|
LOS CANTARES DE GESTA FRANCESES
Visión general de su temática.
En lengua francesa se conservan el mayor número y los mas antiguos cantares
de gesta románicos, que se pueden cifrar en un centenar. A principios del siglo
XIII era creencia que la epopeya francesa se podía reducir a tres grandes ciclos
de cantares: el de los reyes de Francia o de Carlomagno, el de Doon de Mayence y
el
Garín de Monglane. Tal distribución, aunque no muy exacta ni acertadamente
designada con estos nombres, es útil porque intenta poner orden en tan vasta
materia, pero conviene no olvidar que la agrupación cíclica encadena uno tras
otro cantares de estilos muy distintos y de épocas muy diversas, y no es raro
que los que narran los acontecimientos más antiguos sean más modernos que los
dedicados a hechos centrales y posteriores.
Siguiendo más o menos un orden argumental o presuntamente histórico de
acontecimientos, hallamos en los principios del ciclo de los reyes de Francia,
prescindiendo de los que se remontan demasiado, los cantares de las mocedades de
Carlomagno, como el de Berta la de los grandes pies (Bertrte aus grans pies) y
el Mainet, este último basado en la leyenda castellana de Alfonso VI de León y
la mora Zaida. Ya emperador, vemos al héroe emprender una fabulosa peregrinación
a Jerusalén y Constantinopla (Pélerinage Charlemagne), de donde trae a Occidente
preciosas reliquias de la pasión de Cristo. Luego los sarracenos invaden Italia,
adonde acude presuroso Carlomagno; y entre sus tropas se encuentra su sobrino
Roldán, casi un niño, que realiza sus primeras hazañas (Aspremont), si bien unas
preciosas reliquias quedan en poder de los sarracenos, los cuales, derrotados en
Italia, se trasladan con ellas a España (Fierabrás), tierra en que tienen lugar
numerosas campañas de los francos, que acaban con la famosa batalla de
Roncesvalles (Cantar de Roldán). Después del desastre en los desfiladeros
pirenaicos y la inmediata derrota de los moros de España, a ésta emprenden otra
expedición los hijos de los guerreros de Carlomagno (Gui de Borgogne), y
finalmente, en el cantar de Anseis de Cartage (tal vez de la Cartaginense),
inspirado en la leyenda castellana de don Rodrigo, el último godo, la península
queda finalmente pacificada por los francos. El lector habrá advertido la
constante desfiguración histórica que suponen estos cantares en su conjunto, que
nos llevan a una España toda ella hecha cristiana por los francos por lo menos
dos siglos antes de que ellos, con la conquista de Granada, fuera una realidad
en la que nada tuvieron que ver los franceses. La epopeya es, en gran medida, un
curiosísimo ejemplo medieval de lo que ha venido a llamarse «historia ficción».
La muerte de Carlomagno y el advenimiento al trono de su hijo Ludovico enlaza
en cierto modo el ciclo de los reyes de Francia o carolingio con el denominado
de Garin de Monglane. Se hace de éste el tronco de un famoso linaje de héroes
altivos y fieros que aparecen como defensores del decaído poder real, aunque
siempre sean mal recompensados por sus soberanos. Hijo de Garín es Girart de
Vienne (así se intitula el cantar a él dedicado), señor feudal que, ofendido por
Carlomagno, se desnaturaliza de él y se hace fuerte en Vienne, en el Delfinado,
contra los ejércitos reales, y no se llega a la paz hasta que un ángel del Señor
se interpone entre Roldán y Oliveros, paladines de ambos bandos, que desde
entonces quedarán unidos en entrañable camaradería caballeresca. Al regreso de
Roncesvalles, Aymerí, sobrino de Girart, es investido por Carlomagno del
peligroso feudo de Narbona, donde el caballero fija su residencia (Aymeri de
Narbonne). Tiempo después los siete hijos de Aymerí son enviados a ganarse
tierras en países sarracenos, pero todos ellos acuden al lado del padre cuando
éste se ve cercado por el enemigo (Les Narbonnais). Muerto Aymeri, hereda la
primacía heroica su hijo Guillermo, llamado «el de la nariz aguileña» (luego «de
la nariz corta»), el cual defiende la debilidad del rey Ludovico frente a
turbulentos nobles que quieren despojarle de la corona de su padre, Carlomagno (Li
coronemenz Loois); pero no recibe galardón alguno por su fidelidad (Lecharroi de
Nimes), y se adueña del feudo de Orange conquistándolo a los sarracenos (La
prise d'Orange). Ya viejo, Guillermo realiza sus mayores hazañas luchando en una
feroz batalla contra los mahometanos (Chançun de Willelme y Aliscans), y
finalmente se retira a un monasterio, hasta que Dios lo llama al paraíso (Le
moniage Guillaume). Este ciclo es denominado, tal vez con acierto, el ciclo de
Guillermo.
El llamado ciclo de Doon de Mayence, o Maguncia, pretende agrupar una serie
de cantares cuyo tema es la rebelión de señores feudales contra el poder de los
reyes de Francia. Cantares como los de Gormont e Lsembart, Girart de Rossilhó,
Raoul de Cambrai, Les quatre fils Aymon, Ogier de Danemarche, etc., aunque no
unidos temáticamente los unos a los otros, tienen de común el carácter rebelde
de sus héroes.
Esta mezcla de fantasía y de historia, este elevar a la categoría de héroes a
personajes de escaso relieve histórico, juntamente con la fabulosa geografía en
que transcurre este cúmulo de aventuras, de lances, de expediciones, de
batallas, de sublevaciones y de amores, dan a los cantares de gesta franceses el
mérito de traducir una potente imaginación literaria.
El Cantar de Roldán».
La más antigua de las conservadas y al propio tiempo la más bella de las
gestas francesas es el Cantar de Roldán[2] (la Chanson de Roland, nombre dado
modernamente a la obra, sin título en el manuscrito original), que conocemos a
partir de un texto anglonormando (el francés hablado en Inglaterra) que se puede
fechar entre los años 1087 y 1095.
El hecho histórico.
Los acontecimientos narrados en este cantar, cuya acción transcurre sólo en
una semana, constituyen una especie de novelización de una desafortunada
expedición de Carlos, rey de los francos, a España. Entre el suceso histórico y
el texto del cantar que hoy leemos transcurrieron tres siglos, durante los
cuales es indudable que la tradición trabajó ampliando y embelleciendo las
circunstancias y los protagonistas de aquél, sin duda de un modo similar a lo
que debió de ocurrir desde la última histórica destrucción de Troya y la !liada
que hoy leemos en hexámetros griegos. En nuestro caso, no obstante, disponemos
de datos y de indicios que permiten llegar a unas conclusiones aceptables y que
difícilmente puede proporcionar el estudio de aquella tan lejana historia de los
pueblos griegos.
