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La gata
[Novela. Texto completo.]

Colette

Los jugadores de póquer familiar dieron muestras de fatiga a eso de las diez. Camille luchaba contra el cansancio como se lucha a los diecinueve años; es decir, de improviso aparecía fresca y lozana; luego, bostezaba detrás de sus manos juntas y reaparecía pálida, blanca la barbilla, un poco oscuras las mejillas bajo los polvos de matiz ocre, y dos lagrimitas en el rabillo de los ojos.

-Camille, tendrías que acostarte...

-¡Son las diez, mamá, son las diez! ¿Quién se mete en cama a las diez?

Con la mirada buscaba a su prometido, hundido en el fondo de una butaca.

-Déjelos -dijo otra voz maternal-. Aún les quedan siete días de espera; es comprensible.

-Exactamente. Una hora más o menos...

Camille, tendrías que acostarte. Y nosotros también.

-¡Siete días! -exclamó Camille-. ¡Si es lunes! Ya no me acordaba... ¡Alain! ¡Ven, Alain!

La joven tiró el pitillo al jardín, encendió otro cigarrillo y entresacó y barajó las cartas del póquer abandonado, disponiéndolas cabalísticamente.

-A ver si tendremos el coche, «el bonito roadster de los chicos», antes de la ceremonia... Fíjate, Alain..., no se lo mandaré decir. Sale con el viaje y con la noticia importante...

-¿Qué?

-El roadster, hombre.

Alain volvió la cabeza sin levantar la nuca hacia la abierta ventana por donde llegaba un suave olor a espinacas y heno fresco, pues se había segado el césped durante el día. La madreselva que envolvía un gran árbol muerto también aportaba la miel de sus primeras flores. Un cristalino tintineo anunció que los jarabes de las diez de la noche y el agua fresca entraban en las temblorosas manos del viejo Émile, y Camille se levantó a llenar los vasos. Su prometido fue el último en ser servido, y con una sonrisa cómplice le ofreció el empañado vaso. Lo contempló mientras bebía y se turbó bruscamente ante los labios que apretaban los bordes del vaso. Sin embargo, él se sentía tan fatigado que rehusó participar de la turbación y sólo apretó ligeramente los blancos dedos, las uñas rojas, que le cogían el vacío vaso.

-¿Vendrás mañana a almorzar? -le preguntó ella en voz baja.

-Pregúntaselo a las cartas...

Camille retrocedió y esbozó una mímica de clown.

-¡Sin arrastrar, Veinticuatro horas...! Arrastro, puñales en cruz; arrastro, cinco monedas agujereadas; arrastro, cine hablado... ¡Dios Padre...!

-¡Camille...!

-Perdón, mamá... ¡No hay que bromear con Veinticuatro horas! Es un buen chico, negro, amable y veloz mensajero, rey de pique, siempre con prisa...

-¿Prisa de qué?

-¡Pues de hablar! Veamos... Piensa, trae las noticias de las veinticuatro horas siguientes, y hasta de dos días... Si lo acompañas con dos cartas más, a derecha e izquierda, predirá lo que va a suceder la semana próxima...

Hablaba precipitadamente, rascando con una uña aguda los bordes de carmín que tenía en las comisuras de los labios. Alain la escuchaba sin tedio ni indulgencia. Hacía muchísimos años que la conocía, y la tasaba por su precio de muchacha moderna. Sabía cómo conducía un coche, un poco demasiado de prisa, un poco demasiado bien, atenta la mirada y en su boca fresca siempre a punto un grosero insulto para los taxistas.

Sabía que mentía sin rubor, igual que los niños y los adolescentes; que era capaz de engañar a sus padres a fin de reunirse con él después de la cena en las boites, donde bailaban juntos, aunque sólo bebían zumo de naranja, pues a Alain no le gustaba el alcohol.

Le había entregado, antes de sus esponsales oficiales, a sol y sombra, sus labios prudentemente limpios y sus senos impersonales, siempre prisioneros de un doble escote de tul y de encajes, y unas piernas muy bonitas enfundadas en unas impecables medias que compraba a escondidas, «medias como las de Mistinguett, ¿sabes? ¡Cuidado con las medias, Alain!» Las medias, las piernas, era lo mejor que tenía.

«Es bonita -razonaba Alain- porque ninguna de sus facciones es fea, porque es regularmente morena y el brillo de sus ojos armoniza con unos cabellos limpios, lavados con frecuencia, engomados, y del color de un piano nuevo... » Tampoco ignoraba que podía ser brusca y desigual, como un río de montaña.

La muchacha seguía hablando del roadster.

-¡No, papá, no...! ¡Ni hablar de que durante el viaje por Suiza confíe el volante a Alain! Es demasiado distraído, y, además, en el fondo, no le gusta de veras conducir. ¡Le conozco!

«Me conoce -repitió Alain para sí-. Quizá lo cree. Yo también le he dicho veinte veces: "¡Te conozco, hija mía!" Saha también la conoce. ¿Dónde se ha metido Saha?»

Buscó a la gata con la vista y se despegó de la butaca hombro tras hombro, luego, la cintura y, finalmente, las posaderas, descendiendo por fin perezosamente los cinco peldaños de la escalinata.

El jardín, vasto, rodeado de jardines, exhalaba en la noche el olor graso de los campos de flores alimentados sin cesar, inducidos a la fertilidad. La casa había cambiado poco desde que Alain naciera. «Una casa de hijo único», opinaba Camille, que no disimulaba su despreció por el tejado en forma de torta, por las ventanas abiertas en la pizarra y por ciertos modestos trabajos de yeso en los lados de las puertas-ventana del entresuelo.

El jardín, igual que Camille, parecía lleno de desdén hacia la casa. Unos grandes árboles, de los que llovían las negras ramitas calcinadas que caen de los olmos en su madurez, la defendían de vecinos y transeúntes. Un poco más lejos, en un terreno en venta, juntó a los patios de un liceo, se hubieran podido hallar, extraviados por pares, los mismos viejos olmos, reliquias de una cuádruple y principesca avenida, vestigios de un parque que el nuevo Neuilly asolaba.

-Alain, ¿dónde estás?

Camille le llamaba desde lo alto de la escalinata; sin embargo, por capricho, se abstuvo de contestarle y se dirigió hacia las tinieblas más seguras, tanteando con el pie el borde del cortado césped. Una luna velada, agrandada por la bruma de los primeros días tibios, dominaba en lo alto del cielo. Un solo árbol, un álamo con tiernas hojas barnizadas, recogía la claridad lunar y goteaba tantos fulgores como una cascada. Un reflejo plateado, semejante a un pez, se lanzó desde un macizó yendo a parar contra las piernas de Alain.

-¡Ah, estás aquí, Saha! Te estaba buscando. ¿Por qué no has venido esta noche a la mesa?

-Gurrumiau, gurrumiau -respondió la gata.

-¿Cómo que gurrumiau? ¿Y por qué gurrumiau? ¿Es esta la forma de hablarme?

-Gurrumiau -insistió la gata-. Gurrumiau...

A tientas, acarició tiernamente el esbelto lomo, más suave que el pelo de una liebre, y encontró bajó su mano las naricillas frescas, dilatadas por el apresurado ronroneo.

«Es mi gata..., mi gatita...»

-Gurrumiau -decía bajito la gatita-, gurrumiau...

Una nueva llamada de Camille llegó desde la casa, y Saha desapareció bajó un seto de recortados arbustos verdinegros como la noche.

-¡Alain...! Nos vamos...

El muchacho echó a correr hacia la escalinata, acogido por las risas de Camille.

-Veo correr tus cabellos -exclamaba-. ¡Es absurdo ser tan rubio!

Corrió más de prisa, salvó de un salto los cinco escalones y encontró a Camille sola en el salón.

-¿Y los demás...? -preguntó Alain a media voz.

-Guardarropa -contestó la joven en el mismo tono-. Guardarropa y visita a las «obras». Sentimiento general. «¡No adelanta nada! ¡No se acabará nunca!» ¡Lo que nos importa a nosotros! Si fuéramos listos, nos quedaríamos en el estudio de Patrick. Patrick cambiarla de manera de ser. Yo me encargo de eso, si quieres.

-Patrick sólo dejaría el Quart-de-Brie por complacerte.

-¡Claro...! ¡Y de eso me aprovecharé!

Y al decir esto irradiaba una inmoralidad exclusivamente femenina a la que Alain no lograba acostumbrarse. Sin embargo, sólo la reprendió por su manera de decir «me» en vez de «nos», y Camille creyó que se trataba de un tierno reproche.

-Demasiado pronto adquiriré la costumbre de decir «nosotros».

Como en un juego apagó la lámpara del techo para que sintiera deseos de besarla. La única lámpara encendida, encima de una mesa, proyectó detrás de la joven una sombra neta y alargada. Camille, con los brazos en alto, dispuestos en arco detrás de la nuca, le llamaba con la mirada; mas él sólo tenía ojos para la sombra.

«¡Qué hermosa está en la pared! Lo bastante esbelta, justo como me gustaría...»

Se sentó a comparar una con otra. Camille, halagada, se arqueó hacia atrás, sacó hacia afuera los senos y marcó unos pasos de bayadera; pero la sombra conocía el juego mejor que ella. Desenlazando las manos, la joven echó a andar, precedida de la sombra ejemplar, y, al llegar a la abierta ventana, la sombra saltó a una alameda, abrazando al pasar, con sus dos largos brazos, el álamo cubierto de gotas de luna... «¡Qué lástima!», suspiró Alain. Luego se reprochó blandamente su inclinación a amar en Camille una perfeccionada o inmóvil forma de ella misma, esa sombra, por ejemplo, o un retrato, o el vivo recuerdo

que le dejaba de ciertas horas, de ciertos vestidos.

-¿Qué te pasa esta noche? Al menos, ven a ayudarme a ponerme la capa...

Se sintió disgustado por lo que aquel «al menos» dejaba traslucir, y también porque, al franquear Camille delante de él la puerta que llevaba al guardarropa y al office, se había encogido imperceptiblemente. «No tenía necesidad de encogerse de hombros... La naturaleza y la costumbre ya se encargan. Cuando no pone cuidado, su aspecto es rechoncho; sí, ligeramente rechoncho.»

En el guardarropa encontraron a la madre de Alain y los padres de Camille, que daban pataditas en la alfombra de empleita, como si tuviesen frío, dejando huellas color de nieve sucia. La gente, sentada en el reborde exterior de la ventana, les contemplaba con aire poco hospitalario, aunque sin animosidad. Alain imitó su paciencia y soportó las manifestaciones de pesimismo de ritual.

-Cuanto más avanza...

-Se puede decir que, desde hace ocho días, no han adelantado nada...

-Si quiere que le diga lo que pienso, queri

da amiga, no faltan quince días; un mes falta... ¿Qué digo un mes...? Dos meses, para que el nidito...

Camille, al oír la palabra «nidito», se lanzó a la apacible disputa tan agriamente, que Alain y Saha cerraron los ojos.

-¡Si estamos resignados...! Y hasta nos divierte alojarnos en casa de Patrick. Todo se puede arreglar muy bien... Patrick, que no tiene parné..., perdón, mamá..., que no tiene dinero... Las maletas y, ¡hop!, ¡en pleno cielo en el noveno piso!, ¿verdad, Alain?

El muchacho abrió los ojos, sonrió al vacío y puso sobre los hombros de su prometida la capa clara. En el espejo, frente a ellos, recibió la mirada de Camille, oscura de mudos reproches, que no le enterneció. «Cuando estábamos solos, no la besé en la boca. ¡Bueno, pues no, no la besé en la boca! Hoy no ha tenido su ración de besos en la boca... ¡Le di el de las doce menos cuarto en una alameda del bosque; el de las dos, después del café; el de las seis y media en el jardín; así es que le falta el de la noche...! ¡Bueno, pues sólo tiene que anotarlo en la cuenta, si no está contenta! ¿Qué me pasa? Me estoy cayendo de sueño. Esta vida es idiota; nos vemos mal y demasiado. El lunes me iré, por las buenas, al almacén y...»

Le subió al olfato imaginariamente la química acidez de las piezas de seda nueva, y como en sueños se le apareció la impenetrable sonrisa de monsieur Veuillet, y como en sueños oyó unas palabras que a los veinticuatro años aún no había aprendido a no temer. «No, no, amiguito, ¿acaso va a ser posible amortizar en el curso del año una máquina de contabilidad que cuesta diecisiete mil francos? Todo está en eso. Permita al más antiguo colaborador de su difunto padre... » Y, tropezando en el espejo con la imagen vindicativa, las bellas pupilas negras que le espiaban, rodeó a Camille con los brazos.

-¡Vaya, Alain!

-¡Oh, querida mía, déjale...! ¡Los pobres chicos!

Camille se ruborizó y, soltándose, tendió su mejilla con una gracia tan muchachil y tan fraternal, que Alain casi se acurrucó en su hombro. «Acostarme, dormir, ¡ah, santo Dios!, acostarme..., dormir...»

La voz de la gata llegó del jardín:

-Marramiau..., marramiau,..

-¿Oyes a la gata? Debe de estar en celo -opinó Camille serenamente-. ¡Saha!¡Saha!

La gata se calló.

-¿En celo? -protestó Alain-. ¿Cómo se te ha podido ocurrir? Además, estamos en mayo. Y está diciendo «marramiau».

-¿Y qué?

-Si estuviese en celo, no diría «marramiau». Lo que está diciendo, y hasta resulta curioso, es la llamada, casi gritando, para reunir a los pequeñuelos.

-¡Señor! -exclamó Camille, levantando los brazos-. ¡Si Alain se pone a interpretar a la gata no acabaremos nunca!

Bajó saltando los peldaños, y las temblorosas manos del viejo Émile encendieron en el jardín dos grandes focos malva, a la moda antigua.

Alain iba delante con Camille. Al llegar a la verja, la besó junto a la oreja y aspiró, bajo un perfume que la envejecía, el sabroso olor de pan y oscuros cabellos, mientras apretaba los codos de la joven ocultos bajo la capa. Y cuando ella se hubo sentado al volante, delante de sus padres, se sintió despabilado y alegre.

-¡Saha!¡Saha!

La gata salió de las sombras, casi debajo de sus pies, corría cuando él corría, le precedía dando zancadas. La adivinaba sin verla; irrumpió antes que él en el vestíbulo y salió a esperarlo en lo alto de la escalinata. Hinchada la pechera, gachas las orejas, le veía correr hacia ella provocándolo con sus amarillos ojos profundamente hundidos, recelosos, orgullosos, dueños de sí mismos.

-¡Saha!¡Saha!

Su nombre, pronunciado de una manera especial, a media voz, con la hache fuertemente aspirada, la enloquecía. Meneó la cola. Saltó encima de la mesa de póquer y, con sus manos de gata completamente abiertas, desparramó las cartas.

-¡Esa gata, esa gata...! -dijo la voz maternal-. No tiene la menor noción de la hospitalidad. Fíjate cómo se alegra de que se hayan ido nuestros amigos.

Alain soltó una infantil carcajada, la risa que guardaba para su casa y la más estricta intimidad, que no cruzaba la bóveda de olmos ni la negra verja. Luego, bostezó frenéticamente.

-¡Dios mío, qué aspecto de cansancio tienes! ¿Se puede tener un aspecto tan fatigado

cuando se es dichoso? Aún queda naranjada... ¿No...? Entonces podemos subir. Deja, Émile apagará las luces...

«Mamá me está hablando como si estuviese convaleciente de una enfermedad o volviese a tener una paratifoidea.»

-¡Saha! ¡Saha! ¡Qué demonio...! Alain, ¿no podrías conseguir que esta gata...?

La gata, por un camino vertical, de ella conocido, marcado encima del gastado brocate, acababa de llegar casi al techo; por un instante, imitó al lagarto gris, pegada a la pared, con las patas separadas, luego simuló vértigo y se arriesgó a lanzar una afectada llamada. Alain, dócilmente, se puso debajo, le ofreció los hombros y Saha descendió, pegadita a la pared como una gota de lluvia corriendo a lo largo de un cristal. Hizo pie en el hombro de Alain y juntos se dirigieron al dormitorio.

Un largo racimo colgante de codeso, que se veía negro frente a la abierta ventana, se convirtió en un largo racimo amarillo cuando Alain encendió la luz del techo y la lamparilla de la cabecera de la cama. Agachándose sobre el lecho dejó caer a la gata y, luego, ociosamente, erró del dormitorio al cuarto de baño como un hombre a quien la fatiga le impide acostarse.

Se inclinó sobre el jardín; con una mirada hostil buscó el blanco montón de las inacabadas obras, abrió y cerró cajones, cajitas donde dormían sus auténticos secretos: un dólar de oro, una sortija con una piedra plana, un dije de ágata colgando de la cadena del reloj de su padre, unas cuentas rojas y negras provenientes de un exótico cañacoro, un rosario de nácar, de primera comunión, un delgado brazalete roto, recuerdo de una joven y tempestuosa amante que pasó rápida y ruidosamente por su vida... El resto de sus bienes terrenales sólo eran libros, en rústica y encuadernados, cartas, fotografías...

Tocaba soñadoramente estos pequeños restos, brillantes y sin valor, parecidos a los coloreados cascajos que se hallan en los nidos de las aves rapaces. «¿Tendré que tirar todo esto? ¿Lo dejaré aquí? Ya no me importa. ¿Me importa...?» Su condición de hijo único le hacía apegarse a todo cuanto nunca compartiera ni disputara.

Vio su rostro en el espejo y se irritó consigo mismo. «Pero, ¡acuéstate, hombre! ¡Tienes muy mala cara, es una vergüenza! -dijo al apuesto mozo rubio que tenía delante-. Me encuentran guapo por ser rubio. Si fuese moreno, sería horrible. » Criticó una vez más su nariz un poco prominente, sus largas mejillas; sin embargo, sonrió una vez más para mostrar sus dientes, acarició con la mano las ondas naturales de sus rubios cabellos, demasiado espesos, y se sintió satisfecho del matiz de sus ojos, gris verdoso entre oscuras pestañas. Dos pliegues surcaron las mejillas a uno y otro lado de la sonrisa, las pupilas retrocedieron sombreadas de malva. En su labio ya abultaba una barba ruda y pálida, afeitada por la mañana. «¡Qué pinta!, me doy pena a mí mismo. No; me doy asco. ¿Esto es cara de noche de bodas...?, Saha, en el fondo del espejo, desde lejos, le miraba gravemente.

-Ya voy..., ya voy.

Se tiró sobre el campo fresco de las sábanas, teniendo cuidado de no magullar a la gata, y, rápidamente, le dedicó algunas letanías de ritual, adecuadas a los encantos y virtudes de una gata de color ceniza, de pura raza, pequeñita y perfecta.

-Mi osito mofletudo..., gatita fina, fina, fina..., palomita azul..., mi diablillo color perla...

En cuanto apagó la luz, la gata se puso a hollar delicadamente el pecho de su amigo, traspasando cada vez con una sola garra la seda del pijama, rozando apenas la piel para que Alain sintiera un placer ansioso.

-Todavía siete días, Saha... -suspiró.

Dentro de siete días y siete noches, una vida nueva en un alojamiento nuevo, con una muchacha enamorada e indomable. Acarició el pelaje de la gata, cálido y fresco, que olía a boj cortado, a tuya y a césped lozano. El animal ronroneaba a voz en cuello, y a oscuras le dio un beso de gato, posando un instante su naricilla húmeda debajo de la nariz de Alain entre las fosas nasales y el labio. Beso inmaterial, rápido, raramente concedido.

-¡Ah, Saha...! nuestras noches...

Los faros de un automóvil, en la avenida más cercana, traspasaron el follaje con dos blancos rayos giratorios. Por la pared de la habitación pasaron las sombras agrandadas del citiso, de un tulipero aislado en medio del césped. Alain vio brillar y apagarse encima de

su cara el rostro de Saha, acostada, con una dura expresión en los ojos.

-¡No me asustes! -le rogó.

Pues, a favor del sueño, volvía a ser débil y quimérico, sumergido en las redes de una interminable y dulce adolescencia.

Cerró los ojos mientras Saha, vigilante, seguía la ronda de los espíritus que, una vez apagada la lámpara, descienden en torno a los hombres dormidos.

Soñaba profusamente y bajaba a sus sueños por etapas.

No narraba al despertar sus nocturnas aventuras, celoso de un patrimonio que acrecentaran una infancia delicada y mal dirigida y unas largas estancias en cama durante su brusco crecimiento de frágil chicuelo espigado.

Gustaba de .sus sueños, que cultivaba apasionadamente, y por nada del mundo hubiese traicionado las paradas que le esperaban. En el primer alto, mientras aún oía los claxons en la avenida, tropezaba con rostros giratorios y extensibles, familiares, deformes, que atravesaba como si hubiera cruzado, saludando aquí y allá, una benévola multitud. Giratorios, convexos, se volvían más claros aún, como si recibiesen luz del propio durmiente. Provistos de un gran ojo, evolucionaban siguiendo una fácil rotación. Sin embargo, en cuanto rozaban una invisible pared, una submarina corriente los arrojaba a lo lejos. En la húmeda mirada de un monstruo redondo, en la pupila de una luna regordeta o en la del arcángel extraviado, en cuya cabellera aparecían rayos en lugar de rizos, Alain encontraba la misma expresión, la misma intención que aún no había traducido ninguno de ellos y que el Alain del sueño registraba firmemente: «Mañana me lo dirán».

A veces, perecían estallando, desparramándose en briznas débilmente luminosas; otras veces, sólo existían como mano, brazo, frente, globo óptico lleno de pensamientos, astral polvillo de nariz, de barbillas, y siempre aquel ojo abombado que, justamente en el momento de definirse, se volvía y sólo mostraba su otro lado negro.

Alain, dormido, prosiguió bajo la vigilancia de Saha su cotidiano naufragio, dejó atrás el universo de convexos rostros y de ojos y descendió a través de una zona negra que no admitía más que un negro todopoderoso, variable hasta lo indecible y como compuesto de colores inmergidos, en los confines de la cual echó pie en el sueño, duro, completo y bien formado.

