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Capítulo I
En el borde del barranco, asida a dos árboles para no
caer, Silvina se inclinaba sobre la vertiente y miraba con impaciencia allá
abajo, al cauce del río, gritando con todas sus fuerzas:
-¡Leandra!... ¡Leandra!...
Era en la montaña, en el seno de las selvas, entre
laberintos de brava naturaleza, que parecen peldaños para oficiar en el altar
del cielo.
-¡Leandra!... ¡Leandra!... Sube, Pequeñín está
hambriento... Sube, sube...
La voz sacudía el aire y, reflejándose en las laderas,
bajaba hasta el lecho del río, en donde se apagaba entre rumores de cascadas y
remolinos. En la ribera, en cuclillas sobre una piedra lisa y plana, Leandra
lavaba afanosa. Tenía el traje recogido y sujeto por detrás de las rodillas,
dejando al descubierto las piernas, que el agua jabonosa salpicaba. Al fin, oyó
las voces, miró hacia arriba y descubrió a Silvina.
-¿Qué quieres? -preguntó a un tiempo con el ademán y
con los labios.
La otra insistía: Pequeñín, el último hijo de Leandra,
de bruces en el suelo de la casucha, lloraba hambriento.
-Mira -bocineó Leandra, ahuecando las manos junto a la
boca-, procura callarlo.
-Es que no quiere.
-Entretenlo, mujer; aún me queda faena...
-Tienes que subir... Le he metido un dedo en la boca y,
en vez de chupar, muerde... ¡Anda, sube pronto!
Levantándose Leandra de mal talante, dejando que el
vestido le cayera sobre las piernas mojadas, hizo apresuradamente un lío de la
ropa húmeda y comenzó a repechar una vereda caprina que, muy pendiente, se
internaba entre los cafetos de la ladera.
Silvina, desoyendo los gritos de Pequeñín, recorrió con
mirada lánguida el paisaje. El ambiente, fresco ya con los aires de la cercana
vesperada, se encendía en los últimos ardores del sol poniente.
Desde aquel sitio se divisaba un mundo de verdura. Por
detrás, un campo extenso de selva virgen rematando en una cima abrupta; por
delante, al otro lado del río, una montaña de tonos grises, aplanándose poco a
poco en dirección al mar, deprimiéndose lentamente de derecha a izquierda y
determinando la formación de vallecillos y hondonada de feraz aspecto. Los
colores bullían como chispas de luz, confundiéndose en tintas intermedias,
interrumpiéndose con alegres contrastes. Diríase que con aquel reguero de
colores eran los campos la inmensa paleta en donde había de humedecer sus
pinceles el supremo artista. Un azul inimitable descendía del cielo como regalo
nupcial, y un verde suave parpadeaba en las campiñas como ofrenda esclava. De
esos dos matices resultaban el apagado gris de las lejanías y la tibia gualda de
los contornos. Los árboles, en eterna gemación, ostentaban vestiduras rosadas y
galas rojas, y así mostrábanse los paisajes como proyectados al mundo de los
sueños por la mano de la primavera.
Silvina miraba sin ver. Aquel exterior poético, que le
era familiar, no le abstraía; aquel sosegado atardecer no interesaba a sus
catorce años. Pensaba en sus intimidades, en sus secretos, en sus anhelos, y el
regio panorama de los montes palpitaba delante de ella como una bandada de
golondrinas ante una estatua. Cuando miraba al frente descubría, en lo alto de
la montaña, la mancha oscura formada por el opulento cafetal de Galante, y un
sentimiento de repulsión, de reprimido rencor, se le revolcaba en el pecho al
recordar la dolorosa historia de sus amores contrariados y del camino de sus
ideales, bruscamente cortados por la intercepción de aquel hombre odioso, a
quien ella, todavía tan joven, debía la imposición de un marido, de aquel
Gaspar, cuya presencia le hacía temblar y cuya imagen la amedrentaba. Debajo, y
también a la distancia, contemplaba el valle en donde se escondía el caserío de
Andújar. Veía la casa tienda con su mostrador mugriento y umbrales negruzcos; el
ranchón que cobijaba la máquina trilladora, las tres o cuatro casitas dedicadas
a depósito de provisiones y vivienda de obreros; y le veía a él, a Andújar, con
los brazos desnudos, con la camiseta manchada de pringue, defender detrás del
mostrador el importe de una judía, escatimar el peso de un grano de arroz,
poniendo en práctica las fórmulas de la libra incompleta y de la vara encogida.
A un nivel más bajo todavía lograba descubrir otra colina salpicada de chozas:
eran hacenduelas de míseros propietarios que merodeaban descalzos por los
montes, contratándose para trabajar en las grandes fincas, rindiéndose
tributarios de la tienda de Andújar, la gran ventosa del barrio, y para los
cuales el tiempo pasaba sin que tuvieran ni recursos, ni ánimo, ni voluntad para
mejorar los propios terrenos en donde, gracias al esfuerzo fecundado de la
Naturaleza, crecían abandonados algunos cafetos y bananos, y se veían ondear, en
días de viento, prados de forrajes o de estériles malezas. Después, el nivel
descendía más. Las montañas se extendían en aventino hasta el llano, y como
gigante que se arrodilla para besar la base que le sustenta, la forma montuosa
de la tierra se humillaba hasta aplanarse en la llanura para alcanzar el límite
geológico en donde todo remata en la tierra: el mar.
Silvina, siempre sujeta a los árboles, recorrió con la
mirada el panorama. En el fondo del barranco, el río escandalizaba con saltos de
agua, con atropellado caudal, y a la izquierda, en el mismo lado en donde estaba
Silvina, mecíase el bosquecillo de la vieja Marta: una campesina arrugada,
añosa, con fama y hechos de miserable avara, residiendo en la umbría de un
cerezal, en una choza pordiosera, sin más compañía que un nieto flaco, emaciado,
casi esquelético, imagen viva de la miseria y del hambre. Después, a la derecha,
vio otro campo de plantaciones, otra finca grande: la propiedad de Juan del
Salto. Y al fijarse en aquellos lugares pensó en Ciro, en el hombre que amaba,
en el único que en el fondo de su corazón y su pensamiento la poseía. Allá, en
aquella finca, trabajaba Ciro, un joven campesino, apenas de veinte años, pero
nervioso y forzudo, lo bastante para ser un buen obrero, útil en el transporte
de maderas o en el manubrio de la descortezadora, o en el aserradero de los
altos árboles. De ese modo, mirando sin fijeza los objetos, Silvina pensaba en
los seres y las cosas ausentes. En su cavilación desfilaban viejas memorias;
impresiones recientes. Galante, Gaspar, Andújar, Juan del Salto, Leandra, la
vieja Marta; la sumisión a un hombre que odiaba y temía; la pasión ardorosa,
nunca dormida, por otro que la habían hecho imposible; la monótona esclavitud de
su vida al lado de Leandra; las imposiciones de la vida diaria, llena de labores
y de esfuerzos ante los cuales desmayaba su alma perezosa; el bienestar de
Galante, de Juan del Salto, de Andújar, causáronle envidia; todo, todo, pasaba
ante su pensamiento como cinta de luz llena de imágenes palpitantes.
Al fin, del seno arborescente de la ladera surgió
Leandra. Llegaba fatigosa después del repechar, descalza, con el cuerpo
inclinado a la izquierda a causa del lío de ropas que cargaba en el derecho, en
mangas de camisa, y ésta tan descotada, que casi dejaba el pecho desnudo.
Leandra entró en la casucha seguida de Silvina, y
arrojó en un rincón el lío, mientras Pequeñín asordaba el ámbito con su lloro
sin lágrimas.
-Me tienes harta -dijo, poniendo un pecho en la boca
del niño-, me tienes aburrida con tu haraganería... ¡Holgazana!...
-Eso me faltaba: que me comas ahora. ¿Tengo yo la culpa
de que no des leche, de que el muchacho esté siempre vacío?
-¡Inútil!
-Antes de bajar al río le diste de mamar, y mira...
-Vagabunda y haragana: eso eres tú. No me ayudas, no te
importan mis faenas. Todo el día mano sobre mano, pensando en las...
-Vamos, madre, ¿me vas a insultar?
-Bien se ve que no sabes lo que son trabajos, que no
sabes lo que es un hijo...
-Dilo en buena hora. ¡Dios me libre! ¿Para qué quiero
yo hijos? Bastante tengo con soportar a ese bruto...
-Ése que llamas bruto es tu marido. El hombre que te
mantiene.
-¡Gran cosa! Una peseta semanal. Lo que él mantiene es
la baraja y las botellas de Andújar. A mí me da lo que le sobra del juego...
cuando pierde. Y además, leña. Y, además, me da... me da asco.
No seas bestia, Silvina. Tu marido es hombre de
respeto, que nos atiende y nos cuida. Las mujeres solas no sirven más que para
dar tropezones, para sufrir abusos...
-¿Qué más abusos de los que yo he sufrido y sufro?
-Porque no eres mujer de tu casa, porque no te gusta
otra cosa que andar realenga. Mientras tanto, desde que te casaste con Gaspar,
vives panza arriba, sin necesitar nada y con el pico mantenido. En la pasada
cosecha no tuviste necesidad de tomar calle en la cogida de café. Gaspar no
quiso, porque te cuida mucho. Pero no lo agradeces. ¡Ah, si tú tuvieras la
formalidad y la vergüenza de tu madre!
-¿Vergüenza?... -y Silvina soltó una carcajada-. Mira,
Leandra, me haces perder la paciencia. Yo seré una tusa, pero me parezco a ti.
Entre Gaspar, tú y tu cortejo...
-Mi marido, debes decir.
-Es... que no lo es.
-Bien; no es mi marido, pero como si lo fuera.
-Pues bien; entre los tres acabaréis por volverme loca.
Y, malhumorada, se confinó en el colgadizo en donde
estaba la cocina.
Era la escena de siempre, Leandra y su hija vivían en
perpetua discordia, arrojándose a la cara defectos y maldiciones. No cabían
juntas en la estrecha casucha en donde el hábito y la miseria las retenían.
Leandra, aún fresca en sus cuarenta años, había hecho su campaña. Nueve hijos
concebidos bajo la ruda labor de los campos. Siete de ellos separados ya del
hogar, unos porque habían muerto, otros porque se habían ausentado, ignorándose
su paradero, y otras que habían sido robadas..., eso es, arrebatadas a muy
temprana edad del calor materno para formar mancebía aparte. Hijos de distintos
padres, cada cual seguía su destino. Quedaban Silvina y Pequeñín. El padre de
Pequeñín era Galante, el rico propietario que en cada estribación del monte
ocultaba una hembra y era por entonces el hombre de Leandra. Silvina no conoció
a su padre, un patán acaso, que en la libre poligamia de los bosques aprovechó
una hora de ocasión...
Mas el secreto de la familia, lo que apesadumbraba a
Silvina, era una historia sombría. Cuando los primeros encantos de la
adolescencia embellecieron a Silvina, ya Galante era el hombre de la casa.
Galante, con amenazas de abandono, obligó a Leandra a un tráfico inicuo. Por
entonces, Silvina y Ciro eran novios, se amaban, acariciando proyectos de feliz
unión; y Silvina, reposando en sus ilusiones, esperaba lo porvenir. Y ese
porvenir llegó... Una noche en que llovía torrencialmente, la casucha se anegó.
La familia tuvo que reunirse toda en uno de los dos únicos cuartuchos de la
casa. El sueño en común acortó las distancias, y Silvina, sorprendida, cuando,
no bien despierta, quiso luchar, oyó la voz de Leandra que le decía al oído:
«Hija, no seas tonta..., no seas tú causa de que nos muramos de hambre.» Y
Galante, bajo las sombras, al fulgor de los relámpagos, derribó a la virgen.
Después, Silvina se mordía los puños de rabia. ¿Qué
pensaría Ciro? Galante, de otro lado, había prometido a Leandra casar a Silvina,
y entonces apareció en escena Gaspar. La joven resistió unos días; pero Leandra
logró resolverla al cabo y llevarla al templo. Silvina, con la hebetud de la
ignorancia, sucumbió al marido, como antes a Galante. La voluntad, el
sacudimiento del deseo, el criterio propio, despertaron en ella luego, cuando ya
era tarde. Y despertaron para sucumbir de nuevo. Gaspar, de cincuenta años,
facciones repulsivas, mala catadura, pelo enmarañado y aliento aguardentoso, no
era un marido manso. La niña cayó en manos del hombre avieso, del marido
grosero, del compañero bestial, siempre con mano dispuesta a descargar el
bofetón, siempre con labios abiertos para arrojar la blasfemia. Cuando Silvina
consideró su desgracia pensó en manejar el timón de la nueva vida. Vano empeño,
porque la voluntad de Gaspar la hizo más esclava, y el despotismo de su
temperamento la dominó por completo. Muy pronto, Gaspar dominó la situación y
Silvina quedó sugestionada por aquella voluntad imperiosa, por la fuerza de una
superioridad irresistible. Le odiaba, le maldecía, lo hubiera desgarrado como a
un harapo inmundo; mas cuando le veía frente a frente, cuando escuchaba la
concisión acre de sus palabras, bajaba tímida los ojos, obedecía encogida y, a
veces, temblaba como la ovejuela ante el ave de rapiña. Gaspar entró en el
matrimonio como hubiera entrado en la taberna. Trabajando en la finca de Galante
cuando quería, cuando podía, cuando la laxitud alcohólica le permitía alguna
reacción de actividad, un día llamole Galante y le dijo:
-¿Qué opinas de Silvina, la chica de Leandra?
-¡Caray!... Buena muchacha..., ¡un merengue!
-¿La quieres para ti?
-¡Cómo! ¿Cree usted que pueda quererme?
-¿La quieres?
-¡Si me la dieran!...
-Oye: ya sabes que la Leandra y yo llevamos amistad;
esa chica cualquier día alza el vuelo. Pues bien; cógela, cásate con ella. Yo
arreglo eso.
-Bien; pero yo estoy limpio de fichas, y las mujeres
comen como llagas...
-No importa: vivirás en la casa, y así cuidarás a la
vieja. Además, aquí estoy yo... Arreglaré tu cuestión en el Juzgado; pagaré la
multa que te impongan; no irás a la cárcel, y en la cosecha te regalaré cien
pesos.
-Listo, listo -contestó Gaspar deslumbrado-. No hay más
que hablar.
Y como si idea súbita le ocurriera, preguntó con acento
malicioso.