El paso de la historia a la gesta, o sea de lo que realmente ocurrió en
Roncesvalles al más antiguo de los textos del Cantar de Roldán, nos brinda un
excelente ejemplo del nacimiento de una epopeya, y por ello vale la pena de dar
una sintética versión de lo que aquí entra en juego. Sabemos que al proclamarse
'Abd al-Rabmán, en Córdoba, emir independiente de los lejanos califas abasidas
de Damasco, no todos los musulmanes españoles aceptaron la nueva señoría, y en
el norte de la península algunos gobernadores o reyezuelos se opusieron a Abd
al-Rabmán, incluso con las armas, y la ciudad de Zaragoza se mantuvo fiel a
Damasco. Algunos de estos gobernadores irreductibles, entre ellos al- Arabi,
señor de Barcelona y de Gerona, emprendieron un largo viaje a Paderborn (Westfalia),
donde conferenciaron con Carlos, rey de los francos, y lo convencieron de que
los apoyara enviando una expedición militar a España, en lo que éste vio la
posibilidad de establecer al sur de los Pirineos una especie de protectorado que
defendería sus extensos dominios de presuntos ataques por parte de Abd al-Rabmán.
Carlos convocó un poderoso ejército, que dividió en dos columnas, las cuales
atravesaron los Pirineos por Navarra y por Cataluña y convergieron en Zaragoza,
ciudad que, mientras tanto, se había sometido al emir de Córdoba y por ello se
cerró a los francos, que no pudieron conquistarla. Carlos, convencido de que
había sido traicionado por los moros que fueron a verle a Paderborn, aprisionó a
varios de ellos, entre ellos a al-Arabi, y emprendió el regreso a Francia en una
sola columna. En la baja Navarra el ejército franco sufrió un golpe de mano de
los moros, que consiguieron libertar a al- Arabi; y al llegar a la cumbre de los
Pirineos la retaguardia, en la que figuraba Roldán, gobernador o marqués de
Bretaña, fue aniquilada por los vascos, que cayeron inopinadamente sobre los
francos desde las altas cumbres y los mataron a todos, acción que tuvo efecto el
15 de agosto del año 778.
La deformación legendaria.
Si, conociendo estos hechos, nos aproximamos al Cantar de Roldán, advertimos
que es bien cierto que esta gesta narra aquellos acontecimientos, pero que lo
hace con una deformación tal que semeja un relato profundamente novelizado, con
exageraciones llamativas y admisión de personajes históricos que nada tuvieron
que ver con la batalla de los Pirineos y de muchos otros más completamente
ficticios, y que da una visión inexacta de España y del mundo musulmán. Lo que
en realidad fue una imprevisión estratégica se convierte en el drama de una
pasión surgida de la pugna entre Roldán y su padrastro Ganelón, que condiciona
la traición por parte de este último; y vemos que, contra toda verdad histórica,
el desastre militares vengado en una batalla que a orillas del Ebro mantienen
Carlomagno y el emir Baligán, señor feudal del reyezuelo de Zaragoza, que ha
acudido desde Egipto para ayudarlo; y vemos también que la traición es castigada
tras un proceso y un combate judicial a que es sometido Ganelón, a quien se
condena a morir descuartizado.
Esta deformación legendaria ya se hace patente en el breve proemio con que se
abre el Cantar de Roldán y que vale la pena de examinar. Este proemio es así:
- Carles li reis, nostre emperere magnes,
- set anz luz pleins ad estet en Espaigne:
- tresqu'en la mer cunquist la tere altaigne.
- N'i ad castel ki devant luí remaigne,
- mur ne citet n'i est remés a fraindre,
- fors Sarraguce, ki est en une muntaigne.
- Li reis Marsilie la tient, ki Deu non aimet,
- Mahumet sert e Apollin recleimet:
- nes poet guarder que mals ne l'i ateignet.[3]
Poca importancia tiene el error del primer verso, pues Carlos, rey de los
francos, no fue emperador ni denominado Carlomagno hasta la famosa coronación de
las Navidades del año 800. Los errores de bulto vienen inmediatamente: Carlos no
estuvo aquí siete años, sino apenas tres meses; no conquistó toda España, sino
que sólo dominó, y pasajeramente, la ruta de Roncesvalles-Pamplona-Tudela y
Zaragoza, ciudad que no está en una montaña, sino en el llano. Es incongruente
que un rey moro se llame Marsilie, tomado sin duda del nombre latino Marcilius,
y mucho más que no ame a Dios, o sea a Alá. En este sentido es bien
significativo que se afirme que los moros adoran a ídolos, contra los preceptos
del Corán, y que se imagine una rara trinidad mahometana, en la que se cuentan
nada menos que la divinidad de la mitología latina Apolo y un raro e
inexplicable Tervagán. Podemos afirmar que éste es el «tono» de todo el Cantar
de Roldán, donde el evidente residuo histórico queda como diluido y ahogado por
la fantasía. Y ello no es en modo alguno una interpretación negativa del cantar
francés. Es bien cierto que tanto él como sus numerosas derivaciones,
imitaciones y traducciones a otras lenguas contribuyeron a ofrecer a Europa una
versión totalmente errónea de la expedición de Carlomagno y, en general, de lo
que fue la que llamamos reconquista española, y no faltaron, en la Edad Media,
eruditos españoles que protestaran con acritud, así como leyendas, como la de
Bernardo el Carpio, que opusieron otras fantasías «nacionalistas» a las
fantasías francesas. Lo que interesa fundamentalmente es que el Cantar de Roldán
es una gesta de singular vigor y de extraordinaria belleza.
Génesis del «Cantar de Roldán».
Pero antes de enjuiciar el Cantar de Roldán convendrá detenerse en la posible
génesis y elaboración de esta obra de arte. Hay sólidos indicios para suponer
que hacia el año 1000 ya existía un primitivo Cantar de Roldán, tan divulgado y
celebrado que desde aquel tiempo y en gran parte de la Europa románica aparecen
parejas de hermanos llamados Roldán y Oliveros, lo que supone que sus padres o
padrinos sentían gran entusiasmo por un relato en el que estos dos personajes,
auténticos héroes de la gesta, eran admirados por su valor. Es muy posible que
este primitivo Cantar de Roldán no se llegara a poner por escrito y que
únicamente se divulgara mediante el recitado. En el tercer cuarto del siglo XI
las noticias ya son más precisas y más distantes geográficamente. Entre los años
1054 y 1076 un monje de San Millán de la Cogolla, en la Rioja, copiaba en un
manuscrito las líneas de la llamada Nota Emilianense, en la que se da una
síntesis de un Cantar de Roldán. seguramente en versión castellana; y el 14 de
octubre de 1066, cuando en la batalla de Hastings Guillermo el Bastardo, duque
de Normandía, vencía a los anglosajones, antes de iniciarse la acción un juglar
normando llamado Taillefer entonó versos del Cantar de Roldán para enardecer a
los que iban a luchar. Nada de cierto podemos saber del contenido, de la
extensión ni del estilo de estas gestas sobre Roncesvalles que se conocían en la
Rioja, sin duda por la proximidad al camino de Santiago, y que de Normandía
llevaron a Inglaterra las huestes del duque Guillermo.
