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Hace un par de días asistí yo a una boda... Pero no... Antes he de contarles
algo relativo a una fiesta de Navidad. Una boda es, ya de por sí, cosa linda, y
aquella de marras me gustó mucho... Pero el otro acontecimiento me impresionó
más todavía. Al asistir a aquella boda, hube de acordarme de la fiesta de
Navidad. Pero voy a contarles lo que allí sucedió.
Hará unos cinco años, cierto día entre Navidad y Año Nuevo, recibí una
invitación para un baile infantil que había de celebrarse en casa de una
respetable familia amiga mía. El dueño de la casa era un personaje influyente
que estaba muy bien relacionado; tenía un gran círculo de amistades, desempeñaba
un gran papel en sociedad y solía urdir todos los enredos posibles; de suerte
que podía suponerse, desde luego, que aquel baile de niños sólo era un pretexto
para que las personas mayores, especialmente los señores papás, pudieran
reunirse de un modo completamente inocente en mayor número que de costumbre y
aprovechar aquella ocasión para hablar, como casualmente, de toda clase de
acontecimientos y cosas notables. Pero como a mí las referidas cosas y
acontecimientos no me interesaban lo más mínimo, y como entre los presentes
apenas si tenía algún conocido, me pasé toda la velada entre la gente, sin que
nadie me molestara, abandonado por completo a mí mismo.
Otro tanto hubo de sucederle a otro caballero, que, según me
pareció, no se distinguía ni por su posición social, ni por su apellido, y, a
semejanza mía, sólo por pura causalidad se encontraba en aquel baile infantil...
Inmediatamente hubo de llamarme la atención. Su aspecto exterior impresionaba
bien: era de gran estatura, delgado, sumamente serio e iba muy bien vestido. Se
advertía de inmediato que no era amigo de distracciones ni de pláticas
frívolas. Al instalarse en un rinconcito tranquilo, su semblante, cuyas negras
cejas se fruncieron, asumió una expresión dura, casi sombría. Saltaba a la vista
que, quitando al dueño de la casa, no conocía a ninguno de los presentes. Y
tampoco era difícil adivinar que aquella fiestecita lo aburría hasta la náusea,
aunque, a pesar de ello, mostró hasta el final el aspecto de un hombre feliz que
pasa agradablemente el tiempo. Después supe que procedía de la provincia y sólo
por una temporada había venido a Petersburgo, donde debía de fallarse al día
siguiente un pleito, enrevesado, del que dependía todo su porvenir. Se le había
presentado con una carta de recomendación a nuestro amigo el dueño de la casa,
por lo que aquél cortésmente lo había invitado a la velada: pero, según parecía,
no contaba lo más mínimo con que el dueño de la casa se tomase por él la más
ligera molestia. Y como allí no se jugaba a las cartas y nadie le ofrecía un
cigarro ni se dignaba dirigirle la palabra -probablemente conocían ya de lejos
al pájaro por la pluma-, se vio obligado nuestro hombre, para dar algún
entretenimiento a sus manos, a estar toda la noche mesándose las patillas.
Tenía, verdaderamente, unas patillas muy hermosas; pero, así y todo, se las
acariciaba demasiado, dando a entender que primero habían sido creadas aquellas
patillas, y luego le habían añadido el hombre, con el solo objeto de que les
prodigase sus caricias.
Además de aquel caballero que no se preocupaba lo más mínimo por aquella
fiesta de los cinco chicos pequeñines y regordetes del anfitrión, hubo de
chocarme también otro individuo. Pero éste mostraba un porte totalmente
distinto: ¡era todo un personaje!
Se llamaba Yulián Mastakóvich. A la primera mirada se comprendía que era un
huésped de honor y se hallaba, respecto al dueño de la casa, en la misma
relación, aproximadamente, en que respecto a éste se encontraba el forastero
desconocido. El dueño de la casa y su señora se desvivían por decirle palabras
lisonjeras, le hacían lo que se dice la corte, lo presentaban a todos sus
invitados, pero sin presentárselo a ninguno. Según pude observar, el dueño de la
casa mostró en sus ojos el brillo de una lagrimita de emoción cuando Yulián
Mastakóvich, elogiando la fiesta, le aseguró que rara vez había pasado un rato
tan agradable. Yo, por lo general, suelo sentir un malestar extraño en presencia
de hombres tan importantes; así que, luego de recrear suficientemente mis ojos
en la contemplación de los niños, me retiré a un pequeño boudoir, en el
que, por casualidad, no había nadie, y allí me instalé en el florido parterre de
la dueña de la casa, que cogía casi todo el aposento.
