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I
En marzo, el día 25, sucedió en San Petersburgo un hecho de lo más insólito.
El barbero Iván Yákovlevich, domiciliado en la Avenida Voznesenski (su apellido
no ha llegado hasta nosotros y ni siquiera figura en el rótulo de la barbería,
donde sólo aparece un caballero con la cara enjabonada y el aviso de «También se
hacen sangrías»), el barbero Iván Yákovlevich se despertó bastante temprano y
notó que olía a pan caliente. Al incorporarse un poco en el lecho vio que su
esposa, señora muy respetable y gran amante del café, estaba sacando del horno
unos panecillos recién cocidos.
-Hoy no tomaré café, Praskovia Osipovna -anunció Iván Yákovlevich-. Lo que sí
me apetece es un panecillo caliente con cebolla.
(La verdad es que a Iván Yákovlevich le apetecían ambas cosas, pero sabía que
era totalmente imposible pedir las dos a la vez, pues a Praskovia Osipovna no le
gustaban nada tales caprichos.) «Que coma pan, el muy estúpido. Mejor para mí:
así sobrará una taza de café», pensó la esposa. Y arrojó un panecillo sobre la
mesa.
Por aquello del decoro, Iván Yákovlevich endosó su frac encima del camisón de
dormir, se sentó a la mesa provisto de sal y dos cebollas, empuñó un cuchillo y
se puso a cortar el panecillo con aire solemne. Cuando lo hubo cortado en dos se
fijó en una de las mitades y, muy sorprendido, descubrió un cuerpo blanquecino
entre la miga. Iván Yákovlevich lo tanteó con cuidado, valiéndose del cuchillo,
y lo palpó. «¡Está duro! -se dijo para sus adentros-. ¿Qué podrá ser?»
Metió dos dedos y sacó... ¡una nariz! Iván Yákovlevich estaba pasmado. Se
restregó los ojos, volvió a palpar aquel objeto: nada, que era una nariz. ¡Una
nariz! Y, además, parecía ser la de algún conocido. El horror se pintó en el
rostro de Iván Yákovlevich. Sin embargo, aquel horror no era nada, comparado con
la indignación que se adueñó de su esposa.
-¿Dónde has cortado esa nariz, so fiera? -gritó con ira-. ¡Bribón! ¡Borracho!
Yo misma daré parte de ti a la policía. ¡Habrase visto, el bribón! Claro, así he
oído yo quejarse ya a tres parroquianos. Dicen que, cuando los afeitas, les
pegas tales tirones de narices que ni saben cómo no te quedas con ellas entre
los dedos.
Mientras tanto, Iván Yákovlevich parecía más muerto que vivo. Acababa de
darse cuenta de que aquella nariz era nada menos que la del asesor colegiado
Kovaliov, a quien afeitaba los miércoles y los domingos.
-¡Espera, Praskovia Osipovna! Voy a dejarla de momento en un rincón, envuelta
en un trapo, y luego me la llevaré.
-¡Ni hablar! ¡Enseguida voy a consentir yo una nariz cortada en mi
habitación!... ¡Esperpento! Como no sabe más que darle correa a la navaja para
suavizarla, pronto será incapaz de cumplir con su cometido. ¡Estúpido! ¿Crees
que voy a cargar yo con la responsabilidad cuando venga la policía? ¡Fuera esa
nariz! ¡Fuera! ¡Llévatela adonde quieras! ¡Que no vuelva yo a saber nada de
ella!
Iván Yákovlevich seguía allí como petrificado, pensando y venga a pensar, sin
que se le ocurriera nada.
-El demonio sabrá cómo ha podido suceder esto -dijo finalmente, rascándose
detrás de una oreja-. ¿Volví yo borracho anoche, o volví fresco? No podría
decirlo a ciencia cierta. Ahora bien, según todos los indicios, éste debe ser un
asunto enrevesado, ya que el pan es una cosa y otra cosa muy distinta es una
nariz. ¡Nada, que no lo entiendo!
Iván Yákovlevich enmudeció, a punto de desmayarse ante la idea de que la
policía llegase a encontrar la nariz en su poder y lo empapelara.
Le parecía estar viendo ya el cuello rojo del uniforme, todo bordado en
plata, la espada... y temblaba de pies a cabeza. Finalmente, agarró la ropa y
las botas, se puso todos aquellos pingos y, acompañado por las desabridas
reconvenciones de Praskovia Osipovna, se echó a la calle llevando la nariz
envuelta en un trapo.
Tenía la intención de deshacerse del envoltorio en cualquier parte, tirándolo
tras el guardacantón de una puerta cochera o dejándolo caer como
inadvertidamente y torcer luego por la primera bocacalle. Lo malo era que, en el
preciso momento, se cruzaba con algún conocido, que enseguida empezaba a
preguntarle:
«¿A dónde vas?, o ¿a quién vas a afeitar tan temprano?», de manera que a
Iván Yákovlevich se le escapaba la ocasión propicia. Una vez consiguió dejarlo
caer, pero un guardia urbano le hizo señas desde lejos con su alabarda al tiempo
que le advertía: «¡Eh! Algo se te ha caído. Recógelo». De modo que Iván
Yákovlevich tuvo que recoger la nariz y guardársela en el bolsillo.
Lo embargaba la desesperación, sobre todo porque el número de transeúntes se
multiplicaba sin cesar, a medida que se abrían los comercios y los puestos.
Tomó la decisión de llegarse al puente Isákievski, por si conseguía arrojar
la nariz al río Neva... Pero, a todo esto, he de pedir disculpas por no haber dicho
hasta ahora nada acerca de Iván Yákovlevich, persona honorable bajo muchos
conceptos.
Como todo menestral ruso que se respete, Iván Yákovlevich era un borracho
empedernido. Y aunque a diario afeitaba mentones ajenos, el suyo estaba
eternamente sin rapar. El frac de Iván Yákovlevich (porque Iván Yákovlevich
jamás usaba levita) ostentaba tantos lamparones parduzcos y grises que, a pesar
de ser negro, parecía hecho de tela estampada; además tenía el cuello lustroso
de mugre y unas hilachas en el lugar de tres botones. Iván Yákovlevich era un
gran cínico. El asesor colegiado Kovaliov solía decirle mientras lo afeitaba:
«Siempre te apestan las manos, Iván Yákovlevich.» A lo que Iván Yákovlevich
contestaba preguntando a su vez: «¿Y por qué han de apestarme?» El asesor
colegiado insistía: «No lo sé, hombre; pero te apestan.» Por lo cual, y después
de aspirar una toma de rapé, Iván Yákovlevich le aplicaba el jabón a grandes
brochazos en las mejillas, debajo de la nariz, detrás de las orejas, en el
cuello... Donde se le antojaba, vamos.
Nuestro respetable ciudadano se encontraba ya en el puente de Isákievski.
Empezó por mirar a su alrededor, luego se asomó por encima del pretil como para
ver si había muchos peces debajo del puente y arrojó disimuladamente el trapo
con la nariz. Notó como si le hubieran quitado de golpe diez puds de encima:
incluso esbozó una sonrisita socarrona. Y entonces, cuando en vez de marcharse a
rapar mentones oficinescos se dirigía a tomar un vaso de ponche en cierto
establecimiento cuyo rótulo decía «Comidas y té», divisó de pronto al final del
puente a un guardia de gallarda apostura y frondosas patillas con su tricornio y
su espada. Se quedó frío: el guardia lo llamaba con un dedo y decía:
-Ven para acá, hombre.
Conocedor de las ordenanzas, Iván Yákovlevich se quitó el gorro desde lejos y
obedeció a toda prisa con estas palabras:
-¡Salud tenga usía!
-Deja, hombre, déjate de usías y explícame lo que estabas haciendo ahí en el
puente.