Tropezó con un límite que produjo un gran ruido, parecido al hormigueante y prolongado sonido de los címbalos, y desembocó en la ciudad del sueño, entre los transeúntes, los habitantes de pie en los umbrales de sus casas, los guardas de los squares coronados de oro y los comparsas apostados al paso de Alain, completamente desnudo, armado de un bastoncillo, sumamente lúcido y cauto. «Si camino un poco de prisa tras anudarme la corbata de cierto modo y, sobre todo, voy silbando, existen grandes probabilidades de que nadie se dé cuenta de que estoy completamente desnudo. » Se anudó, pues, la corbata en forma de corazón y silbó. «No es silbar lo que estoy haciendo, es ronronear. Silbar es esto...» Sin embargo, seguía ronroneando. «Bueno, no es como si estuviera en un atolladero; al fin y al cabo, se trata simplemente de cruzar esta plaza inundada de sol, de dar la vuelta al quiosco donde toca la banda militar. ¡Es infantil! Me lanzaré dando peligrosos saltos para desviar la atención y me hallaré en la zona de sombra... »

Pero se sintió paralizado por la cálida y peligrosa mirada de un comparsa, moreno, de perfil griego, perforado con un gran ojo de carpa. «La zona de sombra... la zona de sombra... » Dos largos brazos de sombra, amables y llenos del suave entrechocar de las hojas de álamo, se precipitaron ante la palabra «sombra», llevándose a Alain para que descansara, durante la hora más ambigua de la breve noche, en esa tumba provisional donde el viviente desterrado suspira, se humedece de lágrimas, lucha, sucumbe y con el día renace sin memoria.

El sol velaba la ventana cuando Alain despertó.

El racimo amarillo del codeso colgaba translúcido, encima de la cabeza de Saha, una Saha diurna, inocente y azul, entregada a su tocado.

-¡Saha!

-¡Miau! ¡Miau! -le contestó la gata vigorosamente.

-¿Tengo la culpa de que tengas hambre? Si tenías prisa, sólo habías de ir a pedir tu leche abajo...

El animal se calmó al oír la voz de su amigo, repitió el mismo sonido más quedito, mostrando su boca sanguínea y sus blancos caninos. Bajo la mirada llena de un leal y exclusivo amor, Alain se alarmó: «¡Dios mío, la gata...! ¿Qué hago con la gata...? Había olvidado que me caso... Y la necesidad de vivir en casa de Patrick...

Se volvió hacia el retrato enmarcado en acero cromado donde Camille brillaba como bañada en aceite, un gran esplendor espejeante en sus cabellos, en esmalte vitrificado de un negro de tinta la boca, enormes los ojos entre dos empalizadas de pestañas.

« Excelente trabajo de profesional!», refunfuñó Alain.

Ya no se acordaba de que había sido él mismo quien escogiera para su dormitorio aquella fotografía que no se parecía a Camille ni a nadie... «Ese ojo... Yo he visto ese ojo...» Tomó un lápiz y redujo ligeramente el ojo, atenuó el exceso de blanco y sólo consiguió estropear la prueba.

-¡Miau, miau! ¡Marramiau! -decía Saha dirigiéndose a un pequeño bómbice prisionero entre el cristal y la cortina de tul.

Temblaba su barbilla leonina, tartamudeaba de codicia. Alain cogió la mariposa entre los dedos para ofrecérsela a la gata.

-Los entremeses, Saha.

En el jardín, un rastrillo peinaba negligentemente el guijo. Alain vio la mano que guiaba el rastrillo, mano de mujer que envejecía, mano maquinal, obstinada y suave, bajo un grueso guante blanco de gendarme.

-¡Buenos días, mamá! -gritó.

Una voz le respondió de lejos, voz cuyas palabras no oía, murmullo afectuoso, insignificante y necesario. Bajó corriendo con la gata pegada a los talones. Saha, a la luz del día, sabía transformarse en una especie de perro turbulento, bajar precipitada y ruidosamente la escalera, ganar el jardín con bruscos saltos desprovistos de toda magia. Se sentó en la mesa del desayuno, entre las franjas de sol, junto al cubierto de Alain. El rastrillo, que callara, reanudó lentamente su tarea.

Alain le puso leche a Saha y diluyó una pulgarada de sal y una pulgarada de azúcar; luego se sirvió gravemente. Cuando se desayunaba solo no tenía que ruborizarse de ciertos gestos elaborados por el deseo inconsciente de la edad maniática entre el cuarto y el séptimo año. Podía, libremente, cegar de mantequilla todos los ojos del pan y fruncir las cejas cuando el nivel del café con leche dentro de la taza excedía de un límite especial, marcado con un arabesco de oro.

A la primera rebanada gruesa debía seguir una segunda rebanada delgada, mientras que la segunda taza requería un terrón de azúcar suplementario. En fin, un Alain pequeñito, oculto en el fondo de un muchachote rubio y apuesto, esperaba impaciente que el final del desayuno le permitiese lamer por todos lados la cuchara del frasco de miel, una vieja cuchara de marfil ennegrecida y cartilaginosa.

«Camille se desayuna, en este momento, caminando. Muerde a la vez una loncha de jamón magro, emparedada entre dos bizcochos, y una pera de América. Y de mueble en mueble va poniendo y olvidando una taza de té sin azúcar.»

Alzó los ojos sobre su campo de niño privilegiado que amaba y creía conocer. Los viejos olmos, seriamente cortados en bóveda, que se alzaban por encima de su cabeza, sólo se estremecían por la punta de sus jóvenes hojas. Un edredón de silenos rosa con un ribete de nomeolvides 'se daba importancia encima del césped. El árbol muerto dejaba colgar de su descarnado codo una faja de centinodia, que se estremecía a cada soplo, mezclada con clemátides violetas de cuatro pétalos. Uno de los aparatos de riego, erguido sobre su único pie, hacía la rueda encima del césped abriendo su cola de pavo blanco cortada por un inestimable arco iris.

«¡Un jardín tan hermoso...! ¡Un jardín tan hermoso...!», repitió Alain quedamente. Contemplaba ofendido el silencioso montón de cascotes, vigas y sacos de yeso que afeaba el lado oeste de la casa. «¡Ah, es domingo; no trabajan! Para mí toda la semana es domingo...» Aunque joven, caprichoso y mimado, vivía según el ritmo comercial de los seis días y «sentía» el domingo.

Una paloma blanca, furtiva, se movió detrás de las plantas exóticas de rosados racimos. «No, no es una paloma; es la mano enguantada de mamá. » El grueso guante blanco, a ras de tierra, recogía unos tallos, arrancaba briznas de hierba crecida en una noche. Dos verderones que estaban en el sendero de guijo fueron a recoger las migajas del desayuno y Saha los siguió con la mirada, sin exaltarse. Sin embargo, un herrerillo colgando cabeza abajo, en un álamo encima de la mesa, llamó desafiadoramente a la gata, y Saha, sentada con las patas juntas, tirante su chorrera de mujer hermosa,

con la cabeza hacia atrás, intentaba dominarse, pero se le hinchaban, furiosas, las mejillas y su naricilla se humedeció.

-¡Tan bella como un demonio! ¡Más bella que un demonio! -exclamó Alain.

Pretendió acariciar la ancha cabeza, habitada por un pensamiento feroz, y la gata le mordió bruscamente para desahogar si¡ furor. Alain contempló dos perlitas de sangre en su mano con la colérica turbación del hombre al que la hembra ha mordido en pleno placer.

-¡Mala...! ¡Mala...! Mira lo que has hecho...

Saha agachó la frente, olfateó la sangre e interrogó, temerosa, el rostro de su amigo. Sabía cómo alegrarle y enternecerle, y cogió del mantel un bizcocho que sostuvo igual que una ardilla.

La brisa de mayo pasaba sobre ellos, curvaba un rosal amarillo que olía a aulaga en flor, y Alain, entre la gata, el rosal, las parejas de herrerillos y los últimos abejorros, gustó de los instantes que eluden la humana medida, la angustia e ilusión de perderse en la infancia. Los olmos crecieron -desmesuradamente, se agrandó la alameda perdiéndose bajo los arcos de un emparrado difunto, y, como el durmiente encanto que cae de una torre, Alain recobró conciencia de sus veinticuatro años.

«Tendría que haber dormido una hora más. Sólo son las nueve y media. Es domingo. Para mí, ayer también era domingo. Demasiados domingos... Pero mañana...» Sonrió a Saha con aire cómplice:

-Mañana, Saha, es la última prueba del vestido blanco. Sin mí. Es una sorpresa... Camille es lo bastante morena para que el blanco la embellezca... Mientras tanto, veré el coche. Es un poco repipí, como dice Camille, tener un roadster... Esto es lo que se saca de ser un matrimonio tan jovencito...

Con un salto vertical, ascendiendo en el aire como pez hacia la superficie del agua, la gatita alcanzó una pléride ribeteada de negro. Se la comió, tosió, escupió un ala y se lamió afectadamente. El sol jugaba con su pelaje malva y azulado como el pecho de una torcaz.

-Saha.

Volvió la cabeza y él le sonrió abiertamente.

-¡Mipumita! ¡ Gatita queridísima! ¡Criatura de las cimas! ¿Cómo vas a vivir si nos

separamos? ¿Quieres que nos hagamos monjes? Quieres... no sé... yo...

Saha le escuchaba, le miraba con aire tierno y distraído, pero, ante una inflexión más temblorosa de la voz amiga, apartó la mirada.

-Por de pronto, vendrás con nosotros; a ti no te molesta ir en coche. Si tuviéramos un cabriolé en lugar del roadster... detrás de los asientos hay un reborde...

Calló ensombreciéndose ante el reciente recuerdo de una voz de jovencita, vigorosa, timbrada a pedir de boca para las llamadas al aire libre, apoyando audazmente las grandes vocales A y O, que sabía evocar las numerosas cualidades de los roadsters. «...Y cuando se baja el parabrisas, Alain, es formidable... A todo gas, se siente cómo la piel de las mejillas retrocede hasta las orejas...»

-Que retrocede hasta las orejas... ¿Te imaginas, Saha? ¡Qué espanto...!

Apretó los labios y puso cara larga de niño obstinado, experto en el disimulo.

-Aún no está dicho todo... ¿Y si me gusta más el cabriolé? ¡Me parece que, después de todo, tengo voz y voto... !

Miró de arriba abajo el joven rosal como si fuese la jovencita de la hermosa voz. De nuevo, se engrandeció la alameda, los olmos subieron, la difunta parra resucitó. Acurrucado contra las faldas de dos o tres parientes, altaneras, con la frente en las nubes, un Alain niño espiaba a otra familia compacta entre cuyos bloques brillaba una nenita muy morena, de grandes ojos y negros cabellos que rivalizaban en brillo hostil y mineral. «Da los buenos días... ¿Por qué no quieres dar los buenos días... ?» Era una voz de antaño, debilitada, conservada por años de infancia, de adolescencia, de colegio, de aburrimiento militar, de falsa gravedad, de falsa competencia comercial. Camille no quería dar los buenos días. Se chupaba la mejilla y, envarada, esbozaba la breve reverencia de las niñitas. «Ahora a eso le llama la reverencia a lo tuércete-la-pata. Sin embargo, cuando se enfada, aún se muerde la mejilla. Y es raro, no se pone fea en esos momentos; no, no se pone fea.»

Sonrió y se encendió honestamente pensando en su prometida, contento al fin y al cabo de que fuese sana, un poco trivial en la pasión sensual. Bajo el resplandor de la mañana inocente, provocó imágenes adecuadas, ya para excitar su vanidad y su prisa, ya para engendrar temores hasta llegar a la confusión. Al salir de su turbación encontró que el sol era demasiado blanco, y seco el viento. La gata había desaparecido, mas en cuanto Alain se levantó estuvo a su lado y lo acompañó andando con largo paso de ciervo, evitando las redondas guijas del rosado sendero. Juntos llegaron hasta las «obras», inspeccionaron con idéntica hostilidad el montón de cascote, una puerta-ventana nueva, sin cristales, incrustada en una pared, unos aparatos de hidroterapia y unos azulejos.

Idénticamente ofendidos calculaban el daño causado a su pasado y a su presente. Un viejo tejo que había sido arrancado moría muy lentamente, la cabeza gacha bajo su cabellera de raíces. «¡Nunca, nunca tuve que haber permitido esto! -murmuró Alain-. ¡Es una vergüenza! Tú, Saha, sólo hacía tres años que lo conocías, pero yo ... »

Saha olfateó en el fondo del agujero dejado por el tejo un topo, cuya imagen, si no el olor, se le subió a la cabeza. Se olvidó de sí misma durante un minuto llegando al frenesí, escarbó el suelo como un fox-terrier, se revolcó cual un lagarto, saltó con las cuatro patas igual que un sapo, empolló una pelota de tierra entre los muslos como hace el ratón campestre con el huevo que ha robado, huyó del agujero mediante una serie de cabriolas y se encontró sentada en el césped, fría y gazmoña, conteniendo el aliento.

Alain, grave, no se había movido. Sabía permanecer serio cuando los demonios de Saha la sacaban de sus casillas. Llevaba en su interior la admiración y comprensión de los gatos, rudimentos que más tarde le permitieron interpretar fácilmente a Saha. Y, desde el día en que, al salir de una exposición felina, colocó en el cortado césped de Neuilly una gatita de cinco meses, adquirida por su perfecta figura, su precoz dignidad y su modestia sin esperanza tras los barrotes de una jaula, leía en ella como en una obra maestra.

-¿Por qué no compró una gata de Angora? -preguntó Camille.

«Entonces, me trataba de usted. No era solamente una gatita lo que yo había traído. Era la nobleza felina, su desinterés ilimitado, su savoir vivre, sus afinidades con la élite humana... » Alain enrojeció y se disculpó mentalmente: «Saha, quien mejor te comprende es la élite. »

Aún no había llegado a pensar «parecido» en lugar de «comprensión», pues pertenecía a un ambiente humano que prohíbe reconocer, e incluso concebir, un parentesco animal. Sin embargo, en la edad de desear un automóvil, un viaje, una rara encuadernación o unos esquíes, fue «el muchacho que se compró un gatito» y esto repercutió en su estrecho universo; se sorprendieron los empleados de la «Maison Amparat & Fils», rue des Petits Champs, y hasta monsieur Veuillet llegó a interesarse por la «bestezuela».

«Saha, antes de haberte escogido, no hubiera sabido qué puede escogerse... Por lo demás... Mi matrimonio satisface a todo el mundo y a Camille, y hay momentos en que también me satisface, pero... »

Se levantó del banco verde, adoptó la sonrisa importante del chico Amparat que condesciende en contraer matrimonio con la chica de las «Secadoras-Malmert», «una muchachita que no es de nuestra esfera», decía madame Amparat.

Sin embargo, Alain no ignoraba que las Máquinas-de-lavar-Malmert, hablando entre sí de los Amparat-de-la-seda, nunca omitían manifestar, alzando la barbilla con aire de superioridad: «Los Amparat ya no están en la seda; madre e hijo sólo tienen intereses en la casa, y el chico no desempeña el papel de dueño... »

La gata, curada de su extravagancia, dulce y dorada la pupila, parecía esperar la reanudación de la confidencia mental, del telepático murmullo hacia el que tendía su orejita orlada de plata.

«Tú tampoco eres un puro y resplandeciente espíritu de gato -prosiguió Alain-. Acuérdate, feúcha, de tu primer seductor, el minino blanco, sin rabo... acuérdate, descocada, que corrías bajo la lluvia, desvergonzada gatita...»

-¡Qué mala madre es su gata! -exclamaba Camille indignada-. No se acuerda de los pequeñines que le han quitado...

«Sí, eran palabras de jovencita -continuó Alain desafiante-. Las jovencitas siempre son buenas madres... antes.»

Un timbrazo grave y rotundo cayó de lo alto del aire tranquilo, y Alain se levantó de un salto, como un culpable, ante el ruido del guijo aplastado por las ruedas de un coche. «¡Camille! ¡Santo Dios, son las once y media!»

Se cruzó la chaqueta del pijama, apretándose el cinturón tan nerviosamente que se riñó a sí mismo: «Vamos, vamos, ¿qué me pasa? Dentro de una semana me las veré peores... Saha, ¿vienes a recibir a Camille?»

Pero Saha había desaparecido, y Camille hollaba ya con audaz tacón el césped. «¡Ah, es muy atractiva!» Un agradable salto de su sangre le apretó la garganta, coloreó sus mejillas y se entregó todo al espectáculo de Camille vestida de blanco, un pequeño pincel negro de cabellos bien cortados sobre las sienes, al cuello una delgada corbata roja y en la boca el mismo rojo. Maquillada con arte, con moderación, su juventud solo se hacía evidente al cabo de unos instantes, descubriendo la mejilla blanca bajo el ocre, el párpado sin pliegues debajo de un poco de polvo oscuro en torno a los grandes ojos casi negros. En su mano izquierda, el diamante, nuevecito, cortaba la luz en mil reflejos de color.

-¡Oh! -exclamó-. ¡No estás listo...! ¡A estas horas... !

Sin embargo, se detuvo frente a los ásperos cabellos rubios despeinados, al pecho desnudo debajo del pijama, a la confusión que ruborizaba a Alain, y su rostro de jovencita descubrió tan claramente la cálida indulgencia de una mujer, que Alain no se atrevió a darle el beso de las doce menos cuarto, el del jardín o del Bois.

-Bésame -le suplicó bajito, como si le pidiera auxilio.

Alain, torpe, inquieto y mal defendido dentro de su pijama ligero, señaló con un gesto los arbustos de rosados racimos de donde llegaba el ruido de las tijeras de podar y del rastrillo, y Camille no se atrevió a saltarle al cuello. Bajó los ojos, cogió una hoja, llevó a su mejilla el brillante pincel de sus cabellos, mas, por el movimiento de su barbilla levantada y el palpitar de las aletas de la nariz, Alain vio que buscaba salvajemente en el aire la fragancia de un cuerpo dorado apenas cubierto, del que, opinó el muchacho en su interior, no había sentido el menor temor.

Al despertar, no se sentó de un salto en la cama.

Obsesionado en sueños por el cuarto extraño, entreabrió las pestañas, comprobó que la astucia y el embarazo no le habían abandonado del todo durante el sueño, pues el brazo izquierdo extendido, relegado a los confines de una estepa de tela, se hallaba presto a reconocer y presto también a rechazar... Sin embargo, a su izquierda, el vasto lecho estaba vacío y fresco. Frente a la cama aparecía el ángulo apenas redondeado de la habitación de tres paredes y la insólita oscuridad verde y el tallo de viva claridad, amarilla como bastoncillo de ámbar, que separaba dos cortinas de tiesa sombra. Alain volvió a dormirse, arrullado por una canción negra, murmurada por unos labios cerrados.

Volvió la cabeza con precaución, entreabrió los ojos y vio, ora blanca, ora azul, según se bañara en el estrecho riachuelo de sol o volviera a la penumbra, a una mujer desnuda con un peine en la mano, entre los labios un cigarrillo, que canturriaba. «¡Es una frescura! -pensó-. ¡Completamente desnuda! ¿Dónde se cree que está?»

Reconoció las hermosas piernas, desde tiempo. ha familiares, pero el vientre, acortado por el ombligo situado algo bajo, le sorprendió. Una impersonal juventud salvaba las caderas musculadas, y los senos asomaban ligeros, encima de las costillas visibles. «¿Ha adelgazado?» Lo tosco de la espalda, tan amplia como el pecho, sorprendió a Alain. «Es cargada de espaldas.»

Y en aquel preciso momento, Camille se acodó en una de las ventanas y encogió la espalda, alzando los hombros. «Tiene espaldas de mujer que friega suelos...» Pero la muchacha se irguió súbitamente, hizo una pirueta y, con un gesto encantador, esbozó un abrazo en el aire. «No, no; no es verdad. Es hermosa. Pero, ¡qué desfachatez! ¿Se cree que estoy muerto? ¿O es que encuentra muy natural pavonearse completamente desnuda? ¡Oh!, todo esto ha de cambiar »

Como ella volvía a la cama, cerró nuevamente los ojos y, cuando los abrió otra vez, Camille estaba sentada frente al tocador, que llamaban el tocador invisible, plancha translúcida de hermoso cristal grueso montada en una armazón de acero negro. Se empolvaba el rostro, tocó con las puntas de los dedos la mejilla, la barbilla, y de pronto sonrió, apartando la mirada con una gravedad y una fatiga que desarmaron a Alain. «¿Así... es feliz? ¿Dichosa de qué? No me la merezco mucho... De todas maneras, ¿por qué está desnuda?»

-¡Camille! -exclamó.

Creyó que echaría a correr al cuarto de baño, que cruzaría las manos sobre su sexo, que velaría sus senos con una arrugada prenda interior; sin embargo, se aproximó, se inclinó sobre el muchacho tendido y le llevó, agazapado en sus brazos, refugiado en el alga de un azul oscuro que florecía en su vientrecillo insignificante, su penetrante perfume de mujer morena.

-¡Cariño! ¿Has dormido bien?

-¡Completamente desnuda! -le reprochó su marido.

La joven abrió cómicamente sus grandes ojos.

-Bueno, ¿y tú...?

Descubierto hasta la cintura, no supo qué contestar. Camille se pavoneaba ante él, tan orgullosa y tan lejos del pudor, que un poco rudamente le echó el pijama arrugado que yacía sobre la cama.

-¡Anda, de prisa, ponte esto! ¡Tengo hambre!

-La mére Buque está en su sitio. Todo marcha, todo va sobre ruedas.

Desapareció y Alain quiso levantarse, vestirse, alisar sus revueltos cabellos, pero Camille regresó, ataviada con un grueso albornoz de baño, nuevo y demasiado largo, llevando alegremente una bandeja llena.

-¡Qué ensalada, hijo de mi alma! Hay un tazón de la cocina, una tacita de pirex, el azúcar en la tapa de una caja... Todo amontonado... Mi jamón está reseco; estas peras cloróticas son los restos del almuerzo... La mére Buque se siente perdida en la cocina eléctrica. Le enseñaré a cambiar los plomos.

Y he echado agua en los compartimientos del hielo de la nevera. ¡Ah, si yo no estuviese aquí! El señor tiene su café muy caliente, hirviente la leche y dura la mantequilla. No; es mi té, ¡no lo toques! ¿Qué buscas?

-Nada... nada...

Debido al olor del café, buscaba a Saha.

-¿Qué hora es?

-¡Al fin una palabra cariñosa! -exclamó Camille-. Tempranísimo, marido mío. He visto en el despertador de la cocina que eran sólo las ocho y cuarto.

Comieron, riendo con frecuencia y hablando poco. Por el olor creciente de las cortinas de hule verde, Alain adivinaba la fuerza del sol que les calentaba, y no podía apartar su pensamiento del sol exterior, del horizonte extraño, de los vertiginosos nueve pisos, de la extravagante arquitectura de Quart-de-Brie que les cobijaría durante cierto tiempo.

