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La épica medieval

José María Valverde Pacheco y Martín de Riquer

Índice

  • UNIVERSALIDAD DE LA EPOPEYA
  • La epopeya ibérica.
  • La primitiva epopeya germánica.
  • La epopeya y los visigodos.
  • La epopeya cristiana.
  • LEYENDAS Y EPOPEYAS DE LOS GERMANOS
  • El «Cantar de Hildebrando».
  • El «Cantar de Ludovico».
  • El «Beowulf».
  • Los «Edda».
  • Los escaldas.
  • Las sagas.
  • La «Saga de Teodorico».
  • Traducciones de obras francesas.
  • Los «Nibelungos».
  • Otros poemas germánicos.
  • LOS CANTARES DE GESTA.
  • La epopeya románica.
  • Historia poética.
  • Cantos noticieros y juglares.
  • Arte oral.
  • El recitado juglaresco.
  • La biografía fabulosa del héroe.
  • LOS CANTARES DE GESTA FRANCESES.
  • Visión general de su temática.
  • El Cantar de Roldán».
  • El hecho histórico.
  • La deformación legendaria.
  • Los personajes del «Cantar de Roldán».
  • Estilo del «Cantar de Roldán».
  • Proyección del Cantar de Roldán».
  • El ciclo de gestas de Guillermo.
  • Guillermo, personaje histórico.
  • Guillermo en la literatura y la leyenda.
  • El «Cantar de Guillermo».
  • Aliscans.
  • El Carro de Nimes y la Conquista de Orange.
  • El Monacato de Guillermo.
  • El histórico Girart de Vienne.
  • El cantar de «Girart de Vienne».
  • Las gestas de Aymeri de Narbona y sus siete hijos.
  • Cantares de gesta sobre Carlomagno.
  • Carlomagno en la epopeya.
  • Las mocedades de Carlomagno.
  • La Peregrinación de Carlomagno.
  • Galiens.
  • Otras gestas carolingias.
  • Anseis de Cartago.
  • Gestas sobre vasallos rebeldes.
  • Gormont e lsembart.
  • Raoul de Cambrai
  • Ogier de Dinamarca.
  • Renaut de Montauban.
  • Girart de Rossilhó.
  • Epopeya y fantasía.
  • Amis y Amile.
  • Huon de Burdeos.
  • La epopeya paródica.
  • Audigier
  • La gesta de Alfonso Lopes de Baian.
  • La epopeya en provenzal y en francoitaliano.
  • Las lenguas híbridas juglarescas.
  • Los cantares rolandianos provenzales.
  • Los cantares francoitalianos.
  • Cantares de gesta sobre hechos contemporáneos.
  • Cantares sobre las Cruzadas.
  • Cantares históricos en provenzal
  • LA ÉPICA MEDIEVAL EN ESPAÑA
  • Las gestas castellanas.
  • Las prosificaciones de gestas.
  • Las gestas y el Romancero. 
  • El «Roncesvalles» navarro.
  • El «Cantar de los siete infantes de Salas».
  • El «Cantar del Cid».
  • El Cid héroe literario y épico.
  • Versiones y refundiciones de la gesta.
  • Acción del cantar
  • Historicidad del cantar
  • Lo épico en el cantar
  • La unidad del cantar
  • El Cid y los cantares franceses.
  • El Cid héroe contemporáneo.
  • Otras manifestaciones de la épica en España.
  • La leyenda de Bernardo del Carpio.
  • El «Poema de Fernán González».
  • Otras leyendas castellanas.
  • El «Cantar de Rodrigo». 
  • La épica en Cataluña.
  • El Romancero castellano.
  • Los romances.
  • Las gestas y los romances.
  • Evolución del Romancero: romances históricos, fronterizos, moriscos, novelescos y líricos.

UNIVERSALIDAD DE LA EPOPEYA

En las más distintas y alejadas culturas ha existido o existe todavía una poesía tradicional que celebra las hazañas de los antepasados, las victorias del propio pueblo y las guerras contra vecinos u opresores; que encomia el valor de los héroes muertos gallardamente, y que narra traiciones, venganzas y luchas internas. Es tarea difícil trazar un inventario de la poesía heroica universal, en el que entrarían obras aparentemente tan diversas como los poemas griegos Iliada y Odisea, el asiático Gilgamesh (conservado en fragmentos babilónicos, hititas y asirios), los ugariticos Aqhat y Keret, el germánico Hildebrand, los anglosajones Beowulf Maldon, Brunanburth, etc., los Edda escandinavos, el francés Cantar de Roldán y el castellano Cantar del Cid. Tendría que entrar también en este inventario la poesía heroica que ha vivido oralmente y ha sido recogida desde hace siglo y medio en diversos países, en muchos de los cuales conserva su vitalidad. Se trata de poemas tradicionales de Rusia, sobre todo los localizados en las remotas regiones del lago Onega y del mar Blanco, de Ucrania. de Bulgaria, de Yugoslavia (tanto de cristianos como de mahometanos), de Albania, de Grecia, de Estonia. por lo que se refiere a Europa. En Asia, los poemas de los caucasianos, armenios y osetas, los de los calmucos, uzbekos y kara-kirguiz; los de los vacutos y los ribereños del Liena, en Siberia; los de los pobladores del oeste de Sumatra y de la islajaponesa de Hokkaidó; los de algunas tribus de Arabia. Y en África se han hallado muestras de poesía bélica en Sudán.

Examinando poemas tan diversos y que vivieron o viven en culturas totalmente incomunicadas entre si y distanciadas tanto geográficamente Como Cronológicamente. se llega a la impresionante conclusión de que hay, entre ellas similitudes y paralelismos, sea en cuanto a la transmisión o procedimientos de recitado o canto divulgativo, sea en cuanto a la técnica narrativa, incluso en lo que se refiere a la utilización de fórmulas épicas fijas o rasgos expresivos o estilísticos muy concretos. Sorprende ver reaparecer un mismo fenómeno en la poesía homérica, en el Gilgamesh, en el Beowulf, en el Cantar del Cid entre los cantos siberianos, armenios o yugoslavos, sin que exista la menor probabilidad de relación directa entre tan diversas manifestaciones de la epopeya. Ello nos hace comprender que el arte tradicional tiene una técnica especial y propia, y obliga a considerar los poemas épicos tradicionales como algo totalmente distinto de lo surgido de la creación literaria individual y docta v a estar dispuestos a admitir, en principio, la universalidad de un tipo de narración poética que vive descubierta o en estado latente siglos y siglos.

La epopeya ibérica.

Si limitamos la consideración de esta universalidad de la epopeya en primer lugar a la península Ibérica, no hemos de recurrir a conjeturas e hipótesis para poner de relieve que desde los tiempos más remotos a los que el historiador puede remontarse documentalmente se han oído en nuestras tierras cantos de carácter heroico.

Estrabón, que escribía a principios de nuestra era, dice de los turdetanos que son los mas cultos de los iberos, pues no tan sólo conocen la escritura v poseen escritos de antigua memoria, sino también «poemas y leyes en verso, que, según dicen, tienen seis mil años». De esta cita interesa destacar la existencia de poemas entre los pobladores prerromanos de España, que les atribuían una remotísima antigüedad, aunque lo de los seis mil años sea una exageración. Tal vez ilumina un poco sobre el género de tan antiguos cantos otro pasaje del mismo Estrabón, donde dice que era tal el loco heroísmo de los Cántabros, que, habiendo sido crucificados, algunos de ellos murieron entonando himnos de victoria.

Según Posidonio (160-130 a. de J.C.), en pasaje recogido por Diodoro, los lusitanos, cuando combaten, avanzan con movimientos rítmicos «y cantan peanes cuando atacan a sus enemigos».

Que entre los celtíberos existió una epopeya que celebraba en forma cantada los hechos gloriosos de los antepasados se desprende de un pasaje de Salustio, en el que dice que «las madres rememoraban las hazañas guerreras de sus antepasados a los hombres que se aprestaban a la guerra o al saqueo, donde cantaban los valerosos hechos de aquéllos». Silio Itálico, en su poema épico sobre las guerras púnicas, al referirse a los jóvenes guerreros de Galicia que formaban en el ejército de Aníbal, dice que solían hacer resonar sus escudos al propio tiempo que herían acompasadamente el suelo con los pies y que «vociferaban bárbaros cantos en su lengua nativa»; y más adelante, al narrar la batalla de Cannas, cuenta que Paulo Emilio atacó e hirió mortalmente a un Viriathus cuando éste, según la costumbre de los iberos, entonaba cantos bárbaros golpeando al propio tiempo su escudo.

Escasas, aunque determinantes, son, pues, las noticias que tenemos sobre esta primitiva epopeya ibérica, pero suficientes para dejar bien demostrada su existencia. Era una poesía belicosa, propia para entonar en la lucha y en trance de muerte, y que rememoraba hazañas de antiguos guerreros. Compuesta en las primitivas lenguas de la Península, se perdió cuando se perdieron éstas, y seria vano empeño querer ver en ella un viejo sustrato dula épica en romance de siglos posteriores. Lo que importa es señalar que antes que en las escuelas imperiales de Hispania los maestros hicieran leer a los jóvenes celtíberos versos de Virgilio ya allí se habían oído, en verso bárbaro, cantos guerreros.

También los galos tuvieron poesía heroica, y los poetas, o bardos, constituyeron entre ellos una casta privilegiada, como se deduce del testimonio de autores griegos y latinos, principalmente de este pasaje de la Farsalia de Lucano: «Vosotros también, poéticos bardos, que con vuestras alabanzas lográis hacer inmortales las almas de los valientes caídos en la guerra, habéis divulgado sin temor innumerables cantos.»

La primitiva epopeya germánica

Gracias a Tácito disponemos de noticias sobre la primitiva epopeya de los pueblos germánicos: afirma que los «antiguos cánticos» son su única forma de crónica o historia, y da noticia muy esquemática de algunos de los temas mitológicos e históricos que en ellos celebraban; y refiriéndose a un dios o héroe de tipo belicoso, parecido a Hércules, hace constar que «cuando van a entrar en combate lo ensalzan en sus cantos como el más valiente entre los valientes», y añade que «tienen también otros cantos, con cuya entonación, que llaman baritum, enardecen los ánimos, y con el mismo canto predicen la suerte de la próxima lucha»; y al tratar del príncipe Arminius (que vivió entre el año 18 a. de J.C. y 16 de nuestra era) dice que en su tiempo todavía es cantado.

Estas y otras indicaciones sobre el canto de los germanos, que de hecho no ilustran más que las que hemos recogido referidas a los iberos, se complementan gracias a las que a mediados del siglo vi ofrece el historiador godo Jordanes en sus Getica. Refiere leyendas y viejas tradiciones de su pueblo y cita y otorga fe a antiguos cantos (prisco carmina) que le suministran noticias que no halla en fuentes escritas. Estos cantos, que tanto el citado Jordanes como Amiano Marcelino llaman maiorum laudes o maiorum facto («elogios de los antepasados» o «hechos de los antepasados»), eran entonados en las provincias occidentales del Imperio por los visigodos antes de entrar en combate o pata elogiar en la corte a los héroes antiguos.

La epopeya y los visigodos

La extensión de los visigodos por España, aunque fue paulatina y no supuso una invasión en masa, hizo llegar, sin duda alguna, la epopeya germánica a la península Ibérica. Ello parece lógico por lo que se refiere a los ambientes áulicos o de las clases dominantes, donde realmente había visigodos y donde el recuerdo de los antepasados germánicos podía envanecer el orgullo de raza. Así se explica que San Isidoro de Sevilla, al escribir entre los años 612 y 621 su breve tratado lnstitutionum disciplinae y trazar un plan educativo de los jóvenes de noble nacimiento, los exhorte, entre otras cosas, a cantar al son de la cítara gravemente y con suavidad no cantares amatorios y torpes, sino los cantos de los antepasados (carmina maiorum), «por los cuales se sientan los oyentes estimulados a la gloria». Estos viejos cantos épicos germánicos sólo podían conmover a la aristocracia goda, que era la minoría dirigente de la Hispania de aquel tiempo; el pueblo, a pesar de su romanización, preferiría, si aún los recordaba, aquellos viejos cantos ibéricos que versaban sobre las hazañas guerreras de sus antepasados (parentum facinora), de que habla Salustio. Dentro de este terreno, en el que caben tantas hipótesis temerarias y conjeturas peligrosas, es posible suponer que la épica germánica, en alguna forma recordada y mantenida en la corte visigótica, pudiera haber dado nueva vida a la primitiva épica ibérica, pues el pueblo siempre aspira a tomar algo de la corte.