-Por Dios le juro, señor, que iba a afeitar a un parroquiano y sólo me detuve
a mirar si llevaba mucha agua el río.
-¡Mentira! Estás mintiendo. Pero, no te ha de valer. Haz el favor de
contestar.
-Estoy dispuesto a afeitar a vuestra merced dos veces por semana, o incluso
tres, sin rechistar -contestó Iván Yákovlevich.
-¡Quiá! Déjate de bobadas, amigo. A mí me afeitan ya tres barberos, y lo
tienen a mucha honra. Conque haz el favor de contarme lo que estabas haciendo
allí.
Iván Yákovlevich se puso lívido... Pero el suceso queda a partir de aquí
totalmente envuelto en brumas y no se sabe nada en absoluto de lo ocurrido
después.
II
El asesor colegiado Kovaliov se despertó bastante temprano y resopló -«brrr...»-,
cosa que hacía siempre al despertarse, aunque ni él mismo habría podido explicar
por qué razón. Kovaliov se desperezó y pidió un espejo pequeño que había encima
de la mesa. Quería verse un granito que le había salido la noche anterior en la
nariz. Y entonces, para gran asombro suyo, en el lugar de su nariz descubrió una
superficie totalmente lisa. Mandó que le trajeran agua y se frotó los ojos con
una toalla húmeda: ¡nada, que no estaba la nariz! Comenzó a palparse,
preguntándose si estaría dormido. Pero, no; no era una figuración. El asesor
colegiado Kovaliov se tiró precipitadamente de la cama, sacudiendo la cabeza con
preocupación: ¡no tenía nariz! Pidió su ropa al instante y partió como una
flecha a ver al jefe de policía.
A todo esto, bueno sería decir unas palabras acerca de Kovaliov para poner al
lector en antecedentes del rango de nuestro asesor colegiado. Los asesores
colegiados que han obtenido su título mediante estudios respaldados por
certificaciones científicas no pueden ser comparados en modo alguno con aquellos
que se han firmado en el Cáucaso. Son dos categorías enteramente distintas. Los
asesores colegiados... Pero, Rusia es un país tan peregrino que basta decir algo
acerca de un asesor colegiado para que, desde Riga hasta Kamchatka, se den por
aludidos todos cuantos poseen igual título... Y lo mismo sucede con todos los
demás títulos o grados. Kovaliov era asesor colegiado del Cáucaso. Sólo hacía
dos años que ostentaba el título, hecho que no se permitía olvidar ni por un
instante. De manera que, para darse más prestancia y fuste, nunca se presentaba
como asesor colegiado sino como mayor. «Oye, guapa, pásate por mi casa -solía
decir al cruzarse en la calle con alguna vendedora de pecheras almidonadas-.
Está en la calle Sadóvaya. Con que preguntes dónde vive el mayor Kovaliov,
cualquiera te lo dirá.» Y si se encontraba con una de buen palmito, precisaba
confidencialmente: «Pregunta por el piso del mayor Kovaliov, ¿eh, preciosa?» Por
eso mismo, también nosotros llamaremos mayor a este asesor colegiado.
El mayor Kovaliov tenía el hábito de pasear todos los días por la Avenida
Nevski. Llevaba siempre el cuello de la pechera muy limpio y almidonado. Sus
patillas eran como las que todavía usan los agrimensores provinciales y
comarcales, los arquitectos y los médicos de regimiento, igual que los
funcionarios de policía y, en general, todos esos caballeros de mejillas
rubicundas y sonrosadas que suelen jugar muy bien al boston: son unas patillas
que bajan hasta media cara y llegan en línea recta a la misma nariz. El mayor
Kovaliov lucía multitud de dijes, unos de cornalina, otros con escudos labrados
y también de los que llevan grabadas las palabras miércoles, jueves, lunes, etc.
El mayor Kovaliov había viajado a San Petersburgo para ciertos menesteres
consistentes en buscar un acomodo a tenor con su rango: un nombramiento de
vicegobernador, si lo conseguía, o, en todo caso, el de ejecutor en algún
Departamento de fuste. El mayor Kovaliov tampoco estaba en contra de casarse,
pero sólo en el caso de que acompañara a la novia un capital de doscientos mil
rublos. Por todo lo cual podrá comprender ahora el lector el estado de ánimo de
este mayor al descubrir un estúpido espacio plano y liso en lugar de su nariz,
que no era nada fea ni desproporcionada.
Para colmo de males, no aparecía ni un solo coche de punto por la calle, y el
mayor tuvo que caminar a pie, embozado en su capa y cubriéndose la cara con un
pañuelo como si fuera sangrando. «Pero, bueno, ¿no será esto una figuración mía?
Es imposible que una nariz se extravíe así, estúpidamente», pensó, y entró en
una pastelería, con el solo fin de mirarse al espejo. Por fortuna, no había
parroquianos en el establecimiento. Unos chicuelos barrían el local y ordenaban
los asientos mientras otros, con ojos de sueño, sacaban bandejas de pastelillos
recién hechos; sobre las mesas y las sillas andaban tirados periódicos de la
víspera manchados de café. «¡Menos mal que no hay nadie! -se dijo Kovaliov-.
Ahora podré mirarme.» Se acercó tímidamente al espejo y miró. «Pero, ¿qué
demonios de porquería es ésta? -profirió soltando un salivazo-. ¡Si por lo menos
hubiera algo en lugar de la nariz!... ¡Pero, es que no hay nada!»
Salió de la pastelería mordiéndose los labios de rabia y, en contra de sus
hábitos, decidió no mirar ni sonreír a nadie. De pronto, se detuvo atónito a la
entrada de una casa. Ante sus ojos se produjo un fenómeno inexplicable: un
carruaje paró al pie de la puerta principal y, cuando se abrió la portezuela,
saltó a tierra, ligeramente encorvado, un caballero de uniforme que subió con
presteza la escalinata. Cuál no sería el sobresalto, y al mismo tiempo la
estupefacción de Kovaliov al reconocer a su propia nariz. A la vista de
semejante portento, le pareció que todo daba vueltas a su alrededor. Notó que
apenas podía tenerse en pie y, sin embargo, decidió, aunque tiritando como si
tuviera fiebre, aguardar a toda costa a que volviera a subir al coche.
Efectivamente, a los dos minutos salió la nariz. Vestía uniforme bordado en oro,
de cuello alto, y pantalón de gamuza y llevaba la espada al costado. El penacho
del tricornio indicaba que poseía el rango de consejero de Estado. Según todas
las apariencias, estaba haciendo visitas. Miró a un lado y a otro, llamó de un
grito al cochero, subió al carruaje y partió.
El pobre Kovaliov estuvo a punto de volverse loco.
No sabía ni qué pensar de tan extraño suceso. En efecto, ¿cómo podía vestir
uniforme una nariz que, la víspera sin ir más lejos, se encontraba en mitad de
su cara y no era capaz de desplazarse, ni en carruaje ni a pie, por sí sola?
Corrió en pos del vehículo que, felizmente, pronto se detuvo ante la iglesia de
Nuestra Señora de Kazán.
Kovaliov corrió hacia el templo, abriéndose paso entre las filas de viejas
mendigas -entrapajadas hasta el extremo de que sólo quedaban dos orificios para
los ojos- de las que tanto se burlaba antes, y penetró en la iglesia. Había
pocos fieles y casi todos se habían quedado cerca de la puerta. Kovaliov se
hallaba en tal estado de consternación que ni siquiera tenía ánimos para rezar,
y buscaba con los ojos a aquel caballero por todos los rincones. Al fin lo
descubrió, un poco apartado. La nariz tenía el rostro totalmente oculto por el
gran cuello alto y oraba con extraordinaria devoción.
