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Capítulo VIII
A las dos de la tarde del día siguiente, el Juzgado,
constituido en la tienda, practicaba las primeras diligencias sumarias.
La consternación circuló por la comarca como fuego de
artificio lanzado sobre una multitud.
Del acontecimiento se hizo una síntesis: la tienda de
Andújar, escalada, robada, llena de sangre, y dentro un hombre muerto. Esa
síntesis corrió de boca en boca, reforzándose en la exageración de tal manera
que al llegar a los linderos remotos decíase que la tienda había sido saqueada,
que se había encontrado a Andújar cosido a puñaladas y que los muertos pasaban
de diez.
Como si corriente de aire polar hubiera circulado,
todos los campesinos sintieron frío; para unos, frío de alma sencilla ante el
asombro de inaudita maldad; para otros, frío de vacilante virtud ante el peligro
de hacerse sospechosos, o de imbécil miedo ante la intervención aparatosa de la
justicia.
Pasados los primeros momentos de sorpresa, muchos se
internaron en los bosques; otros, sólo se atrevían a cambiar en voz baja tímidos
comentarios.
Con aquella masa acobardada y muda tenía que habérselas
la justicia; de aquel mundo de esquivos y ciegos tenía que surgir con claridades
meridianas la verdad.
Horas después del crimen, a las cuatro de la mañana,
dos campesinos pasaron frente a la tienda. Detuviéronse incidentalmente frente a
la puerta cuya cerradura rompió Gaspar, y como uno de ellos pusiera la mano
sobre los batientes, notaron que estaba abierta.
Les alarmó aquello, y aunque atribuyeron el caso a
algún descuido, alejáronse inquietos por si acaso, por no verse envueltos en
malos asuntos.
Cruzáronse en el camino con el dependiente, que les
reconoció. Llegó éste a la tienda y diose cuenta de que la puerta estaba abierta
y la cerradura rota.
Retrocedió presa de alarma, y por una vereda vecina fue
a despertar al segundo comisario, especie de teniente, que residiendo en las
cercanías ayudaba a Andújar en el comisariato.
Enterado aquél del caso fuéronse los dos a la tienda, y
a la luz del alba diéronse cuenta del sombrío acontecimiento; y sobre el
mostrador, con letra casi ininteligible y torpe redacción, produjo el segundo
comisario un parte a la autoridad del poblado, que sin pérdida de tiempo fue
remitido valiéndose de un campesino elegido entre los primeros que se agolparon
en el lugar.
El peatón, cerca del poblado, encontró a Andújar, que
regresaba a la montaña.
Al saber lo sucedido quedó éste perplejo. ¿Qué había
pasado? ¿Qué atrocidad resultaba? ¿Quién era el muerto?
Dudó. ¿Seguiría? ¿Retrocedería? Optó por lo primero. Si
el acontecimiento había tenido por escenario su casa, lo natural era acudir,
teniendo en cuenta, sobre todo, que el peatón le había visto y podría hacerse
sospechoso su retroceso. Siguió pues, y mientras caminaba se prometió hacer
esfuerzos para no verse muy traído y llevado en la cuestión: él no quería
cuentas con la justicia ni verse obligado a ir y venir mezclado en asuntos de
tribunales.
A mediodía, el juez, el escribano, el doctor Pintado,
un escribiente y, varios policías llegaron a la montaña.
Llenáronse con exquisito celo las formalidades de la
ley: un reconocimiento primario; la fe de libros llamando inútilmente al muerto;
el reconocimiento médico del cadáver; la designación topográfica de la escena;
diligencias de identificación de la víctima; acopio de piezas de convicción,
etc.
Al tratarse de identificar el cadáver, se apeló a los
campesinos apiñados en torno de la tienda.
El cuerpo de Deblás estaba mutilado, deforme: el pico
había penetrado por la mejilla izquierda, y como en el momento de la agresión la
cabeza yacía echada hacia atrás en la almohada, el agudo agente, rompiendo los
huesos de la cara, penetró hasta la base del cráneo y desmenuzó el bulbo.
A despecho de la deformación, todos los campesinos
circunstantes reconocieron a Deblás, pero todos callaron.
-¿Conoce usted a ese hombre? -dijo el Juez a Andújar,
mirándole fijamente.
El tendero afectó detenerse mucho antes de contestar, y
luego, serenamente, repuso:
-No le conozco.
-Fíjese usted bien.
-No, señor; no le conozco.
-¿Es posible que haya en su vecindario persona a quien
usted no conozca?
-Aquí conozco a todo el mundo... A ese hombre no le
conozco... Puede ser alguien de otro barrio, nuevo en éste... Como tiene la cara
aplastada. ¡Está tan desfigurado!
-¿Cómo?
-Quiere decir... que está destrozado...
Un relámpago de duda fulguró en la mente del juez.
Antiguo y astuto criminalista, dudó de la verdadera significación de la frase
¡está tan desfigurado!
Llamó a un policía y díjole algo en voz baja.
Volviose al dependiente y repitió la pregunta:
-¿Conoce usted a este hombre?
El mancebo, que antes de la llegada del juez tuvo
tiempo de platicar con Andújar, respondió con firmeza:
-No le conozco.
-¿Ni por el semblante, ni por el cuerpo, ni por las
ropas, le conoce usted?
-Por nada... En mi vida he visto a ese hombre.
-¿No le encuentra usted desfigurado?
-Sí..., es decir, no sé...; como no le conocía de
antes...
La pregunta fue repetida a veinticinco o treinta
testigos.
-No le conozco...
-No le conozco...
Nadie en el concurso conocía al muerto.
En el grupo estaba Ciro. Habíase levantado tarde, y al
dirigirse a la granja de Juan del Salto supo el acontecimiento y acudió atraído
por la curiosidad.
De lo que hubiera allí pasado no tenía la más remota
idea, la más ligera sospecha; sin que se le ocurriera relacionar detalles de su
historia de la noche con el desafuero consumado.
Requerido por el juez, reconoció a Deblás; pero, como
todos, contestó:
-No le conozco.
-Fíjese usted bien. ¿No encuentra usted en la cara, en
el cuerpo, en las ropas, algún detalle que le induzca a pensar quién era ese
hombre?
-Ninguno.
-¿No le había usted visto nunca en la comarca?
-Nunca.
-¿No se le parece a nadie de este barrio?
-No, señor; a nadie...
El juez miró a Ciro cara a cara. Había observado algo
sospechoso...
Hízole acercar y de nuevo le consideró con fijeza. Ciro
vestía pantalón y chaqueta de hilo crudo y camiseta de algodón, todo muy usado y
raído.
-¿Qué manchas son éstas? -dijo de pronto el juez,
indicando unos lamparones color de ladrillo oscuro que tenían la camiseta y los
pantalones del joven.
Ciro, reconociéndose con viveza, quedó indeciso.
-¿Puede usted decirme qué manchas son ésas?
-Yo...
-Esas manchas son de sangre...
-¡De sangre!
-Sí... ¿Dónde se ha manchado usted de ese modo?
-Pero...
-¡Hable usted sin ambages! ¿Dónde se ha manchado usted
de ese modo?
El mundo se oscureció para Ciro. ¡Manchas, manchas de
sangre! No recordaba haberse visto tales manchas el día anterior. ¿Cómo explicar
lo que él mismo ignoraba?
La confusión le subió al semblante, púsose más pálido
de lo habitual, balbució frases incompletas y sólo consiguió murmurar:
-Yo no sé... Esto no es sangre. Estoy turbado..., no sé
qué es esto...
-Serénese usted. Tiempo nos queda de poner en claro esa
duda.
Y dando otra orden reservada continuó su labor.
Empezaron las declaraciones explicativas del suceso
relacionadas con las primeras noticias que de él se tuvieron. Fue preguntado el
mancebo:
-¿A qué hora vino usted a la tienda?
-Entre cuatro y media y cinco de la mañana.
-¿Vino usted solo?
-Solo.
-¿Nadie le vio a usted?
-Nadie.
-El segundo comisario, al producir el parte a la
autoridad, declara que usted le había manifestado haberse cruzado en el camino
con dos hombres...
El mancebo vaciló, miró en torno, inclinose y,
pellizcando un pliegue de pantalón, rascose una pierna. El juez, sin perder un
solo ademán del declarante, insistió:
-¿Les conoce usted?
-Pues... sí. Les conozco.
-¿Cómo se llaman?
-Es que... como era aún de noche...
-Como todavía no era día claro usted les conoció, pero
no vio sus nombres... ¿No es eso? -añadió el juez, arrugando el entrecejo-.
Vamos, conteste usted -continuó-. ¿Cómo se llaman esos hombres?
-Bien..., yo diré... Pero, la verdad, yo no estoy
seguro de quiénes eran. Me pareció que...
-¿Qué le pareció a usted?
-... que eran Tomás Vilosa y Rosendo Rioja.
Otra orden reservada fue transmitida a los ordenanzas
de policía.
Practicose un minucioso reconocimiento del lugar,
tomándose nota de los más pequeños detalles. Dos puertas violentamente abiertas,
con las cerraduras rotas; la tapa del mostrador, levantada; restos de sustancias
alimenticias, diseminados; vasos vacíos, que olían a cerveza y aguardiente;
huella de haber sido registrados todos los cajones, encasillados y aparadores;
en el cuarto, un cofre abierto y rodeado de ropas salpicadas de sangre, una
tranca de madera en el centro del cuarto; un pico lleno de sangre en algunas
pulgadas de su punta, tirado también sobre el pavimento; un puñal de tosco
mango, con la hoja completamente limpia de toda mancha, que fue encontrado en el
suelo cerca del charco de sangre; un cortafríos debajo del catre, manchado de
sangre por encima y dejando en el gran reguero un trozo de pavimento limpio que
correspondía perfectamente a las dimensiones del cortafríos, lo que probaba que
éste cayó antes en el suelo que la sangre de la víctima; un sombrero de paja sin
horma ni forro, sucio, con el vértice de la copa deshilachado y roto, habiendo
servido, al parecer, para cubrir una cabeza muy grande; otro sombrero de paja
mugriento, hallado en el suelo, también detrás del catre, y, por fin, otros
objetos de más o menos importancia, como botellas vacías con indicios de haber
servido de candelero, el ronzal en el clavo exterior y varios más que fueron
recogidos y anotados.
Cuando levantó el juez el sombrero roto por el fondo,
todos los presentes reconocieron su procedencia. En lo recóndito de las
conciencias sonó el nombre de Gaspar..., pero todos callaron, y a las reiteradas
preguntas del juez y del actuario no hubo uno que no negara aquel conocimiento.
-No lo sé...
-No lo sé...
-No lo sé...
Tal fue la frase sacramental que salió de todos los
labios.
Ciro, ante aquel sombrero, tuvo un rayo de luz. El
asesino había sido Gaspar. No podía dudarse. Recordó el joven la angustia de
Silvina, el terror de que la vio poseída, su carrera cuesta arriba, sola,
desolada... ¡Ah, qué misterio! ¡Qué terrible misterio! Mas él no se
precipitaría, pensaría detenidamente antes de cantar; y sobre todo sucumbiría a
cualquier sacrificio antes que comprometer a Silvina.
Y en el ánimo de Ciro no entraba ni por un momento la
duda acerca de la complicidad de la joven. No, ella era inocente; el infame, el
asesino era Gaspar.
Probose al cadáver el sombrero de Gaspar. Le bailaba en
la cabeza. Insistió el juez. Acaso usara la víctima sombrero ancho. Mas viose
que la desproporción de medidas era notable. En cambio, cuando se hizo igual
prueba con el sombrero hallado detrás del catre, no fue posible dudar: aquel
sombrero pertenecía a la víctima.
Después fue reconocido el cadáver. Se le halló un agudo
puñal escondido en la cintura y los bolsillos llenos de objetos que Andújar
declaró pertenecerle.
De todo se tomó acta. Levantose un plano del teatro del
crimen, registráronse las cercanías, cumpliéronse, en fin, severamente las
formalidades de la ley.
Por la tarde, el Juzgado regresó a la población. Aparte
de lo actuado, las primeras diligencias inspiraron al juez algunas previsiones.
En la comitiva hizo conducir presos a Andújar, al
dependiente, a Ciro, a Tomás Vilosa y a Rosendo Rioja.
Una larga lista nominal de vecinos fue también tomada
sobre el terreno, y con un arsenal de diligencias primarias y piezas de
convicción, después de cerrar y sellar las puertas de la tienda y enviar delante
un cortejo de labradores que conducía en parihuelas el cadáver, volviéronse los
intérpretes de la ley al poblado.
Durante el regreso, el juez caminaba meditabundo. ¡Caso
raro! ¡Incomprensible crimen! ¿Por qué dos puertas fracturadas? Si una sirvió
para entrar y otra para salir, ¿por qué rotas las cerraduras de ambas? Para
abrir por dentro una puerta, basta con levantar el pestillo y quitar la tranca
de modo que la cerradura ceda, sin que se necesite romperla. ¿Para qué se
rompieron aquellas dos cerraduras? Parecía probable que los agresores fueron
varios y trabajaban en cuadrilla. La actitud ambigua de Andújar; su salida la
tarde anterior, no bien explicada todavía; su regreso impasible; su poca
curiosidad y zozobra ante el robo posible; las vacilaciones del dependiente; su
indecisión para contestar; las miradas furtivas dirigidas a Andújar cada vez que
era requerido por el juez; la coincidencia del encuentro del dependiente con
aquellos dos hombres con quienes se cruzó en el camino, y, finalmente, las
manchas, las indudables manchas de sangre en la ropa de Ciro, hicieron pensar al
juez en la posibilidad de un atentado en cuadrilla.
Mas enseguida desechaba la hipótesis. ¿Cómo pensar que
Andújar se robara a sí mismo? ¿Cuál, entonces, había sido el móvil del crimen?
¿Matar al hombre hallado en el catre? Tal vez una venganza, una celada, una
intriga para deshacerse de un enemigo... No, inconcebible. El muerto tenía los
bolsillos llenos de objetos de la tienda. Luego el muerto era también agresor.
¿Entonces, por qué caer asesinado? ¿Una lucha surgida ante el botín? Tampoco.
Tenía el muerto un puñal en la cintura: en el suelo fue encontrado otro puñal
limpio de toda mancha. Si hubiera habido lucha se hubiese defendido, el arma
hubiera sido hallada fuera de la vaina y acaso el otro puñal ensangrentado por
haber sido agente de la muerte.
Lo indudable era que la muerte fue producida con el
pico... Aquí otra duda. ¿Fue dado el golpe hallándose la víctima en pie y
conducida después al lecho? ¿Fue herida estando acostada? La autopsia hablaría.
El juez se devanaba los sesos. ¡Qué laberinto!
Indudablemente faltaban datos.
Fue el proceso llevado con actividad. Declaró media
comarca, buscáronse antecedentes de los detenidos, hiciéronse careos,
persiguiéronse varias pistas...
El juez, entregado durante varios días al asunto, no
logró desenredar la madeja. Estaba solo, completamente solo: hubiera sido
preciso adivinar...
En tanto, en la montaña, los ánimos fueron serenándose.
Se sospechaba, se presentía, se sabía la verdad... A veces, al pasar, se miraba
de reojo al asesino, pero nadie hablaba, nadie quería comprometerse.
Gaspar estaba retraído, formal. No bebía, trabajaba con
asiduidad, hablaba poco y muy temprano encerrábase en la casucha.
Después de la noche célebre había pasado grandes
sustos. Cuando en aquella hora aciaga, corriendo a campo traviesa por el bosque,
llegó a la choza de Leandra, sentose jadeante en el suelo... ¿Qué había sido de
Silvina? ¿La habría matado Andújar?
Recordó la noche en que, saliendo del baile de
Vegaplana, la joven perdió el conocimiento... ¡Ah, quién sabe! Era posible que
un desmayo la hiciera caer junto al catre en el momento de dar bajo su dirección
el golpe. En ese caso ya volvería. Cada cual que corra con sus pies.
Lo importante, de momento, era desvanecer las
huellas... Esperó mucho tiempo sin saber qué resolución tomar, en la
incertidumbre de la suerte que le hubiera cabido a Silvina.
Al fin, por entre los cafetos, apareció la joven, que
acababa de dejar a Ciro en las cercanías.
Ya más serena, costó trabajo a la joven separarse de
Ciro. Él quiso detenerla a todo trance, obligarla a huir aprovechando la
facilidad de la ocasión. Mas ella, irresoluta, siempre dominada por la tiranía
influyente de Gaspar, negose a tamaña rebeldía; la aplazó para remota
oportunidad, y escapó prometiendo a Ciro seguirle en otra ocasión.
Cuando la vio llegar Gaspar la impuso silencio: no eran
momentos para comentarios. En voz baja refirió el resultado de la jornada.
Ella, estremecida aún de susto, quiso entrar en la
casa. No la permitió Gaspar. En la tienda habíale visto el vestido lleno de
sangre. Lo primero, dándole unos tirones, le arrancó de encima el vestido,
después, en el colgadizo, la desnudó por completo.
Jugueteó la brisa nocturna con aquella desnudez,
refrescando en la pobre mujer los ardores aún palpitantes de la emoción. La hizo
lavar, y mientras ella penetraba en la casucha procurando, por encargo de
Gaspar, no hacer ruido, él detrás de un árbol cercano, cavó y enterró el montón
de ropas sangrientas.
Después, a dormir; a apretar los ojos para que las
espantosas imágenes del pasado no ahuyentaran el sueño.
Silvina, cruelmente combatida por las emociones, estaba
estuporada, casi insensible. Al tenderse, sin embargo, en su rincón, el recuerdo
de las escenas de la tienda contrajo su semblante con la amargura de un sollozo;
y enseguida el recuerdo de los amantes arrebatos de Ciro borró el sollozo y
dibujó una sonrisa. Sonriendo, quedose dormida.
Desde aquella noche Gaspar no vivió tranquilo. Sentía
necesidad de huir, mas ¿cómo? Estaba seguro de que mucha gente sospechaba de él
gracias al maldito sombrero, y se reconocía entregado a todo el mundo, expuesto
a la delación de cualquiera.
Su inquietud subió de punto cuando Galante, llamándole
a solas, sin ninguna clase de explicaciones, le dijo:
-Cuidado; mucho cuidado... y mucho ojo.
Era indudable que le rodeaban grandes peligros. Si te
prendían, ¿quién garantizaba la discreción de Silvina? Ella iría también a la
cárcel, hablaría claro y entonces le fastidiaría para siempre. El único partido
aceptable era huir. Lejos, bien lejos. Y su cavilación siempre terminaba
preguntándose: ¿cómo huir?
En uno de aquellos momentos de reconcentración te
pareció encontrar un asidero: la vieja Marta. Él, desde la noche del baile,
había dado tres o cuatro asaltos al erario de la avara, pero sangrándolo siempre
de sumas pequeñas. ¿Por qué no dar el escobazo final?
Tembló ante la idea de una nueva hazaña tan desgraciada
como la otra; mas aunque hizo esfuerzos para disuadirse a sí mismo, acabó por
convencerse de que sin dinero estaba imposibilitado para todo. Con algunos pesos
podría dar solución al conflicto. Ese proyecto se hizo en él idea fija.