Dadas la universalidad y la constancia del canto heroico, cabe suponer que en Hispania, durante la época visigótica, hubo epopeya, género que no era nuevo ni extraño para la población indígena y estable ni para la minoría goda recién llegada y dominadora. Sería absurdo poner en duda la existencia de una antigua épica germánica después del testimonio de Tácito, de Jordanes y de otros, y de la cual encontramos nuevas referencias a principios del siglo IX, cuando Carlomagno, según el seguro testimonio de su biógrafo Eginhardo, «hizo transcribir, para que no se perdiera su recuerdo, los bárbaros y viejos cantos donde se cantaban los hechos de las guerras de los antiguos reyes», noticia importante, que demuestra que hubo un momento en que los cantos germánicos, por esencia orales, hallaron la posibilidad de conservarse al ser puestos en escritura.

No hemos de creer que los visigodos llegaran a Hispania sin el orgullo de estos viejos cantos, que conservarían celosamente como una reliquia de su patria lejana, del mismo modo que los sefarditas del norte de África y de Oriente guardan como un tesoro el romancero castellano al cabo de cuatro siglos y medio de haber sido expulsados de España Pero conviene advertir que estas consideraciones no deben conducirnos a una arriesgada y muy hipotética vinculación de estos cantos germánicos afincados en España con las gestas castellanas, que sólo conocemos directamente a partir del siglo XII. Si en la epopeya castellana hay elementos germánicos, como ocurre con más intensidad en la francesa, no es preciso explicar esta influencia o este sustrato exclusivamente como una derivación de la épica germánica que se podía conocer en Occidente en el siglo IX.

La epopeya cristiana

Hay que tener bien presente que la epopeya románica, que es posible que en Francia tenga unos orígenes carolingios, no adquirió su esencial fisonomía ni su buscada intencionalidad hasta que se presentó como el canto del cristianismo contra el mahometismo invasor. La invasión y ocupación de tierras cristianas por los árabes no produjo una renovación en el canto épico, ni dejó huellas decisivas en los cantares de gesta franceses o castellanos, y no convencen los intentos hechos en pro de esta influencia. La invasión árabe remozó la epopeya al suscitar un nuevo ambiente guerrero: la lucha de los cristianos contra los sarracenos, situada en España, desde el Cantar de Roldán hasta las gestas castellanas. Y así la técnica y el espíritu de la epopeya primitiva se renuevan y adquieren nuevo vigor y nuevo sentido. La guerra se hace fronteriza y se convierte en asunto vital porque en ella se interfiere la diferencia de religión, lo que da a la epopeya románica medieval un acusado sentido cristiano.

LEYENDAS Y EPOPEYAS DE LOS GERMANOS

Cuando los pueblos bárbaros del norte de Europa aprendieron de los depositarios de la cultura latina el arte de escribir pudieron aplicarse a la tarea de dejar constancia duradera de su rico y variado pasado literario, constituido por una serie de temas mitológicos antropomórficos y por leyendas embellecedoras de hazañas históricas. Gran parte de esta tradición hasta entonces oral adquirió fisonomía literaria en una época en que aquellos pueblos bárbaros ya se habían cristianizado y habían establecido contacto con la civilización nacida en el Mediterráneo, debido a lo cual no es raro que parte de la materia legendaria se haya transmitido en trance de evolución en cuanto a su fondo mitológico y religioso.

Los pueblos germánicos, extendidos por Islandia, Escandinavia, Inglaterra, el centro de Europa y las penínsulas itálica e Ibérica en épocas no siempre contemporáneas, y al propio tiempo incomunicados entre sí los situados en lugares extremos, es posible que mantuvieran el recuerdo de temas legendarios formados en los lejanos tiempos en que vivieron en común.

Nos hallamos, pues, frente a un tipo de poesía heroica que se ha originado independientemente de la epopeya clásica y cuyo nacimiento y características primitivas son un enigma que con frecuencia se ha querido aclarar remontándose a los prehistóricos tiempos en que los pueblos europeos podían forjar una sola comunidad, peligroso campo de conjeturas y fantasías.

Lo cierto es que hasta el siglo VIII no encontramos las primeras muestras de épica germánica, que ésta se nos presenta en obras literarias escritas en Islandia y la península escandinava por un lado y en el centro de Europa por el otro (además de las muestras anglosajonas), y que sus más características producciones, las más bellas y de mayor sentido épico, no son anteriores al año 1200, aunque sus núcleos legendarios sean más antiguos. Durante el siglo XIII se manifiesta el influjo románico, principalmente francés, en la literatura narrativa escandinava, inglesa y alemana, tanto en lo que afecta a la epopeya como a la novela cortesana.

El «Cantar de Hildebrando».

Teodorico el Grande (muerto en 526), rey de los ostrogodos y conquistador de Italia, la presa más codiciada por los pueblos del norte, se convirtió entre los germanos en una figura gloriosa, representativa de la fuerza y la esencia de su raza, que llegó a transformarse en un personaje fabuloso, llamado Teodorico de Bern (o sea Verona), que aparece celebrado en cantos consagrados a su propia leyenda y que interviene en otros ciclos heroicos.

Inserto en la leyenda de Teodorico se encuentra el más antiguo monumento conservado de la epopeya germánica, el Cantar de Hildebrando (Hildebrandlied), escrito en alto alemán a mediados del siglo VIII copiado en un precioso manuscrito del siguiente, que fue destruido en 1946. Se trata de un breve poema en el que la parte dialogada tiene tanta importancia como la narrativa, y que presenta un episodio sencillo, pero lleno de dramatismo y de elevación heroica, reducido al encuentro entre el viejo Hildebrando, que milita en el ejército de Teodorico, y su hijo Hudebrando, que forma entre las fuerzas de Odoacro. Se desafían los dos guerreros, y Hudebrando se niega a admitir que el adversario que tiene enfrente es su padre, al cual la fe jurada y el honor de guerrero le obligan a matar al que sabe que es su hijo. El motivo de la lucha entre padre e hijo, a veces sin que ninguno de ellos sepa quién es su antagonista, es muy frecuente en el folklore, e incluso se ha supuesto que el viejo poema alemán recoge una leyenda persa transmitida por medio de traducciones bizantinas. La situación se presta a la emoción y al dramatismo y se repetirá muchas veces (Amadís y Esplandián), y con frecuencia se trasladará a dos caballeros amigos que pelean sin reconocerse, sobre todo desde el siglo XIII, cuando el yelmo cubría totalmente el rostro del guerrero.

Poemas de tema religioso.

Del siglo IX se conservan algunas muestras de poesía narrativa que revelan un curioso cruce entre los temas cristianos y la tradición épica germánica, como ocurre en el extenso poema El Salvador (Heliand), escrito en antiguo sajón por un monje de Fulda entre los años 822 y 840, poetización popular de partes del Evangelio, a veces con dilatadas amplificaciones y con cierta adaptación a la mentalidad de un público acostumbrado a oír relatos heroicos; y en el breve Muspilli (palabra enigmática, que tal vez significa «el fin del mundo»), escrito en alto alemán hacia el año 825, que trata del día del Juicio inspirándose en el Apocalipsis y mezclando elementos paganos y germánicos con los cristianos.

El «Cantar de Ludovico».

El Cantar de Ludovico (Ludwigslied), en dialecto francorrenano, es el primer poema histórico de lengua alemana y celebra la victoria que el 3 de agosto de 881 obtuvo el rey franco Luis III contra los invasores normandos en la batalla de Saucourt. El poema, que revela conocer la épica culta en latín de los carolingios, constituye una glorificación del rey y una acción de gracias a Dios por la victoria, y fue escrito a raíz de la batalla. Es de notar que esta victoria de Luis III sobre los normandos se cargó de elementos legendarios que aparecen en el cantar de gesta francés llamado Gormont e lsembart, que más adelante será mencionado.

El «Beowulf».

Las leyendas germánicas se manifestaron también en la Inglaterra anglosajona. Un rey histórico de los godos, Beovulfo, que luchó en el siglo VI contra los francos, fue convertido en personaje legendario, al que se atribuyeron singulares proezas que se situaban entre los daneses de la Suecia meridional. La leyenda de este rey llegó a Inglaterra, donde se escribió, hacia el año 800, el poema Beowulf, en cuatro mil versos. Beovulfo, guerrero godo, vence a Grendel, hombre monstruo que raptaba y devoraba a los guerreros daneses; luego, coronado rey, muere heroicamente tras luchar con un dragón que infestaba el país y matarlo, sacrificándose por sus vasallos. Beowulf es una especie de versión erudita de leyendas tradicionales con inclusión de elementos moralizadores y cristianos. La poesía narrativa anglosajona tiene un buen cultivador en Cynewulf que trata temas cristianos.

Los «Edda».

Las leyendas germánicas ofrecen una notable riqueza y gran variedad en tierras de Islandia y en la península escandinava, donde hallamos versiones primitivas de temas desarrollados luego en alemán y una larga serie de narraciones de carácter heroico y fantástico. A principios del siglo XIII el escritor islandés Snorrí Sturluson compuso un extenso tratado didáctico y mitológico llamado Edda, de interés excepcional para el conocimiento de la primitiva poesía nórdica, ya que en la primera parte expone a base de leyendas la creación del mundo, en la segunda explica las metáforas poéticas usadas por los escaldas y en la tercera escribe un panegírico del rey Hakon de Noruega en diversos metros, cuya versificación va comentando. Es, pues, un documento de valor considerable, todo él lleno de narraciones legendarias y de datos sobre mitología nórdica, redactado, según confesión del autor, para que los jóvenes poetas mantengan la antigua tradición literaria.

El nombre de Edda, que en rigor sólo correspondía al libro de Snorri, se da también a un conjunto de composiciones nórdicas breves y de carácter narrativo y didáctico aparecidas en Noruega, en Groenlandia y, en mayor proporción, en Islandia, y cuya producción tiene lugar entre los siglos IX y XIII, Los temas de estos edda son muy diversos: los hay sobre leyendas típicamente mitológicas, sobre héroes aislados y sobre los que integran los grandes ciclos heroicos, como el de los Nibelungos (con el héroe Sigurdh, o sea Sigfrido), el de Teodorico y Hermanarico (á veces fundidos con el anterior), el de Gudrún, etc. Son notables los edda denominados Cantar de Thrym (Thrymskvidha), en que el héroe lucha con un gigante, relato expuesto con cierta ironía,.y el Cantar de Vólundr (Volundarkvidha), que contiene horribles atrocidades y el tema del hombre que se fabrica unas alas para volar, similar al griego de Ícaro y Dédalo; los dos cantares sobre Helgi, heroicos y melancólicamente sentimentales, etc. En los cantares de los edda, que suelen ser breves (de un centenar de versos a lo sumo) y tener un carácter episódico, parece que es donde se mantiene más puro y más exento de notas cristianas el primitivo fondo legendario de los germanos.

Los escaldas.

Más reciente es la actividad de los escaldas (o sea «poetas»), escritores que vivían en las cortes noruegas, que seguían a los reyes, y cuya producción se caracteriza por un rebuscado y artificioso refinamiento, propio para complacer aun público minoritario, y por cierto influjo de la literatura céltica. Sus poemas tienen, por lo general, una intención encomiástica, pues se conciben como elogios de príncipes a los que se involucra la materia narrativa. En los siglos IX y x aparecen dos de los más antiguos y más bellos de los poemas de los escaldas: el Carntar del cuervo (Hrafnsrnál), escrito por Thirbjom Homklofi en honor de Haroldo l. y. el Carnar de Hakon (Hákonarmál) de Eyvind Skaldaspillir, elegías sobre la heroica muerte del soberano. En ambos aparecen elementos mitológicos, como Odin y las valquirias.

Las sagas.

Simultáneamente a la producción de los edda y de los escaldas, en Islandia y en Noruega ciertos narradores profesionales, llamados sagnamenn, conservaban oralmente una serie de relatos tradicionales, denominados sagas, que a partir del siglo XIII fueron confiados a la escritura. La saga es una narración en prosa de extensión varia, en la que son relatados los hechos legendarios como si fueran historia real y generalmente con pretensión literaria. Sus temas son muy diversos: la saga de Eirik narra los viajes de este gran navegante que arribó a Groenlandia y cuyo hijo Leif llegó hasta una tierra que denominó Vindland, en el continente americano; la de Egill cuenta las aventuras de este poeta, pirata y guerrero, con notables peripecias y elementos maravillosos (hombres que se convierten en lobos, mujeres transformadas en pájaros, etc.); la de los Volsungos tiene por fuentes cantos del edda y trata de Sigurdh; la de Fridhthjóf, de amores y aventuras, etc.

