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I. Lucio cuenta que, llegado a Senecras, vio la Luna después del
primer sueño, y le pidió que le volviese a su prístina forma de
hombre. Habiéndome despertado, por un súbito terror, casi a la
primera vigilia de la noche, veo que toda la tierra se encuentra
completamente llena de la completa claridad de una Luna en completo
plenilunio, cuyo disco emergía entonces de las aguas del mar.
Al hallar el silencioso misterio de la oscura noche, seguro
también de que aquella excelsa diosa ejercía su majestad soberana, y
de que todas las cosas humanas se regían por su providencia, y que
no tan sólo los animales domésticos y los salvajes, sino también los
objetos inanimados, subsistían por la influencia divina de su luz y
de su poder; que sobre la tierra, en lo alto de los cielos y en las
profundidades del mar, los mismos cuerpos ahora aumentan, ahora
disminuyen, siguiendo el proceso de su incremento o de su descenso;
saturado ya sin duda mi destino por mis innúmeras y tan grandes
calamidades, y proporcionándome, aunque tardíamente, una esperanza
de salvación, decidí dirigir mis súplicas a la augusta imagen de la
diosa que estaba presente.
Y sacudiéndome rápidamente el aturdimiento del sueño, me levanto
alegre y contento; en seguida, por el deseo de purificarme, me
entrego al baño de mar. Sumergiendo mi cabeza por siete veces
consecutivas, porque aquel divino Pitágoras manifestó que este
número era principalmente apropiadísimo para los ritos, con ánimo
alegre y gozoso, bañado en lágrimas mi rostro, yo ruego así a la
poderosa diosa:
Reina del Cielo, ya seas tú Ceres, la madre e inventora de las
mieses, que, llena de alegría por haber encontrado a tu hija,
desterrando la salvaje comida de la bellota, enseñando al hombre
una comida suave y apetitosa, ahora habitas los campos de Eleusis;
ya seas la celestial Venus, que en los albores del mundo, al
engendrar al Amor, uniste a los dos sexos y, propagada la especie
humana con una perpetua descendencia, ahora eres venerada en el
santuario de Pafos, al que el mar rodea;
ya seas la hermana de Febo, que, protegiendo a las mujeres
encinta y a sus frutos, has formado tantos pueblos y ahora eres
reverenciada en los magníficos templos de Efeso;
ya seas Prosperina, terrible por tus alaridos nocturnos, con tu
triple forma reprimiendo a las sombras impacientes y a las que
encierra las entrañas de la tierra, al recorrer tantos bosques,
eres honrada con diversos cultos;
tú, que, iluminando todas las murallas con ese resplandor
femenino y que nutres las preciadas simientes con la potencia de
la humedad y que dispensas una cálida luz al ausentarse el sol en
sus giros; cualquiera que sea tu nombre, tu rito o figura, es
justo invocarte;
asísteme tú en mis extremas penalidades desde ahora en
adelante, vuelve ya benévola e invariable a mi suerte, concede una
tregua y una paz a mis terribles penalidades por las que he
pasado.
Basta ya de fatigas y peligros. Aparta de mí esta terrible
envoltura de cuadrúpedo. Devuélveme a la presencia de los míos;
devuélveme a mi forma de Lucio. Y si, a causa de que la tengo
ofendida, me persigue una divinidad con su inexorable crueldad,
que se me permita morir si no se me permite vivir.
Elevadas mis súplicas de este modo y añadidos a ellas mis tristes
lamentos, de nuevo en aquel mismo lugar, invadiéndome, un sopor se
apoderó de mi alma abatida.
No había acabado de cerrar los ojos, cuando he aquí que de entre
las olas se alzó una divina faz, capaz de infundir respeto a los
mismos dioses. Y poco a poco la imagen fue adquiriendo el cuerpo
entero y me pareció que, emergiendo del mar, se colocó a mi lado.
Intentaré describirles su maravillosa hermosura, si la pobreza del
lenguaje humano me concede la suficiente facultad de expresión o si
la misma divinidad me proporciona la rica abundancia de su elocuente
facundia.
Primero, tenía una abundante y larga cabellera, ligeramente
ensortijada y extendida confusamente sobre el divino cuello, que
flotaba con abandono. Una corona de variadas flores adornaba la
altura de la cabeza, delante de la cual, sobre la frente, una
plaquita circular en forma de espejo despedía una luz blanca,
queriendo indicar la Luna. A derecha e izquierda este adorno estaba
sostenido por dos flexibles víboras, de erguidas cabezas, y por dos
espigas de trigo, que se mecían por encima de la frente.
El divino cuerpo estaba cubierto de un vestido multicolor, de
fino lino, ora brillante con la blancura del lirio, ora con el oro
del azafrán, ora con el rojo de la rosa.
Pero lo que más atrajo mis miradas fue un manto muy negro,
resplandeciente de negro brillo, ceñido al cuerpo, que bajaba del
hombro derecho por debajo del costado izquierdo, retornando al
hombro izquierdo a manera de escudo. Uno de los extremos pendía con
muchos pliegues artísticamente dispuestos y estaba rematado por una
serie de nudos en flecos que se movían del modo más gracioso.
Por la bordada extremidad, y en el fondo del mismo, brillaban
estrellas y, en el centro, la luna en plenilunio resplandecía con
fúlgidos rayos. No obstante esto, en toda la extensión de tan
extraordinaria capa aparecía sin interrupción una guirnalda de toda
clase de flores y frutos.
La diosa llevaba, además, muchos atributos bien distintos unos de
otros: en su mano derecha un sistro de bronce, cuya fina lámina,
curvada a modo de tahalí, estaba atravesada en el centro por tres
varillitas que al agitarse por el movimiento del brazo, emitían un
agudo tintineo. De su mano izquierda pendía una naveta de oro, cuyas
asas, en su parte más saliente, dejaban salir un áspid, con la
alzada cabeza de cuello hinchada con demasía.
Cubrían sus divinos pies unas sandalias tejidas de hojas de
palmera, árbol de la victoria.
Presentándose de tal guisa y exhalando los deliciosos perfumes de
Arabia, se dignó hablarme de este modo con su voz divina:
He aquí, Lucio, que me presento a ti, movida por tus súplicas,
yo, la madre de la Naturaleza, señora de todos los elementos,
origen y principio de los siglos, divinidad suprema, reina de los
manes, primera de entre los habitantes del cielo, representación
genuina de dioses y diosas. Con mi voluntad gobierno la luminosa
bóveda del cielo, los saludables soplos del Océano, los desolados
silencios del Infierno. Y todo el orbe reverencia mi exclusivo
poder, bajo formas diversas, honrándolo con cultos de distintas
advocaciones.
