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Satán será liberado de su cárcel
y saldrá
para reducir a las naciones, Gog y Magog...
-APOCALIPSIS, XX, 7
COMO CONOCÍ A GOG
Me avergüenza decir dónde conocí a Gog; en un manicomio
particular.
Fui allí con objeto de hacer compañía a un joven poeta
dálmata, a quien la pasión desesperada por una sombra -la amada era una «reina
de la pantalla» y únicamente en la pantalla le había sonreído- condenaba al
delirio. Como ordinariamente estaba tranquilo, eI director de aquella casa para
locos pensionistas -enano de estatura, pero elegante por su carnosidad- nos
permitía estar juntos en el jardín. Aquí y allá, a la sombra de los cedros y de
los castaños de Indias, había mesas redondas de hierro y sillas, como en los
cafés. Enfermeros pálidos, vestidos de blanco, transcurrían por los paseos,
disimulando su vigilancia.
Un día muy caluroso en que el poeta y yo estábamos
hablando, se acercó a nuestro velador uno de los huéspedes. Era un monstruo que
debía tener medio siglo, vestido de verde claro. Alto, pero mal garbado: no
tenía ni un solo pelo en toda la cabeza; sin cabellos, sin cejas, sin bigotes,
sin barba. Un informe bulbo de piel desnuda, con excrecencias coralinas. La cara
era de un escarlata oscuro, casi pavonado, y anchísima. Uno de los ojos era de
un bello celeste un poco ceniciento; el otro, casi verde con estrías de un
amarillo de tortuga. Las mandíbulas eran cuadradas y potentes; los labios,
macizos pero pálidos, se entreabrían en una sonrisa completamente metálica, de
oro.
Saludó, sin hablar, al poeta y se sentó a nuestro lado.
No abrió la boca, pero pareció que seguía atentamente nuestra conversación.
Me enteré después, por mi amigo, que éste era Gog.
Su verdadero nombre era, según parece, Goggins, pero
desde joven le habían llamado siempre Gog, y este diminutivo le gustó porque le
circundaba de una especie de aureola bíblica y fabulosa; Gog, rey de Magog.
Había nacido en una de las islas Hawai, de una mujer indígena y de padre
desconocido, pero seguramente de raza blanca. A los dieciséis años, embarcado
como boy de cocina en un vapor americano, había llegado a San Francisco y vivido
en varios puntos de California, a la ventura. Después de algunos años, no se
sabe cómo, logró algunos millares de dólares y se trasladó a Chicago. Tenía el
genio de business o un demonio de su parte, porque en poco tiempo su fortuna en
dinero se hizo enorme, incluso para el Ohio. Al terminar la guerra era uno de
los hombres más ricos de los Estados Unidos, es decir del planeta. En 1920 se
retiró, sin grandes pérdidas, de todas sus empresas y depositó sus millones,
unos aquí y otros allá, en todos los Bancos del mundo.
-Hasta ahora -decía- he sido un galeote del dinero;
pero de hoy en adelante debe ser mi servidor. No quiero esperar, como mis
semejantes, a quedarme chocho para descubrir los medios de gozar.
Comenzó en aquel tiempo, para Gog, una vida nueva;
investigaciones febriles, carreras a través de los continentes, sorpresas,
locuras, fugas. No tenía mujer ni hijos, pero no le faltaban animadores,
parásitos, ayudantes, consejeros, cómplices.
Es preciso tener en cuenta la peligrosa mezcla que
había en él; un semisalvaje inquieto que tenía bajo su dominio las riquezas de
un emperador. Un descendiente de caníbales que se había apoderado, permaneciendo
bruto, del más espantoso instrumento de creación y de destrucción del mundo
moderno.
Ignorantisimo, quiso ser iniciado en las más refinadas
drogas de una cultura de putrefacción. Ya casi sedentario, quiso conocer todas
las patrias -él, que no tenía patria verdadera-. Animalesco por el origen y la
vocación, quiso proporcionarse todas las formas del epicureísmo cerebral de
nuestros tiempos.
Me hace el efecto de que en esa dilapidación maniática
adquirió un olfato perverso para las más radicales ideologías, pero reforzó al
mismo tiempo su barbarie ingénita. Su cerebro era, en algunos momentos, capaz de
rebasar los más exasperantes modernismos, pero su alma se había vuelto más árida
y cruel que la de sus antepasados maternos.
Toda la inteligencia instintiva que le había ayudado
para el saqueo legal de los millones, la empleaba ahora para el acaparamiento
febril de las rarezas y de las voluptuosidades de toda especie, para satisfacer
los más inverosímiles deseos, los caprichos más infames y fantásticos.
A los siete años de llevar esta vida gastó las tres
cuartas partes de su capital y de su salud. Desde 1928 fue de sanatorio en
sanatorio, siempre ansioso e impaciente, presa de frenesí de cambio y de
novedad. Los médicos intentaban retener un huésped tan explotable, pero no lo
conseguían. Ningún alienista pudo definir su enfermedad; quién hablaba de
síndrome psicasténico, quién de una alteración de la personalidad, quién de
locura moral; los más opinaban que tenía más de una tara, y de tal modo
confundidas entre sí que no permitían más que simulacros de curación, a ciegas.
Cuando había permanecido en uno de esos asilos tres o cuatro meses, quería ser
transportado a otro -a aquél, el verdadero- y se ponía tan furioso que tenían
que contentarle a la fuerza.
Cuando le conocí se hallaba allí desde hacía poco. Y
todas las veces que fui a visitar a mi poeta le veía también a él. Comenzó a
hablarme. De este modo pude saber, un poco por él y un poco por los médicos, su
historia. Su conversación era singularísima; pasaba de un discurso paradójico,
pero al mismo tiempo inteligente, a manifestaciones de una vulgaridad peor que
plebeya, bestial. Parecía que estuviesen unidos en él Asmodeo, con su agudeza
cínica, y Calibán, con su ciega torpeza de bruto.
Pero conmigo hablaba gustoso. He tenido siempre la
virtud de aplacar a los agitados y de amansar a los locos. Un día, después de
haber hablado más que de costumbre, se marchó a su habitación -vivía en una
villa, toda para él, en el parque del manicomio- y volvió para entregarme un
envoltorio de seda verde.
-Lea -me dijo-, son hojas que he salvado del último
naufragio. Aquí dentro hay algo del viejo Gog. Ahora ha llegado para mí el día
en que nace más de un sol, y cedo con la máxima despreocupación los harapos de
la noche.
Encontré, dentro del envoltorio, un grueso paquete de
hojas sueltas, escritas en tinta verde, con una caligrafía inexperta y pesada de
muchacho. Las leí todas, a veces con una sonrisa, a veces con disgusto, a veces
con horror, pero siempre, lo confieso, con avidez.
Eran apuntes sueltos, páginas de antiguos diarios,
fragmentos de recuerdos, mezclados todos sin orden, sin fechas precisas,
redactados en un inglés vulgar, pero bastante descifrable.
No pude volver a la mansión de los locos hasta muchos
días después. Busqué a Gog para devolverle su manuscrito. Me dijeron que se
había marchado después de un acceso terrible, y que no había dejado ningún
recado para mí. Escribí a la casa de curación donde se había refugiado y no
recibí contestación. Han pasado casi dos años y no sé si Gog sigue con vida o ha
muerto.
Supuse, y a mi juicio atinadamente, que tuvo la
intención de regalarme esas hojas, y tal fue también el parecer de los amigos a
quienes consulté. Por eso me he decidido a traducirlas -excepto cinco o seis
demasiado repugnantes- y a publicarlas.
II
No se trata, como el lector verá, ni de un libro de
memorias, ni, mucho menos, de una obra de arte. Se trata, me parece, de un
documento singular y sintomático; espantoso, tal vez, pero de un cierto valor
para el estudio del hombre de nuestro siglo. Y como documento -y no con otra
intención- publico esta serie de notas, con la esperanza de que, una vez
reflexionado, se reconozca la utilidad de mi «abuso de confianza».
Huelga, creo, añadir que yo no puedo de ninguna manera
aprobar los sentimientos y los pensamientos de Gog y de sus interlocutores. Todo
mi ser- que ahora se ha renovado con mi retorno a la Verdad- no puede menos que
aborrecer todo lo que Gog cree, dice o hace. Quien conozca mis libros, sobre
todo los últimos, se dará cuenta de que no puede haber nada de común entre Gog y
yo. Pero en ese cínico, sádico, maniático, hiperbólico semisalvaje, he visto una
especie de símbolo de la falsa y bestial -para mí- civilización cosmopolita, y
lo presento a los lectores de hoy con la misma intención con que los espartanos
mostraban a sus hijos un ilota completamente borracho.
Muchísimos, en nuestro tiempo, se parecen en realidad a
Gog. Pero Gog es, a mi juicio, un ejemplo particularmente instructivo y
revelador, por dos razones. Primera, porque su riqueza le ha permitido realizar
impunemente muchas extravagancias, idiotas o criminales, que sus semejantes
deben contentarse con imaginar en sueños. Segunda, porque su sinceridad de
primitivo le lleva a confesar sin rubor sus caprichos más repulsivos, es decir,
aquello que los otros esconden y no se atreven a decir ni de sí mismos.
Gog es, por decirlo con una sola palabra, un monstruo,
y refleja por eso, exagerándolas, ciertas tendencias modernas. Pero esta misma
exageración ayuda al fin que me propongo al publicar los fragmentos de su
Diario, puesto que se perciben mejor, en esta ampliación grotesca, las
enfermedades secretas (espirituales) de que sufre la presente civilización. Y no
habría publicado estas hojas si no hubiese creído hacer una cosa útil para
aquellos que las lean.
Advierto finalmente que he traducido con fidelidad la
prosa desaliñada y premiosa de Gog, sin añadir tilde, ni enmendar o embellecer.
No es culpa mía, pues, si este libro no es un modelo de estilo.
El orden en que han sido dispuestos los capítulos es
aproximado y conjetural, casi seguramente inexacto. Pero no he podido hacerlo de
otra manera. Gog consignaba, generalmente, el lugar, el día y el mes, pero no el
año, y me he tenido que contentar con una cronología puramente hipotética.
Y ésta es una pequeña libertad, en comparación con esa
otra bastante mayor que me he permitido: la de hacer servir el mal de Gog para
el bien común.
G. P.
LAS OBRAS MAESTRAS DE LA LITERATURA
Cuba, 7 noviembre
Tenía necesidad, para ciertos propósitos míos, de
conocer lo que los profesores de los colléges llaman las «obras maestras de la
literatura». Di a un laureado bibliotecario, que me aseguraron que era un
conocedor perfecto de ellas, la orden de prepararme una lista, lo más
restringida posible, de obras, y de procurármelas en las mejores condiciones.
Apenas me hallé en posesión de estos tesoros, no permití la entrada a nadie, y
ya no me levanté de la cama.
Las primeras se me antojaron malas y me pareció
increíble que tales humbugs fuesen verdaderamente los productos de primera
calidad del espíritu humano. Aquello que no comprendía me parecía inútil; lo que
comprendía no me gustaba o me ofendía. Género absurdo, aburrido; tal vez
insignificante o nauseabundo. Relatos que si eran verdaderos me parecían
inverosímiles, y si inventados, insulsos. Escribí a un profesor célebre de la
Universidad de W. para preguntarle si aquella lista estaba bien hecha. Me
contestó que sí y me dio algunas indicaciones. Tuve valor para leer aquellos
libros, todos, menos tres o cuatro que no pude soportar desde las primeras
páginas.
Huestes de hombres, llamados héroes, que se
despanzurraban durante diez años seguidos bajo las murallas de una pequeña
ciudad, por culpa de una vieja seducida; el viaje de un vivo en el embudo de los
muertos como pretexto para hablar mal de los muertos y de los vivos; un loco
hético y un loco gordo que van por el mundo en busca de palizas; un guerrero que
pierde la razón por una mujer y se divierte en desbarbar las encinas de las
selvas; un villano cuyo padre ha sido asesinado y que, para vengarle, hace morir
a una muchacha que le ama y a otros variados personajes; un diablo cojo que
levanta los tejados de todas las casas para exhibir sus vergüenzas; las
aventuras de un hombre de mediana estatura que hace el gigante entre los pigmeos
y el enano entre los gigantes, siempre de un modo inoportuno y ridículo; la
odisea de un idiota que a través de una serie de bufas desventuras sostiene que
este mundo es el mejor de los mundos posibles; las peripecias de un profesor
demoníaco servido por un demonio profesional; la aburrida historia de una
adúltera provinciana que se fastidia y, al fin, se envenena; las salidas
locuaces e incomprensibles de un profeta acompañado de un águila y de una
serpiente; un joven pobre y febril que asesina a una vieja, y luego, imbécil, no
sabe siquiera aprovecharse de la coartada y acaba cayendo en manos de la
Policía.
Me pareció comprender, con mi cabeza virgen, que esa
literatura tan alabada se hallaba apenas en la edad de la piedra, lo que me dejó
desesperadamente desilusionado. Escribí a un especialista en poesía, el cual
intentó confundirme diciéndome que aquellas obras valían por el estilo, la
forma, el lenguaje, las imágenes y los pensamientos y que un espíritu educado
podía experimentar con ellas grandísimas satisfacciones. Le contestó que, por mi
parte, obligado a leer casi todos aquellos libros en traducciones, la forma
importaba poco, y que el contenido me parecía, como es, anticuado, insensato,
estúpido y extravagante. Gasté cien dólares en esta consulta, sin ningún fruto.
Por fortuna conocí más tarde a algunos escritores
jóvenes que confirmaron mi juicio sobre aquellas viejas obras y me hicieron leer
sus libros, donde encontré, entre muchas cosas turbias, un alimento más adecuado
a mis gustos. Me ha quedado, sin embargo, la duda de que la literatura sea tal
vez incapaz de perfeccionamientos decisivos. Es muy probable que nadie, dentro
de un siglo, se dedique a una industria tan atrasada y poco remuneradora.
MÚSICOS
New Parthenon, 26 abril
Cuando se supo que yo era protector de las artes vino a
ofrecérseme un músico macedonio.
Tenía una cara triangular coronada por un gran mechón
de cabellos rubios. De altísima estatura, su capa de color ortiga apenas le
llegaba a las rodillas.
-¿Qué sabe usted hacer?
-He inventado una nueva música, sin instrumentos. La
vieja música no sabe más que hacer gemir tripas, hacer pasar el aliento por
tubos de metal o percutir sobre burros muertos. Yo me he libertado de los
productores artificiales de sonidos. He escrito una sinfonía con sonidos
naturales que produce sensaciones absolutamente insospechadas y será el
principio de una revolución en este arte ahora decrépito.
-¿Qué título tiene su sinfonía?
-La Carrera de los Cometas.
-¿Cuándo podré oírla?
-Dentro de dos días.
Al tercer día me avisaron que todo estaba dispuesto. La
sala de música había sido cerrada, en el fondo, con un telón de seda amarillo de
plata. No podían verse, de este modo, ni instrumentos, ni músicos.
Un silbido largo, gemebundo, como el que produce el
viento del Norte por las rendijas, anunció el principio del concierto. Luego,
tras el telón, se elevó un zumbido profundo y alterno, semejante al de las
colmenas. Un borbotón de agua, chorro de una fuente invisible, le acompañó con
sus rebotes sordos, y se oyó al mismo tiempo una melopea estridente como
producida por furiosas limas. Pero todo fue dominado, de pronto, por un coro
solemne de rugidos de leones evocadores del hambre inmensa de los desiertos, de
la desesperación, de la ferocidad, del terror de los imposibles. La seda del
telón se estremecía; algunos de mis compañeros se pusieron pálidos.
De repente el silencio. Había terminado el primer
tiempo.
El segundo comenzó con un batir precipitado de
numerosos martillos sobre yunques, inmediatamente seguido de un zurrido de
veletas presas de delirio, reforzado con golpes asmáticos de un motor. Un
estrépito de vidrios en alboroto, como si alguien revolviese un ejército de
cristalería con un compás de danza, dio principio al allegro. Pero todo se vio
cubierto por un lamento gutural de voces femeninas, interrumpido a intervalos
regulares por los insultos de una risa galvánica. Un tañido seco y pataleante,
como de caballos en fuga, puso fin al segundo tiempo.
El tercero se abrió con un repiqueteo presuroso, como
si, al otro lado del telón, innumerables manos batiesen sobre sendas máquinas de
escribir; luego gradualmente se fue apaciguando corno un chaparrón que cesa, y
se elevaron rugidos inhumanos, como de lobos gigantes enloquecidos por el
hombre. Apenas hubieron terminado, un rumor como de ventiladores llenó la sala,
envuelto en un alegre estallido de sarmientos inflamados y en un susurro
crepitante que evocaba el de un pueblo de gusanos de seda entre las hojas de las
moreras. Una algarabía sorda, como de una caldera de agua hirviente, hacía de
bordón. Luego un silbar de mirlos, un arrullar de palomas, un estridor de
mochuelos y una insistencia de maderas golpeadas en crescendo. Y entonces los
martillos volvieron a golpear, los leones a rugir, las limas a chirriar, los
motores a restallar. Lentamente se fueron uniendo silbidos de locomotoras,
lamentos de sirenas, descargas de fusilería, chillidos de claxon, estrépito de
hierros revueltos, un paroxismo de tal intensidad que ya no pudo distinguirse
ningún sonido aislado, pues todo se confundió en un ruido feroz y compacto que
se dilataba contra las paredes como si quisiese derribarlas.
El silencio repentino pareció un refrigerio
contranatural, una resurrección de la nada. La sinfonía había terminado.
Nadie aplaudió. Después de algunos minutos salió de
detrás del telón, cauto y sudoroso, el penacho de maíz del macedonio. Sus ojos
color de pizarra parecían suplicar la limosna de una felicitación. No tuve
piedad; aquel clown balcánico carecía en absoluto de orgullo.
Al día siguiente me propuso la audición de una segunda
sinfonía: El Delirio de los Gallos Titanes. Rehusé.
Se marchó triste, con un cheque de mil dólares en el
bolsillo, firmado por mí.
Sin embargo, una semana después, compareció otro
músico. Llegó a la puerta este del New Parthenon con un bagaje enorme de cajas.
Le hice pasar. Era un boliviano con el rostro cincelado a cuchillo, dominado por
una nariz en forma de puñal.
-He inventado -me dijo- la música del silencio. ¿Quiere
usted ser el primero en oírla? -¿La música del silencio?
-Toda música tiende al silencio y toda su potencia está
en las pausas entre uno y otro sonido. Los viejos compositores tienen todavía
necesidad de estos recursos armónicos para sacar al silencio su secreto. He
encontrado la manera de prescindir de la armazón superflua de las notas
transformadas en sonidos y le ofrezco el silencio en su estado genuino de
pureza.
Al día siguiente entré en la sala de música. En el
fondo, unos veinte ejecutantes se hallaban alineados en forma de media luna en
torno del podio. Tenían en las manos los acostumbrados instrumentos de todas las
orquestas: violines, violoncelos, flautas, trombones. No faltaba tampoco el
timbal. Todos estaban inmóviles, rígidos, fijos, tiesos, dentro de sus vestidos
negros. Miré con más atención. Sobre las pecheras blanquísimas todas las cabezas
eran iguales; cabezas enigmáticas de maniquíes de cera, de cadáveres
artificiales. Los mismos ojos de cristal, las mismas bocas de carmín, la misma
nariz rosada y ligeramente brillante.
El boliviano apareció en el podio y dio la señal de
comenzar golpeando el atril con una larga varita blanca. Nadie se movió; no se
oyó sonido alguno. Solamente el director se movía, mirando hacia arriba como si
oyese una melodía que le era revelada a él solo. Luego se volvía a derecha e
izquierda, miraba a los intérpretes espectrales y a sus rostros de cera, y
marcaba con la batuta, ahora un pianissimo, ahora un presto, con leves sacudidas
de hombros que hacían pensar en un fantasma en la agonía. Los cuarenta ojos de
porcelana le miraban fijamente con expresión unánime de odio imponente.
Finalmente, el maestro, después de haber tendido por
última vez, con la cabeza baja, sus grandes orejas encarnadas, se volvió hacia
nosotros con una sonrisa de triunfo.
Me dirigí hacia él y arranqué de mi talonario un cheque
que no me preocupé de llenar. A la mañana siguiente se marchó con sus cajas, muy
alegre. Me dijeron que canturreaba entre dientes estos versos:
«Para marchar yo solo por la tierra no hay fuerzas en
mi alma...» 1
Desde aquel día no quise más conciertos en mi casa.
VISITA A FORD
Detroit (Mich.) 11 mayo
Había ya encontrado tres o cuatro veces al viejo Ford
(Henry) en los tiempos en que me ocupaba de negocios, pero esta vez he querido
hacerle una visita personal y «desinteresada».
Le he encontrado fresco de aspecto y de buen humor,
dispuesto por consiguiente a hablar y expansionarse.
-Usted sabe -me ha dicho- que no se trata de
desarrollar una industria, sino de realizar un vasto experimento intelectual y
político. Nadie ha comprendido bien los místicos principios de mi actividad. Sin
embargo, no pueden ser más sencillos: se reducen al Menos Cuatro y al Más Cuatro
y a sus relaciones. El Menos Cuatro son: disminución proporcional de los
operarios; disminución del tiempo para la fabricación de cada unidad vendible;
disminución de «tipos» de los objetos fabricados; y, finalmente, disminución
progresiva de los precios de venta.
»El Más Cuatro, relacionado íntimamente con el Menos
Cuatro, son: aumento de las máquinas de los aparatos, con objeto de reducir la
mano de obra; aumento indefinido de la producción diaria y anual; aumento de la
perfección mecánica de los productos; aumento de los jornales y de los sueldos.
»A un espíritu superficial y anticuado estos ocho
objetivos pueden aparecer como contradictorios entre sí, pero usted, hombre
práctico, podrá comprender su perfecta armonía. Aumentar la cantidad y el
rendimiento de las máquinas significa poder disminuir el número de operarios;
reducir el tiempo necesario para la fabricación de un objeto quiere decir
producir mucho más durante el día; disminuir el número de los "tipos", obligando
a los consumidores a renunciar a sus gustos individuales, tiene como
consecuencia un aumento de la producción y una reducción de los precios de
coste; y, finalmente, disminuyendo los precios y aumentando los salarios, se
aumenta el número de aquellos que tienen posibilidad de comprar y su capacidad
de adquirir, con lo que se puede aumentar la producción sin peligros. Si los
automóviles son caros y mis dependientes ganan poco, muy pocos podrán
comprarlos. Pague usted mucho y venda a bajo precio y todos se convertirán en
sus clientes. El secreto para enriquecerse es ganar como si se fuese pródigo y
vender como si se estuviese en vísperas de quiebra. Esta paradoja, que asusta a
los tímidos, es el secreto de mi fortuna.
»Volviendo a mis ocho principios, es fácil deducir que
el ideal máximo sería el siguiente: Fabricar sin ningún operario un número cada
vez mayor de objetos que no cuesten casi nada. Reconozco que serán precisas
todavía algunas decenas de años antes de que se consiga este ideal. Soy un
utopista, pero no un loco. Me voy, sin embargo, preparando para ese día. Estoy
construyendo en Detroit una nueva fábrica que llevará por nombre "La Solitaria".
Una verdadera alhaja, un sueño, un milagro: la fábrica donde no habrá nadie.
Cuando esté terminada y hayan sido montadas las máquinas del más reciente
modelo, y en parte absolutamente nuevas, que se están preparando, no habrá
necesidad de obreros. De cuando en cuando un ingeniero hará una breve visita a
"La Solitaria", pondrá en movimiento algunos engranajes y se marchará. Las
máquinas lo harán todo por sí solas y trabajarán no únicamente durante el día,
como hacen ahora los hombres, sino también toda la noche, y aun los domingos,
pues ninguna ley de Michigan prohibe el trabajo de los motores y de los tornos
en días de fiesta. Un tren eléctrico llevará automáticamente a los depósitos los
miles de automóviles y los miles de aeroplanos producidos por "La Solitaria".
Dentro de veinte años, todas mis fábricas serán iguales y podré lanzar al
mercado millones de aparatos al mes con sólo la ayuda de algunas docenas de
técnicos, de mozos de almacén y de contadores.
-La idea es genial -manifesté- y el sistema sería
excelente, si no hubiese una dificultad. ¿Quién comprará esos millones de
automóviles, de tractores y de aeroplanos? Si usted suprime la mano de obra
reduce también el número de compradores.
Una sonrisa iluminó el bello rostro de viejo juvenil de
Ford.
-Ya he pensado también en eso -respondió-. Produciré
tantas máquinas y a precios tan modestos, que a ningún otro industrial del mundo
le tendrá cuenta fabricar lo que yo fabrique. Mis fábricas surtirán por eso a
los cinco continentes. En muchas partes del mundo eI automóvil y el aeroplano no
son todavía de uso general. Con la potencia de la publicidad y del control
bancario obligaremos a todos los pueblos a usarlos. Mis mercados son
prácticamente ilimitados.
-Pero, perdone; si sus métodos anulan, en gran parte,
la industria de otros países, ¿de dónde sacarán éstos el dinero necesario para
comprar sus máquinas?
-No hay que tener miedo -repuso Ford-. Los clientes
extranjeros pagarán con los objetos producidos por sus padres y que nosotros no
podemos fabricar; cuadros, estatuas, joyas, tapices, libros y muebles antiguos,
reliquias históricas, manuscritos y autógrafos. Todo cosas «únicas» que no
podemos reproducir con nuestras máquinas. En Asia y Europa existen todavía
colecciones privadas y públicas llenas hasta rebosar de estos tesoros que no se
pueden imitar, acumulados durante sesenta siglos de civilización. Entre los
europeos y entre los asiáticos aumenta cada día la manía de poseer los aparatos
mecánicos más modernos y disminuye al mismo tiempo el amor hacia los restos de
la vieja cultura. Llegará pronto el momento en que se verán obligados a ceder
sus Rembrandt y Rafael, sus Velázquez y Holbein, las biblias de Maguncia y los
códices de Romero, y los joyeles de CeIlini y las estatuas de Fidias para
obtener de nosotros algunos millones de coches y de motores. Y de ese modo, el
almacén retrospectivo de la civilización universal deberán venir a buscarlo a
los Estados Unidos, con gran ventaja, por otra parte, para las industrias del
turismo.
»Además, mis precios, como consecuencia de la reducción
del coste, serán de tal modo bajos que hasta los pueblos más pobres podrán
comprar mis aeroplanos de deporte y mis automóviles de familia. Yo no busco,
como usted sabe, la riqueza. Solamente los pequeños industriales atrasados se
proponen como fin el ganar dinero. ¿Qué quiere usted que yo haga con los
millones? Si vienen no es culpa mía, sino el resultado involuntario de mi
sistema altruista y filantrópico. Personalmente vivo como un asceta: tres
dólares al día me bastan para alimentarme y vestirme. Soy el místico
desinteresado de la producción y la venta: las ganancias excesivas me fastidian
y no aprovechan más que al Fisco. Mi ambición es científica y humanitaria; es la
religión del movimiento sin reposo, de la producción sin límites, de la máquina
libertadora y dominadora. Cuando todos puedan poseer un aeroplano y trabajar una
hora al día, entonces yo figuraré entre los profetas del mundo y los hombres me
adorarán como un auténtico redentor. Y ahora, viejo Gog, ¿un drink? ¿Es cierto
que pertenece usted secretamente a los «húmedos», o le han calumniado?
No había bebido nunca un whisky tan perfecto y no había
hablado nunca con un hombre tan profundo. No olvidaré fácilmente esta visita en
Detroit.
EL MILAGRO A DOMICILIO
New Parthenon, 17 julio
Siempre he sentido un ardiente deseo de asistir a algún
milagro y, para no verme defraudado, me he dirigido a los especialistas del
ramo. He reunido, durante mis viajes, a cinco hombres que disfrutaban, en sus
países, de la fama de poseer un poder especial en el arte de los prodigios, y
los tengo aquí, a mi disposición.
Me cuesta considerables sumas -ninguno de ellos
consentía en expatriarse sino a cambio de una importante indemnización-; pero
soy, supongo, el único en el mundo que posee cinco Magos entre su personal de
servicio. Uno solo podía faltar o no hallarse siempre dispuesto, mientras que de
este modo estoy seguro de obtener el «milagro a domicilio» en el momento en que
lo pida.
El primero de estos taumaturgos es tibetano y se llama
Adjrup Gumbo. Dice ser “lama amarillo” y haber adquirido su poder mágico
viviendo largos años en una gompa, en las más desiertas montañas del Tíbet, como
discípulo del famoso Ralpa, de Ladak.
El segundo, Tiufa, es un negro wambagwe, del África
Oriental, y era considerado, entre las gentes de su tribu, como el dueño
absoluto de la tierra y del cielo.
En Bengala pude encontrar el célebre Baba Bharad, un
sannyasi convertido en uno de los más extraordinarios faquires de toda la India.
El cuarto es Fang-Wong, un chino taoísta, adepto y
luego maestro de la escuela tántrica, es decir, de la más reputada magia de
Oriente.
El último es un europeo, Wolareg, que pretende hallarse
en posesión de las más antiguas tradiciones iniciadoras y afirmar ser uno de los
jefes del ocultismo occidental. No ha querido decirme nunca dónde nació; habla
con toda perfección cuatro o cinco lenguas y escribe continuamente. Tiene casi
dos metros de estatura y una cara de viejo muchacho mongol. Lleva el cuello
siempre envuelto en una bufanda porque sufre de furúnculos y ántrax, y habla, no
obstante su estatura, con una voz un poco infantil, pero al mismo tiempo
solemne.
Creí haber escogido bien y poder al fin satisfacer el
deseo de asistir a algún milagro entero y verdadero. Esto hubiera sido, de
cuando en cuando, un remedio contra el horrible aburrimiento que me persigue en
estos tiempos. Cuentas equivocadas, esperanzas vanas. Al menos hasta ahora -y
hace más de un año que esos archimagos viven a mis espaldas- no he conseguido
ver nada que se pueda llamar un milagro.
Reconozco que no Ies ha faltado la buena voluntad.
Todas las veces que he dado la orden, a uno o a otro, para que me mostrasen un
prodigio, han hecho todo lo posible por contentarme. Les he dejado en libertad
para elegir el momento y el género de milagro; he concedido todas las prórrogas
posibles.
Las promesas eran para engolosinar. Tiufa se compromete
a hacer caer la lluvia en un día sereno y hacer huir el temporal; Fang-Wong
tenía la seguridad de hacer aparecer cierto número de demonios que obedecieran a
cualquier gesto mío; Adjrup Gumbo decía que estaba dispuesto a resucitar un
cadáver en presencia mía y hacerme hablar con un muerto designado por mí; Baba
Bharad, especializado en la levitación, me aseguraba que un día u otro
ascendería sin ninguna ayuda cielo arriba hasta desaparecer de la vista y luego
descendería a mi llamada; Wolareg, finalmente, se declaraba capaz de romper y
mover los objetos sin tocarlos, transformar la sustancia de las cosas, fabricar
oro, evocar espectros parlantes y hacerme dueño del mundo de los fenómenos y de
lo oculto.
Pero todas sus tentativas han sido inútiles. Ahora
faltaban, para el buen resultado del milagro, algunas esencias o piedras
necesarias, que había de hacer venir del fondo de Asia o de África y que era
preciso esperar algunos meses para que llegasen; otra vez eran contrarias las
fuerzas cósmicas o no eran favorables las conjunciones de los astros, lo que
hacía necesario aplazar la ceremonia; o bien el mago caía en una especie de
catalepsia para realizar la tarea y manifestaba, al despertar, que un ocultista
enemigo suyo se había enterado, desde lejos, de la operación que se estaba
preparando. Wolareg declaró que no cabía hacer nada si no podía disponer, como
oficina para los ritos, de una caverna subterránea, revestida de basalto,
orientada según sus instrucciones, y provista de trípodes, de hierbas mágicas,
de varias varitas esculpidas, hechas con huesos de iniciados difuntos, y de un
sanctasanctórum. Hice construir esa gruta en la parte más extensa del parque, de
acuerdo con los planos y deseos de Wolareg, pero, según decía, faltaba siempre
algo esencial y que no podía encontrarse, y ha sido ése el que me ha costado más
y el que me ha dado menos.
Los otros intentaron, algunas veces, ofrecerme algún
truco ingenioso como sustitutivo de los milagros en vano prometidos. Les dejaba
hacer, al principio, para divertirme y, luego, para desenmascararlos. No quería
despilfarrar de ese modo mis dólares. Me había provisto, para no parecer un
imbécil, de obras de prestidigitación y de ensayos críticos sobre los médiums y
faquires y los había leído. Conmigo no era posible el engaño.
Una vez murió uno de mis camareros, y Adjrup Gumbo
recibió el encargo de resucitarlo. Se encerró en la cámara del muerto por
algunas horas, la llenó de humo y luego me mandó llamar. A través de los vapores
y de los aromas, vi de pronto a mi pobre Ben que encogía las piernas y alzaba a
sacudidas la cabeza; pero hice abrir las ventanas y me di cuenta de que el
tibetano, sirviéndose de los hilos de la luz eléctrica, había recurrido, no a la
ciencia de los lamas, sino a la corriente puesta a su disposición por la ciencia
europea. Y el supuesto resucitado tuvo que ser enterrado al día siguiente en el
cementerio vecino.
Baba Bharad quiso repetir ante mí el conocido prodigio
de la simiente de mangostán que, sembrada y regada, después de una hora se
transforma en una planta con frutos. Pero no me fue difícil, con la ayuda de una
pala, demostrarle que conocía el misterio, es decir, que en el terreno había
sido colocada con anterioridad, sobre un redondel de corcho, la plantita de
mangostán, que el agua había levantado en el momento oportuno.
Fang-Wong hizo aparecer, en una estancia medio vacía,
una forma verdusca que, según él, era uno de los más temibles demonios
subterráneos, uno de aquellos espantosos «Fran-Lean». Mi lámpara de bolsillo me
permitió reconocer, bajo la capa verde, a un negro empleado en la cocina que se
había prestado a representar el papel de demonio ante la promesa de una botella
de gin.
En lo que se refiere a Tiufa, tuve que resignarme a
contemplar su cuerpo fuliginoso y untoso asaeteado por grandes alfileres, de
cuyas heridas brotaban algunas gotas de sangre; muy poca sangre por el dinero
que cuesta su manutención.
Es necesario ahora que piense en deshacerme de los
cinco taumaturgos impotentes. Wolareg, desde la altura de sus dos metros asegura
que falta el «aura», la «atmósfera magnética», que este país materialista no
permite las manifestaciones de la pura «energía espiritual)), y, en fin, que mi
escepticismo paraliza sus poderes y los de sus colegas.
Hecho notable: los cinco magos se han hecho muy amigos
y disfrutan, cada día, de un milagroso apetito.
NARRACIÓN DE LA ISLA
New Parthenon, 6 noviembre
El sábado por la tarde vi aparecer de pronto un hombre
al cual no había visto desde hacía más de veinte años. Con Pat Carnes conocí el
hambre y el espanto en Frisco, en los primeros tiempos de mi llegada. Pat, un
irlandés lleno de espíritu y de recursos, me salvó más de una vez de la
desesperación.
Desde que llegué a esta ciudad del Este no había sabido
nada más de él.
Cuando se presentó, sin decir su nombre, no le
reconocía. Ha cambiado de color y me parece que hasta de corpulencia. Era un
junco de piel blanca y se me ha convertido en una encina de color moreno. Ha
hecho, según dice, de viajero; en los primeros años por necesidad y luego por
curiosidad. No hay país que no haya visto, mar que no haya surcado, carretera
que no haya recorrido. Habla ocho lenguas y unos veinte dialectos; ha sido
reclutador de coolies, socio de piratas, negociante de serpientes, jefe
hechicero, falso monje budista, guía de los desiertos, todos los oficios, en
suma, de la gente que no tiene más vocación que la de cambiar de lugar. Si
escribiese sus recuerdos haría un libro mucho más rico que los de Melville y de
Jack London.
Me dijo, sin embargo, que el tiempo de las aventuras ya
ha pasado, que no hay ningún lugar de la tierra donde no se encuentren huellas
de viajeros y de civilización, que es casi imposible encontrar un pedazo de
selva o de estepa donde no haya penetrado un blanco. En todos sus viajes no pudo
descubrir más que una isla desconocida hasta entonces por los marineros y los
geógrafos. Una isla del Pacífico, un poco más grande que una de las islas
Sandwich, al sur de Nueva Zelanda. Se halla habitada por unos cuantos centenares
de melanesios papúes, que arribaron allí con sus barcas hace muchos siglos.
-La singularidad de esta isla -me contaba Pat Cairness-
no se halla en su aspecto, que es muy parecido al de las demás islas del
Pacífico, ni en sus habitantes, que han conservado las costumbres y tradiciones
de su raza. Está en esto: los jefes han reconocido hace mucho tiempo que la isla
no puede alimentar más que a un número fijo de habitantes. Este número es
precisamente de setecientos setenta. Gran parte del suelo, montuoso, es estéril,
y en el mar no hay mucha pesca. De fuera no puede llegar nada porque nadie,
después de ellos, ha desembarcado en la isla, y los sucesores de los primeros
inmigrantes han olvidado el arte de construir grandes embarcaciones. Por esta
razón la asamblea de jefes promulgó en tiempo inmemorial una extrañísima ley: la
de que a cada nuevo nacimiento debe seguir una muerte, de manera que el número
de los habitantes no rebase nunca el de setecientos setenta. Es una ley, según
creo, única en el mundo y que hace observar con toda severidad el Consejo de los
ancianos, compuesto de brujos y guerreros. Como en todos los países del mundo,
los nacimientos superan a las muertes naturales, por lo que todos los años diez
o veinte de esos infelices segregados del mundo deben ser muertos en la tribu.
El espanto del hambre ha hecho inventar a los oligarcas papúes un sistema
estadístico muy burdo, pero preciso. Una vez al año, en primavera, se reúne la
asamblea y se lee la lista de los nacidos y de los muertos. Si son, por ejemplo,
veinte los nacidos y ocho los muertos, es necesario que doce vivientes sean
sacrificados para la salvación de la comunidad. Durante un cierto tiempo, según
me dijeron, tocaba a los ancianos el morir; pero como el Consejo de los Jefes
está formado en su mayoría de ancianos, éstos se las arreglaron de manera,
recurriendo a no sé qué astucias, que se confiase a la suerte la cuestión de
diezmar la tribu. Cada habitante posee una tablilla donde se halla inscrito, por
medio de un dibujo o de un jeroglífico, su nombre. Llegado el día terrible, esas
tarjetas de los vivos son reunidas en el casco de una barca enterrada ante la
tienda del Consejo y revueltas cuidadosamente con un remo por el hechicero más
viejo. Luego se suelta un perro, adiestrado para este fin, el cual se mete en la
barca, agarra con los dientes una de las tablillas, la entrega al brujo y repite
la operación todas las veces que sea necesario. A los designados se les conceden
tres días para despedirse de la familia y para suprimirse de la manera que les
sea más agradable. Si después de tres días hay alguno que no ha tenido valor
para suicidarse, es capturado por cuatro hombres elegidos entre los más
robustos, encerrado en un saco de piel junto con algunas piedras, y arrojado al
mar.
»Contada de este modo, la cosa parece sencilla y en
cierto modo hasta lógica. Pero es preciso vivir allí, como hice yo durante algún
tiempo, para tener una idea de lo espantoso de esa ley, y de todas las
consecuencias trágicas que acarrea. Ante todo, la mujer que queda embarazada se
encierra en su tienda y no se atreve a presentarse ante nadie. Es una enemiga,
todos la odiarían. Cada muchacho que está a punto de nacer es una amenaza para
los que ya han nacido, un peligro público. Y, sin embargo, la madre y el padre
están tranquilos, aunque la suerte puede designar a uno de ellos -como ya ha
ocurrido alguna vez-a desaparecer para hacer sitio al hijito. De aquí se deriva
que las mujeres estériles son las más respetadas de todas y que los hombres no
se deciden al matrimonio más que en último extremo.
»Además se halla bastante difundido en la isla el
homicidio, porque los asesinos se proponen también procurar nivelar el número de
los nacidos y sustraerse, al menos por cierto tiempo, a las terribles sorpresas
de la muerte. En mis viajes no vi nunca nada tan lúgubre como esa asamblea en la
que se debe proceder a la designación de los sacrificios al espectro de la
carestía. Asistí a una de esas asambleas, y, aunque esté muy lejos de ser un
sentimental, me ha dejado una sensación penosa. Algunos días antes hay quien
intenta esconderse en las grutas de la isla con la esperanza de sustraerse al
peligro. Pero la isla es pequeña y la vigilancia es una cosa que interesa a
todos, pues las ausencias aumentan el peligro de los presentes. Algunos son
arrastrados por la fuerza hasta la reunión, y allí vi cómo se debatían
furiosamente para no entregar la tablilla con su nombre. Aquella vez los
excedentes eran nueve únicamente y pude comprobar que ninguno de ellos aceptaba
con resignación la sentencia de la suerte. Una mujer joven se agarraba
desesperadamente a las rodillas del jefe pidiendo piedad. Tenía, según parece,
un nene todavía muy pequeño y suplicaba sollozando que le permitiesen vivir un
año más para no dejarle solo. Un hombre, ya anciano, declaró que se hallaba
gravemente enfermo y que libertaría pronto a la tribu del peso de su existencia,
pero pedía gracia de que le dejasen morir de muerte natural. Un joven clamaba a
grandes voces que le dispensaran de la muerte inmediata, no por él, decía, sino
porque era el único sostén de su madre anciana y de tres hermanitas que no se
hallaban todavía en edad de trabajar. Dos padres lanzaban desesperados gritos
porque entre los señalados por la suerte se hallaba el más pequeño y más bello
de sus hijos. Una jovencita imploraba que esperasen al menos a que se hubiese
casado; debía desposarse dentro de pocos días y no quería morir sin haber
cumplido la promesa hecha solemnemente a su futuro esposo. Un viejecillo del
Consejo buscaba salvarse proclamando que sólo él conocía ciertos secretos
necesarios para la vida de la tribu y que si se le mataba moriría sin revelarlos
a nadie para vengarse.
»Durante tres días no se oyeron en toda la isla más que
gemidos y lamentos. Pero la ley es inexorable y no admite prórrogas ni
dispensas. Sólo en un caso uno de los designados puede ser salvado: cuando otro
acepta morir en su lugar. Pero según me dijeron, este caso no se presenta casi
nunca. Al tercer día, siete condenados se habían dado ya muerte por sí mismos,
en medio de los gritos de los parientes y de los amigos, y al cuarto día fueron
arrojados dos sacos al mar, en presencia de todo el pueblo taciturno. Pero
ocurrió entonces que los que habían escapado a la muerte comenzaron a
tranquilizarse, las caras eran más serenas: un año de vida segura estaba ante
ellos.
Pat Cairness me contó muchas otras historias, pero ésta
fue la que más me impresionó por su singularidad.
LA «FOM»
Chicago, 3 abril
Esta mañana, mientras me hallaba preparando
tranquilamente mi itinerario asiático, se me ha presentado un hombre de unos
cincuenta años, amable y casi obsequioso, quien me ha manifestado que debía
hablarme a solas de cosas muy importantes. Hice salir a mi secretario y me
dispuse a escucharle.
-¿Conoce usted la «DOM»? -me ha preguntado en voz baja
el visitante.
He tenido que admitir que no había oído hablar nunca de
ella.
Me lo imaginaba. Y es mejor que sea así. Se trata, como
le explicaré, de una Liga secreta. Mis jefes creen que la adhesión de usted
sería infinitamente de desear.
He creído que se trataba de una especie de Ku-Klux-Klan
y he manifestado que en manera alguna quería mezclarme en sociedades secretas.
Cuando le haya dicho lo que es la «Fom» estoy seguro de
que cambiará de manera de pensar. El nombre, como ya debe imaginarse, es una
sigla de iniciales. Nuestra Liga se llama: Friends of Mankind y sus fines son
completamente desinteresados. Los fundadores, cuyos nombres me es imposible
revelarle, han partido del siguiente principio: el aumento continuo de la
Humanidad es contrario al bienestar de la Humanidad misma. Por medio de la
industria, la agricultura y la política colonial, se intenta suplir el déficit,
pero está claro que dentro de algún tiempo habrá un balance demasiado desigual
entre el banquete y el número de los que al banquete asisten. Malthus tenía
razón, pero se equivocó al creer demasiado cercano el desastre. En realidad, la
Naturaleza, en forma de terremotos, erupciones, epidemias, carestía y guerras,
viene a diezmar de un modo periódico al género humano. También el tráfico
automovilístico, el comercio de estupefacientes y los progresos del suicidio
contribuyen, desde hace algún tiempo, a la reducción de los habitantes del
planeta. Pero todas estas, llamémoslas providencias, no consiguen compensar el
aumento de nacimientos, sin contar que son, para las víctimas, formas dolorosas
de supresión.
»¿Cómo remediarlo? Aunque no hayamos llegado al hambre,
está cercano el momento en que nuestras raciones se verán reducidas. Y entonces
es cuando interviene la "Fom". Ésta se propone acelerar racionalmente la
desaparición de los que sean menos dignos de vivir. La nuestra podría llamarse
-en su primera fase- la Liga para la eutanasia inadvertida. El inconveniente de
las calamidades naturales -como las epidemias y las guerras- es que provocan la
desaparición de los jóvenes, de los inocentes, de los fuertes. Pero si es
necesario hacer un expurgo sobre la tierra, es justo, ante todo, eliminar a los
inútiles, a los peligrosos o a aquellos que han vivido ya bastante. El terremoto
y la cólera son ciegos; nosotros tenemos ojos y muy buena vista. Nuestra Liga se
propone, pues, apresurar de un modo dulce y discreto, y en el secreto más
absoluto, la extinción de los débiles, de los enfermos incurables, de los
viejos, dé los inmorales y de los delincuentes; de todos esos seres que no
merecen vivir, o que viven para sufrir, o que imponen gastos considerables a la
sociedad.
»Los medios de que nos servimos son los más
perfeccionados: venenos que no dejan rastro, inyecciones a altas dosis,
inhalaciones de gases anestésicos y tóxicos. A nuestra Liga pertenecen muchos
médicos, enfermeros y criados, los que se hallan en las condiciones más
favorables para esos actos humanitarios, y los resultados son excelentes. Pero
forman también parte de ella numerosos particulares que se prestan, con toda la
cautela necesaria, a suprimir a un amigo, a un pariente y también a simples
desconocidos. La moral pública, ofuscada por las viejas supersticiones, no ha
llegado todavía a reconocer, o al menos a tolerar, nuestras operaciones
benéficas, y por eso nos vemos obligados a obrar con el más profundo secreto.
Ninguno de los nuestros, hasta ahora, ha sido descubierto, y, a despecho de los
obstáculos, las estadísticas de mortalidad, desde que se constituyó la "Fom",
demuestran que nuestro trabajo filantrópico no ha sido inútil.
»Aneja a la sección, llamémosla "tanatófila", de la "Fom",
existe otra igualmente preciosa y que podríamos llamar moralizadora. Hay, por
ejemplo, culpas que nuestros códigos no castigan o que la Policía no sabe
descubrir. Nuestra Liga atiende también a esa necesaria represión. Una junta
formada de profesores de moral y de juristas se ocupa en establecer una lista de
culpables en ésta y otras ciudades. Para las ejecuciones hemos tenido que
recurrir a delincuentes profesionales o voluntarios que se encargan, siempre con
el más absoluto secreto, de castigar a los inculpados. Ésos roban a los
ladrones, a los avaros, a los estafadores; secuestran y apalean a los
perseguidores sistemáticos de los niños y de los dependientes; someten a
humillantes penas a los especuladores deshonestos, a los encubridores y a otras
personas dañosas e inmorales. Somos, en este caso, homeópatas: delito contra
delito. Para castigar el mal debemos resignarnos a infligir el mal, pero la
nobleza del fin nos absuelve.
»Como ve, la "Fom" tiene dos cometidos necesarios y
honrosos: impedir la ruina del standard of life, amenazado por el exceso de
población, y combatir a los viciosos y criminales que la ley no castiga.
Eliminación de lo superfluo y purificación de la sociedad. Nosotros contribuimos
por eso, y con una doble obra, a la mejora material y ética del género humano y
podemos llamarnos, con tranquila conciencia, Friends of Mankind.
Dejé hablar al locuaz apóstol de la «Fom» hasta el
final; deseaba saberlo todo, y confieso que algunos de sus razonamientos no me
disgustaron. Quien está libre -como yo lo estoy- de toda preocupación moral o
religiosa, no puede oponerse seriamente a una tal dialéctica. Si no tenemos más
que una vida y la vida consiste en tener una buena ración en el convite
universal, el programa de los Friends of Mankind es lógico y científico. Sin
embargo, mi repugnancia a asociarme con otros y a ligarme con el vínculo
secreto, hizo que no me inscribiese. Di, sin embargo, buenas esperanzas al
emisario de la «Fom», ante el temor de ser objeto de represalias. Dentro de
cuatro días salgo para San Francisco y China; ya tendré tiempo de pensarlo a la
vuelta.
LA CIUDAD ABANDONADA
Tien-Tsin, 13 diciembre
La ciudad más maravillosa que he visto en toda el Asia
es sin duda alguna aquella que descubrí, una noche de octubre, al oriente de
Khamil, en pleno desierto.
La caravana de camellos reunida con gran trabajo en
Turfan, era demasiado lenta para un hombre habituado, en América y Europa, a la
rapidez de los trenes de lujo. Además, los conductores mongoles de camellos se
me habían hecho odiosos en las tres etapas, durante las cuales había tenido que
dominarme para no fustigar a los más desaprensivos. Al llegar a Khamil, con la
excusa de hacer nuevas provisiones, parecía que ya no se querían mover de allí.
Desesperado al verme detenido en aquella puerca ciudad donde no tenía nada que
hacer ni que ver, pregunté al jefe de los sirvientes, Ghitaj, si era posible
marchar adelante a caballo, para esperar a la caravana en pleno desierto.
A la mañana siguiente dejamos la repugnante Khamil
montados en dos caballos peludos y pequeños, pero rapidísimos, y corrimos hacia
el Este.
El aire era frío, pero sereno. La pista se alargaba
casi recta entre la hierba corta y dura de la inmensa estepa. Cabalgamos muchas
horas en silencio, sin encontrar alma viviente. Al recuesto de una duna arenosa
hicimos alto para comer el carnero asado que llevábamos. Ghitaj consiguió hacer
un poco de fuego con las malezas y me ofreció la bebida famosa de los mongoles:
el té con manteca fundida. Los caballos pacían bajo el sol blanco. Reanudamos la
carrera hasta el crepúsculo. Ghitaj decía que junto al camino debíamos encontrar
un campamento de pastores de caballos. Pero no se descubría ninguna humareda en
parte alguna del horizonte. En el crepúsculo, todavía límpido, se distinguía aún
la pista. Una luna casi llena se elevó, a Levante, sobre la línea de la llanura.
Los caballos ya daban señales de cansancio. No podía
hacerse nada más que seguir. Volver a Khamil significaba deshacer todo el camino
que habíamos hecho, es decir, cabalgar durante toda la noche. Ghitaj continuaba
espiando en la polvareda blancuzca de la inmensidad una señal del campamento,
que según él, debía hallarse cercano. La luna se había elevado y los caballos
relinchaban; se levantó el viento gélido de la noche, no contenido por los
montes ni por las plantas. De cuando en cuando, Ghitaj se detenía para escuchar
y para beber algún sorbo de vodka. Ninguna tienda, ningún rumor, ninguna voz.
Miré el reloj: eran las diez. Hacía dieciséis horas que cabalgábamos. Los
caballos marchaban al paso y temíamos que, de un momento a otro, se tendiesen en
el suelo, agotados.
De pronto se levantó ante nosotros, a una media milla,
una larga sombra alta, maciza, rectilínea.
Ghitaj no supo decirme de qué se trataba. En algunos
puntos la sombra se elevaba recta, como una torre. Conforme nos acercábamos, más
seguro me parecía que se trataba de las murallas de una ciudad. Ghitaj, más
taciturno que de costumbre, no respondía a mis preguntas.
No me equivocaba. En la blancura velada de la luna
otoñal, se alzaba ante nosotros la cinta inmensa de una alta muralla, con sus
redondas atalayas. ¡Una ciudad!
Me sentí feliz. Aquellas murallas significaban un
cobijo, un albergue, una cama, la salvación. Pero Ghitaj permanecía siempre
callado y no me pareció muy satisfecho de hallarse allí. Le pregunté el nombre
de la ciudad, pero no quiso decírmelo.
-Es mejor no entrar -me dijo de pronto.
No comprendí. Había llegado ante una puerta altísima,
de vieja madera, constelada de grandes clavos de hierro. Se hallaba cerrada.
Golpeé con la culata del fusil. Nadie contestó.
Ghitaj se había apeado del caballo y permanecía de pie,
meditabundo.
Viendo que nadie abría, pensé en dar la vuelta a la
muralla para encontrar otra puerta. A una media milla, entre dos torres, se
abría una vasta bóveda vacía, especie de boca de un agujero. Entré allí dentro,
pero después de haber dado unos veinte pasos el caballo se paró. En el fondo del
arco aparecía una puerta cerrada. Mis golpes quedaron sin contestación. No se
oía ningún rumor más allá de los batientes gigantescos.
Salí de nuevo para continuar la vuelta al recinto. Las
murallas se alzaban siempre altas, vetustas, desiguales, hoscas, como una
escollera que no tuviese fin. A poca distancia de la puerta grande se abría una
poterna poco aparente, pero visible, porque sobre ella aparecían esculturas de
mármol ennegrecido: me parecieron, a la luz contusa de la luna, dos serpientes
antropocétaias que se besasen. Estaba cerrada como la otra, pero haciendo fuerza
parecía que cediese. Ordené a Ghitaj que me ayudase. A fuerza de golpes de
hombro los dos batientes de madera podrida se desencajaron y resquebrajaron.
Pero Ghitaj no quiso entrar conmigo. No le había visto
nunca tan abatido. Se tendió en el suelo, con la cabeza apoyada en la muralla, y
sacó una especie de rosario.
-Ghitaj espera aquí -dijo-. Ghitaj no entra. Usted no
debería entrar.
No le escuchaba. Mi caballo estaba cansado, pero
parecía que la proximidad de aquellas construcciones le había dado nuevo vigor.
Entré en un laberinto de calles estrechas, desiertas, silenciosas. Ninguna luz
en las puertas, en las ventanas: ninguna voz, ningún signo de vida. Todas las
salidas estaban cerradas. Las casas eran bajas y, a lo que me pareció, pobres y
de deplorable aspecto.
Llegué a una plaza vasta, inundada por la luz de la
luna. Alrededor me pareció percibir una corona de figuras, demasiado grandes
para ser hombres. Al acercarme vi que eran estatuas de piedra, de animales.
Reconocí el león, el camello, el caballo, un dragón.
Las casas eran más altas y más majestuosas, pero
cerradas y mudas como las otras que había visto antes. Probé de llamar a las
puertas, de gritar. Ninguna puerta se abría, nadie respondía. Ni el rumor de un
paso humano, ni el ladrido de un perro, ni el relinchar de un caballo, rompían
aquella taciturna alucinación... Recorrí otras calles, desemboqué en otras
plazas: la ciudad era, o me lo pareció, grandísima. En un torreón que se alzaba
en medio de un inmenso claustro me pareció columbrar un resplandor de luces. Me
detuve para contemplar. Un batir de alas me hizo comprender que se trataba de
una bandada de aves nocturnas. Ningún otro ser viviente parecía habitar la
ciudad. En una calle vi algo que blanqueaba en un pórtico. Me apeé del caballo y
a la luz de mi lámpara eléctrica reconocí los esqueletos de tres perros, todavía
unidos al muro por tres cadenas oxidadas.
No se oía en la ciudad desierta más que el eco de las
cansadas pisadas de mi caballo. Todas las calles estaban embaldosadas, pero,
según me pareció, crecía muy poca hierba entre piedra y piedra. La ciudad
parecía abandonada desde hacía pocas semanas, o, todo lo más, desde pocos meses.
Las construcciones se hallaban intactas; las ventanas de postigos barnizados de
rojo, cuidadosamente cerradas; las puertas, apuntaladas y atrancadas. No se
podía pensar en un incendio, en un terremoto, en una matanza. Todo aparecía
intacto, pulido, ordenado, como si todos los habitantes se hubiesen marchado
juntos, por una decisión unánime, con calma, a la misma hora. Deserción en masa,
no destrucción ni fuga. Encontré de pronto en el suelo un jubón de mujer y un
saquito con algunas monedas de cobre. Si me detenía de pronto para escuchar, no
oía más que el roer de las carcomas o el escarbar de los topos.
