Ya que mi
señora de Champaña quiere que emprenda una narración novelesca, lo intentaré
con mucho gusto; como quien es enteramente suyo para cuanto pueda hacer en
este mundo. Sin que esto sea un pretexto de adulación. En verdad que algún
otro podría hacerlo, quien quisiera halagarla, y decir así -y yo podría
confirmarlo- que es la dama que aventaja a todas las de este tiempo; tanto
como el céfiro sobrepasa a todos los vientos que soplan en mayo o en abril.
¡Por mi fe, que no soy yo el que desea adular a su dama! ¿Voy a decir: «Tantos
carbunclos y jaspes vale un diamante como reinas vale la condesa?» No, en
verdad. Nada de eso diré, por más que, a pesar de mi silencio, sea cierto. Sin
embargo voy a decir simplemente que en esta obra actúan más sus requerimientos
que mi talento y mi esfuerzo.
Empieza
Chrétien su libro sobre El Caballero de la Carreta. Temática y sentido se los
brinda y ofrece la condesa; y él cuida de exponerlos, que no pone otra cosa
más que su trabajo y su atención.
Así que en una
fiesta de la Ascensión había reunido el rey Arturo su corte, tan rica y
hermosa como le gustaba, tan espléndida como a un rey convenía. Después de la
comida quedóse el rey entre sus compañeros. En la sala había muchos nobles
barones, y con ellos también estaba la reina. Además había, a lo que me
parece, muchas damas bellas y corteses que hablaban con refinamiento la lengua
francesa.
En tanto Keu,
que había dirigido el servicio de las mesas, comía con los condestables.
Mientras Keu estaba sentado ante su comida, he aquí que se presentó un
caballero ante la corte, muy pertrechado para el combate, vestido con todas
sus armas. El caballero con tales arreos se llegó ante el rey, adonde estaba
Arturo sentado entre sus barones, y sin saludarle, así dijo:
[50] «¡Rey
Arturo, retengo en mi prisión a caballeros, damas y doncellas de tu tierra y
tu mesnada! Pero no te digo tales nuevas porque piense devolvértelos. Por el
contrario te quiero advertir y hacer saber que no tienes poder ni haberes con
los que puedas recobrarlos. ¡Sábete bien que morirás sin poderlos ayudar!»
El rey responde
que se resignará a sufrir, si no puede remediarlo; pero muy fuerte le pesa tal
penar.
Entonces el
caballero hace ademán de querer partir. Se da la vuelta, sin detenerse ante el
rey y viene hasta la puerta de la sala. Pero no traspone los peldaños. Se
detiene de pronto y dice desde allí:
«Rey, si en tu
corte hay caballero, siquiera uno, en quien fiaras a tal punto de atreverte a
confiarle a la reina para conducirla en pos de mí, a ese bosque, adonde yo me
dirijo, allí lo aguardaré con la promesa de devolverte todos los prisioneros
que están en cautividad en mi tierra; con tal que pueda defenderla frente a mí
y reconducirla aquí por su propio mérito.»
Esto oyó todo
el palacio, y toda la corte quedóse pasmada y conmovida.
La noticia
llegó a oídos de Keu, que estaba comiendo con los mayordomos. Deja su yantar y
acude con premura junto al rey y comienza a decirle con aspecto airado:
«Rey, te he
servido bien, con clara fidelidad y lealmente. Ahora me despido y voy a irme,
así que no te serviré más. No tengo deseo ni intención de servirte de ahora en
adelante.»
Apenóse el rey
de lo que sucedía, y apenas se repuso para contestarle, le dijo bruscamente:
«¿Es eso verdad
o chanza?»
Y Keu responde:
[100] «Buen
señor rey, no me dedico ahora a las chanzas. Bien cierto es que en seguida me
despido. De vos no pretendo
más recompensas ni soldadas por mi servicio. ¡He tomado la decisión de irme
sin demora!
-¿Es por ira o
por despecho -pregunta el rey- por lo que os queréis marchar? ¡Senescal,
quedaos en la corte, en vuestro puesto habitual! Y sabed bien que no tengo
nada en el mundo que no os dé sin reparos para manteneros aquí.
-Señor -dice
él- no os esforcéis. No aceptaría, ni que me regalarais un bolsillo de oro
puro al día.»
Ya quedó el rey
muy desesperado; y así acudió a la reina:
«Señora -le
dijo-, ¿sabéis lo que el senescal
me reclama? Pide licencia para despedirse y afirma que no volverá a la corte
jamás; no sé por qué. Lo que no quiere hacer por mí lo hará pronto por vuestra
súplica. Id a él, mi querida dama. Ya que no se digna a quedarse por mí,
rogadle que permanezca por vos. Y caed a sus pies, si es preciso; que si
pierdo su compañía, jamás estaré alegre.» El rey envía a la reina al senescal,
y ella va. Con su acompañamiento lo encontró; y, apenas llega ante él, así
habla:
«Keu, gran pena
he recibido, sabedlo con certeza, de lo que he oído decir de vos. Me han
contado, y eso me pesa, que os queréis partir lejos del rey. ¿Qué os impulsa a
ello?, ¿qué sentimiento? No me parece propio de un hombre sabio ni cortés,
como yo suelo consideraros. Que os quedéis, rogaros quiero. ¡Keu, quedaos, os
lo suplico!
-Señora -él
dice-, con vuestra venia; pero no voy a quedarme de ningún modo.»
Y la reina aún
más suplica, y todos los caballeros a coro; pero Keu contesta que se fatigan
por algo que es en vano. Y la reina, con toda su altura, se echa a sus pies.
[150] Keu le ruega que se levante; pero ella afirma que no lo hará. No se
levantará hasta que él otorgue su petición.
Entonces Keu le
ha prometido que se quedará, con tal de que el rey le otorgue de antemano lo
que va a pedir, y ella misma haga otro tanto.
«Keu -responde
la reina-, lo que sea, él y yo lo concedemos. Ahora venid, que le diremos que
os habéis contentado así.»
Con la reina
vase Keu y así llegan ante el rey. «Señor, he retenido a Keu -dice la reina-,
con gran esfuerzo. Os lo traigo con la promesa de que haréis lo que os pida.»
El rey suspiró
de alegría, y promete que cumplirá su petición, cualquiera que sea.
«Señor, sabed
pues lo que exijo y cuál es el don que me habéis asegurado. Por muy afortunado
me tendré, cuando lo obtenga por vuestra gracia. »Me habéis otorgado la
custodia y defensa de la reina que aquí está; así que iremos tras el caballero
que nos aguarda en el bosque.»
Al rey le
entristece su promesa. Pero la confirma, y a su pesar no se desdice de ella;
pero lo hace con amargura y tristeza, como se muestra bien en su rostro.
Mucho se
apesadumbró la reina; y todos comentan en el palacio que orgullo, exceso y
sinrazón había sido la petición de Keu, Tomó el rey a la reina de la mano y
así le dijo:
«Señora, sin
protestas conviene que marchéis.»
Y Keu contestó:
«¡Bien, dejadla
a mi cuidado! Y no temáis más nada, que la volveré a traer muy bien sana y
salva!»
El rey se la
confía y él se la lleva. En seguimiento de los dos salieron todos; y nadie
estaba exento de preocupación.
Sabed que
pronto el senescal estuvo completamente armado, y su caballo fue conducido al
medio del patio. [200] A su lado estaba un palafrén, que no era indócil ni
remolón, sino como conviene a la montura de una reina. Ésta llega a su
palafrén, mortecina, doliente y suspirosa; lo monta mientras dice por lo bajo,
para no ser oída:
«¡Ah rey, si lo
supierais, creo que no permitiríais que Keu me alejara ni un solo paso!»
Creyó haberlo
murmurado muy bajo; pero la oyó el conde Guinable, que muy cerca estaba de su
montura.
A su marcha tan
gran duelo hicieron todos aquellos y aquellas que la presenciaron, como si se
partiera muerta sobre el ataúd. Pensaban que no regresaría jamás en vida. El
senescal, en su desmesura, se la lleva adonde el otro los aguarda. Pero nadie
se angustió tanto que intentara su persecución.
Hasta que, al
fin, mi señor Galván dice al rey su tío, en confidencia:
«Señor -dice-,
muy gran niñería habéis hecho, y mucho me maravillo de eso. Mas, si aceptáis
mi consejo, mientras aún están cerca, podríamos salir tras ellos vos y yo, y
aquellos que quieran acompañaros. Yo no podría contenerme por más tiempo sin
salir en pos de ellos. No sería digno que no les siguiéramos, al menos hasta
saber lo que le acontecerá a la reina y cómo Keu se comportará.
-Vayamos pues,
buen sobrino -dijo el rey-. Muy bien habéis hablado como noble cortés. Y ya
que habéis tomado el asunto a vuestro cargo, mandad que saquen los caballos, y
que les pongan sus frenos y monturas, para que no quede sino cabalgar.»
Ya han traído
los caballos; ya están aparejados y ensillados. El rey es el primero en
montar, y luego montó mi señor Galván, y todos los demás a porfía. [250]
Todos quieren ser de la compañía, y cada uno va a su guisa. Unos estaban
armados, y muchos otros sin armadura. Pero mi señor Galván iba bien armado, e
hizo que dos escuderos le trajeran dos corceles de batalla.
Así que se
aproximaron al bosque, vieron salir al caballo de Keu, y lo reconocieron.
Vieron que las riendas de la brida habían sido rotas por ambos lados. El
caballo venía sin caballero. La estribera traía teñida de sangre, y el arzón
de la silla por detrás colgaba desgarrado y en pedazos.
Todos se
quedaron angustiados; y uno a otros se hacían señas con guiños y golpes de
codo.
Bien lejos en
delantera a lo largo del camino cabalgaba mí señor Galván. Sin mucho tardar
vio a un caballero que avanzaba al paso sobre un caballo renqueante y
fatigado, jadeante y cubierto de sudor. El caballero fue el primero en saludar
a mi señor Galván; y éste le contestó luego. El caballero se detuvo al
reconocer a mi señor Galván, y le dijo:
«Señor, bien
veis cómo está cubierto de sudor y tan derrengado que de nada me sirve. Me
parece que esos dos corceles son vuestros. Así que querría pediros, con la
promesa de devolveros el servicio y galardón, que vos en préstamo o como don,
me dejéis uno, el que sea.
-Pues escoged
entre los dos el que os plazca -contestó.»
El otro, como
que estaba en gran necesidad, no fue a escoger el mejor, ni el más hermoso ni
el más grande, sino que montó al punto el que encontró más cerca de él. Pronto
lo ha lanzado al galope. Mientras, caía muerto el que había dejado, pues
demasiado lo había en aquella jornada fatigado y abusado.
[300] El
caballero sin ningún respiro se va armado a través del bosque. Y mi señor
Galván detrás lo sigue y le da caza con ahínco cuando ya había traspasado una
colina. Después de avanzar gran trecho encontró muerto el corcel que había
regalado al caballero, y vio muchos rastros de caballos y restos de escudos y
de lanzas en torno. Se figuró que había habido gran pelea de varios
caballeros, y mucho le apenó y disgustó no haber llegado a tiempo. No se paró
allí largo rato, sino que avanza con raudo paso. Hasta que adivinó que volvía
a ver al caballero: muy solo, a pie, con toda su armadura, el yelmo lazado, el
escudo al cuello, ceñida la espada, había llegado junto a una carreta.