-¿Y Leandra ha cuidado bien a esa chica?
-Tú no tienes que meterte en vidas ajenas. Resuelve.
-Está bien; de todos modos convenido.
El pacto quedó cerrado, y a poco, en la iglesia de la
población, cabeza de partido, se anudó el lazo. Gaspar, como si hubiera apurado
una copa, apuró a Silvina, empañándola con su aliento brutal.
Vivía ella infeliz, contrariada. Unas veces irascible,
presa de ímpetus; otras, lamentosa, suspirando, derramando lágrimas furtivas. En
lo acerbo de su existencia no tuvo más consuelo que la soledad de las selvas, el
correr por veredas solitarias, el extasiarse contemplando, sin sentirlo ni
comprenderlo, el bravío panorama de la comarca; el forjarse quimeras
irrealizables, pensando en Ciro y huyendo de él.
Cuando Pequeñín se cansó de chupar en vano el seno de
Leandra, quedose dormido. Ésta le acostó en un camastro lleno de trapos sucios y
bajó el escalón del colgadizo en donde Silvina, con una cuchara de madera,
agitaba taciturna un guiso inodoro, un salcocho de bananas, en el que, de vez en
cuando, el hervor hacía aparecer espinosas piltrafas.
Los nublados entre la madre y la hija pasaban pronto.
Pocos minutos después de la última contienda, departían pacíficamente. Leandra
aludió a lo sucedido allá abajo, cerca de la tienda de Andújar. Habíanse oído
gritos e imprecaciones, sin que pudieran enterarse de la causa. Alguna
borrachera, sin duda. Como era sábado y se habían cobrado los jornales, los
hombres sólo pensaban en beber. Iban a casa de Andújar a pagar las deudas de la
semana, y, copa va y copa viene, se les pasaba el tiempo y se les iba el dinero.
Leandra fulminó contra aquel tropel de gandules. ¡Qué
asco! Las mujeres moviendo al rescoldo un caldo sin sustancia, los hijos
exánimes y color de cera, y ellos dilapidando el sudor de la semana y
exponiéndose a ir a la cárcel por cualquier tontería. Por eso estaba contenta
con su suerte: su amistad era hombre rico, que le pasaba diario, que no andaba
en trapisondas. Es verdad que tenía que tolerarle la promiscuidad, la insaciable
promiscuidad del macho robusto, consintiéndole, resignada, que tuviera otras
campesinas en el mismo predicamento de amigas íntimas; pero, ¡qué remedio!,
mejor era ser tolerante que exponerse a las tropelías de algún bárbaro como
muchos que ella conocía. Silvina lamentábase de su mala estrella: ¡mujer de un
viejo tan feo, tan grosero! ¿Había habido cuestión en la tienda de Andújar? Pues
indudablemente estaba allí Gaspar. Con colores expresivos pintaba a su tirano:
como hombre, viejo y feo; como marido, renegado y feroz. Luego, un
desvergonzado: si hubiera tenido un ápice de dignidad, no se hubiera casado con
ella. Y concediendo que se vendiera por dinero para recoger despojos de otro, lo
que le parecía infame era la condescendencia con que toleraba las exigencias de
Galante. En este punto, Leandra discutía: ella, Silvina, no tenía razón. Si
Galante, de vez en cuando, tenía antojos, la cosa carecía de importancia. De ese
modo estaba contento, la protegía.
-A los hombres hay que saberles amarrar. Demasiado sé
yo que tú le gustas a Galante más que yo; pero me conformo, porque si me opongo
a su gusto, me abandona, y perderíamos la soga y la cabra.
Silvina insistía: aquello era una atrocidad. ¡En la
misma casa, con el pretexto de querer a la madre, perseguir a la hija; a una
muchacha que lo detestaba, que no era libre, que era mujer de otro más canalla
aún, que consentía tales bajezas! Y tal contubernio, en contra de la voluntad de
la muchacha, contra todas sus tendencias y sus gustos.
La plática terminó como siempre. No había más remedio:
mejor era aquello que morir de hambre.
Oyéronse rumores, y en la pequeña explanada, frente a
la casa, apareció un hombre. Era Gaspar. Al llegar, blandió un largo machete y
asestando una cuchillada a un árbol, lo dejó allí clavado.
-¿No se come? -dijo, sentándose en la piedra que servía
de escalón, junto al umbral.
Las mujeres apresuraron el aderezo del potaje, y
diéronle un plato colmado.
Gaspar comenzó a engullir, hablando mientras comía:
-Si no me lo quitan de las manos, mato esta tarde a ese
cochino de Montesa. ¡Entrometío! Estábamos en la cuesta del río algunos amigos,
distrayéndonos con una jugadita... Yo estaba ganando, y se había presentado una
sota que si llega a jugarse arranca al banquero. Deblás barajaba, y ya iba a
virarse cuando acierta a pasar Montesa. Se para, nos mira, y dice:
«-Bandidos, ¿qué hacéis ahí?
»-Lo que nos da la gana.
»-Estáis jugando a los prohibidos; ¿y si el comisario
viene?...
»-¡Figúrese usted! El comisario es Andújar, y siempre
que jugamos nos cobra un chavo por cada as...
»-Y a usted, ¿quién le mete en lo que no le importa?
»-¡Calla, truhán! -esto se lo decía a Deblás-. Si
meneas la lengua te la retuerzo; un desertor como tú no es persona para mí.
» Me dio ira su altanería. Claro; Montesa hablaba así
porque sabe que Deblás anda huido, que no puede tener cuestiones porque, si le
echan mano, lo hunden otra vez en el presidio. ¡Cobarde! Yo quise ver si Montesa
se atrevía conmigo. Me levanté de un brinco y halé por el machete. Anduvo listo:
cuando iba a rajarlo me dio una patada feroz en la barriga y me tumbó. ¡Qué
alboroto! La partida se deshizo. Cada cual corrió por su lado, y todavía tuvo
Montesa la cobardía de llamarme sinvergüenza, estando yo en el suelo, impedido
de defenderme. ¡Ah!, yo lo cogeré, ¡yo lo cogeré!... Hay más días que
longanizas. Cuando me levanté, me sujetó Andújar y me pidió por favor que no me
metiera con ese macaco de Montesa... Luego, como convenía ocultar lo de la
jugada, y yo ya estoy hasta el cogote de cuestiones que me han costado caras, me
contuve. Hay tiempo; cualquier día lo hiendo...»
Y Gaspar, asiendo de nuevo el machete, asestó otra
cuchillada al árbol, que, herido en la corteza, dejó manar por la herida un
líquido resinoso y oscuro.
Silvina, en cuclillas en un rincón, había oído el
relato. Seguía con mirada tímida los violentos ademanes de Gaspar, como temiendo
que las amenazas y las agresiones se volvieran contra ella.
-Toma -continuó Gaspar alargando a Silvina unas
monedas-, esta semana no se ha hecho nada, y luego, en la jarana, perdí la
ganancia. Quizás me la robó el mismo Montesa. Pero bay, ahí tienes treinta y dos
chavos. Si te faltase en la semana, a mamá Leandra que te dé, y si ella no
tiene, avísame para fajar a Galante. O fájale tú, que a ti te servirá de mejor
gana.
Leandra empezó a dar consejos a Gaspar. Prudencia,
mucha prudencia. Lo mejor era salir del trabajo y meterse en casa. Y mientras
Gaspar, reacio, discutía, Silvina, entregada de nuevo al éxtasis, veía cómo en
el cielo íbase apagando el día y cómo las sombras iban lentamente arropando los
contornos.
Gaspar entonces hizo reír a Leandra. Contó que en la
jugada estaba la vieja Marta con un paquete de ochavos atados en la punta de un
pañuelo. Cuando surgió la contienda y vinieron a las manos, Marta alcanzó un
pescozón que le arrancó el pañuelo de la cabeza, dejando las greñas al aire.
-Pero -dijo Gaspar- es tal la suerte de ese diablo de
vieja, que, a pesar de todo, con seguridad esconde esta noche en el monte medio
peso. ¡Ah, si yo pudiera descubrirla el escondrijo!...
La noche avanzaba. Gaspar desperezó, dando un gran
bostezo. Todavía charló algunos minutos. Participó a las mujeres que se
preparaba para muy pronto un baile en Vegaplana. Todos irían: era menester echar
una cana al aire. Convenía, de vez en cuando, sacudir la morriña y divertirse,
bebiendo unas copitas, bailando una contradanza.
En Vegaplana, barrio cercano, siempre hubo divertidos
bailes. Nada, animarse: al salir de casa se quitarían los zapatos para no
deteriorarlos, y al llegar a la casa de la fiesta se los pondrían para entrar al
salón como era debido.
Leandra bajó al cobertizo, y Gaspar, como si hubiera
estado esperando la ocasión, llamó a Silvina con la mano. Ella acercose.
-Lo dicho -dijo Gaspar entre dientes-. Deblás está
impaciente, y yo no retrocedo: conque prepárate.
-Pero, Gaspar -contestó Silvina palideciendo-, eso es
horrible...
-¡Qué horrible ni qué niño muerto! Ése es un negocio
como otro cualquiera.
-¡Dios mío!... ¡Dios mío!
-Y tienes que ayudamos; no hay remedio.
-¿Por qué no se las arreglan ustedes solos, ya que
quieren meterse en eso? ¿Por qué me obligas, si yo me muero de miedo?
-Porque de las mujeres nadie sospecha. Nada, quiero que
vengas. Vendrás, y tres más, nueve.
Como Leandra volviera, Gaspar disimuló. Un negocio
secreto no debe divulgarse; miró fijamente a Silvina y se llevó un dedo a los
labios. Estaba bien seguro del silencio de Silvina. Luego entrose en uno de los
cuartos de la casa y se acostó sobre un lecho formado, en el suelo, con ropas
extendidas sobre una estera especial y sacos doblados a guisa de almohadas.
Algunos instantes después roncaba. Leandra acostose en
el camastro, el lujo de la casa, en el otro cuarto, y quedaron frente a frente
la noche estrellada y Silvina, contemplándola absorta desde la rústica vivienda.
Adentro, sueño labriego narcotizando las gentes; afuera, el clamor estridente de
los insectos nocturnos: el coro de grillos, el treno de los sapos, el roce de
los violines alados, cantando a coro el salmo de la noche en la selvática
anchura de los bosques.
Capítulo II
Juan del Salto, caballero en una mula, llegó al
plantío, en donde la brigada de campesinos se aplicaba al deshierbo y limpieza
de terrenos. Con afán de amo entendido iba a vigilar los trabajos para que no le
engañasen limpiando las orillas del plantío dejando malezas en el centro. Dejó
la cabalgadura en la vereda y penetró en el monte. Un grupo de obreros,
escalonado en la vertiente, manejaba el machete talando hierbajos y enredaderas.
Juan, con mirada práctica, abarcó el conjunto. De los trabajadores, algunos
cantaban coplas monótonas; otros esgrimían la hoz silenciosos, y otros, los más
próximos, sostenían animados diálogos.
-Aquí hace falta gente, don Juan -dijo uno de ellos
arrancando de un tirón una campánula-. La cosecha está al caer, y si no se
activa la limpieza va a perderse mucho grano.
-¡Ya estás tú bueno! -repuso Juan con acento benévolo-.
¿Crees que los propietarios disponemos del personal a nuestro gusto? Eso dilo a
tus compañeros; a los que no trabajan los lunes, cansados con las huelgas del
domingo; a los que escandalizan el barrio con tropelías, como la del sábado
último en la tienda de Andújar; a los que pasan la semana mascando tabaco y
tendidos en la hamaca.
-¡Ah, yo no soy de ésos!
-Tú no eres de ésos, convenido; no te aludo. Esta vez
incurres en el vicio lógico que suele seros peculiar: prescindir del sentido de
lo que se habla, y ateniéndose sólo al valor de las palabras duras, darse por
aludidos.
-Es que yo...
-Sí, sé lo que vas a decir. Que eres laborioso y
honrado, ¿no es eso? Me consta. Pero no es menos cierto que hay entre vosotros
disipados con los cuales no puede contarse. Sin ese contingente de inútiles
estaríamos siempre sobrados de personal. Eso es lo que te quise decir.
Y Juan, después de la corrección, hecha en nombre del
sentido común al campesino, le volvió la espalda. Se daba cuenta de la
inutilidad de sus esfuerzos para mejorar las clases de la montaña; pero como su
sistema nervioso no resistía transgresiones de lo bueno y de lo justo, incurría
con frecuencia en las mismas tentativas. Era para él un ideal: rehacer aquel
conjunto de seres; prepararlos para risueño porvenir; hacer hombres para que se
defendieran del látigo; dar ciudadanía a la plebe; hacer hombres fuertes,
capaces de resistir en lo físico y en lo moral, en el individuo y en la especie,
la acción deprimente de las causas mórbidas. Todo un sistema que llevaba como un
fardo en la cabeza y que estaba constantemente en pugna con la realidad. Donde
veía el mal, movíase a la protesta; donde descubría el error, necesitaba
desvanecerlo, como quien, anegándose, necesita sacar la cabeza del agua y
respirar aire ambiente.
Subiendo por la escarpa, fue inspeccionando la labor
del día. Unas veces recomendaba que el tajo fuese dado a flor de tierra, porque
si no los renuevos, los feroces brotes de la hierba, harían pronto inútil la
limpieza. Como los terrenos eran exuberantes, la vida forestal era enérgica, y
allí en donde un deshierbo se había dado, en breve volvía a levantarse el prado.
Otras veces detenía el brazo de algún obrero: en el atolondramiento de una
actividad sin método había herido el tallo de un cafeto. ¿Adónde se iría a parar
por tal camino? Cada uno de aquellos arbustos significaba un esfuerzo, un
sacrificio impuesto al bolsillo, tal vez a la salud. Herir una planta
mutilándola era también mutilar las esperanzas. Debíanse poner los ojos en el
filo del machete, porque, si no, en breve se daría buena cuenta de los arbustos
que sonreían en la montaña. Deteníase el obrero, rectificaba la posición del
cuerpo y continuaba el talado con más precauciones.
Juan recorría la vertiente, subiendo con el auxilio de
los troncos o descendiendo con cuidado en previsión de caídas. No era raro que
en determinado lugar se arrodillara, cuando veía surgiendo a flor de tierra la
raíz de un cafeto. Entonces se echaba de bruces y emprendía él mismo la faena de
aterrarla, mientras explicaba a los campesinos la importancia de aquel detalle.
