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Capítulo V
Era una noche de luna. En Vegaplana, lugar situado a un
kilómetro de distancia, iba a celebrarse el anunciado baile.
En muchos hogares en donde generalmente dormíase desde
las primeras horas de la noche brillaban luces: lamparillas humosas de paja o
velitas de sebo que chisporroteaban pegadas en ángulo agudo a los tabiques.
La gran plebe pálida sacudía el sueño disponiéndose al
placer: un placer doliente, de enfermo que ríe; una sonrisa con apariencias de
mueca dibujada en la faz de un yacente.
Las muchachas engalanábanse con vestidos de regencia o
de lino amarillo o rojo, y cintas de colores vivos; muchas prendíanse flores en
el peinado, a lo largo de las trenzas de cabellos lacios y negros: otras
retorcíanse el pelo formando un rodete que sostenían con horquillas en el
vértice de la cabeza.
En ellos, la indumentaria era más sencilla: camisa
blanca, pantalón de dril ordinario y chaqueta blanca también, que se mantenía
rígida por la dureza del almidón desecado. Esto y un sombrero de paja de alas
anchas sin horma ni forro formaban el atavío.
Luego, en la mano, el machete: el arma clásica de mango
ennegrecido por el uso y punta curva; el objeto nunca olvidado, a un tiempo
instrumento de trabajo, punto de apoyo, vengador agresivo y defensor de los
peligros.
Como gala extraordinaria, se calzaban; los mozos apenas
si podían encontrar calzado bastante ancho para sus pies, encallecidos por las
asperezas del suelo y agrandados por el constante ejercicio; las jóvenes, casi
todas de pie diminuto, sentíanse, sin embargo, molestar por la presión desusada
de aquellos tiranos de cuero amarillo. Muchos llevaban debajo del brazo los
zapatos para ponérselos a la entrada del baile, porque así la caminata sería más
cómoda y el deterioro del calzado menos sensible.
En todos los confines de la montaña, allí donde hubiera
un hogar, sentíase aquel ondeo viviente preparado por la alegría y el ansia de
ser feliz.
En la casucha de Leandra todos estaban ya dispuestos.
Gaspar canturreaba en el batey, Leandra, con la ropa limpia, estaba ancha,
ruidosa con el roce de los pliegues y el ruedo del vestido.
Por encima de la cintura, más oprimida que de
costumbre, amontonábanse sus senos enormes, dando al busto apariencia deforme,
de engañosa turgencia, de falsa morbidez.
Silvina está sencilla, muy sencilla. De su atavío,
ceñido con gracia, desprendíase aura atrayente de juventud. Estaba bella, con
sus ojazos negros y sus pestañas largas y suaves. Su cuerpo delgado, esbelto,
lucía galas encantadoras, mostrando el atractivo de finas líneas curvas en el
dorso, en los brazos y en el cuello, en donde la redondez despertaba la
tentación de los besos. Movíase con elegancia, con innato donaire, como mujer
que sabe que es hermosa y se complace en mostrarlo.
Pequeñín era también de la comitiva: no podía quedar
solo en la cabaña, y para que no estorbara a los mayores se le acostaría, cuando
durmiera, en cualquier rincón de la casa del baile o en otra vecina.
Leandra quiso ser previsora. Por si Galante visitaba
aquella noche la choza, era preciso que hallara la puerta franca. Antepúsose,
pues, la hoja de palma y se dejó suelta, sin atarla con el mimbre, con el bejuco
con que solían asegurarla.
Salieron, y al llegar a la margen del río Gaspar se
detuvo.
-Ahora -dijo- sigan ustedes. Yo tengo que hacer todavía
una diligencia.
-¿Pero vamos a ir solas?
-No, mujer..., ¡si por el camino va un bando de gente!
¿A qué le tienen miedo?
-Pa mi gusto sigo sola -dijo Silvina.
-¡Como hay tantos abusadores! -afirmó Leandra.
-¡Ea..., echen palante! Por ahí va mucha gente, vayan
pasito a poco... Yo las alcanzo ahorita.
Salieron las mujeres al camino vecinal y emprendieron
la marcha hacia Vegaplana, caserío situado en la parte más baja del barrio.
Gaspar internose en el arbolado, caminando lentamente.
En tanto, la noche discurría serena. ¡Qué cielo, qué
esplendor, qué fluidez argentina en golfos infinitos!
Parecía que el ángel de la noche se bañaba en luces
tibias.
Ni una nube náufraga en aquel océano de fulgores, ni un
celaje interceptando los rizos del plenilunio; ni un astro disputando la
soberanía espléndida de la luna. Ella, sólo ella reinaba en la pompa suprema de
los cielos; sólo ella se mecía en el cóncavo trazando amplia trayectoria
poética, Desde la colosal lejanía mostraba el semblante estático: un semblante
de muerto que irradia la vida; un semblante apacible, inspirador de emociones;
un semblante de estatua henchido todavía de la fortaleza de los hércules.
Recibía el cielo las claridades con tersura, con placidez de gigante acariciado.
Al indeciso color azul uníanse otros tímidamente grises: fulgor cinéreo que la
tierra devolvía a la gentil trasnochadora. Aquella mezcla de luces atomizaba
tonos intermedios, transiciones suaves pareciendo el espacio un alcázar
levantado en el infinito para guardar el sueño de un Dios.
Reposaba la tierra envuelta en el copioso deshilo del
astro. Las selvas, en las alturas, quebraban los rayos luminosos tiñéndose con
colores más oscuros; los árboles corpulentos bebían luz proyectando sombras
medrosas; la maraña de los bosques, en donde la vegetación se apretaba
vigorizada por incomparable feracidad, forjaba lienzos de adusto verdor tendidos
sobre las vertientes, y las cimas, a trechos ondeadas, a trechos puntiagudas,
simulaban hoces o puntas de flecha en donde se quebrara la luna si cayera.
Luego, en su cauce escarpado, el río. Un caudal de
linfa discurriendo entre peñascos, tomando ímpetu en los desniveles, formando
cascadas en los apinamientos de las piedras, recorriendo el curvilíneo impuesto
por los siglos, proyectando los espejismos de sus cristales con mirada de
reflejos para cada fulgor y sonando, sonando siempre con roce armonioso en los
remansos, con crepitaciones de hervor en los deltas de las peñas, con choques
ruidosos en las curvas, con escándalo de derrumbamiento en las cascadas.
Así la noche de luna desplegaba la veste, dejando
revolar por todas partes los geniecillos del sueño, diseminando fantasmagorías
de romántico amor. Así la naturaleza daba grandioso marco al cuadro de la
batalla humana, así ofrecía soberbia escena a la inquietud del hombre que
rastreaba debajo...
Gaspar, con paso furtivo, desanduvo algunos metros y en
línea oblicua subió por el monte.
De la sombra de un árbol pasaba a la sombra de otro,
esquivando que la luna le iluminase de lleno.
Variando con frecuencia de dirección, obligado por los
accidentes del terreno, repechó por la arboleda buena distancia. Al fin, a
través de los troncos inmóviles, que parecían rígidos fantasmas, descubrió una
choza sombreada por árboles muy copudos. Era el cerezal de la vieja Marta.
Detúvose, y sentándose sobre una piedra miró fijamente la casita, en la que
tenuemente lucía una luz que alguien movía de un lado a otro.
Preparábase Marta al sueño. Aquel domingo había sido
para ella un gran día. Cuatro docenas de piezas de ropa lavada, cuatro gallinas
y dos docenas de huevos vendidos; y ¡el gran negocio!, una vaca escuálida, de
empobrecidas ubres, que había hallado comprador, fueron los veneros que le
permitieron embolsar cuatro duros. Buena jornada. Marta estaba contenta,
jubilosa; parecíale el aire más sutil, la luz más clara.
En todo el día sintiose poseída de un vértigo de
alegría. Alegría silenciosa, disimulada, reprimida, que escapara a la
observación de las gentes para gozarla ella sola.
Algo, sin embargo, la inquietaba: el comprador de la
vaca había sido muy imprudente. ¡Qué modo de vociferar un regateo que debió ser
reservado! Varios campesinos se enteraron del negocio, y conocido éste, llegó a
oídos de Gaspar, a quien impresionó la noticia.
Anduvo éste pensativo todo el día... Desde hacía tiempo
le cosquilleaba la idea de vigilar a la vieja. ¡Cuánto dinero enterrado! Le
impacientaba la curiosidad y más de una vez pensó en saber con certeza si en
efecto existía el depósito y a cuánto ascendía. ¿Qué arriesgaba en ello? Fácil
era averiguarlo, y luego... Gaspar no podía reprimir el violento deseo de
despojar a la anciana. Animábase en sus dudas él mismo. ¿Quién era ella? Pues
una miserable que mataba de hambre a su nieto. Aquello era atroz y merecía su
castigo: el castigo más terrible que puede imponerse a un avaro: arrebatarle su
tesoro. De ese modo Gaspar dábase aires de vengador presentándose a sí mismo, si
realizaba su plan, como justiciero que daba a cada cual lo suyo.
Ocurriósele un día una pregunta:
¿Cómo Deblás no había pensado en aquella maniobra?
¡Quién sabe si el muy tuno la estaba sangrando poco a poco sin que ella lo
notase! Gaspar maduró mucho su plan. El negocio era para hacerlo él solo, para
aprovecharlo en su exclusivo beneficio sin partir con nadie el botín.
La dificultad estaba en descubrir el lugar del
escondite. Marta era astuta y no era fácil que olvidase las precauciones
necesarias a su secreto.
Sin embargo, seguida de noche con sigilo, acaso se
pudiera atisbar el escondrijo. Así, cuando oyó referir aquel día que la anciana
acababa de percibir una crecida suma, pensó que aquella noche probablemente
andaría en cuatro pies por el monte.
Lo natural era que el dinero fuera enterrado después
que durmiera el nieto. Nada se perdía con probar, y arreglando las cosas de modo
que la fiesta de Vegaplana no lo estorbara, arriesgose en la empresa.
Después de dar cien vueltas en el interior de la choza,
Marta atrancó la puerta y apagó la luz.
Todo listo: la puerta y la ventana, atadas; la candela,
extinguida; el nieto dormido, y encogida en la hamaca quedose la vieja
pensativa.
Con los ojos abiertos, meditaba. A ella no había quien
la engañase. La vaca no daba leche, pero estaba gorda y bien valía la baratura
del precio en que la vendió.
De todos modos, lo importante era guardar bien su
montoncito. ¡Pero vaya una luna chillona! En noches como aquellas las gentes
acomodadas estaban vendidas. Y pensando así, miraba con enojo los rayos de la
luna que por los intersticios del tabique se filtraban en la choza. ¿Para qué
tanta claridad? La luna debía dormir como la gente. Dios sabe hacer sus cosas,
mas ella no comprendía que, después de jornadas de tanto resol, quedase todavía
el cielo como una hoguera. Pero no había más que resignarse... En rigor, lo
prudente era esperar noches oscuras para guardar su dinero; pero ¿no sería más
peligroso tenerlo en la casa tantos días?
Además, ella necesitaba bajar al río, ir a la tienda,
recorrer el vecindario, y no era cosa de andar arriba y abajo con el talego
encima... Lo mejor, lo más prudente, era afrontar la situación, y, tomando todo
género de precauciones, guardar aquella misma noche sus ahorros. Como todo el
mundo andaba de fiesta, no era probable que la viera nadie.
Esperó mucho tiempo, y luego, encorvándose para pasar
por debajo del alero del colgadizo, salió de la choza.
La luna la envolvió en claridad. Dio la anciana dos o
tres vueltas en torno de la casita, mirando con recelo a todos lados. No temía
ella a los pillos de fama, sino a los hipocritones que las echaban de santos
siendo capaces de todo. Sí, los temibles eran los disimulados, a quienes más de
una vez había sorprendido dirigiéndola miradas sospechosas. Mejor que fiarse de
aquellos falsos se fiaría de un mozo como Deblás; podía ser todo lo malo que
quisieran, pero desde la noche del susto siempre se portó con ella como huésped
agradecido, repitiéndole cien veces que por nada del mundo le daría que sentir.
Pensando casi a gatas; Marta debajo en contornos..., nada. Sólo la noche
henchida de frescura.
Entonces, caminando cautelosamente, metiose en el
monte.
Gaspar, que no había perdido uno solo de sus
movimientos, respiró con alegría. ¡Al fin! No se había equivocado. El matusalén
del cerezal iba aquella noche a meter las manos en el tesoro.
Irguiose poco a poco y siguió a Marta. La sombra del
bosque envolvía a ambos. Gaspar, arriba, avanzando casi a gatas: Marta, debajo,
en la parte más inferior del declive, deslizándose lentamente, mirando a todos
lados y haciendo zigzags en su camino, como para desorientar a quien pudiera
observarla.
A poco se detuvo en un claro que la vegetación dejaba
en el monte. En el centro de una pequeña planicie pedregosa se alzaba el tronco
gigantesco de una ceiba. Llegó al tronco y se sentó junto a él, mientras Gaspar,
desde los matorrales próximos, la vigilaba.
Después de algunos minutos, la vieja dio una vuelta en
torno del árbol, escudriñando los grupos arborescentes, como si temiese que se
animasen para despojarla. Pero nada: estaba sola con Dios. Sólo un testigo
impertinente.
Alzó la cabeza y fijó una adusta mirada en el árbol. La
claridad cayó con serenidad sobre aquel rostro senil, y al ver cómo los rayos de
luz se quebraban en él, plateando la barba y la nariz puntiagudas, los labios
fruncidos, los ojillos acurrucados en el fondo de sus cuencas, la piel rugosa y
péndula en el cuello y las guedejas de revueltas canas enmarañadas en el
occipucio y la frente, hubiérase creído que el satanismo del mal daba relieve a
un contraste irónico: la vejez rebosante de vigor, de poesía, de encantos,
enredándose jubilosa en cada rayo de luna, difundiendo calor de existencia y
descendiendo para reclinarse sobre las florestas y sobre los pantanos.
Cuando Marta creyó estar segura de su soledad, escarbó
al pie del árbol. Estaba encorvada, de bruces sobre la hierba, las manos
enarcadas como azadas cavadoras. Un instante después un hoyo quedó hecho.