Silvina lloraba con frecuencia a solas, sin que se
diera cuenta de lo que con más agudeza la afligía. ¿Era el pasado, con sus
remordimientos? ¿La vida infeliz que arrastraba? ¿La triste suerte de Ciro,
inocente y encerrado en un calabozo?
Muchas veces pensó que no le sería difícil invertir los
términos: explicar el origen de las manchas de sangre encontradas en las ropas
de Ciro y sacarle de la cárcel, metiendo en su lugar a su marido.
Reconocía ella que su conducta no era buena, que no
obraba bien. Procediendo con honradez debía decirlo todo, todo... Pero ¿qué
sería de ella si hablaba? También ella era cómplice: había concurrido al
escalamiento; había salido manchada de sangre, aún caliente. La prenderían, la
sentenciarían como cómplice, como agresora. ¿Cómo explicar el dominio de Gaspar
llevándola al crimen? ¿Quién habrá de creer que contra todas sus tendencias y
contra todos sus instintos concurrió al atentado obligada por una voluntad más
fuerte?
En su ignorancia no encontraba palabras para expresar
tan encontrados sentimientos. Si la prendían, Ciro quedaría libre y ella, una
vez más, veríase arrastrada por aquel hombre maldito, que la empujaría a un
presidio, a una cadena por toda la vida...; y temblaba de espanto y callaba.
Cuando le confió Gaspar su proyecto de huir, sintió la
limosna de un instante de alegría. Elevó el alma a Dios y suplicó fervorosa y
contrita que el proyecto tuviera buen éxito. ¡Sola, sola sin él! Podía morir
dichosa después de haber gozado un minuto de aquella soledad.
Leandra, como siempre, daba el fláccido seno a Pequeñín
y lavaba en la piedra ancha y plana del río.
En aquellos días estaba recelosa, contemplativa,
mirando a hurtadillas las evoluciones de Gaspar, observando a Silvina.
Sospechaba, tenía indicios de que la atrocidad de la tienda le andaba cerca.
La noche del crimen oyó algo... Rumores inciertos; un
regreso de velorio en el que Gaspar y Silvina no amanecieron; ruidos extraños en
el colgadizo; respiraciones contenidas; Silvina levantándose al siguiente día
con la camisa de que se había despojado antes de salir para Vegaplana, sin que
la que llevó puesta y el vestido de color oscuro con que se atavió para el
nocturno pésame se volvieran a ver en los rincones de la casa... Un conjunto de
pequeños detalles de dudosa significación. Gaspar, al parecer tranquilo,
aquietado, solícito, alejado del bullicio y con frecuencia meditabundo.
Ella sospechaba también, y callaba. El detalle del
sombrero fue el golpe de gracia: en toda la casa no vio el sombrero usado
habitualmente por su yerno, y entonces usaba uno nuevo, limpio, al que habían
roto el fondo intencionalmente. Sí, Gaspar había sido el agresor; estaba
convencida. ¿Y qué hacer? Sencillamente, callar. ¡Había ella callado tantas
cosas en la vida; habíase mordido la lengua tantas veces! Una más no significaba
nada. Resueltamente: callaría. La cosa no le importaba...
Montesa, por aquellos días, parecía una caja de
truenos. ¡Que se viera, que se tocara el resultado de las blanduras! Mano
abierta para aquellas gentes era lo mismo que jaula rota para lobos. Lanzaba
unos ternos vibrantes que parecían condensarse en la atmósfera y, tomando forma
de cohetes, ir a reventar contra las chozas y los bosques. Nada, aquello no era
gente. Mientras no se aplicara el látigo como a los negros esclavos iríase de
mal en peor.
De ese modo, en los trabajos, estuvo más déspota y
genial que nunca... Los obreros más honrados, los más conocidos por sus
virtudes, le merecieron duros reproches, y a los que faltaban en el cumplimiento
de su deber los barrió al instante.
-¡Fuera, fuera gentuza!
Sentía el mayordomo indignación al contemplar terrenos
sin cultivo, hermosas tierras suplicando labor, mientras la turba de los montes
disipaba el tiempo en necios placeres o en estúpidas holganzas. No exceptuaba
él, no distinguía entre los buenos y los malos. Todos, para él, eran iguales. Y
en el fondo de tan grosera injusticia había un grito de honradez, de rebelde
dignidad ofendida por el extravío de los otros.
Como después de las horas laborables su vida se
limitaba a su hogar, enterábase poco de los comentarios del barrio, de las
suposiciones, de las sospechas. Le impresionó el crimen en conjunto; en detalle
no le preocupó.
En las cumbres de la finca de Galante, como un hurón,
confinábase Marcelo. ¡Qué días, qué noches de angustia en su choza! ¡Qué dolor,
qué inmenso susto cuando al conocer los resultados de la jornada se enteró de la
prisión de Ciro! Su pobre hermano corría peligro... Pero ¿qué manchas eran
aquéllas? ¿Sería su hermano también un canalla capaz del crimen? ¿Habríanle dado
Gaspar y Deblás participación en aquel horror? No se resolvía a creerlo.
Quedábase muchos días en la choza, manteniéndose de
algún fiambre, imposible para el trabajo, dominado por enfermiza laxitud.
Aparte de sus terrores, todo le era indiferente. A nada
aspiraba, nada quería: vivir, sólo vivir, sin que le estremeciera el miedo,
aunque no comiera más que un banano o algunas frutas silvestres.
En su soledad veíase perseguido por las zozobras. Eran
diabliposas que le revolaban en tomo, hostigándole con punzante insistencia.
Un día estuvo a punto de caer desmayado: el comisario
interino le notificó que el juez le había citado para declarar. ¡Declarar, quién
hubiera querido olvidarse de todo para no sufrir!
Mas no hubo evasiva: al siguiente día emprendió a pie
la penosa caminata hasta el poblado, sin que se le ocurriera por qué había sido
llamado.
La figura macilenta del joven inspiró lástima al juez.
Le latían los vasos del cuello, sus ojos miraban con languidez de sufrimiento.
Como desde los primeros momentos la personalidad de
Ciro se creyó la más importante en el proceso, hilose con él muy delgado.
Obligósele a explicar, minuto por minuto, el empleo que dio al tiempo durante la
noche del crimen.
Ciro se encerró en la mentira. Referir su encuentro con
Silvina, su ronda desde las primeras horas de la roche, su retirada a la choza
después de las cuatro de la madrugada..., jamás. Él no quería ni remotamente
comprometer a la joven.
Así pues, respondió mintiendo: se había acostado la
noche del crimen a las ocho de la noche.
Puesto en claro su método de vida, el juez necesitó oír
la declaración de Marcelo, que había de confirmar, o no, lo dicho por Ciro.
-Oiga usted -dijo el juez-, su declaración es
potestativa. ¿Comprende usted?
-Yoooo... -contestó Marcelo, abobado.
-Como es usted hermano del sospechado agresor, la ley
le excusa de declarar en ningún sentido. ¿Quiere usted hacer valer ese derecho?
-A mí me digieron que tenía que venil...
-Sí, perfectamente. Pero ahora yo le aviso a usted la
libertad en que está de irse como vino o de prestar declaración. Se trata de su
hermano... ¿Qué elige usted?
-Pa mi gusto...
-¿Qué?
-Yo no he hecho mal a naide.
-No es eso. ¿Declara usted o no declara?
-Yo..., como usted quiera...
El juez, al verle indeciso, le inclinó a declarar.
-Bueno, pues diga lo que sepa; vamos a ver.
Y fue preguntando acerca de importantes puntos que se
deseaba precisar.
No preparado para el caso, fue el joven sincero en el
interrogatorio. Ciro trasnochaba con frecuencia y muchas noches no dormía en la
choza.
-Según eso -dijo el juez-, la noche del crimen su
hermano se recogió muy tarde, ¿verdad?
Ante tal pregunta, Marcelo vio un horizonte... En su
torpeza había malicia; en su sinceridad, suspicacia. Comprendió la importancia
de su respuesta y explicose por qué le habían llamado a declarar.
Las miradas del juez y el interés con que le escuchaban
los presentes confirmáronle aquella importancia. Le ocurrió que, relatando lo
cierto, quedaba para Ciro una laguna que llenar. ¿En dónde había pasado la
noche? De ese modo podía comprometer a Ciro.
Vaciló un instante. ¿Qué había declarado Ciro? ¿Había
dicho que regresó tarde o que se retiró temprano?
En la duda, tuvo por natural que su hermano hubiera
tratado de sustraerse a toda sospecha.
-Esa noche -respondió Marcelo- mi hermano durmió
conmigo.
-Bien, no durmió fuera... Pero ¿a qué hora se recogió?
-Anocheciendo.
-¿Le vio usted? ¿Está usted seguro de que era temprano?
-Sí, señor.
-Las noches en que regresaba tarde, ¿le oía usted
llegar, despertaba usted?
-Sí, señor.
-¿Siempre?
-Siempre.
-¿No acostumbraba su hermano levantarse después de
acostado y volver a salir?
-Nunca; una vez acostado, caía que ni piedra...
-Y cuando trasnochaba, ¿en qué empleaba el tiempo?
-Generalmente eso sucedía cuando tenía entre manos
algún...
Marcelo se detuvo, sin atreverse a pronunciar el
vocablo.
-¿Algún qué?
Todos los presentes sonreían; todos comprendieron.
-Vamos, diga usted.
-Pues... cuando tenía algún chivo...
-¿Alguna aventura amorosa?
-Anjá...
-¿Era eso frecuente?
-Las más de las noches.
-En suma; ¿qué hizo su hermano esa tarde, después que
terminó el trabajo en la finca del señor Del Salto?
-Llegó a casa, se tumbó a mi lado y se durmió hasta los
claros del día.
Cuando la declaración dio fin, respiró Marcelo
libremente. Nada le pasaba, dejábanle en libertad.
Y volviendo a la montaña necesitó reponerse tres o
cuatro días del cansancio producido por el viaje y las emociones.
Ciro, pasadas las sorpresas del primer momento, había
conservado la serenidad. Quien no la hace que no la tema. Si no había cometido
crimen alguno no tenía motivo para temblar.
Cuando le prendieron logró dominarse. El asesinato, no
lo dudaba, era cosa de Gaspar; ¿pero qué papel jugó Silvina en el asunto? Estaba
seguro de que ninguno. Tal vez el susto y la angustia que notó en ella aquella
noche dependieron del conocimiento que tuvo del atentado, acaso al referírselo
Gaspar.
De otro lado, perdíase en conjeturas. ¿Y las manchas?
¿En dónde se había manchado de aquel modo? Registraba rincones del recuerdo sin
acertar.
Aceptó al cabo una hipótesis que tuvo por segura. ¡Bah!,
eran manchas de plátanos. Sí, el plátano tiene una humedad que, puesta en
contacto con las ropas, deja una mancha prieta. Eran, indudablemente, manchas de
plátano. Como él anduvo aquella noche por platanales, nada tenía de extraño.
Por lo demás referir su infidelidad de aquella noche...
¡eso nunca! ¡Pobrecita Silvina! ¡Traerla poco menos que por el moño a la causa!
De ninguna manera: antes que eso sufriría por ella persecuciones y cárcel.
Convino, pues, consigo mismo en no mentarla, y declarando siempre con serenidad
y firmeza aseguró que la famosa noche se había acostado muy temprano junto a su
hermano, durmiendo tranquilo toda la noche.
Andújar tampoco tembló. Le pareció brutal que le
prendieran, e ingresó en la cárcel seguro de ser excarcelado en breve. ¿Se había
hecho sospechoso por algunos detalles? Pues sospechar no era comprobar; ya se
convencerían de su inocencia.
De otro lado, los acontecimientos le hicieron cavilar
mucho. No podía explicarse por qué su primo tuvo tan trágico fin. Si Gaspar era,
como no lo dudaba, autor del asesinato, ¿qué pasó entre ellos? ¿Por qué Deblás,
con los bolsillos llenos y con un puñal al cinto, había sucumbido en lucha con
un mandria como Gaspar?
No veía claro, e inútilmente trataba de explicarse la
intrincada urdimbre del crimen. De todos modos quedaba libre del célebre primo.
En verdad que le perjudicaba mucho la clausura de la tienda, pero ya se
repondría del perjuicio impulsando el nuevo negocio bancario y aumentando su
predio con terrenos comprados a los colindantes; sobre todo el cerezal, el
deseado cerezal de la vieja Marta, negocio que pensaba no dejar de la mano.
Marta, ante los acontecimientos, hizo aspavientos y
maldijo de los malos.
El asalto de la tienda la impresionó, por la
experiencia que su desconfianza adquiría. Ella estaba también expuesta a
parecido atentado. Su dinero, repartido en montones, permanecía ignorado de
todos; mas comprendía que en cualquier momento estaba en peligro de que le
descubrieran los escondites, de que la despojaran.
Cuando se convenció de que había sido Gaspar el bárbaro
agresor, no tuvo sorpresa. Conocía bien ella las prendas de aquel pillete y le
creía capaz de todo.
Como el daño ajeno hace pensar con frecuencia en la
propia seguridad, Marta perdió el sueño muchas noches pensando en que la
hicieran víctima de otro atropello.
Contó y recontó mentalmente su tesoro; ideó nuevos y
más recónditos lugares adonde cambiar sus montones; reconoció la necesidad de un
recuento efectivo, para convencerse de que ni un solo céntimo faltaba en su
erario. Se impuso, pues, una labor fatigosa en la que sufrió mil sustos
imaginándose sorprendida a cada instante.
Entre unas piedras del bosque buscó su oro: contó
onzas, medias onzas, centenes. Todo intacto. Más allá, entre unas malezas,
contó, de bruces sobre la tierra, un paquete de pesos. Ni uno faltaba de su
cuenta. Luego, junto a la gran ceiba, desenterró la tinaja... Contó una, dos,
tres veces, sudando gruesas gotas, con el corazón oprimido, casi sin aliento.
¡Gran Dios, faltaba, faltaba dinero! Deteníase, meditaba sumando en la memoria
las cantidades guardadas en diferentes épocas, y volvía a contar. Faltaba
dinero. Los treinta y tantos pesos de aquel buen domingo hicieron subir el
depósito a doscientos cincuenta, y ¡allí sólo había doscientos!
El día se nubló para Marta. Febrilmente ahoyó en otro
lugar, cambió la tinaja; y jadeante, llorosa, con lágrimas de rabia, rebujose en
su hamaca.
Voló entonces la imaginación. Era indudable que la
habían robado, que la estaban robando, que la robarían el último ochavo. ¡Pasar
una vida de escasez y miseria para que en un minuto la desvalijara un pícaro! Y
cuando así pensaba el nombre de Gaspar le danzaba delante de los ojos como
denunciándose a sí mismo.
No dudó: Gaspar había robado y matado en la tienda;
Gaspar la robaría y la mataría a ella; todo el mundo conocía en el barrio al
autor del crimen, y, sin embargo, el malvado estaba suelto, amenazando con la
impunidad el sosiego de todos. Ella no podía vivir de aquel modo: cualquier
noche la estrangularía Gaspar.
Así pues, la vieja aprestose a la defensa. Comprendió
que no podría probar el robo de que había sido víctima, ni tampoco era
conveniente vociferarlo, porque entonces todo el mundo sabría que ella enterraba
dinero. No, lo conveniente era buscar medios indirectos...
Una idea satánica le ocurrió: puesto que Gaspar era el
autor de la fechoría de la tienda; puesto que todos habían reconocido al dueño
del sombrero; puesto que todos callaban..., ella hablaría, ella empujaría a la
cárcel a aquel bribón y entonces respiraría tranquila.
Con vacilante paso dirigiose al cuartelillo, en donde,
a pocas millas de distancia, estaba destacado un pelotón de la policía federal.
Preguntó por el jefe y díjole que ella conocía al dueño del famoso sombrero y
quería declarar ante el juez.
Fue conducida al poblado, y, a poco, sonó por primera
vez en la causa el nombre de Gaspar.
La declaración de Marta produjo una orden de detención
contra Gaspar, y dos o tres días después de la denuncia la policía buscaba en el
barrio al célebre marido de Silvina.
Ya declinaba el día cuando por el cerro en donde estaba
la casucha de Leandra subía la guardia montada.
Estaba Gaspar sentado en el umbral; Silvina y Leandra
hormigueaban por allá dentro.
El rumor llamó la atención de Gaspar, quien asomándose
a la ladera por donde serpeaba el caminillo vislumbró entre el follaje los
uniformes.
Aquello no fue correr..., fue cuerpo disparado por el
arco del miedo. Huyó Gaspar con velocidad inaudita. La montaña, con su laberinto
de bosques y plantíos, fue el seno profundo en donde se desvaneció la criminal
silueta.
Cuando los guardias llegaron a la casucha no hubo
trazas del perseguido. Sorprendidas y llenas de temor, las mujeres no atinaron
con una respuesta serena. ¿En dónde estaba Gaspar? No lo sabían.
La policía, conocedora del barrio, acostumbrada al
laberinto de los montes, dio por cimas y hondonadas una batida. Gaspar no estaba
en el barrio: nadie sabía su paradero.
Al día siguiente de esa pesquisa, Galante descendió al
poblado y estuvo muchas horas en los muelles. Viósele departir en secreto con
gentes de mar, platicando buen tiempo con el capitán de un balandro próximo a
partir en viaje intercolonial.
Con exactitud nada se supo, mas en la comarca todos
afirmaron que Galante había embarcado a Gaspar, librándole de caer en manos de
la justicia.
La requisitoria del juez no tuvo resultado. El más
resistente cabo suelto, el asidero más firme a que la ley pudo asirse, había
sido cortado en la sombra por Galante, por el rico propietario, por el futuro
banquero que en la razón Andújar y Galante debía continuar representando en la
colonia, en su país, en el mismo suelo en que naciera, el papel de maestro mudo;
por el opulento corruptor para quien granulaban los plantíos y florecían los
bosques.
La denuncia de Marta hubiera hecho luz; la protección
de Galante, ahuyentando a Gaspar, borró la verdadera pista del crimen.
La verdad, la justicia, el bien de todos, sufrieron.
Sólo medró la avara, viéndose libre de la presencia del malvado.
La causa no prosperó: un tumulto de indicios
contradictorios la hicieron confusa y un móvil no descubierto inextricable.
De las innumerables declaraciones nada resultaba, como
no fuera el convencimiento de que algo existía callado por todos.
Las contradicciones, los careos, las pruebas, nada dio
resultado.
Los campesinos Rosendo Rioja y Tomás Vilosa explicaron
el empleo de su tiempo, su presencia en las cercanías de la tienda y su
encuentro con el dependiente. Fue imposible imputarles culpabilidad.
Andújar probó su coartada. Muchos le vieron en la
población durante la noche del atentado. Depusieron varios amigos y conocidos
del tendero: un almacenista, que declaró haberle dado hospitalidad; el cochero
de un carruaje público, que a altas horas de la noche lo condujo a su
alojamiento; el dueño de una casa de comidas, en donde cenó; y, finalmente, el
mismo Andújar exhibió un recibo de depósito cuya fecha, tinta y carácter de la
letra comprobaban que en los momentos en que se cometía el crimen el tendero
contaba y depositaba una suma de dinero que debía quedar guardada en el poblado.
