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El caballero de la carreta
[Novela. Texto completo]

Chrétien de Troyes

Ya que mi señora de Champaña quiere que emprenda una narración novelesca, lo intentaré con mucho gusto; como quien es enteramente suyo para cuanto pueda hacer en este mundo. Sin que esto sea un pretexto de adulación. En verdad que algún otro podría hacerlo, quien quisiera halagarla, y decir así -y yo podría confirmarlo- que es la dama que aventaja a todas las de este tiempo; tanto como el céfiro sobrepasa a todos los vientos que soplan en mayo o en abril. ¡Por mi fe, que no soy yo el que desea adular a su dama! ¿Voy a decir: «Tantos carbunclos y jaspes vale un diamante como reinas vale la condesa?» No, en verdad. Nada de eso diré, por más que, a pesar de mi silencio, sea cierto. Sin embargo voy a decir simplemente que en esta obra actúan más sus requerimientos que mi talento y mi esfuerzo.

Empieza Chrétien su libro sobre El Caballero de la Carreta. Temática y sentido se los brinda y ofrece la condesa; y él cuida de exponerlos, que no pone otra cosa más que su trabajo y su atención.

Así que en una fiesta de la Ascensión había reunido el rey Arturo su corte, tan rica y hermosa como le gustaba, tan espléndida como a un rey convenía. Después de la comida quedóse el rey entre sus compañeros. En la sala había muchos nobles barones, y con ellos también estaba la reina. Además había, a lo que me parece, muchas damas bellas y corteses que hablaban con refinamiento la lengua francesa.

En tanto Keu, que había dirigido el servicio de las mesas, comía con los condestables. Mientras Keu estaba sentado ante su comida, he aquí que se presentó un caballero ante la corte, muy pertrechado para el combate, vestido con todas sus armas. El caballero con tales arreos se llegó ante el rey, adonde estaba Arturo sentado entre sus barones, y sin saludarle, así dijo:

[50]  «¡Rey Arturo, retengo en mi prisión a caballeros, damas y doncellas de tu tierra y tu mesnada! Pero no te digo tales nuevas porque piense devolvértelos. Por el contrario te quiero advertir y hacer saber que no tienes poder ni haberes con los que puedas recobrarlos. ¡Sábete bien que morirás sin poderlos ayudar!»

El rey responde que se resignará a sufrir, si no puede remediarlo; pero muy fuerte le pesa tal penar.

Entonces el caballero hace ademán de querer partir. Se da la vuelta, sin detenerse ante el rey y viene hasta la puerta de la sala. Pero no traspone los peldaños. Se detiene de pronto y dice desde allí:

«Rey, si en tu corte hay caballero, siquiera uno, en quien fiaras a tal punto de atreverte a confiarle a la reina para conducirla en pos de mí, a ese bosque, adonde yo me dirijo, allí lo aguardaré con la promesa de devolverte todos los prisioneros que están en cautividad en mi tierra; con tal que pueda defenderla frente a mí y reconducirla aquí por su propio mérito.»

Esto oyó todo el palacio, y toda la corte quedóse pasmada y conmovida.

La noticia llegó a oídos de Keu, que estaba comiendo con los mayordomos. Deja su yantar y acude con premura junto al rey y comienza a decirle con aspecto airado:

«Rey, te he servido bien, con clara fidelidad y lealmente. Ahora me despido y voy a irme, así que no te serviré más. No tengo deseo ni intención de servirte de ahora en adelante.»

Apenóse el rey de lo que sucedía, y apenas se repuso para contestarle, le dijo bruscamente:

«¿Es eso verdad o chanza?»

Y Keu responde:

[100]  «Buen señor rey, no me dedico  ahora a las chanzas. Bien cierto es que en seguida me despido. De vos no pretendo más recompensas ni soldadas por mi servicio. ¡He tomado la decisión de irme sin demora!

-¿Es por ira o por despecho -pregunta el rey- por lo que os queréis marchar? ¡Senescal, quedaos en la corte, en vuestro puesto habitual! Y sabed bien que no tengo nada en el mundo que no os dé sin reparos para manteneros aquí.

-Señor -dice él- no os esforcéis. No aceptaría, ni que me regalarais un bolsillo de oro puro al día.»

Ya quedó el rey muy desesperado; y así acudió a la reina:

«Señora -le dijo-, ¿sabéis lo que el senescal me reclama? Pide licencia para despedirse y afirma que no volverá a la corte jamás; no sé por qué. Lo que no quiere hacer por mí lo hará pronto por vuestra súplica. Id a él, mi querida dama. Ya que no se digna a quedarse por mí, rogadle que permanezca por vos. Y caed a sus pies, si es preciso; que si pierdo su compañía, jamás estaré alegre.» El rey envía a la reina al senescal, y ella va. Con su acompañamiento lo encontró; y, apenas llega ante él, así habla:

«Keu, gran pena he recibido, sabedlo con certeza, de lo que he oído decir de vos. Me han contado, y eso me pesa, que os queréis partir lejos del rey. ¿Qué os impulsa a ello?, ¿qué sentimiento? No me parece propio de un hombre sabio ni cortés, como yo suelo consideraros. Que os quedéis, rogaros quiero. ¡Keu, quedaos, os lo suplico!

-Señora -él dice-, con vuestra venia; pero no voy a quedarme de ningún modo.»

Y la reina aún más suplica, y todos los caballeros a coro; pero Keu contesta que se fatigan por algo que es en vano. Y la reina, con toda su altura, se echa a sus pies. [150]  Keu le ruega que se levante; pero ella afirma que no lo hará. No se levantará hasta que él otorgue su petición.

Entonces Keu le ha prometido que se quedará, con tal de que el rey le otorgue de antemano lo que va a pedir, y ella misma haga otro tanto.

«Keu -responde la reina-, lo que sea, él y yo lo concedemos. Ahora venid, que le diremos que os habéis contentado así.»

Con la reina vase Keu y así llegan ante el rey. «Señor, he retenido a Keu -dice la reina-, con gran esfuerzo. Os lo traigo con la promesa de que haréis lo que os pida.»

El rey suspiró de alegría, y promete que cumplirá su petición, cualquiera que sea.

«Señor, sabed pues lo que exijo y cuál es el don que me habéis asegurado. Por muy afortunado me tendré, cuando lo obtenga por vuestra gracia. »Me habéis otorgado la custodia y defensa de la reina que aquí está; así que iremos tras el caballero que nos aguarda en el bosque.»

Al rey le entristece su promesa. Pero la confirma, y a su pesar no se desdice de ella; pero lo hace con amargura y tristeza, como se muestra bien en su rostro.

Mucho se apesadumbró la reina; y todos comentan en el palacio que orgullo, exceso y sinrazón había sido la petición de Keu, Tomó el rey a la reina de la mano y así le dijo:

«Señora, sin protestas conviene que marchéis.»

Y Keu contestó:

«¡Bien, dejadla a mi cuidado! Y no temáis más nada, que la volveré a traer muy bien sana y salva!»

El rey se la confía y él se la lleva. En seguimiento de los dos salieron todos; y nadie estaba exento de preocupación.

Sabed que pronto el senescal estuvo completamente armado, y su caballo fue conducido al medio del patio. [200]  A su lado estaba un palafrén, que no era indócil ni remolón, sino como conviene a la montura de una reina. Ésta llega a su palafrén, mortecina, doliente y suspirosa; lo monta mientras dice por lo bajo, para no ser oída:

«¡Ah rey, si lo supierais, creo que no permitiríais que Keu me alejara ni un solo paso!»

Creyó haberlo murmurado muy bajo; pero la oyó el conde Guinable, que muy cerca estaba de su montura.

A su marcha tan gran duelo hicieron todos aquellos y aquellas que la presenciaron, como si se partiera muerta sobre el ataúd. Pensaban que no regresaría jamás en vida. El senescal, en su desmesura, se la lleva adonde el otro los aguarda. Pero nadie se angustió tanto que intentara su persecución.

Hasta que, al fin, mi señor Galván dice al rey su tío, en confidencia:

«Señor -dice-, muy gran niñería habéis hecho, y mucho me maravillo de eso. Mas, si aceptáis mi consejo, mientras aún están cerca, podríamos salir tras ellos vos y yo, y aquellos que quieran acompañaros. Yo no podría contenerme por más tiempo sin salir en pos de ellos. No sería digno que no les siguiéramos, al menos hasta saber lo que le acontecerá a la reina y cómo Keu se comportará.

-Vayamos pues, buen sobrino -dijo el rey-. Muy bien habéis hablado como noble cortés. Y ya que habéis tomado el asunto a vuestro cargo, mandad que saquen los caballos, y que les pongan sus frenos y monturas, para que no quede sino cabalgar.»

Ya han traído los caballos; ya están aparejados y ensillados. El rey es el primero en montar, y luego montó mi señor Galván, y todos los demás a porfía. [250]  Todos quieren ser de la compañía, y cada uno va a su guisa. Unos estaban armados, y muchos otros sin armadura. Pero mi señor Galván iba bien armado, e hizo que dos escuderos le trajeran dos corceles de batalla.

Así que se aproximaron al bosque, vieron salir al caballo de Keu, y lo reconocieron. Vieron que las riendas de la brida habían sido rotas por ambos lados. El caballo venía sin caballero. La estribera traía teñida de sangre, y el arzón de la silla por detrás colgaba desgarrado y en pedazos.

Todos se quedaron angustiados; y uno a otros se hacían señas con guiños y golpes de codo.

Bien lejos en delantera a lo largo del camino cabalgaba mí señor Galván. Sin mucho tardar vio a un caballero que avanzaba al paso sobre un caballo renqueante y fatigado, jadeante y cubierto de sudor. El caballero fue el primero en saludar a mi señor Galván; y éste le contestó luego. El caballero se detuvo al reconocer a mi señor Galván, y le dijo:

«Señor, bien veis cómo está cubierto de sudor y tan derrengado que de nada me sirve. Me parece que esos dos corceles son vuestros. Así que querría pediros, con la promesa de devolveros el servicio y galardón, que vos en préstamo o como don, me dejéis uno, el que sea.

-Pues escoged entre los dos el que os plazca -contestó.»

El otro, como que estaba en gran necesidad, no fue a escoger el mejor, ni el más hermoso ni el más grande, sino que montó al punto el que encontró más cerca de él. Pronto lo ha lanzado al galope. Mientras, caía muerto el que había dejado, pues demasiado lo había en aquella jornada fatigado y abusado.

[300]  El caballero sin ningún respiro se va armado a través del bosque. Y mi señor Galván detrás lo sigue y le da caza con ahínco cuando ya había traspasado una colina. Después de avanzar gran trecho encontró muerto el corcel que había regalado al caballero, y vio muchos rastros de caballos y restos de escudos y de lanzas en torno. Se figuró que había habido gran pelea de varios caballeros, y mucho le apenó y disgustó no haber llegado a tiempo. No se paró allí largo rato, sino que avanza con raudo paso. Hasta que adivinó que volvía a ver al caballero: muy solo, a pie, con toda su armadura, el yelmo lazado, el escudo al cuello, ceñida la espada, había llegado junto a una carreta.

