Ya que mi
señora de Champaña quiere que emprenda una narración novelesca, lo intentaré
con mucho gusto; como quien es enteramente suyo para cuanto pueda hacer en
este mundo. Sin que esto sea un pretexto de adulación. En verdad que algún
otro podría hacerlo, quien quisiera halagarla, y decir así -y yo podría
confirmarlo- que es la dama que aventaja a todas las de este tiempo; tanto
como el céfiro sobrepasa a todos los vientos que soplan en mayo o en abril.
¡Por mi fe, que no soy yo el que desea adular a su dama! ¿Voy a decir: «Tantos
carbunclos y jaspes vale un diamante como reinas vale la condesa?» No, en
verdad. Nada de eso diré, por más que, a pesar de mi silencio, sea cierto. Sin
embargo voy a decir simplemente que en esta obra actúan más sus requerimientos
que mi talento y mi esfuerzo.
Empieza
Chrétien su libro sobre El Caballero de la Carreta. Temática y sentido se los
brinda y ofrece la condesa; y él cuida de exponerlos, que no pone otra cosa
más que su trabajo y su atención.
Así que en una
fiesta de la Ascensión había reunido el rey Arturo su corte, tan rica y
hermosa como le gustaba, tan espléndida como a un rey convenía. Después de la
comida quedóse el rey entre sus compañeros. En la sala había muchos nobles
barones, y con ellos también estaba la reina. Además había, a lo que me
parece, muchas damas bellas y corteses que hablaban con refinamiento la lengua
francesa.
En tanto Keu,
que había dirigido el servicio de las mesas, comía con los condestables.
Mientras Keu estaba sentado ante su comida, he aquí que se presentó un
caballero ante la corte, muy pertrechado para el combate, vestido con todas
sus armas. El caballero con tales arreos se llegó ante el rey, adonde estaba
Arturo sentado entre sus barones, y sin saludarle, así dijo:
[50] «¡Rey
Arturo, retengo en mi prisión a caballeros, damas y doncellas de tu tierra y
tu mesnada! Pero no te digo tales nuevas porque piense devolvértelos. Por el
contrario te quiero advertir y hacer saber que no tienes poder ni haberes con
los que puedas recobrarlos. ¡Sábete bien que morirás sin poderlos ayudar!»
El rey responde
que se resignará a sufrir, si no puede remediarlo; pero muy fuerte le pesa tal
penar.
Entonces el
caballero hace ademán de querer partir. Se da la vuelta, sin detenerse ante el
rey y viene hasta la puerta de la sala. Pero no traspone los peldaños. Se
detiene de pronto y dice desde allí:
«Rey, si en tu
corte hay caballero, siquiera uno, en quien fiaras a tal punto de atreverte a
confiarle a la reina para conducirla en pos de mí, a ese bosque, adonde yo me
dirijo, allí lo aguardaré con la promesa de devolverte todos los prisioneros
que están en cautividad en mi tierra; con tal que pueda defenderla frente a mí
y reconducirla aquí por su propio mérito.»
Esto oyó todo
el palacio, y toda la corte quedóse pasmada y conmovida.
La noticia
llegó a oídos de Keu, que estaba comiendo con los mayordomos. Deja su yantar y
acude con premura junto al rey y comienza a decirle con aspecto airado:
«Rey, te he
servido bien, con clara fidelidad y lealmente. Ahora me despido y voy a irme,
así que no te serviré más. No tengo deseo ni intención de servirte de ahora en
adelante.»
Apenóse el rey
de lo que sucedía, y apenas se repuso para contestarle, le dijo bruscamente:
«¿Es eso verdad
o chanza?»
Y Keu responde:
[100] «Buen
señor rey, no me dedico ahora a las chanzas. Bien cierto es que en seguida me
despido. De vos no pretendo
más recompensas ni soldadas por mi servicio. ¡He tomado la decisión de irme
sin demora!
-¿Es por ira o
por despecho -pregunta el rey- por lo que os queréis marchar? ¡Senescal,
quedaos en la corte, en vuestro puesto habitual! Y sabed bien que no tengo
nada en el mundo que no os dé sin reparos para manteneros aquí.
-Señor -dice
él- no os esforcéis. No aceptaría, ni que me regalarais un bolsillo de oro
puro al día.»
Ya quedó el rey
muy desesperado; y así acudió a la reina:
«Señora -le
dijo-, ¿sabéis lo que el senescal
me reclama? Pide licencia para despedirse y afirma que no volverá a la corte
jamás; no sé por qué. Lo que no quiere hacer por mí lo hará pronto por vuestra
súplica. Id a él, mi querida dama. Ya que no se digna a quedarse por mí,
rogadle que permanezca por vos. Y caed a sus pies, si es preciso; que si
pierdo su compañía, jamás estaré alegre.» El rey envía a la reina al senescal,
y ella va. Con su acompañamiento lo encontró; y, apenas llega ante él, así
habla:
«Keu, gran pena
he recibido, sabedlo con certeza, de lo que he oído decir de vos. Me han
contado, y eso me pesa, que os queréis partir lejos del rey. ¿Qué os impulsa a
ello?, ¿qué sentimiento? No me parece propio de un hombre sabio ni cortés,
como yo suelo consideraros. Que os quedéis, rogaros quiero. ¡Keu, quedaos, os
lo suplico!
-Señora -él
dice-, con vuestra venia; pero no voy a quedarme de ningún modo.»
Y la reina aún
más suplica, y todos los caballeros a coro; pero Keu contesta que se fatigan
por algo que es en vano. Y la reina, con toda su altura, se echa a sus pies.
[150] Keu le ruega que se levante; pero ella afirma que no lo hará. No se
levantará hasta que él otorgue su petición.
Entonces Keu le
ha prometido que se quedará, con tal de que el rey le otorgue de antemano lo
que va a pedir, y ella misma haga otro tanto.
«Keu -responde
la reina-, lo que sea, él y yo lo concedemos. Ahora venid, que le diremos que
os habéis contentado así.»
Con la reina
vase Keu y así llegan ante el rey. «Señor, he retenido a Keu -dice la reina-,
con gran esfuerzo. Os lo traigo con la promesa de que haréis lo que os pida.»
El rey suspiró
de alegría, y promete que cumplirá su petición, cualquiera que sea.
«Señor, sabed
pues lo que exijo y cuál es el don que me habéis asegurado. Por muy afortunado
me tendré, cuando lo obtenga por vuestra gracia. »Me habéis otorgado la
custodia y defensa de la reina que aquí está; así que iremos tras el caballero
que nos aguarda en el bosque.»
Al rey le
entristece su promesa. Pero la confirma, y a su pesar no se desdice de ella;
pero lo hace con amargura y tristeza, como se muestra bien en su rostro.
Mucho se
apesadumbró la reina; y todos comentan en el palacio que orgullo, exceso y
sinrazón había sido la petición de Keu, Tomó el rey a la reina de la mano y
así le dijo:
«Señora, sin
protestas conviene que marchéis.»
Y Keu contestó:
«¡Bien, dejadla
a mi cuidado! Y no temáis más nada, que la volveré a traer muy bien sana y
salva!»
El rey se la
confía y él se la lleva. En seguimiento de los dos salieron todos; y nadie
estaba exento de preocupación.
Sabed que
pronto el senescal estuvo completamente armado, y su caballo fue conducido al
medio del patio. [200] A su lado estaba un palafrén, que no era indócil ni
remolón, sino como conviene a la montura de una reina. Ésta llega a su
palafrén, mortecina, doliente y suspirosa; lo monta mientras dice por lo bajo,
para no ser oída:
«¡Ah rey, si lo
supierais, creo que no permitiríais que Keu me alejara ni un solo paso!»
Creyó haberlo
murmurado muy bajo; pero la oyó el conde Guinable, que muy cerca estaba de su
montura.
A su marcha tan
gran duelo hicieron todos aquellos y aquellas que la presenciaron, como si se
partiera muerta sobre el ataúd. Pensaban que no regresaría jamás en vida. El
senescal, en su desmesura, se la lleva adonde el otro los aguarda. Pero nadie
se angustió tanto que intentara su persecución.
Hasta que, al
fin, mi señor Galván dice al rey su tío, en confidencia:
«Señor -dice-,
muy gran niñería habéis hecho, y mucho me maravillo de eso. Mas, si aceptáis
mi consejo, mientras aún están cerca, podríamos salir tras ellos vos y yo, y
aquellos que quieran acompañaros. Yo no podría contenerme por más tiempo sin
salir en pos de ellos. No sería digno que no les siguiéramos, al menos hasta
saber lo que le acontecerá a la reina y cómo Keu se comportará.
-Vayamos pues,
buen sobrino -dijo el rey-. Muy bien habéis hablado como noble cortés. Y ya
que habéis tomado el asunto a vuestro cargo, mandad que saquen los caballos, y
que les pongan sus frenos y monturas, para que no quede sino cabalgar.»
Ya han traído
los caballos; ya están aparejados y ensillados. El rey es el primero en
montar, y luego montó mi señor Galván, y todos los demás a porfía. [250]
Todos quieren ser de la compañía, y cada uno va a su guisa. Unos estaban
armados, y muchos otros sin armadura. Pero mi señor Galván iba bien armado, e
hizo que dos escuderos le trajeran dos corceles de batalla.
Así que se
aproximaron al bosque, vieron salir al caballo de Keu, y lo reconocieron.
Vieron que las riendas de la brida habían sido rotas por ambos lados. El
caballo venía sin caballero. La estribera traía teñida de sangre, y el arzón
de la silla por detrás colgaba desgarrado y en pedazos.
Todos se
quedaron angustiados; y uno a otros se hacían señas con guiños y golpes de
codo.
Bien lejos en
delantera a lo largo del camino cabalgaba mí señor Galván. Sin mucho tardar
vio a un caballero que avanzaba al paso sobre un caballo renqueante y
fatigado, jadeante y cubierto de sudor. El caballero fue el primero en saludar
a mi señor Galván; y éste le contestó luego. El caballero se detuvo al
reconocer a mi señor Galván, y le dijo:
«Señor, bien
veis cómo está cubierto de sudor y tan derrengado que de nada me sirve. Me
parece que esos dos corceles son vuestros. Así que querría pediros, con la
promesa de devolveros el servicio y galardón, que vos en préstamo o como don,
me dejéis uno, el que sea.
-Pues escoged
entre los dos el que os plazca -contestó.»
El otro, como
que estaba en gran necesidad, no fue a escoger el mejor, ni el más hermoso ni
el más grande, sino que montó al punto el que encontró más cerca de él. Pronto
lo ha lanzado al galope. Mientras, caía muerto el que había dejado, pues
demasiado lo había en aquella jornada fatigado y abusado.
[300] El
caballero sin ningún respiro se va armado a través del bosque. Y mi señor
Galván detrás lo sigue y le da caza con ahínco cuando ya había traspasado una
colina. Después de avanzar gran trecho encontró muerto el corcel que había
regalado al caballero, y vio muchos rastros de caballos y restos de escudos y
de lanzas en torno. Se figuró que había habido gran pelea de varios
caballeros, y mucho le apenó y disgustó no haber llegado a tiempo. No se paró
allí largo rato, sino que avanza con raudo paso. Hasta que adivinó que volvía
a ver al caballero: muy solo, a pie, con toda su armadura, el yelmo lazado, el
escudo al cuello, ceñida la espada, había llegado junto a una carreta.
Por aquel
entonces las carretas servían como los cadalsos de ahora; y en cualquier buena
villa, donde ahora se hallan más de tres mil no había más que una en aquel
tiempo. Y aquélla era de común uso, como ahora el cadalso, para los asesinos y
traidores, para los condenados en justicia, y para los ladrones que se
apoderaron del haber ajeno con engaños o lo arrebataron por la fuerza en un
camino. El que era cogido en delito era puesto sobre la carreta y llevado por
todas las calles. De tal modo quedaba con el honor perdido, y ya no era más
escuchado en cortes, ni honrado ni saludado. Por dicha razón, tales y tan
crueles eran las carretas en aquel tiempo, que vino a decirse por vez primera
lo de: «Cuando veas una carreta y te salga al paso, santíguate y acuérdate de
Dios, para que no te ocurra un mal.»
El caballero a
pie, sin lanza, avanza hacia la carreta, y ve a un enano sobre el pescante,
que tenía, como carretero, una larga fusta en la mano; [350] y dice el
caballero al enano:
«Enano, ¡por
Dios!, dime si tú has visto por aquí pasar a mi señora la reina.»
El enano,
asqueroso engendro, no le quiso dar noticias, sino que le contesta:
«Si quieres
montar en la carreta que conduzco, mañana podrás saber lo que le ha pasado a
la reina.»
Mientras aquél
reanuda su camino, el caballero se ha detenido por momentos, sin montar. ¡Por
su desdicha lo hizo y por su desdicha le retuvo la vergüenza de saltar al
instante a bordo! ¡Luego lo sentirá!
Pero Razón, que
de Amor disiente, le dice que se guarde de montar, le aconseja y advierte no
hacer algo de lo que obtenga vergüenza o reproche. No habita el corazón, sino
la boca, Razón, que tal decir arriesga. Pero Amor fija en su corazón y le
amonesta y ordena subir en seguida a la carreta. Amor lo quiere, y él salta;
sin cuidarse de la vergüenza, puesto que Amor lo manda y quiere.
A su vez mi
señor Galván acercábase hacia la carreta; y cuando encuentra sentado encima al
caballero, se asombra y dice:
«Enano,
infórmame sobre la reina, si algo sabes.»
Contesta el
enano:
«Si tanto te
importa, como a este caballero que aquí se sienta, sube a su lado, si te
parece bien y yo te llevaré junto con él.»
Apenas le oyó
mi señor Galván, lo consideró como una gran locura, y contestó que no subiría
de ningún modo; pues haría desde luego un vil cambio si trocara su caballo por
la carreta.
«Pero ve adonde
quieras, que por doquier vayas, allí iré yo.»
Así se ponen en
marcha; él cabalga, aquellos dos van en carreta, y juntos mantenían un mismo
camino. Al caer la tarde llegaron a un castillo. Sabed bien que el castillo
era muy espléndido y de arrogante aspecto.[400]
Los tres entran
por una puerta. Del caballero, traído en la carreta, se asombran las gentes.
Pero no lo animan desde luego; sino que lo abuchean grandes y pequeños, viejos
y niños, a través de las calles, con gran vocerío. El caballero oyó decir de
él muchas vilezas y befas. Todos preguntan:
«¿A qué
suplicio destinarán al caballero? ¿Va a ser despellejado, ahorcado, ahogado, o
quemado sobre una hoguera de espino? ¿Di, enano, di, tú que lo acarreas, en
qué delito fue aprehendido? ¿Está convicto de robo? ¿Es un asesino, o
condenado en pleito?»
El enano
mantiene obstinado silencio, y no responde ni esto ni aquello. Conduce al
caballero a su albergue -y Galván sigue tenazmente al enano- hacia un torreón
que se alzaba en un extremo de la villa sobre el mismo plano. Pero por el otro
lado se extendían los prados y por allí la torre se alzaba sobre una roca
escarpada, alta y cortada a pico. Tras la carreta, a caballo entra Galván en
la torre.
En la sala se
han encontrado una doncella de seductora elegancia. No había otra tan hermosa
en el país, y la ven acudir acompañada por dos doncellas, bellas y gentiles.
Tan pronto como
vieron a mi señor Galván, le demostraron gran alegría y le saludaron. También
preguntaron por el caballero:
«Enano, ¿qué
delito cometió este caballero que llevas apresado?»
Tampoco a ellas
les quiso dar explicaciones el enano. Sino que hizo descender al caballero de
la carreta, y se fue, sin que supieran adonde iba.
Entonces
descabalga mi señor Galván, y al momento se adelantan unos criados que los
desvistieron a ambos de su armadura.
[450] La
doncella del castillo hizo que les trajeran dos mantas forradas de piel para
que se pusieran encima. Cuando fue la hora de cenar, estuvo bien dispuesto la
cena. La doncella se sienta en la mesa al lado de mi señor Galván. Por nada
hubieran querido cambiar su alojamiento, en busca de otro mejor; ¡a tal punto
fue grande honor y compañía buena y hermosa la que les ofreció durante toda la
noche la doncella!
Cuando hubieron
bien comido, encontraron preparados dos lechos, altos y largos, en una sala.
Allí había también otro, más bello y espléndido que los anteriores. Pues,
según lo relata el cuento, aquél ofrecía todo el deleite que puede imaginarse
en un lecho. En cuanto fue tiempo y lugar de acostarse la doncella acompaña a
tal aposento a los dos huéspedes que albergaba, les muestra los dos lechos
hermosos y amplios y les dice:
«Para vosotros
están dispuestos aquellas dos camas de allá. En cuanto a esta de aquí, en ella
no puede echarse más que aquel que lo merezca. Ésta no está hecha para
vosotros.»
Entonces le
responde el caballero, el que llegó sobre la carreta, que considera como
desdén y baldón la prohibición de la doncella.
«Decidme pues
el motivo por el que nos está prohibido este lecho.»
Respondió ella,
sin pararse a pensar, pues la respuesta estaba ya meditada.
«A vos no os
toca en absoluto ni siquiera preguntar. Deshonrado está en la tierra un
caballero después de haber montado en la carreta. No es razón que inquiera
sobre ese don que me habéis preguntado, ni mucho menos que aquí se acueste.
¡En seguida podría tener que arrepentirse! Ni os lo he hecho preparar tan
ricamente para que vos os acostéis en él. Lo pagaríais muy caro, si se os
ocurriese tal pensamiento.
-¿Lo veré?
-¡En verdad!
-¡Dejádmelo
ver! No sé a quién le dolerá -dijo el caballero-, ¡por mi cabeza! [500]
Aunque se enoje o se apene quien sea, quiero acostarme en este lecho y reposar
en él a placer.»
Con que, tras
haberse quitado las calzas, se echa en el lecho largo y elevado más de medio
codo sobre los otros, con un cobertor de brocado amarillo, tachonado de
estrellas de oro. No estaba forrado de piel vulgar, sino de marta cibelina.
Por sí misma habría honrado a un rey el cobertor que sobre sí tenía. Desde
luego que el lecho no era de paja ni hojas secas ni viejas esteras.
A media noche
del entablado del techo surgió una lanza, como un rayo, de punta de hierro y
lanzóse a ensartar al caballero, a través de sus costados, al cobertor y las
blancas sábanas, al lecho donde yacía. La lanza llevaba un pendón que era una
pura llama. En el cobertor prendió el fuego, y en las sábanas y en la cama de
lleno. Y el hierro de la lanza pasa al lado del caballero, tan cerca que le ha
rasgado un poco la piel, pero no le ha herido apenas. Entonces el caballero se
ha levantado; apaga el fuego y empuña la lanza y la arroja en medio de la
sala. No abandona por tal incidente su lecho, sino que se vuelve a acostar y a
dormir con tanta seguridad como antes.
Al día
siguiente por la mañana, al salir el sol, la doncella del castillo encargó la
celebración de una misa, y envió a despertar y levantar a sus huéspedes.
Después de cantada la misa, el caballero que se había sentado en la carreta se
acodó pensativo en la ventana ante la pradera y contempló a sus pies el valle
herboso.
En la otra
ventana de al lado estaba la doncella; allí algo le murmuraba al oído mi señor
Galván. No sé yo qué, ni siquiera el tema de su charla.
[550] Pero
mientras estaban en la ventana, en la pradera del valle, cerca del río, vieron
acarrear un ataúd. Dentro yacía un caballero y a sus costados un llanto grande
y fiero hacían tres doncellas. Detrás del ataúd ven venir una escolta. Delante
avanzaba un gran caballero que conducía a su izquierda a una hermosa dama.
El caballero de
la ventana reconoció que era la reina. Y no dejaba de contemplarla con plena
atención, y se embelesaba en la larga contemplación. Cuando dejó de verla,
estuvo a punto de dejarse caer por la ventana y despeñar su cuerpo por el
valle. Ya estaba con medio cuerpo fuera, cuando mi señor Galván lo vio y la
sujetó atrás, diciéndole:
«Por favor,
calmaos. ¡Por Dios, no pretendáis ya cometer tal desvarío! ¡Gran locura es que
odiéis vuestra vida!
-Con razón, sin
embargo, lo hace -dijo la doncella-. ¿Adonde irá que no sepan la noticia de su
deshonor, por haber estado en la carreta? Bien debe querer estar muerto, que
más valdría muerto que vivo. La vida será desde ahora vergonzosa, triste y
desdichada.»
Así los
caballeros pidieron sus armas y revistieron su arnés. Entonces, demostró su
cortesía y su hidalguía la doncella en un gesto de generosidad. Al caballero
de quien se había burlado y al que reprendiera le regaló un caballo y una
lanza, en testimonio de simpatía y amistad.
Los caballeros
se despidieron corteses y bien educados de la doncella, y después de saludarla
se encaminaron por donde vieran marchar al cortejo. Esta vez salieron del
castillo sin que nadie les hablara una palabra.
A toda prisa se
van por donde habían visto a la reina. [600] No alcanzan a la escolta que se
había alejado. Desde la pradera penetran en un robledal, y encuentran un
camino de piedras. Siguieron a la ventura por el bosque, y sería la hora prima
del día cuando, en un cruce de caminos, encontraron a una doncella y ambos la
saludaron. Cada uno le pregunta y suplica que les diga, si lo sabe, adonde se
han llevado a la reina. Como persona sensata les responde:
«Si me
pudierais dar vuestra promesa de servirme, bien podría indicaros el camino
directo, la senda, y aún os diría, el nombre de la tierra y del caballero que
allí la lleva. Aunque ha de sufrir grandes rigores quien quiera entrar en
aquella comarca. Antes de llegar allí encontrará mil dolores.»