Cabalgaba por las rayas geométricas que formaba la luna
entre las sombras desiguales de las construcciones. Llegué a un palacio, enorme,
de ladrillo, que tenía el aspecto de una fortaleza y había sido, tal vez, un
alcázar o una prisión. En el portal mayor, dos colosos de bronce, dos guerreros
cubiertos de armaduras mohosas, dominaban como centinelas de los siglos muertos,
mirándose fieramente desde el fondo de sus cuencas vacías.
Y entonces comencé a sentir el horror de aquella ciudad
espectral, abandonada por los hombres, desierta en medio del desierto. Bajo la
luna, en aquel dédalo de callejones y de plazas habitadas únicamente por el
viento, me sentí espantosamente solo, infinitamente extranjero, irrevocablemente
lejano de mi gente, casi fuera del tiempo y de la vida. Me sentía sacudido por
un escalofrío, tal vez de cansancio y de hambre, tal vez de espanto. El caballo
caminaba ahora muy lentamente, con el belfo hacia el suelo, y de cuando en
cuando se detenía y temblaba.
Conseguí, por fortuna, encontrar la poterna por donde
había entrado. Ghitaj, envuelto en la pelliza, dormitaba. A la madrugada
divisamos una humareda lejana: era el campamento que creíamos poder encontrar la
pasada noche. Mi caravana llegó dos días después.
Nadie, en toda la Mongolia, ha querido decirme el
nombre de la ciudad deshabitada. Pero con frecuencia, en Tokio, en San
Francisco, en Berlín, vuelvo a verla como un sueño terrorífico, del cual, tal
vez no se desearía despertar. Y me siento punzado por la nostalgia, por un gran
deseo de volverla a ver.
VISITA A GANDHI
Ahmedabad, 3 marzo
No quería abandonar la India sin haber visto al más
célebre hindú viviente, y fui, hace dos días, al Satyagraha, Ashram, domicilio
de Gandhi.
El Mahatma me ha recibido en una estancia casi desnuda,
en donde él, sentado en el suelo, se hallaba meditando junto a un argadillo
inmóvil. Me ha parecido más feo y más descarnado de lo que aparece en las
fotografías.
-Usted quiere saber -me ha dicho entre otras cosas- por
qué deseamos expulsar a los ingleses de la India. La razón es sencilla: son los
mismos ingleses los que han hecho nacer en mí esta idea castizamente europea. Mi
pensamiento se formó durante mi larga estancia en Londres. Me di cuenta de que
ningún pueblo europeo soportaría el ser administrado y mandado por hombres de
otro pueblo. Entre los ingleses, sobre todo, este sentido de la dignidad y de la
autonomía nacional está desarrolladísimo. No quiero ingleses en mi casa
precisamente porque me parezco demasiado a los ingleses. Los antiguos hindúes se
preocupaban muy poco de las cuestiones de la tierra y mucho menos de la
política. Sumergidos en la contemplación del Atman, del Brahman, del Absoluto,
deseaban solamente fundirse en el Alma única del universo. Para ellos, la vida
ordinaria, exterior, era un tejido de ilusiones, y lo importante era libertarse
de ella lo más pronto posible, primeramente con el éxtasis y luego con la
muerte. La cultura inglesa, de sentido occidental -importada por efecto de la
conquista-, ha cambiado nuestro concepto de la vida. Digo nuestro para decir el
de los intelectuales, pues la masa ha permanecido durante siglos refractaria al
mensaje europeo de la libertad política. El primero en sentirse impregnado de
las ideas occidentales he sido yo, y me he convertido en el guía de los hindúes
precisamente porque soy el menos hindú de todos mis hermanos.
»Si lee usted mis libros y sigue mi propaganda, verá
claramente que las cuatro quintas partes de mi cultura y de mi educación
espiritual y política son de origen europeo. Tolstoi y Ruskin son mis verdaderos
maestros. El cristianismo ha inspirado, más que el Budismo, mi teoría de la no
resistencia. He traducido a Platón, admiro a Mazzini, he meditado sobre Bacon,
sobre Carlyle, sobre Boehme, me he servido de Emerson y de Charpentier. Mis
ideas sobre la necesidad de la desobediencia, proceden de Thoreau, el sabio
solitario de Concord; y mi campaña contra las máquinas es una repetición de
aquella que los luditas, es decir, los secuaces de Ned Lud, realizaron en
Inglaterra de 1811 a 1818. Finalmente, la poesía del argadillo se me reveló
leyendo, en el Fausto de Goethe, el episodio de Margarita. Como ve, mis teorías
no deben nada a la India, vienen todas de Europa y especialmente de los
escritores de lengua inglesa. Figúrese que únicamente en Londres, en 1890
estudié la Bhagayad Gita, por indicación de Mrs. Besant, ¡una inglesa! Y al
propugnar hoy la unión entre hindúes, mahometanos, parsis y cristianos no hago
más que seguir el principio de la unidad religiosa proclamada por la Teosofía,
creación castizamente europea. Huelga añadir que mi condenación de las castas
deriva de los principios de igualdad de la Revolución francesa.
»La historia de Europa en el siglo XIX tuvo sobre mí
una influencia decisiva. Las luchas de los griegos, de los italianos, de los
polacos, de los húngaros, de los eslavos del Sur para sustraerse al dominio
extranjero me han abierto los ojos. Mazzini ha sido mi profeta. La teoría del
Home Rule de Irlanda es el modelo del movimiento que yo he llamado aquí Hind
Swarai. He introducido en la India, por lo tanto, un principio absolutamente
extraño a la mente hindú. Los hindúes, hombres metafísicos y cuerdos, han
considerado siempre la política como una actividad inferior: si es necesario un
poder y si hay gente que lo quiera ejercitar -pensaban- dejémosles hacer; será
una molestia menos para nosotros. El hindú vive en el reino del espíritu puro,
aspira a la eternidad. ¿Qué importa que le gobiernen rajás indígenas o
emperadores extranjeros? Por esto soportamos durante siglos el dominio mongol y
el mahometano. Luego vinieron los franceses, los holandeses, los portugueses,
los ingleses; establecieron factorías en la costa, avanzaron hacia el interior,
y les dejamos hacer. Son los europeos, y únicamente los europeos, los
responsables de nuestro deseo presente de arrojar a los europeos. Sus ideas nos
han cambiado, es decir, "desindianizado", y entonces, convertidos en discípulos
de nuestros amos, ha nacido el deseo de no querer ya más amos. El que está más
saturado de pensamiento inglés soy yo, y por esto estaba destinado a ser el jefe
de la cruzada antiinglesa. No se trata aquí, como presumen los periodistas
europeos, de una lucha entre el Occidente y el Oriente. Al contrario: el
europeísmo ha impregnado de tal modo la India que nos hemos visto obligados a
levantarnos contra Europa. Si la India hubiera permanecido puramente hindú, es
decir, fiel a Oriente, toda contemplativa y fatalista, nadie de los nuestros
habría pensado en sacudir el yugo inglés. En el momento en que fui traidor al
espíritu antiguo de mi patria aparecí como el libertador de la India. Las ideas
europeas a través de mi proselitismo -preparado de un modo excelente por la
cultura inglesa difundida en nuestras escuelas- ha penetrado en las multitudes,
y ya no hay remedio. Un hindú auténtico puede tolerar ser esclavo; un hindú
anglicanizado quiere ser dueño de la India, como de Inglaterra los ingleses. Los
más anglófilos -como lo era yo hasta fines de 1920- son necesariamente
antibritánicos.
ȃste es el verdadero secreto de lo que se llama
"movimiento gandhista", pero que debería llamarse propiamente "movimiento de los
hindúes convertidos al europeísmo contra los europeos renegados", es decir,
contra esos ingleses que morirían de vergüenza si fuesen a mandar a su país los
franceses o los alemanes, y que luego pretenden gobernar, con la excusa de la
filantropía, un país que no les pertenece. ¡Nos habéis cambiado el alma y ya no
queremos saber nada de vosotros! ¿Recuerda el Aprendiz de Mago, de Goethe? Los
ingleses han despertado en nosotros el dominio de la política que dormía en el
fondo de nuestro espíritu de ascetas desinteresados, y ahora ya no saben cómo
poderlo hacer desaparecer. ¡Peor para ellos!
Hacía ya algunos minutos que había entrado un discípulo
en la habitación y silenciosamente había hecho una seña al Mahatma. Apenas hubo
terminado de hablar, me puse en pie para dejarle en libertad y, después de
haberle dado las gracias por sus inesperadas informaciones, regresé en automóvil
a Ahmedabad.
SIAO-SIN
Singapur, 12 agosto
La tarjeta de visita decía:
SIAO-SIN
Medium of First Class
Batavia
Los espiritistas, con sus trucos, sistemas y misterios,
me son odiosos. Contesté que estaba enfermo, que no podía recibirle. Al día
siguiente recibí esta carta:
«Estimado señor Gog:
»Se ha equivocado usted. Si me hubiese permitido hablar
solamente un minuto con usted, sus prevenciones habrían desaparecido. Porque
pudiendo también leer el pensamiento a distancia, me he enterado de las razones
de su negativa. Es una razón que respeto y hasta comparto. Yo no quiero nada con
los muertos. Únicamente los médiums vulgares se consagran a la evocación de los
desencarnados. Y, con perdón de Richet y de Oliver Lodge, con muy pocas
garantías de autenticidad. ¿Continúan viviendo los espíritus de los muertos?
¿Pueden volver a la tierra? ¿Hay un método seguro para entrar en relación con
ellos? Todo esto no me interesa.
»Pero los vivos, señor Gog, existen. Su realidad no
puede ser puesta en duda. Y viven sobre la tierra. Y nosotros podemos entrar en
relación con ellos aunque se hallen muy distantes. Mis postulados no son, por
tanto, misteriosos, sino sólidos. Mi arte -o mejor dicho, mi don- consiste en
"evocar a los vivos". Fantasmas, si usted quiere, pero fantasmas de seres que en
otra parte de la tierra existen verdaderamente. Mi poder de médium se halla al
servicio de los que están separados, de los amigos, de los amantes, de los
curiosos.
»¿No ha vivido usted nunca lejos de una persona amada?
¡Cuántas veces durante el día habrá deseado verla, hablarle, aunque no fuese más
que por un instante! Existen ciertamente las cartas, pero éstas no son las
mismas personas; apenas un pequeño fragmento de su pensamiento. Y las
fotografías, los retratos, no sustituirán jamás la efectiva, la dulce presencia.
Tal vez se le aparezca en sueños, pero ¡cuán vaga la visión, qué triste el
despertar!
»Mi poder de médium es un bálsamo portentoso para el
dolor de la separación. Me comprometo a hacer aparecer en su habitación, en el
término de una hora, a la persona que usted me designe, aunque en aquel momento
se halle en los antípodas. Sin ritual ni ceremonial de magia. No soy, téngalo en
cuenta, ningún nigromante, es decir, un evocador de los muertos. Dejo los
difuntos a Mr. Conan Doyle y a sus ingenuos secuaces. Trabajo con los vivos,
para provecho de los vivos. Me bastan una habitación un poco oscura, un brasero,
un sillón: nada más. En seguida que se me han dicho el nombre, la filiación y la
residencia del hombre o de la mujer que se desea ver, me abstraigo y me
concentro. A cien, diez mil millas de nosotros, aquel hombre o aquella mujer se
sienten dominados por una ligera somnolencia y se adormecen. Si la evocación
puede ser hecha en el momento en que la persona duerme su sueño natural, es
mucho mejor aún, los efectos son más rápidos.
»Después de una espera que no rebasa los cuarenta
minutos, usted ve en su habitación una especie de nube que puede ser de un
amarillo intenso o de un color amaranto. Y, poco a poco, de aquella mancha
nebulosa se destaca la figura de aquel o de aquella a quien deseaba ver, con su
misma fisonomía, solamente un poco más fluida que si fuese de carne y hueso. No
se extrañe si tiene el aspecto un poco trasnochado. Pregúntele sin perder
tiempo; no la toque. Sería atroz para usted y para aquella o aquel a quien ama.
La visión no puede durar más que pocos minutos, la verá resorberse en la mancha
aérea y desaparecer. Estoy buscando la manera de obtener una permanencia más
larga y no desespero de encontrarla.
»Considere que su elección es ilimitada. No hay
necesidad de que se trate de una persona conocida de usted. Si le interesase un
día, hallándose en América, hablar con Lloyd George, con Stravinski o con el rey
Alfonso, no habría la menor dificultad. El fantasma correspondiente aparecería
en las condiciones dichas y usted podría hacer a este personaje ilustre las
preguntas que le pluguiese. No hay necesidad, con mi sistema, de largos viajes
ni de peticiones de audiencia para obtener una conversación con las celebridades
del mundo entero. Por lo que sé de usted, me pareció que este juego tenía que
gustarle.
»Estoy seguro de que no pondrá en duda la exactitud de
todo lo que acabo de manifestarle. Conoce seguramente el clásico libro de Meyers,
Gurney y Podmore sobre Phantasms of Living. Se trata de una infinidad de casos
de telepatía vulgar, esto es, de apariciones a distancia de vivientes a
vivientes. Lo que no es posible espontáneamente, sin la intervención de la
voluntad, creo que puede obtenerse metódicamente con un esfuerzo determinado. Lo
probé, y tuve éxito.
»Yo soy, como ya le indica mi nombre, chino, pero he
estudiado muchos años en Europa: en Ginebra, Leipzig y Londres. Pero no he hecho
más que desarrollar, según los principios occidentales, algunas preciosas
indicaciones encontradas en los libros de la escuela taoísta. El resto, es
decir, mi éxito, ha sido debido a mis cualidades naturales y a un riguroso
ejercicio.
»Si mi obra puede serle útil, dígnese telefonear al "World's
Hotel", habitación número 354. Permaneceré aquí todavía dos días.
»Créame sinceramente su servidor,
»Siao-Sin..
No he contestado a la carta. No he telefoneado. Este
Siao-Sin parece una persona razonable y seria, y tal vez no promete en vano.
Pero lo he pensado y repensado. En ninguna parte del mundo existe, en este
momento, un ser, macho o hembra, al que desee ver o volver a ver. Siao-Sin ha
servido para evocar mi perfecta soledad.
LAS MÁSCARAS
Nagasaki, 3 febrero
Ayer compré tres máscaras japonesas antiguas,
auténticas, maravillosas. En seguida las colgué en la pared de mi cuarto y no me
sacio de mirarlas. El hombre es más artista que la Naturaleza. Nuestro rostros
verdaderos parecen muertos y sin carácter ante estas creaciones obtenidas con un
poco de madera y de laca.
Y al mirarlas pensaba: ¿Para qué el hombre cubre las
partes de su cuerpo, incluso las manos (guantes), y deja desnuda la más
importante, la cara? Si ocultamos todos los miembros por pudor o vergüenza, ¿por
qué no esconder la cara, que es indudablemente la parte menos bella y perfecta?
Los antiguos y los primitivos, en muchas cosas más
inteligentes que nosotros, adoptaron y adoptan las máscaras para los actos
graves ; bellos de la vida.
Los primitivos romanos, como hoy los salvajes, se
ponían la máscara para atacar al enemigo en la guerra. Los hechiceros y los
sacerdotes tenían máscaras de ceremonia para los encantamientos y los ritos. Los
actores griegos y latinos no recitaban jamás sin máscara. En el Japón se danzaba
siempre con la máscara (las que he comprado son precisamente máscaras para el
baile Genjó-raku y pertenecen a la época de Heian). En la Edad Media los
miembros de las hermandades llevaban la cara cubierta con una capucha provista
de dos agujeros para los ojos. Y recuerdo el Profeta Velado del Korazan, el
Consejo de los Diez de Venecia, la Máscara de Hierro... Guerra, arte, religión,
justicia: nada grande se hacía sin la máscara.
Hoy es la decadencia. No la adoptan más que los bufones
del carnaval, los bandidos y los automovilistas. El carnaval está casi muerto, y
los salteadores de caminos van siendo cada vez más raros.
La máscara, según mi opinión, debería ser una parte
facultativa del vestido, como los guantes. ¿Por qué aceptar un rostro que, al
mismo tiempo que es una humillación para nosotros, es una ofensa para los demás?
Cada uno podría escoger para sí la fisonomía que más le gustase, aquella que
estuviese más de acuerdo con su estado de ánimo. Cada uno de nosotros podría
hacerse fabricar varias y ponerse ésta o aquélla según el humor del día y la
naturaleza de las ocupaciones. Todos deberían tener en su guardarropa, junto con
los sombreros, la máscara triste para las visitas de pésame y los funerales, la
máscara patética y amorosa para los flirteos y los casamientos, la máscara
riente para ir a la comedia o a las cenas con los amigos, y así por el estilo.
Me parece que las ventajas de la adopción universal de
la máscara serían muchas.
Higiénica. Protección de la piel de la cara.
Estética. La máscara fabricada por encargo nuestro
seria siempre mucho más bella que la cara natural y nos evitaría la vista de
tantas fisonomías idiotas y deformes.
Moral. La necesidad de disimular -es decir, de componer
nuestro rostro con arreglo a sentimientos que casi nunca experimentamos- se
vería muy reducida, limitada únicamente a la palabra. Se podría visitar a un
amigo desgraciado sin necesidad de fingir con la fisonomía del rostro un dolor
que no sentimos.
Educativa. El uso prolongado de una misma máscara -como
demuestra Max Beerbohm en su Happy Hypocrite- acaba por modelar el rostro de
carne y transforma incluso el carácter de quien la lleva. El colérico que lleve
durante muchos años una máscara de mansedumbre y de paz, acaba por perder los
distintivos fisonómicos de la ira y poco a poco también la predisposición a
enfurecerse. Este punto debería ser profundizado: aplicaciones a la pedagogía,
al cultivo artificial del genio, etc. Un hombre que llevase durante diez años
sobre la cara la máscara de Rafael y viviese entre sus obras maestras, por
ejemplo, en Roma, se convertiría con facilidad en un gran pintor. ¿Por qué no
fundar, basándose en estos principios, un Instituto para la fabricación de
talentos?
PROFUNDIDAD CHINA
Pekín, 28 marzo
He leído en un libro chino algunos pensamientos tan
bellos, justos y profundos, que quiero transcribirlos aquí para tenerlos más a
mano.
LA HISTORIA AL REVÉS
El Cairo, 10 enero
El profesor Killaloe -con el cual he tenido una larga
conversación en el hotel después del lunch-es un irlandés de unos sesenta años,
pero lleno de vida. Alto como un patagón, discutidor como un diablo, docto como
la Encyclopaedia Britannica, delgado como un cenobita. No sé lo que enseña, ni
dónde, pero habla de todo con seguridad y sin farfullar aquellos lugares comunes
que son el pasto ordinario de los profesores.
-Me hallo aquí -me dijo entre otras cosas-para terminar
mi Historia Universal: el capítulo sobre Egipto será uno de los últimos.
-¿Le parece tan importante el reinado de Fuad para que
merezca un capítulo?
-¿Fuad? Persona muy simpática, pero que no pertenece
todavía a la historia universal. El último rey de Egipto que aparece en mi
historia es Menes, o Mini, que tal vez no ha existido nunca.
-¿El último? He encontrado en mi Baedeker que Menes es,
al contrario, el primero de los Faraones.
-Precisamente. Y el señor Baedeker está de acuerdo en
esto con el señor Wallis Burge, con el señor Edward Meyes, con el senor
Rtincters Petrie, con el señor Breasted y con todos los historiadores del
antiguo Egipto. Su error, como el de todos los historiadores del mundo, procede
de la encallecida imbecilidad, ahora milenaria, que hace comenzar toda historia
por un hipotético principio para llegar hasta un fin próximo a nosotros. Todos
los historiadores son extrañas criaturas que tienen los ojos en el cogote o en
la espalda. Su superstición constante, convertida ahora en una costumbre, es la
de proceder desde el tiempo pasado hacia el presente. Y es la razón por la que
todos ellos, desde Herodoto a Wells, no han comprendido nunca nada de la
historia de los hombres.
»Tome, por analogía, un libro inglés y un libro hebreo.
El libro inglés se comienza a leer por la página número uno y se sigue así hasta
el fin: el libro hebreo comienza con la que para nosotros sería la última página
y así seguido se llega hasta la primera. Transportado este paralelo al método
histórico tendrían razón los hebreos. El justo sistema para escribir la historia
de un modo racional e inteligente es el de comenzar por los acontecimientos más
recientes para terminar por los más remotos.
-¿Y la cronología?
-La cronología es una de las llaves de la historia y es
respetada. Pero no destruyo la cronología si en vez de comenzar por el uno para
llegar al mil, me apoyo en el mil para remontarme hasta el uno. Usted es
víctima, como todos los profanos y todos los especialistas, de una costumbre
mental absurda y que, sin embargo, ha dominado hasta hoy en las ciencias
históricas.
»Mi método, que consiste en retroceder desde el
presente hacia el pasado, es el más lógico, el más natural, el más
satisfactorio. El único que hace posible una interpretación de los hechos
humanos. Observe que un acontecimiento no adquiere su luz y su importancia más
que después de decenios o tal vez después de siglos. Si encuentro en 637 la
entrada de los musulmanes en Jerusalén, esto no me parece más que un pequeño
detalle de la expansión militar del Islam. Pero si parte de 1095, cuando se
comenzó a predicar la primera cruzada, se abre ante mí el alcance incalculable
del acontecimiento. Que los cristianos de Occidente sientan en un determinado
momento como ofensa intolerable que el sepulcro de Cristo se halle en manos de
los infieles y que de este sentimiento nazca el choque entre el Occidente y el
Oriente y el principio de una nueva civilización, he aquí la clave de la
importancia decisiva de la entrada de Ornar en Jerusalén. Son necesarios casi
cinco siglos para que ese acto arroje sus enormes consecuencias. Si se trata de
la historia de la Edad Media al revés, cuando llego al 637 estoy ya en posesión
del verdadero significado de aquel hecho, porque ya me he encontrado antes con
la entrada de los cruzados en Jerusalén en 1099. Y así con todos los demás
hechos. Para comprender el imperialismo romano es necesario primero haber
examinado las invasiones de los bárbaros, y sólo después de haber estudiado a
Lutero se pueden entender las grandes órdenes monásticas del siglo XIII, como el
conocimiento de Buda es necesario para la justa inteligencia de la India
brahmánica. Las empresas orientales de Juliano el Apóstata y de Pompeyo deben
necesariamente ser expuestas, si se desea, cuando lleguemos a Alejandro Magno,
medir el alcance de su marcha a través de Persia.
»Sin haber narrado la aventura de Napoleón no se
comprende nada de la Revolución francesa, y sin la Revolución no es posible
tener una idea profunda de Luis XIV y de Luis XI. La última guerra europea es
una premisa indispensable para reconstruir la formación de las monarquías
nacionales en el cuatrocientos y en el quinientos. El «después» es lo que
explica el «antes», y no viceversa. Por eso los historiadores antiguos y
modernos no son nada más que cronistas con ojos y genio de topos. únicamente
procediendo al revés, la historia se convertiría en una verdadera ciencia. Ha
llegado el momento, en este terreno, de adoptar la regla áurea que ha hecho la
fortuna de las ciencias: de lo conocido a lo menos conocido y hacia lo ignorado.
Y lo más conocido para nosotros, ¿no es tal vez el tiempo en que vivimos? Ergo,
el primer capítulo de toda historia debe estar siempre constituido por las
últimas noticias, y el último de toda historia universal bien hecha no puede ser
más que el relato de la Creación.
-¿Y cómo se las arregla para aplicar esta marcha
inversa a las biografías?
Magníficamente. Ya se ha dicho que no se puede juzgar a
un hombre hasta su último día, y juzgar quiere decir, para un hombre de ciencia,
comprender. Para comprender a un gran hombre es preciso referirse,
necesariamente, al día de su muerte. La vida de César comienza efectivamente en
el día en que fue asesinado. ¿Por qué asesinado? De aquí podemos dirigirnos
directamente a sus ambiciones, a sus campañas, a su dictadura. El paso del
Rubicón nos abre el camino para comprender su anterior rivalidad con Pompeyo y
ésta explica sus simpatías democráticas, que, a su vez, nos dan la llave de sus
relaciones con Catilina. Si el párrafo final de la vida de César se refiere a su
nacimiento, esto no es nada extraño: que César, según el método de los viejos
historiadores, entre en el sepulcro, o penetre, con mi método, en el vientre de
la madre, el resultado es el mismo: desde este momento, nacimiento o muerte,
«César ya no existe».
-De modo que su historia...
-Mi historia se abre en 1919, con la paz de Versalles,
y termina con la narración del primer día de la Creación, cuando, como se lee en
el Génesis, «la tierra era soledad y caos, y las tinieblas cubrían el abismo».
Como ve, principio y fin se juntan, diré que casi se funden e identifican. Caos
y tinieblas al principio, caos y tinieblas al final. El gran anillo de la
historia se cierra.
Después de decir esto, el profesor Killaloe levantó de
la rocking chair su larga persona y con una sonrisa hamletiana me invitó a
acompañarle en su visita diaria a la Esfinge.
THORMON EL SOTERIÓLOGO
Luxor, 6 enero
No bastaba con el intérprete de las Pirámides y con el
resucitador de las momias: hoy me ha comparecido otro visionario. Se llama
Thormon y alardea de ser descendiente de un sacerdote de Ammon-Ra. A mí me ha
parecido un aventurero levantino en busca de dinero. Es alto, fuerte, con una
cara redonda, color canela, ornada de cicatrices rosadas.
Me ha declarado que su profesión es la soteriologia
esto es: la ciencia de las liberaciones.
-Todos los pueblos antiguos han creído en la
metempsícosis y hoy una gran parte de la India continúa creyendo en ella. Y los
primitivos, más cercanos que nosotros a la verdad revelada, no hacen distinción
entre hombres y animales: un hombre, según ellos, puede transformarse en un
animal y un animal en hombre. Si África conoce los hombres-tigre, Europa conoce
los hombres-lobo. Por otra parte los psicólogos, los zoólogos, los ganaderos y
los domadores han reconocido en la mayoría de los animales rastros de
inteligencia humana. El famoso experimento de los caballos de Elberfeld y las
investigaciones de Koehler sobre los monos, han puesto para siempre en claro que
la psicología animal no es muy diferente de la humana: confirmación decisiva de
la teoría que ve en los brutos reencarnaciones de almas humanas.
»Si la metempsícosis es cierta, debemos admitir que en
la mayor parte de los animales se halla prisionero el espíritu de un hombre. Y
se impone a nuestra conciencia moral la pregunta: ¿cómo libertar a tantos
espíritus encarcelados? ¿De qué manera se puede devolver a estos hombres
reaparecidos en forma de bestia, su antigua forma?
»Ante esta obra de redención palidecen los demás
ideales humanos. Aquí están nuestros semejantes que sufren la esclavitud del
hambre y del trabajo, pero son al menos hombres. Pueden hablar, amar, y sobre
todo poseen las manos, estos milagrosos instrumentos que ninguna máquina
conseguirá igualar. ¡Piense qué torturas sufriría si su alma, después de la
muerte, se viese encerrada en la envoltura peluda de un oso o dentro de las
escamas de una serpiente! ¡Pensar y desear como una criatura humana y tener que
vivir como un bruto, sin ni siquiera el consuelo del lenguaje, de la risa, de la
piedad de los demás!
»Hace veinte años que me vengo dedicando a la
investigación del secreto para la retrocesión del animal en hombre. Los antiguos
no nos han dejado solamente el recuerdo de la metamorfosis de un hombre en
bestia, sino también de bestias en hombres. Desgraciadamente, no insistieron
sobre los métodos usados para obtener esta transformación. únicamente Homero y
Apuleyo proporcionan algunos datos, pero nada más que datos. Circe, en la
Odisea, unge a los compañeros de Ulises con un bálsamo, a fin de que se
conviertan de cerdos en griegos; y el asno de Apuleyo se convierte en hombre
después de haber comido un ramo de rosas.
Pero, sin embargo, la tradición no nos ha transmitido
la receta del filtro de Circe, y por muchas mixturas que he ensayado con los
cerdos, éstos han continuado siendo cerdos. Muchas veces he obligado a los asnos
a comer rosas, pero sin resultado: o en aquellos asnos no había escondido ningún
hombre o aquella especie de rosas hoy se ha extinguido.
»Un hombre de ciencia inglés, el señor Wells, aconseja
la educación directa, como la practicaba el doctor Moreau. He ensayado también
este procedimiento, pero con los mismos resultados: parece que al cabo de algún
tiempo, los brutos recuperaban su conciencia de hombres, pero después de una
breve remisión recaen en la pura animalidad. El camino no es ése: hace falta un
reactivo externo, de efecto inmediato.
»Pero la causa principal por la que no he llegado
todavía a conseguir nada es mi pobreza. He obtenido ya, en teoría, dos fórmulas
que considero infalibles, pero para llevarlas a la práctica son precisos largos
meses de trabajo y, sobre todo, sustancias minerales y vegetales difíciles de
encontrar, y por esta causa, carísimas.
»Usted es un hombre de corazón y no puede mostrarse
insensible a la diaria desesperación de tantos millones de hermanos nuestros
recluidos bajo la cáscara animal en todas partes de la tierra. Usted es rico y
puede ayudarme. Un día se escribirá en la historia que, gracias a Gog, se fundó
la Soteriología y que innumerables criaturas le debieron la liberación y el
recuperar su dignidad.
Como comprendí que tenía que habérmelas con un
charlatán, me guardé las observaciones que podía oponer fácilmente a aquella
insulsa fantasía.
Pero no pude librarme del libertador con menos de tres
libras esterlinas.
EL CANIBAL ARREPENTIDO
Dakar, 28 enero
El viejo Nsumbu, que he tomado conmigo para que me haga
compañía, es demasiado melancólico. No creía que un negro pudiese dejarse
dominar por los remordimientos hasta ese punto. A fuerza de arrepentimiento se
hace insoportable.
Nsumbu tiene setenta y cinco años y creció cuando en su
tribu florecía, todavía sin escrúpulos ni restricciones, la difamada práctica de
la antropofagia. Durante cuarenta años seguidos Nsumbu comió de todo, pero lo
más frecuentemente que podía, carne humana, blanca o negra, como fuese.
Mas las aldeas de su tribu fueron comprendidas en una
de las nuevas colonias europeas a fines del pasado siglo y el canibalismo ha
sido ferozmente reprimido: fueron muertos todos los sospechosos de haber matado.
Han resultado igualmente cadáveres, pero no ha sido posible comérselos.
Nsumbu vegetó modestamente durante esta época de
reacción. Los extranjeros le habían arrancado brutalmente el mejor alimento de
su mesa. Nsumbu se puso triste, pero, por miedo, no quiso recurrir al
contrabando para procurarse, a espaldas de la ley, el alimento preferido. Debe a
esta cautela el estar todavía vivo y ser casi célebre, como uno de los veteranos
de la antropofagia en esta parte de África. Los forasteros que se hallan de paso
le hacen hablar y le obsequian con un poco de dinero.
Pensé tomarlo conmigo para tener, en los momentos de
aburrimiento, una conversación menos insípida que de ordinario. La gente que
habla siempre de cuadros, de bailes, de beneficencia y de problemas industriales
me es detestable. Un hombre que ha devorado, en cuarenta años de canibalismo
legal, por lo menos trescientos de sus semejantes, debería tener indudablemente
una conversación infinitamente más «apetitosa» que un clergyman, un boss o un
asceta.
Pero he sufrido una desilusión.
A mí, que detesto a los hombres en general, el sencillo
aspecto de un antropófago me hace el efecto de un tónico. Mirando a Nsumbu
pensaba, con sarcástica satisfacción, que aquel vientre arrugado de viejo había
sido el sepulcro de una multitud de hombres iguales en número al de los héroes
de las Termópilas. Si cada uno de nosotros, en el curso de su vida, consumiese
un número igual de sus semejantes, las teorías de Malthus serían económicas y
prácticamente confutables. Trescientos hombres representan siempre más de
doscientos quintales de carne sabrosa y sana.
Nsumbu no tenía nada que decir contra la calidad del
hombre considerado como alimento.
-No todos los hombres -me decía- son igualmente
digeribles, pero el sabor es casi siempre agradable y delicado. Podemos
jactamos, entre otras superioridades de la especie humana, de que nuestra carne
es mejor que la de cualquier otro animal. Y es, además, en suma, más nutritiva.
Después de haber comido una buena ración de enemigo asado podía resistir el
ayuno, aun trabajando, durante un par de días. Hay quien prefiere las mujeres;
otros, los niños. Por mi cuenta he apreciada siempre a los hombres hechos y me
han sentado muy bien. Comiendo un animal, como usted sabe, se adquieren también
sus cualidades. Para ser valiente se comen corazones de león; para ser astuto,
sesos de lobo. Cebándome con hombres maduros me enriquecí en fuerza y sabiduría
y he podido vivir hasta esta edad.
»Pero la carne humana, al fin, acaba por aburrir. Su
bondad nos disgusta de toda otra carne, pero luego, a su vez, se nos hace poco
sabrosa. ¡Siempre aquel sabor dulzón, aquellas manos que tal vez nos han
acariciado, aquel corazón que habíamos sentido latir!
»Y después hay el peligro del alma. A fuerza de comer
tantos hombres, alguna acaba por permanecer dentro de nosotros. Y entonces se
venga. A mí me parece que me han quedado cuatro o cinco que me atormentan, ahora
una, ahora otra, y algunas veces todas juntas. La más potente es, creo yo, el
alma de un blanco misericordioso que durante muchos años me ha torturado con la
tentación de la piedad. Y, ahora que soy viejo, probablemente esta alma ha
adquirido la supremacía. No puedo recordar sin náuseas los fastuosos banquetes
de victoria de mi juventud, cuando la tribu había hecho una buena caza y había
en la aldea presas vivientes para hartarme durante una semana. Me vienen
algunas' veces a la memoria, con mordiscos de reprobación, algunos rostros
desesperados de víctimas que esperaban la muerte, atadas en la tienda del
sacrificio, ante nuestras bocas aulladoras y hambrientas. Los misioneros tienen
razón: comerse a nuestros semejantes, provistos de alma como nosotros, es un
pecado. La carne humana es el más apetitoso de los manjares y precisamente por
esto es más meritorio el ayunar de ella. A vosotros, los blancos, que os
abstenéis, el Amo del Cielo os ha dado en recompensa el dominio de toda la
tierra.
Temo que Nsumbu haya caldo en la imbecilidad a causa de
sus años. Con gran estupefacción de mi cocinero no come ahora más que legumbres
y fruta. La civilización le ha corrompido, le ha hecho volver humanitario y
vegetariano. Creo que me veré obligado a licenciarle en el primer puerto en que
hagamos escala.
NOVISIMAS CIUDADES
Capetown, 8 noviembre
¿Quién ha podido decir a Mr. Sulkas Perkunas que yo
pensaba seriamente en crear una nueva ciudad? No puedo recordar que haya
confiado eso a nadie ¿Y cómo se las habrá arreglado este fantástico lituano para
descubrirme en esta África del Sur donde esperaba, al fin, permanecer incógnito?
Mr. Sulkas Perkunas no ha querido satisfacer mi
curiosidad. Es un hombre de unos treinta años, pero hosco y ceñudo como un
director de cárcel que tenga setenta. En su rostro quemado y tostado como el de
un plantador, se abren dos ojos de azul claro. casi blancos, atentos y severos
como los de Los muchachos pobres. Largo, seco, mal vestido, coronado con un
fieltro gris amplísimo, se acercó a mí atrevidamente, en el momento en que
entraba en el hotel, y me pidió hora para una entrevista, que, según dijo, no
admitía dilación. Le hice entrar conmigo en una sala de espera. Me di cuenta
entonces de que tenía los cabellos rubios y que llevaba bajo el brazo un gran
rollo de papeles.
-No perderé el tiempo en excusas superfluas-comenzó
diciendo-. Soy Sulkas Perkunas y hago proyectos de ciudades. Comencé mis
estudios en Alemania como arquitecto, pero pronto me cansé de un arte que se
limita míseramente a edificios aislados, sujetos a la servidumbre estética de
los ya existentes. Me di cuenta de que las viejas ciudades, creadas lentamente
por culturas y épocas heterogéneas, eran ridículamente politonas y, por mucho
que se haga, irremediables. Ha llegado, según mi opinión, la era de la creación
total y de la ciudad diferenciada. Un arquitecto ya no puede concebir un templo
o un palacio aisladamente para insertarlo en un complejo anticuado, sino una
masa compacta de construcciones, inspirada en un concepto unitario y
revolucionario. ¿Imagina usted un poeta moderno que quiera introducir un verso
suyo en medio de un canto de la Ilíada, o una escena de su invención a la mitad
de un acto de Shakespeare? Y, sin embargo, lo que se pide a los arquitectos
modernos, y que éstos bellacamente realizan, es un absurdo de ese género.
»Yo no tengo la pretensión de presentarle proyectos
para una «villa», un teatro, una Banca, o un kursaal. Esto es tela para
arquitectos adocenados, sin conciencia ni estilo. Le ofrezco, en cambio,
proyectos de ciudades enteras, distintas de todas las que existen. Sólo usted,
según supongo, es el que puede comprender la novedad de mi arte y decidirse a
elegir una, para construirla de verdad.
»Todos estos amontonamientos de casas esparcidas por el
mundo y que se llaman ciudades, son, a excepción de ciertas pátinas, de una
uniformidad en el desorden que produce rabia. Ninguna de ellas fue ideada en
síntesis por un genio, como una obra de arte, y realizada con fidelidad
espiritual para encarnar en la piedra una idea. Son, en su mayor parte,
conglomerados monstruosos debidos al acaso y al capricho de las generaciones, y
todas ellas obedecen a las necesidades usuales de la odiosa vida en común. En
todas partes caserones con puertas y ventanas, alineados de cualquier manera
-montones de argamasa habitados, que pueden gustar a los aguafuertistas, a los
decadentes o a los especuladores, pero que dan repugnancia a los que tienen un
sentido más delicado de la dignidad del hombre.
-Perdone -interrumpí-; ya me he enterado bastante de la
teoría. Usted ha hablado, según me parece, de proyectos...
-Eso es -contestó impávido Sulkas Perkunas-, pero es
necesario, sin embargo, que le informe en pocas palabras de algunas de las
concepciones que pueden tentarle más. Puedo ofrecerle, por ejemplo, una ciudad
sin casas, compuesta solamente de campanarios y torres, una selva de tallos
orgullosos de piedra y cemento. O bien, si le gustase más una ciudad constituida
por un solo edificio: un palacio gigantesco de una milla de lado, con galerías
infinitas, corredores y salas interminables, escaleras y rellanos innumerables y
de vastas proporciones, patios y subterráneos bien distribuidos, de modo que se
puedan alojar bajo su techo único y desmedido decenas de millares de habitantes.
»Pero tal vez le convendría a usted más la ciudad toda
hecha de casas altísimas sin puertas ni ventanas. Las entradas a las
habitaciones son trampas que se abren al nivel del suelo y las habitaciones
reciben la luz desde la altura o por medio de troneras abiertas en las paredes
opuestas a la fachada. Las calles, en esta ciudad, serían largos corredores
entre murallas desnudas completamente blancas o, si lo prefiere, pintadas al
fresco hasta la altura del techo por pintores visionarios.
»¿O preferiría, quizá, la Ciudad de la Igualdad
Perfecta? Ésta está formada por millares de casas absolutamente iguales: de la
misma altura, del mismo estilo, del mismo color, con el mismo número de ventanas
y puertas. El conjunto puede parecer un poco monótono, pero el efecto es
impresionante, sin contar el valor simbólico que salta a la vista, atendiendo al
ideal de los tiempos.
»Pero en el caso de que la Ciudad de la Igualdad
Perfecta no le llamase la atención podría proporcionarle otra mucho más
original: La Ciudad Invisible. Quien la mirase de lejos no sospecharía que
existiese: vería largas estrías de cemento que se entrecruzan y nada más. Al
acercarse se daría cuenta de que a los lados de estas estrías se abren pozos
cuadrados, semejantes, en pequeño, a las entradas a los metropolitanos, y allí
dentro escaleras que descienden, que conducen a los alojamientos. Porque esta
ciudad se halla enteramente fabricada en el subsuelo, y todas las habitaciones
son subterráneas. No falta allí, sin embargo, el aire, que es introducido por
tubos y refrigerado o caldeado, según la estación, ni tampoco la luz, que está
asegurada por instalaciones eléctricas autónomas.
»En el caso de que no le satisfaga la vida subterránea,
puedo edificar para usted la Ciudad Variopinta, con casas de estilo geométrico,
pero todas pintadas de colores puros, vivísimos. Usted también debe estar harto
de los tonos grises y negros que dominan en las ciudades septentrionales o de
aquel' excesivo blanco de las ciudades de Oriente. En ésta, ideada por mí,
tendría usted, en cambio, palacios en laca rosa, casas de alquiler en verde
montaña, edificios públicos en amarillo canario y, para los ricos, castillos
argentinos o dorados.
»O también podría ofrecerle algo más nuevo y más
higiénico: la Ciudad Pensil. Las calles se presentarían como filas de murallas
altísimas; en la cima, donde ahora se hallan los tejados, habría grandes
terrazas de tierra convertidas en jardines; en el centro de esos jardines
surgirían cottage; habitables. Las comunicaciones estarían aseguradas por medio
de ascensores para los inquilinos, y para los viajeros, por medio de aeroplanos.
»Si tal ciudad le parece poco segura o incómoda he de
proponerle la más original de todas: la Ciudad Camposanto. Ésta constituiría una
práctica y sugestiva armonía entre la vida y la muerte. Las tumbas deberían ser
espaciosas y aireadas con objeto de que pudiesen albergar juntos a los vivos y
los difuntos. Las capillas de la nobleza podrían ser transformadas oportunamente
en salas para banquetes en común y una parte del horno crematorio podría tener
con ella a sus muertos, encajonados en los nichos de las paredes, y de ese modo
se haría más agradable el culto a los difuntos. Aquí desearía como habitantes a
los aficionados a Ana Radcliffe a Hoffmann y a Poe; no sería imposible reunir
algunos millares para poblar esta ciudad, que sería única en el mundo. He
pensado también que se podría construir en el centro, para palacio del
Ayuntamiento, un esqueleto gigantesco de mármol amarillo. En la columna
vertebral colocaría la escalera y el cráneo, enorme, serviría de sala:
¡imagínese los concejales asomándose por las cuencas vacías que servirían de
ventanas, y al alcalde que se presenta, para hablar, a la multitud, asomándose
por encima de los dientes convertidos en barandilla!
»¿O le gustaría más, tal vez, la Ciudad Titánica'
Imagínese largas avenidas bordeadas de palacios altos como catedrales, estatuas
de mármol blanco y veteado y, en medio de las calles, estatuas de colosos,
inmóviles paseantes eternos. Luego, aquí y allí escalinatas anchísimas,
infinitas, que se pierden en el cielo, y, arriba de todo, gigantes de bronce en
actitud de salir por puertas más amplias que el Arco de la Estrella o de
dirigirse hacia los altares vastos como plazas o hacia las agujas de cobre que
parecen tocar las constelaciones. Ésta es una ciudad bastante costosa -se lo
advierto antes-, pero más bella que un sueño de Piranesi o un poema de William
Blake, superior a Nínive, a Persépolis y a todas las fantasías.
-¿Costaría?
-Al menos veinticinco mil millones -contestó breve y
serio Sulkas Perkunas.
-Está bien. Me traerá dentro de un año los
presupuestos, el plano en escala de diez mil, los prospectos y los dibujos
panorámicos.
Y mientras decía esto, me puse en pie para despedir al
peligroso proyectador de ciudades. Mr. Sulkas Perkunas, recogió en silencio sus
papeles y añadió de pronto:
-Seré puntual.
Y apresuradamente, después de un conato de saludo,
salió con furia de la habitación y del hotel.
EL TRUST DE LOS FANTASMAS
Argel, 19 febrero
Desde hace algunos días me sentí seguido por un
monstruo tímido que no se atrevía a abordarme. Un jorobado enorme y cojo, con
una cara palidísima, marcada de viruelas.
Cada vez que me miraba poníase encarnado y entonces
aquella cara parecía una máscara de barro cocido salpicada de manchas claras.
Esta mañana me hallaba solo, fuera de la ciudad, en la
Bouzarea, para visitar al famoso morabito. cuando el monstruo apareció a mi lado
y me habló:
No tema nada -me dijo-. Me presentaré en seguida: León
Blandamour, industrial, licenciado en matemáticas, fundador de la Sociedad
Internacional de Metapsíquica Aplicada. ¿Puede concederme diez minutos?
El jorobado sacó un sucio reloj de plata. -Las nueve y
treinta y seis.
Y, sin esperar mi consentimiento, añadió:
Usted conoce sin duda los progresos de la Metapsíquica,
evolución científica del anticuado espiritismo. Estoy seguro de que aceptará
como probados los hechos supranormales que se producen en los experimentos
llamados, impropiamente, sesiones mediumnímicas. Los más grandes hombres de
ciencia del mundo, entre ellos su William James, lo han comprobado y admitido.
No hay necesidad de creer en la reencarnación de los muertos para reconocer que,
en determinadas circunstancias, por obra de hombres dotados de cualidades
supranormales, ocurren hechos en apariencia maravillosos y que la vieja ciencia
no sabe explicar. A usted, espíritu práctico, deseo exponer el principio que me
ha llevado a fundar mi sociedad.
»Los hechos llamados espiritistas existen, pero nadie
hasta ahora ha pensado en explotarlos, quiero decir, en aplicarlos a las
necesidades de la vida práctica. Se trata, en pocas palabras, de introducir en
la industria el ocultismo.
»Tome, por ejemplo, la telepatía. Es uno de los
fenómenos más ciertos y comprobados ¿Por qué no puede servir, educando a los
sujetos más idóneos, como complemento de la telegrafía sin hilos? Usted sabe
seguramente que hay médiums que consiguen desprender y levantar, sin tocarlos,
objetos pesados. ¿No podrían convertirse, oportunamente regulados, en motores
vivientes? Hay otros que consiguen leer una carta encerrada en un sobre: podrían
transformase en preciosos empleados para las oficinas de la censura y de la
Policía. Otros médiums, todavía mucho más potentes, consiguen hacer pasar los
objetos a través de las paredes, es decir que los desmaterializan de tal modo
que los átomos puedan atravesar los más invisibles poros de un obstáculo sólido
y luego los materializan nuevamente en la misma forma. He aquí nuevos horizontes
para la industria científica del hurto.
»Hay luego médiums todavía más prodigiosos que
consiguen emitir porciones de materia viviente llamada ectoplasma. En el estado
de trance crean junto a sí miembros humanos y, a veces, criaturas enteras, de
una materia casi fluida, pero observable, que los ignorantes llaman «espectros».
¿Recuerda las famosas materializaciones antropomorfas de Katie King, la médium
de Crookes? Durante muchos años he estudiado el problema de la conservación de
los espectros y lo he conseguido finalmente. Hasta ahora estos fantasmas reales
se disolvían al final de la sesión, con grave daño de la ciencia y también de la
comodidad humana. Yo he conseguido hacerlos estables, duraderos y prácticamente
inmortales. Si quiere le enseñaré uno, que desde hace casi un año habita en mi
casa y me es infinitamente útil. Usted comprende que semejantes criaturas casi
irreales, y, sin embargo, vivas e inteligentes, serían buscadísimas en todas
partes de la tierra. Tener a su servicio un espectro de materia sutilísima, que
puede penetrar donde nos está vedado, que puede ver y oír lo que para nosotros
es oscuro y mudo, que puede aterrorizar a nuestros enemigos y ser la compañía de
nuestras noches -intermediario anfibio entre este mundo y el otro, entre la vida
y la muerte, entre el ser y el no ser-, disponer de un ser no engendrado como
todos los demás, un seudoantropo servicial, al cual es permitido lo que a los
otros está negado, sería un lujo inaudito, una fortuna indecible y milagrosa.
Una sociedad anónima para la fabricación y conservación de los espectros
proporcionaría fabulosos beneficios. La industria tiene ahora el dominio y el
monopolio de todas las fuerzas de la naturaleza, a excepción de la más admirable
de todas: el espíritu. Estas apariciones indecisas y efímeras, que hasta ahora
han servido únicamente para satisfacer la curiosidad y la vanidad de los
psicólogos y el hambre de misterio y de emoción de los ocultistas, pueden
convertirse, con ventaja para todos, en instrumentos de progreso y de bienestar.
El pueblo de los fantasmas, hasta ahora refractario, puede entrar a formar parte
de la economía mundial. También el alma, para el hombre moderno, es exportable y
comerciable. ¿Por qué no quiere ser el presidente de mi Consejo de
Administración?
»Pocos millones bastarían para imponer a los grandes
mercados el trust de los espectros estables y dóciles. Si tiene usted alguna
duda, le haré conocer, hoy mismo, el primer producto auténtico obtenido con mi
método. Espero que le gustará ponerlo a prueba. Es, según una impresión que no
puedo controlar, un espectro del sexo femenino, pero ningún sonido sale de su
boca, es decir, de aquella línea de sombra que remeda, sobre su rostro esfumado
y casi gaseoso, la boca. Pero su capacidad de obediencia...
En este momento saqué a mi vez el reloj y lo mostré al
jorobado.
-Las nueve y cincuenta y ocho. ¡No ha cumplido usted la
palabra! ¡Buenos días!
Sin añadir nada más le volví la espalda y me dirigí
rápidamente a mi automóvil, que me esperaba a pocos pasos del morabito.
LAS IDEAS DE BENRUBI
Ginebra, 30 julio
He hecho publicar en algunos periódicos este anuncio:
»Deseo secretario poliglota, filósofo, célibe,
paciente, nómada. Presentarse hasta el 20 de julio, "Hotel Mon Repos", a las
diez de la noche.»
Como desde hace algún tiempo sufro de insomnio, el
examen de los candidatos me ayudará a pasar la noche.
Han venido sesenta y tres. Entre esos sesenta y tres,
cuarenta y siete eran hebreos. He elegido un hebreo: el que me ha parecido más
inteligente de todos.
El doctor Benrubi tiene todas las cualidades que pedía
y algunas más en las que no había pensado. Es un joven bajo, con las espaldas un
poco curvadas, las mejillas hundidas, los ojos profundos, los cabellos ya un
poco blanquecinos, la piel de color de barro de pantano. Nació en Polonia, hizo
los primeros estudios en Riga, se doctoró en Filosofía en Jena, en Filología
moderna en París, ha enseñado en Barcelona y en Zurich. Tiene el aspecto
pobrísimo y la expresión de un perro que teme ser apaleado, pero que sabe, sin
embargo, que es necesario.
Le he preguntado, charlando, por qué los hebreos son,
de ordinario, tan inteligentes y tan miedosos.
-¿Miedosos? Se refiere probablemente al coraje físico,
material, bestial. En cuanto al espiritual, los hebreos no son únicamente
valerosos, sino temerarios. No han sido nunca héroes a la manera bárbara, ni
siquiera creo, en la época de David, pero han sido los primeros, entre todos los
pueblos, que comprendieron que el verdadero trabajo del hombre consiste más bien
en ejercitar la mente que en matar criaturas semejantes a ellos.
»Además, después de la Dispersión, los hebreos han
vivido siempre sin Estado, sin Gobierno, sin Ejército; grupos esparcidos en
medio de unas multitudes que les odiaban. ¿Cómo quiere que se desarrolle en
ellos el heroísmo de los cruzados y de los condottieri?
»Para no ser exterminados, los hebreos tuvieron que
inventar su defensa. Hallaron dos medios: el dinero y la inteligencia.
»Los hebreos no aman el dinero. Tres cuartas partes de
su literatura, sin contar los Profetas, es la glorificación de los pobres. Pero
los hombres se destruyen con el hierro y se compran con el oro. No pudiendo
adoptar el hierro, los hebreos se protegieron con el oro, el metal más estético
y más noble. Los florines fueron sus lanzas, los ducados sus espadas, las
esterlinas sus arcabuces, y los dólares sus ametralladoras. Armas no siempre
eficaces, pero cada vez más potentes, de siglo en siglo, a causa del cariz que
toma la civilización. El hebreo convertido en capitalista por legítima defensa,
se ha transformado, por culpa de la decadencia moral y mística de Eurona. en uno
de los amos de la tierra, contra su mismo genio y contra su voluntad.
Primeramente le han obligado a ser rico, después han proclamado que la riqueza
es lo principal de todo, de modo que, por voluntad de sus enemigos, el pobre de
la Biblia y el recluso del ghetto se ha convertido en el dominador de los pobres
y de los ricos.
»Lo que fueron arneses de protección se convirtieron,
con el tiempo, en instrumentos de venganza. Mucho más potente que el oro es, en
opinión mía, la inteligencia. ¿De qué manera el hebreo pisoteado y escupido
podía vengarse de sus enemigos? Rebajando, envileciendo, desenmascarando
disolviendo los ideales del Goim. Destruyendo lo; valores sobre los cuales dice
vivir la Cristiandad Y de hecho, si mira usted bien, la inteligencia hebrea, de
un siglo a esta parte, no ha hecho otra cosa que socavar y ensuciar vuestras más
caras creencias, las columnas que sostenían vuestro pensamiento. Desde el
momento en que los hebreos han podido vivir libremente, todo vuestro andamiaje
espiritual amenaza caerse.
»El Romanticismo alemán había creado el Idealismo, y
rehabilitado el Catolicismo; viene un pequeño hebreo de Dusseldorf, Heine, y,
con su genio alegre y maligno, se burla de los románticos de los idealistas y de
los católicos.
»Los hombres han creído siempre que política moral,
religión, arte, son manifestaciones superiores del espíritu y que no tienen nada
que ver cor la bolsa y con el vientre; llega un hebreo de Tréveris. Marx, y
demuestra que todas aquellas idealísimas cosas vienen del barro y del estiércol
de la baja economía.
»Todos se imaginan al hombre de genio como un ser
divino y al delincuente corno un monstruo; llega un hebreo de Verona, Lombroso,
y nos hace tocar con la mano que el genio es un semiloco epiléptico y que los
delincuentes no son otra cosa que nuestros antepasados sobrevivientes, es decir,
nuestros primos carnales.
»A fines del ochocientos, la Europa de Tolstoi, de
Ibsen, de Nietzsche, de Verlaine, se hacía la ilusión de ser una de las grandes
épocas de la Humanidad; aparece un hebreo de Budapest, Max Nordau, y se divierte
explicando que vuestros famosos poetas son unos degenerados y que vuestra
civilización está fundada sobre la mentira.
»Cada uno de nosotros está persuadido de ser, en
conjunto, un hombre normal y moral; se presenta un hebreo de Freiberg en
Moravia, Sigmund Freud, y descubre que en el más virtuoso y distinguido
caballero se halla escondido un invertido, un incestuoso, un asesino en
potencia.
»Desde el tiempo de las Cortes de Amor y del Dulce
Estilo Nuevo estamos habituados a considerar a la mujer como un ídolo, como un
vaso de perfecciones; interviene un hebreo de Viena, Weininger, y demuestra
científicamente y dialécticamente que la mujer es un ser innoble y repugnante,
un abismo de porquería y de inferioridad.
»Los intelectuales, filósofos y otros, han considerado
siempre que la inteligencia es el medio único para llegar a la verdad, la mayor
gloria del hombre; surge un hebreo de París, Bergson, y con análisis sutiles y
geniales, abate la supremacía de la inteligencia, derroca el edificio milenario
del platonismo y deduce que el pensamiento conceptual es incapaz de captar la
realidad.
»Las religiones son consideradas por casi todos como
una admirable colaboración entre Dios y el espíritu más alto del hombre; y he
aquí que un hebreo de Saint-Germain de Laye, Salomón Reinach, se ingenia para
demostrar que son simplemente un resto de los viejos tabús salvajes, sistemas de
prohibiciones con supraestructuras ideológicas variables.
»Nos imaginábamos vivir tranquilos en un sólido
universo ordenado sobre fundamentos de un tiempo y de un espacio separados y
absolutos; sobreviene un hebreo de Ulm, Einstein, y establece que el tiempo y el
espacio son una sola cosa, que el espacio absoluto no existe, ni tampoco el
tiempo, que todo está fundado sobre una perpetua relatividad, y el edificio de
la vieja física, orgullo de la ciencia moderna, queda destruido.
»El racionalismo científico estaba seguro de haber
conquistado el pensamiento y haber encontrado la llave de la realidad; se
presenta un hebreo de Dublín, Meyerson, y disuelve también esta ilusión: las
leyes racionales no se adaptan nunca completamente a la realidad, hay siempre un
residuo irreductible y rebelde que desafía el pretendido triunfo de la razón
razonante.