Los frigios, primeros seres de la tierra, me llamaban la diosa
de Pesinunte, madre de todos los dioses. Aquí, los áticos
autóctonos, la Minerva de Cecrops. Allá, los habitantes de Chipre
batida por las olas, la Venus de Pafos. Entre los cretenses,
hábiles en disparar flechas, soy Diana Díctina. Para los
sicilianos, que hablan tres idiomas, yo soy la diosa Prosperina
Estigia. Los habitantes de Eleusis me llaman la antigua diosa
Ceres. Unos, Juno, otros, Belona. Éstos, Hécate; aquéllos,
Ramnusia. Y los etíopes, los primeros en ver la luz del Sol
naciente, los de ambas, y los egipcios, que sobresalen por su
antiguo saber, venerándome en su culto particular, me llaman reina
Isis.
Presencio tus desgracias y acudo favorable y propicia. Deja ya
de llorar y de lamentarte, expulsa ya toda tristeza. Ya brilla
para ti el día de salvación, gracias a mi providencia. Por
consiguiente, escucha con mucha atención y cuidado las órdenes que
te voy a dar:
Una devoción inmemorial me ha dedicado el día que sigue a esta
noche, cuando mis sacerdotes, calmadas ya las borrascas del
invierno y apaciguadas las impetuosas olas del mar, siendo ya
navegable, me consagran una nave nueva, como para poner el
comercio bajo mi protección.
No deberás esperar esta ceremonia con inquietud ni con
pensamientos profanos; porque, a una indicación mía, el sacerdote,
con sus vestiduras solemnes y adornos, llevará una corona de
rosas, sujeta al sistro que tendrá en su mano derecha. Así, pues,
sin vacilación, separándote de la curiosa multitud, ve a unirte a
mi cortejo con mucho celo, confiando en mí tu voluntad.
Tú te acercarás con mansedumbre al sacerdote. Luego, como
queriendo besarle la mano, apodérate de las rosas, despójate en
seguida de la piel de este detestable animal que desde muchísimo
tiempo me es odioso. No tengas miedo de nada como cosa difícil de
realizarse. Pues en ese mismo instante yo acudo a ti, y te me hago
visible, y yo ordeno a mi sacerdote, mientras reposa, lo que debe
hacerse después. Por orden mía, la apiñada multitud del
acompañamiento te hará paso. Y en medio de esta jubilosa ceremonia
y espectáculos festivos, ninguno te mostrará aversión por esa
deformidad que llevas, así como tampoco nadie pensará en acusarte
malignamente por tu repentina metamorfosis.
Mas, por encima de todo nada olvides, y que se grabe en lo más
hondo de tu corazón este pensamiento: recuerda que lo que te resta
de vida hasta el último suspiro lo tienes que consagrar a mí. Y es
justo que, cuando por el favor de una diosa hayas vuelto entre los
hombres, le debas todo el resto de tu vida.
Vivirás feliz, vivirás lleno de gloria bajo mi protección; y
cuando, habiendo cumplido el tiempo de tu destino, hayas
descendido a los Infiernos, allí también, en ese hemisferio
subterráneo, me encontrarás brillando en medio de las tinieblas
del Aquerón, reinando sobre las mansiones de la Estigia, y tú,
cuando habites los Campos Elíseos, me reverenciarás asiduamente
como protectora tuya.
Pero si, con culto piadoso y esmerado acatamiento y
perseverante castidad, te haces digno de mi favor poderoso, sabrás
que a mí tan sólo compete el prolongar tus días de vida más allá
de lo que está destinado.
Terminado que hubo así el venerable oráculo, la invencible deidad
se replegó sobre sí misma.
II. Describe una solemne procesión de la diosa Isis, durante la
cual, tomando las rosas de manos del sacerdote, el asno se volvió
hombre.
Cuando me desperté, al instante y sin detenerme, me levanté lleno
de temor y alegría, empapado en sudor y profundamente admirado de la
tan clara aparición de la poderosa diosa, y, bañándome en el mar y
atento mi pensamiento en las grandes órdenes, iba recordando todas
sus advertencias de una manera ordenada.
Sin tardar, disipadas ya las tinieblas de la noche, se alzó el
dorado Sol, y he aquí que, con un apresuramiento religioso y
verdaderamente triunfal, los grupos de personas llenan las plazas
públicas.
Me parecía que todo se estaba impregnado de tan grande alegría,
aparte de la mía, que sentía como que respiraban satisfacción y
felicidad los animales, las casas e incluso el aspecto del día. Pues
al intenso frío de la noche había sucedido de repente una
temperatura agradable y dulce, un día soleado; de modo que todas la
avecillas canoras, seducidas por el ambiente primaveral, entonaban
sus trinos delicados, homenajeando así a la madre de los astros y de
los siglos, señora del universo entero.
¿Qué más? Los mismos árboles, tanto los de abundante fruto, como
los estériles que sólo dan sombra, con su primer follaje
embellecidos, daban un agradable murmullo de ramas agitadas como
brazos. Callado el fragor de las tormentas, apaciguado el torbellino
de las encrespadas olas, el mar había venido a arrimarse
plácidamente a las orillas. El cielo, limpio de toda nube, calentaba
con el brillo de su propia luz.
He aquí que avanzan poco a poco los primeros del cortejo,
llevando vistosos motivos de sus promesas y deseos. Uno, ceñido con
tahalí, representaba a un soldado; otro de corta clámide, machete y
flechas, a un cazador; aquel, con borceguíes dorados, con vestido de
seda y aderezos preciosos y cabellera postiza, con pasos cortos
remedaba una mujer. Otro, con sus grebas, escudo, casco y una
espada, parecía como salido de una lucha de gladiadores. Hubo quien
representaba a un magistrado con las faces y el vestido de púrpura;
no faltaba quien representaba a un filósofo con su capa, báculo,
sandalias y barba de macho cabrío; ni quienes, según las diversas
cañas que llevaba, o con liga, o con anzuelo, representaba a
cazadores de pájaros o a pescadores.