Por aquel
entonces las carretas servían como los cadalsos de ahora; y en cualquier buena
villa, donde ahora se hallan más de tres mil no había más que una en aquel
tiempo. Y aquélla era de común uso, como ahora el cadalso, para los asesinos y
traidores, para los condenados en justicia, y para los ladrones que se
apoderaron del haber ajeno con engaños o lo arrebataron por la fuerza en un
camino. El que era cogido en delito era puesto sobre la carreta y llevado por
todas las calles. De tal modo quedaba con el honor perdido, y ya no era más
escuchado en cortes, ni honrado ni saludado. Por dicha razón, tales y tan
crueles eran las carretas en aquel tiempo, que vino a decirse por vez primera
lo de: «Cuando veas una carreta y te salga al paso, santíguate y acuérdate de
Dios, para que no te ocurra un mal.»
El caballero a
pie, sin lanza, avanza hacia la carreta, y ve a un enano sobre el pescante,
que tenía, como carretero, una larga fusta en la mano; [350] y dice el
caballero al enano:
«Enano, ¡por
Dios!, dime si tú has visto por aquí pasar a mi señora la reina.»
El enano,
asqueroso engendro, no le quiso dar noticias, sino que le contesta:
«Si quieres
montar en la carreta que conduzco, mañana podrás saber lo que le ha pasado a
la reina.»
Mientras aquél
reanuda su camino, el caballero se ha detenido por momentos, sin montar. ¡Por
su desdicha lo hizo y por su desdicha le retuvo la vergüenza de saltar al
instante a bordo! ¡Luego lo sentirá!
Pero Razón, que
de Amor disiente, le dice que se guarde de montar, le aconseja y advierte no
hacer algo de lo que obtenga vergüenza o reproche. No habita el corazón, sino
la boca, Razón, que tal decir arriesga. Pero Amor fija en su corazón y le
amonesta y ordena subir en seguida a la carreta. Amor lo quiere, y él salta;
sin cuidarse de la vergüenza, puesto que Amor lo manda y quiere.
A su vez mi
señor Galván acercábase hacia la carreta; y cuando encuentra sentado encima al
caballero, se asombra y dice:
«Enano,
infórmame sobre la reina, si algo sabes.»
Contesta el
enano:
«Si tanto te
importa, como a este caballero que aquí se sienta, sube a su lado, si te
parece bien y yo te llevaré junto con él.»
Apenas le oyó
mi señor Galván, lo consideró como una gran locura, y contestó que no subiría
de ningún modo; pues haría desde luego un vil cambio si trocara su caballo por
la carreta.
«Pero ve adonde
quieras, que por doquier vayas, allí iré yo.»
Así se ponen en
marcha; él cabalga, aquellos dos van en carreta, y juntos mantenían un mismo
camino. Al caer la tarde llegaron a un castillo. Sabed bien que el castillo
era muy espléndido y de arrogante aspecto.[400]
Los tres entran
por una puerta. Del caballero, traído en la carreta, se asombran las gentes.
Pero no lo animan desde luego; sino que lo abuchean grandes y pequeños, viejos
y niños, a través de las calles, con gran vocerío. El caballero oyó decir de
él muchas vilezas y befas. Todos preguntan:
«¿A qué
suplicio destinarán al caballero? ¿Va a ser despellejado, ahorcado, ahogado, o
quemado sobre una hoguera de espino? ¿Di, enano, di, tú que lo acarreas, en
qué delito fue aprehendido? ¿Está convicto de robo? ¿Es un asesino, o
condenado en pleito?»
El enano
mantiene obstinado silencio, y no responde ni esto ni aquello. Conduce al
caballero a su albergue -y Galván sigue tenazmente al enano- hacia un torreón
que se alzaba en un extremo de la villa sobre el mismo plano. Pero por el otro
lado se extendían los prados y por allí la torre se alzaba sobre una roca
escarpada, alta y cortada a pico. Tras la carreta, a caballo entra Galván en
la torre.
En la sala se
han encontrado una doncella de seductora elegancia. No había otra tan hermosa
en el país, y la ven acudir acompañada por dos doncellas, bellas y gentiles.
Tan pronto como
vieron a mi señor Galván, le demostraron gran alegría y le saludaron. También
preguntaron por el caballero:
«Enano, ¿qué
delito cometió este caballero que llevas apresado?»
Tampoco a ellas
les quiso dar explicaciones el enano. Sino que hizo descender al caballero de
la carreta, y se fue, sin que supieran adonde iba.
Entonces
descabalga mi señor Galván, y al momento se adelantan unos criados que los
desvistieron a ambos de su armadura.
[450] La
doncella del castillo hizo que les trajeran dos mantas forradas de piel para
que se pusieran encima. Cuando fue la hora de cenar, estuvo bien dispuesto la
cena. La doncella se sienta en la mesa al lado de mi señor Galván. Por nada
hubieran querido cambiar su alojamiento, en busca de otro mejor; ¡a tal punto
fue grande honor y compañía buena y hermosa la que les ofreció durante toda la
noche la doncella!
Cuando hubieron
bien comido, encontraron preparados dos lechos, altos y largos, en una sala.
Allí había también otro, más bello y espléndido que los anteriores. Pues,
según lo relata el cuento, aquél ofrecía todo el deleite que puede imaginarse
en un lecho. En cuanto fue tiempo y lugar de acostarse la doncella acompaña a
tal aposento a los dos huéspedes que albergaba, les muestra los dos lechos
hermosos y amplios y les dice:
«Para vosotros
están dispuestos aquellas dos camas de allá. En cuanto a esta de aquí, en ella
no puede echarse más que aquel que lo merezca. Ésta no está hecha para
vosotros.»
Entonces le
responde el caballero, el que llegó sobre la carreta, que considera como
desdén y baldón la prohibición de la doncella.
«Decidme pues
el motivo por el que nos está prohibido este lecho.»
Respondió ella,
sin pararse a pensar, pues la respuesta estaba ya meditada.
«A vos no os
toca en absoluto ni siquiera preguntar. Deshonrado está en la tierra un
caballero después de haber montado en la carreta. No es razón que inquiera
sobre ese don que me habéis preguntado, ni mucho menos que aquí se acueste.
¡En seguida podría tener que arrepentirse! Ni os lo he hecho preparar tan
ricamente para que vos os acostéis en él. Lo pagaríais muy caro, si se os
ocurriese tal pensamiento.
-¿Lo veré?
-¡En verdad!
-¡Dejádmelo
ver! No sé a quién le dolerá -dijo el caballero-, ¡por mi cabeza! [500]
Aunque se enoje o se apene quien sea, quiero acostarme en este lecho y reposar
en él a placer.»
Con que, tras
haberse quitado las calzas, se echa en el lecho largo y elevado más de medio
codo sobre los otros, con un cobertor de brocado amarillo, tachonado de
estrellas de oro. No estaba forrado de piel vulgar, sino de marta cibelina.
Por sí misma habría honrado a un rey el cobertor que sobre sí tenía. Desde
luego que el lecho no era de paja ni hojas secas ni viejas esteras.
A media noche
del entablado del techo surgió una lanza, como un rayo, de punta de hierro y
lanzóse a ensartar al caballero, a través de sus costados, al cobertor y las
blancas sábanas, al lecho donde yacía. La lanza llevaba un pendón que era una
pura llama. En el cobertor prendió el fuego, y en las sábanas y en la cama de
lleno. Y el hierro de la lanza pasa al lado del caballero, tan cerca que le ha
rasgado un poco la piel, pero no le ha herido apenas. Entonces el caballero se
ha levantado; apaga el fuego y empuña la lanza y la arroja en medio de la
sala. No abandona por tal incidente su lecho, sino que se vuelve a acostar y a
dormir con tanta seguridad como antes.
Al día
siguiente por la mañana, al salir el sol, la doncella del castillo encargó la
celebración de una misa, y envió a despertar y levantar a sus huéspedes.
Después de cantada la misa, el caballero que se había sentado en la carreta se
acodó pensativo en la ventana ante la pradera y contempló a sus pies el valle
herboso.
En la otra
ventana de al lado estaba la doncella; allí algo le murmuraba al oído mi señor
Galván. No sé yo qué, ni siquiera el tema de su charla.
[550] Pero
mientras estaban en la ventana, en la pradera del valle, cerca del río, vieron
acarrear un ataúd. Dentro yacía un caballero y a sus costados un llanto grande
y fiero hacían tres doncellas. Detrás del ataúd ven venir una escolta. Delante
avanzaba un gran caballero que conducía a su izquierda a una hermosa dama.
El caballero de
la ventana reconoció que era la reina. Y no dejaba de contemplarla con plena
atención, y se embelesaba en la larga contemplación. Cuando dejó de verla,
estuvo a punto de dejarse caer por la ventana y despeñar su cuerpo por el
valle. Ya estaba con medio cuerpo fuera, cuando mi señor Galván lo vio y la
sujetó atrás, diciéndole:
«Por favor,
calmaos. ¡Por Dios, no pretendáis ya cometer tal desvarío! ¡Gran locura es que
odiéis vuestra vida!
-Con razón, sin
embargo, lo hace -dijo la doncella-. ¿Adonde irá que no sepan la noticia de su
deshonor, por haber estado en la carreta? Bien debe querer estar muerto, que
más valdría muerto que vivo. La vida será desde ahora vergonzosa, triste y
desdichada.»
Así los
caballeros pidieron sus armas y revistieron su arnés. Entonces, demostró su
cortesía y su hidalguía la doncella en un gesto de generosidad. Al caballero
de quien se había burlado y al que reprendiera le regaló un caballo y una
lanza, en testimonio de simpatía y amistad.
Los caballeros
se despidieron corteses y bien educados de la doncella, y después de saludarla
se encaminaron por donde vieran marchar al cortejo. Esta vez salieron del
castillo sin que nadie les hablara una palabra.
A toda prisa se
van por donde habían visto a la reina. [600] No alcanzan a la escolta que se
había alejado. Desde la pradera penetran en un robledal, y encuentran un
camino de piedras. Siguieron a la ventura por el bosque, y sería la hora prima
del día cuando, en un cruce de caminos, encontraron a una doncella y ambos la
saludaron. Cada uno le pregunta y suplica que les diga, si lo sabe, adonde se
han llevado a la reina. Como persona sensata les responde:
«Si me
pudierais dar vuestra promesa de servirme, bien podría indicaros el camino
directo, la senda, y aún os diría, el nombre de la tierra y del caballero que
allí la lleva. Aunque ha de sufrir grandes rigores quien quiera entrar en
aquella comarca. Antes de llegar allí encontrará mil dolores.»
Mi señor Galván
le dice:
«Doncella, así
Dios me ayude, que yo os prometo a discreción, poner a vuestro servicio,
cuando os plazca, todo mi poder, con tal que me digáis la verdad.»
Y el que estuvo
en la carreta no dice que promete todo su poder, sino que afirma -como es
propio de aquel a quien Amor hace rico, poderoso y atrevido a todo- que sin
temor ni reparo, se pone y ofrece a sus órdenes con toda su voluntad.
«Entonces os lo
diré -contesta ella-. Por mi fe, señores, fue Meleagante, un caballero muy
fuerte y tremendo, hijo del rey de Gorre, quien la apresó; y se la ha llevado
al reino de donde ningún extranjero retorna, sino que por fuerza mora en el
país, en la servidumbre y el exilio.»
Y entones él le
pregunta:
«¿Doncella,
dónde está esa tierra? ¿Dónde podremos buscar el camino?»