Por aquel entonces las carretas servían como los cadalsos de ahora; y en cualquier buena villa, donde ahora se hallan más de tres mil no había más que una en aquel tiempo. Y aquélla era de común uso, como ahora el cadalso, para los asesinos y traidores, para los condenados en justicia, y para los ladrones que se apoderaron del haber ajeno con engaños o lo arrebataron por la fuerza en un camino. El que era cogido en delito era puesto sobre la carreta y llevado por todas las calles. De tal modo quedaba con el honor perdido, y ya no era más escuchado en cortes, ni honrado ni saludado. Por dicha razón, tales y tan crueles eran las carretas en aquel tiempo, que vino a decirse por vez primera lo de: «Cuando veas una carreta y te salga al paso, santíguate y acuérdate de Dios, para que no te ocurra un mal.»

El caballero a pie, sin lanza, avanza hacia la carreta, y ve a un enano sobre el pescante, que tenía, como carretero, una larga fusta en la mano; [350]  y dice el caballero al enano:

«Enano,  ¡por Dios!, dime si tú has visto por aquí pasar a mi señora la reina.»

El enano, asqueroso engendro, no le quiso dar noticias, sino que le contesta:

«Si quieres montar en la carreta que conduzco, mañana podrás saber lo que le ha pasado a la reina.»

Mientras aquél reanuda su camino, el caballero se ha detenido por momentos, sin montar. ¡Por su desdicha lo hizo y por su desdicha le retuvo la vergüenza de saltar al instante a bordo! ¡Luego lo sentirá!

Pero Razón, que de Amor disiente, le dice que se guarde de montar, le aconseja y advierte no hacer algo de lo que obtenga vergüenza o reproche. No habita el corazón, sino la boca, Razón, que tal decir arriesga. Pero Amor fija en su corazón y le amonesta y ordena subir en seguida a la carreta. Amor lo quiere, y él salta; sin cuidarse de la vergüenza, puesto que Amor lo manda y quiere.

A su vez mi señor Galván acercábase hacia la carreta; y cuando encuentra sentado encima al caballero, se asombra y dice:

«Enano, infórmame sobre la reina, si algo sabes.»

Contesta el enano:

«Si tanto te importa, como a este caballero que aquí se sienta, sube a su lado, si te parece bien y yo te llevaré junto con él.»

Apenas le oyó mi señor Galván, lo consideró como una gran locura, y contestó que no subiría de ningún modo; pues haría desde luego un vil cambio si trocara su caballo por la carreta.

«Pero ve adonde quieras, que por doquier vayas, allí iré yo.»

Así se ponen en marcha; él cabalga, aquellos dos van en carreta, y juntos mantenían un mismo camino. Al caer la tarde llegaron a un castillo. Sabed bien que el castillo era muy espléndido y de arrogante aspecto.[400]

Los tres entran por una puerta. Del caballero, traído en la carreta, se asombran las gentes. Pero no lo animan desde luego; sino que lo abuchean grandes y pequeños, viejos y niños, a través de las calles, con gran vocerío. El caballero oyó decir de él muchas vilezas y befas. Todos preguntan:

«¿A qué suplicio destinarán al caballero? ¿Va a ser despellejado, ahorcado, ahogado, o quemado sobre una hoguera de espino? ¿Di, enano, di, tú que lo acarreas, en qué delito fue aprehendido? ¿Está convicto de robo? ¿Es un asesino, o condenado en pleito?»

El enano mantiene obstinado silencio, y no responde ni esto ni aquello. Conduce al caballero a su albergue -y Galván sigue tenazmente al enano- hacia un torreón que se alzaba en un extremo de la villa sobre el mismo plano. Pero por el otro lado se extendían los prados y por allí la torre se alzaba sobre una roca escarpada, alta y cortada a pico. Tras la carreta, a caballo entra Galván en la torre.

En la sala se han encontrado una doncella de seductora elegancia. No había otra tan hermosa en el país, y la ven acudir acompañada por dos doncellas, bellas y gentiles.

Tan pronto como vieron a mi señor Galván, le demostraron gran alegría y le saludaron. También preguntaron por el caballero:

«Enano, ¿qué delito cometió este caballero que llevas apresado?»

Tampoco a ellas les quiso dar explicaciones el enano. Sino que hizo descender al caballero de la carreta, y se fue, sin que supieran adonde iba.

Entonces descabalga mi señor Galván, y al momento se adelantan unos criados que los desvistieron a ambos de su armadura.

[450]  La doncella del castillo hizo que les trajeran dos mantas forradas de piel para que se pusieran encima. Cuando fue la hora de cenar, estuvo bien dispuesto la cena. La doncella se sienta en la mesa al lado de mi señor Galván. Por nada hubieran querido cambiar su alojamiento, en busca de otro mejor; ¡a tal punto fue grande honor y compañía buena y hermosa la que les ofreció durante toda la noche la doncella!

Cuando hubieron bien comido, encontraron preparados dos lechos, altos y largos, en una sala. Allí había también otro, más bello y espléndido que los anteriores. Pues, según lo relata el cuento, aquél ofrecía todo el deleite que puede imaginarse en un lecho. En cuanto fue tiempo y lugar de acostarse la doncella acompaña a tal aposento a los dos huéspedes que albergaba, les muestra los dos lechos hermosos y amplios y les dice:

«Para vosotros están dispuestos aquellas dos camas de allá. En cuanto a esta de aquí, en ella no puede echarse más que aquel que lo merezca. Ésta no está hecha para vosotros.»

Entonces le responde el caballero, el que llegó sobre la carreta, que considera como desdén y baldón la prohibición de la doncella.

«Decidme pues el motivo por el que nos está prohibido este lecho.»

Respondió ella, sin pararse a pensar, pues la respuesta estaba ya meditada.

«A vos no os toca en absoluto ni siquiera preguntar. Deshonrado está en la tierra un caballero después de haber montado en la carreta. No es razón que inquiera sobre ese don que me habéis preguntado, ni mucho menos que aquí se acueste. ¡En seguida podría tener que arrepentirse! Ni os lo he hecho preparar tan ricamente para que vos os acostéis en él. Lo pagaríais muy caro, si se os ocurriese tal pensamiento.

-¿Lo veré?

-¡En verdad!

-¡Dejádmelo ver! No sé a quién le dolerá -dijo el caballero-, ¡por mi cabeza! [500]  Aunque se enoje o se apene quien sea, quiero acostarme en este lecho y reposar en él a placer.»

Con que, tras haberse quitado las calzas, se echa en el lecho largo y elevado más de medio codo sobre los otros, con un cobertor de brocado amarillo, tachonado de estrellas de oro. No estaba forrado de piel vulgar, sino de marta cibelina. Por sí misma habría honrado a un rey el cobertor que sobre sí tenía. Desde luego que el lecho no era de paja ni hojas secas ni viejas esteras.

A media noche del entablado del techo surgió una lanza, como un rayo, de punta de hierro y lanzóse a ensartar al caballero, a través de sus costados, al cobertor y las blancas sábanas, al lecho donde yacía. La lanza llevaba un pendón que era una pura llama. En el cobertor prendió el fuego, y en las sábanas y en la cama de lleno. Y el hierro de la lanza pasa al lado del caballero, tan cerca que le ha rasgado un poco la piel, pero no le ha herido apenas. Entonces el caballero se ha levantado; apaga el fuego y empuña la lanza y la arroja en medio de la sala. No abandona por tal incidente su lecho, sino que se vuelve a acostar y a dormir con tanta seguridad como antes.

Al día siguiente por la mañana, al salir el sol, la doncella del castillo encargó la celebración de una misa, y envió a despertar y levantar a sus huéspedes. Después de cantada la misa, el caballero que se había sentado en la carreta se acodó pensativo en la ventana ante la pradera y contempló a sus pies el valle herboso.

En la otra ventana de al lado estaba la doncella; allí algo le murmuraba al oído mi señor Galván. No sé yo qué, ni siquiera el tema de su charla.

[550]  Pero mientras estaban en la ventana, en la pradera del valle, cerca del río, vieron acarrear un ataúd. Dentro yacía un caballero y a sus costados un llanto grande y fiero hacían tres doncellas. Detrás del ataúd ven venir una escolta. Delante avanzaba un gran caballero que conducía a su izquierda a una hermosa dama.

El caballero de la ventana reconoció que era la reina. Y no dejaba de contemplarla con plena atención, y se embelesaba en la larga contemplación. Cuando dejó de verla, estuvo a punto de dejarse caer por la ventana y despeñar su cuerpo por el valle. Ya estaba con medio cuerpo fuera, cuando mi señor Galván lo vio y la sujetó atrás, diciéndole:

«Por favor, calmaos. ¡Por Dios, no pretendáis ya cometer tal desvarío! ¡Gran locura es que odiéis vuestra vida!

-Con razón, sin embargo, lo hace -dijo la doncella-. ¿Adonde irá que no sepan la noticia de su deshonor, por haber estado en la carreta? Bien debe querer estar muerto, que más valdría muerto que vivo. La vida será desde ahora vergonzosa, triste y desdichada.»

Así los caballeros pidieron sus armas y revistieron su arnés. Entonces, demostró su cortesía y su hidalguía la doncella en un gesto de generosidad. Al caballero de quien se había burlado y al que reprendiera le regaló un caballo y una lanza, en testimonio de simpatía y amistad.

Los caballeros se despidieron corteses y bien educados de la doncella, y después de saludarla se encaminaron por donde vieran marchar al cortejo. Esta vez salieron del castillo sin que nadie les hablara una palabra.

A toda prisa se van por donde habían visto a la reina. [600]  No alcanzan a la escolta que se había alejado. Desde la pradera penetran en un robledal, y encuentran un camino de piedras. Siguieron a la ventura por el bosque, y sería la hora prima del día cuando, en un cruce de caminos, encontraron a una doncella y ambos la saludaron. Cada uno le pregunta y suplica que les diga, si lo sabe, adonde se han llevado a la reina. Como persona sensata les responde:

«Si me pudierais dar vuestra promesa de servirme, bien podría indicaros el camino directo, la senda, y aún os diría, el nombre de la tierra y del caballero que allí la lleva. Aunque ha de sufrir grandes rigores quien quiera entrar en aquella comarca. Antes de llegar allí encontrará mil dolores.»

Mi señor Galván le dice:

«Doncella, así Dios me ayude, que yo os prometo a discreción, poner a vuestro servicio, cuando os plazca, todo mi poder, con tal que me digáis la verdad.»

Y el que estuvo en la carreta no dice que promete todo su poder, sino que afirma -como es propio de aquel a quien Amor hace rico, poderoso y atrevido a todo- que sin temor ni reparo, se pone y ofrece a sus órdenes con toda su voluntad.

«Entonces os lo diré -contesta ella-. Por mi fe, señores, fue Meleagante, un caballero muy fuerte y tremendo, hijo del rey de Gorre, quien la apresó; y se la ha llevado al reino de donde ningún extranjero retorna, sino que por fuerza mora en el país, en la servidumbre y el exilio.»

Y entones él le pregunta:

«¿Doncella, dónde está esa tierra? ¿Dónde podremos buscar el camino?»