Mi señor Galván
le dice:
«Doncella, así
Dios me ayude, que yo os prometo a discreción, poner a vuestro servicio,
cuando os plazca, todo mi poder, con tal que me digáis la verdad.»
Y el que estuvo
en la carreta no dice que promete todo su poder, sino que afirma -como es
propio de aquel a quien Amor hace rico, poderoso y atrevido a todo- que sin
temor ni reparo, se pone y ofrece a sus órdenes con toda su voluntad.
«Entonces os lo
diré -contesta ella-. Por mi fe, señores, fue Meleagante, un caballero muy
fuerte y tremendo, hijo del rey de Gorre, quien la apresó; y se la ha llevado
al reino de donde ningún extranjero retorna, sino que por fuerza mora en el
país, en la servidumbre y el exilio.»
Y entones él le
pregunta:
«¿Doncella,
dónde está esa tierra? ¿Dónde podremos buscar el camino?»
Ella responde:
«Ya lo vais a
saber. Pero tenedlo por seguro, encontraréis por el camino muchos obstáculos y
malos pasos. [650] Que no es cosa ligera el entrar allí, de no ser con el
permiso del rey, que se llama Baudemagus. De todos modos sólo se puede entrar
por dos vías muy peligrosas, dos pasajes muy traidores. El uno se denomina: El
Puente bajo el Agua. Porque ese puente está sumergido y la altura del agua al
fondo es la misma que la de por encima del puente, ni más ni menos, ya que
está justo a mitad de la corriente. Y no tiene más que pie y medio de ancho, y
otro tanto de grueso. Vale la pena no intentarlo y, sin embargo, es el menos
peligroso; aunque haya además aventuras que no digo. El otro es el puente peor
y más peligroso, tanto que ningún humano lo ha cruzado. Es cortante como una
espada y por eso todo el mundo lo llama: el Puente de la Espada. La verdad de
cuan-puedo deciros os he contado.»
Luego le
pregunta él:
«Doncella,
dignaos indicamos esos dos caminos.»
Y la doncella
responde:
«Ved aquí el
camino directo al Puente bajo el Agua, y el de más allá va derecho al Puente
de la Espada.»
Entonces dice
de nuevo el caballero que fue carretero:
«Señor, me
separo de vos de grado. Elegid uno de estos dos caminos y dejadme el otro a mi
vez. Tomad el que más os guste.
-Por mi fe
-dice mi señor Galván-, muy peligroso y duro es tanto uno como otro paso. Me
siento poco sabio para la elección, no sé cuál escoger con acierto. Pero no es
justo que por mi haya demora, ya que me habéis propuesto la elección. Tomaré
el camino al Puente bajo el Agua.
-Entonces es
justo que yo me dirija al Puente de la Espada, sin discusión -dijo el otro- y
accedo a gusto.»
Con que allí se
separan los tres. [700] El uno al otro se han encomendado, de todo corazón, a
Dios. La doncella cuando los ve marchar, dice así:
«Cada uno de
vosotros debe devolver el galardón a mi gusto, en el momento que yo escoja
para reclamarlo. Cuidad de no olvidarlo.
-¡No lo
olvidaremos, de verdad, dulce amiga!», dicen los dos.
Cada uno se va
por su camino. El caballero de la carreta va sumido en sus pensamientos como
quien ni fuerza ni defensa tiene contra Amor que le domina.
Su cuita es tan
profunda que se olvida a sí mismo, no sabe si existe, no recuerda ni su
nombre, ni si armado va o desarmado, ni sabe adonde va ni de dónde viene. Nada
recuerda en absoluto, a excepción de una cosa, por la que ha dejado las demás
en olvido. En eso sólo piensa tan intensamente que ni atiende ni ve ni oye
nada.
Mientras tanto
su caballo le lleva rápido, sin desviarse por mal camino, sino por la senda
mejor y más derecha. Así marchaba en pos de la aventura. Así le ha conducido a
un campo llano.
En aquel prado
había un vado, y al otro lado del río se erguía el caballero que lo guardaba.
Junto a él
había una doncella montada en un palafrén.
Había pasado
casi la hora nona, y todavía permanecía el caballero sin cansancio abstraído
en su meditación. Su caballo, que tenía gran sed, vio hermoso y claro el vado,
y corrió hacia el agua al divisarla.
Pero el
caballero que estaba en la otra ribera le grita:
«¡Caballero, yo
guardo el vado, y os lo prohíbo!»
El otro no lo
oye ni entiende ya que su meditar no le deja. Sin reparos se precipita su
caballo hacia el agua. El guardián le grita que lo retenga:
[750] «¡Deja
el vado y te portarás como sensato, que por acá no se permite el paso!»
Y jura por su
corazón que si penetra en el vado, lo atacará con su lanza. El otro sigue
ensimismado sin detener al caballo que a la carrera salta al agua y comienza a
beber a grandes tragos. El guardián dice que se arrepentirá y que no ha de
protegerle al trasgresor ni su escudo ni su yelmo.
Pone luego su
caballo al galope y lo aguija a un galope tendido. Y lo hiere y derriba toda
su altura en medio del vado que le había vedado antes. Del mismo modo perdió
el caído la lanza y el escudo que pendía de su cuello.
Apenas siente
el agua, se sobresalta, y de un salto se pone en pie aún medio atontado; como
quien se despierta de un sueño vuelve en sí, y mira en torno extrañado y busca
a quien le hirió. Entonces ha visto al otro caballero. Y así le grita:
«¡Villano! ¿Por
qué me habéis atacado, decidme, cuando yo ignoraba vuestra presencia y no os
había causado ningún daño?
-¡Por mi fe,
que lo habíais hecho! -dice el otro-. ¿No me estimasteis como cosa vil, cuando
por tres veces os prohibí el vado y os lo dije lo más alto que pude gritar?
Bien me oísteis desafiaros dos o tres veces. Y aun así pasasteis adelante.
Bien dije que os daría con mi lanza hasta que os viera en el agua.»
A lo cual
responde el caballero:
«¡Maldito sea
si os oí jamás o si jamás os vi, que yo sepa! Bien pudo ser que me
prohibierais pasar el vado, pero estaba absorto en mis pensamientos. ¡Sabed de
seguro que en mala hora me atacasteis si puedo echar al menos una de mis manos
en el freno de vuestro caballo!»
Contesta él:
«¿Qué pasaría?
Podrás tenerme a tu gusto por el freno, si te atreves a cogerlo. No aprecio ni
en un puñado de cenizas tu amenaza y tu orgullo.»
[800] Y
responde el otro:
«No quiero más
otra cosa. Pase lo que tenga que pasar, he de tenerte a mi merced.»
Entonces el
caballero avanza al medio del vado. El otro le coge de las riendas con la mano
izquierda y de la cadera con la diestra. Le agarra y tira y aprieta tan
duramente que el guardián se lamenta de dolor; le parece sentir que con
violencia le desgarra su pierna del cuerpo. Así le ruega que lo deje y le
dice:
«¡Caballero, si
te place combatir conmigo de igual a igual, toma tu escudo y tu lanza y tu
caballo y ven a justar contra mí!»
Aquél responde:
«No lo haré,
por mi fe, que temo que huirías de mí en cuanto te vieras libre.»
El otro, al
oírlo, tuvo gran vergüenza, y le dice de nuevo:
«Caballero,
monta sobre tu caballo con toda confianza. Yo te garantizo lealmente que ni
cederé ni huiré. Me has dicho una infamia; y enojado estoy por tal.»
Y el otro toma
de nuevo la palabra:
«Antes me
habrás dado como garantía tu juramento. Quiero que me des tu palabra de honor
que no te apartarás ni huirás, y que no me tocarás ni te acercarás a mí, hasta
que no me veas a caballo. Te habré hecho buen favor, si, ahora que te tengo,
te suelto.»
Aquél le dio su
palabra; que ya no podía más.
Cuando el
caballero tuvo la fianza, recogió su escudo y su lanza que por el río flotando
iban y a toda prisa se alejaban. Ya estaban un largo trecho más abajo. Luego
regresa a por su caballo. Cuando lo hubo alcanzado y estuvo montado, empuñó
las correas del escudo y puso la lanza en ristre sobre el arzón. Entonces se
enfrentan el uno contra el otro a galope tendido de las monturas.
[850] El que
debía custodiar el vado carga el primero contra el otro, y con tanto ímpetu lo
alcanza que su lanza vuela en pedazos al golpe. Pero el otro le hiere en
respuesta de tal modo que lo envía al medio del vado, tan derribado que el
agua lo tapó por entero.
Después el de
la carreta retrocede y desmonta, porque pensaba que cien enemigos como aquél
podría derribar y perseguir. De su vaina desenfunda la espada de acero. El
otro se pone en pie y desenvaina la suya, buena y con destellos. Se
entreatacan cuerpo a cuerpo. Por delante ponen los escudos, donde reluce el
oro, y con ellos se cubren. Las espadas realizan un duro trabajo, sin
conclusión ni reposo, y muy fieros golpes se asestan uno a otro. La batalla
tanto se prolonga que el caballero de la carreta se avergüenza de corazón, al
pensar que mal llevará a cabo la tarea de la aventura emprendida, cuando tan
largo espacio emplea en vencer a un solo caballero... ¡Si ayer, piensa él, no
habría encontrado en valle alguno cien tales que hubieran podido resistirle!
Así está muy dolido y airado, por haber empeorado hasta tal punto, que yerra
sus golpes y en vano consume su jornada. Entonces arrecia su embestida, y
tanto lo asedia que el otro ya cede y retrocede. Desampara y le deja libre el
vado y el paso, muy a su pesar. Pero él lo persigue de todas formas, hasta que
le derriba de bruces.
El viajero de
la carreta avanza sobre él entonces, y le recuerda que bien puede ver cuan
desdichado fue al derribarlo en el vado y sacarlo de su ensimismado pensar.
La doncella que
consigo llevaba el guardián del vado ha escuchado y oído las amenazas. Con
gran espanto le suplica que, por ella, lo perdone y no lo mate. El otro
contesta que no puede, en verdad, perdonarlo, porque le ha infligido gran
afrenta.
Luego va sobre
él con la espada desnuda. El caído le dice, despavorido:
«¡Por Dios y
por mí, conceded la gracia que ella y yo os suplicamos!
-Pongo a Dios
por testigo -responde él- [900] que nadie, por mucho mal que me hiciera, si
me suplicó gracia por Dios, hay al que en nombre de Dios no lo haya perdonado
una vez. Y así lo haré contigo, pues no te lo debo rehusar, cuando así me lo
has suplicado. Pero, aun así, te comprometerás a entregarte como prisionero,
donde yo quiera, cuando te lo reclame.»
El vencido lo
otorgó con gran pesadumbre.
La doncella
intervino entonces:
«Caballero, por
tu liberalidad, ya que él te pidió gracia y tú se la has concedido; si alguna
vez liberaste a un prisionero, deja a éste libre. Concédeme salvarlo de su
cautividad; con la promesa de que a su debido tiempo te devolveré tal
galardón, cuando te convenga, según mi poder.»
Entonces él
comprendió quién era, por las palabras dichas. Así que dejó al vencido libre
de su compromiso. Ella tuvo temor y vergüenza al pensar que la había conocido,
ya que tal cosa no deseaba. Mas el desconocido se parte en seguida. El
caballero y la doncella se despiden de él y lo encomiendan a Dios. Él les da
su adiós, y se va.
Al caer la
noche encontró a una doncella, que le salió al paso, muy hermosa y
distinguida, muy graciosa y bien vestida. La doncella le saluda, de modo
discreto y bien educado, y él le responde:
¡«Sana y
dichosa, doncella, os conserve Dios!
-Señor -dice
ella-, mi casa está aquí cerca preparada para albergaros, si aceptáis mi
invitación. Pero con una condición habéis de albergaros; con la de acostaros
conmigo. De tal modo os lo ofrezco e invito.»
Muchos hay que
por tal invitación le habrían dado mil gracias. Pero el caballero al pronto se
entristeció y le respondió de otra manera:
[950]
«Doncella, por vuestro hospedaje os estoy muy agradecido. En mucho lo aprecio.
Pero, si os place, prescindiría muy bien del acostamiento.
-¡Pues de otro
modo no ha de ser, por mis ojos!» dijo la doncella.
Él, como que no
puede mejorar la ocasión, lo concede a gusto de ella. Sólo al asentir ya se le
quiebra el corazón. ¡Cuando .tanto lo lastima la sola promesa, cuál será la
tristeza al acostarse! Mucho orgullo y tristeza habrá de sufrir la doncella
que lo guía. Y, tal vez, al amarle ella con pasión, no se resigne a dejarlo
marchar.
Después de
haber accedido a su proposición y deseo lo conduce hasta un castillo. No
encontraríase uno más bello de aquí hasta Tesalia. Estaba protegido en su
circunferencia por altos muros y por un foso de agua profunda. Y allí dentro
no se encontraba más hombre que el que ella esperaba.
Allá había
mandado la doncella, para su residencia, construir un buen número de
habitaciones y un gran salón principal.
Cabalgando por
la vera de un río llegaron a la mansión. El puente levadizo estaba bajo para
permitirles el paso. Una vez cruzada la entrada sobre el puente han encontrado
abierta la gran sala, con su artesonado de tejas. Por el portal que
encontraron abierto penetran y ven una gran mesa, amplia y larga, cubierta con
su mantel. Encima estaban servidos los platos, encendidas todas las velas en
los candelabros, y las grandes copas de plata dorada y dos jarras, una llena
de vino de moras y la otra de un fuerte vino blanco. A un lado de la mesa,
sobre uno de los bancos, encontraron dos palanganas llenas de agua caliente
para lavarse las manos; y al costado han hallado una toalla de hermosos
bordados, hermosa y blanca, para secarse las manos.
Allá no
encontraron ni atisbaron criado, lacayo ni escudero. [1000] El caballero se
quita el escudo del cuello y lo cuelga de un gancho, y toma su lanza y la
deposita sobre el rastrillo de un pesebre. Luego salta de su caballo al suelo,
y la doncella desciende del suyo. Al caballero le pareció muy bien que ella no
esperara a que él la ayudase a desmontar. Apenas hubo descendido sin demora ni
vacilación corre a una cámara de donde saca para él un manto escarlata y se lo
pone sobre los hombros.
La sala no
estaba en sombras, por más que en el cielo lucían ya las estrellas. Por el
contrario había allí dentro tantas velas y antorchas grandes y ardientes que
la claridad la inundaba. Después de ponerle el manto al cuello, le dijo la
doncella:
«Amigo, ved el
agua y la toalla. Nadie os la ofrece ni brinda puesto que a nadie veréis sino
a mí. Lavad vuestras manos y sentaos, comed cuando os apetezca y venga en
gana. La hora y la comida bien lo piden, como podéis ver. Así que lavaos y
venid a sentaros.
-¡Con mucho
gusto!»
Y él se sienta
y ella, muy contenta, a su lado. Juntos comieron y bebieron hasta el fin de la
cena. Cuando se hubieron levantado de la mesa, le dijo la doncella al
caballero:
«¡Señor, salid
fuera a distraeros, si no os causa molestia, y aguardad allí, si os place,
hasta que calculéis que ya estoy acostada. No os enoje ni fastidie la demora,
porque bien podéis venir a tiempo, si vais a cumplir vuestra promesa.»
Repuso él:
«Yo os
mantendré la promesa. De modo que volveré cuando piense que es ya hora.»
Entonces se
sale fuera y allí se demora un gran rato, pues debe mantener su promesa.
[1050] Vuelve
de nuevo a la sala, pero no encuentra allí a la que se hizo su amiga, que allí
desde luego no estaba.
Cuando ni la
encuentra ni la ve, se dice:
«En cualquier
lugar que esté, iré en su busca hasta hallarla.» Y no se retrasa en la busca,
por la promesa que le tenía.
Al entrar en
una cámara oye gritos de una joven. Y era la misma con la que había de
acostarse.
De pronto
advierte la puerta abierta de otra habitación. Hacia allá va, y ante sus ojos
presencia cómo un caballero la había derribado y la tenía echada de través
sobre la cama, después de desnudarla. Ella que estaba bien segura de que
acudiría en su ayuda, gritaba bien alto:
«¡Ay! ¡Ay!
¡Caballero, tú que eres mi huésped! Si no me quitas a éste de encima, va a
ultrajarme en tu presencia. Tú eres quien debe compartir mi lecho, como has
pactado conmigo. ¿Me someterá éste ahora a su deseo, bajo tu mirada, a la
fuerza? ¡Gentil caballero, esfuérzate pues en venir en mi socorro a toda
prisa!»
Él ve que muy
vilmente tenía el otro a la doncella desnuda hasta el ombligo. La escena le
produce gran vergüenza y pesar, por el hecho de que el atacante acerque su
desnudez a la de ella. Por otra parte el espectáculo no le enardecía su deseo
ni tampoco los celos.
Además a la
entrada había como porteros, bien armados, dos caballeros con espadas desnudas
en la mano. Más allá cuatro lacayos estaban en pie. Cada uno blandía un hacha,
capaz de partir en dos una vaca por mitad del espinazo, tan fácilmente como
segar la raíz de un enebro o una retama.
El caballero en
la puerta se detiene y cavila:
«¿Dios, qué
podré yo hacer? Me mueve en mi aventura nada menos que el rescate de la reina
Ginebra. [1100] De ningún modo puedo tener corazón de liebre, cuando por tal
motivo estoy en esta búsqueda.
»Si Cobardía me
presta su corazón, y si obro a su mandato, no conseguiré lo que persigo.
¡Deshonrado quedo si aquí me tardo! Incluso me resulta ahora un gran esfuerzo
haber mencionado la tardanza. Por ello tengo ya el corazón triste y
ensombrecido. Ahora siento vergüenza, ahora desespero, tanto que morir
quisiera por haberme tanto detenido aquí. ¡Que Dios no tenga piedad de mí, si
lo digo por vanidad, y si no quiero mejor morir con honor que vivir con
infamia! Si tuviera el paso franco, ¿qué honor habría merecido, si éstos me
dieran su permiso para pasar más allá sin disputa? Entonces podría pasar, sin
mentir, hasta el más cobarde de los vivientes. Bastante he oído a esta
desgraciada suplicarme socorro repetidamente, y me recuerda mi promesa y me la
echa en cara.»
Al instante se
acerca a la puerta e introduce el cuello y la cabeza por una ventana de al
lado, y levanta la vista al asomarse así. Ve caer sobre él las espadas y
súbito se retira de un brinco. Los dos caballeros no pudieron detener su
ímpetu, una vez lanzados a descargar el golpe. En tierra dan con sus espadas
con tal fuerza que ambas se hicieron pedazos.
Una vez
quebrados los aceros, él tuvo menos aprecio por las hachas y menos temió a
quienes las manejaban. Con que salta entre ellos y de un golpe al costado
hiere a un lacayo, y luego a otro. A los dos que encontró más cerca les da con
puños y brazos hasta abatirlos fuera de combate. El tercero erró su golpe.
Pero el cuarto le atina, al descargar el golpe. Del tajo rasga la capa y en
todo el hombro lo hiere, de modo que su camisa y su blanca carne se tiñen de
la sangre que gotea.
[1150] Pero
nada consigue detenerle, ni se queja de su herida. Rápido avanza a grandes
saltos y levanta, agarrándolo por las sienes, al que pretendía forzar a su
anfitriona. ¡Bien podrá mantenerle su promesa, antes de partir!
A pesar de su
resistencia, alza en pie al rufián. Mientras, el que había fallado su golpe,
corre hacia el caballero, a toda marcha, y blande en alto el hacha. Cree que
lo va a hendir de un tajo, desde la cabeza hasta los dientes. Pero él sabe
defenderse bien, y pone por delante al otro rufián. El del hacha le asesta el
golpe allí donde el hombro se une al cuello, con tal furia que escinde uno de
otro.
Entonces el
caballero se apodera del hacha, la arrebata de las manos de su enemigo y
arroja al herido. Bien le convenía defenderse, pues que contra él cargaban los
tres felones con sus hachas, que muy duramente lo asedian. Con toda intención
salta a parapetarse entre la cama y la pared. Les grita:
«¡Ahora, venga,
todos contra mí! ¡Aunque fuerais veintisiete, ahora que tengo un parapeto os
daré batalla a destajo; y no seré yo quien antes se fatigue de ella!»
La doncella,
que contemplaba la escena, dice entonces:
«¡Por mis ojos,
no tengáis cuidado desde ahora en adelante, mientras esté yo presente!»
Al momento
manda retirarse a los caballeros y lacayos. Y se fueron todos de allí, sin
demoras ni excusas.
Luego dijo la
doncella:
«Señor, habéis
defendido bien mi honor, contra toda mi mesnada. Ahora venid, yo os guío.»
A la sala
regresan cogidos de la mano. Él no iba precisamente encantado; sino que muy a
gusto se hubiera hallado bien lejos de allí. Una cama estaba ahora hecha en
medio de la sala. Sus sábanas relucían de limpias, blancas, amplias,
desplegadas. Tampoco la colcha era, ¡ni mucho menos!, de paja deshilachada ni
de áspero esparto. [1200] Y sobre la colcha estaba extendido un sedoso
cobertor de varios colores. Allí se acostó la doncella, aunque sin quitarse la
camisa.
Al caballero le
da grandes fatigas y reparos desnudarse. No puede evitar sudar de disgusto. De
todos modos, a pesar de sus angustias, su promesa le obliga y va a cumplirla.