Adivinaba Gaspar más que veía los detalles de la escena, desvanecidos en la
semiluz que proyectaba el árbol.
Marta sacó del bolsillo un paquete, abriole y dejó caer
a granel un montón de dinero. Sonido metálico muy débil denunció la caída de las
monedas.
Después, otra vez miró la avara en torno. Sola, siempre
sola. Y apresurada aterró el hoyo, pasó por encima la mano, igualando la
removida superficie, y amontonó en el lugar algunas piedras para que disimularan
la reciente zapa.
Respiró la anciana como quien se alivia de un gran
peso. Ahora, que vinieran a desvalijarla. Trabajo daba ella a quien quisiera
husmear su cueva. Y siempre recelosa regresó con lentitud a la choza.
Dudó Gaspar un instante. Calma, mucha calma. Lo
primero, acostar a la vieja. Siguiola con gran precaución y pudo ver cuando, por
debajo del colgadizo, entró en la casa. Esperó. Al fin el quietismo de la choza
le animó. Marta debía estar dormida. La ocasión había llegado.
Conteniendo el gran placer de su triunfo, volvió a la
ceiba. El tronco presentaba sus asperezas como arrugado semblante contraído por
el mal genio; mientras, las ramas, nadando en el vacío, flotaban allá arriba, y
las hojas se agrupaban como muchedumbre de mariposas verdes atadas por un ala.
Imitó Gaspar a Marta. Escarbó, separó la tierra y puso
al descubierto la boca de una tinaja. ¡Jesucristo, qué talego! Gaspar sintió
vértigos, y si en aquel instante hubieran querido disputarle su tesoro, hubieran
tenido primero que hacerle pedazos. Todo, todo aquello era suyo. Mas lo que
hacía era peligroso, convenía terminar pronto.
Tumulto de proyectos se resolvió en su cabeza. ¿Lo
cogería todo? ¿Tomaría sólo una parte para insistir otra noche? Sí, esto último
era lo mejor. Todo despojo absoluto alborotaría. Lamentaríase Marta
horriblemente, y el escándalo sería inevitable. No; poco a poco se va lejos.
Ante todo, ¿cuánto podría haber allí?
Hundió una mano en la tinaja y aspadeó con los dedos en
el montón. ¡Bah, no era tanto! La tinaja era muy pequeña. Pero se decía que la
avara tenía mucho dinero: tal vez tendría varios escondrijos y guardaba su
dinero repartido en porciones. Quien había encontrado una, encontraría las
demás.
Extrajo Gaspar un puñado de dinero: eran monedas de
plata y cobre. Buscó, revolviendo el depósito. No había oro. Era indudable que
Marta debía tenerlo, pero allí no estaba. Gaspar hizo un cálculo: entre pesetas,
vellones y ochavos podría haber allí unos doscientos pesos. La primera impresión
se disipó: no era tan grande el talego. Con paciencia buscaría, y jurose no
parar hasta descubrir los otros depósitos. Guardó un puñado de monedas. Con
aquello bastaba: unos diez o doce pesos. Podría con ellos holgar en Vegaplana,
dormir a pierna suelta el lunes y darse durante una semana buena vida. Ya
volvería por otra dosis...
Y así pensando, Gaspar rellenó el hoyo, dejando las
cosas como si mano profana no hubiera tocado el caudal de Marta. Después volvió
al río, pasó la calzada y con una sonrisa en el semblante emprendió la marcha a
Vegaplana.
Allá la gran turba danzaba alegremente. Bullía la sala
como líquido turbio puesto sobre brasas.
Dábase el baile en una casa campesina de dimensiones
mayores que las corrientes, pero con el mismo descuidado carácter de
construcción: cuatro paredes cribosas y un techo débil para resistir el ímpetu
de las ráfagas. Tres o cuatro lámparas ardían en la sala diseminando, más bien
que claridad, penumbras que envolvían los objetos. Por dentro, el techo, sin
cielo raso, mostraba el interior de la cobija de hojas de palma, ostentando
toscas vigas que atravesaban de un lado a otro de la sala. Esa techumbre sorbía
el pobre chispeo de las lámparas, que hacían esfuerzos por aclarar los
contornos. Estaban formadas las lámparas por frascos pequeños con un tubo de
lata adaptado a la boca, y, por dentro del tubo, la mecha chupadora que quemaba
el combustible contenido en el pote. De aquellos focos de luz desprendíanse
espiras de humo negro y oleoso, conquistando la sala con la intensidad de un
olor casi irrespirable.
-¡Otra punta, otra punta! -decía un mocetón que
remolcaba a compás a una vieja.
Los demás le hacían coro. Habíase terminado la pieza, y
los concurrentes querían que la repitieran. Los músicos, cediendo complacientes
después de dar su permiso el director, el amo del baile, la emprendieron otra
vez con la contradanza, mientras las parejas, empapadas en copioso sudor, se
lanzaban de nuevo al vértigo del ritmo.
Sobre un banco de madera veíase a Leandra, arrellanada,
en compañía de otras campesinas que no habían encontrado pareja. Se echaban aire
con los pañuelos o con alguno que otro abanico que corría de mano en mano. Se
comentaban los incidentes de la noche, la generosidad del anfitrión, la bondad
de las bebidas. Alguna mujerzuela criticaba el traje de las bailadoras.
-Pa vestirse así, mejor es andar en naguas. ¡Ave María!
¡Si parece una verdolaga en lo ancha! Y mira, mira a Filomena. Cómo se le va
conociendo ya la barriga. Pues y luego, tan changa y tan pescao frito.
-Dicen que se casa.
-¡Y si lo ves...!
-No, hombre; lo que hay es que Moncho se la lleva.
-Por cierto... Si acaso se la irá llevando poco a poco.
Después, picardeando en voz baja, las mujeres contenían
la risa producida por las parejas ridículas o por las que, olvidándose de la
crítica, se entusiasmaban demasiado en el balanceo voluptuoso de la contradanza.
De vez en cuando corría de mano en mano la lujosa copa
campestre: la parte leñosa de una higuera pulida en forma de oboe, que servía
para satisfacer la sed de todos, siendo sumergida a cada instante en una tinaja
que contenía el refresco, el agualoja, especie de hidrolado de azúcar, jengibre
y anís. Paladeaban todos la dulzaina bebida y reforzaban la provisión de
líquidos para devolverlos en forma de emisión sudoral.
Las parejas volteaban la sala como los cangilones de
una noria. Movíanse en torno unas veces, dando vueltas sobre sí mismas, otras
deslizando a la derecha o a la izquierda, otras retrocediendo de espaldas él o
ella, y en este último caso parecía que el hombre daba caza a la mujer fugitiva.
Los hombres, con el brazo derecho abarcando la cintura
de las damas, mientras con el izquierdo, unidas las manos, ora encogido, ora
estirado, ora doblado hasta colocárselo en la espalda, cerraban la cadena de la
contradanza, de la que no era posible desprenderse sin perder el compás.
Dejábanse ellas conducir en el suave balanceo.
Colocaban el antebrazo izquierdo sobre el brazo derecho de la pareja,
abandonándole el otro brazo, y, envueltos en aquellos lazos, rendíanse al
movimiento muelle y perezoso de aquel baile singular.
Así volteaban, unas veces proyectándose con
deslizamientos suaves, otras deteniéndose bruscamente para moverse luego con
lentitud, como durmiéndose de pie, como embriagándose en los tonos rítmicos de
la música, como desmayando en un paroxismo de quietud placentera o de
inmovilidad deleitosa.
Rozaban los cuerpos con los choques de unas parejas con
otras o con las presiones de los propios brazos; las cinturas femeninas quedaban
manchadas por la espalda, en donde las húmedas manos de los mozos dejaban la
huella; y en tanto movíanse los pies económicamente en estrecho espacio, como
pretendiendo bailar en equilibrio sobre la punta de un alfiler.
La ola humana movíase incesante, golpeando a veces
rodilla con rodilla, respirando el mutuo aliento cada una de las parejas,
experimentando a cada instante choques de blandura muelle y roce de cabellos
cortos que entoldaban las frentes, estableciéndose corrientes de amor inquieto
-de deseos mortificados por la proximidad del objeto imposible que los
despertaba-; trasiego, en fin, caliente y, plástico de una vida llena de ansias
de placer y de felicidad.
Y todo ese mundo de agitación, impulsado por la
música... Cuando la contradanza empezaba, el ritmo invadía la sala,
acompasándolo todo con la precisión de su medida armónica. Los instrumentos eran
tres: una guitarra grande, el cuatro; otra más pequeña, el tiple, y un cuerpo
disonante llamado güiro.
Era el güiro un instrumento extravagante, trofeo de
tribu indígena salvado de los naufragios del tiempo. Una caja disonante hecha en
el fruto hueco y disecado del marimbo, generalmente encorvada como una
cimitarra, con una superficie rayada en la parte anterior, formando líneas
estrechas y paralelas al través. Tenía forma de cucurbita, con extremos agudos y
vientre ancho, y en éste un agujero para dar salida a los sonidos. El áspero
instrumento sonaba agitando el músico un pequeño alambre o cualquier objeto
agudo que, al rozar, producía un chirrido de hierro enmohecido o un rumor de
arena pisada sobre una superficie dura.
De aquel soberbio trío escapaban los campestres aires
musicales, melodías de dulzor romántico sobre motivos de una simplicidad
primitiva. Eran aires quechuas lanzados a la evolución, acariciados por el
sentimentalismo andaluz.
La resultante de estos dos factores era algo peculiar,
propio, exclusivo. Sonaba una nota reposada o trémula, y enseguida surgían otras
más que volteaban en torno a la primera; juntas, progresaban melódicamente hasta
llegar a un punto más alto de la gama, y después restituíase el aire a la nota
primitiva. Este vaivén determinaba una monotonía triste, soñolienta, como si
debiera ser cantada por amante que llora al desdén de su dueño.
Ocurría a veces una variante: el tiple se animaba como
agitado por la inquietud de un movimiento expansivo; daban las notas volteretas
en el pentagrama, determinando vivísimo allegro; el compás, siempre cadencioso,
se apresuraba; el ansia de movimiento salía en impulsivos soplos de la caja
sonora de los instrumentos; pero la agitación duraba poco, volviendo de nuevo a
la monotonía anterior como onda armónica que se encoge en el reflujo de su
sencillez.
Ejercía aquella música fascinación sobre los
temperamentos. Montesa, cuando navegaba, silbó mil veces en lejanos mares la
melodía nativa. Experimentaban los criollos al escucharla una emoción
secretamente melancólica. El corazón se les oprimía, y una luz iluminaba en el
recuerdo el pasado, dando relieve a los dormidos poemas de la infancia. Música
amable, cariñosa, atractiva, en la colonia incitaba, removía, acariciaba con la
suavidad de sus cadencias; ausentes de ella, conmovía, casi enternecía,
presentaba ante los ojos la visión del nativo solar, invitando a recobrarlo,
atrayendo con benditas memorias, enorgulleciendo por ser suyo y por haber en él
nacido.
Y a compás de esa influencia, otra enervadora carnal.
Un soplo que empuja al movimiento, una fuerza que lleva a la agitación anhelosa
de contenidos deseos, mortificante estímulo que obliga a dos seres a poseerse
sin posesión, contacto blando que despierta mundo de sensaciones, arrebato
dominado por la convención, una hipócrita fórmula, en fin, para arrojarse en
brazos de la bestialidad sin disipación ni escándalo.
Así invadían el aire aquellos sones, excitando el
temblor agitante de un pueblo paralítico; así se escuchaba desde lejos como un
treno, como conjunto de notas tristes atadas a las vibrantes; como melodía
sentimental que se alzaba de los instrumentos; como dolientes ayes de un pueblo
moribundo que, sonriendo y cantando, se hunde en la abyección.
La animación iba subiendo de punto a medida que la
noche avanzaba y las lenguas bañábanse en libaciones de anisado y ron. Cuando el
arroz dulce saciaba el apetito, borbollaban las risas, y las carcajadas, y el
alboroto.
Brusco aleteo de grosería golpeaba los tabiques,
rebotando sobre el suelo negruzco y manchado por la sialisis que el continuo
mascar tabaco producía. Imperaba en todo la zaña rudeza que blasfema y grita
para celebrar un chiste, confundiéndose así hombres y mujeres en la brutal
torpeza de un concurso sin cortesía.
Al fin, en una de las puertas apareció la cabezota de
Gaspar.
En aquel momento, Silvina bailaba con un labrador joven
y bien parecido. Al dar una vuelta, la joven vio a Gaspar. ¡Qué suerte! A llegar
unos minutos antes la hubiera encontrado colgada de los brazos de Ciro.
Al pasar por delante de la puerta detúvose la pareja, y
Silvina dirigió a Gaspar una mirada interrogante. Éste, con ademán afirmativo,
expresó su conformidad, y Silvina siguió volteando con el labrador.
Gaspar se lanzó también. Por el camino habíase detenido
en varios ventorrillos y bebido buenas dosis de ron. Éste, revolviendo allá
dentro, y el dinero de Marta arrinconado en el fondo del bolsillo, le habían
puesto de buen humor. Sí, a divertirse... Por supuesto, sin quimeras, sin
garatas. Quien quisiera pelear, al camino. Allí se habían reunido personas de
consideración, y era menester respetar y dejarse de relajos. Y entre dicharachos
y discursos que nadie le pedía, perdiose en el remolino de parejas, chocando
aquí, tropezando allá, y en todas partes apestando el ambiente con su aliento
aguardentoso.
El buen humor de Gaspar llegó al paroxismo. El labrador
que bailaba con Silvina vio a Ciro con su novia. Desprendiose ésta de los brazos
de Ciro y asiose a su galán, dejando plantados en medio de la sala, el uno, a
Silvina; la otra, a Ciro.
Imbécil gritería celebró el caso. Y todos proclamaron
la lógica de que los dos plantados se enlazasen en el baile.
Silvina dudó recelosa; mas, tropezando con Gaspar, vio
que éste venía haciendo visajes y haciendo coro a la insinuación de los demás.
Entonces sintiose asida por Ciro, abandonose en sus brazos y se perdió con él en
el tumulto.