Ella responde:

«Ya lo vais a saber. Pero tenedlo por seguro, encontraréis por el camino muchos obstáculos y malos pasos. [650]  Que no es cosa ligera el entrar allí, de no ser con el permiso del rey, que se llama Baudemagus. De todos modos sólo se puede entrar por dos vías muy peligrosas, dos pasajes muy traidores. El uno se denomina: El Puente bajo el Agua. Porque ese puente está sumergido y la altura del agua al fondo es la misma que la de por encima del puente, ni más ni menos, ya que está justo a mitad de la corriente. Y no tiene más que pie y medio de ancho, y otro tanto de grueso. Vale la pena no intentarlo y, sin embargo, es el menos peligroso; aunque haya además aventuras que no digo. El otro es el puente peor y más peligroso, tanto que ningún humano lo ha cruzado. Es cortante como una espada y por eso todo el mundo lo llama: el Puente de la Espada. La verdad de cuan-puedo deciros os he contado.»

Luego le pregunta él:

«Doncella, dignaos indicamos esos dos caminos.»

Y la doncella responde:

«Ved aquí el camino directo al Puente bajo el Agua, y el de más allá va derecho al Puente de la Espada.»

Entonces dice de nuevo el caballero que fue carretero:

«Señor, me separo de vos de grado. Elegid uno de estos dos caminos y dejadme el otro a mi vez. Tomad el que más os guste.

-Por mi fe -dice mi señor Galván-, muy peligroso y duro es tanto uno como otro paso. Me siento poco sabio para la elección, no sé cuál escoger con acierto. Pero no es justo que por mi haya demora, ya que me habéis propuesto la elección. Tomaré el camino al Puente bajo el Agua.

-Entonces es justo que yo me dirija al Puente de la Espada, sin discusión -dijo el otro- y accedo a gusto.»

Con que allí se separan los tres. [700]  El uno al otro se han encomendado, de todo corazón, a Dios. La doncella cuando los ve marchar, dice así:

«Cada uno de vosotros debe devolver el galardón a mi gusto, en el momento que yo escoja para reclamarlo. Cuidad de no olvidarlo.

-¡No lo olvidaremos, de verdad, dulce amiga!», dicen los dos.

 

Cada uno se va por su camino. El caballero de la carreta va sumido en sus pensamientos como quien ni fuerza ni defensa tiene contra Amor que le domina.

Su cuita es tan profunda que se olvida a sí mismo, no sabe si existe, no recuerda ni su nombre, ni si armado va o desarmado, ni sabe adonde va ni de dónde viene. Nada recuerda en absoluto, a excepción de una cosa, por la que ha dejado las demás en olvido. En eso sólo piensa tan intensamente que ni atiende ni ve ni oye nada.

Mientras tanto su caballo le lleva rápido, sin desviarse por mal camino, sino por la senda mejor y más derecha. Así marchaba en pos de la aventura. Así le ha conducido a un campo llano.

En aquel prado había un vado, y al otro lado del río se erguía el caballero que lo guardaba.

Junto a él había una doncella montada en un palafrén.

Había pasado casi la hora nona, y todavía permanecía el caballero sin cansancio abstraído en su meditación. Su caballo, que tenía gran sed, vio hermoso y claro el vado, y corrió hacia el agua al divisarla.

Pero el caballero que estaba en la otra ribera le grita:

«¡Caballero, yo guardo el vado, y os lo prohíbo!»

El otro no lo oye ni entiende ya que su meditar no le deja. Sin reparos se precipita su caballo hacia el agua. El guardián le grita que lo retenga:

[750]  «¡Deja el vado y te portarás como sensato, que por acá no se permite el paso!»

Y jura por su corazón que si penetra en el vado, lo atacará con su lanza. El otro sigue ensimismado sin detener al caballo que a la carrera salta al agua y comienza a beber a grandes tragos. El guardián dice que se arrepentirá y que no ha de protegerle al trasgresor ni su escudo ni su yelmo.

Pone luego su caballo al galope y lo aguija a un galope tendido. Y lo hiere y derriba toda su altura en medio del vado que le había vedado antes. Del mismo modo perdió el caído la lanza y el escudo que pendía de su cuello.

Apenas siente el agua, se sobresalta, y de un salto se pone en pie aún medio atontado; como quien se despierta de un sueño vuelve en sí, y mira en torno extrañado y busca a quien le hirió. Entonces ha visto al otro caballero. Y así le grita:

«¡Villano! ¿Por qué me habéis atacado, decidme, cuando yo ignoraba vuestra presencia y no os había causado ningún daño?

-¡Por mi fe, que lo habíais hecho! -dice el otro-. ¿No me estimasteis como cosa vil, cuando por tres veces os prohibí el vado y os lo dije lo más alto que pude gritar? Bien me oísteis desafiaros dos o tres veces. Y aun así pasasteis adelante. Bien dije que os daría con mi lanza hasta que os viera en el agua.»

A lo cual responde el caballero:

«¡Maldito sea si os oí jamás o si jamás os vi, que yo sepa! Bien pudo ser que me prohibierais pasar el vado, pero estaba absorto en mis pensamientos. ¡Sabed de seguro que en mala hora me atacasteis si puedo echar al menos una de mis manos en el freno de vuestro caballo!»

Contesta él:

«¿Qué pasaría? Podrás tenerme a tu gusto por el freno, si te atreves a cogerlo. No aprecio ni en un puñado de cenizas tu amenaza y tu orgullo.»

[800]  Y responde el otro:

«No quiero más otra cosa. Pase lo que tenga que pasar, he de tenerte a mi merced.»

Entonces el caballero avanza al medio del vado. El otro le coge de las riendas con la mano izquierda y de la cadera con la diestra. Le agarra y tira y aprieta tan duramente que el guardián se lamenta de dolor; le parece sentir que con violencia le desgarra su pierna del cuerpo. Así le ruega que lo deje y le dice:

«¡Caballero, si te place combatir conmigo de igual a igual, toma tu escudo y tu lanza y tu caballo y ven a justar contra mí!»

Aquél responde:

«No lo haré, por mi fe, que temo que huirías de mí en cuanto te vieras libre.»

El otro, al oírlo, tuvo gran vergüenza, y le dice de nuevo:

«Caballero, monta sobre tu caballo con toda confianza. Yo te garantizo lealmente que ni cederé ni huiré. Me has dicho una infamia; y enojado estoy por tal.»

Y el otro toma de nuevo la palabra:

«Antes me habrás dado como garantía tu juramento. Quiero que me des tu palabra de honor que no te apartarás ni huirás, y que no me tocarás ni te acercarás a mí, hasta que no me veas a caballo. Te habré hecho buen favor, si, ahora que te tengo, te suelto.»

Aquél le dio su palabra; que ya no podía más.

Cuando el caballero tuvo la fianza, recogió su escudo y su lanza que por el río flotando iban y a toda prisa se alejaban. Ya estaban un largo trecho más abajo. Luego regresa a por su caballo. Cuando lo hubo alcanzado y estuvo montado, empuñó las correas del escudo y puso la lanza en ristre sobre el arzón. Entonces se enfrentan el uno contra el otro a galope tendido de las monturas.

[850]  El que debía custodiar el vado carga el primero contra el otro, y con tanto ímpetu lo alcanza que su lanza vuela en pedazos al golpe. Pero el otro le hiere en respuesta de tal modo que lo envía al medio del vado, tan derribado que el agua lo tapó por entero.

Después el de la carreta retrocede y desmonta, porque pensaba que cien enemigos como aquél podría derribar y perseguir. De su vaina desenfunda la espada de acero. El otro se pone en pie y desenvaina la suya, buena y con destellos. Se entreatacan cuerpo a cuerpo. Por delante ponen los escudos, donde reluce el oro, y con ellos se cubren. Las espadas realizan un duro trabajo, sin conclusión ni reposo, y muy fieros golpes se asestan uno a otro. La batalla tanto se prolonga que el caballero de la carreta se avergüenza de corazón, al pensar que mal llevará a cabo la tarea de la aventura emprendida, cuando tan largo espacio emplea en vencer a un solo caballero... ¡Si ayer, piensa él, no habría encontrado en valle alguno cien tales que hubieran podido resistirle! Así está muy dolido y airado, por haber empeorado hasta tal punto, que yerra sus golpes y en vano consume su jornada. Entonces arrecia su embestida, y tanto lo asedia que el otro ya cede y retrocede. Desampara y le deja libre el vado y el paso, muy a su pesar. Pero él lo persigue de todas formas, hasta que le derriba de bruces.

El viajero de la carreta avanza sobre él entonces, y le recuerda que bien puede ver cuan desdichado fue al derribarlo en el vado y sacarlo de su ensimismado pensar.

La doncella que consigo llevaba el guardián del vado ha escuchado y oído las amenazas. Con gran espanto le suplica que, por ella, lo perdone y no lo mate. El otro contesta que no puede, en verdad, perdonarlo, porque le ha infligido gran afrenta.

Luego va sobre él con la espada desnuda. El caído le dice, despavorido:

«¡Por Dios y por mí, conceded la gracia que ella y yo os suplicamos!

-Pongo a Dios por testigo -responde él- [900]  que nadie, por mucho mal que me hiciera, si me suplicó gracia por Dios, hay al que en nombre de Dios no lo haya perdonado una vez. Y así lo haré contigo, pues no te lo debo rehusar, cuando así me lo has suplicado. Pero, aun así, te comprometerás a entregarte como prisionero, donde yo quiera, cuando te lo reclame.»

El vencido lo otorgó con gran pesadumbre.

La doncella intervino entonces:

«Caballero, por tu liberalidad, ya que él te pidió gracia y tú se la has concedido; si alguna vez liberaste a un prisionero, deja a éste libre. Concédeme salvarlo de su cautividad; con la promesa de que a su debido tiempo te devolveré tal galardón, cuando te convenga, según mi poder.»

Entonces él comprendió quién era, por las palabras dichas. Así que dejó al vencido libre de su compromiso. Ella tuvo temor y vergüenza al pensar que la había conocido, ya que tal cosa no deseaba. Mas el desconocido se parte en seguida. El caballero y la doncella se despiden de él y lo encomiendan a Dios. Él les da su adiós, y se va.

Al caer la noche encontró a una doncella, que le salió al paso, muy hermosa y distinguida, muy graciosa y bien vestida. La doncella le saluda, de modo discreto y bien educado, y él le responde:

¡«Sana y dichosa, doncella, os conserve Dios!

-Señor -dice ella-, mi casa está aquí cerca preparada para albergaros, si aceptáis mi invitación. Pero con una condición habéis de albergaros; con la de acostaros conmigo. De tal modo os lo ofrezco e invito.»

Muchos hay que por tal invitación le habrían dado mil gracias. Pero el caballero al pronto se entristeció y le respondió de otra manera:

[950]  «Doncella, por vuestro hospedaje os estoy muy agradecido. En mucho lo aprecio. Pero, si os place, prescindiría muy bien del acostamiento.

-¡Pues de otro modo no ha de ser, por mis ojos!» dijo la doncella.