Escuchaba a Camille lo mejor que podía, conmovido porque fingiese olvido de lo que había pasado entre ellos durante la noche, porque afectase experiencia en este alojamiento ocasional, y la desenvoltura de una casada de por lo menos ocho días. Desde que compareció vestida, buscaba la manera de testimoniarle su gratitud. «No me guarda rencor por lo que hice ni por lo que no le hice, ¡pobre criatura! En fin, ha pasado lo más fastidioso... ¿Es que, a menudo, una primera noche es este magullamiento, este semiéxito, semidesastre?»

Le pasó cordialmente el brazo por el cuello y la besó.

-¡Oh, eres un encanto!

Camille dijo esto con tanto sentimiento, con expresión tal, que se ruborizó y él vio cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. Sin embargo, eludió valerosamente su emoción y saltó de la cama con el pretexto de llevarse la fuente. Corrió a la ventana, se enredó los pies en el albornoz demasiado largo, soltó una tremenda imprecación y se asió de una cuerda de barco. Se descorrieron las cortinas de hule y París con sus alrededores, azules e ilimitados como el desierto, manchados de un verde aún claro, d¿ vidrieras de un azul de insecto, entró de un salto en la habitación triangular que sólo tenía una pared de cemento; las otras eran de vidrio a media altura.

-¡Es hermoso! -exclamó Alain a media voz.

Sin embargo mentía a medias, y su sien buscaba el apoyo de un hombro juvenil del que resbalaba el albornoz. «No es una morada humana... todo este horizonte en la casa, en la cama. ¿Y los días de tormenta? Abandonados en lo alto de un faro, entre los albatros... »

El brazo de Camille, que se había vuelto a reunir con él en la cama, le rodeaba el cuello - y ella miraba sin temor, alternativamente, los vertiginosos límites de París y la rubia cabeza despeinada. Su flamante arrogancia, que parecía abrir crédito a la próxima noche, a los días siguientes, se contentaba sin duda con las licencias de hoy: hollar el lecho común, rozar con hombros y caderas un desnudo cuerpo de mozo, acostumbrarse a su color, a sus curvas, a sus salientes, apoyar firmemente la mirada en los secos pezoncillos, la cintura que ella envidiaba, el extraño motivo del sexo caprichoso...

Mordieron juntos la misma pera insípida y rieron mostrándose sus bellos dientes mojados, las encías un poco pálidas de niños fatigados.

-¡Vaya día el de ayer...! -suspiró Camille-. ¡Cuando se piensa que hay gente que se

casa a menudo... ! -la vanidad volvió a apoderarse de ella y añadió-: Ahora que... estuvo muy bien, ¿verdad? ¿Verdad que no hubo ningún tropiezo?

-Sí -contestó Alain blandamente.

-¡Oh, tú..., igualito que tu madre! Quiero decir que mientras no se estropee el césped de vuestro jardín y no se tiren colillas en vuestro guijo, lo encontráis todo bien, ¿no es cierto? Lo que no quita para que nuestra boda hubiera resultado más bonita en Neuilly. Sólo que eso hubiera molestado a la sacrosanta gata. Anda, contesta, malo, contesta... ¿Qué miras por todos lados?

-Nada -dijo con sinceridad-, ya que no hay nada que mirar. He visto el tocador, he visto la silla..., hemos visto la cama...

-¿No vivirías aquí? Yo me encuentro muy a gusto... Imagínate, tres habitaciones y tres terrazas... ¡Si uno se quedara...!

-Se dice: ¡si nos quedáramos!

-Entonces, ¿por qué dices tú «se dice...»? Bueno, ¿y si uno se quedara?

-Patrick regresará de su crucero dentro de tres meses.

-¿Y qué? Bueno, que regrese. Se le dice que nos queremos quedar y se le manda con viento fresco.

-¡Oh!... ¿Harías semejante cosa?

Camille movió afirmativamente su negro copete con una deslumbrante y femenina desenvoltura en la perfidia. Alain quiso mirarla con severidad; pero Camille, bajo su mirada, cambió, se volvió temerosa, como él mismo se sentía, y entonces la besó precipitadamente en la boca.

Le devolvió el beso muda, afanosa, buscando con un movimiento de caderas el hoyo de la cama; tanto, que su mano libre, que apretaba un hueso de melocotón, tanteaba en el aire buscando una taza vacía o bien un cenicero.

Inclinado sobre ella, esperó, acariciándola con la mano, que abriera de nuevo los ojos.

La joven apretaba entre las pestañas dos lagrimitas brillantes que no quería dejar correr y él respetó su discreción y orgullo. Ambos habían esperado todo cuanto pudieron, silenciosamente, ayudados por el calor matinal, por sus cuerpos perfumados y complacientes.

Alain se acordaba de la agitada respiración de Camille, qué había dado pruebas de una ardiente docilidad, de un celo algo intempestivo, muy agradable... No le recordaba a ninguna mujer. Al poseerla por segunda vez, sólo pensó en los miramientos que merecía.

Yacía tendida contra él, brazos y piernas blandamente recogidos, las manos semicerradas y, por vez primera, felina. «¿Dónde está Saha?»

Esbozó maquinalmente una caricia «para Saha», pasando las uñas delicadamente a lo largo del vientre de Camille, que gritó sobrecogida, envarando los brazos, uno de los cuales golpeó a Alain, que estuvo a punto de devolverle golpe por golpe.

La joven, sentada, con la mirada hostil bajo un revuelto copete de oscuros cabellos, le amenazaba con la mirada.

-¿Es que ahora va a resultar que eres un vicioso?

Alain no esperaba nada parecido y rompió a reír estrepitosamente.

-¡No hay que reírse! -exclamó Camille-. Siempre me han dicho que los hombres que hacen cosquillas a las mujeres son viciosos... incluso sádicos.

Alain saltó de la cama para reír mejor, olvidándose de que estaba desnudo. Camille

se calló tan bruscamente que él se volvió y sorprendió su cara radiante, pasmada, atenta toda al mozo que una noche de bodas había hecho suyo.

-Voy a estar en el cuarto de baño diez minutos, ¿me lo permites?

Abrió la puerta de espejos practicada en uno de los extremos de la pared más larga, que ellos llamaban la hipotenusa.

-Luego, pasaré un momento por casa de mi madre.

-Está bien, ¿no quieres que te acompañe?

Alain pareció disgustado, extrañado, y por vez primera en aquel día, la joven se sonrojó.

-Veré si las obras...

-¡Oh, las obras! ¿Te interesan a ti las obras? ¡Confiésalo -cruzó los brazos como una actriz de tragedia-, confiesa que vas a ver a mi rival!

-Saha no es tu rival -repuso Alain simplemente. «¿Cómo va a ser tu rival? -prosiguió en su interior-. Tú sólo puedes tener rivales eh lo impuro... »

-No necesitaba una protesta tan formal,. amor mío. Ve de prisa. No olvides que almorzamos en casa del padre Léopold, como solteros. ¡En fin, como solteros! ¿Regresarás pronto? ¡No olvides que iremos a dar una vuelta! ¿Me oyes?

Oía, en particular, que la palabra «regresar» adquiría un nuevo significado, absurdo, quizás inaceptable, y miró a Camille de reojo. Ostentaba, reivindicaba su lasitud de recién casada, la ligera hinchazón de sus párpados inferiores bajo el ángulo abierto de los grandes ojos. «¿Tendrás siempre, a toda hora, en cuanto salgas del sueño, los ojos tan abiertos? ¿No sabes entornarlos? Ver unos ojos tan abiertos me da dolor de cabeza... »

Encontraba un placer poco honrado, una fugaz satisfacción en interpelarla en su interior. «Y al fin y al cabo, eso resulta menos descortés que la sinceridad.» Sintió prisa por llegar a la cuadrada bañera, al agua caliente, a la soledad propicia a la meditación. Pero como la puerta de espejos abierta en la hipotenusa lo reflejaba de pies a cabeza, la abrió con complaciente lentitud y no se apresuró a cerrarla.

Al salir del piso una hora más tarde, sufrió una equivocación, desembocó en una de las terrazas que rodeaban el Quart-de-Brie, recibiendo en pleno rostro el seco abanicazo del viento del Este que lividecía a París, arrastraba humaredas y, a lo lejos, pulía el Sacré-Coeur. Encima del antepecho de cemento aparecían cinco o seis floreros, colocados por manos bienintencionadas, llenos de rosas blancas, hidrangeas, lirios manchados con su propio polen. «El postre de la víspera jamás resulta agradable...» Sin embargo, antes de bajar resguardó del viento las maltrechas flores.

Entró en el jardín como adolescente que ha dormido fuera de casa. Aspiró con una larga bocanada el embriagador perfume de los mantillos recién regados, el secreto vapor de las inmundicias que alimentan las flores grasas y costosas, las perlas de agua perseguidas por la brisa, y en el mismo instante descubrió que necesitaba ser consolado.

-¡Saha!¡Saha!

La gata apareció al cabo de un instante y Alain, de momento, no reconoció el rostro extraviado, incrédulo, como velado por un mal sueño.

-¡Saha, mi vida!

La estrechó contra su pecho, alisando los suaves flancos que le parecieron algo hundidos y quitó del descuidado pelaje telarañas, ramitas de pino y olmo. La gata se rehacía rápidamente, volvió a llevar a sus rasgos, a sus ojos de oro puro, una expresión familiar, la dignidad del gato. Alain percibía bajo sus pulgares las palpitaciones de un corazoncito irregular, duro, y un ronroneo naciente, inseguro... La puso en una mesa de hierro, acariciándola; mas en el momento de tumbarse, locamente, como acostumbraba• hacer, y poner la cabeza en la mano de Alain, olfateó la mano y retrocedió.

Buscó con los ojos la blanca paloma, la mano enguantada tras los arbustos de rosados racimos, detrás de los rododendros inflamados de flores. Se regocijaba de que la ceremonia sólo hubiera asolado la morada de Camille, respetando el hermoso jardín.

«Toda esa gente aquí... Y las cuatro damas de honor vestidas de papel rosa... Y las flores que habrían cortado... las deutzias sacrificadas a los escotes de las señoras gordas... Y Saha... »

Gritó en dirección a la casa:

-¿Ha comida y bebido Saha? Tiene un aspecto muy raro... ¡Estoy aquí, mamá!

Apareció una pesada silueta blanca en el umbral del vestíbulo, que contestó de lejos.

-No, ¡imagínate! No cenó, y esta mañana

no se bebió la leche. Creo que te esperaba... ¿Te sientes bien, hijito?

Alain se erguía deferente ante su madre, al pie de la escalinata. Observó que ella no le tendía la mejilla como de costumbre y mantenía las manos en la cintura, enlazadas. Comprendió y compartió, confuso y agradecido, el pudor maternal. «Tampoco Saha me ha besado... »

-Al fin y al cabo, la gata te ha visto marchar a menudo. Se resignaba a tus ausencias.

«Sí, pero no iba tan lejos», pensó él.

Cerca, en el velador de hierro, Saha bebía ávidamente la leche, como bestia que ha andado mucho y dormido poco.

-Alain, ¿no quieres tú también una taza de leche caliente? ¿Una rebanada de pan untada con mantequilla?

-Ya me he desayunado, mamá... -dijo-. Nos hemos desayunado...

-Desayunado... me parece que no muy bien... En semejante caravasar...

Alain sonrió porque su madre decía siempre «caravasar» en lugar de «cafarnaúm». Contempló, con mirada de desterrado, la taza de dorados arabescos junto al platillo de Saha; luego, el rostro de su madre, algo grueso, amable, bajo unos encrespados y gruesos cabellos, precozmente encanecidos.

-No te he preguntado si mi nueva hija está contenta -temió ser mal interpretada y prosiguió apresuradamente-: en fin, si se encuentra bien...

-Muy bien, mamá... Almorzaremos en el bosque de Rambouillet... Se irá a dar una vuelta... -rectificó-: iremos a dar una vuelta en coche, ¿sabes?

Saha y él permanecieron solos en el jardín, ambos adormecidos por la fatiga, el silencio, y por el sueño llamados.

La gata se durmió bruscamente, de lado, la barbilla levantada, descubiertos los caninos como fiera muerta; le llovían las plúmulas del árbol-peluca, los pétalos de las clemátides, sin que se estremeciese en el fondo de su sueño, donde, sin duda, saboreaba la seguridad, la inalienable presencia de su amigo. Su actitud vencida, las comisuras crispadas y pálidas de su hociquito gris vincapervinca revelaban una amarga noche de vela.

En lo alto del tonel desecado, envuelto de plantas trepadoras, una bandada de abejas

encima de la hiedra en flor sostenía una nota de timbal grave, la misma nota al cabo de tantos veranos: «Dormir ahí, encima de la hierba, entre el rosal amarillo y la gata... Si Camille no viniese hasta la hora del almuerzo, sería delicioso. Y la gata, Dios mío, la gata... » Por el lado de las obras, un cepillo rebajaba un tablón, un martillo golpeaba una vigueta metálica, y ya esbozaba Alain un sueño campestre, poblado de misteriosos herreros... Al caer los doce golpes de un campanil del liceo, se puso en pie, huyendo sin osar despertar a la gata.

Llegaron junio y los días más largos, sus cielos nocturnos sin misterio, cuyos confines elevaban un fulgor retrasado por poniente, y otro fulgor adelantado por el este de París. Sin embargo, junio sólo es cruel para la gente de la ciudad que no tiene coche, estrechamente enmarcada con cálida piedra, que aprieta al hombre contra el hombre. En torno al Quartde-Brie, un aire sin cesar agitado atormentaba los visillos amarillos, atravesaba la habitación triangular y el estudio, se estrellaba contra la proa del navío y secaba los pequeños setos de alheñas, en cajas, colocados en las terrazas.

Con la ayuda de los cotidianos paseos, Alain y Camille vivían tranquilos, ahítos y adormecidos por la voluptuosidad y el calor.

«¿Por qué la llamaba muchacha indomable?», se preguntaba Alain extrañado. Camille, cuando iba en coche, blasfemaba menos, perdía algunas afectaciones de lenguaje y también su entusiasmo por las boites donde cantan las mozas cíngaras con narices de yegua.

Comía y dormía mucho, abría también mucho los ojos, ahora más dulces, se desligaba de veinte proyectos de verano y se interesaba por «las obras», que cada día visitaba. Solía entretenerse largamente en el jardín de Neuilly, donde Alain, al salir de la oscura «Maison Amparat Fils & Cie. », rue des Petits Champs, la encontraba ociosa, presta a prolongar la tarde, presta a correr sobre las cálidas carreteras.

Y Alain entonces se ensombrecía. La oía dar órdenes a los pintores aficionados al canto, a los altivos electricistas. Camille le interrogaba en términos generales y perentorios, como si abandonara por deber, en cuanto él aparecía, su nueva delicia.

-¿Qué, cómo van los negocios? ¿Se sigue temiendo la crisis? ¿Has endosado a los reyes de la costura el foulard de lunares?

Ni siquiera respetaba al anciano Émile, a quien sacudía hasta hacerle caer en formulas impresas de una imbecilidad pítica.

-¿Qué le parece, Émile, nuestra jaula? ¿Ha visto usted alguna vez que la casa estuviera más bonita?

El viejo mayordomo murmuraba entre sus patillas respuestas que eran exactamente como él, sin fondo ni color.

-No se reconoce... Tiempo atrás me habían dicho que iba a ser una casa de pequeños pisos... Es distinto... Se estará bien unos en casa de otros. Es muy alegre....

O bien vertía sobre Alain, gota a gota, unas bendiciones sordamente encendidas de un significado hostil.

-La joven señora de monsieur Alain está poniéndose muy guapa. También tiene buena voz. Habla tan bien, que hasta los vecinos la oyen. No se puede negar que tiene buena voz, y sin embargo... La joven señora dice bien claro lo que quiere decir... Aseguró al jardinero que el macizo de silenos y nomeolvides quedaba cursi. Todavía me da risa.

Y levantaba hacia el cielo puro unos ojos pálidos, color de ostra gris, que jamás habían reído. Alain tampoco reía. Estaba preocupado por Saha. Ésta adelgazaba y parecía abandonar una esperanza que era, sin duda, la de verle a diario y verle solo. Ya no se escapaba cuando llegaba Camille, pero tampoco escoltaba a Alain hasta la verja. Y, cuando se sentaba cerca de ella, le contemplaba con profunda y amarga inteligencia. «Su mirada de gatito tras los barrotes; la misma, la misma mirada.» La llamaba quedamente. «¡Saha...!¡Saha ...!», aspirando mucho la hache; pero ella no saltaba, ni agachaba las orejas, y hacía muchos días que no había lanzado su sonoro «¡gurrumiau!», ni los «¡marramiau!» de buen humor y deseo.

Un día que Camille y Alain fueron convocados a Neuilly para comprobar que la nueva bañera-piscina, cuadrada, gruesa, enorme, hundiría el piso que la sostenía, oyó suspirar a su mujer:

-¡Esto no se va a acabar nunca!

-Pero -dijo Alain sorprendido-, creí que te gustaba mucho más el Quart-de-Brie, sus mergos y sus petreles...

-Sí... pero de todas maneras... Ésta es tu casa, tu verdadera casa... Nuestra casa...

Se apoyaba muellemente en su brazo, excepcionalmente vacilante. El blanco azulado de sus ojos, casi tan azul como su claro traje estival; el retoque perfecto y superfluo de sus mejillas, "de su boca y de sus párpados, no le impresionaron.

Sin embargo, le pareció que, sin palabras, le consultaba por vez primera. «Camille, aquí, conmigo... Ya. Camille en pijama bajo las arcadas de los rosales...» Y uno de los rosales más viejos llevaba a la altura de su rostro su carga de rosas que se descolorían tan pronto como florecían, cuyo perfume oriental reinaba por las noches hasta en la misma escalinata. «Camille en albornoz bajo la bóveda de olmos...» Bien mirado, ¿no valía la pena mantenerla todavía encerrada en el pequeño belvédére del Quart-de-Brie? Aquí, no; aquí, no; todavía no...

La tarde de junio, cargada de luz, tardaba en inclinarse del lado de la noche. Unos vasos vacíos, encima de un velador de mimbre, retenían los grandes zánganos rubios; más debajo de los árboles, salvo los pinos, se extendía una zona de impalpable humedad, promesa de frescura. Ni los rosados geranios que prodigaban su meridional perfume, ni las adormideras de fuego, sufrían del seco verano que se iniciaba.

«No, aquí, no; todavía no», se repetía machaconamente Alain al compás de su brazo. Buscaba a Saha y no quería llamarla a voz en grito; la encontró acostada encima de la baja pared que apuntaba una loma azul cubierta de lobelias. Dormía, o parecía dormir, encogida como un ovillo. «¿Dormida en forma de ovillo a esta hora y en este tiempo? Dormir ovillada en una postura de invierno...»

-¡Saha queridísima!

Cuando la cogió, el animal no se estremeció. La levantó en el aire, y la gata abría unos ojos vacíos, muy hermosos, casi indiferentes.

-¡Dios mío, qué poco pesas! ¡Estás enferma, pumita mía!

Se la llevó en brazos y se dirigió corriendo hacia su madre y Camille.

-Mamá, ¡Saha está enferma! Tiene el pelo muy feo... no pesa nada... ¡Y tú no me lo has dicho!

-No come mucho -dijo madame Amparat-. No quiere comer.

-No quiere comer, y... ¿qué más?

Mecía a la gata contra su pecho y Saha se abandonaba, jadeante el aliento, secas las nari

cillas. Los ojos de madame Amparat, bajo los gruesos rizos blancos, se posaron inteligentemente sobre Camille.

-Pues... nada.

-Te añora -dijo Camille-. Es tu gata, ¿no es verdad?

Alain creyó que se burlaba y levantó la cabeza en actitud de desafío, pero Camille no había cambiado de expresión y miraba curiosamente a Saha, que, al contacto de su mano, volvió a cerrar los ojos.

-Tócale las orejas -dijo Alain bruscamente-, están ardiendo.

Reflexionó un instante.

-Está bien. Me la llevo. Mamá, haz que me den su cesta, ¿quieres? Y un saco de arena para su caja. Por lo demás, tenemos cuanto hace falta... Comprenderás que no quiero, de ninguna manera... Esta gata cree que... -Se interrumpió y se volvió algo tardíamente hacia su mujer-: ¿No te molesta, Camille, que me lleve a Saha en espera de que volvamos aquí?

-¡Qué ocurrencia! ¿Y dónde piensas instalarla por las noches? -añadió, tan ingenuamente, que Alain enrojeció por la presencia de su madre.

-Ella es la que ha de escoger -repuso con sequedad.

Se marcharon formando una pequeña comitiva. Alain llevaba a Saha muda dentro de su cesta de viaje. El viejo Émile se doblaba con el saco lleno de arena y Camille cerraba la marcha llevando un viejo plaid de kasha desflecada que Alain llamaba el «kashasaha».

-No, no, no se me hubiera ocurrido que un gato pudiera aclimatarse tan pronto.

-Un gato sólo es un gato, pero Saha es Saha.

Alain, vanidoso, cantaba las alabanzas de Saha. Nunca la había tenido así, encerrada, prisionera en un espacio de veinticinco metros cuadrados, visible a toda hora y reducida para la meditación felina, su sed de sombra y soledad, a tomar de prestado la parte inferior de las butacas gigantes que erraban sin norte por el estudio, la embrionaria antecámara o uno de los armarios-guardarropa camuflados por espejos.

Saha, empero, deseaba triunfar de todas las emboscadas. Se acostumbró a las horas inciertas de comer, de dormir, de levantarse; escogió como alojamiento nocturno el cuarto de baño y su taburete-esponja; exploró el Quartde-Brie sin afectación de disgusto o hurañía. Condescendió a escuchar la palabra ociosa de madame Buque en la cocina, que invitaba a la minina a hígado crudo. Y cuando Alain y Camille salían, se aposentaba en el vertiginoso antepecho y sondeaba los abismos del aire siguiendo en lo alto con mirada apacible las espaldas volantes de las golondrinas y gorriones. Su impasibilidad en lo alto de los nueve pisos, la costumbre que adquirió de lavarse largo rato encima del antepecho, enloquecían a Camille.

-¡No la dejes! -gritaba Camille a Alain-. Cuando la veo me dan palpitaciones y calambres en las pantorrillas.

Alain sonreía expresivamente y admiraba a su gatita reconquistada para el placer de vivir y de alimentarse.

Y no es que recobrase su lozanía, ni que estuviese alegre en demasía.