«¿Cómo lo abordaría? -se preguntó Kovaliov-. A la vista está, por el
uniforme, por el tricornio, que se trata de un consejero de Estado. El demonio
sabrá...»
Carraspeó varias veces cerca de la nariz, que no abandonaba ni por un
instante su devota actitud ni cesaba en sus genuflexiones.
-Caballero... -dijo Kovaliov, haciendo un esfuerzo para darse ánimos-.
Caballero...
-¿Qué se le ofrece? -preguntó la nariz volviendo la cara.
-Estoy extrañado, caballero... Me parece... Debería usted saber cuál es su
sitio. De repente lo encuentro a usted... ¿Y dónde le encuentro? En una iglesia.
Habrá de convenir que...
-Perdone usted, pero no logro entender lo que tiene usted a bien decirme.
Explíquese.
«¿Cómo voy a explicarme?» -pensó Kovaliov-, y luego, sacando fuerzas de
flaqueza, comenzó:
-Claro que yo... Por cierto, he de decirle que soy mayor y eso de andar por
ahí sin nariz, como usted comprenderá, es indecoroso. Sin nariz podría pasar
cualquiera de esas vendedoras de naranjas peladas del puente de Voskresenski;
pero yo, que aspiro a obtener..., habiendo sido presentado en muchas casas donde
hay damas como la señora Chejtariova, esposa de un consejero de Estado, y otras
muchas... Hágase usted cargo... Yo no sé, caballero... -al llegar aquí, el mayor
Kovaliov se encogió de hombros-. Usted perdone, pero considerando todo esto
desde el punto de vista de las normas del deber y del honor..., usted mismo
comprenderá...
-Pues no. No comprendo absolutamente nada -contestó la nariz-. Hable de modo
más explícito.
-Caballero... -replicó Kovaliov con aire muy digno-, no acierto a interpretar
sus palabras... Me parece que el asunto está bien claro. ¡O pretende usted...
¡Pero si usted es mi propia nariz!
La nariz consideró al mayor y frunció un poco el ceño.
-Está usted en un error, caballero. Yo soy yo, además, que entre nosotros no
puede haber la menor relación directa, pues a juzgar por los botones de su
uniforme, usted pertenece a otro departamento que yo.
Dicho esto, la nariz volvió la cabeza y prosiguió sus oraciones.
Totalmente confuso, Kovaliov se quedó sin saber qué hacer y ni siquiera qué
pensar. En esto se escuchó el encantador rumor de unas vestiduras femeninas.
Llegaba una señora de cierta edad, toda encajes, y con ella otra, muy esbelta,
con un vestido blanco que dibujaba a la perfección su fina silueta y un sombrero
de paja ligero como un pastel.
Un lacayo alto, con frondosas patillas y una buena docena de esclavinas en la
librea, se situó detrás de ellas y abrió una tabaquera.
Kovaliov se acercó un poco, estiró el cuello de batista de su pechera, retocó
los dijes colgantes de la cadena de oro y, sonriendo a un lado y a otro, fijó su
atención en la etérea dama que se inclinaba levemente, parecida a una florecilla
de primavera, y elevaba hacia la frente su breve mano blanca de dedos
traslúcidos. La sonrisa de Kovaliov se acentuó cuando divisó, bajo el sombrero,
su mentón redondo, deslumbrante de blancura, y parte de la mejilla teñida por el
color de la primera rosa primaveral. Pero de pronto pegó un respingo como si se
hubiera quemado con algo. Recordó que no tenía absolutamente nada en lugar de
nariz y se le saltaron las lágrimas. Dio media vuelta con objeto de tildar sin
rodeos de farsante y miserable al señor del uniforme, para decirle que no era ni
por asomo consejero de Estado, sino única y exclusivamente su propia nariz...
Pero ya no estaba allí la nariz. Se conoce que, entre tanto, había salido
disparada para continuar sus visitas.
Esta circunstancia sumió a Kovaliov en la desesperación. Salió de la iglesia
y se detuvo un instante bajo el pórtico, escudriñando hacia todas partes por si
divisaba en algún sitio a su nariz. Recordaba muy bien que llevaba tricornio con
penacho y uniforme bordado en oro, pero no se había fijado en el capote, ni en
el color del carruaje, ni en los caballos y ni siquiera en si llevaba lacayo
detrás y cómo era su librea. Con la particularidad de que habría sido difícil
identificar aquel carruaje entre tantos, como circulaban en uno y otro sentido a
toda velocidad. Además, aunque lo hubiese identificado, no tenía a su alcance
ningún medio para hacerlo detenerse. Hacía un día espléndido y soleado. La
Avenida Nevski era un hormiguero de gente. Desde el puente de Politséiski hasta
el de Anichkin cubría las aceras una policroma cascada femenina. Kovaliov divisó
también a un consejero de la Corte conocido suyo a quien siempre daba el
tratamiento de teniente coronel, especialmente si se hallaban ante extraños.
Luego vio a Yariguin, jefe de negociado en el Senado, gran amigo suyo, que
siempre era pillado en renuncio al boston cuando jugaba el ocho. Y otro mayor,
con asesoría del Cáucaso, que agitaba una mano llamándolo...
-¡Maldita sea! -masculló Kovaliov-. ¡Eh, cochero! ¡A la prefectura de
policía!
Kovaliov subió al vehículo y se pasó todo el trayecto gritándole al cochero:
«¡arrea, hombre, arrea!»
-¿Está en su despacho el señor prefecto? -preguntó a voz en cuello al
penetrar en el vestíbulo.
-No, señor -contestó el conserje-. Acaba de salir.
-¡Ésta sí que es buena!
-Y no hace mucho que salió, por cierto -añadió el conserje-. Con haber
llegado un momento antes, quizá lo hubiera encontrado.
Sin apartar el pañuelo de su rostro, Kovaliov regresó al coche de alquiler y
ordenó con acento desesperado:
-¡Tira!
-¿Hacia dónde? -inquirió el cochero.
-Derecho.
-¡Derecho! ¡Pero, si estamos en un cruce! A la derecha o a la izquierda?
Esta pregunta dejó cortado a Kovaliov y lo obligó a reflexionar de nuevo. En
su situación, lo lógico era acudir, antes que nada, a la Dirección de Seguridad,
y no por su relación directa con la policía, sino porque sus disposiciones
podían ser mucho más expeditas que las de otras instancias. En cuanto a buscar
justicia recurriendo a las autoridades superiores del Departamento al que dijo
pertenecer la nariz, no tenía sentido, pues de las propias respuestas de la
nariz se podía colegir que no había nada sagrado para aquel sujeto y era muy
capaz de mentir en esa circunstancia, lo mismo que había mentido al afirmar que
nunca se habían visto. De modo que Kovaliov iba a ordenar ya al cochero que lo
condujera a la Dirección de Seguridad, cuando de nuevo lo asaltó la idea de que
aquel redomado bribón, que con tanta desfachatez se había comportado durante la
primera entrevista, podía muy bien aprovechar el tiempo para escabullirse de la
ciudad y todas las pesquisas serían entonces inútiles o podían durar un mes
entero si Dios no ponía remedio. Finalmente, como si el cielo lo iluminara,
decidió personarse en la oficina de publicidad para que apareciera en los
periódicos, sin pérdida de tiempo, un anuncio con la descripción detallada de
todas las señas, de manera que cuantos se encontraran con él pudieran
conducirlo, acto seguido, a su presencia o, por lo menos, darle a conocer su
paradero. Nada más tomar esta decisión, ordenó al cochero que lo llevara a la
oficina de publicidad, y fue todo el trayecto aporreándole la espalda con el
puño, repitiendo: «¡Date prisa, miserable! ¡Date prisa, bribón!» A lo que el
cochero sólo contestaba: «¡Ay, señorito!...», sacudiendo la cabeza y arreando
con las riendas a su caballo, tan peludo como un perro de lanas. El carruaje se
detuvo al fin, y Kovaliov irrumpió todo jadeante en una oficina de reducidas
dimensiones. Detrás de una mesa, un empleado canoso y con gafas, que vestía un
viejo frac, recontaba las monedas que había cobrado, manteniendo la pluma
entre los dientes.