La «Saga de Teodorico».

Mención especial merece la Saga de Teodorico (Thidhreks saga), escrita a mediados del siglo XIII. Se basa en leyendas alemanas, cuyo núcleo ya parece formado en el siglo VIII, como demuestra el Cantar de Hildebrando, antes citado, y tiene por teatro tierras de Italia, Hungría y Rusia. Ermenerico, rey del sur de Italia, siguiendo los consejos del vil ministro Sifka, decide invadir el reino de su sobrino Teodorico de Bem, el cual, joven y con escaso ejército, no se atreve a hacerle frente y huye de sus tierras y se refugia en la corte de Atila, rey de los hunos. Años después Teodorico, con un ejército de hunos que le cede Átila y que acaudillan dos hijos de éste, emprende una campaña contra Ermenerico. Se da una ruda batalla, en cierto modo favorable a Teodorico, pero en ella caen muertos los dos hijos de Átila, y el héroe regresó dolido a la corte del rey huno, sin intentar recuperar su reino. Al cabo de varios años Atila cede a Teodorico otro ejército, con el cual libra una batalla con su tío en Ravena, y, tras derrotarlo y hacerlo huir, entra en posesión de sus tierras. Con esta trama general se enlazan episodios de otras leyendas, como la de Sigurdh, y elementos maravillosos, sin que falten notas caballerescas y corteses. De las varias versiones germánicas de la leyenda de Teodorico citemos el poema alemán de Heinrich der Vogler La fuga de Teodorico

(Dietrichs Flucht), escrito hacia 1280, y que narra los mismos sucesos que la saga.

Traducciones de obras francesas.

Durante el siglo XIII aparecen vatios relatos románicos, principalmente franceses, traducidos en forma de saga. Entre ellos hay que notar varias novelas de Chrétien de Troyes, el Tristán y la gran compilación denominada Karlamagnús saga, redactada entre 1230 y 1250 por orden de Hakon V, que reúne traducciones de una serie de cantares de gesta franceses sobre Carlomagno, formando una especie de historia legendaria del emperador y que incluye una muy interesante versión del Cantar de Roldán y traducciones y resúmenes de otras gestas francesas que no nos es dado conocer directamente.

Los «Nibelungos».

La leyenda de los Nibelungos y de Sigfrido constituye la creación más considerable de la epopeya germánica, y, gracias a la ópera de Wagner, es hoy día

universalmente conocida. Los núcleos originarios de esta leyenda parecen derivar de tradiciones antiquísimas de tipo mitológico, que adquirieron la primera forma literaria a que podemos remontamos en cantos del edda posiblemente creados en los siglos VIII a XI, transmitidos oralmente y luego confiados a la escritura en el XII. o el XIII. Esta labor, realizada en Islandia, Groenlandia y Noruega, parece basarse en temas legendarios sobre Sigfrido (Sigurdh en los textos nórdicos), nacidos entre los francos del bajo Rin, y en leyendas burgundias del alto Rin sobre la figura de Gunter, trasunto del histórico Gundakar, rey burgundio que en el año 437 fue vencido por los hunos. Al parecer, los textos éddicos reflejan con cierta fidelidad la trama y el espíritu de las primitivas leyendas renanas. Por otra parte, el tema legendario de Sigfrido es independiente en estas primitivas versiones del tema de los Nibelungos, y ambos se unirán luego por tener personajes y escenarios comunes.

Entre 1160 y 1170 esta leyenda es narrada en verso alemán por un poeta austríaco que titula su poema La ruina de los Nibelungos (Dar Nibelunge Not), fase literaria intermedia entre los cantares de los edda y el Cantar de los Nibelungos (Nibelungenlied). Este gran poema fue escrito por un caballero austríaco entre los años 1200 y 1205, y es la reelaboración de la anterior materia legendaria en obra de grandes alientos (unos nueve mil quinientos versos distribuidos en treinta y nueve cantos), estructurada con la finalidad de dotarla de unidad y homogeneidad y amoldada a los gustos refinados de las cortes, en la que, ya se introducía la moda de los cantares de gesta, de las novelas y de la lírica de importación románica.

En relación con las versiones de tradiciones primitivas germánicas y de los cantares éddicos, el de los Nibelungos[1] desarrolla la trama con curiosas innovaciones, a veces recogidas en otros núcleos legendarios. La más importante, y característica también de la leyenda de Teodorico, es la interpretación favorable de Atila y de los hunos, que son presentados con simpatía como pacíficos y justos, siendo así que el personaje de Krimilda corresponde, según una antiquísima tradición, a la histórica princesa Hildiko, la cual, para vengar a los germanos, se habría casado con Átila y lo habría asesinado en la noche de bodas. Por otro lado, en la antigua versión nórdica Sigfrido, antes de conocer a Gunter, había realizado ya un viaje a Islandia y había salido victorioso de las pruebas impuestas por Brunilda, lo que da más intensidad al posterior odio de ésta.

El autor del Cantar de los Nibelungos combinó varias tradiciones, que fue amoldando a la estructura y ordenación general del poema, donde el concepto de la venganza, personificado en la magistral figura de Krimilda, adquiere un patetismo heroico y una implacabilidad obsesionante. Krimilda es, de hecho, la figura central del poema: delicada, tierna e ingenua en su juventud, mientras vive Sigfrido; brutal y sanguinaria en su madurez y empeñada en el terrible duelo con Hagen, que no cesará hasta que ella colme sus deseos de venganza. Quien leyera escenas aisladas del principio y del final de los Nibelungos creería que se trata de dos figuras femeninas distintas; pero cuando se sigue el poema paso a paso se advierte que el autor, verdadero artista y penetrante psicólogo, ha hecho que tal transformación sea perfectamente natural, matizada con rasgos significativos que justifican plenamente la evolución del carácter. La escena de la discusión entre Krimilda y Brunilda es un constante acierto en la captación de la psicología femenina y revela maduras dotes de observación.

El anónimo poeta manifiesta a cada paso su espíritu cortesano, y, a pesar de la sencillez de su estilo, su arte es refinado y culto, como indica el hecho de haber adoptado para la versificación de la obra la estrofa de cuatro versos largos con dos rimas que unos treinta años antes había inventado un Minnesánger, el señor de Kürenberg, lo que da al poema germánico una perfección y una regularidad formales que en vano buscaríamos en los cantares de gesta románicos contemporáneos.

El gran poema alemán fue objeto de nuevas adaptaciones en la Edad Media y en el

Renacimiento, y su influjo se deja notaren algunos cantares de gesta franceses tardíos y tal vez en la leyenda castellana del cerco de Zamora, donde la muerte del rey don Sancho a manos de Bellido Dolfos parece inspirada en la de Sigfrido por Hagen, realísticamente transfigurada con el tan sabido detalle fisiológico.

El «Cantar de Gudrún».

A los Nibelungos sigue en importancia el Cantar de Gudrún (Kudrun), cuya redacción orgánica se debe a un poeta austríaco que lo compuso entre 1230 y 1240, inspirándose en la técnica narrativa y en la versificación de aquél. El Cantar de Gudrún recoge elementos tradicionales primitivos, que conocemos por versiones populares de cantos tradicionales, y divide la materia en tres partes, en cada una de las cuales se relatan asuntos distintos sólo enlazados por el parentesco existente entre los héroes, el rey Hagen y la princesa Hilde, abuelo y madre de la hermosa Gudrún y del joven Ortwin. Gudrún es hecha prisionera por el príncipe Hartmut de Normandía, al que antes la doncella había rehusado como esposo porque estaba enamorada de Herwig de Zelandia. Gudrún permanece trece años prisionera en la corte de Normandía, donde, por negarse a casarse con Hartmut, la madre de éste, Gerlind, la obliga a realizar bajos menesteres, entre ellos lavar ropa en la playa. Herwig y Ortwin, prometido y hermano de la cautiva, organizan una expedición armada para liberarla y llegan a las costas de Normandía, donde la encuentran lavando; se reconocen, y Gudrún regresa al castillo de Gerlind, donde finge acceder a casarse con Hartmut; y al día siguiente las fuerzas de Ortwin entran en el palacio y liberan a la doncella, que, una vez en su tierra, se casa con Herwig.

Esta leyenda, que tiene momentos de gran delicadeza y de suave ternura, refleja el

momento histórico de las navegaciones de los vikingos. El tema fue conocido en España, como revela el romance castellano de don Bueso.

Otros poemas germánicos.

Los temas tradicionales germánicos perduran en algunos poemas alemanes posteriores, como en las diversas redacciones del Woljdietrich, tal vez de origen merovingio. Otros poemas versan sobre acontecimientos o personajes posteriores, como el de Otón el barbudo (Otte mil den Barte), escrito hacia 1260 por Konrad von Würtzburg, y el del Rey Osvaldo (Kónig Oswald), conservado en una tardía redacción del siglo XV. En otros es evidente la influencia francesa, como acaece en Guillermo de Orleans (Wilhem van Orlenz) del poeta Rudolf von Ems (1220-1254).

LOS CANTARES DE GESTA

La epopeya románica

Las epopeyas románicas se denominan cantares de gesta (en francés chansons de geste), del latín gesta, «hechos, hazañas», pero que adquirió el sentido de «linaje» con referencia a las pretéritas acciones gloriosas de que se podía envanecer una familia. Los cantares de gesta románicos conservados llegan al centenar, una gran mayoría en lengua francesa, con diversas peculiaridades (francés de la isla de Francia, picardo, anglonormando, francoitaliano, etc.), y otros, en ínfima proporción en provenzal y en castellano. La extensión de estos cantares es muy irregular: oscila entre los ochocientos y los veinte mil versos, si bien los de mayor longitud suelen ser tardíos y presentar contaminaciones con la novela.

Al igual que lo que hemos indicado al tratar de la epopeya homérica, los cantares de gesta no se componían para ser leídos, sino para ser escuchados. De divulgarlos se encargaban unos recitantes llamados juglares, que se solían acompañar de instrumentos de cuerda y que ejercitaban su misión frente a toda suerte de público, tanto el aristocrático de los castillos como el popular de las plazas, de las ferias o de las romerías. Consta, como más adelante tendremos ocasión de considerar, que antes de trabarse batallas los juglares entonaban versos de gestas a fin de enardecer a los combatientes.

Historia poética

El cantar de gesta genuino tiene un fondo histórico cierto, al que es más o menos fiel. Esta fidelidad a la exactitud histórica de lo narrado reviste una serie de matices, que van desde aquellos cantares que casi son una crónica rimada hasta aquellos otros cuya historicidad queda tan reducida que casi parecen una obra de pura imaginación. Por lo general, cuanto más remoto es el asunto de una gesta, más pesan en ella las versiones tradicionales y legendarias de los hechos y más se aparta de la realidad histórica, al paso que, cuando relata hechos sucedidos en un pasado próximo, la fidelidad a lo que realmente acaeció es mayor, entre otras razones porque el público que ha de escuchar los versos conoce con más precisión el asunto y sus personajes. Por otra parte, cuando la gesta tiene por escenario las mismas tierras en que se desarrollaron los acontecimientos que poetiza, suele mantener unos datos geográficos, ambientales y sociales mucho más fieles a la realidad que aquellas gestas que transcurren en países lejanos y exóticos. Ya veremos con detalle que estas dos modalidades de cantares de gesta se pueden cifrar en el Cantar de Roldán francés, alejado en el tiempo y en el espacio de la batalla de Roncesvalles, y el Cantar del Cid castellano, tan próximo al tiempo y al lugar en que obró y vivió Rodrigo Díaz de Vivar.

Los cantares de gesta son algo así como la historia al alcance y al gusto del pueblo. El hombre docto se enteraba de los hechos del pasado leyendo crónicas y anales en latín, y quedaba su curiosidad satisfecha con el dato frío y escueto. El hombre iletrado precisaba de alguien que le expusiera de viva voz la historia, de la cual lo que le interesaba era lo emotivo, sorprendente y maravilloso y la idealización de héroes y guerreros a los que se sentía vinculado por lazos nacionales, feudales o religiosos.