Aunque no recuperaba todavía su pelo irisado como el plumaje malva de una paloma, vivía mejor, esperaba el «pum» sordo del ascensor en que subía Alain y aceptaba de Camille atenciones excepcionales, por ejemplo, un minúsculo plato de leche a las cinco de la tarde, un huesecillo de pollo ofrecido desde lo alto, como a un perro al que se quiere hacer saltar.

-¡Así no! ¡Así no! -reñía Alain.

Y ponía el hueso en la alfombra del baño o, simplemente, en la moqueta color canela de larga lana.

-¿Qué estás haciendo? ¡Es la alfombra de Patrick! -le censuraba su mujer.

-¡Los gatos no comen huesos ni carne encima de una superficie pulida! Cuando un gato saca un hueso de un plato y antes de comerlo lo pone en la alfombra, se le llama sucio. El gato necesita sujetar su presa con la pata mientras tritura o desgarra, y eso sólo puede hacerlo en el suelo o en una alfombra. Pero no se le hace caso...

Camille, atónita, le interrumpió:

-¿Y tú cómo lo sabes?

El muchacho jamás se lo había preguntado a sí mismo, y, con una chanza salió del paso:

-¡Psé...! Porque soy muy inteligente... ¡No lo repitas! Monsieur Veuillet no lo sabe...

Le enseñaba los usos y costumbres del felino, como una lengua extranjera rica en muchas sutilezas. Sin darse cuenta, ponía énfasis en sus palabras. Camille le observaba atentamente y le hacía veinte preguntas a las que él contestaba sin prudencia.

-¿Por qué juega la gata con un cordel, si tiene miedo del grueso cordón que mueve las cortinas?

-Porque el cordón es una serpiente. Tiene calibre de serpiente. La gata tiene miedo a las serpientes.

-¿Ha visto una serpiente?

Alain levantó sobre su mujer los ojos verdegrises, de negras pestañas, que ella encontraba tan hermosos, tan «traicioneros».

-No, desde luego que no. ¿Dónde iba a verla?

-¿Entonces?

-Entonces, se la ha inventado. La ha creado. Tú también tendrías miedo a las serpientes aunque jamás las hubieras visto.

-Sí, pero me lo han contado, las he visto en grabados. Sé que existen.

-Saha también lo sabe.

-¿Cómo?

Le dirigió una sonrisa imperiosa:

-¿Cómo? Desde que nació, como las personas de clase.

-Entonces, ¿yo no soy una persona de clase?

Alain se suavizó, aunque sólo por conmiseración.

-¡Dios santo, no! Consuélate: tampoco lo soy yo. ¿No crees lo que te digo?

Camille, sentada a los pies de su marido, le contemplaba con los ojos mas grandes que tenía, los ojos de la nena de antaño, que no quería dar «los buenos días».

-Está bien -dijo gravemente-, habré de creerte.

Todas las noches se quedaban a cenar en casa. «Por el calor», decía Alain; «por causa de Saha», insinuaba Camille. Una noche, después de la cena, Saha saltó a las rodillas de su amigo.

-¿Y yo...? -preguntó Camille.

-Tengo dos rodillas -repuso, tranquilamente, Alain.

Sin embargo, la gata no usó largo rato de su privilegio. Misteriosamente advertida, regresó a la mesa de pulido ébano, sentándose encima de su propio reflejo azulado, sumergida en un agua tenebrosa, y nada en ella hubiera parecido insólito, a no ser la atención fija que prestaba a los seres invisibles erguidos ante ella, en el aire.

-¿Qué mira? -preguntó Camille.

Estaba muy bonita todas las noches, a la misma hora, con pijama blanco, los cabellos medio desengomados, alborotados en la frente, muy morenas las mejillas bajo las capas de polvo que desde la mañana iba superponiendo. A veces, Alain conservaba la indumentaria veraniega, sin chaleco; empero Camille posaba en él unas manos impacientes, le quitaba chaqueta y corbata, abríale el cuello, arremangaba las mangas de la camisa, mostraba y buscaba la 'carne desnuda, y aunque Alain la motejaba de «desvergonzada», se dejaba hacer. La joven reía dolorosamente, reprimiendo su deseo. Y era él quien bajaba los ojos para ocultar una aprensión que no era exclusivamente voluptuosa: «¡Qué estragos produce el deseo en esa cara...! ¡Tiene la boca. crispada! ¡Una muchacha tan joven...! ¿Quién le ha enseñado a tomarme así la delantera?»

La mesa redonda, junto a un carrito con ruedas de caucho, los reunía en el umbral de¡

estudio, cerca de la abierta puerta-ventana. Tres elevados y vetustos álamos, restos de un hermoso jardín destruido, balanceaban sus copas a la altura de la terraza, y el amplio sol poniente de París, rojo oscuro, apagado de vapores, descendía detrás de sus flacas copas, de donde la savia se retiraba.

La comida de madame Buque, que servía mal y cocinaba bien, animaba el momento. Alain, refrescado, olvidaba el día, las oficinas de Amparat y la tutela de monsieur Veuillet, y sus dos cautivas del belvédére le agasajaban. «¿Me esperabas?», preguntaba al oído de Saha.

-¡Te he oído llegar! -exclamaba Camille-. ¡Desde aquí se oye todo!

-¿Te aburrías? -le preguntó una noche, temeroso de que no se atreviese a quejarse; pero ella sacudió su negro copete negativamente.

-¡Ni por asomo! He ido a casa de mi madre. Me ha presentado la perla...

-¿Qué perla?

-La chica que va a ser mi doncella allá abajo. ¡Con tal que el viejo Émile no le haga un crío! ¡Es una monada!

Reía arremangando en sus desnudos brazos las largas mangas de crepé blanco antes de abrir el melón de carne roja en torno al cual Saha daba vueltas; pero Alain no reía, estaba entregado al horror de imaginar una criada nueva en su casa...

-¿Sí? Figúrate -le confesó- que mi madre, desde mi infancia, nunca ha cambiado la servidumbre.

-¡Ya se ve! -dijo Camille tajante-. ¡Menudo museo!

Mordía una tajada de melón y reía cara al sol poniente. Alain admiró sin ninguna simpatía especial con qué veracidad podía asomar al rostro de Camille cierto resplandor de caníbal, el brillo de los ojos, de la boca estrecha y una especie de monotonía italiana.

De todas maneras, todavía hizo un esfuerzo de desinterés.

-Me parece que no ves mucho a tus amigas. Quizá podrías...

-¿Qué amigas? -contestó ella impetuosamente-. ¿Pretendes hacerme comprender que te estorbo? ¿Quieres que me vaya a tomar el aire? ¿Sí?

Alain frunció las cejas y chascó la lengua, y ella cedió prestamente con plebeyo respeto hacia el hombre desdeñoso.

-Es verdad, de niña no tenía muchas amigas y... claro, ahora... ¿Me imaginas con una muchachita? Tendría que tratarla como a una niña o contestar a todas sus cochinas preguntas: «¿Y cómo se hace...? ¿Y qué te hace él ...?» Las chicas -explicó con un poco de amargura-, las chicas..., ¿sabes?, no están muy unidas entre sí. No existe solidaridad.' No es como vosotros los hombres...

-¡Perdón!, yo no soy uno-de-vosotroslos-hombres...

-¡Oh, ya lo sé! -dijo ella melancólicamente-, y a veces me pregunto si no lo preferiría...

La melancolía raramente la afectaba, y sólo provenía de una reticencia secreta o de una duda que no expresaba.

-Tú -prosiguió Camille-, aparte de Patrick, que se ha marchado, no tienes muchos amigos. Y, en el fondo, estoy segura de que el mismo Patrick te importa un pepino...

Se interrumpió ante un gesto desabrido de Alain.

-No hablemos de estas cosas -dijo ella con tacto- o nos pelearemos...

Unos largos chillidos infantiles subían de la tierra alcanzando en el aire el acerado silbido de las golondrinas.

Los hermosos ojos amarillos de Saha, invadidos poco a poco por la gran pupila de la noche, contemplaban en el espacio puntos móviles, invisibles y flotantes.

-Oye, ¿qué mira la gata? ¿Si no hay nada allá donde mira...?

-Nada, para nosotros...

Alain evocaba, añoraba el ligero estremecimiento, el delicioso temor que en otros tiempos le transmitía su gatita amiga cuando se le tendía en el pecho por las noches...

-Supongo que no te dará miedo... -dijo condescendiente.

Camille estalló en risas como si no hubiera esperado palabras tan insultantes.

-¿Miedo...? Tú sabes que tengo miedo de muy pocas cosas.

-Eso es una contestación de niña tonta -repuso Alain hostilmente.

-Digamos que sí -dijo Camille encogiéndose de hombros-. Tú tienes miedo a las tormentas -y designó la violácea muralla de nubes que se levantaba al propio tiempo que la noche-. Sí, eres como Saha -añadió-; no te gusta la tormenta.

-A nadie le gustan las tormentas.

-A mí no me importan -dijo en tono de aficionado-. En todo caso, no las temo mucho.

-Todo el mundo teme a las tempestades -dijo Alain, hosco.

-Pues bueno, yo soy el mundo entero, ahí tienes.

-Sí para mí -repuso el muchacho con gracia súbita y artificial que no la engañó.

-¡Oh! -refunfuñó bajito-. ¡Te pegaría con unas ganas...!

Alain inclinó hacia ella, por encima de la mesa, sus cabellos rubios, hizo brillar sus dientes.

-¡Pégame!

Sin embargo, ella se privó del placer de dispersar los dorados cabellos, de ofrecer su brazo a la boca brillante.

-¡Tienes nariz de caballo! -le dijo ferozmente.

-Es la tempestad -contestó Alain riendo.

Estas sutilezas no complacieron a Camille, pero los primeros fragores sordos del rayo desviaron su atención y tiró la servilleta para salir a la terraza.

-Ven, veremos los relámpagos.

-No -contestó Alain sin moverse-, ven tú...

-¿Dónde?

Con la barbilla, indicó el dormitorio. En el rostro de Camille apareció la expresión obstinada, la obtusa avidez que él conocía bien; no obstante, vaciló.

-¿Y si primero viésemos un poco los relámpagos?

Alain hizo un gesto negativo. -¿Por qué, malo?

-Porque tengo miedo a la tormenta... Escoge: la tempestad o yo.

-¡Oh, qué ocurrencia...!

Corrió al dormitorio con un movimiento fogoso que enorgulleció a Alain, pero, al reunirse con ella, vio que, adrede, había encendido un aplique de cristal luminoso cerca de la cama, y él lo apagó a posta.

La lluvia entraba, tibia y agresiva, por los abiertos ventanales, perfumada de ozono, mientras se apaciguaba. Camille, en brazos de Alain, le daba a entender que hubiera deseado que, mientras la tempestad se alejaba, de nuevo olvidara con ella su temor a la tormenta. Mas él contaba nervioso los extensos relámpagos y los grandes árboles luminosos que se levantaban contra las nubes, y se apartaba de Camille.

La joven se resignó, se apoyó sobre un codo alisando con una mano la cabellera crepitante de su marido. Bajo las palpitaciones de los relámpagos, sus rostros de yeso azul surgían y se abismaban en la noche.

-Bueno, esperemos que acabe la tempestad -accedió Camille.

«¡Vaya! -se dijo Alain-. ¿Esto es lo que tiene que decir después de una escaramuza que a fe que valió la pena? Lo menos que podía hacer es no decir nada. Como dice Émile, la joven señora se hace oír.»

Un relámpago jadeante, largo como un sueño, se reflejó como hoja de fuego en la gruesa plancha de cristal sobre el tocador invisible. Camille apretó su pierna desnuda contra Alain.

-¿Lo haces para tranquilizarme? Ya sabemos que no tienes miedo al rayo.

Levantaba la voz para dominar el cavernoso estruendo y las cascadas de lluvia sobre el liso techo. Se sentía cansado e irritado, presto a la injusticia, asustado de comprobar que ya no podría estar solo. Regresó mentalmente, y con violencia, a su antigua habitación, empapelada de papel blanco con flores descoloridas, la habitación que ninguna mano intentara arreglar o afear. Su deseo fue tan ansioso, que el murmullo del viejo calorífero mal ajustado siguió a la evocación de los ramilletes uniformes y claros, murmullo y aliento de cueva seca, salido de una boca de labios de cobre incrustada en el parquet. Murmullo que se unía al de la casa entera, cuchicheo de los viejos criados acartonados por el uso; inhumados de medio cuerpo en el sótano y a los que el jardín ya no tentaba. «Hablando de mi madre, decían "ella"; pero desde que me puse los primeros pantalones, yo fui "monsieur Alain".

El retumbo seco de un trueno le sacó del breve sueño en que yacía tras el placer. Inclinada encima de él, acodada, su joven esposa permanecía inmóvil.

-Me gustas mucho cuando duermes -le dijo-. Ya se aleja la tormenta.

Alain interpretó la frase como una insinuación, y se sentó en la cama.

-Voy a hacer lo mismo -dijo-. ¡Qué humedad! Me voy a dormir al banco de la sala de espera.

Llamaban así al estrecho diván, único mueble de una pequeña habitación-pasillo con paredes de cristal que Patrick destinaba a sesiones de helioterapia.

-¡Oh, no! ¡Oh, no! -suplicó Camille-. Quédate...

Pero Alain ya se deslizaba fuera de la cama. Los enormes fulgores entre los nubarrones revelaron el duro rostro ofendido de Camille.

-¡Uf, qué hombrecillo!

Y con esta frase que no se esperaba, le tiró de la nariz. Con un revés de brazo, que no pudo contener y no lamentó, Alain abatió la mano irrespetuosa. Una súbita tregua del viento y de la lluvia los dejó solos en medio del silencio y como sordos. Camille se frotaba la mano dolorida.

-¡Vaya...! -dijo por fin-. ¡Vaya..., eres un animal!

-Es posible -repuso Alain-. No me gusta

que me toquen la cara. ¿No tienes suficiente con todo lo demás? No me toques nunca la cara.

-Vaya que sí -repitió Camille lentamente-, eres un animal...

-No lo repitas demasiado... Aparte de esto, no te guardo rencor. Sólo que debes tener cuidado. -Volvió a meter en la cama la pierna derecha.- ¿Ves ese cuadrado gris en la alfombra? Es el amanecer. ¿Quieres que durmamos?

-Sí, sí quiero... -contestó Camille con voz vacilante.

-Entonces ven...

Extendió el brazo para que apoyara la cabeza, y ella se aproximó dócilmente, con una cortesía circunspecta. Alain, satisfecho de sí mismo, la sacudió amistosamente, la atrajo por el hombro; sin embargo, la mantuvo alejada, por lo que pudiera ser, doblando un poco las rodillas, y no tardó en dormirse. Camille, despierta, respiraba sin abandono y volvía la vista a la cuadrícula blanquecina de la alfombra. Oyó cómo los pájaros festejaban el final de la tormenta en los tres álamos, cuyo susurro imitaba el aguacero. Cuando Alain, al cambiar de posición, retiró el brazo, recibió de su marido una caricia inconsciente que, deslizándose tres veces por su cabeza, parecía habituada a alisar un pelo más suave que sus suaves cabellos negros.

Hacia finales de junio fue cuando se estableció la incompatibilidad como una nueva estación, con sus sorpresas y, a veces, sus encantos. Alain la aspiraba como áspera primavera aparecida en pleno verano. Su repugnancia a procurar lugar para la muchacha extraña en la casa natal la llevaba dentro de sí mismo, disimulándola sin esfuerzos, agitándola y conservándola misteriosamente con soliloquios y mediante la disimulada contemplación de la nueva residencia conyugal. Un día de calor gris, Camille, fatigada, exclamó en lo alto de su pasarela del viento abandonada:

-¡Ah, plantémoslo todo! Cojamos el cacharro y larguémonos a remojarnos en alguna parte, ¿quieres, Alain?

-Conforme -repuso éste con rapidez cautelosa-. ¿Dónde vamos...?

Tuvo paz mientras Camille enumeraba playas y nombres de hoteles. Con la vista fija en una Saha postrada y lacia, aprovechaba la oportunidad de reflexionar y decidir: «No, no quiero viajar con ella. No, no me atrevo. Estoy dispuesto a pasearme como ahora lo hacemos, a regresar tarde por las noches. Y nada más. No quiero veladas en el hotel, veladas en un casino, veladas... -Se estremeció.- Pido un poco de tiempo, reconozco que me cuesta mucho acostumbrarme, que tengo un carácter extraño, que... Pero, ¡no!, no quiero irme con ella.» Tuvo un estremecimiento de vergüenza al observar que decía «ella», como Émile y Adéle al hablar en voz baja de «madame».

Camille compró mapas de carretera y jugaron a viajar a través de una Francia desplegada en pedazos sobre la mesa de pulido ébano que reflejaba sus rostros inversos y desleídos.

Sumaron kilómetros, denostaron al coche, cordialmente se increparon y se sintieron animados, casi rehabilitados por una olvidada camaradería. Pero unos aguaceros tropicales sin ráfagas de viento anegaron los últimos días de junio y las terrazas del Quart-de-Brie.

Saha, resguardada tras las vidrieras cerradas, contemplaba serpentear entre los mosaicos unos arroyuelos llanos que Camille secaba pisoteando toallas. El horizonte, la ciudad, el aguacero, adquirían el color de las nubes preñadas de un agua inagotable.

-¿Quieres que tomemos el tren? -insinuó Alain con voz suave.

Había previsto que Camille saltaría ante la odiada palabra, y, en efecto, saltó y blasfemó.

-Temo -añadió Alain- que te estés aburriendo. Tantos viajes como nos habíamos prometido...

-Esos hoteles de verano..., esos restaurantes con moscas... Esos mares con bañistas -prosiguió ella quejumbrosamente-. Verás, tenemos la costumbre de rodar, pero lo que en el fondo sabemos es correr por la carretera, y esto no es viajar.

La vio un poco triste y la besó fraternalmente, mas ella se volvió, mordiéndole en la boca y debajo de la oreja, y, una vez más, recurrieron al entretenimiento que acorta las horas y arrastra los cuerpos a lograr fácilmente el placer amoroso. Alain se fatigaba. Cuando cenaba con Camille en casa de su madre y reprimía los bostezos, madame Amparat bajaba la vista y Camille reía con una risita satisfecha, engallada. Notaba orgullosamente la costumbre que Alain adquiría de usar de ella, hábito casi arisco, rápido cuerpo a cuerpo del que luego la rechazaba jadeante para ganar el lado fresco de la cama des cubierta.

Camille le iba a buscar ingenuamente y él no se lo perdonaba, aunque silenciosamente volviera a ceder. A este precio podía él buscar en paz el origen de lo que llamaba su incompatibilidad. Tenía la sensatez de situarla fuera de las frecuentes posesiones. Lúcido, -ayudado por el agotamiento, remontaba a los recovecos donde la enemistad entre el hombre y la mujer se conserva fresca y no envejece nunca. A veces ella se le descubría en una región insignificante donde dormía como un inocente a pleno sol. Por ejemplo, se sorprendió hasta el escándalo al darse cuenta de lo morena que era. En la cama, acostado detrás de ella, espiaba los cortos cabellos de la nuca afeitada, en hileras como púas de erizo dibujadas en la piel cual orográficos trazos, los más cortos azules y visibles debajo de la piel fina antes de que cada uno emergiera por un pequeño poro ennegrecido.

«¿Nunca poseí a una mujer morena? -se preguntaba-. ¡Dos o tres negritas no me han dejado un recuerdo tan moreno!» Y tendía a la luz su propio brazo, normalmente blancoamarillo, brazo de rubio salpicado de vello de oro verde, irrigado por vetas color jade. Comparaba su propia cabellera con los silvos de reflejos violeta que dejaban percibir en Camille, entre las crispaciones de algas y los tallos paralelos de una abundancia exótica, la extraña blancura de la epidermis.

La vista de un fino cabello muy negro pegado en el borde de una palangana le produjo náuseas, luego varió su ligera neurosis y, abandonando los matices, se dedicó a la forma. Teniendo abrazado, apaciguado, el cuerpo juvenil cuyas sombras precisas le velaba la noche, Alain censuraba que un espíritu creador, tan riguroso como en otro tiempo fuera el de su nurse inglesa -«no más ciruelas que arroz, my hijito; no más arroz que pollo»-, hubiera modelado suficientemente a Camille aunque sin dejar nada a la fantasía o la prodigalidad. Llevaba su censura y su sentimiento al vestíbulo de sus sueños durante el incalculable instante reservado al paisaje negro, animado de ojos convexos, de peces de griegas narices, de lunas y barbillas. Allí deseó que unas caderas 1900, libremente desarrolladas debajo de un talle esbelto, compensaran la ácida pequeñez de los senos de Camille. Otras veces, medio dormido, transigía y prefería un busto enorme, una movible y doble monstruosidad de carne, de irritables cimas. Tal sed, que nacía y sobrevivía del sensual abrazo, no se enfrentaba con la luz del día ni con el despertar total, únicamente poblaba un istmo estrecho entre la pesadilla y el sueño voluptuoso.

La extraña, llena de ardor, exhalaba el aroma de la madera mordida por la llama, el abedul, la violeta, todo un ramillete de perfumes dulces, sombríos, tenaces, que permanecían largo tiempo impregnados en las palmas de la mano. Estas fragancias exaltaban contradictoriamente a Alain, y no siempre engendraban el deseo.

-Eres como el perfume de las rosas -le dijo un día a su mujer-, quitas el apetito. Camille le miró indecisa, con el aire un poco torpe y desgarbado con que acogía las alabanzas ambiguas.

-¡Qué 1830 eres! -murmuró.

-Menos que tú. Sé a quién te pareces.

-A Marie Dubas. Ya me lo han dicho.

-¡Gran error, hija mía! Te pareces, dejando de lado los bandos, a todas las que han llorado en lo alto de una torre, bajo Loïsa Puget. Lloraban encima de la primera página de los romances con tus-mismos grandes y convexos ojos griegos y tenían el mismo borde espeso del párpado que hace saltar las lágrimas a las mejillas.

Los sentidos, uno tras otro, engañaban a Alain y condenaban a Camille. Él tuvo que admitir que, por lo menos, ella sabía recibir con buenos modos, a quemarropa, ciertas palabras que le brotaban secamente, palabras menos de gratitud que de provocación, en la hora en que, tendido en el suelo, la medía con una mirada ahogada entre las pestañas y apreciaba, sin indulgencia ni miramientos, los méritos nuevos, la llama un poco monótona, pero ya sabiamente egoísta, de una joven desposada y sus aptitudes particulares.