También vi a una osa, ya domada, que vestía como una matrona,
llevada en una litera; y a una mona que, con un casquete bordado y
unas telas erigías de color azafrán, representaba al joven pastor
Ganímedes, el de la capa de oro; y así mismo iba un asno con unas
alas pegadas, junto a un viejo achacoso, de modo que, tomándoles por
Belerofonte y Pegaso, ambos provocaban a risa.
Tras estas alegres mascaradas que circulaban por las calles
repletas de público, ya se ponía en movimiento la pompa especial de
la diosa protectora. Mujeres vestidas de blanco, coronadas de
guirnaldas primaverales, con aire alegre, portadoras de diversos
atributos, iban con flores que sacaban del regazo alfombrando el
camino por donde pasaba la sagrada comitiva; otra, con brillantes
espejos puestos al revés sobre sus espaldas, mostraban a la diosa el
respeto de la multitud que seguía: algunas, llevando unos peines de
marfil, con el movimiento de sus brazos y flexión de sus dedos,
hacían ademanes de peinar y arreglar los cabellos de su reina, y,
por fin, otras, derramando gota a gota un precioso bálsamo y
diversos perfumes, rociaban las plazas y las calles.
Había además un crecido número de personas de ambos sexos que
portaban lámparas, cirios y otras luces, para propiciar por estos
emblemas luminosos a la diosa de los astros que brillan en el
firmamento. A continuación, deliciosas sinfonías, zampoñas y flautas
dejaban oír sus dulcísimos acordes.
Después venía un agradable coro de una juventud distinguida,
vestidos con ropas de elevado precio, blancas como nieve, que
repetían un gracioso cántico compuesto por un hábil poeta bajo
inspiración de las musas, y mientras se preludiaban los mejores
votos.
Iban también entre ellos los flautistas consagrados al gran
Sarapis, quienes, con la flauta ladeada hacia su oreja derecha,
entonaban una y otra vez el cántico que acostumbran a tocar en el
templo de este dios; y la mayoría iba advirtiendo que dejaran
expedito el paso a los misterios o imágenes sagradas.
Entonces afluían los grupos de personas iniciadas en los divinos
misterios, hombres y mujeres de toda condición y edad, vestidos con
tela de lino de una blancura deslumbrante. Las mujeres llevaban un
velo transparente sobre sus cabellos perfumados en abundancia, los
hombres iban con la cabeza completamente rasurada, astros terrenales
del gran culto por el brillo de sus cabezas, que con sus sistros de
bronce, de plata e incluso de oro dejaban oír un rintintín
armonioso.
En cuanto a los sacerdotes de las ceremonias religiosas, esos
ilustres personajes, ceñido el pecho con una vestidura blanca de
lino, ajustada también a todo el cuerpo y larga hasta los pies,
llevaban los augustos símbolos de las poderosas divinidades.
El primero portaba una lámpara de la más viva claridad, que en
nada se parecía a las que iluminan nuestras cenas, sino que
consistía en una naveta de oro, que de su centro arrojaba una llama
grande e intensa.
El segundo, vestido de modo similar, llevaba en la mano dos
altares llamados socorros, a los que dio nombre propio la
providencia protectora de la gran diosa.
Iba un tercero llevando una palma de oro con hojas artísticamente
labradas y también el caduceo de Mercurio.
El cuarto iba mostrando el símbolo de la justicia, figurado por
un brazo izquierdo con la mano abierta, habiéndose escogido la
izquierda, porque, con su genuina pereza, su poca habilidad y mínima
destreza, parecía más propia de la justicia que la derecha; llevaba
también un pequeño vaso de oro, redondo, en forma de teta, con el
cual hacía libaciones de leche.
Un quinto llevaba un harnero de oro con hojas y ramitas de
laurel, y otro llevaba un ánfora.
En seguida, tras ellos, avanzan los dioses que permiten ser
llevados por pies humanos.
El primero, una imagen monstruosa, era el intermediario divino
que va del cielo a los infiernos, y cuya imagen es a veces sombría,
a veces dorada, y lleva en alto su enorme cabeza de perro, Anubis;
en su izquierda, un caduceo, y en la derecha, una palma verde que
agita.
Tras sus huellas seguía una vaca levantada sobre sus patas
traseras, emblema de la fertilidad, representando a la fecunda
diosa. Esta vaca iba apoyada sobre la espalda de uno de los sagrados
sacerdotes, el cual avanzaba lleno de majestad. Otro llevaba un
cesto en donde se hallaban los misterios y que ocultaba a las
miradas profanas los secretos de la sublime tradición. Otro conducía
en su feliz seno la venerable efigie de la más alta divinidad, la
cual ni se parecía a ningún animal doméstico de cuatro patas, ni a
un pájaro, ni a ningún animal salvaje, ni siquiera a un ser humano;
pero ese símbolo era señal de un profundo culto y por su novedad le
infundía más veneración; estaba hecho de oro brillante depositado en
una urnita, muy artísticamente vaciada, toda redonda su base y por
fuera enriquecida con maravillosos jeroglíficos de los egipcios. Su
orificio, no muy elevado, se extendía en forma de pico largo por un
lado y por otro llevaba un asa en prolongada curva, sobre la cual
había un ensortijado nudo formado por un áspid que alzaba su
escamosa cabeza con la hinchazón de su cuello estriado.
Y he aquí que se acercaba el momento de los favores que me había
prometido, así como el destino, aquella divinidad bienhechora. Se
acerca el sacerdote que lleva mi salvación, adornado con lo ordenado
en la divina promesa, llevando en su mano derecha el sistro de la
diosa con la corona destinada para mí, corona, ¡por Hércules!,
merecida. Porque después de soportar tan grandes fatigas, de haber
pasado tantos peligros, por providencia de la más grande de las
diosas iba a salir triunfante de mi lucha con la despiadada fortuna.
Y, sin embargo, emocionado por el repentino gozo, no me lancé con
impetuosa carrera, temiendo, ciertamente, que con la repentina
irrupción de cuadrúpedo se turbara el apacible orden de la
ceremonia, sino que, avanzando con paso sosegado y completamente
humano, ladeando poco a poco mi cuerpo por entre la multitud, y
apartándose ésta, sin duda por inspiración divina, yo me acerco
insensiblemente. Y el sacerdote, como pude darme cuenta, prevenido
por el oráculo de la noche anterior y admirándose de la exactitud
del favor que se le había ordenado, se detuvo al instante. Fue el
primero que extendió la mano y acercó a mi boca la corona que
llevaba. Entonces, lleno de una emoción que hacía palpitar mi
corazón con fuerza extraordinaria, cogiendo ávidamente con la boca
su corona, que brillaba con aquellas rosas frescas, la devoré con
ansia irrefrenable.