»Y se podría continuar. No hablo de la política, donde
el dictador Bismarck tiene como antagonista al hebreo Lasalle, donde Gladstone
fue superado por el hebreo Disraeli, donde Cavour tiene como brazo derecho al
hebreo Artom, Clemenceau al hebreo Mandel y Lenin al hebreo Trotski.
»Fíjese que no le he puesto delante nombres oscuros o
de segundo orden. La Europa intelectual de hoy se halla, en gran parte, bajo la
influencia o, si quiere, el sortilegio de los grandes hebreos que he recordado.
Nacidos en medio de pueblos diversos, consagrados a investigaciones diversas,
todos ésos, alemanes y franceses, italianos y polacos, poetas y matemáticos,
antropólogos y filósofos, tienen un carácter común, un fin común: el de poner en
duda la verdad reconocida, rebajar lo que está elevado, ensuciar lo que parece
puro, hacer vacilar lo que parece sólido, lapidar lo que es respetado.
»Esta propinación secular de venenos disolventes es la
gran venganza hebraica contra el mundo griego, latino y cristiano. Los griegos
se han burlado de nosotros, los romanos nos han diezmado y dispersado, y los
cristianos nos han torturado y despreciado, y nosotros, demasiado débiles para
vengarnos con la fuerza, hemos realizado una ofensiva tenaz y corrosiva contra
las columnas sobre las cuales reposa la civilización nacida de la Atenas de
Platón y de la Roma de los emperadores y de los Papas. Y nuestra venganza se
halla en buen punto. Como capitalistas, dominamos los mercados financieros en un
tiempo en que la economía lo es todo o casi todo; como pensadores, dominamos los
mercados intelectuales, agrietando las viejas creencias sagradas y profanas, las
religiones reveladas y las laicas. El hebreo reúne en sí los dos extremos más
temibles: déspota en el reino de la materia, anárquico en el reino del espíritu.
Sois nuestros servidores en el orden económico, nuestras víctimas en el orden
intelectual. El pueblo acusado de haber matado a un Dios ha querido también
matar a los ídolos de la inteligencia y del sentimiento y os obliga a
arrodillaros ante el ídolo máximo, el único que permanece en pie: el Dinero.
Nuestra humillación, que va desde la esclavitud de Babilonia a la derrota de Bar-Cosceba
y se perpetúa en los ghettos hasta la Revolución francesa, ha sido finalmente
vengada. ¡El paria de los pueblos puede cantar el himno de una doble victoria!
Mientras hablaba, el pequeño Benrubi se había ido
exaltando; sus ojos, en el fondo de las órbitas, brillaban; sus delgadas manos
cortaban el aire; su voz blanda se había hecho estridente. Se dio cuenta de que
había dicho demasiado y se calló de pronto. Reinó un largo silencio en la
habitación. Al fin el doctor Benrubi, con voz tímida y baja, me preguntó:
-¿No podría usted anticiparme mil francos sobre mis
honorarios? Tengo que hacerme un vestido, desearía pagar algunas pequeñas
cuentas..
Cuando estuvo el cheque en su poder me mire con una
sonrisa que quería ser espiritual.
-No tome al pie de la letra las paradojas que he dicho
esta noche. Los hebreos somos así: nos gusta demasiado hablar y cuando se ha
comenzado se continúa hablando... y se termina siempre por molestar a alguien.
Si le he ofendido en algo, le ruego que me perdone.
PROCESO A LOS INOCENTES
Ginebra, 2 octubre
Hace tres semanas destrocé, con mi «Packard», a una
vieja, y como sus parientes pretendían una indemnización impúdicamente
desproporcionada a la pérdida -sabemos perfectamente cuál es el precio medio de
las mujeres-, he tenido que llamar a un buen abogado para que me defendiese
contra aquellos explotadores de cadáveres.
El abogado Francisco Malgaz parece, a primera vista, un
patán montañés vestido de señor. Cúbico, mal garbado, basto, huesudo y adusto.
Cabeza enorme, manos grandes, pies gigantescos, ojos de buey y dientes de
caballo. Pero luego, al cabo de un rato de estar con él, se descubre que es un
hombre de ingenio y de talento, culto y de amena conversación. He pasado con él
más de una hora agradable. Ayer por la noche, por ejemplo, me confió sus ideas
sobre la justicia.
-Nuestro sistema -decía- es absurdo y complicado. La
herencia del Derecho romano nos oprime. El Derecho romano, con todas sus
precauciones , casuismos, fue la obra de unos labriegos avaros y desconfiados
que veían el castigo de los delitos bajo el aspecto de una represión. No se
puede castigar el delito que ya ha sido cometido y es irremediable, sino tan
sólo secuestrar al delincuente para que no cometa otros. Cuando leo en las
sentencias que un individuo es condenado a tres años, ocho meses y veintisiete
días, huelo a especulación. Parece que los jueces quieren hacer «pagar» al
culpable el acto cometido con arreglo a una tarifa de precios que llega hasta el
céntimo. Cuando haya pagado aquellos años, aquellos meses y aquellos días, el
deudor estará en paz, lo mismo que antes. Es un error. Un delito es irreparable
y por esta razón no se paga nunca y de ningún modo puede ser cancelado, puesto
que no puede devolverse a la víctima la paz o la vida perdidas.
»Por otra parte, si un juez penetra en el fondo de las
cosas, y en los procesos modernos larguísimos no puede pasar de otro modo,
termina por darse cuenta de que el acusado no podía menos de realizar lo que ha
realizado, dado el temperamento, las ideas, las necesidades, las pasiones y todo
lo demás. Si nos fundamos en la psicología, todo culpable debería ser absuelto;
si nos preocupamos de la defensa de la sociedad, todo culpable debería ser
eliminado para siempre. Esas gradaciones minuciosas de penas son ilógicas y
arcaicas y los procesos, para mí, pérdidas de tiempo inútiles.
»Lo importante es eliminar de la circulación a los
delincuentes, sin sutilezas superfluas ni gastos gravosos. Yo dividiría los
delitos en tres categorías: mayores, medios y menores. Y a cada categoría
asignaría una pena única. Los mayores, como, por ejemplo, el parricidio, la
traición a la patria, etcétera, deberían ser castigados con la muerte inmediata.
Los medios -heridas, hurtos, estafas y análogos- con la deportación perpetua.
Los menores -rapiñas, difamaciones- con la confiscación de la propiedad o una
gran multa. De esta manera quedarían abolidos los tribunales y los jueces, las
cancillerías y los jurados, los procedimientos, las prisiones con todos sus
directores y carceleros, y la sociedad estaría protegida lo mismo, con inmensa
economía de tiempo y de dinero. Los procesos son escuelas de delincuencia y las
prisiones sementeras de criminalidad. Una buena Policía proveería a todo.
Acosando al delincuente es fácil a un comisario el establecer la calidad de su
delito y es fácil librarse de él. O se le mata, o se le expulsa del país, o se
le hace pagar. Seguridad, rapidez y ahorro. En pocos años disminuirían el gasto
de la justicia y el núnero de delitos.
»Los procesos, sin embargo, no serían suprimidos del
todo. ¿Sabe contra quiénes deberían ser incoados? Contra los llamados inocentes.
Procesar a los delincuentes es una extravagancia costosa, pero procesar a los
inocentes es el deber supremo de un Estado consciente de sus deberes. Cuando se
ha cometido un delito, toda la ciencia de los jueces, la elocuencia de los
abogados y la severidad de los esbirros no pueden conseguir que el daño y la
ofensa dejen de existir y sean incancelables. Pero se podría, en cambio, impedir
al menos la mitad de los delitos que «serán cometidos» si los pretendidos
«incensurables», los llamados «honrados», fuesen vigilados y sometidos a juicio.
»Cada municipio debería tener una junta de vigilancia y
denuncia, compuesta de psicólogos y moralistas, a los que se podría añadir, si
se creyese oportuno, un médico y un cura. Esta junta debería vigilar y, en
ciertos casos, acusar a todos aquellos, y son innumerables, que viven de tal
modo que se hallan expuestos, pronto o tarde, a la tentación y al contagio del
delito. Hay en todas partes vagabundos notorios, desocupados desprovistos de
rentas, seres coléricos, sanguinarios, recelosos, pródigos, fanáticos,
pasionales. Todos los conocen y todos prevén que un día u otro acabarán mal, al
menos en la proporción de un treinta por ciento. Si un hombre tiene una idea
fija, si aquel otro cambia de oficio a cada estación, si éste es inclinado a la
melancolía, la suspicacia o al lujo exagerado, se puede estar seguro de que no
tardarán mucho en cometer alguna vergonzosa o criminosa acción. Son, en
apariencia, personas de bien, pero en realidad delicuentes in fieri. Y entonces
los procesos pueden ser necesarios, más que útiles. Si para los delincuentes
naturales son intempestivos, para aquellos que lo son en potencia, son oportunos
y utilísimos.
»Llame a juicio a los iracundos, a los libertinos, a
los haraganes, a los avaros; amonésteles y, si es preciso, castíguelos. A los
tiranos de la familia, quíteles la patria potestad; a los suspicaces demasiado
susceptibles, extírpeles los cálculos biliares; a los derrochadores y
dilapidadores, príveles del patrimonio; a los apasionados, sáqueles un poco de
sangre. y mil y mil delitos serán evitados. Estos procesos preventivos serán la
gloria del legislador y el triunfo del juez. La salvación de la moral y de la
sociedad no se obtienen con vanos y costosos procesos contra los culpables, sino
con interminables procesos contra los inocentes. La mayor parte de los crímenes
los realizan hombres que parecían, una hora antes, inocentes y que así eran
considerados por la ley. Los pretendidos inocentes son el semillero del cual
salen los malhechores más repugnantes. Debemos dejar de mirar los actos externos
-simples consecuencias materiales de un estado de ánimo- y atender, en cambio, a
la conducta, a las opiniones, al género de existencia, a los sentimientos y las
costumbres de todos los ciudadanos. Nadie. en la tierra, examinado de dentro a
fuera, puede llamarse inocente. Procesar a un supuesto inocente significa,
precisamente, salvarle a él y a nosotros del delito que podría cometer mañana.
Aunque el sistema del abogado Malgaz me parece
demasiado simplista y propicio a los abusos, hay que reconocer, sin embargo, que
no está falto de cierto barniz de lógica y de buen sentido.
Pero, para evitar cien procesos, ¿no tendrían al menos
que incoarse veinte mil?
LA EGOLATRIA
Jena, 8 julio
En «Blumenwald», en la Casa de Salud donde he hecho
restaurar por un psicoterapeuta mis nervios fatigados, me fijé, ya desde la
primera noche, en un hombrecillo retorcido y claudicante que llevaba con mucho
brío sus diversas deformidades. Tenía un ojo vendado de negro, el cráneo en
forma de cono, la nariz comida por un lupus y reducida a una cicatriz rosada, la
boca oculta por una vegetación de mechones color de cobre descolorido. Y, sin
embargo, este sujeto se movía mucho más que los otros huéspedes, hablaba en voz
alta con todos y se le encontraba a cada momento precedido del repiqueteo rápido
de su bastón de cayado. Me enteré de que se llamaba el doctor Mündung y que
había escrito como las tres cuartas partes de los alemanes, algunos libros.
El segundo día me acechó mientras paseaba por el jardín
y me obligó a sentarme a su lado en un banco de madera.
-Usted es extranjero -dijo sentenciosamente con su voz
más recia-, y sin duda ha venido a Alemania para aprender. Germania docet. Aquí
está el Alma mater del mundo. Tantas ciudades, tantas universidades; por cada
seis habitantes, un maestro. Incluso en esta casa vergonzosa que no es ni un
hotel, ni una pensión, ni una clínica, ni un sanatorio, ni tampoco un Instituto
de cultura, pero donde un charlatán sin escrúpulos vende esperanzas y salchichas
a altos precios, puede encontrar un alimento para el espíritu. Usted conoce
seguramente mi nombre. Doctor Mündung, licenciado en Religionsgeschichte, autor
de un volumen sobre doctrinas esotéricas de los Jezidis, o adoradores del
diablo, de varios Betrachtungen sobre el culto astral entre los hebreos y de una
obra, hoy ya clásica, sobre las relaciones protohistóricas entre las divinidades
subterráneas de la Frigia y la diosa germánica Frigga. Si me encuentro aquí,
lejos de las bibliotecas y de mis estudios, es por culpa de algunos colegas
envidiosos que han querido, con esta estratagema, alejar por algún tiempo el
peligro de que concurra a alguna cátedra universitaria. Mi mujer, que es china y
no conoce bien los usos de su nueva patria, se ha dejado persuadír por éstos
y... Excúseme si le hablo de mis asuntos: es un error, hasta una herejía.
»Le aseguro, sin embargo, que tampoco en «Blumenwald»
he perdido el tiempo. Para un estudioso de la historia de las religiones, la
variedad es una ventaja; para los hombres en general, un inconveniente. Se ha
intentado crear una lengua universal, pero nadie ha conseguido inventar una
religión verdaderamente aceptable para todos.
»El error está en esto: que no hay profundidad bastante
en la naturaleza del hombre. El hombre, a pesar de todas las hipocresías y las
retóricas, no ama sinceramente más que a sí mismo y no respeta ni adora más que
a su propio yo. Se finge, por miedo o por sugestión, al venerar a los dioses, a
los héroes, a la patria, a la Humanidad y a todos los demás entes históricos o
abstractos que llenan las galerías de la Historia. En realidad éstos constituyen
mamparas o pretextos para esconder la verdadera fe. Para llegar a una religión
verdaderamente universal y práctica, que todos estarían gozosos en adoptar si se
presentase un profeta valeroso, es preciso tener en cuenta el centro psicológico
de la conducta humana.
»La nueva y definitiva religión que yo propongo a los
hombres es la Egolatría. Cada uno se adorará a sí mismo, cada uno tendrá su dios
personal: él mismo. La Reforma protestante se alaba de hacer de cada hombre un
sacerdote; nada de intermediarios entre la criatura y el Creador. Un paso más:
nada de intermediarios entre el adorante y el adorado. Cada uno es, para sí
mismo, su Dios.
»De esta manera se combinan las ventajas del politeísmo
y del monoteísmo. Cada hombre tendrá un solo Dios, pero los dioses serán tantos
como son los hombres. Y no habrá peligro de escisiones, porque los ególatras,
estando de acuerdo en el principio fundamental de la nueva religión, no caerán
nunca, por razones evidentes, en la locura de adorar a un dios extranjero, esto
es, a otra criatura semejante a ellos.
»Esta religión es, al mismo tiempo, el fruto supremo
del idealismo alemán y de la modernísima civilización. Cuando Fichte apareció un
día en la cátedra anunciando a los oyentes: hoy crearemos a Dios, la Egolatría
quedaba virtualmente fundada. Si Dios es una creación de nuestra actividad
práctica o ética, esto es, creación de la mente humana, ¿por qué adorarle como
si verdaderamente existiese fuera de nosotros y no adorar más bien a su creador,
esto es, al hombre? Si el hombre es padre de Dios, si Dios no existe fuera del
espíritu humano, adorando al hombre adoramos al Dios verdadero, al Dios
absoluto, al Dios que ya no es ignoto. Pero no se puede adorar al Hombre en
general. La Menschheite es una abstracción, un flatus vocis: el hombre auténtico
se realiza en el individuo concreto. esto es, en cada uno de nosotros.
»La civilización moderna, que ha destruido poco a poco
los adelantos de la fantasmagoría trascendental, ha comenzado a practicar, sin
darse cuenta, la Egolatría. El Deporte es la adoración del cuerpo; el culto de
la Ciencia es un sustituyo de la unisapiencia atribuida a Dios; el culto de la
máquina, una subrogación de la omnipotencia de Dios. Lo que parecía reservado al
Ser perfecto, se convierte poco a poco en prerrogativa común de los mortales.
»Le diré confidencialmente que la Egolatría es ya
practicada inconscientemente por la mayoría de los hombres. Se trata de darle un
nombre, un credo y una conciencia. Y ésta será mi misión apenas salga de esta
caverna de envenenadores.
»Leyendo la antigua saga escandinava de San Olaf me ha
impresionado siempre este diálogo: "¿En quién crees tú?", pregunta el rey a su
soldado. "En mí mismo", responde éste. Es la voz sincera de un héroe sincero.
Quien no cree en sí mismo no vive. Se trata de hacer coincidir la religión y la
vida, la fe y la práctica.
»Las demás religiones han fracasado porque exigían del
hombre cosas contrarias a su verdadera naturaleza. La mía, que se adapta a la
intención secreta del hombre, triunfará sin lucha.
»Será necesario, me dirá, un culto que esté inspirado
en el moderno sentido práctico. Ya he pensado en ello. Todo ególatra hará
fabricar su propia estatua: en oro, en bronce, en mármol, según sus medios. Si
no es bastante rico para recurrir a un escultor, se contentará con un retrato al
óleo o con una buena fotografía. Ante esta imagen depositará ofrendas o recitará
sus plegarias. Encontraremos excelentes formas para la celebración del Yo en el
libro de los idealistas y en el Canto del propio Yo, de Walt Whitman. El baño
diario o semanal será el equivalente del bautismo; la comida sustituirá a la
comunión; el sueño, pérdida transitoria de la conciencia del Yo, será la
penitencia. Como se ve, es una religión cómoda y no muy complicada. No hay más
dios que el hombre y cada hombre tiene su encarnación. Se ha terminado la
humillación de inclinarse ante potencias superiores; ha terminado la hipocresía
de renegar de nuestro irrefrenable instinto. El hombre se ama a sí mismo, lo
confiesa abiertamente, y da a su amor, sin miedo y sin reservas, forma devota y
litúrgica. Esté seguro de que el siglo xx será el siglo de la Egolatría.
Cuando el gárrulo pequeño monstruo hubo terminado su
peroración le miré fijamente. Y con la fantasía le vi en adoración ante una
estatua que reprodujese su hórrida cara, su cuerpo contrahecho. No pude menos de
reírme. El doctor Mündung no lo tomó a mal.
-Mi religión -añadió- es un mensaje de alegría y no de
mortificación. Usted ha penetrado en el espíritu de mi empresa y espero que será
mi profeta en la segunda mitad de la tierra.
Al decir esto me tocó las rodillas con sus manos
minúsculas, como en acto de consagración. Me di cuenta entonces de que en una
mano tenía cuatro dedos solamente, pero seis en la otra.
VISITA A EINSTEIN
Berlín, 30 abril
Einstein se ha resignado a recibirme porque le he hecho
saber que le tenía reservada la suma de 100.000 marcos, con destino a la
Universidad de Jerusalén (Monte Scopus).
Le encontré tocando el violín. (Tiene, en efecto, una
verdadera cabeza de músico.) Al verme, dejó el arco y comenzó a interrogarme.
-¿Es usted matemático?
-No.
-¿Es físico?
-No.
-¿Es astrónomo?
-No.
-¿Es ingeniero?
-No.
-¿Es filósofo?
-No.
-¿Es músico?
-No.
-¿Es periodista?
-No.
-¿Es israelita?
tampoco.
-Entonces, ¿por qué desea tanto hablarme? ¿Y por qué ha
hecho un donativo tan espléndido a la Universidad hebrea de Palestina?
-Soy un ignorante que desea instruirse y mi donativo no
es más que un pretexto para ser admitido y escuchado.
Einsteín me perforó con sus ojos negros de artista y
pareció reflexionar.
-Le estoy agradecido por el donativo y por la confianza
que tiene en mí. Debe convenir, sin embargo, que decirle algo de mis estudios es
casi imposible si usted, como dice, no conoce ni las matemáticas ni la física.
Yo estoy habituado a proceder con fórmulas que son incomprensibles para los no
iniciados, y hasta entre los iniciados son poquísimos los que han conseguido
comprenderlas de un modo perfecto. Tenga, pues, la bondad de excusarme...
-No puedo creer -contesté- que un hombre de genio no
consiga explicarse con las palabras corrientes. Y mi ignorancia no está, sin
embargo, tan absolutamente desprovista de intuición...
-Su modestia -repuso Einstein- y su buena voluntad
merecen que haga violencia a mis costumbres. Si algún punto le parece oscuro, le
ruego desde, ahora que me excuse. No le hablaré de las dos relatividades
formuladas por mí: eso ya es una cosa vieja que puede encontrarse en centenares
de libros. Le diré algo sobre la dirección actual de mi pensamiento.
»Por naturaleza soy enemigo de las dualidades. Dos
fenómenos o dos conceptos que parecen opuestos o diversos, me ofenden. Mi mente
tiene un objeto máximo: suprimir las diferencias. Obrando así permanezco fiel al
espíritu de la conciencia que, desde el tiempo de los griegos, ha aspirado
siempre a la unidad. En la vida y en el arte, si se fija usted bien, ocurre lo
mismo. El amor tiende a hacer de dos personas un solo ser. La poesía, con el uso
perpetuo de la metáfora, que asimila objetos diversos, presupone la identidad de
todas las cosas.
»En las ciencias este proceso de unificación ha
realizado un paso gigantesco. La astronomía, desde el tiempo de Galileo y de
Newton, se ha convertido en una parte de la física. Riemann, el verdadero
creador de la geometría no euclídea, ha reducido la geometría clásica a la
física; las investigaciones de Nernst y de Max Born han hecho de la química un
capítulo de la física; y como Loeb ha reducido la biología a hechos químicos, es
fácil deducir que incluso ésta no es, en el fondo, más que un párrafo de la
física. Pero en la física existían, hasta hace poco tiempo, datos que parecían
irreductibles, manifestaciones distintas de una entidad o de grupos de
fenómenos. Como, por ejemplo, el tiempo y el espacio; la masa inerte y la masa
pesada, esto es, sujeta a la gravitación; y los fenómenos eléctricos y los
magnéticos, a su vez diversos de los de la luz. En estos últimos años estas
manifestaciones se han desvanecido y estas distinciones han sido suprimidas. No
solamente, como recordará, he demostrado que el espacio absoluto y el tiempo
universal carecen de sentido, sino que he deducido que el espacio y el tiempo
son aspectos indisolubles de una sola realidad. Desde hace mucho tiempo, Faraday
había establecido la identidad de los fenómenos eléctricos y de los magnéticos,
y más tarde, los experimentos de Maxwell y Lorenz han asimilado la luz el
electromagnetismo. Permanecían, pues, opuestos, en la física moderna, sólo dos
campos: el campo de la gravitación y el campo electromagnético. Pero he
conseguido, finalmente. demostrar que también éstos constituyen dos aspectos de
una realidad única. Es mi último descubrimiento: la teoría del campo unitario.
Ahora, espacio, tiempo, materia, energía, luz, electricidad, inercia,
gravitación, no son más que nombres diversos de una misma homogénea actividad.
Todas las ciencias se reducen a la física, y la física se puede ahora reducir a
una sola fórmula. Esta fórmula, traducida al lenguaje vulgar, diría poco más o
menos así: «Algo se mueve.» Estas tres palabras son la síntesis última del
pensamiento humano.
Emstein se debió de dar cuenta de la expresión de mi
rostro, de mi estupor.
-¿Le sorprende -añadió- la aparente sencillez de este
resultado supremo? ¿Millares de años de investigaciones y de teorías para llegar
a una conclusión que parece un lugar común de la experiencia más vulgar?
Reconozco que no está del todo equivocado. Sin embargo, el esfuerzo de síntesis
de tantos genios de la ciencia lleva a esto y a nada más: «Algo se mueve.» Al
principio -dice san Juan- era el Verbo. Al principio -contesta Goethe- era la
Acción. Al principio y al fin -digo yo- es el Movimiento. No podemos decir ni
saber más. Si el fruto final del saber humano le parece una vulgarísima serba,
la culpa no es mía. A fuerza de unificar es necesario obtener algo
increíblemente sencillo.
Comprendí que Einstein no quería decir nada más. Sentía
escrúpulos, indudablemente, de confiar los secretos auténticos de la ciencia a
un extraño, a un profano. Porque yo no era tan ingenuo que pudiese creer que
aquella fórmula trivial fuese verdaderamente el punto de llegada de tres siglos
de pensamiento. Pero no quise mostrarme exigente e indiscreto. Entregué los cien
mil marcos prometidos y me despedí, con todos los respetos, del célebre
descubridor de la Relatividad.
VISITA A FREUD
Viena, 8 mayo
Había comprado en Londres, hacía dos meses, un hermoso
mármol griego de la época helenista, que representa, según los arqueólogos, a
Narciso. Sabiendo que Freud cumplía anteayer sus setenta años -nació el 6 de
mayo de 1856- le envié como regalo la estatua, con una carta de homenaje al
«descubridor del Narcisismo».
Este regalo bien elegido me ha valido una invitación
del patriarca del Psicoanálisis. Ahora vuelvo de su casa y quiero,
inmediatamente, apuntar lo esencial de la conversación.
Me ha parecido un poco abatido y melancólico.
-Las fiestas de los aniversarios -me ha dicho- se
parecen demasiado a las conmemoraciones y recuerdan demasiado a la muerte.
Me ha impresionado el corte de su boca: una boca
carnosa y sensual, un poco de sátiro, que explica visiblemente la teoría de la
«libido». Se ha mostrado contento, sin embargo, al verme y me ha dado las
gracias, con calor, por el Narciso.
-Su visita constituye para mí un gran consuelo. Usted
no es ni un enfermo, ni un colega, ni un discípulo, ni un pariente. Yo vivo todo
el año entre histéricos y obsesos que me cuentan sus liviandades -casi siempre
las mismas-; entre médicos que me envidian cuando no me desprecian, y con
discípulos que se dividen en papagayos crónicos y en ambiciosos cismáticos. Con
usted puedo, al fin, hablar libremente. He enseñado a los demás la virtud de la
confesión y no he podido nunca abrir enteramente mi alma. He escrito una pequeña
autobiografía, pero más que nada para fines de propaganda, y si alguna vez he
confesado, ha sido, por fragmentos, en la Traumdeutung. Nadie conoce o ha
adivinado el verdadero secreto de mi obra. ¿Tiene una idea del Psicoanálisis?
Contesté que había leído algunas traducciones inglesas
de sus obras y que únicamente para verle habla venido a Viena.
-Todos creen -añadió- que yo me atengo al carácter
científico de mi obra y que mi objetivo principal es la curación de las
enfermedades mentales. Es una enorme equivocación que dura desde hace demasiados
años y que no he conseguido disipar. Yo soy un hombre de ciencia por necesidad,
no por vocación. Mi verdadera naturaleza es de artista. Mi héroe secreto ha sido
siempre, desde la niñez Goethe. Hubiera querido entonces llegar a ser un poeta y
durante toda la vida he deseado escribir novelas. Todas mis aptitudes,
reconocidas incluso por los profesores del Instituto, me llevaban a la
literatura. Pero si usted tiene en cuenta las condiciones en que se hallaba la
literatura en Austria en el último cuarto del siglo pasado, comprenderá mi
perplejidad. Mi familia era pobre, y la poesía, según testimoniaban los más
célebres contemporáneos, rendía poco o demasiado tarde. Además era hebreo. lo
que me ponía en condiciones de manifiesta inferioridad en una monarquía
antisemita. El destierro y el mísero fin de Heine me desalentaban. Elegí.
siempre bajo la influencia de Goethe, las ciencias de la Naturaleza. Pero mi
temperamento continuaba siendo romántico: en 1884, para poder ver algunos días
antes a mi novia, alejada de Viena. emborroné un trabajo sobre la coca y me dejé
arrebatar por otros la gloria y las ganancias del descubrimiento de la cocaína
como anestésico.
»En 1885 y 1886 viví en París; en 1889 permanecí algún
tiempo en Nancy. Estas permanencias en Francia ejercieron una decisiva
influencia sobre mi espíritu. No sólo por lo que aprendí de Charcot y de
Bernheim, sino también porque la vida literaria francesa era, en aquellos años,
riquísima y ardiente. En París, como buen romántico, pasaba horas enteras en las
torres de Notre Dame, pero por las noches frecuentaba los cafés del barrio
latino y leía los libros más en boga en aquellos años. La batalla literaria se
hallaba en pleno desarrollo. El Simbolismo levantaba su bandera contra el
Naturalismo. El predominio de Flaubert y de Zola se iba sustituyendo, entre los
jóvenes, por el de Mallarmé y de Verlaine. Al poco de haber llegado yo a París
apareció A rebours, de Huysmans, discípulo de Zola, que se pasaba al
decadentismo. Y me hallaba en Francia cuando se publicó Jadis et naguére, de
Verlaine, y fueron recogidas las poesías de Mallarmé y las Illuminations, de
Rimbaud. No le doy estas noticias para alardear de mi cultura, sino porque estas
tres escuelas literarias -el Romanticismo, hacía poco tiempo muerto, el
Naturalismo, amenazado, y el Simbolismo naciente- fueron las inspiraciones de mi
trabajo ulterior.
»Literato por instinto y médico a la fuerza, concebí la
idea de transformar una rama de la medicina -la psiquiatría- en literatura. Fui
y soy poeta y novelista bajo la figura de hombre de ciencia. El Psicoanálisis no
es otra cosa que la transformación de una vocación literaria en términos de
psicología y de patología.
»El primer impulso para el descubrimiento de mi método
nace, como era natural, de mi amado Goethe. Usted sabe que escribió Werther para
librarse del íncubo morboso de un dolor: la literatura era, para él, «catarsis».
¿Y en qué consiste mi método para la curación del histerismo sino en hacérselo
contar «todo» al paciente para librarle de la obsesión? No hice nada más que
obligar a mis enfermos a proceder como Goethe. La confesión es liberación, esto
es, curación. Lo sabían desde hace siglos los católicos, pero Víctor Hugo me
había enseñado que el poeta es también sacerdote, y así sustituí osadamente al
confesor. El primer paso estaba dado.
»Me di cuenta bien pronto de que las confesiones de mis
enfermos constituían un precioso repertorio de «documentos humanos». Yo hacía,
por tanto, un trabajo idéntico al de Zola. Él sacaba, de aquellos documentos,
novelas; yo me veía obligado a guardarlos para mí. La poesía decadente llamó
entonces mi atención sobre la semejanza entre el sueño y la obra de arte y sobre
la importancia del lenguaje simbólico. El Psicoanálisis había nacido, no, como
dicen, de las sugestiones de Breuer o de los atisbos de Schopenhauer y de
Nietzsche, sino de la transposición científica de las Escuelas literarias amadas
por mí.
»Me explicaré más claramente. El Romanticismo, que,
recogiendo las tradiciones de la poesía medieval, había proclamado la primacía
de la pasión y reducido toda pasión al amor, me sugirió el concepto del
sensualismo como centro de la vida humana. Bajo la influencia de los novelistas
naturalistas, yo di del amor una interpretación menos sentimental y mística,
pero el principio era aquél.
»El Naturalismo, y sobre todo Zola, me acostumbró a ver
los lados más repugnantes, pero más comunes y generales, de la vida humana; la
sensualidad y la avidez bajo la hipocresía de las bellas maneras: en suma, la
bestia en el hombre. Y mis descubrimientos de los vergonzosos secretos que
oculta el subconsciente no son más que una nueva prueba del despreocupado acto
de acusación de Zola.
»El Simbolismo, finalmente, me enseñó dos cosas: el
valor de los sueños, asimilados a la obra poética, y el lugar que ocupan el
símbolo y la alusión en el arte, esto es, en el sueño manifestado. Entonces fue
cuando emprendí mi gran libro sobre la interpretación de los sueños como
reveladores del subconsciente, de ese mismo subconsciente que es la fuente de la
inspiración. Aprendí de los simbolistas, que todo poeta debe crear su lenguaje,
y yo he creado, de hecho, el vocabulario de los sueños, el idioma onírico.
»Para completar el cuadro de mis fuentes literarias,
añadiré que los estudios clásicos, realizados por mí como el primero de la
clase- me sugirieron los mitos de Edipo y de Narciso; me enseñaron, con Platón,
que el estro, es decir, el surgir del inconsciente, es el fundamento de la vida
espiritual, y finalmente, con Artemidoro, que toda fantasía nocturna tiene su
recóndito significado.
»Que mi cultura es esencialmente literaria lo
demuestran abundantemente mis continuas citas de Goethe, de Grillparzer, de
Heine, y de otros poetas: la forma de mi espíritu se halla inclinada al ensayo,
a la paradoja, al dramatismo, y no tiene nada de la rigidez pedante y técnica
del verdadero hombre de ciencia. Hay una prueba irrefutable: en todos los países
en donde ha penetrado el Psicoanálisis ha sido mejor entendido y aplicado por
los escritores y por los artistas que por los médicos.
Mis libros, por otra parte, se semejan mucho más a las
obras de imaginación que a los tratados de patología. Mis estudios sobre la vida
cotidiana y sobre los movimientos del espíritu son verdadera y genuina
literatura, y en Tolera y Tabú me he ejercitado incluso en la novela histórica.
Mi más antiguo y tenaz deseo sería escribir verdaderas novelas; poseo un tesoro
de materiales de primera mano que harían la fortuna de cien novelistas. Pero
temo que ahora sea demasiado tarde.
»De todos modos he sabido vencer. soslayadamente, mi
destino, y he logrado mi sueño: continuar siendo un literato aun haciendo, en
apariencia, de médico. En todos los grandes hombres de ciencia existe el soplo
de la fantasía, madre de las intuiciones geniales, pero ninguno se ha propuesto,
como yo, traducir en teorías científicas las inspiraciones ofrecidas por las
corrientes de la literatura moderna En el Psicoanálisis se encuentran y se
compendian, expresadas en la jerga científica, las tres mayores Escuelas
literarias del siglo XIX: Reine, Zola y Mallarmé se unen en mí, bajo el
patronato de mi viejo Goethe. Nadie se ha dado cuenta de este misterio que está
a la vista y no lo hubiera revelado a nadie si usted no hubiese tenido la óptima
idea de regalarme una estatua de Narciso.
Al llegar a este punto, la conversación se desvió;
hablamos de América, de Keyserling y finalmente, de los vestidos de las
vienesas. Pero lo único que vale la pena de ser consignado en el papel es lo que
ya he escrito. En el momento de despedirme de Freud, éste me recomendó el
silencio acerca de su confesión:
-Usted no es escritor ni periodista por fortuna. y
estoy seguro de que no difundirá mi secreto.
Le tranquilicé, y con sinceridad: estos apuntes no
están destinados a ser impresos.
LA NUEVA ESCULTURA
Munich, 8 junio
No voy nunca a visitar estudios de artistas. Porque me
aburro; porque no sé qué decir; porque se encuentran casi siempre las mismas
cosas; porque todos ven en mí únicamente al que regala cheques, al mecenas
incompetente y fácil de engañar.
Pero el otro día me dejé tentar por un escultor
checoslovaco, jovencísimo, desconocido, albino, que se llama Matiegka.
-Venga -me dijo-. Verá lo que no podrá ver en ningún
museo, en ninguna exposición del mundo. He creado, después de miles de años, una
escultura nueva, no realizada jamás por nadie.
Cuando salió a abrirme me hizo pasar a una habitación
más alta que larga -una especie de pozo con techo de cristal- y sin ventanas.
Fuera de algunas sillas y una especie de trípode de hierro en el centro, la
habitación estaba vacía; ni yesos, ni bocetos, ni mármoles, nada que revelase el
estudio de un escultor.
-¿Trabaja usted aquí?
-Trabajo aquí -contestó Matiegka-. Siéntese y confiese
su sorpresa. Ya le dije, sin embargo, que había aprendido a crear lo «nunca
visto». ¡Yo también soy escultor! Pero no al modo grosero de todos. La antigua
escultura, maciza y pesada, herencia de los egipcios y de los asirios, ha
perdido ya toda su actualidad. Correspondía a una civilización religiosa,
monárquica, lenta, primitiva. Ahora somos ascetas, anárquicos, dinámicos,
cinemáticos. La escultura debe cambiar también. Fabricar estatuas en mármol, en
piedra, en bronce -aunque no sea más que en plata o en madera- sería, ahora,
como viajar en los carros de los faraones o vestirse con la armadura de Bayardo.
Es necesario, ante todo, cambiar la materia. Modelar estatuas de nieve, como
hizo Miguel Ángel en el patio del Palacio de los Médicis, o de cera, como ha
hecho Medardo Rosso, era ya un progreso, pero demasiado tímido. ¿No ha observado
nunca a los niños, en las playas del mar, cuando construyen figuras de arena?
¿No se le ha ocurrido nunca observar a un artista vendedor de helados que
esculpe en la crema y en el hielo? Éstos han sido mis maestros.
»La única solución plástica posible consiste en pasar
de la inmovilidad a lo efímero. El arte más perfecto, la música, late, pasa y
desaparece. El sonido es instantáneo, no perdura, y, sin embargo, es
potentísimo. Si todas las artes aspiran a la música, incluso la escultura debe
aproximarse a aquella divina cosa pasajera. Le daré ahora mismo el ejemplo.
Al decir esto, Matiegka, con sus manos delicadas,
destapó el trípode que se hallaba en medio del estudio y colocó en él una pasta
negruzca a la que prendió fuego. Una columna densa y espesa de humo se alzó,
rectilínea, sobre el brasero. El fantástico escultor cogió una especie de larga
paleta con la mano derecha, luego otra con la izquierda, y comenzó velozmente su
trabajo, girando en torno al globo alargado de humo, ayudándose, además de los
instrumentos, con los brazos y con el aliento. En menos de un minuto, la oscura
columna había adquirido el aspecto de una figura humana, de un fantasma amarillo
que a cada instante amenazaba con esfumarse. La masa se había redondeado en la
cúspide hasta parecer una cabeza, y, con un poco de buena voluntad, se podían
distinguir una veleidad de nariz y el conato de una barbilla. El humo, espeso y
graso, como el que sale de las viejas locomotoras en reposo, se dejaba cortar
por los mordiscos reiterados de las paletas. Matiegka, palidísimo, se movía como
un condenado; arrojaba el humo que amenazaba confundir las dos piernas, soplaba
ligeramente sobre los hombros de la aérea estatua para hacerlos más verosímiles,
o alejaba el alón humeante que impedía definir las líneas de la obra. Finalmente
se separó de su obra, se acercó a mí y gritó:
- ¡Mire! ¡De prisa! ¡Imprima la forma en su memoria!
¡Dentro de pocos segundos la estatua se desvanecerá como una melodía que acaba!
Y realmente, poco a poco, el humo, alargándose, la
deformaba; el fantasma se deshizo, se disolvió en una niebla oscura que,
lentamente, desaparecía por una abertura de la claraboya.
- ¡La obra maestra ha muerto como mueren todas las
obras maestras! -exclamó Matiegka-. ¿Qué importa? Puedo volver a hacer cuantas
quiera. Cada obra es única y debe bastar para la alegría de un momento único.
Que una estatua dure diez siglos o diez segundos, ¿qué diferencia hay con
relación a la eternidad, qué diferencia si tanto aquella de mármol como esta de
humo, deben, al final, desaparecer?
Dejé a Matiegka entregado a su entusiasmo, después de
haber alabado como mejor supe la innegable originalidad de su arte.
Cuando volvía al hotel pensaba para mí mismo que la
nueva escultura tiene, para los mecenas económicos, un mérito enorme; no puede
ser conservada ni transportada, y, por tanto, no puede ser tampoco comprada.
CONTRA EL CIELO
Saint-Moritz, 2 agosto
Me aburre el cielo. Algunos momentos, incluso, me hace
sufrir. Y entonces no puedo ni siquiera mirarlo, porque no sé cómo vengarme y
herirlo. Me siento hermano de los escitas que disparaban sus flechas contra el
Sol y las nubes. En suma, para ser franco, al menos conmigo mismo, odio al cielo
Y con la peor especie de odio: con el odio impotente.
No es que ame demasiado la Tierra. La Tierra es
reducida, sucia, monótona y poblada más de lo necesario por pedacitos de barro
parlante que la desfiguran y la hacen todavía más repugnante.
Pero aquí nos sentimos en nuestra casa, dueños de hacer
y deshacer, de movernos a nuestro gusto. Tal vez podemos hacernos obedecer de la
Tierra. Se consigue reducirla, aquí y allí, como queremos;' obtener grano donde
había aguazales o guijarros;' crear ríos artificiales, abatir montañas, separar
continentes.
Pero el cielo está distante, lejano, es inmodificable,
hostil. No tenemos ningún poder sobre el cielo. Incluso los estratos más bajos
de la atmósfera son independientes de nuestro dominio. Es preciso soportar el
viento que sopla, esperar el beneplácito de la lluvia, sufrir semanas y meses de
serenidad tórrida. No sabemos hacer nada contra la tempestad; todo lo más,
conseguimos atraer, de cuando en cuando, algún rayo.
Ni el globo ni el aeroplano han disminuido nuestra
impotencia contra el cielo inferior. Podemos correr en el aire, pero estamos de
la misma manera a merced de los huracanes, de los tifones, de los tornados, de
la niebla. Y apenas conseguimos elevarnos cinco o seis mil metros: siempre por
debajo de las montañas más altas.
Pero lo que odio más ferozmente es el cielo superior,
el firmamento. Tolero el Sol bestial, con su cara de fuego llena de lunares, a
causa de su utilidad; ¡pero la noche, las estrellas! El infinito no me
aterroriza; me disgusta y me ofende. Para sufrir la humillación de mi pequeñez
bastaba la tierra. La provocación del cielo estrellado es desproporcionada,
prepotente, vergonzosa. Aquellos millones de soles que aparecen a mis ojos como
átomos desordenados de luz eléctrica, ¿qué tienen que ver conmigo? ¿Qué quieren?
¿Para qué me sirven? ¿Para qué vuelven todas las noches llamas milenarias, a
insultar la brevedad de mis días en este ángulo vacío?
El cielo es una injuria perpetua e insoportable. Las
estrellas no me conocen y yo no podré nunca hacer nada de ellas ni contra ellas.
Cuando he sabido a cuántos millares de años de luz distan de mí, y cuántos
siglos emplea su claridad para llegar a la Tierra, no he hecho más que dar forma
aritmética a mi rabia.
Yo siento el cielo como algo extraño, remoto, esto es,
enemigo. Los cometas que, sin un objeto razonable, arrastran su cola por el
infinito, no me dicen nada que me consuele. Las nebulosas, amontonamientos
confusos de polvo cósmico, me exasperan como todas las cosas informes no
terminadas. En lo que se refiere a los planetas y a los satélites, aduladores
extintos que dan vueltas para obtener la limosna de un poco de luz, me causan
repugnancia y despecho.
No comprendo a los astrónomos. ¿Cómo ninguno de ellos
se vuelve loco o se suicida? Imagino que son hombres sin fantasías y sin
dignidad, incapaces de sentir el insulto permanente de las constelaciones
refugiadas en el fondo de los desiertos del espacio. Midiendo y calculando se
ilusionan tal vez, pensando que dominan el cielo o al menos que son admitidos
como huéspedes.
Pero el hombre verdadero no puede experimentar ante la
vorágine esparcida de los fuegos viajeros, más que ira o terror.
El cielo tiene influencia sobre mí y yo no puedo
tenerla nunca sobre él. Si le contemplo, me rebaja; si le ignoro, me castiga.
Tiene una vida suya, misteriosa y solemne, que no consigo de ninguna manera
turbar o mudar. Me inspira, contra mi voluntad, pensamientos mortificantes que
me hacen daño, me deprimen y me quitan el valor de vivir.
Por eso prefiero no verlo. Me gustan las regiones y las
estaciones donde el cielo está siempre cubierto, donde la noche es muda y total
y te sientes bajo una colcha próxima de niebla familiar.
Envidio a los habitantes de Venus, porque, según se
dice, su planeta está casi siempre envuelto por vapores. A ellos se les evita la
vista del irritante chisporroteo de las inútiles constelaciones de aquella
odiosa Vía Láctea que atraviesa el firmamento como una humareda de burla
fosforescente.
Los poetas, idiotas como niños, se extasían ante las
luciérnagas errantes del infinito. Para mí, que por fortuna o por desgracia no
soy ni versificador ni místico, el cielo es únicamente el telón siniestro donde
leo todas las noches la sentencia de mi nulidad irremediable.
DIVERSIONES
Berlín, 18 noviembre
Únicamente en esta ciudad -que ha arrebatado a París la
primacía de la vida nocturna y del vicio europeo- me atrevo a divertirme; Berlín
es una pequeña ciudad que se cree inmensa, pero todos los gustos son admitidos
en ella e incluso la corrupción está organizada de un modo perfecto.
He probado el opio: me pone idiota. Todos los
alcoholes: me transforman en un loco repugnante. La cocaína: embrutece y abrevia
la vida. Haschich y éter son buenos para los pequeños decadentes retrasados. La
danza es una estupidez que hace sudar. El juego, apenas perdidos dos o tres
millones, me disgusta: diversión demasiado común y costosa. En los music-halls
no se ven más que los acostumbrados pelotones de girls muy pintadas, desnudas,
odiosas, todas iguales. El cinema es un oprobio reservado a las clases humildes.
La velocidad -en automóvil o aeroplano- en los primeros
tiempos distrae; pero después parece ridícula: no se ve nada v se llega en
estado de imbecilidad a un lugar donde no se espera nada más que la hora de
marcharse. El teatro es una diversión para viejos y para snobs, infectos de
estética. En los conciertos se puede oír, de cuando en cuando, alguna pieza que
hace que uno se olvide de sí mismo -resultado deseable-; pero tener que oír
tantas, y en medio de piaras de humanidad que se entregan hipócritamente al
éxtasis, mientras piensan Dios sabe en qué torpezas y porquerías, es un
tormento.
En lo que se refiere al deporte es preciso ser joven,
fácil de contentar y primitivo.
Desearía otro vino, otro teatro milagroso, un deporte
más trágico, un opio que mude para siempre el yo. ¡Estos hombres se satisfacen
con tan poco...! Dos dedos de carne teñida, unas horas de frenesí artificial,
alguna imagen vieja, algún sonido oído mil veces, un facsímil de emoción, una
inconsciencia bestial...
Tengo bastante dinero para conseguirlo todo y todo me
aburre. Los recursos epicúreos de una gran ciudad me hacen pensar en las fiestas
de niños sosos y ajados. No tienen sabor para mí. Hombres como Calígula o Kafur
podrían tal vez divertirse; yo no me atrevo. No basta el dinero: es necesario el
poder y la ingenuidad. Tal vez ellos también se aburrían. Hacer morir a los
hombres no es tal vez aquella voluptuosidad que los asesinos platónicos
imaginan. También el sadismo termina con la saciedad. Es engendrado por el
aburrimiento y no puede matar a su padre. Tiberio y Gil de Retz me parecen
tristes después, mucho más que antes.
Y, sin embargo, debería inventar alguna cosa. Es
increíble que un hombre como yo, provisto de millones y desprovisto de
escrúpulos, se tenga que aburrir.
Las diversiones que me ofrece el mundo conducen a la
imbecilidad o a la locura, al tedio o a la muerte. No quiero saber nada de
ellas. Debo encontrar por mí o en mí un nuevo placer, una alegría inédita. ¿Lo
conseguiré?
Este Berlín, al fin y al cabo, no es más que un falso
Nueva York sin mar, con algún pedazo de Montmartre y de Babilonia para uso de
los pedantes que tienen prisa.
EL TEATRO SIN ACTORES
Moscú, 30 marzo
Un ingeniero de Pittsburg, que representa aquí una
fábrica americana, me llevó la otra noche a una tertulia de noctámbulos, especie
de figón, café, teatro y garito. Se bebe, se fuma y se aburre como en todas
partes. De cuando en cuando sale, de detrás de un telón rojo y oro, una carroña
femenina mal garbeada y mal vestida que regurgita una canción más triste que su
cara degradada. O bien un aborto engrandecido, del sexo masculino, con
pantalones amarillos, la barriga violácea y la joroba escarlata -una cosa entre
el payaso desocupado, el tísico dipsómano y el poeta revolucionario-, grita
algunas injurias en versos libres, acogido con los aplausos distraídos de los
indígenas. En conjunto. una melancolía siniestra.
Por fortuna, vino a sentarse a nuestra mesa, después de
medianoche, un amigo (?) de mi compañero: un joven ruso que había rodado por
medio mundo, hablaba tres o cuatro lenguas, y había sido bailarín, actor,
escenógrafo, crítico, dramaturgo y probablemente también espía. Su pasión
dominante era, sin embargo, el teatro, y comenzó de pronto a extravagar en torno
de sus ideas fijas.
-Entre nosotros -decía- hay en Alemania muchos
burgueses corrompidos que se torturan el cerebro para transformar el teatro.
Pero ninguno ha llegado a la locura lógica de la reforma esencial. El teatro no
debe ser la «imitación» de la vida real, sino la exacta «reproducción» de la
vida. La primera reforma consiste, por tanto, en despachar en seguida, hasta el
último, a todos los actores de oficio. El realismo radical, que es la fórmula
base de la época proletaria, no puede tolerar ficciones inmorales ni en el
teatro. Aquello que el poeta ha escrito debe acontecer al pie de la letra,
seriamente, sin trucos ni simulacros. El sistema de la hábil mentira es indigno
de los tiempos nuevos. Si se representa Julio César, aquel que desempeña el
papel de César debe ser verdaderamente herido por verdaderos puñales, es decir,
morir realmente, y en el Moro de Venecia, la mujer que hace de Desdémona debe
ser verdaderamente asfixiada bajo las almohadas. Nada de sangre hecha a base de
tinta encarnada, nada de fingidos cadáveres. La sangre debe ser verdadera sangre
humana y los cadáveres no deben ser llevados tras las bambalinas para resucitar
al primer sonido del aplauso, sino directamente al asilo mortuorio.
»Usted comprenderá, por tanto, que ya no nos podemos
servir de actores profesionales, gente vil y aferrada a la existencia. Algunos
papeles corresponden a delincuentes, condenados a muerte o a personas que han
decidido suicidarse y que se prestan altruisticamente a hacer servir su muerte
para la distracción de las masas.
»Una imitación, aunque sea genial, no podrá sustituir
nunca a la realidad. El que hace un papel en la vida debe ser también llamado a
representarlo en el teatro. Si tengo necesidad de un general, llamaré a un
general retirado o degradado, o por lo menos a un coronel; si se quiere un pope
en escena, no será difícil encontrarlos a puñados; y lo mismo se puede decir de
los comerciantes, de los gentileshombres y de los labriegos. Pero como sería
difícil procurarse reyes y emperadores, desterraría de mi repertorio todas las
obras donde figurasen personajes coronados. Hamlet, por ejemplo, no perderá nada
de su profundidad si, en vez de desarrollarse en la Corte de Dinamarca, fuese
transportado a una villa de grandes aristócratas.
»La salvación del teatro está en esta sola palabra:
"autenticidad". Y, por consiguiente, el teatro no será purificado y redimido de
las pobres vergonzosas del engaño y de la falsedad hasta que no condene al
ostracismo a todos los actores. El teatro fue grande cuando el pueblo mismo,
como en la Edad Media, recitaba los Misterios. Antoine y Copeau habían
comprendido la necesidad de licenciar a todos los actores, pero se detuvieron a
medio camino. Y poco a poco sus intérpretes se convirtieron en profesionales o
en algo peor. Cómicos y trágicos son los dos tumores del teatro, y hasta que no
sean extirpados no veremos el renacimiento de este sucedáneo del templo.
Observé tímidamente que, por este procedimiento, la
pura fantasía -que ha producido, sin embargo, obras maestras con Shakespeare y
con Gozzi- quedaría desterrada de la escena.
-El realismo absoluto y radical -replicó el enemigo de
los actores- ha de ser aplicado rigurosamente cuando se trata de
representaciones inspiradas en la vida humana. Para restablecer los derechos de
la imaginación, que pueden representar útilmente la parte del ilota, hay un
remedio: componer acciones escénicas donde no aparezcan hombres. Y le diré que
yo mismo he comenzado a preocuparme de esto. He escrito una «imposibilidad en
cuatro actos» donde los personajes son Angeles, Demonios, Espectros, Sombras,
ídolos animados, Centauros mudos, Máquinas parlantes y Monos. ¡Ningún hombre, ni
ninguna mujer! Sin embargo, ningún director -ni en Berlín- quiere poner mi
Circuito de la nada. Si permanece en Moscú y está dispuesto a gastar medio
millón de chervonetz para la representación, estoy dispuesto a dedicársela. Es
la primera obra teatral del género «trashumano» y usted participaría, con un
pequeño sacrificio, de mi gloria.
Me di cuenta de que el discurso adquiría un aspecto
embarazoso y dije a mi amigo que estaba cansado y quería volver al hotel. El
joven entusiasta me acompañó en el automóvil y no quiso abandonarme hasta que no
le hube dado el dinero necesario para la impresión de su «imposibilidad».
VISITA A LENIN
Moscú, 3 julio
He estado porfiando casi un mes, pero al fin lo he
conseguido. Había venido a Rusia únicamente para conocer a este hombre y no
quería marcharme sin haberle oído hablar. Me parece, en su género, uno de los
tres o cuatro vivientes que vale la pena de escuchar. Llegar hasta él me ha
costado casi veinte dólares -regalos a las mujeres de los comisarios, propinas a
los soldados rojos, donativos a los asilos de huérfanos-, pero no lo lamento.
Decían que Vladimiro Ilitch estaba enfermo, cansado, y
que no podía recibir a nadie, a excepción de sus íntimos. No permanece ya en
Moscú, sino en una aldea vecina, en una antigua villa de señores, con el
acostumbrado peristilo de columnas blancas a la entrada. El viernes por la noche
las últimas dificultades habían sido vencidas y el teléfono me advirtió que el
domingo se me esperaba. Dijeron a Lenin que mi capital podría ayudar a los
difíciles comienzos de la «Nep» y había consentido en verme.
Fui recibido por la esposa, una mujer gorda y
taciturna, que me miró como las enfermeras miran a un nuevo enfermo que entra en
la sala. Encontré a Lenin en un pequeño balcón, sentado ante una gran mesa
cubierta de grandes hojas de dibujos. Me produjo la impresión de un condenado al
cual se le permite gandulear en paz en las últimas horas de su vida. La
característica cabeza de tipo mongólico parecía hecha de queso viejo y seco;
árida y, sin embargo, blanda. Entre los labios sucios, la calavera mostraba ya
la fila siniestra de sus dientes. El cráneo, vasto y desnudo, hacía el efecto de
una caja barbárica construida con el hueso frontal de algún monstruo fósil. Dos
ojos turbios e inquisitivos de pájaro solitario estaban agazapados dentro de los
párpados sanguinolentos. Las manos jugueteaban con un lápiz de plata: se veía
que habían sido grandes y fuertes manos de labrador, pero con su descarnadura
anunciaban la muerte. No podré olvidar nunca sus orejas de marfil chupado,
tendidas hacia fuera como para coger los últimos sonidos del mundo, antes del
gran silencio.
Los primeros minutos del coloquio fueron más bien
penosos. Lenin se esforzaba en estudiarme, pero con aire distraído, como si
cumpliese un deber que ahora ya no le importaba. Y yo, ante aquella máscara
azafranada y cansada, no tenía valor para hacer las preguntas que me había
propuesto. Murmuré al azar un cumplido sobre la gran obra realizada por él en
Rusia. Y entonces aquella cara medio muerta se llenó de arrugas espectrales que
querían ser una sonrisa sarcástica.
-Pero si todo estaba hecho -exclamó Lenin con un brío
inesperado y casi cruel-; todo estaba hecho antes de que llegásemos nosotros.
Los extranjeros y los imbéciles suponen que aquí se ha creado algo nuevo. Error
de burgueses ciegos. Los bolcheviques no han hecho más que adoptar,
desarrollándolo, el régimen instaurado por los zares y que es el único adaptado
al pueblo ruso. No se pueden gobernar cien millones de brutos sin el bastón, los
espías, la policía secreta, el terror, las horcas, los tribunales militares, las
galerías y la tortura. Nosotros hemos cambiado únicamente la clase que fundaba
su hegemonía sobre este sistema. Eran sesenta mil nobles y tal vez unos cuarenta
mil grandes burócratas; en total, cien mil personas. Hoy se cuenta cerca de dos
millones de proletarios y de comunistas. Es un progreso, un gran progreso,
porque los privilegios son veinte veces más numerosos, pero el noventa y ocho
por ciento de la población no ha ganado mucho en el cambio. Esté seguro de que
no ha ganado nada, y es al mismo tiempo lo que se quiere, lo que se desea,
aunque por otra parte era absolutamente inevitable.
Y Lenin comenzó a reír en sordina como un comerciante
que ha engatusado a alguien y contempla alegremente las espaldas del burlado que
se va.