Sí; las raíces debían profundizar para beber en lo hondo los jugos de la tierra.
En la superficie reptan como serpientes, y, disminuido el caudal nutricio, la
planta, cuando no muere, se aniquila. Él no tenía paciencia para tolerar
torpezas de los sembradores. Y así, viéndolo todo por sí mismo, interviniendo en
todo con una viva mirada para cada detalle, con una reflexión o un consejo para
cada obrero, atento a sus intereses, entusiasta con sus esperanzas, sabio en sus
procedimientos, visitaba las plantaciones que constituían su riqueza en el
acendrado cariño del padre que acaricia las cabecitas rubias de la prole. Los
trabajadores le amaban y le respetaban. Sabían que podía ser el bienhechor que
llevara dinero y bálsamos hasta la choza que les albergara enfermos, y sabían
también que en momentos de indignación levantaba arrogante su autoridad de amo
inexorable. Los buenos buscaban amparo a su lado, habitación en el caserío de su
finca; disputaban el honor de servirle de manera inmediata en los quehaceres de
la casa o en las labores de las máquinas. Los malos, los sospechosos, le temían
como se teme a un ser más fuerte ante el cual no queda otro recurso que
sucumbir.
En su merodeo llegó en la parte baja a un lugar en
donde departían varios campesinos, y encarándose con uno de ellos preguntó:
-¿Dónde está tu hijo?
-Mi hijo -contestó el aludido con acento vacilante-,
pues... medio enclenque...
-Enclenque, ¿eh?
-Sí, señor...; como se dio... una caída...
-¡Todavía la caída! Pues oye: que tu hijo, que es un
perezoso, se embriague y caiga en las zanjas, estropeándose: que luego no venga
a los trabajos, siendo o no cierto que aún le duela el golpe; que se regodee en
la holganza de tu rancho, comiéndote los plátanos sin serte útil..., pase: es un
mal, es una desgracia de que sufrís las consecuencias; pero lo que no pasa es
que tú, su padre, seas su cómplice; que le permitas los excesos del rebelde
carácter; que le consientas la mala vida y, finalmente, que mientas, tratando de
paliar los extravíos de un hijo que no es más que un correcalles.
-¡Ay, Dios mío!... Yo...
-Sí, ésa es la verdad. ¿Cuándo acabaréis de comprender
que el consentimiento y los exagerados mimos son estímulos que malean los hijos?
Si desde muy pichón le hubieras manejado bien, tu hijo no sería hoy un perdido.
No supiste, no quisiste cumplir con esa obligación; calculaste que con el
producto de tu trabajo bastaba para mantener a toda la familia, y hoy te
encuentras con un hombretón indócil, que te mata a disgustos, que se pasa la
vida entre la guitarra y los licores, entre la baraja y las mujeres que se
lleva...
-Don Juan... ¡Qué quiere usted! ¡Si he hecho lo
indecible por sacar de ese condenado un hombre de trabajo!
-No has hecho nada, aunque así lo creas. Al contrario,
has favorecido sus malos instintos dejando pasar sus borracheras sin castigo,
acaso riéndole los chistes; has favorecido el mal consintiéndole los
desórdenes...; pero ¿qué más?, ha llevado a tu casa, a tu propia casa, junto a
su madre y sus hermanas, una querida, y se lo has tolerado.
-Para ver si lo aquietaba.
-No; por condescendencia, por esa condescendencia que,
si tiene mucho de ignorante, tiene más de perezosa. Se os cae el mundo encima, y
nada... Sois estoicos. Tú no comprendes lo que significa eso de estoicos; te lo
diré de otro modo: sois indiferentes lo mismo para el bien que para el mal; sois
apáticos, sois desver...
Juan se contuvo. Los testigos de la escena sonreían, y
el campesino sufría encogido el chubasco, tratando de envolver excusas en
monosílabos incoherentes.
-Y lo imperdonable -continuó Juan- es que no titubeas
en decir mentiras para ocultar las faltas de ese hijo. Dilo claro: mi hijo se
emborrachó ayer domingo en el ventorrillo de Andújar; mi hijo estaba esta mañana
imposible para el trabajo. De ese modo no te haces cómplice de su perversión. ¡Bah!,
ya sé yo que pierdo mi tiempo; no entendéis la salud de mis palabras...
¡Cómplices! Sí, la eterna, la eterna complicidad del silencio envolviendo al
conjunto social en que os agitáis. Allá vais todos, en un haz apretado, los
buenos y los malos, los dignos y los infames. ¿Han robado una mula?... Pues
sabiendo quién fue el ladrón, calláis. ¿Han producido un daño intencional en los
cultivos?... Sabéis quién fue el autor, y... silencio. No hay forma de que
contribuyáis al esclarecimiento de la verdad. Si se comete un crimen, un
asesinato, por ejemplo, sois capaces de presenciarlo y callar después, negándoos
a favorecer la acción reparadora de la justicia...
Cuando estas palabras fueron dichas, un labrador como
de veinticinco años, enjuto y de semblante enfermizo, palideció intensamente,
dejó caer el machete y se irguió con aire azorado. Fue un movimiento rápido,
indomable, como la sacudida de un sistema nervioso sorprendido. Juan observó el
ademán, y aunque el joven trató de sonreír disimulando la turbación al punto de
ocultarla a los otros trabajadores, el propietario pudo notar el efecto causado
por sus palabras. Todavía comentó algunos minutos el tema de la complicidad, y a
poco, próximo ya el crepúsculo, cuando la brigada se disponía a suspender los
trabajos, acercose al joven y le dijo entre dientes:
-¿Qué tienes, Marcelo?
-Yo...
-Hace un momento, cuando me referí al crimen,
palideciste. Estás frío, tus manos tiemblan, ¿qué te sucede?
-No tengo nada... nada.
-No mientas -insistió Juan con energía-, no mientas.
Esta noche, después que todos duerman, sube a mi cuarto. Te necesito y te
espero. Te lo mando...
-Iré...
Y el joven confundiose en el grupo de trabajadores que
regresaban a las chozas.
A las diez de la noche, cuando todos dormían, Juan del
Salto meditaba en su alcoba.
Sentado junto a una mesa en donde ardía un quinqué, con
la frente apoyada en las manos y los codos en la mesa, permanecía abstraído,
como si las alas del pensamiento, llevándole lejos, hubiéranle dejado allí
inerte la estatua del cuerpo. En aquella actitud inmóvil descubríansele la
estatura esbelta, el cuerpo delgado sin flaqueza, la frente espaciosa, la cabeza
sufriendo ya la depilación de los años, la piel curtida por la acción solar, las
manos forzudas y recias, desarrolladas en el ejercicio de las fuerzas, y los
ojos, grandes, de penetrante mirada, velados con frecuencia por la melancolía.
El semblante simpático, el ademán sereno, el carácter benévolo, el genial
condescendiente y cariñoso no borraban aquella tristeza. Su mundo interno le
enviaba al semblante reflejos de nostalgia, y como si las ideas dominantes
hubieran hecho a su modo los rasgos exteriores, discurríanle por la faz secretos
pesares y preocupaciones.
Aquella noche, cuando en todas las habitaciones del
caserío se habían apagado las luces, él meditaba.
En el paisaje, la noche repartía sus misterios. Las
estrellas curioseaban los secretos de la tierra. Las brisas de suave frescor
daban al contorno el ambiente de una terma, cristalizando en menudas gotas las
nocturnas humedades, fecundizando con granería brillante las recatadas nupcias
de las plantas.
Era la hora del misterio: del descanso para unos seres,
de la agitación y del amor para otros. El genio de las soledades recorría las
frondas, besando la virgen florescencia y bañándose en perfumes. Los
lepidópteros bullían en los campos, felices en las horas sin sol. Algunos
penetraban por la ventana, y revolando sin tacto chocaban rudamente con el
cristal de la bombilla, mientras otros, deslumbrados, morían quemándose las
alas. Los rumores del exterior flotaban en el ambiente con monotonía inacabable
y disonancia casi melodiosa, dominando en el haz de ruidos la crepitación de las
aguas despeñándose en el lecho del río.
Juan esperaba a Marcelo entregándose a memorias
amargas, a recuerdos gratos. Pensaba en el destino que cubría a sus esperanzas
en el discurrir de los años, cuando ya los sufrimientos y el trabajo le
encanecían. Recordaba los días juveniles, el opulento hogar de la infancia,
deshecho por la adversidad. Entreveía el rico ingenio de cañas dulces en que
nació, sus primeros años, los paternos esfuerzos por cultivar su inteligencia,
la residencia en Europa por algún tiempo, dedicada al estudio; su carrera,
interrumpida más tarde, cuando la desgracia, empobreciéndoles, hizo necesario el
regreso. Pensaba en aquel triste regreso, efemérides de tantos males íntimos, en
el acerbo conjunto de desventuras que la ruina arrojó sobre la honrada familia;
en la pobreza que vino luego y en la muerte, nunca bastante llorada de sus
padres. Luego, otra etapa: una serie de incesantes luchas para vencer la
desgracia; los esfuerzos realizados en especulaciones comerciales; el día en que
el amor llamó a su pecho; la dulce esposa que eligió por compañera; la
inolvidable felicidad del primer hijo, las alegrías del hogar ante la primera
suma de dinero economizada; y después, en gradación metódica, la compra de una
selva para el fomento del cafeto; las fatigosas tareas del cultivo; la muerte
inopinada de la amable compañera; la partida del hijo, ya hombre, para emprender
estudios profesionales en la capital de España; la devoción del trabajo a que se
entregaba con fanatismo para elaborar un patrimonio que asegurara lo porvenir de
aquel hijo, y, al presente, su dolorosa soledad en espera paciente de lo
porvenir, en espera de la realización de tantos ideales, en espera del ausente,
a cuyo calor anhelaba tranquilo y cómodo bienestar. Toda la vida le desfilaba
por la memoria en aquellas horas meditabundas. Era una obligación impuesta a su
fantasía: todas las noches, al acostarse, levantaba el vuelo ideal y recorría
retrospectivos espacios. Ya en él las pasiones estaban frías, heridas por los
sufrimientos, muertas por el predominio intelectual. Vivía para el trabajo, para
espigar recuerdos, para alentar esperanzas, para amar al hijo ausente.
Aquellas abstracciones formaban para él una segunda
vida, y, en ella, con frecuencia, una lucha formidable se entablaba. Los viajes
y el estudio le habían enseñado a pensar, y su cultivada inteligencia le había
elevado sobre el montón social que veía en torno. Tuvo ojos y corazón,
protestando cien veces de las torcidas corrientes que arrastraban hombres y
cosas, sentimientos y aspiraciones. ¡Cómo! ¿Era aquello un conjunto social?
¿Estaban aquellas clases reguladas por las leyes generales de la moral, de la
justicia y del deber? ¿Las gentes que veía agrupadas en las estribaciones del
monte eran seres humanos o jirones de vida lanzados al acaso? ¿Eran gentes, eran
muchedumbres, eran piara, eran rebaños? ¿Qué les movía? ¿Adónde iban? ¿Eran
cuerpos rodando o almas muriendo?
De este modo penetraba en honduras metafísicas, en
problemas sociales. El pasado, el presente, el porvenir del suelo nativo; las
generaciones venideras, engendradas en los remolinos del presente; la lucha de
una raza inerme, impotente para levantar la cabeza y respirar ambientes de
cultura, teniendo que hundirla en el pantano, bajo la pesadumbre infinita de la
ignorancia y de la enfermedad; y sobre la balumba de inmensas desventuras, la
ley natural empujando brutalmente el conjunto y amasando con lágrimas, para esa
raza, un porvenir enfermizo y una degeneración más honda todavía.
En las gentes de la montaña estudiaba Juan las
convulsiones evolutivas de una raza. Su prehistoria, su oscuro origen, sus
migraciones, y luego, al contacto de los europeos, sus mezclas y sus
transformaciones.
Se daba cuenta exacta de la situación que aquellas
clases ocupaban en la colonia. Las veía descender por línea recta de mezclas
étnicas cuyo producto nacía contaminado de morbosa debilidad, de una debilidad
invencible, de una debilidad que, apoderándose de la especie, le había dejado
exangüe las arterias, sin fluido nervioso el cerebro, sin vigor el brazo,
arrojándola como masa orgánica imposible para la plasmación de la vida, en el
plano inclinado de la miseria, de la desmoralización y de la muerte.
Pensando en tales asuntos, era pesimista. ¡Hermosos
campos, brillante flora, soberbia fauna! ¿Y qué? Hollando tantos primores con el
pie descalzo de un anémico incapaz de reacciones enérgicas e imposibilitado por
falta de fuerzas vitales para ponderar lo que la Naturaleza, con tanta opulencia
y generosidad, creara. A veces, pensaba en el alma..., era que el dormido
espíritu no agitaba a las gentes. Era cultura, mucha cultura, lo que faltaba;
mover el manubrio de la ciencia, derramar semillas de la inteligencia; levantar
sobre eriales de ignorancia templos de saber. ¡Escuelas..., escuelas! Entonces
pensaba que el problema era exclusivamente sociológico, y considerándolo a
través de ese prisma removía en la imaginación leyes y procedimientos con los
cuales pudiera levantarse la infortunada plebe.
Otras veces, sus ideas tomaban distinto rumbo. No, no
era el espíritu... El contaminado, el raquítico, el deformado era el cuerpo. Se
trataba de un asunto simplemente físico.
Jamás sobre la piedra nació el rosal y jamás sobre el
organismo degenerado y enfermo de un pueblo se produjo con todo su esplendor la
civilización. Sobre cuerpo agobiado no reacciona vida lozana.
El estómago enfermo reparte mal las fuerzas; la
irregularidad distributiva desequilibra el cuerpo organizado; el desequilibrio
pasa incólume del individuo a la prole, de ésta a las generaciones futuras y de
éstas a la raza. Sí, ¡el estómago desviado en su función primaria engendra la
enfermedad y la muerte de un pueblo!...
Y así, de hipótesis en hipótesis, a veces optimista,
pesimista a veces, pasaba Juan largas horas hojeando las páginas de aquel libro
viviente. Recorría la historia de la colonia; determinaba las causas iniciales;
analizaba los paralelismos del estado político, del estado social, del estado
económico; buscaba remedios para los daños, medios para preparar lo porvenir,
recursos para conservar lo bueno, hoces para cercenar lo malo; y en toda aquella
labor de su cerebro había un fondo de infinito amor filial, de cariño profundo
por la bendita tierra nativa, por el providente suelo en que vivía, cuya
felicidad era la suya y cuyo infortunio consideraba propio.