Los normandos establecidos en Inglaterra conservaron celosamente la gesta
sobre Roncesvalles. Unos treinta años después de la conquista, un clérigo
natural de Fécamp, en Normandía, que participó en la batalla de Hastings y que,
establecido en Inglaterra, fue abad de Malmesbury y de Peterboroug, y que se
llamaba Turoldus, fue muy verosímilmente quien llevó a cabo la refundición del
Cantar de Roldán que hoy leemos según el manuscrito de Oxford. Quede bien
precisado que Turoldus no es el inventor o el creador de la gesta, que en su
tiempo ya debería hacer casi un siglo que se divulgaba juglarescamente por
Francia. Turoldus lo que hizo fue recogerla de la tradición, redactarla muy
sabiamente en perfectos versos en la variedad idiomática anglonormanda y, sin
duda, estructurarla a su modo y darle notas eruditas, como corresponde a un
culto hombre de Iglesia. Repárese que cuando en el Cantar de Roldán se describe
el caballo del arzobispo Turpín los versos siguen muy de cerca las
características del caballo perfecto que da San Isidoro en las Etimologías,
fuente libresca que en modo alguno puede haber interferido en una tradición
esencialmente popular. Pero conviene tener bien en cuenta que este hombre
erudito que refundió ente los años 1087 y 1095 el Cantar de Roldán y lo
convirtió en el texto que hoy leemos no lo hizo en modo alguno para que alguien
pudiera leer la gesta, sino para proporcionar a los juglares de su entorno o a
su servicio -únicos y exclusivos divulgadores de los cantares de gesta en su
tiempo- un libreto para que aprendieran una versión del Cantar de Roldán que
suponía más bella y más moderna que la que cantó Taillefer al poner los pies en
tierra inglesa y la hicieran conocer mediante el recitado o el canto.
Los personajes del «Cantar de Roldán».
La ordenación episódica del Cantar de Roldán obedece a una simetría que
forzosamente ha de ser calculada, ya que unas partes de la gesta corresponden
equilibradamente a otras. Los jerarquizados conceptos feudales contribuyeron
poderosamente en el logro de esta harmónica estructura. El público medieval
comprendía sin esfuerzo que al ser muerto Roldán en Roncesvalles, a consecuencia
de una traición y luchando contra el reyezuelo sarraceno de Zaragoza, no podía
vengarlo en él Carlomagno, jefe supremo de la Cristiandad, sino que tenia que
hacerlo en Baligán, emir de todos los sarracenos, único ser en la tierra digno
de oponerse al emperador. De ahí el famoso e imprescindible episodio de Baligán,
en el cual el emperador cristiano lucha singularmente contra el emir y lo vence;
y no precisamente porque sea más fuerte que él ni más hábil en el manejo de las
armas, sino porque tiene la razón de su parte, y la lucha entre ambos es un
combate judicial, en el cual Dios ha de dar la victoria al que defiende lo
justo, concepto definido con un verso lapidario:
Paien unt tort e chrestiens unt dreit.[4]
El juglar está perfectamente compenetrado con estas ideas de jerarquía feudal
y acepta la manifestación de la justicia por medios sobrenaturales, lo que le
sirve para conseguir uno de sus fines: inspirar a los caballeros que puedan oír
sus versos el afán de combatir contra los enemigos de la fe, en la confianza de
que, siendo la causa justa, Dios la hará suya
Los personajes que intervienen en el Cantar de Roldán constituyen en su
mayoría una gran comparsería de guerreros de ambos bandos, a veces de aparición
fugaz, pero raramente presentados con una nota personal y a veces pintoresca,
que los individualiza. Es curioso observar que la gesta menciona a cincuenta y
seis personajes cristianos y a cincuenta y seis personajes sarracenos, lo que es
debido al azar, pero tal vez supone cierta intención de proporcionalidad.
Carlomagno aparece como hombre muy anciano (los paganos, exageradamente, creen
que tiene más de doscientos años), de larga barba blanca que a veces se mesa al
reflexionar, de cuerpo muy vigoroso y de porte altivo, y Dios lo protege
constantemente como el señor a su vasallo, y lo auxilia y aconseja en momento de
peligro o de vacilación por medio del arcángel San Gabriel. Es poco locuaz,
medita profundamente sus decisiones y ama tiernamente a los que componen su
consejo, o lo que hoy llamaríamos su estado mayor. Su hieratismo se quiebra
cuando, al final del cantar, tras siete años de campaña militar en España, de
haber derrotado a las fuerzas de Baligán y de haber castigado a Ganelón, y al
disponerse a gozar de un merecido reposo en su palacio de Aquisgrán, se le
aparece San Gabriel y le ordena de parte de Dios que reúna nuevamente sus
huestes y parta para una lejana tierra a defender a un rey cristiano que está
sitiado por los musulmanes. Y el cantar se acaba así: «El emperador no quisiera
ir: "¡Dios!, -dijo el rey-, ¡qué trabajosa es mi vida!" Sus ojos lloran, tira de
su barba blanca.» El Cantar de Roldán cierra la acción con el verso «Pluret des
oilz, sa barbe blanche tiret», que forzosamente recuerda el primero conservado
del Cantar del Cid: «De los sus ojos tan fuertemientre llorando», aplicado a Ruy
Diaz de Vivar.
Roldán es un personaje maravillosamente pintado. Nadie lo supera en valentía
ni en fuerza física, pero es temerario: ama el peligro, y en él perece. Su
testarudez al negarse a sonar el olifante para pedir auxilio a la hueste de
Carlomagno, cuando se ve atacado por fuerzas infinitamente superiores, parece
una fanfarronada. Pero ello procede de su orgullo, pues le parecerla vergonzoso
pedir socorro, lo que cree que supondría deshonor no tan sólo para él y para su
linaje, sino incluso para la dulce Francia. Sabiendo que él y todos los suyos
han de morir sin remedio, lucha gallardamente, y al final hace sonar el olifante
para que acuda Carlomagno con su hueste y, hallando muertos a él y a sus
compañeros, sea testigo de su heroísmo. Roldán es un muchacho belicoso, altivo e
intemperante, que interrumpe los consejos imperiales con bravatas y carcajadas y
que con frecuencia comete actos de indisciplina militar, como cuando conquistó
Nobles sin autorización del emperador. El gran acierto del Cantar de Roldán es
no haber presentado a su héroe como un dechado de virtudes o un paradigma de la
caballería, sino como un ser desmesurado y cuyas fanfarronadas siempre son
expuestas con simpatía.
Oliveros es el adecuado contraste o complemento de Roldán. Es, sin duda, tan
valiente y tan fuerte como él; pero es un caballero disciplinado, discreto y
prudente, cuya mayor virtud es la mesura, de la que carece su compañero. En los
diálogos entre ellos, en plena batalla, unas veces discutiendo, otras animándose
y preparándose a una ineludible muerte, hallamos las escenas más emocionantes y
cargadas de sentido de la gesta. Otro verso lapidario cifra la esencial
diferencia entre el temperamento de los dos pares y amigos:
Rollant est proz e Oliver est sage.[5]
Lo que no implica que Oliveros no sea también proz, pero su valentía va
acompañada de la sensatez.