Los niños eran todos increíblemente simpáticos e ingenuos y verdaderamente
infantiles, y en modo alguno pretendían dárselas de mayores, pese a todas las
exhortaciones de ayas y madres. Habían literalmente saqueado todo el árbol de
Navidad hasta la última rama, y también tuvieron tiempo de romper la mitad de
los juguetes, aun antes de haber puesto en claro para quién estaba destinado
cada uno. Un chiquillo de aquellos de negros ojos y rizos negros, hubo de
llamarme la atención de un modo particular: estaba empeñado en dispararme un
tiro, pues le había tocado una pistola de madera. Pero la que más llamaba la
atención de los huéspedes era su hermanita. Tendría ésta unos once años, era
delicada y pálida, con unos ojazos grandes y pensativos. Los demás niños debían
de haberla ofendido por algún concepto, pues se vino al cuarto donde yo me
encontraba, se sentó en un rincón y se puso a jugar con su muñeca. Los
convidados se señalaban unos a otros con mucho respeto a un opulento
comerciante, el padre de la niña, y no faltó quién en voz baja hiciese observar
que ya tenía apartados para la dote de la pequeña sus buenos trescientos mil
rublos en dinero contante y sonante. Yo, involuntariamente, dirigí la vista
hacia el grupo que tan interesante conversación sostenía, y mi mirada fue a dar
en Yulián Mastakóvich, que, con las manos cruzadas a la espalda y un poco
ladeada la cabeza, parecía escuchar muy atentamente el insulso diálogo. Al mismo
tiempo hube de admirar no poco la sabiduría del dueño de la casa, que había
sabido acreditarla en la distribución de los regalos. A la muchacha que poseía
ya trescientos mil rublos le había correspondido la muñeca más bonita y más
cara. Y el valor de los demás regalos iba bajando gradualmente, según la
categoría de los respectivos padres de los chicos. Al último niño, un chiquillo
de unos diez años, delgadito, pelirrojo y con pecas, sólo le tocó un libro que
contenía historias instructivas y trataba de la grandeza del mundo natural, de
las lágrimas de la emoción y demás cosas por el estilo: un árido libraco, sin
una estampa ni un adorno.
Era el hijo de una pobre viuda, que les daba clase a los niños del anfitrión,
y a la que llamaban, por abreviar, el aya. Era el tal chico un niño tímido,
pusilánime. Vestía una blusilla rusa de nanquín barato. Después de recoger su
libro, anduvo largo rato huroneando en torno a los juguetes de los demás niños;
se le notaban unas ganas terribles de jugar con ellos; pero no se atrevía; era
claro que ya comprendía muy bien su posición social. Yo contemplaba complacido
los juguetes de los niños. Me resultaba de un interés extraordinario la
independencia con que se manifestaban en la vida. Me chocaba que aquel pobre
chico de que hablé se sintiera tan atraído por los valiosos juguetes de los
otros nenes, sobre todo por un teatrillo de marionetas en el que seguramente
habría deseado desempeñar algún papel, hasta el extremo de decidirse a una
lisonja. Se sonrió y trató de hacerse simpático a los demás: le dio su manzana a
una nena mofletuda, que ya tenía todo un bolso de golosinas, y llegó hasta el
punto de decidirse a llevar a uno de los chicos a cuestas, todo con tal de que
no lo excluyesen del teatro. Pero en el mismo instante surgió un adulto, que en
cierto modo hacía allí de inspector, y lo echó a empujones y codazos. El chico no
se atrevió a llorar. En seguida apareció también el aya, su madre, y le dijo que
no molestase a los demás. Entonces se vino el chico al cuarto donde estaba la
nena. Ella lo recibió con cariño, y ambos se pusieron, con mucha aplicación, a
vestir a la muñeca.
Yo llevaba ya sentado media horita en el parterre, y casi me había
adormilado, arrullado inconscientemente por el parloteo infantil del chico
pelirrojo y la futura belleza con dote de trescientos mil rublos, cuando de
repente hizo irrupción en la estancia Yulián Mastakóvich. Aprovechó la ocasión
de haberse suscitado una gran disputa entre los niños del salón para desaparecer
de allí sin ser notado. Hacía unos minutos nada más lo había visto yo al lado del
opulento comerciante, padre de la pequeña, en vivo coloquio, y, por alguna que
otra palabra suelta que cogiera al vuelo, adiviné que estaba ensalzando las
ventajas de un empleo con relación a otro. Ahora estaba pensativo, en pie, junto
al parterre, sin verme a mí, y parecía meditar algo.
