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Yo soy un hombre formal y mi cerebro tiene inclinación a
la filosofía. Mi profesión es la de financiero. Estoy estudiando la ciencia
económica, y escribo una disertación bajo el título de El pasado y el
porvenir del impuesto sobre los perros. Usted comprenderá que las mujeres,
las novelas, la luna y otras tonterías por el estilo me tienen completamente sin
cuidado.
Son las diez de la mañana. Mi mamá me sirve una taza de
café con leche. Lo bebo, y salgo al balconcito para ponerme inmediatamente a mi
trabajo. Tomo un pliego de papel blanco, mojo la pluma en tinta y caligrafío
El pasado y el porvenir del impuesto sobre los perros. Reflexiono un poco y
escribo: «Antecedentes históricos: A juzgar por indicios que nos revelan
Herodoto y Jenofonte, el impuesto sobre los perros data de...»; en este momento
oigo unos pasos muy sospechosos. Miro hacia abajo y veo a una señorita con cara
larga y talle largo; se llama, según creo, Narinka o Varinka; pero esto no hace
al caso; busca algo y aparenta no haberse fijado en mí. Canta:
Te acuerdas de este cantar apasionado.
Leo lo que escribí y pretendo seguir adelante. Pero la
muchacha parece haberme visto, y me dice en tono triste:
-Buenos días, Nicolás Andreievitch. Imagínese mi
desgracia. Ayer salí de paseo, y se me perdió el dije de mi pulsera...
Leo de nuevo el principio de mi disertación, rectifico
el rabo de la letra b y quiero continuar; mas la muchacha no me deja.
-Nicolás Andreievitch -añade-, sea usted lo bastante
amable para acompañarme hasta mi casa. En la de Karenin hay un perro enorme, y
yo no me atrevo a ir sola.
¿Qué hacer? Dejo a un lado mi pluma y desciendo.
Narinka o Varinka me toma del brazo y ambos nos encaminamos a su morada. Cuando
me veo precisado a acompañar a una señora o a una señorita me siento como un
gancho, del cual pende un gran abrigo de pieles. Narinka o Varinka tiene un
temperamento apasionado -entre paréntesis, su abuelo era armenio-. Ella sabe a
maravilla colgarse del brazo y pegarse a las costillas de su acompañante como
una sanguijuela. De esta suerte, proseguimos nuestra marcha. Al pasar por
delante de la casa de los Karenin veo al perro y me acuerdo del tema de mi
disertación. Recordándolo, suspiro.
-¿Por qué suspira usted? -me pregunta Narinka o Varinka.
Y ella a su vez suspira.
Aquí debo dar una explicación: Narinka o Varinka -de
repente me doy cuenta de que se llama Masdinka- se figura que estoy enamorado de
ella, y se le antoja un deber de humanidad compadecerme y curar la herida de mi
corazón.
-Escuche -me dice-, yo sé por qué suspira usted. Usted
ama, ¿no es verdad? Le prevengo que la joven por usted amada tiene por usted un
profundo respeto. Ella no puede corresponderle con su amor; mas no es suya la
culpa, porque su corazón pertenece a otro, tiempo ha.
La nariz de Masdinka se enrojece y se hincha; las
lágrimas afluyen a sus ojos. Ella espera que yo le conteste; pero, felizmente,
hemos llegado. En la terraza se encuentra la mamá de Masdinka, una persona
excelente, aunque llena de supersticiones. La dama contempla el rostro de su
hija; y luego se fija en mi, detenidamente, suspirando, como si quisiera
exclamar: «¡Oh, juventud, que no sabe disimular sus sentimientos!»