Ella responde:
«Ya lo vais a
saber. Pero tenedlo por seguro, encontraréis por el camino muchos obstáculos y
malos pasos. [650] Que no es cosa ligera el entrar allí, de no ser con el
permiso del rey, que se llama Baudemagus. De todos modos sólo se puede entrar
por dos vías muy peligrosas, dos pasajes muy traidores. El uno se denomina: El
Puente bajo el Agua. Porque ese puente está sumergido y la altura del agua al
fondo es la misma que la de por encima del puente, ni más ni menos, ya que
está justo a mitad de la corriente. Y no tiene más que pie y medio de ancho, y
otro tanto de grueso. Vale la pena no intentarlo y, sin embargo, es el menos
peligroso; aunque haya además aventuras que no digo. El otro es el puente peor
y más peligroso, tanto que ningún humano lo ha cruzado. Es cortante como una
espada y por eso todo el mundo lo llama: el Puente de la Espada. La verdad de
cuan-puedo deciros os he contado.»
Luego le
pregunta él:
«Doncella,
dignaos indicamos esos dos caminos.»
Y la doncella
responde:
«Ved aquí el
camino directo al Puente bajo el Agua, y el de más allá va derecho al Puente
de la Espada.»
Entonces dice
de nuevo el caballero que fue carretero:
«Señor, me
separo de vos de grado. Elegid uno de estos dos caminos y dejadme el otro a mi
vez. Tomad el que más os guste.
-Por mi fe
-dice mi señor Galván-, muy peligroso y duro es tanto uno como otro paso. Me
siento poco sabio para la elección, no sé cuál escoger con acierto. Pero no es
justo que por mi haya demora, ya que me habéis propuesto la elección. Tomaré
el camino al Puente bajo el Agua.
-Entonces es
justo que yo me dirija al Puente de la Espada, sin discusión -dijo el otro- y
accedo a gusto.»
Con que allí se
separan los tres. [700] El uno al otro se han encomendado, de todo corazón, a
Dios. La doncella cuando los ve marchar, dice así:
«Cada uno de
vosotros debe devolver el galardón a mi gusto, en el momento que yo escoja
para reclamarlo. Cuidad de no olvidarlo.
-¡No lo
olvidaremos, de verdad, dulce amiga!», dicen los dos.
Cada uno se va
por su camino. El caballero de la carreta va sumido en sus pensamientos como
quien ni fuerza ni defensa tiene contra Amor que le domina.
Su cuita es tan
profunda que se olvida a sí mismo, no sabe si existe, no recuerda ni su
nombre, ni si armado va o desarmado, ni sabe adonde va ni de dónde viene. Nada
recuerda en absoluto, a excepción de una cosa, por la que ha dejado las demás
en olvido. En eso sólo piensa tan intensamente que ni atiende ni ve ni oye
nada.
Mientras tanto
su caballo le lleva rápido, sin desviarse por mal camino, sino por la senda
mejor y más derecha. Así marchaba en pos de la aventura. Así le ha conducido a
un campo llano.
En aquel prado
había un vado, y al otro lado del río se erguía el caballero que lo guardaba.
Junto a él
había una doncella montada en un palafrén.
Había pasado
casi la hora nona, y todavía permanecía el caballero sin cansancio abstraído
en su meditación. Su caballo, que tenía gran sed, vio hermoso y claro el vado,
y corrió hacia el agua al divisarla.
Pero el
caballero que estaba en la otra ribera le grita:
«¡Caballero, yo
guardo el vado, y os lo prohíbo!»
El otro no lo
oye ni entiende ya que su meditar no le deja. Sin reparos se precipita su
caballo hacia el agua. El guardián le grita que lo retenga:
[750] «¡Deja
el vado y te portarás como sensato, que por acá no se permite el paso!»
Y jura por su
corazón que si penetra en el vado, lo atacará con su lanza. El otro sigue
ensimismado sin detener al caballo que a la carrera salta al agua y comienza a
beber a grandes tragos. El guardián dice que se arrepentirá y que no ha de
protegerle al trasgresor ni su escudo ni su yelmo.
Pone luego su
caballo al galope y lo aguija a un galope tendido. Y lo hiere y derriba toda
su altura en medio del vado que le había vedado antes. Del mismo modo perdió
el caído la lanza y el escudo que pendía de su cuello.
Apenas siente
el agua, se sobresalta, y de un salto se pone en pie aún medio atontado; como
quien se despierta de un sueño vuelve en sí, y mira en torno extrañado y busca
a quien le hirió. Entonces ha visto al otro caballero. Y así le grita:
«¡Villano! ¿Por
qué me habéis atacado, decidme, cuando yo ignoraba vuestra presencia y no os
había causado ningún daño?
-¡Por mi fe,
que lo habíais hecho! -dice el otro-. ¿No me estimasteis como cosa vil, cuando
por tres veces os prohibí el vado y os lo dije lo más alto que pude gritar?
Bien me oísteis desafiaros dos o tres veces. Y aun así pasasteis adelante.
Bien dije que os daría con mi lanza hasta que os viera en el agua.»
A lo cual
responde el caballero:
«¡Maldito sea
si os oí jamás o si jamás os vi, que yo sepa! Bien pudo ser que me
prohibierais pasar el vado, pero estaba absorto en mis pensamientos. ¡Sabed de
seguro que en mala hora me atacasteis si puedo echar al menos una de mis manos
en el freno de vuestro caballo!»
Contesta él:
«¿Qué pasaría?
Podrás tenerme a tu gusto por el freno, si te atreves a cogerlo. No aprecio ni
en un puñado de cenizas tu amenaza y tu orgullo.»
[800] Y
responde el otro:
«No quiero más
otra cosa. Pase lo que tenga que pasar, he de tenerte a mi merced.»
Entonces el
caballero avanza al medio del vado. El otro le coge de las riendas con la mano
izquierda y de la cadera con la diestra. Le agarra y tira y aprieta tan
duramente que el guardián se lamenta de dolor; le parece sentir que con
violencia le desgarra su pierna del cuerpo. Así le ruega que lo deje y le
dice:
«¡Caballero, si
te place combatir conmigo de igual a igual, toma tu escudo y tu lanza y tu
caballo y ven a justar contra mí!»
Aquél responde:
«No lo haré,
por mi fe, que temo que huirías de mí en cuanto te vieras libre.»
El otro, al
oírlo, tuvo gran vergüenza, y le dice de nuevo:
«Caballero,
monta sobre tu caballo con toda confianza. Yo te garantizo lealmente que ni
cederé ni huiré. Me has dicho una infamia; y enojado estoy por tal.»
Y el otro toma
de nuevo la palabra:
«Antes me
habrás dado como garantía tu juramento. Quiero que me des tu palabra de honor
que no te apartarás ni huirás, y que no me tocarás ni te acercarás a mí, hasta
que no me veas a caballo. Te habré hecho buen favor, si, ahora que te tengo,
te suelto.»
Aquél le dio su
palabra; que ya no podía más.
Cuando el
caballero tuvo la fianza, recogió su escudo y su lanza que por el río flotando
iban y a toda prisa se alejaban. Ya estaban un largo trecho más abajo. Luego
regresa a por su caballo. Cuando lo hubo alcanzado y estuvo montado, empuñó
las correas del escudo y puso la lanza en ristre sobre el arzón. Entonces se
enfrentan el uno contra el otro a galope tendido de las monturas.
[850] El que
debía custodiar el vado carga el primero contra el otro, y con tanto ímpetu lo
alcanza que su lanza vuela en pedazos al golpe. Pero el otro le hiere en
respuesta de tal modo que lo envía al medio del vado, tan derribado que el
agua lo tapó por entero.
Después el de
la carreta retrocede y desmonta, porque pensaba que cien enemigos como aquél
podría derribar y perseguir. De su vaina desenfunda la espada de acero. El
otro se pone en pie y desenvaina la suya, buena y con destellos. Se
entreatacan cuerpo a cuerpo. Por delante ponen los escudos, donde reluce el
oro, y con ellos se cubren. Las espadas realizan un duro trabajo, sin
conclusión ni reposo, y muy fieros golpes se asestan uno a otro. La batalla
tanto se prolonga que el caballero de la carreta se avergüenza de corazón, al
pensar que mal llevará a cabo la tarea de la aventura emprendida, cuando tan
largo espacio emplea en vencer a un solo caballero... ¡Si ayer, piensa él, no
habría encontrado en valle alguno cien tales que hubieran podido resistirle!
Así está muy dolido y airado, por haber empeorado hasta tal punto, que yerra
sus golpes y en vano consume su jornada. Entonces arrecia su embestida, y
tanto lo asedia que el otro ya cede y retrocede. Desampara y le deja libre el
vado y el paso, muy a su pesar. Pero él lo persigue de todas formas, hasta que
le derriba de bruces.
El viajero de
la carreta avanza sobre él entonces, y le recuerda que bien puede ver cuan
desdichado fue al derribarlo en el vado y sacarlo de su ensimismado pensar.
La doncella que
consigo llevaba el guardián del vado ha escuchado y oído las amenazas. Con
gran espanto le suplica que, por ella, lo perdone y no lo mate. El otro
contesta que no puede, en verdad, perdonarlo, porque le ha infligido gran
afrenta.
Luego va sobre
él con la espada desnuda. El caído le dice, despavorido:
«¡Por Dios y
por mí, conceded la gracia que ella y yo os suplicamos!
-Pongo a Dios
por testigo -responde él- [900] que nadie, por mucho mal que me hiciera, si
me suplicó gracia por Dios, hay al que en nombre de Dios no lo haya perdonado
una vez. Y así lo haré contigo, pues no te lo debo rehusar, cuando así me lo
has suplicado. Pero, aun así, te comprometerás a entregarte como prisionero,
donde yo quiera, cuando te lo reclame.»
El vencido lo
otorgó con gran pesadumbre.
La doncella
intervino entonces:
«Caballero, por
tu liberalidad, ya que él te pidió gracia y tú se la has concedido; si alguna
vez liberaste a un prisionero, deja a éste libre. Concédeme salvarlo de su
cautividad; con la promesa de que a su debido tiempo te devolveré tal
galardón, cuando te convenga, según mi poder.»
Entonces él
comprendió quién era, por las palabras dichas. Así que dejó al vencido libre
de su compromiso. Ella tuvo temor y vergüenza al pensar que la había conocido,
ya que tal cosa no deseaba. Mas el desconocido se parte en seguida. El
caballero y la doncella se despiden de él y lo encomiendan a Dios. Él les da
su adiós, y se va.
Al caer la
noche encontró a una doncella, que le salió al paso, muy hermosa y
distinguida, muy graciosa y bien vestida. La doncella le saluda, de modo
discreto y bien educado, y él le responde:
¡«Sana y
dichosa, doncella, os conserve Dios!
-Señor -dice
ella-, mi casa está aquí cerca preparada para albergaros, si aceptáis mi
invitación. Pero con una condición habéis de albergaros; con la de acostaros
conmigo. De tal modo os lo ofrezco e invito.»
Muchos hay que
por tal invitación le habrían dado mil gracias. Pero el caballero al pronto se
entristeció y le respondió de otra manera:
[950]
«Doncella, por vuestro hospedaje os estoy muy agradecido. En mucho lo aprecio.
Pero, si os place, prescindiría muy bien del acostamiento.
-¡Pues de otro
modo no ha de ser, por mis ojos!» dijo la doncella.