Cantos noticieros y juglares.

La crítica debate desde hace siglo y medio cómo se generaron estos relatos más o menos históricos que son los cantares de gesta, y hay quien sostiene, con argumentos muy dignos de consideración, que determinados acontecimientos, sobre todo grandes campañas militares o significativas acciones de guerra, suscitaron inmediatamente cantos que narraban sus trances más salientes o las hazañas de los guerreros más famosos, con la finalidad de informar de ello a una colectividad vivamente interesada: breves composiciones en verso que podríamos comparar, en cuanto a su finalidad informativa, a los modernos reportajes periodísticos, y no en vano relatos de este tipo eran denominados en Castilla «cantos noticieros». Muchos de estos presuntos relatos versificados debieron de conservarse en la memoria popular y en la tradición juglaresca hasta convertirse en cantares de gesta.

Lo importante es la actitud literaria del juglar de gestas. Frente a los datos que le ofrecen la historia y la tradición, se adjudica una libertad creadora que le permite construir un relato versificado, con su planteamiento, nudo y desenlace, y entretenerse en la caracterización de los personajes, en las descripciones y en el diálogo. Tiene que hacer concesiones a los gustos del público -que también son los suyos-, dejando paso libre al elemento maravilloso y a la pormenorizada descripción de batallas, de combates singulares y del atuendo guerrero. Este último aspecto se hace fatigoso al lector actual, que a veces no acierta a comprender la razón de tan prolijas descripciones bélicas; pero no debe olvidarse que el público medieval advertía matices y detalles importantes en lo que hoy puede parecernos uniforme y repetido, y la descripción minuciosa de determinado golpe de espada o del procedimiento de desarzonar al adversario con la lanza les interesaba tanto como puede apasionar a nuestros contemporáneos un lance especial de una corrida de toros o una jugada notable en una competición deportiva.

Arte oral.

Parece evidente que en una época remota las gestas fueron creaciones orales sin forzosa transcripción a la escritura, y ello lo corrobora la existencia en tantos países del mundo de canciones populares, incluso narrativas, como gran parte del romancero castellano, que se han conservado oralmente y sin necesidad del apoyo de un texto escrito. Pero si hoy conocemos cantares de gesta, lo debemos exclusivamente a que hubo amanuenses que los copiaron en manuscritos, y entre estos manuscritos hoy conservados hay un pequeño número que se denominan juglarescos porque constituían el memorándum o libreto del juglar, con los cuales éste refrescaba la memoria antes del recitado o aprendía cantares que hasta entonces le eran desconocidos. Los preciosos manuscritos del Cantar de Roldán (de Oxford) y del Cantar del Cid (de Madrid) son de pequeño formato, escritos sobre un pergamino aprovechado y con la finalidad de ser útiles a un juglar, y en modo alguno constituyen un libro de lectura.

El recitado juglaresco.

El recitado juglaresco era extraordinariamente libre y amoldable. El juglar no estaba obligado a someterse aun texto determinado y fijo, sino que, según los gustos del público ante el que actuaba o según sus personales predilecciones, alargaba o acopaba la narración, inmiscuía escenas o versos, recargaba el dramatismo de ciertos pasajes o interrumpía el relato para pasar el platillo, anunciando al auditorio que no narraría el final de una aventura si no se mostraba generoso con él, o bien, al ser la hora avanzada, convocaba a los que le escuchaban para el día siguiente, en el que pensaba dar término al recitado del cantar iniciado.

El juglar recitaba de memoria, pero cuando ésta le fallaba era capaz de improvisar en verso y seguir así el relato del cantar, pues disponía de una serie de recursos y de fórmulas que le permitían versificar oralmente. Todo ello supuso una variada movilidad del texto de las gestas, nunca fijo y definitivo como puede ser el de una obra de creación culta (la Eneida o La Araucana, por ejemplo), similar, sin duda, a las manifestaciones tradicionales de las epopeyas griegas y germánicas primitivas.

No obstante todo ello, parece evidente que en el momento en que una tradición épica se ha estructurado en forma poemática exclusivamente juglaresca puede aparecer un autor, poeta consciente, literariamente responsable y por lo general culto, que refunde y organiza la materia tradicional, fenómeno en ciertos aspectos comparable al que revela la poesía homérica tal como se ha transmitido hasta nosotros desde la Antigüedad clásica. Lo cierto es que a partir del siglo XIII nace en Francia la costumbre de copiar viejos textos juglarescos en ricos y elegantes manuscritos, gracias a lo cual se han conservado la mayoría de los cantares de gesta franceses. Esta evolución del manuscrito de juglar, que se convierte en manuscrito de biblioteca, de gran formato, con bella calígrafa y miniaturas y adornos artísticos, no se verificó en Castilla, y a ello se debe, sin duda alguna, que haya perecido la mayor parte de la épica castellana medieval en sus formas versificadas genuinas.

Los lujosos manuscritos franceses de biblioteca denotan, al mismo tiempo, una desfiguración del género, pues suponen la existencia de lectores frente a gestas escritas, cuando lo que pide la epopeya son auditores frente a recitadores. Hoy cuesta esfuerzo imaginar un tipo de literatura como ésta, para la cual el libro es un elemento adicional y perfectamente prescindible, pero no olvidemos que este fenómeno se da hoy todavía en el teatro, que nos llega como espectadores de la acción oral de unos representantes, y a cuya lectura sólo recurrimos cuando no nos es dado recibirlo desde un escenario, escuchándolo y viéndolo.

El juglar de gestas rodea el tema escogido de elementos que le dan interés y emoción, y lo relata con determinados adornos retóricos: imágenes, comparaciones, paralelismos, aliteraciones, amplificaciones y el tan característico recurso de las llamadas series gemelas, o sea la repetición a veces obsesionante de un pasaje, mudando la rima pero cambiando levemente la literalidad de la narración, a fin de dar más interés y emoción al momento, de detener la atención en los pasajes cumbre y, sin duda, también para que en el amplio corro de público que escucha nadie quede sin oír perfectamente aquel capitalisimo trance.

La biografía fabulosa del héroe.

Las figuras centrales de los cantares de gesta son héroes históricos cuya empresa y cuyas hazañas suscitaron la admiración y el orgullo nacional, como lo son Carlomagno para Francia y el Cid Campeador para Castilla. La epopeya divulga en primer lugar y ante todo los hechos del protagonista en una etapa cumbre y decisiva de su vida: el Carlomagno de Roncesvalles y el Cid del destierro. Pero con esto no queda satisfecha la curiosidad del público, que quiere conocer lo que sucedió antes y después, los orígenes y las consecuencias de lo más sabido, y los juglares han de responder a este deseo. De ahí que las gestas se vayan extendiendo y organizando en ciclos -como en la epopeya griega-, o sea en acumulación de cantares de épocas diversas, cuyo conjunto viene a convertirse en una especie de historia poética de héroes o de linajes de héroes. La pura invención invade cada vez más el campo de la tradición nacida de la historicidad, y así surgen cantares sobre la infancia o juventud de los héroes, con datos ahistóricos y fabulosos, como los que poseemos sobre las mocedades de Carlomagno (Berta, Mainet, Basin) y sobre el Cid Campeador (el Rodrigo), en los que a veces otras leyendas, producidas por la biografa de personajes distintos al héroe en cuestión, se incorporan a estos nuevos cantares y se engarzan con los primitivos. Es una labor en la que son muchos los que colaboran, que dura dos o tres siglos, y que da como resultado unos largos relatos que semejan una interminable novela de episodios en la que el residuo histórico se va diluyendo cuanto más se alarga y en la que es patente el influjo de la novela de aventuras de caballeros, que ha surgido en la segunda mitad del siglo xii. Estos extensos relatos épicos, que pronto se trasladaron a la prosa, constituyen en algunos casos un maravilloso esfuerzo de imaginación y de poesía, pese a sus absurdidades y a la desmesurada longitud que adquieren en ciertos casos.

 

LOS CANTARES DE GESTA FRANCESES

Visión general de su temática.

En lengua francesa se conservan el mayor número y los mas antiguos cantares de gesta románicos, que se pueden cifrar en un centenar. A principios del siglo XIII era creencia que la epopeya francesa se podía reducir a tres grandes ciclos de cantares: el de los reyes de Francia o de Carlomagno, el de Doon de Mayence y el

Garín de Monglane. Tal distribución, aunque no muy exacta ni acertadamente designada con estos nombres, es útil porque intenta poner orden en tan vasta materia, pero conviene no olvidar que la agrupación cíclica encadena uno tras otro cantares de estilos muy distintos y de épocas muy diversas, y no es raro que los que narran los acontecimientos más antiguos sean más modernos que los dedicados a hechos centrales y posteriores.

Siguiendo más o menos un orden argumental o presuntamente histórico de acontecimientos, hallamos en los principios del ciclo de los reyes de Francia, prescindiendo de los que se remontan demasiado, los cantares de las mocedades de Carlomagno, como el de Berta la de los grandes pies (Bertrte aus grans pies) y el Mainet, este último basado en la leyenda castellana de Alfonso VI de León y la mora Zaida. Ya emperador, vemos al héroe emprender una fabulosa peregrinación a Jerusalén y Constantinopla (Pélerinage Charlemagne), de donde trae a Occidente preciosas reliquias de la pasión de Cristo. Luego los sarracenos invaden Italia, adonde acude presuroso Carlomagno; y entre sus tropas se encuentra su sobrino Roldán, casi un niño, que realiza sus primeras hazañas (Aspremont), si bien unas preciosas reliquias quedan en poder de los sarracenos, los cuales, derrotados en Italia, se trasladan con ellas a España (Fierabrás), tierra en que tienen lugar numerosas campañas de los francos, que acaban con la famosa batalla de Roncesvalles (Cantar de Roldán). Después del desastre en los desfiladeros pirenaicos y la inmediata derrota de los moros de España, a ésta emprenden otra expedición los hijos de los guerreros de Carlomagno (Gui de Borgogne), y finalmente, en el cantar de Anseis de Cartage (tal vez de la Cartaginense), inspirado en la leyenda castellana de don Rodrigo, el último godo, la península queda finalmente pacificada por los francos. El lector habrá advertido la constante desfiguración histórica que suponen estos cantares en su conjunto, que nos llevan a una España toda ella hecha cristiana por los francos por lo menos dos siglos antes de que ellos, con la conquista de Granada, fuera una realidad en la que nada tuvieron que ver los franceses. La epopeya es, en gran medida, un curiosísimo ejemplo medieval de lo que ha venido a llamarse «historia ficción».

La muerte de Carlomagno y el advenimiento al trono de su hijo Ludovico enlaza en cierto modo el ciclo de los reyes de Francia o carolingio con el denominado de Garin de Monglane. Se hace de éste el tronco de un famoso linaje de héroes altivos y fieros que aparecen como defensores del decaído poder real, aunque siempre sean mal recompensados por sus soberanos. Hijo de Garín es Girart de Vienne (así se intitula el cantar a él dedicado), señor feudal que, ofendido por Carlomagno, se desnaturaliza de él y se hace fuerte en Vienne, en el Delfinado, contra los ejércitos reales, y no se llega a la paz hasta que un ángel del Señor se interpone entre Roldán y Oliveros, paladines de ambos bandos, que desde entonces quedarán unidos en entrañable camaradería caballeresca. Al regreso de Roncesvalles, Aymerí, sobrino de Girart, es investido por Carlomagno del peligroso feudo de Narbona, donde el caballero fija su residencia (Aymeri de Narbonne). Tiempo después los siete hijos de Aymerí son enviados a ganarse tierras en países sarracenos, pero todos ellos acuden al lado del padre cuando éste se ve cercado por el enemigo (Les Narbonnais). Muerto Aymeri, hereda la primacía heroica su hijo Guillermo, llamado «el de la nariz aguileña» (luego «de la nariz corta»), el cual defiende la debilidad del rey Ludovico frente a turbulentos nobles que quieren despojarle de la corona de su padre, Carlomagno (Li coronemenz Loois); pero no recibe galardón alguno por su fidelidad (Lecharroi de Nimes), y se adueña del feudo de Orange conquistándolo a los sarracenos (La prise d'Orange). Ya viejo, Guillermo realiza sus mayores hazañas luchando en una feroz batalla contra los mahometanos (Chançun de Willelme y Aliscans), y finalmente se retira a un monasterio, hasta que Dios lo llama al paraíso (Le moniage Guillaume). Este ciclo es denominado, tal vez con acierto, el ciclo de Guillermo.