-¿Quién recibe aquí los anuncios? -preguntó Kovaliov en un grito-. ¡Ah!
Buenos días.
-Muy buenos los tenga usted -contestó el empleado canoso alzando un momento
los ojos y volviendo a posarlos en el dinero que contaba.
-Desearía insertar...
-Perdone. Le ruego que aguarde un instante -profirió el empleado anotando un
número en un papel al tiempo que pasaba dos bolas de ábaco con la mano
izquierda.
Un lacayo de casa grande, a juzgar por su empaque y por su librea galonada,
esperaba junto a la mesa con una nota en la mano y consideró oportuno patentizar
su urbanidad:
-Le aseguro, caballero, que el perrillo no vale ochenta kopecs. Es más: yo no
daría ni cuatro por él. Pero la Condesa le tiene cariño; sí, le tiene cariño, y
ya ve usted: ¡cien rublos a quien lo encuentre! Si hemos de hablar con
propiedad, así, como estamos aquí usted y yo, hay personas que tienen gustos
disparatados. Puestos a tener un perro, que sea uno de muestra, o un maltés. Y
entonces, no hay que reparar en quinientos rublos; ni siquiera en mil, con tal
de que sea lo que se dice todo un perro.
El respetable empleado escuchaba todo aquello con aire entendido, aunque sin
dejar por eso de calcular las letras del anuncio que le habían entregado.
Alrededor se apretujaban viejucas, dependientes de comercio y porteros; todos
con alguna nota en la mano. Una era ofreciendo los servicios de un cochero de
conducta sobria; otra un carruaje en buen uso, traído de París el año 1814, y
otra más una moza de diecinueve años, sabiendo lavar y planchar, así como otras
faenas... Se vendía una calesa resistente, aunque le faltaba una ballesta, un
joven y brioso caballo rodado de diecisiete años, simientes de nabo y rábano
recién recibidas de Londres, una casa de campo con todas sus dependencias, dos
cuadras para caballos y un terreno donde se podía plantar un magnífico soto de
abedules o abetos... También había un aviso para quienes desearan adquirir
suelas usadas, invitándolos a la reventa que se efectuaba diariamente de ocho a
tres. El cuarto donde se hacinaba toda aquella gente era pequeño y la atmósfera
estaba sumamente cargada; pero el asesor colegiado no podía percibir el olor
porque se cubría la cara con el pañuelo y porque su nariz se encontraba Dios
sabía dónde.
-Permítame preguntarle, señor mío... Es muy urgente, -pronunció al fin con
impaciencia.
-Ahora mismo, ahora mismo... Son dos rublos con cuarenta y tres kopecs.
Enseguida lo atiendo. Un rublo con sesenta y cuatro kopecs -decía el empleado
canoso arrojándoles a viejucas y porteros sus respectivos recibos a la cara-.
¿Deseaba usted? -preguntó al fin dirigiéndose a Kovaliov.
-Pues, quisiera... -contestó Kovaliov-. He sido víctima de una extorsión o de
una superchería..., no podría decirlo a ciencia cierta hasta este momento...
Sólo quisiera anunciar que quien me traiga a ese canalla será cumplidamente
recompensado.
-¿Su apellido, por favor?
-¿Mi apellido? ¡No! ¿Para qué? No puedo decirlo. ¡Con tantas amistades como
tengo! La señora Chejtariova, esposa de un consejero de Estado... Palagueia
Grigórievna Podtóchina, casada con un oficial superior... ¿Y si se enteraran de
pronto? ¡Dios me libre! Puede usted poner, sencillamente, un asesor colegiado o,
mejor todavía, un caballero con el grado de mayor.
-Y el que se le ha escapado, ¿era siervo suyo?
-¿Quién habla de un siervo? Eso no sería una granujada muy grande. Lo que se
me ha escapado es... la nariz...
-¡Jum! ¡Qué apellido tan raro! ¿Y le ha estafado mucho ese señor?
-No me ha entendido usted. Cuando digo nariz, no me refiero a un apellido,
sino a mi propia nariz, que ha desaparecido sin dejar rastro. ¡Alguna jugarreta
del demonio!
-Pero, ¿de qué modo ha desaparecido? No acabo de hacerme cargo.
-Tampoco podría decir yo de qué modo ha desaparecido; pero lo esencial es que
ahora anda de un lado para otro por la ciudad y se hace pasar por consejero de
Estado. Por eso le ruego poner el anuncio: para que quien le eche mano me la
traiga inmediatamente, sin dilación alguna. Hágase usted cargo: ¿cómo me las voy
a arreglar sin un apéndice tan visible? Porque no se trata de un simple meñique
del pie, por ejemplo, que va metido dentro de la bota y nadie advierte su falta.
Yo suelo ir los jueves a casa de la señora Chejtariova, esposa de un consejero
de Estado. También me distinguen con su amistad Palagueia Grigórievna Podtóchina,
casada con un oficial de Estado Mayor, y su hija, que es un encanto. Conque,
dígame usted qué hago yo ahora. No puedo presentarme a ellas de ninguna manera.
El empleado se puso a cavilar, lo que podía colegirse por el modo de apretar
los labios.
-Pues, no. No puedo insertar ese anuncio -dictaminó al fin, después de un
largo silencio.
-¿Cómo? ¿Por qué no?
-Porque podría desprestigiar a un periódico. Si ahora se pone a escribir la
gente que se le ha escapado la nariz, pues... Demasiado se murmura ya de que
publicamos muchos disparates y bulos.
-¿Y por qué es esto un disparate? Me parece que no tiene nada de particular.
-Eso se lo parece a usted. Bueno, pues mire: la semana pasada ocurrió algo
por el estilo. Se presentó un funcionario, de la misma manera que se ha
presentado usted ahora, con una nota que le salió por dos rublos y setenta y
tres kopecs, anunciando en todo y por todo que se había escapado un perro de
aguas de pelo negro. Al parecer, nada de particular, ¿verdad? Pues resultó un
embrollo: se trata del cajero de no recuerdo qué establecimiento.
-Pero el anuncio que yo le traigo no se refiere a ningún perro, sino a mi
propia nariz, cosa que equivale casi a mi propia persona.
-No. Yo no puedo insertar en modo alguno un anuncio así.
-Pero, ¡si es verdad que se ha extraviado mi nariz!
-Entonces, eso es cosa de los médicos. Los hay, según cuentan, que son
capaces de ponerle a la gente la nariz que quiera. Pero, estoy viendo que es
usted un hombre de buen humor y amigo de gastar bromas.
-¡Por Dios santo, le juro que es verdad! En fin, si hasta aquí hemos llegado,
ahora verá usted mismo...
-¿Para qué se va a molestar? -protestó el empleado tomando un poco de rapé-.
Aunque, si no le hace extorsión -añadió, picado ya por la curiosidad-, me
gustaría verlo.
El asesor colegiado retiró el pañuelo de su rostro.
-Es rarísimo, efectivamente -opinó el empleado-. Tiene el sitio de la nariz
tan liso como la palma de la mano. Sí, sí, increíblemente liso...
-¿Seguirá discutiendo ahora? Ya lo está viendo: no hay más remedio que
publicarlo. Le quedaré especialmente agradecido, y celebro que este suceso me
haya proporcionado el placer de conocerle...
Como puede verse, el mayor llegó incluso a rebajarse un poco en esta ocasión.