Él, como que no
puede mejorar la ocasión, lo concede a gusto de ella. Sólo al asentir ya se le
quiebra el corazón. ¡Cuando .tanto lo lastima la sola promesa, cuál será la
tristeza al acostarse! Mucho orgullo y tristeza habrá de sufrir la doncella
que lo guía. Y, tal vez, al amarle ella con pasión, no se resigne a dejarlo
marchar.
Después de
haber accedido a su proposición y deseo lo conduce hasta un castillo. No
encontraríase uno más bello de aquí hasta Tesalia. Estaba protegido en su
circunferencia por altos muros y por un foso de agua profunda. Y allí dentro
no se encontraba más hombre que el que ella esperaba.
Allá había
mandado la doncella, para su residencia, construir un buen número de
habitaciones y un gran salón principal.
Cabalgando por
la vera de un río llegaron a la mansión. El puente levadizo estaba bajo para
permitirles el paso. Una vez cruzada la entrada sobre el puente han encontrado
abierta la gran sala, con su artesonado de tejas. Por el portal que
encontraron abierto penetran y ven una gran mesa, amplia y larga, cubierta con
su mantel. Encima estaban servidos los platos, encendidas todas las velas en
los candelabros, y las grandes copas de plata dorada y dos jarras, una llena
de vino de moras y la otra de un fuerte vino blanco. A un lado de la mesa,
sobre uno de los bancos, encontraron dos palanganas llenas de agua caliente
para lavarse las manos; y al costado han hallado una toalla de hermosos
bordados, hermosa y blanca, para secarse las manos.
Allá no
encontraron ni atisbaron criado, lacayo ni escudero. [1000] El caballero se
quita el escudo del cuello y lo cuelga de un gancho, y toma su lanza y la
deposita sobre el rastrillo de un pesebre. Luego salta de su caballo al suelo,
y la doncella desciende del suyo. Al caballero le pareció muy bien que ella no
esperara a que él la ayudase a desmontar. Apenas hubo descendido sin demora ni
vacilación corre a una cámara de donde saca para él un manto escarlata y se lo
pone sobre los hombros.
La sala no
estaba en sombras, por más que en el cielo lucían ya las estrellas. Por el
contrario había allí dentro tantas velas y antorchas grandes y ardientes que
la claridad la inundaba. Después de ponerle el manto al cuello, le dijo la
doncella:
«Amigo, ved el
agua y la toalla. Nadie os la ofrece ni brinda puesto que a nadie veréis sino
a mí. Lavad vuestras manos y sentaos, comed cuando os apetezca y venga en
gana. La hora y la comida bien lo piden, como podéis ver. Así que lavaos y
venid a sentaros.
-¡Con mucho
gusto!»
Y él se sienta
y ella, muy contenta, a su lado. Juntos comieron y bebieron hasta el fin de la
cena. Cuando se hubieron levantado de la mesa, le dijo la doncella al
caballero:
«¡Señor, salid
fuera a distraeros, si no os causa molestia, y aguardad allí, si os place,
hasta que calculéis que ya estoy acostada. No os enoje ni fastidie la demora,
porque bien podéis venir a tiempo, si vais a cumplir vuestra promesa.»
Repuso él:
«Yo os
mantendré la promesa. De modo que volveré cuando piense que es ya hora.»
Entonces se
sale fuera y allí se demora un gran rato, pues debe mantener su promesa.
[1050] Vuelve
de nuevo a la sala, pero no encuentra allí a la que se hizo su amiga, que allí
desde luego no estaba.
Cuando ni la
encuentra ni la ve, se dice:
«En cualquier
lugar que esté, iré en su busca hasta hallarla.» Y no se retrasa en la busca,
por la promesa que le tenía.
Al entrar en
una cámara oye gritos de una joven. Y era la misma con la que había de
acostarse.
De pronto
advierte la puerta abierta de otra habitación. Hacia allá va, y ante sus ojos
presencia cómo un caballero la había derribado y la tenía echada de través
sobre la cama, después de desnudarla. Ella que estaba bien segura de que
acudiría en su ayuda, gritaba bien alto:
«¡Ay! ¡Ay!
¡Caballero, tú que eres mi huésped! Si no me quitas a éste de encima, va a
ultrajarme en tu presencia. Tú eres quien debe compartir mi lecho, como has
pactado conmigo. ¿Me someterá éste ahora a su deseo, bajo tu mirada, a la
fuerza? ¡Gentil caballero, esfuérzate pues en venir en mi socorro a toda
prisa!»
Él ve que muy
vilmente tenía el otro a la doncella desnuda hasta el ombligo. La escena le
produce gran vergüenza y pesar, por el hecho de que el atacante acerque su
desnudez a la de ella. Por otra parte el espectáculo no le enardecía su deseo
ni tampoco los celos.
Además a la
entrada había como porteros, bien armados, dos caballeros con espadas desnudas
en la mano. Más allá cuatro lacayos estaban en pie. Cada uno blandía un hacha,
capaz de partir en dos una vaca por mitad del espinazo, tan fácilmente como
segar la raíz de un enebro o una retama.
El caballero en
la puerta se detiene y cavila:
«¿Dios, qué
podré yo hacer? Me mueve en mi aventura nada menos que el rescate de la reina
Ginebra. [1100] De ningún modo puedo tener corazón de liebre, cuando por tal
motivo estoy en esta búsqueda.
»Si Cobardía me
presta su corazón, y si obro a su mandato, no conseguiré lo que persigo.
¡Deshonrado quedo si aquí me tardo! Incluso me resulta ahora un gran esfuerzo
haber mencionado la tardanza. Por ello tengo ya el corazón triste y
ensombrecido. Ahora siento vergüenza, ahora desespero, tanto que morir
quisiera por haberme tanto detenido aquí. ¡Que Dios no tenga piedad de mí, si
lo digo por vanidad, y si no quiero mejor morir con honor que vivir con
infamia! Si tuviera el paso franco, ¿qué honor habría merecido, si éstos me
dieran su permiso para pasar más allá sin disputa? Entonces podría pasar, sin
mentir, hasta el más cobarde de los vivientes. Bastante he oído a esta
desgraciada suplicarme socorro repetidamente, y me recuerda mi promesa y me la
echa en cara.»
Al instante se
acerca a la puerta e introduce el cuello y la cabeza por una ventana de al
lado, y levanta la vista al asomarse así. Ve caer sobre él las espadas y
súbito se retira de un brinco. Los dos caballeros no pudieron detener su
ímpetu, una vez lanzados a descargar el golpe. En tierra dan con sus espadas
con tal fuerza que ambas se hicieron pedazos.
Una vez
quebrados los aceros, él tuvo menos aprecio por las hachas y menos temió a
quienes las manejaban. Con que salta entre ellos y de un golpe al costado
hiere a un lacayo, y luego a otro. A los dos que encontró más cerca les da con
puños y brazos hasta abatirlos fuera de combate. El tercero erró su golpe.
Pero el cuarto le atina, al descargar el golpe. Del tajo rasga la capa y en
todo el hombro lo hiere, de modo que su camisa y su blanca carne se tiñen de
la sangre que gotea.
[1150] Pero
nada consigue detenerle, ni se queja de su herida. Rápido avanza a grandes
saltos y levanta, agarrándolo por las sienes, al que pretendía forzar a su
anfitriona. ¡Bien podrá mantenerle su promesa, antes de partir!
A pesar de su
resistencia, alza en pie al rufián. Mientras, el que había fallado su golpe,
corre hacia el caballero, a toda marcha, y blande en alto el hacha. Cree que
lo va a hendir de un tajo, desde la cabeza hasta los dientes. Pero él sabe
defenderse bien, y pone por delante al otro rufián. El del hacha le asesta el
golpe allí donde el hombro se une al cuello, con tal furia que escinde uno de
otro.
Entonces el
caballero se apodera del hacha, la arrebata de las manos de su enemigo y
arroja al herido. Bien le convenía defenderse, pues que contra él cargaban los
tres felones con sus hachas, que muy duramente lo asedian. Con toda intención
salta a parapetarse entre la cama y la pared. Les grita:
«¡Ahora, venga,
todos contra mí! ¡Aunque fuerais veintisiete, ahora que tengo un parapeto os
daré batalla a destajo; y no seré yo quien antes se fatigue de ella!»
La doncella,
que contemplaba la escena, dice entonces:
«¡Por mis ojos,
no tengáis cuidado desde ahora en adelante, mientras esté yo presente!»
Al momento
manda retirarse a los caballeros y lacayos. Y se fueron todos de allí, sin
demoras ni excusas.
Luego dijo la
doncella:
«Señor, habéis
defendido bien mi honor, contra toda mi mesnada. Ahora venid, yo os guío.»
A la sala
regresan cogidos de la mano. Él no iba precisamente encantado; sino que muy a
gusto se hubiera hallado bien lejos de allí. Una cama estaba ahora hecha en
medio de la sala. Sus sábanas relucían de limpias, blancas, amplias,
desplegadas. Tampoco la colcha era, ¡ni mucho menos!, de paja deshilachada ni
de áspero esparto. [1200] Y sobre la colcha estaba extendido un sedoso
cobertor de varios colores. Allí se acostó la doncella, aunque sin quitarse la
camisa.
Al caballero le
da grandes fatigas y reparos desnudarse. No puede evitar sudar de disgusto. De
todos modos, a pesar de sus angustias, su promesa le obliga y va a cumplirla.
¿Es pues un hecho de fuerza? Como si lo fuera. Por fuerza tiene que ir a
acostarse con la doncella. Su promesa lo emplaza y reclama. Se acuesta pues
sin apresurarse. Pero no se quita tampoco la camisa, como no lo hizo la
doncella. Cuida mucho de no tocarla; sino que se va a un extremo y allí se
queda de espaldas. Sin decir una palabra, como a un fraile converso a quien le
está prohibido hablar cuando está echado en su lecho. Ni una vez vuelve su
mirada ni hacia ella ni a otro lado. No le puede hacer buena cara. ¿Por qué?
Porque no siente el corazón su atractivo, que en otro lugar su atención está
fijada. Así que no le atrae ni le seduce lo que tan hermoso y amable sería a
cualquier otro.
El caballero no
tiene más que un solo corazón; y éste no está ya más en su poder, sino que
está gobernado desde lejos y no lo puede prestar a otra persona. Entero lo
obliga a fijarse en un lugar Amor, que sojuzga todos los corazones. ¿Todos?
No, desde luego, tan sólo los que él aprecia. Bien se debe estimar en más,
aquél que Amor se digna sojuzgar. Y el corazón del caballero apreciaba tanto,
que lo sojuzgaba por encima de los demás, y lo colmaba de tremenda fiereza.
Por tanto no quiero reprocharle si renuncia a lo que Amor le prohíbe, y
obedece lo que quiere Amor.
La doncella se
da cuenta y entiende que aquél aborrece su compañía y se pasaría bien sin
ella. No tiene intención de abrazarla. Ella lo comprende y le dice:
[1250] «Si no
os ha de pesar, señor, me iré de aquí. Iré a acostarme a mi cámara y vos os
quedaréis más a gusto. No creo que os plazca demasiado mi encanto ni mi
compañía. No lo tengáis como descortés, si os digo lo que pienso. Ahora
reposad bien esta noche, que me habéis cumplido tan bien vuestra promesa, que
no os podría reclamar en derecho nada más. No me queda más que encomendaros a
Dios y marcharme.»
