamos a pie. Estos
caballeros, siempre vivos, turbulentos y ligeros, no dejaban de dar vueltas
alrededor del carruaje, yendo de un lado a otro y charlando. Las señoras seguían
la plática y contestaban. Yo buscaba los ojos de Carlota y vi, ¡ay!, que se
fijaban o más bien que erraban de un lugar a otro, pero que nunca, ni una sola
vez, se detenían en mí, yo que no veía más que a ella! ¡Mi corazón la saludaba
mil veces y ella no me miraba! El carruaje nos adelantó y una lágrima humedeció
mis ojos. Yo la seguí con la vista y vi el tocado de su cabeza fuera de la
puerta, inclinándose para buscar, para ver… ¿A quién? ¿A mí? ¡Oh, amigo! Estoy
flotando en esta incertidumbre, misma que es mi consuelo. Quizá era a mí a quien
buscaba… a mí a quien quería ver… ¡Tal vez! Buenas noches. ¡Qué niño soy!
10 de julio
Quisiera que vieras la estúpida cara que pongo cuando
la gente habla de Carlota y sobre todo cuando me preguntan si me gusta…
¡Gustarme! Odio de muerte esta palabra. ¿A qué hombre no le gustará, no le
robará el pensamiento y todo el corazón? ¡Gustar! El otro día me preguntaron si
Ossian me gustaba.
11 de julio
La señora M., está muy enferma. Ruego a Dios por su
vida, porque sufro viendo que Carlota sufre. No la veo sino a veces en casa de
una de sus amigas, donde hoy me ha contado una historia singular. El señor M. es
un viejo avaro, perverso y repugnante, que ha tenido atormentada y muy sujeta a
su mujer toda la vida; ella, sin embargo, ha sabido sacar fruto de la situación.
Habiéndola desahuciado el médico hace algunos días, mandó llamar a su marido y
en presencia de Carlota, le habló en estos términos:
“Debo confesarte algo que después de mi muerte podría
ser motivo de inquietud y pesar. Hasta hoy he gobernado la casa con todo el
orden y la mejor economía posible; pero debo pedirte perdón, porque te he
engañado durante 30 años. Desde nuestro matrimonio fijaste una cantidad muy
pequeña para los gastos de comida y demás de la casa. Cuando ésta ha prosperado
y nuestros negocios han mejorado no he podido lograr que aumentes la suma
destinada cada semana; tú sabes que en el tiempo de nuestros mayores gastos me
obligabas a atender a todo con un florín diario. He obedecido sin reprochar y
cada semana he tomado del cofre del dinero lo indispensable para cubrir mis
atenciones, segura de que jamás se sospecharía que una mujer robara a su marido.
Nada he malgastado e incluso sin hacer esta confesión hubiera entrado sin
preocupación en la eternidad; pero sé que la que me suceda en el gobierno de la
casa no podrá manejarse con lo poco que tú das y no quiero que llegues a echarle
en cara que tu primera mujer se contentaba con ello”.
He hablado con Carlota sobre la increíble ceguera que
hace que un hombre no sospeche manejo alguno en una mujer que con siete florines
cubre, de domingo a domingo, todos los gastos, cuando se ve que éstos pasan del
doble. Sin embargo, conozco gente que hubiera recibido en su casa, sin
asombrarse, el inagotable cántaro de aceite del profeta.
13 de julio
No, no me engaño; leo en sus ojos negros el verdadero
interés que le inspiran mi persona y mi suerte. Conozco y en esto debo confiar
en mi corazón, que ella... ¡Oh! ¿Podré y me atreveré a manifestar con estas
palabras la dicha celestial que me embarga? Sé que me ama.
¡Soy amado! ¡Si vieras cómo me quiere ahora; si vieras…
Te lo diré, porque tú sabrás comprender: si vieras lo mucho más que valgo a mis
propio ojos desde que soy dueño de su amor! ¿Es esto presunción o sentimiento de
nuestra relación verdadera? No conozco hombre alguno capaz de robarme el corazón
de Carlota y no obstante, cuando ella habla de su futuro esposo, con todo el
calor, con todo el amor posible, me encuentro como el desgraciado a quien
despojan de todos sus títulos y honores, y le fuerzan a entregar su espada.
16 de julio
¡Ah! ¡Qué sensación tan agradable inunda todas mis
venas, cuando por casualidad mis dedos tocan los suyos o nuestros pies se
encuentran debajo de la mesa! Los aparto como un rayo y una fuerza secreta me
acerca de nuevo en contra de mi voluntad. El vértigo se apodera de todos mis
sentidos y su inocencia, su alma cándida, no le permiten siquiera imaginar
cuánto me hacen sufrir estas insignificancias. Si pone su mano sobre la mía
mientras hablamos y si en el calor de la conversación se aproxima tanto a mí que
su divino aliento se confunde con el mío, creo morir, como herido por el rayo,
Guillermo, y este cielo, esta confianza, si llego a atreverme.. Tú me entiendes.
No, mi corazón no está tan corrompido, Es débil, demasiado… ¿Pero en esto no hay
corrupción?
Carlota es sagrada para mí. Todos los deseos
desaparecen en su presencia. Nunca sé lo que siento cuando estoy con ella: creo
que mi alma se dilata por todos mis nervios.
Hay una sonata que ella ejecuta en el clave con la
expresión de un ángel: ¡tiene tal sencillez y tal encanto! Es su música favorita
y le basta tocar su primera nota para alejar de mí zozobras, preocupaciones y
aflicciones.
No me parece inverosímil nada de lo que se cuenta sobre
la antigua magia de la música. ¡Cómo me esclaviza este sencillo canto! ¡Y cómo
sabe ella ejecutarlo en aquellos momentos en que yo colocaría contento una bala
en mi cabeza! Entonces disipándose la turbación y las tinieblas de mi alma,
respiro más libremente.
18 de julio
Guillermo, ¿qué es el mundo para nuestros corazones
cuando no hay amor? Una linterna mágica sin luz. Pero en cuanto empieza a
brillar en su interior la llama, se ven aparecer en sus paredes todo tipo de
figuras, formas y colores. Aun cuando todo lo que se presenta a la vista no
fuera más que eso, aun cuando todas esas apariciones no fueran más que fantasmas
pasajeros, ¿no es una gran fortuna tomar parte en este espectáculo de ilusiones,
la alegría, el gozo de los niños y los transportes de su entusiasmo inocente y
simple?