El llamado ciclo de Doon de Mayence, o Maguncia, pretende agrupar una serie de cantares cuyo tema es la rebelión de señores feudales contra el poder de los reyes de Francia. Cantares como los de Gormont e Lsembart, Girart de Rossilhó, Raoul de Cambrai, Les quatre fils Aymon, Ogier de Danemarche, etc., aunque no unidos temáticamente los unos a los otros, tienen de común el carácter rebelde de sus héroes.

Esta mezcla de fantasía y de historia, este elevar a la categoría de héroes a personajes de escaso relieve histórico, juntamente con la fabulosa geografía en que transcurre este cúmulo de aventuras, de lances, de expediciones, de batallas, de sublevaciones y de amores, dan a los cantares de gesta franceses el mérito de traducir una potente imaginación literaria.

El Cantar de Roldán».

La más antigua de las conservadas y al propio tiempo la más bella de las gestas francesas es el Cantar de Roldán[2] (la Chanson de Roland, nombre dado modernamente a la obra, sin título en el manuscrito original), que conocemos a partir de un texto anglonormando (el francés hablado en Inglaterra) que se puede fechar entre los años 1087 y 1095.

El hecho histórico.

Los acontecimientos narrados en este cantar, cuya acción transcurre sólo en una semana, constituyen una especie de novelización de una desafortunada expedición de Carlos, rey de los francos, a España. Entre el suceso histórico y el texto del cantar que hoy leemos transcurrieron tres siglos, durante los cuales es indudable que la tradición trabajó ampliando y embelleciendo las circunstancias y los protagonistas de aquél, sin duda de un modo similar a lo que debió de ocurrir desde la última histórica destrucción de Troya y la !liada que hoy leemos en hexámetros griegos. En nuestro caso, no obstante, disponemos de datos y de indicios que permiten llegar a unas conclusiones aceptables y que difícilmente puede proporcionar el estudio de aquella tan lejana historia de los pueblos griegos.

El paso de la historia a la gesta, o sea de lo que realmente ocurrió en Roncesvalles al más antiguo de los textos del Cantar de Roldán, nos brinda un excelente ejemplo del nacimiento de una epopeya, y por ello vale la pena de dar una sintética versión de lo que aquí entra en juego. Sabemos que al proclamarse 'Abd al-Rabmán, en Córdoba, emir independiente de los lejanos califas abasidas de Damasco, no todos los musulmanes españoles aceptaron la nueva señoría, y en el norte de la península algunos gobernadores o reyezuelos se opusieron a Abd al-Rabmán, incluso con las armas, y la ciudad de Zaragoza se mantuvo fiel a Damasco. Algunos de estos gobernadores irreductibles, entre ellos al- Arabi, señor de Barcelona y de Gerona, emprendieron un largo viaje a Paderborn (Westfalia), donde conferenciaron con Carlos, rey de los francos, y lo convencieron de que los apoyara enviando una expedición militar a España, en lo que éste vio la posibilidad de establecer al sur de los Pirineos una especie de protectorado que defendería sus extensos dominios de presuntos ataques por parte de Abd al-Rabmán. Carlos convocó un poderoso ejército, que dividió en dos columnas, las cuales atravesaron los Pirineos por Navarra y por Cataluña y convergieron en Zaragoza, ciudad que, mientras tanto, se había sometido al emir de Córdoba y por ello se cerró a los francos, que no pudieron conquistarla. Carlos, convencido de que había sido traicionado por los moros que fueron a verle a Paderborn, aprisionó a varios de ellos, entre ellos a al-Arabi, y emprendió el regreso a Francia en una sola columna. En la baja Navarra el ejército franco sufrió un golpe de mano de los moros, que consiguieron libertar a al- Arabi; y al llegar a la cumbre de los Pirineos la retaguardia, en la que figuraba Roldán, gobernador o marqués de Bretaña, fue aniquilada por los vascos, que cayeron inopinadamente sobre los francos desde las altas cumbres y los mataron a todos, acción que tuvo efecto el 15 de agosto del año 778.

La deformación legendaria.

Si, conociendo estos hechos, nos aproximamos al Cantar de Roldán, advertimos que es bien cierto que esta gesta narra aquellos acontecimientos, pero que lo hace con una deformación tal que semeja un relato profundamente novelizado, con exageraciones llamativas y admisión de personajes históricos que nada tuvieron que ver con la batalla de los Pirineos y de muchos otros más completamente ficticios, y que da una visión inexacta de España y del mundo musulmán. Lo que en realidad fue una imprevisión estratégica se convierte en el drama de una pasión surgida de la pugna entre Roldán y su padrastro Ganelón, que condiciona la traición por parte de este último; y vemos que, contra toda verdad histórica, el desastre militares vengado en una batalla que a orillas del Ebro mantienen Carlomagno y el emir Baligán, señor feudal del reyezuelo de Zaragoza, que ha acudido desde Egipto para ayudarlo; y vemos también que la traición es castigada tras un proceso y un combate judicial a que es sometido Ganelón, a quien se condena a morir descuartizado.

Esta deformación legendaria ya se hace patente en el breve proemio con que se abre el Cantar de Roldán y que vale la pena de examinar. Este proemio es así:

Carles li reis, nostre emperere magnes,
set anz luz pleins ad estet en Espaigne:
tresqu'en la mer cunquist la tere altaigne.
N'i ad castel ki devant luí remaigne,
mur ne citet n'i est remés a fraindre,
fors Sarraguce, ki est en une muntaigne.
Li reis Marsilie la tient, ki Deu non aimet,
Mahumet sert e Apollin recleimet:
nes poet guarder que mals ne l'i ateignet.[3]

Poca importancia tiene el error del primer verso, pues Carlos, rey de los francos, no fue emperador ni denominado Carlomagno hasta la famosa coronación de las Navidades del año 800. Los errores de bulto vienen inmediatamente: Carlos no estuvo aquí siete años, sino apenas tres meses; no conquistó toda España, sino que sólo dominó, y pasajeramente, la ruta de Roncesvalles-Pamplona-Tudela y Zaragoza, ciudad que no está en una montaña, sino en el llano. Es incongruente que un rey moro se llame Marsilie, tomado sin duda del nombre latino Marcilius, y mucho más que no ame a Dios, o sea a Alá. En este sentido es bien significativo que se afirme que los moros adoran a ídolos, contra los preceptos del Corán, y que se imagine una rara trinidad mahometana, en la que se cuentan nada menos que la divinidad de la mitología latina Apolo y un raro e inexplicable Tervagán. Podemos afirmar que éste es el «tono» de todo el Cantar de Roldán, donde el evidente residuo histórico queda como diluido y ahogado por la fantasía. Y ello no es en modo alguno una interpretación negativa del cantar francés. Es bien cierto que tanto él como sus numerosas derivaciones, imitaciones y traducciones a otras lenguas contribuyeron a ofrecer a Europa una versión totalmente errónea de la expedición de Carlomagno y, en general, de lo que fue la que llamamos reconquista española, y no faltaron, en la Edad Media, eruditos españoles que protestaran con acritud, así como leyendas, como la de Bernardo el Carpio, que opusieron otras fantasías «nacionalistas» a las fantasías francesas. Lo que interesa fundamentalmente es que el Cantar de Roldán es una gesta de singular vigor y de extraordinaria belleza.

Génesis del «Cantar de Roldán».

Pero antes de enjuiciar el Cantar de Roldán convendrá detenerse en la posible génesis y elaboración de esta obra de arte. Hay sólidos indicios para suponer que hacia el año 1000 ya existía un primitivo Cantar de Roldán, tan divulgado y celebrado que desde aquel tiempo y en gran parte de la Europa románica aparecen parejas de hermanos llamados Roldán y Oliveros, lo que supone que sus padres o padrinos sentían gran entusiasmo por un relato en el que estos dos personajes, auténticos héroes de la gesta, eran admirados por su valor. Es muy posible que este primitivo Cantar de Roldán no se llegara a poner por escrito y que únicamente se divulgara mediante el recitado. En el tercer cuarto del siglo XI las noticias ya son más precisas y más distantes geográficamente. Entre los años 1054 y 1076 un monje de San Millán de la Cogolla, en la Rioja, copiaba en un manuscrito las líneas de la llamada Nota Emilianense, en la que se da una síntesis de un Cantar de Roldán. seguramente en versión castellana; y el 14 de octubre de 1066, cuando en la batalla de Hastings Guillermo el Bastardo, duque de Normandía, vencía a los anglosajones, antes de iniciarse la acción un juglar normando llamado Taillefer entonó versos del Cantar de Roldán para enardecer a los que iban a luchar. Nada de cierto podemos saber del contenido, de la extensión ni del estilo de estas gestas sobre Roncesvalles que se conocían en la Rioja, sin duda por la proximidad al camino de Santiago, y que de Normandía llevaron a Inglaterra las huestes del duque Guillermo.

Los normandos establecidos en Inglaterra conservaron celosamente la gesta sobre Roncesvalles. Unos treinta años después de la conquista, un clérigo natural de Fécamp, en Normandía, que participó en la batalla de Hastings y que, establecido en Inglaterra, fue abad de Malmesbury y de Peterboroug, y que se llamaba Turoldus, fue muy verosímilmente quien llevó a cabo la refundición del Cantar de Roldán que hoy leemos según el manuscrito de Oxford. Quede bien precisado que Turoldus no es el inventor o el creador de la gesta, que en su tiempo ya debería hacer casi un siglo que se divulgaba juglarescamente por Francia. Turoldus lo que hizo fue recogerla de la tradición, redactarla muy sabiamente en perfectos versos en la variedad idiomática anglonormanda y, sin duda, estructurarla a su modo y darle notas eruditas, como corresponde a un culto hombre de Iglesia. Repárese que cuando en el Cantar de Roldán se describe el caballo del arzobispo Turpín los versos siguen muy de cerca las características del caballo perfecto que da San Isidoro en las Etimologías, fuente libresca que en modo alguno puede haber interferido en una tradición esencialmente popular. Pero conviene tener bien en cuenta que este hombre erudito que refundió ente los años 1087 y 1095 el Cantar de Roldán y lo convirtió en el texto que hoy leemos no lo hizo en modo alguno para que alguien pudiera leer la gesta, sino para proporcionar a los juglares de su entorno o a su servicio -únicos y exclusivos divulgadores de los cantares de gesta en su tiempo- un libreto para que aprendieran una versión del Cantar de Roldán que suponía más bella y más moderna que la que cantó Taillefer al poner los pies en tierra inglesa y la hicieran conocer mediante el recitado o el canto.

Los personajes del «Cantar de Roldán».

La ordenación episódica del Cantar de Roldán obedece a una simetría que forzosamente ha de ser calculada, ya que unas partes de la gesta corresponden equilibradamente a otras. Los jerarquizados conceptos feudales contribuyeron poderosamente en el logro de esta harmónica estructura. El público medieval comprendía sin esfuerzo que al ser muerto Roldán en Roncesvalles, a consecuencia de una traición y luchando contra el reyezuelo sarraceno de Zaragoza, no podía vengarlo en él Carlomagno, jefe supremo de la Cristiandad, sino que tenia que hacerlo en Baligán, emir de todos los sarracenos, único ser en la tierra digno de oponerse al emperador. De ahí el famoso e imprescindible episodio de Baligán, en el cual el emperador cristiano lucha singularmente contra el emir y lo vence; y no precisamente porque sea más fuerte que él ni más hábil en el manejo de las armas, sino porque tiene la razón de su parte, y la lucha entre ambos es un combate judicial, en el cual Dios ha de dar la victoria al que defiende lo justo, concepto definido con un verso lapidario:

Paien unt tort e chrestiens unt dreit.[4]

El juglar está perfectamente compenetrado con estas ideas de jerarquía feudal y acepta la manifestación de la justicia por medios sobrenaturales, lo que le sirve para conseguir uno de sus fines: inspirar a los caballeros que puedan oír sus versos el afán de combatir contra los enemigos de la fe, en la confianza de que, siendo la causa justa, Dios la hará suya

Los personajes que intervienen en el Cantar de Roldán constituyen en su mayoría una gran comparsería de guerreros de ambos bandos, a veces de aparición fugaz, pero raramente presentados con una nota personal y a veces pintoresca, que los individualiza. Es curioso observar que la gesta menciona a cincuenta y seis personajes cristianos y a cincuenta y seis personajes sarracenos, lo que es debido al azar, pero tal vez supone cierta intención de proporcionalidad. Carlomagno aparece como hombre muy anciano (los paganos, exageradamente, creen que tiene más de doscientos años), de larga barba blanca que a veces se mesa al reflexionar, de cuerpo muy vigoroso y de porte altivo, y Dios lo protege constantemente como el señor a su vasallo, y lo auxilia y aconseja en momento de peligro o de vacilación por medio del arcángel San Gabriel. Es poco locuaz, medita profundamente sus decisiones y ama tiernamente a los que componen su consejo, o lo que hoy llamaríamos su estado mayor. Su hieratismo se quiebra cuando, al final del cantar, tras siete años de campaña militar en España, de haber derrotado a las fuerzas de Baligán y de haber castigado a Ganelón, y al disponerse a gozar de un merecido reposo en su palacio de Aquisgrán, se le aparece San Gabriel y le ordena de parte de Dios que reúna nuevamente sus huestes y parta para una lejana tierra a defender a un rey cristiano que está sitiado por los musulmanes. Y el cantar se acaba así: «El emperador no quisiera ir: "¡Dios!, -dijo el rey-, ¡qué trabajosa es mi vida!" Sus ojos lloran, tira de su barba blanca.» El Cantar de Roldán cierra la acción con el verso «Pluret des oilz, sa barbe blanche tiret», que forzosamente recuerda el primero conservado del Cantar del Cid: «De los sus ojos tan fuertemientre llorando», aplicado a Ruy Diaz de Vivar.