Él, como que no puede mejorar la ocasión, lo concede a gusto de ella. Sólo al asentir ya se le quiebra el corazón. ¡Cuando .tanto lo lastima la sola promesa, cuál será la tristeza al acostarse! Mucho orgullo y tristeza habrá de sufrir la doncella que lo guía. Y, tal vez, al amarle ella con pasión, no se resigne a dejarlo marchar.

Después de haber accedido a su proposición y deseo lo conduce hasta un castillo. No encontraríase uno más bello de aquí hasta Tesalia. Estaba protegido en su circunferencia por altos muros y por un foso de agua profunda. Y allí dentro no se encontraba más hombre que el que ella esperaba.

Allá había mandado la doncella, para su residencia, construir un buen número de habitaciones y un gran salón principal.

Cabalgando por la vera de un río llegaron a la mansión. El puente levadizo estaba bajo para permitirles el paso. Una vez cruzada la entrada sobre el puente han encontrado abierta la gran sala, con su artesonado de tejas. Por el portal que encontraron abierto penetran y ven una gran mesa, amplia y larga, cubierta con su mantel. Encima estaban servidos los platos, encendidas todas las velas en los candelabros, y las grandes copas de plata dorada y dos jarras, una llena de vino de moras y la otra de un fuerte vino blanco. A un lado de la mesa, sobre uno de los bancos, encontraron dos palanganas llenas de agua caliente para lavarse las manos; y al costado han hallado una toalla de hermosos bordados, hermosa y blanca, para secarse las manos.

Allá no encontraron ni atisbaron criado, lacayo ni escudero. [1000]  El caballero se quita el escudo del cuello y lo cuelga de un gancho, y toma su lanza y la deposita sobre el rastrillo de un pesebre. Luego salta de su caballo al suelo, y la doncella desciende del suyo. Al caballero le pareció muy bien que ella no esperara a que él la ayudase a desmontar. Apenas hubo descendido sin demora ni vacilación corre a una cámara de donde saca para él un manto escarlata y se lo pone sobre los hombros.

La sala no estaba en sombras, por más que en el cielo lucían ya las estrellas. Por el contrario había allí dentro tantas velas y antorchas grandes y ardientes que la claridad la inundaba. Después de ponerle el manto al cuello, le dijo la doncella:

«Amigo, ved el agua y la toalla. Nadie os la ofrece ni brinda puesto que a nadie veréis sino a mí. Lavad vuestras manos y sentaos, comed cuando os apetezca y venga en gana. La hora y la comida bien lo piden, como podéis ver. Así que lavaos y venid a sentaros.

-¡Con mucho gusto!»

Y él se sienta y ella, muy contenta, a su lado. Juntos comieron y bebieron hasta el fin de la cena. Cuando se hubieron levantado de la mesa, le dijo la doncella al caballero:

«¡Señor, salid fuera a distraeros, si no os causa molestia, y aguardad allí, si os place, hasta que calculéis que ya estoy acostada. No os enoje ni fastidie la demora, porque bien podéis venir a tiempo, si vais a cumplir vuestra promesa.»

Repuso él:

«Yo os mantendré la promesa. De modo que volveré cuando piense que es ya hora.»

Entonces se sale fuera y allí se demora un gran rato, pues debe mantener su promesa.

[1050]  Vuelve de nuevo a la sala, pero no encuentra allí a la que se hizo su amiga, que allí desde luego no estaba.

Cuando ni la encuentra ni la ve, se dice:

«En cualquier lugar que esté, iré en su busca hasta hallarla.» Y no se retrasa en la busca, por la promesa que le tenía.

Al entrar en una cámara oye gritos de una joven. Y era la misma con la que había de acostarse.

De pronto advierte la puerta abierta de otra habitación. Hacia allá va, y ante sus ojos presencia cómo un caballero la había derribado y la tenía echada de través sobre la cama, después de desnudarla. Ella que estaba bien segura de que acudiría en su ayuda, gritaba bien alto:

«¡Ay! ¡Ay! ¡Caballero, tú que eres mi huésped! Si no me quitas a éste de encima, va a ultrajarme en tu presencia. Tú eres quien debe compartir mi lecho, como has pactado conmigo. ¿Me someterá éste ahora a su deseo, bajo tu mirada, a la fuerza? ¡Gentil caballero, esfuérzate pues en venir en mi socorro a toda prisa!»

Él ve que muy vilmente tenía el otro a la doncella desnuda hasta el ombligo. La escena le produce gran vergüenza y pesar, por el hecho de que el atacante acerque su desnudez a la de ella. Por otra parte el espectáculo no le enardecía su deseo ni tampoco los celos.

Además a la entrada había como porteros, bien armados, dos caballeros con espadas desnudas en la mano. Más allá cuatro lacayos estaban en pie. Cada uno blandía un hacha, capaz de partir en dos una vaca por mitad del espinazo, tan fácilmente como segar la raíz de un enebro o una retama.

El caballero en la puerta se detiene y cavila:

«¿Dios, qué podré yo hacer? Me mueve en mi aventura nada menos que el rescate de la reina Ginebra. [1100]  De ningún modo puedo tener corazón de liebre, cuando por tal motivo estoy en esta búsqueda.

»Si Cobardía me presta su corazón, y si obro a su mandato, no conseguiré lo que persigo. ¡Deshonrado quedo si aquí me tardo! Incluso me resulta ahora un gran esfuerzo haber mencionado la tardanza. Por ello tengo ya el corazón triste y ensombrecido. Ahora siento vergüenza, ahora desespero, tanto que morir quisiera por haberme tanto detenido aquí. ¡Que Dios no tenga piedad de mí, si lo digo por vanidad, y si no quiero mejor morir con honor que vivir con infamia! Si tuviera el paso franco, ¿qué honor habría merecido, si éstos me dieran su permiso para pasar más allá sin disputa? Entonces podría pasar, sin mentir, hasta el más cobarde de los vivientes. Bastante he oído a esta desgraciada suplicarme socorro repetidamente, y me recuerda mi promesa y me la echa en cara.»

Al instante se acerca a la puerta e introduce el cuello y la cabeza por una ventana de al lado, y levanta la vista al asomarse así. Ve caer sobre él las espadas y súbito se retira de un brinco. Los dos caballeros no pudieron detener su ímpetu, una vez lanzados a descargar el golpe. En tierra dan con sus espadas con tal fuerza que ambas se hicieron pedazos.

Una vez quebrados los aceros, él tuvo menos aprecio por las hachas y menos temió a quienes las manejaban. Con que salta entre ellos y de un golpe al costado hiere a un lacayo, y luego a otro. A los dos que encontró más cerca les da con puños y brazos hasta abatirlos fuera de combate. El tercero erró su golpe. Pero el cuarto le atina, al descargar el golpe. Del tajo rasga la capa y en todo el hombro lo hiere, de modo que su camisa y su blanca carne se tiñen de la sangre que gotea.

[1150]  Pero nada consigue detenerle, ni se queja de su herida. Rápido avanza a grandes saltos y levanta, agarrándolo por las sienes, al que pretendía forzar  a su anfitriona.  ¡Bien podrá mantenerle  su promesa, antes de partir!

A pesar de su resistencia, alza en pie al rufián. Mientras, el que había fallado su golpe, corre hacia el caballero, a toda marcha, y blande en alto el hacha. Cree que lo va a hendir de un tajo, desde la cabeza hasta los dientes. Pero él sabe defenderse bien, y pone por delante al otro rufián. El del hacha le asesta el golpe allí donde el hombro se une al cuello, con tal furia que escinde uno de otro.

Entonces el caballero se apodera del hacha, la arrebata de las manos de su enemigo y arroja al herido. Bien le convenía defenderse, pues que contra él cargaban los tres felones con sus hachas, que muy duramente lo asedian. Con toda intención salta a parapetarse entre la cama y la pared. Les grita:

«¡Ahora, venga, todos contra mí! ¡Aunque fuerais veintisiete, ahora que tengo un parapeto os daré batalla a destajo; y no seré yo quien antes se fatigue de ella!»

La doncella, que contemplaba la escena, dice entonces:

«¡Por mis ojos, no tengáis cuidado desde ahora en adelante, mientras esté yo presente!»

Al momento manda retirarse a los caballeros y lacayos. Y se fueron todos de allí, sin demoras ni excusas.

Luego dijo la doncella:

«Señor, habéis defendido bien mi honor, contra toda mi mesnada. Ahora venid, yo os guío.»

A la sala regresan cogidos de la mano. Él no iba precisamente encantado; sino que muy a gusto se hubiera hallado bien lejos de allí. Una cama estaba ahora hecha en medio de la sala. Sus sábanas relucían de limpias, blancas, amplias, desplegadas. Tampoco la colcha era, ¡ni mucho menos!, de paja deshilachada ni de áspero esparto. [1200]  Y sobre la colcha estaba extendido un sedoso cobertor de varios colores. Allí se acostó la doncella, aunque sin quitarse la camisa.

Al caballero le da grandes fatigas y reparos desnudarse. No puede evitar sudar de disgusto. De todos modos, a pesar de sus angustias, su promesa le obliga y va a cumplirla. ¿Es pues un hecho de fuerza? Como si lo fuera. Por fuerza tiene que ir a acostarse con la doncella. Su promesa lo emplaza y reclama. Se acuesta pues sin apresurarse. Pero no se quita tampoco la camisa, como no lo hizo la doncella. Cuida mucho de no tocarla; sino que se va a un extremo y allí se queda de espaldas. Sin decir una palabra, como a un fraile converso a quien le está prohibido hablar cuando está echado en su lecho. Ni una vez vuelve su mirada ni hacia ella ni a otro lado. No le puede hacer buena cara. ¿Por qué? Porque no siente el corazón su atractivo, que en otro lugar su atención está fijada. Así que no le atrae ni le seduce lo que tan hermoso y amable sería a cualquier otro.

El caballero no tiene más que un solo corazón; y éste no está ya más en su poder, sino que está gobernado desde lejos y no lo puede prestar a otra persona. Entero lo obliga a fijarse en un lugar Amor, que sojuzga todos los corazones. ¿Todos? No, desde luego, tan sólo los que él aprecia. Bien se debe estimar en más, aquél que Amor se digna sojuzgar. Y el corazón del caballero apreciaba tanto, que lo sojuzgaba por encima de los demás, y lo colmaba de tremenda fiereza. Por tanto no quiero reprocharle si renuncia a lo que Amor le prohíbe, y obedece lo que quiere Amor.

La doncella se da cuenta y entiende que aquél aborrece su compañía y se pasaría bien sin ella. No tiene intención de abrazarla. Ella lo comprende y le dice:

[1250]  «Si no os ha de pesar, señor, me iré de aquí. Iré a acostarme a mi cámara y vos os quedaréis más a gusto. No creo que os plazca demasiado mi encanto ni mi compañía. No lo tengáis como descortés, si os digo lo que pienso. Ahora reposad bien esta noche, que me habéis cumplido tan bien vuestra promesa, que no os podría reclamar en derecho nada más. No me queda más que encomendaros a Dios y marcharme.»

