RETRATOS
CON PAISAJE
LA LIBERACIÓN DE MAUPASSANT
Por José
Joaquín Blanco
Gustave
Flaubert y Guy de Maupassant (1850-1893) tuvieron un sueño conjunto
que fue el rompecabezas de muchos biógrafos y críticos hasta
mediados de este siglo, cuando, al parecer, finalmente quedó
desmentido por concienzudos cotejos de la cronología y una revisión
con lupa de múltiples documentos. Ese sueño consistía en que
Maupassant fuese un hijo ilegítimo de Flaubert.
Todo
conjuraba para apoyarlo. Flaubert consideró a Maupassant, desde que
éste era adolescente, como su hijo y heredero espiritual, con tan
consistente fervor que invitaba a sospechar que tal paternidad fuese
algo más que platónica ("Es mi discípulo y lo amo como a un hijo").
Se encargó de su educación literaria, le revisó y corrigió una a una
todas sus páginas, incluso cuando Maupassant había logrado
celebridad; lo promovió, lo ascendió precoz y automáticamente al
parnaso de los Gautier, Goncourt y Turguénev, sus amigos; lo
consagró explícitamente a partir de la "obra maestra" Bola de
sebo, que alcanzó a festejar, a corregir y a ver impresa en las
últimas semanas de su vida.
Por su
parte Maupassant, quien detestaba a su padre legítimo, se asumió
como el hijo espiritual y el heredero moral y artístico de Flaubert
desde la adolescencia hasta el último de sus días; dio varias
batallas no sólo con respecto a los valores literarios del autor de
Madame Bovary, sino incluso en relación a su memoria, contra
los propios contemporáneos y amigos de Flaubert. (Libró un pleito
encarnizado con Maxime du Camp.)
Ocurrió
además que Flaubert, quien se conservó solterón, de muchacho había
sostenido una amistad única, apasionada, radical, con Alfred de
Poittevin y su hermana Laura, la que devendría madre de Maupassant
al casarse con un hombre que no amaba, y con quien nunca tuvo buenas
relaciones, Gustave de Maupassant. De hecho, el joven Flaubert había
sido el mejor partido de Laura, en un proyecto matrimonial que
entusiasmaba a ambas familias. ¿Cómo no suponer que la malcasada
Laura hubiese gozado de amores secretos con su adorado Flaubert, de
los que habría nacido ese muchacho que se sentía tan afín al
escritor como distante del padre legítimo?
Sea como
fuere, el joven Guy y el viejo Flaubert se adoptaron apasionadamente
desde el principio. Y al muchacho le tocó recibir la estricta
estética flaubertiana de exactitud y preciosismo verbales,
observación detallada, ironía frente al mundo, minuciosa armonía del
conjunto, autocrítica espiritual y desdén del sentimentalismo y de
las ideas de moda. Todo ello ayudó mucho al joven Maupassant, quien
antes de los treinta años (a la muerte de Flaubert) ya se había
encumbrado como cuentista en Francia y andaba conquistando Europa
con Bola de sebo, un relato que no superaría jamás, y que en
efecto trasluce la maestría, "el mundo concentrado", la ironía
endiablada y finísima, el equilibrio, la feroz crítica moral del
cuento Un corazón simple y de otras obras de Flaubert.
Pero el
maestro era exigentísimo en la imposición de su estética y de su
personalidad, ambas muy diferentes de las de Maupassant, por más que
los dos hombres quisieran enfatizar más bien sus semejanzas. A ratos
Flaubert se exasperaba con su discípulo amado: se entregaba
demasiado al periodismo, escribía demasiados artículos y cuentos a
toda prisa, descuidaba el estilo y se enfangaba con total
complacencia en temas banales, frívolos, obscenos, de moda y hasta
de folletín: "¡Demasiadas putas, demasiado canotaje, demasiado
ejercicio físico!" había en los escritos juveniles de Maupassant,
para disgusto del padre-maestro.
¿Debió
el discípulo imitar en todo al maestro, retirarse a una casa de
campo como a una ermita, encerrarse años enteros a "gritar" todas y
cada una de sus frases para asegurarse de su eufonía; invertir
lustros en cada novela, atenerse a lo esencial, despreciar lo
superfluo y el gusto popular? Maupassant tenía una disculpa: la
falta de dinero. Necesitaba ganarse la vida en los periódicos: lo
otro sería podrirse como burócrata ínfimo en el Ministerio de
Marina. Pronto, cuando reuniera lo suficiente, podría darse el lujo
del rigor biográfico y estilístico exigido por su padre espiritual.
(Pero cuando acumuló mucho dinero de sus regalías lo que hizo fue
comprarse un yate, al que bautizó como Bel-Ami.)
Por
fortuna para el discípulo, Flaubert murió a tiempo, en 1880, y le
permitió a Maupassant, quien moriría muy joven trece años después,
sacar a luz toda su personalidad en 6 novelas, 300 cuentos y muchas
crónicas y artículos periodísticos... en su mayor parte
antiflaubertianos. No le era posible imitar tanto a papá, por
temperamento.