Apenas empezaron a bailar, Ciro bajó la cabeza a la
altura de la oreja de la joven y dijo en voz baja:
-Esta noche..., ¿verdad?
-Esta noche..., ¿qué? -contestó ella, sintiéndose
poseída de intensa alegría al verse autorizada para bailar con el joven.
-Te digo que esta noche hago un disparate.
-¿Vuelves otra vez con tus locuras?
-Es que no me conformo, es que te quiero... Estoy
resuelto. Aunque me comprometa y te comprometa. Esta noche ése está más borracho
que un alambique. Caerá como una piedra sobre el soberao. Espérame. Ya lo
sabes...
-¿Pero acaso vivo yo sola?
-A mí, ¿qué rayo? Así vivas dentro de un baúl, allá voy
a buscarte.
-Allí está Leandra. Es seguro que Galante estará
también. Y luego, Gaspar...
-No importa. Galante y Leandra duermen en el cuarto de
afuera. Tú y ese animal en el otro.
-Ni por pienso, ¿sabes? Ni por pienso te ocurra eso...
-¡Voy!
-No, imposible. Déjate de eso.
-Mira: voy. Por encima de todo, voy. Si me esperas,
puede que no pase nada; pero si te opones y haces ruido y se despiertan no
vuelvo la espalda. Te lo aseguro. Llevo mi mocho, y voy resuelto a hacerle cara
a todo el barrio.
-Pero ¿por dónde vas a entrar? -dijo ella, bajando
mucho la voz.
-No sé por dónde. De todos modos espérame despierta.
-Esa es una barbaridad. ¡Dios quiera que no se arme la
gran trifulca!
Y mientras duró el danzón no hablaron de otra cosa.
Silvina, emocionada; él, insistente. Llenábase ella de pánico. ¿Cómo impedir que
Ciro realizara su proyecto? Además, en la lucha tenía ella un flanco débil.
Temía los peligros del audaz propósito; pero un secreto gozo, un ansia sin
sensación definida, un anhelo hondo, muy hondo, la hacían desear que la
tentativa resultase practicable.
-¡Dios mío!, si te oyeran, ¿qué sería de nosotros y,
sobre todo, de mí?
-No oyen los que están bien dormidos; te asustas más de
la cuenta. He pensado muchas veces en aprovechar una ocasión, y ahora te lo
digo, he rondado muchas noches por aquel lugar. Pero tú no estabas avisada.
Ahora lo estás, y la cosa cambia. Quieras o no quieras, si nos hemos de
fastidiar, nos fastidiaremos juntos.
Quedaba en ella un resto de duda. Ciro no cumpliría su
temeridad. Daba, pues, lo mismo discutir o consentir. Mejor era dejarle.
Al fin terminó la danza, y Silvina corrió al lado de
Gaspar.
La atmósfera de la sala parecía un nubarrón saturado de
polvo, de emanaciones humanas, de humo y tabaco.
Cabeceaban ya algunas viejas, rindiéndose a las fatigas
de la noche en claro, mientras las parejas jóvenes empeñábanse en dilatar las
horas alegres, y los chicos, tirados por los rincones, dormían con sueño feliz.
Ya muy baja la luna, disolviose el baile. Gaspar,
Leandra, Silvina, las Flacas y varios campesinos regresaron en un grupo a su
montaña.
Al salir de la sala, Silvina, todavía sofocada por la
agitación, sintió en el semblante el aire fresco de la madrugada, produciéndole
ingrata impresión. Le ardían los ojos, tenía sueño, abatimiento, laxitud.
Así caminó algunos metros. Detúvose de pronto. La había
invadido un aura vaga, algo inexplicable. Sintió extraño aturdimiento, hebetud
profunda. Fijó la mirada en un punto del espacio, y, dando algunos pasos
rápidos, se sujetó de un árbol, abrazándose al tronco. Luego perdió la noción
del mundo. En su torno desvaneciéronse las cosas, la ideación consciente
interrumpió su enlace, dejó de saber en dónde estaba, en su cerebro nada
existía, ni pasado, ni presente, y, al fin, cayendo en una absoluta privación de
la vida cerebral, se tambaleó en vértigo idiota.
Acudieron todos, la sostuvieron, la sentaron sobre la
hierba y trataron de reanimarla.
El azote nervioso pasó pronto. Ya reportada, abrió los
ojos, miró con asombro a todos lados.
-¿Qué me ha pasado? -dijo.
-Nada: eso no es nada.
-¿Pero qué he sentido? ¿Por qué me he mareado? ¿Por qué
estoy aquí, en la hierba?
-Porque poco te faltó para caer redonda.
-Yo estaba buena, sana. De pronto se me fue el mundo...
Me ha dado un mal, ¿verdad?
-Vamos -dijo Gaspar-, ya eso pasó. Lo que hay es que
todas las mujeres son locas. No te has cansado de brincar toda la noche; luego
saliste enseguida a la luna. Claro, por poquito te pasmas. Pero vamos, ya estás
buena. Vamos...
Continuó el grupo la marcha, y Silvina le siguió
quebrantada, como si hubiera sufrido la depresión de un gran trabajo. Iba presa
de gran tristeza, conteniendo los sollozos. ¡Qué raro era aquello! ¿Por qué
había sentido tan extraño mal? Sin embargo, cuando llegaron a la casucha las
aprensiones se habían disipado y estaba más tranquila.
Al abrir la puerta salió del interior una bocanada de
olor humano. Y oyose la respiración ruidosa de un dormido.
Leandra impuso silencio. Nada de ruidos. Galante estaba
allí, en el camastro.
Penetraron todos en la vivienda, y a poco reinó el
silencio, sólo interrumpido por los groseros ronquidos de Gaspar.
En el cuarto más grande, Leandra y Galante en el
camastro, y Pequeñín rebujado en el suelo entre unos trapos. En el otro cuarto,
Gaspar y Silvina en su tálamo: una estera amarilla cubierta de trapos y unos
sacos que servían de almohada.
Gaspar, sin desvestirse, cayó inerte, como si un sueño
de príncipe encantado le hubiera condenado a dormir un siglo.
Silvina, pensando en Ciro, desvistiose lentamente.
¡Dios santo! ¿Sería capaz de ir? Deseaba dejarse llevar por el acaso,
abandonarse en la aventura; pero la zozobra la tenía asida y el miedo indecisa.
Bajo la influencia de tales impresiones, acostose en la estera, al lado de su
tirano.
Gaspar quedaba del lado del tabique, ella a media vara
de distancia.
La sombra ennegrecía en la casucha todos los detalles.
Por alguno que otro intersticio podíase descubrir la claridad exterior, y por el
pavimento de tablas de palma viejas, mal unidas, lleno de hendijas, podíase
descubrir el color pardo de la tierra, sobre la cual, a una vara de altura,
estaba construida la casa.
Todo quedó en el quietismo. Sólo alguna cursoria aleteó
en el aire para caer después al suelo y entregarse al cucaracheo asqueroso de
caza nocturna.
Media hora después, Silvina se incorporó asustada.
Había oído un ruido extraño. Un roce de pisadas producidas por el paso de
alguien que rondaba en el exterior.
Era Ciro. El joven les había seguido desde Vegaplana,
resuelto a cumplir su promesa. Esperó en el bosque el tiempo que juzgó bastante
para que todos conciliaran el sueño, y luego acercose cautelosamente a la
casucha, buscando manera de penetrar en ella.
Silvina, asustada, galopándole el corazón, escuchó...
Ciro llegó a la casa y se metió debajo. Sabía que Gaspar y Silvina ocupaban el
cuarto pequeño, pero ignoraba qué ángulo de éste era ocupado para lecho.
Introdujo el machete por el intersticio de dos tablas
del pavimento. Tropezó el arma con algo que cerraba el paso. Era indudable que
la estera estaba allí.
Introdujo luego el machete más hacia la izquierda;
siempre el mismo obstáculo le detenía. Siguió probando de ese modo hasta llegar
al tabique de la fachada, y luego, volviendo al sitio por donde empezó la
pesquisa, probó de nuevo hacia la derecha.
A la tercera tentativa, el cuchillo penetró entero.
Indudablemente por aquel lado no había obstáculo. Midió una extensión como de
media vara y calculó que para abrirse paso necesitaba levantar cuatro tablas.
Siguiendo la dirección de una hasta su extremo junto al tabique, probó a
empujar. Las tablas estaban atadas con resistentes bejucos que las mantenían
unidas, que formaban el cuadro de la choza. Cortó el joven la atadura de una de
las tablas y ésta, cediendo, crujió ligeramente. La alzó Ciro algunas pulgadas,
la empujó oblicuamente y la dejó descansar sobre la tabla inmediata. Del mismo
modo cortó la atadura de una segunda tabla, y a los pocos momentos el busto de
Ciro apareció en el interior de la casucha como surgido por escotillón.
Escuchaba Silvina sin perder un solo detalle del
asalto. ¡Qué atrevimiento, qué audacia! Tenía ella inmenso miedo; pero al mismo
tiempo, desvanecido el malestar sufrido a la salida del baile, experimentaba
arrobamientos de felicidad.
Allí estaba el hombre amado que por ella a los mayores
peligros se exponía. Y en la sombra del cuartucho, sentada sobre la estera,
teniendo al lado a Gaspar, desde el fondo del alma admiraba a Ciro; veíale
engrandecido por la pasión, digno cien veces del premio a tan duro precio
perseguido.
¡Ah, pero si los sorprendía! ¿Qué iba a pasar allí?
Entonces, resuelta, deslizose por el suelo hasta el hueco abierto por Ciro.
-¡Por el amor de Dios..., ten cuidado!
-¡Silvina!... ¡Silvina de mi alma!
Y abrazados, él con los pies en el sótano y el busto en
el interior de la casa, y ella acurrucada junto al hueco del pavimento, unieron
sus labios, diéronse besos muy diminutos para que no sonaran.
Allí, en voz muy tenue, cambiaron algunas palabras que
el temor hacía balbucientes. Él, resuelto a terminar, impaciente, bajo el
estímulo de una premura necesaria, queriendo acortar la aventura, cuyos peligros
comprendía, en una oscuridad de donde podía, súbito, esgrimirse el machetazo del
huésped sorprendido en el sagrado del domicilio. Ella, ebria. Sí, era preciso
dar fin a aquella historia. En el baile, en brazos del joven, había entrevisto
momentos de dicha. Sentíase invadida por la vacilación final. Así, al sentir la
ternura del joven, cerró los ojos. ¿Tenía que ser? Pues que fuese...
-Espera... -dijo al oído de Ciro.
-Espera. Quería convencerme de que ése está bien
dormido. No subas, no entres..., yo te avisaré...
Deslizándose, volvió al lado de Gaspar, que roncaba
como fuelle de fragua. Acercose y le observó un rato. Dormía. ¿No estaría
despierto, fingiendo dormir para caer a traición sobre ellos?
Observó otra vez. Dormía. Ella, sin embargo, quiso la
evidencia. Alargó los brazos y le tocó, diole luego suaves empujones llamándole
entre dientes, como si temiera que estando dormido le despertara la prueba.
-¡Gaspar! ¡Gaspar! -y como éste no respondiera,
continuó-: ¡Gaspar, por vida tuya, Gaspar!
Yacía éste como masa de carne averiada que arrojó un
matarife.
-¡Gaspar..., oyes, Gaspar!...
Le movió con más fuerza, pero en vano. Entonces,
respiró ella con placer... ¡Estaban seguros! Volvió junto a Ciro, y con voz
tenue, emocionada, deliciosamente cariñosa, dijo al joven:
-Ven.
Mas en aquel momento oyose una voz gutural que
murmuraba en el cuarto inmediato.
Galante había oído cuando Silvina llamaba a Gaspar.
Primero permaneció indiferente; luego, aquel por vida tuya, le hizo levantar la
cabeza. Escuchó la voz insistente de la joven y sonrió. ¡Diantres! La
pobrecilla, después de la noche alegre, estaba desvelada; y el bruto de Gaspar
habíase dormido, sin duda abandonando con estúpido desvío la exigente juventud
de su mujer.
Llamó a Leandra. Ésta, que dormía panza arriba como un
quelonio volcado, despertó remolona. Él dijo algo que repitió con insistencia,
mientras empujaba a Leandra para hacerla levantar... Despierta Leandra al fin,
comprendió... Levantose y al poner los pies en el suelo toda la casa crujió.
Silvina, al escuchar los ruidos, quedó helada de susto,
y Ciro, que había empezado a subir por el agujero, detúvose receloso.
-Lo que te decía..., ¿ves? -dijo ella.
-No..., no es nada...
-¡Vete..., vete...!
Sonaron pasos. Leandra, caminando a oscuras se dirigió
al cuarto de Silvina.
Midió Ciro el peligro. Si estaba ella resuelta,
cualquiera hora sería mejor que aquélla, sin necesidad de arriesgarse en los
peligros de escándalo. Era indudable que alguien se había despertado. Persistir,
permanecer allí, era comprometerse totalmente sin llegar al buen éxito. El
instinto de conservación triunfó, y mientras Silvina se replegaba encogida al
lado de Gaspar, deslizándose por el hueco, huyó apresuradamente hasta perderse
en el bosque.
En tanto, Leandra llegó junto al lecho de Silvina, se
inclinó sobre ella, la asió de una mano.
Invadida por un terror de muerte, Silvina comprendió
también.
¡Era el tráfico, el horrible tráfico, desgarrándola con
su inicua zarpa!
Permaneció inmóvil, fingiéndose dormida; pero Leandra
tiraba de ella. ¡Ah, imposible! Pensó verse arrebatada por una ráfaga de dicha y
volvía a la realidad sintiéndose empujada al asco y a la infamia. No, no
iría...; ya era bastante infeliz para consentir otra vez tal canallada.
Mas Leandra la movía bruscamente.
-Silvina..., está amaneciendo. Levántate..., junta leña
para hacer café...
-No puedo..., estoy muerta de sueño...
-Silvina, ¿no entiendes?... Ven..., ven.
Sabía ella que tales palabras eran un pretexto, un
andrajo de apariencia con que se cubrían las intenciones. Y resistía,
resistía...