Y no me engañó la promesa divina. Al instante se me quita aquella
deforme envoltura de bestia. Primero cae el pelo horrible y en
seguida la gruesa piel. Disminuye la obesidad del vientre, y en la
planta de los pies, por entre los cascos, aparecen los dedos. Mis
manos ya no son pies, sino que se alargan para las funciones de una
persona en actitud erguida; el cuello pierde se excesiva largura; el
rostro y la cabeza toman su forma redonda; las enormes orejas
vuelven a su primitiva pequeñez; los dientes como piedras adquieren
la medida humana, y ya desapareció la cola, que antes era lo que más
me atormentaba y humillaba.
El pueblo no salía de su asombro. Los de alma religiosa
reverenciaban tan evidente poder de la más grande divinidad, y aquel
prodigio como se ve en los sueños, y esa metamorfosis, operada con
tanta facilidad, y con clara y unísona voz, levantaban las manos al
cielo, dando testimonio del distinguido favor de la diosa.
Yo, mientras tanto, sobrecogido de gran temor, permanecía en
silencio, no pudiendo mi alma abarcar aquel repentino y
extraordinario gozo. No sabía por dónde empezar a hablar, en qué
términos debía comenzar a recuperar esa facultad del habla que había
renacido en mí, con qué palabras daría principio, con qué y con
cuántas palabras debía agradecer mi transformación a tan grande
diosa.
Sea como fuere, el sacerdote, como había conocido por aviso
divino todas mis calamidades desde el principio, aunque también él
se hallaba emocionado por el milagro, mandó, con un ademán
expresivo, que en primer lugar se me diera un lienzo de lino para
cubrirme. Pues tan pronto como el asno me había despojado de su
nefasto envoltorio, yo, apretando mis muslos y poniendo mis manos
delante de mis partes pudorosamente, hacía lo posible para cubrir mi
desnudez con un velo natural. Entonces uno de los piadosos que iban
en el cortejo, quitándose rápidamente la túnica, me la puso
apresuradamente sobre lo hombros.
Hecho esto, el sacerdote, mirándome con el rostro lleno de
humanidad y admiración, me habló de este modo:
Por fin, Lucio, has llegado a un puerto de Tranquilidad y ante
el altar de la Misericordia, después de haber pasado por muchas
pruebas, tras las grandes tempestades y asaltos de la Fortuna.
Ni tu nacimiento, ni tu posición social, ni la instrucción
recibida te aprovecharon para nada, sino que, arrastrado por la
fogosidad de tu juventud a unos placeres serviles, recibiste el
desdichado premio de tu malsana curiosidad.
Mas al fin la ciega Fortuna, que te ha perseguido con los más
terribles peligros, te ha conducido, sin preverlo, con sus mismos
rigores, hasta esta piadosa felicidad. Que vaya ahora y se cebe
con su terrible furia contra otra víctima que busque para su
crueldad; porque no ha lugar para sus furiosos embates contra
aquellos cuyas vidas han quedado bajo la protección de la poderosa
diosa por haber entrado a su servicio.
¿De qué le han valido a la abominable Fortuna los ladrones, las
fieras, la esclavitud, esos caminos ásperos, tortuosos e
impracticables, y el mismo miedo a la muerte? Has entrado bajo la
tutela de la Fortuna, que ya no es ciega, sino que ve, que también
ilumina a los demás dioses con el resplandor de su luz.
Toma ya un aire de gozo y que esté de acuerdo con la blancura
de la vestidura que llevas; acompaña con paso resuelto de triunfo
al cortejo de la diosa que te ha salvado. Que los impíos vean;
vean y reconozcan su error.
He aquí a Lucio, que, libre de sus antiguas desdichas, gozando
de la protección de la gran Isis, triunfa de su propia fortuna. No
obstante, para que tengas más seguridad y te veas más protegido,
entrega tu nombre a nuestra milicia piadosa, como anoche te pedía
la diosa. Ofrécete ya al culto de nuestra tradición y abraza
voluntariamente su yugo. Pues cuando hayas empezado a servir a la
diosa, entonces apreciarás más el fruto de tu libertad.
Habiéndome hablado así en nombre de la diosa, el egregio
sacerdote, anhelante y fatigado, se calló. En seguida, mezclándome
con la piadosa multitud, yo iba siguiendo al cortejo sagrado.
Reconocido por todos los ciudadanos, era señalado con los dedos y
con gestos. Todos hablaban de mí, diciendo:
La augusta y poderosa diosa le ha vuelto hoy a la forma humana.
Feliz, ¡por Hércules!, y mil veces dichoso mortal, que por la
inocencia y probidad de su vida anterior ha merecido del cielo una
protección tan señalada; para que, nacido de nuevo en cierto modo,
se entregue al culto de su divinidad.
Avanzando poco a poco entre estos comentarios y en medio del
tumulto de las festivas devociones, ya nos aproximamos a la orilla
del mar y llegamos a aquel mismo lugar en que el día antes mi asno
había estado.
Una vez colocadas allí las imágenes de los dioses según el orden
del ritual, su sumo sacerdote, acercándose a una nave construida muy
artísticamente, con profusión de magníficas pinturas alrededor,
purificándola lo más reverentemente posible con una antorcha
encendida, un huevo y azufre, y pronunciando sus castos labios
solemnes preces, le dio el nombre de la diosa, y la consagró a ella.
La blanca vela de esta embarcación feliz ostentaba una inscripción
en oro, que expresaba el deseo de una próspera navegación en su
primer viaje.
Se iza el mástil, que era un pino entero redondeado a la
perfección, no menos brillante que alto y cuya cofa era
extremadamente hermosa; resplandecía en su popa un ganso de oro con
su cuello ondulado, y toda la carena, de madera de limonero
pulimentada con gran belleza y esmero, despedía gran resplandor.