¿Es pues un hecho de fuerza? Como si lo fuera. Por fuerza tiene que ir a
acostarse con la doncella. Su promesa lo emplaza y reclama. Se acuesta pues
sin apresurarse. Pero no se quita tampoco la camisa, como no lo hizo la
doncella. Cuida mucho de no tocarla; sino que se va a un extremo y allí se
queda de espaldas. Sin decir una palabra, como a un fraile converso a quien le
está prohibido hablar cuando está echado en su lecho. Ni una vez vuelve su
mirada ni hacia ella ni a otro lado. No le puede hacer buena cara. ¿Por qué?
Porque no siente el corazón su atractivo, que en otro lugar su atención está
fijada. Así que no le atrae ni le seduce lo que tan hermoso y amable sería a
cualquier otro.
El caballero no
tiene más que un solo corazón; y éste no está ya más en su poder, sino que
está gobernado desde lejos y no lo puede prestar a otra persona. Entero lo
obliga a fijarse en un lugar Amor, que sojuzga todos los corazones. ¿Todos?
No, desde luego, tan sólo los que él aprecia. Bien se debe estimar en más,
aquél que Amor se digna sojuzgar. Y el corazón del caballero apreciaba tanto,
que lo sojuzgaba por encima de los demás, y lo colmaba de tremenda fiereza.
Por tanto no quiero reprocharle si renuncia a lo que Amor le prohíbe, y
obedece lo que quiere Amor.
La doncella se
da cuenta y entiende que aquél aborrece su compañía y se pasaría bien sin
ella. No tiene intención de abrazarla. Ella lo comprende y le dice:
[1250] «Si no
os ha de pesar, señor, me iré de aquí. Iré a acostarme a mi cámara y vos os
quedaréis más a gusto. No creo que os plazca demasiado mi encanto ni mi
compañía. No lo tengáis como descortés, si os digo lo que pienso. Ahora
reposad bien esta noche, que me habéis cumplido tan bien vuestra promesa, que
no os podría reclamar en derecho nada más. No me queda más que encomendaros a
Dios y marcharme.»
Luego se
levanta. El caballero en absoluto se apena; antes bien la deja marcharse a
gusto, como quien ama por entero a otra. Claramente lo comprende la doncella
por la muestra. Así que se ha retirado a su cámara donde se acuesta sin
camisa, al tiempo que se dice a sí misma:
«Desde que por
vez primera conocí a un caballero, no he conocido a uno solo, a excepción de
éste, que valiera la tercera parte de un doblón angevino. Seguro que, como
pienso y sospecho, quiere intentar una tan gran empresa tan peligrosa y fiera
que no osó emprender ningún otro caballero. ¡Qué Dios le permita llegar hasta
el final!» En seguida se adormeció y durmió hasta que apareció el claro día.
Al rayar el
alba, presurosa se levanta. Tan pronto se despierta el caballero, se apresta y
reviste su arnés sin más ayuda. Así que cuándo se le presenta la doncella lo
encuentra ya equipado.
-Buen día os dé
Dios hoy -dice ella al verle.
«¡Y a vos,
doncella, así sea!», dice él a su vez. Y agrega que se le hace tarde; que
saquen su caballo de los establos. Ella dio órdenes de que se lo trajeran, y
dice:
[1300] «Señor,
yo me iría con vos un buen trecho por ese mismo camino, si es que vos os
atrevéis a guiarme y acompañarme, de acuerdo con los usos y costumbres
establecidos en el reino de Logres desde antes de nuestro nacimiento.»
Las costumbres
y franquicias eran así, por aquel entonces: que si un caballero encontraba
sola a una damisela o a una doncella villana no la atacaba, así tuviera antes
que cortarse el cuello, por todo su honor, si pretendía conservar su buen
renombre. Y, en caso de forzarla, para siempre quedaba deshonrado en todas las
cortes. Pero si la joven era acompañada por otro, entonces a cualquiera que le
gustara, que presentara batalla y venciera por las armas a su defensor, podía
hacer con ella su voluntad sin conseguir vergüenza ni reproche. Por eso le
dijo la doncella que si se atrevería a escoltarla según esa costumbre, de modo
que otro no pudiera molestarla, al ir en su compañía.
A lo que
contestó el caballero:
«Ninguno ha de
causaros enojos, os lo aseguro, si antes no me los presenta a mí.
-Entonces con
vos quiero marchar», dijo ella. Hizo ensillar su palafrén. Pronto estuvo
cumplida su orden. Y sacaron el palafrén de la doncella y el caballo al
caballero. Ambos montan sin escudero. Y salen con rápido trote.
Ella le da
conversación; pero él no presta atención a su charla. Más bien rehúsa el
diálogo. Le gusta meditar; hablar le enoja.
Amor muy a
menudo le reabre la herida que le ha causado. Jamás le aplicó vendajes para
curar ni sanar. No tiene intención ni deseos de buscar emplastos ni médicos, a
menos que su herida no empeore. Pero aún eso lo incitaría más y más.
Marcharon por
sendas y senderos, siguiendo el camino más recto, hasta que llegaron a la
vista de una fuente.
La fuente
estaba en medio de un prado, y a su lado había un bloque de piedra. [1350] En
la roca vecina había olvidado no sé quién un peine de marfil dorado. Jamás,
desde los tiempos del gigante Isoré no había visto uno tan bello hombre cuerdo
ni loco. Y en el peine había dejado medio puñado de cabellos la que se había
peinado con él.
Cuando la
doncella atisbo la fuente y vio la escalerilla no quiso que el caballero los
apercibiera e intentó desviarse por otro camino. Él, que iba deleitándose y
saciado con su meditación muy a placer, no se dio cuenta al momento de que
ella se salía del camino. Pero cuando lo notó, temió que se tratara de algún
engaño, que la joven se apartaba y se salía del camino para esquivar algún
peligro.
«¡Atención,
doncella -dijo-, que no vais bien! ¡Venid por acá! Nunca, pienso, puede
adelantarse quien se sale de esta senda.
-Señor, iremos
mejor por aquí -replicó la doncella-. Lo sé bien.»
Respondió el
caballero:
«No sé yo lo
que pensáis, doncella, pero bien podéis ver que éste es el camino batido y
recto. Una vez que por él he tomado, no me volveré en otro sentido. No
obstante, si os place, idos por ahí; que yo iré por éste libremente.»
Así avanzan
hasta llegar cerca de la mole de piedra y ver el peine.
«Jamás, por
cierto, en lo que recuerdo -dice el caballero- vi tan hermoso peine como ése
de ahí.
-Dádmelo -dice
la doncella.
-Con mucho
gusto, doncella», dice él.
Entonces se
baja y lo recoge. Cuando lo tiene en sus manos, lo mira con mucha atención, y
remira los cabellos. Mientras, ella empezó a reír. Y cuando se da cuenta, le
pregunta por qué ríe, que se lo diga. Responde la joven:
«Callad, que no
he de decíroslo por ahora.
-¿Por qué?
-dice él.
-Porque no me
importa nada», contesta.
[1400]
Entonces él insiste, como quien piensa que ni una amiga a un amigo, ni un
amigo a una amiga deben engañarse bajo ningún pretexto:
«Si vos amáis a
algún ser de todo corazón, doncella, por él os pido y suplico que no me
ocultéis más vuestro secreto.
-Demasiado en
serio me lo invocáis -dijo ella-; así que os lo diré, sin mentir en nada. Este
peine, si es que alguna vez supe algo seguro, fue de la reina. Lo sé bien. Y
creedme además una cosa: los cabellos tan bellos, lucientes y claros, que veis
prendidos entre sus dientes, fueron de la cabellera de la reina. Nunca
crecieron en otro prado.
-Por mi fe, hay
muchas reinas y reyes. ¿A quién queréis referiros?», dijo el caballero.
Y ella
contestó:
«¡Por la fe
mía, señor, a la esposa del rey Arturo !»
Al oírla él, no
pudo resistirlo su corazón y a punto estuvo de caer doblado. Por fuerza tuvo
que apoyarse por delante en el arzón de su silla de montar. La doncella que lo
vio se asombra y, sorprendida, temió que cayera. Si tuvo tal temor no la
censuréis; creyó que el caballero se había desmayado.
Y así estaba él
casi desvanecido, que muy poco le faltó. Tenía tal dolor en el corazón que la
palabra y el color tuvo perdidas por buen rato. Con que la doncella se bajó de
la montura y corrió con toda prisa para apoyarlo y contenerlo, pues no hubiese
querido, por nada en el mundo, verlo caer a tierra.
Apenas se dio
cuenta, el caballero se avergonzó, y la interpeló:
«¿Qué venís a
hacer aquí delante?»
[1450] No
temáis que la doncella le haga reconocer la razón. Que le hubiera causado
vergüenza y pesar, y se habría afligido aún más, de haber sabido la verdad.
Así que le oculta con cuidado la verdadera causa, y le contesta, la sagaz
doncella:
«Señor, vengo a
requerir este peine. Por eso he desmontado a tierra. Tengo tales ansias de
poseerlo, que pensé que ya tardaba en tenerlo en mi mano.»
Como él está de
acuerdo en concederle el peine, se lo da; pero retira los cabellos de modo tan
suave que no se quiebra ninguno. Jamás ojos humanos verán honrar con tal ardor
ninguna otra cosa. Empieza por adorarlos. Cien mil veces los acaricia y los
lleva a sus ojos, a su boca, a su frente, y a su rostro. No hay mimo que no
les haga. Por ellos se considera muy rico, y por ellos alegre también. En su
pecho, junto al corazón, los alberga, entre su camisa y su piel. No preciará
tanto un carro cargado de esmeraldas y de carbunclos. No temía ya el ataque de
una úlcera u otras enfermedades. Desdeña el diamargaritón, el elixir contra la
pleuresía y la triaca medicinal. Desprecia a san Martín y a Santiago. Pues
tanto confía en aquellos cabellos que no piensa necesitar de la ayuda de los
santos. ¿Pues qué valían los tales cabellos? Por mentiroso y loco se me tendrá
si digo la verdad. Ni por la fiesta mayor de san Denis y todo su mercado de un
día rebosante hubiérase decidido el caballero, a cambio de aquellos cabellos
del hallazgo; y es la pura verdad. Y si me requerís la verdad, el oro cien
veces depurado y otras cien pulido luego, es más oscuro que la noche frente al
día más bello de este verano, en comparación con aquellos cabellos para quien
los confrontara. ¿Y para qué voy a alargar la descripción?
La doncella
vuelve a montar en seguida, con el peine que lleva consigo, mientras él se
deleita y contenta con los cabellos que guarda en su pecho.
[1500] Después
de la llanura encuentran un bosque. Siguen por una senda que se hace más
estrecha hasta tener que marchar uno tras el otro ya que de ningún modo podían
pasar dos caballos de frente. La doncella avanza delante de su huésped a buen
paso por tal atajo.
Por donde el
sendero era más estrecho ven venir hacia ellos un caballero. Tan pronto como
lo vio la doncella, lo conoció y dijo así:
«Señor
caballero, ¿veis a ese que viene a vuestro encuentro todo armado y dispuesto
para la batalla? Ése piensa llevárseme consigo seguramente sin encontrar
defensa ninguna. Sé muy bien lo que piensa. Porque me ama, y no lo hace de
modo sensato. Por sí mismo y con mensajes me ha requerido desde hace mucho
tiempo. Pero mi amor tiene negado. Por nada del mundo lo podría amar. ¡Así
Dios me proteja, antes moriría yo que amarlo en algún modo! Tengo por seguro
que ahora rebosa de alegría y se regocija ya tanto como si me hubiera
conquistado. ¡Ahora se mostrará si sois valiente! Ahora veré la demostración
de la garantía que vuestra escolta protectora me ofrece. Si podéis
garantizarme mi libertad, entonces diré yo sin mentir que sois valiente y gran
paladín.»
Le contesta él:
«¡Avanzad,
avanzad!»
Esta palabra
equivalía a decir: «Poco me inquieta lo que decís, que por nada os asustáis».
Mientras van
hablando así, se acerca a toda premura el caballero que avanzaba en contra, a
todo galope, a su encuentro. Le alegraba apresurarse porque pensaba que no
sería en vano, y por dichoso se cuenta el ver lo que más amaba en el mundo.
[1550] Tan
pronto como está cerca la saluda, con la boca y el corazón, diciendo:
«¡El ser que yo
más quiero, del que obtengo menos alegría y más penar, sea bien venido, de
doquier que venga!»
No hubiera
estado bien que ella hubiera contenido su palabra, sin devolverle, al menos
con los labios, el saludo. ¡Cómo le ha complacido al caballero que la doncella
le salude! Por más que su boca no se ha fatigado ni le ha costado nada tal
envío. Y aunque hubiera salido como vencedor en un torneo en aquel momento, no
lo hubiera apreciado en tanto, ni pensara haber conquistado tanto honor ni
premio. Con tal exceso de amor y de vanagloria, la ha tomado por la rienda de
su montura y dice:
«Ahora os
conduciré yo. Hoy he navegado bien y con fortuna, que arribé a puerto feliz.
Ahora he concluido con mi cautiverio. Desde el peligro llegué al puerto; de
gran tristeza a gran euforia; de gran dolor a gran salud. Ahora se cumple todo
mi deseo, ya que os encontré en tal circunstancia que puedo llevaros conmigo,
y en verdad, sin cubrirme de deshonor.»
Ella contesta:
«No os
envanezcáis; que este caballero me acompaña.
-¡Desde luego
que os ha acompañado por su mala fortuna! -contestó- que ahora os llevo yo. Le
sería más fácil tragarse un modio de sal al caballero, creo, que libraros de
mí. Pienso que jamás veré a un hombre frente al que no os conquistara. Y ya
que os he encontrado a mi alcance, por mucho que le pese y le duela, os
llevaré conmigo, ante sus ojos. ¡Y que haga lo que mejor le plazca!»
El otro no se
encoleriza por nada de lo que le oyó decir con orgullo. Pero sin burla y sin
jactancia acepta el reto en un principio. Dice:
«Señor, no os
apresuréis ni gastéis vuestras palabras en vano. Hablad más bien con un poco
de mesura. No se os va a negar vuestro derecho, cuando lo tengáis. [1600] Con
mi acompañamiento, bien lo sabréis, ha venido aquí la doncella. Dejadla libre:
Ya la habéis detenido demasiado. Aún no tiene ella que cuidarse de vos.»
El caballero
contesta que lo quemen vivo si no se la va a llevar, mal que le pese.
Éste replica:
«No estaría
nada bien, si yo dejara que os la llevarais. Sabedlo: Antes he de combatir por
ella. Pero, si queremos pelear bien, no podemos hacerlo en este sendero, ni
con el mayor esfuerzo. Así que vayamos a un camino llano, hasta un espacio
abierto, un prado o una landa.»
El caballero
dice que no pide nada mejor:
«Estoy muy de
acuerdo. No os equivocáis en que este sendero es demasiado angosto. Mi caballo
ya va muy oprimido. Y aún dudo que pueda hacerle volver grupas sin que se
parta un anca.»
Entonces se da
la vuelta con gran destreza, sin dañar a su caballo ni lastimarlo en nada.
Dice:
«En verdad que
estoy muy furioso de que no nos hayamos encontrado en un terreno amplio y ante
gente. Me hubiera gustado que contemplaran cuál de los dos se portaba mejor.
Mas venid pues, que los iremos a buscar. Encontraremos aquí cerca un terreno
llano, espacioso y libre.»
Entonces se van
hasta una pradera. En ella había doncellas, caballeros y damas que juzgaban a
varios juegos. Pues era hermoso el lugar. No todos jugaban a charadas; sino
también a tablas de damas y ajedrez, y otros a diversos juegos de dados.
Varios jugaban a estos juegos, mientras otros de los que allí estaban,
recordaban su niñez con rondas, carolas y danzas. Cantan, brincan y saltan;
incluso practican deportes de lucha.
[1650] Un
caballero ya de edad estaba erguido al fondo del prado sobre un caballo bayo
de España. Tenía riendas y montura de oro; y el cabello entremezclado de
canas. Apoyaba una mano en un costado para mantener su postura. Por el hermoso
tiempo iba en camisa, sin arnés, y observaba los juegos y bailes. Un manto le
cubría desde los hombros, por entero de escarlata y piel. Al otro lado, junto
a un sendero, un grupo de veintitantos jinetes armados velaban sobre sus
buenos caballos de Irlanda.
Tan pronto como
ellos tres aparecieron, todos dejaron sus distracciones y gritaban a través
del prado:
«¡Ved, ved al
caballero, que fue llevado en la carreta! ¡Que nadie se dedique a jugar
mientras se encuentre aquí! ¡Maldito sea quien quiera alegrarse con juegos o
danzas, o lo intente, mientras ése esté aquí!»
He aquí que el
caballero recién llegado, el que amaba a la doncella y la consideraba como
suya, era hijo del caballero canoso. Y así se dirigió a él:
«Señor, tengo
gran contento, y que lo oiga quien quiera escucharlo, de que Dios me ha dado
la cosa que más he deseado en todos mis días. No me hubiera regalado tanto si
me hubieran hecho rey coronado, ni por ello me sentiría más agradecido ni
estuviera más beneficiado. Pues tan valioso y bello es mi botín.
-No sé si ya es
tuyo», replica a su hijo el caballero. Con brusca rapidez aquél responde:
«¿Qué no lo
sabéis? ¿No lo veis pues? Por Dios, señor, no tengáis la menor duda, puesto
que lo veis en mi poder. En el bosque de donde vengo acabo de encontrarla que
venía. Pienso que Dios me la traía, y como mía la he tomado.
-No sé aún si
lo consiente ese que veo venir detrás de ti.»
[1700] Mientras
hablaban estos dichos y frases, se habían detenido las danzas, a la vista del
caballero de la carreta. No se hacían más juegos ni festejos por desprecio y
ofensa de aquél.
En tanto el
caballero, sin prestarles atención, vino muy cerca de la doncella al instante
y dijo al otro:
«Dejad a esta
joven, caballero. Sobre ella no tenéis ningún derecho. Si osáis otra vez, al
punto la defenderé contra vos.»
Entonces dijo
el viejo caballero:
«¿No me lo
figuraba yo bien? Querido hijo, no retengas más a la doncella; sino que
devuélvesela.»
Nada bien le
pareció a éste, que jura que no ha de dejarla.
«¡Que Dios no
me dé más alegría en cuanto se la entregue! Yo la tengo en mi poder y la
retendré como cosa de mi propiedad. Antes se partirá el tahalí y las correas
de mi escudo, y he de perder toda la confianza en mi cuerpo, mis armas, mi
espada y mi lanza, antes de dejarle a mi amiga.»
Y su padre
dijo:
«No voy a
dejarte combatir, por más que digas. Confías demasiado en tu valer. Pero haz
lo que te ordeno.»
Por orgullo él
le responde entonces:
«¿Soy quien
pueda asustarse? Puedo enorgullecerme de esto: que no hay en la extensión que
ciñe el mar caballero alguno, de entre los muchos existentes, tan valioso que
yo se la cediera ni a quien no creyera que podía someter en breve plazo.»
Su padre dijo:
«Te lo concedo,
querido hijo. Así lo crees tú. Tanta confianza tienes en tu valer. Pero no
quiero ni querré que hoy tú te midas con este rival.»
Él responde:
«¡Vergüenza
tendría si escuchara vuestro consejo! ¡Condenado sea quien lo acepte y quien
por vos cobre temor de que yo no salga a combatir! Verdad es que mal se
negocia en la familia. [1750] Mejor podría yo mercar en otra parte, pues vos
me queréis engañar. Sé bien que en país extraño podría hacerme valer mejor.
Ninguno que no me conociera me haría desistir de mi voluntad; en cambio, vos
me disuadís y menospreciáis. Tanto más enojado estoy por cuanto me habéis
reprochado. Pues quien reprocha, bien sabéis, su pasión a hombre o mujer, más
la aviva e inflama. Mas si cedo en algo por vos, que Dios no me depare más
alegría. Por el contrario voy a pelear, a pesar vuestro.
-¡Por la fe que
debo al apóstol san Pedro! -dijo el padre-, ahora veo que no servirá de nada
mi ruego. Pierdo el tiempo al reprenderte con mis consejos. Pero pronto te
habré mostrado argumento tal que, a tu pesar, tendrás que hacer toda mi
voluntad, porque estarás sometido a ella.»
Al momento
llama a todos los caballeros de guardia, que acuden a él. Les ordena que
dominen a su hijo, que no se deja guiar por sus consejos. Dice:
«Lo mandaría
encadenar antes de dejarlo combatir. Todos vosotros en pleno sois mis hombres.
Por tanto me debéis amor y fidelidad. Por cuanto dependéis de mí os lo ordeno,
y suplico a la vez. Gran locura le mueve, me parece, y mucho procede con
exceso de orgullo, al contradecir lo que yo quiero.»
Los otros
afirman que lo prenderán, y que, después de estar en su poder, no tendrá ganas
de combatir; de modo que consentirá, a pesar suyo, en devolver a la doncella.
Entonces van todos a prenderlo y aprisionarlo por los brazos y por el cuello.
«¿No te
consideras ahora como loco? -dijo el padre-. Date cuenta de la realidad. No
tienes fuerza ni poder para combatir ni para justar, por más que te cueste,
por más que te duela y por más que te apene.
»Así que acepta
lo que me parezca bien, y obrarás con sensatez. ¿Y sabes cuál es mi propuesta?
[1800] Para que tu tormento sea menor, seguiremos, tú y yo, si tú quieres, a
ese caballero durante hoy y mañana, por el bosque y por el llano, cabalgando a
la par. Tal vez podemos encontrarlo de tal personalidad y talante que yo te
permita probar contra él tu valor y combatirlo según tu deseo.»
Así el hijo ha
accedido, a pesar suyo, a lo que le ha propuesto. Ya que no puede modificarlo,
dice que se aguantará a órdenes de su padre. Pero que ambos han de seguir al
caballero.