Pero Leandra, apretándola, tirando de ella, consiguió
levantarla, sacarla del cuarto, conducirla al otro; mientras, ella pensaba que
su resistencia movería ruidos; que despierto Gaspar le empujaría también; que
harían luz y aparecería delante de todos aquel agujero practicado en las tablas
que ella, furtivamente, debía cerrar antes del día. Pensó, en fin, en inmenso
abandono, en su desvalida soledad en medio de aquellos seres, resueltos a
herirla en el corazón, a retorcerle el alma...
Entonces, en la oscuridad, un brazo de hombre la ciñó
por la cintura.
Leandra bajó el colgadizo, reunió algunas astillas, que
al ser encendidas chisporrotearon con movediza llama; puso a hervir el agua para
el desayuno, y, en cuclillas frente al hogar, esperó el hervor, mientras en el
sereno cielo empezaban a difundirse prístinas claridades de alba, los primeros
indecisos colores del día, tan suaves, tan inocentes, tan puros.
Capítulo VI
La faz menguante de la luna habíase iniciado con
abundantes lluvias.
El cielo, antes de una pureza de cristal, estaba
lechoso, turbio, lleno de nubes extravagantes, como inmensos bloques grises,
como cordilleras negruzcas, como alados monstruos de cabelleras flotantes.
Con frecuencia, los grandes choques de meteoros
resolvían en lluvia sus conflictos, y entonces descendía caudal de espesos
aguaceros que sonaban al chocar con los bosques y rugían al despeñarse por los
montes, formando torrentes y turbulentos desagües.
Juan del Salto, recluido por el tiempo, estaba en su
escritorio entre un mar de papeles. De uno de los encasillados del mueble había
sacado un legajo que ataba una cinta elástica. Eran las cartas de su hijo.
Una o dos veces al mes cruzábanse aquellas cartas,
trasegando entre Juan y Jacobo del Salto ternezas e intimidades.
Jacobo, ausente de la colonia, estudiaba leyes en la
capital de España. Entonces tenía ya veinticuatro años, hallándose en el último
curso de la facultad.
Juan recordaba de su Jacobo al niño vivo, dispuesto, de
mirada inteligente, de juicio robusto. Poco a poco, en el curso de los años, fue
siguiendo en sus cartas los progresos que operaba en su hijo la cultura del gran
centro. Jacobo tenía talento: sus cartas denunciaban la desenvoltura que el
cultivo realizaba en sus facultades innatas y los avances conseguidos por el
estudio.
Juan estaba contento, tenía fe en lo porvenir del amado
ausente, porvenir sólidamente fundado en la fortuna que para él amasaba y en la
brillantez de su espíritu cultivado y una inteligencia superior.
Sacó del legajo la última carta recibida para releerla
con el alma abierta a la ternura.
En aquella carta, como siempre, lo primero era el culto
filial. Jacobo ansiaba el momento de fundirse con arrebatos de loco placer en
los paternos brazos. Era amor de niño saturado de sentimentalismos de
adolescente, era un cariño intenso, vivísimo, como un rayo de sol reflejado en
un espejo.
Después, venía el suelo nativo: en todas sus cartas
derramaba la miel de ese otro cariño. Un fanatismo, un culto, una adoración que
le inundaba de dulzura. Él, de colonia, recordaba algo... Recuerdos indecisos,
de limitados puntos que no tenían enlace, impresiones inciertas, lo más
culminante: las palmas, las vastas llanuras de cañaverales, los undosos ríos, el
interior de la casa paterna en día de sol. Aparte de eso tenía a su patria
impresa en sus ensueños: la soñaba más que la conocía. La consideraba a través
del prisma de su alma romántica. Una tierra gentil, espléndida mejor que
ninguna... La Naturaleza, entonando himnos de eterna poesía; el suelo, en la
copiosa dehiscencia de inagotable riqueza; los seres, gozando del privilegio de
tanta dicha. Todo desde la distancia lo veía embellecido por el ensueño.
A impulso del afecto, habíase creado una patria ideal,
y a ella iban todas sus aspiraciones, todos sus deseos.
Juan, cuando contestaba sus cartas, templaba con
prudencia aquellos idealismos. Aunque ausente el hijo, y ya hombre, consideraba
que su sensata misión de padre no había terminado. Debía prepararle para los
derrumbamientos de la realidad, y con sumo tacto, sin herir sus optimismos, le
enviaba perfiles de la colonia, encargándole gran cordura para formar
convicciones. Y al contestar Jacobo dejaba entrever las alternativas de su
ánimo. Primero, la sorpresa; después, la duda; más tarde, el desencanto. La
palabra escrita de Juan era para Jacobo prueba plena, le creía con fe absoluta;
pero luchaba antes de resolverse a abandonar una ilusión.
«No te imagines -decía en su última carta- que he
llegado a suponer a mi tierra un paraíso bíblico. De sobra conozco que en los
combates de la vida todo es humanidad. Pero no quiero ocultarte la pena que me
han causado tus palabras.
»Me dices que te regocija mucho mi acendrado cariño por
ese suelo; pero que no olvide que a compás de la gran belleza de su creación hay
marejadas que inundan sus playas y desbordamientos que arrasan sus campos.
»Te comprendo: quieres que yo, cuando menos, tenga un
asidero en la realidad. Lo que entreveo no es tan perfecto ni tan apacible como
lo sueño, ¿no es eso? Convenido; no habría de ser tan iluso que aspirase a tener
una tierra sin convulsiones meteorológicas. Pero a mi vez me figuro que esa
llamada que me haces a la vida real es un delicado símbolo de que te vales para
hacer equilibrio a mi optimismo.
»Debo ser franco: para mí ese país es el mejor de la
tierra, y son mis compatriotas mis hermanos. Tú celebras en mí este movimiento
de afecto; pero me hablas de las tormentas y las marejadas. Sí; veo claro. Mis
hermanos flotan en las tormentas de un difícil renacimiento. ¿Qué quisieran? Una
patria libre, una patria redimida por la convicción o por la sangre, una patria
que imitara las heroicidades de esas otras que sacudieron el yugo que las
humillaba. Mis hermanos quisieran eso, pero dudan de sí mismos; temen la
derrota, les espanta el desastre. Quisieran apretar sus lazos con la patria de
origen, con esta patria que yo miro aquí de cerca, tan cariñosa, tan amable, tan
buena; pero el egoísmo y la codicia de malos españoles malogra sus buenas
intenciones. Ésas, ésas son las convulsiones de que me hablas. Ellos son
Humanidad también; también están sujetos a las leyes generales de la evolución
social, a las leyes eternamente progresivas de los organismos y de los pueblos.
Lo presumo, lo sé...
»De otro lado, oigo con verdadera devoción lo que me
dices del patriotismo: el bien que debe hacerse al propio país no ha de fundarse
ni en la mentira, ni en el engaño, ni en la adulación a las muchedumbres...
Claro; entiendo perfectamente. Después de Dios, la más alta grandeza es la
verdad. Estas palabras tuyas, que subrayo, me parecen espartanas y,
naturalmente, me impresionan profundamente; no habré de olvidarlas jamás. La
verdad, sí, la verdad dicha en el propio hogar; la desinteresada propaganda de
almas elevadas, no aquella mentirosa de siervos, de mendigos, vendibles a la
lisonja, al miedo, al provento. La verdad, la verdad, ¡cómo la considero la más
cristiana obra de la virtud y del honor!
»Quiero hablarte también de tres párrafos de tu carta
que me hicieron la impresión de un baño frío.
»Párrafo primero: ... de ese modo se pasaría lo que al
ave que viera un jardín retratado en un espejo: volaría hasta chocar bruscamente
con el cristal. Quiero decir que, en el cristal de mis ilusiones, veo
fantasmagorías inciertas, que si no logro sacudir los optimismos, corro peligro
de golpearme al chocar con el espejo, hiriéndome en el corazón y en la frente.
¡Qué triste es eso! ¿Será posible que no pueda el sentimiento crear la realidad
cuando ella no existe? ¿Es que no todos nuestros compatriotas piensan como tú y
como yo?
»Segundo párrafo: ... con arranques líricos no se
resuelven problemas arduos, como con el aire de un abanico no se perforan
cordilleras. ¿Sabes cuál fue el resultado inmediato de esas palabras? Pues
romper una «Oda a la patria» que había escrito. Esta vez fuiste iconoclasta. En
esa oda cantaba la grandeza de mi país, fundándola en sus opulencias naturales y
en el romanticismo de una humareda de sentimientos amorosos. La rompí convencido
de que era un aire de abanico que había de perderse en el vacío de la
inutilidad.
»Tercer párrafo: ... porque la Humanidad es la dueña
del mundo y es necesario que, engrandeciéndose, logre cuando menos merecer el
esplendor de la creación... Muchas sociedades sucumben apopléticas de teorías
sin haber tenido la suerte de realizar en la práctica una sola de sus
especulaciones filosóficas... Los pueblos son como los individuos: más realiza
quien proyecta sembrar un arbusto y lo siembra, que quien se propone levantar un
bosque y se duerme en el surco... ¡Realidad!, he aquí la gran palanca... Debe
preocuparnos lo que es para llegar a lo que debe ser... Con sólo cantar lo que
quisiéramos que fuese no se hace camino... Traduzco de estas frases toda una
critica, y como sé hasta qué extremo amas nuestro suelo, esa crítica tiene para
mí una importancia inmensa.
»Sigue, sigue explanando la doctrina que tus
observaciones te han permitido formar... ¿Qué gran estómago enfermo es ese de
que me hablas?... ¿Qué depresión mórbida es ésa que por herencia pasa de una a
otra generación, produciendo capas sociales contaminadas y enfermas? En el
religioso amor que por mi tierra siento, quiero que seas tú el Moisés: muéstrame
las tablas de esa ley...»
Juan gozaba releyendo todo aquello, mientras una
sonrisa benévola le alegraba el semblante.
Su hijo tenía imaginación, agudeza. Era un catecúmeno
que lo amaba todo con candor de niño; mas, al mismo tiempo, un pensador que
iniciaba el gran viaje por las escabrosidades de la vida. Juan le consideraba
con amor infinito, como si Jacobo hubiera sido de cristal bohemio, frágil y
quebradizo.
Así discurrían las horas de aquel día nostálgico. De
vez en cuando, por la ventana, miraba el cielo, invadido por nubes hidrópicas
que chocaban a impulso de vientos encontrados, repleto de sombríos crespones
que, adelantando la noche, hacían del día un largo crepúsculo.
Los árboles, azotados por la lluvia, estaban llorosos,
escurriéndose por las hojas y las ramas el caudal llovedizo y abrillantándose
con la humedad el verde de las hojas. Un día penoso por el hastío del obligado
quietismo, por la suspensión de los trabajos y por la pérdida del tiempo que en
los cultivos producían la deserción de las brigadas de obreros que ahuyentaba la
lluvia.
A Juan le contrariaba el tiempo. Era fin de junio, y la
granería que adornaba los cafetos podía verse comprometida con las aguas y los
vientos. La cosecha se presentaba con preñez exuberante, mas algo perezosa,
prometiendo una tardía maduración. El año había sido muy lluvioso y ya bastaba.
Con estas reflexiones acercose a la ventana. Las
cumbres de la finca de Galante desaparecían bajo un nimbo de nubes; un cortinaje
color de leche que descendía hasta las selvas, resolviendo en agua la eléctrica
tensión de sus volutas,
En la finca de Juan no llovía entonces. Una corriente
de aire alejaba los nublados como un fumador las espiras de humo. A pesar de la
flagelación llovediza, los cafetales y las plantaciones de banano sonreían,
irguiéndose felices con el fecundo regadío. Y Juan, siempre con aire de protesta
resignada, abarcaba el paisaje, rebosante de vida y de nostalgia.
De pronto dejáronse oír rumores de disputa y escuchose
la voz de Montesa.
Juan asomose al balcón situado en otra fachada de la
casa. Apenas se hubo asomado vio a Montesa entre varios campesinos que
escampaban los chubascos debajo de los aleros de la casa de máquinas. El
mayordomo manoteaba furiosamente, dando empujones a los campesinos. A uno de
ellos que contestó con acritud, Montesa, colérico, le cruzó la espalda con un
látigo. Los campesinos vociferaron con enojo, mientras el mayordomo parecía
dispuesto a proseguir...
-¡Montesa..., basta! Sube al instante.
Montesa, con sumisión de colegial, subió a la casa.
-¿Qué es lo que cien veces te he repetido? -dijo Juan.
-Señor...
-¿Cuántas veces necesito insistir para ser obedecido?
-Es que...
-Es que..., nada. Lo que acabas de hacer es bárbaro,
arbitrario...
-El motivo fue que...
-Cualquiera que sea el motivo; cualquiera que haya sido
la falta de ese hombre...
-Pero escúcheme usted, don Juan. Con esta lluvia, todo
el día perdido. Esta mañana dejaron ésos el monte; escampó y les hice volver...
Después del almuerzo pasó lo mismo, y hace una hora corrieron por tercera vez a
escampar ahí debajo. Pasó el aguacero y volví a mandarlos al monte. Se negaron;
pero me hice respetar, y la mayoría de los trabajadores se dispuso a seguir la
tarea. Llueve mucho, la hierba nos pisa los talones, no podemos descuidarnos.
Pues cuando todos volvían al trabajo, Inés Marcante, ese mequetrefe, que le pide
permiso a una pierna para mover la otra, se opuso. Empezó con guaperías y quitó
a los otros la buena intención. Cuando vi que no cumplían mi orden, mandé a ese
tipo que despejara. No quiso y le empujé. Me dijo una mala palabra y le arrimé
un cantazo... Eso fue todo.
-No quiero discutir si era o no justa tu orden. La
verdad es que con este tiempo las plantaciones son torrentes, y los hombres
están en peligro de enfermar. ¡Son seres humanos como tú y como yo!...
-¡Ca!... ¡Buena tropa son ellos!...
-Pero suponiendo que tu orden fuese razonable, levantar
la mano para un hombre es cosa repugnante que no quiero, te lo he dicho cien
veces, en mi finca.
-¿Y cómo arreglárselas con ellos?
-Si te desobedece alguno, despídele; si te falta,
múltale, y si te injuria, acude al comisario.