Luego se levanta. El caballero en absoluto se apena; antes bien la deja marcharse a gusto, como quien ama por entero a otra. Claramente lo comprende la doncella por la muestra. Así que se ha retirado a su cámara donde se acuesta sin camisa, al tiempo que se dice a sí misma:

«Desde que por vez primera conocí a un caballero, no he conocido a uno solo, a excepción de éste, que valiera la tercera parte de un doblón angevino. Seguro que, como pienso y sospecho, quiere intentar una tan gran empresa tan peligrosa y fiera que no osó emprender ningún otro caballero. ¡Qué Dios le permita llegar hasta el final!» En seguida se adormeció y durmió hasta que apareció el claro día.

Al rayar el alba, presurosa se levanta. Tan pronto se despierta el caballero, se apresta y reviste su arnés sin más ayuda. Así que cuándo se le presenta la doncella lo encuentra ya equipado.

-Buen día os dé Dios hoy -dice ella al verle.

«¡Y a vos, doncella, así sea!», dice él a su vez. Y agrega que se le hace tarde; que saquen su caballo de los establos. Ella dio órdenes de que se lo trajeran, y dice:

[1300]  «Señor, yo me iría con vos un buen trecho por ese mismo camino, si es que vos os atrevéis a guiarme y acompañarme, de acuerdo con los usos y costumbres establecidos en el reino de Logres desde antes de nuestro nacimiento.»

Las costumbres y franquicias eran así, por aquel entonces: que si un caballero encontraba sola a una damisela o a una doncella villana no la atacaba, así tuviera antes que cortarse el cuello, por todo su honor, si pretendía conservar su buen renombre. Y, en caso de forzarla, para siempre quedaba deshonrado en todas las cortes. Pero si la joven era acompañada por otro, entonces a cualquiera que le gustara, que presentara batalla y venciera por las armas a su defensor, podía hacer con ella su voluntad sin conseguir vergüenza ni reproche. Por eso le dijo la doncella que si se atrevería a escoltarla según esa costumbre, de modo que otro no pudiera molestarla, al ir en su compañía.

A lo que contestó el caballero:

«Ninguno ha de causaros enojos, os lo aseguro, si antes no me los presenta a mí.

-Entonces con vos quiero marchar», dijo ella. Hizo ensillar su palafrén. Pronto estuvo cumplida su orden. Y sacaron el palafrén de la doncella y el caballo al caballero. Ambos montan sin escudero. Y salen con rápido trote.

Ella le da conversación; pero él no presta atención a su charla. Más bien rehúsa el diálogo. Le gusta meditar; hablar le enoja.

Amor muy a menudo le reabre la herida que le ha causado. Jamás le aplicó vendajes para curar ni sanar. No tiene intención ni deseos de buscar emplastos ni médicos, a menos que su herida no empeore. Pero aún eso lo incitaría más y más.

Marcharon por sendas y senderos, siguiendo el camino más recto, hasta que llegaron a la vista de una fuente.

La fuente estaba en medio de un prado, y a su lado había un bloque de piedra. [1350]  En la roca vecina había olvidado no sé quién un peine de marfil dorado. Jamás, desde los tiempos del gigante Isoré no había visto uno tan bello hombre cuerdo ni loco. Y en el peine había dejado medio puñado de cabellos la que se había peinado con él.

Cuando la doncella atisbo la fuente y vio la escalerilla no quiso que el caballero los apercibiera e intentó desviarse por otro camino. Él, que iba deleitándose y saciado con su meditación muy a placer, no se dio cuenta al momento de que ella se salía del camino. Pero cuando lo notó, temió que se tratara de algún engaño, que la joven se apartaba y se salía del camino para esquivar algún peligro.

«¡Atención, doncella -dijo-, que no vais bien! ¡Venid por acá! Nunca, pienso, puede adelantarse quien se sale de esta senda.

-Señor, iremos mejor por aquí -replicó la doncella-. Lo sé bien.»

Respondió el caballero:

«No sé yo lo que pensáis, doncella, pero bien podéis ver que éste es el camino batido y recto. Una vez que por él he tomado, no me volveré en otro sentido. No obstante, si os place, idos por ahí; que yo iré por éste libremente.»

Así avanzan hasta llegar cerca de la mole de piedra y ver el peine.

«Jamás, por cierto, en lo que recuerdo -dice el caballero- vi tan hermoso peine como ése de ahí.

-Dádmelo -dice la doncella.

-Con mucho gusto, doncella», dice él.

Entonces se baja y lo recoge. Cuando lo tiene en sus manos, lo mira con mucha atención, y remira los cabellos. Mientras, ella empezó a reír. Y cuando se da cuenta, le pregunta por qué ríe, que se lo diga. Responde la joven:

«Callad, que no he de decíroslo por ahora.

-¿Por qué? -dice él.

-Porque no me importa nada», contesta.

[1400]  Entonces él insiste, como quien piensa que ni una amiga a un amigo, ni un amigo a una amiga deben engañarse bajo ningún pretexto:

«Si vos amáis a algún ser de todo corazón, doncella, por él os pido y suplico que no me ocultéis más vuestro secreto.

-Demasiado en serio me lo invocáis -dijo ella-; así que os lo diré, sin mentir en nada. Este peine, si es que alguna vez supe algo seguro, fue de la reina. Lo sé bien. Y creedme además una cosa: los cabellos tan bellos, lucientes y claros, que veis prendidos entre sus dientes, fueron de la cabellera de la reina. Nunca crecieron en otro prado.

-Por mi fe, hay muchas reinas y reyes. ¿A quién queréis referiros?», dijo el caballero.

Y ella contestó:

«¡Por la fe mía, señor, a la esposa del rey Arturo !»

Al oírla él, no pudo resistirlo su corazón y a punto estuvo de caer doblado. Por fuerza tuvo que apoyarse por delante en el arzón de su silla de montar. La doncella que lo vio se asombra y, sorprendida, temió que cayera. Si tuvo tal temor no la censuréis; creyó que el caballero se había desmayado.

Y así estaba él casi desvanecido, que muy poco le faltó. Tenía tal dolor en el corazón que la palabra y el color tuvo perdidas por buen rato. Con que la doncella se bajó de la montura y corrió con toda prisa para apoyarlo y contenerlo, pues no hubiese querido, por nada en el mundo, verlo caer a tierra.

Apenas se dio cuenta, el caballero se avergonzó, y la interpeló:

«¿Qué venís a hacer aquí delante?»

[1450]  No temáis que la doncella le haga reconocer la razón. Que le hubiera causado vergüenza y pesar, y se habría afligido aún más, de haber sabido la verdad. Así que le oculta con cuidado la verdadera causa, y le contesta, la sagaz doncella:

«Señor, vengo a requerir este peine. Por eso he desmontado a tierra. Tengo tales ansias de poseerlo, que pensé que ya tardaba en tenerlo en mi mano.»

Como él está de acuerdo en concederle el peine, se lo da; pero retira los cabellos de modo tan suave que no se quiebra ninguno. Jamás ojos humanos verán honrar con tal ardor ninguna otra cosa. Empieza por adorarlos. Cien mil veces los acaricia y los lleva a sus ojos, a su boca, a su frente, y a su rostro. No hay mimo que no les haga. Por ellos se considera muy rico, y por ellos alegre también. En su pecho, junto al corazón, los alberga, entre su camisa y su piel. No preciará tanto un carro cargado de esmeraldas y de carbunclos. No temía ya el ataque de una úlcera u otras enfermedades. Desdeña el diamargaritón, el elixir contra la pleuresía y la triaca medicinal. Desprecia a san Martín y a Santiago. Pues tanto confía en aquellos cabellos que no piensa necesitar de la ayuda de los santos. ¿Pues qué valían los tales cabellos? Por mentiroso y loco se me tendrá si digo la verdad. Ni por la fiesta mayor de san Denis y todo su mercado de un día rebosante hubiérase decidido el caballero, a cambio de aquellos cabellos del hallazgo; y es la pura verdad. Y si me requerís la verdad, el oro cien veces depurado y otras cien pulido luego, es más oscuro que la noche frente al día más bello de este verano, en comparación con aquellos cabellos para quien los confrontara. ¿Y para qué voy a alargar la descripción?

La doncella vuelve a montar en seguida, con el peine que lleva consigo, mientras él se deleita y contenta con los cabellos que guarda en su pecho.

[1500]  Después de la llanura encuentran un bosque. Siguen por una senda que se hace más estrecha hasta tener que marchar uno tras el otro ya que de ningún modo podían pasar dos caballos de frente. La doncella avanza delante de su huésped a buen paso por tal atajo.

Por donde el sendero era más estrecho ven venir hacia ellos un caballero. Tan pronto como lo vio la doncella, lo conoció y dijo así:

«Señor caballero, ¿veis a ese que viene a vuestro encuentro todo armado y dispuesto para la batalla? Ése piensa llevárseme consigo seguramente sin encontrar defensa ninguna. Sé muy bien lo que piensa. Porque me ama, y no lo hace de modo sensato. Por sí mismo y con mensajes me ha requerido desde hace mucho tiempo. Pero mi amor tiene negado. Por nada del mundo lo podría amar. ¡Así Dios me proteja, antes moriría yo que amarlo en algún modo! Tengo por seguro que ahora rebosa de alegría y se regocija ya tanto como si me hubiera conquistado. ¡Ahora se mostrará si sois valiente! Ahora veré la demostración de la garantía que vuestra escolta protectora me ofrece. Si podéis garantizarme mi libertad, entonces diré yo sin mentir que sois valiente y gran paladín.»

Le contesta él:

«¡Avanzad, avanzad!»

Esta palabra equivalía a decir: «Poco me inquieta lo que decís, que por nada os asustáis».

Mientras van hablando así, se acerca a toda premura el caballero que avanzaba en contra, a todo galope, a su encuentro. Le alegraba apresurarse porque pensaba que no sería en vano, y por dichoso se cuenta el ver lo que más amaba en el mundo.

[1550]  Tan pronto como está cerca la saluda, con la boca y el corazón, diciendo:

«¡El ser que yo más quiero, del que obtengo menos alegría y más penar, sea bien venido, de doquier que venga!»

No hubiera estado bien que ella hubiera contenido su palabra, sin devolverle, al menos con los labios, el saludo. ¡Cómo le ha complacido al caballero que la doncella le salude! Por más que su boca no se ha fatigado ni le ha costado nada tal envío. Y aunque hubiera salido como vencedor en un torneo en aquel momento, no lo hubiera apreciado en tanto, ni pensara haber conquistado tanto honor ni premio. Con tal exceso de amor y de vanagloria, la ha tomado por la rienda de su montura y dice:

«Ahora os conduciré yo. Hoy he navegado bien y con fortuna, que arribé a puerto feliz. Ahora he concluido con mi cautiverio. Desde el peligro llegué al puerto; de gran tristeza a gran euforia; de gran dolor a gran salud. Ahora se cumple todo mi deseo, ya que os encontré en tal circunstancia que puedo llevaros conmigo, y en verdad, sin cubrirme de deshonor.»

Ella contesta:

«No os envanezcáis; que este caballero me acompaña.