Maupassant amaba el París
mundano, las lanchas con tropas libertinas en el Sena, el dinero,
los salones, las putillas y semiputillas de todo rango social, los
compadres de juerga, la esgrima, la baraja, la comida, las drogas,
el alcohol y el prestigio social. Naturalmente tendía a ser el
complaciente cronista de la vida mundana de la exitosa burguesía
francesa de los años ochenta. No era el oso letrado en su cueva de
provincia, ni un ermitaño en busca del párrafo prístino y
esencial.
Quizá
más que aprendizaje literario, hubo similitud de talentos en la
facilidad que efectivamente tiene Maupassant para las expresiones
precisas y la observación endiabladamente original. Tiene le mot
juste, desde luego, aunque también infinidad de párrafos de
verborrea "no-justa", pero deliciosa, chismosa, perversona,
bromista, folletinesca, de cronista feliz de la frivolidad
mundana.
Descubre
con enorme talento, siempre, el rasgo definitivo de un personaje y
el tono irrepetible de una situación, pero también incluye toda la
utilería y la guardarropía tradicionales de las novelas de folletín.
Cuentos como "La herencia", "Ivette" (esa proto-Lolita de 1884),
"Las hermanas Randoli", "Mademoiselle Fifi", o novelas como la
famosa Bel-Ami arrojan prodigiosos resplandores flaubertianos, pero
también toneladas de literatura folletinesca, "comercial", para
consumirse al momento en periódicos como Le Gaulois y Gil Blas. A
cien años de distancia es imposible leerlos sin alegría, sin cierto
disipado y malicioso entusiasmo.
Henry
James acusó a Flaubert, sin razón, de que sólo proporcionaba al
lector las penalidades y dificultades de la escritura. Nadie se ha
atrevido a decir que la escritura de Maupassant sea penosa; no se
había visto desde Balzac esa pluma fácil y socarrona.
Maupassant no se arredra ante
lo superfluo, lo barato, lo inverosímil, lo trillado y lo
oportunista, siempre y cuando tengan sazón, chispa y resplandor
mundanos. Hasta le encuentra sabor al mal gusto. Convivían en él sin
conflicto el esteta y el reportero de escándalos, el bufón de salón
y el pintor impresionista, el pensador inteligente y el "escritor
popular" que, puesto a elegir entre el arte estricto y el éxito de
ventas (o el simple gusto de escribir algo divertido, o "que haga
furor"), no pocas veces se olvida un poco de los extremos rigores
del arte.
En sus
salones, paseos y bulevares parisinos Balzac no se ha ido del todo,
y ya sentimos cómo se instala Proust. En la casa de Papá Goriot van
apareciendo biombos japoneses y cableado eléctrico. Luciano de
Rubempré, las cortesanas miserables y esplendorosas y Rastignac
espían la llegada de sus sucesores, más maliciosos y desengañados,
como Odette de Crécy, Charlus, la duquesa de Guermantes y las
"amazonas" o chicas travestidas de jockeys du côté Lesbos, que en
las aristocráticas mañanas de domingo desfilan, imponentes en su
androginia, a caballo, por los bulevares.
Pero sus
personajes están más animados de vida callejera y social que de
estricto gusto estético. Encuentran que el mundo parisino es
demasiado bueno y realmente divertido, divertido a morir. Lo
disfrutan sin los remordimientos morales de Balzac y sin la
melancolía estetizante de Proust. A Bel-Ami, harto menos talentoso y
refinado, le toca triunfar palmariamente donde sufren y fracasan
Rubempré y Swann.
Aunque
Maupassant sigue, a la fecha, en el favor del público internacional,
desde hace décadas padece el desprecio culterano de sus compatriotas
(Gide lo menciona una sola vez, y sin comentarlo, en todo su
Diario). Parecería que los franceses ya tienen suficiente París de
fin de siglo con Proust, protegido además por lo chic de sus
esteticismos y sus intelectualizaciones, como para soportar el
cómico, acaso ingenuo, regocijo mundano de Maupassant y todas sus
lanchas llenas de crápula, sus putas, sus chulos, sus elaborados
adulterios y sus deportes. Se le trata —Bola de sebo aparte— casi
como a un chistoso de pasquín, como a un mero predecesor de
Colette.
El lo
sabía. Sabía que su madera no era netamente flaubertiana. No se
atrevió a confesarlo en vida de su hipotético padre. Pero ocho años
después de la muerte del narrador "puro", en el prólogo a su novela
Pedro y Juan (1888), Maupassant defendió su diferencia ante el
escándalo de los amigos y contemporáneos de Flaubert. Su derecho a
escribir de prisa para periódicos, sobre temas de bulevar, con
cierto gusto por la vulgaridad y la crápula en sí mismas, y con
frecuencia en una prosa de conversador chispeante y divertido, y no
siempre de cuidadoso esteta. Lo dijo con todas sus letras: en
literatura no caben las "teorías", sólo hay
"temperamentos".