Eran aquellos instantes de franco resplandor, de certidumbre, cuyo semisilencio de pugilato, angustia de cuerda tendida, y equilibrio peligroso, a Camille le gustaba prolongar.

La joven, sin tener una profunda malicia, no se daba cuenta de que, a medias engañado por los retos interesados, los patéticos llamamientos e incluso un nuevo cinismo polinésico, cada vez su marido la poseía por última vez. Se adueñaba de ella como si le pusiera una mano en la boca para impedirle gritar o como si la agrediese.

Al detallarla, vestida, vertical, sentada a su lado en el roadster, ya no descubría lo que la hizo su peor enemiga, pues al recobrar el aliento, al oír cómo disminuían los latidos de su corazón, dejaba de ser el dramático mozuelo que antes de derribar a su compañera se desnudaba, y el breve protocolo voluptuoso, las preocupaciones gímnicas, la gratitud simulada o real, retrocedían a la categoría de lo acabado, de lo que sin duda nunca volvería a ser. Entonces renacía la mayor preocupación, que él aceptaba como natural y honorable, la cuestión que, por haberlo largamente merecido,' recuperaba su lugar, el primer lugar: «¿Cómo evitar que Camille habite en Mi casa?»

Pasado el período de hostilidad contra las obras, puso de buena fe su esperanza en el retorno al hogar natal, en el apaciguador arreglo de una existencia a ras de suelo que en todo momento se apoye en la tierra, en lo que la tierra da.

«Aquí sufro el mal de las alturas. ¡Ah! -suspiraba-, la parte inferior de las ramas..., el vientrecillo de los pájaros... -Y concluía severo-: La sinfonía pastoral no es solución», y recurrió a su indispensable aliada, la mentira.

Una tarde de fuego puro que fundía el asfalto fue a su feudo, en torno al cual Neuilly no era sino calles desiertas, vacíos tranvías de julio y jardines donde los perros bostezaban. Antes de dejar a Camille instaló a Saha en la terraza más fresca del Quart-de-Brie, vagamente inquieto, como cada vez que dejaba juntas, solas, a sus dos hembras.

La casa y el jardín dormían, y la puertecita de hierro no chirrió. Unas rosas demasiado abiertas, las adormideras rojas, los primeros cañacoros con gargantas de rubíes y los dragones sombríos, ardían en ramos aislados en el césped. En un flanco de la casa se abrían la puerta nueva y dos ventanas en un pequeño edificio de planta baja, nuevecito. «Todo está terminado», comprobó Alain. Caminaba cuidadosamente, como en sueños, hollando levemente la hierba.

Se detuvo ante el murmullo de voces que subía del sótano y, distraídamente, se puso a escuchar. Eran las viejas voces bien conocidas -servilismo, gruñidos de ritual-, las viejas voces que en otro tiempo decían «ella» y «monsieur Alain» y que halagaban en el hombrecillo rubio, la débil forma varonil, su aguijón infantil. «Yo era un rey», se dijo Alain sonriendo con tristeza.

-Entonces, ¿ella vendrá pronto a dormir aquí? -preguntó claramente una de las viejas voces.

«Es Adéle» se dijo Alain. Apoyado en la pared, escuchó sin escrúpulos.

-Claro que sí -dijo Émile con voz temblona-. Ese departamento está muy mal ideado.

La camarera, una vasca canosa y barbuda, intervino.

-¡Y de qué manera! Uno se entera de todo lo que pasa en los waters desde el cuarto de baño. A monsieur Alain no le va a parecer muy divertido...

-Ella dijo, la última vez que vino, que ella no necesitaba cortinas en la salita, puesto que no hay vecinos que den al jardín.

-¿No hay vecinos? ¿Y nosotros, si vamos al lavadero? ¡Qué cosas veremos cuando ella esté con monsieur Alain!

Alain adivinó unas risas ahogadas, y el vetusto Émile siguió en el uso de la palabra.

-¡Oh!, no se verá tanto como cree... Más de una vez le darán un chasco. Monsieur Alain no es de los que se revuelcan así como así en los divanes a todas las horas del día y de la noche.

Hubo una pausa, sólo llegó a oídos de Alain el ruido de una hoja sobre la piedra de afilar; no obstante, permaneció al acecho junto a la pared cálida, buscando vagamente con la mirada, entre un geranio abrasador y el verde mordiente del césped, el pelaje piedra de luna de Saha.

-Encuentro -dijo Adéle- que el perfume que ella se pone marea mucho.

-Y sus trajes -encareció Juliette, la vasca-; la manera que tiene de vestirse no es de gran modista. Por lo descocada, más bien parece una artista. Y nos va a traer, me parece, como doncella a una que creo que viene de un orfanato o algo mucho peor...

Cayó la hoja de una ventana, se apagaron las voces. Alain se sentía vil, un poco tembloroso y respiraba como hombre a quien los asesinos perdonan. No estaba sorprendido ni indignado. Entre la forma como él juzgaba a Camille y el rigor de los jueces del sótano, la diferencia era insignificante. De todas maneras, el corazón le latía apresuradamente por haber escuchado con bajeza y no ser castigado, y por recoger adhesiones de partidarios, de cómplices sin pacto. Se secó la cara, aspiró el aire profundamente como si aquella vaharada de unánime misoginia, aquel incienso pagano dedicado al único príncipe masculino, lo hubiese dejado aturdido. Su madre, que, al despertar de la siesta, bajaba las persianas de su cuarto, le vio de pie, la mejilla todavía apoyada en la pared. Y le llamó, sin ninguna alharaca, como madre sensata:

-¡Eh, hijo mío! ¿No estarás malo?

Alain le tomó las manos por encima del antepecho de la ventana como si fuese un enamorado.

-En absoluto, mamá... He venido dando un paseo.

-Es una buena idea.

Madame Amparat no creía lo que su hijo decía; no obstante, se sonreían mintiéndose uno al otro.

- ¿ Podría pedirte un pequeño favor, mamá?

-Apuesto a que es un pequeño favor de dinero. Desde luego, este año no estáis muy bien provistos, hijos míos.

-No, mamá... Por favor, quisiera que no. dijeses a Camille que he venido hoy. Como he venido sin motivo, quiero decir sin ningún otro motivo que darte un beso, valdría más... No, no es todo. Quisiera que me dieses un consejo. De ti para mí, ¿verdad?

Madame Amparat bajó los ojos, se revolvió la rizada cabellera blanca, intentó alejar la confidencia.

-Ya sabes que no soy charlatana... Me has sorprendido sin peinar, parezco una vieja gitana... ¿No quieres entrar al fresco?

-No, mamá... ¿Crees que existe un medio (es algo que me tiene obsesionado), un medio amable, naturalmente, agradable para todo el mundo..., un medio de impedir que Camille venga a vivir aquí?

Estrechaba las manos de su madre; esperaba el estremecimiento o la huida; pero permanecieron frías y suaves entre las suyas. -Son ocurrencias de recién casado -dijo confusa.

-¿Qué?

-Sí, entre recién casados, las cosas van muy bien o van muy mal. Y no sé qué es mejor. Sea como fuere, siempre pasa algo.

-Pero, mamá, si no es eso lo que te pregunto; te pregunto si no habría forma...

Por vez primera, perdía la serenidad frente a su madre. No le ayudaba, y, malhumorado, apartó la cara.

-Hablas como un niño. Con este calor corres por las calles y, después de una disputa, vienes a hacerme unas preguntas... no sé... preguntas que sólo tienen respuesta en el divorcio... o en la separación... o sabe Dios en qué...

En cuanto hablaba se sofocaba, y Alain se reprochó verla acalorada, sin aliento, por unas pocas palabras. «Basta por hoy», opinó prudentemente.

-No hemos regañado, mamá... Es más bien que... no me acostumbro a la idea..., que no quisiera ver...

Con un amplio ademán confuso señaló el jardín que les rodeaba, el verde estanque del césped, la alfombra de pétalos bajo los rosales en arcos, una nube de abejas encima de la hiedra en flor, la casa fea y reverenciada.

La mano que conservaba en una de las suyas se cerró, se endureció un puñito, y él besó bruscamente la mano sensible. «Mamá, basta por hoy. »

-Me voy, mamá... Mañana te llamará por teléfono monsieur Veuillet sobre la cuestión de la baja de acciones... ¿Tengo mejor cara, mamá?

Alzaba los ojos verdecidos por la sombra del tulipanero, echaba hacia atrás su rostro, que contrajo por costumbre, por ternura y por diplomacia, dándole la antigua expresión infantil. Un parpadeo para embellecer los ojos, una sonrisa de seducción, en los labios una mueca. La mano maternal se entreabrió, pasó por el antepecho de la ventana, alcanzó y palpó encima de Alain los puntos débiles y conocidos, el omoplato, el bocado de Adán, la parte alta del brazo..., y la respuesta sólo llegó tras el gesto.

-Un poco mejor... sí, diría que tienes mejor cara...

«La he complacido rogándole que oculte algo a Camille. » Y, recordando la última caricia maternal, se apretó el cinturón bajo la chaqueta. «He adelgazado, he adelgazado. No hago más ejercicio físico, no haré otro ejercicio físico que el amor.»

Iba ligeramente ataviado, vestido según la estación, y la brisa refrescante le secaba, ahuyentando delante de él el amargo perfume de su rubio sudor, pariente del ciprés negro. Dejaba inviolado su baluarte natal, intacta su subterránea cohorte, y el resto del día transcurriría fácilmente. Sin duda, sentado hasta medianoche al lado de Camille, inofensiva, bebería en el coche la brisa nocturna, ya silvestre entre los robledos bordeados de cenagosas zanjas, ya seca y oliendo a trigo. «Y recogeré grama para Saha.»

Se reprochó con vehemencia la suerte de la gata, que vivía tan silenciosamente en lo alto del belvédére. «Está como si fuera su propia crisálida, y es por mi culpa.» A la hora de los juegos conyugales, se esfumaba tan perfectamente, que Alain nunca la había visto en la habitación triangular. Comía lo estrictamente necesario, perdía su idioma variado, sus exigencias, y prefería a todo la larga espera. «Otra vez me espera tras unos barrotes... Me espera. »

Al llegar al rellano, oyó la voz sonora de Camille a través de la puerta cerrada.

-¡Es esa condenada porquería de bestia!. ¡Que reviente, santo cielo! ¿Qué...? No, madame Buque... cuando usted diga... ¡Me importa un rábano! ¡Me importa un rábano!

Distinguió aún más palabras injuriosas, giró suavemente la llave en la cerradura, aunque no pudo consentir, una vez franqueado su propio umbral, seguir escuchando sin ser visto. «¿Una condenada porquería de bestia? ¿Qué bestia? ¿Una bestia en casa?»

Camille, en el estudio, con un pequeño pullover sin mangas, una boina de tricot milagrosamente asentada en el occipucio, se calzaba rabiosamente las manos desnudas con unos guantes de manopla, y pareció estupefacta ante la aparición de su marido.

-¿Eres tú...? ¿De dónde sales?

-No salgo, entro. ¿Con quién te metías?

La joven eludió el obstáculo, y atacó a Alain mediante un hábil quite.

-Has llegado muy oportuno, por una vez que llegas a la hora. Estoy lista, te estaba esperando.

-No me esperabas, puesto que llego a la hora. ¿Con quién te metías? Te he oído decir condenada porquería de bestia... ¿Qué bestia?

Camille parpadeó ligeramente aunque siguió sosteniendo la mirada de Alain.

-¡El perro! -gritó-, el condenado perro de abajo. El perro de la mañana y la noche. Le vuelve-' a dar... ¿No le oyes ladrar...? Presta atención.

Ordenó silencio con el dedo levantado y Alain tuvo tiempo de ver que el dedo enguantado estaba temblando. Cedió a una ingenua necesidad de veracidad.

-Figúrate, creía que hablabas de Saha.

-¿Yo? -exclamó Camille-. ¿Hablar de Saha en ese tono? No me iba a arriesgar

a semejante cosa. ¡Menuda se me vendría encima! Bueno, ¿vienes de una vez? ¿Vienes?

-Saca tú el coche, me reuniré contigo abajo. Voy por un pañuelo y un pullover.

Lo primero que hizo fue buscar a la gata, y en la terraza más fresca, cerca de la butaca de lona donde Camille dormía a veces por las tardes, sólo. vio pedazos de cristal roto, que se quedó mirando con estúpida expresión interrogativa.

-La gata está conmigo, señor -dijo la voz aflautada de madame Buque-. Le gusta mucho mi taburete de paja. Se afila en él las uñas.

«¡En la cocina! -pensó dolorosamente Alain-. Mi pumita, mi gata de los jardines, mi gata de las lilas y los abejorros, ¡en la cocina! ¡Ah, todo esto cambiará!»

Besó a Saha en la frente, le cantó quedo algunos versículos de ritual y le prometió grama y flores de acacia azucarada. Sin embargo, se dio cuenta de que la gata y madame Buque estaban poco naturales, en particular madame Buque.

-Vendremos o no vendremos a cenar, madame Buque. ¿Tiene la gata todo lo que le hace falta?

-Sí, señor, sí; sí, señor -dijo madame Buque precipitadamente-. Hago todo lo que puedo, se lo aseguro al señor...

La obesa mujer, que estaba sofocada y parecía próxima al llanto, pasó por el lomo de Saha una mano amistosa y torpe. Saha arqueó el lomo y profirió un ligero «miaumiau», expresión de gato pobre y tímido, que llenó de tristeza el corazón de su amigo.

El paseo fue más agradable de lo que él esperaba. Camille, sentada al volante, ágil la vista, pies y manos coordinados, le llevó hasta la loma de Monfort-l'Amaury.

-¿Cenamos fuera, Alain, cariño mío?

Le sonreía de perfil, como siempre bella al crepúsculo, morena y transparente la mejilla, con la misma resplandeciente nitidez en el rabillo del ojo y los dientes. En el bosque de Rambouillet bajó el parabrisas, y el viento llenó los oídos de Alain con un rumor de hojas y aguas vivas.

-¡Un conejito! -gritaba Camille-. ¡Un faisán!

-¡Otro conejo! Un poco más y...

-Ese no sabe la suerte que ha tenido...

-Tienes un hoyuelo en la mejilla como en tus fotos de niña -dijo Alain, que se animaba.

-No me hables, me estoy volviendo enorme -le respondió Camille encogiéndose de hombros.

Alain acechó el retorno de la risa y el hoyuelo, y su atención descendió hasta la garganta robusta, limpia de todo collar de Venus, garganta inflexible y redonda de hermosa negra blanca. «Sí, ha engordado. De la forma más seductora, por lo demás, pues también sus senos... sí ... » Volvió a reflexionar y tropezó, mohíno, con el antiguo agravio varonil: «Engorda de amar... Engorda a mi costa. » Se pasó una mano celosa bajo su chaqueta, se tentó las costillas y dejó de admirar el hoyuelo y la infantil mejilla.

No obstante, sintió un estremecimiento de vanidad un poco más tarde, al sentarse a la mesa de un renombrado hostal, cuando los comensales inmediatos se abstuvieron de hablar y comer para contemplar a Camille. Y cambió con su mujer la sonrisa, el gesto de barbilla, todo el artificio de coquetería adecuado a la «bonita pareja».

Fue para él solo, empero, para quien Camille atenuó el sonido de su voz, mostró algo de languidez y tuvo unas atenciones que no eran para la «galería». En cambio, Alain le tomó de las manos la fuente de tomates crudos y la cestilla de las fresas, insistió en que se sirviera pollo a la crema, y le escanciaba un vino que a ella no le gustaba mucho, pero que bebía aprisa.

-Sabes que no me gusta el vino -repetía cada vez que vaciaba el vaso.

El sol poniente no se llevaba la luz del cielo casi blanco, con nubecillas aborregadas de un matiz rosa oscuro. Sin embargo, del bosque, erguido y macizo, tras las mesas del hostal, parecían salir juntos la noche y el fresco. Camille posó su mano sobre la de Alain.

-¿Qué? ¿Qué? ¿Qué hay? -dijo asustado.

Camille retiró la mano, sorprendida. El poco vino que había bebido reía húmedo en sus pupilas, donde brillaba la imagen pequeñita y oscilante de los globos rosa colgados de la pérgola.

-¡Nada! ¡Vaya, nervioso como un gato! ¿ Está prohibido poner mi mano sobre la tuya?

-Creí -confesó cobardemente-, creí que querías decirme algo grave... Creía -dijo de un tirón- que me ibas a decir que estabas embarazada.

La risita aguda de Camille atrajo sobre ella la atención de los hombres sentados cerca de ellos.

-¿Y te ha trastornado hasta ese punto? ¿Era alegría o... fastidio?

-Francamente, no lo sé... A ti, ¿qué efecto te haría? ¿Contenta? ¿Descontenta? Hemos pensado tan poco en ello... Yo, por lo menos... Pero, ¿de qué te ríes?

-De tu cara... De repente, has puesto cara de condenado... Es muy divertido... Se me van a despintar las pestañas...

Se levantaba con los dos índices las pestañas de los párpados.

-No es divertido, es serio -dijo Alain; gozoso por haberla engañado. «De todas maneras, ¿por qué he tenido tanto miedo?», pensaba.

-Sólo es serio -dijo Camille- para la gente que no tiene casa, o sólo dos habitaciones; pero nosotros...

Serena, equilibrada en el optimismo por el vinillo traidor, fumaba y hablaba como si estuviese sola, apoyada de costado en la mesa, cruzadas las piernas.

-Bájate la falda, Camille.

No le oyó y prosiguió:

-Tenemos lo esencial para un chico: un jardín, y menudo jardín. Y una habitación de sueño, con su cuarto de baño.

-¿Una habitación?

-Tu antiguo dormitorio, que se pintará. Ahora bien, vas a tener la amabilidad de no elegir un friso de patitos y abetos de los Vosgos sobre un fondo azul celeste; eso pervertiría el gusto de nuestra descendencia.

Alain se guardó de interrumpirla. Con las mejillas encendidas, hablaba con abandono, contemplaba a lo lejos lo que planeaba. Jamás la había visto tan hermosa. La base de su cuello, una columna sin pliegues, manojo de músculos recubiertos, atraía su atención, igual que las naricillas, que exhalaban nubes de humo. «Cuando la complazco... y aprieta la boca, respira dilatando la nariz como un caballito... »

Oyó caer de los enrojecidos y desdeñosos labios predicciones tan absurdas que dejaron de atemorizarle. Camille avanzaba tranquilamente con su vida de mujer entre los escombros del pasado de Alain. «Caramba -opinó éste-, ¡qué bien organizado lo tiene todo..., ahora me entero! » Una pista de tenis reemplazaría el parque inútil. La cocina y también el office...

-¿Nunca te has dado cuenta de su incomodidad y del espacio que se pierde? Igual que el garaje... todo esto te lo digo, amor mío, para que sepas que pienso mucho en nuestro verdadero hogar... Ante todo, hemos de tener consideración con tu madre, que es tan amable, y no prescindir de su aprobación. ¿No es cierto... ?

Él hacía gestos de que sí, gestos de que no, a la ventura, recogiendo fresas silvestres que había desparramadas en el mantel. Un descanso provisional, una sensación anticipada de indiferencia, surgida a partir de la frase «tu antiguo dormitorio», lo tenía inmunizado.

-Una sola cosa puede apresurarnos -prosiguió Camille-: la última postal de Patrick está fechada en Baleares, ¡cuidadito! Patrick necesita menos tiempo para venir de Baleares, si no se arrastra por las playas, que nuestro decorador para acabar. ¡Así reventase de una apoplejía ese hijo de Penélope, engendrado por una tortuga macho! De todas maneras, sacaré mi voz de sirena: «Mi pequeño Patrick...» Y te consta que mi voz de sirena le produce mucha impresión a Patrick...

-De Baleares... -interrumpió Alain soñadoramente-, de Baleares...

-Que es como decir de la esquina... ¿Adónde vas? ¿Quieres que nos vayamos? ¡Estábamos tan bien...!

De pie, desilusionada, bostezaba de sueño y se estremecía.

-Conduciré yo -dijo Alain-. Ponte el abrigo viejo que está debajo del almohadón, y duerme.

Una metralla de efímeras, de mariposas de noche, de insectos duros como guijarros acudía frente a los faros, y el automóvil rechazaba el aire obstruido por alas como si fuese una ola. En efecto, Camille se quedó dormida, tiesa, acostumbrada a no apoyarse, incluso en sueños, en el brazo y el hombro del conductor. Y saludó solamente con cabezazos los badenes de la carretera.

«De Baleares», se repetía Alain. A favor del negro aire, de los haces blancos que captaban, rechazaban y diezmaban a los voladores seres, se reintegraba al vestíbulo superpoblado de sus sueños, el firmamento con polvillo de rostros estallados, grandes ojos enemigos que aplazaban para el día siguiente una rendición, un santo y seña, una clave. Y tan abstraído estaba que omitió cortar por el atajo más corto entre Pontchartrain y el fielato de Versalles, y Camille, en sueños, refunfuñó. «Bravo -aplaudió Alain-, buen reflejo... pequeños sentidos fieles y vigilantes. ¡Ah, qué deliciosa te encuentro! ¡Qué fácil es nuestra armonía cuando tú duermes y yo velo!»

El relente humedecía sus cabellos descubiertos, sus mangas, cuando se apearon en su calle, desierta bajo el claro de luna. Alain levantó la cabeza; en el centro de la luna, casi redonda, en lo alto de los nueve pisos, una pequeña sombra cornuda de gato, agazapada, esperaba.

Se la mostró a Camille:

-¡Fíjate, cómo te espera!

-Tienes buena vista -dijo Camille bostezando.

-Si se cayera... ¡No la llames!

-Puedes estar tranquilo -dijo Camille-. Si la llamara no acudiría.

-Con razón -dijo Alain burlonamente.

Se reprochó haber dejado escapar estas palabras. «Demasiado pronto, demasiado pronto. ¡Y qué hora más mal escogida!»

Camille alargó la mano hacia el timbre, pero no acertó a pulsarlo.

-¿Con razón? ¿Por qué razón? Vamos, dilo. ¿He vuelto a faltar al respeto al animal tabú? ¿Se ha quejado de mí la gata?

«Estoy bien arreglado -pensaba Alain cerrando el garaje. Volvió a cruzar la calle y se reunió con su mujer, que le esperaba con belicoso ademán-. O cedo a cambio de una noche tranquila, o con un buen sofión acabo el debate, o... es demasiado pronto.»

-Oye, te estoy hablando.

-Subamos primero -dijo Alain.