El traidor Ganelón, padrastro de Roldán, es una figura acertadamente
diseñada. No es un personaje repugnante y dechado de todos los defectos y
vicios, como lo presentaría una concepción más popular. La gesta hace de él un
hombre de gran prestancia física, de aspecto gallardo, y que viste con
elegancia. Tiene un corazón tierno -como le reprocha Carlomagno-, y se acuerda
con afecto y dulzura de su mujer y de su hijo, que han quedado en Francia: nota
sentimental que no se advierte en ningún otro guerrero franco concreto. Pero
Ganelón es ofendido por las bravatas e insultantes desplantes de Roldán. y ello
lo irrita tanto que se propone vengarse. Únicamente el afán de venganza y el
odio a su hijastro llevan a Ganelón a la traición al confabularse con los moros
de Zaragoza. Ya en esta pendiente, acepta ricos presentes del enemigo y trama la
perdición de la retaguardia franca para satisfacer sus deseos de venganza. En el
fondo no se considera un traidor, y así se presenta al juicio de Aquisgrán,
donde sostiene que lo que ha hecho es vengarse de las injurias de Roldán, pero
que no ha cometido traición alguna. Y ello es presentado de tal suerte que los
jueces imperiales fallan que no encuentran culpa en él. Es preciso que Terrin de
Anjou, paladín de la memoria de Roldán, venza en un juicio de Dios a Pinabel de
Sorenza, pariente y paladín de Ganelón, para que se demuestre claramente que
éste fue un traidor y, por tanto, sea condenado y descuartizado.
Entre los grandes guerreros, y a poca distancia de Roldán y de Oliveros, es
notable la personalidad del arzobispo Turpin, auténtico clérigo matamoros,
valiente, animoso y decidido, que pelea como un león en Roncesvalles y da a sus
compañeros ánimos y esperanza en la salvación de sus almas. Cuando absuelve
colectivamente a los guerreros que van a combatir con los mahometanos les impone
la penitencia de ferir, golpear. Ya muerto por el enemigo, cuando es presentado
con las entrañas que le salen del vientre y los sesos que se le derraman por la
frente hendida, el cantar llama la atención sobre las bellas y blancas manos del
arzobispo, que tan bien saben manejar la espada y la lanza, pero que asimismo
consagran y bendicen.
El mundo femenino tiene pocas pero muy emotivas y significativas notas.
Curioso
personaje, visto con auténtica simpatía, es la reina mora Bramimonda, mujer
de Marsil, reyezuelo de Zaragoza. Durante los preparativos de la acción guerrera
y después de ésta anima fervorosamente a su marido y es para él una buena
consejera. Y cuando Carlomagno entra en Zaragoza y obliga a los moros a
convertirse al cristianismo, y los que no lo hacen son ahorcados, no sitúa a
Bramimonda en esta difícil situación. Simpatiza con ella y se la lleva a Francia
para que se convierta «por amor»; y, en efecto, después de haber recibido
preparación cristiana, la reina mora es bautizada con solemnidad y recibe el
nombre de Juliana.
Imborrable es la fugaz y sobria aparición de la hermosa Alda en el Cantar de
Roldán. Es la hermana de Oliveros y novia de Roldán, y cuando la hueste ha
regresado a Francia cae muerta fulminada al enterarse de que el héroe ha
perecido en Roncesvalles. Todo el dramatismo del episodio se expresa en dos
sobrias estrofas, la primera de las cuales es así:
- Li empereres est repairet d'Espaigne
- e vient a Ais, al meillor sied de Franance;
- muntet el palais, est venut en la sale.
- As li Alde venue, une bele damisele;
- ço dist al re¡: «0 est Rollant le cataine,
- ki me jurat cume a sa per prendre?»
- Carles en ad e dulor e pesante,
- pluret des oilz, tiret sa barbe blance:
- «Soer, cher'amie, de hume mort me demandes.
- Jo Ven durai mult esforcet eschange:
- ço est Loewis, mielz ne sai a parlera
- il est mes filz e si tendrat mes marches.»
- Alde respunt: «Cest mot mei est estrange.
- Ne place Deu ne ses seinz ne ses angles
- aprés Rollant quejo vive romaigne.»
- Pert la culor, chef as piez Carlemagne.
- Sempres est morte, Deus ait mercit de fanme!
- Franceis barons en plurent e si la pleignent.[6]
Estilo del «Cantar de Roldán»,
Estos versos, que pueden dar idea de la concisa eficacia con que la gesta se
expresa en momentos cargados de dramatismo, es la única nota que
sobre el amor ofrece el Cantar de Roldán, cuyos rudos caballeros francos no
son los tiernos caballeros bretones que muy pronto presentará la novela
cortesana.
La sencillez en la expresión es característica muy destacada del Cantar de
Roldán, porque logra evitar los escollos de la ampulosidad y del prosaísmo. Los
versos aparecen despojados de todo ornato; las frases son breves y tajantes, y
el vocabulario, más que rico, es preciso y determinante. Evita el lenguaje
figurado, sin concesiones a la imagen o a la perífrasis, sin hinchazón ni
relleno. Las comparaciones no son frecuentes, y se reducen a uno o dos versos o
a una sencilla adjetivación, y la frase sintáctica es paralela a la rítmica
salvo muy escasas excepciones.
Las repeticiones, los paralelismos y el recurso llamado de las series
gemelas, al que antes se ha aludido, dan al Cantar de Roldán, en sus episodios
culminantes, un singular estilo iterativo, que, tal vez por la gran influencia
que ejerció nuestra gesta en años posteriores, se convertirá en una singular
característica del estilo épico románico, y advertiremos su presencia incluso en
el Cantar del Cid. Las series gemelas suponen que siempre variando la asonancia,
en una estrofa o serie de versos, se repite lo que se ha narrado en la anterior
con expresiones iguales o similares en varios momentos: de tal suerte que el
auditor percibe lo mismo otra vez. En cuatro ocasiones, siempre en episodios de
gran dramatismo, las series gemelas son tres. Con este recurso la acción queda
como detenida y la narración se reitera como si fuera contemplada desde otro
ángulo.
Véase, como muestra de este tan peculiar estilo, la escena que da la sutil y
sinuosa conversación entre el rey Marsil de Zaragoza y Ganelón, que prepara la
traición
- Dist li Paiens: «Mult me puis merveiller
- de Carlemagne, ki est canuz e vielz:
- roen esdentre, dous cenz anz ad e meilz.
- Par tantes teres ad son cors traveillet,
- tanz cols ad pris de lances e d'espiet,
- tanz riches reis cunduiz a mendistiet:
- quant ert il mais recreanz d'osteier?»
- «Ço n'iert-dist Guenes-, tant curo vivet sis niés.
- N'at tel vassal suz la cape del ciel.
- Mult par est proz sis cumpainz Oliver.
- Les XII pers, que Carles ad tan[ chers,
- funt les engardes a xx mil chevalers.