Roldán es un personaje maravillosamente pintado. Nadie lo supera en valentía ni en fuerza física, pero es temerario: ama el peligro, y en él perece. Su testarudez al negarse a sonar el olifante para pedir auxilio a la hueste de Carlomagno, cuando se ve atacado por fuerzas infinitamente superiores, parece una fanfarronada. Pero ello procede de su orgullo, pues le parecerla vergonzoso pedir socorro, lo que cree que supondría deshonor no tan sólo para él y para su linaje, sino incluso para la dulce Francia. Sabiendo que él y todos los suyos han de morir sin remedio, lucha gallardamente, y al final hace sonar el olifante para que acuda Carlomagno con su hueste y, hallando muertos a él y a sus compañeros, sea testigo de su heroísmo. Roldán es un muchacho belicoso, altivo e intemperante, que interrumpe los consejos imperiales con bravatas y carcajadas y que con frecuencia comete actos de indisciplina militar, como cuando conquistó Nobles sin autorización del emperador. El gran acierto del Cantar de Roldán es no haber presentado a su héroe como un dechado de virtudes o un paradigma de la caballería, sino como un ser desmesurado y cuyas fanfarronadas siempre son expuestas con simpatía.

Oliveros es el adecuado contraste o complemento de Roldán. Es, sin duda, tan valiente y tan fuerte como él; pero es un caballero disciplinado, discreto y prudente, cuya mayor virtud es la mesura, de la que carece su compañero. En los diálogos entre ellos, en plena batalla, unas veces discutiendo, otras animándose y preparándose a una ineludible muerte, hallamos las escenas más emocionantes y cargadas de sentido de la gesta. Otro verso lapidario cifra la esencial diferencia entre el temperamento de los dos pares y amigos:

Rollant est proz e Oliver est sage.[5]

Lo que no implica que Oliveros no sea también proz, pero su valentía va acompañada de la sensatez.

El traidor Ganelón, padrastro de Roldán, es una figura acertadamente diseñada. No es un personaje repugnante y dechado de todos los defectos y vicios, como lo presentaría una concepción más popular. La gesta hace de él un hombre de gran prestancia física, de aspecto gallardo, y que viste con elegancia. Tiene un corazón tierno -como le reprocha Carlomagno-, y se acuerda con afecto y dulzura de su mujer y de su hijo, que han quedado en Francia: nota sentimental que no se advierte en ningún otro guerrero franco concreto. Pero Ganelón es ofendido por las bravatas e insultantes desplantes de Roldán. y ello lo irrita tanto que se propone vengarse. Únicamente el afán de venganza y el odio a su hijastro llevan a Ganelón a la traición al confabularse con los moros de Zaragoza. Ya en esta pendiente, acepta ricos presentes del enemigo y trama la perdición de la retaguardia franca para satisfacer sus deseos de venganza. En el fondo no se considera un traidor, y así se presenta al juicio de Aquisgrán, donde sostiene que lo que ha hecho es vengarse de las injurias de Roldán, pero que no ha cometido traición alguna. Y ello es presentado de tal suerte que los jueces imperiales fallan que no encuentran culpa en él. Es preciso que Terrin de Anjou, paladín de la memoria de Roldán, venza en un juicio de Dios a Pinabel de Sorenza, pariente y paladín de Ganelón, para que se demuestre claramente que éste fue un traidor y, por tanto, sea condenado y descuartizado.

Entre los grandes guerreros, y a poca distancia de Roldán y de Oliveros, es notable la personalidad del arzobispo Turpin, auténtico clérigo matamoros, valiente, animoso y decidido, que pelea como un león en Roncesvalles y da a sus compañeros ánimos y esperanza en la salvación de sus almas. Cuando absuelve colectivamente a los guerreros que van a combatir con los mahometanos les impone la penitencia de ferir, golpear. Ya muerto por el enemigo, cuando es presentado con las entrañas que le salen del vientre y los sesos que se le derraman por la frente hendida, el cantar llama la atención sobre las bellas y blancas manos del arzobispo, que tan bien saben manejar la espada y la lanza, pero que asimismo consagran y bendicen.

El mundo femenino tiene pocas pero muy emotivas y significativas notas. Curioso

personaje, visto con auténtica simpatía, es la reina mora Bramimonda, mujer de Marsil, reyezuelo de Zaragoza. Durante los preparativos de la acción guerrera y después de ésta anima fervorosamente a su marido y es para él una buena consejera. Y cuando Carlomagno entra en Zaragoza y obliga a los moros a convertirse al cristianismo, y los que no lo hacen son ahorcados, no sitúa a Bramimonda en esta difícil situación. Simpatiza con ella y se la lleva a Francia para que se convierta «por amor»; y, en efecto, después de haber recibido preparación cristiana, la reina mora es bautizada con solemnidad y recibe el nombre de Juliana.

Imborrable es la fugaz y sobria aparición de la hermosa Alda en el Cantar de Roldán. Es la hermana de Oliveros y novia de Roldán, y cuando la hueste ha regresado a Francia cae muerta fulminada al enterarse de que el héroe ha perecido en Roncesvalles. Todo el dramatismo del episodio se expresa en dos sobrias estrofas, la primera de las cuales es así:

Li empereres est repairet d'Espaigne
e vient a Ais, al meillor sied de Franance;
muntet el palais, est venut en la sale.
As li Alde venue, une bele damisele;
ço dist al re¡: «0 est Rollant le cataine,
ki me jurat cume a sa per prendre?»
Carles en ad e dulor e pesante,
pluret des oilz, tiret sa barbe blance:
«Soer, cher'amie, de hume mort me demandes.
Jo Ven durai mult esforcet eschange:
ço est Loewis, mielz ne sai a parlera
il est mes filz e si tendrat mes marches.»
Alde respunt: «Cest mot mei est estrange.
Ne place Deu ne ses seinz ne ses angles
aprés Rollant quejo vive romaigne.»
Pert la culor, chef as piez Carlemagne.
Sempres est morte, Deus ait mercit de fanme!
Franceis barons en plurent e si la pleignent.[6]

Estilo del «Cantar de Roldán»,

Estos versos, que pueden dar idea de la concisa eficacia con que la gesta se expresa en momentos cargados de dramatismo, es la única nota que

sobre el amor ofrece el Cantar de Roldán, cuyos rudos caballeros francos no son los tiernos caballeros bretones que muy pronto presentará la novela cortesana.

La sencillez en la expresión es característica muy destacada del Cantar de Roldán, porque logra evitar los escollos de la ampulosidad y del prosaísmo. Los versos aparecen despojados de todo ornato; las frases son breves y tajantes, y el vocabulario, más que rico, es preciso y determinante. Evita el lenguaje figurado, sin concesiones a la imagen o a la perífrasis, sin hinchazón ni relleno. Las comparaciones no son frecuentes, y se reducen a uno o dos versos o a una sencilla adjetivación, y la frase sintáctica es paralela a la rítmica salvo muy escasas excepciones.

Las repeticiones, los paralelismos y el recurso llamado de las series gemelas, al que antes se ha aludido, dan al Cantar de Roldán, en sus episodios culminantes, un singular estilo iterativo, que, tal vez por la gran influencia que ejerció nuestra gesta en años posteriores, se convertirá en una singular característica del estilo épico románico, y advertiremos su presencia incluso en el Cantar del Cid. Las series gemelas suponen que siempre variando la asonancia, en una estrofa o serie de versos, se repite lo que se ha narrado en la anterior con expresiones iguales o similares en varios momentos: de tal suerte que el auditor percibe lo mismo otra vez. En cuatro ocasiones, siempre en episodios de gran dramatismo, las series gemelas son tres. Con este recurso la acción queda como detenida y la narración se reitera como si fuera contemplada desde otro ángulo.

Véase, como muestra de este tan peculiar estilo, la escena que da la sutil y sinuosa conversación entre el rey Marsil de Zaragoza y Ganelón, que prepara la traición

Dist li Paiens: «Mult me puis merveiller
de Carlemagne, ki est canuz e vielz:
roen esdentre, dous cenz anz ad e meilz.
Par tantes teres ad son cors traveillet,
tanz cols ad pris de lances e d'espiet,
tanz riches reis cunduiz a mendistiet:
quant ert il mais recreanz d'osteier?»
«Ço n'iert-dist Guenes-, tant curo vivet sis niés.
N'at tel vassal suz la cape del ciel.
Mult par est proz sis cumpainz Oliver.
Les XII pers, que Carles ad tan[ chers,
funt les engardes a xx mil chevalers.
Soürs est Carles, que nuls home ne crent.»[7]

Y adviértase que a continuación vamos a leer exactamente lo mismo, a veces incluso con las mismas palabras o sus sinónimos, pero en una estrofa que esencialmente se diferencia de ésta por el cambio de rima:

Dist li Sarrazins: «Merveille en al grant
de Carlemagne, ki est canuz e blancs:
mien esdentre, plus ad de IIC anz.
Par tantes teres esa alea cunquerant,
tanz colps ad pris de bons espiez trenchanz,
tanz riches reis morz e vencuz en champ:
quant iert il mais d'osteier recreant?»
«Co n'iert -dist Guenes-, tant curo vivet Rollant.
N'ad tel vassal d'ici quien Orient.
Mult par esa proz Olivier, sis cumpaínz.
Lí XII per, que Carles aimet tant,
funt les engardes a xx milie de Francs.
Soürs esa Cartles, ne crent hume vivant»[8]

Proyección del Cantar de Roldán».

El Cantar de Roldán ha tenido larga y diversisima descendencia en obras literarias de diferentes tipos y lenguajes. Ya en la segunda mitad del siglo XII fue objeto, en francés, de una trasposición a la rima consonante y de grandes ampliaciones, y tal vez antes fue adaptado al provenzal en el cantar llamado Rencesvals, con episodios y personajes nuevos, que entre otras peculiaridades, recogía la leyenda que suponía que Roldán era hijo incestuoso de Carlomagno y su hermana Gisla. Hacia 1140 un

relato algo similar a nuestra gesta aparece en la crónica latina falsamente atribuida al arzobispo Turpin e inserta en el Libro de Santiago (Librr Sancti lacobi); y por los alrededores de 1170 un clérigo bávaro llamado Konrad traducía nuestro cantar al alemán en verso. Es notable, por su fidelidad, la traducción islandesa en prosa Saga af Runzivals bardaga, hecha entre 1230 y 1250 por encargo del rey Haakon V de Noruega. Del siglo XIII es el Roncesvalles navarro, del que se tratará en otro capítulo.

En Italia el Cantar de Roldán tuvo gran aceptación, y, como ya veremos más adelante, a ella son debidas las versiones originales y renacentistas que ofrecen los Orlandos de Boiardo y de Ariosto.

El ciclo de gestas de Guillermo.