Mas otras veces la lucha tomaba distinto aspecto. No
eran entonces dos tesis las que chocaban en la abstracción de ideas: eran dos
procedimientos, dos sistemas personales los que pugnaban por escalar el pedestal
de lo justo. Ante los males colectivos, ¿qué debían hacer los hombres de
espíritu cultivado?, ¿qué debían hacer aquellos que con claridad de juicio
reconocían la existencia del mal? Y entonces los dos sistemas forcejeaban en
brutal pugilato. De un lado, el ideal: suprimir la propia personalidad;
entregarse al análisis; buscar los bálsamos; clamar por el bien de todos;
impulsar la ola política para escalar la orilla filosófica y fecundar la margen
social; producir el campaneo de la publicidad, vociferar el dolor sentido para
que lo conozca la sabiduría del siglo; llegar, si fuese necesario, al sacrificio
personal ante el ara santa del bien de todos, ante el altar de la madre tierra
en que se nace. De otro lado, lo práctico: pasar indiferentes; mirar o no mirar;
volver la cara siempre: aplicarse al bien propio; ser epicúreo; puesto que la
vida necesita de pan, cuidar con esmero que las inclemencias externas no apaguen
la hornada; puesto que el espíritu tiene aspiraciones, entregarse al águila que
a ellas con más rapidez conduzca; puesto que el sacrificio por lo demás lleva
consigo el suplicio propio, el abandono en el dolor, el hambre para los hijos,
el olvido del bien realizado y es, a la vez, viento huracanado que desparrama
simientes de ingratitud y perfidia; puesto que tan profunda perturbación de la
vida íntima viene como corolario del redentorismo... impere norabuena el adusto
dios del egoísmo; guárdese silencio y déjese al miasma que trabaje incansable,
aumentando con venenosos sedimentos la inmensa charca de la podredumbre social,
y véndanse las almas y las conciencias.
Juan iba como una pelota de uno a otro sistema. ¡Qué
inquietud, qué impaciencia por el bien en horas de idealismo; qué encogimiento,
qué pesimismo, qué cobardía en horas de acción! Razonamientos y buen corazón
indicaban los altos deberes del patriotismo; egoísmo y codicia desviaban los
instintos y los echaban de bruces en el retraimiento o en la bajeza.
En algunas ocasiones, el ideal poseía a Juan y era
presa de una convulsión momentánea traducida por esfuerzos de propaganda, por
consejos a los proletarios, por metodismos impuestos a su vida campesina. Pero
en otros días caía en el desaliento: él solo no conseguiría nada, y luego su
misión en la montaña era exclusivamente práctica... Su hijo, su hijo amado,
debía llenar su corazón y su cabeza. ¿Qué le importaban a él las especulaciones
filosóficas? Café, mucho café, para convertirlo en oro, y después, el oro
acumulado sembrarlo a manos llenas en los senderos por donde había de transitar
aquel hijo, imagen pura en el altar de su cariño.
Tantas veces rebotó la pelota entre lo práctico y lo
ideal, y volvió de lo ideal a lo práctico, que al fin llegó Juan a reírse de sí
mismo, haciéndose su propia crítica como si hubiera tenido por dentro un
Voltaire burlándose de sus dudas. ¡Bah!..., todo aquel mundo humano que desde el
balcón de su casa de campo descubría, no era más que un inmenso hospital. Los
individuos y las familias arrastraban por las cuestas la cadena de las dolencias
físicas. No había en ellos ritmo fisiológico, y así como en el febricitante que
delira se desarrollan el ímpetu y la fuerza, en ellos, de su vida sin nutrición,
relampagueaba la relativa fuerza que los conducía al trabajo. El hambre imperaba
y la vida apenas si alentaba de la misérrima limosna de un banano. Sí, aquello
era una tumba de vivos. El glóbulo rojo, combatido por la sangre blanca, había
huido para siempre de aquella gran masa de pálidos. Era una muchedumbre de
contornos inciertos, borrosos, indecisos... Un haz de retorcidos sarmientos en
que vicios y virtudes se enredaban, se enmarañaban de tal suerte, que siguiendo
el sarmiento de una noble cualidad se llegaba al vicio, y sacudiendo el de un
defecto se llegaba a la virtud. ¡Ah!..., ¿cómo definirlos? En sus chozas les
azotaba la intemperie; en la blandura ambiente ocultábase traicionera la cálida
humedad de las noches; en el ardor diurno, el ascua solar carbonizando con fuego
sordo los organismos. Todo parecía empujarles, destruirles... Sí, a muerte;
condenados a la extinción y a la muerte; raza inerme que sucumbe bajo la acción
selectiva de la especie; gigantesco estómago que perece exhausto, atónito, sin
nutrición, sin vida... Juan encogíase de hombros fingiendo indiferencia... ¿Qué
le importaban a él tantos dolores? Aquel mal era la cordillera, él era el átomo.
Nadie le escuchaba, nadie le entendía y el hondo infortunio que le rodeaba
parecía amenazarle con su contacto, para destruir a su fortaleza y borrar de su
espíritu la noción del bien.
Y él, el mismo Juan del Salto, que se nutría, que se
rodeaba de holguras y tenía presentes en sus metodismos los consejos de la
higiene, acababa con frecuencia por creerse también enfermo; considerándose
atacado de una neuropatía reflexiva que en materias filosófico-sociales no le
dejaba atinar con las soluciones justas.
Entregado a meditaciones de tal linaje, esperaba a
Marcelo. La noche deslizaba lentamente con la precisión de su eterno cielo, a
compás de sus rumores peculiares e iluminada por indecisa luz descendida desde
el azul con la tenuidad de un beso tímido y con el misterio de un amor furtivo.
Algunas luciérnagas trazaban en el vacío los zigzags de su vuelo luminoso o
determinaban, deteniéndose en los arbustos, puntos brillantes que parecían
ojuelos de hadas o lentejuelas adornando las vestiduras de la tierra. La
naturaleza dormitaba entregada a sí misma sin que el volteo de sus horas
recibiera impulso de la mano del hombre y sola, moviéndose bajo el empuje de
divino soplo, reinaba magnifica, sorprendente, como soberana del mundo, como
hija de la eternidad, como madre bienhechora de los humanos destinos. En tanto,
Juan esperaba...
Al fin, la puerta crujió y apareció entre los batientes
la figura macilenta de Marcelo.
-Siéntate -dijo Juan-, y prepárate a ser franco.
En el semblante del joven duraba todavía la emoción de
la tarde. Su color mate habitual y sus anchas ojeras eran más intensas, como si
susto no desvanecido o pánico insensato le dominaran.
-Sí, sé franco; no debes ocultarme la verdad -continuó
el propietario-. Esta tarde, hablando de generalidades, aludí al crimen; tú
palideciste y temblaste. Yo decía que prestáis frecuentemente con vuestro
silencio complicidad a las malas acciones, y al indicar que seríais acaso
capaces de presenciar un crimen y no ayudar después a la justicia en su
pesquisa, temblaste. Mira: ahora mismo tiemblas. ¿Por qué te produjeron tan
honda impresión mis palabras?
-Es que...
-Marcelo, tú has presenciado un crimen.
-¡Yo!...
-Tú has sido testigo de un crimen y has callado...
-Pero...
-Te he dicho que es inútil el disimulo. Soy hombre
experto; sé leer en el semblante de los demás. Tú sabes, tú tienes noticias de
un crimen y no debes ocultármelo. Mi objeto, al indagarlo, no es otro que
salvarte, si aún es tiempo, desviándote de la mala senda. No presumas que trate
de venderte o de entregarte a la justicia...
-No..., yo no soy un criminal, don Juan...
-... mi intento es caritativo para ti mismo. No soy
juez, ni policía; puedo ser tu amigo, como lo soy siempre de mis buenos obreros.
El interés que la situación de tu ánimo me inspira obedece a que siempre te he
considerado hombre honrado, trabajador sin vicios, elemento utilísimo en mi
finca. Sí, más útil y más formal que tu hermano Ciro...
-¡Oh!, gracias, gracias.
-Habla, pues. Hay en tu corazón un peso que debes
aligerar. Sé franco; anda, sé franco.
-Pues bien, don Juan: es cierto. Yo he presenciado una
cosa horrible. Sí..., yo soy muy cobarde, lo reconozco. Me infunde miedo la
soledad, me asusta caminar por lugares solitarios y la idea del crimen me
aterroriza.
-¿Has pensado en él?
-Sí; he soñado muchas veces que me mataban o que yo
mataba a otro; y tanto miedo me han infundido esos sueños, que cuando veo un
arma de fuego siento frío y experimento un mareo inexplicable al contemplar un
cuchillo de monte o un puñal.
-¡Vamos..., los nervios: eres pusilánime y no estás
hecho para el mal!
-Pero desde que vi... lo que vi, casi no duermo, y
cuando al fin me rindo, me asaltan pesadillas atroces.
-Sepamos lo que viste. Refiéremelo todo, sin omitir un
detalle.
-Escuche usted.
Y Marcelo, con acento emocionado, refirió una historia
lúgubre. Tiempo atrás, residía en la finca de Galante y le habían designado como
habitación, para él y su hermano Ciro, una choza situada en lo alto de un cerro.
Para llegar a ella era necesario descender una vertiente, vadear, saltando de
piedra en piedra el río y subir después el empinado cerro. El camino era
estrecho, y con frecuencia interrumpido por escalones formados por el pie de los
caminantes en el terreno barroso del monte. Espesos bosques cubrían las veredas
y casi podía afirmarse que el sol no bañaba nunca con rayos directos aquellos
lugares.
En otra choza, aún más elevada que la de Marcelo, vivía
Ginés: un modesto propietario cuyos terrenos colindaban con los de Galante.
Ginés, que era joven, vivía con Aurelia, su esposa, una de las campesinas más
bellas de la comarca. Marcelo, cuando terminaba la labor del día, acostumbraba
comer en la choza de algún amigo, puesto que en la suya no había mujer que se
encargase de las faenas domésticas; y Ciro, por su parte, hacía lo mismo.
Entrada la noche se reunían los hermanos en la vivienda del cerro, en donde
dormían.
Una noche, que siguió a un día muy lluvioso, regresaba
Marcelo a su casita. La humedad de la vereda le hacía resbalar a cada instante,
y al chocar con los arbustos caían sobre él gotas de agua retenidas durante la
lluvia en el follaje.
Llegó al río, y cuando lo vadeaba oyó rumor de pasos.
Se detuvo, y llevado de su natural pusilanimidad se escondió acurrucándose
detrás de un arbusto. La noche era muy oscura, pero el fulgor de las estrellas
filtraba a través del follaje algunos rayos tenues. Entonces, por la vereda de
la vertiente, Marcelo vio aparecer un hombre. A pesar de la tenuidad de la luz,
le reconoció: era Galante y llevaba una cuerda muy delgada en la mano. El joven
tuvo miedo y tembló en su escondite. Había oído decir que Galante era hombre
temible y le rodeaba la fama de hechos sospechosos. ¿Qué hacía Galante en aquel
lugar y en hora tan desusada? ¿Por qué dejaba la comodidad de su vivienda para
rondar en noche tan oscura por los montes?
Marcelo esperó receloso mientras Galante, pasando el
río por la calzada en pocos saltos, comenzó a repechar por la vereda del lado
opuesto. No bien hubo dado algunos pasos, se detuvo. Palpó en el suelo como
quien busca algún objeto y levantose luego con una piedra angulosa y grande en
las manos. Entonces hizo algo que Marcelo no pudo distinguir, y el joven vio que
Galante, dejando de nuevo en el suelo la piedra, trepó a un árbol de poca
elevación, pero muy copudo, por debajo del cual pasaba la vereda.
La escena sobrecogía a Marcelo. ¡Galante, el rico
propietario, subido a un árbol en una noche oscura y medrosa! ¿Qué significaba
aquello? Galante cabalgó en una de las ramas de árbol y Marcelo pudo ver que
desde el suelo elevaba la piedra como por arte de magia. Era indudable que
Galante la había atado fuertemente a uno de los extremos de la cuerda, y que en
aquel momento la izaba hasta él.
Después pasó mucho tiempo: Galante en el árbol y
Marcelo tiritando de miedo en su escondite. De pronto oyose un rumor como de
pasos que huellan malezas y escuchose una voz fresca y armoniosa que entonaba
una canción. Era Ginés, que habiendo terminado tarde su faena en las máquinas de
Juan del Salto regresaba a su hogar.
En lo alto del cerro estaba su casita, y en ella
esperaba Aurelia, humeante ya la cena, la vuelta del esposo. La canción de Ginés
se desdoblaba en el monte en cien resonancias: brotaba alegre, festiva, sonora,
y la repetían las concavidades de la montaña, melancólica, triste, indecisa...
Marcelo vio que Ginés pasó el río y comenzó a subir a
saltos el repecho. En uno de los saltos, llegó en donde estaba Galante, lugar
por donde forzosamente debía pasar. Entonces, desde las ramas del árbol, Galante
soltó la piedra... Ginés, horriblemente herido, lanzó un grito y cayó atravesado
en la vereda.
Estaba muerto. Galante descendió del árbol, reconoció
el cadáver, lo arrastró por los pies y llevándolo al borde de un barranco lo
precipitó en la sima. Marcelo, atónito de horror, vio luego que Galante desanudó
la piedra homicida y, retrocediendo por el mismo camino por donde había llegado,
se perdió en la oscuridad del bosque.
Durante el relato, Juan del Salto dominó cien veces su
indignación. Ginés fue un obrero modelo. En sus máquinas, en los
establecimientos de su finca, trabajó mucho tiempo con inteligencia y honradez
inolvidables. El día en que se encontró muerto en un barranco, todo el mundo
supuso la muerte debida a un accidente casual. No pudo estar ebrio porque no
bebía, pero no era imposible que en noches oscuras y caminos resbaladizos el más
experimentado diera un traspié.
Aurelia, aquella noche, había oído su voz y distinguido
su canción; y Aurelia nada sospechó. El cadáver fue conducido al cercano pueblo
y la autopsia fue practicada por el doctor Pintado, resultando de ella que una
monstruosa fractura de los huesos de la bóveda craneana, con pérdida de
sustancia cerebral y conmoción y contusión del gran centro, había producido la
muerte. Se tuvo por seguro que al declive cayó de cabeza sobre un montón
pedregoso. Después, nadie se acordó de Ginés.