No podía ir hoy a ver a Carlota, estaba como prisionero
entre mis amigos y conocidos, de cuya compañía no podía deshacerme. ¿Qué hacer
en esta situación? Mandé a mi sirviente para verla, con el fin de tener a mi
lado a alguien por lo menos, que hubiera estado cerca de ella en el día, y
esperaba que volviera con gran impaciencia, sólo comparable a la alegría que
sentí viéndole regresar. Hubo un momento en que me hubiera aventado hacia él,
que lo hubiera abrazado. ¡Tal era mi felicidad! Pero me refrené.
Se dice de la piedra de Bolonia que al exponerse al sol
atrae sus rayos, los capta y alumbra y resplandece por la noche durante algún
tiempo; pues bien, otro tanto era para mí este sirviente. La idea de que los
ojos de Carlota se habían fijado en él, sobre su cara, sobre sus botones, sobre
el cuello de su camisa, hacía para mí todos esos objetos de tanto interés, tan
preciados. No, en ese momento yo no hubiera cedido este mancebo aunque me
hubieran ofrecido 500 talegos. Su sola vista me producía un placer infinito…
Procura no reír de esto. Dime, Guillermo, ¿no es en realidad una ilusión lo que
nos brinda tanta dicha?
19 de julio
¡La veré!, exclamo con júbilo por la mañana cuando, al
despertarme lleno de alegría, dirijo mi mirada hacia el sol que sale; ¡la veré!,
y no tengo otro deseo en todo el día. Lo demás desaparece ante esta esperanza.
20 de julio
Tu idea de que me vaya con el embajador de… no es la
mía todavía. No me gusta depender de nadie y además, sabemos que ese hombre es
repulsivo. Dices que mi madre se alegrará de verme ocupado. Deja que ría. ¿No
tengo ya suficiente quehacer? Y en el fondo, ¿no es lo mismo contar guisantes
que lentejas? Todas las cosas del mundo vienen a terminar en bagatelas y el que
por complacer a los demás contra su gusto y sin necesidad, se fatiga
persiguiendo la fortuna, los honores o cualquier otra cosa, es siempre un loco.
24 de julio
Dado el interés que manifiestas en que no descuide el
dibujo, casi prefería callar a decirte que desde hace mucho apenas y lo he
atendido.
Jamás he sido tan feliz; nunca me ha impresionado la
naturaleza de manera tan honda: hasta un piedra, un tallo de hierba… y, sin
embargo, no puedo expresarme. ¡Mi imaginación está tan débil! Todo vaga y oscila
de forma que ni siquiera puedo captar un contorno. A pesar de ello, me figuro
que si tuviera barro o cera, modelaría a la perfección todo lo que concibo. Si
esto dura, me entretendré con barro común, aunque sólo haga bolitas.
Tres veces he comenzado el retrato de Carlota y las
tres me ha salido mal. Esto me es tanto más sensible, cuanto que hace poco tenía
gran facilidad para sacar el parecido. En fechas recientes he hecho su retrato
de perfil; tendré que contentarme con él.
25 de julio
Sí, amada Carlota, todo se encargará y todo se
ejecutará; vengan encargos con más frecuencia, vengan en todo momento. ¡Ah! Sólo
pido un favor, que no haya arenilla en los billetes que recibo. Mi primer
movimiento fue llevar a mis labios el de esta mañana y he sentido la arenilla
hacer ruido en mis dientes.
26 de julio
¡Cuántas veces me he prometido no verla tanto! ¡Ah!
¿Quién puede resistir y cumplir este objetivo? Todos los días caigo en la
tentación y al regresar de verla, me digo, como por excusa o consuelo: “¡Mañana
no irás!” Llega ese mañana y con él, sin explicación, un motivo inexcusable para
visitarla; y antes de que haya tenido tiempo para reflexionar sobre ello, me
hallo en su casa.
Una vez, porque me dice al despedirnos “¿vendrá usted
mañana?” ¿Es posible no aceptar semejante oferta? A veces me da un encargo y yo
pienso que sería una falta de atención no llevarle yo mismo la contestación; y
otras veces, en fin, haciendo un tiempo tan magnífico, es imposible no salir del
cuarto y disfrutarlo. Entonces salgo y camino hasta Wahlheim, y al llegar, como
no es más que media legua hasta su casa… me siento como atrapado en su misma
atmósfera y sin saber cómo, llego a su lado.
Mi abuela nos contaba la historia de la montaña Imán;
todos los barcos que pasaban cerca de ella perdían su herraje; los clavos, como
si tuvieran alas, volaban hacia la montaña, se desunían de la madera y los
pobres marineros quedaban perdidos y sin más remedio que tomarse de los tablones
flotantes.
30 de julio
Alberto ha llegado y yo me marcharé. Aunque él fuera el
mejor y más noble de los hombres, y yo reconociera mi inferioridad bajo todo
concepto, no soportaría que a mi vista tuviera tantas perfecciones. ¡Tener!
Basta, Guillermo; el novio está aquí. Es un joven bueno y honrado que inspira
cariño. Por suerte no he presenciado su llegada; me hubiera desgarrado el
corazón.
Es tan generoso que ni una vez se ha atrevido a abrazar
a Carlota delante de mí. ¡Dios se lo pague! La respeta tanto, que debo
apreciarle. Se muestra muy afectuoso conmigo y supongo que esto es más obra de
Carlota que efecto de su propia inclinación; las mujeres son muy mañosas en este
sentido y son firmes: cuando pueden hacer que dos de sus adorados vivan en buena
inteligencia, lo que sucede pocas veces, lo logran, y el beneficio es sin duda
para ellas. Sin embargo, no puedo negar mi estima a Alberto.
Su exterior tranquilo hace un contraste muy marcado con
mi carácter turbulento, que en vano me gustaría ocultar. Es sensible y no
desconoce el tesoro que tiene en Carlota. Parece poco dado al mal humor que,
como sabes, es el vicio que más detesto.
