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I
Estaba anocheciendo. La tormenta se había aplacado,
pero las olas todavía no habían tomado aquel aspecto pintoresco que nos provoca
un sentimiento protector hacia el mar cuando, acostados en la costa, miramos su
verde profundidad. Entre las enormes y temibles masas de agua negra se divisaba
una cavidad con un brillo vidrioso, que al mismo momento que uno la notaba subía
a la altura de un edificio de tres plantas.
Dentro de la multitud de estas masas de agua daba
vueltas un bote en que navegaban dos personas.
El que estaba remando tenía la cabeza descubierta; su
cara era ruda y afilada, estaba descalzo y vestía harapos. El viento hacía
llorar sus ojos enrojecidos; su cuello y su cara, ennegrecidos por las
adversidades, estaban cubiertos por una pelusa sucia. Su cabeza, de pelo largo
como el de una mujer, estaba amarrada con un pañuelo, manchado en la sien por
sangre seca. Remaba echando el cuerpo completo hacia atrás y cerrando los ojos.
Cuando se inclinaba para adelante levantando los remos, los volvía abrir.
Siguiendo la dirección de su mirada fija se podía adivinar que el hombre estaba
mirando el cajón estanco de la borda.
El segundo hombre estaba sentado al timón,
controlando los movimientos del bote con toda su atención concentrada en no
dejar que la corriente feroz del agua le arrancara de las manos la caña del
timón que estaba temblando sin cesar, igual que temblaban sus manos por el gran
esfuerzo. Este hombre estaba vestido, o mejor dicho, desvestido, más o menos
igual que el otro, con la diferencia de que él, además de la ropa interior, rota
en la espalda y los brazos, tenía puesto un pantalón curtido, amarrado con unos
pedazos de alambre doblado. Su largo pelo negro le golpeaba los ojos, su mirada
era algo más consciente que la de su compañero de desventura. Su cara estaba
hinchada; a través de su piel, muy tostada por el sol, se traslucía un gran
agotamiento. La barba y el bigote alrededor de los labios mordidos y resecos se
amontonaban en un círculo peludo. Era musculoso, pesado, se movía de una forma
lenta y sólida, inclusive ahora, cuando su compañero se estremecía con cada
golpe de olas y daba la impresión de estar perdido.
El fondo del bote estaba lleno de agua donde flotaban,
golpeando las bordas, latas de conservas y pedazos de banco que habían servido
de antorcha; también estaban allí, mojándose, agitándose en cada cresta de la
ola, trapos, pedazos de cuero, papeles. Sin darse cuenta los dos navegantes se
sacudían por un temblor menudo, permanente, agobiados por el aire frío.
Al fin uno de los marineros dijo lenta y
obstinadamente:
-¡Metlaén!
-¡Un poco más, Boss, buen chico, buen perro viejo!
–gritó el timonel- ¿Oíste, lo que te digo? El viento se aplaca.
Boss levantó la cabeza, movió los remos, como sin
querer, y siguió mirando al cajón.
Pasaron un tiempo en silencio. El cielo se estaba
aclarando delante y oscurecía, la espuma ya no volaba, desprendida, por encima
de las cabezas de los marineros; la carrera de las olas había tomado un ritmo
más regular. Sin soltar el timón, amarrado a su cintura con un cabo gordo,
Metlaén estiró la mano izquierda y sacó del cajón un reloj dorado de bolsillo al
cual no había olvidado dar cuerda en las condiciones difíciles de su deambular
sobre las olas de cuarenta y dos días. Acercando el reloj a los ojos Metlaén vio
la hora: eran las seis menos veinte.
Retuvo el reloj en la mano por un tiempo, sin decidirse
a soltar esta palpable prueba de la vida tranquila y segura que existe
sólidamente detrás del horizonte. Luego guardó el reloj en el cajón. Levantando
la cabeza Metlaén notó la mirada de Boss que cayó sobre su mano pesadamente,
como un reproche.
Mientras tanto, las oleadas se calmaron y de repente
los golpes del mar se volvieron un moderado balanceo. Había ruido de mil molinos
de agua.
Boss dijo:
-Al oeste no hay nada. ¿Para qué ir al oeste?
-¿Adónde no nos hemos lanzado? -objetó Metlaén-.
Debemos avanzar en un solo sentido. ¡Y que me parta un rayo si sé dónde estamos!
Su ansiedad era tan fuerte que llegó a distinguir la
aguda y cortante respiración de Boss. Sonaba como un gemido. Levantando la
cabeza Boss dijo temeroso e inseguro:
-Quiero fumar.