-¡Desde luego que os ha acompañado por su mala fortuna! -contestó- que ahora os llevo yo. Le sería más fácil tragarse un modio de sal al caballero, creo, que libraros de mí. Pienso que jamás veré a un hombre frente al que no os conquistara. Y ya que os he encontrado a mi alcance, por mucho que le pese y le duela, os llevaré conmigo, ante sus ojos. ¡Y que haga lo que mejor le plazca!»

El otro no se encoleriza por nada de lo que le oyó decir con orgullo. Pero sin burla y sin jactancia acepta el reto en un principio. Dice:

«Señor, no os apresuréis ni gastéis vuestras palabras en vano. Hablad más bien con un poco de mesura. No se os va a negar vuestro derecho, cuando lo tengáis. [1600]  Con mi acompañamiento, bien lo sabréis, ha venido aquí la doncella. Dejadla libre: Ya la habéis detenido demasiado. Aún no tiene ella que cuidarse de vos.»

El caballero contesta que lo quemen vivo si no se la va a llevar, mal que le pese.

Éste replica:

«No estaría nada bien, si yo dejara que os la llevarais. Sabedlo: Antes he de combatir por ella. Pero, si queremos pelear bien, no podemos hacerlo en este sendero, ni con el mayor esfuerzo. Así que vayamos a un camino llano, hasta un espacio abierto, un prado o una landa.»

El caballero dice que no pide nada mejor:

«Estoy muy de acuerdo. No os equivocáis en que este sendero es demasiado angosto. Mi caballo ya va muy oprimido. Y aún dudo que pueda hacerle volver grupas sin que se parta un anca.»

Entonces se da la vuelta con gran destreza, sin dañar a su caballo ni lastimarlo en nada. Dice:

«En verdad que estoy muy furioso de que no nos hayamos encontrado en un terreno amplio y ante gente. Me hubiera gustado que contemplaran cuál de los dos se portaba mejor. Mas venid pues, que los iremos a buscar. Encontraremos aquí cerca un terreno llano, espacioso y libre.»

Entonces se van hasta una pradera. En ella había doncellas, caballeros y damas que juzgaban a varios juegos. Pues era hermoso el lugar. No todos jugaban a charadas; sino también a tablas de damas y ajedrez, y otros a diversos juegos de dados. Varios jugaban a estos juegos, mientras otros de los que allí estaban, recordaban su niñez con rondas, carolas y danzas. Cantan, brincan y saltan; incluso practican deportes de lucha.

[1650] Un caballero ya de edad estaba erguido al fondo del prado sobre un caballo bayo de España. Tenía riendas y montura de oro; y el cabello entremezclado de canas. Apoyaba una mano en un costado para mantener su postura. Por el hermoso tiempo iba en camisa, sin arnés, y observaba los juegos y bailes. Un manto le cubría desde los hombros, por entero de escarlata y piel. Al otro lado, junto a un sendero, un grupo de veintitantos jinetes armados velaban sobre sus buenos caballos de Irlanda.

Tan pronto como ellos tres aparecieron, todos dejaron sus distracciones y gritaban a través del prado:

«¡Ved, ved al caballero, que fue llevado en la carreta! ¡Que nadie se dedique a jugar mientras se encuentre aquí! ¡Maldito sea quien quiera alegrarse con juegos o danzas, o lo intente, mientras ése esté aquí!»

He aquí que el caballero recién llegado, el que amaba a la doncella y la consideraba como suya, era hijo del caballero canoso. Y así se dirigió a él:

«Señor, tengo gran contento, y que lo oiga quien quiera escucharlo, de que Dios me ha dado la cosa que más he deseado en todos mis días. No me hubiera regalado tanto si me hubieran hecho rey coronado, ni por ello me sentiría más agradecido ni estuviera más beneficiado. Pues tan valioso y bello es mi botín.

-No sé si ya es tuyo», replica a su hijo el caballero. Con brusca rapidez aquél responde:

«¿Qué no lo sabéis? ¿No lo veis pues? Por Dios, señor, no tengáis la menor duda, puesto que lo veis en mi poder. En el bosque de donde vengo acabo de encontrarla que venía. Pienso que Dios me la traía, y como mía la he tomado.

-No sé aún si lo consiente ese que veo venir detrás de ti.»

[1700] Mientras hablaban estos dichos y frases, se habían detenido las danzas, a la vista del caballero de la carreta. No se hacían más juegos ni festejos por desprecio y ofensa de aquél.

En tanto el caballero, sin prestarles atención, vino muy cerca de la doncella al instante y dijo al otro:

«Dejad a esta joven, caballero. Sobre ella no tenéis ningún derecho. Si osáis otra vez, al punto la defenderé contra vos.»

Entonces dijo el viejo caballero:

«¿No me lo figuraba yo bien? Querido hijo, no retengas más a la doncella; sino que devuélvesela.»

Nada bien le pareció a éste, que jura que no ha de dejarla.

«¡Que Dios no me dé más alegría en cuanto se la entregue! Yo la tengo en mi poder y la retendré como cosa de mi propiedad. Antes se partirá el tahalí y las correas de mi escudo, y he de perder toda la confianza en mi cuerpo, mis armas, mi espada y mi lanza, antes de dejarle a mi amiga.»

Y su padre dijo:

«No voy a dejarte combatir, por más que digas. Confías demasiado en tu valer. Pero haz lo que te ordeno.»

Por orgullo él le responde entonces:

«¿Soy quien pueda asustarse? Puedo enorgullecerme de esto: que no hay en la extensión que ciñe el mar caballero alguno, de entre los muchos existentes, tan valioso que yo se la cediera ni a quien no creyera que podía someter en breve plazo.»

Su padre dijo:

«Te lo concedo, querido hijo. Así lo crees tú. Tanta confianza tienes en tu valer. Pero no quiero ni querré que hoy tú te midas con este rival.»

Él responde:

«¡Vergüenza tendría si escuchara vuestro consejo! ¡Condenado sea quien lo acepte y quien por vos cobre temor de que yo no salga a combatir! Verdad es que mal se negocia en la familia. [1750] Mejor podría yo mercar en otra parte, pues vos me queréis engañar. Sé bien que en país extraño podría hacerme valer mejor. Ninguno que no me conociera me haría desistir de mi voluntad; en cambio, vos me disuadís y menospreciáis. Tanto más enojado estoy por cuanto me habéis reprochado. Pues quien reprocha, bien sabéis, su pasión a hombre o mujer, más la aviva e inflama. Mas si cedo en algo por vos, que Dios no me depare más alegría. Por el contrario voy a pelear, a pesar vuestro.

-¡Por la fe que debo al apóstol san Pedro! -dijo el padre-, ahora veo que no servirá de nada mi ruego. Pierdo el tiempo al reprenderte con mis consejos. Pero pronto te habré mostrado argumento tal que, a tu pesar, tendrás que hacer toda mi voluntad, porque estarás sometido a ella.»

Al momento llama a todos los caballeros de guardia, que acuden a él. Les ordena que dominen a su hijo, que no se deja guiar por sus consejos. Dice:

«Lo mandaría encadenar antes de dejarlo combatir. Todos vosotros en pleno sois mis hombres. Por tanto me debéis amor y fidelidad. Por cuanto dependéis de mí os lo ordeno, y suplico a la vez. Gran locura le mueve, me parece, y mucho procede con exceso de orgullo, al contradecir lo que yo quiero.»

Los otros afirman que lo prenderán, y que, después de estar en su poder, no tendrá ganas de combatir; de modo que consentirá, a pesar suyo, en devolver a la doncella. Entonces van todos a prenderlo y aprisionarlo por los brazos y por el cuello.

«¿No te consideras ahora como loco? -dijo el padre-. Date cuenta de la realidad. No tienes fuerza ni poder para combatir ni para justar, por más que te cueste, por más que te duela y por más que te apene.

»Así que acepta lo que me parezca bien, y obrarás con sensatez. ¿Y sabes cuál es mi propuesta? [1800] Para que tu tormento sea menor, seguiremos, tú y yo, si tú quieres, a ese caballero durante hoy y mañana, por el bosque y por el llano, cabalgando a la par. Tal vez podemos encontrarlo de tal personalidad y talante que yo te permita probar contra él tu valor y combatirlo según tu deseo.»

Así el hijo ha accedido, a pesar suyo, a lo que le ha propuesto. Ya que no puede modificarlo, dice que se aguantará a órdenes de su padre. Pero que ambos han de seguir al caballero.

Ante el desarrollo de esta aventura, las gentes que estaban en el prado, decíanse uno a otro:

«¿Habéis visto? El que estuvo en la carreta ha conquistado hoy tal honor que se lleva consigo a la amada del hijo de mi señor; aunque mi señor lo sigue. En verdad podemos asegurar que alguna virtud habrá encontrado en él, cuando permite que se la lleve. ¡Maldito cien veces quede quien hoy deje de jugar y danzar a causa de él! ¡Volvamos a nuestros festejos!»

Entonces reanudan sus juguetees, danzan y bailan.

En seguida se marcha el caballero. No se demora por más tiempo en el prado. Tampoco tras de él se detiene la doncella que le acompaña. Ambos se alejan a toda prisa.

El hijo y su padre, de lejos, los siguen. A través de un prado ya segado cabalgaron hasta la hora nona. Allí encuentran en un lugar muy bello un monasterio y, cerca del coro, un cementerio rodeado de muros. No se portó como villano ni como necio el caballero que entró a pie en el monasterio para rezar. Y la doncella le sujetó el caballo hasta el regreso.

Cuando había acabado su plegaria y se volvía atrás se le acerca un monje muy viejo. Lo ve ante sus ojos salirle al paso. Al encontrarle le ruega muy amablemente que le informe de lo que hay dentro de aquellos muros. [1850] Aquél responde que allí hay un cementerio, y él dice:

«Conducidme a él, con la ayuda de Dios.

-Muy a gusto, señor.»

Entonces le introduce en el cementerio, entre las más hermosas tumbas que se podrían encontrar desde Bombes hasta Pamplona. Sobre cada una figuraban los nombres de los que habían de yacer dentro de ellas. Y él mismo, por su cuenta comenzó a leer los nombres, y encontró:

«Aquí yacerá Galván, aquí Loonís y aquí Ivain.»

Después de éstos ha leído muchos otros nombres de caballeros escogidos, de los más apreciados y mejores en aquella tierra y de más allá. Entre las tumbas encuentra una de mármol, que parece ser una obra maestra, la más bella muy por encima de todas las otras.

El caballero llama al monje y dice:

«Estas tumbas de aquí ¿a qué se destinan?»

Responde él:

«Ya habréis visto las inscripciones. Si las habéis comprendido,  entonces, bien  sabéis lo  que dicen y lo que significan esas tumbas.

-Entonces, decidme para qué es ésa más grande.»

El ermitaño responde:

«Os lo diré con precisión. Se trata de un sarcófago que ha superado a todos los que jamás se han construido. Otro tan rico ni tan bien labrado ni yo ni nadie lo ha visto nunca. Hermoso es por fuera y mucho más su interior. Pero no os ocupéis de su belleza oculta, porque de nada os podría servir; que no lo tenéis que ver por dentro. Pues se necesitarían siete hombres muy fuertes y enormes para descubrirlo, si se pretendiera abrir la tumba, que está cubierta por una pesada losa. Sabed que es cosa bien segura que se necesitan esos siete hombres, más fuertes de lo que vos y yo somos.