-Claro que publicarlo no cuesta ningún trabajo -dijo el empleado-, aunque no
veo que saque provecho alguno de ello. Si tanto interés tiene, cuéntele el caso
a alguien que tenga la pluma fácil para que lo describa como un fenómeno de la
naturaleza y lo publique en La abeja del Norte -aquí sorbió otro poco de tabaco-
para instrucción de la juventud -aquí se limpió la nariz- o simplemente como un
hecho curioso.
El asesor colegiado estaba totalmente apabullado. Bajó los ojos, que
tropezaron con la cartelera de espectáculos al pie de un periódico. Iba a
sonreír al leer el nombre de una encantadora actriz y echaba ya mano al bolsillo
para comprobar si llevaba algún billete de cinco rublos, pues los oficiales
superiores, en opinión de Kovaliov, debían sentarse en el patio de butacas,
cuando el recuerdo de la nariz echó por tierra toda su alegría.
Al propio empleado pareció afectarle la situación peliaguda de Kovaliov. Y
creyó oportuno mitigar un poco su pesar con algunas palabras de simpatía.
-En verdad lamento mucho el percance que le ha sucedido. ¿No quiere usted
tomar un poco de rapé? Disipa los dolores de cabeza y los disgustos. Incluso va
bien para las hemorroides.
Con estas palabras, el empleado presentó a Kovaliov su tabaquera escamoteando
con bastante agilidad la tapa que representaba a una señora con sombrero.
Esta acción impremeditada sacó de sus casillas a Kovaliov.
-No comprendo cómo se le ocurren esas bromas -dijo irritado-. ¿No está viendo
que me falta, precisamente, lo necesario para aspirar el rapé? ¡Al diablo con su
tabaco! Ahora no puedo ni verlo, aunque me lo ofreciera de la mejor marca y no
esa porquería que fabrica Berezin.
Dicho lo cual, salió profundamente contrariado de la oficina de publicidad
para dirigirse a casa del comisario de policía; hombre muy aficionado al azúcar.
En el recibimiento, que hacía las veces de comedor, había gran cantidad de
pilones de azúcar, amistosa ofrenda de los comerciantes. La sirvienta estaba
quitándole al comisario las botas altas de reglamento; la espada y demás
atributos guerreros pendían ya pacíficamente en sus rincones; el imponente
tricornio había pasado a manos del hijo del comisario, un niño de tres años, y
el propio comisario se disponía, después del batallar cotidiano, a gozar de una
calma deliciosa.
Kovaliov se presentó cuando el comisario decía, entre un desperezo y un
resoplido: «¡Vaya dos horitas de siesta que me voy a echar!» De lo cual podía
colegirse que la llegada del mayor era totalmente intempestiva. Y no creo que le
hubiera recibido con excesiva afabilidad aun trayéndole en ese momento unas
libras de té o una pieza de paño. El comisario era gran amante de todas las
artes y los productos manufacturados, aunque por encima de todo prefería los
billetes de banco. «Esto sí que es bueno -solía decir-. No hay nada mejor. No
piden de comer, ocupan tan poco sitio que siempre caben en el bolsillo y si se
caen, no se rompen.»
El comisario dispensó a Kovaliov una acogida bastante fría y dijo que después
de comer no era el momento de realizar investigaciones, que era mandato de la
propia naturaleza descansar un poco después de alimentarse suficientemente (de
lo cual pudo deducir el asesor colegiado que el comisario no ignoraba las
sentencias de los sabios de la Antigüedad), que a ninguna persona de orden le
arrancan la nariz y que anda por el mundo buen número de mayores de toda calaña
que ni siquiera tienen ropa interior decente y frecuentan lugares poco
recomendables.
Lo que se llama un buen revolcón. Preciso es señalar que Kovaliov era un
hombre sumamente susceptible. Podía perdonar cuanto dijeran de su persona, pero
de ningún modo lo que se refiriese a su categoría o a su título. Incluso opinaba
que en las obras de teatro se podía pasar por alto todo lo relativo a los
oficiales subalternos, pero que de ahí para arriba era inadmisible cualquier
ataque. El recibimiento dispensado por el comisario lo ofuscó tanto que sacudió
la cabeza y dijo muy digno, abriendo un poco los brazos: «Confieso que, después
de observaciones tan afrentosas por su parte, yo no puedo añadir nada...», y se
retiró.
Llegó a su casa tan cansado que casi no podía tenerse. Había caído la tarde.
Después de tantas gestiones infructuosas, su domicilio le pareció tristón y de
lo más repugnante. Cuando entró en el recibimiento descubrió a Iván, su criado,
tumbado de espaldas en un mugriento sofá de cuero y dedicado a escupir al techo
con tanta puntería que muchas veces acertaba en el mismo sitio. Indignado ante
tal indiferencia, Kovaliov le pegó un sombrerazo en la frente rezongando: «Tú
siempre haciendo estupideces, ¡cerdo!».
Iván se levantó de un brinco y corrió a quitarle la capa.
Al entrar en su cuarto, el mayor se dejó caer cansado y abatido en un sillón
y al fin dijo, después de unos cuantos suspiros:
-¡Dios mío! ¡Dios mío!, ¿qué habré hecho yo para merecer este castigo? Si me
hubiera quedado sin un brazo, o sin una pierna, habría sido preferible; incluso
sin orejas, aunque estaría mal, aún podría pasar. Pero, ¿qué diablos es un
hombre sin nariz? No es un pajarraco ni es un ciudadano honrado. Nada; una cosa
que se puede tirar sencillamente por la ventana. Y bueno que el percance hubiera
ocurrido en la guerra o en un duelo o por culpa mía. Pero, ¡es que mi nariz ha
desaparecido sin más ni más, tontamente!... Aunque, no; no puede ser -añadió
después de pensarlo un poco-. Es inconcebible que desaparezca una nariz: de todo
punto inconcebible. O estoy soñando, o es una figuración; seguro. O quizá me
haya bebido por equivocación, en vez de agua, el vodka de friccionarme la cara
después del afeitado. El estúpido de Iván no lo volvería a su sitio, y yo me lo
bebí.
Para convencerse de que, efectivamente, no estaba borracho, el mayor se pegó
tal pellizco que no pudo reprimir un grito. Aquel dolor lo persuadió de que era
realidad todo lo que hacía y lo que le pasaba. Se acercó sigilosamente al
espejo, y primero cerró los ojos con la esperanza de que quizá apareciera la
nariz en su sitio cuando los abriera, pero al instante pegó un respingo y
retrocedió exclamando:
-¡Qué asco de cara!
En efecto, aquello era incomprensible. Si se hubiera perdido un botón, una
cuchara de plata, un reloj o cosa por el estilo... Pero, ¡perderse aquello! Y
dentro de casa, además... Sopesando todas las circunstancias, el mayor consideró
como más probable la hipótesis de que el culpable sólo podía ser la señora
Podtóchina, esposa de un oficial de Estado Mayor, que pretendía casar a su hija
con Kovaliov. Y él, aunque le agradaba cortejarla, eludió un compromiso
definitivo. De manera que cuando la señora Podtóchina le declaró sin ambages
que deseaba dársela en matrimonio, él recogió velas poco a poco en sus
asiduidades, alegando que todavía era joven y que aún necesitaba hacer méritos
en su carrera unos cinco años para cumplir los cuarenta y dos. Y entonces,
seguramente por venganza, la señora Podtóchina urdió aquello de desfigurarle, pagando a cualquier bruja agorera, pues no podía
admitirse en modo alguno que la nariz hubiera sido cercenada: nadie había
entrado en su habitación. Iván Yákovlevich, el barbero, lo afeitó el miércoles,
y Kovaliov conservó su nariz íntegra durante todo el miércoles e incluso el
jueves a lo largo de todo el día. Eso lo recordaba y lo sabía muy bien. Además,
hubiera notado dolor y, desde luego, la herida no habría podido cicatrizarse tan
pronto y quedar lisa como la palma de la mano. Se puso a cavilar en si debía
denunciar en toda regla a la señora Podtóchina ante los tribunales o personarse
él en su casa y echarle en cara su acción. Vino a interrumpir sus reflexiones un
destello de luz que penetró por todas las rendijas de la puerta y era indicio de
que Iván había encendido ya una vela en el recibimiento. Enseguida apareció el
propio Iván con ella, iluminando la estancia. El primer movimiento de Kovaliov
fue echar mano de un pañuelo y cubrirse el lugar que su nariz ocupaba todavía la
víspera para que aquel estúpido no se quedara con la boca abierta ante un hecho
tan insólito en su señor.