Me considera un hombre talentoso y mi amistad con
Carlota, unida al vivo interés que tomo en todas sus cosas, da más valor a su
triunfo y la quiere cada vez más. No averiguaré si suele atormentarla a solas
con algún arranque de celos; pero confieso que si yo estuviera en su lugar los
sentiría.
Sea lo que sea, la alegría que sentía al lado de
Carlota se ha ido. ¿Diré que esto es locura o ceguera? ¿Pero qué importa el
nombre? El asunto no puede ser más claro. No sé hoy nada que no supiera antes de
que llegara Alberto; sabía que no debía formar ninguna pretensión con Carlota y
yo la había formado… quiero decir: únicamente sentía lo que no se puede evitar
al contemplar tantos hechizos; y con todo, no sé qué me pasa al ver que el otro
llega y se queda con la dama.
Estoy que bramo y me burlo de mi miseria, y más aún,
lanzaría mis sarcasmos sobre quien diga que debo resignarme, y que como esto no
podía suceder de otro modo; ¡vayan al diablo los razonadores! Vago por los
bosques y cuando llego a casa de Carlota y veo a Alberto sentado a su lado,
entre el follaje del jardín, y tengo que controlarme, me vuelvo loco y hago mil
necedades.
-En nombre del cielo -me ha dicho ella hoy-, te ruego
que no repitas la escena de anoche; eres espantoso cuando te pones tan contento.
Te diré, entre nosotros, que acecho todos los momentos
en que él tiene que hacer; de un salto, me meto en la casa y me vuelvo loco de
gozo siempre que está sola.
8 de agosto
Te suplico, querido amigo, que no vayas a creer que
hablaba de ti, al tratar de insoportables a los hombres que exigen resignación
total ante los inevitables golpes del destino. No me imaginaba que pudiera tener
semejantes opiniones. Sin embargo, en el fondo tienes razón; pero permíteme
hacer un comentario. Sucede rara vez en este mundo que los eventos se encuentran
sometidos a la ley absoluta del sí o del no. Hay tantos grados, tan diversos
tonos en los sentimientos y en los procedimientos, como líneas distintas en una
nariz chata o aguileña; y tú no extrañarás ni estarás incómodo si yo, sin dejar
de aceptar tu principio, trato de escurrirme entre el sí y el no.
Aquí está tu argumento: “o tienes esperanza de ver
hechos realidad tus deseos con Carlota o no la tienes. En el primer caso trabaja
sin cejar para lograr tu fin; en el segundo, trata de ser hombre y refrena y
doma una pasión condenable que debe consumir toda tu fuerza”. Amigo mío, todo
está bien dicho y es fácil decirlo.
¿Ves a ese desgraciado que empeora, que se extingue,
devorado por una lenta pero continua enfermedad? ¿Puedes tú acaso exigirle
terminar sus tormentos con una puñalada? El mal mismo que lo extermina, que lo
mina, ¿no le quita la fuerza y el valor para liberarse de él de manera violenta?
Podrías, tienes razón, responder con otra comparación semejante: ¡quién no se
dejaría cortar un brazo con gangrena antes arriesgar la vida! Yo no, lo sé. Y
además no nos gusta lastimarnos con comparaciones. Sí, Guillermo, algunas veces
tengo raptos del valor más determinado y del más aventurado, y en esos momentos…
¡Si supiera adónde ir, lo haría en el acto!
Por la noche
Mi diario, que estaba abandonado desde hace unos días,
ha llegado hoy a mis manos y me he confundido al ver señalados en él todos mis
pasos. ¿Es con entero detalle cómo he llegado tan lejos? ¿No es sorprendente que
haya visto con tal claridad mi estado y me haya comportado como un muchacho? Hoy
lo veo todo muy claro; y, sin embargo, no hay indicios de que me corrija.
10 de agosto
Si no fuera un loco, podría pasar la vida con más
felicidad y sosiego. Pocas veces se reúnen para alegrar un alma circunstancias
tan favorables como las que tengo hoy. Esto afirma mi creencia de que nuestra
felicidad depende del corazón. Formar parte de esta amable familia, ser querido
del padre, como un hijo, de los niños como un padre, y de Carlota… Y este
excelente Alberto, que no turba mi dicha con celos ni mal humor, que me profesa
verdadera amistad y que ve en mí a la persona que más estima en el mundo después
de Carlota… Guillermo, es un placer oírnos cuando vamos de paseo y hablamos de
ella; nunca se ha imaginado nada tan ridículo como nuestra situación y, sin
embargo, las lágrimas algunas veces humedecen mis ojos.
Cuando me habla de la virtuosa madre de Carlota y me
cuenta que poco antes de morir dejó al cuidado de ella la casa y los niños, y al
de él a Carlota; que desde entonces la joven ha revelado dotes inusitadas; que
se ha vuelto una verdadera madre con la dirección de los asuntos domésticos; que
todos los momentos de su vida están esmaltados por la ternura y el trabajo, sin
que jamás hayan sufrido alteración su buen humor y su alegría. Yo camino junto a
él, tomando las flores que encuentro a mi paso, con las que hago un bonito
ramillete y lo arrojo al río, siguiéndole con la mirada mientras se aleja en las
ondas mansamente. No sé si te he dicho que Alberto estará en esta ciudad
permanentemente y que espera de la corte, donde goza de aprecio, un buen empleo,
con buen salario. Conozco pocas personas que le igualen en el orden y el celo
por los negocios.
12 de agosto
Alberto es, sin duda, el mejor de los hombres que
existen; ayer me pasó con él un lance peregrino. Había ido a su casa a
despedirme, pues se me antojó dar un paseo a caballo por las montañas, desde
donde te escribo en este momento. Yendo y viniendo por su cuarto, vi sus
pistolas.
-Préstamelas para el viaje -le dije-.
-Con mucho gusto -respondió-, si quieres tomarte el
tiempo de cargarlas; aquí sólo están como un mueble de adorno.
Tomé una; él continuó:
-Desde el chasco que me he ocurrido por mi exceso de
precaución, no quiero tener que ver con esas armas.