II
Metlaén necesitó un tiempo, después de escuchar esta
simple afirmación, para aceptar lo inevitable y comprender que había llegado. Se
estremeció en su puesto y miró con desesperación a la oscuridad. El miedo
arrancó de su alma todos los pensamientos y sentimientos menos un absurdo enojo
con Boss. Él mismo aguantaba con la fuerza de su sufrimiento, la cual, en caso
de quedarse solo, lo hubiera traicionado, lo hubiera abandonado a él y al bote a
la suerte del destino. La muerte de uno señalaba el cercano fin del otro.
-Oye, Boss –dijo Metlaén tragando maldiciones-, si te
propones estirar la pata, mejor lo haces dormido. Tírate y duérmete.
Boss no le prestó atención a sus palabras. Aguantando
la cabeza con la mano separó las piernas para afincarlas mejor y habló separando
las palabras con el ronquido de la respiración entrecortada:
-Yo lo sabía desde que subimos al bote. Mi corazón
saltó como si alguien agitara un dedo delante de mis ojos. No llegaré a casa, ya
lo sé. Ni comer, ni beber, Metlaén, ya eso no existe, solamente fumar. No puedes
decir que fui un mal compañero. Me debilité y me estoy muriendo, solamente eso.
¡Vamos, dámelo!
Hablaba de la mitad de un tabaco escondido en el fondo
del cajón junto con seis fósforos. Los fósforos y el cabo de tabaco estaban
envueltos en un pedazo de lona impermeable y la lona guardada en la manga de una
cazadora vieja. Como se había acordado, solamente un moribundo podía fumarlo.
Hacía unos diez días, organizando el contenido del cajón, Metlaén encontró este
sucio e hinchado pedazo de tabaco en el fondo de una lata de vegetales vacía. El
tabaco era de Butler, el último tabaco para tres personas que se volvían locos
sólo pensando en fumar. Lo fumaron varias veces turnándose. Butler dijo que
había dejado caer el cabo al agua, mientras lo escondió en la manga y luego por
la noche lo guardó en la lata. Cuando Metlaén encontró el cabo Butler estaba sin
conocimiento y murió sin volver en sí.
-Apúrate, Metlaén, -dijo Boss-, tengo mareo, estoy muy
mal.
Sintió languidez, una sensación de que su cuerpo por
momentos desaparecía; empezó a moverse con inquietud. En la cresta de una ola,
cuando el bote se sacudió fuertemente en su caída, Boss resbaló y cayó de
rodillas; después apoyó el hombro derecho y la mejilla en la borda, sentado
sobre sus piernas dobladas.
En esta situación Metlaén no tenía ningún remedio para
revivir al moribundo. El miedo a quedarse solo se convirtió en una angustia
feroz y nerviosa, en una atención esmerada con la que debía cumplir el último
deseo de Boss. Sin embargo, dijo:
-¡Agarra a la suerte con los dientes, Boss, levántate!
-¡No te demores más! -dijo Boss con la voz ronca de
rencor.
Metlaén amarró el timón para que mantuviera su
posición; o sea, amarró el extremo de la caña con un cabo con dos chicotes que
hizo firme en cada una de las bordas, uno a babor y otro a estribor. Al hacer
esto miró con duda al bote, el cual, privado de la fuerza viviente que lo
gobernaba hasta este momento, empezó a dar vueltas; pero pensó que ocuparse del
tabaco era cosa de un minuto, en el transcurso del cual no corrían peligro de
virarse. Entonces abrió el cajón y desamarró el paquete, aguantándolo sobre las
rodillas para no dejarlo caer al agua.
Estaba oscuro, pero sentía que Boss vivía siguiendo con
los ojos cada uno de sus movimientos. Al encontrar a tientas el cabo de tabaco
Metlaén no resistió la tentación de apretar con los dientes su punta, que le dio
a la saliva un sabor fuerte y amargo; después, aspirando una vez más el olor a
tabaco, lo pasó a Boss. Sus manos se encontraron buscando una a otra y a Metlaén
lo sorprendió la tenacidad, la fuerza con la que agarró Boss su último obsequio.
-¡Oh - oh - oh! -dijo Boss con avidez- ¡Fuego!
-Devuélveme el tabaco -tendió la mano Metlaén.
Se hizo silencio. Después Boss tendió la mano y Metlaén
sintió en su rodilla un peso frío y huesudo. Era la mano de Boss, con la que
trataba de darle unas palmadas irónicas a su compañero.
-Si has cambiado de opinión... -dijo Boss con voz
baja-, si tú...
No tenía fuerzas para terminar la frase, el movimiento
del bote lo estaba sacudiendo, apoyándolo contra la borda o inclinándolo sin
remedió al lado contrario; entonces él se agarraba de la orilla de la borda.