Apenas se había retirado Iván a su cuchitril cuando una voz desconocida se
dejó oír en el recibimiento:
-¿Vive aquí el asesor colegiado Kovaliov?
-Adelante. Aquí está el mayor Kovaliov -contestó él mismo, levantándose
precipitadamente para abrir la puerta.
Entró un guardia de buena prestancia, con patillas no muy claras ni tampoco
oscuras y mejillas bastante llenas: el mismo que al comienzo de nuestro relato
vimos en un extremo del puente Isákievski.
-¿Es usted el caballero que ha perdido la nariz?
-En efecto.
-Pues ha aparecido.
-¿Qué me dice usted? -lanzó un grito el mayor Kovaliov, y se quedó sin habla
de la alegría, mirando fijamente al guardia plantado delante de él, en cuyos
mofletes y labios abultados se reflejaba la trémula luz de la vela-. ¿Cómo ha
sucedido?
-Por pura casualidad. Le echamos mano cuando casi estaba en camino: iba a
tomar ya la diligencia para marcharse a Riga. Y el pasaporte había sido
extendido hace ya tiempo a nombre de cierto funcionario. Lo extraño es que, al
principio, yo mismo lo tomé por un caballero. Afortunadamente llevaba las gafas,
y enseguida me di cuenta de que se trataba de una nariz. Porque le diré que yo
soy miope y, si se coloca usted delante de mí, yo sólo veo su cara, pero sin
distinguir la nariz, la barba ni nada. Mi suegra, es decir, la madre de mi
esposa, tampoco ve nada.
Kovaliov estaba como loco.
-¿Dónde está? ¿Dónde? Voy corriendo...
-No tiene usía por qué molestarse. Suponiendo que le haría a usted falta, la
traigo yo. Y, ya ve usted qué raro: el autor principal del hecho es un pícaro
barbero de la calle Voznesénskaia que ahora está detenido en el cuartelillo.
Hace ya tiempo que yo andaba tras él por borracho y ratero. Anteayer, sin ir más
lejos, robó una docena de botones en una tienda. En cuanto a la nariz de usía,
está exactamente igual que estaba.
Con estas palabras, el guardia metió la mano en un bolsillo, de donde extrajo
la nariz envuelta en un papel.
-¡Ésa es! ¡Sí, sí! -gritó Kovaliov-. Hoy tiene usted que quedarse a tomar una
taza de té conmigo.
-Aceptaría con sumo gusto, pero no puedo de ninguna manera: desde aquí tengo
que acercarme al manicomio. Han subido mucho los precios de todas las
subsistencias... Yo debo mantener a mi suegra, la madre de mi esposa, que vive
con nosotros, y a mis hijos. El mayor, sobre todo, es un chico listo, que
promete mucho, pero carezco totalmente de posibilidades para darle estudios...
Kovaliov se dio por enterado y, tomando de encima de la mesa un billete de
diez rublos, lo puso en manos del guardia que abandonó la estancia después de
pegar un taconazo y cuya voz oyó Kovaliov casi al instante en la calle
aleccionando, con acompañamiento de puñetazos, a un estúpido mujik que se había
metido en la acera con su carreta.
Después de marcharse el guardia, permaneció el asesor colegiado unos minutos
como aturdido y sólo al cabo de ese tiempo, tal era el desconcierto que le
produjo la inesperada alegría, recobró la capacidad de ver y sentir. Tomó con
precaución la nariz en el cuenco formado por las dos manos y volvió a observarla
atentamente.
-Es ella, claro que sí -decía el mayor Kovaliov-. Aquí está, en el lado
izquierdo, el granito que le salió ayer.
El mayor estuvo a punto de soltar la risa de alegría.
Pero no hay nada eterno en el mundo. Por eso, la alegría del primer instante
no es ya tan viva a los dos minutos, al tercero se debilita más aún y al fin se
diluye inadvertidamente con el estado de ánimo habitual, lo mismo que el círculo
formado en el agua por la caída de una piedra acaba diluyéndose en la superficie
lisa. Kovaliov se puso a cavilar y sacó en claro que todavía no estaba todo
terminado: la nariz había aparecido, sí; pero faltaba ponerla y ajustarla en su
sitio.
-¿Y si no se pega?
El mayor se quedó lívido al hacerse esta pregunta.
Presa de un miedo indescriptible corrió a la mesa y acercó el espejo, no
fuera a colocarse la nariz torcida. Le temblaban las manos. Con cuidado y mucho
tiento aplicó la nariz en el lugar de antes. ¡Qué espanto! La nariz no se
pegaba... La acercó a su boca, le echó el aliento para calentarla y de nuevo la
aplicó a la superficie lisa que se extendía entre sus mejillas; la nariz no se
sujetaba de ninguna manera.
-¡Vamos! Pero, ¡vamos! ¡Quédate ahí! -le decía.
Pero la nariz parecía de madera y caía sobre la mesa con un ruido extraño,
como si fuera un corcho. Una mueca contrajo el rostro del mayor. «¿Será posible
que no se pegue?», se preguntaba asustado. Pero, por muchas veces que colocó la
nariz en el lugar adecuado, todos sus esfuerzos continuaron siendo estériles.
Llamó a Iván y lo mandó en busca del médico que vivía en el entresuelo de la
misma casa, ocupando el mejor piso. Aquel médico era hombre de gran prestancia,
que poseía unas magníficas patillas negras, y una esposa lozana; rebosante de
salud, se desayunaba con manzanas y cuidaba esmeradamente el aseo de su boca,
enjuagándose cada mañana durante casi tres cuartos de hora y puliéndose los
dientes con cinco cepillos distintos. El doctor acudió al instante. Después de
inquirir el tiempo transcurrido desde el percance, levantó la cara de Kovaliov
agarrándolo por la barbilla y le pegó tal papirotazo en el lugar antes ocupado
por la nariz que el mayor echó violentamente la cabeza hacia atrás hasta pegar
con la nuca en la pared. El médico dijo que aquello no era nada, lo invitó a
apartarse un poco de la pared, le hizo volver la cabeza hacia la derecha y,
después de palpar el sitio donde antes se encontraba la nariz, dijo «ummm».
Luego le mandó volver la cabeza hacia el lado izquierdo, profirió otra vez «ummm»
y, finalmente, le pegó con el pulgar otro papirotazo que hizo respingar al mayor
Kovaliov lo mismo que un caballo cuando le miran los dientes. Después de esta
prueba, el médico sacudió la cabeza diciendo:
-No. No puede ser. Preferible es dejarlo así, porque podría quedar peor.
Arreglo tiene, desde luego, y yo mismo se la pondría quizá ahora mismo. Pero le
aseguro que sería peor para usted.
-¡Ésta sí que es buena! ¿Cómo voy a quedarme sin nariz? -protestó Kovaliov-.
Peor que ahora, imposible. ¿Qué demonios es esto? ¿Dónde me presento yo con esta
facha? Yo tengo muy buenas relaciones. Hoy mismo debo asistir a dos veladas.