No vio claro el juez en aquellos hechos coincidentes:
precisamente en la tarde antes del atentado, Andújar sustraía sus valores. ¿Fue
casualidad? ¿Fue previsión? Sospecha insistente le cabalgó al juez en los
espejuelos; mas las hipótesis no tuvieron confirmación y las sospechas
continuaron en su estado de aéreos fantasmas.
Acreditó el dependiente haber pasado toda la noche en
su domicilio del monte. Su encuentro con los campesinos precisó la hora de la
mañana en que se dirigió a la tienda; el segundo comisario declaró en menudos
detalles la alarma que poseía el joven cuando fue a despertarle; la
circunstancia de haber sido rotas las cerraduras en tanto que tenía el mancebo
una llave con la cual, después de haber sido agresor, pudo abrir cómodamente la
puerta, fue detalle de importancia que no permitió sospecha; así, de las sombras
del proceso nada resultó tampoco contra el dependiente.
En el foco de la duda quedó Ciro. La declaración de
Marcelo asegurando haber permanecido su hermano en la choza toda la noche; la
declaración de multitud de campesinos afirmando que durante algún tiempo Ciro no
había usado otro sombrero que el que llevaba puesto en el momento de ser
detenido; la desproporción entre la medida del sombrero hallado en la tienda y
la cabeza del joven; el no haber una sola manifestación testifical que le
comprometiese, todo parecía alejar de él las sospechas. Sin embargo, las manchas
de sangre mantenían la duda...
Ciro juró que aquellas manchas debieron ser producidas
por la resina del plátano; mas al ser preguntado dónde, cómo y cuándo se manchó,
nada pudo precisar.
Con firmeza, con acento honrado, declaraba: primero,
que no podía explicar las circunstancias originarias de las manchas; segundo,
que se inclinaba a creerlas producidas por el roce de sus ropas con semillas de
bananas, que en aquellos días había ayudado a transportar; tercero, que no se
había fijado en las manchas hasta el momento en que fueron descubiertas por el
juez.
Aquella declaración, aunque incierta, formulada con
acento seguro y tranquilo, llamó la atención del juez. Si es culpable, ¿por qué
no miente? ¿Por qué se manifiesta indeciso y vacilante en un punto que tanto le
compromete? Parecía aquello un alarde de honradez, un esfuerzo de hombría de
bien que no quiere mentir ni aun en provecho propio.
El juez indagó la fecha del último lavado del traje de
autos... Puesto que las manchas del banano resisten al agua, aquéllas, caso de
ser antiguas, debieron existir antes del último lavado. Ciro citó el nombre de
la campesina que lavaba la ropa; vino ésta y resultó que nada recordaba.
En tan profunda oscuridad sólo un camino de evidencia
quedaba: la ciencia.
La ciencia fue preguntada, y en la trastienda de una
farmacia, un farmacéutico y un médico entregáronse al análisis.
¡Qué dificultades, qué honduras! Desfiló un ejército de
tubos, cristales y probetas; se consumió buena cantidad de alcohol, quemado en
lamparillas de cristal que producían llamas azules; se derrochó caudal de
tecnicismo, de esa palabrería fecunda llena de verdad y claridades que cimenta
el edificio de la ciencia y que ante oídos profanos o necios parece un sánscrito
ridículo y embustero, que nada dice, que nadie entiende, que sirve para que se
den tono los que le hablen, que a los tontos mueve a risa, que hace a los
ignorantes dudar y que conquista para los peritos o porque tienen calva, o se le
ruedan los lentes, o son miopes, o les tiembla el pulso, buen caudal de
escépticas y menguadas burlas.
Los dos profesores se abismaron. Fue cortado en
pedacitos el traje de Ciro. Se habló de maceraciones; de la necesidad de
descubrir la hematina; de la acción negativa del amoníaco; del valor positivo
del calor; de la solubilidad en el agua de materias colorantes; de peróxidos de
hidrógeno; de tanino; de protóxido de hierro; de alcoholes etéreos; de
precipitados verdes, azules y negros; de precipitados plúmbicos; de hidrógenos
sulfurados que dejaban en libertad el tanino de plátano... Fue gran contradanza
de vocablos grecolatinos, de locuciones cabalísticas, de tecnicismos agrios y
nigrománticos.
Al fin se llegó a la verdad. ¡De sangre, sólo de sangre
humana y reciente eran las manchas del traje de Ciro!
La conclusión fue terrible para el joven. El resultado
del análisis llevó al juez a un verdadero laberinto.
¿De qué crimen se trataba?
¿Pudo Ciro, en complicidad con el hombre que se halló
muerto, romper dos puertas, fracturar un baúl, reñir con su cómplice, matarle de
un golpe de pico y acostarle después en el catre?
Numerosas objeciones le ocurrieron. Si de aquel modo
pasaron los hechos, ¿por qué Ciro no robó? En la tienda, con excepción de lo
encontrado en los bolsillos del muerto, nada se echó de menos. Si el autor del
asesinato fue Ciro, ¿cómo explica la lesión producida a la víctima?
La herida, según declaración pericial, dirigíase de
izquierda a derecha, penetrando de delante a atrás. Si un pico se esgrime
levantándose en alto y descargándole sobre el blanco; si la estatura de Ciro
resultó menor que la del muerto; si el charco de sangre comprobaba que la herida
había sido causada junto al catre; si los peritos declararon que el golpe fue
producido estando acostada la víctima, ¿cómo explicar tan monstruosa lesión
ocasionada por Ciro? ¿Es que el cómplice, armado de agudo puñal, se había
reclinado en el lecho expresamente para recibir el golpe? ¿Es que entregábase al
sueño cuando, después del robo, debía velar? Si la víctima fue atacada, ¿por qué
no se defendió con su puñal? Si el agresor acometió por sorpresa o venció en la
lucha, ¿por qué no producir la muerte con el puñal sin manchas hallado en el
suelo? ¿Por qué ese puñal, no usado al parecer, estaba en el suelo en vez de
permanecer en manos del agresor?...
Un dédalo, un verdadero dédalo que desveló muchas
noches al juez.
Andújar y el dependiente fueron puestos en libertad.
Después de la denuncia de Marta, la inútil requisitoria de Gaspar, los pésimos
antecedentes penales que en él concurrían abrieron un nuevo camino, que fue
cegado al instante por la fuga de aquél.
Al fin, los esfuerzos resultaron inútiles: el proceso
se sobreseyó provisionalmente y Ciro fue puesto en libertad.
Cuando se vio en sus montañas nativas, el joven lo dio
todo por bien empleado: Silvina era suya, solamente suya...
Capítulo IX
Había pasado un año y se estaba en plena vendimia.
Los cafetos inclinábanse bajo el peso de la
dehiscencia, y la madurez bermeja de los frutos lucía al sol de otoño la
magnificencia de sus galas.
En todas las fincas, la mano del hombre desnudaba las
plantas acopiando los racimos; por todas las veredas discurrían obreros o recuas
conduciendo a los caseríos la granería recolectada; en todas las hidráulicas
rompíanse las cortezas que aprisionan los gemelares granos, lavábase el suero
que los empapa, desecábase al calor solar su humedad íntima, y, ya secos,
rompíaseles el pergamino envolvente, dándoles el brillo con que habían de
presentarse en las lonjas de la especulación. Todo era vida, actividad,
movimiento: la madre tierra dando el vigor de sus senos a la humana ambición.
En la granja de Juan del Salto la labor era incesante.
¡Gran cosecha había sido aquélla! Muchos obreros de distintas comarcas
concurrían a engrosar las brigadas recolectoras, sumando al de todos su esfuerzo
para que, rotos los pedúnculos por exceso de madurez, no cayeran, perdiéndose
entre los pedruscos del monte las opimas cerezas.
Colgábanse los obreros al cuello con hojas secas de
banano cestos de variadas formas, en donde iban depositando los granos. Ceñíanse
a veces la cintura con cordeles o con lianas, o con fibras textiles de la
emajagua del trópico. Iban descalzos; los más cultos, con zapatos de suela
ferrada; las mujeres, con la falda recogida hasta cerca de las rodillas; los
hombres, o con camisetas, que el sudor ennegrecía, o con el busto desnudo.
Envolvíanse algunos la cabeza con pañuelos de colores vivos, otros la cubrían
con sombreros de paja de grosero tejido, y así, en viviente vaivén, poblaban las
vertientes, entregándose a la vendimia.
Redoblaba el interés el ahínco de todos. Familias
enteras dejaban las chozas para tomar calle, para hacerse cargo de hileras de
arbustos que debían desnudar.
Turba inquieta palpitaba en las montañas entre risas y
canciones, como si la cosecha fuera de todos. Parecía aquello gran hormiguero
acopiando entre el hojambre de las selvas.
En los declives y desigualdades del terreno el cuadro
era pintoresco, poblado de rumores producidos por el crujir de los arbustos o
por el choque de piedras al transitar los obreros, o por los roces que
ocasionaba el esfuerzo de los campesinos para no perder el equilibrio.
Algunas chicas situadas en lo alto descuidábanse a
veces y dejaban ver a los de abajo buena parte de sus piernas y rodillas, que
aparecían y desaparecían entre el ramaje como figurillas indecisas.
Una brigada de muchachos enclenques ayudaba la labor de
los adultos, recogiendo los granos caídos de los arbustos o derramados de los
cestos. A veces, en un solo arbusto deteníase el obrero largo tiempo obligado
por la copiosa fructificación; otras, doblaba los arbolillos, atrayéndolos para
alcanzar los granos altos; enredábanse las ramas, y los arbustos producían
marañas que impedían el tránsito.
Cuando algún obrero inexperto no rebuscaba bien en el
ramaje, obligábale el mayordomo a retroceder y a arrancar las cerezas maduras
que olvidaba; y cuando, atolondrándose la labor, se mutilaban ramillas
quebrándolas, oíanse los acentos de reproche del vigilante. Si un obrero
resbalaba en la vertiente, algunos reían, otros acudían en su auxilio, mientras
el caído procuraba incorporarse y volver a su puesto. Era una labor ruda,
difícil, peligrosa, que muchos campesinos acometían cantando en su jerga
peculiar versillos de intención erótica o satírica.
Durante el día, el sol quemaba, tamizando su calor por
el follaje y produciendo, con las humedades de la tierra caliente, una atmósfera
intermedia en la que se percibían sensaciones de suave frescura alternando con
ráfagas ardientes que tostaban la piel.
En el crepúsculo, cuando la tarde moría, en lo
intrincado del monte apagábanse los vivos resplandores del día viajero, y
mientras en el cielo navegaban nubes de cien colores, iniciábase para la tierra
la era nostálgica de la noche con sus medrosos misterios y sus temidas
soledades. Todo marchaba con el isocronismo del tiempo, como si el péndulo de
este tiempo no balanceara un ápice más allá de donde las fuerzas de la vida lo
impulsan.
Después medían los obreros el café recogido en la
jornada. De los cestos pasaban los chorros de cereza a los sacos grises en donde
debían ser conducidos a las hidráulicas. Los sacos, dos a dos, eran colocados
sobre el lomo de pacientes mulas, y luego descendía el convoy con la premura del
que ve cercano el término de sus faenas.
Entonces el eterno concierto de los campos levantaba
una vez más su agreste salmodia, y cuando trasponía el sol las últimas sombras,
imperaban las horas en que a sus regios éxtasis la Naturaleza se entrega.
Juan del Salto estaba por entonces en lo práctico.
Saber qué caudal de hanegas se preparaba para la vendimia, activar la
recolección; calcular sobre la base de los precios corrientes y las probables
ganancias. Los positivismos le empujaban a un mundo lleno de sumas y restas.
Las impresiones que los acontecimientos del año
anterior le causaran habíanse entibiado con los afanes del trabajo. Aquella
historia sangrienta le preocupó sin sorprenderle. Muchas veces pensó en el
cuadro de perversión que tuvo por escena la comarca, considerando siempre en las
gentes la indiferencia lo mismo ante el bien que ante el mal, y con ella el
silencio, las complicidades del silencio.
Vio Juan cómo la justicia ahondaba en la sombra
buscando culpables y cómo retrocedía impotente ante aquel muro de pálidos sin
precisa idea del mal, sin precisa noción del bien. Supo todos los detalles,
conoció todas las sospechas, la nube pestilente llegó hasta la altura en que se
alzaba su granja.
Entonces no pensó en los otros... Pensó en sí mismo, y
sintió frío, amargura: un frío de remordimiento, una amargura de ánimo inquieto,
descontento de sí mismo. Sí; él estaba en posesión de las sospechas y él también
callaba... ¡El contagio, el terrible contagio impregnándole también con su
destructora lepra!
En sus soledades vaciló cien veces. ¿Por qué no
hablaba? ¿Por qué no sacudía la coyunda del odioso sistema y coadyuvaba al
esclarecimiento de la verdad, refiriendo sospechas, comunicando antecedentes,
indicando pistas? Sabía quién era Galante, quién era Gaspar, quiénes eran los
personajes del bestial contubernio de la casucha de Leandra; conocía a fondo la
pasión de riquezas de Andújar; sabía el nombre, la historia del muerto hallado
en la tienda; tenía motivos para afirmar que Galante era un malvado, un
peligroso criminal... Sin embargo, callaba. La justicia hacía preguntas que él
hubiera podido contestar, y guardaba silencio. ¿Por qué obrar así? ¡Ah, él era
como todos, uno de tantos, un mal ciudadano, un degenerado, un enfermo, un átomo
de aquel gran estómago sin nutrición, sin regulador moral!
Entonces sufría un dolor acerbo: sentía vergüenza de sí
mismo. Tenía conciencia de su misión, juicio exacto del deber, y hacía esfuerzos
por sacudir la nube que le envilecía con su contacto. ¡Era preciso no vacilar,
resolverse con energía, proceder con arreglo a su conciencia! El bien de todos
le imponía un esfuerzo... Debía dejarse llevar por sus instintos, disponerse al
sacrificio. Veía claro lo que otros desconocían, explicábase lo que otros no
acertaban a comprender. Su deber era preciso, indudable...; ayudar la acción del
bien, desgarrar el disimulo, aplicar el cauterio, arrostrar las consecuencias de
su audacia, segar ortigas en el camino que debían seguir los hilos de lo
porvenir.
Su dignidad, su orgullo, ordenábanle agitar la inercia
de aquella masa, asirse al hilo de aquel infortunio y seguirle de nudo en nudo,
removiendo las causas, hasta llegar a las iniciales, a los gérmenes de tanta
desdicha. Luchar al precio del propio sosiego. Hacer una síntesis y arrojarla a
los hombres de su tiempo, arponeando con ella el cuerpo del gigantesco monstruo
del mal. Y cuando así pensaba, erguíase como si fuera ya cosa resuelta, como si
toda vacilación hubiera terminado.
Pero entonces caía su mirada sobre el escritorio
rebosante de mercantilismos; descubría en un encasillado el paquete de cartas de
Jacobo; contemplaba en el exterior el mar de verdura que, rematando en las
cintas, bajaba a refrescarse a la ribera del río. Y una visión le fascinaba: el
colmo de sus esperanzas cristalizando en la realidad e iluminando la imagen del
hijo ausente. ¿Para qué luchar?
Hablar significaba denunciar, perseguir, probar; hablar
equivalía a dispendiar tiempo robado al trabajo en beneficio de los otros;
hablar argüía crearse enemigos, imponerse dispendios, comprometer acaso el
propio bienestar, exponiéndose a las asechanzas de los malos, armando el brazo
que le asestara la cuchillada traidora, encendiendo la tea que produjera el
desastre en sus edificios, afilando la hoz que talara sus campos, amasando la
calumnia que le ofendiera con la tacha de indócil y sedicioso, dando margen, en
fin, al menguado indicio que le hiciera sospechoso. ¿Y qué habrían de lograr sus
esfuerzos? ¿El ímpetu de un individuo en un minuto de la vida de la colonia
bastaría para curar la gran lacería? Sería arrastrado por la nociva corriente,
hundido por las persecuciones, flagelado con las burlas de sus hermanos, de sus
propios hermanos, ciegos aún, impenitentes todavía. Su esfuerzo sería perdido;
haríase víctima sin beneficio de nadie. Aquéllas eran cruzadas que producían
hondas perturbaciones, penosos disgustos, ciegas injusticias. No; su hijo le
reclamaba, le imponía serenidad e indiferencia para llegar al fin práctico.
Seguir otra conducta era crearse obstáculos, arriesgarse en quijotismos,
emprender aventuras casi ridículas, comprometiendo lo porvenir de aquel hijo. Y
de ese modo, el egoísmo lo obcecaba, le apretaba entre sus tenazas, le sellaba
los labios.
En la casucha de Leandra había habido grandes cambios.
La ausencia de Gaspar, llenando de júbilo a Silvina, preocupó a Leandra. ¡Era
uno menos, uno menos que aportara recursos a la casa! ¿Qué haría Silvina sola?
Como quiera que su marido fuese, siempre era un marido: las acompañaba, las
servía de escudo; estando allí, siempre hubo un hombre en la casa.
Silvina no asintió a tal opinión... No; aquél no era
marido, ni compañero, ni escudo, ni hombre: un infame, ¡sólo un infame!
Sentíase ella feliz sin él, sin la quemadura de aquella
mirada imperiosa que la había hecho tan infeliz. Discurría a sus anchas por las
veredas, bajaba al río, subía a la finca de Juan, hacía su gusto. ¡La felicidad
de estar sola, la dicha de ser libre!
En su nueva vida tuvo una idea fija: Ciro. ¡Pobre Ciro!
Cuando en él pensaba, sentía íntimo dolor. Decían que nada resultaba en el
proceso contra él, pero seguía encarcelado. ¡Las manchas, tal vez las manchas! Y
la idea de que con una sola palabra suya podría explicar el misterio y dar
libertad a su amado la llenaba de pesadumbre.
Otras veces reaccionaba en ella la esperanza. Ciro
volvería pronto, correría en su busca, y en compensación de tantos pesares la
llenaría de caricias.
Un día, acompañada de Marcelo, bajó a la llanura y
visitó en la cárcel a Ciro. Regresó confortada, risueña, llena de esperanzas.
Ciro había asegurado que pronto sería libre, y para entonces prometió cosas muy
gratas, muy dulces.
Durante el camino, Marcelo dirigió a Silvina miradas
significativas... No podía olvidar lo que aquel domingo escuchó en el ranchón;
Silvina fue cómplice en el crimen; que Gaspar prometió que ella daría la
puñalada.
¿Fue? No quería saberlo, ni averiguarlo. ¿Le reportaría
beneficio conocer vidas ajenas? Y, como siempre, hundiéndose en el silencio, un
silencio a veces tímido, a veces malicioso.
Galante, por entonces, frecuentaba poco la casucha.