-Entonces -murmuré-, ¿y Marx, y el progreso, y lo
demás?
-A usted, que es un hombre potente y extranjero
-añadió-, se lo podemos decir todo. Nadie lo creerá. Pero recuerde que Marx
mismo nos ha enseñado el valor puramente instrumental y ficticio de las teorías.
Dado el estado de Rusia y de Europa me he tenido que servir de la ideología
comunista para conseguir mi verdadero fin. En otros países y en otros tiempos
hubiera elegido otra. Marx no era más que un burgués hebreo aferrado a las
estadísticas inglesas y admirador secreto del industrialismo. Le faltaba el
sentido de la barbarie, y por esta razón era apenas una tercera parte del
hombre. Un cerebro saturado de cerveza y de hegelianismo, en el que el amigo
Engels esbozaba alguna idea genial. La Revolución rusa es una completa negación
de las profecías de Marx. Donde no había casi burguesía, allí ha vencido el
comunismo.
»Los hombres, señor Gog, son salvajes espantosos que
deben ser dominados por un salvaje sin escrúpulos, como yo. El resto es
charlatanería, literatura, filosofía y músicas para uso de los tontos. Y como
los salvajes son semejantes a los delincuentes, el principal ideal de todo
Gobierno debe ser el de que el país se asemeje lo más posible a un
establecimiento penal. La vieja mazmorra zarista es la última palabra de la
sabiduría política. Bien meditado, la vida del presidiario es la más adaptada al
promedio vulgar de los hombres. No siendo libres, están, al fin, exentos de los
peligros y de las molestias de la responsabilidad y se hallan en condiciones de
no poder realizar el mal. Apenas un hombre entra en la prisión, debe, por la
fuerza, llevar la vida de un inocente. Además, no tiene pensamientos ni
preocupaciones, pues ya están aquí los que piensan y mandan por él; trabaja con
el cuerpo, pero su espíritu descansa. Y sabe que todos los días tendrá qué comer
y podrá dormir, aunque no trabaje, aunque esté enfermo, y todo esto, sin las
preocupaciones que incumben al libre para procurarse su pan cada mañana y un
lecho cada noche. Mi sueño es transformar a Rusia en un inmenso establecimiento
penal, y no se imagine que lo diga por egoísmo, pues con un tal sistema, los más
esclavos y sacrificados son los jefes y los que los secundan.
Lenin calló un momento y se puso a contemplar un diseño
que tenía ante sí. Representaba, según me pareció, un palacio alto como una
torre, agujereado por innumerables ventanas redondas. Me atreví a formular una
de mis preguntas:
-¿Y los campesinos?
-Odio a los campesinos -respondió Vladimiro Ilitch con
un gesto de asco-, odio al mujik idealizado por aquel reblandecido occidental
llamado Turguenev y por aquel hipócrita fauno convertido que se llama Tolstoí.
Los campesinos representan todo lo que detesto: el pasado, la fe, la herejía y
la manía religiosa, el trabajo manual. Los tolero y los acaricio, pero los odio.
Quisiera verlos desaparecer todos, hasta el último. Un electricista vale, para
mí, por cien campesinos.
»Se llegará, según espero, a vivir con los alimentos
producidos en pocos minutos por las máquinas en nuestras fábricas químicas, y
podremos al fin hacer la matanza de todos los labriegos inútiles. La vida en la
naturaleza es una vergüenza prehistórica.
»Tenga usted en cuenta que el bolcheviquismo representa
una triple guerra: la de los bárbaros científicos contra los intelectuales
podridos, del Oriente contra el Occidente y de la ciudad contra el campo. Y en
esta guerra no dudaremos en la elección de las armas. El individuo es algo que
debe ser suprimido. Es una invención de aquellos gandules griegos o de aquellos
fantásticos germanos. Quien resista será extirpado como una pústula maligna. La
sangre es el mejor abono ofrecido a la Naturaleza.
»No crea que yo sea cruel. Todos estos fusilamientos y
todas estas horcas que se levantan por mi orden me disgustan. Odio a las
víctimas, sobre todo porque me obligan a matarlas. Pero no puedo hacer otra
cosa. Me vanaglorio de ser el director de una penitenciaría modelo, de un
presidio pacífico y bien organizado. Pero aquí se hallan, como en todas las
prisiones, los rebeldes, los inquietos, aquellos que tienen la estúpida
nostalgia de las viejas ideologías y de las mitologías homicidas. Todos ésos son
suprimidos. No puedo permitir que algunos millares de enfermos comprometan la
felicidad futura de millones de hombres. Además, al fin y al cabo, las antiguas
sangrías no eran una mala cura para los cuerpos. Hay una cierta voluptuosidad en
sentirse amo de la vida y de la muerte. Desde que el viejo Dios fue muerto -no
sé si en Francia o en Alemania-, ciertas satisfacciones han sido acaparadas por
el hombre. Yo soy, si quiere, un semidiós local, acampado entre Asia y Europa,
y, por tanto, me puedo permitir algún pequeño capricho. Son gustos de los que,
después de la decadencia de los paganos, se había perdido el secreto. Los
sacrificios humanos tenían algo bueno: eran un símbolo profundo, una alta
enseñanza; una fiesta saludable. Y yo, en vez de los himnos de los fieles,
siento llegar hasta mí los alaridos de los prisioneros y de los moribundos, y le
aseguro que no cambiaría con la novena sinfonía de Beethoven esa sinfonía, canto
anunciador de la beatitud próxima.
Y me pareció que el rostro descompuesto y cadavérico de
Lenin se inclinaba hacia delante para escuchar una música silenciosa y solemne,
que tan sólo él podía oír. Apareció la señora Krupskaia para decirme que su
marido estaba cansado y que tenía necesidad de un poco de reposo. Me marché en
seguida.
He gastado casi veinte dólares para ver a este hombre,
pero en verdad no me hace el efecto de que los haya malgastado.
NADA ES M1O
Asora, 18 setiembre
El mayor problema del hombre, como de las naciones, es
la independencia. ¿Se puede resolver? Lo que poseo parece ser mío, pero soy
poseído siempre por aquello que tengo. La única propiedad incontestable debería
ser el Yo, y, sin embargo, aquilatando bien, ¿dónde está el residuo absoluto,
aislado, que no depende de nadie?
Los demás participan, ausentes o presentes, en nuestra
vida interior y externa. No hay manera de salvarse. Aun en la soledad perfecta
me siento, con espanto, átomo de un monte, célula de una colonia, gota de un
mar. En mi espíritu y en mi carne hay la herencia de los muertos; mi pensamiento
es deudor de los difuntos y de los vivientes; mi conducta está guiada, aun
contra mi voluntad, por seres que no conozco o que desprecio.
Todo lo que sé lo he aprendido de los demás. Cualquier
cosa que adquiera es obra de otros, y ¿qué tiene que ver que la haya pagado? Sin
el operario, sin el artesano, sin el artista, estaría más desnudo que Calibán o
que Robinsón. Si quiero moverme tengo necesidad de máquinas no fabricadas por mí
y guiadas por manos que no son mías. Me veo obligado a hablar una lengua que no
he inventado yo mismo; y los que han venido antes me imponen, sin que me dé
cuenta, sus gustos, sus sentimientos y sus prejuicios.
Si desmonto el Yo pedazo por pedazo, encuentro siempre
trozos y fragmentos que proceden de fuera; a cada uno podría ponerle una
etiqueta de origen. Esto es de mi madre, esto de mi primer amigo, esto de
Emerson, esto de Rousseau o de Stirner. Si realizo a fondo el inventario de las
apropiaciones, el Yo se me convierte en una forma vacía, en una palabra sin
contenido propio.
Pertenezco a una clase, a un pueblo, a una raza; no
consigo nunca evadirme, haga lo que haga, de unos límites que no han sido
trazados por mí. Cada idea es un eco, cada acto un plagio. Puedo arrojar a los
hombres de mi presencia, pero una gran parte de ellos seguirá viviendo,
invisible, en mi soledad.
Si tengo criados, debo soportarlos y obedecerles; si
tengo amigos, tolerarles y servirles, y los dineros quieren ser guardados,
cultivados, protegidos, defendidos. Potencia equivale a esclavitud. Nada en
realidad me pertenece. Las pocas alegrías que disfruto las debo a la inspiración
y al trabajo de hombres que ya no existen o que nunca he visto. Conozco lo que
he recibido, pero ignoro quién me lo ha dado.
He conseguido reunir algunos miles de millones. No lo
habría podido hacer si millones de hombres no hubiesen tenido necesidad de lo
que les podía vender, si millones de hombres no hubiesen inventado las fórmulas,
las máquinas, las reglas sobre las cuales se funda la vida económica de la
tierra. Abandonado a mí mismo, habría sido un salvaje, un comedor de raíces y de
perros muertos. ¿Dónde está, pues, el núcleo profundo y autónomo en el que
ningún otro participa, que no ha sido generado por ningún otro y que pueda
llamar verdaderamente mío? ¿Seré, en realidad, un coágulo de deudas, la esclava
molécula de un cuerpo gigantesco? ¿Y la única cosa que creemos verdaderamente
nuestra -el Yo- es, tal vez, como todo lo demás, un simple reflejo, una
alucinación del orgullo?
LA COMPRA DE LA REPÚBLICA
Nueva York, 22 marzo
Este mes he comprado una República. Capricho costoso y
que no tendrá imitadores. Era un deseo que tenía desde hacía mucho tiempo y he
querido librarme de él. Me imaginaba que el ser dueño de un país daba más gusto.
La ocasión era buena y el asunto quedó arreglado en
pocos días. El presidente tenía el agua hasta el cuello: su ministerio,
compuesto de clientes suyos, era un peligro. Las cajas de la República estaban
vacías; crear nuevos impuestos hubiera sido la señal del derrumbamiento de todo
el clan que se hallaba en el poder, tal vez de una revolución. Había ya un
general que armaba bandas de regulares y prometía cargos y empleos al primero
que llegaba.
Un agente americano que se hallaba en el lugar me
avisó. El ministro de Hacienda corrió a Nueva York: en cuatro días nos pusimos
de acuerdo. Anticipé algunos millones de dólares a la República, y además asigné
al presidente, a todos los ministros y a sus secretarios unos emolumentos dobles
de aquellos que recibían del Estado. Me han dado en garantía -sin que el pueblo
lo sepa- las aduanas y los monopolios. Además, el presidente y los ministros han
firmado un covenant secreto que me concede prácticamente el control sobre la
vida de la República. Aunque yo parezca, cuando voy allí, un simple huésped de
paso, soy, en realidad, el dueño casi absoluto del país. En estos días he tenido
que dar una subvención, bastante crecida, para la renovación del material del
ejército, y me he asegurado, en cambio, nuevos privilegios.
El espectáculo, para mí, es bastante divertido. Las
Cámaras continúan legislando, en apariencia libremente los ciudadanos continúan
imaginándose que la República es autónoma e independiente y que de su voluntad
depende el curso de las cosas. No saben que todo cuanto se imaginan poseer
-vida, bienes, derechos civiles- depende en última instancia de un extranjero
desconocido para ellos, es decir, de mí.
Mañana puedo ordenar la clausura del Parlamento, una
reforma de la Constitución, el aumento de las tarifas de aduanas, la expulsión
de los inmigrados. Podría, si me pluguiese, revelar los acuerdos secretos de la
camarilla ahora dominante y derribar así al Gobierno, obligar al país que tengo
bajo mi mano a declarar la guerra a una de las Repúblicas colindantes. Esta
potencia oculta e ilimitada me ha hecho pasar algunas horas agradables. Sufrir
todos los fastidios y la servidumbre de la comedia política es una fatiga
bestial; pero ser el titiritero que detrás del telón puede solazarse tirando de
los hilos de los fantoches obedientes a su movimiento, es una voluptuosidad
única. Mi desprecio de los hombres encuentra un sabroso alimento y mil
confirmaciones.
Yo no soy más que el rey incógnito de una pequeña
República en desorden, pero la facilidad con que he conseguido dominarla y el
evidente interés de todos los iniciados en conservar el secreto, me hace pensar
que otras naciones, y tal vez más vastas e importantes que mi República, viven,
sin darse cuenta, bajo una dependencia análoga de soberanos extranjeros. Siendo
necesario más dinero para su adquisición, se tratará, en vez de un solo dueño,
como en mi caso, de un trust, de un sindicato de negocios, de un grupo
restringido de capitalistas o de banqueros.
Pero tengo fundadas sospechas de que otros países son
gobernados por pequeños comités de reyes invisibles, conocidos solamente por sus
hombres de confianza, que continúan recitando con naturalidad el papel de jefes
legítimos.
EL HOMICIDA INOCENTE
New Parthenon, 15 octubre
Todos los días recibo cartas de gente que solicita
socorros, subsidios, subvenciones y empréstitos. Las leo por curiosidad y luego
las quemo. Una de ellas, llegada hoy, la conservo por su singularidad.
«Distinguido señor:
»No se niegue a leer mi historia. únicamente después de
conocerla, decidirá si merezco o no su ayuda.
»Mi padre poseía un negocio de armería y, de muchacho,
me tenía con él. Pronto pude comprender que muchos de los que venían a
comprarnos «brownings» se mataban o mataban a la mujer o al enemigo.
»Se despertó en mi alma tal horror hacia el comercio de
mi padre, que decidí estudiar medicina. De este modo podría ser un contrapeso al
mal que él directamente favorecía. Mi padre vende la muerte, pensaba para mí
mismo; yo venderé la vida y combatiré la muerte. Apenas licenciado, comencé a
ejercer mi arte en Minneápolis. Al principio los clientes eran pocos, pero
estaba satisfecho de mí. Ninguno de mis enfermos moría; es verdad que se trataba
siempre de enfermedades ligeras. Poco a poco mi sensatez médica me proporcionó
una vasta y escogida clientela. Y entonces comenzaron los desastres. Un muerto,
dos, tres, cuatro muertos en un año. Examinando escrupulosamente, después del
fallecimiento, mis diagnósticos y las curas ordenadas, me convencí de que, al
menos en la mitad de los casos, la culpa del fallecimiento era mía. Había
divagado desde el principio, no había sabido valorar justamente un grupo de
síntomas, no había tenido en cuenta la constitución y la idiosincrasia del
enfermo. Mis colegas, al escuchar mis desconsoladas confidencias, se reían de
mí. Pero yo no me podía reír. Me había consagrado a la medicina para vencer a la
muerte y no para ayudarla. Y como los fallecimientos continuaban a pesar de todo
e incluso aumentaban, me decidí a abandonar la profesión y la ciudad.
»Me fue fácil, habiendo estudiado la medicina, obtener
una patente de farmacéutico y abrí una buena farmacia en Oklahoma. De este modo,
pensaba, cooperaré también yo a la batalla contra el mal de la muerte, pero sin
una directa responsabilidad. No había pasado un año cuando ya me daba cuenta de
haber caído en una nueva trampa. Un muchacho tragó por descuido una pastilla de
potasa cáustica vendida por mí; una señora se suicidó con el veronal que había
comprado en mi botica; una mujer envenenó a su marido con preparados de arsénico
que había obtenido de mí con una receta falsa. Tuve que persuadirme de que
también los farmacéuticos se hallan expuestos al peligro de ser cómplices de la
muerte a domicilio.
»Medité largamente sobre la decisión de una nueva
profesión y me persuadí de que la más inocente era la de soldado. Le parecerá
una paradoja, pero era, sin embargo, el fruto de una larga meditación. En aquel
tiempo, nuestro país no se hallaba en guerra con ningún otro y no había tampoco
ninguna probabilidad de que nuestra paz pudiera ser perturbada. Apenas acababa
de alistarme cuando estalló la guerra europea y, en el año 17, fui de los
primeros enviados a Francia. No podía de ninguna manera volverme atrás: era
militar de profesión y además buen ciudadano. La guerra de trincheras me
entristeció mucho, pero me consolaba con e pensamiento de que el homicidio era
colectivo y que los muertos eran enemigos de América y de la Humanidad. Un día,
sin embargo, en 1918, fui llamado para formar parte de un pelotón de ejecución.
Se debía fusilar a un desertor. Cuando me hallé delante de aquel harapo humano
amarrado al banquillo, el corazón me dio un salto. Pero no podía zafarme de
aquel deber ni tampoco disparar al aire, pues un oficial vigilaba nuestros
fusiles. Y una vez más fui cómplice de homicidio.
»Apenas terminada la guerra, me licencié. Mi padre
había muerto. Vendí inmediatamente el negocio de la armería, pero lo que obtuve
no me bastaba para vivir sin trabajar. Con la esperanza de aumentar mi peculio y
de hacerme independiente, especulé en Bolsa y, en seis meses, por no ser
práctico en negocios, perdí hasta el último dólar. Me puse en busca de una nueva
ocupación y tuve que aceptar, obligado por el hambre, un puesto de chófer.
Cuando era médico, había poseído un automóvil y sabía guiar bastante bien. Por
algún tiempo viví tranquilo, pero finalmente no pude escapar a mi terrible
destino. Una noche, en una carretera mal alumbrada, atropellé y maté a una pobre
anciana, y un mes después, corriendo a gran velocidad, por orden de mi amo,
destrocé a un joven que atravesaba en bicicleta una plaza. Fui encarcelado, y
apenas puesto en libertad -aunque el amo quería volver a tomarme- me despedí. Me
hallaba otra vez sin pan ni trabajo. Acosado por la desesperación me ofrecí como
aviador a una fábrica de aeroplanos. En el cielo, pensaba, los atropellos son
casi imposibles y el peligro es mayor para mí que para los demás. En poco tiempo
llegué a ser un hábil y atrevido piloto. Pero hace veinte meses, durante un
vuelo de prueba con dos pasajeros a bordo, una falsa maniobra, debida a una
distracción mía, hizo precipitar el aparato desde seiscientos metros de altura.
Mis heridas curaron en pocas semanas, pero los dos infelices que se hallaban
conmigo murieron, y por culpa mía.
»He cumplido mi pena y me hallo otra vez hambriento.
Pero he decidido firmemente no elegir ningún otro oficio, ningún arte, ninguna
profesión No quiero ser homicida ni cómplice de homicidios. La única esperanza
de. huir de toda responsabilidad de asesinato es, para mí, el ocio. Y por esto
le escribo. Y le pido humildemente que me asigne una pequeña pensión para que
pueda arrepentirme en paz de mis involuntarios delitos y no me vea obligado a
cometer otros. Para usted sería un pequeño sacrificio y para mí una gracia
inmensa. No pretendo vivir bien: me basta con no morir de hambre y con no matar.
Con pocos dólares a] mes usted puede salvar a un hombre de los remordimientos,
de la prisión y de la pena eterna. Estoy persuadido de que me escuchará: mi paz
y Mi vida están en sus manos.
»Créame sinceramente su servidor
George William Smith.»
DESQUITE
Nueva York, 27 junio
He sacrificado una suma inmensa y he disminuido mis
rentas fijas en algunos millones, pero una de las fantasías más antiguas de mi
juventud se ha convertido en un hecho visible. La ciudad ha sido abofeteada, la
Naturaleza ha sido vengada.
He vivido durante muchos años en horribles habitaciones
en los barrios más populosos de la ciudad más populosa, polvorienta y rumorosa
del mundo. Odiaba las habitaciones, las casas, las calles, la ciudad. Y no tenía
más remedio que vivir allí. Y pensaba que, cincuenta o cien años antes, en el
lugar de aquellos inmundos callejones, aquellos caserones sucios y apestosos, de
aquellos laberintos de asfalto y de barro, había praderas donde las flores se
abrían al sol, campos donde los frutos maduraban, los pájaros cantaban, corrían
las liebres y el viento pasaba libremente: la tierra franca, saturada de agua,
olorosa de hierba, sana, silenciosa, hospitalaria a los vagabundos. Y soñaba que
un hombre poderosísimo -rico o dictador-podría divertirse un día en devolver a
la Naturaleza un pedazo, al menos, de aquella asquerosa ciudad, derribando las
casas, desempedrando las calles y haciendo volver el aire límpido donde había
corrupción, los marjales floridos donde corrían las cloacas, el silencio donde
había el estruendo, la soledad donde millares de hombres se amontonaban en
tumbas de ladrillos superpuestas.
Este pensamiento me guió, tal vez, sin darme cuenta,
cuando compré muchas casas en uno de los barrios populares de Nueva York. En vez
de invertir mi dinero aquí y allá en la metrópoli, di orden a mis agentes de
comprar únicamente casas en aquel barrio. Con el tiempo lo habría transformado
sacando una renta tres veces mayor. Pero cuando me di cuenta de que poseía dos o
tres calles, enteras, y, a excepción de algunos trozos aislados, todo el barrio,
me asaltó, con extraña fuerza, el recuerdo y también la tentación de aquel
sueño.
La fantasía rebasaba todos los cálculos; no pude
resistir. Poco a poco conseguí comprar las pocas casas que no eran de mi
propiedad y me encontré dueño absoluto de veinte acres de Nueva York, más de
ochenta mil metros cuadrados.
Fueron necesarios seis meses para hacer salir a todos
los habitantes y diez meses para derribar todas las casas. Quedaban entre los
escombros algunas vías públicas sobre las cuales no tenía derecho. Fue necesario
un año de gestiones e instancias cerca del Municipio y del Estado de Nueva York
para que cediesen aquellas calles para mi uso. No habiendo ya habitantes, las
calles de acceso a las casas derruidas eran ahora inútiles. Tuve que hacer creer
que destinaría a uso público el parque, para hacer desaparecer la última
resistencia. Apenas estuvo todo en regla, obré como me pareció para llevar a
cabo mis planes.
Los veinte acres fueron circundados de una altamuralla,
sin ventanas, cancelas ni portalones -el ingreso para mí es subterráneo- y un
cuartel general de botánicos, de zoólogos y de ingenieros, después de tres años
de trabajo, ha realizado el milagro.
En el lugar del asqueroso barrio habitado por obreros,
pequeños empleados, pequeños tenderos, se halla ahora una especie de selva
virgen con largos bosques, prados y canales, donde los pájaros cantan, donde los
árboles florecen, donde apenas se oye, lejano y confuso, el rumor de la ciudad
infernal. Una parte del terreno ha sido convertida en jardín zoológico; leones y
panteras rugen allí donde alborotaban los chiquillos y charlaban las comadres.
En la parte destinada a bosque he hecho introducir liebres, ardillas y erizos, y
nadie tiene derecho a matarlos. Las plantas, traídas aquí ya adultas, y
defendidas con los métodos más seguros, están ya vigorosas y se multiplican,
hasta el punto de formar umbríos senderos y dédalos pintorescos: la ilusión de
estar apartado centenares de millas de la más poblada ciudad de la tierra.
Aquí no hay casas, a excepción de algunos pabellones
escondidos para los jardineros y los guardianes de las fieras. Quien pasa por el
exterior no ve nada, no disfruta nada; tal vez, por la noche, en las calles
vecinas se oirá el rugido del tigre o el canto del ruiseñor.
Yo solo dispongo de este pequeño paraíso terrestre
reconquistado. No hago entrar a nadie ni invito a nadie. No he gastado una
importante parte de mis capitales para ser admirado o para oír cumplidos, sino
solamente para contentar a aquel muchacho que llevó, hace ya tantos años, mi
mismo nombre y sufrió el fétido amontonamiento y la estrechez de la ciudad, y al
fin se ha vengado restituyendo a la luz al menos un trozo de aquellos campos que
los hombres habían escondido bajo innobles cubos celulares...
En las calles por donde todos pasaban, no paso más que
yo. Donde los automóviles aullaban y apestaban, se pasean los plácidos osos.
Donde el prestamista se hallaba apostado en espera de una víctima, el chacal se
solaza al sol.
Me he pagado, en el corazón de una ciudad orgullosa y
colosal, el verdadero lujo, el más costoso, del hombre moderno: el aislamiento y
el silencio. Los que pasan por el exterior y ven los altos muros desnudos y
saben lo que hay dentro, exclaman: « ¡Capricho de un loco!
Yo, en cambio, tengo la impresión de haberme fabricado,
en el recinto de un vasto manicomio, una pequeña pero alegre celda de sabiduría.
VISITA A EDISON
New Jersey, 23 junio
He ido a Menlo Park para charlar algunos momentos con
el viejo Edison. Uno de los secretarios me había telefoneado que no podía
dedicarme más de diez minutos.
Encontré al viejo sentado ante una larguísima mesa de
madera blanca que ocupaba la mitad de la habitación y aparecía sin ningún objeto
encima: ni un trozo de papel, ni un lápiz, ni una estilográfica.
Mi aspecto debió de complacer de golpe al venerable
inventor, porque me hizo, sin muchos preámbulos, una confidencia imprevista, que
hubiera considerado como inverosímil si otro me la hubiese contado.
-Se ve en seguida que es usted un profano -me dijo-,
pero de todos modos sabrá que yo he ideado alguno de esos juguetes de base
eléctrica que los hombres, niños eternos, llaman pomposamente «grandes
inventos». No me avergüenzo; es necesario hacer algo para pasar el tiempo y
hacer uso de aquella pequeña astucia del cerebro que si no se emplea produce
fastidio. Por otra parte, algunos de esos juguetes pueden ser útiles en el
aspecto práctico de la vida común, es decir de la vida material y diaria. Pero
usted comprende que fijar los sonidos en un disco, ampliar las voces,
perfeccionar las lámparas eléctricas, o la radio, no significa ni mejorar la
existencia humana, ni aumentar la felicidad, ni acercarse a los secretos del
Universo. Ahora que soy viejo me doy cuenta de que he consagrado toda mi vida a
cosas de poca importancia. Que el hombre pueda ver mejor para bailar o para
hacer el amor, o que le sea dado oír a voluntad la última canción del Broadway o
el último discurso del candidato republicano, no modifica en nada nuestra
fundamental importancia o nuestros pecados originales.
»Cuando veo a los hombres de hoy que se entusiasman por
la velocidad de sus aparatos, no puedo menos de reírme. Los aeroplanos, con sus
300 kilómetros por hora, son, respecto a la luz, que recorre 300.000 kilómetros
por segundo, ridiculísimos caracoles.
»Cuando era joven imaginaba tontamente que toda la vida
consistía en las máquinas. He construido alguna máquina afortunada y nos
hallamos lo mismo que antes. Más de medio siglo de cálculos, de investigaciones,
de vigilancia, de tentativas, para lograr introducir en el comercio bagatelas
cómodas o rumorosas. Confieso que el hombre de la calle es una criatura
extraordinariamente indulgente y optimista.
» ¡Si al menos hubiese descubierto las dos máquinas
decisivas que pudieran librarnos de las penas mayores...! El martirio de la
Humanidad es doble; para el macho, la más dura fatiga: el pensar; para la
hembra, la más espantosa tortura: el parir. Pero no hemos inventado todavía -y
tal vez no las inventaremos nunca- ni la máquina pensante ni la máquina
generadora. Hemos construido máquinas calculadoras y motores esclavos, pero nos
hallamos infinitamente lejos del ideal: estos aparatos requieren siempre la
intervención del hombre. Raimundo Lulio y Leibniz habían imaginado verdaderas y
auténticas máquinas para pensar, pero ninguno consiguió fabricarlas ni servirse
de ellas. En cuanto a la creación de los seres vivos, nos hallamos todavía en el
autómata mecánico de Maelzel, más o menos perfeccionado. La industria de los
androides se halla, sin duda alguna, todavía en la infancia.
»Un decadente francés, Villiers de l´Isle Adam, se
divirtió contando, en una novela, que yo había dado vida a una mujer artificial
tan perfecta que se confundía con una viviente. Pero esto no es verdad: aquel
francés era un adulador o un mixtificador.
»Por otra parte, es verdad que hasta que no hayamos
encontrado las máquinas que sustituyan al cerebro macho y al útero femenino, la
ciencia mecánica y la electrotécnica deben confesar su fracaso. Solamente
después de haber librado al hombre del tormento de su reflexión y a la mujer del
peso de la maternidad, podremos cantar victoria. Pero este día está todavía
lejos y yo ya no tengo la esperanza de verlo. He cumplido hace poco ochenta años
y en mi corteza cerebral la sangre no circula libre y rica como antes. Lo que
hice está hecho, pero es muy poca cosa. He dado botones de hueso a quien tenía
necesidad de dólares de oro. Tiene ante usted a un viejo técnico desilusionado,
por no decir fracasado. No cuente usted a nadie que Edíson en persona le ha
confirmado la bancarrota de la ciencia. Los ignorantes tienen necesidad de
ilusionarse, los obreros tienen necesidad de trabajar y los industriales de
ganar dinero. Nuestro deber es salvar, hasta que se pueda, las supersticiones
ventajosas.
El cándido y melancólico Edison miró en este momento el
reloj, y con un gesto majestuoso de su mano me hizo comprender que había ya
transcurrido el tiempo que me tenía reservado.
LA FORTALEZA EN EL MAR
New Parthenon, 6 octubre
El mundo, desde hace algunos años, es cada vez más
espantoso y peligroso y he tenido que pensar en prepararme un refugio
inexpugnable. Tenemos todavía para rato guerras, invasiones y sublevaciones, y
nadie puede considerarse seguro. Quien reflexiona y no tiene la intención de
dejarse morir de hambre o de dejarse degollar, se prepara con tiempo.
He encontrado, en la costa norte del Brasil, no muy
lejos de la ría del Paranahyba, una pequeña península muy apropiada para lo que
deseo. Los obreros, para hacerla habitable y defendible, están trabajando en
ella. Se halla unida al continente por una especie de istmo en el que he hecho
disponer tres filas de minas: en caso de peligro mi península se convierte, en
tres minutos, en una isla.
He hecho construir, en la cima más alta, un castillo
revestido de piedra, pero acorazado interiormente con planchas de acero, lo
mismo que bajo el techo y bajo las terrazas. Más lejos, entre los árboles, dos
casas para la gente de servicio. El castillo tiene un profundo subterráneo,
dividido en numerosas estancias y en donde se podrá habitar cómodamente en caso
de necesidad. Hay, además, un sótano vastísimo para las provisiones y las
municiones.
He hecho construir instalaciones que me aseguren la
absoluta independencia del resto de los hombres: tres cisternas para agua, una
central eléctrica, una estación de radio, una cámara frigorífica y un gigantesco
depósito de carbón (ya lleno). Dentro del castillo ya se halla colocada una
biblioteca de cerca de veinte mil volúmenes, que contiene las obras maestras de
todas las literaturas, las mejores enciclopedias y los manuales de todas las
ciencias. Tengo después tres gramófonos con millares de discos y una galería de
representaciones en colores de las obras maestras del arte de todos los tiempos
y países.
En la terraza más alta hay un telescopio con una lente
de veintiséis pulgadas que puede servir para las noches de insomnio, pero hay
también una batería de cañones antiaéreos para el caso de que algún aeroplano
indiscreto quisiese informarse de mis actos.
En mi península hay por fortuna un puerto natural donde
tendré siempre, cuando habite el refugio, un yate, dos balleneros y dos
motonaves. Creo haber pensado en todo.
Apenas se produzcan cambios indeseables o movimientos
amenazadores en el país que habito, podré correr a mi fortaleza eremítica, donde
no falta nada para vivir cómodamente, y allí esperar, sin peligro, el fin de la
crisis. El lugar está muy bien elegido, porque me hallo cercano al golfo de
México y mi yate puede llegar en pocos días a Nueva Orleáns. No tengo ciudades
cercanas, por fortuna, pero las tierras vecinas son ricas y pueden
proporcionarme muchas de las cosas que se necesitan para un largo apartamiento.
Llevaré conmigo unas treinta personas, entre ellas un médico, un bibliotecario,
un ingeniero, tres buenos mecánicos y dieciséis atletas negros. He comprado ya
un centenar de fusiles, seis ametralladoras y he encargado veinte cañones de
costa: la defensa, dada la configuración de la península, es fácil por la parte
del final.
Un vapor cargado de alimentos en conserva de toda
especie ha zarpado ya para el Brasil y pienso hacer construir un establo capaz
para un centenar de vacas. Podré resistir así, aun sin recibir nada de fuera. lo
menos un año. Con las precauciones que he tomado no me espanta la soledad. Con
los libros, la música y la astronomía, el tiempo pasa pronto.
Me extraña mucho que los grandes señores del mundo, que
poseen tanto o más que yo, no piensen en habilitar refugios semejantes contra la
mala fortuna y las convulsiones guerreras y revolucionarias. La ceguera de los
hombres es inverosímil, espantosa. Nadie prevé y nadie se previene contra
desastres que son, en la Humanidad alocada de nuestros días, no sólo probables,
sino seguros y tal vez inminentes. El ejemplo de Rusia no ha abierto, sin
embargo, los ojos a esos jefes de la plutocracia que se hallan más expuestos al
peligro de ser fusilados y despojados. Yo soy tal vez el único en todo el mundo
que haya pensado en prepararse un «buen retiro» para los días de tempestad: buen
retiro que tiene algo de castillo feudal, de convento fortificado o de cueva de
piratas, pero que es mucho más útil que esas suntuosas villas que los ricos
poseen en el campo, al alcance de cualquier mano, como si quisiesen cultivar la
envidia de los pobres y tentar falazmente ese instinto de saqueo que se halla en
cada uno de nosotros.
Y además de eso, mi refugio peninsular me servirá
también en tiempo de paz. De cuando en cuando, experimento un violento deseo de
huir de la ciudad y hasta de los campos demasiado poblados. Haré de anacoreta
solitario con todas las comodidades de la civilización. Y no hay mejor placer,
en opinión mía, que sentirse en todo y por todo separado de la insoportable raza
de los demasiado semejantes, en todo y por todo independiente de ellos y en un
refugio bien protegido donde no puedan molestar ni ofender.
EL SEGURO CONTRA EL MIEDO
New Parthenon, 8 agosto
Me he caído de un árbol -donde estaba leyendo, montado
sobre una rama, en estos días de calor- y me he roto una pierna. Apenas el
cirujano ha terminado su trabajo y me he encontrado inmóvil y prisionero en la
cama, he tomado mi acostumbrada precaución. He mandado buscar a toda prisa y con
urgencia a dos cojos para que vengan a hacerme compañía. Los pago como son
pagados los gobernadores del Estado, pero deben andar y también saltar delante
de mí. Los dos derrengados me llegaron al día siguiente: al uno le faltan las
dos piernas y camina con muletas; el otro tiene las dos, pero tan retorcidas y
encogidas, que se mueve con trabajo y con movimientos grotescos.
Los dos infelices son, en estas jornadas de
aburrimiento y de rabia, mi consuelo. El mutilado y el estropeado me hacen ver,
con sus ridículos movimientos, aquello en que podría convertirme, y, por
contraste, me alegran.
Es un método excelente. Lo descubrí hace años cuando me
di cuenta de que era miope y sufrí durante algún tiempo el fastidioso fenómeno
de las manchas volantes delante de los ojos. Me procuré inmediatamente algunos
ciegos y, con el pretexto de hospedarlos, me distraía contemplando las pupilas
muertas, las cuencas vacías, y su estupor silencioso un poco idiota y un poco
extático. Tenerlos cerca, verlos, era para mí un inmenso consuelo: me hacían
sentir la valía del poco de vista que aún poseía, me hacían disfrutar mejor de
la luz del Sol, los colores de las cosas, las formas.
Muchos me preguntan por qué en un castillo del parque
-aquel que he hecho traer, pedazo a pedazo, del Suffolk- tengo un museo de
centenarios. La causa no es ciertamente la filantropía, sino la misma que me ha
hecho llamar a los ciegos y a los cojos. Apenas comencé, después de los cuarenta
años, a tener miedo de la vejez, me puse en busca de los hombres que desde hace
más de un siglo desafían a la muerte. He reunido siete, hasta ahora; el más
joven tiene ciento tres años, y el más viejo, ciento veintidós. No acepto más
que centenarios auténticos, en buen estado, y únicamente varones.
De cuando en cuando, si me siento abatido y me invade
la melancolía, voy a verlos y a estar un poco con ellos. Aquellas caras
arrugadas, apergaminadas, atontadas, aquellos ojos gelatinosos y ausentes,
aquellas bocas babeantes, aquellas manos frágiles y trémulas, producen en mí un
curioso efecto, aplastante, pero de todos modos bastante consolador.
Algunas veces pienso: si éstos han conseguido vencer
las asechanzas diarias de la muerte hasta esta edad, esto quiere decir que no es
imposible, para el hombre, superar los límites usuales y que existe una
probabilidad incluso para mí.
Pero en otros momentos, en los que domina la
repugnancia de aquella decadencia lamentable, concluyo pensando: mejor que verse
reducido a un estado semejante, entre lo grotesco y lo lamentable, esclavo de
todos, sin otra alegría que paladear un poco de menestra, vale más morir pronto:
en los setenta años fijados por Aristóteles, tal vez antes.
De todos modos, me son útiles y no me duele lo que me
cuestan. Son, como los ciegos y los cojos, un seguro viviente y visible contra
el miedo, y me parece que muchas formas de la beneficencia pública -hospitales,
hospicios, asilos- no tienen, en el fondo, otro origen.
LA RECONSTRUCCIÓN DE LA TIERRA
New Parthenon, 20 noviembre
Cuando oigo hablar del dominio del hombre sobre la
Naturaleza, casi siento rabia. Imaginad un muchacho, abandonado en un parque,
que después de tres o cuatro horas haya conseguido aprisionar algunas docenas de
hormigas y de luciérnagas, trazar un nuevo sendero en la hierba, crear una
cascada artificial en el arroyuelo y coger los frutos más maduros de los
árboles: ésta es, aproximadamente, teniendo en cuenta las proporciones, nuestra
potencia sobre la Tierra. Nos hallamos, según parece, al principio.
Hemos sabido utilizar el viento de la atmósfera y el
agua de los ríos, pero no hemos conseguido adueñarnos de la fuerza de las mareas
ni utilizar el fuego de los volcanes. Cuando lleguemos a transformar en energía
motriz los terremotos, entonces, pero no antes, podremos comenzar a
enorgullecernos.
Entretanto, nuestra pasividad ante la Naturaleza es
vergonzosa y ridícula. Esperamos casi siempre la voluntad del cielo y de la
Tierra. Nuestra alabada ciencia y nuestra ensalzada técnica no han sabido
todavía dominar las estaciones, cambiarlas según nuestra voluntad. No podemos
atenuar el frío del invierno, reducir el calor del verano. Aceptarnos los
temporales cuando vienen y no sabemos alejar la tempestad; soportamos
pacientemente la nieve y somos impotentes contra la sequía.
¿Por qué, por ejemplo, no sabemos producir tempestades
y ciclones artificiales, lluvias a voluntad, terremotos a capricho? ¿Cómo es que
nunca somos capaces de crear, para los países brumosos, un gran sol artificial
que ilumine y caliente toda una provincia? Me gustaría, si tuviese tiempo, crear
en la Groenlandia un vasto jardín tropical donde creciesen en invernaderos
caldeados por termosifones, las plantas del Ecuador. Desearía fabricarme, en
pleno Sáhara, una ville con tres o cuatro frigoríficos, de manera que en todas
las habitaciones hubiese la temperatura de la Laponia.
Huir de la monótona tiranía del día y de la noche,
sería, me parece, facilísimo: bastarían enormes reflectores colocados sobre las
montañas para iluminar toda la Tierra después del crepúsculo, y durante el día
gigantescas emisiones de humo denso para impedir que la luz del Sol llegase
hasta nosotros.
Pero lo peor es que nos adaptamos estúpidamente, como
los campesinos de los tiempos antiguos, a la irritante lentitud de la Tierra.
Hoy, en el triunfo de la velocidad, aun los más modernos farmers esperan meses y
meses la germinación del trigo, del maíz, de los frutos, y no saben hacer nada
ni nada intentan para abreviar la duración de la fabricación agrícola. ¡Es como
si en la cuestión de los transportes se contentasen todavía con los pies! ¡Y se
dice que somos los dueños de la Tierra! Dueños que deben esperar el beneplácito
de su esclava para obtener de ella, y a su debido tiempo, un poco de comida.
Además, dominio implica posibilidad de modelar, de
transformar, y poco más o menos hemos dejado la Tierra como la hemos encontrado,
con todas sus irregularidades, sus asimetrías, sus obstáculos, sus defectos de
construcción. Fuera de la despoblación de los bosques, del corte de un istmo y
de los túneles para los ferrocarriles, hemos alterado muy poco la estructura del
minúsculo planeta donde nos hallamos encerrados. La gloria y el distintivo del
genio humano es el espíritu geométrico, pero no hemos siquiera empezado a
reducir more geometrico la escandalosa veleidad de la Tierra.
Si verdaderamente fuésemos esos déspotas de la
Naturaleza que nos vanagloriamos de ser, a esta hora habríamos transformado los
lagos en estanques cuadrados o en forma de cruz o estrella, los ríos en canales
rectilíneos, y las montañas -escarnio y reto de nuestro poder- en cubos,
pirámides, conos o paralelepípedos de contornos precisos. Ni siquiera hemos
demolido con valor una gibosidad.
No hablo porque sí ni para ejercitar la fantasía. En el
planeta hay demasiado mar: tres quintas partes de la superficie terrestre están
ocupadas por las aguas. Y la población crece continuamente. Hay dos mil millones
de hombres y cada uno tiene 4 metros de intestinos. Cada día es preciso llenar 8
mil millones de kilómetros de tripas. Y muchos países producen poco y las
montañas son, por lo general, estériles. Sería necesario, pues -si el hombre es
verdaderamente el potentísimo rey del mundo-, deshacer las montañas y servirse
de los miles de toneladas de material así extraído para construir islas
artificiales en los océanos. Se obtendrían de ese modo dos resultados excelentes
para el aprovisionamiento de la Humanidad: todos los continentes serían
transformados en cómodas y fructíferas llanuras y se extendería, con la creación
de las nuevas islas, la superficie seca y cultivable.
Empresa, sin duda, gigantesca, pero que no debería
parecer imposible a la ingeniería de nuestro tiempo, que se vanagloria cada día
más de los progresos de la mecánica y se da importancia de poder rehacer el
Universo con sus invencibles maquinarias. La tierra es, en cierto sentido, la
posesión del género humano. ¿Y qué propietario de una posesión no se esfuerza en
mejorarla y engrandecerla? O somos dominadores o no lo somos, y si
verdaderamente queremos ser los autócratas de este grumo de fuego enfriado, ¿nos
contentaremos con rascar la corteza y abrir aquí y allá algún agujero o algún
surco?
Los estetas dirán que de este modo la Tierra se
convertiría en algo espantosamente monótono. Pero con la estética no se
multiplican los panes y cuando la tierra hospede a 4 ó 5 mil millones de
hombres, será necesario resignarse a hacer lo que yo propongo, a menos de volver
a la antropofagia.
Además soportamos muchas otras monotonías. Aunque no
fuese nada más que la pobreza de los colores humanos. Nuestra piel no tiene más
que tres tintes: el blanco, el negro y el amarillo. Y ni siquiera son las
coloraciones más bellas; recuerdan demasiado la cera, la oscuridad y la
ictericia. Una vez, para salir de esta pobreza, hice teñir a uno de mis
camareros de un bello color verde; otro de encarnado puro, y de cobalto a una
muchacha del servicio. ¡Pero los visitantes me trataron de loco y los criados me
amenazaron con marcharse!
Hace algún tiempo obtuve un riachuelo de leche que
corría entre riberas negrísimas, esparciendo masas de cal en la fuente y polvo
de carbón en las orillas, y todos se rieron de mí.
Otra vez, siempre para rebelarme contra la monotonía,
hice tirar al río que atraviesa mi parque muchos quintales de cinabrio para ver,
finalmente, el agua de un bello color rojo, y entonces también protestaron.
Los hombres, pues, soportan perfectísimamente la
uniformidad y todavía no están cansados de ver de color verde todas las hojas y
eternamente amarillo un pedazo de oro. Se resignarán, por necesidad también, a
la desaparición de las montañas, que constituirá, entre otras cosas, la victoria
visible de uno de los ideales más queridos de la modernidad: la universal
nivelación.
EL CAMINO DE LOS DIOSES
New Parthenon, 26 octubre
Se puede negar la existencia de los dioses, pero no se
puede negar la existencia de las religiones. Si son tantas y han conseguido
sobrevivir durante tantos siglos, quiere decir que responden a una necesidad
profunda del alma humana.
Aun en los países más inteligentes y civiles, la mayor
parte de la población pertenece a una Iglesia: es necesario, pues, que también
yo elija una.
Pero la elección es terriblemente difícil. Yo vivo, de
ordinario, en países cristianos y mi religión debería ser el Cristianismo. Pero
confieso que el Cristianismo, por lo poco que conozco, me espanta. Estoy
dispuesto a reconocer que es la más perfecta y la más sublime de las religiones,
pero sin embargo, contradice y condena todos mis instintos más hondos Yo detesto
a los hombres, y el Cristianismo me impone amarlos; soporto a duras penas a los
amigos, y el Cristianismo me obliga a abrazar a los enemigos; soy uno de los
hombres más ricos de la Tierra, y el Cristianismo enseña el desprecio y la
renuncia a las riquezas; siento inclinación a gozar de la crueldad, y el
Cristianismo me impone la dulzura y me invita a llorar el martirio de un
Ajusticiado.
Debo, pues, con gran sentimiento, renunciar a hacerme
cristiano. Sería, de lo contrario, un cristiano rebelde e hipócrita. El
Cristianismo es demasiado alto para un ser de mi especie.
Por fortuna no faltan otras religiones que tal vez
concuerden mejor con mi naturaleza. Pero no es fácil elegir una, antes de
conocerla prácticamente. Y por esto decidí, hace tiempo, recurrir al método
experimental.
En un claro apartado de mi inmenso parque he creado,
para mi uso personal, una Avenida de los Dioses, esto es, dos filas de templos
de las mayores religiones del mundo, atendidos por sacerdotes auténticos traídos
del país de origen.
Hay en primer lugar un templo hindú, dividido en tres
partes -atrio, santuario y celda- según las mejores reglas. La divinidad elegida
por mí -la diosa Kali y Siva el destructor- es servida por un verdadero brahmán,
asistido por un puróhita o capellán, y por un grupo de bailarinas sagradas
(bayaderas). Allí se celebran los cinco sacrificios diarios (sandhya) y, de
cuando en cuando, las fiestas de la diosa Kali, en honor de la cual es degollada
una cabra.
A pocos pasos se eleva el templo budista, dispuesto
según el rito chino. Es una gran habitación vigilada a la entrada por monstruos.
En el fondo hay una estatua de Maitreya, futura encarnación del Buda, y en el
centro la de Sakyamuni, es decir. del Buda histórico, entre sus discípulos
preferidos: Ananda y Kasyapa. Dos monjes venidos del Ce-Kiang, vestidos de
amarillo, atienden el culto, que, por otra parte, es sencillísimo.
Enfrente hay un templo de Zeus, en mármol, de estilo
dórico. La religión pagana, verdaderamente, está muerta, pero tuve la fortuna de
encontrar, en el sur de Francia, un rezagado discípulo de aquel Gabriel Auclerc
que, bajo el nombre de Quintus Nantius, quiso resucitar el antiguo paganismo en
el tiempo de la Revolución francesa. Es un viejo con una florida barba, muy
estudioso y admirador de Juliano el Apóstata, y ha reconstituido, como mejor
pudo, las tradiciones de los sacerdotes flaminios. De cuando en cuando me pide
que le conceda una vaca o un toro para los sacrificios, y se contenta en vez de
un verdadero victimario, con uno de mis cow-boys.
Al lado se halla el templo sintoísta (miya), cuadrado,
según la tradición japonesa, y construido con maderas sagradas. En el interior
hay únicamente el espejo de plata, símbolo del Sol, y el famoso shintai, piedra
redonda en la cual debe transferirse el mitama, es decir, el alma de Dios. Dos
Kannushi se hallan afectados al templo, pero no pueden realizar, casi nunca, las
procesiones del shintai por falta de fieles.
He querido que no faltase tampoco un templo
zarathustriano. Es el más sencillo de todos: un recinto de piedra donde el
sacerdote parsi -que me procuré en Bombay- mantiene siempre el fuego sagrado,
tirando a él cinco veces al día madera de sándalo. Cuando el parsi ha hecho las
plegarias, toma un poco de aquella ceniza y se la lleva a la frente, y nada más.
Al otro lado hay una minúscula mezquita musulmana del
más puro estilo árabe del siglo x, con el mihrab de cara a La Meca. Un imán y un
muezín, procedentes de Marruecos, repiten cada día las obligadas plegarias.
Y, finalmente, hay una minúscula sinagoga, imitación en
pequeño de la de Amsterdam, donde un rabino rumano, pero de la tribu de Leví,
provee en compañía de un hazzan de origen ucraniano, a las ceremonias
indispensables.
Hay, por ahora, siete templos, pero no desespero de
aumentarlos próximamente. Tanto más cuanto que no he conseguido hasta ahora
hacer mi elección. Voy a menudo, cuando resido aquí, a la Avenida de los Dioses;
asisto, el mismo día, a una y otra ceremonia y sostengo un poco de conversación.
bien con el monje budista, que sabe inglés, bien con el rabino, bien con el
francés sacerdote de Júpiter Máximo, o con el imán musulmán. Ninguna de estas
religiones presenta aspectos que me atraigan, y descubro, en cambio, preceptos y
dogmas poco adecuados para mí.
Un teósofo me ha aconsejado que reúna todas las
imágenes de los dioses, incluso la de aquellos que ya no son adorados, en un
gran templo único, y que llame a un ministro de la Iglesia Unitaria -o mejor de
la Teosófica- para el ceremonial del culto colectivo. La propuesta no me
desagrada -incluso porque representaría una importante reducción en los gastos-,
pero por ahora prefiero tener separadas las varias religiones.
Intenté. hace dos meses, una empresa bastante atrevida:
reunir en torno mío un pequeño concilio de dioses en carne y hueso. He sabido
que viven, esparcidos por el mundo, algunos hombres que son venerados como
verdaderas y propias encarnaciones divinas, y encargué a un amigo teósofo que
invitase a algunos. Pero la cosa no ha salido como quería. El Dalai Lama de
Lassa -que es el más célebre de esos dioses vivientes- no quiso ni siquiera
recibir a mi emisario y comunicó su desdeñosa negativa por mediación de un
simple lama rojo. ¡Y pensar que le ofrecía, por permanecer aquí una semana, una
compensación enorme! El Buda viviente de Urga, en la Mongolia, se dejó traer
hasta aquí, junto con el célebre Kristnamurit -encarnación divina que vive
habitualmente en Adyar-, pero dos solos no me bastaban. Mi encargado consiguió
descubrir, en un suburbio de París, el sucesor de aquel Guillermo Mondo, muerto
en 1896, que se proclamó encarnación del Espíritu Santo a fines de 1836. También
este menudito francés, que se hace llamar Guillermo III, pretende ser un
verdadero dios. A estos tres añadí un ruso de Saratov, miembro de la secta de
los Bojki (pequeños dioses), que afirma resueltamente ser una encarnación
terrestre del Dios Padre, y un pequeño siciliano, sordo, que es considerado por
sus discípulos como la manifestación definitiva del Espíritu Santo. Pero la
conversación de estos cinco dioses no me ha sido de ningún provecho. El Buda
viviente es un viejo alcohólico que sabe repetir únicamente, entre una y otra
borrachera, la célebre fórmula tibetana: Om mani padme, Hum! Kristnamurit se ha
contentado con exponer, en tono hierático y en un mal inglés, algunas teorías
confusas que se encuentran ya en los libros de Mrs. Blavatsky; el mujik se niega
a hablar hasta que haya llegado no sé qué paloma divina; el siciliano se limita
a recitar algunas de sus extravagantes poesías; y en cuanto al francés, no hace
más que soltar los lugares comunes de las sectas protestantes que esperan la
venida del Paráclito. Después de una semana de perder el tiempo y de aburrirme
decidí expedir a los cinco dioses vivientes a sus países.
Y de este modo, aunque no haya ahorrado ni los dólares
ni la paciencia, no tengo todavía una religión a mi modo, y no me atrevo a
decir, hasta hoy, cuál sea la divinidad que más me conviene. ¿Si volviese un día
u otro a la religión de mi madre, a la maorí? ¿No podrían ser Atua y Tangaroa
los verdaderos dioses que voy buscando?
LA GLORIA
Palm Beach, 20 marzo
Pienso, desde hace algunos días, en la gloria.
Me gustaría llegar a ser famoso; me gustaría aún mucho
más que mi nombre quedase, por decenas de siglos, en la memoria de los hombres.
¿Es necesario haber nacido grande para sobrevivir en la
historia? No lo creo. Pero es necesario, sin embargo, hacer algo enorme y
singular, que no pueda ser olvidado.
Empresa ahora difícil. Todo ha sido ya hecho. Se ha ido
a los dos polos; el Atlántico ha sido atravesado en vuelo; hay quien ha dado la
vuelta al mundo en barca y quien la ha dado a la pata coja. Las gestas
asequibles a los mediocres provistos de medios y de resistencia han sido
realizadas. Los antiguos trucos me están vedados. ¿Escribir un poema? No lo
conseguiría. ¿Gobernar un Estado? No me siento capaz; además no sería
suficiente. ¿Crear una nación? ¿Y dónde están ahora los pueblos esclavos, las
razas divididas? Tal vez en África, entre los negros: no me entusiasma bastante.
¿Hacerse caudillo de una revolución? ¿Y dónde? ¿Y por qué? Para semejantes
aventuras se requiere un místico, un optimista, un poeta. Yo no amo a los
hombres y no sabría con qué palabras levantarlos. ¿Ser un héroe en la guerra? La
guerra ha pasado y cuando se desencadene otra seré viejo o estaré muerto. Y en
las guerras anónimas, de aniquilamiento, no es fácil hacer el héroe de los
monumentos, ni el inventor de las estrategias.
Se puede obtener la notoriedad momentánea con poca
fatiga, con una extravagancia cualquiera, idiota o ingeniosa, pero no es eso lo
que busco: desearía la gloria a la manera antigua -disfrute perpetuo-, la de un
David, de un Sócrates, de un Newton, de un Napoleón.
Podría, como tantos imbéciles de esta época, bailar
tres días seguidos, volar durante tres semanas, casarme con una china
centenaria. ¿Y luego? Algunas líneas en los periódicos, una fotografía en las
revistas ilustradas y, después de una semana, silencio y olvido.
Para hacer un gran descubrimiento soy demasiado
ignorante; tampoco sé pintar ni componer música. Si regalase todos mis millones
al primero que se me presentase, sería tomado no por un santo, sino por un
prodigio o por un loco, y tal vez encerrado.
Queda el delito, pero también este medio de conquistar
la fama es arduo y aleatorio. Si incendiase la central de Nueva York no me haría
célebre como Erostrato. Y sería un plagio vulgar que me costaría, probablemente,
la libertad.
Sería preciso un delito monstruoso y original, que
quedase en la memoria de la Humanidad como algo único. No tengo escrúpulos, pero
tampoco fantasía. Inventar un delito absolutamente nuevo, después de tantos
siglos en que los hombres se torturan y se asesinan, no está al alcance de
todos. No bastan una inteligencia superior, la abundancia de dinero y la total
falta de prejuicios: es preciso la intuición mágica de lo nunca visto, la
potencia de un espantoso genio. Y esto son cosas que no se compran ni se
improvisan. Sin contar que el resultado puede ser, en vez de la fama eterna, la
breve popularidad de la silla eléctrica.
Podría intentar el camino opuesto: el del bien. Algunos
santos, algunos filántropos, gozan de una fama duradera y de primera magnitud.
Pero no me atrevo a verme entre los leprosos o a hacer una campaña para la
redención de los salvajes. Mi amor por los hombres sería falso, hipócrita y por
eso ineficaz. Mi instinto es hacer daño más que socorrer.
Y, sin embargo, no estoy resignado a la oscuridad
definitiva, al hundimiento en el silencio. He pensado en comprar un
descubrimiento o una obra maestra a un genio pobre, y apropiarme, con el fraude,
la gloria. Pero un genio ya famoso no consentiría este mercadeo y, por otra
parte, para reconocer un genio futuro entre los desconocidos, es preciso tener
una especie de genio: por lo menos el de la profecía. Y éste, ¿no se vería
tentado después a revelar su venta y desenmascararme? Sin contar que de un
hombre grande se esperan nuevos y continuos milagros y yo no podría, por mí
solo. producirlos.
¿Construir un monumento colosal y milagroso que pueda
resistir los milenios y los cataclismos? Pero se haría célebre el nombre del
monumento y el de los artistas que lo hicieran: solamente los eruditos sabrían
el nombre del que lo pagó.
