| VIDA Y OBRAS I. ANTES DEL
EXILIO.
Victor Hugo era el menor de tres hermanos de una familia
afincada supuestamente por largo tiempo en Madrid, allá por
1811, en plena Guerra de la Independencia. El padre de la
familia Hugo había sido nombrado ese año gobernador militar de
la capital y conde de Sigüenza; para instalarse junto a él,
los niños y la madre habían atravesado una España árida y
ensangrentada, cuajada de bandidos, o patriotas, reales e
imaginarios. El hermano mayor, Abel, ingresó al llegar en el
séquito de pajes del rey José, mientras que Victor y Eugène
comenzaron sus clases en el Colegio de Nobles. En las aulas
traducían a Tácito, y en el recreo se pegaban con los niños
españoles. Pero la estancia, aunque marcó mucho (España le
inspirará al escritor, por ejemplo, dos de sus más célebres
personajes teatrales: Hernani y Ruy Blas), duró poco: un año
más tarde la madre, agraviada definitivamente por un marido
contumaz en su infidelidad, cogió a los dos hijos pequeños y
volvió a París, al antiguo convento de las Feuillantines donde
ahora tenían su vivienda. Allí pasó Victor momentos
inolvidables de juegos y encuentros románticos con Adèle
Foucher, su futura esposa, y prosiguió también su educación
bajo la tutela cariñosa pero disciplinada de su madre. Victor
que, como cuenta en un célebre poema, y es cierto, había
nacido muy débil; que durante la primera infancia fue un niño
cabezón y de lágrima fácil, crece luego sano y, ya
adolescente, devora las obras de los enciclopedistas y
libertinos del XVIII, y escribe versos como sus hermanos.
Cientos de versos, que continúa escribiendo cuando su padre
decide enviarlo a la pensión Decotte y Cordier. También
escribe aquí su primera novela, Bug-Jargal, sobre una
rebelión de esclavos en la isla de Santo Domingo. Y al acabar
los estudios, con dieciséis años ya sabe que quiere ser
Chateaubriand o nada. De forma que en 1819 funda con
sus hermanos la revista Le Conservateur littéraire,
donde publica poemas y artículos, y en 1821 empieza a redactar
su segunda novela, Han d’Islande (publicada en 1923),
una historia de crímenes satánicos, verdugos, monstruos
demoníacos, amores puros e insurrecciones sociales en que
Victor quiere (entre otras cosas) retratar su propio amor por
Adèle, de quien le han alejado. En realidad sólo tras la
muerte de su madre puede pedir la mano de Adèle, y, habiendo
fingido una partida de bautismo que no existe, se celebran las
bodas en la iglesia de Saint-Sulpice, en octubre de 1822 - el
padre general no acude, y a Eugène los celos amorosos y
literarios le provocan un ataque de locura furiosa que,
afortunadamente, los familiares ocultaron a los novios. Nueve
meses más tarde nace el primer hijo de Victor que por
desgracia muere poco después; entretanto el escritor publica
sus Odes, poemas muy lamartinianos (la edición
definitiva es de 1828, Odes et ballades), que comienzan
reivindicando la aspiración a la gloria y el compromiso social
del poeta, aún sin definir claramente.
En 1923 empieza a gestarse lo que se ha llamado "la batalla
romántica". Victor, junto con sus amigos Alfred de Vigny,
Charles Nodier, y Emile Deschamps, entre otros, comienza
defendiendo un romanticismo conservador y católico, inspirado
en el alemán (tal y como lo presenta Madame de Staël), que
Auger, secretario de la Academia francesa, opone al
clasicismo, de cuño muy francés. La batalla se acentuará en
1827, con la publicación (pero no representación) del drama
Cromwell, en cuyo prefacio Hugo defiende un teatro
libre de las constricciones clásicas (análisis de una pasión,
unidades de lugar y de tiempo), que mezcle lo cómico y lo
trágico, que incorpore temas históricos; un teatro en
definitiva más vivo, más divertido (a veces tiende a lo
vodevilesco), pero al mismo tiempo concebido como Obra total,
compendio de todos los géneros.