Tuve curiosidad de saber esa historia y él dijo:
-Habiendo ido a pasar tres meses en el campo con un
amigo, llevé un par de pistolas; estaban descargadas y yo dormía tranquilo. Una
tarde lluviosa, en que no tenía nada que hacer, tuve la idea, no sé por qué, de
que podían sorprendernos, hacer falta las pistolas y… tú sabes lo que son las
apreciaciones. Di mis armas para que las limpiara y las cargara. Jugando éste
con las criadas, quiso asustarlas y al tirar del gatillo, la chimenea, Dios sabe
cómo, se encendió y despidiendo la baqueta que estaba en el cañón, hirió en un
dedo a una pobre muchacha. Para consolarla tuve que pagar la cura y desde
entonces dejo siempre las pistolas vacías. ¿De qué sirve la previsión, mi buen
amigo? El peligro no se deja ver por completo. Sin embargo…
Ya sabes cuánto quiero a este hombre; pero me molestan
sus sin embargo. ¿Qué regla general no tiene excepción? Este Alberto es tan
meticuloso, que cuando cree haber dicho algo atrevido, absoluto, casi un axioma,
no deja de limitar, modificar, quitar y agregar hasta que desaparece todo lo que
ha dicho. No fue esta vez infiel a su costumbre; yo acabé por no escuchar y
zambulléndome en un mar de sueños, con repentino movimiento apoyé el cañón de
una pistola sobre mi frente, arriba del ojo derecho.
-Quita eso -dijo Alberto-, mientras tomaba la pistola.
¿Qué quieres hacer?
-No está cargada -repuse.
-¿Y qué importa? ¿Qué quieres hacer? -repitió
impaciente-. No comprendo que haya alguien que pueda volarse la tapa de los
sesos. Sólo pensarlo me da horror.
-¡Oh, hombres! -exclamé-; ¿no sabrás hablar de nada sin
decir: esto es una locura, esto es razonable, eso es bueno, eso otro es malo?
¿Qué significan todos esos juicios? Para emitirlos, ¿habrás profundizado los
resortes secretos de un acto? ¿Sabes acaso distinguir con seguridad sus causas
lógicas? Si tal cosa sucediera, no juzgarías con tanta ligereza.
-Estarás de acuerdo -dijo Alberto-, que ciertas cosas
siempre serán crímenes, sin relevar el motivo.
-Concedido -respondí-, encogiéndome de hombros. Sin
embargo, considera mi amigo que ni eso es verdad absoluta. Sin duda, el robo es
un crimen; pero si un hombre está a punto de morir de hambre y con él su
familia, y ese hombre, por salvarla y salvarse, se atreve a robar, ¿merece
compasión o castigo? ¿Quién puede acusar a la sensible doncella que en un
momento de gran éxtasis se deja llevar por las irresistibles delicias del amor?
Hasta nuestras leyes, que son pedantes e insensibles, se dejan conmover y
detienen la espada de la justicia.
-Eso es distinto -dijo Alberto-; el que sigue los
impulsos de una pasión pierde la facultad de reflexionar y se le mira como a un
borracho o un loco.
-¡Oh, hombres juiciosos! -dije con una sonrisa-.
¡Pasión! ¡Embriaguez! ¡Demencia! ¡Todo esta es letra muerta para ustedes,
impasibles moralistas! Condenan al ebrio y detestan al demente con la frialdad
del sacerdote que sacrifica y dan gracias a Dios, como el fariseo, porque son ni
locos ni borrachos. Más de una vez me he embriagado; más de una vez me han
puesto mis pasiones al borde de la locura, y no lo siento; porque he aprendido
que siempre se ha dado el nombre de beodo o insensato a todos los hombres fuera
de serie que han hecho algo grande, algo que lucía imposible. Hasta en la vida
privada es insoportable ver que de quien piensa lograr cualquier acción noble,
generosa, inesperada, se dice a menudo: “¡Está borracho! ¡Está loco!” ¡Vergüenza
para ustedes, los sobrios; vergüenza para ustedes los sabios!
-¡Siempre extravagante! -dijo Alberto-. Todo lo
aumentas y esta vez llevas el humor al extremo de comparar con las grandes
acciones el suicidio, que es de lo que se trata, y que sólo debe mirarse como
una debilidad humana; porque con toda certeza es más fácil morir que soportar
sin descanso una vida llena de amargura.
Estuve a punto de cortar la charla; no hay nada que me
exaspere más que el razonar con quien sólo responde cosas sin importancia,
cuando hablo con todo el corazón. No obstante, me contuve porque no era la
primera vez que escuchaba tales vulgaridades que me sacan de quicio. Le respondí
con alguna viveza:
-¿A eso llamas debilidad? Te ruego que no te dejes
llevar por las apariencias. ¿Te atreverías a llamar débil a un pueblo que gime
bajo el insoportable yugo de un tirano, si al fin estalla y rompe sus cadenas?
Un hombre que al ver con espanto arder su casa siente que se multiplican sus
fuerzas y carga fácilmente con un peso que sin la excitación apenas podría
levantar del piso; un hombre que iracundo por sentirse insultado, acomete a sus
contrarios y los vence; a estos dos hombres, ¿se les puede llamar débiles?
Créeme, si los esfuerzos son la medida de la fuerza, ¿por qué un esfuerzo
magnífico debe ser algo más?
Alberto me miró y dijo:
-No te enojes, pero esos ejemplos no tienen verdadera
aplicación.
-Puede ser -le dije-; no es la primera vez que
califican mi lógica de palabrería. Veamos si podemos representar de otra forma
lo que debe sentir el hombre que se decide a deshacerse del peso, tan ligero
para otros, de la vida. Pues sólo esmerándome por sentir lo que él siente
podremos hablar del tema con honestidad. La naturaleza del hombre -continué-,
tiene sus límites; puede tolerar hasta cierto grado la alegría, la pena, el
dolor; si sigue más allá, sucumbe. No se trata entonces de saber si un hombre es
débil o fuerte, sino de si puede soportar la extensión de su desgracia, sea
moral o física; y me parece tan ridículo decir que un hombre que se suicida es
cobarde, como absurdo sería dar el mismo nombre al que muere de una fiebre.
-¡Paradoja! ¡Extraña paradoja! -exclamó Alberto.