Guardaron silencio en el exiguo ascensor, apretados una contra otro. Una vez en el estudio, Camille arrojó lejos la boina y los guantes, como para significar que no abandonaba la disputa. Alain llamaba a Saha, la invitaba a abandonar su peligroso lugar. La gata, paciente, atenta a no disgustarle, le siguió al cuarto de baño.

-Si es por lo que oíste cuando entraste antes de la cena... -empezó a decir Camille agriamente en cuanto reapareció su marido.

Alain se había resignado y la interrumpió con aire fatigado.

- Nenita, ¿qué vamos a decirnos? Nada que ya no sepamos. Que tú no quieres mucho a la gata, que le has echado una bronca a la tía Buque porque la gata rompió un florero o un vaso... he visto los pedazos... Te contestaría que quiero a Saha, que tus celos serían idénticos, casi iguales, si hubiese conservado un cálido afecto por un amigo de la infancia... Y así pasaríamos la noche. Gracias, prefiero irme a dormir. Mira, la próxima vez te aconsejo que despabiles y te busques un perrito.

Camille, sobrecogida, confundida por su ira inútil, le miraba con las cejas enarcadas.

-¿La próxima vez? ¿Qué próxima vez? ¿Qué pretendes? ¿Para qué he de despabilarme?

Como Alain se encogiera de hombros, ella enrojeció, y en su rostro, que volvía a ser muy joven, el extraordinario brillo de sus ojos presagió lágrimas.

«¡Oh, qué fastidio! -gimió Alain en su interior-. Va a confesar. Va a darme la razón. ¡Qué fastidio ! »

-Escucha, Alain.

Fingió violencia y, con un gran esfuerzo, simuló autoridad.

-No, pequeña, no y no... No lograrás que termine la velada, que ha sido encantadora, con una estéril discusión. No; no vas a convertir en drama una chiquillada, ni tampoco conseguirás impedirme que me gusten los animales.

En las pupilas de Camille asomó una especie de amarga alegría; pero no dijo nada. «Quizá haya estado demasiado duro -pensó Alain-. Lo de chiquillada estaba demás. Y en lo que se refiere a gustarme los animales, ¡qué sé yo!» Una pequeña forma de azul oscuro rodeada, como una nube, con una orla de plata, sentada al vertiginoso borde de la noche, ocupó sus pensamientos alejándole del lugar sin alma donde, paso a paso, defendía su oportunidad de aislamiento, su egoísmo, su poesía.

-Vamos, mi pequeña enemiga -dijo con una amabilidad desleal-, vámonos a descansar.

Camille abrió la puerta del cuarto de baño donde Saha, instalada para pasar la noche encima del taburete-esponja, no pareció prestarle más que un mínimo de atención.

-Pero, ¿por qué, por qué? ¿Por qué me has dicho «la próxima vez»?

El ruido del agua cubría y cortaba la voz de Camille, a la que Alain ya no respondía. Cuando se reunió con ella en el amplio lecho, le dio las buenas noches, la besó al azar en su naricilla sin polvos, mientras la boca de Camille le besaba la barbilla con un ruidito ávido.

Se despertó temprano y, suavemente, se fue a- acostar de nuevo en el banco de la sala de espera, el estrecho diván encerrado entre dos paredes de vidrio.

Allí fue donde, las noches siguientes, se dirigió a terminar su descanso. Cerraba por uno y otro lado las opacas cortinas de hule, casi nuevas y ya semidestruidas por el sol. Respiraba sobre su cuerpo el perfume único de la soledad, el áspero aroma felino de las hierbas y el boj en flor. Un brazo extendido, el otro doblado encima del pecho, recuperaba la posición muelle y soberana de sus sueños infantiles. Suspendido en la estrecha cúspide de la casa triangular, favorecía con todas sus fuerzas el retorno de los sueños de antaño que la fatiga amorosa había diseminado.

Se escapaba más fácilmente de lo que Camille hubiera deseado, a pesar de hallarse obligado a huir sobre el terreno, por pura retracción, desde el momento en que la evasión no significaba una escalera bajada a pasos ligeros, el restallido de una portezuela de taxi, una corta misiva... Ninguna amante le hizo prever a Camille y su indulgencia de muchachita, Camille y su honrilla de compañera ofendida.

Evadido, de nuevo acostado en el banco de la sala de espera y buscando con la nuca un almohadón apretado, entre todos el preferido, Alain aguzaba un oído inquieto, escuchando hacia la habitación que acababa de abandonar. Sin embargo, Camille nunca abrió la puerta. Una vez sola, se cubría el cuerpo con la arrugada sábana y el cubrecama de seda guateada, se mordía con despecho y sentimiento el índice doblado y bajaba con un seco golpe el largo párpado de metal cromado que proyectaba a través de la cama un estrecho puente de blanco resplandor.

Alain nunca supo si dormía en el lecho vacío donde aprendía, tan joven, que una noche solitaria impone un despertar armado, pues al día siguiente reaparecía, fresca, un poco engalanada, abandonando el albornoz, el pijama de la víspera; pero la joven no podía comprender que el humor sexual del hombre es una corta estación cuyo incierto retorno jamás constituye un nuevo inicio.

Tendido solo, bañado de aire nocturno, midiendo el silencio y la altura de su cima por los gritos debilitados de los barcos en el cercano Sena, el infiel retardaba su sueño hasta la aparición de Saha, que se le acercaba, sombra más azul que la sombra, avanzando por el borde de la abierta vidriera. Permanecía al acecho y no bajaba al pecho de Alain, a pesar de que le suplicaba con las palabras que ella conocía.

-Ven, pumita mía..., ven..., mi gata de las cimas..., mi gata de las lilas... ¡Saha, Saha!

Saha se resistía, sentada por encima de él, en el alféizar de la ventana. Sólo distinguía su silueta de gata, recortada en el cielo, su barbilla inclinada, sus orejas apasionadamente orientadas hacia él, y nunca pudo sorprender la expresión de su mirada.

A veces, el alba seca, el alba de antes de que el viento se levantase, los vio sentados en la terraza del este, contemplando, mejilla con mejilla, la lividez del cielo y el impulso de las blancas palomas que, una a una, salían del hermoso cedro de la Folie-Saint-James. Se sorprendían de hallarse tan lejos, sobre la tierra, tan solos y tan poco dichosos. Saha, con un movimiento ardiente y ondulante de cazadora, seguía el vuelo de las palomas y prorrumpía en algunos «iau, iau», eco debilitado de los «gurrumiau, gurrumiau» de excitación y avidez y violento juego.

-Nuestra habitación -le decía Alain al oído-, nuestro jardín, nuestra casa.

La gata enflaquecía de nuevo, y aunque Alain la encontraba ligera y encantadora, sufría de verla tan dulce y paciente como todos aquellos a quienes agobia y sostiene una promesa.

El sueño se apoderaba de Alain a medida que el naciente día acortaba las sombras. Descoronado primero y ensanchado por la bruma de París, luego empequeñecido, ligero y ya ardiente, el sol ascendía encendiendo en los jardines un crepitar de gorriones. La creciente luz revelaba en las terrazas, al borde de los balcones, en los patinillos donde languidecían los arbustos cautivos, el desorden de una noche calurosa, prendas olvidadas en una chaise-longue de mimbre, vasos vacíos en un velador metálico, un par de sandalias. Alain detestaba el impudor de los pequeños alojamientos oprimidos por el estío, y de un salto volvía a su cama, pasando por una entreabierta puerta de la vidriera. Debajo de la casa de nueve pisos, en un jardincillo de débiles plantas, un jardinero levantaba la cabeza para contemplar al mozo que atravesaba con un ágil salto de ratero el translúcido tabique.

Saha no le seguía. Ora inclinaba una oreja hacia la habitación. triangular, ora observaba sin pasión el despertar de un mundo lejano, a ras de tierra. De una casita caduca salía un perro suelto, daba vueltas en torno al jardincillo y no recobraba la voz hasta después de unos instantes de correría sin objeto. En las ventanas aparecían mujeres; una criada furiosa daba portazos, sacudía unos almohadones de color naranja sobre un liso tejado a la italiana; unos hombres, despertados a disgusto, encendían el amargo primer cigarrillo. Finalmente, en la cocina sin fuego del Quart-de-Brie se entrechocaban la cafetera automática con silbato y la tetera eléctrica; por un tragaluz del cuarto de baño volaban el perfume y el bostezo-rugido de Camille. Saha, resignada, doblaba las. patitas debajo del vientre y fingía dormir.

Un día de julio en que ambas esperaban el retorno de Alain, Camille y la gata descansaban en el mismo antepecho, la gata echada sobre los codos, Camille apoyada en sus brazos cruzados. A Camille no le gustaba el balcón-terraza reservado a la gata, limitado por dos tabiques de. mampostería que lo resguardaban del viento y de toda comunicación con la terraza de proa.

Cambiaron una mirada de pura investigación, y Camille no dirigió la palabra a Saha. Se inclinó, acodada, como para contar los pisos con toldos anaranjados, extendidos de arriba abajo en la vertiginosa fachada, y rozó a la gata, que se levantó para dejarle sitio, se estiró y volvió a tumbarse un poco más lejos. En cuanto Camille estaba sola, se parecía mucho a la niña que no quería dar los buenos días, y su cara tornaba a la infancia con la expresión de inhumana ingenuidad, de dureza angélica que ennoblece las caras infantiles. Paseaba sobre París, sobre el cielo de donde cada día se retiraba la luz más tarde, una mirada imparcialmente severa que nada censuraba. Bostezó nerviosamente, se irguió, dio unos pasos distraídamente y se agachó otra vez, obligando a la gata a saltar al suelo. Saha se alejó con dignidad y prefirió entrar en la habitación, pero la puerta de la hipotenusa estaba cerrada y la gata se sentó pacientemente. Un instante después tuvo que dejar paso a Camille, que comenzó a andar de un tabique al otro con bruscos pasos, y la gata saltó al antepecho. Camille, como jugando, la desalojó, acodándose a su vez, y Saha, de nuevo, se resguardó junto a la puerta cerrada.

Con la mirada perdida en la lejanía, inmóvil, Camille le volvía la espalda. Pero la gata contemplaba la espalda de Camille y se aceleraba su respiración. Se levantó, dio dos o tres vueltas sobre sí misma, interrogó a la puerta cerrada... Camille no se había movido; Saha dilató las naricillas, mostró una angustia parecida a la náusea y se le escapó un maullido largo, desolado, mísera respuesta a un mudo e inminente designio, y Camille dio media vuelta.

Estaba un poco pálida, es decir, el colorete dibujaba en sus mejillas dos lunas ovaladas. Aparentaba un aire distraído, tal como hubiese hecho ante una mirada humana. Hasta empezó a canturriar con la boca cerrada y reanudó su paseo de uno a otro tabique siguiendo el ritmo de su canción, pero le falló la voz. Obligó a la gata, que su pie iba a magullar, a ganar de un salto un estrecho observatorio; luego, a pegarse contra la puerta.

Saha se había rehecho; hubiese muerto antes que lanzar un segundo grito. Camille, acosando a la gata sin parecer verla, iba y venía en completo silencio. Saha sólo saltaba al antepecho cuando los pies de Camille se posaban a su lado, y no volvía al suelo del balcón más que para evitar el brazo tendido que la hubiese precipitado desde lo alto de los nueve pisos.

Huía metódicamente, saltando con cuidado; tenía la mirada fija en la enemiga, sin condescender al furor ni a la súplica. La extrema emoción, el temor de morir, empapa-

ron de sudor la planta sensible de sus patitas, que marcaron huellas de flores en el balcón estucado.

Camille pareció ser la primera en desfallecer y dispersar su fuerza criminal. Cometió el error de notar que el sol se apagaba, echó una mirada a su brazalete, prestó atención a un tintineo de cristales en el interior del piso. Unos instantes más y su decisión la abandonaría como el sueño abandona al sonámbulo, la dejaría inocente y agotada. Saha sintió vacilar la firmeza de su enemiga, dudó en el antepecho y Camille, velozmente, alargando los dos brazos, la empujó al vacío.

Tuvo tiempo de oír el rechinar de las uñas en la pared, de ver el cuerpo azul de Saha retorcido como una S, ávidamente asido al aire, con fuerza ascendente de trucha, luego retrocedió y se acercó a la pared.

Camille no sintió la tentación de mirar hacia abajo, hacia el huertecillo de tiernos retoños. Al entrar en la habitación, se colocó las manos en las orejas, las retiró, sacudió la cabeza como si oyera un zumbido de mosquito, se sentó y casi se durmió; pero la noche que caía la puso en pie, y ahuyentó el crepúsculo encendiendo apliques de cristal, luminosas ranuras, cegadoras setas y el largo párpado cromado que vertía una opalina mirada a través del lecho.

Se movía elásticamente, manejando los objetos con manos ligeras, hábiles, soñadoras.

-Me siento como si hubiera adelgazado -murmuró en voz alta.

Se mudó de ropa, se vistió de blanco.

«Mi mosca en leche», dijo imitando la voz de Alain. Al venirle a la memoria un recuerdo sensual que la llevaba a la realidad, se le encendieron las mejillas y esperó la llegada de Alain.

Tendía la cabeza hacia el rumoroso ascensor, se estremecía ante los ruidos, choques sordos de trampolín, bofetadas metálicas, chirridos de embarcaciones echando el ancla, músicas estranguladas, que exhala la vida discordante de una casa nueva. Sin embargo, no pareció sorprendida al oír que el cavernoso cascabeleo del timbre sustituía en la antecámar- ra al tanteo de una llave en la cerradura. Echó a correr a abrir la puerta.

-Cierra la puerta -ordené Alain-. Ante todo he de ver si está herida. Ven, encenderás la luz.

Llevaba a Saha, viva, en brazos. Fue derecho al dormitorio, empujó a un lado los bibelots del tocador invisible y depositó suavemente a la gata encima de la plancha de cristal. Saha se mantuvo tiesa y en equilibrio sobre las patas, si bien paseó a su alrededor la mirada de sus ojos profundamente hundidos, como si estuviera en casa extraña.

-¡Saha! -la llamó Alain a media voz-. Milagro será que no tenga nada. ¡Saha!

La gata levantó la cabeza como para tranquilizar a su amigo y apoyó la mejilla en su mano.

-Anda un poquito, Saha... ¡Camina! Cielo santo, caerse de seis pisos. El toldo del segundo ha amortiguado la caída; de allí rebotó al césped de los porteros. El portero la vio caer por el aire. Me ha dicho: «Creí que era un paraguas que caía.» ¿Qué tiene en la oreja? No, no es nada, yeso de la pared. Espera, voy a escucharle el corazón.

Tumbó a la gata de lado y auscultó en el palpitante costado el minúsculo y desordenado engranaje. Con los rubios cabellos despeinados, los ojos cerrados, parecía dormir sobre el flanco de Saha, despertar con un suspiro y sólo entonces percibir a Camille que, de pie y silenciosa, contemplaba el apretado grupo.

-¡Imagínate...! No tiene nada, al menos yo no le encuentro nada; sólo el corazón terriblemente agitado; pero su corazón de gato está agitado normalmente. Pero, ¿cómo ha podido ocurrir? Te lo estoy preguntando como si pudieses saberlo, mi pobre pequeña. Se cayó por este lado -dijo mirando la puerta-ventana abierta-. Salta al suelo, Saha, si es que puedes.

La gata saltó después de vacilar unos segundos, pero volvió a tumbarse en la alfombra. Respiraba aceleradamente y continuaba contemplando la habitación entera con mirada insegura.

-¡Me gustaría telefonear a Chéron! Aunque, ¿ves?, se está lavando. Si tuviese una lesión interna, seguramente no se lavaría. ¡Ah, Dios santo!

Se irguió, tiró la chaqueta a la cama y se aproximó a Camille.

-¡Menudo susto! ¡Qué bonita estás vestida de blanco... ! Bésame, mosquita en leche...

La muchacha se abandonó a los brazos que, por fin, se acordaban de ella, y no pudo contener unos bruscos sollozos.

-¿Cómo...? ¿Llorando...?

Alain se turbó a su vez, ocultó la frente en los suaves y negros cabellos.

-Yo..., yo... no sabía que fueses buena... imagínate...

Camille tuvo el valor de no zafarse al oír estas palabras, y, por otra parte, Alain se volvió rápido hacia Saha, a la que, a causa del calor, quiso llevar a la terraza, pero la gata se resistió, se contentó con tumbarse cerca del umbral, vuelta hacia la noche, azul como ella. Se estremecía brevemente, de vez en cuando, y vigilaba a sus espaldas, al fondo de la habitación triangular.

-Es la conmoción -explicó Alain-. Me hubiese gustado sacarla fuera.

-Déjala -dijo Camille débilmente- si no quiere.

-Sus caprichos son órdenes, en particular hoy. ¿Qué puede quedar de comestible a estas horas, las nueve y media?

La mére Buque llevó la mesa a la terraza y cenaron frente al París del Este, el más salpicado de fuegos. Alain hablaba mucho, bebía vino aguado, acusaba a Saha de torpeza, de imprudencia, de «falla de gato».

-Las «fallas de gato» son una especie de errores deportivos, desfallecimientos imputables al estado de civilización y domesticación... Nada tienen que ver con las torpezas, las brusquedades casi deliberadas.

Camille, empero, ya no le preguntaba: «¿Cómo lo sabes?»

Se llevó a Saha después de la cena y arrastró a Camille al estudio, donde la gata consintió en beber la leche que antes rehusara. Al beber temblaba de pies a cabeza, como hacen los gatos a los que se da a beber líquidos demasiado fríos.

-La conmoción... -repitió Alain-. De todas maneras, le diré a Chéron que venga a verla mañana por la mañana. ¡Oh!, me olvido de todo -dijo alegremente-. Telefonea al portero. He dejado en la portería el rollo que ha dejado Massart, nuestro condenado mueblista.

Camille obedeció mientras Alain, cansado, ya más tranquilo, se dejaba caer en una de las butacas errantes y cerraba los ojos.

-¡Oiga! -telefoneaba Camille-. Sí, debe

de ser eso... un rollo grande... Muchas gracias. El muchacho se reía con los párpados entornados.

Camille estaba a su lado y le veía reír.

-Esa vocecita que sacas... ¿Qué significa esa nueva vocecita...? «Un rollo grande... Muchas gracias» -la remedó-. ¿Reservas para el portero tu vocecita...? Ven..., dos no seremos demasiados para afrontar las últimas creaciones de Massart.

Extendió sobre la mesa un papel Whatmann muy grande y, al instante, Saha, enamorada de todo papelote, saltó sobre el acuarelado diseño.

-Es un encanto -exclamó Alain-. ¡Es para mostrarme que no tiene ningún daño! ¡Oh, mi gata salvada! Oye, ¿no tiene un bulto en la cabeza? Camille, tócale la cabeza... No, no tiene ningún chichón. De todos modos, Camille, tócale la cabeza.

Una pobre pequeña asesina intentó dócilmente salir de la postergación en que se hundía y tocó suavemente, con odio humilde, el cráneo de la gata.

A su gesto respondieron el más salvaje de los maullidos, un grito y un salto epiléptico, y Camille exclamó: «¡Ah!», como cuando uno se quema. De pie, en el desplegado proyecto, la gata abrumaba a la joven con una inflamada acusación, erizaba el pelo de su lomo, mostraba los dientes y el rojo seco de sus fauces.

Alain se levantó, presto a proteger a una de otra, a Saha y a Camille.

-¡Cuidado! Quizá..., quizá esté rabiosa...

¡Saha!

La gata le miró violentamente, aunque con mirada lúcida que atestiguaba la presencia de su razón.

-¿Qué ha pasado? ¿Dónde la has tocado?

-No la he tocado...

Hablaba bajito, con desgana.

-¡Qué extraño! -dijo Alain-. No comprendo... Adelanta la mano.

-¡No, no quiero! -protestó Camille, añadiendo-: Quizá tiene rabia.

Alain se arriesgó a acariciar a Saha, que bajó su erizado pelaje, amoldándose a la mano amiga, pero dirigiendo la luz de sus pupilas a Camille.

-¡Qué extraño! -repitió Alain lentamente-. Mira, tiene un rasguño en la nariz... No se lo había visto. ¡Saha, Saha, sé buenecita!

-dijo, viendo acrecentarse el furor en los amarillos ojos.

La gata, furiosa, parecía estar riéndose, con la hinchazón de las mejillas y la rigidez cazadora de los bigotes erizados hacia delante. El gozo de las batallas estiraba las comisuras malva de la boca, atirantaba la movible barbilla musculada, y todo el felino semblante tendía hacia un idioma universal, hacia una palabra de los hombres olvidada.

-¿Qué es esto? -dijo Alain preguntando bruscamente.

-¿Qué?

Camille, bajo las miradas de la gata, recordaba el valor y el instinto de defensa: Alain, inclinado sobre el acuarelado proyecto, descifraba unas huellas húmedas en grupos de cuatro manchitas en torno a una mancha central, irregular.

-Tiene mojadas las patas -murmuró Alain.

-Habrá pasado por donde había agua -dijo Camille-. ¡Armas un jaleo por nada!

-¿Donde había agua? ¿Qué agua? -Se volvió a su mujer, singularmente afeado por sus ojos muy abiertos.- ¿No sabes qué son esas huellas? -inquirió ásperamente-. No, tú no sabes nada. Es miedo, ¿entiendes? Miedo. El sudor del miedo, el sudor del gato, el único sudor del gato... Así que ha tenido miedo...

Tomó delicadamente una pata delantera de Saha y, con el dedo, secó la planta carnosa. Luego, remangó la blanca y viviente funda donde descansan las uñas retráctiles.

-Tiene todas las uñas rotas -dijo hablando consigo mismo-. Quiso sujetarse. Se cogió... Arañó la piedra al sujetarse...

Se interrumpió y, sin una palabra más, cogió a la gata debajo del brazo y se la llevó al cuarto de baño.

Camille, sola e inmóvil, prestaba atención. Tenía las manos enlazadas y, aunque libre, parecía cargada de cadenas.

-Madame Buque -decía la voz de Alain-. ¿Tiene usted leche?

-Sí, señor, en la nevera.

-Estará helada...

-Puedo entibiarla en la plancha. Se hace en un momento. ¿Es para la gata? No estará mala...

-No; está... -la voz de Alain se interrumpió y cambió-, está un poco cansada de la carne por el calor... Gracias, madame Buque... Sí, puede irse... Hasta mañana por la mañana.

Camille oyó a su marido ir y venir, abrir un grifo, dedujo que proveía a la gata de agua fresca y de comida. Una difusa sombra encima de una pantalla de metal subía a su rostro, en el que sólo los grandes ojos se movían lentamente.