"Trescientos..., trescientos... -murmuraba-. Once.... doce..., trece...,
dieciséis... ¡Cinco años! Supongamos al cuatro por ciento... Doce por cinco...
Sesenta. Bueno; pongamos, en total, al cabo de cinco años... Cuatrocientos. Eso
es... Pero él no se ha de contentar con el cuatro por ciento, el muy perro. Lo
menos querrá un ocho y hasta un diez. ¡Bah! Pongamos... quinientos mil... ¡Hum!
Medio millón de rublos. Esto es ya mejor... Bueno...; y luego, encima, los
impuestos... ¡Hum!"
Su resolución era firme. Se escombró, y se disponía ya a salir de la
habitación, cuando, de pronto, hubo de reparar en la pequeña. que estaba con su
muñeca en un rincón, junto al niñito pobre, y se quedó parado. A mí no me vio,
escondido, como estaba, detrás del denso follaje. Según me pareció, estaba muy
excitado. Difícil sería, no obstante, precisar si su emoción era debida a la
cuenta que acababa de echar o a alguna otra causa, pues se frotó sonriendo las
manos, y parecía como si no pudiese estarse quieto. Su excitación fue creciendo
hasta un extremo incomprensible, al dirigir una segunda y resuelta mirada a la
rica heredera. Quiso avanzar un paso; pero volvió a detenerse y miró con mucho
cuidado en torno suyo. Luego se aproximó de puntillas, como consciente de una
culpa, lentamente y sin hacer ruido, a la pequeña. Como ésta se hallaba detrás
del chico, se inclinó el hombre y le dio un beso en su cabecita. La pequeña lanzó
un grito, asustada, pues no había advertido hasta entonces su presencia.
-¿Qué haces aquí, hija mía? -le preguntó por lo bajo, miró en torno suyo y
le dio luego una palmadita en las mejillas.
-Estamos jugando...
-¡Ah! ¿Con éste? -y Yulián Mastakóvich lanzó una mirada al pequeño-. Mira,
niño: mejor estarías en la sala -le dijo.
El chico no replicó, y se le quedó mirando fijo. Yulián Mastakóvich volvió a
echar una rápida ojeada en torno suyo, y de nuevo se inclinó hacia la pequeña.
-¿Qué es esto, niña? ¿Una muñeca? -le preguntó.
-Sí, una muñequita... -repuso la nena algo forzada, y frunció levemente el
ceño.
-Una muñeca... Pero ¿sabes tú, hija mía, de qué se hacen las muñecas?
-No... -respondió la niña en un murmullo, y volvió a bajar la cabeza.
-Bueno; pues mira: las hacen de trapos viejos, corazón. Pero tú estarías
mejor en la sala, con los demás niños -y Yulián Mastakóvich, al decir esto,
dirigió una severa mirada al pequeño. Pero éste y la niña fruncieron la frente y
se apretaron más el uno contra el otro. Por lo visto, no querían separarse.
-¿Y sabes tú también para qué te han regalado esta muñeca? -tornó a preguntar
Yulián Mastakóvich, que cada vez ponía en su voz más mimo.
-No.
-Pues para que seas buena y cariñosa.
Al decir esto, tornó Yulián Mastakóvich a mirar hacia la puerta, y luego
le preguntó a la niña con voz apenas perceptible, trémula de emoción e
impaciencia:
-Pero ¿me querrás tú también a mí si les hago una visita a tus padres? Al
hablar así, intentó Yulián Mastakóvich darle otro beso a la pequeña; pero al ver
el niño que su amiguita estaba ya a punto de romper en llanto, se apretujó contra
su cuerpecito, lleno de súbita congoja, y por pura compasión y cariño rompió a
llorar alto con ella. Yulián Mastakóvich se puso furioso.
-¡Largo de aquí! ¡Largo de aquí -le dijo con muy mal genio al chico-. ¡Vete a
la sala! ¡Anda a reunirte con los demás niños!
-¡No, no, no! ¡No quiero que se vaya! ¿Por qué tiene que irse? ¡Usted es
quien debe irse! -clamó la nena-. ¡Él se quedará aquí! ¡Déjele usted estar!