-No tanto como piensas -repliqué-. Acordarás en que
llamamos enfermedad mortal a la que ataca a la naturaleza de tal modo que su
fuerza, mermada en forma parcial, paralizada, se incapacita para reponerse y
restaurar por una revolución favorable el curso normal de la vida. Pues bien,
amigo mío, apliquemos esto al espíritu. Mira al hombre en su limitada esfera y
verás cómo le aturden ciertas impresiones, cómo le esclavizan ciertas ideas,
hasta que al arrebatarle una pasión todo su juicio y toda su fuerza de voluntad,
le arrastra a su perdición. En vano un hombre razonable y de sangre fría verá
clara la situación del desdichado; en vano la exhortará: es semejante al hombre
sano que está junto a lecho de un enfermo, sin poder darle la más pequeña parte
de sus fuerzas.
Estas ideas parecieron poco concretas a Alberto. Le
hice recordar a una joven que habían hallado ahogada poco tiempo atrás y le
conté su historia.
Era una dama bondadosa, encerrada desde la infancia en
el estrecho círculo de las ocupaciones domésticas, de un trabajo monótono; que
no conocía otros placeres que los de ir algunas veces a pasear los domingos por
los límites de la ciudad con sus compañeras, engalanada con la ropa que poco a
poco había podido conseguir, o bailar una sola vez en las grandes celebraciones,
y charlar algunas horas con una vecina, con toda la entrega del más sincero
interés, sobre tal chisme o cual disputa.
El ardor de su edad le hace sentir deseos desconocidos
que aumentan con las lisonjas de los hombres; sus placeres del pasado llegan
poco a poco a carecer de sabor; al final encuentra a un hombre hacia el cual le
empuja con incontrolable fuerza un sentimiento nuevo para ella, y pone en él
todas sus esperanzas; se olvida de todo el mundo; nada oye, nada ve, nada ama,
sólo a él.
No suspira más que por él, sólo por él. No está
corrompida por los frívolos placeres de una inconstante vanidad y su deseo se
dirige a su objeto; quiere ser de él, quiere en una unión eterna encontrar toda
la felicidad que le falta, disfrutar de todas las alegrías juntas al lado de su
amado. Promesas continuas ponen el sello a todas sus esperanzas; atrevidas
caricias aumentan sus deseos y sojuzgan su alma por completo; flota en un
sentimiento vago, en una idea anticipada de todas las alegrías; ha llegado al
colmo de la exaltación.
En fin, tiende los brazos para abarcar todos sus
deseos… y su amante la abandona. Se encuentra ante un abismo, inmóvil, demente;
una noche profunda la rodea; no hay horizonte, no hay consuelo, no hay
esperanza: la abandona quien era su vida. No ve el inmenso mundo que tiene
delante, ni los muchos amigos que podrían hacerla olvidar lo que ha perdido; se
siente separada, abandonada de todo el universo y ciega, triste por el horrible
martirio de su corazón, para huir de sus angustias, se entrega a la muerte, que
todo lo devora. Alberto, ésta es la historia de muchos. ¡Ah! ¿No es éste el
mismo caso de una enfermedad? La naturaleza no encuentra ningún medio para salir
del laberinto de fuerzas encontradas que la agitan y es necesaria la muerte.
Infeliz del que lo sepa y diga “¡insensata! Si hubiera
esperado, si hubiera dejado actuar al tiempo, la desesperación trocada en calma
hubiera encontrado otro hombre que la consolara”. Esto es lo mismo que decir:
“¡Loca! ¡Morir de una fiebre! Si hubiera esperado a recuperar las fuerzas, a que
se purificaran los malos humores, a que cediera el arrebato de su sangre, todo
se hubiera arreglado y aún estaría viva”.
Como Alberto no juzgó muy exacta esta comparación, hizo
nuevas objeciones; entre otros puntos, dijo que yo no había hablado más que de
una joven inocente y que no debe juzgarse del mismo modo a un hombre de talento,
cuya inteligencia menos limitada le permite ver el reverso de las situaciones.
-Amigo mío -dije-, el hombre siempre es hombre y la
chispa del entendimiento que tengan éste o el otro, es de poca o nula utilidad,
cuando al fermentar una pasión la naturaleza se arroja a los límites de sus
fuerzas. Más aún... Ya volveremos a hablar de esto, dije, al tomar mi sombrero.
Mi corazón estaba a punto de estallar y nos separamos
sin haber llegado a entendernos. Es verdad que en este mundo pocas veces sucede
de otro modo.
15 de agosto
Es muy cierto que sólo el amor hace que el hombre
necesite de sus semejantes. Sé que Carlota sentiría perderme y los niños sólo
piensan, cada día más, en volver a verme el día siguiente. Hoy fui a contemplar
el monocordio de Carlota; estas angelicales criaturas insistieron en que les
contara algún cuento y la propia Carlota me suplicó que los complaciera. Les
corté su pan y lo tomaron de mi mano, con el mismo gusto que si viniera de mano
de Carlota; luego les conté la famosa historia de la princesa que era servida
por manos encantadas. Te aseguro que yo mismo saco algún provecho de contar
estas historias y me admiro de la impresión que crean en los niños. Viéndome a
veces obligado a inventar algún incidente, me pasa que a la segunda vez lo
olvido y de inmediato me gritan que la de antes no era así; de modo que ahora
tengo mucha cautela de repetir siempre lo mismo, de contarlo con el mismo tono
de voz y sin cambiar nada. Esto me ha enseñado y hecho conocer que un autor daña
su obra al hacer una segunda versión, si introduce en ella cambio alguno, cuando
la obra es de pura imaginación, aunque en verdad fuera mejor y más poética con
dichos cambios. La primera impresión nos encuentra dispuestos a recibirla y el
hombre está hecho de tal modo, que puede hacérsele creer hasta lo imposible;
pero una vez admitidas en su imaginación estas ideas, se fijan de tal modo y con
tal profundidad que gran trabajo será borrarlas o quitarlas.