Ante el
desarrollo de esta aventura, las gentes que estaban en el prado, decíanse uno
a otro:
«¿Habéis visto?
El que estuvo en la carreta ha conquistado hoy tal honor que se lleva consigo
a la amada del hijo de mi señor; aunque mi señor lo sigue. En verdad podemos
asegurar que alguna virtud habrá encontrado en él, cuando permite que se la
lleve. ¡Maldito cien veces quede quien hoy deje de jugar y danzar a causa de
él! ¡Volvamos a nuestros festejos!»
Entonces
reanudan sus juguetees, danzan y bailan.
En seguida se
marcha el caballero. No se demora por más tiempo en el prado. Tampoco tras de
él se detiene la doncella que le acompaña. Ambos se alejan a toda prisa.
El hijo y su
padre, de lejos, los siguen. A través de un prado ya segado cabalgaron hasta
la hora nona. Allí encuentran en un lugar muy bello un monasterio y, cerca del
coro, un cementerio rodeado de muros. No se portó como villano ni como necio
el caballero que entró a pie en el monasterio para rezar. Y la doncella le
sujetó el caballo hasta el regreso.
Cuando había
acabado su plegaria y se volvía atrás se le acerca un monje muy viejo. Lo ve
ante sus ojos salirle al paso. Al encontrarle le ruega muy amablemente que le
informe de lo que hay dentro de aquellos muros. [1850] Aquél responde que allí
hay un cementerio, y él dice:
«Conducidme a
él, con la ayuda de Dios.
-Muy a gusto,
señor.»
Entonces le
introduce en el cementerio, entre las más hermosas tumbas que se podrían
encontrar desde Bombes hasta Pamplona. Sobre cada una figuraban los nombres de
los que habían de yacer dentro de ellas. Y él mismo, por su cuenta comenzó a
leer los nombres, y encontró:
«Aquí yacerá
Galván, aquí Loonís y aquí Ivain.»
Después de
éstos ha leído muchos otros nombres de caballeros escogidos, de los más
apreciados y mejores en aquella tierra y de más allá. Entre las tumbas
encuentra una de mármol, que parece ser una obra maestra, la más bella muy por
encima de todas las otras.
El caballero
llama al monje y dice:
«Estas tumbas
de aquí ¿a qué se destinan?»
Responde él:
«Ya habréis
visto las inscripciones. Si las habéis comprendido, entonces, bien sabéis
lo que dicen y lo que significan esas tumbas.
-Entonces,
decidme para qué es ésa más grande.»
El ermitaño
responde:
«Os lo diré con
precisión. Se trata de un sarcófago que ha superado a todos los que jamás se
han construido. Otro tan rico ni tan bien labrado ni yo ni nadie lo ha visto
nunca. Hermoso es por fuera y mucho más su interior. Pero no os ocupéis de su
belleza oculta, porque de nada os podría servir; que no lo tenéis que ver por
dentro. Pues se necesitarían siete hombres muy fuertes y enormes para
descubrirlo, si se pretendiera abrir la tumba, que está cubierta por una
pesada losa. Sabed que es cosa bien segura que se necesitan esos siete
hombres, más fuertes de lo que vos y yo somos.
»Existe una
inscripción que reza así:
[1900] “Aquel
que sólo y por su propia fuerza consiga levantar esta losa, liberaría a
aquellos y aquellas que yacen en cautividad en la tierra de donde no sale
nadie, ni siervo ni gentilhombre, una vez que ha penetrado en ella.” Hasta
ahora ninguno de allí ha retornado. Los extranjeros quedan allí prisioneros.
Sólo las gentes del país van y vienen y franquean los límites a placer.»
En seguida el
caballero avanza para agarrar la losa, y la levanta como si de nada se
tratara. Mejor de lo que diez hombres lo hubieran hecho si hubieran aplicado
toda su fuerza. El monje quedó tan atónito que por poco no cae desmayado. Pues
no creía que había de ver tal prodigio en toda su vida. Dijo luego:
«Señor, ahora
tengo gran deseo de saber vuestro nombre. ¿Podríais decírmelo?
-Yo no, por mi
fe de caballero -contestó él.
-Por cierto que
eso me pesa. Mas si me lo dijerais, haríais una gran cortesía, de la que
podríais obtener gran prez. ¿De dónde sois, cuál es vuestro país?
-Un caballero
soy, como veis, y nacido en el país de Logres. Con eso quisiera contentaros. Y
vos, si os place, decidme de nuevo, ¿quién ha de yacer en esta tumba?
-Señor, el que
ha de liberar a todos los que están cautivos en la trampa del reino del que
ninguno escapa.»
Después de que
el monje le hubo respondido, el caballero lo encomendó a Dios y a todos sus
santos. Entonces sale y acude, con rápido paso, junto a la doncella. El viejo
monje, de pelo canoso, lo sigue afuera de la iglesia. Así que llegan a mitad
del camino, mientras la doncella monta en su cabalgadura, el monje le refiere
con detalle cuanto había pasado dentro y le ruega que le diga el nombre del
caballero, si ella lo sabe. [1950] De tal modo que ella le replica que no lo
sabe, pero que se atreve a afirmarle con seguridad una cosa: que no existe en
vida un caballero igual en toda la extensión por donde soplan los cuatro
vientos.
A continuación
la doncella lo deja y se aleja en pos del caballero. En ese momento llegan los
que los seguían, y allí encuentran ante sus ojos al monje solo ante la
iglesia. El viejo caballero de la camisa le dice:
«Decidme,
señor: ¿visteis a un caballero que acompaña a una doncella?
-No tendré
ningún reparo en contaros toda la verdad -responde el monje-. Precisamente
ahora se alejan de aquí. El caballero penetró en el cementerio, y ha hecho una
gran maravilla. Porque él solo sin fatigarse en lo más mínimo alzó la losa de
encima de la gran tumba marmórea. Va a socorrer a la reina. Y la socorrerá sin
duda; y con ella a todos los cautivos. Vos mismo bien los sabéis, que muchas
veces habéis leído la inscripción de la lápida.
»En verdad que
nunca nació de hombre y mujer ni se sentó sobre una montura un caballero que
valiera tanto como éste.»
Entonces dijo
el padre a su hijo:
«¿Hijo, qué te
parece? ¿Acaso no es un gran prohombre el que ha acometido tal hazaña? Ahora
ya sabes de fijo quién cometió el error. Ya te das cuenta de si fue tuyo o
mío.
»No querría, ni
por la ciudad de Amiens, que le hubieras presentado combate. Aunque antes bien
te has rebelado, hasta que se te pudo disuadir. Ahora nos podemos volver, pues
haríamos gran locura en seguirlo de aquí en adelante.
Su hijo
contestó:
«Accedo a ello.
No nos serviría de nada seguirle. Pues que así os place, volvámonos.» Al
aceptar la vuelta demostró gran cordura.
Entre tanto la
doncella durante todo el camino se arrimaba muy al costado del caballero, para
atraer así su atención, y quería saber de él su nombre. [2000] Le requiere
para que se lo diga. Se lo suplica una y otra vez, hasta que él le dice ya
cansado:
«¿No os he
dicho que yo soy del reino del rey Arturo? ¡Por la fe que debo a Dios y por su
virtud, que sobre mi nombre no habéis de saber más!»
Entonces la
joven le dice que si le da permiso para retirarse, se volverá atrás. Y él le
dice adiós con gesto alegre.
Así que la
doncella se retira. Y él, hasta que se hizo muy tarde, ha seguido cabalgando
sin compañía. Al anochecer, a la hora del ángelus, mientras proseguía su
camino, vio a un caballero que venía
del bosque en que había cazado. Venía éste con el yelmo anudado y con la caza
que Dios le había concedido sobre la grupa de su caballo de color gris.
El vavasor se
apresura a salir al encuentro de nuestro caballero y le ruega que acepte su
hospedaje.
«Señor, no
tardará en llegar la noche. Ya es momento de buscar albergue; así debéis
hacerlo razonablemente. Tengo una casa mía aquí cerca, adonde os puedo llevar
ahora. Nadie os albergaría mejor de lo que yo lo haré, por todos mis medios,
si a vos os place. A mí me alegrará mucho.
-También yo
estaré contento con ello», dijo él.
El vavasor
envía al momento a su hijo, para que se adelante en aprestar el hospedaje y en
apremiar los preparativos de la cocina. El muchacho sin demora cumple al punto
la orden; muy a su gusto y con diligencia se dirige a su casa a toda marcha.
Así los demás, sin premura, continúan el viaje hasta llegar a la casa.
El vavasor
tenía como esposa una dama bien educada, y cinco hijos muy queridos, tres
cadetes y dos caballeros, y dos hijas gentiles y hermosas que eran aún
doncellas. [2050] No habían nacido sin embargo en aquel país, sino que estaban
allí detenidos y en tal cautividad habían permanecido muy largo tiempo; ya que
habían nacido en el reino de Logres.
El vavasor ha
conducido al caballero hasta el interior del patio. La dama acude a su
encuentro, y salen también sus hijos e hijas. Todos se afanan por servirlo. Le
ofrecen sus saludos y le ayudan a desmontar.
Menos
atenciones prestaron a su señor padre las hermanas y los cinco hermanos,
puesto que bien sabían que él prefería que obraran de tal modo. Al caballero
le colman de honores y agasajan. Después de haberle desvestido el arnés, le ha
ofrecido un manto una de las dos hijas de su anfitrión; y le ciñe al cuello el
manto propio, que ella se quita.
Si estuvo bien
servido en la cena, de eso ni siquiera quiero hablar.
Al llegar la
sobremesa no hubo la menor dificultad en encontrar motivos de charla.
En primer lugar
comenzó el vavasor en requerir de su huésped quién era, y de qué tierra;
aunque no le preguntó directamente su nombre.
A tales
cuestiones respondió él:
«Soy del reino
de Logres; y en este país vuestro no había estado nunca.»
Al oírlo, el
vavasor se sorprende en extremo, y también su mujer y todos sus hijos. Todos
se apesadumbraron mucho, y así le empiezan a decir:
«¡Por vuestra
mayor desdicha llegasteis, amable buen señor! Tan gran daño os alcanza. Porque
ahora quedaréis como nosotros en la servidumbre y el exilio.
-¿De dónde sois
vosotros? -dice él.
-Señor, somos
de vuestra tierra. En este país muchos hombres de pro de vuestra tierra están
en la servidumbre. ¡Maldita sea tal obligación y también aquellos que la
mantienen! Porque a todos los extranjeros que aquí llegan, se les obliga a
permanecer aquí, y en esta tierra quedan confinados. [2100] Entrar puede aquí
quien quiera, pero luego tiene que quedarse. Vos mismo no tenéis más solución.
No saldréis, me temo, ya nunca.
-Sí, lo haré,
si puedo.»
El vavasor le
volvió a decir luego: «¿Cómo? ¿Pensáis salir de aquí?
-Sí, si Dios
quiere. En ello emplearé todo mi esfuerzo.
-Entonces
podrían salir sin temores todos los demás tranquilamente. Ya que en el momento
que uno, en un leal intento, logre escapar de esta prisión, todos los demás,
sin reparos, podrán marchar, sin que nadie se lo prohíba.»
Entonces el
vavasor recuerda que le habían contado que un caballero de gran virtud vendría
al país a luchar por la reina, a quien retenía en su poder Meleagante, el hijo
del rey. Dícese entonces:
«Cierto, creo
que es él. Se lo preguntaré.
»No me ocultéis
luego, señor, nada de vuestra empresa, a cambio de la promesa de que os daré
el mejor consejo que sepa. Yo mismo obtendré prez si podéis cumplir tal
hazaña. Descubridme la verdad por vuestro bien y por el mío. A este país,
según lo que creo, habéis venido a por la reina, en medio de estas gentes
traidoras, que son peores que los sarracenos.»
El caballero
responde:
«No he venido
por ninguna otra razón. No sé dónde está encerrada mi señora. Pero vengo
decidido a rescatarla, y para ello he menester grande consejo. Aconsejadme, si
sabéis.»
Dice el otro:
«Señor, habéis
emprendido un muy duro camino. La senda que seguís os lleva todo recta hacia
el Puente de la Espada. [2150] Os convendría seguir mi consejo. Si me
hicierais caso, iríais al Puente de la Espada por un camino más seguro, que os
haría indicar.»
Pero él, que
sólo ansiaba el más corto, respondió:
«¿Va esa senda
tan derecho como este camino de aquí?
-No, desde
luego. Es más larga pero más segura.
-Entonces
-dijo- no me interesa. Aconsejadme sobre ésta, pues estoy dispuesto a
seguirla.
-Señor, en
verdad, no vais a conseguir en ella el éxito. Si avanzáis por tal camino,
mañana llegaréis a un paso donde al pronto podréis recibir gran daño. Su
nombre es el Paso de las Rocas. ¿Queréis que os diga de modo sencillo cuan
peligroso es tal paso? No puede pasar más que un solo caballo. No cruzarían
por él dos hombres de frente. Y además el pasaje está bien guardado y
defendido. No se os cederá el paso en cuanto lleguéis. Recibiréis muchos
golpes de espada y de lanza, y tendréis que devolverlos en abundancia antes de
haberlo traspuesto.»
Cuando hubo
concluido el relato, avanzó uno de los caballeros hijos del vavasor hasta su
padre y dijo:
«¡Señor, con
este caballero me iré, si no os contraria!»
A la vez uno de
los hijos menores se levanta y dice:
«Del mismo modo
iré yo.»
El padre da su
permiso para la despedida a los dos muy de grado. Ahora ya no partirá solo el
caballero. Les da las gracias, ya que en mucho estimaba su compañía.
Con esto dejan
la conversación y conducen a su dormitorio al caballero. Allí durmió lo que le
apeteció. Apenas pudo vislumbrar el día, se puso en pie. Y lo advirtieron los
que debían acompañarle. También ellos se levantan al momento.
Los caballeros
se han vestido la armadura y se ponen en marcha, después de la despedida. El
cadete se ha puesto a la cabeza y así mantienen su marcha juntos hasta llegar
directamente al Paso de las Rocas a la hora de prima.
[2200] En medio
del pasaje había una barrera fortificada sobre la que estaba apostado
un hombre. Antes de que se acercaran, el que estaba sobre la barrera los
divisó; y grita con todas sus fuerzas:
«¡Por ahí
vienen al ataque! ¡Por ahí vienen al ataque!»
Entonces
aparece sobre un caballo un caballero en la fortificación, armado con un
luciente arnés, y acompañado por ambos lados de unos criados que empuñan
hachas cortantes.
Cuando el otro
se acerca al paso, éste que lo contempla le reprocha lo de la carreta con feos
gritos y denuestos:
«¡Vasallo, gran
osadía has cometido, y bien has obrado como loco necio al penetrar en este
país! ¡Desde luego que no debía venir un hombre que ha viajado sobre la
carreta! ¡Así Dios no te conceda más placer!»
Con que uno
hacia el otro se lanzan al máximo galope de sus caballos. El que debía guardar
el paso quiebra su lanza en pedazos, y los trozos caen de su mano a tierra. El
otro le asesta el golpe en la garganta directamente, pasando la lanza sobre el
borde superior del escudo. Lo derriba de lleno y lo tira atravesado sobre las
rocas. Los sirvientes con las lanzas saltan hacia el invasor, pero
deliberadamente no le alcanzan, ya que no tienen ganas de dañarle ni a él ni a
su caballo. El caballero se da cuenta de que no quieren perjudicarle en nada
ni causarle daño. Así que sin preocuparse de sacar la espada franquea el paso
sin más dilación. Y tras de él sus compañeros. De éstos dijo el uno al otro:
«Jamás vi tal
caballero, ni hay ninguno que a él pueda igualarse. ¿No ha realizado un gran
prodigio al cruzar por aquí por la fuerza?
-Querido
hermano, por Dios, apresúrate -dijo el mayor a su hermano- hasta encontrar a
nuestro padre, e infórmale de esta aventura.»
[2250] Pero el
más joven se resiste y jura que no irá a decírselo; que no se apartará de
aquel caballero hasta que le dé el espaldarazo y lo arme caballero a él. Que
su hermano vaya a dar el mensaje si tiene tan gran interés.
De modo que
continúan la marcha los tres en grupo. Hasta que ya sería la hora nona, al
atardecer, cuando encontraron a un hombre, que les pregunta quién son.
Responden:
«Caballero
somos, que a nuestros asuntos vamos.»
El individuo se
dirigió al caballero de la carreta, que le pareció ser el señor y jefe de los
otros dos:
«Señor, me
gustaría albergaros a vos y a vuestros dos compañeros también.»
Él contestó:
«No me sería
posible retirarme a un albergue a esta hora. Pues infame es quien se demora o
a su gusto reposa, cuando ha acometido tan gran empresa como la mía. Tamaña es
la que yo persigo que aún por largo tiempo no tomaré hospedaje.»
Replicó después
el hombre:
«Mi mansión no
está aquí cerca, sino a una gran distancia en adelante. Podéis venir a ella
con la seguridad de que recibiréis albergue a una hora justa, pues será muy
tarde cuando allí lleguéis.
-Entonces
-contestó- allí iré.»
De ese modo se
ponen en ruta; el hombre por delante, para conducirlos, y ellos tras él por el
camino llano. Después de cabalgar así por largo espacio, salió a su encuentro
un escudero; que se dirigió a ellos a toda marcha, a gran galope sobre un
rocín grueso y redondo como una manzana. Dijo el escudero al huésped:
«¡Señor, señor,
venid a toda prisa! Que las gentes de Logres se han lanzado en son de guerra
contra los del país. Ya ha comenzado el combate, la revuelta y la tumultuosa
pelea.
»Corre el rumor
de que en esta comarca se ha infiltrado un caballero que ya ha combatido en
numerosos lugares; y no se puede contener su avance ni su paso adonde quiere
dirigirse. Franquea el paso, sea quien sea el que lo impida. [2300] Así
murmuran todos en la región que va a liberarlos a todos y que derribará de
poder a los nuestros. Ahora pues, apresuraos, os lo aconsejo.»
Entonces el
hombre se va al galope. En tanto que ellos se regocijan mucho, apenas oyeron
la noticia. También quieren socorrer a los suyos. Y dice el hijo del vavasor:
«Señor, oíd lo
que dice ese servidor. Vayamos para ayudar a nuestras gentes que ya pelean con
los del lugar.»
Mientras tanto
el hombre se va, apresurado y sin aguardarlos. A toda prisa se dirige hacia
una fortaleza que se alzaba sobre una colina. En rápida carrera llegó hasta la
entrada y ellos tras él a golpe de espuela.
El castillo
estaba rodeado en torno por un alto muro y un foso. Apenas hubieron penetrado
en el recinto, allí dejaron caer una puerta tras sus talones para impedirles
salir de nuevo. Gritan ellos:
«¡Vamos,
adelante, que no nos detendremos aquí!»
En pos del
hombre en raudo pasar llegan hasta el portón de salida, sin que nadie se lo
impida. Pero apenas el hombre lo hubo traspuesto dejaron caer tras él una
puerta levadiza.
Quedaron muy
irritados cuando se vieron encerrados allí dentro, pues temían encontrarse con
un encantamiento.
Pero aquél de
que os relato la historia tenía en su dedo un anillo, cuya piedra tenía la
virtud mágica de vencer la prisión de cualquier encantamiento, una vez que el
caballero la mirase.
Pone el anillo
ante sus ojos, mira la piedra y dice:
«¡Dama, dama,
así Dios me proteja, ahora tendría gran necesidad, si podéis, de vuestra
ayuda!»
Aquella dama
era un hada que le había dado el anillo y le había criado en su niñez. [2350]
Tenía en ella gran confianza, de que en cualquier lugar que se encontrase, le
aportaría ayuda y socorro.
Pero bien, se
apercibe por su invocación y por la piedra del anillo, de que aquí no se trata
de un encantamiento, sino que se asegura de que están sencillamente encerrados
y atrapados. Entonces llegan ante una puerta con una poterna estrecha y baja
sujeta con una barra. Sacan a la vez sus espadas. Tanto la baten los tres a
golpes que al fin la quiebran.
Cuando salieron
de la torre contemplan ya comenzada la batalla en la cuenca de los valles, muy
extensa y feroz. Bien podría haber mil caballeros entre los de un bando y del
otro además de la muchedumbre de villanos.
A medida que
avanzaban hacia el llano de los prados el hijo del vavasor, joven sensato y
apercibido, tomó la palabra:
«Señor, antes
de que lleguemos allá, nos convendría, creo, que alguien fuera a informarse y
saber de qué lado combaten nuestras gentes. Yo no sé de qué parte acuden, pero
iré a enterarme, si queréis.
-De acuerdo
-dijo él-. Id pronto y regresad pronto, como importa.»
Se va en
seguida y en seguida vuelve, diciendo:
«Hemos tenido
buena fortuna, pues he reconocido con certeza que los nuestros son los de este
lado.»
Entonces el
caballero, al dirigirse hacia el tumulto, se encuentra con un caballero que
avanza hacia él, y contra éste justa. Tan fuerte lo hiere, hincándole la lanza
por un ojo, que lo abate muerto. El más joven de los hijos del vavasor
desmonta, se apodera del caballo del caído y de sus armas, y se reviste con
premura del arnés. Apenas estuvo armado, sin demorarse, sube a caballo, y
agarra el escudo y la lanza, que era grande, tensa y pintada de colores. Al
costado se había ceñido la espada, cortante, luciente y clara.
A la batalla
acude tras de su hermano y de su señor. Éste se mantuvo admirablemente en la
pelea durante largo rato, de tal modo que quebró, hendió y despedazó escudos,
lanzas y yelmos. [2400] Ni la madera del escudo ni el hierro de la armadura
protege a quien él alcanza de caer malherido o muerto a los pies del caballo.