Además de la mamá están sentadas en la terraza
señoritas de matices diversos y un oficial retirado, herido en la última guerra
en la sien derecha y en el muslo izquierdo. Este infeliz quería, como yo,
consagrar el verano a la redacción de una obra intitulada Memorias de un
militar. Al igual que yo, aplicase todas las mañanas a la redacción de su
libro; pero apenas escribe la frase «Nací en tal año...», aparece bajo su balcón
alguna Varinka o Masdinka, que está allí como de centinela. Cuantos se hallan en
la terraza se ocupan en limpiar frutas, para hacer dulce con ellas. Saludo y me
dispongo a marchar; pero las señoritas de diversos matices esconden mi sombrero
y me incitan a que no me vaya. Tomo asiento. Me dan un plato con fruta y una
horquilla, a fin de que proceda, como los demás, a la operación de extraer el
hueso. Las señoritas hablan de sus cortejadores; fulano es guapo; mengano lo es
también, pero no es simpático; zutano es feo, aunque simpático; perengano no
está mal del todo, pero su nariz semeja un dedal, etc.
-Y usted, Nicolás -me dice la mamá de Masdinka-, no
tiene nada de guapo; pero le sobra simpatía; en usted hay un no sé qué... La
verdad es -añade suspirando- que para un hombre lo que vale no es la hermosura,
sino el talento.
Las jóvenes me miran y en seguida bajan los ojos. Ellas
están, sin duda, de acuerdo en que para un hombre lo más importante no es la
hermosura, sino el talento. ME observo, a hurtadillas, en el espejo para ver si,
realmente, soy simpático. Veo a un hombre de tupida melena, barba y bigote
poblados, cejas densas, vello en la mejilla, vello debajo de los ojos, todo un
conjunto velludo, en medio del cual descuella, como una torre sólida, su nariz.
-No me parezco mal del todo...
-Pero en usted, Nicolás, son las cualidades morales las
que llevan ventaja -replica la mamá de Masdinka.
Narinka sufre por mí; pero al propio tiempo, la idea de
que un hombre está enamorado de ella la colma de gozo. Ahora charlan del amor.
Una de las señoritas se levanta y se va; todas las demás empiezan a hablar mal
de ella. Todas, todas la hallan tonta, insoportable, fea, con un hombro más bajo
que otro. Por fin aparece mi sirvienta, que mi madre envió para llamarme a
comer. Puedo, gracias a Dios, abandonar esta sociedad estrambótica y entregarme
nuevamente a mi trabajo. Me levanto y saludo. Pero la mamá de Narinka y las
señoritas de diversos matices me rodean y me declaran que no me asiste el
derecho de marcharme porque ayer les prometí comer con ellas y después de la
comida ir a buscar setas en el bosque. Saludo y vuelvo a tomar asiento... En mi
alma hierve la irritación. Presiento que voy a estallar; pero la delicadeza y el
temor de faltar a las conveniencias sociales me obligan a obedecer a las
señoras, y obedezco. Nos sentamos a comer. El oficial retirado, que por efecto
de su herida en la sien tiene calambres en las mandíbulas, come a la manera de
un caballo provisto de su bocado. Hago bolitas de pan, pienso en la contribución
sobre los perros, y, consciente de mi irascibilidad, me callo. Narinka me
observa con lástima. Okroschka, lengua con guisantes, gallina cocida, compota.
Me falta apetito; pero engullo por delicadeza. Después de comer voy a la terraza
para fumar; en esto se me acerca la mamá de Masdinka y me dice con voz
entrecortada:
-No desespere usted, Nicolás... Su corazón es de...
Vamos al bosque.
Varinka se cuelga de mi brazo y establece el contacto.
Sufro inmensamente; pero me aguanto.
-Dígame, señor Nicolás -murmura Narinka-, ¿por qué está
usted tan triste, tan taciturno?
¡Extraña muchacha! ¿Qué se le debe responder? ¡Nada
tengo que decirle!
-Hábleme algo -añade la joven.
En vano busco algo vulgar, accesible a su intelecto. A
fuerza de buscar, lo encuentro, y me decido a romper el silencio.
-La destrucción de los bosques es una cosa perjudicial
a Rusia.
-Nicolás -suspira Varinka, mientras su nariz se
colorea-, usted rehuye una conversación franca... Usted quiere asesinarme con su
reserva... Usted se empeña en sufrir solo...
Me coge de la mano, y advierto que su nariz se hincha;
ella añade:
-¿Qué diría usted si la joven que usted quiere le
ofreciera una amistad eterna?