Veinticinco cantares de gesta franceses se agrupan más o menos artificialmente en el ciclo llamado de Garin de Monglane, héroe padre de Giran de Vienne, quien a su vez lo es de Guillermo, tio del valeroso Vivién. De todos estos personajes el de historicidad más segura y mejor conocida es Guillermo, por lo que es frecuente dar su nombre a todo este extenso ciclo, en el que se encuentran algunos cantares de gran interés y belleza y que han trascendido en la historia de la literatura.

Guillermo, personaje histórico.

Se trata del personaje que la Iglesia incluye en el santoral el 28 de mayo como San Guillermo de Aquitania o de Tolosa. Era hijo de un conde franco, Teodorico, y de Alda, hija de Carlos Martel, lo que lo hacia primo de Carlomagno, parentesco que sorprendentemente ni las leyendas ni la literatura recogen. En 789 Carlomagno te confió el condado de Tolosa y la difícil misión de defender las fronteras del Imperio limítrofes con la España musulmana. Poco después, en 793, tuvo que hacer frente a las tropas mahometanas que, mandadas por Hixem I, atravesaron los

Pirineos, saquearon los arrabales de Narbona y se dirigieron hacia Carcasona. Les salió al encuentro y luchó con ellas en una batalla a orillas del río Oliveio (tal vez el Orbieu), en la que, si bien los cristianos fueron derrotados, su esfuerzo consiguió detener el avance de la expedición enemiga. Realizó luego una serie de incursiones al sur de los Pirineos, en la zona que después se llamará Cataluña, y tomó parte decisiva en la gran campaña de los años 801 a 803. Mientras el rey, Ludovico Pío, permanecía en el Rosellón con un cuerpo de ejército otro, mandado por el conde Rostagnus de Gerona, sitíaba a Barcelona, y un tercero, bajo el mando de Guillermo, se apostaba al sur de esta ciudad para impedir que tos sarracenos recibieran refuerzos. Guillermo tomó parte en la conquista de Barcelona; pero muy poco después, en 804, se retiró a la abadía de Aniane (cerca de Montpeller), y luego fundó en sus proximidades la abadía filial de Gellone, que, en honor a su fundador, recibirá el nombre de Saint-Guilhem-du-Désert, donde murió hacia el año 812. En un documento por el firmado hace mención de su primera esposa, Vuitburgh, que aparecerá en los cantares de gesta con el nombre de Guiburc.

Guillermo en la literatura y la leyenda.

Muy pronto fue Guillermo celebrado en obras literarias. Es en cierto modo el protagonista del libro segundo de un poema titulada En honor de Ludovico (In honorem Hludowici), escrito en dísticos latinos en el año 827 por Ermolao o Ermolao el Negro, donde se narra muy pormenorizadamente la campaña militar que acabó con la conquista de Barcelona por los francos. Hay en estos versos rasgos exagerados del heroísmo de Guillermo, presentado como un rudo militar, certero en sus combates singulares y caracterizado por la contundencia de sus puñetazos. Hacia el año 1000 ya existía una auténtica leyenda sobre el fabuloso linaje de Guillermo, como se advierte en un curioso texto latino, llamado Fragmento de La Haya, que narra un novelesco asedio por los francos de una ciudad musulmana, que bien pudiera ser Gerona y estas leyendas en torno de Guillermo y los suyos eran conocidísimas hacia 1125, cuando los monjes de Gellone escribieron una vida de su fundador (Vira Sancti Wilhelmi), donde se aceptan sus fabulosas conquistas, como la de Orange, y se le atribuyen hazañas no

atestiguadas por la historia.

El «Cantar de Guillermo».

Muchos son los relatos épicos en verso francés sobre la leyenda de Guillermo que se deben de haber perdido, pues los más antiguos de los hoy conservados revelan un largo trabajo de fabulación y contaminaciones entre diversos núcleos. Se fecha hacia 1150 el llamado por antonomasia Cantar de Guillermo (Chançun de Guillelme)[9], en cuya primera parte el héroe y su esposa Guiburc residen en una Barcelona recién conquistada y con el enemigo próximo. Es magnifica la descripción de la batalla de l'Archamp (o Larchamp), zona situada entre Barcelona y Gerona, acción en que combaten como leones Guillermo y sus dos sobrinos Gui y Vivién, éste valerosísimo luchador joven, mezcla de Roldán y Oliveros, y que permanece fiel al juramento que hizo de no retroceder nunca ni un solo paso ante el enemigo, y en cuya heroica muerte hay detalles que intentan sugerir cierto paralelismo con la pasión de Cristo, lo que hace de este muchacho franco el modelo del ideal de caballero cristiano que lucha por la fe. Los últimos momentos de Vivién, cuando combate arrastrando los intestinos por el suelo, con la espada sucia de sangre e hígado de los moros, y luego su caída de rodillas, con los sesos que se le derraman por la hierba, son notas de sorprendente truculencia y en las que se advierte una decidida concesión a un público ávido de escenas escalofriantes y de desgarrado realismo. Una sola estrofa bastará para dar la medida del tono de este episodio:

Viviéns eire a pié par mi le champ;
chiet lui sis healmes sur le nasel devant,
entre ses piez sos boals trainant,
al braz senestre les vait contretenant.
En sa main destre porte d'ascier un brant,
tul fu veemeilz des le helt en avant,
l'escalbers pleins e de foie e de sanc,
devers la mure si s'en vait apuiant.
La sue mort li vait mult destreignant,
il se sustient contreval de san brant.
Formen[ reclaime Jhesu le tul poant,
qu'il le tramette Guillelme, le bon Franc,
u Loois, le fort rei combatant.[10]

Guiburc, la esposa de Guillermo, tiene un papel muy destacado en el cantar, pues gracias a ella su marido, viejo ya y cansado de luchar, y al que es preciso alimentar con gran cantidad de manjares para acallar su voracidad, se decide a salir de Barcelona para ir a batallar junto a su sobrino eljoven Vivién. Hay rudeza en el Cantar de Guillermo, y a veces revela cierto primitivismo, pero no falta en él la grandiosidad, El cantar propiamente dicho, que tiene como centro de acción a Barcelona, va seguido de una segunda parte, que se interfiere y que tiene como centro de ella a Orange, en la Provenza, en que son notables las heroicidades semicómicas del gigantazo Rainoart, temible cuando maneja su porra (el tinel), lejano modelo de los jayanes de los libros de caballerías y poemas renacentistas italianos,

Aliscans.

Son varios los cantares de gesta dedicados a Vivién, joven héroe que alcanzó gran popularidad; y los hechos fundamentales del Cantar de Guillermo reaparecen en la gesta denominada Aliscans, donde la gran batalla de I'Archamp se transfiere al cementerio de los Aliscamps, de Artes, Hay en este cantar momentos de dramatismo y notas originales, y una de ellas es la compenetración de Guillermo con su caballo. Así, por ejemplo, en un momento de la gran batalla encontramos estos versos:

Lors descendí Guillaumes au cort nes,
son cheval frote les fianss el les costés,
aprés ¡'apele par molt grant amisté,
et dist Guillaumes: «Bauchant, quel la ferés?
Molt voi vos Rans tos ensanglentés.
N'est pos merevelle, se vous estes aassés,
caz trop parestes traveillés et penés;
forment me poise, quant si estes navrés.
Se tu recrois, a roa fin sui calés,»
Bauchant I'oi, si I'entendi assés,
drece I'oreille, si a fronci del nes,
escout la teste, si est resvigorés[11].

La coronación de Luis.

Un grupo de cuatro cantares de gesta, que se pueden fechar a mediados del siglo XII ofrecen una curiosa y francamente ahistórica biografía de Guillermo, al que se atribuyen intervenciones en hechos en los que no participó y conquistas de ciudades que cuando vivió el personaje real ya estaban dominadas por los cristianos, Son cantares por lo general muy bien estructurados y de interés narrativo. En el de La coronación de Luis (La coronemenz Loois)[12] el hijo de Carlomagno, Ludovico Pío, aparece como un joven tímido e irresoluto, que hubiera sido depuesto por los nobles si no se hubiese interpuesto a su favor Guillermo, quien le ciñe la corona en la cabeza y se convierte en el auténtico defensor del Imperio, Guillermo llama la atención por su ímpetu y su gran fuerza física y por los puñetazos que descarga sobre sus enemigos, característica que ya sabemos que era propia del personaje histórico, En su combate singular con el gigante Corsolt, episodio largo y lleno de emoción, su adversario le da con la espada en la nariz y le corta la punta, con lo que se pretende justificar que el gran guerrero cristiano fuera llamado «Guillaume al Cort Nes» («el de la nariz corta»), apelación con que se le conocerá en muchas gestas, Se trata de una curiosa corrupción, pues en los textos más antiguos, desde la referencia de la Nota Emilianense y el antiguo Cantar de Guillermo, el héroe era conocido por «Guillaume al Curb Nes» «el de la nariz curva», o sea aguileña.

El Carro de Nimes y la Conquista de Orange

Siguen a éste los cantares titulados El Carro de Nimes (Charroi de Nimes)[13] y La Conquista de Orange (Prive d'Orange)[14], en los que Guillermo se apodera de estas dos grandes ciudades del mediodía de las Galias que se suponen en poder de los moros, mediante ingeniosos recursos militares, Entra en Nimes disfrazado de mercader e introduciendo en el recinto un carro lleno de barricas en que van escondidos sus guerreros, ardid en algo similar al del caballo de Troya, pero con acertadas notas cómicas. Ya dueño de Nimes, Guillermo se entera de la belleza de la esposa del rey moro de Orange, llamada Orable, y se propone conquistar la ciudad y la dama, lo que lleva a término en una audaz incursión individual, con persecuciones y combates por vías subterráneas, que dan al cantar un claro tono de novela de aventuras. La bella Orable, enamorada de él desde que lo ve, lo ayuda en su empresa, y finalmente recibe el bautismo, cambia su nombre por el de Guiburc y se casa con él.

El Monacato de Guillermo.

El cuarto de los cantares de esta pequeña serie es el del Monacato de Guillermo (Moniage Guillaume), cuya acción transcurre muchos años después, cuando, ya muerta Guiburc, Guillermo se retira a los monasterios de Aniane y de Gellone (lo que, como sabemos, es rigurosamente histórico); pero su rudeza y sobre todo su voracidad hacen insoportable su convivencia con los demás monjes, hasta el extremo de que el superior lo envía a una peligrosa mensajería, suponiendo que perecerá a manos de bandidos. Guillermo supera este peligro gracias a su descomunal fuerza física, y más adelante salva a Francia de una temible incursión que lleva a los sarracenos hasta París. El cantar se caracteriza por sus notas de ironía al diseñar al héroe ya anciano pero con un vigor físico rayano en la brutalidad y con mente asaz obtusa. Pero hay en él un emotivo episodio cuando Guillermo vaga por caminos solitarios con su criado, éste lleno de miedo ante posibles ataques de bandoleros, y le recomienda que cante para apartar el temor. El

criado entonces entona los primeros versos del cantar de la Conquista de Orange, que narra las hazañasjuveniles de Guillermo. Este breve episodio recuerda aquel de la Odisea en que Odiseo escucha en la corte de los feacios a un aedo que canta sus antiguas hazañas en la guerra de Troya.

El histórico Girart de Vienne.

Fenómeno típico de la epopeya es la captación de leyendas diversas para incorporarlas a un mismo ciclo, creando para ello relaciones y parentescos necesarios para dar al conjunto una lógica unidad. Esta tendencia, tan evidente en la literatura griega arcaica, se da también en el ciclo francés de Guillermo, que capta la materia de viejos cantares hoy perdidos para engrosar la fabulosa leyenda de guerreros franceses de un extenso y complicado linaje. Un ser rigurosamente histórico, Girart, que entre los años 819 y 877 fue conde de Vienne del Delfinado y que mantuvo una actitud hostil a Carlos el Calvo, quien lo sitió en la gran ciudad que constituía su feudo, se convirtió pronto en el símbolo del irredentismo y del particularismo borgoñón contra el espíritu y la política absolutista de los francos. Su recuerdo se conservó popularmente, y ello hizo nacer leyendas que pronto se narraron en cantares que celebraban las hazañas de este héroe enemigo del Imperio.

El cantar de «Girart de Vienne».