- Soürs est Carles, que nuls home ne crent.»[7]
Y adviértase que a continuación vamos a leer exactamente lo mismo, a veces
incluso con las mismas palabras o sus sinónimos, pero en una estrofa que
esencialmente se diferencia de ésta por el cambio de rima:
- Dist li Sarrazins: «Merveille en al grant
- de Carlemagne, ki est canuz e blancs:
- mien esdentre, plus ad de IIC anz.
- Par tantes teres esa alea cunquerant,
- tanz colps ad pris de bons espiez trenchanz,
- tanz riches reis morz e vencuz en champ:
- quant iert il mais d'osteier recreant?»
- «Co n'iert -dist Guenes-, tant curo vivet Rollant.
- N'ad tel vassal d'ici quien Orient.
- Mult par esa proz Olivier, sis cumpaínz.
- Lí XII per, que Carles aimet tant,
- funt les engardes a xx milie de Francs.
- Soürs esa Cartles, ne crent hume vivant»[8]
Proyección del Cantar de Roldán».
El Cantar de Roldán ha tenido larga y diversisima descendencia en obras
literarias de diferentes tipos y lenguajes. Ya en la segunda mitad del siglo XII
fue objeto, en francés, de una trasposición a la rima consonante y de grandes
ampliaciones, y tal vez antes fue adaptado al provenzal en el cantar llamado
Rencesvals, con episodios y personajes nuevos, que entre otras peculiaridades,
recogía la leyenda que suponía que Roldán era hijo incestuoso de Carlomagno y su
hermana Gisla. Hacia 1140 un
relato algo similar a nuestra gesta aparece en la crónica latina falsamente
atribuida al arzobispo Turpin e inserta en el Libro de Santiago (Librr Sancti
lacobi); y por los alrededores de 1170 un clérigo bávaro llamado Konrad traducía
nuestro cantar al alemán en verso. Es notable, por su fidelidad, la traducción
islandesa en prosa Saga af Runzivals bardaga, hecha entre 1230 y 1250 por
encargo del rey Haakon V de Noruega. Del siglo XIII es el Roncesvalles navarro,
del que se tratará en otro capítulo.
En Italia el Cantar de Roldán tuvo gran aceptación, y, como ya veremos más
adelante, a ella son debidas las versiones originales y renacentistas que
ofrecen los Orlandos de Boiardo y de Ariosto.
El ciclo de gestas de Guillermo.
Veinticinco cantares de gesta franceses se agrupan más o menos
artificialmente en el ciclo llamado de Garin de Monglane, héroe padre de Giran
de Vienne, quien a su vez lo es de Guillermo, tio del valeroso Vivién. De todos
estos personajes el de historicidad más segura y mejor conocida es Guillermo,
por lo que es frecuente dar su nombre a todo este extenso ciclo, en el que se
encuentran algunos cantares de gran interés y belleza y que han trascendido en
la historia de la literatura.
Guillermo, personaje histórico.
Se trata del personaje que la Iglesia incluye en el santoral el 28 de mayo
como San Guillermo de Aquitania o de Tolosa. Era hijo de un conde franco,
Teodorico, y de Alda, hija de Carlos Martel, lo que lo hacia primo de
Carlomagno, parentesco que sorprendentemente ni las leyendas ni la literatura
recogen. En 789 Carlomagno te confió el condado de Tolosa y la difícil misión de
defender las fronteras del Imperio limítrofes con la España musulmana. Poco
después, en 793, tuvo que hacer frente a las tropas mahometanas que, mandadas
por Hixem I, atravesaron los
Pirineos, saquearon los arrabales de Narbona y se dirigieron hacia Carcasona.
Les salió al encuentro y luchó con ellas en una batalla a orillas del río
Oliveio (tal vez el Orbieu), en la que, si bien los cristianos fueron
derrotados, su esfuerzo consiguió detener el avance de la expedición enemiga.
Realizó luego una serie de incursiones al sur de los Pirineos, en la zona que
después se llamará Cataluña, y tomó parte decisiva en la gran campaña de los
años 801 a 803. Mientras el rey, Ludovico Pío, permanecía en el Rosellón con un
cuerpo de ejército otro, mandado por el conde Rostagnus de Gerona, sitíaba a
Barcelona, y un tercero, bajo el mando de Guillermo, se apostaba al sur de esta
ciudad para impedir que tos sarracenos recibieran refuerzos. Guillermo tomó
parte en la conquista de Barcelona; pero muy poco después, en 804, se retiró a
la abadía de Aniane (cerca de Montpeller), y luego fundó en sus proximidades la
abadía filial de Gellone, que, en honor a su fundador, recibirá el nombre de
Saint-Guilhem-du-Désert, donde murió hacia el año 812. En un documento por el
firmado hace mención de su primera esposa, Vuitburgh, que aparecerá en los
cantares de gesta con el nombre de Guiburc.
Guillermo en la literatura y la leyenda.
Muy pronto fue Guillermo celebrado en obras literarias. Es en cierto modo el
protagonista del libro segundo de un poema titulada En honor de Ludovico (In
honorem Hludowici), escrito en dísticos latinos en el año 827 por Ermolao o
Ermolao el Negro, donde se narra muy pormenorizadamente la campaña militar que
acabó con la conquista de Barcelona por los francos. Hay en estos versos rasgos
exagerados del heroísmo de Guillermo, presentado como un rudo militar, certero
en sus combates singulares y caracterizado por la contundencia de sus puñetazos.
Hacia el año 1000 ya existía una auténtica leyenda sobre el fabuloso linaje de
Guillermo, como se advierte en un curioso texto latino, llamado Fragmento de La
Haya, que narra un novelesco asedio por los francos de una ciudad musulmana, que
bien pudiera ser Gerona y estas leyendas en torno de Guillermo y los suyos eran
conocidísimas hacia 1125, cuando los monjes de Gellone escribieron una vida de
su fundador (Vira Sancti Wilhelmi), donde se aceptan sus fabulosas conquistas,
como la de Orange, y se le atribuyen hazañas no
atestiguadas por la historia.
El «Cantar de Guillermo».
Muchos son los relatos épicos en verso francés sobre la leyenda de Guillermo
que se deben de haber perdido, pues los más antiguos de los hoy conservados
revelan un largo trabajo de fabulación y contaminaciones entre diversos núcleos.
Se fecha hacia 1150 el llamado por antonomasia Cantar de Guillermo (Chançun de
Guillelme)[9], en cuya primera parte el héroe y su esposa Guiburc residen en una
Barcelona recién conquistada y con el enemigo próximo. Es magnifica la
descripción de la batalla de l'Archamp (o Larchamp), zona situada entre
Barcelona y Gerona, acción en que combaten como leones Guillermo y sus dos
sobrinos Gui y Vivién, éste valerosísimo luchador joven, mezcla de Roldán y
Oliveros, y que permanece fiel al juramento que hizo de no retroceder nunca ni
un solo paso ante el enemigo, y en cuya heroica muerte hay detalles que intentan
sugerir cierto paralelismo con la pasión de Cristo, lo que hace de este muchacho
franco el modelo del ideal de caballero cristiano que lucha por la fe. Los
últimos momentos de Vivién, cuando combate arrastrando los intestinos por el
suelo, con la espada sucia de sangre e hígado de los moros, y luego su caída de
rodillas, con los sesos que se le derraman por la hierba, son notas de
sorprendente truculencia y en las que se advierte una decidida concesión a un
público ávido de escenas escalofriantes y de desgarrado realismo. Una sola
estrofa bastará para dar la medida del tono de este episodio:
- Viviéns eire a pié par mi le champ;
- chiet lui sis healmes sur le nasel devant,
- entre ses piez sos boals trainant,
- al braz senestre les vait contretenant.