Tan fuertemente luchaba él solo que por doquier ponía en fuga al enemigo. Y
muy bien le secundaban sus acompañantes detrás.
Así que los de
Logres se asombraban de no reconocer al caballero y preguntaron sobre él a un
hijo del vavasor. Respondió éste a sus repetidas preguntas:
«Señores, él es
quien nos librará del exilio y de la enorme desventura a que por largo tiempo
habíamos sucumbido. De modo que le debemos hacer gran honor, ya que, para
sacarnos de prisión, ha cruzado tantos pasos peligrosos y tantos ha de cruzar
aún. Mucho ha hecho y mucho le queda por hacer.»
Nadie dejó de
sentir la alegría, apenas oyó la noticia, que se propagó hasta que fue contada
a todos. Todos la oyeron y se enteraron. Con la alegría que tuvieron les
creció la fuerza, y se esmeran tanto que matan buen número de enemigos. Y les
inflingen grandes pérdidas. Me parece que más por la obra única de un solo
caballero que por el grupo entero de los demás. De no haber sido por la
cercana noche todos los contrarios se hubieran retirado en derrota total. Pero
llegó la noche tan oscura que tuvieron que retirarse. Al momento de la
separación, todos los cautivos, como de común acuerdo, se reunieron en torno
al caballero. Por todas partes le asían del freno y le decían:
«¡Bien venido
seáis, bello señor!»
Todos repetían:
«¡Señor, por mi
fe, hoy os albergaréis en mi casa! ¡Señor, por Dios y por su nombre, no
busquéis posada en otro lugar!»
Todos claman lo
mismo, porque todo el mundo, tanto el viejo como el joven, quieren darle
albergue. Y dice uno y otro:
[2450]
«Estaréis mejor en mi hospedaje que en cualquier otro.»
Esto lo dice
cada uno alrededor de él. Y se lo arrebatan pronto el uno al otro, ya que
todos quieren tenerlo consigo. Y a punto están de pelear por tal motivo.
Entonces les
dice él que se pelean sin motivo y con gran necedad:
«¡Dejad -dice-
esta riña que no os conviene a vosotros ni a mí! No está bien la disensión
entre nosotros, cuando uno a otro debería ayudar. No os toca pleitear sobre la
tarea de albergarme, sino que debéis acordaos para hospedarme, en mayor
beneficio de todos, en tal lugar que esté junto al camino que he de seguir.»
Todavía dicen
uno y otro de mil modos:
«¡Será en mi
casa!
-¡No, en la
mía!
-Aún no habláis
en razón -dice el caballero-.
A mi parecer,
el más sabio de vosotros está loco, por lo que os he oído embarullaros.
Deberíais ayudarme a avanzar y pretendéis desviarme. Si todos vosotros por
turno uno tras otro me hubierais colmado de honores y servicios, tantos como
pueden hacerse a un humano, ¡por todos los santos a los que se reza en Roma!,
no le estaría yo más agradecido por todos los beneficios recibidos, cuanto lo
estoy ya por tal intención. Así Dios me dé contento y salud, esa atención me
emociona tanto como si cada uno me hubiera colmado ya de honores y beneficios.
¡Que la intención remplace a la realización!»
Con tales
palabras los contiene y apacigua a todos. Lo conducen luego a la casa de un
caballero de calidad, dándole escolta por el camino. Todos se esfuerzan por
servirle. Le honraron y agasajaron toda la noche hasta que se retiró a dormir.
Pues lo estimaban todos mucho.
Por la mañana,
cuando llegó la hora de partida, todos quieren marchar con él. Cada uno se le
presenta y ofrece su persona. [2500] Pero a él no la place ni acepta que
ningún otro le acompañe, a excepción, únicamente, de los dos que había traído
consigo. Éstos, y no más, le seguían.
Aquel día
cabalgaron desde la mañana al caer del sol sin encontrar aventura. Cabalgaban
en muy rápida carrera cuando muy tarde salieron de un bosque. Al salir
contemplaron la mansión de un caballero. A sus puertas estaba sentada su
esposa, que parecía ser una dama distinguida.
Tan pronto como
ella pudo verlos se levantó y salió a su encuentro. Les saluda con rostro
alegre y contento, con estas frases:
«¡Sed bien
venidos! Quiero que aceptéis mi hospedaje. Contad con este albergue;
descended.
-Señora, cuando
lo ordenéis, desmontaremos con vuestra venía. Durante esta noche pues,
aceptaremos vuestro hospedaje.»
Ponen pie a
tierra. Al desmontar la dama da órdenes de que retiren sus caballos, pues
tenía abundante personal en su casa. Convoca a sus hijos e hijas, y todos
acuden a su llamada en seguida, muchachos corteses y apuestos, caballeros, y
bellas jóvenes. La dama encarga a sus hijos que quiten las monturas a los
caballos y les den forraje. Ninguno lo tomó a mal, sino que lo hicieron muy a
gusto. Ordena desarmar a los caballeros; sus hijas se aprestan a quitarles la
armadura. Desarmados quedan, y luego les ofrecen dos cortos mantos para
cubrirse los hombros. En la casa, que era muy bella, los introducen a
continuación.
Pero el
castellano no estaba en el interior, sino en el bosque, y con él estaban dos
de sus hijos. Con que llegó después, y la gente de su casa, muy bien
acostumbrada, salió a darle la bienvenida. Al momento desatan y descargan la
caza que traía, mientras le informan diciendo:
[2550] «Señor,
señor, no sabéis que tenéis como huéspedes a dos caballeros.
-¡Dios sea
loado!», les responde.
El caballero y
sus dos hijos dispensan también una festiva acogida a sus huéspedes. A la vez
la gente de la casa no se quedaba ociosa, sino que hasta el menor allí se
aprestaba a hacer lo que debía hacerse. Unos corren a apresurar la cena, otros
a alumbrar las antorchas. Luego las encienden. Aportan la toalla y las
palanganas y ofrecen el agua de lavarse las manos. No se muestran avaros de
tal ofrecimiento. Todos se lavan y van a sentarse. Nada de lo que se veía en
el interior de la casa era de mal gusto ni entristecedor.
Al primer plato
sobrevino un acontecimiento inesperado: se presentó ante la puerta un
caballero más orgulloso que un toro, que ya es una bestia muy orgullosa. Venia
armado de la cabeza a los pies sobre un corcel. Con una pierna fija en el
estribo manteníase erguido, mientras que había colocado la otra, por
equilibrio o por jactancia, sobre el cuello del caballo de larga melena.
Figuráoslo aproximarse en tal postura, de modo que nadie se apercibió de él,
hasta que se puso delante de ellos y dijo:
«¿Quién es ése,
quiero saber, que tanta locura y vanidad rebosa, y que tan vacía tiene de seso
la mollera, que llega a este país, con la pretensión de cruzar el Puente de la
Espada? Para nada ha venido a fatigarse. Para nada ha perdido sus pasos.»
El aludido, sin
amedrentarse, le responde con tono seguro.
«Yo soy quien
quiere atravesar el puente.
-¿Tú? ¿Tú?
¿Cómo osas pensarlo? Antes hubieras debido meditar, antes de emprender tal
intento, a qué fin y a qué meta podrías llegar. Debiste haberte acordado de la
carreta en que montaste. No sé yo si tienes vergüenza por haber montado en
ella, pero sí que nadie que estuviera en sus cabales hubiera acometido
tamaña empresa, después de haberse cubierto de esa infamia.» [2600]
A lo que le oyó
decir no se digna responderle una palabra. Mas el señor de la casa y todos los
demás se asombraron, con razón, en extremo:
«¡Ah, Dios!
¡Qué gran desventura! -se dice a sí mismo cada uno-. ¡Maldita sea la hora en
que se inventó y se construyó la primera carreta! ¡Bien vil y despreciable es
el trasto! ¡Ah, Dios! ¿De qué fue acusado? ¿Y por qué fue puesto en carreta?
¿Por qué pecado? ¿Por qué delito? Ahora le será echado en cara todos los días.
Si estuviera libre de tal reproche, en toda la extensión del mundo, no se
encontraría un caballero tan avezado a la proeza que se pudiera comparar con
él. Quien al punto los reuniera a todos no vería entre ellos caballero tan
hermoso y tan gentil, si dijera la verdad.»
Esto decían en
común. Mientras el recién llegado volvió a tomar la palabra orgullosamente:
«Caballero, tú
que vas al Puente de la Espada, escúchame: Si quieres, pasarás el agua muy
ligera y suavemente. Yo te haré navegar al otro lado del agua en una nave, muy
de prisa. Pero sí quiero exigirte peaje; cuando te tenga en la otra orilla, te
cortaré la cabeza, si así lo quiero, o no. Estarás a mi merced.»
Él le replica
que no pretende lograr tal infortunio. Que su cabeza en esa aventura no
quedará expuesta a un necio arbitrio.
El otro replica
de nuevo:
«Puesto que no
quieres hacer lo que te digo, tendrás que salir aquí afuera para combatir
conmigo cuerpo a cuerpo. ¡Sea a quien sea la derrota y el duelo!»
El caballero
responde, por seguirle el juego:
«Si lo pudiera
rehusar, muy de buen grado me lo ahorraría. Pero, en verdad, he de combatir
antes de soportar algo peor.»
[2650] Antes
de levantarse de la mesa, donde con los demás estaba sentado, ordena a los
criados que la servían que le preparen en seguida la silla sobre el caballo, y
que cojan sus armas y se las traigan.
Ellos se
fatigan en hacerlo aprisa. Los unos se esfuerzan en armarle; los otros le
apartan su caballo. Y sabed bien, no parecía que debiera ser descontado de los
hermosos ni más nobles caballeros, según avanzaba al paso, armado con todas
sus armas, embrazando el escudo por la correa, bien montado sobre su caballo.
Bien parece que es suyo el corcel, tanto le ajusta; así como el escudo que
mantiene por su cincha embrazado. Llevaba el yelmo lazado sobre su cabeza tan
bien plantado que ni en el más mínimo detalle os parecería prestado o
alquilado. Antes hubierais dicho, tan a la medido os habría parecido, que
había nacido y crecido con él. En este punto me gustaría ser creído.
Más allá del
portal, en campo llano, donde debía de entablarse el combate, aguarda el que
la justa reclama. Tan pronto como se ven uno a otro ambos se embisten a todo
galope. Con tal ímpetu se entrechocan y tales golpes se dan con las lanzas,
que éstas se doblan, arquean y saltan las dos en pedazos. Las espadas hieren
los escudos, las cotas de malla y los yelmos. Rajan las maderas, quiebran los
hierros, hiriéndose en muchos lugares. Con furia se intercambian los golpes
por turno como si hubieran ensayado tal pelea. Pero las espadas una y otra vez
se deslizan hasta las grupas de los caballos. Allí se abrevan y
emborrachan de sangre y penetran en sus flancos, hasta que los derriban a uno
y otro muertos.
Una vez caídos
en tierra, un caballero se lanza contra el otro a pie. Aunque se odiaran
mutuamente a muerte, en verdad que no se golpearían con sus espadas con mayor
ferocidad. [2700] Más rápidos redoblan sus golpes que aquel que juega en
dinero a los dados y que no deja de apostar y tirar por más que pierde el
doble y el doble. Pero muy diferente era este juego, donde no cabía el azar,
sino la ardua y fiera contienda, muy terrible y muy cruel.
Todos habían
salido de la casa: el señor y la dueña, las hijas e hijos. Tanto propios como
extraños allí fuera estaban todos en hilera, dispuestos para contemplar la
pelea en el anchuroso prado. El caballero de la carreta se censura y hace
reproches de cobarde, al verse observado por su anfitrión. También se da
cuenta de que todos los demás fijan en él sus miradas. Todo su cuerpo se
estremece de ira. Que ya debería, según su opinión, haber vencido buen rato
antes al que se le enfrenta en combate. Entonces le ataca y le envuelve con
mandobles cerca de la cabeza. Le asalta como una tempestad, lo asedia, le
hostiga hasta hacerle ceder su espacio. Le fuerza a retroceder y lo aflige
tanto que ya pierde casi el aliento, y a duras penas opone resistencia. Y
entonces recuerda el caballero que su enemigo le había mentado de muy villana
manera la carreta. Carga sobre él y tanto lo tunde que no le queda ni lazo ni
correa sin romper, en torno al cuello de la armadura.
Entonces le
hace volar el yelmo de la cabeza, a la par que derriba por tierra su visera.
Tanto le oprime y tanto le acosa que tiene que rendirse a su merced; como la
alondra que no puede oponerse al acoso del halcón ni sabe dónde ponerse a
seguro, cuando él la ha sobrepasado en su vuelo. [2750] También el otro, con
la más profunda vergüenza, viene a implorar y suplicar favor, sin más remedio.
Cuando él oye
que suplica merced, deja de golpearlo y herirlo, y le dice:
«¿Quieres tú
recibir merced?
-Habéis ahora
hablado con gran cordura -dice el otro-. Aunque un loco lo habría reconocido.
Jamás he necesitado nada tanto como ahora os pido merced.
-Te tocará
montar en una carreta -contestóle-. En nada puedes calcular todo-lo que se te
ocurra decirme si no montas en una carreta, en pago de los reproches que
vilmente me hiciste con tan loca lengua.»
El otro
caballero contesta:
«¡A Dios no
plazca que la monte!
-¿No? ¡Entonces
aquí vais a morir!
-Señor, bien lo
podéis lograr. Pero, por Dios, os suplico y pido merced, con cualquier
condición, excepto el tener que subir a la carreta. No hay obligación, a
excepción de ésa, que yo no acepte, por dura y pesada que sea. Pero mejor
querría estar muerto que haber sufrido tal agravio. Pero ninguna otra
proposición tan fiera me haréis que yo no cumpla, por vuestra merced y vuestra
gracia.»
Mientras éste
suplica tal favor, he aquí que, cruzando el llano, ven acercarse sobre una
muía amarilla una doncella con el cabello y el vestido suelto y flotante. Con
un látigo que llevaba daba a la muía grandes golpes. Y ningún caballo a galope
tendido, en verdad, habría corrido tan de prisa que aventajara a la muía.
Al caballero de
la carreta se dirige la doncella:
«¡Dios infunda,
caballero, en tu corazón la más perfecta alegría, del ser que más amas!»
La había oído
con gran gozo el caballero y le responde: «¡Dios os bendiga, doncella, y os dé
alegría y salud!»
Ella le expuso
entonces su petición:
«Caballero
-dijo- de lejos he acudido a ti por una gran necesidad. [2800] Para pedirte un
don como galardón y a cambio de una recompensa que te podré hacer. Pues
tendrás una vez necesidad de mi ayuda, según lo creo.»
Le responde el
caballero:
«Decidme qué
queréis. Y, si yo lo tengo en mi poder, lo podréis conseguir sin demora, con
tal que no sea nada muy grave.»
Ella dice:
«Es la cabeza
de ese caballero al que has vencido. En verdad que tampoco has encontrado a
nadie tan felón ni desleal. No cometerás pecado ni daño con ello, más bien
limosna y bien, porque es el tipo más desleal que hubo nunca ni habrá jamás.»
Apenas el
vencido comprendió que pedía que lo matara, le dijo:
«No la creáis
de ningún modo. Ella me odia. Yo os ruego que tengáis piedad de mí, por Dios
que es padre e hijo, y que hizo su madre a aquella de la que era hijo y que
era su sierva. -¡Ah, caballero -dijo la doncella- no creáis a ese traidor!
¡Así Dios te dé alegría y honor tan grande como puedas ansiar, y que te
conceda concluir con éxito la aventura que has emprendido!»
El caballero se
ha detenido indeciso, con la reflexión sobre si ha de dar la cabeza a la que
ruega la decapitación o preferirá proteger al que ruega piedad para sí mismo.
Tanto a una como a otro quisiera dar lo que piden. Generosidad y Piedad le
invitan a contestar a ambos, porque es a la vez generoso y piadoso. Pero si la
muchacha se lleva la cabeza quedará la Piedad derrotada y aniquilada. Y si no
se la lleva a su gusto, entonces quedará derrotada la Generosidad. En tal
aprieto, en tan gran apuro lo tienen la Piedad y la Generosidad, pues una y
otra lo afligen e incitan. La cabeza le exige la doncella en su súplica.
[2850] Y en sentido
contrario le amonestan su piedad y su buen natural. Una vez que el vencido ha
suplicado perdón, ¿no ha de obtenerlo? Sí, que no sucedió nunca que nadie, por
más que fuera su enemigo, después de haber sido derrotado y forzado a suplicar
piedad, dejara de recibirla por una vez. Pero esto ya le bastaba. Por tanto no
le faltará en absoluto a éste que le ruega y suplica, y a quien así se
humilla. Y la que reclama su cabeza ¿la obtendrá? Sí, si él puede dársela.
«Caballero
-dice- de nuevo te toca luchar contra mí. Tal es la merced que -lograrás de
mí, si quieres defender tu cabeza: que te dejaré recobrar tu yelmo y armarte
de nuevo, para cubrir tu cabeza y tu cuerpo del mejor modo que puedas. Pero
sábete que morirás si te venzo otra vez.»
El otro
responde:
«No quiero nada
más, ni te pido ningún otro favor.
-Y aún te
concedo más -dice-, yo combatiré contra ti sin moverme de donde estoy.»
Aquél se
apresta y reemprende la pelea con el mismo ardor. Pero el caballero le volvió
a dominar a su arbitrio más deprisa que antes. Y la doncella al momento le
grita:
«No le
perdones, caballero, por más que te diga. Seguro que él no te perdonaría de
ningún modo si te hubiera vencido alguna vez. Sabe bien tú, que si le crees,
te engañará nuevamente. Córtale la cabeza al más desleal individuo del imperio
y del reino, buen caballero, y dámela. [2900] Por esto debes entregármela,
porque pienso devolverte el galardón, con creces, cuando llegue un día. Si él
puede, te volverá a engañar con su palabra otra vez.»
El otro que ve
su muerte cercana, le suplica merced a grandes gritos. Pero de nada le valen
ni sus gritos ni todos sus argumentos. El caballero le tira del yelmo tan
bruscamente que le rompe todos los lazados del cuello. Luego le arranca la
visera y el casquete blanco y los tira al suelo. El otro se esfuerza a más no
poder: «¡Perdón, por Dios! ¡Perdón, señor!
-Si soy sensato
no he de tener más piedad de ti -le responde-, que ya una vez te he perdonado.
-Ah -dice-,
cometeréis un pecado, si creéis a mi enemiga, y me matáis de tal manera.»
La otra, que su
muerte desea, le amonesta en sentido contrario, para que a toda prisa le corte
la cabeza, sin confiar en sus súplicas. El caballero descarga el golpe y le
vuela la cabeza hasta el medio del prado mientras el cuerpo se desploma. ¡Con
gran placer de la doncella! Él toma la cabeza por los cabellos y se la tiende
a ella, que experimenta tamaña alegría que le dice:
«¡Tu corazón
reciba tan gran alegría del ser que más ama, como el mío obtiene ahora del ser
que más odiaba! Por nada me amargaba tanto sino de lo que duraba su vida. Un
galardón de mi parte te espera; bien te llegará en su momento oportuno. Por
este servicio que me has hecho, gran prez habrás, te lo aseguro. Ahora me iré.
Te encomiendo a Dios, que te guarde de todos los peligros.»
Pronto se
marcha la doncella, mientras mutuamente se encomiendan a Dios. Pero todos los
que en el prado han presenciado la pelea han sentido crecer una gran alegría.
Así que luego desarman al caballero, entre gestos de júbilo, honrándolo cuanto
saben. A continuación vuelven a lavarse las manos, ya que deseaban retornar a
cenar.
Entonces
estaban más alegres que de costumbre y comían entre el contento general.
[2950] Después de concluir la larga cena, el vavasor dijo a su huésped, que a
su lado estaba sentado:
«Señor,
nosotros vinimos tiempo ha del reino de Logres. Allí hemos nacido y por eso
querríamos que alcanzarais honor y gran dicha y éxito en este país. Porque
nosotros obtendríamos honor junto con vos y otros muchos serían beneficiados,
si honores y éxitos consiguierais en vuestra empresa.»
Y él responde:
«¡Dios os
oiga!»
Después que el
vavasor acabó su arenga y quedó en silencio, tomó la palabra uno de sus hijos:
«Señor, a
vuestro servicio deberíamos poner todos nuestros poderes y dar más que
prometer. Buena necesidad tenéis de recibir ayuda, y nosotros no debemos
esperar a que nos la pidáis. Señor, no os preocupéis por vuestro caballo, si
muerto está. Pues aquí tenemos fuertes corceles. Por tanto quiero que poseáis
lo que es nuestro; y, así, dispondréis del mejor, en lugar del vuestro. Bien
lo habéis menester. -¡Con mucho gusto!», respondió.
Entretanto
habían preparado las camas. Así que se van a dormir.
Al despuntar el
día se levantan y se disponen bien de mañana a partir. En su despedida el
caballero nada olvida. Se despide de la dama y del dueño de la casa y de todos
los demás.
Pero os cuento
una cosa, para que nada os pase por alto. El caballero no quiere montar sobre
el caballo prestado, al ofrecérselo en el portal. Sino que lo hizo montar, así
os lo digo, a uno de los dos caballeros que con él habían venido. Y él monta
sobre el caballo de éste, puesto que así le pareció mejor. [3000] Tras haber
montado cada uno sobre su caballo, se pusieron en camino los tres, después de
saludar a su anfitrión, que les había servido y honrado con todo su poder. Van
cabalgando por el camino recto a medida que el día pasa y declina, y después
de la hora nona, al anochecer llegan al Puente de la Espada.