Yo balbuceo algo incomprensible, porque, en verdad, no
sé qué contestarle; en primer lugar, no quiero a ninguna muchacha; en segundo
lugar, ¿qué falta me hace una amistad eterna? En tercer lugar, soy muy
irritable. Masdinka o Varinka se cubre el rostro con las manos y dice a media
voz, como hablando consigo misma: «Se calla...; veo que desea mi sacrificio.
¿Pero cómo lo he de querer, si todavía quiero al otro?... Lo pensaré, sí, lo
pensaré; reuniré todas las fuerzas de mi alma, y, a costa de mi felicidad,
libraré a este hombre de sus angustias».
No comprendo nada. Es un asunto cabalístico. Seguimos
el paseo silencioso. La fisonomía de Narinka denota una lucha interior. Se oye
el ladrido de los perros. Esto me hace pensar en mi disertación, y suspiro de
nuevo. A lo lejos, a través de los árboles, descubro al oficial inválido, que
cojea atrozmente, tambaleándose de derecha a izquierda, porque del lado derecho
tiene el muslo herido, y del lado izquierdo tiene colgada de su brazo a una
señorita. Su cara refleja resignación. Regresamos del bosque a casa, tomamos el
té, jugamos al croquet y escuchamos cómo una de las jóvenes canta:
Tú no me amas, no...
Al pronunciar la palabra «no», tuerce la boca hasta la
oreja.
Charmant, charmant, gimen en francés las otras
jóvenes. Ya llega la noche. Por detrás de los matorrales asoma una luna
lamentable. Todo está en silencio. S e percibe un olor repugnante de heno
cortado. Tomo mi sombrero y me voy a marchar.
-Tengo que comunicarle algo interesante -murmura
Masdinka a mi oído.
Abrigo el presentimiento de que algo malo me va a
suceder, y, por delicadeza, me quedo. Masdinka me coge del brazo y me arrastra
hacia una avenida. Toda su fisonomía expresa una lucha. Está pálida, respira con
dificultad; diríase que piensa arrancarme el brazo derecho. «¿Qué tendrá?»,
pienso yo.
-Escuche usted; no puedo...
Quiere decir algo; pero no se atreve. Veo por su cara
que, al fin, se decide. Me lanza una ojeada, y con la nariz, que va hinchándose
gradualmente, me dice a quema ropa:
-Nicolás, yo soy suya. No lo puedo amar; pero le
prometo fidelidad.
Se aprieta contra mi pecho y retrocede poco después.
-Alguien viene, adiós; mañana a las once me hallaré en
la glorieta.
Desaparece. Yo no comprendo nada. El corazón me late.
Regreso a mi casa. El pasado y el porvenir del impuesto sobre los perros me
aguarda; pero trabajar me es imposible. Estoy rabioso. Me siento terriblemente
irritado. Yo no permito que se me trate como a un chiquillo. Soy irascible, y es
peligroso bromear conmigo. Cuando la sirvienta me anuncia que la cena está
lista, la despido brutalmente:
-¡Váyase en mal hora!
Una irritabilidad semejante nada bueno promete. Al otro
día, por la mañana, el tiempo es el habitual en el campo. La temperatura fría,
bajo cero. El viento frío; lluvia, fango y suciedad. Todo huele a naftalina,
porque mi mamá saca a relucir su traje de invierno. Es el día 7 de agosto de
1887, día del eclipse de sol. Hay que advertir que cada uno de nosotros, aun sin
ser astrónomo, puede ser de utilidad en esta circunstancia. Por ejemplo: cada
uno puede, primero, marcar el diámetro del sol con respecto al de la luna;
segundo, dibujar la corona del sol; tercero, marcar la temperatura; cuarto,
fijar en el momento del eclipse la situación de los animales y de las plantas;
quinto, determinar sus propias impresiones, etcétera. Todo esto es tan
importante, que por el momento resuelvo dejar aislado el impuesto sobre los
perros. Me propongo observar el eclipse. Todos nos hemos levantado muy temprano.
Reparto el trabajo en la forma siguiente: yo calcularé el diámetro del sol y de
la luna; el oficial herido dibujará la corona. Lo demás correrá a cargo de
Masdinka y de las señoritas de diversos matices.