- En sa main destre porte d'ascier un brant,
- tul fu veemeilz des le helt en avant,
- l'escalbers pleins e de foie e de sanc,
- devers la mure si s'en vait apuiant.
- La sue mort li vait mult destreignant,
- il se sustient contreval de san brant.
- Formen[ reclaime Jhesu le tul poant,
- qu'il le tramette Guillelme, le bon Franc,
- u Loois, le fort rei combatant.[10]
Guiburc, la esposa de Guillermo, tiene un papel muy destacado en el cantar,
pues gracias a ella su marido, viejo ya y cansado de luchar, y al que es preciso
alimentar con gran cantidad de manjares para acallar su voracidad, se decide a
salir de Barcelona para ir a batallar junto a su sobrino eljoven Vivién. Hay
rudeza en el Cantar de Guillermo, y a veces revela cierto primitivismo, pero no
falta en él la grandiosidad, El cantar propiamente dicho, que tiene como centro
de acción a Barcelona, va seguido de una segunda parte, que se interfiere y que
tiene como centro de ella a Orange, en la Provenza, en que son notables las
heroicidades semicómicas del gigantazo Rainoart, temible cuando maneja su porra
(el tinel), lejano modelo de los jayanes de los libros de caballerías y poemas
renacentistas italianos,
Aliscans.
Son varios los cantares de gesta dedicados a Vivién, joven héroe que alcanzó
gran popularidad; y los hechos fundamentales del Cantar de Guillermo reaparecen
en la gesta denominada Aliscans, donde la gran batalla de I'Archamp se
transfiere al cementerio de los Aliscamps, de Artes, Hay en este cantar momentos
de dramatismo y notas originales, y una de ellas es la compenetración de
Guillermo con su caballo. Así, por ejemplo, en un momento de la gran batalla
encontramos estos versos:
- Lors descendí Guillaumes au cort nes,
- son cheval frote les fianss el les costés,
- aprés ¡'apele par molt grant amisté,
- et dist Guillaumes: «Bauchant, quel la ferés?
- Molt voi vos Rans tos ensanglentés.
- N'est pos merevelle, se vous estes aassés,
- caz trop parestes traveillés et penés;
- forment me poise, quant si estes navrés.
- Se tu recrois, a roa fin sui calés,»
- Bauchant I'oi, si I'entendi assés,
- drece I'oreille, si a fronci del nes,
- escout la teste, si est resvigorés[11].
La coronación de Luis.
Un grupo de cuatro cantares de gesta, que se pueden fechar a mediados del
siglo XII ofrecen una curiosa y francamente ahistórica biografía de Guillermo,
al que se atribuyen intervenciones en hechos en los que no participó y
conquistas de ciudades que cuando vivió el personaje real ya estaban dominadas
por los cristianos, Son cantares por lo general muy bien estructurados y de
interés narrativo. En el de La coronación de Luis (La coronemenz Loois)[12] el
hijo de Carlomagno, Ludovico Pío, aparece como un joven tímido e irresoluto, que
hubiera sido depuesto por los nobles si no se hubiese interpuesto a su favor
Guillermo, quien le ciñe la corona en la cabeza y se convierte en el auténtico
defensor del Imperio, Guillermo llama la atención por su ímpetu y su gran fuerza
física y por los puñetazos que descarga sobre sus enemigos, característica que
ya sabemos que era propia del personaje histórico, En su combate singular con el
gigante Corsolt, episodio largo y lleno de emoción, su adversario le da con la
espada en la nariz y le corta la punta, con lo que se pretende justificar que el
gran guerrero cristiano fuera llamado «Guillaume al Cort Nes» («el de la nariz
corta»), apelación con que se le conocerá en muchas gestas, Se trata de una
curiosa corrupción, pues en los textos más antiguos, desde la referencia de la
Nota Emilianense y el antiguo Cantar de Guillermo, el héroe era conocido por «Guillaume
al Curb Nes» «el de la nariz curva», o sea aguileña.
El Carro de Nimes y la Conquista de Orange
Siguen a éste los cantares titulados El Carro de Nimes (Charroi de Nimes)[13]
y La Conquista de Orange (Prive d'Orange)[14], en los que Guillermo se apodera
de estas dos grandes ciudades del mediodía de las Galias que se suponen en poder
de los moros, mediante ingeniosos recursos militares, Entra en Nimes disfrazado
de mercader e introduciendo en el recinto un carro lleno de barricas en que van
escondidos sus guerreros, ardid en algo similar al del caballo de Troya, pero
con acertadas notas cómicas. Ya dueño de Nimes, Guillermo se entera de la
belleza de la esposa del rey moro de Orange, llamada Orable, y se propone
conquistar la ciudad y la dama, lo que lleva a término en una audaz incursión
individual, con persecuciones y combates por vías subterráneas, que dan al
cantar un claro tono de novela de aventuras. La bella Orable, enamorada de él
desde que lo ve, lo ayuda en su empresa, y finalmente recibe el bautismo, cambia
su nombre por el de Guiburc y se casa con él.
El Monacato de Guillermo.
El cuarto de los cantares de esta pequeña serie es el del Monacato de
Guillermo (Moniage Guillaume), cuya acción transcurre muchos años después,
cuando, ya muerta Guiburc, Guillermo se retira a los monasterios de Aniane y de
Gellone (lo que, como sabemos, es rigurosamente histórico); pero su rudeza y
sobre todo su voracidad hacen insoportable su convivencia con los demás monjes,
hasta el extremo de que el superior lo envía a una peligrosa mensajería,
suponiendo que perecerá a manos de bandidos. Guillermo supera este peligro
gracias a su descomunal fuerza física, y más adelante salva a Francia de una
temible incursión que lleva a los sarracenos hasta París. El cantar se
caracteriza por sus notas de ironía al diseñar al héroe ya anciano pero con un
vigor físico rayano en la brutalidad y con mente asaz obtusa. Pero hay en él un
emotivo episodio cuando Guillermo vaga por caminos solitarios con su criado,
éste lleno de miedo ante posibles ataques de bandoleros, y le recomienda que
cante para apartar el temor. El
criado entonces entona los primeros versos del cantar de la Conquista de
Orange, que narra las hazañasjuveniles de Guillermo. Este breve episodio
recuerda aquel de la Odisea en que Odiseo escucha en la corte de los feacios a
un aedo que canta sus antiguas hazañas en la guerra de Troya.
El histórico Girart de Vienne.