-Bien; sí. Muchas veces usted me ha ordenado lo mismo,
pero...
-Pero ¿qué?
-Eso no da resultado; lo sé de viejo. Dándoles hasta
que les duela, ceden y se ponen como barbas de maíz. Los más guapetones se hacen
humildes. Para sacar partido de ellos no queda otro remedio.
-Sí queda... Quedan la convicción y las buenas
palabras.
Montesa sonreía con incredulidad.
-La violencia envilece o desespera. Si tratas así a los
hombres que están bajo tus órdenes, les convertirás en idiotas o en iracundos, y
en ambos casos... no serás amado.
-¡Ah, si yo mandara!
-Si tú mandaras, serías bonitamente un tirano.
-Es que yo conozco a esa gente, don Juan...
-Por esa misma razón debes atemperarte. ¿Les conoces
como incapaces de convicciones, como desprovistos de nociones del deber? Pues si
les injurias, si les oprimes, si no respetas en ellos su ciudadanía libre, no
estableces diferencia entre su modo de obrar extraviado y el tuyo sensato.
-Mientras no se barra toda esa chusma...
-¡Ea, cállate! La represión por sistema es odiosa e
inútil. Sólo produce encono, malestar, idiotismo. El despotismo hace fango, y en
ese fango, por ley fatal, se anega el déspota. ¡He dicho que basta! Por última
vez: en mi finca no estoy dispuesto a tolerar tamaña mengua.
Montesa bajó cariacontecido... ¡Ya! ¡Buen avance con
tantas delicadezas! Don Juan era un caballero y juzgaba por sí a los demás. Su
sistema era mejor: a los borricos, palo. ¡Si a lo menos tuvieran conciencia de
lo que es la obligación! De ellos no había nada que esperar. Se comprometían a
una faena, la abandonaban; prometían llegar a una hora fija, faltaban a la cita;
no se identificaban con el dueño. Y luego sin hogar, sin casas abrigadas, sin
método de vida y descalzos. Bestias pidiendo a gritos el rebenque. Y,
malhumorado, no pensó más en reanudar aquel día los trabajos.
En el grupo de campesinos estaba Marcelo. Con aspecto
exangüe, la mirada vaga, la boca entreabierta y el pecho hundido, ocupaba, como
de costumbre, un sitio alejado del bullicio.
En aquellos días había sufrido mucho; una debilidad
general, acompañada de palpitaciones, le hacía caminar vacilante, dejándole poco
menos que inútil para el trabajo.
Después de aquel domingo en que le hicieron beber,
estaba aún más melancólico. Cuando Ciro le condujo a la choza durmió doce horas
de sueño profundo, estertoroso. Al siguiente día, al despertar, todos los
recuerdos cayeron sobre él como azotándole con las inquietudes del
remordimiento. Sentía dolor de la falta cometida. ¡Qué había hecho! Repetir la
terrible prueba que le llenaba de espanto sin haber resistido bastante las
pretensiones de los ociosos de la tienda. Había hecho mal, muy, mal, debió reñir
antes que ceder. Al salir Ciro para su trabajo había dejado la puerta abierta.
Marcelo miró hacia afuera, y el sol le deslumbró. ¡Qué pesadez, qué cansancio!
Le parecía tener la cabeza hueca y una peonza bailándole adentro. Le pareció el
día abrumador, bochornoso; la polvareda de átomos de oro que bajaba del sol le
hizo ingrato efecto, obligándole a cerrar los ojos.
Sentose con abatimiento en el umbral, y de nuevo
desfilaron los recuerdos. Toda la escena del domingo renació en él con sus
alternativas, con sus detalles, con sus emociones encontradas, apretándole el
corazón. ¡Ah, nunca, nunca más! Aunque le burlaran, aunque le hicieran pedazos,
no bebería...
De pronto sintió una viva inquietud, un recuerdo en
forma de flecha se le clavó en la carne. Andújar... Gaspar... Deblás... El
diálogo del ranchón... ¡Dios santo! ¡Qué terrible era aquello! Recordó que
acostado detrás del ranchón había dudado; ¿callaría?, ¿avisaría a Andújar el
peligro que le amenazaba? Recordó que se había prometido callar: ¿quién le metía
a él en asuntos ajenos? Pero ¿y si mataban al otro? ¿No era infame poder evitar
y callar? Recordó que después de vacilar mucho había pensado en Juan del Salto,
en sus palabras, en la complicidad del silencio de que le habló una noche. Y
recordó que, finalmente, habíase resuelto a evitar el tremendo atentado. Luego,
sin haber dado forma al proyecto ni saber de qué manera hablaría sin
comprometerse, vino su lucha con los campesinos y su borrachera.
Ahora estaba allí, solo, sin estorbo; había que
resolver. Quedose pensativo, reflejándosele en el semblante las ideas penosas.
Lo natural era correr a la llanura, al poblado, presentarse a la justicia,
contárselo todo. «Señor juez, en mi barrio quieren matar a un hombre...» Sí,
derecho al tronco. Pero, ¿y luego? Vengan las pruebas: «Señor juez, yo oí cuando
dos hombres se apalabraban para ese crimen...» Y ¿cómo se prueba sin testigos
que es cierto lo que se oye? De todos modos, la policía, el alboroto; presos
Gaspar y Deblás. Y ¡quién sabe si él preso también! Gaspar y Deblás, claro,
negarían. «Señor juez, ésa es una mala voluntad que nos tiene Marcelo; lo que
dice es una calumnia.» ¿Cómo probar que era cierto? Y si no se prueba, todo el
mundo a la calle, y entonces, en el monte, los dos asesinos le caerían encima.
¡No, no haría eso! Las consecuencias que de una denuncia a la justicia pudiera
tener le amedrentaron, su torpeza pusilánime no le permitía concebir la acción
reparadora de la ley cumpliéndose sin peligro para los buenos. Temió caer en
manos de polizontes, ser castigado por delitos que no había cometido, y al
pensar que se vería traído y llevado en declaraciones y careos y encerrado en
una cárcel, sintió la contrición del pavor. No; aquél era el peor camino.
A la idea de la justicia sustituyó otra: Juan del
Salto. Recordó sus palabras de aquella noche, sus benévolos consejos. Iría a su
finca, le relataría la trama. Sí; Juan del Salto era el hombre. ¿Qué resolución
tomaría? ¡Dios lo sabe! Después de la sorpresa, la indignación, como cuando le
refirió lo de la pedrada de Galante. Después, indudablemente un parte al juez.
¡Siempre el juez con su batallón de escribanos, de policías, de carceleros!
Señor juez, me ha referido Marcelo esto, lo otro y lo de más allá... Y hete a
Marcelo cogido, obligado a denunciar a los otros, a declarar toda la historia,
corriendo los peligros de la venganza de los asesinos. De ese modo también iría
a la cárcel, al antro de que tenía tan espantosa idea; en donde la enfermedad
mata pronto a los más fuertes; en donde la piel se pone tiñosa y el cuerpo se
hincha y se agrieta para manar agua infecta; en donde los presos se destrozan,
revolcándose entre vicios repugnantes e hiriéndose con pedazos de vidrio o con
armas furtivamente introducidas en el patio grande.
Marcelo entonces experimentaba desaliento, amargura,
que le agobiaban, llenándole los ojos de lágrimas. ¡Caer en la cárcel! ¡Verse
envuelto en un proceso! No le ocurría que en los hechos la responsabilidad no
era suya; pensaba que con haber escuchado el pacto del crimen había delinquido.
No confiaba en la energía de la honradez levantando la frente, declarando la
verdad, serena en su inocencia. No raciocinaba con la lucidez de quien tiene
conciencia exacta de las cosas: ¿era inocente?..., sí; ¿había cometido algún
crimen?... no; pues el hombre honrado nada teme... ¡Adelante!... A perseguir a
los malvados; la inocencia se levanta siempre diáfana en los combates del mal.
Después quedose abismado, como quien busca el resorte
de un difícil mecanismo.
Al fin pensó en Andújar y sintiose aliviado. Sí, aquél
era el camino. El interesado, la presunta víctima, la persona a quien convenía
eludir el peligro. Andújar tomaría precauciones, pondría en práctica medios de
defensa que le libraran de la asechanza; y él, Marcelo, cumpliría con un deber
de conciencia evitando un crimen sin necesidad de dar la cara. Andújar era primo
de Deblás, le había ocultado, sostenido con dinero y ropas; era, en suma, su
encubridor. No era posible que le delatase; buscaría otros medios de defensa
menos ruidosos. En último caso esperaría la noche elegida a los asesinos, les
haría frente, les mataría en defensa propia, y para nada de eso necesitaba del
joven. Podía, pues, hablar con Andújar, referirle el complot, exigiéndole, por
supuesto, que no le sacara a relucir, que le dejara en la sombra, sin exponerle
a la venganza de los otros.
En esas cavilaciones pasó gran parte de la mañana.
Luego sintió el gran vacío de su estómago, recóndita necesidad de reponer
fuerzas perdidas, y abandonó la choza, perdiéndose en el bosque.
A partir de aquel lunes, todos los días vacilaba.
Confiaba en que hasta el primer día de luna nueva no había temor.
Cada vez que pensaba en el asunto recorría mentalmente
la gama. Primero un dilema: ¿callaría, dejando hacer?, ¿hablaría, evitando un
crimen? Después, siguiendo el partido de hablar, tres caminos: el juez, Juan del
Salto, Andújar. Y le sorprendía la noche sin resolver. Se inclinaba a Andújar,
que estaba más a su alcance, que era hombre familiarizado con los campesinos,
que inspiraba menos respeto y cumplimiento. A despecho de esa inclinación,
vacilaba. Todavía paciencia, ya llegaría el momento en que encontrara solo a
Andújar, en que pudiera hablarle sin inspirar sospechas.
Así pues, el día de la gran lluvia, cuando escampaba
bajo los aleros de la finca de Juan, nada había hecho todavía. Varias veces en
la tienda sintió impulsos de terminar, pero se dominaba. No, todavía no...
Cuando Montesa abofeteó a Marcante, Marcelo alejose con
timidez. Él nada tenía que ver en el asunto, estaba dispuesto a obedecer; que se
las arreglaran ellos. Cuando todo pasó quedose con aire abobado contemplando un
lugar incierto del cielo.
Sin embargo de la gran lluvia, la atmósfera estaba
cargada y el montón de nubes negruzcas discurría como legión de corceles
desbocados. Del río se elevaba un gran rumor, un estrépito de cien batanes
azotando las aguas.
De pronto cundió la alarma... Juan del Salto, Montesa,
todos los campesinos corrieron cerro abajo hasta alcanzar la barranca de la
ribera. ¡El río!... ¡El río!... Era la hinchada descarga de la creciente que
descendía furiosa de la sierra.
Un cúmulo colosal de agua había roto su dique, y por la
peñascosa cuenca rodaba con fuerza inaudita. El torrente precipitábase en una
carrera sin freno, aullando como can enfurecido, retorciéndose como gigantesca
serpiente, resuelto a romper la estrechez del canal que lo encauzaba. El aire se
estremecía, invadido por el estrépito, y sus sacudimientos bufaban como si en
aquel momento descargara un odio secular. Las aguas eran fangosas, rojas;
chocaban impetuosamente con las laderas, produciendo enormes derrubios que
ensanchaban el cauce; desplomábanse espumosas por los declives o giraban
arremolinándose en un laberinto de círculos concéntricos; socavaban la base de
las peñas, reflejándose como surtidores hasta desplazar el obstáculo; rugían, en
fin, con ira de chacal encadenado.
El torrente parecía sangriento, como si habiendo
recibido una estocada la cordillera se desangrara por aquel cauce, por aquel
canjillón iracundo por donde corría la muerte, poblando de rugidos la montaña y
sacudiendo el caudal contra los obstáculos; una muerte de rojo semblante que
descendía de la cordillera barriéndolo todo.
Multitud de campesinos en las dos orillas lanzaban
gritos prolongados que difundían la alarma. De vez en cuando el sonido lúgubre
de una bocina avisaba el peligro: era un caracol en cuyo cóncavo la voz humana
se reforzaba, tomando proporciones de eco grandioso, de terrible sentencia de
los dioses.
Agitábanse los campesinos con susto y curiosidad.
¡Sube..., sube..., sube! Seguían los progresos de la creciente, cada vez más
impetuosa; huían de los desprendimientos de las orillas, derribadas por los
arrastres; manoteaban aspaventosos ante la conflagración que les amedrentaba.
Era la muerte que desde las cumbres bajaba desolando la tierra.
Arrancaba el ímpetu troncos de árboles, grandes ramas
todavía verdeando bajo el hojambre, pedruscos que volteaban sobre sí mismos como
si hubieran sido lanzados por el puntapié de un coloso, restos de viviendas
ribereñas sorprendidas por la creciente, arrebatadas por su pujanza. El color
rojo de las aguas era interrumpido por el color gris de los objetos. Una isla de
malezas que entre sus raíces retenía piedras y terrones desembocaba a veces en
lo alto del canjillón, era un tránsito breve, momentáneo. A poco desaparecía a
lo lejos obedeciendo al ímpetu de traslación y dando volteretas a favor de los
remolinos. ¡Sube..., sube...! Y los campesinos temblaban por la suerte de sus
compatriotas avecindados más arriba, en los bohíos de la montaña, o más abajo,
en las casitas del valle.
Oyose entonces un grito de espanto. En una depresión
del terreno que a orillas del río formaba una pequeña vega estaba una cabra
atada a un árbol. No se temió al principio que las aguas alcanzaran aquel nivel;
pero bien pronto un nuevo golpe de la creciente invadió la vega. El dueño de la
cabra, un chicuelo de catorce años, vio que la corriente iba a arrebatarle su
tesoro..., ¡acaso su único caudal! Sin medir el riesgo penetró en el agua,
alcanzó la cabra, y en el momento en que, cortada la atadura, aquélla salía
ilesa del peligro, el muchacho dio un traspié, cayó de bruces, se incorporó
vacilante, volvió a caer, y fue, por fin, arrebatado por el torrente.
Un grito de espanto salió de todos los pechos, y el
muchacho, volteando en el agua, logró asirse a las ramas de un árbol que,
inclinándose sobre el cauce, mojaba el ramaje en la corriente.