Leandra estaba recelosa, inquieta, como quien espera una desgracia. La desgracia
llegó: Galante dejó de ser el hombre, no volvió a la casa.
Después de muchas súplicas y parlamentos dignose
contestar que no se contara con él. Todo había concluido: ya bastaba. Y Leandra,
abandonada, vio frente a frente la cara del hambre.
Galante y Andújar, por aquellos días, preocupábanse con
sus nuevos negocios. Aquellos en que iban a unir sus recursos, sus actividades,
su inteligencia; en que iban a refundir en una sus ansias de medro, su afán de
tocar el vértice de oro de la ambición.
La casa de comercio en proyecto era ya un hecho.
Arreglaría cada cual sus asuntos particulares, prepararían las aportaciones
metálicas correspondientes, tomarían medidas siempre necesarias al cambio de
residencia.
En tal concepto, Galante quiso sacudir compromisos,
estorbos... Era ya demasiado tanta gente sobre él comiéndole los flancos, tanta
mujer pedigüeña llorándole lástimas. No; ya bastaba; buen dinero le habían
costado aquellos enredos. Y el cínico, el descarado pasaporte, fue remitido a
Leandra precisamente un día en que Pequeñín, calenturiento a causa de percances
dentarios y de bruces en el suelo de la casucha, asordaba más que nunca el
ámbito con su lloro sin lágrimas.
Leandra quedó desolada. Otra vez a luchar, otra vez a
sufrir. Aunque había sido abandonada muchas veces, nunca su pesar fue tan hondo
como entonces. Habíase portado bien con Galante, habíale complacido en todo;
nada le negó, hasta el sacrificio de su hija. Y, sin embargo..., ¡le dejaba
plantada, sin un céntimo, sin una caricia para Pequeñín! ¿Qué iba a ser de ella?
Morirían de hambre, de necesidad.
La animó Silvina; las desgracias encalmaban sus
antiguas discordias. Mejor era estar solas que mal acompañadas. Dios da para
todos. No había que apurarse. Lavarían, cogerían calle, coserían, y, además,
pronto estaría Ciro en libertad.
Al fin, un risueño día oyose por la vereda gran
algaraza. Era Ciro, que acompañado de varios amigos subía a la casucha.
Le acababan de soltar. Como el proceso había sido
sobreseído provisionalmente, le echaron a la calle.
Silvina y él abrazábanse estrechamente. Nada de nueva
vida se habló; todo fue tácito. El joven quedó instalado allí.
Sí; él era todo un hombre, y aunque Leandra una vez
habíale despedido con malos modos, él no guardaba rencor. Silvina, llena de
felicidad, dejaba escapar suspiros, asentía a todo, celebraba con risas cuanto
el joven decía.
Bajó Leandra la cabeza. Y bien, era igual. ¿Había uno
que las mantuviera? Pues ya no eran tan desgraciadas.
Vivieron los jóvenes durante muchos días en la
explosión de un gran júbilo. Andaban juntos, paseaban tarareando coplillas,
cogidos de las manos, enlazados los brazos en las cinturas, saltando juguetones,
riendo siempre. Era un idilio, un idilio que levantaba la cabeza de un pantano.
Cuando Ciro vio la estera, el viejo petate de Gaspar,
sintió asco. De ninguna manera dormiría él allí: a tirar, a tirar río abajo
aquel trasto. Como entre el maderamen de las chozas reptaban con frecuencia
belicosos milpiés, escolopendras que con ondulante movimiento mostraban la
repugnante estrangulación de sus anillos, Ciro quiso un lecho elevado, mejor
defendido de la agresión de los insectos. Ingeniose; colocó sobre unos zócalos
varias tablas e hizo un camastro. De ese modo estarían cómodos, tranquilos.
Más de una vez hablaron los jóvenes del asunto de la
tienda... Ciro refirió sus alternativas, sus zozobras durante la causa.
Habían querido muchas veces tirarle de la lengua para
hacerle hablar. Pero él, nada, ni palabra. Estaba convencido de que el asesino
fue Gaspar y de que aquella noche Silvina estaba asustada ante la magnitud de
los hechos. Pero calló, nada declaró ante el juez; por nada del mundo hubiera él
comprometido a Silvina.
Ella le escuchaba y asentía. Mostrábase agradecida por
la conducta del joven. Éste, en la soledad del camastro, planteó una noche el
misterioso problema de las manchas. Ella, enlazada a su cuello, arrebatada por
un ímpetu de franqueza, reveló el secreto. Y Ciro lo supo, lo comprendió todo al
fin, sintiéndose emocionado ante el recuerdo de aquella noche de amor y de
crimen.
Así pasaban los días. Él, encerrándose en la casucha al
salir del trabajo; ella, pegada, cariñosa, admirando el comportamiento de Ciro
en la cárcel, aquella conducta que tuvo mucho de hidalgo dispuesto a morir por
su dama, viviendo, viviendo al fin placentera; y en medio de esa dicha,
sintiendo a veces extraño malestar, recónditos indicios de enfermedad que el
sosiego y la felicidad de su nueva vida no contenían.
La tienda de Andújar permaneció algún tiempo cerrada.
Prefirió el tendero las pérdidas que el negocio paralizado le produjera, a
confiar a manos extrañas la gestión de sus asuntos.
Cuando llegó al monte barrió las averías. Las
provisiones pasadas y descompuestas fueron arrojadas por el barranco, en donde
los perros de la comarca celebraron suculento festín. La vieja Marta rondó en
torno de aquellos montones, mientras Andújar rondaba también en torno a ella.
Preocupábale el negocio del cerezal. Muy pronto debía
trasladar su residencia al poblado; muy pronto liquidaría la tienda; muy pronto,
habíale dicho Galante, quedarían las cosas listas para el nuevo negocio.
Era preciso, pues, que en breve el cerezal fuera suyo.
Mas ¿cómo vencer la resistencia de la vieja?
Las cosas habían cambiado, sin embargo, en el ánimo de
Marta. El robo de que la hizo víctima Gaspar la impulsó a un cambio de
escondite; labor que fue penosa, llena de zozobras. Pensó ella que algún día
moriría, ¿qué sería entonces de su finca? Recordó la manera como Andújar se hizo
dueño de los terrenos del setentón, pensó que su nieto no había de sobrevivirla,
pensó que mostrenco el cerezal caería en manos extrañas y, concibió una idea,
una idea codiciosa. Mejor que terrones y pedruscos era dinero. Al morir ella, la
tierra quedaría para quien se la apropiara; el dinero podía tocarse,
amontonarse, esconderse; en caso de alarma, abarcarse entre los brazos para
morir sobre el montón. Debía vender el cerezal...
Tal cambio de parecer favoreció los planes de Andújar.
Pudieron entenderse, aunque no sin dificultades. El precio fue muy discutido;
Marta, firme en su pretensión; Andújar, cediendo siempre.
Al cabo, llegose a un acuerdo: cuatrocientos pesos de
contado, negocio escriturado y el estricto cumplimiento de una condición sin la
cual Marta no cedió el negocio: la vieja se reservó el derecho por vitam de
vivir en la choza. Ella viviría siempre allí; la cabaña sería suya, de su
exclusiva propiedad; que cultivara Andújar los terrenos y aprovechase sus
productos.
Andújar transigió. ¿Para qué necesitaba él la choza? ¡Bah!...,
un manojo de hojas de palma. Además, la vieja viviría poco, y el tendero
necesitaba que ella permaneciese allí, siempre allí, para evitar todo peligro de
transporte, de cambio de botín. Él sabía que tarde o temprano el caudal llegaría
a sus manos: era cuestión de paciencia.
Cerrado el trato, terminose el negocio. Al empezar la
cosecha, el cerezal era ya de Andújar, y Marta, con pesadumbre, vio cómo en un
par de horas los obreros de Andújar desnudaron sus cafetos, llevándose algunos
quintales de cerezas que ella lloró como si hubiera sido prole querida, hijos de
su corazón.
En tanto, el nietezuelo seguía apagándose. Algún tiempo
después, ya no podía levantarse del lecho.
La consunción le había minado al punto de convertirle
en esqueleto viviente. A las vecinas piadosas les partía el alma verle en tal
estado de debilidad y miseria, y alguna de ellas llevó a una curandera,
milagrosa en el barrio, que con aire solemne santiguó el vientre del niño.
El pobrecillo moría... Moría ya, rindiéndose en brazos
del hambre, sistemática, lenta, cruel.
En diciembre, algunos vecinos avisaron al comisario,
otro tendero que sustituyó a Andújar en el cargo pedáneo. El espectáculo de la
choza no podía contemplarse sin lástima. Por caridad de Dios debía llamarse al
médico, al médico del cabildo para que recetase, para que salvase, si llegaba a
tiempo, al infeliz nietezuelo de Marta.
Produjo un parte el comisario, un campesino piadoso lo
llevó al poblado, y sobre el doctor Pintado cayó la sobrehumana labor de dar
vida a un moribundo.
Pintado se dispuso al trasmonte. Acompañábale el padre
Esteban, que había sido llamado también a cumplir su ministerio junto al lecho
de una campesina. Uno y otro, al conocer la necesidad coincidente en que estaban
de repechar, armonizaron las cosas para salir juntos.
Ambos celebraron la excursión en compañía. Menos mal;
la distancia era larga, el camino abrupto, el cómodo hamaqueo de las
cabalgaduras, aunque no estropeaba, hacíase cansado. Luego era agradable caminar
charlando, ofreciéndose mutuamente cigarrillos, comentando las últimas noticias
políticas, contemplando el derroche de panoramas que los campos de la colonia
ofrecían.
Llegaron al cerezal... El padre Esteban debía continuar
monte arriba cierta distancia. Convinieron en reunirse después de terminada la
misión que cada cual debía cumplir. Como era va cerca del mediodía, algún
fiambre comprado en cualquier tenducho les serviría de almuerzo. Luego, al
terminar los quehaceres, como ya sería tarde, y por aquellos accidentados
caminos, careciendo de mucha práctica, era peligroso regresar de noche, comerían
en la granja de Del Salto y harían noche allí. A ese objeto enviose un aviso a
Juan, noticiándole que aquellos dos bravos amigos del poblado irían con buen
apetito y cansados de la jornada a comer con él.
El padre Esteban fuese detrás de su guía, y el doctor,
invitado, penetró en la choza de Marta.
En un cajoncillo invertido sentose el médico, junto al
montón de trapos en que yacía el enfermo.
Marta, con aire inquieto, como si temiera que la
aparatosa escena le costara dinero, estábase por allí, a veces contemplativa, a
veces haciendo visajes, mostrando pesadumbre y alarma por el estado del nieto.
En el exterior, junto a la puerta, se agolpaban algunos
campesinos atraídos por la curiosidad o esperando turno para mostrar al médico
sus lacerias.
Pintado tomó entre el pulgar y el índice una punta del
trapajo que cubría al niño y, levantándolo, descubrió al yacente.
Viose un cuerpo esquelético, un manojo de huesos
envueltos en una piel arrugada y fláccida.
Fueron preguntados los antecedentes. Apenas si pudo
Marta comunicar algunos. No recordaba la edad del niño, no recordaba la duración
de su lactancia, no sabía de qué enfermedad había muerto su madre.
Pintado no insistió. Sabía por antigua experiencia que
allí, con frecuencia, las gentes no se fijaban en tales cosas. La clínica de los
montes necesitaba ciencia y adivinación. Entonces contempló fijamente al niño,
sintiendo asombro ante tanto desastre. Tomó entre los dedos un pliegue de la
piel, le pulsó, le puso la mano sobre el corazón, le levantó un brazo, le
entreabrió los labios. Volviose de mal talante e increpó al corro. ¿Para qué se
le había llamado? ¿Era él, acaso, resucitador de muertos? Años hacía que aquel
niño estaba enfermo, y se esperaba para llamarle a que estuviera moribundo.
Dirigiose a Marta, habló de la alimentación, del régimen que se había seguido.
Resultó que el niño no bebía leche ni tomaba caldo. Vivía a expensas de
salcocho, del terrible insípido salcocho de plátano.
El enfermo, en tanto, dirigía tristes miradas al
concurso. Sus ojos parecían dos lucecillas brillantes en el fondo de una cueva.
Era una ramilla tronchada del gran árbol de la vida, un ser con derecho a vivir
que la pasión y la miseria pisoteaban. Si hubiera podido resistir, si su
organismo hubiera triunfado de la avaricia de Marta, aquella doliente infancia
habría servido de base al hombre futuro. El niño hubiera entregado en manos de
adulto la abrumadora herencia, la extenuación hereditaria, el sello mórbido, la
dolencia física, el estómago atónito. Pero no..., el nietezuelo moría, la
ramilla se desecaba, separada brutalmente del eterno tronco.
Pintado dirigía en torno miradas sombrías. Un triste
convencimiento le dominaba: la impotencia.
Dio algunos consejos. Que cuidaran al infeliz enfermo:
era hambre, debilidad antigua, lo que tenía.
Formuló... En una hojilla de papel que arrancó de un
recetarlo pidió a la farmacia algunas drogas. Con aire displicente alargó la
receta como quien está convencido de la inutilidad de lo que hace.
Sabía que todo era inútil; sabía que su misión quedaba
incumplida; sabía que todos los presentes eran incrédulos o indiferentes; sabía,
en fin, que si un alma piadosa no se prestaba en el acto a reclamar las drogas
en el poblado, la receta permanecería una semana en el bolsillo de la abuela:
hasta que se presentase uno que hiciese la caridad. ¿Qué les importaba un día
antes o uno después? La alarma ante el peligro que amenaza a un ser querido; la
premura para evitar los descalabros de la enfermedad; la inquietud hasta
encontrar alivio para el enfermo, nada de eso comprendían, porque para temblar
ante la muerte es preciso comprender la vida, saber lo que es vivir.
Y Pintado, meditando una vez más en el estoicismo de
aquellas almas inmóviles, púsose de mal humor.
Luego, en el exterior, comenzó un desfile de
enclenques, una tropa de pálidos pasó ante los ojos del médico, mostrándose a su
inspección por casualidad; si el comisario no le hubiera llamado a la choza de
Marta, aquel montón de blanquecinos no le hubiera consultado.
Para todos tuvo un récipe, un consejo. Que comieran,
que comieran; que abrigaran su desnudez con vestidos higiénicos; que se
guardaran de las inclemencias del tiempo; que bebieran aguas puras, que huyeran
de los licores... Pintado hablaba como repitiendo una lección aprendida, como
quien recita lo que sabe de memoria por haberlo declamado muchas veces.
A la consulta acudió Leandra, llevando a Pequeñín;
Silvina, a quien el médico reconoció detenidamente; Marcelo, cuyo corazón
auscultó con curiosidad; y con ellos otros muchos, cuarenta o cincuenta
campesinos, que al tener noticias de la presencia del médico en la comarca se
acordaron de que estaban enfermos.
Era ya de noche cuando en el comedor de Juan del Salto
se hallaron reunidos los tres amigos.
Fue una comida alegre, jovial. Refirió el padre Esteban
sus aventuras al recorrer los caminos de la cuchilla. Al pasar, aunque se
proponía evitarlo, sus ojos se fijaban en el abismo, en el despeñadero, sobre el
cual franqueaba la vereda. ¡Qué miedo! Caminar así no era caminar. Argüía Juan
que todo era cuestión de costumbre; pero sus comensales optaron resueltamente
por la proyección en las llanuras.
Departiendo siempre, comieron con buen apetito. Pintado
bebía con deleite vasos de agua cristalina, mientras celebraba las selectas
condiciones de aquel néctar. Lamentábase de no poder tenerla a mano. Juan
explicaba la topografía del cauce que agua tan exquisita transportaba. Venía
desde muy alto, desde cumbres muy abruptas casi inexplotadas, saltando de piedra
en piedra, aireándose, saturándose de frescura, filtrándose siempre y regalando
con agradable limpieza. Les ocupó buen tiempo el agua.
Discutieron luego las ventajas de la vida en el llano y
de la residencia en el monte. Cada cual adujo sus impresiones y de ellas
surgieron opiniones que obedecían a la novedad, a las impresiones, al capricho.
Los del llano encontrábanlo allí todo sereno, delicioso, la vida de las montañas
tenía atractivos, decían. Y Juan, explanando conocimientos prácticos, rebajaba
los entusiasmos hablando de las inconveniencias de tal vida a centenares de pies
sobre el nivel marino.
Después del café sentáronse en el balcón.
La noche era fresca. Estaban ya en diciembre, en el
invierno del trópico: un invierno limitado a las horas sin sol, sin
inclemencias, sin nieves.
Los comensales apuraban sus cigarros departiendo
siempre, contemplando el cielo, henchido de refulgencia. El paisaje de los
montes desvanecíase en la sombra: no era posible distinguir los contornos
abismados en la negra difusión de la noche. Sólo el cielo se mostraba luminoso,
con fulgores que acariciaban la mirada.
Entonces el doctor Pintado contó los afanes de su
jornada, refirió sus impresiones. Había visto una vez más en su desnudez la gran
laceria de las montañas; una enfermiza normalidad impuesta a las gentes por la
sorda depresión de los organismos; una mentida salud alentando engañosa sobre el
cuerpo destruido de una raza.
Habló en general... ¡Qué languidez en los semblantes,
qué decoloración en los tejidos! Algunos, cuando sufrían ataques de disimulada
fiebre, mostrábanse desteñidos, de terroso color, invadidos por amarilla palidez
que apagaba la viveza de los semblantes. Y luego, ¡qué corazones!, ¡qué
palpitar, o vicioso, o recóndito, o turbulento!, ¡qué crujidos allá adentro, en
el seno del órgano en donde sólo debía resonar con suave roce el fecundo oleaje
de la vida! Él, Pintado, se desesperaba, reconocíase impotente para derribar la
formidable barricada de las supersticiones, de la indiferencia y de la
incredulidad, sirviendo de ancha base al enfermizo desastre.
Luego puso ejemplos. Se refirió a un joven a quien la
anemia había minado las fuerzas. Por las señas, Juan del Salto sospechó que se
trataba de Marcelo, y, en efecto, así resultó, recordando el médico que en una
época anterior, Juan le había recomendado a aquel joven. Disertó Pintado sobre
el estado de aquel organismo, fijándose sobre todo en las funciones cerebrales.
Dijo que en aquella cabeza había una extraordinaria miseria de sangre; que
cualquier día podría caer en el estupor de mortal desmayo, o tal vez en la
exageración de un delirio insensato. Todo dependería del estímulo que sobre el
enfermo actuara.
Aludió al nieto de Marta. Era en él tan profundo el
desorden físico, que todo esfuerzo resultaría impotente para restituirle a la
vida. Más energía, más tensión vital, más fortaleza hubiéranse hallado en una
hojilla de helecho que en aquel organismo. ¡Criminal abandono, verdaderos
delitos escondidos en las profundidades de las sierras!...