Metlaén sabía lo que Boss estaba pensando. Tratando de ser breve, para ganarle
el tiempo a las olas y a la muerte, Metlaén se acercó al oído de Boss, clavando
con fuerza las palabras en la cabeza del hombre casi enmudecido.
-Tenemos seis fósforos, los echarás a perder sin
encender el tabaco. Sólo yo puedo encenderlo. Hay que hacerlo rápido porque el
viento está sacudiendo el bote y puede inundarlo. ¿Acaso piensas que te puedo
engañar en este momento?
Boss vaciló un instante, después, con la mirada fija
hacia delante, tendió la mano bruscamente, también hacia delante, y dejó que
Metlaén liberara de sus dedos hinchados el objeto de discusión. Luego, con el
tabaco en la boca, Metlaén se puso al lado del cajón de donde él todavía no
había sacado los fósforos por precaución, para que no se humedecieran. La caja
con seis fósforos estaba envuelta en una larga tira de papel periódico cubierta
de resina que Metlaén había recogido en las ranuras del bote. Después de quitar
la resina y vaciar los fósforos en la palma de su mano Metlaén empezó la
operación de encender.
Esta tarea había que hacerla en las condiciones
acrobáticas de balanceo y golpes inesperados, que la convertían en un problema
no menos difícil que escribir dentro de un coche en movimiento.
Inclinando la cara encima del cajón, Metlaén cogió la
caja con una mano y, después de sacar el fósforo, decididamente lo rayó sobre la
lija. Aunque el viento se había calmado el movimiento del aire era suficiente
para el pequeño fuego, para apagarlo. La llama encendió, tembló y se apagó antes
de que Metlaén pudiera acercarla a la punta del tabaco de la que había quitado
las cenizas.
El segundo fósforo tuvo aun menos suerte: la cabeza se
hizo polvo sin encender.
Metlaén se incorporó y descansó un poco. Pensó que con
el tabaco en la boca le sería muy difícil encenderlo, tanto por el miedo de
incendiar la barba, que convertía sus movimientos en inseguros, como por la
fuerza del deambular del bote entre las olas que lo hacía luchar con sus propios
movimientos de la cabeza y de la mano tratando de ponerlos de acuerdo. Envolvió
la tira de papel como una mecha y, rayando el tercer fósforo, la acercó a la
llama. El papel, que no había prendido lo suficiente, se apagó con el primer
movimiento hacia el tabaco, pero siguió ardiendo, y Metlaén paso un tiempo
tratando de aspirar al tabaco una parte de la pequeña chispa roja que terminó
por desaparecer. Cuando este intento había fracasado se apoderó de él un miedo,
una gran inseguridad, al comprender que sólo quedaban tres fósforos. Era un
miedo parecido al de un niño que, llevando una jarra llena de leche, de pronto
piensa que se le va a botar: el niño se para y se echa a llorar.
Metlaén no lloró. Con la garganta reseca por la
ansiedad, acercó el cuarto fósforo a la caja y lo rayó con tanto cuidado como si
fuera a explotar. Una línea clara indicó la medida de su esfuerzo. Después de
examinar la cabeza del fósforo, Metlaén se percató de que no había encendido,
pero debería encender bien, sin romperse, como le había pasado al segundo
fósforo. Lo rayó nervioso, se oyó un leve chispazo, la llama prendió y se
aguantó bajo un significativo movimiento del aire. La madera del fósforo
encendió hasta la mitad. Levantándolo lentamente, Metlaén esperó un momento de
relativa calma, acercó la llama al tabaco y, perdiendo el equilibrio, se dio con
el mentón en el borde del cajón. La llama, en la mano que se agitó para
agarrarse, chocó contra la borda y se apagó.
-Cuatro -dijo Boss con voz celosa, contenida.
Todo el amor propio y el dominio de sí mismo de Metlaén
se rebelaron al oír esta palabra del hombre que esperaba resignado, como una
vela en una mano firme, levantada en alto. Casi descuidadamente echó a perder el
quinto fósforo, tratando de parecer despreocupado, como en una hamaca, y lo echó
a perder porque pasó largo rato rallando la caja con la punta ciega, mientras la
cabeza se humedeció en sus dedos sudados. Así mismo, descuidadamente, con
desprecio, desafiando sus propios movimientos que se tornaban torturantes,
encendió el sexto fósforo, alumbrando por un momento el contenido del cajón, y
la llama se apagó, tan indiferente al destino de Boss como los demás fósforos.