Juan reaccionaba después del relato, irritado ante
tanta infamia. Se asomó a la ventana y buscó en la sombra el lampo en donde
estaba emplazada la finca de Galante. Enfrente, en la vecina montaña, se
desvanecía aquel predio en las negruras de la noche. Allí estaba, amplio,
riquísimo, cuajados ya los suculentos granos productores de opima riqueza. Todos
los años, en la época de la recolección, manaba de allí un río de oro.
-¡Miserable! -exclamó Juan, cerrando los puños y
amenazando el vacío-. ¡Vas a tu fin sin detenerte en los medios! Quisiste
riqueza y la has logrado, llegaste pordiosero a la comarca, pusiste en ella tu
pie de tigre, y sobre la trampa y el despojo has edificado una fortuna.
¡Miserable..., miserable! Jamás tuviste conciencia; jamás un impulso honrado
guió tus pasos. Oro, siempre oro fue tu religión, y en cambio sólo diste
perversidad e ingratitud. Por ahí, por esos montes que para ti florecen, rueda
el odioso ejemplo de tu disposición, contaminando las gentes que te rodean. Por
ahí rueda, insaciable, el ansia concupiscente que te devora, la ambición
desatentada que te esclaviza, el cínico descaro que te alienta y la astuta
hipocresía que te encubre. ¡Gran hombre eres tú, gran hombre! Todas las
haciendas peligran ante tus cálculos; todas las vidas, ante tus caprichos; todas
las honras, ante tus apetitos. ¡Qué ejemplo, qué horrible ejemplo! ¡Regular las
clases, mejorar el estado social, desviar las tendencias de la degeneración y la
enfermedad..., todo imposible ante los corruptores fomentos de esos
envenenadores de la raza, de esos maestros mudos que con el ejemplo esculpen el
mal en el corazón de un pueblo y matan en flor los intereses del bien!
Después, quedó silencioso. En aquellos apóstrofes había
relampagueado una tempestad de ideas. De ideas redentoras, que al chocar con la
realidad se resolvían desesperadas, impotentes. Regenerar, redimir..., tal el
supremo fin de sus ensueños de filósofo. Y cuando trataban las ideas de
corporizarse para ejercer en la práctica su influencia, sentía ira y dolor al
considerar la cuantía del empeño, al reconocer la derrota de sus ideales.
En tanto, en la noche, apenas si se distinguía el
contorno de los montes. Un brochazo negruzco dado sobre el fondo pardo del
cielo: así aparecían en sus agrias cumbres, en sus fértiles valles y en sus
interminables encadenamientos, de los cuales, como gusano anillado, resulta ese
monstruo que se llama cordillera. La muerte negra del paisaje encerraba la
hermosa albura del próximo amanecer y la quietud del sueño, que todo lo
aletargaba; prometía la risueña vida del cercano albor; una vida llena de
aleteos, de perfumes, de floridas nupcias; un renacimiento celebrado por las
puras alegrías de la naturaleza.
Marcelo, con la mirada extraviada y las manos frías,
continuaba temblando. En su limitada inteligencia no surgía un raciocinio
tranquilizador. Temía, con irreflexivo pavor, sin saber, a veces, por qué temía,
agigantando los fantasmas de enfermizo pápiro.
En aquella horrible escena de que fue testigo, la
emoción le había herido sin piedad y cada vez que el recuerdo le dibujaba el
cuadro del drama, la herida volvía a enconarse y la emoción, mal dormida,
despertaba en él con sacudimiento de nervio electrizado y con palpitaciones de
corazón desbocado. La tensión nerviosa le poseía por completo desde el más
diminuto músculo hasta la cuenca sagrada donde, rey orgánico, señorea el
cerebro. El músculo temblaba y el cerebro, sin la reacción enérgica del
raciocinio, se rendía con desvanecimientos de beodo y debilidades de moribundo.
Marcelo, empujado por la emoción sobre la enfermedad, se tambaleaba en
desequilibrio: era un haz de nervios retorcidos por la neurosis, era amoldable
levadura, fácil lo mismo para el bien que para el mal. Alma sin rumbo, dispuesta
a ceder ante el soplo impulsor.
Juan, dominando el enojo, volvió a Marcelo.
-Bien -dijo-, Galante mató a Ginés. ¿Por qué lo mató?
¿Nunca pudiste saber el móvil de ese crimen?
-Nunca. Aunque lo que pasó luego...
-¿Qué pasó?
-Que poco tiempo después Aurelia se fue con Galante.
-¿Dejó la casa?
-No, al contrario: Galante la visitaba y la mantenía.
Después oí decir que había comprado sus terrenos.
-Sí; eso lo sé con seguridad.
-... y que se los pagó en provisiones y mercancías que
le daban, por cuenta de Galante, en una tienda de Vegaplana.
-¿Y después?
-Después, riñeron. Como Galante era dueño de la finca,
echó al camino a Aurelia. Ella se fue en busca de unos parientes, llevándose un
niño, hijo de Galante, que éste no quiso reconocer. Aurelia ahora vive por ahí,
casi de limosna.
-¿Y el importe de la finca vendida?
-Todo se hizo humo: ella está en la miseria...
Quedaron silenciosos: Juan meditaba, sondando abismos;
Marcelo le miraba temblando.
-Marcelo -dijo al fin Juan, tranquilizándolo-, lo que
acabas de referir es terrible. Presenciaste un crimen, pero tú no fuiste
criminal. Si pudieras probar la verdad de esa infamia yo te aconsejaría que no
callaras, que acudieras a la justicia, que denunciaras el hecho: ése es el deber
de todo hombre honrado. Pero no tienes pruebas. La escena pasó tan escondida y
solitaria, que tus esfuerzos para probar la verdad serían inútiles. Calla, pues,
y no temas. Procura dominarte y vive tranquilo, evitando que una culpa que no es
tuya te quite el sueño. Trabaja, trabaja siempre: nada distrae y reporta tanto
como el trabajo. ¿Eres casado?
-No.
-Pero vive contigo una mujer, ¿verdad?
-Tampoco. Una vivió a mi lado algunos meses, pero me
separé de ella. Ahora vivo con Ciro, que la mayor parte de las noches me deja
solo.
-¿No se portó bien contigo esa mujer?
-Al principio sí. Después me armaba quimeras porque le
gustaba beber y yo se lo impedía.
-¿Tú no bebes?
-Nunca. Un día, por complacer a aquella mujer, bebí y
quedé escarmentado.
-Vamos, tomaste una borrachera que te duró una semana.
-No. Yo no sé lo que me pasó. Me puse como fuera de mí.
Me contaron que pasé un día provocando riñas con el vecindario. El ron me quema
la garganta, me produce ganas atroces de saltar y de morder. Aquella vez que
bebí, recuerdo que sentía odio por todo el mundo.
-Haces bien: no bebas. Es una mengua. El licor es
veneno lento, ¿entiendes? Es gota de fuego que cae lentamente en el estómago del
bebedor. Quien se deja dominar por la bebida, es hombre perdido.
-¡Ah! ¡Líbreme Dios! Yo odio ese vicio.
-Lo que debes hacer es trabajar, y para tener fuerzas,
comer. ¿Oyes? Tú eres solo; para ti es todo lo que ganas. Estás flaco, pálido;
procura alimentarte bien: come carne. El domingo, al amanecer, ve al pueblo y
consulta al doctor Pintado. Te daré una carta para que te reconozca y te recete.
Necesitas medicinas que te fortalezcan, que te curen las pesadillas y la
palidez. Anda, ve a dormir. Hasta mañana.
Marcelo salió, y Juan quedó solo con sus pensamientos.
Capítulo III
Al día siguiente, con los primeros albores, renació en
la finca de Juan la actividad de los trabajos.
La mañana humedecía la tierra con gotas trémulas y
preparaba en el cielo, con variedad de colores, la imperial recepción del sol.
La temperatura era fresca, y las humedades del alba, fecundando bosques, les
daban alientos para la nueva jornada, encendiendo el color de las flores,
vigorizando el verdor de las hojas, irguiendo la esbeltez de los tallos,
invitando a la magnífica cloralia de los campos a lucir al sol las opulentas
galas, a entregarse al fraternal comensalismo de las plantas. La navidad serena,
siempre serena del día, sonriendo sobre las colinas y los valles. El eterno
impulso volteando la rueda de la vida con la constancia aviterna del infinito.
Los trabajos de la granja se reanudaban. Las brigadas
de obreros movíanse con cierta prisa que estimulaba el mayordomo, como si la
interrupción de la noche hubiera perjudicado los cultivos, como si la
intercepción de las horas dedicadas al sueño hubiera atrasado la fructificación
de los cafetos. Montesa, el mayordomo, les empujaba: a los de la sierra les
hablaba fuerte, porque era preciso que las tablas desgajadas de los gruesos
troncos fueran homogéneas, sin remates deformes y de la longitud exigida; y
ellos, protestando y prometiendo, se perdían por los repechos en busca de los
despeñaderos en donde se levantaban los árboles condenados al hacha; a los de la
recua que conducía semillas de bananos y espiguillas de café les recomendaba
premura para que llegaran en breve al terreno ahoyado en donde debían sembrarse,
pero esa prisa sin apurar las pacientes mulas con latigazos inútiles y sin
abusar del hercúleo burdégano, capaz él solo de sustentar la carga de tres
bestias; a los camineros les increpaba la torpeza con que hicieron el trabajo
anterior, y soltando cuatro ternos les lanzaba al rostro la brutalidad cometida
al arrojar pedruscos arrancados para hacer caminos sobre los cafetos de la
margen, tronchando tallos preciosos que por esa causa tenían que ser
resembrados; luego tocaba a los carpinteros, a quienes reñía por la pobre tarea
de la anterior semana. Sí, allí todos eran para Montesa unos zánganos, unos
perezosos, que no tenían ni ojos ni trino y, muchas veces, ni buena intención.
Aquel Montesa era criollo, compatriota de la turba de
pálidos que preocupaba a Juan del Salto; pero tenía historia de hombre que
anduvo el mundo. Cuando chico, bajaba con frecuencia al llano, en donde estaba
situada la población cabeza de partido. Desde las cumbres había visto muchas
veces, allá, hacia el sur, un lampo marino, una franja de plata en donde el sol
producía los incendios del mediodía. Pudo con frecuencia contemplar aquella
superficie extensa, distinta de la tierra, que se perdía a lo lejos, en el país
de los misterios, en los horizontes de lo desconocido. Mas el día en que,
bajando al llano, contempló el mar desde la orilla, quedó suspenso, mudo de
asombro, embargado por la emoción inesperada, como aquel que formándose
determinada idea de algo palpa en la realidad cosa distinta. Contempló por
primera vez el océano echando la cabeza hacia atrás, irguiéndose para alcanzar
más lejos, respirando con ansia la marina brisa. Montesa quedó aquel día esclavo
del infinito. El espectáculo del mar fue desde entonces el deseo de sus horas de
asueto, el pretexto para sus fugas de muchacho, el tema de sus ponderaciones y
de sus cuentos, relatados en cuclillas a los demás flacuchos del monte. El mar
le parecía grande, hermoso... A su imaginación sin cultura le faltaban puntos de
comparación en la tierra, y los buscaba en el cielo, pensando que la enorme
superficie de agua era tan grande como la techumbre celeste. El mar fue para
Montesa algo que se desea, algo que sugestiona, algo que se sueña. Un día bajó
al llano conduciendo, con otros campesinos, una recua cargada de frutos, y no
volvió al monte. Su familia supo que había resuelto dedicarse a las labores de
otra especie, y con indiferencia musulmana le olvidó pronto.
El chico, en tanto, recorrió una gama: sirvió de
palafrén, de mozo de caballería, de criado de tienda, y en mil oficios más.
Al fin, ya más mozo, logró que le dieran trabajo como
cargador de muelle, y desde aquel día, en la carga y descarga de los barcos, en
la estiba de los almacenes y de las bodegas o en el remo de los botes y la
percha de las lanchas, ya no pensó en tierra adentro, ya no se acordó de la
selva nativa; el mar, su amo, estaba allí, cautivándole con sus murmullos y
embriagándole con sus espumas.
Otro día, el capitán de un barco anclado en el puerto
fue conducido a tierra gravemente enfermo. Se necesitó un enfermero, un criado a
prueba de sueño, y Montesa fue elegido.
Algunas semanas después, el capitán, ya curado,
experimentó esa generosidad expansiva que se apodera de todos los que escapan de
un gran peligro. ¡Ah..., bueno era aquel muchacho! El marino propuso a Montesa
pidiese el premio de sus servicios, y el enfermero planteó el problema que le
ocupaba el pensamiento: partir, ser marinero, navegar, arrojar la punta del
cigarro en alta mar.
Y a poco, el reconocido capitán llevose al criollo a
tierras lejanas. El primer viaje fue penoso: pusiéronle a prueba la horrible
enfermedad del mar en el Canadá: un frío espantoso estuvo a punto de helarle la
sangre en las venas.
Este noviciado fue breve; al poco tiempo, sobre su
juventud, que empezaba, reaccionaron las fuerzas, y fue curioso verle crecer y
redondearse, adaptándose al nuevo medio, amoldándose a la nueva vida y
transformando la pobreza fisiológica de sus primeros años en gallarda robustez,
caldeada por lozana ebullición de glóbulos rojos, que, como si hallasen
estrechas las arterias, parecían quererle saltar por el semblante.
El criollo, a fácil precio, cambió de temperamento. El
privilegio climatérico grabó en él su signo sonrosado y el ser condenado a la
enfermedad quedó convertido en tipo apto para el cruce selectivo de su especie.
Luego, en su nueva vida, vinieron otros vaivenes. Viajes a la zona tórrida,
largas navegaciones a Australia, travesía al África: una vida marinera que le
saturó del oxígeno de las cinco partes del mundo. Del primitivo barco pasó a un
vapor mercante; de éste, a otro; luego, cambiando con frecuencia, navegó sobre
cien quillas.
En tanto, pasaron años y Montesa cumplió cuarenta.