18 de agosto
¿Es preciso que lo que constituye la felicidad del
hombre sea de igual forma el origen de su miseria? Aquel sentimiento cálido y
pleno de mi corazón ante la vivaz naturaleza, que inundaba mi alma con torrentes
de delicias y convertía en un paraíso el mundo que me rodea, ha llegado a ser un
insoportable verdugo, un espíritu que me atormenta y me persigue por todas
partes. Cuando miraba otras veces desde las crestas de las rocas, más allá del
río, hasta las lejanas colinas, el fértil valle y veía que todo germinaba con
lozanía a mi alrededor; cuando veía estas montañas bordadas, desde la falda
hasta la cima, de espesos y corpulentos árboles; estos valles salpicados de
risueña floresta en todos sus contornos; el arroyo apacible que deslizaba,
adormecido por leve ruido de los cañaverales, reflejando las matizadas nubes,
que la brisa suave de la tarde se balanceaba en el cielo; cuando oía a los
pájaros, animando con su voz la enramada, mientras copiosísimo enjambre de
insectos jugueteaba alegre en los últimos rayos del sol, a cuyo destello el
escarabajo, oculto antes debajo de la hierba, abandonaba, zumbando, su prisión;
cuando el ruido y la vida llamaban mi atención hacia la tierra y el musgo que
arranca su alimento a la dura roca y las retamas que crecen en la pendiente de
la seca colina, me descubría la íntima, ardiente y santa existencia de la
naturaleza, ¡con qué júbilo tomaba todos estos objetos mi corazón emocionado! Yo
estaba como un dios en este mar de riqueza, en este enorme universo, cuyas
formas sublimes parecían moverse, animando toda mi creación en lo más profundo
de mí. Me rodeaban enormes montañas; tenía delante de mi desfiladeros de gran
hondura, donde se precipitaban torrentes de tempestad; los ríos se deslizaban
bajo mis pies; oía un rugido en los bosques y los montes, agitándose y
confundiéndose todas estas fuerza enigmáticas en las profundidades terrestres,
mientras sobre ella, y bajo el cielo, revoloteaban las razas infinitas de los
seres que lo pueblan todo de mil maneras diferentes. Y los hombres se consideran
reyes de este vasto universo, acurrucándose juntos en el nido de sus pequeñas
moradas. ¡Pobre loco, a quien todo debe parecer mezquino, porque eres muy
pequeño! Desde la inaccesible montaña y el desierto que ningún pie ha pisado a
la fecha, hasta la última orilla de los océanos desconocidos, lo anima todo el
espíritu del creador, gozándose en estos átomos de polvo, que viven y lo
entienden. ¡Ah!, cuántas veces deseaba entonces, con las alas de la garza que
pasaba sobre mi cabeza, trasladarme a las costas de ese inmenso mar, para beber
en la espumosa copa de lo infinito esas dulces delicias y sentir, aunque sólo
fuera por un instante, en el corazón, una gota de felicidad del ser que todo lo
engendra en él y por él. Hermano mío, el recuerdo de tales momentos es
suficiente para darme fuerza. Más aún, los esfuerzos que hago para recordar
estos sentimientos inexpresables, para alcanzar a entenderlos, elevan mi alma
sobre sí misma y me obligan a sentir la doble angustia de mi estado actual.
Parece que se ha levantado un velo delante de mi alma y
el escenario de la vida interminable no se convierte ante mis ojos en el abismo
de la tumba, siempre abierta. ¿Puedes decir “esto existe” cuando todo pasa,
cuando todo se precipita con la rapidez del rayo, sin conservar casi nunca sus
fuerza, y se ve, ¡ay!, encadenado, tragado por el torrente y despedazado contra
las rocas? No hay momento que no te consuma, que no acabe con los tuyos; no hay
instante en que no seas, en que no debas ser destructor; tu paseo más inocente
cuesta la vida a millares de pobres insectos; uno solo de tus pasos destruye los
dedicados edificios de las hormigas y sumerge todo un pequeño mundo en una
tumba.
¡Ah!, no son las enormes y escasas catástrofes del
mundo, no son las inundaciones, los temblores de tierra, que acaban con nuestras
ciudades, lo que me conmueve, no. Lo que me lastima el corazón es la fuerza
devoradora que se oculta en la naturaleza, que no ha producido nada que no
destruya a su prójimo y a sí mismo.
De este modo, avanzo yo con angustia por mi camino de
poca seguridad, cubierto por el cielo, la tierra y sus fuerzas activas; y sólo
veo un monstruo dedicado noche y día a devorar y destruir.
Al agitar por las mañanas el yugo de una pesadilla, es
en vano que extienda los brazos hacia ella; en vano que la busque por la noche
en mi lecho, cuando un sueño alegre y simple me hace creer que estoy en el
campo, sentado a su lado, tomado de su mano y colmándole de besos. ¡Ah!, cuando
todavía embriagado por el sueño busco esa mano y me despierto, un raudal de
lágrimas brota de mi apretado corazón y lloro sin remedio, pensando en las
tinieblas del futuro.
22 de agosto
Es algo fatal, Guillermo. Mi actividad se consume en
una inquieta indolencia; no puedo estar sin hacer nada y sin embargo nada hay
que pueda hacer. Mi imaginación y mi sensibilidad no se conmueven ante la
naturaleza y los libros me causan aburrición. Cuando el hombre no se encuentra a
sí, no halla nada. Te juro que muchas veces me encantaría ser un jornalero para
tener, por lo menos, al despertar, la perspectiva de un día ocupado, un móvil,
una ilusión. Envidio a menudo a Alberto, cuando lo veo lleno de papeles hasta
los ojos y creo que sería feliz en esa posición. Más de una vez he estado
tentado a escribirte y de escribir al mismo tiempo solicitando ese empleo en la
embajada que, por lo que me dices, me concederían en el acto. Así lo creo. Hace
tiempo que me estima el ministro y antes me ha insistido para que acepte un
empleo. Suele preocuparme esto durante una hora; pero cuando lo pienso y
recuerdo la fábula del caballo que harto de su libertad, se deja poner la silla
y la brida, para estar poco después rendido de cansancio… no sé lo que debo
hacer. Por otro lado, querido Guillermo, este deseo de cambiar de estado que me
subyuga, ¿no será una oculta e intolerable impaciencia que me seguiría a todo
lugar?
28 de agosto
Sin duda si mi enfermedad tuviera cura, esta gente lo
curaría. Es mi cumpleaños hoy y muy temprano he recibido un paquete de Alberto.