-añadió casi llorando.
En aquel instante sonaron voces altas junto a la puerta y Yulián Mastakóvich
irguió el busto imponente. Pero el niño se asustó todavía más que Yulián
Mastakóvich; soltó a la amiguita y se escurrió, sin ser visto, a lo largo de las
paredes, en el comedor. También al comedor se trasladó Yulián Mastakóvich, cual
si nada hubiera pasado. Tenía el rostro como la grana, y como al pasar ante un
espejo se mirase en él, pareció asombrarse él mismo de su aspecto. Quizá lo
contrariase haberse excitado tanto y hablado de manera tan destemplada. Por lo
visto, sus cálculos lo habían absorbido y entusiasmado de tal modo, que a pesar
de toda su dignidad y astucia, procedió como un verdadero chiquillo, y en
seguida, sin pararse a reflexionar, empezaba a atacar su objetivo. Yo lo seguí
al otro cuarto..., y en verdad que fue un raro espectáculo el que allí
presencié. Pues vi nada menos que a Yulián Mastakóvich, el digno y respetable
Yulián Mastakóvich, hostigar al pequeño, que cada vez retrocedía más ante él y,
de puro asustado, no sabía ya dónde meterse.
-¡Vamos, largo de aquí! ¿Qué haces aquí, holgazán? ¡Anda, vete! Has venido
aquí a robar fruta, ¿verdad? Habrás robado alguna, ¿eh? ¡Pues lárgate en
seguidita, que ya verás, si no, cómo te arreglo yo a ti!
El muchacho, azorado, se resolvió, finalmente, a adoptar un medio desesperado
de salvación: se metió debajo de la mesa. Pero al ver aquello se puso todavía más
furioso su perseguidor. Lleno de ira, tiró del largo mantel de batista que
cubría la mesa, con objeto de sacar de allí al chico. Pero éste se estuvo
quietecito, muertecito de miedo, y no se movió. Debo hacer notar que Yulián
Mastakóvich era algo corpulento. Era lo que se dice un tipo gordo, con los
mofletes colorados, una ligera tripa, rechoncho y con las pantorrillas gordas...; en una palabra: un tipo forzudo, que todo lo tenía redondito como la nuez.
Gotas de sudor le corrían ya por la frente; respiraba jadeando y casi con
estertor. La sangre, de estar agachado, se le subía, roja y caliente, a la cabeza.
Estaba rabioso, de puro grande que eran su enojo o, ¿quién sabe?, sus celos. Yo
me eché a reír alto. Yulián Mastakóvich se volvió como un relámpago hacia mí, y,
no obstante su alta posición social, su influencia y sus años, se quedó
enteramente confuso. En aquel instante entró por la puerta frontera el dueño de
la casa. El chico se salió de debajo de la mesa y se sacudió el polvo de las
rodillas y los codos. Yulián Mastakóvich recobró la serenidad, se llevó
rápidamente el mantel, que aún tenía cogido de un pico, a la nariz, y se sonó.
El dueño de la casa nos miró a los tres sorprendido; pero, a fuer de hombre
listo que toma la vida en serio, supo aprovechar la ocasión de poder hablar a
solas con su huésped.
-¡Ah! Mire usted: éste es el muchacho en cuyo favor tuve la honra de
interesarle... -empezó, señalando al pequeño.
-¡Ah! -replicó Yulián Mastakóvich, que seguía sin ponerse a la altura de la
situación.
-Es el hijo del aya de mis hijos -continuó explicativo el dueño de la casa, y
en tono comprometedor-, una pobre mujer. Es viuda de un honorable funcionario.
¿No habría medio, Yulián Mastakóvich...?
-¡Ah! Lo había olvidado. ¡No, no! -lo interrumpió éste presuroso-. No me lo
tome usted a mal, mi querido Filipp Aleksiéyevich; pero es de todo punto
imposible. Me he informado bien; no hay, actualmente, ninguna vacante, y aun
cuando la hubiese, siempre tendría éste por delante diez candidatos con mayor
derecho... Lo siento mucho, créame; pero...
-¡Lástima! -dijo pensativo el dueño de la casa-. Es un chico muy juicioso y
modesto...
-Pues a mí, por lo que he podido ver, me parece un tunante -observó Yulián
Mastakóvich con forzada sonrisa-. ¡Anda! ¿Qué haces aquí? ¡Vete con tus
compañeros! -le dijo al muchacho, encarándose con él.