Entonces todos los ciudadanos, tanto los iniciados como los
profanos, llevan a porfía harneros cargados de aromas y otras
ofrendas piadosas y hacen libaciones arrojando sobre las olas unas
gachas hechas con leche, hasta que la nave, llena de innumerables
presentes y favorables objetos de devoción, sueltos los cables que
la retenían al áncora, se adentra en el mar, a favor de un viento
suave y propicio.
Luego que de ella no queda más que un punto en lontananza, los
portadores de los objetos sagrados, recogiendo de nuevo lo que cada
uno había traído, reemprenden con júbilo y con el mismo ceremonial
el camino del templo.
Llegado al templo el sumo sacerdote, los que delante de él llevan
las imágenes sagradas y los que anteriormente ya habían sido
iniciados en los venerados misterios, reunidos en el santuario de la
diosa, disponen convenientemente las imágenes, que parecían
respirar. Entonces uno de ellos, al que todos llamaban «el Escriba»,
que estaba de pie ante la puerta, llamados como a una asamblea de
los «Pastóforos» (nombre del sagrado colegio), al instante,
recitando de un libro los favorables votos para el gran emperador,
para el Senado y para todo el pueblo romano, navegantes y naves que
surcan el mar bajo la protección de nuestro imperio, dice a
continuación estas palabras según el rito griego: Retírense los
pueblos.
Y al decir esto y levantarse una aclamación de los presentes, se
dio a entender que la ceremonia había resultado agradable para
todos. Luego de esto, los ciudadanos, transportados de alegría,
traen ramas de olivo en flor, manojos de hierbas sagradas y
guirnaldas de flores; luego de besar los pies de la diosa, que
estaba esculpida en plata y se hallaba colocada en un estrado,
regresan a sus lares.
Sin embargo, mi alma, que no me permitía alejarme de allí ni el
espacio de una uña, y con mis ojos fijos en la imagen de la diosa,
iba recordando mis pasadas aventuras.
III. Cuenta Lucio el ardiente deseo de ser iniciado en el culto
de la diosa, y cómo fue primero instruido para tal fin.
Con todo, la rápida Fama tampoco había tenido pereza en desplegar
sus veloces alas; rápidamente, con todo detalle, había ido contando
en todo el país el memorable beneficio que la providencial diosa me
había dispensado. Por eso mis amigos y servidores y los que por
algún lazo de sangre se hallaban unidos a mí, abandonando el luto
que habían tenido al recibir la falsa noticia de mi muerte, llenos
de inmenso júbilo repentino, viniendo todos con presentes, se
apresuran a asegurarse de mi resurrección milagrosa y regreso de los
Infiernos. Y recreándome el placer de volverlos a ver, lo que yo
creía imposible, les agradezco infinitamente sus gentiles presentes,
ya que habían procurado traerme cuanto necesitaba para atender con
holgura mi subsistencia y gastos.
Luego de hablar a cada uno según mi relación con ellos y de
contar mis antiguos infortunios y mi actual júbilo, vuelvo de nuevo
ante la imagen de la diosa bienhechora. Tras fijar precio por un
local dentro del recinto del templo, yo establezco allí
temporalmente mi casa, asistiendo a los oficios de la diosa, incluso
a los privados; a las reuniones de los sacerdotes, y constituyéndome
en inseparable practicante del culto de la gran diosa.
Y no hubo una sola noche, ni un momento de descanso, que no
estuviera acompañado de una aparición o advertencia de la diosa;
sino que con continuos mandatos me prescribía que me iniciase en sus
misterios, a los que ya de tiempo se me tenía destinado. Pero yo,
aunque dotado de un ferviente deseo, sin embargo, me retenían unos
escrúpulos religiosos, porque yo me preguntaba a mí mismo cuan
difícil es el servicio de la religión y la guarda de la castidad,
cómo ha de imperar la cautela y la circunspección para protegerse de
la vida, expuesta a muchos peligros. Y pensando estas cosas conmigo
mismo, yo iba difiriéndolo, pese a mi impulso, no sé cómo.
Una noche me pareció que se me presentaba el sumo sacerdote con
su regazo lleno de cosas, y, al preguntarle qué era aquello, me
respondió que todo eso me lo había enviado Tesalia y que de allí
mismo había llegado un servidor mío, llamado Cándido.
Despertado por esta aparición, me quedé pensando largamente qué
presagiaba aquello, principalmente porque estaba seguro de que yo no
había tenido nunca un siervo llamado así. Sin embargo, yo creía que,
fuera el que fuese el significado profético de mi sueño, daba a
entender, con estas provisiones ofrecidas, que había un provecho
asegurado. Con ansiedad y en espera de un resultado más próspero,
aguardaba que se abriera el templo, como se hacía cada mañana. Y
luego de descorrerse los blancos velos que cubrían la imagen augusta
de la diosa, nosotros nos prosternamos para orar y el sacerdote,
recorriendo los diversos altares, realiza el culto con solemnes
súplicas y esparce con un vaso el agua que ha tomado de una fuente
oculta; una vez acabadas las ceremonias de ritual, con el saludo a
la luz del nuevo día, los religiosos anuncian gritando la primera
hora.
Y he aquí que llegan de mi patria los criados que yo había
dejado, cuando Fotis me había encabestrado con sus fatales errores.
Reconocidos fácilmente mis criados y trayendo también mi caballo, al
que habían recuperado gracias a una señal sobre su lomo, de la que
no podía haber engaño, yo me maravillaba de la exactitud de mi sueño
de un modo decisivo, ya que, además del provecho prometido, por la
designación de uno de mis servidores llamado Cándido, me había
predicho el regreso de mi caballo, que era blanco, en efecto.
Y muy impresionado por este hecho, yo frecuentaba con gran fervor
los sagrados cultos, con la esperanza de un próspero porvenir al
recibir ahora tantos favores. Y de día en día iba aumentando en mí
el deseo de recibir mi consagración. Con grandes súplicas, yo me
reunía con el sumo sacerdote, pidiendo que me iniciara en los
misterios de la noche sagrada.
Pero él, por una parte, varón digno y célebre por su exacta
observancia de una rígida escrupulosidad, me recibía con la dulzura
y la bondad de un padre que modera los prematuros impulsos de sus
hijos. A mis prisas, él oponía sus dilaciones, al mismo tiempo que
con palabras consoladoras y llenas de esperanza calmaba la angustia
de mi espíritu. Pues me decía que era la diosa, quien, por una señal
de asentimiento, indicaba el día en que cada uno se iniciaba y que
su providencia señalaba el sacerdote que debía administrar la
consagración y que también determinaba los gastos necesarios para la
ceremonia.