Lo primero que ha herido mis ojos al abrirlo ha sido un lazo color rosa que
llevaba Carlota la primera vez que la vi, mismo que más tarde, le pedí en
repetida ocasiones; lo segundo, dos tomitos del Homero, de Wetstein, edición que
tanto he deseado para no ir de paseo cargando la de Ernesti. Ya ves cómo
previenen mis deseos; cómo buscan formas para darme estas pequeñas pruebas de
amistad, mil veces más preciosas que los presentes magníficos con que nos
humilla la vanidad del que nos obsequia. Beso el lazo muchas veces al día y en
cada respiro saboreo el recuerdo de las felicidades con que me embriagaron esos
pocos días de dicha, que se han ido para no volver. Guillermo, así debe ser y no
me quejo: las flores de la vida no son sino vanas vivencias. ¡Cuántas se
marchitan sin dejar el más pequeño rastro! ¡Cuán pocas fructifican y qué pocos
de estos frutos llegan a madurar! Y sin embargo, hartos quedan… ¡oh, mi hermano!
¿podemos no hacer caso de los frutos maduros, despreciarlos y dejarlos podrir,
sin disfrutarlos?
Adiós. El verano es magnífico. Trepo algunas veces a
los árboles del jardín de Carlota y con una percha larga tomo las peras de las
ramas más altas. Carlota está abajo y levanta los frutos que yo dejo caer.
30 de agosto
Desgraciado, ¿no estás loco? ¿No te engañas a ti mismo?
¿Adónde te llevará esa pasión indómita y sin propósito? No hago más oración que
la que le dirijo a ella; ya no cabe en mi imaginación otra figura que la suya y
todo lo que me rodea no lo veo sino con relación a ella.
Esto me da algunas horas de felicidad, que han de irse
tan pronto como tengamos que separarnos. ¡Ah, Guillermo, adónde me lleva con
frecuencia mi corazón! Siempre que paso dos o tres horas con ella, en la
contemplación de su figura, de sus movimientos, de la maravillosa expresión que
da a sus palabras, todos mis sentidos se exaltan sin sensibilidad, una sombra se
extiende ante mí y mis oídos pierden la percepción; siento que aprieta mi
garganta una mano asesina; mi corazón, en sus latidos precipitados, busca
consuelo a mis sentidos oprimidos y no hace más que aumentar el desorden.
Guillermo, muchas veces no sé si estoy en el mundo. Y
cuando me ataca la tristeza y Carlota me concede el consuelo de aliviar mi
martirio, dejándome bañar su mano con mis lágrimas, necesito salir, necesito
huir y corro a esconderme en la lejanía de los campos. Entonces disfruto
subiendo una montaña escarpada, abriéndome paso entre un bosque espeso, por
entre las breñas que me hieren y los zarzales que me despedazan. Entonces me
hallo un poco mejor, ¡un poco!, y cuando muerto de sed y cansancio, sucumbo y
hago una pausa; cuando en la noche profunda, con la Luna llena sobre mi cabeza,
me siento en el bosque sobre un tronco torcido, para descansar los pies
desgarrados, o me entrego a un sueño tranquilo durante la claridad del
crepúsculo… ¡Oh, Guillermo! El silencioso albergue de una celda, un sayal y el
cilicio son los únicos consuelos que mi alma espera.
Adiós. No veo para esta miserable vida más fin que la
muerte.
3 de septiembre
Tengo que partir, Guillermo; te agradezco que hayas
fijado mi decisión dudosa. Desde hace 15 días he pensado en la posibilidad de
dejarla. Tengo que irme. Está de nuevo en la ciudad, en casa de una amiga; y
Alberto… y… Tengo que irme.
10 de septiembre
¡Qué noche; que noche tan horrible he tenido! Ahora
tengo valor para tolerar todo. No la veré más. ¡Oh! ¡Que no pueda ir volando a
arrojarme a sus brazos; que no pueda, mi hermano, decirte con un torrente de
lágrimas los sentimientos que oprimen mi corazón! Estoy aquí delante de la mesa,
casi sin aliento, tratando de calmarme y esperando que amanezca, pues los
caballos estarán ensillados al despuntar el alba.
Carlota duerme tranquila sin sospechar que nunca me
verá de nuevo. He tenido el valor suficiente para separarme de ella sin revelar
mi secreto después de una conversación de dos horas. ¡Y qué conversación, Dios
mío!
Alberto me había ofrecido que iría al jardín con ella,
después de cenar. Yo estaba en la explanada, bajo los corpulentos castaños,
viendo por última vez el sol que se oculta más allá del valle y el río que se
desliza con calma. ¡Había estado tantas veces con ella en aquel sitio! ¡Había
contemplado tantas veces el mismo magnífico espectáculo! Y ahora… Comencé a ir y
venir por aquella alameda, tan querida, donde un secreto y simpático atractivo
me había retenido a menudo antes de conocer a Carlota. ¡Con qué placer, al
iniciar nuestra amistad, nos dimos cuenta juntos de la preferencia que nos
inspiraba este lugar, que sin duda es uno de los más románticos que conozco de
las creaciones artísticas!
A través de los castaños se descubre una enorme vista…
¡Ah! Recuerdo que te he hablado en mis cartas de estos altos muros de hayas y de
la alameda en que sin sensibilidad va desapareciendo la luz cuanto más cerca
está un pequeño bosque donde termina y donde todo se confunde en un lugar que
parece impregnado con toda la melancolía de la soledad. Aún me dura la inefable
sensación que tuve cuando estuve ahí la primera vez, en el momento en que el sol
se hallaba en lo más alto de su camino; ya entonces tuve un presentimiento
ligero de que el paraje sería para mí escenario de infinito dolor y grandes
alegrías.
Hacía media hora que estaba absorto en los dulces y
crueles pensamientos de la partida y del regreso, cuando la vi subir por la
explanada. Corrí hacia ella, tomé su mano con la mayor emoción y se la besé.
Llegábamos a lo más alto cuando apareció la Luna por detrás de las zarzales y
cubrían la colina. Hablábamos de cosas diferentes y nos acercamos a la sombría
plazoleta. Carlota entró y se sentó; Alberto se puso a un lado de ella y yo al
otro; pero mi inquietud no me permitía estar sentado mucho tiempo.