Alain regresó, apretando despreocupadamente su cinturón de cuero y se sentó 'a la mesa de ébano, pero no llamó a Camille a su lado, y tuvo que ser ella la primera en hablar.

-¿Le has dicho a madame Buque que se fuese?

-Sí. ¿No debí decírselo? -Estaba encendiendo un cigarrillo y la llama del encendedor le hacía parpadear.

-Hubiese querido que, mañana por la mañana, trajese... ¡Oh, no tiene importancia!, no tienes por qué disculparte.

-No me disculpaba... De haberlo sabido, lo hubiese hecho.

Se dirigió a la abierta ventana atraído por el azul de la noche. Estudiaba en su interior un estremecimiento que no emanaba de la reciente emoción, estremecimiento comparable a un trémolo de orquesta, sordo y anunciador. De la Folie-Saint-James subió un cohete estallando en luminosos pétalos que su caída marchitó uno a uno, y el nocturnal azul recobró su serenidad, su polvorienta profundidad. En el parque de la Folie se iluminaron de blanco incandescente una gruta rocosa, una columnata y una cascada, y Camille se aproximó a su marido.

-¿Hay una fiesta...? Esperemos los fuegos artificiales.'¿ Oyes las guitarras?

Alain no le contestó, entregado a su estremecimiento. Sentía hormiguearle manos y muñecas, los riñones fatigados y atravesados por mil punzadas. Su estado le recordaba una execrada lasitud, la fatiga de las antiguas competiciones deportivas en el colegio, carreras pedestres, pruebas de remo, de las que salía con ánimo vindicativo, despreciando la victoria o la derrota, palpitante y reventado. Sólo estaba tranquilo en una parte de su ser: aquella que ya no se preocupaba por Saha. Desde hacía mucho rato -o desde hacía poco rato-, tras haber hecho el descubrimiento de las uñas rotas, tras el furibundo temor de Saha, ya no medía exactamente el tiempo.

-No son fuegos artificiales -dijo-.. Me parece que son unas danzas.

Por el gesto de Camille, cerca de él en la sombra, comprendió que ya no esperaba que le contestase. No obstante, la joven se envalentonó y se le acercó más. La sintió llegar sin aprensión, percibió de perfil el traje blanco, un brazo desnudo, medio rostro iluminado de amarillo por las lámparas del interior, medio rostro azul, absorbido por la noche clara, dos medios rostros divididos por la naricilla regular, dotados cada uno de un gran ojo que pestañeaba ligeramente.

-Sí, danzas -asintió Camille-, son mandolinas y no guitarras... Oye... Les donneurs... de sé-é-rena... des, Et les bel-les é-écou-teu...

Su voz tembló en la nota más alta y tosió para disimular su fallo.

«¡Qué vocecita! -se extrañó Alain-. ¿Qué ha hecho de su voz, de par en par abierta como sus ojos? ¡Canta con voz de niña, y enronquece...!»

Las mandolinas callaron, la brisa trajo un débil rumor humano de placer y de aplausos, poco después subió un cohete malva que estalló en una sombrilla de rayos malva también, de la que colgaban lágrimas de fuego vivo.

-¡Oh...! -exclamó Camille.

Ambos habían surgido de las sombras semejantes a dos estatuas. Camille, de mármol lila; Alain, más blanco aún, verdosos los cabellos, las pupilas descoloridas. Y, una vez el cohete se hubo apagado, Camille suspiró.

-¡Siempre es demasiado corto! -murmuró quejumbrosa.

La música lejana sonó nuevamente, pero un capricho del viento alejó el sonido de los instrumentos de aguda resonancia, y los graves compases de uno de los cobres de acompañamiento, en dos notas, subieron pesadamente hasta ellos.

-¡Qué lástima! -dijo Camille-, seguro que allí tienen el mejor jazz. Es Love in the night lo que están tocando.

Canturrió la melodía con voz imperceptible, temblorosa y alta, como próxima al llanto. Esta nueva voz redoblaba el malestar de Alain; engendraba una necesidad de revelación, deseos de romper aquello que -desde hacía mucho rato, o desde hacía poco rato- se alzaba entre Camille y él, que aún no tenía nombre, pero que crecía rápidamente; lo que le impedía coger a Camille por el cuello como a un muchacho; lo que le tenía aplastado e inmóvil, atento, contra la pared todavía tibia del calor del día. Se impacientó y dijo:

-Sigue cantando...

Una larga lluvia tricolor, en ramajes cayendo como las ramas de los sauces llorones, rayó el cielo sobre el parque y le mostró a Alain a una Camille sorprendida, desafiante ya.

-¿Cantar qué?

-Love in the night o cualquier cosa. La joven vaciló, se negó:

-Déjame escuchar el jazz. Hasta desde aquí se nota que tiene una calidad pastosa.

Alain no insistió, contuvo su impaciencia, domó el hormigueo que agitaba su cuerpo.

Un enjambre de alegres solecillos, que gravitaban ligeros en la noche, tomó impulso mientras Alain los confrontaba secretamente con las constelaciones de sus sueños preferidos.

«Estos son para retener... procuraré llevármelos allá abajo -observó gravemente-. He descuidado demasiado mis sueños... »

Finalmente, en el cielo, encima de la Folie, nació y se hinchó una especie de vagabunda aurora, rosa y amarilla, que estalló en encarnados medallones, helechos fulminantes, cintas de cegador metal. En las terrazas inferiores, gritos infantiles saludaron el luminoso prodigio, que Alain observó que Camille contemplaba distraída, absorta, reclamada en su interior por otros resplandores.

En cuanto la noche volvió a cerrarse, el muchacho cesó de titubear y pasó su brazo desnudo debajo del brazo desnudo de Camille. Al tocarlo, le pareció que lo veía de un blanco apenas teñido por el verano, vestido por un vello finísimo tendido en la piel, castaño dorado en el antebrazo, bastante más pálido cerca del hombro.

-¡Estás fría! -murmuró-. ¿Te encuentras mal?

Camille lloró bajito, tan rápidamente, que Alain sospechó que tenía preparadas las lágrimas.

-No... Eres tú... ¡Eres tú..., que ya no me quieres!

Alain se apoyó en la pared, atrajo a Camille contra su cadera. La sentía fría y temblorosa, de la espalda a las rodillas desnudas encima de las medias enrolladas. Se pegaba a su cuerpo y no escatimaba su peso.

-¡Ah!, ¡ah! ¿Conque no te quiero? Bueno... ¿Una escena de celos por culpa de Saha?

Notó,. en el cuerpo que sostenía, una musculosa oleada, una reacción de defensa y energía, y él insistió, animado por la hora, por una especie de inexpresable oportunidad.

-En lugar de adoptar como yo ese encantador animalito... ¿Acaso somos el único matrimonio joven que cría un perro o un gato? ¿Quieres un loro, un tití, una pareja de palomas, un perro, para darme celos a tu vez?

Ella se encogió de hombros protestando, con los labios cerrados, con voz triste.

Alain, con la cabeza alta, vigilaba su voz y se estimulaba: «Vamos, vamos... dos o tres tonterías, un poco de paja, y llegaremos a algo... Es como una jarra que he de volver para vaciarla... ¡Vamos..., vamos...!»

-¿Prefieres un leoncito, un pequeño cocodrilo de cincuenta años escasos? ¿No? Vamos, harías mejor en aceptar a Saha... A poco que te molestes, ya verás...

Camille se desprendió de sus brazos con rudeza tal, que Alain se tambaleó.

-¡No! -exclamó-. ¡Eso nunca! ¿Me oyes? ¡Nunca! -Exhaló un furioso suspiro y repitió más bajo-. ¡Ah, no; nunca!

«Ya hemos llegado a eso», se dijo Alain con delectación.

Empujó a Camille al dormitorio, bajó el toldo exterior, encendió el rectángulo de cristal del techo y cerró la ventana. Camille, con una reacción animal, se acercó a la salida, que Alain abrió nuevamente.

-A condición de que no grites... -dijo.

Acercó a Camille la única butaca y se sentó en la única silla a los pies de la gran cama descubierta, con sábanas limpias. Las cortinas impermeables, corridas para la noche, verdecían la palidez de Camille y su traje blanco arrugado.

-Vamos -empezó Alain-, ¿no hay remedio? ¿Terrible historia? ¿Ella o tú?

Camille contestó con un breve gesto de cabeza, y Alain comprendió que se hacía necesario abandonar el tono de chanza.

-¿Qué quieres que te diga? -prosiguió tras un silencio-. ¿La única cosa que no quiero

decirte? De sobra sabes que no renunciaré a la gata. Sentiría vergüenza ante mí mismo, ante ella...

-Lo sé -dijo Camille.

-...y ante ti... concluyó Alain.

-¡Oh!, yo... -repuso Camille levantando la mano.

-También cuentas -contestó Alain con dureza-. En suma, ¿es sólo conmigo con quien estás disgustada? ¿No tienes que reprochar a Saha el afecto que me tiene?

Camille sólo contestó con una mirada turbada y vacilante. Alain se sintió irritado al tener que seguir interrogándola. Había creído que una escena violenta y corta forzaría todas las salidas y había confiado en esta facilidad. Sin embargo, Camille, tras lanzar el primer grito, se replegaba, no echando leña al fuego. Así que tuvo que acudir a sus reservas de paciencia:

-Dime, nena... ¿Qué..., no puedo llamarte nena? Dime, ¿si fuese otro gato, en vez de Saha, serías menos intolerante?

-Claro que sí -respondió precipitadamente-. No le tendrías el mismo cariño que a ésta.

-Justo -dijo Alain con una muy calculada sinceridad.

-Ni siquiera a una mujer -prosiguió Camille acalorándose-, sin duda ni siquiera a una mujer serías capaz de quererla tanto.

-Justo -dijo Alain.

-No eres como las personas a quienes gustan los animales... Tú no... A Patrick le gustan los animales. Coge los perrazos por el cuello, los revuelca por el suelo. Imita a los gatos para ver la cara que ponen... Silba a los pájaros.

-Sí..., en fin, no es difícil -dijo Alain.

-Tú eres otra cosa... ¡Tú quieres a Saha!

-Jamás te lo he ocultado, ni tampoco te he mentido cuando te he dicho que Saha no es tu rival...

Se interrumpió y bajó los ojos ocultando su secreto, que era un secreto de pureza.

-¡Hay rivales y rivales! -exclamó Camille sarcásticamente; de pronto enrojeció, se inflamó con una súbita embriaguez y se dirigió

a Alain-: ¡Os he visto! -gritó-. Por las mañanas, cuando pasas la noche en el diván...,

os he visto a los dos antes del amanecer...

-Señaló con un tembloroso brazo la terraza-, los dos sentados..., juntos... ¡Ni siquiera me habéis oído! ¡Estabais así..., mejilla contra mejilla!

Se fue a la ventana, recobró aliento y volvió al lado de Alain.

-Eres tú quien ha de decir honradamente si hago mal en no querer a la gata y mal en sufrir.

Alain permaneció silencioso tanto rato, que Camille se irritó de nuevo.

-¡Habla! ¡Di algo! En el punto en que estamos... ¿Qué esperas?

-La continuación -dijo Alain-; el resto de la historia.

Se levantó lentamente, se inclinó sobre su mujer y bajó la voz señalando la puerta-ventana:

-Fuiste tú, ¿verdad? Tú la tiraste, ¿no es así?

La joven, con un rápido movimiento, puso por medio el lecho, pero no negó. Alain la veía huir con una especie de sonrisa.

-La tiraste -repitió soñador-. Me he dado cuenta de que lo has cambiado todo entre nosotros... La tiraste... Se rompió las uñas al querer asirse a la pared.

Hizo una pausa y prosiguió:

-Pero, ¿cómo la tiraste? ¿Cogiéndola por la piel del cuello? ¿Aprovechándote de que dormía en el antepecho? ¿Hacía tiempo que habías preparado tu golpe? ¿No os habíais peleado nunca, antes?

Levantó la frente, mirando las manos y los brazos de su mujer.

-No, no tienes señales. Te acusó bien, ¿eh?, cuando te obligué a tocarla... ¡Estuvo magnífica!

Su mirada, abandonando a Camille, abrazó la noche, el polvillo de estrellas, las cimas de los tres álamos iluminadas por las luces de la habitación.

-Pues bien -dijo sencillamente-, me voy.

-¡Oh! Escucha, escucha... -suplicó Camilie alocadamente, con voz ronca.

Sin embargo, le dejó salir de la habitación. Alain abrió los armarios, habló a la gata en el cuarto de baño. El rumor de sus pasos advirtió a Camille que acababa de calzarse los zapatos de calle y, maquinalmente, miró la hora. Alain entró llevando la gata dentro de una panzuda cesta, que madame Buque utilizaba para ir al mercado. Vestido a toda prisa, mal peinados los cabellos, un pañuelo al cuello, tenía un aspecto de amoroso desorden, y los párpados de Camille se hincharon, pero oyó a Saha moverse en el cesto y apretó los labios.

-Bien, me voy -repitió Alain.

Bajó los ojos y levantó un poco el cesto, rectificando con una crueldad deliberada:

-Nos vamos.

Sujetó la tapa de mimbre, explicando: -No he encontrado más que esto en la cocina.

-¿Te vas a tu casa? -preguntó Camille esforzándose por imitar la tranquilidad de Alain.

-Naturalmente...

-¿Puedo... puedo contar con verte en estos días?

-Desde luego.

Camille, sorprendida, se ablandó una vez más, estuvo a punto de suplicar, de llorar, y con un esfuerzo se lo prohibió a sí misma.

-¿Y tú? -dijo Alain-. ¿Te quedarás aquí esta noche? ¿No tendrás miedo? Si me lo exiges me quedaré, pero... -volvió la cabeza hacia la terraza-, pero, francamente, no tengo ganas. ¿Qué piensas decir a tu familia?

Camille, dolorida de que con esas palabras la mandara a su casa, se irguió:

-No tengo nada que decir. Son cosas que me conciernen a mí sola. Me parece. No me gustan los consejos de familia.

-Te doy la razón..., provisionalmente.

-Por otra parte..., a partir de mañana podemos decidir.

Alain levantó su mano libre para contener esta amenaza de porvenir.

-No. Mañana, no. Hoy no hay mañana.

Llegado al umbral de la habitación, se volvió:

-En el cuarto de baño he dejado la llave y el dinero que hay en casa.

Camille le interrumpió irónicamente:

-¿Y por qué no una lata de conserva y una brújula?

Se hacía la valiente; lo miraba despectivamente, con una mano en la cadera y la cabeza muy erguida encima de su bella garganta: «Cuida mi partida», pensó Alain. Quiso replicar con análoga coquetería de última hora, echar sus cabellos hacia atrás, usar de aquella mirada entornada entre las pestañas, desdeñosa de posarse; pero renunció a una mímica incompatible con la cesta de provisiones, limitándose a dirigir un vago saludo a Camille.

Ella conservaba toda su calma, su teatral aparatosidad, y Alain, a distancia, antes de salir, pudo ver mejor la sombra en torno de sus ojos, la humedad que cubría sus sienes y su cuello sin arrugas.

Una vez abajo, Alain cruzó maquinalmente la calle, con la llave del garaje en la mano: «¡No, no puedo hacer esto!», pensó, y, desandando lo andado, se dirigió a la avenida, bastante lejana, en la que los taxistas merodeaban por la noche. Saha maulló dos o tres veces y la calmó con el sonido de su voz. «No, no puedo hacerlo, pero sería, en verdad, mucho más cómodo tomar el coche. De noche, Neuilly está imposible... » Le extrañaba, habiendo contado con una dichosa serenidad, perder su sangre fría al estar solo, y que la marcha no le calmase. Al fin, halló un taxi errante, y encontró larga la breve carrera de cinco minutos.

En la tibia noche, tiritaba bajo el farol de gas esperando que se abriera la verja. Saha, que había reconocido el perfume del jardín, lanzaba débiles maullidos en la cesta que dejara en la acera.

El perfume de las glicinas en su segunda floración atravesó el aire, y él tiritó más fuerte, apoyándose en uno y otro pie, como si hiciese un crudo frío. Llamó de nuevo, pues nadie se despertaba en la casa a pesar de la grave y escandalosa sonoridad del gran timbre. Por fin, apareció una luz en las pequeñas habitaciones del garaje y oyó cómo el viejo Émile arrastraba los pies por el sendero.

-Soy yo, Émile -dijo cuando el rostro sin color del anciano ayuda de cámara se apoyó en los barrotes.

-¿Es monsieur Alain? -repuso Émile exagerando su temblor-. ¿Está indispuesta la joven señora de monsieur Alain? Es tan traicionero el verano... Veo que monsieur Alain trae una maleta.

-No, es Saha. Deja, yo la llevo. No, no enciendas los globos; la luz podría despertar a la señora... Ábreme sólo la puerta de entrada y vuélvete a la cama.

-La señora se ha despertado, ha sido ella quien me ha llamado. Yo no había oído el

timbre grande. En el primer sueño, ya se sabe...

Alain se apresuraba a huir de la verborrea, del ruido de pasos temblorosos que le seguían. No tropezó en el recodo de la alameda, a pesar de que era una noche sin luna. Le guiaba el césped, más pálido que las platabandas. El árbol muerto envuelto, en el centro del césped, parecía un hombretón de pie con el abrigo al brazo. El aroma de los geranios regados retuvo a Alain, oprimiéndole la garganta. Se agachó, abrió a tientas la cesta y soltó a la gata.

-Saha, nuestro jardín...

La sintió deslizarse fuera de la cesta y, por ternura, dejó de atenderla. Le devolvía, le dedicaba la noche, la libertad, la tierra esponjosa y dulce, los vigilantes insectos y las dormidas avecillas.

Una lámpara esperaba tras las persianas del entresuelo, y Alain se ensombreció. «Hablar y más hablar. Explicar a mi madre... Explicarle, ¿qué? ¡Es tan sencillo...! ¡Es tan difícil... !

Sólo anhelaba silencio, la habitación sembrada de ramilletes de pálidos colores, el lecho

Y. sobre todo, las vehementes lágrimas, los fuertes sollozos roncos como una tos, oculta y culpable compensación.

-Entra, hijito, entra.

Había frecuentado poco la habitación materna. Su egoísta aversión a los frascos cuentagotas, las cajas de digitalina y los tubos homeopáticos databa de la infancia y aún duraba. No obstante, no resistió a la vista de la estrecha camita, sin refinamientos, de la mujer de blancos y espesos cabellos que se apoyaba sobre sus muñecas.

-¿Sabes, mamá?, no ha pasado nada extraordinario...

Acompañó la frase estúpida con una sonrisa que le avergonzó, sonrisa horizontal, de mejillas envaradas. Su fatiga le rendía de pronto y le infligía un mentís que aceptó. Se sentó a la cabecera del lecho de su madre, desanudando el pañuelo.

-Te pido perdón por mi aspecto... He venido tal como estaba... Aparezco a horas intempestivas, sin avisar...

-Sí avisaste -repuso madame Amparat. Echó una mirada a los polvorientos zapatos de Alain.

-Parecen zapatos de vagabundo...

-Sólo vengo de casa, mamá..., pero tuve que buscar un taxi durante bastante rato... Traía la gata.

-¡Ah! -dijo madame Amparat con expresión inteligente-. ¿Has traído la gata?

-¡Oh!, naturalmente... Si supieses...

Se contuvo, retenido por una extravagante discreción: «Son cosas que no se cuentan. No son historias para padres... »

-Mamá... Camille no quiere mucho a Saha...

-Lo sé -dijo madame Amparat. Se esforzó por sonreír, sacudió sus crespos cabellos-. ¡Esto es muy grave!

-Sí, para Camille -repuso Alain con malevolencia.

Se levantó, paseó por entre los muebles enfundados de blanco para el verano, igual que en las casas provincianas. Desde que había decidido no descubrir a Camille, ya no encontraba qué decir.

-¿Sabes, mamá?, no ha habido gritos ni rotura de vajilla... El tocador de cristal está intacto, los vecinos no han subido. Sólo que necesito un poco de soledad, de reposo... Me

es imposible ocultar que ya no puedo más -exclamó sentándose en la cama.

-No, no me lo ocultas -murmuró madame Amparat.

Posó una mano en la frente de Alain, atrayendo hacia la luz el rostro juvenil de hombre, en el que asomaba una pálida barba. Alain gimió, apartó sus cambiantes ojos y logró diferir aún el tumulto de llanto que se prometía.

-Si no hay sábanas en mi antigua cama, mamá, me abrigaré con cualquier cosa.

-Hay sábanas en tu cama -dijo madame Amparat.

Al oír estas palabras, abrazó a su madre, la besó como si estuviese ciego, en los ojos, en las mejillas, metió la nariz en su cuello, farfulló un «buenas noches» y salió sorbiéndose las lágrimas.

Se serenó en el vestíbulo y no subió en seguida la escalera, pues la noche que acababa y Saha le llamaban. Sin embargo, no se alejó mucho. La escalinata le bastó. Se sentó, en la oscuridad, en un peldaño, y la mano que tendía encontró el pelaje, los bigotes en sutiles antenas y la fresca naricilla de Saha.

La gata daba vueltas y revueltas en el mismo sitio, según el código de la fiera acariciadora. Le pareció pequeñita, ligera como un gatito, y, porque él tenía hambre, pensó que ella también tendría necesidad de comer.

Saha ya olía a menta, a geranio y a boj. La tenía confiada y perecedera, prometida, quizá, a diez años de vida, y sufría pensando en la brevedad de tan gran amor.

-Sin duda, después de ti perteneceré a cualquiera... A una mujer... unas mujeres... Pero jamás a otro gato.

Un mirlo silbó cuatro notas que resonaron en el jardín entero y se calló, pero los gorriones le habían oído y contestaron. Sobre el césped y los floridos macizos nacían los fantasmas de los colores. Alain discernía un blanco desagradable, un rojo embotado, más triste que el negro, un amarillo enviscado en el verde que le rodeaba, una flor amarilla redonda que pronto gravitó, más amarilla, seguida por ojos y lunas. Alain, tambaleándose, vencido por el sueño, alcanzó su habitación, tiró sus ropas, -descubrió la embozada cama, y la frescura de las sábanas le conquistó por entero.

Acostado de espaldas, extendió un brazo, frotando el lomo de la gata, muda y concentrada; descendía él verticalmente y sin parar a lo más profundo del reposo, cuando un sobresalto le llevó al amanecer, el balanceo de los árboles despiertos y el bendito chirriar del tranvía lejano.