Detúvose mucho aludiendo a otro caso que había
despertado su interés: una muchacha apenas de dieciséis años atacada de
epilepsia menor, enfermedad traicionera que se escondía y disimulaba primero
para estallar después con rudeza de martillo y turbulencia de huracán. Pudo
obtener algunos antecedentes. Aquella chica era casada desde los trece años. Su
marido habíala abandonado, desapareciendo de la comarca, y por entonces vivía en
concubinato con un mozo del vecindario, uno que le aseguraron estuvo preso. Supo
que era hija de madre multípara, mas no logró averiguar nada referente a su
padre.
Con tales datos, Juan pudo afirmar que se trataba de
Silvina, y refirió su historia, que en parte conocía, sacando a relucir los
ascos íntimos de aquel hogar.
Explanó Pintado sus opiniones en el punto.
Era bestial, feroz, inicuo lo que allí se hacía. Apenas
a través de la niña se entreveía la mujer, le imponían el decúbito. La vida
genésica prematura hería de muerte a la especie; la precocidad concupiscente la
infamaba, la deprimía, diluyendo para la prole gérmenes de miseria física.
Añadió que el útero era órgano sagrado, que la Naturaleza bendijo para que
sirviera de piadoso claustro a la vida. Estrujarle, retorcerle, lanzarle a la
actividad funcional exigiéndole una labor prematura era horrible... Aquello
mataba los individuos, extenuando las familias; aquello poblaba el mundo de
locos, de seres cerebralmente deprimidos.
En ese tema intervino el padre Esteban. Conocía tales
atrocidades... Los hombres lanzábanse ciegos a la orgía concupiscente, y las
mujeres sucumbían casi impúberes. ¡No las dejaban criar! ¡Corazones vacíos de
las sensaciones del culto, cerebros exhaustos de la idea de Dios!
Por ahí, por ese punto, vino la contienda, y lo que
había empezado serena plática fuese convirtiendo en viva controversia.
Al doctor Pintado no le había ocurrido nunca que la
idea de Dios, metida en los cerebros montañeses, lograra vigorizar la debilidad
física de la raza. Mas el padre Esteban discutió el asunto, explanando todo un
sistema de diseminación de la moral y de la religión.
-Lo que no se enseña -decía- no puede practicarse. Ni
los individuos ni los pueblos pueden adivinar cuál sea el buen camino. Es
menester explicarlo, repetirlo, esculpirlo; empujar a la sociedad por ese
camino, mostrándoselo con el grandioso y secular índice de las creencias. Por
desventura no es así: la idea de la moral no llega a estas cordilleras...
-Y supongamos que llegara -argüía Pintado-, ¿basta,
acaso, que el aire transporte simientes para que se levante el bosque?
-Con paciencia y con tiempo...
-No; para que se cumpla el fenómeno se necesita la
concurrencia de otros factores. Para que la semilla prenda es necesario que
caiga en terreno apto, dispuesto para recibirla. En caso contrario, la corriente
del aire sería ociosa.
-Pero en fuerza de transportar semillas acaba por ser
fértil la tierra antes estéril.
Escuchaba Juan sonriendo. Ya le había parecido a él muy
extraño que el padre Esteban no hubiera armado la contienda. Y aquella noche el
choque podía ser formidable, porque tenía que habérselas con Pintado, nada menos
que con un convencido positivista que en asuntos referentes a la colonia era
pesimista, con un pesimismo reacio a toda transigencia, no aceptando en sus
juicios y opiniones más procedimientos que la disección, ni más dios que Claudio
Bernard.
-Aunque el viento sople cien siglos -añadió el médico-,
donde no hay órgano no hay función; donde no hay átomos no hay cuerpos.
-¡Donde no hay creencias no hay sociedad, ni funciones,
ni cuerpos, ni átomos, ni...!
-Entendámonos -interrumpió Juan-; donde no hay salud no
hay pueblos. ¡La moral! ¡Qué hermosa es la moral! La luz del ejemplo
descendiendo hasta las últimas capas sociales; la virtud, el fanatismo del bien,
cumpliéndose por todos hasta en los actos más insignificantes de la vida; ola de
salud espiritual, corriente de belleza y de verdad fecundando el universo..., me
parece bien. Mas no confundamos. No alcanza la moral hasta los montes, es
cierto; pero es porque la moral no tiene alas, porque camina abandonándose a su
peso, descendiendo...
-Como quiera que sea -dijo el sacerdote-, las
enseñanzas de la moral no llegan a estas gentes porque tampoco llegan las
enseñanzas religiosas...
-Me conformaría -añadió Pintado- con que llegaran las
sales de hierro y manganeso.
-¡Pero hombre, qué barbaridad! ¿Qué idea tiene usted
del alma?
-También el alma necesita de reconstituyentes.
-¡Jesús!
-¿Por qué ese asombro?
-Por su materialismo.
-Y bien, es cierto; soy materialista.
-¿Y de ese modo, a fuerza de drogas, va usted a salvar
esta generación?
-No; esta generación no se salva: está perdida...
-¡Cómo!
-Es menester escribir en su frente lo que leyó el Dante
sobre la puerta de su célebre infierno: «Lasciate ogni»...
-¡Bah, bah!...
-Sí, perdida para siempre. Nuestros abuelos no pensaron
en lo porvenir.
-Lo que está es perdida para Dios, eso es lo cierto. La
inmoralidad, la disipación, el mal ejemplo, las atrocidades materialistas de
ustedes, los neo-redentores de la tierra, he ahí lo que nos trajo a tal extremo.
Pero todavía hay salvación. Con un riguroso régimen...
-¿Un régimen clínico?
-Un régimen espiritual, porque éstas son almas... Miren
ustedes: Dios y la criatura viven en completa relación. Si se ofende a la
criatura, se ataca a Dios; si se niega a Dios, se destruye a la criatura, se la
deforma, se la empuja al mal, se la detiene en su marcha hacia el profeso.
¿Existe Dios? Pues la creación se impone, la reclama la razón; porque todo en la
naturaleza existe, fíjense ustedes, existe, viene de otro. Es necesario que haya
creador absoluto y criatura relativa; infinito y finito...
Pintado volvía la cabeza con desdén, mirando a otro
lado. ¡Bah! ¡Buena iba a ser la sinfonía si no atajaban al padre Esteban! ¡Lo
relativo! ¡Lo absoluto! Una de la sangre: he ahí un absoluto rellenando a un
relativo. Mas el sacerdote continuaba enérgico, elocuente.
-Todo se descompone: en la inteligencia, por la
ignorancia; en el cuerpo, por la enfermedad; en la voluntad, por el vicio. La
relación íntima entre la criatura y su creador mantiene el equilibrio; en la
inteligencia, con la sabiduría; en el cuerpo, con la salud; en la voluntad, con
la virtud. Las relaciones entre Dios y su obra son vitales: atentar contra ellas
es la muerte de la criatura. Ese admirable enlace es lo que se llama religión.
¡Religión! El hombre es un compuesto: espíritu y materia. Su fin, por
consiguiente, es la perfección de esos dos componentes. De ese punto dimana la
obligación que tiene el hombre de atender a su cuerpo, a su desarrollo, a su
perfección y conservación; de ahí el deber de guardar los preceptos de la
higiene, removiendo todo cuanto pueda perjudicar los componentes del cuerpo. Y
vean, vean ustedes cómo la religión no sólo hace el alma, sino que también amasa
los factores de ese problema físico en que usted, amigo Juan, tanto piensa.
-Yo no discuto las excelencias que cada escuela
filosófica aspire a tener -dijo éste-. Me limito a estudiar el problema, a
precisarlo...
-Desengañémonos: la cultura religiosa realiza esos
milagros. Salud del alma, salud de la materia y...
-Esos fines -interrumpió Pintado- no se consiguen
campaneando maitines o haciendo novenas a San Crispín.
-¡Pero, hombre!, ¿qué se ha figurado usted de mí?
¿Piensa usted, sin duda, que soy algún curilla fanático e ignorante? No, señor;
yo soy, como usted, un hombre de ciencias, un observador, un analítico. ¡Las
novenas! ¡Las campanas! ¿No se pone usted los lentes para ver mejor al enfermo?
¿Influye en su juicio clínico la intercepción de los vidrios? Pues bien: las
novenas, los maitines, las campanas, el culto en general, no son más que
cristales para que el hombre vea a su través la majestad del dogma, ya que la
miopía de la ignorancia y del escepticismo hacen necesarios tan diáfanos
cristales para ver a Dios.
-Vamos, pater, hablemos claro: los convencionalismos
místicos no conducen a ninguna parte. El culto se complace en la pompa hueca de
sus prácticas. Parece que vive de la forma: mucha rama y poco fruto.
-No, al contrario, mucho fruto, porque Jesucristo
maldijo la higuera que no tiene más que hojas.
-La naturaleza vive de práctica, no de principios.
-Convenido. Mas entiéndase que la religión-ciencia es
eminentemente práctica. Véanse los Mandamientos de la ley de Dios, por
ejemplo...; pues su infracción acarrea trastornos físicos, intelectuales,
morales y, por ende, sociales. La religión es al progreso lo que el principio
vital a los organismos. Llénese de alimentos el estómago de un cadáver: no habrá
digestión; quítese la vida a un ser pensante: no habrá progreso. Y la vida viene
de Dios..., luego Dios es progreso.
Apuró el sacerdote la materia. Volvió después a su plan
difusivo de religión y moral, fundando el buen éxito en la constancia, en la
acertada dirección escolar, en el buen ejemplo presentando los espectáculos del
bien, en las misiones actuando con el catecismo, en el aumento del sacerdocio
repartiéndolo por todos los confines de la colonia, en la profusión de los
sacramentos, en las prácticas de la virtud, en fin, presentando la moral en
imágenes.
Pintado argumentaba, discutía. Habló de un régimen
económico que diese anchura al movimiento mercantil, que fomentase la
agricultura engrandeciendo el comercio, que abriese caminos a la aspiración
industrial, que explotase con beneficio del suelo productor los veneros de la
espléndida comarca. Eso, eso era lo positivo. Lo demás, patraña. Oro, dinero;
tal la palanca. El tubérculo que aprieta en su estroma la nutritiva fécula:
dinero; la locomotora que recorre distancias: dinero; la cabeza del sabio
concibiendo grandes ideas: dinero; las sangrientas convulsiones sociales:
dinero. Todo a valor positivo se reducía; todo cristalizaba en oro; todo cuajaba
en riquezas materiales. Lo que no obedeciera a tal regla, que se arrumbase. ¿Queríanse
sociedades cultas y libres?..., pues dinero, dinero y dinero.
Aceptaba el padre Esteban como útil, como necesario, el
movimiento económico; pero creíalo de menos importancia que la santa depuración
de las almas. En ese detalle, el médico repetía que, aparte de la urgencia de
salud que tenían aquellas gentes, la mejor base de cultura era la riqueza
pública, con la cual lográbanse poderosas conquistas intelectuales y materiales.
-No -insistía el sacerdote-, yo levantaría en cada
montaña un templo...
-Pues yo, en cada cerro un banco...
-Pues yo -interrumpió Juan-, en cada valle levantaría
un gimnasio... Los pueblos sanos llegan a la civilización y a la cultura antes
que los deteriorados por las grandes depresiones del tiempo. Redímase
físicamente la raza y pídase luego que aprenda, que imite, que siembre, que
restaure, que negocie..., y también que crea, pater, que crea. Es más fácil que
un pueblo surja civilizado y culto del gimnasio que del hospital...
El padre Esteban asintió, y como era erudito tuvo
ocasión de disertar acerca de las civilizaciones griega y romana. Con verbosidad
nerviosa y acento convencido trajo a colación el gran montón arcaico de las
thermas, de los gladiadores, del disco, de las jabalinas, de la arquitectura
ciclópea, rematando en el coloso de Rodas. Pero siempre coronando las grandezas
humanas con el nimbo santo de la religión.
Juan intervenía, insistiendo. Para aquellas gentes, el
primer esfuerzo redentor debía ser físico. Constituían un gran estómago que
parecía exhausto por falta de nutrición. Formaban un conjunto social débil ante
las causas mórbidas. Y ese conjunto, predispuesto al crimen por la depauperación
orgánica, por la influencia venenosa del alcohol, proyectada a través de las
generaciones; por la precocidad gestativa, deprimiendo la prole; por la
insuficiencia de la alimentación; por la desproporción entre ésta y el trabajo
físico exigido; por la intemperie; por la desnudez; por la acción atmosférica y
la telúrica; por el abandono en que se consume.
Sí -decía-, si ese estómago social se nutriera, la raza
mejoraría, las futuras generaciones fueran sanas y robustas, y, sobre el
restaurado organismo de las nuevas generaciones, vendrían las conquistas de la
civilización, de la cultura, de la moral, del progreso: ¡vida, mucha vida!
Corrientes expansivas; energía en los dogmas higiénicos y áulicos; no pedir a
ese pobre yacente el diezmo tributario, la limosna del hambriento, sino darle
pan gratuito antes que mísero...: ¡calmar el hambre, en fin, de un pueblo
opulento!
La conversación fuese hilando y cayeron en la política.
Departiose extensamente. Los tres amigos estaban saturados de los grandes
alimentos progresistas de la revolución de septiembre. El sacudimiento que
llevaba a la nación a las grandezas de lo porvenir les había inspirado la
reforma, la expansión colonial. Confesáronse los tres liberales. Anchura, sí,
anchura en la vida política y en la económica. No más tutelas. Hablaron de
derechos y de deberes, de amplitud, de igualdad, de necesidad de igualar ante la
ley a todos los hijos de la nación, a todas las clases, a todos los individuos.
Fue un derroche de ideas; convirtiéronse en legisladores y el régimen político
fue discutido también.
Después, mientras el padre Esteban y Pintado abundaban
en el asunto, Juan quedose meditabundo.
Por el hueco de la puerta escapábase un haz luminoso
que, proyectado en el quinqué, evadíase por el balcón y doraba un pedazo de la
montaña. Era un chorro de fugitiva luz iluminando con viveza la negrura del
monte; encendiendo en él un espacio proporcionado al perímetro de la puerta y
abarcando en la zona luminosa a una palma real que esbelta, sosegada, con
serenidad de sueño, parecía mirar desdeñosa la irradiación que la favorecía,
interrumpiendo, acaso, la calma de su misterioso sueño.
Algunos vespertilios entraban en la sala mariposeando
con incierto vuelo y rondando en torno del foco de luz. Deteníanse, a veces, y
plegando las alas reconocían con sus largas espiritrompas la aspereza de los
objetos que no ofrecían ni néctar ni perfumes como las plantas.
Juan salió de su abstracción.
-Pero todo ese bien -dijo-, toda esa labor redentora
tiene que fundarse en la solución del problema físico. Me preocupa, me preocupa
profundamente: es la sólida base sobre la cual ha de fundarse lo porvenir de la
colonia. Lo veo claro, evidente.
-Eso es discutible.
-No...
-Pueden hallarse en organismos enfermos cerebros
caldeados por el genio.
-En lo individual, sí; jamás en lo colectivo. Ese
problema es vital, importa mucho. Para convencerles podría hacer un símbolo...
Pintado y el sacerdote, que oían con interés a Juan,
aceptaron jovialmente la proposición.
-Veamos.
-Sí, veamos.
-Figúrense ustedes una estatua colocada sobre un
pedestal.
-Me la figuro.
-Adelante.
-La estatua es bella, la colmó el arte de encantos y
permanece rígida en su inmovilidad de piedra.
-Bien, ¿y qué?
-Ésa es la raza.
-¡Hombre..., una raza de piedra!
-No he terminado.
-¿Continúa el simbolismo?
-Sí. Ahora coloquemos delante de la estatua a un
artista que, deseando embellecerla y conservarla, se llame «Restricción».
El cura y el médico lanzaron una carcajada.
-¿Qué hará la estatua?
-Hombre... Pues me gusta; no hará nada.
-Permanecerá inmóvil.
-Naturalmente... Y aunque ese artista la sacuda y la
hostigue, y la conmine a moverse dentro de la órbita que en torno del pedestal
le trace, la estatua permanecerá estática.
-Eso no tiene vuelta de hoja.
-No comprendo adónde va usted a parar.
-Paciencia. Supongamos ahora que separamos al artista
«Restricción» y colocamos en el mismo lugar a otro artista que se llame
«Expansión».
-Bien; pero...
-Ese otro artista ensanchará la base, tejerá coronas de
laurel para la frente de la estatua, la colmará de bienes, le dará alas... ¿qué
hará la estatua?
-¿Qué ha de hacer? Lo mismo que antes.
-Exactamente lo mismo.
-Permanecerá inerte...
-Permanecerá inmóvil...
-Pues a ese punto quería venir a parar. Lo que se
necesita es animar la estatua; corazón que palpite, alma que aliente, nervio que
transmita la corriente volutiva, cerebro que piense. Sólo en ese caso apreciaría
la estatua el alcance de cada uno de los artistas, sólo en ese caso sería apta
para elegir entre ambos, para ser engrandecida o para engrandecerse ella misma.
Pues si ustedes colocan a la raza en el pedestal de la estatua, resultará que lo
primordial es alma, corazón, nervio, cerebro y voluntad; que lo importante es la
solución del problema físico...
-¿Pero adónde nos lleva usted por ese camino? ¿A qué
tremendo dédalo nos conduce? ¿Conque es lo mismo blanco que negro? ¿Conque es
igual estacionarse que prosperar, expansión que restricción? ¡Palo si bogas y
palo si no...!
-Vamos, pater; el asunto es muy sencillo. No hay
dédalo, no hay confusiones: hay evidencia indiscutible, inmensa realidad...
-Mas entonces, ¿cuál el régimen?
-Eso no se pregunta.
-Si la estatua ante ninguno se mueve, ¿cuál el justo,
el fecundo, el bueno?
-Repito que eso no se pregunta...
-¡Cómo!
-Diga usted, doctor: ¿qué hace usted cuando asiste a un
enfermo que respira difícilmente, que tiene disnea; a un asmático, por ejemplo?
-Pues todo aquello que facilite la respiración.
-Veamos.
-Aparte de la terapéutica, hay un conjunto de preceptos
higiénicos que llenar.
-¿Cerrará usted puertas y ventanas, y...?
-No, hombre. Abriré de par en par los huecos que puedan
facilitar la entrada del aire, del aire puro, sano, corriente; sentaré al
enfermo para ensancharle el pecho y dar puntos de apoyo a los movimientos
respiratorios...
-¿Ve usted, pater?
-Pero, caramba: eso es de sentido común...
-Perfectamente, y también lo otro, el régimen de la
estatua. Si al pecho que respira mal se le da aire aun cuando transitoriamente
no lo respire bien, a las razas inmóviles se les da libertad, expansión, aunque
todavía no sepan removerse en la anchura. No se discuta el régimen; no se
pregunte a la moral, ni a la filosofía, ni a las ciencias sociales, ni a la
política, cuál puede ser el mejor régimen que impulse a un pueblo a las glorias
de lo porvenir. Basta con preguntarlo al sentido común...
El símbolo ocupó buen tiempo a los disertantes. Rieron,
celebraron con bromas la velada, discurrida insensiblemente componiendo el
mundo. Habían volado por los cóncavos de la hipótesis, por los espacios de la
teoría. Descendieron al fin a la vida real. Hubo sueño y se recogieron.