»Existe una inscripción que reza así:

[1900]  “Aquel que sólo y por su propia fuerza consiga levantar esta losa, liberaría a aquellos y aquellas que yacen en cautividad en la tierra de donde no sale nadie, ni siervo ni gentilhombre, una vez que ha penetrado en ella.” Hasta ahora ninguno de allí ha retornado. Los extranjeros quedan allí prisioneros. Sólo las gentes del país van y vienen y franquean los límites a placer.»

En seguida el caballero avanza para agarrar la losa, y la levanta como si de nada se tratara. Mejor de lo que diez hombres lo hubieran hecho si hubieran aplicado toda su fuerza. El monje quedó tan atónito que por poco no cae desmayado. Pues no creía que había de ver tal prodigio en toda su vida. Dijo luego:

«Señor, ahora tengo gran deseo de saber vuestro nombre. ¿Podríais decírmelo?

-Yo no, por mi fe de caballero -contestó él.

-Por cierto que eso me pesa. Mas si me lo dijerais, haríais una gran cortesía, de la que podríais obtener gran prez. ¿De dónde sois, cuál es vuestro país?

-Un caballero soy, como veis, y nacido en el país de Logres. Con eso quisiera contentaros. Y vos, si os place, decidme de nuevo, ¿quién ha de yacer en esta tumba?

-Señor, el que ha de liberar a todos los que están cautivos en la trampa del reino del que ninguno escapa.»

Después de que el monje le hubo respondido, el caballero lo encomendó a Dios y a todos sus santos. Entonces sale y acude, con rápido paso, junto a la doncella. El viejo monje, de pelo canoso, lo sigue afuera de la iglesia. Así que llegan a mitad del camino, mientras la doncella monta en su cabalgadura, el monje le refiere con detalle cuanto había pasado dentro y le ruega que le diga el nombre del caballero, si ella lo sabe. [1950] De tal modo que ella le replica que no lo sabe, pero que se atreve a afirmarle con seguridad una cosa: que no existe en vida un caballero igual en toda la extensión por donde soplan los cuatro vientos.

A continuación la doncella lo deja y se aleja en pos del caballero. En ese momento llegan los que los seguían, y allí encuentran ante sus ojos al monje solo ante la iglesia. El viejo caballero de la camisa le dice:

«Decidme, señor: ¿visteis a un caballero que acompaña a una doncella?

-No tendré ningún reparo en contaros toda la verdad -responde el monje-. Precisamente ahora se alejan de aquí. El caballero penetró en el cementerio, y ha hecho una gran maravilla. Porque él solo sin fatigarse en lo más mínimo alzó la losa de encima de la gran tumba marmórea. Va a socorrer a la reina. Y la socorrerá sin duda; y con ella a todos los cautivos. Vos mismo bien los sabéis, que muchas veces habéis leído la inscripción de la lápida.

»En verdad que nunca nació de hombre y mujer ni se sentó sobre una montura un caballero que valiera tanto como éste.»

Entonces dijo el padre a su hijo:

«¿Hijo, qué te parece? ¿Acaso no es un gran prohombre el que ha acometido tal hazaña? Ahora ya sabes de fijo quién cometió el error. Ya te das cuenta de si fue tuyo o mío.

»No querría, ni por la ciudad de Amiens, que le hubieras presentado combate. Aunque antes bien te has rebelado, hasta que se te pudo disuadir. Ahora nos podemos volver, pues haríamos gran locura en seguirlo de aquí en adelante.

Su hijo contestó:

«Accedo a ello. No nos serviría de nada seguirle. Pues que así os place, volvámonos.» Al aceptar la vuelta demostró gran cordura.

Entre tanto la doncella durante todo el camino se arrimaba muy al costado del caballero, para atraer así su atención, y quería saber de él su nombre. [2000] Le requiere para que se lo diga. Se lo suplica una y otra vez, hasta que él le dice ya cansado:

«¿No os he dicho que yo soy del reino del rey Arturo? ¡Por la fe que debo a Dios y por su virtud, que sobre mi nombre no habéis de saber más!»

Entonces la joven le dice que si le da permiso para retirarse, se volverá atrás. Y él le dice adiós con gesto alegre.

Así que la doncella se retira. Y él, hasta que se hizo muy tarde, ha seguido cabalgando sin compañía. Al anochecer, a la hora del ángelus, mientras proseguía su camino, vio a un caballero que venía del bosque en que había cazado. Venía éste con el yelmo anudado y con la caza que Dios le había concedido sobre la grupa de su caballo de color gris.

El vavasor se apresura a salir al encuentro de nuestro caballero y le ruega que acepte su hospedaje.

«Señor, no tardará en llegar la noche. Ya es momento de buscar albergue; así debéis hacerlo razonablemente. Tengo una casa mía aquí cerca, adonde os puedo llevar ahora. Nadie os albergaría mejor de lo que yo lo haré, por todos mis medios, si a vos os place. A mí me alegrará mucho.

-También yo estaré contento con ello», dijo él.

El vavasor envía al momento a su hijo, para que se adelante en aprestar el hospedaje y en apremiar los preparativos de la cocina. El muchacho sin demora cumple al punto la orden; muy a su gusto y con diligencia se dirige a su casa a toda marcha. Así los demás, sin premura, continúan el viaje hasta llegar a la casa.

El vavasor tenía como esposa una dama bien educada, y cinco hijos muy queridos, tres cadetes y dos caballeros, y dos hijas gentiles y hermosas que eran aún doncellas. [2050] No habían nacido sin embargo en aquel país, sino que estaban allí detenidos y en tal cautividad habían permanecido muy largo tiempo; ya que habían nacido en el reino de Logres.

El vavasor ha conducido al caballero hasta el interior del patio. La dama acude a su encuentro, y salen también sus hijos e hijas. Todos se afanan por servirlo. Le ofrecen sus saludos y le ayudan a desmontar.

Menos atenciones prestaron a su señor padre las hermanas y los cinco hermanos, puesto que bien sabían que él prefería que obraran de tal modo. Al caballero le colman de honores y agasajan. Después de haberle desvestido el arnés, le ha ofrecido un manto una de las dos hijas de su anfitrión; y le ciñe al cuello el manto propio, que ella se quita.

Si estuvo bien servido en la cena, de eso ni siquiera quiero hablar.

Al llegar la sobremesa no hubo la menor dificultad en encontrar motivos de charla.

En primer lugar comenzó el vavasor en requerir de su huésped quién era, y de qué tierra; aunque no le preguntó directamente su nombre.

A tales cuestiones respondió él:

«Soy del reino de Logres; y en este país vuestro no había estado nunca.»

Al oírlo, el vavasor se sorprende en extremo, y también su mujer y todos sus hijos. Todos se apesadumbraron mucho, y así le empiezan a decir:

«¡Por vuestra mayor desdicha llegasteis, amable buen señor! Tan gran daño os alcanza. Porque ahora quedaréis como nosotros en la servidumbre y el exilio.

-¿De dónde sois vosotros? -dice él.

-Señor, somos de vuestra tierra. En este país muchos hombres de pro de vuestra tierra están en la servidumbre. ¡Maldita sea tal obligación y también aquellos que la mantienen! Porque a todos los extranjeros que aquí llegan, se les obliga a permanecer aquí, y en esta tierra quedan confinados. [2100] Entrar puede aquí quien quiera, pero luego tiene que quedarse. Vos mismo no tenéis más solución. No saldréis, me temo, ya nunca.

-Sí, lo haré, si puedo.»

El vavasor le volvió a decir luego: «¿Cómo? ¿Pensáis salir de aquí?

-Sí, si Dios quiere. En ello emplearé todo mi esfuerzo.

-Entonces podrían salir sin temores todos los demás tranquilamente. Ya que en el momento que uno, en un leal intento, logre escapar de esta prisión, todos los demás, sin reparos, podrán marchar, sin que nadie se lo prohíba.»

Entonces el vavasor recuerda que le habían contado que un caballero de gran virtud vendría al país a luchar por la reina, a quien retenía en su poder Meleagante, el hijo del rey. Dícese entonces:

«Cierto, creo que es él. Se lo preguntaré.

»No me ocultéis luego, señor, nada de vuestra empresa, a cambio de la promesa de que os daré el mejor consejo que sepa. Yo mismo obtendré prez si podéis cumplir tal hazaña. Descubridme la verdad por vuestro bien y por el mío. A este país, según lo que creo, habéis venido a por la reina, en medio de estas gentes traidoras, que son peores que los sarracenos.»

El caballero responde:

«No he venido por ninguna otra razón. No sé dónde está encerrada mi señora. Pero vengo decidido a rescatarla, y para ello he menester grande consejo. Aconsejadme, si sabéis.»

Dice el otro:

«Señor, habéis emprendido un muy duro camino. La senda que seguís os lleva todo recta hacia el Puente de la Espada. [2150] Os convendría seguir mi consejo. Si me hicierais caso, iríais al Puente de la Espada por un camino más seguro, que os haría indicar.»

Pero él, que sólo ansiaba el más corto, respondió:

«¿Va esa senda tan derecho como este camino de aquí?

-No, desde luego. Es más larga pero más segura.

-Entonces -dijo- no me interesa. Aconsejadme sobre ésta, pues estoy dispuesto a seguirla.

-Señor, en verdad, no vais a conseguir en ella el éxito. Si avanzáis por tal camino, mañana llegaréis a un paso donde al pronto podréis recibir gran daño. Su nombre es el Paso de las Rocas. ¿Queréis que os diga de modo sencillo cuan peligroso es tal paso? No puede pasar más que un solo caballo. No cruzarían por él dos hombres de frente. Y además el pasaje está bien guardado y defendido. No se os cederá el paso en cuanto lleguéis. Recibiréis muchos golpes de espada y de lanza, y tendréis que devolverlos en abundancia antes de haberlo traspuesto.»

Cuando hubo concluido el relato, avanzó uno de los caballeros hijos del vavasor hasta su padre y dijo:

«¡Señor, con este caballero me iré, si no os contraria!»

A la vez uno de los hijos menores se levanta y dice:

«Del mismo modo iré yo.»

El padre da su permiso para la despedida a los dos muy de grado. Ahora ya no partirá solo el caballero. Les da las gracias, ya que en mucho estimaba su compañía.

Con esto dejan la conversación y conducen a su dormitorio al caballero. Allí durmió lo que le apeteció. Apenas pudo vislumbrar el día, se puso en pie. Y lo advirtieron los que debían acompañarle. También ellos se levantan al momento.

Los caballeros se han vestido la armadura y se ponen en marcha, después de la despedida. El cadete se ha puesto a la cabeza y así mantienen su marcha juntos hasta llegar directamente al Paso de las Rocas a la hora de prima.

[2200] En medio del pasaje había una barrera fortificada  sobre  la  que  estaba   apostado  un  hombre. Antes de que se acercaran, el que estaba sobre la barrera los divisó; y grita con todas sus fuerzas:

«¡Por ahí vienen al ataque! ¡Por ahí vienen al ataque!»