Para
entonces ya había expropiado a Flaubert, por derechos casi de
herencia filial, de las manos de sus admiradores y amigos. Y alargó
bastante el sentido flaubertiano de la "palabra justa" a la mera
palabra simple y fácil, con lo que descalificaba la "escritura
artística" o "amanerada" de Gautier, los Goncourt y los simbolistas
(y desde luego, de la mayor parte de Flaubert: La tentación de
san Antonio, Salambó, Herodías, San Julián el
hospitalario, y al menos secciones enteras de Madame
Bovary y La Educación sentimental —Maupassant parece, en
cambio, privilegiar el estilo caricaturesco y jocoso de Un
corazón simple y de Bouvard y Pécuchet):
No es en
absoluto necesario recurrir al vocabulario elegante, complicado,
numeroso e ininteligible que se nos impone hoy en día, bajo el
nombre de escritura artística, para fijar todos los matices del
pensamiento_ Por otra parte, la lengua francesa es un agua pura que
los escritores amanerados no han logrado ni lograrán jamás
enturbiar. Cada siglo ha echado en esa límpida corriente sus modos,
sus arcaísmos pretenciosos y sus preciosismos, sin que prevalezca
ninguno de esos inútiles intentos, de esos esfuerzos impotentes. La
naturaleza propia de esta lengua consiste en ser clara, lógica y
nerviosa. No se debe debilitar, oscurecer o corromper. (Pedro y
Juan, tr. de N. Ancochea, Biblioteca Básica Salvat,
1972.)
Ciertamente Flaubert habría
combatido los extremos preciosistas, pero no la "escritura
artística" en sí; y su documentable gusto por el cultivo estético
del lenguaje difícilmente habría aceptado en todos los casos el
facilismo periodístico de Maupassant, sus diálogos de mera
travesura, sus coincidencias o inverosimilitudes rocambolescas, sus
bromas incontinentes, sus escenas de alcoba o de salón sin mayor
intención que disfrutar el chisme y el hilarante paisaje humano. Los
flaubertianos, Goncourt a la cabeza, hablaron de que el "hijo"
traicionaba y le causaba una nueva muerte, en su propia tumba, al
viejo Flaubert.
Tal fue
su liberación. Queda, sin embargo, el hecho de que su obra maestra
fue escrita al principio, no al final de su carrera, cuando la égida
del padre-maestro atronaba sobre sus páginas manuscritas, antes de
su publicación. La concentración de toda una época, con sus
personajes representativos, en una anécdota picante y trivial —un
viaje de diez franceses en diligencia durante la ocupación alemana
de 1870— que sirve para calar en el fondo de todos ellos con un
claroscuro preciso: una tragedia tan hilarante como la del papagayo
de Un corazón simple, exaltan Bola de sebo sobre el resto de la
literatura de su autor y de buena parte de sus
contemporáneos.
Es
difícil leer alguno de estos dos cuentos sin pensar en el otro: el
tono, la corriente intelectual y literaria son semejantes, así sus
anécdotas y personajes difieran (la gorda prostituta de Maupassant
—a la que Flaubert exigió que se le restaran algunos kilos de
vientre—, sin embargo, tiene rasgos familiares con la anciana criada
de Un corazón simple). Flaubert nomás le pedía "una docena de
cosas como ésa" —nomás una docenita, nomás eso— para convertirse en
un verdadero artista.
Maupassant quiso ser, además,
otra cosa: el festejador rápido y malicioso de su tiempo, el
trovador periodístico de putas y chulos, el dueño de la risa fácil y
magnánima que perdonaba todos los pecados de París, siempre y cuando
ocurrieran en la forma de una farsa del Folies-Bergère, de las
borracheras domingueras en el Sena o de los paseos nocturnos por los
bulevares con anuncios luminosos de gas.
Quizás
fue menos perfecto, más cínico, más divertido, más personal después
de la muerte de Flaubert; también logró, en sus trece años "de
orfandad" —murió a los cuarenta y tres—, una vastedad y una frescura
inusitadas, que elevaron el cuento y el relato corto a rangos de
vigor y calidad artísticos pocas veces logrados antes, y al favor
popular —docenas de miles de lectores que devoraban al unísono los
cuentos en el periódico— como no se ha vuelto a ver.
Fuentes:
los cuentos y novelas de Maupassant están en Gallimard (tres tomos,
La Pléiade) y en Laffont (dos tomos, en Bouquins). Abundan
antologías en castellano de sus relatos, pero casi todas ellas son
traducciones muy viejas, que acarrean erratas de edición en edición.
José
Joaquín Blanco. Escritor. Entre sus libros recientes: Mátame
y verás (novela, 1995); Garañón de la luna (poesía,
1995); la antología El lector novohispano (publicada en la
colección Los Imprescindibles, Cal y arena, 1996); ensayos:
Crónica literaria (1996) y Pastor y ninfa. Ensayos de
literatura moderna (1998).
Nexos 239, noviembre de
1997