A poco, rebujáronse en sus frazadas. Hacía frío: un
fresquillo que hincaba la piel invitando a envolverse, a recatarse en las
tibiezas del lecho.
Antes de dormirse cada cual pensó en algo personal,
práctico.
Recordó el padre Esteban que en su rito el siguiente
día era el fijado para empezar ciertas piadosas novenas.
Pensó el doctor Pintado en sus enfermos, privados aquel
día de su asistencia, y en la tontada del comisario, que le había hecho subir al
monte para asistir estérilmente a un moribundo.
Y Juan sumó mentalmente las partidas de café
recolectadas aquel día; calculó las que aún le faltaba recoger; pensó en las
probabilidades de buenos precios. Luego pensó en Jacobo.
Capítulo X
En mayo, el cerezal de Marta lucía sus atavíos.
Mostrábase dichoso, como si la felicidad le enviara la caricia de sus besos.
Todo parecía dormitar en la dicha, reclinarse en el
sosiego, florecer en el bien. Sólo Marta sufría...
En febrero había muerto el nietezuelo: aquel espíritu
sin vaso que no pudo retener por más tiempo las ligaduras terrenales. Rindiose
el cuerpecillo en el polvo y el espíritu voló muy lejos, donde Dios le llamara,
donde hubiera ventura bastante para compensar los dolores de su tránsito por la
vida.
La piedad de los vecinos recogió los despojos. Envuelto
en los jirones de una sábana blanca colocáronle en un ataúd de tablas toscas, y,
descubierto, condujéronle al poblado. Cavaron en el cementerio parroquial una
tumba anónima, pusiéronle en el fondo, y rellena la fosa, igualada con pala
fúnebre la superficie del suelo, la tierra guardó el secreto. El secreto de una
vida ignorada, de una existencia desconocida; de un alma triste que pudo sembrar
en el viviente surco un grano de trigo, que tuvo derecho al amparo de todos, a
que la mano social, desnudándose el guante del egoísmo, se alargara para ella;
el secreto de un poema de desdicha, de una víctima inmolada por el crimen, por
este terrible crimen que se comete sin conciencia de que se consuma.
Enterráronle... Nadie lo supo, nadie lloró. Al
arrojarle en la huesa el sepulturero, ni aun tuvo curiosidad de verle el
semblante.
Sufrió mucho Marta cuando quedó solitaria. Perdido su
nieto, pudo apreciar el renacimiento de un afecto dormido. El contraste del no
ser despertó en ella la sensación de aquel cariño; cariño extraño, inconsciente,
de ser que ama sin colmar de bienes el objeto amado, que sin saberlo mortifica
al ser querido, que no traduce en hechos el instinto del cariño; afinidad de la
carne antes que palpitación sensacional del espíritu.
Por aquel tiempo sintió la anciana las inclemencias del
asma: enfermedad en ella muy antigua, que renacía y se mejoraba con
intermitencias; anhelo respiratorio de organismo caduco remolcado por un corazón
en equilibrio que a cada instante amenazaba romper la compensación de un mal
recóndito.
La muerte del nieto, la soledad, los terrores nocturnos
pensando en su tesoro, el diario rastreo por las cuestas, y, sobre todo, el peso
ya abrumador de los años, excitaron la vieja enfermedad y Marta viose obligada
muchos días al fatigoso trabajo de ensanchar el pecho para que el aire
penetrara. Las últimas jornadas habían sido laboriosas. La tinaja que ultrajó
Gaspar fue cambiada de sitio, enterrada debajo de un cerezo, cerca de la casa.
El montón de oro y el montón de pesos duros fueron transportados a la choza, y
debajo de ella hundidos en la tierra en noches de zozobras, en horas de
inquietud.
De ese modo Marta iba ahogándose poco a poco sobre su
tesoro, en tanto que, desde el umbral, vigilaba siempre con ojillos brillantes
el afortunado tronco que ocultaba la tinaja.
Los cerezos, entrelazando las ramas en el balanceo de
las brisas y luciendo el vario matiz de su florescencia, entoldaban la choza,
perfumaban el aire, filtraban los rayos del sol, alfombraban de menudas hojas el
linde abarcado por su sombra.
Veíanse arriba el verdor, la viveza de los colores, la
esbeltez del ramaje: vida, esplendores, alientos de felicidad, rayos del sol,
enjambre de mariposas armonizando el conjunto por la garla bulliciosa de las
aves. Debajo, el haz de pajuncia que formaba la choza; el zaquizamí vetusto de
podrida base, de techumbre cribosa, de tabiques caedizos. Y mientras las
rosáceas verdeaban arriba, ofreciendo su agradable fructificación, debajo
oprimíase el pecho, sentíase tristeza, sombrío tedio, al contemplar aquella
cripta en que alentaba un ser que, aferrado a la pasión, lograba resistir
todavía la tracción incesante de la muerte.
Una noche, el asma arreció. Cabalgando en la hamaca,
colgantes los hinchados pies, con el cuerpo echado hacia adelante y los brazos
extendidos, Marta pasaba las horas buscando aire. Fue un insomnio abrumador,
fatigoso. Mientras la disnea le apretaba el pecho, una idea fija le apretaba el
pensamiento. ¡Ah!, lo que ella hacía era imprudente. Ya no podía moverse apenas
y la tinaja corría peligro. Mejor era tenerla cerca, no verse obligada a caminar
por el cerro para cerciorarse todos los días de que nadie había ahondado al pie
del cerezo. Sentíase mal, muy mal; casi no podía llegar al colgadizo para hacer
lumbre y salcochar los plátanos. Los viejos no servían para nada. Era menester
repartir las migajas entre el cerdo y las gallinas, hacerse la comida, abrir y
cerrar la puerta, ir a buscar agua al río... ¡Cuántos afanes! ¡Y sola, sola su
alma con Dios!
Sus fuerzas no bastaban ya. ¡Si tuviera siquiera quien
la acompañara! ¡No, por nada del mundo, compañía, no! ¿Para qué compañía? Los
vecinos eran gente curiosa que la embromaban llamándola cicatera. Mejor estar
sola. Mas para estar tranquila debía tener la tinaja más cerca, allí debajo,
junto a sus otros ahorros.
Pensó en la muerte... ¿Por qué morir? Ella no le hacía
daño a nadie... ¡Y tanto pillo gozando de salud! Quizás sus achaques no tenían
importancia; con la ayuda de Dios se alentaría. Pero, ¿y si moría? ¿Todo su
dinero en poder de otro? ¡No, cien veces no! No había economizado ella para que
gozara ningún manganzón. Era preciso que nadie le hallara, que si cerraba el
ojo, su fortuna se pudriera debajo de la tierra. No era tonta. Ya sabría
arreglar las cosas para que nadie se diera gusto con lo suyo, con lo que era
solamente suyo...
Dejose envolver después por la esperanza. ¡Bah!, ella
había estado achacosa muchas veces y sin embargo vivía. Aquello no era nada.
Quizás la humedad, el barrunto, aquel catarro de toda la vida. Lo importante era
traerse la tinaja, recontar el montón y tenerla cerca...
Esperó el día. Galvanizada por tales ideas y apoyándose
en el palo, salió de la choza y empezó a caminar con lentitud y dificultad.
El cerezo estaba muy cerca, ochenta o cien varas a lo
sumo, pero situado en el declive del cerro, en lo más accidentado del terreno;
sitio difícil, elegido expresamente por su desconfianza.
Mientras el terreno fue llevadero pudo con inseguro
paso caminar. Cuando llegó a la cuesta se detuvo trémula, vacilante.
Sentose para reposar un momento. Algunas gallinas y un
cerdo habíanla seguido. Acostumbrados a ser servidos todas las mañanas antes que
nadie, piaban unas y gruñía el otro, como protestando del insólito abandono de
aquel día.
Presa de mortal cansancio, trató de reponerse... La
fatiga era intensa; sus párpados se dilataban como si quisieran abrir camino al
aire; su vientre se agitaba haciendo esfuerzos de fuelle reacio; su pecho
movíase apenas, imposible ya para sorber la vida del ambiente.
Pero allá, en la cabeza, una idea firme, imperiosa, le
apuntalaba la vida. Llegar al cerezo, ahondar junto al tronco, beber acaso la
salud envolviéndose en la imagen del tesoro.
Nueva energía la hizo levantar. Afirmó el palo,
arrastró los pies, cambió varios pasos. El cerdo, siempre gruñendo, interponíase
a veces, amenazando derribarla; las gallinas seguíanla picoteando el vestido, y
la fecunda prole de alguna de ellas, formada por ocho o diez diminutos
polluelos, revolábale en torno pedigüeña.
Junto al cerezo el monte se aplanaba, formando un
pequeño remanso. Las ramas, naciendo del enano tronco, casi a flor de tierra,
entoldaban el remanso.
Marta quería alcanzar aquel punto, reposar un tiempo y
luego desenterrar el ídolo. Después, cuesta abajo, la proyección sería más
fácil...
Mas el ansia continuó apretando. La fláccida piel del
semblante comenzó a azulear; copioso sudor empapó el cuerpo de la anciana; el
corazón, palpitando con turbulencia, parecía querer escapar de su cárcel; un
ademán instintivo le abría la boca para dar anchura al aire; las ventanas de la
afilada nariz ensanchábanse a cada inspiración abriendo puertas a la vida, y las
manos y los pies, temblorosos, eran ya impotentes para guardar el equilibrio.
Sólo en el pensamiento el recio puntal; la idea insensata, la postrera llamarada
de la pasión sucumbiendo rabiosa por no poder sobrevivir al cuerpo que por toda
la vida la contuvo.
Al llegar al remanso, la anciana no pudo más. Vaciló,
extendió los brazos hacia adelante, echó la cabeza hacia atrás, abrió
desmesuradamente la boca y los ojos, exhaló un ronquido y cayó. Estaba muerta...
muerta boca abajo, con el brazo derecho extendido en dirección al cerezo, con
los dedos crispados, con la cabeza doblada sobre la espalda, con la barba
apoyada en la tierra, con los ojos horriblemente fijos en el árbol.
Dos o tres días después, cuando, echándola de menos,
los vecinos la encontraron en aquel lugar, retrocedieron con horror... La
putrefacción había empezado, el aspecto de la muerta amedrentaba; el cerdo
hozaba junto al cadáver, metiendo el hocico debajo del cuerpo, removiéndolo,
empujándolo, como si quisiera obligarle a levantarse para cumplir el imperioso
deber de saciar su gula.
En toda la comarca refiriéronse historietas. De la vida
y muerte de la avara hiciéronse cuentos, acabando por tenerla en predicamento de
bruja. Nadie se atrevía a acercarse al cerezal.
Sólo Andújar atreviose. Como por entonces vivía en la
llanura, encargó con mucho interés al mayordomo que cuidaba su finca, le avisara
todo lo que ocurriera a Marta. Era dueño de aquel terreno y necesitaba disponer
de la choza en cuanto, por virtud de la muerte de la anciana, fuera suya.
Fue, pues, avisado y acudió presuroso dispuesto a
operar una rebusca que supuso muy ardua.
Fue astuto... Él solo, rodeándose de precauciones,
derribó la choza. Al desplazar los podridos estantes, que abarcaban escaso
perímetro, notó la tierra removida y blanda. Cavó y surgió la ganancia en forma
de oro y plata acumulados. Cuando regresó al poblado llevándose el hallazgo,
hizo cuentas. La suma desenterrada ascendía a dos mil setecientos pesos;
descontando los cuatrocientos que costó la finca el negocio produjo, pues, una
ventaja de dos mil trescientos pesos. Todo, todo era ganancia.
Mas en el monte hubo también otro astuto. El mayordomo
de Andújar, que no temía las brujas, observó las operaciones de su principal y
rebuscó también. Entre los que hallaron el cadáver de Marta encontrose él.
Fijose mucho en la disposición del cuerpo, extrañando que la anciana, enferma,
casi moribunda, hubiese tenido, sin una razón poderosa, la humorada de
aventurarse por el cerro; observó que aquel sitio no conducía a ninguno de los
lugares habitualmente visitados por ella; notó, sobre todo, aquella mirada de
ojos muertos que parecía enviar el último adiós a un ser amado.
El mayordomo era rústico, pero no tonto. Con probar,
nada perdería. Puso manos en el empeño y la tinaja, la célebre tinaja que adoró
Gaspar, mostró al mayordomo la tentadora boca abierta y el relleno vientre
repleto de calderilla y plata.
Poco tiempo después el mayordomo dejó su puesto en la
finca de Andújar y estableció en Vegaplana otro tenducho piadoso, otro agujero
de embudo, otra ventosa para la comarca.
Los días pasaban por entonces sin variantes en la
casucha de Leandra. Alguna que otra discordia íntima entre madre e hija que en
breve se disipaba. Eso era todo.
Un aire de relativa felicidad flotaba en torno y en los
linderos inmediatos a la casa en donde no se veían ni huerto ni flores: parecía
reclinarse el ángel del sosiego.
Pequeñín correteaba desnudo, bullía por su cuenta,
mostrando al sol la pálida flaquencia de su cuerpecillo. Ya no lloraba
indefenso; entonces podía ya raspar en la cocina el fondo del envase en que se
pergeñaba la comida, lamerse las manos hasta limpiarlas de la última partícula
de golosina.
Leandra machucaba siempre en la ribera habitual montón
de ropas. Sobre la piedra plana que seculares rodamientos colocaron en la orilla
del río, pasábase buena parte del día enjabonando lienzos y enturbiando la
corriente con residuos del desaseo y el trabajo.
En la casucha, Silvina refaccionaba la familia
entregándose al aliño de la vivienda, a veces irritada por cualquiera futesa,
sucumbiendo a veces a inexplicables tristezas, a veces deteniendo la labor para
entregarse a considerar el paisaje sin comprenderlo y sin sentirlo.
Cuanto a Ciro, trabajaba unos días y otros holgaba. No
era asiduo. El trabajo no actuaba en él con la imposición de un hábito; veníale
al recuerdo cuando tenía limpio el bolsillo. Necesitaba atender a los gastos de
la familia y cumplía de buen grado la obligación; mas como hubiera medio de
eludir sin perturbaciones el trabajo, escapábase de él como colegial remiso.
Cuando tal sucedía, quedábase en la casucha y
acomodábase en la hamaca, tentación de molicie, cuna de lanceo. Otras veces,
sentábase en el umbral, echábase boca arriba en el pavimento y mientras Silvina,
con sus menudos dedos, le registraba el cabello, quedábase dormido con la dicha
del que tiene bastante para ser feliz y desconoce el mundo más venturoso.
Cuando había discordia, Ciro intervenía. Imponiendo
silencio a Silvina y aplacando a Leandra, reíase de inmotivados enojos,
ridiculizando las exageraciones. Era buen hombre, mas indeciso; sin mano que le
ayudara a subir en la pendiente de esa bondad; recibiendo en el pecho el oleaje
impetuoso que le hundía en el bajo fondo social.
En las semanas productivas, el domingo era gran día.
Dábase un banquete, un copioso festín. Del guiso elegido comían en gran cantidad
y llenábanse el cuerpo como si en la última semana no hubieran comido,
consumiendo en aquel domingo la mayor parte de los recursos, viéndose obligados,
después del dispendio, a vivir muy estrechamente en la siguiente semana. Veces
hubo en que cobrando Ciro seis duros gastó cuatro en carne... Como jamás la
comían, la gran fiesta, el gran honor, estribaba en aquel alarde de abundancia,
que, al fin, se les hacía repugnante.
En aquel verano, platicaban un día al caer la tarde.
-Conque vean lo que se les ofrece..., ¿eh? -decía Ciro.
-¿A qué hora salen?
-Todavía oscuro.
-¿Pa volver por la tarde?
-Sí.
-Pues mira -dijo Leandra-, tráeme un medio de maná...
-Bueno.
-¿Van muchas bestias? -continuó Silvina.
-Llevo cuatro mulas de don Juan. Además, para que me
ayude allá, Marcelo en el macho.
-Van por provisiones, ¿no?
-Sí... ¡Ah, mira! Vamos un bando, ¿sabes? De casa de
Galante van dos peones con cinco mulas, y, además, de casa Andújar van dos
más...
-¡Cómo gasta ese hombre! Está sembrando como agua.
-Déjale que gaste..., pa eso tiene ahora un almacén.
-¿Ha puesto tienda?
-No, mujer... Allá, a orillas del mar, ha abierto un
almacén que está lleno de barriles y bocoyes. Afuera, encima de la puerta, ha
pintado un deletrero.
-¿Y qué dice?
-Montesa, que bajó el otro día y lo leyó, dijo que a un
lado dice Andújar y al otro Galante. Además, en el medio hay un garabato así...,
miren...
Ciro, con su machete, dibujó en la tierra este signo: &
-Y eso ¿qué dice?
-Pues dice y que compañía.
Exagerando las noticias comentaron después la
prosperidad de sus antiguos vecinos.
En la madrugada, aún de noche, despertose Ciro. Debía
salir con las mulas desde la granja de Juan y veíase obligado a anticiparse a la
hora de partida.
Cuando sacudió la modorra del sueño hizo luz, y
Silvina, a quien despertó, diole la ropa, que él se vistió apresurado.
Ya dispuesto a salir, despidiose de Silvina, que,
sentada en el camastro, le sonreía cariñosa. Acariciándola de buen humor, la
besó, mientras ella, aprisionándolo entre sus brazos, le retenía juguetona, sin
dejarle marchar.
Ciro trató de romper suavemente las cadenas que le
retenían, y apelando a un recurso decisivo la cosquilleó por la espalda.
Silvina, dominada por la risa, abrió los brazos. Luego
besáronse otra vez y él partió...
Antes del alba discurría ya la recua por el camino del
poblado.
Once mulas cargadas de bananas y conducidas por seis
campesinos festoneaban las ondulaciones de aquel camino, más propio para cabras
y gatos monteses que para seres humanos.
El convoy conducía frutos de buena venta, pero su
principal objeto era regresar con carga de provisiones y menudencias útiles a
las fincas. Dejando en la llanura los frutos, cambiarían de carga para regresar
al caer la tarde.
Era aún de noche y los conductores caminaban
silenciosos. Como la temperatura les hinchaba el cuerpo con saetas de fría
humedad, encogíanse sobre las albardas, dejando que las mulas sin jinete
caminaran delante.
Ciro, el más jovial, arreaba de vez en cuando la
comitiva, y Marcelo, caminando el último, arrebujábase friolento en un chaquetón
de lana muy raído que perteneció a Juan del Salto y que después de pasar por dos
o tres manos había llegado hasta el joven.
Temblando de frío hacía Marcelo sobrehumano esfuerzo
para seguir a los otros. Dejándose vencer por el malestar que sentía, hubiérase
quedado en la choza hasta muy alto el sol; mas era preciso trabajar, hacer algo,
ganarse la vida. Era, pues, de la expedición; pero débil, lánguido, nostálgico.