A fines del siglo XI un hombre culto (auras gentis clers), Bertran de Bar, llevó a término una refundición de una antigua gesta sobre Girart de Vienne[15] en la que narra el largo sitio de esta ciudad, defendida por Girart, ante las fuerzas de Carlomagno. Se destacan en esta gesta las hazañas juveniles de Roldán, sobrino de Carlomagno, que combate con los sitiadores, y las de Oliveros, sobrino de Girart, que combate entre los sitiados. La situación se dramatiza cuando Roldán se enamora de la hermosa Alda, hermana de Otiveros, y ella corresponde a su afecto; y así las cosas se celebra un terrible combate singular entre los dos jóvenes, solos en una isla del Ródano, que acabará con la intervención del ángel de Dios, que los hace apaciguar, y de lo que nacerá la constante camaradería de Roldán y Oliveros.

Es el Girart de Vienne un cantar de gesta puente entre leyendas, pues si por una parte constituye una especie de prólogo del tema de la expedición de Carlomagno a España y la batalla de Roncesvalles, por la otra narra las primeras hazañas de un nuevo héroe, Aymerí, sobrino de Girart.

Las gestas de Aymeri de Narbona y sus siete hijos.

Este Aymeri, cuyos antecedentes históricos hay que buscarlos entre los vizcondes de Narbona, se convirtió en la cabeza de un altivo linaje que generará numerosos cantares de gesta. La leyenda le otorgará siete hijos, y hará uno de ellos a Guillermo, contra toda verdad histórica. Las hazañas de los siete aimeridas constituirán una extensa y variada saga proyectada primordialmente en la conquista de feudos que se hallaban en poder de los sarracenos y en los amores de los guerreros francos con princesas moras. Se advierten en el conjunto de cantares que integran esta parte del ciclo algunas notas legendarias que hacen sospechar relación con la gesta castellana de los siete infantes de Salas, cosa no imposible, dado el parentesco que unía a los vizcondes de Narbona con el linaje castellano de los Lara.

El cantar de gesta sobre Aymeri de Narbona (Aymeri de Narbonne)[16], continuación del Girart de Vienne y de estilo similar, sitúa la acción poco después de la batalla de Roncesvalles y relata cómo el joven Aymerí, hijo de Girart, se apodera de Narbona, que será su feudo y su sede, y cómo consigue casarse con Hermenjart, hija del rey de Parta, la que le dará los siete hijos, a cada uno de los cuales se dedicará por lo menos un cantar de gesta. Ya conocemos los referentes a Guillermo, que quedarán incorporados a este subciclo; y destaquemos aquellos que tienen por teatro empresas realizadas en tierras de España, como el de Guibert d Andrenas, con la ocupación de Balaguer, la Conquista de Córdoha y Sevilla (Prise de Cordres et Sebille) y el Sitio de Barbastro (Siége de Barbastre), que fue refundido en el Buevon de Corrimarchis por el poeta y novelista Adenet le Roi en la segunda mitad del siglo XIII; y anotemos que, sin duda alguna, existió un cantar hoy perdido sobre la conquista de Gerona, que tenía por héroe a Hemaut, personaje pintoresco, que da una curiosa nota de humor a estas gestas.

Cantares de gesta sobre Carlomagno

Carlomagno en la epopeya

La figura de Carlomagno domina toda la epopeya francesa, y a su entorno nacieron toda suerte de leyendas y otras fueron captadas e incorporadas a su historia poética. En el Cantar de Roldán, si bien no puede afirmarse de un modo riguroso que sea protagonista, bien cierto que él enseñorea toda la gesta desde el primer verso al último y que es presentado al auditoricon las notas de valentía, majestad y profundo sentido religioso que convienen a quin es considerado el mayor defensor de la fe contra sarracenos y paganos. Carlomagno aparece en multitud de gestas francesas, e incluso a veces se le atribuyen hechos o situaciones de otros reyes de su mismo nombre (Carlos Martel o Carlos el Calvo), pues su popularidad lo inunda todo. La campaña de España y la acción de Roncesvalles no bastaban para satisfacer la curiosidad de un público que sentía tanta admiración y tanto fervor por su figura, a veces recordada con cierta nostalgia en momentos de decadencia del poder real en Francia; y es lógico que se crearan numerosas leyendas sobre otros trances de su vida y otras campañas en distintas tierras de Europa.

Las mocedades de Carlomagno

Su nacimiento, su infancia y sus hazañas juveniles se cantaban en unos cantares de gesta que otorgaban al joven Carlos una existencia azarosa y aventurera, por supuesto muy alejada de la verdad histórica, pero que se ganó gran popularidad y se difundió por toda Europa. En el siglo ml tres cantares circulaban dedicados a las mocedades de Carlomagno, aunque no se hayan conservado en formas genuinas ni completas. Uno de ellos, el intitulado Berta la de los grandes pies (Berte aux grans pies)[17], suponía que la madre del héroe, Berta, hija del rey de Hungría, era suplantada por una sirvienta suya en su noche de bodas con Pepino el Breve, y la auténtica esposa era abandonada en un bosque, hasta que años más tarde se descubría el fraude, era llevada a la corte y daba a luz al futuro emperador. Sigue el asunto el famoso cantar llamado Mainete (Mainet)[18], en el que Rainfroi y Heldrí, los hijos que Pepino había tenido en la esclava suplantadora, en los largos arios en que creyó, engañado, que era su auténtica esposa, envenenan a su padre y a Berta y hacen vivir vilmente a su hermanastro, Karlot, hasta que éste huye a Toledo y ofrece sus servicios al rey moro Galafre; y en su hueste demuestra su bravura y realiza actos heroicos, entre ellos vencer al cruel Braimant, de cuya espada Durendal se apodera, y que años después ceñirá Roldán en Roncesvalles. Estas aventuras se enlazan con los amores del joven Carlos con Galiana, la hija de Galafre. Al regresar a Francia, Carlos hace ejecutar a sus hermanastros Rainfroi y Heldrí y se corona rey.

Hay en todas estas ficciones, por un lado, el recuerdo más o menos vago e impreciso de la juventud de Carlos Martel, bastardo de Pepino de Heristal, y de las luchas de aquél contra Raginfredus y Chilperico, y, por el otro, el de la estancia de Alfonso VI de León en Toledo, expulsado por Sancho Il, y los amores y boda de aquél con la mora Zaida, hija del rey de Sevilla. Lo cierto es que por Castilla circularon tanto la novelesca historia de Alfonso como la leyenda deljoven Carlos, ésta recogida, entre otros textos, en la Crónica general de Alfonso el Sabio.

Otro cantar de gesta francés, el Basín[19], narra lasjuveniles aventuras de Carlomagno en el bosque, ejerciendo de bandolero y de asaltador de caminos en la partida de un tal Basín, hasta que sorprende y mata a sus hermanastros usurpadores.

La Peregrinación de Carlomagno

Es un cantar de gesta que modernamente recibe los títulos de Peregrinación de Carlomagno[20] y de Viaje de Carlamagno a Jerusalén y a Constantinopla, distinto de las otras gestas no tan sólo por su temática y la ausencia de acciones militares, sino también por su brevedad y versificación (ochocientos setenta versos alejandrinos asonantados). Se conoce en una redacción de la primera mitad del siglo XII y narra una totalmente imaginaria expedición pacífica a Tierra Santa y Constantinopla emprendida por Carlomagno y sus doce pares, con la cual se quiere justificar la autenticidad de ciertas reliquias de la Pasión veneradas entonces en Francia y que el emperador hubiera traído de Jerusalén. Es notable este cantar por la detallada descripción de las maravillas y portentos arquitectónicos y mecánicos de Constantinopla, ante los cuales los francos reaccionan en una primera impresión como palurdos ante los adelantos del progreso material, pero luego adoptan una acritud muy sana de burla e ironía. Después de una magnífica cena que les ha ofrecido el emperador de Constantinopla, Carlomagno y los francos achispados por el clarete, se reúnen en la amplia sala donde han de dormir, y, a instigación del rey, se dedican al juego de expresar bravatas que ponen en ridículo las maravillas y suntuosidad bizantinas, lo que constituye una de las escenas más divertidas de la epopeya románica, y de una comicidad muy al alcance de un auditorio popular .

Este viaje de Carlomagno a Oriente -donde en realidad nunca estuvo- se origina en el cantar con una escena cortesana entre solemne y humorística y expuesta con una calculada dicción seria y solemne:

Un jur fu Karlemaine al seint Denis muster:
rout prise sa corone, en croiz seignat son chef;
e ad ceinte s'espee dont li pone fud d'or raer.
Dux i out e demeines, baruns e chevalers.
Charles li empereres reguardet sa moillier:
ele fut corunee al plus bel e al meuz.
la prist par le poin desuz un Oliver,
de sa pleine parole la prist a reisuner:
«Dame, veistes unkes hume dedesuz ceil
tant ben seist espee rae la corone al chef?
Uncor cunquerrei jo citez ot mun espezs
Cele rae fud pas sage, folement respondeit:
«Emperere, dist ele, trop vos poez priser.
Uncore en sai jo un k¡ plus se fait leger
quant il porte corone entre ses chevalers:
kaunt la met sur sa teste plus belement luí set!»
Quant fentent Charlemaine mult en est curecez,
por Franceis ki I'oirent mult en est embrunchez:
«E, dame, u est cil reis? E car le m'enseinez!
si porterum ensemble les corones as chefs!
Si i serrunt vos druz e tuz vos cunsilers:
jo maunderai ma court de mes bons chevalers.
Si Franceis le me dient, dunc 1'otreirai ben;
se vos m'avez mentid, vos le cumperez cher:
trencherai vos la teste od m'espee d'acer!»[21]

La reina confiesa que el rey que considera más elegante que Carlomagno es el emperador Hugo de Constantinopla, y aquél decide emprender un viaje para conocerlo y comprobar personalmente, ante sus pares, si ello es cierto.

Galiens.

En el siglo XlI se escribió un curioso cantar de gesta, el Galiens [22], que es una especie de continuación de la Peregrinación de Carlomagno, pero sin atisbos de ironía y con acción militar en sus últimos episodios. Durante la estancia en Constantinopla, y como consecuencia de las bravatas, Oliveros tiene amores con Jacqueline, la hija del rey Hugo de Constantinopla. Partidos los francos, Jacqueline da a luz a un hijo, Galiens, quien se educa en la corte de su abuelo ignorando quién es su padre. Ya mozo, en una disputa suscitada en una partida de ajedrez, su adversario lo llama bastardo. Galiens interroga a su madre, quien le hace saber que es hijo de Oliveros, y el joven emprende un largo viaje en busca de su padre, al que se parece físicamente tanto, que cuando se presenta ante su tía Alda ésta se cree que es su hermano Oliveros. Lo encuentra finalmente en plena batalla de Roncesvalles, cuando sólo están vivos Roldán y él, que muere poco después de haber conocido a su hijo, y Galiens venga su muerte luchando valerosamente contra los moros.

Es el Galiens un cantar despojado de todo origen histórico, pura fantasía e imaginación, que lo aproximan a la novela. Alcanzó gran popularidad en España, donde algunos de sus temas y episodios se interfirieron en la leyenda de los siete infantes de Salas, como veremos más adelante.

Otras gestas carolingias

La historia legendaria de Carlomagno hace que éste, antes de emprender su expedición a España combata en tierras italianas contra una invasión sarracena. A ello va dedicado el cantar de Aspremont, donde se narran las hazañas juveniles de Roldán y reaparece la orgullosa figura de Girant de Vienne. En el cantar de Fierabrás, éste, sarraceno que se convierte al cristianismo, es portador de unos recipientes con restos del bálsamo con que fue ungido el cuerpo de Cristo, preciosa reliquia, muy devotamente considerada en la gesta. y que a través de prosiftcaciones y traducciones castellanas de la narración llegará hasta Cervantes, que tan humorísticamente la interpretará en el episodio de la venta de la primera parte del Quijote.

Anseis de Cartago

Imaginados sucesos acaecidos en España después de la batalla de Roncesvalles se narran en el cantar de gesta de principios del siglo XII titulado Anseis de Cartago (Ansei's de Cartage)[23], cuyo asunto principal ofrece similitudes con el desarrollado en la leyenda española de don Rodrigo, el último rey godo, y la Cava. El cantar francés conoce muy bien la topografía española del camino de Santiago y sus proximidades, y recoge la famosa leyenda de Luiserne, ciudad ante la que Carlomagno, a fin de evitar más muertes de cristianos en su conquista, pide a Dios que obre un milagro, y, en efecto, la ciudad se hun