-¿De qué proceden los eclipses? -pregunta Masdinka.
Yo contesto:
-Los eclipses proceden de que la luna, recorriendo la
elíptica, se coloca en la línea sobre la cual coinciden el sol y la tierra.
-¿Y qué es la elíptica?
Yo se lo explico. Masdinka me escucha con atención, y
me pregunta:
-¿No es posible ver, mediante un vidrio ahumado, la
línea que junta los centros del sol y de la tierra?
-Es una línea imaginaria -le contesto.
-Pero si es imaginaria -replica Masdinka-, ¿cómo es
posible que la luna se sitúe en ella?
No le contesto. Siento, sin embargo, que, a
consecuencia de esta pregunta ingenua, mi hígado se agranda.
-Esas son tonterías -añade la mamá de Masdinka-; nadie
es capaz de predecir lo que ocurrirá. Y, además, usted no estuvo jamás en el
cielo. ¿Cómo puede saber lo que acontece a la luna y al sol? Todo ello son puras
fantasías.
Es cierto; la mancha negra empieza a extenderse sobre
el sol. Todos parecen asustados; las vacas, los caballos, los carneros con los
rabos levantados, corren por el campo mugiendo. Los perros aúllan. Las chinches
creen que es de noche y salen de sus agujeros, con el objeto de picar a los que
hallen a su alcance. El vicario llega en este momento con su carro de pepinos,
se asusta, abandona el vehículo y se oculta debajo del puente; el caballo
penetra en su patio, donde los cerdos se comen los pepinos. El empleado de las
contribuciones, que había pernoctado en la casa vecina, sale en paños menores y
grita con voz de trueno: «¡Sálvese quien pueda!» Muchos veraneantes, incluso
algunas bonitas jóvenes, se lanzan a la calle descalzos. Otra cosa ocurre que no
me atrevo a referir.
-¡Qué miedo! ¡Esto es horrible! -chillan las señoritas
de diversos matices.
-Señora, observe bien, el tiempo es precioso. Yo mismo
calculo el diámetro.
Me acuerdo de la corona, y busco al oficial herido,
quien está parado, inmóvil.
-¿Qué diablos hace usted? ¿Y la corona?
El oficial se encoge de hombros, y con la mirada me
indica sus dos brazos. En cada uno de ellos permanece colgada una señorita, las
cuales, asidas fuertemente a él, le impiden el trabajo. Tomo el lápiz y anoto
los minutos y los segundos: esto es muy importante. Marco la situación
geográfica del punto de observación: esto es también muy importante. Quiero
calcular el diámetro, pero Masdinka me coge de la mano y me dice:
-No se olvide usted: hoy, a las once.
Me desprendo de ella, porque los momentos son preciosos
y yo tengo empeño en continuar mis observaciones. Varinka se apodera de mi otro
brazo y no me suelta. El lápiz, el vidrio ahumado, los dibujos, todo se cae al
suelo. ¡Diantre! Hora es de que esta joven sepa que yo soy irascible, y cuando
yo me irrito, no respondo de mí. En vano pretendo seguir. El eclipse se acabó.
-¿Por qué no me mira usted? -me susurra tiernamente al
oído.
Esto es ya más que una burla. No es posible jugar con
la paciencia humana. Si algo terrible sobreviene, no será por culpa mía. ¡Yo no
permito que nadie se mofe de mí! ¡Qué diablo! En mis instantes de irritación no
aconsejo a nadie que se acerque a mí. Yo soy capaz de todo. Una de las señoritas
nota en mi semblante que estoy irritado y trata de calmarme.
-Nicolás Andreievitch, yo he seguido fielmente sus
indicaciones, observé a los mamíferos y apunté cómo, ante el eclipse, el perro
gris persiguió al gato, después de lo cual quedó por algún tiempo meneando la
cola.
Nada resulta, pues, de mis observaciones. Me voy a
casa. Llueve, y no me asomo al balconcito. El oficial herido se arriesga a salir
a su balcón, y hasta escribió: «He nacido en...» Pero desde mi ventana veo cómo
una de las señoritas de marras lo llama, con el fin de que vaya a su casa.