Entonces una idea fija, que desde hacía tiempo le preocupaba, tomó cuerpo en su
imaginación: el suelo nativo. Era como un ansia secreta: ni hambre, ni sed, ni
dolor; una sensación especial, muy honda, con sabor de pena íntima, con vaguedad
de melancolía. Era que el recuerdo encendía lucecillas para que pudiera
contemplar los días de la infancia; y Montesa, dominado por la intensidad de
aquel anhelo, no pensó en otra cosa que en retornar a la colonia. Contó sus
ahorros, que le cupieron en la petaca; combinó el regreso, y, al fin, volvió a
su montaña.
Cuando sus antiguos camaradas le vieron, le
consideraron un ser extraño. Un hombretón fornido, tostado, rollizo, con la cara
llena de pelos, y de tan recia musculatura que podía derribar de una puñada a
cualquiera. Los campesinos se extasiaban contemplándole y, sobre todo, oyendo
sus relatos. Al fin llegaron a respetarle como a un ser superior, y se
regocijaban cada vez que le oían decir palabrejas de extraños idiomas, rogándole
que repitiese aquel yes, aquel sapristi y aquel contundente god damn, que les
hacía desternillar de risa.
Después de su regreso, Montesa construyó una casita...
Una casa con techumbre de cinc, con pavimento de madera, con paredes herméticas,
con aldabas, con picaportes y con llaves. Todo en pequeño y humilde, pero todo
lo racionalmente necesario para hospedar seres humanos.
Con la modestia que le permitió la escasez de su
erario, puso casa, halagándole con una cama, la ropa necesaria, media docena de
sillas, otra media de platos, y la vajilla imprescindible para salcochar con
decencia los alimentos.
Terminado el nido se casó: una moza del valle le abrió
los brazos, y santamente les unió el cura en la vecina parroquia. Desde aquel
día, a trabajar: ella, al hormiguero doméstico; él al monte. A sus buenas
condiciones debió el puesto que ocupaba; Juan del Salto le atrajo, le encaminó
en el aprendizaje del nuevo oficio, y muy pronto llegó a ser en la finca el
hombre de confianza. En tanto, allá, en la casita, cada año nacía otro Montesa...
Más de una vez, Juan había reñido a Montesa por su
dureza al tratar a los campesinos. No; era preciso ser condescendiente, ser
amable. Mas él no entendía de pamplinas. Buena hubiera ido la cosa si a bordo de
los barcos hubiera el capitán guardado el rebenque en la gaveta. No, señor;
palo, mucho palo. Así se impulsa a la gentuza.
Juan le advertía que aquel rigor era inhumano, que
nadie tenía derecho a atropellar al prójimo atacando los derechos del ciudadano
libre, intentando convencerle, además, de que una cosa era la cubierta de un
barco y otra las vertientes de los montes. Pero Montesa no entraba en vías de
convicción: era rudo, agrio, dado a blasfemar y a considerar a los obreros como
bestias sólo obedientes y sumisos bajo el estímulo del castigo.
A los obreros, más de una vez, ocurrió la idea de darle
un manteo. Pero ¿cómo? Aquel diablo tenía en cada bíceps un yunque, en cada puño
un martillo y en cada pierna un batán muy capaz de dar a probar, en momentos
dados, el rey de los puntapiés. Se resignaban, pues, ante la fuerza física, ante
el despotismo de una voluntad más fuerte. Si alguien pensó enconado en la
traición, tembló ante la posibilidad de un descalabro en que, descubierta
aquélla, le apretasen con estranguladora rabia aquellas manazas...
En su hogar, Montesa era otro hombre. Su mujer le
parecía la mejor de la comarca; sus hijos recibían mimos de nodriza. Allí todo
el mundo andaba vestido, calzado. ¿Qué es eso?... ¿Andar desnudos los
chiquillos? ¡Valiente cochinada! En ninguna parte del mundo había visto él tales
miserias. Era menester que los chiquillos tuvieran zapatos o alpargatas, y
acudieran a la escuela rural, y aprendieran a leer, para que no les pasara lo
que a él, que aprendió el abecedario ya viejo y cuando le era más difícil que
anudar un cable o recoger una driza. En casa de Montesa había orden, método,
horas fijas, ropas en los lechos, lumbre en la cocina. Una casa, en fin, pobre,
humilde, pero que tenía cabeza y pies, y donde podía el anfitrión asegurar sin
mentir: «ésta es mi casa».
Tales circunstancias afirmaban la superioridad de
Montesa sobre las gentes de la montaña, y éstas gustaban de congraciarse con él,
mientras en las alternativas y dificultades surgidas en los trabajos le oían
decir con frecuencia:
-¡Arre allá!... ¡Gaznápiros!... Sois unos hueleflores...
Aquella mañana, con su acritud habitual, repartió los
trabajos, y cuando todos los campesinos desfilaron, montó en un caballejo
escuálido y fuese tras ellos.
Algunas mujeres de las que vivían en las casitas
cercanas a la granja comenzaron a discurrir por la explanada en donde estaban
situados los establecimientos. Algunas bajaban al río llevando en la cadera una
hoja de palma seca y acanalada, y en ella montones de ropa sucia que debían
enjabonar en la corriente. Otras buscaban astillas de leña para avivar los
hogares: tres piedras ahumadas bajo un cobertizo de paja abierto a todos los
vientos, y sobre las piedras un caldero orinoso y quemado.
Otras mujeres regresaban de la tienda de Andújar con
las vituallas para la colación del día: cuatro piltrafas compradas por algunos
centavos o nada, a cuenta de los trabajos que los maridos y los hijos debían
hacer en la semana. Otras, sentadas en los umbrales, lactaban niños pálidos, o
desgranaban maíz, o apilaban judías, o, en grandes morteros, trituraban café
hasta convertirse en polvo grosero; y todo aquel conjunto de seres tenía impreso
en el semblante un extraño tinte de pesadumbre que hacía más ostensible el
contraste de las sonrisas.
De pronto, una viejecita muy menuda, de facciones
afiladas y extraordinaria flaquencia, apareció en la explanada.
-Vieja Marta -gritó una mujer que mondaba patatas
sentada sobre un trozo de madera-, vieja Marta, venga usted a contarnos la
historia del domingo...
¡Aquí lo hemos sabido todo!
-Cállate tú, indina -repuso la viejecita-; buscan
reírse a mi costa..., ¿verdad? Lo que deben hacer es prestarme un machete y
dejarme cortar unas rajitas de leña.
-Aquí hay un machete -dijo otra-, pero venga el cuento.
¿Quién le pegó a usted el pescozón?
-Algún... siniquitate...
-¿Es verdad que le arrancaron el pañuelo del moño?
-Los ojos le hubiera yo arrancado... Pero mira, hija,
aquel muchacho, mi nieto, no tiene botones en la camisa. Mira, por vida tuya, si
me encuentras uno, aunque sea viejo. Anda, lo necesito.
-Bien, vieja Marta, aquí está el botón; pero vamos al
cuento. ¿Es verdad que Montesa barrió a puntapiés la jugada?
-Ésos son abusos... Yo pasaba casualmente por la orilla
de la quebrada, y si no ando lista me atropellan... ¡Ah!, también necesito un
manojo de tamarindos. Son para una purga, ¿sabes?
-Pero parece imposible que entre tantos hombres no
pudieran darle a Montesa una pescozada.
¿Montesa? ¡Pobre del que le busca bulla a Montesa! ¡Y
miren que ese Deblás es atrevido!... Pero ¡ca!, se achicó y no hizo frente al
otro. ¡Y qué patada me le dieron a Gaspar! Me alegro, para que no sea tan
canalla...
-¿Y a usted qué le hicieron, vieja Marta?
-Vamos, no me embromen más: ustedes no respetan a los
viejos... Hombre, ahora que me acuerdo; allá dejé en la quebrada una ropilla
sucia, si me dieran ustedes un cachito de jabón se lo agradecería...
Las mujeres reían celebrando los visajes de la vieja.
Todos los días la misma visita, todos los días la excursión matinal de Marta,
recogiendo piltrafas y amontonando menudencias que otros tiraban, para pasar el
día lo más económicamente posible. Era la avaricia husmeando el ahorro,
removiendo lo inútil para obtener el beneficio barato o gratuito. Pedir,
eternamente pedir, presentando como pretexto aquella vejez decrépita y aquellos
cabellos blancos, que no inspiraban veneración. En tanto, algunos quintales de
café que ella misma, en su pedazo de tierra, cosechaba, y ella misma
descortezaba, y ella misma tendía al sol, y ella misma secretamente vendía,
desaparecían convertidos en dinero, sin que nadie supiera su paradero y sin que,
ni en el vestido ni en la casa, ni en el hambriento aspecto de su nieto, dejaran
huellas. Su avaricia era sórdida, anhelosa, capaz de llegar al crimen. El huevo
abandonado por una gallina en una umbría del monte, ¡qué fortuna!; el arroz o el
azúcar escapado de un saco roto al transitar por el camino las recuas, ¡qué
hallazgo!, los bananos regalados en el vecindario, ¡qué ventaja! Era la
enfermedad ansiosa del acúmulo, la locura febril del botín.
Vivía cerca del río, en un predio de su propiedad, de
algunos metros cuadrados, en una choza miserable y bajo la poética sombra de un
cerezal que ella no merecía. En su soledad, sólo un nieto la acompañaba: un niño
de catorce años, de atrasado desarrollo, que parecía no rebasar de los seis. La
buena abuela le mataba de hambre; cuando se es pobre, es menester acostumbrarse
a la necesidad, porque dondequiera está Dios. Con algunas verdurillas y un poco
de salazón los domingos, cualquiera vive y engorda. Lo importante era aprender a
trabajar y ser económico. Cuando hay sol se quita uno la camisa y los zapatos,
que son cosas inútiles que no sirven más que para tropezar. Luego, a los
animalitos se les debe cuidar, aunque sea quitándose uno el alimento de la boca
y dejándole algunas migajas al pobre cerdito y a las pobrecitas gallinas. De ese
modo se aprendía a ser caritativo y no se acostumbraba el estómago a malas
mañas.
El escuálido nieto vivía del aire, sujeto a la mísera
ración que aquella ancianidad inicua le escatimaba. Las gentes aseguraban que
Marta enterraba su dinero: el producto de sus cosechas, de los huevos y gallinas
que vendía, de los cerdos que beneficiaba, de los líos de ropa que lavaba...
Cien caminos distintos le servían para llegar a la ganancia, y esa ganancia
desaparecía como por encanto por algún agujero del bosque. Y así, merodeando
siempre, barría los miserables despojos abandonados por la turba campesina.
Un día pasó Marta un gran susto. Había ya anochecido, y
todo en la choza se disponía al sueño. Habíanse colocado las gallinas en la más
alta rama del árbol más cercano; habíase atado al cerdo a uno de los débiles
estantes de la cabaña; habíase apagado el rescoldo del hogar; y, por último,
como escudo contra las asechanzas de afuera, habíase colocado la gran hoja seca
de palma, que hacía, con impenetrabilidad de criba, el papel de puerta. Todo
estaba en silencio, el nieto dormía en un rincón el hambre del día, mientras la
abuela, acurrucada en una hamaca, sentíase ya presa de la modorra del sueño.
De pronto oyéronse pasos, y la hoja de palma crujió.
Marta levantó asustada la cabeza y husmeó con recelo.
-Buenas noches -dijo una voz desconocida.
-¿Quién está ahí? -contestó ella.
-Soy yo.
-¿Yo?
-Abra usted y déjeme entrar para dormir ahí dentro.
-¿Y quién es usted?
-Un hombre que usted no conoce; un hombre que no le
hará daño si usted es caritativa con él.
La vieja estaba desolada. ¡Dios mío! ¡Dar hospitalidad,
hospitalidad a un desconocido! ¿Cómo hacerlo cómo hacerlo? Ella tenía en su
conciencia la necesidad de rescatarse. Su tesoro estaba en el monte; pero ¿quién
podía responder de que, asida por la garganta, no la obligaran a descubrir el
escondite? ¿Cómo eludir el peligro? En tanto, la voz continuó:
-Abra usted y no tema. Un rincón me basta para
acurrucarme, y con el alba me marcharé.
-Es que yo no le conozco a usted.
-Mejor es que abra y no me obligue a derribar de un
puñetazo el tabique -añadió el de afuera, ya impaciente.
-Bien..., bien; ya va.
Y Marta abrió.
Al fulgor de un cielo estrellado vio a un hombre joven
aún, pero de mala catadura y haraposo traje. El desconocido penetró de un salto
en la casa, que se tambaleó como barca movida por las olas. Después, palpando en
la sombra, se acostó junto al nieto, que se revolvía en el pavimento sobre un
revuelto montón de trapos viejos. Marta, llena de miedo, procuró congraciarse
con su huésped:
-No; yo no niego posada a los infelices; pero como
nadie lleva escrita en la frente la hombría de bien...
-De mí no tema usted nada.
-Pero ¿quién es usted? Yo no me acuerdo haberle visto
nunca en el barrio, y aquí yo conozco a todo el mundo.
-Hace tres meses vivo en estos lugares. No en los
caseríos, ¿oye?, sino en el monte.
-¡En el monte!...
-Sí. Ando con cien ojos, sacándole el cuerpo a la
justicia. Yo supongo que es usted una buena mujer y no venderá...
-¡Ah!... Eso no...
-...Yo soy desertor de presidio.
Marta sintió que la mano del miedo la acariciaba el
vientre. ¡Un desertor! ¡Un criminal que merodeaba por los cerros, sabe Dios con
qué intenciones!
-Pero yo no hago mal a nadie. Sólo en el caso de que
quisieran perseguirme y entregarme sería capaz de ofender a otro.
-¿Y por qué le llevaron a presidio?
-Ésa es historia vieja. Un día se me subió la bebida a
la cabeza, reñí con otro hombre y lo maté. Fui preso y condenado a doce años de
presidio. Primero estuve a punto de morir de rabia; después, me propuse
aprovechar una ocasión... Llegó al fin. Nos llevaban a trabajar a las obras de
una carretera, y en un momento bien aprovechado le metí la cabeza al monte. He
recorrido, huyendo, toda la cordillera hasta que llegué a estos lugares en donde
tengo un pariente. Comí frutas del monte y pedazos de bacalao que me daba la
caridad de los vecinos que iba encontrando en el camino. No sé adónde voy, ni lo
que será de mí. No tengo casa ni me atrevo a bajar al llano: sé que me
persiguen. Ya sabe usted mi historia. Hoy me sentí enfermo, mi cuerpo temblaba
con las lloviznas y sentí que me desmayaba. Bajé por esa vereda y encontré este
bohío. Después, gracias a su caridad, aquí estoy, y ya me siento caliente y
repuesto. ¡Dios le pague, buena vieja, el bien que me hace!