Y también creía que todo esto debía soportarse con paciencia
religiosa, porque debía precaverme contra la precipitación y la
contumacia y no pecar de exceso de fervor cuando no se me había llamado
todavía, tanto de eso como de la negligencia en acudir cuando se me
ordene. Además, no hay ninguno de ellos que hubiera perdido el
sentido o que no estuviera dispuesto a morir, para que se atreva, si
antes no se lo ha ordenado la señora, a administrar una temeraria y
sacrílega iniciación, que entrañaría la muerte como castigo.
En efecto, las llaves del Infierno, así como las de la Puerta de
la salvación, están en manos de la diosa; la admisión a los
misterios consiste en acercarse a una especie de muerte voluntaria y
tener la vida sólo a su disposición; puesto que una vez que llega al
término la existencia y los mortales se encuentran en los límites de
dos mundos que ella acostumbra escoger para sus elegidos, porque han
sabido guardar un respetuoso silencio sobre sus augustos misterios,
por providencia, ella les devuelve una nueva vida, abriendo ante
ellos el camino de la salvación.
Así, pues, también conviene que yo cumpla el celestial mandato,
aunque, por una manifiesta y evidente gracia del gran numen, ya hace
tiempo que fui llamado y destinado a este sagrado ministerio. Y lo
mismo que los demás iniciados, tú te abstienes de comidas profanas e
impías, para que te dirijas con más recogimiento a los ocultos
misterios de nuestra purísima religión. Esto me había dicho el
sacerdote, y mi impaciencia no corrompía mi obediencia, sino que,
con gran atención, con dulzura y un silencio ejemplar, yo asistía
regularmente todos los días a la celebración del servicio divino.
Y la bondad de la poderosa diosa no defraudó mi esperanza y no me
atormentó con una prolongada dilación, sino que me avisó
evidentemente, con órdenes claras cómo oscura era la noche, de que
había llegado el día tan deseado por mí, en el que iban a realizarse
mis más ardientes deseos. También decidió con cuánto debía
contribuir a la ceremonia de mi recepción y qué ministro
intervendría en ella y que éste sería Mitras, el sumo sacerdote,
porque, como decía, la simpatía de nuestras dos estrellas nos había
acercado.
Reconfortado mi espíritu por las benévolas instrucciones y
mandatos, éstos y otros, de la poderosísima diosa, me despierto
apenas despuntado el día, y me dirijo enseguida a la casa del
sacerdote y lo saludo cuando precisamente salía de su habitación.
Había decidido pedirle mi iniciación, ya con un derecho, con más
insistencia; más él, al momento de verme, me dijo el primero:
¡Oh Lucio, feliz y bienaventurado tú, a quien, con propicia
voluntad, nuestra augusta diosa te ha juzgado digno de tan alto
ministerio! ¿Por qué, pues, estás ocioso y te demoras? Aquí está el
día tan deseado para ti, en el que, por mandato de la diosa de mil
nombres, vas a penetrar en los ocultos misterios por medio de mis
manos.
Después, poniendo la mano derecha sobre mí, muy cortésmente me
conduce en seguida a las mismas puertas del vasto templo. Procede a
la apertura de las puertas con el ritual acostumbrado y lleva a cabo
el sacrificio de la mañana. Saca unos libros del fondo del
santuario, escribe en caracteres desconocidos, que contienen
fórmulas consagradas, habiendo en unos, con figuras de animales, las
abreviaturas de las palabras del texto, con dibujos enlazados entre
sí, de los que unos estaban en forma de ruedas, otros en forma de
nudos y otros en forma de retoños de viña, ocultando así su
interpretación a los profanos. Me leyó en estos libros los
preparativos necesarios para la iniciación. Estas cosas, con
prontitud, procuro adquirirlas ya por mí mismo, ya con la ayuda de
mis amigos.
Cuando ya lo exigía el tiempo, como decía el sacerdote, me
conduce con todo el acompañamiento religioso a los baños de las
proximidades del templo; luego que, según costumbre, me sumergí en
el baño, me purificó arrojando sobre mí agua pura implorando la
protección divina. Ya habían transcurrido dos partes de día cuando
me condujo de nuevo al templo y ante los pies de la diosa, me dio en
secreto unas instrucciones superiores a toda expresión humana; en
seguida, en voz alta y ante la concurrencia, me recomendó que
durante diez días consecutivos y a partir de este momento
suspendiera todo placer en la comida, no comiendo ninguna clase de
animales ni bebiendo vino.
Una vez que observé con gran respeto y escrupulosidad esta
continencia, ya se presentaba el día destinado para la divina
promesa y el Sol, habiendo declinado, traía la noche. Luego he aquí
que de todas partes afluye la multitud, que me traen cada uno varios
regalos, según un rito antiguo. Luego, apartados los profanos,
cubierto como estaba con un vestido de lino crudo, tomándome de la
mano, me introduce en el mismo santuario del templo.
Quizá, curioso lector, me preguntes con ansiedad qué se dijo y
luego qué se hizo; lo diría si pudiera decirlo, y lo conocerías si
pudieras escucharlo. Pero contraen la misma culpa los oídos y la
lengua de la temeraria curiosidad. Sin embargo yo no te atormentaré
con la angustia prolongada, al hallarte quizás en suspenso por un
piadoso deseo.
Escucha, pues; pero créelo que es verdad. Me acerqué al borde de
la muerte; hollé con mis pies el umbral de la mansión de Prosperina
y fui llevado a través de todos los elementos; en medio de la noche,
vi resplandecer el Sol en todo su esplendor; me acerqué a los dioses
de los infiernos y a los dioses del cielo, viéndolos cara a cara y
adorándolos de cerca. He aquí cuanto te he dicho que, aunque lo has
oído, es necesario que, sin embargo, no lo comprendas.
Luego voy a exponerte lo que sin crimen alguno puede exponerse a
la comprensión de los profanos. Se hizo el día, y, acabadas las
ceremonias, avancé cubierto de doce vestiduras sacerdotales; aunque
vestido con estos ornamentos sagrados, no me impide el decírtelo
ningún mandato, ya que en ese momento me vio una gran multitud.