Luego se
levanta. El caballero en absoluto se apena; antes bien la deja marcharse a
gusto, como quien ama por entero a otra. Claramente lo comprende la doncella
por la muestra. Así que se ha retirado a su cámara donde se acuesta sin
camisa, al tiempo que se dice a sí misma:
«Desde que por
vez primera conocí a un caballero, no he conocido a uno solo, a excepción de
éste, que valiera la tercera parte de un doblón angevino. Seguro que, como
pienso y sospecho, quiere intentar una tan gran empresa tan peligrosa y fiera
que no osó emprender ningún otro caballero. ¡Qué Dios le permita llegar hasta
el final!» En seguida se adormeció y durmió hasta que apareció el claro día.
Al rayar el
alba, presurosa se levanta. Tan pronto se despierta el caballero, se apresta y
reviste su arnés sin más ayuda. Así que cuándo se le presenta la doncella lo
encuentra ya equipado.
-Buen día os dé
Dios hoy -dice ella al verle.
«¡Y a vos,
doncella, así sea!», dice él a su vez. Y agrega que se le hace tarde; que
saquen su caballo de los establos. Ella dio órdenes de que se lo trajeran, y
dice:
[1300] «Señor,
yo me iría con vos un buen trecho por ese mismo camino, si es que vos os
atrevéis a guiarme y acompañarme, de acuerdo con los usos y costumbres
establecidos en el reino de Logres desde antes de nuestro nacimiento.»
Las costumbres
y franquicias eran así, por aquel entonces: que si un caballero encontraba
sola a una damisela o a una doncella villana no la atacaba, así tuviera antes
que cortarse el cuello, por todo su honor, si pretendía conservar su buen
renombre. Y, en caso de forzarla, para siempre quedaba deshonrado en todas las
cortes. Pero si la joven era acompañada por otro, entonces a cualquiera que le
gustara, que presentara batalla y venciera por las armas a su defensor, podía
hacer con ella su voluntad sin conseguir vergüenza ni reproche. Por eso le
dijo la doncella que si se atrevería a escoltarla según esa costumbre, de modo
que otro no pudiera molestarla, al ir en su compañía.
A lo que
contestó el caballero:
«Ninguno ha de
causaros enojos, os lo aseguro, si antes no me los presenta a mí.
-Entonces con
vos quiero marchar», dijo ella. Hizo ensillar su palafrén. Pronto estuvo
cumplida su orden. Y sacaron el palafrén de la doncella y el caballo al
caballero. Ambos montan sin escudero. Y salen con rápido trote.
Ella le da
conversación; pero él no presta atención a su charla. Más bien rehúsa el
diálogo. Le gusta meditar; hablar le enoja.
Amor muy a
menudo le reabre la herida que le ha causado. Jamás le aplicó vendajes para
curar ni sanar. No tiene intención ni deseos de buscar emplastos ni médicos, a
menos que su herida no empeore. Pero aún eso lo incitaría más y más.
Marcharon por
sendas y senderos, siguiendo el camino más recto, hasta que llegaron a la
vista de una fuente.
La fuente
estaba en medio de un prado, y a su lado había un bloque de piedra. [1350] En
la roca vecina había olvidado no sé quién un peine de marfil dorado. Jamás,
desde los tiempos del gigante Isoré no había visto uno tan bello hombre cuerdo
ni loco. Y en el peine había dejado medio puñado de cabellos la que se había
peinado con él.
Cuando la
doncella atisbo la fuente y vio la escalerilla no quiso que el caballero los
apercibiera e intentó desviarse por otro camino. Él, que iba deleitándose y
saciado con su meditación muy a placer, no se dio cuenta al momento de que
ella se salía del camino. Pero cuando lo notó, temió que se tratara de algún
engaño, que la joven se apartaba y se salía del camino para esquivar algún
peligro.
«¡Atención,
doncella -dijo-, que no vais bien! ¡Venid por acá! Nunca, pienso, puede
adelantarse quien se sale de esta senda.
-Señor, iremos
mejor por aquí -replicó la doncella-. Lo sé bien.»
Respondió el
caballero:
«No sé yo lo
que pensáis, doncella, pero bien podéis ver que éste es el camino batido y
recto. Una vez que por él he tomado, no me volveré en otro sentido. No
obstante, si os place, idos por ahí; que yo iré por éste libremente.»
Así avanzan
hasta llegar cerca de la mole de piedra y ver el peine.
«Jamás, por
cierto, en lo que recuerdo -dice el caballero- vi tan hermoso peine como ése
de ahí.
-Dádmelo -dice
la doncella.
-Con mucho
gusto, doncella», dice él.
Entonces se
baja y lo recoge. Cuando lo tiene en sus manos, lo mira con mucha atención, y
remira los cabellos. Mientras, ella empezó a reír. Y cuando se da cuenta, le
pregunta por qué ríe, que se lo diga. Responde la joven:
«Callad, que no
he de decíroslo por ahora.
-¿Por qué?
-dice él.
-Porque no me
importa nada», contesta.
[1400]
Entonces él insiste, como quien piensa que ni una amiga a un amigo, ni un
amigo a una amiga deben engañarse bajo ningún pretexto:
«Si vos amáis a
algún ser de todo corazón, doncella, por él os pido y suplico que no me
ocultéis más vuestro secreto.
-Demasiado en
serio me lo invocáis -dijo ella-; así que os lo diré, sin mentir en nada. Este
peine, si es que alguna vez supe algo seguro, fue de la reina. Lo sé bien. Y
creedme además una cosa: los cabellos tan bellos, lucientes y claros, que veis
prendidos entre sus dientes, fueron de la cabellera de la reina. Nunca
crecieron en otro prado.
-Por mi fe, hay
muchas reinas y reyes. ¿A quién queréis referiros?», dijo el caballero.
Y ella
contestó:
«¡Por la fe
mía, señor, a la esposa del rey Arturo !»
Al oírla él, no
pudo resistirlo su corazón y a punto estuvo de caer doblado. Por fuerza tuvo
que apoyarse por delante en el arzón de su silla de montar. La doncella que lo
vio se asombra y, sorprendida, temió que cayera. Si tuvo tal temor no la
censuréis; creyó que el caballero se había desmayado.
Y así estaba él
casi desvanecido, que muy poco le faltó. Tenía tal dolor en el corazón que la
palabra y el color tuvo perdidas por buen rato. Con que la doncella se bajó de
la montura y corrió con toda prisa para apoyarlo y contenerlo, pues no hubiese
querido, por nada en el mundo, verlo caer a tierra.
Apenas se dio
cuenta, el caballero se avergonzó, y la interpeló:
«¿Qué venís a
hacer aquí delante?»
[1450] No
temáis que la doncella le haga reconocer la razón. Que le hubiera causado
vergüenza y pesar, y se habría afligido aún más, de haber sabido la verdad.
Así que le oculta con cuidado la verdadera causa, y le contesta, la sagaz
doncella:
«Señor, vengo a
requerir este peine. Por eso he desmontado a tierra. Tengo tales ansias de
poseerlo, que pensé que ya tardaba en tenerlo en mi mano.»
Como él está de
acuerdo en concederle el peine, se lo da; pero retira los cabellos de modo tan
suave que no se quiebra ninguno. Jamás ojos humanos verán honrar con tal ardor
ninguna otra cosa. Empieza por adorarlos. Cien mil veces los acaricia y los
lleva a sus ojos, a su boca, a su frente, y a su rostro. No hay mimo que no
les haga. Por ellos se considera muy rico, y por ellos alegre también. En su
pecho, junto al corazón, los alberga, entre su camisa y su piel. No preciará
tanto un carro cargado de esmeraldas y de carbunclos. No temía ya el ataque de
una úlcera u otras enfermedades. Desdeña el diamargaritón, el elixir contra la
pleuresía y la triaca medicinal. Desprecia a san Martín y a Santiago. Pues
tanto confía en aquellos cabellos que no piensa necesitar de la ayuda de los
santos. ¿Pues qué valían los tales cabellos? Por mentiroso y loco se me tendrá
si digo la verdad. Ni por la fiesta mayor de san Denis y todo su mercado de un
día rebosante hubiérase decidido el caballero, a cambio de aquellos cabellos
del hallazgo; y es la pura verdad. Y si me requerís la verdad, el oro cien
veces depurado y otras cien pulido luego, es más oscuro que la noche frente al
día más bello de este verano, en comparación con aquellos cabellos para quien
los confrontara. ¿Y para qué voy a alargar la descripción?
La doncella
vuelve a montar en seguida, con el peine que lleva consigo, mientras él se
deleita y contenta con los cabellos que guarda en su pecho.
[1500] Después
de la llanura encuentran un bosque. Siguen por una senda que se hace más
estrecha hasta tener que marchar uno tras el otro ya que de ningún modo podían
pasar dos caballos de frente. La doncella avanza delante de su huésped a buen
paso por tal atajo.
Por donde el
sendero era más estrecho ven venir hacia ellos un caballero. Tan pronto como
lo vio la doncella, lo conoció y dijo así:
«Señor
caballero, ¿veis a ese que viene a vuestro encuentro todo armado y dispuesto
para la batalla? Ése piensa llevárseme consigo seguramente sin encontrar
defensa ninguna. Sé muy bien lo que piensa. Porque me ama, y no lo hace de
modo sensato. Por sí mismo y con mensajes me ha requerido desde hace mucho
tiempo. Pero mi amor tiene negado. Por nada del mundo lo podría amar. ¡Así
Dios me proteja, antes moriría yo que amarlo en algún modo! Tengo por seguro
que ahora rebosa de alegría y se regocija ya tanto como si me hubiera
conquistado. ¡Ahora se mostrará si sois valiente! Ahora veré la demostración
de la garantía que vuestra escolta protectora me ofrece. Si podéis
garantizarme mi libertad, entonces diré yo sin mentir que sois valiente y gran
paladín.»
Le contesta él:
«¡Avanzad,
avanzad!»
Esta palabra
equivalía a decir: «Poco me inquieta lo que decís, que por nada os asustáis».
Mientras van
hablando así, se acerca a toda premura el caballero que avanzaba en contra, a
todo galope, a su encuentro. Le alegraba apresurarse porque pensaba que no
sería en vano, y por dichoso se cuenta el ver lo que más amaba en el mundo.
[1550] Tan
pronto como está cerca la saluda, con la boca y el corazón, diciendo:
«¡El ser que yo
más quiero, del que obtengo menos alegría y más penar, sea bien venido, de
doquier que venga!»
No hubiera
estado bien que ella hubiera contenido su palabra, sin devolverle, al menos
con los labios, el saludo. ¡Cómo le ha complacido al caballero que la doncella
le salude! Por más que su boca no se ha fatigado ni le ha costado nada tal
envío. Y aunque hubiera salido como vencedor en un torneo en aquel momento, no
lo hubiera apreciado en tanto, ni pensara haber conquistado tanto honor ni
premio. Con tal exceso de amor y de vanagloria, la ha tomado por la rienda de
su montura y dice:
«Ahora os
conduciré yo. Hoy he navegado bien y con fortuna, que arribé a puerto feliz.
Ahora he concluido con mi cautiverio. Desde el peligro llegué al puerto; de
gran tristeza a gran euforia; de gran dolor a gran salud. Ahora se cumple todo
mi deseo, ya que os encontré en tal circunstancia que puedo llevaros conmigo,
y en verdad, sin cubrirme de deshonor.»
Ella contesta:
«No os
envanezcáis; que este caballero me acompaña.
-¡Desde luego
que os ha acompañado por su mala fortuna! -contestó- que ahora os llevo yo. Le
sería más fácil tragarse un modio de sal al caballero, creo, que libraros de
mí. Pienso que jamás veré a un hombre frente al que no os conquistara. Y ya
que os he encontrado a mi alcance, por mucho que le pese y le duela, os
llevaré conmigo, ante sus ojos. ¡Y que haga lo que mejor le plazca!»