Cuando esto ocurrió Metlaén empezó a palpar el fondo de la caja con los dedos
temblorosos, buscando por la obligación de buscar, estúpidamente esperando las
palabras de Boss. Con aire diligente aspiró por el tabaco y hasta lo chupó
sonoramente, sin saber qué iba a suceder.
-¿Se acabaron? -preguntó Boss tranquilamente.
-Si... pero creo que hay más -dijo Metlaén. Su garganta
se oprimió y él aspiró profundamente, ahogándose por un chorro del humo acre que
se había deslizado hasta su faringe desde el tabaco encendido sin darse cuenta.
El tabaco estaba encendido. Una chispa insignificante había llegado al tabaco
desde el papel que ardía débilmente y, aunque había pasado inadvertida, prendió
el fuego. Algo claro y salado llenó la cabeza de Metlaén. Febrilmente le tendió
el tabaco a Boss, que había estirado la mano, y le dijo deprisa:
-Toma, aguántalo duro, no lo dejes caer. Lo encendí.
No tuvo tiempo ni para razonar, ni para fijarse en lo
que estaba haciendo Boss: el bote se recostó a un lado, el agua estaba en el
mismo extremo de la borda. Metlaén haló el cabo de la izquierda, giró
bruscamente el timón para que la proa siguiera la dirección de las olas y,
después de sentarse en la misma posición que antes, se puso a mirar el círculo
de luz dorada que ardiendo lentamente alumbraba una cara opaca y azul con la
frente amarrada con un pañuelo.
III
Boss aspiró el humo con fuerza, tosió, doblándose con
todo el cuerpo, sus ojos inflamados se humedecieron con lágrimas de placer.
-Sí, es un consuelo -balbuceó, echando un humo espeso
por la boca y por la nariz, como si se propusiera fumar hasta hastiarse. Había
perdido la costumbre de fumar, estaba luchando con el mareo, provocado por la
nicotina, pero sus pensamientos suspiraron. Él trataba de alcanzarlos, pero
ellos se derramaban, se iban con el humo, con la vida, a algún lugar profundo,
debajo del bote.
-Que desgracia -dijo-, morir así... ¡Listo!
Se refería al cabo de tabaco, que se le escurrió de la
mano. La llama chisporroteó en el agua. Boss estaba sentado agachado, después se
inclinó hacia el banco y recostó la cabeza en él, encima de las manos. No se
daba cuenta ni del balanceo, ni del agua fría donde estaba sentado. Creía que le
estaba hablando a Metlaén en voz alta, explicándole las cosas para escribirle a
su familia, en el caso de que aquel se salvara; en realidad estaba callado y no
se movía.
-¡Boss! -gritó Metlaén. El moribundo regresó al mundo
real de los sonidos y dijo, terminando el discurso imaginario:
-¿Te acordarás?
Y ya no dijo nada más. Metlaén estaba sentado moviendo
el timón, escuchando y tratando de entender si Boss ya estaría muerto. Boss
estaba vivo y Metlaén lo sabía.
-Somos dos -dijo, mirando fijamente al caído y
sintiendo su vida por dentro de sí mismo. Boss estaba completamente inmóvil, sin
contar los ligeros movimientos del cuerpo provocados por la agitación de las
olas. Su cuerpo vencido se veía como un bulto borroso y resignado.
-Boss -dijo Metlaén en voz baja. No hubo respuesta y no
pudo haberla, pero tampoco hubo muerte, y Metlaén de nuevo pensó, esta vez sin
palabras: “Somos dos”. Vigilando el bote y a Boss, varias veces regresaba a él
este sentimiento de estar acompañado, pero a veces desaparecía, y Metlaén
empezaba moverse con desesperación en su puesto, como si este movimiento le
ayudara a oír con más claridad la cuenta: “Dos”.
De pronto -pasó como un recuerdo inesperado que se
abrió de repente- por el cuerpo de Metlaén, sus pensamientos y la parte de la
cuerda que él estaba aguantando con la mano, pasó una extraña gravedad que no se
parecía a nada que uno pudiera sentir o imaginar, pero era muy real. Algo había
pasado. Con un impulso confuso y siniestro Metlaén dijo en voz alta:
-¡Boss! ¡Despierta!
Al mismo tiempo la sensación de compañía desapareció.
“Somos dos” -pensó Metlaén con fuerza, esperando una señal viva dentro de sí,
pero las palabras “somos dos” rebotaron de una barrera invisible y regresaron
sordamente.
Entonces Metlaén supo que estaba solo en un bote, con
las esperanzas congeladas, navegando en medio de una noche larga e incierta en
busca de la salvación.
Al amanecer lo vieron desde el velero “Saturno” y lo
subieron a bordo.
FIN |