He consumido más de la mitad de mis años para
conquistar la riqueza y me doy cuenta de que no es verdad aquello que me
repetía, en San Francisco, mi primer patrón, Joe Higgins: todo se puede obtener
en el mundo con una determinada cantidad de dólares. ¡Con todos mis millones no
consigo divertirme ni tampoco hacerme célebre! Temo que, al fin, mi vida no haya
sido más que un pésimo negocio.
LA INDUSTRIA DE LA POESIA
New Parthenon, 27 mayo
He renunciado, desde hace tiempo, a todas mis
direcciones y participaciones industriales para comprarme la cosa más cara -en
sentido económico y moral- del mundo: la libertad. Un lujo que no está al
alcance, hoy, ni siquiera de un simple millonario. Supongo que soy uno de los
cinco o seis hombres aproximadamente libres que viven en la Tierra.
Pero cuando uno se ha entregado al vicio de los
negocios durante tantos años, es casi imposible conseguir que éste no vuelva a
recrudecer. El año pasado me vino el deseo de crear una pequeña industria con
objeto de poder sustraerme a la tentación de volver a ocuparme de las grandes y
pesadas. Quería que fuese absolutamente «nueva», y que no exigiese demasiado
capital.
Se me ocurrió entonces la poesía. Esta especie de opio
verbal, suministrado en pequeñas dosis de líneas numeradas, no es ciertamente
una sustancia de primera necesidad, pero lo cierto es que algunos hombres no
pueden prescindir de ella. Ninguno ha pensado, sin embargo, en «organizar» de un
modo racional la fabricación de versos. Ha sido siempre dejado al capricho de.
la anarquía personal. La razón de esta negligencia se halla, probablemente, en
el hecho de que una industria poética, aunque floreciente, daría beneficios
bastante modestos, bien sea por la dificultad -no digo imposibilidad- de adoptar
máquinas, bien por la escasez de consumo de los productos.
Para mí no se trataba de un asunto de dinero, sino de
curiosidad. El financiamiento necesario era mínimo, los gastos de instalación
casi nulos. Sabía que era preciso recurrir, para esta nueva empresa, a skilled
workers; pero tales individuos son numerosos, sobre todo en Europa. Me dediqué a
buscarlos. Noté en muchos de éstos una extraña repulsión al oír mis
ofrecimientos, originada por la idea de trabajar regularmente a sueldo de un
jefe de la industria. Por otra parte, no había necesidad de realizar una recluta
demasiado vasta, tratándose de un simple experimento sin finalidad de lucro.
Conseguí contratar cinco, todos ellos jóvenes, menos uno, y discípulos de las
Escuelas más modernas.
Instalé el pequeño taller en mi villa de la Florida,
con dos siervos negros y dos mecanógrafas; hice montar una pequeña tipografía y
esperé los primeros frutos de mi iniciativa. Los cinco poetas eran alimentados,
alojados y servidos, disfrutaban de una pequeña asignación mensual y tenían
derecho a un ligero tanto por ciento sobre los eventuales beneficios. El
contrato duraba un año, pero era renovable para igual período de tiempo.
En los primeros meses ya comenzaron los fastidios y las
dificultades. Uno de los poetas me escribió que tenía necesidad de drogas
costosas para inspirarse y su sueldo no le bastaba; una de las mecanógrafas, la
más joven, presentó la dimisión porque los cinco obreros no la dejaban en paz;'
otro poeta me pidió una pequeña orquesta para favorecer la visita de las musas,
pero se tuvo que contentar con un gramófono y seis docenas de discos; el tercer
poeta se lamentaba de la falta de vino y de libros; los otros dos, según me
escribió la mecanógrafa que se había quedado, no hacían más que discutir desde
la mañana hasta la noche, envueltos en nubes de humo. Naturalmente, no contesté
a ninguno.
Transcurridos seis meses hice, como establecía el
contrato mi primera visita al establecimiento de la Florida y llamé, uno tras
otro a mis poetas.
El primero que se presentó en la sala de la dirección
fue Hipólito Cocardasse, francés, disertador de la escuela «Dada» y que había
sido pescado, naturalmente, en Montparnasse. Pequeño, moreno. calvo, pero
provisto de una barba rabiosa, muy reluciente desde el círculo de los lentes
hasta los zapatos, parecía, más bien que poeta, un agente de policía que acabase
de llegar de una prefectura de provincias.
-Nos recomendó usted, a mí y a mis otros colegas
-dijo-, que creásemos un tipo nuevo, adaptado internacional. Je me flatte
d'avoir réussi au delá de vos espérances. Usted sabe que cada lengua tiene su
musicalidad propia y que ciertas palabras incoloras o sordas tienen una
sonoridad admirable traducidas a las de otra lengua. Servirse, pues, de una sola
lengua para escribir poesía es ponerse en condiciones difíciles para obtener esa
variedad y riqueza musical que es el verdadero fin de la lírica pura. He
pensado, por tanto, en componer mis versos eligiendo aquí y allá entre las
principales lenguas las palabras y las expresiones que mejor se prestan para la
realización armónica del misterio poético. Ahora las personas cultas conocen
cinco o seis idiomas europeos y no hay peligro de no ser comprendido. Añada que
la Sociedad de las Naciones admitirá con gusto bajo su patronato estos primeros
ensayos de poesía políglota. Dante había insertado, en diferentes puntos de la
Divina Comedia, versos en latín, en provenzal y en jerga satánica, pero se
hallaban casi ahogados en la superabundancia del idioma vulgar. Yo, en cambio,
mezclo palabras de lenguas diferentes en el mismo verso. y cada verso está
construido con mezclas del mismo género. Voild mon point de départ et voici mes
premiers essais. Jugez vous meme.
Y al decir esto, Cocardasse me presentó algunas hojas
de gran tamaño, acompañadas de una sonrisa y una reverencia. El título de la
primera poesía decía:,
Gesang of a perduto amour, Y leí los primeros versos::
Beloved carinha, mein Wettschmerz Egorge mon time en
estas soledades, Muy tired heart, Raju presvétlyj Muore di gioia, tel un démon
au ciel. Lieber himmel, castillo de los Dioses, Quaris quot, durerd this fun
desespére? Aquadrvak Chic drévo zizni...
Mi ignorancia lingüística me impidió seguir. Miré a la
cara, en silencio, al poeta Cocardasse. -¿Tal vez no le parece equitativa la
proporción de cada lengua? Sin embargo, en el reparto he llevado una cuenta
proporcional de los siglos de pasado literario, de la importancia demográfica y
política...
Comprendí que era inútil discutir con semejante
imbécil.
-Continúe su trabajo -le dije-, a fin de año veremos
hasta qué punto la poesía políglota es susceptible de una amplia venta.
Despedido Cocardasse, fue introducido Otto Muttermann
de Stuttgart. Un monumento de una altura de doscientos metros que, desde hacía
medio siglo, se había alzado atrevido sobre la Tierra, no ciertamente para
adornarla, sino para iluminarla. Parecía nacido del cruce de un buey con una
leona, y su cabellera, todavía larga, todavía rubia y todavía despeinada, como
en los tiempos míticos de Thor y del Sturm und Drang, era el mayor de sus
títulos en la profesión poética. Era, además de poeta, metafísico, filósofo de
la historia y un poco asiriólogo; en el conjunto, un buen hombre, aunque sus
ojos de mayólica azulada no fuesen siempre tranquilizadores. Le habría confiado
un millón, pero no le habría recibido sin un revólver en el bolsillo.
-Aunque de pura raza germánica -comenzó diciendo
Muttermann con aire solemne-, he admirado siempre el pensamiento del francés
Joubert, que dice exactamente así: S'il y a un homme tourmenté par la maudite
ambition de mettre tout un livre dans una page, toute una page dans une phrase,
cette phrase dans un mot, c'est moi. De este pensamiento he hecho, en lo que a
mí se refiere, un imperativo categórico. El defecto de mis compatriotas es la
prolijidad y no se puede ser grande más que librándose de las costumbres medias
de la propia raza. Además, la poesía debe ser la destilación refinada de una
gota de perfume potente de una masa enorme de hierba y de flores.
»Mi vida es fidelidad a este programa. A los veinte
años concebí una epopeya lírica y filosófica que debía contener no sólo mi
Weltanschauung, sino de paso, la revolución histórica de la Humanidad en torno
al mito central de Rea-Cibeles. A los treinta años tenía el poema terminado,
pero era demasiado largo: cincuenta mil seiscientos versos. Fue entonces cuando
descubrí el profundo aforismo de Joubert. Trabajé todavía con la lanceta y la
lima, a los treinta y cinco años, los versos ya no eran más que diez mil y lo
esencial estaba salvado. A los cuarenta años conseguí reducirlo a cuatro mil, a
los cuarenta y seis no había más que dos mil trescientos versos. A los
cincuenta, cuando llegué aquí, había conseguido condensarlo en setecientos
veinte; y ahora, gracias a su generosa hospitalidad, mi sueño ha sido realizado:
mi epopeya se halla condensada en una sola palabra, palabra mágica,
quintaesenciada, que todo lo abraza y lo expresa. A usted ofrezco el resultado
de mis treinta años de fatigante forcejeo en el camino de la perfección.
Y al decir eso puso sobre mi mesa un papel. Lo miré. En
el centro de la página, trazada con una elegante escritura bastarda, había esta
palabra:.
Entbindung
Nada más. El resto de la hoja estaba en blanco. Otto
Muttermann debió de darse cuenta de mi perplejidad.
-¿No encuentra usted tal vez en esta palabra, preñada
de un mundo, los infinitos sentidos que resumen el destino de los hombres?
Binden, atar, el mito de Prometeo, la esclavitud de Espartaco, la potencia de la
religión (de «religar»), los abusos de los tiranos, la Redención y la
Revolución. Pero aquel prefijo da el otro aspecto del drama cósmico. Entbindung
es desenvolvimiento y parto. Es la salvación de los vínculos, es el nacimiento
milagroso del Dios mártir, la gestación triunfante de la Humanidad libertada, al
fin, de los mitos y de las leyes Aquí está comprendida la doble respiración del
dios de Plotino y al mismo tiempo las vicisitudes universales de la Historia:
¡conquista y revolución, servidumbre y libertad!
Los ojos de Muttermann comenzaban a lanzar chispas.
Creí prudente admirar su síntesis, con la secreta esperanza de que una
agravación de su manía me permitiese legalmente transferirlo a un asilo de
enfermedades mentales.
El tercer poeta era uruguayo y procedía de la escuela
«ultraísta». Carlos Cañamaque era jovencísimo, rubísimo y timidísimo. Sus ojos
negros de betún caliente resaltaban como una doble sorpresa en aquella palidez y
en aquel rubio.
-Yo también -me dijo- he intentado hacer algo un poco
distinto de la poesía acostumbrada. La poesía pura, en Italia y Francia, tiene
ahora su técnica: todo el encanto poético reside únicamente en la armonía de las
palabras, independientemente del sentido. Yo he intentado redimirla íntegramente
de todo significado, yendo más allá que los poetas puros, que conservan siempre,
aunque envuelto en oscuridad, un residuo de contenido emotivo o conceptual. Aquí
las palabras están asociadas únicamente a causa de su valor fonético y
evocativo, sin ningún ligamento lógico que pueda atenuar o desviar el
contrapunto sonoro. Lea, como ensayo, este madrigal.
No pude menos de leer
Lienzo, sombra, suspiro
Amarillas, misterios, desierto Huella, palabra,
doliente, Tiro Faraón, corazón, labios, huerto.
Mi paciencia, puesta a prueba por los dos anteriores
poetas, esta vez vaciló.
-¿Y cree usted, señor Cañamaque -grité-, que habrá
bastantes imbéciles en el mundo para dar su dinero a cambio de este ridículo
deshilachamiento de palabras? Le he dado orden de escribir poesías y no
extractos de vocabularios. Usted cree poder engañarme, pero aquí hay un motivo
suficiente para la rescisión del contrato. Desde hoy no pertenece usted a la
fábrica. ¡Márchese!
El pobre Cañamaque bajó sus grandes ojos de antracita
líquida y murmuró con tristeza:
-Así han sido tratados siempre los descubridores de
mundos nuevos.
Y dignamente salió, sin ni siquiera saludarme.
El cuarto poeta que se me presentó delante era un ruso,
uno de esos emigrados que se han esparcido por Europa y América, felices de
poder hacer al mismo tiempo de occidentalistas y de desterrados. El conde Fedia
Liubanoff podía tener, a lo más, treinta y cinco años, pero la vida que había
llevado en los cafés de Mónaco y de París le había envejecido antes de tiempo.
La cara tenía la consagrada moldeadura mongólica de los moscovitas, y una
perilla blanquecina y rojiza le daba un aire premeditadamente diabólico. Le
temblaban siempre los manos, por el terror de una condena a muerte no cumplida,
decía él; por el uso inmoderado del vodka, decían sus amigos.
-Señor Gog - comenzó-, no haré largos preámbulos. Es
usted demasiado sutil para tener necesidad de comentarios anticipados. Le
recordaré únicamente una verdad que no habrá escapado seguramente a su
inteligencia. Toda poesía tiene dos autores; el poeta y el lector. El poeta
sugiere y suscita; el lector llena, con su sensibilidad personal y con sus
recuerdos, lo que el poeta ha simplemente bosquejado. Sin esta colaboración la
poesía no puede concebirse. Un poeta que ofrece mil versos para describir una
batalla o un crepúsculo no conseguirá nunca hacer comprender algo a un palurdo o
a un ciego. Pero, desde hace algún tiempo, los poetas se dejan vencer por la
superabundancia; digamos únicamente que tratan de rehacer y violentar el yo de
su colaborador necesario. Quieren decir demasiado y no dejan sitio para la obra
del lector, para aquella integración personal que forma el mayor atractivo de la
poesía. Los japoneses, raza genial y aristocrática, han conseguido llegar a
hacer poesías de ocho o nueve palabras. Pero es demasiado aún. He querido dar un
paso más. He aquí mi libro.
Era un pequeño volumen encuadernado en piel roja. Lo
abrí y comencé a hojearlo. Cada página llevaba, en la parte superior, un título
Lo demás estaba vacío.
-Vea -añadió Liubanoff-, he querido reducir al mínimo
la sugestión del poeta. Cada poesía mía se compone únicamente del título: es un
tema ofrecido a la meditación individual, un «la» para la creación múltiple y
siempre nueva. Mi primera poesía, por ejemplo, se titula: «Siesta del ruiseñor
abandonado.» Hay todos los elementos para la eflorescencia poética. La «siesta»
le da la estación y la hora; el «ruiseñor» le evoca toda la música, todo el
amor; y ese «abandonado» le induce a elaborar los temas eternos de la traición y
del dolor. Reflexione algunos minutos sobre este título y poco a poco en su alma
surge y se desenvuelve el canto maravilloso que yo quería sugerir, de manera que
cada lector se convierte verdaderamente, gracias a mí, en un creador. Y las
creaciones serán tantas cuantos sean los lectores. Y cada vez se puede crear una
poesía nueva, que sacia y contenta mejor que podrían hacerlo las sobadas
lucubraciones de un extraño.
No tuve ni siquiera fuerza para enfadarme. Reconocí
lealmente que el experimento había fracasado, que la fábrica había constituido
un desastre. No quise siquiera ver al quinto poeta.
La misma noche me marché, y, al terminar el año, todo
el personal, comprendidos los poetas, fue licenciado. Es la primera vez en mi
vida que me falla tan vergonzosamente mi olfato en el business. Y comienzo a
comprender por qué el viejo Platón quería arrojar a los poetas de su república.
En este negocio he experimentado una pérdida de sesenta y dos mil dólares.
VISITA A WELLS
Londres, 17 mayo
H. G. Wells me ha tomado por un periodista.
-Nací -ha dicho en seguida, acercándome una poltrona de
cuero- en 1866, en Bromley, en el Kcnt. Fui comisionista en un almacén de
novedades, luego estudié biología; en 1886 fundé la Science Schools Journal,
donde publiqué mi primer artículo, sobre Sócrates...
He tenido que explicarle quién era y que no deseaba que
me repitiese a voces la biografía del Who's Who, que ya conocía.
-Entonces, ¿qué puedo hacer por usted?
H. G. Wells es un hombre gordo, seguro de sí mismo, que
tiene el aspecto de un administrador de fincas rurales mejor que el de un
escritor.
Bien alimentado y sano, su cara redonda y maciza parece
que quisiera decir:
-¡Cartas a la vista! ¡Terminemos!
Nada de un poeta, nada de un soñador o de un metafísico
Ha permanecido eternamente el «vendedor de novedades». En vez de lazos y
sombreros, comercia desde hace treinta años, con utopías científicas, «últimas
novedades» noveladas, historias para el domingo, paradojas proyectadas en
narraciones.
Tuve que decirle, para hacerle hablar, que iba
realizando por Europa una encuesta acerca de la suerte futura de la Humanidad.
Apenas la palabra «futuro» llegó a sus oídos, Wells se reanimó:
-Usted sabe -dijo- que la exploración y la previsión
del futuro es mi especialidad y que nadie ha conseguido, en este país,
arrebatármela. Inglaterra tiene en la sección de literatura tres altos
empleados: un Bardo nacional, que es Kipling; un Clown nacional, que es Shaw, y
un Profeta nacional que soy yo. Desde noviembre de 1901, es decir, cuando
publiqué Anticipations, mi ocupación dominante ha sido la profecía. Profecías
científicas, mecánicas, astronómicas, biológicas, políticas, militares,
sociales; nada ha escapado a mi espíritu. Nada más alto puede emprender la mente
humana. La religión, tanto la pagana con los oráculos, como la judaica con los
profetas, se halla fundada sobre las profecías: el único fin de la ciencia, como
han demostrado Ostwald y Poincaré, es el de profetizar. Mi gloria está en el
haber impuesto triunfalmente la profecía en el mercado de la literatura.
La elocuencia de Wells se vio interrumpida por los
timbres del teléfono.
-¿Cuántas palabras? -gritaba el poeta a su lejano
interlocutor-. ¿Para qué día? Well, seis mil palabras, el 25 de mayo. Well, good
bye! Se trata -dijo Wells volviéndose hacia mí- de una nueva profecía para la
Westminster Gazette. Léala: le interesará. Puedo adelantarle la idea principal.
Antes de que nuestro siglo llegue a la mitad, tendremos una espantosa guerra
intercontinental que destruirá al menos las tres cuartas partes del género
humano. La técnica de la guerra aérea y de la guerra química, que realizará
nuevos y espantosos progresos en los próximos años, abolirá la distinción
histórica entre combatientes y civiles. Las mayores metrópolis del mundo serán
destruidas; las ciudades menores derrocadas y despobladas; los centros de alta
cultura, incinerados y dispersados; las zonas industriales, aniquiladas. Cuando
la guerra -mejor el suicidio en masa de los pueblos- termine por falta de gases
y explosivos, no quedarán en el planeta más que pocas decenas de millones de
seres espantados y famélicos, originarios de las regiones más pobres y menos
civilizadas. Todos los intelectuales, los jefes, los ingenieros, habrán muerto,
y los sobrevivientes semibárbaros no serán capaces de reconstruir, ni siquiera
aproximadamente, la civilización que conocían tan sólo por el exterior. Las
palabras capitales se habrán perdido; los secretos del poder y del saber serán
ignorados u olvidados. Las bibliotecas que hayan escapado al incendio servirán a
los que hayan quedado refugiados entre las ruinas de las iglesias y de las
oficinas, para calentarse.
»Poco a poco los últimos utensilios se gastarán y los
hombres no serán capaces de hacer otros. Las carroñas arrugadas de las máquinas
destrozadas cubrirán los nuevos desiertos, pero nadie conseguirá descubrirlas ni
copiarlas. Antes de que el siglo termine, las bandas de los que hayan escapado,
impotentes para resucitar la obra de los muertos, se verán reducidas al estado
salvaje. En las selvas, que habrán vuelto a surgir, en los campos incultos, se
congregarán tribus sospechosas y hostiles que se lanzarán en busca de un poco de
alimento. En menos de cincuenta años, Europa, orgullosa de su ciencia, y
América, soberbia de su riqueza, estarán pobladas por clanes de neoprimitivos
que habrán olvidado el florecimiento efímero de la civilización entre los siglos
XVII y XX. Y entonces comenzará un nuevo, fatigoso, largo ciclo de la historia
universal. Podrá ver mejor todos los detalles en la Westminster Gazette, último
número de mayo.
Era una invitación a que me marchase. Apenas salí de la
habitación, oí el repiqueteo apresurado de la máquina de escribir. Era Wells que
comenzaba a redactar su profecía sesenta y siete.
FILOMANÍA
París, 22 diciembre
Esta noche, en la «Coupole», me han hecho conocer a un
tal Rabah Tehom, venido a París para iniciar, según dice, la revolución
antifilosófica. En nuestro velador, donde se hallaban reunidos dos rumanos, un
senegalés, un peruano y un sueco, el pequeño Rabah Tehom, gnomo de Oriente,
vestido de color naranja, eructaba en pésimo francés sus palabras.
El color de su cara, bajo la luz deslumbrante, luchaba
entre el violeta extinto y el verde marchito. Le falta un brazo: dice que lo ha
perdido en una batalla, pero no se sabe en qué guerra. En torno de los cabellos
untados llevaba una corona de laurel de papel dorado. Ningún licor le daba
miedo.
-¿Qué es lo que habéis ganado -graznaba Rabah Tehom,
alzando el único brazo hacia los lampadarios- siguiendo la razón y adoptando la
inteligencia?
»La verdad no se ha alcanzado, el hombre es cada vez
más infeliz y la filosofía, que debía ser, según los antiguos farsantes griegos,
la corona de la sabiduría, se retuerce entre las contradicciones o confiesa su
impotencia. Los dos malhechores fueron castigados desde el principio -Sócrates
con el veneno, Platón con la esclavitud-, pero no fue suficiente. Ésos han
envenenado y aprisionado ochenta generaciones con su enseñanza pestilencial. El
monstruoso Sócrates se ha vengado de la cicuta ateniense intoxicando a los
pasivos europeos, durante veinticuatro siglos, con su dialéctica. Los resultados
están a la vista. El ejercicio testarudo y estéril de la razón ha llevado al
escepticismo, al nihilismo, al aburrimiento, a la desesperación. Las pocas
verdades entrevistas con aquel método han conducido al terror. En la Edad
Moderna, los filósofos más lúcidos se han refugiado finalmente en la locura:
Rousseau, Comte y Nietzsche han muerto locos. Y sólo gracias a esta fortuna han
podido renovar el pensamiento occidental con ideas más fecundas y temerarias.
»Aquí está el secreto. Si la inteligencia lleva a la
duda o a la falsedad es de presumir que la insensatez, por idéntica ley,
conduzca a la certidumbre y a la luz. Si el demasiado razonar lleva no a la
conquista de la verdad, sino a la locura, está claro que es preciso partir de la
locura para llegar a la racionalidad superior que resolverá los enigmas del
mundo.
»A la Filosofía -amor a la sabiduría- es preciso la
sustituya la Filomanía, el amor a la locura. Pero la locura no se enseña como se
puede enseñar la lógica y la ciencia del método. Es necesario deshabituar a los
cerebros humanos de las prácticas nefastas del viejo racionalismo. No basta
abolir el culto desastroso de la inteligencia; es preciso extirpar de nuestras
mentes los tumores del intelectualismo, digamos más bien, si ustedes quieren, la
claridad, el buen sentido, la maña inductiva, el intelecto. Quien quiera
ascender al cielo superior de la revelación interna y universal, debe ante todo
volverse loco. El sabio no podrá entrar jamás en el paraíso de la verdad;
veinticinco siglos de experiencia contra natura lo demuestran de un modo
irrefutable.
»Tomando el camino al revés, adoptando audazmente el
delirio como punto de partida. podremos, tal vez, aferrar aquello que no pudo
ser aferrado por ninguna clase de razonamientos. La Filomanía, sin embargo, no
puede ser difundida por medio de libros, como la fracasada Filosofía. Es preciso
extraer la inteligencia a los más aptos; educar, fuera de los sistemas normales,
a los futuros creadores de la Filomanía. No nos podemos servir de los locos en
el estado natural, en el que les quedan demasiados rastros de la enseñanza
racionalista y del antiguo pensamiento. Estoy recorriendo Europa para recoger
dinero que me permita fundar el primer «Instituto de Demencia Voluntaria», del
cual deberán salir los pioneros de la Filomanía. Los programas están dispuestos
y yo me comprometo, en tres años, a transformar el animal más racional, apestado
de lógica, en un loco milagroso, profético y demiúrgico. En tres generaciones,
la Filomanía florecerá sobre la Tierra, iniciando una civilización nueva que
responderá a las exigencias milenarias del espíritu humano y dará a todos la paz
en la suprema certidumbre.
Rabah Tehom se reajustó la corona de papel que se le
había caído casi encima de los ojos, se secó la frente, bebióse el whisky que
uno de los rumanos se había hecho traer e interrogó con la mirada a sus oyentes
silenciosos. Apiadándome de su melancólica chifladura, saqué del bolsillo un
billete de cien francos y lo entregué al apóstol de la Filomanía.
-Aquí está -le dije- mi donativo para la Escuela de la
Demencia Voluntaria. Es poco, pero creo que una escuela semejante debe ser mucho
menos necesaria hoy de lo que le parece.
Rabah Tehom movió la cabeza con aire de conmiseración.
- ¡Todos podridos por la inteligencia! -murmuro-. Viene
el médico y le contestan con una limosna.
Pero, a pesar de su visible mal humor, metió con
cuidado los cien francos en su cartera sin darme las gracias y se puso en pie.
Se quitó la corona dorada de la cabeza, se la metió en el bolsillo y, después de
haber hecho una inclinación muy cumplida. salió de la «Coupole», orgulloso y
solemne como un profeta enviado al destierro.
ESTRELLAS-HOMBRES
Niza, 27 febrero
A la hora del té, en la Villa des Abeilles, Maeterlinck
me esperaba, sereno y sonriente, como un filósofo acostumbrado a todas las
explicaciones.
-Como apologista del divino Silencio -me dijo- debería
callar. Pero se puede callar únicamente ante aquellos a quienes conocemos desde
hace mucho tiempo y a los cuales se ama. Nosotros no nos hallamos, me parece, en
esta relación y debo recurrir a esta degradación y decadencia del silencio que
es la palabra.
»Me perdonará si le hablo únicamente de astronomía.
Estos meses no hago más que estudiar esta materia y no me atrevo a pensar más
que en el cielo. Usted quizá no sabe que nuestro tiempo, no muy afortunado en
las artes, es la edad de oro de la astronomía. Los progresos de estos últimos
treinta años son prodigiosos. Desde el tiempo de Copérnico y de Galileo no se
habían realizado tantos descubrimientos, tan frecuentes y de tal vasto alcance.
Hombres como Jeans, Van Maanen, De Sitter, Russell, Arrhenius, Barnard, Adams,
Eddington, Hubbles, han renovado y engrandecido fabulosamente nuestra conciencia
del universo estelar. El siglo xx será, para la ciencia de los astros, lo que
fue el Cuatrocientos para la antigüedad clásica y el Seiscientos para la física:
un verdadero y genuino Renacimiento. Desgraciadamente hay dos obstáculos para
que este florecimiento produzca todos sus efectos. Las personas cultas y
habituadas a pensar no se ocupan de estudios astronómicos y tienen, a lo más,
una conciencia superficialísima del sistema solar. Por otra parte, los
astrónomos, que son al mismo tiempo excelentes físicos y matemáticos, están
desprovistos de vocación filosófica. Descubren genialmente y exponen exactamente
hechos y teorías, pero son incapaces de deducir las consecuencias morales y
metafísicas. Yo desearía ser, si no le parezco demasiado soberbio, el cerebro de
la unión entre la ciencia de los astros y la ciencia del hombre.
»Usted sabe tal vez que uno de los principios de la
antigua ciencia esotérica afirma que el microcosmos es una repetición o reflejo
del macrocosmos, esto es, que en el hombre se encuentra la forma y la estructura
del Universo. Los hombres de ciencia positivistas se han reído de esta fórmula
que parecía fruto de una ingenua extravagancia. Pero los últimos descubrimientos
y las teorías astronómicas proporcionan una justificación insospechada del viejo
principio hermético. En una palabra: la vida de los astros en el Universo se
parece increíblemente a la vida de los hombres sobre la tierra.
»Hasta hace medio siglo se creía que las estrellas se
hallaban esparcidas caprichosamente aquí y allá en el espacio y que eran, como
decían los griegos, incorruptibles, es decir, siempre iguales a sí mismas. La
astronomía contemporánea ha changé tout cela. Encontramos en el espacio, finito
como quiere Einstein, pero prácticamente ilimitado, naciones y pueblos de
estrellas. Son los famosos Universos-Islas, entrevistos por Herschel, y hoy
admitidos por todos. Estas islas son de dos especies: las Nebulosas Espirales,
como nuestra Vía Láctea, a la que pertenece el Sol, y los Conglomerados
Globulares. Las Espirales son inmensas humaredas de bruma gaseosa donde se han
coagulado algunos miles de millones de estrellas. Los Conglomerados Globulares
-como, por ejemplo, el de Hércules-son independientes de las Espirales, tienen
forma esférica y contienen millones de estrellas. Los astros, pues, no viven
esparcidos como se creía antes, sino reunidos en grandes sociedades. En el
cielo, como en la tierra, reina la vida asociada.
»Y estas sociedades, como las humanas, están compuestas
de familias: los sistemas solares. En el gigantesco pueblo que constituye la
Vía-Láctea -formado, según parece, por centenares de miles de millones de
cuerpos celestes, entre vivos y muertos- se hallan al menos cien mil sistemas
solares semejantes al nuestro, es decir, donde un Sol hace de padre benéfico a
una corona de planetas que son efectivamente sus hijos, porque ha salido de sus
flancos, tanto si se acepta la vieja teoría de Kant y de Laplace, como la
modernísima de Jeans. Los satélites son, a su vez, hijos de los planetas, de
modo que cada sistema solar se parece perfectamente a una familia patriarcal.
»Otra admirable analogía entre los astros y los hombres
es la existencia de las parejas. La mayoría de los seres humanos viven por
parejas -marido y mujer, amigos inseparables, amantes- y la mayor parte de las
estrellas son, como dicen los astrónomos, "dobles". Aparecen como dos astros de
tamaño casi igual que se mueven juntos y de acuerdo en torno al mismo centro de
gravitación. »Las estrellas, lo mismo que los hombres, viven, es decir, nacen,
llegan a la juventud, envejecen y mueren. La espectroscopia nos ha permitido
reconstruir la biografía de las estrellas. Son, primeramente, masas gaseosas que
poco a poco se condensan y llegan al máximo del esplendor y del calor: es la
adolescencia, la juventud. Son las estrellas gigantes, de color blanco o
azulado, colosos adolescentes del cielo. Poco a poco se empequeñecen, se vuelven
amarillas, luego rojas y cada vez más pequeñas. Entre las estrellas enanas
amarillas, que ya presentan signos de vejez, se halla nuestro Sol. Finalmente
acaban por no brillar: el rubí se oscurece y se vuelve negro; las estrellas
están muertas, pero sus cadáveres oscuros continúan circulando en medio del
fulgor de las hermanas vivas.
»Y hay otras semejanzas singulares entre el mundo
humano y el mundo astral. Tanto entre nosotros como entre las estrellas el
número de muertos supera al de los vivos; las estrellas jóvenes, ricas de luces
y de calor, son infinitamente menos numerosas que las ancianas y empobrecidas;
las estrellas gigantes y supergigantes son poquísimas en relación con las
enanas. También en el cielo, come entre los hombres, predominan los muertos, los
mediocres y los pobres.
»Y, a propósito de la vejez de las estrellas, quiero
revelarle una afinidad sorprendente con los hombres. Como aparece en la escala
espectroscópica de Harvard -que es el medio seguro para determinar la edad de
los astros-, la vejez se revela, en el espectro, con la raya que denuncia la
presencia y la extensión de la cal. Y en el hombre, la señal de la vejez es la
arteriosclerosis, esto es, la osificación de las arterias, el endurecimiento, el
predominio de la cal.
»Las estrellas gigantes -blancas y azules- son
pródigas, arden e iluminan con una generosidad incalculable, vierten en todos
los instantes torrentes de luz y de calor. Es la divina locura de la juventud,
despreocupada de la brevedad. De hecho, este período, como el que corresponde al
hombre, dura poco, y esto explica por qué el firmamento se halla poblado sobre
todo de estrellas enanas y amarillas, esto es, más pequeñas, más frías y más
viejas.
»Hay luego masas estelares que no llegan nunca a
resplandecer, o por lo menos no alcanzan aquella temperatura mínima de 2.700
grados indispensable para que nosotros podamos verlas. Éstas corresponden a lo
que en la generación humana son los abortos.
»Preveo, acerca de la edad, su objeción. Un astro antes
de apagarse, vive millones de siglos, mientras que nosotros llegamos apenas, en
promedio, a medio siglo. Pero si usted compara la masa inmensa de los astros con
esa, pequeñísima, de los hombres, se dará cuenta de que la apreciación no tiene
fuerza. He hecho cálculos aproximados y he descubierto que, en proporción a la
masa, los hombres tienen una longevidad superior a la de los soles y de los
planetas. La Tierra, según parece, cuenta apenas dos mil millones de años, y
vivirá tal vez otro tanto, pero si tuviese una longevidad parecida a la del
hombre, tantísimo más pequeña, debería vivir, en vez de cuatro mil millones de
años, miles de millones de siglos.
»Pero, me dirá usted, hay otras diversidades: las
estrellas son cuerpos puramente físicos y materiales, mientras que los hombres
son criaturas vivientes y sensibles; la comparación entre la sociedad humana y
la sociedad estelar tiene un límite. Enteramente falso. También las estrellas,
como los animales y los hombres, se alimentan. Se tragan los innumerables
bólidos errantes en el espacio y absorben los infinitos electrones suspendidos
en el éter. De otra manera morirían mucho antes. No se puede consumir y
resplandecer, como hacen los soles, sin reparar las pérdidas. Se multiplican lo
mismo que nosotros: el Sol, como le he dicho, es un padre, y lo que es extraño,
el parto de los planetas, no se podría producir si no interviniese otro astro
gigante, el cual, aproximándose, produce una emisión de materia gaseosa del
cuerpo del padre, ese fenómeno que podríamos llamar marea sideral. Esta marea,
por efecto de la rotación, se desprende del astro enamorado y se fracciona en
pedazos que, al enfriarse, forman los planetas.
»En cuanto a la sensibilidad, me contento con
recomendarle los célebres experimentos de Bose sobre la vida psíquica de los
minerales; no hay partícula del Universo que no vibre, que no sea atraída o
rechazada, que no goce y no sufra. ¿Por qué las estrellas tendrían que ser una
excepción?
»Se puede inferir, me parece, que verdaderamente el
microcosmos es espejo del macrocosmos. Los pequeños hombres sobre el pequeño
planeta corresponden perfectamente a las grandes estrellas en el inmenso
espacio. En el cielo, las estrellas viven por parejas, en familia, por naciones,
como nosotros, y como nosotros nacen, resplandecen en la efímera juventud, se
reproducen, degeneran, se encogen y mueren. También allí los genios, los
gigantes, los ricos y los vivientes son una excepción. Los habitantes del
Universo, que parecen tan diversos y lejanos, viven del mismo modo que los
habitantes de la Tierra, sufren la misma suerte, presentan idénticos caracteres.
Pascal se espantaba ante los grandes espacios celestes; nosotros encontramos
allí, gracia a los astrónomos, seres vivos, semejantes a nosotros, esto es,
grandes hermanos. Al terror sucede el amor. Yo, mínimo animal terrestre, soy de
la misma especie que Sirio y que Aldebarán. Si las estrellas se parecen en todo
a los hombres, yo puedo hacerme la ilusión de ser una estrella.
El viejo Maeterlinck se dio cuenta de mi estupor
-mezclado con un poco de aburrimiento- y cesó de hablar. Fuimos al jardín, bajo
los racimos de escarcha azufrada de las mimosas que comenzaban a florecer.
-¿No está satisfecho de ser una estrella? -me preguntó
el autor de Trésor des humbles.
-Contentísimo -contesté-. Y le estoy muy agradecido por
haberme revelado mi parentesco celeste.
Mientras me dirigía a Niza, miré -contra mis
costumbres- el gran cielo estrellado, y antes de meterme en el hotel hice un
bello saludo circular a mis hermanas, que viven, por fortuna, a miles de
millones de kilómetros lejos de mí.
CADÁVERES DE CIUDADES.
Nápoles, 12 octubre
Me hallo casi al final de un viaje a través del viejo
mundo, en busca de cadáveres. Itinerario de ruinas y de necrópolis. En vez de
detenerme en las ciudades vivientes, habitadas por seres vivos, he ido en
peregrinación a todas las ciudades muertas, pobladas por sombras. En Egipto,
dejando a un lado El Cairo y Alejandría, he visitado Heliópolis y Tebas; en
Asia, saturándome de Troya, he visto Pérgamo, Sardi, Ancira y Jericó, y
adentrándome en el desierto, la fabulosa Tadmor de las mil columnas, Echátana,
la ciudad de los Magos, y, finalmente Nínive y Persépolis, montones de restos
imperiales. Luego he vuelto a Europa, en Creta me he paseado por entre los
palacios medio sepultados de Cnosos y de Tirinto; en Grecia he contemplado los
restos de Eleusis y de Delfos; en Albania, los de Butrinto. Finalmente he
llegado a Italia. En Sicilia no me he detenido más que en Seimonte. Conocia
Pompeya, pero he querido volver a ver Herculano; he ido al sepulcro de Cumas
-encima de la caverna de la Sibila-; he llegado hasta Pestum, la antigua
Posidonia. Ahora me quedan, hacia el Norte, Ostia, Norba, Velutonia y Populonia.
No puedo decir que las haya visto todas, pero sí las
más famosas. Estos esqueletos sorprendentes de las antiguas colmenas humanas me
atraen infinitamente más que las vulgares metrópolis donde se amontonan las
carroñas de mañana. Las columnas despedazadas no sostienen ya los arquitrabes:
el cielo ha sustituido la bóveda del templo. El sol ha vuelto a los sótanos y a
las criptas; las casas se hallan reducidas a murallas desmanteladas; palacios y
sepulcros están igualmente vacíos de habitantes; en todas partes cenizas, polvo
y silencio. Sobre las piedras desconchadas de las calles no pasan ya los
poderosos, los amos de las casas y de la provincia, sino únicamente los
zapadores, los arqueólogos, los peregrinos, servidores y amantes de la muerte.
En las habitaciones donde se reía y se amaba cae ahora libremente la lluvia; en
los anfiteatros se calientan al sol las lagartijas y los escorpiones; en las
salas de los reyes hacen el nido los búhos y las abubillas.
A otros, estas ruinas de grandeza, estas capitales de
placer y de orgullo reducidas a murallas cubiertas de hierbajos, inspiran tal
vez tristeza. A mí no. Mi gusto por la destrucción y la humillación se ve
abundantemente saciado en estos laberintos de escombros. Algunos momentos
disfruta mi orgullo; en medio de este desastre estoy yo vivo; algunos momentos
gozo de deseo de rebajamiento: también nuestras ciudades se harán semejantes a
éstas y nuestra soberbia tendrá el mismo fin. Pero siempre, de un modo o de
otro, el alma sale de su estado usual: Palmira me ha conmovido bastante más que
Londres.
Las ciudades desiertas o desenterradas son
incomparablemente más bellas que las vivas. La imaginación reconstruye, completa
y obtiene un conjunto más gigantesco y perfecto. No hay nada tan verdaderamente
maravilloso para mí como lo que no ha sido acabado o lo que está casi destruido.
Y el olor de la muerte es un elixir potente para quien sabe que debe morir.
El día en que me hallaba en Pestum, el cielo era
tempestuoso. Pero bastó que un poco de sol resucitase el templo de Neptuno, con
sus potentes columnas de color de miel, corroídas por los siglos, pero
terriblemente vivas, casi troncos de piedra salidos de la tierra, para que
volviese a ver en un momento toda la luz y la vida de Grecia. Aquella gran cosa
muerta de un dios muerto, colocada en medio de las hierbas y de los asfódelos
floridos, entre los lejanos montes negros y el mar mugiente cercano, me pareció
más viva y esplendorosa que la misma naturaleza. Se hallaba allí cerca una
muchacha morena, con un cendal rojo en la cabeza y dos ojos de ángel nocturno, y
parecía, junto al templo, la muerte
CACCAVONE
Nápoles, 23 octubre
Conocí en Pompeya, en un café suizo, a un profesor
Caccavone, que se titula Metásofo y que pretende haber «separado» las más
modernas filosofías.
Caccavone es un hombre que tiende, como animal visible,
a la globosidad de los mundos. Está formado, a primera vista, por una esfera y
tres semiesferas: una cabeza de coloso asmático, dos redondeces inocultables que
rebasan los más anchos asientos, y una redondez en la fachada que desde el pecho
desciende, enarcándose, hasta el nacimiento de las piernas.
Es, según me dicen, un hombre fecundísimo: cada año
publica un libro y genera un hijo. Los libros dicen todos, poco más o menos, lo
mismo; los hijos son diferentes entre sí: de los unos y de los otros; Caccavone
se muestra orgulloso. Son catorce volúmenes y catorce hijos, y el
circunferencial Metásofo ha tenido que hacer una infinidad de oficios para
proveer a las necesidades de la abundante familia.
No había puesto, cargo, empleo, sinecura en el radio de
cien kilómetros que Caccavone no hubiese ocupado, no ocupase o no aspirase a
ocupar. En el Municipio era asesor del Departamento de Instrucción, en la
Academia Plutónica, secretario general y perpetuo, en la Escuela de Pompeya
desempeñaba una cátedra de historia de los errores humanos y en la de Boscoreale
enseñaba teología comparada; en Stabia desempeñaba una cátedra de neumatología,
en Angri dirigía el Instituto Frenológico. Era, además, presidente de la Liga
para los derechos de los vegetales; miembro de una comisión Internacional para
extirpación del sentido común, considerado pernicioso por la metafísica;
vicepresidente de la sociedad protectora de los herejes; miembro de tres
consejos de administración de casas editoriales; subintendente de la
Enciclopedia Interescolar; comisario interino del Centro para la difusión de los
conocimientos inútiles; cajero de la Sociedad nacional para el vacío neumático;
presidente del Consejo nacional para la represión de los movimientos telúricos;
director de un periódico de metasofía de una revista de puericultura, de un
semanario de política metempírica, de un boletín para la explotación de la
Atlántida y de otros varios periódicos. A fuerza de sueldos, consignaciones,
indemnizaciones y dietas, de derechos de examen, de gratificaciones
extraordinarias, de tantos por cientos sobre los dividendos y otros menores
emolumentos, conseguía nutrir a los hijos y a sí mismo, construirse algunas
casas y tener cuenta corriente en Bancos.
No obstante las apariencias corporales y la glotonería
económica, el gran amor de Caccavone es la filosofía o, como él dice, la
metasofía. Hace unos días tuve una larga entrevista con él -porque espera que yo
le dé dinero para fundar un cenobio metasófico del cual él quiere ser prior,
maestro y ecónomo- y me parece haber comprendido el núcleo de su pensamiento.
-Un filósofo siciliano -me decía- consiguió hace años
la reducción extrema de la antigua y de la nueva metafísica, demostrando la
famosa ecuación Ser = Pensamiento. Pero no se dio cuenta de que en su monismo
absoluto e idealista quedaba un residuo nefasto de dualismo. Insistir en una
ecuación, aunque esté fundada únicamente sobre la identidad de los términos,
implica siempre la existencia, al menos aparente y fenoménica, de dos términos.
Si el Ser es declarado igual al Pensamiento y el Todo reducible a Pensamiento,
quiere decir que hay partes del Ser que no son, a los ojos de la razón común, y
de la experiencia razonadora, Pensamiento. El esfuerzo inmenso para juntar los
dos conceptos demuestra que la identidad perfecta es un ideal más que una verdad
de intuición inmediata.
»Yo he ido más lejos que ese archiidealista siciliano y
he querido analizar los dos términos que él se esfuerza en identificar. El Ser,
si bien se mira, es un concepto totalmente universal que no significa
absolutamente nada. Puede contener en sí todas las cosas y por consiguiente no
contiene ninguna en particular. Es un puro signo ortográfico.
»Queda el Pensamiento, y éste es el hueso más duro.
Veamos, pues, en qué consiste este famoso Pensamiento que sería, según mi tímido
precursor, la única realidad.
»Descompongámoslo. Se encuentran, ante todo, las
llamadas sensaciones y representaciones. Pero éstas, después del genial
descubrimiento de Berkeley, ya se sabe lo que son: las mismas cosas, aquello que
los físicos llaman material. Tener una sensación de color encarnado equivale a
decir que hay en nosotros, o fuera de nosotros, la presencia del rojo.
»Encontramos luego la voluntad. Pero los experimentos
de Locb y aquellos, más atrevidos, de Pavlov, demuestran que se trata
simplemente de los tropismos o, mejor aún, de los reflejos. El hecho de que el
macho sea atraído por la carne no demuestra un impulso consciente y una decisión
voluntaria distinta del movimiento del girasol hacia el Sol. Jagadis Chandra
Bose ha demostrado que semejantes atracciones existen también en las plantas y
en los minerales, y ningún idealista admite que las berzas o los guijarros estén
dotados de pensamiento.
»Quedan los conceptos generales, las abstracciones, las
ideas. Pero éstas, como hemos visto a propósito de la idea del Ser, no son más
que signos vocales o gráficos sin verdadero contenido, de los que nos servimos
en nuestras conversaciones, como los niños, jugando, se sirven de bellotas o de
botones. fingiendo creer que son monedas. Terminando: este famoso Pensamiento al
que se quiere reducir todo el Ser no existe, es un puro fantasma o una simple
convención.
»El ciclo heroico de la filosofía moderna ha pasado.
Comenzó Descartes diciendo: pienso, luego existo. Y termina Caccavone deduciendo
dialécticamente: no pienso, luego no existo. El verdadero sinónimo o, mejor
dicho, el verdadero homónimo del Ser, es la Nada. Nosotros no existimos, el
pensamiento no existe, por lo tanto nada existe. Ésta es la metafísica radical
o, si usted prefiere un nombre griego, el Oudenismo.
-Pero, ¿dónde mete -le pregunté-, aquello que los
alemanes llaman «juicios de valor», esto es, el bien y el mal, lo verdadero y lo
falso, lo feo y lo bello?
-Veo -me respondió- que no conoce bien el idealismo
absoluto en el que se funda, siendo la cúspide suprema de la filosofía moderna,
mi sistema.
»Mi antecesor demostró ya que el tiempo convierte de
prisa en erróneo, malo y feo lo que en un momento dado parece justo, bueno y
bello. Los errores de hoy son las verdades de ayer; el bien de hoy será el mal
de mañana. Sentado esto, usted puede sacar la consecuencia: si todo, pasando por
el tamiz de la duración, se convierte en mal, error, fealdad, quiere decir que
no existe nunca, en realidad ni el verdadero bien, ni la verdadera verdad, ni la
verdadera belleza. Y, por consiguiente, los juicios de valor no tienen ya
sentido. Se vuelve a las profundas palabras del Viejo de la Montaña: Nada es
verdad, todo está perdido.
-Permítame, sin embargo, una pequeña objeción -dije-.
¿Cómo explica usted, ya que nada existe y todo se reduce lógicamente a la nada,
nuestra existencia, por ejemplo, la suya y la mía?
A estas palabras la caraza redonda de Caccavone se
convirtió, por el ímpetu de la risa, en una máscara de arrugas móviles erizadas
de pelos, y sus ojos, que un momento antes avanzaban hasta tocar los cristales
de las lentes, se escondieron tras el velo arrugado de los párpados. Apenas se
rehizo y pudo hablar, exclamó:
-¿Usted cree, pues, como las vulgares criaturas, en
nuestra existencia? ¡Lleva usted todavía la venda de esta superstición grosera!
Pero, ¿no comprende que, admitida su existencia y por lo tanto la existencia de
los demás y del Universo, sería necesario admitir por la fuerza la existencia
del Ser supremo, del eterno autor del todo? ¿Y no sabe todavía que Dios está
muerto y que le hemos matado nosotros los filósofos y de una manera definitiva?
»Analice, se lo ruego, el contenido de existencia.
¿Qué quiere decir existir? Durar y ser consciente. Pero
usted sabe que a cada momento nuestra persona física y moral cambia, pasa, se
transforma. Usted ya no es aquel que era una hora antes; ha nacido otro Gog, el
viejo Gog se ha muerto. Y así hasta. la destrucción total, que es, pensando en
lo infinito del tiempo, cercanísima, inminente.
»¿Y tenemos nosotros noción de nosotros mismos? Nunca,
de ninguna manera. Apenas me propongo observar mi estado de conciencia actual,
añado, por el hecho mismo de concentrar la atención, algo que no estaba antes,
es decir, lo deformo, lo transformo en un estado del todo diverso, y aquello que
era presente resulta instantáneamente pasado, es decir, muerto, que no se puede
asir, incognoscible. En lo que se refiere a mis estados futuros, no son todavía,
es decir, no existen ni se pueden tener en cuenta. El estado presente, pues,
huye y muere apenas intentamos detenerlo; el estado futuro no ha aparecido
todavía y por esto es inaprehensible. La conclusión es que nosotros no somos
nunca, ni un solo minuto, verdaderamente conscientes del contenido de nuestro
pretendido e hipotético pensamiento. Y no tenemos, claro está, ningún derecho a
deducir de los fenómenos irremediablemente ignotos e incognoscibles, nuestra
existencia. Lo que indefinida y vertiginosamente muda no tiene consistencia ni
realidad, es tránsito perpetuo y no sustancia. Tengo el derecho de repetir mi
axioma. Y a la famosa e ingenua identidad del filósofo etneo sustituyo
atrevidamente la mía: Ser = Nada.
No supe qué contestar a este discurso. Caccavone se
puso en pie, con la majestad de sus cuatro esferas. y salió del café sin pagar
las cuatro cervezas que se había bebido. Mi iniciación al Oudenismo me ha
costado, pues, un intenso dolor de cabeza y dieciséis liras italianas,
incluyendo la propina.
EL CONDE DE SAINT-GERMAIN
A bordo del Prince of Wales, 15 febrero
He conocido estos días al famoso conde de Saint-Germain.
Es un caballero muy serio, de mediana estatura, pero de apariencia robusta y
vestido con refinada sencillez. No parece tener más de cincuenta años.
En los primeros días de la travesía no se acercaba y no
hablaba con nadie. Una noche que me hallaba solo en la cubierta y miraba las
luces de Massaua, apareció junto a mí de improviso y me saludó. Cuando me hubo
dicho su nombre creí que se trataba de un descendiente de aquel conde de Saint-Germain
que llenó con sus misterios y con la leyenda de su longevidad todo el
Setecientos. Había leído hacía poco, por casualidad, en un magazine, un artículo
sobre el conde «inmortal» y no fui cogido por fortuna desprevenido. El conde
mostró satisfacción al darse cuenta de que yo conocía algo de aquella historia y
se decidió a hacerme la gran confidencia.
-No he tenido nunca hijos y no tengo descendientes. Soy
aquel mismo, si se digna creerme, que fue conocido con el nombre de conde de
Saint-Germain, en el siglo XVII. Habrá leído que algunos biógrafos me hacen
morir en 1784, en el castillo de Eckendoerde. en el ducado de Echleswig. Pero
existen documentos que prueban que fui recibido en 1786 por el emperador de
Rusia. La condesa de Adhemar me encontró en 1789 en París, en la iglesia de los
Recoletos. En 1821 tuve una larga conversación con el conde de Chalons en la
plaza de San Marcos de Venecia. Un inglés, Vandam, me conoció en 1847. En 1869
comenzó mi relación con Mrs. Annie Besant. Mrs. Oakley intentó en vano
encontrarme en 1900, pero, conociendo el carácter de esa buena señora, conseguí
evitarla. Encontré algunos años después a Mr. Leadbeater, que hizo de mí una
descripción un poco fantástica, pero en el fondo bastante fiel. He querido
volver a ver, después de unos sesenta años de ausencia, la vieja Europa: ahora
regreso a la India, donde se hallan mis mejores amigos. En la Europa de hoy,
desangrada por la guerra y alocada en pos de las máquinas, no hay nada que
hacer.
-Pero si las noticias que yo tengo son exactas, usted
era ya más que un centenario en 1784, en la época de su presunta muerte.
El conde sonrió dulcemente.
-Los hombres -respondió- son demasiado desmemoriados o
demasiado niños para orientarse en la cronología. Un centenario, para ellos, es
un prodigio, un portento. En la antigüedad, e incluso en la Edad Media, se
recordaba todavía algunas verdades elementales que la orgullosa ignorancia
científica ha hecho olvidar. Una de estas verdades es «que no todos los hombres
son mortales». La mayoría mueren realmente después de setenta o cien años; un
pequeño número sigue viviendo indefinidamente. Los hombres se dividen, desde
este punto de vista, en dos clases: la inmensa plebe de los extinguidos y la
reducidísima aristocracia de los «desaparecidos». Yo pertenezco a esa pequeña
élite y en 1784 había ya vivido no un siglo, sino varios.
-¿Es usted, pues, inmortal?
-No he dicho esto. Es necesario distinguir entre
inmortalidad e inmortalidad. Las religiones saben desde hace miles de años que
los hombres son inmortales, es decir, que comienzan una segunda vida después de
la muerte. A un pequeño número de ésos está reservada una vida terrestre tan
sumamente larga que al vulgo de los efímeros le parece inmortal. Pero así como
hemos nacido en un momento dado del tiempo, es bastante probable que deberemos
también nosotros, más pronto o más tarde. morir. La única diferencia es ésta:
que nuestra existencia media en vez de por lustros se mide por siglos. Morir a
setenta años o morir a setecientos no es una diferencia tan milagrosa para quien
reflexiona sobre la realidad del tiempo.
-Ha hecho usted alusión a una aristocracia de
inmortales. ¿No es usted, pues, el único que goza de este privilegio?
-Si vuestros semejantes conociesen mejor la Historia,
no se extrañarían de ciertas afirmaciones. En todos los países del mundo,
antiquísimos y modernos, vive la firme creencia de que algunos hombres no han
muerto, sino que han sido «arrebatados», esto es, desaparecen sin que se pueda
encontrar su cuerpo. Estos siguen viviendo escondidos y de incógnito o tal vez
se han adormecido y pueden despertarse y volver de un momento a otro. Vaya a
Alemania y le enseñarán el Unterberg cerca de Salisburgo, donde espera desde
hace siglos, en apariencia adormecido, Carlomagno; el Kyffháuser, donde se ha
refugiado, esperando, Federico Barbarroja; y el Sudermerberg que hospeda todavía
a Enrique el Asesino. En la India le dirán que Nana Sahib, el jefe de la
sublevación de 1857, desaparecido sin dejar rastro en el Nepal, vive todavía
escondido en el Himalaya. Los antiguos hebreos sabían que al patriarca Enoch le
fue evitada la muerte; y los babilonios creían la misma cosa de Hasisadra. Se ha
esperado durante siglos que Alejandro Magno reapareciese en Asia, como Amílcar,
desaparecido en la batalla de Panormo, fue esperado por los cartagineses. Nerón
desapareció sin someterse a la muerte. Y todos saben que los británicos no
creyeron nunca en la muerte del rey Artus, ni los godos en la de Teodorico, ni
los daneses en la de Holger Danske; ni los portugueses en la del rey Sebastián,
ni los suecos en la del rey Carlos XII, ni los servios en la de Kraljevic Marco.
»Todos estos monarcas se hallan adormecidos y
escondidos, pero deben volver. Aún hoy los mongoles esperan el regreso de Gengis
Kan.
»Una interpretación plausible de ciertos versículos del
Evangelio ha hecho creer a millones de cristianos que san Juan no murió nunca,
sino que vive todavía entre nosotros. En 1793, el famoso Lavater estaba seguro
de haberle encontrado en Copenhague. Pero bastaría el ejemplo clásico del Judío
Errante, que bajo el nombre de Ahas Verus o de Butadeo, ha sido reconocido en
diversos países y en diversos siglos y que cuenta actualmente más de mil
novecientos años. Todas estas tradiciones, independientes las unas de las otras,
prueban que el género humano tiene la seguridad o al menos el presentimiento de
que hay verdaderamente hombres que sobrepasan en gran medida el curso ordinario
de la vida. Y yo, que soy uno de éstos, puedo afirmar con autoridad que esta
creencia responde a la verdad. Si todos los hombres disfrutasen de esta
longevidad fabulosa, la vida se haría imposible. Pero es necesario que alguno,
de cuando en cuando, permanezca: somos, en cierto modo, los notarios estables de
lo transitorio.