Fenómeno típico de la epopeya es la captación de leyendas diversas para
incorporarlas a un mismo ciclo, creando para ello relaciones y parentescos
necesarios para dar al conjunto una lógica unidad. Esta tendencia, tan evidente
en la literatura griega arcaica, se da también en el ciclo francés de Guillermo,
que capta la materia de viejos cantares hoy perdidos para engrosar la fabulosa
leyenda de guerreros franceses de un extenso y complicado linaje. Un ser
rigurosamente histórico, Girart, que entre los años 819 y 877 fue conde de
Vienne del Delfinado y que mantuvo una actitud hostil a Carlos el Calvo, quien
lo sitió en la gran ciudad que constituía su feudo, se convirtió pronto en el
símbolo del irredentismo y del particularismo borgoñón contra el espíritu y la
política absolutista de los francos. Su recuerdo se conservó popularmente, y
ello hizo nacer leyendas que pronto se narraron en cantares que celebraban las
hazañas de este héroe enemigo del Imperio.
El cantar de «Girart de Vienne».
A fines del siglo XI un hombre culto (auras gentis clers), Bertran de Bar,
llevó a término una refundición de una antigua gesta sobre Girart de Vienne[15]
en la que narra el largo sitio de esta ciudad, defendida por Girart, ante las
fuerzas de Carlomagno. Se destacan en esta gesta las hazañas juveniles de
Roldán, sobrino de Carlomagno, que combate con los sitiadores, y las de
Oliveros, sobrino de Girart, que combate entre los sitiados. La situación se
dramatiza cuando Roldán se enamora de la hermosa Alda, hermana de Otiveros, y
ella corresponde a su afecto; y así las cosas se celebra un terrible combate
singular entre los dos jóvenes, solos en una isla del Ródano, que acabará con la
intervención del ángel de Dios, que los hace apaciguar, y de lo que nacerá la
constante camaradería de Roldán y Oliveros.
Es el Girart de Vienne un cantar de gesta puente entre leyendas, pues si por
una parte constituye una especie de prólogo del tema de la expedición de
Carlomagno a España y la batalla de Roncesvalles, por la otra narra las primeras
hazañas de un nuevo héroe, Aymerí, sobrino de Girart.
Las gestas de Aymeri de Narbona y sus siete hijos.
Este Aymeri, cuyos antecedentes históricos hay que buscarlos entre los
vizcondes de Narbona, se convirtió en la cabeza de un altivo linaje que generará
numerosos cantares de gesta. La leyenda le otorgará siete hijos, y hará uno de
ellos a Guillermo, contra toda verdad histórica. Las hazañas de los siete
aimeridas constituirán una extensa y variada saga proyectada primordialmente en
la conquista de feudos que se hallaban en poder de los sarracenos y en los
amores de los guerreros francos con princesas moras. Se advierten en el conjunto
de cantares que integran esta parte del ciclo algunas notas legendarias que
hacen sospechar relación con la gesta castellana de los siete infantes de Salas,
cosa no imposible, dado el parentesco que unía a los vizcondes de Narbona con el
linaje castellano de los Lara.
El cantar de gesta sobre Aymeri de Narbona (Aymeri de Narbonne)[16],
continuación del Girart de Vienne y de estilo similar, sitúa la acción poco
después de la batalla de Roncesvalles y relata cómo el joven Aymerí, hijo de
Girart, se apodera de Narbona, que será su feudo y su sede, y cómo consigue
casarse con Hermenjart, hija del rey de Parta, la que le dará los siete hijos, a
cada uno de los cuales se dedicará por lo menos un cantar de gesta. Ya conocemos
los referentes a Guillermo, que quedarán incorporados a este subciclo; y
destaquemos aquellos que tienen por teatro empresas realizadas en tierras de
España, como el de Guibert d Andrenas, con la ocupación de Balaguer, la
Conquista de Córdoha y Sevilla (Prise de Cordres et Sebille) y el Sitio de
Barbastro (Siége de Barbastre), que fue refundido en el Buevon de Corrimarchis
por el poeta y novelista Adenet le Roi en la segunda mitad del siglo XIII; y
anotemos que, sin duda alguna, existió un cantar hoy perdido sobre la conquista
de Gerona, que tenía por héroe a Hemaut, personaje pintoresco, que da una curiosa nota de humor a estas gestas.
Cantares de gesta sobre Carlomagno
Carlomagno en la epopeya
La figura de Carlomagno domina toda la epopeya francesa, y a su entorno
nacieron toda suerte de leyendas y otras fueron captadas e incorporadas a su
historia poética. En el Cantar de Roldán, si bien no puede afirmarse de un modo
riguroso que sea protagonista, bien cierto que él enseñorea toda la gesta desde
el primer verso al último y que es presentado al auditoricon las notas de
valentía, majestad y profundo sentido religioso que convienen a quin es
considerado el mayor defensor de la fe contra sarracenos y paganos. Carlomagno
aparece en multitud de gestas francesas, e incluso a veces se le atribuyen
hechos o situaciones de otros reyes de su mismo nombre (Carlos Martel o Carlos
el Calvo), pues su popularidad lo inunda todo. La campaña de España y la acción
de Roncesvalles no bastaban para satisfacer la curiosidad de un público que
sentía tanta admiración y tanto fervor por su figura, a veces recordada con
cierta nostalgia en momentos de decadencia del poder real en Francia; y es
lógico que se crearan numerosas leyendas sobre otros trances de su vida y otras
campañas en distintas tierras de Europa.
Las mocedades de Carlomagno
Su nacimiento, su infancia y sus hazañas juveniles se cantaban en unos
cantares de gesta que otorgaban al joven Carlos una existencia azarosa y
aventurera, por supuesto muy alejada de la verdad histórica, pero que se ganó
gran popularidad y se difundió por toda Europa. En el siglo ml tres cantares
circulaban dedicados a las mocedades de Carlomagno, aunque no se hayan
conservado en formas genuinas ni completas. Uno de ellos, el intitulado Berta la
de los grandes pies (Berte aux grans pies)[17], suponía que la madre del héroe,
Berta, hija del rey de Hungría, era suplantada por una sirvienta suya en su
noche de bodas con Pepino el Breve, y la auténtica esposa era abandonada en un
bosque, hasta que años más tarde se descubría el fraude, era llevada a la corte
y daba a luz al futuro emperador. Sigue el asunto el famoso cantar llamado Mainete (Mainet)[18], en el que Rainfroi y Heldrí, los hijos que Pepino había
tenido en la esclava suplantadora, en los largos arios en que creyó, engañado,
que era su auténtica esposa, envenenan a su padre y a Berta y hacen vivir
vilmente a su hermanastro, Karlot, hasta que éste huye a Toledo y ofrece sus
servicios al rey moro Galafre; y en su hueste demuestra su bravura y realiza
actos heroicos, entre ellos vencer al cruel Braimant, de cuya espada Durendal se
apodera, y que años después ceñirá Roldán en Roncesvalles. Estas aventuras se
enlazan con los amores del joven Carlos con Galiana, la hija de Galafre. Al
regresar a Francia, Carlos hace ejecutar a sus hermanastros Rainfroi y Heldrí y
se corona rey.