La situación era crítica: el árbol podía ser
derrumbado, y el chicuelo, sin fuerzas, hundido para siempre.
Entonces pasó algo hermoso, radiante... Juan del Salto
sintió asombro, no sorpresa; muchas veces había él presenciado cosas parecidas.
Inés Marcante, el que acababa de recibir los latigazos de Montesa, saltó desde
la orilla izquierda al agua. Casi simultáneamente saltaron seis campesinos más.
El monstruo líquido tuvo que romperse para dejar penetrar en su seno a algunos
jirones de Humanidad ennoblecidos por la grandeza de los héroes.
Un pasmo sin palabras dejó suspensos a los
circunstantes. En las ramas del árbol oblicuo, el chicuelo; en la superficie de
las aguas, luchando con resuelta audacia, los campesinos; en torno, el rugiente
caudal barriéndolos. El árbol, por un capricho de la vegetación, nacía en el
flanco de la barranca; desde el borde del árbol era imposible descender sin el
auxilio de cuerdas o largas perchas; el peligro que el chicuelo corría era
inmenso.
De los siete nadadores, dos a punto de ahogarse
viéronse obligados a ganar la orilla; cuatro, a diferentes distancias, pugnaron
por atravesar el cauce; sólo uno, Inés Marcante, más diestro, más ágil, más
afortunado, llegó al árbol, sujetó al muchacho por un brazo y le montó en la más
gruesa rama. Después montose él, arrastró al náufrago por el tronco y esperó el
auxilio de los campesinos situados en la orilla derecha. Luego, ya en tierra, le
acostó a la larga y comenzó a darle friegas. Los otros salvadores salieron al
fin, y a la consternación de las gentes siguió un clamor de victoria.
Sintió Juan que el pecho se le dilataba, inundado de
gozo. Aquello había sido un rayo de luz en la noche de su pesimismo, una flor
nacida entre ortigas, un ágata en el pantano.
El río, en tanto, en su carrera loca, continuaba
despeñándose, envolviendo en espumas las márgenes y destruyendo las plantaciones
ribereñas. Juan, seguido por Montesa, recorrió aquellos lugares y pudo darse
cuenta de la importancia de los daños. Algunos cafetos derribados y algunos
malecones contentivos de los terrenos, destruidos por las aguas.
Después, anocheciendo, dispersáronse los campesinos;
unos que viven en la orilla derecha, obligados a pernoctar en la izquierda;
otros avecindados en la izquierda, en el caso de hacer noche al otro lado.
Para nadie faltó café: alarde hospitalario dominó el
concurso, y bien pronto el suelo de palmas de las chozas sostenía a los
durmientes extraños y a los caritativos anfitriones.
Juan regresó pensativo. Sus meditaciones iban a tener
ancho campo; su espíritu de sutil observador, recientes impresiones.
Al llegar a la casa dijo a Montesa:
-Y bien: ¿qué te han parecido Inés Marcante y sus
compañeros?
Montesa quitose el sombrero, rascose el occipucio, dudó
un momento y dijo:
-Pues me han parecido... que... Vamos, que esos diablos
casi me han hecho llorar.
Una hora después era noche cerrada. El río, aunque
cediendo en su furor, rugía siempre, mientras las sombras lo encapuchaban todo.
Ni una estrella, ni un celaje: sólo algún trueno lejano difundiendo su
detonación elástica. Era una noche tétrica: el cielo negro; la tierra, negra; el
vacío, negro también, como si todo se enlutase por la ausencia del sol. De la
tierra levantábanse húmedas condensaciones; la gran esponja terrena, henchida
por la lluvia, devolvía con hartura en invisibles nubes de riego fecundo.
La Naturaleza reposaba de los desastres del día,
elaborando en sus senos recónditos los primores de su materna gestación.
Capítulo VII
Marcelo sentíase aliviado. El gran secreto cuya
posesión le abrumaba era ya conocido de Andújar.
En una ocasión propicia tuvo resolución bastante para
hablar. Fue a medio día; la tienda, solitaria; el dependiente, distraído en la
carga de una recua; todo se hizo fácil.
Por la puerta posterior llamó al tendero, quien, al
notar el aire misterioso del confidente, sintió una curiosidad a la altura del
misterio.
Marcelo, después de mil circunloquios, entró en
materia.
-¿Palabra de honor?
-Sí.
-¿A palabra de honor que no me comprometerá usted?
-Sí, hombre...
-¿Por su madre?
-¡Por mi madre!
-¿No dirá usted nunca que le avisé?
-No..., no... ¿Acabarás? A palabra. Te guardaré el
secreto. Pero di, ¡caramba! Reviento de curiosidad.
Marcelo entonces, sin omitir ni un detalle, derramó
todo el secreto.
Palideció Andújar. ¡Robarle..., asesinarle! ¡Canallas!
Haber amparado al desertor, al pillete de su primo, librándole cien veces de las
persecuciones de la Guardia Civil para que ahora le hiciera víctima de tan
miserable trama.
Dudó si sería verdad lo que Marcelo relataba.
¿Qué interés podía impulsarle a mentir? Sí; todo era
cierto. Marcelo era un pobre chico, incapaz de embuste semejante. Le conocía, y
no dudó: era evidente que le preparaban una asechanza.
En tanto tiempo de residencia en la comarca, jamás le
había asaltado temor alguno; aquélla era una buena tierra, sin alimañas, en
donde se vivía en paz. Alguna que otra ratería. Eso a lo sumo.
Pero sin duda su prosperidad despertaba la envidia de
su pariente, y éste arrastraba al bárbaro de Gaspar a la maquinación en
proyecto.
No había que confiar demasiado; su casa estaba casi
desprovista de seguridades: delgados tabiques de tablas, puertas cerradas con
débiles trancas o con cerraduras iguales a las de todo el mundo. Nada más fácil
que romper una ventana o desplazar una puerta y, una vez dentro, desvalijarle.
¡Ah, buena suerte fue para él la lealtad de Marcelo!
Por aquellos días andaba Andújar preocupado con
importantes negocios que le desviaban de los acostumbrados.
Galante, el rico propietario, habíale propuesto algo
tentador... No era cosa de echar canas en el monte: que siguieran los cafetos
derramando oro; lo conveniente era emprender especulaciones en la llanura.
Galante desarrolló ante Andújar un vasto plan de
negocios de víveres y banca, proponiéndole establecer a orillas del mar una Casa
comercial que se llamara «Andújar y Galante».
Un negocio de grandes alcances, de grandes ímpetus, de
grandes vuelos, un negocio que si prosperaba sería avasallador, absorbente,
soberano.
Sentíase el tendero muy ancho con el proyecto; cierto
cosquilleo de ambición desenvuelta hasta más allá de lo que había soñado le
desvaneció, llenándole de orgullo. El negocio en gran escala, barrer los frutos,
estibarlos en bodegas de barcos, lanzarlos a ultramar, y luego recibir la
corriente de riquezas derivada de los cambios, de las Agencias, de las
comisiones, de multitud de ventajas. Los hombres listos debían ensancharse,
abarcar horizontes. Que quedaran en la montaña los reclutas del comercio, los
principiantes, los pobres diablos del centavo.
Otro negocio traíale también pensativo. Cerca de la
tienda estaban emplazados los terrenillos de la vieja Marta... ¿Por qué no
comprarlos? Aseguraba la gente la existencia de buenos pesos duros enterrados
allí. Él, por sí mismo, había podido observar cómo los ingresos de la vieja se
evaporaban sin que se conociera su empleo. Estaba convencido de que la compra
del cerezal, era un buen negocio. Sin embargo, cuando se arriesgó a proponer la
transacción mostrose Marta hostil, reacia, huraña. Era preciso esperar, tener
paciencia. Acaso algún día se lograra convencerla. Esperar siempre sobre aviso:
tal era el secreto. Y esperando pensaba Andújar en el negocio propuesto por
Galante y en el otro del cerezal.
Así su ánimo recibió la tremenda noticia de Marcelo.
Dio las gracias al joven apretándole una mano y dando por saldada la cuenta que
tenía en la tienda: cuarenta o cincuenta centavos en salazones.
Luego meditó mucho tiempo; a defenderse, a salvarse del
golpe de mano. No era aficionado a andar envuelto en papeles de justicia: a lo
mejor tira el diablo de la manta y se alborotan asuntos viejos...
Lo importante era poner a buen recaudo el dinero que
guardaba en el arcón y librar el pellejo.
En el poblado, en la caja fuerte de un amigo, tenía
algunos miles de duros. Cuando las ventas le acumulaban dinero, transportábale
enseguida, oscilando el caudal guardado en el arcón entre ochocientos y mil
duros. Aquella vez estaba repleto: mil quinientos, entre oro y plata.
Era necesario, pues, sustraer el dinero de la rapiña de
los otros.
El asunto era fácil: tenía un buen caballo, le
aparejaría en albardas, y furtivamente desfilaría.
De ese modo, dinero y humanidad se librarían en la
noche aciaga del peligroso trance.
Pero ¿y la tienda? Romperían una cerradura,
penetrarían, robarían... ¡Bah!... ¡Mucho podrían robar tratándose de artículos
groseros! Barriles de bacalao, sacos de arroz, canastos de patatas, alguna que
otra pieza de tela ordinaria y el montón de baratijas que deslumbraba a los
monteses. ¡Que robaran aquello! Al día siguiente del fijado para el asalto
volvería a su casa, y si cometían la torpeza de robarle sabría encontrar pronto
el escondite: cualquier tenducho de la comarca, que registraría a sus anchas.
Eso en el caso de que hubiera necio capaz de hacerse cómplice de la ratería
comprando a bajo precio el botín. Lo que ellos buscaban era dinero, onzas de
oro, si nada hallaban escurrirían el bulto, aplazando para mejor ocasión la
tentativa.
Andújar formó su plan: el primer día de luna era el
siguiente; lo tendría todo listo; a las siete, después que el dependiente se
marchara, arreglaría su caudal, y con las primeras sombras se evaporaría.
Después... que ardiera el mundo. Al cabo, el peligro duraría poco, puesto que el
plan de Galante le imponía un cambio de residencia.
Libre Marcelo del fardo del secreto, encerrose en su
cabaña, decidido a no salir de ella en tanto que no se resolviera la tempestad.
Tuvo aquella noche una pesadilla atormentadora, sofocante: soñó que estaba atado
a un árbol junto a un torrente de sangre que arrastraba cabezas cortadas; que el
nivel del turbión subía poco a poco, y cuando ya en el suplicio de la lucha le
llegaba a la cintura, despertó lánguido, fatigoso, como recién llegado de larga
jornada.
En la misma tarde de la confidencia, ya ultramontano el
sol, Gaspar y Silvina se hallaron solos en la cabaña de Leandra. Ésta había
bajado a la tienda, llevándose a Pequeñín para bañarle de paso en el río, que
después de la última avenida estaba placiente, sosegado, como quien, habiendo
tenido un ímpetu genial, se propone al día siguiente mostrarse amable con todo
el mundo.
Gaspar, sentado en la piedra que frente a la casa
servía de escalón, entreteníase en dar cuchilladas al suelo o en dividir en dos
alguno que otro pequeño lagarto que pasara a su alcance. Cuando esto sucedía,
contemplaba sonriente la agonía del pobre animal, cuyos pedazos se agitaban
convulsos.
Silvina, sentada en el umbral, con las manos hundidas
en la falda, recorría el paisaje.
Gaspar, siempre adusto, habíase mostrado últimamente
muy cariñoso. Regaló a Silvina unas medias rojas y un collar de cuentas de
vidrio; la tinaja de Marta, salteada poco a poco, pagaba el despilfarro.
Mas Silvina sabía lo que aquella faz del carácter de
Gaspar significaba: algo muy fuerte quería imponerle, Recibió los magníficos
presentes con recelo, y cuando oyó que Gaspar le llamaba mi negra cayó en el
desconcierto del miedo. Tan inusitado cariño traería cola, y ella, habituada al
infortunio, experimentó, antes que alegría, inquietud; sobre todo el recordar el
terrible negocio de que su marido hablaba con frecuencia.
-Debemos pensar -dijo Gaspar, continuando un
pensamiento- que en estos campos nos morimos de hambre. Toda la vida
reventándonos por estas cuestas; ¡valiente diversión! No tenemos hijos, pero hay
que buscarse mejor vida. Necesitamos ser propietarios... ¿eh? No aquí, por
supuesto; aquí no pueden vivir más que los murciélagos. Allá, en la bajura, o en
la otra costa, o más lejos. En un país que dicen queda cerca, como a dos días de
viaje por mar. ¿Sabes adónde? En ese país adonde se escapan los esclavos. Conque
ya lo sabes me meto hasta el cogote en el negocio que me produzca lo necesario
para establecerme lejos de estos arrabales. Yo creo que ése... debe tener ahí...
más de tres mil pesos.
-¿Quién? -dijo ella con azorado acento.
-Andújar...
Silvina se llenó de consternación. ¡Ah, no había
abandonado el tremendo propósito!
-Pues sí, hija: hay que sacudir la morriña y buscar
fortuna. Con lo que nos pueda tocar nos las guillamos. Pero, vamos, di algo
mujer.
-Ya te he dicho bastante. La gente honrada...
¡Barajo! Tú estás recién nacida, muchacha... ¿Y es así
como vas a ayudar? -añadió él, viendo que ella prorrumpía en sollozos-. Yo no me
vuelvo atrás, ¿eh? Llorar y na, pa mí es lo mismo. Vamos... ¡Cállate! Óyeme y
verás cómo es la cosa más fácil del mundo. Sin comprometernos, en un dos por
tres, nos metemos en cuartos.
Sollozaba Silvina. ¡Imposible! Lo que de ella exigían
era un crimen. ¿Por qué no la dejaban tranquila? ¿Por qué arrastrarle, hacerla
cómplice de tal barbaridad? A las mujeres se las debía considerar y no
empujarlas así a todo lo malo.