A la entrada
del puente, que bien terrible era, han desmontado de sus caballos. Ante sí ven
el agua asesina, negra y rugiente, densa y espesa, tan horrorífica y espantosa
como si fuese la del río del demonio, y tan peligrosa y profunda que no hay
cosa en el mundo que, sí allí cayera, no desapareciera como en alta mar. Y el
puente que estaba tendido a través era diferente de cualquier otro; que jamás
hubo otro semejante ni lo habrá. Jamás hubo, que bien refiero la verdad, tan
maligno puente ni tan pérfida pasarela: Consistía el puente en una espada
afilada y luciente recubierta por el agua fría; pero la espada era fuerte y
tensa y tenía dos lanzas de largo. A cada lado había un gran tronco al que
estaba incrustada la espada. ¡Qué nadie tema caer de ella porque se quiebre o
flexione; a pesar de que no parece, a quien la contempla, que pueda soportar
un gran peso!
Pero lo que
infundía mayor desánimo a los dos caballeros que acompañaban al de la carreta,
era que creían ver dos leones o dos leopardos al otro extremo del puente,
encadenados a un bloque de piedra. El agua, el puente y los leones les
causaban un espanto tal que se estremecían por completo, con terror, y decían:
«Señor, aceptad
ahora el consejo que os procura la vista, que bien lo necesitáis en el apuro.
De manera perversa está construido y ensamblado este puente, y muy malos son
sus ajustes. Si no os tornáis ahora, llegaréis tarde a arrepentiros. Conviene
que calculéis los muchos riesgos. [3050] Supongamos que lo pasarais hasta el
otro lado... Lo que no puede suceder en ningún caso, como no podéis detener
los vientos ni prohibirlos soplar, ni a los pájaros impedir cantar; ni puede
el hombre entrar en el vientre de su madre y renacer de nuevo, eso es tan
imposible como vaciar el mar. ¿Podéis saber o pensar que esos dos leones
furiosos, que allá están encadenados, no os van a matar y sorber la sangre de
las venas, y devorar la carne y roer luego los huesos? Muy valiente soy con
osar mirarlos y resistir tal espectáculo. Si no os dais por avisado, os
matarán, sabedlo bien. Muy pronto os habrán despedazado y descuartizarán los
miembros de vuestro cuerpo; que no sabrán tener piedad de vos. Así que
apiadaos de vos mismo, y quedaos con nosotros. Con vuestra persona seréis
injusto si a un seguro peligro de muerte os lanzáis con plena conciencia.»
Y él les
responde, riendo:
«Señores,
muchas gracias os doy por asustaros tanto de mí. Lo motiva vuestra amistad y
franqueza. Bien sé que de ningún modo desearíais mi desdicha. Pero yo tengo
gran fe y confianza en Dios, que me protegerá de todo. Este puente y este agua
no me amedrentan más que esta tierra firme. Así que quiero arriesgarme a la
aventura de cruzar al otro lado y avanzar. ¡Mejor quiero morir que
retroceder!»
Los otros no
saben qué más decirle, sino que de compasión lloran y suspiran el uno y el
otro sonoramente. En tanto él a traspasar el abismo como mejor sabe se apresta
y hace muy extrañas maravillas: que sus pies y sus manos desviste de armadura.
Desde luego que no ha de llegar sin heridas e indemne a alcanzar el otro
costado. [3100] ¡Bien se mantendrá sobre la espada, que más afilada estaba
que una hoz con las manos desnudas y descalzo! Porque no se ha dejado sobre
los pies ni calzas ni antepiés. No se preocupaba en absoluto por llenarse de
heridas en pies y manos. Antes prefería llagarse que caer del puente y darse
un baño en el agua de la que jamás saldría.
Entre el gran
dolor que le causaba el paso, avanza con enorme destreza. Manos, rodillas y
pies se ensangrienta. Pero pronto le conforta y cura Amor que le conduce y
guía, de modo que dulce le era el sufrimiento. Con manos, pies y rodillas se
ayuda con tanto esfuerzo que llega al otro lado.
Entonces se
acuerda y rememora los dos leones que allí había creído ver cuando estaba al
otro lado. Por allí los busca su mirada: no había ni siquiera un lagarto ni
cosa alguna de temer. Eleva la mano ante su rostro, contempla su anillo y así
prueba, al no ver a ninguno de los dos leones que creyera vislumbrar, que ha
sido objeto de un encantamiento. Allí no había ningún ser vivo.
Y los que
quedaron en la otra ribera, al verlo así victorioso del paso, dan tales
muestras de alegría como se puede suponer. Pero ignoran sus padecimientos. Él,
sin embargo, considera gran provecho no haber sufrido mayor daño. Enjuga la
sangre que brota de sus heridas envolviéndolas con los paños de su camisa.
Entonces ve
ante él una torre tan fuerte como nunca en su vida había visto ninguna. La
torre no podía ser mejor.
Acodado en una
ventana estaba el rey Baudemagus, que era muy sutil y agudo para todo honor y
virtud, y quería, por encima de todo, guardar y mantener la lealtad. Y su
hijo, que hacía todo lo contrario por capricho todos los días, puesto que le
agradaba la deslealtad y jamás se había cansado ni aburrido de cometer
villanía, traición ni felonías, estaba a su lado apoyado. [3150] Desde allá
arriba habían visto al caballero pasar el puente con su gran esfuerzo y enorme
dolor. De ira, de disgusto había Meleagante demudado su color. Bien advierte
que ahora le será reclamada la reina. Pero era caballero tal que no temía a
hombre alguno, por muy fuerte ni fiero que fuera. No hubiera mejor caballero
de haber sido fiel y no desleal; pero tenía un corazón de madera, tan sin
dulzura y sin compasión.
Lo que le
alegraba y daba gozo al rey, dejaba al hijo lleno de pesar. El rey sabía bien
de cierto que el que había cruzado el puente era mucho mejor que ningún otro;
que no hubiera osado cruzar el puente nadie cuyo interior albergase
perversidad, que causa más baldón a los propios que honor les proporciona la
proeza. Pues no puede tanto la proeza, como la perversidad y la pereza, porque
es verdad, no lo dudéis en nada, que es más fácil hacer el mal que el bien.
Sobre estas dos
cosas os diría largamente, si me demorase en ello; pero me encamino a otro
tema, que retorno a mi asunto. Así oiréis cómo alecciona el rey a su hijo, al
que sermonea:
«Hijo -le
dice-, fue aventura llegarnos aquí, yo y tú, a asomarnos a esta ventana. Hemos
tenido gran recompensa, que hemos visto la más grande hazaña que jamás se
lograra, ni en imaginación. Ahora dime si no estás reconocido hacia el que
tamaña maravilla ha realizado. Ponte de acuerdo y en paz con él, y devuélvele
sana y salva a la reina. [3200] Así harás ahora que te tenga por sensato y por
cortés, enviándole a la reina antes de que se te presente. Hazle ese honor en
tu tierra: darle lo que ha venido a buscar antes de que te lo pida. Pues tú
sabes bien de seguro que viene a buscar a la reina Ginebra.
»No te hagas
calificar de obstinado, ni de loco u orgulloso. Si ése está en tu tierra solo,
debes hacerle compañía; que un hombre de pro a otro prohombre debe atraérselo,
honrarlo y cultivarlo, sin quedarse ajeno a él. Quien hace honor, recibe
honor. Has de saber bien que tuyo será el honor, si das honras y servicio a
ése que bien se muestra el mejor caballero del mundo.»
Su hijo
responde:
«¡Que Dios me
confunda, si no hay otro tan bueno o mejor!»
Mal hizo su
padre al olvidarlo, que él no se precia en menos, y dice:
«¿Con pies y
manos unidos pretendéis que yo me presente ante él como su vasallo y que
obtenga de él mi tierra? Pongo a Dios por testigo que antes he de ser su
vasallo que devolverle a la reina. De cierto que no la devolveré, sino que la
disputaré y defenderé ante todos cuantos sean tan locos que osen venir a
buscarla.»
Luego contesta
de rechazo el rey:
«Hijo, mucho
mejor harías si renunciaras cortés a esa ofuscación. Te ruego yo que te
mantengas en paz. Sabes bien que no obtendrá más honor el caballero de no
conquistar a la reina frente a ti en combate. Él prefiere obtenerla, sin
vacilar, más por combate que por generosidad; ya que eso redundará en su fama.
A mi parecer, no pretende obtenerla de grado, sino que desea conquistarla en
la batalla. Por tal motivo obrarías sabiamente si le privaras del combate. Yo
te ruego que elijas la paz. [3250] Y si tú desprecias mi consejo, no me
cuidaré de tu desdicha, y gran daño puede resultarte. El caballero no tiene
nada que temer, excepto de ti solo. De todos mis hombres y de mí he de
ofrecerle garantías y seguridad. Jamás cometí deslealtad ni traición ni
felonía, y no voy a cometerlas ahora de ningún modo ni por ti ni por nadie.
Así que no quiero que te hagas ilusiones. Es más, prometo al caballero que no
tendrá necesidad de nada, ni de armas ni caballo, por carecer de ellos, ya que
tal hazaña ha realizado al llegar hasta acá. Estará bien guardado y
aprovisionado en salvedad frente a todos los hombres, a excepción sólo de ti.
Y eso te quiero advertir: si puede defenderse ante ti, no ha de temer a ningún
otro.
-Ahora -dijo
Meleagante- me es tiempo de oíros, mientras me habláis a vuestro gusto, y de
callar; pero bien poco me importa cuanto decís. No soy en absoluto un ermitaño
ni un prohombre tan caritativo, ni quiero ceder tanto al honor, como para
entregarle la cosa que más amo. No habrá de conseguir su demanda tan pronto ni
tan fácilmente; antes bien irá muy de otro modo de lo que pensáis vos y él. Si
en contra de mí le ayudáis, no he de ceder por tal motivo. Si de vos y de
todos vuestros súbditos recibe paz y treguas, ¿qué me importa? Jamás por tal
hecho me faltará corazón. Antes me place mucho, ¡así Dios me guarde! que no
tenga otro cuidado aparte de mí, y no quiero que por mí hagáis cosa alguna de
la que pueda sospecharse deslealtad o traición. Tanto como os plazca, sed
hombre de pro, y dejadme a mí ser cruel.
-¿Cómo? ¿No vas
a cambiar?
-No -contestó
Meleagante.
-Pues ya me
callo. [3300] Ahora haz lo que te plazca; yo te dejo y voy a ir a hablar al
caballero. Quiero ofrecerle y presentarle mi ayuda y mi consejo sin reservas,
pues estoy por entero de su parte.»
Entonces
descendió el rey de la torre y mandó ensillar su caballo. Le trajeron un gran
corcel, al que monta con el pie en el estribo. Y lleva consigo a algunos de su
gente, tres caballeros y dos sargentos, sin más, a los que ordena cabalgar
tras él. A todo galope llegaron hasta la boca del puente y vieron al caballero
que enjugaba y contenía la sangre de sus heridas. El rey piensa en tenerle
largo tiempo como huésped hasta curar tales heridas; así podría también
esperar que la mar se secara.
El rey se
apresura a desmontar. El caballero, gravemente malherido, se alza al momento
frente a él. No porque le hubiera conocido, ni tampoco dando muestras del
doloroso estado de sus manos y pies; ni más ni menos que como si estuviera
indemne. El rey vio que se ponía en guardia, y corre muy pronto a saludarle,
diciendo:
«Señor, mucho
me admiro de que de improviso os hayáis presentado en este país ante nosotros.
Pero bienvenido seáis, que ningún otro jamás emprenderá otro tanto. Ni jamás
ocurrió ni ocurrirá que nadie acometiera tal audacia ni se metiera en tal
peligro. Sabedlo: más os amo por ello, porque habéis hecho lo que nadie antes
hubiera ni siquiera pensado hacer. Me encontraréis bien dispuesto hacia vos,
leal y cortés. Yo soy de esta tierra rey; así que os ofrezco a vuestra
disposición todo mi consejo y mi servicio. Ya me figuro con fundada razón lo
que venís a demandar: venís creo yo, en demanda de la reina.
-Señor -dijo
él-, bien lo creéis. Ningún otro asunto aquí me trae.
-Amigo, aún os
toca penar -dijo el rey- antes de obtenerla. [3350] Vos estáis fieramente
herido; veo las llagas y la sangre. No vais a encontrar tan generoso a aquél
que acá la condujo, que no os la va a entregar sin pelea. Mas os conviene
reposar y dejar que mejoren vuestras heridas, hasta que estén bien curadas.
Ungüento de las tres Marías y aún mejor, si se encontrara, os daré, pues mucho
me preocupa vuestro bienestar y vuestra curación.
»La reina tiene
una prisión decente, pues nadie la toca, ni siquiera mi hijo, por más que le
pesa a él que fue quien la trajo. Jamás un hombre desvarió tanto como él
enloquece y enfurece por tal motivo. Tengo hacia vos una afección muy cordial,
así que os daré, ¡Dios me ayude!, muy a gusto cuanto necesitéis.
»Por muy buenas
armas que mi hijo tenga, y por más rencor que me guarde, os he de dar otras
tan buenas y un caballo como os hace falta. Y os tomo bajo mi protección, pese
a quien pese, frente a todos los demás hombres. En vano desconfiaréis de
cualquier otro a excepción de aquél que trajo acá a la reina. Nunca un hombre
reprendió a otro como yo le he reprendido y poco faltó para que no lo
expulsara de mi tierra por despecho de que no os la devuelva. Pero es mi hijo.
Si no os vence en batalla, no podrá causaros por encima de mi autoridad, el
menor daño.
-Señor
-contestó el otro-, gracias os doy. Pero estoy gastando aquí demasiado el
tiempo, que no quiero perder ni malgastar. De ninguna molestia me quejo ni
tengo herida que me estorbe. Llevadme solo a donde lo enfrente, pues con tales
armas cuales traigo estoy presto ahora mismo a dar y recibir golpes en la lid.
-Amigo, más os
valdría esperar, quince días o tres semanas hasta que vuestras heridas se
hubieran curado. [3400] Bien os iría una demora, por lo menos de quince días,
que yo no soportaría de ningún modo ni podría mirar que con tales armas ni en
vuestro estado presente combatierais en mi presencia.»
A lo que él
respondió:
«Si así os
pluguiera, no tendría yo otras armas que éstas, con las que de buen grado
entablaría la batalla, y no pediría aplazamientos de un paso o una hora; el
combate sería sin descanso término ni demora. Pero por vos cederé tanto que
aguardaré a mañana. Y sería vano hablar más de eso, que más tiempo no
aguardaré.»
Entonces el rey
le ha prometido que todo irá de acuerdo con su voluntad. Luego lo conduce al
hospedaje y con ruegos y órdenes manda a los que le albergan que se esfuercen
por servirle, y ellos del todo lo procuran. Y el rey, que muy por su gusto
hubiera elegido la paz, de haber podido, se fue de nuevo a buscar a su hijo, y
le sermonea como quien desea la paz y la concordia. Así le habla:
«Hijo mío, a
ver si te reconcilias con este caballero sin combatir. No ha venido aquí para
divertirse ni para practicar el tiro de arco ni para cazar en montería, sino
que ha venido para cobrar lo buscado y acrecentar su valor y su renombre. Bien
habría menester de un largo reposo, según le he visto yo. De haber creído mi
consejo ni en este mes ni en el siguiente se hubiera aprestado a la batalla de
la que ahora está tan ansioso. ¿Si tú le devuelves a la reina, temerás
incurrir en deshonor? Por eso no tengas miedo, que de ahí no te pueden
resultar enojos; más bien es pecado retener una cosa a la que no se tiene
derecho y en contra de toda razón. El otro habría trabado la batalla muy a
gusto ahora mismo, a pesar que no tiene enteros ni pies ni manos, sino llenos
de cortes y heridas.
[3450] -¡Con
qué desvarío os precipitáis! -dijo Meleagante a su padre-. ¡Por la fe que debo
a san Pedro, que no os he de hacer caso en este asunto! De cierto que deberían
descuartizarme, si os creyera. Si él busca su honor, también yo el mío; si él
busca su prez, yo también la mía; y si desea mucho la batalla, aún la deseo yo
cien veces más.
-Bien veo que
te encaminas a la locura -dijo el rey-; así que la encontrarás. Mañana
probarás tu fuerza frente al caballero, cuando quieras.
-¡Que no me
venga ningún mal mayor que éste! -dijo Meleagante-. ¡Mejor quisiera que fuese
hoy por la tarde que mañana! Ved ahora cómo quedo con un talante más triste
del acostumbrado. Se me han turbado mucho los ojos y tengo una expresión
mortecina. Hasta que no entre en combate no tendré alegría ni humor ni placer,
pues ningún otro suceso puede divertirme.»
El rey
comprendió que de ningún modo valdrían allí sus consejos ni sus ruegos y lo ha
dejado muy a su pesar. Y escoge un caballo muy fuerte y capaz y bellas armas,
y se las envía al caballero que bien ha de emplearlas. En el castillo había
también un anciano servidor que era un devoto cristiano; en el mundo no había
otro tan leal, y sabía de curar heridas más que todos los médicos de
Montpellier. Éste se ocupó por la noche de cuidar al caballero con todo su
saber, pues el rey se lo había encomendado.
Y ya sabían las
nuevas los caballeros y las doncellas, las damas y los barones de toda la
región vecina. Allí acudieron desde todo el país de alrededor, desde una
jornada de camino, los extranjeros y los naturales; todos cabalgaron con
premura toda la noche hasta el amanecer. Unos y otros ante la torre se
precipitaban a instalarse en tal aglomeración que allí no podía uno revolver
un pie. [3500]
El rey se
levanta de mañana; le preocupa mucho la batalla. Así que de nuevo acude a su
hijo, quien tenía ya en su cabeza el yelmo, uno hecho en Poitiers. No se
admite la dilación, ni puede concertarse la paz; por mucho que el rey la ha
rogado, la paz no puede lograrse. Ante la torre en medio de la plaza donde
toda la gente ha convergido, allí ha de hacerse el combate, que así lo quiere
y manda el rey.
En seguida
envía el rey a buscar al extranjero, y que lo conduzcan a la plaza, que estaba
llena de gentes del reino de Logres. Así como para escuchar los órganos acuden
de costumbre las gentes al monasterio en la fiesta anual, en Pentecostés o en
Navidad, de la misma manera se habían allí reunido todos. Durante tres días
habían ayunado y caminado con los pies descalzos y con la camisa de estameña
todas las doncellas exiladas del reino del rey Arturo para que Dios fuerza y
virtud le diera, contra su adversario, al caballero que debía pelear por la
liberación de los cautivos. Pero también los del país, repetían las oraciones
por su señor, para que Dios le concediere el honor y la victoria en la pelea.
Bien de mañana,
antes de que tocaran la hora prima, los habían conducido a los dos adversarios
al centro de la plaza, con toda la armadura, sobre dos caballos recubiertos de
hierro. Muy gentil apariencia tenía Maleagante; era bien proporcionado de
talle, brazos, piernas y pies, y el yelmo y el escudo que de su cuello colgaba
le caían muy bien, admirablemente. Pero todos apostaban por el otro, incluso
quienes hubieran deseado su derrota y decían todos que de muy poca monta era
Meleagante frente a él.
[3550] Tan
pronto como estuvieron ambos en mitad de la plaza, acude el rey, que los
detiene en lo que puede y se fatiga por lograr la paz, pero no puede
congraciar a su hijo. Así que les dice:
«Contened
vuestros caballos por el freno por lo menos hasta que me haya subido a lo alto
de la torre. No será un exceso de bondad que por mí os demoréis unos
instantes.»
Luego se aparta
de ellos, muy abatido, y va derecho a la cámara donde sabía que estaba la
reina, quien la noche anterior le había rogado que la colocara en un lugar de
donde pudiera ver con comodidad el combate. Y él le otorgó el don; de modo que
la fue a buscar para guiarla, puesto que se esmeraba en cuidarse de su honor y
servicio.
La ha colocado
junto a una ventana y él mismo se ha acodado a su lado, a su derecha, en otra
ventana. También se había reunido junto a ellos multitud de personas,
caballeros y damas de buen tino; doncellas nacidas en el país, y numerosas
cautivas que estaban muy atentas en oraciones y plegarias. Los prisioneros y
las prisioneras todos rogaban por su campeón, que en Dios y en él fiaban para
la salvación y la libertad.
Entonces sin
más tardanza los combatientes hacen retirarse a todo el gentío. Ya se
enfrentan, a sus costados los escudos y embrazando la adarga. Y se golpean de
tal modo que las lanzas se han hundido dos brazadas en mitad del escudo y han
estallado quebrándose como astillas del hogar. Y los caballos lanzados en
pleno galope se han entrechocado frente a frente y pecho contra pecho; y los
escudos y los yelmos han chocado con tal estrépito que parece como si hubiera
sonado un tremendo trueno. No lo resisten pretales ni cinchas, estribos ni
riendas ni correas, sin romperse; e incluso se cuartean los arzones de las
sillas, que muy fuertes eran. [3600]
No han tenido
gran vergüenza por caer a tierra, después de que todo su arnés les ha fallado
así. Muy pronto se alzan en pie y se acometen uno a otro, sin cruzar palabra,
más fieramente que dos jabalís. Se hieren, sin amenazas, con grandes mandobles
de sus espadas de acero, como quienes se detestan con fiero odio mutuo. A
menudo hienden con tal furia los yelmos y las cotas brillantes de malla que
tras el hierro brota un chorro de sangre. Muy bien hacen el gasto del combate,
que se enfurecen y malparan con mandobles pesados y cruentos. Repetidos
asaltos, fieros, duros y sostenidos se entrecambiaron por igual; en ningún
momento se sabía cuál de los dos la ventaja o el fracaso mantenía. Pero no
podía dejar de suceder que el que había pasado el puente no se resintiera
agudamente en sus manos que tenía cubiertas de heridas. Mucho se han espantado
las gentes que en él confiaban, cuando ven que sus mandobles se debilitan, y
temen entonces su derrota. Ya se figuraban que el caballero estaba sometido y
Meleagante se alzaba vencedor, y de ello murmuraban en torno.