Hay en todas estas ficciones, por un lado, el recuerdo más o menos vago e
impreciso de la juventud de Carlos Martel, bastardo de Pepino de Heristal, y de
las luchas de aquél contra Raginfredus y Chilperico, y, por el otro, el de la
estancia de Alfonso VI de León en Toledo, expulsado por Sancho Il, y los amores
y boda de aquél con la mora Zaida, hija del rey de Sevilla. Lo cierto es que por
Castilla circularon tanto la novelesca historia de Alfonso como la leyenda
deljoven Carlos, ésta recogida, entre otros textos, en la Crónica general de
Alfonso el Sabio.
Otro cantar de gesta francés, el Basín[19], narra lasjuveniles aventuras de
Carlomagno en el bosque, ejerciendo de bandolero y de asaltador de caminos en la
partida de un tal Basín, hasta que sorprende y mata a sus hermanastros
usurpadores.
La Peregrinación de Carlomagno
Es un cantar de gesta que modernamente recibe los títulos de Peregrinación de
Carlomagno[20] y de Viaje de Carlamagno a Jerusalén y a Constantinopla, distinto
de las otras gestas no tan sólo por su temática y la ausencia de acciones
militares, sino también por su brevedad y versificación (ochocientos setenta
versos alejandrinos asonantados). Se conoce en una redacción de la primera mitad
del siglo XII y narra una totalmente imaginaria expedición pacífica a Tierra
Santa y Constantinopla emprendida por Carlomagno y sus doce pares, con la cual
se quiere justificar la autenticidad de ciertas reliquias de la Pasión veneradas
entonces en Francia y que el emperador hubiera traído de Jerusalén. Es notable
este cantar por la detallada descripción de las maravillas y portentos
arquitectónicos y mecánicos de Constantinopla, ante los cuales los francos
reaccionan en una primera impresión como palurdos ante los adelantos del
progreso material, pero luego adoptan una acritud muy sana de burla e ironía.
Después de una magnífica cena que les ha ofrecido el emperador de
Constantinopla, Carlomagno y los francos achispados por el clarete, se reúnen en
la amplia sala donde han de dormir, y, a instigación del rey, se dedican al
juego de expresar bravatas que ponen en ridículo las maravillas y suntuosidad
bizantinas, lo que constituye una de las escenas más divertidas de la epopeya
románica, y de una comicidad muy al alcance de un auditorio popular .
Este viaje de Carlomagno a Oriente -donde en realidad nunca estuvo- se
origina en el cantar con una escena cortesana entre solemne y humorística y
expuesta con una calculada dicción seria y solemne:
- Un jur fu Karlemaine al seint Denis muster:
- rout prise sa corone, en croiz seignat son chef;
- e ad ceinte s'espee dont li pone fud d'or raer.
- Dux i out e demeines, baruns e chevalers.
- Charles li empereres reguardet sa moillier:
- ele fut corunee al plus bel e al meuz.
- la prist par le poin desuz un Oliver,
- de sa pleine parole la prist a reisuner:
- «Dame, veistes unkes hume dedesuz ceil
- tant ben seist espee rae la corone al chef?
- Uncor cunquerrei jo citez ot mun espezs
- Cele rae fud pas sage, folement respondeit:
- «Emperere, dist ele, trop vos poez priser.
- Uncore en sai jo un k¡ plus se fait leger
- quant il porte corone entre ses chevalers:
- kaunt la met sur sa teste plus belement luí set!»
- Quant fentent Charlemaine mult en est curecez,
- por Franceis ki I'oirent mult en est embrunchez:
- «E, dame, u est cil reis? E car le m'enseinez!
- si porterum ensemble les corones as chefs!
- Si i serrunt vos druz e tuz vos cunsilers:
- jo maunderai ma court de mes bons chevalers.
- Si Franceis le me dient, dunc 1'otreirai ben;
- se vos m'avez mentid, vos le cumperez cher:
- trencherai vos la teste od m'espee d'acer!»[21]
La reina confiesa que el rey que considera más elegante que Carlomagno es el
emperador Hugo de Constantinopla, y aquél decide emprender un viaje para
conocerlo y comprobar personalmente, ante sus pares, si ello es cierto.
Galiens.
En el siglo XlI se escribió un curioso cantar de gesta, el Galiens [22], que
es una especie de continuación de la Peregrinación de Carlomagno, pero sin
atisbos de ironía y con acción militar en sus últimos episodios. Durante la
estancia en Constantinopla, y como consecuencia de las bravatas, Oliveros tiene
amores con Jacqueline, la hija del rey Hugo de Constantinopla. Partidos los
francos, Jacqueline da a luz a un hijo, Galiens, quien se educa en la corte de
su abuelo ignorando quién es su padre. Ya mozo, en una disputa suscitada en una
partida de ajedrez, su adversario lo llama bastardo. Galiens interroga a su
madre, quien le hace saber que es hijo de Oliveros, y el joven emprende un largo
viaje en busca de su padre, al que se parece físicamente tanto, que cuando se
presenta ante su tía Alda ésta se cree que es su hermano Oliveros. Lo encuentra
finalmente en plena batalla de Roncesvalles, cuando sólo están vivos Roldán y
él, que muere poco después de haber conocido a su hijo, y Galiens venga su
muerte luchando valerosamente contra los moros.
Es el Galiens un cantar despojado de todo origen histórico, pura fantasía e
imaginación, que lo aproximan a la novela. Alcanzó gran popularidad en España,
donde algunos de sus temas y episodios se interfirieron en la leyenda de los
siete infantes de Salas, como veremos más adelante.
Otras gestas carolingias
La historia legendaria de Carlomagno hace que éste, antes de emprender su
expedición a España combata en tierras italianas contra una invasión sarracena.
A ello va dedicado el cantar de Aspremont, donde se narran las hazañas juveniles
de Roldán y reaparece la orgullosa figura de Girant de Vienne. En el cantar de
Fierabrás, éste, sarraceno que se convierte al cristianismo, es portador de unos
recipientes con restos del bálsamo con que fue ungido el cuerpo de Cristo,
preciosa reliquia, muy devotamente considerada en la gesta. y que a través de
prosiftcaciones y traducciones castellanas de la narración llegará hasta
Cervantes, que tan humorísticamente la interpretará en el episodio de la venta
de la primera parte del Quijote.
Anseis de Cartago
Imaginados sucesos acaecidos en España después de la batalla de Roncesvalles
se narran en el cantar de gesta de principios del siglo XII titulado Anseis de
Cartago (Ansei's de Cartage)[23], cuyo asunto principal ofrece similitudes con
el desarrollado en la leyenda española de don Rodrigo, el último rey godo, y la
Cava. El cantar francés conoce muy bien la topografía española del camino de
Santiago y sus proximidades, y recoge la famosa leyenda de Luiserne, ciudad ante
la que Carlomagno, a fin de evitar más muertes de cristianos en su conquista,
pide a Dios que obre un milagro, y, en efecto, la ciudad se hun |