El otro no se
encoleriza por nada de lo que le oyó decir con orgullo. Pero sin burla y sin
jactancia acepta el reto en un principio. Dice:
«Señor, no os
apresuréis ni gastéis vuestras palabras en vano. Hablad más bien con un poco
de mesura. No se os va a negar vuestro derecho, cuando lo tengáis. [1600] Con
mi acompañamiento, bien lo sabréis, ha venido aquí la doncella. Dejadla libre:
Ya la habéis detenido demasiado. Aún no tiene ella que cuidarse de vos.»
El caballero
contesta que lo quemen vivo si no se la va a llevar, mal que le pese.
Éste replica:
«No estaría
nada bien, si yo dejara que os la llevarais. Sabedlo: Antes he de combatir por
ella. Pero, si queremos pelear bien, no podemos hacerlo en este sendero, ni
con el mayor esfuerzo. Así que vayamos a un camino llano, hasta un espacio
abierto, un prado o una landa.»
El caballero
dice que no pide nada mejor:
«Estoy muy de
acuerdo. No os equivocáis en que este sendero es demasiado angosto. Mi caballo
ya va muy oprimido. Y aún dudo que pueda hacerle volver grupas sin que se
parta un anca.»
Entonces se da
la vuelta con gran destreza, sin dañar a su caballo ni lastimarlo en nada.
Dice:
«En verdad que
estoy muy furioso de que no nos hayamos encontrado en un terreno amplio y ante
gente. Me hubiera gustado que contemplaran cuál de los dos se portaba mejor.
Mas venid pues, que los iremos a buscar. Encontraremos aquí cerca un terreno
llano, espacioso y libre.»
Entonces se van
hasta una pradera. En ella había doncellas, caballeros y damas que juzgaban a
varios juegos. Pues era hermoso el lugar. No todos jugaban a charadas; sino
también a tablas de damas y ajedrez, y otros a diversos juegos de dados.
Varios jugaban a estos juegos, mientras otros de los que allí estaban,
recordaban su niñez con rondas, carolas y danzas. Cantan, brincan y saltan;
incluso practican deportes de lucha.
[1650] Un
caballero ya de edad estaba erguido al fondo del prado sobre un caballo bayo
de España. Tenía riendas y montura de oro; y el cabello entremezclado de
canas. Apoyaba una mano en un costado para mantener su postura. Por el hermoso
tiempo iba en camisa, sin arnés, y observaba los juegos y bailes. Un manto le
cubría desde los hombros, por entero de escarlata y piel. Al otro lado, junto
a un sendero, un grupo de veintitantos jinetes armados velaban sobre sus
buenos caballos de Irlanda.
Tan pronto como
ellos tres aparecieron, todos dejaron sus distracciones y gritaban a través
del prado:
«¡Ved, ved al
caballero, que fue llevado en la carreta! ¡Que nadie se dedique a jugar
mientras se encuentre aquí! ¡Maldito sea quien quiera alegrarse con juegos o
danzas, o lo intente, mientras ése esté aquí!»
He aquí que el
caballero recién llegado, el que amaba a la doncella y la consideraba como
suya, era hijo del caballero canoso. Y así se dirigió a él:
«Señor, tengo
gran contento, y que lo oiga quien quiera escucharlo, de que Dios me ha dado
la cosa que más he deseado en todos mis días. No me hubiera regalado tanto si
me hubieran hecho rey coronado, ni por ello me sentiría más agradecido ni
estuviera más beneficiado. Pues tan valioso y bello es mi botín.
-No sé si ya es
tuyo», replica a su hijo el caballero. Con brusca rapidez aquél responde:
«¿Qué no lo
sabéis? ¿No lo veis pues? Por Dios, señor, no tengáis la menor duda, puesto
que lo veis en mi poder. En el bosque de donde vengo acabo de encontrarla que
venía. Pienso que Dios me la traía, y como mía la he tomado.
-No sé aún si
lo consiente ese que veo venir detrás de ti.»
[1700] Mientras
hablaban estos dichos y frases, se habían detenido las danzas, a la vista del
caballero de la carreta. No se hacían más juegos ni festejos por desprecio y
ofensa de aquél.
En tanto el
caballero, sin prestarles atención, vino muy cerca de la doncella al instante
y dijo al otro:
«Dejad a esta
joven, caballero. Sobre ella no tenéis ningún derecho. Si osáis otra vez, al
punto la defenderé contra vos.»
Entonces dijo
el viejo caballero:
«¿No me lo
figuraba yo bien? Querido hijo, no retengas más a la doncella; sino que
devuélvesela.»
Nada bien le
pareció a éste, que jura que no ha de dejarla.
«¡Que Dios no
me dé más alegría en cuanto se la entregue! Yo la tengo en mi poder y la
retendré como cosa de mi propiedad. Antes se partirá el tahalí y las correas
de mi escudo, y he de perder toda la confianza en mi cuerpo, mis armas, mi
espada y mi lanza, antes de dejarle a mi amiga.»
Y su padre
dijo:
«No voy a
dejarte combatir, por más que digas. Confías demasiado en tu valer. Pero haz
lo que te ordeno.»
Por orgullo él
le responde entonces:
«¿Soy quien
pueda asustarse? Puedo enorgullecerme de esto: que no hay en la extensión que
ciñe el mar caballero alguno, de entre los muchos existentes, tan valioso que
yo se la cediera ni a quien no creyera que podía someter en breve plazo.»
Su padre dijo:
«Te lo concedo,
querido hijo. Así lo crees tú. Tanta confianza tienes en tu valer. Pero no
quiero ni querré que hoy tú te midas con este rival.»
Él responde:
«¡Vergüenza
tendría si escuchara vuestro consejo! ¡Condenado sea quien lo acepte y quien
por vos cobre temor de que yo no salga a combatir! Verdad es que mal se
negocia en la familia. [1750] Mejor podría yo mercar en otra parte, pues vos
me queréis engañar. Sé bien que en país extraño podría hacerme valer mejor.
Ninguno que no me conociera me haría desistir de mi voluntad; en cambio, vos
me disuadís y menospreciáis. Tanto más enojado estoy por cuanto me habéis
reprochado. Pues quien reprocha, bien sabéis, su pasión a hombre o mujer, más
la aviva e inflama. Mas si cedo en algo por vos, que Dios no me depare más
alegría. Por el contrario voy a pelear, a pesar vuestro.
-¡Por la fe que
debo al apóstol san Pedro! -dijo el padre-, ahora veo que no servirá de nada
mi ruego. Pierdo el tiempo al reprenderte con mis consejos. Pero pronto te
habré mostrado argumento tal que, a tu pesar, tendrás que hacer toda mi
voluntad, porque estarás sometido a ella.»
Al momento
llama a todos los caballeros de guardia, que acuden a él. Les ordena que
dominen a su hijo, que no se deja guiar por sus consejos. Dice:
«Lo mandaría
encadenar antes de dejarlo combatir. Todos vosotros en pleno sois mis hombres.
Por tanto me debéis amor y fidelidad. Por cuanto dependéis de mí os lo ordeno,
y suplico a la vez. Gran locura le mueve, me parece, y mucho procede con
exceso de orgullo, al contradecir lo que yo quiero.»
Los otros
afirman que lo prenderán, y que, después de estar en su poder, no tendrá ganas
de combatir; de modo que consentirá, a pesar suyo, en devolver a la doncella.
Entonces van todos a prenderlo y aprisionarlo por los brazos y por el cuello.
«¿No te
consideras ahora como loco? -dijo el padre-. Date cuenta de la realidad. No
tienes fuerza ni poder para combatir ni para justar, por más que te cueste,
por más que te duela y por más que te apene.
»Así que acepta
lo que me parezca bien, y obrarás con sensatez. ¿Y sabes cuál es mi propuesta?
[1800] Para que tu tormento sea menor, seguiremos, tú y yo, si tú quieres, a
ese caballero durante hoy y mañana, por el bosque y por el llano, cabalgando a
la par. Tal vez podemos encontrarlo de tal personalidad y talante que yo te
permita probar contra él tu valor y combatirlo según tu deseo.»
Así el hijo ha
accedido, a pesar suyo, a lo que le ha propuesto. Ya que no puede modificarlo,
dice que se aguantará a órdenes de su padre. Pero que ambos han de seguir al
caballero.
Ante el
desarrollo de esta aventura, las gentes que estaban en el prado, decíanse uno
a otro:
«¿Habéis visto?
El que estuvo en la carreta ha conquistado hoy tal honor que se lleva consigo
a la amada del hijo de mi señor; aunque mi señor lo sigue. En verdad podemos
asegurar que alguna virtud habrá encontrado en él, cuando permite que se la
lleve. ¡Maldito cien veces quede quien hoy deje de jugar y danzar a causa de
él! ¡Volvamos a nuestros festejos!»
Entonces
reanudan sus juguetees, danzan y bailan.
En seguida se
marcha el caballero. No se demora por más tiempo en el prado. Tampoco tras de
él se detiene la doncella que le acompaña. Ambos se alejan a toda prisa.
El hijo y su
padre, de lejos, los siguen. A través de un prado ya segado cabalgaron hasta
la hora nona. Allí encuentran en un lugar muy bello un monasterio y, cerca del
coro, un cementerio rodeado de muros. No se portó como villano ni como necio
el caballero que entró a pie en el monasterio para rezar. Y la doncella le
sujetó el caballo hasta el regreso.
Cuando había
acabado su plegaria y se volvía atrás se le acerca un monje muy viejo. Lo ve
ante sus ojos salirle al paso. Al encontrarle le ruega muy amablemente que le
informe de lo que hay dentro de aquellos muros. [1850] Aquél responde que allí
hay un cementerio, y él dice:
«Conducidme a
él, con la ayuda de Dios.
-Muy a gusto,
señor.»
Entonces le
introduce en el cementerio, entre las más hermosas tumbas que se podrían
encontrar desde Bombes hasta Pamplona. Sobre cada una figuraban los nombres de
los que habían de yacer dentro de ellas. Y él mismo, por su cuenta comenzó a
leer los nombres, y encontró:
«Aquí yacerá
Galván, aquí Loonís y aquí Ivain.»
Después de
éstos ha leído muchos otros nombres de caballeros escogidos, de los más
apreciados y mejores en aquella tierra y de más allá. Entre las tumbas
encuentra una de mármol, que parece ser una obra maestra, la más bella muy por
encima de todas las otras.
El caballero
llama al monje y dice:
«Estas tumbas
de aquí ¿a qué se destinan?»
Responde él:
«Ya habréis
visto las inscripciones. Si las habéis comprendido, entonces, bien sabéis
lo que dicen y lo que significan esas tumbas.
-Entonces,
decidme para qué es ésa más grande.»
El ermitaño
responde:
«Os lo diré con
precisión. Se trata de un sarcófago que ha superado a todos los que jamás se
han construido. Otro tan rico ni tan bien labrado ni yo ni nadie lo ha visto
nunca. Hermoso es por fuera y mucho más su interior. Pero no os ocupéis de su
belleza oculta, porque de nada os podría servir; que no lo tenéis que ver por
dentro. Pues se necesitarían siete hombres muy fuertes y enormes para
descubrirlo, si se pretendiera abrir la tumba, que está cubierta por una
pesada losa. Sabed que es cosa bien segura que se necesitan esos siete
hombres, más fuertes de lo que vos y yo somos.