Recibí, en efecto, la orden de situarme en la nave del templo y
sobre una especie de escabel de madera delante de la imagen de la
diosa, cubierto con un vestido de lino con bellas flores pintado. De
mis hombros y por detrás de mi espalda pendía hasta mis talones una
preciosa clámide. Sin embargo, de cualquier parte que se me miraba
se veía recamado de animales de toda suerte de colores: aquí,
dragones de la India; allí, grifos hiperbóreos, cuadrúpedos de otro
mundo, que tiene alas como los pájaros. Los sacerdotes dan a éste
último vestido el nombre de olímpico.
En la mano derecha yo llevaba una antorcha encendida, y sobre la
cabeza una corona de palma, cuyas blancas hojas despedían como
rayos. Adornado así, a modo de Sol, y rígido como una estatua,
descorridas de pronto las cortinas, quedé expuesto a las miradas de
la multitud. Luego de las ceremonias, celebré el dichoso natalicio
de esta vida con delicados manjares y amables convites.
Estas ceremonias, con el mismo ritual, se repitieron durante tres
días, así como el desayuno ritual, que era como el complemento de la
iniciación. Permaneciendo allí durante unos días más, únicamente me
ocupaba del inefable gozo que experimentaba al contemplar a la
diosa, pues estaba por siempre agradecido al inmenso beneficio.
Pero al fin, por aviso de la diosa, aunque no de una manera
condigna, pero sí con arreglo a mis facultades, pagué mi humilde
tributo de acción de gracias, y me preparé a regresar a mi casa,
durante tanto tiempo abandonada, pero debiendo violentarme al tener
que romper los fuertes lazos de un desaforado deseo de quedarme.
Prosternado ante la diosa, secando con mi rostro sus divinos pies en
medio de un torrente de lágrimas y con suspiros que sofocaban mi voz
a cada instante, así pronuncié mi devota plegaria:
Tú, en verdad santa, perpetua protectora del género humano,
siempre generosa en favorecer a los mortales, tú tienes por las
tribulaciones de los desdichados un dulce afecto de madre. No hay un
día, una noche, ni siquiera un pequeño instante que pase, sin que se
hayan prodigado tus beneficios, sin que hayas protegido a los
hombres en la tierra y en el mar, sin haber alargado tu salvadora
mano, después de alejar los embates de la vida. Y con esa mano
deshaces la inextricable y retorcida urdimbre de la Fatalidad,
aplacas las tempestades de la Fortuna y neutralizas la influencia
funesta de los astros.
Te veneran las divinidades del cielo, te respetan las del
infierno: tú das el movimiento de rotación al mundo; al Sol, su luz;
al mundo, sus leyes; con tus pies hollas el Tártaro. A ti responden
los astros; por ti vuelven las estaciones, se alegran los dioses, se
muestran dóciles los elementos. A una indicación tuya soplan los
vientos, se hinchan las nubes, germinan las simientes, crecen los
gérmenes. Temen a tu majestad los pájaros que cruzan los cielos, los
animales salvajes que van errantes por los montes, las serpientes
que se ocultan bajo la tierra, los monstruos del océano.
Pero yo poseo un pobre ingenio para cantar tus alabanzas, y un
reducido patrimonio para ofrecerte dignos sacrificios; no poseo la
facundia necesaria para expresar los sentimientos que me inspira tu
majestad; no poseo ni mil bocas, otras tantas lenguas, ni un
inagotable manantial de infatigables palabras. Por consiguiente,
procuraré hacer lo mismo que una persona religiosa, aunque sea
pobre; tendré siempre delante de mi imaginación, guardándolos en lo
más recóndito de mi corazón, tu rostro divino y tu santísimo numen.
Luego de haber orado así ante la poderosa diosa, abrazando al
sacerdote Mitras, y desde ahora mi padre, permaneciendo largo rato
suspendido de su cuello cubriéndolo de besos, le pedía perdón,
porque no podía recompensarle dignamente por sus muchos y tan
inmensos beneficios. Por fin, habiéndome detenido por largo tiempo
en darle las gracias en prolongada despedida, me marcho y me dirijo
a mis lares patrios, después de una tan larga ausencia.
Luego de permanecer en mi casa unos pocos días, por inspiración
de la poderosa diosa, haciendo en seguida mi equipaje, embarcándome
en una nave, me dirijo a Roma. Y rápidamente a influjo de un viento
favorable llegué al puerto de Augusto y desde allí salí volando en
un carruaje y al anochecer entré en esa sacrosanta ciudad siendo la
víspera de los idus de Diciembre.
Y desde entonces mi principal cuidado no fue otro que ofrendar
cada día mis súplicas al gran poder divino de la reina Isis, que
bajo el nombre de «Diosa del Campo», por el lugar del templo, se la
venera en Roma con gran respeto. En suma, era un asiduo devoto y,
aunque forastero, en aquel templo, sin embargo, era súbdito de su
religión.
He aquí que, recorridos ya los signos del zodíaco, el sol había
completado su gran carrera anual, cuando de nuevo, en la placidez de
mi sueño, me habla la bienhechora diosa, que solícitamente vela por
mí; me informa sobre una nueva iniciación, unos nuevos misterios. Yo
me preguntaba con asombro qué intentaba, que me presagiaría para el
futuro. ¿Por qué no? Ya hacía tiempo que me parecía haber sido
iniciado por completo.
Pero cuando sometí a mi propia consideración y a los consejos de
las personas sabias los escrúpulos religiosos que me asaltaban,
llegué a saber una cosa que yo ignoraba totalmente y que me dejó
perplejo: que sólo se me había iniciado en los misterios de la
diosa, pero que todavía no había sido iniciado en los misterios del
Gran Dios y el Gran Padre de Todos los Dioses, el invicto Osiris; y,
aunque está estrechamente relacionada por la unidad misma de las dos
divinidades y de su culto, no obstante, existía la más grande
diferencia entre las dos iniciaciones; por lo que yo debía sentirme
como llamado a familiarizarme también con el Gran Dios.
Ya no permanecí en duda por más tiempo. Pues a la noche siguiente
vi a uno de los consagrados cubierto con una vestidura de lino que,
llevando unos tirsos con hojas de hiedra y otros atributos de los
que no puedo hablar, los colocaba ante mis dioses lares y, ocupado
mi asiento acostumbrado, me explicaba el ritual de aquella gran
iniciación. Para darme una señal inequívoca de su persona y los
medios de reconocerle, con el talón del pie izquierdo un poco
vuelto, cojeaba ligeramente.