«¿Qué tengo? Quería... ¡Ah, sí!, quería llorar... » Sonrió, volvió a quedarse dormido. Se durmió febril, ahíto de sueños. En dos o tres ocasiones creyó despertar y recobrar consciencia del sitio donde descansaba, pero cada vez fue desengañado por la expresión huraña de los tabiques de su dormitorio, en el que acechaba un ojo alado que revoloteaba:

«Si estoy durmiendo, vamos, duermo...»

«Duermo», respondió al crujido del guijo.

-¡Puesto que digo que duermo...! -gritó a dos pies que, arrastrándose, rozaban la puerta. Los pies se alejaron y el durmiente se aplaudió en sueños; pero con las reiteradas solicitaciones, el sueño había madurado, y Alain abrió los ojos.

El sol, que en mayo dejara al borde de la ventana, se había convertido en un sol de agosto y ya no sobrepasaba el tronco satinado del tulipero frente a la casa. «¡Cuánto ha envejecido el verano!», se dijo Alain. Se levantó desnudo, buscó una prenda y encontró un pijama demasiado corto, de estrechas mangas, y un descolorido albornoz, que se puso alegremente. Aunque la ventana le llamaba, tropezó con la olvidada fotografía de Camille a la cabecera de la cama.

Examinó curiosamente el pequeño retrato, inexacto, lustrado, blanqueado por aquí y ennegrecido por allí. «Se parece más de lo que creía -pensó-. ¿Cómo no me di cuenta? Hace cuatro meses decía: "¡Oh!, es muy diferente de esto, más fina, menos dura..." ¡Me equivocaba!»

La brisa larga e igual corría a través de los árboles con un murmullo de río. Deslumbrado, con un doloroso apetito en el estómago, Alain se abandonaba. «¡Qué grata es una convalecencia!» Y, para completar su ilusión, unos nudillos golpearon la puerta, y entró la vasca barbuda, portadora de una bandeja.

-Me hubiese desayunado en él jardín, Juliette.

Ella esbozó un conato' de sonrisa entre sus grises pelos.

-Ya se me había ocurrido... Si monsieur Alain quiere que le baje la bandeja...

-No, no; tengo mucho apetito... Déjalo ahí... Saha vendrá por la ventana...

Llamó a la gata, que surgió de un invisible retiro como si naciese a su llamada. Se lanzó por el vertical camino de plantas trepadoras y cayó. Se había olvidado de sus uñas rotas.

-¡Espera, ahora voy!

La trajo en brazos y se hartaron, ella de leche y de bizcochos, él de rebanadas de pan y ardiente café. En un rincón de la bandeja, una rosita ornaba el asa del tarro de miel.

«No es una rosa de las de mi madre -estimó Alain. Era una rosita mal hecha. Un poco abortada, una rosa hurtada a las ramas bajas que exhalaba un huraño perfume de rosa amarilla-. Es una atención de la vasca.»

Saha, radiante, parecía haber engordado desde la víspera. Con la chorrera tirante y sus cuatro rayas de muaré bien marcadas entre las orejas, fijaba en el jardín pupilas de déspota dichosa.

-¡Qué sencillo es!, ¿no es cierto, Saha?, al menos para ti...

El viejo Émile apareció a su vez, en busca de los zapatos de Alain.

-Uno de los cordones está muy gastado... Monsieur Alain, ¿no tiene otro? No importa; le pondré uno de los míos -baló emocionado.

«Decididamente, es el día de mi santo», se dijo Alain. Y esta palabra lo lanzó, por contraste, hacia la preocupación de todo cuanto ayer le era cotidiano; la toilette, la hora de ir a las oficinas Amparat, la hora de regresar a almorzar con Camille...

-¡Si no tengo nada que ponerme! -exclamó asombrado.

La navaja, algo enmohecida; la pastilla de jabón rosado, el viejo cepillo de dientes, fueron reconocidos en el cuarto de baño, y se sirvió de ellos con una alegría de náufrago de mentirijillas. Sin embargo, se vio obligado a bajar con el pijama demasiado corto. La vasca se había llevado sus ropas.

-¡Ven, Saha, Saha!

La gata le precedía, y él corrió torpemente, los pies mal sujetos dentro de unas sandalias de rafia deshilachadas. Tendió la espalda al manto de sol suave y entornó los ojos, desacostumbrados a la verde reverberación del césped, al cálido calor ascendente que lanzaban un apretado bloque de amarantos de carnosas crestas, un manojo de rojas salvias rodeadas de heliotropos.

-¡Oh, las mismas..., las mismas salvias!

Aquel pequeño macizo en forma de corazón, sólo lo había conocido rojo, y siempre bordeado de heliotropos, protegido por un viejo cerezo delgado, que a veces, en setiembre, daba algunas cerezas.

-Veo, seis..., siete... ¡Siete cerezas verdes!

Hablaba a la gata, que con las pupilas vacías y doradas, alcanzada por el desmesurado perfume de los heliotropos, entreabría la boca y manifestaba el nauseoso éxtasis de la fiera sometida al influjo de intensos perfumes.

Saha gustó una hierba para rehacerse; oyó voces, se frotó el hocico con las duras ramas de las alheñas podadas, pero no se entregó a ninguna muestra de exuberancia, ni de irresponsable alegría, y caminaba majestuosamente bajo el pequeño nimbo de plata que por doquier la rodeaba.

«¡Lanzada desde lo alto de nueve pisos! -pensaba Alain contemplándola-. ¿Lanzada, o empujada? Quizá se defendería, quizás escaparía, para ser otra vez sorprendida y lanzada... ¡Asesinada...!»

Intentaba con tales conjeturas encender en su interior una justa cólera y no lo conseguía. «Si yo quisiera de veras, profundamente, a Camille, ¡qué furor! -A su alrededor irradiaba su reino, amenazado como todos los reinos. - Mi madre asegura que, en menos de veinte años, nadie podrá mantener mansiones, jardines como este. Puede ser. Estoy dispuesto a perderlos... No quiero dejar entrar a los...»

El timbre del teléfono en el interior de la casa le sobresaltó. «Vamos, ¿es que tengo miedo? Camille no es tan tonta como para telefonearme. Hagámosle justicia; no he visto nunca una muchacha que utilice ese aparato con mayor discreción...»

De todas maneras, no pudo evitar echar a correr, bien que mal, perdiendo las sandalias y tropezando con las guijas redondas, y preguntar:

-Mamá..., ¿quién telefonea?

El tupido peinador blanco apareció en la escalinata, y Alain se avergonzó de haberla llamado.

-¡Cómo me gusta tu grueso peinador blanco, mamá; siempre el mismo..., siempre el mismo!

-Gracias, en nombre de mi peinador -dijo madame Amparat, que prolongó unos instantes la espera de Alain-. Es monsieur Veuillet. Son las nueve y media. ¿Es que ya no conoces las costumbres de la casa?

Alisaba con los dedos los cabellos de su hijo, abotonaba el pijama demasiado estrecho.

-¡Estás precioso! Supongo que no irás a pasarte la vida descalzo...

Alain le agradeció que le interrogase tan hábilmente.

-Nada de eso, mamá. Me ocuparé de todo, en seguida.

Madame Amparat detuvo tiernamente el amplio y vago gesto.

-¿Dónde pasarás esta noche?

-¡Aquí! -exclamó, y las lágrimas asomaron a sus ojos.

-¡Dios mío, qué criatura! -murmuró madame Amparat, y Alain asimiló las palabras con gravedad de boy-scout.

-Es posible, mamá. Justamente quisiera tener un poco de conciencia de lo que debo hacer..., salir de esta infancia...

-¿Por dónde? ¿Por un divorcio? Es una puerta que hace ruido.

-Pero deja pasar aire -se atrevió a contestar ásperamente.

-¿Es que una separación... temporal, una temporada de reposo o un viaje no darían resultados igualmente buenos?

Alain levantó unos brazos indignados.

-¡Mi pobre mamá!, no sabes... Estás a cien leguas de imaginar...

Iba a decírselo todo, a contar el frustrado atentado.

-Está bien, déjame a cien leguas. Esas cosas no me incumben. Ten un poco de... de reserva..., vamos, vamos -dijo precipitadamente su madre, y Alain se aprovechó de su púdico error.

-Ahora, mamá, queda la parte fastidiosa, quiero decir el punto de vista familiar que se confunde con el punto de vista comercial. Desde el punto de vista de los Malmert, mi divorcio no tiene disculpa, sea cual fuere la parte de responsabilidad de Camille... Casada tres meses y medio... Los estoy oyendo...

-¿De dónde sacas que hay un punto de vista comercial? Tú y la chica Malmert no

teníais firma común. Un matrimonio no constituye una sociedad.

-Lo sé de sobra, mamá. Pero, en fin, si las cosas toman el giro que preveo, es un período odioso... formalidades, entrevistas, etc... Un divorcio no es nunca tan sencillo como dicen.

Madame Amparat escuchaba a su hijo con dulzura sabiendo que ciertas causas fructifican en efectos imprevistos y que a lo largo de la vida un hombre se ve obligado a nacer muchas veces sin más ayuda que el azar, los golpes, los errores.

-Nunca es sencillo abandonar lo que se ha querido poseer -dijo madame Amparat-. La pequeña Malmert no es del todo mala. Un poco... vulgar... un poco sin modales... No, no es del todo mala. Al menos en mi opinión... No te la impongo. Tenemos tiempo de reflexionar.

-Ya me he cuidado de eso -repuso Alain con una cortesía áspera-, y, aunque de momento prefiera guardarme cierta historia...

Su rostro se iluminó súbitamente con la risa de una infancia recobrada. Saha, erguida sobre las patas traseras encima de una regadera llena, con la pata a modo de cuchara, pescaba hormigas ahogadas.

-¡Mírala, mamá! ¿No es una maravilla de gata?

-Sí -suspiró madame Amparat-. Es tu quimera.

Siempre se sorprendía cuando su madre empleaba una palabra rara. Y saludó ésta con un beso depositado en una mano precozmente envejecida, de gruesas venas, manchada por esas lúnulas morenas que Juliette, la vasca, llamaba lúgubremente «manchas de tierra». Al timbrazo que resonó en la verja, madame Amparat se irguió:

-Escóndete -dijo-. Estamos en el camino de los proveedores. Ve a vestirte. ¿Quieres que el chico del carnicero te sorprenda ataviado de ese modo?

Pero ambos sabían que el chico del carnicero no llamaba a la verja de las visitas, y madame Amparat ya volvía la espalda y se apresuraba a subir la escalinata, levantando con las dos manos su peinador. Alain, detrás de los boneteros cortados, vio pasar corriendo a la vasca, el delantal de seda negra al aire; un deslizamiento de zapatillas sobre el guijo descubrió la huida del viejo Émile. AIain le atajó: -¿Has abierto, por lo menos?

-Sí, monsieur Alain, la joven señora está en el coche...

Alzó hacia el cielo unos aterrorizados ojos, encogió los hombros como si estuviera debajo del granizo y se esfumó.

«Tiene pánico... ¡y un pánico imponente! Habría querido vestirme... Vaya, lleva un traje de chaqueta nuevo... »

Camille le había visto y se dirigía directamente hacia él, sin gran prisa. En uno de esos momentos de turbación casi cómicos que a menudo se presentan en las horas dramáticas, Alain pensó confusamente: «¡Quizá viene a desayunarse!»

La joven, cuidadosa y ligeramente maquillada, armada con negras pestañas, bellos labios cerrados y brillantes dientes, pareció, no obstante, perder la serenidad cuando Alain salió a su encuentro. Se aproximaba sin apartarse de su atmósfera protectora, hollaba el césped natal bajo la complicidad fastuosa de los árboles, y Camille le miraba con ojos de pobre.

-Perdóname..., tengo el aspecto de un colegial en crisis de crecimiento... ¿Nos habíamos citado para esta mañana?

-No, he traído tu maleta grande, llena.

-¡Si no hacía ninguna falta! -exclamó Alain-. Hoy la hubiera hecho recoger por Émile...

-Ya que hablamos de Émile... He querido darle tu maleta, pero ese viejo idiota se ha escapado como si yo tuviese la peste... La maleta está en el suelo, cerca de la verja.

Se mordía el interior de la mejilla, enrojecida de ira.

«Empieza bien», se dijo Alain.

-Lo siento muchísimo... Ya sabes cómo es Émile... Oye -decidió-, ¿vamos a la glorieta... ?, estaremos más tranquilos que en casa.

Al instante se arrepintió de su decisión, pues la glorieta, pequeña arquitectura de árboles cortados en torno a un claro, con muebles de mimbre, había ocultado en otro tiempo sus besos clandestinos.

-Espera que quite las ramitas... No tienes que estropearte este traje tan bonito que no conocía...

-Es nuevo -dijo Camille con acento de profunda tristeza, como si hubiera dicho: «Está muerto.»

Se sentó de lado, mirando a su alrededor. Dos arcadas redondas, una frente a la otra, agujereaban la rotonda de verde. Alain recordó una confidencia de Camille: «No tienes idea de lo que me ha intimidado tu bello jardín. Venía como la niña de la aldea que va a jugar con el hijo de los dueños del castillo en su parque... Y sin embargo... » Con una expresión echábalo todo a rodar; aquel «sin embargo», que evocaba la creciente prosperidad dé las lavadoras Malmert frente a la casa Amparat, que declinaba.

Observó que Camille permanecía enguantada. «Es una precaución que se vuelve contra ella... Sin los guantes, ya no habría pensado en sus manos, en lo que cometieron. ¡Ah, vaya, por fin un poco de cólera! -se dijo escuchando los latidos de su corazón-. ¡Ya era hora!»

-Bien -dijo Camille con voz apagada-, entonces..., ¿qué haces? ¿quizá no has reflexionado aún?

-Sí -repuso Alain.

-¡Ah!

-Sí. No puedo volver.

-Comprendo que hoy no puedes hacerlo.

-No puedo volver.

-¿Nunca? ¿En absoluto?

Alain se encogió de hombros.

-¿Qué quiere decir «nunca»? No quiero volver... Ahora no. ¡No quiero!

Ella le estudiaba, intentando discernir lo falso de lo cierto, la irritación deliberada del estremecimiento auténtico. Él le devolvía sospecha por sospecha. «Esta mañana está muy insignificante, hasta parece un poco modistilla pizpireta. Se la ve perdida entre el verde... Ya hemos cambiado bastantes palabras inútiles... »

A lo lejos, por una de las salidas redondeadas, Camille percibió en una de las fachadas de la casa las huellas de las obras, una ventana nueva, unas persianas recién pintadas. Y, valerosamente, se lanzó frente al peligro:

-¿Y si ayer no te hubiera dicho nada -sugirió bruscamente-, si no hubieses sabido nada?

-¡Bonita ocurrencia de mujer! -exclamó Alain despectivamente-. ¡Te honra!

-¡Oh! -exclamó Camille moviendo la cabeza-, honra... honra... No sería la primera

vez que la felicidad de una pareja dependiera de algo inconfesable o inconfesado. Pero tengo la idea de que, ocultándote lo ocurrido, no hubiese hecho más que retroceder para saltar mejor. No te sentía... ¿cómo decirlo...?

Buscaba las palabras y las expresaba con gestos, enlazando una mano con otra. «Hace mal en poner sus manos en evidencia -pensaba Alain vengativo-, esas manos que ejecutaron a alguien.»

-En fin, diferimos mucho uno de otro -dijo Camille-, ¿no es cierto?

Alain, sorprendido, convino mentalmente en que su mujer estaba en lo cierto. Continuaba callado, y Camille murmuró quejumbrosamente con una voz que conocía muy bien:

-Di, malo, di...

-Pero, ¡Dios santo! -estalló Alain-, ya no es de eso de lo que se trata. Lo que puede interesarme... interesarme de ti, es saber si lamentas lo que hiciste, si no puedes recordarlo y si, al pensarlo, te pones mala. El remordimiento, ¡diantre!, el remordimiento. ¡El remordimiento existe!

Se levantó, acalorado, dio la vuelta a la glorieta de boneteros, secándose la frente con la manga.

-¡Ah! -dijo Camille con aire contrito y afectado-. Naturalmente..., claro... Hubiese preferido mil veces no hacerlo... Tuve que perder la cabeza...

-¡Mientes! -gritó Alain ahogando la voz-. ¡Lo único que lamentas es haber fracasado! ¡No hay más que oírte, verte con tu sombrerito ladeado, tus guantes, tu traje nuevo...! ¡Todo lo que has ideado para seducirme! Si fuese cierto lo que dices, vería tu sentimiento en tu cara, lo sentiría.

Gritaba roncamente, con voz áspera. Ya no era dueño de su ira, que él había alentado. La tela gastada del pijama se le desgarró por el codo, y se arrancó casi toda la manga, que tiró a un zarzal.

Camille, en el primer momento, sólo tuvo ojos para el brazo desnudo, singularmente blanco sobre el sombrío bloque de los boneteros, que gesticulaba.

Alain se llevó las manos a los ojos, obligándose a hablar más bajo.

-Un pequeño ser sin reproche, azul como los más bellos sueños, almita fiel capaz de morir delicadamente si le falta quien ha escogido... Tú has tenido eso en tus manos, encima del vacío, y abriste las manos... ¡Eres un monstruo! ¡No quiero vivir con un monstruo!

Descubrió su húmedo semblante, al acercarse a Camille buscando las palabras que la abrumasen. Ella jadeaba, su atención pasaba del desnudo brazo blanco al rostro no menos blanco, del que la sangre había desertado.

-¡Un animal! -gritó indignada-. ¡Me sacrificas a un animal! De todas maneras, soy tu mujer. ¡Me dejas por un animal...!

-¿Un animal? Sí, un animal.

En apariencia calmado, se ocultó tras una sonrisa prudente y misteriosa. «Estoy dispuesto a admitir que Saha es un animal. Si de veras es un animal, ¿qué hay más superior a ese animal?, y ¿cómo hacérselo entender a Camille? ¡Me da risa esta pequeña criminal, impecable y virtuosa, que pretende saber lo que es un animal!» No pudo seguir burlándose, fue sacudido por la voz de Camille.

-¡El monstruo eres tú...!

-¿Cómo...?

-Sí, tú... Desgraciadamente, no sé explicarme bien porque..., pero te aseguro que no me equivoco. He querido suprimir a Saha. Sé que no es bonito, ya lo sé... Sin embargo, matar lo que estorba o hace sufrir es la primera idea que se le ocurre a una mujer, sobre todo a una mujer celosa. Es normal. Lo raro, lo monstruoso, eres tú, es...

Camille se esforzaba por hacerse comprender y, al propio tiempo, señalaba en Alain las muestras accidentales que imponían su sentido algo delirante: la arrancada manga, la boca temblorosa e injuriosa, la mejilla por donde ya no corría la sangre, el mechón insensato de los rubios cabellos despeinados... Alain no protestaba, desdeñaba toda ofensa y parecía perdido en una exploración sin retorno.

-Si hubiese matado o hubiese querido matar a una mujer por celos, me lo perdonarías con toda probabilidad. Pero he puesto la mano en la gata, y estoy arreglada. Y no querrás que te trate de monstruo...

-¿Acaso he dicho que no lo quiera? -interrumpió Alain altivamente.

Camille alzó hacia él sus pupilas extraviadas, hizo un gesto de impotencia. Alain, sombrío y lejano, seguía, cada vez que ella se movía, la mano juvenil, execrable y enguantada.

-¿Qué va a ser ahora de nosotros? ¿Qué vamos a hacer, Alain?

Él estuvo a punto de gemir, desbordando de intolerancia, y gritarle: «¡Nos separamos, nos callamos, dormimos, respiramos uno sin el otro! Me iré lejos, muy lejos, por ejemplo debajo de ese cerezo, bajo las alas de esa urraca blanca y negra, o a la cola de pavo real del surtidor de riego. O bien a mi frío cuarto, bajo la protección de un pequeño dólar de oro, un puñado de reliquias y una gata de color ceniza... »

Se dominó, empero, y mintió tranquilamente:

-Por ahora, nada. Es demasiado pronto para tomar una... decisión. Veremos... más adelante.

Le agotó este postrer esfuerzo de moderación y sociabilidad. Tropezó al dar los primeros pasos cuando se levantó para acompañar a Camille, que aceptaba aquella vaga conciliación con voraz esperanza.

-Sí, es así; es demasiado pronto... Un poco más adelante... Quédate aquí; no me importa que no me acompañes a la verja... Creerán que nos hemos peleado..., a juzgar por tu manga. Oye..., quizá me vaya a nadar un poco a Ploumanach, a casa del hermano y la cuñada de Patrick... Porque la sola idea de vivir con mi familia en estos momentos...

-Vete con el roadster -le propuso Alain.

Camille se ruborizó agradeciéndoselo con exageración.

-Te lo devolveré, ya lo sabes, en cuanto regrese a París... Puedes necesitarlo... No vaciles en reclamármelo... Por otra parte, te haré saber mi partida, y mi regreso...

«Ya organiza, ya echa redes, pasarelas, ya recoge, recose, teje de nuevo. ¡Es terrible! ¿Esto es lo que mi madre aprecia en ella? En efecto, quizá sea muy hermoso. Ya no me siento capaz de comprenderla ni de recompensarla. ¿Cómo se encuentra a sus anchas en todo lo que es insostenible...? ¡Que se vaya, que se vaya!...»

Camille se iba, guardándose de tenderle la mano, aunque, bajo la arcada vegetal podada, se atrevió a rozarle vanamente con sus senos embellecidos. Una vez solo, se desplomó en una butaca y, muy cerca de él, en la mesa de mimbre, la gata apareció prodigiosamente.

Una curva de la alameda, una brecha en el follaje, permitieron a Camille ver a distancia a la gata y a Alain. Se detuvo en seco, sintió un impulso como para volver sobre sus pasos; pero sólo vaciló un instante y se alejó más presurosa, pues si Saha, en acecho, seguía humanamente su partida, Alain, medio tendido en el suelo, jugueteaba, con mano hábil y encogida como una pata, con las primeras castañas de agosto, erizadas y verdes.

El silencio de Galileo

  • Genial. Universidad de Georgetown, Estados Unidos
  • Pone patas arriba las concepciones actuales. Punto de Libro, España
  • Fascinante. El Comercio, Ecuador
  • Sobresaltante. El Nacional, República Dominicana
  • Arrincona la verdad. Prensa, Panamá
  • Fascinante. El Nuevo Día, Puerto Rico
  • Narración ágil que atrapa. Veintitrés, Argentina

 

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Luis López Nieves

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