Entonces aparece sobre un caballo un caballero en la fortificación, armado con un luciente arnés, y acompañado por ambos lados de unos criados que empuñan hachas cortantes.

Cuando el otro se acerca al paso, éste que lo contempla le reprocha lo de la carreta con feos gritos y denuestos:

«¡Vasallo, gran osadía has cometido, y bien has obrado como loco necio al penetrar en este país! ¡Desde luego que no debía venir un hombre que ha viajado sobre la carreta! ¡Así Dios no te conceda más placer!»

Con que uno hacia el otro se lanzan al máximo galope de sus caballos. El que debía guardar el paso quiebra su lanza en pedazos, y los trozos caen de su mano a tierra. El otro le asesta el golpe en la garganta directamente, pasando la lanza sobre el borde superior del escudo. Lo derriba de lleno y lo tira atravesado sobre las rocas. Los sirvientes con las lanzas saltan hacia el invasor, pero deliberadamente no le alcanzan, ya que no tienen ganas de dañarle ni a él ni a su caballo. El caballero se da cuenta de que no quieren perjudicarle en nada ni causarle daño. Así que sin preocuparse de sacar la espada franquea el paso sin más dilación. Y tras de él sus compañeros. De éstos dijo el uno al otro:

«Jamás vi tal caballero, ni hay ninguno que a él pueda igualarse. ¿No ha realizado un gran prodigio al cruzar por aquí por la fuerza?

-Querido hermano, por Dios, apresúrate -dijo el mayor a su hermano- hasta encontrar a nuestro padre, e infórmale de esta aventura.»

[2250] Pero el más joven se resiste y jura que no irá a decírselo; que no se apartará de aquel caballero hasta que le dé el espaldarazo y lo arme caballero a él. Que su hermano vaya a dar el mensaje si tiene tan gran interés.

De modo que continúan la marcha los tres en grupo. Hasta que ya sería la hora nona, al atardecer, cuando encontraron a un hombre, que les pregunta quién son. Responden:

«Caballero somos, que a nuestros asuntos vamos.»

El individuo se dirigió al caballero de la carreta, que le pareció ser el señor y jefe de los otros dos:

«Señor, me gustaría albergaros a vos y a vuestros dos compañeros también.»

Él contestó:

«No me sería posible retirarme a un albergue a esta hora. Pues infame es quien se demora o a su gusto reposa, cuando ha acometido tan gran empresa como la mía. Tamaña es la que yo persigo que aún por largo tiempo no tomaré hospedaje.»

Replicó después el hombre:

«Mi mansión no está aquí cerca, sino a una gran distancia en adelante. Podéis venir a ella con la seguridad de que recibiréis albergue a una hora justa, pues será muy tarde cuando allí lleguéis.

-Entonces -contestó- allí iré.»

De ese modo se ponen en ruta; el hombre por delante, para conducirlos, y ellos tras él por el camino llano. Después de cabalgar así por largo espacio, salió a su encuentro un escudero; que se dirigió a ellos a toda marcha, a gran galope sobre un rocín grueso y redondo como una manzana. Dijo el escudero al huésped:

«¡Señor, señor, venid a toda prisa! Que las gentes de Logres se han lanzado en son de guerra contra los del país. Ya ha comenzado el combate, la revuelta y la tumultuosa pelea.

»Corre el rumor de que en esta comarca se ha infiltrado un caballero que ya ha combatido en numerosos lugares; y no se puede contener su avance ni su paso adonde quiere dirigirse. Franquea el paso, sea quien sea el que lo impida. [2300] Así murmuran todos en la región que va a liberarlos a todos y que derribará de poder a los nuestros. Ahora pues, apresuraos, os lo aconsejo.»

Entonces el hombre se va al galope. En tanto que ellos se regocijan mucho, apenas oyeron la noticia. También quieren socorrer a los suyos. Y dice el hijo del vavasor:

«Señor, oíd lo que dice ese servidor. Vayamos para ayudar a nuestras gentes que ya pelean con los del lugar.»

Mientras tanto el hombre se va, apresurado y sin aguardarlos. A toda prisa se dirige hacia una fortaleza que se alzaba sobre una colina. En rápida carrera llegó hasta la entrada y ellos tras él a golpe de espuela.

El castillo estaba rodeado en torno por un alto muro y un foso. Apenas hubieron penetrado en el recinto, allí dejaron caer una puerta tras sus talones para impedirles salir de nuevo. Gritan ellos:

«¡Vamos, adelante, que no nos detendremos aquí!»

En pos del hombre en raudo pasar llegan hasta el portón de salida, sin que nadie se lo impida. Pero apenas el hombre lo hubo traspuesto dejaron caer tras él una puerta levadiza.

Quedaron muy irritados cuando se vieron encerrados allí dentro, pues temían encontrarse con un encantamiento.

Pero aquél de que os relato la historia tenía en su dedo un anillo, cuya piedra tenía la virtud mágica de vencer la prisión de cualquier encantamiento, una vez que el caballero la mirase.

Pone el anillo ante sus ojos, mira la piedra y dice:

«¡Dama, dama, así Dios me proteja, ahora tendría gran necesidad, si podéis, de vuestra ayuda!»

Aquella dama era un hada que le había dado el anillo y le había criado en su niñez. [2350] Tenía en ella gran confianza, de que en cualquier lugar que se encontrase, le aportaría ayuda y socorro.

Pero bien, se apercibe por su invocación y por la piedra del anillo, de que aquí no se trata de un encantamiento, sino que se asegura de que están sencillamente encerrados y atrapados. Entonces llegan ante una puerta con una poterna estrecha y baja sujeta con una barra. Sacan a la vez sus espadas. Tanto la baten los tres a golpes que al fin la quiebran.

Cuando salieron de la torre contemplan ya comenzada la batalla en la cuenca de los valles, muy extensa y feroz. Bien podría haber mil caballeros entre los de un bando y del otro además de la muchedumbre de villanos.

A medida que avanzaban hacia el llano de los prados el hijo del vavasor, joven sensato y apercibido, tomó la palabra:

«Señor, antes de que lleguemos allá, nos convendría, creo, que alguien fuera a informarse y saber de qué lado combaten nuestras gentes. Yo no sé de qué parte acuden, pero iré a enterarme, si queréis.

-De acuerdo -dijo él-. Id pronto y regresad pronto, como importa.»

Se va en seguida y en seguida vuelve, diciendo:

«Hemos tenido buena fortuna, pues he reconocido con certeza que los nuestros son los de este lado.»

Entonces el caballero, al dirigirse hacia el tumulto, se encuentra con un caballero que avanza hacia él, y contra éste justa. Tan fuerte lo hiere, hincándole la lanza por un ojo, que lo abate muerto. El más joven de los hijos del vavasor desmonta, se apodera del caballo del caído y de sus armas, y se reviste con premura del arnés. Apenas estuvo armado, sin demorarse, sube a caballo, y agarra el escudo y la lanza, que era grande, tensa y pintada de colores. Al costado se había ceñido la espada, cortante, luciente y clara.

A la batalla acude tras de su hermano y de su señor. Éste se mantuvo admirablemente en la pelea durante largo rato, de tal modo que quebró, hendió y despedazó escudos, lanzas y yelmos. [2400] Ni la madera del escudo ni el hierro de la armadura protege a quien él alcanza de caer malherido o muerto a los pies del caballo. Tan fuertemente luchaba él solo que por doquier ponía en fuga al enemigo. Y muy bien le secundaban sus acompañantes detrás.

Así que los de Logres se asombraban de no reconocer al caballero y preguntaron sobre él a un hijo del vavasor. Respondió éste a sus repetidas preguntas:

«Señores, él es quien nos librará del exilio y de la enorme desventura a que por largo tiempo habíamos sucumbido. De modo que le debemos hacer gran honor, ya que, para sacarnos de prisión, ha cruzado tantos pasos peligrosos y tantos ha de cruzar aún. Mucho ha hecho y mucho le queda por hacer.»

Nadie dejó de sentir la alegría, apenas oyó la noticia, que se propagó hasta que fue contada a todos. Todos la oyeron y se enteraron. Con la alegría que tuvieron les creció la fuerza, y se esmeran tanto que matan buen número de enemigos. Y les inflingen grandes pérdidas. Me parece que más por la obra única de un solo caballero que por el grupo entero de los demás. De no haber sido por la cercana noche todos los contrarios se hubieran retirado en derrota total. Pero llegó la noche tan oscura que tuvieron que retirarse. Al momento de la separación, todos los cautivos, como de común acuerdo, se reunieron en torno al caballero. Por todas partes le asían del freno y le decían:

«¡Bien venido seáis, bello señor!»

Todos repetían:

«¡Señor, por mi fe, hoy os albergaréis en mi casa! ¡Señor, por Dios y por su nombre, no busquéis posada en otro lugar!»

Todos claman lo mismo, porque todo el mundo, tanto el viejo como el joven, quieren darle albergue. Y dice uno y otro:

[2450] «Estaréis mejor en mi hospedaje que en cualquier otro.»

Esto lo dice cada uno alrededor de él. Y se lo arrebatan pronto el uno al otro, ya que todos quieren tenerlo consigo. Y a punto están de pelear por tal motivo.

Entonces les dice él que se pelean sin motivo y con gran necedad:

«¡Dejad -dice- esta riña que no os conviene a vosotros ni a mí! No está bien la disensión entre nosotros, cuando uno a otro debería ayudar. No os toca pleitear sobre la tarea de albergarme, sino que debéis acordaos para hospedarme, en mayor beneficio de todos, en tal lugar que esté junto al camino que he de seguir.»

Todavía dicen uno y otro de mil modos:

«¡Será en mi casa!

-¡No, en la mía!

-Aún no habláis en razón -dice el caballero-.

A mi parecer, el más sabio de vosotros está loco, por lo que os he oído embarullaros. Deberíais ayudarme a avanzar y pretendéis desviarme. Si todos vosotros por turno uno tras otro me hubierais colmado de honores y servicios, tantos como pueden hacerse a un humano, ¡por todos los santos a los que se reza en Roma!, no le estaría yo más agradecido por todos los beneficios recibidos, cuanto lo estoy ya por tal intención. Así Dios me dé contento y salud, esa atención me emociona tanto como si cada uno me hubiera colmado ya de honores y beneficios. ¡Que la intención remplace a la realización!»

Con tales palabras los contiene y apacigua a todos. Lo conducen luego a la casa de un caballero de calidad, dándole escolta por el camino. Todos se esfuerzan por servirle. Le honraron y agasajaron toda la noche hasta que se retiró a dormir. Pues lo estimaban todos mucho.

Por la mañana, cuando llegó la hora de partida, todos quieren marchar con él. Cada uno se le presenta y ofrece su persona. [2500] Pero a él no la place ni acepta que ningún otro le acompañe, a excepción, únicamente, de los dos que había traído consigo. Éstos, y no más, le seguían.

Aquel día cabalgaron desde la mañana al caer del sol sin encontrar aventura. Cabalgaban en muy rápida carrera cuando muy tarde salieron de un bosque. Al salir contemplaron la mansión de un caballero. A sus puertas estaba sentada su esposa, que parecía ser una dama distinguida.

Tan pronto como ella pudo verlos se