Me levanté, me coloqué delante de ella; di algunos
pasos y volví a sentarme. Sentía algo parecido a la agonía. Carlota nos hizo ver
el bello efecto de la Luna, que desde la punta de las hayas alumbraba toda la
explanada. La escena era soberbia y tanto más sublime para nosotros pues nos
rodeaba una oscuridad casi total. Después de un breve rato, en que todos
estuvimos callados, Carlota tomó la palabra.
-Nunca -dijo-, nunca me paseo a la claridad de la Luna
sin recordar a mis queridos difuntos, sin sentirme conmovida por la idea de la
muerte y del futuro.
-¡Subsistiremos! -añadió con un acento que revelaba la
sensación más viva-. Pero, Werther, ¿volveremos a encontrarnos? ¿Nos
reconoceremos? ¿Qué piensas? ¿Cuál es tu opinión?
-Carlota -exclamé-, dándole la mano y con los ojos
llenos de lágrimas; ¡sí, volveremos a vernos! ¡En esta vida y en la otra!
No atiné a decir más, Guillermo. ¿Era necesario que
ella me hiciera alguna pregunta, cuando todo mi ser estaba lleno con la idea de
esta cruel separación?
-Y nuestros queridos muertos -siguió ella-, ¿saben algo
de nosotros? ¿Tienen alguna idea de que los llevamos en la memoria, con inefable
cariño, en nuestros momentos de felicidad? ¡Oh! La imagen de mi madre vaga
siempre a mi alrededor, cuando estoy sentada en la noche en medio de sus hijos,
de mis hijos, que se agrupan a mi alrededor como lo hacían al suyo. Si entonces
dirijo al cielo mis ojos, bañados por una lágrima de deseo, anhelando que vea
cómo cumplo la palabra que le entregué en su lecho de muerte de ser la madre de
sus hijos, exclamo, llena de emoción: ¡Perdóname, madre amada, si no soy para
ellos lo que tú fuiste. ¡Ah! Hago todo lo que puedo; están vestidos y
alimentados, y sobre todo, los cuido y los amo; si pudieras ver nuestra unión,
¡oh, alma queridísima!, elevarías las más vivas acciones de gracias a ese Dios a
quien pedías con amargo llanto, el último que brotó de tus ojos, que hiciera
felices a tus hijos…
Esto decía Carlota. ¡Oh, Guillermo!, ¿quién puede
repetir su dicho? ¿Cómo la letra, fría e insensible, podría reproducir su
palabra, que era flor celestial de su alma?
Alberto, la interrumpió y le dijo dulcemente:
-Carlota, eso te afecta demasiado. Comprendo que esas
ideas te son queridísimas, pero te ruego…
-Alberto -dijo Carlota-, ya sé que no has olvidado
aquellas noches en que nos sentábamos alrededor del velador, cuando papá no
estaba y habíamos acostado a los niños. Tú tenías casi siempre un buen libro y
casi nunca nos leías en él. La conversación de aquella criatura sublime, ¿no era
preferible a todo? ¡Qué mujer! Amable, bella, siempre alegre y siempre
trabajadora… ¡Dios sabe las veces que arrodillada sobre mi lecho y llorando, le
había pedido que me hiciera semejante a mi madre!
-Carlota -dije-, arrojándome a sus pies y estrechando
su mano, que bañaba con mis lágrimas-; Carlota, que siempre te acompañen la
bendición de Dios y el espíritu de tu madre.
-¡Si la hubieras conocido! -dijo-, apretándome la mano.
Era digna de que la conocieras.
Creía que me anonadaba: nunca se había pronunciado en
mi elogio palabra más grande, más gloriosa.
Carlota prosiguió:
-¡Y esta mujer ha muerto en la flor de la edad, cuando
su último hijo no tenía seis meses de vida! Su enfermedad no fue larga; estaba
resignada y tranquila; su única pena era abandonar a sus hijos, sobre todo al
más pequeño. Cuando entraba en la agonía, me dijo: “Tráemelos!” Yo los llevé;
los menores no comprendían su desgracia; los más grandes estaban muy afectados.
Cuando rodearon su lecho, levantó las manos al cielo y rogó por ellos; luego,
uno tras otro, los besó; después les dio el último adiós y me dijo: “Tú serás la
madre”. Como respuesta estreché su mano. “Mucho me prometes, hija mía, me dijo.
A menudo he visto en tus lágrimas de reconocimiento que entiendes lo que hay en
las miradas y el corazón de una madre. Ten ambas cosas para tus hermanos y para
tu padre, la fidelidad y obediencia de una esposa. Serás su consuelo”.
Pidió que entrara mi padre, que había salido para
esconder el inmenso dolor que le abrumaba; tenía el corazón hecho pedazos. Tú,
Alberto, estabas en la alcoba. Oyó que alguien se paseaba; preguntó quién era y
dijo que te acercaras. Nos miró fijamente y su mirada tranquila mostraba la idea
de que juntos seríamos felices.
Alberto se arrojó en sus brazos y dijo:
-¡Lo somos! ¡Lo seremos!
El flemático Alberto estaba fuera de sí; yo no me
conocía a mí mismo.
-Werther -siguió ella-, ¿y esta mujer debía morir? ¡Oh,
Dios! Cuando algunas veces pienso cómo nos dejamos robar lo que más amamos en el
mundo… Y nadie lo siente con tanta fuerza como los niños; los míos, mucho
después, se quejaban de que los hombre negros se habían llevado a mamá.
Carlota se levantó; yo, temblando, pero dejando el
letargo que me dominaba, seguí sentado y estrechando con mis manos una de las
suyas.
-Debemos volver a casa -dijo-; ya es hora. Quiso
retirar su mano y la retuve con brío. ¡Volveremos a vernos!, exclamé.
¡Volveremos a encontrarnos! Sea la que sea nuestra forma, nos reconoceremos. Me
voy, continué, me voy por voluntad propia; pero si creyera que nuestra
separación sería eterna, no podría soportarlo. ¡Adiós, Carlota; adiós, Alberto!
Nos volveremos a ver.
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