Conozco a mucha gente: la señora Chejtariova, esposa de un consejero de Estado,
la señora Podtóchina, casada con un oficial del Estado Mayor... Aunque, después
de su actual comportamiento, mi único trato con ella puede ser a través de la
policía. Por favor se lo ruego -prosiguió Kovaliov suplicante-. ¿No hay ningún
remedio? Póngamela como sea, aunque no quede bien, con tal de que se sostenga.
Incluso podría sujetarla un poco con la mano en los casos de apuro. Además, como
no bailo, tampoco es de temer ningún movimiento brusco que la perjudique. Y en
lo referente a agradecerle su visita, tenga por seguro que, en la medida de mis
posibilidades...
-Crea usted -intervino el doctor en un tono que no era ni alto ni bajo, pero
sí sumamente persuasivo y magnético- que yo nunca ejerzo por el dinero. Eso
sería contrario a mis normas y a mi arte. Cierto que cobro mis visitas, pero con
el único fin de no agraviar a nadie al negarme. Desde luego, yo podría ajustar
su nariz. Sin embargo, y lo afirmo por mi honor, si mi palabra no le basta,
quedaría mucho peor. Deje actuar a la naturaleza. Las frecuentes abluciones
frías lo mantendrán a usted, aun sin nariz, tan sano como si la tuviera, se lo
aseguro. En cuanto a la nariz, le aconsejo que la meta en un frasco de alcohol
o, mejor todavía, añadiendo una solución de dos cucharadas de vodka fuerte y
vinagre caliente. Entonces podrá sacar por ella una cantidad respetable. Yo
mismo se la compraría si no se excede en el precio.
-¡No, no! No la vendería por nada del mundo -protestó el mayor desesperado-.
¡Prefiero que desaparezca!
-Perdone usted, pero yo quería hacerle un favor -replicó el médico
saludando-. ¡En fin! Por lo menos, habrá usted visto mi buena intención.
Con estas palabras, el médico abandonó muy dignamente la estancia. Kovaliov
no se había fijado siquiera en su rostro, ya que, en su profundo abatimiento,
sólo acertó a ver los puños de la camisa pulcra y blanca como la nieve asomando
por las mangas del frac negro.
Al día siguiente, y antes de presentar querella, se decidió a escribir a la
señora del oficial de Estado Mayor para ver si accedía a devolverle de buen
grado lo que era suyo. La carta decía lo siguiente:
«Muy señora mía, Alexandra Grigórievna:
»No alcanzo a comprender tan extraño proceder por parte suya. Tenga la
seguridad de que, obrando de este modo, no ganará usted nada ni me obligará en
modo alguno a casarme con su hija. Crea usted que me hallo perfectamente
enterado de la historia de mi nariz como también de que usted y nadie más que
usted ha sido la principal causante de ella. El súbito desprendimiento, la fuga
y el disfraz de mi apéndice nasal, apareciendo primero bajo el aspecto de un
funcionario y luego con el suyo propio, no son ni más ni menos que consecuencia
de las hechicerías practicadas por usted o por quienes se ejercitan en
menesteres tan nobles como los suyos. Por mi parte, considero deber mío
advertirle que si el susodicho apéndice no se reintegra hoy mismo a su sitio, me
veré en la obligación de apelar a la defensa y la protección de las leyes.
»Por lo demás, con todos mis respetos, tengo el honor de quedar de usted,
seguro servidor
Platón Kovaliov.»
«Muy señor mío, Platón Kuzmich:
«Su carta me ha dejado sumamente sorprendida. Le confieso a usted con toda
sinceridad que nunca esperé nada parecido y menos aún lo referente a los
injustos reproches de usted. Pongo en su conocimiento que jamás he recibido en
mi casa, ni con disfraz ni bajo su aspecto propio, al funcionario a quien usted
alude. No niego que me ha visitado Filipp Ivánovich Potánchikov. Pero, aunque él
aspiraba, es cierto, a la mano de mi hija -y tratándose de una persona de
conducta buena y sobria, así como de muchos estudios-, yo nunca le he dado la
menor esperanza. También menciona usted la nariz. Si con ello quiere dar a
entender que yo me proponía dejarle con tres cuartas de narices, o sea, darle una
negativa rotunda, me sorprende que sea usted quien lo diga, sabiendo como sabe
que mi intención es muy otra y que si usted se compromete ahora mismo y en
debida forma con mi hija, yo estoy dispuesta a acceder sin dilación, pues tal ha
sido siempre el objeto de mis más fervientes deseos, en espera de lo cual quedo
siempre al servicio de usted
Alexandra Podtóchina.»
«No, seguro que no ha sido ella -se dijo Kovaliov después de leer la misiva-.
¡Imposible! En la forma que está escrita la carta, no puede ser obra de quien
haya cometido un delito. -El asesor colegiado era hombre entendido en la
materia; pues, hallándose todavía en la región del Cáucaso, había sido encargado
varias veces de instruir sumario-. ¿Cómo ha podido suceder esto? ¿De qué manera?
Sólo el demonio lo entendería», concluyó desalentado.
Entretanto, corrían ya por toda la capital los rumores acerca de tan
extraordinario suceso, adornado con toda clase de exageraciones, como suele
ocurrir. Precisamente por entonces se hallaban las mentes orientadas hacia lo
sobrenatural, pues hacía poco tiempo que a todos intrigaban los experimentos
sobre los efectos del magnetismo. Además, como la historia de las sillas
danzantes de la calle Koniúshennaia era todavía reciente, nada tiene de
particular que al poco tiempo se empezara a comentar que la nariz del asesor
colegiado solía pasearse a las tres en punto de la tarde por la Avenida Nevski.
Y a diario acudía allí una multitud de curiosos. Alguien anunció que la nariz se
encontraba en la tienda de Junker, y frente al establecimiento se formó tal
aglomeración que hubo de intervenir la policía. Un especulador con aspecto
respetable, que usaba patillas y solía vender pastas variadas a la puerta del
teatro, fabricó especialmente unos magníficos y sólidos bancos de madera que
alquilaba, a razón de ochenta kopecs por persona, a cuantos curiosos deseaban
subirse en ellos para ver mejor. Un benemérito coronel salió de su casa con ese
único fin antes que de costumbre y a duras penas logró abrirse paso entre el
gentío; pero, cuál no sería su indignación al ver en el escaparate de la tienda,
en lugar de la nariz, una simple camiseta de lana y una litografía representando
a una jovencita que se subía una media mientras un petimetre con chaleco de
solapas y barbita la espiaba desde detrás de un árbol. Dicha litografía llevaba
ya más de diez años colgada en el mismo sitio. Al retirarse, el coronel dijo
contrariado: «¿Cómo se puede soliviantar a la gente con bulos tan estúpidos e
inverosímiles?»
Luego cundió la especie de que no era por la Avenida Nevski sino por el
jardín de Taurida por donde se paseaba la nariz del mayor Kovaliov y eso, desde
hacía ya mucho tiempo. Tanto, que cuando Jozrev-Mirza se alojó allí, le
sorprendió sobremanera aquel extraño capricho de la naturaleza.
Allá fueron algunos estudiantes de la Academia de Cirugía. Una ilustre y
noble dama rogó al vigilante del jardín, por carta especial, que mostrara a sus
hijos el raro fenómeno y, a ser posible, se lo explicara de modo instructivo y a
la vez edificante para ellos.