Marta escuchó el relato con los ojos muy abiertos. Si
aquel hombre abrigaba traidoras intenciones, no la sorprendería dormida.
Conocedora de los rincones de la casa, alcanzó en la
sombra el mango de una azada vieja y le atrajo hasta colocarlo previsoramente a
su lado. Si el desertor hacía el más ligero movimiento sospechoso, ella se
sentía con fuerzas para hundirle el cráneo al primer golpe. Así, sin dormir,
pasó la noche, mientras el prófugo roncaba tranquilamente.
Muy temprano cambiáronse algunos cumplidos. Marta
agradecida de su huésped, porque había dormido sin malas intenciones, se dignó
magnánimamente partir con él el borroso café. Aquella mañana el nieto alcanzó
poca dosis del desayuno. El desconocido se despidió dando las gracias.
-Yo no olvidaré su caridad -dijo-. Si alguna vez me
necesita usted, puede contar conmigo. ¿Cómo se llama usted?
-Me llamo Marta. ¿Y usted?
-Yo... -contestó el otro receloso y mirando a todos
lados-, yo me llamo Deblás.
Y desapareció en el bosque, llevándose el gran peso que
su presencia había acumulado sobre el ánimo cobarde de Marta.
En aquella otra mañana, las mujeres de la granja de
Juan del Salto rieron mucho tiempo a expensas de la avara, suministrándole, en
lo posible, los cachivaches que con voz estudiadamente amable les pedía.
Acostumbradas a sus diarias visitas, se la consideraba un ser digno de lástima,
aunque a veces le echaban en cara su avaricia y su crueldad con el nietezuelo.
Todavía hubiera continuado por más tiempo la juerga
bromista si por la vereda que conducía a la explanada no hubieran aparecido dos
jinetes.
Caminaba delante el padre Esteban, cura de la
parroquia, que recogidos los hábitos hasta el arzón, mitad cura, mitad seglar,
dejaba ver las piernas, forradas por las botas de montar. Seguíale Ciro, montado
en una mula aparejada con inmensas albardas que casi ocupaban el ancho de la
vereda.
El padre Esteban, en funciones de su ministerio,
recorría con frecuencia las montañas. Era un hombre de cincuenta años, de genio
muy vivo y complexión enérgica. Cosa corriente era verle aparecer por los cerros
inesperadamente, cuando algún campesino, queriendo reconciliarse con la fe, le
llamaba a su lado.
En aquella ocasión andaba por el barrio desde la tarde
anterior. Hizo noche en una cabaña, y viniéndole de paso, quiso, de regreso,
entrar en la granja de Juan.
Juan y él se entendían perfectamente. Ambos amaban la
investigación, y con gran facilidad se enmarañaban en arduas y apasionadas
discusiones.
El padre Esteban era un carácter abierto, franco. Su
condición de sacerdote no había logrado imponerle esa solemnidad amanerada en
que a algunos de su ministerio les gusta mostrarse, como si fueran hombres
distintos, naturalezas más perfectas, seres óptimos. No; el padre Esteban se
pirraba por un buen vinillo; fumaba, si podía, buenos vegueros y comprendía con
instinto esencialmente humano que unos ojos negros de mujer hermosa pudieran
empujar a ciertos pecadillos. Era, en suma, un carácter alegre, expansivo, al
alcance de todo el mundo, sin que esto excluyese alguna que otra exageración
genial, con la que probaba en determinadas ocasiones que no era tan oveja como
pudiera aparecer, y el natural apegamiento y convicción en asunto de culto. Su
amistad con Juan, íntima e igual, venía de viejo, amistad que conoce los
rincones de la casa amiga, los secretos de todos los parientes. El padre Esteban
llegaba siempre allí con la familiaridad de quien conoce bien el camino.
Ciro, el hermano menor de Marcelo, había sido enviado
el día anterior al poblado. Todas las semanas solíase enviar un emisario listo
para llenar competencias necesarias al servicio de la granja. De regreso, Ciro,
muy de mañana, encontró en el camino al padre Esteban, y siguiendo sus huellas
llegaron juntos a la finca.
-Buenos días -decía pocos momentos después Juan al
padre cura-, ¡buenos días! Dichosos mis ojos que le pueden ver tan fuerte como
siempre y tan diestro en este afanoso repechar de las montañas.
-Hombre, no va mal. Ayer tarde, por ahí, por esas
abras, agonizaba un infeliz. Me quiso a su lado (cosa que va siendo rara entre
estas ovejas sin ato), y yo cumplí a su cabecera mi divino oficio. Pero anoche
no pude regresar: era muy tarde. Dormí allá arriba, ¡qué sé yo dónde! En casa de
un saltamontes, a juzgar por lo escabroso de su vivienda. Siempre fue
misericordia el darme donde dormir, ¿eh?, pero ¡qué noche, amigo! ¡qué noche! Me
chupaba los dedos de frío.
Y el padre Esteban refirió los detalles de la noche en
la selva. Tuvo que dormir vestido y con botas para defenderse de los helados
hilos de aire que por los intersticios del tabique se filtraban como soplos
misteriosos. Juan reía y protestaba. El padre Esteban debió hacer noche allí, en
su finca, en donde hay hogar hermético y frazadas capaces de hacer sudar a un
carámbano. Mas el sacerdote no era hombre exigente; llegó la noche, le
sorprendió entre dos barrancos, y por allá pernoctó tan santamente. Ahora la
cosa variaba, hacía buen día y no eran grano de anís las millas que había que
correr hasta llegar a la feligresía. Por lo tanto, se le impuso la necesidad de
un buen aperitivo como avanzada de un mejor almuerzo.
Juan se dispuso a complacer sus deseos. Bebieron un
moscatel que, aunque muy alcoholizado, pasaba por bueno en la comarca. Y así, en
cordiales expansiones, esperaron la hora del almuerzo.
Como siempre sucedía, la conversación recayó en el tema
predilecto. Las cosas de la vida, el estado social de la colonia, la miseria
pública, la nerviosidad de las costumbres, la necesidad de una gran espumadera
que depurase el corrompido monstruo de las cordilleras...
-Y la única depuración posible -decía el sacerdote con
tono convencido-, lo único que puede sanear este osario de vivos es la fe. Sí,
la fe, que llena de salud el gran pulmón del mundo; la sublime fe, que redime a
los esclavos del espíritu. Es preciso que este montón de ilotas levante la
cabeza y vea detrás de esa bóveda azul la felicidad suprema de otra vida. ¡Que
crea en Dios, hombre, que crea en Dios! Porque aquí no se cree en nada, aquí no
se espera nada. Esta gente vive muriendo, acabándose poco a poco a cambio de
placer, como la piel de zapa de Balzac...
Juan sonreía, haciendo movimientos negativos con la
cabeza. Como de costumbre, la gran cuestión estaba planteada. El padre Esteban,
empeñado en salvar la sociedad arrastrándola en el carro de las creencias. No;
aquello era volver sobre lo mismo: encerrarse en el secular círculo vicioso de
todos los escolásticos. Para creer es menester reflejar sobre la materia
organizada el haz luminoso de ideas que inspiran las creencias, es menester
digerir esas ideas en el admirable estómago perceptivo del cerebro,
transformándolas después en juicios justos, serenos, sensatos, razonables. Y el
cerebro de aquellas gentes precedía doliente a las enfermizas reacciones de un
cuerpo herido de muerte. ¿Cómo, entonces, pedirles aquella soberbia digestión
del pensamiento para forrarles el cuerpo de convicciones inconmovibles capaces
de resistir las luchas contra el genio del mal?
El padre Esteban escuchaba con impaciencia.
-No -decía-; ¡error! ¡error! y ¡error! La fe no
necesita ese flujo de ideas que la filosofía profana exige como condimento
irreemplazable de sus manjares. Para creer basta con creer. Que suene la campana
de la iglesia, que el ruido se desdoble con vibración mística y abarque los
horizontes; que llegue del llano a la cumbre; que suba como onda suave y penetre
en todos los hogares y llegue a todos los corazones, y todos los corazones
experimenten la emoción del humilde ante el grande: eso es fe. Que se ilumine el
altar; que irradien fulgor cariñoso los cirios; que se desprenda el aroma del
incienso; que los fieles sientan el poderoso atractivo de la dicha entrevista y
lleguen y se prosternen y oren: eso es fe. Que la palabra de Dios acaricie como
mano maternal, desde el púlpito, las cabezas dobladas de los devotos; que
explique en olas de elocuencia los sagrados misterios de la iglesia; que se
desgranen sobre el concurso, como bendita simiente, las leyes religiosas, y ese
concurso escuche, y se conmueva, y rece contrito, y aspire al perdón de sus
culpas: eso es fe. Y no lo dude usted: eso salva las clases y regulariza el
mundo, y en estos montes llenos de parias haría levantar una clase regulada,
ennoblecida por el trabajo y la redención. Pero no... Suena la campana, y como
quien oye llover; se ilumina el altar y abren con estupidez la boca para seguir
las espiras humosas de los cirios; habla el sacerdote desde el púlpito, y por un
oído le entran y por otro le salen las palabras. ¡Hay que insistir, hay que
luchar! Fe, y sólo fe, puede salvar esta generación de fantasmas, sacándola de
la alberca en que se revuelve.
Juan negaba, interrumpía al padre Esteban, trataba de
probarle que no era posible tan honda influencia en las prácticas religiosas.
Las religiones positivas eran efluvios efusivos del sentimiento, que, cuando no
perfección más absoluta, necesitaban, para nacer en el hombre, que éste tuviera
organización nerviosa para determinarlas. Además, pueblos enteros exagerando los
sentimientos religiosos habían caído en la superstición, estacionándose en la
ignorancia. Él consideraba anacrónicas tales filosofías. Decía que los tiempos
son hoy de análisis, de amplio examen, de libre crítica; que era menester
investigar en los horizontes, porque lo mismo los fenómenos físicos que los
morales se encadenan y gravitan entre sí como los astros.
El padre Esteban alzaba la voz, discutiendo con calor.
Aquello era la disipación, la crápula del buen sentido. La fe era una potencia
como la honda agitada en torno de la mano del hondero. Una vez abierta esa mano,
iba la piedra, arrojadiza y veloz, a determinar la amplia trayectoria. La
creencia era como la honda: iniciado el sentimiento a través del tiempo y
venciendo todos los obstáculos, volaba trazando inmensa trayectoria para ganar
las lontananzas de lo porvenir. Y Juan, sintiéndose poseído de entusiasmos
analíticos, se enardecía también, se acaloraba, penetrando en ideas de otro
orden y en profundidades en que había pensado muchas veces.
-No, Pater -decía-; su natural devoción por el dogma
religioso le hace considerar como causa lo que es sencillamente efecto. El
descreimiento, la indiferencia que observa usted en estas gentes, no obedece a
otra causa que a la ineptitud para pensar. Concedo que en el corazón de otros
pueblos obre como causa la propaganda impía que aleja a las multitudes del
culto, relajando los vínculos de la fe. Pero aquí, no. Es imposible que haya
creencias donde no hay creyentes...
-¿Y por qué no los hay?... Porque no se les ha formado
el alma...
-No; porque no se les ha formado el cuerpo... Y para
probar a usted la firmeza de este parecer, le diré que aquí las supersticiones
dominan tanto como los vicios. Y, al cabo, ¿qué son las supersticiones más que
productos morbosos? Desengáñese, mi querido Pater, las causas de este gran
infortunio se remontan a lejanos orígenes. Imagine usted un elemento étnico
venido a la colonia en días de conquista para sufrir una difícil adaptación a la
zona cálida. Aquel elemento inicial no pudo prosperar físicamente: las luchas,
los recelos, las campadas a la descubierta, las influencias del nuevo suelo, la
dureza del nuevo clima, la diversidad alimenticia...; todo, en fin, desecó
aquellas corrientes de vida, empobreciendo la generación trashumante y
deprimiendo la estirpe. Después vinieron los cruces. ¡Cuánta mezcla! ¡Qué
variedad de círculos tangentes! Un cruce caucásico y aborigen determinó la
población de estas selvas. También la hembra del conquistador engendró en la
nueva zona a los hijos del recién llegado; pero éstos fueron los menos, porque
la hembra europea tardó en venir al paraíso encontrado en los mares. La hembra
aborigen fue el pasto; su gentileza bravía, el único manjar genésico, el único
fecundo claustro en donde se formó la nueva generación. Esa mezcla fue
prolífera, ¡pero a qué precio! El tipo brioso de la selva cedió energía física;
el tipo gallardo y lozano que pisó el lampo de occidente cedió robustez y
pujanza. De esta suerte, el compuesto nacido, el tipo derivado, resultó
físicamente inferior; organización deprimida, que había de ser abandonada al
discurrir de los siglos. La raza aborigen fue débil ante el choque y sucumbió,
borrándose para siempre del haz de la tierra. Su prole, el tipo hijo de la
mezcla, fue engendrado en la desgracia, en el recelo, bajo la sugestión del
miedo, en el amplio tálamo de los bosques, bajo la imposición del más fuerte. La
hembra fue máquina. El amor, hijo del ensueño, humareda del sentimiento, armonía
del espíritu, no tomó parte en la impregnación. Fue un ser caído bajo el ardor
epiléptico de otro, en medio de la grandeza de un suelo lleno de esplendores, en
la umbría lujuriosa de las selvas, bajo el galvanismo de un sol ardiente. Y
allí, de esa caída, se levantó la nueva estirpe; la congénere de la que debía
poblar el Canaam del siglo XV, la región más hermosa de la tierra. Después, el
tiempo hizo lo demás. Nuevas tangencias de vida continuaron la labor. La marmita
generadora continuó produciendo nuevas capas, cada vez menos fuertes, cada vez
más deprimidas, cada vez más semejantes a la originaria. ¡Horrible corriente,
que va fatalmente a la muerte! ¡Caudal de vida condenado a extinguirse bajo la
depresión constante que fermenta en los organismos!
Y así diciendo, Juan se erguía, enardecido, elocuente,
formulando los conceptos con profunda convicción, como quien abriga la seguridad
de convencer a los demás.
El padre cura, en tanto, movíase impaciente en su
asiento o paseábase por la habitación; a veces, poniéndose muy serio; a veces,
sonriendo desdeñosamente. ¡Qué tanta fanfarria! ¿Adónde se iría a parar si para
saber lo que padece el enfermo hubiera que preguntárselo a los abuelos comidos
ya por los gusanos? Aquel modo de discurrir estaba fuera de la realidad. Ni más
ni menos que el problema del cuento: ¿quién fue primero, el huevo o la gallina?