El camino, extendido a veces a la vera del río,
ondulaba otras trenzándose con él y obligando al caminante a vadearlo con
frecuencia. En otros lugares no seguía los giros caprichosos del cauce, y
entonces, abordando el monte, describía zigzags en las vertientes y remontábase
hasta las cumbres para compensar las fatigas del viajero, ofreciéndole la
esplendidez de los paisajes.
La gente de la recua había saltado del lecho a las
albardas y emprendió la ruta sin ingerir ni una cucharada de alimento. En casos
tales, la carencia de desayuno no preocupaba a los campesinos. Sabían resistir
el hambre, conocían la virtud de no sentirla y, en todo caso, el camino estaba
lleno de tendezuelas y ventorros en donde acaso no hallarían qué comer, pero sí
con abundancia qué beber.
Al final de una empinada cuesta, en donde el camino
volvía a encontrarse con el río, detuviéronse frente a un ventorro.
Alguien habló de echar un trago, un trago que calentase
el estómago, vigorizando las fuerzas.
Todos acogieron la idea y saltaron de las cabalgaduras.
Todos, menos Marcelo. Él, desde su montura, rehusó el
proyecto. Sólo, sí, tomaría un poco de café si lo hubiera.
Detrás del tenducho escuchábase el chisporroteo del
hogar donde la infusión se preparaba, mas el tendero dijo que para beberla sería
preciso esperar.
Los de la recua arregláronse pronto un desayuno
enérgico: medio vaso de ron, que fue bebido sin pestañear.
Dispuestos a seguir viaje, les pareció perturbador
detenerse. Debían avanzar, aprovechar el fresco de la mañana para hacer mucho
camino. Así pues, si esperaban a que estuviera preparado el café, perderían
tiempo.
Todos quisieron continuar sin demora, y Marcelo,
sucumbiendo sumiso a la mayoría, siguió a los otros, resignándose al dolor de
vacuidad de su desfallecido estómago.
A partir de aquel punto, el camino remontaba de nuevo.
A veces, gritos especiales que lanzaban los campesinos servían de estímulo a las
mulas o las atraían si se desbandaban.
Subiendo por un monte, y al mismo tiempo rodeándole,
hicieron otra etapa de una hora, y al fin, en un lugar en que estaba el camino
empantanado, hallaron otro ventorro.
Los de la cabalgata bebieron otra vez... Marcelo,
contrariado por su mala suerte, supo que tampoco había café.
-Pero bebe algo, tonto... -dijo uno.
-¡Yoo...!, ¿pa qué?
-Porque te vas cayendo, hombre.
-Tú no debiste haber venido -añadió Ciro-, estás
enfermo.
-¿Y qué diva a hacel? ¡No me voy a morir de hambre!...
-Lo que te faltan son fuerzas; come pan y queso.
-No..., no... Ahora no tragaría nada. Sólo una cosa
caliente.
-¡Pues mucho me vas a ayudar de ese modo!
-Bebe, bebe algo -insistió otro.
-Mejor es que no beba -agregó Ciro-, la bebía le hace
daño.
-¡Ca! La bebida no le hace daño a nadie.
-Te digo que sí...
-Pues que beba poco... No todos somos iguales. Unos
resisten más que otros.
-Yo nunca bebo. ¡Dios me libre!
-Nosotros bebemos ron puro, ¿verdad? Pues tómalo tú con
agua y na te hace. Al contrario, te alimenta...
-No..., yo no bebo ni picao. Lo que adré será tomar un
poco de agua.
Como aquel sitio estaba un poco alejado del río,
bebíase allí agua de una laguna próxima. A solicitud del joven diéronle un vaso
lleno de un líquido pesado, salobre, indigesto. Bebió, hizo una mueca de
disgusto y volvió a su montura.
Después continuó el viaje, siempre festoneando la base
de los montes y repechando las alturas, o vadeando el río, o internándose entre
barrancos en los cuales hacían prodigios de equilibrio las cabalgaduras.
Marcelo, con la cabeza baja y meditando silencioso,
dejábase llevar por su mulo. Hubiera querido ser como los otros, que hacían de
todo sin que les pasara nada. Por allí iban tan alegres, tan contentos,
sintiéndose fuertes y felices alimentados con aquellos tragos sorbidos a pulso.
¡Qué dichosos! Es verdad que eran hombres atrevidos que tiraban del machete por
cualquier cuestión, y que del resto vivían riéndose y embromando..., en tanto
que a él no le gustaba más que estar quieto de buya, metido por los rincones.
¡Ah!, él estaba enfermo, muy enfermo. Una botella que le dieron para ver si se
curaba la tomó tres días seguidos sin lograr buen éxito.
Los otros campesinos caminaban entre risotadas. El
desayuno de alcohol les animaba con la falacia de su engañosa fortaleza, de su
ruinoso bienestar.
Marcelo les veía con envidia. Mientras él iba penando,
con la lengua pesada, con dejadez en el cuerpo, con dolor sordo en el estómago,
ellos eran felices... ¡Hombres, verdaderos hombres! En verdad, lo que a él le
pasaba era tener mala suerte. ¡No poder beber para sentirse activo, resistente!
Quisieron que bebiera mezclando con agua el ron... ¿Y si le hacía el mismo daño
que puro? No, estaba ya bastante escarmentado...
Al fin, después de tres o cuatro horas de jornada,
llegaron a la llanura. Allí el camino era franco, fácil.
Cerca de la población ocurrió un nuevo alto. Detúvose
el convoy en otra tienda, en donde los campesinos volvieron a beber.
Marcelo, más que jornalero en activo servicio, parecía
un enfermo escapado del lecho.
Como se quejara de malestar, surgió de nuevo la
discusión entre los montañeses. Debía beber... ¿A dónde iría a parar de aquel
modo?
Marcelo pensaba en la probabilidad de beber impunemente
aguando la libación. Nunca le había ocurrido aquel medio ingenioso de beber ¿Le
haría daño si probaba? ¿Debía hacer la prueba?
Uno de sus compañeros diole entonces un vaso de ron con
agua.
-Bebe..., no seas tonto. Vas ahí que pareces papel
blanco.
-Parece imposible que seas tan flojo -agregó otro.
Marcelo vaciló. Tomó con la mano derecha el vaso y
dirigiole una mirada recelosa.
De pronto le asaltó el recuerdo penoso: la borrachera
de que fue víctima una tarde en la tienda de Andújar. Alargó asustado la copa...
No, no bebería.
Le dejaron los otros la copa en la mano; nadie hizo
caso de su ademán.
Entonces intervino Ciro.
Era verdad que su hermano tenía mala bebida, pero tal
vez pasaba aquello porque bebía demasiado de una vez. Acaso bebiendo poco se
fortalecería sin peligro.
Sí..., sí..., bebe. Eso no puede hacer daño a nadie.
¡Si casi too es agua!
-Así beben las mujeres y los muchachos.
-¡Pues!
-¡Pues!
-¡Ea! Bebe ese poco ahora, y ahorita, en llegando al
pueblo, toma un bocado. Verás como te mejoras.
Volvió Marcelo a vacilar. El malestar que sentía, la
deprimente influencia del sol, ya muy alto, agobiándole con sus ardores; la
insistencia de sus compañeros; la gran esperanza de que aquel licor aguado no le
hiciera daño; el deseo de sentirse activo y fuerte..., todo le animó a
resolverse.
Bien, bebería; pero nada más que la mitad del vaso. Y
resolviéndose al cabo, bebió cediendo con verdadera ansiedad.
Continuaron el viaje. Marcelo, sintiéndose mejor,
acordó con Ciro los detalles de la faena a que debían aplicarse: descargarían
rápidamente, dejarían descansar un rato las cabalgaduras y luego de nuevo a
cargar para el retorno. Mientras los animales se deportaban, ellos comerían
algo. De ese modo, ya despachados, reuniríanse todos a la salida de la
población.
En un tenducho de los suburbios almorzaron, llenándose
los estómagos de salazón y verduras. Marcelo, con el semblante animado, risueño
y sintiéndose libre de precauciones, bebió otro vaso de agua alcoholizada.
Luego, con buen ánimo, ayudó a Ciro. La carga fue
dispuesta sobre las mulas de modo que resistiera, en lo posible, los vaivenes de
la marcha; cumplieron los encargos que les hicieran en el monte y dispusiéronse
al regreso.
Todavía el sol quemaba cuando el convoy emprendió el
retorno. Muchas veces deteníanse para componer las cargas, desniveladas por los
accidentes del terreno, o para arreglar los cabezales de pita que servían de
arnés a las mulas, o para ordenar la recua, desbandada por cualquiera
circunstancia.
De esa manera les asaltó en el camino la silueta
tentadora de una tienda. ¡A beber, a beber!... Bajáronse y hubo bromas para
saber quién pagaría. Como los ochavos íbanse ya consumiendo, el dispendio
hacíase cada vez más difícil. Sin embargo, aún había fichas...
Bebieron, pues. Marcelo no se acordaba del pasado:
sentíase bien, fuerte, contento; casi se avergonzaba de ciertas debilidades. En
aquella parada no discutió: bebió sin hacerse de rogar.
Sirviole el tendero medio vaso de aguardiente, y él,
contemplando un instante con agrado el vaso, mojó en él los labios, paladeó el
líquido, vaciló... Logró todavía ser fuerte: pidió y mezcló la libación.
Luego, cuando se reanudó la marcha, entonó una canción.
Departían alegremente sus compañeros, y él, aprovechando una expansión del
camino, pasó delante de todos.
A poco el terreno se hizo accidentado: entraban ya en
la zona de los montes. Marcelo, al llegar a una cuesta, castigó de pronto a su
cabalgadura. El burdégano, asustado, galopó cuesta arriba, mientras las piedras
del declive rodaban con estrépito, cayendo como avalancha sobre los otros
jinetes.
Ciro gritó energúmeno. No, dejarse de guasas; aquello
no estaba bien; o había o no había formalidad; demasiado sabía Marcelo que don
Juan encargaba siempre mucho cuidado con sus bestias.
Reía Marcelo en tanto. Él, antes que nadie, había
llegado a lo alto de la cuesta. Cuanto a don Juan, bastante rico era para que le
importase mucho que una bestia se le mancase.
Y de picarada en picarada, pronto fue Marcelo la nota
alegre de la comitiva.
En una ocasión, al vadear el río, Ciro dio la voz de
alto. A una de las mulas que iban a su cuidado habíasele desnivelado la carga.
El accidente era enojoso: obligaba a echar pie a tierra en medio del río.
Malhumorado, Ciro subiose los pantalones y echose al
agua. Varios le ayudaron, y pronto arreglaron la carga, asegurándola con más
sólidas ataduras, conseguidas con una cuerda que Ciro, con el cuchillo que
llevaba al cinto, partió en pedazos.
Durante el arreglo, Marcelo reía a carcajadas desde la
orilla, ridiculizando los viajes de Ciro ante el molesto percance, que le
contrariaba.
Ciro, en tanto, le reñía, afeándole sus burlas,
censurándole que le hostigase en vez de saltar al agua para ayudarle.
La recua siguió caminando... Ya cercana la noche
llegaron al tenducho situado frente al camino empantanado.
Marcelo saltó del mulo, y antes que nadie se
apercibiese de sus actos bebió con aire risueño una buena dosis de aguardiente
puro. Al tratarse de pagar escurrió el bulto, y lanzando groseras risotadas hizo
que otro de los viajeros pagara el gasto.
Desde aquel momento, el joven se lanzó desatinado a las
mayores extravagancias. El veneno alcohólico, obrando en él lentamente, produjo
con disimulo el desastre: fuese elaborando poco a poco la perturbación hasta
dispararle con fiereza en el ímpetu.
Entonces Marcelo se convirtió en el bufón de la
partida. Caminaba delante haciendo chistes de los más pueriles detalles,
estorbando la marcha regular de los otros, profiriendo gritos, castigando
cruelmente y sin motivo a su inofensiva cabalgadura.
-¡Déjate de eso!..., ¡déjate de eso! -le gritaba Ciro-.
¡Esa bestia te va a tirar, te va a dar un mal golpe!
Pero él, entre el coro de risas y dicharachos,
continuaba en su necia inquietud.
En un recodo asestó un rudo golpe al burdégano.
Asustado éste, bajo el estímulo del dolor dio un bote, y Marcelo, no muy firme
en su equilibrio, rodó por el suelo.
Cayó al borde de un precipicio, y los campesinos,
alarmados, creyeron por un momento que se había despeñado, mas a poco viéronle
revolcarse en el suelo, echando maldiciones y soeces palabrotas.
Saltando de su montura, Ciro corrió a él.
-¡Te lo dije! ¡Te lo avisé! Ésas son impropiedades...,
eso no está bien...
-¡Cállate tú..., entremetío!
-¿Te has hecho daño?
-¡A ti qué te importa!
-Toma la mano.
Te ayudaré a levantar.
-¡Déjame!
-Pero no seas malcriado, hombre. Dame la mano, si no te
puedes parar solo.
Marcelo púsose en pie de un salto.
-Tú no eres más que un mentecato -dijo-. ¿Quién te ha
pedido lecciones? Yo hago lo que me da la gana, ¿sabes?
-Pero debes caminar con formalidad.
-Cada cual anda como quiere.
-Lo que pasa es que estás borracho y no quiero dejarte
desriscar...
-¿Borracho yo?
-Sí.
-El que está metío eres tú. Mira, me voy cansando de
aguantarte. Ya me tiés caliente con tanto consejo. ¡Déjame en paz!
-Pues camina como es debido. Eso no se hace en público.
-¡Quítate pa allá!
-Te digo que eso no se hace en público.
-Lo que no se debe hacer es fastidiar. Échate pa allá o
te doy con mi foete.
-¡Dios te libre! Si levantas la mano...
-¿Qué?
-Déjate de guaperías.
-Guaperías, no...
Lo hago si me fastidias...
-No haces nada, hombre. Móntate y calla.
-¿Que me calle? ¿Que me monte? ¿Que no hago na...?
-¡Marcelo!
-Pues mira...
Marcelo levantó el látigo, y hubiera descargado el
golpe sobre su hermano si éste, más forzudo, no le sujeta por los brazos.
Algunos intervinieron para separarlos, mas no fue
posible. Los dos hermanos, fuertemente asidos, riñeron, lucharon, enredándose en
fratricida pugilato. Ciro, dueño de sí mismo, fue más fuerte; empujó con ímpetu
y logró derribar a Marcelo. Cayeron ambos: Ciro arriba; Marcelo, abajo.
Ciro, triunfante, consiguió arrebatar el látigo a su
hermano, y logrando su deseo, considerándole desarmado, mientras él rugía en el
suelo trató de levantarse. Entonces Marcelo, iracundo, lanzó un grito de rabia,
alargó el brazo, asió el cuchillo que Ciro llevaba al cinto, lo esgrimió en
movimiento rápido y, en el momento en que aquél lograba levantarse, le clavó el
cuchillo en el corazón.
Ciro lanzó un gemido, y abriendo los brazos se desplomó
de espaldas. Estaba muerto.
Los campesinos retrocedieron espantados. Fue una
desbandada...
Algunos instantes después, los de la recua habían
desaparecido; las mulas, obedeciendo el hábito de hilera, siguieron adelante, el
burdégano siguió también, trotando hasta desaparecer tras un recodo.
En el camino quedaron el cadáver de Ciro y su asesino,
contemplándole. Marcelo tenía el pelo erizado, los ojos encendidos, el rostro
sudoroso y el cuerpo trémulo. Miró todavía con aire agresivo el cadáver, miró en
torno sin precisar con claro juicio su situación; dio algunos pasos, alejándose
de Ciro; detúvose; volvió junto al cadáver sin resolverse a alejarse; vaciló...
Al fin, huyó, tomando carrera cuesta arriba, y desapareció en el bosque.
Al siguiente día, otro proceso fue iniciado. Los
documentos hallados en el bolsillo de la víctima la identificaron, precisando su
nombre, la misión que se cumplía en el momento del crimen, el nombre de los que
iban en la recua, la presencia en ella de Marcelo. Eran notas comerciales
avisando a Juan del Salto la remisión de efectos en los cuales citábase el
nombre de los dos hermanos; cartas que hacían referencia a las transacciones que
acababan de hacerse; listas de las provisiones conducidas por las mulas.
Aquella vez la luz fue fácil. Multitud de testigos
desfiló ante el juez, y aunque siempre hostiles a la verdad, las circunstancias
del crimen obligaron a los declarantes a ser explícitos.
Nadie, sin embargo, pronunció el nombre de Marcelo.
Este, después del atentado, llegó jadeante a su choza.
Era ya media noche, y tan intensa la excitación del
joven que, atontado, sin memoria, idiota, casi demente, arrojose sobre el
pavimento y cayó en un profundo sopor.
Antes del mediodía, la policía rodeó la choza.
Despertáronle bruscamente, y él, sintiendo en la cabeza el plomo de pavorosos
recuerdos, prorrumpió en sollozos. ¡Ah, venían por él! Respondió al llamamiento
sin negar su personalidad, y creyendo que la policía debía en aquel mismo
instante juzgarle y castigarle, dobló los brazos en actitud suplicante, sollozó
amargamente y con acentos de dolorosa desesperación confesó su delito. ¡Él había
sido..., él había matado a su hermano!
Atáronle, y siempre sollozando dejose conducir. Las
gentes, al verle pasar, no tuvieron lástima de sus lágrimas; volvían la cara con
horror, le miraban con ira.
Al fin, la bartolina. La primera noche que pasó Marcelo
en la incomunicación le envejeció. Creyó morir.
¡Cumplíase su aciaga desdicha! ¡La cárcel, el horrible
antro donde la enfermedad mata pronto a los más fuertes, donde la piel se pone
tiñosa y el cuerpo se agrieta y se hincha para manar agua infecta!...
Capítulo XI
Dos años después, Silvina vivía en una choza situada en
las cumbres de la granja de Juan del Salto.
Las cosas habían variado mucho. Cuando Silvina supo el
trágico fin de Ciro sintiose desgarrada por inmenso dolor. Dejose arrebatar por
la desventura, gritando, maldiciendo, sollozando desconsolada. ¡Ingrato destino
el suyo! Su vida junto a Gaspar habíale parecido un siglo; su felicidad junto a
Ciro, un minuto.
Las primeras horas de aquel dolor fueron aciagas. Almas
piadosas del vecindario acudieron a mitigar con palabras de cariño la amargura
de tanto duelo, mas todo inútil; Silvina fue sorda a los consuelos, hostil a las
reflexiones. ¡Ah, pobre de ella! Aquel hombre tan generoso, tan bueno, que tanta
ternura tuvo para ella, caía asesinado por su propio hermano, caía dejándola
sola, abandonada en las miserias de una vida de privaciones y vergüenzas. No,
ella no podía conformarse. Si Dios era justo, ¿por qué la maltrataba tan
cruelmente? Quería morir, morir para curar la enconada herida de sus dolores,
morir para acabar de una vez con los azares de su desventurada existencia. ¿Qué
significaba ella en el mundo?... ¿Para qué podía servirle la vida?
Y joven, casi niña todavía, sentíase cansada de vivir,
débil ante tanto infortunio, hastiada de tener en la cabeza pensamientos y en el
corazón alientos de imposible dicha.