Después de tan manifiesta voluntad de los dioses, se disipó toda
sombra de duda.
En seguida, realizadas las preces de la mañana a la diosa, con
gran cuidado e interés examinaba a cada uno, para descubrir quién
andaba como aquel de mis sueños. Y éste no faltó. Pues al instante
vi a uno de los pastóforos, que, además de la señal del pie por su
estatura, su vestimenta y demás, se acomodaba exactamente a la
aparición nocturna y el que después supe que se llamaba Asinio
Marcelo, nombre no ajeno a la historia de mi metamorfosis. Y no
deteniéndome, acudí rápidamente a él, conocedor por completo de lo
que iba a decirle, ya que, con un precepto semejante, fue avisado de
administrarme la iniciación.
Pues la noche anterior, durante el sueño, le pareció que,
mientras preparaba las coronas para el Gran Dios, había escuchado de
sus labios que pronuncian los destinos de cada uno, que le sería
enviado un habitante de Madaura, pero muy pobre, al que debía
iniciar en seguida en sus misterios, pues, por su providencia,
reservaba para el neófito una gloria de sus estudios, y para su
misterio un gran provecho.
Destinado de ese modo a los misterios, por la escasez de mis
recursos, me retardaba contra mi deseo. Pues mis débiles recursos
patrimoniales habían sido mermados por los gastos de mi viaje, y los
desembolsos en Roma eran muy superiores a los que tenía que hacer en
las provincias en las que vivía antes. Por consiguiente,
interponiéndose una dura pobreza yo me atormentaba al estar, como
dice el proverbio, «entre el yunque y el martillo».
Sin embargo, el empuje del dios no era menos apremiante, y más de
una vez me puso en extrema turbación al reiterar sus solicitudes y
los estímulos de sus mandatos; de modo que, desprendiéndome de mi
vestuario, aunque pequeño, reuní la suficiente suma. Y esto se me
había ordenado especialmente, pues me dijo: ¿Acaso tú si te
esfuerzas en proporcionarte algún placer, no te desprenderías de
algunas ropas y para acercarte a tan grandes misterios dudas en
entregarte a una pobreza de la que no has de arrepentirte?
Así, pues, preparado suficientemente todo, contentándome
nuevamente durante diez días con alimentos que no contenían carnes
de ninguna clase de animales y, además admitido a las orgías
nocturnas del Gran Dios Serapis, con plena confianza ya en la
tradición hermana frecuentaba los altares del dios. Y esto me
proporcionaba un consuelo muy grande, al hallarme en un país
extranjero, y me proporcionaba mayores ingresos para mi
subsistencia. ¿Por qué no? Al favorecerme el destino, obtenía algunos
ingresos al tener algunas causas en el foro, hablando en ellas en
lengua latina.
He aquí que poco tiempo después, con una orden imprevista y
maravillosa, la divinidad me interpela de nuevo y me obliga a que se
me haga una tercera iniciación.
Ya preocupado con gran inquietud, sumido mi espíritu en completa
perplejidad, me sumía en un mar de reflexiones: «¿Adónde conducirá
este nuevo e inaudito designio de los dioses? ¿Qué puede quedar por
hacer, cuando ya he efectuado una y otra iniciación? Es muy seguro
que uno y otro sacerdote, Mitras y Asinio, hayan efectuado su
ceremonia para conmigo con poco celo y negligentemente». Y, ¡por
Hércules! Yo empezaba a dudar también de su sinceridad.
Hallándome entre estos indecisos
pensamientos, pareciéndose a un delirio, la benigna imagen apareciose una noche y me reveló
diciendo:
Esta múltiple serie de iniciaciones no debe aterrorizarte como si
se hubiese omitido algo. Antes por el contrario, llénate de una
alegre satisfacción por esta continua prueba de interés por parte de
las divinidades y regocíjate aun más de que alcanzaras por tres
veces lo que a otros se les concede apenas una vez, y presume con
razón de este número, considerándote por siempre muy feliz.
Por lo demás, la futura ceremonia es para ti necesaria si ahora,
por lo menos, consideras contigo mismo que los ornamentos de la diosa
que recibiste en la provincia permanecen depositados en aquel templo
y que en Roma, en los días solemnes, no podías hacer tus súplicas
con ellos, ni tampoco, cuando se te mandara, podrías revestirte con
aquella feliz vestidura.
Iníciate otra vez con gran alegría en tu corazón, por disponerlo
los grandes dioses, para que esto sea para ti un acto feliz,
próspero y saludable.
Hasta la persuasiva autoridad del sueño divino me dijo lo que
sería necesario que me preocupara. En seguida, sin dilación, sin dejar
el asunto para mañana, me dirijo para dar cuenta de mi visión al gran
sacerdote y me someto al instante al yugo de una abstinencia de
manjares que hubiesen tenido vida, y luego de prolongarla con
espontánea sobriedad, hasta los diez días prescritos por la ley
antigua. Me proveo de todo lo necesario, atendiendo más a mi piadoso
celo que no a la medida de mis posibilidades. Y, ¡por Hércules!, no
me arrepentí jamás ni de las fatigas ni de los gastos. ¿Por qué no?
Por la providencia de los dioses fui incrementado mis ingresos con
el ejercicio de mi abogacía.
Finalmente, pocos días después, el dios más poderoso de entre los
grandes dioses, el más encumbrado entre los mayores, el más grande
entre los encumbrados, el inefable Osiris, me pareció que venía
hacia mí mientras dormía, no cambiándose en una persona extranjera,
sino haciéndome gozar de su venerable presencia, encargándome que
ahora me entregara con ahínco lo más pronto posible al foro, a la
gloriosa profesión de abogado y que no temiera las calumnias de los
envidiosos que les provocaban mis conocimientos, fruto de mis
laboriosos estudios.
Y para que no practicara su culto mezclado o confundido con la
demás grey, me admitió en el colegio de los pastóforos, mejor dicho,
me pone entre los decuriones quinquenales.
Por último, a partir de este momento me rapé la cabeza para
cumplir mi ministerio en esta corporación antigua, fundada en los
mismos tiempos de Sila, y, en vez de cubrirme o disimular mi cabeza
pelada, me presento así ante todos a ejercer mis funciones con una
especie de alegría.
FIN
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