Trabajar me es imposible. El corazón me late con violencia. No iré a la cita de
la glorieta. Es evidente que cuando llueve yo no puedo salir a la calle. A las
doce recibo una esquelita de Masdinka, la cual me reprende, y exige que me
persone en la glorieta, tuteándome. A la una recibo una segunda misiva, y a las
dos una tercera. Hay que ir, no cabe duda. Empero, antes de ir, debo pensar qué
es lo que habré de decirle. Me comportaré como un caballero. En primer lugar, le
declararé que es inútil que cuente con mi amor; no, semejante cosa no se le dice
a las mujeres; decir a una mujer «yo no la amo», es como decir a un escritor:
«usted escribe mal». Le expondrá sencillamente mi opinión acerca del matrimonio.
Me pongo, pues, el abrigo de invierno, empuño el paraguas y me dirijo a la
glorieta. Conocedor como soy de mi carácter irritable, temo cometer alguna
barbaridad. Me las arreglaré para refrenarme. En la glorieta, Masdinka me
espera. Narinka está pálida y solloza. Al verme prorrumpe en una exclamación de
alegría y se agarra a mi cuello.
-Por fin; ya abusas de mi paciencia. No he podido
cerrar los ojos en toda la noche. He pensado durante la noche, y a fuerza de
pensar, saqué en consecuencia que cuando te conozca mejor te podré amar.
Me siento a su lado; le expongo mi opinión acerca del
matrimonio. Por no alejarme del tema y abreviarlo hago sencillamente un resumen
histórico. Hablo del casamiento entre los egipcios; paso a los tiempos modernos;
intercalo algunas ideas de Schopenhauer. Masdinka me presta atención, pero
luego, sin transición, me dice:
-Nicolás, dame un beso.
Estoy molesto. No sé qué hacer. Ella insiste. ¿Qué
hacer? Me levanto y le beso su larga cara. Ello me produce la misma sensación
que experimenté cuando, siendo niño, me obligaron a besar el cadáver de mi
abuela. Varinka no parece satisfecha. Salta y me abraza. En el mismo momento, la
mamá de Masdinka aparece en el umbral de la puerta. Hace un gesto de espanto;
dice a alguien: «¡spch», y desaparece como Mefistófeles, por escotillón.
Incomodado, me encamino nuevamente a mi casa. En ella me encuentro a la mamá de
Varinka, que abraza, con lágrimas en los ojos, a mi mamá. Ésta llora y exclama:
«Yo misma lo deseaba». A renglón seguido: «¿Qué les parece a ustedes?» La mamá
de Varinka se acerca a mí, me abraza y me dice: «¡Que Dios te bendiga! Tú has de
amarla. No olvides jamás que ella se sacrifica por ti.»
He aquí que me casan. Mientras esto escribo, los
testigos del matrimonio se encuentran cerca de mí y me dan prisa. Decididamente
esta gente no conoce mi irascibilidad. Soy terrible. No respondo de mi. ¡Por
vida de!... Ustedes adivinarán lo que puede ocurrir. Casar a un hombre irritado,
rabioso, es igual que meter la mano en la jaula de un tigre. Veremos cuál será
el desenlace final...
Estoy casado... Todos me felicitan. Varinka se apoya
contra mí y me dice:
-Ahora si que eres mío. Sé que me amas, ¡dilo!
Su nariz se hincha. Me entero por los testigos de que
el oficial retirado fue bastante hábil para esquivar el casamiento. A una de las
señoritas le exhibió un certificado médico según el cual, a causa de su herida
en la sien, no tiene sano juicio, y, por tanto, le está prohibido contraer
matrimonio. ¡Qué idea! Yo también pude presentar un certificado. Uno de mis tíos
fue borracho. Otro era distraído. En cierta ocasión, en lugar de una gorra, se
cubrió la cabeza con un manguito de señora. Una tía mía era muy aficionada al
piano, y sacaba la lengua al tropezar con un hombre. Además, mi carácter
extremadamente irritable induce a sospechas. ¿Por qué las buenas ideas acuden a
la mente siempre demasiado tarde?...
FIN |