Entre 1923 y 1827 por otra parte Hugo no ha perdido el
tiempo. En agosto de1824 ha nacido su querida niña Léopoldine,
y en octubre de 1826 su hijo Charles; ese mismo año muere su
padre. En 1825 el rey Carlos X le ha nombrado caballero de la
Legión de Honor (condecoración que él mismo había solicitado)
junto con Lamartine, y le ha invitado a su coronación en
Reims; Hugo agradecido le escribe la correspondiente oda y, de
vuelta a París, pasa por los Alpes, que le impresionan
profundamente. Además entre 1826 y 1829 escribe más odas,
baladas, sus Orientales (publicadas en 1829: poemas de
inspiración filhelenista, descriptivos y virtuosos), el drama
Marion de Lorme (censurado, representado en 1831) y su
relato Le dernier jour d’un condamné, que narra los
pensamientos y actos de un condenado a muerte en sus últimos
días. El escritor se había documentado directamente para
escribir esta novela en que defiende por primera vez (luego
será una de sus luchas constantes) la abolición de la pena de
muerte.
En 1829 la batalla romántica continúa. Con el tiempo, el
nacionalismo cada vez más fuerte en Europa ha hecho cambiar
las convicciones políticas de Hugo, que empieza a sentir
simpatías por los liberales y fortalece su admiración por
Napoléon. En 1830 su drama romántico Hernani obtiene el
éxito de público y prensa, haciendo triunfar en teatro la
estética romántica, y reponiendo las vacías arcas del autor.
La obra cuenta la rivalidad de tres hombres (el proscrito
Hernani, el rey Carlos V y don Ruy Gomez de Silva) por la
española doña Sol, quien por supuesto acabará casándose con el
proscrito, pero en la escena final, por obedecer a una promesa
hecha a Ruy Gomez, Hernani muere envenenado junto a su esposa.
Ese mismo año estalla la Revolución de Julio, que
entronizará a Luis Felipe de Orléans, e inmediatamente Hugo se
encierra a redactar Notre-Dame de Paris, envuelto en un
mono gris de lana y destrozado por la infidelidad de su mujer
con su amigo Sainte-Beuve. Tarda seis meses en componer esta
novela espléndida, en la que recrea el medievo parisino, con
su catedral gótica, su plebe, sus truhanes y el conocidísimo
jorobado Quasimodo que anhela un idilio imposible con la
gitana Esmeralda. Las múltiples versiones que se han hecho
para cine o teatro de este texto omiten sin embargo un
personaje protagonista de una de las líneas narrativas, la
Sachette, vieja esperpéntica que acaba revelándose como la
madre de la Esmeralda, y primera de una raza de ancianas
malévolas que puebla la obra hugoliana. Además Notre-Dame
de Paris sorprende por la erudición histórica, la madurez
y la personalísima utilización del lenguaje en una prosa que
ya rezuma metáforas, animalizaciones o visiones dignas del más
característico estilo hugoliano.
Para cuando publica Las Hojas de Otoño (Les
Feuilles d’automne) en 1831, Hugo ya tiene otros dos
niños, François (1828) y Adèle (1830); muchos de sus amigos le
han dado la espalda y los envidiosos crecen como hongos, pero
él se imbuye de su valía y de su genio excepcional. Este genio
va cuajando en poemas donde ya aparecen los temas básicos de
su poesía anterior al exilio: el paso del tiempo, brevedad de
la vida y vejez del poeta, la familia, niños y amigos, el
amor, la duda religiosa y metafísica, el profetismo del
artista, , el compromiso político, la preocupación social, el
lenguaje poético y el universo el sueños y de las visiones.
Su drama Le roi s’amuse, cuyo estreno en 1832 fue
más tumultuoso si cabe que el de Hernani, vuelve a
poner en escena una crítica a la monarquía, esta vez de
Francisco I, por lo que fue debidamente censurado, y otro
personaje recurrente del elenco hugoliano: el enano malvado,
aquí Triboulet, pariente de Han de Islandia y bufón del rey
Francisco I. En este amargo y terrible drama las maquinaciones
y venganzas del bufón se vuelven contra él para deshonrar y
causar la muerte de la que ponía el único rayo de humanidad en
su corazón, su inocente hija Blanche (Blanca, por supuesto).
La obra originó un animado proceso judicial en el que Hugo
demandó al Théâtre-Français por interrumpir las
representaciones obedeciendo a la censura.