-Deblás y yo -continuó Gaspar- lo tenemos todo
arreglado. Temprano rondará él por la tienda: cuando el tío duerma vendrá a
reunirse con nosotros a Palmacortada: ahí, junto al risco. Después bajaremos a
la tienda. ¿Qué? La cosa más fácil. Se asegura a ese bandido, se rompe la
cerradura del baúl y se parte por la mitad lo que haiga. Pasado mañana, mucha
serenidad, y dentro de dos o tres días, pies para qué os quiero...
Silvina temblaba. El frío relato de Gaspar causábale
espanto. Dolíale la vida en aquel momento. Hubiera querido morir para librarse
de aquella inquietud.
-Con respecto a ti, si bien, bien, y si no, también.
Quiero que nos acompañes, y con eso está dicho to...
-Pero lo que tú quieres es espantoso. ¿Cómo yo tu
mujer, tu mujer por la Iglesia, una mujer de bien que nunca ha robado, va a
estar conforme con semejante tropelía? ¿Cómo es posible que yo tenga valor para
tanto? ¿Cómo es posible que una infeliz...?
-¡Bah!... Mira, no seas pendona...
-... Sí, debía impedirlo para salvarte de esa
tentación, de esa locura que te ha dado...
-¡Dios te libre!
...y contar la cosa, no guardar el secreto, para que te
contengas...
Levantose Gaspar de un salto, y asiendo las manos de
Silvina las apretó con fuerza.
-Por eso... por eso mismo quiero que vengas, que te
comprometas tú también, para que no cantes...
-¡Ay! ¡Ay!... ¡Me estás haciendo daño!... ¡Suéltame!
-... para que te veas obligada a callar...
-¡Suéltame!
-... para que no puedas venderme.
-¡Ay!
-¡Pobre de ti si me desobedeces!
-¡Gaspar, Gaspar!... ¡Me partes los huesos!
-Soy capaz de agarrarte por el pescuezo y retorcértelo,
¡bribona! Aquí mando yo. Tú, a callar y a obedecer...
Silvina logró al cabo desasirse. Estaba aterrorizada,
vacilante de susto. ¡Dios santo, aquel infame era capaz de matarla!... Era
preciso tomar una resolución, aquella vida no podía durar más tiempo. Su marido
la ordenaba una iniquidad, y los maridos que empujan al delito no tienen
derechos que invocar. Mas ¿cómo librarse, a quién acudir? Volvió la zozobra a
resolverse en lágrimas. Lloró, lloró con infinita amargura, sintiéndose sola en
el mundo, abandonada de todos.
Gaspar sacó del cinturón un cuchillo que en una vaina
de cuero llevaba.
-Toma -dijo a Silvina-. Coge en tu mano este cuchillo.
-¡Por el amor de Dios, Gaspar!
-Cógelo en tu mano... Eso es... Ahora yo cojo tu mano
dentro de la mía. Así... Pues mira, si tienes el atrevimiento de desobedecerme
en los más mínimo, tu misma mano, empujada por la mía, te clavará este pincho en
el corazón. Vete ahora, anda... Cuéntale a todo el mundo lo que tu marido tiene
entre manos. Anda, ¡atrévete!...
Tenía Silvina el alma en un yunque; con la mirada vaga,
el semblante bañado en lágrimas, los brazos caídos, fue presa de angustiosa
congoja. Lloró mucho tiempo, hasta que fue de noche, hasta que volvió Leandra,
que viéndola llorar todos los días no daba importancia a su llanto, hasta que
Gaspar se tumbó en su lecho de trapos para roncar a poco gargarizando el aire.
Luego, solitaria en el umbral, pensó en Ciro, la única
pincelada azul en sus amarguras. Ciro la amaba, la perseguía. Su cariño era
continuo, constante, a prueba de contrariedades. Él fue quien la despertó a las
primeras ilusiones, quien la encadenó en el sentimiento del primer amor. Todo
inútil. La desgracia colocó entre ambos el obstáculo.
Cuando los primeros ultrajes del infortunio hirieron su
inocencia, Ciro lo ignoraba todo. Más tarde, cuando la condujeron a un
desposorio repugnante, y ella, sin albedrío, sin conciencia de sus actos cedió,
Ciro fue consecuente, siguió amándola, persiguiéndola, invitándola cien veces a
seguirle, libre de preocupaciones, por el camino de la felicidad. Ella le amaba,
era idealmente suya. Pero, ¡ah!, siempre interpuesto Gaspar como odiado
estorbo... Muchas jóvenes de la comarca se entregaban sin fórmulas nupciales,
cediendo un día a la pasión, para ceder otro al capricho; abandonando con
alegría o dejándose abandonar sin dolor; eligiendo nuevo esposo entre la turba
de seductores cada vez que las circunstancias lo exigían. Observaba que algunas
jóvenes campesinas legalmente casadas no daban importancia al lazo,
considerándose tan libres que en un día de discordia abandonaban al esposo,
entregándose a otro amador, mientras el legítimo marido buscaba otra hembra
rendida a quien poner en el lugar de la fugitiva. Y los rompimientos, las
soldaduras, realizadas sin extrañezas, sin desolación, como la cosa más natural
del mundo, que a nadie causaba rubor ni deshonra. Silvina recordaba la historia
de otros hogares y sentíase impulsada a imitar la conducta de otras, huyendo,
alzando el vuelo. Ella tenía en su corazón el sagrario del cariño, el ansia de
la dicha. La casucha de Leandra no era su hogar, el rincón de su encanto, el
nido de su fe. Allí estaban el dolor, la tiranía, la brutalidad, acaso el
hambre. ¿Por qué no huir? ¿Qué le importaban a ella obstáculos que la cabeza y
el corazón querían romper? ¿Por qué no escapar con Ciro, su amado, su ensueño,
su idolatría, a quien, después de tantas desdichas, no había de premiar
perteneciéndole?
Mas entonces, ante ella, se alzaba el fantasma. Allí,
pocos momentos antes le había propuesto una infamia; por allí cerca era casi
seguro que rondara Ciro, acechando constantemente una ocasión, más enardecido y
resuelto desde la noche que desplazó las tablas: esperándola, esperándola
siempre... ¿Por qué, pues, volvería? Estaba sola; todos en la casucha dormían;
la noche agitaba afuera los invisibles brazos del vacío; la ocasión era
tentadora, irresistible. ¿Por qué dudaba, desfalleciendo su valor?
Era que una voluntad más fuerte dominaba a distancia.
¡Huir! Pensaba con horror el rebelde sacudimiento. ¡No; Gaspar la mataría! Iría
tras ella, la alcanzaría, clavando en ella la mirada de sus ojos dominadores.
Imposible, no tenía resolución para tal audacia.
Entró luego en la choza y, aplicando al hueco de la
puerta la hoja de palma, fue a tenderse en su parte de estera, en el soberbio
tálamo que le habían deparado la miseria y la infamia.
Al día siguiente la tienda se cerró temprano. Todos los
días el dependiente solía llamar a Andújar al alba. Éste abría y reanudábanse
los trabajos. El tendero estuvo todo el día inquieto, nervioso, meditando su
fuga. Pensó que escapando por la noche no podría regresar hasta muy entrada la
mañana, y dio al mancebo la llave de una de las puertas, ordenándole que muy
temprano abriese, como de costumbre, y esperase su regreso. Pretextó quehaceres
urgentes en el poblado, y todo fue dicho después de cerrada la tienda, cuando el
dependiente, bostezando, no pensaba en otra cosa que en dormir la grasienta
fatiga del día.
A poco, Andújar quedó solo. A la derecha de la tienda
había un establo, detrás del cual, sobre un lecho de paja, dormía un caballo. En
breve tiempo le trajo del ronzal, le aparejó con albardas, colocó cuidadosamente
en ellas dos paquetes muy atados con cordeles, guardose el revólver en la
cintura, cerró con llave la puerta de su cuarto, en la fachada posterior; guardó
en el bolsillo de su chaqueta la llave, y de un salto quedó sentado sobre la
montura, colocándose debajo de una pierna un afilado machete.
En tanto, discutía mentalmente consigo mismo las
ventajas de su determinación. Tenía buenos amigos en el poblado; se hospedaría
en casa del más discreto, pasearía, cenaría en algún fonducho, y temprano, al
monte otra vez. Su dinero, guardado en buenas manos, que le otorgaban recibos de
depósito, estaría seguro.
Pensando así dio rienda al caballo y, como era ya de
noche, pronto jinete y cabalgadura desvaneciéronse en la sombra.
Gaspar, durante el día, estuvo buscando un pretexto, un
motivo fácil, natural, que le permitiese salir de la casucha con Silvina en las
primeras horas de la noche sin llamar la atención de Leandra, sin despertar
sospechas.
Le ocurrió una visita, un cumplimiento rendido al
compadrazgo de cualquier montañés. Pero ¿visitar de noche y en día de trabajo?
La idea rayaba en lo desusado, en lo anormal, y desechó el plan de la visita.
Ocurriósele enseguida inventar una excursión al poblado. Tampoco... A las diez
de la noche debía estar junto a Palmacortada en espera del cómplice; el negocio
ocuparía una hora más o menos, ¿cómo hacer verosímil un viaje a pie al poblado
saliendo a las seis de la tarde para regresar a media noche? Resultaría
sospechosa la evolución, y Gaspar quería proceder con las mayores precauciones.
¿Qué hacer entonces?
Un momento hubo en que creyó resuelto el problema:
irían a pernoctar a la finca de Galante porque un trabajo de importancia
reclamaba a Gaspar... No, tampoco. Después del golpe, ¿cómo diablo ir a casa de
nadie cuando lo conveniente era ocultarse, hacerse los dormidos, hacer
desaparecer ciertas huellas? ¿Y por qué no fingir un sencillo paseo por las
veredas? Saldrían al crepúsculo invocando un gran calor, pasarían un rato y
luego volverían a recogerse. Llegó Gaspar a decidirse por ese plan, no obstante
ser proverbial su costumbre de dormir desde muy temprano.
Una casual circunstancia, muy frecuente en la vida de
los campesinos, resolvió la dificultad.
Alguien dijo que cerca de Vegaplana había muerto un
niño, hijo de un labrador conocido de todos. ¡Ah, qué desgracia! ¿Cómo faltar
siquiera un rato de la casa del duelo? Irían temprano; pero, eso sí, regresarían
de once a doce, porque a él, a Gaspar, no le gustaba el trasnoche.
De ese modo todo era creíble. De seis a nueve al
velorio; a las diez, en Palmacortada; después..., a lo otro, y a las doce, a
dormir, ¿Pregunta algún curioso qué hicieron desde la salida de Vegaplana hasta
mediar la noche? Pues la cosa más inocente; bañarse alegremente en el río. Y
Gaspar, a las seis, salió de la casucha, y Silvina tras él.
Sobre un lampo brumoso de nubes bajas entrelució el
novilunio, apareciendo el astro como un segmento oriental empenachando el
turbante del crepúsculo. El disco de luna cayó en su ocaso, entregando la
amplitud del cielo a la irradiación estelar.
A las nueve todo estaba solitario, silencioso; sólo el
río, desde el fondo del barranco, elevaba su eterno rumor.
Un aire medroso recorría la fronda, en donde en
inefable comensalismo los árboles entrelazaban el ramaje. El arbolado que
rodeaba la tienda y los ranchones oscurecía los detalles. Todo confuso: las
casas, los troncos de los árboles, el establo, el bosquecillo de cafetos de la
barranca. Sólo indecisamente clareaban el camino, endurecido por el tránsito,
algunas piedras rodadizas que destacaban sus facetas.
De pronto surgió del bosquecillo una sombra. Era Deblás.
Miró a todos lados, y caminando lentamente acercose a
la tienda. Puso las manos sobre el tabique y permaneció inmóvil escuchando.
Aplicó la cara a las tablas como para recoger el más leve roce. Nada; ni un
rumor, ni el vuelo de un cínife.
Siempre a tal hora, Andújar roncaba... ¿Por qué aquel
silencio? ¿Habría salido?
Deblás quiso la evidencia. Dio en torno de la tienda un
rodeo completo, empujó todas las puertas, detúvose a escuchar en las de la
fachada, dio la vuelta sigilosamente y volvió junto a la puerta del cuarto de
Andújar. Nada: el arca del silencio.
De nuevo escuchó, esperando oír la respiración de
Andújar. Fue en vano. Al fin vio algo que le sorprendió. En el marco de la
puerta, a la izquierda, pendía de un clavo enorme el ronzal, y unido a éste una
cuerda que arrastraba por el suelo. Todo quedó explicado: el tendero no estaba
en la cueva.
Deblás fue entonces al establo, echose de bruces sobre
el comedero e inspeccionó el lugar en que solía dormir la jaca. Ésta no estaba
en su sitio habitual.
El pájaro había volado. Cayó Deblás en un mar de
confusiones. Sabía que el tendero vagaba de noche pocas veces; de vez en cuando,
persiguiendo alguna aventura barata, a la que daba cima temprano.
Salir dejando dinero en el arcón no era creíble. Luego
su ausencia significaba también ausencia del dinero. Dio otra vuelta alrededor
de la tienda: no quería convencerse de que el gran proyecto había fracasado.
Lleno de contrariedad vaciló. ¿Qué hacer?
Enseguida las hipótesis comenzaron su trabajo de duda.
¿Por qué había salido Andújar? ¿Presumió lo que le esperaba? ¡Quién sabe! ¿Sería
Gaspar, por alguna indiscreción, responsable de ello? No era fácil... ¡Ah!...
Silvina... Era posible que la bestia de la mujer tuviera la culpa. Sin embargo,
¿cómo pensar que, dominada por el otro, se hubiese atrevido a aguarles la
fiesta? Y luego, si Andújar supo algo, ¿por qué no reunió gente y esperó el
momento de cogerles en la ratonera? Sobre todo, a él, a su primo, a quien
echándole mano daría el disgusto más fuerte. No... Andújar había salido
casualmente, y no quedaba más recurso que aplazar el negocio.
De nuevo dudó... ¿Y el dinero» ¿Era de esperar que el
tendero hubiera cargado con la hucha? De noche, por caminos solitarios,
tratándose de un solo hombre, y tan receloso como Andújar, no era creíble aquel
trasiego. Entonces, ¿cómo explicar la inverosimilitud de que saliera dejando
solo el talego? De todos modos, una cosa resultaba evidente: Andújar no estaba
allí. Quedaba, pues, por averiguar si el tesoro se había también evaporado.