Pero en las
ventanas de la torre había una doncella muy sagaz, que medita y se dice en su
corazón que el caballero no había entablado la batalla ni por ella ni por
aquella gente humilde que se había reunido en la plaza, y que no la hubiera
presentado a no ser por la reina. Y medita que si él supiera en qué ventana la
reina estaba, y que si viera que ella le contemplaba, recobraría vigor y
audacia. Y que, si ella supiera su nombre, muy de corazón le hubiera dicho que
la mirara unos instantes. [3650] Entonces se acercó a la reina y le dijo:
«Señora, por
Dios y por vuestra prez, y por la nuestra, os requiero a que me digáis el
nombre de este caballero, si lo sabéis, con el fin de ayudarle.
-Lo que me
habéis rogado -dice la reina- carece a mi entender de malicia y perversidad.
No hay sino bien en ello: Lanzarote del Lago se llama el caballero, estoy
segura.
-¡Dios mío!
-dice la muchacha-, vuelve la sonrisa y la alegría a mi corazón: ya está
curado.»
Entonces salta
hacia adelante y así le llama en alta voz, tan alto que todo el gentío puede
oír lo que dice:
«¡Lanzarote!,
vuélvete y mira a quien de ti no aparta su mirada.»
Al oír su
nombre, Lanzarote no tardó en volverse. Gira sobre sí mismo y ve arriba a
aquélla que en el mundo más deseaba ver, a Ginebra sentada en las tribunas de
la torre. Desde el momento en que la vio, no apartó ya su rostro de allí, ni
su vista: se defendía por detrás. Maleagante, entre tanto, le perseguía sin
descanso, encarnizadamente; piensa que su enemigo no va a poder defenderse de
él por mucho tiempo, y ello constituye su alegría. Sus compatriotas exultan de
júbilo. En cuanto a los desterrados, muchos de ellos, tan llenos de angustia
que no pueden mantenerse en pie, van dejándose caer en tierra, unos sobre sus
rodillas, otros completamente tendidos. De este modo, el gozo y la tristeza
coexistían. Entonces gritó de nuevo la muchacha desde la ventana: «¡Ah,
Lanzarote! ¿Cómo es que te comportas de una forma tan insensata? Hace bien
poco que en ti se daban cita proezas y virtudes. No creo que Dios haya creado
caballero que pueda comparársete en valor y prez, y ahora te vemos tan
apurado. [3700] Vuélvete de este lado, sin que tus ojos dejen de fijarse sobre
este hermoso torreón que vale tanto contemplar.»
Lanzarote
considera lo que ha hecho un deshonor y una vergüenza, tanto que ha llegado a
odiarse a sí mismo. Bien sabe que ha llevado la peor parte de la batalla
durante demasiado tiempo. Todas y todos lo han podido ver. Entonces salta
hacia atrás, dando la cara a Meleagante, y le coloca por fuerza entre la torre
y él. Meleagante no regatea esfuerzos para recuperar la posición perdida. Pero
Lanzarote se precipita sobre él y le encuentra con el escudo con una fuerza
tal que le hace girar sobre su eje dos veces, tres veces, bien a su pesar.
Crecen en el héroe fuerza y audacia. Amor le presta valiosa ayuda, y es que no
había odiado a nadie nunca tanto como a su contrincante en este combate. Amor
y un odio mortal, tan grande como nunca visteis semejante, le hacen tan firme
y tan resuelto que Meleagante no puede ver en su actitud un juego. Tiembla el
felón: jamás ha conocido un caballero tan audaz, jamás ninguno le ha
atormentado de tal modo. De buen grado se aleja de él, hurta su cuerpo y huye,
rehúsa el regalo de unos golpes que odia. Y Lanzarote no le amenaza, sino que
a tajos y estocadas le hace retroceder hasta la torre donde la reina se
apoyaba. Más de una vez la ha servido y rendido vasallaje...
Ha aproximado a
su adversario a ella tan cerca como le convenía: si diera un paso más, no la
vería. Así, continuamente, Lanzarote le llevaba hacia atrás y hacía adelante,
allí por donde bien le parecía, para no detenerse sino ante la reina su dama,
la que puso en su cuerpo la llama que le impulsa a mirarla sin cesar. Y esta
llama le avivaba a tal punto su ardor contra Meleagante que podía llevarle y
perseguirle a voluntad, allí por donde le placía. Como a ciego y como a
fugitivo le pasea, sea ello o no de su grado.
Ve el rey que
su hijo está extenuado: ya ni siquiera se defiende. Ello le pesa y le mueve a
compasión. Pondrá remedio, si es que puede. Para que surta efecto, debe ir a
suplicar a la reina. Comenzó entonces a hablarle así:
«Señora, desde
que os tuve a mi cargo no he dejado un solo instante de serviros y honraros
como el mejor de los amigos. Nunca he dejado de hacer cosa que realzara
vuestro honor. Pediros quiero ahora un don que a buen seguro me otorgaréis, si
obráis por amistad: ésa será mi recompensa. Me doy perfecta cuenta de que mi
hijo lleva la peor parte en este combate. No os oculto que ello no me produce
el menor pesar. Pero os ruego que Lanzarote, dueño de su vida, no le mate. No,
vos no debéis querer su muerte, por más que os haya perjudicado mucho a vos y
a él. Os suplico me concedáis la gracia de que no llegue a herirle con el
golpe definitivo. De este modo, corresponderíais a mis servicios de ayer para
con vos.
-Mi buen señor,
pues que me lo rogáis, consiento en ello de mi grado -dice la reina-. Guardara
yo hacia vuestro hijo, a quien no puedo amar, un odio mortal: me habéis
servido con tanta generosidad que quiero, para complaceros, decirle a
Lanzarote que le deje vivir.»
No fueron
pronunciadas estas palabras en voz baja: las oyeron Lanzarote y Meleagante.
Quien ama es obediente: con rapidez lleva a cabo lo que place a su amiga si
está profundamente enamorado. [3800] ¿Qué otra cosa hubiera hecho Lanzarote,
él que amó mucho más de lo que amara Príamo, el más leal de los amantes? Sí,
Lanzarote ha oído la respuesta de su dama; desde que las últimas palabras
fluyeron de su boca, cuando dijo: «Puesto que deseáis que no le mate, yo
también lo deseo», desde ese instante, por nada del mundo habría tocado a
Meleagante, ni se habría movido aunque su vida peligrase. No le toca ni se
mueve. Su enemigo, por el contrario, le hiere tanto como puede, fuera de sí de
ira y de vergüenza al oír que ha llegado al extremo de que ha sido preciso
suplicar por su vida. El rey, para amonestarle, ha descendido de la torre y,
llegado a la batalla, dice así a su hijo:
«¿Cómo? ¿Es
decoroso que él no te toque y tú le hieras? Furioso y cruel en demasía me
pareces ahora, ¡a destiempo ha aflorado tu valor! Sabemos con certeza que él
te ha superado limpiamente.»
Y Meleagante le
responde, enajenado de vergüenza:
«¡Se diría que
estáis ciego! A fe que no veis nada. Ciego está el que ponga en duda que he
obtenido la victoria.
-¡Busca
entonces -dice el rey- quien te crea! Bien saben todas estas gentes si dices
verdad, o si mientes. La verdad bien la conocemos.»
Ordena al punto
a sus barones que retiren a su hijo. No se demoran, pronto dan cumplimiento a
su mandado: Meleagante es sometido. Para retirar a Lanzarote no hubo que
prodigar grandes esfuerzos: mucho hubiera podido perjudicarle el otro, antes
que él le tocase. Entonces dice el rey a su hijo:
«Así Dios me
valga, debes ahora hacer las paces y devolver a la reina. [3850] Es preciso
que olvides y renuncies por completo a semejante querella.
-¡Muy grande
necedad habéis dicho! ¡Demasiado os he oído esgrimir naderías! ¡Idos! Dejadnos
combatir y no os mezcléis más en esto.»
El rey dice que
ha obrado así «porque bien sé que te mataría si os dejase combatir».
«¿Que él me
mataría? Antes sería yo quien le matase, si vos no nos estorbaseis y nos
dejaseis combatir.»
Responde el
rey:
«Así Dios me
salve, no vale nada cuanto dices.
-¿Por qué?
-No quiero
oírte. No voy a confiar en la locura y el orgullo que te matarían. Loco está
quien su muerte desea, como tú, que ni siquiera lo sabes. Sé bien que me odias
porque quiero impedir que mueras. Espero que Dios no me dejará ver con estos
ojos tu muerte, porque sería para mí un dolor excesivo.»
Tanto le dice y
tanto le amonesta que han fijado paces y acuerdos. Se estipula que Meleagante
devolverá a la reina, a condición de que, al cabo de un año a partir del día
elegido por él para el reto, Lanzarote, sin demora alguna, se enfrentará de
nuevo con él. El acuerdo no entristece en absoluto a Lanzarote. Todo el pueblo
acepta la paz, y desea que la batalla tenga lugar en la corte del rey Arturo,
señor de la Bretaña y Cornualles. Allí desean que tenga lugar, si la reina
promete, y Lanzarote garantiza, que, si Meleagante consiguiera vencerle, ella
regresará con el vencedor y nadie la retendrá. Conforme está la reina, y
Lanzarote sale fiador. De este modo los han puesto de acuerdo, a más de
separarlos y desarmarlos.
[3900] Era
costumbre del país: cuando uno era liberado, los demás regresaban con él. Así,
pues, todos bendecían a Lanzarote. Podéis haceros una idea de la inmensa
alegría que debía reinar allí entonces: reinó, sin duda alguna. Todos juntos,
los desterrados hacen visible su alegría ante Lanzarote, y así le dicen, todos
juntos, para que él pueda oírles:
«Señor, mucho
nos alegramos, en verdad, tan pronto oímos vuestro nombre, pues al punto
supimos con certeza que nos liberaríais a todos.»
A la alegría se
une un gran afán: cada cual, con fatiga y dificultades, intenta tocar a su
libertador. El que consigue aproximarse más, conquista una alegría
inenarrable. Al mismo tiempo reinan el gozo y la tristeza: los que han sido
rescatados se abandonan a su dicha; Meleagante y los suyos no tienen nada que
celebrar: pensativos están, sombríos y abatidos.
El rey gira
sobre sus pasos. Con él va Lanzarote, no le ha olvidado. Éste le ruega ser
conducido ante la reina.
«Por mí no
queda -dice el rey-, que me parece oportuno hacer lo que decís. Os mostraré
también a Keu el senescal, si lo deseáis.»
Poco falta para
que Lanzarote se arroje a sus pies, tan loco de alegría se halla. El rey le
condujo al instante a la sala donde esperaba la reina, recién llegada. Cuando
la reina ve al rey trayendo a Lanzarote por un dedo, se pone en pie
aparentando malhumor, baja la cabeza y no pronuncia palabra.
«Señora, ved
aquí a Lanzarote -dice el rey-, que viene a veros. Ello habrá de agradaros
sobremanera.
-¿A mí? Señor,
no puede agradarme. Su presencia no me interesa en absoluto.
-¡Cómo! Señora
-responde el rey generoso y cortés-, ¿de qué corazón os habéis investido?
[3950] Por cierto que cometéis sinrazón excesiva con el hombre que tanto os ha
servido. En su búsqueda ha puesto por vos su vida en peligro mortal, y os ha
rescatado y defendido de mi hijo Meleagante, quien muy a su pesar os ha
devuelto.
-Señor, a la
verdad, ha gastado su tiempo. No negaré que no le guardo la menor gratitud.»
He aquí a
Lanzarote fulminado. Como respuesta, dice muy suavemente, como cuadra a un
amante cumplido:
«Señora, verdad
es que me duelen vuestras palabras, y no me atrevo a preguntaros el motivo.»
Mucho se
hubiera lamentado Lanzarote si la reina le hubiese escuchado; pero, para
atormentarle y confundirle, no quiso responder una sola palabra, retirándose a
una cámara cercana. Y Lanzarote la escoltó hasta la entrada con los ojos y con
el corazón. Corto fue el viaje de los ojos, que demasiado cerca estaba la
cámara; muy de su grado hubiesen entrado tras ella, si fuera posible. El
corazón, que es amo y señor mucho más poderoso, pasó tras su señora al otro
lado de la puerta. Los ojos se han quedado fuera, llenos de lágrimas, junto
con el cuerpo. El rey, entonces, a título confidencial, le dice:
«Lanzarote,
mucho me maravilla qué signifique o de dónde proceda el que la reina no os
quiera ver ni se digne dirigiros la palabra. Si nunca le plugo hablaros, no
debiera precisamente ahora dispensaros esta acogida ni rechazar vuestra
conversación, después de lo que habéis hecho por ella. Vamos, decidme, si lo
sabéis, por qué causa, por qué sinrazón os ha mostrado una apariencia
semejante.
-Señor, hace
sólo un momento no lo hubiera creído. Pero no hay duda de que no quiere verme
ni oír mi voz: ello me duele y pesa mucho.
-En verdad
-dice el rey- no tiene razón, pues por ella habéis acometido
mortales aventuras. [4000] Y bien, querido amigo, venid. Vais a hablar con
el senescal.
-Iré con mucho
gusto.»
Ambos se
dirigen hacia el senescal. Cuando Lanzarote llegó ante él, Keu le espetó a
manera de saludo:
«¡Cómo me has
deshonrado!
-¿Yo? -dice
Lanzarote-, decidme en qué. ¿Qué vergüenza he podido causaros?
-Una muy
grande, que tú has llevado a cabo la empresa que yo no he podido concluir. Has
hecho lo que yo no pude hacer.»
Entre tanto, el
rey se va, los deja solos: de la cámara todos han salido. Lanzarote pregunta
al senescal si ha padecido mucho:
«Si -responde
Keu-, y padezco todavía: nunca he sufrido tanto como ahora. Y hubiese muerto
largo tiempo ha, a no ser por el rey que acaba de irse. Él se ha apiadado de
mí, demostrándome siempre dulzura y amistad; nunca, enterado él, me ha faltado
cosa alguna de la que hubiese menester que no me fuese aparejada al punto, ni
una sola vez. Pero por cada bien que me hacía, su hijo Meleagante, lleno de
malas artes, mandaba llamar cabe sí y a traición a los médicos, y les ordenaba
poner sobre mis llagas ungüentos tales que me hiciesen morir. De este modo
tenía yo padre y padrastro; cuando el rey, queriendo contribuir a mi pronta
curación, hacía colocar un buen emplasto sobre mis llagas, su hijo,
traicioneramente, hacía que me lo cambiaran por un ungüento lesivo, siempre
con la intención de matarme. Sé con absoluta certeza que el rey nada sabía de
ello: no habría consentido en guisa alguna tal crimen ni tal felonía. Además,
no sabéis de su generosidad para con mi señora la reina; nunca fue por ninguna
guarda tan 4050 bien guardada torre ni frontera, desde el tiempo en que Noé
construyó el arca, como ha sido guardada ella por él. A su hijo no le permite
ni siquiera verla, de no ser ante el común de las gentes o en su propia
presencia; mucho se duele Meleagante por ello. Con tan gran honra la ha
tratado y trata el noble rey (¡gracias le sean dadas!) como ella misma ha
querido disponer, que nunca hubo en esto otro arbitro que ella. Y el rey más y
más la ha ido estimando, al ver la lealtad que le demuestra. Pero, ¿es verdad
lo que me han dicho? ¿Tan gran cólera siente hacia vos que su palabra, delante
de todos, os ha retirado terminantemente?
-La verdad os
han dicho -responde Lanzarote-, la pura verdad. Pero, por Dios, ¿sabríais
decirme por qué me odia?»
Keu le contesta
que no sabe, que se encuentra también extrañamente sorprendido.
«¡Sea según sus
órdenes!», dice Lanzarote, resignado, y añade: «Debo despedirme. Iré en busca
de mi señor Galván, también entrado en esta tierra: me prometió que se
dirigiría en línea recta hacia el Puente bajo el Agua.»
Dicho esto, ha
salido de la cámara y ha llegado delante del rey, a quien pide licencia para
partir. El rey la otorga de su grado. Pero aquellos a los que había liberado
de su prisión le preguntan qué harán. Y él les dice:
«Vendrán
conmigo todos los que quieran venir. Quédense los que quieran quedarse
junto a la reina; no es razón que conmigo vengan.»
Con él van
todos los que quieren, más alegres y felices de lo que acostumbraban. Con la
reina permanecen las doncellas, manifestando su alegría, y las damas, y más de
un caballero. [4100] No hay nadie de los que se quedan que no prefiera volver
a su país antes que prolongar su estancia allí. Pero la reina los retiene; mi
señor Galván está cerca, y ella no quiere moverse hasta saber noticias suyas.
Por todas
partes se ha extendido la nueva: la reina está libre por completo; y todos los
cautivos han sido liberados con ella. Se irán sin falta cuando les plazca y
les convenga. Unos a otros se preguntan si es verdad: no hablaban de otra cosa
cuando estaban juntos. Desde luego no les enoja que sean destruidos los pasos
peligrosos. Se va y se viene a voluntad. Nada hay de lo que antes solía haber.
Cuando supieron
las gentes del país -los que no habían presenciado la batalla- cómo se había
comportado Lanzarote, se dirigieron todos hacia aquel lugar por donde sabían
que él marchaba; cuidan que al rey le agradaría que condujesen ante él a
Lanzarote prisionero. Éste y los suyos se hallaban desguarnecidos de armas;
por ello los sorprendieron, que los del país venían armados. No es maravilla
que prendiesen a Lanzarote, que iba desarmado, y que le hicieran retroceder
con los pies atados bajo su caballo.
«Muy mal
obráis, señores -dicen los desterrados-, pues el rey nos protege. Todos
estamos bajo su guarda.
-Nada sabemos
-les responden-. Habéis de venir con nosotros a la corte en calidad de
prisioneros.»
La noticia
corre, vuela hasta llegar al rey: sus gentes han apresado a Lanzarote y le han
matado. En cuanto el rey lo sabe, mucho se aflige, y jura, cuando menos por su
cabeza, que quienes le mataron morirán; no se podrán justificar y, cuando
caigan en su poder, no habrá cuestión sino de darles muerte en la horca, en la
hoguera o en el agua. [4150] Y si se atreven a negarlo, no les creerá a ningún
precio; demasiado han sumido su corazón en duelo, y le han causado una
deshonra tal que sobre él deberían caer los reproches, si no tomase venganza.
Pero la tomará sin duda alguna.
La nueva, que
por todas partes se expande, ha llegado hasta la reina, cuando estaba sentada
en la sala de banquetes. A punto estuvo de matarse al oír la noticia. Aunque
era falsa, ella la reputaba verdadera. Tan infelizmente desfallece que falta
poco para que pierda la palabra. No obstante, dice con claridad a cuantos allí
estaban:
«Mucho me pesa
su muerte, a la verdad. Y si me pesa no es sin razón, que él vino en mi busca
a este país; por eso siento este pesar.»
Acto seguido
-en voz muy baja, para que nadie la oiga- se dice a sí misma que no beberá ni
comerá en lo sucesivo, si es verdad que está muerto aquél por cuya vida ella
vivía. Al punto, se levanta muy dolorida de la mesa y va a lamentarse donde
nadie pueda escucharla. Tan ansiosa está de matarse que a menudo se aferra la
garganta. Pero antes se confiesa consigo misma: se arrepiente y fustiga su
culpa, mucho se censura y se acusa del pecado que había cometido contra aquél
que siempre había sido suyo -bien lo sabía ella- y todavía lo sería si
estuviese vivo. Tal duelo hace por su pasada crueldad que ha perdido gran
parte de su belleza. El recuerdo de su perversidad, junto con la vigilia y el
ayuno, la han vuelto pálida y sombría. Ha reunido todas sus faltas, y ahora
desfilan ante ella; a todas las recuerda:
«¡Ay,
desdichada! ¿En qué pensaría cuando mi amigo se presentó ante mí, que no le
dispensé una buena acogida, y ni siquiera me digné escucharle? [4200] Cuando
le rehusé vista y palabra, ¿no cometí una locura? ¿Una locura? Así Dios me
valga, cometí más bien una perversa crueldad. Yo cuidaba que todo era un
juego, pero él no lo entendió así, y no ha podido perdonarme. Nadie sino yo le
he asestado el golpe mortal, por mi fe. Cuando llegó a mí sonriendo, seguro de
que yo me alegraría al verle, ¿no fue un golpe mortal el no querer concederle
una mirada? Cuando le retiré mi palabra, cuido que en ese instante le arranqué
la vida con el corazón. Estos dos golpes le han matado, ningún otro asesino a
sueldo. ¡Dios mío! ¿Podré algún día rescatarme de este crimen, de este pecado?
Bien sé que no; antes se secarían todos los ríos y el mar se agotaría. ¡Ay!