Vamos, la cosa no era tan ardua. Enseñanza, cultura, prédicas, buen ejemplo: he
ahí el modo de domar la fiera.
-Porque tampoco es cosa de abandonarles -decía-. Es
forzoso hacerles entrar en cauce, es menester encaminarles de algún modo...
-Sí; pero ese modo debe ser eminentemente humano y
eminentemente físico.
-Mucho habrá que rebuscar para descubrir la droga que
opere el milagro.
-No tanto..., aunque la redención tiene que ser lenta.
-Pero habrá que iniciarla algún día, supongo.
-Sí, para que se consuma a la larga.
-¡Es terrible tener que aguardar a los siglos futuros
para resolver problemas!
-En la vida de los pueblos, un siglo es un minuto. La
constancia y el tiempo conquistan el mundo. Si ese problema ha de ser resuelto,
vendrán olas de nueva vida, torrentes de extraño vigor, prodigalidad de
previsores cruces étnicos, los alientos, la vitalidad que aquí faltan, el medio
ambiente de libertad sincera y honrada que no se tiene. Vendrá la savia de una
alimentación positiva que en el equilibrio funcional no produzca déficit;
vendrá, por todos los medios, la escuela obligada, la vacuna impuesta, la
higiene forzosa, la defensa imperiosa contra los agentes atmosféricos y
telúricos; el servicio militar, que convierte al débil recluta en robusto
veterano; el fomento de la caza, que hace sacudir la molicie y premia la
agilidad; la necesidad de indumentaria que despierta rubor por la desnudez; el
fomento de cultivos alternantes que permitan sana variedad alimenticia; el
estímulo que inicie una urbanización reglamentada, lógica, sana, barata, y,
sobre todo, vendrá la mano piadosa que arrebate a estas gentes el veneno lento,
el miserable enemigo de la salud, de su paz, de su redención... ¡el alcohol!
-Pero ¿y la Iglesia, hombre? ¿Dónde me deja usted la
Iglesia?
-La Iglesia llegará, con la cultura, a los corazones
aptos para sentirla. Primero, la salud, luego, la creencia en quien quiera
creer.
-¡En lugar secundario! ¡No, y cien veces no! Primero,
la creencia; luego, la salud del alma; después, la salvación del cuerpo, la
redención de la materia...
-En los grandes fenómenos de la Naturaleza no hay
preferencias ni pretericiones.
-Bien; pero...
-Todo es primario, todo es importante, todo es
trascendental.
-Mas hay que partir de anchas bases, y la religión es
un punto de partida que...
-Nada es primero, nada es último. Tome usted en su mano
una esfera absoluta: todo es redondo, ¿verdad? ¿Podría fijarse el punto en que
esa esfera empieza y el punto en que acaba? ¡Imposible! Pues bien; nuestra tesis
es como aquella esfera: dondequiera que se ponga el dedo puede ser el punto de
partida. ¡Todo es primero, nada es último!...
En aquel momento avisaron que el almuerzo estaba
servido. Platicando siempre, los dos amigos se dirigieron al comedor, en donde,
servida la colación, humeaban los manjares con apetitoso atractivo. Habíanse ya
sentado, y todavía el padre Esteban filosofaba:
-Todas esas ideas son bonitamente inmorales. Lo primero
es lo primero. La fe, ¡qué gran remedio! ¡Qué medicina tan...!
-Mire usted, Pater -interrumpió Juan, destapando una
fuente y descubriendo un gran pedazo de carne-, mire usted: he aquí una de las
medicinas que necesita ese pobre enfermo...
Y entregándose al almuerzo, comieron y rieron con la
jovialidad de dos amigos de colegio.
Capítulo IV
Junto al río, sentados sobre un prado de musgo, varios
campesinos jugaban naipes. Había allí un bosquecillo, un lugar oculto, libre de
las miradas de los que transitaban por el camino y situado detrás de la tienda
de Andújar. Parecía una cripta; la Naturaleza ofrece asilos floridos para el
amor, para el sueño, para el crimen.
Deblás, manoseando una sucia baraja, dirigía la
contienda: contienda del azar o de la trampa.
Colocaba las cartas sobre el suelo mullido por
prolífica fumaria, metodizaba luego las apuestas, iba luego descubriendo las
cartas y, por fin, pagaba a los afortunados y cobraba a los que perdían. Se
cruzaban apuestas de ochavos, de una peseta a lo sumo, y en la banca se apiñaba
un montón de monedas que el ansia de los jugadores agrandaba.
Deblás, perseguido por la justicia, había encontrado en
la comarca un buen escondite. Su primo Andújar le protegía. Éste, más de una
vez, desvió a la policía forestal, despistándole y sustrayendo de sus garras la
presa.
Para un hombre como Andújar, un primo como Deblás podía
ser útil en ciertos momentos. Es verdad que se veía obligado a sostenerle con
dinero y vituallas; mas era preferible tal dispendio a tener un pariente en
presidio o, tal vez, tenerle suelto por enemigo.
Deblás era ave incierta, de esas que no tienen zona
propia y vuelan de un lugar a otro, atisbando las buenas presas. Su irregular
situación con la justicia le impedía mostrarse y trabajar en las fincas, a menos
que fuera en operaciones de las que no figuran en la lista de la semana; y, de
otro lado, los propietarios, conociendo la historia del presidiario, esquivaban
darle trabajo por temor a verse envueltos en asuntos de justicia.
De ese modo, Deblás vivía del favor de Andújar, de la
amistad de algunos campesinos, de la tolerancia de todos y de las ventajas del
juego, que establecía invariablemente los domingos.
Así pues, en la jugada a orillas del río llevaba aquel
día el timón. Con su cuerpo flaco, encogido, parecía un sediento sorbiendo poco
a poco el dinero de los otros. Sus dedos, anchos y aplastados en la punta,
barrían las monedas como escoba de pajuncia que barriera el polvo, y los naipes
en sus manos parecían sujetos por un secreto imán, mezclados con la atracción de
un unto pegajoso. No podían caer y dispersarse: estaban asidos por aquellas
manos flexibles, que a cada contracción muscular les imprimían una forma y una
disposición distinta.
En torno estaban los puntos, los que apostaban, y más
afuera los que miraban sin jugar. En conjunto, veinte o treinta gañanes, que
sudaban ansiosos ante las peripecias del juego.
Entre ellos veíase a Ciro, luciendo su cara maliciosa y
su expresión concupiscente. Si perdía, lanzaba palabrotas y reía con risa que
ocultaba el enojo, maldiciendo de la mala suerte. A veces cambiaba de postura
como cambiando de plan de batalla. Entonces se ponía muy serio, como quien ha
encontrado al cabo la clave de un enigma y reúne los cinco sentidos para
comprobar la eficacia del descubrimiento.
De vez en cuando, sin embargo, se distraía, dejaba de
apostar y miraba fuera del círculo de jugadores y curiosos. Parecía buscar,
esperar algo. Sus ojos tropezaban con la maraña de arbolitos, que cerraban el
paso a la mirada, y sólo por un lado, levantando la cabeza, conseguían ver, en
lo alto del barranco, el tabique posterior de la tienda de Andújar, mostrando la
mal unida superficie de la tablazón de cedro, sucia y desteñida por las lluvias
y el tiempo.
La cabezota innoble de Gaspar destacábase allí en la
primera fila, como figura de relieve amasada en el barro. Veíasele de bruces en
la embriaguez de la baraja, mostrando su penacho de pelos grises, espesos y
enmarañados; sus senos frontales deprimidos; sus pómulos pronunciados; sus
órbitas grandes, huesosas, muy separadas entre sí; su nariz ancha, con una
ventana más grande que otra; su bigote hirsuto y escaso; sus orejas, con el
lóbulo adherido a la piel de la cara; su maxilar inferior, voluminoso, con
aspecto de morro, sobresaliente de las facciones. En suma: un gran feo, de facha
repugnante.
Calculaba su juego y husmeaba el de los demás, ora
siguiendo en sus apuestas a algún afortunado, ora llevándole la contraria al que
estaba de malas. Si ocurría alguna dificultad, apremiaba con despotismo al
banquero; si surgía alguna discusión, revolvíase irritado contra los
discrepantes que interrumpían la jugada. Entonces lanzaba ternos enormes que
parecían pedradas arrojadas por la ira para turbar el silencio de las selvas.
Todos, para él, eran unos pendones que no sabían que molestar a los jugadores de
cálculo, unos desinquietos..., unos desvanecíos...
Cuando le salía una carta contraria, estallaba... La
suerte era una mujer de la vida que se daba o se negaba con irritante
volubilidad. ¡Mal rayo la partiera! Y aquel hombre grosero, cruel, vanidoso,
embustero, amigo del sufrimiento ajeno, perezoso en el trabajo, vengativo ante
la más ligera ofensa, egoísta en los placeres y cobarde en los peligros, se
mecía entre el enojo y la risa con exposiciones de mal reprimida violencia, cada
vez que los incidentes del juego le llevaban a la ganancia o a la pérdida.
Marcelo, entre los curiosos, paseaba la mirada triste.
Aquella mirada tímida que se desprendía de su semblante pálido como una hoja
amarilla caída de un árbol seco.
No jugaba: le parecía peligroso. Cualquiera está
expuesto a una riña, a un disgusto, por la menor tontería. Marcelo, que huía de
los peligros, no hubiera podido arriesgarse en la balumba de impresiones del
naipe. Tenía la seguridad de perder, y temía que si ganaba le creyesen ladrón de
la ganancia. Se conformaba con mirar, con seguir el vaivén del azar. Sonreía
cuando los demás prorrumpían en carcajadas, y si se agriaban los ánimos
retrocedía maquinalmente, separándose del corro.
En tanto, en la tienda, Andújar y el dependiente se
ocupaban del despacho.
Los campesinos hacían compras y arreglaban cuentas.
Como era domingo, las liquidaciones, escritas sobre hojas de papel de estraza,
cerraban el cargo y data de cada cual.
La tienda esplendía a la luz meridiana, luciendo el
mostrador grasiento y los umbrales llenos de churre. El asco hubiera caído en
brazos del síncope si alguien le hubiera empujado allí. Los aparadores estaban
llenos de artículos de consumo, de baratijas, de géneros tan ordinarios que
parecían tejidos expresamente para cubrir carne de chusma.
En medio del mostrador, una balanza, dispuesta a caer
del lado de la trampa al más tenue empujón. En un extremo del mostrador,
sinnúmero de botellas conteniendo bebidas, y en el extremo opuesto, pedazos de
cecina, de hogazas y galletas. Detrás del tabique del fondo, dos habitaciones:
en una, depósito de toneles, de albardas, de instrumentos de labor; en otra, un
catre, dos sillas y un gran baúl. Allí dormía Andújar, aquel era el recinto que
guardaba de noche al gran pulpo de ávidas ventosas que se le habían pegado del
dorso a la comarca.
Andújar había llegado allí algunos años antes. Sin otro
capital que la ropa que le cubría y su sed de riquezas a todo trance, apareció
un día en el barrio.
En aquel mismo lugar vivían por entonces un anciano de
setenta años y una muchacha de veinte: una mancebía extravagante de un viejo que
no se resolvía a perder el buen apetito, y una joven ganosa de marido acomodado.
El anciano era dueño de algunas hectáreas de terreno que se extendían desde el
cerro hasta el río, y poseía, además, una casita campestre con tabiques de
palmas y techo de paja: lo suficiente para cosechar quince o veinte fanegas de
café y comerse, en hogar estéril, su producto.
Andújar pidió hospitalidad, diéronsela, y pisó aquel
umbral de una vez para siempre.
Primero supo inspirar lástima al viejo, que le concedió
generoso arrimo; luego desplegó actividad ayudando a su huésped en las labores
del campo. Llegó a ser el hombre necesario, y en los días húmedos, cuando el
anciano tosía o calmaba en el quietismo la cruel rebeldía de las dolamas, llegó
a ser imprescindible.
Cuando el viejo no pudo trabajar, Andújar trabajó para
todos. Se hizo cargo del monte, y también, con astuta traición, del tálamo. La
muchacha, en su papel de enfermera de un longevo, encontró el premio furtivo del
hombre rollizo, y así fueron viviendo hasta que el propietario dio el adiós a la
vida.
Andújar entonces desplegó las alas. Allí no había ni
testamento ni heredero. La finca quedaba mostrenca. Por aquella época la colonia
no tenía catastros ni centros de inscripción: cada cual poseía porque poseía. La
costumbre, un papel simple; la tradición, una prueba testifical, bastaban para
dar dueño a un pedazo de tierra. La manceba viuda del muerto a nada tenía
derecho, y Andújar vio un camino abierto a su ambición.
No convenía alejar a la muchacha... Trató de engañarla:
sí, indudablemente la finca era de ella. Mas había que dar impulso a su
producción, elementarla trabajándola con ardor para hacerla productiva. Y él
siguió siempre siendo el hombre.
Un año después, la labor de Andújar había hecho
milagros: la casa era de madera, dos o tres cabañas la rodeaban, y la finca
había duplicado su importancia. La viuda estaba encantada viéndose enriquecer, y
aquel lazo siguió estrecho por algún tiempo.
Al fin, Andújar cansose de ella y dio el golpe. Un día,
con admirable descaro, la despidió, colocándole el baúl en el camino. Ella, en
un mar de confusiones y ahogada en otro de terneza, no atinó con mejor desahogo
que el llanto. Lloró, pero la casa se cerró para ella. Andújar, en cambio, pagó
con generosidad un tropel de testigos y logró iniciar un expediente posesorio.
Resultó ante la ley que Andújar era el poseedor de la finca: que la hubo por
compra verbal que de ella hiciera a su antiguo poseedor, el longevo,
presentándose un recibo otorgado anteriormente por otro dueño, aún más antiguo,
que revelaba una compraventa realizada en papel simple, papel casi desteñido y
mugriento que encontró Andújar en el arcón del longevo.
No hubo duda: el expediente triunfó, y Andújar, con
tranquilidad beata, heredó al setentón.
La muchacha desapareció después del despojo. ¿Cómo
disputar una propiedad que no era suya? ¿Cómo probar la impostura de un pillo?
Las cosas salieron a maravilla, y Andújar lució en domi |