En ese orden de ideas, Deblás no creyó difícil que el
tendero, obligado a salir por cualquiera circunstancia, dejara los fondos. En
ese caso, volvería pronto.
De intentar salir de dudas no había tiempo que perder.
Sacó su cortafrío y le introdujo por la juntura de los batientes, palanqueando y
subiendo poco a poco hasta la cerradura.
Luego una idea le detuvo... ¿Y los otros, que le
esperaban en Palmacortada? ¿Les avisaría? ¿Para qué? Ausente Andújar, se bastaba
solo... Mas ¿y el pacto? Tuvo una gran vacilación: le ocurrió que Gaspar,
cansándose, fuera a rondar, sorprendiéndole en plena traición. De otro lado,
¿para qué tanta gente?
Resolviose al cabo. Iría a darles contraorden, y el
asunto quedaría aplazado para mejor ocasión. Los otros, creyéndole, convendrían
en el aplazamiento, y él, en tanto, volvería a la colmena. ¿No había dinero?...
ya lo habría otra noche. ¿Lo había?, pues la tajada para él solo. Aunque Gaspar
supiera luego la mala partida, a nadie se quejaría. ¡Bah!, era un cobardón con
quien no era difícil ajustar cuentas. Además, ¿para qué estaba la cordillera?
Pronto les halló. En un grupo de palmas reales había
una cuyo tronco partido denunciaba los desastres del rayo. Al pie de ese tronco
estaban Silvina y Gaspar.
Era un lugar escarpado. Enfrente de las palmas veíase
el agrio borde de un risco, un precipicio por cuyo fondo discurría un arroyuelo
afluente del río, caudal remoto que, de salto en salto, bajaba desde las lejanas
serranías.
-Nada de lo dicho -exclamó Deblás al acercarse.
-¿Cómo?
-Que por hoy nada puede hacerse.
-Pero... ¿qué ha sucedido?
-Una cosa con que no contábamos: el pájaro voló.
-¿Qué?
-Pues nada, que Andújar no está en la tienda, que ha
emplumado, que se ha llevado el dinero. Nuestro negocio tiene que aplazarse.
Silvina, hasta entonces silenciosa y entontecida,
respiró con placer.
-Bien -insistió Gaspar-. ¿Y cómo te explicas eso?
-Una casualidad... El hombre tenía el baúl repleto, se
le derramaba, y como es desconfiado, cargó con los cuartos. Ahora que le corran
detrás... Eso pasa por culpa tuya. Si no hubieras tenido tantos repulgos,
aprovechando una noche de la semana pasada, con seguridad hubiéramos llegado a
tiempo. Quisiste pensarlo tanto que... ahí tienes el resultado.
-No me convenzo. ¿Crees que se haya ido por casualidad?
Y al decir esto dirigió a Silvina una mirada torva.
-¿Por qué otra causa, hombre?
-Un soplo...
-No hay soplo que valga. Se fue, se llevó su dinero y
volverá temprano. Si hubiera sabido algo, se queda y nos coge en la trampa. Pero
no te derritas la mollera: por ahora no hay que pensar en la cosa. Ya veremos
cuando convenga volver a las andadas.
Gaspar, después de algunos instantes de reflexión,
añadió:
-Estando la tienda sola, casi debíamos registrarla.
-¡Magnífico! Y mientras nos llenamos los bolsillos de
papas y pan viejo llega el otro y nos divierte.
-Es verdad... Sin embargo, ¿cómo ese tío ha dejado la
tienda sola? Lo natural era que, cuando menos, el dependiente estuviera allí.
-Te digo que no hay nadie, dinero inclusive. Andújar
prefiere dejarlo todo bajo llave a que quede dentro ningún mocoso. Se fía más de
una llave que de un hombre.
Silvina, en tanto, experimentaba la sensación expansiva
del sosiego. ¡Qué felicidad! La infamia no podría, al menos por entonces,
llevarse a efecto. Sería luego, mas un plazo era siempre un compás de espera en
que las cosas podrían cambiar.
-Conque cada cual a su casa, y hasta más ver -añadió
Deblás.
-No te vayas, espérate. Vamos a pensarlo bien. ¿Por qué
no intentar un registro allá abajo?
-No puede ser. Correríamos peligro de desayunarnos en
la cárcel.
-Fíjate... Si se ha llevado el pico a la bajura no es
probable que regrese hasta mañana; si vuelve pronto es señal de que lo ha
dejado.
-Bien, ¿y qué?
Intentemos algo..., rondemos...
-Intenta, ronda tú solo... Yo me voy a dormir.
¡Ah, no! Solo, no.
-Conmigo no cuentes.
-Pero, hombre...
-No soy tan mentecato que vaya a meterme tontamente en
el peligro.
-Escucha.
-No puede ser.
-Pero mira...
-Te digo que no puede ser.
-No puede ser, Gaspar... -atreviose a murmurar Silvina,
y él, iracundo, diola un manotón, diciendo:
-¿Qué dices? ¿Quién te mete a ti? ¡Cállate o te pico la
lengua!...
-Vamos, ¿te vas a poner ahora a reñir con tu mujer?
Buenas noches.
-Oye...
-No, adiós. Hasta mañana. Ya hablaremos despacio para
ponernos de acuerdo...
-Escucha, hombre...
-Nada... Buenas noches.
Y Deblás se internó en el bosque, mientras Gaspar,
cerrando con rabia los puños, blasfemaba. Luego empujó a Silvina, que cayó
sentada en la maleza.
-Siéntate -dijo, sentándose él también.
Doblando las piernas, con los codos sobre las rodillas
y la frente en las manos, diose a cavilar.
Discurría la noche como fantasma que pasara envuelto en
túnica cenicienta. El cielo, estrellado, parecía piélago de fulgores. Cada astro
irradiaba una saeta de luz, primero tímida, enseguida inmensa, después tímida
otra vez, replegándose y apagándose la viveza de la irradiación, como si,
horrorizado de las contiendas humanas, quisiera el astro cerrar los ojos. Junto
al reguero estelar la inmensa bóveda azuleaba muy suave, muy tersa, muy serena,
como si hubiera sido creada para envolver en la eternidad de los siglos la
eternidad del bien. Las cumbres se aplomaban sobre su base de coloso, apagando
en los paisajes muertos las inciertas claridades. El grupo de palmas se erguía
discorde: un tronco recto, otro oblicuo, cual esbelto, cual otro inclinado como
si quisiera poner al alcance del hombre sus ánforas colmadas de refrigerante
licor. Y siempre el eterno concierto... Alguna ráfaga silbando al agitar la
arboleda, el incansable lamento del río formando remolinos y limando pedruscos;
la gran sonata de insectos, de violines alados, de sutiles élitros, estridentes
cigarras, sobresaliendo del conjunto el disílabo canto del sapillo de los
canalizos y las zanjas, repitiendo siempre su monótono ¡kokí! ¡kokí!...
Gaspar rompió al cabo el silencio.
-Diga lo que diga Deblás, la cosa ha llegado al
tuétano... Sí; una joroba, una completa joroba... Tanto pensar, tanto dar
vueltas al asunto para quedar en na: en que se nos escapa el negocio... No puede
ser por ahora. ¡Por ahora!... ¿Pues cuándo entonces?... ¡Tenía, tenía dinero! Yo
no me conformo... ¿Pero por qué se ha largado Andújar?... ¿Sabría algo? ¿Fue
casualidad?... ¿Alguna hembra?... ¡Quién sabe si no está lejos, si está por ahí,
persiguiendo mujeres que otros pagan! Y luego, ¿por qué tan desabrío Deblás? ¿Se
habrá acobardado?... ¡Él, tan valentón!... ¡Qué diablos, hombre, qué diablos de
estorbo se atraviesa!... ¡Y yo tan preparao pa to, con hambre de meterle mano al
bollo! ¡Bah! Ese Deblás se apura por poco... ¡Y qué prisa tenía! Un miedo de
primera. Pues..., y verá usted cómo resulta luego que la tienda está sola y con
el dinero.
Quedose pensativo. Arrugando las cejas miró al ciclo,
poniendo en juego el singular instinto campesino que con pequeño error precisa
la hora con sólo mirar las estrellas.
-Si yo me atreviera -continuó-. ¡Qué bueno!, ¿eh? ¡Si
probáramos! La tienda aún solita; Deblás durmiendo allá en su seboruco; faltan
para las doce como hora y media... Todo viene bien. Se ronda un poco, se abre
una puerta, se rompe la cerradura del baúl, y... si no hay cuartos, por lo menos
se convence uno de la verdad y bebe un par de copitas. ¡Qué facilidad tan
grande! Por supuesto, las cosas de manera que se remate en un dos por tres, no
sea que el tío aparezca de pronto, y ¡paf!, patas arriba de un tiro el que le
toque la china... Sí, creo que debemos meter mano, porque si no, ¿qué vamos a
hacer aquí con la boca abierta? No podemos volver a casa hasta las doce o la
una, tendríamos que esperar dos horas aquí al raso, al sereno... ¡Qué
diversión!, ¿eh?
Silvina, un instante tranquila, volvió a sentirse
consternada. Creyó verse libre aquella noche del peligro; pero de nuevo su
marido pensaba en él, insistiendo testarudo. Gaspar se rascaba la cabeza, como
si a la maraña de pelos pidiera que resolviese la vacilación.
-La verdad, ése sería un gran golpe -continuó-. Dejemos
a un lado a ese tuno, y nosotros solos damos el golpe. Y si no hay moneda,
siempre habrá allí algo que se pegue... Lo malo fuera que el otro llegara de
pronto y... No; salió oscurecido y no ha ido lejos, ¿qué menos que a media noche
pa volver? Si ha ido a la bajura, entonces no se diga...
Después, otra vez a cavilar. Silvina le miraba
desvanecido en la sombra, mientras azorada, temblando, esperaba de un momento a
otro la solución de la perplejidad.
Así pasó mucho tiempo. De pronto, Gaspar levantose de
un salto.
-¡Ea, vente!...
-¡Por Dios, Gaspar, por tu vida! ¿Qué vas a hacer?
-Vamos: echa pa alante.
-Gaspar...
-¡Cállate!
-¡Pero no me empujes, hombre, que voy a irme de cabeza
cuesta abajo!
-Vamos...
-¡Ten misericordia de mí! Mira: otro día... Eso no
puede ser esta noche, hay muchos peligros... El dinero que tú buscabas no está
allí... Cuando Deblás no quiso hacer nada por algo fue. Créelo: déjate de eso...
-Pica..., pica...
-Gaspar, por tu madre, por lo que más quieras, deja
eso.
-Camina..., camina...
-O, por lo menos, déjame marchar a casa. ¿Para qué te
he de servir yo? De estorbo, ¿sabes?, de estorbo nada más...
-Si no callas, si resistes, ya sabes lo que te espera.
Estoy rabioso, con gana de meterle mano al mismo demonio si me saliera. Sigue
sin chistar y no me provoques. Estoy aborrecío, Y si me joo... robas mucho te
tiro por el risco...
Y comenzaron así a descender por el monte.
En tanto, Deblás no había perdido el tiempo. Dejando a
su cómplice en Palmacortada, volvió a la tienda.
Detúvose nuevamente a escuchar, y convencido de la
ausencia del tendero, otra vez introdujo el cortafrío por la juntura de los
batientes.
Con un movimiento de palanca, acompañado de otro
ascendente, hizo llegar el trozo de hierro hasta la cerradura, manteniendo
separadas las hojas. Entonces, metiendo las manos por la ranura, tiró con
fuerza, y saltando la cerradura la puerta cedió.
Vencida la primera dificultad, el desertor penetró en
la tienda. Un olor espeso y caliente le envolvió, denunciando el hacinamiento en
aire confinado de sustancias comestibles.
Una vez dentro encendió un fósforo, y a su luz, con un
pedazo de madera que halló a mano, atrancó la puerta. De ese modo estaría
seguro. Quien quisiera entrar necesitaba llamar o abrirse paso por la fuerza.
Encendió una vela de sebo, que colocada en una botella
estaba sobre una silla junto al catre. Cuando hubo claridad miró en torno...
¡Solo, al fin, en el envidiado recinto!
Junto a la silla estaba el arcón, un gran cofre de más
vejez que resistencia. Levantando la luz diose cuenta de los detalles, reconoció
el cuarto de las albardas y paseó como un fantasma entre los aparadores y el
mostrador.
Con mirada de lince lo registraba todo: era preciso dar
el golpe con la mayor seguridad y el mayor provecho. Recordó el dilema de
Gaspar, que a él también le había ocurrido: si Andújar se ha llevado el dinero
no es probable que regrese hasta mañana; si está el pico allí volverá pronto. Lo
importante, pues, era salir de dudas. Si el dinero estaba en el arcón era
menester apresurarse y cargar rápidamente con él; si no estaba, Andújar no
volvería hasta el día siguiente, dando tiempo para registrar detenidamente la
tienda y para limpiarla de objetos transportables de que valiera la pena
apoderarse.
Volvió al cofre, e introdujo el cortafrío por la
juntura de la tapa, levantando la cinta de latón que la cubría.
Con poco trabajo soltó una aldaba, luego la otra, y al
cabo, Deblás vio el hueco del cofre ante sus ojos. Un montón desordenado de
ropas se apiñaba allí; en el fondo, un cajón de madera en otro tiempo destinado
a guardar galletas mostraba también su hueco vacío. Sólo algunos ochavos caídos
al descuido ennegrecían como lunares grotescos el fondo de papel blanco que
tapizaba el cajón. ¡El tesoro había volado!
Deblás, en un arrebato de rabia, arrojó contra el suelo
el cortafrío, que, produciendo un golpe seco, rodó hasta quedar debajo del
catre. Se irguió, cerró los puños, y mirando con ira el vacío vientre del arcón
lanzó una blasfemia. ¡Ah, el miserable de su primo le jugaba una mala pasada!
Entonces recorrió la tienda. ¡Bah!, porquerías... Sólo
el diablo cargaría con cosas de tanto bulto para ocultarlas y enajenarlas
después sin despertar sospechas.
Sobre una tabla mugrienta había un embutido que solía
detallarse a los |