-¿Soy indiscreto si le pregunto cuáles son sus
impresiones de inmortal?
-No se imagine que nuestra suerte sea digna de envidia.
Nada de eso. En mi leyenda se dice que yo conocí a Pilatos y que asistí a la
Crucifixión. Es una grosera mentira. No he alardeado nunca de cosas que no son
verdad. Sin embargo, hace pocos meses cumplí los quinientos años de edad. Nací,
por lo tanto, a principios del cuatrocientos y llegué a tiempo para conocer
bastante a Cristóbal Colón. Pero no puedo, ahora, contarle mi vida. El único
siglo en que frecuenté más a los hombres fue, como usted sabe, el setecientos, y
puedo lamentarlo. Pero ordinariamente vivo en la soledad y no me gusta hablar de
mí. He experimentado en estos cinco siglos muchas satisfacciones, y a mi
curiosidad, en modo especial, no le ha faltado alimento. He visto al mundo
cambiar de cara; he podido ver, en el curso de una sola vida, a Lutero y a
Napoleón, Luis XIV y Bismarck, Leonardo y Beethoven, Miguel Ángel y Goethe. Y
tal vez por eso me he librado de las supersticiones de los grandes hombres. Pero
estas ventajas son pagadas a duro precio. Después de un par de siglos, un tedio
incurable se apodera de los desventurados inmortales. El mundo es monótono, los
hombres no enseñan nada, y se cae, en cada generación, en los mismos errores y
horrores; los acontecimientos no se repiten. pero se parecen; lo que me quedaba
por saber ya he tenido bastante tiempo para aprenderlo. Terminan las novedades,
las sorpresas, las revelaciones. Se lo puedo confesar a usted, ahora que
únicamente nos escucha el mar Rojo: mi inmortalidad me causa aburrimiento. La
tierra ya no tiene secretos para mí, y no tengo ya confianza en mis semejantes.
Y repito con gusto las palabras de Hamlet, que oí la primera vez en Londres en
1594: «El hombre no me causa ningún placer, no, y la mujer mucho menos.»
El conde de Saint-Germain me pareció agotado, como si
se fuese volviendo viejo por momentos. Permaneció en silencio más de un cuarto
de hora contemplando el mar tenebroso, el cielo estrellado.
-Dispénseme -dijo finalmente- si mis discursos le han
aburrido. Los viejos, cuando comienzan a hablar, son insoportables.
Hasta Bombay, el conde de Saint-Germain no volvió a
dirigirme la palabra, a pesar de que intenté varias veces entablar conversación.
En el momento de desembarcar me saludó cortésmente y le vi alejarse con tres
viejos hindúes que se hallaban en el muelle esperándole.
TODO PEQUEÑO
Nueva York, 24 enero
Me sorprende y me ofende -por cuanto pertenezco a esa
especie- el humilde contentamiento de los hombres. Hablan a cada momento de
grandezas -the biggest in the world- y luego se descubre que les parece inmensa
cualquier modesta pequeñez. Falta, absolutamente en todos, el sentido de lo
gigantesco. Discurren como Sansones y operan como Tom Pouce.
Una estatua alta de sesenta metros parece, a sus ojos
un coloso; una casa de ciento cincuenta, un desafío al cielo; una torre de
trescientos, un portento único; un puente largo de mil metros, un triunfo del
genio humano. Una ciudad donde viven seis o siete millones de hombres -es decir,
cien veces más desierta que ciertos hormigueros- hace el efecto de una
metrópolis inmensa, y un pueblo de cien millones parece interminable. Nunca he
visto pobres tan en éxtasis ante las obras de empresarios tan mezquinos. Cuando
me encontré por primera vez al pie de la torre Eiffel no pude menos de reír.
Aquella desgarbada jaula de hierro mohoso, que parece un juguete para
ingenieros, abandonado cerca de un riachuelo, ¿era verdaderamente la más alta
construcción de la Tierra? Hay que avergonzarse de ser hombre y haber nacido en
este siglo.
San Pedro de Roma es, según dicen, la más vasta iglesia
del mundo, y por lo menos tiene, como vestíbulo, una plaza que podría ser el
modelo reducido de alguno de mis sueños. Pero si uno entra en las naves queda
desilusionado. ¿Es esto todo? En pocos pasos se llega bajo la cúpula; no quiero
decir que sea fea, ya que los especialistas en arquitectura la admiran, pero las
dimensiones son increíblemente míseras. Si el Emperador del Mundo -que un día u
otro reunirá bajo su dominio las pequeñas provincias llamadas hoy reinos y
repúblicas- se fabricase un palacio real digno de él, una cúpula como la de
Miguel Ángel podría, todo lo más, ser la bóveda de un atrio de servicio. Y en lo
que se refiere al Coliseo, sería, imagino, un pequeño patio de paso a las
cocinas.
Tal vez los babilonios y los egipcios tenían algo más
que nosotros, la fantasía de lo grandioso, aunque hay que desconfiar de las
ruinas que pueden ilusionarnos. Pero los modernos -que poseen medios y
mecanismos muy superiores a los antiguos-deberían hacer mucho más y no abrir la
boca a la vista de los mezquinos intentos de nuestros arquitectas micrómanos.
Ninguno tiene una imaginación digna de nuestra calidad
de monarcas del planeta Se tendría, por ejemplo, que recomenzar la torre de
Babel, abandonada, por una vil superstición, hace miles de años. Un torreón de
mil metros, que rebase la zona de las nubes y permita contemplar todo un Estado
entero a sus pies, no sería empresa imposible para nuestros constructores.
Hace ya cerca de cuatro siglos que Miguel Ángel tuvo
una idea verdaderamente digna de un hombre: la de excavar una montaña y
convertirla en una estatua gigante. Nadie le escuchó ni le ayudó, pero yo
sostengo que aquella obra, aunque no realizada, es la verdadera obra maestra de
Buonarrotti. En los Alpes Apuanos hay todavía un monte de mármol que se
prestaría óptimamente.
¿Y quién piensa en tender un puente verdaderamente
digno de la potencia humana: esto es, entre Europa y América? Los técnicos
interrogados por mí lo consideran factible: se trata únicamente del coste del
tiempo y la audacia. Pero mis contemporáneos son de una timidez que asquea. Una
vía imperial, ancha de doscientos metros, larga de doscientos kilómetros,
bordeada de millares de estatuas colosales de los más grandes genios del mundo,
que atraviese una verdadera metrópolis de al menos treinta millones de
habitantes, parecería a estos pigmeos acomodaticios un sueño absurdo.
Se contentan con admirar las naves de dos o trescientos
metros de largo que transportan lentamente, a través de los mares, algunos
millares de vivientes. Pero la nave a la medida de nuestro tiempo debería ser
una verdadera y propia isla, con jardines plantados en tierra verdadera, con
calles y palacios, y destinada, no a andar de aquí para allá, de un continente a
otro, sino a hacer posible la carrera seguida de todos los continentes. Las
naves de hoy no son más que barcazas y vapores, que harán, dentro de un siglo,
el mismo efecto que nos hacen las diligencias de cien años atrás.
Por ahora, únicamente las palabras son de titán, pero
nuestras obras son de hormigas y de topos. Incluso las termitas nos pueden dar
lecciones de grandeza. El hombre moderno, a pesar de su jactancia, piensa como
Gulliver y no se da cuenta de que vive a nivel de Liliput.
LA CÁTEDRA DE FTIRIOLOGIA
New Parthenon, abril
Cuando los periódicos anunciaron que instituiría a mi
costa, en la Universidad de W., una cátedra, a condición de que se enseñase en
ella una «materia no contenida en ningún programa de ninguna escuela superior
del mundo», recibí al menos unas cincuenta cartas donde se me proponían las
ciencias más extraordinarias e impensables. Copio en este Diario, como dato, la
que me ha gustado más.
«Señor:
»Su generoso propósito de fundar una cátedra para una
ciencia no enseñada en ningún lugar, podrá finalmente permitir la autonomía
legítima a la disciplina que, desde hace largos años, cultivo con infatigables e
ignoradas investigaciones y que es hasta ahora injustamente considerada como un
simple capítulo de la entomología o, peor aún, de la parasitología.
»Se trata, como tal vez ya ha adivinado, de la
Ftiriología, o ser la verdadera "Ciencia de los piojos, en la que fui iniciado
durante la guerra, en el «British Museum» de Londres, por el célebre W. N. P.
Barbellion. Él, sin embargo, consideraba todavía a los piojos únicamente bajo el
aspecto zoológico mientras que yo, habiendo ensanchado considerablemente el
campo del estudio pedicular, puedo afirmar que he fundado como ciencia
independiente la Ftiriología, la cual es el primer ejemplo por mí conocido de
aquella que se podría llamar zoología histórica, moral y estética.
»Mientras que los antiguos zoólogos no se preocupan más
que de la descripción de los animales y de sus costumbres, yo estudio su
significado y su influencia en las vicisitudes humanas y en el arte. En el caso
de la Ftiriología no me limito a observar diligentemente las cuarenta especies,
dividida: en seis géneros, que forman la familia de los Pediculidae (orden de
los Amípteros), sino que contemplo y resumo, con el auxilio de innumerables
datos trabajosamente reunidos, el papel que el Piojo ha representado en el
multiforme historial de la Humanidad.
»Usted sonríe, tal vez, al oírme decir que una bestia
tan pequeña y tan poco amada tiene un puesto, y no de los pequeños, en la
historia universal. Para hacérselo ver -y también para darle una idea de mi
preparación para la cátedra que espero desempeñar- me permito exponerle
rápidamente la materia de mis futuros cursos.
La Ftiriología se puede dividir en cuatro partes
principales: 1. El Piojo como familia zoológica. 2. El Piojo en la historia
política. 3. El Piojo en la historia religiosa. 4. El Piojo en la literatura y
en el arte.
»Omito la primera parte, que no presenta muchas
novedades, y paso a las demás. No desconocerá usted que una especie particular
de Piojos produce una enfermedad de la piel llamada ftiriasis, que es mortal. De
esta horrible enfermedad han muerto muchos personajes célebres de la antigüedad
y de los tiempos modernos. Acasto, el intrigante de Peleo; Callistenes de Olinto,
que conspiró contra Alejandro Magno; Ferecidas de Siro, maestro de Pitágoras; el
poeta Alemano; Mucio el legislador; Antíoco IV Epifanes, famoso por sus locuras
y crueldades; Sila el dictador; Enno, jefe de la terrible guerra servil de
Sicilia; Herodes el Grande, parricida, el de la matanza de los Inocentes, y los
emperadores Arnolfo y Maximiliano.
»Si. recuerda las biografías de estas víctimas ilustres
de la ftiriasis se dará cuenta de que la mayor parte de ellas «se distinguieron
sobre todo por su crueldad»: basta el ejemplo de Sila y Herodes. Y no creo
equivocarme al afirmar que, en la historia humana, el Piojo representa la parte
honrosa del Justiciero. Quien mata a sus semejantes es muerto por los Piojos.
»Pero no se detiene aquí la injerencia del Piojo en las
vicisitudes humanas. Narra Saint-Gervais, en su Histoire des Animaux, que en
Aremberg, en la Westfalia, se procedía a la elección del potestad de la
siguiente manera: todos los candidatos se sentaban en torno de una mesa con la
cara inclinada, de modo que todas las barbas tocasen en la tabla. En medio de la
mesa se ponía un piojo, el cual, después de haber girado en torno, acababa por
saltar a una de las barbas. El propietario de la barba elegida era proclamado
potestad.
»Pasando a la historia religiosa, citaré solamente que,
según José Flavio2, los kinnim, que fueron enviados por Dios como tercera plaga
contra los egipcios, eran Piojos, lo que confirma mi teoría que hace del Piojo
el castigador de los crueles. Y los talmudistas hebreos, tal vez como
agradecimiento póstumo, decretaron que en el día del sábado matar un Piojo es
tan grave como matar un camello.3
»En la India un bracmán ponía todos los años, con
solemne rito, un Piojo en la cabeza de los devotos que deseaban consagrarse a la
virtud de la paciencia. Cuentan también los historiadores de México -y lo
refiere Bingley en el tercer volumen de su Animal Biography- que Hernán Cortés
encontró en el tesoro de Moctezuma algunos saquitos de Piojos, fruto de un
tributo religioso de los antiguos aztecas. No dejaré de recordar los Piojos que
habitaban, sin ser molestados, en el cuerpo de Benito Labre, beato francés del
siglo XVIII.
»Materia abundantísima ofrece la cuarta edición de la
Ftiriología, pero no quiero abusar de su paciencia.
»Me contentaré con recordarle la oración a la muerte de
un Piojo de aquel divertido Ortensio Lando4, el Elogio del Piojo del célebre
Daniel Heinsius5, y el famoso soneto de Antón María Narduci, poeta italiano del
Seiscientos, el cual describe de la siguiente manera los Piojos que se pasean
por la cabellera rubia de su amada:
Sembran fere d'avorio in bosco d'oro le
fere erranti onde si ricca siete6.
»Pero los franceses modernos tampoco se quedan atrás.
Si ha leído los Chants de Maldoror del conde de Lautréaumont, recordará la
maravillosa visión del Piojo que se halla en el segundo canto. No puedo resistir
la tentación de recordar el principio:
»Il existe un insecte que les hommes nourrissent á leur
frais... lis ne lui doivent rien; mais ils le craignent... Aussi fautil voir
comme on le respete, comrne on le place en haute estime au-dessus des animaux de
la création. On luí done la tete pour tróne. et lui, accroche ses grif fes á la
racine des cheveux avec dignité. Plus tard, lorsqu'il est gras et qu'il entre
dans un áge avancé, en imitant la cos turne d'un peuple ancien, on le tue, afín
de ne pas lui f aire sentir les atteintes de la vieille7.
Pero la obra maestra inspirada por el Piojo es
ciertamente la poesía lírica de Arthur Rimbaud, titulada justamente Les
chercheuses de poux. ¿La conoce?
»...leurs doigts électriques et doux
font crépiter, parmi ses grises indolentes,
sout leur ongles royaux la mort des petits poux.8
»Esta poesía se puede parangonar, en un arte diverso,
con el admirable cuadro de Murillo, Muchacho que se despioja, que habrá visto en
el Louvre. A menos que no quiera dar la primacía al célebre poema de Robert
Burns. titulado precisamente Sobre un piojo, donde no falta vigor burlesco del
estro.9
»Pero no quiero fastidiarle más. Estos rápidos apuntes
le habrán persuadido de que la Ftiriología, ciencia fundamental y primordial
para la interpretación de la naturaleza, de la historia y del arte, merece tener
una cátedra propia en la gloriosa Universidad de W. Añado que esta ciencia no es
enseñada, que yo sepa, en ninguna escuela de Europa ni de América y que yo soy
el único, en todo el mundo, que se haya dedicado únicamente a su estudio.
»Esperando una contestación favorable, le ruego me crea
sinceramente su servidor.
Dr. Prof. Josiah Kunigrund.»
PAIDOCRACIA
Nueva York, 2 septiembre
Hubo un tiempo, según cuentan, en que los ancianos
mandaban. Monopolio del culto y del poder: gerontocracia. Ahora nos hallamos en
plena paidocracia. Dominan en todo los muchachos. Son ellos los que dan color e
impulso a la civilización. Nos hallamos en manos de los menores.
Basta con mirar. Los gustos de la infancia se han
convertido en los de la mayoría. Comenzando por la literatura. El libro más
afortunado de estos últimos tiempos, en Francia, es el Diable au corps, de
Radiguet, escrito por un adolescente; y en Inglaterra, The young visitors, de
Daisy Ashford, compuesto por una muchacha, más bien una niña, de nueve años.
¿Por qué, nunca como ahora, el género literario más
fecundo y más editado es la novela, género del que durante tantos siglos el
mundo ha prescindido? Porque los hombres ahora se han vuelto niños y quieren oír
contar historias. Entre los cuentos de la abuela, por ejemplo, y las novelas de
Branch Cabell o Garnett, no hay, en el fondo, más que una diferencia de nombre.
El surrealismo y el dadaísmo renuevan el incoherente balbuceo pueril.
En, la pintura, los modernísimos dibujan como los
niños; han vuelto al sintetismo ingenuo y malgarbado de las figuras que se
encontraban antes en los cuadernos de la escuela o en las paredes de las
letrinas. El douanier Rousseau, tan admirado ahora, es uno que imagina y colorea
como un muchacho de diez o doce años.
La misma .transformación en las diversiones. Los
griegos antiguos buscaban su alegría en la tragedia, que exigía. para ser
gustada, reflexión y cultura. Hoy no sólo los muchachos, sino también los
hombres y las mujeres de toda edad, se precipitan al cinematógrafo, que no es
otra cosa, al fin, que la antigua linterna mágica, delicia de los muchachos de
antes, perfeccionada. Ningún esfuerzo intelectual se exige a los aficionados a
los films; lo que es propio del adulto, la inteligencia, es puesto aparte. Todas
las diversiones hoy populares son más visibles que espirituales y, por lo tanto,
infantiles.
Una de las pasiones del muchacho que juega es la
competición; ser el «primero». Los hombres, en nuestros días, han introducido
esta manía infantil en todas las cosas: en las más insignificantes y en las más
graves. Batir un récord es hoy el ideal de todos; el de los antiguos era la
sabiduría, la paz, la renuncia.
La manía del deporte es otro síntoma; casi todos los
deportes no son nada más que viejos juegos infantiles adaptados a los mayores y
hechos más solemnes por la publicidad y la especulación. Los muchachos dicen:
hacer carreras, jugar a la pelota, jugar con los puños; los adultos dicen:
pedestrismo, fútbol, boxeo, etcétera…
¿Y las máquinas más difundidas y más amadas no son tal
vez juguetes agigantados y hechos peligrosos? No digo las máquinas que producen
realmente un trabajo, sino las que usan todos: el automóvil el gramófono, la
radio. De cien personas que van en automóvil, tal vez únicamente diez lo adoptan
por necesidad: para los otros es un juego, un pasatiempo, una diversión. Un
juego para adelantar a los demás coches, el pasatiempo de la velocidad la
diversión de la fuga y del torbellino... Muchachadas.
Este infantilismo progresivo se encuentra incluso en la
filosofía. A la razón, a la dialéctica -cualidad y fuerza del hombre maduro-.
sustituyen siempre el estro, el inconsciente, la intuición; en suma lo
irracional, propio del espíritu del muchacho.
El comercio del muchacho se funda todo en el cambio, y
con el cambio entre mercaderes (grano contra utensilios) hemos vuelto al país
que se imagina hallarse a la vanguardia del progreso humano: Rusia. Los cambios
que he visto en los mercados clandestinos de Moscú se parecían exactamente a los
cambios de los antiguos escolares.
Las mujeres, siempre las primeras en darse cuenta de
dónde sopla el viento, han comprendido ya lo que se debe hacer y en todo buscan
parecerse a los jovencitos. El ideal de la mujer antigua era la matrona; el de
la moderna, el efebo.
Y se me ocurre que la palabra presbítero viene de
«présbite» y quiere decir «viejo». La civilización moderna, con su tendencia a
la hegemonía de los impúberes, ¿será tal vez la contraposición del sacerdocio?
LA COLECCIÓN DE GIGANTES
Nueva Orleáns, 15 octubre
No me gustan las colecciones que todos hacen. Los big
businessmen, que van a adquirir en Europa las dudosas pinturas de Botticelli y
de Van der Meer, y los colores y los marfiles de una aristocracia en
liquidación, me dan asco.
A civilización nueva, colecciones nuevas. La primera
que he deseado hacer, desde que he tenido medios, ha sido una colección de
gigantes. Siendo muy joven vi en San Francisco un gigante negro que se exhibía
en los bares con un papagayo verde, vivo, sobre la crespa peluca. No decía
palabra, pero sus ojos hablaban por él. Nadie le daba nada: mi cent le hizo
sonreír un momento como un muchacho sediento que ve una naranja. Desde aquel día
sentí siempre una gran simpatía hacia los gigantes.
Pero me ha sido necesario casi un año para reunir mi
colección. Mis agentes dispersados por las varias partes del mundo, los
directores de los circos y de los teatros, no han sido capaces de proporcionarme
más que diecisiete; dieciséis machos y una hembra.
En una pradera de la Luisiana, en la orilla del Red
River, no lejos de Col fax, había hecho preparar una aldea para ellos, fabricada
a propósito con casas de madera altas como torres: una casa para cada uno.
Una barraca más grande, para simplificar la vida estaba
destinada a cocina y refectorio; dos gigantes, por turno, debían ..encargarse de
los servicios de boca. Una mañana sí y otra no, un camión traía de Colfax los
víveres para la colonia. La pradera tenía una extensión de cien acres y se
hallaba cerrada con vallado de espino para alejar a los curiosos Los gigantes
estaban allí para mí solo, no para hacerlos ver a los muchachos y a los
vagabundos.
Los trataba bien. No sólo eran alimentados, alojados y
vestidos, sino que recibían todos los meses, cada uno, trescientos cincuenta
dólares. La aldea venía a costarme, sumando todo, 73.000 dólares al año. Pero
nadie, en el mundo, podía alabarse de poseer semejante colección.
Pero al terminar las primeras semanas comenzaron las
dificultades. Mis gigantes eran de razas diversas y no se entendían entre sí.
Tres o cuatro únicamente hablaban inglés. Había dos noruegos, tres rusos, un
negro, cuatro alemanes, un italiano, un chino, un sikh de la India, tres
australianos, un canadiense. La mujer era una india del Norte, el único ejemplar
encontrado en los Estados Unidos, esta fue, aunque fea, una de las principales
causas del desastre de mi colección: todos la cortejaban y cada uno se hallaba
celoso de los otros quince cortejadores, a pesar de que la brava Jiquilpan fuese
enemiga, por sistema, del matrimonio.
Pero el gran peligro era el aburrimiento. Estos colosos
arrancados de sus países, de la familia, de la vida vagabunda y que no
conseguían hablar entre si -bien porque no se entendiesen o porque se
detestaban-, no sabían cómo pasar los días.
Cuando iba a la aldea los encontraba separados,
inmóviles, silenciosos. La mayoría se hallaban tendidos sobre la hierba, a la
sombra de algún árbol, estirados, envueltos en harapos, roncando o bostezando.
Otros se hallaban metidos en casa, adormecido, o masticando; alguno jugaba a las
cartas o se hallaba sentado a la puerta, meditabundo, con los brazos colgando
hasta tocar el suelo. Un tufo de fastidio y de spleen pesaba sobre aquel
campamento de fuerzas desperdiciadas. A veces los rusos cantaban, en voz baja,
las melopeas melancólicas de su país; los alemanes mataban el tiempo en un
huerto improvisado; la mujer, con su nariz ganchosa, se hallaba inclinada
remendando sus inmensas camisas.
Todos aquellos miembros gigantescos en ocio, aquellas
grandes bocas mudas, aquellos brazos infinitos desocupados, aquellos vastos
cuerpos sin movimiento y sin un objeto, daban la impresión de agria tristeza y
casi de un confuso espanto.
Los gigantes no son, generalmente, inteligentes y mucho
menos intelectuales. No he visto jamás uno que leyese: sus ojos eran despiertos,
opacos, brumosos de nostalgia y de melancolía. Ninguno reía, exceptuando el
negro cuando la campana llamaba a la comida.
Por la noche, aquellas largas sombras que se
bamboleaban inciertamente en el prado, cansadas de no haber hecho nada, causaban
repulsión. Parecía que se trataba de una colonia de idiotas o de monstruos.
Conmigo hablaban de mala gana y únicamente si les
interrogaba. Un día encontré en la ribera de) Red River a uno de mis
pensionistas el menos embrutecido de todos, el italiano. Se halla sentado sobre
la arcilla y contemplaba en torno suyo la vida de los pequeños animales del
campo; las mariposas moteadas de negro que se columpiaban sobre las flores, una
lagartija agarrada al suelo con la cabecita alta, una araña color de tabaco que
chupaba lentamente una mosca, un grillo de color de arena que saltaba entre los
hilos de hierba. Le pregunté si estaba contento de hallarse allí.
-Me consuelo como puedo -me respondió-. Usted es muy
amable, señor Gog, pero ha conseguido inventar una bella tortura...
-¿Sufre? ¿Por qué? ¿Le falta algo, tal vez?
-Me falta la única cosa que puede consolarnos de la
desgracia de ser gigantes: la compañía, la vista, la admiración de los hombres
más pequeños que nosotros. Piense que casi todos íbamos a través del mundo,
quién de teatro en teatro, quién de los circos a los barracones, en medio de la
curiosidad de los hombres de baja o de mediana estatura. Cada uno de nosotros
era el centro de mil miradas, era una excepción, era alguien. El ponernos usted
todos juntos, todos gigantes, ha sido ciertamente una idea original, pero, para
nosotros, una desgracia. El gigante, como cualquier otro hombre, tiene
necesidad, para vivir, de ser admirado por alguien, de ser superior a alguien.
Aquí todos somos iguales, todos de más de dos metros, y no podemos ciertamente
admirarnos el uno al otro. De este modo sentimos repulsión hacia nuestros
compañeros e incluso odio.
»Tenemos necesidad de inferiores, de espectadores. de
curiosos, de extranjeros; del muchacho que nos mira estupefacto, del enano que
hace de bufón entre nuestras piernas. Aquí todos somos gigantes, por eso todos
somos infelices. Para olvidar, me alejo de los otros y vengo aquí a contemplar,
en la soledad, estos animalitos que me restituyen, por un momento, el sentido de
mi estatura y de mi diversidad. Pero los insectos no se parecen bastante a los
hombres. Le aseguro, señor Gog, que si no nos licencia, los más valerosos se
escaparán y los otros se volverán locos.
La profecía del italiano se ha cumplido. En la aldea de
los gigantes, después de siete meses, no había quedado más que la sensata
Jíquilpan y un alemán testarudo que se había metido en la cabeza casarse con
ella.
Diez habían desaparecido, dos o tres cada vez, sin
decir nada. Los otros se habían puesto enfermos y tuve que expedirlos, como
decía el contrato, a su país de origen. Mi colección se había liquidado. Es el
destino de todas las colecciones de seres vivos, incluso de aquellas, esparcidas
sobre la Tierra, que se llaman razas o familias.
EL ALMA DE LA HERENCIA
New Parthenon, 22 enero
Una aventura olvidada ha resurgido para atormentarme.
Hace muchos años, cuando estaba todavía metido en negocios uno de mis socios,
George Sprughill. se suicidó. El mismo día que los periódicos anunciaban el
suicidio recibí una carta suya, extrañísima. Me decía que se había dado cuenta,
desde hacía algún tiempo, de que estaba a punto de volverse loco y que antes que
verse convertido en un desventurado demente, prefería la muerte. Añadía que la
heredera de todos sus bienes era su mujer, pero que a mí me dejaba -y aquí
comenzaba la extravagancia- su alma.
«Mi mujer -escribía-, siendo mujer no sabría qué hacer
con ella, y no tengo hijos a quien transmitirla. Tú eres el único que tiene
derecho a una manifestación de agradecimiento porque eres el único que no me
abandonaste en momentos difíciles. Me he dado cuenta de que un alma sola no
basta al hombre: le faltan siempre ciertas inclinaciones, experiencia,
habilidad. Con dos almas podrás superar a los demás y a ti mismo. Te ruego que
no desprecies la mía y que la trates con cuidado..
Aunque la muerte del pobre George no me producía ningún
placer -tenía necesidad de él, precisamente en aquellos días, para una maniobra
importante que nos hubiera permitido apoderarnos de una compañía ferroviaria-,
no pude menos que reírme. No di importancia a la fantástica herencia: era una
confirmación de la locura amenazante Metí la carta en la carpeta de los
documentos curiosos y no me acordé más de ella.
Pero desde hace algún tiempo me siento turbado por algo
nuevo que sucede dentro de mí. No puedo decir que mi carácter haya cambiado,
pero hay en mi espíritu una fermentación de novedad cuyo origen no es claro. No
experimento la impresión de cambiar o de perder, sino de enriquecerme. Me ocurre
que acojo con indulgencia pensamientos que antes habría rechazado con desprecio
y no se me hubieran ocurrido nunca: comienzan a gustarme ciertas formas, ciertas
fantasías, ciertos refinamientos que antes ignoraba y no me preocupaban.
Hace unos días, al pronunciar una frase a propósito del
verano, me vi de pronto ante George Springhill: recordé entonces que era una de
sus frases familiares. George, siendo joven, escribía versos -y esto explicaba,
en opinión mía, su predestinación a la locura-, y ahora me doy cuenta de que me
gusta cada vez más leer a los poetas. Sentía también una fuerte pasión por la
música, y yo, que antes no podía soportar todo lo que no fuese las canciones de
los gramófonos, siento ahora la necesidad de escuchar de cuando en cuando algo
de Mozart y de Schumann. También mi imprevista curiosidad por las religiones me
recuerda a George, que había sido swedenborgiano y quería, una vez, introducirme
en una logia teosófica.
Era un espíritu ardiente, apasionado en exceso. Incluso
a los negocios había llevado una especie de frenesí romántico que muchas veces
ayudaba al éxito de una empresa -las grandes razzias industriales no se hacen
sin un poco de imaginación y de empuje-, pero que otras acarreaba grandes
pérdidas. Algunos momentos siento en mí oleadas de ardor sin objeto, de simpatía
imprevista, de impaciencia por arriesgarme, que me recuerdan, no sé por qué, a
mi amigo muerto.
He vuelto a leer su última carta: es indudablemente la
carta de un lunático. Es incierto que el alma exista después de la muerte y, si
existe, es claro que el hombre no puede disponer de ella, destinada como está a
otro mundo, a un destino propio. ¿Cómo explicar entonces esta eflorescencia de
sentimientos nuevos en mi espíritu, esta semejanza progresiva entre mi alma de
hoy y la del suicida?
Hoy, por ejemplo, me he sorprendido leyendo con mucho
placer el Zarathustra, de Nietzsche, y he recordado que ese libro era un libro
preferido de George. La primera vez que me habló de él di una ojeada a algunas
páginas y no comprendí nada. Incluso me maravillé de que un businessman pudiese
perder el tiempo en ciertas lecturas estrafalarias. Ahora, en cambio...
La razón me advierte que desatino. No he aceptado nunca
aquella herencia. No sabría qué hacer con ella. No la quiero. Pero ciertos
hechos, innegables e inexplicables, me inquietan...
EL VERDUGO NOSTÁLGICO
New Parthenon, 9 diciembre
Mi pobre Tiapa no se encuentra bien. Sufre de amor
propio concentrado. La inacción le humilla. En vano le permito, de vez en cuando
que degüelle una cabra. un cerdo, un becerro. Todos los volátiles destinados a
la cocina mueren en sus manos, pero hay que ver con qué rabiosa tristeza
retuerce el cuello a los gallos y a los pavos.
Lo comprendo: imagino lo que experimentaría un Ford
condenado a fabricar automóviles para niños y no más de dieciséis al día. Por
otra parte, Tiapa es viejo y no podría ejercer su antigua profesión. Durante
cuarenta años seguidos este robusto indio fue verdugo en México y en otros
países de América y Asia, pero ahora ya no tiene la fuerza y la precisión de
antes, y ningún Gobierno le tomaría a su servicio. Y este hombre, que ha quitado
la vida a millares de hombres, ya no sabría cómo ganar la suya si no hubiese
sido recogido el año pasado en mi casa. Los verdugos no son previsores, y dado
su escaso número, no poseen siquiera un trade-union profesional.
Tiapa no ha sido ni un ejecutor vulgar ni un tímido y
gélido funcionario de la justicia. Era un apasionado, un entusiasta, un artista.
Ha sido, creo, el último verdugo de puro estilo de nuestros tiempos.
Verdugo por vocación. Su adagio preferido es «Las
espaldas han sido creadas para los bastones y los árboles para ahorcar». Esta
apasionada naturaleza suya se reveló plenamente en el motivo que le hizo
abandonar la profesión. Un joven asesino, en el país donde era verdugo, fue
indultado, pero rechazó el indulto. Se lo entregaron: el reo, satisfecho, saludó
a su ejecutor y le estrechó la mano. Pero todo esto irritó extrañamente a Tiapa.
«Mientras se retuercen y se defienden, todo va bien -dijo-, pero yo no quiero
ser cómplice de un suicidio.. Y se negó a cumplir su misión, por lo que fue
licenciado antes de tiempo.
-Europa -me decía- ha perdido el secreto de matar. La
adopción de los medios mecánicos es el síntoma de una decadencia del arte. La
guillotina es rápida, pero demasiado geométrica e impersonal El fusilamiento es
el triunfo de lo superfluo, un derroche inútil. Sin contar que los fusiles,
ennoblecidos por la caza y la guerra, no deberían ser adoptados para los
delincuentes. Los Estados Unidos, con la silla eléctrica, han caído en el máximo
de la abyección. La electricidad, la fuerza más espiritual de la Naturaleza, la
que da luz y alas, ¡envilecida hasta el punto de asesinar a los asesinos! Los
ingleses, que han conservado la vieja horca, son más lógicos y respetuosos,
aunque la horca sea, desde otro punto de vista, un medio demasiado incoloro y
primitivo; diré, incluso, demasiado ingenuo. En Europa, para decir la verdad,
hay solamente dos pueblos que tienen una cierta originalidad en la elección de
los suplicios: España y Turquía. El garrote y el palo se salen un poco de lo
vulgar y constituyen un castigo más severo que lo acostumbrado, pero palidecen
ante los antiguos hallazgos del arte. Y considere que los turcos no son
ciertamente europeos, sino de raza mongol y están casi excluidos en Europa.
»La Edad Media ha sido, para el mundo blanco, la gran
época del homicidio legal. La rueda, la lapidación y el descuartizamiento eran
operaciones refinadas y que exigían una cierta habilidad. Pero los antiguos no
se quedaban atrás. El suplicio de Mesenzio, aunque poco usado, era generalísimo,
y la idea de Nerón de transformar los cuerpos humanos, con pez, en antorchas
vivientes, no merecía ser abandonada. El fuego, para mí, es uno de los más
perfectos instrumentos de la justicia. Nada iguala, desde el punto de vista del
aniquilamiento total, a una pira bien preparada, hecha de leña resinosa y bien
aireada. Tiene algo de clásico, de poético, de grandioso que place a los ojos de
la fantasía. Los suplicios que han quedado más profundamente impresos en la
memoria de los hombres son aquellos en los que presidió la llama. Las parrillas
de San Lorenzo, la pira ardiente de Juana de Arco, las hogueras de Savonarola:
grandes páginas de heroísmo y de historia.
»No quiero afirmar con esto que el hacha no tuviese
también sus méritos. Creaba una relación directa y diré casi íntima entre el
verdugo y el condenado. Cercenar una cabeza de golpe no podían hacerlo todos. Se
requería una vista óptima y un brazo seguro. Y cuando se trataba de personajes
de alta categoría, como reyes y otros análogos, había el peligro de la sugestión
y del temblor. El sentimiento, en nuestros oficio, es una gran desventaja.
»No comprendo por qué, desde hace tantos siglos. ya no
se usa la crucifixión: era un suplicio bastante largo, bastante doloroso y sobre
todo estético. Hoy se tiene demasiado poco en cuenta la estética. Las
ejecuciones, especialmente en Europa, se hacen hoy en los patios de las
cárceles, casi sin nadie. furtivamente, como si la justicia humana se
avergonzase de sus sentencias. Para mí este modo de obrar es un misterio. O los
jueces creen que el condenado merece verdaderamente la muerte, y entonces
deberían circundar esta muerte de la mayor solemnidad, o tienen dudas sobre la
legitimidad de su derecho sobre la vida humana, y entonces no deberían condenar
a muerte a nadie.
»He realizado muchos viajes por el mundo con objeto de
perfeccionarme en mí arte, y debo confesar que, incluso en eso, Asia puede dar
lecciones a todos. No aludo a los hebreos: como no tuvieron arquitectura, ni
escultura, ni pintura, no conocieron tampoco la técnica de la pena capital.
Usaban la lapidación; pero el tirar piedras es diversión de muchachos, indigna
de hombres verdaderos. Y fíjese en que todos podían tomar parte en aquel vil
suplicio democrático: no existía, en la antigua Judea, el empleo fijo de
verdugo. El único hebreo que demostró un rudimento de fantasía fue el rey
Manasés, el cual, según cuentan, hizo atar al profeta Isaías entre dos tablones
y los hizo aserrar.
»Otro genio demostraban los egipcios y los asirios
Cuando un pueblo se rebelaba los reyes de Babilonia hacían desollar a los
culpables y con sus pieles tapizaban las murallas de la ciudad insurreccionada.
Estas tradiciones pasaron a los mongoles, pero Tamerlán es más famoso por la
cantidad que por la calidad de los suplicios. Era un mercader al por mayor, pero
no un refinado. Las pirámides de cabezas que quedaban aquí y allá. como recuerdo
de su paso, no dejaban de tener cierta belleza, pero los modos de matar eran más
bien comunes y despreciables. La verdadera patria de nuestro arte es China. En
el viaje de instrucción que hice al Celeste Imperio, hace ya muchos años, cuando
era todavía joven, pude asistir a alguno de los suplicios clásicos de aquel país
tan exquisitamente civilizado. Pero había comenzado ya la decadencia y me dicen
que ahora, con la República, las cosas van todavía peor. ¡Hasta quieren imitar a
los europeos y se rebajan incluso al fusilamiento!
»Una sola vez en una ciudad de la provincia de Kuang-Si,
pude ver el "suplicio de los cuchillos", que para mí es una de las obras
maestras de nuestra profesión. Por lo menos es el que me ha dejado una impresión
más profunda: merece ser visto. Quizá no sabe en qué consiste. El condenado
aparece atado a un palo y delante de él se halla el verdugo con una especie de
cesto cubierto con un paño De cuando en cuando el ejecutor mete la mano en el
cesto, sin mirar, y saca un cuchillo, lee la palabra que se halla grabada en la
hoja y, según lo que ve escrito, opera. En el cesto hay tantos cuchillos cuantas
son las partes del cuerpo y cada uno lleva su inscripción correspondiente En el
primero que cogió el verdugo debía de hallarse «pie derecho», porque fue el
primer miembro que vi cortar al paciente. Luego vi sucesivamente cortar la oreja
derecha, las nalgas, la mano izquierda, la pierna derecha, el labio superior,
los dos senos y el brazo manco. El paciente no gritaba, apenas gemía. Tal vez se
hallaba desmayado. Me dijeron que las familias de los condenados. cuando son
ricas pagan una gran cantidad al verdugo para que saque pronto el cuchillo donde
se halla escrito "cabeza" o "corazón", con objeto de frustrar las intenciones
del inventor y abreviar la ejecución. Pero aquella vez debía de tratarse de un
malhechor pobre, porque sólo al final le fue cortada la cabeza. Si los
requisitos esenciales de la pena deben ser la duración y la variedad del
tormento, me parece que el primer lugar debe ser concedido al de los cuchillos.
Me hice amigo de aquel verdugo: era un bello anciano con la perilla blanca y muy
amable. Me dijo que aquel suplicio estaba casi pasado de moda y que se podía
emplear, con la tolerancia de las autoridades locales, solamente en pequeñas
comarcas de provincias. Me confesó que también en China el arte del verdugo era
ya poco apreciado y buscado y las sutilezas del oficio estaban a punto de
perderse. Sus lamentos me vienen a la memoria hoy en que la decadencia es ya
universal y manifiesta. Únicamente en ciertas regiones de América y del Asia
Central se encuentran artistas de la muerte que realizan con amor su trabajo y
que no han perdido del todo las buenas tradiciones. Y yo que estoy hablando y
que puedo alabarme de tener en mi carrera casi dos mil ejecuciones realizadas
con perfección y con todos los sistemas, me veo reducido a vegetar en las
cocinas y a contentarme, para pasar el tiempo, con quitar la vida a vulgarísimos
animales.
Una vez le pregunté qué sensaciones experimentaba, en
sus buenos tiempos, durante una ejecución y si no había sentido nunca
repugnancia o remordimientos por el horrible oficio a que se dedicaba. Me miró
sonriendo.
-¿Remordimientos? ¿Repugnancia? ¿Por qué? Ante el
condenado no sentía la impresión de tener delante a un vivo, sino a un muerto.
Desde el momento en que la sentencia había sido pronunciada, aquél se hallaba
vivo sólo por tolerancia y por razones burocráticas. Había sido ya borrado
legalmente del mundo de los vivientes y yo podía proceder a mi obra con la misma
frialdad que tienen los médicos cuando descuartizan y despellejan un cadáver. El
verdadero autor de la muerte, para mí, es el juez; yo no era más que un
instrumento, como el cuchillo o la cuerda. ¿Por qué tenía que tener
remordimientos? Si hubiese dependido únicamente de mí, no hubiera matado ni
siquiera a una araña. Era el Estado quien me entregaba un cadáver viviente y me
ordenaba que desembarazase a la Tierra de su presencia. Y luego la mayor parte
de los ajusticiados eran asesinos y yo no les hacía nada más que lo que habían
hecho a otros, que eran inocentes.
-Confiese, sin embargo, que el oficio le gustaba y que
satisfacía su afición natural a la sangre.
-¿No es esto un mérito? -replicó Tiapa-. Nadie puede
ejercer honrada y valientemente un arte si no lo ama. Y en lo que se refiere al
amor a la sangre, ¿qué mal hay en ello? Si nació conmigo, yo no soy responsable.
Todos siguen sus propias inclinaciones. Los pintores pintan porque les gustan
los colores y las formas, el astrónomo estudia porque prefiere los números y las
estrellas. ¿Por qué ha de parecer extraño que un verdugo mate porque le gusta la
sangre? No comprendo el prejuicio de los hombres contra el verdugo. Si no
queréis verdugos suprimid la pena capital; los jueces no la aplican seguramente
para dar gusto a los ejecutores. Y si no queréis suprimirla, dad gracias a Dios
de que nazcan hombres dispuestos a dedicarse a esta profesión y honradlos como
conviene.
-Pero esta nostalgia que usted sufre ahora, ¿no le
parece algo sucio, feo?
-Pruebe -contestó triunfalmente Tiapa- de hacer
cuarenta años de verdugo y luego hablaremos. Las cabezas me faltan como al
escultor paralítico el barro y los palillos; sufro como sufriría un violinista
al que hubiesen cortado las manos. Mi malestar es una prueba del amor
inextinguible que he sentido siempre hacia el arte. Pero los puros artistas
fueron siempre mal comprendidos y calumniados.
Y una lágrima, una verdadera lágrima, descendió del ojo
derecho del viejo Tiapa.
SUBASTA DE PAISES
Nueva York, 1.° enero
Ayer por la tarde bebí demasiado y esta noche he tenido
un sueño extrañísimo.
Me parecía que me hallaba bajo una cúpula inmensa
construida de hierro y cristal, colocada sobre la Tierra sin columnas ni
pilastras, como una esfera gigantesca cortada por el ecuador.
El pavimento no era de madera ni de cemento, sino de
barro apisonado y a trozos húmedo. En medio se levantaba una especie de palco
cubierto de manifiestos con letra dorada. Un hombre bajo, casi enano, vestido
con un redingote rojo, iba de un lado a otro del palco, con un martillo en una
mano y una campana en la otra. En torno al palco, algunas docenas de personas,
casi todas mujeres, y estas mujeres, casi todas viejas, encorvadas y vestidas de
luto.
Por las conversaciones de mis vecinos -aunque hablasen
en voz baja- pude comprender que se trataba de una subasta. El hombre escarlata
vociferaba, tocaba la campana y agitaba el martillo, pero sus palabras se
confundían con los ecos de la enorme bóveda de cristal.
Al cabo de un rato se hizo el silencio -o me habitué
mejor al ruido- y pude comprender el discurso del enano.
-Lote 32. Se vende al mejor postor el reino de Persia.
Superficie, dos millones de kilómetros cuadrados; diez millones de habitantes.
Excelentes ciudades de arte y de comercio; puertos en el océano Indico y en el
mar Caspio. El país produce petróleo, fruta, tapices, opio, poetas y bailarinas.
Quinientos setenta kilómetros de ferrocarriles. Precio inicial de subasta:
cuarenta y siete mil millones.
Nadie levantó la mano, nadie hizo oferta. El subastador
esperó un poco, con el martillo levantado, luego tocó la campana y dijo con voz
cansada:
-Lote número 33. Se vende al mejor postor la República
de Liberia. Casi cien mil kilómetros cuadrados de superficie; dos millones de
habitantes. País exportador de productos tropicales y susceptible de desarrollo.
Abundancia de café, de goma, de marfil, de nueces y de aceite de palma. Precio
inicial de subasta: cuatro mil seiscientos millones.
Dos viejas se consultaron en voz baja, pero luego
encogieron la cabeza y bajaron los ojos. Nadie dio señales de querer adjudicarse
la República de Liberia. El subastador, con el mismo rito, gritó:
-Lote número 34. ¡Atención! ¡Importante! Se vende al
mejor postor la Unión de Repúblicas Soviétícas con todos sus territorios y
dependencias en Europa y en Asia. País vastísimo, recursos inagotables. Más de
veinte millones de kilómetros cuadrados poblados por ciento cuarenta millones de
habitantes. Ocasión magnífica, gran perspectiva para todos los capitalistas de
todos los países. Tierra fértil, subsuelo riquísimo. Grano y legumbres a bajo
precio: petróleo, antracita, hierro, cobre, platino, piedras preciosas a
voluntad Ocasión única para empresarios y especuladores. Posibilidad de pagos a
plazos. Precio base: novecientos setenta y tres mil millones.
Nadie, como de costumbre, se movió. El enano vestido de
encarnado parecía muy agitado.
- ¡Novecientos setenta y tres mil millones! -continuaba
aullando-. Es un regalo. Negocio seguro. Las estadísticas oficiales a
disposición de los compradores. Facilidades de pago. ¡Novecientos mil millones
únicamente! Todo comprendido; suelo y subsuelo, ciudades y ferrocarriles,
puertos y minas, bosques y lagos, hombres y mujeres. Únicamente con el petróleo
se rescatará en diez años el capital invertido. ¡Ocasión maravillosa, que no se
presentará más! Valor, señores: ¡únicamente novecientos mil millones! Único y
definitivo: ¡ochocientos cincuenta!
Un joven gordo que se hallaba cerca de mí se sentía
visiblemente tentado. Le vi avanzar hacia el palco y hablar al oído del
subastador. Pero se separó casi en seguida.
-Demasiado obstinado -dijo-. Por seiscientos cincuenta
y hasta por setecientos yo hubiera hecho el negocio.
Et subastador agitaba la campana y anunciaba un nuevo
lote:
-Lote número 35. República de Nicaragua. Ciento
cincuenta y seis mil kilómetros; seiscientos cincuenta mil habitantes. País
pequeño, pero de gran porvenir. Produce y exporta grandes cantidades de azúcar,
café, madera, nueces de coco, pieles y oro. Precio de subasta: setenta mil
doscientos millones.
No conseguía moverme de allí, aunque yo hacía como los
demás, es decir, no compraba nunca nada. Me parecía que la subasta continuaba
sin descanso durante horas y horas. Las viejas vestidas de negro iban por
parejas en torno del palco, escuchaban atentamente las cifras anunciadas por el
subastador y las comentaban sonriendo. Los hombres estaban menos tranquilos,
pero nadie se atrevía a alzar la mano. Uno solamente, que parecía un tratante de
bueyes, se decidió al final a comprar la República de Andorra por cuatro
millones y medio.
-Me servirá para la caza -dijo a la vieja que tenía al
lado, como para excusarse.
El subastador había dejado el martillo y se enjugaba la
frente con un pañuelo rojo grande como una toalla. Parecía extenuado, pero
dispuesto a continuar hasta que el atlante de la Tierra se hallase en la última
página. Sonó la campana más fuerte, para un nuevo lote, pero por fortuna me
desperté de aquel sueño monótono y absurdo.
VISITA A G. B. SHAW
Londres, 15 octubre
El viejo G. B. Shaw me ha recibido pésimamente.
-Usted me cree un payaso, como todos los imbéciles -me
dijo-, y espera, probablemente, vencer su aburrimiento con mis bromas.
»Quiero desilusionarle. Los ingleses, y en general los
ociosos que leen y van al teatro, me toman por un bufón. Soy, sin embargo, por
nacimiento y por vocación, el hombre más serio del Reino Unido. Comencé, como
sabe, por ser fabiano e ibseniano. Estas dos simpatías son la prueba de un
espíritu por excelencia anticómico. Ni en el fabianismo ni en el ibsenismo hay
el más pequeño rastro de humour. El primero se propone transformar los obreros,
en dos o tres siglos, en pequeños burgueses; el segundo tiende a hacer reinar la
sinceridad en las relaciones humanas, es decir, hacerlas imposibles. El
fabianismo es un socialismo de homeópatas; el ibsenismo, una moral de
anarquistas. Ni el uno ni el otro son nada alegres: son dos bestialidades de
buena fe, por lo tanto desagradables.
»Usted puede ver, con esto, que mi fama de bufón es tan
falsa como la de Byron como poeta y la de Shakespeare como dramaturgo. El
primero era un polemista dilettante y el otro un lírico tilosofante. No digo eso
para compararme a esos dos; admitirá que soy demasiado superior a uno y a otro
para que sea posible un paralelo razonable. Compadezco a los hombres, porque
ninguno de ellos tiene la fortuna de ser un Bernard Shaw.
-Pues, ¿cómo ha nacido entonces su fama de...
humorista?
-Se lo explicaré en seguida. Yo soy irlandés. Ahora
bien, para la hez de Londres, es decir, para aquellos que compran libros y
periódicos, un irlandés debe ser a la fuerza un hambriento o un payaso. Como no
deseaba morirme de hambre, elegí el papel de payaso. Usted sabe que Irlanda es
el país que proporciona a Inglaterra todas sus celebridades: Escoto Erigena,
Goldsmith, Sheridan, Burke, Sterne, Berkeley, Swift, Wellington, Thomas Moore,
Yeats, Oscar Wilde y Joyce son irlandeses. Sin los irlandeses, Inglaterra no
hubiera sabido lo que es Liliput y no habría vencido a Napoleón. Un conde
báltico, Keyserling, ha dicho que los ingleses se parecen a los animales. Yo
soy, para servirle, el espantajo de estos animales. Estos mudos no tienen valor
de hablar, y yo digo la verdad por ellos. Estos melancólicos no saben reír, y yo
debo por lo menos llegar a hacerlos reír. Estos masoquistas no saben disfrutar,
yo estoy condenado a fustigarlos para darles una pequeña sensación de placer.
Sobre estas peculiaridades de los ingleses se funda mi inmerecida fortuna.
»Si Inglaterra fuese un país avanzado en estas materias
como en la industria, yo no sería más que un pequeño periodista oscuro y mal
pagado. En Francia hay al menos cien Shaws que pasan inadvertidos. Y
precisamente por esta razón soy una de las víctimas de la guerra. Después de
1918, la Inglaterra victoriana se ha acabado de morir; los ingleses se han
vuelto despreocupados, un poco bolcheviques, y ya no hacen caso del escándalo
bien presentado. Mi popularidad, va, por consiguiente, disminuyendo a ojos
vistas. Cuando me hallaba solo para hacer enrojecer a John Bull, los asuntos
iban muy bien; pero los toros británicos, desde que se han habituado a todos los
tonos del rojo, ya no me tienen miedo, es decir, no se divierten. Dentro de
poco, si no se produce una reacción puritana, seré incluido en las antologías al
lado de Oliver Goldsmith y Macaulay. Sería mi ruina. Si los ingleses se ponen a
imitarme, no me quedará más remedio que hacerme pastor metodista al servicio de
Mrs. Grundy. Pero soy demasiado viejo para recomenzar el aprendizaje de la
mentira.
-¿Viejo? No lo parece. Su espíritu no tiene todavía
veinte años.
-Para un principiante no está mal. Su ironía envuelta
en un cumplido es ingeniosa. Usted me dice amablemente que pienso todavía como
un muchacho. No me ofendo. Pero tengo setenta razones para no estar contento de
mi edad. El único fastidio de la vida es la muerte. Lo menos que se necesita
para la educación de un hombre es un siglo, y sería preciso al menos concederle
otros dos siglos para que pudiese dar fruto. Pero nos hemos de reducir a
Voronoff, que contribuye más a la castidad de los monos que a la inmortalidad de
los hombres. Todos los cacareos sobre el progreso científico son una
desvergonzada charlatanería: hasta que la ciencia no haya suprimido la muerte no
habrá hecho nada. ¿Qué importa volar en media hora de Londres a Nueva York si
después, un día, debo ser arrojado bajo un pedrusco para pudrirme?
La cara de G. B. Shaw se hizo en este instante fosca y
agriada. Permaneció un momento pensativo. Luego, volviéndose hacia mí, exclamó
con voz rabiosa:
-¿Posee usted algún secreto para no morir? ¿No?
¡Entonces márchese! No sé qué hacer con un condenado a muerte más. Yo no soy un
payaso, soy el más serio de los hombres: ¡soy el único que no quiere saber nada
de esa farsa grotesca de un funeral!
Y diciendo esto me volvió la espalda y corrió a
esconderse en su cottage.
LA CIRUGIA MORAL
Londres, 18 julio
El doctor Anosh-Uthra ha venido al «Claridge» a
preponerme su cura que comienza, según dice, a ser bien acogida en Inglaterra.
Un subsecretario del «Colonial Office», que la experimentó, me ha hablado con
entusiasmo, y he mandado a buscar al médico, o, mejor dicho, al cirujano, para
que me visite en el hotel.
Anosh-Uthra, que se vanagloria de un origen persa y
casi regio, es un hombre todavía joven, pero de una seriedad concentrada como no
había visto nunca hasta ahora. La cara color de plomo con vagos reflejos de oro,
se halla dominada por una barba lujuriante y hosca, que le desciende hasta el
estómago y le asemeja a los reyes de Asiria que se ven en el «British Museum».
No se le descubren los ojos, escondidos detrás de unas antiparras ahumadas
Hablando con él se tiene la impresión de hablar por teléfono con un ausente
enmascarado.
-No sé -ha dicho- si nuestro común amigo le ha dado una
idea de mi nueva terapéutica. El origen es sencillísimo. Durante mis estudios me
sentí impresionado por dos hechos: que nadie es capaz, ni el demasiado alabado
Freud, de curar los disturbios mentales y, por otra parte, que la medicina
general es bastante menos eficaz, como cura resolutiva, que la cirugía. Mi
descubrimiento consiste en haber introducido la cirugía en el tratamiento de las
enfermedades del espíritu. Yo soy, si quiere una definición, el primer cirujano
del alma.
»No ignoro que algunos cirujanos han intentado
intervenir en la cura de enfermedades propiamente nerviosas y que se ha tratado
de curar la epilepsia interviniendo en el riñón, y la demencia precoz, con los
injertos endocrinos. Pero nos hallamos ante operaciones puramente físicas contra
males psíquicos. Yo, en cambio, opero directamente sobre el espíritu con
operaciones similares. Son partes de nuestra alma que se pudren, que se
gangrenan, que crecen demasiado en perjuicio de otras. Hay cánceres morales,
tumores intelectuales, apendicitis del vicio y del pecado. Yo puedo, a voluntad,
obtener la amputación radical del órgano o zona del alma que perjudica. Yo he
extirpado, a algunos de mis clientes, a éste la holgazanería, a aquél la
sensualidad. a otro el espíritu matemático, la avaricia, la infidelidad. Si el
terror de la muerte le turba, si le oprime la indigestión de la excesiva cultura
ingerida, si la ambición política o deportiva no le deja en paz, diríjase a mí.
Mis operaciones son rápidas y sin dolor. No le obligo a hacer confesiones como
hace el mago de Viena, no recurro al hipnotismo como en Nancy, no le hago contar
sus sueños como en Zurich. Ni muchísimo menos corto y abro también su carne.
-¿No me puede dar algunos detalles sobre su manera de
operar?
-Si se los diese no los podría comprender. Sepa que
Anosh-Uthra no es mi verdadero nombre.
Estas palabras irónicas significan «Hombre Angel», y
son el nombre del Mesías de la religión mandea. Mi secreto procede, como todos
los secretos, del Asia y no se puede revelar en términos occidentales. Pero los
experimentos felices son mucho más evidentes y claros que las teorías. Sométase
a mi cura y le libertaré de lo que le molesta.
»Y tenga usted en cuenta que no opero solamente las
malas cualidades, es decir, lo que los moralistas llaman "culpa" o los
alienistas "locura". Si le molesta, por ejemplo, un inmoderado amor al prójimo o
una manía religiosa y filosófica que pongan en peligro su bienestar, estoy
dispuesto a intervenir en las mismas condiciones. Son virtudes mucho más
dolorosas, a veces, que los pecados.