Poco más tarde el escritor conoce, en los ensayos de
Lucrèce Borgia, a Juliette Drouet, bretona como Sophie,
guapísima, inteligente, que tiene una niña y sueña con ser
actriz. Lucrèce Borgia, drama italiano en que todo
termina en envenenamiento múltiple, tiene éxito, y Hugo
conquista a Juliette, o más bien se conquistan mutuamente.
Pero es un amante exigente: pide a la joven la exclusiva
amorosa, paga sus ingentes deudas y le exige no alejarse de
una casita cercana al castillo de Roches, donde él pasa el
verano con su familia (luego la instalará cerca de la actual
Plaza de Los Vosgos, donde hoy está la Maison Victor
Hugo). Ella acepta, y renuncia a una carrera teatral
apenas comenzada. La relación durará hasta la muerte de
Juliette, e inspirará a Hugo decenas de versos, entre los
cuales descuellan algunos publicados en Les chants du
Crépuscule, 1835. A los gastos de la familia Hugo se
añaden desde entonces los de Juliette y las demás mujeres que
cruzarán la vida del escritor; todo ello es anotado
pacientemente cada noche, especificando la cantidad, el
motivo, el destinatario. Los ingresos no faltan: Hugo ha
estrenado Marie Tudor en 1833 (última obra en la que
actúa Juliette), y en 1835 se representa Angelo, tyran de
Padoue, en prosa como la obra anterior. En Marie Tudor
los acostumbrados enigmas de identidad, papeles
comprometedores, dobles llaves y personajes embozados puntúan
una historia de redención por amor y despotismo político: la
sanguinaria reina y una joven noble rivalizan en pasión por
sendos amados, un favorito extorsionador y mentiroso y un
honrado artesano, condenados a muerte por la propia Marie;
ésta, que aplaza la ejecución indefinidamente, debe ceder al
fin ante el pueblo que exige el cumplimiento de la sentencia.
En Angelo una cuádruple relación italiana de amantes y
esposos, gratitud y venganza, se entrelaza para finalizar con
el sacrificio y purificación de la cortesana, tan frecuentes
en la literatura romántica – y en la vida real del autor,
puesto que la propia Juliette los encarna. De hecho el tema ya
se había planteado en Marion de Lorme, pero en este
caso teñido de matices incestuosos y situado en la Francia de
Luis XIII; Marion, prostituta amada por su hermano Didier que
no conoce su identidad, acaba siendo "épurée à cette chaste
flamme"(acto V, escena II).
Además en 1834 publica su Littérature et philosophie
mêlées, conjunto de ensayos autobiográficos y sobre
diversas personalidades, entre las que destaca Mirabeau; Hugo
reflexiona sobre la genialidad de este político y traza una
aproximación a la Revolución de 1879. En fin, el año 1834 ve
también publicado su Claude Gueux, nueva novela social,
breve pero intensa, basada en un hecho real: la condena de un
hombre a cadena perpetua por robo, y a pena de muerte por el
asesinato a hachazos de su infame carcelero. También en esta
época empieza Hugo a meditar sobre la composición de una
novela, Les Misères, que abordaría el tema de las
injusticias sociales y la pobreza del pueblo.
Tres años más tarde, tras su escapada anual con Juliette,
esta vez a Bélgica, Hugo publica Les Voix intérieures
(1837), volumen de poemas en que, además de algunos de los
temas habituales, incluye el del espectáculo marino y el del
horror inspirado por la naturaleza. Un poco más tarde, en
Les Rayons et les ombres (1840), sigue contemplando el
mar, insiste en el compromiso político del poeta, y emplea una
imagen, la del laberinto angustioso, que luego volverá
profusamente bajo las formas de la torre de Babel, de las
alcantarillas, de la prisión subterránea, etc.
En 1838 el estreno de su obra de teatro cumbre, Ruy
Blas, no tuvo el apabullante éxito esperado. Mezclando los
ingrediente habituales: contenidos políticos e intriga
amorosa, contaba el amor de un criado, Ruy Blas, por la reina
Maria de Neubourg. A instancias del malvado don Salluste de
Bazan el héroe se hace pasar por su señor (Don Cesar de Bazan)
en la corte y, aprovechando el alto cargo al que accede,
emprende una serie de reformas políticas, que no se llevarán a
cabo por la traición de don Salluste. La obra termina con el
asesinato de éste por Ruy Blas, y el propio envenenamiento del
joven.