Todos estos hechos fueron acogidos con gran regocijo por los caballeros
asiduos de las veladas de sociedad y aficionados a distraer a las señoras con
curiosas historias, cuyo repertorio se encontraba por entonces agotado. Una
minoría de respetables personas de orden estaba sumamente descontenta. Un señor
decía, muy sulfurado, que no comprendía cómo era posible que se propalaran
absurdos infundios en nuestro siglo ilustrado y que le sorprendía que el
gobierno no prestara atención al hecho. Al parecer, ese señor era de los que
quisieran complicar al gobierno en todo; incluso en las trifulcas cotidianas que
tiene con su esposa. Luego... Pero, a partir de aquí, de nuevo queda el suceso
totalmente envuelto en brumas y no se sabe nada en absoluto de lo acaecido
después.
III
En el mundo ocurren verdaderos disparates. A veces, sin la menor
verosimilitud; súbitamente, la misma nariz que andaba de un lado para otro con
uniforme de consejero de Estado y que tanto alboroto había armado en la ciudad
volvió a encontrarse como si tal cosa en su sitio, es decir, exactamente entre
las dos mejillas del mayor Kovaliov. Esto sucedió ya en el mes de abril, el día
7. Al despertarse y lanzar una mirada fortuita al espejo, descubrió el mayor que
allí estaba la nariz. Echó mano de ella, y allí estaba, sí! «¡Al fin!», exclamó
Kovaliov y, de la alegría, estuvo a punto de ponerse a bailar, tal y como
estaba, descalzo, por toda la habitación; pero la entrada de Iván se lo impidió.
Enseguida pidió agua para lavarse y, mientras se aseaba, lanzó otra mirada al
espejo. ¡Allí estaba la nariz! Cuando se secaba con la toalla, miró una vez más:
¡allí estaba la nariz!
-Mira a ver, Iván: parece como si tuviera un granito en la nariz -dijo al
tiempo que pensaba-: «Menudo disgusto si Iván me dice ahora: Pues no, señor; no
veo ningún grano ni tampoco veo la nariz.»
Pero Iván contestó:
-No; no hay ningún grano. No tiene nada en la nariz.
«Esto ya está bien, ¡qué demonios!», se dijo el mayor chascando los dedos. En
ese momento asomó por la puerta el barbero Iván Yákovlevich, pero con tanto
temor como un gato al que acaban de atizar por robar tocino.
-Lo primero que debes decirme es si traes las manos limpias -lo interpeló ya
desde lejos Kovaliov.
-Sí. Claro que están limpias.
-¡Mentira!
-Le juro que están limpias, señor.
-Bueno. Ya veremos.
Kovaliov se sentó. Iván Yákovlevich le puso el paño y, con la brocha,
convirtió su barba y parte de las mejillas en algo parecido a la crema que se
suele servir en los convites onomásticos de los comerciantes.
«¡Bueno!... -exclamó Iván Yákovlevich para sus adentros contemplando la
nariz, y luego torció la cabeza hacia el lado opuesto para verla de perfil-.
¡Mírenla ustedes!... ¡Ahí está! Aunque la verdad es que, si se para uno a
pensar...», agregó, y estuvo mirando todavía un buen rato la nariz. Finalmente,
con toda la delicadeza y todo el esmero que se puede uno imaginar, levantó dos
dedos para sujetarla por la punta, pues tal era el sistema de Iván Yákovlevich.
-¡Eh, eh, tú! ¡Cuidado! -gritó Kovaliov.
Más aturdido y confuso todavía, Iván Yákovlevich retiró la mano. Al fin
comenzó a pasar la navaja por debajo del mentón y, aunque le resultaba muy
incómodo y difícil rapar sin tener sujeto el órgano del olfato, logró vencer
todos los obstáculos y terminar de afeitar ingeniándoselas para atirantar la
piel con su áspero dedo pulgar apoyado unas veces en la mejilla y otras veces en
la mandíbula inferior del mayor.
Cuando todo estuvo listo, Kovaliov se apresuró a vestirse inmediatamente,
tomó un coche de punto y se fue derechito a una pastelería. Nada más entrar,
gritó desde lejos: «¡Un chocolate, muchacho!» y al instante se dirigió hacia un
espejo. ¡Tenía la nariz! Dio media vuelta lleno de alegría y contempló con aire
sarcástico, entornando un poco los párpados, a dos militares: la nariz de uno de
ellos tenía apenas el tamaño de un botón de chaleco. Luego se dirigió a las
oficinas del Departamento donde estaba gestionando un puesto de vicegobernador o
de ejecutor, en su defecto. Al cruzar la antesala, se miró a un espejo: ¡allá
estaba la nariz! Más tarde fue a visitar a otro asesor colegiado -o mayor, si se
quiere-, gran amigo de chanzas, a cuyas mordaces observaciones solía contestar
Kovaliov: «¡Demasiado te conozco a ti. Eres un criticón!» Durante el trayecto,
iba pensando: «Si el mayor no revienta de risa al verme, seguro es que cada cosa
está en su sitio.» Pero el asesor colegiado se quedó tan campante. «Perfecto,
perfecto, ¡qué demonios!», se dijo Kovaliov. Después se encontró con la señora
Podtóchina, esposa de un oficial de Estado Mayor, y su hija. Las saludó y fue
acogido con exclamaciones de júbilo: por tanto, no se advertía en él ningún
defecto. Conversó con ellas un buen rato y, sacando adrede la tabaquera, se
complació largamente delante de ellas en atascar su nariz de rapé por ambos
conductos, mascullando para sus adentros: «Así, para que se enteren, cabezas de
chorlitos. Y con la hija no me caso, desde luego. Así por las buenas, par amour,
¡ni pensarlo!» A partir de entonces, el mayor Kovaliov volvió a pasearse como si
tal cosa por la Avenida Nevski, a frecuentar los teatros y acudir a todas
partes. Y también su nariz campaba en medio de su rostro como si tal cosa, sin
aparentar siquiera que hubiera faltado nunca de allí. Después de todo esto pudo
verse al mayor Kovaliov siempre de buen humor, sonriente, rondando absolutamente
a todas las mujeres bonitas e incluso detenido una vez delante de una tienda de
Gostínni Dvor para comprar el pasador de una condecoración, si bien por motivos
desconocidos, ya que él no era caballero de ninguna orden.
¡Ahí tienen ustedes lo sucedido en la capital norteña de nuestro vasto
imperio! Y únicamente ahora, atando cabos, vemos que la historia tiene mucho de
inverosímil. Sin hablar ya de que resulta verdaderamente extraña la separación
sobrenatural de la nariz y su aparición en distintos lugares bajo el aspecto de
consejero de Estado. ¿Cómo no se le ocurrió pensar a Kovaliov que no se podía
anunciar el caso de su nariz en los periódicos a través de la Oficina de
Publicidad? Y no lo digo en el sentido de que me parezca excesivo el precio del
anuncio: es una nadería y yo estoy lejos de ser una persona roñosa. ¡Pero, es que
resulta desplazado, violento, feo! Y otra cosa: ¿cómo fue a parar la nariz al
interior de un panecillo y cómo es que Iván Yákovlevich...? Nada, nada, que no
lo entiendo. ¡No lo entiendo de ninguna manera! Pero lo más chocante, lo más
incomprensible de todo es que los autores sean capaces de elegir semejantes
temas. Confieso que esto es totalmente inconcebible, es como si... ¡Nada, nada,
que no lo entiendo! En primer lugar, que no le da ningún provecho a la patria;
en segundo lugar... Bueno, pues, en segundo lugar, tampoco le da provecho. No sé
lo que es esto, sencillamente...
Aunque, sin embargo, con todo y con ello, si bien, naturalmente, se puede
admitir esto y lo otro y lo de más allá, es posible incluso... Porque, claro
¿dónde no suceden cosas absurdas? Y es que, no obstante, si nos paramos a
pensar, seguro que hay algo en todo esto. Se diga lo que se diga, sucesos por el
estilo ocurren en el mundo. Pocas veces, pero ocurren.
FIN |