»Piense en la trasformación que sufrirá nuestra especie
cuando mi cirugía moral se haya difundido por todas partes. Todos podrán poseer,
finalmente, el alma que más les guste. La extirpación metódica de los
remordimientos y de los temores dará al hombre aquella paz que hasta ahora ha
buscado en vano en el estoicismo o en la fe. Añada que las enfermedades del
cuerpo se derivan del espíritu; por tanto, cuando se haya curado éste,
disfrutará igualmente de una perfecta salud física. Pruebe. ¿Le molestan la
avidez de dinero, la superstición, la envidia, los celos? La extirpación es
sencillísima. Le advierto que no se consigue con una sola vez. Para cada una de
las molestias que le he citado son necesarios al menos tres meses. Tiempo mínimo
si piensa en las interminables curas de los psiquiatras. Debo, sin embargo,
advertirle lealmente que si puedo quitar alguna cosa a su alma, no puedo
añadirle nada. Soy un taumaturgo, pero no un Dios.
»El coste de cada operación varía según las
dificultades. Mis precios oscilan entre quinientas y tres mil libras esterlinas,
a pagar la mitad al comenzar la cura.
-¿Y podría usted amputar toda el alma si el alma entera
es infecta?
-Nunca he hecho esta operación, hasta ahora -contestó
Anosh-Uthra, alisándose la barba-, pero se podría intentar...
SIR J. G. FRAZER Y LA MAGIA
Londres, 3 noviembre
Un encuentro inesperado y afortunado en casa de un
coleccionista de fetiches, me ha permitido escuchar, durante algunos minutos,
las palabras de Sir James George Frazer, el más grande antropólogo. según dicen,
del mundo entero. Mi pasión, tal vez atávica, por la vida de los salvajes me
había hecho recorrer, hace poco tiempo, el famoso «Gol-den Bough» y he podido
así seguir mejor las palabras del ilustre paleontólogo del alma humana.
La conversación en torno de la mesa del té ha recaído,
por inocente astucia de mi coleccionista, sobre la Magia. y Sir Frazer no ha
podido menos de tomar parte. Aunque sea viejo y haya trabajado sin descanso
durante toda su vida, conserva todavía un aspecto de una inteligencia siempre
tensa: ojos de juez forrados de humorista.
-Los hombres modernos -dijo- consideran con demasiado
desprecio a la Magia, y los espíritus científicos y prácticos miran con piedad
irónica a los viejos brujos y hasta a aquellos que hoy los estudian. Son
ingratos. Faltan al respeto a la madre.
»Toda la civilización moderna -y por moderna entiendo
la que comienza con la Grecia de Sócrates y, después de una interrupción de
siglos, ha fructificado desde el Renacimiento hasta nosotros-es hija legítima de
la Magia. Todas nuestras artes, nuestras leyes, nuestras tradiciones políticas,
nuestras ciencias, han salido directamente de la Magia de los primitivos. La
Magia ha sido el puente único y necesario entre la animalidad y la cultura.
Todos aquellos que se burlan de la Magia son hijos y sobrinos de los antiguos
magos y primos de los hechiceros que todavía operan entre los salvajes.
»Ya he hecho notar estas verdades en distintas partes
de mis libros, pero nadie las ha reconocido ni sospechado. Comencemos por las
artes. En lo que se refiere a la música la demostración ya está hecha, y de un
modo persuasivo, por un musicólogo francés: Combarieu. La música, en los tiempos
más remotos, no era más que un ramo del arte de los encantamientos. El teatro,
como saben todos, no es más que la desviación de las primitivas ceremonias
litúrgicas, esto es, fundamentalmente mágicas, y la danza, como ha demostrado
Hirn, tiene el mismo origen. De la poesía se puede decir lo mismo: los más
antiguos fragmentos, tanto en los Vedas como en la literatura arcaica latina,
son fórmulas mágicas, palabras potentes que, ayudadas del ritmo, debían evitar
los males o atraer hacia nosotros los dones de los dioses. Las pinturas
primitivas que encontramos en las cavernas son obras de brujos que se servían de
esas imágenes para hacer que fuese fructífera la caza de los hombres
paleolíticos, fundándose sobre uno de los principios esenciales de la Magia
simpática. Crear una imagen significa, para el mago, conquistar el poder sobre
la cosa representada. A la misma razón se debe el origen de la escultura:
ustedes saben que incluso en la Edad Media se acostumbraba, para matar con
seguridad a un enemigo, modelar en cera o en barro una estatuita que se le
pareciese y luego romperla o exponerla a la llama. Lo que se hacía a la estatua
era sentido por el modelo. La escultura egipcia, tan realista, era un expediente
mágico para conservar, más allá de la muerte, la integridad corporal para la
esperada resurrección. Las formas más arcaicas de la arquitectura, como los
dólmenes y los cromlechs servían, como sabemos, para misteriosos ritos que
tenían más de mágico que de religioso. Si quieren una demostración más amplia
pueden leer un estudio de mi amigo Salomón Reinach, aparecido en la
Anthropologie del año 1903.
»En lo que se refiere a la moral y a la legislación, ya
he demostrado, ampliamente en uno de mis libros, The Psyche's Task, cómo los
principios éticos elementales que reinan todavía en nuestra vida, e informan
nuestros códigos, fueron establecidos y consagrados por lo que nosotros llamamos
superstición y que se reduce casi siempre a la Magia. Las prohibiciones fundadas
en el tabú se hallan en los orígenes de nuestra moral. Se creía, por ejemplo,
que las relaciones ilícitas entre un hombre y una mujer perjudicaban el éxito de
la casa o la fecundidad de los campos, y por eso eran severamente prohibidas. Se
creó así en los hombres el horror al adulterio, que perdura todavía, aunque
atenuado, en nuestras costumbres. Hoy se condena por otras razones, pero no se
hubiera sin duda llegado a condenarlo sin el trabajo preparatorio de la Magia.
»Los primeros reyes de las primeras tribus fueron
hechiceros, y si más tarde fueron guerreros, éstos se hallaron también bajo la
dominación de grecia fue mágica y el poder de los magos sobre los guerreros fue
el poder del espíritu sobre la fuerza. En los antiguos reyes se encuentran
siempre las huellas de carácter sagrado y mágico, y hasta hace pocos siglos se
atribuía todavía a los monarcas de Francia y de Inglaterra la milagrosa virtud
de curar ciertas enfermedades con el simple contacto de la mano. El rey mago
primitivo debía ofrecer su vida en holocausto si caía alguna desgracia sobre su
pueblo, y un resto de esta costumbre se halla entre los modernos soberanos que
consideran corno un deber acudir a los lugares donde ha ocurrido una desgracia,
incluso con peligro de su vida.
»Y finalmente, la ciencia, la orgullosa ciencia de
nuestro tiempo, como ha demostrado ya Lenormand. se halla estrechamente unida a
la Magia. La Magia, en efecto, supone que a ciertos fenómenos seguirán
infaliblemente otros fenómenos sin la intervención de una voluntad extraña. Se
funda, como la ciencia, sobre el determinismo, es decir, sobre la fe implícita
en una realidad ordenada y homogénea. El mago no pretendía violentar los hechos
pero, conociendo las secretas afinidades y el orden en que se sucedían, se
contentaba con imitar aquel fenómeno que era el antecedente constante del
fenómeno deseado. Sus errores y sus fracasos procedían de no haber observado
bien aquella trabazón fija de sucesiones y fundarse en relaciones aparentes más
que sustanciales, pero el principio de que partía era el mismo sobre el cual se
halla edificada la ciencia moderna. Incluso los muchachos saben que la química
se deriva de la alquimia. la astronomía de la astrología y la medicina
científica del hermetismo.
»No hablo de las religiones, cuyas relaciones con la
Magia son evidentes para todos los que conocen la antigüedad. Además todavía
hoy, en muchos lugares no se distinguen de las más burdas hechicerías Basta
pensar en la boga de que gozan, en ciertos países cultos, las doctrinas
teosóficas y las escuelas ocultistas, para darse cuenta de que la Magia, todavía
en nuestros días, satisface las necesidades espirituales de millones de hombres.
»Toda nuestra civilización desciende, pues, de las
creencias y de las prácticas de la Magia, y un pesimista podría sostener, con un
ligero esfuerzo sofístico, que la cultura contemporánea no ha rebasado todavía
la zona mágica. Los pueblos tienen hambre de milagros y los piden a todos: a los
demagogos, a los sonámbulos, a los electricistas, a los médiums, a las
profetisas privadas, a los profesores de física y de quiromancia. Los salvajes
son, indudablemente, nuestros padres y tal vez nuestros hermanos, y la Magia es
la matriz benéfica de la que han salido, como decía al principio, nuestras
artes, nuestras morales y nuestras ciencias. Todos los intelectuales no son más
que magos que han evolucionado, más cautos y más claros.
Sir James George Frazer se calló y nadie supo qué
contestarle. Me he acordado de que mi madre era maorí y la gran estima que
siento hacia mi mismo ha aumentado mucho desde hace algunas horas.
A. A. y W. C.
Londres, 3 agosto
Salgo de un inmenso restaurante de lujo. ¡Horrible!
Nada más repugnante que todas aquellas bocas que se
abren, que aquellos millares de dientes que mastican. Los ojos atentos, ávidos,
brillantes; las mandíbulas que se contraen y se mueven; las mejillas que, poco a
poco, se vuelven encarnadas... La existencia de los comedores públicos es la
prueba máxima de que el hombre no ha salido todavía de la fase animalesca. Esta
falta de vergüenza, hasta en aquellos que se creen nobles, refinados,
espirituales, me espanta. El hecho de que la mente humana no ha asociado todavía
la manducación y la defecación, demuestra nuestra grosera insensibilidad. Sólo
algunos monarcas de Oriente y los Papas de Roma han llegado a comprender la
necesidad de no tener testigos en uno de los momentos más penosos de la
servidumbre corporal, y comen solos, como deberíamos hacer todos.
Llegará un tiempo en que causará estupefacción nuestra
costumbre de comer en compañía - ¡al aire libre y en presencia de extraños!-,
como hoy sentimos disgusto al leer que Diógenes, el cínico, satisfacía en medio
de la plaza sus más inmundos instintos. La necesidad de engullir fragmentos de
plantas y de animales para no morir, es una de las peores humillaciones de
nuestra vida, uno de los más torpes signos de nuestra subordinación a la tierra
y la muerte. ¡Y en vez de satisfacerla en secreto, la consideramos como una
fiesta, hacemos de ella una ceremonia visible, la ofrecemos como espectáculo
cotidiano, con la indiferencia de los brutos!
En mi caso, en el Nuevo Partenón, he suprimido desde
hace tiempo la costumbre cuaternaria de las comidas en común. En los corredores
hay puertas cerradas con un cartelito encima donde aparecen las dos letras A. A.
Todos los huéspedes saben que allí dentro, a cualquier hora, se halla comida y
bebida. Son cuartitos pequeños, pero luminosos, con una sola mesa y una silla
única. El que tiene hambre va allí dentro y se encierra. Cuando se ha saciado
sale, sin ser visto, y vuelve a sus ocupaciones o a su vagar. Camareros
encargados de aquel servicio visitan algunas veces al día aquellos gabinetes,
hacen desaparecer los platos sucios y proveen de alimentos bien preparados que
se mantienen calientes durante muchas horas. En la proximidad de cada cabina de
alimentación hay un water-closet con los últimos perfeccionamientos higiénicos.
¿Dentro de cuántos siglos será adoptado mi sistema en
todas las moradas de los hombres?
VISITA A KNUT HAMSUN
Cristianía, 24 agosto
He preguntado a un librero cuál es el más grande
escritor noruego viviente. Ha contestado: -Knut Hamsun.
Es necesario, pues, que yo conozca a ese Hamsun. No he
leído nada de él, pero desde el momento en que he venido a Noruega y no pienso
volver y no tengo nada mejor que hacer, quiero incluir éste en mi colección de
coloquios memorables.
Lo que me han contado acerca de él me gusta: ha sufrido
hambre (como yo), ha hecho el tramp en los Estados Unidos (como yo) y rehuye
todo lo que puede la compañía de los hombres (como yo). Vive, según dicen, en
una isla solitaria y raramente va a las ciudades. En 1920 le dieron el Premio
Nobel. Un secretario de la Legación de los Estados Unidos me ha prometido
obtener un salvoconducto para llegar hasta él.
2 setiembre
Ayer pude, finalmente, hablar con ese Knut Hamsun.
Excelente impresión. Es un hombre de más de sesenta años, pero bien conservado.
Unos bigotes atrevidos que le dan el aspecto de un oficial sin debilidades.
Rostro abierto, pero un poco triste y en algunos momentos severo.
Habla correctamente el inglés. No hace cumplidos. Me ha
gustado.
-He consentido recibirle porque no es usted ni un
mendigo, ni un literato, ni un periodista, ni un desocupado, ni un editor, ni un
coleccionista de autógrafos, ni un admirador. Todas estas personas son
igualmente nefastas e igualmente insoportables. Me defiendo contra ellos como un
caballero contra los bandidos, pero no siempre lo consigo. He puesto entre ellos
y yo un brazo de mar, pero esa canalla conoce la existencia de las naves y se
aprovecha. Usted no sabe, por fortuna, lo que es la gloria. ¡Que no le ocurra
nunca desventura semejante! Ser famoso significa volverse a la vez, viejo y
perseguido. Llegar a la celebridad equivale a transformarse en un cadáver
viviente y despojado. Los jóvenes y los rivales le consideran como un
superviviente perdido y como a tal es tratado. La fama es una anticipación del
ataúd y del sepulcro. ¿Sois célebres? Pues lo habéis dado ya todo y se puede
comenzar la autopsia, incluso la vivisección. Os hemos ya recompensado; que se
quite, pues, de en medio la carroña coronada y saciada, para dar paso a los
desconocidos. Cualquier cosa que hagáis será siempre inferior a las obras que os
dieron la fama. La gloria es un certificado de impotencia. Y, además, una
prisión. Sois sometido, tanto si queréis como si no, a una vigilancia especial.
No podéis alquilar una casa o entrar en un café o marchar de viaje sin que
millares de personas se enteren en seguida, lo cuenten y 10 impriman. Refugiarse
en la soledad no basta. Incluso allí os asaltan y si no consiguen saber nada, lo
inventan.
»Pero esto sería lo de menos. Lo peor es que la fama os
pone a merced de los ladrones honrados. Todos quieren algo, todos pretenden
algo, todos se llevan efectivamente alguna cosa. De cien cartas que recibo,
noventa por lo menos han sido escritas para pedir. De veinte personas que vienen
a verme, diecinueve terminan por llevarse aquello que deseaban.
»Ese admirador lejano quiere que le regale mis libros;
ese otro quiere la página autógrafa para sus colecciones; aquél exige la
fotografía y datos sobre mi vida, el de más allá quiere hablarme para que le
aconseje, le juzgue, le ayude, le ilumine, le redima. Desde que me dieron el
Premio Nobel no he podido salvarme de las peticiones de dinero. Todos los
pretextos son aprovechados: enfermedades, gastos escolares, viajes
indispensables, padres paralíticos, madres dementes, hermanas tísicas,
matrimonios urgentes, suscripciones para monumentos centenarios, tumbas,
colegios, nobles arruinados, hospitales zoológicos, exploraciones árticas,
catástrofes. Si hubiese escuchado a todos, me habría sido necesario tener a mi
disposición todo el patrimonio de Nobel y volvería otra vez a pasar hambre.
»Luego hay otros que de mi celebridad deducen la
omnipotencia. "Si todos le conocen -piensan-, esto quiere decir que él los
conoce a todos y por consiguiente puede obtener todo lo que quiere." Error
crasísimo, como comprenderá. Un escritor puede ser celebérrimo y, no obstante,
tener relaciones únicamente con algunos amigos que no poseen ninguna influencia.
Pero esa raza de postulantes no sabe estas cosas y no las cree. Y cada semana
hay alguien que pretende de mí lo imposible: que le procure una buena colocación
a toda prisa, que le haga publicar un libro por un gran editor, que le
recomiende a un gran periódico para obtener una colaboración bien pagada, que me
dirija a los ministros o a la Academia para que le concedan un subsidio, una
bolsa de viaje, una pensión. A la verdad, yo no conozco ni frecuento, a causa de
mi sistema de vida solitaria, los personajes de los que dependen estos favores,
pero aunque los conociese, creo que no concederían lo que pidiese únicamente
porque me llamo Knut Hamsun. Tendría que escribir carta de espera -esto es,
regalar mi tiempo, que es lo más precioso de todo para un artista- y salir
garante con mi nombre. de gentes que me son casi siempre desconocidas. ¡Y si
alguna vez por debilidad atiendo a alguien y obtengo lo que pide, entonces es
peor! No están nunca contentos. Vuelven a pedir, y cada vez cosas mayores. Y
después de haber conseguido mil, te abandonan, indignados e insultantes, el día
en que no has podido dar diez.
»Luego hay aquellos que envían volúmenes y manuscritos
y exigen que los lea y que escriba luego un fundamentado juicio; hay los
pestíferos reporteros que os roban una hora de vuestro trabajo o de vuestro
descanso para ganar un poco de dinero a costa vuestra. Del hombre célebre, en
una palabra, «todos quieren algo». Ha dado a esa gentualla de ciegos un poco de
luz, a esos corazones helados un poco de fuego, a esos cerebros desamueblados
algunos pensamientos. Ha dado una parte de sí mismo, de su sangre, de su alma,
de su vida, para enriquecer el alma de los otros y hacer menos triste el trabajo
de la vida. Ha dado y, precisamente porque ha dado, debe dar siempre, sin fin, y
no solamente su espíritu, sino su dinero, su tiempo, su fatiga, y algún pedacito
de la propia gloria. El escritor famoso está circundado de parásitos, de
postulantes, de sepultureros y de ladrones. La fama no es un premio, sino una
maldición, un castigo. Si hubiese sabido esto, hubiera ido, en 1890 a asesinar a
Brandes, que reveló a Europa mi primer libro: Hambre. Es preferible ser
hambriento a ser célebre.
»Y usted también, aunque no me haya pedido nada, se me
lleva algo: media hora de mi tiempo y un poco de mi fuerza. Usted también es un
ladrón honrado, un ladrón bien educado, ¡pero ladrón!
Al oír estas palabras justísimas no me ofendí, pero
creí decente ponerme en pie para marcharme.
Knut Hamsun me gusta mucho. Quiero comprar todos sus
libros y así le resarciré, delicadamente, del tiempo que ha perdido por mi.
LA ENFERMEDAD COMO MEDICINA
Reykiavik, 13 julio
Amante de los volcanes, porque soy un poco amante de
los hombres, vine aquí para ver el Hecla. Hace dos días me sentí, de pronto,
enfermo. Dolores sordos en todas partes, especialmente en la nuca pero sin
fiebre. He mandado buscar a un médico que hablase bien el inglés.
La misma noche vi ante mí una imitación humana del
Koboldo: vientre redondo, cara redonda, ojos redondos y, en el derecho, un
caramelo redondo; nariz corta, piernas cortas, brazos cortos, manos gordinflonas
y móviles.
-Soy -me dijo en excelente inglés- el doctor Harold
Olafsen. Dígame por qué me ha mandado llamar.
Le describí los síntomas de mi enfermedad. El doctor
Olafsen me escrutó con su pupila derecha, ornada con el monóculo, y su boca
carnosa y sarcástica se contrajo.
-¿Y desea usted tal vez que haga desaparecer su
enfermedad?
Le contesté que ésta era precisamente mi intención al
recurrir a su ciencia. El redondo Koboldo se oscureció y pareció dudar entre una
carcajada o un bufido. Pero acudió al control interno y pronto el doctor Olafsen
se aplacó.
-No cometeré nunca -dijo semejante indignidad. No
quiero remordimientos, ni, por otra parte, puedo violar mi sistema personal para
darle gusto. Usted es extranjero y no puede saber. No sé por qué razón han
elegido mi nombre. Ningún enfermo en Islandia me llama a la cabecera de su lecho
y todos, en realidad, mueren antes de tiempo a causa de la funesta intervención
de la medicina vulgar Si quiere vivir no debe emprender ninguna ofensiva contra
su enfermedad, indudablemente providencial y benéfica. Todo lo más puedo
procurarle para ayudar a los efectos, una segunda enfermedad...
Mi primer impulso fue invitar al doctor Olafsen a que
se marchase, dado que no podía o no quería librarme de mis dolores. Pero la
atracción que he sentido siempre hacia los lunáticos se sobrepuso y terminé por
escuchar sus discursos con la esperanza de obligarle a revelar el fondo de sus
absurdos.
-Estoy dispuesto a seguir su sistema -contesté-; por
tanto, tenga a bien darme algunos datos sobre los principios en que se funda.
La cara de color caramelo del doctor Olafsen se dilató
en una sonrisa asimétrica, pero triunfante. Creo que nadie se había prestado
nunca a escucharle.
-Mi sistema -comentó- tiene su origen en una profunda
observación de la escuela hipocrática que los médicos, naturalmente, no han
sabido ni revelar ni profundizar. Según Hipócrates, la salud es un metron, un
equilibrio entre los opuestos, y el exceso de salud, es peligroso por cuanto
denota la inminencia de la enfermedad. Usted no habrá leído, tal vez, los
escritos de Hipócrates, pero seguramente habrá traducido en la escuela el
Agamenón de Esquilo. En los versos 1001-3, el sublime poeta hace repetir al coro
la gran verdad: «Una salud demasiado espléndida es inquietante, pues su vecina,
la enfermedad, está pronta siempre a abatirla.»
»Lo que constituye un atisbo de la gran intuición
salvadora. El verdadero principio se enuncia así: La enfermedad es necesaria, en
lo que respecta a la salud, a la perfección y a la duración del cuerpo humano.
Aquel que está sano, tiene, como demuestra la experiencia, un mal escondido. Si
el morbo se manifiesta es preciso respetarlo, no turbar su curso. Únicamente en
los casos en que se excede y amenaza comprometer el equilibrio, es aconsejable
inocular el germen de otra enfermedad que pueda contrarrestar o combatir la
primera. Hahnemann, el fundador de la homeopatía, había entrevisto una parte de
la verdad, es decir, que únicamente el morbo puede combatir el morbo. Pero se
hallaba dominado, como los alópatas, por el viejo prejuicio de que la enfermedad
debe ser extirpada, combatida, curada. Error difundido, pero peligroso y muchas
veces homicida.
»Es preciso persuadirse de que las "enfermedades no son
otra cosa que medicina". Son una válvula de seguridad, un vehículo de
desfogamiento, una reacción contra los excesos de la salud, un precioso
preventivo de la naturaleza. Deben ser acariciadas, cultivadas y, si es preciso,
provocadas. No se extrañe. Si un hombre persiste demasiado tiempo en una salud
inquietante -pródromo constante del desastre-, es necesario someterle a una cura
enérgica, es decir, transmitirle alguna enfermedad, aquella que mejor
corresponda el equilibrio de su organismo. No ciertamente una enfermedad
demasiado aguda; pero un acceso de fiebre es la salvación de los linfáticos y
una buena crisis de anemia es necesaria a los pletóricos. Corresponde al médico
adivinar qué enfermedad es indispensable a los aparentemente sanos. Que esta
teoría es justa lo demuestra un hecho registrado por todos los historiadores:
que los seres enfermizos viven bastante más tiempo que los robustos.
¡Desgraciado del hombre que no está nunca enfermo! De ordinario, la naturaleza
provee, pero si no obra es preciso el médico para reparar la falta. Por tanto,
sólo en dos casos debe intervenir la medicina racional: para dar una enfermedad
a los sanos obstinados o para darla a los que están enfermos, bien para atenuar
o para reforzar otra enfermedad contraída naturalmente. En una palabra, el
verdadero médico debe ser un nosoforo, es decir, un portador de enfermedades.
únicamente con este método se puede tutelar la vida de los hombres. El viejo
concepto del médico que se esfuerza en hacer desaparecer los síntomas de la
enfermedad ha pasado a la historia, pertenece a la fase barbárica de la
patología. El único motivo por el que los médicos ordinarios persisten todavía
es la cobardía humana. Los hombres temen el dolor, no quieren sufrir, y entonces
recurren a esos farsantes que se vanaglorian de hacer cesar los sufrimientos y
que tal vez consiguen adormecerlos verdaderamente por medio de drogas benéficas
y maléficas. No saben esos desgraciados que el dolor, incluso el físico, es
necesario al hombre lo mismo que el placer, como la enfermedad es necesaria lo
mismo que la salud. Pero puede haber un exceso de morbo -peligroso lo mismo que
un exceso de salud-, nosotros podemos y debemos intervenir únicamente para
oponer una enfermedad nueva a la que se halla instalada en el paciente. Algunos,
hoy, comienzan ya a aplicar, aunque sólo sea accidentalmente, mi método, y hay
algunos psiquiatras que combaten la parálisis progresiva inoculando las fiebres
tercianas, siempre con la absurda pretensión de curar.
»Conmigo únicamente comienza la época de la medicina
realista y sintética. Pero hasta ahora no he conseguido convencer más que a muy
pocos, y éstos no pueden, desgraciadamente, ejercerla porque no son médicos.
Pero mi gran principio -la enfermedad como medicina- pertenece al porvenir.
-Sus teorías -le contesté- me parecen excelentes y me
siento tentado de seguir su régimen. ¿Que debo hacer en mi caso?
El doctor Olafsen no se detuvo a reflexionar.
-Dejar libre curso a sus dolores, incluso excitarlos
con una pequeña dosis de cafeína. Dentro de dos días, si no cesan, sería de
opinión de provocar la hipertemia, es decir, conseguir una buena fiebre entre 39
y 40°.
Prometí que le obedecería, y el doctor, contentísimo,
se marchó. Apenas hubo salido tomé dos pastillas de aspirina: esta mañana estoy
mejor y hoy mismo me embarcaré en el vapor que va a Copenhague.
UN EMPERADOR Y CINCO REYES
Dan Haag, 2 diciembre
Su Majestad Guillermo, Emperador y Rey, se ha dignado
recibirme en su castillo de Doorn. Parece, al verle con aquella barba gris, un
buen hombre que se ha retirado del mundo para vivir en paz, después de algunas
desilusiones.
-Le he preparado una sorpresa -me ha dicho, apenas le
hube presentado los indispensables homenajes-, una gran sorpresa. Ha llegado en
un día poco común. En mi salón hay ahora una reunión de reyes. Encontrará allí
una pentarquía de soberanos. Me hace el efecto de que es usted un hombre de
suerte. En América ciertos encuentros deben de ser mucho más raros.
Y Su Majestad sonrió cordialmente, sin sombra de
malicia.
-Debo advertirle, sin embargo, que de los cinco no
todos son verdaderos monarcas de corona. Uno fue arrojado por una revolución
porque era demasiado débil; el segundo fue derribado del trono porque era
demasiado absolutista, el tercero abdico porque el poder le aburría; pero el
cuarto es un célebre actor trágico que ha recitado siempre la parte de rey en
los más grandes teatros del mundo, y el último es un simpático loco cuya única
locura es creerse rey de no sé qué reino. Los cinco merecen, sin embargo, ser
conocidos. Venga.
El Emperador y Rey, precedido de dos criados, en gran
librea y seguido de su ayudante y de mí, entro en una bella sala donde cinco
personas, al verle aparecer, se pusieron en pie y se inclinaron profundamente.
-Continúen su conversación -dijo benignamente Su
Majestad Guillermo-. Venimos única y exclusivamente para escuchar.
-Vuestra Majestad -contestó el más venerable de los
cinco- es demasiado bueno y no nos resta más que aprovechar la graciosa orden
salida de su boca. Yo estaba precisamente diciendo que un rey que ejerce su
oficio de monarca únicamente en ciertas solemnes circunstancias y con las
palabras más bellas y elocuentes que los humanos oídos puedan oír, es mucho más
afortunado y feliz que aquellos que se ven obligados cada día y en todo momento
a ejercer sus augustas prerrogativas.
- ¡Nada de eso! -interrumpió el más joven de los
cinco-. Dejadme hablar, que conozco por experiencia la altura de nuestra
dignidad casi divina. El hecho es que una conjura de extranjeros me tiene
todavía apartado de mi pueblo, pero no me impide que sienta en toda su plenitud
la voluptuosidad y la responsabilidad del poder. Un rey debe ser siempre rey, y
rey en todo el magnífico sentido de la palabra, incluso cuando fuma su cigarro o
pide un pañuelo. Luis XIV ha dado para siempre al mundo el modelo del héroe como
rey.
-Justísimo -interrumpió otro-. Y de hecho, en los años
de mi reinado, me conformé a ese principio. Quise incluso elevar la monarquía a
su antiguo esplendor de potencia indiscutible e integral. Tuve ante los ojos no
solamente a Luis XIV, sino también a Constantino y a Carlomagno, Pedro el Grande
y Federico II. El rey debe estar circundado de todos los prestigios de la
magnificencia y no debe ceder un átomo de aquellos privilegios que Dios le
concede para bien de los pueblos. El pueblo es un muchacho loco y ciego y debe
ser guiado con mano firme por un padre amoroso a la vez que severo. No se
recogen más que ingratitudes. La plebe insolente, sojuzgada por agitadores
todavía más insolentes, se sublevó con un pretexto ridículo y, no obstante el
heroísmo de mis gentiles hombres y de mis soldados, he tenido que desterrarme.
-Mi caso -intervino otro, de plácido y señoríal
aspecto- es un poco divertido. Yo me ilusioné pensando que era mejor ser amado
que temido, y fui incluso demasiado condescendiente ante los mudables caprichos
de mi pueblo. Visité a los humildes, gasté mi lista civil en beneficencia,
protegí las artes, viví con una sencillez espartana. Si me pedían una reforma de
la Constitución, la concedía sin inútiles puntillos; si querían tres
habitaciones en vez de dos, les concedía una casa entera; si deseaban el
sufragio universal yo lo extendía también a las mujeres y a los menores. Pero
nada me valió. Envalentonados con mi dadivosidad -que confundieron con la
debilidad- ¡llegaron un día hasta a pedirme la dimisión de rey! Naturalmente me
negué, e instantáneamente estalló una revolución que me obligó a retirarme.
-El más cuerdo -comenzó diciendo el último- he sido yo.
Hasta mi juventud había tenido una gran idea de la monarquía. Veía en mi
imaginación a Alejandro Magno en medio de su corte barbárica, joven, bello y
victorioso como un dios; veía a Salomón el Sabio en su templo de oro, rodeado de
guerreros de las guerras de David, acogiendo con rostro impasible los tributos
de Ofir y las princesas de Etiopía; veía a san Luis de Francia, que vivió como
un asceta, combatió como un héroe y murió como un santo. Y creía, como hoy
todavía creo, que los reyes son necesarios a los pueblos como los padres a los
hijos y que su misión es la de ser la personificación mística y gloriosa de la
grandeza de una nación. Apenas llegué a rey me di cuenta de que la realidad
moderna es muy diferente. Los pueblos ya no tienen el sentido religioso de la
monarquía, no ven ya en el rey a su protector natural, su cetro luminoso, su
símbolo casi sobrenatural. La baba del setecientos ha ensuciado el alma de los
simples y envenenado la de los Intelectuales. Y los mismos reyes ya no tienen la
altiva pero justa seguridad que hacía de ellos los jefes auténticos y venerados
de un pueblo y no los primeros empleados de la burocracia democrática. El último
rey que intentó encarnar el antiguo personaje en medio de la decadencia moderna
fue Luis II de Baviera, pero se volvió loco o creyeron que se había vuelto loco.
Para no incurrir en la misma suerte, después de algunos años de experiencias
humillantes y de diarias desilusiones, abdiqué como Diocleciano y Carlos V y
ahora contemplo el mosaico de la tierra con los ojos de un estoico y el corazón
de un cristiano.
-¡Cobardía! -exclamó la víctima de la conjura-. Un
verdadero rey no debe abdicar más que en el lecho de la muerte.
-Pero yo -contestó el acusado- no he querido ser más
rey precisamente porque tenía una idea demasiado alta de mi misión y he tenido
que reconocer que en nuestros tiempos, infectados por la gangrena de la
civilización igualitaria, no podía cumplirla honradamente.
-Si la realidad es desagradable -dijo el primero que
había hablado- hay el refugio de la fantasía y del mito, donde ninguna
revolución es posible y del que ninguna fuerza humana puede desterrar. El rey es
una obra maestra de las edades heroicas y poéticas y puede vivir ahora
únicamente en el arte.
-No estoy de acuerdo -afirmó orgullosamente el rey
desterrado por la sublevación-. Esta época inmunda no puede ser nada más que un
paréntesis en la historia de la Humanidad. Aleccionados por la experiencia,
asqueados de las diversas locuras modernas, los pueblos volverán a nuestros
pies, nos convocarán como salvadores y otra vez volveremos a ver los tronos
resplandecientes del Rey Sol y del gran Federico.
-Admiro su optimismo -exclamó el rey arrojado por
demasiada bondad-, pero no veo ninguna señal de reacción. Los modernos han
perdido de tal manera el respeto hacia el hombre regio, que hablan, sin
avergonzarse, de un Rey de la Goma o de un Rey de los Pucheros. Y hay, como
usted sabe. las Reinas de la Playa y las Reinas del Mercado. Me parece
comprender que la demencia de los hombres es progresiva e incurable. Únicamente
un cataclismo histórico, que no tengo valor para desear a mis semejantes, podría
conducir a la restauración de los Estados perfectos donde el rey era considerado
como mandatario de Dios y pastor absoluto de los pueblos.
Todos callaron, esperando la opinión del dueño de La
casa. Los cinco reyes, pensativos y solemnes,
parecían haberse petrificado en la meditación.
Finalmente una puerta se abrió y aparecieron dos criados. Y todos, en procesión,
bajamos al parque, entre los robustos árboles pacientes y silenciosos. El
Emperador y Rey miraba con mucha atención los rostros de sus colegas auténticos
y postizos. Luego se volvió hacia mí y me dijo en voz baja:
-En verdad, el que tiene más el aspecto y el empaque de
un rey es nuestro famoso actor trágico. ¿Es que la poesía, como ha dicho Goethe,
es más verdadera que la verdad?
LA TIENDA DE BEN-CHUSAI
Amsterdam, fines de abril
La más extraña tienda que haya visto jamás en mi vida
la descubrí hace pocos días en el barrio hebreo de Amsterdam.
Desde fuera parecía un comercio como cualquier otro. Un
cartel teñido de rojo sucio llevaba escrito, en oro, el nombre del dueño: Ben-Chusai.
Lo único singular era esto: los dos vastos escaparates,
tapizados de terciopelo negro, que se hallaban a los lados de la puerta, estaban
«vacíos». La primera vez no tuve valor para entrar, aunque la curiosidad era muy
grande; intenté espiar lo que había allí dentro, pero la puerta de ingreso, de
cristales, se hallaba velada por una larga cortina de seda verdeazul.
Volví a pasar por allí, a propósito, al día siguiente,
a una hora distinta. La puerta continuaba cerrada, los escaparates desiertos.
Paseé un rato con la esperanza de ver a alguien que entrase en la misteriosa
tienda. Nadie. A pocos pasos había una tenducha de tapetes turcos, y un hebreo
viejo, que recordaba los de Rembrandt, fumaba en el umbral.
Fingí examinar algunos de los tapices expuestos, y al
fin, mientras hablábamos, pregunté al mercader qué era lo que vendía su vecino
Ben-Chusai. Al oír mi pregunta el viejo hizo aparecer los ojos que hasta
entonces había tenido escondidos detrás de las espesas pestañas y alzó al cielo
dos manos hinchadas en actitud de profeta que maldice. De entre su barba de
cáñamo salió por dos o tres veces una palabra que me pareció:
- ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio!
Cuando repetí la pregunta el viejo me volvió la espalda
y desapareció entre el confuso laberinto de sus tapices amontonados.
Volví a la misma calle, por tercera vez, algunos días
más tarde, resuelto a librarme de la obsesión. Hice girar el pestillo de la
puerta y entré finalmente en la tienda. Una habitación cuadrada, desierta, sin
un banco, sin una silla: dos grandes armarios de madera oscura, cerrados, eran
los únicos ocupantes.
Mientras miraba en torno, estúpidamente, sin saber si
llamar o no, una cortina de terciopelo, a la derecha, se alzó para dejar paso a
un joven moreno, bien vestido, afeitado, sonriente, a quien en cualquier otro
lugar hubiera tomado por un secretario de gran hotel o de Embajada. únicamente
los ojos negros, líquidos, movilísimos, y la piel de un moreno delicadamente
dorado, hacían pensar en los remotos padres de Oriente.
No mostró ninguna extrañeza al verme.
-¿Es usted un aficionado? -me preguntó con una sonrisa
de esmalte blanco.
Hice un signo afirmativo, sin saber de qué se trataba,
y el galante joven me hizo pasar, con amabilidad de cordial complicidad, tras la
cortina. Subimos por una bella escalera de madera abrillantada con cera.
Al llegar arriba todo se aclaró.
-Esté seguro -me confió con armoniosa voz el galante
Ben-Chusai- que mi tienda es la única en el mundo para esta clase, llamémosla
así, de curiosidades especiales. Encontrará aquí todo lo que desee, piezas
comunes y raras, y todo auténtico, garantizado y a buen precio. Los
inteligentes, sin embargo, son pocos, en mi artículo...
El «artículo» de Ben-Chusai era verdaderamente una
especialidad en su género y me pareció, de pronto, que me había trasladado a mi
verdadero país.
-En esta vitrina -continuó amablemente el negociante-
no hay más que pequeños objetos de poca importancia y de fácil venta, sencillos
recuerdos para los aficionados no ricos. Boquillas hechas con las falanges de
los dedos, dientes montados en plata y platino, mangos de pluma y collares de
vértebras. La materia prima, ya se comprende, es exclusivamente humana (no
trabajamos, por principio, huesos de animales), pero eso es solamente el
silabario del arte.
»Tal vez le interesarán más -añadió señalando otra
vitrina- estos ensayos de petrificación obtenidos con el método del italiano
Segato. Tenemos una bellísima mano de muchacha, los dos pies de una bailarina
negra y la oreja derecha de un célebre violinista bohemio. Como ve, la carne ha
perdido un poco de su color natural, pero la ilusión es perfecta: con esta
manita, que fue blanda y acariciadora, usted puede romper la cabeza de un
enemigo.
»Me parece, sin embargo, que tal vez nada de esto le
interese. Tiene razón: hay cosa mejor. He aquí, por ejemplo, dos copas
artísticas para banquetes, construidas con cráneos, al estilo longobardo, es
decir, semejantes a las de que se servía Alboino. Aquí tiene una flauta
maravillosa obtenida por una concienzuda labra del fémur de una mujer famosa por
su belleza. Tenemos también calaveras convertidas en elegantes búcaros y
fruteros, y bastones de paseo obtenidos con tibias de gigantes. Usted no puede
imaginarse cuántas dificultades y cuántos gastos para procurarnos el material de
estas obras de arte.
Abrió un armario de cristales que se hallaba en un
rincón: allí había tres hileras de grandes potes.
-Esto tal vez merecerá su atención. En aquella gran
botella de allá arriba tenemos, conservada en alcohol, la cabeza de un dayak de
Borneo. La ha traído un explorador holandés. Observe los tatuajes y la horrible
expresión del rostro. Estos salvajes son, como usted sabe, cazadores de cabezas.
En el líquido amarillento, en efecto, una cara
aplastada contra el vidrio, hinchada, espantosa, cubierta de jeroglíficos y de
ralos pelos, me miraba con sus arrugados párpados medio abiertos.
-Al lado -.continuó Ben-Chusai- hay otra curiosidad: un
feto con dos cabezas y cuatro brazos.
Un ovillo de miembros lívidos e irreconocibles,
repugnantes.
-Más abajo, observe el pote de la derecha; es la cabeza
de una girl que fue reina de la belleza en Palm Beach un año antes de la guerra.
Bien conservada. Renovamos el alcohol todas las semanas. Pieza no común.
Cabellos que fueron rubios cubrían una pequeña cabeza
que fue seguramente infinitas veces besada. Pero los ojos se hallaban cerrados,
las mejillas eran verdosas, la boca casi negra: se adivinaban, a través del
cristal, los dientes en fila como piedrecitas sucias de lodo.
-¡He aquí a lo que se reduce la belleza de los hombres!
-exclamó en tono filosófico Ben-Chu-sai-. Y pasemos a otra cosa. Mire estos
cuadros de la pared. Son pechos y vientres de personas tatuadas, curtidos
naturalmente con todo cuidado. Duración indefinida. Observe la belleza de los
dibujos y la originalidad de los colores. Graciosísimo el paisaje de la
izquierda: los árboles, la luna, un castillo, no falta nada. Y el tercero a la
derecha: tatuaje de un pescador tunecino. El África rodeada de tres delfines, un
puñal y un perfil de mujer. Si le gusta no cuesta más que cuatrocientos
florines.
«Estos gruesos mechones no son más que una colección de
scalps, encontrados en una aldea de pieles rojas. Cabelleras largas y no
averiadas:, el cuero cabelludo está perfectamente disecado. Muy agradable para
decorar un saloncito.
»Esta estantería, como ve, no contiene más que libros,
y todos, ya se entiende, relativos a nuestro comercio. Tengo una buena colección
de Danzas macabras, ediciones originales, rarísimas, comenzando por aquella
impresa por Guy Marchant, en París, en 1485. Abra este álbum: es una obra
maestra. Son las imagines mortis de Holbein el Joven, de 1526. Dibujos
estupendos, ejemplares perfectamente conservados.
ȃsta es la Histoire des spectres, de Leloyer, 1605;
esta otra, la Espectrología, de Deker, buscadísima en su rara edición de
Hamburgo, 1690. Tenemos luego todas las obras sobre los resurreccionistas, los
violadores de tumbas, y sobre embalsamamiento, desde los egipcios hasta la
escuela de Hunter, de Ruysch y de Gorini. Pero la perla de mi biblioteca está
aquí: estos volúmenes antiguos encuadernados en piel humana. Usted sabe que
durante la Revolución francesa había en Meudon una tenería de piel humana.
Actualmente, la industria radica únicamente en Alemania. Note la finura del
grano y la delicadeza del veteado; la duración es igual que la del pergamino. Le
puedo ofrecer esta preciosa edición de Crimes de l'Amour, del marqués de Sade
-que era también un necrófilo-, encuadernada con la bellísima piel de una mulata
asesinada en Londres por celos. Ejemplar único: mil doscientos florines.
Ben-Chusai, viendo que admiraba sin comprar nada, abrió
una puertecita de hierro en el muro y me invitó cortésmente a entrar.
-Aquí tenemos el depósito de las reliquias que
podríamos llamar profanas. Vea un pequeño lote de momias llegadas hace pocos
meses de Egipto. Materia auténtica, con los certificados de los egiptólogos. La
más bella es la de Tetu-nu, un gran dignatario del tiempo de Amenofis IV.
Interesante la de esa matrona, con su doble envoltura policromada; está
representada la vida íntima de una gran casa egipcia: los esclavos negros que
van a buscar agua, las esclavas que hilan, la cocinera que despluma las aves,
las calderas en fila, las ánforas de los vinos, los gatos perseguidos por monos
domésticos.
»Estos cadáveres resecados y metidos dentro de sacos de
estera son momias del Perú, época precolombina. Observe esas tiras de tendones
todavía adheridos a los huesos y esos mechones de pelo que parecen
cristalizados. Los tengo para formar la colección, pero no son bastante
pintorescos. Es mejor aquel busto que se halla encima del armario.
Era un cráneo al cual habían puesto una gran peluca
negra y que había sido teñido de rojo en las mandíbulas. Todos los dientes eran
de oro; en las órbitas vacías, unas antiparras azules: monstruoso, repulsivo,
horrible.
-Le recomiendo más bien estas antigüedades de primer
orden: tres falanges encontradas en el sepulcro de los Escipiones, un mechón de
cabellos de Madame Du Barry, el coxis de la emperatriz Catalina de Rusia, un
pellizco de ceniza de Shelley. En aquel pote se halla el corazón momificado de
Madame Ackermann, la gran poetisa atea; en aquella cajita de marfil, la bala que
mató a Pushkin; y en aquel estuche abierto, la barba de Moisés Mendelsshon, el
gran filósofo de Dessau. el adversario de Kant. Aquella estatuita protegida por
un cristal es la pieza más rara: un muchacho carbonizado, procedente de las
excavaciones de Herculano. Aquí no hay nada más que ver: pasemos a la sala de
los esqueletos.
Ben-Chusai abrió otra puerta y apareció un espectáculo
que no olvidaré nunca. En un salón largo, una legión de esqueletos dispuestos de
cuatro en cuatro como soldados, me miraban con sus innumerables cuencas vacías.
Había de todas las estaturas y formas: gigantescos, enanos, macizos, delgados,
majestuosos, lacios, algunos deformados por tumores o bultos, o sucios de polvo
y de tierra, otros de un candor inhumano, justos y proporcionados como si fuesen
la obra de un profesor de osteología. Había el esqueleto de un muchacho y el de
un jorobado: al uno le faltaban los dos brazos; sobre un calavera había todavía
un mechón de cabellos siniestro; otro tenía dos agujeros en el temporal: era el
de un asesino.
-El único esqueleto que tiene historia -dijo Ben-Chusai-
es el primero de la derecha de la última fila. Me fue vendido por un pintor
alemán que lloraba desesperadamente al separarse de él. Me contó que era el
esqueleto de un amigo de la juventud. Pobrísimos, viajaban por los Alpes. La
nieve los sorprendió y no encontraron refugio más que bajo una tienda medio
hundida. Para salvarse del frío se abrazaron estrechamente y así pasaron la
noche. Por la mañana uno de los dos había muerto. El sobreviviente hizo preparar
el esqueleto del amigo inseparable y lo llevó siempre consigo durante más de
treinta años. Después de la guerra, la miseria le obligó a venderlo todo:
libros, cuadros e incluso aquella pobre reliquia de amistad. Pero todo esto no
aumenta el valor comercial del objeto; por cincuenta florines es de usted.
La tétrica formación de los esqueletos, inmóvil,
parecía que esperase una orden, un llamamiento, tal vez el clamor de la
resurrección. Algunos parecían pensativos, con la cabeza un poco inclinada hacia
delante; otros apretaban los dientes rechinantes como si deseasen vengar su
propia muerte; uno tendía una mano enorme, sostenida por un hilo de plata, como
si pidiese limosna a los vivos, en la miseria de su desnudez absoluta.
-Hay una sola cosa que no le puedo enseñar -añadió en
voz baja el cortés Ben-Chusai-, y es una lástima porque tal vez es la piedra
preciosa de mi almacén. Una pieza única en el mundo, al menos en el comercio.
¿Ve aquella caja de hierro que está al lado de la ventana? Allí dentro se halla
encerrado, según me aseguró el vendedor, un espectro: un espectro hembra, con
los vestidos, las joyas y todo lo demás. Si la abriese no vería más que una
especie de manto de color de musgo, agujereado por la polilla, porque el
espectro no lo habita siempre. Hay, además, el peligro de tenerlo delante y, lo
que es peor, de que se escape o se desvanezca. Por la noche, sin embargo, en
esta habitación se oyen chirridos y gemidos nada naturales. Baste decirle que mi
espectro procede de un lugar eminentemente histórico: de Newstad Abbey, el
famoso castillo de Byron. No puedo cederlo por menos de cuatro mil florines: no
me parece caro, dado el origen.
Cuando salí de la tienda de Ben-Chusai todo me pareció
nuevo, luminoso, milagroso. Cada hombre viviente que encontraba era un amigo,
cada sonrisa me parecía un saludo; cada voz, un consuelo. Pero hace dos días
volví allí y compré objetos por valor de diez mil florines. Dentro de dos meses
tendré en América una nueva colección, la Thanatoteca más rica de todos los
Estados Unidos. Ben-Chusai, conmovido por mi pasión y por la mole de los objetos
comprados, me hizo un descuento de un 15 por ciento sobre el importe de la
factura.
EL PAPEL
Leipzig, 15 setiembre
Visitando hoy una exposición de la imprenta me he dado
cuenta de que toda la civilización -al menos en sus elementos más delicados y
esenciales- se halla unida a la materia más frágil que existe: el papel.
Pienso que todo el crédito del mundo consiste en
millones de billetes de Banco, de letras y talones que no son más que trocitos
de papel. Pienso que toda la propiedad industrial de los continentes consiste en
millones de acciones, certificados y obligaciones: trocitos de papel. Los
despachos de los notarios y de los abogados están atestados de documentos y de
contratos de los que depende la vida de millones y millones de hombres, y no son
liada más que papeles ligeramente emborronados. Los registros de las
poblaciones, los archivos de los Ministerios y de los Estados: fajos de papeles
amarillentos. Las bibliotecas públicas y privadas: montones de papel impreso.
En las oficinas públicas, en los ejércitos, en las
escuelas, en las academias, en los parlamentos, todo marcha adelante a fuerza de
trocitos de papel: circulares, bonos, recibos, votos, borradores, cartas,
informes: papel escrito a mano, papel escrito a máquina, papel impreso. Tanto
los periódicos como los water-closets consumen cada año toneladas de papel.
La materia prima de la vida moderna no es el hierro, ni
el petróleo, ni el carbón, ni el caucho: es el papel. Cada día caen bosques
enteros bajo el hacha para proporcionar una cantidad enorme de sustancia que no
tiene la duración ni la dureza de la madera. Si las fábricas de papel se
cerrasen, la civilización quedaría paralizada.
Antiguamente, las monedas eran todas de metal; los
documentos se extendían en pergamino o se grababan en el mármol y en el bronce,
y los libros de los asirios y de los babilonios estaban escritos en ladrillos.
Ahora, nada resistente ni duradero: un poco de pasta de madera y de cola,
sustancias deteriorables y combustibles a las que se confían los bienes y los
derechos de los hombres, los tesoros de la ciencia y del arte. La humedad, el
fuego, la polilla, la termitas, los topos, pueden deshacer y destruir esa masa
inmensa de papel en la que reposa lo que hay de más caro en el mundo.
¿Símbolo de una civilización que sabe será efímera, o
de incurable imbecilidad?
EL EMBRUTECEDOR
Niza, martes de carnaval
Hace dos o tres días consiguió llegar hasta mí -a pesar
de que me hallaba enfermo de un ataque de ictericia- un voluminoso viejo que se
llamaba, al parecer, Sarmihiel.
Me vi delante de una vasta cara de enormes quijadas de
boyero, endulzada por unos grandes ojos casi blancos, de extático. Me tendió una
sólida mano de Goliat y me anunció que tenía necesidad de mi apoyo para una
empresa de la que dependía la felicidad futura de los hombres. Le contesté
inmediatamente que no me importaban absolutamente nada los hombres ni su
felicidad y que podía ahorrarse el tiempo y la charla. Pero Sarmihiel no se
arredró.
-Cuando tenga una idea de mi sistema -manifestó-
cambiará tal vez de opinión. El escuchar no le costará nada. Yo no pido limosna,
sino comprensión.
Por curiosidad y tal vez por efecto de mi debilidad en
aquel día, me dispuse a escucharle.
-Usted conoce seguramente -dijo el viejo-el famoso
aforismo de Federico el Grande: L'homme est un animal dépravé. Profunda
sentencia comprobable diariamente. Todas las amarguras, las maldades y las
melancolías del hombre provienen de su depravación, es decir, de haber renegado
su verdadero destino, de haber violentado su naturaleza originaria. El hombre es
un animal, nada más que un animal, y ha querido convertirse, por una perversión
única entre los brutos, en algo más que en un animal. Ha cometido una traición,
la traición contra la animalidad, y ha sido castigado por esta prevaricación. No
ha conseguido convertirse en ángel y ha perdido la beatitud inocente de la
bestia. Por esto ha quedado suspendido en medio del aire, torturado, angustiado,
enfermo, turbado y no satisfecho Su única salvación está en volver al origen,
reintegrarse plenamente a su naturaleza auténtica, volver a ser animal. Todos
los grandes pensadores, desde Luciano a Leopardi, han reconocido que las bestias
son incomparablemente más felices y perfectas que el hombre, pero nadie había
pensado, hasta ahora, en elegir un método racional y seguro para operar la
reunión con nuestros hermanos. Debernos volver a entrar en el paraíso perdido y
el Edén no era, recuérdelo, más que un inmenso jardín zoológico. El paraíso que
hay que reconquistar es la fauna.
»A Homero se le había presentado ya esta visión. Circe,
que transformaba en cerdos a los compañeros de Ulises, es la magna bienhechora
de la que me vanaglorio, a una distancia de tantos siglos, de ser el primer
discípulo. Pero Ulises, que representa la astucia, es decir, la inteligencia
corruptora, y es el protegido de Minerva, celosa de la felicidad de los hombres,
hizo tantas cosas que al fin los restituyó a la condición humana es decir, al
castigo. De cómo fue castigado por este delito, sabido es que se puede leer
claramente en la Odisea.
-He comprendido la tesis -interrumpí-, lo he
comprendido a la perfección, precisamente porque no soy una bestia. Pero todavía
no veo...
-Un poco de paciencia -contestó Sarmihiel-. Usted es el
primero que me escucha más de dos minutos y permite a un anciano que se desfogue
al menos una vez en su vida. Yo no soy profeta rechazado, como Zarathustra, pero
mi ideal es lo contrario del suyo: él era precursor de la superación, yo del
embrutecimiento. Pero los dos estamos de acuerdo en sostener que el estado
actual del hombre -situación vil y triste entre el mono y el superhombre- es
demasiado absurdo e insoportable; no nos queda más que retroceder y volvernos
monos.
»Un masoquista sueco del Setecientos se había acercado
tímidamente a esta idea. Pero Rousseau predicaba el retorno a la vida salvaje.
Sería un progreso, pero considere que los salvajes se parecen todavía demasiado
a los hombres y no se parecen bastante a las bestias. Mi sistema es más radical.
Pero es preciso ante todo experimentarlo y por eso he pensado en usted.
-¿En mí? ¿Qué debo hacer?
-Nada más que esto. Concederme por algunos años la gran
extensión desierta que posee en los montes Alleghany y darme un poco de dinero
para los primeros gastos. Yo llevaré allí tres parejas humanas, escogidas entre
los miserables que no tienen oficio ni hogar, y les aplicaré mi método. Método
que consiste en acostumbrar gradualmente a nuestra especie a las condiciones de
vida de los animales no domésticos.
»Ante todo, nada de vestidos. Prohibición de cortarse
el pelo, la barba, las uñas. Prohibida la posición erecta: deben acostumbrarse a
andar a cuatro patas. Vedado el uso de la palabra y de todo lenguaje humano;
deberán comunicarse conmigo y entre ellos solamente por medio de gestos, mugidos
y aullidos. En el campo de experimentación no deben aparecer ningún utensilio,
ninguna máquina, ningún objeto fabricado. Deben tender poco a poco a alimentarse
de frutos, de raíces y de carne cruda. Naturalmente, no debe haber habitaciones
o refugios de ninguna especie. Estará permitida la caza, pero sin armas, y la
lucha cuerpo a cuerpo y diente contra diente entre ellos. Ninguna ley, ninguna
moral, ninguna religión. Bestias libres bajo el cielo libre.
»Y creo que pocos años bastarán, si la vigilancia es
continua, para obtener el embrutecimientto integral de estas criaturas y, por
consiguiente, su plena felicidad. Todo lo que atormenta e inquieta al hombre,
bestia degenerada y corrompida, desaparecería por encanto, y mis pupilos
reconquistarían lenta, pero seguramente, la plácida inconsciencia de sus
antiguos hermanos. Si este primer experimento, como creo, sale bien, se podría
comenzar con probabilidades de triunfo el apostolado para el embrutecimiento
total de la Humanidad. Surgirían seguramente objeciones, reacciones y hasta
oposiciones violentas, especialmente por parte de los llamados "intelectuales",
verdaderos bacilos nefastos para nuestra especie. Pero estoy seguro de que la
mayor parte de los hombres, tanto en los ricos como entre la plebe, se
convertirían rápidamente a una doctrina que responde a los profundos instintos
secretos de la mayoría. Aunque los pedagogos del género humano hayan intentado
torcer la sana animalidad primitiva con todas las drogas y sortilegios de la
literatura, la filosofía y la religión, los hombres, sin embargo, han conservado
la nostalgia del estado bestial y, cuando pueden, vuelven, con gusto, al menos
por algunos minutos o algunas horas, a embriagarse con la pura voluptuosidad de
los brutos. Son animales depravados y traidores, pero no hasta el punto de haber
olvidado y destruido del todo la naturaleza primigenia. Apenas oigan mi voz,
basada en la experiencía, se despertarán en ellos los. elementos de comadreja y
de mono y me seguirán como a un salvador. Yo seré el Mesías de la animalidad
recuperable. Los hombres descienden de los animales, pero han traicionado a sus
padres. Yo conduzco de nuevo a su verdadera familia a estos hijos infieles y doy
a todos la felicidad que habían perdido. Si en el nuevo reino la religión fuese
admitida, me adorarían como a un dios.