Más tarde con los datos tomados en sus viajes a Alemania de
1838, 39 y 40, redacta, como era costumbre en la época, un
diario de viaje, El Rhin. En él alterna las anécdotas
divertidas con descripciones de castillos y torres en ruinas,
y, fiel a su pasión por la onomástica, transcribe cuantos
nombres, expresiones y signos misteriosos encuentra en su
camino. También expresa sus opiniones sobre el país vecino,
admirado y necesario para la paz y la unión europea que
posteriormente tanto defenderá.
En 1841 es elegido, al fin, miembro de la Academia
Francesa. Hugo ambicionaba el sillón desde 1834, y había
consagrado innumerables horas a visitas de cortesía y
conversaciones que le aseguraran apoyos desde el seno de la
institución. En su discurso de ingreso habló de Napoleón, de
la grandeza de Francia, de Malherbe (inesperadamente) y de la
labor del poeta, que tiene la misión de culturizar al pueblo y
ofrecer sus servicios al poder político, como moderador entre
partidos. Y es que efectivamente ya había empezado a pensar en
el acceso al senado, con la pairie. Creía además que
con el apoyo del duque de Orléans, heredero del trono, podría
aspirar a algún cargo político, quizá un ministerio. Por fin
consigue ser pair en abril de 1845, pero la noticia le
llega tras una época de desgracias: en 1842 había muerto el
duque en un accidente, y sobre todo en septiembre de 1843
había fallecido su hija Léopoldine, casada en febrero, con
quince años, y embarazada de tres meses. En una breve travesía
se había hundido la barca en la que navegaba; su esposo
Charles Vacquerie se había dejado morir con ella. No resulta
difícil imaginar la hondura de la tristeza que debió sentir el
poeta por la desaparición de su hija preferida. Además, como
se enteró de su muerte al leer un periódico mientras volvía de
un viaje con Juliette por el norte de España, se culpabilizó
por su vida sentimental irregular. Toda la tristeza y la
angustia del padre se vierten (tras un prolongado silencio) en
la escritura de Les Contemplations, considerada como
una de las obras cumbres de la poesía francesa (cf. el
análisis de A. Verjat, en la Historia de la literatura
francesa editado por Cátedra). Léopoldine le inspira
poemas de inigualable belleza o sufrimiento, como los célebres
"Demain, dès l’aube", "À Villequier" o "A celle qui est restée
en France". Para adaptarlos al ritmo de la obra, Hugo alteró
muchas de las fechas de composición de los poemas que, como
explicó, parten de la sonrisa para llegar al abismo,
atravesando el sollozo. Este punto de llegada indica la
orientación decidida que desde aquí va a tomar la poesía
hugoliana hacia el mundo de la trascendencia y de la
espiritualidad, de acuerdo con las creencias que van a ir
engrosando la fe del autor: católico, ya creía en el alma;
desde ahora cree también en que todo tiene alma. Y en el
diálogo inmenso entre las cosas, la concertación del universo
hacia su reintegración en el Uno, la reencarnación, la
transmigración de las almas a las estrellas, la jerarquía de
almas y la posibilidad de comunicarnos con ellas. A este credo
esperanzado añade una explicación del mal, tanto en su origen
(proviene de una "faute" que originó una caída primordial en
el espacio) como en su existencia actual (sufrimos porque
expiamos faltas cometidas en otras vidas). Se han rastreado
las herencias gnósticas, panteístas, animistas y diversamente
ocultistas que inspiran estas ideas, paralelas a la intensa
afición de Hugo por las experiencias espiritistas recién
descubiertas (el primer Congreso espiritista mundial tiene
lugar en 1852). De hecho algunos años más tarde, el escritor
creerá haber comunicado con el espíritu de su hija (así como
con otros muchos) en una de las veladas de las mesas
giratorias. Les Contemplations se despiden dejando al
poeta sentado, como una lavandera, al borde de un pozo que es
la muerte, inclinándose, en esa actitud tan suya, para indagar
en el más allá.