Leandra, en tanto, suspiraba lacrimosa, entristecida.
Era verdad, era justo cuanto decía Silvina. ¡Terrible suerte la de ellas! Antes
Gaspar, que se escapaba; después Ciro, que moría. Apenas si entre uno y otro
habían mediado pocos meses. ¡Otra vez solas, desamparadas, sin defensa, sin
hombre! Y Leandra también gemía y lloraba.
En medio de su duelo, Silvina tuvo un arranque. Aunque
se le destrozara el corazón, aunque tuviese ella misma que pisotearlo, quería
ver a Ciro.
El proyecto fue practicado enseguida. Acompañada de
Leandra descendió a la llanura, apresurándose para llegar a tiempo.
Fue al siguiente día del acontecimiento, y habíase
hecho ya la autopsia del cadáver.
Llegaron las dos mujeres al cementerio, y tendido sobre
una tosca mesa vieron a Ciro.
Creyó Silvina morir, creyó enloquecer. Tenía el cadáver
henchida la cabeza; la bóveda del cráneo había sido separada, y al aplicar
después en su sitio el segmento levantado, veíase por la ranura la masa
cerebral. El tórax también había sido abierto, y como la inspección pericial
anduvo por los rincones de los órganos, al dejar las cosas dispuestas para el
enterramiento, la pared del pecho no cubría bien el removido hueco, y podíanse
descubrir pedazos de pulmón seccionados en varias direcciones, costillas
divididas por la tijera disectora, y el corazón abierto en dos pedazos y
atravesado por el puñal de Marcelo. Luego el vientre, que, aumentando el
destrozo, había sido asimismo abierto, mostraba el laberinto de entrañas
desplazadas y heridas en distintas direcciones por el bisturí del análisis. Todo
revuelto, desconsiderado todo, por la impiedad de la autopsia.
Las dos mujeres recibieron profunda impresión. Leandra,
pálida, fría, con los ojos secos, sentía el horror del espectáculo nunca visto.
Silvina, presa de inconsolable llanto, tuvo para aumentar su desconsuelo ideas
desgarradoras. ¡Pobre Ciro!... ¡Tan generoso, tan bueno, y destrozado de aquella
manera, poco menos que partido en pedazos antes de hundirle en la tierra y
dejarle descansar eternamente!
Después siguiole un período de tristezas. La soledad de
la casucha y la estrechez de la familia renovaba a cada instante las heridas;
mas en el correr del tiempo fuéronse entibiando los paroxismos y agudezas del
dolor.
Leandra lavaba siempre; por entonces, con más ardor,
con más afán, porque de aquel exprimir andrajos ajenos salía el mísero sustento
de todos. Silvina, triste, muy triste, muy enferma. Sus lágrimas no eran ya
ruidosas, con explosiones de dolor y de rabia, sino silenciosas, reflexivas.
Andando los días, las realidades de la vida trajeron
ocasiones para las contrariedades y el reproche. Madre e hija, ante la escasez,
sentíanse irritadas, abrumándose con su mutua presencia, chocando los caracteres
por menudencias y pequeñeces.
Al fin llegaron a vivir en plena discordia: un sordo
encono, una miserable hostilidad las agitaba.
Un día, inesperadamente para Silvina, instalose en la
casucha un hombre, otro hombre, algún hambriento a cuyo señorío iba a rendirse
Leandra.
Renacieron en Silvina pensamientos dormidos. ¿Y ella no
era mujer también? Cuando pensó en la posibilidad de un nuevo lazo apoderose de
ella un sentimiento de repugnancia. Ciro, sólo Ciro, vivía en su alma: ella no
podía amar a nadie.
Mas Ciro había muerto, y aquel amor era un fardo de
memorias que no retoñaban en la realidad, ni amasaban pan, ni procuraban
bienestar. Ella era joven, bella todavía. Su madre, casi vieja, encontraba...
¿Por qué no habría de encontrar ella?
Continuó el tiempo su labor borrando siempre la
intensidad de las impresiones, debilitando la firmeza de los propósitos.
Cierta mañana, después de una gran discordia, tomó
Silvina una resolución. Inés Mercante habíala invitado a seguirle, y sin amor,
sin apego, casi con repugnancia, fuese tras él, colgando el nido allá en lo
alto, en lo desnudo de la vegetación, en lo bravío de la finca de Juan.
Por entonces estaba éste ausente. Jacobo habíase
graduado, y el cariñoso padre no tuvo paciencia para esperarle: embarcose, voló
a sus brazos, emprendiendo con él un viaje por Europa.
Montesa quedó encargado de la gestión agrícola de la
finca, que un amigo de Juan administraba desde el poblado. El antiguo marinero
estaba hinchado de orgullo, envanecido de amor propio, ansioso de cumplir sus
deberes hasta un límite más allá de lo que pudieran exigirle. Tenía un mayordomo
subalterno; daba órdenes terminantes, disponía sin consentir réplicas; dignábase
en ocasiones ser amable como cumple a una autoridad suprema.
Andújar y Galante habíanse ya lanzado... La
especulación les embriagaba, les arrastraba, les hundía en sus misterios, en sus
tenebrosidades, en aquellas en donde sólo una luz brilla: el oro. De vez en
cuando, Andújar visitaba su finca, y hacíalo afectando cierto desdén... Dados
sus negocios comerciales, su estancia resultaba una pequeñez, un juguete.
Marcelo no se oyó condenar. Convicto y confeso, y antes
de terminarse el proceso que se le siguió, en el cual no se consideraban
atenuantes, sucumbió en la cárcel. Sobre el húmedo pavimento de una bartolina,
respirando el envenenado aire carcelario, resistió poco, murió casi idiota. Sólo
una alegría tuvo: la noción de que iba a morir. ¡A reposar tranquilo, a
descansar al fin!...
Silvina, en su nueva vida, no aspiraba a mucho: que la
mantuvieran, que la consideraran, que no la hicieran sufrir con malos
tratamientos. Habíase creado una vida doliente sin que supiera con certeza dónde
empezaba el dolor físico y dónde el dolor moral, y en esa vida de sollozos y
tristezas quería paz, sosiego, una limosna de felicidad.
Pero Mercante, que no era cuerda de arpa, no vibraba
acorde. Quiso una mujer y la encontró. Necio, vanidoso y pedante, no se había
preguntado nunca lo que era una mujer. Tantas tuvo, tan pródigo fue en la
disipación, que acaso llegó a pensar que era para ellas alto honor que él se
dignara a protegerlas.
De ese modo, a la primera desavenencia que interpuso
entre ellos la dignidad o la miseria, la mano del déspota se alzó villana, y
sobre el semblante de la víctima cayó la bofetada del más fuerte.
Silvina se revolvió rabiosa. Recordó el despotismo de
Gaspar encadenándola a sus pies..., entonces no era lo mismo. Sentíase ante Inés
Mercante valerosa, enérgica, suficiente pata toda rebelión, bastante para toda
fortaleza. Hubo una ruidosa quimera, después de la cual renació la calma. Luego,
nuevas desavenencias y nuevas reconciliaciones: una vida de lucha coreada por el
hambre.
Cierto día Silvina no pudo más... Lo que Inés acababa
de hacer era odioso, repugnante. Habíase acostado Silvina, la noche anterior,
estando él ausente; durmiose, y muy de mañana, al despertar, vio que otra mujer
dormía junto a ella. ¡Ah, el desvergonzado de Mercante, durante su sueño, había
llevado a la choza a otra mujer!
No lo permitiría. No estaba dispuesta a sucumbir a
tanta mengua.
Indignóse, gritó, lloró. Reíase Mercante de su enojo.
Satisfecho de su hazaña, orgulloso de ser querido y disputado, gozaba con la
escena. Y la otra mujer, dándose por aludida, aceptó la lucha. Riñeron ellas;
agotados los insultos fuéronse a las manos.
Al fin las separó Mercante, dictando inapelable
decreto. Las dos mujeres debían vivir allí, y la que no quisiera, que desfilara.
Desesperada y rabiosa, Silvina entregose al llanto.
Bien, se iría. Todo antes que sufrir tamaña injuria.
Meditó, estudiando las circunstancias. Sólo un recurso
le quedaba: Leandra. Su madre, que la hacía sufrir, que la contrariaba...; pero
su madre al fin.
Y aquella tarde, descalza, despeinada, con un
trajecillo desteñido y roto y un lío de andrajos en la mano, escapó de la choza
de Mercante.
Cuando llegó a la casucha de Leandra no había nadie; el
hombre de la casa, en su trabajo; Pequeñín, haciendo compras en el tenducho;
Leandra, lavando en el río. Era el crepúsculo. El día balanceaba desfalleciente
sus matices últimos, siguiendo al sol. La pomposa celajería que flotaba en el
cielo cambiaba de colores según su situación: hacia oriente, luces que habían
filtrado en el espacio tonos vivos hacíanla aparecer oscura, enlutada, gris;
hacia el poniente, en donde aún fulguraba el sideral coloso, mostrábase rosada,
encendida, con incrustaciones de brumas de oro y contornos de nácar. Una tarde
poética, hermosa, colmada de esos inimitables encantos que no puede borrar la
mano del hombre.
El paisaje parecía un festín de colores. El sol
abrillantaba la tierra con rayos oblicuos, y deteniéndose sus fulgores detrás de
los montes, resultaban los lugares cimontanos iluminados tan sólo por difusas
claridades que se atomizan en el aire.
En lo alto veíase el cafetal de Galante, encapuchándose
en el oscuro verdor de la montaña, disimulando sus contornos, hundiéndose en la
homogénea amplitud de las vertientes, como si, fatigado el fulgor diurno,
quisiera recatarse en la oscuridad y el sueño. Debajo, el caserío de Andújar,
entonces triste, solitario, sin los rumores de la tienda, sin el bullicio que la
especulación antes producía. Más allá, las míseras hacenduelas... Inseguros
albergues levantados sobre frágiles cimientos; inestables mansiones, con esa
inestabilidad nómada que no crea hogar por no tenerlo que transportar el día
siempre cercano del cambio. Caserío inseguro, variable: allí donde hubo ayer un
bosque, hoy se mira una choza, y donde ésta hoy se halle, se verá mañana un
prado. Todo incierto, fugaz, pasajero: el árbol henchido de dulce fruta, cortado
por la torpeza; la ingrata arborescencia que jamás florece, respetada por la
incuria. Buenas gentes viviendo en el eterno trasiego de una existencia sin
misión; rizomas yaciendo a flor de tierra sin ahondar con las raíces; seres de
asombrosa conformidad dejándose arrastrar por el acaso como pujancia que
arrebataba el viento.
Todos los detalles del panorama destacábanse en aquella
tarde melancólica. El cerezal en su abandonada tristeza, el límite montuoso que
ocultaba hacia el sur el caserío de Vegaplana, las audaces cúspides de las
cordilleras envolviéndose la frente en unas nubes bajas o hiriendo las brumas
con la agudeza de los picachos; la granja de Juan, reclinándose en el plano
inclinado de los montes.
Y luego el río..., ¡siempre el río!..., discurriendo
sonoro, acariciando las guijas del fondo, también coloreadas por el profundo
vaivén de matices que languidecía en el ambiente. Árboles de la margen
inclinábanse, sombreando la corriente; en los islotes formados por
aglomeraciones de piedras crecían hierbecillas tímidas que en horas de enojo
arrastraba el caudal; en las cascadas despeñábase la linfa, como irritada ante
el dolor de la caída después de la placidez de los remansos.
Creyérase que era el río un ser viviente con un pasado
escondido en las serranías; con un presente inconforme al recorrer la sinuosa
cuenca; con incierto mañana, en el cual, turbio por los arrastres, colmado de
impurezas de la tierra, debía precipitarse en el adulto reservorio del mar.
Era un sempiterno quejumbroso; un ser palpitante
contemplando con miradas cristalinas el dolor ribereño; un viajero infatigable
que, testigo de ese dolor, no tenía ni voz ni palabras para revelarlo a lo
porvenir cuando se precipitara en el océano del tiempo. Vivía entre ambientes de
frescura, sobre lechos de cristal, arrastrando sus rumores el haz de lamentos
caídos en la corriente, formando con su murmullo la amarga síntesis de un dolor
sentido por una multitud de corazones...
Al ver la soledad de la casucha arrojó Silvina el lío
sobre el pavimento y, sujetándose a los dos arbolillos tantas veces testigos de
sus éxtasis, suspiró dolorida, recorriendo con la mirada el panorama.
Escuchábase el chapoteo que Leandra producía al azotar
la ropa con un pedazo de madera, y de vez en cuando las crepitaciones del agua
exprimida de los lienzos que retorcía la mano de la lavandera.
Silvina, toda corazón, fue entonces toda pensamiento.
Dejose llevar al mundo de los recuerdos, y cada uno de éstos hería su
sensibilidad con una emoción intensa, como si en aquel instante acabaran de
suceder los hechos recordados.
Primero recordó sus candorosos amores con Ciro, las
infamias de Galante abusando de ella, el horror de su casamiento con Gaspar, los
terrores sufridos bajo el dominio de éste, las bajezas de Galante obligándola a
vergonzosa sumisión, y, lleno de lágrimas el rostro, sollozó amargamente.
Recordó después las amenazas, los empujones, los golpes
de Gaspar; la terrible resolución de aquella lúgubre noche de la tienda, el
espanto que sufriera al darse cuenta de los detalles del crimen, la escena con
Ciro en la montaña, confusamente entrevista, revivida no con la dulzura de una
grata memoria, sino como silueta de medrosa aventura; y, por fin, sus horas de
dicha junto a Ciro después de la fuga de Gaspar, la profunda sacudida
experimentada con la muerte de su amante, sus luchas con Leandra, sus
repugnancias junto a Mercante, considerando en aquel día, en aquellos momentos,
sus dolores físicos, el malestar, la inquietud de enfermiza decadencia que la
desfallecía, aumentando su cansancio de la vida.
Lloró mucho tiempo, mientras el día, envolviéndose en
los cendales del crepúsculo, desmayaba tristemente.
De pronto experimentó algo acerbo..., una sensación
extraña que no logró explicarse, porque al instante de percibirla perdió la
conciencia de sí misma.
Vio en lo alto de la montaña una franja de luz,
pareciéndole que un incendio fulguraba súbito; terminó la expiración de un
sollozo con un quejido prolongado, echó la cabeza hacia atrás y cayó...
Era el paroxismo, la fulmínea epilepsia, la terrible
neurosis convirtiendo en fortaleza la debilidad de su organismo enfermo.
Cayó al borde de la vertiente. Hubo un momento en que,
rodando sobre sí misma, bajo el estímulo convulso, se alejó del borde; pero,
tras un instante de quietismo, rodó de nuevo, retorciéndose, sacudiendo con
espasmo voltaico el cuerpo, y contrayendo en horrible mueca el semblante volvió
a colocarse en la arista del abismo.
Agitose allí sobre el peligro como escombro que el
acaso empuja o el acaso detiene. Tembló sobre la muerte, abandonada a sí misma,
detenida por carnalidad o empujada por el fatalismo.
La crisis fue homicida. Retorciose una vez más, perdió
el equilibrio y precipitose...
La vertiente, llena de árboles y malezas, abrió camino
al cuerpo, doblándose los tallos verdes, entreabriéndose las marañas,
quebrándose las hierbas secas, desplazándose los hacinamientos de pajuncias que
formaban lecho en el declive.
Caía con la pesadumbre de lo que no ha de levantarse
más. Rodaba volteando sobre sí misma, chocaba contra los obstáculos, rebotaba de
piedra en piedra, deteníase un punto en el tronco de algún árbol hasta que la
pesantez la empujaba de nuevo; arrastraba en la caída montones de piedras, más
piadosas que los hombres, como si quisieran, en fúnebre cortejo, acompañarla
hasta el fondo.
Despeñábase, dejando rastro sangriento, un surco rojo.
Era la vida volviendo a su origen, los alientos prestados reintegrándose a la
tierra, la materia devolviendo sus despojos a la gran cuna común.
Así, malherida, con los huesos rotos, desfigurada,
llena de sangre, Silvina cayó como masa informe sobre la piedra lisa y plana en
que lavaba Leandra.
Irguiose ésta aterrorizada. Miró un instante, y ese
instante bastó para que de la inmensa desventura se diera cuenta. Lanzó un
grito. ¡Era su hija!... ¡Silvina, que se había despeñado por el risco!
Y en pie, llevándose las manos a la cabeza, gritó
desolada pidiendo socorro, clamando misericordia.
En tanto, el cadáver de Silvina, destrozado sobre la
piedra, parecía un alto relieve tallado en el granito.
La luz ya tenue de la tarde dábale apariencias de
escultura sepulcral, de busto yacente que recordara a la más doliente víctima
del más impío de los dolores.
Al caer, el brazo derecho quedó sumergido en el agua, y
como la corriente era viva y aquel miembro liviano, el caudal le mantenía en
semiflotación y le agitaba, moviéndole con cierto vaivén, jugueteando con él,
como si, mojándole y sacudiéndole en la inquietud de las ondas, quisiera
estrechar aquella mano fría y darle, envolviéndola en frescura, el último adiós.
Así estaba mutilada, inerte, la hija a los pies de la
madre, la hechura junto al artífice, el jirón junto al andrajo, el engendro
junto al materno claustro, en donde con inconsciente bestialidad la formara el
acaso.
Leandra, en pie, con los ojos muy abiertos y la
respiración anhelosa, mirábala estupefacta, y en aquella actitud veíasele el
abultado seno que satisfizo el hambre primera de Silvina; los cabellos
encanecidos ya, más por los afanes que por los años; el voluminoso vientre,
tantas veces henchido por la maternidad, tantas veces por la Venus prolífica
consagrado, tantas veces retorcido por el formidable dolor que puebla el mundo.
Allí la víctima, la resultante, el sedimento depositado
en el bajo fondo social, la maternidad sin alma, la pecadora sin pecado, la
culpable sin culpa, la criminal inconsciente, la que, habiendo recibido al nacer
el abyecto empujón, había también empujado a los seres que de ella nacieron.
A los gritos de Leandra acudió gente: los vecinos, los
que retornaban del trabajo o transitaban por las veredas, algunas campesinas que
también lavaban en la orilla.
Entre los comentarios de todos y los desgarradores
gritos de Leandra cumpliose la misión que en casos tales la caridad y la
desventura exigen.
Anocheció... Sombrío soplo, apagando la vida del día,
adormeció la tierra. Las campiñas entornaron los párpados; los bosques
confundiéronse en la distancia; las cumbres borráronse en la altura; el cielo
ennegreciose en la inmensidad. En el misterio de la noche, Dios sollozaba.
Cuando los últimos clamores de la desgracia
desvaneciéronse a lo lejos, el lugar quedó solitario.
Sólo el río quedó murmurando inquieto, siempre sonante,
como si arrastrara en su corriente el prolongado lamento de un dolor sin
bálsamo, como si llevara disuelto en su linfa el llanto de una desdicha que
nadie enjuga, que nadie consuela, ¡que nadie conoce!...
FIN |