-Perdone -le dije-, usted me parece demasiado
inteligente y demasiado altruista para volverse bestia. ¿Por qué no comienza el
experimento por usted mismo, si verdaderamente cree que la animalidad sea el
sumo bien?
-No me ha comprendido -contestó con tristeza el colosal
anciano-. Como todos los redentores, yo debo sacrificarme para la felicidad de
los demás Lo mismo que a Moisés, me ha sido dado entrever la tierra prometida,
pero no debo entrar. Si no fuese así, ¿quién dirigiría la inmensa operación de
la contradomesticación que he ideado? ¿Quién difundiría la palabra de salvación?
Yo soy lo contrario del domador: debo transformar a los civilizados en salvajes.
Y si el domador debe ser un poco feroz para dominar a los feroces, yo estoy
condenado, por el contrario, a conservarme inteligente para suprimir la
inteligencia. ¿Comprende?
Para hacerle marchar tuve que prometerle que pensaría
en su propuesta y que le comunicaría mi decisión dentro de una semana. Y
Sarmihiel, el profeta embrutecedor, salió solemnemente de mi habitación, no sin
antes haberme mirado fijamente con sus inmensos ojos de albino.
RAMÓN Y LOS MINERALES
Madrid, 18 octubre
Me aburro terriblemente, pero no me puedo marchar.
-¿Qué hombres vale la pena de conocer en Madrid?
-pregunté al secretario de mi hotel. -Dos únicamente: Primo y Ramón.
-¿Cuál me aconseja?
-Eso depende. A Primo van todas las personas que se
aburren; a Ramón, todas aquellas que están aburridas. El uno se ve asaltado por
periodistas y caciques; y el otro por desocupados y locos. Elija.
-Elijo a Ramón.
Le encontré, por la noche, en el famoso café de Pombo,
rodeado de siete jóvenes morenos que fumaban cigarrillos escuchando en éxtasis
al maestro de las «greguerías». Ramón Gómez de la Serna es un señor moreno,
gordo y amable, que tiene el aire de burlarse, perpetuamente, de sí mismo.
Enterado de su afabilidad, me presenté a él.
-Usted es americano -sentenció Ramón-, ¿y no se ha dado
usted cuenta de que su continente está formado de dos triángulos de vértices
opuestos? América es un doble símbolo masónico extendido entre el Atlántico y el
Pacífico. Hasta hace pocos años los dos triángulos se comunicaban gracias a un
cordón umbilical dividido en cuatro repúblicas; habéis cortado este cordón y ya
empiezan a dejarse sentir las pavorosas consecuencias. Usted piensa, con su
característica candidez, que los mares no tienen su personalidad. Cuando las
aguas que bañan la China se encontraron con las que bañan Francia, ocurrió algo
grave sobre la Tierra. El Canal de Panamá fue abierto en 1913, y en 1914 estalló
la Guerra Mundial. Los Estados Unidos, los culpables de aquel tajo fatal,
tuvieron que hacer lo que nunca habían hecho: enviar un ejército a Europa. Y
ahora deben sufrir el castigo; se han enriquecido mucho, es decir. se han vuelto
más esclavos y son más envidiados que antes. No se toque la materia, pues la
materia se vengará.
»He profundizado en estos tiempos las obras de Jagadis
Chandra Bose. Usted sabe seguramente quién es Bose: el más grande hombre de
ciencia de la India y uno de los más grandes biólogos de nuestro tiempo. Ha
realizado un descubrimiento inmenso: que incluso las plantas y los minerales
tienen alma. En lo que se refiere a las plantas, había ya sospechas y la
mitología conoce los árboles magos, los árboles asesinos, las flores enamoradas
y las hojas parlantes. Pero en lo que se refiere a los minerales, nadie había
supuesto que poseyeran una sensibilidad y una voluntad parecidas a las nuestras.
Yo puedo, con mi modesta experiencia, confirmar el descubrimiento de Bose.
»No es de ahora que observo el alma de los objetos
inanimados. Conozco desde hace años, pobres grifos de latón obligados al
contacto perpetuo del agua, que tosen y gimen de un modo que mueve a piedad. He
visto herraduras estremecerse al contacto de un ladrillo sucio, de un excremento
repugnante. Entre mis amigos se cuentan algunas viejas llaves que han tomado una
simpática confianza conmigo y se niegan a abrir cuando vuelvo a casa demasiado
pronto, infiel a la religión de la noche. ¿No ha observado nunca la caja de su
reloj? Sírvase de ella como espejo y verá. Algunos días le devolverá su imagen
embellecida como la de un héroe; otras veces la deformará de un modo maligno, le
hará desconocido, monstruoso.
»Nosotros nos servimos de los minerales con un egoísmo
espantoso. No solamente los sacamos de la profundidad de la tierra, que es su
habitación natural, sino que los tratamos con una crueldad que no puede
imaginarse, repulsiva. ¿Cree tal vez que el hierro disfruta al ser obligado a
ablandarse y a fundirse al fuego? ¿Cree que la piedra y el mármol, arrancados
brutalmente de las montañas, están contentos de verse reducidos a pedazos
estúpidamente geométricos y obligados a emigrar a las ciudades para ocultar
nuestras vergüenzas domésticas a los ojos de los demás? El hierro de los rieles
se ve oprimido excesivamente por el peso continuo de los trenes. Cuando se
oxida, se dice que es debido a la acción del aire. Pero, ¿el orín no podría ser
su rabia hecha visible? La plata, a fuerza de ser manejada por los hombres, ha
adquirido la palidez opaca de los tísicos; y el oro, de tanto permanecer
encarcelado en las criptas de los Bancos, da señales de locura. Y con razón,
pues le hemos separado de su hermano celeste, el Sol.
»Podría citarle mil ejemplos del sufrimiento de los
metales. Pero debo añadir que, algunas veces, manifestando un principio de
voluntad consciente, intentan rebelarse. He conocido plumas de acero inglés que
se han negado a escribir palabras contra la autoridad y la moral y, ayer mismo,
el gatillo de mi revólver se obstinó en no moverse, tal vez porque se dio cuenta
de que yo tenía la intención de matar a un bellísimo gato que turbaba con su
atroz maullido mi trabajo. Aquí, en Pombo, ocurrió un caso singularísimo: un día
vino a sentarse a este café un crítico enemigo de mis libros. Las cucharillas se
le escurrían una después de otra de las manos y caían al suelo: habituadas a
servir a personas inteligentes, se negaban a cumplir su oficio con un enemigo
del espíritu.
Los siete jóvenes fumaban, sonreían, admiraban, se
sentían felices.
-¿Y qué piensa usted hacer -le pregunté-si todo eso que
usted dice es auténtico?
-Fundaré uno de estos días -contestó Ramón- la «Liga
para los derechos de los minerales». Así como hay sociedades para la protección
de los animales, es justo que haya una para la protección de los minerales.
Desde el momento en que estamos seguros de que éstos pueden sentir y sufrir como
nosotros, es deber nuestro atenuar, por lo menos, las tremendas persecuciones de
que son víctimas mudas y pacientes. Nuestro programa máximo será restituir los
minerales a las minas, las piedras a la cantera, el oro a los ríos auríferos,
los diamantes a los campos diamantíferos. Programa, lo reconozco, impopularísimo
y de difícil realización. Pero al menos podremos fundar hospitales para los
metales enfermos, para el oro rebajado a fuerza de ser acuñado, para el hierro
inválido, para la plata tuberculosa, y tal vez asilos para el bronce prostituido
en forma de monumento y el cobre contaminado en forma de moneda. ¿No podría dar
algunos de sus dólares para esa obra de misericordia?
Los siete jóvenes volvieron sus catorce ojos hacia mí.
-Con mucho gusto -contesté-, pero mi fe en el alma de
los minerales no es todavía lo bastante fuerte para hacer salir los dólares de
mi bolsillo. Apenas haya estudiado los libros de Bose y quede convencido, les
enviaré un cheque. Entretanto, le pido el favor de que piense en los derechos de
nuestras gargantas sedientas. ¿Podría ofrecer cócteles a estos señores?
El ofrecimiento fue aceptado. Ramón continuó disertando
humorísticamente hasta las tres de la mañana. Pero no consigo recordar las otras
estupendas revelaciones que se complació en comunicarme.
EL DUQUE HERMOSILLA DE SALVATIERRA
Burgos, 13 abril
He encontrado a un español bastante más original que
Ramón. No ha escrito nada y nunca escribirá, pero no comprendo por qué nadie ha
escrito sobre él.
Es el duque Almagro Hermosilla de Salvatierra, último
descendiente de una de las más gloriosas familias de la vieja Castilla. Fui a
Burgos para ver el sepulcro del Cid Campeador y debo a mi viejo guía el
conocimiento del duque. Me hallaba en la iglesia de San Pedro de Cerdeña, ante
el monumento que el general francés Thiebault hizo construir en 1808, para
osario del gran enemigo de los moros, cuando vi arrodillado al pie de la tumba a
un viejo vestido de negro que parecía rezar con la cabeza escondida entre las
manos. Cuando se puso en pie vi su cara más blanca que las candelas que ardían
en el altar. Era de baja estatura, pero de bellas proporciones y engrandecido
por aquella dignidad natural que se encuentra únicamente aquí. Al verme en
contemplación ante el sepulcro se paró a mirarme y finalmente se acercó.
-¿Conque usted también se mantiene fiel al culto de
nuestro Ruy Díaz de Vivar?
Le expliqué que era extranjero y que había ido
únicamente por consejo del guía.
Pareció desilusionado y un poco entristecido, pero
pronto se serenó.
-Me he quedado solo -dijo- para recordar el día de su
muerte. Todos los años vengo aquí para hacer mis devociones en memoria suya. Yo
desciendo de uno de los compañeros de armas del Cid y creo que él fue digno de
ser venerado. ¿Sabe usted que Felipe II, el más grande de los reyes, elevó una
instancia a Roma para su beatificación?
Salimos juntos de la iglesia. El duque Hermosilla de
Salvatierra conoce Burgos mejor que cualquier arqueólogo. Cada piedra es para él
una criatura viviente, un capítulo de la historia.
-.No puede decir que ha visto Burgos -me dijo- si no
visita mi palacio. No dejo entrar nunca a nadie, pero como le he visto ante el
sepulcro del Cid el mismo día de su aniversario (que Dios le tenga en su
gloria), haré para usted una excepción. Le espero mañana, después de la siesta.
En mi hotel pregunté detalles sobre el duque. Se
extrañaron mucho de que me hubiese hablado.
-No habla con nadie -me dijo el camarero-, y a Burgos
viene raramente. Es riquísimo y posee palacios en casi todas las ciudades de
España. Cada palacio tiene su color y su particularidad. En Ávila tiene el
Palacio Negro, donde todos los muebles y las tapicerías son de luto y donde
pasa, habitualmente, la Cuaresma. En Toledo, tiene el Palacio Rojo, donde cada
sala aparece pintada con frescos que representan los diversos antros del
Infierno. Allí habitaba cuando era joven, con cuatro o cinco famosos toreros. En
Madrid todos conocen su célebre Palacio de Oro, que a uno de sus antepasados
costó veinte millones de reales. No lo abren más que para recibir al rey. Aquí
en Burgos verá el Palacio Desnudo, el más antiguo de la familia. Lo más extraño
es que en cada uno de estos palacios viven siempre servidores numerosos, desde
el portero al cocinero, como si su dueño residiese en ellos siempre. Cada
mayordomo tiene la orden de hacer preparar cada día la comida y la cena como si
el duque estuviese presente. En Ávila, en Toledo, en Madrid, en Sevilla, en
Burgos, dos veces al día se pone la mesa con toda su riqueza y los criados
llevan los platos humeantes ante el sillón ducal, donde no está sentado nadie.
Por la noche, se encienden los candelabros y los camareros esperan en silencio a
su señor invisible. El duque está algunas veces fuera de España años enteros y
en algunos palacios no le han visto más que dos o tres veces desde que es jefe
de la familia. Pero la orden es obedecida en todas partes: cada día sus
cocineros preparan en las diversas ciudades las cinco comidas y las cinco cenas.
Si el duque no llega -y no llega casi nunca-, los servidores esperan una hora y
luego se comen juntos lo que estaba destinado a su señor. Una fantasía de
lunáticos sin hijos, que no sabe cómo gastar sus millones. Por otra parte, no ha
querido en torno suyo ningún invento moderno. En sus palacios no hay luz
eléctrica ni teléfono; para viajar no usa ni trenes ni automóviles, sino
carrozas monumentales tiradas por cuatro mulas y seguido de postillones a
caballo. Nadie se extraña: toda España sabe que es un loco.
La charla de José aumentó mi curiosidad por entrar en
la cueva del viejo maniático. Al día siguiente, a las tres, alzaba la maciza
anilla de hierro que colgaba en medio del portalón del Palacio Desnude. Un
hombre vestido a la antigua, con un traje que me recordó el de los retratos del
Tiziano, vino a abrirme y me condujo por una escalera que rodeaba un vasto
patio.
Entré en una sala larguísima, apenas iluminada por tres
ventanas, donde no se veía ningún mueble ni siquiera una silla. A ambos lados de
una puerta, dos armaduras medievales, completas, con sus viseras bajas. El
hombre me dijo que esperase y desapareció. Poco después vi, al lado mío, sin que
me .subiese dado cuenta de por dónde había salido, al pálido duque.
-Siento -me dijo- no poderle hacer sentar, pero ésta no
es mi casa, es el albergue de mis antepasados. Venga.
Me hizo pasar a otra estancia casi oscura que me
pareció a primera vista llena de gente.
-No se asuste -murmuró el duque-, no hay nadie.
Miré en torno. Allí había unas diez figuras, hombres y
mujeres, vestidos de aquella extraña manera que se ve únicamente en las óperas
de Verdi y de Meyerbeer. Los hombres iban cubiertos de corazas y esquinelas y se
mantenían fieramente en pie; las mujeres, medio ahogadas en sus velos y en sus
sayas de brocado, se hallaban sentadas en cátedras de madera. Los rostros
estaban descubiertos y tenían la inmovilidad de las figuras de cera.
-Uno de mis antepasados del siglo xv -dijo el duque-
tuvo esta idea. La familia no debe olvidar a ninguno de los suyos. Los
sepulcros, esparcidos en las iglesias, ocultan el aspecto de nuestros muertos, y
los retratos, tal como se estilan, no dan la impresión de la realidad. Desde el
tiempo de Gómez IV, en 1432, de cada difunto se sacó la mascarilla en cera para
conservar a través de los siglos su verdadera fisonomía, y un maniquí de las
mismas proporciones fue vestido con los mismos trajes que había llevado en sus
últimos tiempos su modelo. De cada antecesor mío, en suma, se ha hecho un
«doble», lo más semejante posible al aspecto que tenía en vida. Nuestra familia,
a través de cinco siglos, se halla siempre reunida, al menos en el espacio,
aunque separada por el tiempo. Uno solo falta: el duque Sánchez VIII, que en el
Setecientos vivió casi siempre en París y quiso sustraerse, como «afrancesado»
que era, al mandato de los abuelos.
Pasamos a otra sala y luego a otra. Los vestidos
cambiaban, pero en los rostros inmóviles se encontraban siempre los trazos de la
primera fisonomía. Eran Grandes de España, vestidos severamente de negro, con
collares de oro sobre el pecho; abadesas carmelitas, que estrujaban entre sus
manos enguantadas grandes rosarios de piedras preciosas; muchachos enflaquecidos
que mostraban el rostro de cera sobre gorgueros; generales con jubones
constelados de plata, que se apoyaban sobre la cazoleta cincelada de un espadón
de gala, jovencitas un poco gordas cuyo busto emergía entre enormes faldas de
seda recamada de perlas; viejos encorvados y encogidos en pesadas zamarras de
piel. En la última sala aparecían los primeros sombreros de copa, los paletós
románticos, los pantalones de trabilla, y las señoras se hallaban sentadas sobre
gigantescas campanas de crinolina.
-Ninguna otra familia en el mundo -decía el duque- ha
tenido este pensamiento. Los Salvatierra son los primeros, no sólo en la guerra,
sino en el culto a los muertos. Yo no estoy nunca solo. Me basta con venir a
estas salas y me encuentro en medio de los míos, incluso de aquellos que no
conocí. Las otras familias se contentan con miniaturas que se pierden, con
pinturas que se agrietan y ennegrecen; aquí encuentra usted la copia fiel de la
vida. Dentro de estas paredes aparecen cinco siglos de vida conservada, como
observa, de un modo visible.
En verdad, muchas de aquellas lívidas máscaras se
habían deformado por efecto del calor y del tiempo y se habían vuelto todavía
más espantosas. Algunas bocas contraídas parecía que hiciesen burla tras las
espaldas del duque. Los ojos de cristal, entre los mechones de las pelucas
desteñidas, se habían hecho estrábicos a fuerza de contemplar, durante siglos,
la nada. Alguna nariz había desaparecido, alguna oreja se había agrietado o
había caído. Los vestidos, casi todos bellísimos, se hallaban cubiertos de polvo
y mordidos por la polilla. El duque parecía no darse cuenta de nada. De cuando
en cuando se paraba ante uno de aquellos lúgubres fantoches.
-Éste fue Gran Inquisidor de España en 1625. Siete. mil
condenas, de ellas más de mil a fuego. Éste era el Comendador de Santiago, amigo
del famoso Tenorio. Fue muerto en duelo. Esta monja conoció al célebre Calderón
de la Barca y antes de entrar en el convento escribió autos sacramentales...
Este otro fue virrey del Perú; los historiadores, siempre malignos, dicen que
fue un hombre sanguinario. Calumnias: tuvo que sofocar dos rebeliones contra el
rey, y si fueron empalados más de treinta mil rebeldes, la culpa no fue suya
sino del tribunal...
Pero yo no lo escuchaba. Todas aquellas figuras de
difuntos vivos, más espantosas que los muertos, que me rodeaban, que debía rozar
para pasar por entre ellas, tan apretujadas se hallaban, acabaron por producirme
no ya terror, sino una especie de náusea aue me quitaba la respiración. Las
ventanas se hallaban cerradas, la luz era escasa y el aire apestaba a alcanfor,
a moho y a historia putrefacta.
-Un solo pensamiento me entristece -decía el duque,
acompañándome a la antecámara-. Soy el último de la familia; ¿quién pensará en
colocarme en medio de mis muertos? ¿Qué fin tendrán después de mí desaparición
estos simulacros venerables de una de las más antiguas estirpes de Castilla?
¿Los dejarán, solos para siempre, en este palacio? ¿O tal vez una revolución de
la canalla plebeya o una invasión de bárbaros arrojará a la inmundicia esta
asamblea de seres nobles que figuraron, durante cinco siglos, entre los dueños
de la Tierra?
En aquel momento reapareció la escalera y la luz del
patio. Sentí el frescor del aire, vi un poco de cielo. Salí del Palacio Desnudo,
casi corriendo, después de haber dado las gracias apresuradamente al duque
Almagro Hermosilla de Salvatierra. Estoy satisfecho de haberle conocido y de
haber visitado su necrópolis doméstica, pero he decidido marcharme esta noche
misma de Burgos.
LA VUELTA DE PITÁGORAS
Atenas, 10 abril
Me hallo aquí desde hace ocho días y comienzo a
aburrirme. El Partenón no es feo, pero es demasiado pequeño, y las otras ruinas
son inferiores. Atenas sería infinitamente más bella si no hubiesen construido,
junto a los restos antiguos, una gran población moderna, sin carácter, que
usurpa el viejo y glorioso nombre.
Me hubiese marchado, sin embargo, más desilusionado si
no hubiese conocido, por casualidad, uno de los seres más inverosímiles que
puede encontrarse en la Tierra. Traía una recomendación para un joven helenista
que estudia aquí en la Escuela Arqueológica Americana y que ha sido para mí un
óptimo guía. Hace dos noches, mientras paseaba solo y contemplativo por la
carretera que va hacia el Céfiso, vi pasar, corriendo, al doctor Begg. No me
reconoció, pero yo le llamé y vino.
-¿Adónde va corriendo así?
Me pareció en seguida un poco confuso y que maldecía de
todo corazón el encuentro. Luego se decidió a sonreír y contestó:
-Tengo una cita con un hombre del siglo quinto antes de
Jesucristo y no puedo hacer esperar a quien llega de tan lejos.
Creí que bromeaba y que quería librarse de mí
humorísticamente.
-¿Un hombre del quinto siglo?
-Si no me cree -replicó el doctor Beggb acompáñeme y se
lo haré conocer. Tal vez no le disgustará un visitante más. Pero es preciso
apretar el paso.
Durante el trayecto -caminamos todavía una media milla-
el doctor me explicó el misterio. El hombre que íbamos a ver se llama, en
realidad, Miguel Anghelópulos y no parece tener más de medio siglo, pero se hace
pasar, desde hace algún tiempo, por Pitágoras resucitado y redivivo, y como tal
le consideran algunos de sus discípulos griegos y extranjeros.
-Ha prometido -añadió el doctor Beggdarme esta tarde
las pruebas de su reencarnación y siento una gran curiosidad por ver lo que
inventará.
Llegamos pronto a una especie de cottage rústico que
tenía, sobre la puerta, una inscripción en caracteres griegos. Pregunté a mi
compañero qué significaba aquella inscripción.
-Es uno de los «Versos Áureos» atribuidos a Pitágoras
-me contestó-, y quiere decir: «Fuera del templo no revelar las intimidades.»
Fuimos introducidos por un criado negro: negro de piel,
de cabellos y de uñas, en una habitación que tenía en el fondo una especie de
alcoba cerrada por una cortina. Una vez nos quedamos solos, esperé la aparición
de Pitágoras, pero, con gran sorpresa mía, el doctor Begg se aproximó a la
cortina y anunció su propia llegada, añadiendo quién era yo. De la cortina salió
una voz gutural que dijo:
-Que el crisóforo de la nueva Atlántida sea admitido
entre los acusmáticos.
-El filósofo -manifestó en voz baja el doctor Begg-
dice que el rico americano sea admitido entre. los oyentes.
Luego añadió en voz alta:
-Señor Anghelópulos, ¿recuerda por qué razones me ha
hecho venir esta noche?
-¿Quiere que no recuerde una palabra dicha hace tres
días el hombre que recuerda las palabras pronunciadas hace veinticuatro siglos?
Usted sabe ciertamente que en una de mis primeras encarnaciones hablaba a mis
discípulos siempre escondido, detrás de un velario y no quiero cambiar de
costumbre aunque los tiempos sean muy distintos. Pero puedo, para vencer sus
dudas, mostrarles una parte de mi cuerpo. ¿Recordáis cuál era el signo visible
de mi naturaleza entre lo humano y lo divino?
-Lo sé -contestó seriamente mi compañero-. Creo que lo
dijo ya Diógenes Laercio. El verdadero Pitágoras tenía un muslo de oro.
Apenas hubo pronunciado estas palabras se alzó un poco
la cortina y apareció fuera una pierna desnuda. Nos acercamos: más arriba de la
rodilla la pierna aparecía amarilla y relucía. ¿Coloreada con purpurina o
cubierta con una sutil hoja de oro verdadero? No hubo tiempo para comprobarlo,
pues la pierna, después de tres o cuatro segundos, fue retirada tras la cortina.
-¿Está persuadido? -preguntó la voz del filósofo
invisible.
Mi compañero me miró, sonrió y no se dignó contestar.
-¿Qué hay de extraño, al fin y al cabo, en mi
resurrección? -prosiguió la voz-. Ustedes saben, por los historiadores, que
antes de ser Pitágoras fui Etalides, Euforbo, Ermotimo y Piro. Y si el cuerpo
llamado Pitágoras se heló en el 496 antes de Cristo, mi alma ha vuelto luego
numerosas veces a la tierra en cuerpos diversos y bajo diversos nombres. Hoy me
llamo, en los registros de la población, Anghelópulos, pero soy en realidad
siempre el mismo. Todas las almas transmigran y vuelven, pero yo solo, gracias
al elemento divino que me eleva por encima de los hombres, tengo el privilegio
de recordar las existencias pasadas y tener conciencia de mi perenne identidad a
través de las varias epifanías.
»Y les confesaré que nunca tuve tanta satisfacción en
mis reapariciones como esta vez. Recordarán que el fundamento de mi sistema era
el número y que todo se reduce, a mi juicio, a los números. Y hoy, finalmente,
el mundo me da la razón, aunque sin referirse a mi doctrina. He viajado, como ya
hice las otras veces, por varios países de la Tierra y en todas partes no leí ni
oí más que cifras. Toda ciencia se halla reducida hoy a fórmulas numéricas; y
hay ciencias enteras, como la astronomía y la estadística, que no tratan más que
de números. Entrad en las innumerables administraciones que cubren la Tierra, y
que ustedes llaman oficinas, contabilidad, tesoro, casas de banca, y no se ven
más que cifras escritas en grandes volúmenes y no se oye más que hablar de
números. Cada soldado tiene su número, cada presidiario es llamado con una
cifra, los habitantes de las grandes ciudades son designados en los libros con
el número de un teléfono. En ese nuevo templo que se llama la Bolsa no se oye
gritar más que números, y todas las naciones, en vez de enorgullecerse de sus
glorias, ponen orgullosamente por delante las cifras de sus habitantes, de su
superficie, de sus importaciones y exportaciones. Por las carreteras corren
coches aulladores que llevan todos, para ser reconocidos, un número; y, en el
cielo, las máquinas volantes llevan igualmente sus números entre las nubes. Y en
el país en donde han nacido ustedes, y que conozco, he oído juzgar y evaluar a
los hombres por medio de cifras; éste vale tres millones; aquel otro,
ochocientos mil solamente. Éste es, pues, el siglo de los números omnipresentes
y triunfantes, el siglo, por excelencia, pitagórico.
»Y así se puede llamar también por otra razón. Fundé en
Crotona, como saben, una confraternidad de ascetas que tenía un doble carácter,
místico y político. Mi sociedad fue dispersada después de mi muerte, porque al
genio griego repugnaba la subordinación de los individuos a un principio y a una
disciplina. Hoy mi sistema triunfa. He vivido en varios siglos, pero en ninguno,
como en éste, he visto una tal cantidad de asociaciones y en ninguna otra época,
el individuo estuvo sometido, como hoy, al grupo de que forma parte. En algunos
países no hay hombre que no pertenezca a una secta, a una congregación, a un
partido, a una liga, a un ejército, a una academia, a un cenobio, a un
sindicato, a una sociedad pública o secreta. órdenes monásticas, conventos;
logias masónicas, teosófices, antroposóficas y ocultistas; corporaciones y
federaciones, hermandades y consorcios, clans y trade-unions: todo el género
humano, desde los salvajes a los civilizados, forma parte de una asociación y se
halla ligado estrechamente a una colectividad. Mi sueño, prematuro hace
veinticuatro siglos, es hoy una realidad universal. El individuo no existe ya
más que en la teoría pura; en la práctica cada hombre es un átomo, una rueda, un
número, un sectario.
»Consideren este doble orden de hechos, visibles en
todas las partes de la Tierra: el triunfo del número y de la asociación, y
reconocerán conmigo que ningún tiempo como el presente puede alabarse de estar
conforme con mi antigua doctrina. Y ninguna época era favorable, como ésta, para
mi trigésima resurrección.
La voz, finalmente, enmudeció.
-Pero hoy, ¡oh, divino Pitágoras! -dijo el doctor Begg-,
nadie tiene escrúpulos en comer carne y habas.
- ¡Simplezas! ¡Tonterías! -replicó en tono
despreciativo la voz del hombre invisible-. A tiempos nuevos, preceptos nuevos.
Estoy dispuesto a hacer todas las concesiones sobre el particular siempre que lo
esencial de mi pensamiento, como ahora ocurre, sea respetado y aplicado.
Con muchas atenciones nos despedimos de la cortina y
del hombre del muslo de oro. Pero luego, durante el camino hasta Atenas, no
hicimos más que reír. Ha sido la única velada agradable desde que desembarqué en
El Pireo.
CIEN CORAZONES
Concord, marzo
Mi donación de trescientos mil dólares a la Universidad
de W. me ha dado derecho a visitar, siempre que lo desee, los nuevos
laboratorios.
El más perfecto -según dicen los miembros del Trustee-
es el de fisiología, dirigido por el célebre Fruhestadt, alemán americanizado.
Cuando le visité se realizaban grandes experimentos sobre la vida autónoma del
corazón. Ya un fisiólogo italiano había conseguido hacer vivir durante algunos
días un corazón de rana, extraído del animal y conservado en una solución
salina. El profesor Fruhestadt investigaba si el corazón de los demás animales
tiene la misma propiedad. El cerdo había respondido más que ningún otro a sus
esperanzas. Pude ver dos corazones de cerdos sumergidos en un líquido casi
límpido que palpitaban regularmente, como si estuviesen todavía vivos.
-Observe una cosa extraña -dijo sonriente el ayudante
que me acompañaba-. El corazón del cerdo es el que más se parece al corazón del
hombre, por la forma y por las dimensiones. Y no desesperamos de poder intentar
el experimento con nuestra especie, si conseguimos los permisos necesarios.
Reflexionando sobre las palabras del ayudante me vino a
la memoria mi colección de gigantes. El problema que me preocupaba -hacer una
colección de seres vivientes que no se escapen-me pareció resuelto.
Propuse el asunto al profesor Fruhestadt. Dentro de un
mes, al precio de cien dólares la pieza, debía proporcionarme la colección que
deseaba. Lo he conseguido: trescientos setenta cerdos fueron sacrificados -y
naturalmente vendidos a precios normales- y ahora tengo aquí, en una luminosa
galería del cottage de Concord, una de las más originales colecciones del mundo.
A ambos lados, en repisas de pino, se hallan alineados
cien bocales de cristal en donde están palpitando cien corazones de un rojo
oscuro. En la disolución que conserva su actividad muscular -y que el asistente
renueva cada día- los cien corazones se contraen con ritmo cansado e irregular,
pero continuo. Cien motores de carne que trabajan en vano, separados de los
aparatos que animaban.
Aquel eterno latido cardíaco sin objeto ni sentido me
atrae fuertemente y me sugiere extraños pensamientos. Me complazco en imaginar,
seducido por la semejanza, que poseo cien corazones de hombres, cuerpos
calientes y vivos, cien corazones que sufrieron, que gozaron, que conocieron la
parálisis del miedo y el aceleramiento del amor. Ahora únicamente son un
simulacro de vida: se han libertado de la criatura a quien sirvieron; palpitan
gratuitamente, para nada, para nadie. Tan sólo para divertirme, pues no he
podido sufrir nunca los deliquios de los poetas y de los novelistas sobre el
«corazón».
Este símbolo ideal de todas las imbecilidades
sentimentales, de todas las eyaculaciones patéticas, aquí está reducido a su
mecánica materialidad, en estos grandes bocales. Los cuerpos a que pertenecían
estos corazones han muerto, las almas se han desvanecido, y este negruzco
músculo, en forma de pera, continúa estúpidamente palpitando bajo el cristal,
como si algo bello y noble correspondiese todavía a sus latidos.
NADAR EN ORO»
New Parthenon, 18 septiembre
Veo frases antiguas -cuando leo libros o periódicos-
que me dan rabia. Por ejemplo, «nadar en oro», «chapotear en el oro». Frases
inventadas por infelices sin fantasía.
Yo soy uno de los hombres más ricos del mundo, sin
embargo, jamás he «nadado en oro». Oro he visto siempre poquísimo y raramente.
No llevo y no entrego casi nunca monedas de oro, que sirven únicamente en los
países semíbárbaros. El oro se ve, más que nada, entre los plebeyos, y tiene,
además, algo de primitivo y vulgar.
Pero hace algunos días, irritado más de lo acostumbrado
por esas frases, quise experimentar por una vez eso que los imbéciles llaman
«nadar en oro» Di órdenes a mi administrador -un armenio que no duerme nunca-
para que reuniese la mayor cantidad de oro que le fuese posible -monedas y
objetos labrados- y que la amontonase en la gran piscina de pórfido en la cripta
llamada de Tiberio. Y por la noche, solo, con el tesoro allí, y después de
cerrar todas las compuertas de acero, me desnudé.
Dentro de la piscina -de unos ocho metros de largo-
había oro, según el armenio, por valor de veintidós millones. Monedas de todos
los países y de todos los tiempos -porque incluso puse a contribución mi
colección numismática-, anillos, cadenas de reloj, corazones de exvotos,
fetiches contra el mal de ojo, medallones, dientes usados, broches de toda
especie. Pero más que todo, monedas; algunos nummo romanos, daríos persas,
doblones de España, florines de Florencia, ducados y zequíes de Venecia, luises
franceses, coronas holandesas y, sobre todo, esterlinas modernas y dólares.
Probé de meterme en aquella masa amarillenta. Debo
decir, ante todo, que es absolutamente imposible «nadar en oro». Todo lo más,
ayudándose con las manos, se puede penetrar en la masa hasta la cintura, pero a
costa de muchos esfuerzos, y cuando se está sumergido es muy difícil moverse:
nos vemos prisioneros y sacrificados.
Las sensaciones que se experimentan allí dentro, con la
mitad del cuerpo sumergida en el metal, son en gran manera desagradables. El
oro, a pesar de su color que los pintores y los poetas llaman caliente, solar,
ardiente, etc., es muy frío, casi helado. En aquellos pocos minutos que conseguí
soportarlo me sentí apretado y sacudido de escalofríos. Uno de los momentos más
desagradables de mi vida: sentido penoso de resistencia, de aplastamiento, de
hielo. Y no se puede decir que consuela la vista. El amarillo del oro no es
ciertamente el más bello que se encuentra en la naturaleza. La chinapaya y
también el vulgarísimo girasol son más llamativos y espléndidos. Y no hablemos
de ciertos amarillos que se ven en los cuadros de Botticelli y de Van Gogh. El
oro tiene algo de hostil y de impuro, tanto aquel pálido y un poco alimonado de
los antiguos, como aquel otro amalgamado y hosco de la Edad Media, y peor aún,
el lustroso y rojizo de nuestros tiempos. El oro, además, ha sido envilecido en
los usos más humillantes -dientes postizos, plumas sucias de tinta, monturas de
lentes-, lo que casi da asco. Y todas aquellas monedas manejadas por las manos
más inmundas, engullidas, escondidas en la boca o en el recto...
Apenas hube salido del pretendido baño, di orden al
tesorero que revendiese inmediatamente las esterlinas, los dólares y las joyas,
y volviese a poner en su lugar las piezas antiguas que pueden tener un valor de
curiosidad.
Si los ricos no tuviesen otras satisfacciones más que
ésa, fabulosa y trivial, de «chapuzar en el oro», serían los más ridículos
desgraciados de la Tierra. «Nadar en oro» podría ser, todo lo más, un feroz
suplicio que destinaría a los malos escritores.
EL ACAPARAMIENTO DE LOS SOSIAS
New Parthenon, fin de noviembre
No tengo suerte para las colecciones. La de los
gigantes se ha deshecho, la de los corazones me resultó pronto monótona y debe
ser continuamente renovada. Había ideado otra que me parecía además de nueva, un
gran recurso contra la melancolía. También ésta, en la que al principio fundé
tantas esperanzas, ha acabado mal.
Había pensado muchas veces en la fortuna de los
contemporáneos de los hombres que más admiramos. Los discípulos de Sócrates, los
marinos de Colón, los actores de Shakespeare, los mancebos de Miguel Ángel, los
servidores de Iván el Terrible o de Bismarck, me daban, en algunos momentos,
envidia. Cada siglo es parco en grandes hombres, pero pudiendo reunir a los más
grandes de varios siglos -como los vemos, por ejemplo, en el Limbo del Dante o
en los Diálogos de los Muertos de Fontenelle-, se podría construir una compañía
muy honorable. Tenerlos en bustos o retratos, muertos y mudos, es lo mismo que
nada. Un miembro de la S. F. P. R., que se hallaba en correspondencia con Conan
Doyle, me dijo, una vez que le hablé de este sueño mío, que no era cosa
imposible evocar una asamblea de espíritus superiores, si consiguiese tener a mi
disposición un buen número de médiums de primer orden. Pero, en verdad, de
aquellas pretendidas comunicaciones de genios difuntos -transmitidas por viejas
señoras nerviosas y profesionales sospechosos- no me fío bastante. Yo soy un
viviente y deseo personas vivientes y no mensajes dudosos y divagaciones
espiritistas.
Había renunciado a esta nostálgica fantasía, cuando
encontré en un restaurante nocturno a un joven que se parecía perfectamente a
los más populares retratos de Byron. Si hubiese llevado el cuello desnudo y una
capa estilo corsario, se le hubiera tomado por el poeta de Don Juan. Pregunté
quién era: se trataba de un estudiante de filosofía, rico y ensoberbecido. No
pude pensar, por eso, en ofrecerle que viniese a vivir conmigo para ser el
primer número de mi colección, pero pude entrever el buen camino.
La naturaleza se repite. Esparcidos por el mundo, entre
los centenares de millones de hombres de raza blanca, se debe encontrar, en cada
generación, la réplica casi perfecta de algún genio pasado. Con algún retoque,
endosándole el vestido de su modelo muerto, uno puede llegar a tener la ilusión
de aquella casi identidad.
No perdí tiempo. Me procuré la misma semana un profesor
de fisonomías y un retratista, que se había dedicado también a la pintura
histórica, y les di el encargo de ir viajando por Europa, por las grandes y
pequeñas ciudades, para buscar y recoger el mayor número de sosias posibles de
las antiguas celebridades, sin parar en gastos ni dificultades. Los dos se
tomaron la cosa muy en serio, se proveyeron de ricos álbumes iconográficos
-obtenidos con fotografías de cuadros y con innumerables retratos sacados de los
libros y revistas- y un mes después se marcharon.
Me escribieron muy a menudo, pero principalmente, para
pedirme más dinero y para decirme que la empresa era mucho más difícil de lo que
habían creído. Después de cinco meses de batida por todas las rutas, habían
conseguido alistar solamente un Cervantes y un Rafael y se hallaban en tratos
para un Ibsen. Había encargado que me trajeran únicamente genios de celebridad
universal: Sucesivamente recibí la noticia de que habían acaparado a un Tolstoi,
un Voltaire y un Napoleón I. Más tarde pudieron descubrir un Sócrates y un
Shelley. No bastaban: quería comenzar con una docena al menos. Persistieron un
año entero para encontrar los otros cuatro, que fueron un Víctor Hugo, un
Schiller, un Nerón y un Cromwell.
Cuando los doce sosias ilustres llegaron a New
Parthenon no quise verlos. El pintor debía primero pensar en retocar las
fisonomías -pelo, colorido-. y hacer cortar para cada uno vestidos iguales a los
que llevaban los personajes a quienes debían sustituir. Y como la mayor parte de
mis ejemplares eran gente poco culta y no sabían inglés, llamé a algunos
profesores de lenguas y de historia a fin de que los preparasen para el papel
que debían representar. Entre una cosa y otra no pude disfrutar de la original
colección hasta dos años y medio después de haberla ideado.
Pero todos los gastos y fatigas realizados por mí y por
mis colaboradores no me han proporcionado la satisfacción que suponía.
La primera vez que vi reunida mi colección de genios
vivientes, el efecto fue bellísimo. La semejanza era en todos alucinante. El
obeso Nerón, envuelto en su púrpura, que me miraba a través de una esmeralda,
era impecable. A su lado el pequeño Ibsen, con sus patillas de perro de lanas y
las granaes antiparras sobre la nariz ganchuda, parecía de veras el autor de
Peer Gynt. El hocico de fauno maligno de Voltaire, bajo una peluca muy bien
hecha, me gustó mucho. El joven Rafael, un poco amarillo, extenuado y patético
como en el retrato de los Uffizi formaba un extraño contraste con la cabeza
severa y resuelta de un Cromwell, encerrado en su lustrosa coraza. Víctor Hugo,
con la barbita blanca y los ojos grises, estaba sentado majestuosamente al lado
de una especie de fauno malicioso e ingenuo que el mismo Platón hubiera
contundido con Sócrates. El rostro alargado, noble y digno de Cervantes,
contrastaba con el aspecto de viejo mujik de Tolstoi. Schiller, largo y delgado,
parecía salido de un sanatorio trágico. Napoleón, con su abrigo gris que se
hinchaba sobre el vientre redondo, severo y pálido de rostro, estaba separado de
todos.
El desastre comenzó cuando éstos, atendiendo a mi
invitación, comenzaron a hablar. Los maestros les habían hecho aprender a cada
uno algunas frases que se refiriesen a la vida de sus sosias muertos, pero
hallándose todos juntos, y en presencia del amo, la mayoría de ellos se turbaron
y se produjo la más grotesca confusión del mundo.
El falso Sócrates -que era un mendigo analfabeto
recogido en Bucarest- repetía como una urraca, con pésimo acento inglés: « ¡Sólo
sé que no sé nada! ¡Sólo sé que no sé nada! » Nadie le miraba, pero cuando el
pequeño Ibsen exclamó, con una vocecita ronca: « ¡Eres el mismo! », todos se
echaron a reír.
El falso Voltaire -un pastelero de Burdeos-procuraba
decir en francés: Calomniez! Calomniez! Ecrasez l'infáme!, pero tímidamente,
como si sintiese vergüenza. Napoleón, quitándose el sombrero negro, gritaba: «
¡Soldados, cuarenta siglos os contemplan! », y golpeaba el suelo con la bota sin
conseguir ningún efecto.
Nerón se levantó majestuosamente y pronunció
balbuciendo, casi en voz baja: « ¡Los cristianos a las fieras! ¿Vive todavía mi
madre?»
El falso Cervantes le miró con desprecio y comenzó a
recitar: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha
mucho tiempo vivía un hidalgo...»
Pero Schiller le interrumpió: « ¡Todos los hombres
tengan alegría! ¡Cantad conmigo, oh millones, el himno de la alegría! » Pero su
expresión era tan melancólica que se le hizo callar.
Comwell -un robusto docker de Liverpool-hizo ademán de
querer hablar. pero yo ya tenía bastante. Salí a toda prisa de la habitación,
molesto y disgustado.
Algunos días después quise probar a hablar a solas con
mis huéspedes. Tolstoi -un pobre campesino del gobierno de Kiev- me confesó
humildemente que no tenía nada que decir y que se contentaba con que le diese el
dinero para volver a su casa.
Mandé llamar a Shelley, que era un agente de negocios
de Brighton. Éste me declaró solemnemente que la poesía era la única voz de la
divinidad universal y que en Prometea había que reconocer el símbolo de la
civilización perseguida por los conservadores. Después de semejante inaudita
revelación, me apresuré a licenciarle.
Tampoco la prueba salió bien con el seudo Victor Hugo,
que era un empleado de Banca procedente de Niza. Éste me recitó un trozo de
Notre Dame, que se había aprendido de memoria, y luego se lamentó de la comida
perjudicial para su salud y de la vulgaridad de sus compañeros: « ¡Ni uno
-gimió- que sepa jugar a la manilla!»
Algunos diálogos entre dos o tres que quise
experimentar de nuevo como último ensayo no dieron resultado. El diálogo entre
Nerón y Voltaire terminó casi trágicamente, pues Voltaire, ofendido por no sé
qué palabras, se lanzó con las manos en alto contra el monumental Nerón y le
arañó ferozmente cerca de los ojos. Una conversación entre Sócrates, Cervantes y
Cromwell versó únicamente sobre los méritos y la gloria de los respectivos
países y sobre el mejor medio de combatir el insomnio.
Los doce sosias se hallan todavía aquí, pero se
marcharán la próxima semana. Están muy contentos de marcharse; pero me han
pedido llevarse como recuerdo el vestido histórico que se endosan en las
ocasiones solemnes.
ASESINATO FINGIDO
New Parthenon, 23 junio
El instinto de homicidio ha sido en mí muy fuerte desde
la primera adolescencia. La idea de reducir al mutismo eterno ciertas voces que
me molestaban, de ocultar bajo un metro de tierra una cara que no podía sufrir,
me ha tentado siempre. Pero veía que en la civilización occidental el asesinato
era mal visto y, además, ocupación de la hez del pueblo. Apenas comencé a leer
libros de historia, mis héroes fueron Tamerlán con sus pirámides de cráneos,
Herodes con sus matanzas en masa, Calígula con sus fiestas diarias de
ejecuciones.
!Si al menos hubiese nacido en los tiempos en que un
propietario tenía derecho sobre la vida y la muerte de sus esposas, sus hijos y
sus esclavos! Entonces un hombre honrado podía darse esta satisfacción -natural
en nuestra especie-, sin remordimientos ni temor de represalias legales. Y tal
vez el que había hecho desaparecer a uno de los suyos se volvía más humano y
generoso para los que le quedaban.
Hoy no hay más que la guerra. Pero en la guerra el
homicidio es anónimo, y raras veces se ven los efectos de la propia obra. Además
no se puede «escoger», y donde falta la elección falta la satisfacción. ¿Se
tomaría una esposa sacada a la suerte? No he podido ir a la guerra y he
resistido siempre a las tentaciones. Ahora he hecho fabricar fantoches de piel
pintada, vestidos como hombres reales. Son copias perfectas de mis enemigos, de
la gente que me es odiosa. En el interior contienen, en los centros vitales,
saquitos llenos de un líquido rojo.
De cuando en cuando, si se me ocurre, los hago colocar
de pie entre los árboles de mi parque. Y mientras me paseo, apenas veo aparecer
uno, disparo, le tumbo y una falsa sangre sale de la herida.
Es una distracción, y tal vez una expansión saludable.
Pero no es lo mismo: falta el grito, falta mi estremecimiento, el sentido de lo
irreparable, de la autenticidad... No, no es la misma cosa...
COSMOCRATOR
New Parthenon, 2 noviembre
Tengo miedo de haberme equivocado de planeta. Aquí
estamos demasiado estrechos. No hay bastante sitio para mí.
O tal vez me he equivocado de siglo. Mis verdaderos
contemporáneos murieron hace miles de años o tienen todavía que nacer.
El hecho es que me siento extranjero en todas partes y
mortificado. La Tierra es un puñado de estiércol resecado y de orina verde, a la
que se da la vuelta hoy en pocas horas, mañana en pocos minutos. Y no hay
ocupaciones a propósito y dignas para uno que sienta dentro de sí los apetitos y
las fantasías de un titán.
Pienso a veces que Asia podría ser mi factoría; África,
mi campo de caza o mi jardín de invierno; América del Norte, mi fábrica con las
administraciones anejas; la del Sur, los pastos para mis rebaños; Europa, mi
museo y mi villa de descanso. Pero sería siempre una manera mezquina de vivir.
Tener el Atlántico como piscina, el Pacífico como pesquería, el Etna como
calorífero, tomar duchas bajo el Niágara, poseer Australia como parque zoológico
y el Sáhara como terraza para los baños de sol, son cosas que parecerían, a las
estúpidas criaturas que se alojan en esta esfera de quinta magnitud, portentosas
o monstruosas.
Para mí, en cambio, desearía algo más. Ser el
Cosmocrátor supremo, el director de la vida universal, el ingeniero jefe del
teatro del mundo, el gran prestidigitador de la tierra y de los mares: esto
sería mi verdadera vocación. Pero no pudiendo ser Demiurgo, la carrera de
Demonio es la única que no deshonra a un hombre que no forma parte del rebaño.
Si pudiese, por ejemplo, desencadenar el hambre en un
continente, desmenuzar en repúblicas de San Marino y de Andorra un imperio,
destruir una raza, separar Europa de Asia por medio de un canal desde el mar de
Botnia al Caspio, obligar a todos los hombres a hablar y a escribir una sola
lengua, creo que por dos o tres años conseguiría hacer desaparecer mi eterno
aburrimiento.
Me gustaría también tener en mi casa, bajo mi mando, a
un presidente de República como mecanógrafo, a un rey cualquiera para chófer, a
una reina desposeída como cocinera, al Kaiser como jardinero, al Mikado como
portero y sobre todo tener a mi servicio, como ídolo doméstico y parlante, a un
Dalai-Lama, esto es, un dios vivo. ¡Con cuánta voluptuosidad desfogaría sobre
esos grandes, reducidos a esclavos, la desesperación de mi insoportable
pequeñez!
REPULIMIENTO DIFÍCIL
Chicago, 17 setiembre
La repugnancia de las piaras humanas que se amontonan
en las ciudades me sofoca, ciertas noches, hasta el punto de hacerme pensar si
no habría un modo práctico y rápido de barrerlas radicalmente de la Tierra.
Ciertas caras bestiales ante la comida, algunos cuerpos que parecen sacos de
podredumbre, con una máscara de oprobio, me hacen desear la matanza total de
nuestra especie como una misión de limpieza urgente, como un deber...
Tengo ya un plan preciso para el asesinato universal, y
no me parece absurdo. Es sencillísimo, porque comprende únicamente dos medios:
explosivos y gases venenosos.
Para las ciudades bastaría con cien minas bien
colocadas, aprovechando los acueductos y las cloacas. Para los campos, he
pensado en millares de fábricas de gas distribuidas estratégicamente para que no
quedase un solo palmo de tierra limpio el día de la ejecución.
En el minuto fijado por mí, todas las minas de chedita
y de lidita deberían estallar v todas las fábricas deberían abrir sus esclusas y
chimeneas, todos los gasómetros y depósitos. Las ciudades, en pocos segundos, se
convertirían en un montón de ruinas en medio de montañas de humo, y el aire de
los campos quedaría en poco tiempo envenenado, irrespirable, homicida. Al cabo
de dos horas, según mis cálculos, no existiría, en ninguna región del mundo,
ningún hombre con vida. La limpieza sería integral y definitiva.
Hay, sin embargo, algunas dificultades. La primera de
todas, el gasto. Un particular, aunque extraordinariamente rico, no podría
disponer de los enormes capitales que serían necesarios, sobre todo para la
construcción y aprovisionamiento de las innumerables fábricas de gas. Constituir
una sociedad anónima sería, supongo, difícil, pues muy pocos entre los ricos
experimentan mi asco hacia sus semejantes. Recurrir al Estado no es oportuno: se
encontraría fácilmente un país dispuesto a financiar la ideada matanza, pero a
condición de que fuesen exceptuados todos sus ciudadanos, y el verdadero
objetivo no sería conseguido.
Pero el mayor obstáculo es, sin duda, la necesidad de
recurrir a muchos, a demasiados cómplices: operarios, ingenieros, químicos...
Sería casi imposible mantener el secreto durante el período bastante largo de la
preparación. Y apenas divulgada la cosa, habría un solo muerto: el que lo había
pensado y querido.
Después, es preciso pensar en el vil terror de los
hombres y en su chocante y ridículo amor a la vida; los ejecutores, conociendo
antes que nadie la bienhechora maquinaria, encontrarían el modo de sustraerse a
la muerte, y quedarían sobre la Tierra algunos miles de esas odiosas criaturas.
Debo, con infinito sentimiento, renunciar a esta
bienhechora idea, y quién sabe cuándo la Tierra podrá ser liberada de sus
repugnantes parásitos. Siento el remordimiento de mi impotencia, de mi pobreza.
Y me veo reducido a imaginar, como en un sueño, la estupenda y espantosa escena.
Demasiado poca cosa para mi perenne repulsión.
EL PAN DE LA MUCHACHA
Arezzo, 7 agosto
He querido hacer un experimento: vivir, durante algunos
días, como si fuese un pobre, un vagabundo, un prófugo. Vivir solo, sin la
compañía ni ayuda de nadie. He despedido a los secretarios, a los camareros, a
los mecánicos; he dejado los dos automóviles en depósito; he comprado a un
campesino un vestido viejo y me he internado, con pocas liras en el bolsillo, en
los valles de los Apeninos toscanos.
Hace años y años que llevo la vida del rico, esto es,
de víctima sin libertad. Me causan molestia las mesas ricamente puestas, las
reverencias de los parásitos, la acogida de la curiosidad que despiertan los
demasiado conocidos. Siento nostalgia de la vida miserable y desastrosa que hice
hasta los veintiséis años. Después de haberme visto asaltado por millares de
pedigüeños y maniáticos, he querido, al menos por una semana, volver a saborear
la vida del pobre, del abandonado. Tengo ahora el aspecto de un mendigo sucio y
haraposo.
Para quien ha gustado todos los poderes no hay otro
refugio que la impotencia. Para quien ha poseído todo lo que se puede comprar en
el mundo, no hay más refugio que la miseria. Es una comedia -tal vez una
ridícula comedia- que no tiene, por fortuna, espectadores.
No sé el italiano y no he llevado conmigo ni mapas ni
guías. He ido al azar. Estos países no son ricos, pero sí bellos. Ríos que en
esta estación son zanjas blancas y secas; montañas peladas rocosas, donde la
gente siembra un grano que germina raras veces y pobremente, junto con los
cardos y los ciruelos. Allí, en la altura, algún prado todavía florido, algún
torrente que lleva más guijarros que agua, algún pedazo de bosque, salvado, no
se sabe cómo, de la hachuela de esos montañeses enemigos de los árboles. De vez
en cuando, las ruinas de un castillo, una torre medieval restaurada, una casa
negra en la que se esconden bandadas de chiquillos maravillados, un gran
convento oculto entre los abetos, una iglesia sin campanario y con la puerta
cerrada. Por todas partes vacas blancas, ovejas sucias, cerdos que hozan y
gruñen, y raras veces una pastora con los cabellos ocultos bajo un pañuelo
amarillo y que procura que no la vean.
No he entrado en ninguna hostería. He comprado, al
pasar, un poco de pan en las tiendas de las aldeas, he bebido el agua de las
fuentes, he robado alguna fruta verde en los campos, he dormido bajo las encinas
y a la sombra de los pajares.
Los habitantes son brutos, pero buena gente. Aunque no
sea más que en cinco o seis palabras de italiano, han demostrado siempre que me
comprendían, y me han ofrecido lo que tenían, incluso antes de que se lo
pidiese. Un día comí, en medio de un campo, con algunos segadores que
descansaban. Me preguntaron de dónde era y de dónde venía -según pude
comprender-, pero no supe contestarles. Me dieron un poco de menestra, ensalada
y un tomate crudo. Las mujeres hablaban entre sí, y a lo que me pareció, me
compadecían.
Otro día encontré un viejo que cortaba ramas de un
árbol, solo, en un bosque. Estuvimos juntos algunas horas. Había estado, cuando
era joven, en América, y recordaba algunas palabras de inglés. Me dijo que había
mucha miseria en este país, pero que todos preferían vivir o al menos morir aquí
entre sus montañas. Se extrañó mucho de que, viniendo de un país tan rico,
pareciese tan pobre. He comprendido que sospechaba que tenía delante a un
malhechor escapado de América y, no obstante, se ha mostrado cortés y cordial.
Pero el encuentro que me quedó más grabado fue el de la
muchacha. Durante todo el día anterior no encontré a nadie; había terminado el
pan y no me atreví, por un ridículo pudor, a ir a pedirlo a las casas de los
campesinos. Me hallaba cansado y hambriento. Al caer de la tarde llegué a una
selva de castaños y me di cuenta de que en el límite de la selva había un prado
pedregoso y una fuente.
Cerca de la fuente se hallaba sentada en el suelo una
muchacha. Cuando me vio tuvo miedo y se puso de pie. Debía de tener de doce a
trece años: la más bella criatura que nunca había visto. En el rostro, dorado
por el sol, brillaban dos ojos verdes, encantados. Y sobre la cabeza desnuda,
ondas y ricitos de cabellos negros. Entre los labios, frescos y rojos como un
fruto entreabierto, una sonrisa involuntaria, blanca. Una maravilla.
Para no asustarla me senté en una piedra un poco
distante. La muchacha se tranquilizó: no hablaba y no me quitaba los ojos de
encima. Cuatro vacas enormes pacían allí cerca. Yo me secaba el sudor. Tan mal
vestido y jadeante, debía parecer ciertamente un desgraciado vagabundo.
Después de un cuarto de hora, no sé cómo, la muchacha
sacó de su hatillo un pedazo de pan moreno, se acercó a mí y me lo ofreció con
una sonrisa tímida murmurando algunas palabras. Había comprendido que yo tenía
hambre. Le di las gracias como supe y mordí el pan con voluptuosidad. No he
sentido jamás un sabor tan bueno y rico.
¿Será éste el verdadero alimento del hombre y ésta la
verdadera vida?
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