»Existe una
inscripción que reza así:
[1900] “Aquel
que sólo y por su propia fuerza consiga levantar esta losa, liberaría a
aquellos y aquellas que yacen en cautividad en la tierra de donde no sale
nadie, ni siervo ni gentilhombre, una vez que ha penetrado en ella.” Hasta
ahora ninguno de allí ha retornado. Los extranjeros quedan allí prisioneros.
Sólo las gentes del país van y vienen y franquean los límites a placer.»
En seguida el
caballero avanza para agarrar la losa, y la levanta como si de nada se
tratara. Mejor de lo que diez hombres lo hubieran hecho si hubieran aplicado
toda su fuerza. El monje quedó tan atónito que por poco no cae desmayado. Pues
no creía que había de ver tal prodigio en toda su vida. Dijo luego:
«Señor, ahora
tengo gran deseo de saber vuestro nombre. ¿Podríais decírmelo?
-Yo no, por mi
fe de caballero -contestó él.
-Por cierto que
eso me pesa. Mas si me lo dijerais, haríais una gran cortesía, de la que
podríais obtener gran prez. ¿De dónde sois, cuál es vuestro país?
-Un caballero
soy, como veis, y nacido en el país de Logres. Con eso quisiera contentaros. Y
vos, si os place, decidme de nuevo, ¿quién ha de yacer en esta tumba?
-Señor, el que
ha de liberar a todos los que están cautivos en la trampa del reino del que
ninguno escapa.»
Después de que
el monje le hubo respondido, el caballero lo encomendó a Dios y a todos sus
santos. Entonces sale y acude, con rápido paso, junto a la doncella. El viejo
monje, de pelo canoso, lo sigue afuera de la iglesia. Así que llegan a mitad
del camino, mientras la doncella monta en su cabalgadura, el monje le refiere
con detalle cuanto había pasado dentro y le ruega que le diga el nombre del
caballero, si ella lo sabe. [1950] De tal modo que ella le replica que no lo
sabe, pero que se atreve a afirmarle con seguridad una cosa: que no existe en
vida un caballero igual en toda la extensión por donde soplan los cuatro
vientos.
A continuación
la doncella lo deja y se aleja en pos del caballero. En ese momento llegan los
que los seguían, y allí encuentran ante sus ojos al monje solo ante la
iglesia. El viejo caballero de la camisa le dice:
«Decidme,
señor: ¿visteis a un caballero que acompaña a una doncella?
-No tendré
ningún reparo en contaros toda la verdad -responde el monje-. Precisamente
ahora se alejan de aquí. El caballero penetró en el cementerio, y ha hecho una
gran maravilla. Porque él solo sin fatigarse en lo más mínimo alzó la losa de
encima de la gran tumba marmórea. Va a socorrer a la reina. Y la socorrerá sin
duda; y con ella a todos los cautivos. Vos mismo bien los sabéis, que muchas
veces habéis leído la inscripción de la lápida.
»En verdad que
nunca nació de hombre y mujer ni se sentó sobre una montura un caballero que
valiera tanto como éste.»
Entonces dijo
el padre a su hijo:
«¿Hijo, qué te
parece? ¿Acaso no es un gran prohombre el que ha acometido tal hazaña? Ahora
ya sabes de fijo quién cometió el error. Ya te das cuenta de si fue tuyo o
mío.
»No querría, ni
por la ciudad de Amiens, que le hubieras presentado combate. Aunque antes bien
te has rebelado, hasta que se te pudo disuadir. Ahora nos podemos volver, pues
haríamos gran locura en seguirlo de aquí en adelante.
Su hijo
contestó:
«Accedo a ello.
No nos serviría de nada seguirle. Pues que así os place, volvámonos.» Al
aceptar la vuelta demostró gran cordura.
Entre tanto la
doncella durante todo el camino se arrimaba muy al costado del caballero, para
atraer así su atención, y quería saber de él su nombre. [2000] Le requiere
para que se lo diga. Se lo suplica una y otra vez, hasta que él le dice ya
cansado:
«¿No os he
dicho que yo soy del reino del rey Arturo? ¡Por la fe que debo a Dios y por su
virtud, que sobre mi nombre no habéis de saber más!»
Entonces la
joven le dice que si le da permiso para retirarse, se volverá atrás. Y él le
dice adiós con gesto alegre.
Así que la
doncella se retira. Y él, hasta que se hizo muy tarde, ha seguido cabalgando
sin compañía. Al anochecer, a la hora del ángelus, mientras proseguía su
camino, vio a un caballero que venía
del bosque en que había cazado. Venía éste con el yelmo anudado y con la caza
que Dios le había concedido sobre la grupa de su caballo de color gris.
El vavasor se
apresura a salir al encuentro de nuestro caballero y le ruega que acepte su
hospedaje.
«Señor, no
tardará en llegar la noche. Ya es momento de buscar albergue; así debéis
hacerlo razonablemente. Tengo una casa mía aquí cerca, adonde os puedo llevar
ahora. Nadie os albergaría mejor de lo que yo lo haré, por todos mis medios,
si a vos os place. A mí me alegrará mucho.
-También yo
estaré contento con ello», dijo él.
El vavasor
envía al momento a su hijo, para que se adelante en aprestar el hospedaje y en
apremiar los preparativos de la cocina. El muchacho sin demora cumple al punto
la orden; muy a su gusto y con diligencia se dirige a su casa a toda marcha.
Así los demás, sin premura, continúan el viaje hasta llegar a la casa.
El vavasor
tenía como esposa una dama bien educada, y cinco hijos muy queridos, tres
cadetes y dos caballeros, y dos hijas gentiles y hermosas que eran aún
doncellas. [2050] No habían nacido sin embargo en aquel país, sino que estaban
allí detenidos y en tal cautividad habían permanecido muy largo tiempo; ya que
habían nacido en el reino de Logres.
El vavasor ha
conducido al caballero hasta el interior del patio. La dama acude a su
encuentro, y salen también sus hijos e hijas. Todos se afanan por servirlo. Le
ofrecen sus saludos y le ayudan a desmontar.
Menos
atenciones prestaron a su señor padre las hermanas y los cinco hermanos,
puesto que bien sabían que él prefería que obraran de tal modo. Al caballero
le colman de honores y agasajan. Después de haberle desvestido el arnés, le ha
ofrecido un manto una de las dos hijas de su anfitrión; y le ciñe al cuello el
manto propio, que ella se quita.
Si estuvo bien
servido en la cena, de eso ni siquiera quiero hablar.
Al llegar la
sobremesa no hubo la menor dificultad en encontrar motivos de charla.
En primer lugar
comenzó el vavasor en requerir de su huésped quién era, y de qué tierra;
aunque no le preguntó directamente su nombre.
A tales
cuestiones respondió él:
«Soy del reino
de Logres; y en este país vuestro no había estado nunca.»
Al oírlo, el
vavasor se sorprende en extremo, y también su mujer y todos sus hijos. Todos
se apesadumbraron mucho, y así le empiezan a decir:
«¡Por vuestra
mayor desdicha llegasteis, amable buen señor! Tan gran daño os alcanza. Porque
ahora quedaréis como nosotros en la servidumbre y el exilio.
-¿De dónde sois
vosotros? -dice él.
-Señor, somos
de vuestra tierra. En este país muchos hombres de pro de vuestra tierra están
en la servidumbre. ¡Maldita sea tal obligación y también aquellos que la
mantienen! Porque a todos los extranjeros que aquí llegan, se les obliga a
permanecer aquí, y en esta tierra quedan confinados. [2100] Entrar puede aquí
quien quiera, pero luego tiene que quedarse. Vos mismo no tenéis más solución.
No saldréis, me temo, ya nunca.
-Sí, lo haré,
si puedo.»
El vavasor le
volvió a decir luego: «¿Cómo? ¿Pensáis salir de aquí?
-Sí, si Dios
quiere. En ello emplearé todo mi esfuerzo.
-Entonces
podrían salir sin temores todos los demás tranquilamente. Ya que en el momento
que uno, en un leal intento, logre escapar de esta prisión, todos los demás,
sin reparos, podrán marchar, sin que nadie se lo prohíba.»
Entonces el
vavasor recuerda que le habían contado que un caballero de gran virtud vendría
al país a luchar por la reina, a quien retenía en su poder Meleagante, el hijo
del rey. Dícese entonces:
«Cierto, creo
que es él. Se lo preguntaré.
»No me ocultéis
luego, señor, nada de vuestra empresa, a cambio de la promesa de que os daré
el mejor consejo que sepa. Yo mismo obtendré prez si podéis cumplir tal
hazaña. Descubridme la verdad por vuestro bien y por el mío. A este país,
según lo que creo, habéis venido a por la reina, en medio de estas gentes
traidoras, que son peores que los sarracenos.»
El caballero
responde:
«No he venido
por ninguna otra razón. No sé dónde está encerrada mi señora. Pero vengo
decidido a rescatarla, y para ello he menester grande consejo. Aconsejadme, si
sabéis.»
Dice el otro:
«Señor, habéis
emprendido un muy duro camino. La senda que seguís os lleva todo recta hacia
el Puente de la Espada. [2150] Os convendría seguir mi consejo. Si me
hicierais caso, iríais al Puente de la Espada por un camino más seguro, que os
haría indicar.»
Pero él, que
sólo ansiaba el más corto, respondió:
«¿Va esa senda
tan derecho como este camino de aquí?
-No, desde
luego. Es más larga pero más segura.
-Entonces
-dijo- no me interesa. Aconsejadme sobre ésta, pues estoy dispuesto a
seguirla.
-Señor, en
verdad, no vais a conseguir en ella el éxito. Si avanzáis por tal camino,
mañana llegaréis a un paso donde al pronto podréis recibir gran daño. Su
nombre es el Paso de las Rocas. ¿Queréis que os diga de modo sencillo cuan
peligroso es tal paso? No puede pasar más que un solo caballo. No cruzarían
por él dos hombres de frente. Y además el pasaje está bien guardado y
defendido. No se os cederá el paso en cuanto lleguéis. Recibiréis muchos
golpes de espada y de lanza, y tendréis que devolverlos en abundancia antes de
haberlo traspuesto.»
Cuando hubo
concluido el relato, avanzó uno de los caballeros hijos del vavasor hasta su
padre y dijo:
«¡Señor, con
este caballero me iré, si no os contraria!»
A la vez uno de
los hijos menores se levanta y dice:
«Del mismo modo
iré yo.»
El padre da su
permiso para la despedida a los dos muy de grado. Ahora ya no partirá solo el
caballero. Les da las gracias, ya que en mucho estimaba su compañía.
Con esto dejan
la conversación y conducen a su dormitorio al caballero. Allí durmió lo que le
apeteció. Apenas pudo vislumbrar el día, se puso en pie. Y lo advirtieron los
que debían acompañarle. También ellos se levantan al momento.
Los caballeros
se han vestido la armadura y se ponen en marcha, después de la despedida. El
cadete se ha puesto a la cabeza y así mantienen su marcha juntos hasta llegar
directamente al Paso de las Rocas a la hora de prima.
[2200] En medio
del pasaje había una barrera fortificada sobre la que estaba apostado
un hombre. Antes de que se acercaran, el que estaba sobre la barrera los
divisó; y grita con todas sus fuerzas:
«¡Por ahí
vienen al ataque! ¡Por ahí vienen al ataque!»
Entonces
aparece sobre un caballo un caballero en la fortificación, armado con un
luciente arnés, y acompañado por ambos lados de unos criados que empuñan
hachas cortantes.