¡Cómo me reconfortaría y cuánto mejor me sentiría si, al menos una vez antes
de muerto, le hubiese tenido entre mis brazos! ¿Cómo? Muy fácilmente: desnuda
yo y desnudo él, para que mayor fuese el placer. Pero está muerto, y muy
cobarde seré si no me doy la muerte yo también. Aunque, ¿irá en perjuicio de
mi amigo el que yo conserve la vida después de su muerte, cuando nada me
produce placer en el mundo sino el dolor que padezco por él? Ésa es mi única
alegría tras su muerte; muy dulce hubiera sido para él, mientras vivía, este
sufrimiento de amor por el que ahora siento un deseo semejante. Cobarde me
parece la amiga que prefiere morir a sufrir por su amigo. De grado elijo,
pues, prolongar durante largo tiempo mi dolor. Antes quiero vivir y sufrir que
morir y descansar.»
Dos días se
mantuvo la reina en este duelo, sin comer ni beber, tanto que se creyó que
había muerto. Muchos hay que transmiten noticias: antes la triste que la
agradable. [4250] A Lanzarote llega la nueva de que ha muerto su dama y amiga.
Mucho le ha pesado, no lo dudéis. Bien puede imaginar cualquiera el grado de
su dolor. A la verdad, si queréis oírme y saberlo, estaba tan afligido que
llegó a sentir desprecio por su vida: quiere matarse sin demora, pero antes se
lamentará. En uno de los cabos del cinturón que le ciñe anuda un lazo
corredizo, y se dice a sí mismo, arrasados los ojos de agua:
«¡Ah, Muerte!
¡Qué emboscada me has tendido! Sano estaba y tú me has hecho caer enfermo.
Enfermo estoy, ningún mal siento fuera del duelo que me oprime el corazón.
Este duelo es mi enfermedad, y mortal es. Mi afán es que lo sea, y, si a Dios
place, moriré. (¡Cómo? ¿No podré morir de otra manera, si ésa no es del agrado
de Dios? Sí podré, con tal que me permita apretar este lazo en torno a mi
garganta: así espero vencer a la muerte. Me mataré a despecho suyo. Mi
cinturón la conducirá prisionera ante mí, por más que ella no quiera llegarse
nunca a los que no la temen, y, tan pronto se encuentre en mi jurisdicción,
hará cuanto desee. Lentos serán, a la verdad, los pasos con que venga: tan
deseoso estoy de poseerla.»
No se demora
entonces, ni se tarda: antes bien, pasa su cabeza por el lazo, y fija éste
alrededor de su cuello. Para que el mal se cumpla, ata fuertemente el otro
cabo del cinturón al arzón de su silla, sin que nadie se aperciba de ello. Y
se deja en seguida caer a tierra. Quiere hacerse arrastrar por su caballo
hasta morir: no juzga digno vivir una hora más. Cuando los que con él
cabalgaban le ven caído en tierra, cuidan que se ha desvanecido: ninguno de
ellos ha reparado en el nudo que oprimía su cuello. Le han levantado al punto
entre sus brazos. [4300] Fue entonces cuando encontraron el lazo que le había
convertido en su propio enemigo, el lazo que en torno a su cuello había
dispuesto. Se lo cortan rápidamente. Pero el lazo había mortificado con tanto
rigor a la garganta que no pudo hablar en algún tiempo: por poco se le rompen
todas las venas del cuello. En lo sucesivo, es incapaz de hacerse mal, por más
que lo desee. Mucho le pesaba la vigilancia. A punto estuvo su duelo de
consumirle: muy a su gusto se habría matado, si nadie estuviera vigilándole.
Viendo que no puede hacerse daño, dice:
«¡Ah, Muerte
vil y despreciable! Muerte, por Dios, ¿no tenías poder y fuerza suficientes
para matarme a mí en lugar de mi dama? Tal vez no te dignaste ni quisiste
hacerlo por miedo a hacer un bien a alguien. Tu felonía no lo permitió:
ninguna otra razón. ¡Qué servicio el tuyo! ¡Qué bondad! ¡En qué lugar te has
situado! ¡Maldito sea quien te guarde gratitud! No sé quien me odia más, si la
Vida que me desea, o la Muerte que no quiere matarme: una y otra me matan.
Pero es con razón, así Dios
me valga, si vivo yo a pesar mío, pues debería haberme matado cuando mi señora
la reina me mostró semblante de odio. Y no lo hizo sin motivo; tenía una buena
razón, aunque a mí se me escape cuál fuera. Si hubiese conocido esta razón
antes de que su alma fuese al encuentro de Dios, habría reparado mi falta con
tanta vehemencia como a ella le pluguiera, con tal que se apiadase de mí.
Dios, ¿cuál ha podido ser mi crimen? [4350] Quizá ha sabido que subí en la
carreta. No veo qué baldón puede imputarme si no es ése, que me ha
traicionado. Si fue la causa de su odio, Dios, ¿por qué ese crimen me ha
dañado tanto? Quien me lo reproche no sabe lo que es Amor. La boca no debe
censurar nada de lo que Amor inspira: todo lo que se hace por la amiga se
llama amor y cortesía. Pero yo nada he hecho por mi amiga. No sé qué decir,
¡ay! No sé si decir amiga o no. No me atrevo a darle ese nombre. Cuido saber
de amor lo bastante para afirmar que ella no debió considerarme el más vil de
los hombres, si me hubiese amado. Antes bien, debería haberme llamado su amigo
fiel, por cuanto honor me parecía todo lo que Amor deseaba: subir a la
carreta, en ese caso. En ello sólo amor hubiera debido ver ella, y su
probanza: así pone a prueba Amor, y de este modo reconoce a los suyos. Pero no
tuvo a bien mi dama estas servidumbres: bien pude advertirlo en la acogida que
me dispensó. Y sin embargo, por ella hizo su amigo lo que más de una vez le
supuso vergüenza, reproches y censuras. He jugado ese juego que todos
vituperan, y mi felicidad, tan dulce, se me ha tornado amarga melancolía. A fe
que tal es la costumbre de aquéllos que de amor nada saben y lavan su honor en
la vergüenza: quien sumerge su honra en el oprobio, no hace otra cosa que
ensuciarla más. Son los mismos ignorantes que publican su desdén hacia Amor;
los que, muy lejos de él, no cumplen sus mandatos. Ño saben que mucho se ayuda
quien hace lo que Amor ordena -no hay nada más digno de perdón-, y que mucho
pierde quien rehúsa hacerlo.»
Así se lamenta
Lanzarote. A su lado se duelen sus compañeros, los que le guardan y vigilan.
Entre tanto, llegan noticias de que la reina no está muerta. [4400] Al punto,
Lanzarote se conhorta: si antes por su muerte había hecho enorme duelo, ahora
la alegría por su vida es cien mil veces mayor. Como no se encontraban sino a
seis o siete leguas de donde estaba el rey Baudemagus, llegó a éste la noticia
de que Lanzarote vivía y que llegaba sano y salvo; de grado escuchó el monarca
la buena nueva, y, galantemente, fue en seguida a decírselo a la reina.
«Mi buen señor
-responde ella-, lo creo, pues que vos lo decís. Si hubiese muerto, os lo
prometo, no habría yo jamás recobrado la alegría. Para siempre se habría
desvanecido mi gozo, si un caballero hubiese recibido la muerte en mi
servicio.»
Dicho esto, el
rey de allí se parte. Muy impaciente está la reina de que regrese su alegría
junto con su amigo. No tiene el más mínimo deseo de mostrarle rigor en nada. Y
he aquí que, de nuevo, el rumor que no descansa y corre siempre sin
interrupción llega a la reina: ¡Lanzarote se habría matado por ella, si se lo
hubiesen permitido! Muy alegre está, y no duda en dar crédito a lo que oye:
por nada del mundo querría que le hubiese sobrevenido una desgracia
irreparable.
Entre tanto ahí
tenéis a Lanzarote, recién llegado a toda prisa. En cuanto el rey le ve, corre
a besarle y a darle el abrazo de bienvenida. Se diría que vuela: tan ligero le
vuelve su alegría. Pero quienes capturaron y ataron al héroe la nublan
bruscamente; el rey les dice que han llegado para su desgracia, pues que van a
morir sin remedio. Ellos le han respondido que creían obrar según su deseo.
«Me contraría
-dice el rey- que hayáis pensado así. [4450] No está implicado sólo Lanzarote.
A él no le habéis deshonrado, sino a mí, que era su salvoconducto. En
cualquier caso, la vergüenza es mía. Pero no bromearéis cuando salgáis de
aquí.»
Lanzarote se
esfuerza lo mejor que puede en poner paz y sosegar la ira del monarca, tanto
que lo consigue. Entonces el rey le conduce a ver a la reina. Esta vez ella no
dejó caer sus ojos en tierra. Por el contrario, fue alegremente a recibirle,
le honró cuanto pudo y le hizo sentar a su lado. Hablaron luego a su placer de
cuanto les venía en gana. Temas no faltaban, que Amor se los brindaba. Cuando
Lanzarote ve que la ocasión le es propicia y que no dice nada que no agrade a
la reina, le dice en voz muy baja:
«Señora, mucho
me pregunto maravillado el porqué de vuestra acogida el otro día. Al verme, ni
una sola palabra me dirigisteis: un poco más, y hubiese muerto. No fue
entonces tan audaz que me atreviera a preguntaros el motivo, pero ahora sí me
atrevo. Señora, estoy dispuesto a reparar mi falta, pero os ruego que me
descubráis el crimen que tanto me ha turbado.»
Le responde la
reina:
«¿Cómo? ¿No
tuvisteis vergüenza de la carreta? ¿Acaso no dudasteis? Muy a vuestro pesar
subisteis en ella, pues que os demorasteis dos pasos. Es por eso, en verdad,
por lo que no he querido ni hablaros ni miraros.
-¡Dios me libre
otra vez de semejante fechoría! -dice Lanzarote-. Que Dios no tenga jamás
piedad de mí si no obrasteis con toda justicia. Señora, por Dios, aceptad lo
antes posible la reparación de mi culpa. Si algún día me vais a perdonar,
decídmelo, por Dios.
-Amigo, yo os
libero por completo de vuestra falta. Os perdono de todo corazón. [4500]
-Gracias os
sean dadas, señora. Pero aquí no puedo deciros cuanto quisiera. Con gusto os
hablaría más despacio, si fuese posible.»
La reina le
señala una ventana con la mirada, no con el dedo, y dice:
«Venid a
hablarme a esta ventana a medianoche, cuando todos duerman aquí dentro.
Pasaréis por ese vergel. Pero aquí no podréis entrar, ni albergar vuestro
cuerpo como un huésped. Yo estaré dentro y vos fuera, que dentro no podréis
pasar. Yo tampoco podré llegar hasta vos, no siendo con la boca o con la mano.
Hasta el amanecer estaré allí, si ése es vuestro gusto. No podríamos reunimos:
en mi cámara, delante de mí, se acuesta Keu, el senescal, quien, cubierto de
llagas, languidece en el lecho. La puerta tampoco está abierta: bien cerrada
queda, y bien guardada. Cuando vengáis, tened cuidado de no toparos con ningún
espía.
-Señora
-responde Lanzarote-, como pueda evitarlo, no me verá ningún espía de los que
piensan mal o alimentan murmuraciones.»
Así conciertan
su entrevista y, llenos de alegría, se separan.
Lanzarote sale
fuera de la cámara, tan alegre que no recuerda ninguno de los dolores pasados.
La noche tarda demasiado. El día se le antoja, en su impaciencia, más largo
que cien días o que un año entero. Muy gustoso habría acudido a la cita, si
fuese ya de noche. Tanto ha luchado la noche por vencer al día que lo ha
cubierto con su oscuridad, a modo de capa sombría sobre los hombros de la luz.
Cuando ya ha oscurecido, muestra el héroe visos de cansancio y fatiga, y dice
a los circunstantes que ha velado mucho y le es menester reposo. [4550] Bien
podéis comprender, vosotros que habéis acometido empresas de este género, que
él se finge cansado y que, engañosamente, se hace conducir a su cámara por las
gentes de su posada. Pero su lecho no le parecía atractivo: no hubiese
reposado allí por nada del mundo. No habría podido ni se hubiera atrevido. No
hubiese querido tampoco atreverse ni poder.
Pronta y
sigilosamente se levantó, sin lamentar en absoluto que no lucieran luna ni
estrellas, ni que no ardiese en la mansión antorcha, lámpara ni linterna. Así
se fue, acechando que ninguno le viese: cuidaban que dormiría en su lecho
durante toda la noche. Sin compañía ni escolta se dirige rápidamente hacia el
vergel. No encontró a nadie. Y tiene suerte: un lienzo de la pared que cercaba
el jardín se había derrumbado recientemente. Por esa brecha para veloz y
pronto llega a la ventana. Allí se detiene, sin hacer ruido, sin toser, sin
estornudar, hasta que llega la reina, envuelta en la blancura de una camisa.
No lleva encima saya ni brial, tan sólo un manto corto de escarlata y cisemus.
()
Cuando Lanzarote ve a la reina que se inclina sobre la ventana, guarnecida de
barrotes de hierro, con un dulce saludo la ha saludado. Y ella se lo devuelve
al punto, que mucho estaban deseosos él de ella y ella de él. Nada hay de mal
tono, nada triste en la conversación que mantienen. Uno y otra se aproximan, y
mano a mano se entrelazan. Pero les pesa demasiado no poder juntarse más, y
ambos denigran los hierros que les separan. [4600] Con todo, Lanzarote se
jacta de que, si a la reina le 4600 place, conseguirá forzar la entrada: unos
hierros no le detendrán.
«¿No veis
-responde ella- que es muy difícil doblarlos, y más aún romperlos? Por más que
los apretéis y atraigáis hacia vos y estiréis, no podréis arrancarlos.
-Señora, no os
preocupéis. Esos hierros no valen nada. Nadie salvo vos puede impedirme
reunirme con vos. Si me otorgáis licencia, el camino me es franco. Pero si no
es de vuestro gusto, será tan peligroso que por nada del mundo pasaría.
-Sí -dice
ella-, bien lo quiero. Mi voluntad no es lo que os detiene. Pero os conviene
esperar a que esté acostada en mi lecho, y habréis de obrar en el mayor de los
sigilos. No sería ni motivo de diversión el que el senescal, que duerme aquí,
se despertase a causa del alboroto. Es razón, pues, que regrese a mi lecho,
pues él no podría interpretar favorablemente el verme estar de pie en este
lugar.
-Señora, idos
sin perder un instante. Pero no temáis que vaya a hacer ruido. Tan suavemente
pienso arrancar los barrotes que en modo alguno me fatigaré, y nadie se
despertará.»
Dicho esto, la
reina se va, y él se dispone a deshacerse de la ventana. Se agarra a los
barrotes, los sacude violentamente, tira de ellos tanto que consigue doblarlos
y arrancarlos de raíz. Pero era tan cortante su hierro que le hendió la
primera falange del dedo meñique hasta los nervios, y le produjo un profundo
corte en el primer nudillo del dedo contiguo. No se da cuenta el héroe de la
sangre que mana, gota a gota, de sus heridas: está pensando en algo muy
diferente. No es baja ni mucho menos la ventana, pero Lanzarote la franquea
con ligereza y soltura. En su lecho encuentra a Keu, dormido, y por fin llega
al lecho de la reina. [4650] Ante ella se postra, y la adora: en ningún
cuerpo santo creyó tanto como en el cuerpo de su amada. La reina le encuentra
en seguida con sus brazos, le besa, le estrecha fuertemente contra su corazón
y le atrae a su lecho, junto a ella. Allí le dispensa la más hermosa de las
acogidas, nunca hubo otra igual, que Amor y su corazón la inspiran. De Amor
procede tan cálido recibimiento. Si ella siente por él un gran amor, él la ama
cien mil veces más: Amor ha abandonado todos los demás corazones para
enriquecer el suyo. En su corazón ha recobrado Amor la vida, y de una forma
tan pictórica que en los demás se ha marchitado. Ahora ve cumplido Lanzarote
cuanto deseaba, pues que a la reina le son gratas su compañía y sus caricias,
y la tiene entre sus brazos y ella a él entre los suyos. Tan tiernos y
agradables son sus juegos, tanto han besado y han sentido, que les sobreviene
en verdad un prodigio de alegría: nadie oyó hablar jamás de maravilla
semejante. Pero nada diré al respecto: mi relato debe guardar silencio. De
entre las alegrías, quiero la historia mantener oculta y en secreto la más
selecta y deleitable.
La mucha
alegría y el placer ocuparon a Lanzarote toda la noche. Pero viene el día, su
tormento, pues que ha de levantarse de junto a su amiga. Mientras amanece,
semeja en todo un mártir: tanto le apena su partida que sufre gran martirio.
Su corazón regresa en seguida" al lugar donde queda la reina. No tiene poder
para detenerlo. Tanto le satisface su dueña que no desea abandonarla. El
cuerpo parte, permanece el corazón.
Derechamente,
Lanzarote se vuelve hacia la ventana. Ha dejado tras él un rastro de sangre:
las sábanas están manchadas de la que cayó de sus dedos. [4700] Muy destruido
parte el héroe, todo lágrimas y suspiros. No han fijado el momento de volver a
verse: ello le pesa, pero no puede ser de otro modo. De mala gana vuelve a
pasar por la ventana por donde entró con tanto placer. Sus dedos ya no están
enteros, que muy graves fueron las heridas. Sin embargo, ha enderezado los
barrotes de hierro y los ha vuelto a poner en su lugar, de tal manera que ni
por delante ni por detrás, ni por un lado ni por otro podía advertirse que
hubiese arrancado o doblado uno solo de ellos. Antes de partir, se humilla
vuelto hacia la cámara, como si se encontrase delante de un altar. Después se
va, cercado por la angustia. No encuentra hombre que le reconozca hasta que
llega a su posada, y en su lecho se acuesta, después de desnudarse, sin
despertar a nadie. Es entonces cuando, por vez primera, descubre maravillado
las llagas de sus dedos. Pero éstas no le inquietan, pues está completamente
seguro de que se hirió al arrancar del muro los hierros de la ventana. No se
lamenta por ello: hubiese preferido que le arrancaran ambos brazos del cuerpo
a no pasar al otro lado. Si en cualquier otra situación hubiese sido herido de
una forma tan deshonrosa, mucho se habría dolido y encolerizado.
Por la mañana,
la reina dormía muy dulcemente en su cámara de hermosos tapices. No podía
imaginar que sus sábanas estuviesen manchadas de sangre: cuidaba que
conservarían su blancura acostumbrada. Meleagante, por su parte, apenas se
vistió, se dirigió a la cámara donde yacía la reina. Despierta la encuentra, y
ve también las gotas de sangre fresca, aquí y allá dispersas por las sábanas.
[4750] Con el codo ha empujado a sus acompañantes, y, presintiendo el mal,
mira hacia el lecho de Keu, el senescal, y ve las sábanas igualmente manchadas
de sangre (habéis de saber que sus heridas se habían abierto de nuevo durante
la noche).
«Señora -dice-,
acabo de encontrar las pruebas que buscaba. Muy loco está en verdad quien se
afana en guardar el honor de una mujer. Pierde su tiempo y sus desvelos: que
antes engaña ella a quien mejor la guarda que a quien no la vigila. Mi padre
os ha guardado admirablemente de mí, pero esta noche Keu, el senescal, os ha
examinado atentamente y, mal que le pese a vuestro guardián, ha hecho con vos
toda su voluntad. Harto fácil será probarlo.
-¿Cómo?
-responde ella.
-He encontrado
sangre en vuestras sábanas: ella es mi testigo, puesto que es necesario que os
lo diga. Todo lo sé y todo lo probaré por el hecho de que estoy viendo en
vuestras sábanas y en las suyas la sangre que manó de sus heridas. Veraz
indicio me parece.»
Entonces ve la
reina por primera vez las sábanas sangrantes en uno y otro lecho. Mucho se
maravilla. Ha sentido vergüenza, y enrojece.
«Así Dios me
proteja -dice-, esa sangre que contemplo sobre mis sábanas no la derramó Keu,
en modo alguno. Me ha sangrado la nariz esta noche. De mi nariz procede, estoy
segura.»
Y piensa estar
diciendo la verdad.
«Por mi cabeza
-dice Meleagante-, todo lo que decís no vale nada. No os conviene seguir
fingiendo. Sois convicta de infamia: será probada la verdad.»
Y añade a los
guardianes allí presentes:
«Señores, no os
mováis de aquí y vigilad que nadie quite las sábanas del lecho hasta que yo
vuelva. Quiero que el rey me dé la razón cuando lo haya visto con sus propios
ojos.»
Tanto busca a
su padre que le ha encontrado. A sus pies se arroja, y le dice:
«Señor, venid a
ver algo que no podéis imaginar. [4800] Venid a ver a la reina y veréis la
probada maravilla que yo he visto y tenido ante mis ojos. Pero, antes de
venir, os ruego que no me neguéis justicia ni derecho. Bien sabéis en qué
aventuras he arriesgado mi cuerpo por ella. Obtuve a cambio vuestra enemistad,
ya que la hicisteis custodiar por mi causa. Pues bien, hoy por la mañana he
ido a observarla a su lecho, y tanto he visto allí que he comprendido
fácilmente que cada noche Keu duerme con ella. Señor, por Dios, no os extrañe
si sufro y me lamento, pues gran desdén considero el que me odie a mí y me
desprecie, mientras yace con Keu todas las noches.
-¡Cállate!
-dice el rey-. No puedo creerlo.
-Señor, venid
entonces a ver cómo ha dejado Keu las sábanas. Puesto que no creéis en mi
palabra y pensáis que os miento, voy a mostraros las sábanas y la colcha
ensangrentadas por las heridas de Keu.
-Vamos allá,
que quiero verlo. Mis ojos me enseñarán la verdad.»
Al punto se
dirige Baudemagus a la cámara de la reina, y la encuentra levantándose. Ve en
su lecho las sábanas sangrantes, y en el de Keu también.
«Señora -dice-,
mal están las cosas si mi hijo me ha dicho la verdad.»