Luego no pudo, por lo visto, resistir la tentación de lanzarme a mí también
una mirada terrible. Pero yo, lejos de intimidarme, me reí claramente en su
cara. Yulián Mastakóvich la volvió inmediatamente a otro lado y le preguntó de un
modo muy perceptible al dueño de la casa quién era aquel joven tan raro. Ambos
se pusieron a cuchichear y salieron del aposento. Yo pude ver aún, por el
resquicio de la puerta, cómo Yulián Mastakóvich, que escuchaba con mucha
atención al dueño de la casa, movía la cabeza admirado y receloso.
Después de haberme reído lo bastante, yo también me trasladé al salón. Allí
estaba ahora el personaje influyente, rodeado de padres y madres de familia y de
los dueños de la casa, y hablaba en tono muy animado con una señora que acababan
de presentarle. La señora tenía cogida de la mano a la pequeña que Yulián
Mastakóvich besara hacía diez minutos. Ponderaba el hombre a. la niña,
poniéndola en el séptimo cielo; ensalzaba su hermosura, su gracia, su buena
educación, y la madre lo oía casi con lágrimas en los ojos. Los labios del padre
sonreían. El dueño de la casa participaba con visible complacencia en el júbilo
general. Los demás invitados también daban muestras de grata emoción, e incluso
habían interrumpido los juegos de los niños para que éstos no molestasen con su
algarabía. Todo el aire estaba lleno de exaltación. Luego pude oír yo cómo la
madre de la niña, profundamente conmovida, con rebuscadas frases de cortesía,
rogaba a Yulián Mastakóvich que le hiciese el honor especial de visitar su casa, y
pude oír también cómo Yulián Mastakóvich, sinceramente encantado, prometía
corresponder sin falta a la amable invitación, y cómo los circunstantes, al
dispersarse por todos lados, según lo pedía el uso social, se deshacían en
conmovidos elogios, poniendo por las nubes al comerciante, su mujer y su nena,
pero sobre todo a Yulián Mastakóvich.
-¿Es casado ese señor? -pregunté yo alto a un amigo mío, que estaba al lado
de Yulián Mastakóvich.
Yulián Mastakóvich me lanzó una mirada colérica, que reflejaba exactamente
sus sentimientos.
-No -me respondió mi amigo, visiblemente contrariado por mi intempestiva
pregunta, que yo, con toda intención, le hiciera en voz alta.
***
Hace un par de días hube de pasar por delante de la iglesia de ***. La
muchedumbre que se apiñaba en el balcón, y sus ricos atavíos, hubieron de llamarme
la atención. La gente hablaba de una boda. Era un nublado día de otoño, y
empezaba a helar. Yo entré en la iglesia, confundido entre el gentío, y miré a
ver quién fuese el novio. Era un tío bajo y rechoncho, con tripa y muchas
condecoraciones en el pecho. Andaba muy ocupado, de acá para allá, dando
órdenes, y parecía muy excitado. Por último, se produjo en la puerta un gran
revuelo; acababa de llegar la novia. Yo me abrí paso entre la multitud y pude
ver una beldad maravillosa, para la que apenas despuntara aún la primera
primavera. Pero estaba pálida y triste. Sus ojos miraban distraídos. Hasta me pareció que las lágrimas vertidas habían ribeteado aquellos ojos. La severa
hermosura de sus facciones prestaba a toda su figura cierta dignidad y
solemnidad altivas. Y, no obstante, a través de esa seriedad y dignidad y de
esa melancolía, resplandecía el alma inocente, inmaculada, de la infancia, y se
delataba en ella algo indeciblemente inexperto, inconsciente, infantil, que,
según parecía, sin decir palabra, tácitamente, imploraba piedad.
Se decía entre la gente que la novia apenas si tendría dieciséis años. Yo miré
con más atención al novio, y de pronto reconocí al propio Yulián Mastakóvich, al
que hacía cinco años que no volviera a ver. Y miré también a la novia. ¡Santo
Dios! Me abrí paso entre el gentío en dirección a la salida, con el deseo de
verme cuanto antes lejos de allí. Entre la gente se decía que la novia era rica
en dinero contante y sonante y que poseía medio millón de rublos, más una renta por
valor de tanto y cuanto...
"¡Le salió bien la cuenta”, pensé yo, y me salí a la calle.
FIN
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