Cuando el otro
se acerca al paso, éste que lo contempla le reprocha lo de la carreta con feos
gritos y denuestos:
«¡Vasallo, gran
osadía has cometido, y bien has obrado como loco necio al penetrar en este
país! ¡Desde luego que no debía venir un hombre que ha viajado sobre la
carreta! ¡Así Dios no te conceda más placer!»
Con que uno
hacia el otro se lanzan al máximo galope de sus caballos. El que debía guardar
el paso quiebra su lanza en pedazos, y los trozos caen de su mano a tierra. El
otro le asesta el golpe en la garganta directamente, pasando la lanza sobre el
borde superior del escudo. Lo derriba de lleno y lo tira atravesado sobre las
rocas. Los sirvientes con las lanzas saltan hacia el invasor, pero
deliberadamente no le alcanzan, ya que no tienen ganas de dañarle ni a él ni a
su caballo. El caballero se da cuenta de que no quieren perjudicarle en nada
ni causarle daño. Así que sin preocuparse de sacar la espada franquea el paso
sin más dilación. Y tras de él sus compañeros. De éstos dijo el uno al otro:
«Jamás vi tal
caballero, ni hay ninguno que a él pueda igualarse. ¿No ha realizado un gran
prodigio al cruzar por aquí por la fuerza?
-Querido
hermano, por Dios, apresúrate -dijo el mayor a su hermano- hasta encontrar a
nuestro padre, e infórmale de esta aventura.»
[2250] Pero el
más joven se resiste y jura que no irá a decírselo; que no se apartará de
aquel caballero hasta que le dé el espaldarazo y lo arme caballero a él. Que
su hermano vaya a dar el mensaje si tiene tan gran interés.
De modo que
continúan la marcha los tres en grupo. Hasta que ya sería la hora nona, al
atardecer, cuando encontraron a un hombre, que les pregunta quién son.
Responden:
«Caballero
somos, que a nuestros asuntos vamos.»
El individuo se
dirigió al caballero de la carreta, que le pareció ser el señor y jefe de los
otros dos:
«Señor, me
gustaría albergaros a vos y a vuestros dos compañeros también.»
Él contestó:
«No me sería
posible retirarme a un albergue a esta hora. Pues infame es quien se demora o
a su gusto reposa, cuando ha acometido tan gran empresa como la mía. Tamaña es
la que yo persigo que aún por largo tiempo no tomaré hospedaje.»
Replicó después
el hombre:
«Mi mansión no
está aquí cerca, sino a una gran distancia en adelante. Podéis venir a ella
con la seguridad de que recibiréis albergue a una hora justa, pues será muy
tarde cuando allí lleguéis.
-Entonces
-contestó- allí iré.»
De ese modo se
ponen en ruta; el hombre por delante, para conducirlos, y ellos tras él por el
camino llano. Después de cabalgar así por largo espacio, salió a su encuentro
un escudero; que se dirigió a ellos a toda marcha, a gran galope sobre un
rocín grueso y redondo como una manzana. Dijo el escudero al huésped:
«¡Señor, señor,
venid a toda prisa! Que las gentes de Logres se han lanzado en son de guerra
contra los del país. Ya ha comenzado el combate, la revuelta y la tumultuosa
pelea.
»Corre el rumor
de que en esta comarca se ha infiltrado un caballero que ya ha combatido en
numerosos lugares; y no se puede contener su avance ni su paso adonde quiere
dirigirse. Franquea el paso, sea quien sea el que lo impida. [2300] Así
murmuran todos en la región que va a liberarlos a todos y que derribará de
poder a los nuestros. Ahora pues, apresuraos, os lo aconsejo.»
Entonces el
hombre se va al galope. En tanto que ellos se regocijan mucho, apenas oyeron
la noticia. También quieren socorrer a los suyos. Y dice el hijo del vavasor:
«Señor, oíd lo
que dice ese servidor. Vayamos para ayudar a nuestras gentes que ya pelean con
los del lugar.»
Mientras tanto
el hombre se va, apresurado y sin aguardarlos. A toda prisa se dirige hacia
una fortaleza que se alzaba sobre una colina. En rápida carrera llegó hasta la
entrada y ellos tras él a golpe de espuela.
El castillo
estaba rodeado en torno por un alto muro y un foso. Apenas hubieron penetrado
en el recinto, allí dejaron caer una puerta tras sus talones para impedirles
salir de nuevo. Gritan ellos:
«¡Vamos,
adelante, que no nos detendremos aquí!»
En pos del
hombre en raudo pasar llegan hasta el portón de salida, sin que nadie se lo
impida. Pero apenas el hombre lo hubo traspuesto dejaron caer tras él una
puerta levadiza.
Quedaron muy
irritados cuando se vieron encerrados allí dentro, pues temían encontrarse con
un encantamiento.
Pero aquél de
que os relato la historia tenía en su dedo un anillo, cuya piedra tenía la
virtud mágica de vencer la prisión de cualquier encantamiento, una vez que el
caballero la mirase.
Pone el anillo
ante sus ojos, mira la piedra y dice:
«¡Dama, dama,
así Dios me proteja, ahora tendría gran necesidad, si podéis, de vuestra
ayuda!»
Aquella dama
era un hada que le había dado el anillo y le había criado en su niñez. [2350]
Tenía en ella gran confianza, de que en cualquier lugar que se encontrase, le
aportaría ayuda y socorro.
Pero bien, se
apercibe por su invocación y por la piedra del anillo, de que aquí no se trata
de un encantamiento, sino que se asegura de que están sencillamente encerrados
y atrapados. Entonces llegan ante una puerta con una poterna estrecha y baja
sujeta con una barra. Sacan a la vez sus espadas. Tanto la baten los tres a
golpes que al fin la quiebran.
Cuando salieron
de la torre contemplan ya comenzada la batalla en la cuenca de los valles, muy
extensa y feroz. Bien podría haber mil caballeros entre los de un bando y del
otro además de la muchedumbre de villanos.
A medida que
avanzaban hacia el llano de los prados el hijo del vavasor, joven sensato y
apercibido, tomó la palabra:
«Señor, antes
de que lleguemos allá, nos convendría, creo, que alguien fuera a informarse y
saber de qué lado combaten nuestras gentes. Yo no sé de qué parte acuden, pero
iré a enterarme, si queréis.
-De acuerdo
-dijo él-. Id pronto y regresad pronto, como importa.»
Se va en
seguida y en seguida vuelve, diciendo:
«Hemos tenido
buena fortuna, pues he reconocido con certeza que los nuestros son los de este
lado.»
Entonces el
caballero, al dirigirse hacia el tumulto, se encuentra con un caballero que
avanza hacia él, y contra éste justa. Tan fuerte lo hiere, hincándole la lanza
por un ojo, que lo abate muerto. El más joven de los hijos del vavasor
desmonta, se apodera del caballo del caído y de sus armas, y se reviste con
premura del arnés. Apenas estuvo armado, sin demorarse, sube a caballo, y
agarra el escudo y la lanza, que era grande, tensa y pintada de colores. Al
costado se había ceñido la espada, cortante, luciente y clara.
A la batalla
acude tras de su hermano y de su señor. Éste se mantuvo admirablemente en la
pelea durante largo rato, de tal modo que quebró, hendió y despedazó escudos,
lanzas y yelmos. [2400] Ni la madera del escudo ni el hierro de la armadura
protege a quien él alcanza de caer malherido o muerto a los pies del caballo.
Tan fuertemente luchaba él solo que por doquier ponía en fuga al enemigo. Y
muy bien le secundaban sus acompañantes detrás.
Así que los de
Logres se asombraban de no reconocer al caballero y preguntaron sobre él a un
hijo del vavasor. Respondió éste a sus repetidas preguntas:
«Señores, él es
quien nos librará del exilio y de la enorme desventura a que por largo tiempo
habíamos sucumbido. De modo que le debemos hacer gran honor, ya que, para
sacarnos de prisión, ha cruzado tantos pasos peligrosos y tantos ha de cruzar
aún. Mucho ha hecho y mucho le queda por hacer.»
Nadie dejó de
sentir la alegría, apenas oyó la noticia, que se propagó hasta que fue contada
a todos. Todos la oyeron y se enteraron. Con la alegría que tuvieron les
creció la fuerza, y se esmeran tanto que matan buen número de enemigos. Y les
inflingen grandes pérdidas. Me parece que más por la obra única de un solo
caballero que por el grupo entero de los demás. De no haber sido por la
cercana noche todos los contrarios se hubieran retirado en derrota total. Pero
llegó la noche tan oscura que tuvieron que retirarse. Al momento de la
separación, todos los cautivos, como de común acuerdo, se reunieron en torno
al caballero. Por todas partes le asían del freno y le decían:
«¡Bien venido
seáis, bello señor!»
Todos repetían:
«¡Señor, por mi
fe, hoy os albergaréis en mi casa! ¡Señor, por Dios y por su nombre, no
busquéis posada en otro lugar!»
Todos claman lo
mismo, porque todo el mundo, tanto el viejo como el joven, quieren darle
albergue. Y dice uno y otro:
[2450]
«Estaréis mejor en mi hospedaje que en cualquier otro.»
Esto lo dice
cada uno alrededor de él. Y se lo arrebatan pronto el uno al otro, ya que
todos quieren tenerlo consigo. Y a punto están de pelear por tal motivo.
Entonces les
dice él que se pelean sin motivo y con gran necedad:
«¡Dejad -dice-
esta riña que no os conviene a vosotros ni a mí! No está bien la disensión
entre nosotros, cuando uno a otro debería ayudar. No os toca pleitear sobre la
tarea de albergarme, sino que debéis acordaos para hospedarme, en mayor
beneficio de todos, en tal lugar que esté junto al camino que he de seguir.»
Todavía dicen
uno y otro de mil modos:
«¡Será en mi
casa!
-¡No, en la
mía!
-Aún no habláis
en razón -dice el caballero-.
A mi parecer,
el más sabio de vosotros está loco, por lo que os he oído embarullaros.
Deberíais ayudarme a avanzar y pretendéis desviarme. Si todos vosotros por
turno uno tras otro me hubierais colmado de honores y servicios, tantos como
pueden hacerse a un humano, ¡por todos los santos a los que se reza en Roma!,
no le estaría yo más agradecido por todos los beneficios recibidos, cuanto lo
estoy ya por tal intención. Así Dios me dé contento y salud, esa atención me
emociona tanto como si cada uno me hubiera colmado ya de honores y beneficios.
¡Que la intención remplace a la realización!»
Con tales
palabras los contiene y apacigua a todos. Lo conducen luego a la casa de un
caballero de calidad, dándole escolta por el camino. Todos se esfuerzan por
servirle. Le honraron y agasajaron toda la noche hasta que se retiró a dormir.
Pues lo estimaban todos mucho.
Por la mañana,
cuando llegó la hora de partida, todos quieren marchar con él. Cada uno se le
presenta y ofrece su persona. [2500] Pero a él no la place ni acepta que
ningún otro le acompañe, a excepción, únicamente, de los dos que había traído
consigo. Éstos, y no más, le seguían.
Aquel día
cabalgaron desde la mañana al caer del sol sin encontrar aventura. Cabalgaban
en muy rápida carrera cuando muy tarde salieron de un bosque. Al salir
contemplaron la mansión de un caballero. A sus puertas estaba sentada su
esposa, que parecía ser una dama distinguida.
Tan pronto como
ella pudo verlos se