Pero las desgracias han seguido arreciando. En 1845 muere
su suegro y en 1846 Claire Pradier, hija de Juliette y
protegida de Hugo; el poeta, ahora vizconde (con la concesión
del título de par), asiste al entierro sin temer comprometerse
ante la correcta sociedad decimonónica. Dicho sea en su honor
que siempre fue generoso con sus amigos, noble con sus
enemigos y cortés con sus amantes. Cuando sí se compromete es
al ser sorprendido en flagrante delito con una de las mujeres
que desde este momento poblarán su animada vida afectiva y su
infatigable comercio carnal. Léonie d’Aunet, esposa de un
pintor, es encarcelada, y el propio rey tiene que intervenir
para que el marido retire la denuncia contra Hugo... Por otra
parte éste nunca hizo distinciones sociales en materia
amorosa; se interesaba tanto por las cortesanas fáciles como
por las damas de los salones, cuando eran accesibles.
Entretanto el éxito teatral parecía haber terminado: el
público silbó Les Burgraves. En esta obra aparece el
tema del fraticidio, que rondaba constantemente al autor, en
buena medida por sus relaciones con su hermano Eugène – murió
en 1837, enajenado; el hecho que su hermano mayor se llamara
Abel tampoco facilitaba las cosas. En un decorado medieval
alemán se narra la decadencia de una familia noble (de
burgraves); el cumplimiento de una cruel promesa (de
nuevo) lleva a descubrir que el anciano caballero Job había
atentado contra su hermano, luego Federico Barbarroja, por el
amor a una mujer, que ahora es la vieja que pide venganza (de
nuevo). La obra no era mala, pero la moda romántica había
pasado. El tema del fraticidio vuelve con frecuencia en la
poesía y la prosa, y está también en el nudo de otra obra
teatral que preparaba Hugo en 1838, pero que nunca terminó:
Les Jumeaux, con cierta inspiración de Calderón de la
Barca, que cuenta cómo Luis XIV, para reinar solo, habría
encerrado a un supuesto hermano gemelo en una torre y le
habría puesto una máscara de hierro de forma que nadie pudiese
reconocerle. Mucho más tarde Hugo ilustrará igualmente con un
angustioso poema la obsesión del Ojo inmenso que persigue al
cainita asesino ("La Conscience", en La légende des
siècles).
En 1848 empieza otra época. Con la revolución, y aunque a
Hugo le parece aún prematuro, se instaura la República, y el
escritor es elegido miembro de la Asamblea nacional. En
realidad está en una posición incómoda, entre los diputados de
la derecha, pero defendiendo un programa de reformas sociales
próximo (sólo próximo) a la izquierda y una política exterior
antibeligerante. Aboga por la educación laica, gratuita y
obligatoria, la mejora de la situación social y laboral de la
mujer y la abolición de la pena de muerte (corolario de la
responsabilidad de la sociedad en los crímenes individuales);
para el exterior defiende la paz universal: en 1848 había
plantado el árbol de la libertad invocando la "República
universal" (gesto que repetirá en 1870, pero esta vez en el
exilio y, siempre patriota, el 14 de julio), y en 1849 es
presidente del Congreso Internacional de la Paz. Deja en el
tintero, no obstante, otras preocupaciones urgentes ya
señaladas en ese momento, como son las pensiones, ayudas por
enfermedad, o duración de la jornada laboral (cf. R. Journet y
G. Robert, 1964:85). De todas formas la vida política parece
ser la culminación de su ideal literario, según el cual el
poeta tiene como misión guiar a los pueblos hacia la libertad,
y podría haber sido quizá también su fin. Sin embargo Hugo
pronto se enemistó con Luis Napoleón Bonaparte, a quien al
principio había apoyado en su periódico L’Evénément,
básicamente porque el escritor no tenía madera de político: no
conocía la moderación ni la diplomacia; tampoco la hipocresía,
y no transigía con las maniobras parlamentarias. De modo que
cuando Luis Napoleón promueve el golpe de Estado en 1851, el
poeta, tras intentar sin éxito levantar al pueblo contra él (y
a pesar de que sus dos hijos están en la cárcel, expuestos a
las represalias), parte al exilio.
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